En este libro Agustín enseña que los ángeles buenos desean que solo Dios, a quien ellos mismos sirven, reciba aquel honor divino que se tributa mediante el sacrificio, y que se llama «latría». Luego pasa a disputar contra Porfirio acerca del principio y del modo de la purificación y liberación del alma.
Que los propios platónicos han determinado que solo Dios puede conferir la felicidad, ya sea a los ángeles o a los hombres, pero que aún queda en cuestión si aquellos espíritus a quienes nos mandan adorar para alcanzar la felicidad desean que se les ofrezca sacrificio a ellos mismos, o solamente al único Dios
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Es opinión decidida de todos los que usan su entendimiento que todos los hombres desean ser felices. Pero quiénes son felices, o cómo llegan a serlo, son cuestiones acerca de las cuales la debilidad del entendimiento humano suscita interminables y airadas controversias, en las que los filósofos han gastado sus fuerzas y empleado su ocio. Aducir y discutir sus diversas opiniones sería tedioso e innecesario. El lector puede recordar lo que dijimos en el libro octavo, al hacer una selección de los filósofos con quienes podríamos discutir la cuestión acerca de la vida futura de felicidad, si podemos alcanzarla tributando honores divinos al único Dios verdadero, Creador de todos los dioses, o adorando a muchos dioses, y no esperará que repitamos aquí el mismo argumento, especialmente porque, aun si lo ha olvidado, puede refrescar su memoria releyéndolo. Pues hicimos selección de los platónicos, justamente estimados como los más nobles de los filósofos, porque tuvieron la agudeza de percibir que el alma humana, inmortal y racional, o intelectual, como es, no puede ser feliz sino participando de la luz de aquel Dios por quien fueron hechas tanto ella misma como el mundo; y también que la vida feliz que todos los hombres desean no puede ser alcanzada por nadie que no se adhiera con amor puro y santo a aquel único bien supremo, el Dios inmutable. Pero como incluso estos filósofos, ya sea acomodándose a la necedad e ignorancia del pueblo, o, como dice el Apóstol, «haciéndose vanos en sus razonamientos» [], supusieron o permitieron que otros supusieran que muchos dioses debían ser adorados, de modo que algunos de ellos consideraron que se debía tributar honor divino mediante adoración y sacrificio incluso a los demonios (error que ya he refutado), debemos ahora, con la ayuda de Dios, averiguar qué se piensa acerca de nuestro culto religioso y nuestra piedad entre aquellos espíritus inmortales y bienaventurados que moran en los lugares celestiales entre dominaciones, principados y potestades, a quienes los platónicos llaman dioses, y algunos ya demonios buenos, ya, como nosotros, ángeles—es decir, para decirlo más claramente, si los ángeles desean que les ofrezcamos sacrificio y adoración, y que consagremos a ellos o a Dios, suyo y nuestro, nuestras posesiones y a nosotros mismos.
Pues este es el culto que se debe a la Divinidad, o, para hablar con más precisión, a la Deidad; y, como no se me ocurre ningún término latino suficientemente exacto para expresar este culto en una sola palabra, me valdré, siempre que sea necesario, de una palabra griega. [Λατρεία], siempre que aparece en la Escritura, se traduce por la palabra servicio. Pero aquel servicio que se debe a los hombres, y con referencia al cual escribe el Apóstol que los siervos han de estar sujetos a sus propios amos [], suele designarse con otra palabra en griego, mientras que el servicio que se tributa solo a Dios mediante la adoración es siempre, o casi siempre, llamado [λατρεία] en el uso de quienes escribieron a partir de los oráculos divinos. Esto no puede llamarse propiamente solo «cultus», porque en ese caso no parecería deberse exclusivamente a Dios; pues la misma palabra se aplica al respeto que tributamos ya sea a la memoria o a la presencia viva de los hombres. De ella derivamos también las palabras agricultura, colono y otras. Y los paganos llaman a sus dioses «cœlicolæ», no porque adoren el cielo, sino porque habitan en él y, por así decirlo, lo colonizan—no en el sentido en que llamamos colonos a aquellos que están apegados a su suelo nativo para cultivarlo bajo el dominio de los dueños, sino en el sentido en que el gran maestro de la lengua latina dice: «Hubo una antigua ciudad habitada por colonos tirios.» Los llamó colonos, no porque cultivaran el suelo, sino porque habitaban la ciudad. Así también, las ciudades que se han desprendido de ciudades mayores se llaman colonias. En consecuencia, aunque es muy cierto que, usando la palabra en un sentido especial, el «culto» no puede tributarse a nadie sino a Dios, sin embargo, como la palabra se aplica también a otras cosas, el culto debido a Dios no puede expresarse en latín con esta sola palabra.
