I, 66.1–66.3
66.1 Estos son los tiempos de los más antiguos sabios y filósofos entre los griegos. Y que la mayoría de ellos eran bárbaros de origen o fueron educados entre bárbaros, ¿qué necesidad hay de decirlo, si en efecto se demostraba que Pitágoras era tirreno o tirio, que Antístenes era frigio y Orfeo odriso o tracio? Pues la mayoría afirma que Homero era egipcio. 66.2 Se dice que Tales, siendo fenicio de origen, se reunió con los profetas de los egipcios, al igual que Pitágoras con estos mismos, por causa de los cuales incluso se circuncidó, para que descendiendo a los santuarios más recónditos pudiera aprender de los egipcios la filosofía mística. Se relacionó también con los mejores de los caldeos y de los magos, y llama "asamblea" —ekklesia, como ahora se denomina— a lo que para él era el homakoion. 66.3 Platón no niega que las cosas más hermosas de la filosofía se obtienen mediante comercio con los bárbaros, y confiesa haber llegado a Egipto. Desde luego, en el Fedón escribe que el filósofo puede beneficiarse de todas partes, y afirma: "Grande es Grecia, oh Cebes, dijo él, en la cual hay hombres enteramente buenos, y muchos son también los pueblos de los bárbaros."
I, 67.1–68.3
67.1 De esta manera Platón considera que también entre los bárbaros hay algunos filósofos, mientras que Epicuro, por el contrario, 67.2 supone que solo los griegos pueden filosofar. En el Simposio, elogiando Platón a los bárbaros como quienes se han ejercitado de manera sobresaliente, dice que verdaderamente solo ellos —y otros en otros lugares, tanto entre griegos como entre bárbaros— de quienes ya se han hecho muchos santuarios por causa de tales hijos. 67.3 Es evidente que los bárbaros honraron de manera sobresaliente a sus propios 67.4 legisladores y maestros, llamándolos dioses. Pues según Platón, consideran que almas buenas, habiendo dejado el lugar supraceleste, soportaron venir a este tártaro y, habiendo tomado cuerpo, participar de todos los males de la generación, preocupándose por el género humano, almas que establecieron leyes y proclamaron la filosofía —bien mayor que este ni ha venido jamás de los dioses al género humano 68.1 ni vendrá—. Me parece que, habiendo percibido el gran beneficio proveniente de los sabios, veneraron a estos hombres y filosofaron públicamente todos los brahmanes, los odrisios, los getas, el pueblo de los egipcios, teologizaron con precisión las doctrinas de aquellos, los caldeos, los árabes llamados felices, cuantos habitaron Palestina y no la menor parte del pueblo persa, y otros 68.2 pueblos además de estos, incontables. Platón, evidentemente, se encuentra siempre exaltando a los bárbaros, recordando que tanto él mismo como Pitágoras aprendieron la mayoría y las más nobles de sus doctrinas entre los bárbaros.
68.3 Por esta razón habló de "pueblos bárbaros", conociendo pueblos de hombres filósofos bárbaros. En el Fedro nos muestra al rey egipcio incluso más sabio que Thoth, a quien sabe que es Hermes. Pero también en el Cármides aparece conociendo a ciertos tracios que, según se dice, inmortalizan el alma.
I, 69.1–70.2
69.1 Se registra que Pitágoras fue discípulo de Sonchis, el archiprofeta egipcio; Platón, de Secnufis de Heliópolis; 69.2 Eudoxo de Cnido, de Conufis, también egipcio. En el tratado Sobre el alma, Platón nuevamente aparece conociendo la profecía, introduciendo a un profeta que anuncia el logos de Láquesis a las 69.3 almas que entran en sorteo y que profetiza de antemano. También en el Timeo introduce al sapientísimo Solón aprendiendo del bárbaro. Las palabras son así: "Oh Solón, Solón, ustedes los griegos son siempre niños, 69.4 y un griego viejo no existe, pues no poseen enseñanza encanecida por el tiempo." Pues Demócrito, habiendo tomado los discursos morales de los babilonios, los ha compuesto. Se dice que la estela de Achicar, una vez traducida, la incorporó en sus propios escritos, y marcó las cosas provenientes de él escribiendo: "Demócrito dice esto". 69.5 Ciertamente, también sobre sí mismo, jactándose en cierto lugar de su erudición, dice: "Yo, de los hombres de mi tiempo, he recorrido la mayor parte de la tierra investigando las cosas más extensas, y he visto la mayor cantidad de climas y tierras, y he escuchado a la mayor cantidad de hombres doctos, y en la composición de líneas con demostración nadie todavía me ha superado, ni siquiera los llamados Arpedonaptas de los egipcios, con quienes en total pasé 69.6 ochenta años en tierra extranjera." Pues visitó Babilonia, Persia y Egipto, siendo discípulo de los magos y de los sacerdotes. Pitágoras emuló a Zoroastro el Mago persa, y los que siguen la herejía de Pródico 70.1 se jactan de poseer libros secretos de este hombre. Alejandro, en su tratado sobre los símbolos pitagóricos, registra que Pitágoras fue discípulo de Zarato el asirio —algunos consideran que este es Ezequiel, pero no lo es, como después se demostrará—, y que además de esto Pitágoras 70.2 escuchó a galos y a brahmanes.
I, 70.3–71.2
70.3 Clearco el peripatético afirma conocer a cierto judío que se relacionó con Aristóteles. Pues Heráclito dice que no de manera humana, sino con Dios, el futuro se manifestó a la Sibila. Dicen, desde luego, que en Delfos, junto al bouleuterion, se muestra cierta piedra sobre la cual se dice que se sentaba la primera Sibila que vino del Helicón, criada por las Musas. Algunos dicen 70.4 que llegó de Malia, siendo hija de Lamia, hija de Poseidón. Sarapión en los versos dice que la Sibila ni siquiera muerta cesó en su actividad profética, y que lo que pasó al aire de ella después de la muerte es lo que profetiza en rumores y presagios. Del cuerpo transformado en tierra, de las hierbas que naturalmente brotan, cuando los animales que las pastan se encuentran en ese lugar, escribe que manifiestan a los hombres una revelación precisa del futuro a través de las vísceras. Cree que su alma es el rostro que aparece en la luna.
