Que la lengua original en uso entre los hombres fue la que después se llamó hebrea, por Heber, en cuya familia se conservó cuando ocurrió la confusión de lenguas
XVI, 11
Por lo cual, así como el hecho de que todos usaran una sola lengua no garantizó la ausencia de hombres contaminados por el pecado en la raza —pues aun antes del diluvio había una sola lengua, y sin embargo todos, salvo la única familia del justo Noé, fueron hallados dignos de destrucción por el diluvio—, así, cuando las naciones, por una impiedad más orgullosa, merecieron el castigo de la dispersión y de la confusión de lenguas, y la ciudad de los impíos fue llamada Confusión o Babilonia, existía todavía la casa de Heber, en la cual sobrevivió la lengua primitiva de la raza. Y por tanto, como ya he mencionado, cuando se hace la enumeración de los hijos de Sem, que fundaron cada uno una nación, se menciona primero a Heber, aunque era de la quinta generación desde Sem. Y porque, cuando las otras razas fueron divididas por sus propias lenguas peculiares, su familia conservó aquella lengua que no sin razón se cree que fue la lengua común de la raza, por esto se la llamó desde entonces hebrea. Pues entonces se hizo necesario distinguir esta lengua de las demás con un nombre propio; aunque, mientras hubo solo una, no tuvo otro nombre que la lengua del hombre, o el habla humana, siendo ella sola hablada por todo el género humano. Alguien dirá: Si la tierra fue dividida por las lenguas en los días de Peleg, hijo de Heber, aquella lengua, que antes era común a todos, debería más bien haberse llamado por Peleg. Pero hemos de entender que el mismo Heber dio a su hijo este nombre Peleg, que significa División; porque nació cuando la tierra fue dividida, es decir, en el momento mismo de la división, y que este es el significado de las palabras: «En sus días fue dividida la tierra.» [] Pues si Heber no hubiera estado todavía vivo cuando las lenguas se multiplicaron, la lengua que se conservó en su casa no habría sido llamada por él. Nos vemos inducidos a creer que esta fue la lengua primitiva y común, porque la multiplicación y el cambio de lenguas se introdujo como castigo, y es conveniente atribuir al pueblo de Dios una inmunidad de este castigo. Ni carece de significado que esta sea la lengua que Abraham retuvo, y que no pudo transmitirla a todos sus descendientes, sino solo a los de la línea de Jacob, quienes de manera distintiva y eminente constituyeron el pueblo de Dios, recibieron sus pactos y fueron progenitores de Cristo según la carne. De la misma manera, el mismo Heber no transmitió aquella lengua a toda su posteridad, sino solo a la línea de la cual brotó Abraham. Y así, aunque no se declara expresamente que, cuando los impíos edificaban Babilonia, quedaba una simiente piadosa, esta indistinción se propone estimular la investigación más bien que eludirla. Pues cuando vemos que originalmente hubo una lengua común, y que Heber es mencionado antes que todos los hijos de Sem, aunque pertenecía a la quinta generación desde él, y que la lengua que los patriarcas y profetas usaron, no solo en su conversación, sino en el lenguaje autoritativo de la Escritura, se llama hebrea, cuando se nos pregunta dónde se conservó aquella lengua primitiva y común después de la confusión de lenguas, ciertamente, como no puede haber duda de que aquellos entre quienes se conservó estaban exentos del castigo que ella encarnaba, ¿qué otra sugerencia podemos hacer, sino que sobrevivió en la familia de aquel cuyo nombre tomó, y que esta es una prueba no pequeña de la justicia de esta familia, que el castigo con que fueron visitadas las otras familias no cayó sobre ella?
Pero aún se suscita otra cuestión: ¿Cómo fundaron Heber y su hijo Peleg cada uno una nación, si tenían una sola lengua? Pues sin duda la nación hebrea propagada desde Heber por Abraham, y que por medio de él llegó a ser un gran pueblo, es una sola nación. ¿Cómo, pues, se enumera a todos los hijos de las tres ramas de la familia de Noé como fundadores cada uno de una nación, si Heber y Peleg no lo hicieron? Es muy probable que el gigante Nemrod fundara también su nación, y que la Escritura lo haya nombrado aparte a causa de las dimensiones extraordinarias de su imperio y de su cuerpo, de modo que queda el número de setenta y dos naciones. Pero Peleg fue mencionado, no porque fundara una nación (pues su raza y lengua son hebreas), sino a causa del tiempo crítico en que nació, estando entonces dividida toda la tierra. Ni debemos sorprendernos de que el gigante Nemrod viviera hasta el tiempo en que Babilonia fue fundada y ocurrió la confusión de lenguas, y la consiguiente división de la tierra. Pues aunque Heber estaba en la sexta generación desde Noé, y Nemrod en la cuarta, no se sigue que no pudieran estar vivos al mismo tiempo. Pues cuando las generaciones son pocas, viven más tiempo y nacen más tarde; pero cuando son muchas, viven menos tiempo y vienen al mundo más temprano. Hemos de entender que, cuando la tierra fue dividida, los descendientes de Noé que están registrados como fundadores de naciones no solo habían nacido ya, sino que tenían edad para tener familias inmensas, dignas de ser llamadas tribus o naciones. Y por tanto, de ningún modo debemos suponer que nacieron en el orden en que fueron consignados; de lo contrario, ¿cómo pudieron los doce hijos de Joctán, otro hijo de Heber y hermano de Peleg, haber fundado ya naciones, si Joctán nació, como está registrado, después de su hermano Peleg, puesto que la tierra fue dividida en el nacimiento de Peleg? Hemos de entender, por tanto, que, aunque Peleg es nombrado primero, nació mucho después que Joctán, cuyos doce hijos tenían ya familias tan grandes que admitían ser divididas por diferentes lenguas. No hay nada extraordinario en que el último nacido sea nombrado primero: de los hijos de Noé, los descendientes de Jafet son nombrados primero; luego los hijos de Cam, que fue el segundo hijo; y por último los hijos de Sem, que fue el primero y el mayor. De estas naciones los nombres han sobrevivido en parte, de modo que hoy podemos ver de quiénes han brotado, como los asirios de Asur, los hebreos de Heber, pero en parte han sido alterados con el paso del tiempo, de modo que los hombres más doctos, mediante una profunda investigación en los registros antiguos, apenas han podido descubrir el origen, no digo de todas, sino de algunas de estas naciones. Hay, por ejemplo, nada en el nombre de egipcios que muestre que descienden de Misraim, hijo de Cam, ni en el nombre de etíopes que muestre una conexión con Cus, aunque se dice que tal es el origen de estas naciones. Y si hacemos un estudio general de los nombres, hallaremos que más han sido cambiados que los que han permanecido iguales.
Capítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
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Recorramos ahora el progreso de la ciudad de Dios desde la era del patriarca Abraham, a partir de cuyo tiempo comienza a ser más conspicua, y las promesas divinas que ahora se cumplen en Cristo se revelan más plenamente. Aprendemos, pues, de las indicaciones de la santa Escritura que Abraham nació en el país de los caldeos, tierra perteneciente al imperio asirio. Ahora bien, ya en aquel tiempo las supersticiones impías abundaban entre los caldeos, como entre otras naciones. La familia de Taré, a la cual pertenecía Abraham, era la única en la que sobrevivía el culto del Dios verdadero, y la única, podemos suponer, en la que se conservaba la lengua hebrea; aunque Josué, hijo de Nun, nos dice que aun esta familia servía a otros dioses en Mesopotamia. [] Los otros descendientes de Heber fueron gradualmente absorbidos en otras razas y otras lenguas. Y así, como la única familia de Noé fue preservada a través del diluvio de las aguas para renovar el género humano, así, en el diluvio de superstición que inundó todo el mundo, quedó solo la única familia de Taré, en la cual se conservó la semilla de la ciudad de Dios. Y como, cuando la Escritura ha enumerado las generaciones anteriores a Noé, con sus edades, y explicado la causa del diluvio antes de que Dios comenzara a hablar a Noé acerca de la construcción del arca, se dice: «Estas son las generaciones de Noé;» así también ahora, después de enumerar las generaciones desde Sem, hijo de Noé, hasta Abraham, señala entonces una era diciendo: «Estas son las generaciones de Taré: Taré engendró a Abram, a Nacor y a Harán; y Harán engendró a Lot. Y murió Harán antes que su padre Taré en la tierra de su nacimiento, en Ur de los caldeos. Y Abram y Nacor tomaron para sí mujeres: el nombre de la mujer de Abram era Sarai; y el nombre de la mujer de Nacor, Melcha, hija de Harán, padre de Melcha y padre de Isca.» [] Se supone que esta Isca es la misma que Sara, la mujer de Abraham.
Por qué, en el relato de la emigración de Taré, al abandonar a los caldeos y pasar a Mesopotamia, no se hace mención de su hijo Nacor
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A continuación se relata cómo Taré con su familia dejó la región de los caldeos, vino a Mesopotamia y habitó en Harán. Pero nada se dice de uno de sus hijos llamado Nacor, como si no lo hubiera llevado consigo. Pues la narración dice así: «Y tomó Taré a Abram su hijo, y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Sara su nuera, mujer de Abram su hijo, y los sacó de la región de los caldeos para ir a la tierra de Canaán; y llegaron a Harán y habitaron allí.» [] Nacor y Melcha su mujer no son nombrados aquí en ninguna parte. Pero después, cuando Abraham envió a su siervo a tomar mujer para su hijo Isaac, encontramos escrito así: «Y tomó el siervo diez camellos de los camellos de su señor, y de todos los bienes de su señor, consigo; y se levantó y fue a Mesopotamia, a la ciudad de Nacor.» [] Este y otros testimonios de esta historia sagrada muestran que Nacor, hermano de Abraham, también había dejado la región de los caldeos y establecido su morada en Mesopotamia, donde Abraham habitó con su padre. ¿Por qué, pues, la Escritura no lo mencionó cuando Taré con su familia salió de la nación de los caldeos y habitó en Harán, ya que menciona que tomó consigo no solo a Abraham su hijo, sino también a Sara su nuera y a Lot su nieto? La única razón que podemos pensar es que quizás él había decaído de la piedad de su padre y de su hermano, y se adhirió a la superstición de los caldeos, y después emigró de allí, o por penitencia, o porque fue perseguido como persona sospechosa. Pues en el libro llamado Judit, cuando Holofernes, enemigo de los israelitas, preguntó qué clase de nación era aquella y si debía hacérseles guerra, Aquior, jefe de los amonitas, le respondió así: «Oiga ahora nuestro señor una palabra de la boca de tu siervo, y yo te declararé la verdad acerca del pueblo que habita cerca de ti en esta región montañosa, y no saldrá mentira de la boca de tu siervo. Porque este pueblo desciende de los caldeos, y habitaron antiguamente en Mesopotamia, porque no quisieron seguir a los dioses de sus padres, que eran gloriosos en la tierra de los caldeos, sino que se apartaron del camino de sus antepasados y adoraron al Dios del cielo, a quien conocieron; y los expulsaron de delante de sus dioses, y huyeron a Mesopotamia y habitaron allí muchos días. Y su Dios les dijo que salieran de su habitación y fueran a la tierra de Canaán; y habitaron,» etc., como narra Aquior el amonita. De donde es manifiesto que la casa de Taré había sufrido persecución de los caldeos por la verdadera piedad con que adoraban al único y verdadero Dios.