La palabra «religión» podría parecer que expresa más definidamente el culto debido solo a Dios, y por eso los traductores latinos han usado esta palabra para representar [θρησκεία]; sin embargo, como no solo los ignorantes, sino también los más instruidos, usan la palabra religión para expresar vínculos humanos, parentescos y afinidades, introduciría inevitablemente ambigüedad usar esta palabra al discutir el culto de Dios, pues no podemos decir que religión no es otra cosa que el culto de Dios, sin contradecir el uso común que aplica esta palabra a la observancia de las relaciones sociales. «Piedad», a su vez, o, como dicen los griegos, [εὐσέβεια], se entiende comúnmente como la designación propia del culto de Dios. Sin embargo, esta palabra también se usa de la obediencia debida a los padres. El vulgo, además, la usa de las obras de caridad, lo cual, supongo, surge de la circunstancia de que Dios ordena la realización de tales obras, y declara que se complace en ellas en lugar de, o con preferencia a, los sacrificios. De este uso ha llegado a suceder también que Dios mismo es llamado piadoso, en cuyo sentido los griegos nunca usan [εὐσεβεῖν], aunque [εὐσέβεια] se aplica a obras de caridad también por su vulgo. Por tanto, en algunos pasajes de la Escritura han procurado preservar la distinción usando no [εὐσέβεια], la palabra más general, sino [θεοσέβεια], que literalmente denota el culto de Dios. Nosotros, por otra parte, no podemos expresar ninguno de estos dos conceptos con una sola palabra. Este culto, pues, que en griego se llama [λατρεία], y en latín «servitus» [servicio], pero el servicio debido solo a Dios; este culto, que en griego se llama [θρησκεία], y en latín «religio», pero la religión por la que estamos obligados solo a Dios; este culto, que ellos llaman [θεοσέβεια], pero que nosotros no podemos expresar en una sola palabra, sino que lo llamamos el culto de Dios—este, decimos, pertenece solo a aquel Dios que es el Dios verdadero, y que hace dioses a sus adoradores. Y por tanto, quienesquiera que sean estos inmortales y bienaventurados habitantes del cielo, si no nos aman y no desean que seamos bienaventurados, entonces no debemos adorarlos; y si nos aman y desean nuestra felicidad, no pueden querer que seamos hechos felices por otros medios que aquellos de que ellos mismos han gozado—pues ¿cómo podrían desear que nuestra bienaventuranza fluyera de una fuente y la suya de otra?
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Pero con estos filósofos más estimables no tenemos disputa en esta materia. Pues percibieron, y en diversas formas expresaron abundantemente en sus escritos, que estos espíritus tienen la misma fuente de felicidad que nosotros: una cierta luz inteligible, que es su Dios, y que es distinta de ellos mismos, y los ilumina para que sean penetrados de luz y gocen de perfecta felicidad en la participación de Dios. Plotino, comentando a Platón, afirma repetida y enérgicamente que ni siquiera el alma que ellos creen que es el alma del mundo deriva su bienaventuranza de otra fuente que la nuestra, a saber, de aquella Luz que es distinta de ella y la creó, y por cuya iluminación inteligible goza de luz en las cosas inteligibles. Compara también aquellas cosas espirituales a los vastos y conspicuos cuerpos celestes, como si Dios fuera el sol y el alma la luna; pues suponen que la luna deriva su luz del sol. Aquel gran platónico, por tanto, dice que el alma racional, o más bien el alma intelectual—en cuya clase comprende las almas de los bienaventurados inmortales que habitan el cielo—, no tiene naturaleza superior a ella salvo Dios, el Creador del mundo y del alma misma, y que estos espíritus celestiales derivan su vida bienaventurada, y la luz de la verdad de su vida bienaventurada, y la luz de la verdad, de la misma fuente que nosotros, concordando con el Evangelio donde leemos: «Hubo un hombre enviado de Dios, cuyo nombre era Juan; este vino por testimonio, para dar testimonio de aquella Luz, a fin de que por él todos creyeran. Él no era aquella Luz, sino para que diera testimonio de la Luz. Aquella era la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene al mundo» []; distinción que prueba suficientemente que el alma racional o intelectual, tal como la tenía Juan, no puede ser su propia luz, sino que necesita recibir iluminación de otra, la Luz verdadera. El propio Juan lo confiesa cuando da su testimonio: «De su plenitud hemos recibido todos.»
Que los platónicos, aunque conocieron algo del Creador del universo, no comprendieron el verdadero culto de Dios, al dar honor divino a los ángeles, buenos o malos
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Siendo esto así, si los platónicos, o quienes piensan como ellos, conociendo a Dios, lo glorificaran como a Dios y dieran gracias, si no se volvieran vanos en sus propios pensamientos, si no originaran ni cedieran a los errores populares, ciertamente reconocerían que ni los bienaventurados inmortales podrían conservar, ni nosotros miserables mortales alcanzar, una condición feliz sin adorar al único Dios de los dioses, que es tanto suyo como nuestro. A Él le debemos el servicio que en griego se llama [λατρεία], sea que lo rindamos exterior o interiormente; porque todos somos su templo, cada uno de nosotros por separado y todos juntos, porque Él se digna habitar en cada uno individualmente y en todo el cuerpo armonioso, no siendo mayor en todos que en cada uno, ya que ni se extiende ni se divide. Nuestro corazón, cuando se eleva a Él, es su altar; el sacerdote que intercede por nosotros es su Unigénito; le sacrificamos víctimas sangrantes cuando contendemos por su verdad hasta la sangre; a Él le ofrecemos el incienso más dulce cuando nos presentamos ante Él ardiendo en amor santo y piadoso; a Él le consagramos y entregamos nosotros mismos y sus dones en nosotros; a Él, mediante fiestas solemnes y en días señalados, consagramos la memoria de sus beneficios, para que con el transcurso del tiempo no nos sorprenda un olvido ingrato; a Él le ofrecemos sobre el altar de nuestro corazón el sacrificio de humildad y alabanza, encendido por el fuego del amor ardiente. Para verlo, en la medida en que puede ser visto; para adherirnos a Él, somos purificados de toda mancha de pecados y malas pasiones, y consagrados en su nombre. Porque Él es la fuente de nuestra felicidad, Él el fin de todos nuestros deseos. Adheridos a Él, o mejor dicho, vueltos a adherir—pues nos habíamos desprendido y lo habíamos perdido—, adheridos de nuevo a Él, tendemos hacia Él por amor, para descansar en Él y hallar nuestra bienaventuranza alcanzando aquel fin. Pues nuestro bien, acerca del cual los filósofos han contendido tan agudamente, no es otra cosa que unirse a Dios. Es, si se me permite decirlo, abrazándolo espiritualmente como el alma intelectual se llena y fecunda de verdaderas virtudes. Se nos ordena amar este bien con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. A este bien debemos ser conducidos por quienes nos aman, y a él debemos conducir a quienes amamos. Así se cumplen aquellos dos mandamientos de los que penden toda la ley y los profetas: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu mente, y con toda tu alma»; y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» []. Pues, para que el hombre fuera inteligente en su amor propio, se le señaló un fin al que pudiera referir todas sus acciones, para que fuera bienaventurado. Porque quien se ama a sí mismo no desea otra cosa sino esto. Y el fin que se le propone es «acercarse a Dios». Y así, cuando a quien tiene este amor propio inteligente se le manda amar a su prójimo como a sí mismo, ¿qué otra cosa se le ordena sino que haga todo lo que esté en su poder para encarecerle el amor de Dios? Este es el culto de Dios, esta la religión verdadera, esta la piedad recta, este el servicio debido solo a Dios. Si algún poder inmortal, pues, no importa de cuánta virtud dotado, nos ama como a sí mismo, debe desear que hallemos nuestra felicidad sometiéndonos a Aquel a quien sometiéndose él mismo halla felicidad. Si no adora a Dios, es desdichado, porque está privado de Dios; si adora a Dios, no puede querer ser adorado en lugar de Dios. Por el contrario, estos poderes superiores asienten de corazón a la sentencia divina en la que está escrito: «El que sacrifique a dios alguno, salvo solo al Señor, será enteramente destruido» [].
