De la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, que los platónicos en su impiedad se avergüenzan de reconocer
X, 29
Proclamas al Padre y a su Hijo, a quien llamas intelecto o mente del Padre, y entre éstos a un tercero, por el cual suponemos que quieres decir el Espíritu Santo, y a tu manera llamas dioses a estos tres. En esto, aunque tus expresiones son inexactas, de algún modo y como a través de un velo ves aquello hacia lo cual debemos esforzarnos; pero la encarnación del Hijo inmutable de Dios, por la cual somos salvos y se nos capacita para alcanzar las cosas que creemos, o en parte entendemos, es lo que te niegas a reconocer. Ves, en cierto modo, aunque de lejos, aunque con ojo empañado, la patria en la que debemos habitar; pero el camino hacia ella no lo conoces. Y, sin embargo, crees en la gracia, pues dices que a pocos se concede llegar a Dios en virtud de la inteligencia. Pues no dices: «Pocos lo han considerado conveniente o lo han querido,» sino, «A pocos ha sido concedido,» — reconociendo claramente la gracia de Dios, no la suficiencia del hombre. También usas esta palabra más expresamente cuando, conforme a la opinión de Platón, no dudas de que en esta vida el hombre no puede alcanzar de ningún modo la sabiduría perfecta, sino que cuanto falta se suple en la vida futura para quienes viven intelectualmente, por la providencia y la gracia de Dios. ¡Oh, si hubieras reconocido la gracia de Dios en Jesucristo nuestro Señor, y su misma encarnación, en la que asumió un alma y un cuerpo humanos, habrías parecido el ejemplo más brillante de la gracia! Pero ¿qué hago? Sé que es inútil hablar a un muerto—inútil, al menos, por lo que a ti respecta, pero quizá no en vano para quienes te estiman en alto grado y te aman a causa de su amor a la sabiduría o de su curiosidad por esas artes que no debiste aprender; y a estas personas me dirijo en tu nombre. La gracia de Dios no pudo sernos encomendada más graciosamente que así: que el Hijo único de Dios, permaneciendo inmutable en sí mismo, asumiera la humanidad y nos diera la esperanza de su amor, mediante la mediación de una naturaleza humana, por la cual nosotros, desde la condición de hombres, pudiéramos llegar a Aquel que estaba tan lejos: lo inmortal desde lo mortal, lo inmutable desde lo mudable, lo justo desde lo injusto, lo bienaventurado desde lo miserable. Y, como nos había dado un instinto natural para desear la bienaventuranza y la inmortalidad, continuando Él mismo bienaventurado, pero asumiendo la mortalidad, al soportar lo que tememos nos enseñó a despreciarla, para otorgarnos lo que anhelamos.
Pero para que asientas a esta verdad, es necesaria la humildad, y a ella es sumamente difícil doblegarte. Pues ¿qué hay de increíble, especialmente para hombres como tú, acostumbrados a la especulación, que podría haberos predispuesto a creer en esto—qué hay de increíble, digo, en la afirmación de que Dios asumió un alma y un cuerpo humanos? Vosotros mismos atribuís tal excelencia al alma intelectual, que es, después de todo, el alma humana, que sostenéis que puede llegar a ser consustancial con aquella inteligencia del Padre en quien creéis como el Hijo de Dios. ¿Qué hay de increíble, entonces, en que un alma determinada sea asumida por Él de manera inefable y única para la salvación de muchos? Además, nuestra naturaleza misma da testimonio de que el hombre es incompleto si no se une un cuerpo al alma. Esto ciertamente sería más increíble, si no fuera la más común de todas las cosas; pues más fácilmente creeríamos en una unión entre espíritu y espíritu, o, para usar tu propia terminología, entre lo incorpóreo y lo incorpóreo, aunque lo uno fuera humano y lo otro divino, lo uno mudable y lo otro inmutable, que en una unión entre lo corpóreo y lo incorpóreo. ¿Pero acaso es el nacimiento sin precedentes de un cuerpo de una virgen lo que te hace vacilar? Pues, lejos de ser una dificultad, más bien debería ayudarte a recibir nuestra religión, el que una persona milagrosa naciera milagrosamente. ¿O encuentras dificultad en el hecho de que, después de que su cuerpo fue entregado a la muerte, y fue transformado por la resurrección en un cuerpo de una especie más elevada, y no era ya mortal sino incorruptible, lo llevó consigo a los lugares celestiales? Quizá te niegas a creer esto porque recuerdas que Porfirio, en esos mismos libros de los que he citado tanto, y que tratan del retorno del alma, enseña con tanta frecuencia que ha de huirse de todo cuerpo, para que el alma habite en la bienaventuranza con Dios. Pero aquí, en lugar de seguir a Porfirio, más bien deberías haberlo corregido, especialmente porque coincidís en creer cosas tan increíbles acerca del alma de este mundo visible y de su enorme estructura material. Pues, como discípulos de Platón, sostenéis que el mundo es un animal, y un animal felicísimo, al que además queréis eterno. ¿Cómo, entonces, no ha de desprenderse jamás de un cuerpo y, sin embargo, no ha de perder jamás su felicidad, si para la felicidad del alma es preciso dejar atrás el cuerpo? También el sol y los demás astros, no sólo reconocéis que son cuerpos, en