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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístolas y fragmentos de epístolas, de Dionisio
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 3. A Fabio, obispo de Antioquía
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minEpístola 4. A Cornelio, obispo de Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 13 minEpístola 8. A Dionisio
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minEpístola 11. A Hermamón
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 12. A los alejandrinos
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 1 minEpístola 14. De su cuarta Epístola festal
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 12 minFragmentos exegéticos (Dionisio)
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 10 minSobre Lucas 22:42, etc.
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minSobre Lucas 22:46, etc.
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 2
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 3
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 11 minEscritos misceláneos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minII. De los libros Sobre la Naturaleza
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minRefutación de este dogma sobre la base de analogías humanas familiares
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minRefutación del mismo sobre la base de la constitución humana
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minQue trabajar no es cuestión de dolor ni fatiga para Dios
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minIII. De los libros contra Sabelio. Sobre la noción de que la materia es ingénita
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minDel mismo libro primero
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 8 minConclusión de todo el tratado
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 4 minCanon 2

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    TEXTOS — DIONISIO DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Dionisio de Alejandría

    Epístolas y fragmentos

    Texto base: versión inglesa de S. D. F. Salmond, Ante-Nicene Fathers, vol. 6 (Buffalo, 1886), «Dionysius of Alexandria»: Extant Fragments y Exegetical Fragments · catorce epístolas, fragmentos exegéticos y escritos misceláneos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 162 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué queda de un obispo cuya obra se perdió casi entera? De Dionisio de Alejandría, discípulo de Orígenes y pastor de su ciudad durante dos persecuciones, una guerra civil y una peste, se conservan cartas y trozos que otros copiaron, sobre todo Eusebio de Cesarea. Este libro reúne esos restos: catorce epístolas (el martirio en Alejandría bajo Decio, la huida y el destierro en Libia, la peste, el bautismo de los herejes), comentarios a Lucas y al Eclesiastés, y los fragmentos de sus escritos contra el milenarismo de Nepos, contra los epicúreos, contra Sabelio y en respuesta a Dionisio de Roma.

    Ficha de la obra

    AutorDionisio de Alejandría (hacia 190 – 264, según Wikipedia; 200–265 en el encabezado del ANF), obispo de la ciudad desde 247–248
    TítuloEpístolas y fragmentos (en inglés, Extant Fragments y Exegetical Fragments; el epub titula sus partes «Epístolas y fragmentos de epístolas», «Fragmentos exegéticos» y «Escritos misceláneos»)
    FechaLas cartas, del episcopado de Dionisio: de 247–248 a 264–265, según se siga al ANF o a Wikipedia; los fragmentos exegéticos y los tratados no traen fecha
    GéneroCartas (casi todas conservadas por Eusebio), trozos de tratados perdidos y fragmentos de comentario bíblico
    ExtensiónCatorce epístolas, cuatro fragmentos exegéticos y cinco escritos misceláneos; unas 30 000 palabras
    TraducciónAutomática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), hecha del inglés del ANF; no del griego
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 6, versión de S. D. F. Salmond
    Las catorce epístolas abren el libro, en el orden de la edición de partida: las Epístolas 1 a 4 (a Domicio y Dídimo, a Novato, a Fabio de Antioquía y a Cornelio de Roma) tratan del destierro, de la persecución de Decio y del cisma de Novaciano; las Epístolas 5 a 9 son las cartas «sobre el bautismo» a Esteban, Sixto, Filemón, Dionisio de Roma y de nuevo Sixto; la 10 responde a Germano; las 11 a 14 son las de Hermamón, de los alejandrinos (la peste), de Hierax y un trozo de la cuarta epístola festal. Siguen los fragmentos exegéticos (tres sobre Lucas 22 y un comentario al Eclesiastés) y los escritos misceláneos: Sobre las promesas, Sobre la naturaleza, un trozo contra Sabelio, la Epístola a Dionisio de Roma y la Epístola a Basílides. Para el marco conviene tener a mano el siglo III, el artículo sobre Orígenes y la Historia eclesiástica de Eusebio.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana automática, hecha con la aplicación Libyx y el modelo DeepSeek V4 Pro, de la versión inglesa que publicó la serie Ante-Nicene Fathers (ANF), en el volumen 6, Fathers of the Third Century: Gregory Thaumaturgus, Dionysius the Great, Julius Africanus, Anatolius and Minor Writers, Methodius, Arnobius. Lo editaron Alexander Roberts y James Donaldson, en la edición americana de A. Cleveland Coxe (Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1886). El inglés de Dionisio es de S. D. F. Salmond, y Wikipedia lo registra en una edición de Edimburgo (T. & T. Clark, 1871). No es una traducción del griego ni lleva traductor humano: es la traducción de una traducción, y sus matices dependen de las dos. Antes de citarla en un trabajo académico conviene cotejarla con el inglés (enlaces al final de esta sección) y con el griego.
    El traductor inglés explica de dónde sale lo que queda de Dionisio: su vida y su obra se conocen sobre todo por Eusebio (Historia eclesiástica VI y VII, y Preparación evangélica XIV), con noticias menores de Jerónimo, de Atanasio (Sobre la opinión de Dionisio, Sobre los decretos del Concilio de Nicea) y de Basilio. Wikipedia añade que solo una carta completa se conserva; las demás son extractos en las obras de Eusebio. Esa es la razón de que en los pasajes aparezcan, en cursiva, frases como «Y un poco más adelante, prosigue así»: son la voz de Eusebio, que corta y enlaza las citas, y no de Dionisio. Las fechas de Dionisio difieren según la fuente: el ANF lo hace obispo hacia 247 o 248 y lo da por muerto en 265; Wikipedia dice que fue obispo desde el 28 de diciembre de 248 y que murió el 22 de marzo de 264.
    Lo que viene de la edición. Los números de las epístolas, los títulos de las secciones («Epístola 5., Que es la primera sobre el tema del bautismo…», «Del mismo libro primero»), los números de las secciones («1.», «2.») y los corchetes con referencias bíblicas proceden de la edición de base; no deben atribuirse a Dionisio. El ANF pone primero los fragmentos de las obras (aquí, «escritos misceláneos»), después las epístolas y al final los fragmentos exegéticos; el epub los ordena de otro modo y aquí se conserva su orden. Faltan, por no estar en el epub, las Elucidaciones de Coxe y los tres últimos fragmentos exegéticos del ANF («Sobre Juan 8:12», «De la única sustancia» y «Sobre la recepción de los caídos a la penitencia»). Tras la Epístola a Basílides el epub trae un artículo ajeno sobre san Efrén (de la Catholic Encyclopedia) que no es de Dionisio y se ha dejado fuera. Los números pequeños en superíndice de los fragmentos exegéticos son llamadas de notas del editor inglés que el epub no incluye (véase la nota correspondiente). Los bloques de texto contienen solo la traducción; el comentario va aparte, en notas marcadas como del editor y plegadas por defecto.
    Referencias bíblicas. Se conservan en su lugar, entre corchetes, y quien lee puede ver el versículo en la versión que prefiera. Dionisio cita la Biblia griega; cuando una cita difiere de una versión hecha desde el hebreo, no es un error de la traducción. Algunas referencias llegaron en inglés en el epub («Acts 13:5», «Revelation 22:7-8», «Matthew 16:17»…). Se dejan tal como están, porque la traducción no se toca; las de Hechos se enlazan a su versículo y las demás, junto con «Tobías 12:7» (Epístola 10), quedan como texto sin enlazar.

    Epístolas y fragmentos de epístolas, de Dionisio

    Epístola 1. A Domicio y Dídimo

    Epístola 1, §§ 1–3

    1. Pero sería tarea superflua para mí mencionar por su nombre a nuestros amigos (mártires), que son muchos y al mismo tiempo desconocidos para vosotros. Sabed tan solo que incluyen hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, doncellas y matronas de edad, soldados y ciudadanos particulares: de toda clase y de toda edad, de los cuales unos han sufrido azotes y fuego, y otros la espada, y han alcanzado la victoria y recibido sus coronas. En cuanto a otros, sin embargo, ni siquiera una vida muy larga ha bastado para asegurar que se presentaran como hombres aceptos al Señor; como, en efecto, también en mi propio caso, ese tiempo suficiente no se ha mostrado hasta el presente. Por lo cual Él me ha preservado para otra ocasión oportuna, que Él mismo conoce, como dice: «En tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido.» []
    2. Mas, puesto que habéis estado preguntando acerca de lo que nos ha sucedido y deseáis ser informados de cómo nos ha ido, habéis recibido un informe completo de nuestra suerte: cómo, cuando nosotros —es decir, Gayo, yo mismo, Fausto, Pedro y Pablo— fuimos llevados como prisioneros por el centurión y los magistrados, y los soldados y demás servidores que los acompañaban, vinieron sobre nosotros ciertos individuos de Mareotis, que nos arrastraron consigo contra nuestra voluntad, y aunque no estábamos dispuestos a seguirlos, nos llevaron por la fuerza; y cómo Gayo y Pedro y yo mismo hemos sido separados de nuestros demás hermanos, y encerrados solos en un lugar desierto y estéril de Libia, a tres días de camino de Paretonio.
    3. Y un poco más adelante, prosigue así:— Y se ocultaron en la ciudad y visitaban en secreto a los hermanos. Me refiero a los presbíteros Máximo, Dioscoro, Demetrio y Lucio. Pues Faustino y Áquila, que son personas de mayor prominencia en el mundo, andan errantes por Egipto. Menciono también a los diáconos que sobrevivieron a los que murieron en la enfermedad, a saber: Fausto, Eusebio y Ceremón. Y de Eusebio hablo como de uno a quien el Señor fortaleció desde el principio y capacitó para la tarea de cumplir enérgicamente los servicios debidos a los confesores que están en prisión, y para desempeñar el peligroso oficio de amortajar y enterrar los cuerpos de aquellos mártires perfectos y bienaventurados. Pues ni siquiera hasta el día de hoy cesa el gobernador de dar muerte, de manera cruel, como ya he dicho, a algunos de los que son traídos ante él; mientras a otros los desgasta con tormentos, y a otros los consume con cárcel y cadenas, ordenando además que nadie se acerque a ellos y haciendo estricta indagación para que no se vea a nadie hacerlo. Y no obstante, Dios imparte alivio a los oprimidos por la tierna bondad y el empeño de los hermanos.

    Epístola 2. A Novato

    Epístola 2

    Dionisio a Novato, su hermano, salud. Si fuiste arrastrado contra tu voluntad, como tú dices, lo demostrarás retirándote por voluntad propia. Porque habría sido propio de tu deber sufrir cualquier clase de mal con tal de no desgarrar la Iglesia de Dios. Y un martirio soportado por impedir una división de la Iglesia no habría sido menos glorioso que uno padecido por negarse a adorar ídolos; es más, al menos en mi opinión, lo primero habría sido más noble que lo segundo. Pues en el primer caso una persona da tal testimonio simplemente por su propia alma individual, mientras que en el segundo es testigo de toda la Iglesia. Y ahora, si puedes persuadir u obligar a los hermanos a volver a tener un mismo sentir, tu rectitud será superior a tu error; y este no te será imputado, mientras que aquella será alabada en ti. Pero si no puedes prevalecer hasta ese punto con tus hermanos reacios, mira por salvar tu propia alma. Mi deseo es que, en el Señor, te vaya bien, mientras procuras la paz.
    Comentario editorial · Novato, o Novaciano
    La carta va dirigida a «Novato». Así lo llama Eusebio, que la cita al contar el cisma de Roma: un presbítero que, según él, negaba esperanza de salvación a los caídos aunque se arrepintieran de verdad (Historia eclesiástica VI, 43; la carta, en VI, 45). Es el mismo a quien Dionisio nombra Novaciano en la Epístola 8 (así la cita Eusebio en VII, 8). Dionisio no discute aquí doctrina: pide que, si lo arrastraron contra su voluntad, lo demuestre retirándose por voluntad propia, porque dividir la Iglesia es peor que padecer cualquier cosa. De Novaciano se conserva el tratado Sobre la Trinidad.

    Epístola 3. A Fabio, obispo de Antioquía

    Epístola 3, §§ 1–5

    I. La persecución entre nosotros no comenzó con el edicto imperial, sino que lo precedió por todo un año. Y cierto profeta y poeta, enemigo de esta ciudad, fuera lo que fuese, había excitado y exasperado previamente contra nosotros a las masas de los paganos, inflamándolos de nuevo con los fuegos de su superstición nativa. Excitados por él, y hallando plena libertad para perpetrar maldades, consideraban que la única piedad y servicio a sus demonios era nuestra matanza.
    2. Primero, pues, apresaron a un anciano llamado Metras, y le ordenaron pronunciar palabras de impiedad; y como se negó, golpearon su cuerpo con garrotes, le laceraron el rostro y los ojos con cañas afiladas, y luego lo arrastraron a las afueras y allí lo apedrearon. Después se llevaron a una mujer llamada Quinta, que era creyente, a un templo de ídolos, y la obligaron a adorar al ídolo; y cuando ella se apartó de él, mostrando cuánto lo detestaba, le ataron los pies y la arrastraron por toda la ciudad por las ásperas calles empedradas, golpeándola al mismo tiempo contra las piedras de molino y azotándola, hasta llevarla al mismo lugar, donde también a ella la apedrearon. Luego, con un solo impulso, se precipitaron todos contra las casas de los temerosos de Dios, y a cuantas personas piadosas conocía cada uno individualmente como vecinos, tras ellas corrían y se las llevaban consigo, y las robaban y saqueaban, apartando para sí las porciones más valiosas de sus bienes, y esparciendo los objetos más comunes, y los que eran de madera, quemándolos en los caminos, de modo que hacían que aquellos parajes presentaran el espectáculo de una ciudad tomada por el enemigo. Los hermanos, sin embargo, simplemente cedían y se retiraban, y, como aquellos de quienes Pablo da testimonio,[] soportaron con gozo el despojo de sus bienes. Y no sé que ninguno de ellos —salvo quizá algún individuo solitario que haya podido caer en sus manos— haya negado hasta ahora al Señor.
    3. Pero también apresaron a aquella virgen tan admirable, Apolonia, ya de edad avanzada, y le arrancaron todos los dientes y le cortaron las mandíbulas; y luego, encendiendo una hoguera delante de la ciudad, amenazaron con quemarla viva si no repetía junto con ellos sus expresiones de impiedad. Y aunque pareció lamentar por un momento su suerte, al ser soltada saltó con ansia al fuego y fue consumida. Echaron también mano a un tal Serapión en su propia casa; y después de atormentarlo con crueles torturas y quebrarle todos los miembros, lo arrojaron de cabeza desde un piso superior al suelo. Y no había camino, ni calle, ni siquiera callejuela por donde pudiéramos andar, de noche o de día; pues en todo tiempo y en todo lugar no cesaban de gritar que, si alguien se negaba a repetir sus expresiones blasfemas, debía ser arrastrado al instante y quemado. Estas aflicciones se llevaron adelante con rigor durante un tiempo considerable de esta manera. Pero cuando la insurrección y la guerra civil alcanzaron a su debido tiempo a esta gente miserable, eso desvió de nosotros su salvaje crueldad y la volvió contra ellos mismos. Y disfrutamos de un pequeño respiro, mientras les faltó ocio para ejercer su furia contra nosotros.
    4. Pero pronto se nos anunció el cambio de aquel reinado más benévolo; y grande fue el terror de la amenaza que entonces se hizo llegar hasta nosotros. Ya, en efecto, había llegado el edicto; y era de tal tenor que correspondía casi perfectamente con lo que nos fue anunciado de antemano por nuestro Señor, poniendo ante nosotros los horrores más espantosos, de modo que, si fuera posible, hicieran tropezar aun a los mismos elegidos. Todos, en verdad, se alarmaron grandemente; y entre los más notables hubo algunos, y estos en gran número, que se acomodaron rápidamente al decreto por miedo; otros, que estaban ocupados en el servicio público, fueron arrastrados a la conformidad por las mismas necesidades de sus deberes oficiales; otros fueron arrastrados a ello por sus amigos, y al ser llamados por su nombre se acercaron a los sacrificios impuros y profanos; otros cedieron pálidos y temblorosos, como si no fueran a ofrecer sacrificio, sino a ser ellos mismos sacrificios y víctimas para los ídolos, de modo que fueron objeto de burla por la gran multitud que rodeaba la escena, y dejaron claro a todos que eran demasiado cobardes ya para afrontar la muerte, ya para ofrecer los sacrificios. Pero hubo otros que corrieron a los altares con mayor presteza, afirmando con firmeza que nunca habían sido cristianos en absoluto; de quienes se cumple con toda verdad la declaración profética de nuestro Señor, de que será difícil que tales se salven. De los demás, unos siguieron a una u otra de estas partes ya mencionadas; unos huyeron, y otros fueron apresados. Y de estos, algunos llegaron tan lejos en guardar su fe como a las cadenas y la prisión; y ciertas personas entre ellos soportaron prisión incluso durante varios días, y luego, a fin de cuentas, abjuraron la fe antes de comparecer ante el tribunal de justicia; mientras que otros, tras resistir el tormento por un tiempo, se hundieron ante la perspectiva de más sufrimientos.
    5. Pero hubo también otros, columnas firmes y benditas del Señor, quienes, recibiendo fuerza de Él mismo y obteniendo poder y vigor dignos y proporcionados a la fuerza de la fe que había en ellos, se mostraron testigos admirables de su reino. Y de estos, el primero fue Juliano, hombre que padecía gota e incapaz de estar de pie o de caminar, que fue llevado ante el tribunal junto con otros dos hombres que lo transportaban. De estas dos personas, una negó inmediatamente a Cristo; pero el otro, de nombre Cronión y de sobrenombre Euno, y junto con él el anciano Juliano mismo, confesaron al Señor, y fueron llevados en camellos por toda la ciudad, que es, como sabéis, muy grande, y fueron azotados en aquella posición elevada, y finalmente fueron consumidos en un fuego tremendo, mientras toda la muchedumbre los rodeaba. Y cierto soldado que estaba junto a ellos cuando eran llevados a la ejecución, y que se opuso a la desvergonzada insolencia del pueblo, fue perseguido por los gritos que levantaron contra él; y este valientísimo soldado de Dios, llamado Besas, fue llevado ante el tribunal; y después de conducirse noblemente en aquel poderoso combate en favor de la piedad, fue decapitado. Y otro individuo, que era libio de nacimiento, y que a la vez de nombre y en bienaventuranza real era también un verdadero Macario —es decir, bienaventurado—, aunque el juez intentó mucho persuadirlo para que negara, no cedió, y por consiguiente fue quemado vivo. Y a estos sucedieron Epímaco y Alejandro, quienes, después de mucho tiempo en cadenas, y después de sufrir innumerables agonías e imposiciones del garfio y del azote, fueron también reducidos a cenizas en un fuego inmenso.
    Comentario editorial · Un año antes del edicto
    Según el § 1, en Alejandría la persecución precedió en todo un año al edicto imperial: una multitud azuzada por un agitador local atacó a Metras, a Quinta, a Apolonia y a Serapión (§§ 2–3) antes de que llegara la orden de Roma. Wikipedia sitúa esa orden en enero de 250: Decio, tras el sacrificio anual a Júpiter, mandó que todos los habitantes del Imperio, salvo los judíos, sacrificaran ante un magistrado y recibieran un certificado escrito (libellus); de Egipto se conservan varios ejemplares. La carta describe lo que siguió desde el § 4: muchos se acomodaron al decreto por miedo, otros confesaron y fueron ejecutados. Para la figura del propio Dionisio en esos meses, véanse las notas de la Epístola 10.

    Epístola 3, §§ 6–10

    6. Y junto con estos hubo cuatro mujeres. Entre ellas estaba Amonaria, virgen piadosa, que fue atormentada durante muchísimo tiempo por el juez de manera implacabilísima, porque declaró claramente desde el principio que no pronunciaría ninguna de las cosas que él le mandaba repetir; y después de cumplir su confesión fue llevada a la ejecución. Las otras eran la venerabilísima y anciana Mercuria, y Dionisia, que había sido madre de muchos hijos y sin embargo no amó a su prole más que a su Señor. Estas, cuando el gobernador se avergonzó de someterlas por más tiempo a tormentos inútiles, y así verse vencido por mujeres, murieron a espada, sin más experiencia de torturas. Pues en verdad su campeona Amonaria había recibido los tormentos por todas ellas.
    7. También fueron entregados Herón, Ater e Isidoro, que eran egipcios, y con ellos Dioscoro, un muchacho de unos quince años. Y aunque al principio él, el juez, intentó engañar al joven con discursos halagüeños, pensando que podría seducirlo fácilmente, y luego intentó también obligarlo por la fuerza de los tormentos, imaginando que podría hacerlo ceder sin mucha dificultad de ese modo, Dioscoro ni se sometió a sus persuasiones ni cedió a sus terrores. Y a los demás, después de que sus cuerpos hubieron sido lacerados de manera salvajísima, y su firmeza, no obstante, se hubo mantenido, los entregó también a las llamas. Pero a Dioscoro lo dejó ir, maravillado de la distinguida presencia que había mostrado en público y de la suma sabiduría de las respuestas que dio a sus interrogatorios, y declarando que, a causa de su edad, le concedía más tiempo para arrepentirse. Y este piadosísimo Dioscoro está con nosotros en la actualidad, aguardando un combate mayor y una contienda más prolongada. También un hombre de nombre Nemesión, que era asimismo egipcio, fue acusado falsamente de ser compañero de ladrones; y después de haberse justificado de este cargo ante el centurión, y de probar que era una calumnia monstruosa, fue denunciado como cristiano, y tuvo que comparecer como prisionero ante el gobernador. Y aquel magistrado injustísimo le infligió un castigo dos veces más severo que el que se aplicó a los ladrones, haciéndole sufrir tanto tormentos como azotes, y entregándolo luego al fuego entre los ladrones. Así el bienaventurado mártir fue honrado según el modelo de Cristo.
    8. Hubo también un cuerpo de soldados, entre ellos Amón, Zenón, Ptolomeo e Ingenuo, y junto con ellos un anciano, Teófilo, que habían tomado posición en masa frente al tribunal; y cuando cierta persona era juzgada como cristiana y ya se inclinaba a negar, estos se pusieron alrededor y crujieron los dientes, hicieron señas con el rostro, extendieron las manos e hicieron toda suerte de gestos con sus cuerpos. Y mientras la atención de todos estaba dirigida a ellos, antes de que nadie pudiera echarles mano, corrieron rápidamente al estrado del tribunal y se declararon cristianos, y causaron tal impresión que el gobernador y sus acompañantes se llenaron de temor; y los que estaban en juicio parecían valentísimos ante la perspectiva de lo que iban a sufrir, mientras los jueces mismos temblaban. Estos, pues, salieron con ánimo elevado de los tribunales, y se regocijaron en su testimonio, causándoles Dios mismo un triunfo glorioso.
    9. Además, otros en gran número fueron despedazados por los paganos en ciudades y aldeas. De uno de estos daré alguna cuenta, como ejemplo. Isquirión servía a uno de los gobernantes como mayordomo por un salario estipulado. Su amo ordenó a este hombre ofrecer sacrificio; y al negarse a hacerlo, lo maltrató. Cuando persistió en su negativa, su amo lo trató con contumelia; y cuando aún resistió, tomó un gran palo y se lo hundió por los intestinos y el corazón, y lo mató. ¿Por qué mencionar las multitudes de los que tuvieron que vagar por lugares desiertos y por los montes, y que fueron segados por el hambre, la sed, el frío, la enfermedad, los ladrones y las fieras? Los supervivientes de tales cosas son testigos de su elección y de su victoria. Añadiré, sin embargo, una circunstancia como ilustración de estas cosas. Había una persona de edad muy avanzada llamada Ceremón, obispo del lugar llamado la ciudad del Nilo. Huyó junto con su compañera al monte de Arabia, y nunca regresó. Los hermanos tampoco pudieron descubrir nada de ellos, aunque hicieron búsquedas frecuentes; y nunca pudieron hallar ni a los hombres mismos ni sus cuerpos. Muchos fueron también llevados como esclavos por los bárbaros sarracenos a aquel mismo monte de Arabia. Algunos de estos fueron rescatados con dificultad, y solo pagando una gran suma de dinero; otros de ellos no han sido rescatados hasta el día de hoy. Y estos hechos los he referido, hermano, no sin propósito, sino para que sepas cuántos y cuán terribles son los males que nos han sobrevenido; cuyas tribulaciones también serán mejor comprendidas por quienes más experiencia hayan tenido de ellas.
    10. Aquellos santos mártires, por consiguiente, que en otro tiempo estuvieron con nosotros, y que ahora están sentados con Cristo, y son partícipes de su reino, y copartícipes con Él en su juicio, y que actúan como sus asesores judiciales, recibieron allí a ciertos hermanos que se habían apartado y que se habían hecho culpables de sacrificar a los ídolos. Y como vieron que la conversión y el arrepentimiento de tales podrían ser aceptos a Aquel que no desea en modo alguno la muerte del pecador, [] sino más bien su arrepentimiento, dieron prueba de su sinceridad, y los recibieron, y los reunieron de nuevo, y se congregaron con ellos, y tuvieron comunión con ellos en sus oraciones y en sus fiestas. ¿Qué consejo, pues, hermanos, nos dais respecto a estos? ¿Qué debemos hacer? ¿Debemos presentarnos y obrar con la decisión y el juicio que aquellos (mártires) formaron, y observar la misma bondad con ellos, y tratar tan amablemente a aquellos con quienes mostraron tal compasión? ¿O debemos tratar su decisión como injusta, y constituirnos jueces de su opinión en tales asuntos, y deshacer en lágrimas la clemencia, y trastornar el orden establecido?

