Sobre la más mendaz vanidad de los egipcios, en la cual atribuyen a su ciencia una antigüedad de cien mil años
XVIII, 40
En vano, pues, parlotean algunos con presunción vacilísima, diciendo que Egipto ha entendido el cómputo de las estrellas desde hace más de cien mil años. Pues ¿en qué libros han recogido ese número quienes aprendieron las letras de Isis, su maestra, no hace mucho más de dos mil años? Varrón, quien ha declarado esto, no es una autoridad pequeña en historia, y no discrepa de la verdad de los libros divinos. Pues como aún no son seis mil años desde el primer hombre, que es llamado Adán, ¿no han de ser ridiculizados antes que refutados quienes intentan persuadirnos de algo tocante a un espacio de tiempo tan diferente de la verdad comprobada, y contrario a ella? Pues ¿a qué historiador del pasado habríamos de dar más crédito que a aquel que ha predicho también cosas futuras que ahora vemos cumplidas? Y el mismo desacuerdo de los historiadores entre sí proporciona una buena razón para que debamos creer más bien a aquel que no contradice la historia divina que nosotros sostenemos. Pero, por otra parte, los ciudadanos de la ciudad impía, esparcidos por todas partes de la tierra, cuando leen a los escritores más doctos, ninguno de los cuales parece ser de autoridad despreciable, y hallan que discrepan entre sí acerca de asuntos muy remotos de la memoria de nuestra edad, no pueden descubrir a quién deben creer. Pero nosotros, sostenidos por la autoridad divina en la historia de nuestra religión, no dudamos de que todo lo que se opone a ella es falsísimo, sea lo que fuere respecto de otras cosas en los libros seculares, las cuales, sean verdaderas o falsas, nada de importancia aportan para que vivamos recta y felizmente.
Sobre la discordia de la opinión filosófica y la concordia de las Escrituras tenidas por canónicas por la Iglesia
XVIII, 41
Pero dejemos de lado el examen ulterior de la historia, y volvamos a los filósofos desde los cuales nos desviamos a estas cosas. Parece que se afanaron en sus estudios sin otro fin que descubrir cómo vivir de una manera apropiada para alcanzar la bienaventuranza. ¿Por qué, pues, han discrepado los discípulos de sus maestros, y los condiscípulos entre sí, sino porque, como hombres, han buscado estas cosas por el sentido humano y los razonamientos humanos? Ahora bien, aunque pudiera haber entre ellos un deseo de gloria, de modo que cada uno quisiera ser tenido por más sabio y más agudo que otro, y de ningún modo apegado al juicio de otros, sino inventor de su propio dogma y opinión, con todo puedo conceder que hubo algunos, o incluso muchísimos de ellos, cuyo amor a la verdad los apartó de sus maestros o condiscípulos, para que se esforzaran por lo que pensaban que era la verdad, fuera o no así. Pero ¿qué puede hacer la miseria humana, o cómo o hacia dónde puede extenderse, para alcanzar la bienaventuranza, si no la guía la autoridad divina? Finalmente, nuestros autores, entre quienes el canon de los libros sagrados está fijado y delimitado, distan mucho de discrepar en aspecto alguno. No sin buena razón, pues, no solo unas pocas personas que parlotean en las escuelas y gimnasios en disputas capciosas, sino tantos y tan grandes pueblos, doctos e indoctos, en países y ciudades, han creído que Dios habló a ellos o por medio de ellos, i.e. los escritores canónicos, cuando escribieron estos libros. Debe, en verdad, haber pocos de ellos, no sea que a causa de su multitud lo que debe ser religiosamente estimado se vuelva barato; y sin embargo no tan pocos que su concordancia no deba ser admirable. Pues entre la multitud de filósofos, que en sus obras han dejado tras de sí los monumentos de sus dogmas, nadie encontrará fácilmente a algunos que concuerden en todas sus opiniones. Pero mostrar esto es tarea demasiado larga para esta obra.
Pero ¿qué autor de secta alguna es tan aprobado en esta ciudad adoradora de demonios, que los demás que han discrepado de él o se le han opuesto en opinión hayan sido desaprobados? Los epicúreos afirmaban que los asuntos humanos no estaban bajo la providencia de los dioses; y los estoicos, sosteniendo la opinión contraria, convenían en que eran regidos y defendidos por dioses favorables y tutelares. Sin embargo, ¿no fueron ambas sectas famosas entre los atenienses? Me pregunto, pues, por qué Anaxágoras fue acusado de un crimen por decir que el sol era una piedra ardiente y por negar que fuera un dios en absoluto; mientras que en la misma ciudad Epicuro floreció gloriosamente y vivió seguro, aunque no solo no creía que el sol ni estrella alguna fuera un dios, sino que sostenía que ni Júpiter ni ninguno de los dioses habitaba en el mundo en absoluto, ¡de modo que las oraciones y súplicas de los hombres pudieran llegar a ellos! ¿No estaban allí tanto Aristipo como Antístenes, dos filósofos nobles y ambos socráticos? Sin embargo, pusieron el fin principal de la vida dentro de límites tan diversos y contradictorios, que el primero hizo del deleite del cuerpo el bien supremo, mientras que el otro afirmó que el hombre se hacía feliz principalmente por la virtud de la mente. El uno decía también que el sabio debía huir de la república; el otro, que debía administrar sus asuntos. Sin embargo, ¿no reunió cada uno discípulos para que siguieran su propia secta? En efecto, en el conspicuo y bien conocido pórtico, en los gimnasios, en los jardines, en lugares públicos y privados, se esforzaban abiertamente en bandos, cada uno por su propia opinión, afirmando unos que había un solo mundo, otros que innumerables mundos; unos que este mundo tuvo comienzo, otros que no lo tuvo; unos que perecería, otros que existiría siempre; unos que era gobernado por la mente divina, otros por el azar y el acaso; unos que las almas son inmortales, otros que son mortales; y de los que afirmaban su inmortalidad, unos decían que transmigraban a través de las bestias, otros que de ningún modo era así; mientras que de los que afirmaban su mortalidad, unos decían que perecían inmediatamente después del cuerpo, otros que sobrevivían o bien un poco de tiempo o uno más largo, pero no siempre; fijando unos el bien supremo en el cuerpo, otros en la mente, otros en ambos; añadiendo otros a la mente y al cuerpo bienes externos; pensando unos que a los sentidos corporales se les debía creer siempre, otros no siempre, otros nunca. Ahora bien, ¿qué pueblo, senado, poder o dignidad pública de la ciudad impía se ha cuidado jamás de juzgar entre todas estas y otras disensiones casi innumerables de los filósofos, aprobando y aceptando unas, y desaprobando y rechazando otras? ¿No ha mantenido en su seno al azar, sin juicio alguno y confusamente, tantas controversias de hombres en desacuerdo, no sobre campos, casas o cosa alguna de naturaleza pecuniaria, sino sobre aquellas cosas que hacen la vida miserable o feliz? Aun si se dijeron en ella algunas cosas verdaderas, con todo se profirieron falsedades con la misma licencia; de modo que tal ciudad no ha recibido impropiamente el título de la Babilonia mística. Pues Babilonia significa confusión, como recordamos que ya hemos explicado. Ni le importa al diablo, su rey, cómo disputen entre sí en errores contradictorios, puesto que todos por igual le pertenecen merecidamente a causa de su grande y variada impiedad.
