Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
Comentario editorial · Claves del argumento
Los Stromata tejen citación, exégesis y filosofía en una propuesta de sabiduría cristiana madura sin reducir el misterio a sistema cerrado.
Stromateis (Στρωματεῖς) es una palabra griega que literalmente significa "tapices" o "colchas de retazos". El título completo de la obra, según Eusebio de Cesarea y Focio, era Titus Flavius Clemens Stromateon kata ten alethen philosophian gnostikon hypomnematon —"Misceláneas de notas gnósticas de Tito Flavio Clemente sobre la verdadera filosofía". Ya desde el título, Clemente de Alejandría (c. 150-215 d.C.) está haciendo declaraciones audaces: existe una "verdadera filosofía" cristiana, existe un conocimiento "gnóstico" auténtico, y este conocimiento puede presentarse en forma de "misceláneas" o colección variada de reflexiones.
La elección del término stromateis no es casual ni meramente descriptiva. En la literatura helenística, el género de los "tapices" o misceláneas era bien conocido: obras que reunían reflexiones diversas, citas de autores variados, observaciones sobre temas múltiples, sin seguir necesariamente un orden sistemático rígido. Plutarco había escrito sus célebres Quaestiones conviviales en este estilo; Ateneo de Náucratis compondría poco después su Deipnosophistae (El banquete de los sabios) con estructura similar. El formato permitía erudición sin pedantería, profundidad sin sistematización prematura, libertad para explorar sin comprometerse con conclusiones definitivas.
Clemente adopta conscientemente este formato para su obra más ambiciosa. Pero hay una razón adicional, específicamente cristiana, para esta elección: el conocimiento auténtico de Dios no puede encerrarse en sistemas filosóficos cerrados ni exponerse públicamente en su totalidad. Los misterios divinos requieren discreción, pedagogía gradual, respeto por la capacidad limitada del oyente. Los Strómata son, por tanto, deliberadamente fragmentarios, alusivos, ocasionalmente oscuros. No porque Clemente no pueda sistematizar —los primeros libros muestran capacidad organizativa considerable— sino porque elige no revelar todo directamente. Como los tapices multicolores, la verdad divina se revela gradualmente, en patrones que solo la mirada atenta y preparada puede discernir completamente.
Clemente explica explícitamente su método en los Stromata: no expondrá las doctrinas más profundas de forma directa y sistemática, porque esto sería imprudente y peligroso. "Los Strómata", escribe, "presentarán la verdad mezclada con dogmas filosóficos, o más bien oculta y cubierta por ellos". Esta técnica de ocultamiento deliberado cumple múltiples funciones: protege las "perlas" del evangelio de quienes no están preparados para recibirlas, imita el método pedagógico del propio Cristo quien hablaba en parábolas, y distingue al verdadero gnóstico —capaz de discernir la verdad bajo las apariencias— del simple curioso. Sin embargo, esta estrategia también ha generado críticas: algunos acusan a Clemente de elitismo intelectual, de crear una religión de dos niveles donde los "simples creyentes" quedan relegados a una fe inferior.
Los Strómata no pueden comprenderse aisladamente sino como culminación de un proyecto educativo tripartito que Clemente concibió desde el inicio de su carrera docente en Alejandría. La secuencia es clara y cada obra corresponde simbólicamente a una etapa en el camino espiritual del creyente, guiado por el Logos (Cristo) como maestro supremo.
El Protréptico (Exhortación) constituye el primer nivel. Aquí Clemente se dirige a los paganos, invitándolos a abandonar la idolatría y abrazar la fe en el Dios verdadero revelado en Cristo. Utiliza la forma literaria clásica de la protrepsis filosófica —bien conocida desde Aristóteles y los estoicos— para exhortar a la conversión. Cristo aparece como el "nuevo Orfeo" cuya "nueva canción" supera los cantos engañosos de los dioses paganos. El tono es apologético y polémico: Clemente desmonta con erudición brillante la futilidad de los mitos paganos, cita a poetas y filósofos griegos contra sí mismos, y argumenta que la revelación cristiana completa lo que la filosofía solo había atisbado parcialmente. El objetivo es claro: provocar la conversión inicial, el metanoia que transforma al pagano en cristiano.
El Pedagogo representa el segundo nivel, abordando la educación moral del recién bautizado. Cristo es presentado como el Paidagogos de la humanidad, el maestro y educador amoroso que guía a los hijos de Dios hacia la virtud. Esta obra, de tono más práctico que especulativo, expone las bases de la ética cristiana cotidiana: Clemente ofrece consejos concretos sobre conducta, templanza, uso moderado de los bienes materiales, relaciones familiares, vestimenta, alimentación. Integra preceptos evangélicos con la sabiduría ética de filósofos estoicos como Musonio Rufo y Epicteto, creando una síntesis de ascesis cristiana y sensatez helenística. El verdadero maestro y modelo de virtud, advierte Clemente, no es Zenón ni Platón sino el Logos encarnado: Jesucristo, cuyo ejemplo sin pecado define la vida según la naturaleza en su sentido más elevado.
Los Strómata constituyen el tercer y más alto nivel, destinado a quienes han completado ya la formación moral básica y están preparados para la gnosis, el conocimiento contemplativo de las verdades divinas. Como afirma Clemente en la introducción del Pedagogo: "el Logos, amante de los hombres, se preocupa de nuestra salvación progresiva: primero nos exhorta, luego nos educa y, finalmente, nos enseña". Los Strómata corresponden a esta enseñanza final, donde el Logos ya no es meramente exhortador ni pedagogo sino didáskalos, maestro que conduce a las alturas del conocimiento teológico.
Si bien la crítica moderna ha tendido a considerar esta trilogía como un plan sistemático preconcebido, la evidencia sugiere que la conexión no fue diseñada desde el principio como unidad cerrada. Más bien se trata de una secuencia temática y espiritual orgánica, donde cada obra responde a necesidades concretas de su audiencia y momento. La pedagogía del Logos no se limita a un esquema rígido sino que representa el dinamismo del conocimiento divino que acompaña y transforma al ser humano en su camino hacia la plenitud. Los Stromata, en particular, exhiben una estructura mucho más libre y exploratoria que sus predecesores, sugiriendo que Clemente mismo estaba descubriendo en el proceso de escribir hacia dónde le conducía su reflexión teológica.
