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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 11 minPrimera Oración Teológica (Oración 27)
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minPrimera Oración Teológica (Oración 27)
  4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 9 minSegunda Oración Teológica (Oración 28)
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 9 minSegunda Oración Teológica (Oración 28)
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 9 minSegunda Oración Teológica (Oración 28)
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 10 minSegunda Oración Teológica (Oración 28)
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minSegunda Oración Teológica (Oración 28)
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minSegunda Oración Teológica (Oración 28)
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 3 minSegunda Oración Teológica (Oración 28)
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 10 minTercera Oración Teológica (Oración 29)
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minTercera Oración Teológica (Oración 29)
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minTercera Oración Teológica (Oración 29)
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 11 minTercera Oración Teológica (Oración 29)
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 2 minTercera Oración Teológica (Oración 29)
  16. Sesión 16 · Parte 4 · ≈ 11 minCuarta Oración Teológica (Oración 30)
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 10 minCuarta Oración Teológica (Oración 30)
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCuarta Oración Teológica (Oración 30)
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 8 minCuarta Oración Teológica (Oración 30)
  20. Sesión 20 · Parte 5 · ≈ 9 minQuinta Oración Teológica (Oración 31)
  21. Sesión 21 · Parte 5 · ≈ 9 minQuinta Oración Teológica (Oración 31)
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 9 minQuinta Oración Teológica (Oración 31)
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 9 minQuinta Oración Teológica (Oración 31)
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 9 minQuinta Oración Teológica (Oración 31)
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 minLo que dejaron los discursos

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    TEXTOS — PADRES CAPADOCIOS

    Índice de la obra

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    Gregorio Nacianceno

    Discursos teológicos

    Texto base: versión inglesa de Charles Gordon Browne y James Edward Swallow en Select Orations of Saint Gregory Nazianzen (NPNF, 2.ª serie, vol. 7, ed. Philip Schaff y Henry Wace), tal como la recoge New Advent · Orationes 27–31 · cinco discursos y 115 secciones numeradas

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 203 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué puede decirse de Dios, y quién puede decirlo? Unos adversarios a quienes Gregorio llama «acróbatas de palabras» —los eunomianos, a los que el primer discurso se dirige por su título— sostenían que «Inengendrado» expresaba lo que Dios es y que, por tanto, el Hijo, que es engendrado, no podía ser Dios en el mismo sentido (Disc. 29, § 10). Gregorio les contesta en cinco discursos que, según la introducción de la edición, se predicaron en la iglesia llamada Anástasis, en Constantinopla, entre 379 y 381. En el primero pide que hable de Dios solo quien se purifica; en el segundo, que la naturaleza de Dios no se deja abarcar; en el tercero y el cuarto, que el Hijo es engendrado sin comienzo, y enseña a leer los textos que parecen rebajarlo; en el quinto, que el Espíritu es Dios, y explica por qué la Escritura lo dice tan poco (Disc. 31, § 26–27).

    Ficha de la obra

    AutorGregorio Nacianceno (o de Nacianzo), según la edición de base; esta edición no examina la atribución. Nació hacia 329 y murió el 25 de enero de 390 según Wikipedia; hacia 325 y en 389 según la Catholic Encyclopedia; el NPNF no lo hace nacer antes de 325 y da su muerte en 391
    TítuloDiscursos teológicos (en inglés, Theological Orations). El NPNF los llama «Primera», «Segunda»… «Quinta Oración Teológica» y los numera 27 a 31 dentro de sus Select Orations; el epub conserva esos rótulos
    FechaLa edición no da la de cada discurso. Según su introducción, se predicaron «entre 379 y 381»; según la Catholic Encyclopedia, «en el curso del año 380»; el artículo sobre el arrianismo de este sitio, que sigue a DelCogliano, los sitúa en el verano de 380
    GéneroCinco discursos de controversia y exposición contra los eunomianos y, el quinto, también contra quienes negaban la divinidad del Espíritu
    ExtensiónCinco discursos y 115 secciones numeradas (9, 31, 21, 21 y 33), de unas 36 800 palabras
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del griego
    FuenteA Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 7, tal como la recoge New Advent
    La tabla siguiente sitúa cada discurso y los pasajes que más se citan.
    DiscursoSeccionesTítulo en la ediciónPara tener a mano
    27§§ 1–9Primera Oración Teológica: «Discurso preliminar contra los eunomianos»§ 3: quién puede hablar de Dios
    28§§ 1–31Segunda Oración Teológica§§ 3–4: Moisés y la incomprensibilidad de Dios
    29§§ 1–21Tercera Oración Teológica: «Sobre el Hijo»§ 2: la monarquía; § 10: inengendrado y engendrado; § 18: la regla para los textos
    30§§ 1–21Cuarta Oración Teológica: «La segunda, acerca del Hijo»§ 2: Proverbios 8:22; § 15: Marcos 13:32
    31§§ 1–33Quinta Oración Teológica: «Sobre el Espíritu Santo»§ 5: opiniones sobre el Espíritu; § 10: «¿Es Dios el Espíritu?»; §§ 26–27: la revelación gradual
    Para el marco de la disputa véanse el arrianismo y el credo niceno-constantinopolitano; para las palabras en juego, homoousios, la generación eterna y el subordinacionismo. Atanasio había leído hacia 356–360 buena parte de los mismos textos en sus Cuatro discursos contra los arrianos (por ejemplo y ); Gregorio los retoma cuando los eunomianos son el adversario.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de los cinco Discursos teológicos que prepararon Charles Gordon Browne y James Edward Swallow en las Select Orations of Saint Gregory Nazianzen, segunda parte del volumen 7 de la segunda serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF), «Cyril of Jerusalem, Gregory Nazianzen», bajo la dirección de Philip Schaff y Henry Wace. La publicó la Christian Literature Publishing Co.: en Nueva York, 1893, según CCEL; en Buffalo, 1894, según New Advent. La portada de las Select Orations nombra a Browne como rector de Lympstone (Devon) y a Swallow como capellán de la House of Mercy de Horbury; la edición no dice qué discursos tradujo cada uno, y el texto de CCEL no atribuye a nadie en particular los Prolegomena, la introducción a estos cinco discursos ni las notas.
    El inglés que se tradujo no es exactamente el de CCEL, sino el de New Advent («revised and edited for New Advent by Kevin Knight»): modernizado (por ejemplo «you» donde CCEL tiene «thee») y con las referencias bíblicas entre corchetes dentro del texto. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La división en secciones con cifras romanas (de I a IX en el Disc. 27, de I a XXXI en el 28, de I a XXI en el 29 y el 30, y de I a XXXIII en el 31), los rótulos de cada discurso y los puntos suspensivos del inglés (una veintena) vienen de la edición inglesa, que no explica estos últimos; no son de Gregorio. El epub castellano pierde las cifras «III.» del Disc. 27 y «XXII.» a «XXXI.» del Disc. 31, que sí traen el inglés de New Advent y el de CCEL: los localizadores de este libro usan las del inglés. El tramo «Pero, en oposición a todas éstas…» del Disc. 29 no lleva número en la edición ni en el epub y se localiza como § 18 (véase la nota a ese pasaje). Las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición; una de ellas, «Isaías 53:23», no existe y se deja como texto (véase la nota al § 20 del Disc. 29). El epub no incluye las notas del NPNF —variantes de los benedictinos, remisiones a Petavio y a los escoliastas, comparaciones con otros Padres—, que aquí se usan, resumidas y con su fuente, en las notas.

    Primera Oración Teológica (Oración 27)

    Disc. 27, encabezado

    La Primera Oración Teológica.
    Discurso preliminar contra los Eunomianos.

    Disc. 27, § 1

    I. Voy a hablar contra personas que se enorgullecen de su elocuencia; así que, para comenzar con un texto de la Escritura, «He aquí, yo estoy contra ti, oh soberbio,» [] no sólo en vuestro sistema de enseñanza, sino también en vuestro oído y en vuestra disposición de ánimo. Porque hay ciertas personas que no sólo sienten comezón en sus orejas [] y en sus lenguas, sino incluso, como ahora advierto, también en sus manos, por nuestras palabras; que se deleitan en profanas habladurías, y en las contradicciones de la falsamente llamada ciencia, y en contiendas de palabras, que para nada aprovechan; pues así Pablo, el Predicador y Establecedor del «Verbo abreviado» [], el discípulo y maestro de los Pescadores, llama a todo lo que es excesivo o superfluo en el discurso. Pero en cuanto a aquellos a quienes nos referimos, ojalá que ellos, cuya lengua es tan locuaz y diestra en aplicarse a un lenguaje noble y aprobado, prestaran también alguna atención a las obras. Porque entonces quizá en poco tiempo se volverían menos sofísticos, y menos absurdos y extraños acróbatas de palabras, si se me permite usar una expresión ridícula acerca de un asunto ridículo.
    Comentario editorial · Constantinopla, la Anástasis y la fecha
    El texto no dice dónde ni cuándo se pronunció; lo dice la edición. Según la introducción del NPNF, los cinco discursos se predicaron en la iglesia llamada Anástasis, en Constantinopla, «entre 379 y 381»; según la Catholic Encyclopedia, a lo largo de 380; el artículo sobre el arrianismo de este sitio, que sigue a DelCogliano, dice que en el verano de 380. Gregorio llegó a la ciudad en 379. Según el NPNF, convirtió en capilla parte de la casa de un pariente (Wikipedia: su prima Teodosia) y la llamó Anástasis, «resurrección», porque allí había de resurgir la fe católica. Constantinopla llevaba décadas con obispos arrianos: cuarenta años según el NPNF, unos treinta según la Catholic Encyclopedia. Teodosio no entró en ella hasta fines de 380.

    Disc. 27, § 2

    II. Pero puesto que descuidan todo camino de justicia, y atienden sólo a este único punto, a saber, cuál de las proposiciones que se les someten han de atar o desatar, (como aquellas personas que en los teatros realizan luchas en público, pero no aquella clase de lucha en la que la victoria se gana según las reglas del deporte, sino una para engañar los ojos de quienes ignoran tales asuntos y para captar aplausos), y todo mercado tiene que zumbir con sus discursos; y todo banquete mortificarse hasta la muerte con necedades y hastío; y toda festividad desfestivizarse y quedar en desaliento; y toda ocasión de duelo consolarse con una desdicha mayor — sus preguntas — y todos los aposentos de las mujeres, acostumbrados a la sencillez, sean sumidos en confusión y despojados de la flor de su modestia por el torrente de sus palabras... puesto que, digo, esto es así, el mal es intolerable e insoportable, y nuestro gran Misterio está en peligro de ser convertido en cosa de poca monta. Pues bien, que estos espías nos soporten, movidos como estamos de compasión paternal, y, como dice el santo Jeremías, desgarrados en nuestro corazón; [] que nos soporten hasta el punto de no dar una acogida salvaje a nuestro discurso sobre este asunto; y que, si de verdad pueden, refrenen su lengua por un breve tiempo y nos presten sus oídos. Sea como fuere, en cualquier caso ninguna pérdida sufriréis. Pues o bien habremos hablado a los oídos de los que han de oír, [] y nuestras palabras darán algún fruto, a saber, una ventaja para vosotros (puesto que el Sembrador siembra la Palabra en toda clase de entendimiento; y la buena y fértil da fruto), o bien os marcharéis despreciando este discurso nuestro como habéis despreciado otros, y habiendo sacado de él más materia para contradecirnos e injuriarnos, con la cual regalaros todavía más.
    Y no debéis asombraros si os hablo un lenguaje que os resulta extraño y contrario a vuestra costumbre, a vosotros que profesáis saberlo todo y enseñarlo todo de una manera demasiado impetuosa y generosa... por no causaros pena diciendo ignorante y temeraria.
    Comentario editorial · Eunomio y Aecio: contra quién se habla
    Los «espías» y «acróbatas de palabras» son, según el subtítulo del discurso, los eunomianos. Eunomio de Cícico (m. hacia 393 según Wikipedia; hacia 395 según la Catholic Encyclopedia) fue discípulo de Aecio de Antioquía, a quien ambas fuentes tienen por fundador de la escuela anomea: el Hijo es «desemejante» (anómoios) del Padre. Su razonamiento, según la Catholic Encyclopedia: Dios es absolutamente simple, así que solo un atributo puede ser esencial, y ese es «ingénito»; un Hijo engendrado no puede, pues, compartir su esencia. Eunomio fue obispo de Cícico en 360 y lo depusieron en menos de un año (Wikipedia). La introducción del NPNF añade que abundaban en Constantinopla y que sostenían que la naturaleza divina es del todo comprensible, lo que Gregorio niega en el discurso siguiente.

    Disc. 27, § 3

    No a todos, amigos míos, corresponde filosofar acerca de Dios; no a todos; el Asunto no es tan barato ni tan bajo; y añadiré: no ante cualquier auditorio, ni en todo tiempo, ni sobre todo punto; sino en ciertas ocasiones, ante ciertas personas y dentro de ciertos límites.
    No a todos los hombres, porque sólo está permitido a quienes han sido examinados y son maestros consumados en la meditación, y que previamente han sido purificados en alma y cuerpo, o al menos están siendo purificados. Porque tocar lo puro los impuros no es seguro, bien podemos decirlo, así como no es seguro fijar los ojos débiles en los rayos del sol. ¿Y cuál es la ocasión permitida? Cuando estamos libres de toda contaminación o turbación exterior, y cuando aquello que gobierna dentro de nosotros no está confundido por imágenes vejatorias o erróneas; como quienes mezclan la buena escritura con la mala, o la suciedad con los dulces aromas de los ungüentos. Porque es necesario estar verdaderamente ociosos para conocer a Dios; y cuando podemos conseguir un tiempo conveniente, discernir el camino recto de las cosas divinas. ¿Y quiénes son las personas permitidas? Aquellas a quienes el asunto preocupa de verdad, y no quienes lo convierten en materia de agradable chismorreo, como cualquier otra cosa, después de las carreras, o del teatro, o de un concierto, o de una cena, o de ocupaciones todavía más bajas. Para tales hombres, las bromas ociosas y las bonitas contradicciones sobre estos asuntos son parte de su diversión.
    Comentario editorial · Solo para quien se purifica
    Gregorio no prohíbe pensar en Dios —«aún más a menudo de lo que respiramos», dice en el § 5—, sino hablar de él: solo quienes «han sido purificados en alma y cuerpo, o al menos están siendo purificados», y no «ante cualquier auditorio, ni en todo tiempo, ni sobre todo punto». El Disc. 28, § 1 lo resume así: el teólogo ha de ser puro «para que la luz sea aprehendida por la luz». «Teólogo» y «teología» tienen aquí un sentido más estrecho que el nuestro: la introducción del NPNF ve en el título al defensor de la divinidad del Logos, y una nota al Disc. 31, § 26 dice que «teología» designa allí la doctrina de la divinidad del Hijo, que el Disc. 38, § 8 contrapone a la «economía», la Encarnación. Es lectura del editor que la purificación funciona como criterio de competencia, no como adorno.

    Disc. 27, § 4

    IV. Luego, ¿sobre qué asuntos y hasta qué punto podemos filosofar? Sobre materias que están a nuestro alcance, y hasta donde se extiendan la capacidad mental y la comprensión de nuestro auditorio. No más allá, no sea que, así como los sonidos excesivamente fuertes dañan el oído, o el exceso de alimento daña el cuerpo, o, si queréis, como las cargas excesivas que sobrepasan las fuerzas dañan a quienes las llevan, o las lluvias excesivas dañan la tierra, así también éstos, abrumados y sobrecargados por la rigidez, si se me permite la expresión, de los argumentos, sufran pérdida incluso respecto de la fuerza que originalmente poseían.

    Disc. 27, § 5

    V. Ahora bien, no digo que no sea necesario acordarse de Dios en todo tiempo;... no se me debe malinterpretar, o volveré a tener encima a esas gentes ágiles y vivaces. Pues deberíamos pensar en Dios aún más a menudo de lo que respiramos; y, si la expresión es lícita, no deberíamos hacer ninguna otra cosa. Sí, yo soy uno de los que aprueban plenamente aquella Palabra que nos manda meditar día y noche, y anunciar al atardecer, a la mañana y al mediodía, y alabar al Señor en todo tiempo; o, por usar las palabras de Moisés, ya sea que un hombre se acueste, se levante, o camine por el camino, o cualquier otra cosa que esté haciendo [] — y por este recuerdo hemos de ser moldeados a la pureza. De modo que no es el recuerdo continuo de Dios lo que yo impediría, sino sólo el hablar de Dios; ni aun esto como malo en sí mismo, sino sólo cuando es inoportuno; ni toda enseñanza, sino sólo la falta de moderación. Como incluso de la miel la saciedad y el empacho, aunque sea de miel, producen vómito; [] y, como dice Salomón, y según pienso, hay tiempo para todo, [] y aquello que es bueno deja de ser bueno si no se hace de buena manera; así como una flor está totalmente fuera de sazón en invierno, y así como el vestido de un hombre no conviene a una mujer, ni el de una mujer a un hombre; y como la geometría está fuera de lugar en el duelo, o las lágrimas en un banquete; ¿sólo en este caso despreciaremos el tiempo oportuno, en un asunto en el que más que en ningún otro debe respetarse la sazón debida? De ningún modo, amigos míos y hermanos (pues todavía os llamaré Hermanos, aunque no os comportéis como hermanos). No pensemos así ni tampoco, como caballos irascibles y de boca dura, arrojando a nuestro jinete, la Razón, y desechando la Reverencia, que nos mantiene dentro de los debidos límites, corramos lejos del punto de giro; antes bien, filosofemos dentro de nuestros propios límites, y no nos dejemos llevar a Egipto, ni seamos arrastrados a Asiria [], ni cantemos el cántico del Señor en tierra extraña, con lo cual quiero decir ante cualquier clase de auditorio, extraños o parientes, hostiles o amigos, benévolos o lo contrario, que observan con demasiado cuidado lo que hacemos, y quisieran que la chispa de lo malo que hay en nosotros se convirtiera en llama, y secretamente la encienden y la avivan y la elevan al cielo con su aliento y la hacen más alta que la llama babilónica que quemó todo lo que había a su alrededor. Pues, como su fuerza no reside en sus propios dogmas, la buscan en nuestros puntos débiles. Y por eso se aplican a nuestras — ¿diré «desgracias» o «defectos»? — como moscas a las heridas. Pero al menos no seamos ya ignorantes de nosotros mismos, ni prestemos demasiado poca atención al debido orden en estas materias. Y si es imposible poner fin a la hostilidad existente, al menos convengamos en esto: que proferiremos los Misterios en voz baja, y las cosas santas de manera santa, y no echaremos a oídos profanos lo que no debe proferirse, ni daremos testimonio de poseer menos gravedad que quienes adoran a los demonios y sirven a fábulas y hechos vergonzosos; pues ellos darían antes su sangre a los no iniciados que ciertas palabras. Pero reconozcamos que, así como en el vestido, en la comida, en la risa y en el porte hay un cierto decoro, así también lo hay en la palabra y en el silencio; puesto que entre tantos títulos y potencias de Dios, tributamos el más alto honor al Verbo. Que incluso nuestras disputas, pues, se mantengan dentro de los límites.

    Disc. 27, § 6

    VI. ¿Por qué se ha de permitir que un hombre que es oyente hostil de tales palabras oiga hablar de la Generación de Dios, o de su creación, o de cómo Dios fue hecho de cosas que no tenían existencia, o de sección, análisis y división? ¿Por qué hacemos jueces a nuestros acusadores? ¿Por qué ponemos espadas en manos de nuestros enemigos? ¿Cómo, pensáis, o con qué talante, recibirá los argumentos sobre tales asuntos quien aprueba los adulterios y la corrupción de niños, y adora las pasiones y no puede concebir nada más alto que el cuerpo... quien hasta hace muy poco se erigía dioses para sí, y dioses, además, notados por las acciones más viles? ¿No será primero desde un punto de vista material, vergonzosa e ignorantemente, y en el sentido al que está acostumbrado? ¿No hará de vuestra Teología una defensa de sus propios dioses y pasiones? Porque si nosotros mismos malgastamos caprichosamente estas palabras, pasará mucho tiempo antes de que los persuadamos a aceptar nuestra filosofía. Y si ellos son personalmente inventores de cosas malas, ¿cómo habrían de abstenerse de apoderarse de tales cosas cuando se les ofrecen? Tales resultados nos vienen de la contienda mutua. Tales resultados siguen a quienes luchan por el Verbo más allá de lo que el Verbo aprueba; se comportan como locos que prenden fuego a su propia casa, o desgarran a sus propios hijos, o reniegan de sus propios padres, tomándolos por extraños.

    Disc. 27, § 7

    VII. Pero cuando hayamos apartado de la conversación a quienes son extraños a ella, y enviado a la gran legión [] camino del abismo, a la piara de cerdos, lo siguiente es mirar por nosotros mismos y pulir nuestro yo teológico hasta la belleza, como una estatua. El primer punto que ha de considerarse es éste: ¿Qué es esa gran rivalidad de palabras y ese hablar sin fin? ¿Qué es esta nueva enfermedad de insaciabilidad? ¿Por qué nos hemos atado las manos y armado las lenguas? No alabamos ni la hospitalidad, ni el amor fraterno, ni el afecto conyugal, ni la virginidad; ni admiramos la liberalidad para con los pobres, ni el canto de los Salmos, ni las vigilias nocturnas, ni las lágrimas. No sujetamos el cuerpo con el ayuno, ni salimos hacia Dios mediante la oración; ni sometemos lo peor a lo mejor — quiero decir el polvo al espíritu —, como harían quienes forman un justo juicio de nuestra naturaleza compuesta; no hacemos de nuestra vida una preparación para la muerte; ni nos hacemos dueños de nuestras pasiones, conscientes de nuestra nobleza celestial; ni domamos nuestra ira cuando se hincha y ruge, ni nuestro orgullo que acarrea la caída, ni el dolor irrazonable, ni el placer indisciplinado, ni la risa meretriz, ni los ojos desenfrenados, ni los oídos insaciables, ni la conversación excesiva, ni los pensamientos absurdos, ni ninguna de las ocasiones que el Maligno consigue contra nosotros desde fuentes interiores a nosotros mismos; atrayendo sobre nosotros la muerte que entra por las ventanas, [] como dice la Sagrada Escritura; es decir, por los sentidos. Es más, hacemos exactamente lo contrario, y hemos dado libertad a las pasiones de otros, como los reyes conceden exención del servicio en honor de una victoria, sólo a condición de que se inclinen a nuestro lado y hagan su asalto contra Dios más audaz o más impíamente. Y les damos una mala recompensa por una cosa que no es buena: licencia de lengua para su impiedad.

    Disc. 27, § 8

    VIII. Y sin embargo, oh parlanchina Dialéctica, una pequeña pregunta te haré, [] y respóndeme, como dice a Job quien por el torbellino y la nube amonesta divinamente. [] ¿Son muchas las moradas en la Casa de Dios, como has oído, o una sola? Por supuesto, admitirás que hay muchas, y no una sola. Ahora bien, ¿han de llenarse todas, o sólo algunas, y otras no, de modo que algunas queden vacías y hayan sido preparadas sin propósito alguno? Por supuesto, todas serán llenadas, pues nada de lo hecho por Dios puede ser en vano. ¿Y puedes decirme qué consideras que es esta Morada? ¿Es el descanso y la gloria que están reservados Allí para los Bienaventurados, o algo distinto? — No, nada distinto. Ya que, pues, estamos de acuerdo en este punto, examinemos también otro. ¿Hay algo que consiga estas Moradas, como creo que sí lo hay; o no hay nada? — Ciertamente lo hay — ¿Qué es? ¿No es que hay diversos modos de conducta y diversos propósitos, uno que lleva por un camino, otro por otro, según la medida de la fe, y a éstos los llamamos Caminos? ¿Debemos, entonces, recorrer todos, o algunos de estos Caminos... el mismo individuo todos ellos, si es posible; o, si no, tantos como se pueda; o si no, algunos de ellos? Y aun si esto no fuera posible, todavía sería una gran cosa, al menos así me lo parece, recorrer excelentemente uno solo. — «Estás en lo cierto en tu concepción.» — ¿Qué, entonces, cuando oyes que no hay más que un solo Camino, y que es estrecho, [] qué te parece que muestra la palabra? Que hay uno solo en razón de su excelencia. Pues es uno solo, aun cuando esté dividido en muchas partes. Y estrecho por sus dificultades, y porque es hollado por pocos en comparación con la multitud de los adversarios y de quienes viajan por el camino de la maldad. «Así pienso yo también.» Pues bien, mi buen amigo, ya que esto es así, ¿por qué tú, como si condenaras nuestra doctrina por cierta pobreza, te precipitas de cabeza por ese único que conduce a través de lo que tú llamas argumentos y especulaciones, pero yo frivolidades y charlatanerías? Que Pablo te reprenda con aquellos amargos reproches en los que, después de su lista de los Dones de la Gracia, dice: ¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? Etc. []

    Disc. 27, § 9

    IX. Pero, sea así. Excelso eres, incluso más allá de lo excelso, incluso por encima de las nubes, si quieres, espectador de cosas invisibles, oidor de cosas inefables; uno que ha subido tras Elías, y que después de Moisés ha sido considerado digno de la Visión de Dios, y después de Pablo ha sido arrebatado al cielo; ¿por qué moldeas al resto de tus semejantes en un solo día hasta hacerlos Santos, y los ordenas Teólogos, y como que soplas en ellos la instrucción, y haces de ellos muchos concilios de oráculos ignorantes? ¿Por qué enredas a los más débiles en tu tela de araña, como si fuera algo grande y sabio? ¿Por qué levantas avisperos contra la Fe? ¿Por qué de repente desatas sobre nosotros un diluvio de dialéctica, como las fábulas antiguas hicieron con los Gigantes? ¿Por qué has reunido todo lo frívolo y afeminado que hay entre los hombres, como una chusma, en un solo torrente, y, habiéndolos vuelto aún más afeminados con la adulación, has fabricado un nuevo taller, haciendo hábilmente una cosecha para ti de su falta de entendimiento? ¿Niegas que esto sea así, y las otras cosas no te importan? ¿Ha de gobernar tu lengua a toda costa, y no puedes contener el dolor de parto de tu discurso? Puedes hallar muchos otros asuntos honorables de discusión. Aplícales con alguna ventaja esta enfermedad tuya. Ataca el silencio de Pitágoras, y las habas órficas, y la novedosa jactancia del «El Maestro ha dicho.» Ataca las ideas de Platón, y las trasmigraciones y cursos de nuestras almas, y las reminiscencias, y los amores poco amables del alma por cuerpos hermosos. Ataca el ateísmo de Epicuro, y sus átomos, y su placer no filosófico; o la Providencia mezquina de Aristóteles, y su sistema artificial, y sus discursos sobre la mortalidad del alma, y el humanitarismo de su doctrina. Ataca la altanería de la Estoa, o la codicia y vulgaridad del Cínico. Ataca el «Vacío y Lleno» (qué tontería), y todos los detalles acerca de los dioses y los sacrificios y los ídolos y demonios, ya sean benéficos o malignos, y todos los engaños que la gente practica con la adivinación, la evocación de dioses o de almas, y el poder de las estrellas. Y si estas cosas te parecen indignas de discusión por pequeñas y ya a menudo refutadas, y quieres mantenerte en tu línea y buscar en ella la satisfacción de tu ambición, también aquí te proporcionaré anchos caminos. Filosofa acerca del mundo o de los mundos; acerca de la materia; acerca del alma; acerca de las naturalezas dotadas de razón, buenas o malas; acerca de la resurrección, del juicio, de la recompensa, o de los Sufrimientos de Cristo. Porque en estos asuntos dar en el blanco no es inútil, y errarlo no es peligroso. Pero con Dios tendremos trato, en esta vida sólo en pequeña medida; pero un poco después, quizá, más perfectamente, en el Mismo, nuestro Señor Jesucristo, a Quien sea la gloria por siempre. Amén.

    Segunda Oración Teológica (Oración 28)

    Disc. 28, encabezado

    Segunda Oración Teológica.

    Disc. 28, § 1

    I. En el anterior Discurso expusimos con claridad, con respecto al Teólogo, tanto qué clase de carácter debe tener, como sobre qué tipo de asunto puede filosofar, y cuándo, y hasta qué punto. Vimos que debe ser, en lo posible, puro, para que la luz sea aprehendida por la luz; y que debe tratar con hombres serios, para que su palabra no sea infructuosa al caer en un suelo infructuoso; y que la ocasión adecuada es cuando tenemos calma interior frente al torbellino de las cosas externas; para no, como locos, perder el aliento; y que el límite al que podemos llegar es aquel al que nosotros mismos hemos avanzado, o al que estamos avanzando. Puesto que así son estas cosas, y hemos roturado para nosotros los barbechos de la Divinidad [], para no sembrar sobre espinos, [] y hemos allanado la faz del suelo, [] siendo moldeados y moldeando a otros por la Sagrada Escritura... entremos ahora en las cuestiones Teológicas, poniendo a la cabeza de ellas al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, de Quienes hemos de tratar; para que el Padre se complazca, y el Hijo nos ayude, y el Espíritu Santo nos inspire; o más bien para que una sola iluminación venga sobre nosotros del único Dios, Uno en la diversidad, diverso en la Unidad, en lo cual hay un prodigio.

