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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)44 minPosición: 0% de esta parteParte 31 de 52 · Capítulo 16Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 16

    Del matrimonio entre consanguíneos, respecto del cual la ley presente no pudo vincular a los hombres de las primeras edades

    XV, 16

    Así, pues, como el género humano, después del primer matrimonio del hombre que fue hecho del polvo y de su esposa que fue hecha de su costado, necesitó la unión de varones y hembras para multiplicarse, y como no había seres humanos sino los nacidos de estos dos, los hombres tomaron por esposas a sus hermanas: acto que en aquellos antiguos días fue ciertamente dictado por la necesidad, así como después fue condenado por las prohibiciones de la religión. Porque es muy razonable y justo que los hombres, entre quienes la concordia es honorable y útil, estén unidos por diversos parentescos; y que un solo hombre no reúna en sí muchos parentescos, sino que los diversos parentescos se distribuyan entre varios, y sirvan así para unir al mayor número en los mismos intereses sociales. «Padre» y «suegro» son los nombres de dos parentescos. Por tanto, cuando un hombre tiene a una persona por padre y a otra por suegro, la amistad se extiende a un número mayor. Pero Adán, en su sola persona, se vio obligado a sostener ambas relaciones con sus hijos e hijas, pues hermanos y hermanas se unieron en matrimonio. Igualmente Eva, su esposa, era a la vez madre y suegra de sus hijos de ambos sexos; mientras que, si hubiera habido dos mujeres, una la madre y otra la suegra, el afecto familiar habría tenido un campo más amplio. Luego la hermana misma, al convertirse en esposa, sostenía en su sola persona dos parentescos, los cuales, si se hubieran distribuido entre individuos, siendo una hermana y otra esposa, el vínculo familiar habría abarcado un mayor número de personas. Pero entonces no había materia para efectuar esto, puesto que no había seres humanos sino los hermanos y hermanas nacidos de aquellos dos primeros padres. Por tanto, cuando una población abundante lo hizo posible, los hombres debieron elegir por esposas a mujeres que no fueran ya sus hermanas; pues no solo no habría entonces necesidad de casarse con hermanas, sino que, si se hiciera, sería de lo más abominable. Porque si los nietos de la primera pareja, pudiendo ya elegir a sus primas por esposas, se casaran con sus hermanas, entonces ya no serían solamente dos, sino tres los parentescos que un solo hombre reuniría, cuando cada uno de estos parentescos debería ser sostenido por un individuo separado, para unir por el afecto familiar a un número mayor. Pues un hombre sería en ese caso a la vez padre, suegro y tío de sus propios hijos (hermano y hermana, ahora marido y mujer); y su esposa sería para ellos madre, tía y suegra; y ellos mismos serían no solo hermano y hermana, y marido y mujer, sino también primos, siendo hijos de hermano y hermana. Ahora bien, todos estos parentescos, que combinaban a tres hombres en uno, habrían abarcado a nueve personas si cada parentesco hubiera sido sostenido por un individuo, de modo que un hombre tuviera una persona por hermana, otra por esposa, otra por prima, otra por padre, otra por tío, otra por suegro, otra por madre, otra por tía, otra por suegra; y así el vínculo social no se habría estrechado para atar a pocos, sino relajado para abarcar a un mayor número de parientes.
    Y vemos que, desde que el género humano ha crecido y se ha multiplicado, esto se observa tan estrictamente aun entre los profanos adoradores de muchos y falsos dioses, que aunque sus leyes perversamente permiten que un hermano se case con su hermana, sin embargo la costumbre, con una moralidad más fina, prefiere renunciar a esta licencia; y aunque en las primeras edades del género humano era bastante lícito casarse con la hermana, ahora se aborrece como cosa que ninguna circunstancia podría justificar. Porque la costumbre tiene un poder muy grande para atraer o chocar el sentimiento humano. Y en esta materia, mientras refrena la concupiscencia dentro de los debidos límites, el hombre que la descuida y desobedece es justamente marcado como abominable. Pues si es inicuo arar más allá de los propios linderos por la codicia de ganancia, ¿no es mucho más inicuo traspasar los límites reconocidos de la moral por la lujuria sexual? Y en cuanto al matrimonio en el grado próximo de consanguinidad, el matrimonio entre primos, hemos observado que en nuestro propio tiempo la moralidad consuetudinaria ha impedido que sea frecuente, aunque la ley lo permite. No estaba prohibido por la ley divina, ni hasta entonces la ley humana lo había prohibido; no obstante, aunque legítimo, las gentes se retraían de él, porque estaba tan cerca de lo ilegítimo, y casarse con una prima parecía casi casarse con una hermana—pues los primos están tan estrechamente emparentados que se llaman hermanos y hermanas, y casi lo son realmente. Pero los antiguos padres, temiendo que el parentesco cercano pudiera gradualmente, en el curso de las generaciones, divergir y convertirse en parentesco lejano, o dejar de ser parentesco del todo, religiosamente se esforzaron por limitarlo mediante el vínculo del matrimonio antes de que se hiciera lejano, y así, por así decirlo, llamarlo de vuelta cuando se les escapaba. Y por esta razón, aun cuando el mundo estaba lleno de gente, aunque no elegían esposas de entre sus hermanas o medio hermanas, preferían que fueran del mismo linaje que ellos. Pero ¿quién duda que la prohibición moderna del matrimonio aun entre primos es la regulación más decorosa —no meramente por la razón que hemos estado urgiendo, la multiplicación de los parentescos, para que una persona no absorba dos, que podrían distribuirse entre dos personas y aumentar así el número de personas unidas como familia, sino también porque hay en la naturaleza humana no sé qué natural y loable pudor que nos refrena de desear aquella conexión que, aunque para la propagación, es sin embargo lujuriosa y de la que incluso el pudor conyugal se ruboriza, con alguien a quien la consanguinidad nos ordena rendir respeto?
    La unión sexual del hombre y la mujer, pues, es en el caso de los mortales una especie de semillero de la ciudad; pero mientras la ciudad terrena necesita para su población solo la generación, la celestial necesita también la regeneración para librarla de la mancha de la generación. Si antes del diluvio hubo algún signo corporal o visible de regeneración, como el que después fue ordenado a Abraham cuando fue circuncidado, o qué clase de signo fue, la historia sagrada no nos informa. Pero sí nos informa que aun estos primeros hombres sacrificaron a Dios, como apareció también en el caso de los dos primeros hermanos; también se dice que Noé ofreció sacrificios a Dios cuando salió del arca después del diluvio. Y sobre este asunto ya hemos dicho en los libros anteriores que los demonios se arrogan la divinidad y exigen sacrificio para ser tenidos por dioses, y se deleitan en estos honores por ninguna otra razón sino porque saben que el verdadero sacrificio se debe al verdadero Dios.

    Capítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor

    XV, 17

    Siendo, pues, Adán el padre de ambas líneas—es decir, el padre tanto de la línea que pertenecía a la ciudad terrena como de la que pertenecía a la ciudad celestial—cuando Abel fue muerto, y con su muerte exhibió un misterio maravilloso, hubo desde entonces dos líneas que procedían de dos padres, Caín y Set, y en aquellos hijos suyos, a quienes convenía registrar, las señales de estas dos ciudades comenzaron a aparecer más distintamente. Porque Caín engendró a Enoc, en cuyo nombre edificó una ciudad, una ciudad terrena, que no era peregrina en este mundo, sino que descansaba satisfecha con su paz y felicidad temporales. También Caín significa «posesión;» por lo cual en su nacimiento o su padre o su madre dijeron: He adquirido un varón por Dios. Luego Enoc significa «dedicación;» pues la ciudad terrena es dedicada en este mundo en el que se edifica, porque en este mundo halla el fin al que tiende y aspira. Además, Set significa «resurrección,» y Enós su hijo significa «hombre,» no como Adán, que también significa hombre, pero se usa en hebreo indistintamente para hombre y mujer, como está escrito: «Varón y hembra los creó, y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán,» [] no dejando lugar a duda de que, aunque la mujer fue distintivamente llamada Eva, sin embargo el nombre Adán, que significa hombre, era común a ambos. Pero Enós significa hombre en un sentido tan restringido, que los lingüistas hebreos nos dicen que no puede aplicarse a la mujer: es el equivalente del «hijo de la resurrección,» cuando ni se casan ni se dan en matrimonio. [] Pues no habrá generación en aquel lugar al que nos habrá traído la regeneración. Por lo cual creo que no es inútil observar que en aquellas generaciones que se propagan de aquel que se llama Set, aunque se dice que fueron engendradas hijas así como hijos, ninguna mujer es registrada expresamente por su nombre; pero en las que brotaron de Caín, en la misma terminación a la que corre la línea, la última persona nombrada como engendrada es una mujer. Pues leemos: «Matusael engendró a Lamec. Y Lamec tomó para sí dos mujeres: el nombre de la una era Ada, y el nombre de la otra Zila. Y Ada dio a luz a Jabal, el cual fue padre de los que habitan en tiendas y crían ganados. Y el nombre de su hermano fue Jubal, el cual fue padre de todos los que tocan arpa y órgano. Y Zila también dio a luz a Tubalcaín, maestro de toda obra de bronce y de hierro; y la hermana de Tubalcaín fue Naama.» [] Aquí terminan todas las generaciones de Caín, que son ocho en número, incluido Adán—es decir, siete desde Adán hasta Lamec, quien se casó con dos mujeres, y cuyos hijos, entre los cuales también se nombra a una mujer, forman la octava generación. Con lo cual se significa elegantemente que la ciudad terrena tendrá hasta su terminación generaciones carnales procedentes del trato de varones y hembras. Y por lo tanto las mismas esposas del hombre que es el último padre nombrado de la línea de Caín, son registradas por sus propios nombres—práctica que en ninguna parte se siguió antes del diluvio, salvo en el caso de Eva. Ahora bien, así como Caín, que significa posesión, el fundador de la ciudad terrena, y su hijo Enoc, que significa dedicación, en cuyo nombre fue fundada, indican que esta ciudad es terrena tanto en su principio como en su fin—una ciudad en la que no se espera nada más de lo que puede verse en este mundo—así Set, que significa resurrección, y que es el padre de las generaciones registradas aparte de las otras, debemos considerar lo que esta historia sagrada dice de su hijo.

    Capítulo 18. El significado de Abel, Set y Enós respecto de Cristo y de su cuerpo, la Iglesia

    XV, 18

    «Y a Set,» se dice, «le nació un hijo, y llamó su nombre Enós: él esperó invocar el nombre del Señor Dios.» [] He aquí un fuerte testimonio de la verdad. El hombre, pues, hijo de la resurrección, vive en esperanza: vive en esperanza mientras la ciudad de Dios, que es engendrada por la fe en la resurrección, peregrina en este mundo. Porque en estos dos hombres, Abel, que significa «dolor,» y su hermano Set, que significa «resurrección,» están prefiguradas la muerte de Cristo y su vida de entre los muertos. Y por la fe en estas cosas es engendrada en este mundo la ciudad de Dios, es decir, el hombre que ha esperado invocar el nombre del Señor. «Porque en esperanza,» dice el apóstol, «somos salvos; pero la esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.» [] ¿Quién puede dejar de referir esto a un profundo misterio? Pues ¿acaso no esperó Abel invocar el nombre del Señor Dios cuando en la Escritura se menciona su sacrificio como aceptado por Dios? ¿No esperó el mismo Set invocar el nombre del Señor Dios, de quien se dijo: «Porque Dios me ha puesto otra descendencia en lugar de Abel?» ¿Por qué, pues, esto que se halla ser común a todos los piadosos se atribuye especialmente a Enós, sino porque convenía que en él, que es mencionado como el primogénito del padre de aquellas generaciones que fueron separadas para la mejor parte de la ciudad celestial, hubiera un tipo del hombre, o de la sociedad de hombres, que no viven según el hombre en contentamiento con la felicidad terrena, sino según Dios en esperanza de la felicidad eterna? Y no se dijo: «Él esperó en el Señor Dios,» ni «Él invocó el nombre del Señor Dios,» sino «Él esperó invocar el nombre del Señor Dios.» ¿Y qué significa este «esperó invocar», sino que es una profecía de que surgiría un pueblo que, según la elección de la gracia, invocaría el nombre del Señor Dios? Esto es lo que ha sido dicho por otro profeta, y lo que el apóstol interpreta del pueblo que pertenece a la gracia de Dios: «Y será que todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.» [] Pues estas dos expresiones, «Y llamó su nombre Enós, que significa hombre,» y «Él esperó invocar el nombre del Señor Dios,» son prueba suficiente de que el hombre no debe poner sus esperanzas en sí mismo; como está escrito en otra parte: «Maldito el hombre que confía en el hombre.» [] Por consiguiente, nadie debe confiar en sí mismo para llegar a ser ciudadano de aquella otra ciudad que no es dedicada en el nombre del hijo de Caín en este tiempo presente, es decir, en el curso fugaz de este mundo mortal, sino en la inmortalidad de la bienaventuranza perpetua.

