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    TEXTOS — APÓCRIFOS DEL NUEVO TESTAMENTO

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    Atribuido a Santiago · Atribuido a Pablo · Atribuido a Pedro

    Apócrifos selectos

    Texto base: versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers: vol. 8 (Protoevangelio y Hechos de Pablo y Tecla, en «Apocrypha of the New Testament», trad. de Alexander Walker sobre la edición de Tischendorf) y vol. 9, ed. Allan Menzies (Evangelio y Apocalipsis de Pedro)

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 77 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Introducción

    Ninguno de estos cuatro textos entró en el Nuevo Testamento, y todos fueron leídos durante siglos. Uno cuenta quiénes fueron los padres de María y cómo creció en el templo; otro, el paso de Pablo por Iconio y la joven que lo siguió; el tercero, un fragmento de pasión y resurrección puesto en boca de Pedro; el cuarto, una visita guiada al cielo y al infierno. Dicen cosas que los evangelios no dicen, y leerlos sirve para ver qué querían saber los cristianos del siglo II y por qué la Iglesia, al fijar sus libros, los dejó en el margen o fuera.
    Esta edición los reúne en el orden del título de la colección y no en el del epub: el Protoevangelio de Santiago, los Hechos de Pablo y Tecla, el Evangelio según Pedro y el Apocalipsis de Pedro. Los dos primeros vienen del volumen 8 de las Ante-Nicene Fathers (ANF), que traduce Alexander Walker sobre la edición griega de Tischendorf; los dos últimos, del volumen 9, editado por Allan Menzies. Es una traducción castellana directa de esas versiones inglesas. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano; no se tradujo del griego.

    Ficha de la obra

    ObrasProtoevangelio de Santiago (24 capítulos), Hechos de Pablo y Tecla (sin numerar en la edición), Evangelio según Pedro (fragmento, 14 secciones) y Apocalipsis de Pedro (fragmento, 33 versículos)
    AutoríaAnónima. Cada texto se atribuye, él mismo o su título, a Santiago, Pablo o Pedro; las fuentes consultadas dan por desconocido a su autor real (para los Hechos, Tertuliano habla de un presbítero de Asia)
    Lengua de partidaGriego (manuscritos medievales y pergamino de Akhmîm)
    FechasSegundo siglo para las cuatro obras, con márgenes distintos que se explican en las notas
    EstatusNinguna es Escritura. Eusebio cuenta el Evangelio según Pedro entre los evangelios heréticos y el Apocalipsis de Pedro entre los escritos espurios; el canon de Muratori, en cambio, recibe este último con reservas
    ExtensiónUnas 12 000 palabras en castellano
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés del ANF; no del griego
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 8 y 9, tal como los recoge CCEL

    Cuatro textos, cuatro estatus

    Protoevangelio de Santiago. Narra el nacimiento de María, hija de Joaquín y Ana, su infancia en el templo, su entrega a José, el nacimiento de Jesús y la muerte de Zacarías, el padre de Juan. Termina con la firma de un «Santiago» que dice haber escrito la historia en Jerusalén. Según Wikipedia se compuso poco después de 150 y su autor real es desconocido; es, también según Wikipedia, la primera afirmación conservada de la virginidad perpetua de María, y en él aparece por primera vez el nombre de Ana en un escrito cristiano.
    Hechos de Pablo y Tecla. Relata cómo Tecla, joven de Iconio, oye predicar a Pablo, rompe su compromiso, sale ilesa de la hoguera y de las fieras y se establece en Seleucia. Tertuliano es el primero que lo menciona (hacia 190, según Wikipedia) y lo hace para condenarlo: un presbítero de Asia lo había compuesto y fue depuesto. Wikipedia lo fecha hacia finales del siglo II y el aviso del ANF lo tiene por indudablemente antiguo. Según Wikipedia, el relato de Tecla forma parte también de los Hechos de Pablo, una obra mayor que Eusebio cuenta entre los escritos espurios.
    Evangelio según Pedro. Es un fragmento de pasión y resurrección: empieza cuando Pilato se lava las manos y acaba en mitad de una frase, con los discípulos que vuelven a Galilea. Serapión, obispo de Antioquía entre 190 y 203, lo leyó y lo rechazó; el ANF reproduce su juicio: la mayor parte pertenecía a la recta doctrina del Salvador, pero con algunas adiciones.
    Apocalipsis de Pedro. También fragmentario: un discurso del Señor y, después, el recorrido de Pedro por el lugar de los justos y por el de los castigos. Según Wikipedia es la primera descripción detallada, conservada, del cielo y del infierno cristianos. El canon de Muratori lo recibe, aunque algunos no querían que se leyera en la iglesia, y Sozomeno afirma que en algunas iglesias de Palestina se leía una vez al año, el día de la Preparación, es decir, el Viernes Santo (ANF 9).

    La fuente y su traducción

    Los textos griegos que usó el ANF tienen dos procedencias. El Protoevangelio y los Hechos de Pablo y Tecla siguen la edición crítica de Tischendorf, (aviso del traductor, Walker, en el volumen 8: diecisiete manuscritos, el más antiguo del siglo IX, para el Protoevangelio, y tres parisinos del siglo XI para los Hechos). El Evangelio y el Apocalipsis de Pedro proceden de un mismo pergamino hallado en 1886 por la Misión Arqueológica Francesa de El Cairo en un cementerio de Akhmîm, en el Alto Egipto, y publicado en París en 1892; el volumen 9 imprime la traducción del Evangelio de J. Armitage Robinson, revisada sobre el facsímil fotográfico, con introducción de Andrew Rutherfurd (el propio CCEL escribe también «Rutherford»), y el Apocalipsis, presentado por el mismo autor y traducido, según su introducción, de la edición de Harnack (2.ª ed., Leipzig, 1893).
    Sobre la fecha de ese códice las fuentes no coinciden: el ANF lo sitúa entre los siglos VIII y XII; Wikipedia, en su artículo sobre el Evangelio de Pedro, entre los siglos VIII y IX, y en el del Apocalipsis, recoge la estimación de Cavallo y Maehler, que lo creen más probablemente de finales del siglo VI.

    Lo que viene de la edición

    • Orden. El epub pone el Apocalipsis de Pedro al principio; aquí va al final, junto al Evangelio, con el que el códice de Akhmîm lo copió. El texto es el mismo.
    • Títulos y numeración. El título de cada obra y los números de capítulo del Protoevangelio (1–24), de sección del Evangelio (1–14) y de versículo del Apocalipsis (1–33) vienen de la traducción. Los párrafos sin número del Protoevangelio siguen en el capítulo anterior (18 y 19), y la firma final de Santiago, que la traducción no numera, va como «Cierre». Los Hechos de Pablo y Tecla no llevan numeración: los «§ n» son una cuenta del editor de Eusebeia sobre los párrafos de la edición.
    • Encabezados. Los títulos de sección (###) y los intervalos entre paréntesis son del editor, no de los textos antiguos; no se toca ni una palabra de la traducción.
    • Notas de la edición. El ANF imprime notas de Walker y de Riddle al pie; el epub castellano solo conserva un renglón del traductor, el que anuncia el otro final de los Hechos de Pablo y Tecla (manuscrito de Grabe), y aquí se muestra como voz de la edición. Las referencias bíblicas entre corchetes proceden de esas notas; se resuelven con el texto de las versiones del lector cuando la cita existe.
    • Nombres. La traducción dice «Tamiris», «Teocleia», «Falconila» y «Ábacos», que siguen la versión inglesa (Thamyris, Theocleia, Falconilla, Abaci); el nombre del compañero de Pablo aparece como «Hermógenes» (inglés, Ermogenes).

    El Protoevangelio de Santiago

    Título

    El Nacimiento de María, la Santa Madre de Dios, y Madre Muy Gloriosa de Jesucristo.
    Comentario editorial · Un título que no es el original
    El encabezado que abre el texto lo toma Tischendorf de un manuscrito parisino del siglo XI, y una nota del ANF (firmada R., de Riddle) advierte que existen al menos otras diecisiete formas del título. El nombre de «Protoevangelio» no es antiguo: se lo dio Guillaume Postel en su versión latina de 1552 (aviso del traductor, ANF 8), creyendo, según Wikipedia, que el libro era anterior a los evangelios canónicos. El manuscrito más antiguo es el papiro Bodmer 5, del siglo III o IV (Wikipedia). Sobre Orígenes las fuentes discrepan: el aviso del traductor dice que no está claro que su «libro de Santiago» sea este; Wikipedia, que lo conocía bien. El decreto gelasiano que lo condena se fecha en 495 (ANF) o hacia 500 (Wikipedia).

    Joaquín y Ana (cap. 1–5)

