Cuán lejos deben estar los cristianos de jactarse, si han hecho algo por amor de la patria eterna, cuando los romanos hicieron tan grandes cosas por la gloria humana y una ciudad terrena
V, 18
¿Qué gran cosa es, por tanto, que aquella ciudad eterna y celestial desprecie todos los encantos de este mundo, por agradables que sean, si por causa de esta ciudad terrena Bruto pudo incluso dar muerte a su hijo —un sacrificio que la ciudad celestial a nadie obliga a hacer—? Pero ciertamente es más difícil dar muerte a los hijos que hacer lo que se requiere hacer por la patria celestial: incluso distribuir a los pobres aquellas cosas que se consideraban como bienes que habían de amasarse y guardarse para los hijos, o dejarlas ir, si surge alguna tentación que nos obligue a ello, por causa de la fe y de la justicia. Pues no son las riquezas terrenas las que nos hacen felices a nosotros o a nuestros hijos; porque han de perderse por nosotros en vida, o ser poseídas, cuando estemos muertos, por quién no sabemos, o tal vez por quien no quisiéramos. Sino que es Dios quien nos hace felices, quien es la verdadera riqueza de las almas. Pero de Bruto, aun el poeta que celebra sus alabanzas atestigua que le causó infelicidad el haber dado muerte a su hijo, pues dice:
Y a su propia simiente rebelde
A sangrar por la libertad amenazada.
¡Padre infeliz! de cualquier modo
El hecho sea juzgado por los días venideros.
Mas en el verso siguiente lo consuela en su infelicidad, diciendo:
«El amor de la patria todo lo vencerá.»
A sangrar por la libertad amenazada.
¡Padre infeliz! de cualquier modo
El hecho sea juzgado por los días venideros.
Mas en el verso siguiente lo consuela en su infelicidad, diciendo:
«El amor de la patria todo lo vencerá.»
Hay dos cosas, a saber, la libertad y el deseo de la alabanza humana, que impulsaron a los romanos a acciones admirables.
Si, por tanto, por la libertad de hombres destinados a morir, y por el deseo de la alabanza humana que buscan los mortales, un padre pudo dar muerte a sus hijos, ¿qué gran cosa es si, por la verdadera libertad que nos ha hecho libres del dominio del pecado, de la muerte y del diablo —no por el deseo de alabanza humana, sino por el ardiente deseo de huir de los hombres, no del rey Tarquino, sino de los demonios y del príncipe de los demonios—, nosotros, no digo demos muerte a nuestros hijos, sino que contemos entre nuestros hijos a los pobres de Cristo?
Si, además, otro caudillo romano, apellidado Torcuato, mató a su hijo, no porque luchara contra su patria, sino porque, desafiado por un enemigo, por ímpetu juvenil luchó, aunque en favor de su patria, pero contra las órdenes que le había dado su padre como general; y esto lo hizo a pesar de que su hijo resultó vencedor, para que no hubiera más mal en el ejemplo de la autoridad despreciada que bien en la gloria de matar a un enemigo —si, digo, Torcuato obró así, ¿por qué han de jactarse quienes, por las leyes de una patria celestial, desprecian todos los bienes terrenos, que son amados mucho menos que los hijos?
Si Furio Camilo, que fue condenado por quienes lo envidiaban, a pesar de que había arrojado del cuello de sus conciudadanos el yugo de sus más enconados enemigos, los veyentes, libró de nuevo a su patria ingrata de los galos, porque no tenía otra en la que pudiera tener mejores ocasiones de vivir una vida de gloria —si Camilo obró así, ¿por qué ha de ensalzarse como si hubiera hecho algo grande quien, habiendo quizá sufrido en la iglesia a manos de enemigos carnales una injuria gravísima y deshonrosa, no se ha pasado a los enemigos heréticos, ni él mismo ha suscitado alguna herejía contra ella, sino que más bien la ha defendido, en cuanto pudo, de la perversidad perniciosísima de los herejes, puesto que no hay otra iglesia, no digo en la que se pueda vivir una vida de gloria, sino en la que se pueda alcanzar la vida eterna?
Si Mucio, para que se hiciera la paz con el rey Porsena, que hostigaba a los romanos con una guerra gravísima, cuando no logró matar a Porsena, sino que mató por equivocación a otro en su lugar, extendió su mano derecha y la puso sobre un altar candente, diciendo que muchos como el que él veía que era habían conspirado para destruirlo, de modo que Porsena, aterrado por su audacia y ante la idea de una conspiración de hombres como él, sin demora alguna abandonó todos sus propósitos bélicos e hizo la paz —si, digo, Mucio hizo esto, ¿quién hablará de sus méritos para el reino de los cielos, si por él hubiera entregado a las llamas no una mano, sino incluso todo su cuerpo, y no por acto espontáneo propio, sino porque era perseguido por otro?
Si Curcio, espoleando a su caballo, se arrojó armado de pies a cabeza a un abismo escarpado, obedeciendo los oráculos de sus dioses, que habían mandado que los romanos arrojaran a aquel abismo lo mejor que poseían, y ellos solo pudieron entender con ello que, puesto que sobresalían en hombres y en armas, los dioses habían mandado que un hombre armado fuera arrojado de cabeza a aquella destrucción —si él hizo esto, ¿diremos que ha hecho algo grande por la ciudad eterna quien haya muerto con una muerte semejante, no, empero, precipitándose espontáneamente en un abismo, sino habiendo sufrido esta muerte a manos de algún enemigo de su fe, tanto más cuanto ha recibido de su Señor, que es también Rey de su patria, un oráculo más cierto:
«No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» []?