    Disc. 28, § 2

    II. Ahora, cuando subo con anhelo al Monte [] — o, para usar una expresión más verdadera, cuando a la vez anhelo ardientemente y al mismo tiempo temo (aquello por mi esperanza y esto otro por mi debilidad) entrar dentro de la Nube, y conversar con Dios, pues así lo ordena Dios; si alguno es un Aarón, suba conmigo, y póngase cerca, estando dispuesto, si ha de ser así, a permanecer fuera de la Nube. Pero si alguno es un Nadab o un Abiú, o del Orden de los Ancianos, suba ciertamente, pero póngase lejos, según el valor de su purificación. Pero si alguno es de la multitud, indignos de esta altura de contemplación, si es del todo impuro, no se acerque en absoluto, porque le sería peligroso; pero si al menos está purificado temporalmente, permanezca abajo y escuche solo la Voz, y la trompeta, las desnudas palabras de piedad, y vea el Monte humeando y relampagueando, terror y a la vez prodigio para quienes no pueden subir. Pero si alguno es una bestia mala y salvaje, y del todo incapaz de captar la materia de la Contemplación y la Teología, no aceche dañina y malignamente en su guarida entre los bosques, para atrapar algún dogma o dicho con un salto repentino, y desgarrar la sana doctrina con sus tergiversaciones, sino que póngase aún más lejos y retírese del Monte, o será apedreado y aplastado, y perecerá miserablemente en su maldad. Porque para quienes son como bestias salvajes, los discursos verdaderos y sanos son piedras. Si es un leopardo, muera con sus manchas. [] Si un león rapaz y rugiente, buscando a quién devorar [] de nuestras almas o de nuestras palabras; o un jabalí, pisoteando las preciosas y translúcidas perlas de la Verdad; [] o un lobo arábigo y extraño, o uno aún más agudo que éstos en argucias de argumento; o una zorra, es decir, un alma traicionera y sin fe, que cambia de forma según las circunstancias o necesidades, alimentándose de cuerpos muertos o putrefactos, o de pequeños viñedos cuando los grandes se le han escapado; o cualquier otra bestia carnívora, rechazada por la Ley como impura para alimento o goce; nuestro discurso debe retirarse de tales y ser grabado en sólidas tablas de piedra, y ello por ambos lados, porque la Ley es en parte visible y en parte oculta; una parte pertenece a la masa que permanece abajo, la otra a los pocos que se esfuerzan por subir al Monte.

    Disc. 28, § 3

    III. ¿Qué es esto que me ha sucedido, oh amigos, e iniciados, y co-amantes de la verdad? Iba corriendo a asir a Dios, y así subí al Monte, y retiré la cortina de la Nube, y entré lejos de la materia y las cosas materiales, y cuanto pude me retiré dentro de mí mismo. Y entonces, cuando alcé la vista, apenas vi las espaldas de Dios; [] aunque estaba resguardado por la Roca, el Verbo que se hizo carne por nosotros. Y cuando miré un poco más de cerca, vi, no la Naturaleza Primera y sin mezcla, conocida por Sí misma — me refiero a la Trinidad; no Aquello que mora dentro del primer velo, y está oculto por los Querubines; sino sólo aquella Naturaleza que al fin alcanza incluso hasta nosotros. Y esa es, en cuanto puedo aprender, la Majestad, o como la llama el santo David, la Gloria que se manifiesta entre las criaturas, que Ella ha producido y gobierna. Porque éstas son las Espaldas de Dios, que Él deja tras de Sí, como señales de Sí mismo, como las sombras y el reflejo del sol en el agua, que muestran el sol a nuestros débiles ojos, porque no podemos mirar al sol mismo, pues con su luz sin mezcla es demasiado fuerte para nuestra capacidad de percepción. De esta manera, pues, discurrirás acerca de Dios; aunque fueras un Moisés y un dios para Faraón; [] aunque fueras arrebatado como Pablo al Tercer Cielo, [] y hubieras oído palabras inefables; aunque fueras elevado por encima de ambos, y exaltado a lugar y dignidad Angélica o Arcangélica. Pues aunque una cosa sea toda celestial, o por encima del cielo, y mucho más alta en naturaleza y más cercana a Dios que nosotros, sin embargo está más distante de Dios, y de la completa comprensión de Su Naturaleza, de lo que está elevada por encima de nuestra compleja, humilde y terrenal composición.

    Disc. 28, § 4

    IV. Por tanto, debemos comenzar de nuevo así. Es difícil concebir a Dios, pero definirlo con palabras es una imposibilidad, como enseñó uno de los maestros griegos de la Divinidad, no sin habilidad, según me parece; con la intención de que se pensara que lo había aprehendido; en cuanto dice que es cosa difícil; y sin embargo pueda escapar de ser convicto de ignorancia por la imposibilidad de dar expresión a la aprehensión. Pero en mi opinión es imposible expresarlo, y aún más imposible concebirlo. Pues aquello que puede ser concebido tal vez pueda aclararse mediante el lenguaje, si no del todo bien, al menos imperfectamente, a cualquiera que no esté completamente privado del oído, o perezoso de entendimiento. Pero comprender el todo de tan gran Asunto como éste es del todo imposible e impracticable, no meramente para los totalmente descuidados e ignorantes, sino incluso para aquellos que están altamente exaltados, y que aman a Dios, y de igual manera para toda naturaleza creada; visto que la oscuridad de este mundo y la espesa cobertura de la carne es un obstáculo para la plena comprensión de la verdad. No sé si es lo mismo con las naturalezas superiores y las Inteligencias más puras, las cuales, por su cercanía a Dios, y porque están iluminadas con toda Su Luz, pueden posiblemente ver, si no el todo, al menos más perfecta y distintamente que nosotros; unas quizá más, otras menos que otras, en proporción a su rango.
    Comentario editorial · Moisés en la roca y la sentencia del «maestro griego»
    En el § 3 Gregorio sube al monte como Moisés y apenas ve «las espaldas de Dios» (), resguardado por «la Roca, el Verbo que se hizo carne»: no la Naturaleza primera, «conocida por Sí misma», sino la Majestad o Gloria que se manifiesta entre las criaturas. Notas del NPNF: la Cara de Dios es su esencia y deidad; las espaldas, la creación y la providencia. En el § 4 recoge la sentencia de «uno de los maestros griegos de la Divinidad» —el NPNF remite a Platón, Timeo—: concebir a Dios es difícil, definirlo con palabras imposible. Gregorio la corrige: es «imposible expresarlo, y aún más imposible concebirlo». Frente a los eunomianos, que según el NPNF sostenían la comprensibilidad plena de la naturaleza divina, su posición es que sabemos que Dios es, no qué es (§ 5).

    Disc. 28, § 5

    V. Pero ya se ha dicho bastante sobre este punto. En cuanto a lo que nos concierne, no es sólo la Paz de Dios [] la que sobrepasa todo entendimiento y conocimiento, ni sólo las cosas que Dios ha guardado en promesa para los justos, las cuales «ni ojo vio, ni oído oyó, ni mente concebió» excepto en muy pequeño grado, ni el conocimiento exacto de la Creación. Pues aun de esto quiero que sepáis que sólo tenéis una sombra cuando oís las palabras, «Consideraré los cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas,» y el orden establecido en ellos; no como si los estuviera considerando ahora, sino como destinado a hacerlo en lo sucesivo. Pero muy por delante de ellos está Aquella naturaleza que está por encima de ellos, y de la cual brotan, la Incomprensible e Ilimitada— no, quiero decir, en cuanto al hecho de Su ser, sino en cuanto a Su naturaleza. Porque nuestra predicación no es vacía, ni nuestra Fe vana, [] ni es ésta la doctrina que proclamamos; pues no querríamos que toméis nuestra declaración sincera como punto de partida para una negación capciosa de Dios, o de arrogancia a causa de nuestra confesión de ignorancia. Porque una cosa es estar persuadido de la existencia de una cosa, y otra muy distinta saber qué es.

    Disc. 28, § 6

    VI. Ahora, nuestros propios ojos y la Ley de la Naturaleza nos enseñan que Dios existe y que Él es la Causa Eficiente y Conservadora de todas las cosas: nuestros ojos, porque caen sobre objetos visibles, y los ven en hermosa estabilidad y progreso, moviéndose inmóviles y girando, si se me permite decirlo así; la Ley natural, porque a través de estas cosas visibles y su orden, razona de vuelta a su Autor. Pues ¿cómo podría este Universo haber llegado a ser o haber sido ensamblado, a menos que Dios lo hubiera llamado a la existencia, y lo mantuviera unido? Pues todo aquel que ve un laúd hermosamente hecho, y considera la habilidad con que ha sido ensamblado y dispuesto, o que oye su melodía, pensaría en nadie sino en el fabricante del laúd, o en el tañedor, y recurriría a él en su mente, aunque no lo conociera de vista. Y así también a nosotros se nos manifiesta Aquello que hizo y mueve y preserva todas las cosas creadas, aunque no sea comprendido por la mente. Y muy falto de sentido está quien no quiera ir voluntariamente hasta aquí en el seguimiento de las pruebas naturales; pero ni siquiera esto que hemos imaginado o formado, o que la razón ha bosquejado para nosotros, prueba la existencia de un Dios. Pero si alguien ha obtenido siquiera en alguna medida una comprensión de esto, ¿cómo ha de demostrarse el Ser de Dios? ¿Quién alcanzó jamás este extremo de sabiduría? ¿Quién fue jamás considerado digno de tan gran don? ¿Quién ha abierto la boca de su mente y aspirado el Espíritu, para que por Él que escudriña todas las cosas, sí, lo profundo de Dios, [] pueda captar a Dios, y ya no necesite progresar, puesto que ya posee el Objeto extremo del deseo, y Aquello a lo que toda la vida social y toda la inteligencia de los mejores hombres se apresuran?

    Disc. 28, § 7

    VII. Pues ¿qué concebirás que es la Deidad, si te apoyas en todas las aproximaciones de la razón? ¿O adónde te llevará la razón, oh el más filosófico de los hombres y el mejor de los Teólogos, que te jactas de tu familiaridad con lo Ilimitado? ¿Es Él un cuerpo? ¿Cómo entonces es Él el Infinito y lo Ilimitado, y sin forma, e intangible, e invisible? ¿O son éstos atributos de un cuerpo? ¡Qué arrogancia, pues tal no es la naturaleza de un cuerpo! ¿O dirás que Él tiene un cuerpo, pero no estos atributos? Oh estupidez, que una Deidad no posea nada más que nosotros. Pues ¿cómo es Él objeto de adoración si está circunscrito? ¿O cómo escapará de estar hecho de elementos, y por tanto sujeto a ser resuelto de nuevo en ellos, o incluso disuelto del todo? Pues todo compuesto es un punto de partida de lucha, y la lucha de separación, y la separación de disolución. Pero la disolución es del todo ajena a Dios y a la Naturaleza Primera. Por tanto, no puede haber separación, para que no haya disolución, y no lucha para que no haya separación, y no composición para que no haya lucha. Así también no debe haber cuerpo, para que no haya composición, y así el argumento se establece retrocediendo de lo último a lo primero.

    Disc. 28, § 8

    VIII. ¿Y cómo preservaremos la verdad de que Dios lo penetra todo y lo llena todo, como está escrito «¿No lleno yo el cielo y la tierra?, dice el Señor,» [] y «El Espíritu del Señor llena el mundo,» [] si Dios en parte contiene y en parte es contenido? Pues o bien ocupará un Universo vacío, y así todas las cosas habrán desaparecido para nosotros, con este resultado: que habremos insultado a Dios haciéndolo un cuerpo, y robándole todas las cosas que Él ha hecho; o bien Él será un cuerpo contenido en otros cuerpos, lo cual es imposible; o bien estará envuelto en ellos, o contrastado con ellos, como los líquidos se mezclan, y uno divide y es dividido por otro—una visión que es más absurda y anil que incluso los átomos de Epicuro, y así este argumento acerca del cuerpo se vendrá abajo, y no tendrá cuerpo ni base sólida en absoluto. Pero si hemos de afirmar que Él es inmaterial (como por ejemplo ese Quinto Elemento que algunos han imaginado), y que es llevado en giro en el movimiento circular... supongamos que Él es inmaterial, y que es el Quinto Elemento; y, si les place, sea también incorpóreo de acuerdo con la deriva independiente y el arreglo de su argumento; pues no diferiré por ahora con ellos en este punto; ¿en qué respecto entonces será Él una de aquellas cosas que están en movimiento y agitación, por no hablar del insulto que implica hacer al Creador sujeto al mismo movimiento que las criaturas, y a Aquel que lleva todas las cosas (si permiten incluso esto) uno con aquellos a quienes lleva? De nuevo, ¿cuál es la fuerza que mueve vuestro Quinto Elemento, y qué es lo que mueve todas las cosas, y qué mueve eso, y cuál es la fuerza que mueve eso? Y así sucesivamente ad infinitum. ¿Y cómo puede evitar estar del todo contenido en el espacio si está sujeto a movimiento? Pero si afirman que Él es algo distinto de este Quinto Elemento; supongamos que es una naturaleza angélica la que le atribuyen, ¿cómo mostrarán que los Ángeles son corpóreos, o qué clase de cuerpos tienen? Y en ese caso, ¿hasta dónde podría Dios, a Quien los Ángeles sirven, ser superior a los Ángeles? Y si Él está por encima de ellos, se introduce de nuevo un enjambre irracional de cuerpos, y una profundidad de sinsentido, que no tiene base posible sobre la cual sostenerse.

    Disc. 28, § 9

    IX. Y así vemos que Dios no es un cuerpo. Pues ningún maestro inspirado ha afirmado o admitido aún tal noción, ni la sentencia de nuestro propio Tribunal lo ha permitido. Nada queda entonces sino concebirlo como incorpóreo. Pero este término Incorpóreo, aunque concedido, no pone aún ante nosotros— ni contiene en sí mismo Su Esencia, más que Inengendrado, o Inoriginado, o Inmutable, o Incorruptible, o cualquier otro predicado que se use acerca de Dios o en referencia a Él. Pues ¿qué efecto se produce sobre Su Ser o Substancia por el hecho de no tener principio, y ser incapaz de cambio o limitación? No, toda la cuestión de Su Ser queda aún para la ulterior consideración y exposición de aquel que verdaderamente tiene la mente de Dios y está avanzado en la contemplación. Pues así como decir «Es un cuerpo,» o «Fue engendrado,» no es suficiente para presentar claramente a la mente los diversos objetos de los cuales se usan estos predicados, sino que también debes expresar el sujeto del cual los usas, si quieres presentar el objeto de tu pensamiento clara y adecuadamente (pues cada uno de estos predicados, corpóreo, engendrado, mortal, puede usarse de un hombre, o una vaca, o un caballo). De igual modo, aquel que persigue con afán la naturaleza del Autoexistente no se detendrá en decir lo que Él no es, sino que debe ir más allá de lo que no es, y decir lo que Él es; puesto que es más fácil captar algún punto aislado que seguir negando punto tras punto en detalle interminable, a fin de, tanto mediante la eliminación de negaciones como la afirmación de positivos, llegar a una comprensión de este asunto.
    Pero un hombre que dice lo que Dios no es sin pasar a decir lo que es, actúa muy del mismo modo que quien, preguntado cuánto son dos veces cinco, respondiera, «No dos, ni tres, ni cuatro, ni cinco, ni veinte, ni treinta, ni, en suma, número alguno inferior a diez, ni múltiplo alguno de diez;» pero no respondiera «diez», ni asentara la mente de su interrogador sobre la base firme de la respuesta. Porque es mucho más fácil y más conciso mostrar lo que una cosa no es a partir de lo que es, que demostrar lo que es despojándola de lo que no es. Y esto ciertamente es evidente para todos.

    Disc. 28, § 10

    X. Ahora que hemos averiguado que Dios es incorpóreo, procedamos un poco más con nuestro examen. ¿Está en Ninguna Parte o en Alguna Parte? Pues si está en Ninguna Parte, entonces alguna persona de mente muy inquisitiva podría preguntar: ¿Cómo es entonces que puede siquiera existir? Porque si lo no existente no está en ninguna parte, entonces lo que no está en ninguna parte quizá tampoco existe. Pero si está en Alguna Parte, debe estar o bien en el Universo, o bien sobre el Universo. Y si está en el Universo, entonces debe estar o bien en alguna parte o en el todo. Si en alguna parte, será circunscrito por aquella parte que es menor que Él; pero si en todas partes, entonces por una que es más extensa y mayor— quiero decir el Universal, que contiene al Particular; si el Universo ha de ser contenido por el Universo, y ningún lugar ha de quedar libre de circunscripción. Esto se sigue si Él está contenido en el Universo. Y además, ¿dónde estaba Él antes de que el Universo fuese creado? Pues este es un punto de no poca dificultad. Pero si Él está sobre el Universo, ¿no hay nada que distinga esto del Universo, y dónde está situado ese sobre? ¿Y cómo podrían distinguirse en el pensamiento esta Trascendencia y aquello que es trascendido, si no hay un límite que los divida y defina? ¿No es necesario que haya algún medio que delimite el Universo respecto de aquello que está sobre el Universo? ¿Y qué podría ser esto sino Lugar, el cual ya hemos rechazado? Pues aún no he sacado a relucir el punto de que Dios sería del todo circunscrito, si Él fuera siquiera comprensible en el pensamiento: porque la comprensión es una forma de circunscripción.

    Disc. 28, § 11

    XI. Ahora bien, ¿por qué me he adentrado en todo esto, quizá con demasiada minuciosidad para que la mayoría lo escuche, y de acuerdo con el modo actual de discurso, que desprecia la noble simplicidad y ha introducido un estilo torcido e intrincado? Para que el árbol sea conocido por sus frutos; [] quiero decir, para que la tiniebla que actúa en tal enseñanza sea conocida por la oscuridad de los argumentos. Pues mi propósito al hacerlo no era ganar crédito para mí con expresiones asombrosas o sabiduría excesiva, mediante el atar nudos y resolver dificultades (ese fue el gran don milagroso de Daniel), sino dejar claro el punto al que mi argumento ha apuntado desde el principio. ¿Y cuál era este? Que la Naturaleza Divina no puede ser aprehendida por la razón humana, y que ni siquiera podemos representarnos toda su grandeza. Y esto no por envidia, pues la envidia está lejos de la Naturaleza Divina, que es impasible, y sólo buena y Señor de todo; especialmente envidia de aquello que es lo más honorable de todas Sus criaturas. Pues, ¿qué prefiere el Verbo a las criaturas racionales y parlantes? Pues incluso su misma existencia es una prueba de Su suprema bondad. Ni tampoco es esta incomprensibilidad por causa de Su propia gloria y honor, Quien está lleno, [] como si Su posesión de Su gloria y majestad dependiera de la imposibilidad de acercarse a Él. Pues es del todo sofístico y ajeno al carácter, no diré de Dios, sino de cualquier hombre medianamente bueno, que tenga alguna idea recta de sí mismo, buscar su propia supremacía poniendo un impedimento en el camino de otro.

    Disc. 28, § 12

    XII. Pero si hay también otras causas para ello, véanlo quienes están más cerca de Dios, y son testigos oculares y espectadores de Sus juicios inescrutables; [] si es que hay algunos tan eminentes en virtud, y que caminan en las sendas del Infinito, como suele decirse. En cuanto a nosotros, sin embargo, hasta donde hemos llegado, que medimos con nuestra pequeña medida cosas difíciles de entender, quizá una razón sea impedirnos desechar con demasiada facilidad la posesión porque se obtuvo con tanta facilidad. Pues los hombres se aferran con fuerza a lo que adquieren con trabajo; pero lo que adquieren fácilmente lo desechan pronto, porque puede recuperarse fácilmente. Y así se convierte en una bendición, al menos para todos los hombres sensatos, que esta bendición no sea demasiado fácil. O quizá sea para que no compartamos la suerte de Lucifer, quien cayó, y como consecuencia de recibir la plena luz no hagamos rígidas nuestras cervices contra el Señor Todopoderoso, y suframos una caída, la más lamentable de todas las cosas, desde la altura que habíamos alcanzado. O quizá sea para dar una mayor recompensa en el futuro por su trabajo y su vida gloriosa a quienes aquí han sido purificados, y han ejercitado una larga paciencia respecto de aquello que deseaban.
    Por tanto, esta oscuridad del cuerpo ha sido puesta entre nosotros y Dios, como la nube de antaño entre los egipcios y los hebreos; [] y esto es quizá lo que se quiere decir con «Hizo de las tinieblas Su escondite», a saber, nuestra torpeza, por la cual pocos pueden ver siquiera un poco. Pero sobre este punto, que lo discutan aquellos cuyo oficio es; y asciendan cuanto sea posible en el examen. A nosotros que somos (como dice Jeremías), «prisioneros de la tierra», [] y estamos cubiertos con la densidad de la naturaleza carnal, al menos esto nos es conocido: que así como es imposible para un hombre saltar por encima de su propia sombra, por rápido que se mueva (pues la sombra se moverá siempre tan rápido como está siendo alcanzada), o, así como es imposible que el ojo se acerque a los objetos visibles aparte del aire y la luz intermedios, o que un pez se deslice por fuera de las aguas; así es del todo impracticable para quienes están en el cuerpo conversar con los objetos del pensamiento puro enteramente aparte de los objetos corporales. Pues algo de nuestro propio entorno se introduce siempre, incluso cuando la mente se ha desprendido al máximo de lo visible, y se ha recogido en sí misma, e intenta aplicarse a aquellas cosas invisibles que le son afines.

    Disc. 28, § 13

    XIII. Esto se os aclarará como sigue: — ¿No son Espíritu, y Fuego, y Luz, Amor, y Sabiduría, y Justicia, y Mente y Razón, y cosas semejantes, los nombres de la Naturaleza Primera? ¿Entonces qué? ¿Podéis concebir el Espíritu aparte del movimiento y la difusión; o el Fuego sin su combustible y su movimiento ascendente, y su color y forma propios? ¿O la Luz sin mezcla de aire, y desprendida de aquello que es, por así decir, su padre y fuente? ¿Y cómo concebís una mente? ¿No es aquello que es inherente a alguna persona que no es ella misma, y no son sus movimientos pensamientos, silenciosos o expresados? Y la Razón... ¿qué otra cosa podéis pensar que es sino aquello que o bien está en silencio dentro de nosotros, o bien se derrama (pues me resisto a decir se desata)? Y si concebís la Sabiduría, ¿qué es sino el hábito de la mente que conocéis como tal, y que se ocupa de las contemplaciones ya divinas ya humanas? ¿Y la Justicia y el Amor no son disposiciones loables, la una opuesta a la injusticia, el otro al odio, y en un momento se intensifican, en otro se relajan, ahora toman posesión de nosotros, ahora nos dejan solos, y en una palabra, nos hacen lo que somos, y nos cambian como los colores a los cuerpos? ¿O más bien hemos de dejar todas estas cosas, y mirar a la Deidad absolutamente, lo mejor que podamos, recogiendo una percepción fragmentaria de Ella a partir de Sus imágenes? ¿Qué es, pues, esta cosa sutil, que es de estas cosas, y sin embargo no es estas cosas, o cómo puede aquella Unidad que es en su Naturaleza incompuesta e incomparable, ser aún todas estas cosas, y cada una de ellas perfectamente? Así nuestra mente desfallece al trascender las cosas corpóreas, y al conversar con lo Incorpóreo, despojada de todo ropaje de ideas corpóreas, mientras ha de mirar con su debilidad inherente a cosas que están por encima de su fuerza. Pues toda naturaleza racional ansía a Dios y a la Causa Primera, pero es incapaz de asirle, por las razones que he mencionado. Desfalleciendo, pues, por el deseo, y como inquieta e impaciente por la incapacidad, intenta un segundo camino: o bien mirar las cosas visibles, y de algunas de ellas hacer un dios... (un pobre artificio, pues ¿en qué respecto y hasta qué punto puede aquello que es visto ser más alto y más divino que aquello que ve, para que esto adore a aquello?) o bien a través de la belleza y el orden de las cosas visibles alcanzar aquello que está por encima de la vista; pero no sufrir la pérdida de Dios a causa de la magnificencia de las cosas visibles.

    Disc. 28, § 14

    XIV. Por esta causa algunos han hecho un dios del Sol, otros de la Luna, otros del ejército de las Estrellas, otros del cielo mismo con todas sus huestes, a los cuales han atribuido el gobierno del Universo, según la calidad o cantidad de su movimiento. Otros, a su vez, de los Elementos, tierra, aire, agua, fuego, por su naturaleza útil, puesto que sin ellos la vida humana no puede existir. Otros han adorado cualquier objeto visible que se les presentaba, erigiendo lo más hermoso de cuanto veían como sus dioses. Y hay quienes adoran pinturas e imágenes, al principio ciertamente de sus propios antepasados— al menos, este es el caso de los más afectuosos y sensuales— y honran a los difuntos con monumentos conmemorativos; y después incluso los de extraños son adorados por hombres de una generación posterior separados de ellos por un largo intervalo; por ignorancia de la Naturaleza Primera, y siguiendo el honor tradicional como lícito y necesario; pues la costumbre, una vez confirmada por el tiempo, se tenía por Ley. Y creo que algunos que fueron cortesanos del poder arbitrario y ensalzaron la fuerza corporal y admiraron la belleza, hicieron con el tiempo un dios de aquel a quien honraban, quizá apoderándose de alguna fábula para ayudar a su impostura.

    Disc. 28, § 15

    XV. Y aquellos de ellos que estaban más sujetos a la pasión deificaron sus pasiones, o las honraron entre sus dioses; la Ira y la Sed de Sangre, la Lujuria y la Embriaguez, y toda maldad semejante; y de esto hicieron una excusa innoble e injusta para sus propios pecados. Y a algunos los dejaron en la tierra, y a otros los escondieron bajo la tierra (siendo este el único signo de sabiduría en ellos), y a otros los elevaron al cielo. ¡Oh ridícula distribución de herencia! Luego dieron a cada uno de estos conceptos el nombre de algún dios o demonio, por la autoridad y el juicio privado de su error, y erigieron estatuas cuyo coste es un lazo, y pensaron honrarlas con sangre y el vapor de los sacrificios, y a veces incluso con acciones vergonzosas, frenesíes y homicidios. Pues tales honores eran el debido pago de tales dioses. Y ya antes los hombres se han insultado a sí mismos adorando monstruos, y bestias cuadrúpedas, y reptiles, [] y de lo más vil y absurdo, y han hecho de ellos una ofrenda de la gloria de Dios; de modo que no es fácil decidir si debemos despreciar más a los adoradores o a los objetos de su adoración. Probablemente los adoradores son con mucho los más despreciables, pues aunque son de naturaleza racional, y han recibido gracia de Dios, han establecido lo peor como lo mejor. Y este fue el engaño del Maligno, que abusó del bien para un mal propósito, como en la mayoría de sus malas obras. Pues se apoderó de su deseo en su vagar en busca de Dios, para torcer hacia sí el poder, y robar el deseo, llevándolo de la mano, como un ciego que pide camino; y derribó y esparció a unos en una dirección y a otros en otra, en una misma fosa de muerte y destrucción.

    Disc. 28, § 16

    XVI. Este fue su camino. Pero la razón, recibiendo nuestro deseo de Dios y nuestro sentido de la imposibilidad de estar sin un líder y guía, y haciéndonos luego aplicarnos a las cosas visibles y encontrándonos con las cosas que han existido desde el principio, no detiene su curso ni siquiera aquí. Pues no era propio de la Sabiduría conceder la soberanía a cosas que, como nos dice la observación, son de igual rango. Mediante estas, pues, nos conduce a aquello que está por encima de ellas, y por lo cual se da el ser a estas. Pues, ¿qué es lo que ordenó las cosas del cielo y las de la tierra, y las que pasan por el aire, y las que viven en el agua; o más bien las cosas que fueron antes de estas, el cielo y la tierra, el aire y el agua? ¿Quién mezcló estas, y quién las distribuyó? ¿Qué tiene cada una de común con la otra, y su mutua dependencia y acuerdo? Pues alabo al hombre, aunque era pagano, que dijo: ¿Qué dio movimiento a estas, e impulsa su incesante y libre movimiento? ¿No es el Artífice de ellas Quien implantó razón en todas ellas, conforme a la cual el Universo es movido y gobernado? ¿No es Él quien las hizo y las trajo al ser? Pues no podemos atribuir tal poder a lo Accidental. Pues, supongamos que su existencia es accidental, ¿a qué nos dejaréis atribuir su orden? Y si queréis, os concederemos esto: ¿a qué atribuiréis entonces su conservación y protección conforme a los términos de su primera creación? ¿Pertenecen estas cosas a lo Accidental, o a algo más? Ciertamente no a lo Accidental. ¿Y qué puede ser ese Algo Más sino Dios? Así, la razón que procede de Dios, que está implantada en todos desde el principio y es la primera ley en nosotros, y está ligada a todo, nos conduce a Dios a través de las cosas visibles. Empecemos de nuevo, y razonemos esto.

