Capítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
XX, 4
Las pruebas, pues, de este juicio final de Dios que me propongo aducir se tomarán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo. Porque aunque el Antiguo Testamento es anterior en el tiempo, el Nuevo tiene la precedencia en valor intrínseco; pues el Antiguo hace de heraldo del Nuevo. Citaremos, por tanto, primero pasajes del Nuevo Testamento, y los confirmaremos con citas del Antiguo Testamento. El Antiguo contiene la ley y los profetas; el Nuevo, el evangelio y las epístolas apostólicas. Ahora bien, dice el Apóstol: «Por la ley es el conocimiento del pecado. Pero ahora, sin la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, atestiguada por la ley y los profetas; la justicia de Dios por la fe de Jesucristo para todos los que creen.» [] Esta justicia de Dios pertenece al Nuevo Testamento, y la evidencia de ella existe en los libros antiguos, es decir, en la ley y los profetas. Expongo, pues, primero el asunto y luego llamo a los testigos. Este orden nos manda observar el mismo Jesucristo, diciendo: «El escriba instruido en el reino de Dios es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas.» [] No dijo «viejas y nuevas,» lo que ciertamente habría dicho si no hubiera querido seguir el orden del mérito más que el del tiempo.
XX, 5
El Salvador mismo, mientras reprendía a las ciudades en las que había hecho grandes obras, pero que no habían creído, y las ponía en comparación desfavorable con ciudades extranjeras, dice: «Mas yo os digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para Tiro y Sidón que para vosotras.» [] Y poco después dice: «De cierto os digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma que para ti.» [] Aquí predice clarísimamente que ha de venir un día de juicio. Y en otro lugar dice: «Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque se arrepintieron ante la predicación de Jonás, y he aquí uno mayor que Jonás está aquí. La reina del sur se levantará en el juicio con esta generación, y la condenará; porque vino de los confines de la tierra para oír las palabras de Salomón, y he aquí uno mayor que Salomón está aquí.» [] Dos cosas aprendemos de este pasaje: que ha de haber un juicio, y que ha de tener lugar en la resurrección de los muertos. Pues cuando habló de los ninivitas y de la reina del sur, ciertamente habló de personas muertas, y sin embargo dijo que se levantarían en el día del juicio. No dijo: «Ellos condenarán,» como si ellos mismos fueran a ser los jueces, sino porque, en comparación con ellos, los otros serán justamente condenados.
De nuevo, en otro pasaje, en el que hablaba de la mezcla presente y de la futura separación de buenos y malos —separación que se hará en el día del juicio—, adujo una comparación tomada del trigo sembrado y de la cizaña sembrada entre él, y dio esta explicación a sus discípulos: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre,» etc. Aquí, en efecto, no nombró el juicio ni el día del juicio, pero lo indicó mucho más claramente al describir las circunstancias, y predijo que tendría lugar al fin del mundo.
Del mismo modo dice a sus discípulos: «De cierto os digo que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, os sentaréis también sobre doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel.» [] Aquí aprendemos que Jesús juzgará con sus discípulos. Y por eso dijo en otro lugar a los judíos: «Y si yo por Beelzebú echo fuera los demonios, ¿por quién los echan fuera vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces.» [] Ni debemos suponer que sólo doce hombres juzgarán con Él, aunque diga que se sentarán sobre doce tronos; porque por el número doce se significa la plenitud de la multitud de los que juzgarán. Pues las dos partes del número siete (que comúnmente simboliza la totalidad), es decir, cuatro y tres, multiplicadas entre sí, dan doce. Porque cuatro por tres, o tres por cuatro, son doce. Hay también otros significados en este número doce. Si ésta no fuera la recta interpretación de los doce tronos, entonces, puesto que leemos que Matías fue ordenado apóstol en lugar de Judas el traidor, el apóstol Pablo, aunque trabajó más que todos ellos, [] no tendría trono de juicio; pero él se considera inequívocamente incluido en el número de los jueces cuando dice: «¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?» [] La misma regla debe observarse al aplicar el número doce a los que han de ser juzgados. Pues aunque se dijo: «juzgando a las doce tribus de Israel,» la tribu de Leví, que es la decimotercera, no quedará por eso exenta del juicio, ni se juzgará sólo a Israel y no a las demás naciones. Y con las palabras «en la regeneración,» ciertamente quiso dar a entender la resurrección de los muertos; pues nuestra carne será regenerada por la incorrupción, como nuestra alma es regenerada por la fe.
Omito muchos pasajes, porque, aunque parecen referirse al juicio final, examinados más de cerca resultan ambiguos o aluden más bien a otro acontecimiento: ya a aquella venida del Salvador que se realiza continuamente en su Iglesia, es decir, en sus miembros, en la cual viene poco a poco y por partes, puesto que toda la Iglesia es su cuerpo, ya a la destrucción de la Jerusalén terrena. Pues cuando habla incluso de esto, emplea a menudo un lenguaje aplicable al fin del mundo y a aquel último y gran día del juicio, de modo que estos dos acontecimientos no pueden distinguirse a menos que se comparen entre sí todos los pasajes correspondientes sobre el asunto en los tres evangelistas, Mateo, Marcos y Lucas —pues unas cosas son expuestas más oscuramente por un evangelista y más claramente por otro—, para que resulte evidente qué cosas han de referirse a un solo acontecimiento. Esto es lo que me he esforzado por hacer en una carta que escribí a Hesiquio, de feliz memoria, obispo de Salona, y que titulé: «Del fin del mundo.»
