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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minPrimer Concilio de Nicea (325 d.C.)
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minLa Carta Sinodal
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minPrimer Concilio de Constantinopla (381 d. C.)
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 7 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 13 minExtractos de las Actas (Continuación)
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minLos doce anatemas de San Cirilo contra Nestorio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 11 minExtractos de las Actas (Continuación)
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minExtractos de las Actas
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minSesión III
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta del Mismo Santo Sínodo de Éfeso, al Sagrado Sínodo en Panfilia Acerca de Eustacio Que Había Sido Su Metropolitano
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 minCarta del Sínodo al Papa Celestino
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minDefinición contra los impíos Mesalianos, llamados también Euquitas y Entusiastas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 12 minSesión II
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 4 minSesión II
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 13 minSesión II (Continuación)
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 8 minSesión II (Continuación)
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 6 minSesión II (Continuación)
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minSesión V
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minSesión VI
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 9 minSesión XV
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minSesión XV
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 5 minSesión XV
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 10 minSesión XVI
  26. Sesión 26 · Parte 6 · ≈ 7 minSegundo Concilio de Constantinopla
  27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 6 minSesión VII - Extractos de las Actas
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 10 minLa Sentencia del Sínodo
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 9 minLa Sentencia del Sínodo
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minLos Capítulos del Concilio
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minLos Capítulos del Concilio
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 7 minLos anatemas contra Orígenes
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLos anatemas del emperador Justiniano contra Orígenes
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 3 minSuscripción
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 13 minTercer Concilio de Constantinopla
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 13 minTercer Concilio de Constantinopla
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 12 minTercer Concilio de Constantinopla
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minTercer Concilio de Constantinopla
  39. Sesión 39 · Parte 8 · ≈ 7 minLa carta de Agatón y del sínodo romano de 125 obispos, que debía servir de instrucción a los legados enviados para asistir al Sexto Sínodo.
  40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 6 minSesión VIII - Extractos de las Actas
  41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 9 minLa Definición de fe
  42. Sesión 42 · Parte 8 · ≈ 11 minEl Prosphoneticus al Emperador
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 7 minEl Edicto Imperial Fijado en el Tercer Atrio de la Gran Iglesia Cerca de lo que se Llama Dicymbala
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 8 minLa Sacra imperial
  45. Sesión 45 · Parte 9 · ≈ 9 minExtractos de las Actas
  46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 10 minSesión 2
  47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 10 minSesión 3
  48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 14 minSesión 6
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 2 minLa Definición
  50. Sesión 50 · Parte 10 · ≈ 9 minEl Decreto
  51. Sesión 51 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  52. Sesión 52 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 9 minLa Carta del Sínodo al Emperador y a la Emperatriz
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minLa Carta del Sínodo al Emperador y a la Emperatriz
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 2 minLo que dejaron los concilios

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    TEXTOS — LOS CONCILIOS ECUMÉNICOS

    Índice de la obra

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    Los siete concilios ecuménicos: cánones y definiciones

    Siglos IV–VIII · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Percival (Nicene and Post-Nicene Fathers)47 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 10 · Sesión IIIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CON-01

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    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minLa Carta Sinodal
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minPrimer Concilio de Constantinopla (381 d. C.)
    5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 7 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 13 minExtractos de las Actas (Continuación)
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minLos doce anatemas de San Cirilo contra Nestorio
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 11 minExtractos de las Actas (Continuación)
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minExtractos de las Actas
    11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minSesión III
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta del Mismo Santo Sínodo de Éfeso, al Sagrado Sínodo en Panfilia Acerca de Eustacio Que Había Sido Su Metropolitano
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 minCarta del Sínodo al Papa Celestino
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minDefinición contra los impíos Mesalianos, llamados también Euquitas y Entusiastas
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 12 minSesión II
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 4 minSesión II
    17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 13 minSesión II (Continuación)
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    27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 6 minSesión VII - Extractos de las Actas
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    30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minLos Capítulos del Concilio
    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minLos Capítulos del Concilio
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    Sesión III

    Extractos de las Actas

    Éfeso, Sesión III, §§ 1–11

    Juvenal, obispo de Jerusalén, dijo a Arcadio y Proyecto, reverendísimos obispos, y a Felipe, reverendísimo presbítero: Ayer, mientras este santo y grande sínodo estaba en sesión, hallándose presente vuestra santidad, pedisteis que, tras la lectura de la carta del santísimo y beatísimo obispo de la Gran Roma, Celestino, se leyeran las actas levantadas en los Hechos relativas a la deposición de Nestorio el hereje. Y entonces el Sínodo ordenó que así se hiciera. Vuestra santidad tendrá a bien informarnos de si las habéis leído y comprendéis su fuerza.
    Felipe, presbítero y legado de la Sede Apostólica, dijo: De la lectura de las Actas hemos averiguado lo que se ha hecho en vuestro santo sínodo con respecto a Nestorio. De las actas hemos comprobado que todo se ha decidido conforme a los cánones y a la disciplina eclesiástica. Y ahora también pedimos a vuestra honorabilidad, aunque quizá sea inútil, que lo que se ha leído en vuestro sínodo se nos lea de nuevo también a nosotros; para que podamos seguir la fórmula ([τύπῳ]) del santísimo papa Celestino (que nos encomendó este mismo cuidado), y también la de vuestra santidad, y podamos confirmar ([βεβαιώσαι]) el juicio.
    [Habiendo Arcadio secundado la moción de Felipe, Memnón ordenó que se leyeran las actas, lo cual fue hecho por el primiciero de los notarios.]
    Felipe, presbítero y legado de la Sede Apostólica, dijo: No hay duda, y en realidad se ha sabido en todas las edades, que el santo y beatísimo Pedro, príncipe ([ἔξαρχος]) y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento ([θεμέλιος]) de la Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano, y que a él le fue dado el poder de atar y desatar los pecados; quien, hasta hoy y por siempre, vive y juzga en sus sucesores. El santísimo y beatísimo papa Celestino, según el orden debido, es su sucesor y ocupa su lugar, y a nosotros nos envió a ocupar su lugar en este santo sínodo, que los humanísimos y cristianísimos Emperadores han mandado reunir, teniendo en mente y velando continuamente por la fe católica. Pues ambos han conservado y conservan intacta la doctrina apostólica transmitida de sus piadosísimos y humanísimos abuelos y padres de santa memoria hasta el tiempo presente, etc.
    [No hay más referencia en el discurso a las prerrogativas papales.]
    Arcadio, reverendísimo obispo y legado de la Sede Apostólica, dijo: Nestorio nos ha causado gran dolor.... Y puesto que por su propia voluntad se ha hecho extraño y exiliado de nosotros, nosotros, siguiendo las sanciones transmitidas desde el principio por los santos Apóstoles y por la Iglesia Católica (pues enseñaron lo que habían recibido de nuestro Señor Jesucristo), siguiendo también los tipos ([τύποις]) de Celestino, santísimo papa de la Sede Apostólica, que se ha dignado enviarnos como ejecutores de este asunto, y siguiendo también los decretos del santo Sínodo [damos esto como nuestra conclusión]: Sepa Nestorio que está privado de toda dignidad episcopal y es extraño a toda la Iglesia y a la comunión de todos sus sacerdotes.
    Proyecto, obispo y legado de la Iglesia Romana, dijo: Con toda claridad, de la lectura, etc.... Además, yo también, por mi autoridad de legado de la santa Sede Apostólica, defino, siendo con mis hermanos ejecutor ([ἐκβιβαστὴς]) de la sentencia antes mencionada, que el susodicho Nestorio es enemigo de la verdad, corruptor de la fe y, como culpable de las cosas de que ha sido acusado, ha sido removido del grado del honor episcopal y, además, de la comunión de todos los sacerdotes ortodoxos.
    Cirilo, obispo de Alejandría, dijo: Las profesiones que han hecho Arcadio y Proyecto, santísimos y piadosos obispos, como también Felipe, religiosísimo presbítero de la Iglesia Romana, se manifiestan claras al santo Sínodo. Pues han hecho su profesión en lugar de la Sede Apostólica y de todo el santo sínodo de los amados de Dios y santísimos obispos de Occidente. Por lo cual, llévense a efecto las cosas definidas por el santísimo Celestino, el obispo amado de Dios, y acéptese universalmente el voto emitido contra Nestorio el hereje por el santo Sínodo, que se reunió en la metrópoli de Éfeso; para este fin añádanse a las actas ya preparadas las actuaciones de ayer y de hoy, y muéstrense a su santidad, para que por su suscripción, según costumbre, quede manifiesto su acuerdo canónico con todos nosotros.
    Arcadio, reverendísimo obispo y legado de la Iglesia Romana, dijo: Según las actas de este santo Sínodo, necesariamente confirmamos con nuestras suscripciones sus doctrinas.
    El Santo Sínodo dijo: Puesto que Arcadio y Proyecto, reverendísimos y religiosísimos obispos y legados, y Felipe, presbítero y legado de la Sede Apostólica, han dicho que son de la misma opinión que nosotros, sólo queda que cumplan sus promesas y confirmen las actas con sus firmas, y luego muéstrense las actas a ellos.
    [Los tres firmaron entonces.]