    cap. 1–5

    1. En los registros de las doce tribus de Israel estaba Joaquín, varón riquísimo; y traía sus ofrendas dobles, diciendo: De mi abundancia será para todo el pueblo, y habrá la ofrenda para mi perdón al Señor, como propiciación por mí. Porque el gran día del Señor estaba cerca, y los hijos de Israel traían sus ofrendas. Y se puso frente a él Rubim, diciendo: No es lícito que tú traigas primero tus ofrendas, porque no has hecho linaje en Israel. Y Joaquín se entristeció muchísimo, y se fue a los registros de las doce tribus del pueblo, diciendo: Veré los registros de las doce tribus de Israel, si acaso yo solo no he hecho linaje en Israel. Y buscó, y halló que todos los justos habían levantado linaje en Israel. Y se acordó del patriarca Abraham, de que en el último día Dios le dio un hijo Isaac. Y Joaquín se entristeció muchísimo, y no entró a la presencia de su mujer; sino que se retiró al desierto, y allí plantó su tienda, y ayunó cuarenta días y cuarenta noches, diciendo en sí mismo: No bajaré ni a comer ni a beber hasta que el Señor mi Dios me mire, y la oración será mi comida y mi bebida.
    2. Y su mujer Ana lloró con dos lloros y se lamentó con dos lamentaciones, diciendo: Lloraré mi viudez; lloraré mi falta de hijos. Y el gran día del Señor estaba cerca; y Judit, su sierva, dijo: ¿Hasta cuándo humillas tu alma? He aquí que el gran día del Señor está cerca, y no te es lícito llorar. Pero toma esta cinta, que me dio la mujer que la hizo; porque no es propio que yo la lleve, porque soy sierva, y tiene apariencia real. Y Ana dijo: Apártate de mí; porque yo no he hecho tales cosas, y el Señor me ha abatido mucho. Temo que alguna persona malvada te la haya dado, y hayas venido a hacerme partícipe de tu pecado. Y Judit dijo: ¿Por qué te maldeciría a ti, viendo que el Señor ha cerrado tu vientre, para no darte fruto en Israel? Y Ana se entristeció muchísimo, y se quitó sus vestiduras de luto, y se limpió la cabeza, y se puso sus vestiduras de boda, y alrededor de la hora novena bajó al jardín a pasear. Y vio un laurel, y se sentó debajo de él, y oró al Señor, diciendo: Oh Dios de nuestros padres, bendíceme y oye mi oración, como bendijiste el vientre de Sara, y le diste un hijo Isaac.
    3. Y mirando hacia el cielo, vio un nido de gorriones en el laurel, [Tobías 2,10] y se lamentó en sí misma, diciendo: ¡Ay! ¿Quién me engendró? ¿Y qué vientre me produjo? Porque he venido a ser maldición en presencia de los hijos de Israel, y he sido reprochada, y con escarnio me han expulsado del templo del Señor. ¡Ay! ¿A qué he sido semejada? No soy como las aves del cielo, porque aun las aves del cielo son fecundas delante de Ti, oh Señor. ¡Ay! ¿A qué he sido semejada? No soy como las bestias de la tierra, porque aun las bestias de la tierra son fecundas delante de Ti, oh Señor. ¡Ay! ¿A qué he sido semejada? No soy como estas aguas, porque aun estas aguas son fecundas delante de Ti, oh Señor. ¡Ay! ¿A qué he sido semejada? No soy como esta tierra, porque aun la tierra produce sus frutos a su tiempo, y te bendice, oh Señor.
    4. Y he aquí que un ángel del Señor se puso junto a ella, diciendo: Ana, Ana, el Señor ha oído tu oración, y concebirás, y darás a luz; y de tu descendencia se hablará en todo el mundo. Y Ana dijo: Vive el Señor mi Dios, que si engendrare varón o hembra, lo traeré como ofrenda al Señor mi Dios; y le servirá en las cosas santas todos los días de su vida. [] Y he aquí que vinieron dos ángeles, diciéndole: He aquí que Joaquín tu marido viene con sus rebaños. Porque un ángel del Señor descendió a él, diciendo: Joaquín, Joaquín, el Señor Dios ha oído tu oración. Desciende de aquí; porque he aquí que tu mujer Ana concebirá. Y Joaquín bajó y llamó a sus pastores, diciendo: Traedme aquí diez corderas sin mancha ni defecto, y serán para el Señor mi Dios; y traedme doce becerros tiernos, y serán para los sacerdotes y los ancianos; y cien cabras para todo el pueblo. Y he aquí que Joaquín vino con sus rebaños; y Ana estaba junto a la puerta, y vio venir a Joaquín, y corrió y se colgó de su cuello, diciendo: Ahora conozco que el Señor Dios me ha bendecido muchísimo; porque, he aquí la viuda ya no viuda, y yo, la estéril, concebiré. Y Joaquín reposó el primer día en su casa.
    5. Y al día siguiente trajo sus ofrendas, diciendo en sí mismo: Si el Señor Dios me ha sido propicio, la lámina sobre la frente del sacerdote me lo manifestará. Y Joaquín trajo sus ofrendas, y observó atentamente la lámina del sacerdote cuando subió al altar del Señor, y no vio pecado en sí mismo. Y Joaquín dijo: Ahora conozco que el Señor me ha sido propicio, y ha remitido todos mis pecados. Y descendió del templo del Señor justificado, y se fue a su casa. Y se cumplieron sus meses, y en el noveno mes Ana dio a luz. Y dijo a la partera: ¿Qué he dado a luz? Y ella dijo: Una niña. Y dijo Ana: Mi alma ha sido engrandecida hoy. Y la acostó. Y cumplidos los días, Ana se purificó, y dio el pecho a la niña, y le puso por nombre María.

    María en el templo (cap. 6–8)

    cap. 6–8

    6. Y la niña crecía fuerte día a día; y cuando tenía seis meses, su madre la puso en el suelo para probar si podía tenerse en pie, y ella anduvo siete pasos y vino a su regazo; y la madre la tomó en brazos, diciendo: Vive el Señor mi Dios, que no andarás sobre esta tierra hasta que te lleve al templo del Señor. E hizo un santuario en su aposento, y no permitía que cosa común o inmunda pasara por allí. Y llamó a las hijas incontaminadas de los hebreos, y ellas la llevaban de un lado a otro. Y cuando ella tenía un año, Joaquín hizo un gran banquete, y convidó a los sacerdotes, y a los escribas, y a los ancianos, y a todo el pueblo de Israel. Y Joaquín llevó la niña a los sacerdotes; y la bendijeron, diciendo: Oh Dios de nuestros padres, bendice a esta niña, y dale un nombre eterno que sea nombrado en todas las generaciones. Y todo el pueblo dijo: Así sea, así sea, amén. Y la llevó a los príncipes de los sacerdotes; y la bendijeron, diciendo: Oh Dios Altísimo, mira a esta niña, y bendícela con la bendición suma, que será para siempre. Y su madre la tomó en brazos, y la llevó al santuario de su aposento, y le dio el pecho. Y Ana cantó un cántico al Señor Dios, diciendo: Cantaré un cántico al Señor mi Dios, porque me ha mirado, y ha quitado el oprobio de mis enemigos; y el Señor me ha dado el fruto de su justicia, único en su género, y ricamente dotado delante de Él. ¿Quién dirá a los hijos de Rubim que Ana amamanta? Oíd, oíd, doce tribus de Israel, que Ana amamanta. Y la acostó en el aposento de su santuario, y salió y les sirvió. Y terminada la cena, bajaron regocijándose, y glorificando al Dios de Israel.
    7. Y sus meses se multiplicaron para la niña. Y cuando la niña tenía dos años, Joaquín dijo: Llevémosla al templo del Señor, para que paguemos el voto que hemos hecho, no sea que el Señor envíe sobre nosotros, y nuestra ofrenda no sea recibida. Y Ana dijo: Esperemos al tercer año, para que la niña no busque al padre ni a la madre. Y Joaquín dijo: Esperemos, pues. Y cuando la niña tenía tres años, Joaquín dijo: Convidad a las hijas de los hebreos que sean incontaminadas, y tomen cada una una lámpara, y estén con las lámparas encendidas, para que la niña no se vuelva atrás, y su corazón sea cautivado lejos del templo del Señor. Y así lo hicieron hasta que subieron al templo del Señor. Y el sacerdote la recibió, y la besó, y la bendijo, diciendo: El Señor ha engrandecido tu nombre en todas las generaciones. En ti, en los postreros días, el Señor manifestará su redención a los hijos de Israel. Y la puso sobre el tercer escalón del altar, y el Señor Dios envió gracia sobre ella; y ella danzó con sus pies, y toda la casa de Israel la amaba.
    8. Y sus padres bajaron maravillados, alabando al Señor Dios, porque la niña no se había vuelto atrás. Y María estaba en el templo del Señor como una paloma que moraba allí, y recibía alimento de la mano de un ángel. Y cuando ella tenía doce años, se reunió un consejo de sacerdotes, diciendo: He aquí que María ha llegado a la edad de doce años en el templo del Señor. ¿Qué haremos, pues, con ella, no sea que contamine el santuario del Señor? Y dijeron al sumo sacerdote: Tú estás junto al altar del Señor; entra, y ora acerca de ella; y lo que el Señor te manifieste, eso también haremos. Y el sumo sacerdote entró, llevando la vestidura con las doce campanillas al santo de los santos; y oró acerca de ella. Y he aquí que un ángel del Señor se puso junto a él, diciéndole: Zacarías, Zacarías, sal y reúne a los viudos del pueblo, y traigan cada uno su vara; y a quien el Señor muestre una señal, su mujer será ella. Y los heraldos salieron por todo el circuito de Judea, y sonó la trompeta del Señor, y todos corrieron.

    El velo y la anunciación (cap. 9–12)

    cap. 9–12

    9. Y José, arrojando su hacha, salió a su encuentro; y cuando se hubieron reunido, fueron al sumo sacerdote, llevando consigo sus varas. Y él, tomando las varas de todos, entró en el templo, y oró; y terminada su oración, tomó las varas y salió, y se las devolvió; pero no había señal en ellas, y José tomó su vara al final; y he aquí que salió una paloma de la vara, y voló sobre la cabeza de José. Y el sacerdote dijo a José: Has sido elegido por suerte para tomar bajo tu custodia a la virgen del Señor. Mas José se negó, diciendo: Tengo hijos, y soy anciano, y ella es una muchacha joven. Temo que venga a ser objeto de burla para los hijos de Israel. Y el sacerdote dijo a José: Teme al Señor tu Dios, y acuérdate de lo que el Señor hizo a Datán, y Abirán, y Coré; [Números 16,31-33] cómo la tierra se abrió, y fueron tragados por causa de su contradicción. Y ahora teme, oh José, no sea que sucedan las mismas cosas en tu casa. Y José temió, y la tomó bajo su custodia. Y José dijo a María: He aquí, te he recibido del templo del Señor; y ahora te dejo en mi casa, y me voy a edificar mis edificios, y vendré a ti. El Señor te protegerá.
    10. Y hubo consejo de sacerdotes, diciendo: Hagamos un velo para el templo del Señor. Y el sacerdote dijo: Llamadme a las vírgenes incontaminadas de la familia de David. Y los oficiales salieron, y buscaron, y hallaron siete vírgenes. Y el sacerdote se acordó de la niña María, que era de la familia de David, e incontaminada delante de Dios. Y los oficiales salieron y la trajeron. Y las trajeron al templo del Señor. Y el sacerdote dijo: Elegidme por suerte quién ha de hilar el oro, y el blanco, y el lino fino, y la seda, y el azul, y la escarlata, y la púrpura verdadera. [] Y la púrpura verdadera y la escarlata cayeron por suerte a María, y ella las tomó, y se fue a su casa. Y en aquel tiempo Zacarías estaba mudo, y Samuel estaba en su lugar hasta el tiempo en que Zacarías habló. Y María tomó la escarlata, y la hiló.
    11. Y tomó el cántaro, y salió a llenarlo de agua. Y he aquí una voz que decía: ¡Salve, tú que has recibido gracia! El Señor es contigo; ¡bendita tú entre las mujeres! [] Y miró en derredor, a la derecha y a la izquierda, para ver de dónde venía aquella voz. Y se fue, temblando, a su casa, y dejó el cántaro; y tomando la púrpura, se sentó en su asiento, y la extendió. Y he aquí que un ángel del Señor se puso delante de ella, diciendo: No temas, María, porque has hallado gracia delante del Señor de todos, y concebirás, conforme a su palabra. Y ella, oyéndolo, razonaba consigo misma, diciendo: ¿Concebiré yo por el Señor, el Dios viviente? ¿Y daré a luz como toda mujer da a luz? Y el ángel del Señor dijo: No así, María; porque el poder del Señor te cubrirá con su sombra; por lo cual también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo del Altísimo. Y llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. Y María dijo: He aquí la sierva del Señor delante de su rostro: hágase conmigo conforme a tu palabra.
    12. Y terminó la púrpura y la escarlata, y las llevó al sacerdote. Y el sacerdote la bendijo, y dijo: María, el Señor Dios ha engrandecido tu nombre, y serás bendita en todas las generaciones de la tierra. Y María, con gran gozo, fue a Isabel su parienta, [Lucas 1,39-40] y llamó a la puerta. Y cuando Isabel la oyó, arrojó la escarlata, y corrió a la puerta, y la abrió; y al ver a María, la bendijo, y dijo: ¿De dónde me viene esto, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, he aquí, lo que está en mí saltó y te bendijo. [Lucas 1,34,44] Pero María había olvidado los misterios de los que el arcángel Gabriel le había hablado, y alzó los ojos al cielo, y dijo: ¿Quién soy yo, oh Señor, para que todas las generaciones de la tierra me bendigan? [] Y permaneció tres meses con Isabel; y día a día crecía. Y María, teniendo miedo, se fue a su propia casa, y se escondió de los hijos de Israel. Y era de dieciséis años cuando sucedieron estos misterios.
    Comentario editorial · Un José viudo, con hijos (cap. 9)
    En el capítulo 9 José se niega a recibir a María porque tiene hijos y es anciano. De ese José viudo sale una de las explicaciones antiguas de los «hermanos» de Jesús: la que Orígenes recoge, al comentar Mateo X, 17, como una tradición del Evangelio según Pedro o del libro de Santiago (así la cita el ANF 9 en la introducción al evangelio de Pedro). Las otras dos son las de Helvidio y Jerónimo, que el compendio María en los Padres compara. El Protoevangelio solo dice, por boca de José, que tiene hijos.

