Constantinopla II, Sesión I, § 1
En el Nombre de nuestro Señor Dios Jesucristo. El Emperador Flavio Justiniano, Germánico, Gótico, etc., y siempre Augusto, a los beatísimos obispos y patriarcas, Eutiquio de Constantinopla, Apolinar de Alejandría, Domnino de Teópolis, Esteban, Jorge y Damián, religiosísimos obispos que ocupan el lugar de aquel varón de singular bienaventuranza, Eustoquio, Arzobispo y Patriarca de Jerusalén, y a los demás religiosísimos obispos que se hallan en esta ciudad real procedentes de las distintas provincias.[Lo siguiente es la carta condensada, incluyendo el resumen de Hefele. Historia de los Concilios, vol. IV, p. 298.]
El empeño de mis predecesores, los Emperadores ortodoxos, tendió siempre a dirimir las controversias surgidas acerca de la fe mediante la convocación de Sínodos. Por esta causa Constantino reunió a 318 Padres en Nicea, y estuvo él mismo presente en el Concilio, y asistió a quienes confesaban que el Hijo es consubstancial con el Padre. Teodosio, a 150 en Constantinopla; Teodosio el Joven, al Sínodo de Éfeso; el Emperador Marciano, a los obispos en Calcedonia. Sin embargo, como tras la muerte de Marciano estallaron controversias sobre el Sínodo de Calcedonia en varios lugares, el Emperador León escribió a todos los obispos de todas partes, para que cada uno declarase por escrito su opinión con respecto a este santo Concilio. Poco después, sin embargo, surgieron de nuevo los partidarios de Nestorio y de Eutiques, y causaron grandes divisiones, de modo que muchas Iglesias rompieron la comunión unas con otras. Cuando, pues, la gracia de Dios nos elevó al trono, consideramos que nuestra principal tarea era volver a unir las Iglesias y llevar el Sínodo de Calcedonia, junto con los tres anteriores, a una aceptación universal. Hemos ganado a muchos que antes se oponían a ese Sínodo; a otros, que perseveraban en su oposición, los desterramos, y así restablecimos de nuevo la unidad de la Iglesia. Pero los nestorianos quieren imponer su herejía a la Iglesia; y como no podían servirse de Nestorio para este fin, se apresuraron a introducir sus errores por medio de Teodoro de Mopsuestia, maestro de Nestorio, que enseñó blasfemias aún más graves que las suyas. Sostenía, p. ej., que Dios Verbo era uno, y Cristo otro. Con el mismo fin se sirvieron de aquellos impíos escritos de Teodoreto dirigidos contra el primer Sínodo de Éfeso, contra Cirilo y sus Doce Capítulos, y también de la vergonzosa carta que se dice que escribió Ibas. Sostienen que esta carta fue aceptada por el Sínodo de Calcedonia, y así librarían de la condena a Nestorio y a Teodoro, que eran elogiados en la carta. Si lo consiguieran, ya no podría decirse que el Logos «se hizo hombre», ni llamar a María Madre (genetrix) de Dios. Nosotros, pues, siguiendo a los santos Padres, os hemos pedido primero por escrito que dierais vuestro parecer sobre los tres impíos capítulos mencionados, y habéis respondido y habéis confesado con gozo la verdadera fe. Sin embargo, como después de la condena procedente de vosotros todavía hay algunos que defienden los Tres Capítulos, os hemos convocado a la capital para que aquí, en asamblea común, expongáis de nuevo vuestra opinión a la luz del día. Cuando, por ejemplo, Vigilio, Papa de la antigua Roma, vino aquí, en respuesta a nuestras preguntas, anatematizó repetidamente por escrito los Tres Capítulos y confirmó su firmeza en esta opinión con mucho, incluso con la condena de sus diáconos, Rústico y Sebastián. Todavía poseemos sus declaraciones escritas de su propia mano. Luego publicó su Judicatum, en el cual anatematizó los Tres Capítulos, con las palabras Et quoniam, etc. Sabéis que no solo depuso a Rústico y a Sebastián porque defendían los Tres Capítulos, sino que también escribió a Valentiniano, obispo de Escitia, y a Aureliano, obispo de Arlés, que nada se emprendiera contra el Judicatum. Cuando después vinisteis aquí por invitación mía, se intercambiaron cartas entre vosotros y Vigilio con miras a una asamblea común. Pero ahora había cambiado de opinión, ya no quería un sínodo, sino que exigía que solo los tres patriarcas y otro obispo (en comunión con el Papa y los tres obispos que lo rodeaban) decidieran el asunto. En vano le enviamos varias órdenes para que tomara parte en el sínodo. Rechazó también nuestras dos propuestas: convocar un tribunal para decidir o celebrar una asamblea más reducida en la que, además de él y de sus tres obispos, cada uno de los demás patriarcas tuviera asiento y voz, con de tres a cinco obispos de su diócesis.