    Disc. 28, § 17

    XVII. Lo que Dios es en naturaleza y esencia, ningún hombre lo ha descubierto jamás ni puede descubrirlo. Si será descubierto alguna vez es cuestión que quien quiera puede examinar y decidir. En mi opinión será descubierto cuando aquello dentro de nosotros que es deiforme y divino, quiero decir nuestra mente y razón, se haya mezclado con su Semejante, y la imagen haya ascendido al Arquetipo, del cual ahora tiene el deseo. Y esta creo que es la solución de aquel problema tan debatido: «Conoceremos como somos conocidos.» Pero en nuestra vida presente todo lo que nos llega no es sino un pequeño efluvio, y por así decir un pequeño resplandor de una gran Luz. De modo que si alguien ha conocido a Dios, o ha tenido el testimonio de la Escritura de su conocimiento de Dios, hemos de entender que tal persona poseyó un grado de conocimiento que le daba la apariencia de estar más plenamente iluminada que otra que no gozaba del mismo grado de iluminación; y esta superioridad relativa se expresa como si fuera conocimiento absoluto, no porque realmente lo sea, sino por comparación con el poder de aquella otra.

    Disc. 28, § 18

    XVIII. Así, Enós «esperó invocar el Nombre del Señor.» La esperanza fue aquello por lo cual se le encomia; y no por conocer a Dios, sino por invocarlo. Y Enoc fue trasladado, pero aún no está claro si fue porque ya comprendía la Naturaleza Divina, o para que pudiera comprenderla. Y la gloria de Noé [] fue que era agradable a Dios; él, a quien se le confió la salvación del mundo entero de las aguas, o más bien de las Semillas del mundo, escapó del Diluvio en una pequeña Arca. Y Abraham, aunque fue gran Patriarca, fue justificado por la fe, y ofreció una víctima extraña, el tipo del Gran Sacrificio. Sin embargo, no vio a Dios como Dios, sino que le dio de comer como a un hombre. Fue aprobado porque adoró hasta donde comprendió. [] Y Jacob soñó con una escalera excelsa y una escalinata de Ángeles, y en misterio ungió una columna —quizá para significar la Roca que fue ungida por causa nuestra— y dio a un lugar el nombre de Casa de Dios en honor de Aquel a quien vio; y luchó con Dios en forma humana; sea lo que sea esta lucha de Dios con el hombre... posiblemente se refiere a la comparación de la virtud del hombre con la de Dios; y llevó en su cuerpo las marcas de la lucha, mostrando la derrota de la naturaleza creada; y como recompensa de su reverencia recibió un cambio de nombre; siendo llamado, en lugar de Jacob, Israel— ese nombre grande y honorable. Sin embargo, ni él ni nadie en su favor, hasta este día, de todas las Doce Tribus que fueron sus hijos, pudo jactarse de haber comprendido toda la naturaleza o la vista pura de Dios.

    Disc. 28, § 19

    XIX. A Elías ni el viento fuerte, ni el fuego, ni el terremoto, como aprendes del relato, sino una brisa ligera le adumbró la Presencia de Dios, y ni siquiera ella su Naturaleza. ¿Y quién era este Elías? El hombre a quien un carro de fuego arrebató al cielo, significando la excelencia sobrehumana del justo. ¿Y no te asombras de Manoa, el Juez de antaño, y de Pedro, el discípulo en días posteriores; aquel, incapaz de soportar la vista incluso de uno en quien había una representación de Dios, y diciendo, «Somos perdidos, oh esposa, hemos visto a Dios;» [] hablando como si ni siquiera una visión de Dios pudiera ser captada por los seres humanos, cuanto menos la Naturaleza de Dios; y el otro, incapaz de soportar la Presencia de Cristo en su barca y pidiéndole por tanto que se alejara; [] y esto aunque Pedro era más celoso que los otros por el conocimiento de Cristo, y recibió por ello una bendición, [] y fue confiado con los dones más grandes. ¿Qué dirías de Isaías o de Ezequiel, que fue testigo ocular de misterios muy grandes, y de los otros Profetas? Pues uno de ellos vio al Señor de Sabaot sentado sobre el Trono de gloria, rodeado, alabado y oculto por los Serafines de seis alas, y fue él mismo purificado por el carbón encendido, y equipado para su oficio profético. Y el otro describe el Carro de los Querubines [] de Dios, y el Trono sobre ellos, y el Firmamento sobre él, y a Aquel que se mostraba en el Firmamento, y Voces, y Potencias, y Hechos. Y si esto fue una aparición de día, visible sólo a los Santos, o una visión infalible de la noche, o una impresión en la mente que conversaba con el futuro como si fuera el presente; o alguna otra forma inefable de profecía, no puedo decirlo; el Dios de los Profetas lo sabe, y lo saben quienes son así inspirados. Pero ni estos de quienes hablo, ni ninguno de sus compañeros estuvieron jamás ante el Consejo y la Esencia de Dios, como está escrito, ni vieron ni proclamaron la Naturaleza de Dios.

    Disc. 28, § 20

    XX. Si a Pablo le hubiera sido permitido decir lo que el Tercer Cielo [] contenía, y su propio avance, o ascensión, o asunción allí, quizá sabríamos algo más acerca de la Naturaleza de Dios, si este era el misterio del arrebatamiento. Pero puesto que era inefable, también nosotros lo honraremos con el silencio. Esto es lo que oiremos decir a Pablo al respecto: que en parte conocemos y en parte profetizamos. [] Esta y otras semejantes son las confesiones de uno que no es torpe en el conocimiento, [] que amenaza con dar prueba de que Cristo habla en él, el gran doctor y campeón de la verdad. Por lo cual estima todo conocimiento en la tierra sólo como a través de un espejo oscuramente, [] como apoyándose en pequeñas imágenes de la verdad. Ahora bien, a menos que a alguien le parezca que soy demasiado cuidadoso y demasiado ansioso en el examen de este asunto, quizá fue de esto y de ninguna otra cosa de lo que el Verbo mismo dio a entender que había cosas que no podían soportarse ahora, pero que habrían de soportarse y aclararse más adelante, [] y que Juan, el Precursor del Verbo y gran Voz de la Verdad, declaró que ni todo el mundo podía contener.

    Disc. 28, § 21

    XXI. La verdad, pues, y todo el Verbo, está llena de dificultad y oscuridad; y como si con un instrumento pequeño emprendiéramos una gran obra, cuando con mera sabiduría humana perseguimos el conocimiento del Autoexistente, y en compañía de, o no apartados de, los sentidos, por los cuales somos llevados de acá para allá y conducidos al error, nos aplicamos a la búsqueda de cosas que sólo pueden ser captadas por la mente, y somos incapaces, confrontando realidades desnudas con el entendimiento desnudo, de aproximarnos algo más a la verdad y de moldear la mente mediante sus conceptos.
    Ahora bien, el asunto de Dios es más difícil de alcanzar, en la proporción en que es más perfecto que cualquier otro, y está expuesto a más objeciones, y las soluciones de ellas son más laboriosas. Porque toda objeción, por pequeña que sea, detiene y estorba el curso de nuestro argumento, y corta su avance ulterior, así como quienes de pronto refrenan con la rienda a los caballos en plena carrera, y los hacen girar en redondo por el golpe inesperado. Así Salomón, que fue el más sabio de todos los hombres, [] ya sea antes de él o en su propio tiempo, a quien Dios dio anchura de corazón y un torrente de contemplación más abundante que la arena, aun él, cuanto más entraba en la profundidad, tanto más se mareaba, y declaró que el punto más lejano de la sabiduría era el descubrimiento de cuán lejos estaba ella de él. [] Pablo también intenta llegar, no diré a la naturaleza de Dios, porque esto sabía que era del todo imposible, sino sólo a los juicios de Dios; y puesto que no encuentra salida, ni lugar de descanso en la ascensión, y además, puesto que la búsqueda seria de su mente tras el conocimiento no termina en conclusión definitiva alguna, porque continuamente se le descubre algún punto nuevo no alcanzado (¡oh maravilla, que yo tenga una experiencia semejante), cierra su discurso con asombro, y llama a esto las riquezas de Dios, [] y la profundidad, y confiesa la inescrutabilidad de los juicios de Dios, casi con las mismas palabras de David, quien en un tiempo llama a los juicios de Dios el gran abismo cuyos fundamentos no pueden alcanzarse por medida ni sentido; y en otro dice que Su conocimiento de él y de su propia constitución era maravilloso, y había alcanzado mayor fuerza que la que estaba en su propio poder o alcance.

    Disc. 28, § 22

    XXII. Porque si, dice, dejo de lado todo lo demás, y me considero a mí mismo y a toda la naturaleza y constitución del hombre, y cómo estamos mezclados, y cuál es nuestro movimiento, y cómo lo mortal fue compuesto con lo inmortal, y cómo es que fluyo hacia abajo y sin embargo soy llevado hacia arriba, y cómo el alma está circunscrita; y cómo da vida y comparte los sentimientos; y cómo la mente está a la vez circunscrita e ilimitada, permaneciendo en nosotros y sin embargo viajando por el Universo en veloz movimiento y flujo; cómo es recibida e impartida por la palabra, y atraviesa el aire, y entra con todas las cosas; cómo participa en el sentido, y se envuelve lejos del sentido. Y aun antes de estas cuestiones: ¿cuál fue nuestra primera formación y composición en el taller de la naturaleza, y cuál es nuestra última formación y consumación? ¿Cuál es el deseo y la impartición del alimento, y quién nos llevó espontáneamente a aquellas primeras fuentes y manantiales de la vida? ¿Cómo es nutrido el cuerpo por el alimento, y el alma por la razón? ¿Cuál es la atracción de la naturaleza, y la mutua relación entre padres e hijos, para que se mantenga unida por un hechizo de amor? ¿Cómo es que las especies son permanentes y diferentes en sus características, aunque son tantas que sus marcas individuales no pueden describirse? ¿Cómo es que el mismo animal es a la vez mortal e inmortal, lo uno por la muerte, lo otro por el nacer? Pues uno parte, y otro ocupa su lugar, como el flujo de un río, que nunca está quieto, y sin embargo siempre es constante. Y podrías discutir muchos más puntos acerca de los miembros y partes de los hombres, y su mutua adaptación tanto para el uso como para la belleza, y cómo unos están conectados y otros separados, unos son más excelentes y otros menos hermosos, unos unidos y otros divididos, unos contienen y otros son contenidos, según la ley y la razón de la Naturaleza. Mucho podría decirse también acerca de las voces y los oídos. ¿Cómo es que la voz es transportada por los órganos vocales y recibida por los oídos, y ambos se unen por el golpe y la resonancia del medio del aire? Mucho también de los ojos, que tienen una comunión indescriptible con los objetos visibles, y que son movidos únicamente por la voluntad, y eso juntamente, y son afectados exactamente como lo es la mente. Pues con igual velocidad la mente se une a los objetos del pensamiento, el ojo a los de la vista. Mucho también acerca de los demás sentidos, que no son objetos de la investigación de la razón. Y mucho acerca de nuestro descanso en el sueño, y de las ficciones de los sueños, y de la memoria y el recuerdo; del cálculo, y de la ira, y del deseo; y en una palabra, todo aquello por lo cual este pequeño mundo llamado Hombre es gobernado.

    Disc. 28, § 23

    XXIII. ¿He de enumeraros las diferencias de los demás animales, tanto respecto de nosotros como entre sí: diferencias de naturaleza, de producción, de alimentación, de región, de temperamento y, por así decirlo, de vida social? ¿Cómo es que unos son gregarios y otros solitarios, unos herbívoros y otros carnívoros, unos feroces y otros mansos, unos amigos del hombre y domesticados, otros indómitos y libres? Y a algunos podríamos llamarlos limítrofes con la razón y con la capacidad de aprender, mientras que otros están del todo desprovistos de razón e incapaces de ser enseñados. Unos con sentidos más completos, otros con menos; unos inmóviles, y otros con poder de andar, y unos muy veloces, y otros muy lentos; unos sobresalientes en tamaño o belleza, o en uno u otro de estos respectos; otros muy pequeños o muy feos, o ambas cosas; unos fuertes, otros débiles, unos aptos para la defensa propia, otros tímidos y astutos, y otros además desguarnecidos. Unos son laboriosos y ahorrativos, otros del todo ociosos e imprevisores. Y antes de llegar a puntos como estos, ¿cómo es que unos son rastreros y otros erguidos; unos apegados a un solo lugar, otros anfibios; unos se deleitan en la belleza y otros carecen de adorno; unos están casados y otros solteros; unos son temperantes y otros intemperantes; unos tienen numerosa descendencia y otros no; unos son longevos y otros tienen vidas cortas? Sería un discurso fatigoso recorrer todos los detalles.

    Disc. 28, § 24

    XXIV. Mira también la tribu de los peces deslizándose por las aguas, y como si volara a través del elemento líquido, y respirando su propio aire, pero en peligro cuando está en contacto con el nuestro, como nosotros en las aguas; y observa sus hábitos y disposiciones, su trato y sus nacimientos, su tamaño y su belleza, y su afecto por los lugares, y sus vagabundeos, y sus reuniones y partidas, y sus propiedades que tan de cerca se asemejan a las de los animales que habitan en la tierra; en unos casos comunidad, en otros contraste de propiedades, tanto en nombre como en forma. Y considera las tribus de las aves, y sus variedades de forma y color, tanto de las que carecen de voz como de las aves canoras. ¿Cuál es la razón de su melodía, y de quién les vino? ¿Quién dio al saltamontes el laúd en su pecho, y los cantos y chirridos en las ramas, cuando son movidos por el sol para hacer su música del mediodía, y cantan entre las arboledas, y escoltan al caminante con sus voces? ¿Quién tejió el canto para el cisne cuando extiende sus alas a las brisas, y hace melodía con su susurro? Pues no hablaré de las voces forzadas, y de todo lo demás que el arte maquina contra la verdad. ¿De dónde saca el pavo real, esa ave jactanciosa de Media, su amor a la belleza y a la alabanza (pues es plenamente consciente de su propia belleza), de modo que cuando ve que alguien se acerca, o cuando, como dicen, quiere exhibirse ante sus hembras, alzando el cuello y desplegando la cola en círculo en torno suyo, resplandeciente como el oro y tachonado de estrellas, hace un espectáculo de su belleza ante sus amantes con pasos pomposos? Ahora bien, la Sagrada Escritura admira la habilidad en el tejido incluso de las mujeres, diciendo: "¿Quién dio a la mujer habilidad en el tejido y destreza en el arte del bordado?" Esto pertenece a una criatura viviente que tiene razón, y excede en sabiduría y se abre camino hasta las cosas del cielo.

    Disc. 28, § 25

    XXV. Pero quiero que os admiréis del conocimiento natural incluso de las criaturas irracionales, y, si podéis, explicad su causa. ¿Cómo es que las aves tienen por nidos rocas, árboles y techos, y los adaptan tanto para seguridad como para belleza, y adecuadamente para la comodidad de sus crías? ¿De dónde sacan las abejas y las arañas su amor al trabajo y al arte, por el cual las primeras trazan sus panales, y los unen mediante tubos hexagonales y coordinados, y construyen el fundamento por medio de un tabique y una alternancia de los ángulos con líneas rectas; y esto, como es el caso, en colmenas tan oscuras y panales sombríos; y las segundas tejen sus redes intrincadas con hilos tan ligeros y casi aéreos tendidos de varias maneras, y esto desde comienzos casi invisibles, para que sean a la vez una morada preciosa y una trampa para criaturas más débiles con miras al disfrute del alimento? ¿Qué Euclides imitó jamás estas cosas, mientras perseguía investigaciones filosóficas con líneas que no tienen existencia real, fatigándose con demostraciones? ¿De qué Palamedes vinieron las tácticas y, como suele decirse, los movimientos y configuraciones de las grullas, y los sistemas de su movimiento en filas y su vuelo complicado? ¿Quiénes fueron sus Fidias y Zeuxides, y quiénes los Parrasios y Aglaofontes que supieron dibujar y modelar cosas excesivamente bellas? ¿Qué armonioso coro gnosio de Dédalo, forjado para una muchacha hasta la más alta cima de la belleza? ¿Qué laberinto cretense, difícil de atravesar, difícil de desenredar, como dicen los poetas, y que continuamente se cruza a sí mismo por los artificios de su construcción? No hablaré de los almacenes y almaceneros de las hormigas, y de sus tesoros de madera en cantidades correspondientes al tiempo para el que se necesita, y todos los demás detalles que sabemos se cuentan de sus marchas y jefes y de su buen orden en sus obras.

    Disc. 28, § 26

    XXVI. Si este conocimiento ha llegado a tu alcance y estás familiarizado con estas ramas de la ciencia, mira también las diferencias de las plantas, hasta la hechura artística de las hojas, que está adaptada tanto para dar el mayor placer a la vista como para ser de la mayor ventaja para el fruto. Mira también la variedad y la pródiga abundancia de los frutos, y sobre todo la belleza maravillosa de los que son más necesarios. Y considera el poder de las raíces, y de los jugos, y de las flores, y de los olores, no sólo muy dulces, sino también útiles como medicinas; y las gracias y cualidades de los colores; y además el valor costoso y la transparencia brillante de las piedras preciosas. Puesto que la naturaleza ha puesto ante ti todas las cosas como en un abundante banquete gratuito para todos, tanto las necesidades como los lujos de la vida, a fin de que, si no otra cosa, al menos conozcas a Dios por sus beneficios, y por tu propio sentimiento de necesidad seas hecho más sabio de lo que eras. Luego, te ruego, recorre a lo largo y a lo ancho la tierra, madre común de todos, y los golfos del mar unidos entre sí y con la tierra, y los hermosos bosques, y los ríos y manantiales abundantes y perennes, no sólo de aguas frías y aptas para beber, y en la superficie de la tierra; sino también de las que, corriendo bajo la tierra y fluyendo por cavernas, son luego expulsadas por un violento soplo, y repelidas, y luego llenadas de calor por esta violencia de lucha y repulsión, brotan poco a poco dondequiera que hallan ocasión, y de ahí suplen nuestra necesidad de baños calientes en muchas partes de la tierra, y en unión con lo frío nos dan una curación sin costo y espontánea. Dime ¿cómo y de dónde son estas cosas? ¿Qué es esta gran tela no tejida por arte? Estas cosas no son menos dignas de admiración en lo que respecta a sus relaciones mutuas que cuando se consideran por separado.
    ¿Cómo es que la tierra se mantiene sólida e inquebrantable? ¿Sobre qué está sostenida? ¿Qué es lo que la apuntala, y sobre qué descansa eso? Pues en verdad ni la razón tiene nada en qué apoyarse, sino sólo la Voluntad de Dios. ¿Y cómo es que una parte de ella se eleva en cumbres montañosas, y otra se extiende en llanuras, y esto de maneras variadas y diversas? Y como las variaciones son individualmente pequeñas, a la vez suple nuestras necesidades con más liberalidad y es más hermosa por su variedad; parte distribuida en moradas, y parte dejada deshabitada, a saber, toda la gran altura de las Montañas, y las diversas hendiduras de su línea costera separadas de ella. ¿No es ésta la prueba más clara de la majestuosa operación de Dios?

    Disc. 28, § 27

    XXVII. Y respecto al Mar, aunque no me maravillara de su grandeza, me habría maravillado de su mansedumbre, pues aunque suelto permanece dentro de sus límites; y si no de su mansedumbre, al menos de su grandeza; mas como me maravillo de ambas, alabaré el Poder que hay en ambas. ¿Qué lo recogió? ¿Qué lo limitó? ¿Cómo se levanta y se calma hasta el reposo, como respetando a su vecina la tierra? ¿Cómo, además, recibe todos los ríos y, sin embargo, permanece el mismo, por la misma superabundancia de su inmensidad, si ese término es permisible? ¿Cómo es su límite, siendo un elemento de tal magnitud, sólo arena? ¿Tienen tus filósofos naturales, con su conocimiento de detalles inútiles, algo que decirnos —quiero decir esos hombres que en verdad se afanan por medir el mar con una copa de vino, y tan poderosas obras con sus propias concepciones? ¿O daré la explicación verdaderamente científica de la Escritura, concisa y, sin embargo, más satisfactoria y verdadera que con los más largos argumentos? «Ha cercado la faz del agua con Su mandato.» Ésta es la cadena de la naturaleza fluida. ¿Y cómo trae sobre ella al Nautilo que habita la tierra seca (es decir, al hombre) en una pequeña nave, y con una pequeña brisa (¿no te maravillas ante este espectáculo?, ¿no se asombra tu mente?), para que la tierra y el mar queden unidos por necesidades y comercio, y para que cosas tan separadas por naturaleza sean así reunidas en una para el hombre? ¿Cuáles son las primeras fuentes de los manantiales? Busca, oh hombre, si puedes rastrear o hallar alguna de estas cosas. ¿Y quién fue el que hendió las llanuras y las montañas para los ríos, y les dio curso sin obstáculo? ¿Y cómo se produce la maravilla del otro lado: que el Mar nunca se desborda, ni los Ríos cesan de fluir? ¿Y cuál es el poder nutritivo del agua, y cuál la diferencia en ello; pues unas cosas se riegan desde arriba, y otras beben por las raíces, si se me permite recrearme un poco en mi lenguaje al hablar de los dones exuberantes de Dios?

    Disc. 28, § 28

    XXVIII. Y ahora, dejando la tierra y las cosas de la tierra, elévate al aire con las alas del pensamiento, para que nuestro argumento avance por el camino debido; y de allí te llevaré a las cosas celestiales, y al cielo mismo, y a las cosas que están sobre el cielo; pues a lo que está más allá mi discurso vacila en ascender, pero aun así ascenderá hasta donde sea posible. ¿Quién derramó el aire, esa riqueza grande y abundante, no medida a los hombres por su rango o fortuna; no restringida por fronteras; no repartida según las edades de las personas; sino como la distribución del Maná, [] recibido en suficiencia, y apreciado por su igualdad de reparto; el carro de la creación alada; el asiento de los vientos; el moderador de las estaciones; el vivificador de los seres vivos, o más bien el preservador de la vida natural en el cuerpo; en el cual los cuerpos tienen su ser, y por el cual hablamos; en el cual está la luz y todo lo que ella ilumina, y la vista que fluye a través de él? Y observa, si te place, lo que sigue. No puedo dar al aire todo el imperio de todo lo que se piensa que le pertenece. ¿Cuáles son los almacenes de los vientos? [] ¿Cuáles los tesoros de la nieve? ¿Quién, como ha dicho la Escritura, ha engendrado las gotas del rocío? ¿De qué vientre salió el hielo? ¿Y Quién ata las aguas en las nubes y, fijando una parte en las nubes (¡oh maravilla!) sostenida por Su Verbo aunque su naturaleza es fluir, derrama el resto sobre la faz de toda la tierra, y lo esparce a su tiempo y en justas proporciones, y no permite que toda la sustancia de la humedad salga libre y sin control (pues suficiente fue la purificación en los días de Noé; y Aquel que no puede mentir no se olvida de Su propio pacto);...ni tampoco la retiene del todo para que no volvamos a necesitar a un Elías [] que ponga fin a la sequía. Si Él cierra el cielo, dice, ¿quién lo abrirá? Si Él abre las compuertas, ¿quién las cerrará? [] ¿Quién puede traer un exceso o retener una suficiencia de lluvia, a menos que gobierne el Universo con sus propias medidas y balanzas? ¿Qué leyes científicas, dime, puedes establecer acerca del trueno y del relámpago, oh tú que truenas desde la tierra y no puedes brillar ni con pequeñas chispas de verdad? ¿A qué vapores de la tierra atribuirás la creación de la nube, o se debe a algún espesamiento del aire, o a la presión o estruendo de nubes de excesiva rareza, de modo que te haga pensar que la presión es la causa del relámpago, y el estruendo lo que produce el trueno? ¿O qué compresión de viento sin salida te explicará el relámpago por su compresión, y el trueno por su estallido?
    Ahora, si en tu pensamiento has atravesado el aire y todas las cosas del aire, llega conmigo al cielo y a las cosas del cielo. Y que la fe nos guíe más bien que la razón, si al menos has aprendido la debilidad de esta última en asuntos más cercanos a ti, y has conocido la razón conociendo las cosas que están más allá de la razón, para no ser del todo de la tierra ni terrenal, porque ignoras incluso tu propia ignorancia.

    Disc. 28, § 29

    XXIX. ¿Quién extendió el cielo a nuestro alrededor y ordenó las estrellas? O más bien, primero, ¿puedes decirme, por tu propio conocimiento de las cosas del cielo, qué son el cielo y las estrellas; tú que no sabes lo que yace a tus propios pies, y ni siquiera puedes tomar la medida de ti mismo, y sin embargo has de ocuparte de lo que está por encima de tu naturaleza, y quedarte boquiabierto ante lo ilimitado? Pues, concedido que entiendas órbitas y períodos, y crecimientos y menguantes, y puestas y salidas, y algunos grados y minutos, y todas las demás cosas que te enorgullecen de tu maravilloso conocimiento; no has llegado a la comprensión de las realidades mismas, sino sólo a la observación de algún movimiento, el cual, confirmado por una práctica más larga, y reuniendo las observaciones de muchos individuos en una generalización, y deduciendo de allí una ley, ha adquirido el nombre de Ciencia (así como los fenómenos lunares se han hecho generalmente conocidos a nuestra vista), siendo la base de este conocimiento. Pero si eres muy científico en este asunto, y tienes justo derecho a la admiración, dime cuál es la causa de este orden y de este movimiento. ¿Cómo llegó el sol a ser una antorcha para todo el mundo, y para todos los ojos como el director de algún coro, ocultando todas las demás estrellas con su brillo, más completamente de lo que algunas de ellas ocultan a otras? La prueba de ello es que ellas brillan contra él, pero él las sobrepasa y ni siquiera permite que se perciba que salieron simultáneamente con él, hermoso como un esposo, veloz y grande como un gigante —pues no permitiré que sus alabanzas se canten de otra fuente que no sean mis propias Escrituras— tan poderoso en fuerza que de un extremo al otro del mundo abraza todas las cosas con su calor, y nada hay oculto de su sensación, sino que llena a la vez todo ojo de luz, y toda criatura corpórea de calor; calentando, pero no quemando, por la suavidad de su temple y el orden de su movimiento, presente a todos y abrazando a todos por igual.

    Disc. 28, § 30

    XXX. ¿Has considerado la importancia del hecho de que un escritor pagano hable del sol como ocupando entre los objetos materiales el mismo lugar que Dios ocupa entre los objetos del pensamiento? Pues el uno da luz a los ojos, como el Otro la da a la mente; y es el más hermoso de los objetos de la vista, como Dios lo es de los del pensamiento. Pero ¿quién le dio el movimiento al principio? ¿Y qué es lo que siempre lo mueve en su circuito, aunque en su naturaleza es estable e inmóvil, verdaderamente incansable, y dador y sustentador de la vida, y todos los demás títulos que los poetas con justicia cantan de él, y nunca descansa en su curso ni en sus beneficios? ¿Cómo llega a ser creador del día cuando está sobre la tierra, y de la noche cuando está debajo de ella? ¿O cuál sea la expresión correcta cuando uno contempla el sol? ¿Cuáles son las mutuas agresiones y concesiones del día y de la noche, y sus regularidades irregulares —por usar una expresión algo extraña? ¿Cómo llega a ser hacedor y divisor de las estaciones, que vienen y se van en orden regular, y como en una danza se entrelazan unas con otras, o se apartan por una ley de amor por un lado, y de orden por el otro, y se mezclan poco a poco, y se deslizan sobre su vecina, tal como lo hacen las noches y los días, para no causarnos dolor con su brusquedad? Esto bastará acerca del sol.
    ¿Conoces la naturaleza y los fenómenos de la Luna, y las medidas y cursos de la luz, y cómo es que el sol ejerce dominio sobre el día, y la luna preside la noche; y mientras Ella da confianza a las fieras, Él incita al Hombre al trabajo, alzándose o bajándose según sea más provechoso? ¿Conoces tú el lazo de las Pléyades, o la cerca de Orión [], como Aquel que cuenta el número de las estrellas y las llama a todas por sus nombres? ¿Conoces las diferencias de la gloria [] de cada una, y el orden de su movimiento, para que yo confíe en ti, cuando con ellas tejes la trama de los asuntos humanos, y armas a la criatura contra el Creador?

