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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 10 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa creación por el Verbo y el don de la imagen (§ 3)
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minSegunda parte — El dilema divino (§§ 6–10)
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEl intercambio: corrupción por incorrupción (§ 10)
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minEl retrato restaurado (§§ 13–14)
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 10 minEnseñar por medio del cuerpo (§§ 15–16)
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 3 minEl Verbo no queda encerrado en el cuerpo (§§ 17–19)
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 7 minCuarta parte — La muerte en la cruz (§§ 20–26)
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minPor qué una muerte pública (§§ 22–24)
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minPor qué precisamente la cruz (§ 25)
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minQuinta parte — La resurrección y sus pruebas (§§ 27–32)
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minUn Cristo vivo obra en los vivos (§§ 30–32)
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 10 minSexta parte — Frente a los judíos (§§ 33–40)
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 9 minLas setenta semanas y el cetro de Judá (§§ 38–40)
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 4 minLas setenta semanas y el cetro de Judá (§§ 38–40)
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minSéptima parte — Frente a los griegos (§§ 41–55)
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minLa conveniencia del cuerpo (§§ 44–45)
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minLa evidencia histórica (§§ 46–50)
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minLa cruz contra la sabiduría del mundo (§§ 51–53)
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 9 minEl intercambio admirable (§§ 54–55)
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minRecepción y peso posterior

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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Atanasio de Alejandría

    Sobre la encarnación del Verbo

    Texto base: NPNF, 2.ª serie, vol. 4 · Archibald Robertson, 1892

    Traducción: Versión castellana de trabajo · 57 capítulos

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    Lectura continua · ≈ 149 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Hay libros que resuelven una disputa y libros que fundan un vocabulario. Sobre la encarnación del Verbo pertenece al segundo grupo. Atanasio no escribe aquí contra Arrio —el nombre no aparece—, sino contra una objeción más antigua y más extendida: que resulta indigno de Dios tener cuerpo, morir, ser enterrado. Su respuesta no consiste en atenuar el escándalo, sino en mostrar que ese escándalo es precisamente la lógica interna de un Dios que crea desde la nada y no abandona lo que ha hecho.

    Ficha de la obra

    AutorAtanasio de Alejandría
    Título griegoΛόγος περὶ τῆς ἐνανθρωπήσεως τοῦ Λόγου
    Título latinoDe incarnatione Verbi Dei
    FechaDiscutida; propuestas entre c. 318 y c. 335
    GéneroTratado apologético-doctrinal, segunda mitad de una obra doble
    DestinatarioUn tal «Macario», cuyo nombre puede también leerse como epíteto («bienaventurado»)
    Extensión57 capítulos breves
    TransmisiónDos recensiones, una breve y una larga3; texto griego en Migne, PG 2519
    La obra es la segunda mitad de un díptico de Atanasio de Alejandría: el Contra los gentiles desmonta la idolatría y muestra que el conocimiento de Dios es accesible desde el alma y desde el cosmos; Sobre la encarnación explica por qué ese conocimiento no bastó y qué hizo Dios entonces.1 Ambas piezas se leen mal por separado: la segunda comienza en rigor donde la primera termina, y su primer párrafo lo dice sin rodeos.
    La datación es un problema abierto y conviene no cerrarlo por comodidad. La posición tradicional sitúa la obra antes de Nicea, en torno a 318, y explica así el silencio sobre la controversia arriana; otra línea de investigación la retrasa a los años treinta del siglo IV y atribuye ese silencio a una decisión de género, no de cronología.2 El frontmatter de esta edición consigna la fecha tradicional por necesidad técnica del catálogo; el lector debe tomarla como una de dos hipótesis vivas, no como un dato establecido.
    Icono bizantino de Atanasio de Alejandría entronizado, con vestiduras episcopales y un libro abierto con texto griego
    El Atanasio de la tradición posterior: obispo entronizado con el libro abierto. La imagen fija al polemista de los cinco destierros, no al autor joven de este tratado · Icono, siglo XVII, Museo Arqueológico de Varna (Bulgaria) · Wikimedia Commons, dominio público

    Criterios de esta edición

    Comentario editorial · Sobre la naturaleza de esta traducción
    Esta es una versión de trabajo preparada para el estudio, no una traducción cotejada contra una edición crítica. Sigue el recorrido de los cincuenta y siete capítulos sin omitir ninguno, y condensa las repeticiones retóricas que Atanasio acumula en las secciones apologéticas finales. Antes de citarla en un trabajo académico debe verificarse contra el griego de Migne o contra la edición de Sources Chrétiennes. La autenticidad de las citas bíblicas y la fidelidad de cada período requieren revisión humana.
    Cuatro decisiones gobiernan el texto que sigue.
    Primera: la numeración. Se conserva la división clásica en capítulos, marcada con el signo § dentro del localizador de cada bloque. Las ocho partes en que se agrupan son editoriales y responden a la articulación del argumento, no a divisiones antiguas.
    Segunda: las citas bíblicas. Atanasio cita la Septuaginta, y en el Nuevo Testamento un texto que no coincide siempre con las ediciones críticas modernas. Traducir sus citas desde una versión castellana contemporánea —que traduce del hebreo en el Antiguo Testamento— falsearía su argumento justo donde más importa: en las pruebas proféticas de los capítulos 33 a 40. Por eso todas las referencias bíblicas de esta edición se ofrecen en versión propia, marcada como tal, y no como cita de una versión publicada.
    Tercera: los términos técnicos. Phthorá se traduce «corrupción» y no «muerte», porque Atanasio distingue ambas cosas; theopóiēsis se traduce «divinización» y no «deificación»; kat' eikóna se mantiene como «según la imagen» aunque el castellano pida «a imagen». Aplanar estos términos borraría el argumento.
    Cuarta: las voces. El texto traducido aparece siempre en bloques de fuente atribuidos a Atanasio. La voz del editor aparece siempre en notas editoriales marcadas. Ninguna frase del comentario debe leerse como palabra del autor antiguo.
    Quinta: el aparato de referencias. La edición inglesa que sirve de base inserta la referencia bíblica en el punto exacto del enlace, a menudo en mitad de la frase citada. Aquí esas referencias se han desplazado al final de la cláusula a la que pertenecen, sin tocar el texto. Cada una puede consultarse sobre la marcha: al posarse sobre ella aparece el versículo en una versión castellana moderna —Reina-Valera 1960, salvo en los libros que esa versión no incluye— que se ofrece para comparar, no como fuente de la traducción. Donde Atanasio argumenta desde la Septuaginta, la distancia entre lo que él lee y lo que esa versión dice forma parte de lo que hay que ver; los §§ 33 y 34 son el caso más claro. Unos pocos localizadores heredados son aproximados y se conservan tal como llegan: en el § 6 la referencia remite a
    cuando la sentencia de muerte que allí se invoca está en
    .

    Primera parte — La creación y la caída (§§ 1–5)

    El propósito del tratado (§§ 1–2)

    § 1

    1. [Puesto que] en lo precedente hemos expuesto —escogiendo unos pocos puntos entre muchos— una explicación suficiente del error de los gentiles acerca de los ídolos, y del culto de los ídolos, y de cómo llegaron estos originalmente a ser inventados; de cómo, en efecto, por su maldad los hombres idearon para sí mismos el culto de los ídolos: y puesto que, por la gracia de Dios, hemos señalado asimismo algo acerca de la Divinidad del Logos del Padre, y de su universal Providencia y poder, y de que el buen Padre ordena por medio de Él todas las cosas, y todas las cosas son movidas por Él, y en Él son vivificadas: ven ahora, Macario (digno de tal nombre), verdadero amante de Cristo, sigamos la fe de nuestra religión y expongamos también lo relativo a que el Logos se hiciese hombre y a su Aparición divina entre nosotros, la cual los judíos calumnian y los griegos escarnecen, pero nosotros adoramos; a fin de que, tanto más a causa de la aparente bajeza del Logos, se acreciente y multiplique tu piedad hacia Él.
    2. Pues cuanto más es escarnecido entre los incrédulos, tanto mayor testimonio da de su propia Divinidad; por cuanto no solo demuestra Él mismo como posible aquello que los hombres, engañados, juzgan imposible, sino que aquello de que los hombres se burlan como indecoroso, Él, por su propia bondad, lo reviste de decoro; y aquello de que los hombres, en su presunción de sabios, se ríen como meramente humano, Él, por su propio poder, demuestra que es divino, reduciendo a la nada las pretensiones de los ídolos por medio de su supuesta humillación —por la Cruz—, y ganando invisiblemente a quienes se burlan y no creen para que reconozcan su Divinidad y su poder.
    3. Mas, para tratar esta materia, es necesario recordar lo que antes se ha dicho; a fin de que ni dejes de conocer la causa de la manifestación corporal del Logos del Padre, tan excelsa y tan grande, ni pienses que el Salvador ha revestido un cuerpo como consecuencia de su propia naturaleza; sino que, siendo por naturaleza incorpóreo y Logos desde el principio, sin embargo, por la benignidad y bondad de su propio Padre, se ha manifestado a nosotros en un cuerpo humano por nuestra salvación.
    4. Conviene, pues, que comencemos el tratamiento de esta materia hablando de la creación del universo y de Dios, su Artífice, para que así se perciba debidamente que la renovación de la creación ha sido obra del mismo Logos que la hizo en el principio. Pues no parecerá incongruente que el Padre haya obrado su salvación en Aquel por medio de quien la hizo.
    Comentario editorial · Un exordio que fija todo el método
    Atanasio anuncia aquí la estrategia que sostendrá los cincuenta y seis capítulos restantes: no negará que la encarnación es escandalosa, sino que convertirá el escándalo en argumento. La forma lógica es constante —lo que parece indigno es precisamente lo que solo Dios podía hacer— y reaparecerá en el § 24, ante la objeción sobre el modo de la muerte, y en el § 48, ante la burla de los filósofos.

    § 2

    1. Sobre la formación del universo y la creación de todas las cosas, muchos han sostenido pareceres diversos, y cada cual ha establecido su doctrina como le ha placido. Pues algunos dicen que todas las cosas han llegado a ser por sí mismas y de manera fortuita; como, por ejemplo, los epicúreos, que, con desprecio de sí mismos, nos dicen que no existe providencia universal, hablando en abierta contradicción con el hecho y la experiencia manifiestos.
    2. Pues si, como ellos dicen, todo ha tenido su principio por sí mismo e independientemente de todo propósito, se seguiría que todo habría llegado al mero ser, de suerte que fuese igual y no distinto. Pues, en virtud de la unidad del cuerpo, se seguiría que todo habría de ser sol o luna, y, en el caso de los hombres, que el hombre entero habría de ser mano, u ojo, o pie. Pero, tal como es, no sucede así. Antes bien, vemos distinción entre sol, luna y tierra; y asimismo, en los cuerpos humanos, entre pie, mano y cabeza. Ahora bien, una disposición separada como esta no nos habla de que hayan llegado a ser por sí mismas, sino que muestra que una causa las precedió; de cuya causa es posible comprender también a Dios como Hacedor y Ordenador de todas las cosas.
    3. Pero otros, entre ellos Platón, que goza de tan gran reputación entre los griegos, sostienen que Dios ha hecho el mundo de materia preexistente y sin principio. Pues Dios nada habría podido hacer si la materia no hubiese existido ya; así como la madera ha de estar a mano para el carpintero, a fin de que pueda trabajar en absoluto.
    4. Pero al decir esto no saben que atribuyen debilidad a Dios. Pues si Él no es por Sí mismo la causa de la materia, sino que hace las cosas solamente de materia preexistente, demuestra ser débil, por no poder producir sin la materia cosa alguna de cuanto hace; así como es sin duda debilidad del carpintero no poder hacer nada de lo que se requiere sin su madera. Pues, ex hypothesi, si la materia no hubiese existido, Dios no habría hecho nada. ¿Y cómo podría en tal caso ser llamado Hacedor y Artífice, si debe a alguna otra fuente —a saber, a la materia— su capacidad de hacer? De modo que, si esto es así, Dios será, según su teoría, solamente un Mecánico y no un Creador de la nada; si, esto es, obra sobre materia existente, pero no es Él mismo la causa de la materia. Pues en ningún sentido podría ser llamado Creador, si no fuese Creador de la materia de la cual, a su vez, han sido hechas las cosas creadas.
    5. Pero los sectarios imaginan para sí un artífice de todas las cosas distinto del Padre de nuestro Señor Jesucristo, en profunda ceguera aun respecto de las palabras que emplean.
    6. Pues mientras el Señor dice a los judíos: ¿No habéis leído que Aquel que los creó desde el principio los hizo varón y hembra, y dijo: Por esta causa dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? y luego, refiriéndose al Creador, dice, Por tanto, lo que [Dios] juntó no lo separe el hombre: ¿cómo llegan estos hombres a afirmar que la creación es independiente del Padre? O si, en las palabras de Juan, que sin excepción alguna dice, Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no fue hecho nada (
      ), ¿cómo podría el artífice ser otro, distinto del Padre de Cristo?
    Comentario editorial · Tres adversarios, una sola tesis
    El capítulo despacha en pocas líneas tres cosmologías: el azar epicúreo, la materia preexistente platónica y el demiurgo distinto de los gnósticos. Lo que le interesa a Atanasio no es refutarlas por separado, sino despejar el terreno para una sola afirmación: si Dios crea desde la nada, entonces la nada sigue siendo el horizonte de la criatura, y la encarnación no es un remiendo sino el único modo de impedir que la criatura vuelva allí. Todo el tratado descansa sobre esta premisa.4
    Comentario editorial · Claves del argumento
    Quien creó desde la nada es el único que puede rescatar de la nada. La soteriología de Atanasio no es un apéndice de su doctrina de la creación: es su consecuencia.

    La creación por el Verbo y el don de la imagen (§ 3)

    § 3

    1. Así especulan vanamente. Pero la enseñanza piadosa y la fe según Cristo tachan su necio lenguaje de impiedad. Pues saben que no fue espontáneamente, porque no falta la previsión; ni de materia existente, porque Dios no es débil; sino que de la nada, y sin que tuviera existencia previa alguna, Dios hizo que el universo existiese por medio de su Verbo, como dice primeramente por Moisés: En el principio creó Dios el cielo y la tierra (
      ); y, en segundo lugar, en el edificantísimo libro del Pastor: Ante todo cree que Dios es uno, que creó y formó todas las cosas, y las hizo existir de la nada.
    2. A esto también se refiere Pablo cuando dice: Por la fe entendemos que los mundos fueron dispuestos por el Verbo de Dios, de modo que lo que se ve no fue hecho de cosas que aparecen (
      ).
    3. Porque Dios es bueno, o más bien, es esencialmente la fuente de la bondad; y quien es bueno no puede ser mezquino en cosa alguna: de donde, no negando a nadie la existencia, hizo todas las cosas de la nada por su propio Logos, Jesucristo nuestro Señor. Y entre ellas, habiendo tenido especial compasión, por encima de todas las cosas de la tierra, del linaje de los hombres, y habiendo percibido su incapacidad, en virtud de la condición de su origen, para permanecer en un mismo estado, les concedió un don ulterior, y no se limitó meramente a crear al hombre, como creó a todas las criaturas irracionales sobre la tierra, sino que lo hizo a su propia imagen, dándole parte incluso del poder de su propio Logos; para que, teniendo como cierta reflexión del Logos y siendo hechos racionales, pudiesen permanecer siempre en la bienaventuranza, viviendo en el paraíso la verdadera vida que pertenece a los santos.
    4. Pero conociendo además cómo la voluntad del hombre podía inclinarse a uno u otro lado, aseguró de antemano la gracia que les había dado mediante una ley y mediante el lugar en que los puso. Pues los introdujo en su propio huerto y les dio una ley; de modo que, si guardaban la gracia y permanecían buenos, pudiesen conservar aún la vida en el paraíso, sin tristeza ni dolor ni cuidado, teniendo además la promesa de la incorrupción en el cielo; pero que, si transgredían y se volvían atrás y se hacían malos, supiesen que incurrían en aquella corrupción de muerte que les era propia por naturaleza: ya no vivir en el paraíso, sino ser arrojados de él desde entonces para morir y permanecer en la muerte y en la corrupción.
    5. Ahora bien, esto es aquello de lo cual también la Sagrada Escritura advierte, diciendo en la Persona de Dios: De todo árbol que está en el huerto comerás: mas del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, sino que el día que comieres de él, muriendo morirás. Pero por muriendo morirás, ¿qué otra cosa podría entenderse sino no solamente morir, sino también permanecer para siempre en la corrupción de la muerte?
    Comentario editorial · La distinción decisiva del tratado
    Adviértase la asimetría: el hombre recibe dos cosas distintas, la existencia como criatura y la participación en el Verbo.5 La primera lo saca de la nada; la segunda lo sostiene fuera de ella. Cuando en el § 4 se pierda la segunda, la primera queda sola, y una existencia creada sin participación tiende por su propio peso al origen del que fue sacada. Aquí está la razón por la que Atanasio no puede aceptar una salvación meramente jurídica: el problema no es solo una deuda contraída, sino un vector ontológico en marcha.

    La transgresión y el retorno a la nada (§§ 4–5)

    § 4

    1. Quizá te preguntas por qué razón posible, habiéndonos propuesto hablar de la Encarnación del Logos, tratamos ahora del origen de la humanidad. Pero también esto pertenece propiamente al propósito de nuestro tratado.
    2. Pues, al hablar de la aparición del Salvador entre nosotros, es necesario que hablemos también del origen de los hombres, para que sepas que la causa de su descenso fue por nosotros, y que nuestra transgresión suscitó la benignidad del Logos, de modo que el Señor se apresurase a socorrernos y apareciese entre los hombres.
    3. Pues nosotros fuimos el objeto de su Encarnación, y por nuestra salvación obró con tanto amor que apareció y nació aun en un cuerpo humano.
    4. Así, pues, Dios hizo al hombre y quiso que permaneciese en incorrupción; pero los hombres, habiendo despreciado y rechazado la contemplación de Dios, y maquinado y tramado el mal para sí mismos —como se dijo en el tratado anterior—, recibieron la condenación de muerte con que habían sido amenazados; y desde entonces ya no permanecieron como habían sido hechos, sino que se corrompían conforme a sus maquinaciones; y la muerte los dominaba como rey (
      ). Pues la transgresión del mandamiento los volvía a su estado natural, de suerte que, así como habían recibido el ser de la nada, así también, como era de esperar, aguardasen con el curso del tiempo la corrupción hasta la nada.
    5. Pues si, de su anterior estado de inexistencia, fueron llamados al ser por la Presencia y benignidad del Logos, se seguía naturalmente que, cuando los hombres quedasen privados del conocimiento de Dios y volviesen a lo que no es —pues el mal no es, pero el bien es—, puesto que derivan su ser de Dios que ES, quedasen para siempre privados aun del ser; es decir, que se disolvieran y permaneciesen en muerte y corrupción.
    6. Pues el hombre es mortal por naturaleza, por cuanto está hecho de lo que no es; pero, a causa de su semejanza con Aquel que es —y si conservase esta semejanza manteniéndole en su conocimiento—, detendría su corrupción natural y permanecería incorruptible; como dice la Sabiduría: El atender a sus leyes es garantía de inmortalidad (
      ); y, siendo incorruptible, viviría en adelante como Dios; a lo cual, según supongo, alude la divina Escritura cuando dice: Yo dije: sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo; pero moriréis como hombres, y caeréis como uno de los príncipes.
    Comentario editorial · Qué significa «corrupción» aquí
    Atanasio no está describiendo la pena de un tribunal, sino un proceso. Phthorá designa el deshacerse de lo que fue compuesto: no simplemente que el hombre muera, sino que se desintegre hacia el no ser del que fue llamado.6 Esto explica por qué en los §§ 6-7 descartará el arrepentimiento como solución suficiente: el arrepentimiento cambia la voluntad, no detiene una disolución ya en curso. Adviértase también de dónde toma el apoyo escriturario: el libro de la Sabiduría, que cita aquí y en el § 5 como Escritura sin más.7

    § 5

    1. Pues, a causa del Logos que habitaba con ellos, ni siquiera su corrupción natural se acercaba a ellos, como también dice la Sabiduría: Dios creó al hombre para la incorrupción, e hizo de él imagen de su propia eternidad; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. Pero cuando esto sucedió, los hombres comenzaron a morir, mientras que desde entonces la corrupción prevaleció contra ellos, adquiriendo sobre toda la raza un poder aún mayor que el natural, por cuanto, a causa de la transgresión del mandamiento, tenía además contra ellos la amenaza de la Divinidad.
    2. Pues aun en sus maldades los hombres no se detuvieron dentro de límite alguno establecido; sino que, avanzando poco a poco, pasaron más allá de toda medida: habiendo sido al principio inventores de maldad y atraído sobre sí mismos la muerte y la corrupción; y después, desviándose hacia la injusticia y excediendo toda iniquidad, sin detenerse en mal alguno, sino ideando sucesivamente toda suerte de males nuevos, llegaron a ser insaciables en el pecar.
    3. Pues había adulterios y robos por todas partes, y toda la tierra estaba llena de homicidios y saqueos. Y en cuanto a la corrupción y a la injusticia, no se atendía a ley alguna, sino que todos los crímenes se practicaban por doquier, tanto individual como colectivamente. Las ciudades guerreaban contra las ciudades, y las naciones se levantaban contra las naciones; y toda la tierra estaba desgarrada por sediciones y batallas, rivalizando cada cual con sus semejantes en obras inicuas.
    4. Ni siquiera estaban lejos de ellos los delitos contra naturaleza, sino que, como dice el Apóstol y testigo de Cristo: Pues sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza; e igualmente también los varones, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo varones con varones torpeza, y recibiendo en sí mismos la justa retribución de su extravío.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura

    Segunda parte — El dilema divino (§§ 6–10)

    Ni el arrepentimiento bastaba (§§ 6–7)

    § 6

    1. Por esta causa, pues, habiéndose enseñoreado la muerte de los hombres y permaneciendo sobre ellos la corrupción, el linaje humano perecía; el hombre racional hecho a imagen de Dios desaparecía, y la obra de las manos de Dios se hallaba en vías de disolución.
    2. Pues la muerte, como dije arriba, adquirió desde aquel tiempo un dominio legal sobre nosotros (
      ), y era imposible eludir la ley, puesto que Dios la había establecido a causa de la transgresión; y el resultado era en verdad a la vez monstruoso e impropio.
    3. Porque sería monstruoso, en primer lugar, que Dios, habiendo hablado, resultase falso; que, habiendo ordenado una vez que el hombre, si transgredía el mandamiento, había de morir de muerte, después de la transgresión el hombre no muriese, sino que la palabra de Dios fuese quebrantada. Pues Dios no sería verdadero si, habiendo dicho que habíamos de morir, el hombre no muriese.
    4. Además, sería impropio que las criaturas, una vez hechas racionales y habiendo participado del Logos, fuesen a la ruina y retornasen de nuevo hacia la no existencia por el camino de la corrupción.
    5. Pues no sería digno de la bondad de Dios que las cosas que Él había hecho se corrompiesen a causa del engaño practicado contra los hombres por el diablo.
    6. Sobre todo, era impropio en sumo grado que la obra de las manos de Dios entre los hombres fuese aniquilada, ya por su propia negligencia, ya por el engaño de los espíritus malos.
    Comentario editorial · La forma del argumento
    Lo que la tradición posterior llamó «el dilema divino» no es en Atanasio una paradoja retórica, sino una constricción doble y precisa. La bondad de Dios exige que el hombre no perezca; la veracidad de Dios exige que la sentencia se cumpla. El arrepentimiento falla en las dos direcciones a la vez: no cumple la sentencia y no revierte la corrupción. Nótese que Atanasio no dice que el arrepentimiento sea inútil, sino que es insuficiente —distinción que la lectura apresurada suele perder.