71.1 Esto sobre la Sibila. Numa, rey de los romanos, era pitagórico, y habiéndose beneficiado de las enseñanzas de Moisés, prohibió a los romanos construir imagen antropomorfa o zoomorfa de dios. En efecto, durante los primeros ciento setenta años, aunque construyeron templos, 71.2 no hicieron estatua alguna, ni esculpida ni pintada. Pues Numa les mostraba por medio del ocultamiento que no es posible captar lo mejor sino únicamente con la mente.
I, 71.3–73.2
71.3 La filosofía, por tanto —cosa sumamente beneficiosa—, floreció antiguamente entre los bárbaros, brillando a través de las naciones, y después también 71.4 descendió a los griegos. Estuvieron al frente de ella los profetas de los egipcios, los caldeos de los asirios, los druidas de los galos, los samaneos de los bactrios, los que filosofaron entre los celtas, los magos de los persas —quienes por medio de la magia también preanunciaron el nacimiento del salvador, llegando a la tierra de Judea guiados por una estrella—, los gimnosofistas 71.5 de los indios, y otros filósofos bárbaros. El género de estos es doble: unos de ellos son llamados Sarmanes, otros Brahmanes. Y de los Sarmanes, los llamados Hylobios no habitan ciudades ni tienen techos, sino que se visten con cortezas de árboles, comen frutos secos y beben agua con las manos; no conocen matrimonio ni procreación, 71.6 como los ahora llamados Encratitas. Hay entre los indios quienes obedecen los preceptos de Buda, a quien por exceso de veneración han honrado como dios.
72.1 Anacarsis también era escita, y este se cuenta entre muchos filósofos griegos, sobresaliendo entre ellos. 72.2 Helánico registra que los hiperbóreos habitan más allá de los montes Ripeos, y que se les enseña justicia no comiendo carne, sino usando frutos secos. 72.3 A los de sesenta años los llevan fuera de las puertas y los hacen desaparecer. Hay también entre los germanos las llamadas mujeres sagradas, quienes mirando los remolinos de los ríos, los giros y sonidos de las corrientes, conjeturan y profetizan el futuro. Estas no les permitieron entablar batalla con César antes de que brillara la luna nueva.
72.4 De todos estos pueblos, el más antiguo por mucho es el pueblo de los judíos, y que la filosofía escrita entre ellos precedió a la filosofía entre los griegos, Filón el pitagórico lo demuestra mediante muchos argumentos, y también Aristóbulo el peripatético y muchos otros, 72.5 para no detenerme nombrando uno por uno. Muy claramente Megástenes, el escritor que convivió con Seleuco Nicátor, en el tercer libro de las Indicas escribe de esta manera: "Todas las cosas dichas sobre la naturaleza por los antiguos se dicen también entre los que filosofan fuera de Grecia: unas entre los indios, por los brahmanes; otras en Siria, por 73.1 los llamados judíos." Algunos cuentan de manera más legendaria que de los llamados Dáctilos Ideos surgieron primero algunos sabios, a quienes se atribuye tanto el descubrimiento de las llamadas letras efesias como el hallazgo de los ritmos musicales; por esta razón los dedos entre los músicos han recibido su denominación. Los Dáctilos Ideos 73.2 eran frigios y bárbaros.
I, 73.3–73.6
Herodoro registra que Heracles, habiéndose hecho adivino y físico, recibe de Atlas el bárbaro, el frigio, los pilares del cosmos, aludiendo el mito a que por el aprendizaje 73.3 recibe el conocimiento de los cielos. Hermipo de Berytos llama sabio a Quirón el Centauro, sobre quien también el que escribió la Titanomaquia dice que "él primero condujo el género mortal a la justicia, mostrando juramentos, sacrificios alegres y figuras del Olimpo". 73.4 Ante él se educó Aquiles, quien hizo la expedición a Ilión, e Hipo, la hija del Centauro, que vivió con Eolo, le enseñó 73.5 la contemplación física, la ciencia paterna. Eurípides testifica sobre Hipo de esta manera: "que ella primero profetizó las cosas divinas con oráculos claros en las salidas de las estrellas". 73.6 Ante este Eolo se hospeda Odiseo después de la toma de Ilión. Observa tú para mí los tiempos, en comparación con la edad de Moisés y la filosofía más antigua según él.
I, 74.1–77.2
74.1 No solo de la filosofía, sino de casi toda arte, los bárbaros son los inventores.
74.2 Los egipcios, desde luego, fueron los primeros en introducir la astronomía entre los hombres, e igualmente también los caldeos. Los egipcios fueron además los primeros en enseñar a encender lámparas, dividieron el año en doce meses, legislaron que no se permitiera tener relaciones con mujeres en los templos ni entrar a los lugares sagrados sin haberse lavado después de estar con una mujer. 74.3 También estos mismos se convirtieron en inventores de la geometría. Hay quienes dicen que fueron los carios quienes concibieron la predicción mediante las estrellas.
74.4 Los frigios fueron los primeros en observar los vuelos de las aves, y los tuscos —vecinos de Italia— perfeccionaron el arte de los sacrificios. 74.5 Los isaurios y los árabes desarrollaron la adivinación por presagios, así como los telmiseos la adivinación mediante los sueños. 74.6 Los tirrenos inventaron la trompeta, y los frigios la flauta. 75.1 Pues frigios fueron Olimpo y Marsias. Cadmo era fenicio, el descubridor de las letras para los griegos, según dice Éforo, de donde Heródoto escribe que las letras son llamadas fenicias. Otros dicen 75.2 que los fenicios y los sirios fueron los primeros en concebir las letras. Dicen que la medicina la practicó Apis, egipcio autóctono, antes de que Ío llegara a Egipto, y que después 75.3 Asclepio acrecentó el arte. Atlas el libio fue el primero en construir una nave y navegar el mar.
75.4 Celmis y Damnameo, de los Dáctilos Ideos, fueron los primeros en descubrir el hierro en Chipre, y Delas, otro Ideo, descubrió la aleación del bronce; 75.5 según Hesíodo, un escita. Ciertamente, los tracios fueron los primeros en descubrir la llamada harpe —es una espada curva— y los primeros en usar escudos sobre los 75.6 caballos. Igualmente, los ilirios descubrieron el llamado parme. 75.7 Además, dicen que los tuscos inventaron la escultura, y que Itano 75.8 —este era samnita— fue el primero en fabricar el escudo. Pues Cadmo el fenicio descubrió la extracción de piedra y concibió las minas de oro alrededor del monte 75.9 Pangeo. Ya otro pueblo, los capadocios, fueron los primeros en descubrir el llamado nabla, del mismo modo que los asirios el instrumento de dos cuerdas. 75.10 Los cartagineses fueron los primeros en construir el cuatrirremo, y lo construyó 76.1 Bósporo de manera improvisada. Medea, hija de Eetes, la de Cólquide, fue la primera en inventar el tinte para el cabello.