* Declaramos, además, que nos mantenemos firmes en los decretos de los cuatro Concilios y seguimos en todo a los santos Padres, Atanasio, Hilario, Basilio, Gregorio el Teólogo, Gregorio de Nisa, Ambrosio, Teófilo, Juan (Crisóstomo) de Constantinopla, Cirilo, Agustín, Proclo y León, y sus escritos sobre la verdadera fe. Pero como los herejes están resueltos a defender a Teodoro de Mopsuestia y a Nestorio con sus impiedades, y sostienen que aquella carta de Ibas fue recibida por el Sínodo de Calcedonia, os exhortamos a dirigir vuestra atención a los impíos escritos de Teodoro, y especialmente a su Credo judío, que fue presentado en Éfeso y en Calcedonia y anatematizado por cada sínodo junto con quienes así lo habían sostenido o así lo sostenían; y os exhortamos además a considerar lo que los santos Padres han escrito acerca de él y de sus blasfemias, así como lo que nuestros predecesores han promulgado, y también lo que los historiadores eclesiásticos han expuesto acerca de él. Veréis por ello que él y sus herejías han sido condenados desde entonces, y que por eso su nombre fue borrado hace mucho tiempo de los dípticos de la Iglesia de Mopsuestia. Considerad la absurda afirmación de que los herejes no deben ser anatematizados después de su muerte; y os exhortamos además a seguir en esta materia la doctrina de los santos Padres, quienes condenaron no solo a los herejes vivos, sino que también anatematizaron después de su muerte a quienes habían muerto en su iniquidad, así como a quienes habían sido injustamente condenados los restablecieron después de su muerte y escribieron sus nombres en los sagrados dípticos; lo cual tuvo lugar en el caso de Juan y de Flaviano, de piadosa memoria, ambos obispos de Constantinopla. Además os exhortamos a examinar el escrito de Teodoreto y la supuesta carta de Ibas, en los que se niega la encarnación del Verbo, se rechaza la expresión «Madre de Dios» y el santo Sínodo de Éfeso, se llama hereje a Cirilo, y se defiende y elogia a Teodoro y a Nestorio. Y como dicen que el Concilio de Calcedonia recibió esta carta, debéis comparar las declaraciones de este Concilio relativas a la fe con el contenido de la impía carta. Finalmente, os rogamos que aceleréis el asunto. Pues quien, preguntado acerca de la recta fe, difiere por mucho tiempo su respuesta, no hace otra cosa sino negar la recta fe. Porque en las preguntas y respuestas sobre cosas de fe, no es el que se halla primero o segundo, sino el que está más pronto con una recta confesión, quien es acepto a Dios. Que Dios os guarde, santísimos y religiosísimos padres, por muchos años. Dado el IV de las nonas de mayo, en Constantinopla, en el año XXVII del reinado del señor imperial Justiniano, perpetuo Augusto, y en el año XII después del consulado del ilustrísimo Basilio.
Constantinopla II, Sesión VII, §§ 1–8
Constantinopla II, Sentencia, §§ 1–9
Constantinopla II, Capítulo 1
Constantinopla II, Capítulo 2
Constantinopla II, Capítulo 3
Constantinopla II, Capítulo 4
Constantinopla II, Capítulo 5
Constantinopla II, Capítulo 6
Constantinopla II, Capítulo 7
Constantinopla II, Capítulo 8
Constantinopla II, Capítulo 9
Constantinopla II, Capítulo 10
Constantinopla II, Capítulo 11
Constantinopla II, Capítulo 12
Constantinopla II, Capítulo 13
Constantinopla II, Capítulo 14
Constantinopla II, Anatema 1
Constantinopla II, Anatema 2
Constantinopla II, Anatema 3
Constantinopla II, Anatema 4
Constantinopla II, Anatema 5
Constantinopla II, Anatema 6
Constantinopla II, Anatema 7
Constantinopla II, Anatema 8
Constantinopla II, Anatema 9
Constantinopla II, Anatema 10
Constantinopla II, Anatema 11
Constantinopla II, Anatema 12
Constantinopla II, Anatema 13
Constantinopla II, Anatema 14
Constantinopla II, Anatema 15
Comentario editorial · ¿Son del concilio los quince anatemas contra Orígenes?
