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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minInstrucciones a los catecúmenos
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minPrimera instrucción
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minPrimera instrucción
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minSegunda instrucción
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 11 minSegunda instrucción
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 10 minSegunda instrucción
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minTres homilías sobre el diablo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 10 minHomilía 1. Contra los que dicen que los demonios gobiernan los asuntos humanos.
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 10 minHomilía 1. Contra los que dicen que los demonios gobiernan los asuntos humanos.
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minHomilía 1. Contra los que dicen que los demonios gobiernan los asuntos humanos.
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 11 minHomilía 2. Sobre el poder del hombre para resistir al diablo.
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minHomilía 2. Sobre el poder del hombre para resistir al diablo.
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minHomilía 3. Sobre el poder del hombre para resistir al diablo.
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minHomilía 3. Sobre el poder del hombre para resistir al diablo.
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 10 minHomilía 3. Sobre el poder del hombre para resistir al diablo.
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 11 minHomilía sobre el paralítico descolgado por el tejado
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 10 minHomilía sobre el paralítico descolgado por el tejado
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minHomilía sobre el paralítico descolgado por el tejado
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minHomilía sobre el paralítico descolgado por el tejado
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minHomilía sobre el paralítico descolgado por el tejado
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 12 min«Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer»
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 10 min«Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer»
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 10 min«Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer»
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 13 min«Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer»
  26. Sesión 26 · Parte 6 · ≈ 11 minHomilía contra la publicación de los errores de los hermanos
  27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 10 minHomilía contra la publicación de los errores de los hermanos
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 10 minHomilía contra la publicación de los errores de los hermanos
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 2 minLo que dejaron estas piezas

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    TEXTOS — JUAN CRISÓSTOMO

    Índice de la obra

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    Juan Crisóstomo

    Instrucciones a los catecúmenos y homilías selectas

    Texto base: versión inglesa de W. R. W. Stephens, con T. P. Brandram y R. Blackburn, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 9 (1889): «Instructions to Catechumens», «Three Homilies Concerning the Power of Demons», «Homily on the Paralytic Let Down Through the Roof», «To Those Who Had Not Attended the Assembly» y «Against Publishing the Errors of the Brethren» · cinco piezas

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 260 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «Cuán deleitable y amable es nuestro coro de jóvenes hermanos», empieza Juan Crisóstomo ante quienes van a ser bautizados: los llama hermanos antes de que hayan nacido a la fe. Es la voz más cercana del Crisóstomo pastoral. En vez del tratado, la palabra dirigida a un auditorio concreto: pide cosas (no jurar, no adornarse en exceso, no creer en agüeros), consuela al que sufre y manda perdonar al enemigo.
    Este texto es una traducción castellana directa de las versiones inglesas reunidas en el volumen 9 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (St. Chrysostom: On the Priesthood; Ascetic Treatises; Select Homilies and Letters; Homilies on the Statues, dirigido por Philip Schaff). Cada pieza tiene su propia portada de traductor en CCEL: las «Instrucciones» son de W. R. W. Stephens «asistido por» T. P. Brandram; las homilías del paralítico y del enemigo, de Stephens; las tres homilías sobre el diablo, de Brandram; la de los errores de los hermanos, de R. Blackburn. En su prefacio, Schaff dice que las traducciones del volumen son «enteramente nuevas, o a fondo revisadas» por Stephens, quien contó con la ayuda de Brandram y Blackburn y responde de todo el volumen salvo los Prolegómenos.

    Ficha de la obra

    AutorJuan Crisóstomo (Wikipedia: Antioquía, 347 – Comana del Ponto, 14 de septiembre de 407), presbítero de Antioquía y después arzobispo de Constantinopla
    ContenidoCinco piezas del volumen 9 del NPNF: dos instrucciones a los catecúmenos y seis homilías (tres sobre el diablo y una cada una sobre el paralítico, el enemigo y los errores de los hermanos)
    FechaNinguna consta en las piezas. Las tres homilías sobre el diablo son de Antioquía, siendo Crisóstomo presbítero; la del paralítico alude, probablemente, a una homilía de Constantinopla de 398; la del enemigo es de Constantinopla, sin fecha precisa (Stephens). Para las instrucciones y la de los errores el NPNF no da ninguna
    GéneroInstrucción catequética previa al bautismo y homilía pastoral
    ExtensiónUnas 49 500 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés del NPNF; no del griego
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 9 (Buffalo, 1889, según New Advent), tal como lo recoge CCEL
    PiezaTítulo en el NPNFTraducción inglesaDe qué trata
    Instrucciones a los catecúmenos (dos)Instructions to CatechumensStephens, con BrandramEl bautismo como regeneración; los juramentos; el adorno, los agüeros y la renuncia a Satanás
    Tres homilías sobre el diabloThree Homilies Concerning the Power of DemonsBrandramLos demonios no gobiernan los asuntos humanos; el mal viene de la pereza; Adán y Job
    Homilía sobre el paralíticoHomily on the Paralytic Let Down Through the RoofStephensLa paciencia del enfermo y el poder de perdonar pecados
    «Si tu enemigo tiene hambre»To Those Who Had Not Attended the AssemblyStephensLa asamblea abandonada, el resentimiento y el perdón de las injurias
    Contra la publicación de los erroresAgainst Publishing the Errors of the BrethrenBlackburnNo divulgar las faltas de los hermanos ni invocar males sobre los enemigos

    La fuente y su traducción

    Según el prefacio de Schaff, el volumen 9 contiene una semblanza de la vida de Crisóstomo, el tratado Sobre el sacerdocio, las cartas a Teodoro, las instrucciones a los catecúmenos y una selección de tratados ascéticos, homilías especiales, cartas a Olimpia y a Inocencio y las veintiuna homilías sobre las estatuas. Esta edición toma de él cinco piezas, en el orden del volumen; el epub de partida no trae las demás (por ejemplo, la homilía sobre «Padre, si es posible, pase de mí esta copa», que el volumen coloca entre las tres homilías sobre el diablo y la del paralítico). Sobre el sacerdocio ya está publicada en Eusebeia como escrito propio.
    Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. El epub de partida reproduce el texto de las versiones inglesas tal como lo publica CCEL, sin las notas de los traductores ni sus introducciones (las que se citan abajo salen de CCEL, no del epub).
    Lo que viene de la edición. Los títulos de las cinco piezas son los del epub, que a veces abrevia o cambia los del NPNF: el epub rotula las tres homilías «sobre el diablo» (el NPNF, «sobre el poder de los demonios»), la del paralítico sin el añadido «y sobre la igualdad del Padre divino y el Hijo», y la del enemigo con una frase de la propia homilía en lugar del título del NPNF. Las dos instrucciones («Primera», «Segunda») y las tres homilías sobre el diablo (cada una con su título) traen en el epub, justo debajo, un sumario en cursiva, el «argumento» de la edición, que aquí se conserva como pasaje aparte («Instrucción 1, argumento»). La numeración de las secciones («1.», «2.»…) es la de la edición inglesa, y los localizadores («Instrucción 2, § 3», «Diablo 1, § 4», «Paralítico, § 2») la siguen.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. El castellano perdió el número de sección al comienzo de tres párrafos que sí lo traen en el inglés («Instrucción 1, § 1», «Paralítico, § 1» y «Paralítico, § 2»); los localizadores usan los del inglés. La primera homilía sobre el diablo empieza, también en el inglés, sin número: sus primeros párrafos se localizan como «Diablo 1, § 1» por la secuencia; la del enemigo abre con dos líneas de encabezado, que se localizan como «Enemigo, encabezado». Una referencia a Mateo 5:37 traía dentro del corchete dos secuencias literales «\n» del proceso de traducción («Instrucción 1, § 5»); se omitieron al convertirla en referencia bíblica, y es lo único que difiere del epub fuera de letras y dígitos. Cinco referencias a «Sirácida» («Instrucción 1, § 4», cuatro, y «Paralítico, § 2», una) quedan como texto: el lector no reconoce ese nombre de libro (es el Eclesiástico). Es traducción automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; no se detectaron párrafos sin traducir ni palabras inglesas sueltas. El cotejo con el epub inglés da los mismos 10 encabezados y 109 párrafos y un largo total de 0,98 veces el del inglés.

    Instrucciones a los catecúmenos

    Primera instrucción

    Instrucción 1, argumento

    A los que están a punto de ser iluminados; y por qué razón se dice que el lavacro es de regeneración y no de remisión de los pecados; y que es cosa peligrosa no sólo perjurar, sino también jurar, aunque juremos con verdad.
    Comentario editorial · «Iluminados» y los cuatro grados de catecúmenos
    «Los que están a punto de ser iluminados» son los que van a ser bautizados. En una nota del NPNF, Stephens explica que «iluminación» era un nombre corriente del bautismo, en parte por las instrucciones que lo precedían (cita a Justino: el baño se llama así porque se ilumina el entendimiento de quienes aprenden esas cosas) y en parte, quizá más, porque el bautismo se tenía por el paso del reino de las tinieblas al de la luz, con el bautizado hecho hijo de Dios. Añade que los catecúmenos se dividían en cuatro clases según su preparación y que estas instrucciones se dirigen a los de la etapa final, los competentes o elegidos.

    Instrucción 1, § 1

    ¡Cuán deleitable y amable es nuestro coro de jóvenes hermanos! Porque hermanos os llamo, aun ahora antes de que hayáis sido engendrados, y antes de vuestro nacimiento acogo ya este parentesco con vosotros: Porque sé, sé con claridad, a cuán gran honra estáis a punto de ser llevados, y a cuán gran dignidad; y a los que están a punto de recibir dignidad, todos suelen honrarlos, aun antes de que la dignidad sea conferida, granjeándose de antemano con su atención la buena voluntad para el futuro. Y esto mismo hago yo ahora también. Porque no estáis a punto de ser llevados a una dignidad vacía, sino a un reino real: y no simplemente a un reino, sino al reino mismo de los Cielos. Por lo cual os ruego y os suplico que os acordéis de mí cuando entréis en aquel reino, y como José dijo al copero mayor «Acuérdate de mí cuando te vaya bien,» [] esto mismo os digo yo ahora a vosotros: acordaos de mí cuando os vaya bien. No os pido esto a cambio de interpretaros sueños, como él; porque no he venido a interpretaros sueños, sino a hablaros de cosas celestiales, y a anunciaros la buena nueva de bienes tales como «ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman.» [] Ahora bien, José en verdad dijo a aquel copero mayor: «aún tres días, y Faraón te restituirá a tu oficio de copero mayor.» Pero yo no digo: aún tres días, y seréis puestos a escanciar el vino de un tirano; sino: aún treinta días, y no Faraón, sino el Rey del Cielo os restituirá a la patria que está en lo alto, la Jerusalén libre, a la ciudad que está en los cielos; y él, en verdad, dijo: «Tú darás la copa en las manos de Faraón.» Pero yo no digo que daréis la copa en las manos del rey, sino que el rey pondrá la copa en vuestra mano — aquella copa temible, llena de mucho poder, y más preciosa que toda cosa creada. Los iniciados conocen la virtud de esta copa, y vosotros mismos la conoceréis dentro de poco. Acordaos, pues, de mí cuando entréis en aquel reino, cuando recibáis la vestidura real, cuando seáis ceñidos con la púrpura teñida en la sangre del Maestro, cuando seáis coronados con la diadema, que tiene un resplandor que salta de ella por todas partes, más brillante que los rayos del sol. Tales son los dones del Esposo, mayores en verdad que vuestro mérito, pero dignos de su bondad amorosa.
    Por lo cual, os tengo ya por bienaventurados antes de aquellas sagradas nupcias, y no sólo os tengo por bienaventurados, sino que alabo vuestra prudencia en que no habéis venido a vuestra iluminación como los más perezosos entre los hombres, en vuestro último aliento, sino que ya, como siervos prudentes, preparados con mucha buena voluntad para obedecer a vuestro amo, habéis puesto la cerviz de vuestra alma con mucha mansedumbre y prontitud bajo las ataduras de Cristo, y habéis recibido su yugo fácil, y habéis tomado su carga ligera. Pues si la gracia otorgada es la misma tanto para vosotros como para los que son iniciados en su última hora, sin embargo, la disposición de la intención no es la misma, ni tampoco la preparación para el rito. Porque ellos, en verdad, lo reciben en su lecho; mas vosotros en el seno de la Iglesia, madre común de todos nosotros; ellos entre lamentaciones y llanto, mas vosotros gozosos y sobremanera alegres; ellos suspirando, vosotros dando gracias; ellos en el letargo de la fiebre, vosotros colmados de mucha suavidad espiritual; por lo cual, en vuestro caso todas las cosas están en armonía con el don, pero en el suyo todas le son adversas. Porque hay llanto y mucha lamentación por parte de los iniciados, y los hijos están alrededor llorando, la esposa rasgando sus mejillas, y amigos abatidos y siervos llorosos; todo el aspecto de la casa se asemeja a un día invernal y sombrío. Y si abrieras el corazón del que yace allí, lo encontrarías más abatido que éstos. Pues como los vientos que se encuentran unos con otros con muchos soplos contrarios, rompen el mar en muchas partes, así también el pensamiento de los terrores que lo acosan asalta el alma del enfermo, y distrae su mente con muchas ansiedades. Cuando ve a sus hijos, piensa en su condición de huérfanos; cuando de ellos mira a su esposa, considera su viudez; cuando ve a los siervos, contempla la desolación de toda la casa; cuando vuelve en sí, recuerda su propia vida presente, y estando a punto de ser arrancado de ella, experimenta una gran nube de abatimiento. De tal clase es el alma del que está a punto de ser iniciado. Entonces, en medio de su tumulto y confusión, entra el Sacerdote, más formidable que la fiebre misma, y más angustioso que la muerte para los parientes del enfermo. Porque la entrada del Presbítero se piensa que es motivo mayor de desesperación que la voz del médico que desespera de su vida, y lo que sugiere vida eterna parece símbolo de muerte. Pero aún no he puesto el toque final a estos males. Porque en medio de los parientes que alborotan y hacen preparativos, el alma a menudo ha emprendido el vuelo, dejando el cuerpo desolado; y en muchos casos, aun estando presente era inútil, pues cuando ni reconoce a los presentes, ni oye su voz, ni puede responder a aquellas palabras con las que ha de hacer aquel bendito pacto con el amo común de todos nosotros, sino que es como un tronco inútil, o una piedra, y el que está a punto de ser iluminado yace allí sin diferir en nada de un cadáver, ¿cuál es el provecho de la iniciación en tal caso de insensibilidad?

    Instrucción 1, § 2

    2. Porque el que está a punto de acercarse a estos santos y terribles misterios debe estar despierto y alerta, debe estar limpio de todos los cuidados de esta vida, lleno de mucha templanza, mucha prontitud; debe desterrar de su mente todo pensamiento extraño a los misterios, y por todas partes limpiar y preparar su casa, como si fuera a recibir al rey mismo. Tal es la preparación de vuestra mente: tales son vuestros pensamientos; tal el propósito de vuestra alma. Aguardad, pues, una recompensa digna de esta excelentísima decisión de parte de Dios, que sobrepasa con su retribución a los que le muestran obediencia. Pero ya que es necesario que sus consiervos contribuyan de lo suyo, nosotros contribuiremos de lo nuestro; más aún, ni siquiera estas cosas son nuestras, sino que también son de nuestro Amo. «Porque ¿qué tienes,» dice Él, «que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» [] Quería decir esto ante todo: por qué en el mundo nuestros padres, dejando pasar todo el año, establecieron que los hijos de la Iglesia fueran iniciados en este tiempo; y por qué razón, después de la instrucción de nuestra parte, quitándoos los zapatos y las vestiduras, desnudos y descalzos, con una sola vestidura puesta, os conducen a oír las palabras de los exorcistas. Porque no es sin pensar y temerariamente que han dispuesto este vestido y este tiempo para nosotros. Sino que ambas cosas tienen una cierta razón mística y secreta. Y quiero deciros esto. Pero veo que nuestro discurso ahora nos obliga a algo más necesario: a decir qué es el bautismo, y por qué razón entra en nuestra vida, y qué bienes nos aporta.
    Pero, si queréis, hablemos del nombre que lleva esta limpieza mística: porque su nombre no es uno, sino muchísimos y variados. Porque esta purificación se llama el lavacro de la regeneración. «Nos salvó,» dice, «mediante el lavacro de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo.» [] Se llama también iluminación, y también San Pablo la ha llamado así, «Traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, soportasteis un gran conflicto de padecimientos;» [] y de nuevo, «Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados, y gustaron del don celestial, y después cayeron, sean renovados otra vez para arrepentimiento.» [] Se llama también bautismo: «Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.» [] Se llama también sepultura: «Porque fuimos sepultados» dice, «con él mediante el bautismo en la muerte.» [] Se llama circuncisión: «En quien también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al despojaros del cuerpo de los pecados de la carne.» [] Se llama cruz: «Nuestro viejo hombre fue crucificado con él, para que el cuerpo del pecado fuera destruido.» [] También es posible hablar de otros nombres además de éstos, pero para no gastar todo nuestro tiempo en los nombres de este don gratuito, venid, volvamos al primer nombre, y terminemos nuestro discurso declarando su significado; pero mientras tanto, extendamos un poco más nuestra enseñanza. Hay aquel lavacro de los baños, común a todos los hombres, que suele limpiar la suciedad corporal; y hay el lavacro judío, más honorable que el otro, pero muy inferior al de la gracia; y también éste limpia la suciedad corporal, pero no simplemente la suciedad del cuerpo, puesto que alcanza incluso a la conciencia débil. Porque hay muchas cosas que por naturaleza no son inmundas, pero que se vuelven inmundas por la debilidad de la conciencia. Y como en el caso de los niños pequeños, las máscaras y otros espantajos no son en sí mismos alarmantes, pero a los niños pequeños les parecen alarmantes, por la debilidad de su naturaleza, así sucede con aquellas cosas de las que hablo; así como tocar cadáveres no es naturalmente inmundo, pero cuando esto entra en contacto con una conciencia débil, hace inmundo al que los toca. Pues que la cosa en cuestión no es inmunda por naturaleza, lo mostró Moisés mismo, que instituyó esta ley, cuando llevó consigo todo el cadáver de José, y sin embargo permaneció limpio. Por esta razón también Pablo, hablándonos de esta inmundicia que no viene por naturaleza sino por la debilidad de la conciencia, dice algo así, «Nada es inmundo en sí mismo, excepto para aquel que considera algo como inmundo.» [] ¿No veis que la inmundicia no surge de la naturaleza de la cosa, sino de la debilidad del razonamiento sobre ella? Y de nuevo: «Todas las cosas a la verdad son limpias; pero es malo para aquel que come con ofensa.» [] ¿Veis que no es el comer, sino el comer con ofensa, lo que causa inmundicia?

    Instrucción 1, § 3

    3. Tal es la impureza de la que el lavacro de los judíos limpiaba. Pero el lavacro de la gracia, no así, sino la verdadera inmundicia que ha introducido mancha en el alma y también en el cuerpo. Porque no hace limpios a los que han tocado cadáveres, sino a los que han puesto su mano en obras muertas: y si algún hombre es afeminado, o fornicario, o idólatra, o hacedor de cualquier mal que quieras, o si está lleno de toda la maldad que hay entre los hombres: si cayera en esta piscina de aguas, sale de nuevo de la fuente divina más puro que los rayos del sol. Y para que no penséis que lo dicho es mera vana jactancia, oíd a Pablo hablando del poder del lavacro, «No os engañéis: ni los idólatras, ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se acuestan con varones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores heredarán el reino de Dios.» [] ¿Y qué tiene esto que ver con lo dicho? Dirá alguno: «demuestra si el poder del lavacro limpia completamente todas estas cosas.» Oíd, pues, lo que sigue: «Y tales erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo, y en el Espíritu de nuestro Dios.» Nosotros prometemos mostraros que los que se acercan al lavacro se vuelven limpios de toda fornicación; pero la palabra ha mostrado más: que se han vuelto no sólo limpios, sino santos y justos, pues no dice sólo «fuisteis lavados,» sino también «fuisteis santificados y fuisteis justificados.» ¿Qué cosa más extraña que ésta, cuando sin trabajo, sin esfuerzo y sin buenas obras se produce la justicia? Porque tal es la bondad amorosa del don Divino, que hace justos a los hombres sin este esfuerzo. Porque si una carta del Emperador, añadiéndose pocas palabras, libera a los que son pasibles de innumerables acusaciones, y lleva a otros a los más altos honores; mucho más el Espíritu Santo de Dios, que puede hacer todas las cosas, nos librará de todo mal y nos concederá mucha justicia, y nos llenará de mucha confianza, y como una chispa que cae en el ancho mar se apagaría al instante, o se volvería invisible, abrumada por la multitud de las aguas, así también toda la maldad humana, cuando cae en la piscina de la fuente divina, es más rápida y fácilmente abrumada, y hecha invisible, que aquella chispa. ¿Y por qué razón, dirá alguno, si el lavacro quita todos nuestros pecados, no se llama lavacro de remisión de los pecados, ni lavacro de limpieza, sino lavacro de regeneración? Porque no simplemente quita nuestros pecados, ni simplemente nos limpia de nuestras faltas, sino como si naciéramos de nuevo. Porque nos crea y nos forma de nuevo, no formándonos otra vez de tierra, sino creándonos de otro elemento, a saber, de la naturaleza del agua. Porque no simplemente limpia el vaso, sino que lo remodela enteramente de nuevo. Porque lo que es limpiado, aunque sea limpiado con cuidado, tiene rastros de su condición anterior, y lleva los restos de su mancha, pero lo que cae en el nuevo molde, y es renovado por medio de las llamas, dejando de lado toda inmundicia, sale del horno, y emite el mismo brillo que las cosas recién formadas. Así pues, como cualquiera que toma y vuelve a fundir una estatua de oro que ha sido empañada por el tiempo, el humo, el polvo y el orín, nos la restaura completamente limpia y reluciente: así también esta naturaleza nuestra, enmohecida con el orín del pecado, y habiendo recogido mucho humo de nuestras faltas, y habiendo perdido su hermosura, que Él desde el principio le había otorgado de sí mismo, Dios la ha tomado y fundido de nuevo, y arrojándola en las aguas como en un molde, y en lugar de fuego enviando la gracia del Espíritu, entonces nos saca con mucha claridad, renovados, y hechos de nuevo, para rivalizar con los rayos del sol, habiendo aplastado al hombre viejo, y habiendo formado un hombre nuevo, más brillante que el anterior.

    Instrucción 1, § 4

    4. Y hablando oscuramente de este aplastamiento y de esta limpieza mística, el profeta de antaño dijo, «Los desmenuzarás como vaso de alfarero.» Pues que la palabra se refiere a los fieles, lo que precede nos lo muestra suficientemente, «Tú eres mi Hijo,» dice, «hoy te he engendrado; pídeme, y te daré las naciones por herencia tuya, y los confines de la tierra por posesión tuya.» ¿Veis cómo ha hecho mención de la iglesia de los gentiles, y ha hablado del reino de Cristo extendido por todas partes? Luego dice de nuevo: «Los regirás con vara de hierro;» no penosa, sino fuerte: «los quebrantarás como vaso de alfarero.» He aquí, pues, que el lavacro se presenta de manera más mística. Porque no dice vasos de barro cocido, sino vasos del alfarero. Pero, prestad atención: Porque los vasos de barro cocido, cuando son aplastados, no admiten ser remodelados, a causa de la dureza que adquirieron por el fuego. Pero el hecho es que los vasos del alfarero no son de barro cocido, sino de arcilla; por lo cual, también, cuando han sido deformados, pueden fácilmente, por la habilidad del artífice, ser traídos de nuevo a una segunda forma. Cuando, por lo tanto, Dios habla de una calamidad irremediable, no dice vasos del alfarero, sino vaso de barro cocido; cuando, por ejemplo, quiso enseñar al profeta y a los judíos que entregaba la ciudad a una calamidad irremediable, le mandó tomar un vaso de barro cocido para vino, y aplastarlo delante de todo el pueblo, y decir: «Así será destruida esta ciudad, y será quebrantada.» [] Pero cuando quiere darles buenas esperanzas, lleva al profeta a una alfarería, y no le muestra un vaso de barro cocido, sino que le muestra un vaso de arcilla, que estaba en manos del alfarero, cayendo al suelo; y lo lleva a él diciendo: [] Si este alfarero ha tomado y remodelado su vaso que se ha caído, ¿no podré yo mucho más restauraros a vosotros cuando hayáis caído? Es posible, por lo tanto, que Dios no sólo restaure a los que están hechos de arcilla, mediante el lavacro de la regeneración, sino que también vuelva a traer a su estado original, mediante su cuidadoso arrepentimiento, a aquellos que han recibido el poder del Espíritu y han caído. Pero no es éste el tiempo de que oigáis palabras sobre el arrepentimiento; más bien, que nunca venga el tiempo de que caigáis en la necesidad de estos remedios, sino que permanezcáis siempre en la conservación de la hermosura y el resplandor que ahora estáis a punto de recibir, sin mancha. Para que, pues, permanezcáis siempre así, venid y hablemos un poco de vuestra manera de vivir. Porque en las escuelas de lucha, las caídas de los atletas carecen de peligro. Porque la lucha es con amigos, y practican todos sus ejercicios sobre las personas de sus maestros. Pero cuando ha llegado el tiempo del combate, cuando las lizas están abiertas, cuando los espectadores están sentados arriba, cuando el presidente ha llegado, necesariamente se sigue que los combatientes, si se descuidan, caen y se retiran con gran deshonra, o si son esforzados, ganan las coronas y los premios. Así pues, en vuestro caso, estos treinta días son como una escuela de lucha, tanto para ejercicio como para práctica: aprendamos ya desde allí a vencer a aquel mal demonio. Porque es para luchar contra él que tenemos que desnudarnos, y con él después del bautismo hemos de boxear y pelear. Aprendamos ya desde allí su modo de agarrar, por qué lado es agresivo, por qué lado puede amenazarnos fácilmente, para que, cuando llegue el combate, no nos sintamos extraños, ni nos confundamos, como viendo nuevas formas de lucha; sino que, habiendo ya practicado entre nosotros, y habiendo aprendido todos sus métodos, podamos enfrentar estas formas de lucha contra él con valor. De todas maneras, pues, suele amenazarnos, pero especialmente por medio de la lengua y de la boca. Porque no hay órgano tan conveniente para él para nuestro engaño y nuestra destrucción como una lengua indisciplinada y una palabra desenfrenada. De ahí vienen muchos tropiezos de nuestra parte; de ahí muchas acusaciones graves contra nosotros. Y la facilidad de estas caídas por medio de la lengua la mostró cierto sabio, cuando dijo: [Sirácida 28:22] Muchos cayeron a espada, pero no tantos como por la lengua. Ahora la gravedad de la caída la muestra el mismo de nuevo cuando dice: [Sirácida 20:18] Mejor es resbalar en el pavimento que resbalar con la lengua. Y lo que dice es de este tipo. Mejor es, dice, que el cuerpo caiga y sea quebrantado, que el que salga una palabra tal que destruya el alma; y no habla de caídas solamente; también nos amonesta que se debe ejercer mucha previsión, para que no seamos derribados, diciendo así [Sirácida 20:25] Haz una puerta y barras para tu boca, no para que preparemos puertas y barras, sino para que con mucha seguridad cerremos la lengua a las palabras desvergonzadas; y de nuevo en otro lugar, después de mostrar que necesitamos la influencia de arriba, tanto como acompañante y precursora de nuestro propio esfuerzo para mantener dentro a esta bestia salvaje: extendiendo sus manos a Dios, el profeta dijo, «Sea la elevación de mis manos como sacrificio de la tarde; pon, oh Señor, guarda delante de mi boca; guarda la puerta de mis labios;» y el que antes amonestaba, él también dice de nuevo «¿Quién pondrá guarda delante de mi boca, y sello de sabiduría sobre mis labios?» [Sirácida 22:27] ¿No veis cómo cada uno, temiendo estas caídas y lamentándolas, da consejo y ora para que la lengua tenga el beneficio de mucha vigilancia? ¿Y por qué razón, dirá alguno, si este órgano nos trae tal ruina, lo puso Dios originalmente dentro de nosotros? Porque, en verdad, es de gran utilidad, y si somos cuidadosos, es sólo de utilidad, y no trae ruina. Oíd, por ejemplo, lo que dice el que pronunció las palabras anteriores, «La muerte y la vida están en poder de la lengua.» [] Y Cristo señala lo mismo cuando dice, «Por tus palabras serás condenado, y por tus palabras serás justificado.» [] Porque la lengua está en medio, lista para el uso en cualquier dirección. Tú eres su amo. Así, en verdad, una espada yace en medio, y si la usas contra tus enemigos, este órgano se convierte en un medio de seguridad para ti. Pero si diriges su golpe contra ti mismo, no la naturaleza del hierro, sino tu propia transgresión se convierte en la causa de tu matanza. Tomemos, pues, esta visión de la lengua. Es una espada que yace en medio; afílala con el propósito de acusar tus propios pecados. No dirijas el golpe contra tu hermano. Por esta razón Dios la rodeó con una doble fortificación; con la cerca de los dientes y la barrera de los labios, para que no pronuncie temerariamente y sin circunspección palabras que no convienen. Bien, ¿dices que no soportará esto? Ponle, pues, freno por dentro. Sujétala por medio de los dientes, como entregando su cuerpo a estos verdugos y haciéndolos que la muerdan. Porque es mejor que cuando peque ahora sea mordida por los dientes, que un día, cuando busque una gota de agua y esté reseca por el calor, no poder obtener este consuelo. De muchas otras maneras, en verdad, suele pecar: por burla y blasfemia, por proferir palabras obscenas, por calumnia, juramento y perjurio.

    Instrucción 1, § 5

    5. Mas para que no confundamos hoy vuestras mentes diciéndolo todo de una vez, os ponemos delante una sola costumbre, la de evitar los juramentos, diciendo esto a modo de prefacio y hablando con claridad: que si no evitáis los juramentos —no digo ya el perjurio, sino también los que se hacen en causa justa—, no discurriremos más sobre ningún otro asunto. Porque es cosa monstruosa que los maestros de letras no den una segunda lección a sus hijos hasta ver la primera bien fijada en su memoria, y que nosotros, sin poder expresar con claridad nuestras primeras lecciones, inculquemos otras antes de que las primeras estén acabadas. Pues esto no es otra cosa que verter en una jarra agujereada. Poned, pues, gran cuidado en no silenciar nuestra boca. Porque este error es grave, y es sobremanera grave porque no parece grave; y por esto lo temo, porque nadie lo teme. Por esto la enfermedad es incurable, porque no parece enfermedad; mas así como el hablar sencillo no es delito, tampoco esto parece delito, sino que con mucha osadía se comete esta transgresión; y si alguno la pone en cuestión, al punto sigue la risa y mucha burla, no de los que son puestos en cuestión por sus juramentos, sino de los que quieren corregir la enfermedad. Por esto extiendo largamente mi discurso sobre estas cosas. Porque quiero arrancar una raíz profunda y borrar un mal antiguo: no hablo del perjurio solamente, sino aun de los juramentos hechos de buena fe. "Pero fulano —dirá alguno—, hombre paciente, consagrado al sacerdocio, que vive en mucha templanza y piedad, jura." No me hables de ese paciente, de ese templado, de ese piadoso consagrado al sacerdocio; antes, si quieres, añade que ese hombre es Pedro, o Pablo, o aun un ángel bajado del cielo. Pues ni aun en tal caso considero la dignidad de sus personas. Porque la ley que leo sobre los juramentos no es la del siervo, sino la del Rey; y cuando se leen los edictos de un rey, calle toda pretensión de los siervos. Mas si puedes decir que Cristo nos mandó usar juramentos, o que Cristo no castigó el hacerlo, muéstramelo, y quedo persuadido. Pero si Él lo prohíbe con tanto cuidado, y tanto se afana en el asunto como para poner al que jura con el maligno (porque todo lo que es más de éstos, a saber, más del sí y del no, dice Él, del diablo es, []), ¿por qué traes a cuento a éste y a aquél? Porque no por el descuido de tus consiervos, sino por las prescripciones de sus propias leyes, votará Dios contra ti. "Yo he mandado —dice Él—, tú debes obedecer, no escudarte tras tal o cual persona ni ocuparte de la maldad ajena." Puesto que el gran David pecó un pecado grave, ¿es acaso seguro para nosotros pecar? Dime: por esto, en verdad, debemos asegurar este punto, y sólo emular las buenas obras de los santos; y si en algún lugar hay descuido y transgresión de la ley, debemos huir de ello con gran cuidado. Porque nuestra cuenta no es con nuestros consiervos, sino con nuestro Señor, y a Él daremos cuenta de todo lo hecho en nuestra vida. Preparémonos, pues, para este tribunal. Porque aun si el que transgrede esta ley es sobremanera venerado y grande, ciertamente pagará la pena correspondiente a la transgresión. Porque Dios no hace acepción de personas. ¿Cómo, pues, y de qué modo es posible huir de este pecado? Porque conviene mostrar no sólo que el delito es grave, sino dar consejo de cómo podemos escapar de él. ¿Tienes mujer? ¿Tienes siervo, hijos, amigos, conocidos, vecinos? A todos encarga cuidado en estas materias. La costumbre es cosa grave, terrible de suplantar y difícil de guardar, y a menudo nos sorprende sin querer y sin saberlo; por tanto, en la medida en que conoces el poder de la costumbre, en tal medida estudia en librarte de toda mala costumbre y trasládante a otra utilísima. Porque así como aquella costumbre puede a menudo hacerte tropezar, aun cuando seas cuidadoso, te guardes, pienses y consideres, así, si te trasladas a la buena costumbre de abstenerte de juramentos, no podrás, ni involuntaria ni descuidadamente, caer en la falta de los juramentos. Porque la costumbre es verdaderamente grande y tiene el poder de la naturaleza. Para que, pues, no nos aflijamos continuamente, trasladémonos a otra costumbre, y pide tú a cada uno de tus parientes y conocidos este favor: que te aconseje y te exhorte a huir de los juramentos, y te reprenda cuando seas descubierto en ellos. Porque la vigilancia que por parte de ellos se ejerce sobre ti es para ellos también consejo y sugestión hacia lo recto. Porque el que reprende a otro por juramentos no caerá él fácilmente en esta fosa. Porque el jurar mucho no es fosa ordinaria, no sólo cuando se trata de asuntos pequeños, sino de los mayores. Y nosotros, ya compremos verduras, ya riñamos por dos ochavos, ya estemos enojados con nuestros siervos y los amenacemos, siempre invocamos a Dios como testigo. Pero a un hombre libre, poseedor de una dignidad estéril, no te atreverías a llamarlo como testigo en el mercado para tales cosas; y aun si lo intentaras, pagarás la pena de tu insolencia. Mas al Rey del Cielo, al Señor de los Ángeles, cuando disputamos sobre compras y dineros y qué sé yo, lo arrastras como testimonio. ¿Y cómo se pueden soportar estas cosas? ¿De dónde, pues, escaparemos de esta mala costumbre? Después de poner en torno nuestro aquellos guardas de que hablé, fijemos un tiempo determinado para nuestra enmienda, y añadamos condenación si, pasado el tiempo, no nos hemos enmendado. ¿Cuánto tiempo bastará para el propósito? No pienso que los muy cautos, y despiertos, y vigilantes de su propia salvación, necesiten más de diez días para quedar del todo libres de la mala costumbre de los juramentos. Mas si después de diez días somos descubiertos jurando, añadamos una pena debida a nosotros mismos, y fijemos el mayor castigo y condenación de la transgresión. ¿Cuál es, pues, esta condenación? Ésta no la fijo yo, sino que os dejaré determinar a vosotros mismos la sentencia. Así ordenamos las cosas en nuestro propio caso, no sólo respecto de los juramentos, sino de los demás defectos, y fijándonos un tiempo, con castigos gravísimos, si en algún momento hemos caído en ellos, llegaremos limpios a nuestro Señor, y escaparemos del fuego del infierno, y nos presentaremos ante el tribunal de Cristo con confianza, a lo cual ojalá todos alcancemos, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, con quien sea la gloria al Padre juntamente con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos: Amén.

    Segunda instrucción

    Instrucción 2, argumento

    A los que van a ser iluminados; y acerca de las mujeres que se adornan con trenzado de cabello, y oro, y acerca de los que han usado agüeros, y amuletos, y encantamientos, todas las cuales cosas son ajenas al cristianismo.

