Qué se va a leer
Mateo 9:35-38 es el gozne de la primera mitad del evangelio: un versículo que resume lo que Jesús hizo (enseñar, proclamar, sanar), una mirada que dice por qué lo hizo (se le conmovieron las entrañas ante un pueblo sin pastor) y una orden que convierte esa compasión en misión (rogad al Señor de la mies). Este artículo abre la línea temática «Cristo nuestro Sanador»: antes de preguntar qué significa que Cristo sane hoy, pregunta qué dice el texto, qué vieron en él veinte siglos de lectores y con qué reglas lo leyeron.
El versículo 35 no cuenta nada nuevo. Es un sumario: una frase que condensa un tramo entero del ministerio sin narrar ningún episodio. Y es, casi palabra por palabra, el mismo sumario que el lector ya leyó en . Entre los dos versículos Mateo ha puesto el Sermón del monte (capítulos 5–7), que muestra a Jesús enseñando, y el ciclo de diez milagros (capítulos 8–9), que lo muestra sanando. La repetición cierra el bloque: es una inclusión. Lo que en 4:23 era anuncio, en 9:35 es balance.
Pero el pasaje no termina en el 35. Los versículos 36–38 cambian de registro: de lo que Jesús hace a lo que Jesús ve, y de lo que ve a lo que manda. La compasión ante las multitudes desemboca en el dicho de la mies, y el dicho de la mies desemboca, sin solución de continuidad, en : Jesús llama a los Doce y les da autoridad «para sanar toda enfermedad y toda dolencia», la misma fórmula del versículo 35. El sumario, por tanto, mira a la vez hacia atrás y hacia delante: cierra el retrato del Mesías en palabra y obra y abre el discurso de misión en que ese ministerio se delega.
El versículo inmediatamente anterior pesa sobre todo el pasaje. En la multitud se maravilla («nunca se vio cosa igual en Israel») y los fariseos responden: «por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios». El sumario del 35 es la respuesta narrativa de Mateo a esa acusación: Jesús no replica, sigue recorriendo las aldeas. Varios lectores antiguos construirán su exégesis sobre esa secuencia.
Para la línea temática que aquí se abre, el versículo 35 es el que importa: tres participios de presente (enseñando, proclamando, sanando) que describen un solo ministerio. La pregunta que atraviesa el artículo es qué relación hay entre los tres, y qué hizo cada época con el tercero.
El griego de Nestle-Aland 27 no presenta dificultades sintácticas, pero sí varias decisiones léxicas y dos variantes que cambian el sentido.
| Griego | Análisis | Lo que aporta |
|---|---|---|
| περιῆγεν (periḗgen) | imperfecto de περιάγω, «recorrer» | Acción continuada y habitual, no un viaje. El mismo verbo y tiempo en 4:23 y en . |
| διδάσκων, κηρύσσων, θεραπεύων | tres participios de presente | Simultáneos al imperfecto: describen el modo del recorrido, no tres etapas. |
| τὸ εὐαγγέλιον τῆς βασιλείας | «el evangelio del reino» | Fórmula propia de Mateo (4:23; 9:35; 24:14): el contenido de la proclamación es el reino. |
| θεραπεύων (therapeúōn) | «curando» | Mateo prefiere θεραπεύω a ἰάομαι; el verbo significa en origen «servir, atender» y de ahí «tratar, curar». |
| πᾶσαν νόσον καὶ πᾶσαν μαλακίαν | «toda dolencia y todo achaque» | Dos nombres y dos «toda»: énfasis en la totalidad. νόσος es la enfermedad grave; μαλακία (lit. «blandura») la debilidad o el achaque; la pareja solo aparece en 4:23, 9:35 y 10:1. |
| ἐσπλαγχνίσθη (esplanchnísthē) | aoristo de σπλαγχνίζομαι | «Se le conmovieron las entrañas» (σπλάγχνα). Doce veces en el NT, siempre de Jesús o de figuras de sus parábolas. |
| ἐσκυλμένοι καὶ ἐρριμμένοι | participios de perfecto pasivo | σκύλλω es «desollar» y, por extensión, «maltratar, acosar»; ῥίπτω, «arrojar»: tirados por el suelo. El perfecto describe un estado que dura. |
| ὡσεὶ πρόβατα μὴ ἔχοντα ποιμένα | «como ovejas que no tienen pastor» | Fórmula del Antiguo Testamento (véase §3). |
| ὁ θερισμὸς πολύς, οἱ ἐργάται ὀλίγοι | «la mies, mucha; los obreros, pocos» | Sin verbo: sentencia proverbial. |
| δεήθητε… ὅπως ἐκβάλῃ ἐργάτας | imperativo aoristo + ἐκβάλλω | ἐκβάλλω es «echar fuera, expulsar»; es el verbo de los exorcismos de 9:33-34. Lo que los fariseos atribuyen a Beelzebul (expulsar demonios), Jesús lo pide al Señor de la mies (que expulse obreros al campo). |
Dos variantes. La primera está en el 35: muchos manuscritos tardíos añaden al final «en el pueblo» (ἐν τῷ λαῷ), que la versión King James tradujo («among the people»). Jamieson, Fausset y Brown ya advertían en 1871 que esas palabras son «de autoridad más que dudosa» y proceden de 4:23; NA27 las omite y ninguna versión castellana reciente las trae. La segunda está en el 36 y sí importa: el texto bizantino lee ἐκλελυμένοι, «desfallecidos» (de ahí «fainted» en la King James y la lectura espiritualizante de Wesley, véase §6), mientras los manuscritos más antiguos leen ἐσκυλμένοι, «maltratados, acosados». La diferencia no es de matiz: una describe un cansancio; la otra, una violencia sufrida.