Para comprender el propósito y urgencia de los Strómata, es imprescindible situarlos en el contexto religioso-intelectual de Alejandría en el siglo II tardío. La ciudad era no solo centro de filosofía y erudición sino también caldero hirviente de movimientos religiosos competitivos. Entre los más desafiantes para el cristianismo emergente estaban los diversos grupos "gnósticos" —Valentinianos, Basilidianos, Carpocracianos y otros— que ofrecían interpretaciones alternativas del mensaje cristiano basadas en revelaciones secretas, cosmologías complejas y soteriologías dualistas.
Estos movimientos gnósticos compartían ciertas características fundamentales que Clemente encontraba profundamente problemáticas: afirmaban poseer un conocimiento (gnosis) superior y secreto transmitido por Jesús solo a círculos iniciáticos; tendían hacia dualismos radicales que separaban un Dios supremo bueno del Demiurgo creador del mundo material, considerado inferior o incluso malévolo; despreciaban frecuentemente el Antiguo Testamento y al Dios de Israel; proponían interpretaciones alegóricas extremas de las Escrituras que disolvían su sentido histórico; y cultivaban un elitismo espiritual donde solo los "pneumáticos" (espirituales) podían salvarse, mientras los "psíquicos" (anímicos) y "hílicos" (materiales) estaban condenados por naturaleza.
Frente a este desafío gnóstico, surgían en el cristianismo ortodoxo emergente dos respuestas opuestas pero igualmente problemáticas. Por un lado, algunos cristianos reaccionaban con anti-intelectualismo defensivo, rechazando toda especulación filosófica, desconfiando del conocimiento teológico sofisticado y enfatizando únicamente la fe simple. Tertuliano, en el Occidente latino, encarnaría posteriormente esta postura con su célebre pregunta retórica: "¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué concordia hay entre la Academia y la Iglesia?" Por otro lado, estaban aquellos que, fascinados por la especulación gnóstica, comprometían elementos esenciales de la fe cristiana en su afán de sistematización filosófica.
Clemente propone una tercera vía, extraordinariamente audaz: existe una gnosis auténticamente cristiana, distinta tanto de la gnosis herética como de la fe simple no reflexiva. Esta gnosis cristiana se fundamenta en la fe (pistis) como punto de partida indispensable pero no se detiene allí; busca comprender, profundizar, contemplar los misterios divinos usando todos los recursos de la razón humana iluminada por el Espíritu Santo. No desprecia la creación ni al Creador, no divide a los creyentes en castas espirituales predeterminadas, no rechaza las Escrituras judías, pero sí aspira a un conocimiento contemplativo de Dios que trasciende la mera adhesión intelectual a doctrinas.
Una de las tesis más características y controvertidas de los Stromata es la valoración positiva que Clemente hace de la filosofía griega. Siguiendo la estela de San Justino Mártir, Clemente sostiene que la filosofía fue dada providencialmente por Dios a los griegos como preparación para el evangelio, análoga a la función que la Ley mosaica cumplió para los judíos. Citando , Clemente argumenta: "La filosofía fue para los griegos lo que la Ley para los judíos, un pedagogo para conducirlos a Cristo." Esta visión integradora y optimista muestra a un Dios providente actuando en todas las culturas: "Dios concedió a los griegos la filosofía, a los judíos la Ley y a los cristianos se dio a sí mismo en Cristo." Clemente no teme acoger el acervo helénico; al contrario, lo depura y subordina a la revelación cristiana, convencido de que toda verdad auténtica tiene su origen en el Logos divino.
Los Strómata consistieron originalmente de ocho libros, aunque el octavo libro que poseemos actualmente no tiene conexión clara con el resto y probablemente es un apéndice posterior o una obra separada. Los siete libros genuinos no siguen un plan sistemático evidente —lo cual es coherente con el género "misceláneo" elegido— pero sí exhiben ciertas preocupaciones temáticas recurrentes y una progresión general desde cuestiones más básicas hacia reflexiones más contemplativas.
Libro I establece el fundamento: la filosofía griega como preparación divina para el evangelio, la prioridad cronológica de Moisés sobre los filósofos griegos (tesis apologética estándar), la relación entre fe y conocimiento. Clemente argumenta extensamente que los filósofos griegos tomaron sus mejores ideas de fuentes orientales, especialmente de Moisés y los profetas hebreos. Aunque este argumento de "plagio" nos parece hoy ingenuo, era una estrategia apologética común en la época que intentaba establecer la antigüedad y originalidad de la revelación bíblica.
Libro II profundiza en la relación entre fe (pistis) y gnosis. La fe es el fundamento indispensable, asentimiento voluntario a la verdad revelada; la gnosis es el desarrollo contemplativo y racional de lo que la fe acepta. No son opuestos sino complementarios: la fe es el punto de partida, la gnosis el florecimiento. Clemente ataca tanto a quienes pretenden gnosis sin fe (los herejes gnósticos) como a quienes quieren fe sin conocimiento (los cristianos anti-intelectuales). El verdadero gnóstico cristiano, argumenta, es quien fundado en la fe busca comprender racionalmente los misterios divinos.
Libro III aborda cuestiones éticas y polémicas contra encratitas y otros grupos ascéticos extremos que rechazaban el matrimonio y condenaban la procreación. Clemente defiende la bondad del matrimonio y la legitimidad de la vida sexual dentro del matrimonio cristiano, aunque mantiene una visión bastante restrictiva que refleja influencias estoicas. Este libro es particularmente valioso porque Clemente cita extensamente textos gnósticos y apócrifos, preservando así materiales que de otra forma se habrían perdido.
Libros IV-V desarrollan el retrato del cristiano gnóstico ideal: el verdadero sabio cristiano que ha alcanzado la apátheia (impasibilidad) estoica cristianizada, ama a Dios con amor puro desinteresado, conoce contemplativamente los misterios divinos, vive virtuosamente no por temor al castigo sino por amor al bien mismo. Este gnóstico cristiano representa el ideal humano supremo según Clemente, superando tanto al filósofo pagano como al simple creyente. La descripción es claramente influida por ideales filosóficos helenísticos —especialmente estoicos y platónicos— pero Clemente insiste en que solo en Cristo este ideal encuentra realización plena.