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Pero, dejando de lado por ahora los demás servicios religiosos con que se adora a Dios, ciertamente nadie se atrevería a decir que el sacrificio se debe a otro que no sea Dios. Muchas partes, en efecto, del culto divino se emplean indebidamente para honrar a hombres, ya sea por una humildad excesiva o por una adulación perniciosa; sin embargo, mientras se hace esto, aquellas personas que así son adoradas y veneradas, o incluso adoradas, no son tenidas por más que humanas; y ¿quién pensó jamás en sacrificar sino a quien conocía, suponía o fingía ser un dios? Y cuán antigua es el sacrificio como parte del culto de Dios lo muestran suficientemente aquellos dos hermanos, Caín y Abel, de los cuales Dios rechazó el sacrificio del mayor y miró con agrado el del menor.
De los sacrificios que Dios no requiere, pero que quiso que se observaran para la exhibición de aquellas cosas que sí requiere
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Y ¿quién es tan necio como para suponer que las cosas ofrecidas a Dios le son necesarias para algunos usos propios? La Escritura divina en muchos lugares destruye esta idea. Para no ser prolijos, baste citar esta breve frase de un salmo: «Dije al Señor: Tú eres mi Dios, porque no necesitas mis bienes.» Debemos creer, pues, que Dios no tiene necesidad, no solo de ganado, ni de ninguna otra cosa terrena y material, sino ni siquiera de la justicia del hombre, y que todo culto recto que se tributa a Dios no aprovecha a Dios, sino al hombre. Pues nadie diría que hace un beneficio a una fuente bebiendo de ella, o a la luz viendo. Y el hecho de que la antigua iglesia ofreciera sacrificios de animales, que el pueblo de Dios hoy lee sin imitar, no prueba otra cosa sino que aquellos sacrificios significaban las cosas que hacemos con el propósito de acercarnos a Dios y de inducir a nuestro prójimo a hacer lo mismo. Un sacrificio, por tanto, es el sacramento visible o signo sagrado de un sacrificio invisible. De ahí que aquel penitente en el salmo, o puede ser el propio Salmista, rogando a Dios que sea misericordioso con sus pecados, diga: «Si deseases sacrificio, yo lo daría; no te deleitas en holocaustos. El sacrificio para Dios es un corazón quebrantado; un corazón contrito y humillado Dios no lo despreciará.» Observa cómo, en las mismas palabras en que expresa el rechazo de Dios del sacrificio, muestra que Dios requiere sacrificio. No desea el sacrificio de una bestia degollada, sino que desea el sacrificio de un corazón contrito. Así, aquel sacrificio que dice que Dios no quiere es el símbolo del sacrificio que Dios sí quiere. Dios no quiere sacrificios en el sentido en que los necios piensan que los quiere, a saber, para gratificar su propio placer. Pues si Él no hubiera querido que los sacrificios que requiere, como, p. ej., un corazón contrito y humillado por el dolor penitente, fueran simbolizados por aquellos sacrificios que se pensaba que deseaba por ser agradables a Él mismo, la ley antigua nunca habría ordenado su presentación; y estaban destinados a desaparecer cuando llegara la oportunidad oportuna, para que los hombres no supusieran que los sacrificios mismos, más bien que las cosas simbolizadas por ellos, eran agradables a Dios o aceptables en nosotros. Por eso, en otro pasaje de otro salmo, dice: «Si yo tuviera hambre, no te lo diría; porque mío es el mundo y su plenitud. ¿Comeré yo carne de toros, o beberé sangre de machos cabríos?» como si dijera: Suponiendo que tales cosas me fueran necesarias, nunca te pediría lo que tengo en mi propia mano. Luego pasa a mencionar lo que estas significan: «Ofrece a Dios sacrificio de alabanza, y paga tus votos al Altísimo. E invócame en el día de la angustia: yo te libraré, y tú me glorificarás.» Así en otro profeta: «¿Con qué me presentaré ante el Señor, y me inclinaré ante el Dios alto? ¿Me presentaré ante Él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agradará el Señor de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi transgresión, el fruto de mi vientre por el pecado de mi alma? Te ha mostrado, oh hombre, qué es lo bueno; y ¿qué pide de ti el Señor, sino hacer justicia, y amar misericordia, y caminar humildemente con tu Dios?» [] En las palabras de este profeta, estas dos cosas se distinguen y exponen con suficiente claridad: que Dios no requiere estos sacrificios por sí mismos, y que sí requiere los sacrificios que ellos simbolizan. En la epístola titulada «A los Hebreos» se dice: «Hacer el bien y compartir no olvidéis: porque de tales sacrificios se agrada Dios.» [] Y así, cuando está escrito: «Misericordia quiero, y no sacrificio» [], nada más se quiere decir sino que un sacrificio es preferido a otro; pues aquello que en el habla común se llama sacrificio es solo el símbolo del verdadero sacrificio. Ahora bien, la misericordia es el verdadero sacrificio, y por eso se dice, como acabo de citar, «de tales sacrificios se agrada Dios.» Todas las ordenanzas divinas, por tanto, que leemos acerca de los sacrificios en el servicio del tabernáculo o del templo, hemos de referirlas al amor de Dios y del prójimo. Porque «de estos dos mandamientos», como está escrito, «penden toda la ley y los profetas» [].