Pero aquella nación, aquel pueblo, aquella ciudad, aquella república, estos israelitas, a quienes fueron confiados los oráculos de Dios, de ningún modo confundieron con licencia semejante a los falsos profetas con los verdaderos profetas; sino que, concordando juntos y no discrepando en nada, reconocieron y sostuvieron a los autores auténticos de sus libros sagrados. Estos fueron sus filósofos, estos fueron sus sabios, teólogos, profetas y maestros de probidad y piedad. Quienquiera que fuera sabio y viviera según ellos, era sabio y vivía no según los hombres, sino según Dios que ha hablado por medio de ellos. Si allí se prohíbe el sacrilegio, Dios lo ha prohibido. Si se dice: «Honra a tu padre y a tu madre» [], Dios lo ha mandado. Si se dice: «No cometerás adulterio, no matarás, no robarás» y otros mandamientos semejantes, no labios humanos sino los oráculos divinos los han enunciado. Cualquier verdad que ciertos filósofos, en medio de sus falsas opiniones, pudieron ver y se esforzaron por persuadir a los hombres mediante laboriosas discusiones —como que Dios había hecho este mundo y él mismo lo gobierna con suma providencia, o sobre la nobleza de las virtudes, el amor a la patria, la fidelidad en la amistad, las buenas obras y todo lo que pertenece a las costumbres virtuosas, aunque no sabían a qué fin y conforme a qué regla debían referirse todas estas cosas—, todas estas, por palabras proféticas, es decir, divinas, aunque dichas por hombres, fueron encomendadas al pueblo en aquella ciudad, y no inculcadas por contención en argumentos, de modo que quien las conociera tuviera miedo de despreciar, no el ingenio de los hombres, sino el oráculo de Dios.
Por qué dispensación de la providencia de Dios fueron traducidas del hebreo al griego las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, para que fueran dadas a conocer a todas las naciones
XVIII, 42
Uno de los Ptolomeos, reyes de Egipto, deseó conocer y poseer estos libros sagrados. Pues después de que Alejandro de Macedonia, llamado también el Grande, hubo sometido con su poder maravilloso, aunque en modo alguno duradero, toda Asia, y aun casi todo el mundo, en parte por la fuerza de las armas y en parte por el terror, y, entre otros reinos de Oriente, hubo entrado también en Judea y la hubo tomado, a su muerte sus generales no dividieron pacíficamente aquel vastísimo reino entre ellos como posesión, sino que más bien lo disiparon, asolándolo todo con guerras. Entonces Egipto comenzó a tener por reyes a los Ptolomeos. El primero de ellos, hijo de Lago, llevó cautivos a muchos de Judea a Egipto. Pero otro Ptolomeo, llamado Filadelfo, que le sucedió, permitió volver libres a todos los que había sometido al yugo; y más aún, envió regalos regios al templo de Dios, y rogó a Eleazar, que era el sumo pontífice, que le diera las Escrituras, las cuales había oído por fama que eran verdaderamente divinas, y por eso deseaba grandemente tenerlas en aquella nobilísima biblioteca que había hecho. Cuando el sumo pontífice se las hubo enviado en hebreo, después le pidió intérpretes, y le fueron dados setenta y dos, de cada una de las doce tribus seis varones, doctísimos en ambas lenguas, a saber, la hebrea y la griega; y su traducción se llama ahora por costumbre los Setenta. Se refiere, en verdad, que hubo en sus palabras un acuerdo tan maravilloso, estupendo y claramente divino, que cuando se sentaron a esta obra, cada uno aparte (pues así plugo a Ptolomeo para probar su fidelidad), no difirieron entre sí en ninguna palabra que tuviera el mismo sentido y fuerza, ni en el orden de las palabras; sino que, como si los traductores hubieran sido uno solo, así lo que todos tradujeron fue uno, porque en verdad el único Espíritu había estado en todos ellos. Y recibieron un don tan maravilloso de Dios, para que la autoridad de estas Escrituras fuera recomendada no como humana sino como divina, como en verdad lo era, para provecho de las naciones que en algún tiempo habían de creer, como ahora las vemos hacer.
Comentario editorial · La leyenda de los Setenta
Agustín cuenta (XVIII, 42) que Ptolomeo Filadelfo pidió al sumo sacerdote Eleazar los libros sagrados y setenta y dos intérpretes, seis de cada tribu, y que, trabajando cada uno aparte, no difirieron entre sí en ninguna palabra de igual sentido ni en el orden. Es el relato de la Carta de Aristeas, que algunos estudiosos consideran ficticia (Wikipedia); el mismo artículo sobre la Septuaginta dice que hasta Agustín no se llamó Septuaginta a esta traducción. En XVIII, 43 Agustín reconoce el trabajo de Jerónimo, que tradujo del hebreo, pero sostiene que no hay que anteponer nadie a la autoridad de los Setenta. Las fuentes dan fechas distintas del reinado de Ptolomeo II: 285–247 a. C. (Septuaginta) o 281–246 a. C. (Carta de Aristeas).
Para ampliar: Septuagint (Wikipedia (en)) · Letter of Aristeas (Wikipedia (en)).
