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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minSobre las costumbres de la Iglesia católica
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 4.— El hombre— ¿qué es?
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7.— El conocimiento de Dios ha de obtenerse de la Escritura. El plan y los principales misterios del designio divino de la redención
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10.— Qué enseña la Iglesia acerca de Dios. Los dos dioses de los maniqueos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 12.— Somos unidos a Dios por el amor, en sujeción a Él
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 15.— La definición cristiana de las cuatro virtudes
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 16.— Armonía del Antiguo y Nuevo Testamento
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18.— Solo en la Iglesia Católica se establece la verdad perfecta sobre la armonía de ambos Testamentos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20.— Estamos obligados a despreciar todas las cosas sensibles y a amar solo a Dios
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23.— Preceptos y ejemplos de fortaleza en las Escrituras
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 26.— Amor a nosotros mismos y al prójimo
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 28.— De hacer el bien al alma de nuestro prójimo. Dos partes de la disciplina: represión e instrucción. Por la buena conducta llegamos al conocimiento de la verdad
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 30.— La Iglesia apostrofada como maestra de toda sabiduría. Doctrina de la Iglesia Católica
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 31.— La vida de los anacoretas y cenobitas puesta frente a la continencia de los maniqueos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 32.— Elogio del clero
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 34.— No se ha de culpar a la Iglesia por la conducta de los malos cristianos, adoradores de tumbas e imágenes
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minSobre las costumbres de los maniqueos
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3.— Si el mal se define como aquello que es dañino, esto implica otra refutación de los maniqueos
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 6.— A qué afecta la corrupción y qué es
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 9.— Las ficciones maniqueas acerca de las cosas buenas y malas no son coherentes consigo mismas
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 10.— Tres símbolos morales ideados por los maniqueos sin provecho alguno
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 12.— Subterfugio maniqueo
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 14.— Tres buenas razones para abstenerse de ciertas clases de alimentos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 15.— Por qué los maniqueos prohíben el uso de la carne
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 16.— Descubrimiento de las monstruosas doctrinas de los maniqueos
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 4 minCapítulo 16.— Descubrimiento de las monstruosas doctrinas de los maniqueos
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 17.— Descripción del símbolo de las manos entre los maniqueos
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 18.— Del símbolo del pecho, y de los misterios vergonzosos de los maniqueos
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 19.— Crímenes de los maniqueos
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 20.— Conducta vergonzosa descubierta en Roma

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre las costumbres de la Iglesia católica y de los maniqueos

    Texto base: versión inglesa del Rev. Richard Stothert, revisada por Albert H. Newman, en Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 4, ed. Philip Schaff (1887) · 35 + 20 capítulos y 80 + 75 secciones

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Stothert; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 207 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Agustín había sido maniqueo —oyente, no elegido— durante nueve años, según él mismo cuenta aquí (§ 68), y poco después de su bautismo, estando en Roma, no soportó que los maniqueos presumieran de continencia y de abstinencia ante los inexpertos. Escribió entonces dos libros que forman una sola respuesta: en el primero muestra cuáles son las costumbres de la Iglesia católica y de qué raíz nacen —la virtud entendida como amor perfecto de Dios, probada con ambos Testamentos y con la vida de los monjes y del clero—; en el segundo examina lo que los maniqueos llaman bien y mal, sus tres «sellos» de la boca, de las manos y del pecho, y lo que él vio y supo de la conducta de sus elegidos. Esta edición es la traducción castellana, directa de la versión inglesa de Richard Stothert revisada por Albert H. Newman (Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 4), de los dos libros leídos como uno.
    El primero tiene 35 capítulos y 80 secciones; el segundo, 20 capítulos y 75 secciones. En el primero, los Cap. 1 a 7 (§ 1–12) plantean el método y la pregunta por el bien del hombre; los Cap. 8 a 14 (§ 13–24) lo identifican con Dios, a quien se adhiere por el amor, y lo prueban con los dos Testamentos; el Cap. 15 (§ 25) define las cuatro virtudes como formas de ese amor, y los Cap. 19 a 25 (§ 35–47) las recorren: la templanza (Cap. 19 a 21), la fortaleza (22 y 23), la justicia y la prudencia (24 y 25). Los Cap. 26 a 30 (§ 48–64) tratan del amor al prójimo y de la autoridad de las Escrituras y de la Iglesia; los Cap. 31 a 33 (§ 65–73), de los anacoretas, los cenobitas, el clero y las comunidades de las ciudades; el Cap. 34 (§ 74–76) responde a quien señale los vicios de los malos cristianos, y el Cap. 35 (§ 77–80) trata del matrimonio y de los bienes. El segundo libro define el bien supremo como lo que posee la existencia suprema (Cap. 1) y razona sobre el mal (Cap. 2 a 9: qué es, que no es una sustancia, que solo corrompe lo que antes era bueno); examina luego los tres sellos (Cap. 10 a 18: boca, manos, pecho) y cierra con lo que Agustín dice haber presenciado y sabido de los maniqueos en Cartago y en Roma (Cap. 19 y 20).

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (354–430, según Wikipedia), obispo de Hipona
    TítuloSobre las costumbres de la Iglesia católica y Sobre las costumbres de los maniqueos (en latín, De moribus ecclesiae catholicae y De moribus Manichaeorum; en inglés, Of the Morals of the Catholic Church y On the Morals of the Manichæans)
    Fecha388, en Roma, «después de mi bautismo» (Retractaciones, I, 7, citadas en el NPNF). Agustín los llama «dos libros» y las ediciones los imprimen juntos
    GéneroControversia antimaniquea: exposición de la moral católica y refutación de la moral y la doctrina del bien y del mal de los maniqueos
    EstructuraDos libros: 35 capítulos (80 secciones) y 20 capítulos (75 secciones). Los títulos de los capítulos son de la edición inglesa
    ExtensiónUnas 38 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés de Stothert; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 4 (St. Augustin: The Writings against the Manichæans and against the Donatists), ed. Philip Schaff

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el Rev. Richard Stothert, M.A. (de Bombay) preparó para la edición de Dods (T. & T. Clark, Edimburgo, 1872) y que Albert H. Newman revisó para la edición americana, cotejándola frase por frase con el latín y cambiando solo donde le pareció necesario. Así lo dice el prefacio de Philip Schaff al volumen 4 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, fechado en Nueva York en junio de 1887. El volumen reúne siete escritos contra los maniqueos, cuatro traducidos por Stothert y tres por Newman, con un ensayo introductorio de Newman sobre la herejía maniquea, y los escritos contra los donatistas. La lista de contenidos del volumen asigna a Stothert los dos libros de esta edición; New Advent los publica con su nombre solo (volumen impreso en Buffalo por la Christian Literature Publishing Co., 1887), y la copia de CCEL, cuya ficha da «Nueva York, 1890», conserva el prefacio y las notas de Newman.
    Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo una aplicación (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano y nadie la ha revisado frase a frase. El argumento que abre cada libro y el «Escrito… en el año 388» son de la edición inglesa, no de Agustín, y se reproducen como tales, dentro del texto, bajo el nombre de la edición.
    Lo que viene de la edición. Los capítulos y sus títulos son los de la edición inglesa. Las secciones llevan el número del NPNF, que sigue a las ediciones latinas; como los dos libros numeran sus secciones desde 1, los localizadores llevan el nombre del libro («Iglesia, § 25», «Maniqueos, § 68»). Las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición. El epub de partida trae el texto, el argumento de cada libro y la fecha, pero no los títulos latinos que el NPNF pone en cada libro ni las notas al pie de Newman, que se leen en CCEL.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. El título del primer libro quedó sin traducir en el epub («Of the Morals of the Catholic Church»): se conserva como texto de la edición bajo el título castellano, que es de esta edición. Trece párrafos del libro primero llegan sin el número con que empiezan —el § 24 y los § 65 a 76—, aunque el inglés de partida los numera; esta edición los numera según el inglés, en el localizador, sin tocar el texto, y lo avisa antes de cada tramo. El cotejo con el inglés da los mismos 57 encabezados y los mismos 160 párrafos, y un largo de 1,03 veces el del original; ningún párrafo se aparta de entre 0,8 y 1,25 veces. No quedan palabras ni párrafos sin traducir.

    Sobre las costumbres de la Iglesia católica

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · Iglesia, argumento
    Of the Morals of the Catholic Church
    Escrito por San Agustín de Hipona en el año 388 d. C.
    Se establece desde el principio que las costumbres de la vida santa de la Iglesia deben referirse al bien supremo del hombre, es decir, a Dios. Hemos de buscar a Dios con sumo afecto; y esta doctrina está apoyada en la Iglesia Católica por la autoridad de ambos Testamentos. Las cuatro virtudes reciben sus nombres de diferentes formas de este amor. Siguen luego los deberes del amor al prójimo. En la Iglesia Católica encontramos ejemplos de continencia y de verdadera conducta cristiana.
    Comentario editorial · Roma, 388: por qué escribió Agustín estos dos libros
    Lo explica él mismo en las Retractaciones (I, 7), que el NPNF cita al frente del libro: estando en Roma después de su bautismo, no pudo soportar en silencio que los maniqueos presumieran de una continencia y una abstinencia fingidas, con las que —dice— engañaban a los inexpertos y se creían superiores a los cristianos; y escribió «dos libros», uno sobre las costumbres de la Iglesia católica y otro sobre las de los maniqueos. Según Wikipedia, Ambrosio lo bautizó en Milán en la Vigilia pascual del 24–25 de abril de 387 y en 388 regresó a África. La misma página fecha su conversión en agosto de 386 y, en su resumen inicial, junta «conversión y bautismo en 386»; aquí se sigue el cuerpo del artículo.

    Capítulo 1.— Cómo han de refutarse las pretensiones de los maniqueos. Dos falsedades maniqueas

    Iglesia, § 1

    1. Bastante, probablemente, se ha hecho ya en nuestros otros libros para responder a los ataques ignorantes y profanos que los maniqueos lanzan contra la ley, llamada Antiguo Testamento, con espíritu de jactancia vanidosa y con la aprobación de los indoctos. También aquí puedo tocar brevemente la cuestión. Pues todo hombre de inteligencia media puede ver fácilmente que la explicación de las Escrituras debe buscarse en aquellos que son maestros reconocidos de las Escrituras; y que puede suceder, y de hecho sucede siempre, que muchas cosas parezcan absurdas a los ignorantes, las cuales, cuando son explicadas por los doctos, resultan tanto más excelentes, y son recibidas en su explicación con tanto mayor gusto a causa de los obstáculos que dificultaban alcanzar su sentido. Esto sucede comúnmente en cuanto a los libros santos del Antiguo Testamento, con tal que el hombre que tropieza con dificultades acuda a un maestro piadoso, y no a un crítico profano, y que comience sus indagaciones por deseo de hallar la verdad, y no por oposición temeraria. Y si el que indaga se encontrara con algunos, ya sean obispos o presbíteros, o cualquier oficial o ministro de la Iglesia Católica, que o bien evitan en todos los casos abrir los misterios, o, contentos con la fe simple, no desean un conocimiento más recóndito, no debe desesperar de hallar el conocimiento de la verdad, pues ni todos aquellos a quienes se dirige la pregunta son capaces de enseñar, ni todos los que preguntan son dignos de aprender la verdad. Son necesarias la diligencia y la piedad: por una parte, hemos de tener conocimiento para hallar la verdad; por otra, hemos de merecer alcanzar el conocimiento.

    Iglesia, § 2

    2. Pero como los maniqueos tienen dos ardides para atrapar a los incautos, a fin de hacerse tomar por maestros —uno, el de criticar las Escrituras, que o malinterpretan o desean que sean malinterpretadas; el otro, el de hacer ostentación de castidad y de notable abstinencia—, este libro contendrá nuestra doctrina de vida y costumbres según la enseñanza católica, y quizá hará ver cuán fácil es fingir la virtud y cuán difícil poseerla. Me abstendré, si puedo, de atacar sus puntos débiles, que conozco bien, con la violencia con que ellos atacan lo que no conocen; pues deseo, si es posible, curarlos antes que vencerlos. Y citaré tales testimonios de las Escrituras que están obligados a creer, pues serán del Nuevo Testamento; y aun de éste no tomaré ninguno de los pasajes que los maniqueos, cuando se ven acorralados, suelen llamar espurios, sino pasajes que están obligados a reconocer y aprobar. Y por cada testimonio de la enseñanza apostólica aduciré otro semejante del Antiguo Testamento, para que, si alguna vez se disponen a despertar de sus sueños persistentes y a elevarse hacia la luz de la fe cristiana, descubran cuán lejos de ser cristiana es la vida que profesan, y cuán verdaderamente cristiana es la Escritura que censuran.

    Capítulo 2.— Empieza con argumentos, conformándose al método equivocado de los maniqueos

    Iglesia, § 3

    3. ¿Por dónde, pues, comenzaré? ¿Por la autoridad o por el razonamiento? En el orden natural, cuando aprendemos algo, la autoridad precede al razonamiento. Pues una razón puede parecer débil cuando, una vez dada, necesita de la autoridad para confirmarla. Pero como las mentes de los hombres están oscurecidas por la familiaridad con las tinieblas, que los envuelven en la noche de los pecados y malos hábitos, y no pueden percibir de una manera adecuada a la claridad y pureza de la razón, hay una providencia muy saludable para llevar el ojo deslumbrado a la luz de la verdad bajo la sombra amiga de la autoridad. Mas puesto que hemos de tratar con personas perversas en todos sus pensamientos, palabras y obras, y que no insisten en nada más que en comenzar por el argumento, tomaré, como concesión a ellas, lo que considero un método equivocado en la discusión. Porque me agrada imitar, en cuanto puedo, la mansedumbre de mi Señor Jesucristo, que tomó sobre sí el mal de la muerte misma, queriendo librarnos de él.

    Capítulo 3.— La felicidad está en el goce del bien supremo del hombre. Dos condiciones del bien supremo: 1º, nada es mejor que él; 2º, no puede perderse contra la voluntad

    Iglesia, § 4

    4. ¿Cómo, pues, según la razón, debe vivir el hombre? Todos, ciertamente, deseamos vivir felices; y no hay ser humano que no asienta a esta afirmación casi antes de que se haga. Pero el título de feliz no puede, en mi opinión, pertenecer ni al que no tiene lo que ama, sea lo que sea, ni al que tiene lo que ama si es dañino, ni al que no ama lo que tiene, aunque sea bueno en perfección. Pues el que busca lo que no puede obtener sufre tormento, el que ha conseguido lo que no es deseable es engañado, y el que no busca lo que merece ser buscado está enfermo. Ahora bien, en todos estos casos el alma no puede sino ser infeliz, y la felicidad y la infelicidad no pueden residir al mismo tiempo en un mismo hombre; así que en ninguno de estos casos puede el hombre ser feliz. Hallo, pues, un cuarto caso, en el que existe la vida feliz: cuando aquello que es el bien supremo del hombre es a la vez amado y poseído. Pues ¿qué llamamos goce sino tener a mano los objetos del amor? Y nadie puede ser feliz si no goza del bien supremo del hombre, ni hay nadie que goce de éste que no sea feliz. Debemos, pues, tener a mano nuestro bien supremo, si pensamos vivir felices.

    Iglesia, § 5

    5. Hemos de indagar ahora cuál es el bien supremo del hombre, que ciertamente no puede ser nada inferior al hombre mismo. Pues quien sigue lo que es inferior a sí mismo, se hace inferior. Pero todo hombre está obligado a seguir lo que es mejor. Por lo cual, el bien supremo del hombre no es inferior al hombre. ¿Es, entonces, algo semejante al hombre mismo? Así debe ser, si no hay nada superior al hombre que él sea capaz de gozar. Pero si encontramos algo que es a la vez superior al hombre y puede ser poseído por el hombre que lo ama, ¿quién puede dudar de que, al buscar la felicidad, el hombre debe esforzarse por alcanzar aquello que es más excelente que el ser que hace el esfuerzo? Pues si la felicidad consiste en el goce de un bien que no tiene nada mejor, al que llamamos bien supremo, ¿cómo puede llamarse propiamente feliz el que aún no ha alcanzado su bien supremo? ¿O cómo puede ser bien supremo aquello más allá de lo cual queda algo mejor a lo que podamos llegar? Siendo, pues, tal el bien supremo, ha de ser algo que no puede perderse contra la voluntad. Pues nadie puede sentirse seguro respecto de un bien que sabe que puede serle arrebatado, aunque desee conservarlo y amarlo. Pero si un hombre no siente seguridad respecto del bien que goza, ¿cómo puede ser feliz estando en tal temor de perderlo?

    Capítulo 4.— El hombre— ¿qué es?

    Iglesia, § 6

    6. Veamos, pues, qué es mejor que el hombre. Esto necesariamente ha de ser difícil de hallar, a menos que primero preguntemos y examinemos qué es el hombre. No se me pide ahora dar una definición del hombre. La cuestión aquí me parece ser —puesto que casi todos están de acuerdo, o al menos, que es suficiente, aquellos con quienes ahora trato son de la misma opinión que yo, que estamos compuestos de alma y cuerpo— ¿qué es el hombre? ¿Es ambas cosas? ¿O es sólo el cuerpo, o sólo el alma? Pues aunque son dos cosas, alma y cuerpo, y aunque ninguna sin la otra podría llamarse hombre (pues el cuerpo no sería hombre sin el alma, ni el alma sería hombre si no hubiera un cuerpo animado por ella), sin embargo es posible que una de ellas sea considerada como el hombre, y sea llamada así. Entonces, ¿qué llamamos hombre? ¿Es alma y cuerpo, como en un doble arnés, o como un centauro? ¿O entendemos sólo el cuerpo, como estando al servicio del alma que lo rige, del modo que la palabra lámpara denota no la luz y la caja juntas, sino sólo la caja, y sin embargo se llama así por causa de la luz? ¿O entendemos sólo la mente, y ello por causa del cuerpo que rige, como jinete significa no el hombre y el caballo, sino sólo el hombre, y ello en cuanto empleado en regir el caballo? Esta disputa no es fácil de resolver; o, si la prueba es clara, la exposición requiere tiempo. Es un gasto de tiempo y de fuerzas que no necesitamos hacer. Pues ya sea que el nombre de hombre pertenezca a ambos, o sólo al alma, el bien supremo del hombre no es el bien supremo del cuerpo; sino que aquello que es el bien supremo, ya de alma y cuerpo juntos, ya del alma sola, ése es el bien supremo del hombre.

    Capítulo 5.— El bien supremo del hombre no es el bien supremo del cuerpo solamente, sino el bien supremo del alma

    Iglesia, § 7

    7. Ahora bien, si preguntamos cuál es el bien supremo del cuerpo, la razón nos obliga a admitir que es aquello por medio de lo cual el cuerpo llega a estar en su mejor estado. Pero de todas las cosas que vigorizan el cuerpo, no hay nada mejor ni mayor que el alma. El bien supremo del cuerpo, pues, no es el placer corporal, ni la ausencia de dolor, ni la fuerza, ni la belleza, ni la rapidez, ni cualquier otra cosa que suele contarse entre los bienes del cuerpo, sino simplemente el alma. Pues todas las cosas mencionadas las suministra el alma al cuerpo con su presencia y, lo que está por encima de todas, la vida. De aquí concluyo que el alma no es el bien supremo del hombre, ya demos el nombre de hombre al alma y al cuerpo juntos, o al alma sola. Pues así como, según la razón, el bien supremo del cuerpo es lo que es mejor que el cuerpo, y de lo cual el cuerpo recibe vigor y vida, así, ya sea el alma misma el hombre, o alma y cuerpo ambos, hemos de descubrir si hay algo que preceda al alma misma, siguiendo lo cual el alma llega a la perfección del bien de que es capaz en su propio género. Si tal cosa puede hallarse, toda incertidumbre debe terminar, y hemos de declarar que esto es real y verdaderamente el bien supremo del hombre.

    Iglesia, § 8

    8. Si, por otra parte, el cuerpo es el hombre, ha de admitirse que el alma es el bien supremo del hombre. Pero claramente, cuando tratamos de las costumbres —cuando indagamos qué género de vida ha de llevarse para alcanzar la felicidad— no es al cuerpo al que se dirigen los preceptos, no es la disciplina corporal lo que discutimos. En suma, la observancia de las buenas costumbres pertenece a aquella parte de nosotros que indaga y aprende, que son prerrogativas del alma; así, cuando hablamos de alcanzar la virtud, la cuestión no se refiere al cuerpo. Pero si se sigue, como en efecto se sigue, que el cuerpo gobernado por un alma poseedora de virtud es gobernado mejor y más honrosamente, y está en su mayor perfección a consecuencia de la perfección del alma que rectamente lo gobierna, aquello que da perfección al alma será el bien supremo del hombre, aunque llamemos hombre al cuerpo. Pues si mi cochero, en obediencia a mí, alimenta y gobierna como conviene los caballos que tiene a su cargo, gozando él mismo tanto más de mi liberalidad cuanto mejor es su conducta, ¿quién negará que el buen estado de los caballos, como el del propio cochero, se debe a mí? Así, la cuestión me parece no ser si el hombre es alma y cuerpo, o sólo el alma, o sólo el cuerpo, sino qué da perfección al alma; pues una vez obtenido esto, el hombre no puede sino ser perfecto, o al menos mucho mejor que en ausencia de esta única cosa.

