Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 56 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minPrimer Concilio de Nicea (325 d.C.)
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minLa Carta Sinodal
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minPrimer Concilio de Constantinopla (381 d. C.)
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 7 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 13 minExtractos de las Actas (Continuación)
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minLos doce anatemas de San Cirilo contra Nestorio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 11 minExtractos de las Actas (Continuación)
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minExtractos de las Actas
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minSesión III
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta del Mismo Santo Sínodo de Éfeso, al Sagrado Sínodo en Panfilia Acerca de Eustacio Que Había Sido Su Metropolitano
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 minCarta del Sínodo al Papa Celestino
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minDefinición contra los impíos Mesalianos, llamados también Euquitas y Entusiastas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 12 minSesión II
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 4 minSesión II
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 13 minSesión II (Continuación)
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 8 minSesión II (Continuación)
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 6 minSesión II (Continuación)
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minSesión V
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minSesión VI
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 9 minSesión XV
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minSesión XV
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 5 minSesión XV
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 10 minSesión XVI
  26. Sesión 26 · Parte 6 · ≈ 7 minSegundo Concilio de Constantinopla
  27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 6 minSesión VII - Extractos de las Actas
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 10 minLa Sentencia del Sínodo
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 9 minLa Sentencia del Sínodo
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minLos Capítulos del Concilio
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minLos Capítulos del Concilio
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 7 minLos anatemas contra Orígenes
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLos anatemas del emperador Justiniano contra Orígenes
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 3 minSuscripción
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 13 minTercer Concilio de Constantinopla
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 13 minTercer Concilio de Constantinopla
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 12 minTercer Concilio de Constantinopla
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minTercer Concilio de Constantinopla
  39. Sesión 39 · Parte 8 · ≈ 7 minLa carta de Agatón y del sínodo romano de 125 obispos, que debía servir de instrucción a los legados enviados para asistir al Sexto Sínodo.
  40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 6 minSesión VIII - Extractos de las Actas
  41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 9 minLa Definición de fe
  42. Sesión 42 · Parte 8 · ≈ 11 minEl Prosphoneticus al Emperador
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 7 minEl Edicto Imperial Fijado en el Tercer Atrio de la Gran Iglesia Cerca de lo que se Llama Dicymbala
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 8 minLa Sacra imperial
  45. Sesión 45 · Parte 9 · ≈ 9 minExtractos de las Actas
  46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 10 minSesión 2
  47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 10 minSesión 3
  48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 14 minSesión 6
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 2 minLa Definición
  50. Sesión 50 · Parte 10 · ≈ 9 minEl Decreto
  51. Sesión 51 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  52. Sesión 52 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 9 minLa Carta del Sínodo al Emperador y a la Emperatriz
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minLa Carta del Sínodo al Emperador y a la Emperatriz
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 2 minLo que dejaron los concilios

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — LOS CONCILIOS ECUMÉNICOS

    Índice de la obra

    Estás en la parte 8. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Los siete concilios ecuménicos: cánones y definiciones

    Siglos IV–VIII · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Percival (Nicene and Post-Nicene Fathers)45 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 10 · La carta de Agatón y del sínodo romano de 125 obispos, que debía servir de instrucción a los legados enviados para asistir al Sexto Sínodo.Publicado el Actualizado el Ref. ESC-CON-01

    Leer por sesiones · 56 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minPrimer Concilio de Nicea (325 d.C.)
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minLa Carta Sinodal
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minPrimer Concilio de Constantinopla (381 d. C.)
    5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 7 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 13 minExtractos de las Actas (Continuación)
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minConcilio de Éfeso (431 d. C.)
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minLos doce anatemas de San Cirilo contra Nestorio
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 11 minExtractos de las Actas (Continuación)
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 4 minExtractos de las Actas
    11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minSesión III
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCarta del Mismo Santo Sínodo de Éfeso, al Sagrado Sínodo en Panfilia Acerca de Eustacio Que Había Sido Su Metropolitano
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 minCarta del Sínodo al Papa Celestino
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minDefinición contra los impíos Mesalianos, llamados también Euquitas y Entusiastas
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 12 minSesión II
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 4 minSesión II
    17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 13 minSesión II (Continuación)
    18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 8 minSesión II (Continuación)
    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 6 minSesión II (Continuación)
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minSesión V
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minSesión VI
    22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 9 minSesión XV
    23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minSesión XV
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 5 minSesión XV
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 10 minSesión XVI
    26. Sesión 26 · Parte 6 · ≈ 7 minSegundo Concilio de Constantinopla
    27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 6 minSesión VII - Extractos de las Actas
    28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 10 minLa Sentencia del Sínodo
    29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 9 minLa Sentencia del Sínodo
    30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 minLos Capítulos del Concilio
    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minLos Capítulos del Concilio
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 7 minLos anatemas contra Orígenes
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLos anatemas del emperador Justiniano contra Orígenes
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 3 minSuscripción
    35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 13 minTercer Concilio de Constantinopla
    36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 13 minTercer Concilio de Constantinopla
    37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 12 minTercer Concilio de Constantinopla
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minTercer Concilio de Constantinopla
    39. Sesión 39 · Parte 8 · ≈ 7 minLa carta de Agatón y del sínodo romano de 125 obispos, que debía servir de instrucción a los legados enviados para asistir al Sexto Sínodo.
    40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 6 minSesión VIII - Extractos de las Actas
    41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 9 minLa Definición de fe
    42. Sesión 42 · Parte 8 · ≈ 11 minEl Prosphoneticus al Emperador
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 7 minEl Edicto Imperial Fijado en el Tercer Atrio de la Gran Iglesia Cerca de lo que se Llama Dicymbala
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 8 minLa Sacra imperial
    45. Sesión 45 · Parte 9 · ≈ 9 minExtractos de las Actas
    46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 10 minSesión 2
    47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 10 minSesión 3
    48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 14 minSesión 6
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 2 minLa Definición
    50. Sesión 50 · Parte 10 · ≈ 9 minEl Decreto
    51. Sesión 51 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
    52. Sesión 52 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
    53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 9 minLos Cánones
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 9 minLa Carta del Sínodo al Emperador y a la Emperatriz
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 7 minLa Carta del Sínodo al Emperador y a la Emperatriz
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 2 minLo que dejaron los concilios

    La carta de Agatón y del sínodo romano de 125 obispos, que debía servir de instrucción a los legados enviados para asistir al Sexto Sínodo.