    Capítulo 19. El significado de la traslación de Enoc

    XV, 19

    Porque también aquella línea de la cual Set es padre tiene el nombre «Dedicación» en la séptima generación desde Adán, contando a Adán. Pues el séptimo desde él es Enoc, es decir, Dedicación. Pero este es aquel hombre que fue trasladado porque agradó a Dios, y que ocupó en el orden de las generaciones un lugar notable, siendo el séptimo desde Adán, número señalado por la consagración del sábado. Pero, contando desde el punto de divergencia de las dos líneas, o desde Set, era el sexto. Ahora bien, fue en el sexto día cuando Dios hizo al hombre y consumó sus obras. Pero la traslación de Enoc prefiguró nuestra dedicación diferida; porque aunque ya está ciertamente cumplida en Cristo, nuestra Cabeza, quien resucitó de modo que ya no morirá más, y quien también fue trasladado, sin embargo queda otra dedicación de toda la casa, de la cual Cristo mismo es el fundamento, y esta dedicación se difiere hasta el fin, cuando todos resucitarán para no morir más. Y ya sea que se diga que es la casa de Dios, o el templo de Dios, o la ciudad de Dios lo que es dedicado, todo es lo mismo, e igualmente conforme al uso de la lengua latina. Pues el mismo Virgilio llama a la ciudad del imperio más vasto «la casa de Asáraco,» refiriéndose a los romanos, que descendían de Asáraco por los troyanos. También los llama la casa de Eneas, porque Roma fue edificada por aquellos troyanos que habían venido a Italia bajo Eneas. Pues aquel poeta imitó las sagradas Escrituras, en las cuales la nación hebrea, aunque tan numerosa, es llamada la casa de Jacob.

    Capítulo 20

    Cómo es que la línea de Caín termina en la octava generación, mientras que Noé, aunque descendiente del mismo padre, Adán, resulta ser el décimo desde él