    Epístola 3, § 11

    11. Pero daré cuenta más particular de un caso que ocurrió entre nosotros: Había con nosotros un tal Serapión, anciano creyente. Había pasado su larga vida irreprensiblemente, pero había caído en tiempo de prueba (la persecución). Muchas veces oraba este hombre (pidiendo la absolución), y nadie le hacía caso; pues había sacrificado a los ídolos. Cayó enfermo, y pasó tres días seguidos mudo e insensible. Recobrándose un poco al cuarto día, llamó a su nieto, y dijo: "Hijo mío, ¿hasta cuándo me retienes? Apresúrate, te lo ruego, y absuélveme pronto. Llama a uno de los presbíteros." Y cuando hubo dicho esto, volvió a quedarse sin habla. El muchacho corrió a buscar al presbítero; pero era de noche, y el hombre estaba enfermo, y por consiguiente no pudo venir. Pero como yo había dado la orden de que a las personas en trance de muerte, si lo pedían entonces, y especialmente si lo habían buscado con empeño antes, se les absolviera, a fin de que partieran de esta vida con esperanza alegre, él dio al muchacho una pequeña porción de la Eucaristía, diciéndole que la empapara en agua y la dejara caer en la boca del anciano. El muchacho volvió trayendo la porción; y cuando se acercó, y antes de que hubiera entrado todavía, Serapión se recobró de nuevo, y dijo: "Has venido, hijo mío, y el presbítero no pudo venir; pero haz pronto lo que se te instruyó que hicieras, y así déjame partir." El muchacho empapó el bocado en agua, y al punto lo dejó caer en la boca del anciano; y después de que hubo tragado un poco, entregó inmediatamente el espíritu. ¿No fue, pues, manifiestamente preservado? ¿Y no continuó con vida justo hasta que pudo ser absuelto, y hasta que, mediante el borramiento de sus pecados, pudo ser reconocido por las muchas buenas obras que había hecho?
    Comentario editorial · Serapión y la absolución en el lecho de muerte
    El caso de Serapión (§ 11) explica una decisión de Dionisio: que a los moribundos que pidieran la reconciliación se les absolviera, aunque hubieran sacrificado. Wikipedia resume su política así: no negar la comunión a nadie que la pidiera a la hora de la muerte, ni siquiera a los caídos, frente al rigorismo de Novaciano. El episodio muestra el criterio: Serapión pidió la absolución durante días sin que nadie lo atendiera, y el obispo había dejado dicho que no se negara a los que la buscaban con empeño. El mismo problema de los lapsi ocupa a Cipriano en Sobre los caídos.

    Epístola 4. A Cornelio, obispo de Roma

    Epístola 4

    Además de todo esto, escribe asimismo a Cornelio en Roma, después de recibir su epístola contra Novato. Y en esa carta también muestra que había sido invitado por Heleno, obispo de Tarso de Cilicia, y por los otros que estaban con él —a saber, Firmiliano, obispo de Capadocia, y Teoctisto en Palestina— a reunirse con ellos en el Concilio de Antioquía, donde ciertas personas intentaban establecer el cisma de Novato. Además de esto, escribe que se le había informado de que Fabio había muerto y de que Demetriano fue designado sucesor suyo en el obispado de la iglesia de Antioquía. Escribe también acerca del obispo de Jerusalén, expresándose en estas mismas palabras: «Y el bienaventurado Alejandro, habiendo sido echado en prisión, partió a su descanso en bienaventuranza.»

    Epístola 5. Que es la primera sobre el tema del bautismo, dirigida a Esteban, obispo de Roma

    Epístola 5

    Sin embargo, hermano mío, comprende que todas las iglesias situadas en el oriente, y también en distritos más remotos, que antes estaban en estado de división, ahora han vuelto a ser una; y todos los que están al frente de las iglesias en todas partes son de un mismo sentir, y se regocijan sobremanera por la paz que ha sido restaurada más allá de toda expectativa. Puedo mencionar a Demetriano en Antioquía; a Teoctisto en Cesarea; a Mazabanes en Elia, sucesor del difunto Alejandro; a Marino en Tiro; a Heliodoro en Laodicea, sucesor del difunto Telímidres; a Heleno en Tarso, y con él a todas las iglesias de Cilicia; y a Firmiliano y a toda Capadocia. Pues he nombrado solo a los más ilustres de los obispos, para no hacer mi epístola demasiado larga ni mi discurso demasiado pesado para vos. Todos los distritos de Siria, sin embargo, y de Arabia, a cuyos hermanos vos de tiempo en tiempo habéis estado enviando provisiones y actualmente les habéis enviado cartas, y también Mesopotamia, y el Ponto, y Siria, y, para decirlo brevemente, todas las partes, se regocijan en todas partes por la unanimidad y el amor fraterno ahora establecidos, y glorifican a Dios por ello.
    Comentario editorial · Cinco cartas sobre el bautismo
    Eusebio llama a las Epístolas 5 a 9 las cartas de Dionisio «sobre el bautismo»: la primera a Esteban de Roma, la segunda a Sixto, la tercera a Filemón, la cuarta a Dionisio de Roma (entonces presbítero) y la quinta de nuevo a Sixto (HE VII, 2–9). La disputa era si quienes volvían de una herejía debían bautizarse otra vez. Según Eusebio, la costumbre antigua era solo la imposición de manos con oración; Cipriano exigió el bautismo y Esteban se indignó por la «novedad» (VII, 2–3). Dionisio, en la carta que Eusebio cita, informa a Esteban de que las Iglesias de Oriente han recuperado la paz (VII, 4–5); la introducción del ANF, que fecha la disputa hacia 256, añade que le rogó no llevar el asunto al extremo. Wikipedia resume su postura de otro modo: apoyó la de Esteban, respetando la autonomía de las Iglesias africanas. Sobre el otro polo, véase Cipriano de Cartago.

    La misma, presentada de otro modo

    Epístola 5 (otra versión)

    Pero sabed, hermano mío, que todas las iglesias por todo el Oriente, y las que están situadas más allá, que antes estaban separadas, han vuelto por fin a la unidad; y todos los presidentes de las iglesias en todas partes piensan una y la misma cosa, y se regocijan con increíble gozo a causa del inesperado retorno de la paz: a saber, Demetriano en Antioquía; Teoctisto en Cesarea; Mazabanes en Elia, después de la muerte de Alejandro; Marino en Tiro; Heliodoro en Laodicea, después de la muerte de Telímidres; Heleno en Tarso, y todas las iglesias de Cilicia; Firmiliano, con toda Capadocia. Y he nombrado solo a los obispos más ilustres, no sea que por casualidad mi carta se hiciera demasiado prolija y mi discurso demasiado fatigoso. Toda la Siria, ciertamente, y Arabia, a las que vos de vez en cuando enviáis ayuda, y a las que ahora habéis escrito cartas; también Mesopotamia, y el Ponto, y Bitinia; y, para comprender todo en una palabra, todas las tierras en todas partes, se regocijan, alabando a Dios por esta concordia y caridad fraterna.

    Epístola 6. A Sixto, obispo

    Epístola 6, §§ 1–3

    1. Previamente, en efecto, (Esteban) había escrito cartas acerca de Heleno y Firmiliano, y acerca de todos los que estaban establecidos por toda Cilicia y Capadocia, y todas las provincias vecinas, dándoles a entender que por esa misma razón se apartaría de su comunión, porque rebautizaban herejes. Y considerad la gravedad del asunto. Porque, en verdad, en los concilios más considerables de los obispos, según oigo, se ha decretado que los que vienen de la herejía sean primero instruidos en la doctrina católica, y luego sean limpiados por el bautismo de la inmundicia de la vieja e impura levadura. Pidiéndole y llamándole por testigo sobre todos estos asuntos, envié cartas.
    Y un poco después Dionisio prosigue:—
    2. Y, además, a nuestros amados copresbíteros Dionisio y Filemón, que antes estaban de acuerdo con Esteban y me habían escrito sobre los mismos asuntos, les escribí previamente en pocas palabras, pero ahora he escrito de nuevo más por extenso.
    En la misma carta, dice Eusebio, informa a Sixto de los
    herejes sabelianos, que en aquel tiempo iban ganando terreno, en estas palabras:—
    3. Pues puesto que de la doctrina que últimamente se ha puesto en marcha en Ptolemaida, ciudad de Pentápolis, impía y llena de blasfemia contra Dios Todopoderoso y Padre de nuestro Señor Jesucristo; llena de incredulidad y perfidia hacia su Hijo unigénito y primogénito de toda criatura, el Verbo hecho hombre, y que suprime la percepción del Espíritu Santo —de ambos lados me fueron traídas cartas, y habían venido hermanos a discutirla, exponiendo más claramente cuanto por don de Dios pude— escribí ciertas cartas, cuyas copias os he enviado.

    Epístola 7. A Filemón, presbítero

    Epístola 7

    Yo ciertamente me entregué a leer los libros y a estudiar cuidadosamente las tradiciones de los herejes, hasta el punto incluso de corromper mi alma con sus execrables opiniones; mas recibiendo de ellos esta ventaja: que podía refutarlos en mi propia mente, y los detestaba más de corazón que nunca. Y cuando cierto hermano del orden de los presbíteros procuró disuadirme, y temía que yo me viera envuelto en la misma perversa inmundicia, porque decía que mi mente se contaminaría, y en verdad con razón, como yo mismo percibía, fui fortalecido por una visión que me fue enviada de Dios. Y una palabra que me fue dicha me ordenó expresamente, diciendo: Lee todo lo que llegue a tus manos, porque eres apto para hacerlo, tú que corriges y pruebas a cada uno; y de ellos a ti, en primer lugar, se te ha manifestado la causa y la ocasión de creer. Recibí esta visión como conforme a la palabra apostólica, que así exhorta a todos los dotados de mayor virtud: «Sed cambistas expertos.»
    Entonces, dice Eusebio, añade entre paréntesis algunas cosas acerca de todas las herejías:—
    Esta regla y forma la he recibido de nuestro bienaventurado padre Heraclas: a vosotros, que veníais de herejías, aunque hubierais caído fuera de la Iglesia, y mucho más si no habíais caído, pero cuando se os veía frecuentar las asambleas de los fieles, se os acusaba de ir a oír a los maestros de doctrina perversa, y se os expulsaba de la Iglesia, no os admitía él después de muchas oraciones, antes de que hubierais narrado abierta y públicamente todo lo que habíais oído de vuestros adversarios. Luego os recibía por fin en las asambleas de los fieles, sin pediros de ningún modo que recibierais de nuevo el bautismo. Porque ya habíais recibido anteriormente el Espíritu Santo en ese mismo bautismo.
    Una vez más, habiendo sido esta cuestión completamente debatida, añade:—
    Aprendí además esto: que esta costumbre no es ahora por primera vez introducida solo entre los africanos; sino que, además, mucho antes, en tiempos de obispos anteriores, en medio de iglesias muy populosas, y que cuando se celebraron sínodos de los hermanos de Iconio y Sínades, también agradó a cuantos fue posible, no querría yo, derribando sus juicios, arrojarlos a contiendas y disputas. Porque está escrito: «No removerás el lindero de tu vecino, que tus padres pusieron.» []

    Epístola 8. A Dionisio

    Epístola 8

    Pues con razón rechazamos a Novaciano, que ha desgarrado la Iglesia y ha arrastrado a algunos de los hermanos a la impiedad y a las blasfemias; que ha introducido en el mundo una doctrina impía acerca de Dios, y calumnia a nuestro misericordiosísimo Señor Jesucristo como si fuera despiadado; y además de todo esto, tiene el sagrado lavacro por ineficaz, y lo rechaza, y trastorna la fe y la confesión, que van antes del bautismo, y aleja por completo de ellos al Espíritu Santo, aunque subsista alguna esperanza de que Él permanezca en ellos o de que vuelva a ellos.

    Epístola 9. A Sixto II

    Epístola 9

    Porque en verdad, hermano, tengo necesidad de consejo y anhelo tu juicio, no sea que acaso me equivoque en los asuntos que de tal modo me acontecen. Uno de los hermanos que se reúnen en la iglesia, que desde hace algún tiempo ha sido tenido por creyente, y que antes de mi ordenación y, si no me engaño, antes incluso del episcopado del propio Heraclas, había participado de la asamblea de los fieles, cuando se ocupó en el bautismo de los que habían sido bautizados recientemente y oyó los interrogatorios y sus respuestas, vino a mí llorando y lamentando su suerte. Y arrojándose a mis pies, comenzó a confesar y a protestar que este bautismo con el que había sido iniciado entre herejes no era de esta clase, ni tenía nada en absoluto en común con el nuestro, porque estaba lleno de blasfemia e impiedad. Y dijo que su alma estaba traspasada por un sentimiento amarguísimo de dolor, y que no se atrevía siquiera a levantar los ojos a Dios, porque había sido iniciado con aquellas palabras y cosas perversas. Por lo cual suplicaba que, por este purísimo lavacro, se le otorgara la adopción y la gracia. Y yo, ciertamente, no me he atrevido a hacerlo; sino que he dicho que el largo curso de comunión había sido suficiente para ello. Pues no me atrevería a renovar de nuevo, después de todo, a uno que había oído la acción de gracias y que había respondido con otros Amén; que había estado de pie ante la santa mesa y había extendido sus manos para recibir el bendito alimento, y lo había recibido, y durante muchísimo tiempo había participado del cuerpo y de la sangre de nuestro Señor Jesucristo. De aquí en adelante le mandé que tuviera buen ánimo y se acercara a los sagrados elementos con fe firme y buena conciencia, y participara de ellos. Pero él no pone fin a su llanto, y rehúye acercarse a la mesa; y apenas, cuando se le ruega, soporta estar presente en las oraciones.

    Epístola 10. Contra el obispo Germáno

    Epístola 10, §§ 1–4

    1. Ahora hablo también delante de Dios, y Él sabe que no miento: no fue por elección mía, ni tampoco sin instrucción divina, que emprendí la huida. Pero en un período anterior, en efecto, cuando se determinó el edicto para la persecución bajo Decio, Sabino a esa misma hora envió a cierto Frumentario a buscarme. Y permanecí en la casa durante cuatro días, esperando la llegada de este Frumentario. Pero él anduvo examinando todos los demás lugares, los caminos, los ríos, los campos, donde sospechaba que yo me ocultaría o viajaría. Y fue herido con una especie de ceguera, y nunca acertó con la casa; pues nunca supuso que yo me quedaría en casa estando perseguido. Luego, apenas transcurridos cuatro días, dándome Dios instrucción de partir y abriéndome el camino de un modo que superaba toda expectativa, mis domésticos y yo, y un número considerable de los hermanos, efectuamos juntos la salida. Y que esto fue obra de la providencia de Dios quedó claro por lo que siguió: en lo cual también hemos sido quizá de algún servicio a ciertas personas.
    2. Luego, después de cierta interrupción, narra los sucesos que le acontecieron tras su huida, añadiendo la siguiente declaración:— Ahora, hacia la puesta del sol, fui apresado, junto con los que estaban conmigo, por los soldados, y fui llevado a Taposiris. Pero por la providencia de Dios sucedió que Timoteo no estaba presente conmigo entonces, ni siquiera había sido apresado en absoluto. Al llegar más tarde al lugar, encontró la casa desierta, con oficiales guardándola, y a nosotros llevados a la esclavitud.
    3. Y después de algunos otros asuntos, prosigue así:— Y ¿cuál fue el método de esta maravillosa disposición de la Providencia en su caso? Porque se relatarán los hechos reales. Cuando Timoteo huía con gran perturbación, le salió al encuentro un hombre del campo. Esta persona le preguntó la razón de su prisa, y él le dijo la verdad claramente. Entonces el hombre (iba de camino en aquel momento a participar en ciertas fiestas de bodas; pues es costumbre suya pasar toda la noche en tales reuniones), al oír el hecho, siguió su rumbo hacia el lugar de los regocijos, entró y narró las circunstancias a los que estaban sentados en el banquete; y con un solo impulso, como si se hubiera dado una consigna, todos se levantaron de pronto y vinieron todos en tropel y con la mayor rapidez. Apresurándose hacia nosotros, lanzaron un grito; y como los soldados que nos custodiaban huyeron al instante, llegaron hasta nosotros, tendidos como estábamos sobre los desnudos lechos. Por mi parte, como Dios sabe, los tomé al principio por ladrones que habían venido a saquearnos y despojarnos; y permaneciendo en el catre en el que yacía desnudo, salvo que tenía puesta mi ropa interior de lino, les ofrecí el resto de mi vestido que estaba a mi lado. Pero ellos me ordenaron que me levantara y partiera lo más rápido que pudiera. Entonces comprendí el propósito de su venida, y grité, rogué y les imploré que se fueran y nos dejaran solos; y les supliqué que, si deseaban hacernos algún bien, se anticiparan a los que me llevaban cautivo y me cortaran la cabeza. Y mientras profería tales vociferaciones, como saben los que fueron mis compañeros y partícipes en todas estas cosas, comenzaron a levantarme por la fuerza. Y me arrojé de espaldas al suelo; pero ellos me agarraron por las manos y los pies, me arrastraron y me sacaron a la fuerza. Y los que fueron testigos de todas estas cosas me siguieron —a saber, Cayo, Fausto, Pedro y Pablo. Estos hombres también me tomaron y me sacaron apresuradamente de la pequeña ciudad, y me pusieron sobre un asno sin albarda, y de esa manera me llevaron.
    4. Temo correr el riesgo de ser acusado de gran necedad e insensatez, hallándome como me hallo en la necesidad de narrar la maravillosa dispensación de la providencia de Dios en nuestro caso. Sin embargo, puesto que, como alguien dice, es bueno guardar en secreto el secreto de un rey, pero es honroso revelar las obras de Dios,[Tobías 12:7] iré al encuentro de la violencia de Germáno. No fui solo a Emiliano; pues me acompañaron también mi copresbítero Máximo, y los diáconos Fausto, Eusebio y Ceremón; y uno de los hermanos que habían venido de Roma fue también con nosotros. Emiliano, pues, no comenzó diciéndome: «No tengáis asambleas.» Eso habría sido ciertamente superfluo para él, y lo último que haría quien pretendiera volver a lo primero y de primordial importancia: pues su preocupación no era que reuniéramos a otros en asamblea, sino que no fuéramos cristianos nosotros mismos. De esto, por tanto, me mandó desistir, pensando, sin duda, que si yo mismo apostataba, los demás me seguirían en ello. Pero yo le respondí no sin razón ni con muchas palabras: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.» [] Además, testifiqué abiertamente que adoraba al único Dios verdadero y a ningún otro, y que no podía ni alterar esa posición ni dejar jamás de ser cristiano. Entonces nos ordenó ir a una aldea cerca del desierto, llamada Cefro.

