Del matrimonio entre consanguíneos, respecto del cual la ley presente no pudo vincular a los hombres de las primeras edades
XV, 16
Así, pues, como el género humano, después del primer matrimonio del hombre que fue hecho del polvo y de su esposa que fue hecha de su costado, necesitó la unión de varones y hembras para multiplicarse, y como no había seres humanos sino los nacidos de estos dos, los hombres tomaron por esposas a sus hermanas: acto que en aquellos antiguos días fue ciertamente dictado por la necesidad, así como después fue condenado por las prohibiciones de la religión. Porque es muy razonable y justo que los hombres, entre quienes la concordia es honorable y útil, estén unidos por diversos parentescos; y que un solo hombre no reúna en sí muchos parentescos, sino que los diversos parentescos se distribuyan entre varios, y sirvan así para unir al mayor número en los mismos intereses sociales. «Padre» y «suegro» son los nombres de dos parentescos. Por tanto, cuando un hombre tiene a una persona por padre y a otra por suegro, la amistad se extiende a un número mayor. Pero Adán, en su sola persona, se vio obligado a sostener ambas relaciones con sus hijos e hijas, pues hermanos y hermanas se unieron en matrimonio. Igualmente Eva, su esposa, era a la vez madre y suegra de sus hijos de ambos sexos; mientras que, si hubiera habido dos mujeres, una la madre y otra la suegra, el afecto familiar habría tenido un campo más amplio. Luego la hermana misma, al convertirse en esposa, sostenía en su sola persona dos parentescos, los cuales, si se hubieran distribuido entre individuos, siendo una hermana y otra esposa, el vínculo familiar habría abarcado un mayor número de personas. Pero entonces no había materia para efectuar esto, puesto que no había seres humanos sino los hermanos y hermanas nacidos de aquellos dos primeros padres. Por tanto, cuando una población abundante lo hizo posible, los hombres debieron elegir por esposas a mujeres que no fueran ya sus hermanas; pues no solo no habría entonces necesidad de casarse con hermanas, sino que, si se hiciera, sería de lo más abominable. Porque si los nietos de la primera pareja, pudiendo ya elegir a sus primas por esposas, se casaran con sus hermanas, entonces ya no serían solamente dos, sino tres los parentescos que un solo hombre reuniría, cuando cada uno de estos parentescos debería ser sostenido por un individuo separado, para unir por el afecto familiar a un número mayor. Pues un hombre sería en ese caso a la vez padre, suegro y tío de sus propios hijos (hermano y hermana, ahora marido y mujer); y su esposa sería para ellos madre, tía y suegra; y ellos mismos serían no solo hermano y hermana, y marido y mujer, sino también primos, siendo hijos de hermano y hermana. Ahora bien, todos estos parentescos, que combinaban a tres hombres en uno, habrían abarcado a nueve personas si cada parentesco hubiera sido sostenido por un individuo, de modo que un hombre tuviera una persona por hermana, otra por esposa, otra por prima, otra por padre, otra por tío, otra por suegro, otra por madre, otra por tía, otra por suegra; y así el vínculo social no se habría estrechado para atar a pocos, sino relajado para abarcar a un mayor número de parientes.
Y vemos que, desde que el género humano ha crecido y se ha multiplicado, esto se observa tan estrictamente aun entre los profanos adoradores de muchos y falsos dioses, que aunque sus leyes perversamente permiten que un hermano se case con su hermana, sin embargo la costumbre, con una moralidad más fina, prefiere renunciar a esta licencia; y aunque en las primeras edades del género humano era bastante lícito casarse con la hermana, ahora se aborrece como cosa que ninguna circunstancia podría justificar. Porque la costumbre tiene un poder muy grande para atraer o chocar el sentimiento humano. Y en esta materia, mientras refrena la concupiscencia dentro de los debidos límites, el hombre que la descuida y desobedece es justamente marcado como abominable. Pues si es inicuo arar más allá de los propios linderos por la codicia de ganancia, ¿no es mucho más inicuo traspasar los límites reconocidos de la moral por la lujuria sexual? Y en cuanto al matrimonio en el grado próximo de consanguinidad, el matrimonio entre primos, hemos observado que en nuestro propio tiempo la moralidad consuetudinaria ha impedido que sea frecuente, aunque la ley lo permite. No estaba prohibido por la ley divina, ni hasta entonces la ley humana lo había prohibido; no obstante, aunque legítimo, las gentes se retraían de él, porque estaba tan cerca de lo ilegítimo, y casarse con una prima parecía casi casarse con una hermana—pues los primos están tan estrechamente emparentados que se llaman hermanos y hermanas, y casi lo son realmente. Pero los antiguos padres, temiendo que el parentesco cercano pudiera gradualmente, en el curso de las generaciones, divergir y convertirse en parentesco lejano, o dejar de ser parentesco del todo, religiosamente se esforzaron por limitarlo mediante el vínculo del matrimonio antes de que se hiciera lejano, y así, por así decirlo, llamarlo de vuelta cuando se les escapaba. Y por esta razón, aun cuando el mundo estaba lleno de gente, aunque no elegían esposas de entre sus hermanas o medio hermanas, preferían que fueran del mismo linaje que ellos. Pero ¿quién duda que la prohibición moderna del matrimonio aun entre primos es la regulación más decorosa —no meramente por la razón que hemos estado urgiendo, la multiplicación de los parentescos, para que una persona no absorba dos, que podrían distribuirse entre dos personas y aumentar así el número de personas unidas como familia, sino también porque hay en la naturaleza humana no sé qué natural y loable pudor que nos refrena de desear aquella conexión que, aunque para la propagación, es sin embargo lujuriosa y de la que incluso el pudor conyugal se ruboriza, con alguien a quien la consanguinidad nos ordena rendir respeto?