De la autoridad de la traducción de los Setenta, la cual, salvando el honor del original hebreo, ha de ser preferida a todas las traducciones
XVIII, 43
Pues aunque hubo otros intérpretes que tradujeron estos sagrados oráculos de la lengua hebrea al griego, como Áquila, Símaco y Teodoción, y también aquella traducción que, por ser desconocido el nombre del autor, se cita como quinta edición, sin embargo la Iglesia ha recibido esta traducción de los Setenta como si fuera la única; y ha sido usada por el pueblo cristiano griego, la mayor parte del cual no sabe que haya otra. De esta traducción se ha hecho también una traducción en lengua latina, que usan las iglesias latinas. Nuestros tiempos, sin embargo, han gozado de la ventaja del presbítero Jerónimo, varón doctísimo y perito en las tres lenguas, que tradujo estas mismas Escrituras al habla latina, no del griego, sino del hebreo. Pero aunque los judíos reconocen que este su doctísimo trabajo es fiel, mientras sostienen que los traductores de los Setenta erraron en muchos lugares, las iglesias de Cristo juzgan que nadie debe ser preferido a la autoridad de tantos varones, elegidos para esta grandísima obra por Eleazar, que era entonces sumo pontífice; pues aunque no hubiera aparecido en ellos un espíritu, sin duda divino, y los setenta doctos hubieran, a la manera de los hombres, comparado entre sí las palabras de su traducción, para que lo que a todos pluguiera quedara, ningún traductor solo debería ser preferido a ellos; pero puesto que en ellos ha aparecido una señal tan grande de divinidad, ciertamente, si cualquier otro traductor de sus Escrituras del hebreo a cualquier otra lengua es fiel, en ese caso concuerda con estos setenta traductores, y si no se halla que concuerde con ellos, entonces debemos creer que el don profético está con ellos. Pues el mismo Espíritu que estaba en los profetas cuando dijeron estas cosas estaba también en los setenta varones cuando las tradujeron, de modo que ciertamente podían decir también algo distinto, como si el profeta mismo hubiera dicho ambas cosas, porque sería el mismo Espíritu quien dijo ambas; y podía decir lo mismo de otra manera, de modo que, aunque las palabras no fueran las mismas, el mismo sentido resplandeciera ante los de buen entendimiento; y podía omitir o añadir algo, de modo que incluso por esto se mostrara que no había en aquella obra servidumbre humana, que el traductor debía a las palabras, sino más bien poder divino, que llenaba y regía la mente del traductor. Algunos, sin embargo, han pensado que los ejemplares griegos de la versión de los Setenta debían ser enmendados a partir de los ejemplares hebreos; pero no se atrevieron a quitar lo que el hebreo no tenía y los Setenta tenían, sino que sólo añadieron lo que se hallaba en los ejemplares hebreos y faltaba en los Setenta, y lo notaron poniendo al principio de los versículos ciertas marcas en forma de estrellas, que llaman asteriscos. Y aquellas cosas que los ejemplares hebreos no tienen, pero los Setenta tienen, las han marcado de igual manera al principio de los versículos con marcas horizontales en forma de asador, semejantes a aquellas con que denotamos las onzas; y circulan muchos ejemplares con estas marcas incluso en latín. Pero no podemos, sin inspeccionar ambas clases de ejemplares, descubrir aquellas cosas que no están ni omitidas ni añadidas, sino expresadas de otra manera, si dan otro sentido no inadecuado en sí mismo, o puede mostrarse que explican el mismo sentido de otro modo. Si, pues, como nos conviene, no contemplamos en estas Escrituras otra cosa sino lo que el Espíritu de Dios ha hablado por medio de hombres, si algo está en los ejemplares hebreos y no está en la versión de los Setenta, el Espíritu de Dios no quiso decirlo por medio de ellos, sino sólo por medio de los profetas. Pero lo que está en los Setenta y no en los ejemplares hebreos, el mismo Espíritu prefirió decirlo por medio de éstos, mostrando así que ambos fueron profetas. Pues de aquella manera habló como quiso, algunas cosas por medio de Isaías, algunas por medio de Jeremías, algunas por medio de varios profetas, o bien lo mismo por medio de este profeta y de aquel. Además, lo que se halla en ambas ediciones, eso mismo quiso el uno y el mismo Espíritu decirlo por medio de ambos, pero de modo que los primeros precedieron profetizando, y los segundos siguieron interpretándolos proféticamente; porque, como el único Espíritu de paz estaba en los primeros cuando dijeron palabras verdaderas y concordantes, así el mismo y único Espíritu ha aparecido en los segundos, cuando, sin conferir entre sí, interpretaron todas las cosas como con una sola boca.
Cómo ha de entenderse la amenaza de la destrucción de los ninivitas, que en el hebreo se extiende a cuarenta días, mientras que en los Setenta se contrae a tres
XVIII, 44
Pero alguien podrá decir: «¿Cómo sabré si el profeta Jonás dijo a los ninivitas: "Aún tres días y Nínive será destruida", o cuarenta días?» [] Pues ¿quién no ve que el profeta no pudo decir ambas cosas, cuando fue enviado a aterrorizar a la ciudad con la amenaza de una ruina inminente? Porque si su destrucción había de tener lugar al tercer día, ciertamente no podía ser al cuadragésimo; pero si al cuadragésimo, entonces ciertamente no al tercero. Si, pues, se me pregunta cuál de éstas pudo decir Jonás, yo pienso más bien lo que se lee en el hebreo: «Aún cuarenta días y Nínive será destruida.» Sin embargo, los Setenta, interpretando mucho después, pudieron decir algo distinto y aun así pertinente al asunto, y concordar en el mismo sentido, aunque bajo una significación diferente. Y esto puede amonestar al lector a no despreciar la autoridad de ninguno de los dos, sino a elevarse por encima de la historia, y buscar aquellas cosas que la historia misma fue escrita para exponer. Estas cosas, en verdad, tuvieron lugar en la ciudad de Nínive, pero también significaron algo distinto, demasiado grande para aplicarse a aquella ciudad; así como, cuando sucedió que el propio profeta estuvo tres días en el vientre de la ballena, significó además que Aquel que es Señor de todos los profetas estaría tres días en las profundidades del infierno. Por lo cual, si aquella ciudad se tiene con razón como figura profética de la Iglesia de los gentiles, a saber, abatida por la penitencia, de modo que ya no fuera lo que había sido, puesto que esto fue hecho por Cristo en la Iglesia de los gentiles, que Nínive representaba, Cristo mismo fue significado tanto por los cuarenta como por los tres días: por los cuarenta, porque pasó aquel número de días con sus discípulos después de la resurrección y luego ascendió al cielo; pero por los tres días, porque resucitó al tercer día. De modo que, si el lector no desea otra cosa sino atenerse a la historia de los hechos, puede ser despertado de su sueño por los intérpretes de los Setenta, así como por los profetas, a escudriñar la profundidad de la profecía, como si hubieran dicho: En los cuarenta días busca a Aquel en quien también hallarás los tres días — lo uno lo hallarás en su ascensión, lo otro en su resurrección. Porque lo que más convenientemente podía ser significado por ambos números, de los cuales uno es usado por el profeta Jonás, el otro por la profecía de la versión de los Setenta, lo ha hablado el único y mismo Espíritu. Temo la prolijidad, de modo que no debo demostrar esto con muchos casos en los cuales los setenta intérpretes pueden parecer diferir del hebreo, y sin embargo, bien entendidos, se halla que concuerdan. Por cuya razón también yo, según mi capacidad, siguiendo las huellas de los apóstoles, que ellos mismos citaron testimonios proféticos de ambos, es decir, del hebreo y de los Setenta, he pensado que ambos deben usarse como autoritativos, puesto que ambos son uno y divinos. Pero sigamos ahora, como podamos, lo que queda.