    Epístola 10, §§ 5–8

    5. Oíd también las palabras que fueron pronunciadas por ambos tal como han sido puestas por escrito. Cuando Dionisio, Fausto, Máximo, Marcelo y Ceremón fueron colocados ante el tribunal, Emiliano, como prefecto, dijo: «He razonado con vosotros ciertamente con franqueza, acerca de la clemencia de nuestros soberanos, como ellos os han permitido experimentarla; pues os han dado poder para salvaros, si estáis dispuestos a volveros a lo que es conforme a la naturaleza, y a adorar a los dioses que también los mantienen en su reino, y a olvidar aquellas cosas que son repugnantes a la naturaleza. ¿Qué decís, pues, a estas cosas? Porque de ningún modo espero que seáis ingratos con ellos por su clemencia, ya que lo que pretenden es conduciros a mejores caminos.» Dionisio respondió así: «No todos los hombres adoran a todos los dioses, sino que diferentes hombres adoran diferentes objetos que suponen ser dioses verdaderos. Ahora bien, nosotros adoramos al único Dios, que es el Creador de todas las cosas, y a la Deidad misma que ha entregado la soberanía a las manos de sus sacratísimas majestades Valeriano y Galieno. A Él reverenciamos y adoramos; y a Él oramos continuamente por la soberanía de estos príncipes, para que permanezca inconmovible.» Emiliano, como prefecto, les dijo: «Pero ¿quién os impide adorar también a este dios, si en verdad es un dios, junto con los que son dioses por naturaleza? Porque se os ha mandado adorar a los dioses, y a aquellos dioses a quienes todos conocen como tales.» Dionisio respondió: «No adoramos a ningún otro.» Emiliano, como prefecto, les dijo: «Percibo que sois a la vez ingratos e insensibles a la clemencia de nuestros príncipes. Por lo cual no permaneceréis en esta ciudad; sino que seréis enviados a las regiones de Libia, y establecidos en un lugar llamado Cefro: pues he elegido este lugar de acuerdo con el mandato de nuestros príncipes. De ningún modo os será lícito, ni a vosotros ni a otros, celebrar asambleas ni entrar en los lugares llamados cementerios. Y si se ve a alguien que no se ha trasladado al lugar adonde le he ordenado ir, o si es descubierto en alguna asamblea, se acarreará peligro; porque el castigo requerido no faltará. Idos, pues, al lugar adonde se os ha mandado ir.» Así me obligó a partir, enfermo como estaba; ni me concedió la demora siquiera de un solo día. ¿Qué oportunidad, entonces, tuve de pensar en celebrar asambleas o en no celebrarlas?
    6. Luego, después de algunos otros asuntos, dice:— Además, no nos retiramos de la asamblea visible de nosotros mismos, con la presencia del Señor. Pero a los que estaban en la ciudad traté de reunir con tanto mayor celo, como si estuviera presente con ellos; porque ciertamente estaba ausente en el cuerpo, como dije, pero presente en el espíritu. Y en Cefro ciertamente una iglesia considerable habitó con nosotros, compuesta en parte por los hermanos que nos siguieron desde la ciudad, y en parte por los que se nos unieron desde Egipto. Allí también nos abrió Dios una puerta para la palabra. Y al principio fuimos perseguidos, fuimos apedreados; pero después de un tiempo algunos pocos de los paganos abandonaron sus ídolos y se volvieron a Dios. Pues por medio nuestro fue sembrada entonces la palabra entre ellos por primera vez, y antes de eso nunca la habían recibido. Y como para mostrar que este había sido el propósito mismo de Dios al conducirnos a ellos, cuando hubimos cumplido este ministerio, Él nos sacó de nuevo. Pues Emiliano tenía intención de trasladarnos a regiones más ásperas, al parecer, y a distritos más libios; y dio órdenes de llevarnos a todos en todas direcciones al territorio Mareótico, y asignó aldeas a cada grupo por todo el país. Pero dio instrucciones de que fuéramos ubicados especialmente junto al camino público, para que también fuéramos los primeros en ser apresados; pues evidentemente hacía sus arreglos y planes con miras a apoderarse fácilmente de todos nosotros cuando decidiera echarnos mano.
    7. Ahora, cuando recibí la orden de partir a Cefro, no tenía idea de la situación del lugar, y apenas había oído antes su nombre; sin embargo, a pesar de todo, fui con valentía y calma. Pero cuando se me trajo la noticia de que debía trasladarme a las regiones de Colutión, los presentes saben cómo me sentí; pues aquí seré mi propio acusador. Al principio, ciertamente, me sentí muy contrariado y lo tomé muy a mal; pues aunque estos lugares resultaron ser más conocidos y más familiares para nosotros, la gente declaraba que la región carecía de hermanos, e incluso de hombres de carácter, y que estaba expuesta a las molestias de los viajeros y a las incursiones de ladrones. Hallé consuelo, sin embargo, cuando los hermanos me recordaron que estaba más cerca de la ciudad; y mientras Cefro nos proporcionaba amplio trato con hermanos de toda clase que venían de Egipto, de modo que podíamos celebrar nuestras asambleas sagradas en una escala más extensa, allí, por otra parte, como la ciudad estaba más próxima, podíamos gozar con más frecuencia de la vista de aquellos que eran los verdaderamente amados, y en la relación más estrecha con nosotros, y más queridos para nosotros: pues estos venían y descansaban entre nosotros, y, como en los arrabales más remotos, habría reuniones distintas y especiales. Y así resultó.
    8. Luego, después de algunos otros asuntos, da de nuevo el siguiente relato de lo que le sucedió: — Germáno, ciertamente, se jacta de muchas profesiones de fe. ¡Él, en verdad, es capaz de hablar de muchas cosas adversas que le han sucedido! ¿Puede entonces contar en su propio caso tantas sentencias condenatorias como nosotros podemos enumerar en el nuestro, y también confiscaciones, y proscripciones, y despojos de bienes, y pérdidas de dignidades, y desprecios del honor mundano, y menosprecios de las alabanzas de gobernadores y consejeros, y pacientes sometimientos a las amenazas de los adversarios, y a los gritos, y peligros, y persecuciones, y una vida errante, y la presión de las dificultades, y toda clase de tribulaciones, como las que me sobrevinieron en tiempo de Decio y Sabino, y como las que he estado sufriendo bajo las severidades actuales de Emiliano? Pero ¿dónde en el mundo apareció Germáno? ¿Y qué mención se hace de él? Pero me retiro de este enorme acto de necedad en el que estoy sufriendo caer por causa de Germáno; y en consecuencia me abstengo de dar a los hermanos, que ya tienen pleno conocimiento de estas cosas, una narración particular y detallada de todo lo que sucedió.
    Comentario editorial · De Taposiris a Cefro
    Dionisio responde a Germano, un obispo que, según Eusebio, intentaba calumniarlo (HE VII, 11). La carta junta dos persecuciones. En los §§ 1–3 cuenta su huida bajo Decio: el prefecto Sabino lo hizo buscar, los soldados lo prendieron y lo llevaron a Taposiris, y lo libró un grupo de invitados a una boda. Los §§ 4–8 son de la persecución de Valeriano: Emiliano, el prefecto, lo interroga con otros cuatro, les prohíbe reunirse y los destierra a Cefro, «un pueblo cerca del desierto» (Eusebio), en Libia. La introducción del traductor del ANF sitúa ese destierro desde 257 y su fin por el edicto de Galieno; Wikipedia sitúa el edicto de tolerancia de Galieno en 260. El § 6 cuenta que en Cefro se formó «una iglesia considerable».

    Epístola 11. A Hermamón

    Epístola 11, §§ 1–6

    1. Pero Galo no comprendió la maldad de Decio, ni advirtió de antemano qué era lo que labraba su ruina. Antes tropezó con la misma piedra que yacía delante de sus ojos; pues cuando su soberanía se hallaba en posición próspera, y cuando los asuntos salían conforme a su deseo, oprimió a aquellos varones santos que intercedían ante Dios por su paz y su bienestar. Y, en consecuencia, al perseguirlos, perseguía también las oraciones ofrecidas en su propio favor.
    2. Y a Juan se le hace una revelación de manera semejante: «Y le fue dada», dice, «una boca que hablaba grandes cosas y blasfemias; y le fue dada potestad, y cuarenta y dos meses.» Y ambas cosas se hallan como motivo de asombro en el caso de Valeriano; y muy especialmente hay que considerar cuán distinto era él antes de estos sucesos: cuán manso y bien dispuesto estaba hacia los hombres de Dios. Porque entre los emperadores que lo precedieron, no hubo uno que mostrara una disposición tan bondadosa y favorable hacia ellos como la que él mostró; sí, aun aquellos de quienes se decía que se habían hecho cristianos abiertamente no los recibieron con aquella extrema amistad y gracia con que él los recibió al comienzo de su reinado; y toda su casa estaba llena entonces de piadosos, y era ella misma una verdadera iglesia de Dios. Pero el maestro y presidente de los Magos de Egipto lo indujo a abandonar ese camino, instándole a matar y perseguir a aquellos varones puros y santos como adversarios y obstáculos para sus malditos y abominables encantamientos. Pues hay, en verdad, y hubo hombres que, por su simple presencia, y con solo mostrarse, y con solo respirar y pronunciar algunas palabras, habían podido disipar los artificios de los demonios malignos. Pero aquel le puso en la mente practicar los ritos impuros de iniciación, y detestables prestidigitaciones, y sacrificios execrables, y degollar a miserables niños, y hacer oblaciones de la prole de padres infelices, y abrir las entrañas de los recién nacidos, y mutilar y despedazar las criaturas hechas por Dios, como si por tales medios ellos hubieran de alcanzar la bienaventuranza.
    3. Después añade lo siguiente:— Espléndidas fueron ciertamente las ofrendas de acción de gracias que Macriano les presentó por aquel imperio que era objeto de sus esperanzas; el cual, aunque antes tenía fama de ser fiel tesorero público del soberano, no tenía sin embargo mente para nada que fuese razonable en sí mismo o conducente al bien público, sino que se sujetó a aquella maldición de la profecía que dice: «¡Ay de los que profetizan de su propio corazón, y no miran por el bien público!» Porque no discernía aquella providencia que regula todas las cosas; ni pensaba en el juicio de Aquel que es antes de todas las cosas, y por todas las cosas, y sobre todas las cosas. Por lo cual también se hizo enemigo de su Iglesia Católica; y además de eso, se alienó y se apartó de la misericordia de Dios, y huyó a la mayor distancia posible de su salvación. Y en esto, en verdad, demostró la realidad del significado peculiar de su nombre.
    4. Y de nuevo, después de algunas otras cosas, prosigue así:— Pues Valeriano fue instigado a estos actos por este hombre, y quedó por ello expuesto a la contumelia y al oprobio, según la palabra dicha por el Señor a Isaías: «Sí, ellos escogieron sus propios caminos, y sus propias abominaciones en las cuales se deleitaban sus almas; yo también escogeré sus escarnios, y les recompensaré su pecado.» Pero este hombre (Macriano), enloquecido por su pasión por el imperio, del todo indigno de él como era, y al mismo tiempo sin capacidad para asumir las insignias del gobierno imperial, a causa de su cuerpo lisiado, presentó a sus dos hijos como portadores, por así decirlo, de las ofensas del padre. Porque de manera inconfundible se hizo patente en su caso la verdad de aquella declaración hecha por Dios, cuando dijo: «Visito las iniquidades de los padres sobre los hijos, hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen.» Porque amontonó sus propias pasiones perversas, para las cuales no había logrado obtener satisfacción, sobre las cabezas de sus hijos, y así descargó sobre ellos su propia maldad, y transfirió también a ellos el odio que él mismo había mostrado contra Dios.
    5. Aquel hombre, pues, después de haber traicionado al uno y hecho guerra al otro de los emperadores que lo precedieron, pereció rápidamente, con toda su familia, de raíz y rama. Y Galieno fue proclamado, y reconocido por todos. Y era a la vez un emperador viejo y uno nuevo; pues fue anterior a aquellos, y también los sobrevivió. A este efecto, en verdad, es la palabra dicha por el Señor a Isaías: «He aquí, las cosas que eran desde el principio han acontecido; y hay cosas nuevas que ahora surgirán.» Porque como una nube que intercepta los rayos del sol, y lo cubre por un poco, lo oscurece, y aparece ella misma en su lugar, pero de nuevo, cuando la nube ha pasado o se ha deshecho, el sol, que había salido antes, vuelve a salir y se muestra: así este Macriano se puso adelante, y se procuró acceso aun al mismísimo imperio de Galieno ya establecido; pero ahora ya no es eso, porque en verdad nunca lo fue, mientras este otro, es decir, Galieno, es tal como era. Y su imperio, como si se hubiera despojado de la vejez y se hubiera purgado de la maldad que antes le era propia, se halla al presente en condición más vigorosa y floreciente, y se le ve y se oye hablar de él a mayores distancias, y se extiende por todas partes.
    6. Luego indica además el tiempo exacto en que escribió este relato, como sigue:— Y se me ocurre de nuevo repasar los días de los años imperiales. Porque veo que aquellos hombres impiísimos, cuyos nombres quizá fueron en otro tiempo tan famosos, han quedado en breve espacio sin nombre. Pero nuestro príncipe más piadoso y temeroso de Dios ha pasado su septenio, y está ahora en su noveno año, en el cual hemos de celebrar la fiesta.

    Epístola 12. A los alejandrinos

    Epístola 12, §§ 1–5

    1. A otros hombres, en verdad, el estado actual de las cosas no parecería ofrecer una ocasión adecuada para una fiesta; y ciertamente este no es para ellos tiempo de fiesta; ni, en verdad, lo es ningún otro. Y digo esto, no solo de las ocasiones manifiestamente tristes, sino aun de todas las ocasiones cualesquiera que la gente pudiera considerar más gozosas. Y ahora ciertamente todas las cosas se han tornado en duelo, y todos los hombres están en aflicción, y los lamentos resuenan por la ciudad, a causa de la multitud de los muertos y de los que mueren día a día. Porque como está escrito en el caso de los primogénitos de los egipcios, así ahora también se ha levantado un gran clamor. «Porque no hay casa en la que no haya un muerto.» ¡Y ojalá que aun esto fuera todo!
    2. Muchas calamidades terribles, es verdad, nos han sobrevenido también antes de esto. Pues primero nos expulsaron; y aunque estábamos completamente solos, perseguidos por todos y en camino de ser muertos, celebramos nuestra fiesta, aun en tal tiempo. Y todo lugar que había sido escenario de algunos de los sucesivos sufrimientos que sobrevinieron a cualquiera de nosotros, se convirtió en asiento de nuestras solemnes asambleas: el campo, el desierto, la nave, la posada, la prisión; todos por igual. La fiesta más gozosa de todas, sin embargo, ha sido celebrada por aquellos mártires perfectos que se han sentado al banquete en el cielo. Y después de estas cosas, la guerra y el hambre nos sorprendieron. Estas eran calamidades que compartíamos, en verdad, con los paganos. Pero también tuvimos que soportar solos aquellos males con que ellos nos ultrajaban, y al mismo tiempo tuvimos que sostener nuestra parte en aquellas cosas que ellos se hacían unos a otros o sufrían a manos unos de otros; mientras que de nuevo nos regocijábamos profundamente en aquella paz de Cristo que Él nos impartía solo a nosotros.
    3. Y después de que nosotros y ellos juntos disfrutamos de una brevísima temporada de descanso, esta peste nos asaltó a continuación: una calamidad en verdad más terrible para ellos que todos los demás objetos de temor, y más intolerable que cualquier otra clase de aflicción; y una desgracia que, como declara cierto escritor de los suyos, por sí sola prevalece sobre toda esperanza. Para nosotros, sin embargo, no fue así; sino que, en no menor medida que otros males, resultó un instrumento para nuestra formación y prueba. Porque de ningún modo se mantuvo alejada de nosotros, aunque se extendía con grandísima violencia entre los paganos.
    4. A estas declaraciones añade en debida sucesión lo siguiente:— Ciertamente muchísimos de nuestros hermanos, mientras en su excesivo amor y bondad fraterna no se perdonaban a sí mismos, sino que permanecían unos junto a otros, y visitaban a los enfermos sin pensar en su propio peligro, y los atendían asiduamente, y los cuidaban para su sanidad en Cristo, murieron una y otra vez con sumo gozo junto con ellos, cargándose de dolores ajenos, y atrayendo sobre sí las enfermedades de sus prójimos, y tomando de buena gana sobre sus propias personas la carga de los sufrimientos de los que los rodeaban. Y muchos que así habían curado a otros de sus enfermedades y los habían restablecido, murieron ellos mismos, habiendo transferido a sus propios cuerpos la muerte que pesaba sobre aquellos. Y aquel dicho común, que de otro modo parecía siempre ser solo una forma cortés de dirigirse a alguien, lo expresaron entonces de hecho, al partir de esta vida, como los desechos de todos. Sí, los mejores de nuestros hermanos han partido de esta vida de esta manera, incluidos algunos presbíteros y algunos diáconos, y entre el pueblo los de más alta reputación: de modo que esta misma forma de muerte, en virtud de la distinguida piedad y la fe firme que en ella se mostraban, pareció no quedar en nada por debajo del martirio mismo.
    5. Y tomaban los cuerpos de los santos sobre sus manos extendidas y sobre sus pechos, y les cerraban los ojos y les cerraban la boca. Y llevándolos en compañía, y amortajándolos decentemente, se aferraban a ellos, y los abrazaban, y los preparaban debidamente con lavado y con vestiduras. Y luego, poco después, recibían ellos mismos los mismos servicios, pues los que sobrevivían seguían siempre a los que partían antes. Pero entre los paganos todo era lo contrario. Porque apartaban a cualquiera que empezaba a enfermar, y se mantenían alejados aun de sus amigos más queridos, y arrojaban a los enfermos a los caminos públicos medio muertos, y los dejaban insepultos, y los trataban con total desprecio cuando morían, evitando constantemente cualquier tipo de comunicación e intercambio con la muerte; lo cual, sin embargo, no les era fácil evitar del todo, a pesar de las muchas precauciones que empleaban.
    Comentario editorial · La peste que describe Dionisio
    Eusebio cita esta carta pascual como la que Dionisio escribió «tras la guerra» y cuando sobrevino la peste (HE VII, 22). La enfermedad se conoce hoy como peste de Cipriano; Wikipedia la data entre 249 y 262, o entre 251/2 y 270, según el cómputo, y dice que dos cartas de Dionisio apuntan a su aparición en Egipto hacia la Pascua de 249. Su agente no se ha identificado: se han propuesto viruela, sarampión o una fiebre hemorrágica vírica. Wikipedia cita a un historiador que calcula que la población de Alejandría pasó de 500 000 a 190 000 habitantes; parte de la caída pudo deberse a quienes huyeron. Los §§ 4–5 cuentan cómo cuidaron los cristianos a los enfermos y a los muertos; los paganos, dice el texto citado por Eusebio, abandonaban a los suyos.

    Epístola 13. A Hierax, obispo en Egipto

    Epístola 13, §§ 1–2

    1. Pero ¿qué maravilla habría si a mí me resulta difícil comunicar por carta con los que están establecidos en comarcas remotas, cuando parece estar más allá de mi poder incluso razonar conmigo mismo y aconsejarme con mi propia alma? Porque ciertamente las comunicaciones epistolares me son muy necesarias con aquellos que son, por así decirlo, mis propias entrañas, mis más íntimos asociados y mis hermanos, una misma alma conmigo y también miembros de la misma Iglesia. Y sin embargo no se abre ningún camino por el cual pueda transmitir tales mensajes. Más fácil, en verdad, sería para uno —no digo simplemente pasar más allá de los límites de la provincia, sino cruzar de oriente a occidente— que viajar de esta misma Alejandría a Alejandría. Porque el camino más central de esta ciudad es más vasto e intransitable aun que aquel extenso y no hollado desierto que Israel solo atravesó en dos generaciones; y nuestros puertos lisos y sin olas se han convertido en imagen de aquel mar por el cual el pueblo pasó, en el tiempo en que se dividió y se alzó como muros a uno y otro lado, y en cuyo paso los egipcios se ahogaron. Pues a menudo han aparecido como el mar Rojo, a consecuencia de la matanza perpetrada en ellos. También el río que fluye junto a la ciudad ha aparecido a veces más seco que el desierto sin agua, y más árido que aquel yermo en el cual Israel fue tan abrumado por la sed en su camino, que no cesaban de clamar contra Moisés, y el agua fue hecha brotar para ellos de la roca escarpada por el poder de Aquel que solo hace maravillas. Y a veces, de nuevo, se ha elevado en tal pleamar, que ha inundado todo el país de alrededor, y los caminos, y los campos, como si amenazara con traer sobre nosotros una vez más aquel diluvio de aguas que ocurrió en los días de Noé.
    2. Pero ahora fluye siempre adelante, contaminado con sangre, matanzas y las luchas de los que se ahogan, tal como en otro tiempo, cuando por causa de Faraón fue convertido por Moisés en sangre y se volvió pútrido. ¿Y qué otro líquido podría limpiar el agua, que por sí misma limpia todas las cosas? ¿Cómo podría aquel océano, tan vasto e infranqueable para los hombres, aunque se derramara sobre ella, purgar jamás este mar amargo? ¿O cómo podría aun aquel gran río que brota de Edén, aunque descargara las cuatro cabezas en que se divide en el único canal del Gihón, lavar estas contaminaciones? ¿O cuándo este aire, contaminado como está por exhalaciones nocivas que se elevan en todas direcciones, volverá a ser puro? Pues hay tales vapores despedidos de la tierra, y tales ráfagas del mar, y brisas de los ríos, y nieblas humeantes de los puertos, que por rocío podríamos suponer que tenemos los fluidos impuros de los cadáveres que se pudren en todos los elementos subyacentes. Y sin embargo, después de todo esto, los hombres se asombran y no alcanzan a comprender de dónde vienen estas pestes constantes, de dónde estas enfermedades terribles, de dónde estas muchas clases de aflicciones fatales, de dónde toda aquella grande y multiforme destrucción de la vida humana, y qué razón hay para que esta poderosa ciudad ya no contenga dentro de sí un número tan grande de habitantes, tomando en cuenta a todas las clases, desde los tiernos niños hasta los muy avanzados en edad, como en otro tiempo mantenía de aquellos solos a quienes llamaba viejos sanos. Pero los de cuarenta años hasta los setenta eran entonces tan mucho más numerosos, que su número no puede completarse ahora aun cuando los de catorce a ochenta años se han añadido al padrón y registro de las personas que reciben las raciones públicas de trigo. Y los que son más jóvenes en apariencia se han vuelto ahora, por así decirlo, iguales en edad a los que en otro tiempo eran los más ancianos. Y sin embargo, aunque ven así a la raza humana constantemente disminuyendo y consumiéndose sobre la tierra, no sienten temor en medio de esta creciente y avanzada consunción y aniquilación de su propio número.

    Epístola 14. De su cuarta Epístola festal

    Epístola 14

    El amor está enteramente y para siempre alerta, y busca hacer algún bien aun a quien no quiere recibirlo. Y muchas veces el hombre que se retrae de él por un sentimiento de vergüenza, y que rehúsa aceptar servicios de bondad por no querer resultar molesto a otros, y que prefiere soportar la carga de sus propios males antes que causar molestia y ansiedad a alguien, es importunado por el hombre lleno de amor para que tolere sus ayudas, y para que se deje socorrer por otro, aunque sea como quien sufre una injuria, y para que así haga un grandísimo servicio, no a sí mismo, sino a otro, al permitir que ese otro sea el agente para poner fin al mal en que él se ha visto envuelto.

