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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)41 minPosición: 0% de esta parteParte 21 de 52 · Capítulo 29Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 29

    De la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, que los platónicos en su impiedad se avergüenzan de reconocer

    X, 29

    Proclamas al Padre y a su Hijo, a quien llamas intelecto o mente del Padre, y entre éstos a un tercero, por el cual suponemos que quieres decir el Espíritu Santo, y a tu manera llamas dioses a estos tres. En esto, aunque tus expresiones son inexactas, de algún modo y como a través de un velo ves aquello hacia lo cual debemos esforzarnos; pero la encarnación del Hijo inmutable de Dios, por la cual somos salvos y se nos capacita para alcanzar las cosas que creemos, o en parte entendemos, es lo que te niegas a reconocer. Ves, en cierto modo, aunque de lejos, aunque con ojo empañado, la patria en la que debemos habitar; pero el camino hacia ella no lo conoces. Y, sin embargo, crees en la gracia, pues dices que a pocos se concede llegar a Dios en virtud de la inteligencia. Pues no dices: «Pocos lo han considerado conveniente o lo han querido,» sino, «A pocos ha sido concedido,» — reconociendo claramente la gracia de Dios, no la suficiencia del hombre. También usas esta palabra más expresamente cuando, conforme a la opinión de Platón, no dudas de que en esta vida el hombre no puede alcanzar de ningún modo la sabiduría perfecta, sino que cuanto falta se suple en la vida futura para quienes viven intelectualmente, por la providencia y la gracia de Dios. ¡Oh, si hubieras reconocido la gracia de Dios en Jesucristo nuestro Señor, y su misma encarnación, en la que asumió un alma y un cuerpo humanos, habrías parecido el ejemplo más brillante de la gracia! Pero ¿qué hago? Sé que es inútil hablar a un muerto—inútil, al menos, por lo que a ti respecta, pero quizá no en vano para quienes te estiman en alto grado y te aman a causa de su amor a la sabiduría o de su curiosidad por esas artes que no debiste aprender; y a estas personas me dirijo en tu nombre. La gracia de Dios no pudo sernos encomendada más graciosamente que así: que el Hijo único de Dios, permaneciendo inmutable en sí mismo, asumiera la humanidad y nos diera la esperanza de su amor, mediante la mediación de una naturaleza humana, por la cual nosotros, desde la condición de hombres, pudiéramos llegar a Aquel que estaba tan lejos: lo inmortal desde lo mortal, lo inmutable desde lo mudable, lo justo desde lo injusto, lo bienaventurado desde lo miserable. Y, como nos había dado un instinto natural para desear la bienaventuranza y la inmortalidad, continuando Él mismo bienaventurado, pero asumiendo la mortalidad, al soportar lo que tememos nos enseñó a despreciarla, para otorgarnos lo que anhelamos.
    Pero para que asientas a esta verdad, es necesaria la humildad, y a ella es sumamente difícil doblegarte. Pues ¿qué hay de increíble, especialmente para hombres como tú, acostumbrados a la especulación, que podría haberos predispuesto a creer en esto—qué hay de increíble, digo, en la afirmación de que Dios asumió un alma y un cuerpo humanos? Vosotros mismos atribuís tal excelencia al alma intelectual, que es, después de todo, el alma humana, que sostenéis que puede llegar a ser consustancial con aquella inteligencia del Padre en quien creéis como el Hijo de Dios. ¿Qué hay de increíble, entonces, en que un alma determinada sea asumida por Él de manera inefable y única para la salvación de muchos? Además, nuestra naturaleza misma da testimonio de que el hombre es incompleto si no se une un cuerpo al alma. Esto ciertamente sería más increíble, si no fuera la más común de todas las cosas; pues más fácilmente creeríamos en una unión entre espíritu y espíritu, o, para usar tu propia terminología, entre lo incorpóreo y lo incorpóreo, aunque lo uno fuera humano y lo otro divino, lo uno mudable y lo otro inmutable, que en una unión entre lo corpóreo y lo incorpóreo. ¿Pero acaso es el nacimiento sin precedentes de un cuerpo de una virgen lo que te hace vacilar? Pues, lejos de ser una dificultad, más bien debería ayudarte a recibir nuestra religión, el que una persona milagrosa naciera milagrosamente. ¿O encuentras dificultad en el hecho de que, después de que su cuerpo fue entregado a la muerte, y fue transformado por la resurrección en un cuerpo de una especie más elevada, y no era ya mortal sino incorruptible, lo llevó consigo a los lugares celestiales? Quizá te niegas a creer esto porque recuerdas que Porfirio, en esos mismos libros de los que he citado tanto, y que tratan del retorno del alma, enseña con tanta frecuencia que ha de huirse de todo cuerpo, para que el alma habite en la bienaventuranza con Dios. Pero aquí, en lugar de seguir a Porfirio, más bien deberías haberlo corregido, especialmente porque coincidís en creer cosas tan increíbles acerca del alma de este mundo visible y de su enorme estructura material. Pues, como discípulos de Platón, sostenéis que el mundo es un animal, y un animal felicísimo, al que además queréis eterno. ¿Cómo, entonces, no ha de desprenderse jamás de un cuerpo y, sin embargo, no ha de perder jamás su felicidad, si para la felicidad del alma es preciso dejar atrás el cuerpo? También el sol y los demás astros, no sólo reconocéis que son cuerpos, en lo cual tenéis el asentimiento cordial de todos los hombres que ven, sino que además, obedeciendo a lo que consideráis una visión más profunda, declaráis que son animales felicísimos y eternos junto con sus cuerpos. ¿Por qué, entonces, cuando se os insta a aceptar la fe cristiana, olvidáis, o fingís ignorar, lo que habitualmente discutís o enseñáis? ¿Por qué os negáis a ser cristianos, con el pretexto de que sostenéis opiniones que, de hecho, vosotros mismos demoléis? ¿No es porque Cristo vino en humildad, y vosotros sois soberbios? La naturaleza precisa de los cuerpos resucitados de los santos puede a veces dar ocasión a discusión entre los más versados en las Escrituras cristianas; sin embargo, no hay entre nosotros la menor duda de que serán eternos, y de una naturaleza ejemplificada en el caso del cuerpo resucitado de Cristo. Pero sea cual sea su naturaleza, puesto que sostenemos que serán absolutamente incorruptibles e inmortales, y que no ofrecerán impedimento alguno a la contemplación del alma, por la cual está fija en Dios, y puesto que decís que entre los seres celestiales los cuerpos de los eternamente bienaventurados son eternos, ¿por qué sostenéis que, para la bienaventuranza, ha de huirse de todo cuerpo? ¿Por qué buscáis así una razón tan plausible para escapar de la fe cristiana, sino porque, como digo de nuevo, Cristo es humilde y vosotros soberbios? ¿Os avergonzáis de ser corregidos? Éste es el vicio de los soberbios. Es, en verdad, una degradación para los sabios pasar de la escuela de Platón al discipulado de Cristo, quien por su Espíritu enseñó a un pescador a pensar y a decir: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron.» [] El anciano santo Simpliciano, después obispo de Milán, solía contarme que cierto platónico acostumbraba decir que este pasaje inicial del santo Evangelio titulado Según Juan debería escribirse con letras de oro y colgarse en todas las iglesias en el lugar más visible. Pero los soberbios se desdeñan de tomar a Dios por Maestro, porque «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.» [] De modo que, con estas criaturas miserables, no basta que estén enfermas, sino que se jactan de su enfermedad y se avergüenzan de la medicina que podría sanarlas. Y, al hacer esto, no alcanzan elevación, sino una caída más desastrosa.

    Capítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo

    X, 30

    Si se considera indecoroso enmendar cualquier cosa que Platón haya tocado, ¿por qué el propio Porfirio hizo enmiendas, y no pocas? Pues es muy cierto que Platón escribió que las almas de los hombres regresan después de la muerte a los cuerpos de las bestias. También Plotino, maestro de Porfirio, sostuvo esta opinión; sin embargo, Porfirio la rechazó justamente. Él opinaba que las almas humanas regresan ciertamente a cuerpos humanos, pero no a los cuerpos que habían dejado, sino a otros cuerpos nuevos. Se apartó de la otra opinión, no fuera que una mujer que hubiera regresado en una mula pudiera llevar a su propio hijo sobre su espalda. Sin embargo, no se apartó de una teoría que admitía la posibilidad de que una madre volviera en una muchacha y se casara con su propio hijo. ¡Cuánto más honorable es la creencia que fue enseñada por los santos y veraces ángeles, proferida por los profetas que fueron movidos por el Espíritu de Dios, predicada por Aquel que fue anunciado como el Salvador venidero por sus heraldos precursores, y por los apóstoles que Él envió, y que llenaron el mundo entero con el evangelio— cuánto más honorable, digo, es la creencia de que las almas regresan una sola vez para siempre a sus propios cuerpos, que la de que regresan una y otra vez a cuerpos diversos! Sin embargo, Porfirio, como he dicho, mejoró considerablemente esta opinión, al menos en cuanto sostuvo que las almas humanas podían transmigrar solo a cuerpos humanos, y no tuvo escrúpulo en demoler las prisiones bestiales en las que Platón había querido encerrarlas. Dice también que Dios puso el alma en el mundo para que reconociera los males de la materia, y regresara al Padre, y quedara para siempre emancipada del contacto contaminante de la materia. Y aunque aquí hay un pensamiento inapropiado (pues el alma es dada al cuerpo más bien para que haga el bien; porque no aprendería el mal si no lo hiciera), sin embargo corrige la opinión de otros platónicos, y eso en un punto de no poca importancia, en cuanto confiesa que el alma, que es purgada de todo mal y recibida en la presencia del Padre, no sufrirá nunca más los males de esta vida. Con esta opinión subvirtió por completo el dogma platónico favorito, de que así como los muertos se hacen de los vivos, así los vivos se hacen de los muertos; y desbarató la idea que Virgilio parece haber adoptado de Platón, de que las almas purificadas que han sido enviadas a los campos Elíseos (el nombre poético de los gozos de los bienaventurados) son convocadas al río Leteo, es decir, al olvido del pasado,
    Que hacia la tierra puedan pasar una vez más,
    Sin recordar las cosas de antes,
    Y con una ciega propensión anhelar
    A los cuerpos carnales volver.
    Esto no halló favor en Porfirio, y con mucha justicia; pues es ciertamente necio creer que las almas deban desear regresar de aquella vida, que no puede ser muy bienaventurada si no es por la seguridad de su permanencia, y volver a esta vida, y a la contaminación de cuerpos corruptibles, como si el resultado de la purificación perfecta fuera solo hacer deseable la mancha. Pues si la purificación perfecta produce el olvido de todos los males, y el olvido de los males crea un deseo de un cuerpo en el que el alma pueda enredarse de nuevo con los males, entonces la suprema felicidad será causa de infelicidad, y la perfección de la sabiduría causa de necedad, y la purísima limpieza causa de mancha. Y, por mucho que dure la bienaventuranza del alma, no puede fundarse en la verdad si, para ser bienaventurada, ha de ser engañada. Pues no puede ser bienaventurada si no está libre de temor. Pero, para estar libre de temor, debe tener la falsa impresión de que será siempre bienaventurada— la falsa impresión, pues está destinada a ser también en algún momento miserable. ¿Cómo, entonces, se gozará el alma en la verdad, cuyo gozo se funda en la falsedad? Porfirio vio esto, y por eso dijo que el alma purificada regresa al Padre, para que nunca más se enrede en el contacto contaminante con el mal. La opinión, por tanto, de algunos platónicos, de que hay una revolución necesaria que arrastra a las almas y las trae de nuevo a las mismas cosas, es falsa. Pero, si fuera verdadera, ¿qué ventaja habría en conocerla? ¿Pretenderían los platónicos alegar su superioridad sobre nosotros, porque en esta vida ignoramos lo que ellos mismos estaban condenados a ignorar cuando fueran perfeccionados en pureza y sabiduría en otra vida mejor, y lo que deben ignorar si han de ser bienaventurados? Si fuera sumamente absurdo y necio decirlo, entonces ciertamente debemos preferir la opinión de Porfirio a la idea de una circulación de almas a través de felicidad y miseria constantemente alternadas. Y si esto es justo, aquí hay un platónico enmendando a Platón, aquí hay un hombre que vio lo que Platón no vio, y que no se encogió de corregir a un maestro tan ilustre, sino que prefirió la verdad a Platón.

