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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)42 minPosición: 0% de esta parteParte 16 de 52 · Capítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristianoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano

    VIII, 11

    Algunos partícipes con nosotros de la gracia de Cristo se asombran cuando oyen o leen que Platón tuvo concepciones acerca de Dios en las que reconocen una considerable concordancia con la verdad de nuestra religión. Algunos han concluido de esto que, cuando fue a Egipto, oyó al profeta Jeremías o, mientras viajaba por aquel país, leyó las Escrituras proféticas; opinión que yo mismo he expresado en algunos de mis escritos. Pero un cálculo cuidadoso de las fechas, contenido en la historia cronológica, muestra que Platón nació unos cien años después del tiempo en que profetizó Jeremías, y, como vivió ochenta y un años, se halla que transcurrieron unos setenta años desde su muerte hasta el tiempo en que Ptolomeo, rey de Egipto, pidió que le fueran enviadas desde Judea las Escrituras proféticas del pueblo hebreo, y las entregó a setenta hebreos, que conocían también la lengua griega, para que las tradujeran y custodiaran. Por tanto, en aquel viaje suyo, Platón no pudo ni haber visto a Jeremías, que había muerto tanto tiempo antes, ni haber leído unas Escrituras que todavía no habían sido traducidas a la lengua griega, de la que él era maestro; a menos, ciertamente, que digamos que, como era ardentísimo en la búsqueda del saber, estudió también aquellos escritos por medio de un intérprete, como hizo con los de los egipcios—no, por cierto, escribiendo una traducción de ellos (las facilidades para hacerlo solo las obtuvo incluso Ptolomeo a cambio de actos de munificencia, aunque el temor de su autoridad real pudiera haber parecido motivo suficiente), sino aprendiendo cuanto le fue posible acerca de su contenido por medio de conversación. Lo que da fundamento a esta suposición son los primeros versículos del Génesis: «En el principio hizo Dios el cielo y la tierra. Y la tierra estaba invisible y desordenada; y las tinieblas estaban sobre el abismo; y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas.» [] Pues en el Timeo, al escribir sobre la formación del mundo, dice que Dios unió primero la tierra y el fuego; de lo cual es evidente que asigna al fuego un lugar en el cielo. Esta opinión guarda cierta semejanza con la afirmación: «En el principio hizo Dios el cielo y la tierra.» Platón habla después de aquellos dos elementos intermedios, el agua y el aire, por los cuales los otros dos extremos, a saber, la tierra y el fuego, quedaron mutuamente unidos; por esta circunstancia se piensa que entendió así las palabras: «El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas.» Pues, no prestando suficiente atención a las designaciones dadas por aquellas Escrituras al Espíritu de Dios, pudo pensar que en aquel lugar se habla de los cuatro elementos, porque también el aire es llamado espíritu. Y, en cuanto a la afirmación de Platón de que el filósofo es amante de Dios, nada resplandece más claramente en aquellas sagradas Escrituras. Pero lo más notable en este sentido, y lo que más que todo me inclina casi a asentir a la opinión de que Platón no ignoraba aquellos escritos, es la respuesta que se dio a la pregunta suscitada por el santo Moisés cuando las palabras de Dios le fueron transmitidas por el ángel; pues, cuando preguntó cuál era el nombre de aquel Dios que le mandaba ir y librar al pueblo hebreo de Egipto, se le dio esta respuesta: «Yo soy el que soy; y dirás a los hijos de Israel: El que es me ha enviado a vosotros;» [] como si, comparadas con Aquel que verdaderamente es, porque es inmutable, las cosas que han sido creadas mudables no son—verdad que Platón sostuvo con celo y recomendó con suma diligencia. Y no sé si este pensamiento se encuentra en algún lugar en los libros de quienes precedieron a Platón, salvo en aquel libro donde se dice: «Yo soy el que soy; y dirás a los hijos de Israel: El que es me ha enviado a vosotros.»

    Capítulo 12

    Que incluso los platónicos, aunque dicen estas cosas acerca del único Dios verdadero, pensaron, sin embargo, que debían realizarse ritos sagrados en honor de muchos dioses

    VIII, 12

    Pero no necesitamos determinar de qué fuente aprendió estas cosas—si fue de los libros de los antiguos que lo precedieron o, como es más probable, de las palabras del apóstol: «Porque lo que de Dios se conoce es manifiesto entre ellos, pues Dios se lo ha manifestado. Porque las cosas invisibles de él, desde la creación del mundo, se ven claramente, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, también su eterno poder y divinidad.» [] De cualquier fuente que haya podido derivar este conocimiento, creo haber dejado suficientemente claro que no he elegido inmerecidamente a los filósofos platónicos como interlocutores con quienes discutir; porque la cuestión que acabamos de emprender concierne a la teología natural—a saber, la cuestión de si deben realizarse ritos sagrados a un solo Dios o a muchos, en orden a la felicidad que ha de venir después de la muerte. Los he elegido especialmente porque sus pensamientos más rectos acerca del único Dios que hizo el cielo y la tierra los han hecho ilustres entre los filósofos. Esto les ha dado tal superioridad sobre todos los demás en el juicio de la posteridad que, aunque Aristóteles, discípulo de Platón, varón de eminentes dotes, inferior a Platón en elocuencia, aunque muy superior a muchos en este aspecto, fundó la secta peripatética—llamada así porque tenían la costumbre de pasearse durante sus disputas—y aunque, por la grandeza de su fama, reunió muchísimos discípulos en su escuela, incluso en vida de su maestro; y aunque a la muerte de Platón le sucedieron en su escuela, llamada la Academia, Espeusipo, hijo de su hermana, y Jenócrates, su amado discípulo, quienes, junto con sus sucesores, fueron llamados académicos por el nombre de la escuela; sin embargo, los más ilustres filósofos recientes, que han elegido seguir a Platón, no han querido ser llamados peripatéticos ni académicos, sino que han preferido el nombre de platónicos. Entre estos estuvieron los célebres Plotino, Jámblico y Porfirio, que eran griegos, y el africano Apuleyo, docto tanto en la lengua griega como en la latina. Todos estos, sin embargo, y los demás de la misma escuela, y también el propio Platón, pensaron que debían realizarse ritos sagrados en honor de muchos dioses.