    Disc. 28, § 31

    XXXI. ¿Qué dices? ¿Nos detendremos aquí, después de no haber discutido nada más que la materia y las cosas visibles, o, puesto que el Verbo conoce el Tabernáculo de Moisés como figura de toda la creación —quiero decir, de todo el sistema de cosas visibles e invisibles—, pasaremos el primer velo y, traspasando el reino del sentido, miraremos al Lugar Santo, a la creación Intelectual y Celestial? Pero ni siquiera ésta podemos ver de modo incorpóreo, aunque es incorpórea, pues se le llama —o es— Fuego y Espíritu. Porque se dice que Él hace a Sus Ángeles espíritus, y a Sus Ministros llama de fuego... aunque quizá este «hacer» signifique preservar por aquel Verbo por el cual vinieron a la existencia. El Ángel, pues, es llamado espíritu y fuego; Espíritu, por ser criatura de la esfera intelectual; Fuego, por ser de naturaleza purificadora; pues sé que los mismos nombres pertenecen a la Naturaleza Primera. Pero, al menos en relación con nosotros, debemos considerar la Naturaleza Angélica incorpórea, o en todo caso tan cerca de ello como sea posible. ¿Ves cómo nos mareamos en este asunto, y no podemos avanzar a punto alguno, sino hasta esto: que sabemos que hay Ángeles y Arcángeles, Tronos, Dominios, Principados, Potestades, Esplendores, Ascensiones, Potencias Inteligentes o Inteligencias, naturalezas puras y sin mezcla, inmóviles para el mal, o apenas movibles; girando sin cesar en coro en torno a la Causa Primera (¿o cómo habríamos de cantar sus alabanzas?), iluminadas desde Ella con la más pura Iluminación, una en un grado y otra en otro, según su naturaleza y rango... tan conformadas a la belleza y tan moldeadas que se vuelven Luces secundarias, y pueden iluminar a otros por los desbordamientos y larguezas de la Luz Primera? Ministras de la Voluntad de Dios, fuertes con fuerza tanto innata como impartida, recorriendo todo el espacio, prontamente presentes a todos en cualquier lugar por su celo en el ministerio y la agilidad de su naturaleza... distintos individuos de ellas abrazando distintas partes del mundo, o designados sobre diferentes distritos del Universo, como Él sabe quien lo ordenó y distribuyó todo. Combinando todas las cosas en una, únicamente con miras al consentimiento del Creador de todas las cosas; Cantores de la Majestad de la Deidad, contemplando eternamente la Gloria Eterna, no para que Dios gane con ello un aumento de gloria, pues nada puede añadirse a lo que está lleno —a Él, que suministra bien a todo lo que está fuera de Sí mismo—, sino para que nunca haya cesación de bendiciones para estas naturalezas primeras después de Dios. Si hemos dicho estas cosas como merecen, es por la gracia de la Trinidad, y de la una Deidad en Tres Personas; pero si menos perfectamente de lo que deseábamos, aun así nuestro discurso ha logrado su propósito. Pues esto es lo que nos esforzábamos por mostrar: que incluso las naturalezas secundarias superan el poder de nuestro intelecto; mucho más, pues, la Primera y (pues temo decir meramente Aquella que está sobre todo), la única Naturaleza.

    Tercera Oración Teológica (Oración 29)

    Disc. 29, encabezado

    La Tercera Oración Teológica.
    Sobre el Hijo.

    Disc. 29, § 1

    I. Esto, pues, es lo que podría decirse para cortar la prontitud de nuestros adversarios a argumentar y su precipitación, con la consiguiente inseguridad en todas las materias, pero sobre todo en las discusiones que se refieren a Dios. Pero como reprender a otros no es asunto de ninguna dificultad, sino cosa muy fácil, que cualquiera que quiera puede hacer; mientras que sustituir la creencia de otros por la propia es propio de un hombre piadoso e inteligente; apoyándonos en el Espíritu Santo, Quien entre ellos es deshonrado, pero entre nosotros es adorado, saquemos a la luz nuestras propias concepciones acerca de la Deidad, cualesquiera que sean, como un nacimiento noble y oportuno. No es que en otras ocasiones yo haya callado; pues en este solo asunto estoy lleno de fuerza y audacia juveniles; pero el hecho es que en las circunstancias presentes soy aún más audaz para declarar la verdad, para no (por usar las palabras de la Escritura) retroceder y caer en la condenación de desagradar a Dios. Y puesto que todo discurso es de doble naturaleza, una parte que establece lo propio, y otra que derriba la posición de los adversarios; expongamos primero nuestra propia posición, y luego tratemos de refutar la de ellos—y ambas lo más brevemente posible, para que nuestros argumentos puedan captarse de una ojeada (como los de los tratados elementales que ellos han ideado para engañar a personas simples o necias), y para que nuestros pensamientos no se dispersen a causa de la longitud del discurso, como agua que no está contenida en un canal, sino que fluye y se pierde sobre la tierra abierta.

    Disc. 29, § 2

    II. Las tres opiniones más antiguas acerca de Dios son Anarquía, Poliarquía y Monarquía. Las dos primeras son el juego de los hijos de Hélade, y ojalá sigan siéndolo. Pues la Anarquía es cosa sin orden; y el Gobierno de Muchos es faccioso, y por tanto anárquico, y por tanto desordenado. Pues ambas tienden a lo mismo, a saber, al desorden; y éste a la disolución, pues el desorden es el primer paso a la disolución.
    Pero la Monarquía es la que nosotros honramos. Sin embargo, no es una Monarquía limitada a una sola Persona, pues es posible que la Unidad, si está en desacuerdo consigo misma, venga a condición de pluralidad; sino una hecha de igualdad de Naturaleza y Unión de mente, e identidad de movimiento, y convergencia de sus elementos hacia la unidad —cosa imposible para la naturaleza creada— de modo que, aunque numéricamente distintos, no hay separación de Esencia. Por tanto, la Unidad, habiendo llegado desde toda la eternidad por movimiento a la Dualidad, halló su reposo en la Trinidad. Esto es lo que queremos decir con Padre e Hijo y Espíritu Santo. El Padre es el Engendrador y el Emisor; sin pasión, por supuesto, y sin referencia al tiempo, y no de manera corpórea. El Hijo es el Engendrado, y el Espíritu Santo la Emisión; pues no sé cómo esto podría expresarse en términos que excluyan del todo las cosas visibles. Pues no nos aventuraremos a hablar de «un desbordamiento de bondad», como uno de los Filósofos griegos se atrevió a decir, como si fuera una copa que se desborda, y esto con palabras claras en su Discurso sobre las Causas Primera y Segunda. No miremos jamás esta Generación como involuntaria, como algún desbordamiento natural, difícil de contener, y de ningún modo apropiado a nuestra concepción de la Deidad. Por tanto, confinémonos dentro de nuestros límites, y hablemos del Inengendrado y del Engendrado y de Aquello que procede del Padre, como en alguna parte dice Dios el Verbo Mismo.
    Comentario editorial · La monarquía y la «emisión»
    «Anarquía, Poliarquía y Monarquía»: Gregorio rechaza las dos primeras y honra la tercera, pero «no limitada a una sola Persona»: la unidad de Dios se funda en la igualdad de Naturaleza y la unión de mente, «de modo que, aunque numéricamente distintos, no hay separación de Esencia». Llama al Padre «el Engendrador y el Emisor» y al Espíritu «la Emisión», y rechaza el «desbordamiento» de bondad de «uno de los Filósofos griegos», al que no nombra. Nota del NPNF sobre «emisión» (probolé): los gnósticos la usaban para sus emanaciones, de ahí que Arrio y Atanasio la rechazaran; Tertuliano la empleó con una explicación que el NPNF juzga satisfactoria para el Hijo, pero para el Espíritu usa una imagen casi en las palabras que Gregorio descarta (Contra Práxeas 7–8); Orígenes no la admitió. Más tarde, dice, volvió como equivalente de ekpóreusis, «procesión».

    Disc. 29, § 3

    III. ¿Cuándo vinieron éstos al ser? Están por encima de todo «Cuándo». Pero, si he de hablar con algo más de audacia—cuando el Padre lo hizo. ¿Y cuándo vino el Padre al ser? Nunca hubo tiempo en que Él no fuera. Y lo mismo es verdad del Hijo y del Espíritu Santo. Pregúntame de nuevo, y de nuevo te responderé: ¿Cuándo fue engendrado el Hijo? Cuando el Padre no fue engendrado. ¿Y cuándo procedió el Espíritu Santo? Cuando el Hijo era, no procediendo sino, engendrado— más allá de la esfera del tiempo, y por encima del alcance de la razón; aunque no podemos exponer lo que está por encima del tiempo, si evitamos como deseamos toda expresión que transmita la idea de tiempo. Pues expresiones tales como «cuándo» y «antes» y «después» y «desde el principio» no son atemporales, por mucho que las forcemos; a menos que tomemos el Eón, ese intervalo que es coextensivo con las cosas eternas, y no está dividido ni medido por movimiento alguno, ni por la revolución del sol, como se mide el tiempo.
    ¿Cómo, pues, no son Ellos semejantemente inoriginados, si son coeternos? Porque son de Él, aunque no después de Él. Pues lo inoriginado es eterno, pero lo eterno no es necesariamente inoriginado, en tanto pueda referirse al Padre como su origen. Por tanto, en cuanto a la Causa, Ellos no son inoriginados; pero es evidente que la Causa no es necesariamente anterior a sus efectos, pues el sol no es anterior a su luz. Y sin embargo, Ellos son en cierto sentido inoriginados, en cuanto al tiempo, aunque quieras asustar a las mentes simples con tus sofismas, pues las Fuentes del Tiempo no están sujetas al tiempo.

    Disc. 29, § 4

    IV. Pero ¿cómo puede esta generación ser impasible? En que es incorpórea. Pues si la generación corpórea implica pasión, la generación incorpórea la excluye. Y yo te preguntaré a mi vez: ¿Cómo es Él Dios si es creado? Pues lo creado no es Dios. Me abstengo de recordarte que aquí también hay pasión si tomamos la creación en sentido corporal, como tiempo, deseo, imaginación, pensamiento, esperanza, dolor, riesgo, fracaso, éxito, todo lo cual y más que todo halla lugar en la criatura, como es evidente para todos. Es más, me maravillo de que no te atrevas a concebir matrimonios y tiempos de embarazo, y peligros de aborto, como si el Padre no hubiera podido engendrar en absoluto si no hubiera engendrado así; o de nuevo, que no cuentes los modos de generación de aves, bestias y peces, y sometas a alguno de ellos la Divina e Inefable Generación, o incluso elimines al Hijo de tu nueva hipótesis. Y ni siquiera puedes ver esto: que así como Su Generación según la carne difiere de todas las demás (pues ¿dónde entre los hombres conoces una Madre Virgen?), así también difiere Él en Su Generación espiritual; o más bien Él, Cuya Existencia no es la misma que la nuestra, difiere de nosotros también en Su Generación.

    Disc. 29, § 5

    V. ¿Quién, pues, es aquel Padre que no tuvo principio? Uno Cuya propia Existencia no tuvo principio; pues aquel cuya existencia tuvo principio debe también haber comenzado a ser Padre. Él no se hizo Padre después de haber comenzado a ser, pues Su ser no tuvo principio. Y Él es Padre en sentido absoluto, pues no es también Hijo; así como el Hijo es Hijo en sentido absoluto, porque no es también Padre. Estos nombres no nos pertenecen en sentido absoluto, porque somos ambas cosas, y no una más que la otra; y somos de ambas, y no de una sola; y así quedamos divididos, y por grados nos hacemos hombres, y quizá ni siquiera hombres, y tales como no deseábamos, dejando y siendo dejados, de modo que sólo las relaciones permanecen, sin los hechos subyacentes.
    Pero, dice el objetante, la forma misma de la expresión «Él engendró» y «Él fue engendrado» introduce la idea de un comienzo de generación. Pero ¿qué si no usas esta expresión, sino que dices: «Él había sido engendrado desde el principio», para evadir prontamente tus objeciones rebuscadas y amantes del tiempo? ¿Traerás la Escritura contra nosotros, como si forjáramos algo contrario a la Escritura y a la verdad? Pues bien, todos saben que en la práctica muy a menudo hallamos tiempos verbales intercambiados cuando se habla del tiempo; y especialmente es ésta la costumbre de la Sagrada Escritura, no sólo respecto del tiempo pasado y del presente, sino incluso del futuro, como por ejemplo «¿Por qué se amotinaron las gentes?» cuando aún no se habían amotinado, y «cruzarán el río a pie», donde el sentido es que lo cruzaron. Sería tarea larga enumerar todas las expresiones de este tipo que los estudiosos han notado.

    Disc. 29, § 6

    VI. Basta sobre este punto. ¿Cuál es su siguiente objeción, cuán llena de contenciosidad y desvergüenza? Él, dicen, o engendró voluntariamente al Hijo, o involuntariamente. Luego, según piensan, nos atan por ambos lados con cuerdas; éstas, sin embargo, no son fuertes, sino muy débiles. Pues, dicen, si fue involuntariamente, estaba bajo el dominio de alguien, ¿y quién ejercía ese dominio? ¿Y cómo es Dios Aquel sobre quien se ejerce? Pero si voluntariamente, el Hijo es Hijo de la Voluntad; ¿cómo, pues, es Él del Padre?— y así inventan una nueva especie de Madre para Él—la Voluntad—, en lugar del Padre. Hay un buen punto que pueden alegar acerca de este argumento suyo; a saber, que abandonan la Pasión y se refugian en la Voluntad. Pues la Voluntad no es Pasión.
    En segundo lugar, veamos la fuerza de su argumento. Y sería mejor luchar con ellos al principio de cerca. Tú mismo, que tan temerariamente afirmas cuanto se te antoja, ¿fuiste engendrado voluntaria o involuntariamente por tu padre? Si involuntariamente, entonces él estaba bajo el dominio de algún tirano (¡oh violencia terrible!), ¿y quién era el tirano? Difícilmente dirás que fue la naturaleza—, pues la naturaleza es tolerante con la castidad. Si fue voluntariamente, entonces por unas pocas sílabas tu padre queda eliminado, pues se muestra que eres hijo de la Voluntad, y no de tu padre. Pero paso a la relación entre Dios y la criatura, y hago tu propia pregunta a tu propia sabiduría. ¿Creó Dios todas las cosas voluntariamente o por compulsión? Si por compulsión, aquí también está la tiranía, y uno que hizo de tirano; si voluntariamente, las criaturas también quedan privadas de su Dios, y tú antes que los demás, que inventas tales argumentos y trucos de lógica. Pues se levanta una partición entre el Creador y las criaturas en forma de Voluntad. Y sin embargo pienso que la Persona que quiere es distinta del Acto de querer; el que engendra, del Acto de engendrar; el Hablante, del discurso, o de lo contrario todos somos muy estúpidos. Por un lado tenemos al motor, y por otro lo que es, por así decir, el movimiento. Así, la cosa querida no es hija de la voluntad, pues no siempre resulta de ella; ni lo engendrado es hijo de la generación, ni lo oído hijo del discurso, sino de la Persona que quiso, o engendró, o habló. Pero las cosas de Dios están más allá de todo esto, pues en Él quizá la Voluntad de engendrar es generación, y no hay acción intermedia (si podemos aceptar esto del todo, y no más bien considerar la generación superior a la voluntad).

    Disc. 29, § 7

    VII. ¿Querrás entonces dejarme jugar un poco con esta palabra Padre, pues tu ejemplo me anima a tal audacia? El Padre es Dios o voluntariamente o involuntariamente; ¿y cómo escaparás de tu propia y excesiva agudeza? Si voluntariamente, ¿cuándo comenzó a querer? No pudo haber sido antes de comenzar a ser, pues no había nada anterior a Él. ¿O es una parte de Él Voluntad y otra el objeto de la Voluntad? Si es así, Él es divisible. Así surge la cuestión, como resultado de tu argumento, de si Él Mismo no es Hijo de la Voluntad. Y si involuntariamente, ¿qué lo obligó a existir, y cómo es Dios si fue obligado— y obligado nada menos que a ser Dios? ¿Cómo, pues, fue engendrado?, dice mi oponente. ¿Cómo fue creado, si, como dices, fue creado? Pues esto es parte de la misma dificultad. Quizá dirías: Por Voluntad y Verbo. Aún no has resuelto toda la dificultad; pues todavía te queda mostrar cómo la Voluntad y el Verbo ganaron el poder de actuar. Pues el hombre no fue creado de este modo.

    Disc. 29, § 8

    VIII. ¿Cómo, pues, fue engendrado? Esta Generación no habría sido gran cosa si tú hubieras podido comprenderla, tú que no tienes conocimiento real ni siquiera de tu propia generación, o al menos que comprendes muy poco de ella, y de eso poco te avergüenzas de hablar; ¿y entonces piensas que sabes el todo? Tendrás que pasar mucho trabajo antes de descubrir las leyes de la composición, formación, manifestación, y el vínculo por el cual el alma se une al cuerpo, la mente al alma, y la razón a la mente; y el movimiento, el crecimiento, la asimilación del alimento, el sentido, la memoria, el recuerdo, y todas las demás partes de que estás compuesto; y cuáles de ellas pertenecen al alma y al cuerpo juntos, y cuáles a cada uno independientemente del otro, y cuáles se reciben uno de otro. Pues aquellas partes cuya madurez llega más tarde recibieron, sin embargo, sus leyes en el momento de la concepción. Dime, ¿cuáles son estas leyes? Y ni siquiera entonces te aventures a especular sobre la Generación de Dios; pues eso no sería seguro. Pues aunque supieras todo acerca de la tuya, con todo no sabes de ningún modo acerca de la de Dios. Y si no entiendes la tuya, ¿cómo puedes saber la de Dios? Porque en proporción a que Dios es más difícil de rastrear que el hombre, así la Generación celestial es más difícil de comprender que la tuya. Pero si afirmas que, porque no puedes comprenderla, por tanto Él no pudo haber sido engendrado, será hora de que borres muchas cosas existentes que no puedes comprender; y en primer lugar a Dios Mismo. Pues no puedes decir qué es Él, aunque seas muy temerario y excesivamente orgulloso de tu inteligencia. Primero, desecha tus nociones de flujos, divisiones y secciones, y tus concepciones de lo inmaterial como si fuera nacimiento material, y entonces quizá puedas concebir dignamente la Generación Divina. ¿Cómo fue engendrado?— repito la pregunta con indignación. El Engendramiento de Dios debe ser honrado con el silencio. Es gran cosa para ti aprender que Él fue engendrado. Pero la manera de Su generación no admitiremos que ni siquiera los Ángeles puedan concebir, mucho menos tú. ¿Te diré cómo fue? Fue de una manera conocida al Padre que engendró, y al Hijo que fue engendrado. Todo lo demás está oculto por una nube, y escapa a tu vista débil.

    Disc. 29, § 9

    IX. Bien, pero el Padre engendró un Hijo que o estaba o no estaba en la existencia. ¡Qué completo disparate! Ésta es una cuestión que se aplica a ti o a mí, que por un lado estábamos en la existencia, como por ejemplo Leví en los lomos de Abraham; [] y por otro lado vinimos a la existencia; y así, en cierto sentido, somos en parte de lo que existía, y en parte de lo que no existía; mientras que lo contrario es el caso con la materia original, que ciertamente fue creada de lo no existente, no obstante que algunos pretenden que es inengendrada. Pero en este caso «ser engendrado», aun desde el principio, es concurrente con «ser». ¿Sobre qué, pues, basarás esta cuestión capciosa? Pues ¿qué es más antiguo que aquello que es desde el principio, si podemos colocar allí la existencia o no existencia previa del Hijo? En cualquiera de los dos casos destruimos su pretensión de ser el Principio. O quizá dirás, si te preguntáramos si el Padre fue de sustancia existente o no existente, que es doble, en parte preexistente, en parte existente; o que Su caso es el mismo que el del Hijo; es decir, que Él fue creado de materia no existente, a causa de tus preguntas ridículas y tus casas de arena, que no pueden resistir ni la más mínima onda.
    No admito ninguna de las dos soluciones, y declaro que tu pregunta contiene un absurdo, y no una dificultad de responder. Sin embargo, si piensas, de acuerdo con tus suposiciones dialécticas, que una u otra de estas alternativas debe ser necesariamente verdadera en todo caso, déjame hacerte una pequeña pregunta: ¿El tiempo está en el tiempo, o no está en el tiempo? Si está contenido en el tiempo, entonces ¿en qué tiempo, y qué es sino ese tiempo, y cómo lo contiene? Pero si no está contenido en el tiempo, ¿cuál es esa sabiduría sobrepasante que puede concebir un tiempo que es atemporal? Ahora bien, respecto a esta expresión, «Ahora estoy diciendo una mentira», admite una de estas alternativas: o que es verdadera, o que es una falsedad, sin calificación (pues no podemos admitir que sea ambas). Pero esto no puede ser. Pues necesariamente o está mintiendo, y así dice la verdad, o bien dice la verdad, y así miente. ¿Qué maravilla hay, pues, en que, así como en este caso los contrarios son verdaderos, en aquél ambos sean falsos, y tu ingenioso rompecabezas resulte mera necedad? Resuélveme un enigma más. ¿Estuviste presente en tu propia generación, y estás ahora presente a ti mismo, o no se da ninguno de los dos casos? Si estuviste y estás presente, ¿quién eras, y con quién estás presente? ¿Y cómo tu único yo se volvió así a la vez sujeto y objeto? Pero si ninguno de los dos casos es cierto, ¿cómo te separaste de ti mismo, y cuál es la causa de esta desunión? Pero, dirás, es estúpido armar un alboroto acerca de la cuestión de si un individuo está presente a sí mismo o no; pues la expresión no se usa de uno mismo sino de otros. Bien, puedes estar seguro de que es aún más estúpido discutir la cuestión de si Aquello que fue engendrado desde el principio existía antes de su generación o no. Pues tal cuestión surge sólo respecto de la materia divisible por el tiempo.

    Disc. 29, § 10

    X. Pero dicen: lo Inengendrado y lo Engendrado no son lo mismo; y si esto es así, tampoco el Hijo es lo mismo que el Padre. Es claro, sin necesidad de decirlo, que este razonamiento excluye manifiestamente de la Deidad o al Hijo o al Padre. Porque si ser Inengendrado es la Esencia de Dios, ser engendrado no es esa Esencia; si ocurre lo contrario, queda excluido lo Inengendrado. ¿Qué argumento puede contradecir esto? Elige, pues, la blasfemia que prefieras, mi buen inventor de una nueva teología, si en verdad te afanas a toda costa por abrazar una blasfemia. En segundo lugar, ¿en qué sentido afirmas que lo Inengendrado y lo Engendrado no son lo mismo? Si quieres decir que lo Increado y lo creado no son lo mismo, estoy de acuerdo contigo; pues ciertamente lo Inoriginado y lo creado no son de la misma naturaleza. Pero si dices que Aquel Que engendró y Aquello que es engendrado no son lo mismo, la afirmación es inexacta. Pues en verdad es una necesidad que sean lo mismo. Porque la naturaleza de la relación del Padre con el Hijo es ésta: que la prole es de la misma naturaleza que el progenitor. O podemos argumentar también de este otro modo. ¿Qué entiendes por Inengendrado y Engendrado? Porque si te refieres al simple hecho de no ser engendrado o de ser engendrado, no son lo mismo; pero si te refieres a Aquellos a Quienes se aplican estos términos, ¿cómo no son Ellos lo mismo? Por ejemplo, la sabiduría y la insensatez no son lo mismo en sí mismas, y sin embargo ambas son atributos del hombre, que es el mismo; y no señalan una diferencia de esencia, sino algo exterior a la esencia. ¿Son también la inmortalidad, la inocencia y la inmutabilidad la esencia de Dios? Si así fuera, Dios tendría muchas esencias y no una; o la Deidad sería un compuesto de ellas. Pues Él no podría ser todo esto sin composición, si ellas fuesen esencias.
    Comentario editorial · Inengendrado y engendrado: el argumento eunomiano
    Aquí aparece el argumento en su forma más seca. En su Apología, según la versión inglesa que cita Wikipedia, Eunomio sostiene que «inengendrado» no es una invención ni una privación ni se dice de una parte de Dios (que no las tiene), de modo que ha de ser siempre «esencia inengendrada»; el Hijo, engendrado, no puede tenerla. Gregorio responde en dos tiempos. Si ser inengendrado fuese la Esencia de Dios, ser engendrado no lo sería y quedaría excluido de la Deidad el Hijo o el Padre (§ 10). Y el nombre «Inengendrado» no dice lo que Dios es, sino que lo describe «negando lo que no es» (§ 11). Distingue además lo no creado de lo no engendrado: el Hijo no es creado, pero la prole «es de la misma naturaleza que el progenitor» (§ 10).

    Disc. 29, § 11

    XI. Ellos, sin embargo, no afirman esto, pues esas cualidades son comunes también a otros seres. Pero la Esencia de Dios es aquello que pertenece sólo a Dios y le es propio. Pero ellos, que consideran que la materia y la forma son inengendradas, no consentirían en que ser inengendrado sea propiedad exclusiva de Dios (pues debemos arrojar aún más lejos las tinieblas de los maniqueos). Pero supon que sea propiedad exclusiva de Dios. ¿Y Adán? ¿No fue él solo criatura directa de Dios? Sí, dirás. ¿Era entonces el único ser humano? De ningún modo. ¿Y por qué, sino porque la humanidad no consiste en la creación directa? Pues lo que es engendrado también es humano. Del mismo modo, tampoco Aquel Que es Inengendrado es Dios en exclusiva, aunque sólo Él es Padre. Pero concede que Aquel Que es Engendrado es Dios; pues Él procede de Dios, como debes admitir, aun cuando te aferres a tu Inengendrado. Entonces, ¿cómo describes la Esencia de Dios? No declarando lo que es, sino negando lo que no es. Pues tu palabra significa que Él no es engendrado; no te presenta cuál es la naturaleza real o la condición de aquello que no tiene generación. ¿Qué es, entonces, la Esencia de Dios? A tu infatuación corresponde definirla, ya que tan ansioso estás también por Su Generación; pero para nosotros será cosa muy grande si alguna vez, aun en el futuro, llegamos a saberlo, cuando esta oscuridad y torpeza nos sean quitadas, como lo ha prometido Quien no puede mentir. Esto, pues, puede ser el pensamiento y la esperanza de quienes se purifican con miras a ello. Por nuestra parte, nos atreveremos a decir cuanto sigue: que si es grande cosa para el Padre ser Inoriginado, no lo es menos para el Hijo haber sido Engendrado de tal Padre. Pues no sólo compartiría la gloria del Inoriginado, puesto que Él procede del Inoriginado, sino que tiene la gloria añadida de Su Generación, cosa tan grande y augusta a los ojos de todos los que no son del todo rastreros y materiales de mente.

    Disc. 29, § 12

    XII. Pero, dicen, si el Hijo es lo mismo que el Padre en cuanto a la Esencia, entonces, si el Padre es inengendrado, el Hijo debe serlo igualmente. Exactamente— si la Esencia de Dios consiste en ser inengendrado; y así Él sería una extraña mezcla, engendradamente inengendrado. Si, por el contrario, la diferencia está fuera de la Esencia, ¿cómo puedes estar tan seguro al hablar de esto? ¿Eres tú también padre de tu padre, de modo que en nada quedes por debajo de tu padre, ya que eres lo mismo que él en esencia? ¿No es evidente que nuestra indagación sobre la Naturaleza de la Esencia de Dios, si la hacemos, dejará a la Personalidad absolutamente intacta? Pero que Inengendrado no es sinónimo de Dios se prueba así. Si lo fuera, sería necesario que, puesto que Dios es un término relativo, Inengendrado lo fuera asimismo; o que, puesto que Inengendrado es un término absoluto, Dios debiera serlo... Dios de nadie. Pues las palabras absolutamente idénticas se aplican de modo semejante. Pero la palabra Inengendrado no se usa relativamente. Pues ¿relativa a qué? ¿Y de qué cosas es Dios el Dios? Pues de todas las cosas. ¿Cómo, entonces, pueden Dios e Inengendrado ser términos idénticos? Y además, puesto que Engendrado e Inengendrado son contradictorios, como la posesión y la privación, se seguiría que esencias contradictorias coexistirían, lo cual es imposible. O, además, puesto que las posesiones son anteriores a las privaciones, y éstas son destructoras de aquéllas, no sólo la Esencia del Hijo tendría que ser anterior a la del Padre, sino que tendría que ser destruida por el Padre, según tu hipótesis.

    Disc. 29, § 13

    XIII. ¿Qué queda ahora de sus invencibles argumentos? Quizá el último refugio será éste. Si Dios nunca ha cesado de engendrar, la Generación es imperfecta; ¿y cuándo cesará? Pero si ha cesado, entonces tiene que haber comenzado. Así, de nuevo, estas mentes carnales aducen argumentos carnales. Si Él es eternamente engendrado o no, todavía no lo digo, hasta que haya examinado la afirmación, «Antes de todos los collados me engendra» [], con más exactitud. Pero no veo la necesidad de su conclusión. Pues si, como dicen, todo lo que ha de llegar a un fin tuvo también un comienzo, entonces ciertamente lo que no tiene fin no tuvo comienzo. ¿Qué decidirán, pues, acerca del alma o de la naturaleza angélica? Si tuvo comienzo, también tendrá fin; y si no tiene fin, es evidente que, según ellos, no tuvo comienzo. Pero la verdad es que tuvo comienzo y nunca tendrá fin. Su afirmación, pues, de que lo que tendrá fin tuvo también comienzo, es falsa. Nuestra posición, sin embargo, es que, como en el caso de un caballo, o de un buey, o de un hombre, la misma definición se aplica a todos los individuos de la misma especie, y todo lo que participa de la definición tiene también derecho al Nombre; así, exactamente del mismo modo, hay una sola Esencia de Dios, y una sola Naturaleza, y un solo Nombre; aunque, según una distinción de nuestros pensamientos, usamos Nombres distintos, y todo lo que es llamado propiamente con este Nombre realmente es Dios; y lo que Él es en Naturaleza, eso es llamado con verdad— si al menos hemos de sostener que la Verdad es asunto no de nombres sino de realidades. Pero nuestros oponentes, como si temieran no remover piedra alguna para subvertir la Verdad, reconocen ciertamente que el Hijo es Dios cuando son obligados a ello por argumentos y testimonios; pero sólo quieren decir que es Dios en un sentido ambiguo, y que sólo comparte el Nombre.