lo cual tenéis el asentimiento cordial de todos los hombres que ven, sino que además, obedeciendo a lo que consideráis una visión más profunda, declaráis que son animales felicísimos y eternos junto con sus cuerpos. ¿Por qué, entonces, cuando se os insta a aceptar la fe cristiana, olvidáis, o fingís ignorar, lo que habitualmente discutís o enseñáis? ¿Por qué os negáis a ser cristianos, con el pretexto de que sostenéis opiniones que, de hecho, vosotros mismos demoléis? ¿No es porque Cristo vino en humildad, y vosotros sois soberbios? La naturaleza precisa de los cuerpos resucitados de los santos puede a veces dar ocasión a discusión entre los más versados en las Escrituras cristianas; sin embargo, no hay entre nosotros la menor duda de que serán eternos, y de una naturaleza ejemplificada en el caso del cuerpo resucitado de Cristo. Pero sea cual sea su naturaleza, puesto que sostenemos que serán absolutamente incorruptibles e inmortales, y que no ofrecerán impedimento alguno a la contemplación del alma, por la cual está fija en Dios, y puesto que decís que entre los seres celestiales los cuerpos de los eternamente bienaventurados son eternos, ¿por qué sostenéis que, para la bienaventuranza, ha de huirse de todo cuerpo? ¿Por qué buscáis así una razón tan plausible para escapar de la fe cristiana, sino porque, como digo de nuevo, Cristo es humilde y vosotros soberbios? ¿Os avergonzáis de ser corregidos? Éste es el vicio de los soberbios. Es, en verdad, una degradación para los sabios pasar de la escuela de Platón al discipulado de Cristo, quien por su Espíritu enseñó a un pescador a pensar y a decir: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron.» [] El anciano santo Simpliciano, después obispo de Milán, solía contarme que cierto platónico acostumbraba decir que este pasaje inicial del santo Evangelio titulado Según Juan debería escribirse con letras de oro y colgarse en todas las iglesias en el lugar más visible. Pero los soberbios se desdeñan de tomar a Dios por Maestro, porque «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.» [] De modo que, con estas criaturas miserables, no basta que estén enfermas, sino que se jactan de su enfermedad y se avergüenzan de la medicina que podría sanarlas. Y, al hacer esto, no alcanzan elevación, sino una caída más desastrosa.
X, 30
Si se considera indecoroso enmendar cualquier cosa que Platón haya tocado, ¿por qué el propio Porfirio hizo enmiendas, y no pocas? Pues es muy cierto que Platón escribió que las almas de los hombres regresan después de la muerte a los cuerpos de las bestias. También Plotino, maestro de Porfirio, sostuvo esta opinión; sin embargo, Porfirio la rechazó justamente. Él opinaba que las almas humanas regresan ciertamente a cuerpos humanos, pero no a los cuerpos que habían dejado, sino a otros cuerpos nuevos. Se apartó de la otra opinión, no fuera que una mujer que hubiera regresado en una mula pudiera llevar a su propio hijo sobre su espalda. Sin embargo, no se apartó de una teoría que admitía la posibilidad de que una madre volviera en una muchacha y se casara con su propio hijo. ¡Cuánto más honorable es la creencia que fue enseñada por los santos y veraces ángeles, proferida por los profetas que fueron movidos por el Espíritu de Dios, predicada por Aquel que fue anunciado como el Salvador venidero por sus heraldos precursores, y por los apóstoles que Él envió, y que llenaron el mundo entero con el evangelio— cuánto más honorable, digo, es la creencia de que las almas regresan una sola vez para siempre a sus propios cuerpos, que la de que regresan una y otra vez a cuerpos diversos! Sin embargo, Porfirio, como he dicho, mejoró considerablemente esta opinión, al menos en cuanto sostuvo que las almas humanas podían transmigrar solo a cuerpos humanos, y no tuvo escrúpulo en demoler las prisiones bestiales en las que Platón había querido encerrarlas. Dice también que Dios puso el alma en el mundo para que reconociera los males de la materia, y regresara al Padre, y quedara para siempre emancipada del contacto contaminante de la materia. Y aunque aquí hay un pensamiento inapropiado (pues el alma es dada al cuerpo más bien para que haga el bien; porque no aprendería el mal si no lo hiciera), sin embargo corrige la opinión de otros platónicos, y eso en un punto de no poca importancia, en cuanto confiesa que el alma, que es purgada de todo mal y recibida en la presencia del Padre, no sufrirá nunca más los males de esta vida. Con esta opinión subvirtió por completo el dogma platónico favorito, de que así como los muertos se hacen de los vivos, así los vivos se hacen de los muertos; y desbarató la idea que Virgilio parece haber adoptado de Platón, de que las almas purificadas que han sido enviadas a los campos Elíseos (el nombre poético de los gozos de los bienaventurados) son convocadas al río Leteo, es decir, al olvido del pasado,
Que hacia la tierra puedan pasar una vez más,
Sin recordar las cosas de antes,
Y con una ciega propensión anhelar
A los cuerpos carnales volver.
Sin recordar las cosas de antes,
Y con una ciega propensión anhelar
A los cuerpos carnales volver.