    § 7

    1. Pero así como esta consecuencia había de mantenerse necesariamente, así también, por otra parte, se alzan contra ella las justas exigencias de Dios: que Dios se mostrase veraz respecto de la ley que había establecido acerca de la muerte. Pues sería monstruoso que Dios, el Padre de la verdad, pareciese mentiroso por nuestro provecho y conservación.
    2. Así pues, una vez más, ¿qué camino posible había de tomar Dios? ¿Exigir a los hombres arrepentimiento por su transgresión? Pues esto podría juzgarse digno de Dios; como si, así como por la transgresión los hombres se han encaminado a la corrupción, por el arrepentimiento pudieran de nuevo encaminarse hacia la incorrupción.
    3. Pero el arrepentimiento, en primer lugar, no salvaguardaría la justa exigencia de Dios. Porque Él no sería por ello más veraz, si los hombres no permaneciesen en poder de la muerte; ni, en segundo lugar, el arrepentimiento hace volver a los hombres de aquello que es su naturaleza: meramente los contiene en sus actos de pecado.
    4. Ahora bien, si solo se tratase de una falta, y no de una corrupción consecuente, el arrepentimiento bastaría. Pero si, una vez que la transgresión hubo tomado impulso, los hombres quedaron envueltos en aquella corrupción que era propia de su naturaleza, y fueron privados de la gracia que poseían por estar hechos a imagen de Dios, ¿qué paso ulterior era necesario? ¿O qué se requería para tal gracia y tal restauración, sino el Logos de Dios, que también desde el principio hizo todas las cosas de la nada?
    5. Pues a Él correspondía de nuevo tanto llevar lo corruptible a la incorrupción como mantener intacta la justa exigencia del Padre respecto de todos. Porque, siendo Logos del Padre y estando por encima de todos, solo Él era por naturaleza capaz de recrear todas las cosas, y digno de padecer por todos y de ser embajador de todos ante el Padre.

    La encarnación como solución (§§ 8–9)

    § 8

    1. Con este fin, pues, el Logos de Dios, incorpóreo, incorruptible e inmaterial, viene a nuestra región, aunque antes tampoco estaba lejos de nosotros (
      ); porque ninguna parte de la Creación está vacía de Él: ha llenado todas las cosas en todas partes, permaneciendo presente con su propio Padre. Pero viene por condescendencia, para mostrarnos su benignidad y visitarnos.
    2. Y viendo que el linaje de las criaturas racionales iba camino de perecer, y que la muerte reinaba sobre ellas por la corrupción; viendo también que la amenaza contra la transgresión daba firme asidero a la corrupción que pesaba sobre nosotros, y que era monstruoso que, antes de cumplirse la ley, esta quedase sin efecto; viendo una vez más la inconveniencia de lo sucedido: que las cosas de las cuales Él mismo era Artífice estaban pasando; viendo además la extrema maldad de los hombres, y cómo poco a poco la habían acrecentado hasta un grado intolerable contra sí mismos; y viendo, por último, que todos los hombres estaban bajo sentencia de muerte: tuvo piedad de nuestro linaje y se compadeció de nuestra flaqueza, condescendió a nuestra corrupción y, no pudiendo soportar que la muerte tuviese el dominio —no fuera que pereciese la criatura y que la obra de las manos de su Padre en los hombres se consumiese en vano—, toma para Sí un cuerpo, y no de especie distinta del nuestro.
    3. Pues no quiso simplemente hacerse corpóreo, ni quiso meramente aparecer. Porque, si hubiese querido meramente aparecer, podía también realizar su Aparición divina por algún otro medio más alto. Pero toma un cuerpo de nuestra especie, y no meramente esto, sino de una virgen sin mancha e inmaculada, que no conocía varón: un cuerpo limpio y en verdad puro de trato con hombres. Pues, siendo Él mismo poderoso y Artífice de todas las cosas, prepara para Sí el cuerpo en la Virgen como un templo, y lo hace enteramente suyo como instrumento, manifestándose en él y habitando en él.
    4. Y así, tomando de nuestros cuerpos uno de igual naturaleza, puesto que todos estaban bajo la sentencia de la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte en lugar de todos y lo ofreció al Padre; haciendo esto, además, por su benignidad, a fin de que, en primer lugar, teniéndose todos por muertos en Él, fuese anulada la ley que implicaba la ruina de los hombres (pues su poder se había agotado plenamente en el cuerpo del Señor y ya no tenía asidero contra los hombres, sus semejantes); y para que, en segundo lugar, habiéndose vuelto los hombres hacia la corrupción, Él los volviese de nuevo hacia la incorrupción y los vivificase de la muerte por la apropiación de su cuerpo y por la gracia de la Resurrección, desterrando de ellos la muerte como el fuego destierra la paja.
    Comentario editorial · Dos lenguajes sobre un mismo hecho
    Aquí conviven dos modelos que la teología posterior separará. Uno es sacrificial y de sustitución: entrega el cuerpo «en lugar de todos», paga una deuda, agota una ley. El otro es participativo y físico: el cuerpo del Verbo es la puerta por la que la incorrupción entra en la naturaleza humana. Atanasio no los jerarquiza ni los ve en tensión.8 Las lecturas modernas que lo acusan de sostener una redención meramente «física», por la sola unión de naturalezas, tienden a subestimar el primer lenguaje, que reaparecerá con fuerza en los §§ 20-25.17

    § 9

    1. Pues el Logos, al percibir que la corrupción de los hombres no podía ser deshecha de otro modo sino por la muerte como condición necesaria, y siendo imposible que el Logos padeciese la muerte, por ser inmortal e Hijo del Padre, toma para este fin un cuerpo capaz de muerte, a fin de que este, participando del Logos que está sobre todas las cosas, fuese digno de morir en lugar de todos y, por causa del Logos que había venido a habitar en él, permaneciese incorruptible, y para que desde entonces la corrupción fuese detenida en todos por la gracia de la Resurrección. Por lo cual, al entregar a la muerte el cuerpo que Él mismo había tomado, como ofrenda y sacrificio libre de toda mancha, inmediatamente apartó la muerte de todos sus semejantes mediante la ofrenda de un equivalente.
    2. Pues, estando sobre todas las cosas, el Verbo de Dios, al ofrecer naturalmente su propio templo e instrumento corporal por la Vida de todos, satisfizo la deuda con su muerte. Y así Él, el incorruptible Hijo de Dios, unido a todos por una naturaleza semejante, revistió naturalmente a todos de incorrupción, por la promesa de la resurrección. Porque la corrupción efectiva de la muerte ya no tiene asidero contra los hombres, a causa del Logos, que por medio de su único cuerpo ha venido a habitar entre ellos.
    3. Y así como, cuando un gran rey ha entrado en alguna ciudad grande y ha fijado su morada en una de las casas que allí se hallan, tal ciudad es tenida en todo caso por digna de gran honor, y ya ningún enemigo ni bandido cae sobre ella y la somete; sino que, por el contrario, se la juzga merecedora de toda solicitud, por haber fijado el rey su residencia allí en una sola casa, así también ha sucedido con el Soberano de todos.
    4. Pues ahora que ha venido a nuestro reino y ha fijado su morada en un cuerpo entre sus semejantes, desde entonces queda reprimida toda la conspiración del enemigo contra el género humano, y es abolida la corrupción de la muerte que antes prevalecía contra ellos. Porque el linaje de los hombres habría ido a la ruina, si el Señor y Salvador de todos, el Hijo de Dios, no hubiese venido entre nosotros para salir al encuentro del fin de la muerte.

    El intercambio: corrupción por incorrupción (§ 10)

    § 10

    1. Ahora bien, esta gran obra convenía peculiarmente, en verdad, a la bondad de Dios. Pues si un rey, habiendo fundado una casa o una ciudad, cuando esta es cercada por bandidos a causa de la negligencia de sus habitantes, no la descuida en modo alguno, sino que la venga y la reclama como obra suya, atendiendo no a la negligencia de los moradores, sino a lo que conviene a su propia dignidad; con mucha mayor razón Dios el Logos del Padre todo bueno no descuidó al linaje de los hombres, obra suya, que caminaba hacia la corrupción; sino que, mientras borraba mediante la ofrenda de su propio cuerpo la muerte que había sobrevenido, corrigió su negligencia con su propia enseñanza, restituyendo por su propio poder todo lo que era propio del hombre.
    2. Y de esto puede uno cerciorarse por los mismos escritores inspirados del Salvador, si acaso da con sus escritos, donde dicen: Porque el amor de Cristo nos constriñe (
      ); juzgando esto: que, si uno murió por todos, luego todos murieron; y murió por todos, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó, nuestro Señor Jesucristo. Y de nuevo: Pero vemos a Aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.
    3. Luego también señala la razón por la cual era necesario que ninguno otro sino Dios el Logos mismo se encarnase; de esta manera: Porque convenía a Aquel para quien son todas las cosas y por medio de quien son todas las cosas, llevando muchos hijos a la gloria, perfeccionar mediante padecimientos al Autor de la salvación de ellos; con cuyas palabras quiere decir que a ningún otro correspondía devolver al hombre de la corrupción que había comenzado, sino al Logos de Dios, que también los había hecho desde el principio.
    4. Y que el Logos mismo asumió también un cuerpo con miras al sacrificio por cuerpos tales como el suyo, a esto se refieren asimismo con estas palabras: Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, Él también participó de lo mismo de igual manera, para que mediante la muerte redujese a la nada al que tenía el poder de la muerte, esto es, al diablo; y librase a los que, por el temor de la muerte, estaban durante toda su vida sujetos a servidumbre.
    5. Pues por el sacrificio de su propio cuerpo, no solo puso fin a la ley que estaba contra nosotros, sino que nos dio un nuevo comienzo de vida, por la esperanza de la resurrección que nos ha concedido. Pues, ya que por el hombre prevaleció la muerte sobre los hombres, por esta causa, a la inversa, al hacerse hombre el Logos de Dios, se ha producido la destrucción de la muerte y la resurrección de la vida; como dice el varón que llevó a Cristo: Porque por un hombre vino la muerte, por un hombre vino también la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados: y así sucesivamente. Pues ya no morimos ahora como sujetos a condenación; sino que, como hombres que resucitan de entre los muertos, aguardamos la resurrección universal de todos, la cual a su debido tiempo mostrará, esto es, Dios, que también la ha obrado y nos la ha concedido (
      ).
    6. Esta, pues, es la primera causa de que el Salvador se hiciese hombre. Pero por las razones que siguen podría verse también que convenía que tuviese lugar su venida llena de gracia entre nosotros.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura

    Tercera parte — El conocimiento de Dios (§§ 11–19)

    El olvido y los tres caminos de Dios (§§ 11–13)

    § 11

    1. Dios, que tiene poder sobre todas las cosas, cuando por su propio Logos hacía al linaje de los hombres, viendo la debilidad de su naturaleza, que no bastaba por sí misma para conocer a su Hacedor ni para formarse idea alguna de Dios —pues mientras Él era increado, las criaturas habían sido hechas de la nada, y mientras Él era incorpóreo, los hombres habían sido modelados de manera inferior, en el cuerpo; y porque en todo sentido las cosas hechas distaban mucho de poder comprender y conocer a su Hacedor—, apiadándose, digo, del linaje de los hombres, por cuanto es bueno, no los dejó privados del conocimiento de Sí mismo, no fuese que no hallaran provecho alguno en existir.
    2. Pues ¿qué provecho habría para las criaturas si no conociesen a su Hacedor? ¿O cómo podrían ser racionales sin conocer al Logos (y Razón) del Padre, en quien recibieron su mismo ser? Porque nada habría que las distinguiese siquiera de las criaturas irracionales, si no tuviesen conocimiento sino de las cosas terrenas. Más aún, ¿para qué las hizo Dios, si no deseaba ser conocido por ellas?
    3. Por lo cual, para que esto no fuese así, siendo bueno, les da participación en su propia Imagen, nuestro Señor Jesucristo, y los hace conforme a su propia Imagen y conforme a su semejanza; para que, percibiendo por tal gracia la Imagen, esto es, el Logos del Padre, puedan por medio de Él llegar a concebir al Padre y, conociendo a su Hacedor, vivir la vida feliz y verdaderamente bienaventurada.
    4. Pero los hombres, una vez más, en su perversidad, habiendo tenido en nada, pese a todo esto, la gracia que se les había dado, rechazaron tan por entero a Dios y oscurecieron de tal modo su alma, que no solo olvidaron su concepción de Dios, sino que además forjaron para sí una invención tras otra. Pues no solo esculpieron ídolos para sí, en lugar de la verdad, y honraron las cosas que no son en lugar del Dios viviente, y dieron culto a la criatura antes que al Creador, sino que, lo peor de todo, trasladaron el honor de Dios aun a maderos y piedras, y a todo objeto material, y a los hombres, y fueron todavía más allá de esto, como dijimos en el tratado anterior.
    5. Tan lejos llegó, en efecto, su impiedad, que procedieron a adorar a los demonios y los proclamaron dioses, cumpliendo sus propios deseos. Pues ofrecían, como se dijo arriba, sacrificios de animales irracionales y sacrificios de hombres, como les correspondía, atándose así con mayor rapidez bajo sus inspiraciones enloquecedoras.
    6. Por esta causa también se enseñaron entre ellos las artes mágicas, y los oráculos, en diversos lugares, extraviaban a los hombres; y todos los hombres atribuían a las estrellas y a todos los cuerpos celestes las influencias de su nacimiento y de su existencia, sin pensar en nada más allá de lo visible.
    7. Y, en una palabra, todo estaba lleno de impiedad e iniquidad, y solo Dios y su Logos eran desconocidos, aunque Él no se había ocultado de la vista de los hombres ni les había dado el conocimiento de Sí mismo de una sola manera; sino que, por el contrario, se lo había manifestado bajo muchas formas y por muchos caminos.

    § 12

    1. Pues aunque la gracia de la Imagen divina bastaba por sí misma para dar a conocer a Dios el Logos, y por medio de Él al Padre, sin embargo Dios, conociendo la debilidad de los hombres, proveyó aun para su negligencia: de modo que, si no cuidaban de conocer a Dios por sí mismos, pudiesen por las obras de la creación librarse de la ignorancia del Hacedor.
    2. Pero puesto que la negligencia de los hombres desciende poco a poco a cosas más bajas, Dios proveyó de nuevo aun para esta debilidad suya, enviando una Ley y Profetas, hombres como los que ellos conocían, para que, aun si no estaban dispuestos a alzar los ojos al cielo y conocer a su Creador, recibiesen instrucción de quienes tenían cerca. Pues los hombres pueden aprender más directamente de los hombres acerca de las cosas más elevadas.
    3. Así les era posible, contemplando la altura del cielo y percibiendo la armonía de la creación, conocer a su Gobernante, el Logos del Padre, quien, mediante su propia providencia sobre todas las cosas, da a conocer a todos al Padre y, para este fin, mueve todas las cosas, a fin de que por medio de Él todos conozcan a Dios.
    4. O bien, si esto les resultaba excesivo, les era posible al menos encontrarse con los hombres santos y aprender por medio de ellos acerca de Dios, el Hacedor de todas las cosas, el Padre de Cristo; y que el culto de los ídolos es ateísmo y está lleno de toda impiedad.
    5. O también les era posible, con solo conocer la Ley, cesar de toda iniquidad y vivir una vida virtuosa. Pues la Ley no fue dada solo a los judíos, ni los Profetas fueron enviados únicamente para ellos, sino que, aunque enviados a los judíos y perseguidos por los judíos, eran para todo el mundo una santa escuela del conocimiento de Dios y de la conducta del alma.
    6. Siendo, pues, tan grandes la bondad y la benignidad de Dios, sin embargo los hombres, vencidos por los placeres del momento y por las ilusiones y engaños enviados por los demonios, no alzaron sus cabezas hacia la verdad, sino que se cargaron aún más de males y pecados, hasta no parecer ya racionales, sino que, por sus caminos, habían de ser tenidos por carentes de razón.

    El retrato restaurado (§§ 13–14)

    § 13

    1. Así pues, habiéndose embrutecido de tal modo los hombres, y habiendo el engaño demoníaco oscurecido así todo lugar y ocultado el conocimiento del Dios verdadero, ¿qué había de hacer Dios? ¿Guardar aún silencio ante cosa tan grande, y sufrir que los hombres fuesen extraviados por los demonios y no conociesen a Dios?
    2. ¿Y qué utilidad había en que el hombre hubiese sido hecho originalmente a imagen de Dios? Pues le habría sido mejor haber sido hecho sencillamente como animal bruto, que, habiendo sido hecho racional, vivir la vida de las bestias.
    3. ¿O qué necesidad había en absoluto de que recibiese desde el principio la idea de Dios? Pues, si ni aun ahora es apto para recibirla, mejor habría sido que no le fuese dada al principio.
    4. ¿O qué provecho para Dios, que los hizo, o qué gloria para Él podía haber, si los hombres, hechos por Él, no le adoran, sino que piensan que otros son sus hacedores? Pues así se demuestra que Dios los hizo para otros en vez de para sí mismo.
    5. Una vez más, ni siquiera un rey meramente humano permite que las tierras que ha colonizado pasen a servir a otros, ni que se sometan a otros hombres; antes bien, los amonesta por cartas y con frecuencia les envía mensajeros por medio de amigos, o, si es necesario, viene él mismo, para reprenderlos finalmente con su presencia, a fin de que no sirvan a otros y su propia obra no se malogre en vano.
    6. ¿No perdonará Dios mucho más a sus propias criaturas, para que no sean extraviadas lejos de Él y sirvan a cosas de nada? Sobre todo, puesto que tal extravío es causa de su ruina y destrucción, y puesto que era impropio que pereciesen quienes una vez habían sido partícipes de la imagen de Dios.
    7. ¿Qué había, pues, de hacer Dios? ¿O qué se había de hacer sino renovar aquello que estaba a imagen de Dios, para que por ello los hombres pudiesen una vez más conocerle? Mas ¿cómo podía esto suceder sino por la presencia de la Imagen misma de Dios, nuestro Señor Jesucristo? Pues por medio de los hombres era imposible, ya que no han sido hechos sino según una imagen; ni tampoco por medio de los ángeles, pues ni siquiera ellos son imágenes de Dios. Por eso el Logos de Dios vino en persona, para que, siendo Él la Imagen del Padre, pudiese crear de nuevo al hombre según la imagen.
    8. Pero, además, esto no podía suceder de otro modo si no eran suprimidas la muerte y la corrupción.
    9. Por tanto, tomó, con natural conveniencia, un cuerpo mortal, para que en él la muerte fuese destruida de una vez para siempre, y los hombres hechos según su Imagen fuesen renovados una vez más. Nadie otro, pues, bastaba para esta necesidad, sino la Imagen del Padre.