    Sesión VII (Los Cánones)

    Éfeso, Sesión VII, §§ 1–2

    El santo y ecuménico Sínodo, reunido en Éfeso por decreto de nuestros religiosísimos Emperadores, a los obispos, presbíteros, diáconos y a todo el pueblo de cada provincia y ciudad:
    Cuando nos habíamos reunido, según el decreto religioso [de los Emperadores], en la metrópoli de Éfeso, ciertas personas, poco más de treinta en número, se apartaron de entre nosotros, teniendo por líder de su cisma a Juan, obispo de Antioquía. Sus nombres son los siguientes: primero, el dicho Juan de Antioquía de Siria, Juan de Damasco, Alejandro de Apamea, Alejandro de Hierápolis, Himerio de Nicimedia, Fritilas de Heraclea, Heladio de Tarso, Maximino de Anazarbus, Teodoro de Marcianópolis, Pedro de Trajanópolis, Pablo de Emisa, Policronio de Heracleópolis, Eutirio de Tiana, Melecio de Neocesarea, Teodoreto de Ciro, Apringio de Calcedonia, Macario de Laodicea Magna, Zosys de Esbo, Salustio de Corico en Cilicia, Hesiquio de Castabala en Cilicia, Valentín de Mutloblaca, Eustacio de Parnaso, Felipe de Teodosia, y Daniel, y Dexiano, y Julián, y Cirilo, y Olimpio, y Diógenes, Polio, Teófanes de Filadelfia, Trajano de Augusta, Aurelio de Irenópolis, Miseo de Arado, Heladio de Ptolemaida. Estos hombres, no teniendo privilegio alguno de comunión eclesiástica en virtud de autoridad sacerdotal, con la que pudieran dañar o beneficiar a persona alguna; puesto que algunos de ellos ya habían sido depuestos; y puesto que por su negativa a unirse a nuestro decreto contra Nestorio era manifiestamente evidente a todos los hombres que promovían las opiniones de Nestorio y Celestio; el Santo Sínodo, por un decreto común, los depuso de toda comunión eclesiástica y los privó de todo su poder sacerdotal, por el cual pudieran dañar o aprovechar a persona alguna.

    Éfeso, Canon 1

    Por cuanto es necesario que los que fueron retenidos lejos del santo Sínodo y permanecieron en su propio distrito o ciudad, por cualquier razón, eclesiástica o personal, no ignoren las materias que por él fueron decretadas; nosotros, por lo tanto, notificamos a vuestra santidad y caridad que si cualquier Metropolitano de una Provincia, abandonando el santo y ecuménico Sínodo, se ha unido a la asamblea de los apóstatas, o se uniere a la misma en adelante; o, si ha adoptado, o adoptare en adelante, las doctrinas de Celestio, no tiene poder en modo alguno para hacer nada en oposición a los obispos de la provincia, puesto que ya está expulsado de toda comunión eclesiástica y hecho incapaz de ejercer su ministerio; sino que él mismo estará sujeto en todas las cosas a esos mismos obispos de la provincia y a los metropolitanos ortodoxos vecinos, y será degradado de su rango episcopal.

    Éfeso, Canon 2

    Si algunos obispos provinciales no estuvieron presentes en el santo Sínodo y se han unido o intentado unirse a la apostasía; o si, después de suscribir la deposición de Nestorio, volvieron a la asamblea de los apóstatas; estos hombres, según el decreto del santo Sínodo, han de ser depuestos del sacerdocio y degradados de su rango.

    Éfeso, Canon 3

    Si algunos del clero de la ciudad o del campo han sido inhibidos por Nestorio o sus seguidores del ejercicio del sacerdocio, a causa de su ortodoxia, hemos declarado justo que éstos sean restituidos a su propio rango. Y en general prohibimos a todo el clero que se adhiere al Sínodo Ortodoxo y Ecuménico someterse en modo alguno a los obispos que ya han apostatado o apostatarán en adelante.

    Éfeso, Canon 4

    Si alguno del clero cayere, y pública o privadamente presumiere mantener las doctrinas de Nestorio o Celestio, es declarado justo por el santo Sínodo que éstos también sean depuestos.

    Éfeso, Canon 5

    Si algunos han sido condenados por malas prácticas por el santo Sínodo, o por sus propios obispos; y si, con su habitual falta de discernimiento, Nestorio (o sus seguidores) ha intentado, o intentare en adelante, restaurar de manera no canónica a tales personas a la comunión y a su rango anterior, hemos declarado que no se beneficiarán de ello, sino que permanecerán depuestos sin embargo.

    Éfeso, Canon 6

    Asimismo, si alguno intentare de cualquier manera anular las órdenes dadas en cada caso por el santo Sínodo en Éfeso, el santo Sínodo decreta que, si fueren obispos o clérigos, perderán absolutamente su oficio; y, si fueren laicos, que serán excomulgados.

    Éfeso, Canon 7

    Cuando estas cosas habían sido leídas, el santo Sínodo decretó que es ilícito para cualquier hombre proponer, escribir o componer una Fe diferente ([ἑτέραν]) como rival de aquella establecida por los santos Padres reunidos con el Espíritu Santo en Nicea.
    Pero los que se atrevieren a componer una fe diferente, o a introducirla u ofrecerla a personas que desean volverse al conocimiento de la verdad, ya sea del Paganismo o del Judaísmo, o de cualquier herejía, serán depuestos, si fueren obispos o clérigos; los obispos del episcopado y los clérigos del clero; y si fueren laicos, serán anatematizados.
    Y de igual manera, si alguno, ya sea obispo, clérigo o laico, fuere descubierto sosteniendo o enseñando las doctrinas contenidas en la Exposición introducida por el Presbítero Carisio acerca de la Encarnación del Hijo Unigénito de Dios, o las abominables y profanas doctrinas de Nestorio, que se adjuntan, será sometido a la sentencia de este santo y ecuménico Sínodo. De modo que, si fuere obispo, será removido de su obispado y degradado; si fuere clérigo, será asimismo expulsado del clero; y si fuere laico, será anatematizado, como antes se ha dicho.