La unión sexual del hombre y la mujer, pues, es en el caso de los mortales una especie de semillero de la ciudad; pero mientras la ciudad terrena necesita para su población solo la generación, la celestial necesita también la regeneración para librarla de la mancha de la generación. Si antes del diluvio hubo algún signo corporal o visible de regeneración, como el que después fue ordenado a Abraham cuando fue circuncidado, o qué clase de signo fue, la historia sagrada no nos informa. Pero sí nos informa que aun estos primeros hombres sacrificaron a Dios, como apareció también en el caso de los dos primeros hermanos; también se dice que Noé ofreció sacrificios a Dios cuando salió del arca después del diluvio. Y sobre este asunto ya hemos dicho en los libros anteriores que los demonios se arrogan la divinidad y exigen sacrificio para ser tenidos por dioses, y se deleitan en estos honores por ninguna otra razón sino porque saben que el verdadero sacrificio se debe al verdadero Dios.
XV, 17
Siendo, pues, Adán el padre de ambas líneas—es decir, el padre tanto de la línea que pertenecía a la ciudad terrena como de la que pertenecía a la ciudad celestial—cuando Abel fue muerto, y con su muerte exhibió un misterio maravilloso, hubo desde entonces dos líneas que procedían de dos padres, Caín y Set, y en aquellos hijos suyos, a quienes convenía registrar, las señales de estas dos ciudades comenzaron a aparecer más distintamente. Porque Caín engendró a Enoc, en cuyo nombre edificó una ciudad, una ciudad terrena, que no era peregrina en este mundo, sino que descansaba satisfecha con su paz y felicidad temporales. También Caín significa «posesión;» por lo cual en su nacimiento o su padre o su madre dijeron: He adquirido un varón por Dios. Luego Enoc significa «dedicación;» pues la ciudad terrena es dedicada en este mundo en el que se edifica, porque en este mundo halla el fin al que tiende y aspira. Además, Set significa «resurrección,» y Enós su hijo significa «hombre,» no como Adán, que también significa hombre, pero se usa en hebreo indistintamente para hombre y mujer, como está escrito: «Varón y hembra los creó, y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán,» [] no dejando lugar a duda de que, aunque la mujer fue distintivamente llamada Eva, sin embargo el nombre Adán, que significa hombre, era común a ambos. Pero Enós significa hombre en un sentido tan restringido, que los lingüistas hebreos nos dicen que no puede aplicarse a la mujer: es el equivalente del «hijo de la resurrección,» cuando ni se casan ni se dan en matrimonio. [] Pues no habrá generación en aquel lugar al que nos habrá traído la regeneración. Por lo cual creo que no es inútil observar que en aquellas generaciones que se propagan de aquel que se llama Set, aunque se dice que fueron engendradas hijas así como hijos, ninguna mujer es registrada expresamente por su nombre; pero en las que brotaron de Caín, en la misma terminación a la que corre la línea, la última persona nombrada como engendrada es una mujer. Pues leemos: «Matusael engendró a Lamec. Y Lamec tomó para sí dos mujeres: el nombre de la una era Ada, y el nombre de la otra Zila. Y Ada dio a luz a Jabal, el cual fue padre de los que habitan en tiendas y crían ganados. Y el nombre de su hermano fue Jubal, el cual fue padre de todos los que tocan arpa y órgano. Y Zila también dio a luz a Tubalcaín, maestro de toda obra de bronce y de hierro; y la hermana de Tubalcaín fue Naama.» [] Aquí terminan todas las generaciones de Caín, que son ocho en número, incluido Adán—es decir, siete desde Adán hasta Lamec, quien se casó con dos mujeres, y cuyos hijos, entre los cuales también se nombra a una mujer, forman la octava generación. Con lo cual se significa elegantemente que la ciudad terrena tendrá hasta su terminación generaciones carnales procedentes del trato de varones y hembras. Y por lo tanto las mismas esposas del hombre que es el último padre nombrado de la línea de Caín, son registradas por sus propios nombres—práctica que en ninguna parte se siguió antes del diluvio, salvo en el caso de Eva. Ahora bien, así como Caín, que significa posesión, el fundador de la ciudad terrena, y su hijo Enoc, que significa dedicación, en cuyo nombre fue fundada, indican que esta ciudad es terrena tanto en su principio como en su fin—una ciudad en la que no se espera nada más de lo que puede verse en este mundo—así Set, que significa resurrección, y que es el padre de las generaciones registradas aparte de las otras, debemos considerar lo que esta historia sagrada dice de su hijo.
XV, 18
«Y a Set,» se dice, «le nació un hijo, y llamó su nombre Enós: él esperó invocar el nombre del Señor Dios.» [] He aquí un fuerte testimonio de la verdad. El hombre, pues, hijo de la resurrección, vive en esperanza: vive en esperanza mientras la ciudad de Dios, que es engendrada por la fe en la resurrección, peregrina en este mundo. Porque en estos dos hombres, Abel, que significa «dolor,» y su hermano Set, que significa «resurrección,» están prefiguradas la muerte de Cristo y su vida de entre los muertos. Y por la fe en estas cosas es engendrada en este mundo la ciudad de Dios, es decir, el hombre que ha esperado invocar el nombre del Señor. «Porque en esperanza,» dice el apóstol, «somos salvos; pero la esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.» [] ¿Quién puede dejar de referir esto a un profundo misterio? Pues ¿acaso no esperó Abel invocar el nombre del Señor Dios cuando en la Escritura se menciona su sacrificio como aceptado por Dios? ¿No esperó el mismo Set invocar el nombre del Señor Dios, de quien se dijo: «Porque Dios me ha puesto otra descendencia en lugar de Abel?» ¿Por qué, pues, esto que se halla ser común a todos los piadosos se atribuye especialmente a Enós, sino porque convenía que en él, que es mencionado como el primogénito del padre de aquellas generaciones que fueron separadas para la mejor parte de la ciudad celestial, hubiera un tipo del hombre, o de la sociedad de hombres, que no viven según el hombre en contentamiento con la felicidad terrena, sino según Dios en esperanza de la felicidad eterna? Y no se dijo: «Él esperó en el Señor Dios,» ni «Él invocó el nombre del Señor Dios,» sino «Él esperó invocar el nombre del Señor Dios.» ¿Y qué significa este «esperó invocar», sino que es una profecía de que surgiría un pueblo que, según la elección de la gracia, invocaría el nombre del Señor Dios? Esto es lo que ha sido dicho por otro profeta, y lo que el apóstol interpreta del pueblo que pertenece a la gracia de Dios: «Y será que todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.» [] Pues estas dos expresiones, «Y llamó su nombre Enós, que significa hombre,» y «Él esperó invocar el nombre del Señor Dios,» son prueba suficiente de que el hombre no debe poner sus esperanzas en sí mismo; como está escrito en otra parte: «Maldito el hombre que confía en el hombre.» [] Por consiguiente, nadie debe confiar en sí mismo para llegar a ser ciudadano de aquella otra ciudad que no es dedicada en el nombre del hijo de Caín en este tiempo presente, es decir, en el curso fugaz de este mundo mortal, sino en la inmortalidad de la bienaventuranza perpetua.