Esto no halló favor en Porfirio, y con mucha justicia; pues es ciertamente necio creer que las almas deban desear regresar de aquella vida, que no puede ser muy bienaventurada si no es por la seguridad de su permanencia, y volver a esta vida, y a la contaminación de cuerpos corruptibles, como si el resultado de la purificación perfecta fuera solo hacer deseable la mancha. Pues si la purificación perfecta produce el olvido de todos los males, y el olvido de los males crea un deseo de un cuerpo en el que el alma pueda enredarse de nuevo con los males, entonces la suprema felicidad será causa de infelicidad, y la perfección de la sabiduría causa de necedad, y la purísima limpieza causa de mancha. Y, por mucho que dure la bienaventuranza del alma, no puede fundarse en la verdad si, para ser bienaventurada, ha de ser engañada. Pues no puede ser bienaventurada si no está libre de temor. Pero, para estar libre de temor, debe tener la falsa impresión de que será siempre bienaventurada— la falsa impresión, pues está destinada a ser también en algún momento miserable. ¿Cómo, entonces, se gozará el alma en la verdad, cuyo gozo se funda en la falsedad? Porfirio vio esto, y por eso dijo que el alma purificada regresa al Padre, para que nunca más se enrede en el contacto contaminante con el mal. La opinión, por tanto, de algunos platónicos, de que hay una revolución necesaria que arrastra a las almas y las trae de nuevo a las mismas cosas, es falsa. Pero, si fuera verdadera, ¿qué ventaja habría en conocerla? ¿Pretenderían los platónicos alegar su superioridad sobre nosotros, porque en esta vida ignoramos lo que ellos mismos estaban condenados a ignorar cuando fueran perfeccionados en pureza y sabiduría en otra vida mejor, y lo que deben ignorar si han de ser bienaventurados? Si fuera sumamente absurdo y necio decirlo, entonces ciertamente debemos preferir la opinión de Porfirio a la idea de una circulación de almas a través de felicidad y miseria constantemente alternadas. Y si esto es justo, aquí hay un platónico enmendando a Platón, aquí hay un hombre que vio lo que Platón no vio, y que no se encogió de corregir a un maestro tan ilustre, sino que prefirió la verdad a Platón.
Contra los argumentos en los que los platónicos basan su afirmación de que el alma humana es coeterna con Dios
X, 31
¿Por qué, entonces, no creemos más bien a la divinidad en aquellas cosas que el talento humano no puede sondear? ¿Por qué no damos crédito a la afirmación de la divinidad, de que el alma no es coeterna con Dios, sino que es creada, y una vez no existió? Pues a los platónicos les parecía alegar una razón adecuada para su rechazo de esta doctrina, cuando afirmaban que nada podía ser eterno que no hubiera existido siempre. Platón, sin embargo, al escribir acerca del mundo y de los dioses en él, a quienes hizo el Supremo, afirma de la manera más expresa que tuvieron un principio y sin embargo no tendrían fin, sino que, por la soberana voluntad del Creador, durarían eternamente. Pero, a modo de interpretar esto, los platónicos han descubierto que quiso decir un principio, no de tiempo, sino de causa. «Pues como si un pie,» dicen, «hubiera estado siempre desde la eternidad en el polvo, siempre habría habido una huella debajo de él; y sin embargo nadie dudaría de que esta huella fue hecha por la presión del pie, ni de que, aunque la una fue hecha por el otro, ninguno fue anterior al otro; así,» dicen, «el mundo y los dioses creados en él siempre han existido, existiendo siempre su Creador, y sin embargo fueron hechos.» Si, entonces, el alma ha existido siempre, ¿diremos que su miseria ha existido siempre? Pues si hay algo en ella que no fue desde la eternidad, sino que comenzó en el tiempo, ¿por qué es imposible que el alma misma, aunque no existiera previamente, comience a ser en el tiempo? Su bienaventuranza, también, la cual, como él reconoce, ha de ser más estable, y ciertamente sin fin, después de la experiencia de los males del alma— esta indudablemente tiene un principio en el tiempo, y sin embargo ha de ser siempre, aunque previamente no tuvo existencia. Toda esta argumentación, por tanto, para establecer que nada puede ser sin fin excepto aquello que no ha tenido principio, cae por tierra. Pues aquí encontramos la bienaventuranza del alma, que tiene un principio, y sin embargo no tiene fin. Y, por tanto, deje la incapacidad del hombre lugar a la autoridad de Dios; y tomemos nuestra creencia acerca de la religión verdadera de los espíritus siempre bienaventurados, que no buscan para sí aquel honor que saben que es debido a su Dios y nuestro, y que no nos mandan sacrificar sino solo a Él, cuyo sacrificio, como he dicho ya a menudo, y debo decir a menudo de nuevo, nosotros y ellos debemos ser juntos, ofrecido por medio de aquel Sacerdote que se ofreció a sí mismo a la muerte como sacrificio por nosotros, en aquella naturaleza humana que asumió, y según la cual quiso ser nuestro Sacerdote.
