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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSobre la Trinidad
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 9
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 11
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 13
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 15
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 14 minCapítulo 17
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 19
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 20
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 22
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 23
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 25
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 12 minCapítulo 27
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 29
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 30
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 31
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 3 minLo que dejó el tratado

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    TEXTOS — NOVACIANO

    Índice de la obra

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    Novaciano

    Sobre la Trinidad

    Texto base: versión inglesa de Robert Ernest Wallis, Ante-Nicene Fathers, vol. 5 (Buffalo, 1886), «A Treatise of Novatian Concerning the Trinity» · treinta y un capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 169 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo se confiesa a un solo Dios sin quitar nada al Hijo: ni su carne, ni su divinidad, ni su distinción del Padre? Hacia mediados del siglo III, un presbítero de Roma llamado Novaciano respondió con un tratado que comenta la «regla de la verdad», el resumen de la fe con que se abre el escrito (Cap. 1). Va del Padre creador (Cap. 1–8) al Hijo, verdadero hombre y también Dios (Cap. 9–28), y cierra con el Espíritu Santo (Cap. 29) y con la objeción de que así habría dos dioses (Cap. 30–31). Combate a tres adversarios: quienes dicen que Cristo no tuvo carne verdadera, quienes dicen que fue solo un hombre y quienes dicen que es el Padre mismo. De todos ellos nombra solo a uno, Sabelio (Cap. 12). El nombre de su autor quedó unido a un cisma, el de los «novacianos», que rechazaron readmitir a los cristianos que habían renegado de la fe; el tratado no dice nada de él.

    Ficha de la obra

    AutorNovaciano (Novatianus), presbítero de Roma, según la edición de base y Jerónimo (De viris illustribus, 70). El tratado circuló bajo el nombre de Tertuliano y bajo el de Cipriano; la introducción del ANF dice que hoy se admite como de Novaciano. Esta edición no examina la atribución
    TítuloSobre la Trinidad (en latín De Trinitate; en inglés A Treatise of Novatian Concerning the Trinity en el ANF y On the Trinity en New Advent). El título original no se conoce: DeSimone piensa que sería De regula veritatis o De regula fidei, porque el texto no usa nunca la palabra «Trinidad»
    Lengua originalLatín. Edición crítica moderna: G. F. Diercks, Corpus Christianorum, serie latina 4 (1972), según DeSimone
    FechaEl texto no la da. Entre 240 y 250 según DeSimone, porque no alude a la persecución de Decio ni al cisma; hacia 257 según la introducción del ANF, que cita a Cave
    GéneroTratado doctrinal en forma de comentario a la regla de la verdad; refuta con la Escritura a quienes niegan al Hijo la carne, la divinidad o la distinción del Padre
    Lugar en la literatura latinaSegún DeSimone, es el primer tratado teológico en latín de un teólogo romano: Tertuliano era de Cartago e Hipólito escribía en griego. No es el primer escrito latino contra el modalismo: Tertuliano había escrito antes contra Práxeas
    ExtensiónTreinta y un capítulos, unas 30 000 palabras
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 5, tal como la recoge New Advent; el texto con las notas de los editores está en CCEL
    El recorrido de la obra, con la división en capítulos de la edición inglesa:
    CapítulosTema
    1–8Dios Padre, creador: su grandeza, sus atributos y cómo leer lo que la Escritura dice de Él con miembros y pasiones
    9El Hijo, prometido en el Antiguo Testamento y manifestado en el Nuevo
    10Cristo, verdadero hombre: contra quienes le niegan la carne
    11–22Cristo es hombre y también Dios, por el Antiguo y el Nuevo Testamento; entre las pruebas, las apariciones de Dios a Abraham, Agar y Jacob (18–19)
    23–28Contra quienes dicen que Cristo es el Padre: lo que sus errores prueban (23–24), por qué no murió Dios (25), «Yo y el Padre somos uno» (27) y la petición de Felipe (28)
    29El Espíritu Santo
    30–31La objeción de los dos dioses: un solo Dios, y el Hijo, «segunda persona» que recibe del Padre la divinidad
    El mismo debate con los modalistas está en Hipólito y en Tertuliano, y sus textos de combate reaparecen en los unicitarios. Para el siglo, véase el cristianismo del siglo III, que dedica una sección a Novaciano; para la acusación de subordinar al Hijo, el subordinacionismo; y para lo que vino después, la generación eterna, el homoousios y el credo niceno-constantinopolitano.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Robert Ernest Wallis, impresa en el volumen 5 de las Ante-Nicene Fathers (ANF) con el título «A Treatise of Novatian Concerning the Trinity». El volumen es Fathers of the Third Century: Hippolytus, Cyprian, Caius, Novatian, Appendix, editado por Alexander Roberts y James Donaldson, con prefacios y notas del editor estadounidense A. Cleveland Coxe, según su portada (Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1886; New Advent; CCEL). Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    A diferencia de lo que ocurre con otras obras del mismo volumen, New Advent y CCEL coinciden en el traductor: «Translated by Robert Ernest Wallis» (New Advent) y «Translated by the Rev. Robert Ernest Wallis» (CCEL). Wallis tradujo para la Ante-Nicene Christian Library de Edimburgo; DeSimone da esa versión como volumen 13 de la colección (Edimburgo, 1880) y la Britannica de 1911 como parte del volumen II de las obras de Cipriano (1869); la discrepancia de año no se ha podido resolver. La introducción del ANF reúne dos textos: la noticia del editor estadounidense, que fecha la vida de Novaciano entre 210 y 280, y la del propio Wallis, «el traductor de Edimburgo». La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) a partir de ese inglés; no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La división en treinta y un capítulos, el resumen en negrita con que abre cada uno y el prefacio son de la edición inglesa, no de Novaciano. El prefacio llega aquí cortado: el epub solo trae su primera parte, hasta el Cap. 8, y la edición del ANF continúa con el resumen de los demás capítulos. Para los Cap. 15 a 27, las notas del ANF remiten a la numeración de Pamelius, que no es la de esta edición (el Cap. 15 es allí el 23, y el 20 es el 15). El epub no trae las notas del ANF, ni las del traductor ni las de Coxe; algunas pasan, resumidas y con su fuente, a las notas de este libro.
    Referencias bíblicas. Las que van entre corchetes son las de la edición y solo llegan hasta el Cap. 14. Cinco llevan una numeración errónea y se dejan como texto, sin versículo emergente. Tres la tienen ya en el ANF impreso, según las notas de CCEL: «2 Crónicas 19:16» es 2 Reyes 19:16 (el mismo texto que Isaías 37:17); «Isaías 7:13», Isaías 7:14; e «Isaías 13:2-3», Isaías 42:2-3. Las otras dos solo en New Advent: donde dice «Isaías 13:8» e «Isaías 1:21», CCEL da Isaías 42:8 e Isaías 1:20. Las notas del ANF indican que dos citas siguen la Septuaginta (Deuteronomio 32:8 e Isaías 9:6); otras, como Génesis 49:10 u Oseas 6:3, pueden no coincidir palabra por palabra con la Biblia castellana del versículo emergente, porque el tratado las cita en latín y la traducción pasa por el inglés. No se han cotejado una a una.

    Sobre la Trinidad

    Texto de la fuenteEdición inglesa del ANF · Prefacio del tratado · Prefacio
    [El tratado de Novaciano sobre la Trinidad está dividido en treinta y un capítulos. Considera primero, desde el capítulo primero hasta el octavo, aquellas palabras de la Regla de la Verdad o de la Fe que nos mandan creer en Dios Padre y Señor omnipotente, Creador absolutamente perfecto de todas las cosas. En ellas, entre los demás atributos divinos, le atribuye además, en parte por la razón y en parte por las Sagradas Escrituras, la inmensidad, la eternidad, la unidad, la bondad, la inmutabilidad, la inmortalidad, la espiritualidad; y añade que ni las pasiones ni los miembros pueden atribuirse a Dios, y que estas cosas sólo se afirman de Dios en la Escritura de manera antropopática.]
    Comentario editorial · Quién fue Novaciano, y el cisma que lleva su nombre
    Novaciano fue presbítero de Roma. Los autores griegos, como Eusebio, lo llaman Novato, que es el nombre de otro hombre: un presbítero de Cartago. Según Cornelio, su rival, se bautizó en cama tras una enfermedad grave y fue ordenado pese a la oposición del clero (Eusebio, Historia eclesiástica VI, 43). El obispo Fabián murió mártir el 20 de enero de 250, y Novaciano escribió en nombre del clero romano a Cipriano. En marzo de 251 se eligió a Cornelio; Novaciano se hizo consagrar obispo por tres obispos de Italia que, según Cornelio, fueron engañados. Era rigorista: negaba que la Iglesia pudiera readmitir a los caídos. Un sínodo lo excomulgó ese mismo año. DeSimone advierte que casi todo lo sabemos por sus enemigos y que muchas acusaciones parecen rumores. El tratado no menciona nada de esto.

    Capítulo 1

    Cap. 1

    Novaciano, con el propósito de tratar de la Trinidad, expone a partir de la Regla de la Fe que debemos creer ante todo en Dios Padre y Señor omnipotente, Fundador absoluto de todas las cosas. Se describen bellamente las obras de la creación. Se afirma el libre albedrío del hombre; se muestra la misericordia de Dios al infligir pena al hombre; se determina la condición después de la muerte de las almas de los justos y de los injustos.
    La Regla de la Verdad exige que, antes que todas las cosas, creamos en Dios Padre y Señor omnipotente; es decir, en el Fundador absolutamente perfecto de todas las cosas, que suspendió los cielos en lo más alto, asentó la tierra con su masa inferior, difundió los mares con su fluida humedad y distribuyó todas estas cosas, a la vez adornadas y provistas de sus apropiados y convenientes instrumentos. Porque en la sólida bóveda del cielo despertó los resplandores que trae el alba; llenó la blanca esfera de la luna en sus crecientes mensuales como solaz de la noche; encendió además los rayos de los astros con los variados esplendores de una luz reluciente; y quiso que todas estas cosas giraran, por sendas legítimas, en torno a todo el ámbito del mundo, para que hubiese días, meses, años, señales y tiempos, y demás beneficios para el linaje humano. Sobre la tierra, además, levantó a una cumbre los montes más altos, hundió los valles en las profundidades, allanó suavemente las llanuras, ordenó las manadas de animales útilmente para los diversos servicios de los hombres. Estableció asimismo las encinas de los bosques para el provecho futuro de los usos humanos. Desarrolló las mieses como alimento. Abrió las bocas de las fuentes y las derramó en los ríos corrientes. Y después de estas cosas, para no dejar de proveer también a los mismos deleites de los ojos, revistió todas las cosas con los variados colores de las flores para placer de quienes las contemplan. Aun en el mar mismo, además, aunque era en sí mismo admirable tanto por su extensión como por su utilidad, hizo criaturas innumerables, a veces de moderado, a veces de vasto tamaño corporal, dando testimonio, por la variedad de su disposición, de la inteligencia del Artífice. Y no contento con estas cosas, para que acaso las aguas rugientes y precipitadas no se apoderaran de un elemento ajeno a expensas de su poseedor humano, encerró sus límites con orillas; de modo que, cuando la ola enfurecida y la espuma vinieran de su profundo seno, volvieran otra vez a sí mismas y no traspasaran sus ocultos confines, sino que guardaran sus leyes prescritas, para que el hombre se cuidara más bien de observar las leyes divinas, así como los elementos mismos las observaban. Y después de estas cosas puso también al hombre a la cabeza del mundo; también al hombre, hecho a imagen de Dios, a quien impartió mente, razón y previsión, para que imitara a Dios; y aunque los primeros elementos de su cuerpo eran terrenos, la sustancia fue inspirada por un soplo celestial y divino. Y cuando le hubo dado todas las cosas para su servicio, quiso que él solo fuera libre. Y para que, a su vez, una libertad ilimitada no cayera en peligro, impuso un mandato, en el cual se enseñaba al hombre que no había mal alguno en el fruto del árbol; pero se le advertía que el mal surgiría si acaso ejercitaba su libre albedrío menospreciando la ley dada. Porque, por una parte, convenía que fuese libre, para que la imagen de Dios no estuviera, de manera inconveniente, en esclavitud; y, por otra, debía añadirse la ley, para que una libertad desenfrenada no estallara incluso en desprecio del Dador. De modo que recibiera como consecuencia tanto dignas recompensas como un merecido castigo, teniendo en su propio poder aquello que quisiera hacer, por la inclinación de su mente en una u otra dirección: por lo cual, en consecuencia, por la envidia, la mortalidad recae sobre él; viendo que, aunque pudiera escapar de ella por la obediencia, se precipita en ella apresurándose a ser Dios bajo el influjo de un perverso consejo. Sin embargo, Dios templó indulgentemente su castigo maldiciendo no tanto a él mismo como sus trabajos sobre la tierra. Y, además, lo que se exige no viene sin conocimiento del hombre; sino que Él muestra la esperanza del hombre de un futuro descubrimiento y salvación en Cristo. Y el que se le impida tocar el leño del árbol de la vida no lo causa el veneno maligno de la envidia, sino que, para que, viviendo para siempre sin el previo perdón de Cristo de sus pecados, no llevara siempre consigo, para su castigo, una inmortalidad de culpa. No obstante, también en las regiones superiores; es decir, por encima incluso del firmamento mismo, regiones que ahora no son discernibles por nuestros ojos, ordenó previamente ángeles, dispuso potestades espirituales, puso al mando tronos y potestades, y fundó muchos otros espacios infinitos de cielos y obras ilimitadas de sus misterios; de modo que este mundo, inmenso como es, casi pudiera aparecer más bien como la última, y no la única, obra de las cosas corpóreas. Y en verdad, lo que yace bajo la tierra no está vacío de poderes distribuidos y ordenados. Porque hay un lugar adonde son llevadas las almas de los justos y de los injustos, conscientes de las sentencias anticipadas del juicio futuro; de modo que podamos contemplar la grandeza desbordante de las obras de Dios en todas direcciones, no encerrada dentro del seno de este mundo, por muy espacioso que, como hemos dicho, sea, sino que también podamos concebirlas debajo de los abismos y de las profundidades del mundo mismo. Y así, considerando la grandeza de las obras, admiremos dignamente al Artífice de semejante estructura.
    Comentario editorial · La «regla de la verdad»: el esquema del tratado
    El tratado empieza con la «regla de la verdad» (en latín, regula veritatis) y la sigue por orden: el Padre (Cap. 1–8), el Hijo (9–28) y el Espíritu (29). Ireneo ya había dado la regla de fe en tres puntos, y Tertuliano la resumió en tres de sus obras (Wikipedia). Sobre la Trinidad no parece ser el título original: Novaciano no usa nunca la palabra «Trinidad» (el texto latino de la Wikisource no la contiene), y Jerónimo ya lo cita como De Trinitate. DeSimone cree que el título era De regula veritatis o De regula fidei y que lo cambió la polémica trinitaria posterior a Nicea; Papandrea lo tiene por «probablemente» La regla de la verdad, y ve en el escrito un comentario del antiguo credo romano.

    Capítulo 2

    Cap. 2

    Dios está sobre todas las cosas, conteniendo Él mismo todas las cosas, inmenso, eterno, que trasciende la mente del hombre; inexplicable en el discurso, más excelso que toda sublimidad.
    Y sobre todas estas cosas Él mismo, que contiene todas las cosas y nada tiene vacío fuera de sí, no ha dejado lugar para ningún Dios superior, como algunos imaginan. Puesto que, en efecto, Él mismo ha incluido todas las cosas en el seno de su perfecta grandeza y poder, está siempre atento a su propia obra, y penetra todas las cosas, y mueve todas las cosas, y vivifica todas las cosas, y contempla todas las cosas, y de tal modo enlaza los materiales discordantes en la concordia de todos los elementos, que de estos principios desemejantes se establece un solo mundo por una unión concertada, que por ninguna fuerza puede ser disuelto, salvo cuando Aquel que lo hizo mande que sea disuelto, con el fin de otorgarnos otras cosas mayores. Pues leemos que contiene todas las cosas, y por tanto que nada pudo haber fuera de Él. Porque, como no tiene principio alguno, en consecuencia no conoce un final; a no ser acaso —y lejos de nosotros sea tal pensamiento— que en algún tiempo comenzara a ser, y no esté sobre todas las cosas, sino que, al haber comenzado a ser después de otra cosa, estaría por debajo de aquello que fue antes que Él, y se hallaría así ser de menor poder, en cuanto es designado como posterior incluso en el tiempo mismo. Por esta razón, por tanto, es siempre ilimitado, porque nada es mayor que Él; siempre eterno, porque nada es más antiguo que Él. Pues lo que no tiene principio no puede ser precedido por nada, ya que no tiene tiempo. Por eso es inmortal, porque no llega a un fin por ningún término de su plenitud. Y como todo lo que no tiene principio está sin ley, excluye el modo del tiempo sintiéndose deudor de nadie. Acerca de Él, por tanto, y acerca de aquellas cosas que son de Él mismo y están en Él, ni la mente del hombre puede concebir dignamente qué son, cuán grandes son y cómo son; ni la elocuencia del discurso humano expone un poder que se aproxime al nivel de su majestad. Porque para concebir y hablar de su majestad, tanto enmudece con razón toda elocuencia como se empobrece toda mente. Pues Él es mayor que el mismo entendimiento; ni cabe concebir cuán grande es, pues, si pudiera ser concebido, sería menor que la mente humana en la cual fuese concebido. Es mayor, además, que todo discurso, y no puede ser declarado; porque si pudiera ser declarado, sería menor que el discurso humano mediante el cual, una vez declarado, podría a la vez ser abarcado y contenido. Porque todo lo que pudiera pensarse acerca de Él debe ser menor que Él mismo; y todo lo que pudiera declararse debe ser menor que Él, cuando se compara respecto de Él mismo. Además, en cierta medida podemos tener conciencia de Él en el silencio, pero no podemos desenvolverlo en el discurso tal como es. Pues si lo llamaras Luz, hablarías de su criatura más bien que de Él mismo— no lo declararías; o si lo llamaras Fuerza, estarías hablando más bien de su poder y sacándolo a relucir, que hablando de Él mismo; o si lo llamaras Majestad, estarías describiendo más bien su honor que a Él mismo. ¿Y para qué me extendería recorriendo uno por uno sus atributos? Ahora mismo desenvolveré el conjunto. Cualquier cosa que en cualquier respecto pudieras declarar de Él, estarías desenvolviendo más bien alguna condición y poder suyos que a Él mismo. Pues ¿qué puedes decir o pensar convenientemente acerca de Aquel que es mayor que todos los discursos y pensamientos? Salvo que de una manera —¿y cómo podemos hacer esto? ¿Cómo podríamos concebir por posibilidad cómo aprehender estas mismas cosas?— aprehendamos mentalmente qué es Dios, si consideramos que Él es aquello que no puede ser entendido ni en cualidad ni en cantidad, ni siquiera puede entrar en el pensamiento mismo. Porque si la agudeza de nuestros ojos se embota al mirar el sol, de modo que la vista, vencida por el resplandor de los rayos que le salen al encuentro, no puede mirar el orbe mismo, la agudeza de nuestra percepción mental sufre lo mismo en todo nuestro pensamiento acerca de Dios, y en la medida en que dirigimos más directamente nuestros esfuerzos a considerar a Dios, tanto más la mente misma queda cegada por la luz de su propio pensamiento. Pues —para repetirlo una vez más— ¿qué puedes decir dignamente de Aquel que es más excelso que toda sublimidad, y más alto que toda altura, y más profundo que toda profundidad, y más claro que toda luz, y más brillante que todo brillo, más resplandeciente que todo esplendor, más fuerte que toda fuerza, más poderoso que todo poder, y más potente que toda potencia, y mayor que toda majestad, y más eficaz que toda eficacia, y más rico que todas las riquezas, más sabio que toda sabiduría, y más benigno que toda benignidad, mejor que toda bondad, más justo que toda justicia, más misericordioso que toda clemencia? Pues todos los géneros de virtudes necesariamente han de ser menores que Él mismo, que es a la vez Dios y Padre de todas las virtudes, de modo que con verdad pueda decirse que Dios es aquello que es tal que nada puede compararse a Él. Pues Él está por encima de todo lo que puede decirse. Porque Él es una cierta Mente que genera y llena todas las cosas, la cual, sin principio ni fin de tiempo, gobierna, por la más alta y perfecta razón, las causas naturalmente encadenadas de las cosas, de modo que resulten en beneficio de todos.

    Capítulo 3

    Cap. 3

    Que Dios es el Fundador de todas las cosas, su Señor y Padre, se prueba por las Sagradas Escrituras.
    A Él, pues, reconocemos y sabemos que es Dios, Creador de todas las cosas — Señor por razón de su poder, Padre por razón de su disciplina —; a Él, digo, que habló, y todas las cosas fueron hechas; Él mandó, y todas las cosas aparecieron: de quien está escrito: «Tú has hecho todas las cosas con sabiduría;» de quien Moisés dijo: «Dios en el cielo arriba y en la tierra abajo;» [] quien, según Isaías, «midió el cielo con un palmo, y la tierra con el hueco de su mano;» «que mira la tierra, y la hace temblar; que ciñe el orbe de la tierra, y a los que habitan en ella como langostas; que pesó los montes en balanza y los bosques en peso,» es decir, con la prueba segura de la disposición divina; fácilmente caerían en ruinas si no estuviera equilibrada con pesos iguales, Él ha sostenido con equidad esta carga de la masa terrena. Quien dice por el profeta: «Yo soy Dios, y no hay otro fuera de mí» [] Quien dice por el mismo profeta: «Porque no daré mi majestad a otro,» [Isaías 13:8] para excluir a todos los paganos y herejes con sus ficciones; probando que no es Dios aquello que es hecho por la mano del artífice, ni aquello que es fingido por el entendimiento de un hereje. Pues no es Dios aquel para cuya existencia haya de pedirse un artífice. Y añadió además por el profeta: «El cielo es mi trono, y la tierra el escabel de mis pies: ¿qué casa me edificaréis, y cuál es el lugar de mi descanso?» para mostrar que Aquel a quien el mundo no contiene, mucho menos es contenido en un templo; y dice estas cosas no por jactancia de sí mismo, sino para nuestro conocimiento. Pues no desea de nosotros la gloria de su grandeza; sino que quiere otorgarnos, como padre, una sabiduría religiosa. Y queriendo además atraer a la mansedumbre nuestras mentes, embrutecidas, hinchadas y endurecidas con torpe ferocidad, dice: «¿Y sobre quién reposará mi Espíritu, sino sobre el humilde y quieto, y que tiembla ante mis palabras?» [] — de modo que en cierta medida uno pueda reconocer cuán grande es Dios, aprendiendo a temerle por el Espíritu que le ha sido dado: Quien, deseando asimismo darse aún más a nuestro conocimiento y, para excitar nuestras mentes a su culto, dijo: «Yo soy el Señor, que hice la luz y creé las tinieblas;» para que no juzguemos que alguna Naturaleza —no sé cuál— fue la artífice de aquellas vicisitudes por las cuales se gobiernan las noches y los días, sino más bien, como es más verdadero, reconozcamos a Dios como su Creador. Y puesto que por la mirada de nuestros ojos no podemos verle, rectamente aprendemos de Él por la grandeza, el poder y la majestad de sus obras. «Porque las cosas invisibles de Él,» dice el apóstol Pablo, desde la creación del mundo se ven claramente, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, aun su eterno poder y divinidad; de modo que la mente humana, aprendiendo las cosas ocultas por medio de las manifiestas, por la grandeza de las obras que debe contemplar, considere con los ojos de la mente la grandeza del Arquitecto. De quien dice el mismo apóstol: «Ahora bien, al Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, sea honor y gloria.» [] Pues ha ido más allá de la contemplación de los ojos quien ha superado la grandeza del pensamiento. «Pues,» se dice, de Él, y por Él, y en Él son todas las cosas. [] Porque todas las cosas existen por su mandato, porque son de Él; y son ordenadas por su palabra como siendo por Él; y todas las cosas vuelven a su juicio; como en Él, esperando la libertad cuando la corrupción sea eliminada, aparecen llamadas a Él.