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Así, un verdadero sacrificio es toda obra que se hace para unirnos a Dios en santa comunión, y que se refiere a aquel bien supremo y fin en el cual solamente podemos ser verdaderamente bienaventurados. Y por eso, aun la misericordia que mostramos a los hombres, si no se muestra por causa de Dios, no es sacrificio. Pues, aunque sea hecho u ofrecido por el hombre, el sacrificio es cosa divina, como quisieron indicar aquellos que lo llamaron sacrificio. Así, el hombre mismo, consagrado en el nombre de Dios y ofrecido a Dios, es un sacrificio en cuanto muere al mundo para vivir para Dios. Porque esto es parte de aquella misericordia que cada uno muestra a sí mismo; como está escrito, «Ten misericordia de tu alma agradando a Dios.» [] Nuestro cuerpo también es sacrificio cuando lo castigamos con templanza, si lo hacemos como debemos, por causa de Dios, para no entregar nuestros miembros como instrumentos de iniquidad al pecado, sino como instrumentos de justicia a Dios. [] Exhortando a este sacrificio, dice el Apóstol: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.» [] Si, pues, el cuerpo, que, siendo inferior, el alma usa como siervo o instrumento, es sacrificio cuando se usa rectamente y con referencia a Dios, ¿cuánto más el alma misma se hace sacrificio cuando se ofrece a Dios, para que, inflamada por el fuego de su amor, reciba de su hermosura y se haga agradable a Él, perdiendo la forma del deseo terreno y siendo transformada de nuevo a imagen de la hermosura permanente? Y esto, en efecto, añade el Apóstol diciendo: «No os conforméis a este siglo; antes transformaos por la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.» [] Por tanto, puesto que los verdaderos sacrificios son obras de misericordia para con nosotros mismos o para con otros, hechas con referencia a Dios, y puesto que las obras de misericordia no tienen otro objeto que el alivio de la miseria o la comunicación de la felicidad, y puesto que no hay felicidad aparte de aquel bien del cual se dice, «Bueno es para mí estar muy cerca de Dios,» se sigue que toda la ciudad redimida, es decir, la congregación o comunidad de los santos, es ofrecida a Dios como nuestro sacrificio por medio del gran Sumo Sacerdote, que se ofreció a sí mismo a Dios en su pasión por nosotros, para que fuésemos miembros de esta gloriosa cabeza, según la forma de siervo. Porque fue esta forma la que Él ofreció; en esta fue ofrecido, porque según ella es Mediador, en esta es nuestro Sacerdote, en esta el Sacrificio. Por consiguiente, cuando el Apóstol nos exhortó a presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, nuestro culto racional, y a no conformarnos a este mundo, sino a ser transformados por la renovación de nuestra mente, para que comprobemos cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta, es decir, el verdadero sacrificio de nosotros mismos, dice: «Pues digo, por la gracia de Dios que me ha sido dada, a cada cual de entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno. Porque así como en un cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros, teniendo dones diferentes según la gracia que nos ha sido dada.» [] Este es el sacrificio de los cristianos: nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo. Y este es también el sacrificio que la Iglesia celebra continuamente en el sacramento del altar, conocido por los fieles, en el cual enseña que ella misma es ofrecida en la ofrenda que hace a Dios.
Del amor de los santos ángeles, que los lleva a desear que adoremos al único Dios verdadero, y no a ellos mismos
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Es muy justo que estos espíritus bienaventurados e inmortales, que habitan en moradas celestiales y se gozan en las comunicaciones de la plenitud de su Creador, firmes en su eternidad, seguros en su verdad, santos por su gracia, puesto que con compasión y ternura nos miran a nosotros, miserables mortales, y desean que lleguemos a ser inmortales y felices, no desean que les sacrifiquemos a ellos mismos, sino a Aquel de quien saben que ellos y nosotros somos sacrificio en común. Porque nosotros y ellos juntos somos la única ciudad de Dios, de la cual se dice en el salmo: «Cosas gloriosas se dicen de ti, oh ciudad de Dios;» la parte humana peregrinando aquí abajo, la angélica ayudando desde arriba. Porque de aquella ciudad celestial, en la cual la voluntad de Dios es ley inteligible e inmutable, de aquel consejo celestial —pues están en consejo respecto de nosotros— descendió a nosotros por ministerio de ángeles aquella sagrada Escritura, en la cual está escrito: «El que sacrificare a cualquier dios, fuera de solo el Señor, será enteramente destruido,» [] — esta Escritura, esta ley, estos preceptos han sido confirmados por tales milagros, que es suficientemente evidente a quién desean estos espíritus inmortales y bienaventurados, que desean que seamos semejantes a ellos, que sacrifiquemos.
