Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 329 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

    Estás en la parte 51. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)45 minPosición: 0% de esta parteParte 51 de 52 · Capítulo 9Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

    Leer por sesiones · 329 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 9

    Que todos los milagros que se hacen por medio de los mártires en el nombre de Cristo dan testimonio de aquella fe que los mártires tuvieron en Cristo

    XXII, 9

    ¿A qué dan testimonio estos milagros, sino a esta fe que predica a Cristo resucitado en la carne y ascendido con la misma al cielo? Pues los mártires mismos fueron mártires, es decir, testigos de esta fe, atrayendo sobre sí con su testimonio el odio del mundo, y conquistando el mundo no resistiéndolo, sino muriendo. Por esta fe murieron, y ahora pueden pedir estos beneficios al Señor en cuyo nombre fueron degollados. Por esta fe se ejercitó su admirable constancia, de modo que en estos milagros se manifestó un gran poder como resultado. Porque si la resurrección de la carne para la vida eterna no hubiera tenido lugar en Cristo, y no hubiera de cumplirse en su pueblo, como fue predicho por Cristo, o por los profetas que anunciaron que Cristo había de venir, ¿por qué los mártires que fueron muertos por esta fe que proclama la resurrección poseen tan gran poder? Pues ya sea que Dios mismo obró estos milagros por aquel admirable modo de obrar con el cual, aunque Él es eterno, produce efectos en el tiempo; ya sea que los obró por medio de servidores, y si así fue, ya sea que se sirvió de los espíritus de los mártires como se sirve de hombres que aún están en el cuerpo, ya sea que realiza todas estas maravillas por medio de ángeles, sobre los cuales ejerce un dominio invisible, inmutable e incorpóreo, de modo que lo que se dice que hacen los mártires no se hace por su operación, sino solo por su oración y petición; o, finalmente, si unas cosas se hacen de una manera y otras de otra, tanto que el hombre no puede comprenderlas en absoluto—sin embargo, estos milagros atestiguan esta fe que predica la resurrección de la carne para la vida eterna.

    Capítulo 10

    Que los mártires que obtienen muchos milagros para que se adore al Dios verdadero son dignos de mucho mayor honor que los demonios, que hacen algunos prodigios para que ellos mismos sean tenidos por Dios

    XXII, 10

    Aquí quizá dirán nuestros adversarios que también sus dioses han hecho algunas maravillas, si ahora empiezan a comparar sus dioses con nuestros muertos. ¿O acaso dirán también que tienen dioses tomados de entre los muertos, como Hércules, Rómulo y muchos otros a quienes imaginan haber sido recibidos en el número de los dioses? Pero nuestros mártires no son nuestros dioses; pues sabemos que los mártires y nosotros no tenemos sino un solo Dios, y el mismo. Ni tampoco los milagros que ellos sostienen haberse hecho por medio de sus templos son en absoluto comparables a los que se hacen junto a los sepulcros de nuestros mártires. Si parecen semejantes, sus dioses han sido vencidos por nuestros mártires, como los magos del faraón lo fueron por Moisés. En realidad, los demonios obraron estas maravillas con el mismo orgullo impuro con el que aspiraban a ser los dioses de las naciones; pero los mártires hacen estos prodigios, o más bien Dios los hace mientras ellos oran y asisten, a fin de que se dé impulso a la fe por la cual creemos que ellos no son nuestros dioses, sino que tienen, junto con nosotros, un solo Dios. En fin, ellos edificaron templos a esos dioses suyos, levantaron altares, ordenaron sacerdotes y establecieron sacrificios; pero a nuestros mártires no les edificamos templos como si fueran dioses, sino monumentos como a hombres muertos cuyos espíritus viven con Dios. Tampoco erigimos altares en esos monumentos para sacrificar a los mártires, sino al único Dios de los mártires y de nosotros mismos; y en este sacrificio ellos son nombrados en su propio lugar y rango como hombres de Dios que conquistaron el mundo confesándolo, pero no son invocados por el sacerdote que sacrifica. Pues es a Dios, no a ellos, a quien sacrifica, aunque sacrifique en su monumento; porque es sacerdote de Dios, no de ellos. El sacrificio mismo, además, es el cuerpo de Cristo, que no se les ofrece a ellos, porque ellos mismos son este cuerpo. ¿A quiénes, pues, se puede creer más fácilmente que obran milagros? ¿A los que quieren ser tenidos por dioses por aquellos en quienes obran milagros, o a aquellos cuyo único objeto al obrar cualquier milagro es inducir fe en Dios, y en Cristo también como Dios? ¿A los que quisieron convertir incluso sus crímenes en ritos sagrados, o a aquellos que no quieren que ni siquiera sus propias alabanzas sean consagradas, y buscan que todo aquello por lo que son justamente alabados sea atribuido a la gloria de Aquel en quien son alabados? Porque en el Señor se alaban sus almas. Creamos, pues, a quienes dicen la verdad y obran prodigios. Porque por decir la verdad sufrieron, y así ganaron el poder de obrar prodigios. Y la verdad principal que profesaron es que Cristo resucitó de entre los muertos, y mostró primero en su propia carne la inmortalidad de la resurrección que prometió que sería nuestra, ya sea en el comienzo del mundo venidero, o en el fin de este mundo.

    Capítulo 11

    Contra los platónicos, que argumentan a partir del peso físico de los elementos que un cuerpo terreno no puede habitar el cielo