    José, la acusación y la prueba (cap. 13–16)

    cap. 13–16

    13. Y ella estaba en su sexto mes; y he aquí que José volvió de su edificación, y entrando en su casa, descubrió que ella estaba encinta. Y se golpeó el rostro, y se arrojó al suelo sobre el saco, y lloró amargamente, diciendo: ¿Con qué rostro miraré al Señor mi Dios? ¿Y qué oración haré acerca de esta doncella? Porque la recibí virgen del templo del Señor, y no la he guardado. ¿Quién es el que me ha cazado? ¿Quién ha hecho este mal en mi casa, y ha mancillado a la virgen? ¿No se ha repetido en mí la historia de Adán? Pues así como Adán estaba en la hora de su alabanza, y vino la serpiente, y halló a Eva sola, y la engañó completamente, así también me ha sucedido a mí. Y José se levantó del saco, y llamó a María, y le dijo: Oh tú, que has sido cuidada por Dios, ¿por qué has hecho esto y has olvidado al Señor tu Dios? ¿Por qué has abatido tu alma, tú que fuiste criada en el santo de los santos, y que recibiste alimento de la mano de un ángel? Y ella lloró amargamente, diciendo: Soy inocente, y no he conocido varón. Y José le dijo: ¿De dónde, pues, es lo que está en tu vientre? Y ella dijo: Vive el Señor mi Dios, que no sé de dónde me ha venido.
    14. Y José tuvo gran temor, y se apartó de ella, y consideraba qué hacer con respecto a ella. [] Y José dijo: "Si oculto su pecado, me hallo luchando contra la ley del Señor; y si la expongo ante los hijos de Israel, temo que lo que está en ella sea de un ángel, y sea hallado entregando sangre inocente a la sentencia de muerte. ¿Qué haré entonces con ella? La dejaré secretamente. Y le sobrevino la noche; y he aquí, un ángel del Señor se le aparece en sueños, diciendo: "No temas por esta doncella, porque lo que está en ella es del Espíritu Santo; y dará a luz un Hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados." [] Y José se levantó del sueño, y glorificó al Dios de Israel, que le había dado esta gracia; y la guardó.
    15. Y Anás el escriba vino a él, y dijo: "¿Por qué no has aparecido en nuestra asamblea?" Y José le dijo: "Porque estaba cansado de mi viaje, y descansé el primer día." Y se volvió, y vio que María estaba encinta. Y corrió al sacerdote, y le dijo: "José, por quien tú respondiste, ha cometido un crimen grave." Y el sacerdote dijo: "¿Cómo así?" Y él dijo: "Ha mancillado a la virgen que recibió del templo del Señor, y se ha casado con ella a escondidas, y no lo ha revelado a los hijos de Israel." Y el sacerdote respondió, diciendo: "¿Ha hecho José esto?" Entonces Anás el escriba dijo: "Envía oficiales, y hallaréis a la virgen encinta." Y los oficiales fueron, y hallaron como él había dicho; y la trajeron junto con José al tribunal. Y el sacerdote dijo: "María, ¿por qué has hecho esto? ¿Y por qué has abatido tu alma, y olvidado al Señor tu Dios? Tú que fuiste criada en el santo de los santos, y que recibiste alimento de mano de un ángel, y oíste los himnos, y danzaste delante de Él, ¿por qué has hecho esto?" Y ella lloró amargamente, diciendo: "Vive el Señor mi Dios, que soy pura delante de Él, y no conozco varón." Y el sacerdote dijo a José: "¿Por qué has hecho esto?" Y José dijo: "Vive el Señor, que soy puro respecto de ella." Entonces el sacerdote dijo: "No des falso testimonio, sino habla la verdad. Te has casado con ella a escondidas, y no lo has revelado a los hijos de Israel, y no has inclinado tu cabeza bajo la mano fuerte, para que tu simiente fuese bendita." Y José guardó silencio.
    16. Y el sacerdote dijo: "Entrega a la virgen que recibiste del templo del Señor." Y José prorrumpió en llanto. Y el sacerdote dijo: "Te daré a beber del agua de la prueba del Señor, y Él hará manifiestos tus pecados ante tus ojos." Y el sacerdote tomó el agua, y dio a beber a José, y lo envió a la región montañosa; y volvió ileso. Y dio a beber también a María, y la envió a la región montañosa; y volvió ilesa. Y todo el pueblo se maravilló de que el pecado no apareciera en ellos. Y el sacerdote dijo: "Si el Señor Dios no ha hecho manifiestos vuestros pecados, tampoco yo os juzgo." Y los despidió. Y José tomó a María, y se fue a su propia casa, regocijándose y glorificando al Dios de Israel.

    El nacimiento en la cueva (cap. 17–20)

    cap. 17–20

    17. Y hubo una orden del emperador Augusto, de que todos en Belén de Judea fuesen empadronados. [] Y José dijo: "A mis hijos los inscribiré; pero ¿qué haré con esta doncella? ¿Cómo la he de inscribir? ¿Como mi mujer? Me avergüenza. ¿Como hija, entonces? Pero todos los hijos de Israel saben que no es mi hija. El día del Señor lo dispondrá por sí mismo, como el Señor quiera." Y ensilló el asno, y la puso sobre él; y su hijo lo guiaba, y José los seguía. Y cuando hubieron llegado a tres millas, José se volvió y la vio triste; y se dijo a sí mismo: "Probablemente lo que está en ella la angustia." Y otra vez José se volvió y la vio riendo. Y le dijo: "María, ¿cómo es que veo en tu rostro a un tiempo risa, y a otro tristeza?" Y María dijo a José: "Porque veo dos pueblos con mis ojos; el uno llorando y lamentándose, y el otro regocijándose y exultando." Y llegaron a la mitad del camino, y María le dijo: "Bájame del asno, porque lo que está en mí apremia por salir." Y él la bajó del asno, y le dijo: "¿Adónde te llevaré, y cubriré tu deshonra? Porque el lugar es desierto."
    18. Y encontró allí una cueva, y la condujo a ella; y dejando a sus dos hijos junto a ella, salió a buscar una partera en el distrito de Belén.
    Y yo José caminaba, y no caminaba; y alcé los ojos al cielo, y vi el cielo asombrado; y alcé los ojos al polo del cielo, y lo vi detenido, y a las aves del aire quietas. Y miré hacia abajo a la tierra, y vi un pesebre tendido, y a unos trabajadores reclinados, y sus manos estaban en el pesebre. Y los que comían no comían, y los que se levantaban no alzaban, y los que llevaban algo a la boca no lo llevaban; sino que los rostros de todos miraban hacia arriba. Y vi a las ovejas caminando, y las ovejas se detuvieron; y el pastor alzó su mano para herirlas, y su mano quedó en alto. Y miré la corriente del río, y vi las bocas de los cabritos posadas sobre el agua y sin beber, y todas las cosas en un instante fueron apartadas de su curso.
    19. Y vi a una mujer que bajaba de la región montañosa, y me dijo: "Oh hombre, ¿adónde vas?" Y dije: "Busco una partera hebrea." Y ella respondió y me dijo: "¿Eres de Israel?" Y le dije: "Sí." Y ella dijo: "¿Y quién es la que da a luz en la cueva?" Y dije: "Una mujer desposada conmigo." Y ella me dijo: "¿No es tu mujer?" Y le dije: "Es María, la que fue criada en el templo del Señor, y la obtuve por suerte como esposa. Y sin embargo no es mi mujer, sino que ha concebido del Espíritu Santo."
    Y la partera le dijo: "¿Es esto verdad?" Y José le dijo: "Ven y ve." Y la partera se fue con él. Y se detuvieron en el lugar de la cueva, y he aquí una nube luminosa cubrió la cueva con su sombra. Y la partera dijo: "Mi alma ha sido engrandecida hoy, porque mis ojos han visto cosas extrañas— porque la salvación ha sido traída a Israel." Y al instante la nube desapareció de la cueva, y una gran luz brilló en la cueva, de modo que los ojos no podían soportarla. Y en poco tiempo aquella luz disminuyó gradualmente, hasta que apareció el niño, y fue y tomó el pecho de su madre María. Y la partera clamó, y dijo: "Este es un gran día para mí, porque he visto este espectáculo extraño." Y la partera salió de la cueva, y Salomé la encontró. Y le dijo: "Salomé, Salomé, tengo una cosa extraña que contarte: una virgen ha dado a luz— algo que su naturaleza no admite." Entonces Salomé dijo: "Vive el Señor mi Dios, que si no meto mi dedo, y examino las partes, no creeré que una virgen ha dado a luz."
    20. Y la partera entró, y dijo a María: "Muéstrate; porque no pequeña controversia se ha levantado acerca de ti." Y Salomé metió su dedo, y clamó, y dijo: "¡Ay de mí por mi iniquidad y mi incredulidad, porque he tentado al Dios vivo; y he aquí, mi mano se desprende como quemada por el fuego!" Y dobló sus rodillas delante del Señor, diciendo: "Oh Dios de mis padres, recuerda que soy simiente de Abraham, y de Isaac, y de Jacob; no hagas escarnio de mí ante los hijos de Israel, sino restáurame a los pobres; porque Tú sabes, oh Señor, que en Tu nombre he realizado mis servicios, y que he recibido mi recompensa de Tu mano." Y he aquí, un ángel del Señor se puso junto a ella, diciéndole: "Salomé, Salomé, el Señor te ha oído. Pon tu mano sobre el niño, y llévalo, y tendrás seguridad y gozo." Y Salomé fue y lo llevó, diciendo: "Le adoraré, porque un gran Rey ha nacido a Israel." Y he aquí, Salomé fue curada inmediatamente, y salió de la cueva justificada. Y he aquí una voz que decía: "Salomé, Salomé, no cuentes las cosas extrañas que has visto, hasta que el niño haya entrado en Jerusalén."
    Comentario editorial · La cueva, la partera y Salomé (cap. 18–20)
    El nacimiento ocurre en una cueva (cap. 18); el aviso del traductor recuerda que Justino Mártir la menciona en dos pasajes. Los capítulos 19 y 20 añaden una partera y a Salomé, que no cree que una virgen haya dado a luz hasta comprobarlo y ve entonces cómo su mano se desprende «como quemada por el fuego» (cap. 20). Según Wikipedia, este es el testimonio conservado más antiguo de la virginidad perpetua de María, antes, durante y después del parto. Cómo lo recibieron los Padres está en María en los Padres.

