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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minPrimer Concilio de Nicea (325 d.C.)
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minLa Carta Sinodal
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minPrimer Concilio de Constantinopla (381 d. C.)
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 7 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 13 minExtractos de las Actas (Continuación)
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minLos doce anatemas de San Cirilo contra Nestorio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 11 minExtractos de las Actas (Continuación)
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minExtractos de las Actas
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minSesión III
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta del Mismo Santo Sínodo de Éfeso, al Sagrado Sínodo en Panfilia Acerca de Eustacio Que Había Sido Su Metropolitano
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 minCarta del Sínodo al Papa Celestino
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minDefinición contra los impíos Mesalianos, llamados también Euquitas y Entusiastas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 12 minSesión II
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 4 minSesión II
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 13 minSesión II (Continuación)
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 8 minSesión II (Continuación)
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 6 minSesión II (Continuación)
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minSesión V
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minSesión VI
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 9 minSesión XV
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minSesión XV
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 5 minSesión XV
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 10 minSesión XVI
  26. Sesión 26 · Parte 6 · ≈ 7 minSegundo Concilio de Constantinopla
  27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 6 minSesión VII - Extractos de las Actas
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 10 minLa Sentencia del Sínodo
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 9 minLa Sentencia del Sínodo
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minLos Capítulos del Concilio
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minLos Capítulos del Concilio
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 7 minLos anatemas contra Orígenes
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLos anatemas del emperador Justiniano contra Orígenes
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 3 minSuscripción
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 13 minTercer Concilio de Constantinopla
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 13 minTercer Concilio de Constantinopla
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 12 minTercer Concilio de Constantinopla
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minTercer Concilio de Constantinopla
  39. Sesión 39 · Parte 8 · ≈ 7 minLa carta de Agatón y del sínodo romano de 125 obispos, que debía servir de instrucción a los legados enviados para asistir al Sexto Sínodo.
  40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 6 minSesión VIII - Extractos de las Actas
  41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 9 minLa Definición de fe
  42. Sesión 42 · Parte 8 · ≈ 11 minEl Prosphoneticus al Emperador
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 7 minEl Edicto Imperial Fijado en el Tercer Atrio de la Gran Iglesia Cerca de lo que se Llama Dicymbala
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 8 minLa Sacra imperial
  45. Sesión 45 · Parte 9 · ≈ 9 minExtractos de las Actas
  46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 10 minSesión 2
  47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 10 minSesión 3
  48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 14 minSesión 6
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 2 minLa Definición
  50. Sesión 50 · Parte 10 · ≈ 9 minEl Decreto
  51. Sesión 51 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  52. Sesión 52 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 9 minLa Carta del Sínodo al Emperador y a la Emperatriz
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minLa Carta del Sínodo al Emperador y a la Emperatriz
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 2 minLo que dejaron los concilios

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    TEXTOS — LOS CONCILIOS ECUMÉNICOS

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    Los siete concilios ecuménicos: cánones y definiciones

    Siglos IV–VIII · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Percival (Nicene and Post-Nicene Fathers)42 minPosición: 0% de esta parteParte 9 de 10 · Extractos de las ActasPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CON-01

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    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
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    Extractos de las Actas