Citaré ahora del Evangelio según Mateo el pasaje que habla de la separación de los buenos de los malos por el eficacísimo y final juicio de Cristo: «Cuando el Hijo del hombre,» dice, «venga en su gloria,... entonces dirá también a los de su izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.» Luego enumera de modo semejante a los malos las cosas que no habían hecho, pero que Él había dicho que habían hecho los de la derecha. Y cuando preguntan cuándo lo habían visto necesitado de esas cosas, responde que, por cuanto no lo hicieron a uno de sus hermanos más pequeños, no lo hicieron a Él, y concluye su discurso con las palabras: «E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.» Además, el evangelista Juan declara con toda claridad que Él había predicho que el juicio tendría lugar en la resurrección de los muertos. Pues después de decir: «El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió;» añade inmediatamente: «En verdad, en verdad os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no vendrá a juicio, sino que ha pasado de muerte a vida.» [] Aquí dijo que los creyentes en Él no vendrían a juicio. ¿Cómo, pues, serán separados de los malos por el juicio y puestos a su derecha, a menos que en este pasaje se use la palabra juicio por condenación? Porque a ese juicio, en este sentido, no vendrán los que oyen su palabra y creen en Aquel que le envió.
XX, 6
Después añade estas palabras: «En verdad, en verdad os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo.» [] Todavía no habla aquí de la segunda resurrección, es decir, de la resurrección del cuerpo, que tendrá lugar al fin, sino de la primera, que es ahora. Para hacer esta distinción dice: «Viene la hora, y ahora es.» Ahora bien, esta resurrección no se refiere al cuerpo, sino al alma. Porque también las almas tienen su propia muerte en la maldad y en los pecados, por la cual son los muertos de quienes los mismos labios dicen: «Dejad que los muertos entierren a sus muertos,» [] — es decir, dejad que los que están muertos en el alma entierren a los que están muertos en el cuerpo. De estos muertos, pues —los muertos en la impiedad y en la maldad—, dice: «Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.» «Los que la oyeren,» es decir, los que obedecen, creen y perseveran hasta el fin. Aquí no se hace diferencia entre buenos y malos. Porque para todos los hombres es bueno oír su voz y vivir, pasando de la muerte de la impiedad a la vida de la piedad. De esta muerte dice el apóstol Pablo: «Por tanto, todos están muertos, y Él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos.» [] Así, todos, sin excepción alguna, estaban muertos en pecados, ya originales o voluntarios, pecados de ignorancia o pecados cometidos contra el conocimiento; y por todos los muertos murió el único que vivía, es decir, el que no tenía pecado alguno, para que los que viven por la remisión de sus pecados vivan, no para sí, sino para Aquel que murió por todos, por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación, a fin de que nosotros, creyendo en Aquel que justifica al impío y siendo justificados de la impiedad o vivificados de la muerte, podamos alcanzar la primera resurrección, que es ahora. Porque en esta primera resurrección no tienen parte sino los que serán eternamente bienaventurados; pero en la segunda, de la que pasa a hablar, todos, como veremos, tienen parte, tanto los bienaventurados como los desdichados. La una es resurrección de misericordia; la otra, de juicio. Y por eso está escrito en el salmo: «De misericordia y de juicio cantaré; a ti, oh Señor, cantaré.»
Y de este juicio pasó a decir: «Y le ha dado autoridad para ejecutar juicio, por cuanto es el Hijo del hombre.» Aquí muestra que vendrá a juzgar en aquella carne en la que había venido a ser juzgado. Pues para mostrar esto dice: «por cuanto es el Hijo del hombre.» Y luego siguen las palabras que nos interesan: «No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán: los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida; y los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio.» [] Este juicio lo usa aquí en el mismo sentido que poco antes, cuando dice: «El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no vendrá a juicio, sino que ha pasado de muerte a vida;» es decir., por tener parte en la primera resurrección, mediante la cual se hace en el tiempo presente el tránsito de la muerte a la vida, no vendrá a condenación, la cual menciona con el nombre de juicio, como también en el lugar donde dice: «mas los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio,» es decir., de condenación. Por tanto, quien no quiera ser condenado en la segunda resurrección, levántese en la primera. Porque «viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán,» es decir., no vendrán a condenación, que se llama la segunda muerte; a cuya muerte, después de la segunda resurrección, esto es, la corporal, serán arrojados los que no resucitan en la primera resurrección, esto es, la espiritual. Porque «viene la hora» (pero aquí no dice, «y ahora es,» porque vendrá al fin del mundo, en el último y más grande juicio de Dios) «cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán.» No dice, como en la primera resurrección, «Y los que la oyeren vivirán.» Pues no todos vivirán, al menos con aquella vida que es la única que debe llamarse vida, porque ella sola es bienaventurada. Pues alguna clase de vida han de tener para oír y salir de los sepulcros en sus cuerpos resucitados. Y por qué no todos vivirán lo enseña en las palabras que siguen: «Los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida,» — éstos son los que vivirán; «mas los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio,» — éstos son los que no vivirán, pues morirán en la segunda muerte. Hicieron lo malo porque su vida fue mala; y su vida fue mala porque no fue renovada en la primera resurrección, esto es, la espiritual, que es ahora, o porque no perseveraron hasta el fin en su vida renovada. Así como hay dos regeneraciones, de las que ya he hecho mención —la una según la fe, y que tiene lugar en la vida presente por medio del bautismo; la otra según la carne, y que se llevará a cabo en su incorrupción e inmortalidad por medio del grande y final juicio—, así hay también dos resurrecciones —la una, la primera resurrección, la espiritual, que tiene lugar en esta vida y nos preserva de venir a la segunda muerte; la otra, la segunda, que no ocurre ahora, sino al fin del mundo, y que es del cuerpo, no del alma, y que por el último juicio enviará a unos a la segunda muerte, y a otros a aquella vida que no tiene muerte.