Libros VI-VII continúan reflexiones sobre conocimiento, interpretación alegórica de las Escrituras, la relación entre símbolos y realidades espirituales. El libro VII, particularmente fragmentario en su estado actual, contiene algunas de las reflexiones más elevadas de Clemente sobre la naturaleza del conocimiento de Dios. Explora la teología negativa: Dios es conocido mejor por lo que no es que por lo que es, trasciende todas las categorías humanas, es incomprensible en su esencia aunque cognoscible en sus obras.
La lectura de los Strómata puede resultar desconcertante para el lector moderno acostumbrado a tratados sistemáticos. Clemente salta de tema en tema, interrumpe argumentos para insertar largas citas, regresa a cuestiones ya discutidas desde nuevos ángulos, deja hilos argumentativos sin resolución aparente. Pero esta aparente desorganización es, al menos parcialmente, una estrategia deliberada. El camino hacia la verdad no es línea recta sino exploración sinuosa, y los Strómata invitan al lector a participar activamente en el proceso de descubrimiento más que a recibir pasivamente conclusiones empaquetadas.
Los Strómata son testimonio extraordinario de la erudición de Clemente y, por extensión, de la riqueza de las bibliotecas alejandrinas disponibles para él. Las citas y alusiones literarias son abrumadoras en su variedad y alcance: poetas (Homero, Hesíodo, los líricos y trágicos griegos), historiadores (Heródoto, Tucídides), filósofos (Platón, Aristóteles, los estoicos, pitagóricos), autores judeo-helenísticos (Filón de Alejandría, Aristóbulo, la Carta de Aristeas), textos apócrifos cristianos (Evangelio de los Egipcios, Evangelio según los Hebreos, Apocalipsis de Pedro), obras gnósticas y heréticas (escritos Valentinianos, Basilidianos, Carpocracianos), y por supuesto las Escrituras cristianas.
La dependencia de Filón de Alejandría merece mención especial. Investigaciones modernas han identificado aproximadamente 150 citas o alusiones a Filón en los Strómata, aunque Clemente raramente lo menciona explícitamente por nombre. De Filón, Clemente adopta el método alegórico de interpretación escriturística, la visión del Logos como intermediario entre Dios y la creación, muchos detalles de psicología moral, y la convicción fundamental de que Escritura y filosofía pueden armonizarse cuando ambas se interpretan correctamente.
Esta profusión de fuentes no es mera ostentación erudita. Clemente está demostrando en la práctica su tesis teológica: que toda verdad, dondequiera que se encuentre, proviene en última instancia del Logos divino. Los filósofos griegos acertaron cuando lo hicieron porque participaban, consciente o inconscientemente, del Logos universal. Las Escrituras judías preparaban para Cristo. Los textos apócrifos, aunque no canónicos, podían contener elementos de tradición auténtica. Incluso los herejes gnósticos, en medio de sus errores, preservaban fragmentos de verdad que debían rescatarse.
Esta actitud intelectualmente generosa pero teológicamente discerniente representa una de las contribuciones más significativas de Clemente a la tradición cristiana: el modelo de un cristianismo que no teme el conocimiento secular, no rechaza en bloque la cultura pagana, pero tampoco se disuelve en ella. Es un cristianismo confiado en que la verdad revelada en Cristo es capaz de dialogar con todas las verdades parciales de la filosofía humana, integrándolas en una síntesis superior.
Lo que sigue no son los Strómata completos. Esta edición ofrece íntegros los libros I, II y III, y el libro IV solo hasta el final de su capítulo 6 (§ 41.4); de los veinte capítulos restantes de ese libro no hay aquí traducción. Los libros V, VI y VII —genuinos, conservados enteros y descritos más arriba— están todavía sin traducir. El libro VIII no se incluye por una razón distinta: ya en la Antigüedad su relación con el resto de la obra resultaba problemática, y lo que se transmite bajo ese título —un conjunto de notas sobre lógica y método— probablemente no pertenece a los Strómata tal como Clemente los concibió.
Conviene leer estas páginas, por tanto, como una traducción en curso y no como la obra terminada. La numeración en negrita que puntea el texto (41.1, 41.2…) reproduce la división en secciones habitual en las ediciones modernas: con ella el lector puede cotejar cualquier pasaje con el original griego y localizar con exactitud dónde se interrumpe lo traducido. Resta consignar en esta nota la edición crítica griega sobre la que se ha trabajado, como se hace en la nota correspondiente del Protréptico.
I, 1.1–5.3
1.1 "...para que las tengas a mano, las leas y puedas guardarlas." Pero surge la pregunta: ¿acaso no debemos dejar escritos en absoluto, o solo a algunos? Si optamos por lo primero, ¿qué utilidad tendrían las letras? Si elegimos lo segundo, ¿habremos de escribir para los virtuosos o para quienes no lo son? Sería absurdo rechazar los escritos de los hombres excelentes mientras aceptamos las composiciones de quienes no lo son.
1.2 ¿Acaso permitiremos que Teopompo y Timeo escriban mitos y blasfemias, que Epicuro inaugure la impiedad, que Hiponacte y Arquíloco redacten sus obscenidades de manera tan vergonzosa, y en cambio impediremos que quien proclama la verdad deje un beneficio para las generaciones futuras? Pienso que es hermoso dejar también buenos hijos a quienes vienen después. Los hijos lo son del cuerpo, pero los discursos (logoi) son descendencia del alma.
1.3 Así llamamos padres a quienes nos han instruido. La sabiduría es algo solidario y amante de la humanidad. Dice Salomón: "Hijo, si recibes la palabra de mi mandamiento y la ocultas en ti, tu oído estará atento a la sabiduría." Indica que la palabra debe ocultarse una vez sembrada, como en la tierra del alma del que aprende, y esta es una siembra espiritual. 2.1 Por eso añade: "Aplicarás tu corazón a la inteligencia y lo aplicarás para la instrucción de tu hijo." Pues creo que alma con alma y espíritu con espíritu, uniéndose mediante la siembra del logos, hacen crecer lo depositado y le dan vida. Todo el que es educado es hijo según la obediencia del educador.
