Éfeso, Sesión III, §§ 1–11
Éfeso, Sesión VII, §§ 1–2
Éfeso, Canon 1
Éfeso, Canon 2
Éfeso, Canon 3
Éfeso, Canon 4
Éfeso, Canon 5
Éfeso, Canon 6
Éfeso, Canon 7
Éfeso, Canon 8
Comentario editorial · Seis, siete u ocho cánones
Carta del Mismo Santo Sínodo de Éfeso, al Sagrado Sínodo en Panfilia Acerca de Eustacio Que Había Sido Su Metropolitano
Éfeso, Carta a Panfilia, § 1
Éfeso, Carta a Celestino, §§ 1–9
Éfeso, Definición contra los mesalianos, §§ 1–3
Éfeso, Decreto sobre Euprepio y Cirilo, § 1
Dos obispos tracios, Euprepio de Biza (Bizya) y Cirilo de Cœle, dieron ocasión para un decreto, rogando protección contra su Metropolitano, Fritilas de Heraclea, quien se había pasado al partido de Juan de Antioquía, y al mismo tiempo la confirmación de la práctica anterior de tener dos obispados al mismo tiempo. El Sínodo concedió ambas cosas.
Calcedonia, Preámbulo, § 1
Calcedonia, Sesión I, §§ 1–22
Calcedonia, Sesión II, §§ 1–27
La Carta de Cirilo a Juan de Antioquía.( Se halla en Labbe and Cossart, Concilia, Tom. IV., col. 343 y col. 164; y en Migne, Pat. Græc., Tom. LXXVII. [Cyrilli Opera, Tom. X.], col. 173. Ésta es la carta que a menudo se denomina «el Credo Efesino.» )Cirilo a mi señor, amado hermano y compañero de ministerio Juan, saludo en el Señor.«Alégrense los cielos, y gócese la tierra», porque la pared intermedia de separación ha sido derribada, y el dolor ha sido acallado, y toda clase de diferencia de opinión ha sido removida; habiendo Cristo, el Salvador de todos nosotros, concedido la paz a sus iglesias, al ser llamados a esto por nuestros muy devotísimos y amados de Dios reyes, que son los mejores imitadores de la piedad de sus antepasados en guardar firme e inconmovible la recta fe en sus almas, pues principalmente dedican su mente a los asuntos de las santas Iglesias, a fin de tener por siempre la gloria señalada y mostrar su renombradísimo reino, a quienes también Cristo mismo, el Señor de los ejércitos, reparte bienes con mano generosa y les concede prevalecer sobre sus enemigos y les otorga la victoria. Pues no miente al decir: «Vivo yo, dice el Señor, que a los que me honran, yo los honraré.» Porque cuando mi señor, mi amadísimo de Dios, compañero de ministerio y hermano Pablo, llegó a Alejandría, nos llenamos de gozo, y con toda naturalidad ante la venida de tal hombre como mediador, que estaba dispuesto a trabajar sobremanera para vencer la envidia del diablo y sanar nuestras divisiones, y que al quitar las ofensas esparcidas entre nosotros coronaría a vuestra Iglesia y a la nuestra con armonía y paz.De la razón del desacuerdo es superfluo hablar. Considero más útil tanto pensar como hablar de las cosas adecuadas al tiempo de paz. Nos deleitamos, pues, al encontrarnos con aquel hombre distinguido y piadosísimo, quien esperaba quizás no poca lucha, persuadiéndonos de que es necesario formar una alianza por la paz de la Iglesia y alejar la risa de los heterodoxos, y para ello embotar los aguijones de la obstinación del diablo. Nos halló dispuestos a esto, de modo que absolutamente no necesitó emplear trabajo alguno con nosotros. Pues recordamos el dicho del Salvador: «Mi paz os doy, mi paz os dejo.» Hemos sido enseñados también a decir en las oraciones: «Oh Señor Dios nuestro, danos la paz, porque tú nos has dado todas las cosas.» De modo que si alguno participa de la paz que viene de Dios, no carece de bien alguno. Que, de hecho, el desacuerdo de las Iglesias ocurrió enteramente de modo innecesario e inoportuno, ahora hemos quedado plenamente satisfechos por el documento traído por mi señor, el piadosísimo obispo Pablo, el cual contiene una confesión de fe intachable, y que él afirmó haber sido preparada por vuestra santidad y por los obispos amados de Dios que están allí. El documento es como sigue, y se transcribe literalmente en esta nuestra