    Capítulo 4

    Cap. 4

    Además, Él es bueno, siempre el mismo, inmutable, uno y único, infinito; y su propio nombre jamás puede ser declarado, y es incorruptible e inmortal.
    A él solo el Señor lo declara justamente bueno, de cuya bondad el mundo entero es testigo; mundo que no habría ordenado si no hubiera sido bueno. Porque si «todo era muy bueno,» [] consiguiente y razonablemente, tanto las cosas que fueron ordenadas han probado que es bueno Aquel que las ordenó, cuanto las cosas que son obra de un buen Ordenador no pueden ser sino buenas; por lo cual todo mal es un alejamiento de Dios. Pues no puede suceder que sea originador o artífice de obra mala alguna Aquel que reclama para sí el nombre de «el Perfecto,» a la vez Padre y Juez, especialmente cuando es vengador y juez de toda obra mala; porque, además, el mal no sobreviene al hombre por otra causa que por su alejamiento del Dios bueno. Y aun esto mismo se determina en el hombre, no porque fuera necesario, sino porque él mismo así lo quiso. De donde manifiestamente apareció también qué era el mal; y para que no pareciera haber envidia en Dios, quedó patente de dónde había surgido el mal. Él, pues, es siempre semejante a sí mismo; ni jamás se vuelve o se cambia en forma alguna, no sea que por el cambio parezca mortal. Porque el cambio que implica pasar de una cosa a otra se comprende como parte de una cierta muerte. Así, jamás hay en Él adición o aumento de parte alguna ni de honor, no sea que algo parezca haber faltado alguna vez a su perfección, ni se produce en Él pérdida alguna, no sea que parezca haber padecido un grado de mortalidad. Sino que lo que Él es, lo es siempre; y quien Él es, es siempre Él mismo; y el carácter que tiene, lo tiene siempre. Porque el aumentar arguye comienzo, así como las pérdidas prueban muerte y perecimiento. Y por eso dice: «Yo soy Dios, y no cambio;» [] en que lo no nacido no puede padecer cambio, manteniendo siempre su condición. Porque cuanto haya en Él que constituya la Divinidad, necesariamente debe existir siempre, manteniéndose por su propia virtud, de modo que sea siempre Dios. Y así dice: «Yo soy el que soy.» Porque lo que Él es tiene este nombre, porque mantiene siempre la misma cualidad de sí mismo. Pues el cambio quita la fuerza de aquel nombre «El que soy;» porque todo aquello que en algún momento es cambiado, se muestra mortal en aquello mismo que es cambiado. Pues deja de ser lo que había sido y, en consecuencia, comienza a ser lo que no era; y por tanto, razonablemente, permanece siempre en Dios su posición, en cuanto que, sin pérdida alguna nacida del cambio, es siempre semejante e igual a sí mismo. Y lo que no es nacido no puede ser cambiado: porque sólo experimentan cambio las cosas que son hechas o que son engendradas; en que aquellas cosas que en un tiempo no habían sido, aprenden a ser al venir a la existencia, y por tanto a padecer cambio al ser nacidas. Además, las cosas que no tienen nacimiento ni hacedor, han excluido de sí la capacidad de cambio, no teniendo comienzo en que haya causa de cambio. Y así se declara que Él es uno, no teniendo igual. Porque todo cuanto pueda ser Dios, como Dios debe ser por necesidad lo Altísimo. Mas todo lo que es Altísimo, ciertamente debe serlo en tal sentido que esté sin igual alguno. Y así, necesariamente ha de ser solo y uno aquello sobre lo cual nada puede añadirse, sin tener par; porque no puede haber dos infinitos, como lo dicta la naturaleza misma de las cosas. Y es infinito aquello que no tiene ningún tipo de comienzo ni fin. Porque lo que ha ocupado el todo excluye el comienzo de otro. Porque si Él no contiene todo lo que es, sea lo que sea —puesto que lo que se halla en aquello por lo cual es contenido se halla ser menor que aquello por lo cual es contenido—, dejará de ser Dios, quedando reducido al poder de otro, en cuya grandeza Él, siendo menor, habrá sido incluido. Y por tanto, aquello que lo contuviera reclamaría entonces más bien ser Dios. De donde resulta que el nombre mismo de Dios tampoco puede ser declarado, porque Él no puede ser concebido. Pues se contiene en un nombre aquello que, de algún modo, se comprende por la condición de la naturaleza de algo. Porque el nombre es la significación de aquella cosa que pudo ser comprendida por un nombre. Pero cuando aquello de que se trata es tal que no puede ser dignamente reducido a una sola forma ni aun por el entendimiento mismo, ¿cómo podrá exponerse convenientemente en la única palabra de un apelativo, siendo así que, como está más allá del intelecto, debe también por necesidad estar por encima de la significación del apelativo? Como con razón, cuando Él aplica y antepone, por ciertas razones y ocasiones, su nombre de Dios, sabemos que no se expone tanto la legítima propiedad del apelativo, cuanto una cierta significación determinada para él, a la cual, mientras los hombres acuden, parecen poder obtener así la misericordia de Dios. Es, por tanto, también inmortal e incorruptible, sin conocer pérdida alguna ni fin. Porque por ser incorruptible, es inmortal; y por ser inmortal, ciertamente es también incorruptible—implicándose cada cosa por turno en la otra, consigo y en sí, por mutua conexión, y prolongándose por vicaria concatenación hasta la condición de eternidad; naciendo la inmortalidad de la incorrupción, así como la incorrupción viene de la inmortalidad.

    Capítulo 5

    Cap. 5

    Si consideramos la ira, la indignación y el odio de Dios descritos en las sagradas páginas, debemos recordar que no han de entenderse como si tuvieran el carácter de vicios humanos.
    Además, si leemos acerca de su ira, y consideramos ciertas descripciones de su indignación, y aprendemos que se le atribuye odio, no hemos de entender que esto se le atribuya en el sentido en que son vicios humanos. Porque todas estas cosas, aunque pueden corromper al hombre, de ningún modo pueden corromper la potencia divina. Pues pasiones como éstas con razón se dirá que están en los hombres, y no con razón se juzgará que están en Dios. Porque el hombre puede ser corrompido por ellas, porque puede ser corrompido; Dios no puede ser corrompido por ellas, porque no puede ser corrompido. Estas cosas, en verdad, tienen la fuerza que pueden ejercer, pero sólo donde las precede una materia capaz de recibir impresión, no donde las precede una sustancia que no puede ser impresionada. Porque el que Dios se aíre no nace de vicio alguno en Él. Sino que lo hace para provecho nuestro; pues es misericordioso aun cuando amenaza, porque con estas amenazas los hombres son llamados a la rectitud. Porque el temor es necesario para aquellos a quienes falta el motivo para una vida virtuosa, a fin de que quienes han abandonado la razón sean al menos movidos por el terror. Y así todas esas cosas, ya sean iras de Dios u odios, o cuanto de este género hay, mostrándose para nuestra medicina —como lo enseña el caso—, han nacido de sabiduría, no de vicio, ni se originan de flaqueza; por lo cual tampoco pueden servir para corrupción de Dios. Porque la diversidad que hay en nosotros de los materiales de que estamos compuestos, suele suscitar la discordia de la ira que nos corrompe; pero ésta, ya sea de naturaleza o de defecto, no puede subsistir en Dios, puesto que se sabe que Él no está constituido ciertamente por asociación alguna de partes corporales. Porque es simple y sin mezcla corporal alguna, siendo todo de aquella esencia que, sea lo que sea —sólo Él lo sabe—, constituye su ser, ya que es llamado Espíritu. Y así, las cosas que en los hombres son defectuosas y corruptoras, puesto que nacen de la corruptibilidad del cuerpo y de la materia misma, en Dios no pueden ejercer la fuerza de la corruptibilidad, ya que, como hemos dicho, han venido no de vicio, sino de razón.

    Capítulo 6

    Cap. 6

    Y que, aunque la Escritura cambia a menudo la apariencia divina en forma humana, sin embargo la medida de la majestad divina no queda encerrada dentro de estos lineamientos de nuestra naturaleza corporal.
    Y aunque la Escritura celestial convierte a menudo la apariencia divina en forma humana —como cuando dice: «Los ojos del Señor están sobre los justos;» o cuando dice: «El Señor Dios olió el olor de buen aroma;» [] o cuando se dan a Moisés las tablas «escritas con el dedo de Dios;» [] o cuando el pueblo de los hijos de Israel es liberado de la tierra de Egipto «con mano fuerte y con brazo extendido;» o cuando dice: «La boca del Señor ha hablado estas cosas;» [Isaías 1:21] o cuando la tierra es presentada como «el escabel de los pies de Dios;» o cuando dice: «Inclinad vuestro oído y oíd,» [2 Crónicas 19:16] —, nosotros, que decimos que la ley es espiritual, no encerramos dentro de estos lineamientos de nuestra naturaleza corporal ningún modo ni figura de la majestad divina, sino que difundimos aquel carácter de magnitud ilimitada (por así decirlo) por sus llanuras sin límite alguno. Porque está escrito: «Si subiere a los cielos, allí estás tú; si descendiere al infierno, allí también estás; y si tomare mis alas y me fuere al otro lado del mar, allí tu mano me asirá, y tu diestra me sostendrá.» Reconocemos, pues, el plan de la Escritura divina según la proporción de su disposición. Porque el profeta hablaba entonces todavía de Dios en parábolas según el tiempo de la fe, no como Dios era, sino como el pueblo podía recibirle. Y así, el que se digan de Dios tales cosas debe imputarse no a Dios, sino más bien al pueblo. Así se permite al pueblo levantar un tabernáculo, y sin embargo Dios no queda encerrado en el recinto de un tabernáculo. Así se edifica un templo, y sin embargo Dios no queda limitado en modo alguno dentro de los confines de un templo. No es, pues, Dios quien queda limitado, sino la percepción del pueblo la que es limitada; ni Dios queda estrechado, sino que el entendimiento de la razón del pueblo se tiene por estrechado. Finalmente, en el Evangelio dijo el Señor: «Llegará la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre;» [] y dio las razones, diciendo: «Dios es Espíritu; y, por tanto, los que adoran deben adorar en espíritu y en verdad.» [] Así se muestran allí las agencias divinas por medio de miembros; no se describe la apariencia de Dios ni los lineamientos corporales. Porque cuando se habla de los ojos, se da a entender que Él ve todas las cosas; y cuando del oído, se expone que oye todas las cosas; y cuando del dedo, se manifiesta cierta energía de su voluntad; y cuando de las narices, se muestra su reconocimiento de las oraciones como de olores; y cuando de la mano, se prueba que es autor de toda criatura; y cuando del brazo, se anuncia que ninguna naturaleza puede resistir la fuerza de su brazo; y cuando de los pies, se despliega que Él llena todas las cosas, y que no hay lugar alguno donde Dios no esté. Porque ni los miembros ni los oficios de los miembros son necesarios a Aquel a cuyo solo juicio, aun no expresado, todas las cosas sirven y están presentes. Pues ¿por qué habría de necesitar ojos quien es Él mismo la luz? ¿O por qué habría de pedir pies quien está en todas partes? ¿O por qué habría de querer ir cuando no hay ningún lugar adonde pueda ir más allá de sí mismo? ¿O por qué habría de buscar manos Aquel cuya voluntad es, aun en silencio, la artífice de la fundación de todas las cosas? No necesita oídos quien conoce las voluntades aun no expresadas; ¿o por qué razón habría de necesitar lengua Aquel cuyo pensamiento es una orden? Estos miembros ciertamente fueron necesarios a los hombres, pero no a Dios, porque el designio del hombre sería ineficaz si el cuerpo no cumpliera el pensamiento. Además, no son necesarios a Dios, cuya voluntad las obras no tanto acompañan sin esfuerzo alguno, sino que las obras mismas proceden simultáneamente con la voluntad. Aún más: Él mismo es todo ojo, porque todo lo ve; y todo oído, porque todo lo oye; y toda mano, porque todo lo obra; y todo pie, porque está todo en todas partes. Porque es lo mismo, sea lo que sea. Es todo igual y todo en todas partes. Pues no hay en Él diversidad alguna en sí mismo, siendo simple. Porque aquellas son las cosas que se reducen a diversidad de miembros, las cuales nacen del nacimiento y van a la disolución. Pero las cosas que no son concretas no pueden tener conciencia de estas cosas. Y lo que es inmortal, sea lo que sea, eso mismo es uno y simple, y para siempre. Y así, porque es uno, no puede ser disuelto; ya que todo aquello que es aquello mismo que está puesto más allá de la posibilidad de disolución, queda libre de las leyes de la muerte.

    Capítulo 7

    Cap. 7

    Además, que cuando Dios es llamado Espíritu, resplandor y luz, Dios no queda suficientemente expresado por esos apelativos.
    Pero cuando el Señor dice que Dios es Espíritu, pienso que Cristo habló así del Padre, queriendo que se entendiese algo más todavía que meramente que Dios es Espíritu. Porque, aunque en su Evangelio razona con el fin de dar a los hombres un aumento de inteligencia, sin embargo Él mismo habla a los hombres acerca de Dios de tal modo que puedan todavía oír y recibir; aunque, como hemos dicho, se esfuerza ahora por dar a sus oyentes adiciones religiosas a su conocimiento de Dios. Porque hallamos escrito que Dios es llamado Amor, y sin embargo con esto no se declara que la sustancia de Dios sea Amor; y que es llamado Luz, sin que en esto esté la sustancia de Dios. Pero todo cuanto así se dice de Dios es tanto cuanto puede decirse, de modo que, razonablemente también, cuando es llamado Espíritu, no es todo lo que Él es lo que así se llama; sino que, mientras la mente de los hombres, entendiendo, progresa incluso hasta el Espíritu mismo, estando ya cambiada en espíritu, puede conjeturar que Dios es algo mayor aún por medio del Espíritu. Porque aquello que es, según lo que es, no puede ser declarado por el discurso humano, ni recibido por oídos humanos, ni captado por percepciones humanas. Pues si «las cosas que Dios ha preparado para los que le aman, ni ojo vio, ni oído oyó, ni corazón de hombre, ni aun su mente percibió;» [] ¿qué y cuán grande es Aquel mismo que promete estas cosas, en cuya comprensión han desfallecido tanto la mente como la naturaleza del hombre! Finalmente, si recibes el Espíritu como sustancia de Dios, harás de Dios una criatura. Porque todo espíritu es una criatura. Y, por tanto, entonces Dios será hecho. De igual manera, si, según Moisés, recibieras a Dios como fuego, al decir que es una criatura, habrás declarado lo que fue ordenado, mas no habrás enseñado quién lo ordena. Pero estas cosas se usan más bien como figuras que como siendo así de hecho. Pues así como en el Antiguo Testamento se llama a Dios Fuego para infundir temor en los corazones de un pueblo pecador, sugiriéndole un Juez, así en el Nuevo Testamento se anuncia como Espíritu, para que, como Renovador y Creador de los que están muertos en sus pecados, sea atestiguado por esta bondad de misericordia concedida a los que creen.

    Capítulo 8

    Cap. 8

    Es, por tanto, este Dios al que la Iglesia ha conocido y adora; y a Él se le da el testimonio de las cosas tanto visibles como invisibles en todo tiempo y en toda forma, por la naturaleza que su providencia rige y gobierna.
    Es, pues, este Dios, dejando a un lado las fábulas y ficciones de los herejes, al que la Iglesia conoce y adora; a quien da testimonio la naturaleza universal y entera de las cosas, tanto visibles como invisibles; a quien los ángeles adoran, los astros admiran, los mares bendicen, las tierras reverencian, y todos los seres bajo la tierra miran; de quien es consciente la mente entera del hombre, aun si no lo expresa por sí misma; a cuya orden todas las cosas se ponen en movimiento, los manantiales brotan, los ríos fluyen, las olas se levantan, todas las criaturas sacan sus crías, los vientos son compelidos a soplar, las lluvias descienden, los mares se agitan, todas las cosas difunden por doquier su fecundidad. Él ordenó, propio para los protoplastos de la vida eterna, un cierto paraíso hermoso en el oriente; plantó el árbol de la vida, y de modo semejante puso junto a él otro árbol, el del conocimiento del bien y del mal; dio un mandato y decretó un juicio contra el pecado; preservó al justísimo Noé de los peligros del diluvio, por el mérito de su inocencia y de su fe; trasladó a Enoc; eligió a Abraham para la sociedad de su amistad; protegió a Isaac; acrecentó a Jacob; dio a Moisés como guía para el pueblo; liberó a los gimientes hijos de Israel del yugo de la esclavitud; escribió la ley; introdujo a la descendencia de nuestros padres en la tierra de la promesa; instruyó a los profetas por su Espíritu, y por todos ellos prometió a su Hijo Cristo; y en el tiempo en que había pactado que lo daría, lo envió, y por medio de Él quiso venir a nuestro conocimiento, y derramó sobre nosotros los ricos tesoros de su misericordia, confiriendo su abundante Espíritu a los pobres y abatidos. Y porque, por su libre voluntad, es a la vez liberal y bondadoso, para que no se secara todo este orbe, apartado de las corrientes de su gracia, quiso que los apóstoles, como fundadores de nuestra familia, fueran enviados por su Hijo al mundo entero, a fin de que la condición del linaje humano pudiera ser consciente de su Fundador; y, si decidiera seguirle, pudiera tener a Uno a quien, aun en sus súplicas, pudiera ya llamar Padre en lugar de Dios. Y su providencia ha tenido o tiene su curso entre los hombres, no sólo individualmente, sino también entre las ciudades mismas y los estados, cuyas destrucciones han sido anunciadas por palabras de profetas; y aun a través del mundo entero; cuyo fin, cuyas miserias, devastaciones y sufrimientos a causa de la incredulidad Él ha asignado. Y para que nadie, además, pensara que tan infatigable providencia de Dios no alcanza aun a las cosas más pequeñas, «Ni un solo gorrión,» dice el Señor, «caerá sin la voluntad del Padre; pero aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados.» [] Y su cuidado y providencia no permitió que se gastaran siquiera los vestidos de los israelitas, ni que se consumieran los más viles zapatos de sus pies; ni, además, finalmente, que se quemaran los vestidos de los jóvenes cautivos. Y esto no es sin razón; pues si Él abraza todas las cosas y contiene todas las cosas —y todas las cosas, y el todo, están constituidos por individuos—, su cuidado se extenderá por consiguiente hasta cada cosa individual, ya que su providencia alcanza al todo, sea lo que sea. De aquí que también esté sentado sobre los querubines; es decir, preside sobre la variedad de sus obras, estando sujetos a su trono los seres vivientes que ejercen el dominio sobre lo demás: un cobertor de cristal extendido sobre todas las cosas; es decir, el cielo que cubre todas las cosas, el cual, por mandato de Dios, había sido consolidado en firmamento a partir de la materia fluida de las aguas, para que la dura solidez que divide el medio de las aguas que antes cubrían la tierra sostuviera como sobre su espalda el peso del agua que yace encima, quedando afirmada su fuerza por el hielo. Y, además, debajo hay ruedas —es decir, las estaciones—, mediante las cuales todos los miembros del mundo son siempre empujados hacia adelante; añadiéndose tales pies por los que aquellas cosas no permanecen quietas para siempre, sino que pasan adelante. Y, además, en todos sus miembros están tachonadas de ojos; pues las obras de Dios deben ser contempladas con inspección siempre vigilante: en el corazón de tales cosas hay en medio un fuego de ascuas, ya sea porque este mundo nuestro se apresura hacia el día ardiente del juicio, o porque todas las obras de Dios son ígneas, y no tenebrosas, sino florecientes. O, además, para que, por haber surgido de comienzos terrenales, no fueran naturalmente inertes por la rigidez de su origen, se añadió a todas las cosas la naturaleza cálida de un espíritu interior; y para que esta naturaleza, concretada con los cuerpos fríos, ministrara medidas iguales para todos con miras a la vida. Éste es, por tanto, según David, el carro de Dios. «Pues el carro de Dios,» dice, «se multiplica diez mil veces;» es decir, es innumerable, infinito, inmenso. Porque, bajo el yugo de la ley natural dada a todas las cosas, unas son frenadas, como retenidas por las riendas; otras, como estimuladas, son impelidas con riendas sueltas. Porque el mundo, que es ese carro de Dios con todas las cosas, lo guían tanto los ángeles mismos como las estrellas; y sus movimientos, aunque variados, pero atados por ciertas leyes, los vemos guiados por los límites de un tiempo prescrito a ellos mismos; de modo que con razón también nosotros nos sentimos ahora dispuestos a exclamar con el apóstol, mientras admira tanto al Arquitecto como a sus obras: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!» Y lo demás.