    § 14

    1. Pues así como, cuando la imagen pintada sobre una tabla ha sido borrada por manchas venidas de fuera, aquel cuya imagen es debe necesariamente venir de nuevo para que el retrato sea renovado sobre la misma madera —pues, por causa de su imagen, ni siquiera se desecha la mera madera sobre la cual está pintada, sino que sobre ella se renuevan los rasgos—;
    2. de la misma manera también el santísimo Hijo del Padre, siendo la Imagen del Padre, vino a nuestra región para renovar al hombre hecho una vez a su semejanza, y hallarlo, como perdido, mediante la remisión de los pecados; según dice Él mismo en los Evangelios: Vine a buscar y a salvar lo que se había perdido. Por lo cual dijo también a los judíos: Si un hombre no nace de nuevo, no entendiendo, como ellos pensaban, el nacimiento de mujer, sino hablando del alma nacida y creada de nuevo a semejanza de la imagen de Dios.
    3. Pero puesto que la desenfrenada idolatría y la impiedad ocupaban el mundo, y el conocimiento de Dios estaba oculto, ¿a quién correspondía enseñar al mundo acerca del Padre? ¿Al hombre, quizá se diría? Pero no estaba en poder del hombre penetrar por doquier bajo el sol; pues ni tenían fuerza corporal para recorrer tanto, ni podrían obtener crédito en esta materia, ni bastaban por sí mismos para resistir el engaño y las imposturas de los espíritus malignos.
    4. Pues cuando todos estaban heridos y confundidos en el alma por el engaño demoníaco y la vanidad de los ídolos, ¿cómo les era posible ganar para sí el alma y la mente del hombre —cuando ni siquiera pueden verlas? ¿O cómo puede un hombre convertir aquello que no ve?
    5. Pero quizá alguien diría que la creación bastaba; mas, si la creación hubiese bastado, nunca habrían llegado a suceder estos grandes males. Pues la creación ya estaba allí, y, sin embargo, los hombres se arrastraban en el mismo error acerca de Dios.
    6. ¿Quién, pues, era necesario, sino el Logos de Dios, que ve tanto el alma como la mente, y da movimiento a todas las cosas en la creación, y por medio de ellas da a conocer al Padre? Pues Aquel que por su propia Providencia y ordenamiento de todas las cosas enseñaba a los hombres acerca del Padre, Él era quien podía también renovar esta misma enseñanza.
    7. ¿Cómo, pues, podría haberse hecho esto? Quizá alguien diría que estaban abiertos los mismos medios que antes, para que Él manifestase una vez más la verdad acerca del Padre por medio de la obra de la creación. Pero este ya no era un medio seguro. Muy al contrario; pues los hombres no alcanzaron a verlo antes, y han vuelto sus ojos, no ya hacia arriba, sino hacia abajo.
    8. Por esta causa, queriendo beneficiar a los hombres, hace aquí su estancia como hombre, tomando para sí un cuerpo semejante al de los demás, y por las cosas de la tierra, esto es, por las obras de su cuerpo [les enseña], para que aquellos que no quisieron conocerle por su Providencia y su gobierno de todas las cosas conozcan, aun por las obras realizadas por su propio cuerpo, al Logos de Dios que está en el cuerpo, y por medio de Él al Padre.
    Comentario editorial · La imagen del retrato y sus límites
    La analogía es exacta en un punto y silenciosa en otro. Explica bien por qué hacía falta la presencia del original —solo el rostro puede regenerar su propio retrato— y por qué la tabla no se desecha, es decir, por qué la salvación es restauración de esta humanidad y no sustitución por otra. Pero no dice nada sobre la voluntad del retratado, que es lo que el § 8 había introducido con el lenguaje del ofrecimiento. Atanasio alterna analogías sin intentar un sistema; el lector debe sostener juntos ambos registros.

    Enseñar por medio del cuerpo (§§ 15–16)

    § 15

    1. Pues así como un buen maestro, que cuida de sus discípulos, si algunos de ellos no pueden aprovecharse de materias más elevadas, desciende a su nivel y les enseña, al menos, por medios más sencillos; así también obró el Logos de Dios. Como dice asimismo Pablo: Porque, viendo que en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios por su sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la necedad de la predicación (
      ).
    2. Pues, viendo que los hombres, habiendo rechazado la contemplación de Dios y con los ojos vueltos hacia abajo, como sumidos en el abismo, andaban buscando a Dios en la naturaleza y en el mundo sensible, fingiendo para sí dioses de hombres mortales y de demonios; para este fin el Salvador amoroso y común de todos, el Logos de Dios, toma para Sí un cuerpo y, como Hombre, camina entre los hombres y sale al encuentro de los sentidos de todos los hombres, a fin de que quienes piensan que Dios es corpóreo puedan, por lo que el Señor obra mediante su cuerpo, percibir la verdad y, por medio de Él, reconocer al Padre.
    3. Así, hombres como eran, y humanos en todos sus pensamientos, cualesquiera que fuesen los objetos sobre los que fijaban sus sentidos, allí se veían salidos al encuentro y enseñados en la verdad desde todas partes.
    4. Pues si miraban con reverencia la Creación, veían, sin embargo, cómo ella confesaba a Cristo como Señor; o si su mente se inclinaba hacia los hombres hasta tenerlos por dioses, con todo, por las obras del Salvador —si las comparaban—, solo el Salvador aparecía entre los hombres como Hijo de Dios; pues entre los demás no se obraron tales obras como las que ha obrado el Logos de Dios.
    5. O si estaban inclinados aun hacia los espíritus malignos, al verlos expulsados por el Logos, debían conocer que solo Él, el Logos de Dios, era Dios, y que los espíritus no eran nada.
    6. O si su mente había descendido ya hasta los muertos, de modo que adoraban a los héroes y a los dioses de quienes hablan los poetas, al ver la resurrección del Salvador, debían confesar que aquellos eran dioses falsos, y que solo el Señor es verdadero, el Logos del Padre, que era Señor aun de la muerte.
    7. Por esta causa nació y se manifestó como Hombre, y murió y resucitó, empañando y arrojando a la sombra, mediante sus propias obras, las obras de todos los hombres anteriores, para que, hacia cualquier lado que se inclinase el sesgo de los hombres, desde allí los hiciese volver y les enseñase acerca de su propio y verdadero Padre, como Él mismo dice: Vine a salvar y a hallar lo que se había perdido.

    § 16

    1. Pues habiendo descendido finalmente la mente de los hombres a las cosas sensibles, el Logos se ocultó apareciendo en un cuerpo, para que, como Hombre, atrajese a los hombres hacia Sí mismo y centrase en Sí mismo sus sentidos, y para que, viéndole desde entonces como Hombre, los persuadiese por las obras que hacía de que no es solamente Hombre, sino también Dios, y el Logos y Sabiduría del verdadero Dios.
    2. Esto también es lo que Pablo pretende mostrar cuando dice: Que, arraigados y cimentados en amor, seáis fortalecidos para comprender con todos los santos cuál sea la anchura y la longitud, y la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos hasta toda la plenitud de Dios.
    3. Pues al revelarse el Logos por doquier, tanto arriba como abajo, y en la profundidad y en la anchura —arriba, en la creación; abajo, al hacerse hombre; en la profundidad, en el Hades; y en la anchura, en el mundo—, todas las cosas han sido llenadas del conocimiento de Dios.
    4. Ahora bien, por esta causa tampoco, inmediatamente después de venir, consumó su sacrificio por todos, entregando su cuerpo a la muerte y resucitándolo de nuevo; pues de este modo se habría hecho invisible. Pero se hizo suficientemente visible por lo que hizo, permaneciendo en él y realizando tales obras, y mostrando tales señales, que ya no le dieron a conocer como Hombre, sino como Dios el Logos.
    5. Pues al hacerse Hombre, el Salvador había de realizar ambas obras de amor: primeramente, apartar de nosotros la muerte y renovarnos de nuevo; en segundo lugar, siendo no visto e invisible, manifestarse y darse a conocer por sus obras como el Logos del Padre, y el Gobernante y Rey del universo.

    El Verbo no queda encerrado en el cuerpo (§§ 17–19)

    § 17

    1. Pues Él no estaba, como pudiera imaginarse, circunscrito en el cuerpo; ni, estando presente en el cuerpo, estaba ausente en otra parte; ni, mientras movía el cuerpo, quedaba el universo privado de su operación y Providencia; sino que —cosa en extremo maravillosa—, siendo Logos, lejos de estar contenido por cosa alguna, Él mismo contenía más bien todas las cosas; y así como, estando presente en toda la Creación, es a la vez distinto del universo en su ser y presente en todas las cosas por su propio poder —dando orden a todas las cosas y revelando sobre todas y en todas su propia providencia, y dando vida a cada cosa y a todas las cosas, abarcando el todo sin ser abarcado, sino estando solamente en su propio Padre, por entero y en todos los respectos—,
    2. así también, aun estando presente en un cuerpo humano y vivificándolo Él mismo, vivificaba sin contradicción asimismo el universo, y se hallaba en toda operación de la naturaleza, y estaba fuera del todo; y, aunque era conocido por el cuerpo mediante sus obras, no por ello dejaba de manifestarse también por la operación del universo.
    3. Ahora bien, es propio del alma contemplar incluso lo que está fuera de su propio cuerpo mediante los actos del pensamiento, sin por ello obrar fuera de su propio cuerpo ni mover con su presencia las cosas alejadas del cuerpo. Nunca, es decir, un hombre, por pensar en cosas distantes, las mueve o desplaza por ese mismo hecho; ni, si un hombre se sentase en su propia casa y razonase acerca de los cuerpos celestes, por ello movería el sol o haría girar los cielos. Pero ve que se mueven y que existen, sin poder en realidad influir sobre ellos.
    4. Ahora bien, el Logos de Dios en su naturaleza humana no era así; pues no estaba ligado a su cuerpo, sino que Él mismo lo gobernaba, de modo que no solo estaba en él, sino que estaba realmente en todas las cosas y, siendo exterior al universo, moraba solamente en su Padre.
    5. Y esto era lo maravilloso: que a la vez caminaba como hombre y, como Logos, vivificaba todas las cosas, y, como Hijo, moraba con su Padre. De modo que ni siquiera cuando la Virgen lo llevó en su seno sufrió cambio alguno, ni por estar en el cuerpo se oscureció [su gloria]; sino que, por el contrario, santificó también el cuerpo.
    6. Pues ni siquiera por estar en el universo participa de su naturaleza; antes bien, todas las cosas son vivificadas y sostenidas por Él.
    7. Pues si aun el sol, que fue hecho por Él y que vemos, al girar en el cielo, no es mancillado por tocar los cuerpos de la tierra, ni es extinguido por las tinieblas, sino que, por el contrario, él mismo los ilumina y también los limpia, mucho menos fue mancillado el santísimo Logos de Dios, Hacedor y Señor asimismo del sol, por darse a conocer en el cuerpo; antes bien, siendo incorruptible, vivificó y limpió también el cuerpo, que por sí mismo era mortal: el cual no cometió, pues así dice, pecado, ni se halló engaño en su boca (
      ).
    Comentario editorial · Un pasaje de larga descendencia
    La afirmación de que el Verbo, estando en el cuerpo, sigue llenando el universo tendrá una historia extensa: reaparece en las controversias cristológicas del siglo V y, mucho después, en la discusión reformada sobre lo que los luteranos llamaron despectivamente extra Calvinisticum.15 Conviene notar que Atanasio no lo formula como concesión a una dificultad, sino como afirmación positiva: la encarnación no es una limitación asumida por el Verbo, sino una presencia añadida sin sustracción de las otras.

    § 18

    1. Por consiguiente, cuando los escritores inspirados hablan de Él en esta materia como de quien come y nace, entiende que el cuerpo, en cuanto cuerpo, nació y fue sustentado con alimento correspondiente a su naturaleza, mientras que Dios, el Logos mismo, que estaba unido al cuerpo, al ordenar todas las cosas, mostró también por las obras que realizó en el cuerpo que no era hombre, sino Dios el Logos. Pero estas cosas se dicen de Él porque el cuerpo mismo que comió, nació y padeció no pertenecía sino al Señor; y porque, habiéndose hecho hombre, convenía que tales cosas se predicasen de Él como hombre, para mostrar que tenía cuerpo en verdad y no en apariencia.
    2. Pero así como por estas cosas fue conocido como corporalmente presente, así también por las obras que hizo en el cuerpo se dio a conocer como Hijo de Dios. Por lo cual clamó también a los judíos incrédulos; Si no hago las obras de Mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a Mí, creed a Mis obras; para que conozcáis y entendáis que el Padre está en Mí, y Yo en el Padre.
    3. Pues así como, aun siendo invisible, es conocido por las obras de la creación; así también, habiéndose hecho hombre y estando invisible en el cuerpo, puede conocerse por sus obras que Aquel que puede hacer estas cosas no es hombre, sino el Poder y Logos de Dios.
    4. Pues el hecho de que Él conmine a los espíritus malignos y estos sean expulsados no es obra de hombre, sino de Dios. ¿O quién, al verle sanar las enfermedades a que está sujeto el género humano, puede aún pensar que es hombre y no Dios? Pues limpió leprosos, hizo andar a cojos, abrió el oído de sordos, hizo ver de nuevo a ciegos y, en una palabra, ahuyentó de los hombres toda enfermedad y dolencia; por cuyos actos aun el más simple observador podía ver su Divinidad. Pues ¿quién, al verle devolver a los hombres nacidos faltos aquello de que carecían, y abrir los ojos del hombre ciego desde su nacimiento, dejaría de percibir que la naturaleza de los hombres le estaba sometida y que Él era su Artífice y Hacedor? Porque Aquel que restituyó lo que el hombre no tenía desde su nacimiento debe ser, es ciertamente evidente, también el Señor del nacimiento natural de los hombres.
    5. Por tanto, incluso desde el comienzo, cuando descendía a nosotros, formó para Sí su cuerpo de una Virgen, proporcionando así a todos no pequeña prueba de su Divinidad, puesto que Aquel que formó este es también Hacedor de todo lo demás. Pues ¿quién, al ver un cuerpo que procede de una Virgen sola, sin varón, puede dejar de inferir que Aquel que aparece en él es también Hacedor y Señor de los demás cuerpos?
    6. ¿O quién, al ver la sustancia del agua cambiada y transformada en vino, deja de percibir que Aquel que hizo esto es Señor y Creador de la sustancia de todas las aguas? Pues para este fin anduvo también sobre el mar como Señor suyo, y caminó como sobre tierra seca, para ofrecer a quienes lo vieron prueba de su señorío sobre todas las cosas. Y al alimentar a tan vasta multitud con tan poco, y al producir por Sí mismo abundancia donde no la había, de modo que con cinco panes cinco mil tuvieron bastante y sobró aún tanto, ¿acaso se mostró ser otro que el Señor mismo, cuya Providencia está sobre todas las cosas?

    § 19

    1. Pero pareció bien al Salvador hacer todas estas cosas, para que, puesto que los hombres no habían llegado a conocer su Providencia, revelada en el universo, ni a percibir su Divinidad manifestada en la creación, recobrasen al menos la vista por las obras de su cuerpo y, por medio de Él, recibiesen una idea del conocimiento del Padre, infiriendo, como dije antes, de los casos particulares su Providencia sobre el todo.
    2. Pues ¿quién que haya visto su poder sobre los espíritus malignos, o quién que haya visto a los espíritus malignos confesar que Él era su Señor, mantendrá por más tiempo su mente en duda acerca de si este es el Hijo, la Sabiduría y el Poder de Dios?
    3. Pues hizo que hasta la creación rompiese su silencio: por cuanto, aun en su muerte —maravilloso es decirlo, o más bien en su mismo Trofeo sobre la muerte, quiero decir, la Cruz—, toda la creación confesaba que Aquel que se había manifestado y padecido en el cuerpo no era meramente hombre, sino el Hijo de Dios y Salvador de todos. Pues el sol ocultó su rostro, y la tierra tembló, y los montes se hendieron; todos los hombres quedaron sobrecogidos. Ahora bien, estas cosas mostraban que Cristo en la Cruz era Dios, mientras toda la creación era su sierva y atestiguaba con su temor la presencia de su Señor. Así, pues, Dios el Logos se manifestó a los hombres por sus obras. Pero nuestro siguiente paso ha de ser referir y hablar del fin de su vida y curso corporal, y de la naturaleza de la muerte de su cuerpo; especialmente porque este es el compendio de nuestra fe, y todos los hombres sin excepción están llenos de ello; para que sepas que tampoco por esto Cristo es conocido en modo alguno menos como Dios y como Hijo de Dios.
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    Ampliación opcional: la ausencia del alma humana de Cristo
    Un lector atento notará que en todo este bloque Atanasio distribuye los predicados entre «el Verbo» y «el cuerpo», sin mencionar un alma humana de Cristo como sujeto de nada. Este silencio ha sido uno de los puntos más discutidos de la obra: para algunos indica una cristología de tipo Verbo-carne que, llevada a sus consecuencias, desembocaría en el apolinarismo; para otros se trata de un silencio de contexto, no de doctrina, en un tratado escrito antes de que la cuestión del alma de Cristo se planteara como problema.16 Atanasio afirmará explícitamente el alma humana de Cristo en escritos posteriores, lo que favorece la segunda lectura, pero no elimina la dificultad de estos capítulos tomados en sí mismos.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura

    Cuarta parte — La muerte en la cruz (§§ 20–26)

    Por qué la muerte era necesaria (§§ 20–21)

    § 20

    1. Hemos expuesto, pues, ahora en parte, hasta donde fue posible y hasta donde nosotros mismos pudimos comprender, la razón de su aparición en el cuerpo: que nadie más tenía poder para transformar lo corruptible en incorrupción, sino el Salvador mismo, que desde el principio hizo todas las cosas de la nada; y que nadie más podía crear de nuevo para los hombres la semejanza de la imagen de Dios, sino la Imagen del Padre; y que nadie más podía hacer inmortal al mortal, sino nuestro Señor Jesucristo, que es la Vida misma; y que nadie más podía enseñar a los hombres acerca del Padre y destruir el culto de los ídolos, sino el Logos, que ordena todas las cosas y es el único verdadero Hijo unigénito del Padre.
    2. Pero puesto que era necesario también que fuese pagada la deuda que todos debían: pues, como ya he dicho, todos habían de morir, por cuya causa especial, en verdad, vino entre nosotros; con este fin, después de las pruebas de su Divinidad tomadas de sus obras, ofreció seguidamente también su sacrificio por todos, entregando su Templo a la muerte en lugar de todos, para declarar primeramente a los hombres absueltos y libres de su antigua transgresión, y además mostrarse más poderoso aun que la muerte, mostrando su propio cuerpo incorruptible, como primicias de la resurrección de todos.
    3. Y no te sorprenda que repitamos frecuentemente las mismas palabras acerca del mismo asunto. Pues, ya que hablamos del designio de Dios, exponemos por ello el mismo sentido bajo más de una forma, no sea que parezca que omitimos algo e incurramos en la acusación de un tratamiento insuficiente; pues es mejor exponerse al reproche de la repetición que omitir algo que debiera consignarse.
    4. El cuerpo, pues, al participar de la misma naturaleza que todos —pues era un cuerpo humano, aunque por un milagro sin par fue formado de una virgen solamente—, siendo sin embargo mortal, había de morir también, conforme a los de su misma condición. Pero, en virtud de la unión del Logos con él, ya no estaba sujeto a la corrupción según su propia naturaleza, sino que, por causa del Logos que había venido a habitar en él, fue puesto fuera del alcance de la corrupción.
    5. Y así aconteció que dos maravillas se realizaron a la vez: que la muerte de todos se consumase en el cuerpo del Señor, y que la muerte y la corrupción fuesen por completo reducidas a la nada a causa del Logos que estaba unido con él. Pues era necesaria la muerte, y era preciso padecer la muerte por todos, para que fuese pagada la deuda que todos debían.
    6. Por lo cual, como dije antes, el Logos, puesto que no le era posible morir, siendo inmortal, tomó para sí un cuerpo capaz de morir, a fin de ofrecerlo como propio en lugar de todos y, padeciendo por todos mediante su unión con él, redujese a la nada al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo; y librase a aquellos que, por el temor de la muerte, durante toda su vida estaban sujetos a servidumbre.