    Sesión 1

    Nicea II, Sesión 1, §§ 1–23

    (Labbe y Cossart, Concilia, Tom. VII., col. 53.)
    [ Ciertos obispos que habían sido extraviados por los iconoclastas vinieron pidiendo ser recibidos de nuevo. El primero de éstos fue Basilio de Ancira. ]
    El obispo Basilio de Ancira leyó lo siguiente de un libro: Por cuanto la legislación eclesiástica ha sido transmitida canónicamente desde el tiempo pasado, aun desde el principio por los santos Apóstoles, y por sus sucesores, que fueron nuestros santos padres y maestros, y también por los seis santos y ecuménicos sínodos, y por los sínodos locales que se reunieron en interés de la ortodoxia, que los que retornan de cualquier herejía a la fe ortodoxa y a la tradición de la Iglesia Católica, renuncien a su propia herejía y confiesen la fe ortodoxa.
    Por lo cual yo, Basilio, obispo de la ciudad de Ancira, proponiéndome unirme a la Iglesia Católica, y a Adriano, santísimo Papa de la vieja Roma, y a Tarasio, benditísimo Patriarca, y a las santísimas sedes apostólicas, a saber, Alejandría, Antioquía y la Ciudad Santa, así como a todos los ortodoxos sumos sacerdotes y sacerdotes, hago esta confesión escrita de mi fe, y la ofrezco a vosotros como a quienes han recibido potestad por autoridad apostólica. Y en esto también pido perdón a vuestra santidad divinamente congregada por mi tardanza en este asunto. Pues no era justo que yo me hubiera quedado atrás en la confesión de la ortodoxia, sino que ello provino de mi total falta de conocimiento y de mi mente perezosa y negligente en la materia. Por lo cual, más bien pido a vuestra bienaventuranza que me conceda indulgencia ante Dios.
    Creo, por tanto, y hago mi confesión en un solo Dios, Padre todopoderoso, y en un solo Señor Jesucristo, su Hijo unigénito, y en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida. La Trinidad, una en esencia y una en majestad, debe ser adorada y glorificada en una sola divinidad, potestad y autoridad. Confieso todo lo concerniente a la encarnación de uno de la Santísima Trinidad, nuestro Señor y Dios, Jesucristo, como lo han transmitido los Santos y los seis Ecuménicos Sínodos. Y rechazo y anatematizo toda habladuría herética, como también ellos las han rechazado. Pido las intercesiones ([πρεσβείας]) de nuestra Señora inmaculada, la Santa Madre de Dios, y las de las santas y celestes potestades, y las de todos los Santos.
    Y recibiendo sus santas y honorables reliquias con todo honor ([τιμῆς]), las saludo y venero con honor ([τιμητικῶς προσκυνέω]), esperando tener parte en su santidad. Asimismo, las venerables imágenes ([εἰκόνας]) de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, en la humanidad que asumió para nuestra salvación; y de nuestra Señora inmaculada, la santa Madre de Dios; y de los ángeles semejantes a Dios; y de los santos Apóstoles, Profetas, Mártires, y de todos los Santos — las sagradas imágenes de todos éstos, las saludo y venero— rechazando y anatematizando con toda mi alma y mi mente el sínodo que fue congregado por obstinación y locura, y que se tituló a sí mismo Séptimo Sínodo, pero que por quienes piensan con exactitud fue llamado lícita y canónicamente pseudo-sínodo, por ser contrario a toda verdad y piedad, y audaz y temerariamente contra la legislación eclesiástica transmitida por Dios, aun más, habiendo impíamente ladrado y escarnecido las santas y venerables imágenes, y habiendo ordenado que éstas fueran quitadas de las santas iglesias de Dios; sobre cuya asamblea presidió Teodosio con el pseudónimo de Efesio, Sisinnio de Perga, con el sobrenombre de Pastillas, Basilio de Pisidia, falsamente llamado «tricaccabus;» con quienes fue extraviado ([ἐματαιώθη]) el desdichado Constantino, entonces Patriarca.
    Estas cosas confieso así y a ellas asiento, y por tanto, con sencillez de corazón y rectitud de mente, en presencia de Dios, he hecho los anatematismos que se añaden.
    Anatema a los calumniadores de los cristianos, es decir, a los rompedores de imágenes.
    Anatema a quienes aplican a las venerables imágenes las palabras de la Sagrada Escritura que fueron dichas contra los ídolos.
    Anatema a quienes no saludan las santas y venerables imágenes.
    Anatema a quienes dicen que los cristianos recurren a las imágenes como a dioses.
    Anatema a quienes llaman ídolos a las sagradas imágenes.
    Anatema a quienes a sabiendas comunican con aquellos que ultrajan y deshonran las venerables imágenes.
    Anatema a quienes dicen que otro distinto de Cristo nuestro Señor nos ha librado de los ídolos.
    Anatema a quienes desprecian las enseñanzas de los santos Padres y la tradición de la Iglesia Católica, tomando como pretexto y haciendo suyos los argumentos de Arrio, Nestorio, Eutiques y Dioscoro, de que, a menos que fuéramos evidentemente enseñados por el Antiguo y el Nuevo Testamento, no deberíamos seguir las enseñanzas de los santos Padres y de los santos Ecuménicos Sínodos, y la tradición de la Iglesia Católica.
    Anatema a quienes se atreven a decir que la Iglesia Católica haya sancionado en algún momento los ídolos.
    Anatema a quienes dicen que la fabricación de imágenes es una invención diabólica y no una tradición de nuestros santos Padres.
    Ésta es mi confesión [de fe] y a estas proposiciones doy mi asentimiento. Y pronuncio esto con todo mi corazón, alma y mente.
    Y si en algún tiempo, por fraude del diablo (¡lo que Dios no permita!), voluntaria o involuntariamente, yo me opusiera a lo que ahora he profesado, sea yo anatema del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y sea yo extraño a la Iglesia Católica y a todo orden jerárquico.
    Me guardaré de toda aceptación de soborno y de ganancia deshonesta, conforme a los divinos cánones de los santos Apóstoles y de los Padres aprobados.
    Tarasio, el santísimo Patriarca, dijo: Toda esta sagrada asamblea da gloria y gracias a Dios por esta confesión vuestra, que habéis hecho a la Iglesia Católica.
    El Santo Sínodo dijo: Gloria a Dios, que hace uno aquello que estaba separado.
    [ Teodoro, obispo de Mira, leyó luego la misma confesión, y fue recibido. El siguiente obispo que pidió ser recibido leyó lo siguiente: (col. 60)]
    Teodosio, el humilde cristiano, al santo y Ecuménico Sínodo: Confieso y asiento a ([συντίθεμαι]) y recibo y saludo y venero en primer lugar la imagen inmaculada de nuestro Señor Jesucristo, nuestro verdadero Dios, y la santa imagen de la que lo dio a luz sin semilla, la santa Madre de Dios, y su ayuda y protección e intercesiones cada día y noche, como pecador, invoco en mi auxilio, puesto que ella tiene confianza ante Cristo nuestro Dios, ya que él nació de ella. Asimismo recibo y venero las imágenes de los santos y muy loables Apóstoles, profetas y mártires, y de los padres y cultivadores del desierto. No ciertamente como a dioses (¡Dios no lo permita!) pido a todos éstos con todo mi corazón que rueguen a Dios por mí, para que él me conceda por sus intercesiones hallar misericordia ante sus manos en el día del juicio, pues en esto sólo muestro más claramente el afecto y amor de mi alma que les he tenido desde el principio. Asimismo venero y honro y saludo las reliquias de los Santos como de aquellos que combatieron por Cristo y que han recibido gracia de él para la curación de enfermedades y la sanación de dolencias y la expulsión de demonios, como la Iglesia cristiana ha recibido de los santos Apóstoles y Padres hasta nosotros hoy.
    Además, me complace que haya imágenes en las iglesias de los fieles, especialmente la imagen de nuestro Señor Jesucristo y de la santa Madre de Dios, de toda clase de materia, tanto de oro y plata como de todo color, de modo que su encarnación sea manifestada a todos los hombres. Asimismo, pueden pintarse las vidas de los Santos, Profetas y Mártires, para que sus luchas y agonías se expongan en breve, para la edificación y enseñanza del pueblo, especialmente de los indoctos.
    Pues si el pueblo sale con luces e incienso al encuentro de las «laurata» e imágenes de los Emperadores cuando son enviadas a ciudades o distritos rurales, honran ciertamente no la tabla cubierta de cera, sino al Emperador mismo. ¿Cuánto más necesario es que en las iglesias de Cristo nuestro Dios se pinte la imagen de Dios nuestro Salvador y de su Madre inmaculada y de todos los santos y bienaventurados padres y ascetas? Como dice también San Basilio: «Los escritores y los pintores exponen las grandes hazañas de la guerra; los unos con la palabra, los otros con sus pinceles; y cada uno mueve a muchos al valor.» Y de nuevo el mismo autor: «¿Cuánto trabajo has tomado alguna vez para hallar a uno de los Santos que estuviera dispuesto a ser tu importuno intercesor ante el Señor?» Y Crisóstomo dice: «La caridad de los Santos no disminuye con su muerte, ni llega a su fin con su salida de esta vida, sino que después de su muerte son aún más poderosos que cuando estaban vivos,» y muchas otras cosas sin medida. Por tanto os pido, ¡oh Santos!, os invoco. He pecado contra el cielo y ante vuestros ojos. Recibidme como Dios recibió al hombre disoluto, a la ramera y al ladrón. Buscadme, como Cristo buscó a la oveja perdida, que llevó sobre sus hombros; para que haya gozo en la presencia de Dios y de sus ángeles por mi salvación y arrepentimiento, mediante vuestra intervención, ¡oh señores santísimos! ¡Sean anatema los que no veneran las santas y venerables imágenes! ¡Anatema a los que blasfeman contra las honorables y venerables imágenes! A los que se atreven a atacar y blasfemar las venerables imágenes y las llaman ídolos, ¡anatema! A los calumniadores del cristianismo, es decir, a los iconoclastas, ¡anatema! A los que no enseñan diligentemente a todo el pueblo amante de Cristo a venerar y saludar las venerables, sagradas y honorables imágenes de todos los Santos que agradaron a Dios en sus respectivas generaciones, ¡anatema! A los que tienen una mente dudosa y no confiesan con todo su corazón que veneran las sagradas imágenes, ¡anatema!
    Sabbas, el reverendísimo hegumenus del monasterio del Studium, dijo: Según los preceptos Apostólicos y los Ecuménicos Sínodos, es digno de ser recibido de nuevo.
    Tarasio, el santísimo Patriarca, dijo: Los que antes eran calumniadores de la ortodoxia, ahora se han convertido en defensores de la verdad.
    [ Cerca del final de esta sesión, (col. 77)]
    Juan, reverendísimo obispo y legado de los sumos sacerdotes orientales, dijo: Esta herejía es la peor de todas las herejías. ¡Ay de los iconoclastas! Es la peor de las herejías, pues subvierte la encarnación ([οἰκονομίαν]) de nuestro Salvador.