    Fragmentos exegéticos (Dionisio)

    Sobre Lucas 22:42-48

    Lc 22:42–44

    Ver. 42. Padre, si quieres apartar de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
    Pero baste con esto lo dicho sobre el tema de la voluntad. Sin embargo, esta palabra, Pase de mí este cáliz, no significa: Que no se acerque a mí, ni se me aproxime. Porque lo que puede pasar de Él ciertamente tiene que acercársele primero; y lo que así pasa de Él debe estar junto a Él. Porque si no llega hasta Él, no puede pasar de Él. Porque Él asume la persona del hombre, como habiéndose hecho hombre. Por lo cual también en esta ocasión rechaza el hacer lo inferior, que es suyo, y pide que se haga lo superior, que es de su Padre, a saber, la voluntad divina; la cual, sin embargo, en cuanto a la divinidad, es una y la misma voluntad en Él y en el Padre. Pues era voluntad del Padre que Él pasara por toda prueba (tentación); y el Padre mismo de manera maravillosa lo condujo por este camino, no ciertamente teniendo como meta la prueba misma, ni simplemente para que entrara en ella, sino para que se mostrara superior a la prueba, y aun más allá de ella. Y ciertamente es un hecho que el Salvador no pide ni lo imposible, ni lo impracticable, ni lo contrario a la voluntad del Padre. Es algo posible; pues Marcos menciona que Él dijo, Abba, Padre, todas las cosas te son posibles. Y son posibles si Él las quiere; pues Lucas nos dice que Él dijo, Padre, si quieres, aparta de mí esta copa. El Espíritu Santo, distribuido entre los evangelistas, compone el relato completo de toda la disposición de nuestro Salvador mediante las expresiones de estos distintos narradores en conjunto. Él no pide, pues, al Padre lo que el Padre no quiere. Porque las palabras, si quieres, eran demostrativas de sujeción y docilidad, no de ignorancia o vacilación. Por esta razón, la otra Escritura dice, Todas las cosas te son posibles. Y Mateo, a su vez, describe admirablemente la sumisión y la humildad cuando dice, si es posible. Porque a menos que adaptemos el sentido de esta manera, algunos quizá atribuirán una significación impía a esta expresión, si es posible, como si hubiera algo imposible de hacer para Dios, excepto solo aquello que Él no quiere hacer. Pero … fortalecido al punto en su humanidad por su divinidad paterna, insta la petición más segura, y ya no desea que sea así, sino que se cumpla según el beneplácito del Padre, en gloria, en constancia y en plenitud. Pues Juan, que nos ha dado el relato de las palabras y obras más sublimes y divinas del Salvador, le oyó hablar así: Y la copa que mi Padre me ha dado, ¿no la he de beber?1 Ahora bien, beber la copa era cumplir el ministerio y toda la economía de la prueba con fortaleza, seguir y cumplir la determinación del Padre, y superar todos los temores. Y la exclamación, ¿Por qué me has desamparado? estaba en debida consonancia con las peticiones que había hecho antes: ¿Por qué la muerte ha estado en conjunción conmigo todo este tiempo hasta ahora, y aún no soporto la copa? Este juzgo que fue el significado del Salvador en esta concisa expresión.
    Y ciertamente dijo entonces la verdad. Sin embargo, no fue desamparado. Pero bebió la copa de una vez, como su súplica había dado a entender, y luego se fue.1 Y el vinagre que le fue alcanzado me parece que fue algo simbólico. Porque el vino vuelto1 indicaba muy bien la rápida vuelta1 y cambio que Él experimentó, cuando pasó de su pasión a la impasibilidad, y de la muerte a la inmortalidad, y de la condición de juzgado a la de juez, y de la sujeción bajo el poder del déspota al ejercicio del dominio real. Y la esponja, según pienso, significaba la completa transfusión1 del Espíritu Santo que se realizó en Él. Y la caña simbolizaba el cetro real y la ley divina. Y el hisopo expresaba aquella vivificante y salvadora resurrección suya, por la cual también nos ha traído salud a nosotros.1
    43. Y se le apareció un ángel del cielo, fortaleciéndole.
    44. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y su sudor era como grandes gotas de sangre que caían al suelo.
    La frase sudor de sangre es una expresión parabólica corriente que se usa de personas en intenso dolor y angustia; como también de uno en amarga aflicción se dice que el hombre llora lágrimas de sangre. Porque al usar la expresión como grandes gotas de sangre, no declara que las gotas de sudor fueran realmente gotas de sangre.1 Pues no habría dicho entonces que estas gotas de sudor eran semejantes a la sangre. Porque tal es la fuerza de la expresión como grandes gotas. Más bien, con el objeto de dejar claro que el cuerpo del Señor no estaba empapado de ninguna especie de humedad sutil que tuviera solo la apariencia y el aspecto de lo real, sino que realmente estaba todo cubierto de sudor en forma de grandes y espesas gotas, ha tomado las grandes gotas de sangre como ilustración de lo que sucedía con Él. Y en consecuencia, así como por la intensidad de la súplica y la severa agonía, también por el sudor denso y excesivo, hizo patentes los hechos: que el Salvador era hombre por naturaleza y en realidad, y no en mera semblanza y apariencia, y que estaba sujeto a todas las sensibilidades inocentes naturales a los hombres. Sin embargo, las palabras Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para volverla a tomar1 muestran que su pasión fue cosa voluntaria; y además, indican que la vida que se pone y se vuelve a tomar es una cosa, y la divinidad que la pone y la vuelve a tomar es otra.
    Él dice una cosa y otra, no como haciendo una partición en dos personas, sino como mostrando la distinción entre las dos naturalezas.1
    Y así como, al soportar voluntariamente la muerte en la carne, implantó la incorruptibilidad en ella; así también, al tomar para sí por su libre voluntad la pasión de nuestra servidumbre,1 puso en ella las semillas de constancia y valor, con las cuales ha fortalecido a los que creen en Él para los poderosos combates propios del testimonio que han de dar. Así, también, aquellas gotas de sudor fluyeron de Él de modo maravilloso como grandes gotas de sangre, para que, por así decirlo, drenara2 y vaciara la fuente del temor propio de nuestra naturaleza. Porque si esto no se hubiera hecho con un sentido místico, ciertamente no habría, aun habiendo sido2 el más tímido e innoble de los hombres, sido rociado de esta manera antinatural con gotas de sudor como gotas de sangre bajo la mera fuerza de su agonía.
    Comentario editorial · Los números en superíndice
    En estos fragmentos aparecen números pequeños (1, 2, 3) pegados a una palabra. Están en el epub, en castellano y en inglés, y son llamadas de las notas de la edición inglesa, que el epub no trae. En el texto inglés de CCEL aparece, junto a algunas de esas palabras, el término griego (por ejemplo, tras «enderezar», ῥυθμίζειν). Aquí se conservan en su sitio, sin explicarlas.

    Lc 22:45–48

    De semejante significado es también la frase de la narración que nos dice que un ángel se puso junto al Salvador y lo fortaleció. Pues esto también tenía relación con la economía emprendida en favor nuestro. Porque los que son designados para empeñarse en los sagrados esfuerzos de los combates por causa de la piedad, tienen a los ángeles del cielo para asistirlos. Y la oración Padre, aparta la copa, la pronunció probablemente no como si temiera la muerte misma, sino con la intención de desafiar al diablo con estas palabras para que levantara la cruz para Él. Con palabras de engaño aquella personalidad engañó a Adán; con las palabras de la divinidad, pues, sea ahora engañado el engañador mismo. Sin embargo, ciertamente la voluntad del Hijo no es una cosa, y la voluntad del Padre otra.2 Porque el que quiere lo que el Padre quiere, se halla que tiene la voluntad del Padre. Es, por tanto, en sentido figurado que dice: no mi voluntad, sino la tuya. Porque no es que desee que la copa sea apartada, sino que refiere a la voluntad del Padre la justa salida de su pasión, y con ello honra al Padre como el Primero.2 Porque si los padres2 llaman a la disposición de uno gnomè,2 y si tal disposición se refiere también a lo que está en consideración oculto como por propósito fijo, ¿cómo dicen algunos que el Señor, que está por encima de todas estas cosas, tiene una voluntad gnómica?2 Manifiestamente eso solo puede ser por defecto de razón.
    45. Y cuando se levantó de la oración y fue a sus discípulos, los halló durmiendo por la tristeza;
    46. Y les dijo: ¿Por qué estáis durmiendo? Levantaos y orad, para que no entréis en tentación.
    Pues en el sentido más general se cumple que aparentemente no es posible que ningún hombre2 permanezca del todo sin experiencia del mal. Porque, como dice uno, el mundo entero yace en el mal;2 y otra vez: Los más de los días del hombre son trabajo y aflicción.2 Pero quizá dirás: ¿Qué diferencia hay entre ser tentado y caer o entrar en tentación? Pues bien, si uno es vencido por el mal —y será vencido a menos que luche contra él por sí mismo, y a menos que Dios lo proteja con su escudo— ese hombre ha entrado en tentación, y está en ella, y es sometido a ella como quien es llevado cautivo. Pero si uno resiste y soporta, ese hombre es ciertamente tentado; pero no ha entrado en tentación, ni caído en ella. Así, Jesús fue llevado por el Espíritu, no ciertamente para entrar en tentación, sino para ser tentado por el diablo.3 Y Abraham, a su vez, no entró en tentación, ni Dios lo llevó a la tentación, sino que lo tentó (probó); pero no lo empujó a la tentación. El Señor mismo, además, tentó (probó) a los discípulos. Así, el maligno, cuando nos tienta, nos arrastra a las tentaciones, tratando él mismo con las tentaciones del mal. Pero Dios, cuando tienta (prueba), presenta las tentaciones (pruebas) como quien no es tentado por el mal. Porque Dios, está dicho, no puede ser tentado por el mal.3 El diablo, por tanto, nos empuja con violencia, arrastrándonos a la destrucción; pero Dios nos lleva de la mano, adiestrándonos para nuestra salvación.
    47. Mientras Él aún hablaba, he aquí una multitud; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba delante de ellos, y se acercó a Jesús, y le besó.
    48. Pero Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?
    ¡Cuán admirable es esta paciencia del mal por parte del Señor, que incluso besó al traidor y pronunció palabras más suaves aún que el beso! Pues no dijo: Oh tú, abominable, sí, traidor del todo abominable, ¿es este el pago que nos haces por tan gran bondad? Sino que, de algún modo, dice simplemente Judas, usando el nombre propio, que era el tratamiento que usaría quien se compadeciera de una persona, o que deseara llamarlo de vuelta, más bien que el de uno enojado. Y no dijo: tu Maestro, el Señor, tu bienhechor; sino que dijo simplemente: el Hijo del hombre, es decir, el tierno y manso: como si quisiera decir: Aun suponiendo que yo no fuera tu Maestro, o Señor, o bienhechor, ¿aun así traicionas a uno tan sin malicia y tan tiernamente dispuesto hacia ti, que incluso te besa en la hora de tu traición, y eso, además, cuando el beso era la señal de tu traición? ¡Bendito seas, oh Señor! ¡Cuán grande es este ejemplo de paciencia del mal que nos has mostrado en tu propia persona! ¡Cuán grande, también, el modelo de humildad! Con todo, el Señor nos ha dado este ejemplo para mostrarnos que no debemos dejar de ofrecer nuestro buen consejo a nuestros hermanos, aun cuando nada notable se logre con nuestras palabras.
    Porque así como las heridas incurables son heridas que no pueden ser remediadas ni por aplicaciones severas, ni por aquellas que pueden actuar más suavemente sobre ellas;3 así también3 el alma, cuando una vez es llevada cautiva, y se entrega a cualquier clase de3 maldad, y se niega a considerar lo que realmente le es provechoso, aunque en ella resuenen miríadas de consejos, no saca bien alguno para sí. Sino que, como si el sentido del oído estuviera muerto dentro de ella, no recibe beneficio de las exhortaciones que se le dirigen; no porque no pueda, sino solo porque no quiere. Esto fue lo que sucedió en el caso de Judas. Y sin embargo, Cristo, aunque conocía todas estas cosas de antemano, no dejó en ningún momento, desde el principio hasta el fin, de hacer todo lo que de Él dependía en cuanto a consejo. Y en la medida en que sabemos que tal era su práctica, debemos también esforzarnos sin cesar por enderezar3 a los que se muestran descuidados, aun cuando no parezca lograrse bien real alguno con ese consejo.

    Sobre Lucas 22:42, etc.

    Lc 22:42, etc.

    Pero baste con esto lo dicho sobre el tema de la voluntad. Sin embargo, esta palabra, Pase de mí este cáliz, no significa: Que no se acerque a mí, ni se me aproxime. Porque lo que puede pasar de Él ciertamente tiene que acercársele primero; y lo que así pasa de Él debe estar junto a Él. Porque si no llega hasta Él, no puede pasar de Él. En consecuencia, como si ahora lo sintiera presente, comenzó a angustiarse, a turbarse, a asombrarse en gran manera y a estar en agonía. Y como si estuviera a la mano y colocado delante de Él, no dice meramente la copa, sino que la indica con la palabra esta. Por tanto, así como lo que pasa de uno es algo que ni carece de aproximación ni está permanentemente asentado con uno, así la primera petición del Salvador es que la tentación que ha venido suave y claramente sobre Él, y se le ha asociado ligeramente, sea apartada. Y esta es la primera forma de aquella liberación de caer en tentación, que también aconseja a los discípulos más débiles que hagan objeto de sus oraciones; a saber, la que concierne a la aproximación de la tentación: porque es necesario que vengan escándalos, pero sin embargo aquellos a quienes vienen no deben caer en la tentación. Pero el modo más perfecto en que se exhibe esta liberación de entrar en tentación es el que expresa en su segunda petición, cuando dice no meramente No como yo quiero, sino también sino como tú quieres. Porque en Dios no hay tentación en el mal; sino que Él quiere darnos bien sobreabundantemente por encima de lo que pedimos o pensamos. Que su voluntad, por tanto, es la voluntad perfecta, lo sabía el Amado mismo; y a menudo dice que ha venido a hacer esa voluntad, y no la suya propia, es decir, la voluntad de los hombres. Porque Él asume la persona de los hombres, como habiéndose hecho hombre. Por lo cual también en esta ocasión rechaza el hacer lo inferior, que es suyo, y pide que se haga lo superior, que es de su Padre, a saber, la voluntad divina, la cual, sin embargo, en cuanto a la divinidad, es una y la misma voluntad en Él y en su Padre. Pues era voluntad del Padre que Él pasara por toda prueba (tentación), y el Padre mismo de manera maravillosa lo condujo por este camino; no ciertamente teniendo como meta la prueba misma, ni simplemente para que entrara en ella, sino para que se mostrara superior a la prueba, y aun más allá de ella. Y ciertamente es un hecho que el Salvador no pide ni lo imposible, ni lo impracticable, ni lo contrario a la voluntad del Padre. Es algo posible, pues Marcos menciona que Él dijo: Abba, Padre, todas las cosas te son posibles; y son posibles si Él las quiere, pues Lucas nos dice que Él dijo: Padre, si quieres, aparta de mí esta copa. El Espíritu Santo, por tanto, distribuido entre los evangelistas, compone el relato completo de toda la disposición de nuestro Salvador mediante las expresiones de estos distintos narradores en conjunto. Él no pide, pues, al Padre lo que el Padre no quiere. Porque las palabras si quieres eran demostrativas de sujeción y docilidad, no de ignorancia o vacilación. Y así como cuando hacemos una petición que pueda ser conforme a su juicio, ante padre o gobernante o cualquiera de aquellos a quienes respetamos, solemos usar la fórmula, aunque ciertamente no como si dudáramos de ello, si usted quiere; así también dijo el Salvador: si quieres: no porque pensara que Él quería algo diferente, y después supiera el hecho, sino porque entendía exactamente la disposición de Dios para apartar la copa de Él, y al hacerlo así aprehendía con justicia que lo que Él quiere también le es posible. Por esta razón, la otra Escritura dice: Todas las cosas te son posibles. Y Mateo, a su vez, describe admirablemente la sumisión y la humildad, cuando dice: si es posible. Porque a menos que adaptemos el sentido de esta manera, algunos quizá atribuirán una significación impía a esta expresión si es posible, como si hubiera algo imposible de hacer para Dios, excepto solo aquello que Él no quiere hacer. Por tanto, la petición que hizo no era nada independiente, ni una que le agradara solo a Él mismo, o que se opusiera a la voluntad de su Padre, sino una también conforme con la mente de Dios. Y sin embargo, alguno puede decir que Él es vencido y cambia de parecer, y pide al momento algo diferente de lo que pidió antes, y ya no se atiene a su propia voluntad, sino que introduce la voluntad de su Padre. Pues bien, tal es ciertamente el caso. No obstante, Él de ningún modo hace cambio alguno de un lado a otro; sino que abraza otro camino, y un método diferente de llevar a cabo una y la misma transacción, que es también cosa agradable a ambos; eligiendo, a saber, en lugar del modo que es el inferior, y que a Él mismo le parece insatisfactorio, el modo superior y más admirable señalado por el Padre. Porque sin duda Él oró para que la copa pasara de Él; pero dice también: Sin embargo, no como yo quiero, sino como tú quieres. Anhela dolorosamente, por un lado, que pase de Él, pero (sabe que) es mejor como el Padre quiere.
    Pues no profiere una petición para que no pase ahora, en lugar de una para su apartamiento; sino que cuando su retiro está ahora ante su vista, elige más bien que esto se ordene como el Padre quiere. Porque hay una doble clase de retiro: hay uno en el caso de un objeto que se ha mostrado y ha alcanzado a otro, y se va al punto al ser seguido por él o al dejarlo atrás, como sucede con los corredores cuando se rozan al pasar; y hay otro en el caso de un objeto que ha morado y permanecido con otro, y se ha sentado junto a él, como en el caso de una banda merodeadora o un campamento, y que después de un tiempo se retira al ser vencido, y al obtener lo contrario de un éxito. Porque si prevalecen no se retiran, sino que se llevan consigo a aquellos a quienes han reducido; pero si se muestran incapaces de ganar la maestría, se retiran en deshonra. Ahora bien, era según la primera semejanza que Él deseaba que la copa llegara a sus manos, y pasara de Él prontamente de nuevo con mucha prontitud y rapidez; pero tan pronto como habló así, fortalecido al punto en su humanidad por la divinidad del Padre, insta la petición más segura, y ya no desea que sea así, sino que se cumpla según el beneplácito del Padre, en gloria, en constancia y en plenitud. Pues Juan, que nos ha dado el relato de las palabras y obras más sublimes y divinas del Salvador, le oyó hablar así: Y la copa que mi Padre me ha dado, ¿no la he de beber? Ahora bien, beber la copa era cumplir el ministerio y toda la economía de la prueba con fortaleza, seguir y cumplir la determinación del Padre, y superar todos los temores; y, de hecho, en la misma oración que pronunció mostró que dejaba atrás estos (temores). Porque de dos objetos, o bien puede decirse que uno es apartado del otro: el objeto que permanece puede decirse apartado del que se va, y el que se va puede decirse apartado del que permanece. Además, Mateo ha indicado con toda claridad que Él ciertamente oró para que la copa pasara de Él, pero que su petición era que esto tuviera lugar no como Él quería, sino como el Padre lo quería. Las palabras dadas por Marcos y Lucas, a su vez, deben ser introducidas en su conexión apropiada. Porque Marcos dice: Sin embargo no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres; y Lucas dice: Sin embargo no mi voluntad, sino la tuya hágase. Se expresó, pues, en ese sentido, y deseó que su pasión amainara y llegara a su fin prontamente. Pero era al mismo tiempo voluntad del Padre que Él llevara a cabo su conflicto de una manera que exigiera esfuerzo sostenido, y en medida suficiente. En consecuencia, Él (el Padre) adujo todo lo q ue le asaltaba. Pero de los proyectiles que fueron lanzados contra Él, algunos fueron hechos añicos, y otros fueron rechazados como con invulnerables armas de acero, o más bien como desde la roca firme e inamovible. Golpes, escupitajos, azotes, muerte, y el levantamiento en aquella muerte, todo vino sobre Él; y cuando todo esto hubo pasado, Él calló y soportó con paciencia hasta el fin, como si nada padeciera, o como si ya estuviera muerto. Pero cuando su muerte se prolongaba, y cuando ya lo dominaba, si así podemos hablar, más allá de su fuerza extrema, clamó a su Padre: ¿Por qué me has desamparado? Y esta exclamación estaba en debida consonancia con las peticiones que había hecho antes: ¿Por qué la muerte ha estado en tan estrecha conjunción conmigo todo este tiempo hasta ahora, y tú aún no haces pasar de mí la copa? ¿No la he bebido ya, y la he apurado? Pero si no, mi temor es que sea consumido por completo por su presión continua; y eso es lo que me sobrevendría si tú me desampararas: entonces permanecería el cumplimiento, pero yo pasaría, y quedaría reducido a la nada. Ahora, pues, te ruego, deja que mi bautismo se termine, porque en verdad he estado en gran angustia hasta que se cumpla.—Este juzgo que fue el significado del Salvador en esta concisa expresión. Y ciertamente dijo entonces la verdad. Sin embargo, no fue desamparado. Aunque bebió la copa de una vez, como su súplica había dado a entender, y luego se fue. Y el vinagre que le fue alcanzado me parece que fue algo simbólico. Porque el vino vuelto indicaba muy bien la rápida vuelta y cambio que Él experimentó cuando pasó de su pasión a la impasibilidad, y de la muerte a la inmortalidad, y de la condición de juzgado a la de juez, y de la sujeción bajo el poder del déspota al ejercicio del dominio real. Y la esponja, según pienso, significaba la completa transfusión del Espíritu Santo que se realizó en Él. Y la caña simbolizaba el cetro real y la ley divina. Y el hisopo expresaba aquella vivificante y salvadora resurrección suya por la cual también nos ha traído salud a nosotros. Pero ya hemos tratado estos asuntos con suficiente detalle en Mateo y Juan. Con el permiso de Dios, hablaremos también del relato dado por Marcos. Pero por ahora nos atendremos a lo que sigue en nuestro pasaje.

    Sobre Lucas 22:46, etc.

    Lc 22:46, etc.

    Esta oración la ofreció también Él mismo, cayendo repetidamente sobre su rostro; y en ambas ocasiones insistió en su petición de no entrar en tentación: tanto cuando oró, Si es posible, pase de mí este cáliz; como cuando dijo, Pero no como yo quiero, sino como tú quieres. Porque habló de no entrar en tentación, y de ello hizo su oración; pero no pidió quedar sin prueba alguna en esas circunstancias, ni que ningún género de sufrimiento le sobreviniera jamás. Pues, en su aplicación más general, es cierto que no parece posible que ningún hombre permanezca del todo sin experiencia del mal: pues, como alguien dice, El mundo entero yace en el mal; y de nuevo, La mayor parte de los días del hombre son trabajo y aflicción, como también los hombres mismos reconocen. Corta es nuestra vida y llena de tristeza. Sin embargo, no era conveniente que Él les mandara orar directamente para que no se cumpliera aquella maldición, que se expresa así: Maldita será la tierra por tu causa: con dolor comerás de ella todos los días de tu vida; o así: Tierra eres, y a la tierra volverás. Por esta razón, las Sagradas Escrituras, que indican de muchas y diversas maneras la terrible aflicción de la vida, la llaman valle de lágrimas. Y sobre todo, ciertamente, este mundo es escenario de dolor para los santos, a quienes dirige esta palabra, y Él no puede mentir al pronunciarla: En el mundo tendréis tribulación. Y en el mismo sentido dice también por el profeta: Muchas son las aflicciones del justo. Pero supongo que se refiere a este no entrar en tentación cuando habla, con las palabras del profeta, de ser librado de las aflicciones. Pues añade: De todas ellas lo librará el Señor. Y esto está precisamente de acuerdo con la palabra del Salvador, con la cual promete que vencerán sus aflicciones y participarán de aquella victoria que Él ha ganado para ellos. Porque después de decir: En el mundo tendréis tribulación, añadió: Pero tened buen ánimo, yo he vencido al mundo. Y de nuevo les enseñó a orar para no caer en tentación, cuando dijo: Y no nos dejes caer en tentación; lo que significa: No permitas que caigamos en tentación. Y para mostrar que esto no implicaba que no fueran tentados, sino realmente que fueran librados del mal, añadió: Mas líbranos del mal. Pero quizá dirás: ¿Qué diferencia hay entre ser tentado y caer o entrar en tentación? Pues bien, si uno es vencido por el mal —y lo será a menos que luche contra él por sí mismo, y a menos que Dios lo proteja con su escudo—, ese hombre ha entrado en tentación, y está en ella, y es sometido a ella como quien es llevado cautivo. Pero si uno resiste y persevera, ese hombre ciertamente es tentado; pero no ha entrado en tentación, ni ha caído bajo ella. Así, Jesús fue llevado por el Espíritu, no ciertamente para entrar en tentación, sino para ser tentado por el diablo. Y Abraham, a su vez, no entró en tentación, ni Dios lo llevó a la tentación, sino que lo tentó (probó); pero no lo empujó a la tentación. El Señor mismo, además, tentó (probó) a los discípulos. Y así, el maligno, cuando nos tienta, nos arrastra a las tentaciones, tratándonos él mismo con las tentaciones del mal; pero Dios, cuando tienta (prueba), presenta las tentaciones como quien no es tentado por el mal. Pues de Dios se dice: no puede ser tentado por el mal.1 El diablo, por tanto, nos empuja con violencia, arrastrándonos a la perdición; pero Dios nos lleva de la mano, adiestrándonos para nuestra salvación.

