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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minPrimer Concilio de Nicea (325 d.C.)
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minLa Carta Sinodal
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minPrimer Concilio de Constantinopla (381 d. C.)
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 7 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 13 minExtractos de las Actas (Continuación)
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minLos doce anatemas de San Cirilo contra Nestorio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 11 minExtractos de las Actas (Continuación)
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minExtractos de las Actas
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minSesión III
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta del Mismo Santo Sínodo de Éfeso, al Sagrado Sínodo en Panfilia Acerca de Eustacio Que Había Sido Su Metropolitano
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 minCarta del Sínodo al Papa Celestino
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minDefinición contra los impíos Mesalianos, llamados también Euquitas y Entusiastas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 12 minSesión II
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 4 minSesión II
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 13 minSesión II (Continuación)
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 8 minSesión II (Continuación)
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 6 minSesión II (Continuación)
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minSesión V
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minSesión VI
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 9 minSesión XV
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minSesión XV
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 5 minSesión XV
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 10 minSesión XVI
  26. Sesión 26 · Parte 6 · ≈ 7 minSegundo Concilio de Constantinopla
  27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 6 minSesión VII - Extractos de las Actas
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 10 minLa Sentencia del Sínodo
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 9 minLa Sentencia del Sínodo
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minLos Capítulos del Concilio
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minLos Capítulos del Concilio
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 7 minLos anatemas contra Orígenes
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLos anatemas del emperador Justiniano contra Orígenes
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 3 minSuscripción
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 13 minTercer Concilio de Constantinopla
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 13 minTercer Concilio de Constantinopla
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 12 minTercer Concilio de Constantinopla
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minTercer Concilio de Constantinopla
  39. Sesión 39 · Parte 8 · ≈ 7 minLa carta de Agatón y del sínodo romano de 125 obispos, que debía servir de instrucción a los legados enviados para asistir al Sexto Sínodo.
  40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 6 minSesión VIII - Extractos de las Actas
  41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 9 minLa Definición de fe
  42. Sesión 42 · Parte 8 · ≈ 11 minEl Prosphoneticus al Emperador
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 7 minEl Edicto Imperial Fijado en el Tercer Atrio de la Gran Iglesia Cerca de lo que se Llama Dicymbala
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 8 minLa Sacra imperial
  45. Sesión 45 · Parte 9 · ≈ 9 minExtractos de las Actas
  46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 10 minSesión 2
  47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 10 minSesión 3
  48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 14 minSesión 6
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 2 minLa Definición
  50. Sesión 50 · Parte 10 · ≈ 9 minEl Decreto
  51. Sesión 51 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  52. Sesión 52 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 9 minLa Carta del Sínodo al Emperador y a la Emperatriz
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minLa Carta del Sínodo al Emperador y a la Emperatriz
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 2 minLo que dejaron los concilios

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    TEXTOS — LOS CONCILIOS ECUMÉNICOS

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    Los siete concilios ecuménicos: cánones y definiciones

    Siglos IV–VIII · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Percival (Nicene and Post-Nicene Fathers)40 minPosición: 0% de esta parteParte 4 de 10 · Sesión II (Continuación)Publicado el Actualizado el Ref. ESC-CON-01

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    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minPrimer Concilio de Constantinopla (381 d. C.)
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    Sesión II (Continuación)