Si los Decios se dedicaron a la muerte, consagrándose, por así decirlo, con una fórmula de palabras, para que cayendo y aplacando con su sangre la ira de los dioses, pudieran ser el medio de librar al ejército romano —si ellos hicieron esto, no se ensoberbezcan los santos mártires, como si hubieran hecho algo meritorio por una parte en aquella patria donde hay vida eterna y felicidad, si aun hasta el derramamiento de su sangre, amando no solo a los hermanos por quienes era derramada, sino, conforme se les había mandado, también a sus enemigos por quienes era derramada, han rivalizado unos con otros en la fe del amor y en el amor de la fe.
Si Marco Pulvilo, cuando se ocupaba de dedicar un templo a Júpiter, Juno y Minerva, recibió con tal indiferencia la falsa noticia que le llevaron de la muerte de su hijo, con la intención de agitarlo de tal modo que se marchara y así la gloria de dedicar el templo recayera en su colega;
—si recibió aquella noticia con tal indiferencia que incluso mandó que su hijo fuera arrojado sin sepultura, habiendo vencido en su corazón el amor de la gloria al dolor de la pérdida, ¿cómo afirmará alguien que ha hecho una gran cosa por la predicación del evangelio, por la cual los ciudadanos de la ciudad celestial son librados de diversos errores y congregados de diversas andanzas, a quien su Señor ha dicho, estando él preocupado por la sepultura de su padre:
«Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos» []?
Régulo, para no quebrantar su juramento, aun con sus enemigos más crueles, volvió a ellos desde la propia Roma, porque (según se dice que respondió a los romanos cuando querían retenerlo) no podía tener la dignidad de ciudadano honorable en Roma después de haber sido esclavo de los africanos, y los cartagineses lo mataron con los más atroces tormentos, porque había hablado contra ellos en el senado.
Si Régulo obró así, ¿qué tormentos no han de despreciarse por causa de la buena fe hacia aquella patria a cuya bienaventuranza la misma fe conduce?
¿O qué habrá dado el hombre al Señor por todo lo que Él le ha otorgado, si, por la fidelidad que le debe, padeciere tales cosas como las que Régulo padeció a manos de sus enemigos más despiadados por la buena fe que les debía a ellos?
¿Y cómo osará un cristiano jactarse de su pobreza voluntaria, que ha elegido para poder caminar durante la peregrinación de esta vida más desembarazado por el camino que lleva a la patria donde están las verdaderas riquezas, el mismo Dios —cómo, digo, se jactará de esto, cuando oye o lee que Lucio Valerio, que murió mientras desempeñaba el cargo de cónsul, era tan pobre que los gastos de su funeral se pagaron con dinero recogido por el pueblo— o cuando oye que Quincio Cincinato, que, poseyendo solo cuatro yugadas de tierra y cultivándolas con sus propias manos, fue sacado del arado para ser nombrado dictador, —cargo más honorable aún que el de cónsul—, y que, tras haber ganado gran gloria venciendo al enemigo, prefirió, no obstante, continuar en su pobreza?
¿O cómo se gloriará de haber hecho algo grande quien no ha sido persuadido por la oferta de recompensa alguna de este mundo a renunciar a su unión con aquella patria celestial y eterna, cuando oye que Fabricio no pudo ser persuadido a abandonar la ciudad romana por los grandes dones que le ofreció Pirro, rey de los epirotas, quien le prometió la cuarta parte de su reino, sino que prefirió permanecer allí en su pobreza como simple particular?
Pues si, cuando su república —es decir, el interés del pueblo, el interés de la patria, el interés común— era muy próspera y rica, ellos mismos eran tan pobres en sus propias casas, que uno de ellos, que ya había sido dos veces cónsul, fue expulsado de aquel senado de hombres pobres por el censor, porque se descubrió que poseía diez libras de vajilla de plata —ya que, digo, aquellos mismos hombres cuyos triunfos enriquecían el tesoro público eran tan pobres, ¿no deberían todos los cristianos, que hacen común la propiedad de sus riquezas con un propósito mucho más noble, a saber, que (según está escrito en los Hechos de los Apóstoles) distribuyan a cada uno según su necesidad, y que nadie diga que algo es suyo, sino que todas las cosas sean de común posesión [] — no deberían entender que no han de jactarse, porque hacen eso para alcanzar la sociedad de los ángeles, cuando aquellos hombres hicieron casi lo mismo para conservar la gloria de los romanos?