Qué pesa en el léxico. A. T. Robertson, que leía el griego del Nuevo Testamento a la luz de los papiros, señala que σκύλλω aparece en ellos con el sentido de «saquear, importunar, vejar», y recoge la glosa de W. C. Allen: aplicado a la gente común, el verbo describe su condición religiosa, «acosados, importunados, desconcertados por quienes debían haberles enseñado; impedidos de entrar en el reino de los cielos (), cargados con los fardos que los fariseos les ponían encima ()». ἐρριμμένοι, añade Allen, «designa hombres derribados y postrados en tierra, por embriaguez o por heridas mortales». La Biblia Textual traduce «esquilmadas y dispersadas», y su propia nota confiesa el porqué: la semejanza fonética entre esquilmar y ἐσκυλμένοι. Es un hallazgo feliz, pero conviene saber que el griego no habla de esquileo sino de desollamiento.
Del verbo sanar conviene retener dos cosas que importarán al final. Primera: θεραπεύω es el verbo ordinario de las curaciones en Mateo, y la expresión completa de 9:35 («toda dolencia y todo achaque») reaparece literalmente en 10:1 aplicada a los Doce. Segunda: el ciclo de milagros que el versículo 35 cierra fue interpretado por el propio Mateo en con una cita de : «él tomó (ἔλαβεν) nuestras debilidades y cargó (ἐβάστασεν) las enfermedades». Mateo aplica el canto del Siervo a las curaciones de Cafarnaún, en Galilea y antes de la cruz. Sobre ese versículo descansa toda la lectura de Simpson (§7).
Las sinagogas «de ellos». Jesús enseña «en las sinagogas de ellos» (αὐτῶν). El posesivo, repetido en 4:23, 10:17, 12:9 y 13:54, señala una distancia entre la comunidad para la que Mateo escribe y la sinagoga; es uno de los indicios de que el evangelio se compuso cuando ambas ya se habían separado. La escena, en cambio, es anterior a esa ruptura: un maestro itinerante que usa la reunión sabática como foro, como hará Pablo en Hechos.
El pastor ausente. «Como ovejas que no tienen pastor» no es una imagen libre: es una fórmula de la Escritura de Israel con una historia precisa. En Moisés, a punto de morir, pide a Dios un sucesor «para que la congregación del Señor no sea como ovejas sin pastor»; el sucesor es Josué, cuyo nombre griego es Iēsoûs. En el profeta Micaías ve «a todo Israel esparcido por los montes como ovejas sin pastor» antes de la muerte del rey Acab. En el rebaño se dispersa «por falta de pastor» y los pastores de Israel se apacientan a sí mismos; y en el pueblo «vaga como ovejas, humillado, porque no tiene pastor». Quien oía la frase en el siglo I oía una acusación contra los que gobernaban al pueblo y una promesa: Dios mismo vendría a pastorear (). Mateo pone esa frase en el momento en que Jesús acaba de ser acusado por los fariseos.
La mies. La imagen de la siega tiene en la Biblia dos usos: la cosecha como juicio final (en el mismo Mateo, : «la siega es el fin del siglo») y la cosecha como recolección de un pueblo. Aquí es claramente la segunda, y tiene su paralelo más cercano en , donde Jesús dice a los discípulos que han entrado en el trabajo de otros. Crisóstomo unirá ambos textos (§4).
