De las miserias de esta vida que corresponden peculiarmente al trabajo de los buenos, independientemente de aquellas que son comunes a buenos y malos
XXII, 23
Pero, independientemente de las miserias que en esta vida son comunes a buenos y malos, los justos soportan trabajos que les son propios, en cuanto hacen guerra contra sus vicios y están envueltos en las tentaciones y peligros de semejante combate. Pues aunque a veces más violento y otras veces más flojo, sin embargo sin intermisión la carne codicia contra el espíritu y el espíritu contra la carne, de modo que no podemos hacer lo que quisiéramos, [] y extirpar toda concupiscencia, sino que sólo podemos negarle el consentimiento, según Dios nos da capacidad, y así mantenerla sujeta, vigilando atentamente no sea que una apariencia de verdad nos engañe, no sea que un discurso sutil nos ciegue, no sea que el error nos envuelva en tinieblas, no sea que tengamos lo bueno por malo o lo malo por bueno, no sea que el temor nos impida hacer lo que debemos, o el deseo nos precipite a hacer lo que no debemos, no sea que el sol se ponga sobre nuestra ira, no sea que el odio nos provoque a devolver mal por mal, no sea que una tristeza indecorosa o desmedida nos consuma, no sea que una disposición ingrata nos haga tardos en reconocer los beneficios recibidos, no sea que las calumnias inquieten nuestra conciencia, no sea que una sospecha temeraria por nuestra parte nos engañe respecto de un amigo, o la falsa sospecha de nosotros por parte de otros nos cause demasiada inquietud, no sea que el pecado reine en nuestro cuerpo mortal para obedecer sus deseos, no sea que nuestros miembros sean usados como instrumentos de injusticia, no sea que el ojo siga la concupiscencia, no sea que la sed de venganza nos arrastre, no sea que la vista o el pensamiento se detengan demasiado en alguna cosa mala que nos da placer, no sea que se escuche de buena gana lenguaje malvado o indecente, no sea que hagamos lo que es agradable pero ilícito, y no sea que en esta guerra, llena tan abundantemente de trabajo y peligro, o esperemos asegurar la victoria por nuestras propias fuerzas, o la atribuyamos cuando la hemos conseguido a nuestras propias fuerzas, y no a la gracia de Aquel de quien dice el apóstol, «Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo;» [] y en otro lugar dice, «En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó.» [] Pero hemos de saber esto: que por valerosamente que resistamos a nuestros vicios, y por exitosos que seamos en vencerlos, sin embargo, mientras estemos en este cuerpo, siempre tenemos razón para decir a Dios: Perdónanos nuestras deudas. [] Mas en aquel reino donde moraremos para siempre, revestidos de cuerpos inmortales, ya no tendremos ni conflictos ni deudas, como en verdad no los habríamos tenido en ningún tiempo ni en condición alguna, si nuestra naturaleza hubiera continuado recta tal como fue creada. Por consiguiente, incluso este nuestro conflicto, en el que estamos expuestos al peligro y del que esperamos ser librados por una victoria final, pertenece a los males de esta vida, que, por el testimonio de tantos males graves, queda probado que es una vida bajo condenación.
Capítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
XXII, 24
Pero debemos contemplar ahora las ricas e innumerables bendiciones con las que la bondad de Dios, que cuida de todo lo que ha creado, ha llenado esta misma miseria del género humano, que refleja su justicia retributiva. Aquella primera bendición que pronunció antes de la caída, cuando dijo: «Creced, y multiplicaos, y henchid la tierra,» [] no la retiró después de que el hombre pecara, sino que la fecundidad otorgada originalmente permaneció en la estirpe condenada; y el vicio del pecado, que nos ha envuelto en la necesidad de morir, no nos ha privado, con todo, de aquel admirable poder de la semilla, o más bien de aquel poder aún más maravilloso por el cual la semilla es producida, y que parece como entretejido e injertado en el cuerpo humano. Mas en este río, por así llamarlo, o torrente del género humano, son arrastrados juntamente ambos elementos: tanto el mal que se deriva del que engendra, como el bien que es otorgado por Aquel que nos crea. En el mal original hay dos cosas, el pecado y el castigo; en el bien original, hay otras dos, la propagación y la conformación. Pero de los males, de los cuales el uno, el pecado, surgió de nuestra audacia, y el otro, el castigo, del juicio de Dios, ya hemos dicho tanto como conviene a nuestro propósito presente. Quiero hablar ahora de las bendiciones que Dios ha conferido o aún confiere a nuestra naturaleza, viciada y condenada como está. Porque al condenarla no retiró todo lo que le había dado, de lo contrario habría sido aniquilada; ni tampoco, al someterla penalmente al diablo, la apartó de su propio poder; pues ni siquiera el diablo mismo está fuera del gobierno de Dios, ya que la naturaleza del diablo subsiste únicamente por el Creador supremo que da el ser a todo lo que de algún modo existe.
De estas dos bendiciones, pues, que hemos dicho fluyen de la bondad de Dios, como de una fuente, hacia nuestra naturaleza, viciada por el pecado y condenada al castigo, la una, la propagación, fue conferida por la bendición de Dios cuando hizo aquellas primeras obras, de las cuales descansó en el séptimo día. Pero la otra, la conformación, es conferida en aquella obra suya en la que «trabaja hasta ahora.» [] Porque si retirara su poder eficaz de las cosas, éstas no podrían ni continuar y completar los períodos asignados a sus movimientos medidos, ni siquiera permanecer en posesión de aquella naturaleza en la que fueron creadas. Así, pues, Dios creó al hombre de tal modo que le dio lo que podemos llamar fertilidad, por la cual pudiera propagar a otros hombres, dándoles una capacidad congénita de propagar su especie, pero sin imponerles necesidad alguna de hacerlo. Esta capacidad la retira Dios a su placer de los individuos, haciéndolos estériles; pero de toda la raza no ha retirado la bendición de la propagación una vez conferida. Mas, aunque no retirada por causa del pecado, este poder de propagación no es lo que habría sido si no hubiera habido pecado. Porque desde que «el hombre, constituido en honor, cayó, se ha hecho semejante a las bestias,» y engendra como ellas, aunque la pequeña chispa de razón, que era la imagen de Dios en él, no se ha apagado del todo. Pero si la conformación no se añadiera a la propagación, no habría reproducción de la propia especie. Porque aunque no existiera la cópula, y Dios quisiera llenar la tierra de habitantes humanos, podría crear a todos estos como creó a uno, sin ayuda de la generación humana. Y, en verdad, aun tal como están las cosas, los que copulan no pueden engendrar nada sino por la energía creadora de Dios. Así como, por tanto, respecto de aquel crecimiento espiritual por el cual el hombre es formado para la piedad y la justicia, dice el apóstol: «Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento,» [] así también ha de decirse que no es el que engendra el que es algo, sino Dios que da la forma esencial; que no es la madre que lleva y nutre el fruto de su vientre la que es algo, sino Dios que da el crecimiento. Pues sólo Él, por aquella energía con la que «trabaja hasta ahora,» hace que la semilla se desarrolle y evolucione de ciertos repliegues secretos e invisibles a las formas visibles de belleza que vemos. Sólo Él, acoplando y conectando de una manera admirable las naturalezas espiritual y corpórea, la una para mandar, la otra para obedecer, hace un ser viviente. Y esta obra suya es tan grande y admirable, que no sólo el hombre, que es un animal racional y, por consiguiente, más excelente que todos los demás animales de la tierra, sino incluso el insecto más diminuto, no puede ser considerado atentamente sin asombro y sin alabanzas al Creador.
