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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)43 minPosición: 0% de esta parteParte 4 de 52 · Capítulo 13Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 13

    De que los romanos deberían haber comprendido que unos dioses que deseaban ser adorados con espectáculos licenciosos eran indignos del honor divino

    II, 13

    Pero Escipión, si estuviera vivo, respondería tal vez: «¿Cómo podríamos imponer una pena a aquello que los propios dioses han consagrado? Pues las diversiones teatrales en que tales cosas se dicen, se representan y se ejecutan fueron introducidas en la sociedad romana por los dioses, que ordenaron que se les dedicaran y exhibieran en su honor.» Pero ¿no era esta, entonces, la prueba más clara de que no eran dioses verdaderos, ni dignos en ningún aspecto de recibir honores divinos de la república? Supongamos que hubieran exigido que, en su honor, los ciudadanos de Roma fueran expuestos a la burla: todo romano habría rechazado con indignación la odiosa propuesta. ¿Cómo, pues, pregunto, pueden ser tenidos por dignos de culto, cuando proponen que sus propios crímenes sirvan de materia para celebrar sus alabanzas? ¿No los desenmascara este artificio y prueba que son demonios detestables? Así, los romanos, aunque bastante supersticiosos para servir como dioses a quienes no ocultaban su deseo de ser adorados con piezas licenciosas, tuvieron sin embargo suficiente respeto a su dignidad y virtud heredadas como para negar a los actores las recompensas que los griegos les concedían. Sobre este punto tenemos este testimonio de Escipión, recogido por Cicerón: «Ellos [los romanos] consideraban la comedia y todas las representaciones teatrales como deshonrosas, y por tanto no sólo excluían a los actores de los cargos y honores abiertos a los ciudadanos ordinarios, sino que decretaron además que sus nombres fueran marcados por el censor y borrados del registro de su tribu.» Un decreto excelente, y otro testimonio de la sagacidad de Roma; pero querría que su prudencia hubiera sido más completa y consecuente. Pues cuando oigo que, si un ciudadano romano elegía el escenario como profesión, no sólo se cerraba toda carrera laudable, sino que incluso quedaba proscrito de su propia tribu, no puedo menos que exclamar: Este es el verdadero espíritu romano, esto es digno de un Estado celoso de su reputación. Pero entonces alguien interrumpe mi entusiasmo preguntando con qué coherencia se excluye a los actores de todos los honores, mientras las piezas se cuentan entre los honores debidos a los dioses. Durante mucho tiempo la virtud de Roma no fue contaminada por exhibiciones teatrales; y si se hubieran adoptado para satisfacer el gusto de los ciudadanos, se habrían introducido de la mano de la relajación de las costumbres. Pero el hecho es que fueron los dioses quienes exigieron que se exhibieran para complacerlos. ¿Con qué justicia, entonces, se excluye al actor mediante el cual se adora a un dios? ¿Con qué pretexto puedes adorar a la vez a quien exige esas piezas y marcar a quien las representa? Esta es, pues, la controversia en que griegos y romanos están empeñados. Los griegos piensan que honran justamente a los actores, porque adoran a los dioses que exigen las piezas; los romanos, en cambio, no permiten que un actor deshonre con su nombre a su propia tribu plebeya, mucho menos al orden senatorial. Y toda esta discusión puede resumirse en el siguiente silogismo. Los griegos dan la premisa mayor: Si tales dioses han de ser adorados, entonces ciertamente tales hombres pueden ser honrados. Los romanos añaden la menor: Pero tales hombres no deben de ningún modo ser honrados. Los cristianos sacan la conclusión: Por tanto, tales dioses no deben de ningún modo ser adorados.

    Capítulo 14

    De que Platón, que excluyó a los poetas de una ciudad bien ordenada, fue mejor que estos dioses que desean ser honrados con representaciones teatrales