    Instrucción 2, § 1

    1. He venido a pediros ante todo algún fruto en retorno de las palabras dichas últimamente por amor fraterno. Porque no hablamos para que oigáis simplemente, sino para que recordéis lo dicho, y nos deis prueba de ello con vuestras obras. Sí, más bien, no a nosotros, sino a Dios, que conoce los secretos del corazón. Por esto, en verdad, la instrucción se llama así, para que, aun estando ausentes, nuestro discurso instruya vuestros corazones. Y no os extrañéis si, después de un intervalo de sólo diez días, hemos venido a pedir fruto de la semilla sembrada. Porque en un solo día es posible a la vez dejar caer la semilla y realizar la siega. Pues fortalecidos no sólo por nuestro propio poder, sino por la influencia que viene de Dios, somos convocados al combate. Cuantos, pues, han recibido lo que se ha dicho, y lo han cumplido con sus obras, permanezcan extendiéndose hacia lo que está delante. Mas cuantos no han llegado aún a este buen logro, lleguen a él en seguida, para disipar la condenación que nace de su pereza con su diligencia futura. Porque es posible, sí, es posible que el que ha sido muy perezoso, usando diligencia en adelante, recupere toda la pérdida del tiempo pasado. Por lo cual, dice Él, «Hoy, si oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en el día de la provocación.» Y esto, dice Él, exhortándonos y aconsejándonos; para que nunca desesperemos, sino que, mientras estemos aquí, tengamos buenas esperanzas, y asgamos lo que está delante, y nos apresuremos hacia el premio de nuestra alta vocación de Dios. Hagamos, pues, esto, e indaguemos los nombres de este gran don. Porque así como la ignorancia de la grandeza de esta dignidad hace más perezosos a los que son honrados con ella, así, cuando es conocida, los hace agradecidos y más solicitos; y de todos modos sería vergonzoso y ridículo que quienes gozan de tal gloria y honra de Dios, ni siquiera supieran qué es lo que los nombres de ella intentan mostrar. ¿Y por qué hablo de este don? Porque si consideras el nombre común de nuestra raza, recibirás la mayor instrucción e incentivo para la virtud. Pues este nombre «Hombre,» no lo definimos según lo definen los de fuera, sino como la divina Escritura nos lo ha mandado. Porque hombre no es meramente cualquiera que tenga manos y pies de hombre, ni cualquiera que sea sólo racional, sino quien practica la piedad y la virtud con osadía. Oye, al menos, lo que dice acerca de Job. Pues al decir que «había un hombre en la tierra de Ausis,» no lo describe en los términos en que lo describen los de fuera, ni dice esto porque tuviera dos pies y uñas anchas, sino que añadió las pruebas de su piedad y dijo: «justo, veraz, temeroso de Dios, apartado de toda mala obra,» [] mostrando que éste es hombre; así como también otro dice: «Teme a Dios, y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre.» [] Pero si el nombre hombre ofrece tan grande incentivo para la virtud, mucho más el término fiel. Porque eres llamado fiel por esto: porque tienes fe en Dios, y tú mismo eres encomendado por Él con la justicia, la santificación, la limpieza del alma, la adopción, el reino de los cielos. Él te encomendó estas cosas, y te las entregó. Tú, a tu vez, has encomendado y entregado otras cosas a Él: la limosna, las oraciones, la templanza y toda otra virtud. ¿Y por qué digo la limosna? Si le das aun un vaso de agua fría, no lo perderás, ciertamente, sino que aun esto Él lo guarda con cuidado para aquel día, y lo restituirá con abundancia desbordante. Porque esto verdaderamente es admirable, que no guarda sólo lo que se le ha encomendado, sino que al recompensarlo lo aumenta.
    Esto también te ha mandado hacer según tu poder, con lo que se te ha encomendado: extender la santidad que has recibido, y hacer la justicia que viene del lavacro más brillante, y el don de la gracia más radiante; como, en verdad, hizo Pablo, aumentando todos los bienes que recibió con sus trabajos posteriores, y su celo, y su diligencia. Y mira la atención de Dios; ni te dio el todo entonces, ni retuvo el todo, sino que dio una parte, y prometió una parte. ¿Y por qué razón no dio el todo entonces? Para que mostraras tu fe acerca de Él, creyendo, sobre su sola promesa, en lo que aún no se te había dado. ¿Y por qué razón, de nuevo, no dispensó allí el todo, sino que dio la gracia del Espíritu, y la justicia y la santificación? Para aligerar tus trabajos, y con lo ya dado ponerte también en buena esperanza de lo que ha de venir. Por esto, también, estás a punto de ser llamado recién iluminado, porque tu luz es siempre nueva, si quieres, y nunca se apaga. Porque a esta luz del día, queramos o no, la sucede la noche, pero las tinieblas no conocen el rayo de aquella luz. «Porque la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la aprehendieron.» No es tan brillante, al menos, el mundo, cuando salen los rayos del sol, como brilla y se vuelve más esplendorosa el alma cuando ha recibido la gracia del Espíritu y aprende con más exactitud la naturaleza del caso. Pues cuando la noche prevalece, y hay tinieblas, a menudo un hombre ha visto un rollo de cuerda y ha pensado que era una serpiente, y ha huido de un amigo que se acercaba como de un enemigo, y al percibir un ruido se ha alarmado mucho; mas cuando el día ha llegado, nada de esto podría suceder, sino que todo aparece tal como es en realidad; lo cual también ocurre en el caso de nuestra alma. Porque cuando la gracia ha venido, y ha ahuyentado las tinieblas del entendimiento, aprendemos la naturaleza exacta de las cosas, y lo que antes era terrible para nosotros se vuelve despreciable. Pues ya no tememos la muerte, después de aprender exactamente, por esta sagrada iniciación, que la muerte no es muerte, sino un sueño y un letargo oportuno; ni la pobreza ni la enfermedad, ni ninguna otra cosa semejante, sabiendo que estamos en camino hacia una vida mejor, inmaculada e incorruptible, y libre de todas esas vicisitudes.

    Instrucción 2, § 2

    2. No permanezcamos, pues, anhelando las cosas de esta vida, ni el lujo de la mesa, ni el coste de los vestidos. Porque tienes el más excelente de los vestidos, tienes una mesa espiritual, tienes la gloria de arriba, y Cristo se te ha convertido en todas las cosas: tu mesa, tu vestido, tu hogar, tu cabeza, tu tronco. «Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido.» [] Mira cómo se ha convertido en vestido para ti. ¿Quieres aprender cómo se convierte en mesa para ti? «El que me come,» dice Él, «como yo vivo por el Padre, así también él vivirá por mí;» y que se convierte en hogar para ti: «el que come mi carne permanece en mí, y yo en él;» [] y que es tronco, dice de nuevo: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos,» [] y que es hermano, y amigo, y esposo: «Ya no os llamo siervos: pues sois mis amigos;» [] y Pablo de nuevo: «Os he desposado a un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo;» [] y de nuevo: «Para que él sea el primogénito entre muchos hermanos;» [] y nos convertimos no sólo en sus hermanos, sino también en sus hijos: «He aquí,» dice, «yo y los hijos que Dios me ha dado» [] y no sólo esto, sino sus miembros, y su cuerpo. Pues como si lo dicho no fuera bastante para mostrar el amor y la buena voluntad que Él ha manifestado hacia nosotros, ha añadido otra cosa mayor y más cercana todavía, llamándose además nuestra cabeza. Conociendo todas estas cosas, amados, corresponded a vuestro bienhechor con la mejor conducta, y considerando la grandeza del sacrificio, adornad los miembros de vuestro cuerpo; considerad lo que recibís en vuestra mano, y nunca permitáis que golpee a nadie, ni avergoncéis lo que ha sido honrado con tan gran don con el pecado de un golpe. Considerad lo que recibís en vuestra mano, y guardadla limpia de toda codicia y extorsión; piensa que tú no sólo recibes esto en tu mano, sino que también lo llevas a tu boca, y guarda tu lengua en pureza de palabras bajas e insolentes, blasfemia, perjurio, y todas las demás cosas semejantes. Porque es desastroso que lo que es servido por tan terribles misterios, y ha sido teñido de rojo con tal sangre, y se ha convertido en espada de oro, sea pervertido para fines de burla, e insulto, y bufonería. Reverencia el honor con que Dios lo ha honrado, y no lo rebajes a la vileza del pecado, sino que, reflexionando de nuevo que después de la mano y la lengua, el corazón recibe este terrible misterio, no urdas jamás una trama contra tu prójimo, sino guarda tus pensamientos puros de todo mal. Así podrás guardar también tus ojos, y tu oído, a salvo. Pues ¿no es monstruoso, después de que esta voz mística es traída del cielo —me refiero a la voz de los Querubines—, mancillar tu oído con canciones lascivas, y melodías disolutas? ¿Y no merece el mayor castigo si, con los mismos ojos con que miras los inefables y terribles misterios, miras a las rameras, y cometes adulterio en tu corazón? Eres llamado a unas bodas, amado: no entres vestido con ropas sórdidas, sino toma un vestido conveniente a las bodas. Porque si cuando los hombres son llamados a unas bodas materiales, aunque sean más pobres que todos los demás, a menudo consiguen o compran vestidos limpios, y así van al encuentro de quienes los llamaron. Haz tú también, que has sido llamado a unas bodas espirituales, y a un banquete real: considera qué clase de vestido sería justo que compraras, pero más bien no hay necesidad siquiera de comprar, sí, el mismo que te llama te lo da gratis, para que no puedas alegar pobreza como excusa. Guarda, pues, el vestido que recibiste. Porque si lo pierdes, no podrás usarlo en adelante, ni comprarlo. Pues esta clase de vestido no se vende en parte alguna. ¿Has oído cómo los que fueron iniciados, en otro tiempo, gemían, y golpeaban sus pechos, excitándolos entonces su conciencia? Cuídate, pues, amado, de no sufrir jamás semejante cosa. Pero, ¿cómo no sufrirás, si no te despojas de la malvada costumbre de los hombres malos? Por esto dije antes, y hablo ahora y no cesaré de hablar: si alguno no ha corregido los defectos de sus costumbres, ni se ha provisto de virtud de fácil adquisición, no se bautice. Porque el lavacro puede remitir los pecados anteriores, pero no es pequeño el temor, ni ordinario el peligro de que volvamos a ellos, y nuestro remedio se convierta en herida. Pues cuanto mayor es la gracia, tanto mayor es el castigo para los que pecan después de estas cosas.

    Instrucción 2, § 3

    3. Para que, pues, no volvamos a nuestro antiguo vómito, disciplinémonos desde ahora. Porque que debemos arrepentirnos de antemano, y desistir de nuestro mal anterior, y así acercarnos a la gracia, oye lo que dice Juan, y lo que el jefe de los apóstoles dice a los que están a punto de ser bautizados. Pues el uno dice: «Haced frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros: tenemos a Abraham por padre;» [] y el otro dice de nuevo a los que le preguntan: «Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre del Señor Jesucristo.» [] Ahora bien, el que se arrepiente, ya no toca las mismas materias de que se arrepintió. Por esto, también, se nos manda decir: «Renuncio a ti, Satanás,» para que jamás volvamos a él. Como, pues, sucede en el caso de los pintores de retratos, así suceda en vuestro caso. Porque ellos, disponiendo sus tablas, y trazando líneas blancas sobre ellas, y bosquejando la semejanza real en contorno, antes de aplicar los colores verdaderos, borran algunas líneas, y cambian unas por otras, corrigiendo errores, y alterando lo que está mal con toda libertad. Pero cuando aplican el color definitivamente, ya no les es posible borrar de nuevo, y cambiar una cosa por otra, puesto que dañan la belleza del retrato, y el resultado se convierte en una monstruosidad. Considera que tu alma es el retrato; antes, pues, de que venga el verdadero colorido del espíritu, borra las costumbres que se han implantado mal en ti, sea el jurar, o la mentira, o la insolencia, o el hablar bajo, o la burla, o cualquier otra cosa que tengas por costumbre hacer de las cosas ilícitas. Fuera la costumbre, para que no vuelvas a ella, después del bautismo. El lavacro hace desaparecer los pecados. Corrige tus costumbres, para que cuando los colores se apliquen, y la semejanza real se manifieste, ya no los borres en el futuro; y añadas daño y cicatrices a la belleza que Dios te ha dado. Refrena, pues, la ira, extingue la pasión. No te irrites, sé compasivo, no te exasperes, ni digas: «He sido perjudicado en cuanto a mi alma.» Nadie es perjudicado en cuanto al alma si no nos perjudicamos a nosotros mismos en cuanto al alma; y cómo es esto, lo digo ahora. ¿Te ha quitado alguno tu hacienda? No te ha perjudicado en cuanto a tu alma, sino en tu dinero. Mas si guardas rencor contra él, te has perjudicado a ti mismo en cuanto a tu alma. Pues el dinero quitado no te ha causado daño alguno, antes te ha sido provechoso, pero tú, por no desechar tu ira, darás cuenta en el otro mundo por este guardar rencor. ¿Te ha injuriado alguno y te ha insultado? En nada ha perjudicado tu alma, y ni siquiera tu cuerpo. ¿Has injuriado tú en respuesta y has insultado? Te has perjudicado a ti mismo en cuanto a tu alma, porque por las palabras que has dicho estás a punto de rendir cuenta allí; y esto quiero que sepas sobre todo: que al cristiano, y al hombre fiel, nadie puede perjudicarlo en cuanto al alma, ni aun el diablo mismo; y no sólo es admirable esto, que Dios nos ha hecho inaccesibles a todas sus asechanzas, sino que nos ha constituido aptos para la práctica de la virtud, y no hay impedimento, si queremos, aun cuando seamos pobres, débiles de cuerpo, desechados, sin nombre, esclavos. Pues ni la pobreza, ni la enfermedad, ni la deformidad del cuerpo, ni la servidumbre, ni ninguna otra de tales cosas podría jamás convertirse en impedimento para la virtud; ¿y por qué digo pobre, y esclavo, y sin nombre? Aun si eres prisionero, ni esto sería jamás impedimento alguno para ti en cuanto a la virtud. Y cómo es esto, paso a decirlo. ¿Te ha afligido alguno de tu casa y te ha provocado? Desecha tu ira contra él. ¿Han sido las prisiones, y la pobreza, y la oscuridad impedimento alguno para ti en este respecto? ¿Y por qué digo impedimento? Han ayudado y contribuido a refrenar la soberbia. ¿Has visto a otro prosperar? No le envidies. Pues ni aun en este caso es la pobreza un estorbo. De nuevo, cuando necesites orar, hazlo con mente sobria y vigilante, y nada será estorbo aun en ese caso. Muestra toda mansedumbre, paciencia magnánima, dominio propio, gravedad. Pues estas cosas no necesitan ayudas externas. Y esto especialmente es el punto principal de la virtud: que no tiene necesidad de riqueza, poder, gloria, ni nada de ese género, sino de un alma santificada sola, y no busca nada más. Y he aquí, también, que lo mismo sucede en cuanto a la gracia. Pues si alguno es cojo, si le han sacado los ojos, si está mutilado en el cuerpo, si ha caído en la última extremidad de la debilidad, la gracia no es impedida de venir por ninguna de estas cosas. Pues sólo busca un alma que la reciba con prontitud, y todas estas cosas externas las pasa por alto. Porque en el caso de los soldados mundanos, los que están a punto de alistarlos para el ejército buscan estatura de cuerpo y condición sana, y no sólo es necesario que el que va a hacerse soldado tenga estas cosas solas, sino que también debe ser libre. Pues si alguno es esclavo, es rechazado. Mas el Rey del Cielo no busca nada de este género, sino que recibe esclavos en su ejército, y ancianos, y lánguidos de miembros, y no se avergüenza. ¿Qué hay más misericordioso que esto? ¿Qué podría ser más bondadoso? Pues Él busca lo que está en nuestro propio poder, mas ellos buscan lo que no está en nuestro poder. Porque ser esclavo o libre no es cosa nuestra. Ser alto, de nuevo, o bajo no está en nuestro propio poder, ni ser anciano, o bien crecido, y cosas semejantes. Mas ser paciente y bondadoso, y así sucesivamente, son materias de nuestra propia elección; y Dios exige de nosotros sólo aquellas cosas sobre las cuales tenemos dominio. Y con mucha razón. Porque Él no nos llama a la gracia por su propia necesidad, sino por hacernos bondad; mas los reyes, por los servicios que de nosotros requieren; y llevan a los hombres a una guerra externa y material, mas Él a un combate espiritual; y no sólo en el caso de las guerras paganas, sino también en el de los juegos puede uno ver la misma analogía. Pues los que están a punto de ser llevados al teatro, no bajan al certamen hasta que el heraldo mismo los toma bajo la mirada de todos, y los conduce en derredor, gritando y diciendo: «¿Tiene alguno una acusación contra esta persona?» aunque en ese caso la lucha no se refiere al alma, sino al cuerpo. ¿Por qué, pues, exiges pruebas de nobleza? Pero en este caso no hay nada de eso, sino que todo es diferente, no consistiendo nuestro certamen en mano trabada en mano, sino en filosofía del alma, y excelencia de la mente. El presidente de nuestros combates hace lo contrario. Pues no nos toma, y nos conduce en derredor y dice: «¿Tiene alguno una acusación contra este hombre?» sino que grita: Aunque todos los hombres, aunque los demonios, se levanten con el diablo y lo acusen de crímenes extremos e inefables, no lo rechazo, ni lo aborrezco, sino que, apartándolo de sus acusadores, y librándolo de su maldad, así lo traigo al certamen. Y esto es muy razonable. Porque allí el presidente no contribuye nada a la victoria, en el caso de los combatientes, sino que se está quieto en medio. Mas aquí, el Presidente de los certámenes por la santidad se hace compañero de combate, y ayudador, compartiendo con ellos el combate contra el diablo.
    Comentario editorial · «Renuncio a ti, Satanás»
    Crisóstomo recuerda al candidato la frase que pronunció al iniciarse. Stephens anota que alude a la renuncia que hacían los convertidos en el bautismo y da como muestra la de las Constituciones apostólicas (VII, 42): «Renuncio a Satanás, y a sus obras, y a sus pompas, y a su servicio, y a sus ángeles, y a sus invenciones, y a todo lo que le pertenece o le está sujeto». Según la misma nota, los catecúmenos la decían en el pórtico del baptisterio, con las manos extendidas y el rostro vuelto al occidente. Qué entiende Crisóstomo por «pompa» lo dice él mismo en el § 5: los teatros, el circo y todo pecado, la observancia de los días, los encantamientos y los agüeros.

    Instrucción 2, § 4

    4. Y no sólo es esto lo admirable, que perdona nuestros pecados, sino que ni siquiera los revela ni los hace manifiestos y patentes, ni nos obliga a presentarnos en medio y a declarar nuestros errores, sino que nos manda defendernos sólo ante Él y confesarnos a Él. Y sin embargo, entre los jueces seculares, si alguien dijera a alguno de los ladrones o violadores de tumbas, cuando son arrestados, que declararan sus errores y quedaran libres de castigo, lo aceptarían con toda prontitud, despreciando la vergüenza por el deseo de seguridad. Pero en este caso no hay nada de eso, sino que Él perdona los pecados y no nos obliga a ordenarlos ante ningún espectador. Sólo busca una cosa: que quien disfruta de este perdón aprenda la grandeza del don. ¿Cómo no es, pues, absurdo que, cuando Él nos hace un servicio, se contente con nuestro solo testimonio, pero cuando nosotros le servimos, busquemos a otros como testigos y hagamos algo por ostentación? Mientras admiramos, pues, su benignidad, mostremos nuestras obras y, antes que a todos los demás, refrenemos la vehemencia de nuestra lengua, y no estemos siempre dando rienda suelta a la palabra. «Porque en la multitud de palabras no falta transgresión.» [] Si, pues, tienes algo útil que decir, abre tus labios. Pero si no hay nada necesario que digas, calla, porque es mejor. ¿Eres artesano? Mientras estás sentado trabajando, canta salmos. ¿No quieres cantar con la boca? Hazlo en tu corazón; un salmo es un gran compañero. En este caso no sufrirás nada grave, sino que podrás sentarte en tu taller como en un monasterio. Pues no la adecuación del lugar, sino la severidad de las costumbres nos proporcionará quietud. Pablo, al menos, ejerciendo su oficio en un taller, no sufrió daño alguno en su virtud. [] No digas, pues: "¿Cómo puedo, siendo artesano y pobre, ser filósofo?" Precisamente por eso puedes ser filósofo. Porque la pobreza es mucho más conducente a la piedad para nosotros que la riqueza, y el trabajo que la ociosidad; ya que la riqueza es incluso un obstáculo para quienes no se cuidan. Pues cuando es necesario desechar la ira, extinguir la envidia, refrenar la pasión, ofrecer oración, mostrar paciencia magnánima y mansedumbre, benignidad y caridad, ¿cuándo sería la pobreza un impedimento? Porque no es posible lograr estas cosas gastando dinero, sino mostrando una disposición recta; la limosna especialmente necesita dinero, pero incluso ella resplandece en mayor grado mediante la pobreza. Pues la que echó las dos blancas era más pobre que todos, y sin embargo superó a todos. [] No consideremos, pues, que la riqueza sea algo grande, ni que el oro sea mejor que el barro. Porque el valor de las cosas materiales no se debe a su naturaleza, sino a nuestra estimación de ellas. Pues si alguien investigara con cuidado, el hierro es mucho más necesario que el oro. Porque el uno no contribuye a ninguna necesidad de nuestra vida, pero el otro nos ha provisto la mayor parte de nuestras necesidades, sirviendo a innumerables artes; y ¿por qué hablo de una comparación entre el oro y el hierro? Pues estas piedras son más necesarias que las piedras preciosas. Porque de aquellas nada útil podría hacerse, pero de estas, casas y murallas y ciudades se levantan. Pero muéstrame qué ganancia podría obtenerse de esas perlas; más bien, ¿qué daño no resultaría? Pues para que tú lleves una gota de perla, innumerables pobres son atormentados por el hambre. ¿Qué excusa alegarás? ¿Qué perdón?
    ¿Quieres adornar tu rostro? Hazlo no con perlas, sino con modestia y dignidad. Así tu semblante estará más lleno de gracia ante los ojos de tu marido. Porque el otro tipo de adorno suele sumirlo en una sospecha de celos, y en enemistad, pendencias y contiendas, pues nada hay más molesto que un rostro que inspira sospecha. Pero el ornamento de la compasión y la modestia expulsa toda mala sospecha y atraerá a tu esposo hacia ti con más fuerza que cualquier vínculo. Pues la belleza natural no comunica tanta gracia al rostro como la disposición de quien lo contempla, y nada suele producir esa disposición como la modestia y la dignidad; de modo que si una mujer es hermosa, pero su marido está mal dispuesto hacia ella, le parece la más despreciable de todas; y si no es de rostro bello, pero su marido está bien dispuesto hacia ella, le parece más hermosa que todas. Porque la sentencia no se da según la naturaleza de lo contemplado, sino según la disposición de los que miran. Adorna, pues, tu rostro con modestia, dignidad, piedad, benignidad, caridad, afecto hacia tu marido, paciencia magnánima, mansedumbre, tolerancia del mal. Estos son los tintes de la virtud. Por medio de ellos atraerás a ángeles, no a seres humanos, como amantes. Por medio de ellos tienes a Dios para recomendarte, y cuando Dios te reciba, ciertamente ganará a tu marido para ti. Pues si la sabiduría del hombre ilumina su semblante, [] mucho más la virtud de la mujer ilumina su rostro; y si consideras esto un gran adorno, dime, ¿cuál será la ventaja de las perlas en aquel día? Pero ¿por qué es necesario hablar de aquel día, cuando es posible mostrar todo esto por lo que sucede ahora? Cuando, pues, los que habían decidido ultrajar al emperador fueron arrastrados a la sala del tribunal, y estaban en peligro de que se tomaran medidas extremas, entonces las madres y las esposas, dejando a un lado sus collares, y sus adornos de oro, y las perlas, y todo adorno, y las vestiduras doradas, vistiendo un traje sencillo y humilde, y rociadas de ceniza, se postraron ante las puertas de la sala del tribunal y así ganaron a los jueces; y si en el caso de estos tribunales terrenales de justicia, los adornos de oro, y las perlas, y el vestido abigarrado habrían sido una trampa y una traición, pero la paciencia magnánima, y la mansedumbre, y las cenizas, y las lágrimas, y las vestiduras humildes persuadieron al juez, mucho más sucedería esto en el caso de aquel tribunal imparcial y temible. Pues ¿qué razón podrás alegar, qué defensa, cuando el Maestro te impute esas perlas y ponga en medio a los pobres que han perecido de hambre? Por esto Pablo dijo: «no con cabellos trenzados, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos.» [] Porque en ello habría una trampa. Y si las disfrutáramos continuamente, aun así las dejaremos con la muerte. Pero lo que surge de la virtud es toda seguridad, y no hay vicisitud ni mudanza, sino que aquí nos hace más seguros, y también nos acompaña allí. ¿Quieres poseer perlas y no dejar jamás esta riqueza? Quítate todo adorno y colócalo en las manos de Cristo por medio de los pobres. Él guardará toda tu riqueza para ti, cuando resucite tu cuerpo con mucho resplandor. Entonces te investirá con mejor riqueza y mayor adorno, puesto que este presente es mezquino y absurdo. Considera, pues, a quién quieres agradar, y por causa de quién te pones este adorno, no para que el cordelero y el calderero y el tendero te admiren. Entonces, ¿no te avergüenzas, ni te sonrojas cuando te muestras a ellos? Haciendo todo por aquellos a quienes no consideras dignos de dirigirles la palabra.
    ¿Cómo, pues, te burlarás de esta fantasía? Si recuerdas aquella palabra que pronunciaste cuando fuiste iniciado: Renuncio a ti, Satanás, y a tu pompa, y a tu servicio. Porque el frenesí por las perlas es una pompa de Satanás. Pues recibiste oro no para atarlo a tu cuerpo, sino para liberar y alimentar a los pobres. Di, pues, constantemente: Renuncio a ti, Satanás. Nada hay más seguro que esta palabra si la demostramos con nuestras obras.

    Instrucción 2, § 5

    5. Esto creo que conviene que aprendáis vosotros, los que estáis a punto de ser iniciados. Porque esta palabra es un pacto con el Maestro. Y así como nosotros, cuando compramos esclavos, primero preguntamos a los que son vendidos si están dispuestos a ser nuestros siervos: así también hace Cristo. Cuando está a punto de recibiros en su servicio, primero pregunta si queréis dejar a aquel tirano cruel e implacable, y recibe pactos de vosotros. Pues su servicio no os es impuesto por la fuerza. Y mira la benignidad de Dios. Porque nosotros, antes de pagar el precio, preguntamos a los que son vendidos, y cuando hemos sabido que están dispuestos, entonces pagamos el precio. Pero Cristo no así, sino que Él pagó el precio por todos nosotros; su sangre preciosa. Porque, dice, fuisteis comprados por precio. [] No obstante, ni aun entonces obliga a los que no quieren a servirle; sino que si no tienes gracia, dice, y de tu propia voluntad y querer decides inscribirte bajo mi dominio, no obligo, ni fuerzo. Y nosotros no habríamos elegido comprar esclavos malvados. Pero si alguna vez hubiéramos elegido eso, los compramos con una elección pervertida, y pagamos un precio correspondiente por ellos. Pero Cristo, comprando esclavos ingratos e inicuos, pagó el precio de un siervo de primera calidad; más aún, mucho mayor, y tan grande que ni la palabra ni el pensamiento pueden expresar su grandeza. Porque no dando el cielo, ni la tierra, ni el mar, sino entregando lo que es más valioso que todos estos, su propia sangre, así nos compró. Y después de todas estas cosas, no exige de nosotros testigos, ni registro, sino que se contenta con la sola palabra, si la dices desde tu corazón. «Renuncio a ti, Satanás, y a tu pompa,» lo ha incluido todo. Digamos, pues, esto, «Renuncio a ti, Satanás,» como hombres que en aquel mundo, en aquel día, habrán de dar cuenta de esa palabra, y guardémosla para poder devolver entonces este depósito seguro. Pero las pompas de Satanás son los teatros, y el circo, y todo pecado, y la observancia de días, y los encantamientos y los agüeros.
    «¿Y qué son los agüeros?» dice alguno. A menudo, al salir de su propia casa, ha visto a un hombre tuerto o cojo, y lo ha evitado como un agüero. Esto es una pompa de Satanás. Porque encontrar al hombre no hace que el día resulte malo, sino vivir en pecado. Cuando salgas, pues, guárdate de una cosa: que el pecado no te salga al encuentro. Porque esto es lo que nos hace tropezar. Y sin esto, el diablo no podrá hacernos ningún daño. ¿Qué dices? ¿Ves a un hombre y lo evitas como un agüero, y no ves la trampa del diablo, cómo te pone en guerra con quien no te ha hecho ningún mal, cómo te hace enemigo de tu hermano sin ningún pretexto justo? Pero Dios nos ha mandado amar a nuestros enemigos; y tú te apartas del que no te ha hecho mal, sin tener nada de qué acusarlo, ¿y no consideras cuán grande es el absurdo, cuán grande la vergüenza, más bien cuán grande es el peligro? ¿Puedo hablar de algo más absurdo? Me avergüenzo, ciertamente, y me sonrojo: pero por causa de vuestra salvación, estoy, estoy obligado a hablar de ello. Si una virgen le sale al encuentro, dice que el día se vuelve desgraciado; pero si una ramera le sale al encuentro, es propicio, y provechoso, y lleno de mucho negocio; ¿te avergüenzas? ¿Y te golpeas la frente, y te inclinas hasta el suelo? Pero no hagas esto a causa de las palabras que he dicho, sino de las obras que se han hecho. Mira, pues, en este caso, cómo el diablo escondió su trampa, para que nos apartemos de las modestas, y saludemos y seamos amigos de las impúdicas. Porque desde que oyó a Cristo decir que «El que mira a una mujer para desearla, ya adulteró con ella en su corazón,» [] y ha visto a muchos vencer la impureza, queriendo por otro mal echarlos de nuevo al pecado, mediante esta observancia supersticiosa los persuade gustosamente a prestar atención a mujeres rameras.
    ¿Y qué decir de los que usan amuletos y encantamientos, y rodean sus cabezas y pies con monedas de oro de Alejandro de Macedonia? ¿Son estas nuestras esperanzas, decidme, que después de la cruz y la muerte de nuestro Maestro, pongamos las esperanzas de salvación en la imagen de un rey griego? ¿No sabéis qué gran resultado ha logrado la cruz? Ha abolido la muerte, ha extinguido el pecado, ha hecho inútil el Hades, ha deshecho el poder del diablo, ¿y no es digna de confianza para la salud del cuerpo? Ha levantado al mundo entero, ¿y no cobras ánimo en ella? ¿Y qué serías digno de sufrir, dime? No sólo tienes siempre contigo amuletos, sino encantamientos que traen a tu casa a viejas borrachas y medio locas, ¿y no te avergüenzas, y no te sonrojas, después de tan gran filosofía, de aterrorizarte por tales cosas? Y hay algo más grave que este error. Porque cuando les dirigimos estas exhortaciones, y los apartamos de ello, pensando que se defienden, dicen que la mujer es cristiana la que hace esos encantamientos, y no pronuncia nada más que el nombre de Dios. Por esto especialmente la odio y me aparto de ella, porque usa el nombre de Dios con miras a la obscenidad. Porque incluso los demonios pronunciaban el nombre de Dios, y sin embargo eran demonios, y así solían decir a Cristo: «Sabemos quién eres, el Santo de Dios,» [] y no obstante, Él los reprendió y los expulsó. Por esto, pues, os ruego que os limpiéis de este error, y que mantengáis esta palabra como un bastón; y así como sin sandalias y sin manto ninguno de vosotros elegiría bajar a la plaza, así sin esta palabra no entréis jamás en la plaza, sino que cuando estéis a punto de cruzar el umbral de la puerta, decid primero esta palabra: Dejo tus filas, Satanás, y tu pompa, y tu servicio, y me uno a las filas de Cristo. Y no salgáis jamás sin esta palabra. Esta será un bastón para vosotros, esta vuestra armadura, esta una fortaleza inexpugnable, y acompañad esta palabra con la señal de la cruz en vuestra frente. Pues así, no sólo un hombre que os encuentre, sino incluso el mismo diablo, no podrá haceros daño alguno, cuando os vea aparecer por todas partes con estas armas; y disciplináos por estos medios de aquí en adelante, para que cuando recibáis el sello seáis un soldado bien equipado, y plantando vuestro trofeo contra el diablo, recibáis la corona de justicia, que ojalá todos obtengamos, por la gracia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo, con quien sea la gloria al Padre y al Espíritu Santo por los siglos de los siglos— Amén.

    Tres homilías sobre el diablo

    Homilía 1. Contra los que dicen que los demonios gobiernan los asuntos humanos.

    Diablo 1, argumento

    Contra los que dicen que los demonios gobiernan los asuntos humanos, y que se disgustan ante el castigo de Dios, y se escandalizan por la prosperidad de los malvados y las penalidades de los justos.
    Comentario editorial · Tres homilías sobre un mismo asunto
    Stephens, en su introducción, dice que las tres están muy ligadas y que la tercera se pronunció dos días después de la segunda; no se puede saber si la que va primera fue antes de las otras. Las sitúa en Antioquía: Crisóstomo remite al comienzo de la primera a sus sermones «sobre la oscuridad de las profecías», donde se ve que aún no era obispo, y la segunda se dio ante un obispo. Eran, pues, de cuando era presbítero allí, bajo el obispo Flaviano (según Wikipedia, predicó en Antioquía entre 386 y 397). El error que combate es el de quienes excusaban su flaqueza ante el mal diciendo que el mundo estaba entregado a los demonios o al destino.

    Diablo 1, § 1

    Yo, ciertamente, esperaba que de la continuación de mi discurso tuvierais ya hartura de mis palabras; pero veo que sucede lo contrario: que no se produce hartura de esta continuación, sino que vuestro deseo aumenta, que se hace una adición no a vuestra saciedad sino a vuestro placer, que sucede lo mismo que experimentan los bebedores de vino en los banquetes paganos; pues ellos, cuanto más vino puro derraman, tanto más encienden su sed, y en vuestro caso, cuanta más enseñanza inculcamos, tanto más encendemos vuestro deseo, hacemos vuestro anhelo mayor, vuestro amor por ella más fuerte. Por esto, aunque soy consciente de mi extrema pobreza, no dejo de imitar a los ostentosos entre los anfitriones, poniendo ante vosotros mi mesa continuamente, y colocando sobre ella la copa de mi enseñanza, llena del todo: pues veo que después de haberla bebido toda, os retiráis de nuevo sedientos. Y esto, en verdad, se ha hecho evidente durante todo el tiempo, pero especialmente desde el último Día del Señor: pues que participáis de los oráculos divinos insaciablemente, lo mostró particularmente aquel día; en el cual diserté sobre la ilegitimidad de hablar mal uno del otro, cuando os proporcioné un tema seguro para la autoacusación, sugiriendo que hablarais mal de vuestros propios pecados, pero no os ocuparais de los de otras personas: cuando presenté a los Santos como acusándose a sí mismos, ciertamente, pero perdonando a los demás: Pablo diciendo Yo soy el primero de los pecadores, y que Dios tuvo compasión de él que era un blasfemo, y un perseguidor, e injurioso, y llamándose a sí mismo un abortivo, y ni siquiera considerándose digno del título de Apóstol: Pedro diciendo «Apártate de mí, porque soy hombre pecador:» Mateo llamándose publicano incluso en los días de su apostolado: David clamando y diciendo «Mis iniquidades han sobrepasado mi cabeza, y como carga pesada se han agravado sobre mí:» e Isaías lamentándose y llorando «Soy inmundo, y tengo labios inmundos:» Los tres jóvenes en el horno de fuego, confesando y diciendo que han pecado y transgredido, y no han guardado los mandamientos de Dios. Daniel, a su vez, hace la misma lamentación. Cuando después de la enumeración de estos Santos, llamé moscas a sus acusadores, e introduje la razón apropiada para la comparación, diciendo que así como ellas se aferran a las heridas de otros, así también los acusadores muerden los pecados ajenos, recogiendo enfermedad de allí para sus conocidos, y a los que hacen lo contrario los designé abejas, no recogiendo enfermedades, sino construyendo panales con la mayor devoción, y así volando al prado de la virtud del Santo: Entonces, ciertamente, entonces mostrasteis vuestro anhelo insaciable. Pues cuando mi discurso se extendió hasta cierta longitud, incluso hasta una longitud interminable, como nunca antes, muchos esperaban que vuestro ardor se apagara por la abundancia de lo dicho. Pero sucedió lo contrario. Pues vuestro corazón se caldeó más bien, vuestro deseo se encendió más bien: ¿y de dónde fue esto evidente? Las aclamaciones al menos que tuvieron lugar al final fueron mayores, y los gritos más claros, y sucedió lo mismo que en la fragua. Pues así como allí, al principio ciertamente la luz del fuego no es muy clara, pero cuando la llama ha prendido toda la leña que se le echa encima, se eleva a gran altura; así también sucedió en aquel día. Al principio, ciertamente, esta asamblea no fue vehementemente conmovida por mí. Pero cuando el discurso se extendió hasta cierta longitud, y gradualmente abarcó todos los temas y la enseñanza se difundió más ampliamente, entonces, ciertamente, entonces el deseo de escuchar se encendió en vosotros, y el aplauso estalló más vehemente. Por esto, aunque yo estaba preparado para decir menos de lo que se habló, entonces excedí la medida, más aún yo jamás excedí la medida. Pues suelo medir la cantidad de enseñanza no por la multitud de las palabras dichas, sino por la disposición de la audiencia. Pues quien se encuentra con una audiencia disgustada, aunque abrevie su enseñanza, parece molesto, pero quien se encuentra con oyentes ávidos, y despiertos, y atentos, aunque extienda su discurso hasta cierta longitud, ni aun así satisface su deseo.
    Pero puesto que sucede que en tan gran congregación hay algunos débiles, incapaces de seguir la longitud del discurso, quiero sugerirles esto: que escuchen y reciban cuanto puedan, y habiendo recibido suficiente se retiren. No hay nadie que lo prohíba, ni los obliga a permanecer más allá de su fuerza natural. Pero que no exijan el acortamiento del discurso antes del tiempo y de las horas apropiadas. Tú estás repleto, pero tu hermano aún tiene hambre. Tú estás ebrio con la multitud de las cosas dichas, pero tu hermano aún tiene sed. Que él, pues, no angustie tu debilidad, obligándote a recibir más de lo que tu propia capacidad permite; ni tú vejes su celo impidiéndole recibir todo lo que puede asimilar.