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Al morir Taré en Mesopotamia, donde se dice que vivió 205 años, comienzan ahora a señalarse las promesas que Dios hizo a Abraham; pues así está escrito: «Y fueron los días de Taré en Harán doscientos cinco años, y murió Taré en Harán.» [] Esto no debe tomarse como si hubiera pasado allí todos sus días, sino que allí completó los días de su vida, que fueron doscientos cinco años; de otro modo no se sabría cuántos años vivió Taré, puesto que no se dice en qué año de su vida llegó a Harán; y es absurdo suponer que, en esta serie de generaciones, donde se registra cuidadosamente cuántos años vivió cada uno, la edad de él fuera la única no puesta por escrito. Pues aunque algunos a quienes menciona la misma Escritura no tienen registrada su edad, no están en esta serie, en la que el cómputo del tiempo se indica continuamente por la muerte de los padres y la sucesión de los hijos. Porque esta serie, que se da en orden desde Adán hasta Noé, y desde él hasta Abraham, no contiene a nadie sin el número de los años de su vida.
Capítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
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Cuando, después del registro de la muerte de Taré, padre de Abraham, leemos a continuación: «Y dijo el Señor a Abram: Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre» [], etc., no se ha de suponer, porque esto sigue en el orden de la narración, que también siguió en el orden cronológico de los acontecimientos. Pues si fuera así, habría una dificultad insoluble. Porque después de estas palabras de Dios dichas a Abraham, la Escritura dice: «Y salió Abram, como el Señor le había dicho; y Lot fue con él. Abraham tenía setenta y cinco años cuando salió de Harán.» [] ¿Cómo puede ser esto verdad si salió de Harán después de la muerte de su padre? Pues cuando Taré tenía setenta años, como se indica arriba, engendró a Abraham; y si a este número añadimos los setenta y cinco años que Abraham contaba cuando salió de Harán, obtenemos 145 años. Por tanto, ese era el número de años de Taré cuando Abraham salió de aquella ciudad de Mesopotamia; pues había alcanzado el septuagésimo quinto año de su vida, y así su padre, que lo engendró en el septuagésimo año de su vida, había alcanzado, como se dijo, su año 145. Por consiguiente, no salió de allí después de la muerte de su padre, es decir, después de los 205 años que vivió su padre; sino que el año de su partida de aquel lugar, siendo su septuagésimo quinto, se infiere sin duda que fue el 145 de su padre, que lo engendró en su septuagésimo año. Y así ha de entenderse que la Escritura, según su costumbre, ha retrocedido al tiempo ya pasado en la narración; así como arriba, cuando mencionó a los nietos de Noé, dijo que estaban en sus naciones y lenguas; y sin embargo después, como si esto también hubiera seguido en orden de tiempo, dice: «Y toda la tierra era de un solo labio y de una sola habla para todos.» [] ¿Cómo, pues, podía decirse que estaban en sus propias naciones y según sus propias lenguas, si había una sola para todos; sino porque la narración retrocede para recoger lo que había pasado por alto? Aquí también, del mismo modo, después de decir: «Y fueron los días de Taré en Harán doscientos cinco años, y murió Taré en Harán,» la Escritura, retrocediendo a lo que había pasado por alto para completar lo que había comenzado acerca de Taré, dice: «Y dijo el Señor a Abram: Sal de tu tierra,» [] etc. Después de estas palabras de Dios se añade: «Y salió Abram, como el Señor le habló; y Lot fue con él. Pero Abram tenía setenta y cinco años cuando salió de Harán.» Por tanto, esto se hizo cuando su padre estaba en el año 145 de su edad; pues era entonces el septuagésimo quinto de la suya. Pero esta cuestión se resuelve también de otra manera, a saber, que los setenta y cinco años de Abraham cuando salió de Harán se cuentan desde el año en que fue librado del fuego de los caldeos, no desde el de su nacimiento, como si más bien debiera considerarse nacido entonces.