    XXII, 11

    Pero contra este gran don de Dios, estos razonadores, «cuyos pensamientos sabe el Señor que son vanos» aducen argumentos tomados de los pesos de los elementos; pues han aprendido de su maestro Platón que los dos elementos más grandes del mundo, y los más alejados entre sí, están unidos y enlazados por los dos intermedios, el aire y el agua. Y en consecuencia dicen: puesto que la tierra es el primero de los elementos, comenzando desde la base de la serie, el segundo es el agua sobre la tierra, el tercero el aire sobre el agua, el cuarto el cielo sobre el aire, se sigue que un cuerpo de tierra no puede vivir en el cielo; pues cada elemento está equilibrado por su propio peso de modo que conserve su propio lugar y rango. ¡Mirad con qué argumentos la debilidad humana, poseída de vanidad, contradice la omnipotencia de Dios! ¿Qué hacen, entonces, tantos cuerpos terrenos en el aire, siendo el aire el tercer elemento desde la tierra? A no ser que Aquel que ha concedido a los cuerpos terrenos de las aves que sean llevados por el aire mediante la ligereza de las plumas y las alas, no haya podido otorgar a los cuerpos de los hombres hechos inmortales el poder de permanecer en el cielo más alto. Los animales terrenos, también, que no pueden volar, entre los cuales están los hombres, deberían según esta lógica vivir bajo la tierra, como los peces, que son los animales del agua, viven bajo el agua. ¿Por qué, pues, un animal de tierra no puede vivir en el segundo elemento, es decir, en el agua, mientras sí puede en el tercero? ¿Por qué, aunque pertenece a la tierra, se sofoca inmediatamente si se le obliga a vivir en el segundo elemento inmediatamente superior a la tierra, mientras vive en el tercero, y no puede vivir fuera de él? ¿Hay aquí un error en el orden de los elementos, o no está más bien el error en sus razonamientos, y no en la naturaleza de las cosas? No repetiré lo que dije en el libro decimotercero, que muchos cuerpos terrenos, aunque pesados como el plomo, reciben de la mano del artífice una forma que les permite nadar en el agua; y sin embargo se niega que el Obrero omnipotente pueda conferir al cuerpo humano una propiedad que le permita pasar al cielo y habitar allí.
    Pero contra lo que he dicho antes no pueden hallar nada que decir, aun cuando introduzcan y exploten al máximo ese orden de los elementos en el que confían. Pues si el orden es que la tierra es lo primero, el agua lo segundo, el aire lo tercero, el cielo lo cuarto, entonces el alma está por encima de todo. Porque Aristóteles dijo que el alma era un quinto cuerpo, mientras que Platón negó que fuera cuerpo en absoluto. Si fuera un quinto cuerpo, entonces ciertamente estaría por encima de los demás; y si no es cuerpo en absoluto, tanto más se eleva sobre todo. ¿Qué hace, entonces, en un cuerpo terreno? ¿Qué hace esta alma, que es más sutil que todo lo demás, en semejante masa de materia? ¿Qué hace la más ligera de las sustancias en esta pesadez? ¿Esta sustancia velocísima en semejante lentitud? ¿No será el cuerpo elevado al cielo en virtud de una naturaleza tan excelente como esta? Y si ahora los cuerpos terrenos pueden retener abajo a las almas, ¿no podrán un día las almas elevar arriba los cuerpos terrenos?
    Si pasamos ahora a los milagros de ellos que oponen a nuestros mártires como obrados por sus dioses, ¿no se hallará que incluso estos están a favor nuestro y ayudan a nuestro argumento? Pues si alguno de los milagros de sus dioses es grande, ciertamente es grande aquel que Varrón menciona de una virgen vestal, la cual, cuando fue puesta en peligro por una falsa acusación de impureza, llenó una criba con agua del Tíber y la llevó a sus jueces sin que se derramara nada. ¿Quién retuvo el peso del agua en la criba? ¿Quién impidió que cayera una gota a través de tantos agujeros abiertos? Responderán: Algún dios o algún demonio. Si es un dios, ¿es mayor que el Dios que hizo el mundo? Si es un demonio, ¿es más poderoso que un ángel que sirve al Dios por quien el mundo fue hecho? Si, pues, un dios menor, un ángel o un demonio pudo sostener de tal modo el peso de este elemento líquido que el agua pareciera haber cambiado su naturaleza, ¿no podrá el Dios omnipotente, que creó Él mismo todos los elementos, eliminar del cuerpo terreno su pesadez, de modo que el cuerpo vivificado habite en cualquier elemento que plazca al espíritu vivificante?
    Por otra parte, puesto que ellos dan al aire un lugar intermedio entre el fuego arriba y el agua abajo, ¿cómo es que a menudo lo encontramos entre agua y agua, y entre el agua y la tierra? Pues, ¿qué hacen de esas nubes acuosas, entre las cuales y los mares se encuentra constantemente interpuesto el aire? Quisiera saber por qué peso y orden de los elementos sucede que torrentes muy violentos y tempestuosos quedan suspendidos en las nubes sobre la tierra antes de precipitarse sobre la tierra bajo el aire. En fin, ¿por qué en todo el globo el aire está entre el cielo más alto y la tierra, si su lugar está entre el cielo y el agua, así como el lugar del agua está entre el cielo y la tierra?
    Finalmente, si el orden de los elementos está dispuesto de tal modo que, como piensa Platón, los dos extremos, el fuego y la tierra, están unidos por los dos medios, el aire y el agua, y que el fuego ocupa la parte más alta del cielo, y la tierra la parte más baja, o por así decirlo el fundamento del mundo, y que por tanto la tierra no puede estar en los cielos, ¿cómo es que hay fuego en la tierra? Pues, según este razonamiento, estos dos elementos, la tierra y el fuego, deberían estar tan restringidos a sus propios lugares, el más alto y el más bajo, que ni el más bajo pueda subir al lugar del más alto, ni el más alto descender al del más bajo. Así, como ellos piensan que ninguna partícula de tierra está ni estará jamás en el cielo, del mismo modo deberíamos ver que no hay en la tierra ninguna partícula de fuego. Pero el hecho es que existe en tal medida, no solo sobre la tierra sino incluso debajo de ella, que las cumbres de los montes lo vomitan; además, vemos que existe sobre la tierra para usos humanos, e incluso que es producido desde la tierra, puesto que se enciende con madera y piedras, que son sin duda cuerpos terrenos. Pero ese fuego [superior], dicen, es tranquilo, puro, inofensivo, eterno; pero este fuego [terrenal] es turbio, humeante, corruptible y corruptor. Pero no corrompe las montañas y cavernas de la tierra en las que arde continuamente. Pero concedamos que el fuego terrenal es tan distinto del otro que se adapta a su posición terrenal; ¿por qué entonces objetan que creamos que la naturaleza de los cuerpos terrenos algún día será hecha incorruptible y apta para el cielo, así como ahora el fuego es corruptible y apto para la tierra? Por tanto, de sus pesos y orden de los elementos no aducen nada con lo que puedan probar que es imposible que el Dios omnipotente haga nuestros cuerpos de modo que puedan habitar en los cielos.