Leer en paralelo. El método de Gordon Fee y Douglas Stuart para los evangelios pide «pensar horizontalmente» (ver qué hacen los otros evangelistas con el mismo material) y «pensar verticalmente» (distinguir el contexto de Jesús y el del evangelista). Horizontalmente: el sumario tiene su paralelo en ; la compasión por las ovejas sin pastor está en , donde desemboca en la enseñanza y en la multiplicación de los panes; y el dicho de la mies está en , al enviar a los setenta y dos. Mateo ha reunido tres piezas que en Marcos y Lucas están separadas, y las ha colocado como pórtico del envío de los Doce. Verticalmente: en boca de Jesús, el dicho de la mies habla de Galilea; en el libro de Mateo, escrito para una comunidad que seguía enviando misioneros, habla también de ella. Las dos lecturas no compiten; la segunda explica por qué el evangelista conservó el dicho donde lo conservó.
Los Padres no comentaron 9:35-38 como pasaje sobre la sanidad. Lo leyeron como pasaje sobre la misión y sobre el modo de Jesús, y es precisamente por eso por lo que su lectura del verbo «sanar» es valiosa: no estaba condicionada por nuestra pregunta.
La frase más citada del pasaje en los tres primeros siglos es la de la mies, y se cita para una cosa concreta: pedir maestros. Clemente de Alejandría, hacia el año 200, la usa al abrir los Stromata para justificar que escriba:
Si la cosecha es abundante pero los obreros pocos, verdaderamente conviene pedir que haya para nosotros provisión de cuantos más obreros sea posible. La agricultura es doble: una sin escritura y otra con escritura. De cualquier modo que el obrero del Señor siembre el trigo noble, haga crecer las espigas y las coseche, se mostrará verdaderamente como agricultor divino.
Orígenes, medio siglo después, lo lee como profecía cumplida. Celso se había burlado de los apóstoles, «diez u once personas de notoria fama, los más malvados de los publicanos y los marineros». Orígenes responde que el éxito de hombres así solo se explica por un poder divino, y cita el dicho como prueba de que Jesús lo había previsto:
Y aunque antes he mencionado una declaración evangélica pronunciada por el Salvador, no dejaré, sin embargo, de citarla de nuevo, por ser apropiada a la ocasión presente, pues confirma tanto la manifestación divina de la presciencia de nuestro Salvador respecto a la predicación de su Evangelio, como el poder de su palabra, que sin el auxilio de maestros se adueña de los que prestan su asentimiento a la persuasión acompañada de poder divino; y las palabras de Jesús a que me refiero son: La mies es mucha, pero los obreros pocos; rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.
El versículo 35, en cambio, casi no se cita antes de Nicea. El índice de citas neotestamentarias en los Padres antenicenos solo lo recoge en la carta pseudoignaciana a los Filipenses (recensión larga, siglo IV), que pregunta cómo pudo ser un simple mago quien «hecho carne, curó toda enfermedad y dolencia». Es ya un uso apologético: la curación universal como prueba de que el que cura es el Creador.
El primer comentario seguido a Mateo que conservamos en latín es el de Hilario de Poitiers (c. 353–355), y su regla de lectura está enunciada al comienzo del capítulo que trata nuestro pasaje. La traducimos del latín de la Patrología:
Conviene examinar la fuerza de las palabras no menos que la de los hechos, porque, como dijimos, en lo dicho y en lo hecho hay el mismo peso de significación. El Señor se compadece de las multitudes maltratadas y postradas, como de un rebaño disperso sin pastor; y dice que la mies es mucha y pocos los obreros, y que hay que rogar al Señor de la mies que eche obreros a su mies. […] Estas cosas, aunque sucedieron entonces, hay que mirar qué significan para el futuro.
Hilario se hace una pregunta que un lector literal podría pasar por alto: ¿por qué «maltratadas y postradas», si nadie había atacado a aquellas gentes? Y responde con una lectura figurada que es, en realidad, teología de la historia de la salvación:
Ningún agresor había irrumpido entre las multitudes, ni yacían abatidas por algún accidente o sacudida: ¿cómo, entonces, se compadece de ellas por postradas y maltratadas? El Señor se compadece del pueblo maltratado por la violencia dominante del espíritu inmundo y enfermo bajo el peso de la Ley, porque todavía no tenía pastor que le devolviera la custodia del Espíritu Santo. Y el fruto de ese don era abundantísimo, pero nadie lo había segado aún; porque su abundancia supera a la multitud de los que beben de él: por mucho que todos tomen, siempre sobra para dar. Y como conviene que sean muchos los que lo administren, manda rogar al Señor de la mies que eche más obreros a su mies.
La mies, para Hilario, no es la gente: es el don del Espíritu Santo, preparado y aún no recogido; los obreros son los que lo administrarán, y la autoridad de 10:1 sobre espíritus y enfermedades es el anticipo de ese don. Es una lectura tipológica en sentido estricto: el hecho de Galilea «significa para el futuro» lo que ocurrirá en Pentecostés. Y de paso Hilario explica la enfermedad del pueblo con dos causas, el espíritu inmundo y «el peso de la Ley»: el sanar de Jesús es, en esta lectura, liberación de ambas.
