Éfeso, Sesión I, §§ 1–6
[Antes de la llegada de los Legados Papales.]
El Sínodo de Nicea expuso esta fe:
Creemos en un solo Dios, etc.
Cuando este credo hubo sido recitado, Pedro, presbítero de Alejandría, y primiciero de los notarios, dijo:
Tenemos en nuestras manos la carta del santísimo y reverendísimo arzobispo Cirilo, que escribió al reverendísimo Nestorio, llena de consejo y advertencia, a causa de su desviación de la recta fe. La leeré si vuestra santidad [es decir, el santo Sínodo] así lo ordena.... La carta comenzaba así:
[Καταφλυαροῦσι μὲν, ὡς ἀκούω, κ.τ.λ].
Al religiosísimo y amado de Dios, compañero ministro Nestorio, Cirilo envía saludo en el Señor.Oigo que algunos hablan a la ligera de la estima en que tengo a vuestra santidad, y que esto sucede con frecuencia, especialmente en los momentos en que se celebran reuniones de quienes tienen autoridad. Y acaso piensan, al hacerlo, decir algo agradable a vos, pero hablan sin sentido, pues no han sufrido ninguna injusticia de mis manos, sino que han sido desenmascarados por mí sólo para su propio provecho; éste como opresor de los ciegos y necesitados, y aquél como quien hirió a su madre con una espada. Otro, porque robó, en connivencia con su criada, el dinero de otro, y siempre había estado bajo la imputación de crímenes semejantes que nadie querría que cargaran ni siquiera sus más acérrimos enemigos. Poco me importan las palabras de tales gentes, pues el discípulo no está por encima de su Maestro, ni quisiera yo alargar la medida de mi estrecho entendimiento por encima de los Padres, pues no importa qué camino de vida se siga, difícilmente se puede escapar a la mancha de los malvados, cuyas bocas están llenas de maldición y amargura, y que al fin habrán de dar cuenta al Juez de todos.Pero vuelvo al punto que especialmente tenía en mente. Y ahora os exhorto, como hermano en el Señor, a proponer al pueblo la palabra de la enseñanza y la doctrina de la fe con toda exactitud, y a considerar que dar escándalo a uno solo de los más pequeños de los que creen en Cristo expone a un cuerpo a la ira insoportable de Dios. Y cuánta diligencia y destreza se necesitan cuando es tan grande la multitud de los afligidos, para que podamos administrar la palabra sanadora de la verdad a los que la buscan. Pero esto lo lograremos de la manera más excelente si repasamos las palabras de los santos Padres y somos celosos en obedecer sus mandatos, probándonos a nosotros mismos si estamos en la fe conforme a lo que está escrito, y conformando nuestros pensamientos a su enseñanza recta e irreprochable.
El santo y gran Sínodo, pues, dice que el Hijo unigénito, nacido según la naturaleza de Dios Padre, Dios verdadero de Dios verdadero, Luz de Luz, por quien el Padre hizo todas las cosas, descendió, y se encarnó, y se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, y ascendió al cielo. Estas palabras y estos decretos debemos seguir, considerando qué significa que el Verbo de Dios se encarnó y se hizo hombre. Pues no decimos que la naturaleza del Verbo se cambiase y se hiciese carne, ni que se convirtiese en un hombre completo consistente en alma y cuerpo; sino más bien que el Verbo, habiendo unido personalmente a sí mismo carne animada por un alma racional, de manera inefable e inconcebible se hizo hombre, y fue llamado Hijo del Hombre, no meramente por querer o complacerse en ser llamado así, ni por haber tomado para sí una persona, sino porque, reuniéndose las dos naturalezas en una unión verdadera, de ambas hay un solo Cristo y un solo Hijo; pues la diferencia de las naturalezas no es suprimida por la unión, sino más bien la divinidad y la humanidad nos perfeccionan al único Señor Jesucristo por su inefable e inexpresable unión. Así, pues, el que tenía existencia antes de todos los siglos y nació del Padre, se dice que nació según la carne de una mujer, no como si su naturaleza divina recibiese su comienzo de existencia en la santa Virgen, pues no necesitaba una segunda generación después de la del Padre (pues sería absurdo y necio decir que el que existía antes de todos los siglos, coeterno con el Padre, necesitase un segundo comienzo de existencia), sino que, puesto que por nosotros y por nuestra salvación unió personalmente a sí mismo un cuerpo humano, y salió de una mujer, de esta manera se dice que nació según la carne; porque no nació primero un hombre común de la santa Virgen, y luego descendió el Verbo y entró en él, sino que, hecha la unión en el propio seno, se dice que soporta un nacimiento según la carne, atribuyendo a sí mismo el nacimiento de su propia carne. Por esta razón decimos que padeció y resucitó; no como si Dios el Verbo padeciese en su propia naturaleza azotes, o la perforación de los clavos, o cualesquiera otras heridas, pues la naturaleza divina es incapaz de padecer, en cuanto es incorpórea, sino que, puesto que aquello que se había hecho su propio cuerpo padeció de esta manera, también se dice que padece por nosotros; pues el que en sí mismo es incapaz de padecer estaba en un cuerpo que padecía. Del mismo modo concebimos también respecto de su muerte; pues el Verbo de Dios es por naturaleza inmortal e incorruptible, y vida y dador de vida; sin embargo, puesto que su propio cuerpo gustó, como dice Pablo, por la gracia de Dios la muerte por todo hombre, se dice que él mismo sufrió la muerte por nosotros, no como si tuviese experiencia de la muerte en su propia naturaleza (pues sería locura decir o pensar esto), sino porque, como acabo de decir, su carne gustó la muerte. De igual manera, resucitada su carne, se habla de su resurrección, no como si hubiese caído en corrupción (Dios no lo permita), sino porque su propio cuerpo resucitó. Por tanto, confesamos a un solo Cristo y Señor, no adorando a un hombre con el Verbo (no sea que esta expresión «con el Verbo» sugiera a la mente la idea de división), sino adorándolo como uno y el mismo, por cuanto el cuerpo del Verbo, con el cual está sentado con el Padre, no está separado del Verbo mismo, no como si dos hijos estuviesen sentados con él, sino uno solo por la unión con la carne. Si, empero, rechazamos la unión personal como imposible o inconveniente, caemos en el error de hablar de dos hijos, pues será necesario distinguir y decir que el que era propiamente hombre fue honrado con la apelación de Hijo, y que el que es propiamente el Verbo de Dios tiene por naturaleza tanto el nombre como la realidad de la filiación. No debemos, por tanto, dividir al único Señor Jesucristo en dos Hijos. Ni tampoco aprovechará en nada a una fe sana sostener, como algunos hacen, una unión de personas; pues la Escritura no ha dicho que el Verbo unió a sí mismo la persona de hombre, sino que se hizo carne. Esta expresión, sin embargo, «el Verbo se hizo carne,» no puede significar otra cosa sino que participó de carne y sangre semejantes a las nuestras; hizo nuestro cuerpo suyo, y salió hombre de una mujer, sin desechar su existencia como Dios, ni su generación de Dios Padre, sino que aun al tomar para sí carne permaneció lo que era. Esto proclama en todas partes la declaración de la fe recta. Éste fue el sentir de los santos Padres; por eso se atrevieron a llamar a la santa Virgen, Madre de Dios, no como si la naturaleza del Verbo o su divinidad tuviese su comienzo de la santa Virgen, sino porque de ella nació aquel cuerpo santo con alma racional, al cual, unido personalmente el Verbo, se dice que nació según la carne. Estas cosas, por tanto, os escribo ahora por el amor de Cristo, suplicándoos como hermano, y testificándoos delante de Cristo y de los ángeles elegidos, que penséis y enseñéis estas cosas con nosotros, para que se conserve la paz de las Iglesias y el vínculo de concordia y amor continúe inquebrantado entre los Sacerdotes de Dios.