    Capítulo 6.— La virtud da perfección al alma; el alma obtiene la virtud siguiendo a Dios; seguir a Dios es la vida feliz

    Iglesia, § 9

    9. Nadie pondrá en duda que la virtud da perfección al alma. Pero es asunto muy propio de indagación si esta virtud puede existir por sí misma o sólo en el alma. Aquí surge de nuevo una discusión profunda, que necesita largo tratamiento; pero quizá mi resumen servirá al propósito. Dios, confío, me asistirá, de modo que, a pesar de nuestra debilidad, podamos dar instrucción sobre estas grandes cuestiones breve e inteligiblemente. En cualquiera de los dos casos, ya pueda la virtud existir por sí misma sin el alma, ya sólo en el alma, indudablemente en la búsqueda de la virtud el alma sigue algo, y esto ha de ser o el alma misma, o la virtud, o algo distinto. Pero si el alma se sigue a sí misma en la búsqueda de la virtud, sigue una cosa necia; pues antes de obtener la virtud es necia. Ahora bien, la cima del deseo del que sigue es alcanzar aquello que sigue. Así que el alma o no ha de querer alcanzar lo que sigue, lo cual es completamente absurdo e irracional, o, siguiéndose a sí misma siendo necia, alcanza la necedad de la que huye. Pero si sigue a la virtud con el deseo de alcanzarla, ¿cómo puede seguir lo que no existe? O ¿cómo puede desear alcanzar lo que ya posee? Luego, o la virtud existe fuera del alma, o si no se nos permite dar el nombre de virtud sino al hábito y disposición del alma sabia, que sólo puede existir en el alma, hemos de admitir que el alma sigue otra cosa para que la virtud sea producida en ella; pues ni siguiendo la nada, ni siguiendo la necedad, puede el alma, según mi razonamiento, alcanzar la sabiduría.

    Iglesia, § 10

    10. Esta otra cosa, pues, siguiendo la cual el alma llega a poseer la virtud y la sabiduría, es o un hombre sabio o Dios. Pero ya hemos dicho que ha de ser algo que no podamos perder contra nuestra voluntad. Nadie puede pensar que sea necesario preguntar si un hombre sabio, suponiendo que estemos dispuestos a seguirlo, puede sernos arrebatado a pesar de nuestra resistencia o nuestra perseverancia. Queda, pues, Dios, siguiendo al cual vivimos bien, y alcanzando al cual vivimos bien y felizmente. Si alguien niega la existencia de Dios, ¿por qué he de considerar el método de tratar con ellos, cuando es dudoso si debe tratarse con ellos en absoluto? En todo caso, requeriría un punto de partida distinto, un plan distinto, una investigación distinta de la que ahora nos ocupa. Ahora me dirijo a los que no niegan la existencia de Dios y que, además, admiten que los asuntos humanos no son desatendidos por Él. Pues no hay nadie, supongo, que haga profesión de religión que no sostenga que la Providencia divina cuida al menos de nuestras almas.

    Capítulo 7.— El conocimiento de Dios ha de obtenerse de la Escritura. El plan y los principales misterios del designio divino de la redención

    Iglesia, § 11

    11. Pero ¿cómo podemos seguir a Aquel a quien no vemos? ¿O cómo podemos verlo, nosotros que no sólo somos hombres, sino hombres de entendimiento débil? Pues aunque Dios no se ve con los ojos sino con la mente, ¿dónde puede hallarse una mente tal que, mientras está oscurecida por la necedad, logre o siquiera intente beber de aquella luz? Hemos de recurrir, por tanto, a las instrucciones de aquellos a quienes tenemos razón para considerar sabios. Hasta aquí nos lleva el argumento. Pues en las cosas humanas se emplea el razonamiento, no como de mayor certeza, sino como más fácil por el uso. Pero cuando llegamos a las cosas divinas, esta facultad se aparta; no puede contemplar; jadea, anhela y arde en deseo; retrocede ante la luz de la verdad y torna de nuevo a su acostumbrada oscuridad, no por elección, sino por agotamiento. ¡Qué terrible catástrofe es ésta, que el alma quede reducida a una impotencia mayor cuando busca descanso de su fatiga! Así, cuando nos apresuramos a retirarnos a la oscuridad, será bueno que por disposición de la adorable Sabiduría seamos recibidos por la sombra amiga de la autoridad, y seamos atraídos por el carácter admirable de sus contenidos y por las expresiones de sus páginas, que, como sombras, tipifican y templan la verdad.

    Iglesia, § 12

    12. ¿Qué más se habría podido hacer por nuestra salvación? ¿Qué puede haber más benigno y generoso que la providencia divina, la cual, habiendo caído el hombre de sus leyes y, en justa retribución por su codicia de cosas mortales, habiendo engendrado una descendencia mortal, no lo abandonó sin embargo del todo? Pues en este gobierno justísimo, cuyos caminos son extraños e inescrutables, hay, por medio de conexiones desconocidas establecidas en las criaturas que le están sujetas, tanto una severidad de castigo como una misericordia de salvación. Cuán hermoso es esto, cuán grande, cuán digno de Dios, en fin, cuán verdadero, que es todo lo que buscamos, nunca podremos percibirlo, a menos que, comenzando por las cosas humanas y cercanas, y aferrándonos a la fe y a los preceptos de la verdadera religión, continuemos sin apartarnos de ella en el camino que Dios nos ha asegurado por la separación de los patriarcas, por el vínculo de la ley, por la previsión de los profetas, por el testimonio de los apóstoles, por la sangre de los mártires y por la sumisión de los gentiles. Desde este punto, pues, que nadie me pida mi opinión, sino que más bien escuchemos los oráculos, y sometamos nuestras débiles inferencias a los anuncios del Cielo.

    Capítulo 8.— Dios es el bien supremo, a quien hemos de buscar con supremo afecto

    Iglesia, § 13

    13. Veamos cómo el Señor mismo en el evangelio nos ha enseñado a vivir; cómo, también, Pablo el apóstol—pues los maniqueos no se atreven a rechazar estas Escrituras. Oigamos, oh Cristo, qué fin supremo nos prescribes; y éste es evidentemente el fin supremo tras el cual se nos dice que hemos de esforzarnos con supremo afecto. "Amarás", dice, "al Señor tu Dios". Dime también, te ruego, cuál debe ser la medida del amor; pues temo que el deseo encendido en mi corazón exceda o se quede corto en fervor. "Con todo tu corazón", dice. Y no basta. "Con toda tu alma". Tampoco basta aún. "Con toda tu mente". [] ¿Qué más deseas? Tal vez desearía más si pudiera ver posibilidad de más. ¿Qué dice Pablo sobre esto? "Sabemos", dice, "que todas las cosas cooperan para bien de los que aman a Dios". Diga también él cuál es la medida del amor. "¿Quién, pues", dice, "nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?" Hemos oído, pues, qué y cuánto debemos amar; a esto hemos de aspirar, y a esto hemos de referir todos nuestros planes. La perfección de todos nuestros bienes y nuestro bien perfecto es Dios. No debemos quedarnos cortos de esto ni pasar más allá: lo uno es peligroso, lo otro imposible.

    Capítulo 9.— Armonía del Antiguo y Nuevo Testamento en los preceptos de la caridad

    Iglesia, § 14

    14. Vamos ahora, examinemos, o más bien notemos—pues es obvio y puede verse de inmediato—si la autoridad del Antiguo Testamento también concuerda con aquellas afirmaciones tomadas del evangelio y del apóstol. ¿Qué necesidad hay de hablar de la primera afirmación, cuando es claro para todos que es una cita de la ley dada por Moisés? Pues allí está escrito: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente". [] Y para no ir más lejos en busca de un pasaje del Antiguo Testamento que comparar con el del apóstol, él mismo ha añadido uno. Pues después de decir que ninguna tribulación, ninguna angustia, ninguna persecución, ninguna presión de necesidad corporal, ningún peligro, ninguna espada nos separa del amor de Cristo, añade inmediatamente: "Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas para el degolladero". Los maniqueos acostumbran decir que esto es una interpolación—tan incapaces son de responder que se ven forzados en su extremidad a decir esto. Pero todos pueden ver que esto es todo lo que les queda por decir a los hombres cuando se demuestra que están equivocados.

    Iglesia, § 15

    15. Y sin embargo les pregunto si niegan que esto se dice en el Antiguo Testamento, o si sostienen que el pasaje del Antiguo Testamento no concuerda con el del apóstol. En cuanto a lo primero, los libros lo probarán; y en cuanto a lo segundo, esos prevaricadores que se van por la tangente se verán obligados a estar de acuerdo conmigo, con tal de que reflexionen un poco y consideren lo que se dice; o de lo contrario les haré valer la opinión de quienes juzgan imparcialmente. Pues ¿qué podría concordar más armoniosamente que estos pasajes? Porque tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro causan gran sufrimiento al hombre mientras está en esta vida. Así, todas estas palabras están implícitas en la única cita de la ley, donde se dice: "Por causa de ti somos muertos". Lo único otro es la espada, que no inflige una vida dolorosa, sino que quita cualquier vida que encuentra. A esto corresponden las palabras: "Somos contados como ovejas para el degolladero". Y el amor no podría haberse expresado más claramente que con las palabras: "Por causa de ti". Supón, pues, que este testimonio no se encuentra en el apóstol Pablo, sino que es citado por mí: ¿no debes probar, hereje, o bien que esto no está escrito en la antigua ley, o bien que no armoniza con el apóstol? Y si no te atreves a decir ninguna de las dos cosas (pues estás acorralado por la lectura del manuscrito, que mostrará que está escrito, y por el sentido común, que ve que nada podría concordar mejor con lo que dice el apóstol), ¿por qué imaginas que hay alguna fuerza en acusar a las Escrituras de estar corrompidas? Y una vez más, ¿qué responderás a un hombre que te dice: Esto es lo que entiendo, ésta es mi opinión, ésta es mi creencia, y leo estos libros sólo porque veo que todo en ellos concuerda con la fe cristiana? O dime de una vez si te atreverás deliberadamente a decirme a la cara que no hemos de creer que se habla de los apóstoles y mártires como habiendo sufrido grandes padecimientos por causa de Cristo, y como habiendo sido considerados por sus perseguidores como ovejas para el degolladero. Si no puedes decir esto, ¿por qué presentar una acusación contra el libro en el que encuentro lo que reconoces que debo creer?

    Capítulo 10.— Qué enseña la Iglesia acerca de Dios. Los dos dioses de los maniqueos

    Iglesia, § 16

    16. ¿Diréis que concedéis que estamos obligados a amar a Dios, pero no al Dios adorado por quienes reconocen la autoridad del Antiguo Testamento? En ese caso os negáis a adorar al Dios que hizo el cielo y la tierra, pues éste es el Dios presentado a lo largo de todos estos libros. Y admitís que el mundo entero, que se llama cielo y tierra, tuvo a Dios, y a un Dios bueno, por su autor y hacedor. Pues al hablaros de Dios debemos hacer una distinción. Porque vosotros sostenéis que hay dos dioses, uno bueno y otro malo.
    Pero si decís que adoráis y aprobáis adorar al Dios que hizo el cielo y la tierra, pero no al Dios sostenido por la autoridad del Antiguo Testamento, actuáis impertinentemente al intentar, aunque en vano, atribuirnos opiniones y pareceres del todo desemejantes a la doctrina sana y provechosa que realmente sostenemos. Ni vuestros discursos necios y profanos pueden compararse en absoluto con las exposiciones en que hombres doctos y piadosos de la Iglesia católica abren esas Escrituras a los dispuestos y dignos. Nuestra comprensión de la ley y los profetas es muy diferente de lo que suponéis. No nos confundáis más. No adoramos a un Dios que se arrepiente, o que es envidioso, o necesitado, o cruel, o que se complace en la sangre de hombres o bestias, o que se agrada con la culpa y el crimen, o cuya posesión de la tierra se limita a un pequeño rincón de ella. Estas y cosas semejantes son las nociones necias que acostumbráis denunciar con gran extensión. Vuestra denuncia no nos toca. Atacáis con una vehemencia que sólo resulta ridícula las fantasías de viejecitas o de niños. Cualquiera a quien persuadís de este modo a unirse a vosotros no muestra defecto alguno en la enseñanza de la Iglesia, sino que sólo prueba su propia ignorancia de ella.

    Iglesia, § 17

    17. Si, pues, tenéis algún sentimiento humano—si tenéis algún miramiento por vuestro propio bienestar—deberíais más bien examinar con diligencia y piedad el significado de estos pasajes de la Escritura. Deberíais examinar, desdichados que sois; pues con no menos severidad y abundancia condenamos toda fe que atribuye a Dios lo que no le es digno, y en aquellos por quienes estos pasajes son entendidos literalmente corregimos el error de la ignorancia, y consideramos absurda la persistencia en él. Y en muchas otras cosas que no podéis comprender, hay en la enseñanza católica un freno a la creencia de quienes han superado la niñez mental, no en años, sino en conocimiento y entendimiento—viejos en el progreso hacia la sabiduría. Pues aprendemos la necedad de creer que Dios está limitado por cualquier cantidad de espacio, aunque sea infinita; y se tiene por ilícito pensar que Dios, o alguna parte de Él, se mueve de un lugar a otro. Y si alguien supusiera que algo en la sustancia o naturaleza de Dios puede sufrir cambio o conversión, será tenido por culpable de salvaje profanidad. Hay así entre nosotros niños que piensan que Dios tiene forma humana, la cual suponen que Él realmente tiene, lo cual es una idea de lo más degradante; y hay muchos de plena edad a cuya mente la majestad de Dios se presenta en su inviolabilidad e inmutabilidad como no sólo por encima del cuerpo humano, sino por encima de su propia mente. Estas edades, como dijimos, se distinguen no por el tiempo, sino por la virtud y la discreción. Entre vosotros, en cambio, no hay nadie que imagine a Dios en forma humana; pero tampoco hay nadie que aparte a Dios de la contaminación del error humano. En cuanto a los que son alimentados como bebés que lloran al pecho de la Iglesia católica, si no son arrebatados por los herejes, son nutridos según el vigor y la capacidad de cada uno, y llegan al fin, uno por un camino y otro por otro, primero a hombre perfecto, y luego a la madurez y canas de la sabiduría, cuando pueden obtener la vida como desean, y la vida en perfecta felicidad.

    Capítulo 11.— Dios es el único objeto de amor; por tanto, es el bien supremo del hombre. Nada es mejor que Dios. Dios no puede perderse contra nuestra voluntad

    Iglesia, § 18

    18. Seguir a Dios es el deseo de la felicidad; alcanzar a Dios es la felicidad misma. Seguimos a Dios amándolo; lo alcanzamos, no convirtiéndonos enteramente en lo que Él es, sino en la cercanía a Él, y en contacto maravilloso e inmaterial con Él, y siendo interiormente iluminados y ocupados por su verdad y su santidad. Él es la luz misma; de Él recibimos iluminación. El mandamiento más grande, pues, que lleva a la vida feliz, y el primero, es éste: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente". Porque para los que aman al Señor todas las cosas cooperan para bien. De ahí que Pablo añada poco después: "Estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni la virtud, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro". [] Si, pues, para los que aman a Dios todas las cosas cooperan para bien, y si, como nadie duda, el bien supremo o perfecto no sólo debe ser amado, sino amado de tal modo que nada sea amado más, como se expresa en las palabras: "Con toda tu alma, con todo tu corazón, y con toda tu mente", ¿quién, pregunto, no concluirá de inmediato, cuando todas estas cosas están establecidas y creídas con toda certeza, que nuestro bien supremo, al que debemos apresurarnos a llegar con preferencia a todas las demás cosas, no es otra cosa que Dios? Y entonces, si nada puede separarnos de su amor, ¿no debe ser esto más seguro así como mejor que cualquier otro bien?

    Iglesia, § 19

    19. Pero consideremos los puntos por separado. Nadie nos separa de esto amenazando con la muerte. Pues aquello con que amamos a Dios no puede morir, sino es no amando a Dios; porque la muerte es no amar a Dios, y eso es cuando preferimos algo a Él en el afecto y en la búsqueda. Nadie nos separa de esto prometiendo vida; pues nadie nos separa de la fuente prometiendo agua. Los ángeles no nos separan; porque la mente apegada a Dios no es inferior en fuerza a un ángel. La virtud no nos separa; pues si lo que aquí se llama virtud es lo que tiene poder en este mundo, la mente apegada a Dios está muy por encima del mundo entero. O si esta virtud es la rectitud perfecta de nuestra propia mente, en el caso de otro favorecerá nuestra unión con Dios, y en nosotros mismos nos unirá a Dios. Las tribulaciones presentes no nos separan; pues sentimos menos su carga cuanto más nos aferramos a Aquel de quien intentan separarnos. La promesa de cosas futuras no nos separa; pues tanto el bien futuro de toda clase es segurísimo en la promesa de Dios, como nada es mejor que Dios mismo, quien sin duda está ya presente para los que verdaderamente se apegan a Él. Lo alto y lo profundo no nos separan; pues si lo que se quiere decir es la altura y la profundidad del conocimiento, prefiero no ser inquisitivo antes que ser separado de Dios; ni puede instrucción alguna por la que se remueve el error separarme de Él, de quien es separación el que alguien esté en error. O si lo que se quiere decir son las partes superiores e inferiores de este mundo, ¿cómo puede la promesa del cielo separarme de Aquel que hizo el cielo? ¿O quién desde abajo puede asustarme para que abandone a Dios, cuando no habría conocido las cosas de abajo sino abandonándolo? En fin, ¿qué lugar puede apartarme de su amor, cuando Él no podría ser todo en todo lugar si no estuviera contenido en ninguno?

    Capítulo 12.— Somos unidos a Dios por el amor, en sujeción a Él

    Iglesia, § 20

    20. "Ninguna otra criatura", dice, nos separa. ¡Oh hombre de profundos misterios! No le pareció suficiente decir: ninguna criatura; sino que dice: ninguna otra criatura; enseñando que aquello con que amamos a Dios y por lo que nos apegamos a Dios, nuestra mente, a saber, y nuestro entendimiento, es en sí mismo una criatura. Así, el cuerpo es otra criatura; y si la mente es objeto de percepción intelectual, y se conoce sólo por este medio, la otra criatura es todo lo que es objeto de los sentidos, que como que se da a conocer mediante los ojos, o los oídos, o el olfato, o el gusto, o el tacto, y esto debe ser inferior a lo que es percibido sólo por el intelecto. Ahora bien, como Dios también puede ser conocido por los dignos sólo intelectualmente, exaltado como está por encima de la mente inteligente por ser su Creador y Autor, había peligro de que la mente humana, por ser contada entre las cosas invisibles e inmateriales, fuera pensada como de la misma naturaleza que Aquel que la creó, y así cayera por la soberbia lejos de Aquel a quien debía unirse por amor. Porque la mente se hace semejante a Dios, en la medida concedida por su sujeción de sí misma a Él para información e iluminación. Y si obtiene la mayor cercanía por esa sujeción que produce semejanza, debe estar muy alejada de Él por esa presunción que haría mayor la semejanza. Es esta presunción la que lleva a la mente a rehusar la obediencia a las leyes de Dios, en el deseo de ser soberana, como Dios lo es.

    Iglesia, § 21

    21. Cuanto más se aleja, pues, la mente de Dios, no en espacio, sino en afecto y concupiscencia de las cosas inferiores a Él, tanto más se llena de necedad y miseria. Así, por el amor vuelve a Dios—un amor que la coloca no junto a Dios, sino bajo Él. Y cuanto más ardor y avidez haya en esto, tanto más feliz y elevada estará la mente, y con Dios como único gobernante estará en perfecta libertad. De ahí que debe saber que es una criatura. Debe creer lo que es la verdad—que su Creador permanece siempre en posesión de la naturaleza inviolable e inmutable de la verdad y la sabiduría, y debe confesar, incluso en vista de los errores de los que desea ser librada, que está sujeta a la necedad y a la falsedad. Pero entonces, de nuevo, debe cuidarse de no ser separada por el amor de la otra criatura, es decir, de este mundo visible, del amor de Dios mismo, que la santifica para la felicidad duradera. Ninguna otra criatura, pues—pues nosotros mismos somos una criatura—nos separa del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

    Capítulo 13.— Somos unidos inseparablemente a Dios por Cristo y su Espíritu

    Iglesia, § 22

    22. Que este mismo Pablo nos diga quién es este Cristo Jesús Señor nuestro. "A los que son llamados", dice, "predicamos a Cristo, virtud de Dios y sabiduría de Dios". [] ¿Y no dice Cristo mismo: "Yo soy la verdad"? [] Si, pues, preguntamos qué es vivir bien—es decir, esforzarse tras la felicidad viviendo bien—ha de ser ciertamente amar la virtud, amar la sabiduría, amar la verdad, y amar con todo el corazón, con toda el alma, y con toda la mente; virtud que es inviolable e inmutable, sabiduría que nunca cede el lugar a la necedad, verdad que no conoce cambio ni variación respecto de su carácter uniforme. Por medio de ésta se ve al Padre mismo; pues se dice: "Nadie viene al Padre sino por mí". A ésta nos apegamos por la santificación. Porque cuando somos santificados ardemos con amor pleno y perfecto, que es la única seguridad para no apartarnos de Dios, y para ser conformados a Él antes que a este mundo; pues "nos ha predestinado", dice el mismo apóstol, "para que seamos conformados a la imagen de su Hijo". []

    Iglesia, § 23

    23. Es, pues, por el amor que llegamos a ser conformados a Dios; y por esta conformación, y configuración, y circuncisión respecto de este mundo no somos confundidos con las cosas que propiamente están sujetas a nosotros. Y esto lo hace el Espíritu Santo. "Porque la esperanza", dice, "no nos confunde; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado". [] Pero de ningún modo podríamos ser restaurados a la perfección por el Espíritu Santo, a menos que Él mismo permaneciera siempre perfecto e inmutable. Y esto claramente no podría ser si Él no fuera de la naturaleza y de la misma sustancia de Dios, que es el único que siempre posee inmutabilidad e invariabilidad. "La criatura", se afirma, no por mí sino por Pablo, "ha sido sujetada a vanidad". [] Y lo que está sujeto a vanidad es incapaz de separarnos de la vanidad, y de unirnos a la verdad. Pero el Espíritu Santo hace esto por nosotros. Por tanto, no es criatura alguna. Pues todo lo que es, ha de ser o Dios o criatura.