¿Cómo podrían estas cosas, y cualesquiera otras semejantes que se hallan en la historia romana, haberse hecho tan ampliamente conocidas y haber sido proclamadas por tan gran fama, si el imperio romano, extendiéndose a lo lejos y a lo ancho, no hubiera sido elevado a su grandeza por éxitos magníficos? Por lo cual, mediante aquel imperio, tan extenso y de tan larga duración, tan ilustre y glorioso también por las virtudes de tan grandes hombres, se dio a sus fervientes aspiraciones la recompensa que buscaban, y también se nos ponen delante ejemplos que contienen una necesaria amonestación, para que seamos aguijoneados por la vergüenza si vemos que no hemos retenido firmemente, por amor de la gloriosísima ciudad de Dios, aquellas virtudes a las que de algún modo se asemejan las virtudes que ellos retuvieron firmemente por la gloria de una ciudad terrena; y esto también para que, si tenemos conciencia de haberlas retenido firmemente, no nos ensoberbezcamos, porque, como dice el apóstol: «Los padecimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria que ha de revelarse en nosotros.» [] Pero en lo que respecta a la gloria humana y temporal, las vidas de estos antiguos romanos fueron tenidas por suficientemente dignas. Por tanto, vemos también, a la luz de aquella verdad que, velada en el Antiguo Testamento, se revela en el Nuevo, a saber, que no es en vista de los bienes terrenos y temporales, que la divina providencia concede indistintamente a buenos y malos, como ha de adorarse a Dios, sino en vista de la vida eterna, de los dones sempiternos y de la sociedad de la ciudad celestial misma —a la luz de esta verdad vemos que los judíos fueron entregados con toda justicia como trofeo para la gloria de los romanos; pues vemos que estos romanos, que se apoyaban en la gloria terrena y procuraban alcanzarla con virtudes tales como las suyas, vencieron a quienes, en su gran depravación, mataron y rechazaron al dador de la verdadera gloria y de la ciudad eterna.
V, 19
Existe ciertamente una diferencia entre el deseo de gloria humana y el deseo de dominar; pues, aunque quien se deleita desmedidamente en la gloria humana será también muy propenso a aspirar ardientemente a la dominación, sin embargo, quienes desean la gloria verdadera incluso de la alabanza humana se esfuerzan por no desagradar a quienes juzgan bien de ellos. Porque hay muchas buenas cualidades morales, de las cuales muchos son jueces competentes, aunque no sean poseídas por muchos; y por esas buenas cualidades morales aquellos hombres se esfuerzan por alcanzar la gloria, el honor y la dominación, de quienes Salustio dice: «Pero ellos avanzan por el camino verdadero.»
Pero quien, sin poseer ese deseo de gloria que hace temer desagradar a quienes juzgan su conducta, desea la dominación y el poder, muy a menudo busca obtener lo que ama mediante los crímenes más abiertos. Por tanto, quien desea la gloria se esfuerza por alcanzarla o bien por el camino verdadero, o ciertamente por el engaño y el artificio, deseando parecer bueno cuando no lo es. Por tanto, para quien posee virtudes es una gran virtud despreciar la gloria; pues su desprecio es visto por Dios, pero no se manifiesta al juicio humano. Porque cualquier cosa que alguien haga ante los ojos de los hombres para mostrarse despreciador de la gloria, si sospechan que lo hace para obtener mayor alabanza—es decir, mayor gloria—no tiene medio de demostrar a las percepciones de quienes sospechan de él que el caso es realmente distinto de lo que sospechan. Pero quien desprecia el juicio de los que alaban, desprecia también la temeridad de los que sospechan. En verdad, no desprecia su salvación, si es verdaderamente bueno; pues tan grande es la justicia de aquel hombre que recibe sus virtudes del Espíritu de Dios, que ama a sus mismos enemigos, y los ama de tal modo que desea que sus odiadores y detractores se conviertan a la justicia, y se hagan sus compañeros, y no en una patria terrena sino celestial. Pero respecto de sus alabadores, aunque tiene en poco su alabanza, no tiene en poco su amor; ni elude su alabanza, para no perder su amor. Y, por tanto, se esfuerza ardientemente en que sus alabanzas se dirijan a Aquel de quien cada uno recibe cuanto en él es verdaderamente digno de alabanza. Pero quien es despreciador de la gloria, pero codicioso de dominación, supera a las bestias en los vicios de la crueldad y la lujuria. Tales, ciertamente, fueron algunos de los romanos, quienes, careciendo del amor a la estima, no carecían de la sed de dominación; y que hubo muchos así, lo testifica la historia. Pero fue Nerón César quien primero alcanzó la cumbre y, por así decirlo, la ciudadela de este vicio; pues tan grande era su lujuria, que se habría pensado que nada viril había que temer en él, y tal su crueldad, que, de no haberse sabido lo contrario, nadie habría pensado que había algo afeminado en su carácter. Sin embargo, el poder y la dominación no se dan ni siquiera a tales hombres sino por la providencia del Dios altísimo, cuando Él juzga que el estado de los asuntos humanos es digno de tales señores. La declaración divina es clara sobre este asunto; pues la Sabiduría de Dios habla así: «Por mí reinan los reyes, y los tiranos poseen la tierra.» [] Pero, para que no se piense que por «tiranos» se entiende no reyes malvados e impíos, sino hombres valientes, conforme al uso antiguo de la palabra, como cuando Virgilio dice:
