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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minPrimera Apología
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Los cristianos acusados de ateísmo
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cómo ha de servirse a Dios
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 14. Los demonios tergiversan la doctrina cristiana
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 17. Cristo enseñó la obediencia civil
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 21. Analogías con la historia de Cristo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 22. Analogías con la filiación de Cristo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 27. Culpa de exponer a los niños
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 32. Cristo predicho por Moisés
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Predicho el lugar del nacimiento de Cristo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 39. Predicciones directas del Espíritu
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 43. Se afirma la responsabilidad
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 46. La Palabra en el mundo antes de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 51. La majestad de Cristo
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 54. Origen de la mitología pagana
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 57. Y causan persecución
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 61. El bautismo cristiano
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 64. Otras tergiversaciones de la verdad
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 68. Conclusión
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minLa Segunda Apología de San Justino Mártir
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 3. Justino acusa a Crescencio de prejuicio ignorante contra los cristianos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7. El mundo preservado por causa de los cristianos. La responsabilidad del hombre
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11. Cómo ven los cristianos la muerte
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 4 minCapítulo 14. Justino ruega que se publique esta apelación

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    TEXTOS — JUSTINO MÁRTIR

    Índice de la obra

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    Justino Mártir

    Primera y Segunda Apología

    Texto base: versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers, vol. 1 (Buffalo, 1885), que New Advent atribuye a Marcus Dods y George Reith · 68 capítulos de la Primera apología, tres epístolas imperiales en apéndice y 15 capítulos de la Segunda

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF tal como lo revisó New Advent; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 148 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Puede condenarse a alguien solo por su nombre? Eso discute Justino ante un emperador, sus hijos y el Senado de Roma. Pide que los cristianos sean juzgados por lo que hacen y no por llamarse cristianos (1 Apol. 4 y 7), y para sostenerlo no se contenta con negar las acusaciones de ateísmo y de crímenes secretos: explica qué creen y cómo se reúnen. Habla del Verbo que ha estado en todos los hombres (1 Apol. 46), de las profecías que, según él, prueban que Cristo no fue un mago (1 Apol. 30–53) y, al final, del bautismo, la eucaristía y la reunión del domingo (1 Apol. 61–67). La Segunda apología, mucho más breve, nace de un juicio concreto que acaba de ocurrir en Roma bajo el prefecto Urbico (2 Apol. 1–2).

    Ficha de la obra

    AutorJustino, llamado Mártir, de Flavia Neápolis, «hijo de Prisco y nieto de Baquio» (1 Apol. 1). La nota introductoria del ANF cuenta las dos apologías entre los escritos «indiscutiblemente genuinos». Sus fechas: nacimiento hacia 114 y [a. D. 110–165] en el ANF; hacia 100 y 165 en la Catholic Encyclopedia; c. 90–100 y 165 en Wikipedia
    TítuloPrimera apología y Segunda apología. El epub las reúne como «Primera y Segunda Apología»; en inglés, The First Apology y The Second Apology of Justin for the Christians Addressed to the Roman Senate en el ANF, The Second Apology of St. Justin Martyr en New Advent
    DestinatariosLa Primera, a Antonino Pío, a «Verísimo el Filósofo», a «Lucio el Filósofo» y al Senado y pueblo romanos (1 Apol. 1). La Segunda empieza «Romanos» (2 Apol. 1) y la edición la titula «Dirigida al Senado romano»
    FechaNo consta en el texto ni en la edición. Pistas internas: «ciento cincuenta años» desde el nacimiento de Cristo (1 Apol. 46), el prefecto Félix (29) y la guerra de Bar Kojba como reciente (31). La Catholic Encyclopedia pone la Primera entre 153 y 155 y la Segunda poco después; Wikipedia, entre 155 y 157; el perfil de Justino de este sitio sigue a Pettersen: c. 155 y c. 161
    GéneroPetición al emperador y defensa de los cristianos; la Primera añade una exposición de la fe y del culto (1 Apol. 61–67)
    ExtensiónPrimera apología, 68 capítulos; apéndice de tres epístolas imperiales; Segunda apología, 15 capítulos. Unas 25 000 palabras
    TransmisiónUn solo manuscrito griego, París gr. 450, terminado el 11 de septiembre de 1364, según la Catholic Encyclopedia, que añade que 2 Apol. 2 falta casi entero en él y se restituye con la cita de Eusebio (Historia eclesiástica IV, 17)
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del griego
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 1 (1885), tal como la recoge New Advent
    El recorrido sigue los títulos de capítulo de la edición. La Primera apología empieza por la petición de justicia, el rechazo de las condenas por el solo nombre y la acusación de ateísmo (1–8); critica la idolatría y expone el culto, las enseñanzas morales de Cristo, la obediencia al emperador, la inmortalidad y la resurrección (9–20); compara a Cristo con los «hijos de Júpiter» y trata de los magos, de los niños expuestos y de la continencia (21–29); dedica más de un tercio de su extensión a las profecías (30–53); explica el origen de la mitología pagana, los símbolos de la cruz, la obra de los demonios y la deuda de Platón con Moisés (54–60); describe el bautismo, la eucaristía y la reunión del domingo (61–67) y concluye (68). Sigue un apéndice de tres epístolas imperiales que no son de Justino. La Segunda apología cuenta la condena de tres cristianos ante Urbico (1–2), responde a Crescencio (3), trata de la muerte cristiana, de los ángeles caídos, de la libertad y el castigo, y del Logos (4–13) y termina con el ruego de que se publique (14–15). Para quién fue Justino y cómo se leyó después, véanse su perfil y los apologetas del siglo II; para el lenguaje sobre el Hijo, el subordinacionismo y la generación eterna.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que se imprimió en el volumen 1 de las Ante-Nicene Fathers (ANF): The Apostolic Fathers, Justin Martyr, Irenaeus, editado por Alexander Roberts y James Donaldson y «revisado y ordenado cronológicamente, con breves prefacios y notas ocasionales» por A. Cleveland Coxe (Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1885, según New Advent; CCEL también fecha en 1885 la impresión original). El prefacio de Coxe dice que el volumen contiene el equivalente de tres de la serie de Edimburgo. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    Quién tradujo el inglés. New Advent pone, al pie de las dos apologías, «Translated by Marcus Dods and George Reith». En CCEL, la nota introductoria a los escritos de Justino habla de «los traductores, los señores Dods y Reith», pero ni la Primera ni la Segunda apología llevan en el volumen una línea «Translated by…», que sí tienen otras obras de Justino: el Discurso a los griegos, la Exhortación a los griegos, los Fragmentos sobre la resurrección y el Martirio son de M. Dods; Sobre el gobierno único de Dios, de G. Reith; los Otros fragmentos, de A. Roberts. Por eso aquí no se dice cuál de los dos tradujo cada apología. El texto inglés de partida no es el de CCEL sino el de New Advent, que Kevin Knight revisó: moderniza el inglés (escribe «you» donde el ANF tiene «ye»), omite las notas de los editores y añade, entre corchetes, referencias bíblicas. La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) a partir de ese inglés; no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. Los títulos de capítulo («Se pide justicia», «Administración de los sacramentos») y los de obra son de la edición, no de Justino; «sacramentos», por ejemplo, está solo en el título del capítulo 65, que no usa esa palabra. La numeración en 68 y 15 capítulos es la que usa también la Catholic Encyclopedia. El apéndice de tres epístolas es, en el ANF, la continuación de la Primera apología (capítulos 69 a 71), antes de que empiece la Segunda; ésta va impresa como obra aparte, con su título y su dedicatoria al Senado, pero la Catholic Encyclopedia la considera un apéndice de la Primera y el ANF recoge que hay críticos que la tienen por prólogo o por continuación de ella (nota introductoria a los escritos de Justino). Lo que va entre corchetes en el texto es de los traductores ingleses (por ejemplo, en 1 Apol. 3, «[o más bien, en verdad, nosotros mismos los castigaremos]»), salvo las referencias bíblicas, que añadió New Advent. El epub omite las notas de los traductores y las de Coxe, que el ANF pone entre corchetes; algunas pasan, resumidas y con su fuente, a las notas de este libro.

    Primera Apología

    Capítulo 1. Discurso

    1 Apol. 1

    Al emperador Tito Aurelio Adriano Antonino Pío Augusto César, y a su hijo Verísimo el Filósofo, y a Lucio el Filósofo, hijo natural del César, e hijo adoptivo de Pío, amante de las letras, y al sacro Senado, con todo el Pueblo de los romanos, yo, Justino, hijo de Prisco y nieto de Baquio, naturales de Flavia Neápolis de Palestina, presento este memorial y petición en favor de los de todas las naciones que son injustamente odiados y sin motivo maltratados, siendo yo mismo uno de ellos.
    Comentario editorial · A quién se dirige y cuándo
    La dedicatoria nombra a Antonino Pío, a «Verísimo el Filósofo», a «Lucio el Filósofo» —«hijo natural del César e hijo adoptivo de Pío»— y al Senado. Eusebio la copia casi igual (HE IV, 12) y dice que el escrito va dirigido a Antonino «y a sus hijos» (IV, 18). Se suele entender que los dos «filósofos» son Marco Aurelio y Lucio Vero, los hijos adoptivos que sucedieron a Antonino, quien reinó de 138 a 161 (Wikipedia); Lucio era hijo de Lucio Elio César, el heredero de Adriano muerto en 138. La fecha no consta. El texto da «ciento cincuenta años» desde el nacimiento de Cristo (46) y habla de Félix, prefecto de Egipto (29), que lo fue de 149 a 154 según Wikipedia. La Catholic Encyclopedia concluye entre 153 y 155; Wikipedia, entre 155 y 157.

    Capítulo 2. Se pide justicia

    1 Apol. 2

    La razón ordena a los que son verdaderamente piadosos y filósofos honrar y amar sólo lo que es verdadero, rehusando seguir las opiniones tradicionales, si éstas son vanas. Porque no sólo la sana razón nos ordena rehusar la guía de quienes hicieron o enseñaron algo malo, sino que incumbe al amante de la verdad, por todos los medios, y aun si se le amenaza de muerte, aun antes que su propia vida, elegir hacer y decir lo que es recto. Vosotros, pues, ya que sois llamados piadosos y filósofos, guardianes de la justicia y amantes del saber, prestad buena atención y escuchad mi discurso; y si en verdad sois tales, se manifestará. Porque no hemos venido a adularos con este escrito, ni a complaceros con nuestro discurso, sino a suplicar que pronunciéis sentencia, tras una investigación exacta y escrupulosa, no movidos por el prejuicio ni por el deseo de complacer a hombres supersticiosos, ni inducidos por impulso irracional o por malos rumores que desde hace tiempo prevalecen, a dar una decisión que habrá de volverse contra vosotros mismos. Porque, en cuanto a nosotros, tenemos por cierto que ningún mal nos puede ser hecho, a no ser que seamos convictos como malhechores o probados como hombres malvados; y vosotros, vosotros podéis matar, mas no dañarnos.

    Capítulo 3. Reclamación de investigación judicial

    1 Apol. 3

    Mas para que nadie piense que ésta es una declaración irrazonable y temeraria, exigimos que se investiguen los cargos contra los cristianos, y que, si éstos se prueban, sean castigados como merecen; [o más bien, en verdad, nosotros mismos los castigaremos]. Pero si nadie puede convencernos de nada, la verdadera razón os prohíbe, por causa de un mal rumor, agraviar a hombres inocentes, y más bien a vosotros mismos, que juzgáis conveniente gobernar los asuntos no por el juicio, sino por la pasión. Y toda persona sensata declarará que éste es el único arreglo justo y equitativo, a saber: que los súbditos rindan cuenta intachable de su propia vida y doctrina; y que, por otra parte, los gobernantes den su decisión obedeciendo, no a la violencia y a la tiranía, sino a la piedad y a la filosofía. Pues así tanto gobernantes como gobernados sacarían beneficio. Porque aun uno de los antiguos dijo en algún lugar: «A menos que tanto gobernantes como gobernados filosofen, es imposible hacer bienaventurados los Estados.» Nuestra tarea, pues, es ofrecer a todos la oportunidad de inspeccionar nuestra vida y enseñanzas, no sea que, por causa de aquellos que suelen ignorar nuestros asuntos, incurramos en la pena debida a ellos por su ceguera mental; y es asunto vuestro, cuando nos oigáis, ser hallados, como la razón exige, buenos jueces. Porque si, una vez aprendida la verdad, no hacéis lo que es justo, estaréis ante Dios sin excusa.

    Capítulo 4. Los cristianos injustamente condenados por su mero nombre

    1 Apol. 4

    Por la mera imposición de un nombre nada se decide, ni bueno ni malo, aparte de las acciones implicadas en el nombre; y, de hecho, al menos por lo que puede juzgarse del nombre de que se nos acusa, somos gente excelentísima. Mas así como no tenemos por justo suplicar ser absueltos a causa del nombre, si somos convictos como malhechores, así, por otra parte, si se halla que no hemos cometido ofensa alguna, ni en el hecho de llamarnos así, ni en nuestra conducta como ciudadanos, es vuestro deber guardaros con mucho empeño de incurrir en justo castigo, castigando injustamente a los que no están convictos. Porque de un nombre no podrían razonablemente brotar ni alabanza ni castigo, a menos que se pruebe algo excelente o vil en la acción. Y a los de entre vosotros que son acusados no los castigáis antes de ser convictos; mas en nuestro caso recibís el nombre como prueba contra nosotros, y esto aunque, en lo que toca al nombre, más bien deberíais castigar a nuestros acusadores. Pues se nos acusa de ser cristianos, y odiar lo excelente (chrestián) es injusto. Además, si alguno de los acusados niega el nombre, y dice que no es cristiano, lo absolvéis, como si no tuvierais prueba alguna contra él como malhechor; pero si alguno reconoce que es cristiano, lo castigáis a causa de este reconocimiento. La justicia exige que investiguéis la vida tanto del que confiesa como del que niega, para que por sus obras quede patente qué clase de hombre es cada uno. Pues así como algunos que han aprendido del Maestro, Cristo, a no negarle, animan a otros cuando son sometidos a interrogatorio, así con toda probabilidad los que llevan vidas malvadas dan ocasión a quienes, sin consideración, se atreven a acusar a todos los cristianos de impiedad y maldad. Y esto tampoco es recto. Pues también de la filosofía, algunos asumen el nombre y el hábito, los cuales nada hacen digno de su profesión; y bien sabéis que aquellos de los antiguos cuyas opiniones y enseñanzas eran del todo diversas son, sin embargo, todos llamados con el único nombre de filósofos. Y de éstos algunos enseñaron el ateísmo; y los poetas que han florecido entre vosotros hacen reír con la impureza de Júpiter con sus propios hijos. Y los que ahora adoptan tales doctrinas no son refrenados por vosotros; sino, al contrario, otorgáis premios y honores a quienes insultan eufónicamente a los dioses.
    Comentario editorial · «Cristiano» y «excelente»
    Justino juega con dos palabras griegas casi iguales: Χριστός, «Cristo», y χρηστός, «bueno» o «excelente». De ahí que saque que, a juzgar por el nombre, los cristianos son «gente excelentísima», y que odiar «lo excelente (chrestián)» sea injusto. Una nota del ANF explica el juego, y Coxe añade que Justino se sirve de la confusión popular que muestra Suetonio al escribir «impulsore Chresto» (Claudio 25). Quién fue ese Cresto es discutido: según Wikipedia, unos estudiosos lo refieren a Jesús y otros a otra persona de Roma. Tertuliano repite el juego en su Apología 3: aun mal pronunciado «Chrestianus», dice, el nombre viene de «dulzura y benignidad». Lo que Justino pide con él es otra cosa: que el nombre, por sí solo, no sea delito (4 y 7).

    Capítulo 5. Los cristianos acusados de ateísmo

    1 Apol. 5

    ¿Por qué, pues, ha de ser esto? En nuestro caso, que nos comprometemos a no hacer maldad alguna, ni a sostener estas opiniones ateístas, no examináis los cargos que se hacen contra nosotros; sino que, cediendo a la pasión irracional y a la instigación de demonios malvados, nos castigáis sin consideración ni juicio. Porque se ha de decir la verdad; puesto que desde antiguo estos demonios malvados, efectuando apariciones de sí mismos, tanto mancillaron a mujeres como corrompieron a muchachos, y mostraron a los hombres espectáculos tan temerosos, que los que no usaban su razón al juzgar las acciones que se hacían, quedaron sobrecogidos de terror; y arrebatados por el miedo, y no sabiendo que eran demonios, los llamaron dioses, y dieron a cada uno el nombre que cada uno de los demonios escogió para sí. Y cuando Sócrates se esforzó, mediante la verdadera razón y el examen, por sacar a la luz estas cosas y librar a los hombres de los demonios, entonces los propios demonios, por medio de hombres que se gozaban en la iniquidad, maquinaron su muerte, como ateo y profano, bajo el cargo de que «introducía nuevas divinidades;» y en nuestro caso despliegan una actividad semejante. Porque no sólo entre los griegos prevaleció la razón (el Logos) para condenar estas cosas por medio de Sócrates, sino que también entre los bárbaros fueron condenadas por la Razón (o la Palabra, el Logos) misma, que tomó forma, y se hizo hombre, y fue llamado Jesucristo; y en obediencia a Él, no sólo negamos que quienes hicieron tales cosas son dioses, sino que afirmamos que son demonios malvados e impíos, cuyas acciones no soportan comparación con las de aun los hombres deseosos de virtud.

    Capítulo 6. Refutación del cargo de ateísmo

    1 Apol. 6

    Por esto se nos llama ateos. Y confesamos que somos ateos, en lo que respecta a dioses de esta clase, pero no con respecto al Dios verdadero, Padre de la justicia y de la templanza y de las demás virtudes, el cual está libre de toda impureza. Mas tanto a Él, como al Hijo (que salió de Él y nos enseñó estas cosas, y a la multitud de los otros ángeles buenos que le siguen y son hechos semejantes a Él), y al Espíritu profético, los adoramos y veneramos, conociéndolos en razón y en verdad, y declarando sin envidia a todo aquel que desea aprender, tal como hemos sido enseñados.
    Comentario editorial · Ateos de esos dioses
    «Ateo» era una acusación, no una confesión: los cristianos no honraban a los dioses de la ciudad. Justino la acepta solo en parte —«ateos» respecto de «dioses de esta clase»— y la devuelve: esos dioses son demonios que se hicieron pasar por tales (5; compárese , que cita Coxe). Recuerda que los demonios hicieron morir a Sócrates «bajo el cargo de que introducía nuevas divinidades» y que ahora hacen algo semejante con los cristianos (5); en 46 cuenta como cristianos, «aunque hayan sido tenidos por ateos», a Sócrates y a Heráclito. El cargo podía costar la vida: en el Martirio de Policarpo (3 y 9, ANF) la multitud y el procónsul piden «¡Fuera los ateos!», y Policarpo repite el grito señalando a los paganos. Una dificultad de traducción de esta frase se trata en la nota al capítulo 13.

    Capítulo 7. Cada cristiano debe ser juzgado por su propia vida

    1 Apol. 7

    Mas alguno dirá: Algunos han sido ya antes apresados y convictos como malhechores. Pues condenáis a muchos, muchísimas veces, después de inquirir en la vida de cada uno de los acusados por separado, pero no por causa de aquellos de quienes hemos estado hablando. Y esto reconocemos: que así como entre los griegos los que enseñan las teorías que les placen son todos llamados con el único nombre «Filósofo,» aunque sus doctrinas sean diversas, así también entre los bárbaros este nombre sobre el cual se acumulan acusaciones es propiedad común de los que son y de los que parecen sabios. Pues todos son llamados cristianos. Por lo cual exigimos que las obras de todos los que ante vosotros son acusados sean juzgadas, a fin de que cada uno que sea convicto sea castigado como malhechor, y no como cristiano; y si es claro que alguno es irreprensible, que sea absuelto, puesto que por el mero hecho de ser cristiano no hace mal alguno. Pues no exigiremos que castiguéis a nuestros acusadores; estando ellos suficientemente castigados por su presente maldad e ignorancia de lo que es recto.

    Capítulo 8. Los cristianos confiesan su fe en Dios

    1 Apol. 8

    Y tened por cierto que por amor a vosotros hemos dicho estas cosas; pues está en nuestro poder, cuando somos examinados, negar que somos cristianos; pero no querríamos vivir diciendo una mentira. Porque, impulsados por el deseo de la vida eterna y pura, buscamos la morada que está con Dios, Padre y Creador de todo, y nos apresuramos a confesar nuestra fe, persuadidos y convencidos de que los que mediante sus obras han probado a Dios que le seguían, y amaban permanecer con Él donde no hay pecado que cause perturbación, pueden obtener estas cosas. Esto, pues, para hablar brevemente, es lo que esperamos y hemos aprendido de Cristo, y enseñamos. Y Platón, de manera semejante, solía decir que Radamanto y Minos castigarían a los malvados que comparecieran ante ellos; y nosotros decimos que lo mismo se hará, pero por mano de Cristo, y sobre los malvados en los mismos cuerpos unidos nuevamente a sus espíritus, los cuales están ahora para sufrir castigo eterno; y no sólo, como dijo Platón, por un período de mil años. Y si alguno dice que esto es increíble o imposible, este error nuestro es uno que sólo a nosotros importa, y a ninguna otra persona, mientras no podáis convencernos de hacer daño alguno.