    II, 14

    Aún nos queda por indagar por qué los poetas que escriben las piezas, y a quienes la ley de las Doce Tablas prohíbe dañar el buen nombre de los ciudadanos, son tenidos por más estimables que los actores, aunque difaman tan vergonzosamente el carácter de los dioses. ¿Es justo que se marque a los actores de estas efusiones poéticas y deshonrosas para los dioses, mientras se honra a sus autores? ¿No debemos aquí otorgar la palma a un griego, Platón, quien, al trazar su república ideal, consideró que los poetas debían ser desterrados de la ciudad como enemigos del Estado? No podía soportar que los dioses fueran desacreditados, ni que las mentes de los ciudadanos se depravaran y embrutecieran con las ficciones de los poetas. Compara ahora la naturaleza humana tal como la ves en Platón, que expulsa a los poetas de la ciudad para que los ciudadanos no sufran daño, con la naturaleza divina tal como la ves en estos dioses que exigen piezas en su propio honor. Platón se esforzó, aunque sin éxito, por persuadir a los griegos ligeros y lascivos de abstenerse incluso de escribir tales piezas; los dioses usaron su autoridad para arrancar a los romanos dignos y sobrios la representación de las mismas. Y no contentos con hacerlas representar, las hicieron dedicarse a sí mismos, consagrarse a sí mismos, celebrarse solemnemente en su propio honor. ¿A cuál de los dos, entonces, sería más decoroso que un Estado decretara honores divinos: a Platón, que prohibió estas piezas perversas y licenciosas, o a los demonios que se deleitaban en cegar a los hombres a la verdad de lo que Platón inútilmente buscaba inculcar?
    Este filósofo, Platón, ha sido elevado por Labeón al rango de semidiós, y puesto así al nivel de figuras como Hércules y Rómulo. Labeón sitúa a los semidioses por encima de los héroes, pero a unos y otros los cuenta entre las deidades. Pero no dudo de que piensa que este hombre, a quien él considera semidiós, es digno de mayor respeto no solo que los héroes, sino también que los propios dioses. Las leyes de los romanos y las especulaciones de Platón tienen esta semejanza: que las segundas pronuncian una condena total de las ficciones poéticas, mientras las primeras restringen la licencia de la sátira, al menos en lo que toca a los hombres como objeto de ella. Platón no tolera que los poetas habiten siquiera en su ciudad; las leyes de Roma prohíben que los actores sean inscritos como ciudadanos; y si no hubieran temido ofender a los dioses que habían pedido los servicios de los actores, con toda probabilidad los habrían desterrado por completo. Es evidente, por tanto, que los romanos no podían recibir, ni razonablemente esperar recibir, de sus dioses leyes para regular su conducta, pues las leyes que ellos mismos promulgaron superaban con mucho y avergonzaban la moralidad de los dioses. Los dioses exigen representaciones escénicas en su propio honor; los romanos excluyen a los actores de todos los honores cívicos; aquellos mandaron que se los celebrara con la representación escénica de su propia deshonra; estos mandaron que ningún poeta osara mancillar la reputación de ningún ciudadano. Pero aquel semidiós Platón resistió la lujuria de dioses como estos, y mostró a los romanos lo que su genio había dejado incompleto; pues excluyó absolutamente a los poetas de su Estado ideal, ya compusieran ficciones sin miramiento por la verdad, ya pusieran los peores ejemplos posibles ante los hombres miserables bajo la apariencia de acciones divinas. Nosotros, por nuestra parte, ciertamente no consideramos a Platón ni un dios ni un semidiós; ni siquiera lo compararíamos con ninguno de los santos ángeles de Dios, ni con los profetas veraces, ni con ninguno de los apóstoles o mártires de Cristo, ni aun con ningún hombre cristiano fiel. La razón de esta opinión nuestra la daremos, si Dios nos prospera, en su lugar correspondiente. Sin embargo, puesto que desean que se lo considere un semidiós, pensamos que ciertamente tiene más derecho a ese rango, y es en todo superior, si no a Hércules y Rómulo (aunque ningún historiador pudo jamás narrar ni ningún poeta cantar de él que hubiera matado a su hermano o cometido crimen alguno), sí ciertamente a Príapo, o a un Cinocefalo, o a la Fiebre, divinidades a las que los romanos en parte recibieron de extranjeros y en parte consagraron con ritos de casa. ¿Cómo, entonces, podía esperarse que dioses como estos promulgaran leyes buenas y saludables, ya para prevenir los males morales y sociales, ya para erradicarlos donde ya habían brotado?— dioses que usaron su influencia incluso para sembrar y fomentar la disolución, disponiendo que los hechos verdadera o falsamente atribuidos a ellos se publicaran al pueblo mediante exhibiciones teatrales, y avivando así gratuitamente la llama de la lujuria humana con el aliento de una aprobación aparentemente divina. En vano exclama Cicerón, hablando de los poetas, contra este estado de cosas con estas palabras: «Cuando el aplauso y la aclamación del pueblo, que se sienta como juez infalible, los ganan los poetas, ¿qué tinieblas ofuscan la mente, qué temores la invaden, qué pasiones la inflaman!»

    Capítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos

    II, 15

    Pero ¿no es manifiesto que la vanidad, más bien que la razón, reguló la elección de algunos de sus falsos dioses? Este Platón, a quien consideran un semidiós, y que empleó toda su elocuencia para preservar a los hombres de las más peligrosas calamidades espirituales, no ha sido sin embargo considerado digno ni siquiera de una pequeña capilla; pero a Rómulo, porque pueden llamarlo suyo, lo han estimado más que a muchos dioses, aunque su doctrina secreta solo le permite el rango de semidiós. A él le asignaron un flamen, es decir, un sacerdote de una clase tan altamente estimada en su religión (distinguida, además, por sus mitras cónicas), que solo para tres de sus dioses se nombraron flámines: el Flamen Dialis para Júpiter, Martialis para Marte y Quirinalis para Rómulo (pues cuando el ardor de sus conciudadanos le dio a Rómulo un asiento entre los dioses, le dieron este nuevo nombre de Quirino). Y así, por este honor, Rómulo ha sido preferido a Neptuno y Plutón, hermanos de Júpiter, y al propio Saturno, padre de ellos. Han asignado el mismo sacerdocio para servirlo a él que para servir a Jove; y al dar a Marte (el reputado padre de Rómulo) el mismo honor, ¿no es esto más bien por causa de Rómulo que para honrar a Marte?

    Capítulo 16

    De que si los dioses hubieran tenido realmente algún aprecio por la justicia, los romanos habrían recibido de ellos buenas leyes, en lugar de tener que tomarlas prestadas de otras naciones

    II, 16

    Además, si los romanos hubieran podido recibir una regla de vida de sus dioses, no habrían tomado prestadas las leyes de Solón de los atenienses, como hicieron algunos años después de fundada Roma; y aun así no las conservaron tal como las recibieron, sino que se esforzaron por mejorarlas y enmendarlas. Aunque Licurgo pretendió que estaba autorizado por Apolo para dar leyes a los lacedemonios, los sensatos romanos no quisieron creerlo, y no se dejaron inducir a tomar prestadas leyes de Esparta. Numa Pompilio, que sucedió a Rómulo en el reino, se dice que redactó algunas leyes que, sin embargo, no fueron suficientes para la regulación de los asuntos cívicos. Entre estas regulaciones había muchas relativas a las observancias religiosas, y aun así no se cuenta que recibiera ni siquiera estas de los dioses. Respecto, pues, a los males morales, males de la vida y de la conducta —males tan poderosos que, según los paganos más sabios, por ellos se arruinan los Estados mientras sus ciudades permanecen incólumes—, sus dioses no hicieron la menor provisión para preservar de esos males a sus adoradores, sino que, por el contrario, pusieron especial empeño en aumentarlos, como antes hemos procurado demostrar.