    Disc. 29, § 14

    XIV. Y cuando les presentamos esta objeción, «¿Qué quieres decir entonces? ¿Que el Hijo no es propiamente Dios, así como la imagen de un animal no es propiamente un animal? Y si no es propiamente Dios, ¿en qué sentido es Dios en absoluto?» Responden: ¿Por qué no habrían de ser estos términos ambiguos, y usarse en ambos casos en sentido propio? Y nos darán ejemplos como el perro de tierra y el perro de mar; en ellos la palabra Perro es ambigua, y sin embargo en ambos casos se usa propiamente, pues existe tal especie entre las cosas de nombre ambiguo, o cualquier otro caso en que el mismo apelativo se use para dos cosas de naturaleza distinta. Pero, mi buen amigo, en este caso, cuando incluyes dos naturalezas bajo el mismo nombre, no afirmas que una sea mejor que la otra, ni que la una sea anterior y la otra posterior, ni que la una sea en mayor grado y la otra en menor aquello que se predica de ambas, pues no hay vínculo alguno que imponga esa necesidad. Uno no es perro más que el otro, ni uno menos; ni el perro de mar más que el perro de tierra, ni el perro de tierra más que el perro de mar. ¿Por qué habrían de serlo, o según qué principio? Pero aquí la comunidad de nombre se da entre cosas de igual valor, aunque de naturaleza distinta. Pero en el caso del que hablamos, unes el Nombre de Dios con la Majestad adorable, haces que supere toda esencia y naturaleza (atributo exclusivo de Dios), y luego atribuyes este Nombre al Padre, mientras privas de él al Hijo, lo haces súbdito del Padre, y le concedes sólo un honor y culto secundarios; y aun si de palabra le otorgas uno que es Igual, en la práctica le cortas Su Deidad, y pasas malignamente de un uso del mismo Nombre que implica una igualdad exacta, a uno que conecta cosas que no son iguales. Y así, el hombre pintado y el hombre vivo son en tu boca una ilustración de las relaciones de la Deidad más apta que los perros que yo aduje. O bien debes conceder a ambos una igual dignidad de naturaleza además de un nombre común— aun cuando hayas introducido esas naturalezas en tu argumento como diferentes; y así destruyes la analogía de tus perros, que inventaste como ejemplo de desigualdad. Pues ¿qué fuerza tiene tu ejemplo de ambigüedad, si aquellos a quienes distingues no son iguales en honor? Porque no fue para probar una igualdad, sino una desigualdad, que te refugiaste en tus perros. ¿Cómo podría alguien ser convicto más claramente de luchar a la vez contra sus propios argumentos y contra la Deidad?

    Disc. 29, § 15

    XV. Y si, cuando admitimos que, en cuanto a ser la Causa, el Padre es mayor que el Hijo, ellos asumen la premisa de que Él es Causa por Naturaleza, y luego deducen la conclusión de que también es mayor por Naturaleza, es difícil decir si engañan más a sí mismos o a aquellos con quienes discuten. Pues no se sigue absolutamente que todo lo que se predica de una clase pueda también predicarse de todos los individuos que la componen; porque los distintos particulares pueden pertenecer a distintos individuos. Pues ¿qué me impide, si asumo la misma premisa, a saber, que el Padre es mayor por Naturaleza, y luego añado esta otra: Pero no en todo respecto mayor por naturaleza, ni tampoco Padre— concluir: Por tanto, lo Mayor no es en todo respecto mayor, ni el Padre en todo respecto Padre? O, si lo prefieres, planteémoslo de este modo: Dios es una Esencia; pero una Esencia no es en todo caso Dios; y saca tú mismo la conclusión— Por tanto, Dios no es en todo caso Dios. Creo que la falacia aquí es el argumentar a partir de un uso condicionado a un uso incondicionado de un término, por emplear la expresión técnica de los lógicos. Pues mientras nosotros asignamos esta palabra Mayor a Su Naturaleza considerada como Causa, ellos la infieren de Su Naturaleza considerada en sí misma. Es como si, cuando dijéramos que fulano era un hombre muerto, ellos infirieran simplemente que era un Hombre.

    Disc. 29, § 16

    XVI. ¿Cómo pasaremos por alto el siguiente punto, que no es menos asombroso que los demás? Padre, dicen, es un nombre de una esencia o de una Acción, pensando con ello atarnos por ambos lados. Si decimos que es nombre de una esencia, dirán que estamos de acuerdo con ellos en que el Hijo es de otra Esencia, puesto que no hay sino una sola Esencia de Dios, y ésta, según ellos, está ocupada de antemano por el Padre. Por otro lado, si decimos que es el nombre de una Acción, se supondrá que reconocemos claramente que el Hijo es creado y no engendrado. Pues donde hay un Agente tiene que haber también un Efecto. Y dirán que se maravillan de que lo hecho pueda ser idéntico a Aquello que lo hizo. Yo mismo me habría asustado con vuestra distinción, si hubiera sido necesario aceptar una u otra de las alternativas, y no más bien dejar ambas a un lado y enunciar una tercera y más verdadera, a saber, que Padre no es un nombre ni de una esencia ni de una acción, sapientísimos señores. Sino que es el nombre de la Relación en que el Padre está con el Hijo, y el Hijo con el Padre. Pues, como entre nosotros estos nombres dan a conocer una relación genuina e íntima, así también en el caso que nos ocupa denotan una identidad de naturaleza entre Aquel Que es engendrado y Aquel Que engendra. Pero concedámosles que Padre sea un nombre de esencia, aun así traerá consigo la idea del Hijo, y no la hará de naturaleza distinta, según las ideas comunes y la fuerza de estos nombres. Sea, si así os place, el nombre de una acción; tampoco por este camino nos derrotaréis. El Homoousion sería, en efecto, el resultado de esta acción, o de otro modo la concepción de una acción en esta materia sería absurda. Veis, pues, cómo, aun cuando intentáis luchar con malas artes, evitamos vuestros sofismas. Pero ahora, ya que hemos comprobado cuán invencibles sois en vuestros argumentos y sofismas, veamos vuestra fuerza en los Oráculos de Dios, por si acaso queréis persuadirnos a partir de ellos.

    Disc. 29, § 17

    XVII. Porque hemos aprendido a creer y a enseñar la Deidad del Hijo a partir de sus grandes y sublimes declaraciones. ¿Y cuáles son estas declaraciones? Éstas: Dios— el Verbo— Aquel Que Era En El Principio y Con El Principio, y El Principio. «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» [], y «Contigo está el Principio», y «El que la llama el Principio desde las generaciones» []. Luego el Hijo es Unigénito: «El Hijo unigénito que está en el seno del Padre, dice, Él le ha declarado» []. El Camino, la Verdad, la Vida, la Luz. «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»; y «Yo soy la Luz del mundo». Sabiduría y Poder, «Cristo, Sabiduría de Dios y Poder de Dios» []. El Resplandor, la Impresión, la Imagen, el Sello; «el cual, siendo el Resplandor de Su gloria y la Impresión de Su Esencia», y «la Imagen de Su Bondad» [], y «A Él lo ha sellado Dios el Padre» []. Señor, Rey, El Que Es, El Todopoderoso. «El Señor hizo llover fuego del Señor» []; y «Cetro de justicia es el cetro de Tu Reino»; y «el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso» [] — todo lo cual se dice claramente del Hijo, junto con todos los demás pasajes de la misma fuerza, ninguno de los cuales es una idea añadida después, ni agregado más tarde al Hijo o al Espíritu, como tampoco al Padre mismo. Porque Su Perfección no se ve afectada por adiciones. Nunca hubo un tiempo en que Él estuviera sin el Verbo, o en que no fuera el Padre, o en que no fuera verdadero, o no sabio, o no poderoso, o estuviera desprovisto de vida, o de esplendor, o de bondad.

    Disc. 29, § 18

    Pero, en oposición a todas éstas, enumérame tú las expresiones que favorecen tu ignorante arrogancia, como «Mi Dios y vuestro Dios», o mayor, o creado, o hecho, o santificado; añade, si quieres, Siervo [] y Obediente [] y Dio [] y Aprendió [], y fue mandado, fue enviado, nada puede hacer de Sí mismo, ni decir, ni juzgar, ni dar, ni querer. Y además éstas: Su ignorancia [], sujeción [], oración [], petición [], crecimiento [], perfeccionamiento. Y si quieres, aun otras más humildes que éstas; como las que hablan de Su dormir, tener hambre, estar en agonía [], y temer []; o quizá harías incluso de Su Cruz y Su Muerte un motivo de reproche contra Él. Su Resurrección y Ascensión supongo que me las dejarás a mí, pues en éstas se halla algo que apoya nuestra posición. Otras muchas cosas podrías recoger, si deseas componer a ese dios equívoco e intruso tuyo, que para nosotros es Dios verdadero e igual al Padre. Pues cada uno de estos puntos, tomado por separado, puede muy fácilmente, si los recorremos uno a uno, explicársete en el sentido más reverente, y limpiarse la piedra de tropiezo de la letra— es decir, si tu tropiezo en ella es honesto y no deliberadamente malicioso. Para darte la explicación en una sola frase: lo elevado has de aplicarlo a la Deidad, y a aquella Naturaleza que en Él es superior a los padecimientos e incorpórea; pero todo lo humilde, a la condición compuesta de Aquel que por vosotros se despojó a Sí mismo y se Encarnó— sí, pues no es peor decir que fue hecho Hombre, y después fue también exaltado. El resultado será que abandonarás estas doctrinas carnales y rastreras, y aprenderás a ser más sublime, y a ascender con Su Deidad, y no permanecerás de continuo entre las cosas visibles, sino que te elevarás con Él al mundo del pensamiento, y llegarás a saber qué pasajes se refieren a Su Naturaleza y cuáles a Su asunción de la Naturaleza Humana.
    Comentario editorial · Lo elevado a la Deidad, lo humilde a la «economía»
    Ni el NPNF ni el epub numeran este tramo; entre el XVII y el XIX es el § 18 por la secuencia, y así se localiza aquí. Da la regla que el Disc. 30 aplicará texto por texto: lo elevado «has de aplicarlo a la Deidad, y a aquella Naturaleza que en Él es superior a los padecimientos e incorpórea», y todo lo humilde, «a la condición compuesta de Aquel que por vosotros se despojó a Sí mismo y se Encarnó». Entre lo que enumera está , la «ignorancia» del Hijo. El NPNF anota que el griego de «su asunción de la Naturaleza Humana» es oikonomía, y que la palabra se usa en cuatro sentidos: el ministerio del Evangelio, la Providencia, la Encarnación (el del texto, por oposición a la divinidad) y todo el misterio de la Redención.

    Disc. 29, § 19

    XIX. Pues Aquel a quien ahora desprecias estuvo en otro tiempo por encima de ti. El que ahora es Hombre fue en otro tiempo el Incompuesto. Lo que era siguió siéndolo; lo que no era lo tomó para Sí. En el principio era, sin causa; pues ¿cuál es la Causa de Dios? Pero después, por una causa, nació. Y esa causa fue que tú pudieras salvarte, tú que lo insultas y desprecias su Deidad, por esto: porque tomó sobre Sí tu naturaleza más densa, teniendo trato con la Carne por medio de la Mente. Mientras su Naturaleza inferior, la Humanidad, se hizo Dios, porque estaba unida a Dios, y se hizo una sola Persona porque prevaleció la Naturaleza superior, a fin de que yo también pueda ser hecho Dios en la medida en que Él fue hecho Hombre. Nació — pero había sido engendrado. Nació de una mujer — pero ella era Virgen. Lo primero es humano, lo segundo Divino. En su naturaleza Humana no tuvo Padre, pero tampoco en su Naturaleza Divina Madre. Ambas cosas pertenecen a la Deidad. Moró en el seno materno — pero fue reconocido por el Profeta, que estaba aún en el seno, saltando ante el Verbo, por Cuya causa vino a la existencia. Fue envuelto en pañales [] — pero se quitó las vendas del sepulcro resucitando. Fue acostado en un pesebre — pero fue glorificado por los Ángeles, proclamado por una estrella y adorado por los Magos. ¿Por qué te escandalizas de lo que se presenta a tu vista, porque no quieres mirar lo que se presenta a tu mente? Fue llevado al destierro a Egipto — pero expulsó a los ídolos egipcios. No tenía forma ni hermosura a los ojos de los judíos [] — pero para David es más hermoso que los hijos de los hombres. Y en el Monte resplandeció como el relámpago y se volvió más luminoso que el sol, [] iniciándonos en el misterio del futuro.

    Disc. 29, § 20

    XX. Fue bautizado como Hombre — pero perdonó pecados como Dios — no porque Él necesitara ritos de purificación, sino para santificar el elemento del agua. Fue tentado como Hombre, pero venció como Dios; sí, nos manda tener buen ánimo, porque Él ha vencido al mundo. [] Tuvo hambre — pero alimentó a millares; sí, Él es el Pan que da vida, y Ese es del cielo. Tuvo sed — pero clamó: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba." Sí, prometió que brotarían fuentes de los que creen. Se cansó, pero Él es el Descanso de los que están cansados y agobiados. [] Le rindió el sueño, pero caminó ligeramente sobre el mar. Reprendió a los vientos, hizo ligero a Pedro cuando comenzaba a hundirse. Paga tributo, pero de un pez; sí, Él es el Rey de quienes lo exigían. [] Es llamado samaritano y endemoniado; — pero salva al que descendió de Jerusalén y cayó en manos de ladrones; los demonios lo reconocen, y Él expulsa demonios y hunde en el mar legiones de espíritus inmundos, [] y ve al Príncipe de los demonios caer como un relámpago. Lo apedrean, pero no lo prenden. Ora, pero escucha la oración. Llora, pero hace cesar las lágrimas. Pregunta dónde estaba sepultado Lázaro, porque era Hombre; pero resucita a Lázaro, porque era Dios. [] Es vendido, y muy barato, pues es sólo por treinta piezas de plata; [] pero redime al mundo, y ello a gran precio, porque el Precio fue su propia sangre. [] Como oveja es llevado al matadero, [] pero Él es el Pastor de Israel, y ahora también de todo el mundo. Como Cordero calla, sin embargo es el Verbo, y es proclamado por la Voz de uno que clama en el desierto. [] Es magullado y herido, pero sana toda enfermedad y toda dolencia. [Isaías 53:23] Es levantado y clavado al Árbol, pero por el Árbol de la Vida nos restaura; sí, salva incluso al Ladrón crucificado con Él; [] sí, envolvió al mundo visible en tinieblas. Le dan a beber vinagre mezclado con hiel. ¿Quién? Aquel que convirtió el agua en vino [], que es el destructor del sabor amargo, que es la Dulzura y todo él deseable. [] Entrega su vida, pero tiene poder para volverla a tomar; [] y el velo se rasga, pues las puertas misteriosas del Cielo se abren; las rocas se hienden, los muertos resucitan. [] Muere, pero da la vida, y con su muerte destruye la muerte. Es sepultado, pero resucita; desciende al infierno, pero hace subir las almas; sube al cielo, y habrá de venir de nuevo a juzgar a los vivos y a los muertos, y a poner a prueba palabras como las vuestras. Si las unas os dan punto de partida para vuestro error, que las otras le pongan fin.

    Disc. 29, § 21

    XXI. Esta es, pues, nuestra respuesta a quienes quieren confundirnos; no dada de buena gana (pues la conversación ligera y las contradicciones de palabras no son agradables a los fieles, y un solo Adversario nos basta), sino por necesidad, a causa de nuestros atacantes (pues los medicamentos existen por las enfermedades), para que lleguen a ver que no son del todo sabios ni invencibles en esos argumentos superfluos que anulan el Evangelio. Porque cuando dejamos de creer, y nos protegemos con la mera fuerza del argumento, y destruimos el derecho que el Espíritu tiene sobre nuestra fe con interrogatorios, y luego nuestro argumento no es suficientemente fuerte para la importancia del asunto (y esto necesariamente ha de ser así, puesto que es puesto en movimiento por un órgano tan poco poderoso como es nuestra mente), ¿cuál es el resultado? La debilidad del argumento parece pertenecer al misterio, y así la elegancia del lenguaje anula la Cruz, como también pensaba Pablo. [] Porque la fe es lo que completa nuestro argumento. Pero que Aquel que proclama uniones y suelta a los que están atados, y que pone en nuestras mentes el resolver los nudos de sus dogmas antinaturales, si es posible, cambie a estos hombres y los haga fieles en lugar de retóricos, cristianos en lugar de lo que ahora se les llama. Esto en verdad suplicamos y rogamos por amor de Cristo. Reconciliaos con Dios, [] y no apaguéis al Espíritu; [] o más bien, que Cristo se reconcilie con vosotros, y que el Espíritu os ilumine, aunque tan tarde. Pero si sois demasiado aficionados a vuestra disputa, nosotros al menos nos aferraremos a la Trinidad, y por la Trinidad seamos salvos, permaneciendo puros y sin ofensa, hasta la más perfecta manifestación de lo que deseamos, en Él, Cristo nuestro Señor, a Quien sea la gloria por siempre. Amén.

    Cuarta Oración Teológica (Oración 30)

    Disc. 30, encabezado

    La segunda, acerca del Hijo.

    Disc. 30, § 1

    I. Ya que por el poder del Espíritu he derribado suficientemente las sutilezas e intrincaciones de los argumentos, y ya he resuelto en conjunto las objeciones y contradicciones sacadas de la Sagrada Escritura, con las cuales esos sacrílegos ladrones de la Biblia y ladrones del sentido de su contenido arrastran a la multitud a su lado y confunden el camino de la verdad; y esto no sin claridad, como creo que dirán todas las personas sinceras; atribuyendo a la Deidad las expresiones más altas y divinas, y las más bajas y humanas a Aquel que por nosotros los hombres fue el segundo Adán, y fue Dios hecho capaz de sufrir para luchar contra el pecado; sin embargo, todavía no hemos recorrido los pasajes en detalle, debido a la prisa de nuestro argumento. Pero ya que nos exigís una breve explicación de cada uno de ellos, para que no seáis arrastrados por la verosimilitud de sus argumentos, expondremos las explicaciones sumariamente, dividiéndolas en números para que las retengáis más fácilmente en la mente.

    Disc. 30, § 2

    II. A sus ojos, lo siguiente está demasiado a mano: "El Señor me creó al principio de sus caminos, con miras a sus obras." ¿Cómo responder a esto? ¿Presentaremos una acusación contra Salomón, o rechazaremos sus palabras anteriores a causa de su caída en la vida posterior? ¿Diremos que las palabras son de la Sabiduría misma, por así decirlo del Conocimiento y de la Palabra creadora, conforme a la cual fueron hechas todas las cosas? Pues la Escritura a menudo personifica incluso a muchos objetos inanimados; como, por ejemplo, "el Mar dijo" tal y tal cosa; y "el Abismo dice: No está en mí"; y "los Cielos declaran la gloria de Dios"; y de nuevo se da una orden a la Espada; y a los Montes y Collados se les pregunta la razón de sus saltos. No alegamos nada de esto, aunque algunos de nuestros predecesores los usaron como argumentos poderosos. Pero concedamos que la expresión se usa de nuestro Salvador mismo, la verdadera Sabiduría. Consideremos juntos un pequeño punto. ¿Qué, entre todas las cosas que existen, es inoriginado? La Deidad. Pues nadie puede decir el origen de Dios; de otro modo, eso sería anterior a Dios. Pero ¿cuál es la causa de la Humanidad que Dios asumió por nosotros? Fue ciertamente nuestra Salvación. ¿Qué otra cosa podría ser? Puesto que entonces encontramos aquí claramente lo Creado y lo de "Me engendra", el argumento es sencillo. Todo lo que encontremos unido a una causa hemos de referirlo a la Humanidad, pero todo lo absoluto e inoriginado hemos de contarlo a la cuenta de su Deidad. Pues bien, ¿no se dice este "Creado" en conexión con una causa? "Me creó", dice, "como el principio de sus caminos, con miras a sus obras". Ahora bien, las Obras de sus Manos son verdad y juicio; por causa de las cuales fue ungido con Deidad; pues esta unción es de la Humanidad; pero el "Él me engendra" no está conectado con una causa; o vosotros debéis mostrar el adjunto. ¿Qué argumento entonces refutará que la Sabiduría sea llamada criatura, en relación con la generación inferior, pero Engendrada respecto de la primera y más incomprensible?
    Comentario editorial · Proverbios 8:22: «el Señor me creó»
    Es el primer texto arriano que Gregorio contesta. Lo que la Sabiduría dice «creado» va unido a una causa —«con miras a sus obras», nuestra Salvación— y se refiere a la humanidad asumida; «me engendra» no va unido a ninguna y se refiere a la generación divina. Una nota del NPNF, que cita al obispo Wordsworth, recuerda que el verbo hebreo significa casi siempre «adquirir» (se usa unas ochenta veces en el Antiguo Testamento y la versión inglesa autorizada lo vierte «poseer» solo cinco), que la Septuaginta y la siríaca dicen «crear», que Jerónimo oscila entre «poseer» y «crear» y que Wordsworth, con Hilario, lo refiere a la generación eterna. Atanasio lo había discutido a fondo (Discurso 2, §§ 18–82, en la edición del NPNF) en sus Cuatro discursos; véase también la generación eterna.

    Disc. 30, § 3

    III. Sigue el hecho de que sea llamado Siervo y de que sirva bien a muchos, y de que sea para Él cosa grande ser llamado Hijo de Dios. Porque en verdad estuvo en servidumbre a la carne y al nacimiento y a las condiciones de nuestra vida con miras a nuestra liberación, y a la de todos aquellos a quienes ha salvado, que estaban en esclavitud bajo el pecado. ¿Qué mayor destino puede sobrevenir a la humildad del hombre que el ser entremezclado con Dios, y por esta entremezcla ser deificado, y que nosotros seamos visitados de tal modo por el Oriente de lo alto, que incluso aquella Cosa santa que habría de nacer sea llamada Hijo del Altísimo, y que se le otorgue un Nombre que es sobre todo nombre? ¿Y qué otra cosa puede ser esto sino Dios? — y que toda rodilla se doble ante Aquel que fue hecho de poca reputación por nosotros, y que mezcló la Forma de Dios con la forma de siervo, y que toda la Casa de Israel sepa que Dios lo ha hecho tanto Señor como Cristo? Pues todo esto fue hecho por la acción del Engendrado, y por el beneplácito de Aquel que lo engendró.

    Disc. 30, § 4

    IV. Bien, ¿cuál es el segundo de sus grandes pasajes irresistibles? "Él debe reinar", hasta tal y tal tiempo... y "ser recibido por el cielo hasta el tiempo de la restauración", y "tener el asiento a la Diestra hasta el derrocamiento de sus enemigos". ¿Y después de esto? ¿Debe dejar de ser Rey, o ser quitado del Cielo? Pues, ¿quién lo hará cesar, y por qué causa? Qué intérprete tan audaz y tan anarquista eres; y sin embargo has oído que de Su Reino no habrá fin. Tu error proviene de no entender que Hasta no siempre excluye lo que viene después, sino que afirma hasta ese tiempo, sin negar lo que viene después de él. Para tomar un solo ejemplo: ¿cómo entenderías de otro modo "He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo?" ¿Significa que ya no lo estará después? ¿Y por qué razón? Pero esta no es la única causa de tu error; tampoco distingues entre las cosas que son significadas. Se dice que Él reina en un sentido como Rey Todopoderoso, tanto de los que quieren como de los que no quieren; pero en otro, como produciendo en nosotros sumisión, y poniéndonos bajo su Realeza al reconocer de buena gana su Soberanía. Del Reino suyo, considerado en el primer sentido, no habrá fin. Pero en el segundo sentido, ¿qué fin habrá? El tomarnos como siervos suyos, al entrar nosotros en un estado de salvación. Pues, ¿qué necesidad hay de Obrar Sumisión en nosotros cuando ya nos hemos sometido? Después de lo cual Él se levanta para juzgar la tierra, y para separar a los salvados de los perdidos. Después de eso ha de estar como Dios en medio de dioses, es decir, de los salvados, distinguiendo y decidiendo de qué honor y de qué morada es digno cada uno.

    Disc. 30, § 5

    V. Tomemos, en el siguiente lugar, la sujeción por la cual sometéis el Hijo al Padre. ¿Qué, decís, no está Él ahora sujeto, o, si es Dios, debe estar sujeto a Dios? Estáis modelando vuestro argumento como si se tratara de algún salteador, o de alguna deidad hostil. Pero miradlo de esta manera: así como por mí fue llamado maldición Aquel que destruyó mi maldición, y pecado, quien quita el pecado del mundo; y se hizo nuevo Adán para ocupar el lugar del viejo, del mismo modo hace suya mi desobediencia como Cabeza de todo el cuerpo. Mientras yo soy desobediente y rebelde, tanto por la negación de Dios como por mis pasiones, también Cristo es llamado desobediente por mi causa. Pero cuando todas las cosas le sean sometidas, por un lado mediante el reconocimiento de Él, y por otro mediante una reforma, entonces Él mismo también habrá cumplido su sumisión, llevando a Dios a mí, a quien ha salvado. Pues esta, según mi parecer, es la sujeción de Cristo; a saber, el cumplimiento de la Voluntad del Padre. Pero así como el Hijo somete todas las cosas al Padre, así también el Padre al Hijo; el Uno por su Obra, el Otro por su beneplácito, como ya hemos dicho. Y así, Aquel que somete presenta a Dios aquello que ha sometido, haciendo nuestra condición suya propia. Del mismo género, me parece, es la expresión: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" No fue Él quien fue desamparado, ni por el Padre ni por su propia Deidad, como algunos han pensado, como si Ésta temiera la Pasión y por ello se retirara de Él en sus Sufrimientos (pues ¿quién lo obligó a nacer en la tierra, o a ser levantado en la Cruz?). Pero, como dije, Él nos representaba en su propia Persona. Porque nosotros éramos los desamparados y despreciados antes, pero ahora, por los Sufrimientos de Aquel que no podía sufrir, fuimos recogidos y salvados. De modo semejante, Él hace suya nuestra necedad y nuestras transgresiones; y dice lo que sigue en el Salmo, pues es muy evidente que el Salmo veintiuno se refiere a Cristo.

    Disc. 30, § 6

    VI. La misma consideración se aplica a otro pasaje: "Aprendió obediencia por lo que padeció", y a su "fuerte clamor y lágrimas", y a sus "Súplicas", y a su "ser oído", y a su "Reverencia", todo lo cual Él realizó maravillosamente, como un drama cuyo argumento fue ideado en nuestro favor. Pues en su carácter de Verbo no era ni obediente ni desobediente. Porque tales expresiones pertenecen a los siervos y a los inferiores, y la una se aplica a los mejores de ellos, mientras que la otra pertenece a los que merecen castigo. Pero, en el carácter de la Forma de Siervo, se abaja hasta sus consiervos, más aún, hasta sus siervos, y toma sobre Sí una forma extraña, llevando en Sí mismo todo lo mío y todo lo mío propio, para agotar en Sí lo malo, como el fuego hace con la cera, o como el sol con las nieblas de la tierra; y para que yo participe de su naturaleza por la mezcla. Así honra la obediencia con su acción, y la prueba experimentalmente con su Pasión. Pues no basta poseer la disposición, del mismo modo que no nos bastaría a nosotros, a menos que también la probáramos con nuestros actos; porque la acción es la prueba de la disposición.
    Y quizá no sería erróneo suponer también esto: que por el arte de su amor a los hombres mide nuestra obediencia, y mide todo por comparación con sus propios Sufrimientos, para conocer nuestra condición por la suya, y cuánto se exige de nosotros, y cuánto cedemos, tomando en cuenta, junto con nuestro entorno, también nuestra debilidad. Pues si la Luz que brilla a través del velo sobre las tinieblas, es decir, sobre esta vida, fue perseguida por las otras tinieblas (me refiero al Maligno y al Tentador), ¿cuánto más será perseguida la tiniebla, siendo más débil que aquélla? ¿Y qué maravilla es que, aunque Él escapó del todo, nosotros hayamos sido, al menos en parte, alcanzados? Pues es cosa más admirable que Él haya sido perseguido, a que nosotros hayamos sido capturados; al menos para la mente de todos los que razonan rectamente sobre el asunto. Añadiré aún otro pasaje a los ya mencionados, porque creo que tiende claramente al mismo sentido. Me refiero a "En que Él sufrió siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados". Pero Dios será todo en todos en el tiempo de la restauración; no en el sentido de que sólo el Padre será, y el Hijo se disolverá por completo en Él, como una antorcha en una gran pira, de la cual fue apartada por breve espacio y luego devuelta (pues no querría que ni siquiera los sabelianos fueran perjudicados por tal expresión); sino la Deidad entera, cuando ya no estemos divididos (como ahora lo estamos por movimientos y pasiones), y no contengamos nada en absoluto de Dios, o muy poco, sino que seamos enteramente semejantes.