Jerónimo dictó su Comentario a Mateo en Belén, en marzo de 398, en dos semanas, y lo dice él mismo. Sobre nuestro pasaje es breve y concreto. Tomamos su texto de la traducción inglesa de la Catena aurea (Newman, 1841), que es de dominio público; la traducción moderna de Thomas Scheck (2008) coincide en lo sustancial:
Observa con qué igualdad predica el evangelio en aldeas, ciudades y poblados, es decir, a grandes y a pequeños, sin mirar el poder de los nobles sino la salvación de los que creen. […] Primero predicó y enseñó, y después pasó a curar las enfermedades, para que las obras convencieran a quienes no creían las palabras. […] La gran mies designa la multitud de los pueblos; los pocos obreros, la falta de maestros.
Dos cosas. La primera es un principio sobre la relación entre enseñar y sanar: las obras son la confirmación de la palabra, y Jerónimo lee el orden de los participios (enseñar, proclamar, sanar) como un orden real. La segunda está en su comentario al 36, que Scheck traduce así: el maltrato del rebaño, «sea de ovejas o de multitudes, es culpa de los pastores y pecado de los maestros». Jerónimo lee la compasión como acusación, igual que Ezequiel, y los obreros que faltan son maestros, no sanadores. Para la mies cita el Salmo 126 («los que siembran con lágrimas, con júbilo segarán»), y Scheck señala que la lectura procede de un fragmento de Orígenes sobre Mateo que se perdió.
Juan Crisóstomo predicó las noventa homilías sobre Mateo en Antioquía hacia 390. Su regla es la de la escuela antioquena: seguir la akolouthía, el encadenamiento del relato, y preguntar por el skopós, la intención del evangelista. Por eso lo primero que ve en 9:35 es la respuesta a 9:34. Traducimos de la edición inglesa de Oxford (NPNF, 1.ª serie, vol. 10):
Lejos de castigarlos por su insensibilidad, ni siquiera los reprendió; mostró a la vez su mansedumbre y refutó así la calumnia, y quiso además, con las señales que siguieron, dar su prueba más completa, para aducir después también la refutación con palabras. […] Para enseñarnos que había emprendido esto por pura bondad, lejos de esperar a que los enfermos vinieran a él, él mismo se apresuraba hacia ellos, llevándoles dos de los mayores bienes: uno, el evangelio del reino; otro, la curación perfecta de todas sus enfermedades. Y no pasó por alto ninguna ciudad ni dejó atrás ninguna aldea, sino que visitó todo lugar.
Nótese que Crisóstomo cuenta dos bienes, no tres: la enseñanza y la proclamación son para él una sola cosa, y la curación es la otra. La curación no es aquí ilustración de la palabra, como en Jerónimo, sino un bien por sí misma, «perfecta». Pero al pasar al envío de los Doce introduce una jerarquía:
Para esto hace los ejercicios más severos que los combates reales, en lo que toca a su propia virtud, a fin de que afronten más fácilmente las luchas que vendrán; como a polluelos tiernos a los que por fin saca a volar. Y por ahora los hace médicos de cuerpos, reservándoles para después la cura del alma, que es lo principal. […] Esta es su acusación contra los jefes de los judíos: que siendo pastores hacían de lobos. […] Si los envió a segar, claramente no era a segar lo ajeno, sino lo que él mismo había sembrado por los profetas.
Tres observaciones de método. Primera: Crisóstomo lee el «Señor de la mies» con la regla de fe: si los apóstoles siegan lo que él sembró por los profetas, el Dios de los profetas y el Señor de los apóstoles son el mismo; el versículo se vuelve, de paso, antimarcionita. Segunda: la pregunta «¿añadió obreros?» (no: los hizo muchos dándoles poder) es típica de su atención a la letra, que no tolera que el texto diga una cosa y la historia otra. Tercera: la curación de los cuerpos es real y es un bien, pero es primero, y lo principal viene después. Esa jerarquía, formulada en Antioquía, reaparecerá en todas las épocas.
Agustín, en el De consensu evangelistarum (II, 29), no comenta nuestro pasaje pero fija una regla que afecta a su lectura en paralelo: cuando dos relatos se parecen y no se pueden armonizar, hay que suponer que son hechos semejantes, no el mismo hecho. La compasión de 9:36 y la de Marcos 6:34 pueden ser así dos momentos, y los Padres no sintieron la necesidad de fundirlos.