    Éfeso, Canon 8

    Nuestro hermano obispo Rieguino, el amado de Dios, y sus compañeros, los amados de Dios obispos Zenón y Evagrio, de la Provincia de Chipre, nos han informado de una innovación que se ha introducido contraria a las constituciones eclesiásticas y a los Cánones de los Santos Apóstoles, y que toca las libertades de todos. Por lo cual, puesto que las injurias que afectan a todos requieren mayor atención, ya que causan mayor daño, y particularmente cuando son transgresiones de una antigua costumbre; y puesto que aquellos excelentes hombres, que han peticionado al Sínodo, nos han dicho por escrito y de palabra que el Obispo de Antioquía ha realizado de esta manera ordenaciones en Chipre; por lo tanto, los Rectores de las santas iglesias en Chipre gozarán, sin disputa ni injuria, según los Cánones de los benditos Padres y la antigua costumbre, del derecho de realizar por sí mismos la ordenación de sus excelentes Obispos. La misma regla se observará en las otras diócesis y provincias en todas partes, de modo que ninguno de los amados de Dios Obispos asumirá control de provincia alguna que no haya estado hasta ahora, desde el principio, bajo su propia mano o la de sus predecesores. Pero si alguno ha tomado por violencia y sometido [una Provincia], la devolverá; no sea que los Cánones de los Padres sean transgredidos; o que las vanidades del honor mundano sean introducidas bajo pretexto de oficio sagrado; o que perdamos, sin saberlo, poco a poco, la libertad que Nuestro Señor Jesucristo, el Libertador de todos los hombres, nos ha dado con su propia Sangre.
    Por lo cual, este santo y ecuménico Sínodo ha decretado que en cada provincia los derechos que hasta ahora, desde el principio, le han pertenecido, le serán preservados, según la antigua costumbre prevaleciente, sin cambio y sin injuria: teniendo todo Metropolitano permiso para tomar, para su propia seguridad, una copia de estas actas. Y si alguno presentare una regla contraria a lo aquí determinado, este santo y ecuménico Sínodo unánimemente decreta que no tendrá efecto.
    Comentario editorial · Seis, siete u ocho cánones
    Según una observación de los editores romanos de 1608 que recoge Percival, los libros del Vaticano y otros traen solo seis cánones; en algunos textos se añade, como séptimo, la definición que el sínodo dictó tras la exposición del presbítero Carisio y, como octavo, un decreto sobre los obispos de Chipre. Esta edición da los ocho. La sesión también difiere: aquí los cánones figuran en la «sesión VII», mientras que Wikipedia (en) sitúa la aprobación del canon 7 en la sesión VI, el 22 de julio de 431, y resume el conjunto así: los cinco primeros tratan de Nestorio y Celestio, el sexto sanciona a quien no acepte los decretos, el séptimo prohíbe toda fe distinta de la de Nicea y el octavo trata de Chipre.

    Carta del Mismo Santo Sínodo de Éfeso, al Sagrado Sínodo en Panfilia Acerca de Eustacio Que Había Sido Su Metropolitano

    Éfeso, Carta a Panfilia, § 1

    Por cuanto la Escritura divinamente inspirada dice, «Haced todas las cosas con consejo,» es especialmente deber de aquellos a quienes se les ha asignado el ministerio sacerdotal examinar con toda diligencia cualquier asunto que haya de tramitarse. Pues a los que así pasan su vida, les sucede que están establecidos en [el disfrute de] una esperanza honesta respecto de lo que les pertenece, y que son llevados, como por una brisa favorable, en las cosas que desean: de modo que, en verdad, el dicho [de la Escritura] tiene mucha razón [para recomendar]. Pero hay ocasiones en que un dolor amargo e intolerable cae sobre la mente, y tiene el efecto de nublarla cruelmente, hasta arrastrarla lejos de la búsqueda de lo que es necesario, y persuadirla a considerar que es de servicio aquello que en su [misma] naturaleza es perjudicial. Algo de este tipo hemos visto sufrir a aquel excelentísimo y religiosísimo Obispo Eustacio. Pues está en evidencia que ha sido ordenado canónicamente; pero habiendo sido muy perturbado, como él declara, por ciertas partes, y habiendo entrado en circunstancias que no había previsto, por lo tanto, aunque plenamente capaz de repeler las calumnias de sus perseguidores, sin embargo, por una extraordinaria inexperiencia de los asuntos, declinó luchar con las dificultades que lo acosaban, y de alguna manera que desconocemos presentó un acto de renuncia. Sin embargo, le habría correspondido, una vez confiado el cuidado sacerdotal, aferrarse a él con energía espiritual y, por así decirlo, despojarse para luchar contra los problemas y soportar con gusto el sudor por el que había pactado. Pero por cuanto demostró ser deficiente en capacidad práctica, habiendo tropezado con esta desgracia más por inexperiencia que por cobardía y pereza, vuestra santidad por necesidad ha ordenado a nuestro excelentísimo y religiosísimo hermano y coobispo, Teodoro, como supervisor de la Iglesia; pues no era razonable que permaneciera en viudez, y que las ovejas del Salvador pasaran su tiempo sin pastor. Pero cuando vino a nosotros llorando, no contendiendo con el antes nombrado religiosísimo Obispo Teodoro por su Sede o Iglesia, sino buscando por el momento sólo su rango y título de obispo, todos sufrimos con el anciano en su dolor, y considerando su llanto como propio, nos apresuramos a descubrir si el antes nombrado [Eustacio] había sido sometido a una deposición legal, o si, en verdad, había sido convicto de alguno de los cargos absurdos alegados por ciertas partes que habían derramado chismes ociosos contra su reputación. Y en efecto aprendimos que nada de tal índole había tenido lugar, sino más bien que su renuncia había sido contada contra el dicho Eustacio en lugar de una [regular] acusación. Por lo cual, de ninguna manera culpamos a vuestra santidad por haberse visto obligada a ordenar en su lugar al antes nombrado excelentísimo Obispo Teodoro. Pero por cuanto no era decoroso contender mucho contra el carácter poco práctico del hombre, mientras era más bien necesario tener piedad del anciano que, a tan avanzada edad, estaba ahora tan lejos de la ciudad que le había dado nacimiento, y de las moradas de sus padres, hemos pronunciado judicialmente y decretado sin oposición alguna, que tendrá tanto el nombre, como el rango y la comunión del episcopado. Sin embargo, con esta sola condición, que no ordenará, y que no tomará y ministrará a una Iglesia por su propia autoridad individual; sino que [lo hará sólo] si es tomado como asistente, o cuando sea designado, si así aconteciere, por un hermano y coobispo, de acuerdo con la ordenanza y el amor que es en Cristo. Si, sin embargo, determinaréis algo más favorable hacia él, ya sea ahora o en adelante, esto también será grato al Santo Sínodo.

