Hasta aquí se ha argumentado contra quienes creen que los dioses deben ser adorados por causa de las ventajas temporales; ahora se dirige contra quienes creen que deben ser adorados por causa de la vida eterna. Agustín dedica los cinco libros siguientes a refutar esta última creencia, y ante todo muestra cuán baja opinión de los dioses tenía el propio Varrón, el escritor más estimado sobre teología pagana. De esta teología, Agustín adopta la división de Varrón en tres clases: mítica, natural y civil; y demuestra de inmediato que ni la mítica ni la civil pueden contribuir en nada a la felicidad de la vida futura.
VI, prefacio
En los cinco libros anteriores creo haber disputado suficientemente contra quienes creen que los muchos dioses falsos, que la verdad cristiana muestra ser imágenes inútiles, o espíritus inmundos y demonios perniciosos, o ciertamente criaturas, no el Creador, deben ser adorados para provecho de esta vida mortal y de los asuntos terrenos, con aquel rito y servicio que los griegos llaman latría, y que se debe al único Dios verdadero. ¿Y quién no sabe que, frente a la estupidez y obstinación excesivas, ni estos cinco ni ningún otro número de libros podría bastar, cuando se estima gloria de la vanidad no ceder ante ninguna cantidad de fuerza en favor de la verdad —ciertamente para destrucción de aquel sobre quien tiraniza un vicio tan atroz? Pues, a pesar de toda la asiduidad del médico que intenta lograr la cura, la enfermedad permanece no vencida, no por culpa suya, sino por la incurabilidad del enfermo. Pero quienes sopesan a fondo lo que leen, habiéndolo entendido y considerado, sin ninguna, o sin un grado grande y excesivo de aquella obstinación propia de un error largamente acariciado, juzgarán más fácilmente que, en los cinco libros ya terminados, hemos hecho más de lo que exigía la necesidad de la cuestión, que no que le hayamos dado menos discusión de la requerida. Y no han podido dudar de que todo el odio que los ignorantes intentan atraer sobre la religión cristiana por causa de los desastres de esta vida, y de la destrucción y cambio que sobrevienen a las cosas terrenas, mientras los doctos no sólo disimulan, sino que alientan ese odio, contra sus propias conciencias, poseídos por una impiedad demente —no han podido dudar, digo, de que este odio está desprovisto de recta reflexión y razón, y lleno de temeridad ligerísima y animosidad perniciosísima.
Capítulo 1. De quienes sostienen que adoran a los dioses no por causa de ventajas temporales, sino eternas
VI, 1
Ahora, como a continuación (según exige el orden prometido) han de ser refutados e instruidos quienes sostienen que los dioses de las naciones, que la verdad cristiana destruye, deben ser adorados no por causa de esta vida, sino por causa de la que ha de venir después de la muerte, haré bien en comenzar mi disputa con el oráculo veraz del santo salmo, «Bienaventurado el hombre cuya esperanza es el Señor Dios, y que no hace caso de vanidades y de locuras mentirosas.» No obstante, en todas las vanidades y locuras mentirosas, hay que escuchar con mucha más tolerancia a los filósofos, que han repudiado aquellas opiniones y errores del pueblo; pues el pueblo erige imágenes a las deidades, y o bien fingió acerca de aquellos a quienes llaman dioses inmortales muchas cosas falsas e indignas, o las creyó, ya fingidas, y, una vez creídas, las mezcló con su culto y sus ritos sagrados.
Con aquellos hombres que, aunque no por libre confesión de sus convicciones, sí testifican que desaprueban tales cosas con su murmullo de desaprobación durante las disputas sobre el asunto, no estará muy fuera de lugar discutir la siguiente cuestión: si por causa de la vida que ha de venir después de la muerte debemos adorar, no al único Dios que hizo todas las criaturas espirituales y corpóreas, sino a aquellos muchos dioses que, como sostienen algunos de estos filósofos, fueron hechos por aquel único Dios, y colocados por Él en sus respectivas esferas sublimes, y por tanto considerados más excelentes y más nobles que todos los demás. Pero ¿quién afirmará que ha de sostenerse y defenderse que aquellos dioses, algunos de los cuales he mencionado en el libro cuarto, a quienes se distribuyen, a cada uno, los encargos de las cosas minúsculas, otorgan la vida eterna? ¿Acaso aquellos hombres habilísimos y agudísimos, que se glorían de haber escrito para gran provecho de los hombres, para enseñar por qué causa ha de adorarse a cada dios y qué ha de pedirse a cada uno, no sea que con absurdidad deshonrosísima, como suele exhibir un mimo por causa de la risa, se pida agua a Líber, vino a las Linfas— afirmarán, en verdad, a cualquier hombre que suplique a los dioses inmortales, que cuando hubiere pedido vino a las Linfas, y ellas le hubieren respondido, «Tenemos agua, busca vino de Líber,» él podrá decir con razón, «Si no tenéis vino, al menos dadme vida eterna?» ¿Qué cosa más monstruosa que esta absurdidad? ¿No responderán estas Linfas—pues suelen dejarse hacer reír muy fácilmente—, riendo a carcajadas (si no intentan engañar como demonios), al suplicante, «Oh hombre, ¿piensas que tenemos la vida (vitam) en nuestro poder, tú que oyes que no tenemos ni siquiera la vid (vitem)?» Es, por tanto, necedad desvergonzadísima buscar y esperar vida eterna de tales dioses de quienes se afirma que presiden de tal modo sobre los menudos cuidados particulares de esta vida tristísima y breve, y sobre todo lo que sirve para sostenerla y apuntalarla, que si se pide a uno lo que está bajo el cuidado y poder de otro, es tan incongruente y absurdo que se parece mucho a la bufonada del mimo—la cual, cuando la hacen los mimos sabiendo lo que hacen, es merecidamente reída en el teatro, pero cuando la hacen personas necias, que no saben más, es más merecidamente ridiculizada en el mundo. Por lo cual, en cuanto a aquellos dioses que los estados han establecido, ha sido hábilmente inventado y transmitido a la memoria por hombres doctos qué dios o diosa ha de suplicarse con relación a cada cosa particular—qué, por ejemplo, ha de pedirse a Líber, qué a las Linfas, qué a Vulcano, y así de todos los demás, algunos de los cuales he mencionado en el libro cuarto, y otros he creído conveniente omitir. Además, si es un error pedir vino a Ceres, pan a Líber, agua a Vulcano, fuego a las Linfas, ¿cuánto mayor absurdidad debe considerarse si se suplica a cualquiera de éstos por la vida eterna?
Por lo cual, si, cuando investigábamos qué dioses o diosas ha de creerse que pueden conferir los reinos terrenos a los hombres, habiéndose discutido todo, se mostró que dista muchísimo de la verdad pensar que incluso los reinos terrestres son establecidos por alguno de aquellos muchos dioses falsos, ¿no es impiedad insanísima creer que la vida eterna, que sin duda ni comparación ha de preferirse a todos los reinos terrestres, puede ser dada a alguien por alguno de estos dioses? Pues la razón por la que tales dioses nos parecían no poder dar siquiera un reino terrenal no era porque sean muy grandes y excelsos, mientras que aquello es algo pequeño y abyecto, que ellos, en su tan gran sublimidad, no se dignarían cuidar, sino porque, por más merecidamente que cualquiera, en consideración de la fragilidad humana, desprecie las cumbres caducas de un reino terrenal, estos dioses han presentado tal apariencia que parecen indignísimos de tener incluso la concesión y conservación de aquellas cosas que se les encomiendan; y en consecuencia, si (como hemos enseñado en los dos últimos libros de nuestra obra, donde se trata esta materia) ningún dios de entre toda aquella multitud, ya pertenezca, por así decirlo, a los dioses plebeyos o a los nobles, es apto para dar reinos mortales a los mortales, ¿cuánto menos es capaz de hacer inmortales a los mortales?