    Capítulo 13

    Sobre la opinión de Platón, según la cual definió a los dioses como seres enteramente buenos y amigos de la virtud

    VIII, 13

    Por tanto, aunque en muchos otros aspectos importantes difieren de nosotros, sin embargo, respecto de este punto particular de diferencia que acabo de señalar, por ser de gran importancia, y por ser el asunto ahora en cuestión, les preguntaré primero a qué dioses piensan que han de ofrecerse ritos sagrados: ¿a los buenos, o a los malos, o a ambos, buenos y malos? Pero tenemos la opinión de Platón, que afirma que todos los dioses son buenos y que no hay ningún dios malo. Se sigue, por tanto, que esos ritos han de ofrecerse a los buenos, pues entonces se ofrecen a dioses; porque si no son buenos, tampoco son dioses. Ahora bien, si esto es así (pues ¿qué otra cosa debemos creer acerca de los dioses?), ciertamente destruye la opinión de que los dioses malos han de ser aplacados con ritos sagrados para que no nos dañen, y de que los dioses buenos han de ser invocados para que nos ayuden. Pues no hay dioses malos, y es a los buenos a quienes, según dicen, ha de pagarse el honor debido de tales ritos. ¿De qué índole son, entonces, aquellos dioses que aman los juegos escénicos, hasta el punto de exigir que se les dé un lugar entre las cosas divinas y que se exhiban en su honor? El poder de estos dioses prueba que existen, pero su gusto por tales cosas prueba que son malos. Pues es bien sabido cuál era la opinión de Platón acerca de los juegos escénicos. Él piensa que los propios poetas, por haber compuesto cantos tan indignos de la majestad y bondad de los dioses, deben ser desterrados de la ciudad. ¿De qué índole son, pues, aquellos dioses que contienden con el propio Platón acerca de esos juegos escénicos? Él no permite que los dioses sean difamados con falsos crímenes; los dioses mandan que esos mismos crímenes sean celebrados en su propio honor.
    En fin, cuando ordenaron inaugurar estos juegos, no solo exigieron cosas viles, sino que también hicieron cosas crueles, quitando a Tito Latinio su hijo y enviándole una enfermedad por haberse negado a obedecerlos, la cual retiraron cuando hubo cumplido sus mandatos. Platón, sin embargo, por malos que fueran, no pensó que hubiera que temerlos; sino que, manteniendo su opinión con la mayor firmeza y constancia, no duda en eliminar de un Estado bien ordenado todas las necedades sacrílegas de los poetas, con las cuales se deleitan estos dioses porque ellos mismos son impuros. Pero Labeón coloca a este mismo Platón (como ya he mencionado en el segundo libro) entre los semidioses. Ahora bien, Labeón piensa que las deidades malas han de ser aplacadas con víctimas sangrientas y con ayunos acompañados de ellas, pero las deidades buenas con juegos y con todas las demás cosas asociadas con la alegría. ¿Cómo es, pues, que el semidiós Platón se atreve tan persistentemente a quitar aquellos placeres, porque los considera viles, no a los semidioses sino a los dioses, y precisamente a los dioses buenos? Y, además, los propios dioses mismos refutan ciertamente la opinión de Labeón, pues en el caso de Latinio se mostraron no solo lascivos y juguetones, sino también crueles y terribles. Que los platónicos, por tanto, nos expliquen estas cosas, ya que, siguiendo la opinión de su maestro, piensan que todos los dioses son buenos y honorables, y amigos de las virtudes de los sabios, considerando ilícito pensar de otro modo acerca de cualquiera de los dioses. Nosotros lo explicaremos, dicen. Escuchémoslos, pues, con atención.

    Capítulo 14

    De la opinión de quienes han dicho que las almas racionales son de tres clases, a saber, las de los dioses celestiales, las de los demonios aéreos y las de los hombres terrestres

