Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 329 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

    Estás en la parte 11. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)36 minPosición: 0% de esta parteParte 11 de 52 · Capítulo 18Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

    Leer por sesiones · 329 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 18

    Cuán lejos deben estar los cristianos de jactarse, si han hecho algo por amor de la patria eterna, cuando los romanos hicieron tan grandes cosas por la gloria humana y una ciudad terrena

    V, 18

    ¿Qué gran cosa es, por tanto, que aquella ciudad eterna y celestial desprecie todos los encantos de este mundo, por agradables que sean, si por causa de esta ciudad terrena Bruto pudo incluso dar muerte a su hijo —un sacrificio que la ciudad celestial a nadie obliga a hacer—? Pero ciertamente es más difícil dar muerte a los hijos que hacer lo que se requiere hacer por la patria celestial: incluso distribuir a los pobres aquellas cosas que se consideraban como bienes que habían de amasarse y guardarse para los hijos, o dejarlas ir, si surge alguna tentación que nos obligue a ello, por causa de la fe y de la justicia. Pues no son las riquezas terrenas las que nos hacen felices a nosotros o a nuestros hijos; porque han de perderse por nosotros en vida, o ser poseídas, cuando estemos muertos, por quién no sabemos, o tal vez por quien no quisiéramos. Sino que es Dios quien nos hace felices, quien es la verdadera riqueza de las almas. Pero de Bruto, aun el poeta que celebra sus alabanzas atestigua que le causó infelicidad el haber dado muerte a su hijo, pues dice:
    Y a su propia simiente rebelde
    A sangrar por la libertad amenazada.
    ¡Padre infeliz! de cualquier modo
    El hecho sea juzgado por los días venideros.
    Mas en el verso siguiente lo consuela en su infelicidad, diciendo:
    «El amor de la patria todo lo vencerá.»
    Hay dos cosas, a saber, la libertad y el deseo de la alabanza humana, que impulsaron a los romanos a acciones admirables.
    Si, por tanto, por la libertad de hombres destinados a morir, y por el deseo de la alabanza humana que buscan los mortales, un padre pudo dar muerte a sus hijos, ¿qué gran cosa es si, por la verdadera libertad que nos ha hecho libres del dominio del pecado, de la muerte y del diablo —no por el deseo de alabanza humana, sino por el ardiente deseo de huir de los hombres, no del rey Tarquino, sino de los demonios y del príncipe de los demonios—, nosotros, no digo demos muerte a nuestros hijos, sino que contemos entre nuestros hijos a los pobres de Cristo?
    Si, además, otro caudillo romano, apellidado Torcuato, mató a su hijo, no porque luchara contra su patria, sino porque, desafiado por un enemigo, por ímpetu juvenil luchó, aunque en favor de su patria, pero contra las órdenes que le había dado su padre como general; y esto lo hizo a pesar de que su hijo resultó vencedor, para que no hubiera más mal en el ejemplo de la autoridad despreciada que bien en la gloria de matar a un enemigo —si, digo, Torcuato obró así, ¿por qué han de jactarse quienes, por las leyes de una patria celestial, desprecian todos los bienes terrenos, que son amados mucho menos que los hijos?
    Si Furio Camilo, que fue condenado por quienes lo envidiaban, a pesar de que había arrojado del cuello de sus conciudadanos el yugo de sus más enconados enemigos, los veyentes, libró de nuevo a su patria ingrata de los galos, porque no tenía otra en la que pudiera tener mejores ocasiones de vivir una vida de gloria —si Camilo obró así, ¿por qué ha de ensalzarse como si hubiera hecho algo grande quien, habiendo quizá sufrido en la iglesia a manos de enemigos carnales una injuria gravísima y deshonrosa, no se ha pasado a los enemigos heréticos, ni él mismo ha suscitado alguna herejía contra ella, sino que más bien la ha defendido, en cuanto pudo, de la perversidad perniciosísima de los herejes, puesto que no hay otra iglesia, no digo en la que se pueda vivir una vida de gloria, sino en la que se pueda alcanzar la vida eterna?
    Si Mucio, para que se hiciera la paz con el rey Porsena, que hostigaba a los romanos con una guerra gravísima, cuando no logró matar a Porsena, sino que mató por equivocación a otro en su lugar, extendió su mano derecha y la puso sobre un altar candente, diciendo que muchos como el que él veía que era habían conspirado para destruirlo, de modo que Porsena, aterrado por su audacia y ante la idea de una conspiración de hombres como él, sin demora alguna abandonó todos sus propósitos bélicos e hizo la paz —si, digo, Mucio hizo esto, ¿quién hablará de sus méritos para el reino de los cielos, si por él hubiera entregado a las llamas no una mano, sino incluso todo su cuerpo, y no por acto espontáneo propio, sino porque era perseguido por otro?
    Si Curcio, espoleando a su caballo, se arrojó armado de pies a cabeza a un abismo escarpado, obedeciendo los oráculos de sus dioses, que habían mandado que los romanos arrojaran a aquel abismo lo mejor que poseían, y ellos solo pudieron entender con ello que, puesto que sobresalían en hombres y en armas, los dioses habían mandado que un hombre armado fuera arrojado de cabeza a aquella destrucción —si él hizo esto, ¿diremos que ha hecho algo grande por la ciudad eterna quien haya muerto con una muerte semejante, no, empero, precipitándose espontáneamente en un abismo, sino habiendo sufrido esta muerte a manos de algún enemigo de su fe, tanto más cuanto ha recibido de su Señor, que es también Rey de su patria, un oráculo más cierto:
    «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» []?
    Si los Decios se dedicaron a la muerte, consagrándose, por así decirlo, con una fórmula de palabras, para que cayendo y aplacando con su sangre la ira de los dioses, pudieran ser el medio de librar al ejército romano —si ellos hicieron esto, no se ensoberbezcan los santos mártires, como si hubieran hecho algo meritorio por una parte en aquella patria donde hay vida eterna y felicidad, si aun hasta el derramamiento de su sangre, amando no solo a los hermanos por quienes era derramada, sino, conforme se les había mandado, también a sus enemigos por quienes era derramada, han rivalizado unos con otros en la fe del amor y en el amor de la fe.