    Calcedonia, Sesión II, §§ 28–30

    Y cuando estas cartas [es decir, la carta de Cirilo a Nestorio [Καταφλυαροῦσι] y su carta a Juan de Antioquía [Εὐφραινέσθωσαν]] hubieron sido leídas, los reverendísimos obispos clamaron: Todos creemos así: el Papa León así cree: anatema a quien divide y a quien confunde: ésta es la fe del Arzobispo León: León así cree: León y Anatolio así creen: todos creemos así. Como Cirilo así creemos, todos nosotros: eterna sea la memoria de Cirilo: como enseñan las epístolas de Cirilo, tal es nuestra mente, tal ha sido nuestra fe: tal es nuestra fe: ésta es la mente del Arzobispo León, así cree, así ha escrito.
    Los gloriosísimos jueces y el gran senado dijeron: Léase también la epístola del dignísimo León, Arzobispo de la vieja Roma, la Ciudad Imperial.
    Beroniquiano, el devotísimo escribano del sagrado consistorio, leyó de un libro que le entregó Aecio, Arcediano de la santa Iglesia de Constantinopla, la carta encíclica o sinódica del santísimo León, el Arzobispo, escrita a Flaviano, Arzobispo de Constantinopla.
    Texto de la fuenteLeón Magno, papa · Tomo a Flaviano · Calcedonia, Tomo de León, §§ 1–4
    El Tomo de San León.
    (Labbe y Cossart, Concilia, Tom. IV., col. 343; también Migne, Pat. Lat., Tom. LIV. [León M. Opera, Tom. I.] col. 756.)
    León [el obispo] a su [muy] querido hermano Flaviano.
    Leída la carta de tu Afecto, cuyo tardío arribo nos causa sorpresa, y repasado el registro de las actuaciones de los obispos, hemos obtenido por fin una visión clara del escándalo que entre vosotros se ha alzado contra la integridad de la fe; y lo que al principio parecía oscuro ha sido ahora elucidado y explicado. Por este medio Eutiques, que parecía merecedor de honor bajo el título de Presbítero, se muestra ahora sumamente irreflexivo y tristemente inexperto, de modo que también a él podemos aplicar las palabras del profeta, «Rehusó entender para obrar bien: meditó iniquidad sobre su lecho.» Pues ¿qué hay más inicuo que albergar pensamientos impíos, y no ceder ante personas más sabias y más doctas? Pero en esta necedad caen quienes, cuando alguna oscuridad les impide aprehender la verdad, recurren no a las palabras de los Profetas, no a las cartas de los Apóstoles, ni a la autoridad de los Evangelios, sino a sí mismos; y se hacen maestros del error, precisamente porque no han sido discípulos de la verdad. Pues ¿qué instrucción ha recibido de las páginas sagradas del Nuevo y del Antiguo Testamento quien ni siquiera comprende el comienzo mismo del Credo? Y aquello que, en todo el mundo, es pronunciado por las voces de todos los que piden la regeneración, no es aún captado por la mente de este anciano. Si, pues, no sabía lo que debía pensar acerca de la Encarnación del Verbo de Dios, y no estaba dispuesto, por obtener la luz de la inteligencia, a hacer búsqueda laboriosa por toda la extensión de las Sagradas Escrituras, al menos debiera haber recibido con atención diligente aquella Confesión general común a todos, por la cual todo el cuerpo de los fieles profesa que «cree en Dios Padre Todopoderoso, y en Jesucristo su único Hijo nuestro Señor, que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María.» Por cuyas tres cláusulas quedan destrozadas las máquinas de casi todos los herejes. Pues cuando se cree que Dios es a la vez «Todopoderoso» y «Padre,» queda probado que el Hijo es eterno juntamente con él, sin diferir en nada del Padre, porque nació como «Dios de Dios,» Todopoderoso de Todopoderoso, Coeterno de Eterno; no posterior en el tiempo, no inferior en poder, no desemejante a él en gloria, no dividido de él en esencia, sino que el mismo Hijo Unigénito y Eterno de un Padre Eterno fue «nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María.» Este nacimiento en el tiempo en nada menoscabó, en nada añadió a aquel divino y eterno nacimiento; sino que se consagró por entero a la obra de restaurar al hombre, que había sido engañado; para que así venciera a la muerte, y con su poder «destruyera al diablo que tenía el poder de la muerte.» Pues no habríamos podido vencer al autor del pecado y de la muerte, a menos que aquel que ni podía ser contaminado por el pecado ni retenido por la muerte, hubiera tomado sobre sí nuestra naturaleza y la hubiera hecho suya. Pues, en efecto, fue «concebido del Espíritu Santo» en el seno de una Madre Virgen, que lo dio a luz tal como lo había concebido, sin pérdida de virginidad. Pero si él (Eutiques) no pudo obtener una concepción verdadera de esta fuente pura de la fe cristiana porque con su propia ceguera había oscurecido para sí el resplandor de una verdad tan clara, debió haberse sometido a la enseñanza del Evangelista; y después de leer lo que dice Mateo, «Libro de la generación de Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abraham,» debió también haber buscado instrucción en la predicación del Apóstol; y después de leer en la Epístola a los Romanos, «Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser Apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las Santas Escrituras, acerca de su Hijo, que le fue hecho de la simiente de David según la carne,» debió haber consagrado algún estudio devoto a las páginas de los Profetas; y hallando que la promesa de Dios dijo a Abraham, «en tu simiente serán benditas todas las naciones,» para evitar toda duda en cuanto al sentido propio de esta «simiente,» debió haber atendido a las palabras del Apóstol, «A Abraham y a su simiente fueron hechas las promesas. No dice: 'y a las simientes', como en el caso de muchos, sino como en el caso de uno solo: 'y a tu simiente', la cual es Cristo.» Debió también haber aprehendido con su oído interior la declaración de Isaías, «He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y llamarán su nombre Emanuel, que es, interpretado, Dios con nosotros;» y debió haber leído con fe las palabras del mismo profeta, «Un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado, cuyo poder está sobre su hombro; y llamarán su nombre Ángel del gran consejo, Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Príncipe de Paz, Padre del siglo venidero.» Y no debió haber hablado vanamente en el sentido de que el Verbo fue hecho carne de tal manera que el Cristo que fue sacado del seno de la Virgen tenía forma de hombre, y no un cuerpo realmente derivado del cuerpo de su Madre. Posiblemente la razón de pensar que nuestro Señor Jesucristo no era de nuestra naturaleza fue ésta— que el Ángel enviado a la bienaventurada y siempre Virgen María dijo, «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios;» como si, porque la concepción de la Virgen fue causada por un acto divino, por eso la carne de aquel a quien ella concibió no fuera de la naturaleza de aquella que lo concibió. Pero no hemos de entender aquella «generación,» incomparablemente maravillosa, y maravillosamente incomparable, en el sentido de que la novedad del modo de producción aboliera el carácter propio de la especie. Pues fue el Espíritu Santo quien dio fecundidad a la Virgen, pero fue de un cuerpo que un cuerpo real fue derivado; y «cuando la Sabiduría se edificaba una casa,» el «Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros,» es decir, en aquella carne que asumió de un ser humano, y a la que animó con el espíritu de vida racional.
    Texto de la fuenteLeón Magno, papa · Tomo a Flaviano · Calcedonia, Tomo de León, § 5