    Capítulo 31

    Contra los argumentos en los que los platónicos basan su afirmación de que el alma humana es coeterna con Dios

    X, 31

    ¿Por qué, entonces, no creemos más bien a la divinidad en aquellas cosas que el talento humano no puede sondear? ¿Por qué no damos crédito a la afirmación de la divinidad, de que el alma no es coeterna con Dios, sino que es creada, y una vez no existió? Pues a los platónicos les parecía alegar una razón adecuada para su rechazo de esta doctrina, cuando afirmaban que nada podía ser eterno que no hubiera existido siempre. Platón, sin embargo, al escribir acerca del mundo y de los dioses en él, a quienes hizo el Supremo, afirma de la manera más expresa que tuvieron un principio y sin embargo no tendrían fin, sino que, por la soberana voluntad del Creador, durarían eternamente. Pero, a modo de interpretar esto, los platónicos han descubierto que quiso decir un principio, no de tiempo, sino de causa. «Pues como si un pie,» dicen, «hubiera estado siempre desde la eternidad en el polvo, siempre habría habido una huella debajo de él; y sin embargo nadie dudaría de que esta huella fue hecha por la presión del pie, ni de que, aunque la una fue hecha por el otro, ninguno fue anterior al otro; así,» dicen, «el mundo y los dioses creados en él siempre han existido, existiendo siempre su Creador, y sin embargo fueron hechos.» Si, entonces, el alma ha existido siempre, ¿diremos que su miseria ha existido siempre? Pues si hay algo en ella que no fue desde la eternidad, sino que comenzó en el tiempo, ¿por qué es imposible que el alma misma, aunque no existiera previamente, comience a ser en el tiempo? Su bienaventuranza, también, la cual, como él reconoce, ha de ser más estable, y ciertamente sin fin, después de la experiencia de los males del alma— esta indudablemente tiene un principio en el tiempo, y sin embargo ha de ser siempre, aunque previamente no tuvo existencia. Toda esta argumentación, por tanto, para establecer que nada puede ser sin fin excepto aquello que no ha tenido principio, cae por tierra. Pues aquí encontramos la bienaventuranza del alma, que tiene un principio, y sin embargo no tiene fin. Y, por tanto, deje la incapacidad del hombre lugar a la autoridad de Dios; y tomemos nuestra creencia acerca de la religión verdadera de los espíritus siempre bienaventurados, que no buscan para sí aquel honor que saben que es debido a su Dios y nuestro, y que no nos mandan sacrificar sino solo a Él, cuyo sacrificio, como he dicho ya a menudo, y debo decir a menudo de nuevo, nosotros y ellos debemos ser juntos, ofrecido por medio de aquel Sacerdote que se ofreció a sí mismo a la muerte como sacrificio por nosotros, en aquella naturaleza humana que asumió, y según la cual quiso ser nuestro Sacerdote.

    Capítulo 32

    De la vía universal de la liberación del alma, que Porfirio no encontró porque no la buscó rectamente, y que solo la gracia de Cristo ha abierto