Pues has de saber que no subsiste pacto
donde rey saluda a rey y no une su mano
donde rey saluda a rey y no une su mano
en otro lugar se dice de Dios de manera muy inequívoca, que Él «hace reinar al hombre hipócrita a causa de la perversidad del pueblo.» [] Por lo cual, aunque he mostrado, según mi capacidad, por qué razón Dios, que es el único verdadero y justo, ayudó a los romanos, quienes eran buenos según cierta norma de un estado terrenal, a obtener la gloria de tan grande imperio, puede haber, sin embargo, una causa más oculta, mejor conocida por Dios que por nosotros, dependiente de la diversidad de los méritos del género humano. Entre todos los que son verdaderamente piadosos, se acepta en todo caso que nadie sin verdadera piedad—es decir, verdadero culto del Dios verdadero—puede tener verdadera virtud; y que no es verdadera virtud la que es esclava de la alabanza humana. Aunque, no obstante, quienes no son ciudadanos de la ciudad eterna, que en las sagradas Escrituras se llama la ciudad de Dios, son más útiles a la ciudad terrena cuando poseen incluso esa virtud que si no la tuvieran. Pero no podría haber nada más afortunado para los asuntos humanos que, por la misericordia de Dios, quienes están dotados de verdadera piedad de vida, si tienen la habilidad para gobernar pueblos, tuvieran también el poder. Pero tales hombres, por grandes virtudes que posean en esta vida, la atribuyen únicamente a la gracia de Dios, que se las ha concedido—queriendo, creyendo, buscando. Y, al mismo tiempo, comprenden cuán lejos están de aquella perfección de justicia que existe en la sociedad de los santos ángeles para la cual se esfuerzan en prepararse. Pero por mucho que se alabe y se ensalce aquella virtud que sin verdadera piedad es esclava de la gloria humana, no es comparable en absoluto ni siquiera con los débiles comienzos de la virtud de los santos, cuya esperanza está puesta en la gracia y misericordia del Dios verdadero.
Capítulo 20. Que es tan vergonzoso para las virtudes servir a la gloria humana como al placer corporal
V, 20
Los filósofos—que ponen el fin del bien humano en la virtud misma, para avergonzar a otros filósofos que, ciertamente, aprueban las virtudes, pero las miden todas con referencia al fin del placer corporal, y piensan que este placer ha de buscarse por sí mismo, y las virtudes por causa del placer—suelen pintar una especie de cuadro verbal, en el que el Placer se sienta como una reina lujosa en un trono real, y todas las virtudes están sometidas a ella como esclavas, atentas a su gesto, para hacer lo que ella ordene. Ella manda a la Prudencia estar siempre vigilante para descubrir cómo el Placer puede reinar y estar seguro. A la Justicia le ordena conceder los beneficios que pueda, para asegurar aquellas amistades necesarias para el placer corporal; no hacer mal a nadie, para que, por el quebrantamiento de las leyes, el Placer no pueda vivir con seguridad. A la Fortaleza le ordena mantener con valentía a su señora, es decir, al Placer, en su mente, si alguna aflicción sobreviene a su cuerpo que no ocasione la muerte, para que mediante el recuerdo de los deleites anteriores pueda mitigar la agudeza del dolor presente. A la Templanza le manda tomar sólo una cierta cantidad incluso del alimento más favorito, para que, por el uso inmoderado, algo resulte perjudicial al perturbar la salud del cuerpo, y así el Placer, que los epicúreos hacen consistir principalmente en la salud del cuerpo, sea gravemente ofendido. Así las virtudes, con toda la dignidad de su gloria, serán esclavas del Placer, como de alguna mujer imperiosa y de mala reputación.
No hay nada, dicen nuestros filósofos, más vergonzoso y monstruoso que este cuadro, y que los ojos de los hombres buenos puedan soportar menos. Y dicen la verdad. Pero no creo que el cuadro fuera suficientemente adecuado, aunque se hiciera de modo que las virtudes fueran representadas como esclavas de la gloria humana; pues, aunque esa gloria no sea una mujer lujosa, está sin embargo hinchada y tiene mucha vanidad en ella. Por lo cual es indigno de la solidez y firmeza de las virtudes representarlas sirviendo a esta gloria, de modo que la Prudencia no provea nada, la Justicia no distribuya nada, la Templanza no modere nada, excepto con el fin de que los hombres queden complacidos y se sirva a la vana gloria. Ni podrán defenderse de la acusación de tal bajeza, mientras ellos, pretendiendo ser despreciadores de la gloria, desprecian el juicio de los demás hombres, se creen sabios y se complacen a sí mismos. Porque su virtud—si es que es virtud—está sólo de otra manera sujeta a la alabanza humana; pues quien busca complacerse a sí mismo, todavía busca complacer al hombre. Pero quien, con verdadera piedad hacia Dios, a quien ama, cree y espera, fija su atención más en aquellas cosas en las que se desagrada a sí mismo, que en aquellas cosas, si las hay, que le agradan a sí mismo, o más bien, no a sí mismo, sino a la verdad, no atribuye aquello por lo cual puede agradar ahora a la verdad sino a la misericordia de Aquel a quien ha temido desagradar, dando gracias por lo que en él está sanado, y derramando oraciones por la curación de lo que aún no está sanado.