2.2 "Hijo —dice—, no olvides mis preceptos." Y si no todos poseen conocimiento, los escritos son para la multitud como "una lira para un asno", según dice el proverbio. 2.3 Los cerdos, desde luego, se deleitan más en el lodo que en agua limpia. Por eso dice el Señor: "Les hablo en parábolas porque mirando no ven, oyendo no oyen ni entienden", revelando proféticamente la ignorancia que existe en ellos —pues no es legítimo pensar que el Señor no se la proporciona—, sino señalando que serán incapaces de comprender lo que se les dice.
3.1 Ya queda claro que el Salvador mismo, con abundancia, según la capacidad del que recibe —la cual debe crecer mediante el ejercicio constante—, distribuyó sus bienes a los siervos, y al regresar pedirá cuentas con ellos. A los que multiplicaron su dinero, los fieles en lo poco, los aprobó y prometió establecerlos sobre mucho, ordenándoles entrar en el gozo del Señor. 3.2 Pero al que ocultó el dinero confiado, devolviéndolo sin haberlo prestado, le dijo: "Siervo malvado y perezoso, debías haber puesto mi dinero en manos de los banqueros, y al volver yo habría recobrado lo mío." Por esto el siervo inútil será arrojado a las tinieblas exteriores.
3.3 "Fortalécete —dice Pablo—, en la gracia que hay en Cristo Jesús, y lo que has oído de mí ante muchos testigos, confíalo a hombres fieles que sean capaces de enseñar también a otros." 3.4 Y de nuevo: "Procura presentarte ante Dios como quien ha sido probado, obrero que no tiene de qué avergonzarse, que traza rectamente la palabra de la verdad."
4.1 Si ambos proclaman el logos, uno mediante la escritura y otro mediante la voz, ¿cómo no han de ser aceptables los dos, habiendo hecho activa su fe por medio del amor? Dios no tiene culpa de que alguien no elija lo mejor. 4.2 Es tarea de unos prestar la palabra, de otros examinarla y elegirla o no; pero el juicio se juzga en ellos mismos. La ciencia de proclamar es de algún modo angélica, cualquiera que sea la forma en que actúe, mediante la mano o mediante la lengua, beneficiando siempre, "porque el que siembra en el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna."
4.3 "No nos cansemos de hacer el bien." Contribuye grandemente, según la providencia divina, con quien se encuentra con ella: ofrece un principio de fe, entusiasmo para la conducta recta, impulso hacia la verdad, movimiento de búsqueda, huella de conocimiento, en resumen, proporciona puntos de partida para la salvación. 4.4 Quienes se nutren genuinamente de las palabras de la verdad, recibiendo provisiones de vida eterna, alzan el vuelo hacia el cielo. El apóstol dice de manera admirable: "En todo nos presentamos como servidores de Dios, como pobres pero enriqueciendo a muchos, como no teniendo nada pero poseyéndolo todo; nuestra boca se ha abierto para ustedes." Y escribiendo a Timoteo: "Te exhorto ante Dios, Cristo Jesús y los ángeles elegidos, que guardes estas cosas sin prejuicio, sin hacer nada por favoritismo."
5.1 Es necesario, por tanto, que ambos se examinen a sí mismos: uno, si es digno de hablar y dejar escritos; el otro, si es justo escuchar y leer. Así como algunos, habiendo distribuido la eucaristía según la costumbre, permiten que cada uno del pueblo tome su porción, 5.2 la conciencia es excelente para la elección y el rechazo precisos. Su fundamento firme es una vida recta junto con el aprendizaje adecuado. Seguir a otros que ya han sido probados y han actuado correctamente es lo mejor tanto para la comprensión de la verdad como para la práctica de los mandamientos.
5.3 "De modo que quien come el pan y bebe la copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y la sangre del Señor. Examínese cada uno a sí mismo, y así coma del pan y beba de la copa."
Comentario editorial · Logoi: palabras, discursos, razones
Clemente utiliza aquí el término griego logoi (λόγοι), plural de logos (λόγος), que tiene un rico campo semántico: "palabras", "discursos", "razones", "enseñanzas" o "doctrinas". En este contexto, se refiere específicamente a las enseñanzas escritas y palabras de verdad que un maestro transmite. Al llamarlos "descendencia del alma" (tekna tēs psychēs), Clemente establece una analogía profunda: así como los hijos biológicos perpetúan la existencia física de sus padres, los logoi —las enseñanzas verdaderas— perpetúan la vida intelectual y espiritual del maestro, transmitiéndose de generación en generación. Esta metáfora de paternidad espiritual era común en la filosofía antigua, pero Clemente la cristianiza: el maestro cristiano engendra hijos espirituales mediante la palabra de verdad, participando así de la obra creadora y pedagógica del Logos divino mismo.
I, 6.1–7.4
6.1 Conviene, por tanto, observar si quien ha elegido el beneficio del prójimo no se ha lanzado temerariamente a la enseñanza por rivalidad con algunos, si su participación en el logos no es por vanagloria, si cosecha únicamente esta recompensa: la salvación de quienes le escuchan, y si no habla para agradar. 6.2 Quien habla mediante escritos ha evitado la acusación de soborno: "Nunca empleamos palabras lisonjeras, como saben —dice el apóstol—, ni pretextos de avaricia, Dios es testigo, ni buscamos gloria de los hombres, ni de ustedes ni de otros, aunque podríamos haber sido gravosos como apóstoles de Cristo. Antes fuimos amables entre ustedes, como una nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos."
6.3 De la misma manera debemos observar a quienes participan de las palabras divinas: si no vienen solo por curiosidad para investigar, como quien visita los edificios de las ciudades, si no se acercan por interés en las cosas mundanas, habiendo descubierto que los consagrados a Cristo son generosos con lo necesario. Los hipócritas, pues, que sean dejados de lado. Pero si alguien no quiere parecer justo sino serlo, conviene que sea consciente en sí mismo de lo más hermoso.
7.1 Si la cosecha es abundante pero los obreros pocos, verdaderamente conviene pedir que haya para nosotros provisión de cuantos más obreros sea posible. La agricultura es doble: una sin escritura y otra con escritura. De cualquier modo que el obrero del Señor siembre el trigo noble, haga crecer las espigas y las coseche, se mostrará verdaderamente como agricultor divino.