    Capítulo 9

    Cap. 9

    Además, que la misma Regla de la Verdad nos enseña a creer, después del Padre, también en el Hijo de Dios, Jesucristo, Señor y Dios nuestro, el mismo que fue prometido en el Antiguo Testamento y manifestado en el Nuevo.
    La misma Regla de la Verdad nos enseña a creer, después del Padre, también en el Hijo de Dios, Cristo Jesús, el Señor nuestro Dios, pero el Hijo de Dios— de aquel Dios que es a la vez uno y solo, a saber, el Fundador de todas las cosas, como ya se ha expresado arriba. Porque este Jesucristo, lo diré una vez más, el Hijo de este Dios, leemos que fue prometido en el Antiguo Testamento, y observamos que se manifestó en el Nuevo, cumpliendo las sombras y figuras de todos los sacramentos con la presencia de la verdad encarnada. Pues tanto las antiguas profecías como los Evangelios dan testimonio de que Él es hijo de Abraham e hijo de David. El propio Génesis se anticipa a Él cuando dice: «A ti te la daré, y a tu descendencia.» [] Se habla de Él cuando muestra cómo un hombre luchó con Jacob; también de Él, cuando dice: «No faltará príncipe de Judá, ni caudillo de entre sus muslos, hasta que venga Aquel a quien ha sido prometido; y Él será la expectación de las naciones.» [] Moisés habla de Él cuando dice: «Provee a otro a quien puedas enviar.» [] De nuevo habla de Él el mismo, cuando testifica diciendo: «Un Profeta os levantará Dios de entre vuestros hermanos; escuchadle como a mí.» [] También es Él de quien habla cuando dice: «Verás tu vida pendiente en duda noche y día, y no creerás en Él.» [] También Isaías alude a Él: «Saldrá una vara de la raíz de Jesé, y una flor crecerá de su raíz.» [] El mismo también cuando dice: «He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo.» [Isaías 7:13] A Él se refiere cuando enumera las curaciones que habían de proceder de Él, diciendo: «Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos oirán: entonces saltará el cojo como un ciervo, y la lengua de los mudos será elocuente.» [] También a Él, cuando expone la virtud de la paciencia, diciendo: «Su voz no se oirá en las calles; no quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humea.» [Isaías 13:2-3] También a Él, cuando describió su Evangelio: «Y concertaré con vosotros un pacto eterno, las misericordias firmes de David.» [] También a Él, cuando predice que las naciones creerían en Él: «He aquí, lo he dado por Jefe y Caudillo de las naciones. Naciones que no te conocían te invocarán, y pueblos que no te conocían huirán a ti.» [] Es al mismo a quien se refiere cuando, acerca de su pasión, exclama diciendo: «Como oveja es llevado al matadero; y como cordero enmudecido ante su trasquilador, así no abrió su boca en su humillación.» [] A Él, además, cuando describió los golpes y las marcas de sus azotes: «Por sus llagas fuimos sanados.» [] O su humillación: «Y lo vimos, y no tenía forma ni hermosura, hombre en sufrimiento, y que sabe llevar la enfermedad.» [] O que el pueblo no creería en Él: «Todo el día extendí mis manos a un pueblo que no cree.» [] O que resucitaría de entre los muertos: «Y en aquel día habrá una raíz de Jesé, y uno que se levantará para reinar sobre las naciones; en Él esperarán las naciones, y su reposo será honor.» [] O cuando habla del tiempo de la resurrección: «Lo hallaremos, como dispuesto, por la mañana.» [] O que había de sentarse a la diestra del Padre: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.» O cuando se le presenta como poseedor de todas las cosas: «Pídeme, y te daré las naciones por herencia tuya, y los confines de la tierra por posesión tuya.» O cuando se le muestra como Juez de todos: «Oh Dios, da al Rey tu juicio, y tu justicia al Hijo del Rey.» Y no proseguiré más este asunto en este lugar: las cosas que se anuncian de Cristo son conocidas por todos los herejes, pero aún mejor conocidas por quienes mantienen la verdad.

    Capítulo 10

    Cap. 10

    Que Jesucristo es el Hijo de Dios y verdadero hombre, contra las fantasías de los herejes, que niegan que Él tomara verdadera carne.
    Pero de esto os recuerdo a vosotros, que no había de esperarse a Cristo en el Evangelio de otra manera que como antes fue prometido por el Creador en las Escrituras del Antiguo Testamento; especialmente porque las cosas que fueron predichas de Él se cumplieron, y las cosas que se cumplieron habían sido predichas. Como con razón podría yo decir verdadera y constantemente a aquel fantasma —no sé cuál— de esos herejes que rechazan la autoridad del Antiguo Testamento, como a un Cristo fingido y coloreado con fábulas de viejas: «¿Quién eres tú? ¿De dónde eres? ¿Por quién eres enviado? ¿Por qué has elegido venir ahora? ¿Por qué eres tal como eres? ¿O cómo has podido venir? ¿O por qué no has ido a los tuyos, sino que has demostrado que no tienes nada tuyo, viniendo a lo de otro? ¿Qué tienes que ver con el mundo del Creador? ¿Qué tienes que ver con el hombre del Creador? ¿Qué tienes que ver con la imagen de un cuerpo del que quitas la esperanza de la resurrección? ¿Por qué vienes al siervo de otro, y deseas solicitar al hijo de otro? ¿Por qué te esfuerzas en apartarme del Señor? ¿Por qué me obligas a blasfemar y a ser impío contra mi Padre? ¿O qué ganaré contigo en la resurrección, si no me recibo a mí mismo cuando pierdo mi cuerpo? Si deseas salvar, deberías haber hecho un hombre al que dar la salvación. Si deseas arrebatar del pecado, deberías haberme concedido antes que no cayera en pecado. Pero ¿qué aprobación de ley llevas contigo? ¿Qué testimonio de la palabra profética tienes? ¿O qué bien sustancial puedo prometerme de ti, cuando veo que has venido en un fantasma y no en una sustancia corporal? ¿Qué tienes, pues, que ver con la forma de un cuerpo, si odias un cuerpo? Antes bien, quedarás convicto en cuanto al odio de llevar contigo la sustancia de un cuerpo, puesto que has querido incluso tomar su forma. Porque deberías haber odiado la imitación de un cuerpo, si odiabas la realidad; porque, si eres otra cosa, deberías haber venido como otra cosa, no sea que seas llamado Hijo del Creador si tenías incluso la semejanza de carne y cuerpo. Ciertamente, si odiabas nacer porque odiabas "el matrimonio del Creador", deberías rechazar incluso la semejanza de un hombre que nace por el "matrimonio del Creador".»
    Por tanto, tampoco reconocemos que sea Cristo de los herejes aquel que fue —como se dice— en apariencia y no en realidad; pues de aquellas cosas que hizo, nada real pudo haber hecho, si él mismo era un fantasma y no realidad. Ni a aquel que no llevaba nada de nuestro cuerpo en sí mismo, ya que «nada recibió de María;» ni vino a nosotros, puesto que apareció «como una visión, no en nuestra sustancia.» Ni reconocemos que sea Cristo aquel que eligió una carne etérea o estelar, como algunos herejes han pretendido. Ni podemos percibir salvación alguna nuestra en él, si en él ni siquiera reconocemos la sustancia de nuestro cuerpo; ni, en fin, a ningún otro que haya vestido cualquier otro género de cuerpo fabuloso de invención herética. Pues todas estas fábulas quedan refutadas tanto por el nacimiento como por la muerte misma de nuestro Señor. Porque Juan dice: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros;» de modo que, razonablemente, nuestro cuerpo esté en Él, porque ciertamente el Verbo tomó sobre sí nuestra carne. Y por esta razón brotó sangre de sus manos y de sus pies, y de su mismo costado, para que se probase que era partícipe de nuestro cuerpo al morir según las leyes de nuestra disolución. Y que resucitó en la misma sustancia corporal en que murió, se prueba por las heridas de ese mismo cuerpo; y así mostró las leyes de nuestra resurrección en su carne, pues en su resurrección restauró el mismo cuerpo que había tomado de nosotros. Porque se establece una ley de resurrección, en cuanto que Cristo resucitó en la sustancia del cuerpo como ejemplo para los demás; porque, cuando está escrito que «la carne y la sangre no heredan el reino de Dios,» no es la sustancia de la carne la que se condena, la cual fue edificada por las manos divinas para que no pereciese, sino que justamente se reprende sólo la culpa de la carne, la cual, por la osadía voluntaria del hombre, se rebeló contra los derechos de la ley divina. Porque en el bautismo y en la disolución de la muerte la carne se levanta y vuelve a la salvación, al ser llamada de nuevo a la condición de inocencia, cuando se deja a un lado la mortalidad de la culpa.
    Comentario editorial · A quién habla el Cap. 10: Marción y los docetas
    El capítulo interpela a un «Cristo» fingido, venido «en un fantasma», de herejes que rechazan el Antiguo Testamento. El texto no nombra a nadie; DeSimone lo entiende dirigido a los docetas, sobre todo a Marción y a su discípulo Apeles, y a los gnósticos. Según Wikipedia, Marción distinguió al dios del Antiguo Testamento, creador del mundo, del Padre de Jesús, y entendió la encarnación de modo docético: el cuerpo de Jesús habría sido solo una imitación, y negó su nacimiento, su muerte y su resurrección físicos; Roma lo excomulgó hacia 144. Novaciano le opone la sangre que brotó de las manos, los pies y el costado, y las heridas del resucitado. El «dios superior» que algunos imaginan, del que habla el Cap. 2, es también para DeSimone el de Marción.

    Capítulo 11

    Cap. 11

    Y, ciertamente, que Cristo no fue sólo hombre, sino también Dios; que así como fue Hijo del hombre, así también fue Hijo de Dios.
    Pero para que, por el hecho de afirmar que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, el Creador, se manifestó en la sustancia del cuerpo verdadero, no parezcamos haber dado asentimiento a otros herejes, que en este lugar sostienen que Él es sólo y únicamente hombre, y por eso desean probar que fue un hombre desnudo y solitario; y para que no parezcamos haberles dado ocasión alguna de objetar, no expresamos la doctrina acerca de la sustancia de su cuerpo de tal modo que digamos que Él es sólo y únicamente hombre, sino de modo que, por la asociación de la divinidad del Verbo en esa misma materialidad, sostenemos que Él es también Dios según las Escrituras. Pues hay un gran riesgo en decir que el Salvador del género humano fue sólo hombre; que el Señor de todos, y el Jefe del mundo, a quien todas las cosas fueron entregadas, y todas las cosas le fueron concedidas por su Padre, por quien todas las cosas fueron ordenadas, todas las cosas fueron creadas, todas las cosas dispuestas, el Rey de todos los siglos y tiempos, el Príncipe de todos los ángeles, ante quien no hay nadie sino el Padre, fue sólo hombre, y negarle la autoridad divina en estas cosas. Porque este desprecio de los herejes recaerá también sobre Dios Padre, si Dios Padre no pudo engendrar a Dios Hijo. Pero, además, ninguna ceguera de los herejes prescribirá a la verdad. Ni, porque sostengan una cosa en Cristo y no sostengan otra, vean un lado de Cristo y no vean otro, se nos quitará aquello que no ven en atención a aquello que ven. Pues consideran las debilidades que hay en Él como si fueran debilidades de un hombre, pero no cuentan los poderes como si fueran poderes de un Dios. Tienen presentes las enfermedades de la carne, excluyen los poderes de la divinidad; cuando, si este argumento de las enfermedades de Cristo sirve para el resultado de probar que Él es hombre a partir de sus enfermedades, el argumento de la divinidad en Él, recogido de sus poderes, sirve también para el resultado de afirmar que Él es Dios a partir de sus obras. Porque si sus padecimientos muestran en Él flaqueza humana, ¿por qué no han de afirmar sus obras en Él poder divino? Porque si esto no sirviera para afirmar que Él es Dios a partir de sus poderes, tampoco pueden sus padecimientos servir para mostrar que Él es hombre a partir de ellos. Pues cualquier principio que se adopte en uno u otro lado, se hallará que se mantiene. Pues habrá riesgo de que no se muestre que Él es hombre a partir de sus padecimientos, si no pudiera también ser aprobado como Dios por sus poderes. No debemos, pues, inclinarnos a un lado y esquivar el otro, porque quien excluyera una porción de la verdad jamás poseerá la verdad perfecta. Porque la Escritura tanto anuncia a Cristo como Dios, como anuncia a Dios mismo como hombre. Tanto ha descrito a Jesucristo como hombre, como además ha descrito a Cristo el Señor como Dios. Porque no lo presenta sólo como Hijo de Dios, sino también como Hijo del hombre; ni dice sólo Hijo del hombre, sino que también ha acostumbrado hablar de Él como Hijo de Dios. De modo que, siendo de ambos, es ambos, no sea que, si fuera uno solo, no pudiera ser el otro. Porque así como la naturaleza misma ha prescrito que debe creerse que es hombre quien es de hombre, así la misma naturaleza prescribe también que debe creerse que es Dios quien es de Dios; pero si no fuera también Dios cuando es de Dios, tampoco sería hombre aunque fuera de hombre. Y así ambas doctrinas se pondrían en peligro de una y otra manera, al quedar una convicta de haber perdido la creencia en la otra. Por tanto, los que leen que Jesucristo, Hijo del hombre, es hombre, lean también que este mismo Jesús es llamado también Dios e Hijo de Dios. Porque del mismo modo que, como hombre, es de Abraham, así también, como Dios, es antes de Abraham mismo. Y del mismo modo que, como hombre, es el Hijo de David, así como Dios es proclamado Señor de David. Y del mismo modo que fue hecho, como hombre, bajo la ley, [] así como Dios es declarado Señor del sábado. Y del mismo modo que sufre, como hombre, la condenación, así como Dios se halla que tiene todo juicio de vivos y muertos. Y del mismo modo que nace, como hombre, después del mundo, así como Dios se manifiesta que fue antes del mundo. Y del mismo modo que fue engendrado, como hombre, de la descendencia de David, así también se dice que el mundo fue ordenado por Él como Dios. Y del mismo modo que fue, como hombre, posterior a muchos, así como Dios fue antes de todos. Y del mismo modo que fue, como hombre, inferior a otros, así como Dios fue mayor que todos. Y del mismo modo que subió, como hombre, al cielo, así como Dios había descendido antes de allí. Y del mismo modo que va, como hombre, al Padre, así como el Hijo, en obediencia al Padre, descenderá de allí. Así, si las imperfecciones en Él prueban la flaqueza humana, las majestades en Él afirman el poder divino. Pues el riesgo está en que, leyendo ambas cosas, no se crean ambas, sino una de las dos. Por lo cual, así como ambas cosas se leen de Cristo, créanse ambas; para que así finalmente la fe sea verdadera, siendo también completa. Porque si de dos principios uno cede en la fe, y el otro, y precisamente el de menor importancia, se toma para creer, la regla de la verdad queda sumida en confusión; y esa osadía no conferirá la salvación, sino que, en lugar de salvación, producirá un gran riesgo de muerte por el trastorno de la fe.

    Capítulo 12

    Cap. 12

    Que Cristo es Dios, se prueba por la autoridad de las Escrituras del Antiguo Testamento.
    ¿Por qué, pues, deberíamos dudar en decir lo que la Escritura no rehúsa declarar? ¿Por qué vacilará la verdad de la fe en aquello en lo que la autoridad de la Escritura jamás ha vacilado? Pues, he aquí, el profeta Oseas dice en la persona del Padre: «No los salvaré ahora con arco, ni con caballos, ni con jinetes; sino que los salvaré por el Señor su Dios.» [] Si Dios dice que Él salva por Dios, ciertamente Dios no salva sino por Cristo. ¿Por qué, pues, debería el hombre dudar en llamar Dios a Cristo, cuando observa que es declarado Dios por el Padre según las Escrituras? Sí, si Dios Padre no salva sino por Dios, nadie puede ser salvado por Dios Padre a menos que haya confesado que Cristo es Dios, en quien y por quien el Padre promete que le dará la salvación: de modo que, razonablemente, quien lo reconoce como Dios, puede hallar salvación en Cristo Dios; quien no lo reconoce como Dios, perdería la salvación, la cual no podría hallar en otro lugar sino en Cristo Dios. Porque del mismo modo que Isaías dice, «He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emmanuel, que, interpretado, es Dios con nosotros;» [] así Cristo mismo dice: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del mundo.» [] Por tanto, Él es Dios con nosotros; sí, y mucho más, Él está en nosotros. Cristo está con nosotros, por tanto es Él cuyo nombre es Dios con nosotros, porque Él también está con nosotros; ¿o no está con nosotros? ¿Cómo, pues, dice que está con nosotros? Luego Él está con nosotros. Pero porque está con nosotros fue llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros. Por tanto, Dios, porque está con nosotros, fue llamado Dios con nosotros. El mismo profeta dice: «Confortaos, manos relajadas, y rodillas endebles; consolaos, vosotros que sois cobardes de corazón; esforzaos; no temáis. He aquí, nuestro Dios volverá con juicio; Él mismo vendrá y os salvará: entonces se abrirán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos oirán; entonces saltará el cojo como un ciervo, y la lengua de los mudos será elocuente.» Puesto que el profeta dice que en la venida de Dios éstas serán las señales que acontecerán; reconozcan los hombres o bien que Cristo es el Hijo de Dios, en cuya venida y por quien se realizaron estas maravillas de curaciones; o bien, vencidos por la verdad de la divinidad de Cristo, precipítense en la otra herejía, y negándose a confesar que Cristo es el Hijo de Dios y Dios, declárenlo el Padre. Porque, atados por las palabras de los profetas, ya no pueden negar que Cristo es Dios. Pues ¿qué responden cuando se dice que aquellas señales tendrán lugar en la venida de Dios, las cuales se manifestaron en la venida de Cristo? ¿De qué manera reciben a Cristo como Dios? Porque ya no pueden negar que Él es Dios. ¿Como Dios Padre, o como Dios Hijo? Si como Hijo, ¿por qué niegan que el Hijo de Dios es Dios? Si como Padre, ¿por qué no siguen a aquellos que parecen mantener blasfemias de ese género? A no ser porque en esta contienda contra ellos acerca de la verdad, esto es por ahora suficiente para nosotros: que, convencidos de cualquier modo, confiesen que Cristo es Dios, ya que incluso han querido negar que Él es Dios. Él dice por medio del profeta Habacuc: «Dios vendrá del sur, y el Santo desde el monte oscuro y espeso.» ¿A quién quieren representar como viniendo del sur? Si dicen que es el Dios todopoderoso, el Padre, entonces Dios Padre viene de un lugar, del cual, además, queda así excluido, y queda encerrado dentro de las estrecheces de alguna morada; y así, por tales herejes, como hemos dicho, se encarna la sacrílega herejía de Sabelio. Puesto que se cree que Cristo no es el Hijo, sino el Padre; y, como por ellos se afirma que en rigor es un mero hombre, de un modo nuevo, por aquéllos, a su vez, se prueba que Cristo es Dios Padre todopoderoso. Pero si en Belén, región cuya división local mira hacia la parte meridional del cielo, nace Cristo, de quien también las Escrituras dicen que es Dios, rectamente se describe a este Dios como venido del sur, porque fue previsto que había de venir de Belén. Elijan, pues, entre las dos alternativas, la que prefieran: que Aquel que vino del sur es el Hijo, o el Padre; porque se dice que Dios ha de venir del sur. Si el Hijo, ¿por qué se resisten a llamarlo Cristo y Dios? Porque la Escritura dice que Dios vendrá. Si el Padre, ¿por qué se resisten a asociarse con la osadía de Sabelio, que dice que Cristo es el Padre? A no ser porque, ya lo llamen Padre o Hijo, de esa herejía, aunque de mala gana, deben retirarse necesariamente si acostumbran a decir que Cristo es meramente hombre; cuando, obligados por los hechos mismos, están a punto de exaltarlo como Dios, sea queriendo llamarlo Padre, sea queriendo llamarlo Hijo.
    Comentario editorial · Sabelio, el único hereje que el tratado nombra
    Sabelio aparece solo aquí, dos veces; los resúmenes de los Cap. 26 y 28 que hablan de «sabelianos» son de la edición, no de Novaciano. El argumento va contra quienes dicen que Cristo es «solo hombre»: si los textos los obligan a llamarlo Dios, dice, terminarán diciendo que es el Padre y caerán en el error de Sabelio. Según Wikipedia, Sabelio enseñó hacia 215, probablemente en Roma, que Padre, Hijo y Espíritu son modos de una sola persona divina, y fue excomulgado por Calixto hacia 220. La introducción de Wallis en el ANF dice, en cambio, que el tratado es posterior a la herejía de Sabelio, «que apareció en 256»; con la fecha de Wikipedia no encaja. Sobre el modalismo, véanse los unicitarios y Hipólito.

    Capítulo 13

    Cap. 13

    Que la misma verdad se prueba con las Sagradas Escrituras del Nuevo Pacto.
    Y así también Juan, al describir la natividad de Cristo, dice: «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.». Porque, además, «Su nombre es llamado el Verbo de Dios,» [] y no sin razón. Mi corazón ha proferido una buena palabra; a la cual palabra llama después con el nombre de Rey por inferencia, «Anunciaré mis obras al Rey.» Porque «por Él fueron hechas todas las obras, y sin Él nada fue hecho.» [] «Sean» dice el apóstol «tronos o dominaciones, o potestades, o poderes, cosas visibles e invisibles, todo subsiste por Él.» [] Además, éste es aquel Verbo que vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Porque el mundo fue hecho por Él, y el mundo no le conoció. [] Además, este Verbo «estaba en el principio con Dios, y Dios era el Verbo.» [] ¿Quién puede dudar, entonces, cuando en la última cláusula se dice, «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros,» que Cristo, de quien es la natividad, y porque se hizo carne, es hombre; y porque es el Verbo de Dios, ¿quién puede rehuir declarar sin vacilación que es Dios, especialmente cuando considera la Escritura evangélica, que ha asociado ambas naturalezas sustanciales en una sola concordia de la natividad de Cristo? Porque Él es quien «como esposo sale de su tálamo; se regocijó como gigante para correr su camino. Su salida es desde el extremo del cielo, y su retorno hasta los confines de él.» Porque, incluso a lo más alto, «nadie ha subido al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.» [] Repitiendo esto mismo, dice: «Padre, glorifícame con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.» Y si este Verbo descendió del cielo como esposo a la carne, para que por la asunción de la carne ascendiera allí como Hijo del hombre, de donde el Hijo de Dios había descendido como Verbo, razonablemente, mientras por la conexión mutua la carne reviste al Verbo de Dios, y el Hijo de Dios asume la fragilidad de la carne; cuando la carne, desposada, asciende allí de donde sin la carne había descendido, recibe al fin aquella gloria que, al mostrarse que la tuvo antes de la fundación del mundo, queda manifiestamente probado que es Dios. Y, no obstante, mientras se dice que el mundo mismo fue fundado después de Él, se halla que fue creado por Él; por aquella misma divinidad en Él por la cual fue hecho el mundo, quedan probadas tanto su gloria como su autoridad. Además, si, siendo propio de nadie sino de Dios conocer los secretos del corazón, Cristo contempla los secretos del corazón; y si, perteneciendo a nadie sino a Dios remitir los pecados, el mismo Cristo remite los pecados; y si, siendo propio de ningún hombre venir del cielo, Él descendió viniendo del cielo; y si, pudiendo ser verdadera de ningún hombre esta palabra, «Yo y el Padre somos una sola cosa,» [] Cristo solo declaró esta palabra por la conciencia de su divinidad; y si, finalmente, el apóstol Tomás, instruido en todas las pruebas y condiciones de la divinidad de Cristo, dice en respuesta a Cristo, «¡Señor mío y Dios mío!» [] y si, además, el apóstol Pablo dice, «cuyos son los padres, y de los cuales, según la carne, procede Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos,» [] escribiendo en sus epístolas; y si el mismo apóstol declara que fue ordenado «apóstol no por hombres, ni por hombre, sino por Jesucristo;» y si el mismo sostiene que aprendió el Evangelio no de hombres ni por hombre, sino que lo recibió de Jesucristo, razonablemente Cristo es Dios. Por tanto, a este respecto, una de dos cosas debe establecerse. Pues como es evidente que todas las cosas fueron hechas por Cristo, o Él es antes de todas las cosas, ya que todas las cosas fueron por Él, y así es justamente Dios; o porque es hombre es posterior a todas las cosas, y justamente nada fue hecho por Él. Pero no podemos decir que nada fue hecho por Él, cuando observamos que está escrito que todas las cosas fueron hechas por Él. No es, por tanto, posterior a todas las cosas; es decir, no es sólo hombre, quien es posterior a todas las cosas, sino también Dios, puesto que Dios es anterior a todas las cosas. Porque Él es antes de todas las cosas, porque todas las cosas son por Él, mientras que si fuera sólo hombre, nada sería por Él; o si todas las cosas fueran por Él, no sería sólo hombre, porque si fuera sólo hombre, todas las cosas no serían por Él; más aún, nada sería por Él. ¿Qué responden, entonces? ¿Que nada es por Él, de modo que es sólo hombre? ¿Cómo, pues, todas las cosas son por Él? Por tanto, no es sólo hombre, sino también Dios, ya que todas las cosas son por Él; de modo que razonablemente debemos entender que Cristo no es sólo hombre, quien es posterior a todas las cosas, sino también Dios, pues por Él fueron hechas todas las cosas. Porque ¿cómo puedes decir que es sólo hombre, cuando lo ves también en la carne, sino porque cuando se consideran ambos aspectos, ambas verdades son rectamente creídas?