Qué se dice en el Apocalipsis de Juan sobre las dos resurrecciones y los mil años, y qué puede sostenerse razonablemente al respecto
XX, 7
El evangelista Juan habló de estas dos resurrecciones en el libro que se llama Apocalipsis, pero de tal modo que algunos cristianos no comprenden la primera de las dos, y así tuercen el pasaje en fantasías ridículas. Pues el apóstol Juan dice en el citado libro: «Y vi a un ángel que descendía del cielo... Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección: sobre éstos la segunda muerte no tiene poder, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con Él mil años.» Quienes, apoyándose en este pasaje, han sospechado que la primera resurrección es futura y corporal, se han dejado mover, entre otras cosas, especialmente por el número de mil años, como si fuera cosa adecuada que los santos disfrutaran así de una especie de descanso sabático durante ese período, un ocio santo tras las fatigas de los seis mil años transcurridos desde que el hombre fue creado y, a causa de su gran pecado, despedido de la bienaventuranza del paraíso a las miserias de esta vida mortal, de modo que, como está escrito: «Un día es para el Señor como mil años, y mil años como un día,» [] siguiera, al cumplirse los seis mil años, como seis días, una especie de sábado del séptimo día en los mil años sucesivos; y que con ese fin resucitan los santos, es decir, para celebrar este sábado. Y esta opinión no sería objetable si se creyera que los gozos de los santos en ese sábado serán espirituales y consecuencia de la presencia de Dios; pues yo mismo sostuve en otro tiempo esta opinión. Pero, como afirman que quienes entonces resuciten disfrutarán del ocio de banquetes carnales desmedidos, provistos de tal cantidad de carne y bebida que no sólo escandaliza el sentimiento de los moderados, sino que supera incluso la medida de la credulidad misma, tales afirmaciones sólo pueden ser creídas por los carnales. A quienes las creen los llaman los espirituales Chiliastas, nombre que podemos reproducir literalmente como Milenarios. Sería un proceso tedioso refutar estas opiniones punto por punto: preferimos proceder a mostrar cómo debe entenderse ese pasaje de la Escritura.
El Señor Jesucristo mismo dice: «Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no ata al hombre fuerte» —queriendo decir con el hombre fuerte al diablo, porque tenía poder para cautivar al género humano; y queriendo decir con sus bienes que había de tomar, a aquellos que habían sido tenidos por el diablo en diversos pecados e iniquidades, pero que habían de convertirse en creyentes en Él. Fue, pues, para atar a este fuerte que el apóstol vio en el Apocalipsis «un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo y una cadena en su mano. Y prendió,» dice, «al dragón, aquella serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, y lo ató por mil años,» —es decir, frenó y restringió su poder para que no pudiera seducir y apoderarse de quienes habían de ser liberados. Ahora bien, los mil años pueden entenderse de dos maneras, en cuanto se me ocurre: o porque estas cosas suceden en el sexto millar de años o sexto milenio (cuya última parte está transcurriendo ahora), como durante el sexto día, al que ha de seguir un sábado que no tiene tarde, el descanso sin fin de los santos, de modo que, hablando de una parte bajo el nombre del todo, llama a la última parte del milenio —la parte, es decir, que aún había de expirar antes del fin del mundo— mil años; o usó los mil años como equivalente de toda la duración de este mundo, empleando el número de la perfección para señalar la plenitud del tiempo. Pues mil es el cubo de diez. Porque diez por diez da cien, es decir, el cuadrado sobre una superficie plana. Pero para dar a esta superficie altura, y hacerla un cubo, el cien se multiplica de nuevo por diez, lo que da mil. Además, si a veces cien se usa para la totalidad, como cuando el Señor dijo por vía de promesa a quien dejó todo y lo siguió: «Recibirá en este mundo el céntuplo;» [] de lo cual el apóstol da, por así decirlo, una explicación cuando dice: «Como no teniendo nada, pero poseyéndolo todo,» [] —pues ya de antiguo se había dicho: El mundo entero es la riqueza de un creyente—, ¿con cuánta mayor razón se pone mil por la totalidad, ya que es el cubo, mientras que el otro es sólo el cuadrado? Y por la misma razón no podemos interpretar mejor las palabras del salmo: «Se ha acordado de su alianza para siempre, de la palabra que mandó a mil generaciones,» que entendiéndolas como «a todas las generaciones.»
