Calcedonia, Sesión II, §§ 28–30
El Tomo de San León.(Labbe y Cossart, Concilia, Tom. IV., col. 343; también Migne, Pat. Lat., Tom. LIV. [León M. Opera, Tom. I.] col. 756.)León [el obispo] a su [muy] querido hermano Flaviano.Leída la carta de tu Afecto, cuyo tardío arribo nos causa sorpresa, y repasado el registro de las actuaciones de los obispos, hemos obtenido por fin una visión clara del escándalo que entre vosotros se ha alzado contra la integridad de la fe; y lo que al principio parecía oscuro ha sido ahora elucidado y explicado. Por este medio Eutiques, que parecía merecedor de honor bajo el título de Presbítero, se muestra ahora sumamente irreflexivo y tristemente inexperto, de modo que también a él podemos aplicar las palabras del profeta, «Rehusó entender para obrar bien: meditó iniquidad sobre su lecho.» Pues ¿qué hay más inicuo que albergar pensamientos impíos, y no ceder ante personas más sabias y más doctas? Pero en esta necedad caen quienes, cuando alguna oscuridad les impide aprehender la verdad, recurren no a las palabras de los Profetas, no a las cartas de los Apóstoles, ni a la autoridad de los Evangelios, sino a sí mismos; y se hacen maestros del error, precisamente porque no han sido discípulos de la verdad. Pues ¿qué instrucción ha recibido de las páginas sagradas del Nuevo y del Antiguo Testamento quien ni siquiera comprende el comienzo mismo del Credo? Y aquello que, en todo el mundo, es pronunciado por las voces de todos los que piden la regeneración, no es aún captado por la mente de este anciano. Si, pues, no sabía lo que debía pensar acerca de la Encarnación del Verbo de Dios, y no estaba dispuesto, por obtener la luz de la inteligencia, a hacer búsqueda laboriosa por toda la extensión de las Sagradas Escrituras, al menos debiera haber recibido con atención diligente aquella Confesión general común a todos, por la cual todo el cuerpo de los fieles profesa que «cree en Dios Padre Todopoderoso, y en Jesucristo su único Hijo nuestro Señor, que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María.» Por cuyas tres cláusulas quedan destrozadas las máquinas de casi todos los herejes. Pues cuando se cree que Dios es a la vez «Todopoderoso» y «Padre,» queda probado que el Hijo es eterno juntamente con él, sin diferir en nada del Padre, porque nació como «Dios de Dios,» Todopoderoso de Todopoderoso, Coeterno de Eterno; no posterior en el tiempo, no inferior en poder, no desemejante a él en gloria, no dividido de él en esencia, sino que el mismo Hijo Unigénito y Eterno de un Padre Eterno fue «nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María.» Este nacimiento en el tiempo en nada menoscabó, en nada añadió a aquel divino y eterno nacimiento; sino que se consagró por entero a la obra de restaurar al hombre, que había sido engañado; para que así venciera a la muerte, y con su poder «destruyera al diablo que tenía el poder de la muerte.» Pues no habríamos podido vencer al autor del pecado y de la muerte, a menos que aquel que ni podía ser contaminado por el pecado ni retenido por la muerte, hubiera tomado sobre sí nuestra naturaleza y la hubiera hecho suya. Pues, en efecto, fue «concebido del Espíritu Santo» en el seno de una Madre Virgen, que lo dio a luz tal como lo había concebido, sin pérdida de virginidad. Pero si él (Eutiques) no pudo obtener una concepción verdadera de esta fuente pura de la fe cristiana porque con su propia ceguera había oscurecido para sí el resplandor de una verdad tan clara, debió haberse sometido a la enseñanza del Evangelista; y después de leer lo que dice Mateo, «Libro de la generación de Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abraham,» debió también haber buscado instrucción en la predicación del Apóstol; y después de leer en la Epístola a los Romanos, «Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser Apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las Santas Escrituras, acerca de su Hijo, que le fue hecho de la simiente de David según la carne,» debió haber consagrado algún estudio devoto a las páginas de los Profetas; y hallando que la promesa de Dios dijo a Abraham, «en tu simiente serán benditas todas las naciones,» para evitar toda duda en cuanto al sentido propio de esta «simiente,» debió haber atendido a las palabras del Apóstol, «A Abraham y a su simiente fueron hechas las promesas. No dice: 'y a las simientes', como en el caso de muchos, sino como en el caso de uno solo: 'y a tu simiente', la cual es Cristo.» Debió también haber aprehendido con su oído interior la declaración de