    Herodes y Zacarías (cap. 21–24)

    cap. 21–24

    21. Y he aquí, José estaba dispuesto a ir a Judea. Y hubo gran conmoción en Belén de Judea, porque vinieron los Magos, diciendo: "¿Dónde está el que ha nacido rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella en el oriente, y hemos venido a adorarle." Y cuando Herodes oyó, se turbó mucho, y envió oficiales a los Magos. Y mandó llamar a los sacerdotes, y los interrogó, diciendo: "¿Cómo está escrito acerca del Cristo? ¿Dónde ha de nacer?" Y ellos dijeron: "En Belén de Judea, porque así está escrito." Y los despidió. Y examinó a los Magos, diciéndoles: "¿Qué señal habéis visto con respecto al rey que ha nacido?" Y los Magos dijeron: "Hemos visto una estrella de gran tamaño brillando entre estas estrellas, y oscureciendo su luz, de modo que las estrellas no aparecían; y así supimos que un rey ha nacido a Israel, y hemos venido a adorarle." Y Herodes dijo: "Id y buscadle; y si le halláis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore." Y los Magos salieron. Y he aquí, la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos hasta que llegaron a la cueva, y se detuvo sobre la parte superior de la cueva. Y los Magos vieron al niño con su madre María; y sacaron de su bolsa oro, e incienso, y mirra. Y habiendo sido advertidos por el ángel de que no fueran a Judea, se fueron a su propio país por otro camino.
    22. Y cuando Herodes supo que había sido burlado por los Magos, enfurecido envió asesinos, diciéndoles: "Matad a los niños de dos años para abajo." Y María, habiendo oído que mataban a los niños, tuvo miedo, y tomó al niño y lo envolvió en pañales, y lo puso en un establo de bueyes. Y Isabel, habiendo oído que buscaban a Juan, lo tomó y subió a la región montañosa, y miraba dónde ocultarlo. Y no había lugar de ocultamiento. Y Isabel, gimiendo a gran voz, dice: "Oh montaña de Dios, recibe a la madre y al hijo." Y al instante la montaña se hendió, y la recibió. Y una luz brilló alrededor de ellos, porque un ángel del Señor estaba con ellos, velando sobre ellos.
    23. Y Herodes buscaba a Juan, y envió oficiales a Zacarías, diciendo: "¿Dónde has escondido a tu hijo?" Y él, respondiendo, les dijo: "Soy siervo de Dios en las cosas santas, y estoy sentado constantemente en el templo del Señor: no sé dónde está mi hijo." Y los oficiales se fueron, y refirieron todas estas cosas a Herodes. Y Herodes se enfureció, y dijo: "Su hijo está destinado a ser rey sobre Israel." Y le envió de nuevo, diciendo: "Di la verdad; ¿dónde está tu hijo? Porque sabes que tu vida está en mi mano." Y Zacarías dijo: "Soy mártir de Dios, si derramas mi sangre; porque el Señor recibirá mi espíritu, porque derramas sangre inocente en el vestíbulo del templo del Señor." Y Zacarías fue asesinado cerca del amanecer. Y los hijos de Israel no supieron que había sido asesinado.
    24. Pero a la hora de la salutación los sacerdotes se fueron, y Zacarías no salió a recibirlos con la bendición, según su costumbre. Y los sacerdotes se quedaron esperando a Zacarías para saludarle en la oración, y para glorificar al Altísimo. Y como él aún tardaba, todos tuvieron miedo. Pero uno de ellos se atrevió a entrar, y vio sangre coagulada junto al altar; y oyó una voz que decía: "Zacarías ha sido asesinado, y su sangre no será limpiada hasta que venga su vengador." Y al oír esta palabra, tuvo miedo, y salió y lo contó a los sacerdotes. Y ellos se atrevieron a entrar, y vieron lo que había sucedido; y la celosía del templo hizo un ruido de llanto, y rasgaron sus vestiduras desde arriba hasta abajo. Y no hallaron su cuerpo, sino que hallaron su sangre convertida en piedra. Y tuvieron miedo, y salieron y refirieron al pueblo que Zacarías había sido asesinado. Y todas las tribus del pueblo oyeron, y se entristecieron, y lo lamentaron tres días y tres noches. Y después de los tres días, los sacerdotes consultaron a quién pondrían en su lugar; y la suerte cayó sobre Simeón. Porque era él quien había sido advertido por el Espíritu Santo de que no vería la muerte hasta que viera al Cristo en la carne.

    Cierre

    Y yo Santiago, que escribí esta historia en Jerusalén, habiendo surgido una conmoción cuando murió Herodes, me retiré al desierto hasta que cesó la conmoción en Jerusalén, glorificando al Señor Dios, que me había dado el don y la sabiduría para escribir esta historia. Y la gracia será con los que temen a nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

    Los Hechos de Pablo y Tecla

    En Iconio (§ 1–9)

    § 1–8

    Mientras Pablo subía a Iconio después de la huida de Antioquía, sus compañeros de viaje eran Demas y Hermógenes, llenos de hipocresía; y eran importunos con Pablo, como si le amaran. Pero Pablo, mirando sólo a la bondad de Cristo, no les hacía ningún mal, sino que los amaba en gran manera, de modo que les hacía dulces los oráculos del Señor en la enseñanza tanto del nacimiento como de la resurrección del Amado; y les daba cuenta, palabra por palabra, de las grandes cosas de Cristo, cómo Él se le había revelado.
    Y cierto hombre, por nombre Onésiforo, oyendo que Pablo había llegado a Iconio, salió a recibirle con sus hijos Silas y Zenón, y su mujer Lectra, para hospedarle; porque Tito le había informado cómo era Pablo en apariencia, pues no lo había visto en la carne, sino sólo en el espíritu. Y fue por el camino hacia Listra, y se paró esperándole, y observaba a los transeúntes según la descripción de Tito. Y vio venir a Pablo, un hombre de pequeña estatura, calvo, de piernas arqueadas, bien formado, con cejas juntas, nariz más bien larga, lleno de gracia. Porque a veces parecía un hombre, y a veces tenía el semblante de un ángel. Y Pablo, al ver a Onésiforo, sonrió; y Onésiforo dijo: "¡Salve, oh siervo del Dios bendito!" Y él dijo: "Gracia sea contigo y con tu casa." Y Demas y Hermógenes tuvieron celos, y mostraron mayor hipocresía; de modo que Demas dijo: "¿No somos nosotros del Dios bendito, para que no nos hayas saludado así?" Y Onésiforo dijo: "No veo en vosotros el fruto de justicia; pero si así sois, venid también vosotros a mi casa y descansad."
    Y habiendo entrado Pablo en la casa de Onésiforo, hubo gran gozo, y doblar de rodillas, y partimiento del pan, y la palabra de Dios acerca del dominio propio y de la resurrección; diciendo Pablo: "Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios: [] bienaventurados los que han guardado la carne casta, porque vendrán a ser templo de Dios: [1 Corintios 6,18-19] bienaventurados los que se dominan a sí mismos, porque Dios hablará con ellos: bienaventurados los que se han mantenido apartados de este mundo, porque serán llamados rectos: [] bienaventurados los que tienen mujer como si no la tuvieran, porque recibirán a Dios por su porción: [] bienaventurados los que tienen temor de Dios, porque vendrán a ser ángeles de Dios: [] bienaventurados los que han guardado el bautismo, porque descansarán junto al Padre y al Hijo: bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia, [] y no verán el amargo día del juicio: bienaventurados los cuerpos de las vírgenes, porque serán agradables a Dios, y no perderán la recompensa de su castidad; porque la palabra del Padre vendrá a ser para ellos obra de salvación contra el día de Su Hijo, y tendrán descanso por los siglos de los siglos."
    Y mientras Pablo hablaba así en medio de la iglesia en la casa de Onésiforo, cierta virgen Tecla, hija de Teocleia, desposada con un hombre llamado Tamiris, sentada junto a la ventana cerca, escuchaba noche y día el discurso de la virginidad y de la oración, y no apartaba la vista de la ventana, sino que prestaba ferviente atención a la fe, regocijándose en gran manera. Y cuando vio aún a muchas mujeres que entraban adonde Pablo, ella también tuvo un ardiente deseo de ser considerada digna de estar en presencia de Pablo, y de oír la palabra de Cristo; porque nunca había visto su figura, sino que sólo oía su palabra.
    Y como ella no se apartaba de la ventana, su madre envía a llamar a Tamiris; y él viene gozoso, como si ya la recibiera en matrimonio. Y Teocleia dijo: "Tengo una historia extraña que contarte, Tamiris; porque ciertamente por tres días y tres noches Tecla no se levanta de la ventana, ni para comer ni para beber; sino que mirando atentamente como si fuera algún espectáculo agradable, está tan entregada a un extranjero que enseña discursos engañosos y artificiosos, que me pregunto cómo una virgen de tal modestia está tan penosamente perturbada. Tamiris, este hombre trastornará la ciudad de los iconienses, y también a tu Tecla; porque todas las mujeres y los jóvenes entran adonde él, siendo enseñados a temer a Dios y a vivir en castidad. Además también mi hija, atada a la ventana como una araña, se aferra a lo que dice Pablo con extraña avidez y emoción terrible; porque la virgen mira ansiosamente lo que él dice, y ha quedado cautivada. Pero acércate y háblale, porque está desposada contigo."
    Y Tamiris, acercándose, y besándola, pero al mismo tiempo temiendo su emoción avasalladora, dijo: "Tecla, mi desposada, ¿por qué te sientas así? ¿Y qué clase de sentimiento te tiene avasallada? Vuélvete a tu Tamiris, y avergüénzate." Además su madre dijo las mismas cosas: "¿Por qué te sientas así mirando hacia abajo, hija mía, y no respondes nada, sino como una loca?" Y lloraban terriblemente, Tamiris por la pérdida de una esposa, y Teocleia de una hija, y las criadas de una señora: hubo por consiguiente mucha confusión en la casa de duelo. Y mientras estas cosas sucedían, Tecla no se volvía, sino que seguía atendiendo fervientemente a la palabra de Pablo.
    Y Tamiris, levantándose de un salto, salió a la calle, y observaba a los que entraban adonde él y salían. Y vio a dos hombres contendiendo amargamente entre sí; y dijo: "Hombres, decidme quién es éste entre vosotros, que extravía las almas de los jóvenes, y engaña a las vírgenes, para que no se casen, sino que permanezcan como están. Prometo, pues, daros dinero suficiente si me habláis de él; porque soy el primer hombre de la ciudad." Y Demas y Hermógenes le dijeron: "Quién es éste, en verdad, no lo sabemos; pero priva a los jóvenes de esposas, y a las doncellas de maridos, diciendo: No hay para vosotros resurrección de otra manera, a menos que permanezcáis castos, y no contaminéis la carne, sino que la guardéis casta." Y Tamiris les dijo: "Venid a mi casa, y descansad." Y fueron a una cena suntuosa, y mucho vino, y gran riqueza, y una mesa espléndida; y Tamiris les hizo beber, por su amor a Tecla, y su deseo de tenerla como esposa. Y Tamiris dijo durante la cena: "Hombres, ¿cuál es su enseñanza? decidme, para que yo también la conozca; porque no estoy poco angustiado por Tecla, porque ella ama así al extranjero, y estoy impedido de casarme."
    Demas y Hermógenes dijeron: "Llévalo ante el gobernador Castelio con la acusación de persuadir a las multitudes a abrazar la nueva enseñanza de los cristianos, y él lo destruirá rápidamente, y tendrás a Tecla como esposa. Y te enseñaremos que la resurrección de la que habla este hombre ya ha tenido lugar, porque ya ha tenido lugar en los hijos que tenemos; y resucitamos cuando llegamos al conocimiento del Dios verdadero."
    Y Tamiris, oyendo estas cosas, lleno de ira y de furor, levantándose temprano, fue a la casa de Onésiforo con arcontes y oficiales públicos, y una gran multitud con bastones, diciendo: "Has corrompido la ciudad de los iconienses, y a la que estaba desposada conmigo, de modo que no me quiere: vamos al gobernador Castelio." Y toda la multitud dijo: "¡Fuera con el mago! porque ha corrompido a todas nuestras mujeres, y las multitudes han sido persuadidas a cambiar de opinión."
    Comentario editorial · Quién escribió esto, según Tertuliano
    Tertuliano es el primer testigo de estos Hechos y los menciona para negar que las mujeres puedan enseñar o bautizar: el presbítero de Asia que los compuso, dice, fue depuesto tras confesar que lo había hecho por amor a Pablo (Sobre el bautismo 17, hacia 190 según Wikipedia). Lo que Tertuliano rechaza está en el texto: Tecla recibe el bautismo y Pablo le dice que vaya y enseñe la palabra de Dios (§ 26). Wikipedia recoge dos fechas: finales del siglo II y, para quienes se fían de la cronología de Jerónimo, el siglo I. El tratado de Tertuliano se lee completo en Sobre el bautismo.