    Capítulo 12

    Contra las calumnias con que los incrédulos ridiculizan la fe cristiana en la resurrección de la carne

    XXII, 12

    Pero su manera es fingir una ansiedad escrupulosa al investigar esta cuestión, y ridiculizar nuestra fe en la resurrección del cuerpo, preguntando: ¿Resucitarán los abortos? Y como dice el Señor, «En verdad os digo que ni un cabello de vuestra cabeza perecerá,» [] ¿tendrán todos los cuerpos una estatura y fuerza iguales, o habrá diferencias de tamaño? Porque si ha de haber igualdad, ¿de dónde obtendrán los abortos, suponiendo que resuciten, aquel volumen que no tuvieron aquí? O si no resucitarán porque no fueron nacidos, sino expulsados, plantean la misma cuestión acerca de los niños que han muerto en la infancia, preguntándonos de dónde obtienen la estatura que vemos que no tenían aquí; pues no diremos que quienes no solo nacieron, sino que renacieron, no resucitarán. Luego, además, preguntan de qué tamaño serán estos cuerpos iguales. Porque si todos serán tan altos y grandes como lo fueron los más altos y grandes en este mundo, nos preguntan cómo es que no solo los niños sino muchas personas adultas recibirán lo que aquí no poseyeron, si cada uno ha de recibir lo que aquí tenía. Y si la frase del apóstol, de que todos hemos de llegar a la «medida de la edad de la plenitud de Cristo,» [] o aquella otra, «A los que predestinó para ser hechos conformes a la imagen de su Hijo,» [] ha de entenderse en el sentido de que la estatura y el tamaño del cuerpo de Cristo serán la medida de los cuerpos de todos los que estén en su reino, entonces, dicen, el tamaño y la altura de muchos han de ser disminuidos; y si se pierde tanto del armazón corporal mismo, ¿qué será de la frase, «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá?» Además, podría preguntarse respecto del cabello mismo, si todo lo que el barbero ha cortado será restaurado. Y si ha de ser restaurado, ¿quién no se estremecería ante semejante deformidad? Pues como se hará la misma restauración de lo que se ha recortado de las uñas, mucho será repuesto sobre el cuerpo que el cuidado de su apariencia había cortado. ¿Y dónde estará entonces su hermosura, que ciertamente debería ser mucho mayor en aquella condición inmortal que en este estado corruptible? Por otra parte, si tales cosas no son restauradas al cuerpo, deben perecer; ¿cómo, pues, dicen, no perecerá ni un cabello de la cabeza? De igual modo razonan sobre la gordura y la delgadez; pues si todos han de ser iguales, ciertamente no habrá unos gordos y otros delgados. Por tanto, unos ganarán y otros perderán algo. En consecuencia, no habrá una simple restauración de lo que antes existía, sino, por un lado, una adición de lo que no tenía existencia, y por otro, una pérdida de lo que sí existía antes.
    Las dificultades, también, acerca de la corrupción y disolución de los cuerpos muertos—que uno se convierte en polvo, mientras otro se evapora en el aire; que unos son devorados por bestias, otros por el fuego, mientras algunos perecen por naufragio o ahogamiento de una u otra forma, de modo que sus cuerpos se descomponen en líquido—estas dificultades les causan una alarma inmoderada, y creen que todos esos elementos disueltos no pueden ser reunidos de nuevo y reconstruidos en un cuerpo. También se valen con avidez de todas las deformidades y defectos que han producido el accidente o el nacimiento, y en consecuencia, con horror y burla, citan nacimientos monstruosos, y preguntan si toda deformidad será preservada en la resurrección. Porque si decimos que nada semejante será reproducido en el cuerpo de un hombre, suponen que nos refutan citando las marcas de las heridas que afirmamos se hallaron en el cuerpo resucitado del Señor Cristo. Pero de todas estas, la cuestión más difícil es: ¿a qué cuerpo volverá aquella carne que ha sido comida y asimilada por otro hombre constreñido por el hambre a usarla así? Pues se ha convertido en la carne del hombre que la usó como alimento, y llenó aquellas pérdidas de carne que el hambre había producido. Para ridiculizar, pues, la resurrección, preguntan: ¿Volverá esta al hombre de cuya carne fue primero, o a aquel de cuya carne llegó a ser después? Y así, también, intentan dar a la promesa del alma humana alternancias de verdadera miseria y falsa felicidad, según la teoría de Platón; o, según la de Porfirio, que, después de muchas transmigraciones en cuerpos diferentes, termina sus miserias y nunca más vuelve a ellas, no, empero, obteniendo un cuerpo inmortal, sino escapando de toda especie de cuerpo.

    Capítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección

    XXII, 13

    A estas objeciones, pues, de nuestros adversarios que he detallado así, responderé ahora, confiando en que Dios asistirá misericordiosamente mis esfuerzos. Que los abortos, que, aun suponiendo que estuvieron vivos en el seno materno, también murieron allí, han de resucitar, no me atrevo ni a afirmarlo ni a negarlo, aunque no alcanzo a ver por qué, si no están excluidos del número de los muertos, no deban llegar a la resurrección de los muertos. Pues o bien no todos los muertos resucitarán, y habrá por toda la eternidad algunas almas sin cuerpos, aunque una vez los tuvieron —solo en el vientre de su madre, ciertamente—; o bien, si todas las almas humanas han de recibir de nuevo los cuerpos que tuvieron dondequiera que vivieron y que dejaron al morir, entonces no veo cómo puedo decir que incluso quienes murieron en el vientre de su madre no tendrán resurrección. Pero cualquiera de estas opiniones que alguien adopte respecto de ellos, al menos debemos aplicarles, si resucitan, todo lo que tenemos que decir de los niños que han nacido.