«Y lo arrojó al abismo,» —es decir, arrojó al diablo al abismo. Por el abismo se entiende la multitud incontable de los malvados cuyos corazones son insondablemente profundos en malignidad contra la Iglesia de Dios; no que el diablo no estuviera allí antes, sino que se dice que es arrojado allí porque, al verse impedido de dañar a los creyentes, toma posesión más completa de los impíos. Pues aquel hombre es poseído más abundantemente por el diablo que no sólo está alienado de Dios, sino que además odia gratuitamente a quienes sirven a Dios. «Y lo encerró, y puso un sello sobre él, para que no engañara más a las naciones hasta que se cumplieran los mil años.» «Lo encerró,» —es decir, le prohibió salir, hacer lo que estaba prohibido. Y la adición de «puso un sello sobre él» me parece significar que se dispuso mantener en secreto quién pertenecía al partido del diablo y quién no. Pues en este mundo esto es un secreto, ya que no podemos saber si incluso el hombre que parece estar firme caerá, o si el que parece yacer se levantará. Pero con la cadena y la prisión de esta interdicción el diablo es prohibido y restringido de seducir a aquellas naciones que pertenecen a Cristo, pero que antes sedujo o tuvo en sujeción. Pues antes de la fundación del mundo Dios eligió rescatar a éstas del poder de las tinieblas, y trasladarlas al reino del Hijo de su amor, como dice el apóstol. [] Pues ¿qué cristiano ignora que seduce naciones aun ahora, y las arrastra consigo al castigo eterno, pero no a los predestinados a la vida eterna? Y que nadie se turbe por la circunstancia de que el diablo seduce a menudo incluso a quienes han sido regenerados en Cristo, y han comenzado a andar en el camino de Dios. Pues «el Señor conoce a los que son suyos,» [] y de éstos el diablo no seduce a ninguno para condenación eterna. Pues es como Dios, de quien nada se oculta ni siquiera de las cosas futuras, que el Señor los conoce; no como hombre, que ve a un hombre en el tiempo presente (si puede decirse que ve a aquel cuyo corazón no ve), pero no se ve ni a sí mismo en cuanto a poder saber qué clase de persona ha de ser. El diablo, pues, está atado y encerrado en el abismo para que no seduzca a las naciones de las cuales se reúne la Iglesia, y que antes sedujo cuando la Iglesia no existía. Pues no se dice «que no deba seducir a hombre alguno,» sino «que no deba seducir a las naciones» —queriendo decir, sin duda, aquellas entre las cuales existe la Iglesia— «hasta que se cumplan los mil años,» —es decir, o lo que queda del sexto día que consiste en mil años, o todos los años que han de transcurrir hasta el fin del mundo.
Las palabras, «que no deba seducir a las naciones hasta que se cumplan los mil años,» no deben entenderse como indicando que después ha de seducir sólo a aquellas naciones de las que se compone la Iglesia predestinada, y de cuya seducción es restringido por aquella cadena y prisión; sino que se usan conforme a ese uso empleado frecuentemente en la Escritura y ejemplificado en el salmo: «Así nuestros ojos esperan al Señor nuestro Dios, hasta que tenga misericordia de nosotros,» —no como si los ojos de sus siervos ya no esperaran al Señor su Dios cuando tuviera misericordia de ellos. O bien el orden de las palabras es indudablemente éste: «Y lo encerró y puso un sello sobre él, hasta que se cumplieran los mil años;» y la cláusula interpuesta, «que no sedujera más a las naciones,» no ha de entenderse en la conexión en que se encuentra, sino separadamente, y como añadida después, de modo que toda la sentencia pudiera leerse: «Y lo encerró y puso un sello sobre él hasta que se cumplieran los mil años, para que no sedujera más a las naciones,» —es decir, está encerrado hasta que se cumplan los mil años, por esta razón: para que ya no engañe más a las naciones.
Comentario editorial · Los mil años
Agustín rechaza la lectura carnal de Apocalipsis 20 (los «milenarios» o quiliastas) y añade que, si los gozos de ese sábado fueran espirituales, la idea no sería reprobable y que él mismo la sostuvo en otro tiempo. Propone dos lecturas de los mil años: el sexto milenio, cuya última parte corre, o la totalidad del tiempo, con el mil como número de plenitud (XX, 7); y en XX, 9 sitúa el reinado de los santos con Cristo en el tiempo presente de la Iglesia. Wikipedia presenta la lectura como la sistematización agustiniana del amilenarismo, dominante en la Edad Media y la Reforma, y dice que Agustín fue antes premilenarista. Otras lecturas de Apocalipsis 20 están en El milenio: cuatro lecturas de Apocalipsis 20.
Para ampliar: Amillennialism (Wikipedia (en)).