Que el dominio romano fue concedido por Aquel de quien procede todo poder, y por cuya providencia todas las cosas son gobernadas
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Siendo así las cosas, no atribuimos el poder de dar reinos e imperios a nadie sino al Dios verdadero, que da la felicidad en el reino de los cielos sólo a los piadosos, pero da el poder real en la tierra tanto a los piadosos como a los impíos, como le plazca, cuyo beneplácito es siempre justo. Pues aunque hemos dicho algo sobre los principios que guían su administración, en la medida en que le ha parecido bien explicarlo, sin embargo nos supera y excede con mucho nuestras fuerzas discutir las cosas ocultas de los corazones de los hombres, y mediante un examen claro determinar los méritos de los diversos reinos. Él, por tanto, que es el único Dios verdadero, que nunca deja a la raza humana sin justo juicio y ayuda, dio un reino a los romanos cuando quiso, y tan grande como quiso, como lo hizo también con los asirios, e incluso con los persas, por quienes, como atestiguan sus propios libros, sólo se adoran dos dioses, uno bueno y otro malo—sin decir nada del pueblo hebreo, del cual ya he hablado tanto como pareció necesario, quienes, mientras fueron un reino, no adoraron sino al Dios verdadero. El mismo, por tanto, que dio a los persas las cosechas, aunque no adoraban a la diosa Segetia, que dio las otras bendiciones de la tierra, aunque no adoraban a los muchos dioses que los romanos suponían que presidían, cada uno sobre alguna cosa particular, o incluso varios de ellos sobre cada cosa—Él, digo, dio a los persas el dominio, aunque no adoraban a ninguno de aquellos dioses a los que los romanos se creían deudores del imperio. Y lo mismo es cierto respecto de los hombres y de las naciones. El que dio poder a Mario lo dio también a Cayo César; el que lo dio a Augusto lo dio también a Nerón; el que lo dio a los más benignos emperadores, los Vespasianos, padre e hijo, lo dio también al cruel Domiciano; y, finalmente, para evitar la necesidad de repasarlos todos, el que lo dio al cristiano Constantino lo dio también al apóstata Juliano, cuya mente dotada fue engañada por una curiosidad sacrílega y detestable, estimulada por el amor al poder. Y fue porque se entregó por curiosidad a oráculos vanos, que, confiado en la victoria, quemó las naves cargadas con las provisiones necesarias para su ejército, y por tanto, emprendiendo con celo ardiente empresas temerariamente audaces, pronto fue muerto, como justa consecuencia de su temeridad, y dejó a su ejército sin provisiones en país enemigo, y en tal aprieto que nunca habría podido escapar, salvo alterando los límites del imperio romano, en violación de aquel augurio del dios Término del que hablé en el libro anterior; pues el dios Término cedió a la necesidad, aunque no había cedido a Júpiter. Manifiestamente estas cosas son regidas y gobernadas por el único Dios según le place; y si sus motivos están ocultos, ¿son por eso injustos?
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Así también las duraciones de las guerras son determinadas por Él como le parezca conveniente, según su justa voluntad, y placer, y misericordia, para afligir o consolar al género humano, de modo que a veces son de más larga, a veces de más corta duración. La guerra de los Piratas y la tercera guerra púnica fueron terminadas con increíble celeridad. También la guerra de los gladiadores fugitivos, aunque en ella muchos generales romanos y los cónsules fueron derrotados, e Italia fue terriblemente asolada y devastada, terminó sin embargo en el tercer año, habiendo sido ella misma, durante su continuación, el fin de muchas cosas. Los picentes, los marsos y los pelignos, naciones no lejanas sino itálicas, después de una larga y leal servidumbre bajo el yugo romano, intentaron levantar sus cabezas hacia la libertad, aunque muchas naciones habían sido ya sometidas al poder romano, y Cartago había sido derribada. En esta guerra itálica los romanos fueron muy a menudo derrotados, y dos cónsules perecieron, además de otros nobles senadores; sin embargo, esta calamidad no se prolongó por un largo espacio de tiempo, pues el quinto año le puso fin. Pero la segunda guerra púnica, que duró por espacio de dieciocho años, y ocasionó los mayores desastres y calamidades a la república, desgastó y casi consumió las fuerzas de los romanos; pues en dos batallas cayeron alrededor de setenta mil romanos. La primera guerra púnica fue terminada después de haber sido librada durante veintitrés años. La guerra mitridática fue librada durante cuarenta años. Y para que nadie piense que en los primeros y muy alabados tiempos de los romanos eran mucho más valientes y más capaces de llevar las guerras a una rápida terminación, la guerra samnita se prolongó durante casi cincuenta años; y en esta guerra los romanos fueron tan derrotados que incluso fueron puestos bajo el yugo. Pero porque no amaban la gloria por causa de la justicia, sino que parecían más bien haber amado la justicia por causa de la gloria, rompieron la paz y el tratado que se había concluido. Menciono estas cosas, porque muchos, ignorantes de las cosas pasadas, y algunos también disimulando lo que saben, si en los tiempos cristianos ven alguna guerra prolongada un poco más de lo que esperaban, inmediatamente lanzan un ataque feroz e insolente contra nuestra religión, exclamando que, si no fuera por ella, las deidades habrían sido aún suplicadas según los ritos antiguos; y entonces, por aquella valentía de los romanos, que, con la ayuda de Marte y Belona, rápidamente ponía fin a tan grandes guerras, esta guerra también sería terminada rápidamente. Que aquellos, por tanto, que han leído la historia recuerden qué guerras tan prolongadas, con diversos resultados y que acarrearon lamentables matanzas, fueron libradas por los antiguos romanos, conforme a la verdad general de que la tierra, como el profundo tempestuoso, está sujeta a agitaciones por tempestades—tempestades de tales males, en diversos grados—y que confiesen algunas veces lo que no les gusta admitir, y no, hablando locamente contra Dios, se destruyan a sí mismos y engañen a los ignorantes.