    X, 32

    Esta es la religión que posee la vía universal para liberar el alma; pues excepto por esta vía, nadie puede ser liberado. Esta es una especie de vía real, que sola conduce a un reino que no se tambalea como todas las dignidades temporales, sino que se mantiene firme sobre cimientos eternos. Y cuando Porfirio dice, hacia el final del primer libro De Regressu Animœ, que ningún sistema de doctrina que proporcione la vía universal para liberar el alma ha sido aún recibido, ni de la filosofía más verdadera, ni de las ideas y prácticas de los indios, ni del razonamiento de los caldeos, ni de fuente alguna, y que ninguna lectura histórica le había dado a conocer esa vía, manifiestamente reconoce que existe tal vía, pero que aún no la conocía. Nada de todo lo que había aprendido tan laboriosamente acerca de la liberación del alma, nada de todo lo que parecía a otros, si no a sí mismo, saber y creer, le satisfacía. Pues percibía que faltaba todavía una autoridad imperiosa que fuera correcto seguir en un asunto de tal importancia. Y cuando dice que no había aprendido de ninguna filosofía más verdadera un sistema que poseyera la vía universal de la liberación del alma, muestra claramente, según me parece, o bien que la filosofía de la que era discípulo no era la más verdadera, o que no comprendía tal vía. ¿Y cómo puede ser la filosofía más verdadera la que no posee esta vía? Pues ¿qué otra cosa es la vía universal de la liberación del alma sino aquella por la cual todas las almas universalmente son liberadas, y sin la cual, por tanto, ninguna alma es liberada? Y cuando dice, además, «o de las ideas y prácticas de los indios, o del razonamiento de los caldeos, o de fuente alguna,» declara en el lenguaje más inequívoco que esta vía universal de la liberación del alma no estaba abarcada en lo que había aprendido ni de los indios ni de los caldeos; y sin embargo no pudo abstenerse de declarar que era de los caldeos de quienes había derivado estos oráculos divinos de los que hace tan frecuente mención. ¿Qué quiere decir, por tanto, con esta vía universal de la liberación del alma, que aún no había sido dada a conocer por ninguna filosofía más verdadera, ni por los sistemas doctrinales de aquellas naciones que se consideraba que tenían gran perspicacia en las cosas divinas, porque se entregaban más libremente a una ciencia curiosa y fantástica y al culto de los ángeles? ¿Qué es esta vía universal de la que reconoce su ignorancia, sino una vía que no pertenece a una nación como propiedad especial suya, sino que es común a todas, y divinamente otorgada? Porfirio, hombre de no mediana capacidad, no duda de que tal vía existe; pues cree que la Divina Providencia no pudo haber dejado a los hombres desprovistos de esta vía universal de liberar el alma. Pues no dice que esta vía no exista, sino que este gran bien y auxilio aún no ha sido descubierto, y no ha llegado a su conocimiento. Y no es de extrañar; pues Porfirio vivió en una época en que esta vía universal de la liberación del alma— en otras palabras, la religión cristiana— estaba expuesta a las persecuciones de idólatras y adoradores de demonios, y de gobernantes terrenales, para que se completara y consagrara el número de mártires o testigos de la verdad, y para que por ellos se diera prueba de que debemos soportar todos los sufrimientos corporales en la causa de la santa fe, y para la recomendación de la verdad. Porfirio, siendo testigo de estas persecuciones, concluyó que esta vía estaba destinada a una pronta extinción, y que, por tanto, no era la vía universal de la liberación del alma, y no vio que lo mismo que así lo movía, y lo disuadía de hacerse cristiano, contribuía a la confirmación y recomendación más eficaz de nuestra religión.
    Esta, pues, es la vía universal de la liberación del alma, la vía que es concedida por la compasión divina a las naciones universalmente. Y ninguna nación a la que ya ha llegado el conocimiento de ella, o a la que pueda llegar en adelante, debe preguntar: ¿Por qué tan pronto? O, ¿por qué tan tarde?— pues el designio de Aquel que la envía es impenetrable para la capacidad humana. Esto lo sintió Porfirio cuando se limitó a decir que este don de Dios aún no era recibido, y aún no había llegado a su conocimiento. Pues aunque esto era así, no por eso declaró que la vía en sí no tuviera existencia. Esta, digo, es la vía universal para la liberación de los creyentes, acerca de la cual el fiel Abraham recibió la seguridad divina, «En tu simiente serán benditas todas las naciones.» [] Él, en verdad, era de nacimiento caldeo; pero, para que recibiera estas grandes promesas, y para que se propagara de él una simiente «dispuesta por ángeles en la mano de un Mediador,» [] en quien se encontrara esta vía universal, abierta a todas las naciones para la liberación del alma, se le ordenó dejar su país, y su parentela, y la casa de su padre. Entonces fue él mismo, ante todo, liberado de las supersticiones caldeas, y por su obediencia adoró al único Dios verdadero, cuyas promesas confió fielmente. Esta es la vía universal, de la cual se dice en la santa profecía, «Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga, y haga resplandecer su rostro sobre nosotros; para que tu camino sea conocido en la tierra, tu salvación entre todas las naciones.» Y por eso, cuando nuestro Salvador, mucho después, tomó carne de la simiente de Abraham, dice de sí mismo, «Yo soy el camino, la verdad, y la vida.» [] Esta es la vía universal, de la cual tanto tiempo antes se había predicho, «Y acontecerá en los últimos días, que el monte de la casa del Señor será establecido en la cumbre de los montes, y será exaltado sobre los collados; y todas las naciones fluirán a él. Y muchos pueblos irán y dirán: Venid, y subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob; y Él nos enseñará sus caminos, y andaremos en sus sendas: porque de Sión saldrá la ley, y la palabra del Señor de Jerusalén.» [] Esta vía, por tanto, no es propiedad de una, sino de todas las naciones. La ley y la palabra del Señor no permanecieron en Sión y Jerusalén, sino que salieron de allí para ser difundidas universalmente. Y por eso el Mediador mismo, después de su resurrección, dice a sus discípulos alarmados, «Estas son las palabras que os hablé estando aún con vosotros, que era necesario que se cumplieran todas las cosas que estaban escritas en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los Salmos, acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: Así está