    Sesión 2

    Nicea II, Sesión 2, § 1

    [ Las Cartas Papales fueron presentadas por los Legados. Primero se leyó la dirigida a Constantino e Irene, pero no en su totalidad, si podemos confiar en Anastasio el Bibliotecario, quien da lo que él dice ser el texto latino original. Sigue aquí una traducción de ésta y del griego, también una traducción del pasaje latino enteramente omitido, (según se nos dice) con el consentimiento de los Legados Romanos.]
    Texto de la fuenteAdriano I, papa · Carta a Constantino e Irene · Nicea II, Carta de Adriano, §§ 1–10
    Parte de la carta del Papa Adriano.
    [ Como fue escrita por el Papa.]
    (Migne, Pat. Lat., Tom. XCVI., col. 1217.)
    Si perseveráis en aquella Fe ortodoxa en la que habéis comenzado, y las sagradas y venerables imágenes son erigidas de nuevo por vuestros medios en aquellas regiones, como por el señor Emperador Constantino, de piadosa memoria, y la bienaventurada Elena, que promulgaron la Fe ortodoxa y exaltaron la santa Iglesia Católica y Apostólica Romana, vuestra madre espiritual, y con los demás Emperadores ortodoxos la veneraron como cabeza de todas las Iglesias, así vuestra Clemencia, que es protegida por Dios, recibirá el nombre de otro Constantino y otra Elena, por quienes al principio la santa Iglesia Católica y Apostólica obtuvo fortaleza, y como ellos vuestra propia fama imperial se extiende por triunfos, de modo que sea brillante y esté profundamente fijada en el mundo entero. Pero más aún, si siguiendo las tradiciones de la Fe ortodoxa, abrazáis el juicio de la Iglesia del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y, como en otro tiempo actuaron vuestros predecesores los santos Emperadores, así también vosotros, venerándola con honor, amáis con todo vuestro corazón a su Vicario, y si vuestra sagrada majestad sigue preferentemente su Fe ortodoxa, conforme a nuestra santa Iglesia Romana. Que el mismo príncipe de los Apóstoles, a quien fue dado el poder por nuestro Señor Dios de atar y absolver los pecados en el cielo y en la tierra, sea a menudo vuestro protector, y pisotee a todas las naciones bárbaras bajo vuestros pies, y os haga vencedores en todas partes. Pues que la autoridad sagrada exponga las insignias de su dignidad, y cuán grande veneración debe mostrarse a su altísima Sede por todos los fieles del mundo. Porque el Señor puso como jefe sobre todos a aquel que lleva las llaves del reino de los cielos, y por Él es honrado con este privilegio, por el cual le son confiadas las llaves del reino de los cielos. Aquel, por tanto, que fue preferido con tan exaltado honor fue considerado digno de confesar aquella Fe sobre la cual está fundada la Iglesia de Cristo. Una bendita recompensa siguió a aquella bendita confesión, por cuya predicación la santa Iglesia universal fue iluminada, y de ella las demás Iglesias de Dios han derivado las pruebas de la Fe. Pues el mismo bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, que primero se sentó en la Sede Apostólica, dejó la primacía de su Apostolado y el cuidado pastoral a sus sucesores, que han de sentarse para siempre en su santísima sede. Y aquel poder de autoridad, que recibió del Señor Dios nuestro Salvador, lo otorgó y entregó también por mandato divino a los Pontífices, sus sucesores, etc.
    [ Como fue leída en griego al Concilio.]
    (Migne, Pat. Lat., Tom. XCVI., col. 1218.)
    Si la antigua ortodoxia es perfeccionada y restaurada por vuestros medios en aquellas regiones, y los venerables iconos son colocados en su estado original, seréis partícipes con el señor Constantino, Emperador de antaño, ahora en la custodia Divina, y con la Emperatriz Elena, que hicieron conspicua y confirmaron la Fe ortodoxa, y exaltaron aún más a vuestra santa madre, la Iglesia católica y romana y espiritual, y con los Emperadores ortodoxos que reinaron después de ellos; y así vuestro piísimo nombre, protegido por el cielo, será también presentado como el de otro Constantino y otra Elena, siendo renombrado y alabado por todo el mundo, por quienes la santa Iglesia Católica y Apostólica es restaurada. Y especialmente si seguís la tradición de la Fe ortodoxa de la Iglesia de los santos Pedro y Pablo, los príncipes de los Apóstoles, y abrazáis a su Vicario, como los Emperadores que reinaron antes de vosotros en otro tiempo honraron a su Vicario y lo amaron con todo su corazón; y si vuestra sagrada majestad honra la santísima Iglesia Romana de los príncipes de los Apóstoles, a quienes fue dado poder por Dios el Verbo mismo para desatar y atar los pecados en el cielo y en la tierra. Pues ellos extenderán su escudo sobre vuestro poder, y todas las naciones bárbaras serán puestas bajo vuestros pies; y adondequiera que vayáis os harán vencedores. Pues los mismos santos y príncipes de los Apóstoles, que establecieron la Fe católica y ortodoxa, la han dejado como ley escrita de que todos los que después de ellos han de ser sucesores de sus sedes, mantengan su Fe y permanezcan en ella hasta el fin.
    [ La parte que nunca fue leída al Concilio en absoluto.]
    (Hállase en L. y C., Concilia, Tom. VII., col. 117.)
    Grandemente nos maravillamos de que en vuestros mandatos imperiales, dirigidos al Patriarca de la ciudad real, Tarasio, lo encontremos allí llamado Universal; pero no sabemos si esto se escribió por ignorancia, por cisma o por herejía de los malvados. Mas en adelante aconsejamos a vuestra misericordiosísima e imperial majestad que de ningún modo sea llamado Universal en vuestros escritos, porque parece contrario a las instituciones de los santos Cánones y a los decretos de las tradiciones de los santos Padres. Pues nunca podría haber ocupado el segundo lugar, salvo por la autoridad de nuestra santa Iglesia Católica y Apostólica, como es manifiesto a todos. Porque si se le llama Universal, por encima de la santa Iglesia Romana, que tiene un rango anterior y es cabeza de todas las Iglesias de Dios, es cierto que se muestra rebelde contra los santos Concilios y hereje. Porque si es Universal, se reconoce que tiene la primacía incluso sobre la Iglesia de nuestra Sede, lo cual parece ridículo a todos los cristianos fieles; porque en todo el mundo el rango principal y el poder fueron dados al bienaventurado Apóstol Pedro por el mismo Redentor del mundo; y por medio del mismo Apóstol, cuyo lugar ocupamos indignamente, la santa Iglesia Católica y Apostólica Romana mantiene el primer rango y la autoridad del poder, ahora y para siempre; de suerte que si alguno, lo que no creemos, lo ha llamado o consiente en que sea llamado Universal, sepa que está apartado de la fe ortodoxa y es rebelde contra nuestra santa Iglesia Católica y Apostólica.