    Por consiguiente, mientras la distinción de ambas naturalezas y sustancias se conservaba, y ambas se encontraban en una sola Persona, la bajeza fue asumida por la majestad, la debilidad por el poder, la mortalidad por la eternidad; y, para pagar la deuda de nuestra condición, la naturaleza inviolable fue unida a la pasible, de modo que, como el remedio apropiado para nuestros males, uno y el mismo «Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús,» pudiera por un elemento ser capaz de morir y por el otro ser incapaz. Por tanto, en la entera y perfecta naturaleza de verdadero hombre nació verdadero Dios, entero en lo suyo, entero en lo nuestro. Por «nuestro» entendemos lo que el Creador formó en nosotros al principio y lo que asumió para restaurarlo; pues de aquello que el engañador introdujo, y que el hombre, así engañado, admitió, no hubo rastro alguno en el Salvador; y el hecho de que tomara sobre sí una parte de nuestras flaquezas no lo hizo partícipe de nuestras transgresiones. Asumió «la forma de siervo» sin la mancha del pecado, enriqueciendo lo humano, no menoscabando lo divino: porque aquel «vaciamiento de sí mismo,» por el cual el Invisible se hizo visible, y el Creador y Señor de todas las cosas quiso ser uno entre los mortales, fue un abajarse en compasión, no una pérdida de poder. Por consiguiente, el mismo que, permaneciendo en la forma de Dios, hizo al hombre, fue hecho hombre en la forma de siervo. Pues cada una de las naturalezas conserva su carácter propio sin defecto; y así como la forma de Dios no quita la forma de siervo, tampoco la forma de siervo menoscaba la forma de Dios. Pues ya que el diablo se gloriaba de que el hombre, engañado por su astucia, estaba privado de los dones divinos y, despojado de su dotación de inmortalidad, había caído bajo la grave sentencia de muerte, y de que él mismo, en medio de sus miserias, había hallado una suerte de consuelo en tener a un transgresor por compañero, y de que Dios, según las exigencias del principio de justicia, había mudado su propia resolución respecto del hombre, a quien había creado en tan alto puesto de honor; hubo necesidad de una dispensación de consejo secreto, para que el Dios inmutable, cuya voluntad no podía ser privada de su propia benignidad, cumpliera por un misterio más secreto su plan original de bondad amorosa hacia nosotros, y que el hombre, que había sido inducido a falta por la malvada sutileza del diablo, no pereciera contra el propósito de Dios. Por consiguiente, el Hijo de Dios, descendiendo de su trono en el cielo, y sin apartarse de la gloria del Padre, entra en este mundo inferior, nacido según un orden nuevo, por un modo nuevo de nacimiento. Según un orden nuevo; porque el que en su propia esfera es invisible, se hizo visible en la nuestra; Él, que no podía ser encerrado en espacio, quiso ser encerrado; continuando antes de los tiempos, comenzó a existir en el tiempo; el Señor del universo permitió que su majestad infinita fuera cubierta por la sombra, y tomó sobre sí la forma de siervo; el Dios impasible no desdeñó hacerse Hombre pasible y el Inmortal ser sometido a las leyes de la muerte. Y nacido por un modo nuevo de nacimiento; porque la virginidad inviolada, ignorante de concupiscencia, suministró la materia de su carne. Lo que fue asumido de la madre del Señor fue naturaleza, no culpa; ni la maravilla del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, como nacido del seno de una Virgen, implica que su naturaleza sea desemejante a la nuestra. Pues el mismo que es verdadero Dios, es también verdadero hombre; y no hay ilusión en esta unión, mientras la bajeza del hombre y la alteza de la Divinidad se encuentran juntas. Pues así como «Dios» no es mudado por la compasión [exhibida], así el «Hombre» no es consumido por la dignidad [otorgada]. Pues cada «forma» hace los actos que le pertenecen, en comunión con la otra; el Verbo, es decir, realizando lo que pertenece al Verbo, y la carne ejecutando lo que pertenece a la carne; la una resplandece en milagros, la otra sucumbe a las injurias. Y así como el Verbo no se aparta de la igualdad con el Padre en gloria, así la carne no abandona la naturaleza de nuestra especie. Pues, como a menudo hemos de decir, es uno y el mismo, verdaderamente Hijo de Dios, y verdaderamente Hijo del Hombre. Dios, en cuanto «en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.» Hombre, en cuanto «el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.» Dios, en cuanto «todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada fue hecho.» Hombre, en cuanto fue «hecho de mujer, hecho bajo la ley.» El nacimiento de la carne es una manifestación de la naturaleza humana; el parto de la Virgen es una indicación del poder Divino. La infancia del Niño se exhibe por la humillación de los pañales: la grandeza del Altísimo es declarada por las voces de los ángeles. Aquel a quien Herodes impíamente trama matar es semejante a la humanidad en sus comienzos; pero aquel a quien los Magos se gozan en adorar de rodillas es el Señor de todos. Y cuando vino al bautismo de Juan su precursor, para que no quedara oculto que la Divinidad estaba cubierta con un velo de carne, la voz del Padre habló con trueno desde el cielo, «Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido.» Por consiguiente, aquel que, como hombre, es tentado por la sutileza del diablo, es el mismo a quien, como Dios, los ángeles rinden servicio obediente. Tener hambre, tener sed, estar fatigado y dormir, es evidentemente humano. Pero saciar a cinco mil hombres con cinco panes, y dar a la mujer samaritana aquella agua viva, cuya extracción puede asegurar que quien beba de ella no tenga sed jamás; caminar sobre la superficie del mar con pies que no se hunden, y reprendiendo a la tormenta abatir las «olas levantadas,» es indudablemente Divino. Así como — por pasar por alto muchos puntos — no pertenece a la misma naturaleza llorar con sentimientos de piedad sobre un amigo muerto y, después que la masa de piedra había sido removida del sepulcro donde había yacido cuatro días, por una voz de mando levantarlo de nuevo a la vida; o colgar del madero, y hacer temblar todos los elementos después que la luz del día se había convertido en noche; o ser traspasado con clavos, y abrir las puertas del paraíso a la fe del ladrón; así no pertenece a la misma naturaleza decir, «Yo y el Padre somos uno,» y decir, «el Padre es mayor que yo.» Pues aunque en el Señor Jesucristo hay una sola Persona de Dios y de hombre, sin embargo aquello por lo cual la afrenta corresponde a ambos es una cosa, y aquello por lo cual la gloria corresponde a ambos es otra; pues de lo que nos pertenece a nosotros tiene aquella humanidad que es inferior al Padre; mientras que del Padre tiene igual Divinidad con el Padre. Por consiguiente, a causa de esta unidad de Persona que ha de entenderse como existente en ambas naturalezas, leemos, por una parte, que «el Hijo del Hombre descendió del cielo,» en cuanto el Hijo de Dios tomó carne de aquella Virgen de quien nació; y por otra parte, se dice que el Hijo de Dios fue crucificado y sepultado, en cuanto sufrió esto, no en su Divinidad actual; en la cual el Unigénito es coeterno y consubstancial con el Padre, sino en la debilidad de la naturaleza humana. Por lo cual todos nosotros, en el Credo mismo, confesamos que «el Hijo unigénito de Dios fue crucificado y sepultado,» según aquella palabra del Apóstol, «pues si lo hubieran conocido, no habrían crucificado al Señor de la Majestad.»
    Texto de la fuenteLeón Magno, papa · Tomo a Flaviano · Calcedonia, Tomo de León, § 6