    Diablo 1, § 2

    2. Esto también sucede en los banquetes seculares. Algunos, ciertamente, se sacian más rápidamente, otros más tardíamente, y ni estos culpan a aquellos, ni aquellos condenan a estos. Pero allí, retirarse más rápidamente es loable, pero aquí retirarse más rápidamente no es loable, sino excusable. Allí, dejar de comer más lentamente es culpable y defectuoso, aquí retirarse más tardíamente trae la mayor alabanza y buena fama. ¿Por qué, pues? Porque allí la tardanza proviene de la gula, pero aquí la paciencia y la constancia están hechas de deseo espiritual y anhelo divino.
    Pero basta de preámbulo. Y pasaremos en seguida a aquel asunto que nos quedó pendiente de aquel día. ¿Cuál era, pues, lo que se dijo entonces? Que todos los hombres tenían un solo lenguaje, así como también tenían una sola naturaleza, y nadie era diferente en el habla, ni en la lengua. ¿De dónde viene, pues, tan gran distinción en el habla? De la negligencia de los que recibieron el don —de ambas cosas hablamos entonces, mostrando tanto la benignidad del Maestro mediante esta unidad de lenguaje, como la insensatez de los siervos mediante su distinción de habla. Pues Él, previendo que habríamos de desperdiciar el don, sin embargo lo dio; y aquellos a quienes fue confiado, se hicieron malos en su administración. Esta es, pues, una manera de explicación: no que Dios nos arrebató el don, sino que nosotros desperdiciamos lo que se nos había dado. Luego, después de eso, que recibimos después dones mayores que los perdidos. En lugar del trabajo temporal, nos honró con la vida eterna. En lugar de espinas y abrojos, preparó el fruto del Espíritu para que creciera en nuestras almas. Nada era más insignificante que el hombre, y nada llegó a ser más honrado que el hombre. Era el último elemento de la creación racional. Pero los pies se convirtieron en cabeza, y por medio de las primicias, fueron elevados al trono real. Pues así como un hombre generoso y opulento que ha visto a alguien escapar de un naufragio y sólo capaz de salvar su cuerpo desnudo de las olas, lo acoge en sus manos, y le echa encima un manto brillante, y lo conduce a los más altos honores; así también ha hecho Dios con nuestra naturaleza. El hombre arrojó todo lo que tenía, su derecho a hablar libremente, su comunión con Dios, su morada en el Paraíso, su vida sin nubes, y como de un naufragio, salió desnudo. Pero Dios lo recibió y al instante lo vistió, y tomándolo de la mano lo condujo gradualmente al cielo. Y sin embargo, el naufragio fue completamente imperdonable. Pues esta tempestad se debió enteramente, no a la fuerza de los vientos, sino a la negligencia del marinero.
    Y sin embargo, Dios no miró esto, sino que tuvo compasión por la magnitud de la calamidad, y al que había sufrido naufragio en el puerto, lo recibió tan amorosamente como si lo hubiera padecido en medio del mar abierto. Porque caer en el Paraíso es sufrir naufragio en el puerto. ¿Por qué? Porque cuando ninguna tristeza, ni cuidado, ni trabajos, ni fatiga, ni incontables olas de deseo asaltaban nuestra naturaleza, ésta fue derribada y cayó. Y como los malhechores que navegan por el mar a menudo perforan la nave con una pequeña herramienta de hierro, y dejan entrar todo el mar a la nave desde abajo; así también entonces, cuando el diablo vio la nave de Adán, es decir su alma, llena de muchos bienes, vino y la perforó con su sola voz, como con una pequeña herramienta de hierro, y lo vació de toda su riqueza y hundió la nave misma. Pero Dios hizo la ganancia mayor que la pérdida, y llevó nuestra naturaleza al trono real. Por lo cual Pablo clama y dice: «Y nos resucitó juntamente con él, y nos hizo sentar con él en los lugares celestiales en Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las superabundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros.» ¿Qué dices? ¿La cosa ya ha sucedido y tiene fin, y dices «para mostrar a los siglos venideros?» ¿No lo ha mostrado ya? Ya lo ha mostrado, pero no a todos los hombres, sino a mí que soy fiel, pero el incrédulo aún no ha visto la maravilla. Pero entonces, en aquel día, toda la naturaleza humana se presentará, y se maravillará de lo que se ha hecho, pero especialmente será más manifiesto para nosotros. Porque nosotros creemos aun ahora; pero el oído y la vista no nos ponen ante una maravilla de la misma manera, sino que así como en el caso de los reyes, cuando oímos hablar de la púrpura, y la diadema, y las vestiduras doradas, y el trono real, nos admiramos ciertamente, pero experimentamos esto en mayor grado cuando se descorren las cortinas y lo vemos sentado en el elevado tribunal. Así también en el caso del Unigénito, cuando veamos descorridas las cortinas del cielo, y al Rey de los ángeles descendiendo de allí, y con su guardia de los ejércitos celestiales, entonces percibiremos que la maravilla es mayor por la vista que tenemos de ella. Pues considera conmigo qué es ver nuestra naturaleza llevada sobre los Querubines, y toda la fuerza angélica rodeándola.

    Diablo 1, § 3

    3. Pero mira, conmigo, también la sabiduría de Pablo, cuántas expresiones busca, para presentarnos la benignidad de Dios. Pues no dijo simplemente la palabra gracia, ni riquezas, sino ¿qué dijo? «Las superabundantes riquezas de su gracia en bondad.» Pero no obstante, aun así, está por debajo de la medida; y así como los cuerpos resbaladizos, cuando son agarrados por innumerables manos, escapan a nuestro asimiento y se deslizan fácilmente; así también nosotros no podemos asir la benignidad de Dios con cualesquiera expresiones con que intentemos captarla, sino que la magnitud excesiva de ella burla la debilidad de nuestras palabras. Y Pablo, experimentando esto, y viendo la fuerza de las palabras vencida por su magnitud, desiste después de decir una palabra: ¿y cuál es? «Gracias a Dios por su don inefable.» Porque ni la palabra, ni mente alguna es capaz de expresar el cuidado tierno de Dios. Por esto dice entonces que es inescrutable, y en otra parte «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones.»
    Pero, como decía, estas dos maneras de explicación se encuentran por el momento: una, ciertamente, que Dios no nos ha arrebatado el don que hemos perdido; y la siguiente, que los bienes que se nos han dado son incluso mayores que los que hemos perdido. Y deseo mencionar también una tercera. ¿Cuál es, pues, la tercera? Que incluso si no nos hubiera dado después de estos, los que eran mayores que los que habíamos perdido, sino que sólo hubiera quitado lo que se nos había dado, como nosotros dimos la razón (pues añádase esto); esto por sí solo es suficiente para mostrar su tierno cuidado hacia nosotros. Porque no sólo dar, sino también quitar lo dado, es marca de la mayor benignidad, y, si queréis, expongamos el asunto, en el caso del Paraíso. Dio el Paraíso. Esto de su propio tierno cuidado. Fuimos vistos indignos del don. Esto de nuestra propia insensatez. Quitó el don a los que se hicieron indignos de él. Esto provino de su propia bondad. ¿Y qué clase de bondad es, dice alguno, quitar el don? Espera, y oirás por completo. Pues piensa, ¿qué habría sido Caín, habitando en el Paraíso después de su crimen de sangre? Porque si, cuando fue expulsado de aquella morada, si cuando fue condenado al trabajo y a la fatiga, y viendo la amenaza de la muerte pendiendo sobre su cabeza, si viendo la calamidad de su padre ante sus ojos, y teniendo aún en sus manos las huellas de la ira de Dios, y rodeado de tan grandes horrores, se lanzó a tan gran maldad, como para ignorar la naturaleza, y olvidarse de quien nació de los mismos dolores de parto, y matar al que no le había hecho ningún mal, apoderarse de la persona de su hermano, y teñir su diestra de sangre, y cuando Dios quiso que se aquietara, rehusar someterse y afrentar a su hacedor, deshonrar a sus padres; si este hombre hubiera continuado habitando en el Paraíso— mira, a cuán grande mal se habría precipitado. Pues si cuando tantas restricciones se le imponían, saltaba con saltos fatales; y si estos muros eran despreciados, ¿a dónde no se habría precipitado?
    ¿Quieres aprender también de la madre de este hombre, qué buen resultado tuvo la expulsión de la vida del Paraíso? Compara lo que era Eva antes de esto, y lo que llegó a ser después. Antes de esto, ciertamente, consideró que aquel diablo engañador, aquel demonio malvado era más digno de crédito que los mandamientos de Dios, y con la mera vista del árbol, pisoteó la ley que había sido establecida por Él. Pero cuando vino la expulsión del Paraíso, considera cuánto mejor y más sabia se volvió. Pues al dar a luz un hijo, dice «He adquirido varón por el Señor.» Al instante voló al amo, la que antes había despreciado al amo, y no atribuye el asunto a la naturaleza, ni adscribe el nacimiento a las leyes del matrimonio, sino que reconoce al Señor de la Naturaleza, y reconoce gracias a Él por el nacimiento del niñito. Y la que antes engañó a su marido, después incluso instruyó al niñito, y le dio un nombre que de por sí era capaz de traer a su memoria el don de Dios: y de nuevo cuando dio a luz a otro, dice «Dios me ha suscitado descendencia en lugar de Abel, a quien mató Caín.» La mujer recuerda su calamidad, y no se impacienta, sino que da gracias a Dios, y llama al niñito según su don, proporcionándole material constante de instrucción. Así, incluso en la misma privación, Dios confirió un beneficio mayor. La mujer sufrió la expulsión del Paraíso, pero por medio de su expulsión fue conducida al conocimiento de Dios, de modo que halló una cosa mayor que la que perdió. Y si fue provechoso, dice alguno, sufrir la expulsión del Paraíso, ¿por qué causa dio Dios el Paraíso al principio? Esto resultó provechoso para el hombre, por causa de nuestra negligencia, puesto que, si al menos, hubieran tenido cuidado de sí mismos, y hubieran reconocido a su amo, y hubieran sabido ser sobrios, y mantenerse dentro de los límites, habrían permanecido en honra. Pero cuando trataron con insolencia los dones que se les habían dado, entonces fue provechoso que fueran expulsados. ¿Por qué causa, pues, dio Dios al principio? Para mostrar su propia benignidad, y porque Él mismo estaba preparado para llevarnos incluso a mayor honra. Pero nosotros fuimos la causa del castigo y del escarmiento por todas partes, expulsándonos a nosotros mismos mediante nuestra indiferencia hacia los bienes que se nos daban. Así, pues, como un padre afectuoso, al principio, ciertamente, permite que su propio hijo more en su casa, y disfrute de todos los bienes de su padre, pero cuando ve que se ha hecho indigno de la honra, lo aparta de su mesa, y lo aleja de su vista, y a menudo lo arroja de su hogar paterno, para que él, sufriendo la expulsión, y haciéndose mejor por este desaire y esta deshonra, se muestre de nuevo digno de la restauración, y suceda en la herencia de su padre: Así ha hecho Dios. Dio el Paraíso al hombre. Lo expulsó cuando pareció indigno, para que morando fuera, y mediante su deshonra, se hiciera mejor, y más sobrio, y pareciera digno de nuevo de la restauración. Puesto que después de aquellas cosas sí se hizo mejor, lo trae de nuevo y dice «Hoy estarás conmigo en el Paraíso.» ¿Ves que no el don del Paraíso, sino incluso la expulsión del Paraíso fue una muestra del mayor tierno cuidado? Pues si no hubiera sufrido la expulsión del Paraíso, no habría aparecido de nuevo digno del Paraíso.

    Diablo 1, § 4

    4. Mantengamos, pues, este argumento de principio a fin, y apliquémoslo al asunto que tenemos delante. Dios dio un habla común a todos. Esto es parte de su amor a los hombres. No usaron rectamente el don, sino que cayeron en la más extrema locura. Él retiró de nuevo lo que había sido dado. Porque si cuando tenían un solo habla cayeron en locura tan grande como para querer edificar una torre hasta el cielo, ¿no habrían deseado, de no haber sido castigados al instante, apoderarse de la altura misma del cielo? Pues ¿por qué? Si aquello, en verdad, les era imposible, con todo sus impíos pensamientos se deducen de su plan. Todas estas cosas las previó Dios, y puesto que no usaron rectamente la unidad del habla, rectamente los dividió por la diversidad de las lenguas. Y ved conmigo su amor a los hombres. «He aquí,» dice él, «todos tienen un solo habla, y esto han comenzado a hacer.»
    ¿Por qué razón no procedió al punto a la división de las lenguas, sino que ante todo se defiende, como si hubiera de ser juzgado en un tribunal? Y sin embargo nadie puede decirle: ¿por qué has hecho esto? Sí, él es libre de hacer todas las cosas como quiere. Pero aun así, como quien va a dar cuenta, dispone así una defensa, enseñándonos a ser mansos y amorosos. Porque si el amo se defiende ante sus siervos, aun cuando ellos le han hecho este agravio, mucho más debemos nosotros defendernos unos ante otros, aun si somos agraviados en el más alto grado. Ved al menos cómo se defiende. «He aquí que todos tienen una sola boca y un solo habla» —dice él—, «y esto han comenzado a hacer,» como si dijera: que nadie me acuse de esto cuando vea la división de las lenguas. Que nadie considere que esta diferencia de habla fue asignada a los hombres desde el principio. «He aquí que todos tienen una sola boca y un solo habla.» Pero no usaron rectamente el don. Y para que entendáis que no castiga tanto por lo que ha sucedido cuanto porque provee a la enmienda de lo futuro, oíd lo que sigue: «y ahora nada de todo lo que se propusieron hacer les será imposible.» Ahora bien, lo que dice es de este tenor: si no pagan ahora la pena, y no son refrenados desde la raíz misma de sus pecados, jamás cesarán en la maldad. Porque esto es lo que significa «nada de lo que se propusieron hacer les será imposible», como si dijera: y añadirán otras obras aún más monstruosas. Porque tal cosa es la maldad: si una vez que ha tomado impulso no es impedida, como el fuego que prende en la leña, así se eleva a una altura indecible. ¿Veis que la privación de la unidad del habla fue obra de mucho amor a los hombres? Les infligió la diversidad de las lenguas para que no cayeran en una maldad mayor. Mantened, pues, conmigo este argumento, y quede siempre fijo e inmóvil en vuestras mentes: que no sólo cuando concede beneficios, sino incluso cuando castiga, Dios es bueno y amoroso. Porque aun sus castigos y sus penas son la mayor parte de su beneficencia, la mayor forma de su providencia. Por tanto, siempre que veáis que han sobrevenido hambres, y pestes, y sequía, y lluvias desmedidas, e irregularidades en la atmósfera, o cualquiera otra de las cosas que castigan la naturaleza humana, no os aflijáis, ni os desaniméis, sino adorad a Aquel que las causó, maravillaos de Él por su tierno cuidado. Porque Aquel que hace estas cosas es tal que castiga incluso el cuerpo para que el alma se vuelva sana. ¿Entonces hace Dios estas cosas?, dirá alguno. Dios hace estas cosas, y aun si toda la ciudad, más aún, aun si todo el universo estuviera aquí, no me retraeré de decirlo. ¡Ojalá mi voz fuera más clara que una trompeta, y fuera posible estar en un lugar elevado, y clamar en alta voz a todos los hombres, y testificar que Dios hace estas cosas! No digo estas cosas con arrogancia, sino que tengo al profeta a mi lado, clamando y diciendo: «No hay mal en la ciudad que el Señor no haya hecho» —ahora bien, mal es un término ambiguo; y quiero que aprendáis el sentido exacto de cada expresión, para que por causa de la ambigüedad no confundáis la naturaleza de las cosas y caigáis en la blasfemia.

    Diablo 1, § 5

    5. Hay, pues, un mal que es verdaderamente mal: la fornicación, el adulterio, la codicia, y las incontables cosas terribles que son dignas del mayor reproche y castigo. De nuevo hay un mal que más bien no es mal, pero se llama así: el hambre, la peste, la muerte, la enfermedad, y otras de semejante clase. Porque éstas no serían males. Por esto dije que sólo se llaman así. ¿Por qué, pues? Porque, si fueran males, no se habrían convertido en fuentes de bien para nosotros: castigando nuestra soberbia, aguijoneando nuestra pereza, y conduciéndonos al celo, haciéndonos más atentos. «Porque cuando,» dice alguno, «los hacía morir, entonces lo buscaban, y se volvían, y madrugaban hacia Dios.» Llama, pues, mal a esto que los castiga, que los hace más puros, que los vuelve más celosos, que los conduce al amor de la sabiduría; no a aquello que cae bajo sospecha y es digno de reproche; porque eso no es obra de Dios, sino invención de nuestra propia voluntad, mientras que esto es para destrucción de lo otro. Llama, pues, con el nombre de mal a la aflicción que surge de nuestro castigo; nombrándola así no en razón de su propia naturaleza, sino según la opinión que los hombres tienen de ella. Porque ya que acostumbramos llamar con el nombre de mal no sólo los robos y los adulterios, sino también las calamidades, así ha llamado él al asunto, según la estimación de la humanidad. Esto es, pues, lo que dice el profeta: «No hay mal en la ciudad que el Señor no haya hecho.» Esto también lo ha aclarado Dios por medio de Isaías, diciendo: «Yo soy Dios que hago la paz y creo el mal,» nombrando de nuevo males a las calamidades. A este mal también alude Cristo, diciendo así a los discípulos: «Basta a cada día su propio mal,» es decir, la aflicción, la miseria. Es manifiesto, pues, por todas partes, que aquí llama mal al castigo; y Él mismo los trae sobre nosotros, ofreciéndonos la más grande visión de su providencia. Porque el médico no sólo es digno de alabanza cuando conduce al paciente a jardines y praderas, ni tampoco a baños y piscinas de agua, ni cuando pone ante él una mesa bien provista, sino cuando le ordena permanecer sin alimento, cuando lo oprime con hambre y lo postra con sed, lo confina a su lecho, haciendo de su casa una prisión, y privándolo de la misma luz, y ensombreciendo su habitación por todos lados con cortinas, y cuando corta, y cuando cauteriza, y cuando trae sus medicamentos amargos, es igualmente médico. ¿Cómo no es, pues, absurdo llamar médico a quien hace tantas cosas malas, pero blasfemar contra Dios, si en algún momento hace una de estas cosas, si trae o hambre o muerte, y rechazar su providencia sobre todo? Y sin embargo Él es el único verdadero médico de las almas y de los cuerpos. Por esto a menudo toma esta naturaleza nuestra que se desborda en la prosperidad, y que sufre con la fiebre de los pecados, y por la carencia, y el hambre, y la muerte y otras calamidades y los demás medicamentos que Él conoce, nos libra de las enfermedades. Pero sólo los pobres sienten hambre, dice alguno. Pero Él no castiga sólo con el hambre, sino con incontables otras cosas. A quien está en pobreza a menudo lo ha corregido con el hambre, pero al rico y al que goza de prosperidad, con peligros, enfermedades, muertes prematuras. Porque Él está lleno de recursos, y los medicamentos que tiene para nuestra salvación son múltiples.
    Así también hacen los jueces. No honran ni coronan sólo a quienes moran en las ciudades, ni proveen únicamente dones, sino que también corrigen a menudo. Por esto la espada es afilada por ellos, y se preparan torturas; tanto la rueda como el cepo, y los verdugos, e incontables otras formas de castigo. Lo que el verdugo es a los jueces, el hambre es a Dios—como un verdugo que nos corrige y nos aparta del vicio. Esto también es posible verlo en el caso de los labradores. Éstos no protegen únicamente la raíz de la vid, ni la cercan con un seto, sino que la podan, y cortan muchas de las ramas; por esto no sólo tienen una azada, sino también una hoz, apta para cortar; y sin embargo no los censuramos, sino que entonces los admiramos sobre todo, cuando los vemos cortar mucho de lo que es inútil, para que mediante el rechazo de lo superfluo se dé gran seguridad a lo que permanece. ¿Cómo no es, pues, absurdo, que aprobemos así a un padre, y a un médico, y a un juez, y a un labrador, y no censuremos ni reprendamos ni al que echa a su hijo de su casa, ni al médico que atormenta a su paciente, ni al juez que corrige, ni al labrador que poda; sino que censuremos y golpeemos con incontables acusaciones a Dios, si en algún momento nos levanta, cuando estamos, por así decir, embrutecidos por la gran embriaguez que proviene de la maldad? ¿Qué gran locura no sería, no permitir siquiera a Dios una parte de la misma justificación que permitimos a nuestros consiervos?

    Diablo 1, § 6

    6. Temiendo estas cosas por los que reprochan a Dios, hablo ahora, para que no den coces contra el aguijón, y cubran sus propios pies de sangre, para que no arrojen piedras al cielo, y reciban heridas en su propia cabeza. Pero tengo algo más, mucho más allá de esto, que decir. Porque omitiendo preguntar (lo digo a modo de concesión) si Dios nos quitó para nuestro provecho, sólo digo esto: que si quitó lo que había dado, ni aun así podría nadie reprocharlo. Porque Él era Señor de lo suyo. Entre los hombres, cuando nos confían dinero, y nos prestan plata, les damos gracias por el tiempo durante el cual lo prestaron; no nos indignamos en el momento en que retiran lo que es suyo. ¿Y reprocharemos a Dios que quiera retirar lo suyo? ¿No es éste, en verdad, el colmo de la insensatez? Sí, el grande y noble Job no obró así. Porque no sólo cuando recibió, sino aun cuando fue privado, da las mayores gracias a Dios, diciendo: «El Señor dio, el Señor quitó; sea el nombre del Señor bendito por siempre.» Pero si es justo dar gracias por ambas cosas incluso por separado, y la privación no es menos provechosa que la dádiva, ¿qué excusa tendríamos, decidme, para corresponder con ánimo contrario, e impacientarnos con Aquel a quien deberíamos adorar, que es tan manso, y amoroso, y cuidadoso, que es más sabio que todo médico, y más lleno de afecto que cualquier padre, más justo que cualquier juez, y más solícito que cualquier labrador, en sanar estas almas nuestras? ¿Qué podría, pues, ser más insensato y necio que quienes, en medio de tan buen orden, dicen que estamos privados de la providencia de Dios? Porque así como si alguien sostuviera que el alma es tenebrosa y fría, daría con su opinión un ejemplo de extrema demencia; así, si alguno duda de la providencia de Dios, mucho más está sujeto a las acusaciones de locura.
    No es tan manifiesto el Sol como es clara la providencia de Dios. Pero, con todo, algunos se atreven a decir que los demonios administran nuestros asuntos. ¿Qué puedo hacer? Tenéis un Maestro amoroso. Él prefiere ser blasfemado por vosotros mediante estas palabras, antes que encomendar vuestros asuntos a los demonios y persuadiros por la realidad de cómo administran los demonios. Porque entonces conoceríais bien su maldad por la experiencia de ella. Pero más bien ahora es posible ponérosla delante, por así decir, mediante un pequeño ejemplo. Ciertos hombres poseídos por demonios, saliendo de los sepulcros, salieron al encuentro de Cristo, y los demonios le suplicaban que les permitiera entrar en la piara de cerdos. Y Él se lo permitió, y se fueron, y al instante los precipitaron a todos de cabeza. Así gobiernan los demonios; y sin embargo para ellos los cerdos no tenían particular importancia, pero con vosotros hay siempre una guerra sin tregua, y una lucha implacable, y un odio que no muere. Y si en el caso de aquellos con quienes nada tenían en común no soportaron siquiera que se les permitiera un breve respiro de tiempo: si nos hubieran tenido en su poder a nosotros, sus enemigos, que perpetuamente los aguijoneamos, ¿qué no habrían hecho? ¿Y qué daño incurable no habrían consumado? Porque por esto Dios los dejó caer sobre la piara de cerdos, para que en el caso de los cuerpos de animales irracionales aprendáis su maldad, y que a los posídos les habrían hecho las cosas que hicieron a los cerdos, de no haber experimentado los endemoniados, en su misma locura, la providencia de Dios, es evidente para todos: y ahora, por tanto, cuando veáis a un hombre agitado por un demonio, adorad al Maestro. Aprended la maldad de los demonios. Porque es posible ver ambas cosas en el caso de estos demonios: el amor de Dios a los hombres y la maldad de los demonios. La maldad de los demonios, cuando hostigan y perturban el alma del demente; y el amor de Dios a los hombres, siempre que refrena y contiene a un demonio tan salvaje, que ha fijado su morada dentro, y desea precipitar al hombre de cabeza, y no le permite usar su propio poder en plenitud, sino que le deja mostrar tanta fuerza cuanta baste para hacer entrar al hombre en razón, y hacer manifiesta su propia maldad. ¿Queréis formar otro ejemplo para ver una vez más cómo un demonio dispone las cosas cuando Dios le permite usar su propio poder? Considerad los rebaños, las manadas de Job, cómo en un instante de tiempo los aniquiló a todos; considerad la muerte lastimosa de los hijos, el golpe que fue asestado a su cuerpo: y veréis el carácter salvaje, inhumano e implacable de la maldad de los demonios, y por estas cosas conoceréis claramente que si Dios hubiera confiado todo este mundo a su autoridad, lo habrían confundido y perturbado todo, y nos habrían asignado su trato a los cerdos, y a aquellos rebaños, puesto que ni siquiera por un pequeño respiro de tiempo habrían soportado dejarnos a salvo. Si los demonios dispusieran los asuntos, no estaríamos en mejor condición que los endemoniados; más aún, seríamos peores que ellos. Porque Dios no los entregó enteramente a la tiranía de los demonios; de otro modo sufrirían cosas mucho peores que las que ahora sufren. Y yo preguntaría esto a quienes dicen estas cosas: ¿qué clase de desorden contemplan en el presente, para atribuir todos nuestros asuntos a la disposición de los demonios? Y sin embargo vemos al sol, durante tantos años, avanzando día tras día en orden regular, una múltiple banda de estrellas guardando su propio orden, los cursos de la luna sin impedimento, una sucesión invariable de noche y día, todas las cosas, arriba y abajo, como en una cierta armonía conveniente, más aún, incluso mucho más, y con más exactitud cada una guardando su propio lugar, y no apartándose del orden que Dios, que las hizo, ordenó desde el principio.

    Diablo 1, § 7

    7. ¿Y de qué sirve todo esto, dice alguno, cuando el cielo, en verdad, y el sol, y la luna, y la banda de estrellas, y todo lo demás guardan mucho buen orden, pero nuestros asuntos están llenos de confusión y desorden? ¿Qué clase de confusión, oh hombre, y desorden? Cierto hombre, dice, es rico, y altanero; es rapaz y codicioso; agota día tras día la sustancia del pobre, y no sufre ninguna aflicción terrible. Otro vive en paciencia magnánima, en templanza y rectitud, y está adornado con todas las demás buenas cualidades, y es castigado con pobreza y enfermedad, y aflicciones extremadamente terribles. ¿Son éstas, pues, las cosas que os ofenden? Sí, éstas, dice. Si, pues, veis que entre los rapaces muchos son castigados, y que entre los que viven virtuosamente, sí, algunos disfrutan incluso de incontables bienes, ¿por qué no abandonáis vuestra opinión, y os contentáis con el Todopoderoso? Porque es esto mismo lo que me ofende más. Porque ¿por qué, cuando hay dos hombres malos, uno es castigado, y otro sale bien librado y escapa; y cuando hay dos hombres buenos, uno es honrado, y el otro continúa bajo castigo? Y esto mismo es obra muy grande de la providencia de Dios. Porque si castigara aquí a todos los malos, y honrara aquí a todos los buenos, el día del juicio sería superfluo. De nuevo, si no castigara a ningún malvado, ni honrara a ninguno de los buenos, entonces los viles se volverían más viles y peores, al ser más descuidados que los excelentes, y los que estuvieran dispuestos a blasfemar acusarían a Dios mucho más, y dirían que nuestros asuntos estaban enteramente privados de su providencia. Porque si cuando ciertos malvados son castigados, y ciertos buenos castigados, dicen asimismo que las cosas humanas no están sujetas a providencia alguna; si ni siquiera esto sucediera, ¿qué no dirían? ¿Y qué palabras no proferirían? Por esto a algunos de los malvados los castiga, y a algunos no los castiga; y a algunos de los buenos los honra, y a algunos no los honra. No castiga a todos, para persuadiros de que hay una Resurrección. Pero castiga a algunos para que, mediante el temor por el castigo de los otros, haga más solícitos a los más descuidados. De nuevo, honra a algunos de los buenos, para que mediante sus honras conduzca a otros a emular su virtud. Pero no honra a todos, para que aprendáis que hay otro tiempo para dar a todos su recompensa. Porque si todos recibieran aquí sus merecimientos, no creerían el relato de la Resurrección. Pero si nadie recibiera aquí su merecido, la mayoría se volvería más descuidada. Por esto a algunos los castiga, y a otros no los castiga, aprovechando tanto a los castigados como a los no castigados. Porque de aquéllos separa su maldad, y a los otros los hace, por el castigo, más templados. Y esto es manifiesto por lo que Cristo mismo dijo. Porque cuando le anunciaron que una torre había caído a tierra, y había sepultado a ciertos hombres, les dice: «¿Qué pensáis? ¿Que estos hombres eran pecadores solamente? Yo os digo que no; pero si no os arrepentís, todos pereceréis del mismo modo.»
    ¿Veis cómo aquéllos perecieron a causa de su pecado, y los demás no se libraron a causa de su justicia, sino para que se hicieran mejores con el castigo de los otros? ¿No fueron, pues, tratados injustamente los castigados?, dice alguno. Porque podían, sin ser ellos mismos castigados, hacerse mejores con el castigo de los otros. Pero si Dios hubiera sabido que se harían mejores por la penitencia, no los habría castigado. Pues si, aun previendo que muchos no sacarían provecho alguno de su longanimidad, sin embargo los soporta con mucha tolerancia, cumpliendo lo que le corresponde y dándoles ocasión de salir un día de su insensatez y volver a su sano juicio, ¿cómo habría de privar a los que iban a hacerse mejores por el castigo de otros, del beneficio del arrepentimiento? De modo que en nada son tratados injustamente: por una parte su mal es cortado por su castigo, y por otra su castigo será más ligero allí, porque padecieron aquí de antemano. Y, a su vez, los que no fueron castigados en nada son tratados injustamente; porque les era posible, si hubieran querido, servirse de la longanimidad de Dios para realizar un cambio excelentísimo, y, admirando su tolerancia, haberse avergonzado de su excesiva paciencia, y un día haberse pasado a la virtud y haber ganado su propia salvación con el castigo de los otros. Pero si permanecen en la maldad, Dios no tiene la culpa, que por esto fue longánime, para recobrarlos, sino que ellos son indignos de perdón, por no haber usado rectamente de la longanimidad de Dios. Y no sólo es posible aducir este argumento como razón de que no todos los malvados son castigados aquí, sino también otro no menor que éste. ¿Cuál es, pues, éste? Que si Dios hiciera venir sobre todos los castigos que sus pecados merecen, nuestra raza habría sido arrebatada y no habría llegado hasta la posteridad. Y para que aprendas que esto es verdad, oye al profeta que dice: «Si observares las iniquidades, oh Señor, ¿quién podrá mantenerse?» Y si te parece bien examinar esta sentencia, dejando la investigación exacta de la vida de cada uno —pues no es posible siquiera conocer todo lo que cada hombre ha realizado—, aduzcamos los pecados que todos, sin contradicción, cometen; y por éstos nos resultará claro y manifiesto que, si fuéramos castigados por cada uno de nuestros pecados, hace tiempo habríamos perecido. El que llamó necio a su hermano «es reo del infierno de fuego», dice Él. ¿Acaso hay alguno de nosotros que jamás haya cometido este pecado? ¿Pues qué? ¿Debería ser arrebatado al punto? Por tanto, todos habríamos sido arrebatados y habríamos desaparecido hace tiempo, en verdad hace muchísimo tiempo. A su vez, el que jura, dice, aunque cumpla su juramento, hace las obras del maligno. ¿Quién hay, pues, que no haya jurado? Más aún: ¿quién hay que jamás haya jurado falsamente? El que mira a una mujer, dice, con ojos impuros, es enteramente adúltero; y de este pecado cualquiera hallaría culpables a muchos. Pues cuando estos pecados confesados son tales y tan insufribles, y cada uno de ellos por sí solo trae sobre nosotros castigo inevitable, si hubiéramos de contar los pecados secretos por nosotros cometidos, entonces veremos especialmente que la providencia de Dios no trae sobre nosotros castigo por cada pecado. De modo que, cuando veas a alguien rapaz, codicioso, y no castigado, despliega entonces tu propia conciencia; repasa tu propia vida, recorre los pecados que has cometido, y aprenderás rectamente que, en tu propio caso primero, no conviene ser castigado por cada uno de tus pecados; pues por esto la mayoría hace afirmaciones temerarias, porque no miran su propio caso antes que el de los demás, sino que todos, dejando el nuestro, examinamos el de los otros. Pero no hagamos ya esto, sino lo contrario; y si ves a algún justo castigado, acuérdate de Job; pues si alguno es justo, no será más justo que aquel varón, ni se acercará a él siquiera a poca distancia. Y si padece incontables males, no ha padecido todavía tanto como aquel hombre.