De los milagros que Dios se dignó obrar por ministerio de los ángeles, para confirmar sus promesas y la fe de los piadosos
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Parecería prolijo si contara todos los milagros antiguos, que se obraron en testimonio de las promesas que Dios hizo a Abrahán miles de años antes, de que en su descendencia serían benditas todas las naciones de la tierra. [] Pues ¿quién no se maravilla de que la esposa estéril de Abrahán diera a luz un hijo a una edad en que ni siquiera una mujer fecunda podía tener hijos; o, además, de que, cuando Abrahán sacrificaba, una llama del cielo corriera entre las partes divididas; o de que los ángeles en forma humana, a quienes había hospedado, y que renovaron la promesa divina de descendencia, predijeran también la destrucción de Sodoma por fuego del cielo; [] y de que su sobrino Lot fuera rescatado de Sodoma por los ángeles cuando ya descendía el fuego, mientras su esposa, que miró atrás cuando iba, y fue convertida al instante en sal, quedó como faro sagrado que nos advierte que nadie que está siendo salvado debe anhelar lo que deja? ¡Cuán asombrosas fueron también las maravillas obradas por Moisés para librar al pueblo de Dios del yugo de la esclavitud en Egipto, cuando a los magos del Faraón, es decir, del rey de Egipto que tiranizaba a este pueblo, se les permitió hacer algunas cosas admirables para que fueran vencidos de manera aún más señalada! Ellos hacían estas cosas por artes mágicas y encantamientos a los que son adictos los espíritus malignos o demonios; mientras Moisés, teniendo tanto mayor poder cuanto tenía la justicia de su parte, y teniendo la ayuda de los ángeles, los venció fácilmente en el nombre del Señor que hizo el cielo y la tierra. Y, de hecho, los magos fracasaron en la tercera plaga; mientras Moisés, repartiendo los milagros a él encomendados, trajo diez plagas sobre la tierra, de modo que los duros corazones de Faraón y de los egipcios cedieron, y el pueblo fue dejado ir. Pero, arrepintiéndose pronto, e intentando perseguir a los hebreos que partían, los cuales habían cruzado el mar en seco, fueron cubiertos y abrumados por las aguas que volvían. ¿Qué diré de aquellas frecuentes y estupendas manifestaciones del poder divino, mientras el pueblo era conducido por el desierto? — de las aguas que no se podían beber, pero perdieron su amargura y apagaron la sed, cuando, por orden de Dios, se arrojó en ellas un trozo de madera? ¿Del maná que descendió del cielo para saciar su hambre, y que engendraba gusanos y se pudría cuando alguien recogía más de la cantidad señalada, y sin embargo, aunque se recogía el doble el día antes del sábado (pues no era lícito recogerlo en ese día), permanecía fresco? ¿De las aves que llenaron el campamento, y convirtieron el apetito en saciedad cuando anhelaban carne, que parecía imposible proveer a tan vasta multitud? ¿De los enemigos que les salieron al encuentro y se opusieron a su paso con armas, y fueron derrotados sin la pérdida de un solo hebreo, cuando Moisés oró con las manos extendidas en forma de cruz? ¿De los sediciosos que surgieron entre el pueblo de Dios, y se separaron de la comunidad divinamente ordenada, y fueron tragados vivos por la tierra, señal visible de un castigo invisible? ¿De la roca golpeada con la vara, y que derramó aguas más que suficientes para toda la multitud? ¿De las mordeduras mortales de las serpientes, enviadas como justo castigo del pecado, pero sanadas mirando a la serpiente de bronce levantada, de modo que no solo fue sanado el pueblo atormentado, sino que se les presentó un símbolo de la crucifixión de la muerte en esta destrucción de la muerte por la muerte? Fue esta serpiente la que se conservó en memoria de este acontecimiento, y después fue adorada por el pueblo engañado como un ídolo, y fue destruida por el piadoso y temeroso de Dios rey Ezequías, con gran mérito suyo.
De las artes ilícitas relacionadas con el culto a los demonios, de las cuales el platónico Porfirio adopta algunas y desecha otras
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Estos milagros, y muchos otros de la misma naturaleza, que sería prolijo mencionar, se obraron con el fin de recomendar el culto del único Dios verdadero y prohibir el culto de una multitud de dioses falsos. Además, se obraron por fe sencilla y piadosa confianza, no por los encantamientos y sortilegios compuestos bajo la influencia de una criminal manipulación del mundo invisible, de un arte que llaman o magia, o con el título más abominable de nigromancia, o con la designación más honorable de teurgia; pues quieren distinguir entre aquellos a quienes el pueblo llama magos, que practican la nigromancia y son adictos a artes ilícitas y condenadas, y aquellos otros que les parecen dignos de alabanza por su práctica de la teurgia —siendo la verdad, sin embargo, que ambas clases son esclavas de los ritos engañosos de los demonios a quienes invocan bajo los nombres de ángeles.