    Nicea II, Sesión 2, §§ 2–17

    [ Después de terminada la lectura (col. 120)]
    Tarasio, el santísimo patriarca, dijo: ¿Recibisteis vosotros mismos estas cartas del santísimo Papa y las llevasteis a nuestro piadoso Emperador?
    Pedro y Pedro, los presbíteros amadísimos de Dios que ocupaban el lugar de Adriano, santísimo Papa de Roma, dijeron: Nosotros mismos recibimos tales cartas de nuestro padre apostólico y las entregamos a los piadosos señores.
    Juan, el magnífico Logoteta, dijo: Que esto es así lo saben también los sicilianos, Teodoro, amado de Dios, obispo de Catanea, y el reverendísimo diácono Epifanio que está con él, que ocupa el lugar del arzobispo de Cerdeña. Pues ambos, por orden de nuestros piadosos Emperadores, fueron a Roma con el reverendísimo apocrisiario de nuestro santísimo patriarca.
    Teodoro, obispo de Catanea amado de Dios, de pie en medio, dijo: El piadoso emperador, por su honorable jussio, mandó enviar a León, el presbítero amadísimo de Dios (que junto conmigo es siervo de vuestra santidad), con la preciosa carta de su sacratísima majestad; y quien venera nuestra [ sic en griego, «vuestra,» en latín] santidad, siendo el gobernador ([στρατηγὸς]) de mi provincia de Sicilia, me envió a Roma con la piadosa jussio de nuestros ortodoxos Emperadores.
    Y cuando hubimos ido, anunciamos la fe ortodoxa de los piadosos emperadores.
    Y cuando el santísimo Papa lo oyó, dijo: Puesto que esto ha acontecido en los días de su reinado, Dios ha engrandecido su piadoso gobierno por encima de todos los reinados anteriores. Y esta sugerencia ([ἀναφορὰν]) que ha sido leída la envió a nuestros piadosísimos reyes junto con una carta a vuestra santidad y con sus vicarios que están aquí presentes y presidiendo.
    Cosme, el diácono, notario y chambelán ( Cubuclesius ) dijo: Y otra carta fue enviada por el santísimo Papa de la vieja Roma a Tarasio, nuestro santísimo y ecuménico Patriarca. Dispóngase de ella como vuestra santa asamblea lo ordene.
    El Santo Sínodo dijo: Léase.
    [ Luego se leyó la carta de Adriano a Tarasio de Constantinopla, que termina diciendo que, «a nuestro muy amado proto-presbítero de la Santa Iglesia de Roma, y a Pedro, monje, presbítero y abad, que han sido enviados por nosotros a los tranquilísimos y piadosos emperadores, os rogamos que los consideréis dignos de toda bondad y humana benignidad por amor de San Pedro, corifeo de los Apóstoles, y por nosotros, para que por esto podamos ofreceros nuestro sincero agradecimiento.» Terminada la carta (col. 128),]
    Pedro y Pedro, los reverendísimos presbíteros y representantes del santísimo Papa de la vieja Roma, dijeron: Diga el santísimo Tarasio, Patriarca de la ciudad real, si concuerda ([στοιχεῖ]) con las cartas del santísimo Papa de la vieja Roma o no.
    Tarasio, el santísimo patriarca, dijo: El divino Apóstol Pablo, lleno de la luz de Cristo y que nos ha engendrado por el Evangelio, escribiendo a los Romanos, encomiando su celo por la fe verdadera que tenían en Cristo nuestro verdadero Dios, dijo así: «Vuestra fe se ha divulgado por todo el mundo.» Es necesario seguir este testimonio, y quien lo contradiga carece de buen sentido. Por lo cual Adriano, el gobernante de la vieja Roma, puesto que era partícipe de estas cosas, así atestiguado, escribió expresa y verdaderamente a nuestros religiosos Emperadores y a nuestra humildad, confirmando admirable y hermosamente la antigua tradición de la Iglesia Católica. Y nosotros también, habiendo examinado tanto por escrito como por inquisición, y silogísticamente y por demostración, y habiendo sido enseñados por las enseñanzas de los Padres, así hemos confesado, así confesamos y así confesaremos; y permaneceremos firmes, y nos mantendremos, y estaremos firmes en el sentido de las cartas que acaban de leerse, recibiendo las representaciones figuradas según la antigua tradición de nuestros santos padres; y éstas los veneramos con afecto firmemente adherido, como hechas en el nombre de Cristo nuestro Dios, y de nuestra Inmaculada Señora la Santa Madre de Dios, y de los Santos Ángeles, y de todos los Santos, dando clarísimamente nuestra adoración y fe al único solo Dios verdadero.
    Y el Santo Sínodo dijo: Así enseña todo el Santo Sínodo.
    Pedro y Pedro, los presbíteros amados de Dios y legados de la Sede Apostólica, dijeron: Diga el Santo Sínodo si recibe las cartas del santísimo Papa de la vieja Roma.
    El Santo Sínodo dijo: Las seguimos, las recibimos, las admitimos.
    [ Los obispos dan luego uno a uno sus votos todos en el mismo sentido.]

    Sesión 3

    Nicea II, Sesión 3, §§ 1–2

    (Labbe y Cossart, Concilia, Tom. VII., col. 188.)
    Constantino, santísimo obispo de Constancia en Chipre, dijo: Ya que yo, indigno como soy, hallo que la carta que acaba de leerse, enviada de Oriente a Tarasio, santísimo arzobispo y patriarca ecuménico, en nada se aparta de aquella confesión de fe que él mismo había hecho antes, a éstas consiento y me hago de una misma mente, recibiendo y saludando con honor las santas y venerables imágenes. Pero la adoración de latría la reservo solamente a la Trinidad supersubstancial y vivificante. Y a los que no piensan así, y no enseñan así, los expulso de la santa Iglesia Católica y Apostólica, y los hiero con anatema, y los entrego a la suerte de los que niegan la encarnación y la economía corporal de Cristo nuestro verdadero Dios.