7.2 "Trabajen —dice el Señor— no por la comida que perece, sino por la que permanece para vida eterna." El alimento se recibe tanto mediante los alimentos como mediante las palabras. Verdaderamente bienaventurados son los pacificadores, quienes reeducan y conducen a la paz a los que aquí en la vida y en el error son combatidos por la ignorancia, en la paz que consiste en la palabra y en la vida según Dios, y quienes alimentan a los que tienen hambre de justicia mediante la distribución del pan.
7.3 Pues existen también almas que tienen alimentos propios: unas crecen según conocimiento y ciencia, otras se nutren de la filosofía helénica, de la cual no todo es comestible, como tampoco lo es de las nueces. 7.4 El que planta y el que riega, siendo servidores del que da el crecimiento, son uno en el servicio, pero cada uno recibirá su propia recompensa según su propio trabajo. "Pues somos colaboradores de Dios; labranza de Dios, edificio de Dios son ustedes", según el apóstol.
I, 8.1–9.4
8.1 No conviene, por tanto, permitir que los oyentes examinen comparando ni entregar la palabra al escrutinio de quienes han sido entrenados en técnicas de todo tipo de discursos y se han hinchado con la fuerza de argumentos, de quienes ya tienen el alma preocupada y no la han vaciado previamente. 8.2 Pero cuando alguien elige alimentarse desde la fe, este es firme para recibir palabras divinas, habiendo adquirido una fe que constituye un juicio razonable. De ahí le sigue la persuasión con abundancia. Y esto era aquella palabra profética: "Si no creen, no comprenderán." "Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, especialmente a los de la familia de la fe."
8.3 Cada uno de estos, según el bienaventurado David, dé gracias cantando: "Me rociarás con hisopo y quedaré limpio, me lavarás y quedaré más blanco que la nieve. Me harás oír gozo y alegría; se regocijarán los huesos humillados. Aparta tu rostro de mis pecados y borra mis iniquidades. 8.4 Crea en mí un corazón limpio, oh Dios, y renueva un espíritu recto en mis entrañas. No me arrojes de tu presencia y no retires de mí tu Espíritu Santo. Devuélveme la alegría de tu salvación y confírmame con espíritu soberano."
9.1 Quien habla ante los presentes examina con el tiempo, juzga con criterio y discierne de los demás al que es capaz de oír, observando las palabras, los modos, las costumbres, la vida, los movimientos, las actitudes, la mirada, la voz: el sendero triple, la roca, el camino pisoteado, la tierra fructífera, el terreno cubierto de maleza, el fértil y bueno y cultivado, el capaz de multiplicar la semilla.
9.2 Quien habla mediante escritos se purifica ante Dios en estas cosas, proclamando por escrito: no escribir por ganancia, ni por vanagloria, ni vencido por la pasión, ni esclavizado por el miedo, ni exaltado por el placer. Solo disfrutar de la salvación de quienes leen, de la cual no participa en el presente, sino esperándola en la esperanza, aguardando la recompensa que ciertamente le será dada por quien prometió pagar el salario a los obreros según su mérito.
9.3 Pero tampoco debe anhelar recompensa quien se inscribe entre los hombres. Pues el que se jacta de un beneficio ha recibido ya su recompensa mediante la buena reputación, y quien hace algo de lo debido a cambio de una compensación, ya sea apresurándose como benefactor a recibir o como malhechor evitando la retribución, ¿acaso no está atado a la costumbre mundana? 9.4 Es necesario imitar al Señor en la medida de lo posible. Este sería quien sirve a la voluntad de Dios, habiendo recibido gratuitamente, dando gratuitamente, recibiendo como recompensa digna la conducta misma. "No entrará en el santuario el salario de una prostituta", dice.
I, 10.1–11.3
10.1 Está prohibido ofrecer al altar el precio de un perro. A quien se le ha embotado con mala nutrición y enseñanza el ojo del alma para su propia luz, que camine hacia la verdad que manifiesta por escrito lo no escrito. "Los sedientos, caminen hacia el agua", dice Isaías. "Y bebe el agua de tus propias cisternas", aconseja Salomón.
10.2 En las Leyes, el filósofo hebreo Platón ordena a los agricultores no regar ni tomar agua de otros, a menos que primero, cavando en su propia tierra hasta lo que llaman suelo virgen, encuentren la tierra seca. 10.3 Pues no es justo socorrer la carencia, pero no es bueno proveer la pereza. Por eso Pitágoras decía que es razonable ayudar a cargar el fardo, pero no conviene ayudar a quitarlo.
10.4 La escritura enciende la chispa del alma y fortalece su ojo propio para la contemplación, quizá implantando algo, 10.5 como el agricultor que pincha con la aguijada, pero más bien despertando lo que existe. Pues muchos entre nosotros, según el divino apóstol, están débiles y enfermos, y duermen muchos. "Si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados."
11.1 Esta obra no es una composición elaborada para exhibición, sino que para mí son notas que atesoro para la vejez, un remedio contra el olvido, una imagen sin artificio y un bosquejo de aquellos discursos vivos y llenos de vida que fui digno de escuchar, y de aquellos hombres bienaventurados y verdaderamente memorables.
11.2 De estos, uno estaba en Grecia, el jónico; otros en la Magna Grecia (uno de ellos era de la Celesiria, otro de Egipto); otros por el Oriente, y de estos uno era de Asiria, otro en Palestina, hebreo de origen. Cuando me encontré con el último —que por su poder era el primero— hallé descanso, habiéndolo cazado en Egipto donde permanecía oculto. Era verdaderamente una abeja siciliana que, recogiendo las flores del prado profético y apostólico, engendraba en las almas de los oyentes un objeto puro de conocimiento.
11.3 Estos, preservando la tradición verdadera de la enseñanza bienaventurada directamente desde Pedro, Santiago, Juan y Pablo, los santos apóstoles, recibida de hijo a padre (aunque pocos son iguales a sus padres), llegaron con la ayuda de Dios hasta nosotros para depositar aquellas semillas ancestrales y apostólicas.