De la vía universal de la liberación del alma, que Porfirio no encontró porque no la buscó rectamente, y que solo la gracia de Cristo ha abierto
X, 32
Esta es la religión que posee la vía universal para liberar el alma; pues excepto por esta vía, nadie puede ser liberado. Esta es una especie de vía real, que sola conduce a un reino que no se tambalea como todas las dignidades temporales, sino que se mantiene firme sobre cimientos eternos. Y cuando Porfirio dice, hacia el final del primer libro De Regressu Animœ, que ningún sistema de doctrina que proporcione la vía universal para liberar el alma ha sido aún recibido, ni de la filosofía más verdadera, ni de las ideas y prácticas de los indios, ni del razonamiento de los caldeos, ni de fuente alguna, y que ninguna lectura histórica le había dado a conocer esa vía, manifiestamente reconoce que existe tal vía, pero que aún no la conocía. Nada de todo lo que había aprendido tan laboriosamente acerca de la liberación del alma, nada de todo lo que parecía a otros, si no a sí mismo, saber y creer, le satisfacía. Pues percibía que faltaba todavía una autoridad imperiosa que fuera correcto seguir en un asunto de tal importancia. Y cuando dice que no había aprendido de ninguna filosofía más verdadera un sistema que poseyera la vía universal de la liberación del alma, muestra claramente, según me parece, o bien que la filosofía de la que era discípulo no era la más verdadera, o que no comprendía tal vía. ¿Y cómo puede ser la filosofía más verdadera la que no posee esta vía? Pues ¿qué otra cosa es la vía universal de la liberación del alma sino aquella por la cual todas las almas universalmente son liberadas, y sin la cual, por tanto, ninguna alma es liberada? Y cuando dice, además, «o de las ideas y prácticas de los indios, o del razonamiento de los caldeos, o de fuente alguna,» declara en el lenguaje más inequívoco que esta vía universal de la liberación del alma no estaba abarcada en lo que había aprendido ni de los indios ni de los caldeos; y sin embargo no pudo abstenerse de declarar que era de los caldeos de quienes había derivado estos oráculos divinos de los que hace tan frecuente mención. ¿Qué quiere decir, por tanto, con esta vía universal de la liberación del alma, que aún no había sido dada a conocer por ninguna filosofía más verdadera, ni por los sistemas doctrinales de aquellas naciones que se consideraba que tenían gran perspicacia en las cosas divinas, porque se entregaban más libremente a una ciencia curiosa y fantástica y al culto de los ángeles? ¿Qué es esta vía universal de la que reconoce su ignorancia, sino una vía que no pertenece a una nación como propiedad especial suya, sino que es común a todas, y divinamente otorgada? Porfirio, hombre de no mediana capacidad, no duda de que tal vía existe; pues cree que la Divina Providencia no pudo haber dejado a los hombres desprovistos de esta vía universal de liberar el alma. Pues no dice que esta vía no exista, sino que este gran bien y auxilio aún no ha sido descubierto, y no ha llegado a su conocimiento. Y no es de extrañar; pues Porfirio vivió en una época en que esta vía universal de la liberación del alma— en otras palabras, la religión cristiana— estaba expuesta a las persecuciones de idólatras y adoradores de demonios, y de gobernantes terrenales, para que se completara y consagrara el número de mártires o testigos de la verdad, y para que por ellos se diera prueba de que debemos soportar todos los sufrimientos corporales en la causa de la santa fe, y para la recomendación de la verdad. Porfirio, siendo testigo de estas persecuciones, concluyó que esta vía estaba destinada a una pronta extinción, y que, por tanto, no era la vía universal de la liberación del alma, y no vio que lo mismo que así lo movía, y lo disuadía de hacerse cristiano, contribuía a la confirmación y recomendación más eficaz de nuestra religión.
Esta, pues, es la vía universal de la liberación del alma, la vía que es concedida por la compasión divina a las naciones universalmente. Y ninguna nación a la que ya ha llegado el conocimiento de ella, o a la que pueda llegar en adelante, debe preguntar: ¿Por qué tan pronto? O, ¿por qué tan tarde?— pues el designio de Aquel que la envía es impenetrable para la capacidad humana. Esto lo sintió Porfirio cuando se limitó a decir que este don de Dios aún no era recibido, y aún no había llegado a su conocimiento. Pues aunque esto era así, no por eso declaró que la vía en sí no tuviera existencia. Esta, digo, es la vía universal para la liberación de los creyentes, acerca de la cual el fiel Abraham recibió la seguridad divina, «En tu simiente serán benditas todas las naciones.» [] Él, en verdad, era de nacimiento caldeo; pero, para que recibiera estas grandes promesas, y para que se propagara de él una simiente «dispuesta por ángeles en la mano de un Mediador,» [] en quien se encontrara esta vía universal, abierta a todas las naciones para la liberación del alma, se le ordenó dejar su país, y su parentela, y la casa de su padre. Entonces fue él mismo, ante todo, liberado de las supersticiones caldeas, y por su obediencia adoró al único Dios verdadero, cuyas promesas confió fielmente. Esta es la vía universal, de la cual se dice en la santa profecía, «Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga, y haga resplandecer su rostro sobre nosotros; para que tu camino sea conocido en la tierra, tu salvación entre todas las naciones.» Y por eso, cuando nuestro Salvador, mucho después, tomó carne de la simiente de Abraham, dice de sí mismo, «Yo soy el camino, la verdad, y la vida.» [] Esta es la vía universal, de la cual tanto tiempo antes se había predicho, «Y acontecerá en los últimos días, que el monte de la casa del Señor será establecido en la cumbre de los montes, y será exaltado sobre los collados; y todas las naciones fluirán a él. Y muchos pueblos irán y dirán: Venid, y subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob; y Él nos enseñará sus caminos, y andaremos en sus sendas: porque de Sión saldrá la ley, y la palabra del Señor de Jerusalén.» [] Esta vía, por tanto, no es propiedad de una, sino de todas las naciones. La ley y la palabra del Señor no permanecieron en Sión y Jerusalén, sino que salieron de allí para ser difundidas universalmente. Y por eso el Mediador mismo, después de su resurrección, dice a sus discípulos alarmados, «Estas son las palabras que os hablé estando aún con vosotros, que era necesario que se cumplieran todas las cosas que estaban escritas en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los