Ahora bien, el bienaventurado Esteban, al narrar estas cosas en los Hechos de los Apóstoles, dice: «El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de morar en Harán, y le dijo: Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, y ven a la tierra que te mostraré.» [] Según estas palabras de Esteban, Dios habló a Abraham no después de la muerte de su padre, quien ciertamente murió en Harán, donde su hijo también moraba con él, sino antes de que morara en aquella ciudad, aunque ya estaba en Mesopotamia. Por tanto, ya había salido de los caldeos. De modo que cuando Esteban añade: «Entonces Abraham salió de la tierra de los caldeos y habitó en Harán,» [] esto no señala lo que sucedió después de que Dios le habló (pues no fue después de estas palabras de Dios que salió de la tierra de los caldeos, ya que dice que Dios le habló en Mesopotamia), sino que la palabra «entonces» que usa se refiere a todo aquel período desde su salida de la tierra de los caldeos y su morada en Harán. Asimismo, en lo que sigue: «Y de allí, cuando su padre murió, lo trasladó a esta tierra, en la cual vosotros habitáis ahora, y vuestros padres,» no dice que después de muerto su padre salió de Harán; sino que de allí lo estableció aquí, después de muerto su padre. Ha de entenderse, por tanto, que Dios había hablado a Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de morar en Harán; pero que vino a Harán con su padre, teniendo presente el precepto de Dios, y que salió de allí en su septuagésimo quinto año, que era el 145 de su padre. Pero dice que su establecimiento en la tierra de Canaán, no su salida de Harán, tuvo lugar después de la muerte de su padre; porque su padre ya había muerto cuando compró la tierra y entró personalmente en posesión de ella. Pero cuando, habiéndose establecido ya en Mesopotamia, es decir, habiendo ya salido de la tierra de los caldeos, Dios dice: «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre,» [] esto significa, no que debiera sacar su cuerpo de allí, pues eso ya lo había hecho, sino que debiera arrancar su alma. Pues no había salido de allí en su mente, si estaba retenido por la esperanza y el deseo de volver—esperanza y deseo que habían de ser cortados por el mandato y la ayuda de Dios, y por su propia obediencia. No sería ciertamente una suposición increíble que después, cuando Nacor siguió a su padre, Abraham cumpliera entonces el precepto del Señor, de salir de Harán con Sara su mujer y Lot, hijo de su hermano.
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Deben considerarse ahora las promesas de Dios hechas a Abraham; pues en ellas los oráculos de nuestro Dios, es decir, del Dios verdadero, comenzaron a aparecer más abiertamente acerca del pueblo piadoso, al que anunció la autoridad profética. La primera de ellas dice así: «Y dijo el Señor a Abram: Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, y ve a una tierra que te mostraré; y haré de ti una gran nación, y te bendeciré y engrandeceré tu nombre; y serás bendito; y bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan; y en ti serán benditas todas las tribus de la tierra.» [] Ahora bien, ha de observarse que se prometen dos cosas a Abraham: la una, que su descendencia poseería la tierra de Canaán, lo cual se indica cuando se dice: «Ve a una tierra que te mostraré, y haré de ti una gran nación;» pero la otra, mucho más excelente, no acerca de la descendencia carnal sino de la espiritual, por la cual él es padre, no de la única nación israelita, sino de todas las naciones que siguen las huellas de su fe, la cual fue prometida primero en estas palabras: «Y en ti serán benditas todas las tribus de la tierra.» Eusebio pensó que esta promesa fue hecha en el septuagésimo quinto año de Abraham, como si poco después de hecha Abraham hubiera salido de Harán, porque no se puede contradecir la Escritura en la que leemos: «Abram tenía setenta y cinco años cuando salió de Harán.» Pero si esta promesa se hizo en ese año, entonces, por supuesto, Abraham estaba en Harán con su padre; pues no podía salir de allí a menos que primero hubiera habitado allí. ¿Contradice, pues, esto lo que dice Esteban, «El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, cuando estaba en Mesopotamia, antes de morar en Carán?» [] Pero ha de entenderse que todo tuvo lugar en el mismo año—tanto la promesa de Dios antes de que Abraham morara en Harán, como su morada en Harán, y su salida de allí—no solo porque Eusebio en las Crónicas cuenta desde el año de esta promesa y muestra que después de 430 años tuvo lugar el éxodo de Egipto, cuando se dio la ley, sino porque también el apóstol Pablo lo menciona.
De los tres reinos más famosos de las naciones, de los cuales uno, a saber, el asirio, era ya muy eminente cuando nació Abraham
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Durante el mismo período hubo tres reinos famosos de las naciones, en los cuales floreció principalmente la ciudad de los nacidos de la tierra, es decir, la sociedad de los hombres que viven según el hombre bajo la dominación de los ángeles caídos, a saber, los tres reinos de Sición, Egipto y Asiria. De estos, Asiria era con mucho el más poderoso y sublime; pues aquel rey Nino, hijo de Belo, había sometido a los pueblos de toda Asia excepto la India. Por Asia no me refiero ahora a aquella parte que es una provincia de esta Asia mayor, sino a lo que se llama Asia Universal, que algunos consideran la mitad, pero la mayoría como la tercera parte de todo el mundo—siendo las tres Asia, Europa y África, haciendo así una división desigual. Pues la parte llamada Asia se extiende desde el sur a través del este hasta el norte; Europa desde el norte hasta el oeste; y África desde el oeste hasta el sur. Así vemos que dos, Europa y África, contienen una mitad del mundo, y Asia sola la otra mitad. Y estas dos partes están hechas por la circunstancia de que entre ellas entra desde el océano toda el agua mediterránea, que forma este gran mar nuestro. De modo que, si divides el mundo en dos partes, el este y el oeste, Asia estará en una, y Europa y África en la otra. Así, de los tres reinos entonces famosos, uno, a saber, Sición, no estaba bajo los asirios, porque estaba en Europa; pero en cuanto a Egipto, ¿cómo podía dejar de estar sujeto al imperio que gobernaba toda Asia con la única excepción de la India? En Asiria, por tanto, el dominio de la ciudad impía tenía la preeminencia. Su cabeza era Babilonia—una ciudad nacida de la tierra, nombre muy apropiado, pues significa confusión. Allí reinó Nino después de la muerte de su padre Belo, quien primero había reinado allí sesenta y cinco años. Su hijo Nino, quien, a la muerte de su padre, sucedió en el reino, reinó cincuenta y dos años, y había sido rey cuarenta y tres años cuando nació Abraham, lo cual fue alrededor del año 1200 antes de la fundación de Roma, como otra Babilonia en el occidente.