    Texto de la fuenteAgatón, papa, y el sínodo romano de 125 obispos · Carta de instrucción a los legados · Constantinopla III, Carta del sínodo romano, §§ 1–7
    (Hallado en Labbe y Cossart, Concilia, Tom. VI., col. 677 et seqq., y en Migne, Pat. Lat. Tom. LXXXVII., col. 1215 et seqq. [He seguido este último texto, que es el de Mansi].)
    A los piadosísimos Señores y serenísimos vencedores y conquistadores, nuestros propios hijos amados de Dios y de nuestro Señor Jesucristo, Constantino, el gran Emperador, y Heraclio y Tiberio, Augustos, Agatón, obispo y siervo de los siervos de Dios, junto con todos los sínodos sujetos al concilio de la Sede Apostólica.
    [La carta comienza con una serie de cumplidos al Emperador, muy semejantes en estilo y contenido a la introducción de la carta precedente. No he considerado que valga la pena traducir esto, sino que he comenzado en la parte doctrinal, que se ofrece al lector íntegra. (Labbe y Cossart, col. 682.)]
    Creemos en Dios Padre todopoderoso, hacedor del cielo y de la tierra, y de todas las cosas visibles e invisibles; y en su Hijo unigénito, que fue engendrado de él antes de todos los siglos; Dios verdadero de Dios verdadero, Luz de Luz, engendrado, no hecho, de una misma sustancia con el Padre, es decir, de la misma sustancia que el Padre; por él fueron hechas todas las cosas que están en el cielo y en la tierra; y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, y con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y glorificado; la Trinidad en la unidad y la Unidad en la trinidad; unidad en cuanto a la esencia, pero trinidad de personas o subsistencias; y así confesamos a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo; no tres dioses, sino un solo Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: no una subsistencia de tres nombres, sino una sustancia de tres subsistencias; y de estas personas, una es la esencia, o sustancia o naturaleza, es decir, una es la divinidad, una la eternidad, uno el poder, uno el reino, una la gloria, una la adoración, una la voluntad y operación esencial de la misma santa e inseparable Trinidad, que ha creado todas las cosas, ha hecho disposición de ellas y todavía las contiene.
    Además confesamos que uno de la misma santa Trinidad consubstancial, Dios Verbo, engendrado del Padre antes de los siglos, en los últimos días del mundo, por nosotros y por nuestra salvación, descendió del cielo y se encarnó por obra del Espíritu Santo y de nuestra Señora, la santa, inmaculada, siempre virgen y gloriosa María, verdadera y propiamente Madre de Dios, es decir, según la carne que de ella nació; y se hizo verdaderamente hombre, siendo el mismo Dios verdadero y hombre verdadero. Dios de Dios su Padre, pero hombre de su Madre virgen, encarnado de su carne con alma racional e inteligente: de una misma sustancia con Dios Padre en cuanto a su divinidad, y consubstancial con nosotros en cuanto a su humanidad, y en todo semejante a nosotros, pero sin pecado. Fue crucificado por nosotros bajo Poncio Pilato, padeció, fue sepultado y resucitó; subió al cielo, y está sentado a la diestra del Padre, y ha de venir de nuevo a juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin.
    Y a este mismo único Señor nuestro, Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, lo reconocemos como subsistente de y en dos sustancias, inconfusamente, inmutablemente, indivisiblemente, inseparablemente, sin que la unión suprima en modo alguno la diferencia de las naturalezas, sino que más bien las propiedades de cada naturaleza se conservan y concurren en una sola Persona y una sola Subsistencia, no dispersas ni divididas en dos Personas, ni confundidas en una sola naturaleza compuesta; antes confesamos a un solo y mismo Hijo unigénito, Dios Verbo, nuestro Señor Jesucristo, no uno en otro, ni uno añadido a otro, sino él mismo el mismo en dos naturalezas — es decir, en la divinidad y en la humanidad — aun después de la unión hipostática; porque ni el Verbo fue cambiado en la naturaleza de la carne, ni la carne fue transformada en la naturaleza del Verbo, pues cada una permaneció lo que era por naturaleza. Sólo por contemplación discernimos la distinción entre las naturalezas unidas en él, de las cuales está compuesto inconfusamente, inseparablemente e inmutablemente; porque uno es de ambas, y por uno son ambas, ya que están juntas la altura de la deidad y la humildad de la carne, conservando cada naturaleza después de la unión su propio carácter propio sin defecto alguno; y cada forma obrando en comunión con la otra lo que le es propio. El Verbo obrando lo propio del Verbo, y la carne lo propio de la carne; de las cuales una resplandece con milagros, la otra se doblega bajo las injurias. Por lo cual, así como confesamos que él tiene verdaderamente dos naturalezas o sustancias, a saber, la divinidad y la humanidad, unidas inconfusamente, indivisiblemente e inmutablemente, así también la regla de piedad nos instruye que tiene dos voluntades naturales y dos operaciones naturales, como Dios perfecto y hombre perfecto, uno y el mismo nuestro Señor Jesucristo. Y esto nos lo ha enseñado claramente la tradición apostólica y evangélica y la autoridad de los santos Padres (a quienes reciben la santa Iglesia apostólica y católica y los venerables sínodos).
    [La carta continúa diciendo que ésta es la fe tradicional, y es la que fue expuesta en un concilio presidido por el Papa Martín, y que quienes se oponen a esta fe han errado respecto de la verdad, unos de una manera y otros de otra. Luego se disculpa por la demora en enviar a las personas ordenadas por la Sacra imperial, y prosigue así: (Labbe y Cossart, col. 686; Migne, col. 1224).]
    Texto de la fuenteAgatón, papa, y el sínodo romano de 125 obispos · Carta de instrucción a los legados · Constantinopla III, Carta del sínodo romano, §§ 8–9
    En primer lugar, gran número de nosotros estamos dispersos por una vasta extensión de país hasta la costa del mar, y la longitud de su viaje tomó necesariamente mucho tiempo. Además, teníamos la esperanza de poder unir a nuestra humildad a nuestro consiervo y hermano obispo Teodoro, arzobispo y filósofo de la isla de Gran Bretaña, con otros que han sido retenidos allí hasta hoy; y añadir a éstos varios obispos de este concilio que tienen sus sedes en diferentes partes, para que nuestra humilde sugerencia [es decir, la definición doctrinal contenida en las cartas] procediera de un concilio de amplia influencia, no sea que, si sólo una parte tuviera conocimiento de lo que se hacía, pudiera escapar a la atención de otra parte; y especialmente porque entre los gentiles, como los longobardos y los eslavos, así como los francos, los franceses, los godos y los britanos, se sabe que hay muchísimos de nuestros consiervos que no dejan de informarse con curiosidad sobre el asunto, para saber qué se hace en la causa de la fe apostólica; los cuales, así como pueden ser de provecho mientras mantienen la verdadera fe con nosotros y piensan en unísono con nosotros, así también se muestran molestos y contrarios si (¡lo cual Dios no permita!) tropiezan en algún artículo de la fe. Pero nosotros, aunque humildísimos, nos esforzamos con todas nuestras fuerzas para que la república de vuestro imperio cristiano se muestre más sublime que todas las naciones, pues en él ha sido fundada la Sede del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, por cuya autoridad todas las naciones cristianas veneran y adoran con nosotros, mediante la reverencia del propio bienaventurado apóstol Pedro. (Éste es el latín, que me parece corrupto; el griego dice lo siguiente: «cuya autoridad por la verdad, todas las naciones cristianas junto con nosotros adoran y reverencian, según el honor del propio bienaventurado apóstol Pedro.»)
    [La carta termina con oraciones por la constancia, bendiciones para el Estado y el Emperador, y esperanzas por la difusión y aceptación universal de la verdad.]

    Sesión VIII - Extractos de las Actas

    Constantinopla III, Sesión VIII, §§ 1–10

    [ Dijo el Emperador ]
    Diga Jorge, el santísimo arzobispo de esta nuestra ciudad preservada por Dios, y diga Macario, el venerable arzobispo de Antioquía, y diga el sínodo sujeto a ellos [es decir, sus sufragáneos], si se someten a la fuerza ([εἰ στοιχοῦσι τῇ δυνάμει]) de las sugerencias enviadas por el santísimo Agatón, Papa de la vieja Roma, y por su Sínodo.
    [ La respuesta de Jorge, con la cual todos sus obispos, muchos de ellos, hablando uno por uno, estuvieron de acuerdo, excepto Teodoro de Metilene ( quien entregó su asentimiento al final de la Décima Sesión ).]
    He examinado diligentemente toda la fuerza de las sugerencias enviadas a vuestra piadosísima Fortaleza, tanto por Agatón, el santísimo Papa de la vieja Roma, como por su sínodo, y he escrutado las obras de los santos y aprobados Padres, que se guardan en mi venerable patriarcado, y he hallado que todos los testimonios de los santos y aceptados Padres, contenidos en aquellas sugerencias, concuerdan con los santos y aceptados Padres y en nada difieren de ellos. Por tanto, les presto mi sumisión y así profeso y creo.
    [ La respuesta de todos los demás Obispos sujetos a la Sede de Constantinopla. (Col. 735.)]
    Y nosotros, piadosísimo Señor, aceptando la doctrina de la sugerencia enviada a vuestra mansísima Fortaleza por el santísimo y bienaventurado Agatón, Papa de la vieja Roma, y de aquella otra sugerencia que fue adoptada por el concilio sujeto a él, y siguiendo el sentido en ellas contenido, así pensamos, así profesamos y así creemos que en nuestro único Señor Jesucristo, nuestro verdadero Dios, hay dos naturalezas inconturbadamente, inmutablemente, indivisiblemente, y dos voluntades naturales y dos operaciones naturales; y a todos los que han enseñado, y ahora dicen, que no hay más que una voluntad y una operación en las dos naturalezas de nuestro único Señor Jesucristo, nuestro verdadero Dios, los anatematizamos.
    [ La demanda del Emperador a Macario. (Col. 739.)]
    Que Macario, el Venerable Arzobispo de Antioquía, que ahora ha oído lo dicho por este santo y ecuménico Sínodo [que exige la expresión de su fe], responda lo que le parezca bien.
    [ La respuesta de Macario.]
    No digo que haya dos voluntades ni dos operaciones en la dispensación de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, sino una sola voluntad y una sola operación teándrica.