    Capítulo 14.— Nos apegamos a la Trinidad, nuestro bien supremo, por el amor

    Iglesia, § 24

    Debemos, pues, amar a Dios, Trinidad en la unidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo; porque esto ha de decirse que es Dios mismo, pues de Dios se dice, verdadera y en el sentido más excelso: "De quien son todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien son todas las cosas". Estas son palabras de Pablo. ¿Y qué añade? "A Él sea la gloria". [] Todo esto es exactamente verdad. No dice: A ellos; porque Dios es uno. ¿Y qué significa: A Él sea la gloria, sino que a Él se dé la alabanza suprema, perfecta y extendida? Porque a medida que la alabanza crece y se extiende, así el amor y el afecto aumentan en fervor. Y cuando esto es así, el género humano no puede menos de avanzar con paso seguro y firme a una vida de perfección y dicha. Esto, supongo, es todo lo que deseamos hallar cuando hablamos del bien supremo del hombre, al que todo ha de referirse en la vida y en la conducta. Pues el bien claramente existe; y hemos mostrado mediante el razonamiento, en cuanto nos ha sido posible, y mediante la autoridad divina que supera nuestro razonamiento, que no es otra cosa sino Dios mismo. Porque ¿cómo puede ser bien supremo del hombre algo que no sea aquello a lo que se apega para ser feliz? Ahora bien, esto no es nada sino Dios, a quien podemos apegarnos sólo por el afecto, el deseo y el amor.

    Capítulo 15.— La definición cristiana de las cuatro virtudes

    Iglesia, § 25

    25. En cuanto a la virtud que nos conduce a una vida feliz, sostengo que la virtud no es otra cosa que el amor perfecto de Dios. Pues la división cuádruple de la virtud la considero tomada de cuatro formas del amor. Pues a estas cuatro virtudes (¡ojalá todos sintieran su influencia en sus mentes, como tienen sus nombres en sus bocas!), no dudaría en definirlas así: la templanza es el amor que se entrega enteramente a aquello que ama; la fortaleza es el amor que soporta con prontitud todas las cosas por causa del objeto amado; la justicia es el amor que sirve sólo al objeto amado, y por tanto gobierna rectamente; la prudencia es el amor que discierne con sagacidad entre lo que le estorba y lo que le ayuda. El objeto de este amor no es cualquier cosa, sino sólo Dios, el bien supremo, la sabiduría suma, la perfecta armonía. De modo que podemos expresar la definición así: la templanza es el amor que se conserva entero e incorrupto para Dios; la fortaleza es el amor que soporta todo con prontitud por causa de Dios; la justicia es el amor que sirve sólo a Dios, y por tanto gobierna bien todo lo demás, como sometido al hombre; la prudencia es el amor que distingue rectamente entre lo que le ayuda hacia Dios y lo que podría estorbarlo.
    Comentario editorial · Las cuatro virtudes como formas del amor
    Prudencia, justicia, fortaleza y templanza son las virtudes que la filosofía clásica llama cardinales: según Wikipedia vienen de la República de Platón (IV), Aristóteles las expuso en la Ética a Nicómaco y Cicerón las desarrolló. Agustín las define todas desde el amor a Dios: la templanza es el amor que se guarda íntegro para él; la fortaleza, el que todo lo soporta por él; la justicia, el que solo a él sirve; la prudencia, el que distingue lo que lo ayuda de lo que lo estorba. Newman, el editor del NPNF, anota que la influencia neoplatónica es patente, pero «cristianizada» a fondo. Y en las Retractaciones (I, 7, 3) Agustín aclara que, al citar Sabiduría 8:7 en el § 27, su manuscrito decía «sobriedad, justicia y virtud»; que los mejores añaden «sabiduría»; y que esos nombres son los que el traductor latino daba a la templanza, la prudencia y la fortaleza.

    Capítulo 16.— Armonía del Antiguo y Nuevo Testamento

    Iglesia, § 26

    26. Expondré brevemente el modo de vida según estas virtudes, una por una, después de haber presentado, como prometí, pasajes del Antiguo Testamento paralelos a los que he estado citando del Nuevo. Pues ¿es Pablo el único que dice que debemos unirnos a Dios de modo que no haya nada entre nosotros que nos separe? ¿No dice el profeta lo mismo con la mayor propiedad y concisión en las palabras: "Bueno es para mí apegarme a Dios"? ¿No expresa esta sola palabra apegarse todo lo que el apóstol dice extensamente acerca del amor? ¿Y no señalan las palabras: Es bueno, a la afirmación del apóstol: "Todas las cosas cooperan para bien de los que aman a Dios"? Así, en una sola cláusula y en dos palabras, el profeta expone el poder y el fruto del amor.

    Iglesia, § 27

    27. Y así como el apóstol dice que el Hijo de Dios es la virtud de Dios y la sabiduría de Dios—entendiéndose la virtud como referida a la acción, y la sabiduría a la enseñanza (como en el evangelio se expresan estas dos cosas en las palabras: "Todas las cosas fueron hechas por Él", lo cual pertenece a la acción y a la virtud; y luego, refiriéndose a la enseñanza y al conocimiento de la verdad, dice: "La vida era la luz de los hombres" [])—¿podría algo concordar mejor con estos pasajes que lo que se dice en el Antiguo Testamento de la sabiduría: "Ella se extiende de un extremo a otro con fortaleza, y ordena todas las cosas con dulzura"? Pues extenderse con fortaleza expresa la virtud, mientras que ordenar con dulzura expresa destreza y método. Pero si esto parece oscuro, ved lo que sigue: "Y de todas", dice, "Dios la amó; porque ella enseña el conocimiento de Dios, y elige sus obras". Nada más se halla aquí acerca de la acción; porque elegir obras no es lo mismo que obrar, de modo que esto se refiere a la enseñanza. Queda la acción para corresponder con la virtud, a fin de completar la verdad que deseamos probar. Leed, pues, lo que viene a continuación: "Pero si", dice, "la posesión que se desea en la vida es honorable, ¿qué hay más honorable que la sabiduría, que obra todas las cosas?" ¿Podría aducirse algo más sorprendente o más claro que esto, o incluso expresado con mayor plenitud? O, si deseáis más, escuchad otro pasaje del mismo sentido. "La sabiduría", dice, "enseña sobriedad, y justicia, y virtud". La sobriedad se refiere, creo, al conocimiento de la verdad, o a la enseñanza; la justicia y la virtud a la obra y a la acción. Y no conozco nada comparable a estas dos cosas, es decir, a la eficacia en la acción y a la sobriedad en la contemplación, que la virtud de Dios y la sabiduría de Dios, esto es, el Hijo de Dios, da a quienes le aman, cuando el mismo profeta pasa a mostrar su valor; pues así está dicho: "La sabiduría enseña sobriedad, y justicia, y virtud, que nada hay más útil en la vida para el hombre".

    Iglesia, § 28

    28. Quizá algunos piensen que esos pasajes no se refieren al Hijo de Dios. ¿Qué, pues, se enseña en las siguientes palabras: "Ella muestra la nobleza de su nacimiento, teniendo su morada con Dios"? [] ¿A qué se refiere el nacimiento sino al linaje? ¿Y no reclama y afirma la igualdad el morar con el Padre? Además, así como Pablo dice que el Hijo de Dios es la sabiduría de Dios, [] y como el Señor mismo dice: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo unigénito", [] ¿qué podría concordar mejor que aquellas palabras del profeta: "Contigo está la sabiduría que conoce tus obras, que estuvo presente cuando hacías el mundo, y sabía lo que sería agradable a tus ojos"? [] Y como Cristo es llamado la verdad, lo cual también se enseña al ser llamado resplandor del Padre [] (pues alrededor del sol no hay nada sino su resplandor, que de él se produce), ¿qué hay en el Antiguo Testamento más clara y evidentemente en conformidad con esto que las palabras: "Tu verdad está alrededor de ti"? Asimismo, la Sabiduría misma dice en el evangelio: "Nadie viene al Padre sino por mí"; [] y el profeta dice: "¿Quién conoce tu mente, si no le das sabiduría?" y poco después: "Las cosas que te agradan las han aprendido los hombres, y han sido sanados por la sabiduría". []

    Iglesia, § 29

    29. Pablo dice: "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado"; [] y el profeta dice: "El Espíritu Santo de conocimiento huirá del engaño". [] Porque donde hay engaño no hay amor. Pablo dice que somos "conformados a la imagen del Hijo de Dios"; [] y el profeta dice: "La luz de tu rostro está impresa sobre nosotros". Pablo enseña que el Espíritu Santo es Dios, y por tanto no es criatura; y el profeta dice: "Envías tu Espíritu desde lo alto". [] Pues sólo Dios es lo más alto, y nada hay más alto que Él. Pablo muestra que la Trinidad es un solo Dios, cuando dice: "A Él sea la gloria"; [] y en el Antiguo Testamento está dicho: "Oye, Israel, el Señor tu Dios es un solo Dios". []

    Capítulo 17.— Exhortación a los maniqueos, llamándolos al arrepentimiento

    Iglesia, § 30

    30. ¿Qué más queréis? ¿Por qué resistís ignorante y obstinadamente? ¿Por qué pervertís las mentes indoctas con vuestra dañina enseñanza? El Dios de ambos Testamentos es uno. Pues así como hay concordancia en los pasajes citados de ambos, así la hay en todos los demás, si queréis considerarlos con cuidado e imparcialidad. Pero como muchas expresiones son humildes, y adaptadas a mentes que se arrastran por la tierra, para que se eleven por las cosas humanas a las divinas, y muchas son figurativas, para que la mente indagadora obtenga mayor provecho del esfuerzo de hallar su significado, y mayor deleite cuando lo halle, vosotros pervertís este admirable orden del Espíritu Santo con el fin de engañar y atrapar a vuestros seguidores. En cuanto a la razón por la cual la divina Providencia permite que hagáis esto, y en cuanto a la verdad de la afirmación del apóstol: "Es necesario que haya muchas herejías, para que los aprobados se hagan manifiestos entre vosotros", [] sería largo discutir estas cosas, y vosotros, con quienes ahora tratamos, no sois capaces de entenderlas. Os conozco bien. A la consideración de las cosas divinas, que son mucho más altas de lo que suponéis, traéis mentes bastante groseras y enfermizas, alimentadas con imágenes materiales.

    Iglesia, § 31

    31. Por tanto, en vuestro caso debemos intentar no haceros entender las cosas divinas, lo cual es imposible, sino haceros desear entenderlas. Esta es la obra del amor puro y sin engaño de Dios, que se ve principalmente en la conducta, y del cual ya hemos dicho mucho. Este amor, inspirado por el Espíritu Santo, conduce al Hijo, es decir, a la sabiduría de Dios, por la cual se conoce al Padre mismo. Pues si la sabiduría y la verdad no se buscan con toda la fuerza de la mente, no pueden hallarse en modo alguno. Pero cuando se buscan como merecen ser buscadas, no pueden retirarse ni ocultarse de sus amantes. De aquí sus palabras, que también vosotros soléis repetir: "Pedid, y recibiréis; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá"; [] "Nada hay oculto que no haya de ser revelado". [] Es el amor quien pide, el amor quien busca, el amor quien llama, el amor quien revela, y también el amor quien da perseverancia en lo revelado. De este amor a la sabiduría, y de esta búsqueda diligente, no nos aparta el Antiguo Testamento, como vosotros siempre decís muy falsamente, sino que a esto se nos exhorta con la mayor urgencia.

    Iglesia, § 32

    32. Oíd, pues, por fin, y considerad, os lo ruego, lo que dice el profeta: "La sabiduría es gloriosa y nunca se marchita; sí, fácilmente es vista por los que la aman, y hallada por los que la buscan. Se adelanta a los que la desean, dándose a conocer primero a ellos. Quien la busca desde temprano no tendrá gran trabajo; pues la hallará sentada a sus puertas. Pensar, por tanto, en ella es perfección de sabiduría; y quien vela por ella pronto estará libre de cuidados. Porque ella anda buscando a los que son dignos de ella, se les muestra favorablemente en los caminos, y les sale al encuentro en cada pensamiento. Porque el verdadero comienzo de ella es el deseo de la disciplina; y el cuidado de la disciplina es amor; y el amor es la guarda de sus leyes; y la atención a sus leyes es la seguridad de la incorrupción; y la incorrupción nos acerca a Dios. Por tanto, el deseo de la sabiduría conduce al reino." [] ¿Continuaréis todavía en hostilidad obstinada contra estas cosas? ¿No evidencian a todos, aunque todavía no se entiendan, que contienen algo profundo e inefable? ¡Ojalá pudierais entender lo que aquí se dice! Al punto abjuraríais de todas vuestras necias leyendas y de vuestras vanas imaginaciones materiales, y con gran presteza, amor sincero y plena seguridad de fe, os acogeríais corporalmente al amparo del santísimo seno de la Iglesia Católica.

    Capítulo 18.— Solo en la Iglesia Católica se establece la verdad perfecta sobre la armonía de ambos Testamentos

    Iglesia, § 33

    33. Podría, según la poca capacidad que tengo, tomar los puntos por separado, y exponer y probar las verdades que he aprendido, que en general son más excelentes y elevadas de lo que las palabras pueden expresar; pero esto no puede hacerse mientras vosotros ladráis contra ello. Pues no en vano se dice: "No deis lo santo a los perros". [] No os enojéis. Yo también ladré y fui perro; y entonces, como era justo, en lugar del alimento de la enseñanza, recibí la vara de la corrección. Pero si hubiera en vosotros ese amor del que hablamos, o si alguna vez lo hubiera en la medida que requiere la grandeza de la verdad que ha de conocerse, quiera Dios mostraros que ni entre los maniqueos se halla la fe cristiana que conduce a la cumbre de la sabiduría y de la verdad, cuya consecución es la verdadera vida feliz, ni se halla en ninguna parte sino en la enseñanza católica. ¿No es esto lo que el apóstol Pablo parece desear cuando dice: "Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, conforme a las riquezas de su gloria, ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en amor, seáis capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios"? [] ¿Podría expresarse algo más claramente?

    Iglesia, § 34

    34. Despertad un poco, os lo suplico, y ved la armonía de ambos Testamentos, que hace bastante claro y cierto cuál debe ser el modo de vida en nuestra conducta, y a qué han de referirse todas las cosas. Al amor de Dios somos incitados por el evangelio, cuando se dice: "Pedid, buscad, llamad"; [] por Pablo, cuando dice: "Que vosotros, arraigados y cimentados en amor, seáis capaces de comprender"; [] también por el profeta, cuando dice que la sabiduría puede ser fácilmente conocida por quienes la aman, la buscan, la desean, velan por ella, piensan en ella y cuidan de ella. La salvación del alma y el camino de la felicidad son señalados por la concordancia de ambas Escrituras; y sin embargo preferís ladrar contra estas cosas antes que obedecerlas. Os diré en una palabra lo que pienso. Escuchad a los hombres doctos de la Iglesia Católica con tan pacífica disposición y con el mismo celo que yo tuve cuando durante nueve años os seguí: no será necesario tanto tiempo como aquel durante el cual os burlasteis de mí. En mucho, muchísimo menos tiempo veréis la diferencia entre la verdad y la vanidad.

    Capítulo 19.— Descripción de los deberes de la templanza, según las Sagradas Escrituras

    Iglesia, § 35

    35. Ya es tiempo de volver a las cuatro virtudes, y de trazar y prescribir un modo de vida conforme a ellas, tomando cada una por separado. Consideremos, pues, en primer lugar la templanza, que nos promete una especie de integridad e incorrupción en el amor por el cual estamos unidos a Dios. El oficio de la templanza consiste en refrenar y apaciguar las pasiones que nos hacen anhelar aquellas cosas que nos apartan de las leyes de Dios y del goce de su bondad, es decir, en una palabra, de la vida feliz. Pues allí está la morada de la verdad; y gozando de su contemplación, y apegándonos estrechamente a ella, somos ciertamente felices; pero apartándose de esto, los hombres se enredan en grandes errores y dolores. Pues, como dice el apóstol: "La raíz de todos los males es la avaricia; la cual codiciando algunos, naufragaron en la fe, y se traspasaron a sí mismos con muchos dolores". [] Y este pecado del alma se expone con bastante claridad, para quienes entienden rectamente, en el Antiguo Testamento en la transgresión de Adán en el Paraíso. Así, como dice el apóstol: "En Adán todos morimos, y en Cristo todos seremos vivificados". [] ¡Oh profundidad de estos misterios! Pero me refreno; pues ahora no me ocupo en enseñaros la verdad, sino en haceros desaprender vuestros errores, si puedo, es decir, si Dios favorece mi propósito respecto a vosotros.

    Iglesia, § 36

    36. Pablo dice, pues, que la avaricia es la raíz de todos los males; y por la avaricia también da a entender la antigua ley que cayó el primer hombre. Pablo nos dice que nos despojemos del hombre viejo y nos vistamos del nuevo. [] Por el hombre viejo entiende a Adán, que pecó, y por el hombre nuevo a aquel a quien el Hijo de Dios tomó para sí en consagración para nuestra redención. Pues dice en otro lugar: "El primer hombre es de la tierra, terreno; el segundo hombre es del cielo, celestial. Como es el terreno, así son también los terrenos; y como es el celestial, así son también los celestiales. Y así como hemos llevado la imagen del terreno, llevemos también la imagen del celestial", [] — es decir, despojaos del hombre viejo y vestíos del nuevo. Todo el deber de la templanza, pues, es despojarse del hombre viejo y renovarse en Dios—es decir, despreciar todos los deleites corporales y el aplauso popular, y volver todo el amor a las cosas divinas e invisibles. De ahí aquel pasaje siguiente, que es tan admirable: "Aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día". [] Oíd también al profeta cantar: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí". ¿Qué puede decirse contra tal armonía, sino lo que dicen los que ladran a ciegas?

    Capítulo 20.— Estamos obligados a despreciar todas las cosas sensibles y a amar solo a Dios

    Iglesia, § 37

    37. Los deleites corporales tienen su fuente en todas aquellas cosas con las que el sentido corporal entra en contacto, y que algunos llaman objetos de los sentidos; y entre éstas la más noble es la luz, en el significado común de la palabra, porque también entre nuestros sentidos, que la mente usa al obrar por medio del cuerpo, no hay nada más valioso que los ojos, y por ello en las Sagradas Escrituras todos los objetos de los sentidos se mencionan como cosas visibles. Así, en el Nuevo Testamento se nos previene contra el amor a estas cosas con las siguientes palabras: "Mientras no miramos a las cosas que se ven, sino a las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas." [] Esto muestra cuán lejos de ser cristianos están quienes sostienen que el sol y la luna deben ser no sólo amados, sino adorados. Pues ¿qué se ve si no son el sol y la luna? Pero se nos prohíbe mirar las cosas que se ven. El hombre, por tanto, que desea ofrecer a Dios aquel amor incorruptible no debe amar tampoco estas cosas. Este asunto lo indagaré con más detenimiento en otro lugar. Aquí mi plan es escribir no acerca de la fe, sino de la vida por la cual nos hacemos dignos de conocer lo que creemos. Por tanto, solo Dios ha de ser amado; y todo este mundo, es decir, todas las cosas sensibles, han de ser despreciadas —aunque, sin embargo, han de usarse según lo requiere esta vida.

    Iglesia, § 38

    38. La fama popular es así menospreciada y despreciada en el Nuevo Testamento: "Si quisiera," dice san Pablo, "agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo." [] Además, hay otra producción del alma formada por imaginaciones derivadas de las cosas materiales, y llamada conocimiento de las cosas. A este respecto se nos advierte con razón contra la curiosidad, para corregir la cual es gran función de la templanza. Así se dice: "Mirad que nadie os seduzca por la filosofía." Y porque la palabra filosofía originalmente significa amor y búsqueda de la sabiduría, cosa de gran valor y que ha de buscarse con toda la mente, el apóstol, con gran prudencia, para que no se pensara que disuadía del amor a la sabiduría, añadió las palabras: "Y los elementos de este mundo." [] Pues algunos, descuidando las virtudes e ignorando qué es Dios y la majestad de la naturaleza que permanece siempre la misma, piensan que se ocupan en un asunto importante cuando escudriñan con grandísima curiosidad y avidez esta masa material que llamamos mundo. Esto engendra tanta soberbia, que se consideran habitantes del cielo del que a menudo disertan. El alma, pues, que se propone guardarse casta para Dios debe abstenerse del deseo de un conocimiento vano como éste. Porque este deseo suele producir ilusión, de modo que el alma piensa que no existe nada sino lo material; o si, por respeto a la autoridad, confiesa que hay una existencia inmaterial, no puede pensarla sino bajo imágenes materiales, y no tiene acerca de ella otra creencia que la impuesta por el sentido corporal. A esto podemos aplicar el precepto de huir de la idolatría.

    Iglesia, § 39

    39. A esta autoridad del Nuevo Testamento, que nos exige no amar nada de este mundo, [] especialmente en aquel pasaje donde se dice: "No os conforméis a este mundo," [] —pues el punto es mostrar que el hombre se conforma a todo aquello que ama—, a esta autoridad, pues, si busco un pasaje paralelo en el Antiguo Testamento, encuentro varios; pero hay un libro de Salomón, llamado Eclesiastés, que con gran extensión reduce todas las cosas terrenas a total desprecio. El libro comienza así: "Vanidad de vanidades, dice el Predicador, vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?" [] Si todas estas palabras se consideran, se pesan y se examinan a fondo, se hallan muchas cosas de importancia esencial para quienes buscan huir del mundo y refugiarse en Dios; pero esto requiere tiempo y nuestro discurso se apresura hacia otros temas. Pero, después de este comienzo, pasa a mostrar en detalle que los vanos son los engañados por cosas de esta índole; y llama a esto que los engaña vanidad —no porque Dios no creó aquellas cosas, sino porque los hombres eligen someterse por sus pecados a aquellas cosas, que la ley divina les ha sometido en el bien obrar. Porque cuando consideras admirables y deseables las cosas que están debajo de ti, ¿qué es esto sino ser engañado y extraviado por bienes irreales? El hombre, pues, que es templado en tales cosas mortales y transitorias tiene su norma de vida confirmada por ambos Testamentos: que no ame ninguna de estas cosas, ni las tenga por deseables por sí mismas, sino que las use cuanto requieren los fines y deberes de la vida, con la moderación de un administrador y no con el ardor de un amante. Estas observaciones sobre la templanza son pocas en proporción a la grandeza del tema, pero quizá demasiadas en vista de la tarea presente.