Isaías, «He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y llamarán su nombre Emanuel, que es, interpretado, Dios con nosotros;» y debió haber leído con fe las palabras del mismo profeta, «Un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado, cuyo poder está sobre su hombro; y llamarán su nombre Ángel del gran consejo, Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Príncipe de Paz, Padre del siglo venidero.» Y no debió haber hablado vanamente en el sentido de que el Verbo fue hecho carne de tal manera que el Cristo que fue sacado del seno de la Virgen tenía forma de hombre, y no un cuerpo realmente derivado del cuerpo de su Madre. Posiblemente la razón de pensar que nuestro Señor Jesucristo no era de nuestra naturaleza fue ésta— que el Ángel enviado a la bienaventurada y siempre Virgen María dijo, «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios;» como si, porque la concepción de la Virgen fue causada por un acto divino, por eso la carne de aquel a quien ella concibió no fuera de la naturaleza de aquella que lo concibió. Pero no hemos de entender aquella «generación,» incomparablemente maravillosa, y maravillosamente incomparable, en el sentido de que la novedad del modo de producción aboliera el carácter propio de la especie. Pues fue el Espíritu Santo quien dio fecundidad a la Virgen, pero fue de un cuerpo que un cuerpo real fue derivado; y «cuando la Sabiduría se edificaba una casa,» el «Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros,» es decir, en aquella carne que asumió de un ser humano, y a la que animó con el espíritu de vida racional.
Por consiguiente, mientras la distinción de ambas naturalezas y sustancias se conservaba, y ambas se encontraban en una sola Persona, la bajeza fue asumida por la majestad, la debilidad por el poder, la mortalidad por la eternidad; y, para pagar la deuda de nuestra condición, la naturaleza inviolable fue unida a la pasible, de modo que, como el remedio apropiado para nuestros males, uno y el mismo «Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús,» pudiera por un elemento ser capaz de morir y por el otro ser incapaz. Por tanto, en la entera y perfecta naturaleza de verdadero hombre nació verdadero Dios, entero en lo suyo, entero en lo nuestro. Por «nuestro» entendemos lo que el Creador formó en nosotros al principio y lo que asumió para restaurarlo; pues de aquello que el engañador introdujo, y que el hombre, así engañado, admitió, no hubo rastro alguno en el Salvador; y el hecho de que tomara sobre sí una parte de nuestras flaquezas no lo hizo partícipe de nuestras transgresiones. Asumió «la forma de siervo» sin la mancha del pecado, enriqueciendo lo humano, no menoscabando lo divino: porque aquel «vaciamiento de sí mismo,» por el cual el Invisible se hizo visible, y el Creador y Señor de todas las cosas quiso ser uno entre los mortales, fue un abajarse en compasión, no una pérdida de poder. Por consiguiente, el mismo que, permaneciendo en la forma de Dios, hizo al hombre, fue hecho hombre en la forma de siervo. Pues cada una de las naturalezas conserva su carácter propio sin defecto; y así como la forma de Dios no quita la forma de siervo, tampoco la forma de siervo menoscaba la forma de Dios. Pues ya que el diablo se gloriaba de que el hombre, engañado por su astucia, estaba privado de los dones divinos y, despojado de su dotación de inmortalidad, había caído bajo la grave sentencia de muerte, y de que él mismo, en medio de sus miserias, había hallado una suerte de consuelo en tener a un transgresor por compañero, y de que Dios, según las exigencias del principio de justicia, había mudado su propia resolución respecto del hombre, a quien había creado en tan alto puesto de honor; hubo necesidad de una dispensación de consejo secreto, para que el Dios inmutable, cuya voluntad no podía ser privada de su propia benignidad, cumpliera por un misterio más secreto su plan original de bondad amorosa hacia nosotros, y que el hombre, que había sido inducido a falta por la malvada sutileza del diablo, no pereciera contra el propósito de Dios. Por consiguiente, el Hijo de Dios, descendiendo de su trono en el cielo, y sin apartarse de la gloria del Padre, entra en este mundo inferior, nacido según un orden nuevo, por un modo nuevo de nacimiento. Según un orden nuevo; porque el que en su propia esfera es invisible, se hizo visible en la nuestra; Él, que no podía ser encerrado en espacio, quiso ser encerrado; continuando antes de los tiempos, comenzó a existir en el tiempo; el Señor del universo permitió que