Que los judíos dejaron de tener profetas después de la reedificación del templo, y desde aquel tiempo hasta el nacimiento de Cristo fueron afligidos con continua adversidad, para probar que la edificación de otro templo había sido prometida por voces proféticas
XVIII, 45
La nación judía sin duda se hizo peor después que dejó de tener profetas, precisamente en el mismo tiempo en que, con la reedificación del templo después de la cautividad en Babilonia, esperaba hacerse mejor. Pues así, en verdad, entendió aquel pueblo carnal lo que fue anunciado por el profeta Ageo, que dice: «La gloria de esta casa postrera será mayor que la de la primera.» [Ageo 2:9] Ahora bien, que esto se dice del nuevo testamento, lo mostró un poco más arriba, donde dice, prometiendo evidentemente a Cristo: «Y moveré a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones.» [Ageo 2:7] En este pasaje los traductores de los Setenta, dando otro sentido más adecuado al cuerpo que a la Cabeza, es decir, a la Iglesia que a Cristo, han dicho con autoridad profética: «Vendrán las cosas elegidas del Señor de todas las naciones,» es decir, hombres, de los cuales dice Jesús en el Evangelio: «Muchos son llamados, pero pocos escogidos.» [] Pues por tales escogidos de las naciones se edifica, mediante el nuevo testamento, con piedras vivas, una casa de Dios mucho más gloriosa que aquel templo que fue construido por el rey Salomón y reedificado después de la cautividad. Por esta razón, pues, aquella nación no tuvo profetas desde aquel tiempo, sino que fue afligida con muchas plagas por reyes de raza extraña y por los mismos romanos, no sea que imaginaran que esta profecía de Ageo fue cumplida por aquella reedificación del templo.
Pues no mucho después, a la llegada de Alejandro, fue sometida, cuando, aunque no hubo saqueo, porque no se atrevieron a resistirle, y así, sometidos muy fácilmente, le recibieron pacíficamente, sin embargo la gloria de aquella casa no fue tan grande como lo fue cuando estaba bajo el libre poder de sus propios reyes. Alejandro, en verdad, ofreció sacrificios en el templo de Dios, no como convertido a su culto en verdadera piedad, sino pensando, con impía locura, que Él había de ser adorado junto con dioses falsos. Luego Ptolomeo hijo de Lago, a quien ya he mencionado, después de la muerte de Alejandro los llevó cautivos a Egipto. Su sucesor, Ptolomeo Filadelfo, los despidió benevolentísimamente; y por él se logró, como he narrado poco antes, que tuviéramos la versión de los Setenta de las Escrituras. Luego fueron aplastados por las guerras que se explican en los libros de los Macabeos. Después fueron llevados cautivos por Ptolomeo rey de Alejandría, que fue llamado Epífanes. Luego Antíoco rey de Siria los obligó con muchos y gravísimos males a adorar ídolos, y llenó el templo mismo con las sacrílegas supersticiones de los gentiles. Sin embargo, su vigorosísimo caudillo Judas, que también es llamado Macabeo, después de vencer a los generales de Antíoco, lo limpió de toda aquella contaminación de idolatría.
Pero no mucho después, un tal Alcimo, aunque ajeno a la tribu sacerdotal, fue, por ambición, hecho pontífice, lo cual fue cosa impía. Después de casi cincuenta años, durante los cuales nunca tuvieron paz, aunque prosperaron en algunas cosas, Aristóbulo asumió primero entre ellos la diadema, y fue hecho rey y pontífice a la vez. Antes de eso, en verdad, desde el tiempo de su regreso de la cautividad babilónica y de la reedificación del templo, no tuvieron reyes, sino generales o príncipes. Aunque un rey mismo puede ser llamado príncipe, por su principado en el gobierno, y caudillo, porque conduce el ejército, no se sigue que todos los que son príncipes y caudillos puedan también ser llamados reyes, como lo fue aquel Aristóbulo. Le sucedió Alejandro, también rey y pontífice a la vez, de quien se refiere que reinó sobre ellos cruelmente. Después de él su esposa Alejandra fue reina de los judíos, y desde su tiempo en adelante males más graves los persiguieron; pues los hijos de esta Alejandra, Aristóbulo e Hircano, contendiendo entre sí por el reino, llamaron a las fuerzas romanas contra la nación de Israel. Pues Hircano pidió ayuda de ellos contra su hermano. En aquel tiempo Roma ya había sometido África y Grecia, y dominaba extensamente también en otras partes del mundo, y sin embargo, como si no pudiera soportar su propio peso, se había, en cierto modo, quebrado por su propia grandeza. Pues en verdad había llegado a graves sediciones domésticas, y de éstas a guerras sociales, y poco a poco a guerras civiles, y se había debilitado y agotado tanto, que el cambio del estado de la república, en el que había de ser gobernada por reyes, era ya inminente. Pompeyo entonces, príncipe ilustrísimo del pueblo romano, habiendo entrado en Judea con un ejército, tomó la ciudad, abrió el templo, no con la devoción de un suplicante, sino con la autoridad de un conquistador, y entró, no reverentemente, sino profanamente, en el santo de los santos, donde a nadie sino al pontífice era lícito entrar. Habiendo establecido a Hircano en el pontificado, y puesto a Antípatro sobre la nación subyugada como guardián o procurador, como entonces se les llamaba, llevó consigo atado a Aristóbulo. Desde aquel tiempo los judíos comenzaron también a ser tributarios de los romanos. Después Casio saqueó el templo mismo. Luego, después de pocos años, les tocó tener a Herodes, rey de nacimiento extranjero, en cuyo reinado nació Cristo. Pues había llegado ya el tiempo significado por el Espíritu profético por boca del patriarca Jacob, cuando dice: «No faltará príncipe de Judá, ni maestro de sus lomos, hasta que venga Aquel para quien está reservado; y Él es la expectación de las naciones.» [] No faltó, pues, un príncipe judío de los judíos hasta aquel Herodes, que fue el primer rey de raza extranjera recibido por ellos. Por lo tanto, era ya el tiempo en que había de venir Aquel para quien estaba reservado lo que se promete en el Nuevo Testamento, que Él sería la expectación de las naciones. Pero no era posible que las naciones esperaran que Él viniera, como vemos que lo hicieron, a hacer juicio en el esplendor del poder, a menos que primero creyeran en Él cuando vino a sufrir juicio en la humildad de la paciencia.