    Pero cuando nuestro Señor y Salvador mismo instruía con sus preguntas la fe de los discípulos, dijo, «¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del Hombre?» Y cuando ellos mencionaron varias opiniones sostenidas por otros, dijo, «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?» es decir, «Yo, que soy Hijo del Hombre, y a quien veis en la forma de siervo, y en realidad de carne, ¿quién decís que soy?» A lo cual el bienaventurado Pedro, como inspirado por Dios, y a punto de beneficiar a todas las naciones con su confesión, dijo, «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.» No inmerecidamente, por tanto, fue declarado bienaventurado por el Señor, y derivó de la Roca original aquella solidez que pertenecía tanto a su virtud como a su nombre, quien por revelación del Padre confesó que el mismo era a la vez el Hijo de Dios y el Cristo; porque una de estas verdades, aceptada sin la otra, no aprovecharía para salvación, y era igualmente peligroso creer al Señor Jesucristo meramente Dios y no hombre, o meramente hombre y no Dios. Pero después de la resurrección del Señor— que fue en verdad la resurrección de un cuerpo real, pues ninguna otra persona resucitó sino aquel que había sido crucificado y había muerto— ¿qué otra cosa se realizó durante aquel intervalo de cuarenta días sino hacer nuestra fe entera y limpia de toda oscuridad? Pues mientras conversaba con sus discípulos, y moraba con ellos, y comía con ellos, y se dejaba palpar con toque cuidadoso e inquisitivo por aquellos que estaban bajo la influencia de la duda, para este fin entró a los discípulos estando las puertas cerradas, y con su aliento les dio el Espíritu Santo, y abrió los secretos de la Sagrada Escritura después de otorgarles la luz de la inteligencia, y de nuevo en su misma persona les mostró la herida del costado, las marcas de los clavos, y todas las señales en la carne de la Pasión, diciendo, «Ved mis manos y mis pies, que soy yo mismo; palpadme y ved, pues un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo:» para que las propiedades de la naturaleza Divina y de la humana fueran reconocidas como permanecientes en él sin causar división, y para que supiéramos de tal modo que el Verbo no es lo que es la carne, que confesemos que el único Hijo de Dios es a la vez Verbo y carne. De este misterio de la fe este Eutiques ha de ser considerado como desdichadamente sin asidero, pues no reconoce que nuestra naturaleza exista en el Hijo Unigénito de Dios, ni por vía de la bajeza de la mortalidad, ni de la gloria de la resurrección. Ni ha sido sobrecogido por la declaración del bienaventurado Apóstol y Evangelista Juan, que dice, «Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios; y todo espíritu que disuelve a Jesús no es de Dios, y éste es el Anticristo.» Ahora bien, ¿qué es disolver a Jesús, sino separar de él la naturaleza humana, y anular con invenciones desvergonzadas aquel misterio por el cual solamente hemos sido salvados? Además, estando a oscuras en cuanto a la naturaleza del cuerpo de Cristo, necesariamente ha de verse envuelto en la misma ceguera insensata respecto de su Pasión también. Pues si no piensa que la crucifixión del Señor sea irreal, y no duda de que realmente aceptó el padecimiento, aun hasta la muerte, por la salvación del mundo; así como cree en su muerte, reconozca también su carne, y no dude que aquel a quien reconoce como capaz de padecer es también Hombre con un cuerpo como el nuestro; pues negar su verdadera carne es también negar sus padecimientos corporales. Si, pues, acepta la fe cristiana, y no aparta su oído de la predicación del Evangelio, vea qué naturaleza era la que fue traspasada con clavos y colgada en el madero de la cruz; y entienda de dónde fue que, después que el costado del Crucificado fue atravesado por la lanza del soldado, brotó sangre y agua, para que la Iglesia de Dios fuera refrescada a la vez con una Pila y con un Cáliz. Escuche también al bienaventurado Apóstol Pedro cuando declara que «la santificación por el Espíritu» tiene lugar mediante la «aspersión de la sangre de Cristo,» y no dé una lectura meramente superficial a las palabras del mismo Apóstol, «Sabiendo que no fuisteis redimidos con cosas corruptibles, como plata y oro, de vuestra vana manera de vivir recibida por tradición de vuestros padres, sino con la sangre preciosa de Jesucristo, como de un Cordero sin mancha y sin mancilla.» Tampoco resista el testimonio del Bienaventurado Juan el Apóstol, «Y la sangre de Jesús el Hijo de Dios nos limpia de todo pecado.» Y de nuevo, «Ésta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe;» y, «¿quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino por agua y sangre, Jesucristo; no en agua solamente, sino en agua y sangre; y es el Espíritu el que da testimonio, porque el Espíritu es verdad. Pues son tres los que dan testimonio— el Espíritu, el agua, y la sangre; y los tres son uno.» Es decir, el Espíritu de santificación, y la sangre de redención, y el agua del bautismo; cuyas tres cosas son una, y permanecen indivisas, y ninguna de ellas está desligada de la conexión con las otras; porque la Iglesia Católica vive y avanza por esta fe: que en Cristo Jesús hemos de creer que ni la humanidad existe sin verdadera Divinidad, ni la Divinidad sin verdadera humanidad. Pero cuando Eutiques, al ser interrogado en vuestro examen de él, respondió, «Confieso que nuestro Señor era de dos naturalezas antes de la unión, pero después de la unión confieso una sola naturaleza;» me asombra que tan absurda y perversa profesión como ésta suya no fuera reprendida con una censura por parte de alguno de sus jueces, y que una expresión sumamente necia y sumamente blasfema fuera pasada por alto, como si nada se hubiera oído que pudiera ofender: visto que es tan impío decir que el Hijo Unigénito de Dios era de dos naturalezas antes de la Encarnación, como escandaloso afirmar que, desde que el Verbo se hizo carne, ha habido en él una sola naturaleza. Pero para que Eutiques no piense que lo que dijo era correcto, o era tolerable, porque no fue refutado por ninguna aserción vuestra, exhortamos a tu solicitud diligente, amadísimo hermano, a velar para que, si por la misericordiosa inspiración de Dios el caso se lleva a un desenlace satisfactorio, el inconsiderado e inexperto hombre sea también limpiado de esta pestilente noción suya; visto que, como el registro de las actuaciones ha mostrado claramente, había ya bien comenzado a abandonar su propia opinión cuando, arrinconado por vuestras palabras autorizadas, profesó estar dispuesto a decir lo que antes no había dicho, y a dar su adhesión a aquella fe de la que anteriormente se había mantenido apartado. Pero cuando no consintió en anatematizar el impío dogma, comprendiste, hermano, que continuaba en su propia descreencia, y merecía recibir sentencia de condenación. Por lo cual, si se duele sincera y efectivamente, y comprende, aunque demasiado tarde, cuán propiamente la autoridad Episcopal ha sido puesta en movimiento, o si, para dar plena satisfacción, condena viva voce, y de su propio puño, todo lo que ha sostenido erróneamente, ninguna compasión, por grande que sea, que pueda mostrársele cuando haya sido enderezado, será digna de reproche, pues nuestro Señor, el verdadero y buen Pastor, que dio su vida por sus ovejas, y que vino a salvar las almas de los hombres y no a destruirlas, quiere que imitemos su propia bondad amorosa; de modo que la justicia ciertamente constriña a los que pecan, pero la misericordia no rechace a los que se convierten. Pues entonces en verdad se defiende la fe verdadera con los mejores resultados, cuando una opinión falsa es condenada aun por aquellos que la han seguido. Y para que todo el asunto se lleve a cabo piadosa y fielmente, hemos nombrado a nuestros hermanos Julio, Obispo, y Renato, Presbítero (del título de San Clemente) y también a mi hijo Hilaro, Diácono, para que nos representen; y con ellos hemos asociado a Dulcicio, nuestro Notario, de cuya fidelidad hemos tenido buena prueba: confiando en que la asistencia Divina estará con vosotros, para que el que se ha extraviado pueda salvarse condenando su propia opinión insana. Dios te guarde en buena salud, amadísimo hermano. Dada en los Idus de junio, en el Consulado de los ilustres varones, Asterio y Protógenes.