    VIII, 14

    Hay, dicen ellos, una triple división de todos los animales dotados de alma racional, a saber, en dioses, hombres y demonios. Los dioses ocupan la región más elevada, los hombres la más baja y los demonios la región intermedia. Pues la morada de los dioses es el cielo, la de los hombres la tierra y la de los demonios el aire. Así como es diversa la dignidad de sus regiones, lo es también la de sus naturalezas; por tanto, los dioses son mejores que los hombres y que los demonios. Los hombres han sido puestos por debajo de los dioses y de los demonios, tanto por el orden de las regiones que habitan como por la diferencia de sus méritos. Por consiguiente, los demonios, que ocupan el lugar intermedio, así como son inferiores a los dioses, por habitar una región más baja que ellos, son superiores a los hombres, por habitar una más alta que ellos. Pues tienen en común con los dioses la inmortalidad del cuerpo, y en común con los hombres las pasiones del alma. Por esta razón, dicen, no es de admirar que se deleiten con las obscenidades del teatro y con las ficciones de los poetas, puesto que ellos también están sujetos a las pasiones humanas, de las cuales los dioses están muy alejados y a las que son absolutamente extraños. De donde concluimos que no fue a los dioses, todos buenos y altísimamente exaltados, a quienes Platón privó del placer de los juegos escénicos al reprobar y prohibir las ficciones de los poetas, sino a los demonios.
    Sobre estas cosas han escrito muchos; entre otros, Apuleyo, el platónico de Madaura, que compuso una obra entera sobre el tema, titulada Sobre el dios de Sócrates. Allí discute y explica de qué índole era aquella divinidad que asistía a Sócrates, una especie de familiar, por la cual se dice que era advertido de desistir de toda acción que no hubiera de resultarle ventajosa. Afirma con toda claridad, y prueba extensamente, que no era un dios, sino un demonio; y discute con gran diligencia la opinión de Platón acerca de la altísima condición de los dioses, la humilde condición de los hombres y la condición intermedia de los demonios. Siendo esto así, ¿cómo se atrevió Platón a quitar, si no a los dioses, a quienes apartó de todo contagio humano, ciertamente a los demonios, todos los placeres del teatro, expulsando a los poetas del Estado? Evidentemente, de este modo quiso advertir al alma humana, aunque todavía encerrada en estos miembros mortales, que despreciara las vergonzosas órdenes de los demonios, detestara su impureza y eligiera más bien el esplendor de la virtud. Pero si Platón se mostró virtuoso al responder y prohibir estas cosas, entonces ciertamente era vergonzoso que los demonios las mandaran. Por tanto, o Apuleyo se equivoca y el familiar de Sócrates no pertenecía a esta clase de divinidades, o Platón sostuvo opiniones contradictorias, ya honrando a los demonios, ya quitando de un Estado bien ordenado las cosas en que ellos se deleitaban, o no hay que felicitar a Sócrates por la amistad del demonio, de la cual Apuleyo se avergonzó tanto que tituló su libro Sobre el dios de Sócrates, cuando, según el tenor de su discusión, en la que tan diligente y extensamente distingue a los dioses de los demonios, no debió titularlo Sobre el Dios, sino Sobre el demonio de Sócrates. Pero prefirió poner esto en la discusión misma antes que en el título de su libro. Pues, por la sana doctrina que ha iluminado a la sociedad humana, todos, o casi todos los hombres, sienten tal horror ante el nombre de los demonios, que cualquiera que, antes de leer la disertación de Apuleyo, que expone la dignidad de los demonios, hubiera leído el título del libro, Sobre el demonio de Sócrates, ciertamente habría pensado que el autor no era un hombre cuerdo. Pero ¿qué encontró siquiera Apuleyo digno de alabanza en los demonios, salvo la sutileza y la fuerza del cuerpo y un lugar más alto de habitación? Pues cuando habló en general de sus costumbres, no dijo nada bueno, sino muchísimo malo. Finalmente, nadie, cuando ha leído aquel libro, se admira de que ellos desearan tener incluso la obscenidad de la escena entre las cosas divinas, ni de que, queriendo ser tenidos por dioses, se deleitaran con los crímenes de los dioses, ni de que todas aquellas solemnidades sagradas, cuya obscenidad provoca risa y cuya vergonzosa crueldad causa horror, estuvieran de acuerdo con sus pasiones.

    Capítulo 15

    Que los demonios no son mejores que los hombres por causa de sus cuerpos aéreos, ni por razón de su superior lugar de morada

    VIII, 15

    Por lo cual, no suponga la mente verdaderamente religiosa y sometida al verdadero Dios que los demonios son mejores que los hombres porque tienen mejores cuerpos. De otro modo, tendría que anteponerse a sí misma muchas bestias que nos superan en agudeza de los sentidos, en facilidad y rapidez de movimiento, en fuerza y en vigor corporal largamente sostenido. ¿Qué hombre puede igualar al águila o al buitre en fuerza de visión? ¿Quién puede igualar al perro en agudeza de olfato? ¿Quién puede igualar a la liebre, al ciervo y a todas las aves en rapidez? ¿Quién puede igualar en fuerza al león o al elefante? ¿Quién puede igualar en duración de vida a las serpientes, de las que se afirma que se despojan de la vejez junto con la piel y vuelven de nuevo a la juventud? Pero así como nosotros somos mejores que todos estos por la posesión de la razón y del entendimiento, así también debemos ser mejores que los demonios viviendo una vida buena y virtuosa. Pues la divina providencia les dio cuerpos de mejor calidad que los nuestros, para que aquello en lo que los superamos nos fuera así recomendado como merecedor de ser mucho más cuidado que el cuerpo, y para que aprendiéramos a despreciar la excelencia corporal de los demonios en comparación con la bondad de vida, respecto de la cual somos mejores que ellos, sabiendo que también nosotros tendremos inmortalidad corporal—no una inmortalidad atormentada por el castigo eterno, sino la que es consecuencia de la pureza del alma.
    Mas ahora, en cuanto a la altura del lugar, es por completo ridículo dejarse influir tanto por el hecho de que los demonios habitan el aire y nosotros la tierra, como para pensar que por eso han de ser antepuestos a nosotros; pues de ese modo anteponemos a nosotros todas las aves. Pero las aves, cuando están fatigadas de volar o necesitan reparar sus cuerpos con alimento, vuelven a la tierra a descansar o a alimentarse, cosa que, dicen, no hacen los demonios. ¿Se inclinan, pues, a decir que las aves son superiores a nosotros, y los demonios superiores a las aves? Pero si es locura pensar tal cosa, no hay razón para que pensemos que, por habitar un elemento más alto, tengan los demonios derecho a nuestra sumisión religiosa. Y así como en realidad las aves del aire no solo no son antepuestas a nosotros, que habitamos la tierra, sino que están incluso sometidas a nosotros por la dignidad del alma racional que hay en nosotros, así también sucede que los demonios, aunque son aéreos, no son mejores que nosotros, que somos terrestres, porque el aire es más alto que la tierra, sino, por el contrario, los hombres han de ser antepuestos a los demonios, porque su desesperación no puede compararse a la esperanza de los hombres piadosos. Incluso aquella ley de Platón, según la cual ordena y dispone mutuamente los cuatro elementos, insertando entre los dos elementos extremos—a saber, el fuego, que es movible en sumo grado, y la tierra inmóvil—los dos intermedios, el aire y el agua, para que cuanto el aire está más alto que el agua y el fuego más alto que el aire, tanto también las aguas estén más altas que la tierra—esta ley, digo, nos amonesta suficientemente a no estimar los méritos de los seres animados según los grados de los elementos. Y el propio Apuleyo dice que el hombre es un animal terrestre en común con los demás, que sin embargo ha de ser antepuesto con mucho a los animales acuáticos, aunque Platón antepone las aguas mismas a la tierra. Con esto quiere que entendamos que no ha de observarse el mismo orden cuando se trata de los méritos de los animales, aunque parezca el verdadero en la gradación de los cuerpos; pues parece posible que un alma de orden superior habite un cuerpo de orden inferior, y un alma de orden inferior un cuerpo de orden superior.