    Comentario al comienzo del Eclesiastés

    Capítulo 1

    Eclesiastés 1:1–18

    Vers. 1. «Palabras del hijo de David, rey de Israel en Jerusalén.»
    De igual manera también Mateo llama al Señor hijo de David. []
    3. «¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana bajo el sol?»
    Pues ¿qué hombre hay que, aun habiéndose enriquecido afanándose tras las cosas de esta tierra, haya podido hacerse tres codos de estatura, si por naturaleza tiene solo dos codos? ¿O quién, si es ciego, ha recobrado por estos medios la vista? Por tanto, debemos dirigir nuestros trabajos a una meta más allá del sol: pues allí también alcanzan los esfuerzos de las virtudes.
    4. «Una generación pasa, y otra generación viene: pero la tierra permanece para siempre» (hasta el siglo).
    Sí, hasta el siglo, pero no hasta los siglos.
    16. Hablé con mi propio corazón, diciendo: He aquí, he llegado a gran prosperidad, y he alcanzado más sabiduría que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; sí, mi corazón tuvo gran experiencia de sabiduría y de conocimiento.
    17. Conocí parábolas y ciencia: y que esto, ciertamente, es también elección del espíritu.
    18. Porque en la multitud de la sabiduría hay multitud de conocimiento; y el que aumenta ciencia, aumenta dolor.
    Me envaneci vanamente, y aumenté sabiduría; no la sabiduría que Dios ha dado, sino aquella sabiduría de la cual dice Pablo: «La sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios.» [] Porque en esto Salomón tuvo también una experiencia superior a la prudencia, y sobre la medida de todos los antiguos. Por consiguiente, muestra la vanidad de ello, como lo demuestra del mismo modo lo que sigue: «Y mi corazón profirió muchas cosas: conocí sabiduría, y conocimiento, y parábolas, y ciencias.» Pero esta no era la sabiduría ni el conocimiento genuinos, sino aquella que, como dice Pablo, envanece. Habló, además, como está escrito, [] tres mil parábolas. Pero estas no eran parábolas de índole espiritual, sino solo las que se ajustan al común gobierno de los hombres; como, por ejemplo, sentencias sobre animales o medicinas. Por lo cual añadió en tono de burla: «Conocí que esto también es elección del espíritu.» Habla también de la multitud de conocimiento, no del conocimiento del Espíritu Santo, sino del que obra el príncipe de este mundo, y que transmite a los hombres para engañar sus almas, con preguntas oficiosas acerca de las medidas del cielo, la posición de la tierra, los límites del mar. Pero dice también: «El que aumenta ciencia, aumenta dolor.» Porque escudriñan aun cosas más profundas que estas —preguntando, por ejemplo, qué necesidad hay de que el fuego suba y el agua baje; y cuando han aprendido que es porque el uno es ligero y la otra pesada, no hacen sino aumentar el dolor: pues la pregunta sigue en pie: ¿Por qué no podría ser exactamente al revés?

    Capítulo 2

    Eclesiastés 2:1–14

    Vers. 1. «Dije en mi corazón: Ea, pues, haz prueba como en alegría, y mira en el bien. Y también esto es vanidad.»
    Pues fue por causa de la prueba, y de acuerdo con lo que corresponde a la vida más elevada y severa, que entró en el placer. Y hace mención de la alegría, que los hombres llaman así. Y dice: «en el bien,» refiriéndose a lo que los hombres llaman bienes, que no son capaces de dar vida a quien los posee, y que hacen vano, como a ellos mismos, al hombre que se ocupa en ellos.
    2. «Dije de la risa: Es locura; y de la alegría: ¿Qué haces?»
    La risa tiene una doble locura; porque la locura engendra risa, y no permite el dolor por los pecados; y también porque un hombre de esa clase está poseído de locura, en la confusión de tiempos, lugares y personas. Pues huye de los que se duelen. «Y a la alegría: ¿Qué haces?» ¿Por qué acudes a quienes no tienen libertad para estar alegres? ¿Por qué a los ebrios, a los avaros, a los rapaces? ¿Y por qué esta frase, como vino? Porque el vino alegra el corazón; y actúa sobre los pobres de espíritu. Sin embargo, la carne también alegra el corazón, cuando actúa de manera regular y moderada.
    3. «Y mi corazón me guió en sabiduría, y a vencer en la alegría, hasta que yo conociera cuál es aquel bien para los hijos de los hombres que han de hacer bajo el sol durante el número de los días de su vida.»
    Dirigido, dice, por la sabiduría, vencí los placeres en la alegría. Además, para mí el fin del conocimiento era no ocuparme en nada vano, sino hallar el bien; porque si uno halla eso, no pierde tampoco el discernimiento de lo provechoso. Lo suficiente es también lo oportuno, y es conmensurable con la duración de la vida.
    4. Me hice grandes obras; me edifiqué casas; planté para mí viñas.
    5. Me hice huertos y jardines.
    6. Me hice estanques de agua, para criar con ellos bosques que produjeran árboles.
    7. Adquirí siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en mi casa; también tuve grandes posesiones de ganado mayor y menor, más que todos los que estuvieron antes de mí en Jerusalén.
    8. Acumulé también plata y oro, y el tesoro peculiar de los reyes y de las provincias. Me procuré cantores y cantoras, y las delicias de los hijos de los hombres, como copas y el copero.
    9. Y fui grande, y crecí más que todos los que estuvieron antes de mí en Jerusalén: también mi sabiduría permaneció conmigo.
    10. Y todo lo que mis ojos desearon, no se lo negué; no privé a mi corazón de ningún placer.
    Ves cómo enumera una multitud de casas y campos, y las otras cosas que menciona, y luego no halla nada provechoso en ellas. Pues ni fue mejor en su alma por causa de estas cosas, ni por medio de ellas ganó amistad con Dios. Necesariamente se ve llevado a hablar también de las riquezas verdaderas y de la posesión permanente. Teniendo, por tanto, la intención de mostrar qué clase de posesiones permanecen con el poseedor, y continúan estables y se mantienen para él, añade: «También mi sabiduría permaneció conmigo.» Pues solo esta permanece, y todas las demás cosas, que ya ha enumerado, huyen y se van. Por tanto, la sabiduría permaneció conmigo, y yo permanecí en virtud de ella. Porque aquellas otras cosas caen, y hacen caer también a las mismas personas que corren tras ellas. Pero, con la intención de instituir una comparación entre la sabiduría y las cosas que se tienen por buenas entre los hombres, añade estas palabras: «Y todo lo que mis ojos desearon, no se lo negué,» y así sucesivamente; con lo cual describe como malos no solo los trabajos que soportan quienes se afanan en gratificarse con placeres, sino también los que por necesidad y coacción los hombres tienen que sostener para su sustento día tras día, trabajando en sus distintas ocupaciones con el sudor de sus rostros. Pues el trabajo, dice, es grande; pero el arte logrado por el trabajo es temporal, y no añade nada útil entre las cosas que agradan. Por lo cual no hay provecho. Porque donde no hay excelencia no hay provecho. Con razón, por tanto, los objetos de tal solicitud no son sino vanidad y elección del espíritu. Y da este nombre de «espíritu» al «alma.» Porque la elección es una cualidad, no un movimiento. Y David dice: «En tus manos encomiendo mi espíritu.» Y en verdad «mi sabiduría permaneció conmigo,» pues me hizo conocer y entender, de modo que me capacitó para hablar de todo lo que no es ventajoso bajo el sol. Si, por tanto, deseamos lo rectamente provechoso, si buscamos lo verdaderamente ventajoso, si nuestro fin es ser incorruptibles, emprendamos aquellos trabajos que llegan más allá del sol. Porque en estos no hay vanidad, y no hay elección de un espíritu a la vez vano y precipitado aquí y allá sin propósito.
    12. «Y me volví para contemplar la sabiduría, la locura y la necedad: porque ¿qué hombre hay que pueda venir después del consejo en todas las cosas que este ha hecho?»
    Se refiere a la sabiduría que viene de Dios, y que también permaneció con él. Y por locura y necedad designa todos los trabajos de los hombres, y el vano y necio placer que hallan en ellos. Distinguiendo, por tanto, estas cosas, y su medida, y bendiciendo la verdadera sabiduría, añadió: «Porque ¿qué hombre hay que pueda venir después del consejo?» Pues este consejo nos instruye en la sabiduría que ciertamente es tal, y nos otorga liberación de la locura y de la necedad.
    13. «Entonces vi que la sabiduría aventaja a la necedad, tanto como la luz aventaja a las tinieblas.»
    No dice esto a modo de comparación. Pues las cosas que son contrarias entre sí, y mutuamente destructivas, no pueden compararse. Sino que su decisión fue que la una ha de elegirse, y la otra evitarse. Al mismo efecto es la sentencia: «Los hombres amaron más las tinieblas que la luz.» [] Porque el término «más» en aquel pasaje expresa la elección de quien ama, y no la comparación de los objetos mismos.
    14. «Los ojos del sabio están en su cabeza, pero el necio anda en tinieblas.»

    Eclesiastés 2:14–25

    Ese hombre, quiere decir, se inclina siempre hacia la tierra, y tiene la facultad rectora oscurecida. Es cierto, ciertamente, que todos nosotros los hombres tenemos los ojos en la cabeza, si hablamos de la mera disposición del cuerpo. Pero él habla aquí de los ojos de la mente. Pues así como los ojos del cerdo no se vuelven naturalmente hacia el cielo, precisamente porque está hecho por naturaleza para tener inclinación hacia el vientre; así la mente del hombre que una vez ha sido enervado por los placeres no se aparta fácilmente de la tendencia así asumida, porque no tiene «respeto a todos los mandamientos del Señor. Y además: Cristo es la cabeza de la Iglesia.» [] Y ellos, por tanto, son los sabios que andan en su camino; pues Él mismo ha dicho: «Yo soy el camino.» [] Por esta razón, pues, conviene al sabio mantener siempre los ojos de su mente dirigidos hacia Cristo mismo, a fin de no hacer nada fuera de medida, ni enaltecerse de corazón en tiempo de prosperidad, ni volverse negligente en el día de la adversidad: «porque sus juicios son un gran abismo,» como aprenderás más exactamente por lo que sigue.
    14. Y también yo percibí que un mismo suceso les acontece a todos.
    15. Entonces dije yo en mi corazón: Como le sucede al necio, así me sucede también a mí; ¿y por qué, pues, fui yo más sabio?
    El curso del discurso en lo que sigue trata de aquellos que son de espíritu mezquino respecto de esta vida presente, y en cuyo juicio el artículo de la muerte y todos los dolores anómalos del cuerpo son una especie de mal temido, y que por esto sostienen que no hay provecho en una vida de virtud, porque no se hace diferencia en males como estos entre el sabio y el necio. Habla, por consiguiente, de estos como palabras de una locura que se inclina a la total insensatez; de donde añade también esta sentencia: «Porque el necio habla demasiado;» y por el «necio» se refiere aquí a sí mismo, y a todo el que razona de aquel modo. En consecuencia, condena este absurdo modo de pensar. Y por la misma razón ha expresado tales sentimientos en los temores de su corazón; y temiendo la justa condenación de quienes han de ser oídos, resuelve la dificultad en su apremio con sus propias reflexiones. Pues esta palabra, «¿Por qué, pues, fui yo sabio?» era la palabra de un hombre en la duda y la dificultad de si lo que se gasta en sabiduría se hace bien o en vano; y si no hay diferencia entre el sabio y el necio en cuanto a la ventaja, viendo que el primero está implicado igualmente con el segundo en los mismos sufrimientos que acontecen en este mundo presente. Y por esto dice: «Hablé en exceso en mi corazón,» al pensar que no hay diferencia entre el sabio y el necio.
    16. «Pues no queda memoria del sabio, como tampoco del necio, para siempre.»
    Pues los sucesos que acontecen en esta vida son todos transitorios, aun los incidentes dolorosos, de los cuales dice: «Como todas las cosas ahora son entregadas al olvido.» Pues después de que ha pasado un breve espacio, todas las cosas que sobrevienen a los hombres en esta vida perecen en el olvido. Sí, las mismas personas a quienes estas cosas han acontecido no son recordadas todas de igual manera, aun cuando hayan pasado por semejantes azares en la vida. Pues no son recordadas por estas cosas, sino solo por lo que hayan mostrado de sabiduría o necedad, de virtud o vicio. Las memorias de tales no se extinguen (igualmente) entre los hombres a consecuencia de los cambios de suerte que les sobrevienen. Por lo cual añadió esto: «¿Y cómo morirá el sabio junto con el necio? La muerte de los pecadores, ciertamente, es mala; sin embargo, la memoria del justo es bendita, pero el nombre del impío se extingue.» []
    22. «Pues eso le toca al hombre en todo su trabajo.»
    En verdad, para quienes ocupan su mente con las distracciones de la vida, la vida se convierte en cosa dolorosa, que, por así decirlo, hiere el corazón con sus aguijones, es decir, con los deseos concupiscentes de acrecentamiento. Y triste es también la solicitud ligada a la codicia: no gratifica tanto a los que en ella tienen éxito, como aflige a los que no lo tienen; mientras el día se pasa en laboriosas ansiedades, y la noche ahuyenta el sueño de los ojos, con los cuidados de obtener ganancia. Vano, por tanto, es el celo del hombre que mira a estas cosas.
    24. Y no hay nada bueno para el hombre, sino lo que come y bebe, y lo que mostrará a su alma el bien en su trabajo. También vi esto: que proviene de la mano de Dios.
    25. Pues ¿quién come y bebe con sus propios recursos? Que el discurso no trata ahora de alimentos materiales, lo mostrará por lo que sigue; a saber: «Mejor es ir a la casa del luto que ir a la casa del banquete.» [] Y así, en el presente pasaje, procede a añadir: «Y (lo que) mostrará a su alma el bien en su trabajo.» Y ciertamente los meros alimentos y bebidas materiales no son el bien del alma. Pues la carne, cuando se la nutre con lujo, guerrea contra el alma, y se levanta en rebelión contra el espíritu. ¿Y cómo no habrían de ser también contrarios a Dios los comeres y beberes destemplados? Habla, por tanto, de cosas místicas. Pues nadie participará de la mesa espiritual, sino aquel que es llamado por Él, y que ha escuchado a la sabiduría que dice: «Tomad y comed.» []

    Capítulo 3

    Eclesiastés 3:3–11

    Vers. 3. «Hay un tiempo de matar, y un tiempo de sanar.»
    En cuanto a «matar,» en el caso de quien perpetra una transgresión imperdonable; y en cuanto a «sanar,» en el caso de quien puede mostrar una herida que admite remedio.
    4. «Un tiempo de llorar, y un tiempo de reír.»
    Un tiempo de llorar, cuando es tiempo de sufrimiento; como cuando también el Señor dice: «De cierto os digo que lloraréis y os lamentaréis.» [] Pero de reír, en cuanto a la resurrección: «Porque vuestra tristeza,» dice, «se convertirá en gozo.» []
    4. «Un tiempo de endechar, y un tiempo de bailar.»
    Cuando uno piensa en la muerte que la transgresión de Adán trajo sobre nosotros, es tiempo de endechar; pero es tiempo de celebrar asambleas festivas cuando traemos a la memoria la resurrección de entre los muertos que esperamos por el nuevo Adán.
    6. «Un tiempo de guardar, y un tiempo de desechar.»
    Un tiempo de guardar la Escritura frente a los indignos, y un tiempo de exponerla para los dignos. O, de nuevo: antes de la encarnación era tiempo de guardar la letra de la ley; pero fue tiempo de desecharla cuando la verdad vino en su flor.
    7. «Un tiempo de callar, y un tiempo de hablar.»
    Un tiempo de hablar, cuando hay oyentes que reciben la palabra; pero un tiempo de callar, cuando los oyentes pervierten la palabra; como dice Pablo: «Al hombre hereje, después de una primera y segunda amonestación, recházalo.» []
    10. He visto, pues, el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ejerciten en él.
    11. Todo lo que Él ha hecho es hermoso en su tiempo: y ha puesto el mundo entero en su corazón; de modo que ningún hombre puede descubrir la obra que Dios hace desde el principio hasta el fin.
    Y esto es verdad. Pues nadie es capaz de comprender del todo las obras de Dios. Además, el mundo es obra de Dios. Nadie, pues, puede descubrir en cuanto a este mundo cuál es su extensión desde el principio y hasta el fin, es decir, el período señalado para él, y los límites determinados de antemano para él; por cuanto Dios ha puesto el mundo entero como un reino de ignorancia en nuestros corazones. Y así dice uno: «Declárame la brevedad de mis días.» De esta manera, y para nuestro provecho, el fin de este mundo (siglo)— es decir, esta vida presente— es cosa de la cual somos ignorantes.

    Escritos misceláneos

    I. De los dos libros sobre las Promesas

    Sobre las Promesas, §§ 1–3

    Pero como presentan cierta composición de Nepote, en la que insisten con mucha fuerza, como si demostrara de manera incontestable que habrá un reinado (temporal) de Cristo sobre la tierra, he de decir que en muchos otros aspectos acepto la opinión de Nepote, y lo amo a la vez por su fe, por su laboriosidad y por su paciente estudio de las Escrituras, como también por sus grandes esfuerzos en la salmodia, con los que aún ahora se deleitan muchos de los hermanos. Y tengo al hombre en profundo respeto todavía más, por cuanto ha ido a su descanso antes que nosotros. Sin embargo, la verdad ha de ser estimada y reverenciada por encima de todas las cosas. Y aunque ciertamente es propio alabar y aprobar sin reservas todo lo que se dice rectamente, no es menos propio examinar y corregir todo lo que pueda parecer escrito de manera poco sólida. Si él mismo hubiera estado presente entonces, y hubiera expuesto sus opiniones oralmente, habría bastado con discutir juntos la cuestión sin usar la escritura, y esforzarse por convencer a los adversarios, y llevarlos por medio de la interrogación y la respuesta. Pero la obra está publicada, y es, según parece a algunos, de carácter muy persuasivo; y hay indudablemente algunos maestros que sostienen que la ley y los profetas no tienen importancia, y que se niegan a seguir los Evangelios, y que menosprecian las epístolas de los apóstoles, y que además han hecho grandes promesas respecto a la doctrina de esta composición, como si fuera un misterio grande y oculto, y que, al mismo tiempo, no permiten que nuestros hermanos más sencillos tengan concepciones sublimes y elevadas ni de la aparición de nuestro Señor en su gloria y su verdadera divinidad, ni de nuestra propia resurrección de entre los muertos, ni de que seamos reunidos con Él y asimilados a Él, sino que, por el contrario, se esfuerzan por llevarlos a esperar cosas triviales y corruptibles, y solo tales como las que encontramos actualmente en el reino de Dios. Y puesto que así es, se hace necesario que discutamos este asunto con nuestro hermano Nepote como si estuviera presente.
    2. Después de algunas otras cuestiones, añade la siguiente declaración:— Estando entonces en la prefectura Arsinoítica —donde, como sabéis, esta doctrina era corriente desde hacía mucho tiempo, y causó tal división, que se produjeron cismas y apostasías en iglesias enteras—, convoqué a los presbíteros y a los maestros de entre los hermanos en las aldeas, y también estuvieron presentes los hermanos que quisieron asistir. Los exhorté a hacer una investigación pública de aquel dogma. En consecuencia, cuando hubieron traído ante nosotros este libro, como si fuera una especie de arma o baluarte inexpugnable, me senté con ellos durante tres días seguidos, desde la mañana hasta la tarde, e intenté corregirlos en los asuntos propuestos en la composición. Entonces también me sentí muy complacido al observar la constancia de los hermanos, su amor a la verdad, su docilidad e inteligencia, mientras procedíamos, de manera ordenada y con espíritu de moderación, a tratar cuestiones, dificultades y concesiones. Pues tuvimos cuidado de no presionar, en todos los sentidos y con celosa urgencia, las opiniones que una vez se habían adoptado, aunque pudieran parecer correctas. Tampoco evadimos las objeciones alegadas por otros; sino que nos esforzamos, en lo posible, por mantenernos en el asunto en cuestión y por establecer las posiciones pertinentes a él. Ni tampoco nos avergonzamos de cambiar nuestras opiniones, si la razón nos convencía, y de reconocer el hecho; sino que con buena conciencia, con toda sinceridad y con corazones abiertos ante Dios, aceptamos todo lo que pudo establecerse mediante las demostraciones y enseñanzas de las Escrituras Sagradas. Y al fin, el autor e introductor de esta doctrina, cuyo nombre era Coración, ante todos los hermanos presentes, reconoció su posición y se comprometió con nosotros a no seguir sosteniendo su opinión, ni a discutirla, ni a mencionarla, ni a enseñarla, por haber quedado completamente convencido por los argumentos de quienes se oponían a ella. Los demás hermanos presentes también se alegraron con la conferencia, y con el espíritu conciliador y la armonía mostrados por todos.
    3. Luego, un poco más adelante, habla del Apocalipsis de Juan de la siguiente manera:— Ahora bien, algunos antes de nuestro tiempo han dejado de lado este libro y lo han repudiado por completo, criticándolo capítulo por capítulo, y esforzándose por mostrar que carece de sentido y de razón. Han alegado también que su título es falso; pues niegan que Juan sea el autor. Es más, sostienen que no puede ser una revelación de ninguna clase, porque está cubierto con un velo tan grosero y denso de ignorancia. Afirman, por tanto, que ninguno de los apóstoles, ni en verdad ninguno de los santos, ni ninguna persona perteneciente a la Iglesia, pudo ser su autor; sino que Cerinto, y la secta herética fundada por él y llamada por su nombre secta cerintiana, deseando atribuir la autoridad de un gran nombre a la ficción que propuso, antepuso ese título al libro. Pues la doctrina inculcada por Cerinto es esta: que habrá un reino de Cristo sobre la tierra; y como él mismo era un hombre entregado a los placeres del cuerpo, y completamente carnal en sus disposiciones, imaginó que aquel reino consistiría en esa clase de gratificaciones en las que su propio corazón estaba puesto —a saber, en los deleites del vientre, y lo que viene debajo del vientre, es decir, en comer y beber, y casarse, y en otras cosas bajo cuyo disfraz pensaba que podría satisfacer sus apetitos con mejor gracia—, tales como fiestas, sacrificios y degüello de víctimas. Pero yo, por mi parte, no me atrevería a dejar de lado este libro, pues hay muchos hermanos que lo valoran mucho. Sin embargo, habiéndome formado la idea de que es una composición que excede mi capacidad de comprensión, la considero como conteniendo una especie de inteligencia oculta y admirable sobre los diversos asuntos que abarca. Pues aunque no puedo comprenderlo, sospecho que hay algún sentido más profundo bajo las palabras. Y no mido ni juzgo sus expresiones por la norma de mi propia razón, sino que, haciendo más concesión a la fe, las he considerado simplemente como demasiado elevadas para mi comprensión; y no rechazo de inmediato lo que no entiendo, sino que tanto más me lleno de asombro ante ello, por no haber podido discernir su significado.
    Comentario editorial · Nepos, Coracion y el milenio
    Eusebio presenta Sobre las promesas como respuesta a Nepos, un obispo de Egipto que enseñaba que las promesas de las Escrituras debían entenderse «de manera más judía» y que habría un milenio de placeres corporales en la tierra; para defenderlo había escrito Refutación de los alegoristas (HE VII, 24). Dionisio reconoce el celo de Nepos y dice amarlo, pero prefiere la verdad (§ 1). El § 2 cuenta que, en el distrito de Arsinoe, reunió tres días a presbíteros y maestros de las aldeas para discutir el libro, y que el promotor de la doctrina, Coracion, se retractó ante todos. Para el resto de la historia del milenarismo antiguo, véase el compendio sobre el milenialismo.