escrito, y así era necesario que Cristo padeciera, y resucitara de los muertos al tercer día: y que se predicara en su nombre el arrepentimiento y la remisión de los pecados entre todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.» [] Esta es la vía universal de la liberación del alma, que los santos ángeles y los santos profetas dieron a conocer antiguamente donde pudieron entre los pocos hombres que hallaron la gracia de Dios, y especialmente en la nación hebrea, cuya república fue, por así decirlo, consagrada para prefigurar y anunciar de antemano la ciudad de Dios que había de ser reunida de todas las naciones, por su tabernáculo, y templo, y sacerdocio, y sacrificios. En algunas declaraciones explícitas, y en muchos oscuros presagios, esta vía fue declarada; pero últimamente vino el Mediador mismo en la carne, y sus benditos apóstoles, revelando cómo la gracia del Nuevo Testamento explicaba más abiertamente lo que había sido oscuramente insinuado a las generaciones precedentes, en conformidad con la relación de las edades del género humano, y como plugo a Dios en su sabiduría disponer, quien también les dio testimonio con señales y milagros, algunos de los cuales he citado arriba. Pues no solo hubo visiones de ángeles, y palabras oídas de aquellos ministros celestiales, sino también hombres de Dios, armados con la palabra de simple piedad, expulsaron espíritus inmundos de los cuerpos y sentidos de los hombres, y sanaron deformidades y enfermedades; las bestias salvajes de tierra y mar, las aves del aire, las cosas inanimadas, los elementos, las estrellas, obedecieron sus mandatos divinos; los poderes del infierno cedieron ante ellos, los muertos fueron restaurados a la vida. No digo nada de los milagros peculiares y propios de la persona del Salvador, especialmente la natividad y la resurrección; en uno de los cuales obró solo el misterio de una maternidad virginal, mientras que en el otro dio un ejemplo de la resurrección que todos experimentarán al final. Esta vía purifica al hombre entero, y prepara al mortal en todas sus partes para la inmortalidad. Pues, para impedir que busquemos una purgación para la parte que Porfirio llama intelectual, y otra para la parte que llama espiritual, y otra para el cuerpo mismo, nuestro Purificador y Salvador más poderoso y veraz asumió la naturaleza humana completa. Excepto por esta vía, que ha estado presente entre los hombres tanto durante el período de las promesas como durante el de la proclamación de su cumplimiento, ningún hombre ha sido liberado, ningún hombre es liberado, ningún hombre será liberado.
    En cuanto a la afirmación de Porfirio de que la vía universal de la liberación del alma aún no había llegado a su conocimiento por ningún trato que tuviera con la historia, yo preguntaría: ¿qué historia más notable puede encontrarse que la que se ha apoderado del mundo entero por su voz autoritativa? ¿O qué más digna de confianza que la que narra acontecimientos pasados, y predice los futuros con igual claridad, y en cuyas predicciones incumplidas nos vemos obligados a creer por las que ya se han cumplido? Pues ni Porfirio ni ningún platónico pueden despreciar la adivinación y la predicción, incluso de cosas que pertenecen a esta vida y a asuntos terrenales, aunque desprecian con justicia la adivinación ordinaria y la adivinación que está relacionada con las artes mágicas. Niegan que estas sean predicciones de grandes hombres, o que deban considerarse importantes, y tienen razón; pues se fundan, o bien en la previsión de causas subsidiarias, como ante un ojo profesional mucho del curso de una enfermedad se prevé por ciertos síntomas premonitorios, o bien los demonios inmundos predicen lo que han resuelto hacer, para poder obrar así sobre los pensamientos y deseos de los malvados con una apariencia de autoridad, e inclinar la fragilidad humana a imitar sus impuras acciones. No son tales cosas las que los santos que andan en la vía universal se preocupan de predecir como importantes, aunque, con el fin de recomendar la fe, conocían y a menudo predecían incluso tales cosas como no podían ser detectadas por la observación humana, ni ser verificadas fácilmente por la experiencia. Pero había otros acontecimientos verdaderamente importantes y divinos que ellos predecían, en la medida en que les era dado conocer la voluntad de Dios. Pues la encarnación de Cristo, y todos aquellos importantes prodigios que se cumplieron en Él, y se hicieron en su nombre; el arrepentimiento de los hombres y la conversión de sus voluntades a Dios; la remisión de los pecados, la gracia de la justicia, la fe de los piadosos, y las multitudes en todas las partes del mundo que creen en la verdadera divinidad; la destrucción de la idolatría y del culto a los demonios, y la prueba de los fieles por las tribulaciones; la purificación de los que perseveraron, y su liberación de todo mal; el día del juicio, la resurrección de los muertos, la condenación eterna de la comunidad de los impíos, y el reino eterno de la gloriosísima ciudad de Dios, siempre bienaventurada en el disfrute de la visión de Dios— estas cosas fueron predichas y prometidas en las Escrituras de esta vía; y de estas vemos tantas cumplidas, que justa y piadosamente confiamos en que el resto también acontecerá. En cuanto a los que no creen, y por consiguiente no entienden, que esta es la vía que conduce directamente a la visión de Dios y a la comunión eterna con Él, según las verdaderas predicciones y declaraciones de las Santas Escrituras, pueden asaltar nuestra posición, pero no pueden asaltarla.
    Y por tanto, en estos diez libros, aunque no respondiendo, me atrevo a decir, a la expectativa de algunos, sin embargo he, como el verdadero Dios y Señor se ha dignado ayudarme, satisfecho el deseo de ciertas personas, refutando las objeciones de los impíos, que prefieren sus propios dioses al Fundador de la santa ciudad, de la que nos propusimos hablar. De estos diez libros, los cinco primeros se dirigieron contra los que piensan que debemos adorar a los dioses por causa de los bienes de esta vida, y los cinco segundos contra los que piensan que debemos adorarlos por causa de la vida que ha de ser después de la muerte. Y ahora, en cumplimiento de la promesa que hice en el primer libro, pasaré a decir, como Dios me ayude, lo que creo que necesita decirse acerca del origen, la historia y los fines merecidos de las dos ciudades, que, como ya se ha observado, están en este mundo entremezcladas e implicadas una con otra.