    Capítulo 14. Si los niños resucitarán en aquel cuerpo que habrían tenido si hubieran crecido

    XXII, 14

    ¿Qué, pues, hemos de decir de los niños, sino que no resucitarán en aquel cuerpo diminuto en el que murieron, sino que recibirán por la maravillosa y rápida operación de Dios aquel cuerpo que el tiempo, por un proceso más lento, les habría dado? Pues en las palabras del Señor, donde dice: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá,» se afirma que nada de lo que se poseía faltará; pero no se dice que se dará nada de lo que no se poseía. Al niño muerto le faltaba la estatura perfecta de su cuerpo; pues hasta el niño perfecto carece de la perfección del tamaño corporal, siendo capaz de crecer más. Esta estatura perfecta es, en cierto sentido, poseída de tal modo por todos que son concebidos y nacen con ella, es decir, la tienen potencialmente, aunque todavía no en volumen actual; así como todos los miembros del cuerpo están potencialmente en la semilla, aunque, aun después de nacido el niño, algunos de ellos, los dientes por ejemplo, pueden faltar. En este principio seminal de toda sustancia parece haber, por así decirlo, el comienzo de todo lo que aún no existe, o más bien no aparece, pero que con el tiempo llegará a ser, o más bien a manifestarse. En esto, por tanto, el niño que ha de ser alto o bajo ya es alto o bajo. Y en la resurrección del cuerpo, por la misma razón, no hemos de temer pérdida corporal alguna; pues aunque todos fueran de igual tamaño y alcanzaran proporciones gigantescas, para que los hombres que aquí fueron más corpulentos no perdieran nada de su volumen y éste pereciera, en contradicción con las palabras de Cristo, que dijo que ni un cabello de su cabeza perecería, sin embargo, ¿por qué habrían de faltar los medios por los cuales aquel maravilloso Artífice haría tales adiciones, siendo Él el Creador, que creó todas las cosas de la nada?

    Capítulo 15. Si los cuerpos de todos los muertos resucitarán del mismo tamaño que el cuerpo del Señor

    XXII, 15

    Es cierto que Cristo resucitó en la misma estatura corporal en la que murió, y que es erróneo decir que, cuando llegue la resurrección general, su cuerpo, para igualarse a los más altos, asumirá proporciones que no tenía cuando se apareció a los discípulos en la figura que les era familiar. Pero si decimos que incluso los cuerpos de los hombres más altos han de reducirse al tamaño del cuerpo del Señor, habrá una gran pérdida en muchos cuerpos, aunque Él prometió que ni un cabello de su cabeza perecería. Resta, por tanto, que concluyamos que todo hombre recibirá su propia estatura, la que tuvo en la juventud, aunque haya muerto anciano, o la que habría tenido, suponiendo que murió antes de su plenitud. En cuanto a lo que dijo el apóstol sobre la medida de la edad de la plenitud de Cristo, debemos o bien entender que se refiere a otra cosa, a saber, al hecho de que la medida de Cristo se completará cuando todos los miembros de las comunidades cristianas se añadan a la Cabeza; o bien, si lo referimos a la resurrección del cuerpo, el sentido es que todos resucitarán ni más allá ni por debajo de la juventud, sino en aquel vigor y edad a los que sabemos que Cristo había llegado. Pues incluso los hombres más sabios del mundo han fijado la flor de la juventud alrededor de los treinta años; y cuando este período ha pasado, el hombre comienza a declinar hacia el período deficiente y más torpe de la vejez. Y por tanto el apóstol no habló de la medida del cuerpo, ni de la medida de la estatura, sino de «la medida de la edad de la plenitud de Cristo.»

    Capítulo 16. Qué significa la conformación de los santos a la imagen del Hijo de Dios

    XXII, 16

    Además, estas palabras, «Predestinados a ser hechos conformes a la imagen del Hijo de Dios,» [] pueden entenderse del hombre interior. Así, en otro lugar nos dice: «No os conforméis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente.» [] En la medida, pues, en que somos transformados para no conformarnos al mundo, somos conformados al Hijo de Dios. Puede también entenderse así: que, así como Él se conformó a nosotros asumiendo la mortalidad, nosotros seremos conformados a Él por la inmortalidad; y esto ciertamente está conectado con la resurrección del cuerpo. Pero si también se nos enseña en estas palabras qué forma han de tener nuestros cuerpos al resucitar, como la medida de la que hablamos antes, así también esta conformidad debe entenderse no del tamaño, sino de la edad. Por consiguiente, todos resucitarán en la estatura que habían alcanzado o habrían alcanzado si hubieran vivido hasta su plenitud, aunque no será gran desventaja incluso si la forma del cuerpo fuera infantil o anciana, mientras no quede debilidad alguna ni en la mente ni en el cuerpo mismo. De modo que, aun si alguien sostiene que cada persona resucitará en la misma forma corporal en que murió, no necesitamos gastar mucho trabajo en disputar con él.

    Capítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección

    XXII, 17

    De las palabras, «Hasta que todos lleguemos a un hombre perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo,» [] y de las palabras, «Hechos conformes a la imagen del Hijo de Dios,» [] algunos concluyen que las mujeres no resucitarán mujeres, sino que todos serán hombres, porque Dios hizo al hombre solo de tierra, y a la mujer del hombre. Por mi parte, me parecen más sabios quienes no dudan de que ambos sexos resucitarán. Pues no habrá concupiscencia, que ahora es causa de confusión. Porque antes de pecar, el hombre y la mujer estaban desnudos y no se avergonzaban. De aquellos cuerpos, pues, se retirará el vicio, mientras se conservará la naturaleza. Y el sexo de la mujer no es un vicio, sino naturaleza. Será entonces ciertamente superior al comercio carnal y a la procreación; no obstante, los miembros femeninos permanecerán adaptados no a los usos antiguos, sino a una nueva belleza, la cual, lejos de provocar la concupiscencia, ahora extinguida, excitará alabanza a la sabiduría y clemencia de Dios, que hizo lo que no existía y libró de la corrupción lo que hizo. Pues al principio del género humano la mujer fue hecha de una costilla tomada del costado del hombre mientras dormía; porque pareció conveniente que ya entonces Cristo y su Iglesia fueran prefigurados en este acontecimiento. Pues aquel sueño del hombre era la muerte de Cristo, cuyo costado, mientras Él pendía sin vida en la cruz, fue traspasado con una lanza, y de él brotaron sangre y agua, y sabemos que éstos son los sacramentos por los cuales la Iglesia es «edificada.» Pues la Escritura usó esta misma palabra, no diciendo «Él formó» ni «fabricó,» sino «la edificó en una mujer;» [] de donde también el apóstol habla de la edificación del cuerpo de Cristo, [] que es la Iglesia. La mujer, por tanto, es criatura de Dios tanto como el hombre; pero por su creación a partir del hombre se encomienda la unidad; y el modo de su creación prefiguró, como se ha dicho, a Cristo y a la Iglesia. Aquel, pues, que creó ambos sexos restaurará ambos. Jesús mismo también, cuando los saduceos, que negaban la resurrección, le preguntaron cuál de los siete hermanos debería tener por mujer a aquella a quien todos sucesivamente habían tomado para suscitar descendencia a su hermano, como ordenaba la ley, dice: «Erráis, no conociendo las Escrituras ni el poder de Dios.» [] Y aunque era una ocasión oportuna para que Él dijera: Ella, por la que preguntáis, será ella misma un hombre, y no una mujer, no dijo nada semejante; sino: «En la resurrección ni se casan ni se dan en matrimonio, sino que son como los ángeles de Dios en el cielo.» [] Serán iguales a los ángeles en inmortalidad y felicidad, no en la carne, ni en la resurrección, que los ángeles no necesitaron, porque no podían morir. El Señor, pues, negó que en la resurrección hubiera, no mujeres, sino matrimonios; y profirió esta negación en circunstancias en las que la cuestión planteada se habría resuelto más fácil y rápidamente negando que el sexo femenino existiera, si esto en verdad lo hubiera sabido de antemano. Pero, ciertamente, afirmó incluso que el sexo existiría al decir: «No serán dadas en matrimonio,» lo cual solo puede aplicarse a las mujeres; «Ni se casarán,» lo cual se aplica a los hombres. Habrá, por tanto, quienes en este mundo están acostumbrados a casarse y a ser dados en matrimonio, solo que allí no harán tales matrimonios.