I, 12.1–14.4
12.1 Y sé bien que se regocijarán, no digo que por el placer en esta expresión, sino únicamente por la preservación mediante este registro. Pues creo que para un alma que anhela guardar incólume la bienaventurada tradición, tal bosquejo resulta adecuado. 12.2 "El padre se regocijará por un hombre que ama la sabiduría." Los pozos que se extraen dan agua más transparente, pero se corrompe aquello de lo que nadie participa. El uso mantiene el hierro más limpio, mientras que el desuso genera en él herrumbre. En resumen, el ejercicio constante produce una disposición saludable tanto en los espíritus como en los cuerpos.
12.3 "Nadie enciende una lámpara y la pone debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a los que han sido dignos de participar del mismo banquete." Pues ¿qué provecho hay en una sabiduría que no hace sabio al que puede entender? Además, el Salvador salva siempre y siempre trabaja, como ve al Padre. Quien enseña aprende más, y quien habla muchas veces escucha junto con quienes le oyen, 13.1 pues uno solo es el maestro tanto del que habla como del que escucha, el que hace brotar tanto el pensamiento como la palabra. Por eso el Señor no ha impedido descansar del bien en sábado, sino que ha concedido compartir los misterios divinos y aquella luz santa con quienes son capaces de recibirla.
13.2 No reveló a muchos lo que no era para muchos, sino a pocos, a quienes sabía que les correspondía, a los capaces de recibir y ser formados según ello. Las cosas inefables, como Dios mismo, se confían a la palabra, no a la letra. 13.3 Y si alguien dijera que está escrito "nada hay oculto que no será manifestado, ni encubierto que no será revelado", que escuche también de nosotros que al que escucha en secreto lo secreto le será manifestado mediante este oráculo, y al que es capaz de recibir veladamente lo transmitido le será mostrado lo velado tal como es la verdad, y lo que para muchos está oculto será manifestado a los pocos.
13.4 Pues ¿por qué no todos conocen la verdad? ¿Por qué no es amada la justicia, si la justicia es de todos? Pero en verdad los misterios se transmiten místicamente, para que estén en la boca del que habla y de aquel a quien se habla, o más bien no en la voz sino en el entendimiento. 13.5 "Dios dio a la Iglesia unos como apóstoles, otros como profetas, otros como evangelistas, otros como pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo."
14.1 Esta composición de mis notas es débil, lo sé bien, comparada con aquel espíritu lleno de gracia que fui digno de escuchar, pero sería una imagen que recuerda el arquetipo al que ha sido herido por el tirso. "Habla al sabio —dice— y será más sabio", y al que tiene se le añadirá.
14.2 No pretende interpretar adecuadamente las cosas inefables —mucho menos—, sino solo recordar, ya sea cuando hayamos olvidado o para que no olvidemos. Sé bien que mucho se nos ha escapado, sin escribirse, por la longitud del tiempo. 14.3 Por eso, aliviando la debilidad de mi memoria, proporcionándome a mí mismo una exposición sistemática de temas principales como recordatorio salvador de la memoria, he empleado necesariamente este bosquejo.
Hay cosas que ni siquiera recordé (pues grande era el poder en aquellos hombres bienaventurados), y hay cosas que, permaneciendo sin anotar con el tiempo, ahora se han escapado, y otras que se apagaban marchitándose en el mismo pensamiento, porque tal servicio no es fácil para los no probados. 14.4 Reavivando estas con notas, algunas las paso por alto voluntariamente, seleccionando con conocimiento, temiendo escribir lo que me cuidé de decir, no por envidia (pues no es lícito), sino temiendo por los que lean, no sea que de algún modo tropiecen de otra manera y seamos hallados, como dicen los proverbios, poniendo una espada en manos de un niño. Pues no es posible que lo escrito no se divulgue, aunque permanezca sin publicarse por mí, rodando siempre usando una sola voz escrita que no responde más que lo escrito al que pregunta. Pues necesita necesariamente de un auxiliar, ya sea del que lo escribió o de otro que haya seguido la misma huella.
I, 15.1–17.4
15.1 Hay cosas que mi escrito expresará enigmáticamente, y algunas las presentará, otras solo las dirá, intentará también 15.2 hablar ocultándose y manifestar cubriéndose y mostrar callando. Expondrá las doctrinas de las herejías notables, y les responderá todo lo que conviene prearreglar antes del conocimiento según la contemplación perfecta, que nos avanzará según la regla gloriosa y venerable de la tradición, progresando desde el origen del cosmos, 15.3 presentando previamente lo que necesariamente debe tratarse antes de la contemplación física y resolviendo de antemano lo que obstaculiza la secuencia, para tener los oídos preparados para recibir la tradición gnóstica, habiendo limpiado la tierra previamente de espinas y de toda hierba, agrícolamente, para la plantación de la viña.
Pues la lucha precede a la lucha, y los misterios a los misterios. Y no dudará en usar la filosofía y la otra educación preparatoria 15.4 para lo más hermoso en mis notas. Pues no solo por causa de los hebreos y de los que están bajo la ley es razonable, según el apóstol, hacerse judío, 15.5 sino también por causa de los griegos hacerse griego, "para que ganemos a todos." Y en la carta a los colosenses escribe amonestando: "Amonestando a todo hombre y enseñando en toda sabiduría, para que presentemos a todo hombre perfecto en Cristo."
16.1 Conviene también de otro modo al bosquejo de las notas la elegancia de la contemplación. Así, la abundancia de la erudición es como un condimento entretejido con el alimento del atleta, no del que se deleita, sino del que por ambición toma buen apetito. 16.2 Al cantar la nota más alta de la solemnidad, la relajamos armoniosamente. Y así como quienes desean hablar al pueblo frecuentemente lo hacen mediante un heraldo para que las palabras se oigan mejor, así también aquí (pues nuestro discurso antes de la tradición misma es para muchos) deben exponerse las opiniones y frases acostumbradas que resuenan en ellos en cada ocasión, mediante las cuales los oyentes se convertirán más fácilmente.