    Sesión XIII - La sentencia contra los monotelitas

    Constantinopla III, Sesión XIII, § 1

    El santo concilio dijo: Después de que hubimos reconsiderado, según la promesa que habíamos hecho a vuestra alteza, las cartas doctrinales de Sergio, en otro tiempo patriarca de esta real ciudad preservada por Dios, a Ciro, que era entonces obispo de Fasis, y a Honorio, en otro tiempo Papa de la vieja Roma, así como la carta de este último al mismo Sergio, hallamos que estos documentos son totalmente ajenos a los dogmas apostólicos, a las declaraciones de los santos Concilios y a todos los Padres aceptados, y que siguen las falsas enseñanzas de los herejes; por tanto, los rechazamos enteramente y los execramos como nocivos para el alma. Pero los nombres de aquellos hombres cuyas doctrinas execramos deben también ser arrojados de la santa Iglesia de Dios, a saber, el de Sergio, en otro tiempo obispo de esta real ciudad preservada por Dios, que fue el primero en escribir sobre esta impía doctrina; asimismo el de Ciro de Alejandría, de Pirro, Pablo y Pedro, que murieron obispos de esta ciudad preservada por Dios y eran del mismo parecer que ellos; y el de Teodoro, en otro tiempo obispo de Farán, a todos los cuales el santísimo y tres veces bendito Agatón, Papa de la vieja Roma, en su sugerencia a nuestro piadosísimo y por Dios preservado señor y poderoso Emperador, rechazó, porque pensaban contrariamente a nuestra fe ortodoxa; y definimos que todos ellos sean sometidos a anatema. Y con éstos definimos que sea expulsado de la santa Iglesia de Dios y anatematizado Honorio, que fue en otro tiempo Papa de la vieja Roma, por lo que hallamos escrito por él a Sergio, que en todo seguía su parecer y confirmaba sus impías doctrinas. Hemos examinado también la carta sinodal de Sofronio, de santa memoria, en otro tiempo Patriarca de la Santa Ciudad de Cristo nuestro Dios, Jerusalén, y la hallamos conforme a la verdadera fe y a las enseñanzas apostólicas, y a las de los santos aprobados Padres. Por tanto, la hemos recibido como ortodoxa y como saludable para la santa Iglesia Católica y Apostólica, y hemos decretado que es justo que su nombre sea insertado en los dípticos de las Santas Iglesias.

    Sesión XVI - Extractos de las Actas

    Constantinopla III, Sesión XVI, §§ 1–16

    [ Las aclamaciones de los Padres.]
    ¡Muchos años al Emperador! ¡Muchos años a Constantino, nuestro gran Emperador! ¡Muchos años al Rey ortodoxo! ¡Muchos años a nuestro Emperador que hace la paz! ¡Muchos años a Constantino, un segundo Marciano! ¡Muchos años a Constantino, un nuevo Teodosio! ¡Muchos años a Constantino, un nuevo Justiniano! ¡Muchos años al guardián de la fe ortodoxa! ¡Oh Señor, preserva el fundamento de las Iglesias! ¡Oh Señor, preserva al guardián de la fe!
    ¡Muchos años a Agatón, Papa de Roma! ¡Muchos años a Jorge, Patriarca de Constantinopla! ¡Muchos años a Teófano, Patriarca de Antioquía! ¡Muchos años al concilio ortodoxo! ¡Muchos años al Senado ortodoxo!
    A Teodoro de Farán, hereje, anatema.
    A Sergio, hereje, anatema.
    A Ciro, hereje, anatema.
    A Honorio, hereje, anatema.
    A Pirro, hereje, anatema.
    A Pablo, hereje, anatema.
    A Pedro, hereje, anatema.
    A Macario, hereje, anatema.
    A Esteban, hereje, anatema.
    A Policronio, hereje, anatema.
    A Apergio de Perga, hereje, anatema.
    A todos los herejes, anatema. A todos los que se ponen del lado de los herejes, anatema.
    Que aumente la fe de los cristianos, y ¡largos años al concilio ortodoxo y ecuménico!
    Comentario editorial · Honorio, papa y anatematizado
    Entre los condenados en las aclamaciones de esta sesión figura Honorio, que había sido papa. Según Wikipedia (en), el concilio incluyó entre los condenados al papa Honorio I y a cuatro patriarcas de Constantinopla; León II, sucesor de Agatón, aceptó los decretos y, en su carta de confirmación, acusó a Honorio de haber permitido que se manchara la pureza de la Sede apostólica. Percival, en un excursus que este epub no traduce, se niega a discutir el asunto teológicamente y recomienda leer a los dos bandos: señala que los autores católico-romanos no coinciden (Pennacchi sostiene que las cartas de Honorio eran ortodoxas y que el concilio erró; Baronio, que su nombre se puso por raspadura en lugar del de Teodoro).