Y más aún, si, según la opinión de aquellos con quienes ahora discutimos, los dioses han de ser adorados no por causa de la vida presente, sino de la que ha de venir después de la muerte, entonces ciertamente no han de ser adorados por causa de aquellas cosas particulares que se distribuyen y reparten (no por ley alguna de verdad racional, sino por mera conjetura vana) al poder de tales dioses, como creen que deben ser adorados quienes sostienen que su culto es necesario para todas las cosas deseables de esta vida mortal, contra quienes he disputado suficientemente, en cuanto pude, en los cinco libros precedentes. Siendo esto así, si la edad misma de quienes adoraban a la diosa Juventas se caracterizara por un vigor notable, mientras sus despreciadores muriesen dentro de los años de la juventud, o durante ese período se enfriasen como con el letargo de la vejez; si la Fortuna Barbada cubriera las mejillas de sus adoradores más hermosa y graciosamente que a todos los demás, mientras viéramos a aquellos por quienes fue despreciada enteramente imberbes o mal barbados; aun entonces diríamos con toda razón que hasta ese punto estos dioses tenían poder, limitado en cierto modo por sus funciones, y que, en consecuencia, ni debía buscarse la vida eterna de Juventas, que no podía dar barba, ni debía esperarse bien alguno después de esta vida de Fortuna Barbada, que no tiene poder ni siquiera en esta vida para dar la edad misma en que crece la barba. Pero ahora, cuando su culto no es necesario ni siquiera por causa de aquellas mismas cosas que piensan que están sometidas a su poder—pues muchos adoradores de la diosa Juventas no han sido en absoluto vigorosos en esa edad, y muchos que no la adoran gozan de fuerza juvenil; y también muchos suplicantes de Fortuna Barbada o no han podido alcanzar barba alguna, ni siquiera una fea, aunque quienes la adoran para obtener barba son ridiculizados por sus despreciadores barbados—, ¿es el corazón humano realmente tan necio como para creer que aquel culto de los dioses, que reconoce ser vano y ridículo respecto de aquellos mismos dones temporales y pasajeros, sobre cada uno de los cuales se dice que preside uno de estos dioses, es fructífero en resultados respecto de la vida eterna? Y que ellos pueden dar vida eterna no lo han afirmado ni siquiera aquellos que, para que fueran adorados por el populacho necio, distribuyeron en minuciosa división entre ellos estas ocupaciones temporales, para que ninguno de ellos estuviera ocioso; pues habían supuesto la existencia de un número excesivamente grande.
Qué hemos de creer que pensó Varrón acerca de los dioses de las naciones, cuyas diversas clases y ritos sagrados ha mostrado ser tales que habría obrado más reverentemente hacia ellos si hubiera guardado silencio por completo acerca de ellos
VI, 2
¿Quién ha investigado esas cosas más cuidadosamente que Marco Varrón? ¿Quién las ha descubierto más doctamente? ¿Quién las ha considerado más atentamente? ¿Quién las ha distinguido más agudamente? ¿Quién ha escrito sobre ellas más diligentemente y más copiosamente?— quien, aunque menos agradable en su elocuencia, está sin embargo tan lleno de instrucción y sabiduría, que en toda la erudición que llamamos secular, y ellos liberal, enseñará al estudioso de las cosas tanto como Cicerón deleita al estudioso de las palabras. Y aun el propio Tulio le rinde tal testimonio, al decir en sus libros Académicos que había sostenido aquella disputa que allí se mantiene con Marco Varrón, «un hombre,» añade, «sin duda el más agudo de todos los hombres y, sin ninguna duda, el más docto.» No dice el más elocuente ni el más fluido, porque en realidad era muy deficiente en esta facultad, sino que dice, «de todos los hombres el más agudo.» Y en aquellos libros—es decir, los Académicos— donde sostiene que todas las cosas han de ser puestas en duda, añade de él: «sin ninguna duda el más docto.» En verdad, estaba tan cierto de esta cosa, que dejó de lado aquella duda a la que suele recurrir en todas las cosas, como si, a punto de disputar en favor de la duda de los Académicos, hubiera, respecto de esta única cosa, olvidado que era un Académico. Pero en el primer libro, cuando ensalza las obras literarias del mismo Varrón, dice: «A nosotros, que errábamos y vagábamos en nuestra propia ciudad como extranjeros, tus libros, por así decirlo, nos trajeron a casa, para que al fin llegáramos a conocer quiénes éramos y dónde estábamos. Nos has abierto la edad de la patria, la distribución de las estaciones, las leyes de las cosas sagradas y de los sacerdotes; nos has abierto la disciplina doméstica y pública; nos has señalado los lugares propios para las ceremonias religiosas, y nos has informado acerca de los lugares sagrados. Nos has mostrado los nombres, las clases, los oficios, las causas de todas las cosas divinas y humanas.»
Este hombre, pues, de tan distinguidos y excelentes conocimientos, y, como dice brevemente Terenciano de él en un verso elegantísimo,
«Varrón, hombre universalmente instruido,»
quien leyó tanto que nos maravillamos de cuándo tuvo tiempo para escribir, escribió tanto que apenas podemos creer que alguien haya podido leerlo todo—este hombre, digo, tan grande en talento, tan grande en saber, si hubiera sido un adversario y destructor de las llamadas cosas divinas de las que escribió, y hubiera dicho que pertenecían a la superstición más bien que a la religión, quizá, aun en ese caso, no habría escrito tantas cosas ridículas, despreciables, detestables. Pero cuando adoraba a estos mismos dioses y reivindicaba su culto hasta el punto de decir, en esa misma obra literaria suya, que temía que perecieran, no por asalto de enemigos, sino por negligencia de los ciudadanos, y que de esa ignominia los libra él y los deposita y conserva en la memoria de los buenos por medio de tales libros, con un celo mucho más beneficioso que aquel por el cual se dice que Metelo rescató las cosas sagradas de Vesta de las llamas, y Eneas rescató los Penates del incendio de Troya; y cuando, no obstante, entrega a la lectura de las edades venideras cosas que sabios e ignorantes juzgan con razón indignas de ser leídas y sumamente hostiles a la verdad de la religión; ¿qué otra cosa debemos pensar sino que un hombre agudísimo y doctísimo—aunque no hecho libre por el Espíritu Santo—fue vencido por la costumbre y las leyes de su estado, y, no pudiendo callar acerca de aquellas cosas por las que estaba influido, habló de ellas bajo pretexto de recomendar la religión?
La distribución de Varrón del libro que compuso acerca de las antigüedades de las cosas humanas y divinas
VI, 3
Escribió cuarenta y un libros de antigüedades. Los dividió en cosas humanas y divinas. Veinticinco los dedicó a las cosas humanas, dieciséis a las divinas; siguiendo en esa división este plan—a saber, dar seis libros a cada una de las cuatro divisiones de las cosas humanas. Pues dirige su atención a estas consideraciones: quiénes realizan, dónde realizan, cuándo realizan, qué realizan. Por tanto, en los primeros seis libros escribió acerca de los hombres; en los segundos seis, acerca de los lugares; en los terceros seis, acerca de los tiempos; en los cuartos y últimos seis, acerca de las cosas. Pero cuatro veces seis hacen sólo veinticuatro. Sin embargo, puso al frente de ellos una obra separada, que hablaba de todas estas cosas conjuntamente.
En las cosas divinas conservó el mismo orden en todo, en lo que concierne a aquellas cosas que se realizan para los dioses. Pues las cosas sagradas son realizadas por hombres en lugares y tiempos. Estas cuatro cosas que he mencionado las abarcó en doce libros, asignando tres a cada una. Pues escribió los tres primeros acerca de los hombres, los tres siguientes acerca de los lugares, los tres terceros acerca de los tiempos, y los tres cuartos acerca de los ritos sagrados—mostrando quiénes debían realizarlos, dónde debían realizarlos, cuándo debían realizarlos, qué debían realizar, con sutilísima distinción. Pero como era necesario decir—y eso se esperaba especialmente— a quiénes debían realizar los ritos sagrados, escribió acerca de los dioses mismos los tres últimos libros; y estos cinco veces tres hicieron quince. Pero son en total, como hemos dicho, dieciséis. Pues puso también al principio de éstos un libro distinto, que habla a modo de introducción de todo lo que sigue; el cual, una vez terminado, procedió a subdividir los tres primeros en aquella distribución quíntuple que corresponde a los hombres, haciendo el primero acerca de los pontífices, el segundo acerca de los augures, el tercero acerca de los quindecenviros encargados de las ceremonias sagradas. Los segundos tres los hizo acerca de los lugares, hablando en uno de ellos acerca de sus capillas, en el segundo acerca de sus templos y en el tercero acerca de los lugares religiosos. Los tres siguientes, que siguen a éstos y pertenecen a los tiempos—es decir, a los días festivos—, los distribuyó de modo que uno tratara de las fiestas, otro de los juegos del circo y el tercero de los juegos escénicos. De los cuartos tres, pertenecientes a las cosas sagradas, dedicó uno a las consagraciones, otro a los ritos sagrados privados, el último a los públicos. En los tres que restan, los dioses mismos siguen, por así decirlo, a este pomposo cortejo, para quienes se ha gastado todo este cultivo. En el primer libro están los dioses ciertos, en el segundo los inciertos, en el tercero, y último de todos, los dioses principales y escogidos.