76.2 Pero también los Noropes —es un pueblo peónico, ahora llamados Nóricos— trabajaron el bronce y fueron los primeros en purificar el hierro. 76.3 Ámico, rey de los bébrices, fue el primero en descubrir las correas de boxeo. 76.4 En cuanto a la música, Olimpo el misio cultivó la armonía lidia, y los llamados trogloditas descubrieron la sambuca, 76.5 un instrumento musical. Dicen que también la flauta de Pan la descubrió Sátiro el frigio, el tricordio igualmente y la armonía diatónica Agnis, 76.6 también frigio. Las composiciones instrumentales, Olimpo igualmente el frigio, así como la armonía frigia, la mixofrigia y la mixolidia, Marsias —que era de la misma región que los anteriormente mencionados—, y la armonía doria la inventó Támiris 76.7 el tracio. Hemos escuchado que los persas fueron los primeros en fabricar el carruaje, el lecho y el escabel, y que los sidonios construyeron 76.8 la nave de tres bancos de remos. Los sículos, los que están junto a Italia, fueron los primeros en descubrir la forminge —que no difiere mucho de la cítara— e inventaron las castañuelas. 76.9 En tiempos del rey Semíramis de los egipcios, se registra que se descubrieron las vestiduras de lino fino. 76.10 Y Helánico dice que Atosa, que reinó sobre los persas, fue la primera en componer cartas.
77.1 Pues bien, Escamón de Mitilene y Teofrasto de Ereso, Cidipo de Mantinea, además Antífanes y Aristodemo y Aristóteles, y junto con estos Filostéfano, y también Estratón el peripatético, registraron estas cosas en sus tratados Sobre los descubrimientos. 77.2 He citado de ellos unas pocas cosas para establecer la naturaleza inventiva y beneficiosa para la vida que existe entre los bárbaros, de quienes los griegos se han beneficiado en sus prácticas.
I, 77.3–80.4
77.3 Si alguien calumnia la lengua bárbara, "para mí —dice 77.4 Anacarsis— todos los griegos hablan escita." Este era el admirado entre los griegos, quien dijo: "Para mí, mi manto es vestido; mi cena, leche y queso." ¿Ves la filosofía bárbara anunciando obras, no palabras?
78.1 El apóstol dice así: "Y ustedes, por medio de la lengua, si no dan una palabra inteligible, ¿cómo se conocerá lo que se habla? Pues estarán hablando al aire. Hay tantos, si ocurre, géneros de voces en el mundo, y ninguno es sin voz. Si, por tanto, no conozco el significado de la voz, seré bárbaro para el que habla, y el que habla será bárbaro para mí. Y el que habla en lengua, que ore para que interprete."
78.2 Ciertamente, tarde llegó a los griegos la enseñanza y la escritura de los discursos.
78.3 Alcmeón de Crotona, hijo de Perito, fue el primero en componer un tratado de filosofía natural. 78.4 Otros registran que Anaxágoras de Clazómenas, hijo de Hegesíbulo, fue el primero 78.5 en publicar un libro mediante escritura. Terpandro de Antisa fue el primero en poner melodía a los poemas y compuso melodías para las leyes de los lacedemonios; el ditirambo lo inventó Laso de Hermíone, el himno Estesícoro de Hímera, la danza coral Alcmán de Lacedemonia, la poesía erótica Anacreonte de Teos, la danza con canto Píndaro de Tebas, y el primero en cantar nomos 79.1 en coro y con cítara fue Timoteo de Mileto. Ciertamente, el yambo lo inventó Arquíloco de Paros, el yambo cojo Hiponacte de Éfeso, la tragedia Tespis de Atenas, la comedia Susarión 79.2 de Icaria. Los tiempos de estos los transmiten los hijos de los gramáticos, pero sería largo presentarlos con precisión aquí, mostrándose que Dioniso mismo —por quien también las representaciones dionisíacas— es posterior 79.3 a Moisés, o más bien muchísimo posterior. Dicen que también los discursos sobre las escuelas filosóficas y las figuras retóricas los descubrió, y que por salario fue el primero en servir como abogado escribiendo un discurso forense para publicación, Antifonte de Ramnunte, hijo de Sófilo, según dice Diodoro. Apolodoro de Cime fue el primero en introducir el nombre de "gramático" en lugar de "crítico" y fue llamado gramático. Algunos dicen que fue Eratóstenes de Cirene, ya que este publicó dos libros titulándolos "gramáticos". Fue llamado gramático, como ahora nombramos, primero Praxífanes 79.4 de Mitilene, hijo de Dionisofanes. Zaleuco el locrio es el primero en ser registrado 79.5 como establecedor de leyes; otros dicen que Minos, hijo de Zeus, en tiempos de Linceo. Este viene después de Dánao, en la undécima generación desde Ínaco y Moisés, 79.6 como mostraremos al descender un poco. Licurgo, habiendo nacido muchos años después de la toma de Ilión, ciento cincuenta años antes de las olimpíadas, legisla para los lacedemonios. Pues los tiempos de Solón 80.1 ya los hemos mencionado. Dracón, que también fue legislador, se encuentra haber nacido alrededor de la trigésima 80.2 y novena olimpíada. Antíloco, quien se ocupó de los historiadores desde la edad de Pitágoras hasta la muerte de Epicuro —que ocurrió el décimo día del mes gamelión—, arroja en total trescientos 80.3 doce años. Además, dicen que el verso heroico hexámetro lo descubrió Fanotea, mujer de Icario; otros dicen que Temis, una de las Titánides. 80.4 Dídimo, en su tratado Sobre la filosofía pitagórica, registra que Teano de Crotona fue la primera de las mujeres en filosofar y en escribir poemas.