    Disc. 30, § 7

    VII. Como tercer punto contáis lo de que el Verbo es Mayor; y como cuarto, lo de "A mi Dios y a vuestro Dios". Y en verdad, si se le hubiera llamado mayor, y no hubiera aparecido la palabra igual, esto quizá habría sido un punto a favor suyo. Pero si encontramos ambas palabras claramente usadas, ¿qué tendrán que decir estos señores? ¿Cómo fortalecerá eso su argumento? ¿Cómo reconciliarán lo irreconciliable? Porque es imposible que la misma cosa sea a la vez mayor que e igual a la misma cosa; y la solución evidente es que lo Mayor se refiere al origen, mientras que lo Igual pertenece a la Naturaleza; y esto lo reconocemos con mucha buena voluntad. Pero quizá algún otro respaldará nuestro ataque a vuestro argumento, y afirmará que Aquello que proviene de una Causa así no es inferior a aquello que no tiene Causa; pues compartiría la gloria del Inoriginado, porque proviene del Inoriginado. Y está, además, la Generación, que es para todos los hombres asunto tan maravilloso y de tal Majestad. Pues decir que Él es mayor que el Hijo considerado como hombre es verdad, pero no es gran cosa. Porque, ¿qué maravilla es si Dios es mayor que el hombre? Ciertamente eso basta para responder a su discurso acerca de lo Mayor.

    Disc. 30, § 8

    VIII. En cuanto a los otros pasajes, "Mi Dios" se usaría con respecto, no al Verbo, sino al Verbo Visible. Pues, ¿cómo podría haber un Dios de Aquel que es propiamente Dios? Del mismo modo, Él es Padre, no de lo Visible, sino del Verbo; porque nuestro Señor era de dos Naturalezas; de modo que una expresión se usa propiamente y la otra impropiamente en cada uno de los dos casos; pero exactamente a la manera opuesta a su uso respecto de nosotros. Pues respecto de nosotros, Dios es propiamente nuestro Dios, pero no propiamente nuestro Padre. Y esta es la causa del error de los Herejes, a saber, la unión de estos dos Nombres, que se intercambian a causa de la Unión de las Naturalezas. Y una indicación de esto se encuentra en el hecho de que dondequiera que las Naturalezas se distinguen en nuestros pensamientos unas de otras, los Nombres también se distinguen; como oís en palabras de Pablo: "El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la Gloria". El Dios de Cristo, pero el Padre de la gloria. Pues aunque estos dos términos expresan una sola Persona, no es por una Unidad de Naturaleza, sino por una Unión de las dos. ¿Qué podría ser más claro?

    Disc. 30, § 9

    IX. En quinto lugar, aléguese que se dice de Él que recibe vida, juicio, herencia de los gentiles, o poder sobre toda carne, o gloria, o discípulos, o cualquier otra cosa que se mencione. Esto también pertenece a la Humanidad; y sin embargo, si lo atribuyeseis a la Deidad, no sería ningún absurdo. Pues no lo atribuiríais como si fuera algo recién adquirido, sino como perteneciente a Él desde el principio por razón de naturaleza, y no como un acto de favor.

    Disc. 30, § 10

    X. En sexto lugar, afírmese que está escrito: El Hijo nada puede hacer por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. La solución es la siguiente: Puede y No puede no son palabras con un solo significado, sino con muchos. Por una parte, se usan a veces respecto de la falta de fuerza, a veces respecto del tiempo, y a veces en relación con cierto objeto; como, por ejemplo, Un niño no puede ser atleta, o, Un cachorro no puede ver, o luchar con tal o cual. Quizá algún día el niño será atleta, el cachorro verá, luchará con ese otro, aunque quizá aún no pueda luchar con cualquier otro. O, de nuevo, pueden usarse de lo que es generalmente verdadero. Por ejemplo: Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder; y sin embargo podría ser escondida por otra colina más alta que estuviera en línea con ella. O, en otro sentido, se usan de una cosa que no es razonable; como, ¿Pueden los hijos de la cámara nupcial ayunar mientras el Esposo está con ellos?, ya sea que se lo considere visible en forma corporal (pues el tiempo de su morada entre nosotros no fue de duelo, sino de alegría), o como el Verbo. Pues, ¿por qué han de guardar un ayuno corporal quienes están purificados por el Verbo? O, de nuevo, se usan de lo que es contrario a la voluntad; como en, No pudo hacer allí ningún milagro a causa de la incredulidad de ellos, es decir, de quienes debían recibirlos. Pues ya que para la curación se necesita tanto la fe en el paciente como el poder en el Sanador, cuando uno de los dos faltaba, el otro era imposible. Pero probablemente este sentido también debe referirse al capítulo de lo irrazonable. Pues la curación no es razonable en el caso de quienes después serían dañados por la incredulidad. La frase El mundo no os puede aborrecer cae bajo el mismo capítulo, como también ¿Cómo podéis vosotros, siendo malos, hablar cosas buenas? Pues, ¿en qué sentido es imposible cualquiera de las dos, sino en que es contrario a la voluntad? Hay un significado algo semejante en las expresiones que implican que una cosa imposible por naturaleza es posible para Dios si Él así lo quiere; como que un hombre no puede nacer por segunda vez, o que una aguja no dejará pasar a un camello por ella. Pues, ¿qué podría impedir que sucediera cualquiera de estas cosas, si Dios así lo quisiera?

    Disc. 30, § 11

    XI. Y además de todo esto, existe lo absolutamente imposible e inadmisible, como eso que ahora examinamos. Pues así como afirmamos que a Dios le es imposible ser malo, o no existir —pues esto indicaría debilidad en Dios antes que fortaleza—, o que lo no existente exista, o que dos y dos hagan a la vez cuatro y diez, así también es imposible e inconcebible que el Hijo haga algo que el Padre no haga. Porque todo cuanto tiene el Padre es del Hijo; y, por otra parte, todo cuanto pertenece al Hijo es del Padre. Nada, entonces, es propio, porque todas las cosas son comunes. Pues el Ser Mismo de Ellos es común e igual, aunque el Hijo lo reciba del Padre. Respecto de esto se dice Yo vivo por el Padre; no como si Su Vida y Su Ser fueran sostenidos por el Padre, sino porque tiene Su Ser de Él desde antes de todo tiempo y de toda causa. Pero ¿cómo ve al Padre obrar y obra de igual modo? ¿Acaso como quienes copian cuadros y letras, porque no pueden alcanzar la verdad sino mirando el original y dejándose guiar por su mano? Pero ¿cómo habrá de necesitar la Sabiduría un maestro, o ser incapaz de obrar si no se le enseña? ¿Y en qué sentido "obra" el Padre en el presente o en el pasado? ¿Hizo otro mundo antes de éste, o va a hacer un mundo venidero? ¿Y miró el Hijo aquél e hizo éste? ¿O mirará el otro y hará uno semejante? Según este argumento tendría que haber cuatro mundos: dos hechos por el Padre y dos por el Hijo. ¡Qué absurdo! Él limpia leprosos, libra a los hombres de espíritus malignos y de enfermedades, vivifica a los muertos, camina sobre el mar y hace todas Sus demás obras; pero ¿en qué caso, o cuándo, hizo el Padre estos actos antes que Él? ¿No es claro que el Padre imprimió las ideas de esas mismas acciones, y el Verbo las lleva a cumplimiento, no servilmente ni con impericia, sino con pleno conocimiento y con maestría o, hablando con más propiedad, como el Padre? Pues en este sentido entiendo las palabras que todo cuanto hace el Padre, eso mismo hace también el Hijo; no, es decir, por la semejanza de las cosas hechas, sino en razón de la Autoridad. Éste podría bien ser también el sentido del pasaje que dice que el Padre trabaja hasta ahora, y también el Hijo; y no sólo eso, sino que se refiere asimismo al gobierno y conservación de las cosas que Él ha hecho; como lo muestra el pasaje que dice que Él hace a Sus Ángeles Espíritus, y que la tierra está fundada sobre su firmeza (aunque una vez por todas estas cosas fueron fijadas y hechas), y que el trueno es afirmado y el viento creado. De todas estas cosas el Verbo fue dado una vez, pero la Acción continúa aun ahora.

    Disc. 30, § 12

    XII. Que citen, en séptimo lugar, aquello de que El Hijo bajó del Cielo, no para hacer Su voluntad, sino la voluntad de Aquel que Lo envió. Ahora bien, si esto no lo hubiera dicho Él Mismo, que bajó, diríamos que la frase estaba modelada como si brotara de la Naturaleza Humana, no de Aquel que es considerado en Su carácter de Salvador; pues Su Voluntad humana no puede oponerse a Dios, ya que está enteramente asumida en Dios; pero considerada simplemente como en nuestra naturaleza, en cuanto la voluntad humana no sigue por completo la Divina, sino que en su mayor parte lucha contra ella y la resiste. Pues del mismo modo entendemos las palabras: Padre, si es posible, pase de Mí esta copa; pero no se haga lo que Yo quiero, sino lo que Tú quieres. Pues no es verosímil que Él no supiera si era posible o no, ni que opusiera voluntad a voluntad. Pero ya que éste es el lenguaje de Aquel Que asumió nuestra Naturaleza (pues Él fue Quien bajó), y no de la Naturaleza que Él asumió, a la objeción hemos de salir al paso de este modo: que el pasaje no significa que el Hijo tenga una voluntad propia, aparte de la del Padre, sino que no la tiene; de manera que el sentido sería: "no hacer Mi propia voluntad, porque no hay ninguna Mía aparte de la que es común a Mí y a Ti; pues así como tenemos una sola Deidad, así tenemos una sola Voluntad." Porque muchas expresiones semejantes se usan en relación con esta Comunidad, y se expresan no positivamente, sino negativamente; como, p. ej., Dios no da el Espíritu por medida, pues de hecho no da el Espíritu al Hijo, ni Lo mide, porque Dios no es medido por Dios; o de nuevo: No mi transgresión ni mi pecado. No se usan las palabras porque Él tenga estas cosas, sino porque no las tiene. Y otra vez: No por nuestra justicia que hayamos hecho, pues ninguna hemos hecho. Y este sentido es evidente también en las cláusulas siguientes. Pues ¿cuál es, dice Él, la Voluntad de Mi Padre? Que todo el que cree en el Hijo sea salvo y obtenga la Resurrección final. Ahora bien, ¿es ésta la Voluntad del Padre, pero no la del Hijo? ¿O predica Él el Evangelio y recibe la fe de los hombres contra Su voluntad? ¿Quién podría creer eso? Además, aquel pasaje que dice que la Palabra que se oye no es del Hijo, sino del Padre, tiene la misma fuerza. Pues no alcanzo a ver cómo lo que es común a dos puede decirse que pertenece a uno solo, por más que lo considere, y no creo que nadie lo vea. Si, pues, tienes esta opinión acerca de la Voluntad, estarás en lo recto y reverente en tu opinión, según pienso, y según piensa toda persona de recto sentir.

    Disc. 30, § 13

    XIII. El octavo pasaje es: Que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a Quien Tú has enviado; y Ninguno es bueno, sino uno solo, Dios. La solución de esto me parece muy fácil. Pues si atribuyes esto sólo al Padre, ¿dónde colocarás la Verdad Misma? Porque si concibes de este modo el sentido de Al único y sabio Dios, o de Quien solo tiene Inmortalidad, que habita en la luz a la que ningún hombre puede acercarse, o de al Rey de los Siglos, inmortal, invisible y único y sabio Dios, entonces el Hijo ha desaparecido bajo sentencia de muerte, o de tinieblas, o en todo caso condenado a no ser ni sabio ni rey, ni invisible, ni Dios en absoluto, que compendia todos estos puntos. ¿Y cómo impedirás que Su Bondad, que de modo especial pertenece sólo a Dios, perezca con lo demás? Yo, sin embargo, pienso que el pasaje Que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, fue dicho para derribar a esos dioses falsamente llamados así, pues no habría añadido y a Jesucristo, a Quien Tú has enviado, si El Único Dios Verdadero estuviera en contraste con Él, y la frase no procediera sobre la base de una Deidad común. El "Ninguno es bueno" responde al Doctor de la Ley que lo tentaba, que daba testimonio de Su Bondad considerada como Hombre. Pues la bondad perfecta, dice Él, es propia sólo de Dios, aunque un hombre sea llamado perfectamente bueno. Como, por ejemplo: El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas. Y: Daré el reino a uno que es bueno sobre ti.... Palabras de Dios, hablando a Saúl acerca de David. O también: Haz bien, oh Señor, a los buenos... y todas las demás expresiones semejantes acerca de los que de nosotros son alabados, sobre quienes es como un efluvio del Bien Supremo, y a ellos ha llegado en grado secundario. Lo mejor de todo será si podemos persuadiros de esto. Pero si no, ¿qué dirás a la sugerencia del otro lado, de que en tu hipótesis el Hijo ha sido llamado el único Dios? ¿En qué pasaje? Pues en éste: Éste es tu Dios; ningún otro será tenido en cuenta en comparación con Él, y un poco más adelante: después de esto se mostró sobre la tierra, y conversó con los hombres. Esta adición prueba claramente que las palabras no se usan del Padre, sino del Hijo; pues fue Él Quien en forma corporal convivió con nosotros, y estuvo en este mundo inferior. Ahora, si decidiéramos tomar estas palabras como dichas en contraste con el Padre, y no con los dioses imaginarios, perdemos al Padre por los mismos términos que estábamos esgrimiendo contra el Hijo. ¿Y qué podría haber más desastroso que tal victoria?

    Disc. 30, § 14

    XIV. En noveno lugar, alegan: viendo que Él vive siempre para interceder por nosotros. ¡Oh, qué hermoso, y místico, y bondadoso! Porque interceder no implica buscar venganza, como es costumbre de la mayoría de los hombres (pues en ello habría algo de humillación), sino rogar por nosotros en razón de Su Mediación, así como también se dice que el Espíritu intercede por nosotros. Porque hay un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los Hombres, el Hombre Cristo Jesús. Pues Él ruega aun ahora como Hombre por mi salvación; porque continúa llevando el Cuerpo que asumió, hasta hacerme Dios por el poder de Su Encarnación; aunque ya no es conocido según la carne —quiero decir, las pasiones de la carne, las mismas que las nuestras, salvo el pecado. Así también, tenemos un Abogado, Jesucristo, no ciertamente postrándose por nosotros ante el Padre, ni cayendo ante Él servilmente... ¡Fuera con una sospecha tan verdaderamente servil e indigna del Espíritu! Pues ni es conveniente que el Padre lo exija, ni que el Hijo se someta a ello; ni es justo pensarlo de Dios. Sino que por lo que Él padeció como Hombre, Él, como el Verbo y el Consejero, lo persuade a tener paciencia. Pienso que éste es el sentido de Su Abogacía.

    Disc. 30, § 15

    XV. Su décima objeción es la ignorancia, y la afirmación de que Del día y de la hora final nadie sabe, ni aun el Hijo Mismo, sino el Padre. Y sin embargo, ¿cómo puede la Sabiduría ignorar algo —esa Sabiduría que hizo los mundos, que los perfecciona, que los remodela, que es el Límite de todas las cosas que fueron hechas, que conoce las cosas de Dios como el espíritu del hombre conoce las cosas que hay en él? Porque ¿qué puede haber más perfecto que este conocimiento? ¿Cómo, pues, puedes decir que Él conoce con exactitud todas las cosas anteriores a esa hora, y todas las que han de suceder alrededor del tiempo del fin, pero que la hora misma la ignora? Pues tal cosa sería como un enigma; como si alguien dijera que conocía con exactitud todo lo que había delante del muro, pero no conocía el muro mismo; o que, conociendo el fin del día, no conocía el comienzo de la noche —donde el conocimiento de lo uno trae necesariamente consigo el de lo otro. Así, todos han de ver que Él sabe como Dios, y no sabe como Hombre; si es que puede separarse lo visible de lo que se discierne sólo por el pensamiento. Pues el uso absoluto e incondicionado del Nombre "El Hijo" en este pasaje, sin la adición de de quién es Hijo, nos da este pensamiento: que hemos de entender la ignorancia en el sentido más reverente, atribuyéndola a la Humanidad, y no a la Deidad.

    Disc. 30, § 16

    XVI. Si, pues, este argumento es suficiente, detengámonos aquí y no indaguemos más. Pero si no, nuestro segundo argumento es como sigue: —Así como hacemos en todos los demás casos, refiramos Su conocimiento de los acontecimientos más grandes, en honor del Padre, a la Causa. Y pienso que cualquiera, aun si no lo leyera del modo en que lo hizo uno de nuestros propios Estudiantes, pronto percibiría que ni siquiera el Hijo conoce el día o la hora de otro modo que como lo conoce el Padre. Pues ¿qué concluimos de esto? Que, puesto que el Padre conoce, por lo tanto también conoce el Hijo, ya que es evidente que esto no puede ser conocido ni comprendido por ninguna otra que no sea la Naturaleza Primera. Nos queda por interpretar el pasaje acerca de Su recibir el mandamiento, y de haber guardado Sus Mandamientos, y de haber hecho siempre lo que a Él le agrada; y además lo concerniente a Su ser hecho perfecto, y a Su exaltación, y a Su aprender obediencia por las cosas que padeció; y también Su Sumo Sacerdocio, y Su Oblación, y Su Entrega, y Su oración a Aquel Que podía salvarlo de la muerte, y Su Agonía y Sudor de Sangre y Oración, y otras cosas semejantes; si no fuera evidente para todos que tales palabras se refieren, no a Aquella Naturaleza Que es inmutable y está por encima de toda capacidad de sufrimiento, sino a la Humanidad pasible. Éste es, pues, el argumento acerca de estas objeciones, en cuanto ha de ser una especie de fundamento y memorándum para uso de quienes sean más capaces de conducir la investigación hasta una elaboración más completa. Puede, sin embargo, valer la pena, y será coherente con lo ya dicho, en lugar de pasar por alto sin observación los Títulos mismos del Hijo (que son muchos, y se refieren a muchos de Sus Atributos), exponeros el significado de cada uno de ellos, y señalar el sentido místico de los nombres.

    Disc. 30, § 17

    XVII. Empecemos así. La Deidad no puede expresarse con palabras. Y esto se nos prueba, no sólo por el argumento, sino por los más sabios y antiguos de los hebreos, en la medida en que nos han dado razón para conjeturarlo. Pues ellos apropiaron ciertos caracteres para honor de la Deidad, y ni siquiera permitían que el nombre de algo inferior a Dios se escribiera con las mismas letras que el de Dios, porque en su mente era impropio que la Deidad admitiera, siquiera en esa medida, a alguna de Sus criaturas a participar con Él. ¿Cómo, pues, habrían podido admitir que la Naturaleza invisible y separada pueda explicarse por palabras divisibles? Porque ni nadie ha respirado todavía todo el aire, ni mente alguna ha comprendido enteramente, ni el habla ha contenido exhaustivamente el Ser de Dios. Pero Lo bosquejamos por Sus Atributos, y así obtenemos una cierta idea débil, tenue y parcial acerca de Él, y nuestro mejor Teólogo es aquel que, no habiendo en verdad descubierto el todo, pues nuestra cadena presente no nos permite ver el todo, Lo ha concebido en mayor medida que otro, y ha reunido en sí más de la Semejanza o adumbración de la Verdad, o como queramos llamarlo.

    Disc. 30, § 18

    XVIII. Hasta donde, pues, podemos alcanzar, El Que Es, y Dios, son los nombres propios de Su Esencia; y de éstos, especialmente El Que Es, no sólo porque cuando habló a Moisés en el monte, y Moisés preguntó cuál era Su Nombre, esto fue lo que Él se llamó a Sí Mismo, mandándole decir al pueblo "Yo Soy me ha enviado," sino también porque hallamos que este Nombre es el más estrictamente apropiado. Pues el Nombre Qeo/j (Dios), aun si, como dicen los que son hábiles en estas materias, se derivara de Qe/ein (correr) o de Ai!qein (arder), del movimiento continuo, y porque consume las condiciones malas de las cosas (por cuyo hecho también es llamado Fuego Consumidor), sería con todo uno de los Nombres Relativos, y no uno Absoluto; como ocurre de nuevo con Señor, que también es llamado nombre de Dios. Yo soy el Señor tu Dios, dice Él, ése es mi nombre; y, El Señor es Su nombre. Pero nosotros estamos indagando acerca de una Naturaleza Cuyo Ser es absoluto, y no acerca de un Ser ligado a alguna otra cosa. Mas el Ser es en su sentido propio peculiar de Dios, y Le pertenece del todo, y no está limitado ni recortado por ningún Antes ni Después, pues en Él no hay pasado ni futuro.

    Disc. 30, § 19

    XIX. De los otros títulos, unos son evidentemente nombres de Su Autoridad, otros de Su Gobierno del mundo, y de éste considerado bajo un doble aspecto, el uno anterior al otro en la Encarnación. Por ejemplo, el Todopoderoso, el Rey de la Gloria, o de los Siglos, o de las Potestades, o del Amado, o de los Reyes. O también el Señor de Sabaot, es decir, de los Ejércitos, o de las Potestades, o de los Señores; éstos son claramente títulos pertenecientes a Su Autoridad. Pero el Dios ya sea de Salvación o de Venganza, o de Paz, o de Justicia; o de Abraham, de Isaac y de Jacob, y de todo el Israel espiritual que ve a Dios, —éstos pertenecen a Su Gobierno. Pues ya que somos gobernados por estas tres cosas: el temor del castigo, la esperanza de la salvación y de la gloria además, y la práctica de las virtudes por las cuales éstas se alcanzan, el Nombre del Dios de Venganza gobierna el temor, y el del Dios de Salvación nuestra esperanza, y el del Dios de las Virtudes nuestra práctica; para que quien alcance alguna de ellas pueda, como quien lleva a Dios en sí, avanzar aun más hacia la perfección, y hacia aquella afinidad que brota de las virtudes. Ahora bien, éstos son Nombres comunes a la Deidad, pero el Nombre Propio del Inoriginado es Padre, y el del Inoriginadamente Engendrado es Hijo, y el del que Procede o sale inengendradamente es el Espíritu Santo. Pasemos, pues, a los Nombres del Hijo, que fueron nuestro punto de partida en esta parte de nuestro argumento.

    Disc. 30, § 20

    XX. En mi opinión, es llamado Hijo porque es idéntico al Padre en Esencia; y no sólo por esta razón, sino también porque es De Él. Y es llamado Unigénito, no porque sea el único Hijo y del Padre solo, y sólo Hijo; sino también porque el modo de Su Filiación es propio de Él y no compartido por los cuerpos. Y es llamado el Verbo, porque está relacionado con el Padre como el Verbo con la Mente; no sólo a causa de Su Generación impasible, sino también por la Unión, y por Su función declarativa. Quizá también esta relación podría compararse con la que hay entre la Definición y la Cosa definida, ya que ésta también es llamada Logos. Pues, dice, el que tiene percepción mental del Hijo (pues esto es lo que significa Ha Visto) también ha percibido al Padre; y el Hijo es una demostración concisa y una exposición fácil de la Naturaleza del Padre. Pues todo lo que es engendrado es una palabra silenciosa de quien lo engendró. Y si alguien dijera que este Nombre le fue dado porque
    existe en todas las cosas que son, no estaría equivocado. Pues ¿qué hay que consista sino por la palabra? También es llamado Sabiduría, como Conocimiento de las cosas divinas y humanas. Pues ¿cómo es posible que Aquel que hizo todas las cosas ignorara las razones de lo que ha hecho? Y Poder, como Sustentador de todas las cosas creadas, y Proveedor del poder para mantenerse unidas. Y Verdad, como siendo por naturaleza Una y no muchas (pues la verdad es una y la falsedad es múltiple), y como el Sello puro del Padre y Su Impresión más infalible. Y la Imagen, como de una misma sustancia con Él, y porque es del Padre, y no el Padre de Él. Pues esto es de la Naturaleza de una Imagen: ser la reproducción de su Arquetipo, y de aquello cuyo nombre lleva; sólo que aquí hay más. Pues en el lenguaje ordinario una imagen es una representación inmóvil de aquello que tiene movimiento; pero en este caso es la reproducción viviente del Viviente, y es más exactamente semejante de lo que fue Set a Adán, o cualquier hijo a su padre. Pues tal es la naturaleza de las Existencias simples, que no es correcto decir de ellas que son Semejantes en un aspecto y Desemejantes en otro; sino que son una semejanza completa, y más bien deberían llamarse Idénticas que Semejantes. Además, es llamado Luz como el Resplandor de las almas limpiadas por la palabra y la vida. Pues si la ignorancia y el pecado son tinieblas, el conocimiento y una vida piadosa serán Luz.... Y es llamado Vida, porque es Luz, y es el Poder constitutivo y creador de toda alma razonable. Pues en Él vivimos y nos movemos y tenemos nuestro ser, según el doble poder de aquel Soplido en nosotros; pues todos fuimos inspirados por Él con aliento, y todos los que fuimos capaces de ello, y en la medida en que abrimos la boca de nuestra mente, con Dios el Espíritu Santo. Es Justicia, porque distribuye según lo que merecemos, y es un Árbitro justo tanto para los que están bajo la Ley como para los que están bajo la Gracia, para el alma y el cuerpo, de modo que la primera gobierne, y el segundo obedezca, y lo superior tenga supremacía sobre lo inferior; para que lo peor no se levante en rebelión contra lo mejor. Es Santificación, como Pureza, para que lo Puro sea contenido por la Pureza. Y Redención, porque nos libera, a nosotros que estábamos cautivos bajo el pecado, dándose a Sí mismo como Rescate por nosotros, el Sacrificio para hacer expiación por el mundo. Y Resurrección, porque resucita de aquí, y vuelve a dar vida a nosotros, que fuimos muertos por el pecado.

    Disc. 30, § 21

    XXI. Estos nombres, sin embargo, son aún comunes a Aquel que está sobre nosotros, y a Aquel que vino por nuestra causa. Pero otros son peculiarmente nuestros, y pertenecen a la naturaleza que Él asumió. Así, es llamado Hombre, no sólo para que a través de Su Cuerpo pueda ser aprehendido por criaturas corpóreas, mientras que de otro modo esto sería imposible a causa de Su naturaleza incomprensible; sino también para que por Sí mismo santifique a la humanidad, y sea como levadura para toda la masa; y al unir a Sí mismo aquello que estaba condenado, lo libere de toda condenación, haciéndose para todos los hombres todas las cosas que somos, excepto el pecado; —cuerpo, alma, mente y todo aquello por lo que la muerte alcanza— y así se hizo Hombre, que es la combinación de todo esto; Dios en forma visible, porque retuvo aquello que es percibido sólo por la mente. Es Hijo del hombre, tanto por Adán como por la Virgen de Quien vino; del uno como antepasado, de la otra como Su Madre, ambos conforme a la ley de la generación, y aparte de ella. Es Cristo, por Su Deidad. Pues ésta es la Unción de Su Humanidad, y no, como sucede con todos los demás Ungidos, santifica por su acción, sino por la Presencia en Su Plenitud del Ungidor; cuyo efecto es que Aquello que unge es llamado Hombre, y hace Dios a aquello que es ungido. Es El Camino, porque nos guía a través de Sí mismo; La Puerta, porque nos deja entrar; el Pastor, porque nos hace habitar en lugar de verdes pastos, y nos lleva a aguas de reposo, y nos conduce allí, y nos protege de las fieras, convierte al errante, trae de vuelta lo perdido, venda lo quebrantado, guarda a los fuertes, y los reúne en el Redil más allá, con palabras de conocimiento pastoral. La Oveja, como la Víctima: El Cordero, como siendo perfecto: el Sumo Sacerdote, como el Oferente; Melquisedec, como sin Madre en aquella Naturaleza que está sobre nosotros, y sin Padre en la nuestra; y sin genealogía arriba (pues ¿quién, dice, declarará Su generación?) y además, como Rey de Salem, que significa Paz, y Rey de Justicia, y como recibiendo diezmos de los Patriarcas, cuando prevalecen sobre los poderes del mal. Éstos son los títulos del Hijo. Recórrelos: los que son excelsos de manera divina; los que pertenecen al cuerpo de manera adecuada a ellos; o más bien, enteramente de manera divina, para que te hagas dios, ascendiendo desde abajo, por Aquel que descendió de lo alto por nosotros. En todo y sobre todo mantén esto, y nunca errarás, ni en los nombres más excelsos ni en los más humildes; Jesucristo es el Mismo ayer y hoy en la Encarnación, y en el Espíritu por los siglos de los siglos. Amén.