    Capítulo 17. Del rapto de las sabinas y de otras iniquidades perpetradas en los días más florecientes de Roma

    II, 17

    Pero quizá hemos de hallar la razón de este descuido de los romanos por parte de sus dioses en el dicho de Salustio, de que «la equidad y la virtud prevalecieron entre los romanos no más por la fuerza de las leyes que por la de la naturaleza.» Supongo que a esta equidad y bondad innatas de disposición hemos de atribuir el rapto de las sabinas. ¿Qué, en efecto, podría ser más equitativo y virtuoso que arrebatar por la fuerza, según la capacidad de cada cual y sin el consentimiento de sus padres, a unas muchachas que eran extranjeras y huéspedes, y que habían sido atraídas con engaño y atrapadas con el pretexto de un espectáculo? Si los sabinos obraron mal al negar a sus hijas cuando los romanos las pidieron, ¿no fue mayor mal en los romanos arrebatarlas después de aquella negativa? Más justamente habrían podido los romanos hacer la guerra contra la nación vecina por haber rechazado a sus hijas en matrimonio cuando primero las solicitaron, que por haberlas reclamado cuando ya las habían robado. La guerra debería haberse declarado al principio; entonces era cuando Marte debería haber ayudado a su belicoso hijo, para vengar por la fuerza de las armas la injuria que se le había hecho con la negativa del matrimonio, y para ganar así también a las mujeres que deseaba. Podría haber habido alguna apariencia de «derecho de guerra» en que un vencedor se llevara, en virtud de este derecho, a las vírgenes que se le habían negado sin ninguna apariencia de derecho; mientras que no existía «derecho de paz» que lo autorizara a llevarse a quienes no se le habían entregado, y a hacer una guerra injusta a sus padres justamente indignados. Una circunstancia feliz se vinculó ciertamente a este acto de violencia, a saber, que, aunque fue conmemorado con los juegos del circo, ni siquiera esto lo constituyó en precedente en la ciudad o el reino de Roma. Si alguien quiere hallar falta en los resultados de este acto, ha de ser más bien por el motivo de que los romanos hicieron de Rómulo un dios a pesar de haber perpetrado esta iniquidad; pues no se les puede reprochar haber convertido este hecho en precedente de rapto de mujeres.
    De nuevo, supongo que se debió a esta equidad y virtud naturales que, tras la expulsión del rey Tarquino, cuyo hijo había violado a Lucrecia, el cónsul Junio Bruto obligara a Lucio Tarquinio Colatino, esposo de Lucrecia y colega suyo, hombre bueno e inocente, a renunciar a su cargo y marchar al destierro, por la única acusación de ser del nombre y de la sangre de los Tarquinos. Esta injusticia se perpetró con la aprobación, o al menos la connivencia, del pueblo, que había elevado él mismo al consulado tanto a Colatino como a Bruto. Otro ejemplo de esta equidad y virtud se halla en el trato dado a Marco Camilo. Este hombre eminente, después de haber vencido rápidamente a los veyentes, entonces los más formidables enemigos de Roma, que habían sostenido una guerra de diez años, en la que el ejército romano había sufrido las calamidades habituales de un mal mando, después de haber restablecido la seguridad de Roma, que había comenzado a temblar por su salvación, y después de haber tomado la ciudad más rica del enemigo, fue acusado por la malicia de quienes envidiaban su éxito y por la insolencia de los tribunos de la plebe; y viendo que la ciudad no le mostraba gratitud por haberla preservado, y que ciertamente sería condenado, marchó al destierro, y aun en ausencia fue multado con diez mil ases. Poco después, sin embargo, su patria ingrata tuvo que buscar de nuevo su protección contra los galos. Pero no puedo mencionar ahora todos los actos vergonzosos e inicuos con que Roma fue agitada, cuando la aristocracia intentó someter al pueblo, y el pueblo se resintió de sus usurpaciones, y los defensores de uno y otro partido se movían más por el amor a la victoria que por consideración alguna equitativa o virtuosa.

    Capítulo 18

    Lo que revela la historia de Salustio acerca de la vida de los romanos, ya cuando estaban agobiados por la ansiedad, ya cuando se relajaban en la seguridad

    II, 18

    Me detendré, pues, y aduciré el testimonio del propio Salustio, cuyas palabras en alabanza de los romanos (que «la equidad y la virtud prevalecieron entre ellos no más por la fuerza de las leyes que por la de la naturaleza») han dado ocasión a esta discusión. Se refería a aquel período inmediatamente posterior a la expulsión de los reyes, en el que la ciudad se hizo grande en un espacio de tiempo increíblemente corto. Y sin embargo, este mismo escritor reconoce en el primer libro de su historia, en el exordio mismo de su obra, que incluso en aquel tiempo, cuando había transcurrido un brevísimo intervalo desde que el gobierno pasó de los reyes a los cónsules, los hombres más poderosos comenzaron a obrar injustamente y ocasionaron la defección del pueblo respecto de los patricios y otros desórdenes en la ciudad. Pues después de haber afirmado Salustio que los romanos gozaron de mayor armonía y de una condición social más pura entre la segunda y la tercera guerra púnica que en ningún otro tiempo, y que la causa de esto no fue su amor al buen orden, sino su temor de que se rompiera la paz que tenían con Cartago (esto también, como mencionamos, lo tenía presente Nasica cuando se opuso a la destrucción de Cartago, pues suponía que el temor tendería a reprimir la maldad y a preservar modos sanos de vivir), pasa luego a decir: «Sin embargo, tras la destrucción de Cartago, la discordia, la avaricia, la ambición y los demás vicios que comúnmente engendra la prosperidad aumentaron más que nunca.» Si «aumentaron,» y además «más que nunca,» entonces ya habían aparecido y habían estado aumentando. Y por eso Salustio añade esta razón de lo que dijo. «Pues,» dice, «las medidas opresivas de los poderosos y las consiguientes secesiones de la plebe respecto de los patricios, y otras disensiones civiles, habían existido desde el principio, y los asuntos se administraron con equidad y justicia bien templada solo durante el corto tiempo posterior a la expulsión de los reyes, mientras la ciudad estaba ocupada con la grave guerra etrusca y la venganza de Tarquino.» Veis cómo, incluso en aquel breve período posterior a la expulsión de los reyes, el temor, reconoce él, fue la causa del intervalo de equidad y buen orden. Temían, de hecho, la guerra que Tarquino les hacía, después de haber sido expulsado del trono y de la ciudad, y de haberse aliado con los etruscos. Pero observad lo que añade: «Después de aquello, los patricios trataron al pueblo como a sus esclavos, ordenando que se lo azotara o degollara tal como habían hecho los reyes, expulsándolo de sus tierras y tiranizándolo duramente cuando no tenía ya propiedad que perder. El pueblo, abrumado por estas medidas opresivas, y sobre todo por la usura exorbitante, y obligado a contribuir con dinero y con servicio personal a las guerras constantes, al fin tomó las armas y se retiró al Monte Aventino y al Monte Sagrado, y obtuvo así para sí tribunos y leyes protectoras. Pero solo la segunda guerra púnica puso fin, por ambas partes, a la discordia y a la lucha.» Veis qué clase de hombres eran los romanos incluso tan pronto como unos pocos años después de la expulsión de los reyes; y de estos hombres dice él que «la equidad y la virtud prevalecieron entre ellos no más por la fuerza de la ley que por la de la naturaleza.»
    Ahora bien, si estos eran los días en que la república romana se muestra más hermosa y mejor, ¿qué hemos de decir o pensar de la edad siguiente, cuando, para usar las palabras del mismo historiador, «cambiando poco a poco de la ciudad hermosa y virtuosa que era, se volvió completamente perversa y disoluta?» Esto fue, como él menciona, después de la destrucción de Cartago. El breve compendio y bosquejo que hace Salustio de este período puede leerse en su propia historia, en la que muestra cómo las costumbres disolutas propagadas por la prosperidad resultaron al fin incluso en guerras civiles. Dice: «Y desde este tiempo las costumbres primitivas, en lugar de sufrir una alteración insensible como hasta entonces, fueron barridas como por un torrente: los jóvenes quedaron tan depravados por el lujo y la avaricia, que con justicia puede decirse que ningún padre tenía un hijo que pudiera conservar su propio patrimonio o mantener las manos lejos de lo ajeno.» Salustio añade una serie de particularidades sobre los vicios de Silas y la condición degradada de la república en general; y otros escritores hacen observaciones semejantes, aunque en un lenguaje mucho menos llamativo.
    Sin embargo, supongo que ahora veis, o al menos cualquiera que preste atención tiene los medios de ver, en qué sumidero de iniquidad estaba sumida aquella ciudad antes del advenimiento de nuestro Rey celestial. Pues estas cosas sucedieron no solo antes de que Cristo hubiera comenzado a enseñar, sino antes incluso de que naciera de la Virgen. Si, pues, no se atreven a imputar a sus dioses los males graves de aquellos tiempos antiguos, más tolerables antes de la destrucción de Cartago, pero intolerables y terribles después de ella, aunque fueron los dioses quienes con su malvado artificio infundieron en las mentes de los hombres las concepciones de las que brotaron por todas partes vicios tan espantosos, ¿por qué imputan estas calamidades presentes a Cristo, que enseña la verdad vivificante y nos prohíbe adorar a dioses falsos y engañosos, y que, abominando y condenando con su divina autoridad las concupiscencias perversas y dañinas de los hombres, retira gradualmente a su propio pueblo de un mundo corrompido por estos vicios y que se derrumba en ruinas, para hacer de ellos una ciudad eterna, cuya gloria no descansa en las aclamaciones de la vanidad, sino en el juicio de la verdad?