Él es, pues, quien ha dado al alma humana una mente, en la que la razón y el entendimiento yacen como dormidos durante la infancia, y como si no existieran, destinados, sin embargo, a ser despertados y ejercitados a medida que aumentan los años, de modo que lleguen a ser capaces de conocimiento y de recibir instrucción, aptos para entender lo que es verdadero y amar lo que es bueno. Por esta capacidad el alma bebe la sabiduría y queda dotada de aquellas virtudes con las que, en la prudencia, la fortaleza, la templanza y la justicia, hace guerra contra el error y los demás vicios innatos, y los vence fijando sus deseos en ningún otro objeto que el bien supremo e inmutable. Y aunque esto no sea uniformemente el resultado, ¿quién puede expresar competentemente, o siquiera concebir, la grandeza de esta obra del Todopoderoso, y el inefable don que ha conferido a nuestra naturaleza racional, al darnos incluso la capacidad de tal logro? Porque más allá de aquellas artes que se llaman virtudes, y que nos enseñan cómo podemos pasar bien nuestra vida y alcanzar la felicidad sin fin —artes que son dadas a los hijos de la promesa y del reino por la sola gracia de Dios que está en Cristo—, ¿no ha inventado y aplicado el ingenio del hombre innumerables artes asombrosas, en parte resultado de la necesidad, en parte resultado de la invención exuberante, de modo que este vigor de la mente, tan activo en el descubrimiento no sólo de cosas superfluas sino incluso de cosas peligrosas y destructivas, delata una riqueza inagotable en la naturaleza que puede inventar, aprender o emplear tales artes? ¡Qué admirables —podría decirse estupefacientes— avances ha hecho la industria humana en las artes de tejer y construir, de la agricultura y la navegación! ¡Con qué variedad infinita se producen los diseños en la alfarería, la pintura y la escultura, y con qué habilidad se ejecutan! ¡Qué espectáculos maravillosos se exhiben en los teatros, que no pueden creer quienes no los han visto! ¡Cuán hábiles son los artificios para capturar, matar o domesticar fieras! Y para el daño de los hombres, también, ¡cuántas clases de venenos, armas, máquinas de destrucción se han inventado, mientras que para la conservación o restauración de la salud los aparatos y remedios son infinitos! Para provocar el apetito y agradar al paladar, ¡qué variedad de condimentos se han preparado! Para expresar y dar entrada a los pensamientos, ¡qué multitud y variedad de signos hay, entre los cuales el hablar y el escribir ocupan el primer lugar! ¡Qué ornamentos tiene la elocuencia a su disposición para deleitar la mente! ¡Qué riqueza de canto hay para cautivar el oído! ¡Cuántos instrumentos musicales y cadencias de armonía se han ideado! ¡Qué destreza se ha alcanzado en las medidas y los números! ¡Con qué sagacidad se han descubierto los movimientos y las conexiones de las estrellas! ¿Quién podría contar el pensamiento que se ha dedicado a la naturaleza, aunque, desesperando de contarlo en detalle, se esforzara únicamente por dar una visión general de él? En fin, incluso la defensa de errores y equivocaciones, que ha ilustrado el ingenio de herejes y filósofos, no puede ser suficientemente declarada. Pues por ahora es la naturaleza de la mente humana, que adorna esta vida mortal, la que estamos ensalzando, y no la fe y el camino de la verdad que conducen a la inmortalidad. Y puesto que esta gran naturaleza ciertamente ha sido creada por el Dios verdadero y supremo, que administra con poder y justicia absolutos todas las cosas que ha hecho, jamás habría podido caer en estas miserias, ni pasar de ellas a miserias eternas —salvando sólo a aquellos que son redimidos—, si no se hubiera hallado un pecado sumamente grande en el primer hombre, del cual han brotado los demás.
Además, aun en el cuerpo, aunque muere como el de las bestias y es en muchos aspectos más débil que el de ellas, ¡qué bondad de Dios, qué providencia del gran Creador se manifiesta! Los órganos de los sentidos y los demás miembros, ¿no están tan colocados, y la apariencia, la forma y la estatura del cuerpo en su conjunto, no están tan modeladas, como para indicar que fue hecho para el servicio de un alma racional? El hombre no ha sido creado encorvado hacia la tierra, como los animales irracionales; mas su forma corporal, erguida y mirando hacia los cielos, le amonesta a pensar en las cosas de arriba. Luego, la maravillosa agilidad que se ha dado a la lengua y a las manos, aptas para hablar, escribir y ejecutar tantos deberes y practicar tantas artes, ¿no prueba la excelencia del alma para la cual se proveyó tal auxiliar? E incluso aparte de su adaptación a la obra que se le exige, hay tal simetría en sus diversas partes, y se mantiene una proporción tan hermosa, que uno no sabe decidir si, al crear el cuerpo, se atendió más a la utilidad o a la belleza. Ciertamente, ninguna parte del cuerpo ha sido creada por causa de la utilidad que no contribuya también algo a su belleza. Y esto sería tanto más evidente si conociéramos con más precisión cómo todas sus partes están conectadas y adaptadas unas a otras, y no estuviéramos limitados en nuestras observaciones a lo que aparece en la superficie; pues en cuanto a lo que está cubierto y oculto a nuestra vista, la intrincada red de venas y nervios, las partes vitales de todo lo que yace bajo la piel, nadie puede descubrirlo. Porque aunque, con un celo cruel por la ciencia, algunos médicos, llamados anatomistas, han disecado los cuerpos de los muertos, y a veces incluso de los enfermos que murieron bajo sus cuchillos, y han escudriñado inhumanamente los secretos del cuerpo humano para aprender la naturaleza de la enfermedad y su asiento exacto, y cómo podría curarse, sin embargo, aquellas relaciones de las que hablo, y que forman la concordia, o, como la llaman los griegos, «armonía,» de todo el cuerpo por fuera y por dentro, como de algún instrumento, nadie ha podido descubrirlas, porque nadie ha sido bastante audaz para buscarlas. Pero si éstas pudieran conocerse, entonces incluso las partes internas, que parecen no tener belleza, nos deleitarían tanto con su exquisita aptitud que proporcionarían a la mente una satisfacción más profunda —y los ojos no son sino sus ministros— que la belleza evidente que agrada a la vista. Hay también algunas cosas que tienen tal lugar en el cuerpo, que evidentemente no sirven a ningún propósito útil, sino que son únicamente para la belleza, como p. ej. los pezones en el pecho del hombre, o la barba en su rostro; pues que esto es para adorno y no para protección lo prueban los rostros lampiños de las mujeres, que, como sexo más débil, más bien deberían gozar de tal defensa. Por tanto, si de todos aquellos miembros que están expuestos a nuestra vista ciertamente no hay ninguno en el que la belleza sea sacrificada a la utilidad, mientras que hay algunos que no sirven a ningún propósito sino sólo a la belleza, creo que fácilmente se puede concluir que en la creación del cuerpo humano se atendió más a la hermosura que a la necesidad. En verdad, la necesidad es cosa transitoria; y viene el tiempo en que gozaremos de la belleza unos de otros sin ninguna concupiscencia —una condición que redundará especialmente en alabanza del Creador, quien, como se dice en el salmo, se ha «vestido de alabanza y de hermosura.»