    La Definición de fe

    Constantinopla III, Definición de fe, §§ 1–6

    ( Hallado en las Actas, Sesión XVIII., L. y C., Concilia, Tom. VI., col. 1019.)
    El santo, grande y ecuménico Sínodo, que ha sido reunido por la gracia de Dios y por el religioso decreto del religiosísimo, fidelísimo y poderoso Soberano Constantino, en esta ciudad de Constantinopla, Nueva Roma, protegida por Dios y real, en la Sala del Palacio imperial, llamada Trullo, ha decretado lo siguiente.
    El Hijo unigénito y Verbo de Dios Padre, que fue hecho hombre en todo semejante a nosotros, sin pecado, Cristo nuestro verdadero Dios, ha declarado expresamente en las palabras del Evangelio, «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.» Y de nuevo, «Mi paz os dejo, mi paz os doy.» Nuestro mansísimo Soberano, campeón de la ortodoxia y adversario de la mala doctrina, guiado reverencialmente por esta doctrina de paz divinamente proferida, y habiendo convocado esta nuestra santa y ecuménica asamblea, ha unido el juicio de toda la Iglesia. Por lo cual, este nuestro santo y ecuménico Sínodo, habiendo expulsado el impío error que había prevalecido por cierto tiempo hasta ahora, y siguiendo de cerca la recta senda de los santos y aprobados Padres, ha dado piadosamente su pleno asentimiento a los cinco santos y ecuménicos Sínodos (es decir, al de los 318 santos Padres que se reunieron en Nicea contra el furioso Arrio; y al siguiente en Constantinopla de los 150 varones inspirados por Dios contra Macedonio, el adversario del Espíritu, y el impío Apolinario; y también al primero de Éfeso de 200 venerables varones convocado contra Nestorio el judaizante; y al de Calcedonia de 630 Padres inspirados por Dios contra Eutiques y Dioscoro, aborrecidos de Dios; y además de éstos, al último, es decir, el Quinto santo Sínodo reunido en este lugar, contra Teodoro de Mopsuestia, Orígenes, Dídimo y Evagrio, y contra los escritos de Teodoreto contra los Doce Capítulos del célebre Cirilo, y contra la Epístola que se decía escrita por Ibas a Maris el Persa), renovando en todo los antiguos decretos de la religión y expulsando las impías doctrinas de la irreligión. Y este nuestro santo y ecuménico Sínodo, inspirado por Dios, ha puesto su sello al Credo que fue promulgado por los 318 Padres y de nuevo religiosamente confirmado por los 150, el cual también los otros santos sínodos cordialmente recibieron y ratificaron para la eliminación de toda herejía destructora del alma.
    El Credo Niceno de los 318 santos Padres.
    Creemos, etc.
    El Credo de los 150 santos Padres reunidos en Constantinopla. Creemos, etc.
    El santo y ecuménico Sínodo dice además: este piadoso y ortodoxo Credo de la divina gracia sería suficiente para el pleno conocimiento y confirmación de la fe ortodoxa. Pero como el autor del mal, que al principio se valió de la ayuda de la serpiente y por ella trajo el veneno de la muerte sobre el género humano, no ha desistido, sino que del mismo modo ahora, habiendo hallado instrumentos idóneos para obrar su voluntad (nos referimos a Teodoro, que fue obispo de Farán, a Sergio, Pirro, Pablo y Pedro, que fueron arzobispos de esta real ciudad, y además a Honorio, que fue Papa de la vieja Roma, a Ciro, obispo de Alejandría, a Macario, que últimamente fue obispo de Antioquía, y a Esteban, su discípulo), los ha empleado activamente para levantar ante toda la Iglesia las piedras de tropiezo de una sola voluntad y una sola operación en las dos naturalezas de Cristo, nuestro verdadero Dios, uno de la Santa Trinidad; diseminando así, en voces novedosas, entre el pueblo ortodoxo, una herejía semejante a la loca y malvada doctrina del impío Apolinar, Severo y Temistio, y esforzándose astutamente por destruir la perfección de la encarnación del mismo nuestro Señor Jesucristo, nuestro Dios, representando blasfemamente su carne dotada de alma racional como desprovista de voluntad u operación. Por tanto, Cristo, nuestro Dios, ha suscitado a nuestro fiel Soberano, un nuevo David, habiéndolo hallado varón según su corazón, el cual, como está escrito, «no ha dejado que sus ojos durmieran ni que sus párpados se adormecieran,» hasta hallar una declaración perfecta de la ortodoxia por este nuestro Sínodo santo y reunido por Dios; pues, según la sentencia dicha por Dios, «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos,» el presente santo y ecuménico Sínodo, recibiendo fielmente y saludando con manos alzadas tanto la sugerencia que por el santísimo y bienaventurado Agatón, Papa de la antigua Roma, fue enviada a nuestro piadosísimo y fiel Emperador Constantino, la cual rechazó por nombre a quienes enseñaron o predicaron una sola voluntad y una sola operación en la dispensación de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, que es nuestro mismo Dios, ha adoptado asimismo aquella otra sugerencia sinodal que fue enviada por el Concilio celebrado bajo el mismo santísimo Papa, compuesto de 125 Obispos amados de Dios, a su Tranquilidad instruida por Dios, por ser consonante con el santo Concilio de Calcedonia y con el Tomo del santísimo y bienaventurado León, Papa de la misma vieja Roma, dirigido a San Flaviano, al cual también este Concilio llamó Columna de la fe recta; y concuerda también con las Epístolas Sinodales que fueron escritas por el bienaventurado Cirilo contra el impío Nestorio y dirigidas a los Obispos Orientales. Siguiendo a los cinco santos Concilios ecuménicos y a los santos y aprobados Padres, definiendo a una voz que nuestro Señor Jesucristo debe ser confesado como verdadero Dios y verdadero hombre, uno de la santa, consubstancial y vivificante Trinidad, perfecto en Deidad y perfecto en humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, de alma racional y cuerpo humano subsistente; consubstancial con el Padre en cuanto a su Divinidad y consubstancial con nosotros en cuanto a su humanidad; en todo semejante a nosotros, excepto únicamente el pecado; engendrado de su Padre antes de todos los siglos según su Divinidad, pero en estos últimos días, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, hecho hombre del Espíritu Santo y de la Virgen María, estricta y propiamente Madre de Dios según la carne; uno y el mismo Cristo nuestro Señor, el Hijo unigénito, que debe ser reconocido en dos naturalezas sin confusión, sin cambio, inseparable e indivisiblemente, sin que las peculiaridades de ninguna naturaleza se pierdan por la unión, sino más bien conservándose las propiedades de cada naturaleza, concurriendo en una Persona y en una subsistencia, no partido ni dividido en dos personas, sino uno y el mismo Hijo unigénito de Dios, el Verbo, nuestro Señor Jesucristo, conforme nos han enseñado los Profetas de antaño y como el mismo nuestro Señor Jesucristo nos ha instruido, y el Credo de los santos Padres nos ha entregado; definiendo todo esto, declaramos asimismo que en él hay dos voluntades naturales y dos operaciones naturales indivisiblemente, inconvertiblemente, inseparablemente, inconfusamente, según la enseñanza de los santos Padres. Y estas dos voluntades naturales no son contrarias la una a la otra (¡Dios no lo quiera!), como afirman los impíos herejes, sino que su voluntad humana sigue, y no como resistiendo y reacia, sino más bien como sujeta a su voluntad divina y omnipotente. Porque era justo que la carne fuera movida, pero sujeta a la voluntad divina, según el sapientísimo Atanasio. Pues así como su carne es llamada y es la carne de Dios Verbo, así también la voluntad natural de su carne es llamada y es la voluntad propia de Dios Verbo, como él mismo dice: «He descendido del cielo, no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió.» donde llama propia voluntad a la voluntad de su carne, en cuanto que su carne era también suya. Pues así como su santísima e inmaculada carne animada no fue destruida por haber sido deificada, sino que continuó en su propio estado y naturaleza ([ὄρῳ τε καὶ λόγῳ]), así también su voluntad humana, aunque deificada, no fue suprimida, sino más bien preservada, según el dicho de Gregorio el Teólogo: «Su voluntad [es decir, la del Salvador] no es contraria a Dios, sino enteramente deificada.»
    Glorificamos dos operaciones naturales indivisiblemente, inmutablemente, inconfusamente, inseparablemente en el mismo nuestro Señor Jesucristo, nuestro verdadero Dios, es decir, una operación divina y una operación humana, según el divino predicador León, que con toda distinción afirma lo siguiente: «Pues cada forma ([μορφὴ]) hace en comunión con la otra lo que propiamente le pertenece; a saber, el Verbo hace lo que corresponde al Verbo, y la carne lo que corresponde a la carne.»
    Pues no admitiremos una sola operación natural en Dios y en la criatura, así como no exaltaremos lo creado a la esencia divina, ni abatiremos la gloria de la naturaleza divina al lugar propio de la criatura.
    Reconocemos los milagros y los sufrimientos como de una sola y la misma [Persona], pero de una o de otra naturaleza de la que es y en la que existe, como admirablemente dice Cirilo. Preservando, por tanto, la inconfusión y la indivisibilidad, hacemos brevemente esta entera confesión, creyendo que nuestro Señor Jesucristo es uno de la Trinidad y, después de la encarnación, nuestro verdadero Dios; decimos que sus dos naturalezas resplandecieron en su única subsistencia, en la cual realizó los milagros y soportó los sufrimientos a través de toda su conversación económica ([δἰ ὅλης αὐτοῦ τῆς οἰκονομκῆς ἀναστροφῆς]), y ello no en apariencia solamente, sino en verdad, y esto por razón de la diferencia de naturaleza que debe reconocerse en la misma Persona, pues, aunque unidas, cada naturaleza quiere y hace lo que le es propio, y ello indivisible e inconfusamente. Por lo cual confesamos dos voluntades y dos operaciones, que concurren de la manera más apropiada en él para la salvación del género humano.
    Estas cosas, por tanto, habiendo sido formuladas por nosotros con toda diligencia y cuidado, definimos que a nadie sea permitido proponer, escribir, componer, pensar o enseñar una fe distinta. Todo aquel que presumiere componer una fe distinta, o proponer, enseñar o entregar a quienes desean convertirse al conocimiento de la verdad, ya sean gentiles o judíos, o de cualquier herejía, un Credo diferente; o introducir una voz nueva o invención de lenguaje para subvertir estas cosas que ahora han sido determinadas por nosotros, todos éstos, si fueren Obispos o clérigos, sean depuestos: los Obispos, del Episcopado; los clérigos, del clero; pero si fueren monjes o laicos: sean anatematizados.