    El juicio y la hoguera (§ 10–13)

    § 10–13

    Y Tamiris, de pie ante el tribunal, dijo a gran voz: "Oh procónsul, este hombre, quién es no sabemos, que hace a las vírgenes aversas al matrimonio; que diga ante ti por qué razón enseña estas cosas." Y Demas y Hermógenes dijeron a Tamiris: "Di que es cristiano, y así lo eliminarás." Pero el procónsul detuvo su intención, y llamó a Pablo, diciendo: "¿Quién eres, y qué enseñas? Porque traen contra ti cargos no pequeños." Y Pablo alzó su voz, diciendo: "Puesto que hoy soy examinado en cuanto a lo que enseño, escucha, oh procónsul: Un Dios vivo, un Dios de retribuciones, un Dios celoso, un Dios que nada necesita, que provee para la salvación de los hombres, me ha enviado para que los reclame de la corrupción y de la inmundicia, y de todo placer, y de la muerte, para que no pequen. Por lo cual Dios envió a Su propio Hijo, a quien predico, y en quien enseño a los hombres a poner su esperanza, quien solo ha tenido compasión de un mundo extraviado, para que ya no estén bajo juicio, oh procónsul, sino que tengan fe, y temor de Dios, y conocimiento de la santidad, y amor de la verdad. Si, pues, enseño lo que me ha sido revelado por Dios, ¿en qué hago mal?" Y el procónsul, habiendo oído, ordenó que Pablo fuese atado, y enviado a prisión, hasta que, dijo, "yo, estando con tiempo, le oiga más atentamente."
    Y Tecla, de noche, habiéndose quitado sus brazaletes, los dio al portero; y abriéndosele la puerta, entró en la prisión; y habiendo dado al carcelero un espejo de plata, entró adonde Pablo, y sentándose a sus pies, oía las grandes cosas de Dios. Y Pablo no temía nada, sino que ordenaba su vida en la confianza de Dios. Y su fe también fue aumentada, y besó sus cadenas.
    Y cuando Tecla era buscada por sus amigos, y Tamiris, como si se hubiera perdido, corría de arriba abajo por las calles, uno de los coesclavos del portero le informó que ella había salido de noche. Y habiendo salido, interrogaron al portero; y él les dijo: "Ha ido al extranjero a la prisión." Y habiendo ido, la hallaron, por así decirlo, encadenada por el afecto. Y habiendo salido de allí, reunieron a las multitudes, e informaron al gobernador de la circunstancia. Y él ordenó que Pablo fuera traído al tribunal; pero Tecla estaba revolcándose en el suelo en el lugar donde él se sentaba y le enseñaba en la prisión; y ordenó que ella también fuera traída al tribunal. Y ella vino, exultando de gozo. Y la multitud, cuando Pablo fue traído, gritó vehementemente: "¡Es un mago! ¡Fuera con él!" Pero el procónsul oyó de buena gana a Pablo acerca de las santas obras de Cristo. Y habiendo convocado un consejo, llamó a Tecla, y le dijo: "¿Por qué no obedeces a Tamiris, según la ley de los iconienses?" Pero ella estaba de pie mirando atentamente a Pablo. Y cuando ella no dio respuesta, su madre gritó, diciendo: "Quemad a la infame miserable; quemad en medio del teatro a la que no quiere casarse, para que todas las mujeres que han sido enseñadas por este hombre tengan miedo."
    Y el gobernador se conmovió mucho; y habiendo azotado a Pablo, lo echó fuera de la ciudad, y condenó a Tecla a ser quemada. Y al instante el gobernador se fue al teatro, y toda la multitud salió al espectáculo de Tecla. Pero como un cordero en el desierto busca al pastor, así ella buscaba a Pablo. Y habiendo mirado a la multitud, vio al Señor sentado en semejanza de Pablo, y dijo: "Como no puedo soportar mi suerte, Pablo ha venido a verme." Y lo miró con gran atención, y él subió al cielo. Pero las criadas y las vírgenes trajeron la leña, para que Tecla fuese quemada. Y cuando ella entró desnuda, el gobernador lloró, y se maravilló del poder que había en ella. Y los verdugos públicos dispusieron la leña para que ella subiera a la pira. Y ella, habiendo hecho la señal de la cruz, subió a la leña; y la encendieron. Y aunque un gran fuego ardía, no la tocó; porque Dios, teniendo compasión de ella, hizo un retumbo subterráneo, y una nube los cubrió desde arriba, llena de agua y granizo; y todo lo que estaba en su cavidad se derramó, de modo que muchos estuvieron en peligro de muerte. Y el fuego se apagó, y Tecla fue salvada.

    De la hoguera a Antioquía (§ 14–16)

    § 14–16

    Y Pablo estaba ayunando con Onésiforo y su mujer, y sus hijos, en un sepulcro nuevo, mientras iban de Iconio a Dafne. Y cuando pasaron muchos días, los hijos que ayunaban dijeron a Pablo: "Tenemos hambre, y no podemos comprar panes; porque Onésiforo había dejado las cosas del mundo, y seguido a Pablo, con toda su casa." Y Pablo, habiéndose quitado su manto, dijo: "Ve, hijo mío, compra más panes, y tráelos." Y cuando el niño estaba comprando, vio a Tecla su vecina, y se asombró, y dijo: "Tecla, ¿adónde vas?" Y ella dijo: "He sido salvada del fuego, y sigo a Pablo." Y el muchacho dijo: "Ven, te llevaré a él; porque está angustiado por ti, y está orando seis días." Y ella se puso junto al sepulcro donde Pablo estaba de rodillas, orando, y diciendo: "Oh Salvador Cristo, no dejes que el fuego toque a Tecla, sino está junto a ella, porque es tuya." Y ella, de pie detrás de él, clamó: "Oh Padre, que hiciste el cielo y la tierra, Padre de Tu santo Hijo, te bendigo porque me has salvado para que yo vea a Pablo." Y Pablo, levantándose, la vio, y dijo: "Oh Dios, que conoces el corazón, Padre de nuestro Señor Jesucristo, te bendigo porque Tú, habiéndome oído, has hecho rápidamente lo que deseaba."
    Y tenían cinco panes, y hierbas, y agua; y se regocijaron en las santas obras de Cristo. Y Tecla dijo a Pablo: "Me cortaré el cabello, y te seguiré adondequiera que vayas." Y él dijo: "Es una época desvergonzada, y tú eres hermosa. Temo que venga sobre ti otra tentación peor que la primera, y que no la resistas, sino que seas cobarde." Y Tecla dijo: "Sólo dame el sello en Cristo, y la tentación no me tocará." Y Pablo dijo: "Tecla, espera con paciencia, y recibirás el agua."
    Y Pablo envió a Onésiforo y a toda su casa a Iconio; y así, tomando a Tecla, fue a Antioquía. Y al entrar, cierto siriarca, de nombre Alejandro, viendo a Tecla, se enamoró de ella, e intentó ganarse a Pablo con dádivas y regalos. Mas Pablo dijo: No conozco a la mujer de quien hablas, ni es mía. Pero él, que era de gran poder, la abrazó en plena calle. Mas ella no lo soportó, sino que buscó a Pablo con la mirada. Y gritó amargamente, diciendo: No fuerces a la extranjera; no fuerces a la sierva de Dios. Soy una de las principales personas de los iconienses; y por no haber querido a Tamiris, he sido echada fuera de la ciudad. Y echando mano a Alejandro, le rasgó el manto, y le arrancó la corona, y lo puso en ridículo. Y él, amándola al mismo tiempo, y avergonzado al mismo tiempo de lo sucedido, la llevó ante el gobernador; y cuando ella hubo confesado que había hecho estas cosas, la condenó a las fieras. Y las mujeres quedaron atónitas, y gritaron junto al tribunal: ¡Juicio malvado! ¡Juicio impío! Y ella pidió al gobernador, diciendo: Que yo permanezca pura hasta que luche con las fieras. Y cierta Trifena, cuya hija había muerto, la tomó bajo su cuidado, y la tuvo por consuelo.