¿Cómo podré hablar del resto de la creación, con toda su belleza y utilidad, que la bondad divina ha dado al hombre para agradar su vista y servir a sus propósitos, condenado como está y arrojado a estos trabajos y miserias? ¿Hablaré de la múltiple y variada hermosura del cielo, de la tierra y del mar; de la abundante provisión y las admirables cualidades de la luz; del sol, de la luna y de las estrellas; de la sombra de los árboles; de los colores y el perfume de las flores; de la multitud de aves, todas diferentes en plumaje y en canto; de la variedad de animales, de los cuales los más pequeños en tamaño son a menudo los más admirables —asombrándonos más las obras de las hormigas y de las abejas que los enormes cuerpos de las ballenas? ¿Hablaré del mar, que es en sí mismo un espectáculo tan grandioso, cuando se viste como de vestiduras de varios colores, ora recorriendo todos los matices del verde, ora volviéndose púrpura o azul? ¿No es deleitoso mirarlo en la tormenta y experimentar la complacencia tranquilizadora que inspira, al sugerir que nosotros mismos no somos sacudidos ni naufragamos? ¿Qué diré de los innumerables géneros de alimentos para aliviar el hambre, y de la variedad de condimentos para estimular el apetito, esparcidos por todas partes por la naturaleza, y por los cuales no estamos en deuda con el arte de la cocina? ¡Cuántos remedios naturales hay para conservar y restaurar la salud! ¡Cuán grata es la alternancia del día y de la noche! ¡Cuán agradables las brisas que refrescan el aire! ¡Cuán abundante el suministro de vestido que nos proporcionan los árboles y los animales! ¿Quién puede enumerar todas las bendiciones de que gozamos? Si intentara detallar y desplegar siquiera estas pocas que he indicado en conjunto, tal enumeración llenaría un volumen. Y todas éstas no son sino el consuelo de los miserables y condenados, no las recompensas de los bienaventurados. ¿Cuáles serán, pues, estas recompensas, si tales son las bendiciones de un estado condenado? ¿Qué dará a aquellos a quienes ha predestinado a la vida, quien ha dado tales cosas incluso a aquellos a quienes ha predestinado a la muerte? ¿Qué bendiciones derramará en la vida bienaventurada sobre aquellos por quienes, aun en este estado de miseria, ha querido que su Hijo unigénito soportara tales sufrimientos hasta la muerte? Así razona el apóstol acerca de los que están predestinados a aquel reino: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» [] Cuando se cumpla esta promesa, ¿qué seremos? ¿Qué bendiciones recibiremos en aquel reino, puesto que ya hemos recibido como prenda de ellas la muerte de Cristo? ¿En qué condición estará el espíritu del hombre, cuando ya no tenga vicio alguno; cuando ni ceda a ninguno, ni esté esclavizado por ninguno, ni tenga que hacer guerra contra ninguno, sino que esté perfeccionado y goce de una paz imperturbada consigo mismo? ¿No conocerá entonces todas las cosas con certeza, y sin trabajo ni error alguno, cuando sin impedimento y con gozo beba la sabiduría de Dios en la fuente misma? ¿Qué será el cuerpo, cuando esté en todo aspecto sujeto al espíritu, del cual extraerá una vida tan suficiente que no necesitará de ningún otro nutrimento? Porque ya no será animal, sino espiritual, teniendo ciertamente la sustancia de la carne, pero sin corrupción carnal alguna.
De la obstinación de aquellos individuos que impugnan la resurrección del cuerpo, aunque, como fue predicho, el mundo entero la cree
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Los filósofos más destacados están de acuerdo con nosotros acerca de la felicidad espiritual que disfrutan los bienaventurados en la vida futura; lo único que ponen en cuestión, y niegan con todas sus fuerzas, es la resurrección de la carne. Pero la multitud de los hombres, doctos e indoctos, los sabios del mundo y sus necios, han creído, y han dejado en escasa soledad a los incrédulos, y se han vuelto a Cristo, quien en su propia resurrección demostró la realidad de aquello que parece absurdo a nuestros adversarios. Porque el mundo ha creído esto que Dios predijo, así como también fue predicho que el mundo creería: una predicción no debida a las hechicerías de Pedro, puesto que fue pronunciada tanto tiempo antes. Quien ha predicho estas cosas, como ya he dicho y no me avergüenzo de repetir, es el Dios ante quien tiemblan todas las demás divinidades, como el propio Porfirio reconoce y procura probar con testimonios de los oráculos de esos dioses, y llega incluso a llamarlo Dios Padre y Rey. Lejos esté de nosotros interpretar estas predicciones como lo hacen quienes no han creído, junto con todo el mundo, en aquello que fue predicho que el mundo creería. Pues ¿por qué no habríamos de entenderlas más bien como el mundo, cuya fe fue predicha, y dejar a ese puñado de incrédulos con su vana charla y su obstinada y solitaria infidelidad? Porque si sostienen que las interpretan de otro modo solo para evitar acusar de necedad a la Escritura, y con ello injuriar a aquel Dios del que dan tan notable testimonio, ¿no le hacen una injuria mucho mayor cuando dicen que sus predicciones deben entenderse de otro modo que como el mundo las creyó, aunque Él mismo alabó, prometió y realizó esa fe de parte del mundo? ¿Y por qué no puede Él hacer que el cuerpo resucite y viva para siempre? ¿O es que no ha de creerse que hará esto porque es algo indeseable e indigno de Dios? De su omnipotencia, que realiza tantos y tan grandes milagros, ya hemos dicho bastante. Si quieren saber lo que el Todopoderoso no puede hacer, les diré que no puede mentir. Creamos, pues, lo que puede hacer, negándonos a creer lo que no puede hacer. Negándose a creer que Él pueda mentir, crean que hará lo que ha prometido hacer; y créanlo como el mundo lo ha creído, cuya fe Él predijo, cuya fe alabó, cuya fe prometió, cuya fe ahora señala. Pero ¿cómo prueban que la resurrección es algo indeseable? Entonces no habrá corrupción, que es el único mal del cuerpo. Ya he dicho bastante sobre el orden de los elementos y las demás objeciones imaginarias que los hombres suscitan; y en el libro decimotercero, a mi juicio, he ilustrado suficientemente la facilidad de movimiento de que gozará el cuerpo incorruptible, a juzgar por la soltura y el vigor que experimentamos incluso ahora, cuando el cuerpo goza de buena salud. Quienes no hayan leído los libros anteriores, o deseen refrescar la memoria, pueden leerlos por sí mismos.