    Sobre las Promesas, §§ 4–5

    4. Después de esto, examina todo el libro del Apocalipsis; y habiendo probado que no puede entenderse en manera alguna según el sentido literal estricto, prosigue así:— Cuando ya el profeta ha completado, por así decirlo, toda la profecía, declara bienaventurados a los que la observen, y se nombra también a sí mismo en el número de los mismos: «Porque bienaventurado», dice él, «es el que guarda las palabras de la profecía de este libro; y yo, Juan, que vi y oí estas cosas.» [Revelation 22:7-8] Que esta persona se llamaba Juan, por tanto, y que esto fue escrito por un Juan, no lo niego. Y admito además que fue también obra de algún hombre santo e inspirado. Pero no podría admitir tan fácilmente que este fue el apóstol, el hijo de Zebedeo, el hermano de Santiago, y la misma persona que escribió el Evangelio que lleva el título según Juan, y la epístola católica. Pero por el carácter de ambos, y por las formas de expresión, y por toda la disposición y ejecución del libro, saco la conclusión de que la autoría no es suya. Pues el evangelista en ningún otro lugar añade su nombre, y nunca se proclama a sí mismo ni en el Evangelio ni en la epístola.
    Y un poco más adelante añade:— Juan, además, en ninguna parte nos da el nombre, ya sea como de sí mismo directamente (en primera persona), o como de otro (en tercera persona). Pero el escritor del Apocalipsis se presenta a sí mismo desde el principio mismo, porque dice: «El Apocalipsis de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a sus siervos pronto; y envió y lo significó por su ángel a su siervo Juan, que dio testimonio de la Palabra de Dios, y de su testimonio, y de todas las cosas que vio.» [Revelation 1:1-2] Y luego escribe también una epístola, en la que dice: «Juan a las siete iglesias que están en Asia: Gracia sea a vosotros y paz.» El evangelista, por otra parte, no ha antepuesto su nombre ni siquiera a la epístola católica; sino que sin ningún circunloquio, ha comenzado de inmediato con el misterio de la revelación divina misma en estos términos: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos.» [1 John 1:1] Y sobre la base de una revelación como esa el Señor declaró bienaventurado a Pedro, cuando dijo: «Bienaventurado eres, Simón Barjona; porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.» [Matthew 16:17] Y de nuevo en la segunda epístola, que se atribuye a Juan, el apóstol, y en la tercera, aunque son ciertamente breves, Juan no se nos presenta por su nombre; sino que encontramos simplemente el escrito anónimo, «El anciano.» Este otro autor, por el contrario, ni siquiera consideró suficiente nombrarse a sí mismo una vez, y luego proseguir con su narración; sino que retoma su nombre de nuevo, y dice: «Yo Juan, que también soy vuestro hermano y compañero en la tribulación, y en el reino y la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla que se llama Patmos por la Palabra de Dios y por el testimonio de Jesucristo.» [Revelation 1:9] Y asimismo hacia el final habla así: «Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro; y yo Juan, que vi estas cosas y las oí.» [Revelation 22:7-8] Que es un Juan, pues, el que escribe estas cosas, debemos creerlo, porque él mismo nos lo dice.
    5. Quién sea este Juan, sin embargo, es incierto. Pues no ha dicho, como hace a menudo en el Evangelio, que es el discípulo amado por el Señor, o el que se reclinó en su seno, o el hermano de Santiago, o uno que tuvo el privilegio de ver y oír al Señor. Y ciertamente nos habría dado alguna de estas indicaciones si su propósito hubiera sido darse a conocer claramente. Pero de todo esto no nos ofrece nada; y solo se llama a sí mismo nuestro hermano y compañero, y testigo de Jesús, y bienaventurado por ver y oír estas revelaciones. Soy también de la opinión de que hubo muchas personas del mismo nombre que Juan el apóstol, que por su amor hacia él, y su admiración y emulación de él, y su deseo de ser amadas por el Señor como él fue amado, se vieron inducidas a abrazar también la misma designación, así como encontramos a muchos de los hijos de los fieles llamados con los nombres de Pablo y Pedro. Hay, además, otro Juan mencionado en los Hechos de los Apóstoles, con el sobrenombre de Marcos, a quien Bernabé y Pablo se unieron como compañero, y de quien se dice de nuevo: «Y tenían también a Juan como ministro.» [] Pero si este es el que escribió el Apocalipsis, no podría decirlo. Pues no está escrito que viniera con ellos a Asia. Pero el escritor dice: «Y cuando Pablo y su compañía zarparon de Pafos, llegaron a Perge de Panfilia: y Juan, apartándose de ellos, volvió a Jerusalén.» [] Pienso, por tanto, que fue algún otro de los que estaban en Asia. Pues se dice que había dos monumentos en Éfeso, y que cada uno de ellos lleva el nombre de Juan.

    Sobre las Promesas, §§ 6–7

    6. Y por las ideas, y las expresiones, y la colocación de las mismas, puede conjeturarse muy razonablemente que este es distinto de aquel. Pues el Evangelio y la Epístola concuerdan entre sí, y ambos comienzan de la misma manera. Porque el uno abre así, «En el principio era el Verbo;» mientras que el otro abre así, «Lo que era desde el principio.» El uno dice: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre.» [John 1:14] El otro dice las mismas cosas, con una ligera alteración: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos, tocante al Verbo de vida: y la vida fue manifestada.» Pues estas cosas se introducen a modo de preludio, y en oposición, como él ha mostrado en las partes posteriores, contra los que niegan que el Señor ha venido en carne. Por cuya razón también ha tenido cuidado de añadir estas palabras: «Y lo que hemos visto, eso testificamos, y os mostramos aquella vida eterna que estaba con el Padre, y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído, eso os declaramos.» Así se mantiene consigo mismo, y no se desvía de manera inconsistente de sus temas, sino que los recorre todos bajo los mismos epígrafes y en las mismas fraseologías, algunas de las cuales mencionaremos brevemente. Así el lector atento encontrará las frases, «la vida,» «la luz,» que aparecen a menudo en ambos; y también expresiones como huir de las tinieblas, retener la verdad, gracia, gozo, la carne y la sangre del Señor, el juicio, la remisión de los pecados, el amor de Dios hacia nosotros, el mandamiento del amor de nuestra parte hacia los demás; como también, que debemos guardar todos los mandamientos, la convicción del mundo, del diablo, del Anticristo, la promesa del Espíritu Santo, la adopción de Dios, la fe que se requiere de nosotros en todas las cosas, el Padre y el Hijo, nombrados como tales en todas partes. Y en conjunto, a lo largo de todo su curso, será evidente que el Evangelio y la Epístola se distinguen por uno y el mismo carácter de escritura. Pero el Apocalipsis es totalmente diferente, y completamente distinto de esto; y casi podría decir que ni siquiera se acerca a ello, ni roza con ello. Ni contiene una sílaba en común con estos otros libros. Más aún, la Epístola —pues no digo nada del Evangelio— no hace mención alguna ni evidencia noción alguna del Apocalipsis, y el Apocalipsis, de la misma manera, no da nota alguna de la Epístola. Mientras que Pablo da alguna indicación de sus revelaciones en sus epístolas; revelaciones que, sin embargo, no ha registrado por escrito por separado.
    7. Y además, basándose en la diferencia de dicción, es posible probar una distinción entre el Evangelio y la Epístola por una parte, y el Apocalipsis por otra. Pues los primeros están escritos no solo sin error real en lo que respecta a la lengua griega, sino también con la mayor elegancia, tanto en sus expresiones como en sus razonamientos, y en toda la estructura de su estilo. Están muy lejos, en efecto, de delatar barbarismo o solecismo alguno, o cualquier tipo de vulgarismo, en su dicción. Pues, como cabe presumir, el escritor poseía el don de ambos tipos de discurso, habiéndole otorgado el Señor ambas capacidades, a saber, la del conocimiento y la de la expresión. Que el autor del último, sin embargo, vio una revelación, y recibió conocimiento y profecía, no lo niego. Solo percibo que su dialecto y su lenguaje no son del tipo griego exacto, y que emplea modismos bárbaros, y en algunos lugares también solecismos. Estos, sin embargo, no tenemos necesidad de buscarlos en el presente. Y no quisiera que nadie suponga que he dicho estas cosas con espíritu de burla; pues lo he hecho solo con el propósito de corregir este asunto de la desemejanza subsistente entre estos escritos.
    Comentario editorial · Un argumento de estilo sobre el Apocalipsis
    Según Eusebio (VII, 25), Dionisio empieza recordando que «algunos antes de nosotros» rechazaban el Apocalipsis y se lo atribuían a Cerinto (§ 3); él dice no atreverse a rechazarlo, porque muchos hermanos lo estiman, y lo declara obra de un hombre «santo e inspirado» (§ 4). Lo que niega es que su autor sea el apóstol que escribió el Evangelio y la epístola, y lo argumenta con tres razones: el evangelista no se nombra, el Apocalipsis sí, a menudo; el vocabulario y los temas del Evangelio y de la epístola coinciden entre sí, y no con los del Apocalipsis; y el griego de este último tiene barbarismos y solecismos (§§ 6–7). Es un argumento de crítica interna sobre el autor, no un rechazo del libro; así lo entiende Coxe, el editor americano del ANF, que anota que Dionisio lo acepta como parte del canon y duda solo de su autor.

    II. De los libros Sobre la Naturaleza

    1. Contra los de la escuela de Epicuro que niegan la existencia de una Providencia y refieren la constitución del universo a cuerpos atómicos

    Sobre la Naturaleza, 1

    ¿Forma el universo un todo coherente, como parece serlo en nuestro propio juicio, así como en el de los más sabios de los filósofos griegos, tales como Platón y Pitágoras, y los estoicos y Heráclito? ¿O es una dualidad, como algunos posiblemente han conjeturado? ¿O es, en verdad, algo múltiple e infinito, como ha sido la opinión de ciertos otros que, con una diversidad de locas especulaciones y usos fantásticos de los términos, han procurado dividir y resolver la materia esencial del universo, y sentar la posición de que es infinita e ingénita, y sin el dominio de la Providencia? Pues hay quienes, dando el nombre de átomos a ciertos cuerpos imperecederos y diminutísimos que se suponen infinitos en número, y afirmando también la existencia de un cierto espacio vacío de una vastedad ilimitada, alegan que estos átomos, al ser arrastrados al azar por el vacío, y chocar todos fortuitamente unos contra otros en un torbellino inordenado, y entremezclarse unos con otros en una multitud de formas, entran en combinación entre sí, y de ese modo forman gradualmente este mundo y todos los objetos que hay en él; es más, que construyen mundos infinitos. Esta fue la opinión de Epicuro y Demócrito; solo que discrepaban en un punto, en cuanto el primero suponía que todos estos átomos eran diminutísimos y, por consiguiente, imperceptibles, mientras que Demócrito sostenía que también había entre ellos algunos de tamaño muy considerable. Pero ambos sostienen que tales átomos existen, y que son llamados así a causa de su consistencia indisoluble. Hay algunos, a su vez, que dan el nombre de átomos a ciertos cuerpos que son indivisibles en partes, aunque ellos mismos son partes del universo, de los cuales, en su estado indiviso, están hechas todas las cosas, y en los cuales se disuelven de nuevo. Y se alega que Diodoro fue quien les dio su nombre como cuerpos indivisibles en partes. Pero se dice también que Heraclides les puso otro nombre, y los llamó «pesos;» y de él derivó también ese nombre el médico Asclepíades.
    Comentario editorial · Epicúreos y providencia
    Según la noticia del traductor del ANF, Sobre la naturaleza se dirigía a un tal Timoteo y combatía a los epicúreos; conserva algunos fragmentos la Preparación evangélica de Eusebio. El epígrafe del propio texto resume el blanco: los que niegan que haya providencia y explican el universo por cuerpos atómicos. Las cinco secciones siguen la misma línea: argumentos tomados de la experiencia humana, de la constitución del universo y del cuerpo humano, y por último que obrar no es fatiga para Dios.

    2. Refutación de este dogma sobre la base de analogías humanas familiares

    Sobre la Naturaleza, 2

    ¿Cómo podremos soportar a estos hombres que afirman que todas esas construcciones sabias y, por consiguiente, también nobles (en el universo) son solo obras del mero azar? Me refiero a esos objetos, cada uno de los cuales, tomado en sí mismo tal como es hecho, y el sistema entero en su conjunto, fueron vistos como buenos por Aquel por cuyo mandato llegaron a existir. Pues, como está dicho, «Vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno.» [] Pero en verdad estos hombres no reflexionan sobre las analogías incluso de las cosas pequeñas y familiares que podrían caer bajo su observación en cualquier momento, y de las cuales podrían aprender que ningún objeto de utilidad alguna, y apto para ser de servicio, es hecho sin diseño o por mero azar, sino que es labrado con destreza de mano, y es ideado de modo que responda a su uso propio. Y cuando el objeto se desgasta y pierde su servicio, y se vuelve inútil, entonces también empieza a deshacerse indeterminadamente, y a descomponerse y disipar sus materiales de una manera casual y sin regla, así como la sabiduría con la que fue hábilmente construido al principio ya no lo controla ni lo mantiene. Pues un manto, por ejemplo, no puede hacerse sin el tejedor, como si la urdimbre pudiera disponerse correctamente y la trama pudiera entretejerse con ella por su propia acción espontánea; mientras que, por otra parte, una vez que está gastado, sus jirones desgarrados son arrojados a un lado. Asimismo, cuando se edifica una casa o una ciudad, no toma sus piedras como si algunas de ellas se colocaran espontáneamente sobre los cimientos y otras se levantaran por sí solas hasta las diversas hiladas, sino que el constructor dispone cuidadosamente las piedras hábilmente preparadas en sus debidas posiciones; mientras que si la estructura llega a ceder, las piedras se separan y caen y se dispersan. Y así también, cuando se construye un navío, la quilla no se coloca a sí misma, ni el mástil se yergue a sí mismo en el centro, ni todos los demás maderos toman sus posiciones al azar y por su propio movimiento. Ni tampoco, a su vez, las llamadas cien piezas del carro se ajustan espontáneamente a los vacíos que cada una va encontrando. Sino que el artesano, en ambos casos, dispone los materiales de manera correcta y en el momento oportuno. Y si el navío se hace a la mar y naufraga, o si el carro marcha por tierra y se destroza, sus maderos se rompen y se dispersan por cualquier parte, los de aquel por las olas, y los de este por la violencia del impulso. De igual modo, pues, podríamos decir con toda propiedad a estos hombres que esos átomos suyos, que permanecen ociosos y sin manipulación y sin utilidad, son introducidos vanamente. Procuren, pues, ellos mismos ver lo que está más allá del alcance de la vista, y concebir lo que está más allá del alcance de la concepción; a diferencia de aquel que en estos términos confiesa a Dios que tales cosas le habían sido mostradas solo por Dios mismo: «Mis ojos vieron tu obra, siendo hasta entonces imperfecta.» Pero cuando afirman ahora que todas esas cosas de gracia y belleza, que ellos declaran ser texturas finamente tejidas de átomos, son fabricadas espontáneamente por estos cuerpos sin sabiduría ni percepción en ellos, ¿quién puede soportar oírlos hablar en tales términos de esos átomos inordenados, más sagacidad que los cuales tiene incluso la araña, que ejerce por sí misma su propio oficio?

    3. Refutación sobre la base de la constitución del universo

    Sobre la Naturaleza, 3

    ¿O quién puede soportar oír que se sostenga que esta poderosa morada, que está constituida por el cielo y la tierra, y que es llamada «Cosmos» a causa de la magnitud y la plenitud de la sabiduría que se ha desplegado sobre ella, ha sido establecida en todo su orden y belleza por esos átomos que siguen su curso desprovistos de orden y de belleza, y que ese mismo estado de desorden ha crecido hasta convertirse en este verdadero Cosmos, Orden? ¿O quién puede creer que esos movimientos y cursos regulares son producto de un cierto impulso inordenado? ¿O quién puede admitir que la perfecta concordia que subsiste entre los cuerpos celestes derive su armonía de instrumentos carentes tanto de concordia como de armonía? Y, además, si hay una sola y misma sustancia en todas las cosas, y si hay la misma naturaleza incorruptible en todas —siendo los únicos elementos de diferencia, como ellos aseguran, el tamaño y la figura—, ¿cómo es que hay algunos cuerpos divinos y perfectos, y eternos, como ellos dirían, o duraderos, como alguno preferirá expresarse; y entre estos, unos que son visibles y otros que son invisibles —entre los visibles incluidos el sol, y la luna, y las estrellas, y la tierra, y el agua; y entre los invisibles incluidos dioses, y demonios, y espíritus? Pues la existencia de tales seres no pueden negarla, por mucho que lo deseen. Y, además, hay otros seres que son longevos, tanto animales como plantas. En cuanto a los animales, están, por ejemplo, entre las aves, como dicen, el águila, el cuervo y el fénix; y entre las criaturas que viven en la tierra, están el ciervo, y el elefante, y el dragón; y entre las criaturas acuáticas están las ballenas y otros monstruos semejantes del abismo. Y en cuanto a los árboles, están la palma, y la encina, y el persea; y entre los árboles, además, hay algunos que son de hoja perenne, de cuya clase han sido contados catorce por alguien; y hay otros que solo florecen en una determinada estación, y luego pierden sus hojas. Y hay otros objetos, a su vez —que, en verdad, constituyen la vasta masa de todo lo que crece o es engendrado— que tienen una muerte temprana y una vida breve. Y entre estos está el hombre mismo, como dice de él cierta sagrada escritura: «El hombre nacido de mujer es de pocos días.» [] Bien; pero supongo que responderán que las cambiantes conjunciones de los átomos dan cuenta plena de diferencias tan grandes en materia de duración. Pues se sostiene que hay algunas cosas que están comprimidas y fuertemente entrelazadas por ellos, de modo que se convierten en cuerpos compactos cerrados y, por consiguiente, sumamente difíciles de disolver; mientras que hay otras en las que la conjunción de los átomos es, en mayor o menor grado, de naturaleza más laxa y débil, de modo que, ya sea pronto, ya sea después de algún tiempo, se apartan de su constitución ordenada. Y, además, hay algunos cuerpos hechos de átomos de una clase definida y una cierta figura común, mientras que hay otros hechos de átomos diversos y diversamente dispuestos. Pero, ¿quién es, entonces, el sagaz discernidor que coloca ciertos átomos en conjunción y separa otros, y ordena unos de tal modo que formen el sol, y otros de tal manera que originen la luna, y los adapta a todos con idoneidad natural y conforme a la constitución propia de cada astro? Pues ciertamente ni esos átomos solares, con su peculiar tamaño y clase, y con su modo especial de conjunción, se habrían reducido jamás a sí mismos de modo que efectuaran la producción de una luna; ni, por otra parte, las conjunciones de esos átomos lunares se habrían desarrollado jamás hasta convertirse en un sol. Y tan ciertamente Arturo, resplandeciente como es, jamás se jactaría de poseer los átomos que tiene Lucero, ni las Pléyades se gloriarían de estar constituidas por los de Orión. Pues bien ha expresado Pablo la distinción cuando dice: «Una es la gloria del sol, y otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas: porque una estrella difiere de otra estrella en gloria.» [] Y si la coalición que se ha efectuado entre ellos ha sido no inteligente, como es el caso de los objetos sin alma, entonces necesariamente deben haber tenido algún artífice sagaz; y si su unión ha sido sin determinación de voluntad, y solo por necesidad, como es el caso de los objetos irracionales, entonces algún caudillo diestro debe haberlos reunido y tomado bajo su cargo. Y si se han unido espontáneamente, por tratarse de una obra espontánea, entonces algún arquitecto admirable debe haberles repartido su obra y asumido la superintendencia entre ellos; o ha de haber habido alguien que haga con ellos como hace el general que ama el orden y la disciplina, y que no deja a su ejército en una condición irregular, ni permite que todas las cosas vayan confusamente, sino que ordena a la caballería en su debida sucesión, y dispone a la infantería pesada en su formación debida, y a los lanceros aparte, y a los arqueros por separado, y a los honderos de igual manera, y coloca cada fuerza en su posición apropiada, a fin de que todos los equipados del mismo modo combatan juntos. Pero si estos maestros piensan que esta ilustración no es más que una broma, porque establezco una comparación entre cuerpos muy grandes y muy pequeños, podemos pasar a los más pequeños.
    Luego viene lo que sigue:— Pero si ni la palabra, ni la elección, ni el orden de un gobernante se imponen sobre ellos, y si por su propio acto se mantienen a salvo en la vasta conmoción de la corriente en la que se mueven, y se conducen a sí mismos con seguridad a través del poderoso estrépito de las colisiones, y si los átomos semejantes se encuentran y se agrupan con sus semejantes, no como reunidos por Dios, según la fantasía del poeta, sino más bien como reconociendo naturalmente las afinidades que subsisten entre unos y otros, entonces verdaderamente tenemos aquí una maravillosísima democracia de átomos, en la que los amigos acogen y abrazan a los amigos, y todos están ansiosos de morar juntos en un mismo domicilio; mientras que algunos por su propia determinación se han condensado en ese poderoso astro que es el sol, para hacer el día; y otros se han formado en muchas pirámides de estrellas ardientes, acaso, para coronar también todos los cielos; y otros se han reducido a la figura circular, para impartir una cierta solidez al éter, y abovedarlo, y constituirlo en una vasta ascensión graduada de lumbreras, con este objeto también: que las diversas asambleas de los átomos más comunes puedan elegir asentamientos para sí mismas, y repartirse el cielo entre ellas como sus habitaciones y estaciones.
    Luego, después de ciertos otros asuntos, el discurso prosigue así:— Pero los hombres irreflexivos no ven ni siquiera las cosas que son manifiestas, y ciertamente están lejos de conocer las cosas que son inmanifiestas. Pues no parecen tener siquiera noción alguna de esas salidas y puestas reguladas de los cuerpos celestes —las del sol, con toda su admirable gloria, no menos que las de los demás—; ni parecen hacer debida aplicación de las ayudas que por medio de estos se suministran a los hombres, como el día que se alza claro para el trabajo del hombre, y la noche que cubre de sombra la tierra para el descanso del hombre. «Pues el hombre,» se dice, «sale a su trabajo, y a su labor, hasta la tarde.» Tampoco consideran esa otra revolución, por la cual el sol nos determina los tiempos, y las estaciones convenientes, y las sucesiones regulares, dirigidas por esos átomos de los que consiste. Pero aunque hombres como estos —y miserables hombres son, por más que se crean justos— se nieguen a admitirlo, hay un Señor poderoso que hizo el sol, y le dio el impulso para su curso por sus palabras. ¡Oh ciegos! ¿Acaso esos átomos vuestros os traen la estación del invierno y las lluvias, para que la tierra produzca alimento para vosotros y para todas las criaturas que viven en ella? ¿Acaso introducen también el verano, para que recojáis sus frutos de los árboles para vuestro disfrute? ¿Y por qué, entonces, no adoráis a esos átomos, y les ofrecéis sacrificios como a guardianes de los frutos de la tierra? Desagradecidos sois, ciertamente, al no apartar solemnemente para ellos ni siquiera las más escasas primicias de esa abundante generosidad que de ellos recibís.
    Tras una breve pausa, prosigue así:— Además, esas estrellas que forman una comunidad tan multitudinaria y diversa, que esos átomos errantes y siempre dispersos han constituido, han demarcado por una especie de pacto los territorios de sus respectivas posesiones, repartiéndoselos como colonias y gobiernos, pero sin la presidencia de ningún fundador ni amo de casa; y con fidelidad empeñada y en paz respetan las leyes de vecindad con sus vecinas, y se abstienen de traspasar los confines que recibieron al principio, tal como si gozaran de la administración legislativa de verdaderos príncipes en los átomos. No obstante, esos átomos no ejercen dominio alguno. Pues ¿cómo podrían hacerlo, si ellos mismos no son nada? Pero escuchad los oráculos divinos: «Las obras del Señor están hechas con juicio; desde el principio, y desde que Él las hizo, dispuso sus partes. Adornó sus obras para siempre, y sus principios de ellas permanecen de generación en generación.» []
    De nuevo, después de un poco, prosigue así:— ¿O qué falange atravesó jamás la llanura en tan perfecto orden, sin que ningún jinete se adelantara a los otros, ni rompiera filas, ni obstruyera la marcha, ni se dejara distanciar por sus compañeros de formación, como ocurre con ese avance constante en fila regular, por así decirlo, y con escudos apretados, que presenta esta marcha serrada e ininterrumpida e imperturbada y sin estorbos de las huestes de los astros? Aunque por inclinaciones laterales y movimientos de flanco algunas de sus revoluciones se van haciendo menos claras. Pero, sea como fuere, ellos guardan siempre sus períodos señalados, y se dirigen de nuevo con determinación hacia las posiciones desde las que cada uno se ha elevado, como si hicieran de ello su deliberado estudio. Por lo cual, que estos notables disectores de átomos, estos divididores de lo indivisible, estos componedores de lo incomponible, estos adeptos en la aprehensión de lo infinito, nos digan de dónde viene esta marcha y curso circular de los cuerpos celestes, en el cual no es una única combinación de átomos la que azarosamente se limita a girar inesperadamente de este modo; sino que es un vasto coro circular el que se mueve así, siempre igual y concertadamente, y gira en esas órbitas. ¿Y de dónde viene que esta poderosa multitud de compañeros de viaje, sin que ningún capitán los ordene, sin don alguno de determinación de voluntad, y sin estar dotados de conocimiento alguno los unos de los otros, hayan mantenido, no obstante, su curso en perfecta armonía? Ciertamente, bien ha clasificado el profeta este asunto entre las cosas imposibles e indemostrables —a saber, que dos extraños caminen juntos—. Pues dice: «¿Andarán dos juntos si no se conocen?»