Éfeso, Sesión I, §§ 7–18
Y después que la carta fue leída, Cirilo, el obispo de Alejandría, dijo: Este santo y gran Sínodo ha oído lo que escribí al religiosísimo Nestorio, defendiendo la recta fe. Pienso que en ningún respecto me he apartado de la verdadera exposición de la fe, es decir, del credo expuesto por el santo y gran sínodo antes reunido en Nicea. Por lo cual deseo que vuestra santidad [es decir, el Concilio] diga si recta e irreprensiblemente y conforme a aquel santo sínodo he escrito estas cosas o no.
[Un número de obispos dio entonces su opinión, todas favorables a Cirilo; después de estas opiniones individuales las Actas continúan (col. 491):]
Y todos los demás obispos, en el orden de su rango, declararon las mismas cosas, y así creyeron, conforme a como los Padres habían expuesto, y como declaraba la Epístola del santísimo arzobispo Cirilo al obispo Nestorio.
Paladio, el obispo de Amasea, dijo: Lo que sigue por hacer es leer la carta del reverendísimo Nestorio, de la cual hizo mención el religiosísimo presbítero Pedro; para que entendamos si concuerda o no con la exposición de los padres nicenos.
Y después que esta carta fue leída, Cirilo, el obispo de Alejandría, dijo: ¿Qué parece bien a este santo y gran sínodo respecto de la carta recién leída? ¿También parece conforme a la fe expuesta por el santo Sínodo reunido en la ciudad de Nicea?
[Los obispos, entonces como antes, expresan individualmente su opinión, y al fin las Actas continúan (col. 502):]
Todos los obispos gritaron a una: Quien no anatematice a Nestorio, sea anatema. A tal persona la recta fe anatematiza; a tal persona el santo Sínodo anatematiza. Quien comunique con Nestorio, sea anatema. Anatematizamos a todos los apóstoles de Nestorio: todos anatematizamos a Nestorio como hereje: todos los que comuniquen con Nestorio sean anatema, etc., etc.
Juvenal, el obispo de Jerusalén, dijo: Léase la carta del santísimo y reverendísimo Celestino, arzobispo de la Iglesia de Roma, que escribió acerca de la fe.
[La carta de Celestino fue leída y no se expresó ninguna opinión.]
Pedro, presbítero de Alejandría, y primiciero de los notarios, dijo: Enteramente de acuerdo con las cosas recién leídas están las que escribió su santidad Cirilo, nuestro piadosísimo obispo, las cuales tengo ahora a mano, y leeré si vuestra piedad así lo ordena.
[La carta fue leída, y comienza así:]
[Τοῦ Σωτῆρος ἡμῶν λέγοντος ἐναργῶς, κ.τ.λ].
Al reverendísimo y amado de Dios compañero ministro Nestorio, Cirilo y el sínodo reunido en Alejandría, de la Provincia Egipcia, saludo en el Señor.Cuando nuestro Salvador dice claramente: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí,» ¿qué será de nosotros, de quienes vuestra Santidad exige que os amemos más que a Cristo, el Salvador de todos nosotros? ¿Quién podrá ayudarnos en el día del juicio, o qué clase de excusa hallaremos por haber guardado silencio tanto tiempo respecto de las blasfemias que habéis proferido contra él? Si os hubierais perjudicado a vos solo, enseñando y sosteniendo tales cosas, quizá fuera asunto de menos importancia; pero habéis escandalizado grandemente a toda la Iglesia, y habéis arrojado entre el pueblo la levadura de una extraña y nueva herejía. Y no sólo a los de allí [es decir, en Constantinopla]; sino también a los de todas partes [se enviaron los libros de vuestra explicación]. ¿Cómo podemos, en estas circunstancias, defender por más tiempo nuestro silencio, o cómo no nos veremos forzados a recordar que Cristo dijo: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra: no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner al hombre en disensión contra su padre, y a la hija contra su madre.» Porque si la fe es herida, piérdase el honor debido a los padres, como cosa rancia y vacilante, cállese aun la ley de tierno amor hacia hijos y hermanos, sea mejor la muerte para los piadosos que la vida; «para que alcancen una mejor resurrección,» como está escrito.He aquí, por tanto, cómo nosotros, juntamente con el santo sínodo reunido en la gran Roma, presidido por el santísimo y reverendísimo hermano y compañero ministro, Celestino el Obispo, también testificamos por esta tercera carta ante vos, y os aconsejamos que os abstengáis de estos dogmas dañosos y distorsionados, que sostenéis y enseñáis, y que recibáis la recta fe, transmitida a las iglesias desde el principio por los santos Apóstoles y Evangelistas, que «fueron testigos oculares y ministros del Verbo.» Y si vuestra santidad no se inclina a esto conforme a los límites definidos en los escritos de nuestro hermano de bendita memoria y reverendísimo compañero ministro Celestino, Obispo de la Iglesia de Roma, estad bien seguro de que no tenéis parte con nosotros, ni lugar ni posición ([λόγον]) entre los sacerdotes y obispos de Dios. Pues no nos es posible pasar por alto las iglesias así turbadas, y al pueblo escandalizado, y la recta fe dejada de lado, y las ovejas dispersadas por vos, que deberíais salvarlas, si es que nosotros mismos somos adherentes de la recta fe y seguidores de la devoción de los santos padres. Y estamos en comunión con todos los laicos y clérigos expulsados o depuestos por vuestra santidad a causa de la fe; pues no es justo que aquellos que resolvieron creer rectamente sufran por vuestra elección; pues bien hacen en oponerse a vos. Esto mismo habéis mencionado en vuestra epístola escrita a nuestro santísimo y compañero obispo Celestino de la gran Roma.Pero no sería suficiente para vuestra reverencia confesar con nosotros solamente el símbolo de la fe expuesto hace algún tiempo por el Espíritu Santo en el grande y santo sínodo convocado en Nicea: pues no lo habéis sostenido ni interpretado rectamente, sino más bien perversamente; aun cuando confeséis con vuestra voz la forma de las palabras. Pero además, por escrito y con juramento, debéis confesar que también anatematizáis esos vuestros dogmas contaminados e impíos, y que sostendréis y enseñaréis aquello que todos nosotros, obispos, maestros y guías del pueblo, tanto de Oriente como de Occidente, sostenemos. El santo sínodo de Roma y todos nosotros estuvimos de acuerdo en que la epístola escrita a vuestra Santidad desde la Iglesia Alejandrina es recta e irreprensible. Hemos añadido a éstas nuestras propias cartas y aquello que es necesario que sostengáis y enseñéis, y qué debéis cuidar de evitar. Ahora bien, ésta es la Fe de la Iglesia Católica y Apostólica con la que concuerdan todos los Obispos Ortodoxos, tanto de Oriente como de Occidente:«Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, Hacedor de todas las cosas visibles e invisibles, y en un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, engendrado de su Padre, es decir, de la sustancia del Padre; Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, de una misma sustancia con el Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra. Quien por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió, y se encarnó, y se hizo hombre. Padeció, y resucitó al tercer día. Ascendió a los cielos, desde donde vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Y en el Espíritu Santo: Pero a los que dicen: Hubo un tiempo en que no fue, y, antes de ser engendrado no fue, y que fue hecho de lo que antes no era, o que era de alguna otra sustancia o esencia; y que el Hijo de Dios era capaz de cambio o alteración; a ésos la Iglesia Católica y Apostólica anatematiza.»Siguiendo en todo las confesiones de los Santos Padres que ellos hicieron (hablando en ellos el Espíritu Santo), y siguiendo el alcance de sus opiniones, y yendo, por decirlo así, por el camino real, confesamos que el Unigénito Verbo de Dios, engendrado de la misma sustancia del Padre, Dios verdadero de Dios verdadero, Luz de Luz, por quien todas las cosas fueron hechas, las cosas del cielo y las de la tierra, descendiendo para nuestra salvación, anonadándose a sí mismo ([καθεὶς ἑαυτὸν εἰς κένωσιν]), se encarnó y se hizo hombre; es decir, tomando carne de la santa Virgen, y habiéndola hecho suya desde el seno materno, se sometió por nosotros al nacimiento, y salió hombre de mujer, sin desechar lo que era; sino que, aunque asumió carne y sangre, permaneció lo que era, Dios en esencia y en verdad. Ni decimos que su carne fue cambiada en la naturaleza de la divinidad, ni que la inefable naturaleza del Verbo de Dios fue dejada de lado por la naturaleza de la carne; pues es inmutable y absolutamente inalterable, siendo siempre el mismo, según las Escrituras. Pues aunque visible y niño envuelto en pañales, e incluso en el seno de su Madre Virgen, llenaba toda la creación como Dios, y era corregente con aquel que lo engendró, porque la Deidad no tiene cantidad ni dimensión, y no puede tener límites.
Confesando que el Verbo se hizo uno con la carne según la sustancia, adoramos a un solo Hijo y Señor Jesucristo: no dividimos al Dios del hombre, ni lo separamos en partes, como si las dos naturalezas estuvieran mutuamente unidas en él solo mediante una participación de dignidad y autoridad (porque eso es una novedad y nada más); ni damos por separado al Verbo de Dios el nombre de Cristo, ni el mismo nombre por separado a uno distinto nacido de mujer; sino que conocemos un solo Cristo, el Verbo de Dios Padre con su propia Carne. Pues como hombre fue ungido con nosotros, aunque es él mismo quien da el Espíritu a los que son dignos y no por medida, según el dicho del bienaventurado Evangelista Juan.Pero no decimos que el Verbo de Dios habitó en él como en un hombre común nacido de la santa Virgen, no sea que Cristo sea pensado como un hombre portador de Dios; pues aunque el Verbo habitó entre nosotros, también se dice que en Cristo «habitó corporalmente toda la plenitud de la Deidad»; sino que entendemos que se hizo carne, no solo como se dice que habita en los santos, sino que definimos que aquella inhabitación en él era según igualdad ([κατὰ τον ἴσον ἐν αὐτῷ τρόπον]). Pero, hecho uno [κατὰ φύσιν], y no convertido en carne, realizó su inhabitación de tal manera como podemos decir que el alma del hombre lo hace en su propio cuerpo.Uno, pues, es Cristo, Hijo y Señor, no como si un hombre hubiera alcanzado solo una conjunción tal con Dios que consistiera en una unidad de dignidad solamente o de autoridad. Pues no es la igualdad de honor lo que une las naturalezas; porque entonces Pedro y Juan, que eran de igual honor entre sí, siendo ambos Apóstoles y santos discípulos [habrían sido uno, y], sin embargo los dos no son uno. Tampoco entendemos que el modo de la conjunción sea por aposición, pues esta no basta para la unidad natural ([πρὸς ἕνωσον φυσικήν]). Ni tampoco según una participación relativa, como también nosotros estamos unidos al Señor, como está escrito «somos un solo Espíritu en él.» Más bien rechazamos el término de «unión» ([συναφείας]) por no haber significado suficientemente la unidad. Pero no llamamos al Verbo de Dios Padre, el Dios ni el Señor de Cristo, no sea que abiertamente cortemos en dos al único Cristo, el Hijo y Señor, y caigamos bajo la acusación de blasfemia, haciéndolo Dios y Señor de sí mismo. Pues el Verbo de Dios, como ya hemos dicho, fue hecho hipostáticamente uno en la carne, y sin embargo es Dios de todos y gobierna todas las cosas; mas no es esclavo de sí mismo, ni Señor de sí mismo. Pues es necio, o más bien impío, pensar o enseñar así. Pues dijo que Dios era su Padre, aunque era Dios por naturaleza, y de su sustancia. Sin embargo no ignoramos que, mientras permaneció Dios, también se hizo hombre y sujeto a Dios, según la ley propia de la naturaleza de la humanidad. Pero ¿cómo podría hacerse Dios o Señor de sí mismo? En consecuencia, como hombre, y en lo que respecta a la medida de su humillación, se dice que está igualmente con nosotros sujeto a Dios; así se hizo bajo la Ley, aunque como Dios hablaba la Ley y era el Legislador.Tenemos también cuidado en cómo decimos acerca de Cristo: «Adoro al Uno revestido por causa del Uno que lo reviste, y por causa del Invisible, adoro al Visible.» Es horrible decir en este contexto lo siguiente: «Tanto el asumido como el que asume tienen el nombre de Dios.» Porque decir esto divide de nuevo a Cristo en dos, y pone al hombre separadamente por sí mismo y también a Dios por sí mismo. Pues este dicho niega abiertamente la Unidad según la cual uno no es adorado en el otro, ni Dios existe junto con el otro; sino que Jesucristo es considerado como Uno, el Hijo Unigénito, para ser honrado con una sola adoración junto con su propia carne.Confesamos que es el Hijo, engendrado de Dios Padre, y Dios Unigénito; y aunque según su propia naturaleza no estaba sujeto al sufrimiento, sin embargo padeció por nosotros en la carne según las Escrituras, y aunque impasible, no obstante en su Cuerpo Crucificado hizo suyos los sufrimientos de su propia carne; y por la gracia de Dios gustó la muerte por todos: entregó a ello su propio Cuerpo, aunque era por naturaleza la vida misma y la resurrección, a fin de que, habiendo pisoteado la muerte por su inefable poder, primero en su propia carne, pudiera hacerse primogénito de entre los muertos, y primicias de los que durmieron. Y para que abriera camino a la naturaleza del hombre para alcanzar la incorrupción, por la gracia de Dios (como acabamos de decir), gustó la muerte por todo hombre, y después de tres días resucitó, habiendo despojado al infierno. Así, aunque se dice que la resurrección de los muertos fue por medio de un hombre, sin embargo entendemos que ese hombre fue el Verbo de Dios, y el poder de la muerte fue desatado por él, y vendrá en la plenitud de los tiempos como el único Hijo y Señor, en la gloria del Padre, para juzgar al mundo con justicia, como está escrito.