    Carta del Sínodo al Papa Celestino

    Éfeso, Carta a Celestino, §§ 1–9

    El Santo Sínodo que por la gracia de Dios fue reunido en Éfeso la Metrópoli al santísimo y nuestro coministro Celestino, salud en el Señor.
    El celo de vuestra santidad por la piedad, y vuestro cuidado por la recta fe, tan grato y altamente agradable a Dios Salvador de todos nosotros, son dignos de toda admiración. Pues es vuestra costumbre en tan grandes asuntos hacer prueba de todas las cosas, y la confirmación de las Iglesias la habéis hecho vuestro propio cuidado. Pero puesto que es justo que todas las cosas que han tenido lugar sean traídas al conocimiento de vuestra santidad, escribimos por necesidad [para informaros] que, por la voluntad de Cristo Salvador de todos nosotros, y de acuerdo con las órdenes de los piadosísimos y amantes de Cristo Emperadores, nos reunimos en la Metrópoli de los Efesios desde regiones muchas y muy dispersas, siendo en total más de doscientos obispos. Entonces, de acuerdo con los decretos de los amantes de Cristo Emperadores por quienes fuimos reunidos, fijamos la fecha de la reunión del santo Sínodo como la Fiesta del Santo Pentecostés, todos coincidiendo en ello, especialmente porque estaba contenido en las cartas de los Emperadores que si alguno no llegaba en el tiempo señalado, estaba ausente sin buena conciencia, y era inexcusable tanto ante Dios como ante los hombres. El reverendísimo Juan obispo de Antioquía se detuvo; no con sencillez de corazón, ni porque la longitud del viaje hiciera el impedimento, sino ocultando en su mente su plan y su pensamiento (que era tan desagradable a Dios,) [un plan y pensamiento] que dejó claro cuando no mucho después llegó a Éfeso.
    Por lo tanto, diferimos la reunión [del concilio] después del día señalado del Santo Pentecostés por dieciséis días completos; mientras tanto muchos de los obispos y clérigos fueron alcanzados por enfermedad, y muy agobiados por el gasto, y algunos incluso murieron. Así se estaba haciendo un gran daño al gran Sínodo, como vuestra santidad percibe fácilmente. Pues él utilizó perversamente una demora tan larga que muchos desde distancias mucho mayores llegaron antes que él.
    No obstante, después de que pasaron dieciséis días, ciertos de los obispos que estaban con él, a saber, dos Metropolitanos, el uno Alejandro de Apamea, y el otro Alejandro de Hierápolis, llegaron antes que él. Y cuando nos quejamos de la tardía venida del reverendísimo obispo Juan, no una vez, sino a menudo, se nos dijo, «Él nos dio mandato de anunciar a vuestra reverencia, que si algo sucediera para demorarlo, no se difiriera el Sínodo, sino que se hiciera lo que es justo.» Después de haber recibido este mensaje—y como era manifiesto, tanto por su demora como por los anuncios que acababan de hacérsenos, que rehusaba asistir al Concilio, ya fuera por amistad con Nestorio, o porque había sido clérigo de una iglesia bajo su dominio, o por consideración a peticiones hechas por algunos a su favor—el Santo Concilio se reunió en la gran iglesia de Éfeso, que lleva el nombre de María.
    Pero cuando todos con celo se habían reunido, sólo Nestorio fue hallado ausente del concilio, por lo que el santo Sínodo le envió amonestación de acuerdo con los cánones por medio de obispos, una primera, segunda y tercera vez. Pero él, rodeando su casa con soldados, se alzó contra las leyes eclesiásticas, ni se mostró, ni dio satisfacción alguna por sus inicuas blasfemias.
    Después de esto fueron leídas las cartas que le fueron escritas por el santísimo y reverendísimo obispo de la Iglesia de Alejandría, Cirilo, las cuales el Santo Sínodo aprobó como ortodoxas y sin falta ([ὀρθῶς καὶ ἀλήπτως ἔχειν]), y en ningún punto en desacuerdo ni con las Escrituras divinamente inspiradas, ni con la fe transmitida y expuesta en el gran sínodo de santos Padres, que se reunió hace algún tiempo en Nice de Bitinia, como vuestra santidad también, habiendo examinado esto correctamente, ha dado testimonio.
    Por otra parte, se leyó la carta de Nestorio, que fue escrita al ya mencionado santísimo y reverendísimo hermano nuestro y coministro, Cirilo, y el Santo Sínodo fue de opinión que las cosas que en ella se enseñaban eran totalmente ajenas a la fe Apostólica y Evangélica, enfermas de muchas y extrañas blasfemias.
    Se leyeron asimismo sus impiísimas exposiciones, y también la carta que le fue escrita por vuestra santidad, en la cual fue propiamente condenado como quien había escrito blasfemia y había insertado opiniones irreligiosas ([φωνᾶς]) en su exégesis privada, y después de esto se pronunció contra él una justa sentencia de deposición; especialmente es justa esta sentencia, porque está tan lejos de ser penitente, o de confesar las materias en que blasfemó, teniendo aún la Iglesia de Constantinopla, que incluso en la metrópoli misma de los Efesios, predicó un sermón a ciertos obispos metropolitanos, hombres no ignorantes, sino doctos y temerosos de Dios, en el cual se atrevió a decir: «No confieso a un Dios de dos o tres meses,» y dijo otras cosas más ultrajantes que ésta.
    Por tanto, como herejía impía y pestilentísima, que pervierte nuestra purísima religión ([θρησκείαν]) y que derriba desde el fundamento toda la economía del misterio [es decir, la Encarnación], la derribamos, como hemos dicho arriba. Pero no era posible, según parecía, que quienes tenían el amor sincero de Cristo y eran celosos en el Señor no experimentaran muchas pruebas. Pues habíamos esperado que el reverendísimo Juan, obispo de Antioquía, hubiera alabado la sedulosa diligencia y piedad del Sínodo, y que tal vez hubiera reprobado la lentitud de la deposición de Nestorio. Pero todas las cosas resultaron contrarias a nuestra esperanza. Pues se halló ser enemigo, y de los más belicosos, del santo Sínodo, e incluso de la fe ortodoxa de las iglesias, como estas cosas indican.
    Pues apenas hubo llegado a Éfeso, antes incluso de haberse sacudido el polvo del camino, o cambiado su vestido de viaje, reunió a los que se habían puesto del lado de Nestorio y que habían proferido blasfemias contra su cabeza, y sólo no se burlaron de la gloria de Cristo, y juntando como colegio para sí, supongo, a treinta hombres, que tenían el nombre de obispos (algunos de los cuales estaban sin sedes, vagando y sin diócesis; otros, a su vez, habían sido depuestos por muchos años de sus metrópolis por causas graves, y con éstos estaban pelagianos y seguidores de Celestio, y algunos de los que habían sido expulsados de Tesalia), tuvo la presunción de cometer una iniquidad que ningún hombre había hecho antes. Pues él solo redactó un documento que llamó deposición, e injurió y reprochó al santísimo y reverendísimo Cirilo, obispo de Alejandría, y al reverendísimo Memnón, obispo de Éfeso, nuestro hermano y coministro, sin que ninguno de nosotros supiera nada de ello, y sin que siquiera aquellos que así injuriaban supieran lo que se hacía, ni por qué razón habían presumido hacer esto. Pero ignorando la ira de Dios por tal comportamiento, y desatendiendo los cánones eclesiásticos, y olvidando que se apresuraban a la destrucción por tal curso de acción, bajo el nombre de una excomunión, injuriaron entonces a todo el Sínodo. Y colocando estos actos suyos en los tablones públicos de anuncios, los expusieron para que los leyeran quienes quisieran hacerlo, habiéndolos fijado en el exterior de los teatros, para hacer espectáculo de su impiedad. Pero ni siquiera fue éste el límite de su audacia; sino que, como si hubieran hecho algo conforme a los cánones, se atrevieron a llevar lo que habían hecho a oídos de los piadosísimos y amantísimos de Cristo Emperadores. Estando así las cosas, el santísimo y reverendísimo Cirilo, obispo de Alejandría, y el reverendísimo Memnón, obispo de la ciudad de Éfeso, ofrecieron algunos libros compuestos por ellos mismos acusando al reverendísimo obispo Juan y a los que con él habían hecho esto, y conjurando a nuestro santo Sínodo que Juan y los que estaban con él fueran convocados según los cánones, para que pudieran disculparse por sus actos temerarios, y si tenían alguna queja que hacer pudieran hablar y probarla, pues en su deposición escrita, o más bien pliego de injurias, hicieron esta declaración como pretexto: «Son apolinaristas, y arrianos, y eunomianos, y por tanto han sido depuestos por nosotros.» Cuando, por tanto, los que habían soportado sus injurias estuvieron presentes, nos reunimos de nuevo necesariamente en la gran iglesia, siendo más de doscientos obispos, y por una primera, segunda y tercera convocatoria en dos días, llamamos a Juan y a sus compañeros al Sínodo, a fin de que pudieran examinar a los que habían sido injuriados, y pudieran dar explicaciones, y decir las causas que los llevaron a redactar la sentencia de deposición; pero él no se atrevió a venir.
    Pero era justo que él, si pudiera probar verdaderamente que los ya mencionados santos varones eran herejes, viniera y probara la verdad de aquello que, aceptado como crimen verdadero e indudable, indujo la temeraria sentencia contra ellos. Pero condenado por su propia conciencia, no vino. Ahora bien, lo que había planeado era esto. Pues pensó que cuando aquella injuria sin fundamento e injustísima fuera deshecha, el justo voto del Sínodo que emitió contra el hereje Nestorio sería igualmente disuelto. Justamente irritados, por tanto, determinamos infligir según la ley la misma pena a él y a los que con él estaban, que él contra la ley había pronunciado contra quienes no habían sido convictos de falta alguna. Pero aunque justísimamente y conforme a la ley habría sufrido este castigo, con la esperanza de que por nuestra paciencia su temeridad pudiera ser vencida, hemos reservado esto a la decisión de vuestra santidad. Mientras tanto, los hemos privado de la comunión y les hemos quitado todo poder sacerdotal, para que no puedan hacer daño alguno con sus opiniones. Pues a aquellos que tan feroz, y cruel, y anticanónicamente suelen precipitarse a cosas tan espantosas y perversísimas, ¿cómo no era necesario que fueran despojados de los poderes que [de hecho] no poseían, de poder hacer daño?
    Con nuestros hermanos y coministros, tanto Cirilo el obispo como Memnón, que habían soportado reprobación de sus manos, todos estamos en comunión, y después de la temeridad [de sus acusadores] hemos celebrado y celebramos la liturgia en común, celebrando todos juntos la Synaxis, habiendo anulado su juego en escrito, y habiendo mostrado así que carecía de toda validez y efecto. Pues fue mera injuria y nada más. Pues ¿qué clase de sínodo podrían celebrar treinta hombres, algunos de los cuales estaban marcados con el sello de la herejía, y algunos sin sedes y expulsados [de sus diócesis]? ¿O qué fuerza podría tener en oposición a un sínodo reunido de todo el mundo entero? Pues estaban sentados con nosotros los reverendísimos obispos Arcadio y Proyecto, y con ellos el santísimo presbítero Felipe, todos los cuales fueron enviados por vuestra santidad, quienes nos dieron vuestra presencia y llenaron el lugar de la Sede Apostólica ([τῆς ἀποστολικῆς καθέδρας]). Irrítese, pues, vuestra santidad por lo ocurrido. Pero si se concediera licencia a quienes quisieran derramar reprobación sobre las sedes mayores, y así ilegal y anticanónicamente dar sentencia o más bien proferir injurias contra aquellos sobre quienes no tienen poder, contra aquellos que por la religión han soportado tan grandes conflictos, por razón de los cuales ahora también la piedad resplandece por las oraciones de vuestra santidad [si, digo, todo esto hubiera de ser tolerado], los asuntos de la Iglesia caerían en la mayor confusión. Pero cuando aquellos que se atreven a hacer tales cosas hayan sido castigados rectamente, toda perturbación cesará, y la reverencia debida a los cánones será observada por todos.
    Cuando se hubo leído en el santo Sínodo lo que se había hecho tocante a la deposición de los irreligiosísimos Pelagianos y Celestinos, de Celestio, y Pelagio, y Juliano, y Presidio, y Floro, y Marceliano, y Oroncio, y los inclinados a errores semejantes, también juzgamos justo ([ἐδικαιώσαμεν]) que las determinaciones de vuestra santidad acerca de ellos permanecieran fuertes y firmes. Y todos fuimos del mismo parecer, teniéndolos por depuestos. Y para que sepáis en plenitud todas las cosas que se han hecho, os hemos enviado una copia de las Actas y de las suscripciones del Sínodo. Rogamos que vosotros, amadísimos y deseabilísimos, seáis fuertes y os acordéis de nosotros en el Señor.