    Si Marco Pulvilo, cuando se ocupaba de dedicar un templo a Júpiter, Juno y Minerva, recibió con tal indiferencia la falsa noticia que le llevaron de la muerte de su hijo, con la intención de agitarlo de tal modo que se marchara y así la gloria de dedicar el templo recayera en su colega;
    —si recibió aquella noticia con tal indiferencia que incluso mandó que su hijo fuera arrojado sin sepultura, habiendo vencido en su corazón el amor de la gloria al dolor de la pérdida, ¿cómo afirmará alguien que ha hecho una gran cosa por la predicación del evangelio, por la cual los ciudadanos de la ciudad celestial son librados de diversos errores y congregados de diversas andanzas, a quien su Señor ha dicho, estando él preocupado por la sepultura de su padre:
    «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos» []?
    Régulo, para no quebrantar su juramento, aun con sus enemigos más crueles, volvió a ellos desde la propia Roma, porque (según se dice que respondió a los romanos cuando querían retenerlo) no podía tener la dignidad de ciudadano honorable en Roma después de haber sido esclavo de los africanos, y los cartagineses lo mataron con los más atroces tormentos, porque había hablado contra ellos en el senado.
    Si Régulo obró así, ¿qué tormentos no han de despreciarse por causa de la buena fe hacia aquella patria a cuya bienaventuranza la misma fe conduce?
    ¿O qué habrá dado el hombre al Señor por todo lo que Él le ha otorgado, si, por la fidelidad que le debe, padeciere tales cosas como las que Régulo padeció a manos de sus enemigos más despiadados por la buena fe que les debía a ellos?
    ¿Y cómo osará un cristiano jactarse de su pobreza voluntaria, que ha elegido para poder caminar durante la peregrinación de esta vida más desembarazado por el camino que lleva a la patria donde están las verdaderas riquezas, el mismo Dios —cómo, digo, se jactará de esto, cuando oye o lee que Lucio Valerio, que murió mientras desempeñaba el cargo de cónsul, era tan pobre que los gastos de su funeral se pagaron con dinero recogido por el pueblo— o cuando oye que Quincio Cincinato, que, poseyendo solo cuatro yugadas de tierra y cultivándolas con sus propias manos, fue sacado del arado para ser nombrado dictador, —cargo más honorable aún que el de cónsul—, y que, tras haber ganado gran gloria venciendo al enemigo, prefirió, no obstante, continuar en su pobreza?
    ¿O cómo se gloriará de haber hecho algo grande quien no ha sido persuadido por la oferta de recompensa alguna de este mundo a renunciar a su unión con aquella patria celestial y eterna, cuando oye que Fabricio no pudo ser persuadido a abandonar la ciudad romana por los grandes dones que le ofreció Pirro, rey de los epirotas, quien le prometió la cuarta parte de su reino, sino que prefirió permanecer allí en su pobreza como simple particular?
    Pues si, cuando su república —es decir, el interés del pueblo, el interés de la patria, el interés común— era muy próspera y rica, ellos mismos eran tan pobres en sus propias casas, que uno de ellos, que ya había sido dos veces cónsul, fue expulsado de aquel senado de hombres pobres por el censor, porque se descubrió que poseía diez libras de vajilla de plata —ya que, digo, aquellos mismos hombres cuyos triunfos enriquecían el tesoro público eran tan pobres, ¿no deberían todos los cristianos, que hacen común la propiedad de sus riquezas con un propósito mucho más noble, a saber, que (según está escrito en los Hechos de los Apóstoles) distribuyan a cada uno según su necesidad, y que nadie diga que algo es suyo, sino que todas las cosas sean de común posesión [] — no deberían entender que no han de jactarse, porque hacen eso para alcanzar la sociedad de los ángeles, cuando aquellos hombres hicieron casi lo mismo para conservar la gloria de los romanos?
    ¿Cómo podrían estas cosas, y cualesquiera otras semejantes que se hallan en la historia romana, haberse hecho tan ampliamente conocidas y haber sido proclamadas por tan gran fama, si el imperio romano, extendiéndose a lo lejos y a lo ancho, no hubiera sido elevado a su grandeza por éxitos magníficos? Por lo cual, mediante aquel imperio, tan extenso y de tan larga duración, tan ilustre y glorioso también por las virtudes de tan grandes hombres, se dio a sus fervientes aspiraciones la recompensa que buscaban, y también se nos ponen delante ejemplos que contienen una necesaria amonestación, para que seamos aguijoneados por la vergüenza si vemos que no hemos retenido firmemente, por amor de la gloriosísima ciudad de Dios, aquellas virtudes a las que de algún modo se asemejan las virtudes que ellos retuvieron firmemente por la gloria de una ciudad terrena; y esto también para que, si tenemos conciencia de haberlas retenido firmemente, no nos ensoberbezcamos, porque, como dice el apóstol: «Los padecimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria que ha de revelarse en nosotros.» [] Pero en lo que respecta a la gloria humana y temporal, las vidas de estos antiguos romanos fueron tenidas por suficientemente dignas. Por tanto, vemos también, a la luz de aquella verdad que, velada en el Antiguo Testamento, se revela en el Nuevo, a saber, que no es en vista de los bienes terrenos y temporales, que la divina providencia concede indistintamente a buenos y malos, como ha de adorarse a Dios, sino en vista de la vida eterna, de los dones sempiternos y de la sociedad de la ciudad celestial misma —a la luz de esta verdad vemos que los judíos fueron entregados con toda justicia como trofeo para la gloria de los romanos; pues vemos que estos romanos, que se apoyaban en la gloria terrena y procuraban alcanzarla con virtudes tales como las suyas, vencieron a quienes, en su gran depravación, mataron y rechazaron al dador de la verdadera gloria y de la ciudad eterna.

    Capítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar

    V, 19

    Existe ciertamente una diferencia entre el deseo de gloria humana y el deseo de dominar; pues, aunque quien se deleita desmedidamente en la gloria humana será también muy propenso a aspirar ardientemente a la dominación, sin embargo, quienes desean la gloria verdadera incluso de la alabanza humana se esfuerzan por no desagradar a quienes juzgan bien de ellos. Porque hay muchas buenas cualidades morales, de las cuales muchos son jueces competentes, aunque no sean poseídas por muchos; y por esas buenas cualidades morales aquellos hombres se esfuerzan por alcanzar la gloria, el honor y la dominación, de quienes Salustio dice: «Pero ellos avanzan por el camino verdadero.»
    Pero quien, sin poseer ese deseo de gloria que hace temer desagradar a quienes juzgan su conducta, desea la dominación y el poder, muy a menudo busca obtener lo que ama mediante los crímenes más abiertos. Por tanto, quien desea la gloria se esfuerza por alcanzarla o bien por el camino verdadero, o ciertamente por el engaño y el artificio, deseando parecer bueno cuando no lo es. Por tanto, para quien posee virtudes es una gran virtud despreciar la gloria; pues su desprecio es visto por Dios, pero no se manifiesta al juicio humano. Porque cualquier cosa que alguien haga ante los ojos de los hombres para mostrarse despreciador de la gloria, si sospechan que lo hace para obtener mayor alabanza—es decir, mayor gloria—no tiene medio de demostrar a las percepciones de quienes sospechan de él que el caso es realmente distinto de lo que sospechan. Pero quien desprecia el juicio de los que alaban, desprecia también la temeridad de los que sospechan. En verdad, no desprecia su salvación, si es verdaderamente bueno; pues tan grande es la justicia de aquel hombre que recibe sus virtudes del Espíritu de Dios, que ama a sus mismos enemigos, y los ama de tal modo que desea que sus odiadores y detractores se conviertan a la justicia, y se hagan sus compañeros, y no en una patria terrena sino celestial. Pero respecto de sus alabadores, aunque tiene en poco su alabanza, no tiene en poco su amor; ni elude su alabanza, para no perder su amor. Y, por tanto, se esfuerza ardientemente en que sus alabanzas se dirijan a Aquel de quien cada uno recibe cuanto en él es verdaderamente digno de alabanza. Pero quien es despreciador de la gloria, pero codicioso de dominación, supera a las bestias en los vicios de la crueldad y la lujuria. Tales, ciertamente, fueron algunos de los romanos, quienes, careciendo del amor a la estima, no carecían de la sed de dominación; y que hubo muchos así, lo testifica la historia. Pero fue Nerón César quien primero alcanzó la cumbre y, por así decirlo, la ciudadela de este vicio; pues tan grande era su lujuria, que se habría pensado que nada viril había que temer en él, y tal su crueldad, que, de no haberse sabido lo contrario, nadie habría pensado que había algo afeminado en su carácter. Sin embargo, el poder y la dominación no se dan ni siquiera a tales hombres sino por la providencia del Dios altísimo, cuando Él juzga que el estado de los asuntos humanos es digno de tales señores. La declaración divina es clara sobre este asunto; pues la Sabiduría de Dios habla así: «Por mí reinan los reyes, y los tiranos poseen la tierra.» [] Pero, para que no se piense que por «tiranos» se entiende no reyes malvados e impíos, sino hombres valientes, conforme al uso antiguo de la palabra, como cuando Virgilio dice:
    Pues has de saber que no subsiste pacto
    donde rey saluda a rey y no une su mano
    en otro lugar se dice de Dios de manera muy inequívoca, que Él «hace reinar al hombre hipócrita a causa de la perversidad del pueblo.» [] Por lo cual, aunque he mostrado, según mi capacidad, por qué razón Dios, que es el único verdadero y justo, ayudó a los romanos, quienes eran buenos según cierta norma de un estado terrenal, a obtener la gloria de tan grande imperio, puede haber, sin embargo, una causa más oculta, mejor conocida por Dios que por nosotros, dependiente de la diversidad de los méritos del género humano. Entre todos los que son verdaderamente piadosos, se acepta en todo caso que nadie sin verdadera piedad—es decir, verdadero culto del Dios verdadero—puede tener verdadera virtud; y que no es verdadera virtud la que es esclava de la alabanza humana. Aunque, no obstante, quienes no son ciudadanos de la ciudad eterna, que en las sagradas Escrituras se llama la ciudad de Dios, son más útiles a la ciudad terrena cuando poseen incluso esa virtud que si no la tuvieran. Pero no podría haber nada más afortunado para los asuntos humanos que, por la misericordia de Dios, quienes están dotados de verdadera piedad de vida, si tienen la habilidad para gobernar pueblos, tuvieran también el poder. Pero tales hombres, por grandes virtudes que posean en esta vida, la atribuyen únicamente a la gracia de Dios, que se las ha concedido—queriendo, creyendo, buscando. Y, al mismo tiempo, comprenden cuán lejos están de aquella perfección de justicia que existe en la sociedad de los santos ángeles para la cual se esfuerzan en prepararse. Pero por mucho que se alabe y se ensalce aquella virtud que sin verdadera piedad es esclava de la gloria humana, no es comparable en absoluto ni siquiera con los débiles comienzos de la virtud de los santos, cuya esperanza está puesta en la gracia y misericordia del Dios verdadero.