16.3 Y en resumen (pues entre muchas perlas pequeñas está la única, y entre la abundante pesca de peces está el más hermoso), con tiempo y esfuerzo la verdad resplandecerá si se presenta un buen auxiliar. 17.1 Pues la mayoría de los beneficios se suministran de Dios mediante los hombres. Todos los que usamos la vista, contemplamos lo que se nos presenta, pero unos por unas razones y otros por otras. Así, no contempla del mismo modo la oveja el cocinero y el pastor: uno investiga si está gorda, el otro la observa por su buena raza. 17.2 Uno ordeñe la leche de la oveja si necesita alimento, esquile la lana si necesita abrigo. Así proceda también para mí el fruto de la erudición helénica.
Pues no creo que nadie considere tan afortunado un escrito al que nadie contradirá, sino que debe considerarse razonable aquel al que nadie contradecirá razonablemente. 17.3 Y por tanto debe aceptarse una acción y una elección no la irreprochable, sino aquella que nadie censurará razonablemente. Y no porque alguien no haga algo preferentemente, lo hace por circunstancia, sino que, ordenando algo teosóficamente y acomodándose, actuará. Pues ni el que posee la virtud necesita aún el camino hacia la virtud, ni el que está sano necesita recuperación.
17.4 Y así como los agricultores riegan previamente la tierra, así también nosotros, con el agua potable de los discursos griegos, regamos de antemano su tierra, para que reciban la semilla espiritual que se siembra y puedan nutrirla fácilmente.
Comentario editorial · «Teosóficamente»: qué significa
El término "teosóficamente" (θεοσόφως) aquí no tiene relación con movimientos esotéricos posteriores, sino que significa literalmente "con sabiduría divina" o "según la sabiduría de Dios". Clemente argumenta que quien actúa guiado por principios divinos puede adaptar su conducta a las circunstancias sin comprometer la virtud. Es una defensa de la flexibilidad prudencial: no toda acción debe ser "preferente" en sentido absoluto, sino que puede ser apropiada según el contexto, siempre que esté ordenada por la sabiduría divina. Esta idea de "economía" (οἰκονομούμενος) divina será central en la teología patrística posterior.
I, 18.1–18.4
18.1 Los Stromata contendrán la verdad mezclada con los dogmas de la filosofía, o más bien velada y cubierta, como con la cáscara lo comestible de la nuez. Pues conviene, creo, que las semillas de la verdad se guarden solo para los agricultores de la fe.
18.2 No me es desconocido lo que pregonan algunos ignorantes que temen neciamente, diciendo que es necesario ocuparse de lo más necesario y de lo que sostiene la fe, y pasar por alto lo externo y superfluo, argumentando que nos desgastamos en vano y nos detenemos en cosas que nada contribuyen al fin. 18.3 Hay quienes incluso piensan que la filosofía ha entrado en la vida para mal, para ruina de los hombres, por obra de algún inventor malvado.
18.4 Pero yo demostraré a lo largo de todos los Stromata que la maldad tiene naturaleza mala y nunca podría convertirse en cultivadora de algo bueno, insinuando de algún modo que la filosofía es también obra de la providencia divina.
I, 19.2–21.1
19.2 Respecto a estas notas que han recogido en los momentos necesarios la doctrina helénica, esto digo a quienes gustan de acusar: primero, que incluso si la filosofía fuera inútil, si es útil la confirmación de su inutilidad, entonces es útil. 19.3 Además, ni siquiera es posible condenar a los griegos usando únicamente la mera exposición de sus doctrinas, sin adentrarse en la revelación pormenorizada hasta alcanzar un entendimiento suficiente. Pues muy confiable es la refutación que viene acompañada de experiencia, ya que se descubre que el conocimiento más perfecto es precisamente el de aquello que ha sido condenado.
19.4 Muchas cosas, incluso sin contribuir directamente al fin, adornan al artesano. Y de otro modo, la erudición amplia resulta recomendable para quien presenta las doctrinas más fundamentales, persuadiendo a los oyentes, generando admiración en los catecúmenos, y 20.1 estableciendo así el camino hacia la verdad. Digna de confianza es esta conducción de almas, mediante la cual los amantes del conocimiento reciben la verdad velada, de modo que ni ellos mismos parezcan corromper la vida con la filosofía —acusándola de ser artífice de cosas falsas y obras viles, como algunos la han difamado—, cuando en realidad es imagen manifiesta de la verdad, 20.2 don divino concedido a los griegos; ni nosotros parezcamos apartarnos de la fe, como si fuéramos hechizados por alguna técnica engañosa, sino que, por decirlo así, usando un manto más amplio, de algún modo 20.3 podamos procurar un ejercicio conjunto que demuestre la fe. Y ciertamente también la conexión de las doctrinas mediante la contraposición corteja a la verdad, de donde ha resultado el conocimiento —no porque la filosofía haya entrado según un principio rector, sino por el fruto que proviene del conocimiento—, recibiendo nosotros firme garantía de la verdadera comprensión mediante 20.4 la ciencia de lo que se investiga. Paso por alto el hecho de que los Stromata, corporizándose en su erudición, quieren 21.1 ocultar artísticamente las semillas de la gnosis.
I, 21.1–21.3
21.1 Así pues, como el apasionado de la caza, tras buscar, investigar, rastrear y perseguir con sus perros, captura a la presa, 21.2 así también la verdad se muestra dulce cuando es buscada y obtenida con esfuerzo. ¿Por qué, entonces, nos ha parecido conveniente que estas notas estuvieran dispuestas de este modo? Porque grande es el peligro de exponer abiertamente el logos arcano de la filosofía verdadera ante aquellos que, sin moderación, quieren contradecir todo sin justicia, y arrojan toda palabra y expresión de manera completamente indecorosa, engañándose a sí mismos 21.3 y hechizando a quienes se les adhieren. Pues "los judíos piden señales", como dice el Apóstol, "y los griegos buscan sabiduría".
I, 22.2–24.4
22.2 Numerosa es la multitud de esta clase de personas: unos, esclavizados por los placeres y decididos a no creer, se ríen de la verdad que merece toda veneración, tratando como si fuera un juego lo que viene de los bárbaros; otros, exaltándose a sí mismos, se esfuerzan por inventar calumnias contra las enseñanzas, produciendo disputas contenciosas, cazadores de palabritas, celosos émulos de artificios técnicos, "pendencieros y trenzadores de sofismas", como dice aquel de Abdera. 22.3 Pues dice: "Flexible es la lengua de los mortales, y muchas las palabras en ella; vasto es el prado de los discursos, de un lado y del otro", y también: "Tal palabra como digas, tal respuesta escucharás".