    Definición contra los impíos Mesalianos, llamados también Euquitas y Entusiastas

    Éfeso, Definición contra los mesalianos, §§ 1–3

    Cuando los piadosísimos y religiosísimos obispos Valeriano y Anfiloquio vinieron a nosotros, propusieron que consideráramos en común el caso de los Mesalianos, es decir los Euquitas o Entusiastas, que florecían en Panfilia, o con cualquier otro nombre que esta contaminadísima herejía sea llamada. Y cuando considerábamos la cuestión, el piadosísimo y religiosísimo obispo Valeriano nos presentó un pliego sinodal que había sido redactado acerca de ellos en la gran ciudad de Constantinopla, bajo Sisinio de bendita memoria: lo que en él leímos fue aprobado por todos, como bien compuesto y como debida presentación del caso. Y pareció bien a todos nosotros, y a los piadosísimos obispos Valeriano y Anfiloquio y a todos los piadosísimos obispos de las provincias de Panfilia y Licaonia, que todas las cosas contenidas en aquella cédula sinodal fueran confirmadas y de ningún modo rescindidas; asimismo, que la acción tomada en Alejandría fuera también hecha firme, de modo que todos aquellos que en toda la provincia son de la herejía Mesaliana o Entusiasta, o sospechosos de estar manchados con esa herejía, ya sean clérigos o laicos, se reúnan; y si anatematizaren por escrito, según los decretos pronunciados en el susodicho sínodo [sus errores], si son clérigos pueden permanecer tales; y si laicos, pueden ser admitidos a la comunión. Pero si rehúsan anatematizar, si fueren presbíteros o diáconos o de cualquier otro grado eclesiástico, sean arrojados del clero y de su grado, y también de la comunión; si fueren laicos, sean anatematizados.
    Además, a los convictos de esta herejía no se les ha de permitir en adelante tener el gobierno de nuestros monasterios, no sea que la cizaña sea sembrada y aumente. Y damos mandato de que los piadosísimos obispos Valeriano y Anfiloquio, y los demás reverendísimos obispos de toda la provincia presten atención a que este decreto se lleve a efecto. Además de esto, pareció bien que el sucio libro de esta herejía, que se llama el «Asceticon,» sea anatematizado, como compuesto por herejes, un ejemplar del cual el religiosísimo y piadoso Valeriano trajo consigo. Igualmente, cualquier cosa que sepa a su impiedad que se hallare entre el pueblo, sea anatema.
    Además, cuando se reúnan, sean recomendadas por ellos por escrito las cosas que sean útiles y necesarias para la concordia, y la comunión, y la disposición (dispositionem vel dispensationem). Pero si surgiere alguna cuestión en relación con este negocio, y si resultare ser difícil y ambigua, lo que no sea aprobado por los piadosísimos obispos Valeriano y Anfiloquio, y los demás obispos de la provincia, deben discutirlo todo por referencia a lo que está escrito. Y si los piadosísimos obispos de los Licios o de los Licaonios hubieren sido pasados por alto, no por ello sea omitido un Metropolitano de cualquier provincia que fuere. E insértese esto en las Actas para que si algunos tuvieren necesidad de ello encontraran cómo exponer estas cosas más diligentemente a otros.

    Decreto del Sínodo en el asunto de Euprepio y Cirilo

    Éfeso, Decreto sobre Euprepio y Cirilo, § 1

    La petición de los piadosísimos obispos Euprepio y Cirilo, que se expone en los documentos que ofrecieron, es honesta. Por tanto, de los santos cánones y de las leyes externas, que tienen desde la antigua costumbre fuerza de ley, no se haga innovación alguna en las ciudades de Europa, sino que según la antigua costumbre serán gobernadas por los obispos por quienes han sido gobernadas anteriormente. Pues como nunca hubo un metropolitano que tuviera poder de otro modo, tampoco en adelante habrá apartamiento alguno de la antigua costumbre.
    Texto de la fuenteHenry R. Percival, editor · Notas del volumen 14 de los NPNF · Éfeso, nota 1
    Dos obispos tracios, Euprepio de Biza (Bizya) y Cirilo de Cœle, dieron ocasión para un decreto, rogando protección contra su Metropolitano, Fritilas de Heraclea, quien se había pasado al partido de Juan de Antioquía, y al mismo tiempo la confirmación de la práctica anterior de tener dos obispados al mismo tiempo. El Sínodo concedió ambas cosas.

    Concilio de Calcedonia (451 d.C.)