De la repetida alocución de Dios a Abraham, en la que prometió la tierra de Canaán a él y a su descendencia
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Abraham, pues, habiendo salido de Harán en el septuagésimo quinto año de su propia edad, y en el ciento cuarenta y cinco de su padre, fue con Lot, hijo de su hermano, y Sara su mujer, a la tierra de Canaán, y llegó hasta Siquem, donde de nuevo recibió el oráculo divino, del cual está escrito así: «Y apareció el Señor a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra.» [] Aquí no se promete nada acerca de aquella descendencia en la que es hecho padre de todas las naciones, sino solo acerca de aquella por la que es padre de la única nación israelita; pues por esta descendencia fue poseída aquella tierra.
De la preservación divina de la castidad de Sara en Egipto, cuando Abraham la llamó no su esposa sino su hermana
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Habiendo edificado allí un altar, e invocado a Dios, Abraham partió de allí y habitó en el desierto, y fue compelido por la presión del hambre a pasar a Egipto. Allí llamó a su esposa su hermana, y no dijo mentira alguna. Pues esto era también, porque era de sangre cercana; así como Lot, por razón de la misma cercanía, siendo hijo de su hermano, es llamado su hermano. Ahora bien, no negó que fuera su esposa, sino que guardó silencio al respecto, encomendando a Dios la defensa de la castidad de su esposa, y proveyendo como hombre contra las astucias humanas; porque si no hubiera provisto contra el peligro tanto como podía, habría estado tentando a Dios antes que confiando en Él. Hemos dicho bastante sobre este asunto contra las calumnias de Fausto el maniqueo. Al fin tuvo lugar lo que Abraham había esperado que el Señor hiciera. Pues Faraón, rey de Egipto, que la había tomado para sí como esposa, la devolvió a su marido al ser severamente castigado con plagas. Y lejos esté de nosotros creer que ella fue mancillada por yacer con otro; porque es mucho más creíble que, por estas grandes aflicciones, a Faraón no le fue permitido hacer esto.
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Al regresar Abraham de Egipto al lugar que había dejado, Lot, hijo de su hermano, se apartó de él hacia la tierra de Sodoma, sin quebranto de la caridad. Pues se habían enriquecido, y comenzaron a tener muchos pastores de ganado, y cuando estos contendieron entre sí, evitaron de esta manera la pugnaz discordia de sus familias. En efecto, según van los asuntos humanos, esta causa podría incluso haber dado origen a alguna contienda entre ellos mismos. Por consiguiente, estas son las palabras de Abraham a Lot, cuando tomaba precaución contra este mal, «No haya contienda entre mí y ti, ni entre mis pastores y tus pastores; porque somos hermanos. He aquí, ¿no está toda la tierra delante de ti? Sepárate de mí: si vas a la izquierda, yo iré a la derecha; o si vas a la derecha, yo iré a la izquierda.» [] De esto, quizás, ha surgido una costumbre pacífica entre los hombres, que cuando hay alguna partición de cosas terrenas, el mayor haga la división, el menor la elección.
De la tercera promesa de Dios, por la cual aseguró la tierra de Canaán a Abraham y a su descendencia a perpetuidad
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Ahora bien, cuando Abraham y Lot se hubieron separado, y habitaron aparte, debido a la necesidad de sustentar a sus familias, y no a vil discordia, y Abraham estaba en la tierra de Canaán, pero Lot en Sodoma, el Señor dijo a Abraham en un tercer oráculo, «Alza tus ojos, y mira desde el lugar donde ahora estás, hacia el norte, y hacia África, y hacia el oriente, y hacia el mar; porque toda la tierra que ves, a ti te la daré, y a tu descendencia para siempre. Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra: si alguno puede contar el polvo de la tierra, tu descendencia también será contada. Levántate, y recorre la tierra, a lo largo de ella, y a lo ancho de ella; porque a ti te la daré.» [] No aparece claramente si en esta promesa está contenida también aquella por la cual es hecho padre de todas las naciones. Pues la cláusula, «Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra,» puede parecer referirse a esto, siendo dicha por aquella figura que los griegos llaman hipérbole, la cual ciertamente es figurada, no literal. Pero ninguna persona de entendimiento puede dudar de qué manera usa la Escritura esta y otras figuras. Pues aquella figura (es decir, modo de hablar) se usa cuando lo que se dice es mucho mayor que lo que con ella se quiere significar; pues ¿quién no ve cuán incomparablemente mayor debe ser el número del polvo que el de todos los hombres que puede haber desde Adán mismo hasta el fin del mundo? ¡Cuánto mayor, pues, debe ser que la descendencia de Abraham—no solo la que pertenece a la nación de Israel, sino también la que es y será según la imitación de la fe en todas las naciones de todo el ancho mundo! Pues aquella descendencia es ciertamente muy pequeña en comparación con la multitud de los impíos, aunque incluso aquellos pocos por sí mismos forman una multitud innumerable, que por hipérbole es comparada al polvo de la tierra. Verdaderamente aquella multitud que fue prometida a Abraham no es innumerable para Dios, aunque lo sea para el hombre; pero para Dios ni siquiera el polvo de la tierra lo es. Además, la promesa aquí hecha puede entenderse no solo de la nación de Israel, sino de toda la descendencia de Abraham, que puede ser aptamente comparada al polvo por su multitud, porque respecto a ella también hay la promesa de muchos hijos, no según la carne, sino según el espíritu. Pero por eso hemos dicho que esto no aparece claramente, porque la multitud incluso de aquella única nación, que nació según la carne de Abraham por medio de su nieto Jacob, ha crecido tanto que ha llenado casi todas las partes del mundo. Por consiguiente, incluso ella podría por hipérbole ser comparada al polvo por su multitud, porque aun ella sola es innumerable para el hombre. Ciertamente nadie cuestiona que solo aquella tierra es la que se llama Canaán. Pero aquella expresión, «A ti te la daré, y a tu descendencia para siempre,» puede mover a algunos, si por «para siempre» entienden «a la eternidad.» Pero si en este pasaje toman «para siempre» así, como firmemente sostenemos que significa que el comienzo del mundo venidero ha de ordenarse desde el fin del presente, no hay aún dificultad alguna, porque, aunque los israelitas son expulsados de Jerusalén, todavía permanecen en otras ciudades en la tierra de Canaán, y permanecerán hasta el fin; y cuando toda aquella tierra sea habitada por cristianos, ellos también son la misma descendencia de Abraham.