    Capítulo 9. Necedad del culto a los ídolos

    1 Apol. 9

    Y tampoco honramos con muchos sacrificios y guirnaldas de flores a las deidades que los hombres han formado y colocado en santuarios y llamado dioses; puesto que vemos que éstas están sin alma y muertas, y no tienen la forma de Dios (porque no consideramos que Dios tenga una forma tal como algunos dicen que imitan para honra suya), sino que tienen los nombres y las formas de aquellos demonios malvados que han aparecido. Pues ¿qué necesidad hay de deciros a vosotros, que ya lo sabéis, en qué formas los artífices, [Isaías 44:9-20; Jeremías 10:3.] tallando y cortando, fundiendo y martillando, modelan los materiales? Y a menudo, de vasos de deshonra, con sólo cambiar la forma y hacer una imagen de la figura requerida, hacen lo que llaman un dios; lo cual consideramos no sólo insensato, sino incluso injurioso para Dios, quien, teniendo gloria y forma inefables, hace así que su nombre se una a cosas corruptibles y que requieren continuo servicio. Y que los artífices de éstas son intemperantes y, por no entrar en pormenores, ejercitados en todo vicio, lo sabéis muy bien; corrompen incluso a sus propias hijas que trabajan junto con ellos. ¡Qué infatuación! Que hombres disolutos sean considerados como que fabrican y hacen dioses para vuestro culto, y que nombréis a tales hombres guardianes de los templos donde éstos están consagrados; no reconociendo que es ilícito aun pensar o decir que los hombres son guardianes de dioses.

    Capítulo 10. De cómo ha de servirse a Dios

    1 Apol. 10

    Mas hemos recibido por tradición que Dios no necesita las ofrendas materiales que los hombres pueden dar, viendo, en verdad, que Él mismo es el proveedor de todas las cosas. Y hemos sido enseñados, y estamos convencidos, y creemos, que Él acepta sólo a aquellos que imitan las excelencias que residen en Él: templanza, y justicia, y filantropía, y cuantas virtudes son propias de un Dios que no es llamado por nombre propio alguno. Y hemos sido enseñados que Él, en el principio, por su bondad, por causa del hombre, creó todas las cosas de la materia informe; y si los hombres por sus obras se muestran dignos de este designio suyo, son tenidos por dignos, y así lo hemos recibido— de reinar en compañía con Él, librados de la corrupción y del sufrimiento. Pues así como en el principio nos creó cuando no éramos, así consideramos que, de manera semejante, los que eligen lo que le agrada son, a causa de su elección, tenidos por dignos de la incorrupción y de la comunión con Él. Porque el venir a ser al principio no estaba en nuestro propio poder; y para que sigamos las cosas que le agradan, eligiéndolas por medio de las facultades racionales con que Él mismo nos ha dotado, Él nos persuade y nos conduce a la fe. Y pensamos que es ventaja para todos los hombres que no se les impida aprender estas cosas, sino que aun se les exhorte a ello. Pues la restricción que las leyes humanas no pudieron efectuar, la Palabra, por cuanto es divina, la habría efectuado, si no hubieran los demonios malvados, tomando como aliada la concupiscencia de maldad que hay en todo hombre, y que arrastra de diversos modos a toda clase de vicio, esparcido muchas acusaciones falsas y profanas, ninguna de las cuales nos corresponde.

    Capítulo 11. Qué reino esperan los cristianos

    1 Apol. 11

    Y cuando oís que esperamos un reino, suponéis, sin hacer indagación alguna, que hablamos de un reino humano; mientras que hablamos de aquel que está con Dios, como aparece también por la confesión de su fe hecha por los que son acusados de ser cristianos, aunque saben que la muerte es la pena otorgada al que así confiesa. Pues si esperáramos un reino humano, negaríamos también a nuestro Cristo, para no ser muertos; y nos esforzaríamos por escapar de ser descubiertos, para obtener lo que esperamos. Mas ya que nuestros pensamientos no están fijos en lo presente, no nos preocupa cuando los hombres nos matan; puesto que también la muerte es una deuda que en todo caso ha de pagarse.

    Capítulo 12. Los cristianos viven como bajo la mirada de Dios

    1 Apol. 12

    Y más que todos los demás hombres somos vuestros colaboradores y aliados en promover la paz, ya que sostenemos esta opinión: que es igualmente imposible que los malvados, los avaros, el conspirador, y los virtuosos escapen a la mirada de Dios, y que cada hombre va al castigo eterno o a la salvación según el valor de sus acciones. Pues si todos los hombres supieran esto, nadie elegiría la maldad siquiera por un poco, sabiendo que va al castigo eterno del fuego; sino que por todos los medios se refrenaría, y se adornaría con la virtud, para obtener los buenos dones de Dios y escapar de los castigos. Pues los que, a causa de las leyes y castigos que imponéis, se esfuerzan por escapar de ser descubiertos cuando ofenden (y ofenden, además, bajo la impresión de que es muy posible escapar a vuestra detección, ya que sólo sois hombres), esas personas, si aprendieran y se convencieran de que nada, ya sea efectivamente hecho o sólo intentado, puede escapar al conocimiento de Dios, por todos los medios vivirían decentemente a causa de las penas amenazadas, como aun vosotros mismos admitiréis. Pero parecéis temer que todos los hombres se hagan justos, y no tengáis ya a quién castigar. Tal sería la preocupación de verdugos públicos, pero no de buenos príncipes. Mas, como antes dijimos, estamos persuadidos de que estas cosas son incitadas por espíritus malos, que exigen sacrificios y servicio aun de los que viven irracionalmente; pero en cuanto a vosotros, presumimos que vosotros, que aspiráis a [una reputación de] piedad y filosofía, no haréis nada irrazonable. Mas si también vosotros, como los necios, preferís la costumbre a la verdad, haced lo que está en vuestro poder. Pero tanto poder tienen los gobernantes que estiman más la opinión que la verdad, como el que tienen salteadores en un desierto. Y que no tendréis éxito lo declara la Palabra, que después de Dios que la engendró, sabemos que no hay soberano más regio y justo. Pues así como todos rehúyen heredar la pobreza o los sufrimientos o la oscuridad de sus padres, así todo lo que la Palabra nos prohíbe elegir, el hombre sensato no lo elegirá. Que todas estas cosas han de acontecer, digo, lo predijo nuestro Maestro, el que es a la vez Hijo y Apóstol de Dios, Padre de todo y Soberano: Jesucristo; de quien también tenemos el nombre de cristianos. Por lo cual nos aseguramos más de todas las cosas que Él nos enseñó, ya que todo lo que de antemano predijo que había de acontecer, se ve de hecho acontecer; y ésta es obra de Dios: decir una cosa antes de que suceda, y tal como fue predicha, mostrarla sucediendo. Sería posible detenerse aquí y no añadir más, considerando que exigimos lo que es justo y verdadero; mas porque bien sabemos que no es fácil cambiar súbitamente una mente poseída por la ignorancia, nos proponemos añadir algunas cosas, para persuadir a los que aman la verdad, sabiendo que no es imposible poner en fuga la ignorancia presentando la verdad.

    Capítulo 13. Los cristianos sirven a Dios racionalmente

    1 Apol. 13

    ¿Qué hombre de mente sobria, entonces, no reconocerá que no somos ateos, adorando como lo hacemos al Hacedor de este universo, y declarando, como se nos ha enseñado, que Él no necesita de ríos de sangre, libaciones e incienso; a quien alabamos hasta el máximo de nuestro poder mediante el ejercicio de la oración y la acción de gracias por todas las cosas con que somos provistos, como se nos ha enseñado que el único honor digno de Él no es consumir por el fuego lo que Él ha traído a la existencia para nuestro sustento, sino usarlo para nosotros y para los necesitados, y con gratitud hacia Él ofrecer gracias por invocaciones e himnos por nuestra creación, y por todos los medios de salud, y por las diversas cualidades de las diferentes clases de cosas, y por los cambios de las estaciones; y presentar ante Él peticiones para que existamos de nuevo en incorrupción mediante la fe en Él. Nuestro maestro de estas cosas es Jesucristo, quien también nació para este propósito, y fue crucificado bajo Poncio Pilato, procurador de Judea, en los tiempos de Tiberio César; y que razonablemente le adoramos, habiendo aprendido que Él es el Hijo del verdadero Dios mismo, y teniéndole en el segundo lugar, y al Espíritu profético en el tercero, lo probaremos. Porque proclaman que nuestra locura consiste en esto: que damos a un hombre crucificado un lugar segundo después del Dios inmutable y eterno, el Creador de todo; porque no disciernen el misterio que hay en esto, al cual, como os lo hacemos claro, os rogamos que prestéis atención.
    Comentario editorial · «En el segundo lugar» y la hueste de los ángeles
    Justino dice que los cristianos tienen a Cristo «en el segundo lugar» y al Espíritu profético «en el tercero», y que por eso los acusan de locura: dar a «un hombre crucificado» un lugar segundo tras el Dios eterno. La Catholic Encyclopedia cuenta este pasaje entre los que hacen parecer subordinada la divinidad del Hijo, y el artículo sobre el subordinacionismo lo cita. En 6 hay además un problema de traducción: tomada al pie de la letra, la frase dice que los cristianos adoran al Hijo, a «la multitud de los otros ángeles buenos» y al Espíritu. Una nota del ANF observa que, por 13, 16 y 61, Justino no enseña un culto a los ángeles, y propone dos construcciones del griego en que los ángeles reciben la enseñanza del Hijo con nosotros o son materia de ella; Coxe puso entre paréntesis lo que sigue a «el Hijo» para indicarlo.

    Capítulo 14. Los demonios tergiversan la doctrina cristiana

    1 Apol. 14

    Porque os advertimos de antemano que estéis en guardia, no sea que esos demonios a quienes hemos estado acusando os engañen, y os desvíen por completo de leer y entender lo que decimos. Pues se esfuerzan por teneros como sus esclavos y siervos; y a veces por apariciones en sueños, y a veces por imposiciones mágicas, someten a todos los que no hacen un fuerte esfuerzo contrario por su propia salvación. Y así también nosotros, desde que fuimos persuadidos por la Palabra, nos mantenemos apartados de ellos (es decir, de los demonios), y seguimos al único Dios ingénito a través de su Hijo — nosotros, que antes nos deleitábamos en la fornicación, pero ahora abrazamos sólo la castidad; nosotros, que antes usábamos artes mágicas, nos consagramos al Dios bueno e ingénito; nosotros, que valorábamos sobre todas las cosas la adquisición de riquezas y posesiones, ahora ponemos lo que tenemos en un fondo común, y lo comunicamos a todo el que está en necesidad; nosotros, que nos odiábamos y destruíamos unos a otros, y que a causa de sus diversas costumbres no queríamos convivir con hombres de otra tribu, ahora, desde la venida de Cristo, vivimos familiarmente con ellos, y oramos por nuestros enemigos, y nos esforzamos por persuadir a los que nos odian injustamente a vivir conforme a los buenos preceptos de Cristo, a fin de que lleguen a ser partícipes con nosotros de la misma gozosa esperanza de una recompensa de Dios, gobernador de todo. Pero para que no parezca que razonamos sofísticamente, consideramos justo, antes de daros la explicación prometida, citar algunos preceptos dados por Cristo mismo. Y sea vuestro, como poderosos gobernantes, inquirir si hemos sido enseñados y enseñamos estas cosas verdaderamente. Breves y concisas palabras cayeron de Él, porque no era un sofista, sino que su palabra era el poder de Dios.

    Capítulo 15. Lo que Cristo mismo enseñó

    1 Apol. 15

    Concerniente a la castidad, pronunció sentimientos como éstos: «Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón delante de Dios.» Y, «Si tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo; porque mejor te es entrar en el reino de los cielos con un solo ojo, que teniendo dos ojos ser arrojado al fuego eterno.» Y, «Cualquiera que se case con la repudiada de otro marido, comete adulterio.» Y, «Hay algunos que han sido hechos eunucos por los hombres, y algunos que nacieron eunucos, y algunos que se han hecho eunucos a sí mismos por causa del reino de los cielos; pero no todos pueden recibir esta palabra.» [] De modo que todos los que, por ley humana, están casados dos veces, son a los ojos de nuestro Maestro pecadores, y los que miran a una mujer para codiciarla. Porque no sólo el que de hecho comete adulterio es rechazado por Él, sino también el que desea cometer adulterio: puesto que no sólo nuestras obras, sino también nuestros pensamientos, están abiertos ante Dios. Y muchos, tanto hombres como mujeres, que han sido discípulos de Cristo desde la infancia, permanecen puros a la edad de sesenta o setenta años; y me jacto de que podría presentar tales de cada raza de hombres. Pues ¿qué diré también de la incontable multitud de los que han reformado hábitos intemperantes, y han aprendido estas cosas? Porque Cristo no llamó a los justos ni a los castos al arrepentimiento, sino a los impíos, a los licenciosos y a los injustos; sus palabras siendo, «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento.» [] Porque el Padre celestial desea más bien el arrepentimiento que el castigo del pecador. Y acerca de nuestro amor hacia todos, enseñó así: «Si amáis a los que os aman, ¿qué cosa nueva hacéis? Porque aun los fornicarios hacen esto. Pero yo os digo: Orad por vuestros enemigos, y amad a los que os odian, y bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os ultrajan.» [] Y que debemos comunicar a los necesitados, y no hacer nada por gloria, dijo, «Dad al que pide, y al que quiera tomar prestado de vosotros no le volváis la espalda; porque si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué cosa nueva hacéis? Aun los publicanos hacen esto. No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen. Porque ¿qué aprovecha al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué dará el hombre en cambio de su alma? Haceos, pues, tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen.» Y, «Sed bondadosos y misericordiosos, como también vuestro Padre es bondadoso y misericordioso, y hace salir su sol sobre pecadores, y justos, y malvados. No os afanéis por lo que habéis de comer, o por lo que habéis de vestir: ¿no sois vosotros mejores que las aves y las bestias? Y Dios las alimenta. No os afanéis, pues, por lo que habéis de comer, o por lo que habéis de vestir; porque vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de estas cosas. Mas buscad el reino de los cielos, y todas estas cosas os serán añadidas. Porque donde está el tesoro del hombre, allí está también su mente.» Y, «No hagáis estas cosas para ser vistos de los hombres; de otra manera no tenéis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.» []

    Capítulo 16. Sobre la paciencia y el juramento

    1 Apol. 16

    Y acerca de ser pacientes ante las injurias, y prontos para servir a todos, y libres de ira, esto es lo que dijo: «Al que te golpee en una mejilla, ofrécele también la otra; y al que te quite la capa o el manto, no se lo prohíbas. Y cualquiera que se enoje, está en peligro del fuego. Y a todo el que te obligue a ir con él una milla, ve con él dos. Y que vuestras buenas obras resplandezcan delante de los hombres, para que, viéndolas, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» Porque no debemos contender; ni ha deseado Él que seamos imitadores de hombres malvados, sino que nos ha exhortado a llevar a todos los hombres, mediante la paciencia y la mansedumbre, lejos de la vergüenza y del amor al mal. Y esto en verdad se prueba en el caso de muchos que antes eran de vuestra manera de pensar, pero han cambiado su disposición violenta y tiránica, siendo vencidos ya sea por la constancia que han presenciado en las vidas de sus vecinos, o por la extraordinaria tolerancia que han observado en sus compañeros de viaje cuando eran defraudados, o por la honestidad de aquellos con quienes han tenido negocios.
    Y con respecto a no jurar en absoluto, y a decir siempre la verdad, Él ordenó como sigue: «No juréis en absoluto; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no; porque todo lo que es más que esto viene del mal.» [] Y que debemos adorar a Dios solo, nos persuadió así: «El mandamiento más grande es: Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás, con todo tu corazón, y con todas tus fuerzas, el Señor Dios que te hizo.» [] Y cuando cierto hombre vino a Él y dijo, «Buen Maestro,» Él respondió y dijo, «Ninguno hay bueno sino sólo Dios, que hizo todas las cosas.» [] Y que los que no se hallan viviendo como Él enseñó, sean entendidos como que no son cristianos, aunque profesen con los labios los preceptos de Cristo; porque no los que profesan, sino los que hacen las obras, serán salvos, según su palabra: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Porque cualquiera que me oye, y hace mis dichos, oye a aquel que me envió. Y muchos me dirán: Señor, Señor, ¿no hemos comido y bebido en tu nombre, y hecho maravillas? Y entonces les diré: Apartaos de mí, obradores de iniquidad. Entonces habrá llanto y crujir de dientes, cuando los justos resplandezcan como el sol, y los malvados sean enviados al fuego eterno. Porque muchos vendrán en mi nombre, vestidos por fuera con vestiduras de ovejas, pero por dentro siendo lobos rapaces. Por sus obras los conoceréis. Y todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego.» Y en cuanto a los que no viven conforme a estas sus enseñanzas, y son cristianos sólo de nombre, exigimos que todos tales sean castigados por vosotros.

    Capítulo 17. Cristo enseñó la obediencia civil

    1 Apol. 17

    Y en todas partes nosotros, más prontamente que todos los hombres, nos esforzamos por pagar a los designados por vosotros los impuestos tanto ordinarios como extraordinarios, como se nos ha enseñado por Él; porque en aquel tiempo algunos vinieron a Él y le preguntaron si se debe pagar tributo a César; y Él respondió, «Decidme, ¿de quién es la imagen que lleva la moneda?» Y ellos dijeron, «De César.» Y de nuevo les respondió, «Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.» Por lo cual a Dios solo rendimos adoración, pero en las demás cosas con gusto os servimos, reconociéndoos como reyes y gobernantes de los hombres, y orando para que con vuestro poder real seáis hallados poseyendo también sano juicio. Pero si no hacéis caso de nuestras oraciones y explicaciones francas, no sufriremos pérdida alguna, ya que creemos (o más bien, en verdad, estamos persuadidos) de que todo hombre sufrirá castigo en el fuego eterno según el mérito de su obra, y rendirá cuenta según el poder que ha recibido de Dios, como Cristo insinuó cuando dijo, «A quien Dios ha dado más, más se le exigirá.» []

    Capítulo 18. Prueba de la inmortalidad y la resurrección

    1 Apol. 18

    Pues reflexionad sobre el fin de cada uno de los reyes precedentes, cómo murieron la muerte común a todos, la cual, si terminara en insensibilidad, sería una bendición para todos los malvados. Pero puesto que la sensación permanece en todos los que han vivido alguna vez, y el castigo eterno está reservado (es decir, para los malvados), mirad que no dejéis de convenceros, y de tener por creencia vuestra, que estas cosas son verdaderas. Porque que incluso la nigromancia, y las adivinaciones que practicáis mediante niños inmaculados, y la evocación de almas humanas difuntas, y los que entre los magos son llamados Enviadores de sueños y Espíritus asistentes (Familiares), y todo lo que hacen los que son expertos en tales materias — que éstos os persuadan de que aún después de la muerte las almas están en estado de sensación; y los que son arrebatados y zarandeados por los espíritus de los muertos, a quienes todos llaman endemoniados o locos; y lo que reputáis como oráculos, tanto de Anfíoco, Dodona, Pitón, y cuantos otros tales existen; y las opiniones de vuestros autores, Empédocles y Pitágoras, Platón y Sócrates, y el foso de Homero, y el descenso de Ulises para inspeccionar estas cosas, y todo lo que se ha dicho de índole semejante. Tal favor como concedéis a éstos, concededlo también a nosotros, que no menos sino más firmemente que ellos creemos en Dios; ya que esperamos recibir de nuevo nuestros propios cuerpos, aunque estén muertos y echados a la tierra, pues sostenemos que para Dios nada es imposible.