Que la opinión de Porfirio, de que el alma, para ser bienaventurada, debe separarse de todo tipo de cuerpo, es demolida por Platón, quien dice que el Dios supremo prometió a los dioses que nunca serían despojados de sus cuerpos
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Pero, dicen ellos, Porfirio nos dice que el alma, para ser bienaventurada, debe escapar de toda conexión con cualquier tipo de cuerpo. Por tanto, no sirve de nada decir que el cuerpo futuro será incorruptible, si el alma no puede ser bienaventurada hasta ser liberada de todo tipo de cuerpo. Pero en el libro antes mencionado ya he tratado esto suficientemente. Solo repetiré una cosa: que Platón, su maestro, corrija sus escritos y diga que sus dioses, para ser bienaventurados, deben abandonar sus cuerpos, o, en otras palabras, morir; pues dijo que estaban encerrados en cuerpos celestiales y que, no obstante, el Dios que los hizo les prometió la inmortalidad, es decir, una posesión eterna de esos mismos cuerpos, tal como no les fue provista por naturaleza, sino solo por la intervención ulterior de su voluntad, para que así estuvieran seguros de la felicidad. En esto evidentemente derriba su afirmación de que la resurrección del cuerpo no puede creerse porque es imposible; pues, según él, cuando el Dios increado prometió la inmortalidad a los dioses creados, dijo expresamente que haría lo que era imposible. Porque Platón nos dice que dijo: «Así como habéis tenido un comienzo, no podéis ser inmortales e incorruptibles; sin embargo, no os corromperéis, ni destino alguno os destruirá ni será más fuerte que mi voluntad, que os une a la inmortalidad con más eficacia que el vínculo de vuestra naturaleza os aparta de ella.» Si quienes oyen estas palabras tienen, no digamos entendimiento, sino oídos, no pueden dudar de que Platón creyó que Dios prometió a los dioses que había hecho que realizaría algo imposible. Pues quien dice: «No podéis ser inmortales, pero por mi voluntad seréis inmortales,» ¿qué otra cosa dice sino esto: «Os haré lo que no podéis ser?» Por tanto, el cuerpo será resucitado incorruptible, inmortal, espiritual, por Aquel que, según Platón, ha prometido hacer lo que es imposible. ¿Por qué, pues, siguen clamando que eso que Dios ha prometido, que el mundo ha creído según la promesa de Dios, como fue predicho, es una imposibilidad? Pues lo que decimos es que el Dios que, aun según Platón, hace cosas imposibles, hará esto. No es, entonces, necesario para la bienaventuranza del alma que se desprenda de un cuerpo de cualquier clase, sino que reciba un cuerpo incorruptible. ¿Y en qué cuerpo incorruptible se gozarán más adecuadamente que en aquel en el que gemían cuando era corruptible? Pues así no sentirán aquel deseo vehemente que Virgilio, a imitación de Platón, les ha atribuido cuando dice que desean volver de nuevo a sus cuerpos. No sentirán, digo, este deseo de volver a sus cuerpos, puesto que tendrán aquellos cuerpos a los que deseaban volver, y los poseerán de manera tan plena que nunca los perderán ni siquiera por el instante más breve, ni jamás los depondrán en la muerte.
De las opiniones aparentemente contradictorias de Platón y Porfirio, que los habrían conducido a ambos a la verdad si hubieran podido ceder el uno al otro
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Platón y Porfirio hicieron por separado afirmaciones que, si hubieran podido hallar el modo de sostenerlas en común, acaso habrían llegado a ser cristianos. Platón dijo que las almas no podían existir eternamente sin cuerpos; pues por esta razón, dijo, las almas incluso de los sabios debían, en algún momento u otro, volver a sus cuerpos. Porfirio, a su vez, dijo que el alma purificada, cuando ha vuelto al Padre, jamás volverá a los males de este mundo. Por consiguiente, si Platón hubiera comunicado a Porfirio aquello que veía como verdadero, a saber, que las almas, aunque perfectamente purificadas y pertenecientes a los sabios y justos, deben volver a cuerpos humanos; y si Porfirio, a su vez, hubiera comunicado a Platón la verdad que él veía, a saber, que el alma santa jamás volverá a las miserias de un cuerpo corruptible, de modo que no hubieran sostenido cada uno solo su propia opinión, sino ambos ambas verdades, creo que habrían visto que se sigue que las almas vuelven a sus cuerpos, y también que esos cuerpos serán tales que les proporcionen una vida bienaventurada e inmortal. Pues, según Platón, incluso las almas santas volverán al cuerpo; según Porfirio, las almas santas no volverán a los males de este mundo. Diga, pues, Porfirio con Platón que volverán al cuerpo; diga Platón con Porfirio que no volverán a su antigua miseria, y convendrán en que vuelven a cuerpos en los que no sufrirán más. Y esto no es otra cosa que lo que Dios ha prometido: que dará felicidad eterna a las almas unidas a sus propios cuerpos. Pues esto, presumo, ambos concederían de buen grado: que si las almas de los santos han de reunirse con cuerpos, será con sus propios cuerpos, en los que han soportado las miserias de esta vida y en los que, para escapar de esas miserias, sirvieron a Dios con piedad y fidelidad.