XV, 19
Porque también aquella línea de la cual Set es padre tiene el nombre «Dedicación» en la séptima generación desde Adán, contando a Adán. Pues el séptimo desde él es Enoc, es decir, Dedicación. Pero este es aquel hombre que fue trasladado porque agradó a Dios, y que ocupó en el orden de las generaciones un lugar notable, siendo el séptimo desde Adán, número señalado por la consagración del sábado. Pero, contando desde el punto de divergencia de las dos líneas, o desde Set, era el sexto. Ahora bien, fue en el sexto día cuando Dios hizo al hombre y consumó sus obras. Pero la traslación de Enoc prefiguró nuestra dedicación diferida; porque aunque ya está ciertamente cumplida en Cristo, nuestra Cabeza, quien resucitó de modo que ya no morirá más, y quien también fue trasladado, sin embargo queda otra dedicación de toda la casa, de la cual Cristo mismo es el fundamento, y esta dedicación se difiere hasta el fin, cuando todos resucitarán para no morir más. Y ya sea que se diga que es la casa de Dios, o el templo de Dios, o la ciudad de Dios lo que es dedicado, todo es lo mismo, e igualmente conforme al uso de la lengua latina. Pues el mismo Virgilio llama a la ciudad del imperio más vasto «la casa de Asáraco,» refiriéndose a los romanos, que descendían de Asáraco por los troyanos. También los llama la casa de Eneas, porque Roma fue edificada por aquellos troyanos que habían venido a Italia bajo Eneas. Pues aquel poeta imitó las sagradas Escrituras, en las cuales la nación hebrea, aunque tan numerosa, es llamada la casa de Jacob.
Cómo es que la línea de Caín termina en la octava generación, mientras que Noé, aunque descendiente del mismo padre, Adán, resulta ser el décimo desde él
XV, 20
Alguien dirá: Si el autor de esta historia se proponía, al enumerar las generaciones desde Adán por su hijo Set, descender por ellas hasta Noé, en cuyo tiempo ocurrió el diluvio, y desde él trazar de nuevo las generaciones conectadas hasta Abraham, con quien Mateo comienza la genealogía de Cristo, el Rey eterno de la ciudad de Dios, ¿qué se proponía al enumerar las generaciones desde Caín, y hasta qué término pretendía trazarlas? Respondemos: Hasta el diluvio, por el cual toda la estirpe de la ciudad terrena fue destruida, pero reparada por los hijos de Noé. Porque la ciudad terrena y la comunidad de los hombres que viven según la carne nunca faltará hasta el fin de este mundo, del cual dice nuestro Señor: «Los hijos de este mundo engendran y son engendrados.» [] Pero la ciudad de Dios, que peregrina en este mundo, es conducida por la regeneración al mundo venidero, del cual los hijos ni engendran ni son engendrados. En este mundo la generación es común a ambas ciudades; aunque incluso ahora la ciudad de Dios tiene muchos miles de ciudadanos que se abstienen del acto de la generación; sin embargo la otra ciudad también tiene algunos ciudadanos que imitan a estos, aunque erróneamente. Pues a aquella ciudad pertenecen también los que han errado de la fe y han introducido varias herejías; porque viven según el hombre, no según Dios. Y los gimnosofistas indios, de quienes se dice que filosofan en las soledades de la India en estado de desnudez, son sus ciudadanos; y se abstienen del matrimonio. Porque la continencia no es cosa buena, excepto cuando se practica en la fe del sumo bien, es decir, Dios. Sin embargo, no se halla que nadie la haya practicado antes del diluvio; pues incluso el mismo Enoc, el séptimo desde Adán, de quien se dice que fue trasladado sin morir, engendró hijos e hijas antes de ser trasladado, y entre estos estaba Matusalén, por quien se mantiene la sucesión de las generaciones registradas.
¿Por qué, pues, se registra un número tan pequeño de las generaciones de Caín, si era propio trazarlas hasta el diluvio, y si no había tal retraso de la pubertad que impidiera la esperanza de descendencia durante cien o más años? Porque si el autor de este libro no tenía en vista a alguien a quien pudiera trazar rígidamente la serie de las generaciones, como se propuso en las que brotaron de la descendencia de Set para descender a Noé, y desde allí comenzar de nuevo por un orden rígido, ¿qué necesidad había de omitir a los hijos primogénitos para descender a Lamec, en cuyos hijos termina aquella línea—es decir, en la octava generación desde Adán, o la séptima desde Caín—, como si desde este punto hubiera querido pasar a otra serie, por la cual pudiera alcanzar o al pueblo israelita, entre el cual la Jerusalén terrena presentaba una figura profética de la ciudad celestial, o a Jesucristo, «según la carne, el cual es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos,» [] el Hacedor y Gobernador de la ciudad celestial? ¿Cuál, digo, era la necesidad de esto, viendo que toda la posteridad de Caín fue destruida en el diluvio? De esto es manifiesto que son los hijos primogénitos los que están registrados en esta genealogía. ¿Por qué, pues, son tan pocos? Su número en el período anterior al diluvio debió ser mayor, si la edad de la pubertad no guardaba proporción con su longevidad, y tenían hijos antes de los cien años. Pues suponiendo que tenían en promedio treinta años cuando comenzaban a engendrar hijos, entonces, como hay ocho generaciones, incluyendo a Adán y a los hijos de Lamec, 8 por 30 da 240 años; ¿acaso no produjeron más hijos en todo el resto del tiempo antes del diluvio? ¿Con qué intención, pues, el que escribió este registro no hizo mención de las generaciones posteriores? Pues desde Adán hasta el diluvio se cuentan, según nuestras copias de la Escritura, 2262 años, y según el texto hebreo, 1656 años. Suponiendo, pues, que el número menor sea el verdadero, y restando de 1656 años 240, ¿es creíble que durante los restantes 1400 y tantos años hasta el diluvio la posteridad de Caín no engendró hijos?