    Capítulo 19. La resurrección es posible

    1 Apol. 19

    Y a cualquier persona pensativa, ¿le parecería algo más increíble que, si no estuviéramos en el cuerpo, y alguien dijera que era posible que de una pequeña gota de semilla humana se formaran huesos y tendones y carne en una figura como la que vemos? Pues que se diga ahora hipotéticamente: si vosotros mismos no fuerais tales como sois ahora, y nacidos de tales padres [y causas], y alguien os mostrara semilla humana y una imagen de un hombre, y dijera con confianza que de tal sustancia tal ser podría ser producido, ¿creeríais antes de ver la producción real? Nadie se atreverá a negar [que tal afirmación superaría la creencia]. De la misma manera, entonces, ahora sois incrédulos porque nunca habéis visto a un hombre muerto resucitar. Pero como al principio no habríais creído posible que tales personas pudieran ser producidas de la pequeña gota, y sin embargo ahora las veis así producidas, así también juzgad que no es imposible que los cuerpos de los hombres, después de haberse disuelto, y como semillas resueltas en tierra, en el tiempo señalado por Dios resuciten y se revistan de incorrupción. Pues qué poder digno de Dios imaginan los que dicen que cada cosa vuelve a aquello de lo que fue producida, y que más allá de esto ni siquiera Dios mismo puede hacer nada, no somos capaces de concebirlo; pero esto vemos claramente, que no habrían creído posible que ellos pudieran haber llegado a ser tales y producidos de tales materiales, como ahora ven que son tanto ellos mismos como el mundo entero. Y que es mejor creer aun lo que es imposible para nuestra propia naturaleza y para los hombres, que ser incrédulos como el resto del mundo, lo hemos aprendido; porque sabemos que nuestro Maestro Jesucristo dijo que «lo que es imposible con los hombres, es posible con Dios,» [] y, «No temáis a los que matan el cuerpo, y después de eso no pueden hacer más; sino temed a aquel que después de la muerte puede arrojar tanto el alma como el cuerpo al infierno.» [] Y el infierno es un lugar donde han de ser castigados los que han vivido malvadamente, y los que no creen que aquellas cosas que Dios nos ha enseñado por Cristo acontecerán.

    Capítulo 20. Analogías paganas con la doctrina cristiana

    1 Apol. 20

    Y la Sibila e Histaspes dijeron que habría una disolución por Dios de las cosas corruptibles. Y los filósofos llamados estoicos enseñan que aun Dios mismo se resolverá en fuego, y dicen que el mundo ha de ser formado de nuevo por esta revolución; pero nosotros entendemos que Dios, el Creador de todas las cosas, es superior a las cosas que han de ser cambiadas. Si, por tanto, en algunos puntos enseñamos las mismas cosas que los poetas y filósofos a quienes honráis, y en otros puntos somos más plenos y más divinos en nuestra enseñanza, y si nosotros solos damos prueba de lo que afirmamos, ¿por qué somos injustamente odiados más que todos los demás? Porque mientras decimos que todas las cosas han sido producidas y ordenadas en un mundo por Dios, pareceremos pronunciar la doctrina de Platón; y mientras decimos que habrá una quema de todo, pareceremos pronunciar la doctrina de los estoicos; y mientras afirmamos que las almas de los malvados, estando dotadas de sensación aun después de la muerte, son castigadas, y que las de los buenos, siendo libradas del castigo, pasan una existencia bendita, pareceremos decir las mismas cosas que los poetas y filósofos; y mientras sostenemos que los hombres no deben adorar las obras de sus manos, decimos las mismas cosas que han sido dichas por el poeta cómico Menandro, y otros escritores similares, porque han declarado que el obrero es mayor que la obra.

    Capítulo 21. Analogías con la historia de Cristo

    1 Apol. 21

    Y cuando decimos también que la Palabra, que es el primogénito de Dios, fue producida sin unión sexual, y que Él, Jesucristo, nuestro Maestro, fue crucificado y murió, y resucitó, y subió al cielo, no proponemos nada diferente de lo que vosotros creéis respecto de aquellos que tenéis por hijos de Júpiter. Pues sabéis cuántos hijos atribuyeron a Júpiter vuestros estimados escritores: Mercurio, la palabra intérprete y maestro de todos; Esculapio, que, aunque era un gran médico, fue herido por un rayo, y así subió al cielo; y también Baco, después de haber sido despedazado miembro a miembro; y Hércules, cuando se entregó a las llamas para escapar de sus trabajos; y los hijos de Leda, y los Dióscuros; y Perseo, hijo de Dánae; y Belofonte, que, aunque nacido de mortales, subió al cielo en el caballo Pegaso. Pues ¿qué diré de Ariadna, y de aquellos que, como ella, han sido declarados puestos entre las estrellas? ¿Y qué de los emperadores que mueren entre vosotros, a quienes juzgáis dignos de deificación, y en favor de los cuales presentáis a alguien que jura haber visto al César en llamas subir al cielo desde la pira funeraria? Y qué clase de hechos se registran de cada uno de estos reputados hijos de Júpiter, es innecesario decirlo a quienes ya lo saben. Sólo esto se dirá: que están escritos para provecho y estímulo de los jóvenes estudiosos; pues todos consideran cosa honrosa imitar a los dioses. Pero lejos esté de toda alma bien dispuesta semejante pensamiento acerca de los dioses: creer que el mismo Júpiter, gobernador y creador de todas las cosas, fue parricida e hijo de parricida, y que, vencido por el amor de placeres viles y vergonzosos, se llegó a Ganimedes y a aquellas muchas mujeres a las que había violado, y que sus hijos hicieron obras semejantes. Pero, como dijimos antes, los demonios malvados perpetraron estas cosas. Y hemos aprendido que sólo son deificados quienes han vivido cerca de Dios en santidad y virtud; y creemos que quienes viven malvadamente y no se arrepienten son castigados en fuego eterno.
    Comentario editorial · Divinizar a los muertos
    Justino compara la ascensión de Cristo con las de los «hijos de Júpiter» y añade a los emperadores: a los romanos a quienes se dirige les dice que «presentáis a alguien que jura haber visto al César en llamas subir al cielo desde la pira funeraria». Según Wikipedia, el Senado podía votar la divinización (divus) de un emperador muerto; Antonino logró que la votase para Adriano, y quizá de ahí su título de Pío. Justino no ataca aparte el culto imperial: lo menciona entre los ejemplos de divinización y atribuye los mitos de Júpiter a «demonios malvados»; los que merecen ser divinizados, dice, son quienes «han vivido cerca de Dios en santidad y virtud». En 17 concede lo que cree posible: «a Dios solo rendimos adoración, pero en las demás cosas con gusto os servimos».

    Capítulo 22. Analogías con la filiación de Cristo

    1 Apol. 22

    Además, el Hijo de Dios llamado Jesús, aunque fuera sólo un hombre por generación ordinaria, sin embargo, a causa de su sabiduría, es digno de ser llamado Hijo de Dios; pues todos los escritores llaman a Dios Padre de los hombres y de los dioses. Y si afirmamos que la Palabra de Dios nació de Dios de una manera peculiar, diferente de la generación ordinaria, que esto, como se ha dicho antes, no sea cosa extraordinaria para vosotros, que decís que Mercurio es la palabra angélica de Dios. Pero si alguno objeta que Él fue crucificado, también en esto está a la par con esos reputados hijos de Júpiter vuestros, que padecieron según acabamos de enumerar. Pues sus sufrimientos en la muerte están registrados como no todos semejantes, sino diversos; de modo que ni siquiera por la peculiaridad de sus sufrimientos parece Él ser inferior a ellos; sino que, por el contrario, como prometimos en la parte precedente de este discurso, ahora probaremos que Él es superior —o más bien ya hemos probado que lo es—, pues el superior se revela por sus acciones. Y si incluso afirmamos que nació de una virgen, aceptad esto en común con lo que aceptáis de Perseo. Y en cuanto a que decimos que sanó a los cojos, a los paralíticos y a los ciegos de nacimiento, parece que decimos algo muy semejante a los hechos que se dice que realizó Esculapio.

    Capítulo 23. El argumento

    1 Apol. 23

    Y para que esto se os haga ahora evidente —(primeramente) que todo cuanto afirmamos conforme a lo que nos ha sido enseñado por Cristo y por los profetas que le precedieron, es lo único verdadero y es más antiguo que todos los escritores que han existido; que pretendemos ser reconocidos, no porque digamos las mismas cosas que dijeron esos escritores, sino porque decimos cosas verdaderas; y (segundamente) que Jesucristo es el único Hijo propio que ha sido engendrado por Dios, siendo su Palabra y primogénito, y poder; y, haciéndose hombre según su voluntad, nos enseñó estas cosas para la conversión y restauración del género humano; y (terceramente) que antes de hacerse hombre entre los hombres, algunos, influidos por los demonios antes mencionados, relataron de antemano, por medio de los poetas, aquellas circunstancias como si realmente hubieran sucedido, las cuales, habiendo inventado ficticiamente, narraron, de la misma manera que han hecho fabricar contra nosotros los relatos escandalosos de acciones infames e impías, de las cuales no hay ni testigo ni prueba—, aduciremos la siguiente prueba.

    Capítulo 24. Variedades del culto pagano

    1 Apol. 24

    En primer lugar [aportamos prueba], porque, aunque decimos cosas semejantes a las que dicen los griegos, sólo nosotros somos odiados a causa del nombre de Cristo, y aunque no hacemos mal alguno, somos muertos como pecadores; otros hombres en otros lugares adoran árboles y ríos, y ratones y gatos y cocodrilos, y muchos animales irracionales. Ni los mismos animales son estimados por todos; sino que en un lugar se adora a uno, y en otro a otro, de modo que todos son profanos en el juicio unos de otros, por no adorar los mismos objetos. Y ésta es la única acusación que presentáis contra nosotros: que no reverenciamos a los mismos dioses que vosotros, ni ofrecemos a los muertos libaciones y el olor de la grasa, y coronas para sus estatuas, y sacrificios. Pues sabéis muy bien que los mismos animales son tenidos por dioses por unos, por fieras por otros, y por víctimas sacrificiales por otros.

    Capítulo 25. Falsos dioses abandonados por los cristianos

    1 Apol. 25

    Y, en segundo lugar, porque nosotros —que, de toda raza de hombres, solíamos adorar a Baco hijo de Sémele, y a Apolo hijo de Latona (quienes en sus amores con los hombres hicieron cosas que es vergonzoso aun mencionar), y a Prosérpina y a Venus (que enloquecieron de amor por Adonis, y cuyos misterios también vosotros celebráis), o a Esculapio, o a alguno u otro de los que son llamados dioses—, hemos aprendido ahora, por medio de Jesucristo, a despreciar a éstos, aunque se nos amenace de muerte por ello, y nos hemos consagrado al Dios ingénito e impasible; del cual estamos persuadidos de que nunca fue aguijoneado por la lujuria de Antíope, ni de otras mujeres tales, ni de Ganimedes, ni fue rescatado por aquel gigante de cien manos cuyo auxilio se obtuvo por medio de Tetis, ni estuvo ansioso por esto de que su hijo Aquiles destruyera a muchos de los griegos a causa de su concubina Briseida. A los que creen estas cosas los compadecemos, y a los que las inventaron los conocemos como demonios.

    Capítulo 26. Los magos no son creídos por los cristianos

    1 Apol. 26

    Y, en tercer lugar, porque después de la ascensión de Cristo al cielo, los demonios presentaron a ciertos hombres que decían que ellos mismos eran dioses; y no sólo no fueron perseguidos por vosotros, sino que incluso fueron considerados dignos de honores. Hubo un samaritano, Simón, natural de la aldea llamada Gitón, que en el reinado de Claudio César, y en vuestra ciudad real de Roma, hizo poderosos actos de magia, por virtud del arte de los demonios que obraba en él. Fue considerado un dios, y como a un dios le honrasteis con una estatua, estatua que fue erigida junto al río Tíber, entre los dos puentes, y llevaba esta inscripción, en la lengua de Roma: «Simoni Deo Sancto,» «A Simón, el santo Dios.» Y casi todos los samaritanos, y unos pocos incluso de otras naciones, le adoran y le reconocen como el primer dios; y a una mujer, Helena, que andaba con él en aquel tiempo, y que antes había sido prostituta, dicen que es la primera idea generada por él. Y un hombre, Menandro, también samaritano, del pueblo de Caparetea, discípulo de Simón e inspirado por demonios, sabemos que engañó a muchos mientras estuvo en Antioquía con su arte mágica. Persuadió a quienes se adherían a él de que nunca morirían, y aún ahora hay algunos vivos que mantienen esta opinión suya. Y está Marción, un hombre del Ponto, que aún en este día vive, y enseña a sus discípulos a creer en algún otro dios mayor que el Creador. Y él, con la ayuda de los demonios, ha hecho que muchos de toda nación hablen blasfemias, y nieguen que Dios sea el hacedor de este universo, y afirmen que algún otro ser, mayor que Él, ha hecho obras mayores. Todos los que toman sus opiniones de estos hombres son, como antes dijimos, llamados cristianos; así como también aquellos que no concuerdan con los filósofos en sus doctrinas, tienen sin embargo en común con ellos el nombre de filósofos. Y si perpetran aquellas acciones fabulosas y vergonzosas —el volcar la lámpara, y el trato promiscuo, y el comer carne humana—, no lo sabemos; pero sí sabemos que no son perseguidos ni muertos por vosotros, al menos a causa de sus opiniones. Pero tengo ya compuesto un tratado contra todas las herejías que han existido, el cual, si queréis leerlo, os lo daré.
    Comentario editorial · La estatua de Simón y el dios Semo Sancus
    Justino dice que Roma honró a Simón con una estatua «entre los dos puentes» del Tíber, con la inscripción Simoni Deo Sancto, «A Simón, el santo Dios». Vuelve a la estatua en 56 y a Simón en 2 Apol. 15, y Eusebio copia el pasaje (HE II, 13). En 1574 se halló en la isla Tiberina una inscripción que empieza Semoni Sanco Deo Fidio, dedicada al dios sabino Semo Sancus, hoy en el Vaticano. Wikipedia dice que la mayoría de los estudiosos cree que Justino leyó mal ese nombre. Una nota del ANF juzga muy débil esa prueba contra una afirmación tan precisa, hecha ante Roma; Coxe, que vio la piedra en 1851, propone que Simón fuese tenido por el dios Semo o que los samaritanos informaran así a Justino. Con lo que dicen las fuentes consultadas no se puede decidir.

    Capítulo 27. Culpa de exponer a los niños

    1 Apol. 27

    Mas en cuanto a nosotros, nos ha sido enseñado que exponer a los niños recién nacidos es propio de hombres malvados; y esto nos ha sido enseñado para que no hagamos daño a nadie, y para que no pequemos contra Dios, primeramente, porque vemos que casi todos los así expuestos (no sólo las niñas, sino también los varones) son criados para la prostitución. Y así como se dice que los antiguos criaban rebaños de bueyes, o de cabras, o de ovejas, o de caballos de pasto, así ahora vemos que vosotros criáis niños sólo para este uso vergonzoso; y para esta contaminación se encuentran en toda nación multitud de hembras y de hermafroditas, y de los que cometen iniquidades innombrables. Y recibís el pago de éstos, y tributos e impuestos de ellos, a quienes deberíais exterminar de vuestro reino. Y cualquiera que usa de tales personas, además del trato impío, infame e impuro, puede posiblemente estar teniendo trato con su propio hijo, o pariente, o hermano. Y hay algunos que prostituyen incluso a sus propios hijos y esposas, y algunos son abiertamente mutilados con el propósito de sodomía; y refieren estos misterios a la madre de los dioses, y junto a cada uno de aquellos a quienes tenéis por dioses está pintada una serpiente, gran símbolo y misterio. En verdad, las cosas que hacéis abiertamente y con aplauso, como si la luz divina fuera derribada y extinguida, esas las imputáis a nosotros; lo cual, en verdad, no nos daña a nosotros, que nos abstenemos de hacer tales cosas, sino sólo a quienes las hacen y dan falso testimonio contra nosotros.

    Capítulo 28. El cuidado de Dios por los hombres

    1 Apol. 28

    Pues entre nosotros el príncipe de los espíritus malvados es llamado la serpiente, y Satanás, y el demonio, como podéis aprender examinando nuestros escritos. Y que él sería enviado al fuego con su hueste, y los hombres que le siguen, y sería castigado por una duración sin fin, lo predijo Cristo. Pues la razón por la que Dios ha diferido hacer esto es su consideración por el género humano. Porque Él conoce de antemano que algunos han de salvarse por el arrepentimiento, algunos incluso que quizá no han nacido todavía. En el principio hizo al género humano con el poder del pensamiento y de elegir la verdad y de hacer el bien, de modo que todos los hombres están sin excusa ante Dios; pues han nacido racionales y contemplativos. Y si alguno no cree que Dios se cuida de estas cosas, con ello o insinuará que Dios no existe, o afirmará que, aunque existe, se deleita en el vicio, o existe como una piedra, y que ni la virtud ni el vicio son nada, sino que sólo en la opinión de los hombres se tienen estas cosas por buenas o malas. Y ésta es la mayor profanidad y maldad.

    Capítulo 29. La continencia de los cristianos

    1 Apol. 29

    Y de nuevo [tememos exponer a los niños], no sea que algunos de ellos no sean recogidos, sino que mueran, y nos hagamos homicidas. Mas si nos casamos, es sólo para criar hijos; o si rehusamos el matrimonio, vivimos en continencia. Y para que comprendáis que el trato promiscuo no es uno de nuestros misterios, uno de los nuestros presentó hace poco tiempo a Félix, gobernador de Alejandría, una petición, rogando que se diera permiso a un cirujano para hacerlo eunuco. Pues los cirujanos de allí dijeron que se les prohibía hacer esto sin el permiso del gobernador. Y cuando Félix se negó absolutamente a firmar tal permiso, el joven permaneció soltero, y se contentó con su propia conciencia aprobadora, y con la aprobación de los que pensaban como él. Y no está fuera de lugar, creemos, mencionar aquí a Antínoo, que estaba vivo hace poco, y a quien todos se apresuraban, por miedo, a adorar como a un dios, aunque sabían quién era y cuál era su origen.

    Capítulo 30. ¿No fue Cristo un mago?

    1 Apol. 30

    Mas para que nadie nos salga al paso con la pregunta: ¿Qué impediría que Aquel a quien llamamos Cristo, siendo un hombre nacido de hombres, realizara lo que llamamos sus obras poderosas por arte mágica, y por esto apareciera como Hijo de Dios? Ahora ofreceremos prueba, no confiando en meras afirmaciones, sino persuadidos por necesidad por quienes profetizaron [de Él] antes de que estas cosas sucedieran, pues con nuestros propios ojos vemos cosas que han sucedido y están sucediendo tal como fueron predichas; y esto, pensamos, os parecerá aun a vosotros la evidencia más fuerte y verdadera.

    Capítulo 31. De los profetas hebreos

    1 Apol. 31

    Hubo, pues, entre los judíos ciertos hombres que eran profetas de Dios, por medio de los cuales el Espíritu profético publicaba de antemano las cosas que habían de suceder, antes de que acontecieran. Y sus profecías, tal como fueron dichas y cuando fueron pronunciadas, los reyes que en los diversos tiempos reinaban entre los judíos las conservaron cuidadosamente en su posesión, cuando habían sido ordenadas en libros por los propios profetas en su propia lengua hebrea. Y cuando Ptolomeo, rey de Egipto, formó una biblioteca y se esforzó por recoger los escritos de todos los hombres, oyó hablar también de estos profetas, y envió a Herodes, que era entonces rey de los judíos, rogando que le fueran enviados los libros de los profetas. Y el rey Herodes en verdad los envió, escritos, como estaban, en la antedicha lengua hebrea. Y cuando su contenido fue hallado ininteligible para los egipcios, envió de nuevo y pidió que se comisionaran hombres para traducirlos a la lengua griega. Y cuando esto se hizo, los libros permanecieron con los egipcios, donde están hasta ahora. Están también en posesión de todos los judíos por todo el mundo; pero ellos, aunque leen, no entienden lo que se dice, sino que nos tienen por enemigos y adversarios; y, como vosotros mismos, nos matan y castigan siempre que tienen poder, como bien podéis creer. Pues en la guerra judía que recientemente se encendió, Barcochebas, el jefe de la revuelta de los judíos, dio órdenes de que sólo los cristianos fueran llevados a castigos crueles, a menos que negaran a Jesucristo y profirieran blasfemia. En estos libros, pues, de los profetas hallamos que Jesús, nuestro Cristo, fue predicho como venidero, nacido de una virgen, creciendo hasta la edad adulta, y sanando toda enfermedad y toda dolencia, y resucitando a los muertos, y siendo odiado, y no reconocido, y crucificado, y muriendo, y resucitando, y subiendo al cielo, y siendo, y siendo llamado, el Hijo de Dios. Hallamos también predicho que ciertas personas serían enviadas por Él a toda nación para publicar estas cosas, y que más bien entre los gentiles [que entre los judíos] creerían los hombres en Él. Y Él fue predicho antes de aparecer, primero 5000 años antes, y de nuevo 3000, luego 2000, luego 1000, y aún de nuevo 800; pues en la sucesión de generaciones surgieron profetas tras profetas.
    Comentario editorial · La profecía como prueba, y Ptolomeo y «Herodes»
    Desde el capítulo 30 Justino quiere mostrar que Cristo no hizo sus obras por magia: lo probará, dice, no con «meras afirmaciones», sino con lo que se profetizó antes de que ocurriera. Los capítulos 30 a 53 son el 36 % de las palabras de la Primera apología en esta traducción. En 31 Justino cuenta que el rey Ptolomeo de Egipto pidió los libros de los profetas «a Herodes, que era entonces rey de los judíos». Es un anacronismo: según la Carta de Aristeas, el rey fue Ptolomeo II Filadelfo (285–247 a. C.), y Herodes el Grande vivió hacia 72–4 o 1 a. C. (Wikipedia). Una nota del ANF dice que unos achacan el error a Justino y otros a sus copistas, y que el rey acudió al sumo sacerdote Eleazar. Sobre la hipótesis de que Justino recibió estos textos reunidos en colecciones (testimonia), véase el taller de exégesis patrística.