Quienquiera que diga o piense que las almas humanas preexistieron, es decir, que antes habían sido espíritus y potencias santas, pero que, saciadas de la visión de Dios, se volvieron al mal, y de este modo el amor divino en ellas se extinguió ([ἀπψυγείσας]) y por tanto se convirtieron en almas ([ψυχάς]) y fueron condenadas al castigo en los cuerpos, sea anatema.
Si alguien dice o piensa que el alma del Señor preexistió y estaba unida con Dios Verbo antes de la Encarnación y de la Concepción de la Virgen, sea anatema.
Si alguien dice o piensa que el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo fue formado primero en el seno de la santa Virgen y que después se unieron a él Dios Verbo y el alma preexistente, sea anatema.
Si alguien dice o piensa que el Verbo de Dios se ha hecho semejante a todos los órdenes celestiales, de suerte que para los querubines era querubín, para los serafines serafín: en suma, semejante a todas las potestades superiores, sea anatema.
Si alguien dice o piensa que, en la resurrección, los cuerpos humanos resucitarán de forma esférica y no semejantes a nuestra forma presente, sea anatema.
Si alguien dice que el cielo, el sol, la luna, las estrellas y las aguas que están sobre los cielos tienen almas, y son seres razonables, sea anatema.
Si alguien dice o piensa que Cristo el Señor en un tiempo futuro será crucificado por los demonios como lo fue por los hombres, sea anatema.
Si alguien dice o piensa que el poder de Dios es limitado, y que creó tanto cuanto fue capaz de abarcar, sea anatema.
Si alguien dice o piensa que el castigo de los demonios y de los hombres impíos es solo temporal, y un día tendrá fin, y que tendrá lugar una restauración ([ἀποκατάστασις]) de los demonios y de los hombres impíos, sea anatema.Anatema a Orígenes y a aquel Adamantio, que expuso estas opiniones juntamente con su nefanda y execrable y perversa doctrina, y a todo aquel que piense así, o defienda estas opiniones, o que en cualquier modo, en adelante, en cualquier tiempo, presumiere protegerlas.
Al fin el Papa Vigilio se rindió al consejo del Concilio, y seis meses después escribió una carta al Patriarca Eutiquio, en la cual confiesa que ha faltado a la caridad al separarse de sus hermanos. Añade que uno no debe avergonzarse de retractarse, cuando reconoce la verdad, y aduce el ejemplo de Agustín. Dice que, después de haber examinado mejor la materia de los Tres Capítulos, los halla dignos de condenación. «Reconocemos por hermanos y colegas nuestros a todos los que los han condenado, y anulamos por este escrito todo lo que por nosotros o por otros se ha hecho en defensa de los tres capítulos.»El manuscrito del cual se imprimió esta carta fue hallado en la Biblioteca Real de París por Pedro de Marca, y por él publicado por primera vez, con una traducción latina y con una disertación. Uno y otra, con el texto griego, se hallan en los Concilia de Labbe y Cossart, Tom. V., col. 596 et seqq.; también en la Patr. Lat. de Migne, Tom. LXIX., col. 121 et seqq. Se han expresado algunas dudas acerca de su autenticidad, y Harduino es de opinión que el erudito jesuita Garnerio, en sus notas al Breviario del diácono Leberato, ha probado su carácter supuesto. Pero los eruditos no han estado generalmente de este parecer, sino que han aceptado la carta como genuina.