    Capítulo 22.— La fortaleza proviene del amor de Dios

    Iglesia, § 40

    40. Sobre la fortaleza debemos ser breves. El amor, pues, del que hablamos, que debe arder con toda santidad en deseo de Dios, se llama templanza cuando no busca las cosas terrenas, y fortaleza cuando soporta su pérdida. Pero entre todas las cosas que se poseen en esta vida, el cuerpo es, por las justísimas leyes de Dios, a causa del pecado antiguo, la más pesada atadura del hombre, hecho bien conocido pero cuyo misterio es incomprensible. Para que esta atadura no sea sacudida ni perturbada, el alma se estremece con el temor del trabajo y del dolor; para que no se pierda ni se destruya, el alma se estremece con el temor de la muerte. Pues el alma lo ama por la fuerza de la costumbre, sin saber que, usándolo bien y sabiamente, su resurrección y reforma serán, por la ayuda y el decreto divinos, sometidas sin dificultad a su autoridad. Pero cuando el alma se vuelve a Dios enteramente en este amor, conoce estas cosas, y así no sólo despreciará la muerte, sino que incluso la deseará.

    Iglesia, § 41

    41. Luego está la gran lucha con el dolor. Pero no hay nada, aunque sea de dureza de hierro, que el fuego del amor no pueda doblegar. Y cuando la mente es elevada a Dios en este amor, se remontará por encima de toda tortura, libre y gloriosa, con alas hermosas e intactas, con las que el amor casto asciende al abrazo de Dios. De otro modo, Dios tendría que permitir que los amantes del oro, los amantes de la alabanza, los amantes de las mujeres tuvieran más fortaleza que los amantes de Él, aunque el amor en aquellos casos más bien debe llamarse pasión o concupiscencia. Y aun aquí podemos ver con qué fuerza la mente avanza con energía infatigable, a pesar de todas las alarmas, hacia lo que ama; y aprendemos que debemos soportarlo todo antes que abandonar a Dios, pues aquellos hombres soportan tanto precisamente para abandonarlo.

    Capítulo 23.— Preceptos y ejemplos de fortaleza en las Escrituras

    Iglesia, § 42

    42. En vez de citar aquí autoridades del Nuevo Testamento, donde se dice: "La tribulación produce paciencia; y la paciencia, experiencia; y la experiencia, esperanza," [] y donde, además de estas palabras, hay prueba y confirmación de ellas por el ejemplo de quienes las pronunciaron, prefiero aducir un ejemplo de paciencia del Antiguo Testamento, contra el cual los maniqueos lanzan feroces ataques. Tampoco me referiré al hombre que, en medio de grandes sufrimientos corporales y con una enfermedad horrible en sus miembros, no sólo soportó los males humanos, sino que disertó sobre cosas divinas. Quien preste atención considerada a las palabras de este hombre aprenderá de cada una de ellas qué valor ha de darse a aquellas cosas que los hombres tratan de mantener en su poder, y al hacerlo ellos mismos quedan reducidos por la pasión a servidumbre, de modo que se convierten en esclavos de las cosas mortales mientras buscan ignorantemente ser sus amos. Este hombre, al perder toda su riqueza y verse reducido de repente a la mayor pobreza, mantuvo su mente tan inconmovible y fija en Dios, que manifestó que estas cosas no eran grandes a sus ojos, sino que él era grande en relación con ellas, y Dios para él. [] Si esta disposición se hallara en los hombres de nuestros días, no se nos advertiría tan fuertemente en el Nuevo Testamento contra la posesión de estas cosas para que seamos perfectos; pues tener estas cosas sin apegarse a ellas es mucho más admirable que no tenerlas en absoluto.

    Iglesia, § 43

    43. Pero, ya que hablamos aquí de soportar dolor y sufrimientos corporales, dejo a este hombre, por grande que fuera, por indomable que fuera: éste es el caso de un hombre. Pero estas Escrituras me presentan a una mujer de fortaleza asombrosa, y debo pasar enseguida a su caso. Esta mujer, junto con siete hijos, permitió que el tirano y el verdugo le arrancaran las entrañas antes que una palabra impía de su boca, animando a sus hijos con sus exhortaciones, aunque sufría en las torturas de sus cuerpos, y ella misma había de sufrir lo que los exhortaba a soportar. ¿Qué paciencia podría ser mayor que ésta? Y, sin embargo, ¿por qué asombrarnos de que el amor de Dios, implantado en lo más íntimo de su corazón, resistiera al tirano, al verdugo, al dolor, a su sexo y al afecto natural? ¿No había oído: "Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos?" ¿No había oído: "Vale más un hombre paciente que el más poderoso?" [] ¿No había oído: "Todo lo que te sea señalado, recíbelo; y en el dolor sopórtalo; y en la humillación conserva la paciencia, pues en el fuego se prueban el oro y la plata?" [] ¿No había oído: "El fuego prueba las vasijas del alfarero, y para los justos la prueba es la tribulación?" [] Éstas conocía, y muchos otros preceptos de fortaleza escritos en estos libros, que eran los únicos que existían entonces, por el mismo Espíritu divino que escribe los del Nuevo Testamento.

    Capítulo 24.— De la justicia y de la prudencia

    Iglesia, § 44

    44. ¿Qué decir de la justicia que pertenece a Dios? Como dice el Señor: "No podéis servir a dos señores," [] y el apóstol denuncia a quienes sirven a la criatura antes que al Creador, [] ¿no se dijo antes en el Antiguo Testamento: "Adorarás al Señor tu Dios, y a él solo servirás?" [] Nada más necesito decir sobre esto, pues estos libros están llenos de tales pasajes. El amante, pues, a quien describimos, obtendrá de la justicia esta norma de vida: que debe servir con perfecta prontitud al Dios a quien ama, el bien supremo, la sabiduría suprema, la paz suprema; y en cuanto a todas las demás cosas, debe o gobernarlas como sujetas a sí mismo, o tratarlas con miras a su sujeción. Esta norma de vida, como hemos mostrado, está confirmada por la autoridad de ambos Testamentos.

    Iglesia, § 45

    45. Con igual brevedad hemos de tratar de la prudencia, a la que corresponde discernir entre lo que debe desearse y lo que debe evitarse. Sin ella nada puede hacerse de lo que ya hemos dicho. Es propio de la prudencia velar con la más ansiosa vigilancia, no sea que alguna influencia maligna se insinúe sigilosamente en nosotros. Así el Señor exclama a menudo: "Velad;" [] y dice: "Andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas." [] Y luego se dice: "¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?" [] Y no puede citarse pasaje alguno del Antiguo Testamento que condene más expresamente esta somnolencia mental, que nos hace insensibles a la destrucción que avanza sobre nosotros paso a paso, que aquellas palabras del profeta: "El que desprecia las cosas pequeñas caerá poco a poco." [] Sobre este tema podría discurrir largamente si nuestra prisa lo permitiera. Y si la tarea presente lo exigiera, acaso podríamos probar la profundidad de estos misterios, burlándose de los cuales caen los hombres profanos en su perfecta ignorancia, no ciertamente poco a poco, sino con ruina precipitada.

    Capítulo 25.— Cuatro deberes morales respecto del amor de Dios; el premio de ese amor es la vida eterna y el conocimiento de la verdad

    Iglesia, § 46

    46. Nada más necesito decir sobre la recta conducta. Pues si Dios es el bien supremo del hombre, lo cual no podéis negar, se sigue claramente, ya que buscar el sumo bien es vivir bien, que vivir bien no es otra cosa que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente; y, como consecuencia de esto, que este amor ha de conservarse entero e incorrupto, lo cual es parte de la templanza; que no ceda ante ninguna tribulación, lo cual es parte de la fortaleza; que no sirva a ningún otro, lo cual es parte de la justicia; que sea vigilante en su inspección de las cosas para que no se insinúe la astucia o el fraude, lo cual es parte de la prudencia. Ésta es la única perfección del hombre, por la cual solamente puede alcanzar la pureza de la verdad. Esto ordenan de consuno ambos Testamentos; esto se recomienda por igual en uno y otro lado. ¿Por qué seguís lanzando reproches contra unas Escrituras que ignoráis? ¿No veis la necedad de vuestro ataque contra libros que sólo censuran quienes no los entienden, y que sólo dejan de entender quienes los censuran? Pues ni un enemigo puede conocerlos, ni quien los conoce puede ser otra cosa que amigo de ellos.

    Iglesia, § 47

    47. Amemos, pues, todos cuantos tenemos en vista alcanzar la vida eterna, a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente. Porque la vida eterna contiene todo el premio en cuya promesa nos gozamos; y el premio no puede preceder al mérito, ni darse al hombre antes de que sea digno de él. ¿Qué puede ser más injusto que esto, y qué más justo que Dios? No hemos, pues, de exigir el premio antes de merecer recibirlo. Aquí, tal vez, no esté fuera de lugar preguntar qué es la vida eterna; o mejor, oigamos al que la otorga: "Ésta," dice, "es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado." [] Así, la vida eterna es el conocimiento de la verdad. ¡Ved, pues, cuán perverso y absurdo es el carácter de quienes piensan que su enseñanza del conocimiento de Dios nos hará perfectos, cuando éste es el premio de los ya perfectos! ¿Qué otra cosa hemos de hacer, entonces, sino amar primero con pleno afecto a Aquel a quien deseamos conocer? De ahí surge aquel principio en el que hemos insistido todo el tiempo: que no hay nada más saludable en la Iglesia Católica que usar la autoridad antes que el argumento.

    Capítulo 26.— Amor a nosotros mismos y al prójimo

    Iglesia, § 48

    48. Pasemos a lo que resta. Podría pensarse que aquí no se trata del hombre mismo, el amante. Pero pensarlo muestra falta de percepción clara. Pues es imposible que quien ama a Dios no se ame a sí mismo. Porque sólo aquel se ama a sí mismo rectamente que se afana con diligencia por alcanzar el bien supremo y verdadero; y si éste no es otro que Dios, como se ha mostrado, ¿qué impide que quien ama a Dios se ame a sí mismo? Y además, entre los hombres, ¿no ha de haber vínculo alguno de amor mutuo? Sí, ciertamente; de modo que no podemos pensar en paso más seguro hacia el amor de Dios que el amor del hombre al hombre.

    Iglesia, § 49

    49. Que el Señor, pues, nos supla el otro precepto en respuesta a la cuestión sobre los preceptos de la vida; porque no se contentó con uno, sabiendo que Dios es una cosa y el hombre otra, y que la diferencia no es menor que la que hay entre el Creador y la cosa creada a semejanza de su Creador. Dice, pues, que el segundo precepto es: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." [] Ahora bien, te amas a ti mismo convenientemente cuando amas a Dios más que a ti mismo. Lo que, pues, buscas para ti, debes buscarlo para tu prójimo, a saber, que ame a Dios con afecto perfecto. Porque no lo amas como a ti mismo, a menos que procures atraerlo a aquel bien que tú mismo persigues. Pues éste es el único bien que tiene cabida para que todos lo persigan contigo. De este precepto proceden los deberes de la sociedad humana, en la que es difícil guardarse del error. Pero lo primero a que hay que aspirar es que seamos benévolos, es decir, que no abriguemos malicia ni designio malvado contra otro. Porque el hombre es el prójimo más cercano del hombre.

    Iglesia, § 50

    50. Oíd también lo que dice Pablo: "El amor al prójimo," dice, "no hace mal a nadie." [] Los testimonios aquí empleados son muy breves, pero, si no me equivoco, vienen al caso y son suficientes para el propósito. Y todos saben cuán numerosas y cuán graves son las palabras que se hallan por doquier en estos libros sobre el amor al prójimo. Pero como un hombre puede pecar contra otro de dos maneras, o injuriándolo o no ayudándolo cuando está en su poder, y como por estas cosas que ningún hombre amoroso haría se llama a los hombres inicuos, todo lo que se requiere queda, creo, probado por estas palabras: "El amor al prójimo no hace mal a nadie." Y si no podemos alcanzar el bien a menos que primero dejemos de obrar el mal, nuestro amor al prójimo es una especie de cuna de nuestro amor a Dios, de modo que, como está dicho, "el amor al prójimo no hace mal a nadie," podemos elevarnos de esto a estas otras palabras: "Sabemos que todas las cosas concurren al bien de los que aman a Dios." []

    Iglesia, § 51

    51. Pero hay un sentido en que éstos o se elevan juntos a la plenitud y perfección, o, mientras el amor de Dios es primero en el comienzo, el amor del prójimo es primero en alcanzar la perfección. Pues quizá el amor divino se apodera de nosotros más rápidamente al principio, pero alcanzamos la perfección más fácilmente en las cosas inferiores. Sea como fuere, el punto principal es éste: que nadie piense que, mientras desprecia a su prójimo, llegará a la felicidad y al Dios a quien ama. ¡Y ojalá fuera tan fácil procurar el bien del prójimo, o evitar hacerle daño, como lo es para alguien bien educado y de buen corazón amar a su prójimo! Estas cosas requieren más que mera buena voluntad, y sólo pueden hacerse con un alto grado de reflexión y prudencia, que pertenece únicamente a aquellos a quienes se lo da Dios, fuente de todo bien. Sobre este tema —que es, creo, de gran dificultad— intentaré decir unas pocas palabras según lo admite mi plan, poniendo toda mi esperanza en Aquel cuyos dones son éstos.

    Capítulo 27.— De hacer el bien al cuerpo de nuestro prójimo

    Iglesia, § 52

    52. El hombre, pues, visto por su prójimo, es un alma racional con un cuerpo mortal y terreno a su servicio. Por tanto, quien ama a su prójimo hace bien en parte al cuerpo del hombre y en parte a su alma. Lo que beneficia al cuerpo se llama medicina; lo que beneficia al alma, disciplina. La medicina abarca aquí todo lo que conserva o restaura la salud corporal. Incluye, por tanto, no solo lo que pertenece al arte de los médicos, propiamente dicho, sino también el alimento y la bebida, el vestido y el techo, y todo medio de abrigo y protección para guardar nuestros cuerpos contra las injurias y desgracias tanto de fuera como de dentro. Pues el hambre y la sed, el frío y el calor, y toda violencia exterior producen pérdida de aquella salud que es el punto que debe considerarse.

    Iglesia, § 53

    53. De ahí que quienes con oportunidad y sabiduría suministran todas las cosas necesarias para apartar estos males y angustias son llamados compasivos, aunque hayan sido tan sabios que ningún sentimiento doloroso haya turbado su mente en el ejercicio de la compasión. Sin duda, la palabra compasivo implica sufrimiento en el corazón del hombre que siente por la tristeza de otro. Y es igualmente cierto que un sabio debe estar libre de toda emoción dolorosa cuando auxilia al necesitado, cuando da de comer al hambriento y de beber al sediento, cuando viste al desnudo, cuando recibe al extranjero en su casa, cuando libera al oprimido, cuando, por último, extiende su caridad a los muertos dándoles sepultura. Aun así, el epíteto de compasivo es propio, aunque actúe con tranquilidad de ánimo, no por el estímulo de un sentimiento doloroso, sino por motivos de benevolencia. No hay daño en la palabra compasivo cuando no hay pasión en el caso.

    Iglesia, § 54

    54. Los necios, a su vez, que evitan el ejercicio de la compasión como un vicio, porque no se sienten suficientemente movidos por el sentido del deber sin experimentar también una emoción aflictiva, quedan helados en una dura insensibilidad, muy distinta de la calma de una serenidad racional. Dios, en cambio, es llamado con propiedad compasivo; y el sentido en que lo es será comprendido por aquellos a quienes la piedad y la diligencia han hecho aptos para comprenderlo. Hay peligro de que, al usar las palabras de los sabios, endurezcamos las almas de los ignorantes apartándolas de la compasión en lugar de ablandarlas con el deseo de una disposición caritativa. Pues así como la compasión nos exige apartar de los demás estas angustias, así la inofensividad prohíbe infligirlas.

    Capítulo 28.— De hacer el bien al alma de nuestro prójimo. Dos partes de la disciplina: represión e instrucción. Por la buena conducta llegamos al conocimiento de la verdad

    Iglesia, § 55

    55. En cuanto a la disciplina, por la cual se restaura la salud de la mente, sin la cual la salud corporal de nada sirve para la seguridad contra la miseria, el asunto es de gran dificultad. Y así como en el cuerpo dijimos que una cosa es curar enfermedades y heridas, lo cual pocos pueden hacer adecuadamente, y otra cosa es atender los deseos del hambre y de la sed, y prestar auxilio en todos los demás modos en que cualquier hombre puede en cualquier momento ayudar a otro; así en la mente hay algunas cosas en las que los altos y raros oficios del maestro no son muy necesarios —como, por ejemplo, en aconsejar y exhortar a dar a los necesitados las cosas ya mencionadas como requeridas para el cuerpo. Dar tal consejo es auxiliar a la mente por la disciplina, así como dar las cosas mismas es auxiliar al cuerpo con nuestros recursos. Pero hay otros casos en que las enfermedades de la mente, muchas y de diversas clases, son curadas de un modo extraño e indescriptible. A menos que su medicina fuera enviada del cielo a los hombres, tan despreocupadamente continúan en el pecado, no habría esperanza de salvación; y, en efecto, incluso la salud corporal, si se va a la raíz del asunto, no puede haber venido a los hombres sino de Dios, que da a todas las cosas su ser y su bienestar.

    Iglesia, § 56

    56. Esta disciplina, pues, que es la medicina de la mente, en cuanto podemos colegir de las sagradas Escrituras, comprende dos cosas: represión e instrucción. La represión implica temor, y la instrucción amor, en la persona que recibe el beneficio de la disciplina; pues en quien otorga el beneficio hay amor sin temor. En ambas cosas, Dios mismo, por cuya bondad y misericordia somos algo, nos ha dado en los dos Testamentos una regla de disciplina. Pues aunque ambas se hallan en ambos Testamentos, el temor es prominente en el Antiguo y el amor en el Nuevo; lo que el apóstol llama esclavitud en uno y libertad en el otro. Del orden maravilloso y de la armonía divina de estos Testamentos sería largo hablar, y muchos hombres piadosos y sabios han disertado sobre ello. El tema exige muchos libros para exponerlo y explicarlo en cuanto es posible al hombre. Quien, pues, ama a su prójimo se esfuerza con todo lo que puede por procurar su seguridad en el cuerpo y en el alma, haciendo de la salud de la mente la norma en su tratamiento del cuerpo. Y en cuanto a la mente, sus esfuerzos siguen este orden: que primero tema y luego ame a Dios. Esta es la verdadera excelencia de conducta, y así se adquiere el conocimiento de la verdad que buscamos sin cesar.

    Iglesia, § 57

    57. Los maniqueos están de acuerdo conmigo en cuanto al deber de amar a Dios y al prójimo, pero niegan que esto se enseñe en el Antiguo Testamento. Cuán gravemente yerran en esto lo muestran, creo, con claridad los pasajes citados antes sobre ambos deberes. Pero, en una sola palabra, y una que solo la más absoluta locura puede contradecir, ¿no ven la irracionalidad de negar que estos dos mismos preceptos que ellos elogian son citados por el Señor en el Evangelio a partir del Antiguo Testamento: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente"; y el otro: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"? O si no se atreven a negar esto, porque la luz de la verdad es demasiado fuerte para ellos, que nieguen que estos preceptos sean saludables; que nieguen, si pueden, que enseñen la mejor moral; que afirmen que no es un deber amar a Dios ni al prójimo; que todas las cosas no resultan en bien para los que aman a Dios; que no es cierto que el amor al prójimo no obra mal (una doble regulación de la vida humana sumamente saludable y excelente). Con tales afirmaciones se separan no solo de los cristianos, sino de la humanidad. Pero si no se atreven a hablar así, sino que deben confesar la divinidad de los preceptos, ¿por qué no desisten de atacar y denigrar con horrible profanidad los libros de los cuales son citados?

    Iglesia, § 58

    58. ¿Dirán, como suelen, que aunque encontramos estos preceptos en los libros, no se sigue que todo lo que allí se encuentra sea bueno? No veo bien cómo responder y refutar este sofisma. ¿Discutiré las palabras del Antiguo Testamento una por una, para probar a hombres obstinados e ignorantes su perfecta concordancia con el Nuevo Testamento? Pero ¿cuándo se hará esto? ¿Cuándo tendré yo tiempo, o ellos paciencia? ¿Qué se ha de hacer, pues? ¿Abandonaré la causa y los dejaré escapar sin ser descubiertos en una opinión que, aunque falsa e impía, es difícil de refutar? No lo haré. Dios mismo estará cerca para ayudarme; ni permitirá que yo quede desamparado o abandonado en tales aprietos.

    Capítulo 29.— De la autoridad de las Escrituras

    Iglesia, § 59

    59. Atended, pues, vosotros, maniqueos, si acaso hay algunos de vosotros a quienes vuestra superstición tiene aún presos de modo que os permita escapar todavía. Atended, digo, sin obstinación, sin deseo de oponerse; de lo contrario, vuestra decisión os será fatal. Nadie puede dudar, y no estáis tan perdidos para la verdad como para no comprender que si es bueno, como todos admiten, amar a Dios y al prójimo, todo lo que pende de estos dos preceptos no puede con razón ser declarado malo. Qué es lo que pende de ellos sería absurdo pensar en aprenderlo de mí. Oíd al mismo Cristo; oíd a Cristo, digo; oíd a la Sabiduría de Dios: "De estos dos mandamientos", dice, "pende toda la ley y los profetas." []

    Iglesia, § 60

    60. ¿Qué puede decir a esto la obstinación más desvergonzada? ¿Que estas no son palabras de Cristo? Pero están escritas en el Evangelio como palabras suyas. ¿Que la escritura es falsa? ¿No es esta la más profana blasfemia? ¿No es de lo más presuntuoso hablar así? ¿No es de lo más temerario? ¿No es de lo más criminal? Los adoradores de ídolos, que odian incluso el nombre de Cristo, jamás se atrevieron a hablar así contra estas Escrituras. Pues se seguiría la total ruina de toda la literatura, y habría fin para todos los libros transmitidos del pasado, si lo que está apoyado por tan fuerte creencia popular y establecido por el testimonio uniforme de tantos hombres y tantas épocas es puesto bajo tal sospecha, que no se le permita tener el crédito y la autoridad de la historia común. En fin, ¿qué podéis citar de escritos cualesquiera de los que yo no pueda hablar de este modo si se citan contra mi opinión y mi propósito?