Porque cuando, como Dios, habla de sí mismo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre,» y «Yo y el Padre somos uno,» consideramos su inefable naturaleza divina según la cual es Uno con su Padre por la identidad de esencia— «La imagen, la impronta y el resplandor de su gloria.» Mas cuando, sin despreciar la medida de su humanidad, dijo a los judíos: «Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he dicho la verdad.» De nuevo, no menos que antes, reconocemos que es el Verbo de Dios por su identidad y semejanza con el Padre y por las circunstancias de su humanidad. Pues si es necesario creer que, siendo por naturaleza Dios, se hizo carne, es decir, hombre dotado de alma racional, ¿qué razón pueden tener algunos para avergonzarse de este lenguaje acerca de él, que le conviene como hombre? Porque si rechazara las palabras convenientes a él como hombre, ¿quién lo obligó a hacerse hombre como nosotros? Y así como se humilló a una humillación voluntaria ([κένωσιν]) por nosotros, ¿por qué causa puede alguien rechazar las palabras convenientes a tal humillación? Por lo tanto, todas las palabras que se leen en los Evangelios han de aplicarse a una sola Persona, a una sola hipóstasis del Verbo Encarnado. Pues el Señor Jesucristo es Uno, según las Escrituras, aunque es llamado «el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión,» por ofrecer a Dios y al Padre la confesión de fe que hacemos a él, y por medio de él a Dios, a saber, al Padre y también al Espíritu Santo; sin embargo decimos que es, según la naturaleza, el Unigénito de Dios. Y no atribuimos a ningún hombre distinto de él el nombre del sacerdocio, ni la cosa misma, porque se hizo «Mediador entre Dios y los hombres,» y Reconciliador para la paz, habiéndose ofrecido como olor fragante a Dios y al Padre. Por eso también dijo: «Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo; holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo (en el rollo del libro está escrito de mí) para hacer, oh Dios, tu voluntad.» Pues por nosotros ofreció su cuerpo como olor fragante, y no por sí mismo; porque ¿qué ofrenda o sacrificio era necesario para sí mismo, quien como Dios existía por encima de todos los pecados? Porque «todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios,» de modo que nos volvimos propensos a caer, y la naturaleza del hombre ha caído en el pecado, pero no así él (y por eso estamos destituidos de su gloria). ¿Cómo, pues, puede haber todavía duda de que el verdadero Cordero murió por nosotros y por nuestra causa? Y decir que se ofreció a sí mismo por sí mismo y por nosotros, de ninguna manera escaparía a la acusación de impiedad. Pues nunca cometió falta alguna, ni pecó. ¿Qué ofrenda, pues, necesitaba él, no teniendo pecado por el cual se ofrecen justamente sacrificios? Mas cuando habló acerca del Espíritu, dijo: «Él me glorificará.» Si pensamos correctamente, no decimos que el único Cristo e Hijo, como necesitado de gloria de otro, recibió gloria del Espíritu Santo; pues su Espíritu no es mayor que él ni está por encima de él, sino que porque usó al Espíritu Santo para manifestar su propia divinidad en sus obras poderosas, por lo tanto se dice que fue glorificado por él, así como si alguno de nosotros dijera, por ejemplo, acerca de su fuerza inherente, o de su conocimiento de algo, «Me glorificaron.» Pues aunque el Espíritu es la misma esencia, sin embargo lo pensamos por sí mismo, como Espíritu y no como Hijo; pero no es distinto de él; porque es llamado el Espíritu de la verdad y Cristo es la Verdad, y es enviado por él, así como, además, procede de Dios y del Padre. Cuando, pues, el Espíritu obró milagros por las manos de los santos apóstoles después de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo a los cielos, lo glorificó. Pues se cree que aquel que obra por su propio Espíritu es Dios según la naturaleza. Por lo tanto dijo: «Recibirá de lo mío, y os lo manifestará.» Pero no decimos esto como si el Espíritu fuera sabio y poderoso por alguna participación de otro; pues es todo perfecto y no necesita de cosa buena alguna. Siendo, pues, el Espíritu del Poder y de la Sabiduría del Padre (es decir, del Hijo), evidentemente es Sabiduría y Poder.Y puesto que la santa Virgen dio a luz corporalmente a Dios hecho uno con la carne según la naturaleza, por esta razón también la llamamos Madre de Dios, no como si la naturaleza del Verbo tuviera el comienzo de su existencia a partir de la carne.Porque «En el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios, y el Verbo estaba con Dios,» y él es el Hacedor de los siglos, coeterno con el Padre, y Creador de todas las cosas; pero, como ya hemos dicho, puesto que unió a sí mismo hipostáticamente la naturaleza humana desde el seno de ella, también se sometió al nacimiento como hombre, no porque necesitara necesariamente en su propia naturaleza nacer en el tiempo y en estos últimos tiempos del mundo, sino para bendecir el comienzo de nuestra existencia, y para que aquello que enviaba a la muerte los cuerpos terrenales de toda nuestra raza, perdiera su poder para el futuro por nacer él de una mujer en la carne. Y esto: «Con dolor parirás los hijos,» siendo removido por él, mostró la verdad de aquello dicho por el profeta, «La muerte fuerte los devoró, y de nuevo Dios ha enjugado toda lágrima de todos los rostros.» Por esta causa también decimos que asistió, habiendo sido invitado, y además bendijo, las bodas de Caná de Galilea, con sus santos Apóstoles de acuerdo con la economía. Hemos sido enseñados a sostener estas cosas por los santos Apóstoles y Evangelistas, y por todas las Escrituras inspiradas por Dios, y en las verdaderas confesiones de los bienaventurados Padres.A todo esto tu reverencia también debe asentir, y prestar atención, sin engaño alguno. Y lo que es necesario que tu reverencia anatematice lo hemos añadido a nuestra epístola.