Salmos, acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: Así está escrito, y así era necesario que Cristo padeciera, y resucitara de los muertos al tercer día: y que se predicara en su nombre el arrepentimiento y la remisión de los pecados entre todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.» [] Esta es la vía universal de la liberación del alma, que los santos ángeles y los santos profetas dieron a conocer antiguamente donde pudieron entre los pocos hombres que hallaron la gracia de Dios, y especialmente en la nación hebrea, cuya república fue, por así decirlo, consagrada para prefigurar y anunciar de antemano la ciudad de Dios que había de ser reunida de todas las naciones, por su tabernáculo, y templo, y sacerdocio, y sacrificios. En algunas declaraciones explícitas, y en muchos oscuros presagios, esta vía fue declarada; pero últimamente vino el Mediador mismo en la carne, y sus benditos apóstoles, revelando cómo la gracia del Nuevo Testamento explicaba más abiertamente lo que había sido oscuramente insinuado a las generaciones precedentes, en conformidad con la relación de las edades del género humano, y como plugo a Dios en su sabiduría disponer, quien también les dio testimonio con señales y milagros, algunos de los cuales he citado arriba. Pues no solo hubo visiones de ángeles, y palabras oídas de aquellos ministros celestiales, sino también hombres de Dios, armados con la palabra de simple piedad, expulsaron espíritus inmundos de los cuerpos y sentidos de los hombres, y sanaron deformidades y enfermedades; las bestias salvajes de tierra y mar, las aves del aire, las cosas inanimadas, los elementos, las estrellas, obedecieron sus mandatos divinos; los poderes del infierno cedieron ante ellos, los muertos fueron restaurados a la vida. No digo nada de los milagros peculiares y propios de la persona del Salvador, especialmente la natividad y la resurrección; en uno de los cuales obró solo el misterio de una maternidad virginal, mientras que en el otro dio un ejemplo de la resurrección que todos experimentarán al final. Esta vía purifica al hombre entero, y prepara al mortal en todas sus partes para la inmortalidad. Pues, para impedir que busquemos una purgación para la parte que Porfirio llama intelectual, y otra para la parte que llama espiritual, y otra para el cuerpo mismo, nuestro Purificador y Salvador más poderoso y veraz asumió la naturaleza humana completa. Excepto por esta vía, que ha estado presente entre los hombres tanto durante el período de las promesas como durante el de la proclamación de su cumplimiento, ningún hombre ha sido liberado, ningún hombre es liberado, ningún hombre será liberado.
En cuanto a la afirmación de Porfirio de que la vía universal de la liberación del alma aún no había llegado a su conocimiento por ningún trato que tuviera con la historia, yo preguntaría: ¿qué historia más notable puede encontrarse que la que se ha apoderado del mundo entero por su voz autoritativa? ¿O qué más digna de confianza que la que narra acontecimientos pasados, y predice los futuros con igual claridad, y en cuyas predicciones incumplidas nos vemos obligados a creer por las que ya se han cumplido? Pues ni Porfirio ni ningún platónico pueden despreciar la adivinación y la predicción, incluso de cosas que pertenecen a esta vida y a asuntos terrenales, aunque desprecian con justicia la adivinación ordinaria y la adivinación que está relacionada con las artes mágicas. Niegan que estas sean predicciones de grandes hombres, o que deban considerarse importantes, y tienen razón; pues se fundan, o bien en la previsión de causas subsidiarias, como ante un ojo profesional mucho del curso de una enfermedad se prevé por ciertos síntomas premonitorios, o bien los demonios inmundos predicen lo que han resuelto hacer, para poder obrar así sobre los pensamientos y deseos de los malvados con una apariencia de autoridad, e inclinar la fragilidad humana a imitar sus impuras acciones. No son tales cosas las que los santos que andan en la vía universal se preocupan de predecir como importantes, aunque, con el fin de recomendar la fe, conocían y a menudo predecían incluso tales cosas como no podían ser detectadas por la observación humana, ni ser verificadas fácilmente por la experiencia. Pero había otros acontecimientos verdaderamente importantes y divinos que ellos predecían, en la medida en que les era dado conocer la voluntad de Dios. Pues la encarnación de Cristo, y todos aquellos importantes prodigios que se cumplieron en Él, y se hicieron en su nombre; el arrepentimiento de los hombres y la conversión de sus voluntades a Dios; la remisión de los pecados, la gracia de la justicia, la fe de los piadosos, y las multitudes en todas las partes del mundo que creen en la verdadera divinidad; la destrucción de la idolatría y del culto a los demonios, y la prueba de los fieles por las tribulaciones; la purificación de los que perseveraron, y su liberación de todo mal; el día del juicio, la resurrección de los muertos, la condenación eterna de la comunidad de los impíos, y el reino eterno de la gloriosísima ciudad de Dios, siempre bienaventurada en el disfrute de la visión de Dios— estas cosas fueron predichas y prometidas en las Escrituras de esta vía; y de estas vemos tantas cumplidas, que justa y piadosamente confiamos en que el resto también acontecerá. En cuanto a los que no creen, y por consiguiente no entienden, que esta es la vía que conduce directamente a la visión de Dios y a la comunión eterna con Él, según las verdaderas predicciones y declaraciones de las Santas Escrituras, pueden asaltar nuestra posición, pero no pueden asaltarla.
Y por tanto, en estos diez libros, aunque no respondiendo, me atrevo a decir, a la expectativa de algunos, sin embargo he, como el verdadero Dios y Señor se ha dignado ayudarme, satisfecho el deseo de ciertas personas, refutando las objeciones de los impíos, que prefieren sus propios dioses al Fundador de la santa ciudad, de la que nos propusimos hablar. De estos diez libros, los cinco primeros se dirigieron contra los que piensan que debemos adorar a los dioses por causa de los bienes de esta vida, y los cinco segundos contra los que piensan que debemos adorarlos por causa de la vida que ha de ser después de la muerte. Y ahora, en cumplimiento de la promesa que hice en el primer libro, pasaré a decir, como Dios me ayude, lo que creo que necesita decirse acerca del origen, la historia y los fines merecidos de las dos ciudades, que, como ya se ha observado, están en este mundo entremezcladas e implicadas una con otra.