XX, 8
«Después de eso,» dice Juan, «debe ser desatado por un poco de tiempo.» Si el atamiento y encierro del diablo significa que se le impide seducir a la Iglesia, ¿su desatamiento debe ser la recuperación de esta capacidad? De ningún modo. Pues la Iglesia predestinada y elegida antes de la fundación del mundo, la Iglesia de la cual se dice: «El Señor conoce a los que son suyos,» jamás será seducida por él. Y sin embargo habrá una Iglesia en este mundo aun cuando el diablo sea desatado, como la ha habido desde el principio, y la habrá siempre, siendo llenados los lugares de los que mueren por nuevos creyentes. Pues poco después dice Juan que el diablo, siendo desatado, arrastrará a las naciones que ha seducido en todo el mundo a hacer guerra contra la Iglesia, y que el número de estos enemigos será como la arena del mar. «Y subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada: y descendió fuego de Dios desde el cielo y los devoró. Y el diablo que los sedujo fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.» [] Esto se refiere al juicio final, pero he creído oportuno mencionarlo ahora, no sea que alguien suponga que en ese breve tiempo durante el cual el diablo estará desatado no habrá Iglesia sobre la tierra, ya sea porque el diablo no encuentra Iglesia, o la destruye mediante múltiples persecuciones. El diablo, pues, no está atado durante todo el tiempo que abarca este libro —es decir, desde la primera venida de Cristo hasta el fin del mundo, cuando vendrá la segunda vez—, no atado en este sentido, que durante este intervalo, que lleva el nombre de mil años, no seducirá a la Iglesia, pues ni siquiera cuando sea desatado la seducirá. Pues ciertamente si su atamiento significa que no es capaz o no le está permitido seducir a la Iglesia, ¿qué puede significar su desatamiento sino que es capaz o le está permitido hacerlo? ¡Pero Dios no quiera que tal sea el caso! Sino que el atamiento del diablo es el impedimento del ejercicio de todo su poder para seducir a los hombres, ya sea forzándolos violentamente o engañándolos fraudulentamente para que tomen partido con él. Si durante tan largo período se le permitiera asaltar la debilidad de los hombres, muchísimas personas, tales como Dios no querría exponer a tal tentación, tendrían su fe derribada, o serían impedidas de creer; y para que esto no sucediera, está atado.
Pero cuando llegue el breve tiempo será desatado. Pues rugirá con toda la fuerza de sí mismo y de sus ángeles durante tres años y seis meses; y aquellos con quienes haga guerra tendrán poder para resistir toda su violencia y estratagemas. Y si nunca fuera desatado, su poder malicioso sería menos patente, y se daría menos prueba de la firme fortaleza de la ciudad santa: en resumen, sería menos manifiesto qué buen uso hace el Todopoderoso de su gran mal. Pues el Todopoderoso no aparta absolutamente a los santos de su tentación, sino que protege sólo a su hombre interior, donde reside la fe, para que por la tentación exterior crezcan en gracia. Y lo ata para que no pueda, en el ejercicio libre y ávido de su malicia, impedir o destruir la fe de aquellos incontables débiles, ya creyentes o aún por creer, de los cuales la Iglesia debe ser aumentada y completada; y al final lo desatará, para que la ciudad de Dios vea cuán poderoso adversario ha conquistado, para gran gloria de su Redentor, Auxiliador, Libertador. ¿Y qué somos nosotros en comparación con aquellos creyentes y santos que entonces existirán, viendo que ellos serán probados por el desatamiento de un enemigo contra el cual nosotros hacemos guerra con el mayor peligro aun cuando está atado? Aunque también es cierto que incluso en este período intermedio ha habido y hay algunos soldados de Cristo tan sabios y fuertes, que si hubieran de estar vivos en esta condición mortal en el tiempo de su desatamiento, guardarían con suma sabiduría contra, y soportarían con suma paciencia, todas sus trampas y asaltos.
Ahora bien, el diablo fue atado así no sólo cuando la Iglesia comenzó a extenderse más y más ampliamente entre las naciones más allá de Judea, sino que está y estará atado hasta el fin del mundo, cuando ha de ser desatado. Porque aun ahora los hombres son, y sin duda hasta el fin del mundo serán, convertidos a la fe desde la incredulidad en que él los tenía. Y este fuerte es atado en cada caso en que es despojado de uno de sus bienes; y el abismo en que está encerrado no termina cuando mueren aquellos que estaban vivos cuando por primera vez fue encerrado en él, sino que a éstos han sucedido, y hasta el fin del mundo sucederán, otros nacidos después de ellos con un odio semejante a los cristianos, y en la profundidad de cuyos corazones ciegos está continuamente encerrado como en un abismo. Pero es cuestión de si, durante estos tres años y seis meses cuando estará desatado, y rugiendo con toda su fuerza, alguien que no haya creído previamente se adherirá a la fe. Pues ¿cómo en ese caso se sostendrían las palabras: «¿Quién entra en la casa de un fuerte para saquear sus bienes, si primero no ha atado al fuerte?» En consecuencia, este versículo parece obligarnos a creer que durante ese tiempo, corto como es, nadie será añadido a la comunidad cristiana, sino que el diablo hará guerra contra aquellos que se han hecho cristianos previamente, y que, aunque algunos de éstos puedan ser conquistados y desertar al diablo, éstos no pertenecen al número predestinado de los hijos de Dios. Pues no sin razón dice Juan, el mismo apóstol que escribió este Apocalipsis, en su epístola respecto de ciertas personas: «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros.» [] ¿Pero qué será de los pequeñuelos? Pues está más allá de toda creencia que en esos días no se encuentren algunos niños cristianos nacidos, pero aún no bautizados, y que no haya también