    § 21

    1. Por qué, ahora que el Salvador común de todos ha muerto por nosotros, nosotros, los fieles en Cristo, ya no morimos de la muerte como antes, conforme a la amenaza de la ley; pues esta condenación ha cesado; sino que, al cesar la corrupción y ser quitada por la gracia de la Resurrección, de aquí en adelante tan solo nos disolvemos, conforme a la naturaleza mortal de nuestros cuerpos, en el tiempo que Dios ha señalado para cada uno, a fin de que podamos alcanzar una resurrección mejor.
    2. Pues, como las semillas que son arrojadas a la tierra, no perecemos por la disolución, sino que, sembrados en la tierra, resucitaremos, habiendo sido la muerte reducida a la nada por la gracia del Salvador. Por esto el bienaventurado Pablo, que fue constituido garante de la Resurrección para todos, dice: Es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y que esto mortal se vista de inmortalidad; pero cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido absorbida en victoria. ¿Dónde, oh muerte, está tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, está tu victoria?
    3. ¿Por qué, entonces, podría decirse, si era necesario que entregase su cuerpo a la muerte en lugar de todos, no lo depuso privadamente, como hombre, en vez de llegar hasta ser crucificado? Pues le habría sido más conveniente deponer su cuerpo honorablemente que sufrir ignominiosamente una muerte semejante.
    4. Considera ahora —respondo yo— si tal objeción no es meramente humana, mientras que lo que hizo el Salvador es verdaderamente divino y, por muchas razones, digno de su Divinidad. Primeramente, porque la muerte que sobreviene a los hombres les llega conforme a la debilidad de su naturaleza; pues, incapaces de permanecer en un mismo estado, se disuelven con el tiempo. Por esto también les sobrevienen enfermedades, y enferman y mueren. Pero el Señor no es débil, sino que es el Poder de Dios, el Verbo de Dios y la Vida misma.
    5. Si, pues, hubiese depuesto su cuerpo en algún lugar privado y sobre un lecho, al modo de los hombres, se habría pensado que también Él hizo esto conforme a la debilidad de su naturaleza, y porque no había en Él nada más que en los demás hombres. Pero puesto que era, primeramente, la Vida y el Logos de Dios, y era necesario, en segundo lugar, que se consumase la muerte por todos, por esta causa, por una parte, puesto que Él era vida y poder, el cuerpo cobró fuerza en Él;
    6. mientras que, por otra, como era necesario que la muerte aconteciese, no la tomó Él mismo, sino que la recibió de manos de otros: la ocasión de consumar su sacrificio. Pues no era conveniente que el Señor enfermase, Él que sanaba las enfermedades de otros; ni tampoco era justo que aquel cuerpo perdiese su vigor, en el cual Él da vigor también a las debilidades de otros.
    7. ¿Por qué, entonces, no impidió la muerte, como impedía la enfermedad? Porque para esto tenía el cuerpo, y no era conveniente impedirla, no fuese que también la Resurrección quedase impedida; aunque era igualmente inconveniente que la enfermedad precediese a su muerte, para que no se pensase que había debilidad por parte de Aquel que estaba en el cuerpo. ¿Acaso no tuvo hambre? Sí; tuvo hambre, conforme a las propiedades de su cuerpo. Pero no pereció de hambre, a causa del Señor que lo llevaba. Por esto, aunque murió para rescatar a todos, no vio corrupción. Pues [su cuerpo] resucitó de nuevo en perfecta salud, ya que el cuerpo no pertenecía a ningún otro, sino a la Vida misma.
    Comentario editorial · La muerte como escenario probatorio
    La imagen del luchador que no elige a su contrincante explica una decisión que de otro modo parecería arbitraria: por qué la muerte de Cristo tenía que venirle de fuera. El argumento tiene una forma probatoria más que jurídica: se trata de que la victoria sea demostrable, no impugnable. Esta preocupación por la verificabilidad pública gobernará también los capítulos siguientes y culminará en los §§ 27-32, donde la prueba de la resurrección se buscará en hechos contemporáneos observables.

    Por qué una muerte pública (§§ 22–24)

    § 22

    1. Pero sería mejor, podría decirse, que se hubiese ocultado de las asechanzas de los judíos, para guardar enteramente Su cuerpo de la muerte. Ahora bien, dígase a quien tal cosa sostiene que esto tampoco era digno del Señor. Pues así como no era conveniente que el Logos de Dios, siendo la Vida, infligiese Él mismo la muerte a Su propio cuerpo, así tampoco era propio que huyese de la muerte que otros le ofrecían, sino más bien que la siguiese hasta reducirla a la nada; por esta causa, naturalmente, ni depuso Su cuerpo por Su propia voluntad ni, de nuevo, huyó de los judíos cuando estos deliberaban contra Él.
    2. Pero esto no mostraba debilidad por parte del Logos, sino que, por el contrario, lo mostraba como Salvador y Vida, en cuanto que aguardaba la muerte para destruirla y se apresuraba a consumar la muerte que se le ofrecía para salvación de todos.
    3. Y además, el Salvador vino a consumar no Su propia muerte, sino la muerte de los hombres; de donde no depuso Su cuerpo por una muerte propia (
      ) —pues Él era la Vida y no la tenía—, sino que recibió aquella muerte que venía de los hombres, a fin de reducirla por completo a la nada cuando lo encontrase en Su propio cuerpo.
    4. De nuevo, también por lo que sigue puede verse la conveniencia de que el cuerpo del Señor llegase a este fin. Pues el Señor se preocupaba especialmente por la resurrección del cuerpo que estaba destinado a obrar. Porque lo que había de hacer era manifestarlo como monumento de victoria sobre la muerte, y asegurar a todos que había obrado la abolición de la corrupción y, desde entonces, la incorrupción de sus cuerpos; como prenda de ello y prueba de la resurrección reservada para todos, ha conservado incorrupto Su propio cuerpo.
    5. Si, pues, una vez más, Su cuerpo hubiese enfermado y el Logos hubiese sido separado de él a la vista de todos, habría sido indigno que Aquel que sanaba las enfermedades de otros permitiese que Su propio instrumento se consumiese en la enfermedad. Pues ¿cómo se habría creído que expulsaba las enfermedades de otros, si Su propio templo enfermase en Él? (
      ) Porque o bien se habrían burlado de Él como incapaz de expulsar las enfermedades, o bien, si podía hacerlo y no lo hacía, se le habría tenido también por indiferente hacia los demás.

    § 23

    1. Pero aun si, sin enfermedad ni dolor alguno, hubiese ocultado su cuerpo en secreto y por sí mismo en un rincón (
      ), o en un lugar desierto, o en una casa, o en cualquier sitio, y después apareciese de repente y dijese que había resucitado de entre los muertos, habría parecido a todos que contaba fábulas vanas (
      ), y lo que decía acerca de la Resurrección habría sido tanto más desacreditado cuanto que no habría habido nadie en absoluto que diese testimonio de su muerte. Pues la muerte debe preceder a la resurrección, ya que no habría resurrección si no la precediese la muerte; de suerte que, si la muerte de su cuerpo hubiese tenido lugar secretamente en algún sitio, sin hacerse manifiesta ni acontecer ante testigos, también su Resurrección habría quedado oculta y sin prueba.
    2. ¿O por qué, una vez resucitado, al proclamar la Resurrección, habría de hacer que su muerte aconteciese en secreto? ¿O por qué, mientras expulsaba espíritus malignos en presencia de todos, y devolvía la vista al hombre ciego de nacimiento, y convertía el agua en vino, para que por tales obras se creyese que era el Logos de Dios, no habría de manifestar ante todos su naturaleza mortal como incorruptible, para que se creyese que Él mismo era la Vida?
    3. ¿O cómo habrían de tener sus discípulos denuedo al hablar de la Resurrección, si no podían decir que Él había muerto primero? ¿O cómo se les habría de creer cuando afirmaban que primero tuvo lugar la muerte y luego la Resurrección, si no hubiesen tenido por testigos de su muerte a los hombres ante quienes hablaban con denuedo? Pues si, aun tal como sucedieron las cosas, cuando su muerte y Resurrección habían tenido lugar a la vista de todos, los fariseos de aquel tiempo no creyeron, sino que obligaron incluso a quienes habían visto la Resurrección a negarla, ¿cuántos pretextos para no creer habrían urdido si estas cosas hubiesen sucedido en secreto?
    4. ¿O cómo podría demostrarse el fin de la muerte y la victoria sobre ella, si, desafiándola ante los ojos de todos, no hubiese mostrado que estaba muerta, anulada para el porvenir por la incorrupción de su cuerpo?

    § 24

    1. Pero hemos de adelantarnos a responder también a lo que otros pudieran decir. Pues quizá alguno diga incluso lo siguiente: Si era necesario que su muerte tuviese lugar ante todos y con testigos, para que también se creyese el relato de su Resurrección, habría sido mejor, en todo caso, que se hubiera procurado una muerte gloriosa, siquiera para escapar a la ignominia de la Cruz.
    2. Pero, aun si hubiese hecho esto, habría dado motivo para sospechar de sí mismo, como si no tuviera poder contra toda muerte, sino solamente contra la muerte que se había procurado; y así, una vez más, habría igualmente pretexto para no creer en la Resurrección. Por tanto, la muerte vino sobre su cuerpo, no de sí mismo, sino por designios hostiles, a fin de que, cualquiera que fuese la muerte que ofreciesen al Salvador, Él la aniquilase por completo.
    3. Y así como un noble luchador, grande en destreza y valor, no escoge por sí mismo a sus adversarios, no sea que suscite la sospecha de temer a alguno de ellos, sino que lo deja a elección de los espectadores, y más especialmente si resultan ser sus enemigos, para que, contra quienquiera que le enfrenten, a ese derribe y sea tenido por superior a todos; así también la Vida de todos, nuestro Señor y Salvador, Cristo mismo, no ideó una muerte para su propio cuerpo, a fin de no parecer que temía alguna otra muerte; sino que aceptó en la Cruz y soportó una muerte infligida por otros, y sobre todo por sus enemigos, la cual ellos juzgaban terrible, ignominiosa e imposible de afrontar; para que, destruida también esta, se creyese que Él mismo es la Vida, y el poder de la muerte fuese reducido a la nada.
    4. De este modo ha sucedido algo sorprendente y pasmoso; pues la muerte que pensaban infligir como deshonra vino a ser en verdad un monumento de victoria contra la muerte misma. Por lo cual tampoco padeció la muerte de Juan, con la cabeza cercenada, ni, como Isaías, fue aserrado en dos; a fin de que aun en la muerte conservara su cuerpo indiviso y en perfecta integridad, y no se diera pretexto a quienes pretendieran dividir la Iglesia.

    Por qué precisamente la cruz (§ 25)

    § 25

    1. Y baste esto en respuesta a los de fuera que acumulan argumentos para sí mismos. Pero si alguno de los nuestros pregunta también, no por amor de disputar, sino por amor de aprender, por qué padeció la muerte de ningún otro modo sino en la Cruz, dígasele asimismo que ningún otro modo fuera bueno para nosotros, y que estuvo bien que el Señor padeciese esto por nosotros.
    2. Pues si Él mismo vino a llevar la maldición impuesta sobre nosotros, ¿de qué otro modo podría haber llegado a ser maldición (
      ), si no recibía la muerte destinada a la maldición? Y esa es la Cruz. Pues exactamente esto está escrito: Maldito aquel que es colgado en un madero (
      ).
    3. Además, si la muerte del Señor es rescate de todos, y por Su muerte la pared intermedia de separación es derribada (
      ), y se lleva a efecto el llamamiento de las naciones, ¿cómo nos habría llamado a Sí, si no hubiese sido crucificado? Pues solo en la cruz muere un hombre con las manos extendidas. De donde convenía que el Señor padeciese también esto y extendiese Sus manos, para que con la una atrajese al pueblo antiguo, y con la otra a los procedentes de los gentiles, y uniese a ambos en Sí mismo.
    4. Pues esto es lo que Él mismo ha dicho, significando por qué clase de muerte había de rescatar a todos: Y Yo, cuando fuere levantado, dice, atraeré a todos hacia Mí (
      ).
    5. Y una vez más, si el diablo, enemigo de nuestra raza, habiendo caído del cielo, vaga por nuestra región inferior del aire, y allí ejerce señorío sobre sus espíritus compañeros, iguales suyos en la desobediencia, no solo obra engaños por medio de ellos en los que son seducidos, sino que trata de impedir a quienes suben (y acerca de esto dice el Apóstol: Conforme al príncipe de la potestad del aire, del espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia ); mientras que el Señor vino a derribar al diablo, a despejar el aire y a prepararnos el camino para subir al cielo, como dijo el Apóstol: Por el velo, esto es, Su carne (
      ) —y esto había de hacerse necesariamente por la muerte—, ¿por qué otro género de muerte podía realizarse sino por una que tuviese lugar en el aire, quiero decir, la cruz? Pues solo quien muere en la cruz muere en el aire. De donde fue enteramente conveniente que el Señor padeciese esta muerte.
    6. Pues así, al ser levantado, despejó el aire de la maldad tanto del diablo como de demonios de toda especie, según dice: Contemplaba a Satanás caer del cielo como un rayo; y abrió de nuevo el camino para subir al cielo, como otra vez dice: Alzad vuestras puertas, oh príncipes, y alzaos, puertas eternas. Pues no era el Verbo mismo quien necesitaba que se abriesen las puertas, siendo Señor de todas las cosas; ni ninguna de Sus obras estaba cerrada a su Hacedor; sino nosotros éramos quienes lo necesitábamos, nosotros a quienes llevó arriba en Su propio cuerpo. Pues así como lo ofreció a la muerte por todos, así también por medio de él nos preparó de nuevo el camino hacia los cielos.
    Comentario editorial · Tres razones para la cruz, de distinto peso
    Atanasio ofrece aquí tres argumentos que conviene no confundir. El primero es escriturístico y sólido: la cruz es la muerte de maldición, y solo asumiéndola se lleva la maldición. El segundo es tipológico: los brazos extendidos como gesto de reunión de judíos y gentiles, lectura que depende de una imagen y no de un texto. El tercero es cosmológico y es hijo de su época: la muerte en el aire purifica el aire, dominio del príncipe de la potestad aérea. Un lector moderno puede recibir el primero, apreciar el segundo como lectura simbólica y situar el tercero dentro de una cosmología que ya no compartimos, sin que ello afecte al argumento central del tratado.

    El tercer día (§ 26)

    § 26

    1. La muerte en la Cruz, pues, se ha mostrado para nosotros decorosa y conveniente, y se ha demostrado que su causa es razonable en todos los aspectos; y con justicia puede sostenerse que de ningún otro modo sino por la Cruz era recto que se llevara a cabo la salvación de todos. Pues ni siquiera así —ni siquiera en la Cruz— se dejó Él oculto; sino muy al contrario, mientras hacía que la creación diese testimonio de la presencia de su Hacedor, no permitió que el templo de su cuerpo permaneciese mucho tiempo, sino que, habiendo mostrado meramente que estaba muerto por el contacto de la muerte con él, lo resucitó inmediatamente al tercer día, llevando consigo, como señal de victoria y triunfo sobre la muerte, la incorrupción y la impasibilidad que resultaron para su cuerpo.
    2. Pues podía, incluso inmediatamente después de morir, haber resucitado su cuerpo y haberlo mostrado vivo; pero tampoco esto lo hizo el Salvador, con sabia previsión. Pues alguien habría podido decir que no había muerto en absoluto, o que la muerte no había llegado a entrar en perfecto contacto con Él, si hubiese manifestado enseguida la Resurrección.
    3. Quizá, además, si el intervalo entre su muerte y su resurrección hubiese sido solamente de dos días, la gloria de su incorrupción habría quedado oscura. Así pues, para que se demostrase que el cuerpo estaba muerto, el Logos demoró todavía un día intermedio, y al tercero lo mostró incorruptible a todos.
    4. Por tanto, para que se demostrase la muerte en la Cruz, resucitó su cuerpo al tercer día.
    5. Pero para que, al resucitarlo después de haber permanecido largo tiempo y haberse corrompido por completo, no se le dejase de creer, como si lo hubiese cambiado por algún otro cuerpo —pues un hombre podría también, por el transcurso del tiempo, desconfiar de lo que veía y olvidar lo que había sucedido—, por esta causa no esperó más de tres días; ni mantuvo largo tiempo en suspenso a aquellos a quienes había hablado de la Resurrección:
    6. sino que, mientras la palabra aún resonaba en sus oídos, sus ojos seguían expectantes y su mente estaba en suspenso, y mientras quienes le habían dado muerte todavía vivían sobre la tierra, estaban presentes y podían dar testimonio de la muerte del cuerpo del Señor, el propio Hijo de Dios, después de un intervalo de tres días, mostró su cuerpo, antes muerto, inmortal e incorruptible; y se hizo manifiesto para todos que el cuerpo no había muerto por debilidad natural alguna del Logos que moraba en él, sino para que en él la muerte fuese reducida a la nada por el poder del Salvador.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura

    Quinta parte — La resurrección y sus pruebas (§§ 27–32)

    La muerte vencida (§§ 27–29)

    § 27

    1. Pues que la muerte ha sido destruida, y que la Cruz se ha convertido en victoria sobre ella, y que ya no tiene poder alguno, sino que en verdad está muerta, de ello no es pequeña prueba, o más bien evidente garantía, el que sea despreciada por todos los discípulos de Cristo, y que todos ellos arremetan contra ella y ya no la teman; antes bien, por la señal de la Cruz y por la fe en Cristo, la pisoteen como muerta.
    2. Porque antiguamente, antes de que tuviese lugar la estancia divina del Salvador, la muerte era terrible aun para los santos, y todos lloraban a los muertos como si hubiesen perecido. Pero ahora que el Salvador ha resucitado su cuerpo, la muerte ya no es terrible; pues todos los que creen en Cristo la hollan como cosa de nada, y prefieren morir antes que negar su fe en Cristo. Pues saben de cierto que, cuando mueren, no son destruidos, sino que verdaderamente [comienzan a] vivir y se hacen incorruptibles por la Resurrección.
    3. Y aquel diablo que una vez se regocijaba malignamente en la muerte, ahora que sus dolores han sido desatados, ha quedado como el único verdaderamente muerto. Y prueba de ello es que, antes de creer en Cristo, los hombres ven en la muerte un objeto de terror y se acobardan ante ella. Pero cuando se han pasado a la fe y a la enseñanza de Cristo, es tan grande su desprecio de la muerte que incluso se lanzan ansiosamente sobre ella y se hacen testigos de la Resurrección que el Salvador ha obrado contra ella. Pues, aun siendo tiernos en años, se apresuran a morir; y no solo los hombres, sino también las mujeres, se ejercitan contra ella mediante la disciplina corporal. Tan débil se ha vuelto, que aun las mujeres que antes eran engañadas por ella ahora se burlan de ella como de muerta y paralizada.
    4. Pues así como, cuando un tirano ha sido vencido por un verdadero rey y atado de pies y manos, todos los que pasan se mofan de él, golpeándolo e injuriándolo, sin temer ya su furia y barbarie a causa del rey que lo ha vencido; así también, habiendo sido la muerte vencida y expuesta por el Salvador en la Cruz, y atada de pies y manos, todos los que están en Cristo, al pasar, la pisotean y, dando testimonio de Cristo, se burlan de la muerte, mofándose de ella y diciendo contra ella lo que antiguamente fue escrito: ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh sepulcro, tu aguijón?

    § 28

    1. ¿Es, pues, pequeña prueba de la debilidad de la muerte? ¿O es leve demostración de la victoria que el Salvador obtuvo sobre ella, cuando los jóvenes y las doncellas que están en Cristo desprecian esta vida y se ejercitan en morir?
    2. Porque el hombre teme por naturaleza la muerte y la disolución del cuerpo; pero existe este hecho sumamente admirable: que quien se ha revestido de la fe de la Cruz desprecia aun aquello que por naturaleza es temible y, por Cristo, no teme la muerte.
    3. Y así como, aunque el fuego tiene por propiedad natural quemar, si alguien dijese que hay una sustancia que no teme su ardor, sino que, por el contrario, demuestra su debilidad —como se dice que hace el amianto entre los indios—, entonces quien no creyese el relato, si quisiera probarlo, al revestirse de aquella materia incombustible y tocar el fuego, quedaría en todo caso convencido de la debilidad que se atribuye al fuego;
    4. o si alguno quisiera ver atado al tirano, al ir a la región y al dominio de su vencedor podrá en todo caso ver reducido a la debilidad a quien era terror de otros; así también, si un hombre permanece incrédulo aun después de tantas pruebas, después de tantos que se han hecho mártires en Cristo y después del desprecio de la muerte que cada día muestran los ilustres en Cristo, todavía, si su mente duda aún de si la muerte ha sido reducida a la nada y ha tenido fin, hace bien en maravillarse de cosa tan grande; pero no se obstine en su incredulidad ni se endurezca ante lo que es tan manifiesto.
    5. Mas así como quien posee el amianto sabe que el fuego no tiene poder de quemarlo, y como quien desea ver atado al tirano pasa al imperio de su vencedor, así también quien es incrédulo acerca de la victoria sobre la muerte reciba la fe de Cristo y pase a su enseñanza, y verá la debilidad de la muerte y el triunfo sobre ella. Pues muchos que antes eran incrédulos y burladores creyeron después y de tal modo despreciaron la muerte que llegaron incluso a hacerse mártires por Cristo mismo.

    § 29

    1. Ahora bien, si por la señal de la Cruz y por la fe en Cristo la muerte es hollada, ha de ser manifiesto ante el tribunal de la verdad que no es otro sino Cristo mismo quien ha desplegado trofeos y triunfos sobre la muerte, y le ha hecho perder toda su fuerza.
    2. Y si, siendo antes la muerte fuerte y por ello terrible, ahora, después de la estancia del Salvador y de la muerte y Resurrección de su cuerpo, es despreciada, ha de ser manifiesto que la muerte ha sido reducida a la nada y vencida por el mismo Cristo que subió a la Cruz.
    3. Pues así como, si tras la noche sale el sol y toda la región de la tierra queda iluminada por él, no cabe en modo alguno dudar de que es el sol quien ha derramado por doquier su luz, quien ha ahuyentado también las tinieblas y dado luz a todas las cosas; así también, ahora que la muerte ha venido a ser objeto de desprecio y ha sido hollada bajo los pies, desde que tuvo lugar la salutífera manifestación del Salvador en la carne y su muerte en la Cruz, ha de ser del todo manifiesto que es el mismo Salvador, que también apareció en el cuerpo, quien ha reducido a la nada la muerte y quien muestra día tras día, en sus propios discípulos, las señales de victoria sobre ella.
    4. Pues cuando uno ve a hombres, débiles por naturaleza, lanzarse hacia la muerte, sin temer su corrupción ni espantarse del descenso al Hades, sino desafiándola con alma ardiente; y no retroceder ante los tormentos, sino, por el contrario, elegir por amor de Cristo precipitarse sobre la muerte antes que la vida sobre la tierra; o incluso si es testigo ocular de hombres, mujeres y niños pequeños que se precipitan y saltan hacia la muerte por causa de la religión de Cristo; ¿quién es tan necio, o quién tan incrédulo, o quién tan lisiado en su mente, que no vea e infiera que Cristo, de quien da testimonio el pueblo, es quien mismo provee y da a cada uno la victoria sobre la muerte, privándola de toda su fuerza en cada uno de aquellos que mantienen su fe y llevan la señal de la Cruz?
    5. Pues quien ve a la serpiente hollada bajo los pies, y especialmente conoce su antigua ferocidad, no duda ya de que está muerta y ha perdido enteramente su fuerza, a menos que sea de mente pervertida y ni siquiera tenga sanos sus sentidos corporales. Pues ¿quién, al ver que unos niños hacen juguete de un león, deja de comprender que está muerto o que ha perdido toda su fuerza?
    6. Así, pues, como es posible ver con los ojos la verdad de todo esto, de igual modo, ahora que los creyentes en Cristo hacen juguete de la muerte y la desprecian, nadie dude ya ni se muestre incrédulo de que la muerte ha sido reducida a la nada por Cristo, y la corrupción de la muerte destruida y detenida.