    Calcedonia, Sesión II, § 31

    [ Se leyó a continuación una larga catena de citas de los Padres que sostienen la enseñanza del Tomo. (L. y C., Conc., Tom. IV., cols. 357-368.)]

    Sesión II (Continuación)

    Calcedonia, Sesión II, §§ 32–33

    Después de la lectura de la precedente epístola, los reverendísimos obispos exclamaron: Ésta es la fe de los padres, ésta es la fe de los Apóstoles. Así creemos todos, así creen los ortodoxos. Anatema a quien no cree así. Pedro ha hablado así por medio de León. Así enseñaron los Apóstoles. Pía y verdaderamente enseñó León, así enseñó Cirilo. Eterna sea la memoria de Cirilo. León y Cirilo enseñaron lo mismo; anatema a quien no lo cree así. Ésta es la fe verdadera. Los que de nosotros somos ortodoxos así creemos. Ésta es la fe de los padres. ¿Por qué no se leyeron estas cosas en Éfeso [es decir, en el sínodo herético allí celebrado]? Éstas son las cosas que Dioscoro ocultó.
    [ Los obispos ilirios pidieron algunas explicaciones y las respuestas se consideraron satisfactorias, pero se pidió una demora de unos días, y algunos obispos solicitaron un indulto general para todos los que habían sido apartados. Esta propuesta causó gran confusión, en medio de la cual la sesión fue disuelta por los jueces. (Col. 371.)]

    Sesión III

    Calcedonia, Sesión III, §§ 1–7

    [ Los representantes imperiales no parecen haber estado presentes, y, después de que Aecio, el Arcediano de Constantinopla, hubo abierto la sesión,]
    Pascasino, obispo de Lilibeo, en la provincia de Sicilia, y que ocupa el lugar del santísimo León, arzobispo de la Sede Apostólica de la vieja Roma, dijo en latín lo que, interpretado, es como sigue: Bien conocido es a este sínodo amado de Dios que se enviaron cartas divinas al bendito y apostólico papa León, invitándolo a dignarse estar presente en el santo sínodo. Pero puesto que la antigua costumbre no lo sancionaba, ni la necesidad general del tiempo parecía permitirlo, nuestra pequeñez en lugar de él mismo [τὰ τῆς ἁγίας συνόδου επέτρεψε], y por tanto es necesario que cualesquiera cosas que se traigan a discusión sean examinadas por nuestra interlocución ([διαλαλιᾶς]). [El texto latino dice, allí donde he colocado el griego del texto ordinario, así, «ordenó a nuestra pequeñez presidir en su lugar este santo concilio.»] Por tanto, recíbase el libro presentado por nuestro amadísimo de Dios hermano y coepíscopo Eusebio, y léalo el amado de Dios arcediano y primiciero de los notarios, Aecio.
    Y Aecio, arcediano y primiciero de los notarios, tomó el libro y leyó como sigue.
    [ Sigue a continuación la petición de Eusebio y, después de algunas cosas, cuatro peticiones cada una dirigida a «El santísimo y amado de Dios arzobispo ecuménico y patriarca de la gran Roma León, y al santo y ecuménico Sínodo reunido en Calcedonia, etc., etc.;» Las dos primeras por diáconos de Alejandría, la tercera por un antiguo presbítero de la diócesis, y la cuarta por un laico también de Alejandría. Después de esto, Dioscoro fue citado de nuevo y, como no compareció, se dictó sentencia contra él, la cual le fue comunicada en una carta contenida en las actas. (L. y C., Conc., Tom. IV., col. 418.) Los obispos expresaron sus opiniones en su mayor parte uno por uno, pero los legados romanos hablaron conjuntamente, y en su intervención se encuentra lo siguiente (Col. 426:)]
    Por lo cual, el santísimo y bendito León, arzobispo de la grande y más antigua Roma, por medio de nosotros y de este presente santísimo sínodo, juntamente con el tres veces bendito y todo glorioso Pedro el Apóstol, que es la roca y fundamento de la Iglesia Católica, y fundamento de la fe ortodoxa, lo ha despojado del episcopado, y lo ha alienado de toda dignidad hierática. Por tanto, sentencie este santísimo y grande sínodo al antedicho Dioscoro a las penas canónicas.
    [Entonces los obispos, uno por uno, hablaron a favor de la deposición de Dioscoro, pero generalmente sobre la base de su negativa a comparecer cuando fue citado tres veces.]
    Y cuando todos los santísimos obispos hubieron hablado sobre el asunto, firmaron lo que sigue.

    Calcedonia, Condenación de Dióscoro, §§ 1–3

    La Condenación enviada por el Santo y Ecuménico Sínodo a Dioscoro.
    El santo, grande y ecuménico Sínodo, que por la gracia de Dios, según la constitución de nuestros piadosísimos y amados de Dios emperadores, se reunió en Calcedonia, ciudad de Bitinia, en el martirion de la santísima y victoriosa mártir Eufemia, a Dioscoro.
    Te hacemos saber que el día trece del mes de octubre fuiste depuesto del episcopado y hecho extraño a todo orden eclesiástico ([θεσμοῦ]) por el santo y ecuménico sínodo, a causa de tu desprecio de los divinos cánones y de tu desobediencia a este santo y ecuménico sínodo, y a causa de los demás crímenes de los que has sido hallado culpable, pues, aun cuando fuiste llamado tres veces por este santo y grande sínodo, según los divinos cánones, para responder a tus acusadores, no compareciste.