    Capítulo 16. Qué pensó Apuleyo el platónico acerca de las costumbres y las acciones de los demonios

    VIII, 16

    El mismo Apuleyo, al hablar de las costumbres de los demonios, dijo que están agitados por las mismas perturbaciones del ánimo que los hombres; que son provocados por las injurias, aplacados con servicios y con regalos, se gozan en los honores, se deleitan con variedad de ritos sagrados y se irritan si alguno de ellos es descuidado. Entre otras cosas, dice también que de ellos dependen las adivinaciones de los augures, de los adivinos y de los profetas, y las revelaciones de los sueños, y que de ellos proceden también los milagros de los magos. Pero, al dar una breve definición de ellos, dice: «Los demonios son de naturaleza animal, pasivos en el alma, racionales en la mente, aéreos en el cuerpo, eternos en el tiempo.» «De estas cinco cosas, las tres primeras son comunes a ellos y a nosotros, la cuarta es propia de ellos, y la quinta común con los dioses.» Pero veo que tienen en común con los dioses dos de las primeras cosas, las cuales tienen en común con nosotros. Pues dice que también los dioses son animales; y cuando asigna a cada orden de seres su propio elemento, nos coloca entre los demás animales terrestres que viven y sienten sobre la tierra. Por lo cual, si los demonios son animales en cuanto al género, esto les es común no solo con los hombres, sino también con los dioses y con las bestias; si son racionales en cuanto a la mente, esto les es común con los dioses y con los hombres; si son eternos en el tiempo, esto les es común solo con los dioses; si son pasivos en cuanto al alma, esto les es común solo con los hombres; si son aéreos en el cuerpo, en esto están solos. Así, pues, no es gran cosa para ellos ser de naturaleza animal, pues también lo son las bestias; en ser racionales en cuanto a la mente, no están por encima de nosotros, pues también nosotros lo somos; y en cuanto a ser eternos en el tiempo, ¿qué ventaja hay en eso si no son bienaventurados? Pues mejor es la felicidad temporal que la miseria eterna. Además, en cuanto a ser pasivos en el alma, ¿cómo son en esto superiores a nosotros, puesto que también nosotros lo somos, y no lo seríamos si no fuéramos miserables? Y en cuanto a ser aéreos en el cuerpo, ¿cuánto valor ha de concederse a eso, puesto que un alma de cualquier clase ha de ser puesta por encima de todo cuerpo? Y, por tanto, el culto religioso, que debe ser tributado desde el alma, no se debe en modo alguno a una cosa que es inferior al alma. Por otra parte, si entre las cosas que dice pertenecer a los demonios hubiera enumerado la virtud, la sabiduría, la felicidad, y hubiera afirmado que ellos tienen esas cosas en común con los dioses y, como ellos, eternamente, ciertamente les habría atribuido algo muy deseable y muy digno de estima. Y aun en ese caso no habría sido nuestro deber adorarlos como a Dios por esas cosas, sino más bien adorar a Aquel de quien sabemos que las recibieron. Pero cuánto menos son realmente dignos de honor divino esos animales aéreos que solo son racionales para poder ser miserables, pasivos para ser realmente miserables y eternos para que les sea imposible poner fin a su miseria.

    Capítulo 17

    Si es conveniente que los hombres adoren a aquellos espíritus de cuyos vicios es necesario que sean liberados

    VIII, 17

    Por lo cual, para omitir otras cosas y limitar nuestra atención a lo que él dice que es común a los demonios con nosotros, preguntemos esto: Si los cuatro elementos están llenos de sus propios animales, el fuego y el aire de animales inmortales, y el agua y la tierra de mortales, ¿por qué las almas de los demonios son agitadas por los torbellinos y tempestades de las pasiones?—pues la palabra griega [παθος] significa perturbación, de donde él prefirió llamar a los demonios «pasivos en el alma», porque la palabra pasión, que se deriva de [πάθος], significaba una conmoción del ánimo contraria a la razón. ¿Por qué, entonces, hay en las mentes de los demonios estas cosas que no hay en las bestias? Pues si algo de esta índole aparece en las bestias, no es perturbación, porque no es contrario a la razón, de la cual ellas están privadas. Ahora bien, es la necedad o la miseria lo que causa estas perturbaciones en el caso de los hombres, pues nosotros no somos todavía bienaventurados en la posesión de aquella perfección de sabiduría que se nos promete al fin, cuando seamos liberados de nuestra actual mortalidad. Pero los dioses, dicen, están libres de estas perturbaciones, porque no solo son eternos, sino también bienaventurados; pues también ellos tienen la misma clase de almas racionales, pero purísimas de toda mancha y peste. Por lo cual, si los dioses están libres de perturbación porque son bienaventurados, no animales miserables, y las bestias están libres de ellas porque son animales que no son capaces ni de bienaventuranza ni de miseria, queda que los demonios, como los hombres, están sujetos a perturbaciones porque no son animales bienaventurados, sino miserables. ¡Qué necedad, pues, o más bien qué locura, someternos por algún sentimiento de religión a los demonios, cuando pertenece a la verdadera religión librarnos de aquella depravación que nos hace semejantes a ellos! Pues el propio Apuleyo, aunque es muy indulgente con ellos y piensa que son dignos de honores divinos, se ve, sin embargo, obligado a confesar que están sujetos a la ira; y la verdadera religión nos manda no dejarnos mover por la ira, sino más bien resistirla. Los demonios son ganados con regalos; y la verdadera religión nos manda no favorecer a nadie por causa de los regalos recibidos. Los demonios son adulados con honores; pero la verdadera religión nos manda no dejarnos mover en modo alguno por tales cosas. Los demonios odian a algunos hombres y aman a otros, no por un juicio prudente y sereno, sino por causa de lo que él llama su «alma pasiva»; mientras que la verdadera religión nos manda amar incluso a nuestros enemigos. Finalmente, la verdadera religión nos manda apartar toda inquietud del corazón y toda agitación del ánimo, y también todas las conmociones y tempestades del alma, que Apuleyo afirma estar continuamente hinchándose y encrespándose en las almas de los demonios. ¿Por qué, pues, sino por necedad y miserable error, habrías de humillarte a adorar a un ser al que deseas ser desemejante en tu vida? ¿Y por qué habrías de rendir homenaje religioso a aquel a quien no quieres imitar, cuando es el deber supremo de la religión imitar a Aquel a quien adoras?