    Capítulo 14

    Cap. 14

    El autor prosigue el mismo argumento.
    Y, sin embargo, el hereje todavía rehúye sostener que Cristo es Dios, a quien percibe probado como Dios por tantas palabras como también por hechos. Si Cristo es sólo hombre, ¿cómo, cuando vino a este mundo, vino a lo que era suyo, puesto que un hombre no habría podido hacer mundo alguno? Si Cristo era sólo hombre, ¿cómo se dice que el mundo fue hecho por Él, cuando el mundo no fue hecho por el hombre, sino que el hombre fue ordenado después del mundo? Si Cristo era sólo hombre, ¿cómo es que Cristo no era sólo del linaje de David, sino que era el Verbo hecho carne y habitó entre nosotros? Porque aunque el Protoplasto no nació de semilla, tampoco fue formado de la conjunción del Verbo y la carne. Pues Él no es el Verbo hecho carne, ni habitó en nosotros. Si Cristo era sólo hombre, ¿cómo es que «el que viene del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído,» [] cuando es evidente que el hombre no puede venir del cielo, porque no puede nacer allí? Si Cristo es sólo hombre, ¿cómo es que «las cosas visibles e invisibles, tronos, potestades y dominios,» se dice que fueron creadas por Él y en Él; cuando las potestades celestiales no pudieron ser hechas por el hombre, puesto que necesariamente debieron ser anteriores al hombre? Si Cristo es sólo hombre, ¿cómo está presente dondequiera que es invocado; cuando no es propio de la naturaleza del hombre, sino de Dios, poder estar presente en todo lugar? Si Cristo es sólo hombre, ¿por qué se invoca en las oraciones a un hombre como Mediador, cuando la invocación de un hombre para obtener salvación es condenada como ineficaz? Si Cristo es sólo hombre, ¿por qué se pone la esperanza en Él, cuando la esperanza en el hombre es declarada maldita? Si Cristo es sólo hombre, ¿por qué no puede negarse a Cristo sin destrucción del alma, cuando se dice que un pecado cometido contra un hombre puede perdonarse? Si Cristo es sólo hombre, ¿cómo es que Juan el Bautista testifica y dice: «El que viene después de mí, ha sido hecho antes de mí, porque era anterior a mí;» [] cuando, si Cristo fuese sólo hombre, habiendo nacido después de Juan, no podía ser antes que Juan, a no ser porque le precedía, en cuanto que es Dios? Si Cristo es sólo hombre, ¿cómo es que «lo que hace el Padre, eso también lo hace igualmente el Hijo,» [] cuando el hombre no puede hacer obras semejantes a las celestiales operaciones de Dios? Si Cristo es sólo hombre, ¿cómo es que «así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo tener vida en sí mismo,» [] cuando el hombre no puede tener vida en sí a ejemplo de Dios Padre, porque no es glorioso en la eternidad, sino hecho con materiales de mortalidad? Si Cristo es sólo hombre, ¿cómo dice: «Yo soy el pan de la vida eterna que descendió del cielo,» [] cuando el hombre no puede ser el pan de vida, siendo él mismo mortal, ni pudo haber descendido del cielo, puesto que ningún material perecedero está establecido en el cielo? Si Cristo es sólo hombre, ¿cómo dice que «nadie ha visto a Dios jamás, sino aquel que es de Dios; éste ha visto a Dios?» Porque si Cristo es sólo hombre, no podría ver a Dios, porque ningún hombre ha visto a Dios; pero si, siendo de Dios, ha visto a Dios, quiere que se entienda que es más que hombre, en cuanto que ha visto a Dios. Si Cristo es sólo hombre, ¿por qué dice: «¿Qué, si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?» Pero Él subió al cielo, por tanto estaba allí, en cuanto que volvió adonde estaba antes. Pero si fue enviado del cielo por el Padre, ciertamente no es sólo hombre; pues el hombre, como hemos dicho, no podía venir del cielo. Por tanto, como hombre no estaba allí antes, sino que subió adonde no estaba. Pero el Verbo de Dios descendió, el cual estaba allí —el Verbo de Dios, digo, y Dios por quien todas las cosas fueron hechas, y sin el cual nada fue hecho. No fue, por tanto, el hombre el que así vino de allí, del cielo, sino el Verbo de Dios; esto es, Dios descendió de allí.

    Capítulo 15

    Cap. 15

    De nuevo prueba por el Evangelio que Cristo es Dios.
    Si Cristo es sólo hombre, ¿cómo es que dice: «Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero: porque sé de dónde he venido y a dónde voy; vosotros no sabéis de dónde he venido ni a dónde voy. ¿Vosotros juzgáis según la carne?» He aquí, también dice que volverá allí de donde testifica que vino antes, como enviado, a saber, del cielo. Descendió, pues, de donde vino, de la misma manera que va allí de donde descendió. Por lo cual, si Cristo fuera sólo hombre, no habría venido de allí, y por tanto no partiría de allí, porque no habría venido de allí. Además, al venir de allí, de donde como hombre no pudo haber venido, muestra que vino como Dios. Porque los judíos, ignorantes y no instruidos en la cuestión de este mismo descenso suyo, hicieron a estos herejes sus sucesores, puesto que a ellos se les dice: «Vosotros no sabéis de dónde vengo ni a dónde voy: juzgáis según la carne.» Tanto ellos como los judíos, sosteniendo que el nacimiento carnal de Cristo era el único, creyeron que Cristo no era otra cosa que hombre; no considerando este punto: que como el hombre no puede venir del cielo, para que pudiera volver allí, Aquel que descendió de allí debe ser Dios, puesto que el hombre no pudo venir de allí. Si Cristo es sólo hombre, ¿cómo dice: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo?» Pero, por tanto, si todo hombre es de este mundo, y Cristo por esa razón está en este mundo, ¿es sólo hombre? ¡Dios no lo permita! Pero considera lo que dice: «Yo no soy de este mundo.» ¿Acaso habla falsamente cuando dice «de este mundo,» si es sólo hombre? O si no habla falsamente, no es de este mundo; por tanto, no es sólo hombre, porque no es de este mundo. Pero para que no fuera un secreto quién era, declaró de dónde era: «Yo,» dijo Él, «soy de arriba,» es decir, del cielo, de donde el hombre no puede venir, porque no fue hecho en el cielo. Es Dios, por tanto, quien es de arriba, y por tanto no es de este mundo; aunque, además, en cierta manera es de este mundo: por lo cual Cristo no es sólo Dios, sino también hombre. Así como razonablemente, en el modo en que no es de este mundo según la divinidad del Verbo, es de este mundo según la fragilidad del cuerpo que ha tomado sobre sí. Porque el hombre está unido a Dios, y Dios está ligado al hombre. Pero por esa razón este Cristo puso aquí más énfasis en el aspecto único de su sola divinidad, porque la ceguera judía contemplaba en Cristo solamente el aspecto de la carne; y por eso en el presente pasaje pasó en silencio la fragilidad del cuerpo, que es del mundo, y habló sólo de su divinidad, que no es del mundo: de modo que, en la medida en que ellos se inclinaban a creerle sólo hombre, en esa medida Cristo pudiera atraerlos a considerar su divinidad, para creerle Dios, deseoso de vencer su incredulidad acerca de su divinidad omitiendo por el momento toda mención de su condición humana, y poniendo ante ellos solamente su divinidad. Si Cristo es hombre sólo, ¿cómo dice: «Salí y vine de Dios,» cuando es evidente que el hombre fue hecho por Dios, y no salió de Él? Pero en el modo en que como hombre no salió de Dios, así salió el Verbo de Dios, de quien se dice: «Mi corazón ha proferido una buena Palabra;» la cual, porque es de Dios, está con razón también con Dios. Y ésta, puesto que no fue proferida sin efecto, razonablemente hace todas las cosas: «Porque todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada fue hecho.» Pero este Verbo por quien todas las cosas fueron hechas (es Dios). «Y Dios,» dice él, «era el Verbo.» Por tanto, Dios procedió de Dios, en cuanto que el Verbo que procedió es Dios, quien salió de Dios. Si Cristo es sólo hombre, ¿cómo dice: «Si alguno guardare mi palabra, no verá muerte para siempre?» ¡No ver muerte para siempre! ¿Qué es esto sino inmortalidad? Pero la inmortalidad es compañera de la divinidad, porque tanto la divinidad es inmortal, como la inmortalidad es fruto de la divinidad. Porque todo hombre es mortal; y la inmortalidad no puede provenir de lo que es mortal. Por tanto, de Cristo, como hombre mortal, no puede surgir la inmortalidad. «Pero,» dice Él, «cualquiera que guarda mi palabra, no verá muerte para siempre;» por tanto, la palabra de Cristo otorga inmortalidad, y por la inmortalidad otorga divinidad. Pero aunque no es posible sostener que uno que es mortal puede hacer a otro inmortal, sin embargo esta palabra de Cristo no sólo expone, sino que otorga inmortalidad: ciertamente no es sólo hombre quien da inmortalidad, la cual, si fuera sólo hombre, no podría dar; sino que al dar divinidad por la inmortalidad, se prueba a sí mismo Dios al ofrecer divinidad, la cual, si no fuera Dios, no podría dar. Si Cristo era sólo hombre, ¿cómo dijo: «Antes que Abraham fuese, yo soy?» Porque ningún hombre puede ser antes de aquel de quien él mismo es; ni puede ser que alguno haya sido anterior a aquel de quien él mismo ha tomado su origen. Y sin embargo, Cristo, aunque nace de Abraham, dice que es antes de Abraham. O bien, por tanto, dice lo que no es verdad, y engaña, si no era antes de Abraham, siendo que era de Abraham; o no engaña, si es también Dios, y era antes de Abraham. Y si esto no fuera así, se sigue que, siendo de Abraham, no podría ser antes de Abraham. Si Cristo era sólo hombre, ¿cómo dice: «Y yo las conozco, y mis ovejas me siguen; y yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás?» Y sin embargo, puesto que todo hombre está sujeto a las leyes de la mortalidad, y por tanto es incapaz de guardarse a sí mismo para siempre, mucho más será incapaz de guardar a otro para siempre. Pero Cristo promete dar salvación para siempre, la cual, si no la da, es un embustero; si la da, es Dios. Pero no engaña, pues da lo que promete. Por tanto, es Dios quien ofrece la salvación eterna, la cual el hombre, siendo incapaz de guardarse a sí mismo para siempre, no puede ser capaz de dar a otro. Si Cristo es sólo hombre, ¿qué es eso que dice: «Yo y el Padre somos una sola cosa?» Pues ¿cómo puede ser que «Yo y el Padre somos una sola cosa,» si no es a la vez Dios e Hijo?— quien puede por tanto ser llamado uno, puesto que es de sí mismo, siendo a la vez su Hijo, y nacido de Él, declarado haber procedido de Él, por lo cual es también Dios; lo cual, cuando los judíos pensaron que era odioso, y creyeron que era blasfemo, por haberse mostrado en estos discursos como Dios, y por tanto se apresuraron de inmediato a apedrearlo, y se pusieron a lanzar piedras apasionadamente, Él refutó fuertemente a sus adversarios con el ejemplo y el testimonio de las Escrituras. «Si,» dijo Él, «llamó dioses a aquellos a quienes fue dirigida la palabra de Dios, y la Escritura no puede ser quebrantada, ¿vosotros decís de aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo: Tú blasfemas, porque dije: Soy Hijo de Dios?» Con cuyas palabras no negó que Él fuera Dios, sino que más bien confirmó la afirmación de que era Dios. Porque, sin duda, se dice que son dioses aquellos a quienes fue dirigida la palabra de Dios, mucho más es Dios aquel que se halla ser superior a todos éstos. Y sin embargo, refutó la calumnia de blasfemia de manera adecuada con tacto legítimo. Pues desea que se le entienda como Dios, como Hijo de Dios, y no desearía que se le entendiera como el Padre mismo. Así dijo que fue enviado, y les mostró que había manifestado muchas obras buenas del Padre; por lo cual deseaba que no se le entendiera como el Padre, sino como el Hijo. Y en la última parte de su defensa hizo mención del Hijo, no del Padre, cuando dijo: «Vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Soy Hijo de Dios.» Así, en cuanto pertenece a la culpa de blasfemia, se llama a sí mismo Hijo, no Padre; pero en cuanto a su divinidad, al decir: «Yo y el Padre somos una sola cosa,» probó que era el Hijo de Dios. Es Dios, por tanto, pero Dios de tal manera que es el Hijo, no el Padre.

    Capítulo 16

    Cap. 16

    De nuevo prueba por el Evangelio que Cristo es Dios.
    Si Cristo era sólo hombre, ¿cómo es que dice él mismo: «Y todo el que cree en mí no morirá jamás?» Y sin embargo, el que cree en un hombre por sí solo es llamado maldito; pero el que cree en Cristo no es maldito, sino que se dice que no morirá jamás. De donde, si por una parte él es sólo hombre, como pretenden los herejes, ¿cómo no morirá eternamente cualquiera que crea en él, puesto que el que confía en un hombre es tenido por maldito? O, por otra parte, si no es maldito, sino más bien, como se lee, destinado a alcanzar la vida eterna, Cristo no es sólo hombre, sino también Dios, en quien el que cree se libra de todo riesgo de maldición y alcanza el fruto de la justicia. Si Cristo era sólo hombre, ¿cómo es que dice que el Paráclito «recibirá de lo suyo, aquellas cosas que ha de declarar?» Porque ni el Paráclito recibe nada del hombre, sino que el Paráclito ofrece conocimiento al hombre; ni el Paráclito aprende del hombre las cosas futuras, sino que instruye al hombre acerca del porvenir. Por tanto, o el Paráclito no ha recibido de Cristo, como hombre, lo que debe declarar, puesto que el hombre nada podría dar al Paráclito, ya que el hombre mismo debe recibir de Él, y Cristo en este caso se equivoca y engaña, al decir que el Paráclito recibirá de Él, siendo hombre, las cosas que ha de declarar; o no nos engaña —como de hecho no nos engaña— y el Paráclito ha recibido de Cristo lo que ha de declarar. Pero si ha recibido de Cristo lo que ha de declararnos, Cristo es mayor que el Paráclito, porque el Paráclito no recibiría de Cristo si no fuera menor que Cristo. Mas siendo el Paráclito menor que Cristo, por este mismo hecho prueba que Cristo es Dios, de quien recibe lo que declara: de modo que el testimonio de la divinidad de Cristo es inmenso, al hallarse el Paráclito, en esta economía, menor que Cristo, y recibir de Él lo que da a otros; visto que si Cristo fuera sólo hombre, Cristo recibiría del Paráclito lo que debiera decir, y no el Paráclito recibiría de Cristo lo que debiera declarar. Si Cristo era sólo hombre, ¿por qué nos prescribió tal regla de fe como aquella en que dijo: «Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado?» ¿No había querido que Él también fuese entendido como Dios? ¿Por qué añadió: «Y a Jesucristo, a quien tú has enviado», sino porque quiso ser recibido también como Dios? Porque si no hubiera querido ser entendido como Dios, habría añadido: «Y al hombre Jesucristo, a quien tú has enviado»; pero, de hecho, ni añadió esto, ni Cristo se entregó a nosotros como sólo hombre, sino que se asoció a Dios, queriendo ser entendido por esta conjunción también como Dios, como lo es. Debemos, pues, creer, según la regla prescrita, en el Señor, el único Dios verdadero, y en consecuencia en Aquel a quien ha enviado, Jesucristo, quien de ningún modo, como hemos dicho, se habría unido al Padre si no hubiera querido ser entendido también como Dios; pues se habría separado de Él si no hubiera querido ser entendido como Dios. Se habría colocado entre los solos hombres, si se hubiera sabido sólo hombre; ni se habría unido a Dios, si no se hubiera sabido también Dios. Pero en este caso calla su ser hombre, porque nadie duda de que es hombre, y con razón se une a Dios, para establecer la fórmula de su divinidad para los que han de creer. Si Cristo era sólo hombre, ¿cómo es que dice: «Ahora, glorifícame tú, Padre, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo fuese?» Si, antes que el mundo fuese, tenía gloria junto a Dios y conservaba su gloria con el Padre, existía antes que el mundo, pues no habría tenido la gloria si él mismo no hubiese existido antes, para poder conservarla. Porque nadie podría poseer cosa alguna, si no existiera primero él mismo para poseer algo. Mas ahora Cristo tiene la gloria antes de la fundación del mundo; por tanto, él mismo era antes de la fundación del mundo. Pues si no era antes de la fundación del mundo, no podría tener gloria antes de la fundación del mundo, ya que él mismo no existía. Pero ciertamente el hombre no podía tener gloria antes de la fundación del mundo, visto que era después del mundo; mas Cristo la tenía—por tanto, él era antes del mundo. Por tanto, no era sólo hombre, visto que era antes del mundo. Es, pues, Dios, porque era antes del mundo, y poseía su gloria antes del mundo. Ni se explique esto por la predestinación, pues no está así expresado, o añádanlo quienes así piensan; pero ¡ay de aquellos que añaden, como de los que quitan, a lo que está escrito! Por tanto, no puede decirse lo que no puede añadirse. Y así, puesta a un lado la predestinación, visto que no está así establecida, Cristo existía en sustancia antes de la fundación del mundo. Porque Él es «el Verbo por quien todas las cosas fueron hechas, y sin el cual nada fue hecho». Porque aunque se diga que es glorioso en la predestinación, y que esta predestinación era antes de la fundación del mundo, manténgase el orden, y antes de Él un considerable número de hombres fue destinado a la gloria. Pues en cuanto a esa destinación, Cristo será percibido como menor que otros si se le designa posterior a ellos. Porque si esta gloria estaba en la predestinación, Cristo recibió esa predestinación a la gloria en último lugar; pues antes de Él se verá que fueron predestinados Adán, Abel, Enoc, Noé, Abraham y muchos otros. Pues como en Dios el orden de todas las cosas, personas y cosas, está dispuesto, se dirá que muchos fueron predestinados antes de esta predestinación de Cristo a la gloria. Y en estos términos Cristo se descubre inferior a otros hombres, aunque en realidad se le halla mejor y mayor, y más antiguo que los mismos ángeles. O, pues, pónganse todas estas cosas a un lado, para que se destruya la divinidad de Cristo; o, si no pueden ponerse a un lado, atribúyanle los herejes a Cristo su propia divinidad.

    Capítulo 17

    Cap. 17

    Además, se prueba por Moisés al principio de las Sagradas Escrituras.
    ¿Y qué, si Moisés sigue esta misma regla de verdad, y nos entrega al principio de sus sagradas escrituras este principio por el cual podemos aprender que todas las cosas fueron creadas y hechas por el Hijo de Dios, es decir, por el Verbo de Dios? Pues dice lo mismo que Juan y los demás; más aún, se percibe que tanto Juan como los otros recibieron de Él lo que dicen. Porque si Juan dice: «Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada fue hecho»; también el profeta David dice: «Al Rey refiero mis obras». Moisés, además, presenta a Dios mandando que haya luz al principio, que se establezca el cielo, que las aguas se reúnan en un solo lugar, que aparezca la tierra seca, que se produzca fruto según su semilla, que se produzcan los animales, que se establezcan lumbreras en el cielo, y estrellas. Muestra que ningún otro estaba entonces presente ante Dios —por quien se mandaba que estas obras fuesen hechas— sino Aquel por quien todas las cosas fueron hechas, y sin el cual nada fue hecho. Y si Él es el Verbo de Dios —«porque mi corazón ha proferido una buena Palabra»— muestra que en el principio era el Verbo, y que este Verbo estaba con el Padre, y además que el Verbo era Dios, y que todas las cosas fueron hechas por Él. Además, este «Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» —a saber, Cristo el Hijo de Dios—; a quien, tanto al recibirlo después como hombre según la carne, como al verlo antes de la fundación del mundo ser el Verbo de Dios, y Dios, razonablemente, según la instrucción del Antiguo y Nuevo Testamento, creemos y sostenemos que es tanto Dios como hombre, Cristo Jesús. ¿Y qué, si el mismo Moisés presenta a Dios diciendo: «Hagamos al hombre según nuestra imagen y semejanza»; y más abajo, «Y Dios hizo al hombre; a imagen de Dios lo hizo; varón y hembra los hizo?» Si, como ya hemos mostrado, es el Hijo de Dios por quien todas las cosas fueron hechas, ciertamente fue el Hijo de Dios por quien también fue ordenado el hombre, por causa del cual todas las cosas fueron hechas. Además, cuando Dios manda que el hombre sea hecho, se dice que es Dios quien hace al hombre; pero el Hijo de Dios hace al hombre, es decir, el Verbo de Dios, «por quien todas las cosas fueron hechas, y sin el cual nada fue hecho.» Y este Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros: por tanto, Cristo es Dios; por tanto, el hombre fue hecho por Cristo como por el Hijo de Dios. Mas Dios hizo al hombre a imagen de Dios; es, pues, Dios quien hizo al hombre a imagen de Dios; por tanto, Cristo es Dios: de modo que con razón ni el testimonio del Antiguo Testamento vacila acerca de la persona de Cristo, estando apoyado por la manifestación del Nuevo Testamento; ni se menoscaba el poder del Nuevo Testamento, mientras su verdad descansa en las raíces del mismo Antiguo Testamento. Por lo cual, quienes presumen que Cristo, Hijo de Dios y hombre, es sólo hombre, y no también Dios, actúan en oposición a ambos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, en cuanto corrompen la autoridad y la verdad tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. ¿Y qué, si el mismo Moisés presenta en todas partes a Dios Padre infinito y sin fin, no como encerrado en lugar alguno, sino como quien incluye todo lugar; ni como quien está en un lugar, sino más bien como Aquel en quien todo lugar está, conteniendo todas las cosas y abrazando todas las cosas, de modo que con razón no puede ni descender ni ascender, porque Él mismo contiene y llena todas las cosas, y sin embargo presenta a Dios descendiendo a considerar la torre que edificaban los hijos de los hombres, preguntando y diciendo: «Venid»; y luego, «Descendamos y confundamos allí sus lenguas, para que ninguno entienda las palabras de su prójimo.» ¿A quién pretenden aquí que fue el Dios que descendió a aquella torre, y que pedía visitar a aquellos hombres en aquel tiempo? ¿A Dios Padre? Entonces, de ese modo está encerrado en un lugar; ¿y cómo abraza todas las cosas? ¿O dice que es un ángel que desciende con ángeles, y dice: «Venid»; y después, «Descendamos y confundamos allí sus lenguas?» Y sin embargo, en el Deuteronomio observamos que Dios dijo estas cosas, y que Dios habló, donde está escrito: «Cuando dispersó a los hijos de Adán, determinó los límites de las naciones según el número de los ángeles de Dios.» Luego, ni el Padre descendió, como el asunto mismo indica; ni un ángel mandó estas cosas, como muestra el hecho. Queda, pues, que descendió Aquel de quien el apóstol Pablo dice: «El que descendió es el mismo que ascendió sobre todos los cielos, para llenarlo todo», es decir, el Hijo de Dios, el Verbo de Dios. Y el Verbo de Dios se hizo carne, y habitó entre nosotros. Este debe ser Cristo. Por tanto, Cristo debe ser declarado Dios.