    Sesión IV

    Calcedonia, Sesión IV, §§ 1–6

    Los magníficos y gloriosos jueces y el gran Senado dijeron:
    Que el reverendo concilio declare ahora lo que parezca bueno en cuanto a la fe, puesto que se han manifestado las cosas que ya han sido resueltas. Pascasino y Lucentio, los reverendísimos obispos, y Bonifacio, el reverendísimo presbítero, legados de la Sede Apostólica, por boca de aquel reverendísimo varón, el obispo Pascasino, dijeron: Como el santo y bendito y ecuménico Sínodo mantiene firmemente y sigue la regla de fe (fidei regulam en las Actas latinas) que fue expuesta por los padres en Nicea, confirma asimismo la fe expuesta por el Sínodo de 150 padres reunidos en Constantinopla por orden del gran Teodosio de bendita memoria. Además, se recibe la exposición de la fe del ilustre Cirilo de bendita memoria, expuesta en el Concilio de Éfeso (en el cual fue condenado Nestorio). Y en tercer lugar, los escritos de aquel bendito varón, León, arzobispo de todas las iglesias, que condenó la herejía de Nestorio y Eutiques, muestran cuál es la verdadera fe. Asimismo, el santo Sínodo mantiene esta fe; a ésta sigue: nada más puede añadir ni puede quitar cosa alguna.
    Cuando esto hubo sido traducido al griego por Beroniciano, el devoto secretario del divino consistorio, los reverendísimos obispos exclamaron: Así creemos todos, así fuimos bautizados, así bautizamos, así hemos creído, así creemos ahora.
    Los gloriosísimos jueces y el gran Senado dijeron: Puesto que vemos que los Santos Evangelios han sido colocados junto a vuestra santidad, declare cada uno de los obispos aquí reunidos si la epístola del bienaventuradísimo arzobispo León está conforme con la exposición de los 318 padres reunidos en Nicea y con los decretos de los 150 padres reunidos después en la ciudad real.
    [ A esta pregunta los obispos respondieron uno por uno, hasta que se hubieron emitido 161 opiniones separadas, cuando los jueces imperiales pidieron a los restantes obispos que dieran sus votos en conjunto (col. 508).]
    Todos los reverendísimos obispos exclamaron: Todos asentimos, todos creemos así; todos somos de una misma mente. Así pensamos, así creemos, etc., etc.

    Sesión V

    Calcedonia, Sesión V, §§ 1–9

    Pascasino y Lucentio, reverendísimos obispos, y Bonifacio, presbítero, vicarios de la Sede Apostólica de Roma, dijeron: Si no están de acuerdo con la carta de aquel apostólico y bendito varón, el Papa León, dad órdenes de que se nos den nuestras cartas de despedida, y celébrese allí un sínodo [es decir, en Occidente].
    [ Siguió entonces un largo debate sobre si debía aceptarse el decreto redactado y presentado. Ésta parece haber sido la opinión de la mayoría de los obispos. Al fin, los comisionados propusieron un comité de veintidós para reunirse con ellos e informar al concilio, y el Emperador lo impuso con la amenaza de que, de lo contrario, todos serían enviados a casa y se convocaría un nuevo concilio en Occidente. Ni siquiera esto logró que cedieran (col. 560.)]
    Los reverendísimos obispos exclamaron: ¡Muchos años al Emperador! O bien manténgase la definición [es decir, la presentada en esta sesión] o nos vamos. ¡Muchos años al Emperador!
    Cecropio, reverendísimo obispo de Sebastopol, dijo: Pedimos que la definición sea leída de nuevo y que quienes disientan de ella, y no quieran firmar, puedan irse a sus asuntos; pues damos nuestro consentimiento a estas cosas que han sido tan bellamente redactadas, y no hacemos críticas.
    Los bienaventuradísimos obispos de Iliria dijeron: Manifiéstense los que contradicen. Los que contradicen son nestorianos. Los que contradicen, váyanse a Roma.
    Los magníficos y gloriosísimos jueces dijeron: Dioscoro reconoció que aceptaba la expresión «de dos naturalezas,» pero no que hubiera dos naturalezas. Pero el santísimo arzobispo León dice que hay dos naturalezas en Cristo unidas inmutablemente, inseparablemente, inconturbadamente en el único Hijo unigénito, nuestro Salvador. ¿A quién seguís, al santísimo León o a Dioscoro?
    Los reverendísimos obispos exclamaron: Creemos como León. Los que contradicen son eutiquianos. León ha expuesto rectamente la fe.
    Los magníficos y gloriosos jueces dijeron: Añádase, pues, a la definición, según el juicio de nuestro santísimo padre León, que hay dos naturalezas en Cristo unidas inmutablemente, inseparablemente, inconturbadamente.
    [ El Comité se reunió entonces en el oratorio de la santísima mártir Eufemia y después comunicó una definición de fe que, aunque enseñaba la misma doctrina, no era el Tomo de León (col. 562).]