Lo que los Padres tienen en común sobre el verbo «sanar» lo dirá, ya en el siglo IX, Remigio de Auxerre en una frase que la Catena conserva: «debe saberse que a los que sanó exteriormente en el cuerpo, los sanó también interiormente en el alma». No es una espiritualización que niegue la curación corporal: es la afirmación de que la curación corporal era verdadera y además significaba. Esa es la convicción que el compendio Leer la Biblia con la Iglesia antigua describe como «lo visible contiene lo invisible».
La Edad Media latina no leyó Mateo 9 de nuevo: lo leyó con los Padres, y la Catena aurea de Tomás de Aquino (c. 1263) es el documento de ese modo de leer. Sobre nuestros versículos Tomás encadena a Crisóstomo, Jerónimo, Remigio, Hilario y la Glosa, sin añadir una palabra propia. Los medievales aportan, con todo, tres cosas.
La distinción léxica. La Glosa ordinaria, que Tomás cita «según Anselmo» (Anselmo de Laón, † 1117), distingue los dos nombres de la enfermedad del versículo 35: «por languor pueden entenderse las dolencias antiguas; por infirmitas, cualquier mal menor». Es un intento de dar cuenta del griego a través del latín de la Vulgata, y acierta en lo esencial: νόσος y μαλακία no son sinónimos de relleno.
El sentido alegórico y el moral, por capas. Remigio lee en la compasión «la disposición del buen pastor y no la del asalariado» (Juan 10). La Glosa lee la mies como «los hombres que pueden ser segados por los predicadores y separados del número de los condenados, como el grano se separa de la paja para guardarlo en los graneros»: el sentido anagógico, el del fin, colándose en la imagen de la siega. Y Rabano Mauro, pocos versículos antes, ve en el mudo endemoniado de 9:32 «a todo el género humano». Son los cuatro sentidos operando a la vez sobre un pasaje narrativo, tal como los describe el compendio Leer la Biblia en la Edad Media: la letra como fundamento, y sobre ella lo que hay que creer, lo que hay que hacer y lo que hay que esperar.
La herencia tardía: Cornelio a Lapide. El jesuita flamenco Cornelio a Lapide (1567–1637) es el último gran exegeta de ese modo de leer, ya después de Trento, y su comentario a Mateo muestra adónde llegó. Primero filología: castella, la palabra de la Vulgata para «aldeas», «designa pequeñas poblaciones amuralladas, y su sentido se extendió a las aldeas sin muros, que los griegos llaman κώμας». Luego moral directa: «Cristo visitó no solo a los habitantes de las ciudades y a los honrados, sino a los pobres y rústicos de las aldeas, y los enseñó y curó. Imiten los sacerdotes y religiosos este ejemplo de Cristo». Luego el hebreo detrás del griego: ἐσπλαγχνίσθη «es, en su uso, la misma palabra que el hebreo rejem, "entrañas", y por tanto misericordia». Y sobre los pastores ausentes una frase que Calvino, cincuenta años antes, habría firmado: los escribas y sacerdotes «no eran pastores, sino esquiladores de las ovejas, que solo cuidaban de la leche y del vellón». Lapide reúne a Crisóstomo (los escribas eran lobos), a Agustín (los apóstoles segaron entre los judíos y sembraron entre los gentiles) y a Remigio (el número de obreros creció con los setenta y dos), y no cita a ninguno con localizador: la Catena le bastaba.
Calvino publicó la Armonía de los evangelios en 1555. Su pregunta ante el versículo 35 no es qué significa, sino para qué lo escribió Mateo, y la respuesta es una observación sobre el género literario que los modernos recogerán:
Esta afirmación se hace para anticipar una objeción, y pretende informarnos de que no se describe minuciosamente todo el ministerio de Cristo, pues estaba constantemente ocupado en el ejercicio de su oficio, es decir, en proclamar la doctrina de la salvación y en confirmarla con la adición de milagros.
Obsérvese la fórmula: la doctrina, y los milagros que la confirman. Es una versión mas rígida de Jerónimo: la curación ha pasado de ser uno de los dos bienes de Crisóstomo a ser la confirmación de la doctrina. Sobre la compasión, Calvino hace una distinción que importa a nuestra línea temática más que ninguna otra frase de esta sección:
Su conmoverse de compasión prueba que es el siervo fiel del Padre en procurar la salvación de su pueblo, por cuyo bien se había revestido de nuestra carne. Ahora que ha sido recibido en el cielo, no conserva los mismos afectos a los que quiso estar sujeto en esta vida mortal; pero no ha abandonado el cuidado de su Iglesia, sino que vela por sus ovejas descarriadas, o más bien reúne su rebaño, al que los lobos habían perseguido y desgarrado cruelmente.