I, 80.5–80.6
80.5 La filosofía griega, entonces, según algunos, por casualidad alcanza la verdad en alguna parte, aunque de manera oscura y no en su totalidad. Según otros quieren, recibe su impulso del diablo. Algunos han supuesto que ciertas potencias inferiores inspiraron 80.6 toda la filosofía. Pero aunque la filosofía griega no capta la magnitud de la verdad, y además es débil para practicar los mandamientos del Señor, sin embargo prepara el camino a la enseñanza más regia, de alguna manera moderando las costumbres, modelando previamente el carácter y disponiéndolo para la recepción de la verdad en aquel que reconoce la providencia.
I, 81.1–81.5
81.1 Sí, dicen que está escrito: "Todos los anteriores a la venida del Señor son ladrones y salteadores." Todos los que están en el logos, es decir, los anteriores a la encarnación del Logos, se entienden de manera más universal.
81.2 Pero los profetas, por cuanto fueron enviados e inspirados por el Señor, no son ladrones, sino servidores. 81.3 Dice, desde luego, la Escritura: "La sabiduría envió a sus propios siervos, convocando con elevada proclamación a una crátera de vino." 81.4 La filosofía, en cambio, no fue enviada por el Señor, sino que vino —dicen— robada o entregada por un ladrón, ya sea una potencia o un ángel que, habiendo aprendido algo de la verdad y no permaneciendo en ella, inspiró estas cosas y, habiendo robado, enseñó. No es que el Señor no supiera —él que conoce incluso los fines de lo que será antes de la fundación del mundo y que conoció a cada uno—, sino que no lo impidió. 81.5 Pues el robo que llegó a los hombres tenía entonces cierta utilidad, no porque quien lo sustrajo buscara lo conveniente, sino porque la providencia dirigió hacia lo conveniente el resultado de la audacia.
I, 82.1–84.7
82.1 Conozco a muchos que nos atacan sin cesar diciendo que el que no impide es causa. Pues afirman que es causa del robo quien no vigiló o quien no lo impidió, así como del incendio quien no apagó el peligro cuando comenzaba, y del naufragio el piloto que no recogió 82.2 la vela. Inmediatamente son castigados por la ley los responsables de estas cosas. Pues a quien tenía poder para impedirlo, a este se le atribuye también la responsabilidad de lo que sucede. 82.3 Decimos, por tanto, ante ellos que la causa se entiende en el hacer, en el actuar y en el obrar, mientras que lo que no impide, precisamente en cuanto tal, 82.4 es inactivo. Además, la causa está junto a la acción, así como el constructor de naves está junto al hacerse la embarcación, y el arquitecto junto al construirse la casa. Pero lo que no impide está separado de lo que ocurre.
82.5 Por esto se realiza precisamente, porque lo que puede impedir no actúa 82.6 ni impide. Pues, ¿qué es lo que hace el que no impide? Ya el argumento marcha hacia lo absurdo para ellos, si acusaran a la herida no de la flecha, sino del escudo que no impidió que la flecha atravesara. Pues no reprocharán al ladrón, sino al que no impidió el robo.
83.1 Dirán, por tanto, que no Héctor incendió las naves de los griegos, sino Aquiles, porque pudiendo impedir a Héctor no lo impidió. Pero él por causa de la ira —y estaba en su poder tanto airarse como 83.2 no airarse— ciertamente no impidió el fuego, y quizás es corresponsable. Pero el diablo, siendo libre en su voluntad, era capaz tanto de arrepentirse como de robar, y él mismo es el responsable del robo, no el Señor que no lo impidió. Pero ni siquiera la entrega era dañina, 83.3 para que interviniera el impedimento. Si hay que argumentar con precisión contra ellos, sepan que lo no-impeditivo —que decimos ocurrió en el caso del robo— no es en absoluto causa, mientras que lo impeditivo está sujeto 83.4 a la acusación de ser causa. Pues el que protege con su escudo es causa para el protegido de no ser herido, impidiendo que sea herido; y para Sócrates, el daimónion era causa no por no impedir, sino por apartar, 83.5 aunque no impulsara positivamente. Ni las alabanzas ni las censuras, ni los honores ni los castigos son justos si el alma no tiene el poder 84.1 del impulso y la abstención, sino que el vicio es involuntario. De donde quien impide es causa, pero quien no impide juzga 84.2 justamente la elección del alma, para que, en la mayor medida posible, Dios permanezca para nosotros sin responsabilidad del mal. Puesto que de los pecados la elección y el impulso son el principio, y a veces domina una opinión errónea —que, siendo ignorancia y falta de conocimiento, 84.3 descuidamos abandonar—, con razón castigaría. Pues también el tener fiebre es involuntario; pero cuando alguien tiene fiebre por sí mismo y por intemperancia, 84.4 acusamos a este. Así también el vicio es involuntario, pues nadie elige el mal en cuanto mal, sino que arrastrado por el placer relacionado con él 84.5 y considerándolo un bien, lo juzga digno de ser tomado. Estando las cosas así, el liberarse tanto de la ignorancia como de la elección vil y placentera, y antes de esto el no asentir a aquellas fantasías 84.6 engañosas, está puesto en nosotros. El diablo es llamado salteador y ladrón por haber mezclado falsos profetas con los profetas, como 84.7 la cizaña con el trigo. Todos, por tanto, los anteriores al Señor son ladrones y salteadores —no simplemente todos los hombres, sino todos los falsos profetas y todos los que no fueron enviados propiamente por él.
Comentario editorial · Excurso: causar y permitir (82.1–84.2)
El argumento de Clemente sobre causalidad y omisión (82.1-84.2) representa una sofisticada distinción filosófica que anticipa debates contemporáneos en filosofía de la acción y ética normativa. Su posición puede clasificarse dentro de lo que hoy llamaríamos teoría de la causalidad positiva o doctrina del acto/omisión.
Estructura del argumento clementino:
-
Distinción ontológica: Clemente diferencia radicalmente entre causar (acción positiva) y no-impedir (omisión). La causa está "junto a la acción" (82.4), mientras que lo no-impeditivo está "separado de lo que ocurre".
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Criterio de actividad: Solo lo que actúa puede ser causa. La omisión, siendo precisamente inactividad, no puede ser causal en sentido propio (82.3-82.4).
-
Refutación por reducción al absurdo: Los ejemplos del escudo y de Aquiles (82.6-83.1) muestran que atribuir causalidad a omisiones conduce a conclusiones absurdas.