Vigilio a su amado hermano Eutiquio.Nadie ignora los escándalos que el enemigo del género humano ha suscitado en todo el mundo: de suerte que hizo que cada uno, con un objeto perverso a la vista, esforzándose de algún modo en cumplir su deseo de destruir la Iglesia de Dios extendida por todo el mundo, no solo en su propio nombre sino aun en los nuestros y en los de otros, compusiera cosas diversas tanto de palabra como por escrito; hasta tal punto que intentó dividirnos a nosotros, que junto con nuestros hermanos y coepíscopos nos hallamos en esta ciudad real, y que defendemos con igual reverencia los cuatro sínodos, y sinceramente persistimos en la una y misma fe de esos cuatro sínodos, por sus sofismas y maquinaciones trató de apartarnos de ellos; de modo que nosotros mismos, que éramos y somos de la misma opinión que ellos en lo tocante a la fe, nos apartamos en discordia, despreciado el amor fraterno.Pero ya que Cristo nuestro Dios, que es la luz verdadera, a quien las tinieblas no comprenden, ha quitado toda confusión de nuestras mentes, y ha devuelto de tal modo la paz a todo el mundo y a la Iglesia, que las cosas que debían ser definidas por nosotros se han cumplido saludablemente por la revelación del Señor y por la investigación de la verdad.Por tanto, mis amados hermanos, os hago saber que, en común con todos vosotros, nuestros hermanos, recibimos en todos los respectos los cuatro sínodos, es decir, el Niceno, el Constantinopolitano, el primero de Éfeso y el de Calcedonia; y los veneramos con ánimo devoto, y velamos por ellos con toda nuestra mente. Y si hubiere algunos que no sigan estos santos sínodos en todas las cosas que han definido acerca de la fe, los juzgamos extraños a la comunión de la santa y Católica Iglesia.Por lo cual, por nuestro deseo de que vosotros, mis hermanos, sepáis lo que hemos hecho en este asunto, os lo damos a conocer por esta carta. Pues nadie puede dudar cuán numerosas fueron las discusiones suscitadas a causa de los Tres Capítulos, es decir, acerca de Teodoro, en otro tiempo obispo de Mopsuestia, y de sus escritos, así como acerca de los escritos de Teodoreto, y acerca de aquella carta que se dice fue escrita por Ibas a Maris el Persa: y cuán diversas fueron las cosas dichas y escritas acerca de estos Tres Capítulos. Ahora bien, si en todo negocio la sana sabiduría exige que haya retractación de lo que se propuso después del examen, no debe haber vergüenza cuando lo que primero se omitió se hace público después de descubrirse mediante un estudio ulterior de la verdad. [Y si esto es así en los asuntos ordinarios] ¿cuánto más en las contiendas eclesiásticas debe observarse el mismo dictado de la sana razón? Especialmente porque es manifiesto que nuestros Padres, y especialmente el bienaventurado Agustín, que era en verdad ilustrísimo en las Divinas Escrituras, y maestro en la elocuencia romana, retractó algunos de sus propios escritos, y corrigió algunas de sus propias sentencias, y añadió lo que había omitido y después descubrió. Nosotros, guiados por su ejemplo, nunca abandonamos el estudio de las cuestiones suscitadas por la controversia respecto de los susodichos Tres Capítulos, ni nuestra búsqueda de pasajes en los escritos de nuestros Padres que fueran aplicables a la materia.Como resultado de esta investigación se hizo evidente que en los dichos de Teodoro de Mopsuestia (que son impugnados por todas partes) se contienen muchísimas cosas contrarias a la recta fe y a las enseñanzas de los santos Padres; y por esta misma razón estos mismos santos Padres han dejado para la instrucción de la Iglesia tratados que habían escrito contra él.Pues entre otras blasfemias suyas hallamos que dijo abiertamente que Dios Verbo era una [Persona] y Cristo otra [Persona], agitado por las pasiones del alma y por los deseos de la carne, y que poco a poco avanzó de una etapa inferior a una superior de excelencia por la mejora ([προκοπῇ], per profectum operum) de sus obras, y se hizo irreprensible en su manera de vivir. Y además enseñó que fue un mero hombre el que fue bautizado en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y que recibió por su bautismo la gracia del Espíritu Santo, y mereció su adopción; y por tanto que Cristo podía ser venerado del mismo modo que la imagen del Emperador es venerada por ser la persona ([εἰς πρόσωπον]) de Dios