    Calcedonia, Definición de fe, §§ 1–9

    La Definición de fe del Concilio de Calcedonia.
    El santo, grande y ecuménico sínodo, reunido por la gracia de Dios y el mandato de nuestros religiosísimos y cristianísimos Emperadores, Marciano y Valentiniano, Augustos, en Calcedonia, metrópoli de la Provincia de Bitinia, en el martirion de la santa y victoriosa mártir Eufemia, ha decretado lo siguiente:
    Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, al fortalecer el conocimiento de la Fe en sus discípulos, a fin de que nadie pudiera discrepar de su prójimo acerca de las doctrinas de la religión, y para que la proclamación de la verdad fuera expuesta por igual a todos los hombres, dijo: «Mi paz os dejo, mi paz os doy.» Pero, puesto que el maligno no cesa de sembrar cizaña entre las semillas de la piedad, sino que siempre inventa algún nuevo artificio contra la verdad; por eso el Señor, proveyendo, como siempre hace, al género humano, ha suscitado a este piadoso, fiel y celoso Soberano, y ha convocado a él de todas partes a los principales gobernantes del sacerdocio; para que, inspirándonos la gracia de Cristo, nuestro común Señor, podamos arrojar toda plaga de falsedad de las ovejas de Cristo, y apacentarlas con las tiernas hojas de la verdad. Y esto lo hemos hecho con unánime consentimiento, desterrando las doctrinas erróneas y renovando la fe inerrante de los Padres, publicando a todos los hombres el Credo de los Trescientos Dieciocho, y añadiendo a su número, como a sus pares, a los Padres que han recibido el mismo compendio de religión. Tales son los Ciento Cincuenta santos Padres que después se reunieron en la gran Constantinopla y ratificaron la misma fe. Además, observando el orden y toda forma relativa a la fe, que fue observada por el santo sínodo anteriormente celebrado en Éfeso, del cual Celestino de Roma y Cirilo de Alejandría, de santa memoria, fueron los guías, declaramos que la exposición de la fe recta e irreprensible hecha por los Trescientos Dieciocho santos y benditos Padres, reunidos en Nicea en el reinado de Constantino de piadosa memoria, será preeminente; y que tendrán también fuerza las cosas que fueron decretadas por los Ciento Cincuenta santos Padres en Constantinopla, para la extirpación de las herejías que entonces habían brotado, y para la confirmación de la misma Fe Católica y Apostólica nuestra.
    El Credo de los trescientos dieciocho Padres en Nicea.
    Creemos en un solo Dios, etc.
    Ítem, el Credo de los ciento cincuenta santos Padres que fueron reunidos en Constantinopla.
    Creemos en un solo Dios, etc.
    Esta sabia y saludable fórmula de la gracia divina bastó para el perfecto conocimiento y confirmación de la religión; pues enseña la perfecta [doctrina] acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y expone la Encarnación del Señor a los que la reciben fielmente. Pero, por cuanto personas que se empeñan en anular la predicación de la verdad han dado lugar, mediante sus herejías individuales, a vanas habladurías; algunos de ellos atreviéndose a corromper el misterio de la encarnación del Señor por nosotros y rehusando [usar] el nombre de Madre de Dios ([Θεοτόκος]) en referencia a la Virgen, mientras otros, introduciendo una confusión y mezcla, y concibiendo ociosamente que la naturaleza de la carne y de la Divinidad es toda una, manteniendo que la naturaleza divina del Unigénito es, por mezcla, capaz de padecer; por tanto, este presente santo, grande y ecuménico sínodo, deseando excluir todo artificio contra la Verdad, y enseñando lo que permanece invariable desde el principio, ha decretado desde el comienzo mismo que la fe de los Trescientos Dieciocho Padres sea preservada inviolada. Y por causa de los que contienden contra el Espíritu Santo, confirma la doctrina entregada después acerca de la sustancia del Espíritu por los Ciento Cincuenta santos Padres que se reunieron en la Ciudad imperial; doctrina que declararon a todos los hombres, no como si introdujeran algo que hubiera faltado en sus predecesores, sino para explicar mediante documentos escritos su fe acerca del Espíritu Santo contra quienes buscaban destruir su soberanía. Y, por causa de los que han emprendido corromper el misterio de la dispensación [es decir, la Encarnación] y que descaradamente fingen que el que nació de la santa Virgen María era un mero hombre, recibe las cartas sinodales del bienaventurado Cirilo, Pastor de la Iglesia de Alejandría, dirigidas a Nestorio y a los Orientales, juzgándolas adecuadas para la refutación de la frenética locura de Nestorio, y para la instrucción de aquellos que anhelan con santo ardor el conocimiento del símbolo salvador. Y, para la confirmación de las doctrinas ortodoxas, ha añadido con razón a éstas la carta del Presidente de la grande y antigua Roma, el bienaventuradísimo y santo Arzobispo León, que fue dirigida al Arzobispo Flaviano de bendita memoria, para la remoción de las falsas doctrinas de Eutiques, juzgándolas conformes a la confesión del gran Pedro, y como una columna común contra los descreídos. Pues se opone a quienes rasgarían el misterio de la dispensación en una Díada de Hijos; repele de la sagrada asamblea a quienes se atreven a decir que la Divinidad del Unigénito es capaz de padecer; resiste a quienes imaginan una mezcla o confusión de las dos naturalezas de Cristo; ahuyenta a quienes fantasean que su forma de siervo es de una sustancia celestial o de alguna otra distinta de la que fue tomada de nosotros, y anatematiza a quienes neciamente hablan de dos naturalezas de nuestro Señor antes de la unión, concibiendo que después de la unión hubo sólo una.
    Siguiendo a los santos Padres, enseñamos a una voz que el Hijo [de Dios] y nuestro Señor Jesucristo ha de ser confesado como una y la misma [Persona], que es perfecto en la Divinidad y perfecto en la humanidad, Dios verdadero y hombre verdadero, compuesto de alma racional y de cuerpo [humano], consubstancial con el Padre en cuanto a su Divinidad, y consubstancial con nosotros en cuanto a su humanidad; hecho en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado; engendrado de su Padre antes de los siglos según su Divinidad; pero en estos últimos días, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, nacido [en el mundo] de la Virgen María, la Madre de Dios según su humanidad. Este uno y el mismo Jesucristo, Hijo unigénito [de Dios], ha de ser confesado en dos naturalezas, inconturbadamente, inmutablemente, indivisiblemente, inseparablemente [unidas], y sin que la distinción de naturalezas sea quitada por tal unión, sino más bien conservándose la propiedad peculiar de cada naturaleza y uniéndose en una Persona y subsistencia, no separado ni dividido en dos personas, sino uno y el mismo Hijo y unigénito, Dios el Verbo, nuestro Señor Jesucristo, como los Profetas de antaño han hablado acerca de él, y como el Señor Jesucristo nos ha enseñado, y como el Credo de los Padres nos lo ha transmitido.
    Por tanto, habiendo sido expresadas estas cosas por nosotros con la mayor exactitud y atención, el santo Sínodo Ecuménico define que a nadie se le permita proponer una fe diferente ([ἑτέραν πίστιν]), ni escribirla, ni componerla, ni excogitarla, ni enseñarla a otros. Pero a los que se atrevan, o bien a componer otra fe, o a proponer, enseñar o entregar un Credo diferente ([ἕτερον σύμβολον]) a quienes desean convertirse al conocimiento de la verdad, viniendo de los gentiles, de los judíos o de cualquier herejía, si son Obispos o clérigos, sean depuestos: los Obispos, del Episcopado, y los clérigos, del clero; pero si son monjes o laicos: sean anatematizados.

    Calcedonia, Sesión V, § 10

    Después de la lectura de la definición, todos los religiosísimos Obispos exclamaron: Ésta es la fe de los padres: que los metropolitanos la suscriban inmediatamente: que la suscriban inmediatamente, en presencia de los jueces: que lo que ha sido bien definido no tenga demora: ésta es la fe de los Apóstoles: en esto nos mantenemos todos firmes: así creemos todos.