Paralelos con filosofía contemporánea:
En la filosofía analítica del siglo XX, esta distinción resurge en el debate sobre la doctrina del doble efecto y la distinción entre matar y dejar morir. Filósofos como Philippa Foot (1920-2010) y Warren Quinn (1938-1991) defendieron posiciones similares a Clemente: existe una diferencia moral significativa entre causar un daño activamente y permitir que ocurra por omisión.
La posición de Clemente se alinea con lo que en ética contemporánea se llama deontología moderada: reconoce restricciones morales especiales contra causar daño activamente, mientras que las obligaciones de prevenir daño (deberes de rescate) son menos estrictas. Esto contrasta con el consecuencialismo, que típicamente rechaza la distinción acto/omisión como moralmente arbitraria.
Aplicación teológica:
Clemente aplica esta distinción para resolver el problema de la teodicea: Dios no es causa del mal porque no lo produce activamente, aunque permita (no impida) el ejercicio del libre albedrío que resulta en mal. Esta solución anticipa la teodicea del libre albedrío desarrollada posteriormente por Agustín y refinada en la escolástica medieval.
Sin embargo, Clemente añade un elemento providencialista crucial (85.6-86.3): aunque Dios no causa el mal, su providencia lo "gobierna hacia un fin saludable". Esto introduce una tensión: si Dios ordena providencialmente incluso los males hacia el bien, ¿no es esto una forma de causalidad indirecta? Clemente no resuelve completamente esta tensión, que reaparecerá en debates posteriores sobre concurrencia divina y molinismo.
Crítica desde perspectivas actuales:
Filósofos contemporáneos como Jonathan Bennett y James Rachels han criticado la distinción acto/omisión como moralmente irrelevante cuando las consecuencias y las intenciones son idénticas. Desde esta perspectiva consecuencialista, el argumento de Clemente sería una sofistería que permite evadir responsabilidad moral por omisiones culpables.
No obstante, la posición clementina mantiene defensores en la ética de virtudes contemporánea (Rosalind Hursthouse, Alasdair MacIntyre) y en corrientes deontológicas (Frances Kamm, Thomas Nagel), que sostienen que la estructura de la agencia moral incluye restricciones especiales contra causar daño que no se aplican igualmente a permitir daño.
I, 85.1–85.5
85.1 Los falsos profetas tenían también lo robado: el nombre 85.2 profético, siendo profetas no del Señor, sino del mentiroso. Dice el Señor: "Ustedes son de su padre el diablo y quieren hacer los deseos de su padre. Aquel fue homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla la mentira, habla de lo suyo propio, porque es mentiroso 85.3 y padre de ella." En medio de las mentiras, los falsos profetas también decían algunas cosas verdaderas, y en realidad estos profetizaban en éxtasis como 85.4 servidores del apóstata. También dice el Pastor, el ángel del arrepentimiento, a Hermas sobre el falso profeta: "Pues habla algunas palabras verdaderas; pues el diablo lo llena con su propio espíritu, para ver si podrá 85.5 quebrantar a algunos de los justos." Todas las cosas, por tanto, se ordenan desde lo alto hacia el bien, "para que sea dada a conocer por medio de la asamblea la multiforme sabiduría de Dios, según el conocimiento previo de los eones que hizo en Cristo."
I, 85.6–86.3
85.6 Nada se opone a Dios ni nada lo contradice, siendo él Señor y 86.1 todopoderoso. Pero también los designios y las acciones de los que apostataron, siendo parciales, surgen de una disposición vil, así como también las enfermedades corporales. Sin embargo, son gobernados por la providencia 86.2 universal hacia un fin saludable, aunque la causa sea productora de enfermedad. La prueba más grande de la divina providencia es no dejar que la maldad surgida de una apostasía voluntaria permanezca inútil e inservible, ni tampoco que llegue a ser 86.3 dañina en todo. Pues obra de la divina sabiduría, virtud y poder es no solo hacer el bien —pues esta es, por así decir, la naturaleza de Dios, como del fuego el calentar y de la luz el iluminar—, sino especialmente aquello: realizar algún fin bueno y útil a través de males concebidos por algunos, y usar provechosamente lo que parece vil, como también el martirio que proviene de la prueba.
I, 87.1–87.7
87.1 Hay, por tanto, también en la filosofía —la robada como por Prometeo— un pequeño fuego apto para la luz, avivado útilmente: un vestigio 87.2 de sabiduría y un movimiento hacia Dios. Quizás serían ladrones y salteadores los filósofos entre los griegos, incluso los anteriores a la venida del Señor, que tomaron de los profetas hebreos partes de la verdad no según conocimiento pleno, sino apropiándose de doctrinas como propias, y unas falsificándolas, otras sofisticándolas ignorantemente por curiosidad, 87.3 y otras también descubriéndolas. Pues quizás tuvieron también un espíritu de percepción. Aristóteles confesó estar de acuerdo con la Escritura, 87.4 diciendo que la sofística es ladronesca de la sabiduría, como ya anticipamos. El apóstol dice: "Y hablamos estas cosas no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con palabras enseñadas 87.5 por el Espíritu." Pues sobre los profetas dice: "Todos nosotros recibimos de su plenitud", evidentemente de Cristo. De modo que los profetas 87.6 no son ladrones. "Y mi enseñanza no es mía", dice el Señor, "sino del Padre que me envió." Pero sobre los que roban 87.7 dice: "El que habla de sí mismo busca su propia gloria." Tales son los griegos, amantes de sí mismos y jactanciosos. Cuando la Escritura los llama sabios, no calumnia a los verdaderamente sabios, sino a los que aparentan ser sabios.
I, 88.1–89.1
88.1 "Destruiré la sabiduría de los sabios y desecharé la inteligencia de los inteligentes." El apóstol añade, desde luego: "¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el disputador de este siglo?" Estableciendo en contraste con los escribas a los disputadores de este siglo, 88.2 es decir, a los filósofos de entre las naciones. "¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo?" En el mismo sentido de "la mostró necia y no verdadera", 88.3 como ellos creían. Si preguntaras la causa de su falsa sabiduría, dirá: "por el endurecimiento de su corazón." "Puesto que en la sabiduría de Dios" —es decir, anunciada mediante los profetas— "el mundo no conoció mediante la sabiduría que hablaba a través de los profetas a él", evidentemente a Dios, "este Dios se complació por medio de la predicación de la locura" —la que parece ser locura para los griegos— "salvar a los que creen."