De la victoria de Abraham sobre los enemigos de Sodoma, cuando libró a Lot del cautiverio y fue bendecido por Melquisedec el sacerdote
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Habiendo recibido este oráculo de promesa, Abraham emigró, y permaneció en otro lugar de la misma tierra, es decir, junto a la encina de Mamré, que era Hebrón. Entonces, en la invasión de Sodoma, cuando cinco reyes hicieron guerra contra cuatro, y Lot fue tomado cautivo con los sodomitas vencidos, Abraham lo libró del enemigo, llevando consigo a la batalla trescientos dieciocho de sus siervos nacidos en casa, y ganó la victoria para los reyes de Sodoma, pero no quiso tomar nada del botín que le ofrecía el rey por quien lo había ganado. Fue entonces abiertamente bendecido por Melquisedec, que era sacerdote del Dios Altísimo, acerca del cual muchas y grandes cosas están escritas en la epístola que se inscribe a los Hebreos, que la mayoría dice ser del apóstol Pablo, aunque algunos lo niegan. Pues entonces apareció por primera vez el sacrificio que ahora es ofrecido a Dios por los cristianos en todo el ancho mundo, y se cumple aquello que mucho después del acontecimiento fue dicho por el profeta a Cristo, que aún había de venir en la carne, «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec,» — es decir, no según el orden de Aarón, pues aquel orden había de ser quitado cuando resplandecieran las cosas que eran intimadas de antemano por estas sombras.
De la palabra del Señor a Abraham, por la cual se le prometió que su posteridad sería multiplicada según la multitud de las estrellas; creyendo lo cual fue declarado justificado estando aún en la incircuncisión
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La palabra del Señor vino a Abraham también en una visión. Pues cuando Dios le prometió protección y galardón sumamente grande, él, estando solícito acerca de la posteridad, dijo que un cierto Eliezer de Damasco, nacido en su casa, sería su heredero. Inmediatamente le fue prometido un heredero, no aquel siervo nacido en casa, sino uno que había de salir del propio Abraham; y de nuevo una descendencia innumerable, no como el polvo de la tierra, sino como las estrellas del cielo,— lo cual más bien me parece una promesa de una posteridad exaltada en felicidad celestial. Pues, en lo que se refiere a la multitud, ¿qué son las estrellas del cielo comparadas con el polvo de la tierra, a menos que alguien dijera que la comparación es semejante en cuanto a que las estrellas tampoco pueden contarse? Pues no ha de creerse que todas ellas pueden verse. Pues cuanto más agudamente las observa uno, más ve. De modo que ha de suponerse que algunas permanecen ocultas a los observadores más agudos, por no hablar de aquellas estrellas que se dice que salen y se ponen en otra parte del mundo muy remota de nosotros. Finalmente, la autoridad de este libro condena a aquellos como Arato o Eudoxo, o cualesquiera otros que se jactan de haber hallado y escrito el número completo de las estrellas. Aquí, ciertamente, está puesta aquella sentencia que el apóstol cita para encomendar la gracia de Dios, «Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia;» para que la circuncisión no se gloríe, y no quiera recibir a las naciones incircuncisas en la fe de Cristo. Pues en el tiempo en que creyó, y su fe le fue contada por justicia, Abraham no había sido aún circuncidado.
