A la Iglesia de Alejandría, por la gracia de Dios, santa y grande; y a nuestros amados hermanos, el clero ortodoxo y los laicos en todo Egipto, Pentápolis, Libia y en toda nación bajo el cielo, el santo y grande sínodo, los obispos reunidos en Nicea, desean salud en el Señor.
[Por cuanto] el grande y santo Sínodo, que fue reunido en Nicea por la gracia de Cristo y de nuestro religiosísimo Soberano Constantino, quien nos reunió desde nuestras diversas provincias y ciudades, ha considerado asuntos que conciernen a la fe de la Iglesia, nos pareció necesario que ciertas cosas os fueran comunicadas por escrito, para que tengáis los medios de saber lo que se ha debatido e investigado, y también lo que se ha decretado y confirmado.
Primero, pues, en presencia de nuestro religiosísimo Soberano Constantino, se hizo investigación de los asuntos concernientes a la impiedad y transgresión de Arrio y sus adherentes; y se decretó unánimemente que él y su impía opinión fueran anatematizados, junto con las palabras blasfemas y especulaciones en que se complacía, blasfemando del Hijo de Dios, y diciendo que es de las cosas que no son, y que antes de ser engendrado no era, y que hubo un tiempo en que no era, y que el Hijo de Dios es por su libre albedrío capaz de vicio y virtud; diciendo también que es una criatura. Todas estas cosas el santo Sínodo las ha anatematizado, no soportando siquiera oír su impía doctrina, locura y palabras blasfemas. Y de las acusaciones contra él y de los resultados que tuvieron, ya habéis oído o oiréis los detalles, no sea que parezcamos estar oprimiendo a un hombre que de hecho ha recibido una recompensa adecuada por su propio pecado. Tan lejos ha llegado su impiedad, que ha destruido incluso a Teonas de Marmórica y a Secundo de Tolemaida; porque ellos también han recibido la misma sentencia que los demás.
Pero cuando la gracia de Dios hubo librado a Egipto de aquella herejía y blasfemia, y de las personas que se han atrevido a causar perturbación y división entre un pueblo hasta entonces en paz, quedó el asunto de la insolencia de Melecio y de los que han sido ordenados por él; y acerca de esta parte de nuestra obra, amados hermanos, procedemos ahora a informaros de los decretos del Sínodo. El Sínodo, pues, dispuesto a tratar con suavidad a Melecio (porque en estricta justicia no merecía indulgencia), decretó que permaneciera en su propia ciudad, pero sin autoridad para ordenar, ni para administrar asuntos, ni para hacer nombramientos; y que no apareciera en el campo ni en ninguna otra ciudad con este propósito, sino que gozara del mero título de su rango; pero que los que han sido puestos por él, después de haber sido confirmados por una imposición de manos más sagrada, serán admitidos a la comunión con estas condiciones: que tendrán su rango y el derecho a oficiar, pero que serán en todo inferiores a todos los que están inscritos en cualquier iglesia o parroquia, y han sido nombrados por nuestro muy honorable colega Alejandro. De modo que estos hombres no tendrán autoridad para hacer nombramientos de personas que les agraden, ni para sugerir nombres, ni para hacer cosa alguna, sin el consentimiento de los obispos de la Iglesia Católica y Apostólica, que sirven bajo nuestro santísimo colega Alejandro; mientras que aquellos que, por la gracia de Dios y mediante vuestras oraciones, han sido hallados en ningún cisma, sino al contrario sin mancha en la Iglesia Católica y Apostólica, tendrán autoridad para hacer nombramientos y designaciones de personas dignas entre el clero, y en resumen para hacer todas las cosas según la ley y el orden de la Iglesia. Pero si sucediere que alguno de los clérigos que ahora están en la Iglesia muera, entonces los que han sido recibidos últimamente sucederán al oficio del difunto; siempre que parezcan dignos, y que el pueblo los elija, y que el obispo de Alejandría concurra en la elección y la ratifique. Esta concesión se ha hecho a todos los demás; pero, a causa de su conducta desordenada desde el principio, y la temeridad y precipitación de su carácter, no se hizo el mismo decreto respecto a Melecio mismo, sino que, en cuanto es un hombre capaz de cometer de nuevo los mismos desórdenes, no se le conceda autoridad ni privilegio alguno.
Estos son los detalles, que son de especial interés para Egipto y para la santísima Iglesia de Alejandría; pero si en presencia de nuestro muy honrado señor, nuestro colega y hermano Alejandro, se ha promulgado algo más por canon u otro decreto, él mismo os lo comunicará con mayor detalle, habiendo sido guía y colaborador en lo que se ha hecho.
Os proclamamos además la buena noticia del acuerdo sobre la santa Pascua: que este particular también ha sido rectamente resuelto mediante vuestras oraciones; de modo que todos nuestros hermanos en Oriente que antes seguían la costumbre de los judíos han de celebrar de ahora en adelante la dicha festividad sacratísima de la Pascua al mismo tiempo que los romanos, vosotros y todos los que han observado la Pascua desde el principio.
Por lo cual, regocijándonos en estos saludables resultados, y en nuestra paz y armonía comunes, y en la extirpación de toda herejía, recibid con mayor honor y con amor acrecentado a nuestro colega, vuestro Obispo Alejandro, quien nos ha alegrado con su presencia, y quien a tan avanzada edad ha soportado tan grande fatiga para que se estableciera la paz entre vosotros y todos nosotros. Orad también por todos nosotros, para que las cosas que se han considerado aconsejables permanezcan firmes; porque se han hecho, según creemos, para agrado de Dios Todopoderoso y de su Hijo Unigénito, nuestro Señor Jesucristo, y del Espíritu Santo, a quien sea la gloria por siempre. Amén.