    Diablo 1, § 8

    8. Tomando, pues, esto en tu mente, deja de acusar al maestro; aprende que no es por abandonarlo como Dios deja que tal varón padezca mal, sino por deseo de coronarlo y hacerlo más ilustre. Y si ves a un pecador castigado, acuérdate del paralítico que pasó treinta y ocho años en su lecho. Porque que aquel hombre fue entregado entonces a aquella enfermedad por el pecado, óyelo a Cristo que dice: «He aquí, has sido sanado; no peques más, no sea que te suceda algo peor.» Porque, o cuando somos castigados pagamos la pena de nuestros pecados, o recibimos ocasión de coronarnos si, viviendo en rectitud, padecemos mal. De modo que, ya vivamos en justicia, ya en pecados, el castigo nos es útil: a veces haciéndonos más ilustres, a veces volviéndonos más dueños de nosotros y aligerando el castigo que nos espera. Porque que es posible que uno castigado aquí, y que lo soporta con gratitud, experimente allí un castigo más suave, óyelo a San Pablo que dice: «Por esto hay muchos débiles y enfermos, y algunos duermen. Pues si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Mas cuando somos juzgados, somos corregidos por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.» Conociendo, pues, todas estas cosas, moralicemos así sobre la providencia de Dios, y tapemos la boca a los contradiccores. Y si alguno de los acontecimientos que suceden sobrepasa nuestro entendimiento, no por ello consideremos que nuestros asuntos no son gobernados por la providencia, sino que, percibiendo su providencia en parte, en las cosas incomprensibles cedamos a la inescrutabilidad de su sabiduría. Porque si no es posible que uno no versado en ella entienda el arte de un hombre, mucho más imposible es que el entendimiento humano comprenda la infinitud de la providencia de Dios. «Porque sus juicios son inescrutables y sus caminos insondables.» Pero, no obstante, de pequeñas partes ganamos una fe clara y manifiesta sobre el todo, y damos gracias a él por todo lo que sucede. Pues hay aún otra consideración que no puede ser contradicha, para los que quieren moralizar sobre la providencia de Dios. Porque preguntaríamos a los contradiccores: ¿Existe, pues, Dios? Y si dijeran que no existe, no les respondamos. Pues así como es inútil responder a los locos, así también lo es a los que dicen que no hay Dios. Porque si una nave con pocos marineros y pasajeros no sería conducida con seguridad ni una milla siquiera sin la mano que la gobierna, mucho más un mundo como éste, que tiene en sí tantas personas, compuesto de diversos elementos, no habría subsistido tanto tiempo, si no hubiera una cierta providencia que lo preside, que gobierna y mantiene continuamente toda esta fábrica. Y si, por vergüenza, por la común opinión de todos los hombres y por la experiencia de las cosas, confiesan que hay un Dios, digámosles esto: Si hay un Dios, como en verdad lo hay, se sigue que es justo; porque si no es justo, tampoco es Dios; y si es justo, retribuye a cada uno según su merecido. Pero no vemos que todos reciban aquí según su merecido. Por tanto, es necesario esperar otra retribución que nos aguarda, para que, recibiendo cada uno según su merecido, la justicia de Dios sea hecha manifiesta. Porque esta consideración no sólo contribuye a nuestra sabiduría acerca de la providencia sola, sino acerca de la Resurrección; y enseñemos a otros, y pongamos toda diligencia en tapar la boca a los que deliran contra el Maestro, y nosotros mismos glorifiquémoslo en todas las cosas. Porque así ganaremos más de su cuidado, y gozaremos de mucha de su influencia, y así podremos escapar del mal real y obtener los bienes futuros, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, por quien y con quien sea la gloria al Padre, con el Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Homilía 2. Sobre el poder del hombre para resistir al diablo.

    Diablo 2, argumento

    Contra los que objetan porque el diablo no ha sido quitado del mundo: y para demostrar que su maldad no nos daña —si estamos atentos—: y sobre el arrepentimiento.

    Diablo 2, § 1

    1. Cuando Isaac, en tiempos antiguos, deseaba comer un bocado de manos de su hijo, envió a su hijo fuera de la casa a cazar. Pero cuando este Isaac deseó aceptar un bocado de mis manos, no me envió fuera de la casa, sino que él mismo corrió a nuestra mesa. ¿Qué podría haber más tiernamente afectuoso que él? ¿Qué más humilde? Quien tuvo a bien mostrar así su cálido amor, y se dignó descender tan lejos. Por esto, ciertamente, nosotros también, habiendo gastado el tono de nuestra voz y la fuerza de nuestros pies en el discurso de la mañana, al ver su rostro paternal, olvidamos nuestra debilidad, depusimos nuestra fatiga, fuimos elevados con placer; vimos su ilustre cabeza cana, y nuestra alma se llenó de luz. Por esto también, con presteza dispusimos nuestra mesa, para que él comiera y nos bendijera. No hay fraude ni engaño aquí, como lo hubo allí entonces. Allí, en verdad, a uno se le mandó traer el bocado, pero otro lo trajo. Pero yo fui mandado traerlo, y lo traje también. Bendíceme, pues, oh padre mío, con bendición espiritual, que todos también oramos siempre por recibir, y que es provechosa no sólo para ti, sino también para mí y para todos éstos. Ruega al maestro común de todos nosotros que prolongue tu vida hasta la ancianidad de Isaac. Porque esto es, tanto para mí como para éstos, más valioso y más necesario que el rocío del cielo y la grosura de la tierra.
    Pero es tiempo de proceder a disponer nuestra mesa; ¿qué es, pues, esto? Los restos de lo que hace poco se dijo con miras a nuestro amor por vosotros. Porque todavía —todavía— renovamos nuestro discurso acerca del Diablo, que comenzamos hace dos días, el cual también dirigimos a los iniciados esta mañana, cuando les hablamos de la renuncia y del pacto. Y hacemos esto, no porque nuestro discurso acerca del Diablo nos sea dulce, sino porque la doctrina sobre él está llena de seguridad para vosotros. Porque él es enemigo y adversario, y es gran seguridad conocer claramente las tácticas de vuestros enemigos. Hemos dicho últimamente que él no vence por la fuerza, ni por tiranía, ni por compulsión, ni por violencia. Pues si esto fuera así, habría destruido a todos los hombres. Y en testimonio de esto adujimos los cerdos, contra los cuales los Demonios no pudieron emprender nada antes del permiso del Maestro; los rebaños y manadas de Job. Porque ni siquiera el Diablo se atrevió a destruir a éstos hasta que recibió poder de lo alto. Aprendimos, pues, esto primero: que no nos vence por la fuerza ni por compulsión. Después de eso añadimos que, aun cuando vence por engaño, no así se apodera de todos los hombres. Entonces, a su vez, adujimos a aquel atleta Job, a él mismo en medio, contra el cual puso en marcha incontables maquinaciones, y ni aun así se apoderó de él, sino que se retiró derrotado. Queda todavía una cuestión. ¿Cuál es, pues, este asunto? Que si no vence, dice alguno, por la fuerza, sí por el engaño. Y por esto sería mejor que fuera destruido. Porque si Job se apoderó de él, Adán fue engañado y derribado. Ahora bien, si de una vez para siempre hubiera sido quitado del mundo, Adán jamás habría sido derribado. Pero ahora permanece, y es derrotado, en verdad, por uno, pero se apodera de muchos. Diez lo vencieron, pero él mismo vence y derriba a diez mil; y si Dios lo quitara del mundo, esos diez mil no habrían perecido. ¿Qué diremos, pues, a esto? Que, en primer lugar, los que vencen son con mucho más valiosos que los que son derrotados, aunque éstos sean más y aquéllos menos. «Porque mejor es uno», dice, «que hace la voluntad de Dios que diez mil transgresores.» Y, en segundo lugar, que si el antagonista fuera quitado, el que vence resulta por ello perjudicado. Porque si dejas permanecer al adversario, los más perezosos son perjudicados, no por causa de los más diligentes, sino por su propia pereza; mientras que si quitas al adversario, los más diligentes son traicionados por causa de los perezosos, y ni exhiben su propio poder, ni ganan coronas.

    Diablo 2, § 2

    2. Quizá aún no habéis entendido lo dicho. Por tanto, es necesario que lo diga otra vez más claramente. Sea un antagonista. Pero sean también dos atletas a punto de luchar contra él; y de estos dos atletas sea uno consumido por la glotonería, desprevenido, vacío de fuerza, sin nervio; pero el otro diligente, de buen hábito, que pasa su tiempo en la escuela de lucha, en muchos ejercicios gimnásticos, y muestra toda la práctica que atañe al certamen. Si, pues, quitas al antagonista, ¿a cuál de los dos has perjudicado? Al perezoso, ciertamente, y desprevenido, o al solícito que tanto se ha fatigado? Está muy claro que es al solícito. Porque el uno, en verdad, es perjudicado por el perezoso, después que el antagonista ha sido quitado. Pero el perezoso, mientras aquél permanece, ya no es perjudicado por causa del solícito. Porque ha caído, debido a su propia pereza.
    Expondré otra solución de esta cuestión, para que aprendáis que el Diablo no daña, sino que su propia pereza derriba en todas partes a los que no prestan atención. Concédase que el Diablo sea sobremanera malvado, no por naturaleza, sino por elección y convicción. Porque que el Diablo no es malvado por naturaleza, apréndelo de sus mismos nombres. Porque el Diablo, es decir, el calumniador, es llamado así por calumniar; pues calumnió al hombre ante Dios diciendo: «¿Acaso teme Job a Dios de balde? Mas extiende tu mano y toca lo que tiene, a ver si no te blasfema en tu rostro.» Calumnió a Dios a su vez ante el hombre diciendo: «Fuego cayó del cielo y quemó las ovejas.» Porque estaba ansioso por persuadirlo de que esta guerra era movida desde arriba, desde los cielos, y puso al siervo en discordia con el amo, y al amo con su siervo; mejor dicho, no los puso en discordia, sino que lo intentó, pero no pudo, a fin de que, siempre que pongas a otro siervo en discordia con su amo, a Adán con Dios, y creyendo la calumnia del Diablo, aprendas que él ganó fuerza, no debido a su propio poder, sino a la pereza y descuido de aquel hombre. Es llamado Diablo, por tanto, por esto. Pero calumniar, y abstenerse de calumniar, no es natural, sino una acción que tiene lugar y que deja de tener lugar, que ocurre y deja de ocurrir. Ahora bien, tales cosas no alcanzan el rango de la naturaleza o de la esencia de una cosa. Sé que esta consideración acerca de la esencia y el accidente es difícil de ser captada por muchos. Pero hay quienes pueden prestar un oído más fino; por lo cual también hemos dicho estas cosas. ¿Quieres que pase a otro nombre? Verás que tampoco aquél es un nombre que pertenece a su esencia o naturaleza. Es llamado malvado. Pero su maldad no es de su naturaleza, sino de su elección. Pues también ésta unas veces está presente, otras veces está ausente. No me digas, pues, esto: que siempre permanece con él. Porque no estaba con él al principio, sino que después le sobrevino; por lo cual es llamado apóstata. Aunque muchos hombres son malvados, él solo es llamado malvado por preeminencia. ¿Por qué, pues, es llamado así? Porque sin ser en nada agraviado por nosotros, sin tener agravio pequeño ni grande, cuando vio que la humanidad estaba en honra, al punto le envidió su bien. ¿Qué podría, pues, ser peor que esta maldad, sino cuando el odio y la guerra existen sin tener causa razonable alguna? Dejemos, pues, al Diablo, y aduzcamos la creación, a fin de que aprendáis que el Diablo no es la causa de los males para nosotros, si tan sólo pusiéramos atención: a fin de que aprendáis que el débil en la elección, y el desprevenido, y el perezoso, aunque no hubiera Diablo, cae y se arroja a sí mismo a muchos abismos de mal. El Diablo es malo. Lo sé yo mismo y es reconocido por todos; pero presta atención estrictamente a lo que ahora va a decirse. Porque no son materias ordinarias, sino aquellas sobre las cuales muchas palabras, muchas veces y en muchos lugares surgen, sobre las cuales hay muchas luchas y batallas no sólo de parte de los fieles contra los infieles, sino también de parte de los fieles contra los fieles. Porque esto es lo que está lleno de dolor.

    Diablo 2, § 3

    3. El Diablo, pues, es reconocido, como dije, por todos como malo. ¿Qué diremos de esta hermosa y maravillosa creación? ¿Acaso es también malvada la creación? ¿Y quién hay tan corrompido, tan torpe y demente como para acusar a la creación? ¿Qué diremos, pues, de ella? Porque no es malvada, sino hermosa y prenda de la sabiduría, el poder y la bondad de Dios. Oye al menos cómo el profeta se maravilla de ella diciendo: «¡Cuán engrandecidas están tus obras, oh Señor! Con sabiduría las has hecho todas.» No las recorrió una por una, sino que se retiró ante la incomprensible sabiduría de Dios. Y que la ha hecho así, hermosa y vasta, óyelo a uno que dice: «De la vastedad y belleza de las criaturas, proporcionalmente es visto su originador.» Oye también a Pablo que dice: «Porque las cosas invisibles de Él, desde la creación del mundo, se ven claramente, siendo percibidas por medio de las cosas que han sido hechas.» Porque cada uno de éstos con que habló declaró que la creación nos conduce al conocimiento de Dios, porque nos hace conocer plenamente al Maestro. ¿Qué, pues? Si vemos que esta hermosa y maravillosa creación misma se convierte en causa de impiedad para muchos, ¿la culparemos? De ningún modo, sino a los que no pudieron usar rectamente el medicamento. ¿De dónde, pues, ésta que nos conduce al conocimiento de Dios es causa de impiedad? «Los sabios», dice, «se oscurecieron en sus entendimientos, y adoraron y sirvieron a la criatura más que al creador.» El Diablo no está aquí en parte alguna, el Demonio no está aquí en parte alguna, sino que la creación sola es puesta ante nosotros como maestra del conocimiento de Dios. ¿Cómo, pues, se ha convertido en causa de impiedad? No debido a su propia naturaleza, sino debido al descuido de los que no prestan atención. ¿Qué, pues? ¿Quitaremos también la creación? Dime.
    ¿Y por qué hablo de la creación? Vengamos a nuestros propios miembros. Porque también éstos los hallaremos causa de destrucción si no prestamos atención, no por su propia naturaleza, sino por nuestra pereza. Y mira: un ojo fue dado para que puedas contemplar la creación y glorificar al Maestro. Pero si no usas bien el ojo, se te convierte en ministro de adulterio. Una lengua fue dada para que hables bien, para que alabes al Creador. Pero si no pones excelente atención, se te convierte en causa de blasfemia. Y manos te fueron dadas para que las extiendas en oración. Pero si no eres cauto, las extiendes para la codicia. Pies fueron dados para que corras a las buenas obras; pero si eres descuidado, causarás obras malvadas por medio de ellos. ¿Veis que todas las cosas dañan al hombre débil? ¿Veis que incluso los medicamentos de salvación infligen muerte al débil, no por su propia naturaleza, sino por su debilidad? Dios hizo el cielo para que admires la obra y adores al Maestro. Pero otros, dejando solo al creador, han adorado al cielo; y esto por su propio descuido e insensatez. ¿Y por qué hablo de la creación? Ciertamente, ¿qué podría ser más conducente a la salvación que la Cruz? Pero esta Cruz se ha convertido en tropiezo para los débiles. «Porque la palabra de la Cruz es locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, es poder de Dios.» Y otra vez: «predicamos a Cristo crucificado, tropezadero para los judíos y locura para los gentiles.» ¿Qué podría ser más apto para enseñar que Pablo y los apóstoles? Pero los Apóstoles se convirtieron en olor de muerte para muchos. Dice al menos: «a uno, olor de muerte para muerte; al otro, olor de vida para vida.» ¿Veis que el débil es dañado aun por Pablo, pero el fuerte no es dañado ni siquiera por el Diablo?

    Diablo 2, § 4

    4. ¿Queréis que ejercitemos el argumento en el caso de Jesucristo? ¿Qué hay igual a aquella salvación? ¿Qué más provechoso que aquella presencia? Pero esta misma presencia salvadora, tan provechosa, se convirtió en medio adicional de castigo para muchos. «Porque para juicio», dice, «vine a este mundo, para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.» ¿Qué dices? ¿La luz se convirtió en causa de ceguera? La luz no se convirtió en causa de ceguera, sino que la debilidad de los ojos del alma no pudo acoger la luz. Has visto que el débil es dañado por todos lados, pero el fuerte es beneficiado por todos lados. Porque en cada caso, el propósito es la causa; en cada caso, la disposición es la dueña. Pues el Diablo, si quisiereis entenderlo, es incluso provechoso para nosotros, si lo usamos rectamente, y nos beneficia grandemente, y ganamos no vulgares ventajas; y esto, lo mostramos en pequeña medida con el caso de Job. Y es posible también aprenderlo de Pablo: porque escribiendo acerca del fornicario habla así: «Entregad a tal persona a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo.» He aquí que incluso el Diablo se ha convertido en causa de salvación, no por su propia disposición, sino por la habilidad del Apóstol. Porque así como los médicos, tomando serpientes y cortando sus miembros destructivos, preparan medicamentos como antídotos, así también hizo Pablo. Tomó lo que era provechoso del castigo que procede del Diablo, y dejó lo demás solo; a fin de que aprendáis que el Diablo no es la causa de salvación, sino que se apresuraba a destruir y devorar a la humanidad. Pero que el Apóstol, por su propia sabiduría, le degolló: oye en la segunda epístola a los Corintios lo que dice acerca de este mismo fornicario: «confirmad vuestro amor hacia él,» «no sea que de alguna manera sea tragado por demasiada tristeza.» Y: «para que Satanás no saque ventaja de nosotros.» Hemos arrebatado de antemano al hombre de las fauces de la bestia salvaje, dice. Porque el Apóstol usó a menudo al Diablo como verdugo. Porque los verdugos castigan a los que han obrado mal, no como ellos quieren, sino como los jueces lo permiten. Porque ésta es la regla del verdugo: tomar venganza, atendiendo al mandato del juez. ¿Veis a qué dignidad ascendió el Apóstol? El que estaba revestido de un cuerpo, usó al incorpóreo como verdugo; y lo que su maestro común dice al Diablo acerca de Job, encargándole así: «Toca su carne, pero no tocarás su vida;» dándole un límite y medida de venganza, para que la bestia salvaje no fuera impetuosa y saltara sobre él demasiado desvergonzadamente; esto también lo hace el Apóstol. Porque entregándole el fornicario, dice: «Para destrucción de la carne,» es decir, «no tocarás su vida.» ¿Veis la autoridad del siervo? No temáis, pues, al Diablo, aunque sea incorpóreo: porque ha entrado en contacto con él. Y nada es más débil que el que ha entrado en tal contacto, aunque no esté revestido de cuerpo, como entonces nada es más fuerte que el que tiene osadía, aunque porte un cuerpo mortal.

    Diablo 2, § 5

    5. Todas estas cosas han sido dichas por mí ahora, no para descargar de culpa al Diablo, sino para libraros de la pereza. Porque él desea en extremo atribuir la causa de nuestros pecados a sí mismo, para que nosotros, nutridos por estas esperanzas y entrando en toda clase de mal, aumentemos el castigo en nuestro propio caso y no encontremos perdón por haber transferido a él la causa. Así como Eva no lo encontró. Pero no hagamos esto. Conozcámonos a nosotros mismos. Conozcamos nuestras heridas. Porque así podremos aplicar los medicamentos. Porque quien no conoce su enfermedad, no cuidará de su debilidad. Hemos pecado mucho: lo sé bien. Porque todos somos reos de penas. Pero no estamos privados del perdón; ni caeremos fuera del arrepentimiento, porque todavía estamos en la arena y estamos en las luchas del arrepentimiento. ¿Eres viejo, y has llegado a la última salida de la vida? No consideres ni aun así que has caído del arrepentimiento, ni desesperes de tu propia salvación, sino considera al ladrón que fue liberado en la cruz. Porque ¿qué fue más breve que aquella hora en que fue coronado? Sin embargo, esto fue bastante para él, para la salvación. ¿Eres joven? No confíes en tu juventud, ni pienses que tienes un término de vida muy fijo, «porque el día del Señor viene así como ladrón en la noche.» Por esto ha hecho invisible nuestro fin, para que hagamos manifiestas nuestra diligencia y nuestra previsión. ¿No ves a hombres arrebatados prematuramente día tras día? Por esto uno amonesta: «no tardes en volverte al Señor y no lo difieras de día en día,» no sea que en algún momento, mientras te demoras, seas destruido. Guarde el viejo esta amonestación, tome el joven este consejo. Sí, ¿estás en seguridad, y eres rico, y abundas en riqueza, y no te sucede aflicción alguna? Oye todavía lo que dice Pablo: «cuando dicen paz y seguridad, entonces viene sobre ellos destrucción repentina.» Los asuntos están llenos de mucho cambio. No somos dueños de nuestro fin. Seamos dueños de la virtud. Nuestro Maestro Cristo es amoroso.

    Diablo 2, § 6

    6. ¿Queréis que hable de los caminos del arrepentimiento? Son muchos, y variados, y diferentes, y todos conducen al cielo. El primer camino del arrepentimiento es la condenación de los pecados. «Declara primero tus pecados, para que seas justificado.» Por lo cual también el profeta dijo: «Dije: Confesaré mi transgresión al Señor, y tú remitiste la iniquidad de mi corazón.» Condenaos, pues, a vosotros mismos por vuestros pecados. Esto es bastante para el Maestro como defensa propia. Porque quien condena sus pecados es más lento en caer de nuevo en ellos. Despierta tu conciencia, ese acusador interior, para que no tengas acusador en el tribunal del Señor. Éste es un camino de arrepentimiento, el mejor; y hay otro no menor que éste: no guardar rencor a tus enemigos, vencer la ira, perdonar los pecados de nuestros consiervos. Porque así nos serán perdonados los que han sido cometidos contra el Maestro. Mira la segunda expiación de los pecados: «Porque si perdonáis», dice, «vuestros deudores, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros.» ¿Quieres aprender un tercer camino de arrepentimiento? La oración ferviente y diligente, y hacerla desde el fondo del corazón. ¿No has visto a aquella viuda, cómo persuadió al juez desvergonzado? Pero tú tienes un Maestro suave, tierno y bondadoso. Ella pidió contra sus adversarios; pero tú no pides contra tus adversarios, sino en favor de tu propia salvación. Y si quieres aprender un cuarto camino, diré la limosna. Porque ésta tiene un poder grande e indecible. Pues Daniel dice a Nabucodonosor, cuando éste había llegado a toda clase de males y había entrado en toda impiedad: «Oh Rey, sea aceptable mi consejo para ti: redime tus pecados con limosna y tus iniquidades con compasión de los pobres.» ¿Qué podría compararse con esta bondad? Después de incontables pecados, después de tantas transgresiones, se le promete que se reconciliará con aquel contra quien ha entrado en conflicto, si muestra bondad a sus propios consiervos. Y la modestia y la humildad, no menos que todas las palabras dichas, agotan la naturaleza de los pecados. Y el publicano es prueba: no pudiendo declarar sus buenas obras, a la vista de todos, presentó su humildad y depuso la pesada carga de sus pecados. Mira, hemos mostrado cinco caminos de arrepentimiento: primero, la condenación de los pecados; luego, el perdón de los pecados de nuestros prójimos; en tercer lugar, el que viene de la oración; cuarto, el que viene de la limosna; quinto, el que viene de la humildad. No seas, pues, perezoso; camina por todos éstos día tras día. Porque los caminos son fáciles, y no puedes alegar pobreza. Y aun si vives más pobre que todos, puedes dejar tu ira, ser humilde, orar fervientemente y condenar los pecados; y tu pobreza no es en modo alguno impedimento. ¿Y por qué digo esto, cuando ni siquiera en aquel camino de arrepentimiento en que es posible gastar dinero (hablo de la limosna), ni siquiera allí la pobreza es impedimento para que obedezcamos el mandato? La viuda que gastó las dos blancas es prueba. Habiendo aprendido, pues, la curación de nuestras heridas, apliquemos constantemente estos medicamentos, a fin de que volvamos a la salud y gocemos de la mesa sagrada con seguridad; y con mucha gloria alcancemos a Cristo, rey de la gloria, y consigamos los bienes eternos por la gracia, la compasión y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, por quien y con quien sea la gloria, el poder, el honor, al Padre, juntamente con el santísimo, bueno y vivificante Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

    Homilía 3. Sobre el poder del hombre para resistir al diablo.

    Diablo 3, argumento

    Que el mal proviene de la pereza, y la virtud de la diligencia, y que ni los hombres malvados, ni el diablo mismo, pueden causar daño alguno al hombre vigilante. La prueba de esto con muchos pasajes, y entre otros con los que se refieren a Adán y a Job.

    Diablo 3, § 1

    1. Anteayer emprendimos nuestro sermón acerca del diablo, por nuestro amor hacia vosotros. Pero otros, anteayer, mientras aquí se ponían en marcha estas cosas, ocuparon su lugar en el teatro y estaban contemplando el espectáculo del diablo. Ellos participaban en cantos lascivos; vosotros teníais parte en la música espiritual. Ellos comían de la basura del diablo; vosotros os alimentabais de ungüentos espirituales. ¿Quién, os ruego, los sedujo? ¿Quién, os ruego, los separó del rebaño sagrado? ¿Acaso el diablo los engañó? ¿Cómo no os engañó a vosotros? Vosotros y ellos sois igualmente hombres; me refiero a vuestra naturaleza. Vosotros y ellos tenéis la misma alma, tenéis los mismos deseos, en cuanto a la naturaleza se refiere. ¿Cómo es, pues, que vosotros y ellos no estabais en el mismo lugar? Porque vosotros y ellos no tenéis el mismo propósito. Por esta razón ellos, en verdad, están bajo engaño, pero vosotros estáis fuera del engaño. No digo estas cosas de nuevo para descargar al diablo de la acusación, sino deseando ardientemente libraros de los pecados. El diablo es malvado; lo concedo, ciertamente, pero es malvado para sí mismo, no para con nosotros, si somos vigilantes. Pues la naturaleza de la maldad es de tal índole: es destructiva solamente para aquellos que se adhieren a ella. La virtud es lo contrario: no solo puede aprovechar a quienes la poseen, sino también a los más cercanos. Y para que aprendáis que el mal es malo en sí mismo, pero el bien es además bueno para otros, os presento una evidencia proverbial: «Hijo mío,» dice él, «si te has hecho malo, llevarás tus males tú solo; pero si eres sabio, para ti y para tu prójimo.»
    Ellos fueron engañados en el teatro, mas vosotros no fuisteis engañados. Esta es la mayor prueba de las cosas: un testimonio claro y un razonamiento incuestionable de que, en todo caso, el propósito es el amo. Usa, pues, este método de prueba, y si ves a un hombre que vive en la maldad y exhibe toda clase de males; que luego acusa a la providencia de Dios, y dice que por necesidad de la fortuna y del destino, y por tiranía de los demonios, Él nos dio nuestra naturaleza, y por todas partes aparta de sí la causa y la transfiere al Creador que provee a todos; haz callar su palabra no con discurso, sino con obras, mostrándole a otro consiervo que vive en virtud y paciencia magnánima. No hay necesidad de largos discursos, ni de un plan complicado, ni siquiera de silogismos. Por medio de las obras se produce la prueba. Dile: tú eres siervo y él es siervo; tú eres hombre y él es hombre. Vives en el mismo mundo; te alimentas con el mismo alimento bajo el mismo cielo: ¿cómo es que tú vives en la maldad y él en la virtud? Por esta razón Dios permitió que los malvados estuvieran mezclados con los buenos; y no dio una ley a los malvados, ni designó otro mundo como colonia para los buenos, sino que mezcló a estos y a aquellos, confiriendo gran beneficio. Pues los buenos aparecen más plenamente aprobados cuando están en medio de aquellos que intentan impedirles vivir rectamente, y que los incitan al mal, y sin embargo conservan la virtud. «Porque es preciso que» dice él «haya herejías entre vosotros, para que los que son aprobados se manifiesten entre vosotros.»
    Por tanto, también por esta razón ha dejado a los malvados en el mundo, para que los buenos brillen más. ¿Veis cuán grande es la ganancia? Mas la ganancia no se debe a los malvados, sino al valor de los buenos. Por esta razón también admiramos a Noé, no porque fuera justo ni porque fuera perfecto solamente, sino porque en aquella generación perversa y malvada conservó su virtud, cuando no tenía modelo de virtud, cuando todos los hombres lo invitaban a la maldad; y siguió todo su camino en contra de ellos, como un viajero que prosigue su camino mientras la gran multitud es arrastrada con vehemencia. Por esta razón no dijo simplemente «Noé era justo, perfecto,» sino que añadió «en su generación», en aquella generación perversa, desesperada, cuando no había adquisición de virtud. Para los buenos, pues, esta fue la ganancia proveniente de los malvados. Así, en todo caso, también los árboles agitados por vientos contrarios se vuelven más fuertes. Y hay una ganancia para los malvados de su mezcla con los buenos. Sienten confusión, se avergüenzan, se ruborizan en su presencia; y aun si no se abstienen del mal, sin embargo se atreven a lo que se atreven con secreto. Y no es cosa pequeña que la transgresión no se cometa públicamente. Pues la vida de los otros se convierte en acusadora de la maldad de estos. Oíd al menos lo que dicen acerca del hombre justo. «Él nos es gravoso, aun cuando lo vemos,» y no es pequeño comienzo de enmienda el ser atormentados por su presencia. Porque si la vista del justo no los atormentara, no se habría pronunciado esta palabra. Pero ser aguijoneados y remordidos en la conciencia por su presencia no sería pequeño impedimento para entregarse a la maldad con placer. ¿Veis cuán grande es la ganancia tanto para los buenos, proveniente de los malvados, como para los malvados, proveniente de los buenos? Por esta razón Dios no los ha separado, sino que ha permitido que estén mezclados entre sí.

    Diablo 3, § 2

    2. Sea también el mismo nuestro argumento acerca del diablo. Pues por esta razón Él lo ha dejado también aquí, para que os haga más fuertes, para que haga más ilustre al atleta, para que los combates sean mayores. Cuando, pues, alguno pregunta: ¿por qué ha dejado Dios aquí al diablo? Decidle estas palabras: porque no solo no daña a los vigilantes y cautos, sino que incluso les aprovecha, no por su propio propósito (pues ese es malvado), sino por el valor de aquellos que han usado rectamente esa maldad. Puesto que él atacó a Job, no para hacerlo más ilustre, sino para derribarlo. Por esta razón es malvado, tanto por semejante opinión como por semejante propósito. Pero a pesar de ello no causó daño alguno al justo, sino que más bien este se alegró en el combate, como ya mostramos. Tanto el demonio mostró su maldad como el justo su valor. Pero derriba a muchos, dirá alguno: a causa de la debilidad de ellos, no de su propia fuerza; pues esto también ha sido ya probado con muchos ejemplos. Endereza, pues, tu propia intención, y nunca recibirás daño de nadie, sino que obtendrás la mayor ganancia, no solo de los buenos, sino incluso de los malvados. Pues por esta razón, como he dicho antes, Dios ha permitido que los hombres estén unos con otros, y especialmente los malvados con los buenos, para que estos los traigan a su propia virtud. Oíd al menos lo que Cristo dice a sus discípulos, «El reino de los cielos es semejante a una mujer que tomó levadura y la escondió en tres medidas de harina.» De modo que los justos tienen el poder de la levadura, para transferir a los malvados a su propia manera de conducirse. Pero los justos son pocos, pues la levadura es pequeña. Mas la pequeñez de ningún modo daña a la masa, sino que aquella pequeña cantidad convierte a sí misma toda la harina por medio del poder que le es inherente. Así, por tanto, el poder de los justos tampoco tiene su fuerza en la magnitud de su número, sino en la gracia del Espíritu. Había doce Apóstoles. ¿Veis cuán pequeña es la levadura? El mundo entero estaba en incredulidad. ¿Veis cuán grande es la masa? Pero aquellos doce convirtieron a sí mismos el mundo entero. La levadura y la masa tenían la misma naturaleza, pero no la misma manera de conducirse. Por esta razón dejó a los malvados en medio de los buenos, para que, siendo de la misma naturaleza que los justos, lleguen a ser también del mismo propósito.
    Recordad estas cosas. Con estas cosas tapad la boca a los indolentes, a los disolutos, a los perezosos, a los indispuestos para los trabajos de la virtud, a los que acusan a su Maestro común. «Has pecado» —dice él— «calla». «No añadas un segundo pecado más grave.» No es tan grave pecar como, después del pecado, acusar al Maestro. Reconoce la causa del pecado, y hallarás que no es otro que tú mismo quien ha pecado. En todo hay necesidad de una buena intención. Os he mostrado esto no solo con simple razonamiento, sino con el caso de consiervos que viven en el mundo mismo. Usa también tú esta prueba. Así también nos juzgará nuestro Maestro común. Aprende este método de prueba, y nadie podrá disputar contigo. ¿Es alguno fornicario? Muéstrale a otro que es continente. ¿Es alguno avaro y rapaz? Muéstrale a uno que da limosna. ¿Vive en celos y envidia? Muéstrale a uno limpio de pasión. ¿Es vencido por la ira? Presenta a uno que vive en sabiduría, pues no solo debemos recurrir a los ejemplos antiguos, sino tomar nuestros modelos de los tiempos presentes. Pues aun hoy, por la gracia de Dios, se hacen buenas obras no menos que antiguamente. ¿Es un hombre incrédulo? ¿Piensa que las Escrituras son falsas? ¿No cree que Job fue tal como fue? Muéstrale a otro hombre que imita la vida de aquel justo. Así nos juzgará también el Maestro: coloca a consiervos junto a consiervos, y no dicta sentencia según su propio juicio, para que nadie pueda decir de nuevo, como dijo aquel siervo a quien se le confió el talento y que, en lugar de un talento, presentó la acusación. «Eres un hombre áspero.» Pues él debía lamentarse, porque no duplicó el talento, sino que hizo su pecado más grave, añadiendo a su propia pereza la acusación contra el Maestro. Pues ¿qué dice él? «Sabía que eres un hombre áspero.» ¡Oh hombre miserable, desdichado, ingrato y perezoso! Debías haber acusado tu propia pereza y haber quitado algo de tu pecado anterior. Mas tú, al presentar cuentas contra el maestro, has duplicado tu pecado en lugar de duplicar tu talento.

    Diablo 3, § 3

    3. Por esta razón Dios coloca juntos a siervos y siervos, para que un grupo juzgue al otro, y para que algunos, al ser juzgados por los otros, no puedan en el futuro acusar al maestro. Por esta razón, dice él: «El Hijo del hombre viene en la gloria de su Padre.» Ved la igualdad de la gloria: no dice "en una gloria semejante a la gloria del Padre", sino "en la gloria del Padre", y reunirá a todas las naciones. Terrible es el tribunal: terrible para los pecadores y para los que deben rendir cuentas. En cambio, para aquellos que tienen conciencia de buenas obras, es deseable y suave. «Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.» Tanto estos como aquellos son hombres. ¿Por qué razón, pues, aquellos son ovejas y estos cabritos? No para que aprendáis una diferencia en su naturaleza, sino la diferencia en su propósito. Mas ¿por qué razón los que no mostraron compasión son cabritos? Porque ese animal es infructuoso y no puede aportar servicios, ni por su leche, ni por su cría, ni por su pelo, a quienes lo poseen, estando por todas partes destituido de semejante contribución, a causa de la inmadurez de su edad. Por esta razón ha llamado, por comparación, cabritos a los que no dan fruto, y ovejas a los de la derecha. Pues de estas la ofrenda es grande, tanto de su lana natural, de su cría y de su leche. ¿Qué les dice, pues? «Me visteis hambriento y me disteis de comer; desnudo y me vestisteis; forastero y me acogisteis.» A los otros, por el contrario, les dice lo contrario. Y sin embargo, tanto estos como aquellos eran igualmente hombres; tanto estos como aquellos recibieron las mismas promesas, a ambos se les asignaron las mismas recompensas por obrar bien. La misma persona vino tanto a estos como a aquellos, con la misma desnudez; y a estos y a aquellos con la misma hambre, y del mismo modo, y forastero. Todas las cosas eran iguales para aquellos y para estos.
    ¿Cómo, pues, no fue el fin el mismo? Porque el propósito no lo permitió. Pues solo esto hizo la diferencia. Por esta razón un grupo fue a la gehena, y el otro al Reino. Mas si el diablo fuera para ellos la causa de sus pecados, estos no estarían destinados a ser castigados, cuando otro pecó y los empujó. ¿Veis aquí tanto a los que pecan como a los que hacen buenas obras? ¿Veis cómo, al ver a sus consiervos, fueron silenciados? Venid, y llevemos nuestro discurso a otro ejemplo para vuestro provecho. Había diez vírgenes, dice él. Aquí de nuevo hay propósitos rectos y propósitos pecaminosos, para que veáis lado a lado tanto los pecados de unas como las buenas obras de otras. Pues la comparación hace estas cosas más claras. Y estas y aquellas eran vírgenes; y estas eran cinco, y también aquellas. Todas esperaban al esposo. ¿Cómo, pues, entraron unas y otras no entraron? Porque unas eran rudas, y otras amables y amorosas. ¿Veis de nuevo que el propósito determinó la índole del fin, no el diablo? ¿Veis que los juicios fueron paralelos, y que la sentencia dada procede de aquellos que son semejantes entre sí? Consiervos juzgarán a consiervos. ¿Queréis que os muestre una comparación que surge de los contrastes? Pues también hay una de contrastes, para que la condenación sea mayor. «Los hombres de Nínive», dice él, «se levantarán y condenarán a esta generación.» Los juzgados ya no son semejantes, pues unos son bárbaros, los otros judíos. Unos gozaron de la enseñanza profética; los otros nunca fueron partícipes de una instrucción divina. Y esta no es la única diferencia, sino el hecho de que en aquel caso un siervo fue a ellos; en este, el Maestro; y aquel hombre vino y proclamó una destrucción; mas este hombre anunció la buena nueva de un reino de los cielos. ¿Cuáles de estos era más probable que creyeran: los bárbaros e ignorantes, que nunca habían participado de la enseñanza divina, o los que desde su más tierna edad habían sido instruidos en los libros proféticos? A todos es evidente que los judíos serían más propensos a creer. Pero ocurrió lo contrario. Y estos no creyeron al Maestro cuando predicaba un reino de los cielos, mientras que aquellos creyeron a su consiervo cuando amenazaba con una destrucción, para que la bondad de aquellos y la necedad de estos se manifestaran en mayor grado. ¿Hay un demonio? ¿Un diablo? ¿Azar? ¿O destino? ¿No se ha vuelto cada uno causa para sí mismo tanto del mal como de la virtud? Pues si ellos mismos no hubieran de ser tenidos por responsables, no habría dicho que ellos juzgarán a esta generación; ni habría dicho que la reina del Sur condenará a los judíos. Pues entonces, en verdad, no solo un pueblo condenará a otro pueblo, sino que un solo hombre a menudo juzgará a todo un pueblo, cuando aquellos que, se concede, fácilmente podrían haber sido engañados, se halla que permanecen sin engaño, y aquellos que en todo debían tener ventaja resultan vencidos. Por esta razón hicimos mención de Adán y de Job, pues hay necesidad de volver a aquel asunto, para poner fin a nuestro discurso. Atacó a Adán, en verdad, por medio de meras palabras, mas a Job por medio de obras. Pues al uno lo despojó de toda su riqueza y lo privó de sus hijos; pero a este hombre no le quitó nada, ni grande ni pequeño, de sus posesiones. Mas examinemos más bien las palabras mismas y el método del engaño. «Vino la serpiente», dice él, «y dijo a la mujer: ¿Qué es lo que Dios ha dicho: no comeréis de todo árbol que hay en el jardín?» Aquí es una serpiente; allí una mujer, en el caso de Job; entre tanto, grande es la diferencia entre los consejeros. La una es sierva, la otra compañera de la vida del hombre. Ella es una ayuda, mas el otro está en sujeción. ¿Veis cuán imperdonable es esto? Eva, en verdad, la sierva en sujeción, lo engañó; mas a él ni siquiera su compañera y ayuda pudo derribarlo. Mas veamos lo que dice aquel. «¿Qué es esto que Dios ha dicho: no comeréis de todo árbol?» Ciertamente, Dios no dijo esto, sino lo contrario. Ved la villanía del diablo. Dijo lo que no había sido dicho, para aprender lo que se había dicho. ¿Qué hizo, pues, la mujer? Debía haberlo hecho callar; no debía haber intercambiado palabra con él. En su insensatez declaró el juicio del Maestro. Con ello proporcionó al diablo un poderoso asidero.