    4. Refutación del mismo sobre la base de la constitución humana

    Sobre la Naturaleza, 4

    Además, aquellos hombres no se comprenden ni a sí mismos ni lo que les es propio. Pues si alguno de los maestros de esta doctrina impía considerara solamente qué clase de persona es él mismo, y de dónde viene, ciertamente sería llevado a una decisión sabia, como quien ha obtenido entendimiento de sí mismo, y diría, no a estos átomos, sino a su Padre y Hacedor, «Tus manos me hicieron y me formaron.» Y tomaría también este admirable relato de su formación, tal como fue dado por uno de los antiguos: «¿No me has derramado como leche, y me has cuajado como queso? Me has vestido de piel y carne, y me has guarnecido de huesos y tendones. Me has concedido vida y favor, y tu visitación ha preservado mi espíritu.» Pues ¿de qué cantidad y de qué origen eran los átomos que el padre de Epicuro emitió de sí mismo cuando engendró a Epicuro? ¿Y cómo, cuando fueron recibidos en el vientre de su madre, se unieron, y tomaron forma y figura? ¿Y cómo fueron puestos en movimiento y hechos crecer? ¿Y cómo aquella pequeña semilla de generación atrajo los muchos átomos que habían de constituir a Epicuro, y transformó algunos de ellos en piel y carne para cobertura, e hizo huesos de otros para la erección y la fortaleza, y formó tendones de otros para la contextura compacta? ¿Y cómo enmarcó y adaptó los muchos otros miembros y partes —corazón y entrañas, y órganos de los sentidos, unos dentro y otros fuera— por los cuales el cuerpo es hecho cosa de vida? Pues de todas estas cosas no hay una sola ociosa o inútil: ni siquiera la más insignificante de ellas —el cabello, o las uñas, o cosas semejantes— lo es; sino que todas tienen su servicio que cumplir, y todas su contribución que hacer, unas de ellas a la solidez de la constitución corporal, y otras a la belleza de la apariencia. Pues la Providencia no cuida solamente de lo útil, sino también de lo oportuno y lo hermoso. Así, el cabello es una especie de protección y cobertura para toda la cabeza, y la barba es un ornamento decoroso para el filósofo. Fue la Providencia, pues, la que formó la constitución de todo el cuerpo del hombre, en todas sus partes necesarias, e impuso a todos sus miembros su debida conexión entre sí, y les midió sus generosos suministros de los recursos universales. Y los más prominentes de estos muestran claramente, aun a los no instruidos, por la prueba de la experiencia personal, el valor y el servicio que les corresponde: la cabeza, por ejemplo, en la posición de supremacía, y los sentidos puestos como una guardia en torno al cerebro, como el gobernante en la ciudadela; y los ojos que avanzan, y los oídos que informan; y el gusto que, por así decirlo, es el recaudador de tributos; y el olfato, que rastrea y busca sus objetos; y el tacto, que manipula todo lo que se le somete.
    Por lo tanto, de momento solo repasaremos de manera sumaria algunas pocas de las obras de una Providencia omnisapiente; y después de un poco, si Dios lo concede, las recorreremos más minuciosamente, cuando dirijamos nuestro discurso hacia uno que tiene reputación de mayor saber. Así, pues, tenemos el ministerio de las manos, por las cuales se labran todas las clases de obras, y se practican todas las profesiones hábiles, y que tienen todas sus variadas facultades provistas, con miras al cumplimiento de una función común; y tenemos los hombros, con su capacidad para soportar cargas; y los dedos, con su poder de asir; y los codos, con su facultad de doblarse, por la cual pueden volverse hacia dentro, sobre el cuerpo, o tomar una inclinación hacia fuera, de modo que puedan o bien atraer los objetos hacia el cuerpo, o bien empujarlos lejos de él. Tenemos también el servicio de los pies, por el cual toda la creación terrestre es puesta bajo nuestro poder, la tierra misma es atravesada por ellos, el mar se hace navegable, los ríos se cruzan, y se establece el intercambio de todos con todas las cosas. El vientre, también, es el almacén de los alimentos, con todas sus partes dispuestas en sus debidas colocaciones, de modo que se reparte la justa medida del sustento, y expulsa lo que está por encima de ella. Y así sucede con todas las demás cosas por las cuales manifiestamente se asegura con sabiduría la debida administración de la constitución del hombre. De todas estas, el inteligente y el no inteligente gozan por igual del mismo uso; pero no tienen la misma comprensión de ellas. Pues hay algunos que refieren toda esta economía a un poder que conciben como una verdadera divinidad, y que aprehenden a la vez como la inteligencia suprema en todas las cosas, y el mejor bienhechor para con ellos mismos, creyendo que toda esta economía es obra de una sabiduría y un poder superiores a todo otro, y en sí mismos verdaderamente divinos. Y hay otros que atribuyen sin rumbo toda esta estructura de maravillosísima belleza al azar y a la coincidencia fortuita. Y además de estos, hay también ciertos médicos que, habiendo hecho un examen más eficaz de todas estas cosas, y habiendo investigado con suma exactitud la disposición de las partes internas en particular, han quedado asombrados ante los resultados de su indagación, y han sido llevados a deificar la naturaleza misma. Las nociones de estos hombres las revisaremos después, en la medida en que podamos, aunque solo toquemos la superficie del asunto. Entre tanto, para tratar esta cuestión de manera general y sumaria, permítaseme preguntar: ¿quién construyó todo este tabernáculo nuestro, tan elevado, erguido, grácil, sensible, móvil, activo y apto para todas las cosas? ¿Fue, como dicen, la multitud irracional de los átomos? No, estos, por sus conjunciones, no podrían moldear ni siquiera una imagen de barro, ni podrían tallar y pulir una estatua de piedra; ni podrían fundir y acabar un ídolo de plata u oro; sino que las artes y oficios calculados para tales operaciones han sido descubiertos por hombres que fabrican estos objetos. Y si, aun en estos, las representaciones y modelos no pueden hacerse sin ayuda de la sabiduría, ¿cómo han podido los patrones genuinos y originales de estas copias haber venido a existir espontáneamente? ¿Y de dónde han venido el alma, y la inteligencia, y la razón, que nacen con el filósofo? ¿Las ha recogido acaso de aquellos átomos que están desprovistos igualmente de alma, e inteligencia, y razón? ¿Y cada uno de estos átomos le ha inspirado alguna concepción y noción apropiada? ¿Y hemos de suponer que la sabiduría del hombre fue hecha por estos átomos, como el mito de Hesíodo nos cuenta que Pandora fue formada por los dioses? Entonces habrán de renunciar los griegos a hablar de las diversas especies de poesía, y música, y astronomía, y geometría, y todas las demás artes y ciencias, como invenciones e instrucciones de los dioses, y habrán de permitir que estos átomos sean las únicas musas con habilidad y sabiduría para todos los asuntos. Pues esta teogonía, construida de átomos por Epicuro, es en verdad algo ajeno a los infinitos mundos del orden, y halla su refugio en el infinito desorden.

    5. Que trabajar no es cuestión de dolor ni fatiga para Dios

    Sobre la Naturaleza, 5

    Ahora bien, trabajar, y administrar, y hacer el bien, y ejercer cuidado, y acciones semejantes, tal vez sean tareas duras para los ociosos, y necios, y débiles, y malvados; en cuyo número verdaderamente se cuenta Epicuro a sí mismo, cuando propone tales nociones acerca de los dioses. Pero para los diligentes, y poderosos, e inteligentes, y prudentes, tales como los filósofos deben ser —¡y cuánto más, por tanto, los dioses!— estas cosas no solo no son desagradables ni tediosas, sino siempre las más deleitosas, y con mucho las más bienvenidas de todas. Para personas de este carácter, la negligencia y la dilación en hacer lo bueno son un reproche, como el poeta les amonesta en estas palabras de consejo:—
    «No dejes nada para mañana.»
    Y luego añade esta otra sentencia de amenaza:—
    «El perezoso que todo lo aplaza lucha siempre con las miserias.» Y el profeta nos enseña la misma lección de manera más solemne, y declara que las obras hechas según la norma de la virtud son verdaderamente dignas de Dios, y que el hombre que no presta atención a estas es maldito: «Pues maldito el que hace la obra del Señor negligentemente.» Además, aquellos que no están versados en ningún arte, y son incapaces de practicarlo perfectamente, lo sienten como tedioso cuando hacen sus primeros intentos en él, precisamente por la novedad de su experiencia, y su falta de práctica en las obras. Pero aquellos, por otra parte, que han hecho algún progreso, y mucho más los que están perfectamente adiestrados en el arte, cumplen fácilmente y con éxito los objetos de sus trabajos, y tienen gran placer en la obra, y preferirían más bien así, en el desempeño de las ocupaciones a las que están acostumbrados, acabar y llevar a cabo perfectamente lo que sus esfuerzos pretenden, que ser hechos dueños de todas aquellas cosas que se cuentan como ventajosas entre los hombres. Sí, el mismo Demócrito, según se cuenta, afirmó que preferiría el descubrimiento de una sola causa verdadera a la posesión del reino de Persia. Y esa era la declaración de un hombre que solo tenía una concepción vana e infundada de las causas de las cosas, en tanto que partía de un principio infundado, y de una hipótesis errónea, y no discernía la raíz real y la ley común de la necesidad en la constitución de las cosas naturales, y tenía por la mayor sabiduría la aprehensión de las cosas que ocurren simplemente de manera ininteligente y casual, y establecía el azar como dueña y reina de las cosas universales, y aun de las divinas, y se esforzaba por demostrar que todas las cosas ocurren por determinación del mismo, aunque al mismo tiempo lo mantenía fuera de la esfera de la vida de los hombres, y convencía de insensatez a quienes lo adoraban. En todo caso, al comienzo mismo de sus Preceptos habla así: «Los hombres han hecho una imagen del azar, como una excusa para su propia falta de conocimiento. Pues el intelecto y el azar son en su misma naturaleza antagónicos entre sí. Y los hombres han sostenido que este mayor adversario de la inteligencia es su soberano. Sí, más bien, subvierten y anulan por completo al uno, mientras establecen al otro en su lugar. Porque no celebran la inteligencia como afortunada, sino que alaban el azar como lo más inteligente.» Además, aquellos que atienden a las cosas que conducen al bien de la vida, tienen especial placer en lo que sirve a los intereses de los de su misma raza, y buscan la recompensa de la alabanza y la gloria a cambio de los trabajos emprendidos en favor del bien general; mientras que algunos se esfuerzan como proveedores de caminos y medios, otros como magistrados, otros como médicos, otros como estadistas; y aun los filósofos se enorgullecen grandemente de sus esfuerzos por la educación de los hombres. ¿Tendrán, pues, Epicuro o Demócrito la osadía de afirmar que en el ejercicio de filosofar solo se causan angustia a sí mismos? No, más bien estimarán esto como un placer de la mente sin par. Pues aunque sostengan la opinión de que el bien es el placer, se avergonzarán de negar que el filosofar es para ellos el placer mayor. Pero en cuanto a los dioses, de los cuales los poetas entre ellos cantan que son «dadores de buenos dones,» estos filósofos los celebran burlonamente en versos como estos: «Los dioses no son ni dadores ni partícipes de ningún bien.» ¿Y de qué manera, en verdad, pueden demostrar que hay dioses en absoluto, cuando ni perciben su presencia, ni los disciernen como hacedores de nada, en lo cual, ciertamente, se asemejan a aquellos que, en su admiración y asombro ante el sol y la luna y las estrellas, han sostenido que estos fueron llamados dioses, por el hecho de correr tales cursos: cuando, además, no les atribuyen ninguna función o poder de operación, de modo que los tengan por dioses por el hecho de constituir, es decir, de hacer objetos, porque en esto, con toda verdad, el único hacedor y operador de todas las cosas debe ser Dios; y cuando, en fin, no exponen administración alguna, ni juicio, ni beneficencia de ellos en relación con los hombres, de modo que pudiéramos estar obligados ya por el temor o ya por la reverencia a adorarlos? ¿Ha podido Epicuro entonces, en verdad, ver más allá de este mundo, y traspasar los recintos del cielo? ¿O ha salido por ciertas puertas secretas conocidas solo por él mismo, y así obtenido la vista de los dioses en el vacío? Y, teniéndolos por bienaventurados en su plena felicidad, y haciéndose él mismo luego un apasionado aspirante a tal placer, y un ardiente estudioso de aquella vida que ellos persiguen en el vacío, ¿llama ahora a todos a participar de esta felicidad, y los insta a hacerse así semejantes a los dioses, preparando como su verdadero simposio de bienaventuranza ni el cielo ni el Olimpo, como fingen los poetas, sino el puro vacío, y poniendo ante ellos la ambrosía de los átomos, y brindándoles con néctar hecho de lo mismo? Sin embargo, en asuntos que no tienen relación con nosotros, introduce en sus libros un sinfín de juramentos y aseveraciones solemnes, jurando constantemente tanto en sentido negativo como afirmativo por Júpiter, y haciendo jurar también por los dioses a aquellos con quienes se encuentra y con quienes discute sus doctrinas, ciertamente no porque él mismo los tema, ni tenga ningún temor del perjurio, sino porque tiene todo esto por vano, y falso, y ocioso, e ininteligible, y lo usa simplemente como una especie de acompañamiento de sus palabras, del mismo modo que podría también carraspear la garganta, o escupir, o torcer el rostro, o mover la mano. ¡Tan insensata y vacía era, a su entender, toda esta farsa de nombrar a los dioses! Pero es también un hecho muy patente que, temiendo a los atenienses después de (la advertencia de) la muerte de Sócrates, y deseando evitar que se le tomara por lo que realmente era —un ateo— el sutil charlatán inventó para ellos ciertas sombras vacías de dioses insustanciales. Pero jamás, ciertamente, alzó los ojos al cielo con ojos de verdadera inteligencia, como para oír la voz clara desde lo alto, que otro espectador atento sí oyó, y de la cual testificó cuando dijo: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.» Y jamás, ciertamente, miró la superficie del mundo con la debida reflexión; pues entonces habría aprendido que «la tierra está llena de la bondad del Señor» y que «del Señor es la tierra y su plenitud;» y que, como también leemos, «Después de esto, el Señor miró la tierra, y la llenó de sus bendiciones. Con toda clase de seres vivientes ha cubierto su faz.» Y si estos hombres no están irremediablemente cegados, que contemplen la vasta riqueza y variedad de las criaturas vivientes, animales terrestres, y alados, y acuáticos; y que entiendan entonces que es verdadera la declaración hecha por el Señor en la ocasión de su juicio de todas las cosas: «Y todas las cosas, conforme a su mandato, aparecieron buenas.»

    III. De los libros contra Sabelio. Sobre la noción de que la materia es ingénita

    Contra Sabelio

    Ciertamente, no deben tenerse por piadosos quienes sostienen que la materia es ingénita, aunque permiten, sí, que es puesta bajo la mano de Dios en lo que concierne a su arreglo y regulación; pues admiten que, siendo naturalmente pasiva y dúctil, cede prontamente a las alteraciones que Dios imprime en ella. A ellos, sin embargo, les corresponde mostrarnos claramente cómo es posible que lo semejante y lo desemejante sean predicados como subsistiendo juntos en Dios y en la materia. Porque se hace necesario así pensar en algo superior a ambos, y ese es un pensamiento que no puede legítimamente entretenerse respecto de Dios. Pues si existe esta carencia de generación que se dice ser lo semejante en ambos, y si existe este punto de diferencia que se concibe además en los dos, ¿de dónde ha surgido esto en ellos? Si, en verdad, Dios es el ingénito, y si esta carencia de generación es, por así decirlo, su misma esencia, entonces la materia no puede ser ingénita; pues Dios y la materia no son una y la misma cosa. Pero si cada uno subsiste propia e independientemente —a saber, Dios y la materia— y si la carencia de generación pertenece también a ambos, entonces es evidente que hay algo diferente de cada uno, y más antiguo y más alto que ambos. Pero la diferencia de sus constituciones contrastadas es completamente subversiva de la idea de que estos puedan subsistir en igualdad juntos, y más aún, de que este uno de los dos —a saber, la materia— pueda subsistir por sí misma. Porque entonces habrán de proporcionar una explicación del hecho de que, aunque se supone que ambos son ingénitos, Dios es sin embargo impasible, inmutable, imperturbable, enérgico; mientras que la materia es lo opuesto, impresionable, mutable, variable, alterable. Y ahora, ¿cómo pueden estas propiedades coexistir y unirse armoniosamente? ¿Es que Dios se ha adaptado a la naturaleza de la materia, y así la ha labrado hábilmente? Pero sería absurdo suponer que Dios trabaja el oro, como los hombres acostumbran hacer, o que talla o pule la piedra, o que pone su mano en cualquiera de las otras artes por las cuales las diferentes clases de materia se hacen capaces de recibir forma y figura. Pero si, por otra parte, Él ha formado la materia según su propia voluntad, y según los dictados de su propia sabiduría, imprimiendo en ella las ricas y múltiples formas producidas por su propia operación, entonces este relato nuestro es bueno y verdadero, y además establece la posición de que el Dios ingénito es la hipóstasis (la vida y el fundamento) de todas las cosas en el universo. Pues con este hecho de la carencia de generación se une el modo propio de su ser. Mucho, ciertamente, podría decirse en refutación de estos maestros, pero eso no es lo que nos ocupa en este momento. Y si se los pone al lado de los más impíos politeístas, estos parecerán los más piadosos en su discurso.