Pues aun Porfirio promete cierta purgación del alma con ayuda de la teurgia, aunque lo hace con cierta vacilación y vergüenza, y niega que este arte pueda asegurar a nadie el retorno a Dios; de modo que se puede detectar su opinión vacilando entre la profesión de la filosofía y un arte que siente presuntuoso y sacrílego. Porque a veces nos advierte que lo evitemos como engañoso, prohibido por la ley y peligroso para quienes lo practican; luego, como cediendo a sus defensores, declara que es útil para limpiar una parte del alma, no, ciertamente, la parte intelectual, por la cual se reconoce la verdad de las cosas inteligibles, que no tienen imágenes sensibles, sino la parte espiritual, que conoce las imágenes de las cosas materiales. Esta parte, dice, está preparada y adaptada para el trato con espíritus y ángeles, y para la visión de los dioses, con ayuda de ciertas consagraciones teúrgicas, o, como ellos las llaman, misterios. Reconoce, sin embargo, que estos misterios teúrgicos no imparten al alma intelectual pureza tal que la capacite para ver a su Dios y reconocer las cosas que verdaderamente existen. Y de este reconocimiento podemos inferir qué clase de dioses son estos, y qué clase de visión de ellos es impartida por las consagraciones teúrgicas, si por ellas no se pueden ver las cosas que verdaderamente existen. Dice, además, que el alma racional o, como prefiere llamarla, intelectual, puede pasar a los cielos sin que la parte espiritual sea limpiada por el arte teúrgico, y que este arte no puede purificar la parte espiritual de modo que le dé entrada a la inmortalidad y a la eternidad. Por tanto, aunque distingue a los ángeles de los demonios, afirmando que la morada de estos últimos está en el aire, mientras los primeros habitan en el éter y en el empíreo, y aunque nos aconseja cultivar la amistad de algún demonio, que pueda después de nuestra muerte asistirnos y elevarnos al menos un poco por encima de la tierra —pues reconoce que es por otro camino como hemos de alcanzar la sociedad celestial de los ángeles—, al mismo tiempo nos advierte claramente que evitemos la sociedad de los demonios, diciendo que el alma, expiando su pecado después de la muerte, execra el culto de los demonios por los cuales fue enredada. Y de la teurgia misma, aunque la recomienda como reconciliadora de ángeles y demonios, no puede negar que trata con potencias que o bien envidian al alma su pureza, o sirven a las artes de los que la envidian. Se queja de esto por boca de algún caldeo u otro: «Un hombre bueno de Caldea se queja,» dice, «de que sus más intensos esfuerzos por limpiar su alma fueron frustrados, porque otro hombre, que tenía influencia en estas materias y que envidiaba su pureza, había orado a las potencias y las había atado con sus conjuros para que no escucharan su petición. Por tanto,» añade Porfirio, «lo que el uno ató, el otro no pudo desatar.» Y de esto concluye que la teurgia es un arte que logra no solo el bien sino también el mal entre dioses y hombres; y que los dioses también tienen pasiones, y son perturbados y agitados por las emociones que Apuleyo atribuyó a los demonios y a los hombres, pero de las cuales preservó a los dioses por aquella sublimidad de residencia que, en común con Platón, les concedió.
Sobre la teurgia, que promete una engañosa purificación del alma mediante la invocación de los demonios
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Pero aquí tenemos a otro platónico mucho más docto que Apuleyo, a saber, Porfirio, que afirma que, por no sé qué teurgia, hasta los dioses mismos están sujetos a pasiones y perturbaciones; pues por adjuraciones fueron de tal modo atados y aterrorizados que no pudieron conferir pureza de alma—fueron tan aterrorizados por aquel que les impuso un mandato malvado, que no pudieron por la misma teurgia ser librados de ese terror y cumplir el justo mandato del que les oraba, ni hacer el bien que buscaba. ¿Quién no ve que todas estas cosas son ficciones de demonios engañadores, a menos que sea un miserable esclavo de ellos y ajeno a la gracia del verdadero Libertador? Porque si el caldeo hubiera estado tratando con dioses buenos, ciertamente un hombre bien dispuesto, que buscaba purificar su propia alma, habría tenido más influencia sobre ellos que un hombre mal dispuesto que pretendía impedírselo. O, si los dioses eran justos y consideraban al hombre indigno de la purificación que buscaba, en todo caso no deberían haberse aterrorizado por una persona envidiosa, ni ser impedidos, como reconoce Porfirio, por el temor de una deidad más fuerte, sino que deberían simplemente negar el beneficio por su propio libre juicio. Y es sorprendente que aquel caldeo bien dispuesto, que deseaba purificar su alma por ritos teúrgicos, no encontrara ninguna deidad superior que pudiera o bien aterrorizar aún más a los dioses asustados y forzarlos a conceder el beneficio, o calmar sus temores, y así capacitarlos para hacer el bien sin coacción—aun suponiendo que el buen teúrgo no tuviera ritos con los cuales él mismo pudiera purgar la mancha del temor de los dioses que invocaba para la purificación de su propia alma. ¿Y por qué hay un dios que tiene poder para aterrorizar a los dioses inferiores, y ninguno que tenga poder para librarlos del temor? ¿Se encuentra un dios que escucha al hombre envidioso y atemoriza a los dioses para que no hagan el bien? ¿Y no se encuentra un dios que escuche al hombre bien dispuesto y quite el temor de los dioses para que le hagan bien? ¡Oh excelente teurgia! ¡Oh admirable purificación del alma!— una teurgia en la cual la violencia de una envidia impura tiene más influencia que la súplica de la pureza y la santidad. Abominemos más bien y evitemos el engaño de tales espíritus malvados, y escuchemos la sana doctrina. En cuanto a los que realizan estas inmundas limpiezas mediante ritos sacrílegos, y ven en su estado de iniciación (como él nos dice además, aunque podamos dudar de esta visión) ciertas apariencias maravillosamente hermosas de ángeles o dioses, esto es a lo que se refiere el apóstol cuando habla de «Satanás disfrazándose de ángel de luz.» [] Pues estas son las apariencias engañosas de aquel espíritu que anhela enredar a las almas desdichadas en el culto engañoso de muchos y falsos dioses, y apartarlas del verdadero culto del Dios verdadero, por quien solamente son limpiadas y sanadas, y quien, como se dijo de Proteo, «se transforma en todas las figuras,» igualmente dañino, ya sea que nos asalte como enemigo, o que asuma el disfraz de amigo.