    Sesión 4

    Nicea II, Sesión 4, §§ 1–13

    [ Entre numerosos pasajes de los Padres se leyó uno de un sermón de San Gregorio Niseno, en el que describe una pintura que representa el sacrificio de Isaac y cuenta cómo no podía pasarla «sin lágrimas.» ]
    Los gloriosísimos príncipes dijeron: Ved cómo nuestro padre se afligió ante la historia pintada, hasta el punto de llorar.
    Basilio, santísimo obispo de Ancira, dijo: Muchas veces había leído el padre la historia, pero quizá no había llorado; mas cuando una vez la vio pintada, lloró.
    Juan, el reverendísimo monje y presbítero y representante de los sumos sacerdotes orientales, dijo: Si a tal doctor la pintura le fue de ayuda y le arrancó lágrimas, cuánto más en el caso de los ignorantes y sencillos producirá compunción y provecho.
    El Santo Sínodo dijo: Hemos visto en varios lugares la historia de Abraham pintada como dice el padre.
    Teodoro, santísimo obispo de Catanea, dijo: Si el santo Gregorio, vigilante en la divina meditación, se conmovió hasta las lágrimas al ver la historia de Abraham, cuánto más una pintura de la encarnación de nuestro Señor Cristo, que por nosotros se hizo hombre, moverá a los espectadores para su provecho y hasta las lágrimas?
    Tarasio, el santísimo Patriarca, dijo: ¿No lloraremos al ver una imagen de nuestro Señor crucificado?
    El Santo Sínodo dijo: Así será, en efecto — pues en ello se hallará perfectamente la profundidad del abajamiento del Dios encarnado por nosotros.
    [ Post nonnulla, se lee un pasaje de San Atanasio en el que describe los milagros obrados en Berito, después de lo cual se halla lo siguiente (col. 224),]
    Tarasio, el santísimo Patriarca, dijo: Pero quizá alguien dirá: ¿Por qué las imágenes que tenemos no obran milagros? A lo cual respondemos que, como ha dicho el Apóstol, las señales son para los que no creen, no para los creyentes. Pues los que se acercaron a aquella imagen eran incrédulos. Por tanto, Dios les dio una señal mediante la imagen, para atraerlos a nuestra fe cristiana. Pero «una generación mala y adúltera demanda señal, y no se le dará señal.»
    [ Después de otras varias citas, se leyó el canon del Concilio in Trullo como canon del Sexto Sínodo (col. 233).]
    Tarasio, el santísimo Patriarca, dijo: Hay algunos afectados por la enfermedad de la ignorancia que se escandalizan de estos cánones [a saber, los del Sínodo Trullano] y dicen: ¿Y realmente pensáis que fueron adoptados en el Sexto Sínodo? Ahora bien, sepan todos ésos que el santo y gran Sexto Sínodo se reunió en Constantinopla contra los que decían que no había más que una energía y una voluntad en Cristo. Éstos anatematizaron a los herejes y, habiendo expuesto la fe ortodoxa, se fueron a sus casas en el año decimocuarto de Constantino. Pero después de cuatro o cinco años los mismos padres se reunieron bajo Justiniano, hijo de Constantino, y expusieron los cánones antes mencionados. Y nadie dude de ellos. Porque los que suscribieron bajo Constantino fueron los mismos que bajo Justiniano firmaron la presente carta, como puede establecerse manifiestamente por la inalterable semejanza de su propia letra. Pues era justo que los que habían comparecido en un sínodo ecuménico expusieran también cánones eclesiásticos. Dijeron que debíamos ser conducidos como (de la mano) por las venerables imágenes al recuerdo de la encarnación de Cristo y de su muerte salvadora; y si por ellas somos conducidos a la realización de la encarnación de Cristo nuestro Dios, ¿qué opinión tendremos de los que derriban las venerables imágenes?
    [ Al final de la sesión, después de haberse pronunciado varios anatematismos, se leyó lo siguiente, a lo cual suscribieron todos los obispos (col. 317).]
    Cumpliendo el divino precepto de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, nuestros santos Padres no escondieron debajo del celemín la luz del conocimiento divino que él les había dado, sino que la pusieron sobre el candelero de la enseñanza más provechosa, para que alumbrara a todos los de la casa — es decir, a los que han nacido en la Iglesia Católica; no sea que alguno de los que confiesan piadosamente al Señor tropiece su pie contra la piedra de la herética y mala doctrina. Porque expulsaron todo error de herejes y cortaron el miembro podrido si estaba incurablemente enfermo. Y con el bieldo limpiaron la era. Y el buen trigo, es decir, la palabra que nutre y fortalece el corazón del hombre, lo guardaron en el granero de la Iglesia Católica; mas arrojando fuera la paja de la herética y mala opinión, la quemaron con fuego inextinguible. Por lo cual también este santo y ecuménico Sínodo, reunido por segunda vez en esta ilustre metrópoli de Nicea, por la voluntad de Dios y por mandato de nuestros piadosos y fidelísimos Emperadores, Irene, nueva Elena, y un nuevo Constantino, su vástago protegido por Dios, habiendo considerado mediante su lectura las enseñanzas de nuestros aprobados y bienaventurados Padres, ha glorificado al mismo Dios, de quien les fue dada sabiduría para nuestra instrucción y para la perfección de la Iglesia Católica y Apostólica; y contra los que no creen como ellos creyeron, sino que han intentado oscurecer la verdad con su novedad, han cantado las palabras del salmo: «¡Oh, cuánto mal han hecho tus enemigos en tu santuario; y se han glorificado, diciendo: Ya no hay maestro, y no sabrán que con engaño tratamos la palabra de verdad!» Mas nosotros, manteniendo en todo las doctrinas y preceptos de los mismos Padres portadores de Dios, hacemos proclamación con una sola boca y un solo corazón, sin añadir nada ni quitar nada de lo que ellos nos han transmitido. Antes en estas cosas somos fortalecidos, en estas cosas somos confirmados. Así confesamos, así enseñamos, tal como los santos y ecuménicos seis Sínodos han decretado y ratificado. Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles; y en un solo Señor Jesucristo, su Hijo unigénito y Verbo, por quien todas las cosas fueron hechas, y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, consubstancial y coeterno con el mismo Padre y con su Hijo, que no tuvo principio. La Trinidad inedificada, indivisible, incomprensible y no circunscrita; él, entero y solo, ha de ser adorado y reverenciado con latría; una sola Divinidad, un solo Señorío, un solo dominio, un solo reino y dinastía, que sin división se reparte entre las Personas y se adapta a la esencia separadamente. Porque confesamos que uno de la misma santa y consubstancial Trinidad, nuestro Señor Jesucristo el verdadero Dios, en estos últimos días se encarnó y se hizo hombre por nuestra salvación, y habiendo salvado a nuestro linaje mediante su encarnación salvadora, su pasión, su resurrección y su ascensión al cielo, y habiéndonos librado del error de los ídolos; como también dice el profeta: No un embajador, no un ángel, sino el Señor mismo nos ha salvado. A éste también seguimos, y adoptamos su voz, y clamamos: Ningún Sínodo, ningún poder de reyes, ningún acuerdo aborrecido por Dios ha librado a la Iglesia del error de los ídolos, como locamente ha soñado el conciliábulo judaizante, que desvarió contra las venerables imágenes; sino el Señor de la gloria mismo, el Dios encarnado, nos ha salvado y nos ha arrebatado del engaño idolátrico. A él, pues, sea la gloria, a él las gracias, a él las eucaristías, a él la alabanza, a él la magnificencia. Porque su redención y su salvación solas pueden salvar perfectamente, y no la de otros hombres que vienen de la tierra. Porque él mismo ha cumplido para nosotros, sobre quienes han venido los confines de la tierra por la economía de su encarnación, las palabras dichas de antemano por sus profetas, pues habitó entre nosotros, y entró y salió entre nosotros, y arrojó de la tierra los nombres de los ídolos, como estaba escrito. Mas saludamos las voces del Señor y de sus Apóstoles, mediante las cuales hemos sido enseñados a honrar en primer lugar a aquella que es propia y verdaderamente la Madre de Dios y exaltada sobre todas las potestades celestiales; también a las santas y angélicas potestades; y a los bienaventurados y en todo alabados Apóstoles, a los gloriosos Profetas y a los triunfantes Mártires que lucharon por Cristo, a los santos y portadores de Dios Doctores y a todos los santos varones; y a buscar sus intercesiones, como capaces de hacernos familiar al Dios soberano de todo, con tal que guardemos sus mandamientos y nos esforcemos por vivir virtuosamente. Además saludamos la imagen de la honorable y vivificante Cruz, y las santas reliquias de los Santos; y recibimos las santas y venerables imágenes: y las saludamos, y las abrazamos, según las antiguas tradiciones de la santa Iglesia Católica de Dios, es decir, de nuestros santos Padres, quienes también recibieron estas cosas y las establecieron en todas las santísimas Iglesias de Dios y en todo lugar de su dominio. Estas honorables y venerables imágenes, como se ha dicho, las honramos y saludamos y veneramos reverentemente: a saber, la imagen de la encarnación de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, y la de nuestra inmaculada Señora, la santísima Madre de Dios, de quien plugo tomar carne, y salvarnos y librarnos de toda impía idolatría; también las imágenes de los santos e incorpóreos Ángeles, que como hombres se aparecieron a los justos. Igualmente, las figuras y efigies de los divinos y en todo alabados Apóstoles, también de los Profetas que hablan de Dios, y de los luchadores Mártires y de los santos varones. Para que por sus representaciones podamos ser conducidos en memoria y recuerdo al prototipo, y tener parte en la santidad de alguno de ellos.
    Así hemos aprendido a pensar de estas cosas, y hemos sido fortalecidos por nuestros santos Padres, y hemos sido fortalecidos por su enseñanza divinamente transmitida. Y demos gracias a Dios por su don inefable, pues no nos ha desamparado en el fin, ni ha venido la vara de los impíos a la heredad de los justos, para que los justos no extiendan sus manos, es decir, sus obras mismas, a la iniquidad. Mas él hace bien a los buenos y rectos de corazón, como melodiosamente cantó el salmista David; con quien también cantamos el resto del salmo: Mas a los que se vuelven a su propia maldad, el Señor los llevará con los que obran iniquidad; y la paz sea sobre el Israel de Dios.
    [Las suscripciones siguen inmediatamente y cierran las actas de esta sesión (col. 321-346).]