Del nacimiento de nuestro Salvador, por el cual el Verbo se hizo carne; y de la dispersión de los judíos entre todas las naciones, como había sido profetizado
XVIII, 46
Mientras Herodes, pues, reinaba en Judea, y César Augusto era emperador en Roma, habiendo cambiado ya el estado de la república y pacificado el mundo por él, Cristo nació en Belén de Judá, hombre manifiesto de una virgen humana, Dios oculto de Dios Padre. Pues así lo había predicho el profeta: «He aquí que la virgen concebirá en el vientre, y dará a luz un Hijo, y llamarán su nombre Emanuel, que interpretado es: Dios con nosotros.» Hizo muchos milagros para encomendar a Dios en sí mismo; de los cuales, cuantos bastaron para proclamarlo, están contenidos en la Escritura evangélica. El primero de ellos es que nació tan maravillosamente, y el último, que, resucitado su cuerpo de entre los muertos, subió al cielo. Pero los judíos que le dieron muerte y no quisieron creer en él, porque era necesario que muriera y resucitara, fueron aún más miserablemente devastados por los romanos y totalmente arrancados de su reino, donde ya los habían dominado extranjeros, y fueron dispersados por las tierras (de modo que no hay lugar donde no estén), y así son, por sus propias Escrituras, un testimonio para nosotros de que no hemos forjado las profecías acerca de Cristo. Y muchísimos de ellos, considerando esto, aun antes de su pasión, pero principalmente después de su resurrección, creyeron en él, de quien estaba predicho: «Aunque el número de los hijos de Israel sea como la arena del mar, el remanente será salvo.» Pero los demás fueron cegados, de los cuales estaba predicho: «Sea su mesa delante de ellos un lazo, una retribución y un tropiezo. Oscurézcanse sus ojos para que no vean, y encorva siempre su espalda.» Por tanto, cuando no creen en nuestras Escrituras, las suyas, que leen a ciegas, se cumplen en ellos, no sea que alguien diga que los cristianos han forjado estas profecías acerca de Cristo que se citan bajo el nombre de la sibila o de otros, si los hay, que no pertenecen al pueblo judío. Pues a nosotros nos bastan las que se citan de los libros de nuestros enemigos, a quienes damos reconocimiento por este testimonio que, a su pesar, aportan al poseer estos libros, mientras ellos mismos están dispersos entre todas las naciones, dondequiera que se extiende la Iglesia de Cristo. Pues en los Salmos se envió antes una profecía acerca de esto, que ellos también leen, donde está escrito: «Dios mío, su misericordia me prevendrá. Dios mío me ha mostrado acerca de mis enemigos que no los mates, no sea que al fin olviden tu ley: dispérsalos en tu poder.» Por tanto, Dios ha mostrado a la Iglesia en sus enemigos los judíos la gracia de su compasión, pues, como dice el apóstol, «su ofensa es la salvación de los gentiles.» [] Y por eso no los ha matado, es decir, no ha permitido que se pierda en ellos el conocimiento de que son judíos, aunque han sido vencidos por los romanos, no sea que olviden la ley de Dios y su testimonio no sirva de nada en este asunto que tratamos. Pero no bastó que dijera, «No los mates, no sea que al fin olviden tu ley,» si no hubiera añadido también, «Dispérsalos;» porque si hubieran estado solo en su propia tierra con aquel testimonio de las Escrituras, y no en todas partes, ciertamente la Iglesia que está en todas partes no podría haberlos tenido como testigos entre todas las naciones de las profecías que se enviaron antes acerca de Cristo.