De la epístola de Porfirio a Anebón, en la que pide información sobre las diferencias entre los demonios
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Mejor tono adoptó Porfirio en su carta a Anebón el egipcio, en la cual, asumiendo el papel de quien consulta e inquiere, desenmascara y echa por tierra estas artes sacrílegas. En aquella carta, ciertamente, repudia a todos los demonios, a quienes sostiene que son tan necios que se dejan atraer por los vapores de los sacrificios, y por eso no residen en el éter, sino en el aire por debajo de la luna, e incluso en la luna misma. Sin embargo, no tiene la osadía de atribuir a todos los demonios todos los engaños y las prácticas maliciosas y necias que justamente mueven su indignación. Pues, aunque reconoce que en cuanto raza los demonios son necios, se acomoda de tal manera a las ideas populares que llama a algunos de ellos demonios benignos. Manifiesta su asombro de que los sacrificios no sólo inclinen a los dioses, sino que también los obliguen y fuercen a hacer lo que los hombres quieren; y no acierta a comprender de qué modo el sol y la luna, y los demás cuerpos celestes visibles —pues no duda que son cuerpos— son tenidos por dioses, si los dioses se distinguen de los demonios por su incorporeidad; y asimismo, si son dioses, cómo es que unos son llamados benéficos y otros dañinos, y cómo siendo corpóreos son contados entre los dioses, que son incorpóreos. Indaga además, y todavía como quien duda, si los adivinos y los hacedores de prodigios son hombres de almas desusadamente poderosas, o si la facultad de hacer estas cosas les es comunicada por espíritus externos. Se inclina a esta última opinión, por razón de que es mediante el empleo de piedras y hierbas como echan hechizos sobre las gentes, abren puertas cerradas y hacen maravillas semejantes. Y por esta causa, dice, algunos suponen que existe una raza de seres cuya propiedad es escuchar a los hombres —raza engañosa, llena de artificios, capaz de asumir todas las formas, de simular dioses, demonios y muertos—, y que es esta raza la que produce todas esas cosas que tienen apariencia de bien o de mal, pero que en lo que es verdaderamente bueno jamás nos ayuda, y ciertamente lo desconoce, pues hacen fácil la maldad y ponen obstáculos en el camino de quienes siguen con ardor la virtud; y que están llenos de soberbia y temeridad, se deleitan en los olores de los sacrificios y se dejan llevar de la adulación. Éstas y las demás características de esta raza de espíritus engañosos y maliciosos, que entran en las almas de los hombres y engañan sus sentidos, tanto en sueño como en vigilia, no las describe como cosas de las que él mismo esté convencido, sino sólo con tanta sospecha y duda como para hablar de ellas como opiniones comúnmente recibidas. Deberíamos compadecernos de este gran filósofo por la dificultad que experimentó para conocer por sí mismo y atacar con confianza a toda la hermandad de los demonios, la cual cualquier anciana cristiana describiría sin vacilar y detestaría sin reserva alguna. Quizá, sin embargo, se abstuvo de ofender a Anebón, a quien escribía, el más eminente patrono de estos misterios, o a los otros que se maravillaban de estas hazañas mágicas como obras divinas, y estrechamente vinculadas al culto de los dioses.
Sin embargo, prosigue este asunto y, todavía en calidad de quien inquiere, menciona algunas cosas que ningún juicio sobrio podría atribuir sino a poderes maliciosos y engañosos. Pregunta por qué, después de haber invocado a la clase mejor de espíritus, se ordena a los peores ejecutar los deseos perversos de los hombres; por qué no escuchan al hombre que acaba de salir del abrazo de una mujer, mientras ellos mismos no tienen escrúpulo en tentar a los hombres al incesto y al adulterio; por qué se manda a sus sacerdotes abstenerse de alimento animal por temor de ser contaminados por las exhalaciones corpóreas, mientras ellos mismos se sienten atraídos por los vapores de los sacrificios y otras exhalaciones; por qué a los iniciados se les prohíbe tocar un cadáver, mientras sus misterios se celebran casi por entero por medio de cadáveres; por qué sucede que un hombre entregado a cualquier vicio profiera amenazas, no contra un demonio o contra el alma de un muerto, sino contra el sol y la luna, o alguno de los cuerpos celestes, a los cuales intimida con terrores imaginarios, para arrancarles un beneficio real —pues amenaza con demoler el cielo, y cosas semejantes e imposibles—, para que aquellos dioses, alarmados, como niños necios, con amenazas imaginarias y absurdas, hagan lo que se les ordena. Refiere además Porfirio que un hombre, Queremón, profundamente versado en estos misterios sagrados, o mejor dicho sacrílegos, había escrito que los famosos misterios egipcios de Isis y de su esposo Osiris tenían grandísima influencia sobre los dioses para obligarlos a hacer lo que se les mandaba, cuando el que empleaba los conjuros amenazaba con divulgar o suprimir estos misterios, y gritaba con voz amenazadora que esparciría los miembros de Osiris si descuidaban sus órdenes. No sin razón se asombra Porfirio de que un hombre profiera tales amenazas vanas y vacías contra los dioses —no contra dioses de poca monta, sino contra los dioses celestes, y los que brillan con luz sideral—, y de que esas amenazas sean eficaces para constreñirlos con poder irresistible y alarmarlos de modo que cumplan sus deseos. No sin razón, en calidad de quien indaga las razones de estas cosas sorprendentes, da a entender que son hechas por aquella raza de espíritus que antes describió como citando opiniones ajenas —espíritus que engañan, no, como dijo, por naturaleza, sino por corrupción propia, y que simulan dioses y muertos, pero no, como dijo, demonios, pues demonios realmente son. En cuanto a su idea de que, por medio de hierbas, piedras, animales, ciertos encantamientos y ruidos, y dibujos, a veces caprichosos y a veces copiados de los movimientos de los cuerpos celestes, los hombres crean en la tierra poderes capaces de producir resultados varios, todo eso es sólo el engaño que estos demonios practican sobre quienes les están sometidos, a fin de procurarse divertimiento a costa de sus víctimas. O bien Porfirio fue sincero en sus dudas e indagaciones, y mencionó estas cosas para demostrar y poner fuera de duda que eran obra, no de poderes que nos ayudan a obtener la vida, sino de demonios engañosos; o bien, para dar una interpretación más favorable del filósofo, adoptó este método con el egipcio apegado a estos errores y envanecido de ellos, para no ofenderlo asumiendo la actitud de maestro, ni turbar su ánimo con la altercación de un abierto impugnador, sino, asumiendo el carácter de quien inquiere y la actitud humilde de quien desea aprender, dirigir su atención a estas materias y mostrar cuán dignas son de ser despreciadas y abandonadas. Hacia la conclusión de su carta pide a Anebón que le informe qué indica la sabiduría egipcia como camino a la bienaventuranza. Pero en cuanto a los que tratan con los dioses y los importunan sólo para hallar un esclavo fugitivo, adquirir bienes, concertar un matrimonio o cosas semejantes, declara que sus pretensiones de sabiduría son vanas. Añade que esos mismos dioses, aun concediendo que en otros puntos sus oráculos fueran verdaderos, eran, sin embargo, tan desacertados e insatisfactorios en sus revelaciones acerca de la bienaventuranza, que no pueden ser ni dioses ni demonios buenos, sino o bien aquel espíritu llamado el engañador, o meras ficciones de la imaginación.