    Sesión VI

    Calcedonia, Sesión VI, §§ 1–5

    [El Emperador estuvo presente en persona y se dirigió al Concilio, y después sugirió legislación bajo tres epígrafes, cuyos borradores fueron leídos.]
    Después de esta lectura, los capítulos fueron entregados por nuestro sacratísimo y piadoso príncipe al amadísimo de Dios Anatolio, arzobispo de la real Constantinopla, que es la Nueva Roma, y todos los amadísimos de Dios obispos exclamaron: ¡Muchos años a nuestro Emperador y a nuestra Emperatriz, los piadosos, los cristianos! ¡Que Cristo, a quien servís, os guarde! Estas cosas son dignas de la fe. ¡Al Sacerdote, el Emperador! Tú has enderezado las iglesias, vencedor de tus enemigos, maestro de la fe. ¡Muchos años a la piadosa Emperatriz, la amante de Cristo! ¡Muchos años a ella, que es ortodoxa! ¡Que Dios salve vuestro reino! Tú has derribado a los herejes, tú has guardado la fe. ¡Que el odio sea alejado de vuestro imperio, y que vuestro reino perdure para siempre!
    Nuestro sacratísimo y piadoso príncipe dijo al santo sínodo: Para honra de la santa mártir Eufemia y de vuestra santidad, decretamos que la ciudad de Calcedonia, en la cual se ha celebrado el sínodo de la santa fe, tenga los honores de una metrópoli, concediéndole este honor solo en el nombre, quedando preservada la dignidad propia de la ciudad de Nicimedia.
    Todos exclamaron, etc., etc.
    Decreto sobre la jurisdicción de Jerusalén y Antioquía

    Sesión VII

    Calcedonia, Sesión VII, § 1

    Los magnificentísimos y gloriosos jueces dijeron: … El arreglo alcanzado por el acuerdo del santísimo Máximo, obispo de la ciudad de Antioquía, y del santísimo Juvenal, obispo de Jerusalén, como declara la atestación de cada uno de ellos, permanecerá firme para siempre, mediante nuestro decreto y la sentencia del santo sínodo; a saber, que el santísimo obispo Máximo, o más bien la santísima iglesia de Antioquía, tendrá bajo su propia jurisdicción las dos Fenicias y Arabia; pero el santísimo Juvenal, obispo de Jerusalén, o más bien la santísima Iglesia que está bajo él, tendrá bajo su propio poder las tres Palestinas, quedando abolidas todas las pragmáticas imperiales y cartas y penas, según el mandato de nuestro sacratísimo y piadoso príncipe.
    Texto de la fuenteHenry R. Percival, editor · Notas del volumen 14 de los NPNF · Calcedonia, nota 1
    Los Ballerini, en sus notas a las Obras de San León (Migne, Pat. Lat., LV., col. 733 et seqq.), citan fragmentos de las Actas de este concilio que, si se puede confiar en ellos, muestran que este asunto de los derechos de Antioquía y Jerusalén fue tratado de nuevo en una sesión posterior (el 31 de octubre) y resuelto de la misma manera. Estos fragmentos han sido generalmente recibidos como auténticos y han sido insertados por Mansi (Tom. vii., 722 C.) en sus Concilia.

    Calcedonia, Sesión VII, § 2

    El Decreto con respecto al Obispo de Éfeso.

    Sesión XII

    Calcedonia, Sesión XII, §§ 1–5

    Los gloriosísimos jueces dijeron: Puesto que la proposición del amadísimo de Dios arzobispo de la real Constantinopla, Anatolio, y del reverendísimo obispo Pascasino, que ocupa el lugar de León, el amadísimo de Dios arzobispo de la vieja Roma, ordena que, porque ambos [es decir, Basiano y Esteban] actuaron canónicamente, ninguno de los dos gobierne, ni sea llamado obispo de la santísima iglesia de Éfeso, y puesto que todo el santo sínodo enseñó que habían realizado estas ordenaciones canónicamente, y estuvo de acuerdo con los discursos de los reverendísimos obispos; el reverendísimo Basiano y el reverendísimo Esteban serán removidos de la santa iglesia de Éfeso; pero gozarán de la dignidad episcopal, y de las rentas de la antes mencionada santísima iglesia, para su sustento y consuelo, recibirán cada año doscientas piezas de oro; y se ordenará otro obispo según los cánones para la santísima iglesia.
    Y todo el santo sínodo exclamó: Esta es una sentencia justa. Este es un plan piadoso. Estas cosas son hermosas de contemplar.
    El reverendísimo obispo Basiano dijo: Ordenad, os ruego, que se me restituya lo que me fue robado.
    Los gloriosísimos jueces dijeron: Si algo perteneciente personalmente al reverendísimo obispo Basiano le ha sido quitado, sea por el reverendísimo obispo Esteban, sea por cualesquiera otras personas, será restituido, tras prueba judicial, por quienes lo tomaron o hicieron que se tomara.
    Decreto con respecto a Nicimedia

    Sesión XIII

    Calcedonia, Sesión XIII, §§ 1–8

    Los gloriosísimos jueces dijeron [después de terminada la lectura de las cartas imperiales]: Estas cartas divinas no dicen nada en absoluto con respecto al episcopado, sino que ambas se refieren al honor perteneciente a las ciudades metropolitanas. Pero las cartas sagradas de Valentiniano y Valente, de divina memoria, que entonces confirieron derechos metropolitanos a la ciudad de Nicea, proveyeron cuidadosamente que nada fuera quitado a otras ciudades. Y el canon de los santos padres decretó que hubiera una sola metrópoli en cada provincia. ¿Cuál es, pues, el placer del santo sínodo en este asunto?
    El santo sínodo exclamó: Que se guarden los cánones. Que los cánones sean suficientes.
    Ático, el reverendísimo obispo de la vieja Nicópolis en Epiro, dijo: El canon define así: que un metropolitano tenga jurisdicción en cada provincia, y él debe constituir a todos los obispos que están en esa provincia. Y este es el significado del canon. Ahora bien, el obispo de Nicimedia, puesto que desde el principio esta fue una metrópoli, debe ordenar a todos los obispos que están en esa provincia.
    El santo sínodo dijo: Esto es lo que todos deseamos, esto es lo que todos pedimos, que esto se observe en todas partes, esto agrada a todos nosotros.
    Juan, Constantino, Patricio [Pedro] y los demás reverendísimos obispos de la diócesis póntica [a través de Juan, que era uno de ellos] dijeron: Los cánones reconocen como metropolitano al uno más antiguo. Y es manifiesto que el religiosísimo obispo de Nicimedia tiene el derecho de la ordenación, y puesto que las leyes (como vuestra magnificencia ha visto) han honrado a Nicea con el nombre solo de metrópoli, y así hicieron a su obispo superior al resto de los obispos de la provincia en honor solamente.
    El santo sínodo dijo: Han enseñado de acuerdo con los cánones, hermosamente han enseñado. Todos decimos las mismas cosas.
    [Aecio, Arcediano de Constantinopla, presentó entonces una súplica para salvar los derechos del trono de la ciudad real.]
    Los gloriosísimos jueces dijeron: El reverendísimo obispo de Nicimedia tendrá la autoridad de metropolitano sobre las iglesias de la provincia de Bitinia, y Nicea tendrá el honor solo del rango metropolitano, sometiéndose según el ejemplo de los otros obispos de la provincia de Nicimedia. Porque tal es el placer del Santo Sínodo.
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