Qué podrían haber aportado Platón o Labeón, o incluso Varrón, a la verdadera fe de la resurrección, si hubieran adoptado las opiniones de unos y otros en un solo esquema
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Algunos cristianos, que sienten aprecio por Platón a causa de su magnífico estilo y de las verdades que de vez en cuando profirió, dicen que incluso sostuvo una opinión semejante a la nuestra respecto de la resurrección de los muertos. Cicerón, sin embargo, aludiendo a esto en su República, afirma que Platón lo entendió más bien como una fantasía juguetona que como una realidad; pues introduce a un hombre que había vuelto a la vida y que relató su experiencia en corroboración de las doctrinas de Platón. También Labeón dice que dos hombres murieron el mismo día, se encontraron en una encrucijada y que, habiéndoseles ordenado después volver a sus cuerpos, acordaron ser amigos de por vida, y así lo fueron hasta que murieron de nuevo. Pero la resurrección que citan estos escritores se asemeja a la de aquellas personas que nosotros mismos hemos conocido resucitar, y que, en verdad, volvieron a esta vida, pero no de modo que no murieran otra vez. Marco Varrón, sin embargo, en su obra Sobre el origen del pueblo romano, registra algo más notable; creo que deben darse sus propias palabras. «Ciertos astrólogos,» dice, «han escrito que los hombres están destinados a un nuevo nacimiento, que los griegos llaman palingenesia. Este tendrá lugar después de que hayan transcurrido cuatrocientos cuarenta años; y entonces la misma alma y el mismo cuerpo, que antes estuvieron unidos en la persona, se unirán de nuevo.» Este Varrón, en verdad, o esos astrólogos anónimos —pues no nos da los nombres de los hombres cuya afirmación cita— han afirmado algo que ciertamente no es del todo verdadero; pues una vez que las almas han vuelto a los cuerpos que llevaron, nunca los abandonarán después. Sin embargo, lo que dicen derriba y demuele gran parte de esa charla ociosa de nuestros adversarios acerca de la imposibilidad de la resurrección. Pues quienes han sido o son de esta opinión no han creído posible que los cuerpos que se han disuelto en aire, polvo, ceniza, agua, o en los cuerpos de las bestias o incluso de los hombres que se alimentaron de ellos, puedan ser restituidos de nuevo a lo que antes fueron. Y por tanto, si Platón y Porfirio, o más bien, si sus discípulos que ahora viven, están de acuerdo con nosotros en que las almas santas volverán al cuerpo, como dice Platón, y que, no obstante, no volverán a la miseria, como sostiene Porfirio —si aceptan la consecuencia de estas dos proposiciones que enseña la fe cristiana, a saber, que recibirán cuerpos en los que puedan vivir eternamente sin sufrir miseria alguna—, adopten también de Varrón la opinión de que volverán a los mismos cuerpos en que estuvieron antes, y así toda la cuestión de la resurrección eterna del cuerpo quedará resuelta de sus propias bocas.
XXII, 29
Consideremos ahora, con la capacidad que Dios se digne concedernos, en qué se ocuparán los santos cuando estén revestidos de cuerpos inmortales y espirituales, y cuando la carne no viva ya de manera carnal, sino espiritual. Y en verdad, para decir la verdad, no alcanzo a comprender la naturaleza de esa ocupación, o, mejor dicho, de ese reposo y sosiego, pues nunca ha entrado en el ámbito de mis sentidos corporales. Y si hablo de mi mente o de mi entendimiento, ¿qué es nuestro entendimiento en comparación con su excelencia? Pues entonces se dará aquella «paz de Dios que,» como dice el apóstol, «sobrepasa todo entendimiento,» [] es decir, todo entendimiento humano, y quizá todo entendimiento angélico, pero ciertamente no el divino. Que sobrepasa el nuestro no hay duda; pero si sobrepasa el de los ángeles —y quien dice «todo entendimiento» parece no hacer excepción a favor de ellos—, entonces debemos entender que quiere decir que ni nosotros ni los ángeles podemos comprender, como Dios comprende, la paz de la que Dios mismo goza. Sin duda esta sobrepasa todo entendimiento salvo el suyo propio. Pero como un día se nos hará participar, según nuestra escasa capacidad, de su paz, tanto en nosotros mismos, como con nuestro prójimo y con Dios, nuestro sumo bien, en este sentido los ángeles entienden la paz de Dios en su propia medida, y también los hombres, aunque por ahora muy por detrás de ellos, sea cual sea el adelanto espiritual que hayan alcanzado. Pues debemos recordar cuán grande era el hombre que dijo: «En parte conocemos, y en parte profetizamos, hasta que venga lo perfecto;» [] y «Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces cara a cara.» [] Tal es también ahora la visión de los santos ángeles, que son llamados también nuestros ángeles, porque nosotros, rescatados del poder de las tinieblas y recibiendo las arras del Espíritu, somos trasladados al reino de Cristo, y ya comenzamos a pertenecer a aquellos ángeles con quienes gozaremos de aquella santa y deleitosísima ciudad de Dios de la que tanto hemos escrito. Así, pues, los ángeles de Dios son nuestros ángeles, como Cristo es de Dios y también nuestro. Son de Dios, porque no lo han abandonado; son nuestros, porque somos conciudadanos suyos. El Señor Jesús dijo también: «Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.» [] Así como ellos ven, así veremos también nosotros; pero aún no vemos de ese modo. Por lo cual el apóstol usa las palabras citadas hace un poco: «Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces cara a cara.» Esta visión está reservada como recompensa de nuestra fe; y de ella dice también el apóstol Juan: «Cuando él apareciere, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.» [] Por «el rostro» de Dios hemos de entender su manifestación, y no una parte del cuerpo semejante a aquella que en nuestros cuerpos llamamos con ese nombre.
Y así, cuando se me pregunta en qué se ocuparán los santos en aquel cuerpo espiritual, no digo lo que veo, sino que digo lo que creo, conforme a aquello que leo en el salmo: «Creí, por tanto hablé.» Digo, pues, que en el cuerpo verán a Dios; pero si lo verán por medio del cuerpo, como ahora vemos el sol, la luna, las estrellas, el mar, la tierra y todo lo que hay en ella, es cuestión difícil. Pues es difícil decir que los santos tendrán entonces cuerpos tales que no podrán cerrar y abrir los ojos cuando quieran; y más difícil aún es decir que todo el que cierre los ojos perderá la visión de Dios. Porque si el profeta Eliseo, aunque a distancia, vio a su criado Giezi, que pensaba que su maldad escaparía a la observación de su amo y aceptó regalos de Naamán el sirio, a quien el profeta había limpiado de su asquerosa lepra, ¿cuánto más los santos en el cuerpo espiritual verán todas las cosas, no solo aunque tengan los ojos cerrados, sino aunque ellos mismos estén a gran distancia? Porque entonces se dará «aquello que es perfecto,» de lo cual dice el apóstol: «En parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.» Luego, para ilustrar lo mejor posible, mediante un símil, cuánto supera la vida futura a la vida que ahora se vive, no solo por los hombres ordinarios, sino incluso por los más eminentes de los santos, dice: «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.» [] Si, pues, incluso en esta vida, en la que el poder profético de hombres notables no es más digno de compararse con la visión de la vida futura que la niñez con la edad adulta, Eliseo, aunque distante de su criado, lo vio aceptando regalos, ¿diremos que cuando venga lo perfecto, y el cuerpo corruptible ya no oprima al alma, sino que sea incorruptible y no le ofrezca impedimento, los santos necesitarán ojos corporales para ver, aunque Eliseo no los necesitó para ver a su criado? Pues, siguiendo la versión de los Setenta, estas son las palabras del profeta: «¿No fue mi corazón contigo, cuando el hombre salió de su carro a recibirte, y tomaste sus regalos?» [] O, como lo tradujo del hebreo el presbítero Jerónimo: «¿No estuvo mi corazón presente cuando el hombre se volvió de su carro para recibirte?» El profeta dijo que vio esto con su corazón, ayudado milagrosamente por Dios, como nadie puede dudar. Pero ¿cuánto más abundantemente gozarán los santos de este don cuando Dios sea todo en todos? No obstante, también los ojos corporales tendrán su oficio y su lugar, y serán usados por el espíritu a través del cuerpo espiritual. Pues el profeta no dejó de usar sus ojos para ver lo que estaba delante de ellos, aunque no los necesitó para ver a su criado ausente, y aunque habría podido ver estos objetos presentes en espíritu, y con los ojos cerrados, como vio cosas lejanas en un lugar donde él no estaba. Lejos, pues, de nosotros decir que en la vida futura los santos no verán a Dios cuando tengan cerrados los ojos, puesto que siempre lo verán con el espíritu.