    Antioquía y las fieras (§ 17–25)

    § 17–25

    Y cuando se exhibieron las fieras, la ataron a una leona feroz; y Trifena la acompañó. Mas la leona, con Tecla sentada sobre ella, le lamió los pies; y toda la multitud quedó asombrada. Y el cargo escrito en su inscripción era: Sacrílega. Y las mujeres gritaron desde lo alto: ¡Se ha dictado una sentencia impía en esta ciudad! Y después de la exhibición, Trifena la recibió de nuevo. Pues su hija Falconila había muerto, y le dijo en sueños: Madre, tendrás a esta extranjera Tecla en mi lugar, para que ruegue por mí, y para que yo sea trasladada al lugar de los justos.
    Y cuando, después del espectáculo, Trifena la recibió, a la vez se afligía porque tenía que luchar con las fieras al día siguiente; y a la vez, amándola como a su hija Falconila, dijo: Tecla, mi segunda hija, ven y ruega por mi hija, para que viva para siempre; porque esto vi en mi sueño. Y ella, sin vacilar, levantó la voz, y dijo: Dios altísimo, concede a esta mujer conforme a su deseo, que su hija Falconila viva para siempre. Y cuando Tecla hubo hablado así, Trifena se lamentó, considerando tanta hermosura echada a las fieras.
    Y cuando amaneció, Alejandro vino a llevarla, pues era él quien daba la caza, diciendo: El gobernador está sentado, y la multitud está alborotada contra nosotros. Permíteme llevarme a la que va a luchar con las fieras. Y Trifena gritó en alta voz, de modo que él huyó, diciendo: Un segundo duelo por mi Falconila ha venido sobre mi casa y no hay quien ayude; ni hijo, porque está muerta, ni pariente, porque soy viuda. ¡Dios de Tecla, ayúdala!
    Y al instante el gobernador envía orden de que Tecla sea traída. Y Trifena, tomándola de la mano, dijo: A mi hija Falconila, ciertamente, la llevé al sepulcro; y a ti, Tecla, te llevo a la lucha contra las fieras. Y Tecla lloró amargamente, diciendo: Oh Señor, el Dios en quien creo, a quien he huido por refugio, que me libraste del fuego, concede una recompensa a Trifena, que ha tenido compasión de tu sierva, y porque me ha guardado pura. Entonces se levantó un tumulto, y un grito del pueblo, y las mujeres sentadas juntas, una diciendo: ¡Fuera con la sacrílega! Otras diciendo: ¡Que la ciudad se levante contra esta maldad! ¡Quítanos a todas de en medio, oh procónsul! ¡Espectáculo cruel! ¡Inicua sentencia!
    Y Tecla, sacada de la mano de Trifena, fue despojada, y recibió un ceñidor, y fue arrojada a la arena, y se soltaron leones y osos y una leona feroz contra ella; y la leona, habiendo corrido a sus pies, se echó; y la multitud de las mujeres gritó en alta voz. Y un oso corrió sobre ella; pero la leona, saliendo al encuentro del oso, lo despedazó. Y de nuevo un león que había sido adiestrado contra hombres, y que pertenecía a Alejandro, corrió sobre ella; y ella, la leona, saliendo al encuentro del león, fue muerta junto con él. Y las mujeres hicieron gran lamentación, puesto que la leona, su protectora, había muerto.
    Entonces envían muchas fieras, estando ella de pie y extendiendo sus manos, y orando. Y cuando hubo acabado su oración, se volvió y vio una fosa llena de agua, y dijo: Ahora es tiempo de lavarme. Y se arrojó, diciendo: En el nombre de Jesucristo soy bautizada en mi último día. Y las mujeres viendo, y la multitud, lloraban, diciendo: No te arrojes al agua; de modo que también el gobernador derramó lágrimas, porque las focas iban a devorar tanta hermosura. Entonces ella se arrojó dentro en el nombre de Jesucristo; pero las focas, habiendo visto el resplandor del fuego del relámpago, flotaban muertas. Y había alrededor de ella, estando desnuda, una nube de fuego; de modo que ni las fieras podían tocarla, ni ella podía ser vista desnuda.
    Y las mujeres, cuando otras fieras eran arrojadas, gemían. Y unas arrojaban hierbas de olor suave, otras nardo, otras casia, otras amomo, de modo que hubo abundancia de perfumes. Y todas las fieras que habían sido arrojadas, como si estuvieran detenidas por el sueño, no la tocaban; de modo que Alejandro dijo al gobernador: Tengo toros terriblemente furiosos; atemos a ellos a la que ha de luchar con las bestias. Y el gobernador, mirando sombrío, se volvió, y dijo: Haz lo que quieras. Y la ataron por los pies entre ellos, y pusieron hierros candentes bajo las partes vergonzosas de los toros, para que ellos, enfurecidos aún más, la mataran. Ellos, pues, se precipitaron; pero la llama ardiente consumió las sogas, y ella quedó como si no hubiera sido atada. Pero Trifena se desmayó estando de pie junto a la arena, de modo que la multitud dijo: La reina Trifena ha muerto. Y el gobernador detuvo los juegos, y la ciudad quedó consternada. Y Alejandro suplicó al gobernador, diciendo: Ten misericordia de mí y de la ciudad, y suelta a esta mujer. Porque si el César oye estas cosas, destruirá pronto también la ciudad junto con nosotros, porque su parienta la reina Trifena ha muerto junto a los Ábacos.
    Y el gobernador llamó a Tecla de en medio de las fieras, y le dijo: ¿Quién eres tú? ¿Y qué hay en ti, que ninguna de las fieras te toca? Y ella dijo: Yo ciertamente soy sierva del Dios vivo; y en cuanto a lo que hay en mí, he creído en el Hijo de Dios, en quien Él se complace; por lo cual ninguna de las fieras me ha tocado. Porque Él solo es el fin de la salvación, y el fundamento de la vida inmortal; porque Él es refugio para los sacudidos por la tempestad, consuelo para los afligidos, amparo para los desesperados; y, de una vez para siempre, todo el que no crea en Él, no vivirá para siempre.
    Y habiendo oído esto el gobernador, mandó traer sus vestiduras, y que se las pusieran. Y Tecla dijo: El que me vistió a mí, desnuda, entre las fieras, en el día del juicio te vestirá con salvación. Y tomando las vestiduras, se las puso. El gobernador, pues, inmediatamente promulgó un edicto, diciendo: Os suelto a la temerosa de Dios, Tecla, la sierva de Dios. Y las mujeres gritaron en alta voz, y a una sola boca dieron gracias a Dios, diciendo: Hay un solo Dios, el Dios de Tecla; de modo que los cimientos del teatro se estremecieron con su voz. Y Trifena, habiendo recibido la buena noticia, salió al encuentro de la santa Tecla, y dijo: Ahora creo que los muertos resucitan; ahora creo que mi hija vive. Entra, y te asignaré todo lo que es mío. Ella, pues, entró con ella, y descansó ocho días, instruyéndola en la palabra de Dios, de modo que aun la mayoría de las siervas creyeron. Y hubo gran gozo en la casa.

    De Mira a Seleucia (§ 26–29)

    § 26–29

    Y Tecla seguía buscando a Pablo; y le fue dicho que estaba en Mira de Licia. Y tomando consigo jóvenes y doncellas, se ciñó; y habiendo cosido la túnica de modo que hiciera un manto de hombre, vino a Mira, y halló a Pablo hablando la palabra de Dios. Y Pablo se asombró al verla, y a la multitud con ella, pensando que alguna nueva prueba venía sobre ella. Y cuando ella lo vio, dijo: He recibido el bautismo, Pablo; porque el que obró contigo para el Evangelio, ha obrado también en mí para el bautismo. Y Pablo, tomándola, la llevó a la casa de Hermeo, y oye todo de ella, de modo que los que oyeron se maravillaron grandemente, y fueron consolados, y oraron por Trifena. Y ella se levantó, y dijo: Voy a Iconio. Y Pablo dijo: Ve, y enseña la palabra de Dios. Y Trifena le envió muchas vestiduras y oro, de modo que ella dejó a Pablo muchas cosas para el servicio de los pobres.
    Y se fue a Iconio. Y entra en la casa de Onésiforo, y cayó sobre el pavimento donde Pablo solía sentarse y enseñarle, y lloró, diciendo: Dios mío y de esta casa, donde hiciste brillar la luz sobre mí, oh Cristo Jesús, Hijo del Dios vivo, mi ayuda en el fuego, mi ayuda entre las fieras, Tú eres glorificado para siempre. Amén. Y halló a Tamiris muerto, pero a su madre viva. Y habiendo enviado a llamar a su madre, dijo: Teocleia, madre mía, ¿puedes creer que el Señor vive en los cielos? Porque si deseas riquezas, Dios te las da por medio de mí; o si a tu hija, aquí estoy junto a ti. Y habiendo así testificado, partió a Seleucia, y habitó en una cueva setenta y dos años, viviendo de hierbas y agua. Y a muchos iluminó con la palabra de Dios.
    Y ciertos hombres de la ciudad, griegos de religión y médicos de profesión, enviaron a ella jóvenes insolentes para destruirla. Porque decían: Es virgen, y sirve a Ártemis, y de esto tiene virtud para sanar. Y por la providencia de Dios entró viva en la roca, y se hundió bajo tierra. Y partió a Roma para ver a Pablo, y halló que se había dormido. Y después de permanecer allí poco tiempo, descansó en un sueño glorioso; y está sepultada a unos dos o tres estadios del sepulcro de su maestro Pablo.
    Fue echada, pues, al fuego a los diecisiete años, y entre las fieras a los dieciocho. Y fue asceta en la cueva, como se ha dicho, setenta y dos años, de modo que todos los años de su vida fueron noventa. Y habiendo realizado muchas curaciones, descansa en el lugar de los santos, habiéndose dormido el día veinticuatro del mes de septiembre en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

    Otro final, según el manuscrito de Grabe

    Texto de la fuenteEdición inglesa del ANF · Hechos de Pablo y Tecla · Nota de la edición
    En lugar de las dos últimas secciones, el manuscrito que usó el Dr. Grabe tiene lo siguiente:—