Calvino distingue entre el Cristo de la carne mortal, sujeto a afectos, y el Cristo glorificado, que cuida sin padecer. La distinción es cristológica, no exegética, pero gobierna la exégesis: lo que Jesús hizo en Galilea «revestido de nuestra carne» no se traslada sin más al presente. Quien diga «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos» para fundar la continuidad de las curaciones tendrá que responder a esta página. El resto del comentario es polémica: los sacerdotes de Israel y los del papado «devoran el rebaño» bajo el nombre de pastores; «donde no hay obreros no hay pastores», porque la doctrina es lo que hace al pastor; y el remedio para la escasez de ministros es la oración, «nunca más necesaria que en la espantosa desolación de la Iglesia que ahora vemos por todas partes». La regla que opera es la de sola Scriptura tal como la describe el compendio Leer la Biblia en la Reforma: el texto juzga a la institución, no al revés.
Matthew Henry (1710) hace, antes que ningún crítico moderno, la observación literaria que abría este artículo: el versículo 35 «es el mismo que tuvimos antes, en 4:23», y aquí se repite «elegantemente» al cierre de estos ejemplos «como el quod erat demonstrandum, lo que había que probar; como si el evangelista dijera: ahora espero haber mostrado, por inducción de casos particulares, que Cristo predicó y sanó». Henry ve la inclusión y ve su función argumentativa. Pero al llegar a la compasión del 36 hace algo que los Padres no habían hecho: la aparta de los cuerpos. Jesús se compadeció «no por razón temporal, como se compadece de ciegos, cojos y enfermos, sino por razón espiritual: le dolía verlos ignorantes y descuidados, a punto de perecer por falta de visión». Y añade la máxima: «la compasión más cristiana es la compasión por las almas». Wesley (1755) sigue la misma línea y la apoya en la lectura bizantina del texto: «desfallecían: en el alma más que en el cuerpo». En ambos la curación corporal del 35 es real pero ha dejado de ser el centro; el centro es la condición espiritual del pueblo sin pastor, y Henry la describe con la precisión de quien conocía a los fariseos de su tiempo: los escribas «los llenaban de nociones vanas, los cargaban con las tradiciones de los ancianos» y eran «peores que ninguno; pastores ociosos que los extraviaban en vez de conducirlos de vuelta, y esquilaban el rebaño en vez de apacentarlo».
Wesley deja además una nota sobre el verbo del 38 que la filología confirmará: «que arroje fuera (thrust forth), porque es un empleo no grato a la carne y a la sangre». ἐκβάλλω no es «enviar» cortésmente.
El comentario de Jamieson, Fausset y Brown (1871) pertenece a la misma tradición y ya mira hacia el método moderno: señala las dos variantes textuales que vimos en §2, relaciona el sumario con («anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo»), y describe la condición de las multitudes en dos planos a la vez: «su lamentable estado, agotados por la fatiga corporal, una masa vasta y desorganizada», que es «apenas un pálido retrato de su miseria como víctimas de la guía farisaica». El cuerpo y el alma vuelven a estar juntos, como en Remigio.
La exégesis del siglo XX aportó al pasaje tres cosas, todas verificables. La crítica textual resolvió las dos variantes a favor del texto más antiguo (ἐσκυλμένοι, sin «en el pueblo»), y con ello devolvió al versículo 36 su dureza. La gramática describió con exactitud lo que la Glosa intuía: Robertson llama a ἦσαν ἐσκυλμένοι καὶ ἐρριμμένοι «pluscuamperfecto perifrástico pasivo», un estado resultante de una acción pasada, y lee los papiros para saber qué significaba σκύλλω en el griego hablado. La crítica literaria y de la redacción explicó la inclusión que Henry había visto y la composición que Fee y Stuart enseñan a mirar: Mateo construye 9:35-38 con un sumario marcano, una frase marcana y un dicho de la fuente común con Lucas, y los pone como pórtico del discurso de misión. Nada de esto contradice a los Padres; precisa aquello que ellos leían con otras herramientas. El compendio Leer la Biblia con la crítica histórica explica el camino que llevó hasta aquí.