    Capítulo 18

    Cap. 18

    Además, también, por el hecho de que Aquel que fue visto de Abraham es llamado Dios; lo cual no puede entenderse del Padre, a quien ningún hombre ha visto jamás; sino del Hijo en semejanza de ángel.
    He aquí que el mismo Moisés nos dice en otro lugar que «Dios fue visto de Abraham». Y, sin embargo, el mismo Moisés oye de Dios que «ningún hombre puede ver a Dios y vivir». Si Dios no puede ser visto, ¿cómo fue visto Dios? ¿O si fue visto, cómo es que no puede ser visto? Pues también Juan dice: «Nadie ha visto jamás a Dios»; y el apóstol Pablo: «A quien ningún hombre ha visto ni puede ver». Pero ciertamente la Escritura no miente; por tanto, verdaderamente, Dios fue visto. De donde puede entenderse que no fue el Padre quien fue visto, visto que Él nunca fue visto; sino el Hijo, que tiene por costumbre descender, y ser visto porque ha descendido. Porque Él es la imagen del Dios invisible, como la imperfección y flaqueza de la condición humana estaba acostumbrada aun entonces a ver a Dios Padre en la imagen de Dios, es decir, en el Hijo de Dios. Porque gradualmente y por progreso la flaqueza humana debía ser fortalecida por la imagen hacia aquella gloria de poder un día ver a Dios Padre. Pues las cosas grandes son peligrosas si son repentinas. Porque también la luz repentina del sol tras las tinieblas, con su esplendor excesivo, no manifestará la luz del día a unos ojos no acostumbrados, sino que antes los herirá de ceguera.
    Y para que esto no suceda en daño de los ojos humanos, las tinieblas se van rompiendo y dispersando poco a poco; y el nacimiento de aquel luminar, subiendo por grados pequeños e imperceptibles, va acostumbrando suavemente los ojos de los hombres a soportar su pleno orbe con el dulce incremento de sus rayos. Así, pues, también Cristo —esto es, la imagen de Dios y el Hijo de Dios— es mirado por los hombres, en cuanto podía ser visto. Y así la debilidad e imperfección del destino humano es alimentada, conducida y educada por Él; de modo que, acostumbrándose a mirar al Hijo, pueda un día ver también al mismo Dios Padre tal como es, para que no sea herida por su brillo repentino e intolerable, y se vea impedida de poder ver a Dios Padre, a quien siempre ha deseado. Por eso es el Hijo quien es visto; pero el Hijo de Dios es el Verbo de Dios; y el Verbo de Dios se hizo carne, y habitó entre nosotros; y éste es Cristo. ¿Qué razón hay en el mundo para que dudemos en llamarlo Dios, a quien de tantas maneras se reconoce que está demostrado ser Dios? Y si, además, el ángel se encuentra con Agar, la sierva de Sara, expulsada de su casa y despedida, junto a la fuente de agua en el camino de Shur; le pregunta y aprende la razón de su huida, y después le ofrece consejo de que se humille; y, además, le da la esperanza del nombre de madre, y le promete y asegura que de su vientre habría una descendencia numerosa, y que tendría a Ismael nacido de ella; y con otras cosas le revela el lugar de su habitación y describe su modo de vida; sin embargo, la Escritura presenta a este ángel como Señor y Dios—pues no habría prometido la bendición de una descendencia si el ángel no hubiera sido también Dios. Pregunten los herejes qué pueden sacar de este pasaje presente. ¿Fue el Padre quien fue visto por Agar o no? Porque se declara que es Dios. Pero lejos de nosotros esté llamar ángel a Dios Padre, no sea que esté subordinado a otro cuyo ángel sería. Pero dirán que era un ángel. ¿Cómo, pues, será Dios si era un ángel? Puesto que este nombre en ninguna parte se concede a los ángeles, salvo que de una y otra parte la verdad nos obliga a esta opinión: que debemos entender que fue Dios el Hijo, quien, porque es de Dios, es llamado con razón Dios, porque es el Hijo de Dios. Pero, porque está sujeto al Padre, y es el Anunciador de la voluntad del Padre, es declarado el Ángel del Gran Consejo. Por tanto, aunque este pasaje no conviene ni a la persona del Padre, para que no sea llamado ángel, ni a la persona de un ángel, para que no sea llamado Dios; sin embargo conviene a la persona de Cristo que sea a la vez Dios, porque es el Hijo de Dios, y ángel, porque es el Anunciador de la mente del Padre. Y deben entender los herejes que se oponen a las Escrituras, en que, mientras dicen que creen que Cristo fue también un ángel, no quieren declarar que fue también Dios, cuando leen en el Antiguo Testamento que a menudo vino a visitar al linaje humano. A esto, además, Moisés añadió el ejemplo de Dios visto por Abraham en el encinar de Mambré, cuando estaba sentado a la entrada de su tienda al mediodía. Y sin embargo, aunque había visto tres varones, nota, llamó a uno de ellos Señor; y después de lavarles los pies, les ofrece pan cocido sobre las cenizas, con manteca y abundancia de la misma leche, y les insta a que, retenidos como huéspedes, coman. Y después de esto oye también que será padre, y aprende que Sara su mujer le dará un hijo; y conoce acerca de la destrucción del pueblo de Sodoma lo que merecen sufrir; y aprende que Dios había descendido por causa del clamor de Sodoma. En este lugar, si quieren que el Padre fuera visto entonces y recibido con hospitalidad en compañía de dos ángeles, los herejes han creído visible al Padre. Pero si fue un ángel, aunque de los tres ángeles uno es llamado Señor, ¿por qué, aunque no es usual, se llama Dios a un ángel? A no ser porque, para que la propia invisibilidad sea restituida al Padre, y la propia inferioridad sea remitida al ángel, fue sólo Dios Hijo, que también es Dios, quien fue visto por Abraham, y se creyó que fue recibido con hospitalidad. Porque anticipó sacramentalmente lo que había de ser después. Fue hecho huésped de Abraham, habiendo de estar entre los hijos de Abraham. Y lavó los pies de sus hijos, como prueba de lo que Él era; devolviendo en los hijos el derecho de hospitalidad que antaño el Padre le había dejado a interés. Por lo cual, para que no hubiera duda de que fue Él quien fue huésped de Abraham en la destrucción del pueblo de Sodoma, se declara: «Entonces el Señor hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra fuego y azufre de parte del Señor desde el cielo.» Porque así también dijo el profeta en persona de Dios: «Yo te destruí, como el Señor destruyó a Sodoma y a Gomorra.» Por tanto, el Señor destruyó a Sodoma, es decir, Dios destruyó a Sodoma; pero en la destrucción de Sodoma, el Señor hizo llover fuego de parte del Señor. Y este Señor era el Dios visto por Abraham; y este Dios era el huésped de Abraham, ciertamente visto porque también fue tocado. Mas aunque el Padre, siendo invisible, ciertamente no fue visto en aquel tiempo, Aquel que estaba acostumbrado a ser tocado y visto fue visto y recibido a hospitalidad. Y éste es el Hijo de Dios: «El Señor hizo llover de parte del Señor sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego.» Y éste es el Verbo de Dios. Y el Verbo de Dios se hizo carne, y habitó entre nosotros; y éste es Cristo. No fue, pues, el Padre quien fue huésped con Abraham, sino Cristo. Ni fue el Padre quien fue visto entonces, sino el Hijo; y Cristo fue visto. Con razón, por tanto, Cristo es Señor y Dios, quien no fue visto por Abraham de otro modo, sino que, como Dios Verbo, fue engendrado de Dios Padre antes del mismo Abraham. Dice, además, la Escritura, que el mismo Ángel y Dios visita y consuela a la misma Agar cuando fue expulsada con su hijo de la morada de Abraham. Porque cuando en el desierto había expuesto al niño, porque el agua había faltado del cántaro; y cuando el muchacho clamó, y ella alzó su llanto y lamentación, «oyó Dios», dice la Escritura, «la voz del muchacho desde el lugar donde estaba.» Habiendo dicho que era Dios quien oyó la voz del niño, añade: «Y el ángel del Señor llamó a la misma Agar desde el cielo», diciendo que era un ángel aquel a quien había llamado Dios, y declarando que era Señor a quien había presentado como ángel; y este Ángel y Dios promete además a la misma Agar mayores consuelos, diciendo: «No temas; porque he oído la voz del muchacho desde el lugar donde está. Levántate, toma al muchacho y sostenlo; porque haré de él una gran nación.» ¿Por qué este ángel, si es sólo ángel, se atribuye a sí mismo el derecho de decir: Haré de él una gran nación, puesto que ciertamente esta clase de poder pertenece a Dios y no puede pertenecer a un ángel? Por lo cual también se confirma que es Dios, ya que es capaz de hacer esto; porque, para probar este mismo punto, la Escritura añade inmediatamente: «Y Dios le abrió los ojos, y vio un pozo de agua viva; y fue y llenó el odre del pozo, y dio de beber al muchacho; y Dios estaba con el muchacho.» Si, pues, este Dios estaba con el Señor, quien abrió los ojos de Agar para que viera el pozo de agua viva, y sacara el agua a causa de la urgente necesidad de la sed del muchacho, y este Dios que la llama desde el cielo es llamado ángel cuando, habiendo oído antes la voz del muchacho que lloraba, era más bien Dios; no se entiende que sea otro que ángel, de la misma manera que era también Dios. Y puesto que esto no puede aplicarse ni convenir al Padre, que es sólo Dios, pero puede aplicarse a Cristo, de quien se declara que es no sólo Dios, sino también ángel, manifiestamente aparece que no fue el Padre quien así habló a Agar, sino más bien Cristo, puesto que es Dios; y a Él también se aplica el nombre de ángel, puesto que se hizo el «Ángel del Gran Consejo». Y Él es el ángel, en cuanto declara el seno del Padre, como expone Juan. Porque si el mismo Juan dice que Aquel que expone el seno del Padre, como Verbo, se hizo carne para declarar el seno del Padre, ciertamente Cristo no es sólo hombre, sino también ángel; y no sólo ángel, sino que las Escrituras lo muestran también como Dios. Y esto es creído por nosotros; de modo que, si no consentimos en entender que fue Cristo quien habló entonces a Agar, debemos o hacer Dios a un ángel, o contar a Dios Padre Todopoderoso entre los ángeles.

    Capítulo 19

    Cap. 19

    Que Dios se apareció también a Jacob como un ángel; a saber, el Hijo de Dios.
    ¿Qué, pues, si también en otro lugar leemos de igual manera que Dios fue descrito como un ángel? Porque cuando Jacob se quejaba ante sus esposas Lía y Raquel de la injusticia de su padre, y cuando les decía que deseaba ya partir y volver a su propia tierra, interpuso además la autoridad de su sueño; y en aquel tiempo dice que el ángel de Dios le había dicho en sueños, «Jacob, Jacob. Y yo dije:» dice él, «¿Qué es? Alza tus ojos, dijo Él, y mira: los machos cabríos y los carneros que saltan sobre las ovejas, y las cabras son negras y blancas, y multicolores, y grisáceas, y salpicadas; porque he visto todo lo que Labán te ha hecho. Yo soy Dios, que se te apareció en el lugar de Dios, donde me ungiste allí la piedra erigida, y allí me hiciste un voto; ahora, pues, levántate, sal de esta tierra y vete a la tierra de tu nacimiento, y yo estaré contigo.» Si el Ángel de Dios habla así a Jacob, y el Ángel mismo menciona y dice: «Yo soy Dios, que se te apareció en la casa de Dios», vemos sin vacilación alguna que éste es declarado no sólo ángel, sino también Dios; porque habla del voto dirigido a sí mismo por Jacob en el lugar de Dios, y no dice: en mi lugar. Es, pues, el lugar de Dios, y Él también es Dios. Además, está escrito sencillamente en el lugar de Dios, pues no se dice en el lugar del ángel y de Dios, sino sólo de Dios; y Aquel que promete estas cosas se manifiesta como Dios y Ángel a la vez, de modo que razonablemente debe haber distinción entre Aquel que es llamado sólo Dios y Aquel que es declarado no simplemente Dios, sino también Ángel. Por lo cual, si una autoridad tan grande no puede aquí considerarse perteneciente a ningún otro ángel, de suerte que Él también deba confesarse Dios y dar testimonio de que se le hizo un voto, sino sólo a Cristo, a quien, no como ángel solamente, sino como a Dios, puede hacérsele un voto, es manifiesto que no ha de recibirse como el Padre, sino como el Hijo, Dios y Ángel. Además, si éste es Cristo, como lo es, grave riesgo corre quien dice que Cristo es sólo hombre o sólo ángel, negándole el poder del nombre divino, autoridad que Él ha recibido constantemente sobre la fe de las Escrituras celestiales, las cuales dicen continuamente que Él es Ángel y Dios. A todas estas cosas se añade esto: que de la misma manera como la Escritura divina le ha declarado con frecuencia Ángel y Dios, así la misma Escritura divina le declara también hombre y Dios, expresando con ello lo que Él debía ser, y representando ya entonces en figura lo que había de ser en la verdad de su sustancia. «Pues,» dice, «Jacob quedó solo; y luchó con él un hombre hasta el alba. Y vio que no podía vencerle; y tocó la parte ancha del muslo de Jacob mientras luchaba con él, y él con Él, y le dijo: Déjame ir, porque ha amanecido. Y él dijo: No te dejaré ir, si no me bendices. Y Él dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él dijo: Jacob. Y Él le dijo: Ya no se llamará tu nombre Jacob, sino Israel será tu nombre; porque has prevalecido con Dios, y eres poderoso con los hombres.» Y añade además: «Y Jacob llamó el nombre de aquel lugar Visión de Dios: porque he visto al Señor cara a cara, y mi alma ha sido salvada. Y el sol salió sobre él. Después pasó de la Visión de Dios, pero cojeaba de su muslo.» Un hombre, dice, luchó con Jacob. Si éste era un mero hombre, ¿quién es? ¿De dónde es? ¿Por qué contiende y lucha con Jacob? ¿Qué había intervenido? ¿Qué había sucedido? ¿Cuál fue la causa de tan gran querella y de tan gran lucha? ¿Por qué, además, se afirma que Jacob, que se halla ser bastante fuerte para retener al hombre con quien lucha, y pide una bendición de Aquel a quien retiene, pidió por esto, sino porque esta lucha era prefigurada como la que había de ser entre Cristo y los hijos de Jacob, de la cual se dice que fue consumada en el Evangelio? Pues contra este hombre luchó el pueblo de Jacob, lucha en la cual el pueblo de Jacob resultó ser el más poderoso, porque contra Cristo alcanzó la victoria de su iniquidad; en cuyo tiempo, a causa del crimen que cometió, vacilando y cediendo, comenzó a cojear gravemente en el camino de su propia fe y salvación; y aunque resultó ser el más fuerte, en lo que respecta a la condenación de Cristo, todavía necesita su misericordia, todavía necesita su bendición. Pero además, el hombre que luchó con Jacob dice: «Además, ya no se llamará tu nombre Jacob, sino Israel será tu nombre;» y si Israel es el hombre que ve a Dios, el Señor mostraba hermosamente que no era sólo un hombre quien entonces luchaba con Jacob, sino también Dios. Ciertamente Jacob vio a Dios, con quien luchaba, aunque retenía al hombre en su propia lucha. Y para que no hubiera todavía vacilación alguna, Él mismo estableció la interpretación diciendo: «Porque has prevalecido con Dios, y eres poderoso con los hombres.» Por esta razón el mismo Jacob, percibiendo ya la fuerza del Misterio y comprendiendo la autoridad de Aquel con quien había luchado, llamó el nombre de aquel lugar en el cual había luchado, Visión de Dios. Él, además, añadió la razón por la que se ofrecía su interpretación de la Visión de Dios: «Pues he visto,» dijo él, «a Dios cara a cara, y mi alma ha sido salvada.» Además, vio a Dios, con quien luchaba como con un hombre; pero ciertamente retuvo al hombre como vencedor, aunque, como inferior, pidió una bendición como de Dios. Así luchó con Dios y con el hombre; y así verdaderamente fue prefigurada aquella lucha, y en el Evangelio se cumplió, entre Cristo y el pueblo de Jacob, en la cual, aunque el pueblo tuvo el dominio, resultó ser inferior al mostrarse culpable. ¿Quién vacilará en reconocer que Cristo, en quien se cumplió este tipo de lucha, no era sólo hombre, sino también Dios, puesto que aun aquel tipo mismo de lucha parece haberle probado hombre y Dios? Y, sin embargo, aun después de esto, la misma Escritura divina justamente no deja de llamar al Ángel Dios, y de proclamar Dios al Ángel. Pues cuando este mismo Jacob estaba a punto de bendecir a Manasés y a Efraín, los hijos de José, con sus manos puestas en cruz sobre las cabezas de los muchachos, dijo: «El Dios que me alimentó desde mi juventud hasta este día, el Ángel que me libró de todos los males, bendiga a estos muchachos.» Hasta tal punto afirma que el mismo Ser es un Ángel, a quien había llamado Dios, que al fin de su discurso, para expresar como una sola a la persona de quien hablaba, dijo: «bendiga a estos muchachos.» Porque si hubiera querido que uno se entendiera como Dios y otro como ángel, habría comprendido a las dos personas en número plural; pero ahora definió el número singular de una sola persona en la bendición, por lo cual quiso que se entendiera que la misma persona es Dios y Ángel. Sin embargo, no puede recibirse como Dios Padre; pero como Dios y Ángel, como Cristo puede recibirse. Y a Él, como autor de esta bendición, Jacob le significó también poniendo sus manos cruzadas sobre los muchachos, como si su padre fuera Cristo, y mostrando, al poner así las manos, la figura y la forma futura de la pasión. Por tanto, nadie que no retroceda ante hablar de Cristo como Ángel, retroceda así ante proclamarle también Dios, cuando advierte que Él mismo fue invocado en la bendición de estos muchachos, por el sacramento de la pasión, intimado en el tipo de las manos cruzadas, como Dios y Ángel a la vez.
    Comentario editorial · El Dios que «fue visto»: el Hijo como ángel del Señor
    Los Cap. 18 y 19 leen las apariciones de Dios en el Génesis, a Abraham en Mambré, a Agar y a Jacob, como apariciones del Hijo, porque el Padre es invisible. Según Wikipedia, Justino Mártir y otros Padres antiguos identificaron ya al ángel del Señor con Cristo antes de encarnarse; la Catholic Encyclopedia de 1907, citada allí, recuerda que Jerónimo, Agustín y Gregorio Magno lo tomaron por un simple ángel. El título «ángel del Gran Consejo» viene de en la versión de los Setenta, según una nota del ANF; el hebreo que traduce la BTX4 dice «Admirable, Consejero, Dios fuerte». DeSimone añade que Novaciano juega con el sentido griego de ángel, «mensajero».

    Capítulo 20

    Cap. 20

    Se prueba por las Escrituras que Cristo fue llamado ángel. Pero se demuestra, asimismo, por otros pasajes de la Sagrada Escritura que también es Dios.
    Pero si algún hereje, luchando obstinadamente contra la verdad, persistiera en todos estos pasajes o bien en entender que Cristo era propiamente un ángel, o bien en sostener que debe entenderse así, también en este aspecto ha de ser sometido por la fuerza de la verdad. Porque si, puesto que todas las cosas celestiales, todas las terrenales y todas las que están debajo de la tierra están sometidas a Cristo, aun los ángeles mismos, con todas las demás criaturas, cuantas están sometidas a Cristo, son llamados dioses, con razón también Cristo es Dios. Y si algún ángel sometido a Cristo puede ser llamado Dios, y esto, si se dice, se profesa además sin blasfemia, ciertamente mucho más puede convenir a Cristo, el Hijo mismo de Dios, que sea proclamado Dios. Pues si un ángel que está sometido a Cristo es exaltado como dios, mucho más, y con mayor coherencia, se dirá que Cristo, a quien todos los ángeles están sometidos, es Dios. Porque no es conforme a la naturaleza que lo que se concede a lo menor se niegue a lo mayor. Así, si un ángel es inferior a Cristo y, sin embargo, un ángel es llamado dios, por consecuencia más bien se dice que Cristo es Dios, quien se descubre que es mayor y mejor, no que uno, sino que todos los ángeles. Y si «Dios se levanta en la asamblea de los dioses, y en medio Dios discierne entre los dioses», y Cristo estuvo en pie varias veces en la sinagoga, entonces Cristo estuvo en pie en la sinagoga como Dios, juzgando, es decir, entre los dioses, a quienes dice: «¿Hasta cuándo aceptáis las personas de los hombres?» Esto es, por consiguiente, acusando a los hombres de la sinagoga de no practicar juicios justos. Además, si quienes son reprendidos y censurados parecen, aun por alguna razón, alcanzar este nombre sin blasfemia, de modo que sean llamados dioses, con mucha más seguridad será estimado Dios Aquel que no sólo se dice que estuvo en pie como Dios en la sinagoga de los dioses, sino que además se revela por la misma autoridad de la lectura como quien discierne y juzga entre los dioses. Pero aun si quienes «caen como uno de los príncipes» son todavía llamados dioses, mucho más se dirá que es Dios Aquel que no sólo no cae como uno de los príncipes, sino que incluso vence al autor y príncipe de la maldad mismo. ¿Y cuál es, en el mundo, la razón de que, aunque digan que este nombre le fue dado incluso a Moisés, puesto que está dicho: «Te he puesto como dios para el Faraón», se le niegue a Cristo, de quien se declara que fue ordenado no sólo para el Faraón, sino para toda criatura, como Señor y Dios? Y en el primer caso, ciertamente, este nombre se da con reserva; en el segundo, con largueza; en el primero, con medida; en el segundo, por encima de toda clase de medida: «Pues,» dice, «el Padre no da al Hijo por medida, porque el Padre ama al Hijo.» En el primero, por un tiempo; en el segundo, sin referencia al tiempo; porque Él recibió el poder del nombre divino, tanto por encima de todas las cosas como por todo tiempo. Pero si quien recibió el poder sobre un solo hombre, respecto de este poder limitado que se le dio, alcanza sin vacilación aquel nombre de Dios, ¿cuánto más Aquel que tiene poder sobre el mismo Moisés habrá de creerse que alcanzó la autoridad de ese nombre?