    Capítulo 32. Cristo predicho por Moisés

    1 Apol. 32

    Moisés, pues, que fue el primero de los profetas, habló en estas mismas palabras: «No se apartará el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Aquel para quien está reservado; y Él será el deseo de las naciones, atando su pollino a la vid, lavando su manto en la sangre de la uva.» [] A vosotros os corresponde investigar con exactitud y averiguar hasta qué tiempo tuvieron los judíos legislador y rey propios. Hasta el tiempo de Jesucristo, que nos enseñó e interpretó las profecías aún no entendidas, [tuvieron legislador] como lo predijo el santo y divino Espíritu de profecía por medio de Moisés, «que no faltaría a los judíos un gobernante hasta que viniera Aquel para quien estaba reservado el reino» (pues Judá fue el antepasado de los judíos, de quien también reciben el nombre de judíos); y después de aparecer Él (esto es, Cristo), empezasteis a gobernar a los judíos y os apoderasteis de todo su territorio. Y la profecía, «Él será la expectación de las naciones», significaba que habría algunos de todas las naciones que aguardarían que Él viniera de nuevo. Y esto, en efecto, podéis verlo vosotros mismos y quedar convencidos por el hecho. Pues entre todas las razas de hombres hay algunos que aguardan a Aquel que fue crucificado en Judea, y después de cuya crucifixión la tierra os fue entregada inmediatamente como botín de guerra. Y la profecía, «atando su pollino a la vid y lavando su manto en la sangre de la uva», era un símbolo significativo de las cosas que habían de suceder a Cristo y de lo que Él había de hacer. Pues el pollino de un asna estaba atado a una vid a la entrada de una aldea, y Él ordenó a sus conocidos que se lo trajeran entonces; y cuando fue traído, montó y se sentó sobre él, y entró en Jerusalén, donde estaba el vasto templo de los judíos que después fue destruido por vosotros. Y después de esto fue crucificado, para que se cumpliera el resto de la profecía. Pues este «lavar su manto en la sangre de la uva» era predictivo de la pasión que había de padecer, limpiando con su sangre a los que creen en Él. Pues lo que el Espíritu Divino llama por el profeta «su manto» son aquellos hombres que creen en Él, en quienes habita la simiente de Dios, la Palabra. Y lo que se dice como «la sangre de la uva» significa que Aquel que había de aparecer tendría sangre, aunque no de la simiente del hombre, sino del poder de Dios. Y la primera potencia después de Dios Padre y Señor de todo es la Palabra, que es también el Hijo; y de Él referiremos, en lo que sigue, cómo tomó carne y se hizo hombre. Pues así como no fue el hombre, sino Dios, quien hizo la sangre de la vid, así se daba a entender con esto que la sangre no sería de simiente humana, sino de poder divino, como ya hemos dicho. E Isaías, otro profeta, prediciendo las mismas cosas con otras palabras, habló así: Una estrella se levantará de Jacob, y una flor brotará de la raíz de Jasé; y en su brazo confiarán las naciones. [] Y una estrella de luz se ha levantado, y una flor ha brotado de la raíz de Jasé: este Cristo. Pues por el poder de Dios fue concebido por una virgen de la simiente de Jacob, que fue padre de Judá, quien, como hemos mostrado, fue padre de los judíos; y Jasé fue su antepasado según el oráculo, y Él fue hijo de Jacob y de Judá según la descendencia lineal.

    Capítulo 33. Predicho el modo del nacimiento de Cristo

    1 Apol. 33

    Y oíd de nuevo cómo Isaías con palabras expresas predijo que Él nacería de una virgen; pues habló así: «He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y dirán por su nombre: 'Dios con nosotros'.» [] Pues Dios predijo por el Espíritu de profecía las cosas que eran increíbles y parecían imposibles a los hombres, como cosas que habían de suceder, para que, cuando sucedieran, no hubiera incredulidad, sino fe, a causa de su predicción. Mas para que algunos, no entendiendo la profecía ahora citada, no nos acusen de las mismas cosas que hemos estado imputando a los poetas que dicen que Júpiter se llegó a las mujeres por lujuria, intentemos explicar las palabras. Esto, pues, «He aquí que una virgen concebirá», significa que una virgen concebiría sin cópula. Pues si hubiera tenido cópula con cualquiera, ya no era virgen; mas el poder de Dios, viniendo sobre la virgen, la cubrió con su sombra e hizo que concibiera siendo aún virgen. Y el ángel de Dios que fue enviado a la misma virgen en aquel tiempo le trajo buenas nuevas, diciendo: «He aquí que concebirás del Espíritu Santo, y darás a luz un Hijo, y Él será llamado Hijo del Altísimo, y llamarás su nombre Jesús; porque Él salvará a su pueblo de sus pecados,» [] — como lo han enseñado quienes han registrado todo lo concerniente a nuestro Salvador Jesucristo, a quienes hemos creído, puesto que también por Isaías, a quien ahora hemos aducido, el Espíritu de profecía declaró que Él nacería como antes hemos dado a entender. Es erróneo, por tanto, entender el Espíritu y el poder de Dios como algo distinto de la Palabra, que es también el primogénito de Dios, como declaró el antedicho profeta Moisés; y fue ésta la que, al venir sobre la virgen y cubrirla con su sombra, hizo que concibiera, no por cópula, sino por poder. Y el nombre Jesús en lengua hebrea significa [Σωτήρ] (Salvador) en la lengua griega. Por lo cual también el ángel dijo a la virgen: «Llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.» Y que los profetas son inspirados por ningún otro sino por la Palabra Divina, aun vosotros, según creo, lo concederéis.

    Capítulo 34. Predicho el lugar del nacimiento de Cristo

    1 Apol. 34

    Y oíd en qué parte de la tierra había de nacer Él, como lo predijo otro profeta, Miqueas. Habló así: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un Gobernador que apacentará a mi pueblo.» [] Ahora bien, hay una aldea en la tierra de los judíos, a treinta y cinco estadios de Jerusalén, en la cual nació Jesucristo, como podéis averiguarlo también por los registros del censo hecho bajo Cirenio, vuestro primer procurador en Judea.

    Capítulo 35. Otras profecías cumplidas

    1 Apol. 35

    Y cómo Cristo, después de nacer, había de pasar inadvertido de los demás hombres hasta llegar a la edad viril —lo cual también sucedió—, oíd lo que fue predicho al respecto. Hay las siguientes predicciones: — «Un niño nos ha nacido, y un joven nos ha sido dado, y el gobierno estará sobre sus hombros;» [] lo cual es significativo del poder de la cruz, pues a ella, cuando fue crucificado, aplicó sus hombros, como se mostrará más claramente en el discurso siguiente. Y de nuevo el mismo profeta Isaías, inspirado por el Espíritu profético, dijo: «He extendido mis manos a un pueblo desobediente y rebelde, a los que andan por un camino que no es bueno. Ahora me piden juicio y se atreven a acercarse a Dios.» [Isaías 65:2, Isaías 58:2] Y de nuevo, con otras palabras, por medio de otro profeta, dice: «Perforaron mis manos y mis pies, y sobre mi vestidura echaron suertes.» Y en verdad David, el rey y profeta que pronunció estas cosas, no padeció ninguna de ellas; sino que Jesucristo extendió sus manos, siendo crucificado por los judíos que hablaban contra Él y negaban que Él fuera el Cristo. Y, como dijo el profeta, lo atormentaron, lo sentaron en el tribunal y dijeron: Júzganos. Y la expresión «Perforaron mis manos y mis pies» se usó con referencia a los clavos de la cruz que fueron fijados en sus manos y pies. Y después que fue crucificado echaron suertes sobre su vestidura, y los que lo crucificaron se la repartieron entre sí. Y que estas cosas sucedieron, podéis averiguarlo por las Actas de Poncio Pilato. Y citaremos las expresiones proféticas de otro profeta, Sofonías, en el sentido de que se predijo expresamente que se sentaría sobre el pollino de un asna y entraría en Jerusalén. Las palabras son éstas: «Alégrate mucho, oh hija de Sion; da voces de júbilo, oh hija de Jerusalén: he aquí que tu Rey viene a ti; humilde, y montado sobre un asno, y sobre un pollino, hijo de asna.» []

    Capítulo 36. Diversos modos de profecía

    1 Apol. 36

    Mas cuando oigáis las expresiones de los profetas dichas como en persona, no debéis suponer que las dicen los mismos inspirados, sino la Palabra Divina que los mueve. Pues a veces declara las cosas que han de suceder, a la manera de quien predice el futuro; a veces habla como desde la persona de Dios, Señor y Padre de todo; a veces como desde la persona de Cristo; a veces como desde la persona del pueblo que responde al Señor o a su Padre, tal como podéis verlo incluso en vuestros propios escritores, donde un solo hombre es el autor del conjunto, pero introduce a las personas que conversan. Y esto no lo entendieron los judíos que poseían los libros de los profetas, y por eso no reconocieron a Cristo ni aun cuando vino, sino que incluso odian a nosotros, que decimos que ha venido y que probamos que, como estaba predicho, fue crucificado por ellos.

    Capítulo 37. Palabras del Padre

    1 Apol. 37

    Y para que también esto os sea claro, fueron dichas desde la persona del Padre, por medio del profeta Isaías, las siguientes palabras: «El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; pero Israel no conoce, y mi pueblo no ha entendido. ¡Ay, nación pecadora, pueblo cargado de pecados, simiente malvada, hijos transgresores: habéis abandonado al Señor!» Y de nuevo en otro lugar, cuando el mismo profeta habla de igual manera desde la persona del Padre, «¿Qué casa me construiréis? dice el Señor. El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies.» [] Y de nuevo, en otro lugar, «Vuestras lunas nuevas y vuestros sábados mi alma aborrece; y el gran día del ayuno y del cese del trabajo no lo puedo soportar; ni, si venís a ser vistos por mí, os oiré: vuestras manos están llenas de sangre; y si traéis flor de harina, incienso, me es abominación: la grosura de los corderos y la sangre de los toros no deseo. Pues ¿quién ha requerido esto de vuestras manos? Mas soltad todo lazo de maldad, romped los nudos apretados de los contratos violentos, cubrid al que no tiene casa y al desnudo, repartid vuestro pan al hambriento.» [Isaías 1:14, Isaías 58:6] Qué clase de cosas son enseñadas por los profetas desde [la persona de] Dios, podéis ahora percibirlo.

    Capítulo 38. Palabras del Hijo

    1 Apol. 38

    Y cuando el Espíritu de profecía habla desde la persona de Cristo, las expresiones son de este género: «He extendido mis manos a un pueblo desobediente y rebelde, a los que andan por un camino que no es bueno.» [] Y de nuevo: «Ofrecí mi espalda a los azotes, y mis mejillas a las bofetadas; no aparté mi rostro de la vergüenza de los salivazos; y el Señor fue mi ayuda: por eso no quedé confundido; mas puse mi rostro como una roca firme; y supe que no sería avergonzado, porque está cerca el que me justifica.» [] Y de nuevo, cuando dice: «Echaron suertes sobre mi vestidura, y perforaron mis manos y mis pies. Y me acosté y dormí, y me levanté de nuevo, porque el Señor me sostuvo.» Y de nuevo, cuando dice: «Hablaron con sus labios, movieron la cabeza, diciendo: Que Él mismo se libre.» Y que todas estas cosas sucedieron a Cristo a manos de los judíos, podéis averiguarlo. Porque cuando fue crucificado, estiraron los labios y movieron la cabeza, diciendo: «Que Él, que resucitó a los muertos, se salve a sí mismo.» []

    Capítulo 39. Predicciones directas del Espíritu

    1 Apol. 39

    Y cuando el Espíritu de profecía habla como prediciendo cosas que han de suceder, habla de esta manera: «Porque de Sion saldrá la ley, y la palabra del Señor de Jerusalén. Y Él juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en podaderas: nación no alzará espada contra nación, ni aprenderán más la guerra.» [] Y que así sucedió, podemos convenceros. Pues de Jerusalén salieron al mundo hombres, doce en número, y éstos iletrados, sin habilidad en el hablar; mas por el poder de Dios proclamaron a toda raza de hombres que habían sido enviados por Cristo para enseñar a todos la palabra de Dios; y nosotros, que antes solíamos matarnos unos a otros, no sólo nos abstenemos ahora de hacer la guerra a nuestros enemigos, sino que también, para no mentir ni engañar a nuestros jueces, morimos de buena gana confesando a Cristo. Pues aquel dicho, «La lengua ha jurado, pero la mente no ha jurado», podría ser imitado por nosotros en este asunto. Pero si los soldados alistados por vosotros, y que han prestado el juramento militar, anteponen su fidelidad a su propia vida, a sus padres, a su patria y a toda su parentela, aunque no podéis ofrecerles nada incorruptible, ciertamente sería ridículo que nosotros, que anhelamos ardientemente la incorrupción, no soportáramos todas las cosas para obtener lo que deseamos de Aquel que es capaz de concederlo.

    Capítulo 40. Predicha la venida de Cristo

    1 Apol. 40

    Y oíd cómo fue predicho acerca de aquellos que publicaron su doctrina y proclamaron su aparición, hablando así el ya mencionado profeta y rey por el Espíritu de profecía «El día al día pronuncia palabra, y la noche a la noche muestra conocimiento. No hay habla ni lenguaje donde no se oiga su voz. Su voz ha salido por toda la tierra, y sus palabras hasta los confines del mundo. En el sol ha puesto su tabernáculo, y él, como esposo que sale de su tálamo, se regocijará como un gigante para correr su carrera.» Y hemos considerado justo y pertinente mencionar algunas otras expresiones proféticas de David además de éstas; de las cuales podréis aprender cómo el Espíritu de profecía exhorta a los hombres a vivir, y cómo predijo la conspiración que se formó contra Cristo por Herodes, rey de los judíos, y por los judíos mismos, y por Pilato, que era vuestro gobernador entre ellos, con sus soldados; y cómo habrían de creer en Él hombres de toda raza; y cómo Dios lo llama Hijo suyo, y ha declarado que someterá a todos sus enemigos debajo de Él; y cómo los demonios, en cuanto pueden, se esfuerzan por escapar del poder de Dios Padre y Señor de todo, y del poder de Cristo mismo; y cómo Dios llama a todos al arrepentimiento antes de que venga el día del juicio. Estas cosas fueron dichas así: «Bienaventurado el hombre que no ha andado en consejo de impíos, ni se ha detenido en camino de pecadores, ni se ha sentado en silla de escarnecedores; sino que en la ley del Señor está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Y será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo; y su hoja no se marchitará, y todo lo que hace prosperará. No así los impíos, sino que son como la paja que el viento arrebata de la faz de la tierra. Por tanto, los impíos no se levantarán en el juicio, ni los pecadores en el consejo de los justos. Porque el Señor conoce el camino de los justos; mas el camino de los impíos perecerá. ¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos imaginan cosas nuevas? Los reyes de la tierra se levantan, y los príncipes consultan unidos contra el Señor y contra su Ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros su yugo. El que habita en los cielos se reirá de ellos, y el Señor los tendrá en escarnio. Entonces les hablará en su furor, y los turbará en su severa indignación. Mas yo he sido puesto por Él como Rey sobre Sion, su santo monte, anunciando el decreto del Señor. El Señor me dijo: Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré por herencia las gentes, y los confines de la tierra por posesión tuya. Los apacentarás con vara de hierro; como vaso de alfarero los desmenuzarás. Ahora, pues, sed sabios, oh reyes; dejaos instruir, todos los jueces de la tierra. Servid al Señor con temor, y regocijaos con temblor. Abrazad la instrucción, no sea que en algún momento se enoje el Señor, y perezcáis del camino recto, cuando de repente se encienda su ira. Bienaventurados todos los que ponen en Él su confianza.»

    Capítulo 41. La crucifixión predicha

    1 Apol. 41

    Y de nuevo, en otra profecía, el Espíritu de profecía, por medio del mismo David, dio a entender que Cristo, después de haber sido crucificado, reinaría, y habló así: «Cantad al Señor, toda la tierra, y anunciad día tras día su salvación. Porque grande es el Señor, y digno de sobremanera alabanza, temible sobre todos los dioses. Porque todos los dioses de las naciones son ídolos de demonios; mas Dios hizo los cielos. Gloria y alabanza están ante su rostro, fortaleza y gloria están en la morada de su santidad. Dad gloria al Señor, al Padre eterno. Recibid gracia, y entrad en su presencia, y adorad en sus atrios santos. Tema toda la tierra ante su rostro; sea establecida, y no conmovida. Alégrense entre las naciones. El Señor reinó desde el madero.»

    Capítulo 42. Profecía en tiempo pasado

    1 Apol. 42

    Mas cuando el Espíritu de profecía habla de cosas que están por acontecer como si ya hubieran sucedido —como puede observarse aun en los pasajes ya citados por mí—, para que esta circunstancia no dé excusa alguna a los lectores [para interpretarlos mal], explicaremos también esto con toda claridad. Las cosas que Él sabe con certeza que han de acontecer, las predice como si ya hubieran acontecido. Y que las palabras han de recibirse así, lo percibiréis si les prestáis atención. Las palabras arriba citadas las pronunció David mil quinientos años antes de que Cristo se hiciera hombre y fuera crucificado; y ninguno de los que vivieron antes de Él, ni tampoco de sus contemporáneos, proporcionó gozo a los gentiles siendo crucificado. Pero nuestro Jesucristo, crucificado y muerto, resucitó, y habiendo subido al cielo, reinó; y por aquellas cosas que los apóstoles publicaron en su nombre entre todas las naciones, se concede gozo a los que esperan la inmortalidad prometida por Él.

    Capítulo 43. Se afirma la responsabilidad

    1 Apol. 43

    Mas para que nadie suponga, por lo que hemos dicho, que decimos que cuanto acontece, acontece por necesidad fatal, porque está predicho como conocido de antemano, explicamos también esto. Hemos aprendido de los profetas, y lo tenemos por verdadero, que los castigos, los escarmientos y los buenos premios se dan conforme al mérito de las obras de cada hombre. Porque si no fuera así, sino que todas las cosas acontecieran por hado, nada en absoluto estaría en nuestro poder. Pues si estuviera fijado por el hado que este hombre, por ejemplo, fuera bueno, y este otro malo, ni el primero sería meritorio ni el segundo digno de culpa. Y además, si el género humano no tuviera poder para evitar el mal y elegir el bien por libre elección, no sería responsable de sus acciones, de cualquier clase que fueran. Pero que es por libre elección por lo que unos andan rectamente y otros tropiezan, lo demostramos así. Vemos al mismo hombre pasar a cosas contrarias. Ahora bien, si hubiera estado fijado por el hado que él hubiera de ser o bueno o malo, jamás habría podido ser capaz de ambos contrarios, ni de tantas transiciones. Pero tampoco unos serían buenos y otros malos, pues de ese modo hacemos al hado causa del mal, y lo mostramos obrando en oposición consigo mismo; o bien parecería verdadero lo que ya se ha dicho: que ni la virtud ni el vicio son nada, sino que las cosas se reputan buenas o malas sólo por opinión; lo cual, como muestra la Palabra verdadera, es la mayor impiedad y maldad. Mas esto es lo que afirmamos que es hado inevitable: que quienes eligen el bien tienen recompensas dignas, y quienes eligen lo contrario reciben sus merecidos premios. Porque Dios no hizo al hombre como a las demás cosas, como a los árboles y a los cuadrúpedos, que no pueden obrar por elección; pues ni sería digno de premio o de alabanza si no escogiera por sí mismo el bien, sino que hubiera sido creado para ese fin; ni, si fuera malo, sería digno de castigo, no siendo malo por sí mismo, sino no pudiendo ser otra cosa que aquello para lo que fue hecho.