    XV, 20

    Alguien dirá: Si el autor de esta historia se proponía, al enumerar las generaciones desde Adán por su hijo Set, descender por ellas hasta Noé, en cuyo tiempo ocurrió el diluvio, y desde él trazar de nuevo las generaciones conectadas hasta Abraham, con quien Mateo comienza la genealogía de Cristo, el Rey eterno de la ciudad de Dios, ¿qué se proponía al enumerar las generaciones desde Caín, y hasta qué término pretendía trazarlas? Respondemos: Hasta el diluvio, por el cual toda la estirpe de la ciudad terrena fue destruida, pero reparada por los hijos de Noé. Porque la ciudad terrena y la comunidad de los hombres que viven según la carne nunca faltará hasta el fin de este mundo, del cual dice nuestro Señor: «Los hijos de este mundo engendran y son engendrados.» [] Pero la ciudad de Dios, que peregrina en este mundo, es conducida por la regeneración al mundo venidero, del cual los hijos ni engendran ni son engendrados. En este mundo la generación es común a ambas ciudades; aunque incluso ahora la ciudad de Dios tiene muchos miles de ciudadanos que se abstienen del acto de la generación; sin embargo la otra ciudad también tiene algunos ciudadanos que imitan a estos, aunque erróneamente. Pues a aquella ciudad pertenecen también los que han errado de la fe y han introducido varias herejías; porque viven según el hombre, no según Dios. Y los gimnosofistas indios, de quienes se dice que filosofan en las soledades de la India en estado de desnudez, son sus ciudadanos; y se abstienen del matrimonio. Porque la continencia no es cosa buena, excepto cuando se practica en la fe del sumo bien, es decir, Dios. Sin embargo, no se halla que nadie la haya practicado antes del diluvio; pues incluso el mismo Enoc, el séptimo desde Adán, de quien se dice que fue trasladado sin morir, engendró hijos e hijas antes de ser trasladado, y entre estos estaba Matusalén, por quien se mantiene la sucesión de las generaciones registradas.
    ¿Por qué, pues, se registra un número tan pequeño de las generaciones de Caín, si era propio trazarlas hasta el diluvio, y si no había tal retraso de la pubertad que impidiera la esperanza de descendencia durante cien o más años? Porque si el autor de este libro no tenía en vista a alguien a quien pudiera trazar rígidamente la serie de las generaciones, como se propuso en las que brotaron de la descendencia de Set para descender a Noé, y desde allí comenzar de nuevo por un orden rígido, ¿qué necesidad había de omitir a los hijos primogénitos para descender a Lamec, en cuyos hijos termina aquella línea—es decir, en la octava generación desde Adán, o la séptima desde Caín—, como si desde este punto hubiera querido pasar a otra serie, por la cual pudiera alcanzar o al pueblo israelita, entre el cual la Jerusalén terrena presentaba una figura profética de la ciudad celestial, o a Jesucristo, «según la carne, el cual es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos,» [] el Hacedor y Gobernador de la ciudad celestial? ¿Cuál, digo, era la necesidad de esto, viendo que toda la posteridad de Caín fue destruida en el diluvio? De esto es manifiesto que son los hijos primogénitos los que están registrados en esta genealogía. ¿Por qué, pues, son tan pocos? Su número en el período anterior al diluvio debió ser mayor, si la edad de la pubertad no guardaba proporción con su longevidad, y tenían hijos antes de los cien años. Pues suponiendo que tenían en promedio treinta años cuando comenzaban a engendrar hijos, entonces, como hay ocho generaciones, incluyendo a Adán y a los hijos de Lamec, 8 por 30 da 240 años; ¿acaso no produjeron más hijos en todo el resto del tiempo antes del diluvio? ¿Con qué intención, pues, el que escribió este registro no hizo mención de las generaciones posteriores? Pues desde Adán hasta el diluvio se cuentan, según nuestras copias de la Escritura, 2262 años, y según el texto hebreo, 1656 años. Suponiendo, pues, que el número menor sea el verdadero, y restando de 1656 años 240, ¿es creíble que durante los restantes 1400 y tantos años hasta el diluvio la posteridad de Caín no engendró hijos?
    Pero cualquiera que sea movido por esto recuerde que cuando discutí la cuestión de cómo es creíble que aquellos hombres primitivos pudieran abstenerse durante tantos años de engendrar hijos, se hallaron dos modos de solución: o una pubertad tardía en proporción a su longevidad, o que los hijos registrados en las genealogías no eran los primogénitos, sino aquellos por medio de los cuales el autor del libro se proponía alcanzar el punto pretendido, como se proponía alcanzar a Noé por las generaciones de Set. De modo que, si en las generaciones de Caín no aparece nadie a quien el escritor pudiera hacer objeto de alcanzar omitiendo a los primogénitos e insertando a aquellos que sirvieran a tal propósito, entonces debemos recurrir a la suposición de una pubertad tardía, y decir que solo a alguna edad más allá de los cien años se hicieron capaces de engendrar hijos, de modo que el orden de las generaciones corrió por los primogénitos, y llenó incluso todo el período anterior al diluvio, por largo que fuera. Sin embargo, es posible que, por alguna razón más secreta que se me escapa, esta ciudad, que decimos terrena, se exhiba en todas sus generaciones hasta Lamec y sus hijos, y que luego el escritor se abstenga de registrar el resto que pudo haber existido antes del diluvio. Y sin suponer una pubertad tan tardía en estos hombres, podría haber otra razón para trazar las generaciones por hijos que no eran primogénitos, a saber, que la misma ciudad que Caín edificó, y que llamó con el nombre de su hijo Enoc, pudo haber tenido un dominio ampliamente extendido y muchos reyes, no reinando simultáneamente, sino sucesivamente, engendrando siempre el rey reinante a su sucesor. Caín mismo sería el primero de estos reyes; su hijo Enoc, en cuyo nombre fue edificada la ciudad en la que reinó, sería el segundo; el tercero Irad, a quien Enoc engendró; el cuarto Mehujael, a quien Irad engendró; el quinto Matusael, a quien Mehujael engendró; el sexto Lamec, a quien Matusael engendró, y quien es el séptimo desde Adán por Caín. Pero no era necesario que los primogénitos sucedieran a sus padres en el reino, sino que sucederían aquellos que fueran recomendados por la posesión de alguna virtud útil a la ciudad terrena, o que fueran elegidos por suerte, o el hijo que fuera más querido por su padre sucedería por una especie de derecho hereditario al trono. Y el diluvio pudo haber ocurrido durante la vida y el reinado de Lamec, y pudo haberlo destruido a él junto con todos los demás hombres, salvo los que estaban en el arca. Pues no podemos sorprendernos de que, durante un período tan largo desde Adán hasta el diluvio, y con las edades de los individuos variando como variaban, no hubiera un número igual de generaciones en ambas líneas, sino siete en la de Caín y diez en la de Set; porque, como ya he dicho, Lamec es el séptimo desde Adán, Noé el décimo; y en el caso de Lamec no se registra un solo hijo, como en los casos anteriores, sino más, porque era incierto cuál de ellos habría sucedido cuando muriera, si hubiera intervenido algún tiempo para reinar entre su muerte y el diluvio.
    Pero de cualquier manera que se tracen hacia abajo las generaciones de la línea de Caín, ya sea por hijos primogénitos o por herederos del trono, me parece que de ningún modo debo omitir notar que, cuando Lamec fue puesto como el séptimo desde Adán, se nombraron, además, tantos de sus hijos como completaron este número hasta once, que es el número que significa el pecado; pues se añaden tres hijos y una hija. Las esposas de Lamec tienen otra significación, distinta de la que ahora estoy destacando. Pues por el momento hablo de los hijos, y no de aquellos por quienes los hijos fueron engendrados. Siendo, pues, la ley simbolizada por el número diez—de donde aquel memorable Decálogo—, no hay duda de que el número once, que va más allá del diez, simboliza la transgresión de la ley y, por consiguiente, el pecado. Por esta razón, se ordenó que once velos de piel de cabra fueran colgados en el tabernáculo del testimonio, que servía en las peregrinaciones del pueblo de Dios como templo ambulante. Y en aquel cilicio había un recordatorio de los pecados, porque las cabras debían ser puestas a la mano izquierda del Juez; y por eso, cuando confesamos nuestros pecados, nos postramos en cilicio, como si dijéramos lo que está escrito en el salmo: «Mi pecado está siempre delante de mí.» La progenie de Adán, pues, por Caín el homicida, se completa en el número once, que simboliza el pecado; y este número mismo es completado por una mujer, como por el mismo sexo se dio comienzo al pecado por el cual todos morimos. Y se cometió para que siguiera el placer de la carne, que resiste al espíritu; y así Naama, la hija de Lamec, significa «placer.» Pero desde Adán hasta Noé, en la línea de Set, hay diez generaciones. Y a Noé se le añaden tres hijos, de los cuales, mientras uno cayó en pecado, dos fueron bendecidos por su padre; de modo que, si quitas al réprobo y añades a los hijos agraciados al número, obtienes doce—número señalado en el caso de los patriarcas y de los apóstoles, y compuesto de las partes del número siete multiplicadas entre sí—pues tres por cuatro, o cuatro por tres, dan doce. Siendo esto así, veo que debo considerar y mencionar cómo estas dos líneas, que por sus genealogías separadas representan las dos ciudades, una de nacidos de la tierra y la otra de regenerados, se mezclaron y confundieron después de tal manera, que todo el género humano, con excepción de ocho personas, mereció perecer en el diluvio.