    Capítulo 21

    Cap. 21

    Que la misma majestad divina es confirmada de nuevo en Cristo por otras Escrituras.
    Y ciertamente podría exponer el tratamiento de este asunto con todas las Escrituras celestiales y poner en movimiento, por así decirlo, un bosque entero de textos acerca de aquella manifestación de la divinidad de Cristo, si no fuera porque no me he propuesto tanto hablar contra esta forma especial de herejía como exponer la regla de verdad acerca de la persona de Cristo. Aunque, sin embargo, debo apresurarme a otros asuntos, no creo que deba pasar por alto este punto: que en el Evangelio el Señor declaró, para significar su majestad, diciendo: «Destruid este templo, y en tres días lo reedificaré.» O cuando, en otro pasaje y sobre otro asunto, declara: «Tengo poder para poner mi vida, y para volverla a tomar; porque este mandamiento recibí de mi Padre.» Ahora bien, ¿quién es el que dice que puede poner su vida, o que puede por sí mismo recobrar de nuevo su vida, porque la recibió de su Padre? ¿O quién dice que puede resucitar y reedificar el templo destruido de su cuerpo, sino porque Él es el Verbo que procede del Padre, que está con el Padre, «por quien todas las cosas fueron hechas, y sin quien nada fue hecho;» el imitador de las obras y potencias de su Padre, «la imagen del Dios invisible;» «que descendió del cielo;» que dio testimonio de lo que había visto y oído; que «no vino para hacer su propia voluntad, sino más bien para hacer la voluntad del Padre», por quien había sido enviado para este fin mismo, a fin de que, hecho «el Ángel del Gran Consejo», nos desplegase las leyes de los misterios celestiales; y que, como el Verbo hecho carne, habitó entre nosotros, este Cristo se nos prueba que no es sólo hombre, porque era el Hijo del hombre, sino también Dios, porque es el Hijo de Dios? Y si por el apóstol Cristo es llamado «el primogénito de toda criatura», ¿cómo podría ser el primogénito de toda criatura, sino porque según su divinidad el Verbo procedió del Padre antes que toda criatura? Y a menos que los herejes lo reciban así, se verán obligados a mostrar que Cristo, el hombre, fue el primogénito de toda criatura; lo cual no podrán hacer. Por tanto, o bien Él es antes que toda criatura, para que sea el primogénito de toda criatura, y no es sólo hombre, porque el hombre es después de toda criatura; o bien es sólo hombre, y es después de toda criatura. ¿Y cómo es el primogénito de toda criatura, sino porque, siendo aquel Verbo que es antes que toda criatura y, por tanto, primogénito de toda criatura, se hace carne y habita en nosotros, esto es, asume aquella naturaleza de hombre que es después de toda criatura, y así habita con él y en él, en nosotros, de modo que ni la humanidad es quitada a Cristo, ni su divinidad negada? Porque si es sólo antes que toda criatura, se le quita la humanidad; pero si es sólo hombre, se impide la divinidad que es antes que toda criatura. Ambas cosas, por tanto, están unidas en Cristo, y ambas están conjuntas, y ambas están ligadas entre sí. Y con razón, como hay en Él algo que sobresale a la criatura, la concordia de la divinidad y la humanidad parece empeñada en Él: por cuya razón Aquel que es declarado hecho «Mediador entre Dios y los hombres» se revela como quien ha asociado en sí mismo a Dios y al hombre. Y si el mismo apóstol dice de Cristo que «habiéndose despojado de la carne, despojó a los poderes, triunfando abiertamente sobre ellos en sí mismo», ciertamente no propuso sin sentido que la carne fue despojada, sino porque quiso que se entendiera que fue nuevamente revestida también en la resurrección. ¿Quién es, por tanto, Aquel que así se despojó y se revistió de la carne? Búsquenlo los herejes. Porque nosotros sabemos que el Verbo de Dios fue revestido con la sustancia de la carne, y que de nuevo fue despojado de la misma materia corporal, la cual tomó de nuevo en la resurrección y reasumió como un vestido. Y sin embargo, Cristo no habría podido ser ni despojado ni revestido de humanidad si hubiera sido sólo hombre: porque el hombre nunca es despojado de sí mismo ni revestido consigo mismo. Pues debe ser algo distinto, sea lo que sea, lo que por otro es quitado o puesto. De donde, razonablemente, fue el Verbo de Dios quien se despojó de la carne, y de nuevo en la resurrección se revistió de ella, puesto que se despojó de ella porque al nacer había sido revestido con ella. Por tanto, en Cristo es Dios quien es revestido y, además, debe ser despojado, porque Aquel que es revestido debe ser también del mismo modo Aquel que es despojado; mientras que, como hombre, es revestido y despojado de, por así decirlo, una cierta túnica del cuerpo compacto. Y por tanto, por consecuencia Él era, como hemos dicho, el Verbo de Dios, que se revela que en un tiempo es revestido y en otro despojado de la carne. Porque esto, además, lo predijo antes en las bendiciones: «Lavará su vestidura en vino, y su ropa en la sangre de la uva.» Si la vestidura en Cristo es la carne, y la ropa misma es el cuerpo, pregúntese quién es Aquel cuyo cuerpo es la ropa y cuya vestidura es la carne. Porque para nosotros es evidente que la carne es la vestidura, y el cuerpo la ropa del Verbo; y Él lavó su sustancia corporal, y purificó la materia de la carne en sangre, esto es, en vino, por su pasión, en la condición humana que había asumido. De donde, si en verdad Él es lavado, es hombre, porque la vestidura que se lava es la carne; pero Aquel que lava es el Verbo de Dios, quien, para poder lavar la vestidura, se hizo tomador de la vestidura. Con razón, de aquella sustancia que es tomada para ser lavada, se revela como hombre, así como de la autoridad del Verbo que la lavó se manifiesta que es Dios.

    Capítulo 22

    Cap. 22

    Que en Cristo está la misma Majestad divina, lo afirma una vez más con otras Escrituras.
    Pero ¿por qué, aunque parecemos apresurarnos a otra rama del argumento, habríamos de pasar por alto aquel pasaje del apóstol: «el cual, aunque estaba en la forma de Dios, no estimó como rapiña el ser igual a Dios; sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho a semejanza de los hombres; y hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre?» «el cual, aunque estaba en la forma de Dios,» dice. Si Cristo hubiera sido sólo hombre, se habría dicho de Él que estaba en «la imagen» de Dios, no «en la forma» de Dios. Porque sabemos que el hombre fue hecho según la imagen o semejanza, no según la forma, de Dios. ¿Quién es, pues, aquel ángel que, como hemos dicho, fue hecho en la forma de Dios? Pero tampoco leemos que haya forma de Dios en los ángeles, salvo porque éste es el primero y real sobre todos: el Hijo de Dios, el Verbo de Dios, el imitador de todas las obras de su Padre, en cuanto Él mismo obra así como su Padre. Él es —como hemos declarado— en la forma de Dios Padre. Y con razón se afirma que está en la forma de Dios, en cuanto Él mismo, estando sobre todas las cosas y teniendo el poder divino sobre toda criatura, es también Dios según el ejemplo del Padre. Sin embargo, obtuvo esto de su propio Padre: que fuera Dios de todas las cosas y Señor, y que fuera engendrado y dado a conocer desde Él mismo como Dios en la forma de Dios Padre. Él, pues, aunque estaba en la forma de Dios, no estimó como rapiña el ser igual a Dios. Porque aunque recordaba que era Dios de Dios Padre, nunca se comparó ni se asoció con Dios Padre, consciente de que era de su Padre y de que poseía aquello mismo que es, porque el Padre se lo había dado. De ahí, finalmente, tanto antes de la asunción de la carne como, además, después de la asunción del cuerpo, y también después de la resurrección misma, Él rindió toda obediencia al Padre, y aún la rinde como siempre. De donde se prueba que consideró que la pretensión de una cierta divinidad sería rapiña, a saber, la de igualarse con Dios Padre; pero, por otra parte, obediente y sujeto a toda su regla y voluntad, se contentó incluso con tomar sobre sí la forma de siervo —es decir, hacerse hombre—; y la sustancia de carne y cuerpo que, en cuanto le vino de la esclavitud de los pecados de sus antepasados según su humanidad, asumió al nacer, momento en el cual además se despojó a sí mismo, en cuanto no rehusó tomar sobre sí la fragilidad propia de la humanidad. Porque si hubiera nacido sólo hombre, no se habría despojado en este sentido; pues el hombre, al nacer, es aumentado, no despojado. Porque al comenzar a ser aquello que no podía poseer mientras no existía, como hemos dicho, no se despoja, sino que más bien se aumenta y enriquece. Pero si Cristo se despoja al nacer, al tomar la forma de siervo, ¿cómo es sólo hombre? Aquel de quien con más verdad podría haberse dicho que fue enriquecido, no despojado, en el momento en que nació, excepto porque la autoridad del Verbo divino, reposando por un tiempo al asumir sobre sí la humanidad, y no ejercitándose con su fuerza real, se abaja y se despoja por el momento, al llevar la humanidad que ha asumido? Se despoja al descender a injurias y oprobios, al soportar abominaciones, al experimentar cosas indignas; y, sin embargo, de esta humildad está presente al punto una recompensa eminente. Porque Él ha «recibido un nombre que es sobre todo nombre,» el cual ciertamente entendemos que no es otro sino el nombre de Dios. Pues, ya que a solo Dios pertenece estar sobre todas las cosas, se sigue que el nombre que es de aquel Dios que está sobre todas las cosas, está sobre todo nombre; cuyo nombre, por consiguiente, es ciertamente de Aquel que, aunque estaba «en la forma de Dios, no estimó como rapiña el ser igual a Dios.» Porque, si Cristo no fuera Dios, no se doblaría toda rodilla en su nombre, «de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra;» ni las cosas visibles e invisibles, incluso toda criatura de todas las cosas, estarían sujetas o colocadas bajo el hombre, cuando podrían recordar que existían antes que el hombre. De donde, puesto que se dice que Cristo está en la forma de Dios, y puesto que se muestra que para su nacimiento según la carne se despojó a sí mismo; y puesto que se declara que recibió del Padre aquel nombre que es sobre todo nombre; y puesto que se muestra que en su nombre «toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra, se dobla y se inclina»; y esto mismo se afirma que redunda en gloria de Dios Padre; por consiguiente, no es sólo hombre, por el hecho de que se hizo obediente al Padre hasta la muerte, y muerte de cruz; sino que, además, por la proclamación en estas realidades superiores de la divinidad de Cristo, se muestra que Cristo Jesús es Señor y Dios, lo cual no quieren admitir los herejes.
    Comentario editorial · ¿Subordina Novaciano al Hijo?
    Aquí el Hijo «obtuvo del Padre» ser Dios y Señor, rinde obediencia y no se compara con el Padre; en el Cap. 27 recibe de él la santificación. Los lectores no coinciden. La Catholic Encyclopedia (1911) dice que separa demasiado al Hijo del Padre, aunque enseña con claridad la generación eterna. Wikipedia cuenta el subordinacionismo entre los rasgos importantes de su doctrina. DeSimone recuerda que se le ha acusado de él, pero que no usa fórmulas que lo defiendan expresamente. El editor del ANF, Coxe, cree que los Padres antenicenos eran ortodoxos y acusa al jesuita Petau de torcer sus palabras; remite a la Defensa de la fe nicena de Bull. Esa es su lectura, no la del texto. Véase el subordinacionismo.

    Capítulo 23

    Cap. 23

    Y esto es tan manifiesto, que algunos herejes han pensado que él era Dios Padre, otros que era solamente Dios sin la carne.
    En este lugar se me puede permitir también recoger argumentos del lado de otros herejes. Es una clase de prueba sustancial la que se obtiene incluso de un adversario, de modo que la verdad se prueba aun desde los mismos enemigos de la verdad. Pues es tan manifiesto que Él es declarado Dios en las Escrituras, que muchos herejes, movidos por la grandeza y verdad de esta divinidad, exagerando sus honores sobre toda medida, se atrevieron a anunciar o a pensar que Él no era el Hijo, sino Dios Padre mismo. Y esto, aunque es contrario a la verdad de las Escrituras, es sin embargo un argumento grande y excelente a favor de la divinidad de Cristo, quien es Dios hasta tal punto —salvo en cuanto Hijo de Dios, nacido de Dios— que muchísimos herejes —como hemos dicho— lo han aceptado como Dios de tal manera, que pensaron que debía ser proclamado no el Hijo, sino el Padre. Considérese, por tanto, si Él es Dios o no, puesto que su autoridad ha afectado a algunos de tal manera que, como ya hemos dicho arriba, lo han pensado Dios Padre mismo, y han confesado la divinidad en Cristo con tanta impetuosidad y efusión —obligados a ello por la divinidad manifiesta en Cristo— que pensaron que Aquel a quien leían como Hijo, porque lo percibían como Dios, debía ser el Padre. Además, otros herejes han abrazado la divinidad manifiesta de Cristo hasta el punto de decir que Él carecía de carne, y de quitarle toda la humanidad que asumió sobre sí, no fuera que, al asociar con Él un nacimiento humano, según lo concebían, disminuyeran en Él el poder del nombre divino. Esto, sin embargo, no lo aprobamos; pero lo citamos como argumento para probar que Cristo es Dios, hasta el extremo de que algunos, quitándole la humanidad, lo han pensado sólo Dios, y algunos lo han pensado Dios Padre mismo; cuando la razón y la proporción de las Escrituras celestiales muestran que Cristo es Dios, pero como Hijo de Dios; y el Hijo del hombre, habiendo sido asumido, además, por Dios, debe creerse que es también hombre. Porque si vino al hombre para ser Mediador de Dios y de los hombres, era conveniente que estuviera con el hombre, y que el Verbo se hiciera carne, para que en sí mismo uniera la concordia de las cosas terrenas con las celestiales, asociando en sí prendas de ambas naturalezas, y uniendo a Dios con el hombre y al hombre con Dios; de modo que razonablemente el Hijo de Dios se hiciera, por la asunción de la carne, Hijo del hombre, y el Hijo del hombre, por la recepción del Verbo de Dios, Hijo de Dios. Este misterio profundísimo y recóndito, destinado antes de los siglos a la salvación del género humano, se halla cumplido en el Señor Jesucristo, Dios y hombre a la vez, para que el género humano pudiera ser colocado al alcance del gozo de la salvación eterna.

    Capítulo 24

    Cap. 24

    Que éstos, por tanto, erraron al pensar que no había diferencia entre el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, porque entendieron mal la Escritura.
    Pero la materia de ese error herético ha surgido, según juzgo, de esto: que piensan que no hay distinción entre el Hijo de Dios y el Hijo del hombre; porque, si se hiciera una distinción, Jesucristo fácilmente sería probado como hombre y Dios a la vez. Porque quieren que aquel mismo que es hombre, el Hijo del hombre, aparezca también como el Hijo de Dios; que el hombre y la carne y aquella misma sustancia frágil pueda decirse que es también el Hijo de Dios mismo. De donde, puesto que no se discierne distinción entre el Hijo del hombre y el Hijo de Dios, sino que el Hijo del hombre mismo es afirmado como Hijo de Dios, el mismo Cristo y Hijo de Dios es afirmado como sólo hombre; con lo cual se esfuerzan por excluir, «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.» Y llamarás su nombre Emmanuel; que, interpretado, es: Dios con nosotros. Pues proponen y presentan lo que se cuenta en el Evangelio de Lucas, de donde se esfuerzan por sostener no lo que es la verdad, sino sólo lo que ellos quieren que sea: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso también lo Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.» Si, pues, dicen, el ángel de Dios dice a María, «lo Santo que nacerá de ti,» la sustancia de carne y cuerpo es de María; pero él ha establecido que esta sustancia, es decir, aquello Santo que nace de ella, es el Hijo de Dios. El hombre, dicen, él mismo, y aquella carne corporal; aquello que es llamado santo, eso mismo es el Hijo de Dios. Que también cuando la Escritura dice «lo Santo,» debemos entender por ello a Cristo el hombre, el Hijo del hombre; y cuando nos presenta al Hijo de Dios, debemos percibir no al hombre, sino a Dios. Y sin embargo, la Escritura divina fácilmente convence y descubre los fraudes y artificios de los herejes. Pues si fuera solamente así, «El Espíritu vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por tanto, lo Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios,» quizás habríamos tenido que luchar contra ellos de otra manera, y buscar otros argumentos, y tomar otras armas para vencer tanto sus trampas como sus engaños; pero puesto que la Escritura misma, abundando en plenitud celestial, se despoja de las calumnias de estos herejes, fácilmente nos apoyamos en lo que está escrito, y vencemos esos errores sin vacilación alguna. Porque no dijo, como ya hemos señalado, «Por tanto, lo Santo que nacerá de ti;» sino que añadió la conjunción, pues dice, «Por tanto también lo Santo que nacerá de ti,» para hacer patente que aquello Santo que nace de ella —esto es, aquella sustancia de carne y cuerpo— no es el Hijo de Dios primariamente, sino consecuentemente y en segundo lugar; sino que primariamente el Hijo de Dios es el Verbo de Dios, encarnado por aquel Espíritu del cual dice el ángel, «El Espíritu vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.» Porque Él es el Hijo legítimo de Dios, que es de Dios mismo; y Él, mientras asume aquello Santo, y une a sí al Hijo del hombre, y lo atrae y transfiere a sí, mediante su conexión y mezcla de asociación se hace responsable de él y lo hace Hijo de Dios, lo cual por naturaleza no era, de modo que la causa original de ese nombre Hijo de Dios está en el Espíritu del Señor, que descendió y vino, y en el caso del Hijo del hombre sólo hay la continuación del nombre; y por consiguiente, razonablemente llegó a ser Hijo de Dios, aunque originalmente no es el Hijo de Dios. Y por eso el ángel, viendo esa disposición y proveyendo a aquel orden del misterio, no lo confundió todo de tal manera que no dejara rastro de una distinción, sino que estableció la distinción diciendo, «Por tanto también lo Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios;» no sea que, si no hubiera dispuesto esa distribución con sus balanzas, sino que hubiera dejado el asunto todo mezclado en confusión, habría dado realmente ocasión a los herejes para declarar que el Hijo del hombre, en cuanto hombre, es el mismo que el Hijo de Dios y hombre. Mas ahora, explicando por separado la ordenanza y la razón de tan gran misterio, evidentemente expuso al decir, «Y lo Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios;» la prueba de que el Hijo de Dios descendió, y que Él, al asumir en sí al Hijo del hombre, consecuentemente lo hizo Hijo de Dios, porque el Hijo de Dios lo asoció y unió a sí mismo. De modo que, mientras el Hijo del hombre se adhiere en su nacimiento al Hijo de Dios, por esa misma mezcla retiene como prenda y derivado lo que por su propia naturaleza no podía poseer. Y así, por la palabra del ángel se hace la distinción, contra el deseo de los herejes, entre el Hijo de Dios y el hombre; sin embargo, con su asociación, instándolos a entender que Cristo el Hijo del hombre es hombre, y también a recibir al Hijo de Dios y hombre, Hijo de Dios; es decir, el Verbo de Dios como está escrito que es Dios; y así reconocer que Cristo Jesús el Señor, unido por ambos lados, por así decir, está por ambos lados entretejido y crecido juntamente, y asociado en el mismo acuerdo de ambas sustancias, por la unión mutua de una alianza recíproca: hombre y Dios, por la verdad de la Escritura que declara esto mismo.
    Comentario editorial · Un pasaje difícil: «Hijo de Dios» por conexión
    El capítulo comenta : «lo Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios». Novaciano dice que el Verbo, al asumir al Hijo del hombre, lo hace Hijo de Dios «mediante su conexión y mezcla de asociación», «lo cual por naturaleza no era». La Catholic Encyclopedia cuenta que se ha tachado de adopcionismo esa frase, pero entiende que solo dice que el hombre asumido no era Hijo de Dios por naturaleza antes de la unión: la forma es mala, escribe, aunque no hay necesariamente herejía. DeSimone observa que Novaciano nombra esa unión con connexio y permixtio, y que habla de «una concordia», no de una persona, expresión que solo tiene sentido cristológico estricto a comienzos del siglo V.