Pero surge la cuestión de si, cuando sus ojos estén abiertos, lo verán con el ojo corporal. Si los ojos del cuerpo espiritual no tienen más poder que los ojos que ahora poseemos, es manifiesto que Dios no puede ser visto con ellos. Deben tener un poder muy distinto si pueden contemplar aquella naturaleza incorpórea que no está contenida en lugar alguno, sino que está toda en todo lugar. Pues aunque decimos que Dios está en el cielo y en la tierra, como Él mismo dice por el profeta: «Yo lleno el cielo y la tierra,» [] no queremos decir que haya una parte de Dios en el cielo y otra parte en la tierra; sino que Él está todo en el cielo y todo en la tierra, no en intervalos alternos de tiempo, sino ambas cosas a la vez, como ninguna naturaleza corporal puede estar. El ojo, pues, tendrá un poder muy superior: no el poder de una vista aguda, como la que se atribuye a las serpientes o a las águilas, pues por agudamente que vean estos animales, no pueden discernir sino sustancias corporales, sino el poder de ver cosas incorpóreas. Posiblemente fue este gran poder de visión lo que se comunicó temporalmente a los ojos del santo Job mientras aún estaba en este cuerpo mortal, cuando dice a Dios: «De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven: por tanto me aborrezco, y me deshago, y me tengo por polvo y ceniza;» [] aunque no hay razón para que no entendamos esto del ojo del corazón, del cual dice el apóstol: «Teniendo iluminados los ojos de vuestro corazón.» [] Pero que Dios será visto con estos ojos, ningún cristiano lo duda si acepta creyendo lo que dice nuestro Dios y Maestro: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.» [] Pero si en la vida futura Dios será visto también con el ojo corporal, esta es ahora nuestra cuestión.
La expresión de la Escritura, «Y toda carne verá la salvación de Dios,» [] puede entenderse sin dificultad como si dijera: «Y todo hombre verá al Cristo de Dios.» Y ciertamente Él fue visto en el cuerpo, y será visto en el cuerpo cuando juzgue a vivos y muertos. Y que Cristo es la salvación de Dios, lo atestiguan muchos otros pasajes de la Escritura, pero especialmente las palabras del venerable Simeón, quien, cuando recibió en sus manos al niño Cristo, dijo: «Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación.» [] En cuanto a las palabras del ya mencionado Job, tal como se hallan en los manuscritos hebreos, «Y en mi carne veré a Dios,» sin duda fueron una profecía de la resurrección de la carne; sin embargo, no dice «por la carne.» Y en verdad, si lo hubiera dicho, aún sería posible que por «Dios» se entendiera a Cristo; pues Cristo será visto por la carne en la carne. Pero aun entendiéndolo de Dios, equivale solo a decir: estaré en la carne cuando vea a Dios. Luego, la expresión del apóstol, «cara a cara,» [] no nos obliga a creer que veremos a Dios por el rostro corporal en el que están los ojos del cuerpo, pues lo veremos sin intermisión en espíritu. Y si el apóstol no se hubiera referido al rostro del hombre interior, no habría dicho: «Mas nosotros, con el rostro descubierto, mirando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor.» [] En el mismo sentido entendemos lo que canta el salmista: «Acercaos a Él, y seréis iluminados; y vuestros rostros no serán avergonzados.» Porque es por la fe que nos acercamos a Dios, y la fe es un acto del espíritu, no del cuerpo. Pero como no sabemos qué grado de perfección alcanzará el cuerpo espiritual —pues aquí hablamos de un asunto del que no tenemos experiencia, y sobre el cual la autoridad de la Escritura no se pronuncia definidamente—, es necesario que se ilustren en nosotros las palabras del Libro de la Sabiduría: «Los pensamientos de los hombres mortales son tímidos, e inciertas nuestras previsiones.» []
Pues si aquel razonamiento de los filósofos, con el que intentan demostrar que los objetos inteligibles o mentales son vistos de tal modo por la mente, y los objetos sensibles o corporales de tal modo por el cuerpo, que los primeros no pueden ser discernidos por la mente a través del cuerpo, ni los segundos por la mente misma sin el cuerpo —si este razonamiento fuera fiable, se seguiría ciertamente que Dios no podría ser visto por el ojo ni siquiera de un cuerpo espiritual. Pero este razonamiento queda refutado tanto por la verdadera razón como por la autoridad profética. Pues ¿quién está tan poco familiarizado con la verdad como para decir que Dios no tiene conocimiento de los objetos sensibles? ¿Tiene acaso un cuerpo, cuyos ojos le den ese conocimiento? Además, lo que acabamos de relatar del profeta Eliseo, ¿no muestra suficientemente que las cosas corporales pueden ser discernidas por el espíritu sin ayuda del cuerpo? Pues cuando aquel criado recibió los regalos, ciertamente fue una transacción corporal o material, y sin embargo el profeta no la vio por el cuerpo, sino por el espíritu. Así, pues, como se admite que los cuerpos son vistos por el espíritu, ¿qué importa si el poder del cuerpo espiritual será tan grande que también el espíritu sea visto por el cuerpo? Porque Dios es espíritu. Además, cada hombre reconoce su propia vida —aquella vida por la que ahora vive en el cuerpo, y que vivifica estos miembros terrenos y los hace crecer— por un sentido interior, y no por su ojo corporal; pero la vida de los otros hombres, aunque es invisible, la ve con el ojo corporal. Pues ¿cómo distinguimos entre cuerpos vivos y muertos, sino viendo a la vez el cuerpo y la vida que no podemos ver sino con el ojo? Pero una vida sin cuerpo no podemos verla así.