    Capítulo 44. No anulada por la profecía

    1 Apol. 44

    Y el santo Espíritu de profecía nos enseñó esto, diciéndonos por Moisés que Dios habló así al hombre primeramente creado: «He aquí, delante de tu rostro están el bien y el mal: elige el bien.» Y de nuevo, por el otro profeta Isaías, que la siguiente declaración fue hecha como de Dios Padre y Señor de todas las cosas: «Lavaos, limpiaos; apartad las maldades de vuestras almas; aprended a hacer el bien; juzgad al huérfano, defended a la viuda; y venid, y razonemos juntos, dice el Señor: y si vuestros pecados fueren como la escarlata, yo los haré blancos como la lana; y si fueren rojos como el carmesí, los haré blancos como la nieve. Y si quisiereis y me obedeciereis, comeréis el bien de la tierra; mas si no me obedeciereis, la espada os devorará: porque la boca del Señor lo ha hablado.» [Isaías 1:16, etc.] Y aquella expresión: «La espada os devorará» no significa que los desobedientes serán muertos a espada, sino que la espada de Dios es fuego, del cual vienen a ser combustible los que eligen obrar malvadamente. Por lo cual dice: «La espada os devorará: porque la boca del Señor lo ha hablado.» Y si hubiera hablado de una espada que corta y al punto despacha, no habría dicho: devorará. Y así también Platón, cuando dice: «La culpa es del que elige, y Dios es irreprensible», tomó esto del profeta Moisés y lo pronunció. Porque Moisés es más antiguo que todos los escritores griegos. Y cuanto han dicho filósofos y poetas acerca de la inmortalidad del alma, o de los castigos después de la muerte, o de la contemplación de las cosas celestiales, o de doctrinas semejantes, recibieron de los profetas las sugestiones que les han permitido entender e interpretar estas cosas. Y de ahí parecen existir simientes de verdad entre todos los hombres; pero se les acusa de no entender con exactitud [la verdad] cuando afirman cosas contradictorias. De modo que lo que decimos acerca de que los acontecimientos futuros son predichos, no lo decimos como si ocurrieran por necesidad fatal; sino que Dios, que conoce de antemano todo lo que todos los hombres han de hacer, y siendo decreto suyo que todas las acciones futuras de los hombres sean recompensadas conforme a su valor respectivo, predice por el Espíritu de profecía que otorgará las debidas recompensas según el mérito de las acciones realizadas, instando siempre al género humano al esfuerzo y al recuerdo, mostrando que cuida y provee a los hombres. Mas por obra de los demonios se ha decretado la muerte contra los que leen los libros de Hystaspes, o de la Sibila, o de los profetas, para que por el miedo impidan a los hombres que los leen recibir el conocimiento del bien, y los retengan en esclavitud para sí; lo cual, sin embargo, no pudieron lograr siempre. Porque no sólo los leemos sin temor, sino que, como veis, los traemos para vuestra inspección, sabiendo que su contenido agradará a todos. Y si persuadimos siquiera a unos pocos, nuestra ganancia será muy grande; porque, como buenos labradores, recibiremos la recompensa del Maestro.

    Capítulo 45. Predicción de Cristo sentado en el cielo

    1 Apol. 45

    Y que Dios Padre de todas las cosas llevaría a Cristo al cielo después de haberlo resucitado de entre los muertos, y lo mantendría allí hasta que hubiera sometido a sus enemigos los demonios, y hasta que se completara el número de los que de antemano conoce como buenos y virtuosos, por causa de los cuales ha diferido todavía la consumación, oíd lo que dijo el profeta David. Son estas sus palabras: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. El Señor enviará desde Jerusalén la vara del poder; y domina tú en medio de tus enemigos. Contigo está el principado en el día de tu poder, en la hermosura de tus santos; desde el seno de la mañana te he engendrado.» Lo que dice: «El Señor enviará desde Jerusalén la vara del poder», es profecía de la poderosa Palabra, que sus apóstoles, saliendo de Jerusalén, predicaron en todas partes; y aunque se decreta la muerte contra los que enseñan o en absoluto confiesan el nombre de Cristo, nosotros en todas partes lo abrazamos y lo enseñamos. Y si también vosotros leéis estas palabras con espíritu hostil, no podéis hacer más, como dije antes, que matarnos; lo cual en verdad no nos daña a nosotros, sino que a vosotros y a todos los que injustamente nos odian y no se arrepienten, trae castigo eterno por fuego.

    Capítulo 46. La Palabra en el mundo antes de Cristo

    1 Apol. 46

    Mas para que nadie, sin razón y para pervertir lo que enseñamos, afirme que decimos que Cristo nació hace ciento cincuenta años bajo Cirenio, y que después, en tiempo de Poncio Pilato, enseñó lo que decimos que enseñó; y clame contra nosotros como si todos los hombres nacidos antes de Él fueran irresponsables, anticipémonos y resolvamos la dificultad. Hemos aprendido que Cristo es el primogénito de Dios, y hemos declarado arriba que Él es la Palabra de la que participó todo linaje de hombres; y los que vivieron conforme a la razón son cristianos, aunque hayan sido tenidos por ateos; como, entre los griegos, Sócrates y Heráclito, y hombres semejantes a ellos; y entre los bárbaros, Abraham, Ananías, Azarías, Misael y Elías, y muchos otros cuyas obras y nombres ahora no queremos enumerar, porque sabemos que sería tedioso. De modo que aun los que vivieron antes de Cristo, y vivieron sin razón, fueron malvados y hostiles a Cristo, y mataron a los que vivieron conforme a la razón. Mas cómo, por el poder de la Palabra, según la voluntad de Dios Padre y Señor de todas las cosas, nació de una virgen como hombre, y fue llamado Jesús, y fue crucificado, y murió, y resucitó, y subió al cielo, un hombre inteligente podrá comprenderlo por lo que ya se ha dicho tan extensamente. Y nosotros, como la prueba de este asunto es menos necesaria ahora, pasaremos por el momento a la prueba de las cosas que son urgentes.
    Comentario editorial · Cristianos antes de Cristo
    Ante quien objete que Cristo nació hace «ciento cincuenta años» y que los hombres anteriores serían irresponsables, Justino responde que Cristo es el primogénito de Dios, la Palabra (Logos) de la que participó todo el género humano, y que «los que vivieron conforme a la razón son cristianos, aunque hayan sido tenidos por ateos»: entre los griegos, Sócrates y Heráclito; entre los bárbaros, Abraham, Ananías, Azarías, Misael y Elías. En el griego es μετὰ λόγου, «con razón» o «con el Logos», dice una nota del ANF: la expresión permite las dos lecturas. El pasaje no iguala filosofía y fe: en 2 Apol. 13 Justino distingue lo que los filósofos vieron de la plenitud en Cristo. Su perfil, en este sitio, lo trata con más detalle: Justino Mártir.

    Capítulo 47. La desolación de Judea predicha

    1 Apol. 47

    Que la tierra de los judíos, pues, había de ser asolada, oíd lo que dijo el Espíritu de profecía. Y las palabras fueron dichas como desde la persona del pueblo que se maravilla de lo acontecido. Son éstas: «Sion es un desierto, Jerusalén una desolación. La casa de nuestro santuario ha venido a ser maldición, y la gloria que bendijeron nuestros padres es consumida por el fuego, y todas sus cosas gloriosas son asoladas; y Tú te refrenas ante estas cosas, y has callado, y nos has humillado muy gravemente.» [] Y vosotros estáis convencidos de que Jerusalén ha sido asolada, como fue predicho. Y acerca de su desolación, y de que a nadie se le permita habitarla, hubo la siguiente profecía de Isaías: «Su tierra está desolada, sus enemigos la devoran delante de ellos, y ninguno de ellos habitará en ella.» [] Y que está guardada por vosotros para que nadie habite en ella, y que se decreta la muerte contra un judío sorprendido al entrar en ella, lo sabéis muy bien.

    Capítulo 48. La obra y muerte de Cristo predichas

    1 Apol. 48

    Y que estaba predicho que nuestro Cristo sanaría todas las enfermedades y resucitaría a los muertos, oíd lo que se dijo. Son estas palabras: «En su venida el cojo saltará como un ciervo, y la lengua del tartamudo hablará con claridad; el ciego verá, y los leprosos serán limpiados; y los muertos se levantarán y andarán.» [] Y que hizo esas cosas, podéis aprenderlo de las Actas de Poncio Pilato. Y cómo estaba predicho por el Espíritu de profecía que Él y los que esperaban en Él serían muertos, oíd lo que dijo Isaías. Son estas palabras: «He aquí que el justo perece, y nadie lo toma a pecho; y los hombres justos son quitados, y nadie lo considera. De la presencia de la maldad es quitado el justo, y su sepultura será en paz: es quitado de en medio de nosotros.» []

    Capítulo 49. Su rechazo por los judíos predicho

    1 Apol. 49

    Y de nuevo, cómo dijo el mismo Isaías que las naciones gentiles, que no lo buscaban, lo adorarían, pero que los judíos, que siempre lo esperaban, no lo reconocerían cuando viniera. Y las palabras se dicen como desde la persona de Cristo; y son éstas: «Me manifesté a los que no preguntaban por mí; fui hallado de los que no me buscaban: dije: Heme aquí, a una nación que no invocaba mi nombre. Extendí mis manos a un pueblo desobediente y contradictor, a los que andaban por camino no bueno, sino que siguen tras sus propios pecados; un pueblo que me provoca a ira en mi rostro.» [] Porque los judíos, teniendo las profecías y estando siempre a la espera del Cristo que había de venir, no lo reconocieron; y no sólo eso, sino que aun lo trataron vergonzosamente. Pero los gentiles, que nunca habían oído nada acerca de Cristo, hasta que los apóstoles salieron de Jerusalén y predicaron sobre Él, y les dieron las profecías, se llenaron de gozo y fe, y arrojaron sus ídolos, y se consagraron al Dios ingénito por medio de Cristo. Y que estaba conocido de antemano que se dirían estas cosas infames contra los que confesaban a Cristo, y que los que lo calumniaban y decían que era bueno conservar las antiguas costumbres serían miserables, oíd lo que brevemente dijo Isaías; es esto: «¡Ay de los que llaman a lo dulce amargo, y a lo amargo dulce!» []

    Capítulo 50. Su humillación predicha

    1 Apol. 50

    Mas que, habiéndose hecho hombre por nosotros, soportó padecer y ser deshonrado, y que ha de venir otra vez con gloria, oíd las profecías que se refieren a esto; son éstas: «Porque entregaron su alma a la muerte, y fue contado con los transgresores, él ha llevado el pecado de muchos, y hará intercesión por los transgresores. Porque he aquí que mi Siervo obrará con prudencia, y será exaltado, y será engrandecido en gran manera. Como muchos se asombraron de ti, así desfigurado será tu aspecto ante los hombres, y tu gloria les será escondida; así se asombrarán muchas naciones, y los reyes cerrarán sus bocas ante él. Porque los que no habían recibido noticia de él, y los que no habían oído, entenderán. Oh Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor? Lo hemos declarado delante de él como a un niño, como raíz en tierra seca. No tenía forma ni gloria; y lo vimos, y no había forma ni hermosura; mas su aspecto fue deshonrado y desfigurado más que el de los hijos de los hombres. Varón de dolores, y sabedor de llevar la enfermedad, porque su rostro fue apartado: fue despreciado, y de ninguna reputación. Él es quien lleva nuestros pecados, y es afligido por nosotros; con todo, lo tuvimos por azotado, herido y afligido. Mas él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus llagas somos sanados. Todos nosotros, como ovejas, nos descarriamos; cada cual se apartó por su camino. Y Él lo entregó por nuestros pecados; y no abrió su boca por toda su aflicción. Fue llevado como oveja al matadero, y como cordero mudo delante de su trasquilador, así no abre su boca. En su humillación, su juicio fue quitado.» [Isaías 52:13-15, Isaías 53:1-8] En consecuencia, después que fue crucificado, aun todos sus conocidos lo abandonaron, habiéndolo negado; y después, cuando hubo resucitado de entre los muertos y se les apareció, y les enseñó a leer las profecías en las cuales todas estas cosas estaban predichas como que habían de acontecer, y cuando lo vieron subir al cielo, y creyeron, y recibieron el poder enviado desde allí por Él sobre ellos, y fueron a todo linaje de hombres, enseñaron estas cosas, y fueron llamados apóstoles.

    Capítulo 51. La majestad de Cristo

    1 Apol. 51

    Y para que el Espíritu de profecía nos significara que Aquel que sufre estas cosas tiene un origen inefable y domina a sus enemigos, habló así: «¿Su generación quién la declarará? Porque su vida es cortada de la tierra; por las transgresiones de ellos viene a la muerte. Y daré a los impíos por su sepultura, y a los ricos por su muerte; porque no hizo violencia, ni hubo engaño en su boca. Y el Señor se complace en limpiarlo de la llaga. Si se le diere en expiación por el pecado, vuestra alma verá su simiente prolongada en días. Y el Señor se complace en librar su alma del dolor, en mostrarle luz, y en formarlo con conocimiento, para justificar al justo que sirve a muchos con abundancia. Y Él llevará nuestras iniquidades. Por tanto, heredará a muchos, y repartirá el despojo de los fuertes; porque su alma fue entregada a la muerte, y fue contado con los transgresores, y llevó los pecados de muchos, y fue entregado por sus transgresiones.» [] Oye también cómo había de ascender al cielo según la profecía. Fue dicho así: «Levantad las puertas del cielo; abríos, para que entre el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor, fuerte y poderoso.» Y cómo también ha de venir de nuevo del cielo con gloria, oye lo que fue dicho en referencia a esto por el profeta Jeremías. Sus palabras son: «He aquí que como el Hijo del hombre viene en las nubes del cielo, y sus ángeles con Él.» []

    Capítulo 52. Cierto cumplimiento de la profecía

    1 Apol. 52

    Puesto que, pues, probamos que todas las cosas que ya han sucedido fueron predichas por los profetas antes de que acontecieran, necesariamente debemos creer también que aquellas cosas que de la misma manera están predichas, pero que aún han de acontecer, ciertamente sucederán. Porque así como las cosas que ya han tenido lugar acontecieron cuando fueron anunciadas, y aunque fueran desconocidas, así las que restan, aunque sean desconocidas y no creídas, sin embargo acontecerán. Porque los profetas han proclamado dos venidas de Él: la una, la que ya es pasada, cuando vino como hombre deshonrado y sufriente; pero la segunda, cuando, según la profecía, vendrá del cielo con gloria, acompañado de su hueste angélica, cuando también resucitará los cuerpos de todos los hombres que han vivido, y vestirá a los dignos con inmortalidad, y enviará a los de los malvados, dotados de sensibilidad eterna, al fuego eterno con los malvados demonios. Y que estas cosas también han sido predichas como que aún han de ser, lo probaremos. Por el profeta Ezequiel fue dicho: «Juntura se juntará con juntura, y hueso con hueso, y la carne crecerá de nuevo; y toda rodilla se doblará ante el Señor, y toda lengua lo confesará.» [] Y en qué clase de sensación y castigo han de estar los malvados, oye lo que fue dicho de manera semejante con referencia a esto; es como sigue: «Su gusano no descansará, y su fuego no se apagará;» [] y entonces se arrepentirán, cuando ya no les aproveche. Y lo que el pueblo de los judíos dirá y hará, cuando lo vean venir en gloria, ha sido predicho así por el profeta Zacarías: «Mandaré a los cuatro vientos que reúnan a los hijos dispersos; mandaré al viento del norte que los traiga, y al viento del sur, que no los detenga. Y entonces en Jerusalén habrá gran lamentación, no lamentación de bocas ni de labios, sino lamentación del corazón; y rasgarán no sus vestiduras, sino sus corazones. Tribu por tribu harán duelo, y entonces mirarán a Aquel a quien traspasaron; y dirán: ¿Por qué, oh Señor, nos has hecho errar de tu camino? La gloria que nuestros padres bendijeron, para nosotros se ha convertido en vergüenza.»

    Capítulo 53. Resumen de las profecías

    1 Apol. 53

    Aunque podríamos aducir muchas otras profecías, nos abstenemos, juzgando que éstas son suficientes para persuadir a los que tienen oídos para oír y entender; y considerando también que aquellas personas pueden ver que no hacemos meras afirmaciones sin poder presentar pruebas, como esas fábulas que se cuentan de los llamados hijos de Júpiter. Pues ¿con qué razón creeríamos de un hombre crucificado que es el primogénito del Dios ingénito, y que Él mismo juzgará a todo el género humano, a menos que hubiéramos hallado testimonios acerca de Él publicados antes de que viniera y naciera como hombre, y a menos que viéramos que las cosas habían sucedido en consecuencia: la devastación de la tierra de los judíos, y hombres de toda raza persuadidos por su enseñanza mediante los apóstoles, y rechazando sus antiguas costumbres, en las cuales, engañados, tenían su conversación; sí, viéndonos también a nosotros mismos, y sabiendo que los cristianos de entre los gentiles son a la vez más numerosos y más verdaderos que los de entre los judíos y samaritanos? Porque todas las demás razas humanas son llamadas gentiles por el Espíritu de profecía; pero las razas judía y samaritana son llamadas la tribu de Israel y la casa de Jacob. Y la profecía en la que se predijo que habría más creyentes de entre los gentiles que de entre los judíos y samaritanos, la presentaremos: decía así: «Regocíjate, oh estéril, tú que no das a luz; prorrumpe y clama, tú que no estás de parto, porque más son los hijos de la desolada que de la que tiene marido.» [] Porque todos los gentiles estaban «desolados» del Dios verdadero, sirviendo a las obras de sus manos; pero los judíos y samaritanos, teniendo la palabra de Dios entregada a ellos por los profetas, y esperando siempre al Cristo, no lo reconocieron cuando vino, excepto unos pocos, de los cuales el Espíritu de profecía por medio de Isaías había predicho que serían salvos. Habló como desde la persona de ellos: «Si el Señor no nos hubiera dejado una simiente, habríamos sido como Sodoma y Gomorra.» [] Porque Sodoma y Gomorra, según narra Moisés, fueron ciudades de hombres impíos, las cuales Dios quemó con fuego y azufre, y las destruyó, sin que ninguno de sus habitantes se salvara excepto cierto extranjero, caldeo de nacimiento, cuyo nombre era Lot; con quien también fueron rescatadas sus hijas. Y los que se interesan pueden ver aún todo su país desolado y quemado, y que permanece estéril. Y para mostrar cómo los de entre los gentiles fueron predichos como más verdaderos y más creyentes, citaremos lo dicho por el profeta Isaías; porque habló como sigue: «Israel es incircunciso de corazón, pero los gentiles son incircuncisos de carne.» Tantas cosas, pues, como éstas, cuando se ven con el ojo, bastan para producir convicción y creencia en los que abrazan la verdad, y no son tercos en sus opiniones, ni se dejan gobernar por sus pasiones.

    Capítulo 54. Origen de la mitología pagana

    1 Apol. 54

    Pero los que transmiten los mitos que los poetas han inventado, no aducen prueba alguna a los jóvenes que los aprenden; y nosotros procedemos a demostrar que han sido pronunciados por influencia de los demonios malvados, para engañar y descarriar al género humano. Porque habiendo oído proclamar por medio de los profetas que el Cristo había de venir, y que los impíos entre los hombres serían castigados con fuego, presentaron a muchos para que fueran llamados hijos de Júpiter, con la impresión de que podrían producir en los hombres la idea de que las cosas que se decían respecto a Cristo eran meros cuentos maravillosos, como las cosas que decían los poetas. Y estas cosas se dijeron tanto entre los griegos como entre todas las naciones donde ellos [los demonios] oyeron a los profetas predecir que Cristo sería especialmente creído; pero que al oír lo dicho por los profetas no lo entendieron con exactitud, sino que imitaron lo que se decía de nuestro Cristo, como hombres que están en error, lo haremos patente. El profeta Moisés, pues, era, como ya hemos dicho, más antiguo que todos los escritores; y por él, como también hemos dicho antes, se predijo así: «No faltará príncipe de Judá, ni legislador de entre sus pies, hasta que venga Aquel para quien está reservado; y Él será el deseo de los gentiles, atando su pollino a la vid, lavando su vestido en la sangre de la uva.» [] Los demonios, en consecuencia, cuando oyeron estas palabras proféticas, dijeron que Baco era hijo de Júpiter, y divulgaron que él fue el descubridor de la vid, y cuentan el vino [o, el asno] entre sus misterios; y enseñaron que, habiendo sido despedazado, ascendió al cielo. Y porque en la profecía de Moisés no se había indicado expresamente si Aquel que había de venir era el Hijo de Dios, y si Él, montando sobre el pollino, permanecería en la tierra o ascendería al cielo, y porque el nombre de «pollino» podía significar tanto el pollino de un asno como el de un caballo, ellos, no sabiendo si Aquel que estaba predicho traería el pollino de un asno o de un caballo como señal de su venida, ni si Él era el Hijo de Dios, como dijimos arriba, o de hombre, divulgaron que Belofonte, un hombre nacido de hombre, ascendió él mismo al cielo sobre su caballo Pegaso. Y cuando oyeron decir por el otro profeta Isaías, que Él nacería de una virgen, y por sus propios medios ascendería al cielo, fingieron que se hablaba de Perseo. Y cuando supieron lo que fue dicho, como se ha citado arriba, en las profecías escritas de antemano, «Fuerte como un gigante para correr su carrera,» dijeron que Hércules era fuerte, y que había viajado por toda la tierra. Y cuando, además, aprendieron que se había predicho que Él sanaría toda enfermedad, y resucitaría a los muertos, produjeron a Esculapio.