    Capítulo 20. Que es tan vergonzoso para las virtudes servir a la gloria humana como al placer corporal

    V, 20

    Los filósofos—que ponen el fin del bien humano en la virtud misma, para avergonzar a otros filósofos que, ciertamente, aprueban las virtudes, pero las miden todas con referencia al fin del placer corporal, y piensan que este placer ha de buscarse por sí mismo, y las virtudes por causa del placer—suelen pintar una especie de cuadro verbal, en el que el Placer se sienta como una reina lujosa en un trono real, y todas las virtudes están sometidas a ella como esclavas, atentas a su gesto, para hacer lo que ella ordene. Ella manda a la Prudencia estar siempre vigilante para descubrir cómo el Placer puede reinar y estar seguro. A la Justicia le ordena conceder los beneficios que pueda, para asegurar aquellas amistades necesarias para el placer corporal; no hacer mal a nadie, para que, por el quebrantamiento de las leyes, el Placer no pueda vivir con seguridad. A la Fortaleza le ordena mantener con valentía a su señora, es decir, al Placer, en su mente, si alguna aflicción sobreviene a su cuerpo que no ocasione la muerte, para que mediante el recuerdo de los deleites anteriores pueda mitigar la agudeza del dolor presente. A la Templanza le manda tomar sólo una cierta cantidad incluso del alimento más favorito, para que, por el uso inmoderado, algo resulte perjudicial al perturbar la salud del cuerpo, y así el Placer, que los epicúreos hacen consistir principalmente en la salud del cuerpo, sea gravemente ofendido. Así las virtudes, con toda la dignidad de su gloria, serán esclavas del Placer, como de alguna mujer imperiosa y de mala reputación.
    No hay nada, dicen nuestros filósofos, más vergonzoso y monstruoso que este cuadro, y que los ojos de los hombres buenos puedan soportar menos. Y dicen la verdad. Pero no creo que el cuadro fuera suficientemente adecuado, aunque se hiciera de modo que las virtudes fueran representadas como esclavas de la gloria humana; pues, aunque esa gloria no sea una mujer lujosa, está sin embargo hinchada y tiene mucha vanidad en ella. Por lo cual es indigno de la solidez y firmeza de las virtudes representarlas sirviendo a esta gloria, de modo que la Prudencia no provea nada, la Justicia no distribuya nada, la Templanza no modere nada, excepto con el fin de que los hombres queden complacidos y se sirva a la vana gloria. Ni podrán defenderse de la acusación de tal bajeza, mientras ellos, pretendiendo ser despreciadores de la gloria, desprecian el juicio de los demás hombres, se creen sabios y se complacen a sí mismos. Porque su virtud—si es que es virtud—está sólo de otra manera sujeta a la alabanza humana; pues quien busca complacerse a sí mismo, todavía busca complacer al hombre. Pero quien, con verdadera piedad hacia Dios, a quien ama, cree y espera, fija su atención más en aquellas cosas en las que se desagrada a sí mismo, que en aquellas cosas, si las hay, que le agradan a sí mismo, o más bien, no a sí mismo, sino a la verdad, no atribuye aquello por lo cual puede agradar ahora a la verdad sino a la misericordia de Aquel a quien ha temido desagradar, dando gracias por lo que en él está sanado, y derramando oraciones por la curación de lo que aún no está sanado.