    Iglesia, § 61

    61. ¿Y no es intolerable que nos prohíban creer un libro ampliamente conocido y puesto ahora en manos de todos, mientras insisten en que creamos el libro que ellos citan? Si algún escrito ha de ser sospechoso, ¿cuál lo sería más que uno que no ha merecido notoriedad, o que puede ser enteramente una falsificación, llevando un nombre falso? Si me imponéis tal escrito contra mi voluntad, y hacéis alarde de autoridad para impulsarme a creer, ¿debo yo, teniendo un escrito que veo difundido por todas partes desde hace largo tiempo, y sancionado por el testimonio concordante de iglesias esparcidas por todo el mundo, degradarme dudando, y, peor degradación, dudando por vuestra sugerencia? Aun si presentarais otras lecturas, no las recibiría si no estuvieran apoyadas por el acuerdo general; y siendo esto así, ¿pensáis que ahora, cuando no presentáis nada que comparar con el texto salvo vuestra propia afirmación necia e irreflexiva, la humanidad es tan irrazonable y tan abandonada por la divina Providencia como para preferir a esas Escrituras no otras citadas por vosotros en refutación, sino meramente vuestras propias palabras? Deberíais presentar otro manuscrito con el mismo contenido, pero incorrupto y más correcto, en el que falte solo el pasaje que acusáis de espurio. Por ejemplo, si sostenéis que la Epístola de Pablo a los Romanos es espuria, debéis presentar otra incorrupta, o más bien otro manuscrito con la misma epístola del mismo apóstol, libre de error y corrupción. Decís que no lo haréis, para que no se os sospeche de corromperlo. Esta es vuestra respuesta habitual, y verdadera. Si lo hicierais, ciertamente tendríamos esta misma sospecha; y todos los hombres de algún sentido la tendrían también. Ved, pues, qué habéis de pensar de vuestra propia autoridad; y considerad si es justo creer vuestras palabras contra estas Escrituras, cuando el simple hecho de que un manuscrito sea presentado por vosotros hace peligroso poner fe en él.

    Capítulo 30.— La Iglesia apostrofada como maestra de toda sabiduría. Doctrina de la Iglesia Católica

    Iglesia, § 62

    62. Pero ¿por qué decir más sobre esto? Pues ¿quién no ve que los hombres que se atreven a hablar así contra las Escrituras cristianas, aunque no sean lo que se sospecha de ellos, al menos no son cristianos? Porque a los cristianos se les ha dado esta regla de vida: que amemos al Señor nuestro Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, y al prójimo como a nosotros mismos; pues de estos dos mandamientos penden toda la ley y los profetas. Con razón, pues, Iglesia Católica, madre verdadera de los cristianos, no solo enseñas que solo Dios, a quien encontrar es la vida feliz, debe ser adorado en perfecta pureza y castidad, sin presentar criatura alguna como objeto de adoración a la que se nos exija servir; y desde aquella eternidad incorrupta e inviolable, a la cual sola debe someterse el hombre, y apegándose a la cual sola el alma racional escapa de la miseria, excluyendo todo lo hecho, todo lo sujeto a cambio, todo lo que está bajo el poder del tiempo; sin confundir lo que la eternidad, la verdad y la paz misma mantienen separado, ni separar lo que una majestad común une: sino que también contienes el amor y la caridad al prójimo de tal manera, que para toda clase de enfermedades con que las almas son afligidas por sus pecados, se halla en ti una medicina de eficacia preponderante.

    Iglesia, § 63

    63. Tu instrucción y enseñanza son infantiles para los niños, enérgicas para los jóvenes, pacíficas para los ancianos, teniendo en cuenta tanto la edad de la mente como la del cuerpo. Tú sujetas a las mujeres a sus maridos en casta y fiel obediencia, no para satisfacer la pasión, sino para la propagación de la descendencia y para la sociedad doméstica. Tú das a los hombres autoridad sobre sus esposas, no para burlarse del sexo más débil, sino según las leyes del amor no fingido. Tú subordinas a los hijos a sus padres en una especie de libre servidumbre, y pones a los padres sobre sus hijos con una regla piadosa. Tú unes a los hermanos con los hermanos en un vínculo religioso más fuerte y más estrecho que el de la sangre. Sin violar las conexiones de la naturaleza y de la elección, tú introduces en el vínculo del amor mutuo todo parentesco de sangre y toda alianza de afinidad. Tú enseñas a los siervos a apegarse a sus amos por deleite en su tarea más que por la necesidad de su condición. Tú haces a los amos indulgentes con sus siervos, por consideración a Dios, su Amo común, y más dispuestos a aconsejar que a obligar. Tú unes al ciudadano con el ciudadano, a la nación con la nación, es más, al hombre con el hombre, por el recuerdo de sus primeros padres, no solo en sociedad, sino en fraternidad. Tú enseñas a los reyes a buscar el bien de sus pueblos; tú aconsejas a los pueblos a estar sujetos a sus reyes. Tú enseñas con cuidado a quién se debe honor, a quién consideración, a quién reverencia, a quién temor, a quién consuelo, a quién amonestación, a quién ánimo, a quién disciplina, a quién reprensión, a quién castigo; mostrando a la vez cómo no todo se debe a todos, y cómo a todos se debe amor, y cómo a nadie se debe injuria.

    Iglesia, § 64

    64. Luego, después de que este amor humano ha nutrido y vigorizado la mente que se apega a tu pecho, y la ha dispuesto para seguir a Dios, cuando la majestad divina ha comenzado a manifestarse en cuanto basta para el hombre mientras mora en la tierra, se produce una caridad tan ferviente, y se enciende tal llama de amor divino, que con el consumirse de todos los vicios, y con la purificación y santificación del hombre, se hace patente cuán divinas son estas palabras: "Yo soy fuego consumidor", y: "He venido a enviar fuego a la tierra". [] Estas dos expresiones del único Dios, estampadas en ambos Testamentos, muestran con testimonio armonioso la santificación del alma, señalando hacia el cumplimiento de aquello que también se cita en el Nuevo Testamento tomado del Antiguo: "Sorbida es la muerte en victoria. Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón? ¿Dónde, oh muerte, está tu contienda?" Si estos herejes pudieran entender esta sola sentencia, ya no soberbios sino del todo reconciliados, no adorarían a Dios sino contigo y en tu seno. En ti, como es justo, los preceptos divinos son guardados por multitudes ampliamente dispersas. En ti, como es justo, se entiende bien cuánto más atroz es el pecado cuando se conoce la ley que cuando se la ignora. Pues "el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley", [] lo cual añade fuerza con la que la conciencia del desprecio del precepto golpea y mata. En ti se ve, como es justo, cuán vano es el esfuerzo bajo la ley, cuando la concupiscencia asola la mente y es frenada por el temor del castigo, en lugar de ser vencida por el amor de la virtud. Tuyos son, como es justo, los muchos hospitalarios, los muchos amistosos, los muchos compasivos, los muchos sabios, los muchos castos, los muchos santos, los muchos tan ardientes en su amor a Dios, que en perfecta continencia y asombrosa indiferencia hacia este mundo hallan felicidad aun en la soledad.

    Capítulo 31.— La vida de los anacoretas y cenobitas puesta frente a la continencia de los maniqueos

    Iglesia, § 65

    ¿Qué hemos de pensar que ven aquellos que pueden vivir sin ver a sus semejantes, aunque no sin amarlos? Debe ser algo que trasciende las cosas humanas, en cuya contemplación el hombre puede vivir sin ver a su semejante. Oíd ahora, maniqueos, las costumbres y la notable continencia de los cristianos perfectos, que han juzgado justo no sólo alabar, sino también practicar la cumbre de la castidad, para que os refrenéis, si queda en vosotros algo de vergüenza, de jactaros de vuestra abstinencia ante mentes ignorantes como si fuera la más difícil de todas las cosas. Hablaré de cosas que no ignoráis, aunque nos las ocultáis. Pues ¿quién no sabe que hay una multitud, que crece cada día, de varones cristianos de absoluta continencia extendida por todo el mundo, especialmente en Oriente y en Egipto, como no podéis dejar de saber?

    Iglesia, § 66

    No diré nada de aquellos a quienes acabo de aludir, que, en total apartamiento de la vista de los hombres, habitan regiones enteramente estériles, contentos con pan sencillo, que se les lleva periódicamente, y con agua, gozando de la comunión con Dios, a quien se apegan con pureza de mente, y sumamente dichosos en la contemplación de su hermosura, que sólo puede ser vista por el entendimiento de los santos. No diré nada de ellos, porque algunos piensan que han abandonado las cosas humanas más de lo debido, sin considerar cuánto pueden beneficiarnos en sus mentes con la oración y en sus vidas con el ejemplo aquellos cuyos cuerpos no nos es permitido ver. Pero discutir este punto sería largo e infructuoso; pues si un hombre no considera por su propia voluntad esta altísima cumbre de santidad como admirable y honorable, ¿cómo podrá nuestra palabra llevarlo a hacerlo? Sólo los maniqueos, que se jactan de nada, deberían ser recordados de que la abstinencia y la continencia de los grandes santos de la Iglesia Católica ha llegado tan lejos, que algunos piensan que debería ser frenada y contenida dentro de los límites de la humanidad; tan por encima de los hombres, incluso en el juicio de quienes lo desaprueban, se han elevado sus mentes.

    Iglesia, § 67

    Pero si esto excede nuestra tolerancia, ¿quién no puede sino admirar y alabar a aquellos que, despreciando y desechando los placeres de este mundo, viviendo juntos en una sociedad castísima y santa, se unen para pasar su tiempo en oraciones, en lecturas, en discusiones, sin hinchazón de soberbia, sin estruendo de contienda, sin sordidez de envidia; sino quietos, modestos, pacíficos, su vida es de perfecta armonía y devoción a Dios, ofrenda aceptísima a Aquel de quien se obtiene el poder de hacer tales cosas? Nadie posee nada propio; nadie es una carga para otro. Trabajan con sus manos en ocupaciones que alimenten sus cuerpos sin apartar sus mentes de Dios. El producto de su trabajo lo entregan a los decanos o diezmeros —así llamados por estar al frente de los diezmos—, de modo que nadie se ocupa del cuidado de su cuerpo, ni en comida ni en vestido ni en ninguna otra cosa necesaria para el uso diario o para las dolencias comunes. Estos decanos, a su vez, disponiéndolo todo con gran cuidado y atendiendo con prontitud las necesidades que aquella vida impone a causa de las enfermedades corporales, tienen a uno llamado "padre", a quien rinden cuentas. Estos padres no sólo son más santos en su conducta, sino también distinguidos por la ciencia divina y de carácter elevado en todo sentido; y sin soberbia supervisan a aquellos a quienes llaman sus hijos, teniendo ellos mismos gran autoridad al dar órdenes, y encontrando obediencia voluntaria en quienes están a su cargo. Al final del día se reúnen desde sus moradas separadas, antes de la comida, para oír a su padre, congregándose en número de al menos tres mil para un solo padre; pues uno puede tener un número aún mucho mayor que éste. Escuchan con asombrosa avidez en perfecto silencio, y expresan los sentimientos de sus almas al ser movidos por las palabras del predicador, con gemidos, lágrimas o señales de gozo, sin ruido ni gritos. Luego viene el refrigerio del cuerpo, tanto cuanto exigen la salud y el buen estado del cuerpo, refrenando cada uno el apetito ilícito, para no excederse ni en la comida pobre y barata que se les ofrece. Así, no sólo se abstienen de carne y vino para dominar sus pasiones, sino también de aquellas cosas que más probablemente excitan el apetito del paladar y del estómago, por lo que algunos llaman su mayor limpieza, la cual sirve a menudo de excusa ridícula y vergonzosa para un gusto indecoroso por manjares exquisitos, como alejados del alimento animal. Todo lo que poseen además de lo necesario para su sustento (y se obtiene mucho, gracias a su laboriosidad y frugalidad), lo distribuyen a los necesitados con mayor cuidado que el que pusieron en procurárselo para sí mismos. Pues mientras no hacen esfuerzo alguno por obtener abundancia, ponen todo su empeño en impedir que la abundancia permanezca con ellos; hasta el punto de que envían cargamentos enteros a lugares habitados por pobres. No necesito decir más sobre un asunto conocido por todos.

    Iglesia, § 68

    Tal es también la vida de las mujeres, que sirven a Dios asidua y castamente, viviendo apartadas y alejadas de los hombres tanto cuanto exige el decoro, a quienes están unidas sólo por el afecto piadoso y por la imitación de la virtud. No se permite que se les acerquen jóvenes, ni siquiera ancianos, por muy respetables y aprobados que sean, salvo hasta el pórtico, para entregarles los suministros necesarios. Pues las mujeres se ocupan y se mantienen trabajando la lana, y entregan la tela a los hermanos, de quienes reciben a cambio lo que necesitan para el alimento. Tales costumbres, tal vida, tales disposiciones, tal sistema, no podría yo alabarlos como merecen, aunque quisiera alabarlos; además, temo que parecería que yo pensaba que difícilmente ganarían aceptación con la mera descripción, si me considerara obligado a añadir un elogio ornamental a la simple narración. Vosotros, maniqueos, encontrad aquí faltas si podéis. No pongáis en evidencia nuestra cizaña ante hombres demasiado ciegos para discernir.

    Capítulo 32.— Elogio del clero

    Iglesia, § 69

    No hay, sin embargo, tanta estrechez en la excelencia moral de la Iglesia Católica que deba yo limitar su alabanza a la vida de los aquí mencionados. Pues ¿a cuántos obispos he conocido, varones excelentísimos y santísimos, cuántos presbíteros, cuántos diáconos y ministros de toda clase de los divinos sacramentos, cuya virtud me parece más admirable y más digna de alabanza por la mayor dificultad de conservarla en medio de las múltiples variedades de los hombres y en esta vida de agitación! Pues presiden tanto a hombres que necesitan curación como a los ya curados. Los vicios de la multitud deben ser soportados para que puedan ser curados, y la peste debe ser sufrida antes de ser vencida. Conservar aquí el mejor modo de vida y una mente tranquila y pacífica es muy difícil. Aquí, en una palabra, estamos entre personas que están aprendiendo a vivir. Allí viven.

    Capítulo 33.— Otra clase de hombres que viven juntos en las ciudades. Ayunos de tres días

    Iglesia, § 70

    Sin embargo, no por esto quisiera menospreciar a una clase digna de alabanza de cristianos, a saber, aquellos que viven juntos en las ciudades, bastante apartados de la vida común. Vi en Milán una casa de santos, en número no pequeño, presidida por un solo presbítero, varón de gran excelencia y doctrina. En Roma conocí varios lugares donde había en cada uno un varón eminente por la gravedad de su carácter, la prudencia y la ciencia divina, que presidía a todos los demás que vivían con él, en caridad cristiana, santidad y libertad. Éstos tampoco son gravosos para nadie; sino que, a la manera oriental y con la autoridad del apóstol Pablo, se mantienen con sus propias manos. Se me dijo que muchos practicaban ayunos de una severidad asombrosa, no sólo tomando una sola comida diaria hacia la noche, lo cual es bastante común en todas partes, sino continuando con mucha frecuencia durante tres días o más seguidos sin comida ni bebida. Y esto no sólo entre los hombres, sino también entre las mujeres, que viven asimismo juntas en gran número como viudas o vírgenes, ganándose el sustento hilando y tejiendo, y presididas en cada caso por una mujer de gran juicio y experiencia, hábil y versada no sólo en dirigir y formar la conducta moral, sino también en instruir el entendimiento.
    Comentario editorial · Anacoretas, cenobitas y las casas de Milán y de Roma
    En los § 65 a 68 Agustín habla de los cristianos «de continencia absoluta» que, dice, se multiplican «especialmente en Oriente y en Egipto»: unos en lugares estériles y apartados de la vista de los hombres, otros en comunidades de trabajo y de oración donde cada «padre» reúne a tres mil personas «al menos». En este § 70 añade lo que él mismo vio: en Milán, una casa de santos presidida por un presbítero; en Roma, varias, cada una bajo uno de peso y de saber. Según Wikipedia, el primer monasterio cenobítico fue el de Pacomio en el Alto Egipto, hacia 323, y la introducción del monacato en Occidente puede fecharse hacia 340, cuando Atanasio visitó Roma con dos monjes egipcios; vuelto a África en 388, el propio Agustín fundó en Tagaste con unos amigos una comunidad laica.

    Iglesia, § 71

    Con todo esto, a nadie se le presiona para soportar penalidades para las que no es apto; nada se impone a nadie contra su voluntad; ni es condenado por los demás por confesar que es demasiado débil para imitarlos: pues tienen presente cuán encarecidamente la Escritura impone a todos la caridad; tienen presente: "Todas las cosas son puras para los puros", [] y "No lo que entra por la boca contamina al hombre, sino lo que sale de la boca". [] Por consiguiente, todos sus esfuerzos se dirigen no al rechazo de ciertas clases de alimentos como impuros, sino a la sujeción del deseo desordenado y al mantenimiento del amor fraterno. Recuerdan: "Las comidas para el vientre, y el vientre para las comidas; pero Dios destruirá tanto lo uno como lo otro"; [] y de nuevo: "Ni si comemos, tendremos de más; ni si dejamos de comer, tendremos de menos"; [] y, sobre todo, esto: "Bueno es, hermanos, no comer carne ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece"; pues este pasaje muestra que el amor es el fin al que debe aspirarse en todas estas cosas. "Porque uno —dice— cree que puede comer de todo; otro, que es débil, come hierbas. El que come, no menosprecie al que no come; y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha aceptado. ¿Quién eres tú, que juzgas al siervo ajeno? Para su propio señor está en pie o cae; pero estará firme, porque poderoso es Dios para hacerle estar firme." Y poco después: "El que come, para el Señor come, y da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor no come, y da gracias a Dios." Y también en lo que sigue: "Así que, cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí. Por tanto, ya no nos juzguemos más los unos a los otros; antes bien, juzgad esto: no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano. Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada hay inmundo en sí; mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es." ¿Podría haber mostrado mejor que no está en las cosas que comemos, sino en la mente, el poder de contaminarla, y que por tanto incluso aquellos que pueden pensar con ligereza de estas cosas y saben perfectamente que no se contaminan si toman cualquier alimento con superioridad de mente, sin ser glotones, deben tener en cuenta la caridad? Ved lo que añade: "Pues si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme a la caridad." []

    Iglesia, § 72

    Leed el resto: es demasiado largo para citarlo todo. Encontraréis que a quienes pueden pensar con ligereza de tales cosas —es decir, los de mayor fortaleza y estabilidad— se les dice que, no obstante, deben abstenerse, para que no se escandalicen aquellos que por su debilidad todavía necesitan de tal abstinencia. Las personas que yo describía conocen y observan estas cosas; pues son cristianos, no herejes. Entienden la Escritura según la doctrina apostólica, no según el nombre presuntuoso y ficticio de apóstol. A quien no come, nadie lo desprecia; a quien come, nadie lo juzga; el que es débil come hierbas. Muchos, sin embargo, que son fuertes lo hacen por causa de los débiles; en muchos la razón no es ésta, sino tener una alimentación más barata y llevar una vida de la mayor tranquilidad, con la provisión menos costosa para el sustento del cuerpo. "Todas las cosas me son lícitas —dice—, pero no me dejaré dominar por ninguna." [] Así, muchos no comen carne y, sin embargo, no la consideran supersticiosamente impura. Y así, los mismos que se abstienen cuando están sanos la toman cuando están enfermos sin temor alguno, si se requiere como remedio. Muchos no beben vino; pero no piensan que el vino los contamine; pues hacen que se dé con la mayor propiedad y moderación a personas de temperamento lánguido y, en suma, a todos los que no pueden tener salud corporal sin él. Cuando algunos lo rechazan neciamente, les aconsejan como hermanos que no dejen que una superstición tonta los haga más débiles en vez de más santos. Les leen el precepto del apóstol a su discípulo de "tomar un poco de vino por sus muchas enfermedades". [] Luego ejercitan diligentemente la piedad; saben que el ejercicio corporal aprovecha por poco tiempo, como dice el mismo apóstol. []

    Iglesia, § 73

    Aquellos, pues, que pueden —y son sin número— se abstienen tanto de carne como de vino por dos razones: o por la debilidad de sus hermanos, o por su propia libertad. La caridad es atendida principalmente. Hay caridad en su elección de alimentos, caridad en su habla, caridad en su vestido, caridad en sus miradas. La caridad es el punto donde se encuentran y el plan por el que actúan. Transgredir contra la caridad se considera criminal, como transgredir contra Dios. Todo lo que se opone a esto es atacado y expulsado; lo que la daña no se permite que continúe ni un solo día. Saben que así lo han ordenado Cristo y los apóstoles; que sin ella todas las cosas están vacías, con ella todas se cumplen.

    Capítulo 34.— No se ha de culpar a la Iglesia por la conducta de los malos cristianos, adoradores de tumbas e imágenes

    Iglesia, § 74

    Haced objeciones contra éstos, maniqueos, si podéis. Mirad a estas personas y hablad de ellas con reproche, si os atrevéis, sin falsedad. Comparad sus ayunos con vuestros ayunos, su castidad con la vuestra; comparaos con ellos en vestido, comida, dominio propio y, por último, en caridad. Comparad, que es lo más pertinente, sus preceptos con los vuestros. Entonces veréis la diferencia entre la apariencia y la sinceridad, entre el camino recto y el torcido, entre la fe y la impostura, entre la fortaleza y la hinchazón, entre la felicidad y la miseria, entre la unidad y la desunión; en suma, entre las sirenas de la superstición y el puerto de la religión.