    Capítulo 55. Símbolos de la cruz

    1 Apol. 55

    Pero en ningún caso, ni siquiera en ninguno de los llamados hijos de Júpiter, imitaron el ser crucificado; porque no fue entendido por ellos, habiéndose dicho todas las cosas acerca de ello de manera simbólica. Y esto, como el profeta predijo, es el mayor símbolo de su poder y función; como también lo prueban las cosas que caen bajo nuestra observación. Pues considerad todas las cosas del mundo, si sin esta forma podrían ser administradas o tener alguna comunidad. Porque el mar no se surca si no permanece seguro en la nave ese trofeo que se llama vela; y la tierra no se ara sin él: los que cavan y los artesanos no hacen su obra, si no es con instrumentos que tienen esta figura. Y la forma humana no difiere de la de los animales irracionales en nada más que en estar erguida y tener las manos extendidas, y tener sobre el rostro, extendiéndose desde la frente, lo que se llama nariz, por la cual hay respiración para el ser viviente; y esto no muestra otra forma que la de la cruz. Y así fue dicho por el profeta, «El aliento ante nuestro rostro es el Señor Cristo.» Y el poder de esta forma lo muestran vuestros propios símbolos en los llamados «vexilla» [estandartes] y trofeos, con los cuales se hacen todas vuestras posesiones estatales, usando éstos como las insignias de vuestro poder y gobierno, aunque lo hagáis sin saberlo. Y con esta forma consagráis las imágenes de vuestros emperadores cuando mueren, y los nombráis dioses mediante inscripciones. Puesto que, pues, os hemos instado tanto por la razón como por una forma evidente, y hasta el máximo de nuestra capacidad, sabemos que ahora somos irreprensibles aunque no creáis; porque nuestra parte está hecha y acabada.

    Capítulo 56. Los demonios aún engañan a los hombres

    1 Apol. 56

    Pero los espíritus malignos no se contentaron con decir, antes de la aparición de Cristo, que aquellos que se decía eran hijos de Júpiter habían nacido de él; sino que después de que Él había aparecido, y había nacido entre los hombres, y cuando aprendieron cómo había sido predicho por los profetas, y supieron que Él sería creído y esperado por toda nación, nuevamente, como se dijo arriba, presentaron a otros hombres, los samaritanos Simón y Menandro, quienes hicieron muchas obras poderosas por magia, y engañaron a muchos, y aún los mantienen engañados. Pues aun entre vosotros, como dijimos antes, Simón estuvo en la ciudad real de Roma en el reinado de Claudio César, y de tal manera asombró al sagrado senado y al pueblo de los romanos, que fue considerado un dios, y honrado, como los otros a quienes honráis como dioses, con una estatua. Por lo cual rogamos que el sagrado senado y vuestro pueblo, junto con vosotros, sean árbitros de este nuestro memorial, a fin de que si alguien está enredado en las doctrinas de aquel hombre, aprenda la verdad, y así pueda escapar del error; y en cuanto a la estatua, si queréis, destruidla.

    Capítulo 57. Y causan persecución

    1 Apol. 57

    Ni pueden los demonios persuadir a los hombres de que no habrá conflagración para el castigo de los malvados; como no pudieron lograr que Cristo estuviera oculto después de que vino. Pero esto sólo pueden lograr: que los que viven irracionalmente, y fueron criados licenciosamente en costumbres malvadas, y están predispuestos en sus propias opiniones, maten y odien a nosotros; a quienes nosotros no sólo no odiamos, sino que, como está probado, compadecemos y procuramos llevar al arrepentimiento. Porque no tememos la muerte, puesto que se reconoce que ciertamente hemos de morir; y no hay nada nuevo, sino que todas las cosas continúan igual en esta administración de las cosas; y si la saciedad alcanza a los que disfrutan siquiera de un año de estas cosas, deberían prestar atención a nuestras doctrinas, para que vivan eternamente libres tanto del sufrimiento como de la necesidad. Pero si creen que no hay nada después de la muerte, y declaran que los que mueren pasan a la insensibilidad, entonces se convierten en nuestros bienhechores cuando nos liberan de los sufrimientos y necesidades de esta vida, y se prueban a sí mismos malvados, inhumanos y tercos. Porque nos matan sin intención de librarnos, sino que nos cortan para que seamos privados de la vida y del placer.

    Capítulo 58. Y levantan herejes

    1 Apol. 58

    Y, como dijimos antes, los demonios presentaron a Marción del Ponto, que aún ahora enseña a los hombres a negar que Dios sea el hacedor de todas las cosas en el cielo y en la tierra, y que el Cristo predicho por los profetas sea su Hijo, y predica otro dios además del Creador de todo, y asimismo otro hijo. Y a este hombre muchos han creído, como si él solo conociera la verdad, y se ríen de nosotros, aunque no tienen prueba de lo que dicen, sino que son arrastrados irracionalmente como corderos por un lobo, y se convierten en presa de doctrinas ateas y de demonios. Porque los que son llamados demonios no intentan otra cosa sino seducir a los hombres apartándolos de Dios que los hizo, y de Cristo su primogénito; y a los que no pueden elevarse por encima de la tierra los han remachado, y ahora remachan, a las cosas terrenales y a las obras de sus propias manos; pero a los que se dedican a la contemplación de las cosas divinas, los rechazan secretamente; y si no tienen una sabia sobriedad de mente, y una vida pura y sin pasiones, los empujan a la impiedad.

    Capítulo 59. La deuda de Platón con Moisés

    1 Apol. 59

    Y para que aprendáis que fue de nuestros maestros —nos referimos al relato dado por medio de los profetas— que Platón tomó prestada su afirmación de que Dios, habiendo alterado la materia que era informe, hizo el mundo, oíd las mismísimas palabras habladas por medio de Moisés, quien, como se mostró arriba, fue el primer profeta, y de mayor antigüedad que los escritores griegos; y por medio del cual el Espíritu de profecía, significando cómo y de qué materiales formó Dios al principio el mundo, habló así: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra. Y la tierra era invisible y sin equipar, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo; y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue así.» De modo que tanto Platón como los que concuerdan con él, y nosotros mismos, hemos aprendido, y vosotros también podéis ser convencidos, de que por la palabra de Dios el mundo entero fue hecho de la sustancia de la que habló antes Moisés. Y aquello que los poetas llaman Érebo, sabemos que fue mencionado antiguamente por Moisés. []

    Capítulo 60. La doctrina de Platón sobre la cruz

    1 Apol. 60

    Y la discusión fisiológica acerca del Hijo de Dios en el Timeo de Platón, donde dice: «Lo colocó en forma de cruz en el universo,» la tomó asimismo de Moisés; pues en los escritos de Moisés se relata cómo en aquel tiempo, cuando los israelitas salieron de Egipto y estaban en el desierto, se toparon con bestias venenosas, tanto víboras como áspides y toda clase de serpientes, que mataban al pueblo; y que Moisés, por la inspiración e influjo de Dios, tomó bronce y lo hizo en figura de cruz, y lo puso en el santo tabernáculo, y dijo al pueblo: «Si miráis a esta figura y creéis, seréis salvados por ella.» [] Y cuando esto se hizo, se registra que las serpientes murieron, y se transmite que el pueblo escapó así de la muerte. Las cuales cosas, al leerlas Platón, y no entendiéndolas con exactitud, y no comprendiendo que era la figura de la cruz, sino tomándolo por una colocación en cruz, dijo que la potencia próxima al primer Dios estaba colocada en cruz en el universo. Y en cuanto a que hablara de un tercero, lo hizo porque leyó, como dijimos arriba, lo que fue dicho por Moisés: «que el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas.» Pues da el segundo lugar a la Palabra que está con Dios, la cual dijo que estaba colocada en cruz en el universo; y el tercer lugar al Espíritu que se dijo era llevado sobre el agua, diciendo: «Y el tercero en torno al tercero.» Y oíd cómo el Espíritu de profecía significó por medio de Moisés que habría una conflagración. Habló así: «Fuego eterno descenderá y devorará hasta el abismo de abajo.» [] No es, pues, que nosotros sostenemos las mismas opiniones que otros, sino que todos hablan imitando las nuestras. Entre nosotros estas cosas pueden oírse y aprenderse de personas que ni siquiera conocen las formas de las letras, que son incultas y bárbaras en el habla, aunque sabias y creyentes en la mente; algunas, incluso, mutiladas y privadas de la vista; para que comprendáis que estas cosas no son efecto de sabiduría humana, sino que son pronunciadas por el poder de Dios.

    Capítulo 61. El bautismo cristiano

    1 Apol. 61

    Referiré también la manera en que nos consagramos a Dios cuando fuimos hechos nuevos por Cristo; no sea que, si omitimos esto, parezcamos injustos en la explicación que estamos haciendo. Cuantos se persuaden y creen que es verdad lo que enseñamos y decimos, y se comprometen a poder vivir conforme a ello, son instruidos para orar y suplicar a Dios con ayuno, para la remisión de sus pecados pasados, orando y ayunando nosotros con ellos. Entonces son traídos por nosotros adonde hay agua, y son regenerados de la misma manera en que nosotros mismos fuimos regenerados. Pues, en el nombre de Dios, el Padre y Señor del universo, y de nuestro Salvador Jesucristo, y del Espíritu Santo, reciben entonces el lavado con agua. Pues Cristo también dijo: «Si no nacéis de nuevo, no entraréis en el reino de los cielos.» [] Ahora bien, que es imposible para los que una vez han nacido entrar en el vientre de sus madres, es manifiesto para todos. Y cómo los que han pecado y se arrepienten escaparán de sus pecados, lo declara el profeta Isaías, como escribí arriba; habla así: «Lavaos, haceos limpios; quitad la maldad de vuestras obras de vuestras almas; aprended a hacer el bien; juzgad al huérfano y defended a la viuda: venid y razonemos juntos, dice el Señor. Y aunque vuestros pecados sean como la escarlata, yo los haré blancos como la lana; y aunque sean como el carmesí, los haré blancos como la nieve. Pero si rehusáis y os rebeláis, la espada os devorará: porque la boca del Señor lo ha hablado.» []
    Y para este [rito] hemos aprendido de los apóstoles esta razón. Puesto que en nuestro nacimiento nacimos sin conocimiento ni elección propios, por la unión de nuestros padres, y fuimos criados en malas costumbres y perversa educación; para que no permanezcamos hijos de la necesidad y de la ignorancia, sino que lleguemos a ser hijos de la elección y del conocimiento, y obtengamos en el agua la remisión de los pecados antes cometidos, se pronuncia sobre aquel que elige nacer de nuevo, y se ha arrepentido de sus pecados, el nombre de Dios Padre y Señor del universo; el que conduce al lavado a la persona que ha de ser lavada lo llama por este solo nombre. Pues nadie puede pronunciar el nombre del Dios inefable; y si alguno se atreve a decir que hay un nombre, delira con una locura sin esperanza. Y este lavado se llama iluminación, porque los que aprenden estas cosas son iluminados en su entendimiento. Y en el nombre de Jesucristo, que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y en el nombre del Espíritu Santo, que por medio de los profetas predijo todas las cosas acerca de Jesús, el que es iluminado es lavado.
    Comentario editorial · El bautismo: regeneración e iluminación
    Antes de describir el rito, Justino dice por qué lo hace: para no parecer injusto en su explicación. Los candidatos ayunan y piden el perdón de sus pecados pasados, y los cristianos con ellos; luego se los lleva «adonde hay agua», son «regenerados» y reciben el lavado «en el nombre de Dios, el Padre y Señor del universo, y de nuestro Salvador Jesucristo, y del Espíritu Santo». Apoya el rito en y en , y su razón es que se nace sin saberlo ni elegirlo y se renace por elección y conocimiento. Dice que este lavado «se llama iluminación». En la Didaché (7) el bautismo es también en el nombre trino, con agua corriente; sobre el debate moderno en torno a la fórmula véanse los unicitarios.

    Capítulo 62. Su imitación por los demonios

    1 Apol. 62

    Y los demonios, ciertamente, al oír que este lavado era publicado por el profeta, instigaron a los que entran en sus templos, y están a punto de acercarse a ellos con libaciones y holocaustos, a que también se rocíen; y los hacen también lavarse enteramente, al salir [del sacrificio], antes de entrar en los santuarios en que están colocadas sus imágenes. Y la orden, también, dada por los sacerdotes a los que entran y adoran en los templos, de que se quiten el calzado, la dieron los demonios, al enterarse de lo que sucedió al arriba mencionado profeta Moisés, en imitación de estas cosas. Pues en aquella coyuntura, cuando a Moisés se le ordenó bajar a Egipto y sacar al pueblo de los israelitas que estaba allí, y mientras apacentaba los rebaños de su tío materno en la tierra de Arabia, nuestro Cristo conversó con él bajo la apariencia de fuego desde una zarza, y dijo: «Quítate el calzado, acércate y escucha.» Y él, cuando se hubo quitado el calzado y se acercó, oyó que debía bajar a Egipto y sacar de allí al pueblo de los israelitas; y recibió gran poder de Cristo, que le habló en la apariencia de fuego, y bajó y sacó al pueblo, habiendo hecho grandes y maravillosas cosas; las cuales, si deseáis conocerlas, las aprenderéis con exactitud de sus escritos.

    Capítulo 63. Cómo Dios se apareció a Moisés

    1 Apol. 63

    Y todos los judíos aun ahora enseñan que el Dios sin nombre habló a Moisés; por lo cual el Espíritu de profecía, acusándolos por medio del profeta Isaías arriba mencionado, dijo: «El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su amo; pero Israel no me conoce, y mi pueblo no entiende.» [] Y Jesús el Cristo, porque los judíos no conocían lo que era el Padre, ni lo que era el Hijo, de igual manera los acusó; y Él mismo dijo: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo, ni al Hijo sino el Padre, y aquellos a quienes el Hijo lo revele.» [] Ahora bien, la Palabra de Dios es su Hijo, como hemos dicho antes. Y es llamado Ángel y Apóstol; pues declara todo cuanto debemos saber, y es enviado para declarar todo cuanto es revelado; como nuestro Señor mismo dice: «El que me oye a mí, oye al que me envió.» [] De los escritos de Moisés también esto será manifiesto; pues así está escrito en ellos: «Y el Ángel de Dios habló a Moisés en una llama de fuego desde la zarza, y dijo: Yo soy el que soy, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, el Dios de vuestros padres; baja a Egipto y saca a mi pueblo.» [] Y si deseáis aprender lo que sigue, podéis hacerlo de los mismos escritos; pues es imposible relatarlo todo aquí. Pero esto se ha escrito con el fin de probar que Jesús el Cristo es el Hijo de Dios y su Apóstol, siendo desde antiguo la Palabra, y apareciéndose a veces en forma de fuego, y a veces en semejanza de ángeles; mas ahora, por la voluntad de Dios, habiéndose hecho hombre por el género humano, soportó todos los sufrimientos que los demonios instigaron a los judíos insensatos a infligirle; los cuales, aunque tienen expresamente afirmado en los escritos de Moisés: «Y el ángel de Dios habló a Moisés en una llama de fuego en una zarza, y dijo: Yo soy el que soy, el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob,» sin embargo sostienen que el que dijo esto era el Padre y Creador del universo. Por lo cual también el Espíritu de profecía los reprende, y dice: «Israel no me conoce, mi pueblo no me ha entendido.» [] Y de nuevo, Jesús, como ya hemos mostrado, mientras estaba con ellos, dijo: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo; ni al Hijo sino el Padre, y aquellos a quienes el Hijo lo revelará.» [] Los judíos, por consiguiente, siendo en todo de la opinión de que era el Padre del universo quien habló a Moisés, aunque el que le habló era en verdad el Hijo de Dios, que es llamado tanto Ángel como Apóstol, son justamente acusados, tanto por el Espíritu de profecía como por Cristo mismo, de no conocer ni al Padre ni al Hijo. Pues los que afirman que el Hijo es el Padre, queda probado que ni se han familiarizado con el Padre, ni saben que el Padre del universo tiene un Hijo; el cual también, siendo la Palabra primogénita de Dios, es incluso Dios. Y desde antiguo se apareció en forma de fuego y en semejanza de un ángel a Moisés y a los otros profetas; mas ahora en los tiempos de vuestro reinado, habiéndose, como dijimos antes, hecho hombre por una virgen, según el consejo del Padre, para la salvación de los que creen en Él, soportó tanto el ser menospreciado como el sufrir, para que, muriendo y resucitando, venciera a la muerte. Y lo que fue dicho desde la zarza a Moisés: «Yo soy el que soy, el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob, y el Dios de vuestros padres,» [] esto significaba que ellos, aunque muertos, existen todavía, y son hombres que pertenecen al mismo Cristo. Pues fueron los primeros de todos los hombres en afanarse en la búsqueda de Dios; siendo Abraham padre de Isaac, e Isaac de Jacob, como escribió Moisés.

    Capítulo 64. Otras tergiversaciones de la verdad

    1 Apol. 64

    De lo que ya se ha dicho, podéis comprender cómo los demonios, en imitación de lo dicho por Moisés, afirmaron que Prosérpina era hija de Júpiter, e instigaron al pueblo a erigir una imagen de ella bajo el nombre de Kore [Cora, es decir, la doncella o hija] junto a las fuentes. Pues, como escribimos arriba, Moisés dijo: «En el principio Dios hizo el cielo y la tierra. Y la tierra estaba sin forma y vacía: y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.» En imitación, por tanto, de lo que aquí se dice del Espíritu de Dios moviéndose sobre las aguas, dijeron que Prosérpina [o Cora] era hija de Júpiter. Y de igual manera también fingieron astutamente que Minerva era hija de Júpiter, no por unión sexual, sino que, sabiendo que Dios concibió e hizo el mundo por la Palabra, dicen que Minerva es la primera concepción [[ἔννοια]]; lo cual consideramos muy absurdo, al presentar la forma de la concepción en figura femenina. Y de igual manera las acciones de esos otros que son llamados hijos de Júpiter los condenan suficientemente.

    Capítulo 65. Administración de los sacramentos

    1 Apol. 65

    Pero nosotros, después de haber lavado así al que se ha convencido y ha asentido a nuestra enseñanza, lo llevamos al lugar donde están reunidos los que son llamados hermanos, a fin de ofrecer fervientes oraciones en común por nosotros mismos y por la persona bautizada [iluminada], y por todos los demás en todo lugar, para que seamos tenidos por dignos, ahora que hemos aprendido la verdad, de ser hallados también por nuestras obras buenos ciudadanos y guardadores de los mandamientos, de modo que seamos salvados con una salvación eterna. Terminadas las oraciones, nos saludamos unos a otros con un beso. Entonces se trae al presidente de los hermanos pan y un cáliz de vino mezclado con agua; y él, tomándolos, da alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y da gracias con considerable extensión por habernos tenido por dignos de recibir estas cosas de sus manos. Y cuando ha concluido las oraciones y acciones de gracias, todo el pueblo presente expresa su asentimiento diciendo Amén. Esta palabra Amén corresponde en la lengua hebrea a [γένοιτο] [así sea]. Y cuando el presidente ha dado gracias, y todo el pueblo ha expresado su asentimiento, los que son llamados por nosotros diáconos dan a cada uno de los presentes para participar del pan y del vino mezclado con agua sobre los cuales se pronunció la acción de gracias, y a los que están ausentes les llevan una porción.

    Capítulo 66. De la Eucaristía

    1 Apol. 66

    Y este alimento es llamado entre nosotros [Εὐχαριστία] [Eucaristía], del cual a nadie se le permite participar sino al hombre que cree que son verdaderas las cosas que enseñamos, y que ha sido lavado con el lavado que es para la remisión de los pecados y para la regeneración, y que vive como Cristo ha mandado. Pues no como pan común y bebida común recibimos estos; sino que, de la misma manera en que Jesucristo nuestro Salvador, habiendo sido hecho carne por la Palabra de Dios, tuvo carne y sangre para nuestra salvación, así también se nos ha enseñado que el alimento que es bendecido por la plegaria de su Palabra, y del cual nuestra sangre y nuestra carne por transmutación se nutren, es la carne y la sangre de aquel Jesús que fue hecho carne. Pues los apóstoles, en las memorias compuestas por ellos, que son llamadas Evangelios, nos han entregado así lo que les fue mandado: que Jesús tomó pan, y cuando hubo dado gracias, dijo: «Haced esto en memoria de mí, [] éste es mi cuerpo;» y que, de la misma manera, habiendo tomado el cáliz y dado gracias, dijo: «Ésta es mi sangre;» y lo dio a ellos solos. Lo cual los malvados demonios han imitado en los misterios de Mitra, mandando que se haga lo mismo. Pues que se colocan pan y un cáliz de agua con ciertos encantamientos en los ritos místicos de uno que está siendo iniciado, o lo sabéis o podéis aprenderlo.