    Capítulo 21

    Que el dominio romano fue concedido por Aquel de quien procede todo poder, y por cuya providencia todas las cosas son gobernadas

    V, 21

    Siendo así las cosas, no atribuimos el poder de dar reinos e imperios a nadie sino al Dios verdadero, que da la felicidad en el reino de los cielos sólo a los piadosos, pero da el poder real en la tierra tanto a los piadosos como a los impíos, como le plazca, cuyo beneplácito es siempre justo. Pues aunque hemos dicho algo sobre los principios que guían su administración, en la medida en que le ha parecido bien explicarlo, sin embargo nos supera y excede con mucho nuestras fuerzas discutir las cosas ocultas de los corazones de los hombres, y mediante un examen claro determinar los méritos de los diversos reinos. Él, por tanto, que es el único Dios verdadero, que nunca deja a la raza humana sin justo juicio y ayuda, dio un reino a los romanos cuando quiso, y tan grande como quiso, como lo hizo también con los asirios, e incluso con los persas, por quienes, como atestiguan sus propios libros, sólo se adoran dos dioses, uno bueno y otro malo—sin decir nada del pueblo hebreo, del cual ya he hablado tanto como pareció necesario, quienes, mientras fueron un reino, no adoraron sino al Dios verdadero. El mismo, por tanto, que dio a los persas las cosechas, aunque no adoraban a la diosa Segetia, que dio las otras bendiciones de la tierra, aunque no adoraban a los muchos dioses que los romanos suponían que presidían, cada uno sobre alguna cosa particular, o incluso varios de ellos sobre cada cosa—Él, digo, dio a los persas el dominio, aunque no adoraban a ninguno de aquellos dioses a los que los romanos se creían deudores del imperio. Y lo mismo es cierto respecto de los hombres y de las naciones. El que dio poder a Mario lo dio también a Cayo César; el que lo dio a Augusto lo dio también a Nerón; el que lo dio a los más benignos emperadores, los Vespasianos, padre e hijo, lo dio también al cruel Domiciano; y, finalmente, para evitar la necesidad de repasarlos todos, el que lo dio al cristiano Constantino lo dio también al apóstata Juliano, cuya mente dotada fue engañada por una curiosidad sacrílega y detestable, estimulada por el amor al poder. Y fue porque se entregó por curiosidad a oráculos vanos, que, confiado en la victoria, quemó las naves cargadas con las provisiones necesarias para su ejército, y por tanto, emprendiendo con celo ardiente empresas temerariamente audaces, pronto fue muerto, como justa consecuencia de su temeridad, y dejó a su ejército sin provisiones en país enemigo, y en tal aprieto que nunca habría podido escapar, salvo alterando los límites del imperio romano, en violación de aquel augurio del dios Término del que hablé en el libro anterior; pues el dios Término cedió a la necesidad, aunque no había cedido a Júpiter. Manifiestamente estas cosas son regidas y gobernadas por el único Dios según le place; y si sus motivos están ocultos, ¿son por eso injustos?

    Capítulo 22. Las duraciones y los resultados de las guerras dependen de la voluntad de Dios

    V, 22

    Así también las duraciones de las guerras son determinadas por Él como le parezca conveniente, según su justa voluntad, y placer, y misericordia, para afligir o consolar al género humano, de modo que a veces son de más larga, a veces de más corta duración. La guerra de los Piratas y la tercera guerra púnica fueron terminadas con increíble celeridad. También la guerra de los gladiadores fugitivos, aunque en ella muchos generales romanos y los cónsules fueron derrotados, e Italia fue terriblemente asolada y devastada, terminó sin embargo en el tercer año, habiendo sido ella misma, durante su continuación, el fin de muchas cosas. Los picentes, los marsos y los pelignos, naciones no lejanas sino itálicas, después de una larga y leal servidumbre bajo el yugo romano, intentaron levantar sus cabezas hacia la libertad, aunque muchas naciones habían sido ya sometidas al poder romano, y Cartago había sido derribada. En esta guerra itálica los romanos fueron muy a menudo derrotados, y dos cónsules perecieron, además de otros nobles senadores; sin embargo, esta calamidad no se prolongó por un largo espacio de tiempo, pues el quinto año le puso fin. Pero la segunda guerra púnica, que duró por espacio de dieciocho años, y ocasionó los mayores desastres y calamidades a la república, desgastó y casi consumió las fuerzas de los romanos; pues en dos batallas cayeron alrededor de setenta mil romanos. La primera guerra púnica fue terminada después de haber sido librada durante veintitrés años. La guerra mitridática fue librada durante cuarenta años. Y para que nadie piense que en los primeros y muy alabados tiempos de los romanos eran mucho más valientes y más capaces de llevar las guerras a una rápida terminación, la guerra samnita se prolongó durante casi cincuenta años; y en esta guerra los romanos fueron tan derrotados que incluso fueron puestos bajo el yugo. Pero porque no amaban la gloria por causa de la justicia, sino que parecían más bien haber amado la justicia por causa de la gloria, rompieron la paz y el tratado que se había concluido. Menciono estas cosas, porque muchos, ignorantes de las cosas pasadas, y algunos también disimulando lo que saben, si en los tiempos cristianos ven alguna guerra prolongada un poco más de lo que esperaban, inmediatamente lanzan un ataque feroz e insolente contra nuestra religión, exclamando que, si no fuera por ella, las deidades habrían sido aún suplicadas según los ritos antiguos; y entonces, por aquella valentía de los romanos, que, con la ayuda de Marte y Belona, rápidamente ponía fin a tan grandes guerras, esta guerra también sería terminada rápidamente. Que aquellos, por tanto, que han leído la historia recuerden qué guerras tan prolongadas, con diversos resultados y que acarrearon lamentables matanzas, fueron libradas por los antiguos romanos, conforme a la verdad general de que la tierra, como el profundo tempestuoso, está sujeta a agitaciones por tempestades—tempestades de tales males, en diversos grados—y que confiesen algunas veces lo que no les gusta admitir, y no, hablando locamente contra Dios, se destruyan a sí mismos y engañen a los ignorantes.