Si antes de los tiempos cristianos hubo algunos fuera de la raza israelita que pertenecieran a la comunión de la ciudad celestial
XVIII, 47
Por lo cual, si leemos que algún extranjero —es decir, uno que ni nació de Israel ni fue recibido por aquel pueblo en el canon de los libros sagrados— profetizó algo acerca de Cristo, si ha llegado o llegare a nuestro conocimiento, podemos referirnos a ello además; no porque esto sea necesario, aun si faltara, sino porque no es incongruente creer que aun en otras naciones pudo haber habido hombres a quienes se reveló este misterio, y que fueron también impulsados a proclamarlo, ya fueran partícipes de la misma gracia o no tuvieran experiencia de ella, sino que fueron enseñados por ángeles malos, quienes, como sabemos, incluso confesaron al Cristo presente, a quien los judíos no reconocieron. Ni creo que los judíos mismos se atrevan a sostener que nadie ha pertenecido a Dios excepto los israelitas, puesto que el aumento de Israel comenzó con el rechazo de su hermano mayor. Pues en verdad no hubo otro pueblo que fuera llamado especialmente pueblo de Dios; pero no pueden negar que ha habido ciertos hombres aun de otras naciones que pertenecieron, no por comunión terrena sino celestial, a los verdaderos israelitas, los ciudadanos de la patria de arriba. Porque, si niegan esto, pueden ser refutados con gran facilidad por el caso del santo y admirable varón Job, que no fue nativo ni prosélito, es decir, extranjero que se unía al pueblo de Israel, sino que, nacido de la raza idumea, surgió allí y allí murió también, y a quien el oráculo divino alaba tanto que ningún hombre de su tiempo se le iguala en cuanto a justicia y piedad. Y aunque no encontramos su fecha en las crónicas, sin embargo por su libro, que por su mérito los israelitas han recibido como de autoridad canónica, deducimos que fue de la tercera generación después de Israel. Y no dudo que fue provisto divinamente, para que por este único caso supiéramos que también entre otras naciones pudo haber hombres pertenecientes a la Jerusalén espiritual que vivieron según Dios y le agradaron. Y no ha de suponerse que esto se concedió a alguno, a menos que el único Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, [] le fuera divinamente revelado; quien fue anunciado de antemano a los santos de la antigüedad como que había de venir en carne, así como se nos anuncia a nosotros como venido, para que la misma fe por medio de él conduzca a Dios a todos los que están predestinados a ser la ciudad de Dios, la casa de Dios y el templo de Dios. Pero cualesquiera profecías acerca de la gracia de Dios por medio de Cristo Jesús se citen, pueden pensarse forjadas por los cristianos. De modo que no hay nada de más peso para refutar a toda clase de extraños, si disputan sobre este asunto, y para sostener a nuestros amigos, si son verdaderamente sabios, que citar aquellas predicciones divinas acerca de Cristo que están escritas en los libros de los judíos, quienes han sido arrancados de su morada nativa y dispersados por todo el mundo para dar este testimonio, de modo que la Iglesia de Cristo ha crecido en todas partes.
Que la profecía de Ageo, en la que dijo que la gloria de la casa de Dios sería mayor que la de la primera, se cumplió verdaderamente, no en la reedificación del templo, sino en la Iglesia de Cristo
XVIII, 48
Esta casa de Dios es más gloriosa que aquella primera, que fue construida de madera y piedra, metales y otras cosas preciosas. Por tanto, la profecía de Ageo no se cumplió en la reedificación de aquel templo. Pues nunca se puede mostrar que haya tenido tanta gloria después de ser reedificado como la tuvo en tiempos de Salomón; es más, la gloria de aquella casa se muestra disminuida, primero por el cese de la profecía, y luego por el hecho de que la nación misma sufrió tan grandes calamidades, hasta la destrucción final hecha por los romanos, como lo prueban las cosas mencionadas arriba. Pero esta casa que pertenece al Nuevo Testamento es tanto más gloriosa cuanto las piedras vivas, es decir, los hombres creyentes y renovados, de que está construida son mejores. Y fue tipificada por la reedificación de aquel templo por esta razón: porque la misma renovación de aquel edificio tipifica en el oráculo profético otro testamento que se llama nuevo. Por tanto, cuando Dios dijo por el profeta antes nombrado, «Y daré paz en este lugar,» [Ageo 2:9] ha de entenderse aquel que es tipificado por aquel lugar típico; pues puesto que por aquel lugar reedificado es tipificada la Iglesia que Cristo había de construir, no puede aceptarse otro significado de la frase «Daré paz en este lugar,» sino: Daré paz en el lugar que aquel lugar significa. Pues todas las cosas típicas parecen en cierto modo personificar a aquellos a quienes tipifican, como dice el apóstol, «Aquella Roca era Cristo.» Por tanto, la gloria de esta casa del Nuevo Testamento es mayor que la gloria de la casa del Antiguo Testamento; y se mostrará mayor cuando sea dedicada. Pues entonces «vendrá el Deseado de todas las naciones,» [Ageo 2:7] como leemos en el hebreo. Porque antes de su advenimiento aún no había sido deseado por todas las naciones; pues no conocían a aquel a quien debían desear, en quien no habían creído. Entonces, también, según la interpretación de los Setenta (pues también es un sentido profético), «vendrán los elegidos del Señor de entre todas las naciones.» Pues entonces ciertamente vendrán solo los elegidos, de los cuales dice el apóstol, «Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo.» [] Porque el Soberano Arquitecto que dijo, «Muchos son llamados, pero pocos escogidos,» [] no dijo esto de aquellos que, al ser llamados, entraron de modo que fueran arrojados del banquete, sino que quiso señalar la casa edificada con los elegidos, que en adelante no temerá ruina alguna. Sin embargo, como las iglesias están también llenas de aquellos que serán separados por la aventadora como en la era, la gloria de esta casa no es tan manifiesta ahora como lo será cuando todo el que esté allí esté allí para siempre.
Del crecimiento indiscriminado de la Iglesia, en el que muchos réprobos están mezclados en este mundo con los elegidos
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En este mundo malvado, en estos días malos, cuando la Iglesia mide su futura alteza por su humildad presente, y es ejercitada por temores que aguijonean, dolores que atormentan, trabajos inquietantes y tentaciones peligrosas, cuando se goza sobriamente, gozándose solo en esperanza, hay muchos réprobos mezclados con los buenos, y ambos son recogidos juntos por el evangelio como en una red barredera; [] y en este mundo, como en un mar, ambos nadan encerrados sin distinción en la red, hasta que es sacada a la orilla, cuando los malos han de ser separados de los buenos, para que en los buenos, como en su templo, Dios sea todo en todos. Reconocemos, ciertamente, que ya se cumple la palabra de aquel que habló en el salmo y dijo, «He anunciado y hablado; se han multiplicado sobre número.» Esto sucede ahora, pues Él ha hablado, primero por boca de su precursor Juan, y después por su propia boca, diciendo, «Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca.» Escogió discípulos, a quienes también llamó apóstoles, [] de humilde nacimiento, sin honra e iletrados, para que cualquier cosa grande que ellos fueran o hicieran, Él la fuera e hiciera en ellos. Tuvo entre ellos a uno cuya maldad pudo usar bien para llevar a cabo su pasión determinada, y para dar a su Iglesia un ejemplo de soportar a los malos. Habiendo sembrado el santo evangelio cuanto era necesario hacer por su presencia corporal, padeció, murió y resucitó, mostrando por su pasión lo que debemos padecer por la verdad, y por su resurrección lo que debemos esperar en la adversidad; guardando siempre el misterio del sacramento, por el cual su sangre fue derramada para la remisión de los pecados. Conversó en la tierra cuarenta días con sus discípulos, y a la vista de ellos subió al cielo, y después de diez días envió al Espíritu Santo prometido. Se dio como signo principal y más necesario de su venida sobre los que habían creído, que cada uno de ellos hablaba en las lenguas de todas las naciones; significando así que la unidad de la Iglesia católica abrazaría a todas las naciones, y de igual modo hablaría en todas las lenguas.