Del significado del sacrificio que se mandó a Abraham ofrecer cuando suplicó ser instruido acerca de aquellas cosas que había creído
XVI, 24
En la misma visión, Dios hablándole dice también, «Yo soy Dios que te saqué de la región de los caldeos, para darte esta tierra en herencia.» [] Y cuando Abram preguntó por qué señal podría conocer que la heredaría, Dios le dijo, «Tómame una becerra de tres años, y una cabra de tres años, y un carnero de tres años, y una tórtola, y un pichón. Y tomó para sí todas estas cosas, y las dividió por la mitad, y puso cada pieza una frente a otra; pero las aves no las dividió. Y las aves de rapiña descendieron,» como está escrito, «sobre los cadáveres, y Abram se sentó junto a ellos. Pero a la puesta del sol, gran temor cayó sobre Abram; y, he aquí, un horror de gran oscuridad cayó sobre él. Y Él dijo a Abram: Sabe de cierto que tu descendencia será extranjera en una tierra no suya, y los reducirán a servidumbre y los afligirán cuatrocientos años: pero a la nación a la cual servirán juzgaré yo; y después saldrán de allí con gran sustancia. Y tú irás a tus padres en paz; conservado en buena vejez. Pero en la cuarta generación volverán acá: porque la iniquidad de los amorreos no está aún completa. Y cuando el sol se ponía, hubo una llama, y un horno humeante, y lámparas de fuego, que pasaron por entre aquellas piezas. En aquel día hizo el Señor un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río Éufrates: los ceneos, y los cenezeos, y los cadmoneos, y los hititas, y los ferezeos, y los refaítas, y los amorreos, y los cananeos, y los heveos, y los gergeseos, y los jebuseos.» []
Todas estas cosas fueron dichas y hechas en una visión de Dios; pero llevaría mucho tiempo, y excedería el alcance de esta obra, tratarlas exactamente en detalle. Basta que sepamos que, después que se dijo que Abram creyó en Dios, y le fue contado por justicia, no faltó en la fe al decir, «Señor Dios, ¿por qué señal conoceré que la he de heredar?» pues la herencia de aquella tierra le fue prometida. Ahora bien, no dice, ¿Cómo lo sabré?, como si aún no creyera; sino que dice, «¿Por qué señal lo conoceré,» dando a entender que se le diera alguna señal por la cual pudiera conocer la manera de aquellas cosas que había creído, así como no es por falta de fe que la Virgen María dice, «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» [] pues ella preguntaba acerca del modo en que habría de realizarse aquello que estaba cierta que sucedería. Y cuando preguntó esto, se le dijo, «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.» [] Aquí también, en fin, se dio un símbolo, consistente en tres animales, una becerra, una cabra y un carnero, y dos aves, una tórtola y un pichón, para que supiera que las cosas que no había dudado que sucederían habrían de acontecer conforme a este símbolo. Por tanto, ya sea que la becerra fuera una señal de que el pueblo habría de ser puesto bajo la ley, la cabra de que el mismo pueblo habría de volverse pecador, el carnero de que reinarían (y se dice que estos animales son de tres años por esta razón, que hay tres divisiones notables del tiempo, desde Adán hasta Noé, y desde él hasta Abraham, y desde él hasta David, quien, al ser rechazado Saúl, fue primeramente establecido por la voluntad del Señor en el reino de la nación israelita: en esta tercera división, que se extiende desde Abraham hasta David, aquel pueblo creció como si pasara por la tercera edad de la vida), o bien tenían algún otro significado más adecuado, todavía no tengo duda alguna de que las cosas espirituales fueron prefiguradas por ellos así como por la tórtola y el pichón. Y se dice, «Pero las aves no las dividió,» porque los hombres carnales están divididos entre sí, pero los espirituales de ningún modo, ya sea que se aparten de la bulliciosa conversación de los hombres, como la tórtola, o habiten entre ellos, como el pichón; pues ambas aves son simples e inofensivas, significando que aun en el pueblo israelita, al cual se había de dar aquella tierra, habría individuos que eran hijos de la promesa, y herederos del reino que ha de permanecer en felicidad eterna. Pero las aves de rapiña descendiendo sobre los cadáveres divididos no representan nada bueno, sino los espíritus de este aire, buscando algún alimento para sí mismos en la división de los hombres carnales. Pero que Abraham se sentara con ellos significa que aun en medio de estas divisiones de los carnales, los verdaderos creyentes perseverarán hasta el fin. Y que a la puesta del sol gran temor cayera sobre Abraham y un horror de gran oscuridad, significa que cerca del fin de este mundo los creyentes estarán en gran perturbación y tribulación, de la cual dijo el Señor en el evangelio, «Porque entonces habrá gran tribulación, cual no la hubo desde el principio.» []
Pero lo que se dice a Abraham, «Sabe de cierto que tu descendencia será extranjera en una tierra no suya, y los reducirán a servidumbre, y los afligirán 400 años,» es clarísimamente una profecía acerca del pueblo de Israel que habría de estar en servidumbre en Egipto. No que este pueblo hubiera de estar en aquella servidumbre bajo los opresivos egipcios por 400 años, sino que se predice que esto tendría lugar en el curso de aquellos 400 años. Pues como está escrito de Taré el padre de Abraham, «Y los días de Taré en Harán fueron 205 años,» [] no porque todos se pasaran allí, sino porque se completaron allí, así se dice aquí también, «Y los reducirán a servidumbre, y los afligirán 400 años,» por esta razón, porque aquel número se completó, no porque todo se pasara en aquella aflicción. Se dice que los años son 400 en números redondos, aunque fueron un poco más—ya sea que cuentes desde este tiempo, cuando estas cosas fueron prometidas a Abraham, o desde el nacimiento de Isaac, como la descendencia de Abraham, de la cual estas cosas se predicen. Pues, como ya hemos dicho arriba, desde el año setenta y cinco de Abraham, cuando le fue hecha la primera promesa, hasta el éxodo de Israel de Egipto, se cuentan 430 años, los cuales el apóstol menciona así: «Y esto digo: que el pacto confirmado por Dios, la ley, que fue hecha 430 años después, no puede anularlo, para hacer de ningún efecto la promesa.» [] Así pues, estos 430 años podrían llamarse 400, porque no son mucho más, especialmente puesto que parte incluso de aquel número ya había pasado cuando estas cosas fueron mostradas y dichas a Abraham en visión, o cuando Isaac nació en el año centésimo de su padre, veinticinco años después de la primera promesa, cuando de estos 430 años quedaban entonces 405, los cuales Dios tuvo a bien llamar 400. Nadie dudará que las otras cosas que siguen en las palabras proféticas de Dios pertenecen al pueblo de Israel.