88.4 "Pues los judíos —dice— piden señales para creer, mientras que los griegos buscan sabiduría", evidentemente los llamados argumentos demostrativos y los demás silogismos. "Nosotros, en cambio, predicamos a Jesucristo crucificado, escándalo para los judíos" porque, conociendo la 88.5 profecía, no creen en su cumplimiento, "y locura para los griegos." Pues los que aparentan ser sabios consideran como algo mítico que mediante un hombre se hable del Hijo de Dios, que Dios tenga un Hijo, y que este haya padecido. De ahí que el prejuicio 88.6 de su presunción los persuade a no creer. Pues la venida del salvador no hizo necios, duros de corazón e incrédulos, sino 88.7 inteligentes, dóciles y además creyentes. Se mostraron, por la adhesión voluntaria de los que obedecieron, como separados de estos, los que no quisieron 88.8 obedecer, insensatos, incrédulos y necios. "Pero para los llamados mismos, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría 89.1 de Dios."
I, 89.2–90.2
¿Acaso no habría que entender —lo cual es mejor— de manera negativa el "¿acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo?", en el sentido de "no la entonteció", para que la causa de su dureza de corazón no parezca haber venido de Dios, de quien entonteció la sabiduría? Pues, al contrario, aunque eran sabios, incurrieron en mayor culpa al no creer en la predicación, 89.2 pues tanto la elección como el apartarse de la verdad son voluntarios. Pero también con el "destruiré la sabiduría de los sabios" dice que la hará brillar mediante la contraposición de la filosofía bárbara despreciada y menospreciada, así como se dice que la lámpara, al ser sobrepasada por el sol, ha perecido 89.3 al no cumplir una actividad igual. Por tanto, habiendo sido llamados todos los hombres, los que quisieron obedecer fueron denominados "llamados". Pues no hay injusticia en Dios. Inmediatamente, de ambos pueblos, los que 89.4 creyeron, estos son el pueblo escogido. También en los Hechos de los Apóstoles podrías encontrar literalmente: "Así que los que aceptaron su palabra fueron bautizados"; pero los que no quisieron obedecer, claramente 90.1 se apartaron por sí mismos. A estos la profecía dice: "Si quieren y me escuchan, comerán los bienes de la tierra", demostrando que tanto la elección como el apartamiento están puestos en nosotros. El apóstol llamó "sabiduría de Dios" a la enseñanza según el Señor, para 90.2 mostrar que la verdadera filosofía es transmitida por medio del Hijo.
I, 90.3–90.5
Pero además, el que aparenta ser sabio tiene ciertas exhortaciones, las que están en el apóstol, que ordenan "revestirse del hombre nuevo, el creado según Dios en justicia y santidad de la verdad. Por lo cual, habiendo desechado la mentira, hablen verdad. No den lugar al diablo. El que robaba, que ya no robe más, sino más bien que trabaje haciendo el bien."
90.3 Trabajar es esforzarse adicionalmente buscando la verdad, junto con el beneficio espiritual, "para que tengan qué compartir con el que tiene necesidad", tanto de la abundancia mundana como de la sabiduría divina. 90.4 Pues quiere que el logos sea enseñado públicamente y que el dinero sea depositado en las mesas, 90.5 cuidadosamente probado con precisión para prestarlo. De donde añade: "Ninguna palabra corrompida salga de su boca" —palabra corrompida es la que proviene de la presunción—, "sino la que sea buena para edificar según la necesidad, para que dé gracia a los que escuchan." De un Dios bueno, necesariamente el logos debe ser bueno. ¿Y cómo no es bueno el que salva?
I, 91.1–91.5
91.1 Que los griegos son reconocidos por proclamar ciertas doctrinas verdaderas, puede examinarse también desde este punto. Pablo aparece registrado en los Hechos de los Apóstoles dirigiéndose a los areopagitas con estas palabras: "Los observo a ustedes más inclinados a la religiosidad. 91.2 Pues mientras recorría y examinaba sus objetos de culto, encontré un altar en el cual estaba inscrito: 'Al Dios desconocido'. Así pues, a aquel que ustedes veneran sin conocer, ese es el que yo les anuncio. 91.3 El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas ni es servido por manos de hombres como si necesitara algo, siendo él quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. 91.4 Él hizo de uno solo toda la raza de los hombres para que habitaran sobre toda la faz de la tierra, habiendo establecido tiempos ordenados de antemano y los límites territoriales de su habitación, para que buscaran lo divino, por si acaso pudieran palparlo y encontrarlo, aunque no está lejos de cada uno de nosotros. Pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como también algunos de los poetas entre ustedes han dicho: 'Porque somos también de su linaje.'"
91.5 De estas palabras resulta evidente que, usando ejemplos poéticos de los Fenómenos de Arato, aprueba lo que fue dicho con acierto entre los griegos, e insinuó mediante el Dios desconocido que el Dios creador era honrado de manera circunlocutoria por los griegos, pero que debía ser recibido y conocido con pleno reconocimiento a través del Hijo.
I, 92.1–93.1
92.1 "Por esto te envié a las naciones", dice, "para abrir sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás hacia Dios, para que reciban perdón de pecados y herencia entre los santificados por la fe en mí." 92.2 Estos ojos de ciegos que se abren son, entonces, el conocimiento del Padre a través del Hijo, la comprensión de la manera circunlocutoria griega. Y convertirse del poder de Satanás significa transformarse apartándose del pecado, 92.3 a través del cual se había producido la esclavitud.
No aceptamos, sin embargo, toda filosofía sin discriminación, sino aquella acerca de la cual también dice Sócrates en Platón: "Pues hay, según dicen los iniciados en los misterios, muchos portadores de nártex, pero pocos verdaderos bacantes", insinuando que son muchos los llamados pero pocos los elegidos. 92.4 Y añade claramente: "Estos, según mi opinión, no son otros que quienes han filosofado rectamente. De los cuales yo mismo, en la medida de lo posible, no he dejado nada sin intentar en mi vida, sino que me he esforzado de toda manera por llegar a ser uno de ellos. Si me he esforzado rectamente y hemos logrado algo, 93.1 lo sabremos con claridad una vez que hayamos llegado allá, si Dios quiere, dentro de poco." ¿Acaso no te parece que está clarificando, a partir de las Escrituras hebreas, la esperanza del justo después de la muerte mediante la fe?