De la predicación del evangelio, que se hace más famosa y poderosa por los sufrimientos de sus predicadores
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Entonces se cumplió aquella profecía, «De Sión saldrá la ley, y la palabra del Señor de Jerusalén;» [] y la predicción del Señor Cristo mismo, cuando, después de la resurrección, «abrió el entendimiento» de sus discípulos asombrados «para que entendieran las Escrituras, y les dijo que así está escrito, y así era necesario que Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día, y que se predicara en su nombre el arrepentimiento y la remisión de los pecados entre todas las naciones, comenzando por Jerusalén.» [] Y de nuevo, cuando, respondiendo a su pregunta acerca del día de su última venida, dijo, «No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta lo último de la tierra.» [] En primer lugar, la Iglesia se extendió desde Jerusalén; y cuando muchísimos en Judea y Samaria habían creído, pasó también a otras naciones por medio de aquellos que anunciaban el evangelio, a quienes, como luces, Él mismo había preparado con su palabra y encendido con su Espíritu Santo. Pues les había dicho, «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.» [] Y para que no se helaran de miedo, ardieron con el fuego de la caridad. Finalmente, el evangelio de Cristo fue predicado en todo el mundo, no solo por los que lo habían visto y oído tanto antes de su pasión como después de su resurrección, sino también, después de la muerte de ellos, por sus sucesores, en medio de horribles persecuciones, diversos tormentos y muertes de los mártires, dando también Dios testimonio con señales y prodigios, y diversos milagros y dones del Espíritu Santo, [] para que los pueblos de las naciones, creyendo en Aquel que fue crucificado por su redención, veneraran con amor cristiano la sangre de los mártires que ellos habían derramado con furor diabólico, y los mismos reyes por cuyas leyes había sido devastada la Iglesia se sujetaran provechosamente a aquel nombre que habían intentado cruelmente quitar de la tierra, y comenzaran a perseguir a los dioses falsos por cuya causa los adoradores del Dios verdadero habían sido antes perseguidos.
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Pero el diablo, viendo los templos de los demonios abandonados y al género humano corriendo hacia el nombre del Mediador liberador, ha movido a los herejes bajo el nombre cristiano a resistir la doctrina cristiana, como si pudieran ser mantenidos en la ciudad de Dios indiferentemente sin corrección alguna, así como la ciudad de la confusión mantuvo indiferentemente a los filósofos que tenían opiniones diversas y adversas. Por tanto, aquellos en la Iglesia de Cristo que saborean algo malsano y depravado, y, al ser corregidos para que saboreen lo sano y recto, resisten contumazmente, y no quieren enmendar sus dogmas pestíferos y mortales, sino que persisten en defenderlos, se convierten en herejes, y, saliendo fuera, han de ser contados como enemigos que sirven para su disciplina. Pues aun así aprovechan con su maldad a los verdaderos miembros católicos de Cristo, ya que Dios hace buen uso incluso de los malos, y todas las cosas cooperan para bien de los que le aman. [] Pues todos los enemigos de la Iglesia, sea que el error los ciegue o la malicia los deprave, ejercitan su paciencia si reciben poder para afligirla corporalmente; y si solo se le oponen con pensamiento malvado, ejercitan su sabiduría; pero al mismo tiempo, si estos enemigos son amados, ejercitan su benevolencia, o incluso su beneficencia, ya trate con ellos por doctrina persuasiva o por disciplina terrible. Y así el diablo, príncipe de la ciudad impía, cuando instiga sus propios vasos contra la ciudad de Dios que peregrina en este mundo, se le permite no causarle daño alguno. Pues sin duda la divina providencia le procura tanto consuelo por la prosperidad, para que no sea quebrantada por la adversidad, como prueba por la adversidad, para que no sea corrompida por la prosperidad; y así cada cosa es templada por la otra, como reconocemos en los Salmos aquella voz que surge de ninguna otra causa, «Según la multitud de mis dolores en mi corazón, tus consolaciones han deleitado mi alma.» De ahí también aquella frase del apóstol, «Gozosos en la esperanza, pacientes en la tribulación.» []
Pues no ha de pensarse que puede fallar en tiempo alguno lo que dice el mismo maestro, «Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo sufrirán persecución.» [] Porque aun cuando los de fuera no rugen, y así parece haber, y realmente hay, tranquilidad, que trae muchísimo consuelo, especialmente a los débiles, sin embargo no faltan, es más, hay muchos dentro que con sus costumbres abandonadas atormentan los corazones de los que viven piadosamente, puesto que por ellos es blasfemado el nombre cristiano y católico; y cuanto más querido es ese nombre para los que quieren vivir piadosamente en Cristo, tanto más se duelen de que por los malos, que tienen lugar dentro, llegue a ser menos amado de lo que desean las mentes piadosas. Los herejes mismos también, puesto que se piensa que tienen el nombre cristiano y los sacramentos, las Escrituras y la profesión, causan gran dolor en los corazones de los piadosos, tanto porque muchos que quieren ser cristianos se ven obligados por sus disensiones a dudar, como porque muchos maldicientes hallan en ellos materia para blasfemar el nombre cristiano, porque ellos a su vez son al menos llamados cristianos. Por estas y semejantes costumbres depravadas y errores de los hombres, los que quieren vivir piadosamente en Cristo sufren persecución, aun cuando nadie moleste o veje su cuerpo; pues sufren esta persecución, no en los cuerpos, sino en los corazones. De donde es aquella palabra, «Según la multitud de mis dolores en mi corazón;» pues no dice, en mi cuerpo. Sin embargo, por otra parte, ninguno de ellos puede perecer, porque se piensa en las inmutables promesas divinas. Y porque el apóstol dice, «El Señor conoce a los que son suyos; [] porque a los que antes conoció, también los predestinó [a ser] conformes a la imagen de su Hijo,» [] ninguno de ellos puede perecer; por tanto, se sigue en aquel salmo, «Tus consolaciones han deleitado mi alma.» Pero aquel dolor que surge en los corazones de los piadosos, que son perseguidos por las costumbres de los malos o falsos cristianos, es provechoso para los que sufren, porque procede de la caridad por la que no desean que ellos ni perezcan ni impidan la salvación de otros. Finalmente, grandes consolaciones brotan de su corrección, que impregnan las almas de los piadosos con una fecundidad tan grande como los dolores con que fueron turbados por su propia perdición. Así, en este mundo, en estos días malos, no solo desde el tiempo de la presencia corporal de Cristo y de sus apóstoles, sino también desde el de Abel, a quien primero mató su malvado hermano porque era justo, [] y de allí en adelante hasta el fin de este mundo, la Iglesia ha avanzado en peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de las consolaciones de Dios.