Pero cualquiera que sea movido por esto recuerde que cuando discutí la cuestión de cómo es creíble que aquellos hombres primitivos pudieran abstenerse durante tantos años de engendrar hijos, se hallaron dos modos de solución: o una pubertad tardía en proporción a su longevidad, o que los hijos registrados en las genealogías no eran los primogénitos, sino aquellos por medio de los cuales el autor del libro se proponía alcanzar el punto pretendido, como se proponía alcanzar a Noé por las generaciones de Set. De modo que, si en las generaciones de Caín no aparece nadie a quien el escritor pudiera hacer objeto de alcanzar omitiendo a los primogénitos e insertando a aquellos que sirvieran a tal propósito, entonces debemos recurrir a la suposición de una pubertad tardía, y decir que solo a alguna edad más allá de los cien años se hicieron capaces de engendrar hijos, de modo que el orden de las generaciones corrió por los primogénitos, y llenó incluso todo el período anterior al diluvio, por largo que fuera. Sin embargo, es posible que, por alguna razón más secreta que se me escapa, esta ciudad, que decimos terrena, se exhiba en todas sus generaciones hasta Lamec y sus hijos, y que luego el escritor se abstenga de registrar el resto que pudo haber existido antes del diluvio. Y sin suponer una pubertad tan tardía en estos hombres, podría haber otra razón para trazar las generaciones por hijos que no eran primogénitos, a saber, que la misma ciudad que Caín edificó, y que llamó con el nombre de su hijo Enoc, pudo haber tenido un dominio ampliamente extendido y muchos reyes, no reinando simultáneamente, sino sucesivamente, engendrando siempre el rey reinante a su sucesor. Caín mismo sería el primero de estos reyes; su hijo Enoc, en cuyo nombre fue edificada la ciudad en la que reinó, sería el segundo; el tercero Irad, a quien Enoc engendró; el cuarto Mehujael, a quien Irad engendró; el quinto Matusael, a quien Mehujael engendró; el sexto Lamec, a quien Matusael engendró, y quien es el séptimo desde Adán por Caín. Pero no era necesario que los primogénitos sucedieran a sus padres en el reino, sino que sucederían aquellos que fueran recomendados por la posesión de alguna virtud útil a la ciudad terrena, o que fueran elegidos por suerte, o el hijo que fuera más querido por su padre sucedería por una especie de derecho hereditario al trono. Y el diluvio pudo haber ocurrido durante la vida y el reinado de Lamec, y pudo haberlo destruido a él junto con todos los demás hombres, salvo los que estaban en el arca. Pues no podemos sorprendernos de que, durante un período tan largo desde Adán hasta el diluvio, y con las edades de los individuos variando como variaban, no hubiera un número igual de generaciones en ambas líneas, sino siete en la de Caín y diez en la de Set; porque, como ya he dicho, Lamec es el séptimo desde Adán, Noé el décimo; y en el caso de Lamec no se registra un solo hijo, como en los casos anteriores, sino más, porque era incierto cuál de ellos habría sucedido cuando muriera, si hubiera intervenido algún tiempo para reinar entre su muerte y el diluvio.
Pero de cualquier manera que se tracen hacia abajo las generaciones de la línea de Caín, ya sea por hijos primogénitos o por herederos del trono, me parece que de ningún modo debo omitir notar que, cuando Lamec fue puesto como el séptimo desde Adán, se nombraron, además, tantos de sus hijos como completaron este número hasta once, que es el número que significa el pecado; pues se añaden tres hijos y una hija. Las esposas de Lamec tienen otra significación, distinta de la que ahora estoy destacando. Pues por el momento hablo de los hijos, y no de aquellos por quienes los hijos fueron engendrados. Siendo, pues, la ley simbolizada por el número diez—de donde aquel memorable Decálogo—, no hay duda de que el número once, que va más allá del diez, simboliza la transgresión de la ley y, por consiguiente, el pecado. Por esta razón, se ordenó que once velos de piel de cabra fueran colgados en el tabernáculo del testimonio, que servía en las peregrinaciones del pueblo de Dios como templo ambulante. Y en aquel cilicio había un recordatorio de los pecados, porque las cabras debían ser puestas a la mano izquierda del Juez; y por eso, cuando confesamos nuestros pecados, nos postramos en cilicio, como si dijéramos lo que está escrito en el salmo: «Mi pecado está siempre delante de mí.» La progenie de Adán, pues, por Caín el homicida, se completa en el número once, que simboliza el pecado; y este número mismo es completado por una mujer, como por el mismo sexo se dio comienzo al pecado por el cual todos morimos. Y se cometió para que siguiera el placer de la carne, que resiste al espíritu; y así Naama, la hija de Lamec, significa «placer.» Pero desde Adán hasta Noé, en la línea de Set, hay diez generaciones. Y a Noé se le añaden tres hijos, de los cuales, mientras uno cayó en pecado, dos fueron bendecidos por su padre; de modo que, si quitas al réprobo y añades a los hijos agraciados al número, obtienes doce—número señalado en el caso de los patriarcas y de los apóstoles, y compuesto de las partes del número siete multiplicadas entre sí—pues tres por cuatro, o cuatro por tres, dan doce. Siendo esto así, veo que debo considerar y mencionar cómo estas dos líneas, que por sus genealogías separadas representan las dos ciudades, una de nacidos de la tierra y la otra de regenerados, se mezclaron y confundieron después de tal manera, que todo el género humano, con excepción de ocho personas, mereció perecer en el diluvio.