I, 93.2–93.5
También en el Demodoco, si en verdad esta obra es de Platón, dice que filosofar no consiste en vivir encorvado sobre las técnicas ni en la erudición acumulativa, sino en algo diferente, pues yo consideraba esto hasta un reproche. 93.2 Sabía, creo, que "ciertamente la erudición abundante no enseña a tener inteligencia", según Heráclito.
93.3 Y en el libro quinto de la República dice: "¿Acaso estableceremos entonces que todos estos y otros estudiosos de tales disciplinas matemáticas y artesanos son filósofos?" "De ninguna manera", respondí, "sino semejantes a los filósofos." "Pero a los verdaderos", dijo, "¿a quiénes te refieres?" 93.4 "A los contempladores de la verdad", respondí. Pues la filosofía no consiste en la geometría, que tiene postulados e hipótesis, ni en la música, siendo que es conjetural, ni en la astronomía, saturada como está de argumentos sobre cosas naturales, fluidas y verosímiles, sino en la ciencia misma del Bien y de la verdad, siendo aquellas otras cosas diferentes del Bien, pero como caminos hacia el Bien.
93.5 De modo que ni siquiera él mismo concede que la educación encíclica conduzca al Bien en sí misma, sino que coopera para despertar y ejercitar conjuntamente el alma hacia las realidades inteligibles.
I, 94.1–94.7
94.1 Así pues, tanto si afirman que los griegos expresaron algo de la filosofía verdadera por casualidad —y la casualidad sería parte de la economía divina, pues nadie atribuiría al azar automático aquello que se debe a la benevolencia hacia nosotros—, 94.2 o si dicen que fue por coincidencia, la coincidencia no carece de providencia; o si sostienen que los griegos tuvieron una noción natural, reconocemos a un solo creador de la naturaleza, según lo cual también hemos dicho que la justicia es natural; o si además afirman que tuvieron una inteligencia común, 94.3 consideremos quién es el padre de esta y de la justicia según la distribución de la inteligencia. Pues si alguien habla de una proclamación anticipada y acusa una consonancia verbal, está hablando de formas de profecía.
Otros, por cierto, quieren decir que ciertas cosas fueron dichas por los filósofos según un reflejo de la verdad. 94.4 El divino apóstol escribe sobre nosotros: "Pues ahora vemos como a través de un espejo", conociéndonos a nosotros mismos por reflexión en él mismo y contemplando en lo posible la causa creativa a partir de lo divino que hay en nosotros. 94.5 Pues dice: "Viste a tu hermano, viste a tu Dios." 94.6 Creo que el Salvador es llamado Dios para nosotros ahora; pero después del despojo de la carne, cara a cara, entonces ya de manera definida y aprehensible, cuando el corazón se haya hecho puro. 94.7 Tanto según reflejo como según manifestación indirecta, quienes filosofaron con precisión entre los griegos perciben a Dios. Tales son las representaciones de la verdad según la incapacidad, como la representación contempla las cosas vistas en las aguas y las que se ven a través de cuerpos transparentes y diáfanos.
Comentario editorial · Todos los caminos conducen a Dios
En este pasaje, Clemente despliega una estrategia argumentativa que anticipa la teología natural medieval: cualquier explicación del conocimiento filosófico griego —casualidad, coincidencia, naturaleza, inteligencia común o profecía— inevitablemente remite a la providencia divina. Es un argumento de "cierre hermético": no importa qué teoría del conocimiento adoptes, todas convergen en Dios como fuente última.
Para el lector contemporáneo, este método revela algo profundo sobre la epistemología cristiana antigua: la verdad no es propiedad exclusiva de una tradición, sino que resplandece fragmentariamente en múltiples culturas. Clemente no teme que reconocer verdades en la filosofía pagana debilite el cristianismo; al contrario, ve en ello confirmación de que el Logos divino permea toda la realidad. Su confianza teológica le permite ser generoso intelectualmente.
Este enfoque contrasta con apologéticas más defensivas que buscan demostrar la superioridad cristiana mediante la refutación total del pensamiento no cristiano, lo cual podemos ver mas en su escrito protreptico. Clemente en su stromata prefiere la integración a la exclusión, la síntesis a la antítesis. Su método no es triunfalista sino sapiencial: busca discernir las huellas del Verbo dondequiera que aparezcan.
I, 95.1–96.1
95.1 Bien dice Salomón: "El que siembra justicia produce fe. Y hay quienes siembran lo propio y hacen más." Y de nuevo: "Cuida las hierbas verdes del campo y siega forraje, y recoge el pasto en su tiempo oportuno, 95.2 para que tengas ovejas para vestido." ¿Ves cómo también se debe cuidar de la protección y resguardo exterior? "Con conocimiento conocerás las almas de tu rebaño."
95.3 Pues cuando "las naciones que no tienen ley hacen por naturaleza las cosas de la ley, estas, no teniendo ley, son ley para sí mismas", guardando la incircuncisión los mandamientos de la ley según el apóstol, tanto antes de la ley como antes de la venida. 95.4 Y haciendo como una comparación, el logos entre los que provienen de la filosofía y los llamados herejes, dice muy claramente: "Mejor es un amigo cercano que un hermano que habita lejos. Pero el que se apoya en mentiras, este apacienta vientos y persigue aves aladas." 95.5 No creo que el logos esté hablando ahora de la filosofía, aunque la filosofía en muchas cosas intenta lo verosímil y es persuasiva, 95.6 sino que está golpeando a las herejías. Pues añade: "Abandonó los caminos de su propia viña, y se ha extraviado por las sendas de su propio campo." Estas son las que abandonan desde el principio 95.7 la Iglesia. En el acto, el que ha caído en la herejía pasa a través de un desierto sin agua, habiendo abandonado al Dios verdaderamente existente, desierto de Dios, buscando agua sin agua, atravesando la tierra inhabitada y sedienta, 96.1 recogiendo con sus manos esterilidad.