Por lo cual bien puede ser, y es enteramente creíble, que en el mundo futuro veamos las formas materiales de los cielos nuevos y la tierra nueva de tal manera que reconozcamos con toda claridad a Dios presente en todas partes y gobernando todas las cosas, tanto materiales como espirituales, y lo veamos, no como ahora entendemos las cosas invisibles de Dios por las cosas que han sido hechas, [] y lo vemos oscuramente, como en un espejo, y en parte, y más bien por fe que por visión corporal de las apariencias materiales, sino por medio de los cuerpos que llevaremos y que veremos dondequiera que volvamos los ojos. Así como no creemos, sino que vemos, que los hombres vivos que nos rodean y que ejercen funciones vitales están vivos, aunque no podemos ver su vida sin sus cuerpos, sino que la vemos con toda claridad por medio de sus cuerpos, así, dondequiera que miremos con aquellos ojos espirituales de nuestros cuerpos futuros, entonces también, por medio de las sustancias corporales, contemplaremos a Dios, aunque espíritu, gobernando todas las cosas. O bien, por tanto, los ojos poseerán alguna cualidad semejante a la de la mente, por la que puedan discernir las cosas espirituales, y entre ellas a Dios —suposición para la cual es difícil o incluso imposible hallar apoyo alguno en la Escritura—, o, lo que es más fácil de comprender, Dios será conocido por nosotros de tal modo, y estará tan presente ante nosotros, que lo veremos por el espíritu en nosotros mismos, en los unos y en los otros, en sí mismo, en los cielos nuevos y la tierra nueva, en toda cosa creada que entonces exista; y también por el cuerpo lo veremos en todo cuerpo que alcance la vista penetrante del ojo del cuerpo espiritual. Nuestros pensamientos serán también visibles para todos, porque entonces se cumplirán las palabras del apóstol: «No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual sacará a la luz las cosas ocultas de las tinieblas, y manifestará los pensamientos de los corazones; y entonces cada uno tendrá de Dios la alabanza.» []
XXII, 30
¡Cuán grande será aquella felicidad, que no estará manchada por mal alguno, que no carecerá de bien alguno, y que ofrecerá descanso para las alabanzas de Dios, que será todo en todos! Pues no sé qué otra ocupación puede haber donde ninguna fatiga afloje la actividad, ni necesidad alguna estimule al trabajo. Me lo advierte también el canto sagrado, en el que leo o escucho las palabras: «Bienaventurados los que habitan en tu casa, oh Señor; te alabarán por siempre.» Todos los miembros y órganos del cuerpo incorruptible, que ahora vemos dispuestos para diversos usos necesarios, contribuirán a las alabanzas de Dios; pues en aquella vida la necesidad no tendrá lugar, sino la felicidad plena, cierta, segura, eterna. Pues todas aquellas partes de la armonía corporal, que están distribuidas por todo el cuerpo, dentro y fuera, y de las que acabo de decir que por ahora escapan a nuestra observación, serán entonces discernidas; y, junto con los otros grandes y maravillosos descubrimientos que entonces encenderán las mentes racionales en alabanza del gran Artífice, habrá el goce de una belleza que apela a la razón. Qué poder de movimiento poseerán tales cuerpos, no tengo la audacia de definirlo temerariamente, como tampoco tengo la capacidad de concebirlo. Sin embargo, diré que en todo caso, tanto en movimiento como en reposo, serán, como en su apariencia, decorosos; pues a aquel estado nada que sea indecoroso será admitido. Una cosa es cierta: el cuerpo estará inmediatamente donde el espíritu quiera, y el espíritu no querrá nada que sea impropio ni del espíritu ni del cuerpo. Allí habrá verdadero honor, pues no se negará a nadie que sea digno, ni se concederá a ningún indigno; ni siquiera lo solicitará persona indigna alguna, pues nadie sino los dignos estarán allí. Allí habrá verdadera paz, donde nadie sufrirá oposición ni de sí mismo ni de ningún otro. Dios mismo, que es el Autor de la virtud, será allí su recompensa; pues, como nada hay mayor ni mejor, se ha prometido a Sí mismo. ¿Qué otra cosa quiso decir con su palabra por medio del profeta: «Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo,» [] sino: Yo seré su satisfacción, seré todo lo que los hombres desean honorablemente—vida, y salud, y alimento, y abundancia, y gloria, y honor, y paz, y todos los bienes? Ésta es también la recta interpretación del dicho del apóstol: «Para que Dios sea todo en todos.» [] Él será el fin de nuestros deseos, a quien veremos sin fin, amaremos sin hastío, alabaremos sin cansancio. Este desbordamiento de afecto, esta ocupación, será ciertamente, como la vida eterna misma, común a todos.
Pero ¿quién puede concebir, por no decir describir, qué grados de honor y gloria serán otorgados a los diversos grados de mérito? Sin embargo, no puede dudarse de que habrá grados. Y en aquella ciudad bendita habrá esta gran bendición: que ningún inferior envidiará a ningún superior, como ahora los arcángeles no son envidiados por los ángeles, porque nadie deseará ser lo que no ha recibido, aunque esté unido en la más estricta concordia con quien lo ha recibido; como en el cuerpo el dedo no pretende ser el ojo, aunque ambos miembros están armónicamente incluidos en la estructura completa del cuerpo. Y así, junto con su don, mayor o menor, cada uno recibirá este don adicional de contentamiento para no desear más de lo que tiene.
Ni hemos de suponer que, porque el pecado no tendrá poder para deleitarlos, el libre albedrío deba ser retirado. Será, por el contrario, tanto más verdaderamente libre, porque liberado del deleite en pecar para hallar deleite infalible en no pecar. Pues la primera libertad de la voluntad que el hombre recibió cuando fue creado recto consistía en poder no pecar, pero también en poder pecar; en cambio esta última libertad de la voluntad será superior, en cuanto que no podrá pecar. Esto, ciertamente, no será una capacidad natural, sino don de Dios. Pues una cosa es ser Dios, y otra cosa es ser partícipe de Dios. Dios por naturaleza no puede pecar, pero el partícipe de Dios recibe de Dios esta incapacidad. Y en este don divino debía observarse esta gradación: que el hombre recibiera primero un libre albedrío por el cual podía no pecar, y al final un libre albedrío por el cual no podía pecar—el primero adaptado a la adquisición del mérito, el último al goce de la recompensa. Pero habiendo pecado la naturaleza así constituida cuando tenía la capacidad de hacerlo, es por una gracia más abundante que es liberada para alcanzar aquella libertad en la que no puede pecar. Pues así como la primera inmortalidad que Adán perdió al pecar consistía en poder no morir, mientras que la última consistirá en no poder morir; así el primer libre albedrío consistía en poder no pecar, el último en no poder pecar. Y así la piedad y la justicia serán tan indefectibles como la felicidad. Pues ciertamente al pecar perdimos tanto la piedad como la felicidad; pero cuando perdimos la felicidad, no perdimos el amor de ella. ¿Diremos acaso que Dios mismo no es libre porque no puede pecar? En aquella ciudad, pues, habrá libre albedrío, uno en todos los ciudadanos e indivisible en cada uno, librado de todo mal, lleno de todo bien, gozando indefectiblemente de las delicias de los gozos eternos, olvidado de los pecados, olvidado de los sufrimientos, y sin embargo no tan olvidado de su liberación como para ser ingrato con su Libertador.