    Capítulo 21

    Por qué, apenas nombrado Enoc, hijo de Caín, se continúa inmediatamente la genealogía hasta el diluvio, mientras que, después de mencionarse a Enós, hijo de Set, la narración vuelve de nuevo a la creación del hombre

    XV, 21

    Hemos de ver primero por qué, en la enumeración de la posteridad de Caín, después de Enoc, en cuyo nombre fue edificada la ciudad, mencionado en primer lugar, los demás son enumerados en seguida hasta aquel término del que he hablado, y en el cual aquella raza y toda la línea fue destruida en el diluvio; mientras que, después de mencionado Enós, hijo de Set, los demás no son nombrados en seguida hasta el diluvio, sino que se inserta una cláusula del tenor siguiente: «Este es el libro de las generaciones de Adán. El día en que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo hizo; varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados.» [] Esto me parece insertado con este propósito: que aquí comience de nuevo desde Adán mismo el cómputo de los tiempos— propósito que el escritor no tuvo en vista al hablar de la ciudad terrena, como si Dios la mencionara, pero no tomara en cuenta su duración. Pero ¿por qué vuelve a esta recapitulación después de mencionar al hijo de Set, el hombre que esperó invocar el nombre del Señor Dios, sino porque convenía presentar así estas dos ciudades: la una que comienza con un homicida y termina en un homicida (pues también Lamec confiesa a sus dos mujeres que ha cometido un homicidio), y la otra edificada por aquel que esperó invocar el nombre del Señor Dios? Porque el más alto y completo deber terreno de la ciudad de Dios, que es peregrina en este mundo, es el que se ejemplificó en aquel individuo que fue engendrado por quien prefiguraba la resurrección del asesinado Abel. Aquel hombre único es la unidad de toda la ciudad celestial, no ya completa, ciertamente, sino que ha de completarse, como lo prefigura esta figura profética. El hijo de Caín, por tanto, esto es, el hijo de la posesión (¿y de qué posesión sino de una terrena?), puede tener un nombre en la ciudad terrena que fue edificada en su nombre. De tales dice el salmista: «Llaman sus tierras por sus propios nombres.» Por lo cual incurren en lo que está escrito en otro salmo: «Tú, oh Señor, en tu ciudad despreciarás su imagen.» Pero en cuanto al hijo de Set, el hijo de la resurrección, espere invocar el nombre del Señor Dios. Pues él prefigura aquella sociedad de hombres que dice: «Mas yo soy como olivo verde en la casa de Dios: he confiado en la misericordia de Dios.» Pero no busque los honores vanos de un nombre famoso en la tierra, porque «Bienaventurado el hombre que pone en el nombre del Señor su confianza, y no mira a las vanidades ni a las locuras mentirosas.» Después de haber presentado las dos ciudades, la una fundada en el bien material de este mundo, la otra en la esperanza en Dios, pero ambas partiendo de una puerta común abierta en Adán hacia este estado mortal, y ambas corriendo y agotándose hacia sus propios y merecidos fines, la Escritura comienza a computar los tiempos, y en este cómputo incluye otras generaciones, haciendo una recapitulación desde Adán, de cuya descendencia condenada, como de una masa entregada a la merecida condenación, hizo Dios unos vasos de ira para deshonra y otros vasos de misericordia para honra; dando en castigo a los primeros lo debido, en gracia a los segundos lo no debido: para que, por la comparación misma de sí con los vasos de ira, la ciudad celestial, que peregrina en la tierra, aprenda a no poner confianza en la libertad de su propia voluntad, sino a esperar invocar el nombre del Señor Dios. Pues la voluntad, siendo una naturaleza que fue hecha buena por el Dios bueno, pero mudable por el inmutable, porque fue hecha de la nada, puede tanto declinar del bien para hacer el mal, lo cual ocurre cuando elige libremente, como también escapar del mal y hacer el bien, lo cual ocurre solo por auxilio divino.

    Capítulo 22

    De la caída de los hijos de Dios cautivados por las hijas de los hombres, por la cual todos, excepto ocho personas, perecieron merecidamente en el diluvio

    XV, 22

    Cuando el género humano, en el ejercicio de esta libertad de la voluntad, se multiplicó y avanzó, surgió una mezcla y confusión de las dos ciudades por su participación en una iniquidad común. Y esta calamidad, como la primera, fue ocasionada por la mujer, aunque no de la misma manera; pues estas mujeres no fueron ellas mismas engañadas, ni persuadieron a los hombres a pecar, sino que, como pertenecían a la ciudad terrena y a la sociedad de los terrenales, habían sido de costumbres corrompidas desde el principio, y fueron amadas por su hermosura corporal por los hijos de Dios, o los ciudadanos de la otra ciudad que peregrina en este mundo. La hermosura es ciertamente un buen don de Dios; pero para que los buenos no la tengan por un gran bien, Dios la dispensa aun a los malvados. Y así, cuando el bien grande y propio de los buenos fue abandonado por los hijos de Dios, cayeron en un bien mezquino que no es propio de los buenos, sino común a buenos y malos; y al ser cautivados por las hijas de los hombres, adoptaron las costumbres de los terrenales para ganarlas como esposas, y abandonaron los caminos piadosos que habían seguido en su propia santa sociedad. Y así la hermosura, que es ciertamente hechura de Dios, pero solo un bien temporal, carnal e inferior, no es amada convenientemente con preferencia a Dios, el bien eterno, espiritual e inmutable. Cuando el avaro prefiere su oro a la justicia, no es por culpa del oro, sino del hombre; y así sucede con toda cosa creada. Pues aunque sea bueno, puede ser amado con amor malo lo mismo que con amor bueno: se le ama rectamente cuando se le ama ordenadamente; malamente, cuando desordenadamente. Es esto lo que alguien ha dicho brevemente en estos versos en alabanza del Creador: «Estos son tuyos, son buenos, porque Tú eres bueno que los creaste. No hay en ellos nada nuestro, sino el pecado que cometemos cuando olvidamos el orden de las cosas y, en lugar de Ti, amamos lo que Tú has hecho.»
    Pero si el Creador es amado verdaderamente, es decir, si se le ama a Él mismo y no otra cosa en su lugar, no puede ser amado malamente; pues el amor mismo ha de ser amado ordenadamente, porque hacemos bien en amar aquello que, cuando lo amamos, nos hace vivir bien y virtuosamente. De modo que me parece una definición breve pero verdadera de la virtud decir que es el orden del amor; y por esto, en los Cantares, la esposa de Cristo, la ciudad de Dios, canta: «Ordenad en mí el amor.» [] Fue, pues, el orden de este amor, esta caridad o dilección, lo que los hijos de Dios perturbaron cuando abandonaron a Dios y se enamoraron de las hijas de los hombres. Y por estos dos nombres (hijos de Dios e hijas de los hombres) se distinguen suficientemente las dos ciudades. Pues aunque los primeros eran por naturaleza hijos de los hombres, habían llegado a poseer otro nombre por gracia. Porque en la misma Escritura en la que se dice que los hijos de Dios amaron a las hijas de los hombres, se les llama también ángeles de Dios; de donde muchos suponen que no eran hombres sino ángeles.