Si alguno no confiesa que el Emanuel es Dios verdadero, y que por lo tanto la Santa Virgen es Madre de Dios ([Θεοτόκος]), en cuanto en la carne dio a luz al Verbo de Dios hecho carne [como está escrito, «El Verbo fue hecho carne» ] sea anatema.Nestorio: Si alguno dice que el Emanuel es Dios verdadero, y no más bien Dios con nosotros, es decir, que se ha unido a una naturaleza semejante a la nuestra, que asumió de la Virgen María, y habitó en ella; y si alguno llama a María madre de Dios el Verbo, y no más bien madre de aquel que es Emanuel; y si sostiene que Dios el Verbo se ha transformado en la carne, la cual solo asumió para hacer visible su Deidad, y para ser hallado en forma de hombre, sea anatema.
Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios Padre está unido hipostáticamente a la carne, y que con esa carne suya es un solo Cristo, Dios y hombre a la vez: sea anatema.Nestorio: Si alguno afirma que, en la unión del Logos con la carne, la Esencia divina se movió de un lugar a otro; o dice que la carne es capaz de recibir la naturaleza divina, y que ha sido parcialmente unida con la carne; o atribuye a la carne, por razón de su recepción de Dios, una extensión hacia lo infinito e ilimitado, y dice que Dios y el hombre son una y la misma cosa en naturaleza; sea anatema.
Si alguno después de la unión [hipostática] divide las hipóstasis en el único Cristo, uniéndolas solo por aquella conexión que ocurre según la dignidad, o incluso la autoridad y el poder, y no más bien por una concurrencia ([συνόδῳ]) que se realiza por unión natural ([ἕνωσιν φυσικὴν]): sea anatema.Nestorio: Si alguno dice que Cristo, que también es Emanuel, es Uno, no [meramente] a consecuencia de conexión, sino [también] en naturaleza, y no reconoce la conexión ([συνάφεια]) de las dos naturalezas, la del Logos y la de la humanidad asumida, en un solo Hijo, como continuando aún sin mezclarse; sea anatema.
Si alguno divide entre dos personas o subsistencias aquellas expresiones ([φωνάς]) que están contenidas en los escritos Evangélicos y Apostólicos, o que han sido dichas acerca de Cristo por los Santos, o por él mismo, y aplica algunas a él como a un hombre separado del Verbo de Dios, y aplica otras al solo Verbo de Dios Padre, sobre la base de que son aptas para ser aplicadas a Dios: sea anatema.Nestorio: Si alguno asigna las expresiones de los Evangelios y de las cartas Apostólicas, que se refieren a las dos naturalezas de Cristo, a una sola de esas naturalezas, e incluso atribuye sufrimiento al Verbo divino, tanto en la carne como en la Deidad; sea anatema.
Si alguno se atreve a decir que Cristo es un hombre Teóforo [es decir, portador de Dios] y no más bien que es Dios verdadero, como Hijo único por naturaleza, porque «el Verbo fue hecho carne,» y «tiene parte en la carne y en la sangre como nosotros:» sea anatema.Nestorio: Si alguno se aventura a decir que, incluso después de la asunción de la naturaleza humana, hay un solo Hijo de Dios, a saber, el que lo es por naturaleza (naturaliter filius = Logos), mientras que él (desde la asunción de la carne) es ciertamente Emanuel; sea anatema.
Si alguno se atreviere a decir que el Verbo de Dios Padre es el Dios de Cristo o el Señor de Cristo, y no confesare más bien que es al mismo tiempo Dios y Hombre, puesto que, según las Escrituras, «el Verbo se hizo carne»: sea anatema.Nestorio: "Si alguno, después de la Encarnación, llama a otro distinto de Cristo el Verbo, y se aventura a decir que la forma de siervo es igualmente con el Verbo de Dios, sin principio e increada, y no más bien que es hecha por él como su Señor natural y Creador y Dios, y que ha prometido resucitarla con las palabras: «Destruid este templo, y en tres días lo reedificaré»; sea anatema."
Si alguno dijere que Jesús como hombre es solamente impulsado por el Verbo de Dios, y que la gloria del Unigénito le es atribuida como algo que no le es propiamente suyo: sea anatema.Nestorio: Si alguno dice que el hombre que fue formado de la Virgen es el Unigénito, que nació del seno del Padre, antes que el lucero de la mañana fuese [Salmo 108:3], y no confesare más bien que ha obtenido la designación de Unigénito a causa de su unión con aquel que por naturaleza es el Unigénito del Padre; y además, si alguno llama a otro distinto del Emmanuel Cristo, sea anatema.
Si alguno se atreviere a decir que el hombre asumido ([ἀναληφθέντα]) debe ser adorado juntamente con Dios Verbo, y glorificado juntamente con él, y reconocido juntamente con él como Dios, y sin embargo como dos cosas diferentes, la una con la otra (pues este «Juntamente con» se añade [es decir, por los nestorianos] para transmitir este significado); y no adorare más bien con una sola adoración al Emmanuel y le rindiere una sola glorificación, como [está escrito] «El Verbo se hizo carne»: sea anatema.Nestorio: Si alguno dice que la forma de siervo debe, por sí misma, es decir, en referencia a su propia naturaleza, ser reverenciada, y que es la gobernante de todas las cosas, y no más bien que [meramente] a causa de su unión con la naturaleza santa y en sí misma universalmente gobernante del Unigénito, ha de ser reverenciada; sea anatema.
Si alguno dijere que el único Señor Jesucristo fue glorificado por el Espíritu Santo, de modo que usó mediante él un poder que no era suyo y de él recibió poder contra los espíritus inmundos y poder para obrar milagros ante los hombres, y no confesare más bien que era su propio Espíritu por el cual obró estos signos divinos; sea anatema.Nestorio: Si alguno dice que la forma de siervo es de naturaleza semejante a la del Espíritu Santo, y no más bien que debe su unión con el Verbo, que ha existido desde la concepción, a la mediación de éste, por la cual obra curaciones milagrosas entre los hombres y posee el poder de expulsar demonios; sea anatema.