    Capítulo 67. El culto semanal de los cristianos

    1 Apol. 67

    Y después nos recordamos continuamente unos a otros estas cosas. Y los ricos entre nosotros ayudan a los necesitados; y siempre permanecemos juntos; y por todas las cosas con las que somos provistos, bendecimos al Hacedor de todo por su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo. Y en el día llamado domingo, todos los que viven en ciudades o en el campo se reúnen en un solo lugar, y se leen las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas, cuanto tiempo lo permite; luego, cuando el lector ha cesado, el presidente instruye de palabra y exhorta a la imitación de estas buenas cosas. Entonces todos nos levantamos juntos y oramos, y, como dijimos antes, cuando nuestra oración ha terminado, se traen pan y vino y agua, y el presidente de igual manera ofrece oraciones y acciones de gracias, según su capacidad, y el pueblo asiente, diciendo Amén; y hay una distribución para cada uno, y una participación de aquello sobre lo cual se han dado gracias, y a los que están ausentes se les envía una porción por medio de los diáconos. Y los que están en buena posición económica, y dispuestos, dan lo que cada uno cree conveniente; y lo que se recoge se deposita en manos del presidente, que socorre a los huérfanos y a las viudas y a los que, por enfermedad o por cualquier otra causa, están en necesidad, y a los que están en prisiones y a los extranjeros que moran entre nosotros, y en una palabra cuida de todos los que están en necesidad. Pero el domingo es el día en que todos celebramos nuestra común asamblea, porque es el primer día en que Dios, habiendo obrado un cambio en las tinieblas y en la materia, hizo el mundo; y Jesucristo nuestro Salvador en el mismo día resucitó de entre los muertos. Pues fue crucificado el día antes del de Saturno (sábado); y el día después del de Saturno, que es el día del Sol, habiéndose aparecido a sus apóstoles y discípulos, les enseñó estas cosas, las cuales os hemos presentado también a vosotros para vuestra consideración.
    Comentario editorial · La reunión del domingo
    En 67, donde el texto dice «domingo», el griego, según una nota del ANF, es τῇ τοῦ ῾Ηλίου λεγομένῃ ἡμέρᾳ, «el día llamado del Sol». Se leen «las memorias de los apóstoles», que en 66 Justino define como las que «son llamadas Evangelios», o «los escritos de los profetas»; dirige «el presidente» (en 65, τῷ προεστῶτι τῶν ἀδελφῶν, que el ANF también traduce «aquel de los hermanos que presidía»), que ora y da gracias «según su capacidad» —ὅση δύναμις αὐτῷ, expresión que el ANF dice que ha provocado mucha discusión—; el pueblo responde «Amén» y los diáconos llevan una porción a los ausentes. La razón del domingo es que fue el primer día de la creación y el de la resurrección. Sobre 66, una nota del ANF señala que calvinistas, luteranos y católicos romanos reclaman por igual su texto.

    Capítulo 68. Conclusión

    1 Apol. 68

    Y si estas cosas os parecen razonables y verdaderas, honradlas; pero si os parecen absurdas, despreciadlas como absurdas, y no decretéis la muerte contra quienes ninguna injusticia han cometido, como lo haríais contra enemigos. Porque os advertimos de antemano que no escaparéis al juicio venidero de Dios, si continuáis en vuestra injusticia; y nosotros mismos os invitaremos a hacer lo que es agradable a Dios. Y aunque por la carta del más grande e ilustre emperador Adriano, vuestro padre, podríamos pediros que mandarais dar sentencia como lo hemos deseado, sin embargo hemos hecho esta apelación y explicación, no sobre la base de la decisión de Adriano, sino porque sabemos que lo que pedimos es justo. Y hemos adjuntado copia de la epístola de Adriano, para que sepáis que hablamos verazmente acerca de esto. Y la siguiente es la copia:—

    Apéndice

    Epístola de Adriano en favor de los cristianos

    Texto de la fuenteAdriano · Epístola en favor de los cristianos · Apéndice a 1 Apol.
    He recibido la carta que me dirigió vuestro predecesor Serenio Graniano, varón ilustrísimo; y esta comunicación no quiero pasarla por alto en silencio, no sea que personas inocentes sean perturbadas y se dé ocasión a los delatores para ejercer su maldad. Por consiguiente, si los habitantes de vuestra provincia quieren sostener de tal modo esta petición suya que acusen a los cristianos ante algún tribunal de justicia, no se lo prohíbo. Pero no sufriré que se sirvan de meras súplicas y clamores. Porque es mucho más justo que, si alguien desea presentar una acusación, vosotros juzguéis sobre ella. Por tanto, si alguien presenta la acusación y aporta prueba de que los susodichos hacen algo contrario a las leyes, adjudicaréis castigos en proporción a las ofensas. Y a esto, por Hércules, prestaréis especial atención: que si alguno, por mera calumnia, presentare acusación contra cualquiera de estas personas, le impondréis castigos más severos en proporción a su maldad.

    Epístola de Antonino a la asamblea común de Asia

    Texto de la fuenteAntonino Pío (atribuida) · Epístola a la asamblea común de Asia · Apéndice a 1 Apol.
    El Emperador César Tito Aurelio Adriano Antonino Augusto Pío, Sumo Pontífice, en el año quince de su tribunicia potestad, cónsul por tercera vez, padre de la patria, a la Asamblea Común de Asia, salud: Yo habría pensado que los propios dioses se cuidarían de que tales delincuentes no escapasen. Porque si tuvieran poder, ellos mismos castigarían con mucho más gusto a quienes rehúsan adorarlos; pero sois vosotros quienes traéis aflicción a estas personas, y acusáis como opinión de ateos lo que ellos sostienen, y les imputáis otras cosas que no podemos probar. Pero les sería ventajoso que se pensara que mueren por aquello de que se les acusa, y os vencen siendo pródigos de sus vidas antes que ceder la obediencia que les exigís. Y respecto a los terremotos que ya han ocurrido y que ahora están ocurriendo, no es decoroso que nos los recordéis, desanimándoos cada vez que ocurren, y poniendo así vuestra conducta en contraste con la de estos hombres; pues ellos tienen mucha mayor confianza en Dios que vosotros mismos. Y vosotros, en verdad, parecéis en tales momentos ignorar a los dioses, y descuidáis los templos, y no hacéis reconocimiento alguno del culto de Dios. Y por eso tenéis celos de quienes sí le sirven, y los perseguís hasta la muerte. Acerca de tales personas, también otros gobernadores de provincias escribieron a mi divinísimo padre; a quienes él respondió que no molestaran en absoluto a tales personas, a menos que se las hallara tramando algo contra el gobierno romano. Y a mí mismo muchos me han enviado informes acerca de tales personas, a quienes también yo respondí conforme al juicio de mi padre. Pero si alguien tiene un asunto que presentar contra alguna persona de esta clase, meramente por ser tal persona, sea el acusado absuelto del cargo, aun cuando se descubriere que es uno de ésos; pero sea el acusador sometido a la justicia.

    Epístola de Marco Aurelio al senado, en la que testifica que los cristianos fueron la causa de su victoria

    Texto de la fuenteMarco Aurelio (atribuida) · Epístola al Senado · Apéndice a 1 Apol.
    El Emperador César Marco Aurelio Antonino, Germánico, Pártico, Sarmático, al Pueblo de Roma y al sacro Senado, salud: Os expliqué mi gran designio y las ventajas que obtuve en los confines de Germania, con mucho trabajo y sufrimiento, a consecuencia de la circunstancia de hallarme rodeado por el enemigo; yo mismo encerrado en Carnunto por setenta y cuatro cohortes, a nueve millas de distancia. Y estando el enemigo cerca, los exploradores nos señalaron, y nuestro general Pompeyano nos mostró, que se nos acercaba una masa de multitud mezclada de novecientos setenta y siete mil hombres, lo cual en verdad vimos; y yo quedé encerrado por esta vasta hueste, teniendo conmigo sólo un batallón compuesto por las legiones primera, décima, doble y de marina. Habiendo entonces examinado mi propia posición y mi hueste, respecto a la vasta masa de bárbaros y del enemigo, rápidamente me entregué a la oración a los dioses de mi patria. Pero siendo desatendido por ellos, convoqué a aquellos que entre nosotros llevan el nombre de cristianos. Y habiendo indagado, descubrí un gran número y una vasta hueste de ellos, y me enfurecí contra ellos, lo cual no era en modo alguno decoroso; pues después aprendí su poder. Por lo cual comenzaron la batalla, no preparando armas, ni pertrechos, ni trompetas; porque tal preparación les es odiosa, a causa del Dios que llevan en su conciencia. Por tanto, es probable que aquellos a quienes suponemos ateos tengan a Dios como su poder rector atrincherado en su conciencia. Pues habiéndose arrojado al suelo, oraron no sólo por mí, sino también por todo el ejército que estaba en pie, para que fueran librados de la sed y el hambre presentes. Porque durante cinco días no habíamos conseguido agua, porque no la había; pues estábamos en el corazón de Germania y en territorio enemigo. Y simultáneamente con arrojarse al suelo y orar a Dios (un Dios a quien yo ignoro), cayó agua del cielo, sobre nosotros refrescantemente fría, pero sobre los enemigos de Roma un granizo abrasador. E inmediatamente reconocimos la presencia de Dios que seguía a la oración: un Dios inconquistable e indestructible. Fundándonos, pues, en esto, perdonemos a los que son cristianos, no sea que oren y obtengan semejante arma contra nosotros mismos. Y aconsejo que ninguna persona tal sea acusada por el hecho de ser cristiano. Pero si se hallare a alguno imputando a un cristiano que es cristiano, deseo que se haga manifiesto que quien es acusado como cristiano, y reconoce que lo es, no es acusado de otra cosa sino sólo de esto: que es cristiano; pero que quien lo acusa sea quemado vivo. Y deseo además que quien tiene a su cargo el gobierno de la provincia no obligue al cristiano, que confiesa y certifica tal hecho, a retractarse; ni tampoco lo encarcele. Y deseo que estas cosas sean confirmadas por decreto del Senado. Y mando que este mi edicto sea publicado en el Foro de Trajano, para que pueda ser leído. El prefecto Vitrasio Polión cuidará de que sea transmitido a todas las provincias de alrededor, y de que nadie que desee usarlo o poseerlo sea estorbado para obtener copia del documento que ahora publico.

    La Segunda Apología de San Justino Mártir

    2 Apol., encabezado

    Dirigida al Senado romano

    Capítulo 1. Introducción

    2 Apol. 1

    Romanos, las cosas que recientemente han acontecido en vuestra ciudad bajo Urbico, y las cosas que de igual modo se hacen en todas partes irrazonablemente por los gobernadores, me han obligado a componer este escrito por vosotros, que sois hombres de semejantes pasiones y hermanos, aunque no lo sabéis, y aunque no queráis reconocerlo a causa de vuestra gloria en lo que estimáis dignidades. Porque en todas partes, todo aquel que es corregido por su padre, o vecino, o hijo, o amigo, o hermano, o marido, o mujer, por una falta, por ser difícil de mover, por amar el placer y por ser difícil de impulsar a lo recto (excepto aquellos que han sido persuadidos de que los injustos e intemperantes serán castigados en el fuego eterno, pero que los virtuosos y los que vivieron como Cristo habitarán con Dios en un estado libre de sufrimiento — queremos decir, los que han llegado a ser cristianos), y los demonios malvados, que nos odian, y que mantienen a tales hombres sujetos a sí mismos, y sirviéndose de ellos como jueces, los incitan, como gobernantes movidos por espíritus malignos, a darnos muerte. Pero para que la causa de todo lo que ha ocurrido bajo Urbico se os haga del todo clara, referiré lo que se ha hecho.

    Capítulo 2. Urbico condena a muerte a los cristianos

    2 Apol. 2

    Una cierta mujer vivía con un marido intemperante; también ella misma había sido antes intemperante. Pero cuando llegó al conocimiento de las enseñanzas de Cristo se hizo sobria de mente, y se esforzó por persuadir a su marido igualmente a ser temperante, citando la enseñanza de Cristo y asegurándole que habrá castigo en el fuego eterno infligido a quienes no viven con templanza y conforme a la recta razón. Pero él, continuando en los mismos excesos, enajenó de sí a su mujer con sus acciones. Pues ella, considerando injusto vivir ya como esposa con un marido que buscaba por todos los medios modos de entregarse al placer contrario a la ley de la naturaleza y en violación de lo que es recto, deseaba divorciarse de él. Y cuando sus amigos la persuadieron con insistencia, aconsejándole que continuara aún con él, con la idea de que en algún momento su marido pudiera dar esperanza de enmienda, hizo violencia a su propio sentimiento y permaneció con él. Pero cuando su marido hubo ido a Alejandría, y se informó que se conducía peor que nunca, ella — para no hacerse partícipe también de sus maldades e impiedades continuando en unión matrimonial con él y compartiendo su mesa y su lecho— le dio lo que vosotros llamáis libelo de repudio, y se separó de él. Pero este noble marido suyo — cuando debería haberse alegrado de que aquellas acciones que antes ella cometía sin vacilar con los siervos y jornaleros, cuando se deleitaba en la embriaguez y en todo vicio, las había abandonado ahora, y deseaba que él también abandonara las mismas— cuando ella se apartó de él sin su deseo, presentó una acusación contra ella, afirmando que era cristiana. Y ella presentó un escrito a vos, el Emperador, pidiendo que primero se le permitiera arreglar sus asuntos, y después hacer su defensa contra la acusación, una vez puestos en orden sus asuntos. Y esto vos lo concedisteis. Y su otrora marido, puesto que ya no podía procesarla, dirigió sus ataques contra un hombre, Ptolomeo, a quien Urbico castigó, y que había sido su maestro en las doctrinas cristianas. Y esto lo hizo de la siguiente manera. Persuadió a un centurión — que había arrojado a Ptolomeo a la prisión y que era amigo suyo— a tomar a Ptolomeo e interrogarlo sobre este único punto: si era cristiano. Y Ptolomeo, siendo amante de la verdad y no de disposición engañosa o falsa, cuando confesó que era cristiano, fue atado por el centurión y durante mucho tiempo castigado en la prisión. Y, por último, cuando el hombre compareció ante Urbico, se le hizo esta única pregunta: si era cristiano. Y de nuevo, siendo consciente de su deber y de la nobleza de éste por la enseñanza de Cristo, confesó su discipulado en la virtud divina. Pues quien niega algo, o lo niega porque condena la cosa misma, o se retrae de confesarlo porque es consciente de su propia indignidad o alejamiento de ella; y ninguno de estos casos es el del verdadero cristiano. Y cuando Urbico ordenó que fuera llevado al suplicio, un tal Lucio, que también era cristiano, viendo el juicio irrazonable que así se había dado, dijo a Urbico: «¿Qué fundamento tiene este juicio? ¿Por qué has castigado a este hombre, no como adúltero, ni fornicario, ni homicida, ni ladrón, ni salteador, ni convicto de crimen alguno, sino por el solo hecho de haber confesado que lleva el nombre de cristiano? Este juicio tuyo, oh Urbico, no conviene al emperador Pío, ni al filósofo, hijo del César, ni al sacro senado.» Y él no respondió a Lucio nada más que esto: «Tú también me pareces uno de ésos.» Y cuando Lucio respondió: «Ciertamente que lo soy.» ordenó de nuevo que también él fuera llevado. Y él profesó su agradecimiento, sabiendo que era librado de tales gobernantes malvados y que iba al Padre y Rey de los cielos. Y todavía un tercero, habiéndose adelantado, fue condenado al castigo.
    Comentario editorial · El proceso ante Urbico
    Justino cuenta un caso reciente. Una mujer, convertida, se separa de su marido disoluto; él la denuncia como cristiana, y ella obtiene del emperador un plazo para arreglar sus asuntos. El marido acusa entonces a su maestro Ptolomeo, a quien solo se pregunta si es cristiano; lo confiesa y Urbico lo manda al suplicio. Un tal Lucio protesta y, al declararse también cristiano, es llevado igualmente; un tercero corre la misma suerte. Eusebio copia el relato (HE IV, 17), y la Catholic Encyclopedia dice que este capítulo falta casi entero en el único manuscrito y se restituye con esa cita. Según Wikipedia, Urbico es Quinto Lolio Urbico, gobernador de Britania (139–142), prefecto de Roma probablemente desde 146 y quizá el prefecto que murió en 160; el ANF presenta esa identificación como conjetura de Valesio.

    Capítulo 3. Justino acusa a Crescencio de prejuicio ignorante contra los cristianos

    2 Apol. 3

    También yo, por tanto, espero ser objeto de conjura y ser fijado al poste por algunos de los que he nombrado, o tal vez por Crescencio, ese amante de la bravata y de la jactancia; pues no es digno del nombre de filósofo quien públicamente da testimonio contra nosotros en materias que no entiende, diciendo que los cristianos son ateos e impíos, y haciéndolo para ganarse el favor de la turba ilusa y complacerla. Porque si nos ataca sin haber leído las enseñanzas de Cristo, está completamente depravado y es mucho peor que los iletrados, quienes a menudo se abstienen de discutir o de dar falso testimonio sobre materias que no entienden. O, si las ha leído y no comprende la majestad que hay en ellas, o, comprendiéndola, actúa así para no ser sospechado de ser tal [cristiano], es mucho más vil y está completamente depravado, vencido por una opinión y un temor indignos e irrazonables. Pues quiero que sepáis que le propuse ciertas cuestiones sobre este asunto, y lo interrogué, y hallé de manera muy convincente que, en verdad, nada sabe. Y para probar que digo la verdad, estoy dispuesto, si estas disputas no os han sido referidas, a conducirlas de nuevo en vuestra presencia. Y esto sería una obra digna de un príncipe. Pero si mis preguntas y sus respuestas os han sido dadas a conocer, ya sabéis que él no está familiarizado con ninguno de nuestros asuntos; o, si está familiarizado con ellos, pero por temor de quienes pudieran oírle no se atreve a hablar abiertamente, como Sócrates, se prueba, como dije antes, no filósofo, sino hombre de opinión; al menos no tiene en cuenta aquella sentencia socrática y admirable: «Mas a un hombre no se le ha de honrar en modo alguno antes que a la verdad.» Pero es imposible que un cínico, que hace de la indiferencia su fin, conozca otro bien que la indiferencia.

    Capítulo 4. Por qué los cristianos no se matan a sí mismos

    2 Apol. 4

    Pero no sea que alguien nos diga: «Id, pues, todos vosotros y mataos, y pasad ya ahora a Dios, y no nos importunéis,» os diré por qué no lo hacemos, y por qué, al ser examinados, confesamos sin temor. Se nos ha enseñado que Dios no hizo el mundo sin propósito, sino por causa del género humano; y ya antes hemos expuesto que Él se complace en quienes imitan sus propiedades, y se desagrada de quienes abrazan lo que es sin valor, sea de palabra o de obra. Si, pues, todos nos matamos, nos convertiremos en la causa, en cuanto de nosotros depende, de que nadie nazca, ni sea instruido en las doctrinas divinas, ni siquiera de que el género humano no exista; y, si así obramos, estaremos obrando nosotros mismos en oposición a la voluntad de Dios. Pero cuando se nos examina, no negamos, porque no somos conscientes de mal alguno, sino que consideramos impío no decir la verdad en todas las cosas, lo cual sabemos también que agrada a Dios, y porque ahora estamos además muy deseosos de libraros de un prejuicio injusto.

    Capítulo 5. Cómo transgredieron los ángeles

    2 Apol. 5

    Pero si a alguien se le apodera la idea de que, si reconocemos a Dios como nuestro auxiliador, no deberíamos, como decimos, ser oprimidos y perseguidos por los malvados; también esto lo resolveré. Dios, cuando hubo hecho el mundo entero, y sujetado las cosas terrenas al hombre, y dispuesto los elementos celestiales para el aumento de los frutos y la rotación de las estaciones, y establecido esta ley divina —pues también estas cosas evidentemente las hizo para el hombre—, encomendó el cuidado de los hombres y de todas las cosas bajo el cielo a ángeles a quienes nombró sobre ellas. Pero los ángeles transgredieron este encargo y, cautivados por el amor a las mujeres, engendraron hijos que son los que se llaman demonios; y además, después sometieron a sí mismos al género humano, en parte mediante escritos mágicos, en parte mediante temores y los castigos que ocasionaban, y en parte enseñándoles a ofrecer sacrificios, incienso y libaciones, de las cuales cosas tuvieron necesidad después de ser esclavizados por pasiones lujuriosas; y entre los hombres sembraron homicidios, guerras, adulterios, hechos intemperantes y toda maldad. De donde también los poetas y mitólogos, no sabiendo que eran los ángeles y aquellos demonios que habían sido engendrados por ellos quienes hacían estas cosas a hombres, mujeres, ciudades y naciones, las cuales relataban, las atribuyeron al dios mismo, y a los que eran tenidos por su propia descendencia, y a la descendencia de los que eran llamados sus hermanos, Neptuno y Plutón, y a los hijos a su vez de estos descendientes de ellos. Pues cualquiera que fuera el nombre que cada uno de los ángeles se había dado a sí y a sus hijos, por ese nombre los llamaban.