    Capítulo 23

    Si hemos de creer que los ángeles, que son de sustancia espiritual, se enamoraron de la hermosura de las mujeres, las buscaron en matrimonio y de esta unión nacieron gigantes

    XV, 23

    En el libro tercero de esta obra (c. 5) hicimos una referencia pasajera a esta cuestión, pero no decidimos si los ángeles, en cuanto espíritus, podían tener comercio corporal con mujeres. Pues está escrito: «Que hace a sus ángeles espíritus», es decir, hace ángeles suyos a los que por naturaleza son espíritus, destinándolos al oficio de llevar sus mensajes. Porque la palabra griega [ἄγγελος], que en latín aparece como «angelus», significa mensajero. Pero si el salmista habla de sus cuerpos cuando añade «y a sus ministros fuego llameante», o quiere decir que los ministros de Dios deben arder en amor como en un fuego espiritual, es dudoso. Sin embargo, la misma Escritura fidedigna testifica que los ángeles han aparecido a los hombres en cuerpos tales que no solo podían ser vistos, sino también tocados. Hay, además, un rumor muy general, que muchos han comprobado por su propia experiencia, o que corroboran personas dignas de fe que han oído la experiencia de otros, de que los silvanos y los faunos, a quienes comúnmente se llama «íncubos», han hecho a menudo asaltos perversos contra las mujeres y han saciado en ellas su lujuria; y que ciertos demonios, llamados Duses por los galos, intentan y efectúan constantemente esta impureza, está tan generalmente afirmado que sería impudente negarlo. De estas aseveraciones, ciertamente, no me atrevo a determinar si hay algunos espíritus revestidos de una sustancia aérea (pues este elemento, aun agitado por un abanico, es sensiblemente percibido por el cuerpo) y capaces de lujuria y de mezclarse sensiblemente con mujeres; pero ciertamente de ningún modo podría creer que los santos ángeles de Dios pudieran haber caído así en aquel tiempo, ni puedo pensar que sea de ellos de quienes dijo el apóstol Pedro: «Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó al infierno y los entregó a cadenas de oscuridad, para ser reservados al juicio.» [] Pienso más bien que habla de aquellos que primero apostataron de Dios, junto con su jefe el diablo, que engañó envidiosamente al primer hombre bajo la forma de una serpiente. Pero la misma santa Escritura ofrece el testimonio más amplio de que aun hombres piadosos han sido llamados ángeles; pues de Juan está escrito: «He aquí, envío mi mensajero (ángel) delante de tu faz, que preparará tu camino.» [] Y el profeta Malaquías, por una gracia peculiar especialmente comunicada a él, fue llamado ángel. []
    Pero a algunos les impresiona el hecho de que hayamos leído que el fruto de la unión entre aquellos que son llamados ángeles de Dios y las mujeres que amaron no fueron hombres como los de nuestra raza, sino gigantes; como si no hubieran nacido aun en nuestro propio tiempo (como he mencionado antes) hombres de tamaño mucho mayor que la estatura ordinaria. ¿No hubo en Roma hace pocos años, cuando se acercaba la destrucción de la ciudad ahora consumada por los godos, una mujer, con su padre y su madre, que por su tamaño gigantesco sobrepasaba a todas las demás? Multitudes sorprendidas de todas partes venían a verla, y lo que más les impresionaba era la circunstancia de que ninguno de sus padres alcanzaba del todo la estatura más alta ordinaria. Por tanto, bien pudieron nacer gigantes, aun antes de que los hijos de Dios, que también son llamados ángeles de Dios, formaran unión con las hijas de los hombres, o de los que viven según los hombres, es decir, antes de que los hijos de Set formaran unión con las hijas de Caín. Pues así habla la misma Escritura canónica en el libro en que leemos esto; sus palabras son: «Y aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas [buenas]; y tomaron para sí mujeres de entre todas las que escogieron. Y dijo el Señor Dios: No contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años. Había gigantes en la tierra en aquellos días; y también después, cuando se allegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos, estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre.» Estas palabras del libro divino indican suficientemente que ya había gigantes en la tierra en aquellos días, en los cuales los hijos de Dios tomaron mujeres de las hijas de los hombres, cuando las amaron porque eran buenas, es decir, hermosas. Pues es costumbre de esta Escritura llamar «buenos» a los que son hermosos en apariencia. Pero después que se formó esta unión, entonces también nacieron gigantes. Porque las palabras son: «Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después, cuando se allegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres.» Por tanto, hubo gigantes tanto antes, «en aquellos días», como «también después». Y las palabras «les engendraron hijos» muestran con bastante claridad que antes de que los hijos de Dios cayeran de esta manera engendraban hijos para Dios, no para sí mismos— es decir, no movidos por la lujuria del comercio sexual, sino cumpliendo el deber de la propagación, con la intención de producir no una familia para gratificar su propio orgullo, sino ciudadanos para poblar la ciudad de Dios; y a estos, como ángeles de Dios, llevarían el mensaje de que pusieran su esperanza en Dios, como aquel que nació de Set, el hijo de la resurrección, y que esperó invocar el nombre del Señor Dios, en cuya esperanza ellos y su descendencia serían coherederos de las bendiciones eternas, y hermanos en la familia de la cual Dios es el Padre.