    Sesión 6

    Nicea II, Sesión 6, §§ 1–5

    (Labbe y Cossart, Concilia, Tom. VII., col. 389.)
    León, el muy renombrado secretario, dijo: El santo y bendito Sínodo sabe cómo en la última sesión examinamos varios dichos de los herejes abandonados por Dios, que habían presentado acusaciones contra la santa e inmaculada Iglesia de los cristianos por la erección de las santas imágenes. Pero hoy tenemos en nuestras manos la blasfemia escrita de aquellos calumniadores de los cristianos, es decir, la absurda, fácilmente refutable y autocondenatoria definición ([ὅρον]) del pseudosyllogus, en todo conforme a la impía opinión de los herejes odiados por Dios. Pero no sólo tenemos esto, sino también la artificiosa y enérgica refutación de la misma, que el Espíritu Santo ha supervisado. Pues era justo que esta definición fuese triunfada por sabias contradicciones, y despedazada con fuertes refutaciones. Esto también lo presentamos para conocer vuestro parecer al respecto.
    El santo Sínodo dijo: Que se lea.
    Juan, el diácono y canciller [de la santísima gran Iglesia de Constantinopla, sólo en latín] leyó.
    [Juan, el diácono, leyó entonces la refutación ortodoxa, y Gregorio, obispo de Neocesarea, la Definición del Concilio Simulado, leyendo uno la declaración herética y el otro la respuesta ortodoxa.]