[Cualquiera] que dijere que no es el mismo Verbo divino, cuando se hizo carne y se hizo hombre como nosotros, sino otro distinto de él, un hombre nacido de mujer, pero diferente de él ([ἰδικῶς ἄνθρωπον]), quien se ha convertido en nuestro Gran Sumo Sacerdote y Apóstol; o si alguno dijere que se ofreció a sí mismo en sacrificio por sí mismo y no más bien por nosotros, siendo así que, estando sin pecado, no tenía necesidad de ofrenda o sacrificio: sea anatema.Nestorio: Si alguno sostiene que el Verbo, que es desde el principio, se ha convertido en el sumo sacerdote y apóstol de nuestra confesión, y se ha ofrecido a sí mismo por nosotros, y no dice más bien que es obra del Emmanuel ser apóstol; y si alguno divide de tal manera el sacrificio entre aquel que unió [al Verbo] y aquel que fue unido [la humanidad], refiriéndolo a una filiación común, es decir, no dando a Dios lo que es de Dios, y al hombre lo que es del hombre; sea anatema.
[Cualquiera] que no confesare que la carne del Señor da vida y que pertenece al Verbo de Dios Padre como suya propia, sino que fingiere que pertenece a otra persona que está unida a él [es decir, al Verbo] sólo según la honra, y que ha servido como morada para la divinidad; y no confesare más bien, como decimos, que aquella carne da vida porque es la del Verbo que da vida a todos: sea anatema.Nestorio: "Si alguno sostiene que la carne que está unida con Dios Verbo es por el poder de su propia naturaleza vivificante, mientras que el Señor mismo dice: «El Espíritu es el que vivifica; la carne para nada aprovecha» [], sea anatema. [Añade: «Dios es Espíritu» [Juan 4:24]. Si, pues, alguno sostiene que Dios el Logos se ha hecho carne de manera carnal, en su sustancia, y persiste en esto con referencia al Señor Cristo; quien él mismo después de su resurrección dijo a sus discípulos: «Palpadme y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo» []; sea anatema.]"
[Cualquiera] que no reconociere que el Verbo de Dios padeció en la carne, que fue crucificado en la carne, y que asimismo en esa misma carne gustó la muerte y que se ha convertido en el primogénito de los muertos, pues, como es Dios, es la vida y es él quien da vida: sea anatema.Nestorio: Si alguno, al confesar los sufrimientos de la carne, los atribuye también al Verbo de Dios como a la carne en la cual apareció, y así no distingue la dignidad de las naturalezas; sea anatema.
Éfeso, Sesión I, §§ 19–22
[No se registra en las Actas que se tomara medida alguna. Ciertas personas que habían visto a Nestorio durante los tres días pasados hicieron un informe verbal de que no tenían esperanza alguna de arrepentimiento por su parte. A moción de Flaviano, obispo de Filipos, se leyeron varios pasajes de los Padres; y después algunas selecciones de los escritos de Nestorio. Se leyó a continuación una carta de Capréolo, arzobispo de Cartago, excusando su ausencia; tras la lectura de la carta, que no hace referencia directa alguna a Nestorio, sino que ruega al Sínodo que vele por que no se tolere novedad alguna, prosiguen las Actas. (Col. 534).]
Cirilo, el obispo de la Iglesia de Alejandría, dijo: Puesto que esta carta del reverendísimo y piadoso Capréolo, obispo de Cartago, que ha sido leída, contiene una lucidísima expresión de parecer, insértese en las Actas. Pues desea que los antiguos dogmas de la fe sean confirmados, y que las novedades, absurdamente concebidas e impíamente proferidas, sean reprobadas y proscritas.
Todos los obispos al mismo tiempo exclamaron: Éstos son los sentimientos ([φωναί]) de todos nosotros, éstas son las cosas que todos decimos— el cumplimiento de esto es el deseo de todos nosotros.
[Sigue inmediatamente la sentencia de deposición y las firmas. Parece casi cierto que algo se ha omitido aquí, muy probablemente toda la discusión de los XII Anatematismos de Cirilo.]
Éfeso, Decreto contra Nestorio, §§ 1–2
(Se halla en todos los Concilia en griego con versiones latinas.)
Como, además de otras cosas, el impío Nestorio no ha obedecido nuestra citación, y no recibió a los santos obispos que le fueron enviados por nosotros, nos vimos compelidos a examinar sus doctrinas impías. Descubrimos que había sostenido y publicado doctrinas impías en sus cartas y tratados, así como en discursos que pronunció en esta ciudad, y de los cuales se ha dado testimonio. Compelidos a ello por los cánones y por la carta ([ἀναγκαίως κατεπειχθέντες ἀπό τε τῶν κανόνων, καὶ ἐκ τὴς ἐπιστολῆς, κ.τ.λ].) de nuestro santísimo padre y consiervo Celestino, el obispo romano, hemos llegado, con muchas lágrimas, a esta dolorosa sentencia contra él, a saber, que nuestro Señor Jesucristo, a quien él ha blasfemado, decreta por el santo Sínodo que Nestorio sea excluido de la dignidad episcopal y de toda comunión sacerdotal.
Éfeso, Sesión II, §§ 1–13
Los piadosísimos y amados de Dios obispos, Arcadio y Proyecto, como también el amadísimo de Dios Felipe, presbítero y legado de la Sede Apostólica, entraron entonces y tomaron asiento.
Felipe el presbítero y legado de la Sede Apostólica dijo: Bendecimos a la santa y adorable Trinidad por haberse dignado nuestra pequeñez asistir a vuestro santo Sínodo. Hace ya mucho tiempo ([πάλαι]) nuestro santísimo y bienaventurado papa Celestino, obispo de la Sede Apostólica, mediante sus cartas a aquel santo y piadosísimo varón Cirilo, obispo de Alejandría, dio sentencia acerca de la presente causa y asunto ([ὥρισεν]), cuyas cartas han sido mostradas a vuestra santa asamblea. Y ahora de nuevo, para la corroboración de la fe católica ([καθολικῆς]), ha enviado por medio de nosotros cartas a todas vuestras santidades, las cuales mandaréis ([κελούσατε]) que sean leídas con la debida reverencia ([πρεπόντως]) y que sean consignadas en las actas eclesiásticas.
Arcadio, obispo y legado de la Iglesia romana, dijo: Dígnese vuestra bienaventuranza dar orden de que las cartas del santo y siempre-con-veneración-mencionado Papa Celestino, obispo de la Sede Apostólica, que hemos traído, sean leídas, de las cuales vuestra reverencia podrá ver qué cuidado tiene por todas las Iglesias.