    Capítulo 18. Del hombre perfecto, es decir, Cristo; y de su cuerpo, es decir, la Iglesia, que es su plenitud

    XXII, 18

    Para entender lo que quiere decir el apóstol cuando dice que todos llegaremos a un hombre perfecto, debemos considerar la conexión de todo el pasaje, que dice así: «El que descendió es el mismo que también subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo. Y a unos dio apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un hombre perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños, sacudidos y llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por la estratagema de los hombres y la astucia engañosa con que acechan para engañar, sino que, hablando la verdad en amor, crezcamos en todo en Aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, hace crecer el cuerpo para ir edificándose en amor.» [] He aquí lo que es el hombre perfecto: la cabeza y el cuerpo, que está formado por todos los miembros, los cuales serán perfeccionados a su tiempo. Pero diariamente se hacen nuevas adiciones a este cuerpo mientras la Iglesia es edificada, a la cual se dice: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros;» [] y otra vez: «Por causa de su cuerpo,» dice, «que es la Iglesia;» [] y otra vez: «Siendo muchos, somos una cabeza, un cuerpo.» [] De la edificación de este cuerpo se dice también aquí: «Para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo;» y después se añade aquel pasaje del que ahora hablamos: «Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un hombre perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo,» y así sucesivamente. Y muestra de qué cuerpo hemos de entender que es esta medida, cuando dice: «Para que crezcamos en todo en Aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro.» Así como, por tanto, hay una medida de cada parte, así hay una medida de la plenitud de todo el cuerpo, que está formado por todas sus partes, y de esta medida se dice: «A la medida de la edad de la plenitud de Cristo.» Esta plenitud la mencionó también en el lugar donde dice de Cristo: «Y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.» [] Pero aunque esto se refiriera a la forma en que cada uno ha de resucitar, ¿qué nos impediría aplicar a la mujer lo que expresamente se dice del hombre, entendiendo que ambos sexos están incluidos bajo el término general «hombre?» Pues ciertamente en la frase, «Bienaventurado el que teme al Señor,» están incluidas también las mujeres que temen al Señor.

    Capítulo 19

    Que todas las imperfecciones corporales que afean la hermosura humana en esta vida serán eliminadas en la resurrección, permaneciendo la sustancia natural del cuerpo, pero alterándose su cualidad y cantidad de modo que produzcan hermosura