    Capítulo 6. Nombres de Dios y de Cristo, su significado y poder

    2 Apol. 6

    Pero al Padre de todo, que es ingénito, no se le da nombre alguno. Pues cualquiera que sea el nombre con que se le llame, tiene como más antiguo a la persona que le da el nombre. Mas estas palabras, Padre, y Dios, y Creador, y Señor, y Amo, no son nombres, sino apelativos derivados de sus buenas obras y funciones. Y su Hijo, que solo es propiamente llamado Hijo, la Palabra que también estaba con Él y fue engendrada antes de las obras, cuando en un principio creó y dispuso todas las cosas por Él, es llamado Cristo, en referencia a que Él fue ungido y Dios ordenó todas las cosas por medio de Él; este nombre mismo contiene también un significado desconocido; como también el apelativo «Dios» no es un nombre, sino una opinión implantada en la naturaleza de los hombres de una cosa que difícilmente puede ser explicada. Pero «Jesús», su nombre como hombre y Salvador, tiene también significado. Pues fue hecho hombre también, como antes dijimos, habiendo sido concebido según la voluntad de Dios Padre, por causa de los hombres que creen y para la destrucción de los demonios. Y ahora podéis aprender esto por lo que está bajo vuestra propia observación. Pues innumerables endemoniados en todo el mundo, y en vuestra ciudad, muchos de nuestros hombres cristianos exorcizándolos en el nombre de Jesucristo, que fue crucificado bajo Poncio Pilato, han sanado y sanan, dejando impotentes y expulsando a los demonios poseedores de los hombres, aunque no podían ser curados por todos los demás exorcistas, y por los que usaban encantamientos y drogas.

    Capítulo 7. El mundo preservado por causa de los cristianos. La responsabilidad del hombre

    2 Apol. 7

    Por lo cual Dios retrasa el causar la confusión y destrucción del mundo entero, por la cual los ángeles malvados y los demonios y los hombres dejarán de existir, a causa de la simiente de los cristianos, que saben que ellos son la causa de la preservación en la naturaleza. Pues si no fuera así, no os habría sido posible hacer estas cosas, ni ser impulsados por espíritus malos; sino que el fuego del juicio descendería y disolvería completamente todas las cosas, así como en otro tiempo el diluvio no dejó a nadie sino sólo a aquel con su familia que por nosotros es llamado Noé, y por vosotros Deucalión, del cual después han brotado tan vastas multitudes, algunos de ellos malos y otros buenos. Pues así decimos que habrá la conflagración, pero no como los estoicos, según su doctrina de que todas las cosas se cambian unas en otras, lo cual parece muy degradante. Mas tampoco afirmamos que sea por el destino que los hombres hagan lo que hacen, o sufran lo que sufren, sino que cada hombre por libre elección actúa rectamente o peca; y que es por influjo de los demonios malvados que los hombres sinceros, como Sócrates y otros semejantes, sufren persecución y están en cadenas, mientras que Sardanápalo, Epicuro y otros semejantes parecen ser bendecidos en abundancia y gloria. Los estoicos, no observando esto, sostuvieron que todas las cosas acontecen según la necesidad del destino. Mas puesto que Dios en el principio hizo la raza de los ángeles y de los hombres con libre elección, justamente sufrirán en el fuego eterno el castigo de cualesquiera pecados que hayan cometido. Y ésta es la naturaleza de todo lo que es hecho: el ser capaz de vicio y virtud. Pues ninguno de ellos sería digno de alabanza a menos que hubiera poder para volverse a ambos [virtud y vicio]. Y esto también lo muestran aquellos hombres en todas partes que han hecho leyes y filosofado según la recta razón, al prescribir hacer algunas cosas y abstenerse de otras. Incluso los filósofos estoicos, en su doctrina de la moral, honran constantemente las mismas cosas, de modo que es evidente que no son muy felices en lo que dicen acerca de los principios y las cosas incorpóreas. Pues si dicen que las acciones humanas acontecen por el destino, sostendrán o bien que Dios no es otra cosa que las cosas que están siempre girando, alterándose y disolviéndose en las mismas cosas, y parecerán haber tenido una comprensión sólo de las cosas destructibles, y haber mirado a Dios mismo como emergiendo tanto en parte como en todo en toda maldad; o bien que ni el vicio ni la virtud son algo; lo cual es contrario a toda idea sana, razón y sentido.

    Capítulo 8. Todos han sido odiados en quienes ha morado la Palabra

    2 Apol. 8

    Y los de la escuela estoica —puesto que, en lo que a su enseñanza moral se refiere, eran admirables, como también lo eran los poetas en algunos particulares, a causa de la simiente de la razón [el Logos] implantada en toda raza de hombres— fueron, lo sabemos, odiados y llevados a la muerte: Heráclito, por ejemplo, y, entre los de nuestro propio tiempo, Musonio y otros. Pues, como indicamos, los demonios siempre han conseguido que todos aquellos que de algún modo viven una vida razonable y sincera, y evitan el vicio, sean odiados. Y no es de maravillarse; si los demonios se demuestra que causan que sean mucho más odiados aquellos que no viven según sólo una parte de la palabra difundida [entre los hombres], sino por el conocimiento y la contemplación de la Palabra entera, la cual es Cristo. Y ellos, habiendo sido encerrados en el fuego eterno, sufrirán su justo castigo y pena. Pues si aun ahora son derribados por los hombres mediante el nombre de Jesucristo, esto es una indicación del castigo en el fuego eterno que ha de ser infligido a ellos mismos y a los que les sirven. Pues así lo predijeron todos los profetas, y lo enseñó nuestro propio maestro Jesús.

    Capítulo 9. El castigo eterno no es una mera amenaza

    2 Apol. 9

    Y para que nadie diga lo que dicen los que son tenidos por filósofos, que nuestras afirmaciones de que los malvados son castigados en el fuego eterno son palabras grandilocuentes y espantajos, y que deseamos que los hombres vivan virtuosamente por miedo, y no porque tal vida sea buena y agradable; responderé brevemente a esto: que si esto no es así, Dios no existe; o, si existe, no cuida de los hombres, y ni la virtud ni el vicio son algo, y, como dijimos antes, los legisladores castigan injustamente a los que transgreden buenos mandamientos. Mas puesto que éstos no son injustos, y su Padre les enseña por la Palabra a hacer las mismas cosas que Él mismo, los que están de acuerdo con ellos no son injustos. Y si alguno objeta que las leyes de los hombres son diversas, y dice que para algunos, una cosa es considerada buena, otra mala, mientras que para otros lo que parecía malo a los primeros es estimado bueno, y lo que parecía bueno es estimado malo, que escuche lo que decimos a esto. Sabemos que los ángeles malvados establecieron leyes conformes a su propia maldad, en las cuales se deleitan los hombres que son semejantes a ellos; y la Recta Razón, cuando vino, demostró que no todas las opiniones ni todas las doctrinas son buenas, sino que algunas son malas, mientras que otras son buenas. Por lo cual, declararé las mismas y semejantes cosas a hombres tales como éstos, y, si es necesario, se hablará de ellas más por extenso. Mas por el momento vuelvo al asunto.

    Capítulo 10. Cristo comparado con Sócrates

    2 Apol. 10

    Nuestras doctrinas, pues, parecen ser mayores que toda enseñanza humana; porque Cristo, que apareció por causa de nosotros, se hizo el ser racional completo, tanto cuerpo, como razón y alma. Pues lo que quiera que los legisladores o filósofos pronunciaron bien, lo elaboraron encontrando y contemplando alguna parte de la Palabra. Pero como no conocieron la Palabra entera, que es Cristo, a menudo se contradijeron a sí mismos. Y aquellos que por nacimiento humano fueron más antiguos que Cristo, cuando intentaron considerar y probar las cosas por la razón, fueron llevados ante los tribunales como personas impías y entrometidas. Y Sócrates, que fue más celoso en esta dirección que todos ellos, fue acusado de los mismos crímenes que nosotros. Pues dijeron que introducía nuevas divinidades, y que no consideraba dioses a los que el estado reconocía. Pero él expulsó del estado tanto a Homero como al resto de los poetas, y enseñó a los hombres a rechazar a los demonios malvados y a los que hacían las cosas que los poetas relataban; y los exhortó a llegar a conocer al Dios que para ellos era desconocido, por medio de la investigación de la razón, diciendo: «Que no es fácil encontrar al Padre y Hacedor de todo, ni, habiéndolo encontrado, es seguro declararlo a todos.» Pero estas cosas nuestro Cristo las hizo por su propio poder. Pues nadie confió en Sócrates hasta el punto de morir por esta doctrina, pero en Cristo, que fue parcialmente conocido incluso por Sócrates (pues Él era y es la Palabra que está en todo hombre, y que predijo las cosas que habían de acontecer tanto por medio de los profetas como en su propia persona cuando fue hecho de pasiones semejantes, y enseñó estas cosas), no sólo creyeron filósofos y eruditos, sino también artesanos y personas enteramente sin educación, despreciando tanto la gloria, como el temor y la muerte; puesto que Él es un poder del Padre inefable, no el mero instrumento de la razón humana.

    Capítulo 11. Cómo ven los cristianos la muerte

    2 Apol. 11

    Mas ni deberíamos ser llevados a la muerte, ni los hombres malvados y los diablos serían más poderosos que nosotros, si no fuera la muerte una deuda debida por todo hombre que nace. Por lo cual damos gracias cuando pagamos esta deuda. Y juzgamos justo y oportuno contar aquí, por causa de Crescencio y de los que desvarían como él, lo que relata Jenofonte. Hércules, dice Jenofonte, llegando a un lugar donde se encontraban tres caminos, halló a la Virtud y al Vicio, que se le aparecieron en forma de mujeres: el Vicio, con vestido lujoso y con una expresión seductora hecha floreciente por tales adornos, y sus ojos de una ternura que se derretía rápidamente, dijo a Hércules que si la seguía, ella siempre le permitiría pasar su vida en placer y adornado con los más graciosos ornamentos, como los que entonces estaban sobre su propia persona; y la Virtud, que era de aspecto y vestido sórdidos, dijo: Pero si me obedeces, te adornarás no con ornamento ni belleza que pasa y perece, sino con gracias eternas y preciosas. Y estamos persuadidos de que todo aquel que huye de las cosas que parecen buenas, y sigue de cerca lo que se tiene por difícil y extraño, entra en la bienaventuranza. Pues el Vicio, cuando por imitación de lo incorruptible (pues lo verdaderamente incorruptible ni lo tiene ni puede producirlo) ha echado alrededor de sus propias acciones, como un disfraz, las propiedades de la virtud y las cualidades realmente excelentes, lleva cautivos a los hombres de mente terrenal, atribuyendo a la Virtud sus propias propiedades malvadas. Pero los que entendieron las excelencias que pertenecen a aquello que es real, son también incorruptos en virtud. Y esto debe pensarlo toda persona sensata tanto de los cristianos como de los atletas, y de los que hicieron lo que los poetas relatan de los llamados dioses, concluyendo tanto por nuestro desprecio de la muerte, aun cuando podría ser evitada.

    Capítulo 12. Los cristianos probados inocentes por su desprecio de la muerte

    2 Apol. 12

    Pues yo mismo también, cuando me deleitaba en las doctrinas de Platón, y oía calumniar a los cristianos, y los veía sin temor a la muerte, y a todas las demás cosas que se cuentan como temibles, percibí que era imposible que estuvieran viviendo en maldad y placer. Pues ¿qué hombre sensual o intemperante, o quién que tenga por bueno el banquete de carne humana, podría acoger la muerte para ser privado de sus goces, y no preferiría más bien continuar siempre la vida presente, e intentar escapar a la observación de los gobernantes; y mucho menos se denunciaría a sí mismo cuando la consecuencia sería la muerte? Esto también los demonios malvados han hecho ahora que lo hagan hombres malos. Pues habiendo llevado a algunos a la muerte a causa de las acusaciones falsamente presentadas contra nosotros, también arrastraron al tormento a nuestros domésticos, ya fueran niños o mujeres débiles, y por espantosos tormentos los forzaron a admitir aquellas acciones fabulosas que ellos mismos perpetran abiertamente; de las cuales tanto menos nos preocupamos cuanto que ninguna de estas acciones es realmente nuestra, y tenemos al Dios ingénito e inefable como testigo tanto de nuestros pensamientos como de nuestros hechos. Pues ¿por qué no profesamos siquiera públicamente que éstas eran las cosas que estimábamos buenas, y probamos que éstas son la filosofía divina, diciendo que los misterios de Saturno se realizan cuando matamos a un hombre, y que cuando bebemos hasta saciarnos de sangre, como se dice que hacemos, estamos haciendo lo que vosotros hacéis delante de aquel ídolo que honráis, y sobre el cual rociáis la sangre no sólo de animales irracionales, sino también de hombres, haciendo una libación de la sangre de los muertos por mano del hombre más ilustre y noble de entre vosotros? ¿Y no podríamos, imitando a Júpiter y a los otros dioses en la sodomía y el trato vergonzoso con mujer, traer como nuestra apología los escritos de Epicuro y de los poetas? Mas porque persuadimos a los hombres a evitar tal instrucción, y a todos los que la practican e imitan tales ejemplos, como ahora en este discurso nos hemos esforzado por persuadiros, somos atacados de toda clase de maneras. Pero no nos preocupamos, puesto que sabemos que Dios es un justo observador de todo. Mas ¡ojalá que aun ahora alguien subiera a una alta tribuna, y gritara con voz fuerte: «Avergonzaos, avergonzaos, vosotros que acusáis a los inocentes de aquellos hechos que vosotros mismos abiertamente podríais cometer, y atribuís cosas que se aplican a vosotros y a vuestros dioses a aquellos que ni siquiera tienen la más leve simpatía con ellas. Convertíos; haceos sabios.»

    Capítulo 13. Cómo la Palabra ha estado en todos los hombres

    2 Apol. 13

    Pues yo mismo, cuando descubrí el malvado disfraz que los espíritus malos habían arrojado alrededor de las doctrinas divinas de los cristianos, para apartar a otros de unirse a ellos, me reí tanto de los que fraguaron estas falsedades, como del disfraz mismo y de la opinión popular, y confieso que a la vez me glorio y con todas mis fuerzas me esfuerzo por ser hallado cristiano; no porque las enseñanzas de Platón sean diferentes de las de Cristo, sino porque no son semejantes en todos los respectos, como tampoco lo son las de los otros, estoicos, poetas e historiadores. Pues cada hombre habló bien en proporción a la participación que tenía de la palabra espermática, viendo lo que estaba relacionado con ella. Pero los que se contradicen en los puntos más importantes parecen no haber poseído la sabiduría celestial, ni el conocimiento que no puede ser contradicho. Cualesquiera cosas que fueron dichas rectamente entre todos los hombres, son propiedad de nosotros los cristianos. Pues después de Dios, adoramos y amamos a la Palabra que proviene del Dios ingénito e inefable, puesto que también Él se hizo hombre por causa de nosotros, para que, haciéndose partícipe de nuestros sufrimientos, pudiera también traernos curación. Pues todos los escritores pudieron ver las realidades oscuramente a través de la siembra de la palabra implantada que estaba en ellos. Porque una cosa es la simiente y la imitación implantada según la capacidad, y otra muy distinta la cosa misma, de la cual hay participación e imitación según la gracia que proviene de Él.
    Comentario editorial · La «palabra espermática»
    «Palabra espermática» traduce una expresión griega, logos spermatikos, que viene del estoicismo: para los estoicos era la ley de generación del universo, y cada ser humano posee una porción del logos divino (Wikipedia). Justino la adopta: cada hombre habló bien «en proporción a la participación que tenía de la palabra espermática», filósofos, poetas e historiadores incluidos (13; en 8, «la simiente de la razón [el Logos] implantada en toda raza de hombres»). Pero «una cosa es la simiente y la imitación […] y otra muy distinta la cosa misma»: Cristo, la Palabra entera. De ahí que «cualesquiera cosas que fueron dichas rectamente» sean «propiedad de nosotros los cristianos». La Catholic Encyclopedia ve en el esquema una forma estoica y una relación entre el Logos entero y el parcial «más aparente que profunda»; es su lectura. Véase también 1 Apol. 46.

    Capítulo 14. Justino ruega que se publique esta apelación

    2 Apol. 14

    Os rogamos, pues, que publiquéis este pequeño libro, añadiendo lo que juzguéis conveniente, para que nuestras opiniones sean conocidas por los demás, y para que estas personas, que por su propia culpa se han hecho merecedoras de castigo, tengan una justa oportunidad de verse libres de sus erróneas nociones y de la ignorancia del bien; para que así estas cosas sean publicadas a los hombres, porque está en la naturaleza del hombre conocer el bien y el mal; y al condenarnos a nosotros, a quienes no entienden, por acciones que ellos dicen ser malvadas, y al deleitarse en los dioses que hicieron tales cosas, y que aun ahora exigen de los hombres acciones semejantes, y al infligirnos muerte o cadenas o algún otro castigo semejante, como si fuéramos culpables de estas cosas, ellos se condenan a sí mismos, de modo que no hay necesidad de otros jueces.

    Capítulo 15. Conclusión

    2 Apol. 15

    Y yo desprecié la malvada y engañosa doctrina de Simón, de mi propia nación. Y si vosotros otorgáis a este libro vuestra autoridad, lo desenmascararemos ante todos, para que, si es posible, se conviertan. Pues sólo con este fin compusimos este tratado. Y nuestras doctrinas no son vergonzosas, según un juicio sobrio, sino ciertamente más elevadas que toda la filosofía humana; y si no fuera así, al menos no se asemejan a las doctrinas de los sotadistas, de los filénidas, de los danzantes y de los epicúreos, ni a otras enseñanzas semejantes de los poetas, con las cuales a todos se permite familiarizarse, tanto en su representación como en sus escritos. Y de aquí en adelante guardaremos silencio, habiendo hecho cuanto pudimos, y habiendo añadido la oración de que todos los hombres en todas partes sean tenidos por dignos de la verdad. ¡Y ojalá que también vosotros, de una manera que conviene a la piedad y a la filosofía, por vuestro propio bien, juzguéis justamente!
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron las apologías

    Justino no pide que el cristianismo sea tolerado por inofensivo, sino que se siga un procedimiento: que se investigue la vida de cada acusado y que el nombre, por sí solo, no baste para condenar (1 Apol. 4 y 7; 2 Apol. 2). Para que se juzgue con conocimiento, la Primera apología describe lo que los cristianos hacen (61–67) y lo que creen (13 y 46), y apoya en las profecías la identidad de Cristo (30–53). Por esa exposición, las dos obras se citan hoy sobre todo a propósito de la liturgia del bautismo y del domingo, de la tesis de que el Logos estuvo presente en todos los hombres y del lenguaje sobre el Hijo «en segundo lugar», que el artículo sobre el subordinacionismo comenta. Eusebio las cita varias veces (Historia eclesiástica II, 13; IV, 8, 12, 16 y 17) y las enumera en IV, 18.
    Según las fuentes de las notas, siguen abiertas la fecha de la Primera (entre 153 y 157), si la Segunda es obra aparte o apéndice de la Primera, la identidad exacta de Urbico y el origen de la estatua de Simón: la mayoría de los estudiosos, según Wikipedia, cree que Justino leyó mal una inscripción, y Coxe, el editor del ANF, no lo acepta sin más.
    Límites. La edición de base no fecha las obras y plantea sin resolverla la cuestión de si la Segunda es obra aparte; la fecha y esa cuestión se toman de las fuentes que se citan, y cuando discrepan se dice cuál afirma qué. Las identificaciones de las notas (Antonino y sus hijos, Urbico, la estatua de Simón) proceden de esas fuentes y no del texto. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase. Se ha cotejado con el inglés la estructura (mismo número de capítulos y de párrafos, largo y cifras de cada párrafo), no cada palabra. Se han hallado estos defectos, que se conservan sin tocar: «Aurelio» por «Elio» en el nombre del emperador (1 Apol. 1 y epístola de Antonino), «Belofonte» por Belerofonte (21 y 54), «Jasé» por Jesé (32), «Hystaspes» junto a «Histaspes» (20 y 44) y «Crescencio» por Crescente (2 Apol. 3 y 11).
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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    Fin de la obra