    La Definición

    Texto de la fuenteConciliábulo iconoclasta de 754 · Definición leída en la sesión VI · Nicea II, Definición de 754, §§ 1–7
    El santo y ecuménico sínodo, que por la gracia de Dios y el piadosísimo mandato de los amados de Dios y ortodoxos Emperadores, Constantino y León, reunido ahora en la ciudad residencial imperial, en el templo de la santa e inviolada Madre de Dios y Virgen María, apellidada en Blanquerna, ha decretado lo siguiente.
    Satanás extravió a los hombres, de modo que adoraron a la criatura en lugar del Creador. La ley mosaica y los profetas cooperaron para deshacer esta ruina; pero para salvar plenamente a la humanidad, Dios envió a su propio Hijo, que nos apartó del error y de la adoración de los ídolos, y nos enseñó la adoración de Dios en espíritu y en verdad. Como mensajeros de su doctrina salvadora, nos dejó a sus Apóstoles y discípulos, y éstos adornaron a la Iglesia, su Esposa, con sus gloriosas doctrinas. Este ornamento de la Iglesia lo han preservado inviolado los santos Padres y los seis Concilios Ecuménicos. Pero el antes mencionado demiurgo de la maldad no pudo soportar la vista de este adorno, y poco a poco trajo de nuevo la idolatría bajo la apariencia del cristianismo. Así como Cristo armó a sus Apóstoles contra la antigua idolatría con el poder del Espíritu Santo, y los envió a todo el mundo, así ha despertado contra la nueva idolatría a sus siervos nuestros fieles Emperadores, y los ha dotado con la misma sabiduría del Espíritu Santo. Impulsados por el Espíritu Santo, no pudieron ya ser testigos de que la Iglesia fuese devastada por el engaño de los demonios, y convocaron a la santificada asamblea de los obispos amados de Dios, para que instituyeran en un sínodo un examen escriturístico acerca del colorido engañoso de las pinturas ([ὁμοιωμάτων]) que arrastra el espíritu del hombre desde la sublime adoración ([λατρείας]) de Dios a la baja y material adoración ([λατρείαν]) de la criatura, y para que, bajo la guía divina, expresaran su parecer sobre el asunto.
    Reunido, pues, nuestro santo sínodo, nosotros, sus 338 miembros, seguimos los antiguos decretos sinodales, y aceptamos y proclamamos gozosamente los dogmas transmitidos, principalmente los de los seis santos Sínodos Ecuménicos. En primer lugar, el santo y ecuménico gran sínodo reunido en Nicea, etc.
    Después de haber examinado cuidadosamente sus decretos bajo la guía del Espíritu Santo, hallamos que el arte ilícito de pintar criaturas vivientes blasfemaba la doctrina fundamental de nuestra salvación, a saber, la Encarnación de Cristo, y contradecía a los seis santos sínodos. Éstos condenaron a Nestorio por haber dividido al único Hijo y Verbo de Dios en dos hijos, y por otra parte a Arrio, Dióscoro, Eutiques y Severo, porque sostenían una mezcla de las dos naturalezas del único Cristo.
    Por lo cual hemos considerado justo mostrar con toda exactitud, en nuestra presente definición, el error de quienes hacen y veneran éstas, pues es doctrina unánime de todos los santos Padres y de los seis Concilios Ecuménicos que nadie puede imaginar género alguno de separación o mezcla en oposición a la inescrutable, indecible e incomprensible unión de las dos naturalezas en la única hipóstasis o persona. ¿De qué sirve, pues, la necedad del pintor, que por pecaminoso amor al lucro representa lo que no debe ser representado — es decir, que con sus manos contaminadas intenta modelar aquello que sólo debe ser creído en el corazón y confesado con la boca? Hace una imagen y la llama Cristo. El nombre Cristo significa Dios y hombre. Por consiguiente, es una imagen de Dios y de hombre, y por consiguiente, en su insensata mente, en su representación de la carne creada, ha representado la Deidad que no puede ser representada, y así ha mezclado lo que no debe ser mezclado. Así es culpable de una doble blasfemia: la una al hacer una imagen de la Deidad, y la otra al mezclar la Deidad y la humanidad. En la misma blasfemia caen quienes veneran la imagen, y la misma desgracia recae sobre ambos, porque yerran con Arrio, Dióscoro y Eutiques, y con la herejía de los Acéfalos. Sin embargo, cuando se les reprocha emprender la representación de la naturaleza divina de Cristo, que no debe ser representada, se refugian en la excusa: Sólo representamos la carne de Cristo, que hemos visto y palpado. Pero ése es un error nestoriano. Pues debe considerarse que aquella carne era también la carne de Dios Verbo, sin separación alguna, perfectamente asumida por la naturaleza divina y hecha enteramente divina. ¿Cómo podría ahora ser separada y representada aparte? Asimismo sucede con el alma humana de Cristo, que media entre la Deidad del Hijo y la torpeza de la carne. Así como la carne humana es al mismo tiempo carne de Dios Verbo, así también el alma humana es alma de Dios Verbo, y ambas al mismo tiempo, siendo el alma deificada así como el cuerpo, y la Deidad permaneció indivisa incluso en la separación del alma respecto del cuerpo en su pasión voluntaria. Pues donde está el alma de Cristo, allí está también su Deidad; y donde está el cuerpo de Cristo, allí también está su Deidad. Si, pues, en su pasión la divinidad permaneció inseparable de éstos, ¿cómo se atreven los necios a separar la carne de la Deidad, y a representarla por sí misma como imagen de un mero hombre? Caen en el abismo de la impiedad, pues separan la carne de la Deidad, le atribuyen una subsistencia propia, una personalidad propia, que representan, e introducen así una cuarta persona en la Trinidad. Además, representan como no divinizado aquello que ha sido divinizado al ser asumido por la Deidad. Quien, pues, hace una imagen de Cristo, o representa la Deidad que no puede ser representada y la mezcla con la humanidad (como los monofisitas), o representa el cuerpo de Cristo como no divinizado y separado y como persona aparte, como los nestorianos.
    Sin embargo, la única figura admisible de la humanidad de Cristo es el pan y el vino en la santa Cena. Ésta y ninguna otra forma, éste y ningún otro tipo, ha elegido para representar su encarnación. Mandó que se trajera pan, pero no una representación de la forma humana, para que no surgiera idolatría. Y así como el cuerpo de Cristo es divinizado, así también esta figura del cuerpo de Cristo, el pan, es divinizada por la venida del Espíritu Santo; se convierte en el cuerpo divino de Cristo por mediación del sacerdote que, separando la oblación de lo común, la santifica.
    La mala costumbre de asignar nombres a las imágenes no proviene de Cristo, de los Apóstoles ni de los santos Padres; ni éstos dejaron tras de sí oración alguna por la cual una imagen deba ser consagrada o convertida en algo distinto de materia ordinaria.
    Texto de la fuenteConciliábulo iconoclasta de 754 · Definición leída en la sesión VI · Nicea II, Definición de 754, §§ 8–29
    Si, no obstante, dicen algunos que podríamos tener razón en cuanto a las imágenes de Cristo, a causa de la unión misteriosa de las dos naturalezas, pero que no es justo que prohibamos también las imágenes de la enteramente inmaculada y siempre gloriosa Madre de Dios, de los profetas, apóstoles y mártires, que fueron meros hombres y no constaban de dos naturalezas; podemos responder, en primer lugar: Si aquéllas caen, ya no hay necesidad de éstas. Pero consideraremos también lo que puede decirse contra éstas en particular. El cristianismo ha rechazado la totalidad del paganismo, y así no sólo los sacrificios paganos, sino también la adoración pagana de las imágenes. Los Santos viven eternamente con Dios, aunque hayan muerto. Si alguien piensa llamarlos de nuevo a la vida mediante un arte muerto, descubierto por los paganos, se hace culpable de blasfemia. ¿Quién se atreve a intentar con arte pagano pintar a la Madre de Dios, que está exaltada sobre todos los cielos y los Santos? No está permitido a los cristianos, que tienen la esperanza de la resurrección, imitar las costumbres de los adoradores de demonios, e insultar a los Santos, que brillan en gloria tan grande, por medio de común materia muerta.