Por qué, apenas nombrado Enoc, hijo de Caín, se continúa inmediatamente la genealogía hasta el diluvio, mientras que, después de mencionarse a Enós, hijo de Set, la narración vuelve de nuevo a la creación del hombre
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Hemos de ver primero por qué, en la enumeración de la posteridad de Caín, después de Enoc, en cuyo nombre fue edificada la ciudad, mencionado en primer lugar, los demás son enumerados en seguida hasta aquel término del que he hablado, y en el cual aquella raza y toda la línea fue destruida en el diluvio; mientras que, después de mencionado Enós, hijo de Set, los demás no son nombrados en seguida hasta el diluvio, sino que se inserta una cláusula del tenor siguiente: «Este es el libro de las generaciones de Adán. El día en que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo hizo; varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados.» [] Esto me parece insertado con este propósito: que aquí comience de nuevo desde Adán mismo el cómputo de los tiempos— propósito que el escritor no tuvo en vista al hablar de la ciudad terrena, como si Dios la mencionara, pero no tomara en cuenta su duración. Pero ¿por qué vuelve a esta recapitulación después de mencionar al hijo de Set, el hombre que esperó invocar el nombre del Señor Dios, sino porque convenía presentar así estas dos ciudades: la una que comienza con un homicida y termina en un homicida (pues también Lamec confiesa a sus dos mujeres que ha cometido un homicidio), y la otra edificada por aquel que esperó invocar el nombre del Señor Dios? Porque el más alto y completo deber terreno de la ciudad de Dios, que es peregrina en este mundo, es el que se ejemplificó en aquel individuo que fue engendrado por quien prefiguraba la resurrección del asesinado Abel. Aquel hombre único es la unidad de toda la ciudad celestial, no ya completa, ciertamente, sino que ha de completarse, como lo prefigura esta figura profética. El hijo de Caín, por tanto, esto es, el hijo de la posesión (¿y de qué posesión sino de una terrena?), puede tener un nombre en la ciudad terrena que fue edificada en su nombre. De tales dice el salmista: «Llaman sus tierras por sus propios nombres.» Por lo cual incurren en lo que está escrito en otro salmo: «Tú, oh Señor, en tu ciudad despreciarás su imagen.» Pero en cuanto al hijo de Set, el hijo de la resurrección, espere invocar el nombre del Señor Dios. Pues él prefigura aquella sociedad de hombres que dice: «Mas yo soy como olivo verde en la casa de Dios: he confiado en la misericordia de Dios.» Pero no busque los honores vanos de un nombre famoso en la tierra, porque «Bienaventurado el hombre que pone en el nombre del Señor su confianza, y no mira a las vanidades ni a las locuras mentirosas.» Después de haber presentado las dos ciudades, la una fundada en el bien material de este mundo, la otra en la esperanza en Dios, pero ambas partiendo de una puerta común abierta en Adán hacia este estado mortal, y ambas corriendo y agotándose hacia sus propios y merecidos fines, la Escritura comienza a computar los tiempos, y en este cómputo incluye otras generaciones, haciendo una recapitulación desde Adán, de cuya descendencia condenada, como de una masa entregada a la merecida condenación, hizo Dios unos vasos de ira para deshonra y otros vasos de misericordia para honra; dando en castigo a los primeros lo debido, en gracia a los segundos lo no debido: para que, por la comparación misma de sí con los vasos de ira, la ciudad celestial, que peregrina en la tierra, aprenda a no poner confianza en la libertad de su propia voluntad, sino a esperar invocar el nombre del Señor Dios. Pues la voluntad, siendo una naturaleza que fue hecha buena por el Dios bueno, pero mudable por el inmutable, porque fue hecha de la nada, puede tanto declinar del bien para hacer el mal, lo cual ocurre cuando elige libremente, como también escapar del mal y hacer el bien, lo cual ocurre solo por auxilio divino.
De la caída de los hijos de Dios cautivados por las hijas de los hombres, por la cual todos, excepto ocho personas, perecieron merecidamente en el diluvio
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Cuando el género humano, en el ejercicio de esta libertad de la voluntad, se multiplicó y avanzó, surgió una mezcla y confusión de las dos ciudades por su participación en una iniquidad común. Y esta calamidad, como la primera, fue ocasionada por la mujer, aunque no de la misma manera; pues estas mujeres no fueron ellas mismas engañadas, ni persuadieron a los hombres a pecar, sino que, como pertenecían a la ciudad terrena y a la sociedad de los terrenales, habían sido de costumbres corrompidas desde el principio, y fueron amadas por su hermosura corporal por los hijos de Dios, o los ciudadanos de la otra ciudad que peregrina en este mundo. La hermosura es ciertamente un buen don de Dios; pero para que los buenos no la tengan por un gran bien, Dios la dispensa aun a los malvados. Y así, cuando el bien grande y propio de los buenos fue abandonado por los hijos de Dios, cayeron en un bien mezquino que no es propio de los buenos, sino común a buenos y malos; y al ser cautivados por las hijas de los hombres, adoptaron las costumbres de los terrenales para ganarlas como esposas, y abandonaron los caminos piadosos que habían seguido en su propia santa sociedad. Y así la hermosura, que es ciertamente hechura de Dios, pero solo un bien temporal, carnal e inferior, no es amada convenientemente con preferencia a Dios, el bien eterno, espiritual e inmutable. Cuando el avaro prefiere su oro a la justicia, no es por culpa del oro, sino del hombre; y así sucede con toda cosa creada. Pues aunque sea bueno, puede ser amado con amor malo lo mismo que con amor bueno: se le ama rectamente cuando se le ama ordenadamente; malamente, cuando desordenadamente. Es esto lo que alguien ha dicho brevemente en estos versos en alabanza del Creador: «Estos son tuyos, son buenos, porque Tú eres bueno que los creaste. No hay en ellos nada nuestro, sino el pecado que cometemos cuando olvidamos el orden de las cosas y, en lugar de Ti, amamos lo que Tú has hecho.»