I, 96.2–96.4
"Y a los faltos de entendimiento exhorto", dice la Sabiduría, evidentemente a los que están en torno a las herejías: "Toquen con gusto panes ocultos y agua dulce de robo." Pan y agua no los está aplicando a otras cosas sino a aquellas herejías que usan pan y agua en la ofrenda, pero no según la regla de la Iglesia, colocando la Escritura esto de manera evidente. Pues hay quienes 96.2 dan gracias con agua sola. "Pero salta lejos, no te demores en su lugar." 96.3 Llamó "lugar" a la sinagoga, no a la Iglesia, usando el término de manera homónima. Luego proclama: "Pues así cruzarás agua ajena", 96.4 considerando el bautismo herético como agua no propia ni legítima, "y saltarás por encima de un río ajeno", el que arrastra y sumerge hacia el mar, al cual es arrojado el que se ha desviado de la firmeza según la verdad, arrastrado de nuevo hacia las olas paganas y desordenadas de la vida.
I, 97.1–98.1
97.1 Así como los muchos hombres que arrastran una nave no podrían decir que son muchas causas sino una sola causa a partir de muchos —pues no es cada uno individualmente causa de que la nave sea arrastrada, sino junto con los demás—, de la misma manera también la filosofía, siendo búsqueda de la verdad, coopera hacia la aprehensión de la verdad, no siendo ella misma causa de la aprehensión, sino causa junto con los demás 97.2 y colaboradora. Y quizá también lo que es causa conjunta es causa. Así como, siendo uno solo el vivir dichosamente, las virtudes resultan ser causas siendo múltiples; y así como del calentarse son causa tanto el sol como el fuego, el baño y el vestido, de este modo, siendo una sola la verdad, son muchas las cosas que cooperan 97.3 en su búsqueda, pero el hallazgo es a través del Hijo.
Si consideráramos esto con cuidado, veremos que la virtud es una según su capacidad, pero sucede que, habiéndose incorporado a estas realidades se le llama prudencia, en aquellas 97.4 templanza, en otras valentía o justicia. Según este mismo razonamiento, siendo una sola la verdad, en la geometría hay verdad de la geometría, en la música verdad de la música, y en la filosofía recta habría verdad helénica. Pero la única verdad soberana e infalible es aquella 98.1 en la cual somos instruidos junto al Hijo de Dios.
I, 98.2–99.1
Decimos esto del modo en que una misma dracma, dada al naviero se llama flete, al recaudador tributo, al hospedero renta, al maestro salario y al vendedor anticipo. Cada una, ya sea virtud o verdad llamada de manera sinónima, es causa únicamente 98.2 del resultado que le corresponde por sí misma. Pero de la cooperación conjunta de estas resulta el vivir dichosamente —pues no somos dichosos por los nombres—, cuando llamamos felicidad a la vida recta y dichoso al que tiene el alma 98.3 adornada virtuosamente.
Y si bien la filosofía coopera desde lejos hacia el hallazgo de la verdad, extendiéndose mediante diversos acercamientos hacia el conocimiento que toca de manera inmediata la verdad según nosotros, sin embargo coopera con quien se ha esforzado por emprender racionalmente 98.4 el alcanzar el conocimiento. La verdad helénica se separa de la nuestra, aunque haya participado del mismo nombre, tanto por la magnitud del conocimiento como por la demostración más soberana, por el poder divino y por las cosas semejantes. Pues nosotros somos instruidos por Dios, siendo educados en las letras verdaderamente sagradas junto al Hijo de Dios. Por esto tampoco mueven las almas de la misma manera, sino con enseñanza 99.1 diferente.
I, 99.2–100.1
Si debemos distinguirnos a causa de los amantes de las acusaciones, diremos que la filosofía es causa conjunta y colaboradora de la aprehensión verdadera, siendo búsqueda de la verdad, y la confesaremos como preparación previa del gnóstico, sin establecer como causa lo que es causa conjunta, ni tampoco lo que es colaborador como lo que sostiene, ni como aquello sin lo cual no se puede prescindir de la filosofía. Puesto que casi todos, sin la educación encíclica y la filosofía helénica, e incluso algunos sin letras, movidos por la filosofía divina y bárbara, hemos recibido en potencia el logos acerca de Dios a través de la fe, 99.2 habiendo sido educados por la Sabiduría que actúa por sí misma.
Lo que hace algo junto con otro, siendo imperfecto para actuar por sí mismo, lo llamamos colaborador y causa conjunta, denominado así porque es causa junto con otra causa o porque, uniéndose con otra, llega a ser causa, pero por sí mismo no puede 99.3 proveer el resultado según la verdad. Aunque también por sí misma la filosofía una vez justificó a los griegos, no hacia la justicia universal —para la cual se encuentra como colaboradora, así como el primer y segundo escalón para el que sube al piso superior, y el maestro de letras para el que va a filosofar—, ni de modo que por su supresión le falte algo al logos universal o se destruya la verdad. Pues también la vista, el oído y la voz contribuyen hacia la verdad, pero es la inteligencia la que la conoce 99.4 de manera apropiada. Sin embargo, de los colaboradores, unos aportan más poder y otros menos. Desde luego, la claridad coopera para la transmisión de la verdad, y la dialéctica para no caer 100.1 bajo las herejías que nos atacan.
I, 100.2–100.5
Así pues, la enseñanza según el Salvador es autosuficiente y no necesita nada, siendo poder y sabiduría de Dios. Pero la filosofía helénica que se acerca no hace más poderosa la verdad, sino que, haciendo imposible el intento sofístico contra ella y rechazando las asechanzas fraudulentas contra la verdad, 100.2 es llamada apropiadamente cerca y muro del viñedo. Y mientras una es necesaria para vivir, como el pan —la verdad según la fe—, la educación preparatoria se asemeja al condimento y al postre, y al final de la cena un dulce bocado 100.3 según Píndaro el tebano.
La Escritura lo ha dicho sin rodeos: "Más astuto será el inocente que comprende, y el sabio recibirá conocimiento." Y "el que habla por sí mismo busca su propia gloria", dice el Señor, "pero el que busca la gloria del que lo envió, ese es verdadero 100.4 y no hay injusticia en él." Por el contrario, entonces, actúa injustamente el que se ha apropiado de lo de los bárbaros y se jacta de ello como propio, aumentando su propia gloria y mintiendo respecto a la verdad. Este es llamado ladrón por la Escritura. Dice pues: "Hijo, no seas mentiroso, pues la mentira conduce 100.5 al robo." Y el ladrón posee verdaderamente lo que ha sustraído, ya sea oro, plata, palabra o doctrina. Así pues, en parte, lo que han robado es verdadero, pero lo conocen de manera conjetural y por las presiones de los argumentos. Por tanto, una vez que hayan sido instruidos como discípulos, conocerán de manera aprehensiva.