Que de la disputa de Varrón se sigue que los adoradores de los dioses consideran las cosas humanas como más antiguas que las cosas divinas
VI, 4
En toda esta serie de hermosísimas y sutilísimas distribuciones y distinciones, aparecerá con la mayor evidencia, por lo que ya hemos dicho y por lo que se dirá después, a cualquier hombre que no sea, por la obstinación de su corazón, enemigo de sí mismo, que es vano buscar y esperar, y aun sumamente impudente desear, la vida eterna. Pues estas instituciones son o bien obra de los hombres o de los demonios—no de aquellos que llaman demonios buenos, sino, para hablar más claramente, de espíritus inmundos y, sin controversia, malignos, que con maravillosa astucia y sigilo sugieren a los pensamientos de los impíos, y a veces presentan abiertamente a sus entendimientos, opiniones nocivas, por las cuales la mente humana se vuelve cada vez más necia, y se hace incapaz de adaptarse y permanecer en la verdad inmutable y eterna, y procuran confirmar estas opiniones con toda clase de atestaciones falaces que está en su poder. Este mismo Varrón testifica que escribió primero acerca de las cosas humanas, pero después acerca de las divinas, porque primero existieron las ciudades, y después estas cosas fueron instituidas por ellas. Pero la verdadera religión no fue instituida por ninguna ciudad terrena, sino que, claramente, ella estableció la ciudad celestial. Ella, sin embargo, es inspirada y enseñada por el Dios verdadero, dador de la vida eterna a sus verdaderos adoradores.
La razón que da Varrón cuando confiesa que había escrito primero acerca de las cosas humanas, y después acerca de las divinas, porque estas cosas divinas fueron instituidas por los hombres, es la siguiente:— «Así como el pintor es antes que la tabla pintada, el albañil antes que el edificio, así las ciudades son antes que aquellas cosas que son instituidas por las ciudades.» Pero dice que él habría escrito primero acerca de los dioses, y después acerca de los hombres, si hubiera estado escribiendo acerca de toda la naturaleza de los dioses—como si en realidad estuviera escribiendo acerca de una porción, y no de toda, la naturaleza de los dioses; o como si, en efecto, una porción, aunque no toda, de la naturaleza de los dioses no debiera ser antepuesta a la de los hombres. ¿Cómo, pues, sucede que en aquellos tres últimos libros, cuando está explicando diligentemente los dioses ciertos, inciertos y escogidos, parece no pasar por alto porción alguna de la naturaleza de los dioses? ¿Por qué, entonces, dice: «Si hubiésemos estado escribiendo sobre toda la naturaleza de los dioses, habríamos terminado primero las cosas divinas antes de tocar las humanas?» Pues o escribe acerca de toda la naturaleza de los dioses, o acerca de alguna porción de ella, o acerca de ninguna parte en absoluto. Si acerca de toda, ciertamente ha de anteponerse a las cosas humanas; si acerca de alguna parte, ¿por qué no habría de preceder, por la naturaleza misma del caso, a las cosas humanas? ¿Acaso no debe preferirse incluso una parte de los dioses a la totalidad de la humanidad? Pero si es demasiado preferir una parte de lo divino a todas las cosas humanas, ciertamente esa parte es digna de ser preferida al menos a los romanos. Pues escribe los libros acerca de las cosas humanas, no con referencia a todo el mundo, sino sólo a Roma; libros que dice haber colocado acertadamente, en el orden de la escritura, antes que los libros sobre las cosas divinas, como el pintor antes que la tabla pintada, o el albañil antes que el edificio, confesando muy abiertamente que, como una pintura o una estructura, aun estas cosas divinas fueron instituidas por los hombres. Queda sólo la tercera suposición: que ha de entenderse que no escribió acerca de naturaleza divina alguna, sino que no quiso decir esto abiertamente, sino que lo dejó a los inteligentes para que lo infirieran; pues cuando uno dice «no toda,» el uso entiende que significa «alguna,» pero ello puede entenderse como significando ninguna, porque lo que es ninguna no es ni toda ni alguna. De hecho, como él mismo dice, si hubiera estado escribiendo acerca de toda la naturaleza de los dioses, su lugar debido habría sido antes que las cosas humanas en el orden de la escritura. Pero, como declara la verdad, aun cuando Varrón calle, la naturaleza divina debería haber tenido precedencia sobre las cosas romanas, aunque no fuera toda, sino sólo alguna. Pero está propiamente puesta después; por tanto, es ninguna. Su ordenación, por tanto, se debió, no a un deseo de dar prioridad a las cosas humanas sobre las divinas, sino a su falta de voluntad de preferir lo falso a lo verdadero. Pues en lo que escribió sobre las cosas humanas, siguió la historia de los hechos; pero en lo que escribió acerca de aquellas cosas que llaman divinas, ¿qué otra cosa siguió sino meras conjeturas acerca de cosas vanas? Esto es, sin duda, lo que de manera sutil quiso significar: no sólo escribiendo acerca de las cosas divinas después de las humanas, sino incluso dando la razón por la cual lo hizo; pues si hubiera suprimido esto, algunos, acaso, habrían defendido su proceder de una manera, y otros de otra. Pero en esa misma razón que ha dado, no ha dejado nada para que los hombres conjeturen a su arbitrio, y ha probado suficientemente que prefirió a los hombres frente a las instituciones de los hombres, no la naturaleza de los hombres frente a la naturaleza de los dioses. Así confesó que, al escribir los libros acerca de las cosas divinas, no escribió acerca de la verdad que pertenece a la naturaleza, sino de la falsedad que pertenece al error; lo cual ha expresado más abiertamente en otra parte (como he mencionado en el libro cuarto), diciendo que, si él mismo hubiera estado fundando una ciudad nueva, habría escrito según el orden de la naturaleza; pero como sólo había encontrado una antigua, no podía sino seguir su costumbre.
Acerca de los tres géneros de teología según Varrón, a saber, uno fabuloso, otro natural, el tercero civil
VI, 5
Ahora bien, ¿qué diremos de esta proposición suya, a saber, que hay tres géneros de teología, es decir, del relato que se da de los dioses; y de estos, el uno se llama mítico, el otro físico y el tercero civil? Si el uso latino lo permitiera, deberíamos llamar al género que ha puesto primero en orden fabuloso, pero llamémoslo fabuloso, pues mítico se deriva del griego [μῦθος], fábula; pero que el segundo deba llamarse natural, lo admite ya el uso del lenguaje; el tercero él mismo lo ha designado en latín, llamándolo civil. Luego dice: «llaman mítico a aquel género que usan principalmente los poetas; físico, al que usan los filósofos; civil, al que usa el pueblo. En cuanto al primero que he mencionado,» dice, «en él hay muchas ficciones contrarias a la dignidad y naturaleza de los inmortales. Pues hallamos en él que un dios ha nacido de la cabeza, otro del muslo, otro de gotas de sangre; también, en él hallamos que los dioses han robado, cometido adulterio, servido a los hombres; en una palabra, en él se atribuyen a los dioses toda suerte de cosas, tales como pueden sucederle, no ya a cualquier hombre, sino incluso al más despreciable.» Ciertamente, donde pudo, donde se atrevió, donde pensó que podía hacerlo con impunidad, ha manifestado, sin ninguna de las brumas de la ambigüedad, cuánta injuria se hacía a la naturaleza de los dioses con fábulas mentirosas; pues no hablaba de la teología natural, ni de la civil, sino de la teología fabulosa, que pensaba que podía censurar libremente.
Veamos ahora qué dice acerca del segundo género. «El segundo género que he explicado,» dice, «es aquel acerca del cual los filósofos han dejado muchos libros, en los que tratan cuestiones como estas: qué dioses hay, dónde están, de qué clase y carácter son, desde qué tiempo existen, o si existen desde la eternidad; si son de fuego, como cree Heráclito; o de número, como Pitágoras; o de átomos, como dice Epicuro; y otras cosas semejantes, que los oídos de los hombres pueden oír más fácilmente dentro de los muros de una escuela que fuera, en el Foro.» No halla nada que censurar en este género de teología que llaman física, y que pertenece a los filósofos, salvo que ha relatado sus controversias entre sí, por las cuales ha surgido una multitud de sectas disidentes. Sin embargo, ha apartado este género del Foro, es decir, del pueblo, pero lo ha encerrado en las escuelas. Pero aquel primer género, el más falso y el más vil, no lo ha apartado de los ciudadanos. ¡Oh oídos religiosos del pueblo, y entre ellos incluso los de los romanos, que no pueden soportar lo que los filósofos disputan acerca de los dioses! Pero cuando los poetas cantan y los actores representan cosas tan contrarias a la dignidad y a la naturaleza de los inmortales, tales como pueden acaecerle no ya a un hombre, sino al hombre más despreciable, no sólo las soportan, sino que las escuchan de buena gana. Y no es esto todo, sino que incluso consideran que estas cosas agradan a los dioses, y que éstos son propiciados con ellas.