su majestad infinita fuera cubierta por la sombra, y tomó sobre sí la forma de siervo; el Dios impasible no desdeñó hacerse Hombre pasible y el Inmortal ser sometido a las leyes de la muerte. Y nacido por un modo nuevo de nacimiento; porque la virginidad inviolada, ignorante de concupiscencia, suministró la materia de su carne. Lo que fue asumido de la madre del Señor fue naturaleza, no culpa; ni la maravilla del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, como nacido del seno de una Virgen, implica que su naturaleza sea desemejante a la nuestra. Pues el mismo que es verdadero Dios, es también verdadero hombre; y no hay ilusión en esta unión, mientras la bajeza del hombre y la alteza de la Divinidad se encuentran juntas. Pues así como «Dios» no es mudado por la compasión [exhibida], así el «Hombre» no es consumido por la dignidad [otorgada]. Pues cada «forma» hace los actos que le pertenecen, en comunión con la otra; el Verbo, es decir, realizando lo que pertenece al Verbo, y la carne ejecutando lo que pertenece a la carne; la una resplandece en milagros, la otra sucumbe a las injurias. Y así como el Verbo no se aparta de la igualdad con el Padre en gloria, así la carne no abandona la naturaleza de nuestra especie. Pues, como a menudo hemos de decir, es uno y el mismo, verdaderamente Hijo de Dios, y verdaderamente Hijo del Hombre. Dios, en cuanto «en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.» Hombre, en cuanto «el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.» Dios, en cuanto «todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada fue hecho.» Hombre, en cuanto fue «hecho de mujer, hecho bajo la ley.» El nacimiento de la carne es una manifestación de la naturaleza humana; el parto de la Virgen es una indicación del poder Divino. La infancia del Niño se exhibe por la humillación de los pañales: la grandeza del Altísimo es declarada por las voces de los ángeles. Aquel a quien Herodes impíamente trama matar es semejante a la humanidad en sus comienzos; pero aquel a quien los Magos se gozan en adorar de rodillas es el Señor de todos. Y cuando vino al bautismo de Juan su precursor, para que no quedara oculto que la Divinidad estaba cubierta con un velo de carne, la voz del Padre habló con trueno desde el cielo, «Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido.» Por consiguiente, aquel que, como hombre, es tentado por la sutileza del diablo, es el mismo a quien, como Dios, los ángeles rinden servicio obediente. Tener hambre, tener sed, estar fatigado y dormir, es evidentemente humano. Pero saciar a cinco mil hombres con cinco panes, y dar a la mujer samaritana aquella agua viva, cuya extracción puede asegurar que quien beba de ella no tenga sed jamás; caminar sobre la superficie del mar con pies que no se hunden, y reprendiendo a la tormenta abatir las «olas levantadas,» es indudablemente Divino. Así como — por pasar por alto muchos puntos — no pertenece a la misma naturaleza llorar con sentimientos de piedad sobre un amigo muerto y, después que la masa de piedra había sido removida del sepulcro donde había yacido cuatro días, por una voz de mando levantarlo de nuevo a la vida; o colgar del madero, y hacer temblar todos los elementos después que la luz del día se había convertido en noche; o ser traspasado con clavos, y abrir las puertas del paraíso a la fe del ladrón; así no pertenece a la misma naturaleza decir, «Yo y el Padre somos uno,» y decir, «el Padre es mayor que yo.» Pues aunque en el Señor Jesucristo hay una sola Persona de Dios y de hombre, sin embargo aquello por lo cual la afrenta corresponde a ambos es una cosa, y aquello por lo cual la gloria corresponde a ambos es otra; pues de lo que nos pertenece a nosotros tiene aquella humanidad que es inferior al Padre; mientras que del Padre tiene igual Divinidad con el Padre. Por consiguiente, a causa de esta unidad de Persona que ha de entenderse como existente en ambas naturalezas, leemos, por una parte, que «el Hijo del Hombre descendió del cielo,» en cuanto el Hijo de Dios tomó carne de aquella Virgen de quien nació; y por otra parte, se dice que el Hijo de Dios fue crucificado y sepultado, en cuanto sufrió esto, no en su Divinidad actual; en la cual el Unigénito es coeterno y consubstancial con el Padre, sino en la debilidad de la naturaleza humana. Por lo cual todos nosotros, en el Credo mismo, confesamos que «el Hijo unigénito de Dios fue crucificado y sepultado,» según aquella palabra del Apóstol, «pues si lo hubieran conocido, no habrían crucificado al Señor de la Majestad.»