    Libro XI

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · XI, argumento
    Aquí comienza la segunda parte de esta obra, que trata del origen, historia y destinos de las dos ciudades, la terrena y la celestial. En primer lugar, Agustín muestra en este libro cómo se formaron originalmente las dos ciudades, por la separación de los ángeles buenos y malos; y aprovecha la ocasión para tratar de la creación del mundo, tal como se describe en la Sagrada Escritura al comienzo del libro del Génesis.

    Capítulo 1. De esta parte de la obra, en la cual comenzamos a explicar el origen y el fin de las dos ciudades

    XI, 1

    La ciudad de Dios de la que hablamos es la misma a la que da testimonio aquella Escritura, que aventaja a todos los escritos de todas las naciones por su autoridad divina, y ha traído bajo su influencia toda clase de mentes, y esto no por un movimiento intelectual casual, sino evidentemente por una disposición providencial expresa. Pues allí está escrito, «Cosas gloriosas se dicen de ti, oh ciudad de Dios.» Y en otro salmo leemos: «Grande es el Señor, y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, en el monte de su santidad, que alegra a toda la tierra.» Y, un poco después, en el mismo salmo: «Como lo hemos oído, así lo hemos visto en la ciudad del Señor de los ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios. Dios la ha establecido para siempre.» Y en otro: «Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de nuestro Dios, el lugar santo del tabernáculo del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida.» De estos y semejantes testimonios, que sería tedioso citar todos, hemos aprendido que hay una ciudad de Dios, y su Fundador nos ha inspirado un amor que nos hace codiciar su ciudadanía. A este Fundador de la ciudad santa los ciudadanos de la ciudad terrena prefieren sus propios dioses, no sabiendo que Él es el Dios de los dioses, no de los falsos, es decir., de los dioses impíos y soberbios, quienes, privados de su luz inmutable y gratuitamente comunicada, y reducidos así a una especie de poder menesteroso, se aferran ávidamente a sus propios privilegios privados y buscan honores divinos de parte de sus súbditos engañados; sino de los dioses piadosos y santos, que prefieren someterse a uno, antes que someter a muchos a sí mismos, y que preferirían adorar a Dios antes que ser adorados como Dios. Pero a los enemigos de esta ciudad les hemos respondido en los diez libros precedentes, según nuestra capacidad y la ayuda que nos ha concedido nuestro Señor y Rey. Ahora, reconociendo lo que se espera de mí, y no olvidado de mi promesa, y confiando también en el mismo socorro, me esforzaré por tratar del origen, del progreso y de los destinos merecidos de las dos ciudades (la terrena y la celestial, a saber), las cuales, como dijimos, están en este mundo presente mezcladas y, por así decirlo, entrelazadas. Y, en primer lugar, explicaré cómo se pusieron originalmente los cimientos de estas dos ciudades, en la diferencia que surgió entre los ángeles.

    Capítulo 2

    Del conocimiento de Dios, al cual ningún hombre puede llegar sino por el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús

    XI, 2

    Cosa grande y muy rara es que un hombre, después de haber contemplado toda la creación, corpórea e incorpórea, y de haber discernido su mutabilidad, pase más allá de ella, y, por el continuo remontarse de su mente, alcance la sustancia inmutable de Dios y, en esa altura de contemplación, aprenda de Dios mismo que nadie sino Él ha hecho todo lo que no es de la esencia divina. Pues Dios habla con el hombre no por medio de alguna criatura audible que retiña en sus oídos, de modo que las vibraciones atmosféricas conecten a Aquel que habla con aquel que oye el sonido, ni siquiera por medio de un ser espiritual con apariencia de cuerpo, como vemos en sueños o en estados semejantes; pues aun en este caso habla como a los oídos del cuerpo, porque es por medio de la apariencia de un cuerpo como habla, y con la apariencia de un intervalo real de espacio—pues las visiones son representaciones exactas de objetos corporales. No por estos medios, pues, habla Dios, sino por la verdad misma, si alguno está preparado para oír con la mente más que con el cuerpo. Pues Él habla a aquella parte del hombre que es mejor que todo lo demás que hay en él, y que solo Dios mismo es mejor. Pues, ya que el hombre se entiende con mayor propiedad (o, si esto no puede ser, al menos se cree ) que fue hecho a imagen de Dios, sin duda es aquella parte de él por la cual se eleva por encima de las partes inferiores que tiene en común con las bestias, la que lo acerca más al Supremo. Mas, puesto que la mente misma, aunque naturalmente capaz de razón e inteligencia, queda inhabilitada por vicios embrutecedores e inveterados no solo para deleitarse y permanecer, sino incluso para tolerar su luz inmutable, hasta que haya sido gradualmente sanada, renovada y hecha capaz de tal felicidad, tuvo, en primer lugar, que ser impregnada con la fe, y así purificada. Y para que en esta fe pudiera avanzar con más confianza hacia la verdad, la verdad misma, Dios, el Hijo de Dios, asumiendo la humanidad sin destruir su divinidad, estableció y fundó esta fe, para que hubiera un camino del hombre al Dios del hombre a través de un Dios-hombre. Pues este es el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Pues es en cuanto hombre que Él es el Mediador y el Camino. Ya que, si el camino se extiende entre el que va y el lugar adonde va, hay esperanza de llegar a él; pero si no hay camino, o si no sabe dónde está, ¿de qué sirve saber adónde debe ir? Ahora bien, el único camino que está infaliblemente asegurado contra todo error es cuando la misma persona es a la vez Dios y hombre: Dios nuestro fin, hombre nuestro camino.