    Diablo 3, § 4

    4. Ved qué mal es entregarnos temerariamente a nuestros enemigos y a los que conspiran contra nosotros. Por esto Cristo solía decir: «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen y se vuelvan y os despedacen.» Y esto sucedió en el caso de Eva. Ella dio lo santo al perro, al cerdo. Él pisoteó las palabras, y se volvió y despedazó a la mujer. Y ved cómo obra el mal: «De muerte no moriréis», dice él.
    Prestadme atención en este punto: la mujer podía comprender el engaño. Porque él anunció inmediatamente su enemistad y su guerra contra Dios, inmediatamente le contradijo. Sea así. Antes de esto tú declaraste el juicio a quien deseaba aprenderlo. Después de esto, ¿por qué seguiste a quien decía lo contrario? Dios dijo: «De muerte moriréis.» El diablo respondió a esto y dijo: «De muerte no moriréis.» ¿Qué podría haber más claro que esta guerra? ¿De qué otra parte había que aprender quién era el enemigo y el adversario, sino de su respuesta dada a Dios? Debía, pues, inmediatamente haber huido del cebo, debía haber retrocedido ante el lazo. «De muerte no moriréis», dice él, «porque sabe Dios que el día en que comiereis se abrirán vuestros ojos, y seréis como dioses.» En esperanza de una promesa mayor, arrojó ella los bienes que tenía en la mano. Él prometió que los haría dioses, y los precipitó en la tiranía de la muerte. ¿De dónde, pues, oh mujer, creíste al diablo? ¿Qué bien discerniste? ¿No bastaba la fidelidad del legislador para probar que el uno era Dios, creador y artífice del mundo, y el otro el diablo y enemigo? Y no digo el diablo: tú pensaste que era una mera serpiente. ¿Debía una serpiente pretender tal igualdad como para que tú le contaras el juicio del Maestro? Ves que era posible percibir el engaño, pero ella no quiso; y, sin embargo, Dios dio muchas pruebas de su propia beneficencia y mostró su cuidado de sus obras. Porque formó al hombre, que antes no existía; le infundió un alma, le hizo según su imagen, le constituyó señor de todas las cosas de la tierra, le concedió una ayuda, plantó el Paraíso, y, habiéndole entregado el uso de los demás árboles, le negó el gusto de uno solo; y esta misma prohibición la hizo para ventaja del hombre. Pero el diablo no manifestó bien alguno con sus obras, ni pequeño ni grande; sino que, excitando a la mujer con meras palabras e hinchándola con vanas esperanzas, así la engañó. Pero, con todo, ella consideró al diablo más digno de crédito que a Dios, aunque Dios mostró su buena voluntad con obras. La mujer creyó a quien sólo profería palabras, y nada más. ¿Veis cómo por sola la necedad y la pereza, y no por fuerza, sucedió el engaño? Y para que lo aprendáis más claramente, oíd cómo la Escritura acusa a la mujer: pues no dice, engañada, sino: «viendo el árbol que era hermoso, comió.» De manera que la culpa pertenece a su visión desenfrenada, no sólo al engaño que viene del diablo. Porque fue vencida cediendo a su propio deseo, no por la maldad del demonio. Por esto no obtuvo el beneficio del perdón, sino que, aunque dijo: «la serpiente me engañó,» pagó la pena suma. Porque estaba en su poder no haber caído. Y para que entendáis esto más claramente, venid, llevemos nuestro discurso al caso de Job: del vencido al vencedor, del conquistado al conquistador. Porque este varón nos dará mayor celo, para que levantemos nuestras manos contra el diablo. Allí el que engañó y venció fue una serpiente; aquí el tentador fue una mujer, y no prevaleció; y, sin embargo, al menos ella era mucho más persuasiva que él. Porque a Job, después de la destrucción de su hacienda, después de la pérdida de sus hijos, después de ser despojado de todos sus bienes, se añadieron las artimañas de ella. Pero en el otro caso no hubo nada de esto. Adán no sufrió la destrucción de sus hijos, ni perdió su hacienda; no se sentó sobre un muladar, sino que habitaba un Paraíso de delicias y gozaba de toda clase de frutos, fuentes y ríos, y de toda otra seguridad. En ninguna parte había trabajo ni dolor, ni desesperación y cuidados, ni reproches e injurias, ni los incontables males que asaltaron a Job; pero, no obstante, cuando nada de esto existía, cayó y fue derribado. ¿No es evidente que fue por pereza? Así, pues, como el otro, cuando todas estas cosas le acosaban y pesaban sobre él, se mantuvo noblemente y no cayó, ¿no es evidente que su firmeza se debía a la vigilancia de su alma?

    Diablo 3, § 5

    5. De ambos lados, amados, sacad la mayor ganancia: evitad la imitación de Adán, sabiendo cuántos males engendra la indolencia; e imitad la piedad de Job, aprendiendo cuántas cosas gloriosas brotan de la solicitud. Consideradlo, vencedor en todo, y tendréis mucha consolación en todo dolor y peligro. Porque, como en el teatro común del mundo, aquel varón bienaventurado y noble se presenta; y por medio de los sufrimientos que le sobrevinieron, exhorta a todos a soportar noblemente cuantas cosas les acontezcan, y a no ceder jamás a las tribulaciones que vengan sobre ellos. Porque, en verdad, no hay sufrimiento humano que no pueda recibir consolación de allí. Pues los sufrimientos que están esparcidos por todo el mundo, éstos se juntaron y pesaron sobre un solo cuerpo, el suyo. ¿Qué perdón, pues, habrá para quien no puede soportar con acción de gracias la parte de las tribulaciones que le sobrevienen? Porque él aparece no soportando una parte solamente, sino la totalidad de los males de todos los hombres. Y para que no condenéis la extravagancia de mis palabras, venid, tomemos por separado los males que le sobrevinieron, y presentemos su cumplimiento. Y si queréis, presentemos primero lo que parece ser lo más insoportable de todo, quiero decir, la pobreza y el dolor que de ella nace. Porque en todas partes todos los hombres lamentan esto. ¿Quién, pues, fue más pobre que Job, que fue más pobre que los desechados en los baños, y que los que duermen en las cenizas del horno; más pobre, en verdad, que todos los hombres? Porque éstos, en verdad, tienen un vestido andrajoso; pero él estaba desnudo, y sólo tenía el vestido que la naturaleza suministra, la vestidura de la carne, y aun ésta la destruyó el diablo por todas partes con una especie de podredumbre angustiosa. Además, esos pobres al menos están bajo el techo de los pórticos de los baños, y están cubiertos con un abrigo. Pero él pasaba siempre sus noches al aire libre, sin tener siquiera el consuelo de un techo desnudo. Y lo que es todavía mayor, el hecho de que aquéllos son conscientes de muchos males terribles dentro de sí mismos; pero él no era consciente de nada contra sí mismo. Pues esto se ha de notar en cada una de las cosas que le sucedieron, cosa que le causaba mayor dolor y producía más perplejidad: la ignorancia de la razón de lo que ocurría. Aquéllos, pues, como dije, tendrían muchas cosas con que reprocharse a sí mismos. Y esto contribuye no poco a la consolación en la calamidad: ser consciente uno de que es castigado justamente. Pero él fue privado de esta consolación, y mientras exhibía una conducta llena de virtud, soportaba la suerte de los que se habían atrevido a cometer extrema maldad. Y esos pobres que están con nosotros, son pobres desde el principio, y desde el principio están versados en la calamidad. Pero él soportó una calamidad en la que no estaba versado, experimentando el inmenso cambio desde la riqueza. Pues como el conocimiento de la causa de lo que sucede es la mayor consolación, así no es menor consolación haber estado versado en la pobreza desde el principio, y continuar así en ella. De ambas consolaciones aquel varón fue privado, y ni aun así cayó. ¿Véis, en verdad, que llegó a extrema pobreza, en comparación con la cual es imposible hallar semejante? Porque ¿qué podría ser más pobre que el desnudo que ni siquiera tiene techo sobre sí? Más aún, ni siquiera le era dado disfrutar del suelo desnudo, sino que se sentaba sobre el muladar. Por tanto, siempre que te veas llegar a la pobreza, considera el sufrimiento del justo, y al punto te levantarás y sacudirás todo pensamiento de abatimiento. Esta sola calamidad, pues, parece a los hombres ser el fundamento de todos los sufrimientos juntos. Y la segunda después de ella, o más bien antes de ella, es la aflicción del cuerpo. ¿Quién, pues, estuvo tan inválido? ¿Quién soportó semejante enfermedad? ¿Quién recibió o vio a otro recibir tan grande aflicción? Nadie. Poco a poco su cuerpo fue consumido, y un torrente de gusanos brotaba por todas partes de sus miembros; el flujo era constante, y el mal olor que le rodeaba era fuerte; y el cuerpo, destruido poco a poco y pudriéndose con tanta putrefacción, hacía repugnante el alimento, y el hambre le era extraña y desacostumbrada. Porque ni siquiera podía disfrutar del alimento que se le daba. Pues dice: «Veo mi alimento abominable.» Siempre que, pues, caigas en debilidad, oh hombre, acuérdate de aquel cuerpo y de aquella carne santa. Porque era santa y pura, aun cuando tenía tantas heridas. Y si alguno pertenece al ejército, y luego injustamente y sin ningún pretexto razonable es colgado en el patíbulo, y sus costados son raspados hasta hacerse pedazos, no piense que esto es un oprobio, ni ceda al dolor al pensar en este santo. Pero este hombre, dirá alguno, tiene mucho consuelo y consolación al saber que Dios traía sobre él estos sufrimientos. Esto, en verdad, era lo que especialmente le angustiaba y turbaba: pensar que el Dios justo, a quien él había servido en todo, estaba en guerra con él; y no podía hallar ningún pretexto razonable para lo que sucedía; puesto que, cuando al menos después aprendió la causa, ved qué piedad mostró, porque cuando Dios le dijo: «¿Piensas que yo he tratado contigo para que aparecieras justo?» herido de conciencia dice: «Pondré mi mano sobre mi boca; una vez he hablado, pero a una segunda palabra no procederé,» y de nuevo: «como por el oír del oído te había oído antes, mas ahora mi ojo te ha visto; por lo cual me tengo por vil, y soy consumido, y me considero tierra y ceniza.»

    Diablo 3, § 6

    6. Pero si piensas que esto es suficiente para consolación, tú mismo también podrás experimentar este consuelo. Y aun si no sufres ninguna de estas desgracias de parte de Dios, sino por la insolencia de los hombres; y, sin embargo, das gracias y no blasfemas contra aquel que puede ciertamente impedirlas, pero que las permite para probarte: así como los que sufren de parte de Dios son coronados, así también tú obtendrás la misma recompensa, porque has soportado noblemente las calamidades que te sobrevinieron de los hombres, y diste gracias al que podía ciertamente impedirlas, pero no quiso.
    Mirad, pues: habéis visto la pobreza y la enfermedad, ambas en grado extremo traídas sobre este justo. ¿Queréis que os muestre la guerra de parte de la naturaleza, en grado tan excesivo desatada entonces contra este noble varón? Perdió diez hijos, los diez de un solo golpe, los diez en la misma flor de la juventud, diez que mostraban mucha virtud, y no por la ley común de la naturaleza, sino por una muerte violenta y lamentable. ¿Quién podría contar tan gran calamidad? Nadie. Siempre, pues, que pierdas hijo e hija juntos, recurre a este justo, y hallarás ciertamente mucha consolación para ti. ¿Fueron, pues, éstas las únicas desgracias que le sobrevinieron? La deserción y traición de sus amigos, las burlas, las chanzas, el escarnio y la irrisión, y el ser despedazado por todos, fue algo intolerable. Porque la índole de las calamidades no es de tal suerte que los que nos reprochan nuestras calamidades suelan afligir nuestra alma. No sólo no había nadie que le consolara, sino que muchos, por muchos lados, le acosaban con insultos. Y le veis lamentando esto amargamente, y diciendo: «pero también vosotros os lanzasteis sobre mí.» Y los llama despiadados, y dice: «Mis vecinos me han rechazado, y mis siervos hablaron contra mí, y llamé a los hijos de mis concubinas, y se apartaron de mí.» «Y otros», dice él, «se burlan de mí, y me hice la hablilla de todos. Y mi misma vestidura», dice, «me aborreció.» Esto, al menos, es insoportable de oír, y mucho más de sufrir en realidad: extrema pobreza, enfermedad intolerable nueva y extraña, pérdida de hijos tan numerosos y tan buenos, y en tal manera, reproches y burlas e insultos de los hombres. Algunos, en verdad, se burlaban y otros reprochaban y otros despreciaban; no sólo enemigos, sino aun amigos; no sólo amigos, sino aun siervos, y éstos no sólo se burlan y reprochan, sino que incluso le aborrecían, y esto no por dos, tres o diez días, sino por muchos meses; y (circunstancia que sólo en el caso de aquel varón ocurrió) ni siquiera tenía consuelo de noche, sino que los engaños de los terrores nocturnos eran mayor agravación de sus desgracias del día. Porque que soportaba cosas más graves en sueños, oíd lo que dice: «¿Por qué me espantas en sueños y me aterras en visiones?» ¿Qué hombre de hierro, qué corazón de acero habría podido soportar tantas desgracias? Porque si cada una de ellas era insoportable en sí misma, considerad qué tumulto excitaba su llegada simultánea. Pero, con todo, soportó todas estas cosas, y en todo lo que le aconteció no pecó, ni hubo engaño en sus labios.

    Diablo 3, § 7

    7. Sean, pues, los sufrimientos de aquel varón medicamentos para nuestros males, y su tempestuoso mar el puerto de nuestros sufrimientos; y en cada uno de los accidentes que nos sobrevengan, consideremos a este santo, y viendo a un solo hombre agotar las desgracias del universo, nos conduciremos valientemente en las que nos toquen, y como a una madre cariñosa, que extiende sus manos por todos lados y recibe y reanima a sus hijos aterrados, así huyamos siempre a este libro, y aunque nos asalten las miserias lastimeras de todos los hombres, tomemos suficiente consuelo para todas y así partamos. Y si dices: él era Job, y por esto soportó todo esto, pero yo no soy como él; me suministras una acusación mayor contra ti mismo y una nueva alabanza de él. Porque es más probable que tú puedas soportar todo esto que él. ¿Por qué, orad? Porque él, en verdad, vivió antes del día de la gracia y de la ley, cuando no había mucha austeridad de vida, cuando la gracia del Espíritu no era tan grande, cuando el pecado era difícil de combatir, cuando la maldición prevalecía y la muerte era terrible. Pero ahora nuestras luchas se han hecho más fáciles, al ser removidas todas estas cosas después de la venida de Cristo; de modo que no tenemos excusa, cuando no podemos alcanzar la misma medida que él, después de tanto tiempo, y de tal ventaja, y de tantos dones dados por Dios. Considerando, pues, todas estas cosas: que las desgracias fueron mayores para él, y que cuando el combate era más penoso, entonces él se despojó para la contienda; soportemos noblemente todo lo que nos sobrevenga, y con mucha acción de gracias, para que podamos obtener la misma corona que él, por la gracia y la benignidad de Jesucristo nuestro Señor, con quien sea la gloria al Padre juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

    Homilía sobre el paralítico descolgado por el tejado

    Paralítico, § 1

    Habiendo topado hace poco con el caso del paralítico que yacía en su camilla junto a la piscina, descubrimos un rico y grande tesoro, no cavando en la tierra, sino sumergiéndonos en su corazón: hallamos un tesoro que no contenía plata, oro y piedras preciosas, sino paciencia, filosofía, constancia y mucha esperanza en Dios, lo cual vale más que toda clase de joya o fuente de riqueza. Porque las riquezas materiales están expuestas a las asechanzas de los ladrones, a las denuncias de los calumniadores, a la violencia de los que horadan casas y a la maldad de los criados; y aun cuando hayan escapado de todas estas cosas, a menudo causan la mayor ruina a sus poseedores excitando los ojos de los envidiosos y, por consiguiente, engendrando incontables tempestades de males. Mas las riquezas espirituales evitan todas estas ocasiones de daño y son superiores a todo abuso de este género, burlándose de ladrones, horadadores de casas, calumniadores, falsos acusadores y de la muerte misma. Porque la muerte no las separa de su dueño; antes al contrario, la posesión queda entonces aún más asegurada a sus propietarios, y lo acompañan en su viaje al otro mundo, y son trasplantadas con él a la vida futura, y se convierten en admirables abogados de aquellos con quienes parten de aquí, y hacen propicio al juez para con ellos.
    Esta riqueza la hallamos en gran abundancia almacenada en el alma del paralítico. Y vosotros sois testigos de que con gran celo sacasteis a cántaros de este tesoro sin agotarlo. Porque tal es la naturaleza de la riqueza espiritual: se asemeja a las fuentes de agua, o más bien supera su abundancia, siendo tanto más copiosa cuantos más son los que de ella toman. Porque cuando entra en el alma de un hombre no se divide ni se disminuye, sino que, llegando entera a cada uno, permanece siempre sin consumirse, incapaz de agotarse jamás; lo cual es justamente lo que ocurrió entonces. Porque aunque tantos han acudido al tesoro y todos toman de él cuanto pueden — mas ¿por qué hablo de vosotros, viendo que ha enriquecido a innumerables personas desde aquel tiempo hasta hoy, y sin embargo permanece en su perfección primera? No nos cansemos, pues, de acudir a esta fuente de riqueza espiritual; antes, en lo posible, saquemos también ahora de ella a cántaros, y contemplemos a nuestro misericordioso Señor, contemplemos a su paciente siervo. Había estado treinta y ocho años luchando con una dolencia incurable y era atormentado por ella sin cesar; con todo, no murmuró, no pronunció palabra blasfema, no acusó a su Hacedor, sino que soportó su calamidad valerosamente y con mucha mansedumbre. ¿Y de dónde consta esto?, dirá alguno: pues la Escritura no nos ha dicho nada claro acerca de su vida anterior, sino sólo que había estado treinta y ocho años en su dolencia; no ha añadido una palabra para probar que no mostró descontento, ni ira ni mal humor. Y sin embargo también esto lo ha manifestado, si alguno le presta atenta consideración, no mirándolo con curiosidad y descuido. Porque cuando oyes que, al acercarse Cristo, que era un extraño para él y considerado meramente como un hombre, le habló con tan gran mansedumbre, puedes percibir su anterior sabiduría. Porque cuando Jesús le dijo «¿Quieres ser sano?» él no dio la réplica natural: me ves tendido enfermo de parálisis desde hace tanto tiempo, ¿y me preguntas si quiero ser sano? ¿Has venido a insultar mi aflicción, a afrentarme, a burlarte de mí y a hacer escarnio de mi calamidad? No dijo ni concibió nada de esto, sino que respondió mansamente «Sí, Señor.» Ahora bien, si después de treinta y ocho años era tan manso y apacible, cuando todo el vigor y la fuerza de sus facultades racionales estaban quebrantados, considera cómo es probable que fuera al comienzo de su mal. Porque ten por cierto que los enfermos no son tan difíciles de contentar al principio de su dolencia como lo son después de un largo lapso de tiempo: se vuelven sumamente intratables e insufribles para todos cuando la enfermedad se prolonga. Mas si él, después de tantos años, era tan sabio y respondió con tanta paciencia, es bien claro que también durante el tiempo anterior había estado sobrellevando aquella calamidad con mucha acción de gracias.
    Considerando, pues, estas cosas, imitemos la paciencia de nuestro consiervo, porque su parálisis basta para reavivar nuestras almas: pues nadie puede ser tan apático e indolente que, después de haber observado la magnitud de aquella calamidad, no soporte valientemente todos los males que puedan sobrevenirle, aunque sean más intolerables que todos los jamás conocidos. Porque no sólo su sanidad, sino también su enfermedad, se ha convertido en causa del mayor beneficio para nosotros: pues su cura ha estimulado las almas de los oyentes a proclamar la alabanza del Señor, y su enfermedad y dolencia os ha alentado a la paciencia y os ha impulsado a igualar su celo; o, más bien, os ha mostrado la misericordia de Dios. Porque el hecho mismo de entregar al hombre a semejante mal, y la prolongada duración de su dolencia, es señal del máximo cuidado por su bien. Porque así como el refinador de oro, después de echar una pieza de oro en el horno, consiente que sea probada por el fuego hasta que ve que se ha vuelto más pura, del mismo modo Dios permite que las almas de los hombres sean probadas por las tribulaciones hasta que se vuelven puras y transparentes, y hayan recogido mucho provecho de este proceso de cribado; por lo cual ésta es la mayor especie de beneficio.
    Comentario editorial · «Hace poco»: el paralítico y la homilía a la que alude
    Crisóstomo habla de un caso del que se ha ocupado «hace poco». Stephens anota en el NPNF que la alusión es probablemente a la homilía XII contra los anomeos, donde prueba la igualdad del Hijo con el Padre por la curación del paralítico de la piscina, y que esa homilía se pronunció en Constantinopla en 398. (Los anomeos, según Wikipedia, eran una secta del siglo IV que sostenía una forma extrema de arrianismo.) Más adelante, en los § 3–4, Crisóstomo distingue a ese hombre del que se trata aquí: el uno fue curado en Jerusalén; el otro, en Cafarnaúm.

    Paralítico, § 2

    No nos turbemos, pues, ni nos desalentemos cuando nos sobrevengan pruebas. Porque si el refinador de oro sabe cuánto tiempo debe dejar la pieza de oro en el horno, y cuándo debe sacarla, y no consiente que permanezca en el fuego hasta que se destruya y se queme, mucho más entiende esto Dios; y cuando ve que nos hemos vuelto más puros, nos libra de nuestras pruebas para que no seamos derribados y abatidos por la multiplicación de nuestros males. No andemos, pues, murmurando ni acobardados cuando nos sobrevenga algo inesperado; antes dejemos que Aquel que conoce estas cosas con exactitud pruebe con fuego nuestros corazones mientras le plazca, porque hace esto con un propósito útil y en vista del provecho de los probados.
    Por esto cierto sabio nos amonesta diciendo «Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la tentación; endereza tu corazón y sé constante, y no te apresures en tiempo de tribulación;» [Sirácida 1:1-2] «déjate llevar por Él» dice, «en todas las cosas,» porque Él sabe exactamente cuándo conviene sacarnos del horno del mal. Debemos, por tanto, cederle en todo y dar gracias siempre, y sobrellevar todas las cosas con contentamiento, ya nos otorgue beneficios, ya castigo, porque también esto es una especie de beneficio. Pues el médico, no sólo cuando baña y alimenta al enfermo y lo conduce a jardines agradables, sino también cuando emplea el cauterio y el cuchillo, es médico igualmente; y un padre, no sólo cuando acaricia a su hijo, sino también cuando lo expulsa de su casa, cuando lo reprende y lo azota, es padre igualmente, no menos que cuando lo alaba. Sabiendo, pues, que Dios es más tierno y amoroso que todos los médicos, no indaguéis con demasiada curiosidad acerca de su tratamiento ni le pidáis cuenta de él; sino que, ya le plazca dejarnos libres, ya castigarnos, ofrezcámonos a una y otra cosa por igual. Porque por medio de cada una busca llevarnos de nuevo a la salud y a la comunión consigo mismo, y conoce nuestras diversas necesidades, y lo que conviene a cada uno, y cómo y de qué manera debemos ser salvos, y por ese camino nos conduce. Sigámosle, pues, dondequiera que nos mande, y no consideremos con demasiada minuciosidad si nos ordena ir por senda llana y fácil o por una difícil y áspera; como en el caso de este paralítico. Una especie de beneficio fue, ciertamente, que su alma fuera purgada por la larga duración de su padecimiento, entregada a la prueba de fuego de la aflicción como a una especie de horno; pero otro beneficio no menor que éste fue que Dios estuvo presente con él en medio de las pruebas y le concedió gran consuelo. Él fue quien lo fortaleció, quien lo sostuvo, quien le tendió la mano y no permitió que cayera. Mas cuando oyes que fue Dios mismo, no prives al paralítico de su merecida alabanza, ni a él ni a ningún otro que sea probado y sin embargo persevere con firmeza. Porque aunque seamos infinitamente sabios, aunque seamos más fuertes y poderosos que todos los hombres, sin su gracia no podremos resistir ni siquiera la más común de las tentaciones. ¿Y por qué hablo de seres tan insignificantes y despreciables como nosotros? Porque aunque uno fuera Pablo, o Pedro, o Santiago, o Juan, si fuera privado del auxilio divino, fácilmente sería confundido, derribado y postrado. Y en favor de éstos os leeré las palabras del mismo Cristo: porque dice a Pedro «He aquí, Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; mas yo he rogado por ti, que tu fe no falte.» [] ¿Qué significa «zarandear»? Significa revolver, retorcer, sacudir, agitar, quebrantar y atormentar, que es lo que sucede con lo que se avienta; mas yo —dice— lo he refrenado, sabiendo que tú no puedes soportar la prueba, pues la expresión «que tu fe no falte» es propia de quien da a entender que, si lo hubiera permitido, su fe habría faltado. Ahora bien, si Pedro, que era tan ferviente amante de Cristo y expuso su vida por Él incontables veces, y saltó a la primera fila del coro apostólico, y fue declarado bienaventurado por su Maestro, y fue llamado Pedro por esto, porque tenía un asidero firme e inflexible de la fe, habría sido arrastrado y caído de su profesión si Cristo hubiera permitido al diablo probarlo tanto cuanto deseaba, ¿qué otro hombre podrá mantenerse en pie sin su ayuda? Por eso también Pablo dice «Mas fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis soportar; antes con la tentación dará también la salida, para que podáis resistir.» [] Porque no sólo dice que no permite que se nos inflija una prueba superior a nuestras fuerzas, sino que aun en la proporcionada a ellas está presente, llevándonos a través y fortaleciéndonos, con tal de que nosotros mismos aportemos primero los medios que están a nuestro alcance, como celo, esperanza en Él, acción de gracias, paciencia y constancia. Porque no sólo en los peligros superiores a nuestras fuerzas, sino también en los proporcionados a ellas, necesitamos el auxilio divino si hemos de resistir con valentía; pues en otra parte se dice también «así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así abunda también por Cristo nuestra consolación, para que podamos consolar a los que están en cualquier tribulación, con la consolación con que nosotros mismos somos consolados por Dios.» Así, pues, el que consoló a este hombre es el mismo que permitió que se le infligiera la prueba. Y observa ahora, después de la cura, qué ternura muestra. Porque no lo dejó y se fue, sino que, hallándolo en el templo, le dice «he aquí, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor.» [] Porque si hubiera permitido el castigo por odio, no lo habría librado ni habría provisto a su seguridad futura; mas la expresión «para que no te suceda algo peor» es propia de quien quiere atajar de antemano los males venideros. Puso fin a la enfermedad, pero no puso fin a la lucha; expulsó la dolencia, pero no expulsó el temor de ella, para que el beneficio obrado permaneciera firme. Esto es propio de un médico tierno: no sólo poner fin a los dolores presentes, sino proveer a la seguridad futura; lo cual hizo también Cristo, fortaleciendo su alma con el recuerdo de lo pasado. Pues viendo que, cuando se alejan las cosas que nos afligen, el recuerdo de ellas a menudo se aleja con ellas, queriendo que permaneciera continuamente, dice «no peques más, para que no te suceda algo peor.»

    Paralítico, § 3

    3. Además es posible discernir su providencia y consideración no sólo por esto, sino también por lo que parece una reprensión. Porque no expuso públicamente sus pecados, pero le dijo que padecía lo que padecía a causa de sus pecados; mas cuáles eran esos pecados no lo reveló; ni dijo «has pecado» ni «has transgredido,» sino que indicó el hecho con una sola y simple expresión «no peques más;» y con decir lo bastante para recordárselo, lo puso más alerta contra lo futuro, y al mismo tiempo nos manifestó a todos su paciencia, valentía y sabiduría, habiéndolo reducido a la necesidad de lamentar públicamente su calamidad, y habiendo mostrado su propia solicitud por el hombre, «porque mientras yo vengo,» dice, «otro desciende antes que yo:» [] sin embargo no expuso públicamente sus pecados. Pues así como nosotros mismos deseamos correr un velo sobre nuestros pecados, así también Dios mucho más que nosotros: por esto obró la cura en presencia de todos, pero da la exhortación o el consejo en privado. Porque nunca hace ostentación pública de nuestros pecados, salvo cuando ve a los hombres insensibles a ellos. Pues cuando dice «tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber,» [] habla así en el tiempo presente para que no oigamos estas palabras en el tiempo venidero. Amenaza, nos expone en este mundo para no tener que exponernos en el otro; así como amenazó con derribar la ciudad de los ninivitas [] precisamente para no derribarla. Porque si quisiera publicar nuestros pecados, no anunciaría de antemano que los publicará; pero, tal como están las cosas, hace este anuncio para que, sobrios por el temor de la exposición, si no también por el temor del castigo, podamos purgarnos de todos ellos. Esto es también lo que sucede en el caso del bautismo: pues conduce al hombre a la piscina de agua sin revelar sus pecados a nadie; sin embargo, presenta públicamente el don y lo manifiesta a todos, mientras los pecados del hombre no son conocidos por nadie, salvo por Dios mismo y por quien recibe el perdón de ellos. Esto fue también lo que sucedió en el caso de este paralítico: hace la reprensión sin presencia de testigos, o más bien la palabra no es meramente una reprensión, sino también una justificación; se justifica a sí mismo, por así decir, de haberlo tratado mal por tanto tiempo, diciéndole y probándole que no fue sin causa y sin propósito que permitió que estuviera afligido tanto tiempo, pues le recordó sus pecados y declaró la causa de su dolencia. «Porque hallándolo,» leemos, «en el templo, le dijo: no peques más, para que no te suceda algo peor.»
    Y ahora, ya que tan gran provecho hemos sacado del relato del primer paralítico, volvámonos al otro que se nos presenta en el Evangelio de San Mateo. Pues en el caso de las minas, cuando uno acierta a hallar una pieza de oro, hace una nueva excavación en el mismo lugar; y sé que muchos de los que leen sin cuidado se imaginan que los cuatro evangelistas presentan a un solo y mismo paralítico; pero no es así. Por tanto, debéis estar alerta y prestar atenta consideración al asunto. Porque la cuestión no versa sobre cosas ordinarias, y este discurso, una vez recibida su debida solución, será útil contra griegos y judíos y contra muchos herejes. Porque así todos acusan a los evangelistas de estar en discordia y desacuerdo; mas esto no es un hecho: ¡no lo quiera Dios! Sino que, aunque la apariencia exterior es diferente, la gracia del Espíritu que obra en el alma de cada uno es una; y donde está la gracia del Espíritu, allí hay amor, gozo y paz; y allí no hay guerra ni disputa, ni contienda ni discordia. ¿Cómo, pues, mostraremos claramente que este paralítico no es el mismo que el otro, sino un hombre distinto? Por muchas señales, tanto de lugar como de tiempo, de estación y de día, y por la manera de la cura, por la venida del médico y por la soledad del hombre que fue sanado. ¿Y qué hay con esto?, dirá alguno: porque ¿no han dado muchos de los evangelistas relatos diversos de otras señales? Sí, pero una cosa es hacer afirmaciones diversas y otra afirmaciones contradictorias; pues las primeras no causan discordia ni contienda; mas lo que ahora se nos presenta es un caso fuerte de contradicción, a menos que se pruebe que el paralítico de la piscina era un hombre distinto del que describen los otros tres evangelistas. Y para que entendáis cuál es la diferencia entre afirmaciones diversas y contradictorias, uno de los evangelistas ha dicho que Cristo llevó la cruz [] y otro que Simón el Cireneo la llevó; mas esto no causa contradicción ni contienda. «¿Y cómo,» dices, «no hay contradicción entre las afirmaciones de que la llevó y no la llevó?» Porque ambas cosas tuvieron lugar. Cuando salieron del pretorio, Cristo la llevaba; pero mientras avanzaban, Simón la tomó de Él y la llevó. De nuevo, en el caso de los ladrones, uno dice que los dos blasfemaron; otro, que uno de ellos reprendió al que injuriaba al Señor. [] Sin embargo, tampoco aquí hay contradicción, porque aquí también sucedieron ambas cosas: al principio ambos hombres se portaron mal; pero después, cuando ocurrieron señales, cuando la tierra tembló y las rocas se rasgaron y el sol se oscureció, uno de ellos se convirtió, se volvió más contenido, reconoció al crucificado y confesó su reino. Pues para impedir que supongáis que esto sucedió por alguna fuerza que lo impulsaba desde dentro, y para disipar vuestra perplejidad, os presenta al hombre en la cruz mientras todavía conserva su maldad anterior, a fin de que percibáis que su conversión se efectuó desde dentro y de su propio corazón, ayudado por la gracia de Dios, y así se hizo un hombre mejor.