    El Prosphoneticus al Emperador

    Constantinopla III, Prosfonético, §§ 1–9

    [Este discurso comienza con numerosos elogios al Emperador, especialmente por su celo por la verdadera fe.]
    Pero porque el adversario Satanás no concede descanso, ha levantado contra él a los mismos ministros de Cristo, como armados y portando armas, etc.
    [Se nombran entonces los diversos herejes y se expone cómo fueron condenados por los cinco concilios anteriores.]
    Siendo así las cosas, era necesario que vuestra majestad amada de Cristo reuniera esta asamblea toda santa y numerosa.
    Después, inspirados por el Espíritu Santo, y estando todos de acuerdo y consintiendo juntos, y dando nuestra aprobación a la carta doctrinal de nuestro santísimo y exaltado papa Agatón, que envió a vuestra majestad, como asimismo asintiendo a la sugerencia del santo sínodo de ciento veinticinco padres reunidos bajo él, enseñamos que uno de la Santa Trinidad, nuestro Señor Jesucristo, se encarnó, y debe ser celebrado en dos naturalezas perfectas sin división y sin confusión. Porque como Verbo, es consubstancial y eterno con Dios su Padre; pero como tomando carne de la inmaculada Virgen María, Madre de Dios, es hombre perfecto, consubstancial con nosotros y hecho en el tiempo. Declaramos, por tanto, que es perfecto en la Deidad y que el mismo es asimismo perfecto en la humanidad, según la antigua tradición de los padres y la divina definición de Calcedonia.
    Y así como reconocemos dos naturalezas, así también reconocemos dos voluntades naturales y dos operaciones naturales. Porque no osamos decir que cualquiera de las naturalezas que están en Cristo en su encarnación carezca de voluntad y operación: no sea que, al quitar las propiedades de esas naturalezas, quitemos asimismo las naturalezas de las cuales son propiedades. Porque no negamos la voluntad natural de su humanidad, ni su operación natural: no sea que también neguemos lo que es lo principal de la dispensación para nuestra salvación, y no sea que atribuyamos pasiones a la Deidad. Porque esto intentaban quienes recientemente han introducido la detestable novedad de que en él no hay sino una sola voluntad y una sola operación, renovando la malignidad de Arrio, Apolinar, Eutiques y Severo. Porque si dijéramos que la naturaleza humana de nuestro Señor está sin voluntad y operación, ¿cómo podríamos afirmar con seguridad la humanidad perfecta? Porque nada más constituye la integridad de la naturaleza humana sino la voluntad esencial, mediante la cual se marca en nosotros la fuerza del libre albedrío; y esto es también el caso con la operación sustancial. Porque ¿cómo lo llamaremos perfecto en humanidad si de ningún modo padeció y actuó como hombre? Porque así como la unión de dos naturalezas nos preserva una subsistencia sin confusión y sin división; así esta única subsistencia, mostrándose en dos naturalezas, demuestra como propias las cosas que pertenecen a cada una.
    Por tanto, declaramos que en él hay dos voluntades naturales y dos operaciones naturales, que proceden comúnmente y sin división: pero expulsamos de la Iglesia y sujetamos con razón a anatema todas las novedades superfluas así como a sus inventores: a saber, Teodoro de Farán, Sergio y Pablo, Pirro, y Pedro (que fueron arzobispos de Constantinopla), además Ciro, que llevó el sacerdocio de Alejandría, y con ellos Honorio, que era el gobernante ([πρόεδρον]) de Roma, por haberlos seguido en estas cosas. Además de éstos, con la mejor causa anatematizamos y deponemos a Macario, que fue obispo de Antioquía, y a su discípulo Esteban (o más bien deberíamos decir maestro), que intentaron defender la impiedad de sus predecesores, y en suma agitaron al mundo entero, y con sus cartas pestilentes y sus instituciones fraudulentas devastaron multitudes en todas direcciones. Asimismo también aquel anciano Policronio, de inteligencia infantil, que prometió que resucitaría a los muertos y que cuando no resucitaron, fue objeto de risa; y a todos los que han enseñado, o enseñan, o presumirán enseñar una sola voluntad y una sola operación en el Cristo encarnado....Pero el supremo príncipe de los Apóstoles luchó con nosotros: porque teníamos de nuestro lado a su imitador y el sucesor en su sede, quien también había expuesto en su carta el misterio de la palabra divina ([θεολογίας]). Porque la antigua ciudad de Roma te entregó una confesión de carácter divino, y una carta desde el occidente levantó el día de los dogmas, e hizo manifiesta la oscuridad, y Pedro habló por medio de Agatón, y tú, oh Rey autocrático, según el decreto divino, con el Omnipotente Copartícipe de tu trono, juzgaste.
    Pero, oh Señor benigno y amante de la justicia, haz este favor en retorno a aquel que te ha otorgado tu poder; y da, como sello a lo que ha sido definido por nosotros, tu ratificación imperial por escrito, y así confírmalo con los piadosos edictos y constituciones acostumbrados, para que nadie contradiga las cosas que se han hecho, ni plantee ninguna cuestión nueva. Porque ten por seguro, oh majestad serena, que no hemos falsificado nada de lo definido por los Concilios Ecuménicos y por los padres aprobados, sino que los hemos confirmado. Y ahora todos clamamos con una sola mente y una sola voz, « ¡Oh Dios, salva al Rey! etc., etc. »
    [Siguen entonces numerosos elogios al Emperador y oraciones por su conservación.]