    Capítulo 19

    De la corrupción que había crecido sobre la república romana antes de que Cristo aboliera el culto a los dioses

    II, 19

    He aquí, pues, esta república romana, «que poco a poco ha cambiado de la ciudad bella y virtuosa que era, y se ha vuelto enteramente malvada y disoluta.» No soy yo el primero en decir esto, sino sus propios autores, de quienes lo aprendimos por un precio, y que lo escribieron mucho antes de la venida de Cristo. Ved cómo, antes de la venida de Cristo, y después de la destrucción de Cartago, «las costumbres primitivas, en lugar de sufrir una alteración insensible, como hasta entonces habían hecho, fueron barridas como por un torrente; y cuán depravada por el lujo y la avaricia estaba la juventud.» Que ahora ellos, por su parte, nos lean las leyes dadas por sus dioses al pueblo romano, dirigidas contra el lujo y la avaricia. Y ojalá hubieran guardado silencio solamente sobre los asuntos de castidad y modestia, y no hubieran exigido del pueblo prácticas indecentes y vergonzosas, a las que prestaron un patrocinio pernicioso con su pretendida divinidad. Que lean nuestros mandamientos en los Profetas, los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles o las Epístolas; que examinen el gran número de preceptos contra la avaricia y el lujo que en todas partes se leen a las congregaciones que se reúnen con este propósito, y que hieren el oído, no con el sonido incierto de una discusión filosófica, sino con el trueno del oráculo mismo de Dios resonando desde las nubes. Y sin embargo, no imputan a sus dioses el lujo y la avaricia, las costumbres crueles y disolutas que habían vuelto a la república enteramente malvada y corrupta, incluso antes de la venida de Cristo; pero cualquier aflicción a la que su soberbia y afeminamiento los hayan expuesto en estos últimos días, la imputan furiosamente a nuestra religión. Si los reyes de la tierra y todos sus súbditos, si todos los príncipes y jueces de la tierra, si los jóvenes y las doncellas, viejos y jóvenes, toda edad y ambos sexos; si aquellos a quienes se dirigió el Bautista, los publicanos y los soldados, escucharan y observaran todos juntos los preceptos de la religión cristiana respecto de una vida justa y virtuosa, entonces la república adornaría toda la tierra con su propia felicidad, y alcanzaría en la vida eterna la cumbre de la gloria real. Pero como este hombre escucha y aquel se burla, y la mayoría está enamorada de los halagos del vicio más que de la severidad saludable de la virtud, el pueblo de Cristo, cualquiera que sea su condición —sean reyes, príncipes, jueces, soldados o provincianos, ricos o pobres, esclavos o libres, varones o mujeres— tiene el mandato de soportar esta república terrena, malvada y disoluta como es, para que así, mediante esta paciencia, ganen para sí un lugar eminente en aquella santísima y augusta asamblea de ángeles y república del cielo, en la cual la voluntad de Dios es la ley.