El siglo XIX leyó el sumario desde dos mesas distintas. En la del comentario, Jamieson, Fausset y Brown (1871) lo unen a («anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo») y describen a las multitudes «agotadas por la fatiga corporal» y a la vez «víctimas de la guía farisaica»; Allen (1907), citado por Robertson, lee la «condición religiosa» del pueblo en los dos participios. En la otra mesa, la de los movimientos de santidad y sanidad que nacen del metodismo, el mismo versículo se lee como retrato permanente de Cristo. Albert Benjamin Simpson (1843–1919), pastor presbiteriano en Nueva York y fundador de la Alianza Cristiana y Misionera, lo cita en la forma de 4:23 como «el testimonio de la vida» de Jesús sobre la curación del cuerpo:
«Recorría sus ciudades sanando toda enfermedad y dolencia en el pueblo». Sanó a todos los que necesitaban sanidad, «para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: él mismo tomó nuestras debilidades y llevó nuestras enfermedades». Ahora bien, cuando recordamos que esto no fue un incidente ocasional sino una parte principal de su ministerio; que comenzó su obra con ello y lo continuó hasta el final de su vida; […] y que nos ha asegurado claramente que sigue siendo «el mismo ayer, hoy y por los siglos», tenemos sin duda un gran principio sobre el que apoyar nuestra fe.
El razonamiento tiene tres pasos: el sumario como patrón, Mateo 8:17 como enlace con la redención y Hebreos 13:8 como puente al presente. En El evangelio cuádruple (1890) Simpson pone esa lectura entre los «cuatro grandes pilares» del evangelio (Cristo Salvador, Santificador, Sanador y Rey que viene), con más matices de los que su recepción sugiere: la sanidad «no es medicina», pero «nadie debe abandonar temerariamente estas ayudas humanas hasta haber conseguido una mejor»; «no es la fe la que sana: Dios sana, la fe recibe»; y «no es desafío a la voluntad de Dios». Detrás había una biografía que él mismo contó: veinte años de enfermedad cardíaca, un verano de 1881 en Old Orchard Beach en que «tomó al Señor Jesús como su vida física», y después una obra en Nueva York de la que escribe que «durante varios años no se dijo una sola palabra sobre la curación del cuerpo en esas reuniones, siendo nuestro objetivo supremo llevar a los hombres a Cristo». La lectura de Simpson pertenece, pues, a la misma época que la de Allen y la de los críticos: es la respuesta de una corriente evangélica a la pregunta de si el retrato de Mateo describe o prescribe. Que el sumario, por sí solo, no decide esa pregunta es lo que la síntesis recoge.
Tres cosas quedan establecidas para el tema. Que en Mateo el sanar es uno de los tres modos de un solo ministerio, inseparable de la enseñanza y de la proclamación del reino; que su motivo es la compasión del pastor ante un pueblo maltratado, no la demostración de poder; y que el mismo ministerio, con la misma fórmula («toda dolencia y todo achaque»), se delega en los Doce. Queda abierta la pregunta que cada época respondió a su modo: si el patrón describe lo que Jesús hizo o prescribe lo que la Iglesia debe esperar.
Lo que todas las capas sostienen:
- Un solo ministerio en tres participios. Enseñar, proclamar y sanar no son tres programas sino el modo de un mismo recorrer. Ninguna época ha separado el tercero de los dos primeros; lo que cambia es la jerarquía interna.
- La compasión es el motivo, y es acusación. Σπλαγχνίζομαι y «ovejas sin pastor» ponen la curación bajo el signo de Ezequiel 34: Dios viene a pastorear porque los pastores han fallado. Hilario, Jerónimo, Crisóstomo, Calvino, Henry y Lapide coinciden en leer el 36 contra los dirigentes de Israel.
- La mies es del Señor y se pide antes de salir. El imperativo es orar, no reclutar; y el Señor de la mies, por la regla de fe de Crisóstomo, es el mismo que sembró por los profetas.
- La curación corporal fue real y significó algo. Remigio lo dijo para todos: sanó por fuera y sanó por dentro.
Lo que es lectura de una época:
- La mies como don del Espíritu (Hilario) es tipología del siglo IV, hermosa y no demostrable desde el texto.
- La compasión «por razón espiritual» (Henry, Wesley) depende en parte de una variante textual inferior.
- La sanidad como pilar del evangelio y «señal de la época» (el movimiento de sanidad del XIX, Simpson entre otros) es teología construida sobre el sumario leído como patrón, 8:17 leído desde el Calvario y Hebreos 13:8 como puente.
Lo que sigue abierto es la pregunta de la línea temática: si el patrón de 9:35 (y su delegación en 10:1) describe el ministerio de Jesús y de los Doce o prescribe el de la Iglesia. El texto, por sí solo, describe. Que además prescriba es lo que afirmó el movimiento de sanidad del siglo XIX, lo que Calvino matizó al distinguir el Cristo mortal del glorificado y lo que Crisóstomo ordenó al poner la cura del alma como «lo principal».