    Pero que aquellos ángeles no eran ángeles en el sentido de no ser hombres, como algunos suponen, lo decide la Escritura misma, que declara sin ambigüedad que eran hombres. Pues cuando primero se había declarado que «los ángeles de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron mujeres de entre todas las que escogieron», se añadió inmediatamente: «Y dijo el Señor Dios: No contenderá mi Espíritu con estos hombres para siempre, porque ellos también son carne.» Porque por el Espíritu de Dios habían sido hechos ángeles de Dios e hijos de Dios; pero declinando hacia las cosas inferiores, son llamados hombres, nombre de naturaleza, no de gracia; y son llamados carne, como desertores del Espíritu, y por su deserción abandonados [por Él]. Los setenta intérpretes los llaman ciertamente tanto ángeles de Dios como hijos de Dios, aunque no todos los ejemplares muestran esto, teniendo algunos solo el nombre de hijos de Dios. Y Áquila, a quien los judíos prefieren a los otros intérpretes, no ha traducido ni ángeles de Dios ni hijos de Dios, sino hijos de los dioses. Pero ambas versiones son correctas. Porque eran hijos de Dios, y por tanto hermanos de sus propios padres, que eran hijos del mismo Dios; y eran hijos de los dioses, porque engendrados por dioses, junto con los cuales ellos mismos también eran dioses, según aquella expresión del salmo: «Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo.» Pues se cree justamente que los traductores de los setenta recibieron el Espíritu de profecía; de modo que, si hicieron algunas alteraciones bajo su autoridad y no se atuvieron a una traducción estricta, no podríamos dudar que esto fue dictado divinamente. Sin embargo, puede decirse que la palabra hebrea es ambigua y susceptible de una u otra traducción, «hijos de Dios» o «hijos de los dioses».
    Omitamos, pues, las fábulas de aquellas escrituras que se llaman apócrifas, porque su origen oscuro era desconocido a los padres de quienes la autoridad de las verdaderas Escrituras nos ha sido transmitida por una sucesión certísima y bien comprobada. Pues aunque hay algo de verdad en estos escritos apócrifos, contienen tantas afirmaciones falsas que no tienen autoridad canónica. No podemos negar que Enoc, el séptimo desde Adán, dejó algunos escritos divinos, pues esto lo afirma el apóstol Judas en su epístola canónica. Pero no sin razón estos escritos no tienen lugar en aquel canon de la Escritura que se conservó en el templo del pueblo hebreo por la diligencia de los sucesivos sacerdotes; pues su antigüedad los hizo sospechosos, y era imposible averiguar si eran genuinos escritos suyos, y no fueron presentados como genuinos por las personas que se halló que habían conservado cuidadosamente los libros canónicos mediante transmisión sucesiva. De modo que los escritos que se producen bajo su nombre, y que contienen estas fábulas sobre los gigantes, diciendo que sus padres no eran hombres, son juzgados con razón por los hombres prudentes como no genuinos; así como muchos escritos son producidos por herejes bajo los nombres de otros profetas y, más recientemente, bajo los nombres de los apóstoles, todos los cuales, después de cuidadoso examen, han sido apartados de la autoridad canónica bajo el título de Apócrifos. No hay, por tanto, duda de que, según las Escrituras canónicas hebreas y cristianas, hubo muchos gigantes antes del diluvio, y que estos eran ciudadanos de la sociedad terrena de los hombres, y que los hijos de Dios, que según la carne eran hijos de Set, se hundieron en esta comunidad cuando abandonaron la justicia. Ni debemos maravillarnos de que nacieran gigantes aun de estos. Pues no todos sus hijos fueron gigantes; pero entonces hubo más que en los períodos restantes desde el diluvio. Y agradó al Creador producirlos, para que así se demostrara que ni la hermosura, ni tampoco el tamaño y la fuerza, son de mucha importancia para el sabio, cuya bienaventuranza está en los bienes espirituales e inmortales, en dones mucho mejores y más duraderos, en los bienes que son propiedad peculiar de los buenos y no son compartidos por buenos y malos por igual. Es esto lo que confirma otro profeta cuando dice: «Estos fueron los gigantes, famosos desde el principio, que eran de tan gran estatura y tan diestros en la guerra. A estos no los escogió el Señor, ni les dio el camino de la sabiduría; sino que fueron destruidos porque no tuvieron sabiduría, y perecieron por su propia insensatez.»

    Capítulo 24

    Cómo Hemos de Entender Aquello Que el Señor Dijo a los Que Habían de Perecer en el Diluvio: «Sus Días Serán 120 Años.»

    XV, 24

    Pero aquello que Dios dijo: «Sus días serán ciento veinte años,» no ha de entenderse como una predicción de que en adelante los hombres no vivirían más de 120 años—pues aun después del diluvio encontramos que vivieron más de 500 años—, sino que hemos de entender que Dios dijo esto cuando Noé había casi completado su quinto siglo, es decir, había vivido 480 años, los cuales la Escritura, como con frecuencia usa el nombre de la parte mayor por el todo, llama 500 años. Ahora bien, el diluvio vino en el año 600 de la vida de Noé, en el segundo mes; y así se predijeron 120 años como el lapso que les quedaba a los condenados, los cuales, transcurridos, serían destruidos por el diluvio. Y no sin razón se cree que el diluvio vino como vino, porque ya no se hallaban sobre la tierra quienes no fueran dignos de compartir una muerte tan manifiestamente judicial—no porque un hombre bueno, que ha de morir alguna vez, fuera peor por tal muerte después de pasada. Sin embargo, en el diluvio no murió ninguno de los mencionados en la sagrada Escritura como descendientes de Set. Pero he aquí el relato divino de la causa del diluvio: «Vio el Señor Dios que la maldad del hombre era grande en la tierra, y que toda imaginación de los pensamientos de su corazón era solamente el mal de continuo. Y se arrepintió el Señor de haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo el Señor: Destruiré al hombre que he creado de sobre la faz de la tierra; desde el hombre hasta la bestia, y el reptil, y las aves del cielo: porque me pesa haberlos hecho.» []