Pero alguien puede decir: Distingamos estos dos géneros de teología, el mítico y el físico—es decir, el fabuloso y el natural—, de este género civil del que ahora hablamos. Anticipándose a esto, él mismo los ha distinguido. Veamos ahora cómo explica la teología civil misma. Veo, en verdad, por qué ha de distinguirse como fabulosa, precisamente porque es falsa, porque es vil, porque es indigna. Pero querer distinguir la natural de la civil, ¿qué otra cosa es sino confesar que la civil misma es falsa? Pues si aquélla es natural, ¿qué falta tiene para que deba ser excluida? Y si ésta, que se llama civil, no es natural, ¿qué mérito tiene para que deba ser admitida? Ésta es, en verdad, la causa por la que escribió primero acerca de las cosas humanas y después acerca de las divinas; ya que en las cosas divinas no siguió la naturaleza, sino la institución de los hombres. Veamos esta teología civil suya. «El tercer género,» dice, «es aquel que los ciudadanos en las ciudades, y especialmente los sacerdotes, deben conocer y administrar. De él ha de saberse qué dios puede adorar cada uno convenientemente, qué ritos sagrados y sacrificios puede cada uno realizar convenientemente.» Atendamos aún a lo que sigue. «La primera teología,» dice, «está especialmente adaptada al teatro, la segunda al mundo, la tercera a la ciudad.» ¿Quién no ve a cuál concede la palma? Ciertamente a la segunda, que antes dijo que es la de los filósofos. Pues testifica que ésta pertenece al mundo, que ellos piensan que no hay nada mejor. Pero aquellas dos teologías, la primera y la tercera—es decir, las del teatro y las de la ciudad—, ¿las ha distinguido o las ha unido? Pues aunque vemos que la ciudad está en el mundo, no vemos que se siga que las cosas que pertenecen a la ciudad pertenezcan al mundo. Pues es posible que en la ciudad se adoren y se crean, según opiniones falsas, cosas que no tienen existencia ni en el mundo ni fuera de él. Pero ¿dónde está el teatro sino en la ciudad? ¿Quién instituyó el teatro sino el estado? ¿Con qué fin lo constituyó sino para los juegos escénicos? ¿Y a qué clase de cosas pertenecen los juegos escénicos sino a aquellas cosas divinas acerca de las cuales se han escrito estos libros de Varrón con tanta capacidad?
Comentario editorial · Varrón y las tres teologías
Marco Terencio Varrón (116–27 a. C., según Wikipedia) escribió unas Antigüedades de las cosas humanas y divinas en 41 libros, hoy perdidas; Agustín las resume en VI, 3: 25 libros sobre lo humano y 16 sobre lo divino. De ellas toma la división de la teología en tres géneros, que Varrón atribuía a los poetas (mítico o fabuloso), los filósofos (físico o natural) y el pueblo (civil). Agustín argumenta que si la teología natural basta, la civil sobra, y si la civil no es natural, no hay razón para aceptarla (VI, 5). Varrón escribió primero sobre lo humano porque las ciudades preceden a las instituciones que fundan (VI, 4).
Para ampliar: Marcus Terentius Varro (Wikipedia (en)).
VI, 6
¡Oh Marco Varrón! Tú eres el más agudo y, sin duda, el más docto; pero, con todo, hombre, no Dios—no levantado por el Espíritu de Dios para ver y anunciar las cosas divinas. Ves, ciertamente, que las cosas divinas han de separarse de las bagatelas y mentiras humanas, pero temes ofender las opiniones tan corrompidas del vulgo y sus costumbres en las supersticiones públicas, las cuales tú mismo, cuando las consideras por todos lados, percibes, y toda tu literatura proclama en alta voz que son aborrecibles a la naturaleza de los dioses, incluso de aquellos dioses que la flaqueza de la mente humana supone que existen en los elementos de este mundo. ¿Qué puede hacer aquí el más excelente talento humano? ¿De qué te aprovecha en esta perplejidad el saber humano, por múltiple que sea? Deseas adorar a los dioses naturales; te ves obligado a adorar a los civiles. Has hallado que algunos de los dioses son fabulosos, acerca de los cuales vomitas muy libremente lo que piensas, y, quieras o no, con ello mojas incluso a los dioses civiles. Dices, en verdad, que los fabulosos están adaptados al teatro, los naturales al mundo y los civiles a la ciudad; aunque el mundo es obra divina, pero las ciudades y los teatros son obras de los hombres, y aunque los dioses de quienes se ríen en el teatro no son otros que los que son adorados en los templos; y no ofreces juegos en honor de otros dioses que aquellos a quienes inmolas víctimas. ¡Cuánto más libre y más sutilmente habrías decidido esto si hubieras dicho que unos dioses son naturales y otros establecidos por los hombres; y que, acerca de los así establecidos, la literatura de los poetas da una versión y la de los sacerdotes otra—versiones, sin embargo, tan amigas entre sí por su complicidad en la falsedad, que ambas agradan a los demonios, a quienes es hostil la doctrina de la verdad.
Dejando, pues, por un momento a un lado la teología que llaman natural, ya que ha de discutirse después, preguntamos si realmente alguien se contenta con buscar una esperanza de vida eterna en los dioses poéticos, teatrales, escénicos. ¡Perezca semejante pensamiento! ¡Aparte el Dios verdadero tan salvaje y sacrílega locura! ¿Qué? ¿Se ha de pedir la vida eterna a aquellos dioses a quienes agradaron estas cosas, y a quienes estas cosas propician, en las cuales se representan sus propios crímenes? Nadie, según pienso, ha llegado a tal extremo de impiedad precipitada y furiosa. Así, pues, ni por la teología fabulosa ni por la civil obtiene nadie la vida eterna. Porque la una siembra cosas viles acerca de los dioses fingiéndolas; la otra las cosecha acariciándolas; la una esparce mentiras, la otra las recoge; la una persigue las cosas divinas con falsos crímenes, la otra incorpora entre las cosas divinas las representaciones que se componen de estos crímenes; la una hace resonar en cantos humanos ficciones impías sobre los dioses, la otra consagra estas para las festividades de los dioses mismos; la una canta las maldades y los crímenes de los dioses, la otra los ama; la una los inventa o finge, la otra o atestigua los verdaderos o se deleita en los falsos. Ambas son viles; ambas son condenables. Pero la que es teatral enseña la abominación pública, y la que es de la ciudad se adorna con esa abominación. ¿Se ha de esperar la vida eterna de aquellas cosas por las cuales esta vida corta y temporal es contaminada? ¿Acaso la sociedad de los hombres malvados contamina nuestra vida si se insinúan en nuestros afectos y logran nuestro asentimiento? ¿Y no contamina la vida la sociedad de los demonios, que son adorados con sus propios crímenes?—si con crímenes verdaderos, ¡cuán malvados son los demonios!; si con falsos, ¡cuán malvado es el culto!