    Capítulo 18

    Qué clase de religión es esa que enseña que los hombres deben servirse de la intercesión de los demonios para ser recomendados al favor de los dioses buenos

    VIII, 18

    En vano, pues, han conferido Apuleyo y los que piensan con él a los demonios el honor de colocarlos en el aire, entre los cielos etéreos y la tierra, para que lleven a los dioses las oraciones de los hombres y a los hombres las respuestas de los dioses: pues, dicen, Platón sostuvo que ningún dios tiene trato con el hombre. Los que creen estas cosas han pensado que era inconveniente que los hombres tuvieran trato con los dioses, y los dioses con los hombres, pero cosa adecuada que los demonios tuvieran trato con ambos, con los dioses y con los hombres, presentando a los dioses las peticiones de los hombres y transmitiendo a los hombres lo que los dioses han concedido; de modo que un hombre casto, y extraño a los crímenes de las artes mágicas, debe usar como patronos, por medio de los cuales los dioses puedan ser inducidos a oírlo, a demonios que aman esos crímenes, aunque el hecho mismo de no amarlos debió haberlo recomendado a ellos como alguien que merecía ser escuchado con mayor prontitud y buena voluntad de su parte. Ellos aman las abominaciones del teatro, que la castidad no ama. Ellos aman, en los sortilegios de los magos, «mil artes de causar daño,» que la inocencia no ama. Y, sin embargo, tanto la castidad como la inocencia, si desean obtener algo de los dioses, no podrán lograrlo por sus propios méritos, a menos que sus enemigos actúen como mediadores en su favor. No necesita Apuleyo intentar justificar las ficciones de los poetas y las burlas del teatro. Si el pudor humano puede obrar tan infielmente consigo mismo que no solo ame cosas vergonzosas, sino que incluso piense que son agradables a la divinidad, podemos citar en contra suya a su propia autoridad y maestro supremo, Platón.

    Capítulo 19. De la impiedad del arte mágico, que depende del auxilio de los espíritus malignos

    VIII, 19

    Además, contra esas artes mágicas, de las que algunos hombres, sumamente desdichados y sumamente impíos, se complacen en jactarse, ¿no puede aducirse como testigo la propia opinión pública? Pues ¿por qué esas artes son castigadas tan severamente por las leyes, si son obras de deidades que deben ser adoradas? ¿Se dirá que los cristianos han ordenado esas leyes con que se castigan las artes mágicas? ¿Con qué otro sentido, sino que esas hechicerías son sin duda perniciosas para el género humano, dijo el más ilustre poeta:
    Por el cielo, lo juro, y por tu querida vida,
    De mala gana estas armas empuño,
    Y tomo, para afrontar la lucha venidera,
    La espada y el escudo del encantamiento.
    Y aquello que dice en otro lugar acerca de las artes mágicas,
    «Lo he visto trasladar a otro lugar la mies en pie,»
    se refiere al hecho de que se dice que los frutos de un campo son trasladados a otro por estas artes que enseña esta doctrina pestífera y maldita. ¿No nos informa Cicerón de que, entre las leyes de las Doce Tablas, es decir, las leyes más antiguas de los romanos, había una ley escrita que imponía un castigo a quien hiciera esto? Por último, ¿fue acaso ante jueces cristianos que el propio Apuleyo fue acusado de artes mágicas? Si él hubiera sabido que estas artes eran divinas y piadosas, y congruentes con las obras del poder divino, no sólo debería haberlas confesado, sino también profesado, culpando más bien a las leyes por las cuales estas cosas eran prohibidas y declaradas dignas de condenación, cuando deberían haber sido tenidas por dignas de admiración y respeto. Pues, obrando así, o habría persuadido a los jueces a adoptar su propia opinión, o, si ellos hubieran mostrado su parcialidad por leyes injustas y lo hubieran condenado a muerte a pesar de que él alababa y recomendaba tales cosas, los demonios habrían otorgado a su alma las recompensas que merecía quien, para proclamar y exponer sus obras divinas, no había temido la pérdida de su vida humana. Como nuestros mártires, cuando se les imputaba como crimen aquella religión por la cual sabían que eran hechos salvos y gloriosísimos por toda la eternidad, no eligieron, negándola, escapar de los castigos temporales, sino más bien confesándola, profesándola y proclamándola, soportando por ella todas las cosas con fidelidad y fortaleza, y muriendo por ella con piadosa calma, avergonzaron a la ley por la cual aquella religión era prohibida, y causaron su revocación. Pero existe una oración copiosísima y elocuentísima de este filósofo platónico, en la que se defiende contra la acusación de practicar estas artes, afirmando que es totalmente ajeno a ellas, y sólo deseando mostrar su inocencia negando tales cosas como no pueden ser cometidas inocentemente. Pero todos los milagros de los magos, que él piensa que son justamente dignos de condenación, se realizan según la enseñanza y por el poder de los demonios. ¿Por qué, entonces, piensa que debe honrárselos? Pues afirma que son necesarios para presentar nuestras oraciones a los dioses, y sin embargo sus obras son tales que debemos evitarlas si queremos que nuestras oraciones lleguen al Dios verdadero. De nuevo pregunto: ¿qué clase de oraciones de los hombres supone él que son presentadas a los dioses buenos por los demonios? Si son oraciones mágicas, no tendrán ninguna de esa clase; si son oraciones lícitas, no las recibirán a través de tales seres. Pero si un pecador arrepentido derrama oraciones, especialmente si ha cometido algún crimen de hechicería, ¿recibe el perdón por la intercesión de aquellos demonios por cuya instigación y ayuda ha caído en el pecado que deplora? ¿O acaso los propios demonios, para merecer el perdón del penitente, se vuelven primero penitentes porque lo han engañado? Nadie ha dicho jamás esto acerca de los demonios; pues si así hubiera sido, jamás se habrían atrevido a buscar para sí honores divinos. Pues ¿cómo lo harían quienes deseaban obtener por la penitencia la gracia del perdón, viendo que tan detestable soberbia no podía existir junto con una humildad digna de perdón?