Verbo. Y también enseñó que [solo] después de su resurrección se hizo inmutable en sus pensamientos y del todo impecable.Además dijo que la unión del Verbo de Dios se hizo con Cristo como dice el Apóstol que se hace la unión entre un hombre y su mujer: Serán dos en una sola carne; y que después de su resurrección, cuando el Señor sopló sobre sus discípulos y dijo: Recibid el Espíritu Santo, no les dio el Espíritu Santo. En semejante vena de profanidad se atrevió a decir que la confesión que hizo Tomás, cuando tocó las manos y el costado del Señor después de su resurrección, diciendo: Señor mío y Dios mío, no se aplicaba a Cristo (pues Teodoro no reconocía que Cristo fuera Dios); sino que Tomás dio gloria a Dios lleno de admiración por el milagro de la resurrección, y así dijo estas palabras.Pero lo que es aún peor es esto: que al interpretar los Hechos de los Apóstoles, Teodoro hace a Cristo semejante a Platón, y a Maniqueo, y a Epicuro, y a Marción, diciendo: Así como cada uno de éstos fue autor de sus propias enseñanzas peculiares, y llamó a sus discípulos según sus propios nombres, platónicos, y maniqueos, y epicúreos, y marcionitas, así también Cristo inventó dogmas y llamó a sus seguidores cristianos según sí mismo.Sepa, pues, toda la Iglesia Católica que justa e irreprensiblemente hemos llegado a las conclusiones contenidas en esta nuestra constitución. Por lo cual condenamos y anatematizamos a Teodoro, en otro tiempo obispo de Mopsuestia, y sus impíos escritos, junto con todos los demás herejes que (como es manifiesto) han sido condenados y anatematizados por los cuatro santos Sínodos antedichos y por la Iglesia Católica: asimismo los escritos de Teodoreto que se oponen a la recta fe, y están contra los Doce Capítulos de San Cirilo, y contra el primer Concilio de Éfeso, los cuales fueron escritos por él en defensa de Teodoro y Nestorio.
Además anatematizamos y condenamos la carta al hereje persa Maris, que se dice fue escrita por Ibas, que niega que Cristo, el Verbo, se encarnó de la santa Madre de Dios y siempre virgen María, y se hizo hombre, sino que declara que un mero hombre nació de ella, y a este hombre lo llama templo, de modo que de esto se nos da a entender que Dios el Verbo es una [Persona] y Cristo otra [Persona]. Además calumnia a San Cirilo, maestro y heraldo de la fe ortodoxa, llamándolo hereje y acusándolo de escribir cosas semejantes a las de Apolinar; y vitupera al primer Sínodo de Éfeso, como si hubiera condenado a Nestorio sin deliberación ni investigación; asimismo declara que los doce capítulos de San Cirilo son impíos y contrarios a la recta fe; y además defiende a Teodoro y a Nestorio, y sus impías doctrinas y escritos.Por tanto, anatematizamos y condenamos los antedichos impíos Tres Capítulos, a saber, el impío Teodoro de Mopsuestia y sus impíos escritos; y todo lo que Teodoreto impíamente escribió, así como la carta que se dice fue escrita por Ibas, en la cual se contienen las antedichas blasfemias profanas. Asimismo sometemos a anatema a cualquiera que en cualquier tiempo crea que estos capítulos deben ser recibidos o defendidos; o intente subvertir esta presente condenación.Y además definimos que son nuestros hermanos y compañeros sacerdotes quienes mantienen siempre la recta fe expuesta por los antedichos sínodos, y hubieren condenado los antedichos Tres Capítulos, o incluso ahora los condenan.Y además anulamos y evacuamos por esta presente definición escrita nuestra todo lo que ha sido dicho por mí ( a me ) o por otros en defensa de los antedichos Tres Capítulos.Lejos esté de la Iglesia Católica que alguien diga que todas las blasfemias arriba referidas, o quienes sostuvieron y siguieron tales cosas, fueron recibidas por los antedichos cuatro sínodos o por cualquiera de ellos. Pues es clarísimo que nadie fue admitido por los antedichos santos Padres, y especialmente por el Concilio de Calcedonia, sobre quien hubiera alguna sospecha, a menos que primero hubiera rechazado las antedichas blasfemias y todas las semejantes a ellas, o bien hubiera negado y condenado la herejía o las blasfemias de las que era sospechoso.
Que Dios os conserve en salud, honorabilísimo hermano. Dado el VI de los idus de diciembre, en el año vigesimosegundo de nuestro señor el Emperador Justiniano, eterno Augusto, el año duodécimo después del consulado del ilustre Basilio.