    Capítulo 23

    Sobre la guerra en la que Radagaiso, rey de los godos, adorador de demonios, fue vencido en un solo día, con todas sus poderosas fuerzas

    V, 23

    Sin embargo, no mencionan con acción de gracias lo que Dios ha hecho muy recientemente, y dentro de nuestra propia memoria, de manera maravillosa y misericordiosa, sino que en la medida de sus fuerzas intentan, si es posible, sepultarlo en el olvido universal. Pero si guardáramos silencio sobre estas cosas, seríamos igualmente ingratos. Cuando Radagaiso, rey de los godos, habiendo tomado posición muy cerca de la ciudad, con un ejército vasto y salvaje, estaba ya cerca de los romanos, fue en un solo día tan rápida y completamente derrotado, que, sin que ni siquiera un romano resultara herido, mucho menos muerto, más de cien mil de su ejército fueron postrados, y él mismo y sus hijos, habiendo sido capturados, fueron inmediatamente ejecutados, sufriendo el castigo que merecían. Pues si un hombre tan impío, con tan grande y tan impía hueste, hubiera entrado en la ciudad, ¿a quién habría perdonado? ¿Qué tumbas de los mártires habría respetado? ¿En el trato con qué persona habría manifestado el temor de Dios? ¿De qué sangre se habría abstenido de derramar? ¿La castidad de quién habría querido preservar inviolada? ¡Pero cuán alto no habrían clamado en alabanzas de sus dioses! ¡Con qué insulto habrían alardeado, diciendo que Radagaiso había vencido, que había podido lograr tan grandes cosas, porque propició y ganó a los dioses mediante sacrificios diarios—cosa que la religión cristiana no permitía hacer a los romanos! Pues cuando se acercaba a aquellos lugares donde fue abrumado al asentimiento de la Suprema Majestad, como su fama crecía por todas partes, se nos decía en Cartago que los paganos creían, publicaban y alardeaban que él, por la ayuda y protección de los dioses amigos suyos, a causa de los sacrificios que se decía que ofrecía diariamente a ellos, ciertamente no sería vencido por quienes no realizaban tales sacrificios a los dioses romanos, y ni siquiera permitían que fueran ofrecidos por nadie. Y ahora estos miserables no dan gracias a Dios por su gran misericordia, quien, habiendo determinado castigar la corrupción de los hombres, que era digna de un castigo mucho más severo que la corrupción de los bárbaros, templó su indignación con tal mansedumbre que, en primer lugar, hizo que el rey de los godos fuera vencido de manera maravillosa, para que no redundara gloria a los demonios, a quienes se sabía que suplicaba, y así las mentes de los débiles no fueran derribadas; y luego, después, hizo que, cuando Roma fuera tomada, fuera tomada por aquellos bárbaros que, contra toda costumbre de todas las guerras anteriores, protegieron, por reverencia a la religión cristiana, a quienes huyeron en busca de refugio a los lugares sagrados, y que se opusieron a los demonios mismos y a los ritos de sacrificios impíos, de tal manera que parecían estar librando una guerra mucho más terrible con ellos que con los hombres. Así, el verdadero Señor y Gobernador de las cosas azotó misericordiosamente a los romanos, y, por la maravillosa derrota de los adoradores de demonios, mostró que aquellos sacrificios no eran necesarios ni siquiera para la seguridad de las cosas presentes; para que, por quienes no se obstinan, sino que consideran prudentemente el asunto, la verdadera religión no sea abandonada a causa de las urgencias del tiempo presente, sino que se aferren más a ella con la más confiada expectación de la vida eterna.

    Capítulo 24. Cuál fue la felicidad de los emperadores cristianos, y hasta qué punto fue verdadera felicidad

    V, 24

    Porque tampoco decimos que ciertos emperadores cristianos fueran felices por haber reinado mucho tiempo, o por haber muerto en paz dejando a sus hijos como sucesores en el imperio, o por haber sometido a los enemigos de la república, o por haber podido precaverse y reprimir los intentos de ciudadanos hostiles que se levantaban contra ellos. Estos y otros dones o consuelos de esta vida llena de aflicción los han merecido recibir incluso ciertos adoradores de los demonios, que no pertenecen al reino de Dios al que éstos pertenecen; y esto ha de atribuirse a la misericordia de Dios, que no quiere que quienes creen en Él deseen tales cosas como sumo bien. Pero decimos que son felices si gobiernan con justicia; si no se envanecen en medio de las alabanzas de quienes les tributan sublimes honores y de la obsequiosidad de quienes los saludan con excesiva humildad, sino que recuerdan que son hombres; si hacen de su poder servidor de su majestad usándolo para la mayor extensión posible de su culto; si temen, aman y adoran a Dios; si aman más que el suyo propio aquel reino en el que no temen tener compañeros; si son lentos para castigar, prontos para perdonar; si aplican el castigo como necesario para el gobierno y defensa de la república, y no para satisfacer su propia enemistad; si conceden el perdón no para que la iniquidad quede impune, sino con la esperanza de que el transgresor se enmiende; si compensan con la lenidad de la misericordia y la liberalidad de la benevolencia la severidad que se vean obligados a decretar; si su lujo está tan refrenado como habría podido estar desenfrenado; si prefieren gobernar los deseos depravados antes que a cualquier nación; y si hacen todas estas cosas no por ardiente deseo de gloria vana, sino por amor de la felicidad eterna, sin descuidar ofrecer al Dios verdadero, que es su Dios, por sus pecados, los sacrificios de humildad, contrición y oración. Tales emperadores cristianos, decimos, son felices en el tiempo presente por la esperanza, y están destinados a serlo en el disfrute de la realidad misma, cuando llegue aquello que esperamos.