Sobre la guerra en la que Radagaiso, rey de los godos, adorador de demonios, fue vencido en un solo día, con todas sus poderosas fuerzas
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Sin embargo, no mencionan con acción de gracias lo que Dios ha hecho muy recientemente, y dentro de nuestra propia memoria, de manera maravillosa y misericordiosa, sino que en la medida de sus fuerzas intentan, si es posible, sepultarlo en el olvido universal. Pero si guardáramos silencio sobre estas cosas, seríamos igualmente ingratos. Cuando Radagaiso, rey de los godos, habiendo tomado posición muy cerca de la ciudad, con un ejército vasto y salvaje, estaba ya cerca de los romanos, fue en un solo día tan rápida y completamente derrotado, que, sin que ni siquiera un romano resultara herido, mucho menos muerto, más de cien mil de su ejército fueron postrados, y él mismo y sus hijos, habiendo sido capturados, fueron inmediatamente ejecutados, sufriendo el castigo que merecían. Pues si un hombre tan impío, con tan grande y tan impía hueste, hubiera entrado en la ciudad, ¿a quién habría perdonado? ¿Qué tumbas de los mártires habría respetado? ¿En el trato con qué persona habría manifestado el temor de Dios? ¿De qué sangre se habría abstenido de derramar? ¿La castidad de quién habría querido preservar inviolada? ¡Pero cuán alto no habrían clamado en alabanzas de sus dioses! ¡Con qué insulto habrían alardeado, diciendo que Radagaiso había vencido, que había podido lograr tan grandes cosas, porque propició y ganó a los dioses mediante sacrificios diarios—cosa que la religión cristiana no permitía hacer a los romanos! Pues cuando se acercaba a aquellos lugares donde fue abrumado al asentimiento de la Suprema Majestad, como su fama crecía por todas partes, se nos decía en Cartago que los paganos creían, publicaban y alardeaban que él, por la ayuda y protección de los dioses amigos suyos, a causa de los sacrificios que se decía que ofrecía diariamente a ellos, ciertamente no sería vencido por quienes no realizaban tales sacrificios a los dioses romanos, y ni siquiera permitían que fueran ofrecidos por nadie. Y ahora estos miserables no dan gracias a Dios por su gran misericordia, quien, habiendo determinado castigar la corrupción de los hombres, que era digna de un castigo mucho más severo que la corrupción de los bárbaros, templó su indignación con tal mansedumbre que, en primer lugar, hizo que el rey de los godos fuera vencido de manera maravillosa, para que no redundara gloria a los demonios, a quienes se sabía que suplicaba, y así las mentes de los débiles no fueran derribadas; y luego, después, hizo que, cuando Roma fuera tomada, fuera tomada por aquellos bárbaros que, contra toda costumbre de todas las guerras anteriores, protegieron, por reverencia a la religión cristiana, a quienes huyeron en busca de refugio a los lugares sagrados, y que se opusieron a los demonios mismos y a los ritos de sacrificios impíos, de tal manera que parecían estar librando una guerra mucho más terrible con ellos que con los hombres. Así, el verdadero Señor y Gobernador de las cosas azotó misericordiosamente a los romanos, y, por la maravillosa derrota de los adoradores de demonios, mostró que aquellos sacrificios no eran necesarios ni siquiera para la seguridad de las cosas presentes; para que, por quienes no se obstinan, sino que consideran prudentemente el asunto, la verdadera religión no sea abandonada a causa de las urgencias del tiempo presente, sino que se aferren más a ella con la más confiada expectación de la vida eterna.
Capítulo 24. Cuál fue la felicidad de los emperadores cristianos, y hasta qué punto fue verdadera felicidad
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Porque tampoco decimos que ciertos emperadores cristianos fueran felices por haber reinado mucho tiempo, o por haber muerto en paz dejando a sus hijos como sucesores en el imperio, o por haber sometido a los enemigos de la república, o por haber podido precaverse y reprimir los intentos de ciudadanos hostiles que se levantaban contra ellos. Estos y otros dones o consuelos de esta vida llena de aflicción los han merecido recibir incluso ciertos adoradores de los demonios, que no pertenecen al reino de Dios al que éstos pertenecen; y esto ha de atribuirse a la misericordia de Dios, que no quiere que quienes creen en Él deseen tales cosas como sumo bien. Pero decimos que son felices si gobiernan con justicia; si no se envanecen en medio de las alabanzas de quienes les tributan sublimes honores y de la obsequiosidad de quienes los saludan con excesiva humildad, sino que recuerdan que son hombres; si hacen de su poder servidor de su majestad usándolo para la mayor extensión posible de su culto; si temen, aman y adoran a Dios; si aman más que el suyo propio aquel reino en el que no temen tener compañeros; si son lentos para castigar, prontos para perdonar; si aplican el castigo como necesario para el gobierno y defensa de la república, y no para satisfacer su propia enemistad; si conceden el perdón no para que la iniquidad quede impune, sino con la esperanza de que el transgresor se enmiende; si compensan con la lenidad de la misericordia y la liberalidad de la benevolencia la severidad que se vean obligados a decretar; si su lujo está tan refrenado como habría podido estar desenfrenado; si prefieren gobernar los deseos depravados antes que a cualquier nación; y si hacen todas estas cosas no por ardiente deseo de gloria vana, sino por amor de la felicidad eterna, sin descuidar ofrecer al Dios verdadero, que es su Dios, por sus pecados, los sacrificios de humildad, contrición y oración. Tales emperadores cristianos, decimos, son felices en el tiempo presente por la esperanza, y están destinados a serlo en el disfrute de la realidad misma, cuando llegue aquello que esperamos.