    Iglesia, § 75

    No invoquéis contra mí a profesores del nombre cristiano que ni conocen ni dan testimonio del poder de su profesión. No busquéis muchedumbres de ignorantes que, aun en la verdadera religión, son supersticiosos, o están tan entregados a las malas pasiones que olvidan lo que han prometido a Dios. Sé que hay muchos adoradores de tumbas e imágenes. Sé que hay muchos que beben con gran exceso sobre los muertos, y que en los banquetes que hacen por los cadáveres se sepultan sobre los sepultados, y dan a su glotonería y embriaguez el nombre de religión. Sé que hay muchos que de palabra han renunciado a este mundo y, sin embargo, desean ser cargados con todo el peso de las cosas mundanas, y se gozan en tales cargas. No es sorprendente que entre tan grandes multitudes encontréis a algunos condenando cuya vida podáis engañar a los incautos y seducirlos apartándolos de la seguridad católica; pues en vuestro reducido número os halláis en aprietos cuando se os pide que mostréis siquiera a uno de los que llamáis elegidos que guarde los preceptos que profesáis en vuestra indefendible superstición. Cuán necios son ésos, cuán impíos, cuán perniciosos, y hasta qué punto son descuidados por la mayoría, por casi todos vosotros, lo he mostrado en otro volumen.

    Iglesia, § 76

    Mi consejo para vosotros ahora es éste: que al menos dejéis de calumniar a la Iglesia Católica declamando contra la conducta de hombres a quienes la misma Iglesia condena, procurando cada día corregirlos como a hijos malvados. Entonces, si algunos de ellos son corregidos por su buena voluntad y con la ayuda de Dios, recuperan por la penitencia lo que habían perdido por el pecado. Aquellos, en cambio, que con mala voluntad persisten en sus viejos vicios, o incluso añaden a ellos otros aún peores, ciertamente se les permite permanecer en el campo del Señor y crecer junto con la buena semilla; pero llegará el tiempo de separar la cizaña. O si, por tener al menos el nombre de cristianos, han de ser colocados entre la paja más bien que entre los espinos, vendrá también Uno a limpiar la era y a separar la paja del trigo, y a asignar a cada parte, según su merecido, la recompensa debida.
    Comentario editorial · «Adoradores de tumbas y de pinturas»
    Al enumerar los vicios de los malos cristianos que los maniqueos echan en cara a la Iglesia, Agustín nombra a los que «adoran tumbas y pinturas» y a los que se emborrachan en los banquetes por los muertos, y dice que lo sabe. No los defiende: sostiene que la Iglesia los condena y busca corregirlos, y que seguirán en el campo junto a la cizaña hasta la separación final (§ 76; Mt 13). Newman, el editor, objeta en una nota al pie que identificar la Iglesia organizada con el cristianismo choca con la práctica que Agustín defiende aquí, pues el Nuevo Testamento manda separarse de los malvados, cosa que no es practicable en una Iglesia establecida. El compendio del sitio sobre el culto a los santos, las reliquias y las imágenes sigue la historia de esas prácticas.

    Capítulo 35.— El matrimonio y la propiedad permitidos por los Apóstoles a los bautizados

    Iglesia, § 77

    77. Entretanto, ¿por qué os enfurecéis? ¿Por qué el espíritu de partido ciega vuestros ojos? ¿Por qué os enredáis en una larga defensa de tan gran error? Buscad fruto en el campo, buscad trigo en la era: se hallarán fácilmente, y se presentarán al que los busca. ¿Por qué miráis de manera tan exclusiva a la escoria? ¿Por qué usáis la aspereza del seto para ahuyentar a los inexpertos de la fertilidad del huerto? Hay una entrada apropiada, aunque conocida por pocos; y por ella entran los hombres, aunque vosotros no lo creáis o no queráis hallarla. En la Iglesia Católica hay creyentes sin número que no usan del mundo, y hay quienes, en palabras del apóstol, "usan de él" como si "no usaran de él" [], como quedó demostrado en aquellos tiempos en que los cristianos eran forzados a adorar ídolos. Pues entonces, ¡cuántos ricos, cuántos campesinos hacendados, cuántos mercaderes, cuántos militares, cuántos próceres en sus propias ciudades, y cuántos senadores, personas de ambos sexos, renunciando a todas estas cosas vanas y transitorias, aunque al usarlas no estaban atados por ellas, soportaron la muerte por la fe y la religión salvadoras, y demostraron a los incrédulos que, en lugar de estar poseídos por todas estas cosas, en realidad las poseían!

    Iglesia, § 78

    78. ¿Por qué nos reprocháis diciendo que los hombres renovados en el bautismo ya no deben engendrar hijos, ni poseer campos, casas y dinero? Pablo lo permite. Pues, como no puede negarse, escribió a los creyentes, después de enumerar muchas clases de malhechores que no poseerán el reino de Dios: "Y tales fuisteis", dice: "mas sois lavados, mas sois santificados, mas sois justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios". Por los lavados y santificados, nadie, ciertamente, se atreverá a pensar que se designa a otros que a los creyentes, a aquellos que han renunciado a este mundo. Pero, después de mostrar a quiénes escribe, veamos si les permite estas cosas. Continúa: "Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna. La vianda para el vientre, y el vientre para las viandas; pero Dios destruirá lo uno y lo otro. El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios levantó al Señor, y nos levantará también a nosotros por su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? ¡Dios no lo quiera! ¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne. Pero el que se une al Señor, es un espíritu. Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, peca contra su propio cuerpo. ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo". [] "En cuanto a las cosas de que me escribisteis: bueno es al hombre no tocar mujer. Pero por causa de la fornicación, tenga cada uno su propia mujer, y tenga cada una su propio marido. El marido cumpla con la mujer la debida benevolencia; y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad de su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco el marido tiene potestad de su propio cuerpo, sino la mujer. No os defraudéis uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia. Mas esto digo por permisión, no por mandamiento. Quisiera más bien que todos los hombres fuesen como yo; pero cada uno tiene su propio don de Dios, uno a la verdad de un modo, y otro de otro". []

    Iglesia, § 79

    79. ¿Pensáis que el apóstol ha mostrado suficientemente a los fuertes lo que es más alto, y ha permitido a los más débiles lo que es el bien siguiente? Que no tocar mujer es lo más alto lo muestra cuando dice: "Quisiera más bien que todos los hombres fuesen como yo". Pero después de este bien supremo está la castidad conyugal, para que el hombre no sea presa de la fornicación. ¿Acaso dijo que estas personas no eran aún creyentes por estar casadas? Antes bien, mediante esta castidad conyugal dice que los cónyuges se santifican uno a otro, si uno de ellos es incrédulo, y que también sus hijos son santificados. "El marido incrédulo", dice, "es santificado por la mujer creyente, y la mujer incrédula por el marido creyente; de otra manera vuestros hijos serían inmundos; mas ahora son santos". [] ¿Por qué persistís en oponeros a una verdad tan clara? ¿Por qué intentáis oscurecer la luz de la Escritura con sombras vanas?

    Iglesia, § 80

    80. No digáis que a los catecúmenos les es permitido tener esposa, pero no a los creyentes; que los catecúmenos pueden tener dinero, pero no los creyentes. Pues hay muchos que usan de las cosas como si no usaran. Y en aquel sagrado lavamiento se inicia la renovación del hombre nuevo de modo que alcance gradualmente la perfección, en algunos más rápidamente y en otros más lentamente. El progreso, sin embargo, hacia una vida nueva se realiza en muchos, si consideramos la cuestión sin hostilidad, sino con atención. Como dice el apóstol de sí mismo: "Aunque este hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día". [] El apóstol dice que el hombre interior se renueva de día en día para llegar a la perfección; ¡y vosotros queréis que empiece por la perfección! Y bien estaría que lo quisierais. En realidad, no pretendéis levantar a los débiles, sino engañar a los incautos. No debisteis hablar tan arrogantemente, aun cuando se supiera que sois perfectos en vuestros preceptos pueriles. Mas cuando vuestra conciencia sabe que aquellos a quienes introducís en vuestra secta, al llegar a un conocimiento más íntimo de vosotros, hallarán muchas cosas en vosotros que nadie, oyéndoos acusar a otros, sospecharía, ¿no es una gran impertinencia exigir perfección en los católicos más débiles, para apartar de la Iglesia Católica a los inexpertos, mientras no mostráis nada semejante en vosotros mismos a los así apartados? Pero para no parecer que os ataco sin razón, cerraré ahora este volumen y pasaré por fin a exponer los preceptos de vuestra vida y vuestras notables costumbres.

    Sobre las costumbres de los maniqueos

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · Maniqueos, argumento
    Escrito por San Agustín de Hipona en el año 388 d. C.
    Contiene una refutación particular de la doctrina de estos herejes sobre el origen y la naturaleza del mal; una exposición de sus pretendidas costumbres simbólicas de la boca, de las manos y del pecho; y una condena de su abstinencia supersticiosa y de sus misterios impíos. Por último, se mencionan algunos crímenes sacados a la luz entre los maniqueos.

    Capítulo 1.— El bien supremo es aquello que posee la existencia suprema

    Maniqueos, § 1

    1. Todo el mundo, supongo, admitirá que la cuestión de las cosas buenas y malas pertenece a la ciencia moral, en la cual tales términos son de uso común. Por tanto, es de desear que los hombres aporten a estas investigaciones una perfección intelectual tan clara que les permita ver el bien supremo, que nada hay mejor ni más alto, y después del cual viene un alma racional en estado de pureza y perfección. Si esto se entendiera claramente, también resultaría evidente que el bien supremo es aquello que se describe propiamente como poseedor de una existencia suprema y original. Pues existe en el sentido más alto de la palabra lo que permanece siempre idéntico, lo que es semejante a sí mismo en todas sus partes, lo que no puede ser corrompido ni cambiado en parte alguna, lo que no está sujeto al tiempo, lo que no admite variación alguna entre su condición presente y su condición anterior. Esto es la existencia en su verdadero sentido. Pues en esta significación de la palabra existencia se implica una naturaleza que se contiene a sí misma y que continúa inmutable. Tales cosas sólo pueden decirse de Dios, a quien no hay nada contrario en el sentido estricto de la palabra. Pues lo contrario de la existencia es la inexistencia. No hay, por tanto, ninguna naturaleza contraria a Dios. Pero como las mentes con las que nos acercamos al estudio de estas cuestiones tienen su visión dañada y embotada por nociones necias y por la perversidad de la voluntad, intentemos, en la medida de lo posible, alcanzar algún pequeño conocimiento de esta gran cuestión gradualmente y con cautela, haciendo nuestras indagaciones no como hombres capaces de ver, sino como hombres que tantean en la oscuridad.

    Capítulo 2.— Qué es el mal. Que el mal es aquello que va contra la naturaleza. Al conceder esto, los maniqueos se refutan a sí mismos

    Maniqueos, § 2

    2. Vosotros, maniqueos, a menudo, si no en todos los casos, preguntáis a aquellos a quienes tratáis de atraer a vuestra herejía: ¿De dónde el mal? Supongamos que ahora os encontrara por primera vez; os pediría, si queréis, que siguierais mi ejemplo dejando a un lado por un momento la explicación que suponéis haber obtenido de estos asuntos, y que emprendierais conmigo esta gran indagación como si fuera por primera vez. Me preguntáis: ¿De dónde el mal? Yo os pregunto a mi vez: ¿Qué es el mal? ¿Cuál de las dos preguntas es más razonable? ¿Tienen razón los que preguntan de dónde es una cosa, cuando ignoran qué es; o quien piensa que es necesario inquirir primero qué es, para evitar el grosero absurdo de buscar el origen de una cosa desconocida? Vuestra respuesta es del todo correcta cuando decís que el mal es aquello que es contrario a la naturaleza; pues nadie es tan ciego de mente como para no ver que, en toda especie, el mal es aquello que es contrario a la naturaleza de la especie. Pero el establecimiento de esta doctrina es el derrocamiento de vuestra herejía. Pues el mal no es naturaleza alguna, si es contrario a la naturaleza. Ahora bien, según vosotros, el mal es cierta naturaleza y sustancia. Además, todo lo que es contrario a la naturaleza debe oponerse a la naturaleza y buscar su destrucción. Pues naturaleza no significa otra cosa que aquello como lo que se concibe que algo es en su propia especie. De aquí procede la palabra nueva que ahora usamos derivada de la palabra ser, a saber, esencia o, como solemos decir, sustancia, mientras que antes de que estas palabras estuvieran en uso se empleaba en su lugar la palabra naturaleza. Ahora, pues, si consideráis el asunto sin terquedad, vemos que el mal es aquello que se aparta de la esencia y tiende a la inexistencia.

    Maniqueos, § 3

    3. Por consiguiente, cuando la Iglesia Católica declara que Dios es el autor de todas las naturalezas y sustancias, quienes entienden esto entienden al mismo tiempo que Dios no es el autor del mal. Pues ¿cómo puede quien es la causa del ser de todas las cosas ser al mismo tiempo la causa de su no ser, es decir, de su apartarse de la esencia y tender a la inexistencia? Pues esto es lo que la razón declara claramente que es la definición del mal. Ahora bien, ¿cómo puede esa raza del mal vuestra, que hacéis el mal supremo, ser contra la naturaleza, es decir, contra la sustancia, cuando ella, según vosotros, es en sí misma una naturaleza y una sustancia? Pues si actúa contra sí misma, destruye su propia existencia; y cuando eso se haya realizado por completo, vendrá a ser por fin el mal supremo. Pero esto no puede hacerse, porque vosotros queréis que no sólo sea, sino que sea eterna. No puede, pues, ser el mal supremo aquello que se dice que es una sustancia.

    Maniqueos, § 4

    4. Pero ¿qué he de hacer? Sé que muchos de vosotros no podéis entender nada de todo esto. Sé también que hay algunos que tienen buen entendimiento y pueden ver estas cosas, y sin embargo son tan tercos en su elección del mal —elección que arruinará también su entendimiento— que intentan más bien hallar alguna respuesta que dar para engañar a las mentes inactivas y débiles, en lugar de asentir a la verdad. Aun así, no me arrepentiré de haber escrito ya sea lo que alguno de vosotros quizá considere algún día con imparcialidad y sea llevado a abandonar vuestro error, ya sea lo que hombres de entendimiento y fieles a Dios, aún no contaminados con vuestros errores, puedan leer y así ser preservados de extraviarse por vuestros discursos.

    Capítulo 3.— Si el mal se define como aquello que es dañino, esto implica otra refutación de los maniqueos

    Maniqueos, § 5

    5. Inquiramos, pues, con más cuidado y, si es posible, con más claridad. Os pregunto de nuevo: ¿Qué es el mal? Si decís que es aquello que es dañino, tampoco aquí responderéis mal. Pero considerad, os lo ruego; estad en guardia, os lo suplico; tened la bondad de dejar a un lado el espíritu de partido y haced la indagación por amor a hallar la verdad, no por vencerla. Todo lo que es dañino quita algún bien a aquello a lo que es dañino; pues sin pérdida de bien no puede haber daño. ¿Qué, os apelo, puede ser más claro que esto? ¿Qué más inteligible? ¿Qué otra cosa se requiere para una demostración completa a quien tiene un entendimiento medio, si no es perverso? Pero, si esto se concede, la consecuencia parece clara. En esa raza que vosotros tomáis por el mal supremo, nada puede ser susceptible de daño, puesto que no hay bien en ella. Pero si, como afirmáis, hay dos naturalezas —el reino de la luz y el reino de las tinieblas—; y puesto que hacéis que el reino de la luz sea Dios, atribuyéndole una naturaleza no compuesta, de modo que no tenga parte alguna inferior a otra, debéis conceder, por muy decididamente que sea en oposición a vosotros mismos, debéis conceder, sin embargo, que esta naturaleza, que no sólo no negáis que sea el bien supremo, sino que gastáis todas vuestras fuerzas en tratar de mostrar que lo es, es inmutable, incorruptible, impenetrable, inviolable, pues de otro modo no sería el bien supremo; porque el bien supremo es aquello que nada hay mejor, y que tal naturaleza sea dañada es imposible. Asimismo, si, como ha sido mostrado, dañar es privar de bien, no puede haber daño al reino de las tinieblas, porque no hay bien en él. Y como el reino de la luz no puede ser dañado, por ser inviolable, ¿a qué puede ser dañino ese mal del que habláis?

    Capítulo 4.— La diferencia entre lo que es bueno en sí mismo y lo que es bueno por participación

    Maniqueos, § 6

    6. Ahora, comparad con esta perplejidad, de la que no podéis escapar, la coherencia de las afirmaciones en la enseñanza de la Iglesia Católica, según la cual hay un bien que es bueno de manera suprema y en sí mismo, y no por la participación de bien alguno, sino por su propia naturaleza y esencia; y otro bien que es bueno por participación y por tener algo otorgado. Así tiene su ser como bueno a partir del bien supremo, el cual, sin embargo, está aún contenido en sí mismo y no pierde nada. Esta segunda clase de bien se llama criatura, que es susceptible de daño al apartarse. Pero de este apartamiento Dios no es el autor, pues Él es autor de la existencia y del ser. Aquí vemos el uso apropiado de la palabra mal; pues se aplica correctamente no a la esencia, sino a la negación o pérdida. Vemos también qué naturaleza es la que es susceptible de daño. Esta naturaleza no es el mal supremo, pues cuando es dañada pierde bien; ni es el bien supremo, pues su apartarse del bien se debe a que es buena no intrínsecamente, sino por poseer el bien. Y una cosa no puede ser buena por naturaleza cuando se dice que es hecha, lo cual muestra que la bondad fue otorgada. Así, por una parte, Dios es el bien, y todas las cosas que Él ha hecho son buenas, aunque no tan buenas como Aquel que las hizo. Pues ¿qué loco se atrevería a exigir que las obras igualen al artífice, las criaturas al Creador? ¿Qué más queréis? ¿Podríais desear algo más claro que esto?

    Capítulo 5.— Si el mal se define como corrupción, esto refuta por completo la herejía maniquea

    Maniqueos, § 7

    7. Por tercera vez pregunto: ¿Qué es el mal? Tal vez responderéis: la corrupción. Innegablemente ésta es una definición general del mal, pues la corrupción implica oposición a la naturaleza, y también daño. Pero la corrupción no existe por sí misma, sino en alguna sustancia a la que corrompe; pues la corrupción misma no es una sustancia. Así, aquello que corrompe no es corrupción, no es mal; porque lo que se corrompe sufre pérdida de integridad y pureza. De modo que lo que no tiene pureza que perder no puede corromperse; y lo que la tiene, es necesariamente bueno por la participación de la pureza. Además, lo que se corrompe se pervierte; y lo que se pervierte sufre pérdida del orden, y el orden es bueno. Ser corrompido, pues, no implica ausencia de bien; porque en la corrupción puede ser privado del bien, lo cual no podría ocurrir si hubiera ausencia de bien. Por tanto, aquella raza de las tinieblas, si estaba desprovista de todo bien, como decís que estaba, no podía corromperse, pues no tenía nada que la corrupción pudiera quitarle; y si la corrupción no quita nada, no corrompe. Decid ahora, si os atrevéis, que Dios y el reino de Dios pueden corromperse, cuando no podéis mostrar cómo el reino del diablo, tal como lo imagináis, puede corromperse.
    Comentario editorial · Por qué el mal no es una sustancia
    El centro del segundo libro es un argumento corto: si el mal es corrupción, la corrupción no existe por sí misma, sino en una sustancia que corrompe; lo que se corrompe pierde integridad y pureza, y por tanto era bueno. De ahí que el mal no pueda ser una raza o un reino aparte, como enseñaban los maniqueos con su «reino de las tinieblas», sino una carencia en lo que antes era bueno. La tradición filosófica llama a esta tesis «privación del bien»; según Wikipedia se asocia sobre todo con Agustín, que la tomó del neoplatonismo de Plotino, y la han discutido después Boecio, Tomás de Aquino y Leibniz, entre otros. Newman recuerda en su ensayo que fue el neoplatonismo lo que dio a Agustín los argumentos contra los maniqueos.

    Capítulo 6.— A qué afecta la corrupción y qué es

    Maniqueos, § 8

    8. ¿Qué más dice la luz católica? ¿Qué suponéis, sino lo que es la verdad misma, que es la sustancia creada la que puede corromperse, pues lo increado, que es el bien supremo, es incorruptible; y la corrupción, que es el mal supremo, no puede corromperse; además, que no es una sustancia? Pero si preguntáis qué es la corrupción, considerad a qué busca llevar las cosas que corrompe; pues las afecta conforme a su propia naturaleza. Ahora bien, todas las cosas por la corrupción decaen de lo que eran, y son llevadas a la no-continuidad, a la inexistencia; pues la existencia implica continuidad. Así, la existencia suprema y principal se llama así porque continúa en sí misma, o es autocontenida. En el caso de una cosa que cambia a mejor, el cambio no es desde la continuidad, sino desde la perversión a lo peor, es decir, desde un apartarse de la esencia; y el autor de ese apartarse no es Aquel que es el autor de la esencia. Así, en algunas cosas hay cambio a mejor, y por tanto una tendencia hacia la existencia. Y este cambio no se llama perversión, sino reversión o conversión; pues la perversión se opone al ordenamiento ordenado. Ahora bien, las cosas que tienden hacia la existencia tienden hacia el orden, y alcanzando el orden alcanzan la existencia, en cuanto eso es posible a una criatura. Pues el orden reduce a cierta uniformidad aquello que ordena; y la existencia no es otra cosa que ser uno. Así, en la medida en que algo adquiere unidad, en esa medida existe. Pues la uniformidad y la armonía son efectos de la unidad, y por ellas las cosas compuestas existen en cuanto tienen existencia. Pues las cosas simples existen por sí mismas, porque son una. Pero las cosas no simples imitan la unidad por la concordancia de sus partes; y en la medida en que alcanzan esto, en esa medida existen. Esta disposición ordenada es causa de la existencia, y el desorden de la inexistencia; y perversión o corrupción son los otros nombres del desorden. Así, todo lo que se corrompe tiende a la inexistencia. Ahora podéis quedaros reflexionando sobre el efecto de la corrupción, para que descubráis cuál es el mal supremo; pues es aquello que la corrupción se propone consumar.