Aquí comienza la segunda parte de esta obra, que trata del origen, historia y destinos de las dos ciudades, la terrena y la celestial. En primer lugar, Agustín muestra en este libro cómo se formaron originalmente las dos ciudades, por la separación de los ángeles buenos y malos; y aprovecha la ocasión para tratar de la creación del mundo, tal como se describe en la Sagrada Escritura al comienzo del libro del Génesis.
Capítulo 1. De esta parte de la obra, en la cual comenzamos a explicar el origen y el fin de las dos ciudades
XI, 1
La ciudad de Dios de la que hablamos es la misma a la que da testimonio aquella Escritura, que aventaja a todos los escritos de todas las naciones por su autoridad divina, y ha traído bajo su influencia toda clase de mentes, y esto no por un movimiento intelectual casual, sino evidentemente por una disposición providencial expresa. Pues allí está escrito, «Cosas gloriosas se dicen de ti, oh ciudad de Dios.» Y en otro salmo leemos: «Grande es el Señor, y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, en el monte de su santidad, que alegra a toda la tierra.» Y, un poco después, en el mismo salmo: «Como lo hemos oído, así lo hemos visto en la ciudad del Señor de los ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios. Dios la ha establecido para siempre.» Y en otro: «Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de nuestro Dios, el lugar santo del tabernáculo del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida.» De estos y semejantes testimonios, que sería tedioso citar todos, hemos aprendido que hay una ciudad de Dios, y su Fundador nos ha inspirado un amor que nos hace codiciar su ciudadanía. A este Fundador de la ciudad santa los ciudadanos de la ciudad terrena prefieren sus propios dioses, no sabiendo que Él es el Dios de los dioses, no de los falsos, es decir., de los dioses impíos y soberbios, quienes, privados de su luz inmutable y gratuitamente comunicada, y reducidos así a una especie de poder menesteroso, se aferran ávidamente a sus propios privilegios privados y buscan honores divinos de parte de sus súbditos engañados; sino de los dioses piadosos y santos, que prefieren someterse a uno, antes que someter a muchos a sí mismos, y que preferirían adorar a Dios antes que ser adorados como Dios. Pero a los enemigos de esta ciudad les hemos respondido en los diez libros precedentes, según nuestra capacidad y la ayuda que nos ha concedido nuestro Señor y Rey. Ahora, reconociendo lo que se espera de mí, y no olvidado de mi promesa, y confiando también en el mismo socorro, me esforzaré por tratar del origen, del progreso y de los destinos merecidos de las dos ciudades (la terrena y la celestial, a saber), las cuales, como dijimos, están en este mundo presente mezcladas y, por así decirlo, entrelazadas. Y, en primer lugar, explicaré cómo se pusieron originalmente los cimientos de estas dos ciudades, en la diferencia que surgió entre los ángeles.
Del conocimiento de Dios, al cual ningún hombre puede llegar sino por el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús
XI, 2
Cosa grande y muy rara es que un hombre, después de haber contemplado toda la creación, corpórea e incorpórea, y de haber discernido su mutabilidad, pase más allá de ella, y, por el continuo remontarse de su mente, alcance la sustancia inmutable de Dios y, en esa altura de contemplación, aprenda de Dios mismo que nadie sino Él ha hecho todo lo que no es de la esencia divina. Pues Dios habla con el hombre no por medio de alguna criatura audible que retiña en sus oídos, de modo que las vibraciones atmosféricas conecten a Aquel que habla con aquel que oye el sonido, ni siquiera por medio de un ser espiritual con apariencia de cuerpo, como vemos en sueños o en estados semejantes; pues aun en este caso habla como a los oídos del cuerpo, porque es por medio de la apariencia de un cuerpo como habla, y con la apariencia de un intervalo real de espacio—pues las visiones son representaciones exactas de objetos corporales. No por estos medios, pues, habla Dios, sino por la verdad misma, si alguno está preparado para oír con la mente más que con el cuerpo. Pues Él habla a aquella parte del hombre que es mejor que todo lo demás que hay en él, y que solo Dios mismo es mejor. Pues, ya que el hombre se entiende con mayor propiedad (o, si esto no puede ser, al menos se cree ) que fue hecho a imagen de Dios, sin duda es aquella parte de él por la cual se eleva por encima de las partes inferiores que tiene en común con las bestias, la que lo acerca más al Supremo. Mas, puesto que la mente misma, aunque naturalmente capaz de razón e inteligencia, queda inhabilitada por vicios embrutecedores e inveterados no solo para deleitarse y permanecer, sino incluso para tolerar su luz inmutable, hasta que haya sido gradualmente sanada, renovada y hecha capaz de tal felicidad, tuvo, en primer lugar, que ser impregnada con la fe, y así purificada. Y para que en esta fe pudiera avanzar con más confianza hacia la verdad, la verdad misma, Dios, el Hijo de Dios, asumiendo la humanidad sin destruir su divinidad, estableció y fundó esta fe, para que hubiera un camino del hombre al Dios del hombre a través de un Dios-hombre. Pues este es el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Pues es en cuanto hombre que Él es el Mediador y el Camino. Ya que, si el camino se extiende entre el que va y el lugar adonde va, hay esperanza de llegar a él; pero si no hay camino, o si no sabe dónde está, ¿de qué sirve saber adónde debe ir? Ahora bien, el único camino que está infaliblemente asegurado contra todo error es cuando la misma persona es a la vez Dios y hombre: Dios nuestro fin, hombre nuestro camino.