    Paralítico, § 4

    4. Y es posible reunir muchos otros ejemplos de este género sacados de los Evangelios, que parecen tener apariencia de contradicción, donde no hay contradicción real, consistiendo la verdad en que unos incidentes han sido referidos por este autor, otros por aquel; o, si no ocurrieron a la misma hora, un autor ha narrado el suceso anterior, otro el posterior; mas en el presente caso no hay nada de esta índole, antes la muchedumbre de las pruebas que he mencionado demuestra a quienes prestan alguna atención al asunto que el paralítico no era el mismo hombre en ambos casos. Y esto no sería pequeña prueba para demostrar que los evangelistas estaban en armonía entre sí y no en desacuerdo. Porque si fuese el mismo hombre, grande es la discordia entre los dos relatos; pero si es otro, todo material de disputa ha quedado destruido.
    Pues bien, permitidme ahora exponer las razones por las cuales afirmo que este hombre no es el mismo que aquel. ¿Cuáles son? Al uno se le cura en Jerusalén, al otro en Cafarnaúm; el uno junto al estanque del agua, el otro en una casa; he aquí la prueba del lugar: el primero durante la fiesta; he aquí la prueba del tiempo especial: el primero llevaba treinta y ocho años padeciendo la enfermedad; acerca del otro el evangelista no refiere nada semejante; he aquí la prueba del tiempo: el primero fue curado en sábado; he aquí la prueba del día: pues si este hombre hubiese sido curado también en sábado, Mateo no habría pasado el hecho en silencio, ni los judíos presentes habrían callado; porque los que hallaban falta aun cuando un hombre no era curado en sábado, habrían sido mucho más violentos en su acusación contra Cristo si hubiesen tenido un asa adicional en el argumento del día especial. Además, a este hombre lo trajeron a Cristo; al otro, Cristo mismo fue, y no tenía hombre que lo ayudase. «Señor,» dijo él, «no tengo hombre:» mientras que este hombre tenía muchos que acudieron en su ayuda, los cuales lo descolgaron por el techo. Y curó el cuerpo del otro antes que su alma; pues después de haber curado la parálisis le dijo entonces: «He aquí, estás sano; no peques más;» mas no así en este caso, sino que después de haber curado su alma, pues le dijo: «Hijo, ten ánimo; tus pecados te son perdonados,» curó entonces su parálisis. Que este hombre, pues, no es el mismo que el otro ha quedado claramente demostrado por estas pruebas; pero ahora nos resta volver al comienzo de la narración y ver cómo curó Cristo al uno y al otro, y por qué de manera diferente en cada caso: por qué al uno en sábado y al otro no en sábado, por qué Él mismo fue al uno pero esperó que el otro fuese traído a Él, por qué curó el cuerpo del uno y primero el alma del otro. Pues no hace estas cosas sin consideración y propósito, ya que es sabio y prudente. Prestemos, pues, atención y observémoslo mientras realiza la curación. Porque si en el caso de los médicos, cuando usan el bisturí o el cauterio, u operan de cualquier otra manera a un paciente tullido y lisiado, y amputan un miembro, muchas personas se apiñan en torno al enfermo y al médico que hace estas cosas, mucho más debemos obrar así en este caso, en la medida en que el médico es más grande y la enfermedad más grave, siendo una que no puede ser corregida por el arte humano, sino sólo por la gracia divina. Y en el primer caso hemos de ver la piel cortada, la materia supurando, la sangre puesta en movimiento, y soportar mucha molestia producida por el espectáculo, y gran dolor y pena no sólo por la vista de las heridas, sino también por el sufrimiento padecido por aquellos que están sometidos a esta quemadura o corte; pues nadie es tan duro de corazón como para permanecer junto a los que sufren estas cosas y oírlos gritar sin verse él mismo sobrecogido y agitado, y experimentar mucha depresión de espíritu; pero todo esto lo soportamos por nuestro deseo de presenciar la operación. Mas en este caso no hay nada de eso que ver: ni aplicación de fuego, ni hundimiento de un instrumento, ni efusión de sangre, ni dolor ni gritos del paciente; y la razón de esto es la sabiduría del sanador, que no necesita de ninguno de esos auxilios externos, sino que se basta absolutamente a sí mismo. Porque basta con que Él pronuncie una orden y toda aflicción cesa. Y la maravilla no es sólo que efectúe la cura con tanta facilidad, sino también sin dolor, sin causar molestia alguna a los que son sanados.
    Viendo, pues, que la maravilla es mayor y la curación más importante, y el placer proporcionado a los espectadores sin mezcla de tristeza alguna, contemplemos ahora atentamente a Cristo en el acto de sanar. Y entrando Él en una barca, pasó al otro lado y vino a su propia ciudad; y he aquí que le trajeron un hombre paralítico tendido en una cama; y viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: «¡Hijo! Ten ánimo; tus pecados te son perdonados.» [] Ahora bien, eran inferiores al centurión en cuanto a su fe, pero superiores al hombre impotente junto al estanque. Porque el primero ni invitó al médico ni trajo al enfermo al médico, sino que se acercó a Él como a Dios y dijo: «Di solamente la palabra, y mi criado quedará sano.» [] Ahora bien, estos hombres no invitaron al médico a la casa, y en esto están en igualdad con el centurión; pero trajeron al enfermo al médico, y en esto son inferiores, porque no dijeron: «di solamente la palabra.» Con todo, son mucho mejores que el hombre que yacía junto al estanque. Pues éste dijo: «Señor, no tengo hombre que, cuando se agita el agua, me meta en el estanque;» pero estos hombres sabían que Cristo no tenía necesidad ni de agua, ni de estanque, ni de ninguna otra cosa de este género; sin embargo, Cristo no sólo libró al criado del centurión, sino también a los otros dos hombres de sus enfermedades, y no dijo: «porque habéis ofrecido un grado menor de fe, la curación que recibáis será proporcional;» sino que despidió al hombre que mostró mayor fe con elogio y honor, diciendo: «No he hallado fe tan grande, no, ni en Israel.» [] Al hombre que exhibió menos fe que éste no le otorgó elogio alguno, mas no le privó de la curación; ¡no! ni siquiera al que no mostró fe alguna. Pero así como los médicos, cuando curan el mismo trastorno, reciben de una persona cien monedas de oro, de otras la mitad, de otras menos y de algunas nada en absoluto; así también Cristo recibió del centurión un grado grande e inefable de fe, pero de este hombre menos, y del otro ni siquiera una cantidad ordinaria, y sin embargo los sanó a todos. ¿Por qué razón, pues, juzgó digno del beneficio al hombre que no depositó fe alguna? Porque su falta de fe no se debía a la indolencia ni a la insensibilidad del alma, sino a la ignorancia de Cristo y a no haber oído jamás milagro alguno, ni pequeño ni grande, en que Él tuviese parte. Por esta razón, pues, el hombre obtuvo indulgencia; lo cual, de hecho, el evangelista insinúa oscuramente cuando dice: «porque no sabía quién era,» [] mas sólo lo reconoció de vista cuando se topó con Él por segunda vez.

    Paralítico, § 5

    5. Hay, en verdad, algunos que dicen que este hombre fue sanado meramente porque creyeron los que lo trajeron; mas esto no es un hecho. Porque «cuando vio su fe» no se refiere sólo a los que trajeron al hombre, sino también al hombre que fue traído. ¿Por qué así? «¿No es sanado un hombre,» dices tú, «porque otro ha creído?» Por mi parte no lo creo, a no ser que por inmadurez de edad o excesiva dolencia sea de algún modo incapaz de creer. ¿Cómo, pues, dices tú que en el caso de la mujer cananea la madre creyó y la hija fue curada? ¿Y cómo fue que el criado del centurión, habiendo creído, se levantó del lecho de enfermedad y fue preservado? Porque los enfermos mismos no podían creer. Oíd, pues, lo que dice la mujer cananea: «Mi hija está atormentada gravemente por un demonio [] y a veces cae al agua y a veces al fuego;» ahora bien, ¿cómo podía creer aquella cuya mente estaba oscurecida y poseída por un demonio, y que nunca podía dominarse a sí misma, no estando en sus cabales? Como, pues, en el caso de la mujer cananea, así también en el del centurión; su criado yacía enfermo en la casa, sin conocer a Cristo, ni él mismo, ni quién era Él. ¿Cómo, pues, había de creer en uno que le era desconocido, y de quien aún no había tenido experiencia alguna? Mas en el caso que nos ocupa no podemos decir esto, porque el paralítico creyó. ¿De dónde resulta esto manifiesto? Del modo mismo de su acercamiento a Cristo. Pues no atendáis simplemente a la afirmación de que descolgaron al hombre por el techo, sino considerad cuán gran cosa es que un enfermo tenga fortaleza para soportar esto. Porque bien sabéis que los inválidos son tan pusilánimes y difíciles de contentar que a menudo rehúsan el tratamiento que se les administra en su lecho de enfermo, y prefieren soportar el dolor que nace de sus males antes que sufrir la molestia causada por los remedios. Mas este hombre tuvo fortaleza para salir de la casa, ser llevado al medio de la plaza y exhibirse en presencia de la multitud. Y es costumbre de los enfermos morir bajo su dolencia antes que revelar sus calamidades personales. Este enfermo, sin embargo, no obró así, sino que cuando vio que el lugar de la asamblea estaba lleno, las entradas bloqueadas, el puerto de refugio obstruido, consintió ser descolgado por el techo. Tan pronto en ingenio es el deseo, tan rico en recursos el amor. «Porque también el que busca, halla; y al que llama, se le abre.» [] El hombre no dijo a sus amigos: «¿Qué significa esto? ¿Por qué armar este alboroto? ¿Por qué seguir adelante? Esperemos hasta que la casa quede despejada y se disuelva la asamblea; las multitudes se retirarán, y entonces podremos acercarnos a él en privado y tratar de estos asuntos. ¿Por qué habéis de exponer mis desgracias en medio de todos los espectadores, y descolgarme desde lo alto del techo, y comportaros de manera indecorosa?» Nada de esto dijo ese hombre, ni a sí mismo ni a sus portadores, sino que consideró un honor que tantas personas fuesen hechas testigos de su curación. Y no sólo por esta circunstancia era posible discernir su fe, sino también por las palabras mismas de Cristo. Pues después de ser descolgado y presentado, Cristo le dijo: «¡Hijo! Ten ánimo; tus pecados te son perdonados.» Y cuando oyó estas palabras no se indignó, no se quejó, no dijo al médico: «¿Qué quieres decir con esto? Vine a ser sanado de una cosa y tú sanas otra. Esto es una excusa, un pretexto y una pantalla de incompetencia. ¿Perdonas tú pecados que son invisibles?» Ni habló ni pensó nada de esto, sino que esperó, dejando al médico adoptar el método de curación que Él deseaba. Por esta razón también Cristo no fue a él, sino que esperó a que viniera, para mostrar su fe a todos. ¿Pues acaso no podía haber hecho fácil la entrada? Pero no hizo nada de esto; a fin de manifestar a todos el celo y la fe ferviente del hombre. Porque así como fue al hombre que había sufrido treinta y ocho años porque no tenía a nadie que lo ayudase, así esperó a que este hombre viniera a él, porque tenía muchos amigos, para manifestar su fe haciendo que se lo trajeran, e informarnos de la soledad del otro yendo a él, y dar a conocer a todos, y especialmente a los presentes, la solicitud del uno y la paciencia del otro. Porque algunos judíos envidiosos y misántropos acostumbraban envidiar los beneficios hechos a sus prójimos y hallar falta en sus milagros, a veces por causa del tiempo especial, diciendo que sanaba en día de sábado; a veces por causa de la vida de aquellos a quienes se hacía el beneficio, diciendo: «si éste fuese profeta, sabría quién es la mujer que lo toca;» [] no sabiendo que es la marca especial de un médico juntarse con los enfermos y ser visto constantemente al lado de los dolientes, no evitarlos ni apresurarse a alejarse de su presencia; lo cual, de hecho, fue lo que Él dijo expresamente a aquellos murmuradores: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.» [] Por tanto, para impedir que hicieran las mismas acusaciones de nuevo, prueba ante todo que los que vienen a Él son dignos de curación a causa de la fe que muestran. Por esto mostró la soledad de un hombre, y la fe ferviente y el celo del otro; por esto sanó al uno en sábado y al otro no en sábado; a fin de que, cuando veáis que acusan y reprenden a Cristo en otro día, entendáis que también en la ocasión anterior lo acusaron, no por respeto a la ley, sino porque no podían contener su propia malicia. Mas ¿por qué no se dirigió primero a la curación del paralítico, sino que dijo: «¡Hijo! Ten ánimo; tus pecados te son perdonados?» Hizo esto con gran sabiduría. Porque es costumbre de los médicos destruir la causa originante de la enfermedad antes de quitar la enfermedad misma. A menudo, por ejemplo, cuando los ojos están afligidos por algún humor malo y una secreción corrompida, el médico, abandonando todo tratamiento de la visión desordenada, dirige su atención a la cabeza, donde está la raíz y el origen de la dolencia; así obró Cristo: reprimió ante todo la fuente del mal. Porque la fuente, la raíz y la madre de todo mal es la naturaleza del pecado. Ésta es la que enerva nuestros cuerpos; ésta es la que trae la enfermedad; por eso, también en esta ocasión dijo: «¡Hijo! Ten ánimo; tus pecados te son perdonados.» Y al otro le dijo: «¡He aquí! Estás sano; no peques más, para que no te suceda algo peor,» dando a entender a ambos que estas enfermedades eran hijas del pecado. Y en el principio y comienzo de la palabra, la enfermedad, como consecuencia del pecado, atacó el cuerpo de Caín. Porque después del asesinato de su hermano, después de aquel acto de maldad, su cuerpo quedó sujeto a parálisis. Pues el temblor es lo mismo que la parálisis. Porque cuando la fuerza que gobierna a una criatura viva se debilita, no pudiendo ya sostener todos los miembros, los priva de su natural poder de dirección, y entonces, habiéndose quedado sin tensión, tiemblan y se marean.

    Paralítico, § 6

    6. También Pablo demostró esto; porque cuando reprochaba a los corintios cierto pecado, dijo: «Por esta causa hay entre vosotros muchos débiles y enfermos.» Por tanto, también Cristo quita primero la causa del mal, y habiendo dicho: «¡Hijo! Ten ánimo; tus pecados te son perdonados,» levanta el espíritu y despierta el alma abatida; porque la palabra se convirtió en causa eficiente y, habiendo entrado en la conciencia, se apoderó del alma misma y arrojó de ella toda angustia. Pues nada crea placer e infunde confianza tanto como la libertad del reproche de sí mismo. Porque donde hay remisión de pecados, hay filiación. Así, al menos, no podemos llamar Padre a Dios hasta que hayamos lavado nuestros pecados en el estanque del agua sagrada. Es cuando hemos subido de allí, habiéndonos despojado de aquella carga mala, cuando decimos: «Padre nuestro que estás en los cielos.» Mas en el caso del hombre que estuvo enfermo treinta y ocho años, ¿por qué no obró así, sino que curó primero su cuerpo? Porque en aquel largo período de tiempo sus pecados se habían agotado; pues la magnitud de una prueba puede aligerar la carga de los pecados; como, en efecto, leemos que sucedió con Lázaro, que recibió sus males en plenitud y con eso fue consolado; y de nuevo en otro lugar leemos: «Consolad a mi pueblo, decid al corazón de Jerusalén que ha recibido de la mano del Señor el doble por sus pecados.» [] Y de nuevo dice el profeta: «Oh Señor, danos paz, porque tú nos has pagado todas las cosas,» [] indicando que las penas y los castigos obran la remisión de los pecados; y esto podríamos probarlo con muchos pasajes. Me parece, pues, que la razón por la cual no dijo nada a aquel hombre acerca de la remisión de los pecados, sino que sólo lo aseguró contra lo futuro, fue porque la pena por sus pecados ya había sido cumplida por la larga duración de su enfermedad; o, si no fue ésta la razón, fue porque aún no había alcanzado un grado alto de fe acerca de Cristo, por lo que el Señor se dirigió primero a la necesidad menor, y a la que era manifiesta y evidente, la salud del cuerpo; pero en el caso del otro no obró así, sino que, por cuanto este hombre tenía más fe y un alma más elevada, le habló ante todo de la enfermedad más peligrosa; con el objeto adicional de hacer patente su igualdad de rango con el Padre. Porque así como en el caso anterior sanó en día de sábado porque quería apartar a los hombres del modo judío de observarlo y tomar ocasión de sus reproches para probarse igual al Padre, así también en este caso, sabiendo de antemano lo que iban a decir, pronunció estas palabras para usarlas como punto de partida y pretexto para probar su igualdad de rango con el Padre. Porque una cosa es, cuando nadie presenta acusación o cargo, entrar espontáneamente en un discurso acerca de estas cosas, y otra muy distinta, cuando otras personas dan ocasión para ello, emprender la misma obra en el orden y la forma de una defensa. Porque la naturaleza de la primera demostración era piedra de tropiezo para los oyentes; pero la otra era menos ofensiva y más aceptable, y en todas partes lo vemos haciendo esto y manifestando su igualdad no tanto con palabras como con obras. Esto, en todo caso, es lo que dio a entender el Evangelista cuando dijo que los judíos perseguían a Jesús no sólo porque quebrantaba el sábado, sino también porque decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios, [] lo cual es cosa mucho mayor, porque efectuó esto con la demostración de sus obras. ¿Cómo, pues, actúan los envidiosos y malvados, y los que buscan hallar un asa en toda dirección? «¿Por qué éste blasfema?» dicen, porque «nadie puede perdonar pecados sino sólo Dios.» [] Así como allí lo persiguieron porque quebrantaba el sábado, y tomaron ocasión de sus reproches para declarar su igualdad con el Padre en forma de defensa, diciendo: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo,» [] así también aquí, partiendo de las acusaciones que hacen, prueba con ellas su exacta semejanza con el Padre. Porque ¿qué dijeron? «Nadie puede perdonar pecados sino sólo Dios.» Puesto que, pues, ellos mismos asentaron esta definición, ellos mismos introdujeron la regla, ellos mismos declararon la ley, Él procede a enredarlos por medio de sus propias palabras. «Habéis confesado,» dice Él, «que el perdón de los pecados es atributo de Dios solo; mi igualdad, por tanto, es incuestionable.» Y no son sólo estos hombres quienes declaran esto, sino también el profeta, que dice así: «¿Quién es Dios como tú?» y luego, indicando su atributo especial, añade: «que quita la iniquidad y pasa por alto la injusticia.» [] Si, pues, algún otro aparece haciendo así lo mismo, Él también es Dios, Dios así como aquél es Dios. Mas observemos cómo Cristo discute con ellos, con cuánta mansedumbre y suavidad, y con toda ternura. «Y he aquí que algunos de los escribas dijeron dentro de sí: éste blasfema.» No pronunciaron la palabra, no la proclamaron con la lengua, sino que razonaron en los recovecos secretos de su corazón. ¿Cómo, pues, obró Cristo? Hizo públicas sus reflexiones secretas antes de la demostración concerniente a la curación del cuerpo del paralítico, queriendo probarles el poder de su Divinidad. Porque el hecho de mostrar los secretos de la mente es atributo de Dios solo, señal de su deidad; la Escritura dice: «Tú solo conoces los corazones de los hombres.» [] ¿Veis que esta palabra «solo» no se usa con miras a contraponer el Hijo con el Padre? Porque si el Padre solo conoce el corazón, ¿cómo conoce el Hijo los secretos de la mente? «Pues Él mismo,» se dice, «sabía lo que había en el hombre;» [] y Pablo, cuando prueba que el conocimiento de las cosas secretas es atributo especial de Dios, dice: «y el que escudriña los corazones,» [] mostrando que esta expresión es equivalente a la denominación «Dios.» Porque así como cuando digo «El que hace llover dijo,» no significo a otro sino a Dios al mencionar el hecho, puesto que es uno que sólo a Él pertenece; y cuando digo «El que hace salir el sol,» sin añadir la palabra Dios, lo significo con todo al mencionar el hecho; así también cuando Pablo dijo «El que escudriña los corazones,» probó que escudriñar el corazón es atributo de Dios solo. Porque si esta expresión no hubiera tenido fuerza igual al nombre «Dios» para señalar a aquel que era significado, no la habría usado de modo absoluto y por sí misma. Porque si el poder fuese compartido por Él en común con algún ser creado, no habríamos sabido quién era significado, causando la comunidad de poder confusión en la mente de los oyentes. Por cuanto, pues, esto aparece como atributo especial del Padre, y sin embargo se manifiesta del Hijo, cuya igualdad se vuelve desde entonces incuestionable, por eso leemos: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Porque, ¿qué es más fácil: decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?»

    Paralítico, § 7

    7. Mira, además, cómo ofrece una segunda prueba de su poder de perdonar pecados. Porque perdonar pecados es un acto mucho mayor que sanar el cuerpo: mayor en proporción en que el alma es mayor que el cuerpo. Pues así como la parálisis es una enfermedad del cuerpo, así también el pecado es una enfermedad del alma; mas, aunque ésta es mayor, no es palpable; en cambio, la otra, aunque es menor, es manifiesta. Puesto que, pues, va a servirse de lo menor como demostración de lo mayor, probando que obraba así por causa de su debilidad y por condescendencia con su condición enfermiza, dice «¿Qué es más fácil? ¿Decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?» ¿Por qué, pues, se dirige al acto menor por causa de ellos? Porque lo que es manifiesto presenta la prueba de forma más clara. Por eso no hizo que el hombre se levantara hasta haberles dicho «Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder sobre la tierra de perdonar pecados —dice entonces al paralítico—: levántate y anda.» como si hubiera dicho: el perdón de los pecados es ciertamente una señal mayor; mas por causa vuestra añado también la menor, ya que ésta os parece una prueba de la otra. Porque, como en otro caso, cuando alabó al centurión por haber dicho «di solamente una palabra y mi siervo será sanado; porque también yo digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene,» confirmó su parecer con la alabanza que le tributó; y de nuevo, cuando reprendió a los judíos por censurarle en el día de Sábado, diciendo que quebrantaba la ley, probó que tenía autoridad para alterar las leyes; así también en este caso, cuando algunos decían «Se hace igual a Dios prometiendo lo que sólo pertenece al Padre,» él, habiéndolos reprendido y acusado, y probado con sus obras que no blasfemaba, nos dio una prueba indisputable de que podía hacer las mismas cosas que el Padre que lo engendró. Observa, al menos, la manera en que procura establecer el hecho de que lo que pertenece sólo al Padre, pertenece también a él mismo: pues no hizo simplemente que el paralítico se levantara, sino que también dijo «pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder sobre la tierra de perdonar pecados:» así era su empeño y su ardiente deseo de probar sobre todas las cosas que tenía la misma autoridad que el Padre.

    Paralítico, § 8

    8. Guardemos, pues, cuidadosamente todas estas cosas, tanto las que se dijeron ayer como las del día anterior, y roguemos a Dios que permanezcan inmóviles en nuestro corazón; pongamos también celo de nuestra parte y reunámonos constantemente en este lugar. Porque de esta manera conservaremos las verdades antes dichas y añadiremos otras a nuestro tesoro; y si alguna de ellas se nos escapa de la memoria por el transcurso del tiempo, fácilmente podremos recobrarla con la ayuda de la enseñanza continua. Y no sólo las doctrinas permanecerán sanas y sin corromper, sino que nuestra manera de vivir tendrá el beneficio de mucha solicitud diligente, y podremos atravesar esta presente condición de existencia con placer y alegría. Porque cualquier sufrimiento que oprima nuestra alma cuando venimos aquí será fácilmente eliminado: puesto que ahora también Cristo está presente, y el que se acerca a Él con fe recibirá prontamente la curación de Él. Supongamos que alguno lucha contra una pobreza perpetua, y carece del alimento necesario, y muchas veces se acuesta hambriento; si ha venido aquí y ha oído a Pablo decir que pasaba su tiempo en hambre y sed y desnudez, y que experimentaba esto no uno, dos o tres días, sino constantemente (esto al menos es lo que indica cuando dice «hasta la hora presente pasamos hambre y tenemos sed y estamos desnudos»), [] recibirá amplio consuelo, aprendiendo por medio de estas palabras que Dios no ha permitido que esté en pobreza porque lo odie o lo haya abandonado: pues si esto fuera efecto del odio, no lo habría permitido en el caso de Pablo, que era de todos los hombres especialmente querido para Él: sino que lo permitió por su tierno amor y su providencial cuidado, y como medio de conducirlo a un grado más alto de sabiduría espiritual. ¿Tiene algún otro un cuerpo aquejado de enfermedad e innumerables sufrimientos? La condición de estos paralíticos puede ser una fuente amplia de consuelo, y además el bendito y valiente discípulo de Pablo, que sufría continuamente de trastornos y nunca tenía respiro de su prolongada enfermedad, como también dijo Pablo «usa un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades», [] donde no habla meramente de enfermedades como tales. O bien otro, habiendo sido sometido a falsa acusación, ha adquirido mala reputación ante el público, y esto le atormenta y roe el alma continuamente; entra en este lugar y oye «Bienaventurados sois cuando los hombres os injurien y digan toda clase de mal contra vosotros falsamente: alegraos y regocijaos sobremanera, porque vuestra recompensa es grande en los cielos», [] entonces dejará de lado todo desaliento y recibirá toda clase de placer: pues está escrito «saltad de gozo y regocijaos sobremanera cuando los hombres arrojen vuestro nombre como malo». [] De esta manera, pues, Dios consuela a los que son mal hablados, y a los que hablan mal los atemoriza de otra manera, diciendo «toda palabra mala que los hombres hablen, darán cuenta de ella, sea buena o mala». []
    Otro acaso ha perdido una hijita o un hijo, o a uno de sus parientes, y habiendo venido también aquí, escucha a Pablo gemir sobre esta vida presente y anhelar ver la que ha de venir, y oprimido por su peregrinación en este mundo, se irá con un remedio suficiente para su dolor cuando le oiga decir «Acerca de los que duermen, no quiero, hermanos, que ignoréis, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza». [] No dijo acerca de los que mueren, sino «acerca de los que duermen», probando que la muerte es un sueño. Así como, pues, si vemos a alguno dormido no nos turbamos ni nos angustiamos, esperando que ciertamente se levantará, así también, cuando vemos a alguno muerto, no nos turbemos ni nos abatamos, pues esto también es un sueño, más largo ciertamente, pero aún sueño. Al darle el nombre de sueño, consoló a los que lloraban y derribó la acusación de los incrédulos. Si lloras inmoderadamente por el que ha partido, serás semejante a aquel incrédulo que no tiene esperanza de resurrección. Él, en verdad, hace bien en llorar, puesto que no puede ejercer sabiduría espiritual alguna acerca de las cosas venideras; pero tú, que has recibido pruebas tan fuertes acerca de la vida futura, ¿por qué te hundes en la misma debilidad con él? Por eso está escrito «acerca de los que duermen, no queremos que ignoréis, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza».
    Y no sólo del Nuevo Testamento, sino también del Antiguo, es posible recibir abundante consuelo. Pues cuando oyes hablar de Job, después de la pérdida de sus bienes, después de la destrucción de sus rebaños, después de la pérdida no de uno, ni de dos, ni de tres, sino de toda una tropa de hijos en la flor misma de su edad, después de la gran excelencia de alma que mostró, aun si eres el más débil de los hombres, fácilmente podrás arrepentirte y recobrar el ánimo. Porque tú, oh hombre, has asistido constantemente a tu hijo enfermo, y le has visto postrado en el lecho, y le has oído pronunciar sus últimas palabras, y has estado de pie junto a él mientras exhalaba su último aliento, y le has cerrado los ojos y la boca: pero él no estuvo presente en la agonía de sus hijos, no los vio exhalar el último suspiro, sino que la casa se convirtió en la tumba común de todos, y sobre la misma mesa se derramaron sesos y sangre, y pedazos de madera y tejas, y polvo, y fragmentos de carne, y todas estas cosas se mezclaron juntas de la misma manera. Sin embargo, después de tan grandes calamidades de este género, no se mostró impaciente, sino ¿qué dice?— «El Señor dio, el Señor quitó; como al Señor le pareció bien, así ha sucedido; bendito sea el nombre del Señor para siempre.» Sea esta palabra también nuestra expresión en cada acontecimiento que nos sobreviene; ya sea pérdida de bienes, o enfermedad del cuerpo, o injuria, o falsa acusación, o cualquier otra forma de mal incidente a la humanidad, digamos estas palabras «El Señor dio, el Señor quitó; como al Señor le pareció bien, así ha sucedido; bendito sea el nombre del Señor para siempre.» Si practicamos esta sabiduría espiritual, nunca experimentaremos mal alguno, aun si sufrimos innumerables padecimientos, sino que la ganancia será mayor que la pérdida, el bien excederá al mal: con estas palabras harás que Dios sea misericordioso contigo, y te defenderás contra la tiranía de Satanás. Porque tan pronto como tu lengua ha pronunciado estas palabras, al instante el Diablo huye de ti; y cuando él ha huido, también se disipa la nube del abatimiento, y los pensamientos que nos afligen emprenden la huida, apresurándose en compañía de él, y además de todo esto ganarás toda clase de bendiciones, tanto aquí como en el Cielo. Y tienes un ejemplo convincente en el caso de Job, y en el del Apóstol, quien, habiendo despreciado por amor de Dios las aflicciones de este mundo, obtuvo las bendiciones eternas. Seamos, pues, confiados, y en todas las cosas que nos sobrevienen alegrémonos y demos gracias al Dios misericordioso, para que atravesemos esta vida presente con serenidad y obtengamos las bendiciones venideras, por la gracia y el amor entrañable de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria, el honor y el poder, siempre, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer»

    Enemigo, encabezado

    A los que no habían asistido a la asamblea.
    A los que no habían asistido a la asamblea; sobre la sentencia apostólica, «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer», y acerca del resentimiento por las injurias.
    Comentario editorial · Una homilía sin fecha, pronunciada en Constantinopla
    El título del NPNF es «A los que no habían asistido a la asamblea». Stephens anota que la fecha no se puede determinar, pero que las alusiones al palacio y a la guardia imperiales, y otros indicios internos, prueban que se pronunció en Constantinopla. Crisóstomo fue arzobispo de esa ciudad desde 397 o 398 hasta su destierro (Wikipedia da el otoño de 397 para el nombramiento; Schaff titula «398–404» el capítulo que le dedica). La homilía regaña a los que faltan y a quienes no los traen, y de ahí pasa a Romanos 12:20 (§ 5) y al resentimiento por las injurias, con David y Saúl como ejemplo de dominio de la ira (§ 6–7).

    Enemigo, § 1

    1. Ningún bien hice, según parece, con el prolongado discurso que últimamente os dirigí con miras a encender vuestro celo por las asambleas de aquí: pues de nuevo nuestra Iglesia está despojada de sus hijos. Por lo cual también me veo de nuevo obligado a parecer molesto y gravoso, reprendiendo a los presentes y censurando a los que se han quedado atrás: a ellos porque no han dejado su pereza, y a vosotros porque no habéis tendido una mano auxiliadora a la salvación de vuestros hermanos. Me veo obligado a parecer gravoso y molesto, no por causa de mí mismo ni de mis bienes, sino por causa vuestra y por vuestra salvación, que me es más preciosa que cualquier otra cosa. Quien quiera, tómelo a mal y llámeme insolente y desvergonzado; pero no dejaré de importunarle continuamente con el mismo propósito; porque nada es mejor para mí que esta clase de desvergüenza. Pues puede ser, puede ser, que esto al menos, si nada más, os haga avergonzar, y que, para evitar ser perpetuamente importunados acerca de las mismas cosas, participéis en el tierno cuidado de vuestros hermanos. Porque ¿qué provecho hay para mí en la alabanza, cuando no os veo progresar en la virtud? ¿Y qué daño hay en el silencio de los oyentes, cuando contemplo vuestra piedad en aumento? Porque la alabanza del orador no consiste en el aplauso, sino en el celo de los oyentes por la piedad: no en el ruido que se hace justo en el momento de oír, sino en la solicitud duradera. Tan pronto como el aplauso ha salido de los labios, se dispersa en el aire y perece; pero el mejoramiento moral de los oyentes reporta una recompensa imperecedera e inmortal, tanto al que habla como a los que obedecen. La alabanza de vuestras aclamaciones hace ilustre aquí al orador; pero la piedad de vuestra alma da al maestro mucha confianza ante el tribunal de Cristo. Por lo cual, si alguno ama al orador, no desee el aplauso, sino el provecho de los oyentes. Desatender a nuestros hermanos no es un mal ordinario, sino uno que acarrea castigo extremo y una pena inexorable. Y el caso del hombre que enterró el talento lo prueba: no fue reprochado, al menos, por causa de su propia vida; pues en cuanto al depósito mismo, no resultó ser un hombre malo, ya que lo devolvió intacto; sin embargo, sí resultó malo en cuanto a la administración del depósito. Porque no duplicó lo que se le había confiado, y así fue castigado. De donde es manifiesto que, aun si somos diligentes y bien instruidos, y tenemos mucho celo por oír las santas Escrituras, esto no basta para nuestra salvación. Porque el depósito debe ser duplicado, y se duplica cuando, juntamente con nuestra propia salvación, emprendemos hacer alguna provisión para el bien de otros. Pues el hombre de la parábola dijo «¡He aquí, ahí tienes lo que es tuyo!»; pero esto no le sirvió de defensa, porque se le dijo «debías haber dado el dinero a los banqueros». []
    Y observa, te ruego, cuán fáciles son los mandamientos del Maestro: pues los hombres, en verdad, hacen responsables a los que prestan capitales a interés de reclamarlos; «has hecho el depósito», dice uno, «debes reclamarlo: yo no tengo nada que ver con el hombre que lo ha recibido». Pero Dios no obra así; sólo nos ordena hacer el depósito, y no nos hace responsables de la reclamación. Porque el que habla tiene el poder de aconsejar, no de persuadir. Por eso dice: «os hago responsables sólo de depositar, y no de reclamar». ¿Qué puede ser más fácil que esto? Y sin embargo, el siervo llamó duro al amo, que era tan benigno y misericordioso. Porque tal es la costumbre de los ingratos e indolentes; siempre tratan de echar la culpa de sus ofensas de sí mismos a su amo. Y por eso aquel hombre fue arrojado con tormentos y ataduras a las tinieblas de afuera. Y para que no suframos esta pena, depositemos nuestra enseñanza en los hermanos, sean persuadidos por ella o no. Porque si son persuadidos, aprovecharán tanto a sí mismos como a nosotros; y si no lo son, se acarrean a sí mismos un castigo inevitable, pero no podrán hacernos el menor daño. Porque nosotros hemos hecho nuestra parte dándoles consejo; pero si no lo escuchan, ningún daño nos resultará de ello. Pues la culpa nos correspondería no por no persuadir, sino por no aconsejar; y después de prolongada y continua exhortación y consejo, ellos, no nosotros, tendrán que ajustar cuentas con Dios.
    En todo caso, he estado ansioso por saber con claridad si continuáis exhortando a vuestros hermanos, y si ellos permanecen todo el tiempo en la misma condición de indolencia; de otro modo, nunca os habría dado molestia alguna; tal como están las cosas, temo que permanezcan sin corregir a consecuencia de vuestra negligencia e indiferencia. Porque es imposible que un hombre que continuamente tiene el beneficio de la exhortación y la instrucción no se vuelva mejor y más diligente. El proverbio que estoy por citar es ciertamente común; sin embargo, confirma esta misma verdad. Pues «la gota continua de agua», dice, «horada la roca»; y sin embargo, ¿qué es más blando que el agua? ¿Y qué más duro que una roca? No obstante, la acción perpetua vence a la naturaleza; y si vence a la naturaleza, mucho más podrá prevalecer sobre la voluntad humana. El cristianismo no es juego de niños, amados míos: no es asunto de importancia secundaria. Continuamente estoy diciendo estas cosas, y sin embargo no consigo nada.