epístola.Acerca de la Virgen Madre de Dios, así pensamos y hablamos; y sobre la manera de la Encarnación del Hijo Unigénito de Dios, necesariamente, no a modo de adición sino por causa de certeza, como lo hemos recibido desde el principio de las divinas Escrituras y de la tradición de los santos padres, hablaremos brevemente, sin añadir nada en absoluto a la fe expuesta por los santos Padres en Nicea. Pues, como dijimos antes, basta para todo conocimiento de la piedad y la refutación de toda falsa doctrina de los herejes. Pero hablamos, no presumiendo de lo imposible, sino con la confesión de nuestra propia debilidad, excluyendo a quienes quieren que nos aferremos a aquellas cosas que sobrepasan la consideración humana.Confesamos, por tanto, a nuestro Señor Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, perfecto Dios y perfecto hombre, que consta de alma racional y de carne; engendrado antes de los siglos del Padre según su Divinidad, y en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, de María la Virgen según su humanidad, consubstancial con su Padre según su Divinidad, y consubstancial con nosotros según su humanidad; pues hubo unión de dos naturalezas. Por lo cual confesamos un solo Cristo, un solo Hijo, un solo Señor.Según esta comprensión de esta unión sin mezcla, confesamos que la santa Virgen es Madre de Dios; porque Dios el Verbo se encarnó y se hizo hombre, y desde esta concepción unió consigo el templo tomado de ella.Pues sabemos que los teólogos consideran algunas cosas de la enseñanza evangélica y apostólica acerca del Señor como comunes, en cuanto pertenecen a la una persona, y otras las dividen en cuanto a las dos naturalezas, y atribuyen las dignas a Dios por causa de la Divinidad de Cristo, y las humildes por causa de su humanidad [a su humanidad].Siendo éstas vuestras santas voces, y hallándonos pensando lo mismo con ellas ( «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo,» ), glorificamos a Dios, el Salvador de todos, congratulándonos unos a otros de que nuestras iglesias y las vuestras tienen la fe que concuerda con las Escrituras inspiradas por Dios y con las tradiciones de nuestros santos Padres.Habiendo sabido que algunos de los acostumbrados a censurar zumbaban alrededor como avispas malvadas y vomitaban palabras miserables contra mí, diciendo que yo afirmo que el santo Cuerpo de Cristo fue traído del cielo y no de la santa Virgen, consideré necesario decirles unas pocas palabras al respecto:¡Oh insensatos, que sólo sabéis tergiversar!, ¿cómo habéis sido llevados a semejante juicio?, ¿cómo habéis caído en enfermedad tan necia? Porque es necesario, es sin duda necesario, entender que casi toda la oposición contra nosotros en cuanto a la fe surgió de que afirmamos que la santa Virgen es Madre de Dios. Pero si el santo Cuerpo del Salvador de todos nació del cielo y no de ella, ¿cómo se entiende entonces que ella es Madre de Dios? ¿Qué dio a luz, sino que verdaderamente dio a luz al Emanuel según la carne? Han de ser objeto de risa quienes balbucean tales cosas sobre mí. Pues el bienaventurado profeta Isaías no miente al decir: "He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y llamará su nombre Emanuel, que interpretado es Dios con nosotros." Verdaderamente también el santo Gabriel dijo a la Bienaventurada Virgen: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Y he aquí, concebirás en tu vientre, y darás a luz un Hijo, y llamarás su nombre Jesús. Él salvará a su pueblo de sus pecados."Pues cuando decimos que nuestro Señor Jesucristo descendió del cielo y de lo alto, no lo decimos como si su santa Carne hubiera sido tomada de lo alto y del cielo, sino más bien siguiendo al divino Pablo, quien declara distintamente: "el primer hombre es de la tierra, terreno; el segundo Hombre es el Señor del cielo."