    Final de Grabe, § 1–2

    Y una nube de luz la guió. Y habiendo llegado a Seleucia, salió fuera de la ciudad un estadio. Y también tenía miedo de ellos, porque adoraban ídolos. Y la guió al monte llamado Calamón o Rodeón; y habiendo hallado allí una cueva, entró en ella. Y estuvo allí muchos años, y padeció muchas y graves pruebas por parte del diablo, y las soportó noblemente, ayudada por Cristo. Y algunas de las mujeres de buen linaje, habiendo sabido de la virgen Tecla, fueron a ella, y aprendieron los oráculos de Dios. Y muchas de ellas se despidieron del mundo, y vivieron vida ascética con ella. Y una buena fama se extendió por todas partes acerca de ella, y se hacían curaciones por ella. Toda la ciudad, pues, y la región de alrededor, habiendo sabido esto, llevaban sus enfermos al monte; y antes de llegar cerca de la puerta eran prontamente librados de cualquier enfermedad que los afligía; y los espíritus inmundos salían gritando, y todos recibían a los suyos con salud, glorificando a Dios, que había dado tal gracia a la virgen Tecla. Los médicos, pues, de la ciudad de los seleucianos fueron tenidos en nada, habiendo perdido su comercio, y ya nadie los tenía en cuenta; y llenos de envidia y odio, maquinaron contra la sierva de Cristo, qué hacerle. Entonces el diablo les sugiere un malvado artificio; y un día, reunidos y habiendo tomado consejo, consultan entre sí, diciendo: Esta virgen es sacerdotisa de la gran diosa Ártemis; y si ella pide algo, Ártemis la escucha por ser virgen, y todos los dioses la aman. Venid, pues, tomemos hombres de vida desordenada, y embriaguémoslos con mucho vino, y démosles mucho oro, y digámosles: Si podéis corromperla y mancharla, os daremos aún más dinero. Los médicos, pues, se decían a sí mismos que, si pudieran mancharla, ni los dioses ni Ártemis la escucharían en lo de los enfermos. Así lo hicieron. Y los hombres malvados, habiendo ido al monte, y precipitándose sobre la cueva como leones, llamaron a la puerta. Y la santa mártir Tecla abrió, alentada por el Dios en quien creía; porque conocía de antemano su trama. Y les dice: ¿Qué queréis, hijos míos? Y ellos dijeron: ¿Hay aquí una llamada Tecla? Y ella dijo: ¿Qué queréis con ella? Le dicen: Queremos acostarnos con ella. La bienaventurada Tecla les dice: Soy una humilde anciana, pero sierva de mi Señor Jesucristo; y aunque queráis hacerme algo fuera de lugar, no podéis. Le dicen: Es imposible que no te hagamos lo que queremos. Y habiendo dicho esto, la agarraron fuertemente, y quisieron ultrajarla. Y ella les dice con mansedumbre: Esperad, hijos míos, para que veáis la gloria del Señor. Y agarrada por ellos, miró al cielo, y dijo: Dios terrible e incomparable, y glorioso para tus adversarios, que me libraste del fuego, que no me entregaste a Tamiris, que no me entregaste a Alejandro, que me libraste de las fieras, que me salvaste en el abismo, que en todas partes has obrado conmigo, y has glorificado tu nombre en mí, líbrame también ahora de estos hombres inicuos, y no permitas que ultraje mi virginidad, que por tu nombre he guardado hasta ahora, porque te amo, y te deseo, y te adoro, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por siempre. Amén. Y vino una voz del cielo, diciendo: No temas, Tecla, mi verdadera sierva, porque yo estoy contigo. Mira y ve dónde se ha abierto una abertura delante de ti, porque habrá para ti una casa eterna, y allí obtendrás refugio. Y la bienaventurada Tecla, mirando, vio la roca abierta cuanto podía entrar un hombre, e hizo conforme a lo que se le había dicho: y huyendo noblemente de los inicuos, entró en la roca; y la roca se cerró al instante, de modo que ni siquiera apareció una juntura. Y ellos, viendo el extraordinario prodigio, quedaron como fuera de sí; y no pudieron detener a la sierva de Dios, sino que sólo atraparon su velo, y pudieron rasgar una parte; y esto por permisión de Dios para la fe de los que ven el venerable lugar, y para bendición en las generaciones venideras para los que creen en nuestro Señor Jesucristo de corazón puro.
    Así, pues, padeció la primera mártir de Dios, y apóstol, y virgen, Tecla, que vino de Iconio a los dieciocho años; y con los viajes, y los recorridos, y el retiro en el monte, vivió otros setenta y dos años. Y cuando el Señor la tomó, tenía noventa años. Y así es su consumación. Y su santa conmemoración es el día veinticuatro del mes de septiembre, para gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
    Comentario editorial · Dos finales para Tecla
    El texto principal (§ 27–29) termina así: Tecla vive setenta y dos años en una cueva de Seleucia, los médicos de la ciudad envían contra ella a jóvenes violentos, ella entra viva en la roca, parte a Roma y muere junto a la tumba de Pablo. El manuscrito de Grabe sustituye las dos últimas secciones por otro final, más largo: una nube de luz la guía hasta una cueva del monte Calamón o Rodeón, donde cura y reúne a otras mujeres; los médicos, por envidia, la acusan de servir a Ártemis, la roca se cierra tras ella y no se menciona Roma. Los dos coinciden en los noventa años y en la memoria del 24 de septiembre. El ANF no decide cuál es el más antiguo; Wikipedia añade que las versiones latinas, coptas y etíopes difieren mucho del griego.

    El Evangelio según Pedro

    La condena y la crucifixión (§ 1–6)

    § 1–6

    1. Pero de los judíos ninguno se lavó las manos, ni Herodes ni ninguno de sus jueces. Y cuando se negaron a lavárselas, Pilato se levantó. Y entonces el rey Herodes manda que el Señor sea llevado, diciéndoles: Todo lo que os mandé hacer con él, hacedlo.
    2. Y estaba allí de pie José, amigo de Pilato y del Señor; y sabiendo que estaban a punto de crucificarlo, vino a Pilato y pidió el cuerpo del Señor para sepultarlo. Y Pilato envió a Herodes y pidió su cuerpo. Y Herodes dijo: Hermano Pilato, aun si nadie lo hubiera pedido, habíamos resuelto sepultarlo, mayormente porque el sábado se acerca; porque está escrito en la ley que no se ponga el sol sobre uno que ha sido muerto.
    3. Y él lo entregó al pueblo el día antes de los Ácimos, su fiesta. Y tomaron al Señor y lo empujaban mientras corrían, y decían: Arrastremos al Hijo de Dios, ya que hemos obtenido poder sobre él. Y lo vistieron de púrpura, y lo sentaron en el tribunal del juicio, diciendo: Juzga con justicia, oh rey de Israel. Y uno de ellos trajo una corona de espinas y la puso sobre la cabeza del Señor. Y otros se pararon y le escupieron en los ojos, y otros le golpearon las mejillas; otros lo punzaron con una caña; y algunos lo azotaron, diciendo: Con esta honra honremos al Hijo de Dios.
    4. Y trajeron a dos malhechores, y crucificaron al Señor entre ellos. Pero él callaba, como si no tuviera dolor. Y cuando hubieron levantado la cruz, escribieron el título: Éste es el rey de Israel. Y habiendo puesto sus vestiduras delante de él, las repartieron entre ellos, y echaron suertes sobre ellas. Y uno de aquellos malhechores los reprendió, diciendo: Nosotros por los males que hemos hecho padecemos así, pero este hombre, que se ha hecho Salvador de los hombres, ¿qué mal os ha hecho? Y ellos, enojados contra él, mandaron que no se le quebraran las piernas, para que muriera en tormento.
    5. Y era mediodía, y las tinieblas cubrieron toda Judea; y estaban turbados y angustiados, no fuera que el sol se hubiera puesto mientras él aún estaba vivo; [porque] está escrito para ellos que no se ponga el sol sobre aquel que ha sido muerto. Y uno de ellos dijo: Dadle a beber hiel con vinagre. Y lo mezclaron y le dieron de beber, y cumplieron todas las cosas, y consumaron sus pecados contra su propia cabeza. Y muchos andaban con lámparas, suponiendo que era de noche, y caían. Y el Señor clamó, diciendo: ¡Mi poder, mi poder, me has desamparado! Y cuando hubo dicho esto, fue elevado. Y en aquella hora el velo del templo de Jerusalén se rasgó en dos.
    6. Y entonces sacaron los clavos de las manos del Señor, y lo tendieron sobre la tierra, y toda la tierra tembló, y hubo gran temor. Entonces brilló el sol, y se halló que era la hora novena; y los judíos se alegraron, y dieron su cuerpo a José para que lo sepultara, puesto que había visto las cosas buenas que había hecho. Y él tomó al Señor, y lo lavó, y lo envolvió en una sábana de lino, y lo llevó a su propio sepulcro, que se llamaba el Huerto de José.
    Comentario editorial · Serapión y el Evangelio según Pedro
    Antes de 1886 se conocía este evangelio por cuatro testigos, que el ANF 9 reúne: Serapión de Antioquía (190–203), que dejó leerlo en Rhossus y, tras examinarlo, lo rechazó por proceder de los docetas; Orígenes, que lo cita junto al libro de Santiago sobre los hermanos de Jesús; Eusebio, que lo cuenta entre los evangelios heréticos; y Teodoreto (hacia 455), que dice que lo usaban los nazarenos. Los rasgos que Serapión pudo tener por docetas se leen en el texto: Jesús calla «como si no tuviera dolor» (§ 4) y clama «Mi poder, mi poder, me has desamparado», tras lo cual «fue elevado» (§ 5). Wikipedia ve en ese «elevado» una posible señal de que no murió.

    La guardia del sepulcro (§ 7–8)

    § 7–8

    7. Entonces los judíos y los ancianos y los sacerdotes, percibiendo el mal que se habían hecho a sí mismos, comenzaron a lamentarse y a decir: ¡Ay de nuestros pecados! El juicio se ha acercado, y el fin de Jerusalén. Y yo, con mis compañeros, estaba afligido; y heridos en el ánimo nos escondimos, porque éramos buscados por ellos como malhechores, y como queriendo incendiar el templo. Y sobre todas estas cosas ayunamos y estuvimos sentados lamentándonos y llorando noche y día hasta el sábado.
    8. Pero los escribas y fariseos y ancianos, reunidos unos con otros, cuando oyeron que todo el pueblo murmuraba y se golpeaba el pecho, diciendo: Si por su muerte se han realizado estas señales tan poderosas, ved cuán justo es él — los ancianos tuvieron miedo y vinieron a Pilato, suplicándole y diciendo: Danos soldados para que guardemos su sepulcro durante tres días, no sea que vengan sus discípulos y lo hurten, y el pueblo suponga que ha resucitado de entre los muertos y nos haga mal. Y Pilato les dio a Petronio el centurión con soldados para guardar el sepulcro. Y con ellos vinieron ancianos y escribas al sepulcro, y habiendo rodado una gran piedra junto con el centurión y los soldados, todos juntos los que estaban allí la pusieron a la puerta del sepulcro; y fijaron siete sellos, y plantaron allí una tienda y lo guardaron. Y temprano por la mañana, al acercarse el sábado, vino una multitud de Jerusalén y de la región de alrededor, para ver el sepulcro que estaba sellado.

    La resurrección (§ 9–11)

    § 9–11

    9. Y en la noche en que despuntaba el día del Señor, mientras los soldados hacían guardia de dos en dos, hubo una gran voz en el cielo; y vieron los cielos abiertos, y a dos hombres descender de allí con gran luz y acercarse al sepulcro. Y aquella piedra que estaba puesta a la puerta rodó por sí misma y se apartó en parte; y el sepulcro se abrió, y entraron ambos jóvenes.
    10. Cuando, pues, aquellos soldados vieron esto, despertaron al centurión y a los ancianos; porque también ellos estaban cerca haciendo guardia. Y mientras declaraban las cosas que habían visto, de nuevo ven a tres hombres salir del sepulcro, y dos de ellos sosteniendo a uno, y una cruz que los seguía; y la cabeza de los dos llegaba hasta el cielo, pero la cabeza de aquel que era llevado por ellos sobrepasaba los cielos. Y oyeron una voz de los cielos, que decía: Has predicado a los que duermen. Y se oyó una respuesta desde la cruz: Sí.
    11. Ellos, pues, deliberaron entre sí si ir y mostrar estas cosas a Pilato. Y mientras aún pensaban en ello, de nuevo se ven abrirse los cielos, y a un hombre descender y entrar en el sepulcro. Cuando el centurión y los que estaban con él vieron estas cosas, se apresuraron en la noche a Pilato, dejando el sepulcro que vigilaban, y declararon todas las cosas que habían visto, muy angustiados y diciendo: Verdaderamente era el Hijo de Dios. Pilato respondió y dijo: Inocente soy de la sangre del Hijo de Dios; pero fuisteis vosotros quienes determinasteis esto. Entonces todos se acercaron y le rogaron y le suplicaron que mandara al centurión y a los soldados no decir nada de las cosas que habían visto; porque mejor es, decían, ser culpables del mayor pecado delante de Dios, y no caer en manos del pueblo de los judíos y ser apedreados. Pilato, pues, mandó al centurión y a los soldados que no dijeran nada.