    Capítulo 20

    Si hemos de creer que los dioses buenos están más dispuestos a tener trato con los demonios que con los hombres

    VIII, 20

    Pero ¿acaso alguna causa urgente y apremiantísima obliga a los demonios a mediar entre los dioses y los hombres, para ofrecer las oraciones de los hombres y traer de vuelta las respuestas de los dioses? Y si es así, ¿cuál es, por favor, esa causa, cuál es tan gran necesidad? Porque, dicen, ningún dios tiene trato con el hombre. ¡Admirabilísima santidad de Dios, que no tiene trato con un hombre suplicante, y sin embargo tiene trato con un demonio arrogante! ¡Que no tiene trato con un hombre penitente, y sin embargo tiene trato con un demonio engañador! ¡Que no tiene trato con un hombre que huye en busca de refugio hacia la naturaleza divina, y sin embargo tiene trato con un demonio que finge divinidad! ¡Que no tiene trato con un hombre que busca el perdón, y sin embargo tiene trato con un demonio que persuade a la maldad! ¡Que no tiene trato con un hombre que expulsa a los poetas por medio de escritos filosóficos de un estado bien ordenado, y sin embargo tiene trato con un demonio que pide a los príncipes y sacerdotes de un estado la representación teatral de las burlas de los poetas! ¡Que no tiene trato con el hombre que prohíbe atribuir crimen a los dioses, y sin embargo tiene trato con un demonio que se deleita en la representación ficticia de sus crímenes! ¡Que no tiene trato con un hombre que castiga los crímenes de los magos con leyes justas, y sin embargo tiene trato con un demonio que enseña y practica artes mágicas! ¡Que no tiene trato con un hombre que evita la imitación de un demonio, y sin embargo tiene trato con un demonio que acecha para engañar a un hombre!

    Capítulo 21

    Si los dioses usan a los demonios como mensajeros e intérpretes, y si son engañados por ellos voluntariamente o sin saberlo

    VIII, 21

    Pero aquí, sin duda, reside la gran necesidad de este absurdo, tan indigno de los dioses: que los dioses etéreos, que se preocupan por los asuntos humanos, no sabrían lo que hacen los hombres terrestres si los demonios aéreos no les trajeran noticias, porque el éter está suspendido lejos de la tierra y muy por encima de ella, pero el aire es contiguo tanto al éter como a la tierra. ¡Oh admirable sabiduría! ¿Qué otra cosa piensan estos hombres acerca de los dioses, que según dicen son todos en sumo grado buenos, sino que se preocupan por los asuntos humanos para no parecer indignos de culto, mientras que, por otro lado, a causa de la distancia entre los elementos, ignoran las cosas terrestres? Por esta razón han supuesto que los demonios son necesarios como agentes, por medio de los cuales los dioses puedan informarse acerca de los asuntos humanos, y por medio de los cuales, cuando sea necesario, puedan socorrer a los hombres; y es por causa de este oficio que los demonios mismos han sido tenidos por dignos de culto. Si esto es así, entonces un demonio es mejor conocido por estos dioses buenos por la cercanía del cuerpo, que un hombre por la bondad de la mente. ¡Oh necesidad lamentable, o mejor diré error detestable y vano, para no imputar vanidad a la naturaleza divina! Pues si los dioses pueden, con sus mentes libres del estorbo de los cuerpos, ver nuestra mente, no necesitan a los demonios como mensajeros de nuestra mente hacia ellos; pero si los dioses etéreos, por medio de sus cuerpos, perciben los indicios corpóreos de las mentes, como el semblante, el habla, el movimiento, y de allí entienden lo que los demonios les dicen, entonces también es posible que sean engañados por las falsedades de los demonios. Además, si la divinidad de los dioses no puede ser engañada por los demonios, tampoco puede ignorar nuestras acciones. Pero quisiera que me dijeran si los demonios han informado a los dioses de que las ficciones de los poetas acerca de los crímenes de los dioses desagradan a Platón, ocultando el placer que ellos mismos tienen en ellas; o si han ocultado ambas cosas, y han preferido que los dioses ignoren todo este asunto; o si han contado ambas, tanto la piadosa prudencia de Platón respecto de los dioses como su propia concupiscencia, que es injuriosa a los dioses; o si han ocultado la opinión de Platón, según la cual no quería que los dioses fueran difamados con crímenes falsamente alegados por la impía licencia de los poetas, mientras que no se han avergonzado ni temido dar a conocer su propia maldad, que los hace amar las representaciones teatrales, en las que se celebran las infames acciones de los dioses. Elijan cuál de estas cuatro alternativas quieran, y consideren cuánto mal cualquiera de ellas les exigiría pensar de los dioses. Pues si eligen la primera, entonces deben confesar que no fue posible que los dioses buenos habitaran con el bueno de Platón, aunque él procuraba prohibir cosas injuriosas para ellos, mientras habitaban con demonios malvados, que se regocijaban en sus injurias; y esto porque suponen que los dioses buenos sólo pueden conocer a un hombre bueno, situado a tan gran distancia de ellos, por mediación de demonios malvados, a quienes podían conocer a causa de su cercanía a ellos mismos. Si eligen la segunda, y dicen que ambas cosas son ocultadas por los demonios, de modo que los dioses ignoran por completo tanto la religiosísima ley de Platón como el sacrílego placer de los demonios, ¿qué pueden entonces saber los dioses con provecho respecto de los asuntos humanos por medio de estos demonios mediadores, cuando no saben aquellas cosas que son decretadas, por la piedad de los hombres buenos, para honor de los dioses buenos contra la concupiscencia de los demonios malvados? Pero si eligen la tercera, y responden que estos demonios intermediarios han comunicado no sólo la opinión de Platón, que prohibía que se hicieran injurias a los dioses, sino también su propio deleite en esas injurias, preguntaría si tal comunicación no es más bien un insulto. Ahora bien, los dioses, oyendo ambas cosas y conociendo ambas, no sólo permiten el acercamiento de aquellos demonios malignos, que desean y hacen cosas contrarias a la dignidad de los dioses y a la religión de Platón, sino que también, por medio de estos demonios malvados, que están cerca de ellos, envían bienes al bueno de Platón, que está lejos de ellos; pues habitan en un lugar tal en la serie concatenada de los elementos, que pueden entrar en contacto con aquellos por quienes son acusados, pero no con aquel por quien son defendidos—conociendo la verdad de ambos lados, pero no pudiendo cambiar el peso del aire y de la tierra. Queda la cuarta suposición; pero es peor que las demás. Pues ¿quién tolerará que se diga que los demonios han dado a conocer las calumniosas ficciones de los poetas acerca de los dioses inmortales, y también las vergonzosas burlas de los teatros, y su propia ardentísima concupiscencia y dulcísimo placer en estas cosas, mientras han ocultado que Platón, con la gravedad de un filósofo, dio como su opinión que todas estas cosas debían ser eliminadas de una república bien ordenada; de modo que los dioses buenos se ven ahora obligados, por medio de tales mensajeros, a conocer las malas acciones de los seres más malvados, es decir, de los mensajeros mismos, y no se les permite conocer las buenas obras de los filósofos, aunque las primeras son para injuria, pero estas últimas para honor de los dioses mismos?

    Capítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios

    VIII, 22

    Ninguna de estas cuatro alternativas, entonces, debe ser elegida; pues no nos atrevemos a suponer cosas tan inconvenientes acerca de los dioses como nos llevaría a pensar la adopción de cualquiera de ellas. Queda, por tanto, que no se ha de dar crédito alguno a la opinión de Apuleyo y de los demás filósofos de la misma escuela, a saber, que los demonios actúan como mensajeros e intérpretes entre los dioses y los hombres para llevar nuestras peticiones de nosotros a los dioses, y para traernos de vuelta la ayuda de los dioses. Por el contrario, debemos creer que son espíritus ansiosísimos de infligir daño, totalmente ajenos a la justicia, hinchados de soberbia, pálidos de envidia, sutiles en el engaño; que habitan ciertamente en este aire como en una prisión, de acuerdo con su propio carácter, porque, arrojados desde la altura del cielo superior, han sido condenados a habitar en este elemento como justa recompensa de una transgresión irreparable. Pero, aunque el aire está situado por encima de la tierra y de las aguas, no son por ello superiores en mérito a los hombres, quienes, aunque no los superen en lo que respecta a sus cuerpos terrenales, los aventajan con mucho por la piedad de la mente—habiendo ellos elegido al Dios verdadero como su auxiliador. Sobre muchos, sin embargo, que son manifiestamente indignos de participar en la verdadera religión, tiranizan como sobre cautivos a quienes han sometido—a la mayor parte de los cuales han persuadido de su divinidad por señales maravillosas y mentirosas, consistentes ya en hechos ya en predicciones. A algunos, no obstante, que han considerado sus vicios con más atención y diligencia, no han podido persuadirlos de que son dioses, y así han fingido ser mensajeros entre los dioses y los hombres. Algunos, en verdad, han pensado que ni siquiera este último honor debe reconocerse como perteneciente a ellos, no creyendo que fueran dioses, porque veían que eran malvados, mientras que los dioses, según su parecer, son todos buenos. Sin embargo, no se atrevían a decir que eran totalmente indignos de todo honor divino, por miedo a ofender a la multitud, por la cual, mediante inveterada superstición, los demonios eran servidos con la celebración de muchos ritos y la erección de muchos templos.

    Capítulo 23

    Qué pensó Hermes Trismegisto acerca de la idolatría, y de qué fuente supo que las supersticiones de Egipto habían de ser abolidas