    Carta del Concilio a San Agatón

    Constantinopla III, Carta a Agatón, §§ 1–6

    Copia de la carta enviada por el santo y ecuménico Sexto Concilio a Agatón, el santísimo y bendito papa de la vieja Roma.
    El santo y ecuménico concilio que por la gracia de Dios y la piadosa sanción del piadosísimo y fiel Constantino, el gran Emperador, ha sido reunido en esta ciudad preservada por Dios y real, Constantinopla, la nueva Roma, en el *\"calibre9\"> Secretum
    Graves enfermedades requieren mayores remedios, como sabes, bienaventuradísimo [padre]; y por eso Cristo, nuestro verdadero Dios, que es el creador y poder gobernante de todas las cosas, dio un médico sabio, a saber, tu santidad honrada por Dios, para expulsar por la fuerza el contagio de la peste herética mediante los remedios de la ortodoxia, y para dar la fuerza de la salud a los miembros de la iglesia. Por tanto, a ti, como al obispo de la primera sede de la Iglesia Universal, dejamos lo que debe hacerse, ya que de buena gana tomas por fundamento la roca firme de la fe, como sabemos por haber leído tu verdadera confesión en la carta enviada por tu beatitud paternal al piadosísimo emperador; y reconocemos que esta carta fue divinamente escrita ( perscriptas ) como por el Príncipe de los Apóstoles, y por ella hemos expulsado la secta herética de muchos errores que había brotado recientemente, habiendo sido impulsados a hacer un decreto por Constantino, que reina divinamente y empuña un clementísimo cetro. Y con su ayuda hemos derribado el error de la impiedad, habiendo, por así decirlo, sitiado la doctrina nefanda de los herejes. Y luego, desgarrando los cimientos de su execrable herejía, y atacándolos con armas espirituales y paternales, y confundiendo sus lenguas para que no hablasen coherentemente entre sí, derribamos la torre levantada por estos secuaces de esta impiísima herejía; y los matamos con anatema, como apóstatas de la fe y como pecadores, por la mañana fuera del campamento del tabernáculo de Dios, para expresarnos al modo de David, conforme a la sentencia ya dada sobre ellos en tu carta; y sus nombres son éstos: Teodoro, obispo de Farán, Sergio, Honorio, Ciro, Pablo, Pirro y Pedro. Además, además de éstos, justamente sometimos al anatema de los herejes también a los que viven en su impiedad que han recibido, o, para hablar con más precisión, en la impiedad de estas personas aborrecidas por Dios, Apolinar, Severo y Temestio, a saber: Macario, que fue obispo de la gran ciudad de Antioquía (y a él también lo despojamos merecidamente de sus vestiduras de pastor a causa de su impenitencia respecto de la fe ortodoxa y su obstinada contumacia), y Esteban, su discípulo en la locura y su maestro en la impiedad; también Policronio, que era inveterado en sus doctrinas heréticas, respondiendo así a su nombre; y, finalmente, todos los que impenitentemente han enseñado o enseñan, o ahora sostienen o han sostenido doctrinas semejantes.
    Hasta ahora el dolor, la tristeza y muchas lágrimas han sido nuestra porción. Porque no podemos reírnos de la caída de nuestros vecinos, ni exultar con alegría por su locura desenfrenada, ni nos hemos ensoberbecido para caer tanto más gravemente a causa de esto; no así, oh cabeza venerable y sagrada, hemos sido enseñados, nosotros que sostenemos que Cristo, el Señor del universo, es benigno y amante de los hombres en sumo grado; porque él nos exhorta a ser imitadores suyos en su sacerdocio en la medida de lo posible, como conviene a los buenos, y a obtener el modelo de su gobierno pastoral y conciliador. Pero también a la verdadera penitencia el Serenísimo Emperador y nosotros los hemos exhortado de diversas maneras, y hemos conducido todo el asunto con gran religiosidad y cuidado. Ni nos hemos movido a hacerlo por afán de ganancia, ni por odio, como podéis ver fácilmente por las cosas que se han hecho en cada sesión y relatado en las actas, que por la presente se envían a vuestra bienaventuranza: y comprenderéis por los vicarios de vuestra santidad, Teodoro y Jorge, presbíteros amados de Dios, y por Juan, el religiosísimo diácono, y por Constantino, el venerabilísimo subdiácono, todos ellos vuestros hijos espirituales y nuestros amados hermanos. Así también oiréis las mismas cosas de los enviados por vuestro santo sínodo, los santos obispos que recta y rectamente, conforme a vuestra disciplina, decretaron con nosotros en el primer capítulo de la fe.
    Así, iluminados por el Espíritu Santo, e instruidos por vuestra doctrina, hemos expulsado las doctrinas viles de la impiedad, allanando el recto camino de la ortodoxia, siendo en todo alentados y ayudados en ello por la sabiduría y el poder de nuestro piadosísimo y sereno Emperador Constantino. Y entonces uno de los nuestros, el santísimo præsul de esta Constantinopla reinante, en primer lugar asintiendo a las composiciones ortodoxas enviadas por vos al piadosísimo emperador como en todo conformes a la enseñanza de los Padres aprobados y de los Padres instruidos por Dios, y de los santos cinco concilios universales, todos nosotros, con la ayuda de Cristo nuestro Dios, logramos fácilmente lo que buscábamos. Porque así como Dios fue el motor, así también Dios coronó nuestro concilio.
    Entonces, por tanto, la gracia del Espíritu Santo brilló sobre nosotros, mostrando su poder, mediante vuestras asiduas oraciones, para el desarraigo de toda cizaña y de todo árbol que no daba buen fruto, y dando orden de que fueran consumidos por el fuego. Y todos nosotros concordamos tanto en corazón como en lengua y mano, y hemos emitido, con la asistencia del Espíritu vivificante, una definición, limpia de todo error, cierta e infalible; no 'removiendo los linderos antiguos', como está escrito (¡Dios no lo quiera!), sino permaneciendo firmes en los testimonios y la autoridad de los santos y aprobados padres, y definiendo que, como de dos y en dos naturalezas (a saber, la divinidad y la humanidad) de las cuales está compuesto y en las cuales existe, Cristo nuestro verdadero Dios es predicado por nosotros, y es glorificado inseparablemente, inmutablemente, inconfusamente e indivisiblemente; así también predicamos de él dos operaciones naturales, indivisiblemente, incontrovertiblemente, inconfusamente, inseparablemente, como ha sido declarado en nuestra definición sinodal. A estos decretos asintió la majestad de nuestro Emperador imitador de Dios, y los suscribió con su propia mano. Y, como se ha dicho, rechazamos y condenamos aquella herejía impísima e insustancial que afirmaba una sola voluntad y una sola operación en el Cristo encarnado nuestro verdadero Dios, y al hacerlo hemos presionado duramente a la multitud que confunde y que divide, y hemos extinguido la tormenta inflamada de otras herejías, pero hemos expuesto claramente con vos la luz brillante de la fe ortodoxa, y rogamos a vuestra santidad paternal que confirme nuestro decreto mediante vuestro honorable rescripto; mediante el cual confiamos en buena esperanza en Cristo en que su bondad misericordiosa concederá gratuitamente al Estado Romano, encomendado al cuidado de nuestro clementísimo Emperador, estabilidad; y adornará con yugos diarios y victorias su serenísima clemencia; y que además de los bienes que aquí nos ha otorgado, pondrá a vuestra santidad honrada por Dios ante su tremendo tribunal como quien ha confesado sinceramente la verdadera fe, preservándola sin mancha y guardando bien a los rebaños ortodoxos que Dios le ha encomendado.
    Nosotros y todos los que están con nosotros saludamos a todos los hermanos en Cristo que están con vuestra bienaventuranza.

    El Edicto Imperial Fijado en el Tercer Atrio de la Gran Iglesia Cerca de lo que se Llama Dicymbala

    Texto de la fuenteConstantino IV, emperador · Edicto imperial · Constantinopla III, Edicto imperial, § 1
    En el nombre de nuestro Señor y Maestro Jesucristo, nuestro Dios y Salvador, el piadosísimo Emperador, el pacífico y amante de Cristo Constantino, un Emperador fiel a Dios en Jesucristo, a todo nuestro pueblo amante de Cristo que vive en esta ciudad preservada por Dios y real.
    Texto de la fuenteHenry R. Percival, editor · Notas del volumen 14 de los NPNF · Constantinopla III, nota 3
    [El documento es muy largo; Hefele da el siguiente epítome, que es todo suficiente para el lector ordinario, quien recordará que es un Edicto del Emperador y no algo procedente del concilio.]
    Epítome de Hefele ( Hist. de los Concilios, Vol. v., p. 178).
    « La herejía de Apolinar, etc., ha sido renovada por Teodoro de Farán y confirmada por Honorio, en otro tiempo Papa de la vieja Roma, quien también se contradijo a sí mismo. También Ciro, Pirro, Pablo, Pedro; más recientemente. Macario, Esteban y Policronio habían difundido el monotelismo. Él, el Emperador, había por tanto convocado este santo y ecuménico Sínodo, y publicado el presente edicto con la confesión de fe, a fin de confirmar y establecer sus decretos. (Sigue aquí una confesión de fe extendida, con pruebas de la doctrina de dos voluntades y operaciones.) Así como reconoció los cinco Sínodos Ecuménicos anteriores, así anatematizó a todos los herejes desde Simón Mago, pero especialmente al originador y patronos de la nueva herejía, Teodoro y Sergio; también al Papa Honorio, que era su adherente y patrono en todo, y confirmó la herejía ([τὸν κατὰ πάντα τούτοις συναιρέτην καὶ σύνδρομον καὶ βεβαιωτὴν τῆς αἱρέσεως], además, Ciro, etc., y ordenó que nadie en adelante sostuviera una fe diferente, o se atreviera a enseñar una sola voluntad y una sola energía. En ninguna otra fe que la ortodoxa podían salvarse los hombres. Quien no obedeciera el edicto imperial debería, si era obispo o clérigo, ser depuesto; si era un funcionario, castigado con confiscación de bienes y pérdida del cinturón ([ζώνη]); si era una persona privada, desterrado de la residencia y de todas las demás ciudades. »

    Segundo Concilio de Nicea

    La Divina Sacra Enviada por los Emperadores Constantino e Irene al Santísimo y Bendito Adriano, Papa de la vieja Roma.