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Porque el Dios bueno, para que los hombres que creen que debe adorársele con miras a la vida eterna no pensaran que nadie podía alcanzar tan alta dignidad y este dominio terreno a menos que fuera adorador de los demonios —suponiendo que esos espíritus tienen gran poder respecto de tales cosas—, por esta razón dio al emperador Constantino, que no era adorador de los demonios, sino del Dios verdadero mismo, tal plenitud de bienes terrenos que nadie se atrevería siquiera a desear. A él también le concedió el honor de fundar una ciudad, compañera del Imperio romano, hija, por así decirlo, de la misma Roma, pero sin templo ni imagen alguna de los demonios. Reinó durante largo tiempo como único emperador y él solo mantuvo y defendió todo el mundo romano. En la dirección y prosecución de las guerras fue victoriosísimo; en derrocar tiranos, exitosísimo. Murió a edad avanzada, de enfermedad y vejez, y dejó a sus hijos como sucesores en el imperio. Pero a su vez, para que ningún emperador se hiciera cristiano para merecer la felicidad de Constantino, cuando todos deben ser cristianos por causa de la vida eterna, Dios arrebató a Joviano mucho antes que a Juliano, y permitió que Graciano fuera muerto por la espada de un tirano. Pero en su caso hubo mucha más mitigación de la calamidad que en el del gran Pompeyo, pues no pudo ser vengado por Catón, a quien había dejado, por así decirlo, heredero de la guerra civil. Pero Graciano, aunque las mentes piadosas no requieren tales consuelos, fue vengado por Teodosio, a quien había asociado consigo en el imperio, aunque tenía un hermano pequeño, más deseoso de una alianza fiel que de un poder extenso.
V, 26
Y por esto, Teodosio no sólo conservó durante la vida de Graciano la fidelidad que le era debida, sino que también, después de su muerte, como verdadero cristiano, tomó bajo su protección a su hermano pequeño Valentiniano, como coemperador, después de que éste había sido expulsado por Máximo, asesino de su padre.
Lo protegió con afecto paternal, aunque sin ninguna dificultad habría podido deshacerse de él, enteramente desprovisto de todos los recursos, si lo hubiera animado el deseo de un imperio extenso y no la ambición de ser benefactor.
Fue, por tanto, un placer mucho mayor para él, cuando hubo adoptado al muchacho y le conservó su dignidad imperial, consolarlo con su misma humanidad y bondad.
Después, cuando aquel éxito hacía terrible a Máximo, Teodosio, en medio de sus perplejas ansiedades, no se dejó arrastrar a seguir las sugestiones de una curiosidad sacrílega e ilícita, sino que envió a Juan, cuya morada estaba en el desierto de Egipto —pues había sabido que este siervo de Dios (cuya fama se extendía por todas partes) estaba dotado del don de profecía—, y de él recibió la seguridad de la victoria.
Inmediatamente, el vencedor del tirano Máximo, con los más profundos sentimientos de compasión y respeto, restituyó al joven Valentiniano a la parte del imperio de la que había sido expulsado.
Valentiniano, poco después muerto por asesinato secreto, o por alguna otra conjura o accidente, Teodosio, habiendo recibido de nuevo una respuesta del profeta y poniendo en ella entera confianza, marchó contra el tirano Eugenio, que había sido elegido ilegalmente para suceder a aquel emperador, y derrotó a su poderosísimo ejército, más por la oración que por la espada.
Algunos soldados que estuvieron en la batalla me refirieron que todos los proyectiles que arrojaban les eran arrebatados de las manos por un viento vehemente, que soplaba desde la dirección del ejército de Teodosio sobre el enemigo; y no sólo impulsaba con mayor velocidad los dardos que se lanzaban contra ellos, sino que también volvía sobre sus propios cuerpos los dardos que ellos mismos arrojaban.
Y por eso el poeta Claudiano, aunque ajeno al nombre de Cristo, dice no obstante en sus elogios de él, «Oh príncipe, demasiado amado por Dios, por ti Éolo derrama desde sus cuevas tempestades armadas; por ti combate el aire, y los vientos unánimes obedecen tus clarines.»