    Capítulo 25. Sobre la prosperidad que Dios concedió al emperador cristiano Constantino

    V, 25

    Porque el Dios bueno, para que los hombres que creen que debe adorársele con miras a la vida eterna no pensaran que nadie podía alcanzar tan alta dignidad y este dominio terreno a menos que fuera adorador de los demonios —suponiendo que esos espíritus tienen gran poder respecto de tales cosas—, por esta razón dio al emperador Constantino, que no era adorador de los demonios, sino del Dios verdadero mismo, tal plenitud de bienes terrenos que nadie se atrevería siquiera a desear. A él también le concedió el honor de fundar una ciudad, compañera del Imperio romano, hija, por así decirlo, de la misma Roma, pero sin templo ni imagen alguna de los demonios. Reinó durante largo tiempo como único emperador y él solo mantuvo y defendió todo el mundo romano. En la dirección y prosecución de las guerras fue victoriosísimo; en derrocar tiranos, exitosísimo. Murió a edad avanzada, de enfermedad y vejez, y dejó a sus hijos como sucesores en el imperio. Pero a su vez, para que ningún emperador se hiciera cristiano para merecer la felicidad de Constantino, cuando todos deben ser cristianos por causa de la vida eterna, Dios arrebató a Joviano mucho antes que a Juliano, y permitió que Graciano fuera muerto por la espada de un tirano. Pero en su caso hubo mucha más mitigación de la calamidad que en el del gran Pompeyo, pues no pudo ser vengado por Catón, a quien había dejado, por así decirlo, heredero de la guerra civil. Pero Graciano, aunque las mentes piadosas no requieren tales consuelos, fue vengado por Teodosio, a quien había asociado consigo en el imperio, aunque tenía un hermano pequeño, más deseoso de una alianza fiel que de un poder extenso.

    Capítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto

    V, 26

    Y por esto, Teodosio no sólo conservó durante la vida de Graciano la fidelidad que le era debida, sino que también, después de su muerte, como verdadero cristiano, tomó bajo su protección a su hermano pequeño Valentiniano, como coemperador, después de que éste había sido expulsado por Máximo, asesino de su padre.
    Lo protegió con afecto paternal, aunque sin ninguna dificultad habría podido deshacerse de él, enteramente desprovisto de todos los recursos, si lo hubiera animado el deseo de un imperio extenso y no la ambición de ser benefactor.
    Fue, por tanto, un placer mucho mayor para él, cuando hubo adoptado al muchacho y le conservó su dignidad imperial, consolarlo con su misma humanidad y bondad.
    Después, cuando aquel éxito hacía terrible a Máximo, Teodosio, en medio de sus perplejas ansiedades, no se dejó arrastrar a seguir las sugestiones de una curiosidad sacrílega e ilícita, sino que envió a Juan, cuya morada estaba en el desierto de Egipto —pues había sabido que este siervo de Dios (cuya fama se extendía por todas partes) estaba dotado del don de profecía—, y de él recibió la seguridad de la victoria.
    Inmediatamente, el vencedor del tirano Máximo, con los más profundos sentimientos de compasión y respeto, restituyó al joven Valentiniano a la parte del imperio de la que había sido expulsado.
    Valentiniano, poco después muerto por asesinato secreto, o por alguna otra conjura o accidente, Teodosio, habiendo recibido de nuevo una respuesta del profeta y poniendo en ella entera confianza, marchó contra el tirano Eugenio, que había sido elegido ilegalmente para suceder a aquel emperador, y derrotó a su poderosísimo ejército, más por la oración que por la espada.
    Algunos soldados que estuvieron en la batalla me refirieron que todos los proyectiles que arrojaban les eran arrebatados de las manos por un viento vehemente, que soplaba desde la dirección del ejército de Teodosio sobre el enemigo; y no sólo impulsaba con mayor velocidad los dardos que se lanzaban contra ellos, sino que también volvía sobre sus propios cuerpos los dardos que ellos mismos arrojaban.
    Y por eso el poeta Claudiano, aunque ajeno al nombre de Cristo, dice no obstante en sus elogios de él, «Oh príncipe, demasiado amado por Dios, por ti Éolo derrama desde sus cuevas tempestades armadas; por ti combate el aire, y los vientos unánimes obedecen tus clarines.»
    Pero el vencedor, como había creído y predicho, derribó las estatuas de Júpiter que, por así decirlo, habían sido consagradas con no sé qué clase de ritos contra él y colocadas en los Alpes.
    Y los rayos de esas estatuas, que estaban hechos de oro, los regaló jovial y graciosamente a sus correos, quienes (según lo permitía el gozo de la ocasión) decían en broma que serían felicísimos si fueran heridos por tales rayos.
    Los hijos de sus propios enemigos, cuyos padres habían sido muertos no tanto por sus órdenes como por la vehemencia de la guerra, habiendo huido a refugiarse en una iglesia, aunque aún no eran cristianos, él se afanó, aprovechando la ocasión, por atraerlos al cristianismo, y los trató con amor cristiano.
    No los privó de sus bienes, sino que, además de permitirles conservarlos, les otorgó honores adicionales.
    No permitió que las animosidades privadas afectaran el trato de hombre alguno después de la guerra.
    No fue como Cina, y Mario, y Sila, y otros tales, que no deseaban terminar las guerras civiles ni siquiera cuando estaban terminadas, sino que más bien se afligían de que hubieran surgido alguna vez, que deseaban que, cuando terminaran, dañaran a alguien.
    En medio de todos estos acontecimientos, desde el comienzo mismo de su reinado, no cesó de ayudar a la iglesia atribulada contra los impíos mediante leyes justísimas y misericordiosas, que el herético Valente, favoreciendo a los arrianos, había afligido vehemente.
    En verdad, se alegraba más de ser miembro de esta iglesia que de ser rey sobre la tierra.
    Los ídolos de los gentiles ordenó en todas partes que fueran derribados, comprendiendo bien que ni siquiera los dones terrenos están en poder de los demonios, sino en el del Dios verdadero.
    ¿Y qué cosa más admirable que su humildad religiosa, cuando, obligado por la insistencia de algunos de sus íntimos, vengó el grave crimen de los tesalonicenses, que a la oración de los obispos había prometido perdonar, y, apresado por la disciplina de la iglesia, hizo penitencia de tal manera que la vista de su alteza imperial postrada hizo llorar al pueblo que intercedía por él más de lo que la conciencia de la ofensa les había hecho temerla cuando estaba airado?
    Estas y otras buenas obras semejantes, que sería largo contar, las llevó consigo de este mundo temporal, donde la mayor nobleza y alteza humanas no son más que vapor.
    De estas obras la recompensa es la felicidad eterna, de la cual Dios es el dador, aunque sólo para quienes son sinceramente piadosos.
    Pero todos los demás bienes y privilegios de esta vida, como el mundo mismo, la luz, el aire, la tierra, el agua, los frutos, y el alma del hombre mismo, su cuerpo, sentidos, mente, vida, los prodiga por igual a buenos y a malos.
    Y entre estos bienes ha de contarse también la posesión de un imperio, cuya extensión regula según los requerimientos de su gobierno providencial en los distintos tiempos.
    Por lo cual, veo que debemos responder ahora a quienes, confundidos y convictos por las pruebas más manifiestas, con las que se muestra que para obtener estas cosas terrenas, que son todo lo que los necios desean tener, de nada sirve aquella multitud de falsos dioses, intentan afirmar que los dioses han de ser adorados con miras al interés, no de la vida presente, sino de la que ha de venir después de la muerte.
    Pues en cuanto a aquellos que, por causa de la amistad de este mundo, quieren adorar vanidades, y no se duelen de ser abandonados a sus entendimientos pueriles, creo que han sido suficientemente respondidos en estos cinco libros; de los cuales, cuando hube publicado los tres primeros, y empezaron a llegar a manos de muchos, oí que ciertas personas preparaban contra ellos una respuesta de alguna clase por escrito.
    Entonces se me dijo que ya habían escrito su respuesta, pero que esperaban el momento en que pudieran publicarla sin peligro.
    A tales personas les aconsejaría no desear lo que no puede serles de ninguna utilidad; pues es muy fácil que un hombre parezca haberse respondido a sí mismo los argumentos, cuando sólo no ha querido callar.
    Porque ¿qué hay más locuaz que la vanidad?
    Y aunque pueda, si le place, gritar más fuerte que la verdad, no es, con todo, más poderosa que la verdad.
    Pero consideren diligentemente los hombres todas las cosas que hemos dicho, y si acaso, juzgando sin espíritu de partido, perciben claramente que son tales que más bien pueden ser sacudidas que arrancadas por su garrulería desvergonzadísima y, por así decirlo, por su ligereza satírica y de mimo, refrenen sus absurdos, y elijan más bien ser corregidos por los sabios que alabados por los necios.
    Pues si esperan una oportunidad, no de libertad para decir la verdad, sino de licencia para injuriar, ¿no les sobrevendrá acaso aquello que dice Tulio acerca de alguien, «¡Oh, hombre miserable!
    ¿Quién tenía libertad para pecar?»
    Por lo cual, quienquiera que sea el que se considere feliz por la licencia de injuriar, sería mucho más feliz si no se le permitiera en absoluto; pues podría entretanto, dejando a un lado la jactancia vacía, contradecir a aquellos a cuyas opiniones se opone por medio de libre consulta con ellos, y escuchar, como es propio, honorable, grave y cándidamente, todo lo que puede aducirse por aquellos a quienes consulta en amistosa disputa.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 11 de 52