algunos nacidos durante ese mismo período; y si los hay, no podemos creer que sus padres no hallarán algún modo de llevarlos al lavacro de la regeneración. Pero si éste fuera el caso, ¿cómo serían arrebatados estos bienes al diablo cuando está desatado, ya que en su casa nadie entra a saquear sus bienes si no lo ha atado primero? Por el contrario, más bien hemos de creer que en esos días no faltarán ni de los que caen de la Iglesia, ni de los que se adhieren a ella; sino que habrá tal resolución, tanto en los padres para buscar el bautismo de sus pequeñuelos, como en aquellos que entonces crean por primera vez, que conquistarán a aquel fuerte, aun estando desatado —es decir, lo comprenderán vigilantemente y lo soportarán pacientemente, aunque emplee tales astucias y despliegue tal fuerza como nunca antes usó; y así serán arrebatados de él aun estando desatado. Y sin embargo el versículo del Evangelio no será falso: «¿Quién entra en la casa del fuerte para saquear sus bienes, si primero no ha atado al fuerte?» Pues conforme a esta verdadera sentencia se observa ese orden— primero el fuerte atado, y luego sus bienes saqueados; porque la Iglesia es tan aumentada por los débiles y fuertes de todas las naciones lejanas y cercanas, que por su fe robustísima en las cosas divinamente predichas y cumplidas, podrá saquear los bienes incluso del diablo desatado. Pues así como debemos reconocer que, «cuando abunde la iniquidad, el amor de muchos se enfriará,» [] y que aquellos que no han sido escritos en el libro de la vida cederán en gran número a las severas e inauditas persecuciones y estratagemas del diablo ya desatado, así no podemos sino pensar que no sólo aquellos a quienes ese tiempo encuentre sanos en la fe, sino también algunos que hasta entonces estén fuera, se harán firmes en la fe que hasta entonces han rechazado y poderosos para conquistar al diablo aun desatado, ayudándoles la gracia de Dios a entender las Escrituras, en las cuales, entre otras cosas, está predicho ese mismo fin que ellos mismos ven que llega. Y si esto fuera así, su atamiento ha de decirse que precede, para que siguiera un despojo de él tanto atado como desatado; pues de esto se dice: «¿Quién entrará en la casa del fuerte para saquear sus bienes, si primero no ha atado al fuerte?»
Qué es el reinado de los santos con Cristo durante mil años, y en qué se diferencia del reino eterno
XX, 9
Pero mientras el diablo está atado, los santos reinan con Cristo durante los mismos mil años, entendidos del mismo modo, es decir, del tiempo de su primera venida. Pues, dejando de lado aquel reino del cual dirá al fin: «Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino preparado para vosotros» [], la Iglesia no podría llamarse ahora su reino o el reino de los cielos si sus santos no estuvieran ya reinando con Él, aunque de otro modo y muy diferente; pues a sus santos dice: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» []. Ciertamente es en este tiempo presente cuando el escriba bien instruido en el reino de Dios, y del que ya hemos hablado, saca de su tesoro cosas nuevas y viejas. Y de la Iglesia recogerán los segadores la cizaña que Él permitió que creciera junto con el trigo hasta la siega, como explica con las palabras: «La siega es el fin del mundo; y los segadores son los ángeles. Así como la cizaña es recogida y quemada en el fuego, así será en el fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y recogerán de su reino todos los escándalos» []. ¿Puede referirse a aquel reino en el que no hay escándalos? Entonces han de ser recogidos de su reino presente, la Iglesia. Así dice: «El que quebrante uno de estos mandamientos pequeñísimos, y así enseñe a los hombres, será llamado pequeñísimo en el reino de los cielos; pero el que los cumpla y enseñe será llamado grande en el reino de los cielos» []. Habla de ambos como estando en el reino de los cielos, tanto del hombre que no cumple los mandamientos que Él enseña —pues «quebrantar» significa no guardar, no cumplir— como del hombre que cumple y enseña como Él hizo; pero al uno lo llama pequeñísimo, al otro grande. Y añade inmediatamente: «Porque os digo que si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos» —es decir, la justicia de los que quebrantan lo que enseñan; pues de los escribas y fariseos dice en otro lugar: «Porque dicen y no hacen» []—; si, por tanto, vuestra justicia no supera la de ellos, es decir, de modo que no quebrantéis sino que hagáis lo que enseñáis, «no entraréis en el reino de los cielos» []. Debemos entender en un sentido el reino de los cielos en el que existen juntos tanto el que quebranta lo que enseña como el que lo cumple, siendo el uno pequeñísimo y el otro grande, y en otro sentido el reino de los cielos en el que solo entrará quien cumple lo que enseña. En consecuencia, donde existen ambas clases, es la Iglesia tal como es ahora; pero donde solo existirá la una, es la Iglesia tal como está destinada a ser cuando no haya en ella persona malvada alguna. Por tanto, la Iglesia incluso ahora es el reino de Cristo, y el reino de los cielos. En consecuencia, incluso ahora sus santos reinan con Él, aunque de otro modo que como reinarán en el futuro; y sin embargo, aunque la cizaña crece en la Iglesia junto con el trigo, no reinan con Él. Pues reinan con Él quienes hacen lo que dice el apóstol: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Buscad las cosas de arriba, no las de la tierra» []. De tales personas dice también que su conversación está en los cielos []. En fin, reinan con Él quienes están de tal modo en su reino que ellos mismos son su reino. Pero ¿en qué sentido son reino de Cristo aquellos que, por no decir más, aunque están en él hasta que todos los escándalos sean recogidos de él al fin del mundo, buscan sin embargo sus propias cosas en él, y no las cosas que son de Cristo? []