Cuando decimos estas cosas, acaso parecerá a alguien muy ignorante de estas materias que solo aquellas cosas acerca de los dioses que se cantan en los poemas de los poetas y se representan en la escena son indignas de la majestad divina, ridículas y demasiado detestables para ser celebradas, mientras que aquellas cosas sagradas que realizan no los actores, sino los sacerdotes, son puras y libres de toda indecencia. Si esto fuera así, jamás habría pensado nadie que estas abominaciones teatrales debieran celebrarse en su honor, jamás los dioses mismos habrían mandado que se les representaran. Pero de ningún modo se avergüenzan los hombres de representar estas cosas en los teatros, porque cosas semejantes se llevan a cabo en los templos. En fin, cuando el autor antes citado intentó distinguir la teología civil de la fabulosa y de la natural, como una especie de tercer género distinto, quiso que se entendiera que estaba más bien templada por ambas que separada de cualquiera de ellas. Pues dice que lo que escriben los poetas es menos de lo que el pueblo debe seguir, mientras que lo que dicen los filósofos es más de lo que conviene que el pueblo investigue. «Las cuales,» dice él, «difieren de tal manera que, sin embargo, no pocas cosas de ambas han sido tomadas en cuenta para la teología civil; por lo cual indicaremos qué tiene en común la teología civil con la de los poetas, aunque debería estar más estrechamente vinculada con la teología de los filósofos.» La teología civil, por tanto, no está del todo desconectada de la de los poetas. Sin embargo, en otro lugar, acerca de las generaciones de los dioses, dice que el pueblo se inclina más hacia los poetas que hacia los teólogos físicos. Pues en este lugar dijo lo que debía hacerse; en aquel otro, lo que realmente se hacía. Dijo que estos últimos habían escrito por causa de la utilidad, pero los poetas por causa del entretenimiento. Y de ahí que las cosas de los escritos de los poetas, que el pueblo no debe seguir, son los crímenes de los dioses; los cuales, sin embargo, divierten tanto al pueblo como a los dioses. Pues, por causa del entretenimiento, dice él, escriben los poetas, y no por causa de la utilidad; no obstante, escriben cosas tales como las que los dioses desearán y el pueblo representa.
VI, 7
Esta teología, pues, que es fabulosa, teatral, escénica y llena de toda vileza e indecencia, es incorporada a la teología civil; y una parte de aquella teología, que en su totalidad es justamente juzgada digna de reprobación y rechazo, es declarada digna de ser cultivada y observada—no en modo alguno una parte incongruente, como me he propuesto mostrar, y que, siendo ajena al cuerpo entero, hubiera sido inadecuadamente unida y suspendida de él, sino una parte enteramente congruente con las demás y armoniosamente adaptada a ellas, como miembro del mismo cuerpo. Pues ¿qué otra cosa muestran aquellas imágenes, formas, edades, sexos, características de los dioses? Si los poetas tienen a Júpiter con barba y a Mercurio imberbe, ¿no tienen los sacerdotes lo mismo? ¿Es el Príapo de los sacerdotes menos obsceno que el Príapo de los actores? ¿Recibe la adoración de los adoradores en una forma distinta de aquella en que se mueve por la escena para diversión de los espectadores? ¿No es Saturno viejo y Apolo joven tanto en los santuarios donde se alzan sus imágenes como cuando son representados por máscaras de actores? ¿Por qué Fórculo, que preside las puertas, y Limentino, que preside los umbrales y dinteles, son dioses masculinos, y Cardea, que preside los goznes, femenina entre ellos? ¿No se hallan en los libros sobre las cosas divinas cosas que los poetas serios han considerado indignas de sus versos? ¿Lleva armas la Diana del teatro, mientras que la Diana de la ciudad es simplemente una virgen? ¿Es el Apolo escénico un tañedor de lira, mientras que el Apolo délfico ignora este arte? Pero estas cosas son decorosas en comparación con las más vergonzosas. ¿Qué pensaron de Júpiter mismo quienes colocaron a su nodriza en el Capitolio? ¿No dieron testimonio a favor de Evémero, quien, no con la locuacidad de un fabulador, sino con la gravedad de un historiador que había investigado diligentemente el asunto, escribió que todos tales dioses habían sido hombres mortales? Y quienes nombraron a los epulones como parásitos de la mesa de Júpiter, ¿qué otra cosa quisieron sino ritos sagrados fingidos? Pues si algún mimo hubiera dicho que se empleaban parásitos de Júpiter en su mesa, ciertamente habría parecido buscar provocar la risa. Varrón lo dijo—no cuando se burlaba, sino cuando alababa a los dioses lo dijo. Sus libros sobre las cosas divinas, no sobre las humanas, atestiguan que escribió esto—no donde expuso los juegos escénicos, sino donde explicó las leyes capitolinas. En una palabra, es vencido y confiesa que, así como hicieron a los dioses con forma humana, así creyeron que se deleitan con placeres humanos.
Pues tampoco los espíritus malignos descuidaron tanto su propio negocio como para no confirmar en las mentes de los hombres opiniones nocivas convirtiéndolas en diversión. De ahí procede también aquella historia sobre el sacristán de Hércules, la cual dice que, no teniendo nada que hacer, se puso a jugar a los dados como pasatiempo, arrojándolos alternativamente con una mano por Hércules y con la otra por sí mismo, con el acuerdo de que, si él ganaba, se prepararía de los fondos del templo una cena y contrataría a una meretriz; pero si Hércules ganaba la partida, él mismo, a su propia costa, proporcionaría lo mismo para el placer de Hércules. Entonces, cuando fue vencido por sí mismo, como por Hércules, dio al dios Hércules la cena que le debía, y también a la nobilísima ramera Larentina. Pero ella, habiéndose dormido en el templo, soñó que Hércules había tenido trato con ella y le había dicho que hallaría su paga en el joven con quien se encontrara primero al salir del templo, y que creyera que esto le era pagado por Hércules. Y así, el primer joven que le salió al encuentro fue el rico Tarucio, quien la mantuvo mucho tiempo y, al morir, la dejó heredera. Ella, habiendo obtenido una fortuna muy amplia, para no parecer ingrata ante la paga divina, a su vez hizo heredero al pueblo romano, lo cual juzgó que sería muy aceptable a las deidades; y, habiendo desaparecido, se halló el testamento. Por cuya conducta meritoria dicen que ella ganó honores divinos.
Ahora bien, si estas cosas hubieran sido fingidas por los poetas y representadas por los mimos, sin duda alguna se diría que pertenecen a la teología fabulosa y se juzgaría digno de separarlas de la dignidad de la teología civil. Pero cuando estas cosas vergonzosas—no de los poetas, sino del pueblo; no de los mimos, sino de las cosas sagradas; no de los teatros, sino de los templos, es decir, no de la teología fabulosa, sino de la civil— son referidas por tan gran autor, no en vano representan los actores con arte teatral la vileza de los dioses, que es tan grande; pero ciertamente en vano intentan los sacerdotes, con ritos llamados sagrados, representar una nobleza de carácter que no existe. Hay ritos sagrados de Juno; y estos se celebran en su amada isla, Samos, donde fue dada en matrimonio a Júpiter. Hay ritos sagrados de Ceres, en los cuales se busca a Proserpina, arrebatada por Plutón. Hay ritos sagrados de Venus, en los cuales, muerto su amado Adonis por el colmillo de un jabalí, se llora al hermoso joven. Hay ritos sagrados de la madre de los dioses, en los cuales el hermoso joven Atys, amado por ella y castrado por ella por celos de una mujer, es llorado por hombres que han sufrido calamidad semejante, a quienes llaman Galli. Puesto que, pues, estas cosas son más indecentes que toda abominación escénica, ¿por qué se esfuerzan por separar, por así decirlo, las ficciones fabulosas del poeta acerca de los dioses, como si, en verdad, pertenecieran al teatro, de la teología civil que quieren que pertenezca a la ciudad, como si separaran de las cosas nobles y dignas las indignas y viles? Por lo cual hay más razón para dar gracias a los actores de teatro, que han perdonado los ojos de los hombres y no han puesto al descubierto mediante la exhibición teatral todas las cosas que están ocultas tras los muros de los templos. ¿Qué bien ha de pensarse de sus ritos sagrados que se ocultan en las tinieblas, cuando los que se sacan a la luz son tan detestables? Y ciertamente ellos mismos han visto lo que realizan en secreto por medio de hombres mutilados y afeminados. Sin embargo, no han podido ocultar a esos mismos hombres miserable y vilmente enervados y corrompidos. Persuadan a quienes puedan de que realizan algo santo por medio de tales hombres, quienes, no pueden negarlo, están contados y viven entre sus cosas sagradas. No sabemos qué realizan, pero sabemos por medio de quiénes lo realizan; pues sabemos qué cosas se representan en la escena, donde jamás, ni aun en un coro de meretrices, ha aparecido uno que sea mutilado o afeminado. Y, no obstante, aun estas cosas son representadas por personajes viles e infames; pues, en verdad, no deben ser representadas por hombres de buena conducta. ¿Qué son, entonces, aquellos ritos sagrados, para cuya celebración la santidad ha escogido a tales hombres como ni siquiera la obscenidad de la escena ha admitido?