    Capítulo 7.— La bondad de Dios impide que la corrupción lleve algo a la inexistencia. La diferencia entre crear y formar

    Maniqueos, § 9

    9. Pero la bondad de Dios no permite que se cumpla este fin, sino que ordena todas las cosas que decaen de modo que existan donde su existencia es más conveniente, hasta que en el orden de sus movimientos retornen a aquello de lo que decayeron. Así, cuando las almas racionales decaen de Dios, aunque poseen la mayor cantidad de libre albedrío, Él las sitúa en los grados inferiores de la creación, donde está su lugar propio. Así sufren miseria por el juicio divino, mientras son colocadas conforme a sus merecimientos. De aquí vemos la excelencia de aquella sentencia contra la que siempre estáis clamando tan fuertemente: "Yo hago cosas buenas, y creo el mal." [] Crear es formar y disponer. Por eso en algunos ejemplares está escrito: "Yo hago cosas buenas y formo el mal." Hacer se usa de cosas que antes no existían; pero formar es disponer lo que tenía algún tipo de existencia, de modo que se mejore y amplíe. Tales son las cosas que Dios dispone cuando dice: "Yo formo el mal", refiriéndose a cosas que están decayendo, y por tanto tendiendo a la inexistencia—no cosas que han llegado a aquello a lo que tienden. Pues se ha dicho: Nada se permite en la providencia de Dios que llegue hasta la inexistencia.

    Maniqueos, § 10

    10. Estas cosas podrían discutirse más plena y extensamente, pero para nuestro propósito al tratar con vosotros se ha dicho bastante. Sólo hemos de mostraros la puerta que desesperáis de encontrar, y hacer que los no instruidos desesperen también de ella. Sólo podéis ser hechos entrar por la buena voluntad, a la cual la misericordia divina otorga la paz, como dice el cántico del Evangelio: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad." [] Basta, digo, haberos mostrado que no hay modo de resolver la cuestión religiosa del bien y del mal, a menos que todo lo que es, en cuanto es, sea de Dios; mientras que en cuanto decae del ser no es de Dios, y sin embargo es siempre ordenado por la Divina Providencia de acuerdo con el sistema universal. Si aún no veis esto, no sé qué otra cosa puedo hacer sino discutir con mayor detalle lo ya dicho. Pues nada, salvo la piedad y la pureza, puede conducir la mente a cosas mayores.

    Capítulo 8.— El mal no es una sustancia, sino un desacuerdo hostil a la sustancia

    Maniqueos, § 11

    11. Pues ¿qué otra respuesta daréis a la pregunta: ¿Qué es el mal? ¿Acaso que es contra la naturaleza, o que es dañino, o que es corrupción, o algo semejante? Pero he mostrado que en esas respuestas naufragáis en vuestra causa, a menos que, efectivamente, respondáis del modo pueril en que soléis hablar a los niños, que el mal es fuego, veneno, una bestia salvaje, y así sucesivamente. Pues uno de los dirigentes de esta herejía, cuyas enseñanzas frecuentábamos con gran familiaridad y asiduidad, solía decir, refiriéndose a una persona que sostenía que el mal no era una sustancia: "Quisiera poner un escorpión en la mano de ese hombre, y ver si no retiraría la mano; y al hacerlo obtendría una prueba, no de palabras sino de la cosa misma, de que el mal es una sustancia, pues no negaría que el animal es una sustancia." Decía esto no en presencia de aquella persona, sino a nosotros, cuando le repetíamos la observación que nos había turbado, dando, como dije, una respuesta infantil a niños. Pues ¿quién con la más mínima tintura de erudición o ciencia no ve que esas cosas dañan por desacuerdo con la complexión corporal, mientras que en otras ocasiones concuerdan con él, de manera que no sólo no dañan, sino que producen los mejores efectos? Porque si este veneno fuera malo en sí mismo, el propio escorpión sufriría primero y sobre todo. De hecho, si se quitara enteramente el veneno al animal, moriría. Así, para su cuerpo es malo perder lo que para nuestro cuerpo es malo recibir; y es bueno para él tener lo que es bueno para nosotros desear. ¿Es entonces la misma cosa buena y mala a la vez? De ningún modo; sino que el mal es lo que es contra la naturaleza, pues esto es malo tanto para el animal como para nosotros. Este mal es el desacuerdo, que ciertamente no es una sustancia, sino hostil a la sustancia. ¿De dónde, pues, es? Mirad a dónde conduce, y aprenderéis, si vive en vosotros alguna luz interior. Conduce todo lo que destruye a la inexistencia. Ahora bien, Dios es el autor de la existencia; y no hay existencia que, en cuanto existente, conduzca a la inexistencia: así aprendemos de dónde no es el desacuerdo; en cuanto a de dónde es, nada puede decirse.

    Maniqueos, § 12

    12. Leemos en la historia de una mujer criminal en Atenas, que logró beber la cantidad de veneno asignada como trago fatal para los condenados con poco o ningún daño a su salud, tomándolo a intervalos. Así, habiendo sido condenada, tomó el veneno en la cantidad prescrita como los demás, pero lo volvió inofensivo acostumbrándose a él, y no murió como los demás. Y como esto causó gran asombro, fue desterrada. Si el veneno es un mal, ¿hemos de pensar que ella hizo que no fuera un mal para ella? ¿Qué podría ser más absurdo que esto? Pero porque el desacuerdo es un mal, lo que ella hizo fue hacer que la materia venenosa concordara con su propio cuerpo mediante un proceso de habituación. Pues ¿cómo podría ella, por mucha astucia que tuviera, haber conseguido que el desacuerdo no le hiciera daño? ¿Por qué? Porque lo que verdadera y propiamente es un mal es dañino siempre y para todos. El aceite es beneficioso para nuestros cuerpos, pero muy al contrario para muchos animales de seis patas. ¿Y no es el eléboro a veces alimento, a veces medicina y a veces veneno? ¿No sostiene todo el mundo que la sal tomada en exceso es venenosa? Y sin embargo, los beneficios de la sal para el cuerpo son innumerables y de suma importancia. El agua de mar es nociva cuando la beben los animales terrestres, pero es muy adecuada y útil para muchos que bañan en ella su cuerpo, y para los peces es útil y saludable de ambos modos. El pan alimenta al hombre, pero mata a los halcones. ¿Y no sirve el mismo barro, que es ofensivo y nocivo cuando se traga o se huele, como refrigerio al tacto en tiempo caluroso, y como remedio para heridas de fuego? ¿Qué puede haber más repugnante que el estiércol, o más inútil que las cenizas? Y sin embargo son de tal utilidad para los campos, que los romanos creyeron debidos honores divinos a su descubridor, Stercutio, de cuyo nombre deriva la palabra para estiércol [stercus].

    Maniqueos, § 13

    13. Pero ¿a qué enumerar detalles innumerables? No necesitamos ir más allá de los cuatro elementos mismos, que, como todos saben, son beneficiosos cuando hay concordancia, y amargamente contrarios a la naturaleza cuando hay desacuerdo en los objetos sobre los que actúan. Nosotros, que vivimos en el aire, morimos bajo tierra o bajo el agua, mientras innumerables animales se arrastran vivos en la arena o en la tierra suelta, y los peces mueren en nuestro aire. El fuego consume nuestros cuerpos, pero, aplicado convenientemente, nos restablece del frío y expulsa enfermedades sin número. El sol, ante el cual dobláis la rodilla, y que ciertamente es el objeto más hermoso entre las cosas visibles, fortalece los ojos de las águilas, pero daña y ofusca nuestros ojos cuando lo contemplamos; y sin embargo también nosotros podemos acostumbrarnos a mirarlo sin lesión. ¿Permitiréis, pues, que se compare el sol con el veneno que aquella mujer ateniense hizo inofensivo habituándose a él? Reflexionad por una vez, y considerad que si una sustancia es un mal porque daña a alguien, la luz que adoráis no puede ser absuelta de este cargo. Ved la preferencia de hacer consistir el mal en general en este desacuerdo, por el cual el rayo del sol produce oscurecimiento en los ojos, aunque nada es más agradable a los ojos que la luz.

    Capítulo 9.— Las ficciones maniqueas acerca de las cosas buenas y malas no son coherentes consigo mismas

    Maniqueos, § 14

    14. He dicho estas cosas para que dejéis, si es posible, de dar el nombre de mal a una región ilimitada en profundidad y longitud; a una mente que vaga por esa región; a las cinco cavernas de los elementos—una llena de tinieblas, otra de aguas, otra de vientos, otra de fuego, otra de humo—; a los animales nacidos en cada uno de estos elementos—serpientes en las tinieblas, criaturas nadadoras en las aguas, criaturas voladoras en los vientos, cuadrúpedos en el fuego, bípedos en el humo—. Porque estas cosas, tal como las describís, no pueden llamarse males; pues todas esas cosas, en cuanto existen, deben tener su existencia del Dios altísimo, porque en cuanto existen son buenas. Si el dolor y la debilidad son un mal, los animales de que habláis eran de tal fuerza física que sus engendros abortados, después de que, como cree vuestra secta, el mundo fue formado de ellos, cayeron del cielo a la tierra, según vosotros, y no pudieron morir. Si la ceguera es un mal, ellos podían ver; si la sordera, podían oír. Si ser casi o del todo mudo es un mal, su habla era tan clara e inteligible que, como afirmáis, decidieron hacer la guerra contra Dios en cumplimiento de una alocución pronunciada en su asamblea. Si la esterilidad es un mal, eran prolíficos en hijos. Si el destierro es un mal, estaban en su propio país y ocupaban sus propios territorios. Si la servidumbre es un mal, algunos de ellos eran gobernantes. Si la muerte es un mal, estaban vivos, y la vida era tal que, según vuestras palabras, incluso después de que Dios venciera, era imposible que la mente muriese jamás.

    Maniqueos, § 15

    15. ¿Podéis decirme cómo es que en el mal supremo se encuentran tantas cosas buenas, las contrarias de los males antes mencionados? Y si éstas no son males, ¿puede alguna sustancia ser un mal, en cuanto es sustancia? Si la debilidad no es un mal, ¿puede un cuerpo débil ser un mal? Si la ceguera no es un mal, ¿pueden las tinieblas ser un mal? Si la sordera no es un mal, ¿puede un sordo ser un mal? Si la mudez no es un mal, ¿puede un pez ser un mal? Si la esterilidad no es un mal, ¿cómo podemos llamar mal a un animal estéril? Si el destierro no es un mal, ¿cómo podemos dar ese nombre a un animal desterrado, o a un animal que envía a alguien al destierro? Si la servidumbre no es un mal, ¿en qué sentido es un mal un animal sometido, o uno que impone sumisión? Si la muerte no es un mal, ¿en qué sentido es un mal un animal mortal, o uno que causa la muerte? O si éstos son males, ¿no hemos de dar el nombre de cosas buenas a la fuerza corporal, a la vista, al oído, al habla persuasiva, a la fertilidad, a la patria, a la libertad, a la vida, todo lo cual sostenéis que existe en aquel reino del mal, y sin embargo os atrevéis a llamarlo la perfección del mal?

    Maniqueos, § 16

    16. Una vez más, si, como nunca se ha negado, la inconveniencia es un mal, ¿qué puede ser más conveniente que aquellos elementos para sus respectivos animales: las tinieblas para las serpientes, las aguas para los que nadan, los vientos para los que vuelan, el fuego para los animales voraces, el humo para los animales que se remontan? Tal es la armonía que describís como existente en la raza de la discordia; tal es el orden en la sede de la confusión. Si lo que es nocivo es un mal, no repito la fuerte objeción ya expuesta, de que ningún daño puede padecerse donde no existe bien alguno; pero si eso no es suficientemente claro, al menos una cosa se ve y se entiende fácilmente como consecuencia de la verdad reconocida, que lo que es nocivo es un mal. El humo en aquella región no dañaba a los bípedos: los producía, los nutría y los sostenía sin lesión en su nacimiento, su crecimiento y su dominio. Pero ahora, cuando el mal tiene algo de bien mezclado con él, el humo se ha vuelto más nocivo, de modo que nosotros, que ciertamente somos bípedos, en lugar de ser sostenidos por él, somos cegados, sofocados y muertos por él. ¿Pudo la mezcla del bien dar tal poder destructivo a los elementos del mal? ¿Pudo haber tal confusión en el gobierno divino?

    Maniqueos, § 17

    17. En los otros casos, al menos, ¿cómo es que encontramos esa congruencia que extravió a vuestro autor y le indujo a fabricar falsedades? ¿Por qué las tinieblas concuerdan con las serpientes, y las aguas con los que nadan, y los vientos con los que vuelan, aunque el fuego abrasa a los cuadrúpedos, y el humo nos sofoca? Además, ¿no tienen las serpientes una vista muy aguda, y no aman la luz del sol, y no abundan más donde la calma del aire impide que las nubes se acumulen mucho o con frecuencia? ¡Cuán absurdo que los nativos y amantes de las tinieblas vivan con más comodidad y agrado donde se goza de la luz más clara! O si decís que es el calor más que la luz lo que disfrutan, sería más razonable asignar al fuego las serpientes, que son por naturaleza de movimiento rápido, antes que al áspid de marcha lenta. Además, todos deben admitir que la luz es agradable a los ojos del áspid, pues se los compara con los ojos del águila. Pero basta de los animales inferiores. Atendamos, os ruego, a lo que es verdad acerca de nosotros mismos sin persistir en el error, y así nuestras mentes se verán libres de falsedades necias y dañinas. Pues ¿no es una perversidad intolerable decir que en la raza de las tinieblas, donde no había mezcla de luz, los animales bípedos tenían una fuerza de vista tan sana y fuerte, tan increíble, que aun en sus tinieblas podían ver la luz perfectamente pura (como vosotros la representáis) del reino de Dios? Pues, según vosotros, incluso estos seres podían ver esta luz, y podían mirarla fijamente, y estudiarla, y deleitarse en ella, y desearla; mientras que nuestros ojos, después de la mezcla con la luz, con el bien supremo, sí, con Dios, se han vuelto tan tiernos y débiles, que no podemos ver nada en la oscuridad, ni soportar mirar al sol, sino que, después de mirar, perdemos de vista lo que antes podíamos ver.

    Maniqueos, § 18

    18. Las mismas observaciones son aplicables si tomamos la corrupción como un mal, lo cual nadie duda. El humo no corrompió aquella raza de animales, aunque corrompe a los animales ahora. Para no repasar todos los detalles, lo cual sería tedioso y no es necesario, las criaturas vivientes de vuestra descripción imaginaria eran mucho menos propensas a la corrupción que los animales de ahora, de modo que sus engendros abortados y prematuros, arrojados de cabeza del cielo a la tierra, vivían y eran productivos, y podían agruparse de nuevo, teniendo, en verdad, su vigor original, porque fueron concebidos antes de que el bien se mezclara con el mal; pues, después de esta mezcla, los animales que nacen son, según vosotros, esos que ahora vemos muy débiles y que ceden fácilmente a la corrupción. ¿Puede alguien persistir en creer un error como éste, a menos que no vea estas cosas, o esté afectado por vuestro hábito y asociación de un modo tan asombroso que resulte inmune a toda la fuerza del razonamiento?

    Capítulo 10.— Tres símbolos morales ideados por los maniqueos sin provecho alguno

    Maniqueos, § 19

    19. Ahora que he mostrado, según creo, cuánta oscuridad y error hay en vuestras opiniones acerca de las cosas buenas y malas en general, examinemos ya esos tres símbolos que tanto ensalzáis y de los que os jactáis como de observancias excelentes. ¿Cuáles son, pues, esos tres símbolos? El de la boca, el de las manos y el del pecho. ¿Qué significa esto? Que el hombre, se nos dice, debe ser puro e inocente de boca, de manos y de pecho. ¿Pero qué si peca con los ojos, con los oídos o con la nariz? ¿Qué si hiere a alguien con los talones, o acaso lo mata? ¿Cómo puede considerársele criminal cuando no ha pecado con la boca, con las manos ni con el pecho? Pero, se responde, por la boca hemos de entender todos los órganos de los sentidos que están en la cabeza; por las manos, todas las acciones corporales; por el pecho, todas las tendencias lujuriosas. ¿A cuál, pues, atribuís las blasfemias? ¿A la boca o a la mano? Porque la blasfemia es una acción de la lengua. Y si todas las acciones han de clasificarse bajo un solo capítulo, ¿por qué juntáis las acciones de las manos y de los pies, y no las de la lengua? ¿Queréis separar la acción de la lengua, por tener como fin expresar algo, de las acciones que no tienen ese fin, de modo que el símbolo de las manos signifique la abstinencia de todas las acciones malas que no tienen por fin expresar algo? Pero entonces, ¿qué si alguien peca expresando algo con las manos, como se hace al escribir o con algún gesto significativo? Eso no puede atribuirse a la lengua y a la boca, pues se hace con las manos. Cuando tenéis tres símbolos de la boca, de las manos y del pecho, es del todo inadmisible imputar a la boca pecados que se hallan en las manos. Y si asignáis la acción en general a las manos, no hay razón para incluir en ella la acción de los pies y no la de la lengua. ¿Veis cómo el deseo de novedad, con el error que lo acompaña, os mete en grandes dificultades? Pues os resulta imposible incluir la purificación de todos los pecados en esos tres símbolos, que presentáis como una especie de clasificación nueva.
    Comentario editorial · Los tres sellos de los maniqueos
    Según el Fihrist (un catálogo árabe del siglo X) en el resumen de Newman, a los diez mandamientos de Mani se añaden tres sellos y ayunos de siete días cada mes. El Fihrist no da información precisa sobre los sellos; Newman señala que es Agustín quien los explica con detalle: por «boca» se entienden los sentidos de la cabeza; por «manos», toda acción; por «pecho», toda concupiscencia seminal. De los sellos, el libro pasa a las normas de alimentación y de castidad de los elegidos. Wikipedia divide la comunidad maniquea en elegidos, que asumían los votos, y oyentes, que no los asumían pero participaban; los elegidos no podían beber alcohol ni comer carne.

    Capítulo 11.— El valor del símbolo de la boca entre los maniqueos, los cuales son hallados culpables de blasfemar contra Dios

    Maniqueos, § 20

    20. Clasificad como queráis, omitid lo que queráis, hemos de discutir las doctrinas en que más insistís. Decís que el símbolo de la boca implica abstenerse de toda blasfemia. Pero blasfemar es hablar mal de las cosas buenas. De ordinario, la palabra blasfemia se aplica sólo a hablar mal de Dios; pues en cuanto al hombre hay incertidumbre, pero Dios es, sin controversia, bueno. Si, pues, se os prueba que decís de Dios cosas peores que las que dice cualquier otro, ¿qué será de vuestro famoso símbolo de la boca? La evidencia no es oscura, sino clara y patente a todo entendimiento, e irresistible, tanto más cuanto que nadie puede ignorar que Dios es incorruptible, inmutable, no sujeto a injuria, a necesidad, a debilidad ni a miseria. Todo esto lo percibe el sentido común de los seres racionales, y aun vosotros asentís cuando lo oís.

    Maniqueos, § 21

    21. Pero cuando comenzáis a relatar vuestras fábulas, que Dios es corruptible, y mudable, y sujeto a injuria, y expuesto a necesidad y debilidad, y no a salvo de la miseria, esto es lo que tenéis la ceguera de enseñar, y lo que algunos tienen ceguera de creer. Y no es todo; pues, según vosotros, Dios no es sólo corruptible, sino corrompido; no sólo mudable, sino mudado; no sólo sujeto a injuria, sino injuriado; no sólo expuesto a necesidad, sino necesitado; no sólo posiblemente débil, sino débil de hecho; no sólo expuesto a la miseria, sino miserable. Decís que el alma es Dios, o parte de Dios. No veo cómo puede ser parte de Dios sin ser Dios. Una parte de oro es oro; de plata, plata; de piedra, piedra; y, para llegar a cosas mayores, parte de tierra es tierra, parte de agua es agua, y de aire, aire; y si tomáis parte del fuego, no negaréis que sea fuego; y parte de la luz no puede ser sino luz. ¿Por qué, entonces, parte de Dios no habría de ser Dios? ¿Acaso tiene Dios un cuerpo articulado, como el hombre y los animales inferiores? Porque parte del hombre no es hombre.

    Maniqueos, § 22

    22. Trataré de cada una de estas opiniones por separado. Si concebís a Dios semejante a la luz, debéis admitir que parte de Dios es Dios. Por tanto, cuando hacéis del alma parte de Dios, aunque permitís que sea corrompida por ser necia, y mudada por haber sido una vez sabia, y necesitada por requerir salud, y débil por necesitar medicina, y miserable por desear la felicidad, todas estas cosas las atribuís profanamente a Dios. O si negáis estas cosas de la mente, se sigue que el Espíritu no es necesario para guiar al alma a la verdad, puesto que no está en necedad; ni el alma es renovada por la religión verdadera, puesto que no necesita renovación; ni es perfeccionada por vuestros símbolos, puesto que ya es perfecta; ni Dios le presta auxilio, puesto que no lo necesita; ni Cristo es su médico, puesto que goza de salud; ni requiere la promesa de felicidad en otra vida. ¿Por qué, entonces, se llama a Jesús libertador, según sus propias palabras en el Evangelio: "Si el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres?" [] Y el apóstol Pablo dice: "Habéis sido llamados a libertad." [] El alma, pues, que no ha alcanzado esta libertad, está en servidumbre. Por tanto, según vosotros, Dios, puesto que parte de Dios es Dios, es a la vez corrompido por la necedad, y mudado por la caída, e injuriado por la pérdida de la perfección, y necesitado de auxilio, y debilitado por la enfermedad, y abatido por la miseria, y sujeto a vergonzosa servidumbre.