XI, 3
Este Mediador, habiendo hablado lo que juzgó suficiente primero por los profetas, luego por sus propios labios y después por los apóstoles, ha producido además la Escritura que se llama canónica, la cual tiene autoridad suprema y a la cual prestamos asentimiento en todas las materias de las que no debemos ser ignorantes y que, sin embargo, no podemos conocer por nosotros mismos. Pues si alcanzamos el conocimiento de los objetos presentes por el testimonio de nuestros propios sentidos, ya sean internos o externos, entonces, respecto de los objetos remotos a nuestros propios sentidos, necesitamos que otros aporten su testimonio, ya que no podemos conocerlos por los nuestros, y damos crédito a las personas a quienes los objetos han estado o están sensiblemente presentes. Por consiguiente, así como en el caso de los objetos visibles que no hemos visto confiamos en los que los han visto (y lo mismo con todos los objetos sensibles), así en el caso de las cosas que se perciben por la mente y el espíritu., es decir, las que están remotas de nuestro propio sentido interior, nos corresponde confiar en quienes las han visto puestas en aquella luz incorpórea, o las contemplan de modo permanente.
Que el mundo no es sin principio, ni fue creado por un nuevo decreto de Dios, por el cual Él quisiera después lo que antes no había querido
XI, 4
De todas las cosas visibles, el mundo es la mayor; de todas las invisibles, la mayor es Dios. Pero que el mundo es, lo vemos; que Dios es, lo creemos. Que Dios hizo el mundo, no podemos creerlo de nadie con más seguridad que de Dios mismo. Pero ¿dónde lo hemos oído? En ninguna parte más claramente que en las Sagradas Escrituras, donde su profeta dijo: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» [] ¿Estuvo presente el profeta cuando Dios hizo los cielos y la tierra? No; pero la sabiduría de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, estaba allí, [] y la sabiduría se insinúa en las almas santas, y hace de ellas los amigos de Dios y sus profetas, y sin ruido les informa de sus obras. Son enseñados también por los ángeles de Dios, que contemplan siempre el rostro del Padre, [] y anuncian su voluntad a quien conviene. De estos profetas fue el que dijo y escribió: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» Y tan idóneo testigo fue él de Dios, que el mismo Espíritu de Dios, que le reveló estas cosas, le capacitó también para predecir, tanto tiempo antes, que nuestra fe también habría de llegar.
Pero ¿por qué eligió Dios entonces crear los cielos y la tierra, que hasta aquel tiempo no había hecho? Si los que plantean esta pregunta quieren hacer ver que el mundo es eterno y sin principio, y que por consiguiente no ha sido hecho por Dios, están extrañamente engañados, y deliran en la locura incurable de la impiedad. Pues, aunque las voces de los profetas callaran, el mundo mismo, por sus cambios y movimientos bien ordenados, y por la hermosa apariencia de todas las cosas visibles, da su propio testimonio, tanto de que ha sido creado, como de que no pudo haber sido creado sino por Dios, cuya grandeza y belleza son inefables e invisibles. En cuanto a los que reconocen, ciertamente, que fue hecho por Dios, y sin embargo le atribuyen no un comienzo temporal sino solo un comienzo creacional, de modo que de alguna manera apenas inteligible el mundo habría existido siempre como mundo creado, hacen una afirmación que les parece defender a Dios de la acusación de apresuramiento arbitrario, o de concebir repentinamente la idea de crear el mundo como una idea totalmente nueva, o de cambiar casualmente su voluntad, aunque Él sea inmutable. Pero no veo cómo esta suposición suya puede sostenerse en otros aspectos, y principalmente en lo que respecta al alma; pues si sostienen que es coeterna con Dios, se verán muy apurados para explicar de dónde le ha sobrevenido una nueva miseria que durante una eternidad anterior no había existido. Pues si dijeran que su felicidad y su miseria alternan incesantemente, tendrán que decir además que esta alternancia continuará para siempre; de donde resultará este absurdo: que, aunque se llame al alma bienaventurada, no lo es en esto, en que prevé su propia miseria y deshonra. Y sin embargo, si no la prevé, y supone que no será ni deshonrada ni desdichada, sino siempre bienaventurada, entonces es bienaventurada porque se engaña; y no se puede hacer una afirmación más necia. Pero si su idea es que la miseria del alma ha alternado con su felicidad durante las edades de la eternidad pasada, mas que ahora, una vez que el alma ha sido liberada, no volverá jamás a la miseria, opinan sin embargo que nunca antes ha sido verdaderamente bienaventurada, sino que comienza por fin a disfrutar de una felicidad nueva e incierta; es decir, deben reconocer que algo nuevo, y algo importante y señalado, le sucede al alma que nunca en toda una eternidad pasada le había sucedido antes. Y si niegan que el propósito eterno de Dios incluía esta nueva experiencia del alma, niegan que Él sea el Autor de su bienaventuranza, lo cual es una impiedad inefable. Si, por otra parte, dicen que la futura bienaventuranza del alma es el resultado de un nuevo decreto de Dios, ¿cómo mostrarán que Dios no es imputable de aquella mutabilidad que les desagrada? Además, si reconocen que fue creada en el tiempo, mas nunca perecerá en el tiempo—que tiene, como el número, un comienzo pero no un fin—y que, por lo tanto, habiendo una vez probado la miseria y sido librada de ella, jamás volverá a ella, ciertamente admitirán que esto sucede sin ninguna violación del consejo inmutable de Dios. Crea, pues, asimismo respecto del mundo que también pudo ser hecho en el tiempo, y que Dios, al hacerlo, no alteró su designio eterno.