    Un Cristo vivo obra en los vivos (§§ 30–32)

    § 30

    1. Lo que hasta aquí hemos dicho es, pues, no pequeña prueba de que la muerte ha sido reducida a la nada, y de que la Cruz del Señor es señal de victoria sobre ella. Pero acerca de la Resurrección del cuerpo para la inmortalidad, obrada entonces por Cristo, el Salvador común y verdadera Vida de todos, la demostración por los hechos es más clara que los argumentos para aquellos cuya visión mental es sana.
    2. Pues si, como mostró nuestro razonamiento, la muerte ha sido reducida a la nada, y por causa de Cristo todos la hollan bajo sus pies, con mucha mayor razón Él mismo fue el primero en hollarla con su propio cuerpo y reducirla a la nada. Pero, suponiendo que la muerte hubiese sido muerta por Él, ¿qué otra cosa podría haber sucedido sino la resurrección de su cuerpo y que este fuese mostrado como monumento de victoria contra la muerte? ¿O cómo podría haberse demostrado que la muerte fue reducida a la nada, si el cuerpo del Señor no hubiese resucitado? Pero si a alguno le pareciese insuficiente esta demostración de la Resurrección, convénzase de lo dicho aun por lo que sucede ante sus ojos.
    3. Pues, mientras que al morir un hombre no puede ejercer poder alguno, sino que su influencia dura hasta la tumba y desde entonces cesa; y las acciones y el poder sobre los hombres pertenecen solamente a los vivos; vea y juzgue quien quiera, confesando por lo que se presenta a la vista la verdad.
    4. Pues ahora que el Salvador obra tan grandes cosas entre los hombres, y día tras día persuade invisiblemente a tan gran multitud, de todas partes, tanto de quienes habitan en Grecia como de quienes viven en tierras extranjeras, a pasarse a su fe, y a todos a obedecer su enseñanza, ¿habrá aún alguien que mantenga su mente en duda acerca de si el Salvador ha obrado una Resurrección, y de si Cristo vive, o más bien es Él mismo la Vida?
    5. ¿O acaso es propio de un muerto aguijonear las conciencias de los hombres, de modo que renuncien a sus leyes heredadas y se inclinen ante la enseñanza de Cristo? ¿O cómo, si ya no obra —pues esto es propio de uno muerto—, detiene en su actividad a quienes obran y viven, de suerte que el adúltero ya no adultera, el homicida no mata más, ni el que inflige injusticia sigue siendo codicioso, y el profano se torna en adelante religioso? ¿O cómo, si no ha resucitado sino que está muerto, ahuyenta, persigue y derriba a aquellos falsos dioses que los incrédulos dicen estar vivos, y a los demonios que adoran?
    6. Pues donde se nombra a Cristo y su fe, allí queda derrocado todo culto idolátrico y desenmascarada toda impostura de los espíritus malignos, y ningún espíritu puede soportar ni siquiera el nombre; antes bien, apenas lo oye, huye y desaparece. Pero esta obra no es propia de uno muerto, sino de uno que vive, y sobre todo de Dios.
    7. En particular, sería ridículo afirmar que, mientras viven los espíritus expulsados por Él y los ídolos reducidos a la nada, está muerto Aquel que los ahuyenta y que con su poder impide hasta que se manifiesten; sí, Aquel que es confesado por todos ellos como Hijo de Dios.

    § 31

    1. Mas quienes no creen en la Resurrección ofrecen contra sí mismos una poderosa prueba, si, en vez de que todos los espíritus y los dioses por ellos adorados expulsen a Cristo, a quien dicen estar muerto, Cristo, por el contrario, demuestra que todos ellos están muertos.
    2. Pues si es verdad que un muerto no puede ejercer poder alguno, mientras que el Salvador realiza cada día tantas obras, atrayendo a los hombres a la religión, persuadiéndolos a la virtud, enseñando acerca de la inmortalidad, conduciéndolos al deseo de las cosas celestiales, revelando el conocimiento del Padre, infundiendo fortaleza para afrontar la muerte, mostrándose a cada uno y desplazando la impiedad de la idolatría; y si los dioses y espíritus de los incrédulos no pueden hacer ninguna de estas cosas, sino que más bien se muestran muertos ante la presencia de Cristo, reducida su pompa a impotencia y vanidad; mientras que por la señal de la Cruz toda magia queda detenida y toda hechicería reducida a la nada, y todos los ídolos son abandonados y dejados, y todo placer desenfrenado es refrenado, y cada uno levanta la mirada de la tierra al cielo: ¿a quién se ha de declarar muerto? ¿A Cristo, que realiza tantas obras? Mas obrar no es propio de quien está muerto. ¿O a aquel que no ejerce poder alguno, sino que yace como sin vida? Lo cual es esencialmente propio de los ídolos y de los espíritus, muertos como están.
    3. Pues el Hijo de Dios es vivo y eficaz (
      ), y obra día tras día, y lleva a cabo la salvación de todos. Pero cada día se demuestra que la muerte ha perdido todo su poder, y se demuestra que los ídolos y los espíritus están muertos antes que Cristo, de modo que en adelante nadie puede ya dudar de la Resurrección de su cuerpo.
    4. Mas quien no cree en la Resurrección del cuerpo del Señor parecería ignorar el poder del Logos y de la Sabiduría de Dios. Pues si en verdad tomó para sí un cuerpo y —como mostró nuestro argumento, con razonable coherencia— se lo apropió como suyo, ¿qué había de hacer el Señor con él? ¿O cuál debía ser el fin del cuerpo, una vez que el Logos hubiera descendido sobre él? Pues no podía sino morir, puesto que era mortal y había de ser entregado a la muerte por todos; pues para este fin el Salvador lo formó para sí. Pero le era imposible permanecer muerto, porque había sido hecho templo de la vida. Por lo cual, aunque murió como mortal, volvió a la vida a causa de la Vida que había en él; y las obras son señal de su Resurrección.

    § 32

    1. Pero si, porque no se le ve, se niega que haya resucitado en absoluto, ya es hora de que quienes rehúsan creer nieguen el curso mismo de la naturaleza. Pues es propiedad peculiar de Dios ser a la vez invisible y, sin embargo, conocido por sus obras, como ya se ha dicho antes.
    2. Si, pues, las obras no están ahí, hacen bien en no creer lo que no se manifiesta. Pero si las obras claman en alta voz y lo muestran claramente, ¿por qué eligen negar la vida que tan manifiestamente procede de la Resurrección? Pues, aunque estén mutilados en su entendimiento, aun con los sentidos exteriores pueden los hombres ver el poder y la Divinidad irrecusables de Cristo.
    3. Porque hasta un ciego, aunque no vea el sol, si tan solo percibe el calor que el sol irradia, sabe que hay un sol sobre la tierra. Así también nuestros adversarios, aunque todavía no crean y permanezcan aún ciegos a la verdad, con todo, al menos conociendo su poder por medio de otros que creen, no nieguen la Divinidad de Cristo ni la Resurrección obrada por Él.
    4. Pues es evidente que, si Cristo estuviese muerto, no podría expulsar demonios ni despojar a los ídolos; pues los espíritus no obedecerían a un muerto. Pero si son manifiestamente expulsados al nombrarse su nombre, ha de ser evidente que no está muerto; sobre todo puesto que los espíritus, que ven incluso lo que es invisible a los hombres, sabrían si Cristo estuviese muerto y no le prestarían obediencia alguna.
    5. Pero tal como están las cosas, aquello que los hombres impíos no creen, los espíritus lo ven —que Él es Dios—, y por eso huyen y caen a sus pies, diciendo precisamente lo que dijeron cuando Él estaba en el cuerpo: Sabemos quién eres, el Santo de Dios; y, ¡Ah! ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? Te ruego que no me atormentes.
    6. Puesto que, pues, los demonios le confiesan y sus obras dan testimonio de Él día tras día, ha de ser evidente —y nadie se obstine desvergonzadamente contra la verdad— que el Salvador resucitó su propio cuerpo, y que es el verdadero Hijo de Dios, pues procede de Él como de su Padre, y es su propio Logos, Sabiduría y Poder, el cual, en los tiempos postreros, tomó un cuerpo para salvación de todos, enseñó al mundo acerca del Padre, redujo a la nada la muerte y concedió a todos la incorrupción por la promesa de la Resurrección, habiendo resucitado su propio cuerpo como las primicias de esto y habiéndolo mostrado mediante la señal de la Cruz como monumento de victoria sobre la muerte y su corrupción.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura

    Sexta parte — Frente a los judíos (§§ 33–40)

    Comentario editorial · Clave de lectura para esta sección
    Los capítulos 33 a 40 desarrollan una argumentación dirigida contra los judíos de su tiempo, con un método que consiste en mostrar que las profecías mesiánicas ya se han cumplido. Se trata de un género antiguo, la adversus Iudaeos, y de una lectura de los textos proféticos que la exégesis contemporánea evalúa con criterios distintos. Se traducen íntegros porque forman parte del argumento del tratado, y se comentan con notas que señalan tanto la fuerza como los límites históricos de cada paso. Leerlos sin ese marco sería leerlos mal.

    Las profecías cumplidas (§§ 33–37)

    § 33

    1. Siendo así estas cosas, y estando claramente demostradas la Resurrección de su cuerpo y la victoria ganada sobre la muerte por el Salvador, venid ahora, refutemos tanto la incredulidad de los judíos como las burlas de los gentiles.
    2. Pues acaso estos sean los puntos en que los judíos manifiestan incredulidad, mientras los gentiles se ríen, hallando censurable el aparente indecoro de la Cruz y que el Logos de Dios se hiciese hombre. Mas nuestro razonamiento no tardará en enfrentarse con ambos, tanto más cuanto que las pruebas de que disponemos contra ellos son claras como el día.
    3. Porque a los judíos, en su incredulidad, se los puede refutar por las Escrituras que ellos mismos leen; pues este pasaje y aquel, y, en una palabra, toda la Escritura inspirada clama en alta voz acerca de estas cosas, como abundantemente lo muestran sus mismas palabras expresas. Pues los profetas anunciaron de antemano el prodigio de la Virgen y el nacimiento de ella, diciendo: He aquí, la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y llamarán su nombre Emmanuel, que, interpretado, es: Dios con nosotros (
      ;
      ).
    4. Pero Moisés, el verdaderamente grande y aquel de quien creen que dice verdad, al referirse a que el Salvador se hiciese hombre, estimando importante lo dicho y seguro de su verdad, lo consignó con estas palabras: Se levantará una estrella de Jacob (
      ), y un hombre de Israel, y quebrantará a los capitanes de Moab. Y de nuevo (
      ): ¡Cuán hermosas son tus moradas, oh Jacob; tus tiendas, oh Israel, como jardines umbrosos y como huertos junto a los ríos, y como tiendas que el Señor ha plantado, como cedros junto a las aguas! Saldrá un hombre de su descendencia, y será señor de muchos pueblos. Y de nuevo, Isaías: Antes que el Niño sepa llamar padre o madre, tomará el poder de Damasco y los despojos de Samaria ante el rey de Asiria (
      ).
    5. Que, pues, aparecerá un hombre, está anunciado de antemano en aquellas palabras. Pero que Aquel que ha de venir es Señor de todos, lo predicen otra vez de este modo: He aquí que el Señor se sienta sobre una nube ligera y vendrá a Egipto, y las imágenes talladas de Egipto se estremecerán (
      ). Pues también de allí el Padre le llama de vuelta, diciendo: De Egipto llamé a mi Hijo (
      ).
    Comentario editorial · De qué Biblia depende esta prueba
    Conviene detenerse antes de seguir, porque todo el bloque que empieza aquí descansa sobre un texto concreto. Atanasio lee la Septuaginta, y varias de sus pruebas solo funcionan en ella. «La Virgen concebirá» traduce παρθένος, que es lo que dice el griego de Isaías; el hebreo tiene 'almah, «muchacha» o «mujer joven», sin el énfasis en la virginidad.10 Lo mismo ocurre, en menor grado, con la estrella de Jacob y con la nube ligera de Isaías 19. Al posar el cursor sobre cada referencia aparece el versículo en una versión castellana moderna, traducida del hebreo: la distancia entre lo que se lee en el cuerpo del texto y lo que muestra la nota es, precisamente, el objeto que hay que observar. No invalida el capítulo —Atanasio argumenta de buena fe desde la Biblia de su comunidad—, pero explica por qué su fuerza probatoria no se transfiere sin más a una discusión contemporánea.

    § 34

    1. Ni siquiera su muerte es pasada en silencio; antes bien, se la menciona en las divinas Escrituras con suma claridad. Pues, a fin de que nadie errase por falta de instrucción acerca de los hechos mismos, no temieron mencionar aun la causa de su muerte: que no la padece por sí mismo, sino por la inmortalidad y salvación de todos, y los designios de los judíos contra Él y las afrentas que recibió de sus manos.
    2. Dicen, pues: Un hombre en azotes, y que sabe soportar la debilidad, pues su rostro está vuelto atrás; fue deshonrado y tenido en nada. Él lleva nuestros pecados y padece por causa nuestra; y nosotros le tuvimos por atribulado, y por azotado, y por maltratado; mas fue herido por nuestros pecados y debilitado por nuestras iniquidades. El castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por sus azotes fuimos sanados. ¡Oh, admira la benignidad del Logos, pues por nosotros es deshonrado, para que nosotros seamos llevados al honor! Porque todos nosotros, dice, como ovejas nos descarriamos; el hombre erró en su camino; y el Señor lo entregó por nuestros pecados; y no abre su boca, porque ha sido maltratado. Como oveja fue llevado al degüello, y como cordero mudo delante del que lo trasquila, así no abre su boca: en su humillación fue arrebatado su juicio.
    3. Luego, para que nadie, a causa de sus padecimientos, lo tuviese por un hombre común, la Sagrada Escritura se anticipa a las conjeturas de los hombres y declara el poder que obraba por Él, y la diferencia de su naturaleza respecto de la nuestra, diciendo: ¿Mas quién declarará su generación? Porque su vida es quitada de la tierra. Por la iniquidad del pueblo fue llevado a muerte. Y daré a los malvados en vez de su sepultura, y al rico en vez de su muerte; porque no hizo maldad, ni se halló engaño en su boca. Y el Señor lo limpiará de sus azotes.

    § 35

    1. Pero acaso, habiendo oído la profecía de su muerte, preguntas por saber también lo que se expone acerca de la Cruz. Pues tampoco esto se pasa por alto: los santos varones lo muestran con gran claridad.
    2. Porque primeramente Moisés lo predice, y ello a gran voz, cuando dice: Verás a tu Vida colgada ante tus ojos, y no creerás.
    3. Y después de él dan testimonio de esto los profetas, diciendo: Pero yo, como cordero inocente llevado al degüello, no lo sabía; tramaron contra mí malvado consejo, diciendo: Venid, y echemos un madero en su pan, y borremos su nombre de la tierra de los vivientes (
      ).
    4. Y de nuevo: Traspasaron mis manos y mis pies, contaron todos mis huesos, repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi vestidura echaron suertes.
    5. Ahora bien, una muerte elevada en alto y que tiene lugar sobre un madero no podía ser otra que la Cruz; y de nuevo, en ninguna otra muerte son traspasadas las manos y los pies, sino únicamente en la Cruz.
    6. Mas puesto que, por la estancia del Salvador entre los hombres, todas las naciones por todas partes comenzaron también a conocer a Dios, tampoco dejaron este punto sin mención; antes bien, también de este asunto se hace memoria en las Santas Escrituras. Pues habrá, dice, la raíz de Jesé, y el que se levanta para regir a las naciones; en él esperarán las naciones (
      ). Esto, pues, baste un poco como prueba de lo que ha acontecido.
    7. Pero toda la Escritura rebosa de refutaciones de la incredulidad de los judíos. Porque ¿cuál de los varones justos y santos profetas, y patriarcas, consignados en las divinas Escrituras, tuvo jamás su nacimiento corporal de sola virgen? ¿O qué mujer bastó sin varón para la concepción del género humano? ¿No nació Abel de Adán, Enoc de Jared, Noé de Lamec, y Abraham de Taré, Isaac de Abraham, Jacob de Isaac? ¿No nació Judá de Jacob, y Moisés y Aarón de Amram? ¿No nació Samuel de Elcaná, David de Jesé, Salomón de David, Ezequías de Acaz, Josías de Amós, Isaías de Amós, Jeremías de Hilcías, Ezequiel de Buzí? ¿No tuvo cada uno un padre como autor de su existencia? ¿Quién es, pues, aquel que nació de sola virgen? Pues el profeta insistió sobremanera en esta señal.
    8. ¿O a quién precedió una estrella en los cielos, para anunciar al mundo a aquel que había nacido? Porque cuando nació Moisés, fue escondido por sus padres; de David no se oyó hablar ni aun entre los de su vecindad, puesto que ni siquiera el gran Samuel le conocía, sino que preguntó si Jesé tenía todavía otro hijo. Abraham, a su vez, llegó a ser conocido de sus vecinos como gran varón solo después de su nacimiento. Pero del nacimiento de Cristo el testigo no fue hombre, sino una estrella en aquel cielo desde donde él descendía.

    § 36

    1. Mas ¿qué rey que haya existido jamás reinó y obtuvo triunfos sobre sus enemigos antes de tener fuerza para llamar padre o madre? ¿No llegó David al trono a los treinta años de edad, y Salomón cuando ya había crecido hasta ser un joven? ¿No entró Joás en el reino a los siete años, y Josías, rey aún posterior, recibió el gobierno hacia el séptimo año de su edad? Y, sin embargo, a esa edad tenían fuerza para llamar padre o madre.
    2. ¿Quién, pues, hubo que reinase y despojase a sus enemigos casi antes de su nacimiento? ¿O qué rey de esta suerte ha existido jamás en Israel y en Judá —dígannoslo los judíos, que han investigado la cuestión—, en quien todas las naciones hayan puesto sus esperanzas y tenido paz, en vez de estar en enemistad con ellos por todas partes?
    3. Pues mientras Jerusalén estuvo en pie, hubo guerra sin tregua entre ellos, y todos combatían contra Israel; los asirios los oprimían, los egipcios los perseguían, los babilonios caían sobre ellos; y, cosa extraña de decir, hasta los sirios, sus vecinos, les hacían guerra. ¿O no guerreó David contra los de Moab y derrotó a los sirios, y Josías se guardó de sus vecinos, y Ezequías tembló ante las jactancias de Senaquerib, y Amalec hizo guerra contra Moisés, y los amorreos se le opusieron, y los habitantes de Jericó se ordenaron en batalla contra Jesús, hijo de Nave? Y, en una palabra, los tratados de amistad no tenían lugar entre las naciones e Israel. Vale, pues, la pena ver quién es aquel en quien las naciones han de poner su esperanza. Pues ha de haber tal uno, ya que es imposible que el profeta haya hablado falsamente.
    4. Mas ¿cuál de los santos profetas o de los antiguos patriarcas ha muerto en la Cruz para salvación de todos? ¿O quién fue herido y destruido para la curación de todos? ¿O cuál de los justos, o de los reyes, descendió a Egipto, de suerte que a su llegada cayeron los ídolos de Egipto? Pues Abraham fue allí, pero la idolatría prevalecía universalmente de igual modo. Moisés nació allí, y el culto extraviado del pueblo no era por ello menor.