Pero cuando nuestro Señor y Salvador mismo instruía con sus preguntas la fe de los discípulos, dijo, «¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del Hombre?» Y cuando ellos mencionaron varias opiniones sostenidas por otros, dijo, «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?» es decir, «Yo, que soy Hijo del Hombre, y a quien veis en la forma de siervo, y en realidad de carne, ¿quién decís que soy?» A lo cual el bienaventurado Pedro, como inspirado por Dios, y a punto de beneficiar a todas las naciones con su confesión, dijo, «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.» No inmerecidamente, por tanto, fue declarado bienaventurado por el Señor, y derivó de la Roca original aquella solidez que pertenecía tanto a su virtud como a su nombre, quien por revelación del Padre confesó que el mismo era a la vez el Hijo de Dios y el Cristo; porque una de estas verdades, aceptada sin la otra, no aprovecharía para salvación, y era igualmente peligroso creer al Señor Jesucristo meramente Dios y no hombre, o meramente hombre y no Dios. Pero después de la resurrección del Señor— que fue en verdad la resurrección de un cuerpo real, pues ninguna otra persona resucitó sino aquel que había sido crucificado y había muerto— ¿qué otra cosa se realizó durante aquel intervalo de cuarenta días sino hacer nuestra fe entera y limpia de toda oscuridad? Pues mientras conversaba con sus discípulos, y moraba con ellos, y comía con ellos, y se dejaba palpar con toque cuidadoso e inquisitivo por aquellos que estaban bajo la influencia de la duda, para este fin entró a los discípulos estando las puertas cerradas, y con su aliento les dio el Espíritu Santo, y abrió los secretos de la Sagrada Escritura después de otorgarles la luz de la inteligencia, y de nuevo en su misma persona les mostró la herida del costado, las marcas de los clavos, y todas las señales en la carne de la Pasión, diciendo, «Ved mis manos y mis pies, que soy yo mismo; palpadme y ved, pues un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo:» para que las propiedades de la naturaleza Divina y de la humana fueran reconocidas como permanecientes en él sin causar división, y para que supiéramos de tal modo que el Verbo no es lo que es la carne, que confesemos que el único Hijo de Dios es a la vez Verbo y carne. De este misterio de la fe este Eutiques ha de ser considerado como desdichadamente sin asidero, pues no reconoce que nuestra naturaleza exista en el Hijo Unigénito de Dios, ni por vía de la bajeza de la mortalidad, ni de la gloria de la resurrección. Ni ha sido sobrecogido por la declaración del bienaventurado Apóstol y Evangelista Juan, que dice, «Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios; y todo espíritu que disuelve a Jesús no es de Dios, y éste es el Anticristo.» Ahora bien, ¿qué es disolver a Jesús, sino separar de él la naturaleza humana, y anular con invenciones desvergonzadas aquel misterio por el cual solamente hemos sido salvados? Además, estando a oscuras en cuanto a la naturaleza del cuerpo de Cristo, necesariamente ha de verse envuelto en la misma ceguera insensata respecto de su Pasión también. Pues si no piensa que la crucifixión del Señor sea irreal, y no duda de que realmente aceptó el padecimiento, aun hasta la muerte, por la salvación del mundo; así como cree en su muerte, reconozca también su carne, y no dude que aquel a quien reconoce como capaz de padecer es también Hombre con un cuerpo como el nuestro; pues negar su verdadera carne es también negar sus padecimientos corporales. Si, pues, acepta la fe cristiana, y no aparta su oído de la predicación del Evangelio, vea qué naturaleza era la que fue traspasada con clavos y colgada en el madero de la cruz; y entienda de dónde fue que, después que el costado del Crucificado fue atravesado por la lanza del soldado, brotó sangre y agua, para que la Iglesia de Dios fuera refrescada a la vez con una Pila y con un Cáliz. Escuche también al bienaventurado Apóstol Pedro cuando declara que «la santificación por el Espíritu» tiene lugar mediante la «aspersión de la sangre de Cristo,» y no dé una lectura meramente superficial a las palabras del mismo Apóstol, «Sabiendo que no fuisteis redimidos con cosas corruptibles, como plata y oro, de vuestra vana manera de vivir recibida por tradición de vuestros padres, sino con la sangre preciosa de Jesucristo, como de un Cordero sin mancha y sin mancilla.» Tampoco resista el testimonio del Bienaventurado Juan el Apóstol, «Y la sangre de Jesús el Hijo de Dios nos limpia de todo pecado.» Y de