Que no debemos pretender comprender las edades infinitas del tiempo antes del mundo, ni los reinos infinitos del espacio
XI, 5
A continuación, debemos ver qué respuesta se puede dar a los que convienen en que Dios es el Creador del mundo, pero tienen dificultades acerca del tiempo de su creación, y qué respuesta también pueden ellos dar a las dificultades que nosotros podríamos plantear acerca del lugar de su creación. Pues, así como ellos preguntan por qué el mundo fue creado entonces y no antes, nosotros podemos preguntar por qué fue creado justamente aquí donde está, y no en otra parte. Pues si imaginan espacios infinitos de tiempo antes del mundo, durante los cuales Dios no pudo haber estado ocioso, del mismo modo pueden concebir fuera del mundo reinos infinitos de espacio, en los cuales, si alguien dice que el Omnipotente no puede contener su mano de obrar, ¿no se seguirá que deben adoptar el sueño de Epicuro de innumerables mundos? Con esta sola diferencia: que él afirma que se forman y se destruyen por los movimientos fortuitos de los átomos, mientras que ellos sostendrán que son hechos por la mano de Dios, si mantienen que, a través de la inmensidad ilimitada del espacio, que se extiende interminablemente en todas direcciones en torno al mundo, Dios no puede descansar, y que los mundos que suponen que Él hace no pueden ser destruidos. Pues aquí la cuestión es con aquellos que, con nosotros, creen que Dios es espiritual y el Creador de todas las existencias excepto Él mismo. En cuanto a los demás, es una condescendencia disputar con ellos sobre una cuestión religiosa, pues han adquirido reputación solo entre hombres que rinden honores divinos a un número de dioses, y se han hecho conspicuos entre los demás filósofos por ninguna otra razón sino que, aunque están todavía lejos de la verdad, están cerca de ella en comparación con los demás. Ahora bien, estos, que no confinan en lugar alguno, ni limitan, ni distribuyen la sustancia divina, sino que, como es digno de Dios, la reconocen enteramente presente en todas partes aunque espiritualmente, ¿dirán acaso que esta sustancia está ausente de tan inmensos espacios fuera del mundo, y que está ocupada en uno solo (y ese muy pequeño comparado con la infinitud de más allá), a saber, aquel en el cual está el mundo? Creo que no llegarán a este absurdo. Puesto que sostienen que no hay más que un mundo, de vasta mole material ciertamente, pero finito, y en su propia posición determinada, y que este fue hecho por la obra de Dios, den la misma cuenta del descanso de Dios en los tiempos infinitos antes del mundo que la que dan de su descanso en los espacios infinitos fuera de él. Y así como no se sigue que Dios puso el mundo en el lugar mismo que ocupa y en ningún otro por accidente más bien que por razón divina, aunque ninguna razón humana pueda comprender por qué fue puesto así, y aunque no hubiera mérito en el lugar elegido para darle precedencia sobre infinitos otros, así tampoco se sigue que debamos suponer que Dios fue guiado por la casualidad cuando creó el mundo en aquel tiempo y no en uno anterior, aunque los tiempos anteriores hubieran estado transcurriendo durante un pasado infinito, y aunque no hubiera diferencia por la cual un tiempo pudiera ser elegido con preferencia a otro. Pero si dicen que los pensamientos de los hombres son ociosos cuando conciben lugares infinitos, puesto que no hay lugar fuera del mundo, respondemos que, por el mismo razonamiento, es vano concebir los tiempos pasados del descanso de Dios, puesto que no hay tiempo antes del mundo.
XI, 6
Pues si la eternidad y el tiempo se distinguen rectamente en esto: que el tiempo no existe sin algún movimiento y transición, mientras que en la eternidad no hay cambio, ¿quién no ve que no pudo haber habido tiempo si no hubiera sido hecha alguna criatura que con algún movimiento pudiera dar nacimiento al cambio—cuyas diversas partes de movimiento y cambio, como no pueden ser simultáneas, se suceden unas a otras—y así, en estos intervalos más cortos o más largos de duración, comenzaría el tiempo? Puesto que, entonces, Dios, en cuya eternidad no hay cambio alguno, es el Creador y Ordenador del tiempo, no veo cómo se puede decir que creó el mundo después de que hubieran transcurrido espacios de tiempo, a menos que se diga que antes del mundo hubo alguna criatura por cuyo movimiento pudiera pasar el tiempo. Y si las sagradas e infalibles Escrituras dicen que en el principio creó Dios los cielos y la tierra, para que se entienda que no había hecho nada previamente—pues si hubiera hecho algo antes de lo demás, de esto se diría más bien que fue hecho «en el principio» —entonces ciertamente el mundo fue hecho, no en el tiempo, sino simultáneamente con el tiempo. Pues lo que se hace en el tiempo se hace después y antes de algún tiempo: después de lo pasado, antes de lo futuro. Pero entonces nada podía ser pasado, pues no había criatura alguna por cuyos movimientos se pudiera medir su duración. Mas simultáneamente con el tiempo fue hecho el mundo, si en la creación del mundo se crearon el cambio y el movimiento, como parece evidente por el orden de los primeros seis o siete días. Pues en estos días se cuentan la mañana y la tarde, hasta que, en el sexto día, todas las cosas que Dios hizo entonces fueron acabadas, y en el séptimo el descanso de Dios fue misteriosa y sublimemente señalado. ¡Qué clase de días fueron estos es extremadamente difícil, o quizá imposible para nosotros concebir, y cuánto más decirlo!