    Capítulo 20

    De la clase de felicidad y vida en la que verdaderamente se deleitan quienes invectivan contra la religión cristiana

    II, 20

    Pero los adoradores y admiradores de estos dioses se deleitan en imitar sus escandalosas iniquidades, y en modo alguno se preocupan de que la república sea menos depravada y licenciosa. Solo que permanezca invicta, dicen; solo que florezca y abunde en recursos; que sea gloriosa por sus victorias, o mejor aún, segura en la paz; ¿y qué nos importa a nosotros? Esta es nuestra preocupación: que cada hombre pueda aumentar su riqueza para proveer a sus prodigalidades cotidianas, y que los poderosos puedan someter a los débiles para sus propios fines. Que los pobres cortejen a los ricos para vivir, y que bajo su protección disfruten de una tranquila pereza; y que los ricos abusen de los pobres como dependientes suyos, para servir a su orgullo. Que el pueblo aplauda no a quienes protegen sus intereses, sino a quienes les proporcionan placer. Que no se ordene ningún deber severo, ni se prohíba ninguna impureza. Que los reyes estimen su prosperidad, no por la rectitud, sino por el servilismo de sus súbditos. Que las provincias permanezcan leales a los reyes, no como guías morales, sino como señores de sus posesiones y proveedores de sus placeres; no con una reverencia sincera, sino con un temor torcido y servil. Que las leyes conozcan más bien de la injuria hecha a la propiedad ajena que de la hecha a la propia persona. Si un hombre es una molestia para su vecino, o daña su propiedad, su familia o su persona, que sea procesable; pero en sus propios asuntos, que cada uno haga impunemente lo que quiera en compañía de su propia familia y de quienes voluntariamente se le unan. Que haya una abundante provisión de prostitutas públicas para todo el que desee usarlas, pero especialmente para aquellos demasiado pobres para mantener una para su uso privado. Que se erijan casas de la más amplia y ornamentada descripción: en ellas que se proporcionen los banquetes más suntuosos, donde todo el que quiera pueda, de día o de noche, jugar, beber, vomitar, disipar. Que se oiga por todas partes el crujido de los danzantes, la risa ruidosa e inmodesta del teatro; que una sucesión de los placeres más crueles y más voluptuosos mantenga una excitación perpetua. Si tal felicidad desagrada a alguno, que sea marcado como enemigo público; y si alguno intenta modificarla o ponerle fin, que sea silenciado, desterrado, eliminado. Que estos sean tenidos por dioses verdaderos, los que procuran al pueblo esta condición de cosas y la preservan una vez poseída. Que sean adorados como deseen; que exijan los juegos que les plazca, de o con sus propios adoradores; solo que aseguren que tal felicidad no sea puesta en peligro por enemigo, peste o desastre de cualquier clase. ¿Qué hombre cuerdo compararía una república como esta, no diré con el imperio romano, sino con el palacio de Sardanápalo, el antiguo rey que estaba tan abandonado a los placeres que hizo inscribir en su tumba que, ahora que estaba muerto, poseía solo aquellas cosas que había tragado y consumido con sus apetitos mientras vivía? Si estos hombres tuvieran un rey como este, que, siendo autoindulgente, no les impusiera ninguna restricción severa, le consagrarían con más entusiasmo un templo y un flamen que los antiguos romanos a Rómulo.