Sobre las interpretaciones, consistentes en explicaciones naturales, que los maestros paganos intentan dar de sus dioses
VI, 8
Pero todas estas cosas, dicen, tienen ciertas interpretaciones físicas, es decir, naturales, que muestran su significado natural; como si en esta disputa buscáramos la física y no la teología, que es el tratado, no de la naturaleza, sino de Dios. Pues aunque Aquel que es el Dios verdadero es Dios no por opinión, sino por naturaleza, sin embargo, no toda naturaleza es Dios; porque ciertamente hay naturaleza del hombre, de la bestia, del árbol, de la piedra—ninguna de las cuales es Dios. Pues si, cuando se trata de la madre de los dioses, aquello de donde parte todo el sistema de interpretación ciertamente es que la madre de los dioses es la tierra, ¿por qué seguimos indagando más? ¿Por qué llevamos nuestra investigación a través de todo lo demás? ¿Qué puede favorecer más manifiestamente a quienes dicen que todos aquellos dioses fueron hombres? Pues son nacidos de la tierra en el sentido de que la tierra es su madre. Pero en la teología verdadera la tierra es obra, no madre, de Dios. Pero de cualquier manera que se interpreten sus ritos sagrados, y cualquiera que sea la referencia que tengan a la naturaleza de las cosas, no es según la naturaleza, sino contra la naturaleza, que los hombres sean afeminados. Esta enfermedad, este crimen, esta abominación, tiene un lugar reconocido entre aquellas cosas sagradas, aunque aun los hombres depravados apenas serán obligados por tormentos a confesar que son culpables de ella. Además, si estos ritos sagrados, que se prueba que son más inmundos que las abominaciones escénicas, son excusados y justificados con el argumento de que tienen sus propias interpretaciones, por las cuales se muestra que simbolizan la naturaleza de las cosas, ¿por qué no son excusadas y justificadas de igual manera las cosas poéticas? Pues muchos han interpretado incluso estas de modo semejante, hasta tal punto que incluso aquello que dicen que es lo más monstruoso y lo más horrible—a saber, que Saturno devoró a sus propios hijos—ha sido interpretado por algunos en el sentido de que la longitud del tiempo, significada por el nombre de Saturno, consume cuanto engendra; o que, como piensa el mismo Varrón, Saturno pertenece a las semillas que vuelven a caer a la tierra de donde brotan. Y así uno lo interpreta de una manera y otro de otra. Y lo mismo ha de decirse de todo lo demás de esta teología.
Y, sin embargo, se la llama teología fabulosa, y es censurada, desechada, rechazada, junto con todas las interpretaciones de esa clase que le pertenecen. Y no solo por la teología natural, que es la de los filósofos, sino también por esta teología civil, de la cual estamos hablando, que se afirma que pertenece a las ciudades y a los pueblos, es juzgada digna de repudiación, porque ha inventado cosas indignas acerca de los dioses. De lo cual, lo sé, este es el secreto: que aquellos hombres agudísimos y doctísimos por quienes fueron escritas esas cosas entendieron que ambas teologías debían ser rechazadas—a saber, tanto la fabulosa como esta civil—pero a la primera se atrevieron a rechazarla, a la segunda no; la primera la expusieron para ser censurada, la segunda mostraron que era muy semejante a ella; no para que fuera escogida y sostenida con preferencia a la otra, sino para que se entendiera que era digna de ser rechazada juntamente con ella. Y así, sin peligro para quienes temían censurar la teología civil, al ser ambas objeto de desprecio, aquella teología que llaman natural pudo hallar lugar en las mentes mejor dispuestas; pues la civil y la fabulosa son ambas fabulosas y ambas civiles. Quien inspeccione sabiamente las vanidades y obscenidades de ambas hallará que son ambas fabulosas; y quien dirija su atención a los juegos escénicos pertenecientes a la teología fabulosa en las festividades de los dioses civiles y en los ritos divinos de las ciudades, hallará que son ambas civiles. ¿Cómo, pues, puede atribuirse el poder de dar la vida eterna a alguno de aquellos dioses cuyas propias imágenes y ritos sagrados los condenan por ser sumamente semejantes a los dioses fabulosos, que son reprobados de la manera más abierta, en formas, edades, sexo, características, matrimonios, generaciones, ritos; en todas las cuales cosas se entiende o bien que fueron hombres, y que tuvieron sus ritos sagrados y solemnidades instituidos en su honor conforme a la vida o muerte de cada uno de ellos, sugiriendo y confirmando los demonios este error, o ciertamente espíritus inmundísimos que, aprovechando alguna ocasión u otra, se han introducido en las mentes de los hombres para engañarlas?
VI, 9
Y en cuanto a esos mismos oficios de los dioses, distribuidos tan mezquina y minuciosamente, de modo que dicen que debe suplicárseles a cada uno según su función propia—sobre lo cual ya hemos hablado mucho, aunque no todo lo que hay que decir al respecto—, ¿no son más propios de la bufonería de los mimos que de la majestad divina? Si alguien empleara dos nodrizas para su hijo, una que no le diera más que alimento y la otra más que bebida, como estos se sirven de dos diosas para este fin, Educa y Potina, ciertamente parecería necio y haría en su casa algo digno de un mimo. Pretenden que Líber fue llamado así por la «liberación,» porque por él los varones, en el momento de la cópula, son liberados por la emisión del semen. Dicen también que Libera (que según ellos es lo mismo que Venus) ejerce la misma función en el caso de las mujeres, porque dicen que ellas también emiten semen; y dicen asimismo que por esta razón se coloca en el templo la misma parte del varón y de la hembra: la del varón a Líber y la de la hembra a Libera. A estas cosas añaden las mujeres consagradas a Líber y el vino para excitar la lujuria. Así se celebran las Bacanales con la mayor locura, y respecto de ellas confiesa el propio Varrón que tales cosas no las harían las bacantes si sus mentes no estuvieran muy excitadas. Sin embargo, estas cosas desagradaron después a un senado más sensato, que ordenó que se suspendieran. Aquí, por fin, tal vez comprendieron cuánto poder ejercen sobre las mentes de los hombres los espíritus inmundos cuando son tenidos por dioses. Ciertamente, estas cosas no debían hacerse en los teatros; pues allí se representa, no se delira, aunque tener dioses que se deleitan con tales representaciones es muy semejante al delirio.
Pero ¿qué clase de distinción es esta que hace entre el hombre religioso y el supersticioso, al decir que los dioses son temidos por el supersticioso, pero reverenciados como padres por el religioso, no temidos como enemigos; y que todos son tan buenos que perdonarán más fácilmente a los impíos que dañarán a un inocente? Y sin embargo nos dice que se asignan tres dioses como guardianes a una mujer después del parto, para que el dios Silvano no entre y la moleste; y que, para significar la presencia de estos protectores, tres hombres dan vueltas alrededor de la casa durante la noche, y primero golpean el umbral con un hacha, luego con un pilón, y la tercera vez lo barren con una escoba, a fin de que, exhibidos estos símbolos de la agricultura, se impida la entrada al dios Silvano, porque ni se cortan ni se podan los árboles sin hacha, ni se muele el grano sin pilón, ni se amontona el grano sin escoba. Ahora bien, de estas tres cosas han sido nombrados tres dioses: Intercidona, por el corte hecho con el hacha; Pilumno, por el pilón; Diverra, por la escoba;— por estos dioses guardianes la mujer que ha dado a luz es preservada contra el poder del dios Silvano. Así, la tutela de dioses bien dispuestos no valdría contra la malicia de un dios dañino, a menos que fueran tres contra uno, y lucharan contra él, por así decirlo, con los emblemas opuestos del cultivo, siendo él, como habitante de los bosques, rudo, horrible e inculto. ¿Es esta la inocencia de los dioses? ¿Es esta su concordia? ¿Son estas las deidades salutíferas de las ciudades, más ridículas que las cosas de que se ríen en los teatros?