Cuando se añade, «Y cuando el sol se estaba poniendo hubo una llama, y he aquí, un horno humeante, y lámparas de fuego, que pasaron por entre aquellas piezas,» esto significa que al fin del mundo los carnales serán juzgados por fuego. Pues así como la aflicción de la ciudad de Dios, tal como nunca fue antes, que se espera que tenga lugar bajo el Anticristo, fue significada por el horror de Abraham de gran oscuridad a la puesta del sol, es decir, cuando el fin del mundo se acerca—así a la puesta del sol, es decir, en el mismísimo fin del mundo, es significado por aquel fuego el día del juicio, que separa a los carnales que han de ser salvados por fuego de aquellos que han de ser condenados en el fuego. Y entonces el pacto hecho con Abraham particularmente expone la tierra de Canaán, y nombra once tribus en ella desde el río de Egipto hasta el gran río Éufrates. No es pues desde el gran río de Egipto, es decir, el Nilo, sino desde uno pequeño que separa Egipto de Palestina, donde está la ciudad de Rinocorura.
XVI, 25
Y aquí siguen los tiempos de los hijos de Abraham, el uno de Agar la sierva, el otro de Sara la libre, de quienes ya hemos hablado en el libro anterior. En cuanto a este asunto, Abraham de ningún modo ha de ser tachado de culpable respecto de esta concubina, pues la usó para engendrar descendencia, no para gratificación de la concupiscencia; y no para insultar, sino más bien para obedecer a su esposa, que supuso que sería consuelo de su esterilidad si podía servirse del vientre fecundo de su sierva para suplir el defecto de su propia naturaleza, y por aquella ley de la que dice el apóstol, «Asimismo tampoco el marido tiene potestad de su propio cuerpo, sino la mujer,» [] podía, como esposa, servirse de él para engendrar hijos por medio de otra, cuando no podía hacerlo en su propia persona. Aquí no hay concupiscencia desenfrenada, ni lascivia obscena. La sierva es entregada al marido por la esposa por causa de la descendencia, y es recibida por el marido por causa de la descendencia, buscando cada uno, no exceso culpable, sino fruto natural. Y cuando la sierva encinta despreció a su señora estéril, y Sara, con celos mujeriles, echó más bien la culpa de esto a su marido, aun entonces mostró Abraham que no era un amante esclavizado, sino un libre engendrador de hijos, y que al servirse de Agar había guardado la castidad de Sara su esposa, y había complacido la voluntad de ella y no la suya—la había recibido sin buscarla, se había allegado a ella sin apego, la había fecundado sin amarla—pues dice, «He aquí tu sierva está en tus manos; haz con ella lo que bien te parezca;» [] un hombre capaz de usar de las mujeres como debe un hombre—a su esposa con templanza, a su sierva con condescendencia, ¡a ninguna con intemperancia!
Del testimonio de Dios a Abraham, por el cual le asegura, ya anciano, un hijo de la estéril Sara, y le constituye padre de las naciones, y sella su fe en la promesa por el sacramento de la circuncisión
XVI, 26
Después de estas cosas nació Ismael de Agar; y Abraham pudo pensar que en él se había cumplido lo que Dios le había prometido, diciendo, cuando quiso adoptar a su siervo nacido en casa, «No será este tu heredero; sino el que saldrá de tus entrañas, ese será tu heredero.» [] Por tanto, para que no pensara que lo prometido se había cumplido en el hijo de la sierva, «cuando Abram tenía noventa y nueve años, se le apareció Dios y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto, y pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera.»
Aquí hay promesas más distintas sobre la llamada de las naciones en Isaac, es decir, en el hijo de la promesa, por el cual se significa la gracia y no la naturaleza; pues el hijo es prometido de un anciano y de una anciana estéril. Porque aunque Dios obra también el curso natural de la procreación, sin embargo, donde la acción de Dios es manifiesta, por la decadencia o el fallo de la naturaleza, la gracia se discierne más claramente. Y como esto había de realizarse no por generación, sino por regeneración, se ordenó entonces la circuncisión, cuando se prometió un hijo de Sara. Y al ordenar que todos, no solo los hijos, sino también los siervos nacidos en casa y los comprados, fueran circuncidados, testifica que esta gracia pertenece a todos. Pues ¿qué otra cosa significa la circuncisión sino una naturaleza renovada al despojarse de lo viejo? ¿Y qué otra cosa significa el octavo día sino Cristo, que resucitó cuando se completó la semana, es decir, después del sábado? Los mismos nombres de los padres son cambiados: todas las cosas proclaman novedad, y el nuevo pacto está prefigurado en el antiguo. Pues ¿qué implica el término antiguo pacto sino el ocultamiento del nuevo? ¿Y qué implica el término nuevo pacto sino la revelación del antiguo? La risa de Abraham es la exultación del que se regocija, no la risa burlona del que desconfía. Y aquellas palabras suyas en su corazón, «¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir?» no son palabras de duda, sino de asombro. Y cuando se dice, «Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en la que eres extranjero, toda la tierra de Canaán, en heredad perpetua,» si a alguien le preocupa si esto ha de tenerse por cumplido, o si su cumplimiento aún ha de esperarse, puesto que ninguna clase de posesión terrenal puede ser perpetua para nación alguna, sepa que la palabra traducida perpetua por nuestros escritores es lo que los griegos llaman αἰώνιον, que deriva de αἰὼν, el término griego para sæculum, una edad. Pero los latinos no se han atrevido a traducir esto por secular, no sea que cambiaran el significado a algo muy diferente. Pues muchas cosas se llaman seculares que en este mundo ocurren de tal modo que pasan incluso en poco tiempo; pero lo que se llama αἰώνιον o no tiene fin, o dura hasta el fin mismo de este mundo.