Es, pues, de este reino militante, en el que todavía se mantiene el conflicto con el enemigo y se hace la guerra contra las pasiones que guerrean, o se les impone gobierno a medida que ceden, hasta que lleguemos a aquel reino pacífico en el que reinaremos sin enemigo, y es de esta primera resurrección en la vida presente, de lo que habla el Apocalipsis en las palabras recién citadas. Pues, después de decir que el diablo es atado por mil años y luego suelto por un breve tiempo, continúa dando un bosquejo de lo que la Iglesia hace o de lo que se hace en la Iglesia en aquellos días, con las palabras: «Y vi tronos, y a los que se sentaron sobre ellos, y se les dio el juicio». No ha de suponerse que esto se refiera al juicio final, sino a los asientos de los gobernantes y a los gobernantes mismos por quienes la Iglesia es ahora gobernada. Y no puede darse mejor interpretación de que el juicio les fue dado que la que tenemos en las palabras: «Lo que atéis en la tierra será atado en el cielo; y lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo» []. De donde el apóstol dice: «¿Qué tengo yo que ver con juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?» [] «Y las almas», dice Juan, «de los que fueron degollados por el testimonio de Jesús y por la palabra de Dios» —entendiendo lo que después dice: «reinaron con Cristo mil años» []—, es decir, las almas de los mártires aún no restituidas a sus cuerpos. Pues las almas de los muertos piadosos no están separadas de la Iglesia, que incluso ahora es el reino de Cristo; de otro modo no se haría memoria de ellos en el altar de Dios al participar del cuerpo de Cristo, ni serviría de nada en el peligro acudir a su bautismo, para no pasar de esta vida sin él; ni a la reconciliación, si por penitencia o mala conciencia alguien pudiera ser separado de su cuerpo. Pues ¿por qué se practican estas cosas, sino porque los fieles, aunque muertos, son sus miembros? Por tanto, mientras estos mil años transcurren, sus almas reinan con Él, aunque todavía no en unión con sus cuerpos. Y por eso en otra parte de este mismo libro leemos: «Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor desde ahora en adelante; sí, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos; porque sus obras los siguen» []. La Iglesia, pues, comienza su reinado con Cristo ahora en los vivos y en los muertos. Pues, como dice el apóstol: «Cristo murió para ser Señor tanto de los vivos como de los muertos» []. Pero mencionó las almas de los mártires solamente, porque quienes han contendido hasta la muerte por la verdad, esos principalmente reinan después de la muerte; pero, tomando la parte por el todo, entendemos las palabras de todos los demás que pertenecen a la Iglesia, que es el reino de Cristo.
En cuanto a las palabras que siguen: «Y si alguno no ha adorado a la bestia ni a su imagen, ni ha recibido su marca en la frente o en la mano», debemos tomarlas de los vivos y de los muertos. Y qué sea esta bestia, aunque requiere una investigación más cuidadosa, no es sin embargo incompatible con la verdadera fe entenderla de la ciudad impía misma, y de la comunidad de incrédulos puesta en oposición al pueblo fiel y a la ciudad de Dios. «Su imagen» me parece significar su simulación, a saber, en aquellos hombres que profesan creer, pero viven como incrédulos. Pues fingen ser lo que no son, y son llamados cristianos, no por una verdadera semejanza sino por una imagen engañosa. Pues a esta bestia pertenecen no solo los enemigos declarados del nombre de Cristo y de su gloriosísima ciudad, sino también la cizaña que ha de ser recogida de su reino, la Iglesia, al fin del mundo. ¿Y quiénes son los que no adoran a la bestia y a su imagen, sino los que hacen lo que dice el apóstol: «No os unzáis en yugo desigual con los incrédulos» []? Pues tales no adoran, es decir, no consienten, no se someten; ni reciben la marca, el sello del crimen, en la frente por su profesión, en la mano por su práctica. Ellos, pues, los que están libres de estas contaminaciones, ya vivan aún en esta carne mortal, ya estén muertos, reinan con Cristo incluso ahora, durante todo este intervalo que se indica con los mil años, de una manera adecuada a este tiempo.
«Los demás», dice, «no vivieron». Pues ahora es la hora en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán; y los demás no vivirán. Las palabras añadidas: «hasta que los mil años sean terminados», significan que no vivieron en el tiempo en que debían haber vivido pasando de la muerte a la vida. Y por tanto, cuando llegue el día de la resurrección corporal, saldrán de sus sepulcros, no para la vida, sino para el juicio, es decir, para la condenación, que se llama la segunda muerte. Pues quienquiera que no haya vivido hasta que los mil años sean terminados, es decir, durante todo este tiempo en que la primera resurrección se está realizando—quienquiera que no haya oído la voz del Hijo de Dios, y pasado de la muerte a la vida—, ese hombre ciertamente en la segunda resurrección, la resurrección de la carne, pasará con su carne a la segunda muerte. Pues continúa diciendo: «Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección», o que la experimenta. Ahora la experimenta quien no solo revive de la muerte del pecado, sino que continúa en esta vida renovada. «En estos la segunda muerte no tiene poder». Por tanto lo tiene en los demás, de quienes dijo arriba: «Los demás no vivieron hasta que los mil años fueron terminados»; pues en todo este tiempo intermedio llamado mil años, por vigorosamente que vivieran en el cuerpo, no fueron vivificados para la vida de aquella muerte en que su maldad los tenía retenidos, de modo que por esta vida revivida se hicieran partícipes de la primera resurrección, y así la segunda muerte no tuviera poder sobre ellos.