Pero si el Creador es amado verdaderamente, es decir, si se le ama a Él mismo y no otra cosa en su lugar, no puede ser amado malamente; pues el amor mismo ha de ser amado ordenadamente, porque hacemos bien en amar aquello que, cuando lo amamos, nos hace vivir bien y virtuosamente. De modo que me parece una definición breve pero verdadera de la virtud decir que es el orden del amor; y por esto, en los Cantares, la esposa de Cristo, la ciudad de Dios, canta: «Ordenad en mí el amor.» [] Fue, pues, el orden de este amor, esta caridad o dilección, lo que los hijos de Dios perturbaron cuando abandonaron a Dios y se enamoraron de las hijas de los hombres. Y por estos dos nombres (hijos de Dios e hijas de los hombres) se distinguen suficientemente las dos ciudades. Pues aunque los primeros eran por naturaleza hijos de los hombres, habían llegado a poseer otro nombre por gracia. Porque en la misma Escritura en la que se dice que los hijos de Dios amaron a las hijas de los hombres, se les llama también ángeles de Dios; de donde muchos suponen que no eran hombres sino ángeles.
Si hemos de creer que los ángeles, que son de sustancia espiritual, se enamoraron de la hermosura de las mujeres, las buscaron en matrimonio y de esta unión nacieron gigantes
XV, 23
En el libro tercero de esta obra (c. 5) hicimos una referencia pasajera a esta cuestión, pero no decidimos si los ángeles, en cuanto espíritus, podían tener comercio corporal con mujeres. Pues está escrito: «Que hace a sus ángeles espíritus», es decir, hace ángeles suyos a los que por naturaleza son espíritus, destinándolos al oficio de llevar sus mensajes. Porque la palabra griega [ἄγγελος], que en latín aparece como «angelus», significa mensajero. Pero si el salmista habla de sus cuerpos cuando añade «y a sus ministros fuego llameante», o quiere decir que los ministros de Dios deben arder en amor como en un fuego espiritual, es dudoso. Sin embargo, la misma Escritura fidedigna testifica que los ángeles han aparecido a los hombres en cuerpos tales que no solo podían ser vistos, sino también tocados. Hay, además, un rumor muy general, que muchos han comprobado por su propia experiencia, o que corroboran personas dignas de fe que han oído la experiencia de otros, de que los silvanos y los faunos, a quienes comúnmente se llama «íncubos», han hecho a menudo asaltos perversos contra las mujeres y han saciado en ellas su lujuria; y que ciertos demonios, llamados Duses por los galos, intentan y efectúan constantemente esta impureza, está tan generalmente afirmado que sería impudente negarlo. De estas aseveraciones, ciertamente, no me atrevo a determinar si hay algunos espíritus revestidos de una sustancia aérea (pues este elemento, aun agitado por un abanico, es sensiblemente percibido por el cuerpo) y capaces de lujuria y de mezclarse sensiblemente con mujeres; pero ciertamente de ningún modo podría creer que los santos ángeles de Dios pudieran haber caído así en aquel tiempo, ni puedo pensar que sea de ellos de quienes dijo el apóstol Pedro: «Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó al infierno y los entregó a cadenas de oscuridad, para ser reservados al juicio.» [] Pienso más bien que habla de aquellos que primero apostataron de Dios, junto con su jefe el diablo, que engañó envidiosamente al primer hombre bajo la forma de una serpiente. Pero la misma santa Escritura ofrece el testimonio más amplio de que aun hombres piadosos han sido llamados ángeles; pues de Juan está escrito: «He aquí, envío mi mensajero (ángel) delante de tu faz, que preparará tu camino.» [] Y el profeta Malaquías, por una gracia peculiar especialmente comunicada a él, fue llamado ángel. []
Pero a algunos les impresiona el hecho de que hayamos leído que el fruto de la unión entre aquellos que son llamados ángeles de Dios y las mujeres que amaron no fueron hombres como los de nuestra raza, sino gigantes; como si no hubieran nacido aun en nuestro propio tiempo (como he mencionado antes) hombres de tamaño mucho mayor que la estatura ordinaria. ¿No hubo en Roma hace pocos años, cuando se acercaba la destrucción de la ciudad ahora consumada por los godos, una mujer, con su padre y su madre, que por su tamaño gigantesco sobrepasaba a todas las demás? Multitudes sorprendidas de todas partes venían a verla, y lo que más les impresionaba era la circunstancia de que ninguno de sus padres alcanzaba del todo la estatura más alta ordinaria. Por tanto, bien pudieron nacer gigantes, aun antes de que los hijos de Dios, que también son llamados ángeles de Dios, formaran unión con las hijas de los hombres, o de los que viven según los hombres, es decir, antes de que los hijos de Set formaran unión con las hijas de Caín. Pues así habla la misma Escritura canónica en el libro en que leemos esto; sus palabras son: «Y aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas [buenas]; y tomaron para sí mujeres de entre todas las que escogieron. Y dijo el Señor Dios: No contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años. Había gigantes en la tierra en aquellos días; y también después, cuando se allegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos, estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre.» Estas palabras del libro divino indican suficientemente que ya había gigantes en la tierra en aquellos días, en los cuales los hijos de Dios tomaron mujeres de las hijas de los hombres, cuando las amaron porque eran buenas, es decir, hermosas. Pues es costumbre de esta Escritura llamar «buenos» a los que son hermosos en apariencia. Pero después que se formó esta unión, entonces también nacieron gigantes. Porque las palabras son: «Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después, cuando se allegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres.» Por tanto, hubo gigantes tanto antes, «en aquellos días», como «también después». Y las palabras «les engendraron hijos» muestran con bastante claridad que antes de que los hijos de Dios cayeran de esta manera engendraban hijos para Dios, no para sí mismos— es decir, no movidos por la lujuria del comercio sexual, sino cumpliendo el deber de la propagación, con la intención de producir no una familia para gratificar su propio orgullo, sino ciudadanos para poblar la ciudad de Dios; y a estos, como ángeles de Dios, llevarían el mensaje de que pusieran su esperanza en Dios, como aquel que nació de Set, el hijo de la resurrección, y que esperó invocar el nombre del Señor Dios, en cuya esperanza ellos y su descendencia serían coherederos de las bendiciones eternas, y hermanos en la familia de la cual Dios es el Padre.