    Texto de la fuenteConstantino VI e Irene, emperadores · Sacra al papa Adriano · Nicea II, Sacra al papa Adriano, §§ 1–5
    ( Hallado en Labbe y Cossart, Concilia, Tom. VII., col. 32.)
    Los que reciben la dignidad del imperio, o el honor del principal sacerdocio de nuestro Señor Jesucristo, deben proveer y cuidar de aquellas cosas que le agradan, y regir y gobernar al pueblo encomendado a su cuidado según su voluntad y beneplácito.
    Por tanto, oh santísima Cabeza (Caput), incumbe a nosotros y a vos, que conozcamos irreprehensiblemente las cosas que son suyas, y que en ellas nos ejercitemos, puesto que de él hemos recibido la dignidad imperial, y vos la dignidad del sumo sacerdocio.
    Pero ahora, para hablar más al punto. Vuestra paternal beatitud sabe lo que se ha hecho en tiempos pasados en esta nuestra real ciudad contra las venerables imágenes: cómo quienes reinaron inmediatamente antes que nosotros las destruyeron y las sometieron al deshonor y la injuria —¡ojalá no les sea imputado, pues mejor les habría sido no haber puesto sus manos sobre la Iglesia!—, y cómo sedujeron y arrastraron a su propia opinión a todo el pueblo que habita en estas regiones —sí, aun a todo el Oriente, de igual modo— hasta el tiempo en que Dios nos ha exaltado a este reino, a nosotros que buscamos su gloria en verdad y mantenemos lo que ha sido transmitido por sus Apóstoles junto con todos los demás maestros. De ahí que ahora, con corazón puro y religión no fingida, hayamos tenido, junto con todos nuestros súbditos y nuestros más doctos teólogos, constantes conferencias sobre las cosas que atañen a Dios, y por su consejo hemos determinado convocar un concilio ecuménico. Y suplicamos a vuestra paternal beatitud, o más bien el Señor Dios suplica, «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad,» que os entreguéis a nosotros y no os demoréis, sino que subáis hasta aquí para ayudarnos en la confirmación y establecimiento de la antigua tradición de las venerables imágenes. Incumbe, en efecto, a vuestra santidad hacer esto, pues sabéis cómo está escrito: «Consolad, consolad a mi pueblo, vosotros los sacerdotes, dice el Señor,» y «los labios del sacerdote guardarán el conocimiento, y la ley saldrá de su boca, porque él es el ángel del Señor de los Ejércitos.» Y además, el divino Apóstol, el predicador de la verdad, que «desde Jerusalén y sus alrededores hasta el Ilírico predicó el Evangelio,» ha ordenado así: «Apacienta con disciplina la grey de Cristo que él adquirió con su propia sangre.» Pues así como sois el verdadero sumo sacerdote (primus sacerdos) que presidís en el lugar y en la sede del santo y dignísimo de alabanza Apóstol Pedro, venga a nosotros vuestra paternal beatitud, como antes hemos dicho, y añadid vuestra presencia a todos los demás sacerdotes que aquí se reunirán, para que así se cumpla la voluntad del Señor. Porque, como se nos enseña en los Evangelios, nuestro Señor dice: «Cuando dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»; quede vuestra paternal y sagrada beatitud certificada y confirmada por el gran Dios y Rey de todo, nuestro Señor Jesucristo, y por nosotros sus siervos, en que, si subís hasta aquí, seréis recibido con todo honor y gloria, y todo lo necesario os será concedido. Y además, cuando se haya completado la definición (capitulum), lo cual, por el beneplácito de Cristo nuestro Dios, esperamos que se haga, asumimos la obligación de proveer para vos toda facilidad de regresar con honor y distinción. Si, empero, vuestra beatitud no puede asistir junto a nosotros (lo que apenas podemos imaginar, conociendo cuál es vuestro celo por las cosas divinas), al menos, os rogamos que escojáis para nosotros hombres de entendimiento, portadores de cartas de vuestra santidad, para que estén presentes aquí en la persona de vuestra sagrada y paternal beatitud. Así, cuando se reúnan con los demás sacerdotes que están aquí, la antigua tradición de nuestros santos padres podrá ser confirmada sinódicamente, y toda planta mala de cizaña podrá ser arrancada de raíz, y se cumplirán las palabras de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de que «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.» Y después de esto, no haya más cisma ni separación en la única santa Iglesia Católica y Apostólica, de la cual Cristo nuestro verdadero Dios es la Cabeza.
    Hemos tenido a Constantino, amado en Cristo, santísimo Obispo de Leontina en nuestra amada Sicilia, con quien vuestra bendición paternal está bien familiarizada, en nuestra presencia; y, habiendo hablado con él cara a cara, lo hemos enviado con esta nuestra presente venerable jussio a vos. A quien, después de que os haya visto, despachad inmediatamente, para que vuelva a nosotros, y escribidnos por medio de él acerca de vuestra venida— qué tiempo podemos esperar que se emplee en vuestro viaje desde allí hasta nosotros. Además, él puede retener consigo al santísimo Obispo de Nápoles, y subir hasta aquí junto con él. Y, como vuestro viaje será por vía de Nápoles y Sicilia, hemos dado órdenes al Gobernador de Sicilia al respecto, para que tenga el debido cuidado de que se hagan todas las preparaciones necesarias para vuestro honor y descanso, lo cual es necesario a fin de que vuestra bendición paternal venga a nosotros. Dado el cuarto día antes de las calendas de septiembre, en la séptima indicción, desde la Ciudad Real.