Pero el vencedor, como había creído y predicho, derribó las estatuas de Júpiter que, por así decirlo, habían sido consagradas con no sé qué clase de ritos contra él y colocadas en los Alpes.
Y los rayos de esas estatuas, que estaban hechos de oro, los regaló jovial y graciosamente a sus correos, quienes (según lo permitía el gozo de la ocasión) decían en broma que serían felicísimos si fueran heridos por tales rayos.
Los hijos de sus propios enemigos, cuyos padres habían sido muertos no tanto por sus órdenes como por la vehemencia de la guerra, habiendo huido a refugiarse en una iglesia, aunque aún no eran cristianos, él se afanó, aprovechando la ocasión, por atraerlos al cristianismo, y los trató con amor cristiano.
No los privó de sus bienes, sino que, además de permitirles conservarlos, les otorgó honores adicionales.
No permitió que las animosidades privadas afectaran el trato de hombre alguno después de la guerra.
No fue como Cina, y Mario, y Sila, y otros tales, que no deseaban terminar las guerras civiles ni siquiera cuando estaban terminadas, sino que más bien se afligían de que hubieran surgido alguna vez, que deseaban que, cuando terminaran, dañaran a alguien.
En medio de todos estos acontecimientos, desde el comienzo mismo de su reinado, no cesó de ayudar a la iglesia atribulada contra los impíos mediante leyes justísimas y misericordiosas, que el herético Valente, favoreciendo a los arrianos, había afligido vehemente.
En verdad, se alegraba más de ser miembro de esta iglesia que de ser rey sobre la tierra.
Los ídolos de los gentiles ordenó en todas partes que fueran derribados, comprendiendo bien que ni siquiera los dones terrenos están en poder de los demonios, sino en el del Dios verdadero.
¿Y qué cosa más admirable que su humildad religiosa, cuando, obligado por la insistencia de algunos de sus íntimos, vengó el grave crimen de los tesalonicenses, que a la oración de los obispos había prometido perdonar, y, apresado por la disciplina de la iglesia, hizo penitencia de tal manera que la vista de su alteza imperial postrada hizo llorar al pueblo que intercedía por él más de lo que la conciencia de la ofensa les había hecho temerla cuando estaba airado?
Estas y otras buenas obras semejantes, que sería largo contar, las llevó consigo de este mundo temporal, donde la mayor nobleza y alteza humanas no son más que vapor.
De estas obras la recompensa es la felicidad eterna, de la cual Dios es el dador, aunque sólo para quienes son sinceramente piadosos.
Pero todos los demás bienes y privilegios de esta vida, como el mundo mismo, la luz, el aire, la tierra, el agua, los frutos, y el alma del hombre mismo, su cuerpo, sentidos, mente, vida, los prodiga por igual a buenos y a malos.
Y entre estos bienes ha de contarse también la posesión de un imperio, cuya extensión regula según los requerimientos de su gobierno providencial en los distintos tiempos.
Por lo cual, veo que debemos responder ahora a quienes, confundidos y convictos por las pruebas más manifiestas, con las que se muestra que para obtener estas cosas terrenas, que son todo lo que los necios desean tener, de nada sirve aquella multitud de falsos dioses, intentan afirmar que los dioses han de ser adorados con miras al interés, no de la vida presente, sino de la que ha de venir después de la muerte.
Pues en cuanto a aquellos que, por causa de la amistad de este mundo, quieren adorar vanidades, y no se duelen de ser abandonados a sus entendimientos pueriles, creo que han sido suficientemente respondidos en estos cinco libros; de los cuales, cuando hube publicado los tres primeros, y empezaron a llegar a manos de muchos, oí que ciertas personas preparaban contra ellos una respuesta de alguna clase por escrito.
Entonces se me dijo que ya habían escrito su respuesta, pero que esperaban el momento en que pudieran publicarla sin peligro.
A tales personas les aconsejaría no desear lo que no puede serles de ninguna utilidad; pues es muy fácil que un hombre parezca haberse respondido a sí mismo los argumentos, cuando sólo no ha querido callar.
Porque ¿qué hay más locuaz que la vanidad?
Y aunque pueda, si le place, gritar más fuerte que la verdad, no es, con todo, más poderosa que la verdad.
Pero consideren diligentemente los hombres todas las cosas que hemos dicho, y si acaso, juzgando sin espíritu de partido, perciben claramente que son tales que más bien pueden ser sacudidas que arrancadas por su garrulería desvergonzadísima y, por así decirlo, por su ligereza satírica y de mimo, refrenen sus absurdos, y elijan más bien ser corregidos por los sabios que alabados por los necios.
Pues si esperan una oportunidad, no de libertad para decir la verdad, sino de licencia para injuriar, ¿no les sobrevendrá acaso aquello que dice Tulio acerca de alguien, «¡Oh, hombre miserable!
¿Quién tenía libertad para pecar?»
Por lo cual, quienquiera que sea el que se considere feliz por la licencia de injuriar, sería mucho más feliz si no se le permitiera en absoluto; pues podría entretanto, dejando a un lado la jactancia vacía, contradecir a aquellos a cuyas opiniones se opone por medio de libre consulta con ellos, y escuchar, como es propio, honorable, grave y cándidamente, todo lo que puede aducirse por aquellos a quienes consulta en amistosa disputa.