    Calcedonia, Preámbulo, § 1

    (Extractos de las Actas)

    Sesión I

    Calcedonia, Sesión I, §§ 1–22

    Pascasino, el reverendísimo obispo y legado de la Sede Apostólica, se levantó en medio con sus reverendísimos colegas y dijo: Recibimos instrucciones de manos del bienaventurado y apostólico obispo de la ciudad romana, que es la cabeza de todas las iglesias, instrucciones que dicen que a Dióscoro no se le ha de permitir asiento en esta asamblea, sino que si intentare tomar asiento ha de ser expulsado. Esta instrucción debemos cumplirla; si ahora vuestra santidad así lo manda, sea expulsado o nosotros nos retiramos.
    Los gloriosísimos jueces y el pleno senado dijeron: ¿Qué cargo especial presentáis contra el reverendísimo obispo Dióscoro?
    Pascasino, el reverendísimo obispo y legado de la Sede Apostólica, dijo: Puesto que ha venido, es necesario que se le haga objeción.
    Los gloriosísimos jueces y todo el senado dijeron: De acuerdo con lo que se ha dicho, hágase específicamente el cargo bajo el cual se halla.
    Lucentio, el reverendísimo obispo que ocupa el lugar de la Sede Apostólica, dijo: Que dé razón de su juicio. Pues emprendió dar sentencia contra uno sobre quien no tenía jurisdicción. Y se atrevió a celebrar un sínodo sin la autoridad de la Sede Apostólica, cosa que nunca había tenido lugar ni puede tener lugar.
    Pascasino, el reverendísimo obispo, que ocupa el lugar de la Sede Apostólica, dijo: No podemos ir contra los decretos del bienaventurado y apostólico obispo [«Papa» por «obispo» en el latín], que gobierna la Sede Apostólica, ni contra los cánones eclesiásticos ni las tradiciones patrísticas.
    Los gloriosísimos jueces y el pleno senado dijeron: Es propio que expongáis específicamente en qué se ha extraviado.
    Lucentio, el venerable obispo que ocupa el lugar de la Sede Apostólica, dijo: No sufriremos que se nos haga a nosotros y a vosotros tan gran agravio, como que quien ha venido a ser juzgado se siente [como quien va a dar juicio].
    Los gloriosos jueces y todo el senado dijeron: Si ocupáis el oficio de juez, no debéis defenderos como si hubierais de ser juzgados.
    Y cuando Dióscoro, el religiosísimo obispo de Alejandría, a instancias de los gloriosísimos jueces y de la sagrada asamblea ([τῆς ἱερᾶς συγκλήτου]), se hubo sentado en medio, y los reverendísimos obispos romanos también se hubieron sentado en sus lugares propios, y guardaron silencio, Eusebio, el reverendísimo obispo de la ciudad de Dorilea, avanzando al medio, dijo:
    [Presentó entonces una petición, y se leyeron las Actas del Latrocinio. También las Actas del concilio de Constantinopla bajo Flaviano contra Eutiques (col. 175).]
    Y cuando fueron leídas, los gloriosísimos jueces y la inmensa asamblea ([ὑπερφυὴς σύγκλητος]) dijeron: ¿Qué dicen los reverendísimos obispos del presente santo sínodo? ¿Cuando así expuso la fe, preservó Flaviano, de santa memoria, la religión ortodoxa y católica, o erró en algo respecto de ella?
    Pascasino, el reverendísimo obispo, que representa la Sede Apostólica, dijo: Flaviano, de bendita memoria, ha expuesto la fe santísima y perfectamente. Su fe y exposición concuerda con la epístola del bienaventurado y apostólico varón, el obispo de Roma.
    Anatolio, el reverendísimo arzobispo de Constantinopla, dijo: El bienaventurado Flaviano ha expuesto hermosa y ortodoxamente la fe de nuestros padres.
    Lucentio, el reverendísimo obispo, y legado de la Sede Apostólica, dijo: Puesto que la fe de Flaviano, de bendita memoria, concuerda con la Sede Apostólica y la tradición de los padres, es justo que la sentencia por la cual fue condenado por los herejes sea devuelta contra ellos por este santísimo sínodo.
    Máximo, el reverendísimo obispo de Antioquía de Siria, dijo: El arzobispo Flaviano, de bendita memoria, ha expuesto la fe ortodoxamente y de acuerdo con el amadísimo de Dios y santísimo arzobispo León. Y esto todos lo recibimos con celo.
    Talasio, el reverendísimo obispo de Cesarea de Capadocia, dijo: Flaviano, de bendita memoria, ha hablado de acuerdo con Cirilo, de bendita memoria.
    [Y así, uno tras otro, los obispos expresaron sus opiniones. La lectura de las actas del Concilio de Constantinopla fue entonces continuada.]
    Y en este punto de la lectura, Dióscoro, el reverendísimo arzobispo de Alejandría, dijo: Recibo «el de dos;» «los dos» no recibo ([τὸ ἐκ δύο δέχομαι· τὸ δύο, οὐ δέχομαι]). Me veo forzado a ser impudente, pero el asunto es uno que toca mi alma.
    [Después de unas pocas observaciones la lectura fue continuada y el resto de las actas del Latrocinio de Éfeso completado. Los jueces aplazaron entonces para el día siguiente la exposición de un decreto sobre la fe pero intimaron que Dióscoro y sus asociados debían sufrir el castigo al que injustamente sentenciaron a Flaviano. Esto encontró la aprobación de todos los obispos excepto los de Ilírica que dijeron: «Todos hemos errado, seamos todos perdonados.» (col. 323.)]
    Los gloriosísimos jueces y todo el senado dijeron: Que cada uno de los reverendísimos obispos del presente sínodo se apresure a exponer cómo cree, escribiendo sin temor alguno, pero poniendo el temor de Dios ante sus ojos; sabiendo que nuestro divinísimo y piadoso señor cree según la éctesis de los trescientos dieciocho santos padres en Nicea, y según la éctesis de los ciento cincuenta después de ellos, y según las epístolas canónicas y éctesis de los santos padres Gregorio, Basilio, Atanasio, Hilario, Ambrosio, y según las dos epístolas canónicas de Cirilo, que fueron confirmadas y publicadas en el primer Concilio de Éfeso, ni en punto alguno se aparta de la fe de los mismos. Pues el reverendísimo arzobispo de la vieja Roma, León, parece haber enviado una carta a Flaviano, de bendita memoria, con referencia a la duda incrédula de Eutiques que brotaba contra la Iglesia Católica.
    Fin de la primera Actio.