Proyecto, obispo y legado de la Iglesia romana, dijo: Dígnese, etc. [¡Lo mismo que había dicho Arcadio verbatim!]
Y después el santísimo y amado de Dios Cirilo, obispo de la Iglesia de Alejandría, habló como a continuación se contiene; Siricio, notario de la santa Iglesia católica ([καθολικῆς]) de Roma la leyó.
Cirilo, el obispo de Alejandría, dijo: Léase ante el santo Sínodo con la honra debida la carta recibida del santísimo y en todo benditísimo Celestino, obispo de la Sede Apostólica de Roma.
Siricio, notario de la santa Iglesia católica ([καθολικῆς]) de la ciudad de Roma, la leyó.
Y después de que fue leída en latín, Juvenal, el obispo de Jerusalén, dijo: Consígnense en las actas los escritos del santísimo y bienaventurado obispo de la gran Roma que acaban de ser leídos.
Y todos los reverendísimos obispos rogaron que la carta fuera traducida y leída.
Felipe, el presbítero de la Sede Apostólica y legado, dijo: La costumbre se ha cumplido suficientemente, que los escritos de la Sede Apostólica se lean primero en latín. Mas ahora, puesto que vuestra santidad ha pedido que se lean también en griego, es necesario que se satisfaga el deseo de vuestra santidad; hemos cuidado de que esto se haga, y de que el latín se vierta al griego. Dad orden, pues, de que sea recibida y leída en vuestro santo oído.
Arcadio y Proyecto, obispos y legados, dijeron: Como vuestra bienaventuranza ordenó que los escritos que trajimos se dieran a conocer a todos, pues de nuestros santos hermanos obispos no son pocos los que no entienden latín, por tanto la carta ha sido traducida al griego y, si así lo mandáis, léase.
Flaviano, el obispo de Filipos, dijo: Recíbase y léase la traducción de la carta del santísimo y amado de Dios, obispo de la Iglesia romana.
Pedro, el presbítero de Alejandría y primiciero de los notarios, leyó lo siguiente:
Celestino el obispo al santo Sínodo reunido en Éfeso, hermanos amados y muy anhelados, saludo en el Señor.Un Sínodo de sacerdotes da testimonio de la presencia del Espíritu Santo. Pues verdadero es lo que leemos, ya que la Verdad no puede mentir, a saber, la promesa del Evangelio; «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» Y puesto que esto es así, si el Espíritu Santo no está ausente de tan pequeño número, ¡cuánto más podemos creer que está presente cuando tan grande multitud de santos se halla reunida! Todo concilio es santo a causa de una peculiar veneración que le es debida; pues en todo tal concilio ha de tenerse en cuenta la reverencia que debe rendirse a aquel famosísimo concilio de los Apóstoles del cual leemos. Nunca faltó a éste el Maestro, a quien habían recibido para predicar, sino que siempre estuvo presente como Señor y Maestro; y nunca fueron abandonados por su maestro los que enseñaban. Pues el que los había enviado era su maestro; el que había mandado lo que se había de enseñar, era su maestro; el que afirma que él mismo es oído en sus Apóstoles, era su maestro. Este deber de predicar ha sido confiado en común a todos los sacerdotes del Señor, pues por derecho de herencia estamos obligados a asumir esta solicitud, quienesquiera de nosotros que prediquemos el nombre del Señor en diversas tierras en lugar de ellos, pues él les dijo: «Id, enseñad a todas las naciones.» Vosotros, queridos hermanos, debéis observar que hemos recibido un mandato general: pues él quiere que todos nosotros desempeñemos aquel oficio, que así confió en común a todos los Apóstoles. Necesariamente hemos de seguir a nuestros predecesores. Asumamos, pues, todos, sus labores, ya que somos los sucesores en su honor. Y mostramos nuestra diligencia en predicar las mismas doctrinas que ellos enseñaron, junto a las cuales, según la amonestación del Apóstol, nos está prohibido añadir cosa alguna. Pues el oficio de guardar lo que se ha confiado a nuestra custodia no es menos digno que el de transmitirlo.Ellos sembraron la semilla de la fe. Éste será nuestro cuidado, que la venida de nuestro gran padre de familia, a quien solo con certeza se asigna esta plenitud de los Apóstoles, halle el fruto incorrupto y multiplicado. Pues el vaso de elección nos dice que no basta plantar y regar si Dios no da el crecimiento. Debemos esforzarnos, pues, en común por guardar la fe que ha llegado hasta nosotros hoy, mediante la Sucesión Apostólica. Pues se espera que caminemos según el Apóstol. Porque ahora no se pone en tela de juicio nuestra apariencia (species) sino nuestra fe. Armas espirituales son las que hemos de tomar, porque la guerra es de mentes, y las armas son palabras; así seremos fuertes en la fe de nuestro Rey. Ahora el Bendito Apóstol Pablo amonesta que todos permanezcan en aquel lugar en el cual mandó a Timoteo permanecer. El mismo lugar, pues, la misma causa, nos impone el mismo deber. Hagamos y estudiemos ahora también aquello que él le mandó entonces hacer. Y que nadie piense de otro modo, y que nadie preste oído a fábulas extrañas, como él mismo ordenó. Seamos unánimes, pensando lo mismo, porque esto es conveniente: no hagamos nada por contienda, nada por vanagloria: seamos en todas las cosas de una sola mente, de un solo corazón, cuando la fe, que es una, es atacada. Que todo el cuerpo se duela y llore en común con nosotros. El que ha de juzgar al mundo es llamado a juicio; el que ha de censurar a todos, es hecho él mismo objeto de censura; el que nos redimió es hecho padecer calumnia. Queridos Hermanos, ceñíos con la armadura de Dios. Sabéis qué yelmo ha de proteger nuestra cabeza, qué coraza nuestro pecho. Pues no es ésta la primera vez que los campamentos eclesiásticos os han recibido como sus gobernantes. Que nadie dude que por el favor del Señor, que hace de dos uno, habrá paz, y que las armas serán depuestas puesto que la causa misma se defiende.Consideremos una vez más estas palabras de nuestro Doctor, que usa con expresa referencia a los obispos, diciendo: «Tened cuidado de vosotros mismos y de todo el rebaño, sobre el cual el Espíritu Santo os ha puesto como obispos, para que gobernéis la iglesia de Dios, que él ha comprado con su sangre.»Leemos que los que oyeron esto en Éfeso, el mismo lugar en el cual vuestra santidad se ha reunido, fueron llamados desde allí. A ellos, pues, a quienes fue conocida esta predicación de la fe, a ellos también sea conocida vuestra defensa de la misma fe. Mostrémosles la