    Quinta Oración Teológica (Oración 31)

    Disc. 31, encabezado

    La Quinta Oración Teológica. Sobre el Espíritu Santo.

    Disc. 31, § 1

    I. Tal es, pues, el relato acerca del Hijo, y de esta manera ha escapado de aquellos que querían apedrearlo, pasando por en medio de ellos. Pues el Verbo no es apedreado, sino que lanza piedras cuando le place; y usa una honda contra las fieras—es decir, palabras—que se acercan al Monte de manera impía. Pero, continúan, ¿qué tienes que decir acerca del Espíritu Santo? ¿De dónde nos traes este Dios extraño, del cual la Escritura guarda silencio? Y aun los que se mantienen dentro de los límites respecto al Hijo hablan así. Y así como encontramos en el caso de los caminos y los ríos, que se separan unos de otros y se vuelven a unir, así sucede también en este caso, por la superabundancia de impiedad, que personas que difieren en todo lo demás tienen aquí algunos puntos de acuerdo, de modo que nunca se puede saber con certeza dónde están de acuerdo, o dónde están en conflicto.

    Disc. 31, § 2

    II. Ahora bien, el tema del Espíritu Santo presenta una dificultad especial, no sólo porque cuando estos hombres se han cansado de sus disputas acerca del Hijo, luchan con mayor ardor contra el Espíritu (pues parece ser absolutamente necesario para ellos tener algún objeto sobre el cual expresar su impiedad, o la vida les parecería ya no digna de vivirse), sino además porque nosotros mismos, agotados por la multitud de sus preguntas, estamos en algo de la misma condición que los hombres que han perdido el apetito; quienes, habiendo tomado aversión a un tipo particular de comida, rehúyen toda comida; así nosotros de igual manera sentimos aversión por todas las discusiones. Sin embargo, que el Espíritu nos lo conceda, y entonces el discurso procederá, y Dios será glorificado. Bien, pues, dejaremos a otros que han trabajado en este tema tanto para nosotros como para sí mismos, así como nosotros hemos trabajado en él para ellos, la tarea de examinar cuidadosamente y distinguir en cuántos sentidos la palabra Espíritu o la palabra Santo se usa y se entiende en la Sagrada Escritura, con la evidencia adecuada a tal investigación; y de mostrar cómo además de éstos la combinación de las dos palabras—quiero decir, Espíritu Santo—se usa en un sentido peculiar; pero nosotros nos aplicaremos al resto del tema.

    Disc. 31, § 3

    III. Aquellos, pues, que se enojan contra nosotros con el pretexto de que introducimos un Dios extraño o interpolado, a saber: —el Espíritu Santo, y que luchan tan duramente por la letra, deben saber que temen donde no hay temor; y quiero que entiendan claramente que su amor por la letra no es más que una capa para su impiedad, como se mostrará más adelante, cuando refutemos sus objeciones hasta el máximo de nuestro poder. Pero tenemos tanta confianza en la Deidad del Espíritu a Quien adoramos, que comenzaremos nuestra enseñanza acerca de Su Divinidad aplicándole los Nombres que pertenecen a la Trinidad, aunque algunas personas puedan considerarnos demasiado audaces. El Padre era la Luz Verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo. El Hijo era la Luz Verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo. El Otro Consolador era la Luz Verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo. Era y Era y Era, pero Era Una Cosa. Luz repetida tres veces; pero Una Luz y Un Dios. Esto era lo que David se representaba a sí mismo mucho antes cuando dijo: En Tu Luz veremos la Luz. Y ahora hemos visto y proclamamos concisa y simplemente la doctrina de Dios la Trinidad, comprendiendo de la Luz (el Padre), Luz (el Hijo), en Luz (el Espíritu Santo). El que la rechaza, que la rechace; y el que hace iniquidad, que haga iniquidad; nosotros proclamamos lo que hemos entendido. Subamos a un monte alto, y gritaremos, si no somos oídos, abajo; exaltaremos al Espíritu; no tendremos miedo; o si tenemos miedo, será de guardar silencio, no de proclamar.

    Disc. 31, § 4

    IV. Si alguna vez hubo un tiempo en que el Padre no era, entonces hubo un tiempo en que el Hijo no era. Si alguna vez hubo un tiempo en que el Hijo no era, entonces hubo un tiempo en que el Espíritu no era. Si el Uno era desde el principio, entonces los Tres también lo eran. Si derribas al Uno, me atrevo a afirmar que no levantas a los otros Dos. Pues ¿qué provecho hay en una Deidad imperfecta? O más bien, ¿qué Deidad puede haber si no es perfecta? ¿Y cómo puede ser perfecto aquello que carece de algo de la perfección? Y ciertamente hay algo que falta si no tiene lo Santo, ¿y cómo tendría esto si estuviera sin el Espíritu? Pues o la santidad es algo distinto de Él, y si es así, que alguien me diga qué se concibe que sea; o si es lo mismo, ¿cómo no es desde el principio, como si fuera mejor para Dios ser en un tiempo imperfecto y apartado del Espíritu? Si Él no es desde el principio, está en el mismo rango que yo, aunque un poco antes que yo; pues ambos estamos separados de la Deidad por el tiempo. Si Él está en el mismo rango que yo, ¿cómo puede hacerme Dios, o unirme con la Deidad?

    Disc. 31, § 5

    V. O más bien, déjame razonar contigo acerca de Él desde un punto algo anterior, pues ya hemos discutido la Trinidad. Los saduceos negaron por completo la existencia del Espíritu Santo, así como la de los Ángeles y la Resurrección; rechazando, no sé sobre qué base, los importantes testimonios acerca de Él en el Antiguo Testamento. Y de los griegos, aquellos que están más inclinados a hablar de Dios, y que se acercan más a nosotros, han formado alguna concepción de Él, según me parece, aunque han diferido en cuanto a Su Nombre, y lo han llamado la Mente del Mundo, o la Mente Externa, y cosas semejantes. Pero de los sabios entre nosotros, algunos lo han concebido como una Actividad, algunos como una Criatura, algunos como Dios; y algunos han estado inciertos sobre cuál llamarlo, por reverencia a la Escritura, dicen, como si ésta no aclarara el asunto de un modo u otro. Y por lo tanto, ni lo adoran ni lo tratan con deshonra, sino que toman una posición neutral, o más bien muy miserable, con respecto a Él. Y de aquellos que lo consideran Dios, algunos son ortodoxos sólo de mente, mientras que otros se aventuran a serlo también con los labios. Y he oído de algunos que son aún más listos, y miden la Deidad; y éstos están de acuerdo con nosotros en que hay Tres Concepciones; pero las han separado entre sí tan completamente como para hacer a una de ellas infinita tanto en esencia como en poder, a la segunda en poder pero no en esencia, y a la tercera circunscrita en ambas; imitando así de otra manera a aquellos que las llaman el Creador, el Cooperador, y el Ministro, y consideran que el mismo orden y dignidad que pertenece a estos nombres es también una secuencia en los hechos.
    Comentario editorial · Cuatro opiniones sobre el Espíritu
    Gregorio enumera cómo veían al Espíritu «los sabios entre nosotros»: una Actividad, una Criatura, Dios, o dudosos «por reverencia a la Escritura»; y entre quienes lo creen Dios, unos «sólo de mente» y otros también «con los labios». Quienes lo tenían por criatura son los macedonianos o pneumatómacos («luchadores contra el Espíritu»), llamados así por Macedonio, a quien según la Catholic Encyclopedia los arrianos impusieron en Constantinopla en 342 y que fue depuesto en 360 (el NPNF da 341 y 360). El concilio de 381 los condenó: su primer canon anatematiza, dice el NPNF, a los semiarrianos o pneumatómacos y a los eunomianos; Wikipedia dice que condena todas las formas de arrianismo, el macedonianismo y el apolinarismo. El texto no identifica a nadie.

    Disc. 31, § 6

    VI. Pero no podemos entrar en discusión con aquellos que ni siquiera creen en Su existencia, ni con los charlatanes griegos (pues no querríamos enriquecernos en nuestro argumento con el óleo de los pecadores). Con los demás, sin embargo, argumentaremos así. El Espíritu Santo ciertamente debe ser concebido o como en la categoría de lo Autoexistente, o como en la de las cosas que son contempladas en otro; de cuyas clases aquellos que son expertos en tales materias llaman a la una Sustancia y a la otra Accidente. Ahora bien, si Él fuera un Accidente, sería una Actividad de Dios, pues ¿qué otra cosa, o de quién más, podría ser, ya que seguramente esto es lo que más evita la composición? Y si Él es una Actividad, será efectuada, pero no efectuará y dejará de existir tan pronto como haya sido efectuada, pues ésta es la naturaleza de una Actividad. ¿Cómo es entonces que Él actúa y dice tales y tales cosas, y define, y se aflige, y se enoja, y tiene todas las cualidades que claramente pertenecen a uno que se mueve, y no al movimiento? Pero si Él es una Sustancia y no un atributo de Sustancia, será concebido o como una Criatura de Dios, o como Dios. Pues cualquier cosa entre estos dos, ya sea que no tenga nada en común con ninguno, o un compuesto de ambos, ni siquiera quienes inventaron el ciervo-cabra podrían imaginar. Ahora bien, si Él es una criatura, ¿cómo creemos en Él, cómo somos hechos perfectos en Él? Pues no es lo mismo creer EN una cosa y creer [Acerca de] ella. Lo uno pertenece a la Deidad, lo otro a—cualquier cosa. Pero si Él es Dios, entonces no es ni una criatura, ni una cosa hecha, ni un consiervo, ni ninguno de estos apelativos humildes.

    Disc. 31, § 7

    VII. Ahí está—la palabra está contigo. Suelta las hondas; teje el silogismo. O bien Él es completamente Inengendrado, o bien es Engendrado. Si es Inengendrado, hay dos Inoriginados. Si es Engendrado, debes hacer una subdivisión adicional. Lo es o por el Padre o por el Hijo. Y si por el Padre, hay dos Hijos, y son Hermanos. Y puedes hacerlos gemelos si quieres, o el uno mayor y el otro menor, ya que eres tan aficionado a las concepciones corporales. Pero si por el Hijo, entonces, dirá alguno, vislumbramos un Dios Nieto, que nada podría ser más absurdo. Por mi parte, sin embargo, si viera la necesidad de la distinción, habría reconocido los hechos sin temor a los nombres. Pues no se sigue que porque el Hijo sea Hijo en alguna relación más elevada (en tanto que no podríamos de otra manera señalar que Él es de Dios y Consustancial), sería también necesario pensar que todos los nombres de este mundo inferior y de nuestro parentesco deban ser transferidos a la Deidad. O quizá considerarías a nuestro Dios como varón, según los mismos argumentos, porque es llamado Dios y Padre, y que la Deidad es femenina, por el género de la palabra, y el Espíritu neutro, porque no tiene nada que ver con la generación; Pero si fueras lo bastante necio como para decir, con los viejos mitos y fábulas, que Dios engendró al Hijo por un matrimonio con Su propia Voluntad, seríamos introducidos al dios Hermafrodita de Marción y Valentín que imaginaron estos Eones novedosos.

    Disc. 31, § 8

    VIII. Pero ya que no admitimos tu primera división, que declara que no hay término medio entre Engendrado e Inengendrado, de inmediato, junto con tu magnífica división, desaparecen tus Hermanos y tus Nietos, así como cuando el primer eslabón de una cadena intrincada se rompe, ellos se rompen con él, y desaparecen de tu sistema de divinidad. Pues, dime, ¿qué posición asignarás a aquello que Procede, que ha surgido entre los dos términos de tu división, y es introducido por un Teólogo mejor que tú, nuestro Salvador mismo? ¿O tal vez has tomado esa palabra de tus Evangelios por mor de tu Tercer Testamento, El Espíritu Santo, que procede del Padre; Quien, en tanto que procede de Aquella Fuente, no es Criatura; y en tanto que no es Engendrado, no es Hijo; y en tanto que está entre el Inengendrado y el Engendrado, es Dios. Y así, escapando a las redes de tus silogismos, se ha manifestado como Dios, más fuerte que tus divisiones. ¿Qué es, entonces, la Procesión? Dime tú qué es la Inengendración del Padre, y yo te explicaré la fisiología de la Generación del Hijo y de la Procesión del Espíritu, y ambos nos volveremos frenéticos por escudriñar el misterio de Dios. ¿Y quiénes somos nosotros para hacer estas cosas, nosotros que ni siquiera podemos ver lo que está a nuestros pies, ni contar la arena del mar, ni las gotas de lluvia, ni los días de la Eternidad, mucho menos entrar en las Profundidades de Dios, y dar cuenta de aquella Naturaleza que es tan inefable y que trasciende toda palabra?
    Comentario editorial · Un tercer término: «procede»
    Si todo es inengendrado o engendrado, el Espíritu sería un segundo Hijo —y habría «Hermanos» y «Nietos» (§ 7)— o no sería Dios. Gregorio rompe el dilema con : lo que «Procede» no es criatura, no es Hijo y, «entre el Inengendrado y el Engendrado», es Dios. Del modo no dice nada: «Dime tú qué es la Inengendración del Padre, y yo te explicaré la fisiología de la Generación del Hijo y de la Procesión del Espíritu». Wikipedia afirma que Gregorio fue el primero en usar la idea de procesión para la relación del Espíritu con la Deidad. Una nota del NPNF, de Swete, observa que no le tocaba desarrollar esta doctrina ni la relación del Espíritu con el Hijo, que entonces no se planteó; la Catholic Encyclopedia añade que Gregorio no formula en ninguna parte la doble procesión.

    Disc. 31, § 9

    IX. ¿Qué, pues, dicen, le falta al Espíritu que le impide ser Hijo, pues si no le faltara algo sería Hijo? Afirmamos que no le falta nada—pues Dios no tiene deficiencia. Pero la diferencia de manifestación, si puedo expresarme así, o más bien de sus relaciones mutuas entre sí, ha causado la diferencia de sus Nombres. Pues en verdad no es alguna deficiencia en el Hijo lo que le impide ser Padre (pues la Filiación no es una deficiencia), y sin embargo no es Padre. Según esta línea de argumento, debe haber alguna deficiencia en el Padre, respecto de no ser Hijo. Pues el Padre no es Hijo, y sin embargo esto no se debe ni a deficiencia ni a sujeción de Esencia; sino que el mismo hecho de ser Inengendrado o Engendrado, o Procesión ha dado el nombre de Padre al Primero, de Hijo al Segundo, y al Tercero, Aquel de Quien hablamos, el Espíritu Santo, para que la distinción de las Tres Personas se preserve en la única naturaleza y dignidad de la Deidad. Pues ni el Hijo es Padre, porque el Padre es Uno, sino que Él es lo que el Padre es; ni el Espíritu es Hijo porque es de Dios, pues el Unigénito es Uno, sino que Él es lo que el Hijo es. Los Tres son Uno en Deidad, y el Uno Tres en propiedades; de modo que ni la Unidad es una sabeliana, ni la Trinidad aprueba la presente distinción maligna.

    Disc. 31, § 10

    X. ¿Qué, entonces? ¿Es Dios el Espíritu? Ciertísimamente. Bien, ¿es Consustancial? Sí, si es Dios. Concédeme, dice mi oponente, que broten de la misma Fuente Uno que es Hijo, y Uno que no es Hijo, y estos de Una Sustancia con la Fuente, y admito un Dios y un Dios. No, si tú me concedes que hay otro Dios y otra naturaleza de Dios, te daré la misma Trinidad con el mismo nombre y hechos. Pero puesto que Dios es Uno y la Naturaleza Suprema es Una, ¿cómo puedo presentarte la Semejanza? ¿O la buscarás de nuevo en regiones inferiores y en tu propio entorno? Es muy vergonzoso, y no sólo vergonzoso, sino muy necio, tomar de las cosas de abajo una conjetura de las cosas de arriba, y de una naturaleza fluctuante las cosas que son inmutables, y como dice Isaías, buscar al Viviente entre los muertos. Pero aun así intentaré, por tu bien, darte alguna ayuda para tu argumento, incluso de esa fuente. Creo que pasaré por alto otros puntos, aunque podría traer muchos de la historia animal, algunos generalmente conocidos, otros conocidos sólo por pocos, de lo que la naturaleza ha ideado con arte maravilloso en relación con la generación de los animales. Pues no sólo se dice que los semejantes engendran semejantes, y las cosas diversas engendran cosas diversas, sino también que los semejantes son engendrados por cosas diversas, y las cosas diversas por semejantes. Y si podemos creer la historia, hay aún otro modo de generación, cuando un animal se autoconsume y se autoengendra. También hay criaturas que en cierto modo se apartan de sus verdaderas naturalezas, y experimentan cambio y transformación de una criatura a otra, por una magnificencia de la naturaleza. Y de hecho a veces en la misma especie parte puede ser generada y parte no; y sin embargo toda de una sustancia; lo cual es más semejante a nuestro presente tema. Mencionaré sólo un hecho de nuestra propia naturaleza que todos conocen, y luego pasaré a otra parte del tema.
    Comentario editorial · «¿Es Dios el Espíritu?», y la reserva de Basilio
    «¿Es Dios el Espíritu? Ciertísimamente. Bien, ¿es Consustancial? Sí, si es Dios.» La introducción del NPNF recuerda que Gregorio admite que la letra de la Biblia es menos clara sobre el Espíritu que sobre el Hijo y que defiende el nombre como inferencia legítima de sus atributos (§ 29–30, con el caso de Ananías y Safira, ). Otros eran más cautos: según la Catholic Encyclopedia, Basilio enseña la divinidad del Espíritu en Sobre el Espíritu Santo (hacia 375) pero evita por prudencia la frase «Dios, el Espíritu Santo». Esa reserva tuvo críticos, y no era Gregorio: en la carta 58 a Basilio cuenta que en un banquete un monje dijo que Basilio había pasado por encima del Espíritu y que su elocuencia escondía más política que piedad. Gregorio, que llama «economía» a esa prudencia, la defiende allí y en su elogio fúnebre (Disc. 43, § 68–69, numeración del NPNF). El Disc. 31 no nombra a Basilio.

    Disc. 31, § 11

    XI. ¿Qué era Adán? Una criatura de Dios. ¿Qué era entonces Eva? Un fragmento de la criatura. ¿Y qué era Set? El engendrado de ambos. ¿Te parece entonces que Criatura y Fragmento y Engendrado son lo mismo? Por supuesto que no. ¿Pero no eran estas personas consustanciales? Por supuesto que lo eran. Bien, pues aquí es un hecho reconocido que diferentes personas pueden tener la misma sustancia. Digo esto, no para atribuir creación o fracción o cualquier propiedad del cuerpo a la Deidad (que ninguno de tus contendientes por una palabra se me eche encima de nuevo), sino para contemplar en éstos, como en un escenario, cosas que son objeto del pensamiento solamente. Pues no es posible trazar imagen alguna exactamente en toda la extensión de la verdad. Pero, dicen, ¿cuál es el significado de todo esto? Pues ¿no es el uno un vástago, y el otro algo más del Uno? ¿No vinieron ambos, Eva y Set, del único Adán? ¿Y fueron ambos engendrados por él? No; sino que la una era un fragmento de él, y el otro fue engendrado por él. Y sin embargo los dos eran una y la misma cosa; ambos eran seres humanos; nadie lo negará. ¿Abandonarás entonces tu contención contra el Espíritu, de que debe ser o completamente engendrado, o de otro modo no puede ser consustancial, o ser Dios; y admitirás a partir de ejemplos humanos la posibilidad de nuestra posición? Creo que te irá bien, a menos que estés decidido a ser muy pendenciero, y a luchar contra lo que está demostrado hasta la evidencia.

    Disc. 31, § 12

    XII. Pero, dice él, ¿quién en tiempos antiguos o modernos adoró jamás al Espíritu? ¿Quién le oró jamás? ¿Dónde está escrito que debamos adorarle, u orarle, y de dónde has derivado tú este dogma tuyo? Daremos la razón más perfecta después, cuando discutamos la cuestión de lo no escrito; por el momento bastará decir que es el Espíritu en Quien adoramos, y en Quien oramos. Porque dice la Escritura: Dios es Espíritu, y los que le adoran deben adorarle en Espíritu y en verdad. Y también: No sabemos qué hemos de pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles; y oraré con el Espíritu y oraré también con el entendimiento; es decir, en la mente y en el Espíritu. Por tanto, adorar u orar al Espíritu me parece que es simplemente Él mismo ofreciendo oración o adoración a Sí mismo. ¿Y qué hombre piadoso o instruido desaprobaría esto, puesto que en realidad la adoración de Uno es la adoración de los Tres, a causa de la igualdad de honor y de Deidad entre los Tres? Así que no me asustará el argumento de que todas las cosas se dice que fueron hechas por el Hijo; como si el Espíritu Santo fuera también una de estas cosas. Porque dice todas las cosas que fueron hechas, y no simplemente todas las cosas. Pues el Padre no fue hecho, ni ninguna de las cosas que no fueron hechas. Prueba que Él fue hecho, y entonces entrégalo al Hijo, y numéralo entre las criaturas; pero hasta que puedas probar esto no ganarás nada para tu impiedad con esta frase comprehensiva. Porque si fue hecho, ciertamente fue a través de Cristo; yo mismo no lo negaría. Pero si no fue hecho, ¿cómo puede ser o uno del Todo, o a través de Cristo? Cesad, pues, de deshonrar al Padre en vuestra oposición al Unigénito (porque no es verdadero honor, al presentarle una criatura, robarle lo que es más valioso, un Hijo), y de deshonrar al Hijo en vuestra oposición al Espíritu. Porque Él no es el Hacedor de un consiervo, sino que es glorificado con Uno de igual honor. No pongas a ninguna parte de la Trinidad a tu nivel, no sea que caigas de la Trinidad; no cortes de ninguno de Ellos la Una e igualmente augusta Naturaleza; porque si derribas a cualquiera de los Tres habrás derribado el todo. Mejor es tener una visión mezquina de la Unidad que aventurarse a una completa impiedad.

    Disc. 31, § 13

    XIII. Nuestro argumento ha llegado ahora a su punto principal; y me apena que un problema que estaba muerto desde hacía mucho, y que había cedido ante la fe, sea agitado de nuevo ahora; sin embargo, es necesario plantarse contra estos charlatanes, y no dejar que el juicio se pierda por incomparecencia, cuando tenemos la Palabra de nuestro lado, y estamos defendiendo la causa del Espíritu. Si, dicen ellos, hay Dios y Dios y Dios, ¿cómo es que no hay Tres Dioses, o cómo es que lo que es glorificado no es una pluralidad de Principios? ¿Quiénes son los que dicen esto? Los que han alcanzado una impiedad más completa, o incluso los que han tomado la parte secundaria; quiero decir los que son moderados en cierto sentido respecto del Hijo. Porque mi argumento es en parte contra ambos en común, en parte contra estos últimos en particular. Lo que tengo que decir en respuesta a estos es lo siguiente:—¿Qué derecho tenéis vosotros, que adoráis al Hijo, aunque os hayáis rebelado contra el Espíritu, de llamarnos triteístas? ¿No sois vosotros diteístas? Porque si negáis también la adoración del Unigénito, claramente os habéis alineado entre nuestros adversarios. ¿Y por qué habríamos de trataros con indulgencia como a quienes no del todo están muertos? Pero si le adoráis, y estáis hasta ese punto en el camino de la salvación, os preguntaremos qué razones tenéis para dar de vuestro diteísmo, si se os acusa de ello. Si hay en vosotros una palabra de sabiduría responded, y abridnos también a nosotros un camino hacia una respuesta. Porque la misma razón con la que rechazaréis una acusación de diteísmo resultará suficiente para nosotros contra una de triteísmo. Y así ganaremos la jornada sirviéndonos de vosotros, nuestros acusadores, como nuestros Abogados, que nada puede ser más generoso.

    Disc. 31, § 14

    XIV. ¿Cuál es nuestra querella y disputa con ambos? Para nosotros hay Un solo Dios, porque la Deidad es Una, y todo lo que procede de Él se refiere a Uno, aunque creemos en Tres Personas. Porque uno no es más y otro menos Dios; ni Uno es antes y otro después; ni están divididos en voluntad ni separados en poder; ni podéis hallar aquí ninguna de las cualidades de las cosas divisibles; sino que la Deidad es, para decirlo concisamente, indivisa en Personas separadas; y hay una sola mezcla de Luz, como de tres soles unidos entre sí. Cuando, pues, miramos a la Deidad, o a la Causa Primera, o a la Monarquía, lo que concebimos es Uno; pero cuando miramos a las Personas en Quienes habita la Deidad, y a Aquellos que intemporalmente y con igual gloria tienen su Ser desde la Causa Primera—hay Tres a Quienes adoramos.

    Disc. 31, § 15

    XV. ¿Y qué hay de eso, dirán quizás; no creen también los griegos en una sola Deidad, como declaran sus filósofos más avanzados? Y entre nosotros la Humanidad es una, a saber, toda la raza; pero sin embargo ellos tienen muchos dioses, no Uno, así como hay muchos hombres. Pero en este caso la naturaleza común tiene una unidad que sólo es concebible en el pensamiento; y los individuos están separados unos de otros muy lejos, ciertamente, tanto por el tiempo como por las disposiciones y por el poder. Porque no sólo somos seres compuestos, sino también seres contrastados, tanto unos con otros como con nosotros mismos; ni permanecemos enteramente los mismos durante un solo día, por no decir durante toda una vida, sino que tanto en cuerpo como en alma estamos en perpetuo estado de flujo y cambio. Y quizás lo mismo puede decirse de los Ángeles y de toda esa naturaleza superior que es segunda sólo respecto de la Trinidad; aunque son simples en cierta medida y más fijos en el bien, debido a su cercanía al Bien supremo.

    Disc. 31, § 16

    XVI. Ni tampoco aquellos a quienes los griegos adoran como dioses, y (para usar su propia expresión) démones, nos necesitan en ningún aspecto como acusadores suyos, sino que son convictos por el testimonio de sus propios teólogos, unos como sujetos a pasión, otros como dados a la facción, y llenos de innumerables males y cambios, y en estado de oposición, no sólo unos contra otros, sino incluso contra sus primeras causas, a quienes llaman Océanos y Tetis y Fanes, y con otros varios nombres; y por último un cierto dios que odiaba a sus hijos por su ansia de poder, y devoró a todos los demás por su codicia para llegar a ser el padre de todos los hombres y dioses a quienes miserablemente devoró, y luego vomitó de nuevo. Y si éstos son sólo mitos y fábulas, como dicen para escapar a la vergüenza de la historia, ¿qué dirán en referencia a la sentencia de que todas las cosas se dividen en tres partes, y que cada dios preside una parte diferente del Universo, teniendo una provincia distinta así como un rango distinto? Pero nuestra fe no es así, ni ésta es la porción de Jacob, dice mi Teólogo. Sino que cada una de estas Personas posee la Unidad, no menos con lo que está Unido a Ella que consigo misma, por razón de la identidad de Esencia y Poder. Y ésta es la explicación de la Unidad, en la medida en que la hemos aprehendido. Si, pues, esta explicación es la verdadera, demos gracias a Dios por el destello que nos ha concedido; si no lo es, busquemos una mejor.

    Disc. 31, § 17

    XVII. En cuanto a los argumentos con que derribaríais la Unión que sostenemos, no sé si deberíamos decir que bromeáis o que habláis en serio. Porque ¿qué es este argumento? Las cosas de una esencia, decís, se cuentan juntas, y por este se cuentan juntas, queréis decir que se recogen en un solo número. Pero las cosas que no son de una esencia no se cuentan así… de modo que no podéis evitar hablar de tres dioses, según esta explicación, mientras que nosotros no corremos ningún riesgo de ello, en tanto que afirmamos que no son consustanciales. Y así con una sola palabra os habéis librado de problemas, y habéis ganado una victoria perniciosa, pues en realidad habéis hecho algo semejante a lo que hacen los hombres cuando se ahorcan por miedo a la muerte. Pues para ahorraros trabajo en vuestra defensa de la Monarquía habéis negado la Deidad, y habéis abandonado la cuestión a vuestros oponentes. Pero por mi parte, aunque fuera necesario el trabajo, no abandonaré el Objeto de mi adoración. Y sin embargo en este punto no puedo ver dónde está la dificultad.

    Disc. 31, § 18

    XVIII. Decís: Las cosas de una esencia se cuentan juntas, pero las que no son consustanciales se cuentan una por una. ¿De dónde habéis sacado esto? ¿De qué maestros de dogma o de mitología? ¿No sabéis que todo número expresa la cantidad de lo que está incluido bajo él, y no la naturaleza de las cosas? Pero yo soy tan anticuado, o quizás debería decir tan ignorante, que uso la palabra Tres de ese número de cosas, aunque sean de naturaleza diferente, y uso Uno y Uno y Uno de manera distinta de tantas unidades, aunque estén unidas en esencia, mirando no tanto a las cosas mismas como a la cantidad de las cosas respecto de las cuales se hace la enumeración. Pero ya que os aferráis tan estrechamente a la letra (aunque contendéis contra la letra), tomad, os ruego, vuestras demostraciones de esta fuente. Hay en el Libro de los Proverbios tres cosas que andan bien: un león, un macho cabrío y un gallo; y a éstas se añade una cuarta: un Rey que arenga al pueblo, por no hablar de las otras series de cuatro que allí se cuentan, aunque de naturalezas varias. Y hallo en Moisés dos querubines contados singularmente. Pero ahora, en vuestra tecnología, ¿podrían las primeras cosas llamarse tres, cuando difieren tanto en su naturaleza, o las últimas tratarse como unidades cuando están tan estrechamente conectadas y son de una naturaleza? Porque si yo hablara de Dios y de Mammón, como dos señores, contados bajo un solo encabezado, cuando son tan diferentes entre sí, probablemente me reirían aún más por tal connumeración.