    Sesión II

    Calcedonia, Sesión II, §§ 1–27

    Estando todos sentados ante las rejas del santísimo altar, los muy excelsos y gloriosos jueces y el gran senado ([ὑπερφυὴς]) dijeron: En una sesión anterior se examinó la cuestión de la condena del reverendísimo obispo Flaviano, de bendita memoria, y de Eusebio, y fue evidente para todos vosotros con cuánta justicia y exactitud se llevó el examen; y quedó probado que habían sido cruel e indebidamente condenados. El curso que debíamos seguir en este asunto quedó claro después de vuestras deliberaciones. Ahora, sin embargo, la cuestión que ha de investigarse, estudiarse y decidirse es cómo ha de establecerse la fe verdadera, que es el fin principal para el cual se ha reunido este Concilio. Como sabemos que habéis de rendir a Dios cuenta estricta no sólo de vuestras propias almas en particular, sino también de las almas de todos nosotros que deseamos ser rectamente instruidos en todas las cosas que atañen a la religión, y que toda ambigüedad sea removida por el acuerdo y consentimiento de todos los santos padres y por su unánime exposición y doctrina; apresuraos, pues, sin temor alguno de agradar o desagradar, a exponer ([ἐκθέσθαι]) la fe pura, para que quienes no parecen creer con todos los demás sean llevados a la unidad mediante el reconocimiento de la verdad. Pues deseamos que sepáis que el divinísimo y piadosísimo señor de todo el mundo y nosotros mismos sostenemos la fe ortodoxa expuesta por los 318 y por los 150 santos padres, y también lo que ha sido enseñado por los demás santísimos y gloriosos padres, y conforme a esto es nuestra creencia.
    Los reverendísimos obispos exclamaron: Ninguna otra exposición ([ἔκθεσιν ἄλλην]) hace nadie, ni la intentaremos, ni nos atreveremos a exponer [nada nuevo] ([ἐκθεσθαι]). Porque los padres enseñaron, y en sus escritos se conservan, las cosas que fueron expuestas por ellos, y más allá de esto nada podemos decir.
    Cecropio, reverendísimo obispo de Sebastopol, dijo: Los asuntos concernientes a Eutiques han sido examinados, y el santísimo arzobispo de Roma ha dado una forma ([τύπον]) que seguimos, y a su carta todos nosotros [es decir, los de su vecindad] hemos suscrito.
    Los reverendísimos obispos exclamaron: Éstas son las opiniones de todos nosotros. Las exposiciones ([ἐκτεθέντα]) ya hechas son del todo suficientes: no es lícito hacer ninguna otra.
    Los gloriosísimos jueces y el gran senado dijeron: Si place a vuestra reverencia, que el santísimo patriarca de cada provincia, eligiendo a uno o dos de su propia provincia y saliendo al medio, y considerando juntos la fe, dé a conocer a todos lo que se acuerde. De modo que, si, como deseamos, todos son de una misma mente, toda ambigüedad sea removida; pero si algunos tienen opiniones contrarias (lo cual no creemos que sea el caso), sepamos cuáles son sus opiniones.
    Los reverendísimos obispos exclamaron: no hacemos ninguna exposición nueva por escrito. Ésta es la ley, [es decir, la del Tercer Sínodo], que enseña que lo que ha sido expuesto es suficiente. La ley quiere que no se haga ninguna otra exposición. Que permanezcan firmes las sentencias de los Padres.
    Florencio, reverendísimo obispo de Sardes, dijo: puesto que no es posible a quienes siguen la enseñanza del santo Sínodo de Nicea, que fue confirmado recta y piadosamente en Éfeso, redactar de repente una declaración de fe conforme a la fe de los santos padres Cirilo y Celestino y de la carta del santísimo León, rogamos por tanto a vuestra magnificencia que nos conceda tiempo, para que podamos llegar a la verdad del asunto con un documento adecuado, aunque por lo que a nosotros respecta, que hemos suscrito la carta del santísimo León, nada más se necesita.
    Cecropio, reverendísimo obispo de Sebastopol, dijo: La fe ha sido bien definida por los 318 santos padres y confirmada por los santos padres Atanasio, Cirilo, Celestino, Hilario, Basilio, Gregorio, y ahora una vez más por el santísimo León; y rogamos que se lean aquellas cosas que fueron decretadas por los 318 santos padres y por el santísimo León.
    Los gloriosísimos jueces y el gran Senado dijeron: Léanse las exposiciones ([ἐκτεθέντα]) de los 318 padres reunidos en Nicea.
    Eunomio, reverendísimo obispo de Nicimedia, leyó de un libro [la Exposición de fe de los 318 padres.]
    La Exposición de fe del Concilio celebrado en Nicea.
    «En el consulado de Paulo y Juliano» etc.
    «Creemos en un solo Dios,» etc.
    «Mas los que dicen,» etc.
    Los reverendísimos obispos exclamaron: Ésta es la fe ortodoxa; esto creemos todos: en esto fuimos bautizados; en esto bautizamos: así enseñó el bienaventurado Cirilo: ésta es la fe verdadera: ésta es la fe santa: ésta es la fe eterna: en esto fuimos bautizados: en esto bautizamos: todos así creemos: así cree León, el Papa ([ὁ πάπας]): así creyó Cirilo: así lo interpretó el Papa León.
    Los gloriosísimos jueces y el gran senado dijeron: Léase lo que fue expuesto por los 150 santos padres.
    Aecio, reverendo diácono de Constantinopla, leyó de un libro [el credo de los 150 padres.]
    La santa fe que los 150 padres expusieron como consonante con el santo y gran Sínodo de Nicea.
    «Creemos en un solo Dios,» etc.
    Todos los reverendísimos obispos exclamaron: Ésta es la fe de todos nosotros: todos así creemos.
    El reverendo archidiácono Aecio dijo: Queda la carta de Cirilo, de santa y bendita memoria, en otro tiempo obispo de la gran ciudad de Alejandría, que escribió a Nestorio, la cual fue aprobada por todos los santísimos obispos reunidos en el primer Concilio de Éfeso, convocado para condenar al mismo Nestorio, y que fue confirmada por la suscripción de todos. Hay también otra carta del mismo Cirilo, de bendita memoria, que escribió a Juan, de bendita memoria, en otro tiempo obispo de la gran ciudad de Antioquía, la cual asimismo fue confirmada. Si así se ordena, las leeré.
    Los gloriosísimos jueces y el gran senado dijeron: Léanse las cartas de Cirilo, de bendita memoria.
    Aecio, archidiácono de la ciudad imperial de Constantinopla, leyó.
    Al reverendísimo y religiosísimo copresbítero Nestorio, Cirilo envía saludo en el Señor.
    [[Καταφλυαροῦσι μὴν κ.τ.λ]. Lat. Obloquuntur quidem, etc. Esta carta se encuentra entre las actas del Concilio de Éfeso.]
    Asimismo, el mismo archidiácono Aecio leyó [la carta del mismo santo Cirilo, de bendita memoria, a Juan de Antioquía, sobre la paz].
    [ Esta carta comienza, [Εὐφραινέθωσαν οἱ οὐρανοὶ κ.τ.λ].; y en latín Lætentur cæli.]
    Texto de la fuenteCirilo de Alejandría · Carta a Juan de Antioquía («Εὐφραινέσθωσαν») · Calcedonia, Carta de Cirilo a Juan, §§ 1–13
    La Carta de Cirilo a Juan de Antioquía.
    ( Se halla en Labbe and Cossart, Concilia, Tom. IV., col. 343 y col. 164; y en Migne, Pat. Græc., Tom. LXXVII. [Cyrilli Opera, Tom. X.], col. 173. Ésta es la carta que a menudo se denomina «el Credo Efesino.» )
    Cirilo a mi señor, amado hermano y compañero de ministerio Juan, saludo en el Señor.
    «Alégrense los cielos, y gócese la tierra», porque la pared intermedia de separación ha sido derribada, y el dolor ha sido acallado, y toda clase de diferencia de opinión ha sido removida; habiendo Cristo, el Salvador de todos nosotros, concedido la paz a sus iglesias, al ser llamados a esto por nuestros muy devotísimos y amados de Dios reyes, que son los mejores imitadores de la piedad de sus antepasados en guardar firme e inconmovible la recta fe en sus almas, pues principalmente dedican su mente a los asuntos de las santas Iglesias, a fin de tener por siempre la gloria señalada y mostrar su renombradísimo reino, a quienes también Cristo mismo, el Señor de los ejércitos, reparte bienes con mano generosa y les concede prevalecer sobre sus enemigos y les otorga la victoria. Pues no miente al decir: «Vivo yo, dice el Señor, que a los que me honran, yo los honraré.» Porque cuando mi señor, mi amadísimo de Dios, compañero de ministerio y hermano Pablo, llegó a Alejandría, nos llenamos de gozo, y con toda naturalidad ante la venida de tal hombre como mediador, que estaba dispuesto a trabajar sobremanera para vencer la envidia del diablo y sanar nuestras divisiones, y que al quitar las ofensas esparcidas entre nosotros coronaría a vuestra Iglesia y a la nuestra con armonía y paz.