    IV. Epístola a Dionisio, obispo de Roma

    Del libro primero

    A Dionisio de Roma, §§ 1–5

    1. No hubo ciertamente un tiempo en que Dios no fuera el Padre.
    2. Ni, en verdad, como si no hubiera producido estas cosas, engendró Dios después al Hijo, sino porque el Hijo no tiene existencia por sí mismo, sino del Padre.
    Y tras unas pocas palabras dice del Hijo mismo:—
    3. Siendo el resplandor de la Luz eterna, Él mismo también es absolutamente eterno. Porque puesto que la luz existe siempre, es manifiesto que su resplandor también existe, pues la luz se percibe que existe por el hecho de que brilla, y es imposible que la luz no brille. Y volvamos una vez más a las comparaciones. Si existe el sol, también existe el día; si nada de esto se manifiesta, es imposible que el sol esté allí. Si, pues, el sol fuera eterno, el día no acabaría nunca; pero ahora, pues tal no es realmente el estado del caso, el día comienza con el comienzo del sol, y termina con su terminación. Pero Dios es la Luz eterna, que ni ha tenido principio ni ha de faltar jamás. Por tanto, el resplandor eterno brilla ante Él, y coexiste con Él, en cuanto que, existiendo sin principio y engendrado siempre, brilla siempre ante Él; y Él es aquella Sabiduría que dice, «Yo era aquello en que Él se deleitaba, y era cada día su delicia delante de su rostro en todo tiempo.»
    Y un poco después prosigue así su discurso desde el mismo punto:—
    4. Puesto que, por tanto, el Padre es eterno, el Hijo también es eterno, Luz de Luz. Porque donde está el que engendra, allí está también la prole. Y si no hay prole, ¿cómo y de qué puede Él ser el que engendra? Pero ambos son, y siempre son. Puesto que, entonces, Dios es la Luz, Cristo es el Resplandor. Y puesto que Él es Espíritu —pues dice Él, «Dios es Espíritu»—, convenientemente se llama también a Cristo Soplo; pues «Él», dice, «es el soplo del poder de Dios».
    Y de nuevo dice:—
    5. Además, el Hijo solo, coexistiendo siempre con el Padre, y lleno de Aquel que es, también Él mismo es, puesto que es del Padre.

    Del mismo libro primero

    A Dionisio de Roma, § 6

    6. Pero cuando hablé de las cosas creadas y de ciertas obras que debían considerarse, aduje apresuradamente comparaciones de tales cosas, como poco apropiadas, al decir que ni la planta es lo mismo que el labrador, ni la barca lo mismo que el constructor de barcas. Pero luego me detuve más bien en cosas adecuadas y más adaptadas a la naturaleza del asunto, y expuse con muchas palabras, mediante varios argumentos cuidadosamente considerados, qué cosas eran más verdaderas; las cuales, además, os he expuesto en otra carta. Y en estas cosas he probado también la falsedad de la acusación que alegan contra mí, a saber, que no sostengo que Cristo sea consustancial con Dios. Porque aunque digo que jamás he hallado ni leído esta palabra en las sagradas Escrituras, sin embargo otros razonamientos, que inmediatamente añadí, no discrepan en modo alguno de esta opinión, porque aduje como ilustración la prole humana, que ciertamente es del mismo género que el que engendra; y dije que los padres se distinguen absolutamente de sus hijos por el solo hecho de que ellos mismos no son sus hijos, o que ciertamente sería por necesidad que no hubiera ni padres ni hijos. Pero, como dije antes, no tengo la carta en mi poder a causa de la condición actual de los asuntos; de otro modo te habría enviado las mismísimas palabras que entonces escribí, sí, y una copia de toda la carta, y la enviaré si en algún momento tengo oportunidad. Recuerdo, además, que añadí muchas semejanzas de cosas afines entre sí. Pues dije que la planta, ya crezca de semilla o de raíz, es diferente de aquello de donde brotó, aunque es absolutamente de la misma naturaleza; y de manera semejante, que un río que fluye de una fuente toma otra forma y nombre: porque ni la fuente se llama río, ni el río fuente, sino que estas son dos cosas, y la fuente, en verdad, es, por así decir, el padre, mientras que el río es el agua de la fuente. Pero ellos fingen que no ven estas cosas y otras semejantes que están escritas, como si estuvieran ciegos; pero se esfuerzan por asaltarme desde lejos con expresiones usadas demasiado descuidadamente, como si fueran piedras, no advirtiendo que sobre cosas que ignoran, y que requieren interpretación para ser entendidas, a menudo arrojarán luz ilustraciones que no solo son remotas, sino incluso contrarias.
    Comentario editorial · Qué se le reprochaba: «consustancial»
    En el § 6 Dionisio dice que se le acusa de no sostener que Cristo es «consustancial» con Dios; reconoce que nunca halló esa palabra en las Escrituras, pero recuerda que había comparado al Hijo con la prole humana, «del mismo género» que quien engendra. El origen de la disputa lo cuenta Atanasio: algunos obispos de la Pentápolis libia seguían a Sabelio y apenas se predicaba ya al Hijo; Dionisio les escribió subrayando lo humano de Cristo, y unos hermanos ortodoxos, sin preguntarle, fueron a Roma a quejarse a su tocayo, el obispo Dionisio (Sobre la opinión de Dionisio, 5 y 13). Roma pidió cuentas y Alejandría respondió con Refutación y defensa. Wikipedia recuerda que el obispo de Roma convocó un sínodo y que su respuesta defendía a la vez la monarquía divina y el origen no creado del Hijo. Lo que vino después con ese término está en Homoousios; sobre el modalismo, en los unicitarios.

    Del mismo libro primero

    A Dionisio de Roma, § 7

    7. Se dijo más arriba que Dios es la fuente de todos los bienes, pero el Hijo fue llamado río que fluye de Él; porque la palabra es una emanación de la mente, y —hablando al modo humano— es emitida del corazón por la boca. Pero la mente que brota por la lengua es diferente de la palabra que existe en el corazón. Pues esta última, después de haber emitido la primera, permanece y es lo que era antes; pero la mente enviada sale volando y es llevada por todas partes, y así cada una está en la otra, aunque una proviene de la otra, y son una aunque son dos. Y así se dice que el Padre y el Hijo son uno, y que están el uno en el otro.

    Del libro segundo

    A Dionisio de Roma, §§ 8–9

    8. Los nombres individuales pronunciados por mí no pueden separarse unos de otros ni dividirse. Hablé del Padre, y antes de hacer mención del Hijo ya lo significaba en el Padre. Añadí el Hijo; y el Padre, aunque no lo hubiera nombrado antes, ya estaba absolutamente comprendido en el Hijo. Añadí el Espíritu Santo; pero, al mismo tiempo, lo expresé bajo el nombre de donde y por quien procede. Pero ellos ignoran que ni el Padre, en cuanto es Padre, puede separarse del Hijo, porque ese nombre es el fundamento evidente de coherencia y conjunción; ni el Hijo puede separarse del Padre, porque esta palabra Padre indica asociación entre ellos. Y hay, además, un Espíritu evidente que no puede separarse ni del que envía ni del que lo trae. ¿Cómo, entonces, yo, que uso tales nombres, habría de pensar que estos están absolutamente divididos y separados unos de otros?
    Tras unas pocas palabras añade:—
    9. Así, en verdad, expandimos la Unidad indivisible en Trinidad; y de nuevo contraemos la Trinidad, que no puede ser disminuida, en una Unidad.

    Del mismo libro segundo

    A Dionisio de Roma, §§ 10–11

    10. Pero si algún sofista, por el hecho de que dije que Dios es el Hacedor y Creador de todas las cosas, piensa que dije que Él es también Creador de Cristo, observe que primero lo llamé Padre, palabra en la que se expresa al mismo tiempo también el Hijo. Pues después de llamar al Padre Creador, añadí: Ni es Padre de aquellas cosas de las cuales es Creador, si el que engendra se entiende propiamente como Padre (pues consideraremos la amplitud de esta palabra Padre en lo que sigue). Ni es padre un hacedor, si solo al artífice se le llama hacedor. Pues entre los griegos, los sabios son llamados hacedores de sus libros. El apóstol dice también, «un hacedor (es decir, hacedor) de la ley.» Además, de las cosas del corazón, entre las cuales están la virtud y el vicio, los hombres son llamados hacedores (es decir, hacedores); a la manera de lo cual Dios dijo, «Esperaba que hiciera juicio, pero hizo iniquidad.»
    11. Tampoco debe censurarse así este dicho; pues él dice que usó el nombre de Hacedor a causa de la carne que el Verbo asumió, y que ciertamente fue hecha. Pero si alguien sospechara que aquello se dijo del Verbo, aun esto también debía escucharse sin afán de contienda. Pues así como no pienso que el Verbo fuera una cosa hecha, así no digo que Dios fuera su Hacedor, sino su Padre. Y sin embargo, si en algún momento, discurriendo sobre el Hijo, dije casualmente que Dios era su Hacedor, aun este modo de hablar no carecería de defensa. Pues los sabios entre los griegos se llaman a sí mismos hacedores de sus libros, aunque los mismos son padres de sus libros. Además, la Escritura divina nos llama hacedores de aquellos movimientos que proceden del corazón, cuando nos llama hacedores de la ley del juicio y de la justicia.

    Del mismo libro segundo

    A Dionisio de Roma, § 12

    12. En el principio era el Verbo. Pero no fue el Verbo quien produjo el Verbo. Porque el Verbo estaba con Dios. El Señor es la Sabiduría; no fue, por tanto, la Sabiduría quien produjo la Sabiduría; pues «Yo era aquello», dice, en que Él se deleitaba. Cristo es la verdad; pero «bendito», dice, «es el Dios de la verdad».

    Del libro tercero

    A Dionisio de Roma, § 13

    13. La vida es engendrada de la vida del mismo modo que el río ha fluido de la fuente, y la luz brillante se enciende de la luz inextinguible.

    Del libro cuarto

    A Dionisio de Roma, § 14

    14. Así como nuestra mente emite de sí una palabra —como dice el profeta, «Mi corazón ha proferido una buena palabra»—, y cada una de las dos es distinta de la otra, y mantiene un lugar peculiar, distinguido del otro; pues la primera ciertamente permanece y se agita en el corazón, mientras que la segunda tiene su lugar en la lengua y en la boca. Y sin embargo no están apartadas una de otra, ni privadas una de otra; ni está la mente sin la palabra, ni la palabra sin la mente; sino que la mente hace la palabra y aparece en la palabra, y la palabra muestra la mente en la cual fue hecha. Y la mente, en verdad, es, por así decir, la palabra inmanente, mientras que la palabra es la mente que brota. La mente pasa a la palabra, y la palabra transmite la mente a los oyentes que la rodean; y así la mente, por medio de la palabra, ocupa su lugar en las almas de los oyentes, entrando al mismo tiempo que la palabra. Y ciertamente la mente es, por así decir, el padre de la palabra, existiendo en sí misma; pero la palabra es como el hijo de la mente, y no puede ser hecha antes de ella ni sin ella, sino que existe con ella, de donde ha tomado su semilla y origen. De la misma manera, también el Padre todopoderoso y Mente universal tiene antes de todas las cosas al Hijo, el Verbo y el discurso, como intérprete y mensajero de Sí mismo.

    Hacia la mitad del tratado

    A Dionisio de Roma, § 15

    15. Si, por el hecho de que hay tres hipóstasis, dicen que están divididas, son tres lo quieran o no, o de lo contrario que eliminen del todo la Trinidad divina.
    Y de nuevo:
    Por esta razón, después de la Unidad existe también la Trinidad divinísima.
    Comentario editorial · Las «tres hipóstasis»
    El § 15 usa «hipóstasis» en plural y en una frase condicional: si, porque hay tres hipóstasis, se dice que están divididas, «son tres lo quieran o no, o de lo contrario que eliminen del todo la Trinidad divina»; y añade que, por eso, «después de la Unidad existe también la Trinidad». Con la misma palabra, un siglo después, unos en Antioquía hablarán de «tres hipóstasis» y otros de «una»: lo que Atanasio y los obispos reunidos en Alejandría hicieron con esa diferencia está en la Carta a los de Antioquía.

    Conclusión de todo el tratado

    A Dionisio de Roma, § 16

    16. De acuerdo con todas estas cosas, habiendo recibido además la forma y la regla de los ancianos que vivieron antes que nosotros, también nosotros, con una voz conforme a ellos, os daremos gracias y os remitiremos la carta que ahora escribimos. Y a Dios Padre, y a su Hijo nuestro Señor Jesucristo, con el Espíritu Santo, sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.

    V. Epístola al obispo Basílides

    Canon 1

    A Basílides, canon 1

    Dionisio a Basílides, mi amado hijo y hermano, co-ministro conmigo en las cosas santas y siervo obediente de Dios, saludo en el Señor.
    Me has enviado, hijo fidelísimo y consumado, para preguntar cuál es la hora apropiada para dar fin al ayuno en el día de Pentecostés. Pues dices que hay algunos de los hermanos que sostienen que debe hacerse al canto del gallo, y otros que sostienen que debe ser al anochecer. Porque los hermanos de Roma, según dicen, esperan al gallo; en cambio, respecto de los de aquí, nos dijiste que lo adelantarían. Y es, por tanto, tu ansioso deseo que se te presente la hora con exactitud y se te determine con perfecta precisión, lo cual ciertamente es asunto difícil e incierto. Sin embargo, todos reconocerán cordialmente que, desde la fecha de la resurrección de nuestro Señor, aquellos que hasta ese momento han estado humillando sus almas con ayunos deben comenzar de inmediato su gozo y alegría festivos. Pero en lo que me has escrito has señalado muy claramente, y con inteligente comprensión de las Sagradas Escrituras, que no parece ofrecerse en ellas una cuenta muy exacta de la hora a la que Él resucitó. Pues los evangelistas han dado descripciones diferentes de las personas que acudieron al sepulcro una tras otra, y todos han declarado que hallaron al Señor ya resucitado. Fue «al final del sábado», como ha dicho Mateo; fue «temprano, cuando aún estaba oscuro», como escribe Juan; fue «muy de mañana», como lo expresa Lucas; y fue «muy de mañana, al salir el sol», como nos dice Marcos. Así, nadie nos ha mostrado claramente la hora exacta en que resucitó. Se admite, sin embargo, que los que acudieron al sepulcro al final del sábado, cuando comenzaba a amanecer hacia el primer día de la semana, ya no lo hallaron yaciendo en él. Y no supongamos que los evangelistas discrepan o se contradicen entre sí. Pero aunque parezca haber alguna pequeña dificultad en cuanto al asunto de nuestra indagación, si todos están de acuerdo en que la luz del mundo, nuestro Señor, resucitó en aquella única noche, mientras difieren respecto a la hora, bien podemos buscar con mente sabia y fiel armonizar sus afirmaciones. La narración de Mateo, pues, dice así: «Al final del sábado, cuando comenzaba a amanecer hacia el primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y he aquí que hubo un gran terremoto: porque el ángel del Señor descendió del cielo, y llegó y removió la piedra, y se sentó sobre ella. Y su aspecto era como el relámpago, y su vestidura blanca como la nieve; y por miedo a él los guardas temblaron y quedaron como muertos. Y el ángel respondió y dijo a las mujeres: No temáis; porque sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí; porque ha resucitado, como dijo.» Ahora bien, esta frase «al final» será pensada por algunos que significa, según el uso común de la palabra, la tarde del sábado; mientras que otros, con mejor percepción del hecho, dirán que no indica eso, sino una hora avanzada de la noche, pues la frase «al final» denota lentitud y larga duración de tiempo. También, porque habla de noche y no de tarde, ha añadido las palabras «cuando comenzaba a amanecer hacia el primer día de la semana». Y estas personas no habían venido todavía, como dicen los otros, «llevando especias», sino «a ver el sepulcro»; y descubrieron la ocurrencia del terremoto, y al ángel sentado sobre la piedra, y oyeron de él la declaración, «No está aquí, ha resucitado». Y del mismo tenor es el testimonio de Juan. «El primer día de la semana», dice, «vino María Magdalena temprano, cuando aún estaba oscuro, al sepulcro, y ve quitada la piedra del sepulcro.» Solo que, según esto de «cuando aún estaba oscuro», ella había venido con anticipación. Y Lucas dice: «Descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento. Ahora bien, el primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro llevando las especias que habían preparado; y hallaron quitada la piedra del sepulcro.» Esta frase «muy de mañana» indica probablemente el alba temprana del primer día de la semana; y así, cuando el sábado mismo había pasado del todo, y también toda la noche que le sucedió, y cuando otro día había comenzado, vinieron trayendo especias y mirra, y entonces se hizo evidente que Él ya había resucitado mucho antes. Y Marcos sigue esto, y dice: «Habían comprado especias aromáticas, para ir a ungirlo. Y muy de mañana, el primer día de la semana, vienen al sepulcro al salir el sol.» Pues este evangelista también ha usado el término «muy de mañana», que es exactamente lo mismo que el «muy de mañana» empleado por el anterior; y ha añadido, «al salir el sol». Así, se pusieron en marcha y emprendieron el camino primero cuando era «muy de mañana», o (como dice Marcos) cuando era «muy temprano»; pero en el camino, y por su detención en el sepulcro, pasaron el tiempo hasta la salida del sol. Y entonces el joven vestido de blanco les dijo: «Ha resucitado, no está aquí». Siendo así el caso, hacemos la siguiente declaración y explicación a los que buscan una cuenta exacta de la hora específica, o media hora, o cuarto de hora, en que es propio comenzar su regocijo por la resurrección de nuestro Señor de entre los muertos. A los que son demasiado apresurados y se dan por vencidos incluso antes de medianoche, los reprendemos como remisos e intemperantes, y como quienes casi abandonan su carrera en su precipitación, pues es palabra de sabio, «No es poco en la vida lo que está dentro de un poco». Y a los que resisten y continúan por muchísimo tiempo, y perseveran hasta la cuarta vigilia, que es también la hora en que nuestro Salvador se manifestó caminando sobre el mar a los que entonces estaban en lo profundo, los recibimos como discípulos nobles y laboriosos. A aquellos, en cambio, que se detienen y se reaniman en la carrera según se sienten movidos o según pueden, no los presionemos con dureza: pues no todos llevan a cabo los seis días de ayuno igual ni de la misma manera; sino que algunos pasan incluso todos los días en ayuno, quedándose sin alimento durante todo el tiempo; mientras que otros toman solo dos, y otros tres, y otros cuatro, y otros ni siquiera uno. Y a los que han trabajado penosamente a través de estos ayunos prolongados, y luego han quedado exhaustos y casi deshechos, se les debe extender el perdón si se precipitan algo al tomar alimento. Pero si hay algunos que no solo rechazan tal ayuno prolongado, sino que se niegan al principio a ayunar del todo, y más bien se entregan lujosamente durante los primeros cuatro días, y luego, cuando llegan a los dos últimos días, a saber, la preparación y el sábado, ayunan con el debido rigor durante estos, y solo estos, y piensan que hacen algo grande y brillante si aguantan hasta la mañana, no puedo pensar que hayan recorrido el tiempo en igualdad de condiciones con quienes han estado practicando lo mismo durante varios días antes. Este es el consejo que, conforme a mi comprensión de la cuestión, os he ofrecido por escrito sobre estos asuntos.
    Comentario editorial · Basílides y la hora del ayuno
    Basílides es, según un escolio que recoge el ANF, obispo de las parroquias de la Pentápolis libia (Eusebio lo menciona en los libros VI y VII de su Historia). Le pregunta por la hora en que debe acabar el ayuno «en el día de Pentecostés» (así dice el texto; el argumento gira en torno a la hora de la resurrección): unos esperan al canto del gallo, otros al anochecer; los de Roma, dice Basílides, aguardan al gallo. Dionisio responde que no puede fijarse con exactitud, porque los cuatro evangelistas describen de forma distinta la hora de la resurrección, y que lo seguro es que el gozo empieza con ella. La edición divide la carta en cuatro «cánones», cada uno una respuesta a una pregunta de Basílides.

    Canon 2

    A Basílides, canon 2

    La cuestión de las mujeres en el tiempo de su separación, si es propio que en tal condición entren en la casa de Dios, la considero una indagación superflua. Pues no pienso que, si son mujeres creyentes y piadosas, serán ellas mismas tan temerarias en tal condición como para acercarse a la santa mesa o tocar el cuerpo y la sangre del Señor. Ciertamente la mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años no tocó al Señor mismo, sino solo el borde de su vestido, con miras a su curación. Pues orar, sea cual sea la situación de una persona, y recordar al Señor, en cualquier condición en que esté, y elevar peticiones para obtener ayuda, son ejercicios enteramente irreprochables. Pero al que no es perfectamente puro tanto en el alma como en el cuerpo, se le ha de prohibir acercarse al santo de los santos.

    Canon 3

    A Basílides, canon 3

    Además, los que son competentes, y los avanzados en años, deben ser jueces de sí mismos en estas materias. Pues que es propio abstenerse el uno del otro por mutuo consentimiento, a fin de quedar libres por un tiempo para dedicarse a la oración, y luego volver a unirse, lo han oído de Pablo en su epístola.

    Canon 4

    A Basílides, canon 4

    En cuanto a los que son sorprendidos por un flujo involuntario en la noche, siga cada uno el testimonio de su propia conciencia, y considere si está o no dudoso en este asunto. Y el que duda en materia de alimentos, el apóstol nos dice, «es condenado si come». En estas cosas, por tanto, que todo el que se acerca a Dios tenga buena conciencia y confianza apropiada, en lo que toca a su propio juicio. Y, en verdad, es para mostrar vuestra consideración por nosotros (pues no sois ignorantes, amados,) que nos habéis propuesto estas cuestiones, haciéndonos de una misma mente, como en verdad lo somos, y de un mismo espíritu con vosotros. Y yo, por mi parte, he expuesto así mis opiniones en público, no como maestro, sino solo como conviene que con toda sencillez confiramos unos con otros. Y cuando hayas examinado esta opinión mía, hijo mío inteligentísimo, me escribirás tu parecer sobre estos asuntos, y me harás saber lo que te parezca justo y preferible, y si apruebas mi juicio en estas cosas. Que te vaya bien, amado hijo mío, mientras sirves al Señor en paz, es mi oración.

    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron las cartas

    Casi todo lo que se conserva de Dionisio llegó por mano ajena. Eusebio de Cesarea copió sus cartas en los libros VI y VII de la Historia eclesiástica, y de ahí viene buena parte de lo que se sabe de la persecución de Decio en Alejandría; Wikipedia cita además su carta pascual entre los testimonios contemporáneos de la peste que hoy se llama «de Cipriano». Atanasio, en el siglo IV, recurrió a Refutación y defensa para quitarles a los arrianos un aliado que decían tener (Sobre la opinión de Dionisio), y por esa vía las frases de Dionisio sobre el Hijo entraron en el debate de Homoousios; el compendio sobre el siglo III advierte de que Atanasio lee a Dionisio a la luz de esa disputa. Wikipedia recuerda además que Milton citó la carta a Filemón en el Areopagitica (1644), a propósito de leer a los herejes para refutarlos.
    Quedan cuestiones que los textos no cierran. Una es cuánto hubo de rectificación y cuánto de aclaración en la respuesta a Roma: la introducción del traductor del ANF dice que Dionisio reconoció el error al que lo llevó su celo contra Sabelio, mientras que Atanasio sostiene que nunca pensó como decían los arrianos y que el escrito era una defensa; la carta a Eufranor y Amonio, que Dionisio dice no tener a mano (§ 6 del escrito a Dionisio de Roma), no figura en esta edición. Otra es el bautismo de los herejes, que Eusebio y Wikipedia no describen igual (véase la nota de la Epístola 5). Para el marco doctrinal, véanse los unicitarios y, para el milenio de Nepos, el milenialismo.
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