El alma, pues, tendrá un recuerdo intelectual de sus males pasados; pero, en lo que respecta a la experiencia sensible, serán completamente olvidados. Pues un médico hábil conoce, ciertamente, de modo profesional casi todas las enfermedades; pero experimentalmente ignora gran número de ellas que él mismo nunca ha padecido. Así como, por tanto, hay dos modos de conocer las cosas malas—uno por la perspicacia mental, otro por la experiencia sensible, pues una cosa es comprender todos los vicios por la sabiduría de una mente cultivada, y otra comprenderlos por la necedad de una vida abandonada—así también hay dos modos de olvidar los males. Pues un hombre bien instruido y docto los olvida de un modo, y quien los ha padecido experimentalmente los olvida de otro—el primero descuidando lo que ha aprendido, el segundo escapando de lo que ha sufrido. Y de este último modo los santos olvidarán sus males pasados, pues habrán escapado tan completamente de todos ellos, que serán borrados por entero de su experiencia. Pero su conocimiento intelectual, que será grande, los mantendrá enterados no sólo de sus propias desdichas pasadas, sino de los sufrimientos eternos de los condenados. Pues si no hubieran de saber que fueron miserables, ¿cómo podrían, como dice el Salmista, cantar para siempre las misericordias de Dios? Ciertamente aquella ciudad no tendrá mayor gozo que la celebración de la gracia de Cristo, que nos redimió con su sangre. Allí se cumplirán las palabras del salmo: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios.» Allí estará el gran sábado que no tiene atardecer, que Dios celebró entre sus primeras obras, como está escrito: «Y reposó Dios en el día séptimo de todas sus obras que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo, y lo santificó; porque en él reposó de toda su obra que Dios comenzó a hacer.» [] Pues nosotros mismos seremos el séptimo día, cuando seamos llenos y colmados de la bendición y santificación de Dios. Allí estaremos quietos, y conoceremos que Él es Dios; que Él es aquello que nosotros mismos aspiramos a ser cuando nos apartamos de Él, y escuchamos la voz del seductor: «Seréis como dioses,» [] y así abandonamos a Dios, que nos habría hecho como dioses, no desertando de Él, sino participando de Él. Pues sin Él ¿qué hemos logrado, sino perecer en su ira? Pero cuando seamos restaurados por Él, y perfeccionados con gracia mayor, tendremos descanso eterno para ver que Él es Dios, pues estaremos llenos de Él cuando Él sea todo en todos. Pues incluso nuestras buenas obras, cuando se entiende que son más suyas que nuestras, se nos imputan para que gocemos de este descanso sabático. Porque si las atribuimos a nosotros mismos, serán serviles; pues está dicho del sábado: «No harás en él obra servil alguna.» [] Por lo cual también dice el profeta Ezequiel: «Y les di mis sábados para que fuesen señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy el Señor que los santifico.» [] Este conocimiento será perfeccionado cuando estemos perfectamente en reposo, y conozcamos perfectamente que Él es Dios.
Este sábado aparecerá aún más claramente si contamos las edades como días, de acuerdo con los períodos de tiempo definidos en la Escritura, pues aquel período se hallará ser el séptimo. La primera edad, como el primer día, se extiende desde Adán hasta el diluvio; la segunda desde el diluvio hasta Abraham, igualando a la primera, no en extensión de tiempo, sino en el número de generaciones, habiendo diez en cada una. Desde Abraham hasta la venida de Cristo hay, como calcula el evangelista Mateo, tres períodos, en cada uno de los cuales hay catorce generaciones—un período desde Abraham hasta David, un segundo desde David hasta la cautividad, un tercero desde la cautividad hasta el nacimiento de Cristo en la carne. Hay así cinco edades en total. La sexta está ahora transcurriendo, y no puede medirse por número alguno de generaciones, como se ha dicho: «No os toca a vosotros saber los tiempos, que el Padre ha puesto en su sola potestad.» [] Después de este período Dios reposará como en el día séptimo, cuando nos dará (a nosotros, que seremos el séptimo día) reposo en Sí mismo. Pero no hay ahora espacio para tratar de estas edades; baste decir que el séptimo será nuestro sábado, que será llevado a su término, no por un atardecer, sino por el día del Señor, como un día octavo y eterno, consagrado por la resurrección de Cristo, y prefigurando el reposo eterno no sólo del espíritu, sino también del cuerpo. Allí reposaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. Esto es lo que habrá en el fin sin fin. Pues ¿qué otro fin nos proponemos sino alcanzar el reino que no tiene fin?
Creo que ahora, con la ayuda de Dios, he cumplido mi obligación al escribir esta gran obra. Que quienes piensen que he dicho demasiado poco, o quienes piensen que he dicho demasiado, me perdonen; y que quienes piensen que he dicho lo justo se unan a mí para dar gracias a Dios. Amén.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Agustín no escribió una crónica de Roma ni una teoría del Estado. Lo que propone, dice Dods en su prefacio, es una manera de ver la historia: que el destino humano no se identifica con la historia de ningún poder terreno, por cosmopolita que sea, y que desde el principio hay otra comunidad, «la ciudad de Dios», que ha vivido junto a los reinos de este mundo y ha ido creciendo sin ruido. Las dos se distinguen por lo que aman (XIV, 28), no por sus fronteras, y esa distinción sostiene lo demás: la crítica de la religión romana en los diez primeros libros, la lectura de la historia sagrada en los libros XV a XVIII y el juicio final de los últimos (XX a XXII). Para Schaff (prefacio al volumen 2 del NPNF), es el primer intento de una filosofía de la historia bajo el aspecto de dos comunidades rivales; añade que fue la única que Europa conoció en la Edad Media y que Bossuet, Ozanam y Schlegel la retomaron en lo esencial.
La acogida tuvo varias caras en las fuentes. Dods registra al menos veinte ediciones impresas entre 1467 y 1500 y una carta en la que Vives pedía a Erasmo una edición aparte, porque entre los escritos de Agustín era casi el único que leían los estudiosos de los Padres; también cita a Beugnot, que juzga muy escaso su efecto sobre los paganos, y a Dupin, que lo encuentra ameno pero lleno de cuestiones inútiles. Schaff advierte que no debe juzgarse por el rasero de la exégesis y la historia modernas: Agustín sabía poco griego y ningún hebreo, y depende de la versión latina; y reprocha que confine el reino de Dios a la teocracia judía y a la Iglesia católica visible. Son juicios de 1871 y 1886 y se leen como tales: el lector hará bien en contrastarlos con la edición crítica y con la bibliografía actual.
Límites. Las fechas, las identificaciones y las explicaciones de las notas proceden de las fuentes que se citan, no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué, y la lectura del editor se marca como tal. La traducción castellana es automática, parte del inglés y nadie la ha revisado frase a frase: aparecen formas calcadas del inglés o del latín y alguna errata, que no se corrigen aquí.