    Capítulo 25

    Cap. 25

    Y que de ahí no se sigue que, porque Cristo murió, deba también admitirse que Dios murió; pues la Escritura enseña que Cristo no fue sólo Dios, sino también hombre.
    Por tanto, dicen, si Cristo no es sólo hombre, sino también Dios —y la Escritura nos dice que Él murió por nosotros y resucitó—, entonces la Escritura nos enseña a creer que Dios murió; o si Dios no muere, y se dice que Cristo murió, entonces Cristo no será Dios, porque no se puede admitir que Dios haya muerto. Si alguna vez pudieran entender o hubieran entendido lo que leen, nunca hablarían de manera tan peligrosa. Pero la necedad del error es siempre precipitada en su descenso, y no es cosa nueva que quienes han abandonado la fe legítima desciendan incluso a resultados peligrosos. Pues si la Escritura estableciera que Cristo es sólo Dios, y que no había asociación de debilidad humana mezclada en su naturaleza, este intrincado argumento suyo podría razonablemente valer algo. Si Cristo es Dios, y Cristo murió, entonces Dios murió. Pero cuando la Escritura determina, como hemos mostrado con frecuencia, que Él no es sólo Dios, sino también hombre, se sigue que lo que es inmortal puede considerarse que permaneció incorrupto. Porque ¿quién no puede entender que la divinidad es impasible, aunque la debilidad humana esté sujeta al sufrimiento? Por tanto, cuando se entiende que Cristo está mezclado y asociado tanto de aquello que Dios es como de aquello que el hombre es —pues «el Verbo se hizo carne y habitó en nosotros» —, ¿quién no puede comprender fácilmente por sí mismo, sin maestro ni intérprete, que no fue aquello en Cristo lo que murió lo que es Dios, sino que murió en Él lo que es hombre? Porque ¿qué importa si la divinidad en Cristo no muere, sino que sólo se destruye la sustancia de la carne, cuando también en los demás hombres, que no son sólo carne, sino carne y alma, la carne sola sufre los embates de la corrupción y de la muerte, mientras que el alma se ve incorrupta y más allá de las leyes de la destrucción y de la muerte? Porque esto también lo dijo nuestro Señor mismo, exhortándonos al martirio y al desprecio de todo poder humano: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.» Pero si el alma inmortal no puede ser matada ni muerta en ningún otro, aunque el cuerpo y la carne por sí mismos puedan ser muertos, ¡cuánto más ciertamente no podría el Verbo de Dios y Dios en Cristo ser muerto en absoluto, aunque sólo la carne y el cuerpo fueran muertos! Pues si en cualquier hombre, el alma tiene esta excelencia de inmortalidad, que no puede ser muerta, mucho más tiene la nobleza del Verbo de Dios este poder de no ser muerto. Pues si el poder de los hombres no logra matar el sagrado poder de Dios, y si la crueldad del hombre no logra destruir el alma, mucho más debería no lograr matar al Verbo de Dios. Pues así como el alma misma, que fue hecha por el Verbo de Dios, no es matada por los hombres, ciertamente con mucha más razón se creerá que el Verbo de Dios no puede ser destruido. Y si la crueldad sanguinaria de los hombres no puede hacer contra los hombres más que matar el cuerpo, ¡cuánto más ciertamente no tendrá poder contra Cristo más allá de matar del mismo modo el cuerpo! De modo que, mientras de estas consideraciones se deduce que nada sino la naturaleza humana en Cristo fue muerto, aparece que el Verbo en Él no fue arrastrado a la mortalidad. Pues si Abraham, Isaac y Jacob, quienes, se admite, eran sólo hombres, se manifiestan vivos —pues todos ellos, dice Él, «viven para Dios;» y la muerte en ellos no destruye el alma, aunque disuelve los cuerpos mismos: pues pudo ejercer su poder sobre los cuerpos, no logró ejercerlo sobre las almas: pues lo uno en ellos era mortal, y por eso murió; lo otro en ellos era inmortal, y por eso se entiende que no se extinguió: por cuya razón se afirma y se dice que viven para Dios— mucho más la muerte en Cristo pudo tener poder solamente contra la materia de su cuerpo, mientras que contra la divinidad del Verbo no pudo prevalecer. Pues el poder de la muerte se quiebra cuando interviene la autoridad de la inmortalidad.

    Capítulo 26

    Cap. 26

    Además, contra los sabelianos prueba que uno es el Padre y otro el Hijo.
    Pero a partir de esta ocasión en que Cristo queda probado por la sagrada autoridad de las divinas Escrituras no sólo hombre, sino también Dios, otros herejes, irrumpiendo, se ingenian para debilitar la posición religiosa en Cristo; queriendo, por este mismo hecho, mostrar que Cristo es Dios Padre, en cuanto se afirma que no es sólo hombre, sino que también se declara que es Dios. Pues así dicen: si se afirma que Dios es uno, y Cristo es Dios, entonces, dicen, si el Padre y Cristo fueran un solo Dios, Cristo será llamado Padre. En lo cual demuestran estar en el error, no conociendo a Cristo, sino siguiendo el sonido de un nombre; pues no quieren que Él sea la segunda persona después del Padre, sino el Padre mismo. Y puesto que estas cosas se responden fácilmente, se dirán pocas palabras. Porque ¿quién no reconoce que la persona del Hijo es segunda después del Padre, cuando lee que fue dicho por el Padre, en consecuencia al Hijo, «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza;» y que después de esto se relató: «Y Dios hizo al hombre; a imagen de Dios lo hizo?» ¿O cuando tiene en sus manos: «El Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra fuego y azufre de parte del Señor desde el cielo?» ¿O cuando lee (como dicho) a Cristo: «Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré las naciones por herencia tuya, y los confines de la tierra por posesión tuya?» ¿O cuando también aquel escritor amado dice: El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? ¿O cuando, desplegando las profecías de Isaías, lo encuentra escrito así: «Así dice el Señor a Cristo, mi Señor?» ¿O cuando lee: «No he bajado del cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió?» ¿O cuando lo encuentra escrito: «Porque el que me envió es mayor que yo?» ¿O cuando considera el pasaje: «Voy a mi Padre y a vuestro Padre; a mi Dios y a vuestro Dios?» ¿O cuando lo encuentra puesto junto a otros: «Además, en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos es verdadero. Yo doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí?» ¿O cuando la voz del cielo es: «Le he glorificado ya, y le glorificaré otra vez?» ¿O cuando por Pedro se responde y se dice: Tú eres el Hijo del Dios viviente? ¿O cuando por el Señor mismo se aprueba el sacramento de esta revelación, y dice: Bienaventurado eres, Simón Barjona, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos? ¿O cuando por Cristo mismo se expresa: Padre, glorifícame con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese hecho? ¿O cuando fue dicho por el mismo: «Padre, yo sabía que siempre me oyes; pero a causa de los que están alrededor lo dije, para que crean que tú me has enviado?» ¿O cuando la definición de la regla es establecida por Cristo mismo, y se dice: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único y verdadero Dios, y a Jesucristo, a quien tú has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste?» ¿O cuando, además, por el mismo se afirma y se dice: «Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre?» ¿O cuando la sesión a la diestra del Padre es probada tanto por apóstoles como por profetas? Y bastante tendría que hacer si me esforzara por reunir todos los pasajes de este lado; puesto que la divina Escritura, no tanto del Antiguo como también del Nuevo Testamento, en todas partes lo muestra nacido del Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, y sin quien nada fue hecho, quien siempre ha obedecido y obedece al Padre; que siempre tiene poder sobre todas las cosas, pero como entregado, como concedido, como permitido a Él por el Padre mismo. ¿Y qué puede ser tan evidente prueba de que éste no es el Padre, sino el Hijo, como que se nos presenta como obediente a Dios Padre, a menos que, si se creyera que es el Padre, se dijera que Cristo está sujeto a otro Dios, el Padre?
    Comentario editorial · «El Señor a Cristo, mi Señor»: un error de lectura en Isaías 45:1
    Novaciano cita Isaías: «Así dice el Señor a Cristo, mi Señor». El ANF anota que un copista escribió Κυρίῳ, «al Señor», por Κύρῳ, «a Ciro», y que el autor siguió el error; DeSimone añade que lo cometieron otros muchos escritores griegos y latinos, y que christos significa aquí «ungido», no «Cristo». La BTX4 traduce : «Así dice YHVH a su ungido, a Ciro». Lectura del editor: el pasaje sirve para probar que hay un Señor distinto del Padre, pero los demás textos que el capítulo reúne no dependen de él.

    Capítulo 27

    Cap. 27

    Responde hábilmente a un pasaje que los herejes empleaban en defensa de su propia opinión.
    Pero ya que con frecuencia nos urgen el pasaje donde se dice, «Yo y el Padre somos una sola cosa,» también en esto los venceremos con igual facilidad. Porque si, como piensan los herejes, Cristo fuera el Padre, habría debido decir: «Yo y el Padre somos una sola cosa.» Pero cuando dice Yo, y después introduce al Padre diciendo: «Yo y el Padre,» separa y distingue la peculiaridad de su persona, es decir, la del Hijo, de la autoridad paterna, no sólo en cuanto al sonido del nombre, sino además en cuanto al orden de la distribución del poder, pues habría podido decir: «Yo el Padre,» si hubiera tenido en mente que Él mismo era el Padre. Y puesto que dijo «una»cosa, entiendan los herejes que no dijo una persona. Pues una, puesto en neutro, indica la concordia social, no la unidad personal. Se dice una neutra, no uno masculino, porque la expresión no se refiere al número, sino que se declara con referencia a la asociación de otro. Finalmente, añade y dice: «Somos,» no «yo soy,» para mostrar, por el hecho de decir Yo y el Padre somos, que son dos personas. Además, que diga una se refiere a la concordia, a la identidad de juicio y a la asociación amorosa misma, como razonablemente el Padre y el Hijo son uno en concordia, en amor y en afecto; y porque Él es del Padre, todo lo que es, es el Hijo; permaneciendo sin embargo la distinción de que no es el Padre el que es el Hijo, porque no es el Hijo el que es el Padre. Pues no habría añadido «Somos,» si hubiera tenido en mente que Él, único y solo Padre, se había hecho Hijo. En fin, el apóstol Pablo comprendió también esta concordia de unidad, no obstante la distinción de personas: pues escribiendo a los Corintios dijo: «Yo planté, Apolos regó, pero Dios dio el crecimiento. Por tanto, ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Ahora bien, el que planta y el que riega son una sola cosa.» ¿Y quién no percibe que Apolos es una persona y Pablo otra, y que Apolos y Pablo no son una y la misma persona? Además, también los oficios mencionados de cada uno de ellos son diferentes; porque uno es el que planta, y otro el que riega. El apóstol Pablo, sin embargo, presentó a estos dos no como una persona, sino como una sola cosa; de modo que aunque Apolos ciertamente es uno, y Pablo otro, en lo que respecta a la distinción de personas, sin embargo, en lo que respecta a su concordia, ambos son «una sola cosa.» Porque cuando dos personas tienen un solo juicio, una sola verdad, una sola fe, una misma religión, un solo temor de Dios también, son una aunque sean dos personas: son lo mismo, en cuanto tienen la misma mente. Puesto que aquellos a quienes la consideración de la persona separa entre sí, esos mismos son reunidos de nuevo como uno por la consideración de la religión. Y aunque no son realmente las mismas personas, sin embargo, sintiendo lo mismo, son lo mismo; y aunque son dos, son aun uno, teniendo una asociación en la fe, aun cuando tengan diversidad en las personas. Además, cuando ante estas palabras del Señor se había despertado la ignorancia judía, de modo que corrieron apresuradamente a tomar piedras, y dijeron: «No te apedreamos por una buena obra, sino por blasfemia; y porque tú, siendo hombre, te haces Dios,» el Señor estableció la distinción, dándoles el principio por el cual había dicho que era Dios, o había querido que se entendiera, y dice: «¿Decís vosotros: Tú blasfemas, de aquel a quien el Padre santificó y envió a este mundo, porque dije: Soy el Hijo de Dios?» También aquí dijo que tenía al Padre. Es, por tanto, el Hijo, no el Padre: pues habría confesado que era el Padre si se hubiera considerado a sí mismo el Padre; y declara que fue santificado por su Padre. Al recibir, pues, la santificación del Padre, es inferior al Padre. Ahora, en consecuencia, el que es inferior al Padre no es el Padre, sino el Hijo; porque si hubiera sido el Padre, habría dado, y no recibido, la santificación. Ahora, sin embargo, al declarar que ha recibido la santificación del Padre, por el mismo hecho de probarse a sí mismo menor que el Padre, al recibir de Él la santificación, ha mostrado que es el Hijo, y no el Padre. Además, dice que es enviado: de modo que por aquella obediencia con que el Señor Cristo vino, siendo enviado, se pruebe que no es el Padre, sino el Hijo, quien ciertamente habría enviado si hubiera sido el Padre; pero siendo enviado, no era el Padre, para que no se probara que el Padre, al ser enviado, estaba sujeto a otro Dios. Y todavía después de esto añadió lo que podía disolver toda ambigüedad y apagar toda la controversia del error: pues dice, en la última parte de su discurso: «Vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Soy el Hijo de Dios.» Por tanto, si claramente testifica que es el Hijo de Dios, y no el Padre, es un caso de gran temeridad y excesiva locura suscitar una controversia de divinidad y religión, contraria al testimonio del mismo Señor Cristo, y decir que Cristo Jesús es el Padre, cuando se observa que Él ha probado ser, no el Padre, sino el Hijo.

    Capítulo 28

    Cap. 28

    Prueba también que las palabras dichas a Felipe nada favorecen a los sabelianos.
    Añadiré también a esto aquel argumento en que el hereje, gozándose como si a nosotros nos faltara alguna capacidad de ver una especial verdad y luz, deja patente la ceguera total de su error. Porque una y otra vez, y con frecuencia, objeta aquello que se dijo: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto también al Padre.» Pero aprenda él lo que no entiende. Felipe es reprendido, y con razón, y ciertamente con merecimiento, porque ha dicho: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta.» Pues ¿cuándo había oído de Cristo, o aprendido, que Cristo era el Padre? Aunque, por otra parte, había oído con frecuencia, y a menudo había aprendido, más bien que era el Hijo, no que era el Padre. Porque lo que el Señor dijo: «Si me habéis conocido a mí, habéis conocido también a mi Padre; y desde ahora le conocéis y le habéis visto,» no lo dijo queriendo que se entendiera que Él mismo era el Padre, sino insinuando que aquel que plenamente, y con toda fe y toda religiosidad, se acercara al Hijo de Dios, de todos modos alcanzará, por medio del Hijo mismo en quien así cree, al Padre, y le verá. «Porque nadie,» dice Él, «puede venir al Padre sino por mí.» Y por tanto no sólo vendrá a Dios Padre, y conocerá al Padre mismo; sino que, además, debe así sostener, y así presumir en mente y corazón, que desde ahora no sólo ha conocido, sino visto al Padre. Porque a menudo la divina Escritura anuncia cosas que aún no están hechas como si estuvieran hechas, porque así serán; y las cosas que de todos modos han de suceder, no las predice como futuras, sino que las narra como ya hechas. Y así, aunque Cristo aún no había nacido en los tiempos del profeta Isaías, dijo: «Porque un niño nos es nacido;» y aunque María aún no había sido visitada, dijo: «Y me acerqué a la profetisa; y concibió y dio a luz un hijo.» Y cuando Cristo aún no había dado a conocer la mente del Padre, se dice: «Y su nombre será llamado Ángel del Gran Consejo.» Y cuando aún no había padecido, declaró: «Es como oveja llevada al matadero.» Y aunque la cruz nunca había existido aún, dijo: «Todo el día extendí mis manos a un pueblo incrédulo.» Y aunque todavía no se le había dado de beber con escarnio, dice la Escritura: «En mi sed me dieron a beber vinagre.» Y aunque aún no había sido despojado, dijo: «Sobre mi vestidura echaron suertes, y contaron mis huesos: traspasaron mis manos y mis pies.» Pues la divina Escritura, previendo, habla de las cosas que sabe que serán como de cosas ya hechas, y habla como ya perfeccionadas de las cosas que considera futuras, pero que sin duda alguna sucederán. Y así el Señor en el presente pasaje dijo: «Desde ahora le habéis conocido y le habéis visto.» Ahora bien, dijo que el Padre sería visto por cualquiera que hubiera seguido al Hijo, no como si el Hijo mismo fuera el Padre visto, sino que quien estuviera dispuesto a seguirlo, y ser su discípulo, obtendría el premio de poder ver al Padre. Porque Él también es la imagen de Dios Padre; de modo que se añade, además, a estas cosas, que «así como el Padre obra, así también obra el Hijo.» Y el Hijo es imitador de todas las obras del Padre, de modo que cada uno lo considere como si viera al Padre, cuando ve a Aquel que siempre imita al Padre invisible en todas sus obras. Pero si Cristo es el Padre mismo, ¿de qué manera añade inmediatamente, y dice: El que cree en mí, las obras que yo hago también él las hará; y mayores que éstas hará; porque yo voy a mi Padre? Y además añade: «Si me amáis, guardad mis mandamientos; y yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Consolador.» Después de lo cual añade también esto: «Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.» Además, añadió también esto: «Pero el Abogado, el Espíritu Santo a quien el Padre enviará, Él os enseñará, y os traerá a la memoria todas las cosas que os he dicho.» Pronuncia, además, aquel pasaje cuando se muestra a sí mismo como Hijo, y razonablemente añade, y dice: «Si me amarais, os alegraríais de que yo vaya al Padre; porque el Padre es mayor que yo.» Pero ¿qué diremos cuando continúa también con estas palabras: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no lleva fruto, lo quita; y todo el que lleva fruto, lo limpia, para que lleve más fruto?» Todavía insiste, y añade: «Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado: permaneced en mi amor. Si habéis guardado mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos del Padre, y permanezco en su amor.» Además, dice en adición: «Pero os he llamado amigos; porque todas las cosas que he oído de mi Padre os las he dado a conocer.» Además, añade a todo esto: «Pero todas estas cosas os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.» Estas cosas, pues, después de las anteriores, que evidentemente atestiguan que Él no es el Padre sino el Hijo, el Señor nunca las habría añadido, si hubiera tenido en mente, ya sea que era el Padre, o hubiera querido que se le entendiera como el Padre, sino para declarar esto: que todo hombre debe en adelante considerar, al ver la imagen de Dios Padre a través del Hijo, que es como si viera al Padre; puesto que todo el que cree en el Hijo puede ejercitarse en la contemplación de la semejanza, de modo que, acostumbrándose a ver la divinidad en la semejanza, avance y crezca hasta la contemplación perfecta de Dios Padre Todopoderoso. Y puesto que el que ha bebido esta verdad en su mente y alma, y ha creído de todas las cosas que así será, ya desde ahora ve, por así decirlo, en cierta medida al Padre que verá después; y puede considerar esto, como si realmente poseyera lo que sabe con certeza que un día poseerá. Pero si Cristo mismo hubiera sido el Padre, ¿por qué prometió como futuro un premio que ya había otorgado y dado? Pues cuando dice: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios,» se entiende que promete la contemplación y visión del Padre; por tanto, no había dado esto; pues ¿por qué lo prometería si ya lo había dado? Porque lo habría dado si era el Padre: pues fue visto, y fue tocado. Pero puesto que, cuando Cristo mismo es visto y tocado, todavía promete, y dice que el que es de limpio corazón verá a Dios, prueba por esta misma sentencia que el que entonces estaba presente no era el Padre, ya que era visto, y sin embargo prometía que quien fuera de limpio corazón vería al Padre. Por tanto, no era el Padre, sino el Hijo, quien prometía esto, porque el que era el Hijo prometía aquello que aún había de ser visto; y su promesa habría sido superflua a menos que hubiera sido el Hijo. Pues ¿por qué prometió a los de limpio corazón que verían al Padre, si ya los que estaban entonces presentes veían a Cristo como al Padre? Mas porque era el Hijo, no el Padre, con razón también entonces fue visto como el Hijo, porque era la imagen de Dios; y el Padre, porque es invisible, es prometido y señalado como aquel que ha de ser visto por los de limpio corazón. Baste, pues, haber sugerido incluso estos puntos contra aquel hereje; pocas palabras sobre muchas cosas. Porque se abriría un campo ciertamente ancho y extenso si quisiéramos discutir a ese hereje más plenamente; visto que, privado, en estos dos particulares, por así decirlo de sus ojos arrancados, queda vencido del todo en la ceguera de su doctrina.

    Capítulo 29

    Cap. 29

    Enseña a continuación que la autoridad de la fe manda, después del Padre y del Hijo, creer también en el Espíritu Santo, cuyas operaciones enumera a partir de la Escritura.
    Además, el orden de la razón y la autoridad de la fe, en la disposición de las palabras y en las Escrituras del Señor, nos amonestan, después de estas cosas, a creer también en el Espíritu Santo, prometido en otro tiempo a la Iglesia y dado en las ocasiones señaladas de los tiempos. Porque fue prometido por medio del profeta Joel, pero dado por Cristo. "En los últimos días» —dice el profeta— «derramaré de mi Espíritu sobre mis siervos y mis siervas".» Y dijo el Señor: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos".» Pero a este Espíritu Santo el Señor Cristo unas veces lo llama «el Paráclito», y otras veces declara que es «el Espíritu de verdad». Y no es nuevo en el Evangelio, ni siquiera recién dado; porque fue Él mismo quien acusó al pueblo en los profetas, y en los apóstoles les dio la apelación a los gentiles. Pues los primeros merecieron ser acusados, porque habían despreciado la ley; y los gentiles que creen merecen ser ayudados por la defensa del Espíritu, porque desean ardientemente alcanzar la ley del Evangelio. Ciertamente en el Espíritu hay diversas clases de oficios, porque en los tiempos hay un orden distinto de ocasiones; y, sin embargo, por esto, el que desempeña estos oficios no es distinto, ni es otro al obrar así, sino que es uno y el mismo, que distribuye sus oficios según los tiempos, las ocasiones y los impulsos de las cosas. Además, el apóstol Pablo dice: "Teniendo el mismo Espíritu; como está escrito: Creí, por lo cual hablé; también nosotros creemos, y por eso hablamos".» Por tanto, Él es uno y el mismo Espíritu que estaba en los profetas y en los apóstoles, salvo que en aquéllos era ocasional, y en éstos siempre. Pero en aquéllos no como estando siempre en ellos; en éstos, como permaneciendo siempre en ellos; y en aquéllos distribuido con reserva; en éstos, derramado todo; en aquéllos dado con parsimonia; en éstos, otorgado liberalmente; no manifestado aún antes de la resurrección del Señor, sino conferido después de la resurrección. Porque, dijo: "Yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad".» Y: "Cuando venga el Abogado, a quien yo os enviaré desde mi Padre, el Espíritu de verdad que procede de mi Padre".» Y: "Si no me voy, aquel Abogado no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré".» Y: "Cuando venga el Espíritu de verdad, os guiará a toda la verdad".» Y porque el Señor estaba a punto de partir a los cielos, dio por necesidad el Paráclito a los discípulos, a fin de no dejarlos de ningún modo huérfanos, lo cual era poco deseable, y no abandonarlos sin abogado y sin una especie de protector. Porque éste es quien fortaleció sus corazones y sus mentes, quien señaló los sacramentos del Evangelio, quien fue en ellos el iluminador de las cosas divinas; y ellos, fortalecidos, no temieron, por causa del nombre del Señor, ni calabozos ni cadenas; es más, hollaron los mismos poderes del mundo y sus tormentos, pues desde entonces fueron armados y fortalecidos por el mismo Espíritu, teniendo en sí los dones que este mismo Espíritu distribuye y apropia a la Iglesia, esposa de Cristo, como sus ornamentos. Éste es quien pone profetas en la Iglesia, instruye a los maestros, dirige las lenguas, concede poderes y curaciones, realiza obras maravillosas, a menudo el discernimiento de espíritus, otorga poderes de gobierno, sugiere consejos y ordena y dispone cualesquiera otros dones de carismas; y así hace que la Iglesia del Señor sea en todo lugar, y en todos, perfecta y consumada. Éste es quien, a la manera de una paloma, cuando nuestro Señor fue bautizado, vino y permaneció sobre Él, habitando en Cristo pleno y entero, y no mutilado en medida o porción alguna; sino que, con todo su desbordamiento, copiosamente distribuido y enviado, para que de Él pudieran otros recibir algún disfrute de sus gracias: permaneciendo en Cristo la fuente de todo el Espíritu Santo, para que de Él se derivaran corrientes de dones y obras, mientras el Espíritu Santo habitaba abundantemente en Cristo. Porque verdaderamente Isaías, profetizando esto, dijo: "Y el Espíritu de sabiduría y de entendimiento reposará sobre Él, el Espíritu de consejo y de poder, el Espíritu de conocimiento y de piedad; y el Espíritu del temor del Señor lo llenará".» Esto mismo dijo también en persona del Señor mismo, en otro lugar: "El Espíritu del Señor está sobre mí; porque me ha ungido, me ha enviado a predicar el Evangelio a los pobres".» Igualmente David: "Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros".» De Él dice el apóstol Pablo: "Pues quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él".» "Y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad".» Él es quien realiza con el agua el segundo nacimiento, como una cierta semilla de la generación divina y una consagración de un nacimiento celestial, prenda de la herencia prometida y, por así decirlo, una especie de cédula de salvación eterna; quien puede hacer de nosotros templo de Dios y disponernos para su casa; quien solicita para nosotros el oído divino con gemidos inenarrables; llenando los oficios de abogacía y manifestando los deberes de nuestra defensa: habitante dado para nuestros cuerpos y realizador de su santidad. Quien, obrando en nosotros para la eternidad, puede también producir nuestros cuerpos en la resurrección de la inmortalidad, acostumbrándolos a asociarse en Él mismo con el poder celestial y a aliarse con la eternidad divina del Espíritu Santo. Porque nuestros cuerpos son entrenados en Él y por Él para avanzar hacia la inmortalidad, aprendiendo a gobernarse con moderación según sus decretos. Pues éste es quien "desea contra la carne", porque "la carne resiste contra el Espíritu". Éste es quien reprime los deseos insaciables, controla las concupiscencias inmoderadas, apaga los fuegos ilícitos, vence los impulsos temerarios, rechaza la embriaguez, frena la avaricia, ahuyenta los banquetes lujuriosos, une el amor, liga los afectos, reprime las sectas, ordena la regla de la verdad, vence a los herejes, expulsa a los impíos, guarda el Evangelio. De éste dice el mismo apóstol: "No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios".» Con respecto a Él dice exultante: "Y pienso también que tengo el Espíritu de Dios".» De Él dice: "El espíritu de los profetas está sujeto a los profetas".» De Él declara también: "Ahora el Espíritu habla claramente: que en los últimos tiempos algunos se apartarán de la fe, dando oído a espíritus seductores y a doctrinas de demonios, que hablan mentira con hipocresía, teniendo cauterizada la conciencia".» Afianzados en este Espíritu, "nadie jamás llama anatema a Jesús"; nadie ha negado jamás que Cristo sea el Hijo de Dios, ni ha rechazado a Dios el Creador; nadie profiere palabras propias contrarias a las Escrituras; nadie establece otros decretos sacrílegos; nadie formula leyes distintas. Cualquiera que blasfeme contra Él "no tiene perdón, no sólo en este mundo, sino tampoco en el mundo venidero". Éste es quien en los apóstoles da testimonio de Cristo; en los mártires manifiesta la constante fidelidad de su religión; en las vírgenes reprime la admirable continencia de su castidad sellada; en otros guarda incorruptas e incontaminadas las leyes de la doctrina del Señor; destruye a los herejes, corrige a los perversos, condena a los infieles, desenmascara a los fingidos; además reprende a los impíos y conserva a la Iglesia incorrupta e inviolada, en la santidad de una virginidad y verdad perpetuas.
    Comentario editorial · El Espíritu Santo: un capítulo breve
    De los treinta y un capítulos, uno solo trata del Espíritu. Enumera sus obras en los profetas y los apóstoles, en los carismas, en el bautismo, en los mártires y en las vírgenes, pero, según DeSimone, Novaciano no le da expresamente el nombre de Dios. M. Simonetti concluyó que el Espíritu es para él una criatura; DeSimone disiente y lo ve como persona divina. DeSimone añade que Gregorio de Elvira, muerto después de 392, tomó mucho de esta doctrina.