    Disc. 31, § 19

    XIX. Pero a mi entender, dice él, se dice que son connumeradas y de la misma esencia aquellas cosas cuyos nombres también se corresponden, como Tres Hombres, o Tres dioses, pero no Tres esto y aquello. ¿A qué equivale esta concesión? Es propia de quien legisla acerca de nombres, no de quien afirma la verdad. Pues yo también afirmaré que Pedro y Santiago y Juan no son tres ni consustanciales, mientras no pueda decir Tres Pedros, o Tres Santiagos, o Tres Juanes; pues lo que vosotros habéis reservado para los nombres comunes lo exigimos también nosotros para los nombres propios, de acuerdo con vuestra disposición; o de lo contrario seréis injustos al no conceder a otros lo que asumís para vosotros mismos. ¿Y qué hay de Juan, cuando en su Epístola Católica dice que hay Tres que dan testimonio, el Espíritu y el Agua y la Sangre? ¿Pensáis que dice tonterías? Primero, porque se ha atrevido a contar bajo un solo numeral cosas que no son consustanciales, aunque vosotros decís que esto debe hacerse sólo en el caso de cosas que son consustanciales. Pues ¿quién afirmaría que éstas son consustanciales? Segundo, porque no ha sido coherente en el modo en que ha dado con sus términos; pues después de usar Tres en género masculino añade tres palabras que son neutras, contrariamente a las definiciones y leyes que vosotros y vuestros gramáticos habéis establecido. Pues ¿qué diferencia hay entre poner un Tres masculino primero, y luego añadir Uno y Uno y Uno en neutro, o después de un Uno y Uno y Uno masculino usar el Tres no en masculino sino en neutro, lo que vosotros mismos rechazáis en el caso de la Deidad? ¿Qué tenéis que decir del Cangrejo, que puede significar o un animal, o un instrumento, o una constelación? ¿Y qué del Perro, ora terrestre, ora acuático, ora celeste? ¿No veis que se habla de tres cangrejos o perros? Pues claro que es así. ¿Son entonces por ello de una sustancia? Nadie sino un necio diría eso. Así veis cuán completamente vuestro argumento de la connumeración se ha derrumbado, y es refutado por todas estas instancias. Porque si las cosas que son de una sustancia no siempre se cuentan bajo un solo numeral, y las cosas que no son de una sustancia se cuentan así, y la pronunciación del nombre de una vez por todas se usa en ambos casos, ¿qué ventaja ganáis para vuestra doctrina?

    Disc. 31, § 20

    XX. Miraré también este punto adicional, que no carece de relación con el asunto. Uno y Uno sumados hacen Dos; y Dos resuelto se convierte de nuevo en Uno y Uno, como es perfectamente evidente. Si, sin embargo, los elementos que se suman deben, como exige vuestra teoría, ser consustanciales, y los que se separan ser heterogéneos, entonces se seguirá que las mismas cosas deben ser a la vez consustanciales y heterogéneas. No: me río de vuestro Contar Antes y vuestro Contar Después, de los que estáis tan orgullosos, como si los hechos mismos dependieran del orden de sus nombres. Si esto fuera así, según la misma ley, puesto que las mismas cosas son, a consecuencia de la igualdad de su naturaleza, contadas en la Sagrada Escritura, a veces en un lugar anterior, a veces en uno posterior, ¿qué les impide ser a la vez más honorables y menos honorables que sí mismas? Digo lo mismo de los nombres Dios y Señor, y de las preposiciones Del Cual, y Por el Cual, y En el Cual, con las que describís la Deidad según las reglas del arte para nosotros, atribuyendo la primera al Padre, la segunda al Hijo, y la tercera al Espíritu Santo. Pues ¿qué habríais hecho, si cada una de estas expresiones fuera constantemente asignada a Cada Persona, cuando, siendo el hecho que se usan de todas las Personas, como es evidente para quienes han estudiado la cuestión, aun así las hacéis fundamento de tal desigualdad tanto de naturaleza como de dignidad? Esto es suficiente para todos los que no carecen por completo de sentido. Pero puesto que os resulta difícil, una vez que habéis hecho un asalto contra el Espíritu, contener vuestra embestida, y no más bien como un jabalí furioso empujar vuestra querella hasta el amargo final, y arrojaros sobre el cuchillo hasta haber recibido toda la herida en vuestro propio pecho; veamos qué argumento más os queda.

    Disc. 31, § 21

    XXI. Una y otra vez nos echáis en cara el silencio de la Escritura. Pero que no es una doctrina extraña, ni una ocurrencia tardía, sino reconocida y claramente expuesta tanto por los antiguos como por muchos de nuestros propios días, ya está demostrado por muchas personas que han tratado de este asunto, y que han manejado las Sagradas Escrituras, no con indiferencia ni como un mero pasatiempo, sino que han ido más allá de la letra y han examinado el sentido interno, y han sido consideradas dignas de ver la belleza oculta, y han sido irradiadas por la luz del conocimiento. Nosotros, sin embargo, a nuestra vez lo probaremos brevemente en la medida de lo posible, para no parecer sobremanera curiosos o indebidamente ambiciosos, edificando sobre fundamento ajeno. Pero puesto que el hecho de que la Escritura no le escriba muy claramente ni muy a menudo Dios con palabras expresas (como hace primero con el Padre y después con el Hijo), se os convierte en ocasión de blasfemia y de esta excesiva verbosidad e impiedad, os liberaremos de este inconveniente mediante una breve discusión de cosas y nombres, y especialmente de su uso en la Sagrada Escritura.

    Disc. 31, § 22

    Algunas cosas no tienen existencia, aunque de ellas se habla; otras que existen no se mencionan; algunas ni existen ni se mencionan, y otras existen y se mencionan. ¿Me pides prueba de esto? Estoy dispuesto a dártela. Según la Escritura, Dios duerme y está despierto, se enoja, camina, tiene por trono a los querubines. Y sin embargo, ¿cuándo se hizo Él sujeto a pasión, y has oído alguna vez que Dios tenga cuerpo? Esto, pues, aunque no es realmente un hecho, es una figura retórica. Porque hemos dado nombres, conforme a nuestra propia comprensión, de nuestros propios atributos a los de Dios. Su silencio apartado de nosotros, y como si no se cuidara de nosotros, por razones que Él conoce, es lo que llamamos su dormir; porque nuestro propio sueño es un estado de inactividad semejante. Y a su vez, su volverse súbitamente a hacernos bien es el despertar; pues el despertar es la disolución del sueño, como la visitación lo es del apartarse. Y cuando castiga, decimos que está enojado; porque así sucede con nosotros, el castigo es resultado de la ira. Y su actuar, ora aquí ora allá, llamamos caminar; pues caminar es cambio de un lugar a otro. Su reposo entre las Santas Huestes, y como si amara morar entre ellas, es su sentarse y estar entronizado; esto también, a partir de nosotros mismos, pues Dios no reposa en ningún lugar como reposa sobre los Santos. Su rapidez de movimiento es llamada volar, y su cuidado vigilante es llamado su Rostro, y su dar y otorgar es su mano; y, en una palabra, toda otra potencia o actividad de Dios nos ha representado alguna otra cosa corpórea.

    Disc. 31, § 23

    De nuevo, ¿de dónde sacas tu Inengendrado e Inoriginado, esas dos ciudadelas de tu postura, o nosotros nuestro Inmortal? Muéstrame estas cosas con palabras claras, o nosotros las dejaremos de lado, o las borraremos por no estar contenidas en la Escritura; y tú quedarás muerto por tu propio principio, derribados los nombres en que te apoyas, y con ellos el muro de refugio en que confiabas. ¿No es evidente que se deben a pasajes que los implican, aunque las palabras no aparecen realmente? ¿Cuáles son esos pasajes? —Yo soy el primero, y Yo soy el último, y antes de Mí no hubo Dios, ni lo habrá después de Mí. Pues todo lo que depende de ese Yo Soy está a mi favor, pues no tiene principio ni fin. Cuando aceptas esto, que nada hay antes de Él, y que no tiene una Causa más antigua, le has otorgado implícitamente los títulos de Inengendrado e Inoriginado. Y decir que no tiene fin de Ser es llamarlo Inmortal e Indestructible. Los primeros pares, pues, a los que me referí quedan así explicados. Pero ¿cuáles son las cosas que ni existen de hecho ni se dicen? Que Dios es malo; que una esfera es cuadrada; que el pasado es presente; que el hombre no es un ser compuesto. ¿Has conocido alguna vez a un hombre de tal estupidez que se atreva a pensar o a afirmar semejante cosa? Queda por mostrar cuáles son las cosas que existen, tanto de hecho como en lenguaje. Dios, Hombre, Ángel, Juicio, Vanidad (a saber, tales argumentos como los tuyos), y la subversión de la fe y el vaciamiento del misterio.

    Disc. 31, § 24

    Puesto que, entonces, hay tanta diferencia entre términos y cosas, ¿por qué eres tan esclavo de la letra, y partidario de la sabiduría judía, y seguidor de sílabas a expensas de los hechos? Mas si, cuando dijiste dos veces cinco o dos veces siete, yo concluyera de tus palabras que querías decir Diez o Catorce; o si, cuando hablaste de un animal racional y mortal, que querías decir Hombre, ¿pensarías que estoy diciendo tonterías? Ciertamente no, porque simplemente estaría repitiendo tu propio significado; pues las palabras no pertenecen más a quien las pronuncia que a quien las ha provocado. Así, pues, en este caso, yo habría estado mirando, no tanto a los términos usados, como a los pensamientos que pretendían transmitir; así tampoco, si encontrara algo más, o no expresado en absoluto o no claramente expresado en las Palabras de la Escritura, que esté incluido en el significado, evitaría darle expresión, por temor a tu truco sofístico acerca de los términos. De esta manera, pues, mantendremos nuestra posición contra los semiortodoxos —entre los cuales no puedo contarte a ti. Pues ya que niegas los Títulos del Hijo, que son tantos y tan claros, es bien evidente que aunque aprendieras muchos más y más claros, no te moverías a reverencia. Mas ahora retomaré el argumento un poco más atrás, y te mostraré, aunque eres tan listo, la razón de todo este sistema de ocultamiento.

    Disc. 31, § 25

    En todo el período de la duración del mundo ha habido dos cambios conspicuos en las vidas de los hombres, que también se llaman dos Testamentos, o, a causa de la amplia fama del asunto, dos Terremotos; el uno de los ídolos a la Ley, el otro de la Ley al Evangelio. Y en el Evangelio se nos enseña un tercer terremoto, a saber, de esta Tierra a la que no puede ser sacudida ni movida. Ahora bien, los dos Testamentos son semejantes en esto: que el cambio no se hizo de repente, ni al primer impulso del empeño. ¿Por qué no? (pues éste es un punto sobre el cual debemos tener información). Para que no se nos hiciera violencia, sino para que fuéramos movidos por persuasión. Pues nada que sea involuntario es duradero; como corrientes o árboles retenidos por la fuerza. Pero lo que es voluntario es más duradero y seguro. Lo primero se debe a quien usa la fuerza, lo segundo es nuestro; lo uno se debe a la mansedumbre de Dios, lo otro a una autoridad tiránica. Por lo cual Dios no consideró que le conviniera beneficiar a los que no quieren, sino hacer el bien a los que quieren. Y por eso, como un Tutor o un Médico, en parte remueve y en parte perdona las costumbres ancestrales, concediendo algo de lo que tendía al placer, tal como hacen los médicos con sus pacientes, para que su medicina sea tomada, siendo artificiosamente mezclada con lo agradable. Pues no es asunto muy fácil cambiar de aquellos hábitos que la costumbre y el uso han hecho honorables. Por ejemplo, el primero cortó el ídolo, pero dejó los sacrificios; el segundo, si bien destruyó los sacrificios, no prohibió la circuncisión. Entonces, una vez que los hombres se habían sometido a la reducción, también cedieron lo que les había sido concedido; en primer lugar los sacrificios, en segundo la circuncisión; y se convirtieron, en lugar de gentiles, en judíos, y en lugar de judíos, en cristianos, siendo seducidos hacia el Evangelio mediante cambios graduales. Pablo es prueba de esto; pues habiendo en un tiempo administrado la circuncisión, y sometido a la purificación legal, avanzó hasta poder decir: Y yo, hermanos, si aún predico la circuncisión, ¿por qué padezco persecución todavía? Su conducta anterior pertenecía a la dispensación temporal, la posterior a la madurez.

    Disc. 31, § 26

    Con esto puedo comparar el caso de la Teología, salvo que procede a la inversa. Pues en el caso con que lo he ilustrado, el cambio se hace por sustracciones sucesivas; mientras que aquí la perfección se alcanza por adiciones. Pues el asunto es así. El Antiguo Testamento proclamó abiertamente al Padre, y al Hijo más oscuramente. El Nuevo manifestó al Hijo, y sugirió la Deidad del Espíritu. Ahora el Espíritu mismo mora entre nosotros, y nos suministra una demostración más clara de Sí mismo. Pues no era seguro, cuando la Deidad del Padre aún no era reconocida, proclamar claramente al Hijo; ni cuando la del Hijo aún no era recibida, cargarnos más (si se me permite usar una expresión tan audaz) con el Espíritu Santo; no fuera que la gente, como hombres cargados con alimento más allá de sus fuerzas, y presentando ojos aún demasiado débiles para soportar la luz del sol, arriesgara la pérdida incluso de aquello que estaba al alcance de sus facultades; sino que mediante adiciones graduales, y, como dice David, Ascensiones, y avances y progreso de gloria en gloria, la Luz de la Trinidad brillara sobre los más iluminados. Por esta razón fue, pienso, que Él gradualmente vino a morar en los Discípulos, midiéndose a Sí mismo a ellos según su capacidad para recibirlo, al principio del Evangelio, después de la Pasión, después de la Ascensión, perfeccionando sus facultades, siendo soplado sobre ellos, y apareciendo en lenguas de fuego. Y en verdad poco a poco es declarado por Jesús, como aprenderás por ti mismo si lees con más cuidado. Yo rogaré al Padre, dice, y Él os enviará otro Consolador, el Espíritu de verdad. Esto dijo para no parecer un Dios rival, o para no hacer sus discursos a ellos mediante otra autoridad. De nuevo, Él lo enviará, pero en Mi Nombre. Omite el Yo rogaré, pero conserva el Enviará, luego otra vez, Yo enviaré,—su propia dignidad. Luego vendrá, la autoridad del Espíritu.

    Disc. 31, § 27

    Ves luces que irrumpen sobre nosotros, gradualmente; y el orden de la Teología, que es mejor para nosotros guardar, ni proclamando las cosas demasiado súbitamente, ni tampoco manteniéndolas ocultas hasta el fin. Pues el primer curso sería poco científico, el segundo ateísta; y el primero estaría calculado para sobresaltar a los de fuera, el segundo para enajenar a los nuestros. Añadiré otro punto a lo que he dicho; uno que bien puede haber venido a la mente de algunos otros, pero que creo fruto de mi propio pensamiento. Nuestro Salvador tenía algunas cosas que, dijo, no podían ser soportadas en aquel tiempo por sus discípulos (aunque estaban llenos de muchas enseñanzas), quizá por las razones que he mencionado; y por eso fueron ocultadas. Y de nuevo dijo que todas las cosas nos serían enseñadas por el Espíritu cuando viniera a morar entre nosotros. De estas cosas una, me parece, era la Deidad del Espíritu mismo, hecha clara más tarde cuando tal conocimiento sería oportuno y capaz de ser recibido después de la restauración de nuestro Salvador, cuando ya no sería recibido con incredulidad a causa de su carácter maravilloso. Pues ¿qué cosa mayor que ésta prometió Él, o enseñó el Espíritu? Si en verdad algo ha de considerarse grande y digno de la Majestad de Dios, que haya sido prometido o enseñado.
    Comentario editorial · La revelación gradual (Disc. 31, § 25–27)
    Gregorio parte de dos «terremotos» —de los ídolos a la Ley, de la Ley al Evangelio—, que Dios no impuso de golpe sino por cambios graduales, para persuadir y no forzar (§ 25). La teología avanza a la inversa, «por adiciones»: «El Antiguo Testamento proclamó abiertamente al Padre, y al Hijo más oscuramente. El Nuevo manifestó al Hijo, y sugirió la Deidad del Espíritu. Ahora el Espíritu mismo mora entre nosotros» (§ 26). Y alega las cosas que, dijo el Salvador, «no podían ser soportadas en aquel tiempo por sus discípulos» (§ 27; ). El NPNF habla de una «economía divina» de la autorrevelación; la Catholic Encyclopedia, de manifestación gradual. Es lectura del editor que el pasaje es a la vez explicación y defensa: justifica que Gregorio diga ahora lo que la Escritura no dice con esas palabras.

    Disc. 31, § 28

    Ésta, pues, es mi posición con respecto a estas cosas, y espero que sea siempre mi posición, y la de todo aquel que me es querido; adorar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo, Tres Personas, una sola Deidad, indivisa en honor y gloria y sustancia y reino, como mostró uno de nuestros propios filósofos inspirados, partido no hace mucho. Que no vea la salida de la Estrella de la Mañana, como dice la Escritura, ni la gloria de su resplandor, quien piensa de otro modo, o quien sigue el humor de los tiempos, teniendo en un tiempo una opinión y en otro tiempo otra, y pensando de manera malsana en las cuestiones más altas. Pues si Él no ha de ser adorado, ¿cómo puede divinizarme por el Bautismo? Pero si Él ha de ser adorado, ciertamente es Objeto de adoración, y si es Objeto de adoración debe ser Dios; lo uno está ligado a lo otro, una cadena verdaderamente áurea y salvadora. Y en verdad del Espíritu proviene nuestro Nuevo Nacimiento, y del Nuevo Nacimiento nuestra nueva creación, y de la nueva creación nuestro conocimiento más profundo de la dignidad de Aquel de Quien se deriva.

    Disc. 31, § 29

    Esto, pues, es lo que puede decir quien admite el silencio de la Escritura. Pero ahora el enjambre de testimonios estallará sobre ti, por el cual la Deidad del Espíritu Santo se mostrará a todos los que no sean excesivamente estúpidos, o del todo enemigos del Espíritu, como reconocidísima en la Escritura. Mira estos hechos:—Cristo nace; el Espíritu es su Precursor. Es bautizado; el Espíritu da testimonio. Es tentado; el Espíritu lo conduce arriba. Hace milagros; el Espíritu los acompaña. Asciende; el Espíritu toma su lugar. ¿Qué cosas grandes hay en la idea de Dios que no estén en su poder? ¿Qué títulos que pertenecen a Dios no se le aplican a Él, excepto sólo Inengendrado y Engendrado? Pues era necesario que las propiedades distintivas del Padre y del Hijo permanecieran peculiares de Ellos, para que no hubiera confusión en la Deidad que dispone todas las cosas, incluso el desorden mismo, en debida ordenación y buen orden. En verdad tiemblo cuando pienso en la abundancia de los títulos, y cuántos Nombres ultrajan quienes ofenden al Espíritu. Es llamado Espíritu de Dios, Espíritu de Cristo, Mente de Cristo, Espíritu del Señor, y Él mismo el Señor, Espíritu de adopción, de verdad, de libertad; Espíritu de sabiduría, de entendimiento, de consejo, de poder, de conocimiento, de piedad, del temor de Dios. Pues Él es el Hacedor de todas estas cosas, llenándolo todo con su Esencia, conteniéndolo todo, llenando el mundo con su Esencia, pero incapaz de ser comprendido en su poder por el mundo; bueno, recto, principesco, por naturaleza no por adopción; santificando, no santificado; midiendo, no medido; participado, no participando; llenando, no llenado; conteniendo, no contenido; heredado, glorificado, contado con el Padre y el Hijo; presentado como amenaza; el Dedo de Dios; fuego como Dios; para manifestar, a mi entender, su consubstancialidad); el Espíritu Creador, que por el Bautismo y por la Resurrección crea de nuevo; el Espíritu que conoce todas las cosas, que enseña, que sopla donde y cuanto quiere; que guía, habla, envía, separa, se enoja o es tentado; que revela, ilumina, vivifica, o más bien es la misma Luz y Vida; que hace Templos; que diviniza; que perfecciona de modo que incluso anticipa el Bautismo, pero que después del Bautismo ha de ser buscado como un don separado; que hace todas las cosas que Dios hace; repartido en lenguas de fuego; repartiendo dones; haciendo Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Pastores y Maestros; entendimiento múltiple, claro, penetrante, inmaculado, sin impedimento, que es lo mismo que Sapientísimo y variado en sus acciones; y haciendo todas las cosas claras y manifiestas; y de poder independiente, inmutable, Todopoderoso, que todo lo ve, penetrando todos los espíritus inteligentes, puros, sutilísimos (las Huestes Angélicas, pienso); y también todos los espíritus proféticos y apostólicos de la misma manera y no en los mismos lugares; pues vivían en lugares diferentes; mostrando así que Él es incircunscrito.

    Disc. 31, § 30

    Quienes dicen y enseñan estas cosas, y además lo llaman otro Paráclito en el sentido de otro Dios, que saben que la blasfemia contra Él solo no puede ser perdonada, y que marcaron con tan terrible infamia a Ananías y Safira por haber mentido al Espíritu Santo, ¿qué pensáis de estos hombres? ¿Proclaman al Espíritu Dios, o algo distinto? En verdad, debéis ser extraordinariamente torpes y estar lejos del Espíritu si tenéis alguna duda sobre esto y necesitáis que alguien os enseñe. Tan importantes, pues, y tan vívidos son sus Nombres. ¿Por qué es necesario exponer ante vosotros el testimonio contenido en las mismas palabras? Y todo lo que también en este caso se dice de manera más humilde, como que es Dado, Enviado, Repartido; que es el Don, la Bondad, la Inspiración, la Promesa, la Intercesión por nosotros, y, para no entrar en más detalles, cualquier otra expresión de este tipo, ha de referirse a la Causa Primera, para que se muestre de Quién es, y para que los hombres no admitan a la manera pagana Tres Principios. Pues es igualmente impío confundir las Personas con los sabelianos, o dividir las Naturalezas con los arrianos.

    Disc. 31, § 31

    He considerado este asunto con muchísimo cuidado en mi propia mente, y lo he examinado desde todos los puntos de vista, para hallar alguna ilustración de este importantísimo tema, pero no he podido descubrir nada sobre la tierra con qué comparar la naturaleza de la Deidad. Pues aunque diera con alguna pequeña semejanza, se me escapó en su mayor parte, y me dejó abajo con mi ejemplo. Me represento un ojo, una fuente, un río, como otros han hecho antes, para ver si el primero pudiera ser análogo al Padre, el segundo al Hijo y el tercero al Espíritu Santo. Pues en éstos no hay distinción en el tiempo, ni están arrancados de su conexión mutua, aunque parecen estar separados por tres personalidades. Pero temí, en primer lugar, presentar un flujo en la Deidad, incapaz de permanecer quieto; y en segundo lugar, que mediante esta figura se introdujera una unidad numérica. Pues el ojo y la fuente y el río son numéricamente uno, aunque en formas diferentes.

    Disc. 31, § 32

    XXXII. De nuevo pensé en el sol, y en un rayo, y en la luz. Pero también aquí había el temor de que se formara una idea de composición en la Naturaleza Incompuesta, como la que hay en el Sol y en las cosas que están en el Sol. Y, en segundo lugar, de que atribuyéramos Esencia al Padre y negáramos Personalidad a los Otros, y los hiciéramos sólo Potencias de Dios, existentes en Él y no Personales. Pues ni el rayo ni la luz son otro sol, sino sólo resplandores del Sol, y cualidades de su Esencia. Y no sea que así, en cuanto alcanza la ilustración, atribuyamos a Dios tanto el Ser como el No-ser, lo cual es aún más monstruoso. También he oído que alguien ha sugerido una ilustración del tipo siguiente. Un rayo del Sol que destella sobre una pared y tiembla con el movimiento de la humedad que el haz ha recogido en el aire, y luego, detenido por el cuerpo duro, produce un extraño estremecimiento. Pues tiembla con muchos movimientos rápidos, y no es uno más que muchos, ni muchos más que uno; porque, por la rapidez de su unión y separación, se sustrae antes de que el ojo pueda verlo.

    Disc. 31, § 33

    XXXIII. Pero no es posible para mí hacer uso ni siquiera de esto; porque es muy evidente qué da al rayo su movimiento; pero no hay nada anterior a Dios que pueda ponerlo en movimiento; pues Él mismo es la Causa de todas las cosas, y no tiene Causa anterior. Y, en segundo lugar, porque también en este caso hay una sugerencia de cosas como composición, difusión, y una naturaleza inestable e inconstante… nada de lo cual podemos suponer en la Deidad. En una palabra, no hay nada que ofrezca un punto de apoyo a mi mente en estas ilustraciones desde el cual considerar el Objeto que intento representarme, a menos que uno pueda aceptar con indulgencia un punto de la imagen rechazando el resto. Finalmente, entonces, me parece mejor dejar ir las imágenes y las sombras, por ser engañosas y quedar muy lejos de la verdad; y aferrarme yo mismo a la concepción más reverente, y descansar en pocas palabras, usando la guía del Espíritu Santo, conservando hasta el fin como mi genuino camarada y compañero la iluminación que he recibido de Él, y pasando por este mundo para persuadir también a todos los demás, hasta donde alcanza mi poder, a adorar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, la única Deidad y Poder. A Él pertenece toda gloria y honor y poder por siempre y para siempre. Amén.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron los discursos

    Los cinco discursos hacen tres cosas que se leen mejor juntas. Primero ponen límites al hablar: de Dios no habla cualquiera, ni en cualquier lugar, ni sobre cualquier punto (Disc. 27, § 3), y su naturaleza, aunque su existencia sea patente, excede a toda criatura (Disc. 28, § 3–5). Después dan una regla de lectura y la aplican: lo elevado se refiere a la Deidad y lo humilde a la condición compuesta del que se encarnó (Disc. 29, § 18; 30, § 2), y «engendrado» no implica comienzo, porque «Inengendrado» dice lo que Dios no es, no lo que es (Disc. 29, § 10–11). Por último, el quinto declara que el Espíritu es Dios y explica, con la imagen de los dos «terremotos», por qué la Escritura lo dice con tan pocas palabras (Disc. 31, § 10, § 25–27).
    «El Teólogo». La edición dice que el concilio de Éfeso llamó a Gregorio «el Grande» y que se le conoce universalmente como «el Teólogo» o «el Divino», título que comparte entre los Padres solo con Juan el Evangelista; la Catholic Encyclopedia dice lo mismo de «Theologus». Wikipedia añade que el concilio de Éfeso (431) citó sus discursos como autoridad y que hacia 451 el de Calcedonia lo designó Theologus, y que hacia el año 400 Rufino había empezado a traducirlos al latín. Según la introducción del NPNF, en estos discursos la palabra se toma en un sentido más estrecho que el nuestro: es el defensor de la divinidad del Logos (véase la nota al Disc. 31, § 26).
    En cuanto a la fórmula que cerró el debate, Wikipedia cita el artículo sobre el Espíritu del credo atribuido al concilio de 381: «el Señor, el dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado, y que habló por los profetas». No lo llama «Dios»; pero la inferencia de que lo que se adora con el Padre y el Hijo es Dios es la del Disc. 31, § 28, y el primer canon del concilio condena por su nombre a los eunomianos y a los semiarrianos o pneumatómacos (NPNF). Véanse el credo niceno-constantinopolitano, homoousios y la generación eterna. La lectura de que el Disc. 31 «prepara» el credo es del editor: el texto no lo dice.
    Límites. La edición de base no fecha cada discurso y las fuentes difieren entre 379 y 381, o 380 (véase la nota al Disc. 27, § 1); tampoco coinciden sobre cuándo nació y murió Gregorio (hacia 329, 325 o 330; en 390, 389 o 391). Los discursos no nombran a Basilio, y lo que las notas dicen de su «economía» procede de otros escritos de Gregorio. Varias notas resumen notas de la propia edición inglesa (en cada una se dice): son de sus editores, no de Gregorio. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; en ella se conservan unas pocas palabras raras o con errata («zumbir» por «zumbar» y «desfestivizarse», calco de «be made unfestive», en el Disc. 27, § 2; «supon» sin tilde, en el Disc. 29, § 11) y las transcripciones ASCII del griego del Disc. 30, § 18, que son de la fuente inglesa.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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