    Además, podemos probar nuestra opinión por la Sagrada Escritura y por los Padres. En la primera se dice: «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren;» y: «No te harás imagen, ni semejanza alguna de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra;» por cuya causa Dios habló a los israelitas en el monte, desde en medio del fuego, pero no les mostró imagen alguna. Además: «Cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible,... y sirvieron a la criatura más que al Creador.» [Se citan varios otros pasajes, aún menos pertinentes.]
    [El Sínodo apela a un pasaje espurio de Epifanio y a otro insertado en los escritos de Teodoto de Ancira, amigo de San Cirilo; a expresiones —en modo alguno llamativas— de Gregorio Nacianceno, de los santos Crisóstomo, Basilio, Atanasio de Anfiloquio y de Eusebio Pánfilo, de su Carta a la emperatriz Constancia, que le había pedido una imagen de Cristo.]
    Apoyados en las Santas Escrituras y en los Padres, declaramos unánimemente, en el nombre de la Santísima Trinidad, que sea rechazada, removida y maldecida de la Iglesia Cristiana toda semejanza hecha de cualquier materia y color por el arte malvado de los pintores.
    Quien en el futuro se atreva a hacer tal cosa, o a venerarla, o a colocarla en una iglesia o en una casa particular, o la posea en secreto, si fuere obispo, presbítero o diácono, sea depuesto; si monje o laico, sea anatematizado y quede sujeto a ser juzgado por las leyes seculares como adversario de Dios y enemigo de las doctrinas transmitidas por los Padres. Al mismo tiempo ordenamos que ningún titular de una iglesia se atreva, bajo pretexto de destruir el error en cuanto a las imágenes, a poner sus manos sobre los vasos sagrados para hacerlos alterar, porque están adornados con figuras. Lo mismo se dispone en cuanto a las vestiduras de las iglesias, los paños y todo lo dedicado al servicio divino. Si, sin embargo, el titular de una iglesia desea que tales vasos y vestiduras eclesiásticos sean alterados, debe hacerlo sólo con el asentimiento del santo Patriarca ecuménico y por mandato de nuestros piadosos Emperadores. Así también ningún príncipe u oficial secular robará las iglesias, como algunos han hecho en tiempos pasados, bajo pretexto de destruir las imágenes. Todo esto lo ordenamos, creyendo que hablamos como habla el Apóstol, pues también creemos que tenemos el espíritu de Cristo; y como nuestros predecesores que creyeron lo mismo hablaron lo que habían definido sinodalmente, así creemos y por eso hablamos, y exponemos una definición de lo que nos ha parecido bien, siguiendo y de acuerdo con las definiciones de nuestros Padres.
    (1) Si alguno, según la tradición de los Apóstoles y de los Padres, no confiesa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo una sola deidad, naturaleza y sustancia, voluntad y operación, virtud y señorío, reino y potestad en tres subsistencias, es decir, en sus gloriosísimas Personas, sea anatema.
    (2) Si alguno no confiesa que uno de la Trinidad se hizo carne, sea anatema.
    (3) Si alguno no confiesa que la santa Virgen es verdaderamente Madre de Dios, etc.
    (4) Si alguno no confiesa a un solo Cristo, Dios y hombre a la vez, etc.
    (5) Si alguno no confiesa que la carne del Señor es vivificante porque es la carne del Verbo de Dios, etc.
    (6) Si alguno no confiesa dos naturalezas en Cristo, etc.
    (7) Si alguno no confiesa que Cristo está sentado con Dios Padre en cuerpo y alma, y que así vendrá a juzgar, y que permanecerá Dios para siempre sin ninguna tosquedad, etc.
    (8) Si alguno se atreve a representar la imagen divina ([χαρακτήρ]) del Verbo después de la Encarnación con colores materiales, ¡sea anatema!
    (9) Si alguno se atreve a representar en figuras humanas, por medio de colores materiales, a causa de la encarnación, la sustancia o persona (ousia o hypostasis) del Verbo, que no puede ser representada, y no confiesa más bien que incluso después de la Encarnación él [es decir, el Verbo] no puede ser representado, ¡sea anatema!
    (10) Si alguno se atreve a representar la unión hipostática de las dos naturalezas en una imagen, y la llama Cristo, y así representa falsamente una unión de las dos naturalezas, etc.
    (11) Si alguno separa la carne unida con la persona del Verbo de ella, y se esfuerza por representarla separadamente en una imagen, etc.
    (12) Si alguno separa al único Cristo en dos personas, y se esfuerza por representar separadamente a Aquel que nació de la Virgen, y así acepta sólo una unión relativa ([σχετική]) de las naturalezas, etc.
    (13) Si alguno representa en una imagen la carne deificada por su unión con el Verbo, y así la separa de la Deidad, etc.
    (14) Si alguno se esfuerza por representar con colores materiales a Dios Verbo como un mero hombre, el cual, aunque llevaba la forma de Dios, asumió la forma de siervo en su propia persona, y así se esfuerza por separarlo de su inseparable Deidad, de modo que introduce así una cuaternidad en la Santísima Trinidad, etc.
    (15) Si alguno no confiesa que la santa siempre virgen María, verdadera y propiamente Madre de Dios, es más excelsa que toda criatura, visible o invisible, y no busca con fe sincera sus intercesiones, como de quien tiene confianza en su acceso a nuestro Dios, puesto que ella le dio a luz, etc.
    (16) Si alguno se esfuerza por representar las formas de los Santos en imágenes sin vida con colores materiales que no tienen valor (pues esta noción es vana e introducida por el diablo), y no representa más bien sus virtudes como imágenes vivas en sí mismo, etc.
    (17) Si alguno niega el provecho de la invocación de los Santos, etc.
    Texto de la fuenteConciliábulo iconoclasta de 754 · Definición leída en la sesión VI · Nicea II, Definición de 754, §§ 30–34
    (18) Si alguno niega la resurrección de los muertos, y el juicio, y la justa retribución a cada uno, el tormento sin fin y la dicha sin fin, etc.
    (19) Si alguno no acepta este nuestro Santo y Ecuménico Séptimo Sínodo, sea anatema del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y de los siete santos Sínodos Ecuménicos.
    [Sigue luego la prohibición de hacer o enseñar otra fe, y las penas para la desobediencia. Después de esto siguen las aclamaciones.]
    Los divinos Emperadores Constantino y León dijeron: Que el santo y ecuménico sínodo diga si con el consentimiento de todos los santísimos obispos ha sido expuesta la definición que se acaba de leer.
    El santo sínodo exclamó: Así creemos todos, todos somos del mismo parecer. Todos con una sola voz y voluntariamente hemos suscrito. Ésta es la fe de los Apóstoles. ¡Muchos años a los Emperadores! ¡Son la luz de la ortodoxia! ¡Muchos años a los ortodoxos Emperadores! ¡Dios preserve vuestro Imperio! ¡Habéis proclamado ahora con más firmeza la inseparabilidad de las dos naturalezas de Cristo! ¡Habéis desterrado toda idolatría! ¡Habéis destruido las herejías de Germán [de Constantinopla], de Jorge y de Mansur [[μανσουρ], Juan Damasceno]! ¡Anatema a Germán, el de doble ánimo y adorador de madera! ¡Anatema a Jorge, su compañero, al falsificador de la doctrina de los Padres! ¡Anatema a Mansur, que tiene nombre malvado y opiniones sarracenas! ¡Al traidor de Cristo y enemigo del Imperio, al maestro de impiedad, al pervertidor de la Escritura, Mansur, anatema! ¡La Trinidad ha depuesto a estos tres!
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