    § 37

    1. ¿O quién de aquellos que están consignados en la Escritura fue traspasado en las manos y en los pies, o estuvo jamás colgado de un madero, y fue sacrificado en una cruz para la salvación de todos? Pues Abraham murió, acabando su vida en un lecho; Isaac y Jacob también murieron con los pies alzados sobre un lecho; Moisés y Aarón murieron en el monte; David, en su casa, sin ser objeto de conspiración alguna por parte del pueblo; cierto es que fue perseguido por Saúl, pero fue preservado incólume. Isaías fue aserrado en dos, pero no colgado de un madero. Jeremías fue tratado vergonzosamente, pero no murió bajo condenación; Ezequiel padeció, aunque no por el pueblo, sino para indicar lo que había de sobrevenir al pueblo.
    2. Además, estos, aun cuando padecieron, eran hombres semejantes a todos en su naturaleza común; pero Aquel que la Escritura declara que padece en favor de todos no es llamado meramente hombre, sino la Vida de todos, aunque en verdad era semejante a los hombres por naturaleza. Pues verás, dice, tu Vida colgada delante de tus ojos; y ¿quién declarará su generación? Pues uno puede averiguar la genealogía de todos los santos, y declararla desde el principio, y de quién nació cada uno; pero la generación de Aquel que es la Vida las Escrituras la mencionan como no susceptible de ser declarada.
    3. ¿Quién es, pues, Aquel de quien las divinas Escrituras dicen esto? ¿O quién es tan grande que hasta los profetas predicen de Él tan grandes cosas? Ningún otro se halla ahora en las Escrituras sino el Salvador común de todos, el Logos de Dios, nuestro Señor Jesucristo. Pues Él es quien procedió de una virgen y apareció como hombre sobre la tierra, y cuya generación según la carne no puede ser declarada. Porque no hay nadie que pueda decir quién fue su padre según la carne, no siendo su cuerpo de varón, sino de una virgen solamente;
    4. de suerte que nadie puede declarar la generación corporal del Salvador a partir de un varón, del mismo modo que se puede trazar una genealogía de David, de Moisés y de todos los patriarcas. Pues Él es quien hizo que la estrella señalase también el nacimiento de su cuerpo; puesto que era conveniente que el Logos, al descender del cielo, tuviese también del cielo su constelación, y era conveniente que el Rey de la creación, cuando saliese a la luz, fuese abiertamente reconocido por toda la creación.
    5. Pues nació en Judea, y hombres de Persia vinieron a adorarle. Él es quien, aun antes de su aparición en el cuerpo, obtuvo la victoria sobre sus adversarios demoníacos y un triunfo sobre la idolatría. Todos los paganos, en efecto, de toda región, abjurando de su tradición hereditaria y de la impiedad de los ídolos, ponen ahora su esperanza en Cristo y se alistan bajo Él, cosa semejante a la cual puedes ver con tus propios ojos.
    6. Pues en ningún otro tiempo ha cesado la impiedad de los egipcios sino cuando el Señor de todos, cabalgando, por así decir, sobre una nube, descendió allí en el cuerpo y redujo a la nada el engaño de los ídolos, y atrajo a todos a Sí mismo y, por medio de Sí mismo, al Padre.
    7. Él es quien fue crucificado ante el sol y toda la creación como testigos, y ante aquellos que le dieron muerte; y por su muerte ha llegado la salvación a todos, y toda la creación ha sido rescatada. Él es la Vida de todos, y Él es quien, como oveja, entregó su cuerpo a la muerte como sustituto, para la salvación de todos, aunque los judíos no lo crean.

    Las setenta semanas y el cetro de Judá (§§ 38–40)

    § 38

    1. Pues si no juzgan suficientes estas pruebas, déjense persuadir al menos por otras razones, tomadas de los oráculos que ellos mismos poseen. Pues ¿de quién dicen los profetas: Me manifesté a los que no me buscaban, fui hallado por los que no preguntaban por mí; dije: Heme aquí, a la nación que no invocaba mi nombre; extendí mis manos a un pueblo desobediente y contradictor.
    2. ¿Quién es, pues —podría decirse a los judíos—, aquel que fue manifestado? Porque, si es el profeta, digan cuándo estuvo oculto, para aparecer después de nuevo. ¿Y qué clase de profeta es este, que no solamente fue manifestado desde la oscuridad, sino que también extendió sus manos en la Cruz? Ninguno ciertamente de los justos, sino únicamente el Logos de Dios, Quien, incorpóreo por naturaleza, apareció por nosotros en el cuerpo y padeció por todos.
    3. O si ni siquiera esto les basta, queden al menos reducidos al silencio por otra prueba, viendo cuán clara es su fuerza demostrativa. Pues la Escritura dice: Fortaleced, manos caídas, y rodillas débiles; consolad a los de ánimo desfallecido; esforzaos, no temáis. He aquí, nuestro Dios da la retribución del juicio; Él vendrá y nos salvará. Entonces serán abiertos los ojos de los ciegos, y oirán los oídos de los sordos; entonces saltará el cojo como ciervo, y será desatada la lengua de los tartamudos.
    4. Ahora bien, ¿qué pueden decir a esto, o cómo se atreven siquiera a hacerle frente? Pues la profecía no solo indica que Dios ha de tener aquí su estancia, sino que anuncia las señales y el tiempo de su venida. Porque une a la Venida divina el que los ciegos recobren la vista, los cojos anden, los sordos oigan y la lengua de los tartamudos sea desatada. Digan, pues, cuándo se han cumplido tales señales en Israel, o dónde ha sucedido en Judea cosa semejante.
    5. Naamán, leproso, fue limpiado; pero ningún sordo oyó ni cojo anduvo. Elías resucitó a un muerto; también Eliseo; pero ninguno que fuese ciego de nacimiento recobró la vista. Pues, en verdad, resucitar a un muerto es cosa grande, pero no es semejante al prodigio obrado por el Salvador. Sin embargo, si la Escritura no ha pasado por alto el caso del leproso y del hijo muerto de la viuda, ciertamente, si hubiese acontecido que también un cojo anduviera y un ciego recobrase la vista, la narración no habría omitido mencionar esto igualmente. Puesto que, pues, nada se dice de ello en las Escrituras, es evidente que tales cosas nunca habían tenido lugar antes.
    6. ¿Cuándo, pues, tuvieron lugar, sino cuando el Logos de Dios mismo vino en el cuerpo? ¿O cuándo vino Él, sino cuando los cojos andaban, los tartamudos eran hechos hablar claramente, los sordos oían y los hombres ciegos de nacimiento recobraban la vista? Pues esto mismo dijeron los judíos que entonces fueron testigos de ello, porque no habían oído que tales cosas hubiesen sucedido en ningún otro tiempo: Desde que el mundo comenzó, nunca se oyó que nadie abriese los ojos de un ciego de nacimiento. Si este no fuera de Dios, nada podría hacer.

    § 39

    1. Pero quizá, incapaces aun ellos de luchar continuamente contra hechos manifiestos, sin negar lo que está escrito, sostendrán que esperan estas cosas y que el Logos de Dios aún no ha venido. Pues en esto insisten sin cesar, sin avergonzarse de persistir con descaro frente a los hechos manifiestos.
    2. Pero precisamente en este punto serán tanto más refutados, no por nosotros, sino por el sapientísimo Daniel, quien señala tanto la fecha misma como la estancia divina del Salvador, diciendo: Setenta semanas han sido acortadas sobre tu pueblo y sobre la ciudad santa, para que se ponga fin completo al pecado, y sean sellados los pecados, y sean borradas las iniquidades, y se haga expiación por las iniquidades, y sea traída la justicia eterna, y sean selladas visión y profeta, y sea ungido un Santo de los Santos; y sabrás y entenderás que desde la salida de la palabra para restaurar y edificar Jerusalén hasta Cristo Príncipe.
    3. Quizá, respecto de las otras profecías, puedan incluso hallar excusas y diferir para un tiempo futuro lo que está escrito. Pero ¿qué podrán decir a esto, o cómo podrán siquiera afrontarlo? Pues no solamente se nombra aquí a Cristo, sino que se declara que Aquel que ha de ser ungido no es simplemente hombre, sino Santo de los Santos; y Jerusalén ha de permanecer hasta su venida, y desde entonces cesan en Israel profeta y visión.
    4. David fue ungido antiguamente, y Salomón y Ezequías; pero, sin embargo, Jerusalén y el lugar permanecían, y los profetas profetizaban: Dios, Asaf y Natán; y, más tarde, Isaías, Oseas, Amós y otros. Y además, los mismos hombres que fueron ungidos eran llamados santos, y no Santo de los Santos.
    5. Pero si se amparan en el cautiverio y dicen que, a causa de él, Jerusalén no existía, ¿qué podrán decir también de los profetas? Pues, en efecto, cuando el pueblo descendió por primera vez a Babilonia, allí estaban Daniel y Jeremías, y Ezequiel, Ageo y Zacarías profetizaban.
    Comentario editorial · El argumento de las setenta semanas y su historia
    El razonamiento de estos capítulos tuvo una fortuna enorme y merece situarse con cuidado. Su fuerza retórica depende de un hecho histórico incontestable —la destrucción del templo en el año 70 y el fin del sacrificio— y de una exégesis de Daniel 9 que el propio judaísmo rabínico leyó de otro modo, y que la crítica moderna suele referir a la crisis macabea del siglo II a. C.11 Además, el argumento de que el cristianismo trae el cese de la guerra se apoya en una lectura de Isaías 2 que los cuatro siglos siguientes desmentirían con crudeza. Conviene leer estos pasajes como testimonio de una polémica antigua y de sus recursos, no como demostración vigente; y conviene recordar que la tradición adversus Iudaeos, de la que forman parte, tuvo consecuencias históricas graves que el lector contemporáneo no puede desatender.12

    § 40

    1. Así pues, los judíos se entretienen en vanidades, y el tiempo de que se trata, que ellos remiten al futuro, ha llegado ya en realidad. Pues ¿cuándo cesaron de Israel el profeta y la visión, sino cuando vino Cristo, el Santo de los Santos? Porque es señal y prueba importante de la venida del Logos de Dios que Jerusalén ya no subsista, ni se suscite entre ellos profeta alguno ni les sea revelada visión alguna, y ello muy naturalmente.
    2. Pues, cuando hubo venido Aquel que era anunciado, ¿qué necesidad había ya de alguien que lo anunciase? Cuando estaba presente la verdad, ¿qué necesidad había aún de la sombra? Pues esta fue la causa de que profetizasen: hasta que viniese la verdadera Justicia y Aquel que había de redimir de los pecados a todos. Y esta fue la razón de que Jerusalén subsistiese hasta entonces: para que allí se ejercitasen en las figuras como preparación para la realidad.
    3. Así pues, cuando hubo venido el Santo de los Santos, naturalmente quedaron selladas la visión y la profecía, y cesó el reino de Jerusalén. Pues reyes habían de ser ungidos entre ellos solamente hasta que fuese ungido el Santo de los Santos; y Jacob profetiza que el reino de los judíos sería establecido hasta Él, diciendo así:— El gobernante no faltará de Judá, ni el Príncipe de sus lomos, hasta que venga aquello que le está reservado; y él es la esperanza de las naciones (
      ).
    4. Por lo cual el mismo Salvador clamó y dijo: La ley y los profetas profetizaron hasta Juan. Si, pues, hay ahora entre los judíos rey, o profeta, o visión, hacen bien en negar al Cristo que ha venido. Pero si no hay ni rey ni visión, sino que desde aquel tiempo toda profecía está sellada y la ciudad y el templo han sido arrebatados, ¿por qué son tan impíos y tan perversos que ven lo sucedido y, sin embargo, niegan a Cristo, que todo ello ha llevado a cabo? ¿O por qué, cuando ven aun a los paganos abandonar sus ídolos y poner, por Cristo, su esperanza en el Dios de Israel, niegan a Cristo, que nació según la carne de la raíz de Jesé y desde entonces es Rey? Pues si las naciones adorasen a algún otro Dios y no confesasen al Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob y de Moisés, entonces, una vez más, harían bien en alegar que Dios no había venido.
    5. Pero si los gentiles honran al mismo Dios que dio la ley a Moisés e hizo la promesa a Abraham, y cuyo Verbo deshonraron los judíos, ¿por qué ignoran, o más bien por qué eligen ignorar, que el Señor anunciado por las Escrituras ha resplandecido sobre el mundo y se le ha aparecido en forma corporal, como dijo la Escritura: El Señor Dios ha resplandecido sobre nosotros; y otra vez: Envió su Verbo y los sanó; y otra vez: No un mensajero, ni un ángel, sino el Señor mismo los salvó?
    6. Su condición puede compararse con la de un hombre fuera de juicio, que ve la tierra iluminada por el sol, pero niega el sol que la ilumina. Pues ¿qué más ha de hacer, cuando haya venido, aquel a quien esperan? ¿Llamar a los paganos? Pero ya han sido llamados. ¿Hacer cesar la profecía, el rey y la visión? Esto también ha acontecido ya. ¿Poner al descubierto la impiedad de la idolatría? Ya está puesta al descubierto y condenada. ¿O destruir la muerte? Ya ha sido destruida.
    7. ¿Qué, pues, no ha acontecido que el Cristo deba hacer? ¿Qué queda sin cumplirse para que los judíos no crean ahora impunemente? Pues si —como digo, y es justamente lo que vemos en realidad— ya no hay entre ellos rey, ni profeta, ni Jerusalén, ni sacrificio, ni visión, sino que incluso toda la tierra está llena del conocimiento de Dios, y los gentiles, abandonando su impiedad, se acogen ahora al Dios de Abraham por medio del Verbo, nuestro Señor Jesucristo, entonces debe ser evidente, aun para los sobremanera obstinados, que Cristo ha venido, y que ha iluminado absolutamente a todos con su luz y les ha dado la enseñanza verdadera y divina acerca de su Padre.
    8. Así, por estos y otros argumentos tomados de las divinas Escrituras, puede refutarse justamente a los judíos.

    Séptima parte — Frente a los griegos (§§ 41–55)

    Si admitís el Logos en el cosmos (§§ 41–43)

    § 41

    1. Mas no puede uno menos que asombrarse sobremanera de los gentiles, quienes, mientras se ríen de lo que no es materia de burla, permanecen ellos mismos insensibles a su propia vergüenza, sin ver que la han erigido en forma de leños y piedras.
    2. Sin embargo, puesto que nuestro razonamiento no carece de prueba demostrativa, venid, avergoncémoslos también con argumentos razonables, principalmente por lo que nosotros mismos vemos. Pues ¿qué hay de absurdo o digno de irrisión en nuestra parte? ¿Acaso tan solo el decir que el Logos se ha manifestado en el cuerpo? Pero aun ellos convendrán en reconocer que esto ha sucedido sin absurdo alguno, si se muestran amigos de la verdad.
    3. Si, pues, niegan que haya en absoluto un Logos de Dios, lo hacen gratuitamente, burlándose de lo que no conocen.
    4. Pero si confiesan que hay un Logos de Dios, y que Él es soberano del universo, y que en Él el Padre ha producido la creación, y que por su Providencia el todo recibe luz, vida y existencia, y que reina sobre todas las cosas, de modo que por las obras de su providencia es conocido, y por medio de Él el Padre, considerad, os ruego, si no estarán, sin advertirlo, volviendo la burla contra sí mismos.
    5. Los filósofos de los griegos dicen que el universo es un gran cuerpo; y con razón. Pues lo vemos, tanto a él como a sus partes, como objetos de nuestros sentidos. Si, pues, el Logos de Dios está en el universo, que es un cuerpo, y se ha unido al todo y a todas sus partes, ¿qué hay de sorprendente o absurdo si decimos que se ha unido también al hombre?
    6. Pues si fuera absurdo que Él estuviese en un cuerpo en absoluto, también sería absurdo que se uniese al todo y que, por su providencia, diese luz y movimiento a todas las cosas. Porque el todo también es un cuerpo.
    7. Pero si le conviene unirse al universo y darse a conocer en el todo, también le ha de convenir aparecer en un cuerpo humano, y que por Él sea iluminado y obre. Pues el género humano es parte del todo, como lo demás. Y si fuera impropio que una parte hubiese sido tomada como instrumento suyo para enseñar a los hombres acerca de su Divinidad, sería del todo absurdo que fuese dado a conocer siquiera por el universo entero.

    § 42

    1. Pues así como, mientras todo el cuerpo es vivificado e iluminado por el hombre, si alguno supusiera absurdo que el poder del hombre estuviese también en el dedo del pie, sería tenido por necio; porque, admitiendo que él lo penetra y obra en el todo, objeta que esté también en la parte; así, quien admite y cree que el Logos de Dios está en todo el Universo, y que el todo es iluminado y movido por Él, no debe pensar absurdo que también un solo cuerpo humano reciba de Él movimiento y luz.
    2. Pero si es porque el género humano es una cosa creada y ha sido hecho de la nada por lo que consideran impropia aquella manifestación del Salvador en el hombre, de la cual hablamos, ya es tiempo de que lo expulsen también de la creación; pues esta asimismo ha sido traída a la existencia por el Logos de la nada.
    3. Pero si, aunque la creación sea una cosa hecha, no es absurdo que el Logos esté en ella, tampoco es absurdo que esté en el hombre. Pues cualquiera que sea la idea que formen del todo, necesariamente han de aplicar la misma idea a la parte. Porque también el hombre, como dije antes, es una parte del todo.
    4. Así, pues, no es en absoluto impropio que el Logos esté en el hombre, mientras todas las cosas reciben de Él su luz y movimiento y luz, como también dicen sus autores, Porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos.
    5. Entonces, ¿qué hay de qué burlarse en lo que decimos, si el Logos ha usado como instrumento para manifestarse aquello en lo cual está? Pues si no estuviese en ello, tampoco podría haberlo usado; pero si ya hemos admitido que está en el todo y en sus partes, ¿qué hay de increíble en que se manifieste en aquello en lo cual está?
    6. Porque por su propio poder está unido enteramente con cada una y con todas las cosas, y ordena todas las cosas sin medida, de modo que nadie podría haber considerado fuera de lugar que Él hablase y se diese a conocer a sí mismo y a su Padre por medio del sol, si así lo quisiera, o de la luna, o del cielo, o de la tierra, o de las aguas, o del fuego; puesto que mantiene unidas todas las cosas a un tiempo y está de hecho no solo en todas, sino también en la parte de que se trata, y allí se manifiesta invisiblemente. De igual manera, no puede ser absurdo que, ordenando como ordena el todo, dando vida a todas las cosas y habiendo querido darse a conocer por medio de los hombres, haya usado como instrumento un cuerpo humano para manifestar la verdad y el conocimiento del Padre. Pues también la humanidad es una parte real del todo.
    7. Y así como la mente, penetrando enteramente al hombre, se manifiesta por medio de una parte del cuerpo, quiero decir, la lengua, sin que nadie diga, supongo, que por ello la esencia de la mente queda rebajada, así tampoco, si el Logos, penetrando todas las cosas, ha usado un instrumento humano, puede esto parecer impropio. Pues, como he dicho anteriormente, si es impropio haber usado un cuerpo como instrumento, también es impropio que Él esté en el Todo.

    § 43

    1. Ahora bien, si preguntan: ¿Por qué, entonces, no apareció por medio de otras partes más nobles de la creación, y empleó algún instrumento más noble, como el sol, o la luna, o las estrellas, o el fuego, o el aire, en vez del mero hombre? Sepan que el Señor no vino a hacer ostentación, sino a sanar y enseñar a los que padecían.
    2. Pues el modo propio de quien aspira a hacer ostentación sería simplemente aparecer y deslumbrar a los espectadores; pero para quien busca sanar y enseñar, el modo consiste no simplemente en morar aquí, sino en entregarse al auxilio de los necesitados y aparecer de tal manera que quienes le necesitan puedan soportarlo; para no turbar, excediendo las necesidades de los que padecen, a las mismas personas que le necesitan, haciendo inútil para ellas la aparición de Dios.
    3. Ahora bien, nada de la creación se había extraviado en cuanto al conocimiento de Dios, sino solo el hombre. Pues ni el sol, ni la luna, ni el cielo, ni las estrellas, ni el agua, ni el aire se habían apartado de su orden; antes bien, conociendo a su Artífice y Soberano, el Logos, permanecen tal como fueron hechos. Pero solo los hombres, tras rechazar lo bueno, imaginaron entonces cosas de nada en vez de la verdad, y atribuyeron a demonios y a hombres bajo figura de piedras el honor debido a Dios y el conocimiento que de Él tienen.
    4. Con razón, pues, ya que sería indigno de la Bondad divina pasar por alto asunto tan grave, mientras los hombres no podían reconocerle ordenando y guiando el todo, toma para sí como instrumento una parte del todo, su cuerpo humano, y se une a él, a fin de que, puesto que los hombres no podían reconocerle en el todo, no dejasen de conocerle en la parte; y puesto que no podían elevar la mirada a su poder invisible, pudiesen al menos, a partir de lo que se asemejaba a ellos mismos, razonar hasta Él y contemplarle.
    5. Pues los hombres, tales como son, podrán conocer a su Padre más pronta y directamente por medio de un cuerpo de naturaleza semejante y de las obras divinas realizadas a través de él, juzgando por comparación que no son obras humanas, sino obras de Dios, hechas por Él.
    6. Y si, como dicen, fuera absurdo que el Logos fuese conocido por las obras del cuerpo, igualmente absurdo sería que fuese conocido por las obras del universo. Porque así como está en la creación y, sin embargo, no participa en lo más mínimo de su naturaleza, sino que más bien todas las cosas participan de su poder; así también, mientras usaba el cuerpo como instrumento suyo, no participó de propiedad corpórea alguna, sino que, por el contrario, Él mismo santificó incluso el cuerpo.
    7. Pues si aun Platón, que goza de tan gran reputación entre los griegos, dice que el autor del universo, al contemplarlo agitado por la tempestad y en peligro de hundirse en el lugar del caos, se sienta al timón del alma, acude en su auxilio y corrige todas sus calamidades; ¿qué hay de increíble en lo que decimos: que, estando el género humano en error, el Logos descendió sobre él y apareció como hombre, para salvarlo en su tempestad mediante su dirección y su bondad?