    Enemigo, § 2

    2. ¿Cuán angustiado estoy, pensad, cuando recuerdo que en los días de fiesta las multitudes reunidas se asemejan a la anchura inmensa del mar, pero ahora ni siquiera la parte más pequeña de aquella multitud se congrega aquí? ¿Dónde están ahora los que nos abruman con su presencia en los días de fiesta? Los busco, y me aflijo por causa de ellos, al advertir cuánta multitud perece de los que están en el camino de la salvación, cuán grande pérdida de hermanos sostengo, cuán pocos son alcanzados por las cosas que conciernen a la salvación, y cómo la mayor parte del cuerpo de la Iglesia es como un cadáver muerto e inmóvil. «¿Y qué nos importa eso a nosotros?», decís. La mayor importancia posible, si no prestáis atención a vuestros hermanos, si no exhortáis y aconsejáis, si no ponéis constreñimiento sobre ellos, y no los arrastráis a la fuerza hacia aquí, y los sacáis de su profunda indolencia. Porque que uno no debe ser útil a sí mismo solo, sino también a muchos otros, Cristo lo declaró claramente cuando nos llamó sal [], y levadura, y luz []; porque estas cosas son útiles y provechosas para otros. Pues una lámpara no brilla para sí misma, sino para los que están sentados en tinieblas: y tú eres lámpara no para que disfrutes de la luz tú solo, sino para que traigas de vuelta a aquel hombre que se ha extraviado. ¿Qué provecho es una lámpara si no da luz al que está sentado en tinieblas? ¿Y qué provecho es un cristiano cuando no beneficia a nadie, ni conduce a nadie de vuelta a la virtud? De nuevo, la sal no es astringente para sí misma, sino que fortalece aquellas partes del cuerpo que se han corrompido, y les impide caerse a pedazos y perecer. Así también tú, puesto que Dios te ha designado para ser sal espiritual, ata y fortalece los miembros corrompidos, es decir, a los hermanos indolentes y sórdidos, y habiéndolos rescatado de su indolencia como de una forma de corrupción, únelos al resto del cuerpo de la Iglesia. Y ésta es la razón por la cual te llamó levadura: porque la levadura tampoco se leuda a sí misma, sino que, por pequeña que sea, afecta a toda la masa, por grande que sea. Así también vosotros: aunque sois pocos en número, sed muchos y poderosos en la fe y en el celo hacia Dios. Así como, pues, la levadura no es débil a causa de su pequeñez, sino que prevalece por su calor inherente y la fuerza de su cualidad natural, así también vosotros podréis traer de vuelta a un número mucho mayor que vosotros mismos, si queréis, al mismo grado de celo que el vuestro. Ahora bien, si ponen la estación veraniega por excusa: pues oigo que dicen cosas de este género, «el sofocante calor presente es excesivo, el sol abrasador es intolerable, no podemos soportar ser pisoteados y aplastados en la multitud, y estar humeando enteros de sudor y oprimidos por el calor y el espacio reducido»: me avergüenzo de ellos, creedme: porque tales excusas son mujeriles; en verdad, aun en el caso de quienes tienen cuerpos más blandos y naturaleza más débil, tales pretextos no bastan para justificación. Sin embargo, aun si parece una vergüenza responder a una defensa de este tipo, es necesario. Pues si ellos presentan tales excusas y no se sonrojan, mucho más nos corresponde a nosotros no avergonzarnos de responder a estas cosas. ¿Qué, pues, he de decir a los que presentan estos pretextos? Les recordaría a los tres niños en el horno y la llama, quienes, cuando vieron el fuego que los rodeaba por todos lados, envolviendo su boca y sus ojos y aun su aliento, no cesaron de cantar aquel himno sagrado y místico a Dios, en compañía del universo, sino que, de pie en medio de la pira, elevaron su canto de alabanza al Señor común de todos con mayor alegría que quienes moran en un campo florido; y junto con estos tres niños, creería apropiado recordarles también los leones que había en Babilonia, y a Daniel y el foso []; y no sólo este foso, sino también otro foso, y al profeta Jeremías, y el lodo en que fue sofocado hasta el cuello []. Y saliendo de estos fosos, conduciría a estas personas que presentan el calor como excusa a la prisión, y les mostraría allí a Pablo, y a Silas atados firmemente en el cepo, cubiertos de moretones y heridas laceradas por todo su cuerpo con una masa de azotes, y sin embargo cantando alabanzas a Dios a medianoche y celebrando su santa vigilia. Pues ¿no es algo monstruoso que aquellos hombres santos, tanto en el horno y el fuego, y el foso, y entre bestias salvajes, y lodo, y en una prisión y el cepo, y en medio de azotes y carceleros, y sufrimientos intolerables, nunca se quejaron de ninguna de estas cosas, sino que continuamente proferían oraciones y cantos sagrados con mucha energía y ferviente celo, mientras que nosotros, que no hemos sufrido ninguno de sus innumerables sufrimientos, pequeños o grandes, descuidamos nuestra propia salvación a causa de un sol abrasador y un poco de calor y fatiga de corta vida, y abandonando la asamblea nos alejamos, depravándonos al ir a reuniones que son por completo insanas? Cuando el rocío de los divinos oráculos es tan abundante, ¿ponéis el calor por excusa? «El agua que yo le daré», dice Cristo, «será en él una fuente de agua que salte para vida eterna» []; y de nuevo: «El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva» []. Decidme: cuando tenéis pozos y ríos espirituales, ¿teméis el calor material? Ahora bien, en la plaza del mercado, donde hay tanta agitación y aglomeración, y viento abrasador, ¿cómo es que no ponéis la sofocación y el calor por excusa para ausentaros? Porque es imposible que digáis que allí podéis disfrutar de una temperatura más fresca, y que todo el calor está concentrado aquí entre nosotros: la verdad es exactamente la contraria; aquí, en verdad, gracias al pavimento del suelo y a la construcción del edificio en otros respectos (pues se eleva a una altura inmensa), el aire es más ligero y fresco: mientras que allí el sol es fuerte en todas direcciones, y hay mucha aglomeración, y vapor y polvo, y otras cosas que aumentan la incomodidad mucho más que éstas. De donde es evidente que estas excusas insensatas son el fruto de la indolencia y de una disposición supina, desprovista del fuego del Espíritu Santo.

    Enemigo, § 3

    3. Ahora bien, estas observaciones mías no van dirigidas tanto a ellos como a vosotros, que no los presentáis, no los despertáis de su indolencia y no los atraéis a esta mesa de salvación. Los esclavos domésticos, en verdad, cuando han de desempeñar algún servicio en común, llaman a sus consiervos; pero vosotros, cuando vais a reuniros para este ministerio espiritual, permitís que vuestros consiervos sean privados del provecho por vuestra negligencia. «Pero ¿y si ellos no lo desean?», decís. Haced que lo deseen con vuestra continua importunidad: pues si ven que insistís en ello, ciertamente lo desearán. No; estas cosas son una mera excusa y pretexto. ¿Cuántos padres, en todo caso, hay aquí que no tienen a sus hijos de pie junto a ellos? ¿Tan difícil os fue traer aquí a algunos de vuestros hijos? De donde es claro que la ausencia de todos los demás que permanecen fuera se debe no sólo a su propia indolencia, sino también a vuestra negligencia. Pero ahora al menos, si nunca antes, despertaos, y entre cada persona en la Iglesia acompañada de un miembro de su familia: incítense y únanse unos a otros a la asamblea de aquí, el padre a su hijo, el hijo a su padre, los maridos a sus mujeres, y las mujeres a sus maridos, el amo a su esclavo, el hermano a su hermano, el amigo a su amigo; o más bien, no convoquemos sólo a los amigos, sino también a los enemigos, a este tesoro común de bienes. Si tu enemigo ve tu cuidado por su bienestar, indudablemente abandonará su odio.
    Dile: «¿No te avergüenzas y no te sonrojas ante los judíos, que guardan su sábado con tan gran rigor, y desde la tarde de él se abstienen de todo trabajo? Y si ven al sol inclinarse hacia el ocaso en el día de la Preparación, interrumpen los negocios y acortan su tráfico; y si alguno que les ha estado comprando, antes de la tarde, viene por la tarde trayendo el precio, no se permiten tomarlo, ni aceptar el dinero.» ¿Y por qué hablo del precio de las mercancías del mercado y de la transacción de negocios? Aunque fuera posible recibir un tesoro, preferirían perder la ganancia antes que pisotear su ley. ¿Son, pues, los judíos tan estrictos, y esto cuando guardan la ley fuera de sazón, y se aferran a una observancia de ella que no les aprovecha, sino más bien les daña; y tú, que eres superior a la sombra, a quien se le ha concedido ver el Sol de Justicia, que estás inscrito como ciudadano de la república celestial, no mostrarás el mismo celo que aquellos que se adhieren fuera de sazón a lo que es erróneo, tú que has sido confiado con la verdad, pero que, aunque eres convocado aquí sólo por una corta parte del día, no puedes soportar gastar siquiera esto en oír los divinos oráculos? ¿Y qué clase de indulgencia, di, podrías obtener? ¿Y qué respuesta tendrás que dar que sea razonable y justa? Es del todo imposible que uno tan indiferente e indolente obtenga jamás indulgencia, aun si alegara diez mil veces las necesidades de los asuntos mundanos como excusa. ¿No sabes que si vienes y adoras a Dios y participas en la obra que aquí se realiza, el negocio que traes entre manos se te hace mucho más fácil? ¿Tienes ansiedades mundanas? Ven aquí por eso, para que, por el tiempo que pasas aquí, ganes para ti el favor de Dios, y así te vayas con una sensación de seguridad; para que lo tengas por aliado, para que te vuelvas invencible a los demonios, porque eres asistido por la mano celestial. Si tienes el beneficio de las oraciones proferidas por los padres, si participas en la oración común, si escuchas los divinos oráculos, si ganas para ti la ayuda de Dios, si, armado con estas armas, sales luego, ni aun el diablo mismo podrá en adelante mirarte a la cara, mucho menos los hombres malvados que están ansiosos de injuriarte y calumniarte. Pero si vas de tu casa a la plaza del mercado, y se te encuentra desprovisto de estas armas, fácilmente serás dominado por todos los que te injurien. Ésta es la razón por la cual, tanto en los asuntos públicos como en los privados, ocurren muchas cosas contrarias a nuestra expectativa, porque no hemos sido diligentes en primer lugar con las cosas espirituales, y secundariamente con las seculares, sino que hemos invertido el orden. Por esta razón también la secuencia adecuada y el arreglo correcto de las cosas se ha trastornado, y todos nuestros asuntos están llenos de mucha confusión. ¿Podéis imaginar qué angustia y dolor sufro cuando observo que, si un día santo público y una fiesta están cerca, hay un concurso de todos los habitantes de la ciudad, aunque no hay nadie que los convoque; pero cuando el día santo y la fiesta han pasado, aunque debamos desgañitarnos continuando llamaros todo el día, no hay nadie que preste atención? Pues a menudo, al dar vueltas a estas cosas en mi mente, he gemido profundamente y me he dicho a mí mismo: ¿De qué sirve la exhortación o el consejo, cuando lo hacéis todo meramente por la fuerza de la costumbre, y no os volvéis ni un ápice más celosos a consecuencia de mi enseñanza? Porque mientras que en las fiestas no necesitáis exhortación de mi parte, pero cuando han pasado nada aprovecháis de mi enseñanza, ¿no mostráis que mi discurso, en lo que a vosotros respecta, es superfluo?

    Enemigo, § 4

    4. Quizá muchos de los que oyen estas cosas se afligen. Pero tal no es el sentimiento de los indolentes: de lo contrario abandonarían su negligencia, como nosotros, que diariamente estamos solícitos por vuestros asuntos. ¿Y qué ganancia obtenéis de vuestras transacciones seculares en proporción al daño que sufrís? Es imposible salir de cualquier otra asamblea o reunión poseyendo tanta ganancia como la que recibís del tiempo pasado aquí, ya sea del tribunal, de la cámara del consejo o aun del palacio mismo. Porque no confiamos a los que aquí entran la administración de naciones o ciudades ni el mando de ejércitos, sino otra especie de gobierno más digna que la del imperio mismo; o, mejor, no se lo confiamos nosotros, sino la gracia del Espíritu.
    ¿Cuál es, pues, ese gobierno más digno que el del imperio, que reciben los que aquí entran? Se les ejercita en dominar las pasiones desordenadas, en regir los malos deseos, en mandar sobre la ira, en moderar la malevolencia, en subyugar la vanagloria. El emperador, sentado en el trono imperial y llevando su diadema, no es tan digno como el hombre que ha elevado su propia recta razón interior al trono del gobierno sobre las pasiones bajas, y que, por su dominio sobre ellas, se ha ceñido, por así decirlo, una diadema gloriosa sobre la frente. Porque ¿qué provecho hay, dime, en la púrpura, en los vestidos entretejidos de oro y en la corona enjoyada, cuando el alma está cautiva de las pasiones? ¿Qué ganancia hay en la libertad exterior, cuando el elemento que gobierna dentro de nosotros está reducido a una servidumbre vergonzosa y digna de lástima? Pues así como cuando una fiebre penetra hondo e inflama todas las partes interiores, ningún provecho se obtiene de la superficie exterior del cuerpo, aunque no esté afectada del mismo modo: así también, cuando nuestra alma es violentamente arrastrada por la pasión interior, ningún gobierno exterior, ni siquiera el trono imperial, es de provecho alguno, puesto que la razón es depuesta del trono del imperio por la violenta usurpación de las pasiones, y se doblega y tiembla bajo sus movimientos sediciosos. Ahora bien, para impedir que esto suceda, profetas y apóstoles concurren por todas partes a ayudarnos, reprimiendo nuestras pasiones, expulsando toda la ferocidad del elemento irracional que hay en nosotros, y confiándonos un modo de gobierno mucho más digno que el imperio. Por esto dije que quienes se privan de este cuidado reciben un golpe en las partes vitales, sufriendo mayor daño del que puede infligirse desde cualquier otro lado, por cuanto los que vienen aquí obtienen mayor ganancia de la que podrían sacar de cualquier otra fuente: como lo ha declarado la Escritura. La ley dijo «No te presentarás delante del Señor vacío;» [] esto es, no entres en el templo sin sacrificios. Ahora bien, si no es lícito ir a la casa de Dios sin sacrificios, mucho más debemos entrar en la asamblea acompañados de nuestros hermanos: porque este sacrificio y ofrenda es mejor que aquel, cuando traes contigo un alma a la Iglesia. ¿No veis a las palomas amaestradas, cómo cazan a otras cuando se las suelta? Hagamos también nosotros esto. Porque ¿qué excusa tendremos si las criaturas irracionales pueden cazar a un animal de su propia especie, mientras que nosotros, que hemos sido honrados con la razón y con tanta sabiduría, descuidamos esta clase de caza? Os exhorté en mi anterior discurso con estas palabras: «Id, cada uno de vosotros, a las casas de vuestros vecinos, esperad a que salgan, echadles mano y conducidlos a su madre común: e imitad a los que están locos por ir al teatro, que conciertan diligentemente encontrarse unos a otros y así esperan desde el alba para ver aquel espectáculo inicuo.» Sin embargo, no he logrado nada con esta exhortación. Por eso hablo de nuevo y no cesaré de hablar hasta que os haya persuadido. Oír no aprovecha nada si no va acompañado de la práctica. Hace nuestro castigo más pesado si oímos continuamente las mismas cosas y no hacemos ninguna de las que se dicen. Que el castigo será más pesado, oíd la sentencia de Cristo. «Si yo no hubiera venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado.» [] Y dice el Apóstol: «porque no los oidores de la ley serán justificados.» [] Estas cosas dice Él a los oyentes; pero cuando quiere instruir también al que habla, que ni siquiera él ganará nada con su enseñanza si su conducta no está en estrecha correspondencia con su doctrina, y su manera de vivir no está en armonía con su palabra, oíd cómo se dirigen a él el Apóstol y el profeta: pues este último dice: «pero al pecador le dijo Dios: ¿Por qué predicas mis leyes y tomas mi pacto en tu boca, habiendo tú aborrecido la instrucción?» Y el Apóstol, dirigiéndose a estos mismos que pensaban grandes cosas de su enseñanza, habla de esta manera: «Estás confiado en que tú mismo eres guía de ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los necios, maestro de niños: tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?» [] Así pues, como ni podría aprovecharme a mí, el que habla, hablar, ni a vosotros, los oyentes, oír, si no cumplimos las cosas que se dicen, sino que antes aumentaría nuestra condenación, no limitemos la muestra de nuestro celo a oír solamente, sino pongamos por obra lo que se dice. Porque en verdad es bueno pasar el tiempo continuamente oyendo los oráculos divinos; pero este bien se vuelve inútil cuando el beneficio que se ha de sacar de oír no va unido a él.
    Por tanto, para que no os reunáis aquí en vano, no cesaré de rogaros con toda solicitud, como os he rogado muchas veces antes, «conducid a nosotros a vuestros hermanos, exhortad a los que yerran, aconsejadles no sólo con la palabra, sino también con la obra.» Esta es la enseñanza más poderosa: la que viene por medio de nuestras costumbres y conducta. Aun si no pronunciáis palabra, pero, después de haber salido de esta asamblea, por vuestro semblante, vuestra mirada, vuestra voz y todo el resto de vuestro porte mostráis a los que se han quedado atrás la ganancia que os habéis llevado con vosotros, esto basta para exhortación y consejo. Porque debemos salir de este lugar como de algún sagrado santuario, como hombres que han descendido del cielo mismo, que se han vuelto serenos y filósofos, que hacen y dicen todo con mesura: y cuando una esposa vea a su marido volver de la asamblea, un padre a su hijo, un amigo a su amigo, un enemigo a su enemigo, reciban todos una impresión del beneficio que habéis obtenido al venir aquí; y la recibirán si perciben que os habéis vuelto más mansos, más filósofos, más devotos. Considerad qué privilegios gozáis vosotros, que habéis sido iniciados en los misterios, con qué compañía ofrecéis aquel himno místico, con qué compañía clamáis el «Ter sanctus.» Enseñad a «los que están fuera» que os habéis unido al coro de los Serafines, que estáis inscritos como ciudadanos de la república de arriba, que os habéis alistado en el coro de los Ángeles, que habéis conversado con el Señor, que habéis estado en compañía de Cristo. Si nos gobernamos de esta manera, no necesitaremos decir nada cuando salgamos a los que se han quedado atrás: sino que por nuestra ganancia percibirán ellos su propia pérdida y se apresurarán a venir aquí para gozar ellos mismos de los mismos beneficios. Pues cuando, con el mero uso de sus sentidos, vean brillar la hermosura de vuestra alma, aunque sean los más torpes de los hombres, se enamorarán de vuestra buena apariencia. Porque si la hermosura corporal excita a quienes la contemplan, mucho más podrá la simetría del alma mover al espectador y estimularlo a igual celo. Adornemos, pues, nuestro hombre interior, y acordémonos de las cosas que aquí se dicen cuando salgamos: porque allí especialmente es tiempo oportuno para recordarlas; y así como el atleta muestra en la palestra lo que ha aprendido en la escuela de lucha: así también debemos nosotros mostrar en nuestras ocupaciones en el mundo exterior las cosas que hemos oído aquí.

    Enemigo, § 5

    5. Tened presente, pues, las cosas que aquí se dicen, para que cuando hayáis salido y el diablo os eche mano, ya por medio de la ira o de la vanagloria, o de cualquier otra pasión, podáis recordar la enseñanza que habéis recibido aquí y podáis fácilmente sacudir la presa del maligno. ¿No veis a los maestros de lucha en los campos de ejercicio, que, después de innumerables combates, habiendo obtenido exención de la lucha por razón de su edad, se sientan fuera de las líneas, junto al polvo, y gritan a los que luchan dentro, diciéndole a uno que agarre una mano, o que arrastre una pierna, o que coja por la espalda, y con muchas otras indicaciones de esta clase, diciendo: «si haces tal y tal cosa, fácilmente derribarás a tu adversario,» son de grandísima utilidad para sus discípulos? Así también tú mira a tu maestro de entrenamiento, el bienaventurado Pablo, quien después de innumerables victorias está ahora sentado fuera del límite, quiero decir, de esta vida presente, y clama a nosotros que luchamos, gritando por medio de sus Epístolas, cuando nos ve vencidos por la ira y el resentimiento de las injurias, y ahogados por la pasión: «si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber;» [] — hermoso precepto lleno de sabiduría espiritual, y provechoso tanto para el que lo hace como para el que lo recibe. Pero el recordatorio del pasaje causa mucha perplejidad, y no parece corresponder al sentimiento del que profirió las palabras anteriores. ¿Y cuál es la naturaleza de esto? La frase que dice: «haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza.» Porque con estas palabras hace mal tanto al que lo hace como al que lo recibe: a este último, encendiendo su cabeza y poniendo ascuas sobre ella; pues ¿qué bien obtendrá de recibir comida y bebida, en proporción al mal que sufrirá por el amontonamiento de ascuas sobre su cabeza? Así, pues, el receptor del beneficio es agraviado, al habérsele infligido una venganza mayor, pero el bienhechor también es dañado de otra manera. Porque ¿qué puede ganar haciendo bien a sus enemigos cuando obra con esperanza de venganza? Porque quien da carne y bebida a su enemigo con el propósito de amontonar ascuas de fuego sobre su cabeza no se haría misericordioso y benigno, sino cruel y áspero, habiendo infligido un castigo enorme por medio de un pequeño beneficio. Porque ¿qué podría haber más cruel que alimentar a una persona con el propósito de amontonar ascuas de fuego sobre su cabeza? Esta es, pues, la contradicción: y ahora queda que se añada la solución, para que por aquellas mismas cosas que parecen hacer violencia a la letra de la ley veáis claramente toda la sabiduría del legislador. ¿Cuál es, entonces, la solución?
    Aquel varón grande y magnánimo bien sabía que reconciliarse pronto con un enemigo es cosa penosa y difícil; penosa y difícil, no por su propia naturaleza, sino por nuestra indolencia moral. Pero él no sólo nos mandó reconciliarnos con nuestro enemigo, sino también alimentarlo; lo cual era mucho más penoso que lo primero. Pues si algunos se enfurecen con la mera vista de quienes los han molestado, ¿cómo estarían dispuestos a alimentarlos cuando tuvieran hambre? ¿Y por qué digo que la vista los enfurece? Si alguno hace mención de las personas, y meramente introduce su nombre en la conversación, revive la herida en nuestra imaginación y aumenta el ardor de la pasión. Pablo, pues, conociendo todas estas cosas y queriendo hacer llano y fácil lo que era duro y difícil de corregir, y persuadir a quien no podía soportar ver a su enemigo para que estuviera pronto a conferirle aquel beneficio ya mencionado, añadió las palabras acerca de las ascuas de fuego, a fin de que un hombre impulsado por la esperanza de venganza se apresurara a hacer este servicio a quien lo había molestado. Y así como el pescador, rodeando por todas partes el anzuelo con el cebo, lo presenta a los peces para que uno de ellos, apresurándose a su acostumbrada comida, sea capturado por medio de él y fácilmente retenido: así también Pablo, queriendo inducir al que ha sido agraviado a otorgar un beneficio al que lo ha agraviado, no le presenta el anzuelo desnudo de la sabiduría espiritual, sino que, habiéndolo cubierto como con una especie de cebo, quiero decir, las «ascuas de fuego,» invita al que ha sido insultado, con la esperanza de infligir castigo, a conferir este beneficio al que lo ha molestado; pero cuando ha venido, lo retiene firme en adelante y no lo deja escapar, atándolo a su enemigo la naturaleza misma del hecho; y casi le dice: «si no quieres alimentar al que te ha agraviado por piedad, aliméntalo al menos por la esperanza de castigarlo.» Porque sabe que si una vez pone el hombre la mano a la obra de conferir este beneficio, se hace un comienzo y se le abre un camino de reconciliación. Pues ciertamente nadie tendría corazón para considerar continuamente como enemigo a aquel a quien ha dado carne y bebida, aunque al principio lo haga con esperanza de venganza. Porque el tiempo, al avanzar, relaja la tensión de su ira. Así como el pescador, si presentara el anzuelo desnudo nunca atraería al pez, pero cuando lo ha cubierto lo mete inadvertidamente en la boca de la criatura que se acerca a él: así también Pablo, si no hubiera suscitado la expectativa de infligir castigo, nunca habría persuadido a los agraviados a emprender el beneficio de los que los habían molestado. Queriendo, pues, persuadir a aquellos que retrocedían con disgusto y estaban paralizados por la mera vista de sus enemigos, para que les confirieran los mayores beneficios, hizo mención de las ascuas de fuego, no con miras a arrojar a las personas en cuestión a un castigo inexorable, sino para que, habiendo persuadido a los agraviados a beneficiar a sus enemigos con la expectativa de castigarlos, pudiera después con el tiempo persuadirlos a abandonar del todo su ira.

    Enemigo, § 6

    6. Así, pues, animó al que ha sido agraviado; pero observad también cómo une de nuevo al que ha hecho el mal con el que ha sido provocado. En primer lugar, por el modo mismo del beneficio: (pues no hay nadie tan degradado e insensible que, al recibir carne y bebida, no quiera hacerse siervo y amigo del que lo hace por él): y en segundo lugar, por el temor de la venganza. Porque el pasaje, «haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza» parece, en verdad, dirigido a la persona que da la comida; pero toca más especialmente a aquel que ha causado la molestia, para que por el temor de este castigo se le disuada de permanecer continuamente en estado de enemistad, y sabiendo que la recepción de comida y bebida podría hacerle grandísimo daño si conserva constantemente su animosidad, reprima su ira. Pues así podrá apagar las ascuas de fuego. Por lo cual, el castigo y la venganza propuestos inducen, por una parte, al que ha sido agraviado a beneficiar al que lo ha molestado, y, por otra, disuaden y refrenan al que ha dado la provocación, y lo impulsan a la reconciliación con el hombre que le da carne y bebida. Pablo, por tanto, unió a las dos personas con un doble vínculo: el uno que depende de un beneficio, el otro de un acto de venganza. Porque la dificultad está en hacer un comienzo y hallar una abertura para la reconciliación; pero una vez que esta ha sido franqueada, de cualquier modo que sea, todo lo que sigue será llano y fácil. Pues aun si al principio el agraviado alimenta a su enemigo con la esperanza de castigarlo, sin embargo, haciéndose su amigo por el acto de darle comida, podrá expulsar el deseo de venganza. Porque cuando se haya hecho amigo, ya no alimentará al hombre reconciliado con él con una expectativa de esta clase. De nuevo, el que ha dado la provocación, cuando ve que el agraviado elige darle carne y bebida, arroja toda su animosidad, tanto por causa de este hecho como por el temor del castigo que le está reservado, aun si es excesivamente duro, áspero y de corazón de piedra, avergonzado por la benevolencia del que le da la comida, y temiendo el castigo reservado para él si continúa siendo enemigo después de aceptar la comida.
    Por esta razón Pablo no se detuvo ni aun aquí en su exhortación, sino que, cuando ha vaciado cada lado de ira, procede a corregir su disposición, diciendo: «no seas vencido por el mal.» «Pues si,» dice, «continuáis guardando resentimiento y buscando venganza, pareceréis ciertamente vencer a vuestro enemigo, pero en realidad sois vencidos por el mal, esto es, por la ira: de modo que, si queréis vencer, reconciliaos y no ataquéis a vuestro adversario;» porque una victoria brillante es aquella en la cual, por medio del bien, es decir, por paciencia magnánima, vencéis el mal, expulsando la ira y el resentimiento. Pero el hombre injuriado, cuando está inflamado por la pasión, no habría soportado estas palabras. Por tanto, cuando hubo satisfecho su ira, procedió a conducirlo a la mejor razón para la reconciliación, y no le permitió permanecer animado permanentemente por la malvada esperanza de venganza. ¿Veis la sabiduría del legislador? Y para que aprendáis que introdujo esta ley sólo a causa de la debilidad de los que de otro modo no se contentarían con hacer paces entre sí, oíd cómo Cristo, cuando ordenó una ley sobre este mismo asunto, no propuso la misma recompensa que el Apóstol; sino que, habiendo dicho «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen,» que significa dadles de comer y de beber, no añadió «pues haciendo esto amontonaréis brasas de fuego sobre sus cabezas;» sino ¿qué dijo? «para que seáis semejantes a vuestro Padre que está en los cielos.» [] Naturalmente, pues estaba hablando a Pedro, Santiago y Juan y al resto del grupo apostólico; por eso propuso aquella recompensa. Pero si decís que aun entendido así el precepto es oneroso, mejoráis una vez más la defensa que yo hago de Pablo, pero os priváis de toda excusa de indulgencia. Porque puedo probaros que esto que os parece oneroso se cumplió bajo la Antigua Dispensación, cuando la manifestación de la sabiduría espiritual no era tan grande como lo es ahora. Por esta razón también Pablo no introdujo la ley con sus propias palabras, sino que usó las mismísimas expresiones empleadas por aquel que originalmente la introdujo, para no dejar lugar a excusa a los que no la observan: pues el precepto «si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber» no es en primer lugar expresión de Pablo, sino de Salomón. [] Por esta razón citó las palabras, para persuadir al oyente de que para quien ha sido elevado a tan alto nivel de sabiduría, tener por ley onerosa y gravosa una antigua que a menudo cumplieron los hombres de antaño, es una de las cosas más viles posibles. ¿Cuál de los antiguos, preguntáis, la cumplió? Hubo muchos, pero entre otros David especialmente la cumplió con mayor abundancia. No se limitó, en verdad, a dar comida o bebida a su enemigo, sino que también lo rescató varias veces de la muerte, cuando estaba en peligro; y cuando tuvo en su poder matarlo, lo perdonó una vez, dos, sí, muchas veces. En cuanto a Saúl, lo odiaba y aborrecía tanto, después de los innumerables buenos servicios que le había prestado, después de sus brillantes triunfos y de la salvación que había obrado en el asunto de Goliat, que no podía soportar mencionarlo por su propio nombre, sino que lo llamaba por el de su padre. Pues una vez, estando cerca una fiesta, y habiendo Saúl tramado alguna traición contra él y urdido un complot cruel, no lo vio llegar— «¿Dónde,» dijo, «está el hijo de Jesé?» [] Lo llamaba por el nombre de su padre, tanto porque a causa de su odio no podía soportar el recuerdo de su nombre propio, como porque pensaba dañar la posición distinguida de aquel hombre justo con una referencia a su bajo nacimiento—pensamiento miserable y despreciable: pues ciertamente, aun si tuviera alguna acusación que presentar contra el padre, esto en modo alguno podía perjudicar a David. Porque cada hombre es responsable de sus propias obras, y por ellas puede ser alabado y acusado. Pero, como no tenía ninguna mala acción que mencionar, sacó a relucir su bajo nacimiento, esperando con esto eclipsar su gloria, lo cual era en realidad el colmo de la necedad. Pues ¿qué clase de ofensa es ser hijo de hombres insignificantes y humildes, «el hijo de Jesé,» pero cuando David lo halló dormido dentro de la cueva, no lo llamó «hijo de Cis,» sino por su título de honor: «pues no levantaré mi mano,» dijo, «contra el ungido del Señor.» [] Tan enteramente libre estaba de ira y de resentimiento por las injurias: llama ungido del Señor al que le había hecho tan grandes agravios, al que tenía sed de su sangre, al que, después de sus innumerables buenos servicios, muchas veces había intentado destruirlo. Porque no consideraba cómo merecía Saúl ser tratado, sino qué era conveniente para él mismo hacer y decir, lo cual es el mayor alcance de sabiduría moral. ¿Cómo así? Cuando tienes a tu enemigo en una prisión, sujeto por una doble, o más bien triple cadena—estrechez del lugar, falta de auxilio y necesidad de sueño—, ¿no exiges pena y castigo contra él? «No,» dice; «pues no considero ahora lo que él merece padecer, sino lo que a mí conviene hacer.» No miró a la facilidad para matar, sino a la observancia exacta de la sabiduría moral que le convenía. Y sin embargo, ¿cuál de las circunstancias presentes no era suficiente para incitarlo al acto de matar? ¿No era el hecho de que su enemigo fuera entregado atado en sus manos un incentivo suficiente? Pues supongo que sabéis que nos apresuramos con más ganas a las acciones para las cuales abundan las facilidades, y la esperanza del éxito aumenta nuestro deseo de obrar; y esto fue justamente lo que entonces sucedió en su caso.
    ¡Bien! ¿Acaso el capitán que entonces le aconsejaba y urgía a la acción, o el recuerdo de los sucesos pasados, lo indujeron a matar? Ninguna de estas cosas lo movió; de hecho, la misma facilidad para la matanza lo apartó de ella: pues consideró que Dios había puesto a Saúl en sus manos con el propósito de darle amplio campo y oportunidad para el ejercicio de la sabiduría moral. Vosotros quizá lo admiráis porque no guardó memoria de ninguno de sus males pasados; pero yo me asombro mucho más de él por otra razón. ¿Y cuál es? Que el temor de los sucesos futuros no lo impulsó a poner manos violentas sobre su enemigo. Pues sabía claramente que, si Saúl escapaba de sus manos, volvería a ser su adversario; sin embargo, prefirió exponerse al peligro dejando ir al hombre que lo había agraviado, antes que proveer a su propia seguridad poniendo manos violentas sobre su enemigo. ¿Qué podría igualar entonces el grande y generoso espíritu de este hombre, quien, cuando la ley mandaba ojo por ojo, diente por diente, y retribución en iguales términos, [] no sólo se abstuvo de hacer esto, sino que mostró una medida mucho mayor de sabiduría moral? Al menos, si hubiera matado a Saúl en aquel tiempo, habría conservado intacto el crédito de su sabiduría moral, no meramente porque habría obrado a la defensiva, sin ser él mismo el originador de la violencia, sino también porque por su gran moderación era superior al precepto «ojo por ojo.» Pues no habría infligido una muerte a cambio de una; sino que, a cambio de muchas muertes que Saúl procuraba traer sobre él, habiendo intentado matarlo no una ni dos veces sino muchas, habría traído una sola muerte sobre Saúl; y no sólo esto, sino que si hubiera procedido a vengarse por temor del futuro, aun esto, unido a las cosas ya mencionadas, le habría procurado la recompensa de la paciencia magnánima sin ninguna merma. Porque quien se enoja a causa de lo que le han hecho y exige satisfacción, no podría obtener la alabanza de la paciencia magnánima; pero cuando un hombre deja de lado la consideración de todos los males pasados, por más que sean muchos y dolorosos, y se ve compelido a tomar medidas de defensa por temor del futuro y en orden a su propia seguridad, nadie lo privaría de las recompensas de la moderación.