Pero que aquellos ángeles no eran ángeles en el sentido de no ser hombres, como algunos suponen, lo decide la Escritura misma, que declara sin ambigüedad que eran hombres. Pues cuando primero se había declarado que «los ángeles de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron mujeres de entre todas las que escogieron», se añadió inmediatamente: «Y dijo el Señor Dios: No contenderá mi Espíritu con estos hombres para siempre, porque ellos también son carne.» Porque por el Espíritu de Dios habían sido hechos ángeles de Dios e hijos de Dios; pero declinando hacia las cosas inferiores, son llamados hombres, nombre de naturaleza, no de gracia; y son llamados carne, como desertores del Espíritu, y por su deserción abandonados [por Él]. Los setenta intérpretes los llaman ciertamente tanto ángeles de Dios como hijos de Dios, aunque no todos los ejemplares muestran esto, teniendo algunos solo el nombre de hijos de Dios. Y Áquila, a quien los judíos prefieren a los otros intérpretes, no ha traducido ni ángeles de Dios ni hijos de Dios, sino hijos de los dioses. Pero ambas versiones son correctas. Porque eran hijos de Dios, y por tanto hermanos de sus propios padres, que eran hijos del mismo Dios; y eran hijos de los dioses, porque engendrados por dioses, junto con los cuales ellos mismos también eran dioses, según aquella expresión del salmo: «Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo.» Pues se cree justamente que los traductores de los setenta recibieron el Espíritu de profecía; de modo que, si hicieron algunas alteraciones bajo su autoridad y no se atuvieron a una traducción estricta, no podríamos dudar que esto fue dictado divinamente. Sin embargo, puede decirse que la palabra hebrea es ambigua y susceptible de una u otra traducción, «hijos de Dios» o «hijos de los dioses».
Omitamos, pues, las fábulas de aquellas escrituras que se llaman apócrifas, porque su origen oscuro era desconocido a los padres de quienes la autoridad de las verdaderas Escrituras nos ha sido transmitida por una sucesión certísima y bien comprobada. Pues aunque hay algo de verdad en estos escritos apócrifos, contienen tantas afirmaciones falsas que no tienen autoridad canónica. No podemos negar que Enoc, el séptimo desde Adán, dejó algunos escritos divinos, pues esto lo afirma el apóstol Judas en su epístola canónica. Pero no sin razón estos escritos no tienen lugar en aquel canon de la Escritura que se conservó en el templo del pueblo hebreo por la diligencia de los sucesivos sacerdotes; pues su antigüedad los hizo sospechosos, y era imposible averiguar si eran genuinos escritos suyos, y no fueron presentados como genuinos por las personas que se halló que habían conservado cuidadosamente los libros canónicos mediante transmisión sucesiva. De modo que los escritos que se producen bajo su nombre, y que contienen estas fábulas sobre los gigantes, diciendo que sus padres no eran hombres, son juzgados con razón por los hombres prudentes como no genuinos; así como muchos escritos son producidos por herejes bajo los nombres de otros profetas y, más recientemente, bajo los nombres de los apóstoles, todos los cuales, después de cuidadoso examen, han sido apartados de la autoridad canónica bajo el título de Apócrifos. No hay, por tanto, duda de que, según las Escrituras canónicas hebreas y cristianas, hubo muchos gigantes antes del diluvio, y que estos eran ciudadanos de la sociedad terrena de los hombres, y que los hijos de Dios, que según la carne eran hijos de Set, se hundieron en esta comunidad cuando abandonaron la justicia. Ni debemos maravillarnos de que nacieran gigantes aun de estos. Pues no todos sus hijos fueron gigantes; pero entonces hubo más que en los períodos restantes desde el diluvio. Y agradó al Creador producirlos, para que así se demostrara que ni la hermosura, ni tampoco el tamaño y la fuerza, son de mucha importancia para el sabio, cuya bienaventuranza está en los bienes espirituales e inmortales, en dones mucho mejores y más duraderos, en los bienes que son propiedad peculiar de los buenos y no son compartidos por buenos y malos por igual. Es esto lo que confirma otro profeta cuando dice: «Estos fueron los gigantes, famosos desde el principio, que eran de tan gran estatura y tan diestros en la guerra. A estos no los escogió el Señor, ni les dio el camino de la sabiduría; sino que fueron destruidos porque no tuvieron sabiduría, y perecieron por su propia insensatez.»
Cómo Hemos de Entender Aquello Que el Señor Dijo a los Que Habían de Perecer en el Diluvio: «Sus Días Serán 120 Años.»