    La conveniencia del cuerpo (§§ 44–45)

    § 44

    1. Pero acaso, avergonzados de asentir a esto, escogerán decir que Dios, si quería reformar y salvar al género humano, debía haberlo hecho por un mero mandato, sin que su Logos asumiese un cuerpo, del mismo modo que lo hizo antiguamente, cuando los produjo de la nada.
    2. A esta objeción suya cabría responder razonablemente: que antiguamente, no existiendo en absoluto nada, lo que se requería para hacer todas las cosas era un mandato y la mera voluntad de hacerlo. Pero una vez hecho el hombre, y exigiendo la necesidad una cura, no para las cosas que no eran, sino para las que habían llegado a ser, se seguía naturalmente que el Médico y Salvador apareciese en aquello que había llegado a ser, para curar también las cosas que eran. Por esta causa, pues, se ha hecho hombre y ha usado su cuerpo como instrumento humano.
    3. Pues, si este no hubiese sido el camino recto, ¿cómo había de aparecer el Logos, habiendo escogido usar un instrumento? ¿O de dónde había de tomarlo, sino de entre aquellos que ya existían y necesitaban de su Divinidad por medio de uno semejante a ellos? Porque no eran las cosas que carecían de ser las que necesitaban salvación, de modo que bastase un mero mandato, sino que el hombre, ya existente, iba camino de la corrupción y de la ruina. Era, pues, natural y recto que el Logos usase un instrumento humano y se revelase por doquier.
    4. En segundo lugar, debes saber también esto: que la corrupción que había sobrevenido no era exterior al cuerpo, sino que se había adherido a él; y era necesario que, en lugar de la corrupción, la vida se uniese a él, para que, así como la muerte había sido engendrada en el cuerpo, también la vida fuese engendrada en él.
    5. Ahora bien, si la muerte fuese exterior al cuerpo, convendría que también la vida fuese engendrada exteriormente a él. Pero si la muerte se había ceñido estrechamente al cuerpo y lo dominaba como si estuviese unida a él, era necesario que también la vida se ciñese estrechamente al cuerpo, para que este, al revestirse de vida en lugar de aquella, se despojase de la corrupción. Además, aun suponiendo que el Logos hubiese venido fuera del cuerpo y no en él, la muerte habría sido ciertamente vencida por Él, en perfecta conformidad con la naturaleza, puesto que la muerte no tiene poder contra la Vida; pero la corrupción adherida al cuerpo habría permanecido en él, no por ello menos.
    6. Por esta causa el Salvador asumió razonablemente un cuerpo, a fin de que el cuerpo, al ceñirse estrechamente a la Vida, no permaneciese ya, como mortal, en la muerte, sino que, habiéndose revestido de inmortalidad, resucitase en adelante y permaneciese inmortal. Pues, una vez que se había revestido de corrupción, no podía haber resucitado si no se hubiese revestido de vida. Y asimismo la muerte, por su misma naturaleza, no podía aparecer sino en el cuerpo. Por tanto, asumió un cuerpo, para hallar la muerte en el cuerpo y borrarla. Porque ¿cómo habría podido probarse en absoluto que el Señor es la Vida, si no hubiese vivificado lo que era mortal?
    7. Y así como, siendo el rastrojo por naturaleza destruible por el fuego, si un hombre, en primer lugar, mantiene alejado el fuego del rastrojo, aunque este no se queme, sin embargo el rastrojo sigue siendo, pese a todo, mero rastrojo, temiendo la amenaza del fuego —pues el fuego tiene la propiedad natural de consumirlo—; mientras que si un hombre, en segundo lugar, lo envuelve con una cantidad de amianto, la sustancia que se dice ser antídoto contra el fuego, el rastrojo ya no teme el fuego, por hallarse protegido al estar envuelto en materia incombustible;
    8. de este mismo modo puede decirse, respecto del cuerpo y de la muerte, que si la muerte hubiese sido mantenida alejada del cuerpo por un mero mandato suyo, este habría seguido siendo, no obstante, mortal y corruptible, conforme a la naturaleza de los cuerpos; pero, para que esto no fuese así, se revistió del incorpóreo Verbo de Dios, y así ya no teme ni la muerte ni la corrupción, pues tiene la vida como vestidura, y la corrupción ha sido reducida a la nada en él.

    § 45

    1. Por consiguiente, el Logos de Dios tomó un cuerpo y se ha servido de un instrumento humano, a fin de vivificar también el cuerpo; y, así como es conocido en la creación por sus obras, obrar también en el hombre, y manifestarse por doquier, sin dejar nada vacío de su propia Divinidad y del conocimiento de Él.
    2. Pues retomo y repito lo que antes dije: que el Salvador hizo esto para que, así como llena todas las cosas por todos lados con su presencia, así también llenase todas las cosas con el conocimiento de Él, como dice asimismo la divina Escritura: Toda la tierra fue llena del conocimiento del Señor.
    3. Pues si un hombre alza los ojos al cielo, contempla su orden; o, si no puede levantar el rostro al cielo, sino solamente al hombre, ve su poder —incomparable con el de los hombres— manifestado por sus obras, y aprende que Él solo entre los hombres es Dios el Logos. O si un hombre se ha extraviado entre los demonios y les teme, puede ver a este Hombre expulsarlos, y concluir que Él es su Señor. O si un hombre ha descendido a las aguas y piensa que son Dios —como, por ejemplo, los egipcios veneran el agua—, puede ver cómo Él cambia su naturaleza, y aprender que el Señor es Creador de las aguas.
    4. Pero si un hombre ha bajado aun al Hades y se sobrecoge ante los héroes que allí descendieron, teniéndolos por dioses, puede, sin embargo, contemplar el hecho de la Resurrección de Cristo y su victoria sobre la muerte, e inferir que también entre ellos Cristo solo es verdadero Dios y Señor.
    5. Pues el Señor tocó todas las partes de la creación, y libró y desengañó a todas de todo engaño; como dice Pablo: Habiendo despojado de sí los principados y las potestades, triunfó en la Cruz (
      ): para que nadie pudiera ya de ningún modo ser engañado, sino que en todas partes hallase al verdadero Logos de Dios.
    6. Pues así el hombre, cercado por todas partes y contemplando la Divinidad del Logos desplegada por doquier, esto es, en el cielo, en el Hades, en el hombre y sobre la tierra, ya no queda expuesto al engaño respecto de Dios, sino que adora a Cristo solo y, por medio de Él, llega a conocer rectamente al Padre.
    7. Por estos argumentos, pues, fundados en la razón, los gentiles serán a su vez justamente avergonzados por nosotros. Pero si juzgan insuficientes los argumentos para avergonzarlos, queden al menos convencidos de lo que decimos por hechos manifiestos a la vista de todos.

    La evidencia histórica (§§ 46–50)

    § 46

    1. ¿Cuándo comenzaron los hombres a abandonar la adoración de los ídolos, sino desde que Dios, el verdadero Logos de Dios, vino entre los hombres? ¿O cuándo cesaron y quedaron vacíos los oráculos entre los griegos, y por todas partes, sino cuando el Salvador se manifestó sobre la tierra?
    2. ¿O cuándo comenzaron aquellos que los poetas llaman dioses y héroes a ser convictos de no ser sino hombres mortales, sino desde que el Señor alzó su victoria sobre la muerte y conservó incorruptible el cuerpo que había tomado, resucitándolo de entre los muertos?
    3. ¿O cuándo cayó en desprecio el engaño y la locura de los demonios, sino cuando el poder de Dios, el Logos, Señor asimismo de todos estos, condescendiendo a causa de la debilidad del hombre, apareció sobre la tierra? ¿O cuándo comenzaron a ser hollados el arte y las escuelas de la magia, sino cuando tuvo lugar entre los hombres la Aparición divina del Logos?
    4. Y, en una palabra, ¿en qué tiempo se hizo necedad la sabiduría de los griegos, sino cuando la verdadera Sabiduría de Dios se manifestó sobre la tierra? Pues antiguamente el mundo entero y todo lugar eran extraviados por la adoración de los ídolos, y los hombres no tenían por dioses sino a los ídolos. Pero ahora, por todo el mundo, los hombres abandonan la superstición de los ídolos y se refugian en Cristo; y, adorándole como a Dios, llegan por medio de Él a conocer también a aquel Padre a quien no conocían.
    5. Y, cosa maravillosa, mientras que los objetos de culto eran diversos y de inmenso número, y cada lugar tenía su propio ídolo, y aquel que entre ellos era tenido por dios no tenía poder para pasar al lugar vecino y persuadir a los pueblos vecinos de que le adorasen, sino que apenas era honrado aun entre su propio pueblo —pues nadie adoraba al dios de su vecino; antes bien, cada cual se atenía a su propio ídolo, pensando que era señor de todos—, Cristo solo es adorado como uno y el mismo entre todos los pueblos; y lo que la debilidad de los ídolos no pudo hacer —persuadir, a saber, ni siquiera a quienes habitaban cerca—, esto lo ha hecho Cristo, persuadiendo no solo a los cercanos, sino sencillamente al mundo entero, a adorar a uno y el mismo Señor, y por medio de Él a Dios, esto es, a su Padre.

    § 47

    1. Y mientras que antiguamente todo lugar estaba lleno de los engaños de los oráculos, y los oráculos de Delfos y Dodona, y los de Beocia y Licia y Libia y Egipto, y los de los Cabiros, y la Pitonisa, gozaban de estima en la imaginación de los hombres, ahora, desde que Cristo ha comenzado a ser predicado por doquier, también ha cesado su locura y no hay entre ellos quien siga adivinando.
    2. Y mientras que antiguamente los demonios solían engañar la imaginación de los hombres, ocupando fuentes o ríos, árboles o piedras, e imponían así a los sencillos sus embustes; ahora, después de la visitación divina del Logos, ha cesado su engaño. Pues mediante la señal de la Cruz, con solo usarla un hombre, expulsa sus engaños.
    3. Y mientras que antiguamente los hombres tenían por dioses a Zeus, Cronos y Apolo, y a los héroes mencionados por los poetas, y erraban al honrarlos; ahora que el Salvador ha aparecido entre los hombres, aquellos otros han quedado desenmascarados como hombres mortales, y Cristo solo ha sido reconocido entre los hombres como el verdadero Dios, el Logos de Dios.
    4. ¿Y qué se ha de decir de la magia tenida en estima entre ellos? Que, antes de que el Logos morase entre nosotros, era poderosa y activa entre egipcios, caldeos e indios, e inspiraba temor a quienes la veían; pero que, por la presencia de la Verdad y la Aparición del Logos, también ella ha sido enteramente refutada y reducida por completo a la nada.
    5. Pero en cuanto a la sabiduría de los gentiles y a las pretensiones altisonantes de los filósofos, pienso que nadie puede necesitar nuestro razonamiento, pues el prodigio está ante los ojos de todos: que mientras los sabios de entre los griegos habían escrito tanto y no pudieron persuadir siquiera a unos pocos de su propia vecindad acerca de la inmortalidad y de una vida virtuosa, Cristo solo, mediante lenguaje común y por hombres no hábiles de palabra, ha persuadido por todo el mundo a iglesias enteras, llenas de hombres, a despreciar la muerte y a atender a las cosas de la inmortalidad; a desdeñar lo temporal y volver sus ojos hacia lo eterno; a no tener en nada la gloria terrena y aspirar solamente a la celestial.

    § 48

    1. Ahora bien, estos argumentos nuestros no consisten meramente en palabras, sino que tienen en la experiencia misma un testigo de su verdad.
    2. Pues quien quiera, suba y contemple la prueba de virtud en las vírgenes de Cristo y en los jóvenes que practican la santa castidad, y la garantía de la inmortalidad en tan gran multitud de Sus mártires.
    3. Y venga quien desee probar por experiencia lo que ahora hemos dicho, y, en la presencia misma del engaño de los demonios, de la impostura de los oráculos y de los prodigios de la magia, use la señal de aquella Cruz de que entre ellos se ríen, y verá cómo por medio de ella los demonios huyen, los oráculos enmudecen, y toda magia y hechicería es reducida a la nada.
    4. ¿Quién es, pues, y cuán grande es este Cristo, que por Su propio Nombre y Presencia eclipsa y reduce a la nada todas las cosas por doquier, y es el único fuerte contra todos, y ha llenado el mundo entero con Su enseñanza? Dígannoslo los griegos, que se complacen en reír y no se avergüenzan.
    5. Pues si Él es hombre, ¿cómo ha excedido un solo hombre el poder de todos aquellos a quienes ellos mismos se atreven a tener por dioses, y los ha convencido por Su propio poder de que no son nada? Pero si le llaman mago, ¿cómo puede ser que por un mago sea destruida toda magia, en vez de ser confirmada? Pues si hubiese vencido a ciertos magos, o prevalecido sobre uno solo, les sería propio sostener que sobresalió de los demás por habilidad superior;
    6. pero si Su Cruz ha alcanzado la victoria sobre toda magia sin excepción, y sobre el propio nombre de ella, debe ser manifiesto que el Salvador no es mago, puesto que aun aquellos demonios a quienes invocan los otros magos huyen de Él como de su Señor.
    7. Quién sea Él, pues, dígannoslo los griegos, cuyo único empeño serio es burlarse. Acaso digan que Él también era un demonio, y de ahí Su fuerza. Pero, díganlo como quieran, la burla recaerá contra ellos, pues una vez más pueden ser confundidos por nuestras pruebas anteriores. Pues ¿cómo es posible que sea un demonio Aquel que expulsa a los demonios?
    8. Pues si simplemente expulsara a ciertos demonios, podría sostenerse con propiedad que por el príncipe de los demonios prevalecía contra los menores, tal como los judíos le dijeron cuando deseaban insultarle. Pero si, al ser pronunciado Su Nombre, toda la demencia de los demonios es desarraigada y ahuyentada, debe ser evidente que también aquí yerran, y que Cristo, nuestro Señor y Salvador, no es, como piensan, algún poder demoníaco.
    9. Entonces, si el Salvador no es meramente un hombre, ni un mago, ni algún demonio, sino que por Su propia Divinidad ha reducido a la nada y eclipsado tanto la doctrina que se halla en los poetas como el engaño de los demonios y la sabiduría de los gentiles, debe ser manifiesto, y todos lo reconocerán, que este es el verdadero Hijo de Dios, el Logos, la Sabiduría y el Poder del Padre desde el principio. Pues por esto también Sus obras no son obras de hombre, sino que se reconocen por encima del hombre y verdaderamente obras de Dios, tanto por los hechos mismos como por comparación con [el resto de] la humanidad.

    § 49

    1. Pues ¿qué hombre que haya nacido jamás se formó un cuerpo para sí de una virgen sola? ¿O qué hombre sanó jamás tales enfermedades como el Señor común de todos? ¿O quién restituyó lo que faltaba a la naturaleza humana, e hizo ver al que era ciego de nacimiento?
    2. Asclepio fue divinizado entre ellos porque practicó la medicina y descubrió hierbas para los cuerpos enfermos; no formándolas él mismo de la tierra, sino descubriéndolas por una ciencia extraída de la naturaleza. Pero ¿qué es esto comparado con lo que hizo el Salvador, quien, en vez de sanar una herida, modificó la naturaleza originaria del hombre y restituyó íntegro el cuerpo?
    3. Heracles es adorado como dios entre los griegos porque combatió contra hombres sus iguales y destruyó con astucia a las fieras. ¿Qué es esto comparado con lo que hizo el Logos, al expulsar del hombre las enfermedades, los demonios y la muerte misma? Dioniso es adorado entre ellos porque enseñó al hombre la embriaguez; pero el verdadero Salvador y Señor de todos, por enseñar la templanza, es objeto de burla por estos.
    4. Mas dejemos pasar estas cosas. ¿Qué dirán de los otros milagros de su Divinidad? ¿A la muerte de qué hombre se oscureció el sol y tembló la tierra? He aquí que aun hasta el día de hoy los hombres mueren, y también antiguamente morían. ¿Cuándo aconteció en su caso prodigio semejante?
    5. O, dejando de lado las obras hechas por medio de su cuerpo, y mencionando las posteriores a su resurrección: ¿qué doctrina de hombre alguno que haya existido ha prevalecido por doquier, una y la misma, de un extremo de la tierra al otro, de modo que su culto haya desplegado su vuelo por toda tierra?
    6. O ¿por qué, si Cristo es, como ellos dicen, un hombre y no Dios el Logos, no es impedido su culto por los dioses que tienen, de penetrar en la misma tierra donde ellos se hallan? ¿O por qué, por el contrario, el Logos mismo, al morar aquí, mediante su enseñanza detiene su culto y pone en vergüenza su engaño?

    § 50

    1. Muchos antes de este Hombre han sido reyes y tiranos del mundo; muchos constan haber sido sabios y magos entre los caldeos, los egipcios y los indios; ¿cuál de estos, pregunto, no después de muerto, sino estando todavía vivo, pudo jamás prevalecer hasta el punto de llenar toda la tierra con su enseñanza y apartar de la superstición de los ídolos a tan gran multitud, como nuestro Salvador ha convertido de los ídolos a Sí mismo?
    2. Los filósofos de los griegos han compuesto muchas obras con plausibilidad y habilidad de palabra; ¿qué resultado, pues, han mostrado tan grande como el de la Cruz de Cristo? Porque las sutilezas que enseñaron eran bastante plausibles hasta que murieron; pero aun la influencia que parecían tener mientras vivían estaba sometida a sus rivalidades mutuas; y eran émulos unos de otros y declamaban unos contra otros.
    3. Pero el Logos de Dios, hecho sobremanera extraño, enseñando en un lenguaje más humilde, ha eclipsado a los sofistas escogidos; y mientras que, atrayendo a todos hacia Sí, ha reducido a la nada sus escuelas, ha llenado las suyas propias, las iglesias; y lo maravilloso es que, descendiendo como hombre a la muerte, ha reducido a la nada las sonoras palabras de los sabios acerca de los ídolos.
    4. Pues ¿la muerte de quién expulsó jamás demonios? ¿O qué muerte temieron jamás los demonios, como temieron la de Cristo? Porque donde se nombra el nombre del Salvador, allí es expulsado todo demonio. ¿O quién ha librado de tal manera a los hombres de las pasiones del hombre natural, que los fornicarios sean castos, los homicidas ya no empuñen la espada, y quienes antes eran dominados por la cobardía se muestren valerosos?
    5. Y, en una palabra, ¿quién persuadió a los hombres de países bárbaros y a los paganos de diversos lugares a abandonar su locura y atender a la paz, sino la fe de Cristo y la señal de la Cruz? ¿O quién más ha dado a los hombres tal certidumbre de inmortalidad como la Cruz de Cristo y la Resurrección de su Cuerpo?
    6. Porque, aunque los griegos han contado toda suerte de fábulas falsas, no pudieron, sin embargo, fingir una Resurrección de sus ídolos —pues jamás les pasó por la mente si es posible en absoluto que el cuerpo vuelva a existir después de la muerte—. Y aquí se aceptaría muy especialmente su testimonio, puesto que por esta opinión han puesto de manifiesto la debilidad de su propia idolatría, dejando a la vez abierta la posibilidad para Cristo, a fin de que también por esto fuese conocido entre todos como Hijo de Dios.

    La cruz contra la sabiduría del mundo (§§ 51–53)

    § 51

    1. ¿Quién de los hombres, además, después de su muerte, o bien mientras vivía, enseñó acerca de la virginidad, y que esta virtud no era imposible entre los hombres? Pero Cristo, nuestro Salvador y Rey de todos, tuvo tal poder en su enseñanza acerca de ella, que aun los niños que no han llegado todavía a la edad legal hacen voto de aquella virginidad que está por encima de la ley.
    2. ¿Qué hombre ha sido jamás capaz de ir tan lejos como para llegar entre los escitas y los etíopes, o los persas o los armenios o los godos, o aquellos de quienes oímos que están más allá del océano, o los que habitan más allá de Hircania, o incluso los egipcios y caldeos, hombres dados a la magia, supersticiosos sobremanera y salvajes en sus costumbres, y predicar en modo alguno acerca de la virtud y de la continencia, y contra el culto de los ídolos, como lo ha hecho el Señor de todos, el Poder de Dios, nuestro Señor Jesucristo?
    3. El cual no solo predicó por medio de sus propios discípulos, sino que también llevó la persuasión a las mentes de los hombres, para que abandonasen la fiereza de sus costumbres y no sirviesen ya a sus dioses patrios, sino que aprendiesen a conocerle a Él y, por medio de Él, a adorar al Padre.
    4. Pues antiguamente, mientras estaban en la idolatría, griegos y bárbaros solían guerrear unos contra otros, y eran crueles incluso con sus propios parientes. Pues era imposible que nadie atravesase mar o tierra sin armar su mano con espadas, a causa de sus implacables luchas entre sí.
    5. Pues todo el curso de su vida se regía por las armas, y la espada hacía entre ellos las veces de bastón y era su apoyo en toda necesidad; y, sin embargo, como dije antes, servían a los ídolos y ofrecían sacrificios a los demonios, mientras que, con toda su superstición idolátrica, no podían ser apartados de tal disposición de ánimo.
    6. Pero cuando han venido a la escuela de Cristo, entonces, cosa extraña, como hombres verdaderamente compungidos en su conciencia, han dejado la ferocidad de sus matanzas y ya no piensan en las cosas de la guerra; antes bien, todo está en paz entre ellos, y desde entonces les agrada cuanto conduce a la amistad.