    Capítulo 30

    Cap. 30

    En fin, no obstante que dichos herejes han tomado el origen de su error de la consideración de lo que está escrito: aunque llamamos Dios a Cristo y Dios al Padre, la Escritura no presenta dos Dioses, como tampoco dos Señores o dos Maestros.
    Y ahora, ciertamente, acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, baste haber dicho brevemente esto y haber asentado estos puntos de forma concisa, sin desarrollarlos en una argumentación prolongada. Pues podrían presentarse más difusamente y continuarse en una disputa más amplia, ya que todo el Antiguo y el Nuevo Testamento podrían aducirse como testimonio de que así se mantiene la fe verdadera. Pero como los herejes, luchando siempre contra la verdad, acostumbran prolongar la controversia de la pura tradición y de la fe católica, ofendiéndose contra Cristo —porque Él, además, es afirmado como Dios por las Escrituras, y así lo creemos nosotros—, debemos con razón —para que toda calumnia herética sea apartada de nuestra fe— contender acerca del hecho de que Cristo también es Dios, de manera que no milite contra la verdad de la Escritura, ni contra nuestra fe, cómo se declara que hay un solo Dios en las Escrituras y cómo lo sostenemos y creemos nosotros. Pues tanto los que dicen que el mismo Jesucristo es Dios Padre, como los que quieren que sea solamente hombre, han tomado de allí las fuentes y las razones de su error y perversidad; porque cuando advirtieron que estaba escrito que "Dios es uno", pensaron que no podían sostener tal opinión sino suponiendo que era necesario creer que Cristo era sólo hombre o ciertamente Dios Padre. Y acostumbraban encadenar sus sofismas de tal manera que intentaban justificar su propio error. Y así, los que dicen que Jesucristo es el Padre argumentan de este modo:— Si Dios es uno, y Cristo es Dios, Cristo es el Padre, puesto que Dios es uno. Si Cristo no es el Padre, porque Cristo es Dios Hijo, se presentan dos Dioses, contra las Escrituras. Y los que sostienen que Cristo es solamente hombre concluyen por otro lado así:— Si el Padre es uno y el Hijo otro, pero el Padre es Dios y Cristo es Dios, entonces no hay un solo Dios, sino que se introducen a la vez dos Dioses, el Padre y el Hijo; y si Dios es uno, por consecuencia Cristo debe ser hombre, para que con razón el Padre sea un solo Dios. Así, en efecto, el Señor está, por así decirlo, crucificado entre dos ladrones, como fue colocado en otro tiempo; y así recibe de una y otra parte los reproches sacrílegos de tales herejes. Pero ni las Santas Escrituras ni nosotros les sugerimos las razones de su perdición y ceguera, si ellos no quieren o no pueden ver lo que está evidentemente escrito en medio de los documentos divinos. Pues nosotros conocemos, leemos, creemos y sostenemos que Dios es uno, que hizo el cielo y la tierra, porque ni conocemos a otro, ni jamás conoceremos a tal otro, puesto que no hay ninguno. "Yo» —dice— «soy Dios, y no hay otro fuera de mí, justo y Salvador".» Y en otro lugar: "Yo soy el primero y el último, y fuera de mí no hay Dios que sea como yo".» Y: ¿Quién midió con su palmo los cielos y con su puño la tierra? ¿Quién suspendió los montes con peso y los collados con balanza? Y Ezequías: "Para que todos sepan que tú solo eres Dios".» Además, el Señor mismo: "¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Dios solo es bueno".» Además, el apóstol Pablo dice: "El único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver".» Y en otro lugar: "Pero el mediador no es mediador de uno solo; pero Dios es uno".» Mas así como sostenemos, leemos y creemos esto, de la misma manera no debemos pasar por alto porción alguna de las Escrituras celestiales, ya que tampoco debemos rechazar en modo alguno aquellas marcas de la divinidad de Cristo que están consignadas en las Escrituras, para que, por corromper la autoridad de las Escrituras, no se nos considere haber corrompido la integridad de nuestra santa fe. Por tanto, creamos esto, porque es fidelísimo que Jesucristo, el Hijo de Dios, es nuestro Señor y Dios; porque "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y Dios era el Verbo. Éste estaba en el principio con Dios".» Y: "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros".» Y: "Señor mío y Dios mío".» Y: "De los cuales son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos".» ¿Qué, pues, diremos? ¿Acaso la Escritura nos presenta dos Dioses? ¿Cómo, entonces, dice que "Dios es uno"? ¿O es que Cristo no es Dios también? ¿Cómo, pues, se dice a Cristo: "Señor mío y Dios mío"? A menos, por tanto, que sostengamos todo esto con la veneración conveniente y con un argumento legítimo, se pensará con razón que hemos dado escándalo a los herejes, no ciertamente por culpa de las Escrituras celestiales, que nunca engañan, sino por la presunción del error humano, por la cual ellos han elegido ser herejes. Y en primer lugar, debemos volver el ataque contra los que se encargan de hacernos la acusación de decir que hay dos Dioses. Está escrito, y no pueden negarlo, que "hay un solo Señor". ¿Qué piensan, entonces, de Cristo: que es Señor o que no es Señor en absoluto? Pero no dudan en absoluto de que es Señor; por tanto, si su razonamiento fuera verdadero, aquí ya hay dos Señores. ¿Cómo, pues, es verdad según las Escrituras que "hay un solo Señor"? Y Cristo es llamado "el único Maestro". Sin embargo, leemos que el apóstol Pablo también es maestro. Entonces, según esto, nuestro Maestro no es uno, pues de estas cosas concluimos que hay dos maestros. ¿Cómo, pues, según las Escrituras, es "uno nuestro Maestro, Cristo"? En las Escrituras uno es "llamado bueno, a saber, Dios"; pero en las mismas Escrituras también se afirma que Cristo es bueno. No hay, pues, si concluyen correctamente, uno solo bueno, sino dos buenos. ¿Cómo, entonces, según la fe de las Escrituras, se dice que hay uno solo bueno? Pero si no piensan que en modo alguno puede perjudicar a la verdad que haya un solo Señor, el que Cristo también sea Señor, ni a la verdad de que uno es nuestro Maestro, el que Pablo también sea maestro nuestro, ni a la verdad de que uno es bueno, el que Cristo también sea llamado bueno; con el mismo razonamiento entiendan que del hecho de que Dios es uno no surge obstáculo alguno para la verdad de que Cristo también es declarado Dios.
    Comentario editorial · «Crucificado entre dos ladrones»: dos herejías con el mismo texto
    Novaciano reduce a dos los errores que combate: los que dicen que Jesucristo es el Padre y los que quieren que sea solo hombre. Los dos parten de «Dios es uno». DeSimone los identifica con los patripasianos y los adopcionistas; la Catholic Encyclopedia, con los sabelianos y los ebionitas. Wikipedia presenta el modalismo y el adopcionismo como las dos formas principales del monarquianismo. Con los docetas del Cap. 10, el tratado ha tenido tres adversarios. Hipólito comparaba ya a Noeto con Teodoto, que decía que Cristo era un mero hombre (Contra Noeto, Cap. 3). Su réplica: ni «un solo Señor» impide que Cristo sea también Señor, ni «un solo Maestro» que Pablo sea maestro, ni «uno solo bueno» que Cristo sea bueno; tampoco «Dios es uno» impide que Cristo sea Dios.

    Capítulo 31

    Cap. 31

    Pero que Dios, el Hijo de Dios, nacido de Dios Padre desde la eternidad, que estuvo siempre en el Padre, es la segunda Persona respecto del Padre, que nada hace sin el decreto de su Padre; y que es Señor, y el Ángel del Gran Consejo de Dios, a quien la divinidad del Padre es dada por comunidad de sustancia.
    Así, Dios Padre, Fundador y Creador de todas las cosas, que sólo Él no conoce principio, invisible, infinito, inmortal, eterno, es un solo Dios; a cuya grandeza, majestad o poder, no diría yo que nada puede anteponerse, sino que nada puede compararse; de quien, cuando Él lo quiso, nació el Hijo, el Verbo, el cual no es recibido en el sonido del aire golpeado, ni en el tono de voz arrancado de los pulmones, sino que es reconocido en la sustancia del poder desplegado por Dios; los misterios de cuyo sagrado y divino nacimiento ni apóstol alguno ha aprendido, ni profeta ha descubierto, ni ángel ha conocido, ni criatura ha comprendido. Solos son conocidos al Hijo, que ha conocido los secretos del Padre. Éste, pues, puesto que fue engendrado del Padre, está siempre en el Padre. Y digo siempre de este modo para mostrar que no es no nacido, sino nacido. Pero Aquel que es antes de todo tiempo debe decirse que ha estado siempre en el Padre; porque no puede asignarse tiempo alguno al que es antes de todo tiempo. Y está siempre en el Padre, a no ser que el Padre no sea siempre Padre, sólo con esto: que el Padre también lo precede —en cierto sentido—, ya que es necesario —en algún grado— que Él sea antes de ser Padre. Porque es esencial que Aquel que no conoce principio vaya delante del que tiene principio; así como Él es el menor en cuanto sabe que está en Él, teniendo origen porque nace, y es de naturaleza semejante al Padre en cierto modo por su nacimiento, aunque tiene principio en cuanto nace, por cuanto nace de aquel Padre que es el único que no tiene principio. Él, pues, cuando el Padre lo quiso, procedió del Padre, y el que estaba en el Padre salió del Padre; y el que estaba en el Padre porque era del Padre, luego estuvo con el Padre, porque salió del Padre —es decir, aquella sustancia divina cuyo nombre es el Verbo, por quien todas las cosas fueron hechas, y sin quien nada fue hecho. Porque todas las cosas son después de Él, porque son por Él. Y razonablemente Él es antes de todas las cosas, pero después del Padre, ya que todas las cosas fueron hechas por Él, y Él procedió de Aquel por cuya voluntad fueron hechas todas las cosas. Ciertamente Dios que procede de Dios, haciendo una persona segunda respecto del Padre por ser Hijo, pero sin quitar al Padre la característica de que Él es un solo Dios. Porque si Él no hubiera nacido —comparado con Aquel que es no nacido, manifestándose en ambos una igualdad— haría dos no nacidos, y así haría dos Dioses. Si Él no hubiera sido engendrado —comparado con Aquel que no fue engendrado, y siendo hallado igual— al no ser ellos engendrados, habrían dado con razón dos Dioses, y así Cristo habría sido causa de dos Dioses. Si Él hubiera sido formado sin principio como el Padre, y Él mismo fuera principio de todas las cosas como lo es el Padre, esto habría hecho dos principios y, por consiguiente, nos habría mostrado también dos Dioses. O si Él tampoco fuera el Hijo, sino el Padre que engendra de sí mismo a otro Hijo, razonablemente, comparado con el Padre y designado como igual de grande, habría causado dos Padres, y así también habría probado la existencia de dos Dioses. Si Él hubiera sido invisible, comparado con el Invisible y declarado igual, habría mostrado dos Invisibles, y así también habría probado que ellos son dos Dioses. Si incomprensible, y si también cualesquiera otros atributos pertenecen al Padre, razonablemente decimos, habría dado lugar a la alegación de dos Dioses, como fingen estas gentes. Mas ahora, cualquier cosa que Él sea, no es de sí mismo, porque no es no nacido; sino que es del Padre, porque es engendrado, ya sea como Verbo, ya sea como Poder, ya sea como Sabiduría, ya sea como Luz, ya sea como Hijo; y cualquiera de estas cosas que sea, en cuanto no es de otra fuente, como ya hemos dicho antes, sino del Padre, debiendo su origen a su Padre, no podía producir discordia en la divinidad por el número de dos Dioses, pues reunió su principio al nacer de Aquel que es un solo Dios. En cuyo género, siendo a la vez unigénito y primogénito de Aquel que no tiene principio, Él es el único, de todas las cosas, Fuente y Cabeza. Y por tanto declaró que Dios es uno, en cuanto probó que Él no proviene de ninguna fuente ni principio, sino que es más bien el principio y la fuente de todas las cosas. Además, el Hijo no hace nada por su propia voluntad, ni hace cosa alguna por su propia determinación; ni viene de sí mismo, sino que obedece todos los mandatos y preceptos de su Padre; de modo que, aunque el nacimiento prueba que es Hijo, la obediencia hasta la muerte lo declara ministro de la voluntad de su Padre, de quien es. Así, haciéndose obediente a su Padre en todas las cosas, aunque también Él es Dios, muestra sin embargo por su obediencia que el Padre es el único Dios, de quien también tomó su principio. Y así no podía hacer dos Dioses, porque no hizo dos principios, pues de Aquel que no tiene principio recibió la fuente de su nacimiento antes de todo tiempo. Porque, dado que aquello que es no nacido es el principio para las demás criaturas —lo cual es solamente Dios Padre, estando más allá del principio aquel de quien es el que nace—, mientras que el que nace de Él viene razonablemente de Aquel que no tiene principio, probando que es principio aquel del cual Él mismo es, aun aunque es Dios el que nace, muestra sin embargo que es un solo Dios a quien el que nació probó no tener principio. Él, por tanto, es Dios, pero engendrado para este resultado especial: que fuera Dios. Es también el Señor, pero nacido para este propósito mismo del Padre: que fuera Señor. Es también Ángel, pero fue destinado por el Padre como Ángel para anunciar el Gran Consejo de Dios. Y su divinidad es declarada así para que no parezca por alguna disonancia o desigualdad de divinidad haber causado dos Dioses. Pues, estando todas las cosas sujetas a Él como Hijo por el Padre, mientras Él mismo, con las cosas que le están sujetas, está sujeto a su Padre, queda ciertamente probado que es Hijo de su Padre; pero se halla que es Señor y Dios de todo lo demás. De donde, mientras todas las cosas puestas debajo de Él son entregadas a Aquel que es Dios, y todas las cosas le están sujetas, el Hijo refiere al Padre todo lo que ha recibido, remite de nuevo al Padre toda la autoridad de su divinidad. El Padre verdadero y eterno es manifestado como el único Dios, de quien solamente es enviado este poder de divinidad, y también dado y dirigido sobre el Hijo, y de nuevo es devuelto por la comunión de sustancia al Padre. Dios es mostrado ciertamente como Hijo, a quien se contempla dada y extendida la divinidad. Y aún, no obstante, el Padre queda probado como único Dios; mientras, por grados en una transferencia recíproca, aquella majestad y divinidad son devueltas y reflejadas de nuevo como enviadas por el mismo Hijo al Padre, que las había dado; de modo que razonablemente Dios Padre es Dios de todas las cosas, y también la fuente de su mismo Hijo, a quien engendró como Señor. Además, el Hijo es Dios de todo lo demás, porque Dios Padre puso delante de todo a Aquel a quien engendró. Así, el Mediador de Dios y de los hombres, Cristo Jesús, teniendo el poder de toda criatura sujeto a Él por su propio Padre, en cuanto es Dios; con toda criatura sometida a Él, hallado en unidad con su Padre Dios, ha, permaneciendo en aquella condición de que además "fue oído", probado brevemente que Dios su Padre es el único y verdadero Dios.
    Comentario editorial · «La comunión de sustancia»: cómo queda un solo Dios
    El argumento del capítulo es este: si el Hijo fuera, como el Padre, no nacido, invisible o principio de todo, habría dos dioses; como nace del Padre, la divinidad que éste le da vuelve a él «por la comunión de sustancia» (en latín, per substantiae communionem), y el Padre sigue siendo el único Dios. El Hijo es «Dios que procede de Dios», segunda persona después del Padre. Los lectores difieren. La Catholic Encyclopedia ve mucho de incorrecto y mucho que parece querer expresar la consustancialidad; DeSimone, que Novaciano separa la generación del Hijo de la creación y la pone antes de todo tiempo, un avance sobre Tertuliano e Hipólito. Véanse la generación eterna, el homoousios y el credo niceno-constantinopolitano.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Novaciano no rechaza la unidad de Dios: parte de ella. Su respuesta tiene tres piezas. La primera, que el «Dios es uno» de la Escritura (Cap. 30) no autoriza a decir que Cristo es el Padre ni que es solo un hombre: los dos errores salen del mismo texto. La segunda, que el Hijo es «segunda persona después del Padre» sin ser otro dios, porque nace del único que no tiene principio (Cap. 26 y 31). La tercera, que en Cristo hay dos sustancias, la divina y la humana, unidas «en una concordia» (Cap. 13, 21, 23 y 24; DeSimone). Los textos a que apela el bando modalista —, — son los mismos que en Hipólito y en los unicitarios; Novaciano los lee atendiendo al género gramatical (Cap. 27) y a lo que Felipe pedía (Cap. 28).
    Jerónimo lo cuenta entre las obras de Novaciano y dice que es una especie de epítome de la de Tertuliano, que muchos atribuían por error a Cipriano (De viris illustribus, 70). Según Goodspeed, citado por DeSimone, los antiguos no podían dejar de copiar sus escritos, pero tampoco atribuirlos al cismático romano. Entre los modernos, Harnack lo comparó, por su plenitud y por la cantidad de pruebas bíblicas, con Sobre los principios de Orígenes; Newman dijo, según la Catholic Encyclopedia, que se acerca más a la precisión doctrinal que cualquier escritor anterior de Oriente u Occidente; y Jurgens, también citado por DeSimone, que en teología trinitaria iba cien años por delante de sus contemporáneos. Papandrea titula su estudio de 2011 Novatian of Rome and the Culmination of Pre-Nicene Orthodoxy. Otros leen lo contrario: Wikipedia dice que su doctrina trinitaria difiere mucho del credo niceno, y la Catholic Encyclopedia ve en ella mucho de incorrecto, aunque también mucho que parece querer expresar la consustancialidad del Hijo. El debate sigue abierto.
    Lo que el tratado no trae es el cisma. Cuando en 251 se eligió a Cornelio y Novaciano se hizo consagrar rival, la querella no versó sobre la fe trinitaria sino sobre la readmisión de los caídos y sobre quién era el obispo legítimo; la Catholic Encyclopedia observa que las primeras cartas de Cipriano sobre Novaciano no hablan de herejía, sino de quién ocupaba legítimamente la sede de Pedro. Los novacianos se llamaron a sí mismos kataroí, «puros», y sus comunidades duraron siglos: según DeSimone, hasta el siglo V en Occidente y hasta el VIII en Oriente, aunque en otro lugar de su introducción dice que las últimas sobrevivieron hasta fines del VII.
    Límites. Esta edición no fecha el tratado por su cuenta ni examina que sea de Novaciano; ambas cosas se toman de las fuentes que se citan, y cuando difieren se dice cuál afirma qué. El latín solo se ha consultado en la Wikisource latina, para los términos que se citan. La traducción es automática y pasa por el inglés. Además de las cinco referencias bíblicas con numeración errónea (Cap. 3, 6 y 9) y de los dos pasajes que llevan nota visible (Cap. 27 y la última frase del Cap. 31), las comillas del Cap. 29 llegan desparejadas, con comillas rectas y angulares mezcladas. Todo se conserva tal como llega. Ninguna persona ha revisado la traducción frase a frase.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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