    Capítulo 3. De la autoridad de las Escrituras canónicas compuestas por el Espíritu divino

    XI, 3

    Este Mediador, habiendo hablado lo que juzgó suficiente primero por los profetas, luego por sus propios labios y después por los apóstoles, ha producido además la Escritura que se llama canónica, la cual tiene autoridad suprema y a la cual prestamos asentimiento en todas las materias de las que no debemos ser ignorantes y que, sin embargo, no podemos conocer por nosotros mismos. Pues si alcanzamos el conocimiento de los objetos presentes por el testimonio de nuestros propios sentidos, ya sean internos o externos, entonces, respecto de los objetos remotos a nuestros propios sentidos, necesitamos que otros aporten su testimonio, ya que no podemos conocerlos por los nuestros, y damos crédito a las personas a quienes los objetos han estado o están sensiblemente presentes. Por consiguiente, así como en el caso de los objetos visibles que no hemos visto confiamos en los que los han visto (y lo mismo con todos los objetos sensibles), así en el caso de las cosas que se perciben por la mente y el espíritu., es decir, las que están remotas de nuestro propio sentido interior, nos corresponde confiar en quienes las han visto puestas en aquella luz incorpórea, o las contemplan de modo permanente.

    Capítulo 4

    Que el mundo no es sin principio, ni fue creado por un nuevo decreto de Dios, por el cual Él quisiera después lo que antes no había querido

    XI, 4

    De todas las cosas visibles, el mundo es la mayor; de todas las invisibles, la mayor es Dios. Pero que el mundo es, lo vemos; que Dios es, lo creemos. Que Dios hizo el mundo, no podemos creerlo de nadie con más seguridad que de Dios mismo. Pero ¿dónde lo hemos oído? En ninguna parte más claramente que en las Sagradas Escrituras, donde su profeta dijo: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» [] ¿Estuvo presente el profeta cuando Dios hizo los cielos y la tierra? No; pero la sabiduría de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, estaba allí, [] y la sabiduría se insinúa en las almas santas, y hace de ellas los amigos de Dios y sus profetas, y sin ruido les informa de sus obras. Son enseñados también por los ángeles de Dios, que contemplan siempre el rostro del Padre, [] y anuncian su voluntad a quien conviene. De estos profetas fue el que dijo y escribió: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» Y tan idóneo testigo fue él de Dios, que el mismo Espíritu de Dios, que le reveló estas cosas, le capacitó también para predecir, tanto tiempo antes, que nuestra fe también habría de llegar.
    Pero ¿por qué eligió Dios entonces crear los cielos y la tierra, que hasta aquel tiempo no había hecho? Si los que plantean esta pregunta quieren hacer ver que el mundo es eterno y sin principio, y que por consiguiente no ha sido hecho por Dios, están extrañamente engañados, y deliran en la locura incurable de la impiedad. Pues, aunque las voces de los profetas callaran, el mundo mismo, por sus cambios y movimientos bien ordenados, y por la hermosa apariencia de todas las cosas visibles, da su propio testimonio, tanto de que ha sido creado, como de que no pudo haber sido creado sino por Dios, cuya grandeza y belleza son inefables e invisibles. En cuanto a los que reconocen, ciertamente, que fue hecho por Dios, y sin embargo le atribuyen no un comienzo temporal sino solo un comienzo creacional, de modo que de alguna manera apenas inteligible el mundo habría existido siempre como mundo creado, hacen una afirmación que les parece defender a Dios de la acusación de apresuramiento arbitrario, o de concebir repentinamente la idea de crear el mundo como una idea totalmente nueva, o de cambiar casualmente su voluntad, aunque Él sea inmutable. Pero no veo cómo esta suposición suya puede sostenerse en otros aspectos, y principalmente en lo que respecta al alma; pues si sostienen que es coeterna con Dios, se verán muy apurados para explicar de dónde le ha sobrevenido una nueva miseria que durante una eternidad anterior no había existido. Pues si dijeran que su felicidad y su miseria alternan incesantemente, tendrán que decir además que esta alternancia continuará para siempre; de donde resultará este absurdo: que, aunque se llame al alma bienaventurada, no lo es en esto, en que prevé su propia miseria y deshonra. Y sin embargo, si no la prevé, y supone que no será ni deshonrada ni desdichada, sino siempre bienaventurada, entonces es bienaventurada porque se engaña; y no se puede hacer una afirmación más necia. Pero si su idea es que la miseria del alma ha alternado con su felicidad durante las edades de la eternidad pasada, mas que ahora, una vez que el alma ha sido liberada, no volverá jamás a la miseria, opinan sin embargo que nunca antes ha sido verdaderamente bienaventurada, sino que comienza por fin a disfrutar de una felicidad nueva e incierta; es decir, deben reconocer que algo nuevo, y algo importante y señalado, le sucede al alma que nunca en toda una eternidad pasada le había sucedido antes. Y si niegan que el propósito eterno de Dios incluía esta nueva experiencia del alma, niegan que Él sea el Autor de su bienaventuranza, lo cual es una impiedad inefable. Si, por otra parte, dicen que la futura bienaventuranza del alma es el resultado de un nuevo decreto de Dios, ¿cómo mostrarán que Dios no es imputable de aquella mutabilidad que les desagrada? Además, si reconocen que fue creada en el tiempo, mas nunca perecerá en el tiempo—que tiene, como el número, un comienzo pero no un fin—y que, por lo tanto, habiendo una vez probado la miseria y sido librada de ella, jamás volverá a ella, ciertamente admitirán que esto sucede sin ninguna violación del consejo inmutable de Dios. Crea, pues, asimismo respecto del mundo que también pudo ser hecho en el tiempo, y que Dios, al hacerlo, no alteró su designio eterno.