    Enemigo, § 7

    7. No obstante, David no obró ni aun así, sino que halló una forma nueva y extraña de sabiduría moral: y ni el recuerdo de lo pasado, ni el temor de lo venidero, ni la instigación del capitán, ni la soledad del lugar, ni la facilidad para matar, ni ninguna otra cosa lo incitó a matar; sino que perdonó al hombre que era su enemigo y lo había afligido, como si fuera algún bienhechor que le hubiera hecho mucho bien. ¿Qué clase de indulgencia tendremos, pues, nosotros, si guardamos memoria de las transgresiones pasadas y nos vengamos de los que nos han afligido, mientras que aquel hombre inocente, que había sufrido tan grandes padecimientos y esperaba que le sobrevinieran males mayores y peores como consecuencia de salvar a su enemigo, se ve que lo perdona, hasta el punto de preferir incurrir él mismo en peligro y vivir con temor y temblor, antes que dar muerte justa al hombre que le causaría sinsabores sin fin?
    Su sabiduría moral, pues, podemos percibirla no sólo por el hecho de que no mató a Saúl cuando había tan fuerte compulsión, sino también porque no pronunció contra él palabra irreverente, aunque aquel que era injuriado no lo habría oído. Sin embargo, nosotros a menudo hablamos mal de los amigos cuando están ausentes; él, por el contrario, ni siquiera del enemigo que tan gran agravio le había hecho. Su sabiduría moral, pues, podemos percibirla por estas cosas; pero su bondad amorosa y su tierno cuidado, por lo que hizo después de ellas. Pues cuando hubo cortado la orla del manto de Saúl y tomado la botija de agua, se retiró lejos, se puso en pie y gritó, y mostró estas cosas a aquel cuya vida había preservado, haciéndolo no con ánimo de ostentación y vanagloria, sino deseando convencerlo con sus obras de que lo sospechaba sin causa como enemigo, y apuntando por tanto a ganarlo para la amistad. No obstante, cuando aun así no logró persuadirlo, y pudiendo echarle mano, prefirió de nuevo ser desterrado de su patria y habitar en tierra extraña, y padecer cada día aflicción para procurarse el alimento necesario, antes que permanecer en casa y vejar a su adversario. ¿Qué espíritu podría ser más bondadoso que el suyo? En verdad tenía razón al decir «Señor, acuérdate de David y de toda su mansedumbre.» Imitémoslo también nosotros, y ni digamos ni hagamos mal a nuestros enemigos, sino hagámosles bien según nuestro poder; pues más bien nos haremos a nosotros mismos que a ellos. «Porque si perdonáis a vuestros enemigos,» se nos dice, «seréis perdonados.» [] Perdonad las ofensas bajas para que recibáis un perdón real por vuestras ofensas; pero si alguno os ha hecho grandes agravios, cuanto mayores sean los agravios que perdonéis, mayor será el perdón que recibiréis. Por eso se nos ha enseñado a decir «Perdónanos, como nosotros perdonamos,» para que aprendamos que la medida de nuestro perdón toma su comienzo, en primer lugar, de nosotros mismos. Por lo cual, a proporción de la gravedad del mal que el enemigo nos hace, es la grandeza del beneficio que nos otorga. Seamos, pues, diligentes y solícitos en reconciliarnos con los que nos han afligido, sea su ira justa o injusta. Porque si os reconciliáis aquí, sois librados del juicio en el otro mundo; pero si, mientras el odio aún continúa, irrumpe la muerte y se lleva consigo la enemistad, se sigue necesariamente que el proceso del caso se presente en el otro mundo. Así como muchos hombres, cuando tienen una disputa entre sí, si llegan a un entendimiento amistoso fuera del tribunal, se ahorran pérdida, alarma y muchos riesgos, resultando el asunto conforme al sentimiento de cada parte; pero si encomiendan por separado el asunto al juez, el único resultado para ellos será pérdida de dinero, y en muchos casos una pena, y el soportar permanentemente su odio; así también aquí, si llegamos a un acuerdo durante la vida presente, nos libraremos de todo castigo; pero si, permaneciendo enemigos, partimos a aquel terrible tribunal del otro mundo, ciertamente pagaremos la pena suma por la sentencia del juez de allí, y ambos sufriremos un castigo inexorable: el que se enoja injustamente, porque así está injustamente dispuesto, y el que se enoja justamente, porque, aun con justicia, ha guardado resentimiento. Pues aun si hemos sido injustamente maltratados, debemos conceder perdón a los que nos han agraviado. Y observad cómo él urge e incita a los que han afligido injustamente a la reconciliación con aquellos a quienes han agraviado. «Si ofreces tu ofrenda ante el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, vete; primero reconcíliate con tu hermano.» [] No dijo, «reúnete y ofrece tu sacrificio», sino «reconcíliate y entonces ofrécelo.» Déjala allí, dice, para que la necesidad de hacer la ofrenda constriña a quien está justamente enojado a llegar a un acuerdo aun contra su voluntad. Ved cómo de nuevo nos impulsa a ir al que nos ha provocado cuando dice «Perdonad a vuestros deudores, para que también vuestro Padre os perdone vuestras ofensas.» Porque no propuso una recompensa pequeña, sino una que excede con mucho la magnitud de la hazaña. Considerando, pues, todas estas cosas, y contando la recompensa que se da en este caso, y recordando que borrar los pecados no exige mucho trabajo ni celo, perdonemos a los que nos han agraviado. Porque lo que otros apenas logran—quiero decir, el borrar sus propios pecados por medio de ayunos y lamentaciones, oraciones, saco y ceniza—, esto nos es posible efectuarlo fácilmente sin saco, ceniza y ayuno, con sólo borrar de nuestro corazón la ira y perdonar con sinceridad a los que nos han agraviado. Que el Dios de la paz y del amor, habiendo desterrado de nuestra alma toda ira, amargura y enojo, se digne concedernos que, estrechamente unidos unos a otros según la debida trabazón de las partes, [] con un solo acuerdo, una sola boca y una sola alma ofrezcamos continuamente los himnos de acción de gracias que le son debidos: pues a Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

    Homilía contra la publicación de los errores de los hermanos

    Errores, § 1

    1. [Os tengo] por dichosos, amados, por el celo con que acudís en tropel a la casa del Padre. Pues de este celo tengo motivo para sentir confianza también acerca de vuestra salud en lo que toca al alma; porque, en verdad, la escuela de la Iglesia es una admirable casa de curación; una casa de curación, no de cuerpos, sino de almas. Porque es espiritual, y endereza, no las heridas de la carne, sino los errores de la mente; y de estos errores y heridas, el medicamento es la palabra. Este medicamento no se compone de hierbas que crecen en la tierra, sino de palabras que proceden del cielo; no lo han dispensado manos de médicos, sino lenguas de predicadores. Por esto dura hasta el fin; y ni su virtud se menoscaba con el paso del tiempo, ni es vencida por fuerza alguna de enfermedades. Porque ciertamente los medicamentos de los médicos tienen ambos defectos: mientras están frescos muestran su fuerza propia, pero cuando ha pasado mucho tiempo, al igual que los cuerpos que han envejecido, se debilitan; y a menudo también la índole difícil de las enfermedades suele vencerlos, puesto que no son más que humanos. En cambio, el medicamento divino no es tal; sino que, aun después de transcurrido mucho tiempo, conserva toda su virtud inherente. Desde que al menos nació Moisés (pues de allí data el comienzo de la Escritura), ha sanado a tantos seres humanos; y no sólo no ha perdido su poder propio, sino que ninguna enfermedad lo ha vencido jamás. Este medicamento no es posible obtenerlo pagando plata; sino que quien ha mostrado sinceridad de propósito y de disposición, se va teniéndolo todo. Por esto, ricos y pobres obtienen por igual el beneficio de este proceso de curación. Pues donde hay necesidad de pagar dinero, el hombre de muchos bienes comparte ciertamente el beneficio; pero el pobre muchas veces tiene que irse privado de la ganancia, porque su renta no le basta para preparar el medicamento. Pero en este caso, puesto que no es posible pagar moneda de plata, sino que es necesario mostrar fe y buen propósito, quien ha pagado estas cosas con prontitud de ánimo, éste es el que más saca ventaja; ya que, en efecto, éstas son el precio pagado por el tratamiento medicinal. Y el rico y el pobre comparten el beneficio por igual; o más bien, no es por igual como comparten el beneficio, sino que muchas veces el pobre se va gozando de más. ¿Cuál puede ser la razón? Es que el rico, poseído de antemano por muchos pensamientos, teniendo el orgullo y el ánimo hinchado propios de la riqueza, viviendo con descuido y ocio perezoso como compañeros, recibe el medicamento de la escucha de las Escrituras no con mucha atención ni con mucha solicitud; pero el pobre, muy alejado de la vida delicada, de la glotonería y de la indolencia, pasando todo su tiempo en el trabajo manual y en labores honestas, y reuniendo de ahí mucho amor de la sabiduría para el alma, se hace por ello más atento y libre de negligencia, y suele entregar su mente con más esmero a todo lo que se dice; de donde también, por cuanto es más alto el precio que ha pagado, es mayor el beneficio que se va habiendo cosechado.

    Errores, § 2

    2. No es como quien presenta una acusación absoluta contra los ricos por lo que digo todo esto; ni como quien alaba a los pobres sin atender a las circunstancias: porque ni la riqueza es un mal, sino el haber hecho mal uso de la riqueza; ni la pobreza es una virtud, sino el haber hecho uso virtuoso de la pobreza. Aquel rico que vivió en tiempo de Lázaro fue castigado, no porque fuera rico, sino porque era cruel e inhumano. Y aquel pobre que descansó en el seno de Abraham fue alabado, no porque fuera pobre, sino porque había soportado su pobreza con acción de gracias.
    Pues, de las cosas— (atended ahora con cuidado a esta sentencia; pues os servirá para infundiros suficiente conocimiento religioso, y para expulsar todo razonamiento malsano, y para hacer que tengáis recto juicio acerca de la verdad de las cosas)—, bien, de las cosas, unas son por naturaleza moralmente buenas, y otras lo contrario; y otras ni buenas ni malas, sino que ocupan la posición intermedia. Cosa buena es por naturaleza la piedad; la impiedad, cosa mala; cosa buena la virtud, cosa mala la maldad; pero la riqueza y la pobreza en sí mismas no son ni lo uno ni lo otro, sino que por la voluntad de quienes las usan se convierten en lo uno o en lo otro. Pues si has usado tu riqueza con fines de filantropía, la cosa se te convierte en fundamento de bien; pero si para rapiña, codicia e insolencia, has vuelto el uso de ella exactamente a lo contrario; mas por esto no es acusable la riqueza, sino el que ha usado su riqueza para la insolencia. Así también podemos decir de la pobreza: si la has soportado noblemente dando gracias al Maestro, lo hecho se te convierte en causa y motivo para recibir coronas; pero si a causa de ella blasfemas contra tu Creador y lo acusas por su providencia, has usado de nuevo la cosa para un fin malo. Y así como en aquel caso no es la riqueza la responsable de la avaricia, sino la persona que ha hecho mal uso de la riqueza, así también aquí no debemos echar la culpa de la blasfemia a la pobreza, sino al que no quiso soportar la cosa con espíritu sobrio. Pues en todo caso tanto la alabanza como la culpa pertenecen a nuestra propia voluntad y elección. Buena es la riqueza, pero no absolutamente, sino sólo para aquel a quien no le es pecado; y a su vez la pobreza es mala, pero no absolutamente, sino sólo en boca del impío, porque está descontento, porque blasfema, porque se indigna, porque acusa al que lo ha hecho.

    Errores, § 3

    3. No acusemos, pues, a las riquezas ni vituperemos absolutamente la pobreza, sino a los que no quieren usarlas virtuosamente; porque las cosas en sí mismas están en medio. Pero, como decía (pues es bueno volver al asunto anterior), ricos y pobres gozan del beneficio de los medicamentos aquí administrados con la misma franqueza y libertad; y muchas veces el pobre con más solicitud. Porque la excelencia peculiar de los medicamentos no es sólo ésta: que sanan las almas, que su virtud no se destruye con el paso del tiempo, que no son vencidos por enfermedad alguna, que el beneficio se ofrece públicamente de balde, que el tratamiento curativo está en pie de igualdad para ricos y pobres— sino que tienen otra cualidad no inferior a estas buenas prendas. ¿De qué índole, os ruego, es ésta? Es que no exponemos públicamente a los que vienen a esta casa de curación. Porque los que van a las casas de curación del mundo exterior tienen a muchos que examinan sus heridas, y, a menos que el médico haya descubierto primero la llaga, no aplica el apósito; pero aquí no es así, sino que, viendo a innumerables pacientes, realizamos el tratamiento médico de ellos de manera latente. Porque no es arrastrando a la publicidad a los que han pecado como divulgamos así los pecados cometidos por ellos; sino que, después de exponer nuestra enseñanza, común a todos, la dejamos enteramente a la conciencia de los oyentes; de suerte que cada uno pueda sacar para sí de lo dicho el medicamento adecuado a su propia herida. Porque la palabra de doctrina sale de la lengua del que habla, conteniendo acusación de la maldad, alabanza de la virtud, vituperio de la lascivia, encomio de la castidad, censura de la soberbia, alabanza de la mansedumbre, a modo de un medicamento de variados y múltiples ingredientes, compuesto de toda clase; y tomar lo que le es aplicable y saludable es parte de cada uno de los oyentes. La palabra, pues, sale abiertamente, y asentándose en la conciencia de cada uno, secretamente procura el tratamiento curativo que de ella proviene y, antes de que la enfermedad haya sido divulgada, muchas veces ha restablecido la salud.

    Errores, § 4

    4. Vosotros, en todo caso, oísteis ayer cómo ensalcé el poder de la oración, cómo reprendí a los que oran con tibieza; sin haber expuesto públicamente a ninguno de ellos. Los que, pues, tenían conciencia de su solicitud, aceptaron aquella alabanza de la oración y se hicieron aún más solícitos con las alabanzas; mientras que los que tenían conciencia de su tibieza, aceptaron por su parte la reprensión y dejaron su descuido. Pero ni a éstos ni a aquéllos conocemos; y esta ignorancia es provechosa para ambos— cómo, os lo digo ahora. Quien ha oído las alabanzas de la oración y tiene conciencia de su solicitud, si tuviera muchos testigos de las alabanzas, se deslizaría hacia el orgullo; pero, en las circunstancias actuales, por haber aceptado en secreto la alabanza, queda libre de toda arrogancia. Por otro lado, quien tiene conciencia de su tibieza, habiendo oído la acusación, se ha hecho mejor por la acusación, al no tener a ningún hombre por testigo de la reprensión; y esto le fue de no pequeño provecho. Porque a causa de la turbación ante la opinión del vulgo, mientras creemos que pasamos inadvertidos en nuestra maldad, nos esforzamos por hacernos mejores; pero cuando nos hemos hecho notorios a todos y hemos perdido el consuelo que deriva del pasar inadvertidos, nos volvemos más desvergonzados y negligentes. Y así como las llagas se vuelven más dolorosas al ser desvendadas y expuestas con frecuencia al aire frío, así también el alma, después de haber pecado, si en presencia de muchos es reprendida por lo que ha hecho mal, se vuelve con ello más desvergonzada. Para que, pues, esto no sucediera, la palabra os administró su medicamento de modo encubierto. Y para que entendáis que es grande el provecho que tiene este tratamiento encubierto, oíd lo que dice el Cristo. «Si tu hermano ha cometido una falta contra ti, repréndele,» y no dijo «entre él y toda la ciudad,» ni «entre tú y todo el pueblo,» sino «sólo entre tú y él.» Sea la acusación, dice, sin testigos, para que el cambio hacia la enmienda se haga de fácil digestión. Gran bien, ciertamente, el hacer inédito el consejo. Basta la conciencia, basta aquel juez incorruptible. No eres tanto tú quien reprende al que ha obrado mal como su propia conciencia (aquel acusador es más agudo), ni lo haces tú con conocimiento más exacto de las faltas cometidas. No añadas, pues, herida sobre herida exponiendo al que ha obrado mal; sino administra para ti el consejo sin testigos. Esto, por tanto, estamos haciendo ahora— lo mismo que también hizo Pablo, formulando la acusación contra aquel que entre los Corintios había pecado sin citar testigos. Y oíd cómo. «Por esta causa,» dice, «hermanos, he aplicado estas figuras de lenguaje a mí mismo y a Apolos.» Y sin embargo, ni él mismo ni Apolos eran los que habían desgarrado al pueblo en cisma y dividido la Iglesia; pero con todo ocultó la acusación, y como con unas máscaras, ocultando los rostros de los acusados con su propio nombre y el de Apolos, les dio poder para enmendarse de aquella maldad. Y de nuevo: «No sea que de alguna manera, después de haber ido, me humille Dios, y tenga que llorar a muchos de los que antes han pecado y no se han arrepentido de la impureza y lascivia que cometieron.» Ved cómo también aquí menciona indefinidamente a los que habían pecado, para no hacer, con una acusación abierta, más desvergonzada el alma de los que habían pecado. Por tanto, así como nosotros administramos nuestras reprensiones con tanto miramiento por vuestros sentimientos, así también vosotros recibid con toda seriedad la corrección; y atended con cuidado a lo que se dice.

    Errores, § 5

    5. Ayer os hablamos acerca del poder que hay en la oración. Señalé cómo el diablo entonces está al acecho, engañador como es. Pues como ve que de la oración nos proviene una ganancia muy grande, entonces más nos asalta, para dejarnos indefensos; para despedirnos a casa con las manos vacías. Y así como ante los magistrados, cuando los oficiales del tribunal que rodean al magistrado tienen sentimientos hostiles contra los que se presentan ante él, con sus varas los alejan a distancia, impidiéndoles acercarse y recurrir a la lamentación para obtener así compasión; así también el diablo, cuando nos ha visto venir al juez, nos aleja a distancia, no con vara alguna, sino mediante nuestra propia negligencia. Porque sabe, sabe con claridad, que si se presentan a él con espíritu sobrio, y cuentan los pecados cometidos, y lloran con alma ferviente, se irán habiendo recibido pleno perdón; porque Dios ama a los hombres; y por esto se les anticipa y les impide el acceso, para que no obtengan ninguna de las cosas que necesitan. Pero los soldados de los magistrados, con violencia, espantan a los que se les acercan; él, en cambio, sin compulsión, sino engañándonos y arrojándonos a la seguridad. Por esto no somos dignos ni siquiera de indulgencia, puesto que voluntariamente nos privamos de los bienes. La oración con solicitud es una luz del entendimiento y del alma— luz inextinguible y perpetua. Por esto arroja a nuestras mentes incontables montones de imaginaciones; y cosas que jamás habíamos imaginado, se reúnen en el momento mismo de la oración y las derrama sobre nuestras almas. Y así como los vientos, que a menudo soplan de dirección contraria, con una ráfaga violenta apagan la llama de una lámpara cuando se está encendiendo, así también el diablo, cuando ha visto encenderse la llama de nuestra oración, soplando por todos lados con las ráfagas de incontables pensamientos, no desiste hasta haber apagado la luz. Pero lo mismo que hacen los que encienden aquellas lámparas, hagámoslo también nosotros. ¿Y qué hacen? Cuando ven venir un viento violento, poniendo el dedo sobre la abertura de la lámpara cierran la entrada contra el viento. Porque mientras él asalta desde fuera podremos resistirle; pero cuando le hemos abierto las puertas de la mente y hemos recibido al enemigo dentro, después de eso ya no podemos resistir ni un poco; sino que, habiendo extinguido por completo la memoria por todos lados, como lámpara que humea, permite que nuestra boca profiera palabras vacías. Pero así como ellos ponen el dedo sobre la abertura de la lámpara, así nosotros pongamos la consideración sobre nuestra mente: cerremos al espíritu malvado la entrada, para que no apague nuestra luz de oración. Recordad ambas ilustraciones, tanto la de los soldados y el magistrado, como la referente a la lámpara. Pues con este propósito os aducimos estas ilustraciones; con las cuales estamos familiarizados, en las cuales vivimos, para que, después de partir de aquí y regresar a casa, de las cosas de ocurrencia familiar recibamos un recordatorio de lo que se ha dicho.

    Errores, § 6

    6. La oración es una armadura fuerte y una gran seguridad. Ayer oísteis cómo los tres jóvenes, encadenados como estaban, destruyeron el poder del fuego; cómo pisotearon la llama; cómo vencieron el horno y superaron la operación del elemento. Oíd hoy de nuevo cómo el noble y grande Isaac venció la naturaleza misma de los cuerpos mediante la oración. Ellos destruyeron el poder del fuego; este hombre hoy desató las ataduras de una naturaleza incapacitada. Y aprended cómo lo efectuó. «Isaac,» dice, «oró por su mujer, porque era estéril.» Esto se os ha leído hoy; ayer el sermón versó sobre la oración; y hoy de nuevo hay una demostración del poder de la oración. Ved cómo la gracia del Espíritu ha ordenado que lo leído hoy armonice con lo dicho ayer. «Isaac,» dice, «oró por Rebeca, su mujer, porque era estéril.» Esto primero merece indagarse: por qué causa era estéril. Era de una vida admirable y llena de mucha castidad— tanto ella como su marido. No podemos echar mano de la vida de aquellos justos y decir que la esterilidad era obra del pecado. Y no sólo era estéril ella, sino también su madre Sara, que lo había dado a luz; no sólo fueron estériles su madre y su mujer, sino también su nuera, la mujer de Jacob, Raquel. ¿Qué significa este coro de estériles? Todas eran justas, todas vivían en la virtud, todas eran atestiguadas por Dios. Pues de ellas dijo Él: «Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob.» De las mismas personas habla también Pablo así: «Por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos.» [] Muchas son las alabanzas de ellos en el Nuevo, muchas las alabanzas de ellos en el Antiguo Testamento. Por todos lados eran brillantes e ilustres, y sin embargo todos tenían mujeres estériles y permanecieron en la esterilidad hasta una edad avanzada. Por tanto, cuando veáis a un hombre y a una mujer viviendo con virtud; cuando los veáis amados de Dios, cuidando la piedad, y sin embargo padeciendo la enfermedad de la esterilidad; no supongáis que la esterilidad sea en absoluto una retribución por los pecados. Porque muchas son las razones de Dios para la dispensación, e inexplicables para nosotros; y por todas debemos estar cordialmente agradecidos, y tener por desdichados sólo a los que viven en la maldad; no a los que no poseen hijos. A menudo Dios lo hace de modo conveniente, aunque nosotros no conozcamos la causa de los acontecimientos. Por esto, en todo caso, es nuestro deber admirar su sabiduría y glorificar su inefable amor a los hombres.

    Errores, § 7

    7. Pues bien, esta consideración es ciertamente capaz de instruirnos en el carácter moral; pero es necesario también exponer la causa por la cual aquellas mujeres eran estériles. ¿Cuál fue, pues, la causa? Fue para que, cuando hayáis visto a la Virgen dando a luz a nuestro común Maestro, no os neguéis a creer. Por tanto, ejercitad vuestra mente en el seno de la estéril; para que, cuando hayáis visto el seno, imposibilitado y atado como está, abriéndose para engendrar hijos por la gracia de Dios, no os maravilléis al oír que una virgen ha dado a luz. O, mejor, maravillaos y asombraos; pero no dejéis de creer el prodigio. Cuando el judío te diga: «¿cómo dio a luz la virgen?» dile: «¿cómo dio a luz la que era estéril y estaba debilitada por la vejez?» Había, pues, dos impedimentos: la intempestividad de su edad y la inutilidad de la naturaleza; pero en el caso de la Virgen había un solo impedimento: el no haber participado del matrimonio. La estéril, por tanto, prepara el camino a la virgen. Y para que aprendáis que por esto se anticiparon las estériles, a fin de que el parto de la Virgen fuera creído, oíd las palabras que Gabriel le dirigió. Pues cuando vino y le dijo: «Concebirás en el seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús;» la Virgen se asombró y se maravilló, y dijo: «¿Cómo será esto para mí, pues no conozco varón?» ¿Qué dijo entonces el Ángel? «El Espíritu Santo vendrá sobre ti.» No busques —dice— la secuencia de la naturaleza cuando lo que sucede está por encima de la naturaleza; no mires en derredor buscando matrimonio ni dolores de parto, cuando el modo del nacimiento es demasiado augusto para el matrimonio. «¿Y cómo será esto» —dice ella— «pues no conozco varón?» Y precisamente por esto sucederá esto, porque no conoces varón. Pues si conocieras varón, no habrías sido considerada digna de servir a este ministerio. De modo que, por la razón por la cual descrees, por esa misma cree. Y no habrías sido considerada digna de servir a este ministerio, no porque el matrimonio sea un mal, sino porque la virginidad es superior; y era justo que la entrada del Maestro fuera más augusta que la nuestra; pues era real, y el rey entra por una entrada más augusta. Era necesario que Él compartiera con nosotros el nacimiento y a la vez fuera diverso del nuestro. Por eso se disponen ambas cosas.
    Porque el nacer del seno es común a nosotros, mas el nacer sin matrimonio es algo más grande que estar a nuestro nivel. Y la gestación y la concepción en el vientre pertenecen a la naturaleza humana; mas que el embarazo se produzca sin unión carnal es demasiado augusto para la naturaleza humana. Y con este fin tuvieron lugar ambas cosas: para que aprendáis a la vez la preeminencia y el parentesco con vosotros de Aquel que nació.

    Errores, § 8

    8. Y considerad, os ruego, la sabiduría de todo lo que se hizo. Ni la preeminencia dañó la semejanza y el parentesco con nosotros, ni el parentesco con nosotros oscureció la preeminencia; antes ambas cosas fueron mostradas por todas las circunstancias; y la una tenía enteramente nuestra condición, y la otra lo que era diverso comparado con nosotros. Mas, como iba diciendo, por esto se anticiparon las estériles, para que el parto de la Virgen fuera creído, para que ella fuera llevada de la mano a la fe en aquella promesa y empeño que oyó del ángel, que decía: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder milagroso del Altísimo te cubrirá con su sombra»; así —dice— eres capaz de dar a luz. No mires a la tierra; de los cielos vendrá la operación. Lo que tiene lugar es gracia del Espíritu; no indagues, te ruego, acerca de la naturaleza y las leyes del matrimonio. Mas, puesto que aquellas palabras eran demasiado altas para ella, quiere ofrecer también otra demostración. Pero observa tú, te lo ruego, cómo la estéril la va conduciendo de la mano a la fe en esto. Pues, como aquella demostración era demasiado alta para la inteligencia de la Virgen, oye cómo hizo descender lo que decía también a cosas más bajas, llevándola de la mano mediante hechos sensibles. Pues «he aquí» —dice— «Isabel, tu parienta, también ella ha concebido un hijo en su vejez; y este es el sexto mes para la que era llamada estéril.» ¿Veis que la estéril existió por causa de la Virgen? Pues ¿con qué objeto le adujo el parto de su parienta? ¿Con qué objeto dijo: «en su vejez»? ¿Con qué objeto añadió: «la que era llamada estéril»? Fue por el camino de inducirla, mediante todas estas cosas, manifiestamente, a creer la buena nueva. Por esta causa habló tanto de la edad como del efecto incapacitante de la naturaleza; por esta causa esperó también el tiempo transcurrido desde la concepción; porque no le anunció la buena nueva inmediatamente desde el principio, sino que esperó a que transcurriera un período de seis meses para la estéril, a fin de que la hinchazón puerperal fuera, en adelante, una prenda del embarazo, y surgiera una demostración indiscutible de la concepción. Y considera de nuevo, te lo ruego, la inteligencia de Gabriel. Pues no le recordó ni a Sara, ni a Rebeca, ni a Raquel; y sin embargo también ellas eran estériles, y habían envejecido, y lo que aconteció fue un prodigio; pero las historias eran antiguas. Ahora bien, las cosas nuevas y recientes y que ocurren en nuestra generación suelen inducirnos a la fe de los prodigios más que las antiguas. Por esto, dejando de lado a aquellas mujeres, para que ella comprendiera por su parienta Isabel misma lo que le sobrevendría, lo adujo; para así, desde ella, llevarla a lo suyo propio: aquel parto tan tremendo y augusto. Porque el parto de la estéril estaba entre el nuestro y el del Maestro, ciertamente menor que el de la Virgen, pero mayor que el nuestro. Por esto fue mediante Isabel, puesta en medio como un puente, como elevó la mente de la Virgen desde el parto según la naturaleza al que está sobre la naturaleza.

    Errores, § 9

    9. Deseaba, en verdad, decir más y enseñaros otras razones por las cuales Rebeca y Raquel fueron estériles; pero el tiempo no lo permite; urge el discurso hacia el poder de la oración. Pues por esto, en efecto, he sacado a colación todos estos puntos: para que entendáis cómo la oración de Isaac desató la esterilidad de su mujer; y aquella oración durante tanto tiempo. «Isaac» —dice— «oraba continuamente por Rebeca, su mujer, y Dios le escuchó.» Pues no supongáis que invocó a Dios y fue escuchado de inmediato; porque había pasado mucho tiempo orando a Dios. Y si deseáis saber cuánto, también esto os lo diré con exactitud. Había pasado el número de veinte años orando a Dios. ¿De dónde se manifiesta esto? De la misma secuencia. Porque la Escritura, queriendo señalar la fe, la paciencia y el amor a la sabiduría de aquel varón justo, no interrumpió ni dejó sin contar siquiera el tiempo, sino que nos lo hizo claro, ciertamente de modo velado, para despertar nuestra indolencia; mas no permitió que quedara incierto. Oíd, pues, cómo nos indicó veladamente el tiempo. «Isaac tenía cuarenta años cuando tomó por mujer a Rebeca, hija de Betuel el sirio.» Oís cuántos años tenía cuando llevó a casa a su mujer: «Cuarenta años» —dice— «tenía cuando tomó a Rebeca.» Mas, habiendo aprendido cuántos años tenía cuando se casó con su mujer, aprendamos también cuándo por fin llegó a ser padre, y cuántos años tenía entonces, cuando engendró a Jacob; y podremos ver cuánto tiempo su mujer había permanecido estéril, y que durante todo aquel tiempo él continuó orando a Dios. ¿Cuántos años tenía, pues, cuando engendró a Jacob? «Jacob» —dice— «salió asiendo con su mano derecha el talón de su hermano; por esto lo llamó Jacob, y a él Esaú. Isaac tenía sesenta años cuando los engendró.» Si, por tanto, cuando llevó a casa a Rebeca tenía cuarenta años, y cuando engendró a los hijos sesenta, es muy claro que su mujer había permanecido estéril veinte años entre medio, y durante todo este tiempo Isaac continuó orando a Dios.

    Errores, § 10

    10. Después de esto, ¿no sentimos vergüenza y ocultamos el rostro, al ver a aquel varón justo perseverando veinte años sin desistir, mientras nosotros, después de una primera o segunda petición, a menudo desfallecemos y nos indignamos? Y sin embargo, él tenía ciertamente en gran medida libertad de palabra ante Dios, y con todo no sintió descontento por el retraso en el don, sino que permaneció paciente; mientras que nosotros, cargados de innumerables pecados, con mala conciencia, sin mostrar buena voluntad hacia el Maestro, si no somos escuchados antes de haber hablado, quedamos perplejos, retrocedemos impacientes, desistimos de pedir; por esto siempre nos retiramos con las manos vacías. ¿Quién ha suplicado a Dios veinte años por una sola cosa, como hizo este justo? O, mejor, ¿quién siquiera por veinte meses? Ayer decía que son muchos los que oran con negligencia, bostezando, estirándose, cambiando continuamente de postura y entregándose a todo descuido en sus oraciones; mas hoy he hallado también otro daño que se adhiere a sus oraciones, más destructivo que aquel. Pues muchos, postrándose en tierra, golpeando el suelo con la frente, derramando lágrimas ardientes, gimiendo amargamente desde el corazón, extendiendo las manos y mostrando mucha solicitud, emplean este fervor y prontitud contra su propia salvación. Porque no suplican a Dios por sus propios pecados, ni piden perdón de las ofensas por ellos cometidas, sino que ejercitan esta solicitud enteramente contra sus enemigos, haciendo exactamente lo mismo que si uno, después de afilar su espada, no usara el arma contra sus enemigos, sino que la hundiera en su propia garganta. Así también estos usan sus oraciones no para la remisión de sus propios pecados, sino para vengarse de sus enemigos; lo cual es clavar la espada contra sí mismos. Esto también lo ha maquinado el Maligno, para que por todos lados nos destruyamos, tanto por la negligencia como por la solicitud. Porque los unos, por su descuido en las oraciones, exasperan a Dios, mostrando desprecio mediante su negligencia; y los otros, cuando muestran solicitud, la muestran, por el contrario, contra su propia salvación. «Una persona» —dice él (el diablo)— «es negligente: eso me basta para que no obtenga nada; este hombre es solícito y está completamente despierto; ¿qué debe hacerse, pues, para lograr el mismo resultado? No puedo aflojar su solicitud, ni arrojarlo al descuido; maquinaré su destrucción por el otro camino. ¿Cómo? Haré que use su solicitud para transgredir la ley:» (pues orar contra los enemigos personales es transgresión de la ley). «Se retirará, por tanto, no sólo sin haber ganado nada con su solicitud, sino habiendo padecido un daño mayor que el causado por la negligencia.» Tales son las heridas del diablo: a unos los destruye por su remisión, y a otros por su misma solicitud, cuando se muestra no según las leyes de Dios.

    Errores, § 11

    11. Pero también vale la pena oír las mismas palabras de su oración, y cómo las palabras son de mente pueril, de alma cuán infantil. Me avergüenzo, en verdad, al estar a punto de repetirlas; pero es absolutamente necesario repetirlas e imitar aquella lengua grosera. ¿Cuáles son, pues, las palabras? «Véngame de mis enemigos; muéstrales que también yo tengo a Dios de mi parte.» Por tanto, no aprenden, hombre, que tenemos a Dios cuando estamos indignados, airados e impacientes; sino cuando somos suaves, mansos y sumisos, y practicamos todo amor a la sabiduría. Así también dijo Dios: «Brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» [] ¿No percibes que es un insulto a Dios el hacer una petición a Dios contra tus enemigos? ¿Y cómo es un insulto? —dirá alguno—. Porque Él mismo dijo: «orad por vuestros enemigos», e introdujo esta ley divina. Por tanto, cuando pretendes que el legislador relaje sus propias leyes, y le pides que legisle en contra de sí mismo, y suplicas a Aquel que te había prohibido orar contra tus enemigos que te escuche orando contra tus enemigos, no estás orando al hacer esto, ni invocándolo; sino que insultas al legislador y actúas con violencia de ebrio contra Aquel que ciertamente ha de darte los bienes que provienen de la oración. ¿Y cómo es posible ser escuchado al orar, dime, cuando exasperas a Aquel que ciertamente ha de escuchar? Pues haciendo estas cosas empujas tu propia salvación a una fosa, y te precipitas por un despeñadero, golpeando a tu enemigo ante los ojos del rey. Pues aunque no hagas esto con las manos, con tus palabras lo hieres; cosa que no te atreves a hacer ni siquiera con tus consiervos. Atrévete, al menos, a hacer esto en presencia de un gobernante, y aunque hayas prestado innumerables servicios públicos, al punto serás llevado sin duda al suplicio. Entonces, pregunto, en presencia de un gobernante no te atreves a insultar a tu igual; pero al hacer esto en presencia de Dios, dime, ¿no te estremeces ni temes, cuando en el tiempo de la súplica y la oración te muestras tan salvaje y te conviertes en una bestia salvaje, mostrando mayor dureza que aquel que exigía el pago de los cien denarios? [] Pues para que veas que eres más insolente que aquel, escucha la historia misma. Cierto hombre debía diez mil talentos a su señor; y no teniendo con qué pagar, le suplicó que tuviera paciencia, a fin de que, vendidos su mujer, su casa y sus hijos, pudiera satisfacer la reclamación de su señor. Y el señor, viéndolo lamentarse, tuvo compasión de él y le perdonó los diez mil talentos. Habiendo salido este y encontrado a otro siervo que le debía cien denarios, agarrándolo por la garganta se los exigió con gran crueldad e inhumanidad. Habiendo oído esto el señor, lo arrojó a la cárcel y volvió a cargar sobre él la deuda de los diez mil talentos que antes le había perdonado; y pagó la pena de la crueldad mostrada hacia su consiervo.

    Errores, § 12

    12. Considera ahora cuánto más insensible y duro has obrado, en cierto modo, incluso más que aquel, orando contra tus enemigos. Él no rogó a su señor que exigiera, sino que él mismo exigió los cien denarios; mientras que tú incluso invocas al Maestro para esta demanda desvergonzada y prohibida. Y él agarró la garganta de su consiervo, no ante los ojos de su señor, sino fuera; mientras que tú, en el momento mismo de la oración, estando en presencia del Rey, haces esto. Y si aquel, por hacer esto sin haber instado a su señor a la exigencia y después de haber salido, no halló perdón; tú, que incitas al Maestro a exigir este pago prohibido y lo haces ante sus ojos, ¿qué pena tendrás que pagar? Dime. Mas tu mente se inflama con el recuerdo de la enemistad, y se hincha, y tu corazón se levanta; y cuando vuelves en la memoria a aquel que te causó dolor, no puedes reducir la hinchazón de tu pensamiento. Pero opón a esta inflamación el recuerdo de tus propios pecados cometidos y el temor del castigo venidero. Trae a la memoria de cuántas cosas eres responsable ante tu Señor, y que por todas ellas le debes satisfacción; y este temor ciertamente vencerá aquella ira; pues en verdad es mucho más poderoso que aquella pasión. Trae a la memoria el recuerdo del infierno, del castigo y de la venganza durante el tiempo de tu oración, y no podrás siquiera recibir a tu enemigo en tu mente. Haz tu mente contrita, humilla tu alma con el recuerdo de las ofensas por ti cometidas, y la ira ni siquiera podrá turbarte. Mas la causa de todos estos males es esta: que escudriñamos los pecados de todos los demás con gran exactitud, mientras dejamos pasar los nuestros con gran negligencia. Deberíamos, por el contrario, mantener inolvidados nuestros propios defectos, y no admitir jamás ni siquiera el pensamiento de los ajenos. Si hacemos esto, tendremos a Dios propicio, cesaremos de abrigar ira inmortal contra nuestros prójimos, y jamás tendremos a nadie como enemigo; y aunque en algún momento lo tuviéramos, pondremos fin prontamente a su enemistad y obtendremos pronto perdón para nuestros propios pecados. Pues así como el que atesora el recuerdo de la injuria contra su prójimo no permite que el castigo de sus propios pecados sea borrado, así también el que está limpio de ira pronto estará limpio de pecados. Porque si nosotros, malvados como somos y esclavos de la pasión, por el mandamiento de Dios pasamos por alto todas las faltas cometidas contra nosotros, mucho más Aquel que es amante de la humanidad, bueno y libre de toda pasión, pasará por alto nuestras culpas, dándonos la recompensa de nuestro espíritu benigno hacia el prójimo en el perdón de nuestros propios pecados: lo cual Dios nos conceda alcanzar, por la gracia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el dominio, por los siglos de los siglos. Amén.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron estas piezas

    Wikipedia cuenta las Instrucciones a los catecúmenos entre los libros más notables de Crisóstomo, junto a Sobre la incomprensibilidad de Dios. Lo que ofrecen las cinco piezas juntas es poco frecuente en el Crisóstomo conservado: la predicación de un presbítero que habla a quien está a punto de bautizarse (los juramentos, el adorno, los agüeros) y a una asamblea que se retira antes de tiempo, y que insiste siempre en lo mismo: el mal no es una fuerza que gobierne al hombre desde fuera, sino una falta del propósito, y el que vigila no puede ser dañado. Stephens, en su introducción a las homilías sobre el diablo, recuerda que algunos creyeron que Crisóstomo llegó así peligrosamente cerca del error de Pelagio, y añade que nadie ha descrito con más fuerza el dominio del pecado sobre la naturaleza humana ni la incapacidad del hombre para sacudírselo sin la gracia divina.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: Sobre el sacerdocio, el tratado de Crisóstomo sobre el ministerio de la palabra; las Catequesis de Cirilo de Jerusalén y la catequesis de los principiantes de Agustín, otras formas de la enseñanza previa al bautismo; el tratado de Tertuliano Sobre el bautismo y el de Ambrosio Sobre los misterios; y, para el debate sobre la libertad y la gracia que se menciona arriba, Sobre la gracia y el libre albedrío, de Agustín.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; los defectos conocidos están en «La fuente y su traducción». Las notas históricas se apoyan en los traductores del NPNF (Stephens) y en Wikipedia, y la fecha de las cinco piezas no está fijada: se da lo que dicen los editores del NPNF y se dice cuándo no dicen nada. No se ha cotejado con el griego.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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