    Capítulo 25. De la Ira de Dios, Que No Inflama Su Mente, Ni Perturba Su Inmutable Tranquilidad

    XV, 25

    La ira de Dios no es una emoción perturbadora de Su mente, sino un juicio por el cual se inflige castigo al pecado. Su pensamiento y reconsideración son también la razón inmutable que cambia las cosas; pues Él no, como el hombre, se arrepiente de nada que haya hecho, porque en todos los asuntos Su decisión es tan inflexible como cierta es Su presciencia. Pero si la Escritura no usara tales expresiones como las anteriores, no se insinuaría familiarmente en las mentes de todas las clases de hombres, a quienes busca acceso para su bien, para que pueda alarmar a los soberbios, despertar a los descuidados, ejercitar a los inquisitivos y satisfacer a los inteligentes; y esto no podría hacerlo si no se inclinara primero, y en cierto modo descendiera, hasta ellos donde yacen. Pero su denuncia de muerte sobre todos los animales de la tierra y del aire es una declaración de la vastedad del desastre que se aproximaba: no es que amenace con destrucción a los animales irracionales como si también ellos la hubieran incurrido por el pecado.

    Capítulo 26. Que el Arca Que Se Ordenó a Noé Construir Figura en Todo Respecto a Cristo y a la Iglesia

    XV, 26

    Además, puesto que Dios mandó a Noé, varón justo y, como dice la veraz Escritura, varón perfecto en su generación—no ciertamente con la perfección de los ciudadanos de la ciudad de Dios en aquella condición inmortal en que igualan a los ángeles, sino en cuanto pueden ser perfectos en su peregrinación en este mundo—puesto que Dios le mandó, digo, construir un arca, en la cual pudiera ser rescatado de la destrucción del diluvio, junto con su familia, es decir, su esposa, hijos y nueras, y junto con los animales que, en obediencia al mandato de Dios, vinieron a él al arca: esto es ciertamente una figura de la ciudad de Dios peregrinando en este mundo; es decir, de la iglesia, que es rescatada por el madero del cual pendió el Mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús. [] Pues aun sus mismas dimensiones, en longitud, anchura y altura, representan el cuerpo humano en el cual Él vino, como había sido anunciado. Porque la longitud del cuerpo humano, desde la coronilla de la cabeza hasta la planta del pie, es seis veces su anchura de un lado a otro, y diez veces su profundidad o grosor, midiendo de atrás hacia adelante: es decir, si mides a un hombre tendido de espaldas o boca abajo, es seis veces más largo de la cabeza a los pies que ancho de lado a lado, y diez veces más largo que alto desde el suelo. Y por eso el arca fue hecha de 300 codos de largo, 50 de ancho y 30 de alto. Y el tener una puerta hecha en su costado ciertamente significó la herida que se hizo cuando el costado del Crucificado fue traspasado con la lanza; pues por esta entran los que vienen a Él; pues de allí fluyeron los sacramentos por los cuales son iniciados los que creen. Y el hecho de que se ordenara que fuera hecha de maderos cuadrados significa la inamovible firmeza de la vida de los santos; pues comoquiera que gires un cubo, aún se mantiene en pie. Y las demás particularidades de la construcción del arca son signos de rasgos de la iglesia.
    Pero no tenemos ahora tiempo de proseguir este asunto; y, en verdad, ya nos hemos detenido en él en la obra que escribimos contra Fausto el maniqueo, quien niega que haya nada profetizado de Cristo en los libros hebreos. Puede ser que la exposición de un hombre supere a la de otro, y que la nuestra no sea la mejor; pero todo lo que se diga debe referirse a esta ciudad de Dios de la que hablamos, que peregrina en este mundo malvado como en un diluvio, al menos si el expositor no quiere desviarse ampliamente del sentido del autor. Por ejemplo, la interpretación que he dado en la obra contra Fausto, de las palabras: «con pisos inferiores, segundos y terceros la harás,» es que, porque la iglesia es reunida de todas las naciones, se dice que tiene dos pisos, para representar las dos clases de hombres—la circuncisión, a saber, y la incircuncisión, o, como el apóstol los llama de otra manera, judíos y gentiles; y que tiene tres pisos, porque todas las naciones fueron repobladas a partir de los tres hijos de Noé. Ahora bien, cualquiera puede objetar esta interpretación, y puede dar otra que armonice con la regla de la fe. Pues como el arca debía tener habitaciones no solo en el piso inferior, sino también en los superiores, que eran llamados «terceros pisos,» para que hubiera un espacio habitable en el tercer nivel desde la base, alguien puede interpretar que estos significan las tres gracias encomendadas por el apóstol—fe, esperanza y caridad. O aun más adecuadamente puede suponerse que representan aquellas tres cosechas del evangelio, de treinta, sesenta y ciento por uno—el matrimonio casto habitando en el piso inferior, la viudez casta en el superior, y la virginidad casta en el piso más alto. O puede darse cualquier interpretación mejor, con tal que se mantenga la referencia a esta ciudad. Y la misma afirmación haría de todos los demás pormenores de este pasaje que requieren exposición, a saber, que aunque se den explicaciones diferentes, sin embargo todas deben concordar con la única fe católica armoniosa.
    Comentario editorial · El arca y el cuerpo de Cristo
    Agustín lee el arca de Noé como figura de Cristo y de la Iglesia y da su razón para las medidas: 300 codos de largo, 50 de ancho y 30 de alto reproducen las proporciones del cuerpo humano (el largo de un hombre, de la coronilla a la planta, es seis veces su ancho y diez veces su grueso), el cuerpo en el que, dice, vino Cristo. La puerta en el costado es la herida del costado en la cruz. Es una lectura tipológica, que el propio capítulo desarrolla punto por punto (XV, 26); el libro XV trata de Génesis desde Caín y Abel hasta el diluvio.
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