constancia de nuestra mente con aquella reverencia que es debida a los asuntos de gran importancia; las cuales cosas la paz ha guardado durante largo tiempo con piadoso entendimiento.Anúnciese por vosotros qué cosas se han conservado intactas de los Apóstoles; pues las palabras de la oposición tiránica nunca son admitidas contra el Rey de Reyes, ni el negocio de la verdad puede ser oprimido por la falsedad.Os exhorto, benditísimos hermanos, a que sólo se considere el amor en el cual debemos permanecer, según la voz de Juan el Apóstol cuyas reliquias veneramos en esta ciudad. Ofrézcase oración común al Señor. Pues podemos formarnos alguna idea de cuál será el poder de la presencia divina ante la intercesión unida de tal multitud de sacerdotes, considerando cómo el mismo lugar se conmovió donde, como leemos, los Doce hicieron juntos su súplica. ¿Y cuál era el propósito de aquella oración de los Apóstoles? Era que pudieran recibir gracia para hablar la palabra de Dios con confianza, y para obrar por su poder, ambas cosas que recibieron por el favor de Cristo nuestro Dios. ¿Y ahora qué otra cosa ha de pedirse por vuestro santo concilio, sino que podáis hablar la Palabra del Señor con confianza? ¿Qué otra cosa sino que él os dé gracia para conservar aquello que os ha dado para predicar? Que, llenos del Espíritu Santo, como está escrito, podáis exponer aquella única verdad que el Espíritu mismo os ha enseñado, aunque con diversas voces.Animados, en breve, por todas estas consideraciones (pues, como dice el Apóstol: «Hablo a los que conocen la ley, y hablo sabiduría entre los que son perfectos»), manteneos firmes en la fe católica, y defended la paz de las Iglesias, porque así se dice, tanto a los pasados, presentes y futuros, pidiendo y conservando «aquellas cosas que pertenecen a la paz de Jerusalén.»Por nuestra solicitud, hemos enviado a nuestros santos hermanos y consacerdotes, que son uno con nosotros y son varones muy aprobados, Arcadio y Proyecto, los obispos, y a nuestro presbítero, Felipe, para que estén presentes en lo que se haga y puedan ejecutar lo que ya ha sido decretado por nosotros (quæ a nobis antea statuta sunt, exequantur).A cuya ejecución no dudamos que vuestra santidad asentirá cuando se vea que lo decretado es para la seguridad de toda la iglesia. Dado el octavo día de los idus de mayo, en el consulado de Baso y Antíoco.
Éfeso, Sesión II, §§ 14–20
Y todos los reverendísimos obispos al mismo tiempo exclamaron: ¡Éste es un justo juicio! ¡A Celestino, un nuevo Pablo! ¡A Cirilo un nuevo Pablo! ¡A Celestino el guardián de la fe! ¡A Celestino de una sola mente con el sínodo! ¡A Celestino el Sínodo entero le ofrece sus gracias! ¡Un Celestino! ¡Un Cirilo! ¡Una fe del Sínodo! ¡Una fe del mundo!
Proyecto, el reverendísimo obispo y legado, dijo: Considere vuestra santidad la forma ([τύπον]) de los escritos del santo y venerable papa Celestino, el obispo, que ha exhortado a vuestra santidad (no como enseñando a los ignorantes, sino como recordando a los que saben) a que aquellas cosas que él había definido hace tiempo, y que ahora consideró correcto recordaros, las mandéis ejecutar hasta lo último, según el canon de la fe común, y según el uso de la Iglesia Católica.
Firmo, el obispo de Cesarea en Capadocia, dijo: La Sede Apostólica y santa del santísimo obispo Celestino, ha dado previamente una decisión y tipo ([τύπον]) en este asunto, mediante los escritos que fueron enviados a los amadísimos de Dios obispos, a saber, a Cirilo de Alejandría, y a Juvenal de Jerusalén, y a Rufo de Tesalónica, y a las santas iglesias, tanto de Constantinopla como de Antioquía. Esto lo hemos seguido también y (puesto que el límite fijado para la enmienda de Nestorio había pasado hacía mucho, y mucho tiempo ha transcurrido desde nuestra llegada a la ciudad de Éfeso de acuerdo con el decreto del piadosísimo emperador, y tras habernos demorado no poco tiempo de modo que el día fijado por el emperador pasó; y puesto que Nestorio, aunque citado, no había comparecido) llevamos a efecto el tipo ([τύπον]), habiendo pronunciado contra él un juicio canónico.
Arcadio el reverendísimo obispo y legado, dijo: Aunque nuestra navegación fue lenta, y los vientos contrarios nos estorbaron especialmente, de modo que no sabíamos si llegaríamos al lugar destinado, como habíamos esperado, sin embargo por la buena providencia de Dios... Por lo cual deseamos pedir a vuestra bienaventuranza que mandéis que se nos instruya de lo que ya ha sido decretado por vuestra santidad.
Felipe, presbítero y legado de la Sede Apostólica dijo: Ofrecemos nuestras gracias al santo y venerable Sínodo, porque cuando los escritos de nuestro santo y bienaventurado papa os fueron leídos, los santos miembros con nuestras [o vuestras] santas voces, os unisteis a la santa cabeza también con vuestras santas aclamaciones. Pues vuestra bienaventuranza no ignora que la cabeza de toda la fe, la cabeza de los Apóstoles, es el bienaventurado Pedro el Apóstol. Y puesto que ahora nuestra medianía, después de haber sido sacudida por tempestades y muy atribulada, ha llegado, pedimos que deis orden de que se ponga ante nosotros lo que se hizo en este santo Sínodo antes de nuestra llegada; para que, según el parecer de nuestro bienaventurado papa y de esta presente santa asamblea, asimismo ratifiquemos su determinación.
Teodoto, el obispo de Ancira, dijo: El Dios del mundo entero ha manifestado la justicia del juicio pronunciado por el santo Sínodo mediante los escritos del religiosísimo obispo Celestino, y mediante la venida de vuestra santidad. Pues habéis manifestado el celo del santísimo y reverendísimo obispo Celestino, y su cuidado por la fe piadosa. Y puesto que muy razonablemente vuestra reverencia desea saber lo que se ha hecho, de las actas de los autos concernientes a la deposición de Nestorio vuestra reverencia quedará plenamente convencida de la justicia de la sentencia, y del celo del santo Sínodo, y de la sinfonía de la fe que el piadosísimo y santo obispo Celestino ha proclamado a gran voz, por supuesto tras vuestra plena convicción, lo restante se añadirá a la presente acción.
[En las Actas siguen dos cartas breves de Celestino, una al Emperador y la otra a Cirilo, pero nada se dice acerca de ellas, ni de cómo llegaron allí, y así termina abruptamente el relato de esta sesión.]