X, 12
Puesto que por medio de estas artes se realizan maravillas que superan con mucho el poder humano, ¿qué alternativa tenemos sino creer que estas predicciones y operaciones, que parecen milagrosas y divinas, y que al mismo tiempo no forman parte del culto del único Dios, a cuya adhesión, como atestiguan abundantemente los propios platónicos, se reduce toda la bienaventuranza, son el pasatiempo de espíritus malvados, que de ese modo buscan seducir y estorbar a los verdaderamente piadosos? Por otra parte, no podemos sino creer que todos los milagros, ya sean obrados por ángeles o por otros medios, con tal de que se hagan de manera que recomienden el culto y la religión del único Dios en quien solo está la bienaventuranza, son obrados por quienes nos aman de modo verdadero y piadoso, o por su intermedio, obrando Dios mismo en ellos. Pues no podemos escuchar a quienes sostienen que el Dios invisible no obra milagros visibles; porque incluso ellos creen que Él hizo el mundo, el cual ciertamente no negarán que sea visible. Cualquier maravilla que acontezca en este mundo, es ciertamente menos maravillosa que este mundo entero mismo —me refiero al cielo y a la tierra y a todo lo que en ellos hay—, y a éstos ciertamente los hizo Dios. Pero, así como el Creador mismo está oculto y es incomprensible al hombre, así también lo es la manera de la creación. Aunque, por tanto, el milagro permanente de este mundo visible es poco considerado, por estar siempre delante de nosotros, sin embargo, cuando nos despertamos a contemplarlo, es milagro mayor que las maravillas más raras e inauditas. Pues el hombre mismo es mayor milagro que cualquier milagro obrado mediante su instrumentalidad. Por lo tanto, Dios, que hizo el cielo y la tierra visibles, no desdeña obrar milagros visibles en el cielo o en la tierra, para despertar con ello al alma, sumergida en las cosas visibles, al culto de Sí mismo, el Invisible. Pero el lugar y el tiempo de estos milagros dependen de su voluntad inmutable, en la cual las cosas futuras están ordenadas como si ya estuvieran cumplidas. Pues Él mueve las cosas temporales sin moverse Él mismo en el tiempo; no conoce de un modo las cosas que han de ser y de otro las que han sido; ni escucha a los que oran de otro modo que como ve a los que orarán. Pues, aun cuando sus ángeles nos oyen, es Él mismo quien nos oye en ellos, como en su verdadero templo no hecho de manos, como en aquellos hombres que son sus santos; y sus respuestas, aunque se cumplen en el tiempo, han sido dispuestas por su eterno decreto.
Del Dios invisible, que muchas veces se ha hecho visible, no como realmente es, sino como los que lo contemplaban podían soportar la vista
X, 13
Ni necesitamos asombrarnos de que Dios, invisible como es, se haya aparecido muchas veces visiblemente a los patriarcas. Porque así como el sonido que comunica el pensamiento concebido en el silencio de la mente no es el pensamiento mismo, así la forma bajo la cual Dios, invisible en su propia naturaleza, se hizo visible, no era Dios mismo. Sin embargo, es Él mismo quien fue visto bajo aquella forma, así como aquel pensamiento mismo es oído en el sonido de la voz; y los patriarcas reconocieron que, aunque la forma corporal no era Dios, veían al Dios invisible. Pues, aunque Moisés conversaba con Dios, dijo: «Si he hallado gracia en Tu presencia, muéstrame a Ti mismo, para que yo te vea y te conozca.» [] Y como era conveniente que la ley, dada no a un hombre o a unos pocos hombres iluminados, sino a toda una nación populosa, estuviera acompañada de señales imponentes, se obraron grandes maravillas, por ministerio de los ángeles, ante el pueblo en el monte donde se le daba la ley por medio de un solo hombre, mientras la multitud contemplaba las temibles apariciones. Porque el pueblo de Israel creyó a Moisés, no como los lacedemonios creyeron a su Licurgo, porque hubiera recibido de Júpiter o de Apolo las leyes que les daba. Pues cuando la ley que ordenaba el culto de un solo Dios fue dada al pueblo, señales maravillosas y terremotos, tales como la sabiduría divina juzgó suficientes, fueron realizados a la vista de todos, para que conocieran que era el Creador quien podía usar así de la creación para promulgar su ley.