    La Sacra imperial

    Texto de la fuenteConstantino VI e Irene, emperadores · Sacra imperial al concilio · Nicea II, Sacra imperial, §§ 1–7
    Leída en la primera sesión.
    ( Hallado en Labbe y Cossart, Concilia, Tom. VII., col. 49.)
    Constantino e Irene— Soberanos de los Romanos en la Fe, a los santísimos Obispos, que, por la gracia de Dios y por mandato de nuestra piadosa Soberanía, se han reunido en el Concilio de Nicea.
    La Sabiduría que es verdaderamente conforme a la naturaleza de Dios y Padre— nuestro Señor Jesucristo, nuestro verdadero Dios— que, por su divinísima y admirable dispensación en la carne, nos ha librado de todo error idólatra: y, al asumir nuestra naturaleza, la ha renovado por la cooperación del Espíritu, que es de la misma naturaleza que él; y habiéndose hecho él mismo el primer Sumo Sacerdote, os ha contado a vosotros, varones santos, dignos de la misma dignidad.
    Él es aquel buen Pastor que, llevando sobre sus propios hombros a aquella oveja descarriada— el hombre caído—, la ha traído de vuelta a sus propios rediles— es decir, la asamblea de las potestades angélicas y ministrantes [], y nos ha reconciliado en sí mismo, y habiendo quitado el muro de separación, ha derribado la enemistad mediante su carne, y nos ha otorgado una norma de conducta que tiende a la paz; por lo cual, predicando a todos, dice en el Evangelio: Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios []. De esta bienaventuranza, que confirma la exaltación de la adopción de hijos, deseando nuestra piadosa Soberanía ser hecha partícipe sobre todas las cosas, ha aplicado siempre la mayor diligencia en dirigir a toda nuestra República Romana por los caminos de la unidad y la concordia; y más especialmente hemos estado solícitos por la recta ordenación de la Iglesia de Dios, y muy afanosos por todos los medios de promover la unidad del sacerdocio. Por esta causa, los Jefes del Orden Sacerdotal de Oriente y del Norte, de Occidente y del Sur, están presentes en la persona de sus Obispos Representantes, quienes traen consigo respectivamente las respuestas escritas a la Epístola Sinodal enviada por el santísimo Patriarca; porque tal fue desde el principio la norma sinodal de la Iglesia Católica que, de un extremo de la tierra al otro, ha recibido el Evangelio. Por esta razón hemos hecho, por la buena voluntad y permisión de Dios, que vosotros, sus santísimos Sacerdotes, os reunáis — vosotros que estáis acostumbrados a dispensar su Testimonio en el sacrificio incruento— para que vuestra decisión esté conforme con las definiciones de los concilios anteriores que decretaron rectamente, y para que el esplendor del Espíritu os ilumine en todas las cosas; porque, como enseña nuestro Señor: Nadie enciende una lámpara y la pone debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa; así también debéis hacer tal uso de las diversas normas que piadosamente nos han transmitido desde antiguo nuestros Padres, que todas las Santas Iglesias de Dios permanezcan en orden pacífico.
    Por lo que a nosotros respecta, tal era nuestro celo por la verdad— tal era nuestro ardiente deseo por los intereses de la religión, nuestro cuidado por el orden eclesiástico, nuestra ansiedad por que las antiguas reglas y ordenanzas mantuvieran su vigor— que, aunque plenamente ocupados en consejos militares, aunque toda nuestra atención estaba absorta en cuidados políticos, tratando todos estos asuntos como de menor importancia, no permitimos que nada en absoluto interfiriera con la convocación de vuestro santísimo concilio. A todos se otorga la mayor libertad de expresar sus sentimientos sin la menor vacilación, para que así el asunto sometido a examen sea discutido con la mayor plenitud y la verdad se diga con mayor audacia, a fin de que todas las disensiones sean desterradas de la Iglesia y todos seamos unidos en los vínculos de la paz.
    Pues cuando el santísimo Patriarca Pablo, por voluntad divina, estaba a punto de ser liberado de las ataduras de la mortalidad y de trocar su peregrinación terrenal por una morada celestial junto a su Maestro Cristo, abdicó el Patriarcado y abrazó la vida monástica; y cuando le preguntamos: ¿Por qué has hecho esto?, respondió: Porque temo que, si la muerte me sorprendiera todavía en el episcopado de esta ciudad real y defendida por el cielo, habría de llevar conmigo el anatema de toda la Iglesia Católica, que me arroja a aquella oscuridad exterior preparada para el diablo y sus ángeles; pues dicen que aquí se ha celebrado cierto sínodo para la subversión de las pinturas e imágenes que la Iglesia Católica tiene, abraza y recibe, en memoria de las personas a quienes representan. Esto es lo que atormenta mi alma— esto es lo que me hace preguntar con ansiedad cómo escapar al juicio de Dios— puesto que entre tales hombres he sido criado y con tales soy contado. Apenas hubo hablado así en presencia de algunos de nuestros más ilustres nobles, expiró.
    Texto de la fuenteConstantino VI e Irene, emperadores · Sacra imperial al concilio · Nicea II, Sacra imperial, §§ 8–9
    Cuando nuestra Piadosa Soberanía reflexionó sobre esta terrible declaración (y, en verdad, aun antes de este suceso, habíamos oído cuestionamientos semejantes de muchos en torno), tomamos consejo con nosotros mismos sobre lo que debía hacerse; y determinamos, tras madura deliberación, que, cuando fuera elegido un nuevo Patriarca, habríamos de esforzarnos por llevar este asunto a una conclusión decisiva. Por lo cual, habiendo convocado a quienes sabíamos más experimentados en materias eclesiásticas, y habiendo invocado a Cristo nuestro Dios, consultamos con ellos quién era digno de ser exaltado a la cátedra del Sacerdocio de esta ciudad Real y guardada por Dios; y todos, con un solo corazón y una sola alma, dieron su voto en favor de Tarasio, quien ahora ocupa la Presidencia Pontifical. Habiendo, pues, enviado por él, le expusimos nuestras deliberaciones y nuestro voto; pero él de ningún modo consintió, ni cedió en absoluto a lo que se había determinado. Y cuando le preguntamos por qué rehusaba así su consentimiento, al principio respondió evasivamente que el yugo del Sumo Sacerdocio era demasiado para él. Pero nosotros, sabiendo que esto era un mero pretexto que encubría su renuencia a obedecernos, no desistimos de nuestra importunidad, sino que persistimos en insistirle que aceptara la dignidad del Sumo Sacerdocio. Cuando vio cuán urgente éramos con él, nos dijo la causa de su negativa. Es (dijo) porque percibo que la Iglesia que ha sido fundada sobre la roca, Cristo nuestro Dios, está desgarrada y rota por cismas, y que somos inconstantes en nuestra confesión, y que los cristianos de Oriente, de la misma fe que nosotros, rehúsan la comunión con nosotros y se unen con los de Occidente; y así estamos apartados de todos, y cada día somos anatematizados por todos; y, además, exigiría que se celebrara un Concilio Ecuménico, en el que se hallaran Legados del Papa de Roma y de los Sumos Sacerdotes de Oriente. Nosotros, comprendiendo plenamente estas cosas, lo presentamos a la asamblea de los Sacerdotes reunidos, de nuestros más ilustres Príncipes y de todo nuestro pueblo cristiano; y entonces, en su presencia, les repitió todo lo que antes nos había dicho; lo cual, al oírlo, lo recibieron con gozo y suplicaron encarecidamente a nuestra pacificadora y piadosa Soberanía que se congregara un Concilio Ecuménico. A esta petición suya dimos nuestro cordial consentimiento; pues, a decir verdad, es por la buena voluntad y bajo la dirección de nuestro Dios que os hemos reunido. Por lo cual, así como Dios, queriendo establecer su propio designio, os ha congregado para este fin de todas las partes del mundo, he aquí los Evangelios que ahora yacen ante vosotros y claman abiertamente: «Juzgad con justicia;» manteneos firmes como campeones de la religión y estad dispuestos con mano generosa a cortar toda innovación y toda invención nueva y extraña. Y, así como Pedro, el Jefe del Colegio Apostólico, hirió al siervo enloquecido y le cortó con la espada su oreja judía, del mismo modo blandid vosotros el hacha del Espíritu, y todo árbol que dé fruto de contención, de discordia o de innovación recién importada, o bien renovadlo trasplantándolo mediante las palabras de sana doctrina, o derribadlo con censura canónica y enviadlo al fuego de la Gehenna futura, de modo que la paz del Espíritu proteja para siempre el cuerpo entero de la Iglesia, compacto y unido en uno, y confirmado por las tradiciones de los Padres; y así disfrute de paz todo nuestro Estado Romano, así como la Iglesia.
    Hemos recibido cartas de Adriano, santísimo Papa de la vieja Roma, por medio de sus Legados— a saber, Pedro, el Archipresbítero amado de Dios, y Pedro, el Presbítero y Abad amado de Dios— quienes estarán presentes en el concilio con vosotros; y ordenamos que, según la costumbre sinodal, éstas sean leídas en presencia de todos vosotros; y que, habiéndolas oído con el silencio debido, y además las Epístolas contenidas en dos octavos enviados por el Sumo Sacerdote y otros Sacerdotes de las diócesis orientales por medio de Juan, piísimo Monje y Canciller del trono patriarcal de Antioquía, y Tomás, Sacerdote y Abad, que también están presentes con vosotros, podáis comprender por ellas cuáles son los sentimientos de la Iglesia Católica sobre este punto.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 8 de 10