22.4 Así pues, envalentonados con esta técnica, los desdichados sofistas, farfullando con su propia verborrea y esforzándose toda su vida en torno a la distinción de los nombres, la peculiar composición de las expresiones y su entrelazamiento, 22.5 resultan ser más parlanchines que las tórtolas. Rascan y cosquillean —no de modo varonil, me parece— los oídos de quienes ansían ser rascados: un verdadero río de palabras, pero apenas una gota de inteligencia. Y desde luego, como en las sandalias viejas, todo lo demás en ellos se debilita 23.1 y se deshace, pero solo la lengua permanece. Magníficamente Solón el ateniense dispara y escribe: "Pues ustedes miran hacia la lengua y las palabras del hombre astuto, pero cada uno de ustedes camina tras las huellas de la zorra, y en todos ustedes hay una mente hueca".
23.2 Esto es, sin duda, lo que insinúa aquella voz salvadora: "Las zorras tienen madrigueras, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza". Pues solo en el creyente, pienso, quien está completamente separado de los demás animales mencionados por la Escritura, descansa la cabeza 23.3 de todas las cosas, el Logos bueno y manso, que atrapa a los sabios en su propia astucia. Porque el Señor solo conoce los razonamientos de los sabios, que son vanos —llamando la Escritura "sabios", desde luego, a los sofistas superfluos en sus palabras y en sus artimañas técnicas.
24.1 Por eso los mismos griegos han llamado "sabios" y al mismo tiempo "sofistas" —con sentido peyorativo— a quienes se entrometen en cualquier cosa. 24.2 Cratino, por ejemplo, en Los Arquílocos, después de enumerar a varios poetas, dice: "¡Qué enjambre de sofistas han removido!". 24.3 E Iofón, el cómico, dice de modo semejante en Los Sátiros Flautistas, refiriéndose a los rapsodas y algunos otros: "Pues ha entrado una multitud de muchos sofistas bien equipados". 24.4 Sobre estos y otros semejantes que han practicado discursos vacíos, la divina Escritura dice magníficamente: "Destruiré la sabiduría de los sabios y rechazaré la inteligencia de los inteligentes".
I, 25.1–25.4
25.1 Homero llama "sabio" incluso al carpintero, y acerca de Margites —si es que la obra es verdaderamente suya— escribe de este modo: "A este ni cavador ni arador hicieron los dioses, ni sabio en ninguna otra cosa; más bien, falló en todo arte". 25.2 Hesíodo, tras afirmar que el citarista Lino había sido instruido en toda clase de sabiduría, no vacila en llamar "sabio" también al marinero, cuando escribe: "instruido en las artes de la navegación". 25.3 El profeta Daniel declara que el misterio que el rey pregunta "no está en el poder de sabios, magos, encantadores ni gazarenos para anunciarlo al rey, sino que hay un Dios en el cielo que revela". 25.4 Y precisamente llama "sabios" a los de Babilonia. Que la Escritura emplea homónimamente el término "sabiduría" para toda sabiduría mundana —ya sea conocimiento científico o habilidad técnica—, y que son muchas las disciplinas inventadas mediante razonamiento humano por composición sucesiva, y que la concepción técnica y sabia proviene de Dios, quedará claro...
I, 25.5–26.1
25.5 ...al citar este pasaje: "Y habló el Señor a Moisés diciendo: He llamado a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá, y lo he llenado de espíritu divino de sabiduría, inteligencia y conocimiento en toda obra, para concebir y diseñar arquitectónicamente, para trabajar el oro, la plata y el bronce, el jacinto, la púrpura y el carmesí, y las obras de talla de piedra 26.1 y carpintería de maderas, para ejecutar toda clase de trabajos". Luego añade una declaración de alcance universal: "Y a todo el que es inteligente de corazón he dado inteligencia", es decir, al que es capaz de recibir mediante esfuerzo y ejercicio conjunto. Y nuevamente está escrito de manera explícita en nombre del Señor: "Y tú habla a todos los sabios en entendimiento, a quienes he llenado de espíritu de percepción".
I, 26.2–27.1
26.2 Los sabios en entendimiento poseen ciertamente algo propio como característica de su naturaleza, pero reciben espíritu de percepción de la sabiduría suprema de modo doble, habiéndose mostrado aptos para ello. 26.3 Pues quienes practican las artes manuales disfrutan de lo sobresaliente en relación con los sentidos particulares: el músico —como comúnmente se le llama— respecto del oído; el escultor respecto del tacto; el cantor respecto de la voz; el perfumista respecto del olfato; el grabador de imágenes en sellos respecto de la vista. 26.4 En cambio, quienes se ocupan de la formación intelectual reciben la percepción conjunta, mediante la cual los poetas aprehenden las métricas, los sofistas el discurso, los dialécticos los silogismos, y los filósofos la contemplación que les es propia. 26.5 Porque la percepción conjunta es descubridora e inventiva, persuadiendo a aplicar de manera convincente, 27.1 y el ejercicio conjunto hacia el conocimiento científico aumenta esa capacidad de aplicación.
I, 27.1–27.3
27.1 Por tanto, con razón el Apóstol ha llamado "multiforme" a la sabiduría de Dios, que manifiesta su poder "de muchas maneras y en múltiples modos" para nuestro beneficio: mediante el arte, mediante la ciencia, mediante la fe, mediante la profecía, porque "toda sabiduría viene del Señor y está con él para siempre", 27.2 según dice la Sabiduría de Jesús. "Pues si invocas a la prudencia y a la percepción con gran voz, y las buscas como tesoros de plata y las rastreas diligentemente, comprenderás la piedad divina y encontrarás percepción divina". Por contraste con la percepción según la filosofía habló el profeta, enseñando a investigarla con grandeza de alma y magnificencia para avanzar hacia la piedad. 27.3 Así contrapuso a aquella la percepción que reside en la piedad, aludiendo al conocimiento cuando dice: "Porque Dios da sabiduría de su propia boca, percepción junto con prudencia, y atesora ayuda para los justos". Pues para quienes han sido justificados mediante la filosofía se atesora ayuda, junto con la percepción conjunta que conduce hacia la piedad divina.