Si debemos creer lo que algunos piensan: que, así como las diez persecuciones pasadas se han cumplido, no queda ninguna otra más allá de la undécima, que ha de ocurrir en el tiempo mismo del Anticristo
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No pienso, en verdad, que lo que algunos han pensado o pueden pensar se diga o se crea temerariamente: que hasta el tiempo del Anticristo la Iglesia de Cristo no ha de sufrir otras persecuciones además de las que ya ha sufrido —esto es, diez —, y que la undécima y última será infligida por el Anticristo. Cuentan como primera la hecha por Nerón, la segunda por Domiciano, la tercera por Trajano, la cuarta por Antonino, la quinta por Severo, la sexta por Maximino, la séptima por Decio, la octava por Valeriano, la novena por Aureliano, la décima por Diocleciano y Maximiano. Pues como hubo diez plagas en Egipto antes de que el pueblo de Dios pudiera comenzar a salir, piensan que esto ha de referirse a mostrar que la última persecución por el Anticristo debe ser semejante a la undécima plaga, en la cual los egipcios, mientras seguían con hostilidad a los hebreos, perecieron en el mar Rojo cuando el pueblo de Dios pasó por tierra seca. Sin embargo, no pienso que las persecuciones fueran significadas proféticamente por lo que se hizo en Egipto, por más que quienes así piensan parezcan haber comparado ambas cosas en detalle con elegancia e ingenio, no por el Espíritu profético, sino por la conjetura de la mente humana, que a veces acierta en la verdad y a veces se engaña. Pero ¿qué pueden decir los que piensan esto de la persecución en la que el Señor mismo fue crucificado? ¿En qué número la pondrán? Y si piensan que el cómputo ha de hacerse excluyendo esta, como si debieran contarse las que pertenecen al cuerpo, y no aquella en la que la Cabeza misma fue prendida y muerta, ¿qué pueden hacer de aquella que, después de que Cristo subió al cielo, tuvo lugar en Jerusalén, cuando el bienaventurado Esteban fue apedreado; cuando Santiago, hermano de Juan, fue degollado a espada; cuando el apóstol Pedro fue encarcelado para ser muerto, y fue liberado por el ángel; cuando los hermanos fueron expulsados y dispersados de Jerusalén; cuando Saulo, que después llegó a ser el apóstol Pablo, asolaba la Iglesia; y cuando él mismo, publicando la buena nueva de la fe que había perseguido, sufrió tales cosas como las que había infligido, ya de los judíos, ya de otras naciones, donde predicaba a Cristo en todas partes con el mayor fervor? ¿Por qué, pues, les parece bien comenzar por Nerón, cuando la Iglesia en su crecimiento había llegado a los tiempos de Nerón en medio de persecuciones cruelísimas, acerca de las cuales sería demasiado largo decir algo? Pero si piensan que sólo deben contarse las persecuciones hechas por reyes, fue el rey Herodes quien también hizo una gravísima después de la ascensión del Señor. ¿Y qué razón dan de Juliano, a quien no cuentan entre las diez? ¿Acaso no persiguió a la Iglesia, quien prohibió a los cristianos enseñar o aprender las letras liberales? Bajo él, Valentiniano el mayor, que fue el tercer emperador después de él, se alzó como confesor de la fe cristiana y fue destituido de su mando en el ejército. Nada diré de lo que hizo en Antioquía, excepto mencionar su asombro ante la libertad y alegría de un joven fidelísimo y constantísimo, quien, habiendo sido apresados muchos para ser atormentados, fue atormentado durante todo un día y cantó bajo el instrumento de tortura, hasta que el emperador temió que sucumbiera bajo las continuas crueldades y lo avergonzara al fin; lo cual le hizo temer y recelar que sería aún más deshonrosamente avergonzado por los demás. Finalmente, dentro de nuestra propia memoria, ¿no asoló Valente, arriano, hermano del sobredicho Valentiniano, a la Iglesia católica con una gran persecución por todo el Oriente? Pero ¡cuán irrazonable es no considerar que la Iglesia, que da fruto y crece por todo el mundo, puede sufrir persecución de reyes en algunas naciones aun cuando no la sufre en otras! Quizá, sin embargo, no debía contarse como persecución cuando el rey de los godos, en la misma Gotia, persiguió a los cristianos con admirable crueldad, cuando allí no había sino católicos, de los cuales muchísimos fueron coronados con el martirio, según hemos oído de ciertos hermanos que habían estado allí entonces siendo niños, y que sin vacilar recordaban haber visto estas cosas? ¿Y qué ocurrió en Persia no hace mucho? ¿No fue tan ardiente la persecución contra los cristianos (si es que aún no se ha apaciguado) que algunos de los fugitivos de ella llegaron incluso a ciudades romanas? Cuando pienso en estas y semejantes cosas, no me parece que el número de persecuciones con que la Iglesia ha de ser probada pueda determinarse con certeza. Pero, por otra parte, no es menos temerario afirmar que habrá algunas persecuciones de reyes además de aquella última, de la cual ningún cristiano duda. Por tanto, dejamos esto sin decidir, sin apoyar ni refutar ninguna de las dos partes de esta cuestión, sino sólo refrenando a los hombres de la presunción audaz de afirmar cualquiera de ellas.