Qué ha de responderse a quienes piensan que la resurrección pertenece solo a los cuerpos y no a las almas
XX, 10
Hay algunos que suponen que la resurrección puede predicarse solo del cuerpo, y por tanto sostienen que esta primera resurrección (del Apocalipsis) es una resurrección corporal. Pues, dicen, «resurgir» solo puede decirse de cosas que caen. Ahora bien, los cuerpos caen en la muerte. No puede haber, por tanto, resurrección de almas, sino de cuerpos. Pero ¿qué dicen al apóstol que habla de una resurrección de almas? Pues ciertamente fue en el hombre interior y no en el exterior que habían resucitado aquellos a quienes dice: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba» []. El mismo sentido expresó en otro lugar con otras palabras, diciendo: «Que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida» []. Así también: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y Cristo te iluminará []». En cuanto a lo que dicen de que nada puede resurgir sino lo que cae, de donde concluyen que la resurrección pertenece solo a los cuerpos, y no a las almas, porque los cuerpos caen, ¿por qué no hacen caso de las palabras: «Los que teméis al Señor, esperad su misericordia; y no os desviéis, no sea que caigáis» [Sirácide 2:7]; y «Para su propio señor está en pie o cae» []; y «El que piensa estar en pie, mire que no caiga» []? Pues supongo que esta caída contra la que hemos de precavernos es una caída del alma, no del cuerpo. Si, pues, el resurgir pertenece a las cosas que caen, y las almas caen, ha de reconocerse que las almas también resucitan. A las palabras: «En ellos la segunda muerte no tiene poder», se añaden las palabras: «sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con Él mil años»; y esto no se refiere solo a los obispos y presbíteros, que ahora son especialmente llamados sacerdotes en la Iglesia; sino que, como llamamos cristianos a todos los fieles a causa del crisma místico, así llamamos sacerdotes a todos porque son miembros del único Sacerdote. De ellos dice el apóstol Pedro: «Un pueblo santo, un sacerdocio real» []. Ciertamente dio a entender, aunque de paso e incidentalmente, que Cristo es Dios, diciendo sacerdotes de Dios y de Cristo, es decir, del Padre y del Hijo, aunque fue en su forma de siervo y como Hijo del hombre que Cristo fue hecho Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. Pero esto ya lo hemos explicado más de una vez.
De Gog y Magog, que serán incitados por el diablo a perseguir a la Iglesia, cuando sea suelto al fin del mundo
XX, 11
«Y cuando los mil años sean terminados, Satanás será suelto de su prisión, y saldrá a seducir a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, y los reunirá para la batalla, cuyo número es como la arena del mar». Este es, pues, su propósito al seducirlos: reunirlos para esta batalla. Pues incluso antes de esto solía emplear tantas y tan variadas seducciones como podía. Y las palabras «saldrá» significan: irrumpirá del odio oculto a la persecución abierta. Pues esta persecución, que ocurrirá cuando el juicio final sea inminente, será la última que sufrirá la santa Iglesia en todo el mundo, siendo asaltada toda la ciudad de Cristo por toda la ciudad del diablo, tal como cada una existe en la tierra. Pues estas naciones que él llama Gog y Magog no han de entenderse como algunas naciones bárbaras en alguna parte del mundo, ya sean los getas y masagetas, como algunos concluyen por las letras iniciales, u otras naciones extranjeras no bajo el gobierno romano. Pues Juan señala que están extendidas por toda la tierra, cuando dice: «Las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra», y añadió que estas son Gog y Magog. El significado de estos nombres encontramos que es: Gog, «un techo»; Magog, «de un techo»— una casa, por así decirlo, y el que sale de la casa. Son, por tanto, las naciones en las que encontramos que el diablo estaba encerrado como en un abismo, y el diablo mismo saliendo de ellas y yendo adelante, de modo que ellas son el techo, él del techo. O si referimos ambas palabras a las naciones, no una a ellas y otra al diablo, entonces ambas son el techo, porque en ellas el viejo enemigo está actualmente encerrado, y como techado; y ellas serán del techo cuando irrumpan del odio oculto al odio abierto. Las palabras: «Y subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada», no significan que han venido, o vendrán, a un solo lugar, como si el campamento de los santos y la ciudad amada estuvieran en un solo lugar; pues este campamento no es otra cosa que la Iglesia de Cristo extendida por todo el mundo. Y en consecuencia, dondequiera que esté la Iglesia—y estará en todas las naciones, como se significa con «la anchura de la tierra»—, allí también estará el campamento de los santos y la ciudad amada, y allí será rodeado por la persecución salvaje de todos sus enemigos; pues ellos también existirán junto con ella en todas las naciones—es decir, será angustiada, y apremiada, y encerrada en las estrecheces de la tribulación, pero no abandonará su deber militar, que se significa con la palabra «campamento».