    XXII, 19

    ¿Qué he de decir ahora sobre el cabello y las uñas? Una vez que se entiende que ninguna parte del cuerpo perecerá de modo que produzca deformidad en el cuerpo, se entiende al mismo tiempo que tales cosas, que por sus proporciones excesivas habrían producido una deformidad, se añadirán a la masa total del cuerpo, no a las partes en las que la hermosura de la proporción se vería así dañada. Así como si, después de hacer una vasija de barro, uno quisiera rehacerla del mismo barro, no sería necesario que la misma porción del barro que había formado el asa formara de nuevo el asa nueva, ni que lo que había formado el fondo lo hiciera de nuevo, sino solo que todo el barro entrara a formar toda la vasija nueva, y que ninguna parte quedara sin usar. Por lo cual, si el cabello que ha sido recortado y las uñas que han sido cortadas causarían una deformidad si fueran restaurados a sus lugares, no serán restaurados; y, sin embargo, nadie perderá estas partes en la resurrección, pues serán transformadas en la misma carne, alterándose su sustancia de tal modo que se conserve la proporción de las diversas partes del cuerpo. Sin embargo, lo que nuestro Señor dijo, «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá,» podría interpretarse más adecuadamente del número, y no de la longitud de los cabellos, como dice en otro lugar: «Los cabellos de vuestra cabeza están todos contados.» [] Y no diría yo esto porque suponga que alguna parte naturalmente perteneciente al cuerpo pueda perecer, sino que toda deformidad que hubiera en él, y que servía para mostrar la condición penal en que estamos los mortales, debe ser restaurada de tal manera que, mientras la sustancia se conserve enteramente, la deformidad perezca. Pues si incluso un artífice humano, que por alguna razón ha hecho una estatua deforme, puede refundirla y hacerla muy hermosa, y esto sin que se pierda parte alguna de la sustancia, sino solo la deformidad—si puede, por ejemplo, quitar alguna parte indecorosa o desproporcionada, no cortando y separando esta parte del todo, sino de tal modo que deshaga y mezcle todo como para eliminar el defecto sin disminuir la cantidad de su material—¿no pensaremos con tan alta estima del Artífice omnipotente? ¿No podrá Él eliminar y abolir todas las deformidades del cuerpo humano, ya sean comunes o raras y monstruosas, las cuales, aunque están en conformidad con esta vida miserable, no han de ser pensadas en relación con aquella bienaventuranza futura; y no podrá Él eliminarlas de tal modo que, mientras se ponen fin a las imperfecciones naturales pero indecorosas, la sustancia natural no sufra disminución alguna?
    Y, por consiguiente, las personas demasiado corpulentas y las demacradas no necesitan temer que estarán en el cielo con una figura que ni siquiera en este mundo tendrían si pudieran evitarlo. Pues toda hermosura corporal consiste en la proporción de las partes, junto con cierta agradabilidad del color. Donde no hay proporción, el ojo se ofende, ya sea porque algo falta, o es demasiado pequeño, o demasiado grande. Y así no habrá deformidad resultante de la falta de proporción en aquel estado en el que todo lo que está mal es corregido, y todo lo defectuoso es suplido con recursos que el Creador conoce, y todo lo excesivo es eliminado sin destruir la integridad de la sustancia. Y en cuanto al color agradable, ¡cuán conspicuo será allí donde «los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre!» [] Debemos más bien creer que este resplandor estuvo oculto a los ojos de los discípulos cuando Cristo resucitó, que creer que faltara. Pues la débil vista humana no podía soportarlo, y era necesario que lo miraran de modo que pudieran reconocerlo. Con este fin les permitió también tocar las marcas de sus heridas, y también comió y bebió, no porque necesitara alimento, sino porque podía tomarlo si quería. Ahora bien, cuando un objeto, aunque presente, es invisible para personas que ven otras cosas que están presentes, como decimos que aquel resplandor estaba presente pero era invisible para quienes veían otras cosas, esto se llama en griego [ἀορασία]; y nuestros traductores latinos, a falta de una palabra mejor, han traducido esto como cæcitas (ceguera) en el libro del Génesis. Esta ceguera la padecieron los hombres de Sodoma cuando buscaban la puerta del justo Lot y no podían encontrarla. Pero si hubiera sido ceguera, es decir, si no hubieran podido ver nada, entonces no habrían pedido la puerta por la que pudieran entrar en la casa, sino guías que pudieran conducirlos fuera.
    Pero el amor que tenemos a los bienaventurados mártires hace que, no sé cómo, deseemos ver en el reino celestial las marcas de las heridas que recibieron por el nombre de Cristo, y posiblemente las veremos. Pues esto no será una deformidad, sino una marca de honor, y añadirá lustre a su apariencia, y una hermosura espiritual, si no corporal. Y, sin embargo, no hemos de creer que aquellos a quienes se ha dicho: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá,» habrán de carecer, en la resurrección, de los miembros de los que fueron privados en su martirio. Pero si será conveniente en aquel reino nuevo que algunas marcas de estas heridas sigan siendo visibles en aquella carne inmortal, los lugares donde fueron heridos o mutilados conservarán las cicatrices sin que se pierda ninguno de los miembros. Por tanto, aunque es muy cierto que ninguna imperfección que el cuerpo haya sufrido aparecerá en la resurrección, no hemos de considerar ni llamar a estas marcas de virtud imperfecciones.

    Capítulo 20

    De que, en la resurrección, la sustancia de nuestros cuerpos, por más desintegrada que esté, será enteramente reunida

    XXII, 20

    Lejos esté de nosotros el temer que la omnipotencia del Creador no pueda, para la resurrección y reanimación de nuestros cuerpos, llamar de nuevo a todas las partes que hayan sido consumidas por las bestias o por el fuego, o que se hayan disuelto en polvo o ceniza, o se hayan descompuesto en agua, o evaporado en el aire. Lejos esté de nosotros el pensamiento de que algo que escapa a nuestra observación en cualquier recóndito escondrijo de la naturaleza escape al conocimiento o supere el poder del Creador de todas las cosas. Cicerón, la gran autoridad de nuestros adversarios, queriendo definir a Dios con la mayor exactitud posible, dice: «Dios es una mente libre e independiente, sin materialidad, que percibe y mueve todas las cosas, y ella misma dotada de movimiento eterno.» Esto lo encontró en los sistemas de los más grandes filósofos. Pregunto, pues, en su propio lenguaje, ¿cómo puede algo quedar oculto de Aquel que percibe todas las cosas, o escapar irrevocablemente de Aquel que mueve todas las cosas?
    Esto me lleva a responder a aquella cuestión que parece la más difícil de todas: ¿a quién pertenecerá en la resurrección la carne de un hombre muerto que se ha convertido en carne de un hombre vivo? Pues si alguien, consumido por la necesidad y acuciado por el hambre, se sirve de carne humana como alimento —extremo no desconocido, como nos lo han enseñado tanto la historia antigua como la desdichada experiencia de nuestros propios días—, ¿puede sostenerse, con alguna apariencia de razón, que toda la carne comida ha sido evacuada y que nada de ella se ha asimilado a la sustancia del que la come, aunque la misma demacración que antes existía, y que ahora ha desaparecido, indica suficientemente qué grandes deficiencias se han colmado con este alimento? Pero ya he hecho algunas observaciones que bastarán también para resolver esta dificultad. Pues toda la carne que el hambre ha consumido sale al aire por evaporación, de donde, como hemos dicho, Dios omnipotente puede llamarla de nuevo. Por tanto, aquella carne será restituida al hombre en quien primero se hizo carne humana. Porque ha de considerarse como prestada por la otra persona, y, como un préstamo de dinero, debe devolverse al prestamista. En cambio, su propia carne, que perdió por el hambre, le será restituida por Aquel que puede recuperar incluso lo que se ha evaporado. Y aunque hubiera sido absolutamente aniquilada, de modo que ninguna parte de su sustancia permaneciera en ningún lugar secreto de la naturaleza, el Omnipotente podría restaurarla por los medios que considerara oportunos. Porque esta sentencia, pronunciada por la Verdad, «No perecerá ni un cabello de vuestra cabeza,» nos prohíbe suponer que, aunque ningún cabello de la cabeza de un hombre pueda perecer, hayan de perecer las grandes porciones de su carne comidas y consumidas por los hambrientos.
    De todo lo que hemos considerado y discutido con la escasa capacidad de que disponemos, concluimos que en la resurrección de la carne el cuerpo tendrá el tamaño que había alcanzado o debía haber alcanzado en la flor de su juventud, y gozará de la belleza que nace de conservar la simetría y proporción en todos sus miembros. Y es razonable suponer que, para conservar esta belleza, cualquier parte de la sustancia corporal que, colocada en un solo lugar, produciría una deformidad, se distribuirá por todo él, de modo que no se pierda ni parte alguna ni la simetría del conjunto, sino que sólo aumente un poco la estatura general del cuerpo por la distribución en todas las partes de aquello que, en un solo lugar, habría sido antiestético. O, si se sostiene que cada uno resucitará con la misma estatura que tenía el cuerpo en que murió, no lo disputaremos obstinadamente, con tal que no haya deformidad, ni debilidad, ni languidez, ni corrupción —nada de ningún género que desdiga de aquel reino en el cual los hijos de la resurrección y de la promesa serán iguales a los ángeles de Dios, si no en cuerpo y edad, al menos en felicidad.

    Capítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada

    XXII, 21

    Por tanto, todo lo que haya sido quitado del cuerpo, ya sea durante la vida o después de la muerte, le será restituido y, juntamente con lo que ha permanecido en el sepulcro, resucitará, transformado de la vejez del cuerpo animal en la novedad del cuerpo espiritual, y revestido de incorrupción e inmortalidad. Pero aunque el cuerpo haya sido del todo molido hasta convertirse en polvo por algún accidente grave, o por la crueldad de los enemigos, y aunque haya sido esparcido con tanta diligencia a los vientos o al agua que no quede rastro alguno de él, no estará más allá de la omnipotencia del Creador; no, ni un cabello de su cabeza perecerá. La carne será entonces espiritual y estará sujeta al espíritu, pero seguirá siendo carne, no espíritu, del mismo modo que el espíritu mismo, cuando estaba sujeto a la carne, era carnal, pero seguía siendo espíritu y no carne. Y de esto tenemos prueba experimental en la deformidad de nuestra condición de castigo. Pues eran carnales, no según la carne, sino según el espíritu, aquellos a quienes el apóstol dijo: «No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales.» [] Y el hombre en esta vida es espiritual de tal manera que, con respecto a su cuerpo, es todavía carnal, y ve otra ley en sus miembros que lucha contra la ley de su mente; pero incluso en su cuerpo será espiritual cuando la misma carne haya tenido aquella resurrección de la que hablan estas palabras: «Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual.» [] Pero qué será este cuerpo espiritual y cuán grande su gracia, temo que sería temerario afirmarlo, puesto que aún no tenemos experiencia de ello. No obstante, ya que es conveniente que el gozo de nuestra esperanza se exprese y así manifieste la alabanza de Dios, y ya que fue desde el sentimiento más profundo de amor ardiente y santo que el salmista clamó: «Oh Señor, he amado la hermosura de tu casa,» podemos, con la ayuda de Dios, hablar de los dones que prodiga a los hombres, tanto a los buenos como a los malos, en esta vida desdichadísima, y podemos hacer lo posible por conjeturar la gran gloria de aquel estado del que no podemos hablar dignamente, porque aún no lo hemos experimentado. Pues nada digo del tiempo en que Dios hizo al hombre recto; nada digo de la vida feliz de «el hombre y su mujer» en el jardín fecundo, ya que fue tan breve que ninguno de sus hijos la experimentó: hablo sólo de esta vida que conocemos y en la que ahora estamos, de cuyas tentaciones no podemos escapar mientras estemos en ella, por mucho que progresemos, pues toda ella es tentación; y pregunto: ¿quién puede describir las muestras de la bondad de Dios que se extienden al género humano incluso en esta vida?

    Capítulo 22

    De las miserias y males a los que el género humano está justamente expuesto por el primer pecado, y de los cuales nadie puede ser librado sino por la gracia de Cristo