XV, 24
Pero aquello que Dios dijo: «Sus días serán ciento veinte años,» no ha de entenderse como una predicción de que en adelante los hombres no vivirían más de 120 años—pues aun después del diluvio encontramos que vivieron más de 500 años—, sino que hemos de entender que Dios dijo esto cuando Noé había casi completado su quinto siglo, es decir, había vivido 480 años, los cuales la Escritura, como con frecuencia usa el nombre de la parte mayor por el todo, llama 500 años. Ahora bien, el diluvio vino en el año 600 de la vida de Noé, en el segundo mes; y así se predijeron 120 años como el lapso que les quedaba a los condenados, los cuales, transcurridos, serían destruidos por el diluvio. Y no sin razón se cree que el diluvio vino como vino, porque ya no se hallaban sobre la tierra quienes no fueran dignos de compartir una muerte tan manifiestamente judicial—no porque un hombre bueno, que ha de morir alguna vez, fuera peor por tal muerte después de pasada. Sin embargo, en el diluvio no murió ninguno de los mencionados en la sagrada Escritura como descendientes de Set. Pero he aquí el relato divino de la causa del diluvio: «Vio el Señor Dios que la maldad del hombre era grande en la tierra, y que toda imaginación de los pensamientos de su corazón era solamente el mal de continuo. Y se arrepintió el Señor de haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo el Señor: Destruiré al hombre que he creado de sobre la faz de la tierra; desde el hombre hasta la bestia, y el reptil, y las aves del cielo: porque me pesa haberlos hecho.» []
XV, 25
La ira de Dios no es una emoción perturbadora de Su mente, sino un juicio por el cual se inflige castigo al pecado. Su pensamiento y reconsideración son también la razón inmutable que cambia las cosas; pues Él no, como el hombre, se arrepiente de nada que haya hecho, porque en todos los asuntos Su decisión es tan inflexible como cierta es Su presciencia. Pero si la Escritura no usara tales expresiones como las anteriores, no se insinuaría familiarmente en las mentes de todas las clases de hombres, a quienes busca acceso para su bien, para que pueda alarmar a los soberbios, despertar a los descuidados, ejercitar a los inquisitivos y satisfacer a los inteligentes; y esto no podría hacerlo si no se inclinara primero, y en cierto modo descendiera, hasta ellos donde yacen. Pero su denuncia de muerte sobre todos los animales de la tierra y del aire es una declaración de la vastedad del desastre que se aproximaba: no es que amenace con destrucción a los animales irracionales como si también ellos la hubieran incurrido por el pecado.
Capítulo 26. Que el Arca Que Se Ordenó a Noé Construir Figura en Todo Respecto a Cristo y a la Iglesia
XV, 26
Además, puesto que Dios mandó a Noé, varón justo y, como dice la veraz Escritura, varón perfecto en su generación—no ciertamente con la perfección de los ciudadanos de la ciudad de Dios en aquella condición inmortal en que igualan a los ángeles, sino en cuanto pueden ser perfectos en su peregrinación en este mundo—puesto que Dios le mandó, digo, construir un arca, en la cual pudiera ser rescatado de la destrucción del diluvio, junto con su familia, es decir, su esposa, hijos y nueras, y junto con los animales que, en obediencia al mandato de Dios, vinieron a él al arca: esto es ciertamente una figura de la ciudad de Dios peregrinando en este mundo; es decir, de la iglesia, que es rescatada por el madero del cual pendió el Mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús. [] Pues aun sus mismas dimensiones, en longitud, anchura y altura, representan el cuerpo humano en el cual Él vino, como había sido anunciado. Porque la longitud del cuerpo humano, desde la coronilla de la cabeza hasta la planta del pie, es seis veces su anchura de un lado a otro, y diez veces su profundidad o grosor, midiendo de atrás hacia adelante: es decir, si mides a un hombre tendido de espaldas o boca abajo, es seis veces más largo de la cabeza a los pies que ancho de lado a lado, y diez veces más largo que alto desde el suelo. Y por eso el arca fue hecha de 300 codos de largo, 50 de ancho y 30 de alto. Y el tener una puerta hecha en su costado ciertamente significó la herida que se hizo cuando el costado del Crucificado fue traspasado con la lanza; pues por esta entran los que vienen a Él; pues de allí fluyeron los sacramentos por los cuales son iniciados los que creen. Y el hecho de que se ordenara que fuera hecha de maderos cuadrados significa la inamovible firmeza de la vida de los santos; pues comoquiera que gires un cubo, aún se mantiene en pie. Y las demás particularidades de la construcción del arca son signos de rasgos de la iglesia.
Pero no tenemos ahora tiempo de proseguir este asunto; y, en verdad, ya nos hemos detenido en él en la obra que escribimos contra Fausto el maniqueo, quien niega que haya nada profetizado de Cristo en los libros hebreos. Puede ser que la exposición de un hombre supere a la de otro, y que la nuestra no sea la mejor; pero todo lo que se diga debe referirse a esta ciudad de Dios de la que hablamos, que peregrina en este mundo malvado como en un diluvio, al menos si el expositor no quiere desviarse ampliamente del sentido del autor. Por ejemplo, la interpretación que he dado en la obra contra Fausto, de las palabras: «con pisos inferiores, segundos y terceros la harás,» es que, porque la iglesia es reunida de todas las naciones, se dice que tiene dos pisos, para representar las dos clases de hombres—la circuncisión, a saber, y la incircuncisión, o, como el apóstol los llama de otra manera, judíos y gentiles; y que tiene tres pisos, porque todas las naciones fueron repobladas a partir de los tres hijos de Noé. Ahora bien, cualquiera puede objetar esta interpretación, y puede dar otra que armonice con la regla de la fe. Pues como el arca debía tener habitaciones no solo en el piso inferior, sino también en los superiores, que eran llamados «terceros pisos,» para que hubiera un espacio habitable en el tercer nivel desde la base, alguien puede interpretar que estos significan las tres gracias encomendadas por el apóstol—fe, esperanza y caridad. O aun más adecuadamente puede suponerse que representan aquellas tres cosechas del evangelio, de treinta, sesenta y ciento por uno—el matrimonio casto habitando en el piso inferior, la viudez casta en el superior, y la virginidad casta en el piso más alto. O puede darse cualquier interpretación mejor, con tal que se mantenga la referencia a esta ciudad. Y la misma afirmación haría de todos los demás pormenores de este pasaje que requieren exposición, a saber, que aunque se den explicaciones diferentes, sin embargo todas deben concordar con la única fe católica armoniosa.
Comentario editorial · El arca y el cuerpo de Cristo
Agustín lee el arca de Noé como figura de Cristo y de la Iglesia y da su razón para las medidas: 300 codos de largo, 50 de ancho y 30 de alto reproducen las proporciones del cuerpo humano (el largo de un hombre, de la coronilla a la planta, es seis veces su ancho y diez veces su grueso), el cuerpo en el que, dice, vino Cristo. La puerta en el costado es la herida del costado en la cruz. Es una lectura tipológica, que el propio capítulo desarrolla punto por punto (XV, 26); el libro XV trata de Génesis desde Caín y Abel hasta el diluvio.
Para ampliar: Libro XV, en New Advent (XV, 26).