Cuando un varón y una mujer se unen, preside el dios Jugatino. Bien, sopórtese esto. Pero la mujer casada debe ser llevada a casa: también se invoca al dios Domiduco. Para que esté en la casa, se introduce al dios Domicio. Para que permanezca con su marido, se emplea a la diosa Manturna. ¿Qué más se requiere? Perdónese el pudor humano. Prosiga la lujuria de la carne y de la sangre, respetado el secreto de la vergüenza. ¿Por qué se llena el tálamo con una multitud de deidades, cuando hasta los padrinos de boda se han retirado? Y, además, se llena así no para que, por consideración a su presencia, se preste más atención a la castidad, sino para que con su ayuda la mujer, naturalmente del sexo más débil y temblorosa por la novedad de su situación, entregue más fácilmente su virginidad. Pues allí están la diosa Virginiense, y el dios padre Subigo, y la diosa madre Prema, y la diosa Pertunda, y Venus, y Príapo. ¿Qué es esto? Si era absolutamente necesario que un hombre, trabajando en esta obra, fuera ayudado por los dioses, ¿no habría bastado un solo dios o una sola diosa? ¿No bastaba Venus sola, de quien incluso se dice que recibió su nombre porque sin su poder la mujer no deja de ser virgen? Si hay vergüenza en los hombres, y no la hay en las deidades, ¿no es cierto que, cuando los casados creen que tantos dioses de uno y otro sexo están presentes y ocupados en esta obra, se ven tan afectados por la vergüenza que el hombre se conmueve menos y la mujer se resiste más? Y ciertamente, si la diosa Virginiense está presente para soltar el cinto de la virgen, si el dios Subigo está presente para que la virgen sea puesta debajo del hombre, si la diosa Prema está presente para que, puesta debajo de él, sea mantenida abajo y no se mueva, ¿qué tiene que hacer allí la diosa Pertunda? Que se ruborice; que salga. Que el propio marido haga algo. Es vergonzoso que otro distinto de él haga aquello de lo que ella recibe su nombre. Pero quizá se la tolera porque se dice que es una diosa, y no un dios. Pues si se creyera que era un varón y se llamara Pertundo, el marido pediría más ayuda contra él para la castidad de su esposa que la recién parida contra Silvano. Pero ¿por qué digo esto, cuando también está allí Príapo, varón en exceso, sobre cuyo miembro inmenso y deforme se ordena sentarse a la recién casada, según la costumbre más honorable y más religiosa de las matronas?
Prosigan, y traten con toda la sutileza que puedan de distinguir la teología civil de la fabulosa, las ciudades de los teatros, los templos de los escenarios, las cosas sagradas de los sacerdotes de los cantos de los poetas, como cosas honestas de cosas viles, verdaderas de falaces, graves de ligeras, serias de ridículas, deseables de rechazables; nosotros comprendemos lo que hacen. Saben que aquella teología teatral y fabulosa está unida a la civil y se refleja sobre ella desde los cantos de los poetas como desde un espejo; y así, expuesta a la vista aquella teología que no se atreven a condenar, atacan y censuran con más libertad esa imagen suya, para que quienes perciben lo que quieren decir detesten este rostro mismo del que aquella es la imagen—el cual, sin embargo, los propios dioses, como viéndose en el mismo espejo, aman tanto, que se ve mejor en ambos quiénes y qué son. De ahí también que hayan obligado a sus adoradores, con terribles mandatos, a dedicarles la inmundicia de la teología fabulosa, a ponerla entre sus solemnidades y a contarla entre las cosas divinas; y así, a la vez se han mostrado ellos mismos más manifiestamente como espíritus impurísimos, y han hecho de aquella teología teatral rechazada y reprobada un miembro y una parte de esta, por así decirlo, escogida y aprobada teología de la ciudad, de modo que, aunque el todo es vergonzoso y falso y contiene dioses ficticios, una parte de él está en la literatura de los sacerdotes y la otra en los cantos de los poetas. Si puede tener otras partes es otra cuestión. Por ahora, creo, he mostrado suficientemente, a causa de la división de Varrón, que la teología de la ciudad y la del teatro pertenecen a una sola teología civil. Por lo cual, siendo ambas igualmente vergonzosas, absurdas, deshonrosas, falsas, lejos esté de los hombres religiosos esperar la vida eterna de la una o de la otra.
En fin, el propio Varrón, en su relato y enumeración de los dioses, parte del momento de la concepción del hombre. Comienza la serie de los dioses que se encargan del hombre con Jano, la continúa hasta la muerte del hombre decrépito por la edad, y la termina con la diosa Nenia, a quien se canta en los funerales de los ancianos. Después comienza a dar cuenta de los otros dioses, cuyo ámbito no es el hombre mismo, sino las cosas del hombre, como el alimento, el vestido y todo lo necesario para esta vida; y, respecto de todos estos, explica cuál es el oficio especial de cada uno y para qué debe suplicarse a cada cual. Pero con toda esta diligencia escrupulosa y abarcadora, no ha probado la existencia, ni siquiera ha mencionado el nombre, de ningún dios del que haya de buscarse la vida eterna—el único objeto por el cual somos cristianos. ¿Quién, pues, es tan estúpido que no perciba que este hombre, al exponer y abrir tan diligentemente la teología civil, y al mostrar su semejanza con aquella teología fabulosa, vergonzosa y deshonrosa, y también al enseñar que aquella clase fabulosa es también parte de esta otra, se esforzaba por obtener un lugar en las mentes de los hombres para nadie más que aquella teología natural, que dice pertenecer a los filósofos, con tal sutileza que censura la fabulosa y, no atreviéndose a censurar abiertamente la civil, muestra su carácter censurable con solo exhibirla; y así, reprobadas ambas por el juicio de los hombres de recto entendimiento, ¿solo queda la natural para ser elegida? Pero sobre esto en su lugar, con la ayuda del Dios verdadero, hemos de discutir más diligentemente.
Sobre la libertad de Séneca, quien censuró la teología civil más vehementemente de lo que Varrón censuró la fabulosa
VI, 10
Esa libertad, en verdad, que quiso este hombre, de modo que no se atrevió a censurar aquella teología de la ciudad, muy semejante a la teatral, tan abiertamente como lo hizo con la teatral misma, la poseyó, aunque no plenamente, sí en parte, Anneo Séneca, de quien tenemos algunas pruebas para mostrar que floreció en los tiempos de nuestros apóstoles. La poseyó en parte, digo, pues la poseyó por escrito, pero no en la vida. Pues en aquel libro que escribió contra la superstición censuró más copiosa y vehementemente aquella teología civil y urbana que Varrón la teatral y fabulosa. Pues, hablando de las imágenes, dice: «Consagran imágenes de los inmortales sagrados e inviolables en materia vilísima e inmóvil. Les dan apariencia de hombre, de bestias y de peces, y algunos las hacen de sexo mixto y de cuerpos heterogéneos. Las llaman deidades, cuando son tales que, si cobraran aliento y de pronto se encontraran con ellas, serían tenidas por monstruos.» Luego, un poco después, al ensalzar la teología natural, habiendo expuesto los sentimientos de ciertos filósofos, se opone a sí mismo una pregunta, y dice: «Aquí dice alguien: ¿Creeré que el cielo y la tierra son dioses, y que unos están sobre la luna y otros debajo de ella? ¿Aduciré a Platón o al peripatético Estratón, de los cuales uno hizo a Dios sin cuerpo, el otro sin mente?» A lo cual responde diciendo: «Y, en verdad, ¿qué te parecen más verdaderos los sueños de Tito Tacio, o de Rómulo, o de Tulo Hostilio? Tacio declaró la divinidad de la diosa Cloacina; Rómulo la de Pico y Tiberino; Tulo Hostilio la de Pavor y Palor, las afecciones más desagradables de los hombres, de las cuales una es la agitación del ánimo bajo el espanto, la otra la del cuerpo, no una enfermedad, ciertamente, sino un cambio de color.» ¿Preferirás creer que estos son deidades y recibirlos en el cielo? ¡Pero con qué libertad ha escrito acerca de los ritos mismos, crueles y vergonzosos! «Uno,» dice, «se castra a sí mismo, otro se corta los brazos. ¿Dónde hallarán lugar para el temor de estos dioses cuando están airados, quienes usan tales medios de ganarse su favor cuando están propicios? Pero dioses que desean ser adorados de esta manera no deben ser adorados de ninguna. Tan grande es el frenesí de la mente cuando está perturbada y arrojada de su asiento, que los dioses son propiciados por los hombres de una manera en la que ni siquiera hombres de la mayor ferocidad y de crueldad famosa en las fábulas descargan su rabia. Los tiranos han desgarrado los miembros de algunos; nunca ordenaron a nadie desgarrarse los suyos propios. Para satisfacer la lujuria real, algunos han sido castrados; pero nadie jamás, por mandato de su señor, puso violentamente las manos sobre sí mismo para emascularse. Se matan en los templos. Suplican con sus heridas y con su sangre. Si alguien tiene tiempo de ver las cosas que hacen y las cosas que sufren, hallará tantas cosas indecorosas para hombres de respetabilidad, tan indignas de hombres libres, tan distintas de las obras de hombres cuerdos, que nadie dudaría de que están locos, si estuvieran locos con la minoría; pero ahora la multitud de los insensatos es la defensa de su cordura.»