    XXII, 22

    Que todo el género humano ha sido condenado en su primer origen, esta vida misma, si es que ha de llamarse vida, lo atestigua por la multitud de crueles males de que está llena. ¿No lo prueban la profunda y espantosa ignorancia que produce todos los errores que envuelven a los hijos de Adán, y de la cual ningún hombre puede ser librado sin trabajo, dolor y temor? ¿No lo prueba el amor de tantas cosas vanas y nocivas, que produce preocupaciones roedoras, inquietud, pesares, temores, alegrías desenfrenadas, riñas, pleitos, guerras, traiciones, iras, odios, engaños, adulaciones, fraudes, hurtos, robos, perfidias, soberbia, ambición, envidia, homicidios, parricidios, crueldad, ferocidad, maldad, lujo, insolencia, desvergüenza, descaro, fornicaciones, adulterios, incestos y las innumerables impurezas y actos contra naturaleza de ambos sexos, que es vergonzoso hasta mencionar; sacrilegios, herejías, blasfemias, perjurios, opresión de los inocentes, calumnias, maquinaciones, falsedades, falsos testimonios, juicios injustos, violencias, rapiñas y cuantas maldades semejantes se han introducido en la vida de los hombres, aunque no pueden introducirse en el pensamiento de las mentes puras? Éstos son ciertamente los crímenes de los hombres malvados; sin embargo, brotan de aquella raíz de error y de amor desordenado que nace con todo hijo de Adán. Pues ¿quién hay que no haya observado con cuánta profunda ignorancia, que se manifiesta ya en la infancia, y con cuánta superfluidad de deseos necios, que empiezan a aparecer en la niñez, viene el hombre a esta vida, de modo que, si se le dejara vivir como quisiera y hacer cuanto quisiera, se precipitaría en todos, o ciertamente en muchos, de aquellos crímenes e iniquidades que he mencionado, y que no he podido mencionar?
    Pero como Dios no abandona del todo a los que condena, ni encierra en su ira sus tiernas misericordias, el género humano es refrenado por la ley y la instrucción, que vigilan contra la ignorancia que nos acosa y se oponen a los asaltos del vicio, aunque ellas mismas están llenas de trabajo y de dolor. Pues ¿qué significan aquellas múltiples amenazas que se emplean para refrenar la necedad de los niños? ¿Qué significan los pedagogos, los maestros, la vara, la correa, la caña, la disciplina que dice la Escritura que ha de darse al niño, «azotándolo en los costados, no sea que se vuelva terco,» [] y sea casi imposible o del todo imposible dominarlo? ¿A qué vienen todos estos castigos, sino a vencer la ignorancia y a refrenar los malos deseos, estos males con los que venimos al mundo? Pues ¿por qué recordamos con dificultad y olvidamos sin dificultad? ¿Aprendemos con dificultad y sin dificultad permanecemos ignorantes? ¿Somos diligentes con dificultad y sin dificultad indolentes? ¿No muestra esto hacia dónde se inclina y tiende por su propio peso la naturaleza viciada, y qué socorro necesita para ser liberada? La inactividad, la pereza, la holgazanería, la negligencia son vicios que rehúyen el trabajo, pues el trabajo, aunque útil, es en sí mismo un castigo.
    Pero, además de los castigos de la niñez, sin los cuales no se aprendería lo que los padres desean —y rara vez desean los padres que se enseñe algo útil—, ¿quién puede describir, quién puede concebir el número y la gravedad de los castigos que afligen al género humano —dolores que no son sólo el acompañamiento de la maldad de los hombres impíos, sino parte de la condición humana y de la miseria común—, qué temor y qué dolor causan los duelos y lutos, las pérdidas y condenaciones, el fraude y la falsedad, las falsas sospechas y todos los crímenes y malas acciones de los demás hombres? Pues de sus manos sufrimos robo, cautiverio, cadenas, prisión, destierro, tortura, mutilación, pérdida de la vista, violación de la castidad para satisfacer la lujuria del opresor y otros muchos males espantosos. ¡Cuántos accidentes innumerables amenazan nuestros cuerpos desde fuera: extremos de calor y frío, tempestades, inundaciones, rayos, truenos, granizo, terremotos, derrumbes de casas; o por tropezar, espantarse o por el vicio de los caballos; por incontables venenos en los frutos, en el agua, en el aire, en los animales; por las mordeduras dolorosas o incluso mortales de las fieras; por la rabia que comunica un perro rabioso, de modo que el animal más manso y amigo de su amo se convierte en objeto de temor más intenso que un león o un dragón, y el hombre a quien por casualidad ha contagiado con este pestilente contagio se vuelve tan rabioso que sus padres, su esposa y sus hijos lo temen más que a cualquier fiera! ¡Qué desastres sufren los que viajan por tierra o por mar! ¿Qué hombre puede salir de su propia casa sin verse expuesto por todas partes a accidentes imprevistos? Vuelve a casa sano de miembros, resbala en el umbral de su puerta, se rompe una pierna y nunca se recupera. ¿Qué puede parecer más seguro que un hombre sentado en su silla? El sacerdote Elí cayó de la suya y se rompió el cuello. ¡Cuántos accidentes temen los agricultores, o más bien todos los hombres, de que las cosechas sufran por el clima, por el suelo o por los estragos de los animales destructores! Comúnmente se sienten seguros cuando las cosechas están recogidas y guardadas. Sin embargo, por conocimiento cierto, las inundaciones repentinas han ahuyentado a los trabajadores y han arrasado los graneros dejándolos limpios de la mejor cosecha. ¿Es la inocencia protección suficiente contra los diversos asaltos de los demonios? Para que nadie lo creyera, incluso los niños bautizados, que ciertamente no son superados en inocencia, son a veces atormentados de tal modo que Dios, que lo permite, nos enseña con ello a llorar las calamidades de esta vida y a desear la felicidad de la vida futura. En cuanto a las enfermedades corporales, son tan numerosas que ni siquiera los libros de medicina pueden contenerlas todas. Y en muchísimas, o en casi todas, las curas y remedios son en sí mismos torturas, de modo que los hombres son librados de un dolor destructor por una cura que causa dolor. ¿No ha llevado el furor de la sed a los hombres a beber orina humana, e incluso la propia? ¿No ha llevado el hambre a los hombres a comer carne humana, y no la carne de cadáveres hallados muertos, sino la de cuerpos degollados para ese fin? ¿No han llevado los crueles dolores del hambre a las madres a comerse a sus propios hijos, por increíblemente salvaje que parezca? En fin, el sueño mismo, que con razón se llama reposo, ¡cuán poco reposo hay a veces en él cuando se ve turbado por sueños y visiones; y con qué terror queda abrumada la mente desdichada por las apariencias de cosas que se le presentan de tal modo que, como si se alzaran ante los sentidos, no podemos distinguirlas de las realidades! ¡Con cuánta miseria distraen a los hombres las falsas apariencias en ciertas enfermedades! ¡Con qué asombrosa variedad de apariencias son engañados a veces incluso los hombres sanos por los malos espíritus, que producen estos engaños para perturbar los sentidos de sus víctimas, si no logran seducirlas para su bando!
    De este infierno en la tierra no hay escape sino por la gracia del Salvador Cristo, nuestro Dios y Señor. El mismo nombre Jesús lo muestra, pues significa Salvador; y Él nos salva especialmente de pasar de esta vida a un estado más miserable y eterno, que más bien es muerte que vida. Porque en esta vida, aunque los hombres santos y las ocupaciones santas nos ofrecen grandes consuelos, no se otorgan invariablemente a los hombres los bienes que desean, para que la religión no se cultive por causa de estas ventajas temporales, cuando más bien debe cultivarse por causa de aquella otra vida de la que todo mal está excluido. Por tanto, también la gracia ayuda a los hombres buenos en medio de las calamidades presentes, de modo que sean capaces de soportarlas con una constancia proporcionada a su fe. Los sabios del mundo afirman que la filosofía contribuye algo a esto: aquella filosofía que, según Cicerón, los dioses han concedido en su pureza sólo a unos pocos hombres. Nunca han dado, dice, ni podrán dar jamás, un don mayor a los hombres. De modo que incluso aquellos contra quienes disputamos se han visto obligados a reconocer, en cierto modo, que la gracia de Dios es necesaria para la adquisición, no ciertamente de una filosofía cualquiera, sino de la verdadera filosofía. Y si la verdadera filosofía —este único apoyo contra las miserias de esta vida— ha sido dada por el Cielo sólo a unos pocos, de esto se desprende suficientemente que el género humano ha sido condenado a pagar esta pena de miseria. Y como, según su propio reconocimiento, ningún don mayor ha sido otorgado por Dios, debe creerse que sólo podía ser dado por aquel Dios a quien ellos mismos reconocen como mayor que todos los dioses que adoran.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 51 de 52