Recordamos también al Salvador mismo diciendo: "Y nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, aun el Hijo del Hombre." Aunque nació según su carne, como se acaba de decir, de la santa Virgen, sin embargo Dios el Verbo descendió de lo alto y del cielo. Él "se despojó a sí mismo, y tomó forma de siervo," y fue llamado Hijo del Hombre, permaneciendo, no obstante, lo que era, es decir, Dios. Porque es inmutable e invariable según la naturaleza; considerado ya como uno con su propia Carne, se dice que descendió del cielo.También es llamado el Hombre del cielo, siendo perfecto en su Divinidad y perfecto en su Humanidad, y considerado como en una sola Persona. Porque uno es el Señor Jesucristo, aunque no se desconoce la diferencia de sus naturalezas, de las cuales decimos que se hizo la unión inefable.¿Se dignará vuestra santidad hacer callar a quienes dicen que entre el Verbo de Dios y la carne tuvo lugar una crasis, o mezcla o mixtura? Porque es probable que algunos también murmuren de mí, como si hubiera pensado o dicho tales cosas.Pero estoy muy lejos de semejante pensamiento, y considero también que del todo deliran quienes piensan que podría ocurrir una sombra de cambio en cuanto a la Naturaleza del Verbo de Dios. Porque él permanece lo que siempre fue, y no ha sido cambiado, ni jamás podrá ser cambiado, ni es capaz de cambio. Pues todos confesamos, además de esto, que el Verbo de Dios es impasible, aun cuando, al dispensar sapientísimamente este misterio, parece atribuirse los sufrimientos padecidos en su propia carne. Con el mismo propósito dijo también el sapientísimo Pedro, cuando escribió de Cristo como habiendo "padecido en la carne," y no en la naturaleza de su inefable divinidad. A fin de que se creyera que es el Salvador de todos, por una apropiación económica para sí, como se acaba de decir, asumió los sufrimientos de su propia Carne.De modo semejante es la profecía por la voz del profeta, como de él: "Di mi espalda a los que me herían, y mis mejillas a los que me arrancaban el pelo; no escondí mi rostro de la afrenta y de los esputos." Quede vuestra santidad convencida, y nadie más dude, de que seguimos enteramente las enseñanzas de los santos padres, especialmente de nuestro bienaventurado y celebrado Padre Atanasio, deplorando la menor desviación de ellas.Podría haber añadido muchas citas de ellos que confirmaran mis palabras, pero habría aumentado la longitud de mi carta y podría hacerse fatigoso. Y no permitiremos que la fe definida, el símbolo de la fe expuesto por nuestros santos Padres que se reunieron hace tiempo en Nicea, sea sacudido por nadie. Ni nos permitiríamos a nosotros ni a otros alterar una sola palabra de lo expuesto, ni añadir una sílaba, recordando el dicho: "No remuevas el lindero antiguo que pusieron tus padres," pues no fueron ellos quienes hablaron, sino el Espíritu mismo de Dios y del Padre, que procede también de él y no es ajeno al Hijo según su esencia. Y esto nos lo confirman las palabras de los santos iniciadores en los misterios. Pues en los Hechos de los Apóstoles está escrito: "Y después de llegar a Misia, intentaron ir a Bitinia; pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió." Y el divino Pablo escribió: "Así que, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él."Cuando algunos de los que acostumbran apartarse de lo recto tuercen mis palabras hacia sus opiniones, ruego a vuestra santidad que no se asombre; sino estad bien seguros de que los seguidores de toda herejía recogen las ocasiones de su error de las Escrituras inspiradas por Dios, corrompiendo en sus mentes malvadas las cosas rectamente dichas por el Espíritu Santo, y atrayendo sobre sus propias cabezas la llama inextinguible.Habiendo sabido que algunos, después de haberla corrompido, han publicado la epístola ortodoxa de nuestro distinguidísimo Padre Atanasio al bienaventurado Epicteto, para dañar con ello a muchos; por eso pareció a los hermanos útil y necesario que enviáramos a vuestra santidad una copia de ella tomada de algunos antiguos traslados correctos que existen entre nosotros. Salud.