Principios hermenéuticos que este pasaje ha puesto a prueba: la inclusión como clave de estructura (Henry antes que la crítica); «las palabras significan tanto como los hechos» (Hilario); seguir la secuencia y la intención del evangelista (Crisóstomo); leer en paralelo sin fundir (Agustín, Fee–Stuart); dejar que una variante textual corrija una tradición de lectura (Wesley frente a NA27); y no leer un versículo de cumplimiento (8:17) fuera del lugar donde el evangelista lo puso.
Siguiente pasaje de la línea: , el versículo sobre el que Simpson construye y que Mateo pone en el centro de este ciclo.
Texto. Griego de NA27 con análisis morfológico (módulo interlineal iNA27); versiones BTX4, RV60, LBLA, NVI, DHH, NTV, TLA y KJV; Diccionario Strong ampliado (Str-ES) para νόσος, μαλακία, σκύλλω, ῥίπτω, σπλαγχνίζομαι, θερισμός y ἐκβάλλω; notas de la Biblia Textual; referencias cruzadas de OpenBible. Las variantes se describen según Jamieson–Fausset–Brown y NA27; no se ha consultado un aparato crítico completo.
Padres. Clemente, Stromata I, 7, 1 y Orígenes, Contra Celso I, 62: copiados literalmente de las ediciones publicadas en Eusebeia. Hilario, In Matthaeum 10, 1–2: traducido del latín de PL 9, 966–967. Jerónimo, In Matthaeum I (ad 9, 35-38): traducido del inglés de la Catena aurea (Newman, 1841); cotejado con Thomas P. Scheck, St. Jerome: Commentary on Matthew (FOTC 117, 2008), que se cita en paráfrasis. Crisóstomo, In Matthaeum hom. 32, 3–4: traducido del inglés de NPNF 1.ª serie, vol. 10. Remigio, Rabano y la Glosa: según la Catena aurea, misma traducción. Agustín, De consensu evangelistarum II, 29: según la Catena. Pseudo-Ignacio, A los Filipenses: según el índice de citas neotestamentarias de la edición ANF.
Medievales y Lapide. Cornelio a Lapide, The Great Commentary, vol. 1 (Mateo I–IX), trad. T. W. Mossman: traducido del inglés. Sobre el método de los cuatro sentidos, Henri de Lubac, Exégesis medieval, solo como guía; no se cita.
Reforma y después. Calvino, Armonía de los evangelios, trad. W. Pringle (Calvin Translation Society, 1845): traducido del inglés. Matthew Henry, Commentary, vol. 5 (1710); Wesley, Notes on the New Testament (1755); Jamieson, Fausset y Brown, Commentary Critical and Explanatory (1871): traducidos del inglés.
Modernos. A. T. Robertson, Word Pictures in the New Testament (1930), que cita a W. C. Allen (ICC, 1907); Gordon Fee y Douglas Stuart, How to Read the Bible for All Its Worth, 4.ª ed., capítulo sobre los evangelios («pensar horizontalmente y verticalmente»), citado en paráfrasis. Los compendios de hermenéutica de Eusebeia enlazados dan el marco de cada época.
Siglo XIX. A. B. Simpson, The Gospel of Healing (ed. de 1890), caps. 1, 6 y 7, y The Fourfold Gospel (1890), cap. 3, traducidos del inglés; existe traducción castellana del segundo (El evangelio cuádruple). El evangelio cuádruple no comenta Mateo 9:35; El evangelio de la sanidad cita el sumario en la forma de 4:23.
Un esquema de lo que el pasaje permite predicar sin traicionar lo leído. No es la homilía; es su esqueleto.
Título. «Al ver las multitudes».
Idea central. La compasión de Jesús es el origen de la misión, y la misión se pide antes de hacerse.
- Lo que Jesús hace (v. 35). Enseña, proclama y sana: un solo ministerio en tres gestos, de pueblo en pueblo, sin saltarse las aldeas. La curación va con la palabra, no aparte de ella.
- Lo que Jesús ve (v. 36). Gente maltratada y tirada por el suelo, «como ovejas sin pastor». La frase es de Ezequiel: acusa a los pastores que esquilan y promete que Dios mismo vendrá a pastorear. Él mira así; nosotros solemos ver multitud, no heridas.
- Lo que Jesús manda (vv. 37-38). Orar al Señor de la mies. La mies es suya, no nuestra; los obreros se piden antes de buscarse; y a los que oraron los envía enseguida (10:1) con lo mismo que él hacía.
Aplicación. Mirar como él mira; pedir antes de organizar; y aceptar que quien es enviado recibe el ministerio entero, también el que toca los cuerpos.
Cautela. El pasaje describe el ministerio de Jesús y de los Doce; no separa el sanar de la enseñanza ni lo convierte en garantía. Predicarlo como promesa de salud es decir más de lo que dice; predicarlo sin la compasión por los cuerpos es decir menos.