Refiere a continuación aquellas cosas que suelen hacerse en el Capitolio, y con la mayor intrepidez insiste en que son tales que solo se podría creer que las hacen hombres que se divierten, o locos. Pues habiendo hablado con burla de esto, que en los ritos sagrados egipcios se lamenta la pérdida de Osiris, pero enseguida, al ser hallado, su reaparición es ocasión de gran alegría, porque tanto la pérdida como el hallazgo de él son fingidos; y sin embargo, aquel dolor y aquella alegría que de ahí se suscitan en quienes nada han perdido y nada han hallado son reales—habiendo, digo, hablado así de esto, dice: «Aun así hay un tiempo fijo para este frenesí. Es tolerable enloquecer una vez al año. Entra en el Capitolio. Uno está sugiriendo mandatos divinos a un dios; otro está diciendo las horas a Júpiter; uno es lictor; otro es ungidor, que con el mero movimiento de sus brazos imita a quien unge. Hay mujeres que arreglan el cabello de Juno y de Minerva, de pie muy lejos no solo de su imagen, sino incluso de su templo. Estas mueven los dedos a la manera de los peluqueros. Hay algunas mujeres que sostienen un espejo. Hay algunas que están llamando a los dioses para que las asistan en juicio. Hay algunas que les presentan documentos y les explican sus causas. Un comediante erudito y distinguido, ya viejo y decrépito, representaba diariamente el mimo en el Capitolio, como si los dioses gustaran de ser espectadores de aquello que los hombres habían dejado de apreciar. Toda clase de artífices que trabajan para los dioses inmortales habita allí en la ociosidad.» Y un poco después dice: «No obstante, estos, aunque se entregan a los dioses con fines bastante superfluos, no lo hacen con ningún fin abominable ni infame. Hay ciertas mujeres sentadas en el Capitolio que se creen amadas por Júpiter; y no las asusta ni siquiera la mirada de la iracundísima Juno, si queréis creer a los poetas.»
Esta libertad no la gozó Varrón. Solo pareció censurar la teología poética. La civil, que este hombre despedaza, no se atrevió a impugnarla. Pero si atendemos a la verdad, los templos donde se hacen estas cosas son mucho peores que los teatros donde se representan. De donde, respecto de estos ritos sagrados de la teología civil, Séneca prefirió, como el mejor camino que debe seguir un sabio, fingir respeto por ellos en el acto, pero no tenerlos en verdadera consideración en el corazón. «Todas estas cosas,» dice, «las observará un sabio como ordenadas por las leyes, pero no como agradables a los dioses.» Y un poco después dice: «¿Y qué decir de esto, que unimos a los dioses en matrimonio, y eso ni siquiera naturalmente, pues juntamos a hermanos y hermanas? Casamos a Belona con Marte, a Venus con Vulcano, a Salacia con Neptuno. A algunos los dejamos solteros, como si no hubiera pareja para ellos, lo cual es ciertamente innecesario, especialmente cuando hay ciertas diosas solteras, como Populonia, o Fulgora, o la diosa Rumina, para quienes no me asombra que hayan faltado pretendientes. Toda esta innoble multitud de dioses, que la superstición de los siglos ha amasado, debemos,» dice, «adorarla de tal manera que recordemos en todo momento que su culto pertenece más bien a la costumbre que a la realidad.» Por lo cual, ni aquellas leyes ni aquellas costumbres instituyeron en la teología civil lo que agradaba a los dioses, ni lo que pertenecía a la realidad. Pero este hombre, a quien la filosofía había hecho, por así decirlo, libre, sin embargo, porque era un senador ilustre del pueblo romano, adoraba lo que censuraba, hacía lo que condenaba, veneraba lo que reprochaba, porque, en verdad, la filosofía le había enseñado algo grande—a saber, no ser supersticioso en el mundo, sino, a causa de las leyes de las ciudades y de las costumbres de los hombres, ser un actor, no en el escenario, sino en los templos—, conducta tanto más condenable, porque aquellas cosas que fingía engañosamente las representaba de modo que el pueblo pensaba que actuaba sinceramente. Pero un actor de teatro preferiría deleitar a la gente representando obras antes que engañarla con falsas pretensiones.
VI, 11
Séneca, entre las demás supersticiones de la teología civil, censuró también las cosas sagradas de los judíos, y especialmente los sábados, afirmando que obran inútilmente al guardar aquellos días séptimos, con lo cual pierden por la ociosidad cerca de la séptima parte de su vida, y además se perjudican muchas cosas que exigen atención inmediata. A los cristianos, sin embargo, que ya eran muy hostiles a los judíos, no se atrevió a mencionarlos, ni para alabarlos ni para vituperarlos, no fuera que, si los alababa, obrase contra la antigua costumbre de su patria, o, tal vez, si los censuraba, obrase contra su propia voluntad.
Cuando hablaba de aquellos judíos, dijo: «Cuando, entretanto, las costumbres de esa nación maldita han adquirido tanta fuerza que ya han sido recibidas en todas las tierras, los vencidos han dado leyes a los vencedores.» Con estas palabras expresa su asombro; y, sin saber adónde le llevaba a decir lo que la providencia de Dios le inspiraba, añade en palabras claras una opinión por la que mostró lo que pensaba acerca del significado de aquellas instituciones sagradas: «Pues,» dice, «aquellos, sin embargo, conocen la causa de sus ritos, mientras que la mayor parte del pueblo no sabe por qué practica los suyos.» Pero acerca de las solemnidades de los judíos, ya sea por qué o hasta qué punto fueron instituidas por autoridad divina, y después, a su debido tiempo, quitadas por la misma autoridad al pueblo de Dios, a quien fue revelado el misterio de la vida eterna, hemos hablado en otra parte, especialmente cuando tratábamos contra los maniqueos, y también pensamos hablar en esta obra en un lugar más oportuno.
Que una vez descubierta la vanidad de los dioses de las naciones, no se puede dudar de que son incapaces de otorgar a nadie la vida eterna, puesto que no pueden prestar ayuda ni siquiera en las cosas de esta vida temporal
VI, 12
Ahora bien, puesto que hay tres teologías, que los griegos llaman respectivamente mítica, física y política, y que en latín pueden llamarse fabulosa, natural y civil; y puesto que ni de la fabulosa, que aun los mismos adoradores de muchos y falsos dioses han censurado con gran libertad, ni de la civil, de la que se prueba que aquélla es parte, o incluso peor que ella, se puede esperar la vida eterna de ninguna de estas teologías— si alguien piensa que lo dicho en este libro no le es suficiente, añada también las muchas y variadas disertaciones acerca de Dios como dador de la felicidad, contenidas en los libros anteriores, especialmente en el cuarto.
Pues ¿a qué otra cosa, sino a la felicidad, deberían consagrarse los hombres, si la felicidad fuera una diosa? Mas, no siendo una diosa, sino un don de Dios, ¿a qué Dios sino al dador de la felicidad debemos consagrarnos nosotros, que amamos piadosamente la vida eterna, en la cual hay felicidad verdadera y plena? Pero creo que, por lo dicho, nadie debe dudar de que ninguno de aquellos dioses es dador de la felicidad, siendo adorados con tal vergüenza y, si no se les adora así, encolerizándose más vergonzosamente, con lo cual confiesan ser espíritus inmundísimos. Además, ¿cómo puede dar la vida eterna quien no puede dar la felicidad? Pues por vida eterna entendemos aquella vida donde hay felicidad sin fin. Porque si el alma vive en castigos eternos, con los cuales también serán atormentados aquellos espíritus inmundos, eso es más bien muerte eterna que vida eterna. Pues no hay muerte mayor ni peor que aquella en que la muerte nunca muere. Pero, como el alma, por su misma naturaleza, al ser creada inmortal, no puede estar sin algún género de vida, su muerte suma es el alejamiento de la vida de Dios en una eternidad de castigo. Así, pues, sólo quien da la felicidad verdadera da la vida eterna, es decir, una vida eternamente feliz. Y, habiéndose probado que aquellos dioses a quienes adora esta teología civil no pueden dar esa felicidad, no deben ser adorados a causa de aquellos bienes temporales y terrenos, como mostramos en los cinco libros anteriores, y menos aún a causa de la vida eterna, que ha de venir después de la muerte, como hemos procurado mostrar en este libro especialmente, con la cooperación de los demás. Mas, como la fuerza de la costumbre inveterada tiene raíces muy profundas, si alguien piensa que no he disputado suficientemente para mostrar que esta teología civil debe ser rechazada y esquivada, atienda a otro libro que, con la ayuda de Dios, ha de unirse a éste.