    Las mujeres ante el sepulcro (§ 12–14)

    § 12–14

    12. Y al amanecer del día del Señor, María Magdalena, discípula del Señor, temiendo por causa de los judíos, ya que ardían en ira, no había hecho en el sepulcro del Señor las cosas que las mujeres suelen hacer por los que mueren y por los que les son amados — tomó consigo a sus amigas y vino al sepulcro donde él había sido puesto. Y temían que los judíos las vieran, y decían: Aunque en aquel día en que fue crucificado no pudimos llorar ni lamentarnos, hagamos ahora estas cosas en su sepulcro. Pero, ¿quién nos rodará la piedra que fue puesta a la puerta del sepulcro, para que podamos entrar y sentarnos junto a él y hacer lo que es debido? Porque la piedra era grande, y tememos que alguien nos vea. Y si no podemos, con sólo poner a la puerta las cosas que traemos para memoria suya, lloraremos y nos lamentaremos, hasta que volvamos a nuestra casa.
    13. Y fueron y hallaron el sepulcro abierto, y acercándose miraron dentro; y ven allí a un joven sentado en medio del sepulcro, hermoso y vestido con una túnica sobremanera resplandeciente, el cual les dijo: ¿Por qué habéis venido? ¿A quién buscáis? ¿Al que fue crucificado? Ha resucitado y se ha ido. Pero si no creéis, mirad y ved el lugar donde yacía, que no está [aquí]; porque ha resucitado y se ha ido allí, de donde fue enviado. Entonces las mujeres temieron y huyeron.
    14. Era el último día de los Ácimos, y muchos salían, volviendo a sus casas, porque la fiesta había terminado. Pero nosotros, los doce discípulos del Señor, llorábamos y estábamos afligidos; y cada uno, afligido por lo que había sucedido, se fue a su casa. Pero yo, Simón Pedro, y Andrés mi hermano, tomamos nuestras redes y fuimos al mar; y estaba con nosotros Leví, hijo de Alfeo, a quien el Señor...

    El Apocalipsis de Pedro

    El discurso del Señor y el monte (vv. 1–5)

    vv. 1–5

    1....muchos de ellos serán falsos profetas, y enseñarán caminos diversos y doctrinas de perdición: mas éstos serán hijos de perdición. 3. Y entonces Dios vendrá a mis fieles que tienen hambre y sed y son afligidos y purifican sus almas en esta vida; y juzgará a los hijos de iniquidad.
    4. Y además dijo el Señor: Vayamos al monte: Oremos. 5. Y yendo con él, nosotros, los doce discípulos, le rogamos que nos mostrara a uno de nuestros hermanos, los justos que han salido del mundo, para que pudiéramos ver de qué manera son, y cobrando ánimo, animáramos también a los hombres que nos oyen.

    Los dos hombres resplandecientes (vv. 6–14)

    vv. 6–14

    6. Y mientras orábamos, de repente aparecieron dos hombres de pie delante del Señor hacia el Oriente, a los cuales no podíamos mirar; 7, porque de su rostro salía un rayo como de sol, y sus vestiduras resplandecían, tales como ojo de hombre nunca vio; porque boca alguna puede expresar ni corazón imaginar la gloria de que estaban revestidos, y la hermosura de su apariencia. 8. Y al mirarlos, quedamos asombrados; porque sus cuerpos eran más blancos que toda nieve y más rojos que toda rosa; 9, y el rojo estaba mezclado con el blanco, y soy totalmente incapaz de expresar su hermosura; 10, porque su cabello era rizado y brillante y hermoso, así sobre el rostro como sobre los hombros, cual corona trenzada de nardo y flores de diversos colores, o como un arcoíris en el cielo: tal era su hermosura.
    11. Viendo, pues, su hermosura, quedamos asombrados de ellos, porque aparecieron de repente. 12. Y me acerqué al Señor y dije: ¿Quiénes son éstos? 13. Él me dice: Éstos son vuestros hermanos los justos, cuyas formas deseabais ver. 14. Y le dije: ¿Y dónde están todos los justos, y cuál es el eón en el que están y tienen esta gloria?

    La tierra de los justos (vv. 15–19)

    vv. 15–19

    15. Y el Señor me mostró una tierra muy grande fuera de este mundo, resplandeciente en extremo de luz, y el aire allí iluminado con los rayos del sol, y la tierra misma florecida de flores inmarcesibles y llena de especias y plantas, de hermosa flor e incorruptible y que lleva fruto bendito. 16. Y tan grande era el perfume que llegaba desde allí hasta nosotros. 17. Y los moradores de aquel lugar estaban vestidos con vestiduras de ángeles resplandecientes, y sus vestiduras eran como su tierra; y ángeles revoloteaban en torno a ellos allí. 18. Y la gloria de los moradores de allí era igual, y a una voz cantaban alabanzas alternadamente al Señor Dios, regocijándose en aquel lugar. 19. El Señor nos dice: Éste es el lugar de vuestros sumos sacerdotes, los hombres justos.

    El lugar del castigo (vv. 20–33)

    vv. 20–33

    20. Y frente a aquel lugar vi otro, inmundo, y era el lugar del castigo; y los que allí eran castigados y los ángeles castigadores tenían sus vestiduras oscuras como el aire del lugar.
    21. Y había allí algunos colgados por la lengua: y éstos eran los blasfemos del camino de justicia; y debajo de ellos había fuego, que los quemaba y castigaba.
    22. Y había un gran lago, lleno de cieno ardiente, en el cual había ciertos hombres que pervierten la justicia, y ángeles atormentadores los afligían.
    23. Y había también otros, mujeres, colgadas por los cabellos sobre aquel cieno que hervía: y éstas eran las que se adornaban para adulterio; y los hombres que se mezclaron con ellas en la impureza del adulterio, estaban colgados por los pies y con la cabeza en aquel cieno. Y dije: No creía que había de venir a este lugar.
    24. Y vi a los homicidas y a los que conspiraron con ellos, arrojados a cierto lugar angosto, lleno de serpientes malignas, y heridos por aquellas bestias, y así se revolvían de un lado a otro en aquel castigo; y gusanos, como nubes de tinieblas, los afligían. Y las almas de los asesinados estaban de pie y miraban el castigo de aquellos homicidas y decían: Oh Dios, justo es tu juicio.
    25. Y cerca de aquel lugar vi otro lugar angosto en el cual la sangre y la inmundicia de los que eran castigados corría y se hacía allí como un lago: y estaban sentadas mujeres con la sangre hasta el cuello, y frente a ellas estaban sentados muchos niños que les nacieron fuera de tiempo, llorando; y de ellos salían chispas de fuego y herían a las mujeres en los ojos: y éstas eran las malditas que concibieron y causaron aborto.
    26. Y otros hombres y mujeres ardían hasta la mitad y eran arrojados a un lugar oscuro y eran azotados por espíritus malignos, y sus entrañas eran devoradas por gusanos que no descansaban: y éstos eran los que persiguieron a los justos y los entregaron.
    27. Y cerca de aquéllos había de nuevo mujeres y hombres que roían sus propios labios, y eran castigados y recibían un hierro candente en los ojos: y éstos eran los que blasfemaron y calumniaron el camino de justicia.
    28. Y enfrente de éstos, de nuevo otros hombres y mujeres roían sus lenguas y tenían fuego llameante en la boca: y éstos eran los testigos falsos.
    29. Y en cierto otro lugar había guijarros más afilados que espadas o cualquier asador, candentes, y mujeres y hombres con vestiduras rotas y sucias se revolcaban sobre ellos en castigo: y éstos eran los ricos que confiaron en sus riquezas y no tuvieron piedad de huérfanos y viudas, y despreciaron el mandamiento de Dios.
    30. Y en otro gran lago, lleno de pez y sangre y cieno que hervía, había hombres y mujeres de pie hasta las rodillas: y éstos eran los usureros y los que cobran interés sobre interés.
    31. Y otros hombres y mujeres eran arrojados desde un gran precipicio y llegaban al fondo, y de nuevo eran obligados por los que estaban puestos sobre ellos a subir por el precipicio, y desde allí eran arrojados otra vez, y no tenían descanso de este castigo: y éstos eran los que mancillaron sus cuerpos obrando como mujeres; y las mujeres que estaban con ellos eran las que se acostaban unas con otras como hombre con mujer.
    32. Y junto a aquel precipicio había un lugar lleno de mucho fuego, y allí estaban hombres que con sus propias manos se habían hecho imágenes talladas en lugar de Dios. Y junto a éstos había otros hombres y mujeres, que tenían varas y se golpeaban unos a otros y nunca cesaban de tal castigo.
    33. Y otros de nuevo cerca de ellos, mujeres y hombres, ardiendo y revolviéndose y asándose: y éstos eran los que dejaban el camino de Dios...
    Comentario editorial · Un fragmento y otra versión
    Antes de Akhmîm el Apocalipsis de Pedro se conocía por Clemente de Alejandría (hacia 200, que lo cita), el canon de Muratori, Eusebio (que lo pone entre los espurios), Macario de Magnesia y Sozomeno (ANF 9). Las listas antiguas le dan entre 270 y 300 estiquios, y el fragmento griego contiene más o menos la mitad. Wikipedia añade una versión etíope, más larga, que M. R. James reconoció en 1910 y que la mayoría de los estudiosos tiene por más cercana al original, además de dos fragmentos griegos menores. En la versión etíope Pedro ve primero el infierno y luego el cielo; en el fragmento de Akhmîm, al revés.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Después de los apócrifos

    Los cuatro quedaron fuera del Nuevo Testamento, pero cada uno siguió su camino. Según Wikipedia, el Apocalipsis de Pedro fue desplazado por el Apocalipsis de Pablo, del siglo IV, que se inspiró en él, y es antecesor del género de la Divina comedia. El Protoevangelio, que el decreto gelasiano condenó, siguió moldeando la mariología (Wikipedia). Los Hechos de Pablo y Tecla circularon en griego, siríaco y armenio, y esa difusión es, para Wikipedia, prueba del culto a Tecla de Iconio en Oriente. El Evangelio según Pedro, en cambio, desapareció hasta el hallazgo de 1886.
    Leerlos no equivale a recibirlos: lo que la Iglesia antigua hizo con ellos —leerlos con reservas, rechazarlos, condenarlos— es parte de su historia, y la historia del canon la cuenta.

    Para seguir leyendo

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