    VIII, 23

    El egipcio Hermes, a quien llaman Trismegisto, tenía una opinión diferente acerca de esos demonios. Apuleyo, en verdad, niega que sean dioses; pero cuando dice que ocupan un lugar intermedio entre los dioses y los hombres, de modo que parecen ser necesarios para los hombres como mediadores entre ellos y los dioses, no distingue entre el culto que se les debe y el homenaje religioso debido a los dioses supernos. Este egipcio, sin embargo, dice que hay algunos dioses hechos por el Dios supremo, y algunos hechos por los hombres. Cualquiera que oiga esto, tal como lo he expuesto, sin duda supone que se refiere a las imágenes, porque son obras de manos de hombres; pero él afirma que las imágenes visibles y tangibles son, por así decirlo, sólo los cuerpos de los dioses, y que en ellas habitan ciertos espíritus, que han sido invitados a entrar en ellas, y que tienen poder para infligir daño, o para cumplir los deseos de aquellos por quienes se les rinden honores y servicios divinos. Unir, por tanto, por un cierto arte, esos espíritus invisibles a cosas visibles y materiales, para hacer, por así decirlo, cuerpos animados, dedicados y entregados a aquellos espíritus que los habitan—esto, dice, es hacer dioses, añadiendo que los hombres han recibido este grande y maravilloso poder. Daré las palabras de este egipcio tal como han sido traducidas a nuestra lengua: «Y, puesto que hemos emprendido disertar acerca de la relación y compañerismo entre los hombres y los dioses, conoce, oh Esculapio, el poder y la fuerza del hombre. Como el Señor y Padre, o aquello que es lo más alto, incluso Dios, es el hacedor de los dioses celestiales, así el hombre es el hacedor de los dioses que están en los templos, contentos de habitar cerca de los hombres.» Y un poco después dice: «Así la humanidad, siempre atenta a su naturaleza y origen, persevera en la imitación de la divinidad; y como el Señor y Padre hizo dioses eternos, para que fueran semejantes a Él, así la humanidad modeló sus propios dioses según la semejanza de su propio rostro.» Cuando este Esculapio, a quien especialmente hablaba, le hubo respondido, y le hubo dicho: «¿Te refieres a las estatuas, oh Trismegisto?» — «Sí, las estatuas,» respondió él, «por incrédulo que seas, oh Esculapio—las estatuas, animadas y llenas de sensación y espíritu, y que hacen cosas tan grandes y maravillosas—las estatuas prescientes de las cosas futuras, y que las predicen por suerte, por profeta, por sueños y por muchas otras cosas, que traen enfermedades a los hombres y las curan de nuevo, dándoles alegría o tristeza según sus méritos. ¿No sabes, oh Esculapio, que Egipto es una imagen del cielo, o, más verdaderamente, una traslación y descenso de todas las cosas que allí son ordenadas y realizadas, que es, en verdad, si podemos decirlo así, el templo del mundo entero? Y sin embargo, como conviene al hombre prudente conocer todas las cosas de antemano, no debes ignorar esto: que viene un tiempo en que se verá que los egipcios han servido en vano, con mente piadosa y con escrupulosísima diligencia, a la divinidad, y en que todo su santo culto quedará en nada, y se hallará que fue en vano.»
    Hermes expone luego con gran amplitud las afirmaciones de este pasaje, en el que parece predecir el tiempo presente, en que la religión cristiana está derribando todas las ficciones mentirosas con una vehemencia y libertad proporcionadas a su verdad y santidad superiores, para que la gracia del verdadero Salvador libre a los hombres de aquellos dioses que el hombre ha hecho, y los someta a aquel Dios por quien el hombre fue hecho. Pero cuando Hermes predice estas cosas, habla como quien es amigo de esas mismas burlas de los demonios, y no expresa claramente el nombre de Cristo. Al contrario, deplora, como si ya hubiera tenido lugar, la futura abolición de aquellas cosas por cuya observancia se mantenía en Egipto una semejanza del cielo,— da testimonio del cristianismo con una especie de profecía luctuosa. Ahora bien, era con referencia a tales que el apóstol dijo que «conociendo a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido; profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de la imagen del hombre corruptible,» [] y así sucesivamente, pues todo el pasaje es demasiado largo para citarlo. Porque Hermes hace muchas afirmaciones semejantes, conformes a la verdad, acerca del único Dios verdadero que formó este mundo. Y no sé cómo se ha ofuscado tanto por ese «entenebrecimiento del corazón» como para tropezar en la expresión de un deseo de que los hombres continúen siempre en sujeción a aquellos dioses que confiesa que son hechos por los hombres, y para lamentar su futura eliminación; como si pudiera haber algo más miserable que la humanidad tiranizada por la obra de sus propias manos, puesto que el hombre, adorando las obras de sus propias manos, puede más fácilmente dejar de ser hombre, que las obras de sus manos, mediante su adoración a ellas, convertirse en dioses. Pues antes puede suceder que el hombre, que ha recibido una posición honorable, por falta de entendimiento se haga comparable a las bestias, que el que las obras del hombre lleguen a ser preferibles a la obra de Dios, hecha a su propia imagen, es decir, al hombre mismo. Por lo cual merecidamente se deja que el hombre se aparte de Aquel que lo hizo, cuando prefiere a sí mismo aquello que él mismo ha hecho.
    Por estas cosas vanas, engañosas, perniciosas, sacrílegas se entristecía el egipcio Hermes, porque sabía que venía el tiempo en que habían de ser eliminadas. Pero su tristeza fue tan desvergonzadamente expresada como su conocimiento fue imprudentemente obtenido; pues no fue el Espíritu Santo quien le reveló estas cosas, como había hecho a los santos profetas, quienes, previendo estas cosas, dijeron con exultación, «Si un hombre se hace dioses, he aquí, no son dioses;» [] y en otro lugar, «Y sucederá en aquel día, dice el Señor, que cortaré de la tierra los nombres de los ídolos, y no serán recordados más.» [] Pero el santo Isaías profetiza expresamente acerca de Egipto con referencia a este asunto, diciendo, «Y los ídolos de Egipto serán movidos ante Su presencia, y el corazón de ellos desfallecerá dentro de ellos,» [] y otras cosas del mismo tenor. Y con el profeta han de ser contados aquellos que se regocijaron de que aquello que sabían que había de venir hubiera venido realmente—como Simeón, o Ana, que reconocieron inmediatamente a Jesús cuando nació, o Isabel, que en el Espíritu lo reconoció cuando fue concebido, o Pedro, que dijo por revelación del Padre, «Tú eres Cristo, el Hijo del Dios viviente.» [] Pero a este egipcio aquellos espíritus le indicaron el tiempo de su propia destrucción, los cuales también, cuando el Señor estaba presente en la carne, dijeron temblando, «¿Has venido aquí a destruirnos antes de tiempo?» [] significando con destrucción antes de tiempo, o bien aquella misma destrucción que esperaban que viniera, pero que no pensaban que vendría tan súbitamente como parecía haber venido, o bien sólo aquella destrucción que consistía en ser despreciados al ser dados a conocer. Y, en verdad, esta fue una destrucción antes de tiempo, es decir, antes del tiempo del juicio, cuando han de ser castigados con eterna condenación, junto con todos los hombres implicados en su maldad, como declara la religión verdadera, que ni yerra ni conduce al error; pues no es como aquel que, llevado de aquí para allá por todo viento de doctrina, y mezclando cosas verdaderas con cosas falsas, lamenta como a punto de perecer una religión que después confiesa que es error.
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