    De la razón del desacuerdo es superfluo hablar. Considero más útil tanto pensar como hablar de las cosas adecuadas al tiempo de paz. Nos deleitamos, pues, al encontrarnos con aquel hombre distinguido y piadosísimo, quien esperaba quizás no poca lucha, persuadiéndonos de que es necesario formar una alianza por la paz de la Iglesia y alejar la risa de los heterodoxos, y para ello embotar los aguijones de la obstinación del diablo. Nos halló dispuestos a esto, de modo que absolutamente no necesitó emplear trabajo alguno con nosotros. Pues recordamos el dicho del Salvador: «Mi paz os doy, mi paz os dejo.» Hemos sido enseñados también a decir en las oraciones: «Oh Señor Dios nuestro, danos la paz, porque tú nos has dado todas las cosas.» De modo que si alguno participa de la paz que viene de Dios, no carece de bien alguno. Que, de hecho, el desacuerdo de las Iglesias ocurrió enteramente de modo innecesario e inoportuno, ahora hemos quedado plenamente satisfechos por el documento traído por mi señor, el piadosísimo obispo Pablo, el cual contiene una confesión de fe intachable, y que él afirmó haber sido preparada por vuestra santidad y por los obispos amados de Dios que están allí. El documento es como sigue, y se transcribe literalmente en esta nuestra epístola.
    Acerca de la Virgen Madre de Dios, así pensamos y hablamos; y sobre la manera de la Encarnación del Hijo Unigénito de Dios, necesariamente, no a modo de adición sino por causa de certeza, como lo hemos recibido desde el principio de las divinas Escrituras y de la tradición de los santos padres, hablaremos brevemente, sin añadir nada en absoluto a la fe expuesta por los santos Padres en Nicea. Pues, como dijimos antes, basta para todo conocimiento de la piedad y la refutación de toda falsa doctrina de los herejes. Pero hablamos, no presumiendo de lo imposible, sino con la confesión de nuestra propia debilidad, excluyendo a quienes quieren que nos aferremos a aquellas cosas que sobrepasan la consideración humana.
    Confesamos, por tanto, a nuestro Señor Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, perfecto Dios y perfecto hombre, que consta de alma racional y de carne; engendrado antes de los siglos del Padre según su Divinidad, y en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, de María la Virgen según su humanidad, consubstancial con su Padre según su Divinidad, y consubstancial con nosotros según su humanidad; pues hubo unión de dos naturalezas. Por lo cual confesamos un solo Cristo, un solo Hijo, un solo Señor.
    Según esta comprensión de esta unión sin mezcla, confesamos que la santa Virgen es Madre de Dios; porque Dios el Verbo se encarnó y se hizo hombre, y desde esta concepción unió consigo el templo tomado de ella.
    Pues sabemos que los teólogos consideran algunas cosas de la enseñanza evangélica y apostólica acerca del Señor como comunes, en cuanto pertenecen a la una persona, y otras las dividen en cuanto a las dos naturalezas, y atribuyen las dignas a Dios por causa de la Divinidad de Cristo, y las humildes por causa de su humanidad [a su humanidad].
    Siendo éstas vuestras santas voces, y hallándonos pensando lo mismo con ellas ( «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo,» ), glorificamos a Dios, el Salvador de todos, congratulándonos unos a otros de que nuestras iglesias y las vuestras tienen la fe que concuerda con las Escrituras inspiradas por Dios y con las tradiciones de nuestros santos Padres.
    Habiendo sabido que algunos de los acostumbrados a censurar zumbaban alrededor como avispas malvadas y vomitaban palabras miserables contra mí, diciendo que yo afirmo que el santo Cuerpo de Cristo fue traído del cielo y no de la santa Virgen, consideré necesario decirles unas pocas palabras al respecto:
    ¡Oh insensatos, que sólo sabéis tergiversar!, ¿cómo habéis sido llevados a semejante juicio?, ¿cómo habéis caído en enfermedad tan necia? Porque es necesario, es sin duda necesario, entender que casi toda la oposición contra nosotros en cuanto a la fe surgió de que afirmamos que la santa Virgen es Madre de Dios. Pero si el santo Cuerpo del Salvador de todos nació del cielo y no de ella, ¿cómo se entiende entonces que ella es Madre de Dios? ¿Qué dio a luz, sino que verdaderamente dio a luz al Emanuel según la carne? Han de ser objeto de risa quienes balbucean tales cosas sobre mí. Pues el bienaventurado profeta Isaías no miente al decir: "He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y llamará su nombre Emanuel, que interpretado es Dios con nosotros." Verdaderamente también el santo Gabriel dijo a la Bienaventurada Virgen: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Y he aquí, concebirás en tu vientre, y darás a luz un Hijo, y llamarás su nombre Jesús. Él salvará a su pueblo de sus pecados."
    Pues cuando decimos que nuestro Señor Jesucristo descendió del cielo y de lo alto, no lo decimos como si su santa Carne hubiera sido tomada de lo alto y del cielo, sino más bien siguiendo al divino Pablo, quien declara distintamente: "el primer hombre es de la tierra, terreno; el segundo Hombre es el Señor del cielo."
    Texto de la fuenteCirilo de Alejandría · Carta a Juan de Antioquía («Εὐφραινέσθωσαν») · Calcedonia, Carta de Cirilo a Juan, §§ 14–21
    Recordamos también al Salvador mismo diciendo: "Y nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, aun el Hijo del Hombre." Aunque nació según su carne, como se acaba de decir, de la santa Virgen, sin embargo Dios el Verbo descendió de lo alto y del cielo. Él "se despojó a sí mismo, y tomó forma de siervo," y fue llamado Hijo del Hombre, permaneciendo, no obstante, lo que era, es decir, Dios. Porque es inmutable e invariable según la naturaleza; considerado ya como uno con su propia Carne, se dice que descendió del cielo.
    También es llamado el Hombre del cielo, siendo perfecto en su Divinidad y perfecto en su Humanidad, y considerado como en una sola Persona. Porque uno es el Señor Jesucristo, aunque no se desconoce la diferencia de sus naturalezas, de las cuales decimos que se hizo la unión inefable.
    ¿Se dignará vuestra santidad hacer callar a quienes dicen que entre el Verbo de Dios y la carne tuvo lugar una crasis, o mezcla o mixtura? Porque es probable que algunos también murmuren de mí, como si hubiera pensado o dicho tales cosas.
    Pero estoy muy lejos de semejante pensamiento, y considero también que del todo deliran quienes piensan que podría ocurrir una sombra de cambio en cuanto a la Naturaleza del Verbo de Dios. Porque él permanece lo que siempre fue, y no ha sido cambiado, ni jamás podrá ser cambiado, ni es capaz de cambio. Pues todos confesamos, además de esto, que el Verbo de Dios es impasible, aun cuando, al dispensar sapientísimamente este misterio, parece atribuirse los sufrimientos padecidos en su propia carne. Con el mismo propósito dijo también el sapientísimo Pedro, cuando escribió de Cristo como habiendo "padecido en la carne," y no en la naturaleza de su inefable divinidad. A fin de que se creyera que es el Salvador de todos, por una apropiación económica para sí, como se acaba de decir, asumió los sufrimientos de su propia Carne.
    De modo semejante es la profecía por la voz del profeta, como de él: "Di mi espalda a los que me herían, y mis mejillas a los que me arrancaban el pelo; no escondí mi rostro de la afrenta y de los esputos." Quede vuestra santidad convencida, y nadie más dude, de que seguimos enteramente las enseñanzas de los santos padres, especialmente de nuestro bienaventurado y celebrado Padre Atanasio, deplorando la menor desviación de ellas.
    Podría haber añadido muchas citas de ellos que confirmaran mis palabras, pero habría aumentado la longitud de mi carta y podría hacerse fatigoso. Y no permitiremos que la fe definida, el símbolo de la fe expuesto por nuestros santos Padres que se reunieron hace tiempo en Nicea, sea sacudido por nadie. Ni nos permitiríamos a nosotros ni a otros alterar una sola palabra de lo expuesto, ni añadir una sílaba, recordando el dicho: "No remuevas el lindero antiguo que pusieron tus padres," pues no fueron ellos quienes hablaron, sino el Espíritu mismo de Dios y del Padre, que procede también de él y no es ajeno al Hijo según su esencia. Y esto nos lo confirman las palabras de los santos iniciadores en los misterios. Pues en los Hechos de los Apóstoles está escrito: "Y después de llegar a Misia, intentaron ir a Bitinia; pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió." Y el divino Pablo escribió: "Así que, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él."
    Cuando algunos de los que acostumbran apartarse de lo recto tuercen mis palabras hacia sus opiniones, ruego a vuestra santidad que no se asombre; sino estad bien seguros de que los seguidores de toda herejía recogen las ocasiones de su error de las Escrituras inspiradas por Dios, corrompiendo en sus mentes malvadas las cosas rectamente dichas por el Espíritu Santo, y atrayendo sobre sus propias cabezas la llama inextinguible.
    Habiendo sabido que algunos, después de haberla corrompido, han publicado la epístola ortodoxa de nuestro distinguidísimo Padre Atanasio al bienaventurado Epicteto, para dañar con ello a muchos; por eso pareció a los hermanos útil y necesario que enviáramos a vuestra santidad una copia de ella tomada de algunos antiguos traslados correctos que existen entre nosotros. Salud.
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