    Capítulo 5

    Que no debemos pretender comprender las edades infinitas del tiempo antes del mundo, ni los reinos infinitos del espacio

    XI, 5

    A continuación, debemos ver qué respuesta se puede dar a los que convienen en que Dios es el Creador del mundo, pero tienen dificultades acerca del tiempo de su creación, y qué respuesta también pueden ellos dar a las dificultades que nosotros podríamos plantear acerca del lugar de su creación. Pues, así como ellos preguntan por qué el mundo fue creado entonces y no antes, nosotros podemos preguntar por qué fue creado justamente aquí donde está, y no en otra parte. Pues si imaginan espacios infinitos de tiempo antes del mundo, durante los cuales Dios no pudo haber estado ocioso, del mismo modo pueden concebir fuera del mundo reinos infinitos de espacio, en los cuales, si alguien dice que el Omnipotente no puede contener su mano de obrar, ¿no se seguirá que deben adoptar el sueño de Epicuro de innumerables mundos? Con esta sola diferencia: que él afirma que se forman y se destruyen por los movimientos fortuitos de los átomos, mientras que ellos sostendrán que son hechos por la mano de Dios, si mantienen que, a través de la inmensidad ilimitada del espacio, que se extiende interminablemente en todas direcciones en torno al mundo, Dios no puede descansar, y que los mundos que suponen que Él hace no pueden ser destruidos. Pues aquí la cuestión es con aquellos que, con nosotros, creen que Dios es espiritual y el Creador de todas las existencias excepto Él mismo. En cuanto a los demás, es una condescendencia disputar con ellos sobre una cuestión religiosa, pues han adquirido reputación solo entre hombres que rinden honores divinos a un número de dioses, y se han hecho conspicuos entre los demás filósofos por ninguna otra razón sino que, aunque están todavía lejos de la verdad, están cerca de ella en comparación con los demás. Ahora bien, estos, que no confinan en lugar alguno, ni limitan, ni distribuyen la sustancia divina, sino que, como es digno de Dios, la reconocen enteramente presente en todas partes aunque espiritualmente, ¿dirán acaso que esta sustancia está ausente de tan inmensos espacios fuera del mundo, y que está ocupada en uno solo (y ese muy pequeño comparado con la infinitud de más allá), a saber, aquel en el cual está el mundo? Creo que no llegarán a este absurdo. Puesto que sostienen que no hay más que un mundo, de vasta mole material ciertamente, pero finito, y en su propia posición determinada, y que este fue hecho por la obra de Dios, den la misma cuenta del descanso de Dios en los tiempos infinitos antes del mundo que la que dan de su descanso en los espacios infinitos fuera de él. Y así como no se sigue que Dios puso el mundo en el lugar mismo que ocupa y en ningún otro por accidente más bien que por razón divina, aunque ninguna razón humana pueda comprender por qué fue puesto así, y aunque no hubiera mérito en el lugar elegido para darle precedencia sobre infinitos otros, así tampoco se sigue que debamos suponer que Dios fue guiado por la casualidad cuando creó el mundo en aquel tiempo y no en uno anterior, aunque los tiempos anteriores hubieran estado transcurriendo durante un pasado infinito, y aunque no hubiera diferencia por la cual un tiempo pudiera ser elegido con preferencia a otro. Pero si dicen que los pensamientos de los hombres son ociosos cuando conciben lugares infinitos, puesto que no hay lugar fuera del mundo, respondemos que, por el mismo razonamiento, es vano concebir los tiempos pasados del descanso de Dios, puesto que no hay tiempo antes del mundo.

    Capítulo 6. Que el mundo y el tiempo tuvieron un solo comienzo, y el uno no anticipó al otro

    XI, 6

    Pues si la eternidad y el tiempo se distinguen rectamente en esto: que el tiempo no existe sin algún movimiento y transición, mientras que en la eternidad no hay cambio, ¿quién no ve que no pudo haber habido tiempo si no hubiera sido hecha alguna criatura que con algún movimiento pudiera dar nacimiento al cambio—cuyas diversas partes de movimiento y cambio, como no pueden ser simultáneas, se suceden unas a otras—y así, en estos intervalos más cortos o más largos de duración, comenzaría el tiempo? Puesto que, entonces, Dios, en cuya eternidad no hay cambio alguno, es el Creador y Ordenador del tiempo, no veo cómo se puede decir que creó el mundo después de que hubieran transcurrido espacios de tiempo, a menos que se diga que antes del mundo hubo alguna criatura por cuyo movimiento pudiera pasar el tiempo. Y si las sagradas e infalibles Escrituras dicen que en el principio creó Dios los cielos y la tierra, para que se entienda que no había hecho nada previamente—pues si hubiera hecho algo antes de lo demás, de esto se diría más bien que fue hecho «en el principio» —entonces ciertamente el mundo fue hecho, no en el tiempo, sino simultáneamente con el tiempo. Pues lo que se hace en el tiempo se hace después y antes de algún tiempo: después de lo pasado, antes de lo futuro. Pero entonces nada podía ser pasado, pues no había criatura alguna por cuyos movimientos se pudiera medir su duración. Mas simultáneamente con el tiempo fue hecho el mundo, si en la creación del mundo se crearon el cambio y el movimiento, como parece evidente por el orden de los primeros seis o siete días. Pues en estos días se cuentan la mañana y la tarde, hasta que, en el sexto día, todas las cosas que Dios hizo entonces fueron acabadas, y en el séptimo el descanso de Dios fue misteriosa y sublimemente señalado. ¡Qué clase de días fueron estos es extremadamente difícil, o quizá imposible para nosotros concebir, y cuánto más decirlo!
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