    § 52

    1. ¿Quién, pues, es Aquel que ha hecho esto, o quién es Aquel que ha unido en paz a hombres que se odiaban unos a otros, sino el amado Hijo del Padre, el Salvador común de todos, Jesucristo, que por su propio amor soportó todas las cosas por nuestra salvación? Pues ya desde antiguo fue profetizada la paz que Él había de traer, cuando dice la Escritura: Ellos forjarán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; y no alzará nación espada contra nación, ni aprenderán más la guerra (
      ).
    2. Y esto no es, al menos, increíble, puesto que aun ahora aquellos bárbaros que tienen una ferocidad innata en sus costumbres, mientras todavía sacrifican a los ídolos de su patria, se enfurecen unos contra otros y no pueden soportar estar una sola hora sin armas;
    3. pero, cuando oyen la enseñanza de Cristo, al punto, en vez de combatir, se vuelven a la labranza, y en lugar de armar sus manos con armas, las levantan en oración; y, en una palabra, en vez de luchar entre sí, de aquí en adelante se arman contra el diablo y contra los espíritus malignos, sometiéndolos por la continencia y la virtud del alma.
    4. Ahora bien, esto es a la vez prueba de la Divinidad del Salvador, puesto que lo que los hombres no pudieron aprender entre los ídolos, lo han aprendido de Él; y no pequeña manifestación de la debilidad y la nada de los demonios y de los ídolos. Pues los demonios, conociendo su propia debilidad, pusieron antiguamente a los hombres a hacerse guerra unos a otros, no fuera que, si cesaban de su mutua contienda, se volviesen a combatir contra los demonios.
    5. Pues quienes se hacen discípulos de Cristo, en vez de guerrear unos contra otros, se disponen contra los demonios mediante sus costumbres y sus actos virtuosos; los derrotan y se burlan de su capitán, el diablo; de modo que en la juventud son continentes, en las tentaciones perseveran, en los trabajos se mantienen firmes, cuando son injuriados son pacientes, cuando son despojados no hacen caso de ello; y, cosa maravillosa, hasta desprecian la muerte y se hacen mártires de Cristo.

    § 53

    1. Y, por mencionar una prueba de la divinidad del Salvador, verdaderamente asombrosa en extremo: ¿qué simple hombre, o mago, o tirano, o rey, pudo jamás por sí solo enfrentarse con tantos, y combatir contra toda idolatría y contra toda la hueste demoníaca y toda magia y toda la sabiduría de los griegos, cuando eran tan poderosas, aún florecientes e imponiéndose a todos, y refrenarlas a todas en un solo acometimiento, como lo hizo nuestro Señor, el verdadero Verbo de Dios, quien, poniendo invisiblemente al descubierto el error de cada uno, aparta por sí solo a todos los hombres de todos ellos, de modo que, mientras quienes adoraban ídolos ahora los pisotean, aquellos que gozaban de fama por la magia queman sus libros, y los sabios prefieren a todos los estudios la interpretación de los Evangelios?
    2. Pues a quienes solían adorar, los abandonan; y a Aquel de quien solían burlarse como de un crucificado, a Él le adoran como Cristo, confesándole Dios. Y los que entre ellos son llamados dioses son puestos en fuga por la señal de la Cruz, mientras que el Salvador crucificado es proclamado en todo el mundo como Dios e Hijo de Dios. Y los dioses adorados entre los griegos caen en descrédito a sus ojos, como seres escandalosos; mientras que quienes reciben la enseñanza de Cristo viven una vida más casta que la de ellos.
    3. Si, pues, estas cosas y otras semejantes son obras humanas, muestre quien quiera obras semejantes realizadas por hombres de tiempos pasados, y convénzanos así. Pero si se prueba que no son, y en verdad no son, obras de hombres, sino de Dios, ¿por qué son los incrédulos tan impíos que no reconocen al Maestro que las obró?
    4. Pues su caso es como si un hombre, por las obras de la creación, no llegase a conocer a Dios, su Artífice. Porque, si conociesen su Divinidad por su poder sobre el universo, habrían sabido también que las obras corporales de Cristo no son humanas, sino obras del Salvador de todos, el Verbo de Dios. Y si así lo hubiesen sabido, no habrían, como dijo Pablo, crucificado al Señor de gloria (
      ).

    El intercambio admirable (§§ 54–55)

    § 54

    1. Así pues, como si un hombre desease ver a Dios, que por naturaleza es invisible y en modo alguno se ve, puede conocerle y comprenderle por sus obras, así también quien no alcanza a ver a Cristo con su entendimiento, conózcale al menos por las obras de su cuerpo, y pruebe si son obras humanas u obras de Dios.
    2. Y si son humanas, burle; pero si no son humanas, sino de Dios, reconózcalo, y no se ría de lo que no es materia de burla; antes bien, maravíllese de que por medio tan ordinario se nos hayan manifestado las cosas divinas, y de que por la muerte haya llegado a todos la inmortalidad, y de que, al hacerse hombre el Logos, haya sido conocida la Providencia universal, y su Dador y Artífice, el Logos mismo de Dios.
    3. Pues Él se hizo hombre para que nosotros fuésemos divinizados; y se manifestó por medio de un cuerpo para que recibiésemos la noción del Padre invisible; y sufrió la insolencia de los hombres para que heredásemos la inmortalidad. Pues, aunque Él mismo no fue en manera alguna dañado, por ser imposible de dañar e incorruptible, y Logos mismo y Dios, sostuvo y preservó en su propia impasibilidad a los hombres que padecían y por quienes soportó todas estas cosas.
    4. Y, en una palabra, las obras del Salvador, resultantes de haberse hecho hombre, son de tal índole y número que, si alguno quisiese enumerarlas, podría comparársele con hombres que miran la inmensidad del mar y desean contar sus olas. Pues así como nadie puede abarcar con los ojos la totalidad de las olas, porque las que sobrevienen confunden el sentido de quien lo intenta; así también, para quien quisiera abarcar todas las obras de Cristo en el cuerpo, es imposible abarcar el conjunto, aun enumerándolas, pues las que exceden su pensamiento son más que aquellas que cree haber abarcado.
    5. Mejor es, pues, no pretender hablar del todo, cuando ni siquiera de una parte se puede dar cuenta cabal, sino, después de mencionar una más, dejar el conjunto para vuestra admiración. Pues todas son igualmente admirables, y adondequiera que el hombre vuelva la mirada, podrá contemplar por aquel lado la Divinidad del Logos, y quedar sobrecogido de grandísimo temor.
    Comentario editorial · La frase más citada del tratado
    La primera línea de este capítulo —αὐτὸς γὰρ ἐνηνθρώπησεν, ἵνα ἡμεῖς θεοποιηθῶμεν— es la formulación más célebre del llamado intercambio admirable, y su recepción posterior ha sido inmensa, especialmente en la teología oriental de la divinización.13 Dos precisiones evitan malentenderla. Primero, no es original de Atanasio: Ireneo había escrito algo equivalente, y la fórmula circula ya en el siglo II.14 Segundo, «fuésemos hechos dioses» traduce theopoiēthōmen y no afirma en modo alguno una fusión de naturalezas ni la absorción de lo humano en lo divino: Atanasio distingue siempre lo que es Dios por naturaleza de lo que participa de Dios por gracia9, y toda su polémica antiarriana posterior dependerá precisamente de mantener esa frontera intacta.

    § 55

    1. Esto, pues, después de cuanto hasta aquí hemos dicho, conviene que lo adviertas, que lo tengas por suma de lo ya expuesto y que te maravilles sobremanera; a saber: que, desde que el Salvador ha venido entre nosotros, la idolatría no solo ya no aumenta, sino que lo que de ella había va disminuyendo y poco a poco llega a su fin; y que no solo la sabiduría de los griegos ya no avanza, sino que lo que de ella existe se desvanece ahora; y que los demonios, lejos de seguir engañando con ilusiones, profecías y artes mágicas, si tan solo osan intentarlo, quedan avergonzados por la señal de la Cruz.
    2. Y, para resumir el asunto: mira cómo la doctrina del Salvador aumenta por todas partes, mientras que toda idolatría y todo cuanto se opone a la fe de Cristo disminuye cada día, pierde fuerza y cae. Y así, al contemplarlo, adora al Salvador, que está sobre todas las cosas y es poderoso, esto es, a Dios el Logos; y condena a aquellos que por Él son vencidos y reducidos a la nada.
    3. Pues así como, cuando ha salido el sol, las tinieblas ya no prevalecen, sino que, si aún queda alguna en alguna parte, es ahuyentada; así también, ahora que ha venido la Aparición divina del Logos de Dios, las tinieblas de los ídolos ya no prevalecen, y todos los confines del mundo, en toda dirección, son iluminados por su enseñanza.
    4. Y así como, cuando un rey reina en cierta región sin mostrarse, sino que permanece en casa, en su propia morada, con frecuencia algunos hombres desordenados, aprovechándose de su retiro, se proclaman reyes; y cada uno de ellos, arrogándose tal condición, engaña a los sencillos como si fuese rey, y de este modo los hombres son extraviados por el nombre, al oír que hay un rey, pero sin verlo, si no por otra causa, porque no pueden entrar en la casa; pero cuando el verdadero rey sale y aparece, entonces los impostores desordenados quedan desenmascarados por su presencia, mientras que los hombres, al ver al verdadero rey, abandonan a quienes antes los habían extraviado:
    5. de igual manera, los malos espíritus engañaban antiguamente a los hombres, atribuyéndose el honor de Dios; pero cuando el Logos de Dios apareció en un cuerpo y nos dio a conocer a su propio Padre, entonces, por fin, el engaño de los malos espíritus queda reducido a la nada y cesa, mientras que los hombres, volviendo sus ojos al verdadero Dios, Verbo del Padre, abandonan los ídolos y ahora llegan a conocer al verdadero Dios.
    6. Ahora bien, esto es prueba de que Cristo es Dios el Logos y el Poder de Dios. Pues, puesto que las cosas humanas cesan y el Verbo de Cristo permanece, es manifiesto a todos los ojos que lo que cesa es temporal, pero Aquel que permanece es Dios y el verdadero Hijo de Dios, su Verbo unigénito.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura

    Octava parte — Conclusión y exhortación (§§ 56–57)

    § 56

    1. Sea, pues, esto, hombre amante de Cristo, nuestra ofrenda para ti: apenas un bosquejo y esbozo elemental, en breve espacio, de la fe de Cristo y de su Aparición divina para con nosotros. Pero tú, tomando ocasión de esto, si das con el texto de las Escrituras, aplicando de veras tu mente a ellas, aprenderás de ellas más completa y claramente el pormenor preciso de cuanto hemos dicho.
    2. Pues fueron habladas y escritas por Dios, por medio de hombres que hablaron de Dios. Pero nosotros comunicamos a tu celo por aprender lo que hemos recibido de maestros inspirados que han tenido trato con ellas y que también llegaron a ser mártires de la Divinidad de Cristo.
    3. Y aprenderás asimismo acerca de su segunda, gloriosa y verdaderamente divina Aparición para con nosotros, cuando ya no en humildad, sino en su propia gloria —ya no en humilde apariencia, sino en su propia magnificencia— haya de venir, no ya para padecer, sino para dar desde entonces a todos el fruto de su propia Cruz, esto es, la resurrección y la incorrupción; y no ya para ser juzgado, sino para juzgar a todos según lo que cada uno haya hecho en el cuerpo, sea bueno o malo; donde está reservado para los buenos el reino de los cielos, pero para quienes obraron el mal, fuego eterno y tinieblas exteriores.
    4. Pues así dice también el Señor mismo: Desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder, y viniendo sobre las nubes del cielo en la gloria del Padre (
      ).
    5. Y por esta misma causa hay también una palabra del Salvador que nos prepara para aquel día, en estos términos: Estad preparados y velad, porque viene a una hora que no sabéis. Pues, según el bienaventurado Pablo: Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba conforme a lo que haya hecho en el cuerpo, sea bueno o malo.

    § 57

    1. Pero para el escudriñamiento de las Escrituras y su verdadero conocimiento, se necesita una vida honrosa, un alma pura y aquella virtud que es conforme a Cristo; para que el entendimiento, guiando por ella su camino, pueda alcanzar lo que desea y comprenderlo, en cuanto es accesible a la naturaleza humana aprender acerca del Logos de Dios.
    2. Pues sin una mente pura y una vida modelada según la de los santos, el hombre no podría en absoluto comprender las palabras de los santos.
    3. Porque, así como, si un hombre quisiera ver la luz del sol, al menos se limpiaría y aclararía el ojo, purificándose en cierto modo conforme a aquello que desea, para que el ojo, hecho así luminoso, pueda ver la luz del sol; o como, si un hombre quisiera ver una ciudad o una comarca, al menos acudiría al lugar para verla; así también, quien desee comprender el pensamiento de quienes hablan de Dios debe necesariamente comenzar por lavar y purificar su alma mediante su modo de vivir, y acercarse a los mismos santos imitando sus obras; para que, asociado con ellos en la conducta de una vida común, pueda entender también lo que Dios les ha revelado y, desde entonces, unido estrechamente a ellos, escapar del peligro de los pecadores y de su fuego en el día del juicio, y recibir lo que está reservado para los santos en el reino de los cielos, que Ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado en corazón de hombre (
      ), cuantas cosas están preparadas para quienes viven una vida virtuosa y aman a Dios y Padre, en Cristo Jesús nuestro Señor; por quien y con quien, al Padre mismo, juntamente con el Hijo mismo, en el Espíritu Santo, sean el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
    Comentario editorial · Claves del argumento
    El tratado no termina con una tesis sino con una condición: la inteligencia del texto sagrado depende de la forma de vida del lector. Atanasio cierra su apología convirtiéndola en ascesis.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura

    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Recepción y peso posterior

    Pintura del Primer Concilio de Nicea: los obispos reunidos en asamblea con el emperador presidiendo
    Nicea vista desde el siglo XIX. El tratado no menciona el concilio ni a Arrio, pero su argumento —solo quien es Dios por naturaleza puede comunicar incorrupción— es lo que la fórmula nicena acabará protegiendo · Vasili Súrikov, «Primer Concilio Ecuménico de Nicea», 1876 · Wikimedia Commons, dominio público
    La obra no fue escrita para intervenir en la controversia arriana, pero acabó siendo uno de sus presupuestos. Si la salvación consiste en que la incorrupción entre en la naturaleza humana por la unión con el Verbo, entonces todo depende de que ese Verbo sea Dios y no la primera de las criaturas. Un Logos creado podría enseñar, podría ejemplificar; no podría comunicar lo que no posee por naturaleza. El argumento soteriológico del § 54 es lo que Atanasio desplegará con toda su fuerza polémica en los Discursos contra los arrianos: la fórmula nicena no defiende una especulación, defiende la posibilidad misma de la salvación tal como este tratado la describe.
    Tres líneas de recepción merecen distinguirse. La primera, la oriental: la teología de la divinización —de los Capadocios a Máximo el Confesor y, mucho después, a Gregorio Palamás— encuentra aquí una de sus formulaciones fundacionales, aunque desarrollará un aparato conceptual (naturaleza y energías, participación y esencia) que Atanasio no posee todavía. La segunda, la occidental: leída sobre todo a través de la traducción latina y de los florilegios, la obra aportó a Occidente menos el vocabulario de la theopóiēsis que el argumento de la congruencia —por qué convenía que Dios se hiciera hombre—, línea que Anselmo retomará con otros presupuestos y otra estructura en el Cur Deus homo.8 La tercera es moderna: el tratado volvió a la circulación amplia en el siglo XX, y la edición inglesa de 1944 prologada por C. S. Lewis contribuyó notablemente a su difusión entre lectores no especialistas.18
    Lo que sigue disputado es tan instructivo como lo que quedó fijado. La datación no está resuelta. La relación entre las dos recensiones tampoco. El silencio sobre el alma humana de Cristo sigue admitiendo lecturas opuestas. Y la caracterización del modelo soteriológico atanasiano como «físico» o «místico» —con la sospecha de que la unión de naturalezas bastaría, sin necesidad de la cruz— ha sido discutida repetidamente desde que Harnack la formuló, con réplicas que señalan, con razón, el peso de los capítulos 20 a 26 en la economía del tratado.17 Un lector honesto sale de este libro con una convicción firme sobre su centro y con varias preguntas abiertas sobre sus bordes. Es una buena manera de salir de un texto antiguo.

    Nota 1.
    La doble obra se transmite unida y con un prólogo común. El Contra los gentiles (Λόγος κατὰ Ἑλλήνων) argumenta que el alma y el cosmos bastan para orientar hacia Dios; Sobre la encarnación parte de que esa vía, disponible en principio, resultó de hecho insuficiente. Leer la segunda sin la primera hace que los §§ 11-13 parezcan una concesión, cuando son una conclusión.
    Nota 2.
    La datación temprana (c. 318, antes de Nicea) se apoya en el silencio sobre la controversia arriana y fue defendida por la erudición del siglo XIX. Las propuestas tardías, discutidas desde mediados del siglo XX, atribuyen ese silencio al género apologético y sitúan la composición en los años treinta. Ninguna de las dos posiciones ha desplazado a la otra.
    Nota 3.
    De la obra circulan una recensión breve y una larga. La cuestión de cuál es anterior, y si la larga procede del propio Atanasio o de una revisión posterior, sigue abierta. Esta edición no adopta posición y sigue la forma común de la recensión breve.
    Nota 4.
    La creación ex nihilo no es en Atanasio un dato inerte de la doctrina, sino la premisa activa de toda su soteriología. Si la criatura no tiene el ser por sí misma, separarse de la fuente del ser no es solo desobedecer: es iniciar un regreso. Esto es lo que hace que el pecado tenga para él consecuencias ontológicas y no solo penales.
    Nota 5.
    La distinción entre ser «imagen» (propio del Verbo) y ser «según la imagen» (propio del hombre) recorre todo el tratado y es la que hace necesario que sea el Verbo mismo, y no un ángel ni un hombre justo, quien restaure lo perdido. Véase el § 13.
    Nota 6.
    Phthorá cubre a la vez la muerte biológica y la disolución de lo compuesto. Traducirla siempre por «muerte» empobrece el argumento; traducirla siempre por «destrucción» lo endurece. Esta edición usa «corrupción» y reserva «muerte» para θάνατος.
    Nota 7.
    Atanasio da por canónico el libro de la Sabiduría, cuya presencia en el canon alejandrino era habitual. Su célebre Carta festal 39, muy posterior, lo situará entre los libros útiles para la lectura sin contarlo entre los canónicos, lo que muestra un desplazamiento en su criterio a lo largo de la vida.
    Nota 8.
    La expresión «cumplir la deuda» no debe leerse con las categorías de la satisfacción anselmiana, formuladas más de siete siglos después y sobre presupuestos feudales de honor y reparación. En Atanasio la deuda es la sentencia de muerte del § 3, y se cumple porque se muere de verdad, no porque se compense un agravio.
    Nota 9.
    Theopóiēsis designa la participación de la criatura en la vida divina, no un cambio de naturaleza. La distinción entre lo que es Dios por naturaleza y lo que lo es por participación será justamente el eje de la argumentación antiarriana posterior de Atanasio.
    Nota 10.
    Las citas del Antiguo Testamento siguen el texto griego que Atanasio emplea, no el hebreo masorético. La diferencia es relevante sobre todo en Isaías 7:14, donde la Septuaginta usa παρθένος («virgen») donde el hebreo tiene 'almah («joven»); el argumento del § 34 depende del texto griego.
    Nota 11.
    La exégesis de Daniel 9:24-27 que aquí se propone —las setenta semanas terminando en la venida de Cristo y la destrucción de Jerusalén— fue común en la apologética cristiana antigua. La crítica histórica moderna suele referir el pasaje a la crisis seléucida del siglo II a. C., y el judaísmo rabínico desarrolló lecturas alternativas. Registrar esto no invalida el capítulo como documento, pero impide usarlo como demostración.
    Nota 12.
    Los tratados adversus Iudaeos constituyen un género antiguo y extendido. Su recepción posterior contribuyó a formas de hostilidad con consecuencias históricas graves. Traducirlos íntegros es necesario para el estudio; presentarlos sin ese marco no lo es.
    Nota 13.
    La fórmula del § 54 se convirtió en el lema de la teología de la divinización. Su brevedad ha favorecido tanto su difusión como su malinterpretación fuera del contexto del tratado, donde está sostenida por la distinción entre naturaleza y participación.
    Nota 14.
    Ireneo de Lyon formula un intercambio equivalente en el prefacio del libro V de Contra las herejías. La idea es, pues, anterior a Atanasio y pertenece al fondo común de la teología del siglo II.
    Nota 15.
    La afirmación de que el Verbo, encarnado, sigue llenando el universo («no contenido, sino conteniendo») es el antecedente patrístico de lo que en la polémica eucarística del siglo XVI los luteranos llamaron extra Calvinisticum. Los teólogos reformados reivindicaron precisamente este tipo de pasajes para sostener que la fórmula no era una novedad ginebrina.
    Nota 16.
    El tratado atribuye los predicados humanos al «cuerpo» y los divinos al «Verbo», sin nombrar un alma humana de Cristo. Si esto refleja una cristología de tipo Verbo-carne o simplemente un problema aún no planteado es materia de discusión. Los escritos posteriores de Atanasio afirman el alma humana de Cristo, dato que favorece la segunda lectura sin cerrar el debate sobre estos capítulos.
    Nota 17.
    La caracterización del modelo como redención «física» —la salvación operada por la sola unión de la naturaleza divina con la humana— procede de la historiografía dogmática de finales del siglo XIX. Las réplicas señalan que los §§ 8-9 y 20-26 conceden a la muerte y al ofrecimiento un papel que una interpretación estrictamente física no explicaría.
    Nota 18.
    La traducción inglesa publicada en 1944 llevó un prefacio de C. S. Lewis que se hizo célebre por sí mismo, en particular por su argumento a favor de leer libros antiguos junto a los modernos. Su influencia en la difusión del tratado fuera del ámbito académico es notable.
    Nota 19.
    El texto griego se lee habitualmente en Migne, Patrologia Graeca 25, y en la edición de Sources Chrétiennes preparada por Charles Kannengiesser (vol. 199). Esta edición castellana no reproduce ninguna de las dos: es una versión de trabajo que requiere cotejo.
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