    Capítulo 21. Opinión de Cicerón sobre la república romana

    II, 21

    Pero si nuestros adversarios no se preocupan de cuán sucia y vergonzosamente la república romana sea manchada por prácticas corruptas, con tal de que se mantenga unida y continúe existiendo, y si por tanto desprecian el testimonio de Salustio sobre su condición «enteramente malvada y disoluta», ¿qué harán con la afirmación de Cicerón, de que incluso en su tiempo se había extinguido por completo, y que no quedaba ya república romana alguna? Presenta a Escipión (el Escipión que había destruido Cartago) discutiendo sobre la república, en un tiempo en que ya había presentimientos de su pronta ruina por aquella corrupción que Salustio describe. De hecho, en el tiempo en que tuvo lugar la discusión, uno de los Gracos, quien, según Salustio, fue el primer gran instigador de sediciones, ya había sido ejecutado. Su muerte, ciertamente, se menciona en el mismo libro. Ahora bien, Escipión, al final del segundo libro, dice: «Así como entre los diferentes sonidos que proceden de liras, flautas y la voz humana, debe mantenerse una cierta armonía que un oído cultivado no puede soportar oír perturbada o discordante, pero que puede ser producida en plena y absoluta concordia mediante la modulación incluso de voces muy desemejantes entre sí; así, donde se permite a la razón modular los diversos elementos del estado, se obtiene una concordia perfecta de las clases altas, medias y bajas como de diversos sonidos; y lo que los músicos llaman armonía en el canto, es concordia en las materias del estado, que es el vínculo más estricto y la mejor seguridad de cualquier república, y que por ningún ingenio puede retenerse cuando la justicia se ha extinguido.» Luego, cuando se había extendido algo más ampliamente y había ilustrado más copiosamente los beneficios de su presencia y los efectos ruinosos de su ausencia sobre un estado, Pilus, uno de los presentes en la discusión, intervino y exigió que la cuestión fuera examinada más a fondo, y que el tema de la justicia se discutiera libremente para averiguar qué verdad había en la máxima que entonces se volvía cada día más corriente, de que «la república no puede gobernarse sin injusticia.» Escipión expresó su disposición a que esta máxima se discutiera y examinara, y dio su opinión de que carecía de fundamento, y que no se podía avanzar en la discusión de la república a menos que se estableciera, no solo que esta máxima, que «la república no puede gobernarse sin injusticia,» era falsa, sino también que la verdad es que no puede gobernarse sin la más absoluta justicia. Y la discusión de esta cuestión, diferida hasta el día siguiente, se lleva a cabo en el tercer libro con gran animación. Pues el propio Pilus se encargó de defender la posición de que la república no puede gobernarse sin injusticia, al mismo tiempo que se esforzaba especialmente por librarse de toda participación real en esa opinión. Defendió con gran agudeza la causa de la injusticia contra la justicia, y se esforzó con razones y ejemplos plausibles por demostrar que la primera es beneficiosa, la segunda inútil, para la república. Entonces, a petición de la concurrencia, Lelio intentó defender la justicia, y tensó todos sus nervios para probar que nada es tan dañino para un estado como la injusticia; y que sin justicia una república no puede ni gobernarse, ni siquiera continuar existiendo.
    Cuando esta cuestión se ha tratado a satisfacción de la concurrencia, Escipión vuelve al hilo original del discurso y repite con elogio su propia definición breve de una república, a saber, que es el bien del pueblo. «El pueblo» lo define como no cualquier reunión o multitud, sino una reunión asociada por un común reconocimiento de la ley y por una comunidad de intereses. Luego muestra el uso de la definición en el debate; y de estas definiciones suyas deduce que una república, o «bien del pueblo,» existe entonces solo cuando es bien y justamente gobernada, sea por un monarca, o una aristocracia, o por todo el pueblo. Pero cuando el monarca es injusto, o, como dicen los griegos, un tirano; o los aristócratas son injustos y forman una facción; o el pueblo mismo es injusto, y se convierte, como Escipión los llama por falta de un nombre mejor, en el tirano mismo, entonces la república no solo está manchada (como se había probado el día anterior), sino que por legítima deducción de aquellas definiciones, deja de ser por completo. Pues no podría ser el bien del pueblo cuando un tirano señoreaba facciosamente sobre el estado; ni el pueblo sería ya un pueblo si fuera injusto, puesto que ya no respondería a la definición de pueblo — «una reunión asociada por un común reconocimiento de la ley y por una comunidad de intereses.»
    Cuando, por tanto, la república romana era tal como Salustio la describió, no era «enteramente malvada y disoluta,» como él dice, sino que había dejado de existir por completo, si hemos de admitir el razonamiento de aquel debate mantenido sobre el tema de la república por sus mejores representantes. El propio Tulio, además, hablando no en la persona de Escipión o de cualquier otro, sino expresando sus propios sentimientos, usa el siguiente lenguaje al comienzo del quinto libro, después de citar una línea del poeta Ennio, en la que decía: «La severa moralidad de Roma y sus ciudadanos son su salvaguardia.» «Este verso,» dice Cicerón, «me parece tener toda la veracidad sentenciosa de un oráculo. Pues ni los ciudadanos habrían valido sin la moralidad de la comunidad, ni la moralidad del pueblo llano, sin hombres sobresalientes, habría valido para establecer o para mantener tanto tiempo en vigor una república tan grande con un imperio tan amplio y justo. En consecuencia, antes de nuestros días, los usos hereditarios formaban a nuestros hombres más destacados, y ellos por su parte retenían los usos e instituciones de sus padres. Pero nuestra época, recibiendo la república como una obra maestra de otra época que ya ha comenzado a envejecer, no solo ha descuidado restaurar los colores del original, sino que ni siquiera se ha tomado la molestia de preservar el contorno general y los rasgos más sobresalientes. Pues ¿qué sobrevive de aquella moralidad primitiva que el poeta llamó salvaguardia de Roma? Está tan obsoleta y olvidada que, lejos de practicarla, ni siquiera se la conoce. Y de los ciudadanos, ¿qué diré? La moralidad ha perecido por la pobreza de grandes hombres; una pobreza de la que no solo debemos dar una razón, sino por cuya culpa debemos responder como criminales acusados de un delito capital. Pues es por nuestros vicios, y no por ningún infortunio, que retenemos solo el nombre de una república, y hace tiempo que hemos perdido la realidad.»
    Esta es la confesión de Cicerón, mucho después ciertamente de la muerte de Africano, a quien presentó como interlocutor en su obra Sobre la República, pero todavía antes de la venida de Cristo. Sin embargo, si los desastres que lamenta se hubieran lamentado después de que la religión cristiana se hubiera difundido y comenzado a prevalecer, ¿hay un hombre de nuestros adversarios que no habría pensado que debían imputarse a los cristianos? ¿Por qué, entonces, sus dioses no tomaron medidas entonces para impedir la decadencia y extinción de aquella república, sobre cuya pérdida Cicerón, mucho antes de que Cristo hubiera venido en la carne, canta un canto fúnebre tan lúgubre? Sus admiradores necesitan inquirir si, incluso en los días de los hombres y las costumbres primitivas, floreció en ella la verdadera justicia; ¿o no era quizás incluso entonces, por usar la expresión casual de Cicerón, más bien una pintura coloreada que la realidad viviente? Pero, si Dios quiere, consideraremos esto en otra parte. Pues me propongo mostrar en su lugar oportuno que —según las definiciones en las que el propio Cicerón, usando a Escipión como portavoz, expuso brevemente qué es una república y qué es un pueblo, y según muchos testimonios, tanto de sus propios labios como de quienes tomaron parte en aquel mismo debate— Roma nunca fue una república, porque la verdadera justicia nunca tuvo lugar en ella. Pero aceptando las definiciones más viables de una república, concedo que hubo una república de cierta clase, y ciertamente mucho mejor administrada por los romanos más antiguos que por sus representantes modernos. Pero el hecho es que la verdadera justicia no tiene existencia salvo en aquella república cuyo fundador y gobernante es Cristo, si al menos alguien elige llamar a esto una república; y ciertamente no podemos negar que es el bien del pueblo. Pero si acaso este nombre, que se ha vuelto familiar en otros contextos, se considera ajeno a nuestro lenguaje común, podemos al menos decir que en esta ciudad hay verdadera justicia; la ciudad de la cual dice la Sagrada Escritura: «Cosas gloriosas se dicen de ti, oh ciudad de Dios.»

    Capítulo 22

    Que los dioses romanos nunca tomaron medida alguna para impedir que la república fuera arruinada por la inmoralidad