nuevo, «Ésta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe;» y, «¿quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino por agua y sangre, Jesucristo; no en agua solamente, sino en agua y sangre; y es el Espíritu el que da testimonio, porque el Espíritu es verdad. Pues son tres los que dan testimonio— el Espíritu, el agua, y la sangre; y los tres son uno.» Es decir, el Espíritu de santificación, y la sangre de redención, y el agua del bautismo; cuyas tres cosas son una, y permanecen indivisas, y ninguna de ellas está desligada de la conexión con las otras; porque la Iglesia Católica vive y avanza por esta fe: que en Cristo Jesús hemos de creer que ni la humanidad existe sin verdadera Divinidad, ni la Divinidad sin verdadera humanidad. Pero cuando Eutiques, al ser interrogado en vuestro examen de él, respondió, «Confieso que nuestro Señor era de dos naturalezas antes de la unión, pero después de la unión confieso una sola naturaleza;» me asombra que tan absurda y perversa profesión como ésta suya no fuera reprendida con una censura por parte de alguno de sus jueces, y que una expresión sumamente necia y sumamente blasfema fuera pasada por alto, como si nada se hubiera oído que pudiera ofender: visto que es tan impío decir que el Hijo Unigénito de Dios era de dos naturalezas antes de la Encarnación, como escandaloso afirmar que, desde que el Verbo se hizo carne, ha habido en él una sola naturaleza. Pero para que Eutiques no piense que lo que dijo era correcto, o era tolerable, porque no fue refutado por ninguna aserción vuestra, exhortamos a tu solicitud diligente, amadísimo hermano, a velar para que, si por la misericordiosa inspiración de Dios el caso se lleva a un desenlace satisfactorio, el inconsiderado e inexperto hombre sea también limpiado de esta pestilente noción suya; visto que, como el registro de las actuaciones ha mostrado claramente, había ya bien comenzado a abandonar su propia opinión cuando, arrinconado por vuestras palabras autorizadas, profesó estar dispuesto a decir lo que antes no había dicho, y a dar su adhesión a aquella fe de la que anteriormente se había mantenido apartado. Pero cuando no consintió en anatematizar el impío dogma, comprendiste, hermano, que continuaba en su propia descreencia, y merecía recibir sentencia de condenación. Por lo cual, si se duele sincera y efectivamente, y comprende, aunque demasiado tarde, cuán propiamente la autoridad Episcopal ha sido puesta en movimiento, o si, para dar plena satisfacción, condena viva voce, y de su propio puño, todo lo que ha sostenido erróneamente, ninguna compasión, por grande que sea, que pueda mostrársele cuando haya sido enderezado, será digna de reproche, pues nuestro Señor, el verdadero y buen Pastor, que dio su vida por sus ovejas, y que vino a salvar las almas de los hombres y no a destruirlas, quiere que imitemos su propia bondad amorosa; de modo que la justicia ciertamente constriña a los que pecan, pero la misericordia no rechace a los que se convierten. Pues entonces en verdad se defiende la fe verdadera con los mejores resultados, cuando una opinión falsa es condenada aun por aquellos que la han seguido. Y para que todo el asunto se lleve a cabo piadosa y fielmente, hemos nombrado a nuestros hermanos Julio, Obispo, y Renato, Presbítero (del título de San Clemente) y también a mi hijo Hilaro, Diácono, para que nos representen; y con ellos hemos asociado a Dulcicio, nuestro Notario, de cuya fidelidad hemos tenido buena prueba: confiando en que la asistencia Divina estará con vosotros, para que el que se ha extraviado pueda salvarse condenando su propia opinión insana. Dios te guarde en buena salud, amadísimo hermano. Dada en los Idus de junio, en el Consulado de los ilustres varones, Asterio y Protógenes.
Calcedonia, Sesión II, § 31
Calcedonia, Sesión II, §§ 32–33
Calcedonia, Sesión III, §§ 1–7
Calcedonia, Condenación de Dióscoro, §§ 1–3
Calcedonia, Sesión IV, §§ 1–6
Calcedonia, Sesión V, §§ 1–9
Calcedonia, Definición de fe, §§ 1–9
Calcedonia, Sesión V, § 10
Calcedonia, Sesión VI, §§ 1–5
Calcedonia, Sesión VII, § 1
Los Ballerini, en sus notas a las Obras de San León (Migne, Pat. Lat., LV., col. 733 et seqq.), citan fragmentos de las Actas de este concilio que, si se puede confiar en ellos, muestran que este asunto de los derechos de Antioquía y Jerusalén fue tratado de nuevo en una sesión posterior (el 31 de octubre) y resuelto de la misma manera. Estos fragmentos han sido generalmente recibidos como auténticos y han sido insertados por Mansi (Tom. vii., 722 C.) en sus Concilia.
Calcedonia, Sesión VII, § 2
Calcedonia, Sesión XII, §§ 1–5
Calcedonia, Sesión XIII, §§ 1–8