    II, 22

    Pero lo que es pertinente a la cuestión presente es esto: que por admirable que nuestros adversarios digan que la república era o es, es cierto que por el testimonio de sus propios escritores más doctos se había vuelto, mucho antes de la venida de Cristo, enteramente malvada y disoluta, y de hecho no tenía existencia, sino que había sido destruida por la disolución. Para impedir esto, seguramente estos dioses guardianes debieron haber dado preceptos de moral y una regla de vida al pueblo que los adoraba en tantos templos, con tan gran variedad de sacerdotes y sacrificios, con ritos tan innumerables y diversos, tantas solemnidades festivas, tantas celebraciones de juegos magníficos. Pero en todo esto los demonios solo miraron por su propio interés, y no se cuidaron en absoluto de cómo vivían sus adoradores, o más bien se esforzaron por inducirlos a llevar una vida abandonada, con tal de que pagaran estos tributos a su honor y los miraran con temor. Si alguien niega esto, que produzca, que señale, que lea las leyes que los dioses habían dado contra la sedición, y que los Gracos transgredieron cuando lo arrojaron todo a la confusión; o aquellas que Mario, y Cina, y Carbón quebrantaron cuando envolvieron a su patria en guerras civiles, inicuas e injustificables en sus causas, conducidas cruelmente y terminadas aún más cruelmente; o aquellas que Silas despreció, cuya vida, carácter y hechos, como los describen Salustio y otros historiadores, son la abominación de todo el género humano. ¿Quién negará que en aquel tiempo la república se había extinguido?
    Posiblemente serán lo bastante audaces para sugerir en defensa de los dioses, que abandonaron la ciudad a causa de la disolución de los ciudadanos, según los versos de Virgilio:
    Se fueron de cada templo, de cada ara sagrada,
    Aquellos que hicieron divino este reino.
    Pero, en primer lugar, si es así, entonces no pueden quejarse contra la religión cristiana, como si fuera ella la que ofendió a los dioses y les hizo abandonar Roma, puesto que la inmoralidad romana había expulsado hacía mucho de los altares de la ciudad una nube de pequeños dioses, como otras tantas moscas. Y sin embargo, ¿dónde estaba esta multitud de divinidades, cuando, mucho antes de la corrupción de la moralidad primitiva, Roma fue tomada e incendiada por los galos? ¿Quizás estaban presentes, pero dormidos? Pues en aquel tiempo toda la ciudad cayó en manos del enemigo, con la única excepción de la colina Capitolina; ¡y esta también habría sido tomada, de no haber sido —porque los gansos vigilantes despertaron a los dioses dormidos! Y esto dio ocasión a la fiesta del ganso, en la que Roma se hundió casi hasta la superstición de los egipcios, que adoran bestias y aves. Pero de estos males adventicios que son infligidos por ejércitos hostiles o por algún desastre, y que se adhieren más bien al cuerpo que al alma, no estoy disputando por ahora. En el presente hablo de la decadencia de la moralidad, que al principio perdió casi imperceptiblemente su brillante matiz, pero después fue totalmente obliterada, fue barrida como por un torrente, e involucró a la república en una ruina tan desastrosa, que aunque las casas y las murallas permanecían en pie, los principales escritores no dudan en decir que la república fue destruida. Ahora bien, la partida de los dioses «de cada templo, de cada ara sagrada,» y su abandono de la ciudad a la destrucción, fue un acto de justicia, si sus leyes que inculcaban la justicia y una vida moral habían sido despreciadas por aquella ciudad. Pero ¿qué clase de dioses eran estos, en verdad, que se negaron a vivir con un pueblo que los adoraba, y cuya vida corrupta nada habían hecho por reformar?

    Capítulo 23

    Que las vicisitudes de esta vida no dependen del favor o la hostilidad de los demonios, sino de la voluntad del Dios verdadero

    II, 23

    Pero, además, ¿no es evidente que los dioses han favorecido el cumplimiento de los deseos de los hombres en lugar de refrenarlos con autoridad? Pues Mario, hombre de humilde cuna y hecho a sí mismo, que provocó y condujo sin piedad guerras civiles, fue ayudado tan eficazmente por ellos, que fue siete veces cónsul y murió lleno de años en su séptimo consulado, escapando de las manos de Silas, quien inmediatamente después llegó al poder. ¿Por qué, entonces, no lo ayudaron también a refrenarse de tantas enormidades? Porque si se dice que los dioses no tuvieron parte en su éxito, esta no es una concesión trivial: que un hombre puede alcanzar la felicidad tan ansiada de esta vida aunque sus propios dioses no le sean propicios; que los hombres pueden estar colmados de los dones de la fortuna, como lo estuvo Mario, y gozar de salud, poder, riquezas, honores, dignidad y larga vida, aunque los dioses les sean hostiles; y que, por otra parte, los hombres pueden ser atormentados, como lo fue Régulo, con cautiverio, esclavitud, indigencia, vigilias, dolor y muerte cruel, aunque los dioses sean sus amigos. Conceder esto es hacer una confesión sumaria de que los dioses son inútiles y su culto superfluo. Si los dioses han enseñado a los pueblos más bien lo que va directamente contra las virtudes del alma y contra esa integridad de vida que obtiene recompensa después de la muerte; si incluso en lo tocante a los bienes temporales y transitorios ni dañan a quienes odian ni aprovechan a quienes aman, ¿por qué se les da culto, por qué se les invoca con tan ansioso homenaje? ¿Por qué murmuran los hombres en las coyunturas difíciles y tristes, como si los dioses se hubieran retirado airados? ¿Y por qué, por causa de ellos, se injuria a la religión cristiana con las calumnias más indignas? Si en las cosas temporales tienen poder para el bien o para el mal, ¿por qué asistieron a Mario, el peor de los ciudadanos de Roma, y abandonaron a Régulo, el mejor? ¿No prueba esto que ellos mismos son sumamente injustos y malvados? Y aun si se supone que precisamente por eso han de ser más temidos y venerados, es un error; porque no leemos que Régulo les rindiera culto menos asiduamente que Mario. Tampoco es evidente que haya de elegirse una vida malvada con el pretexto de que se supone que los dioses favorecieron a Mario más que a Régulo. Pues Metelo, el más estimado de todos los romanos, que tuvo cinco hijos en el consulado, fue próspero incluso en esta vida; y Catilina, el peor de los hombres, reducido a la pobreza y derrotado en la guerra que su propia culpa había provocado, vivió y pereció miserablemente. La felicidad verdadera y segura es posesión peculiar de quienes adoran a aquel Dios por quien únicamente puede ser conferida.
    Resulta, pues, evidente que, cuando la república estaba siendo destruida por las costumbres licenciosas, sus dioses nada hicieron para impedir su destrucción dirigiendo o corrigiendo sus costumbres, sino que más bien aceleraron su destrucción aumentando la desmoralización y corrupción ya existentes. No necesitan fingir que su bondad se escandalizó por la iniquidad de la ciudad y que se retiraron airados. Porque estaban allí, ciertamente; están descubiertos, convictos: fueron igualmente incapaces de romper el silencio para guiar a otros, y de guardar silencio para ocultarse. No me detengo en el hecho de que los habitantes de Minturnas se apiadaron de Mario y lo encomendaron a la diosa Marica en su bosque, para que ella le diera éxito en todas las cosas, y que desde el abismo de desesperación en que entonces yacía regresó inmediatamente ileso a Roma y entró en la ciudad como jefe despiadado de un ejército despiadado; y quienes quieran saber cuán sangrienta fue su victoria, cuán poco propia de un ciudadano y cuánto más implacablemente que cualquier enemigo extranjero actuó, lean las historias. Pero en esto, como he dicho, no me detengo; ni atribuyo la dicha sangrienta de Mario a no sé qué diosa de Minturnas [Marica], sino más bien a la providencia secreta de Dios, para que se cerrara la boca de nuestros adversarios y para que quienes no se dejan llevar por la pasión, sino por la consideración prudente de los acontecimientos, fueran librados del error. E incluso si los demonios tienen algún poder en estas cosas, sólo tienen aquel poder que el decreto secreto del Todopoderoso les asigna, para que no demos demasiado valor a la prosperidad terrena, puesto que a menudo se concede incluso a hombres malvados como Mario; y para que, por otra parte, no la consideremos un mal, ya que vemos que muchos buenos y piadosos adoradores del único Dios verdadero tienen, a pesar de los demonios, un éxito señalado; y, finalmente, para que no supongamos que estos espíritus inmundos han de ser aplacados o temidos por causa de los bienes o calamidades terrenales: pues así como los hombres malvados en la tierra no pueden hacer todo lo que querrían, tampoco pueden estos demonios, sino sólo en cuanto se lo permite el decreto de Aquel cuyos juicios son plenamente comprensibles y que nadie con justicia puede censurar.

    Capítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda

    II, 24

    Es cierto que Silas —cuyo gobierno fue tan cruel que, en comparación con él, se echaba de menos el estado de cosas anterior que él venía a vengar—, cuando por primera vez avanzó hacia Roma para presentar batalla a Mario, halló los auspicios tan favorables al sacrificar que, según el relato de Livio, el augur Postumio manifestó su disposición a perder la cabeza si Silas no lograba, con la ayuda de los dioses, lo que se proponía. Los dioses, como veis, no se habían apartado de «todos los templos y santuarios sagrados», puesto que aún predecían el desenlace de estos asuntos y, sin embargo, no daban ningún paso para corregir al propio Silas. Sus presagios le prometían gran prosperidad, pero ninguna amenaza suya dominó sus malas pasiones. Y luego, cuando estaba en Asia dirigiendo la guerra contra Mitrídates, Lucio Ticio le entregó un mensaje de Júpiter, en el sentido de que vencería a Mitrídates; y así sucedió. Y después, cuando meditaba regresar a Roma para vengar en la sangre de los ciudadanos las injurias hechas a él y a sus amigos, un soldado de la sexta legión le entregó un segundo mensaje de Júpiter, en el sentido de que era él quien había predicho la victoria sobre Mitrídates, y que ahora le prometía darle poder para recuperar la república de sus enemigos, aunque con gran derramamiento de sangre. Silas preguntó al punto al soldado qué forma se le había aparecido; y, al responder éste, reconoció que era la misma que Júpiter había empleado antes para transmitirle la seguridad acerca de la victoria sobre Mitrídates. ¿Cómo, pues, pueden justificarse los dioses en este asunto por el cuidado que pusieron en predecir estos éxitos fantasmales, y por su negligencia en corregir a Silas y en refrenarlo de provocar una guerra civil tan lamentable y atroz, que no sólo desfiguró, sino que extinguió la república? La verdad es, como he dicho a menudo, y como nos informa la Escritura, y como los hechos mismos indican suficientemente, que se halla que los demonios miran sólo por sus propios fines, para ser considerados y adorados como dioses, y para que los hombres sean inducidos a ofrecerles un culto que los asocia con sus crímenes y los envuelve en una común maldad y en un mismo juicio de Dios.
    Después, cuando Silas había llegado a Tarento y había sacrificado allí, vio en la cabeza del hígado de la víctima la figura de una corona de oro. Entonces el mismo adivino Postumio interpretó esto como señal de una victoria señalada, y ordenó que sólo él comiera de las entrañas. Poco después, el esclavo de un tal Lucio Poncio gritó: «¡Soy mensajero de Belona; la victoria es tuya, Silas!» Luego añadió que el Capitolio sería incendiado. Tan pronto como hubo pronunciado esta predicción salió del campamento, pero regresó al día siguiente más excitado que nunca y gritó: «¡El Capitolio está ardiendo!» Y en verdad estaba ardiendo. Esto era fácil para un demonio preverlo y anunciarlo rápidamente. Pero observad, en relación con nuestro asunto, qué clase de dioses son aquellos bajo los cuales desean vivir estos hombres, que blasfeman al Salvador que libra las voluntades de los fieles del dominio de los demonios. El hombre gritó en arrebato profético: «¡La victoria es tuya, Silas!» Y para certificar que hablaba por un espíritu divino, predijo también un acontecimiento que había de suceder poco después, y que en efecto ocurrió, en un lugar del cual estaba muy lejos aquel en quien hablaba este espíritu. Pero nunca gritó: «¡Abstente de tus villanías, Silas!» — las villanías que se cometieron en Roma por aquel vencedor a quien se le había mostrado una corona de oro en el hígado de un ternero como prueba divina de su victoria. Si tales señales fueran enviadas ordinariamente por dioses justos, y no por demonios malvados, entonces ciertamente las entrañas consultadas deberían más bien haber dado a Silas indicio de los crueles desastres que habrían de sobrevenir a la ciudad y a él mismo. Pues aquella victoria no fue tan conducente a su exaltación al poder como fue fatal para su ambición; porque por ella se volvió tan insaciable en sus deseos, y fue tornado tan arrogante e imprudente por la prosperidad, que puede decirse que más bien se infligió una destrucción moral a sí mismo que una destrucción corporal a sus enemigos. Pero de estas calamidades verdaderamente lamentables y deplorables los dioses no le dieron ningún indicio previo, ni por entrañas, ni por augurio, ni por sueño, ni por predicción. Pues temían más su enmienda que su derrota. Sí, pusieron buen cuidado en que este glorioso conquistador de sus propios conciudadanos fuera conquistado y llevado cautivo por sus propios vicios infames, y fuera así tanto más sumiso esclavo de los demonios mismos.
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