    Maniqueos, § 23

    23. Aun si parte de Dios no es Dios, todavía Él no es incorrupto cuando su parte es corrompida, ni permanece sin cambio cuando hay cambio en alguna parte, ni está ileso cuando no es perfecto en toda parte, ni libre de necesidad cuando anda afanosamente tratando de recobrar parte de sí, ni del todo sano cuando tiene una parte débil, ni perfectamente feliz cuando alguna parte sufre miseria, ni enteramente libre cuando alguna parte está en servidumbre. A estas conclusiones os veis arrastrados, porque decís que el alma, que veis en una condición tan calamitosa, es parte de Dios. Si lográis que vuestra secta abandone estas y otras muchas opiniones semejantes, entonces podréis hablar de que vuestra boca está libre de blasfemias. Mejor aún: abandonad la secta; pues si dejáis de creer y repetir lo que Maniqueo ha escrito, ya no seréis maniqueos.

    Maniqueos, § 24

    24. Que Dios es el bien supremo, y que nada puede ser ni concebirse mejor que Él, o debemos entenderlo o creerlo, si queremos mantenernos libres de blasfemia. Hay una relación de números que no puede en modo alguno deteriorarse ni alterarse, ni naturaleza alguna, por mucha violencia que emplee, puede impedir que el número que sigue al uno sea el doble del uno. Esto no puede cambiarse de ninguna manera; ¡y sin embargo representáis a Dios como mudable! Esta relación conserva su integridad inviolable; ¡y no concedéis a Dios ni siquiera una igualdad como ésta! Que alguna raza de las tinieblas tome en abstracto el número tres, compuesto de unidades indivisibles, y lo divida en dos partes iguales. Vuestra mente percibe que ninguna hostilidad podría lograrlo. Y lo que no puede dañar una relación numérica, ¿puede dañar a Dios? Si no pudiera, ¿qué necesidad posible habría de que una parte de Él se mezclara con el mal y fuera arrastrada a tales miserias?

    Capítulo 12.— Subterfugio maniqueo

    Maniqueos, § 25

    25. Pues de aquí surge la cuestión que solía sumirnos en gran perplejidad aun cuando éramos vuestros celosos discípulos, y no podíamos hallar respuesta: qué habría hecho la raza de las tinieblas contra Dios, suponiendo que Él se hubiera negado a combatir con ella a costa de tanta calamidad para una parte de sí mismo. Porque si Dios no habría sufrido pérdida alguna permaneciendo quieto, nos parecía duro que nosotros hubiéramos sido enviados a soportar tanto. Y si habría sufrido, su naturaleza no pudo haber sido incorruptible, como conviene que sea la naturaleza de Dios. A veces la respuesta era que no fue por escapar del mal o evitar la injuria, sino que Dios, en su bondad natural, quiso otorgar el bien del orden a una naturaleza perturbada y desordenada. Esto no es lo que hallamos en los libros maniqueos: allí se da a entender constantemente y se afirma sin cesar que Dios se guardó contra una invasión de sus enemigos. Pero suponiendo que esta respuesta, dada por falta de otra mejor, representara la opinión de los maniqueos, ¿queda Dios, según ellos, libre de la acusación de crueldad o debilidad? Pues esta bondad suya para con la raza hostil resultó perniciosísima para sus propios súbditos. Además, si la naturaleza de Dios no podía corromperse ni cambiarse, tampoco ninguna influencia destructiva podía corrompernos o cambiarnos a nosotros; y el orden que había de otorgarse a la raza extraña podría haberse otorgado sin quitárnoslo a nosotros.

    Maniqueos, § 26

    26. Desde aquellos tiempos, sin embargo, ha aparecido otra respuesta, que oí recientemente en Cartago. Pues uno, a quien deseo mucho ver sacado de este error, reducido a este mismo dilema, se atrevió a decir que el reino tenía sus propios límites, que podían ser invadidos por una raza hostil, aunque Dios mismo no podía ser injuriado. Pero ésta es una respuesta que vuestro fundador jamás consentiría dar; pues probablemente vería que tal opinión conduciría a una demolición aún más rápida de su herejía. Y, en efecto, cualquier persona de entendimiento medio que oiga que en esta naturaleza una parte está sujeta a injuria y otra no, percibirá al punto que esto constituye no dos, sino tres naturalezas: una violable, otra inviolable y una tercera violadora.

    Capítulo 13.— Las acciones han de juzgarse por su motivo, no por lo externo. La abstinencia maniquea debe ponerse a prueba según este principio

    Maniqueos, § 27

    27. Teniendo cada día en vuestra boca estas blasfemias que salen de vuestro corazón, no deberíais seguir presentando el símbolo de la boca como algo admirable, para engañar a los ignorantes. Pero tal vez pensáis que el símbolo de la boca es excelente y admirable porque no coméis carne ni bebéis vino. Mas ¿cuál es vuestro fin en esto? Pues según que el fin que tenemos en vista en nuestras acciones, aquello por lo cual hacemos lo que hacemos, no sólo no es culpable, sino también digno de alabanza, sólo así pueden nuestras acciones merecer alabanza alguna. Si el fin que consideramos en cualquier acto es ilícito y reprochable, el acto mismo será condenado sin vacilación como impropio.

    Maniqueos, § 28

    28. Se nos dice de Catilina que podía soportar el frío, la sed y el hambre. Esto lo tenía en común el vil malvado con nuestros apóstoles. ¿Qué distingue, pues, al parricida de nuestros apóstoles sino el fin precisamente opuesto que él seguía? Él soportaba esas cosas para satisfacer sus feroces y desenfrenadas pasiones; ellos, por el contrario, para refrenar esas pasiones y someterlas a la razón. Decís a menudo, cuando se os habla del gran número de vírgenes católicas: una mula es virgen. Esto, en verdad, se dice por ignorancia del sistema católico, y no es aplicable. Con todo, lo que queréis decir es que esta continencia no vale nada si no conduce, según rectos principios, a un fin de alta excelencia. Los cristianos católicos podrían también comparar vuestra abstinencia de vino y carne a la de las bestias y muchas aves pequeñas, así como a la de innumerables clases de gusanos. Pero, para no ser impertinente como vosotros, no haré esta comparación prematuramente, sino que examinaré primero vuestro fin en lo que hacéis. Pues supongo que puedo darlo por sentado con seguridad: en tales costumbres, el fin es lo que hay que mirar. Por tanto, si vuestro fin es ser frugal y refrenar el apetito que halla satisfacción en comer y beber, asiento y apruebo. Pero no es éste el caso.

    Maniqueos, § 29

    29. Suponed, lo que es muy posible, que hay uno tan frugal y parco en su alimentación que, en vez de satisfacer su apetito o su paladar, se abstiene de comer dos veces al día, y en la cena toma un poco de col humedecida y aderezada con manteca, lo justo para contener el hambre; y apaga su sed, por consideración a su salud, con dos o tres tragos de vino puro; y ésta es su dieta habitual: mientras que otro de costumbres distintas jamás prueba carne ni vino, pero hace una agradable comida a las dos de la tarde a base de legumbres raras y extranjeras, variadas con gran número de platos, y bien espolvoreadas con pimienta, y cena del mismo estilo hacia la noche; y bebe vinagre con miel, aguamiel, vino de pasas y jugos de diversas frutas, imitación no despreciable del vino, y aun superior en dulzura; y no bebe por sed, sino por placer; y se prepara todo esto a diario, y se regala con este estilo suntuoso, no porque lo necesite, sino sólo para gratificar su gusto: ¿cuál de estos dos consideráis que vive más abstemio en comida y bebida? ¡No podéis ser tan ciegos como para no colocar al hombre de la poca manteca y el vino por encima de este glotón!

    Maniqueos, § 30

    30. Ésta es la visión verdadera; pero vuestra doctrina suena de modo muy distinto. Pues uno de vuestros elegidos, distinguido por los tres símbolos, puede vivir como la segunda persona de esta descripción, y, aunque sea reprendido por uno o dos de los más graves, no puede ser condenado como abusando de los símbolos. Pero si cenara con la otra persona y humedeciera sus labios con un bocado de tocino rancio, o los refrescara con un trago de vino echado a perder, se le declara transgresor del símbolo, y por el juicio de vuestro fundador es condenado al infierno, mientras vosotros, aunque asombrados, debéis asentir. ¿No desecharéis estos errores? ¿No escucharéis a la razón? ¿No ofreceréis alguna pequeña resistencia a la fuerza de la costumbre? ¿No es tal doctrina de lo más irrazonable? ¿No es locura? ¿No es el mayor absurdo que uno que cada día atiborra y carga su estómago para satisfacer su apetito con setas, arroz, trufas, pasteles, aguamiel, pimienta y asafétida, y que así se regala cada día, no pueda ser convicto de transgredir los tres símbolos, es decir, la regla de santidad; mientras que otro, que sazona su plato de las hierbas más comunes con algún bocado ahumado de carne, y toma de ello sólo lo necesario para el refrigerio de su cuerpo, y bebe tres copas de vino por mantenerse sano, por cambiar la dieta anterior por ésta, haya de ser condenado a castigo cierto?

    Capítulo 14.— Tres buenas razones para abstenerse de ciertas clases de alimentos

    Maniqueos, § 31

    31. Pero, replicáis, dice el apóstol: "Es bueno, hermanos, no comer carne ni beber vino". [] Nadie niega que esto es bueno, con tal que sea para el fin ya mencionado, del cual se dice: "No hagáis provisión para la carne, para satisfacer sus concupiscencias"; [] o para los fines señalados por el apóstol, a saber: ya para refrenar el apetito, que suele ir a un exceso más salvaje e incontrolado en estas cosas que en otras; ya para que un hermano no se ofenda; ya para que el débil no tenga comunión con un ídolo. Pues en el tiempo en que escribió el apóstol, la carne de los sacrificios se vendía a menudo en el mercado. Y como el vino también se usaba en las libaciones a los dioses de los gentiles, muchos hermanos más débiles, acostumbrados a comprar tales cosas, preferían abstenerse por completo de la carne y el vino antes que correr el riesgo de tener comunión, según pensaban, con los ídolos, aun por ignorancia. Y, por causa de ellos, aun los que eran más fuertes, y tenían fe suficiente para ver la insignificancia de estas cosas, sabiendo que nada es inmundo sino por una mala conciencia, y ateniéndose al dicho del Señor: "No lo que entra en vuestra boca os contamina, sino lo que sale de ella", [] todavía, para que estos hermanos más débiles no tropezaran, estaban obligados a abstenerse de estas cosas. Y esto no es mera teoría, sino que se enseña claramente en las epístolas del propio apóstol. Pues vosotros tenéis por costumbre citar sólo las palabras: "Es bueno, hermanos, no comer carne ni beber vino", sin añadir lo que sigue: "ni nada en que tu hermano tropiece, o se ofenda, o sea debilitado". Estas palabras muestran la intención del apóstol al dar la admonición.

    Maniqueos, § 32

    32. Esto es evidente por el contexto anterior y posterior. El pasaje es largo de citar, pero, por causa de los indolentes para leer y escudriñar las sagradas Escrituras, hemos de darlo entero. "Al débil en la fe," dice el apóstol, "recibidle, pero no para disputas dudosas. Porque uno cree que puede comer de todo; otro, que es débil, come hierbas. El que come, no menosprecie al que no come; y el que no come, no juzgue al que come, porque Dios le ha recibido. ¿Quién eres tú que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero será afirmado, porque poderoso es Dios para afirmarle. Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente persuadido en su propia mente. El que hace caso del día, para el Señor lo hace. El que come, para el Señor come, porque da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor no come, y da gracias a Dios. Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos; así que, ya vivamos, ya muramos, del Señor somos. Porque para esto Cristo vivió, y murió, y resucitó, para ser Señor así de los muertos como de los vivos. Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Dios. Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios. [] Así, pues, cada uno de nosotros dará cuenta de sí a Dios. Por tanto, ya no nos juzguemos más los unos a los otros; antes bien, juzgad esto: no poner tropiezo u ocasión de caer en el camino del hermano. Yo sé, y estoy persuadido en el Señor Jesús, de que nada hay inmundo en sí mismo; mas para aquel que estima que algo es inmundo, para él es inmundo. Pero si tu hermano es contristado por causa de tu comida, ya no andas conforme al amor. No destruyas con tu comida a aquel por quien Cristo murió. No sea, pues, blasfemado vuestro bien. Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Pues el que en esto sirve a Cristo es agradable a Dios y aprobado por los hombres. Sigamos, por tanto, lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación. Porque la comida no destruye la obra de Dios. Todas las cosas a la verdad son puras; pero es malo para el hombre que come con ofensa. Es bueno no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece, o se ofenda, o sea debilitado. ¿Tienes fe? Tenla para contigo delante de Dios. Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba. Mas el que discierne, si come, es condenado, porque no come con fe; pues todo lo que no es de fe, es pecado. Nosotros, pues, que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque Cristo no se agradó a sí mismo."

    Maniqueos, § 33

    33. ¿No está claro que lo que el apóstol pedía era que los más fuertes no comieran carne ni bebieran vino, porque daban ocasión de caer a los débiles al no acompañarlos, y les hacían pensar que quienes con fe juzgaban puras todas las cosas rendían homenaje a los ídolos al no abstenerse de aquella clase de comida y bebida? Esto se expone también en el siguiente pasaje de la Epístola a los Corintios: "Acerca, pues, del comer de lo sacrificado a los ídolos, sabemos que el ídolo nada es en el mundo, y que no hay otro Dios sino uno. Porque aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo o en la tierra, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien proceden todas las cosas, y nosotros en Él; y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros por Él. Pero no en todos hay este conocimiento; pues algunos, con conciencia del ídolo hasta ahora, comen como cosa sacrificada al ídolo; y su conciencia, siendo débil, se contamina. Pero la comida no nos recomienda a Dios; pues ni si comemos, abundaremos; ni si no comemos, padeceremos necesidad. Pero mirad que esta vuestra libertad no venga a ser de algún modo tropiezo para los débiles. Porque si alguno ve a uno que tiene conocimiento sentado a la mesa en el templo del ídolo, ¿no será su conciencia, siendo débil, animada a comer de lo sacrificado a los ídolos? ¿Y por tu conocimiento perecerá el hermano débil, por quien Cristo murió? Mas cuando pecáis así contra los hermanos, y herís su débil conciencia, pecáis contra Cristo. Por lo cual, si la comida hace tropezar a mi hermano, jamás comeré carne, para no hacer tropezar a mi hermano." [1 Corintios 8:4, etc.]

    Maniqueos, § 34

    34. En otro lugar, además: "¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo? ¿O que lo sacrificado a los ídolos es algo? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que tengáis comunión con los demonios. No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis ser partícipes de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿Provocamos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que Él? Todas las cosas me son lícitas, pero no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, pero no todas edifican. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro. De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por causa de la conciencia. Mas si alguien os dice: Esto fue sacrificado a los ídolos, no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por causa de la conciencia; de la conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro; pues ¿por qué mi libertad ha de ser juzgada por la conciencia de otro? Y si yo participo con acción de gracias, ¿por qué he de ser censurado por aquello de que doy gracias? Por tanto, ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No deis ofensa ni a judíos, ni a griegos, ni a la Iglesia de Dios; así como yo en todas las cosas agrado a todos, no buscando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos. Sed imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo."

    Maniqueos, § 35

    35. Está claro, pues, pienso, con qué fin debemos abstenernos de la carne y del vino. El fin es triple: refrenar la indulgencia, que se practica sobre todo en esta clase de alimento, y en esta clase de bebida llega hasta la embriaguez; proteger la debilidad, a causa de las cosas que se sacrifican y se ofrecen en libación; y, lo que es más digno de alabanza de todo, por amor, para no ofender la debilidad de los más débiles que nosotros, que se abstienen de estas cosas. Vosotros, en cambio, consideráis inmundo un bocado de carne; mientras que el apóstol dice que todas las cosas son puras, pero que es malo para aquel que come con ofensa. Y sin duda sois contaminados por tal alimento, simplemente porque lo consideráis inmundo. Pues dice el apóstol: "Yo sé, y estoy persuadido en el Señor Jesús, de que nada hay inmundo en sí mismo; mas para aquel que estima que algo es inmundo, para él es inmundo." Y cualquiera puede ver que por inmundo quiere decir impuro y contaminado. Pero es una necedad discutir pasajes de la Escritura con vosotros; pues, por una parte, engañáis a la gente prometiendo probar vuestras doctrinas, y por otra, afirmáis que los libros que poseen autoridad para reclamar nuestro homenaje han sido corrompidos por espurias interpolaciones. Probadme, pues, vuestra doctrina de que la carne contamina al que la come, cuando se toma sin ofender a nadie, sin ninguna noción débil y sin exceso alguno.

    Capítulo 15.— Por qué los maniqueos prohíben el uso de la carne

    Maniqueos, § 36

    36. Vale la pena tomar nota de toda la razón de su abstinencia supersticiosa, que se da de la siguiente manera:— Puesto que, se nos dice, el miembro de Dios se ha mezclado con la sustancia del mal, para reprimirla y evitar que tenga una ferocidad excesiva,— pues eso es lo que decís— el mundo está compuesto de ambas naturalezas, del bien y del mal, mezcladas entre sí. Pero esta parte de Dios se libera diariamente en todas las partes del mundo y se restituye a su propio dominio. Pero en su paso ascendente como vapor de la tierra al cielo, entra en las plantas, porque sus raíces están fijas en la tierra, y así da fertilidad y fuerza a todas las hierbas y arbustos. De éstos obtienen su alimento los animales, y, donde hay relación sexual, encadenan en la carne al miembro de Dios, y, apartándolo de su curso propio, se interponen y lo enredan en errores y tribulaciones. Por tanto, si el alimento consistente en vegetales y frutos llega a los santos, es decir, a los maniqueos por medio de su castidad, sus oraciones y sus salmos, todo lo que en él hay de excelente y divino se purifica, y así queda enteramente perfeccionado, para su restauración, libre de todo impedimento, a su propio dominio. Por eso prohibís dar pan o vegetales, o incluso agua, que a nadie costaría nada, a un mendigo, si no es maniqueo, no sea que contamine el miembro de Dios con sus pecados y obstruya su retorno.

    Maniqueos, § 37

    37. La carne, decís, está hecha de la contaminación misma. Pues, según vosotros, alguna porción de esa parte divina escapa en el comer de vegetales y frutas: escapa mientras sufren la imposición del frotamiento, la molienda o la cocción, como también del morder o masticar. Escapa también en todos los movimientos de los animales, en el transporte de cargas, en el ejercicio, en el trabajo o en cualquier tipo de acción. Escapa también en nuestro descanso, cuando la digestión se realiza en el cuerpo por medio del calor interno. Y como la naturaleza divina escapa de todas estas maneras, quedan unas heces muy impuras, de las cuales, en la relación sexual, se forma la carne. Estas heces, sin embargo, se desprenden, en los movimientos antes mencionados, junto con lo que hay de bueno en el alma; pues aunque en su mayor parte es bueno, no lo es enteramente. Así, cuando el alma ha dejado la carne, las heces son completamente inmundas, y el alma de los que comen carne queda contaminada.

    Capítulo 16.— Descubrimiento de las monstruosas doctrinas de los maniqueos

    Maniqueos, § 38

    38. ¡Oh oscuridad de la naturaleza de las cosas! ¡Qué difícil es desenmascarar la falsedad! ¿Quién que oiga estas cosas, si es alguien que no ha aprendido las causas de las cosas, y que, no iluminado aún por ningún rayo de verdad, es engañado por imágenes materiales, no las creería verdaderas, precisamente porque las cosas de que se habla son invisibles y se presentan a la mente bajo la forma de cosas visibles, y pueden expresarse con elocuencia? Hombres de esta descripción existen en gran número y en manadas, a quienes el ser llevados a estos errores se lo impide más un temor fundado en el sentimiento religioso que la razón. Por tanto, me esforzaré, en la medida en que Dios se digne capacitarme, en refutar estos errores de modo que su falsedad y absurdidad resulten manifiestas no sólo al juicio de los sabios, que los rechazan al oírlos, sino también a la inteligencia de la multitud.

    Maniqueos, § 39

    39. Decidme, pues, en primer lugar, de dónde sacáis la doctrina de que una parte de Dios, como vosotros la llamáis, exista en el grano, las habas, la col, y en las flores y los frutos. De la hermosura del color, dicen, y de la dulzura del sabor; esto es evidente; y como éstas no se encuentran en las sustancias podridas, aprendemos que su bien les ha sido quitado. ¿No se avergüenzan de atribuir el hallazgo de Dios a la nariz y al paladar? Pero dejo esto. Porque hablaré usando las palabras en su sentido propio; y, como se dice, esto no es tan fácil al hablar con vosotros. Veamos más bien qué tipo de mente se requiere para entender esto; cómo, si la presencia del bien en los cuerpos se muestra por su color, el estiércol de los animales, los desechos de la misma carne, tienen toda clase de colores brillantes, a veces blancos, a menudo dorados; y así sucesivamente, aunque éstos son los que vosotros tomáis en los frutos y las flores como pruebas de la presencia y de la inhabitación de Dios. ¿Por qué en una rosa consideráis el color rojo como indicación de una abundancia de bien, mientras que el mismo color en la sangre lo condenáis? ¿Por qué miráis con agrado en una violeta el mismo color del que os apartáis en los casos de cólera, o en los de ictericia, o en el excremento de los niños? ¿Por qué creéis que el aspecto claro y brillante del aceite es señal de una mezcla abundante de bien, que prontamente os disponéis a purificar llevando el aceite a vuestras gargantas y estómagos, mientras teméis tocar vuestros labios con una gota de grasa, aunque tiene el mismo aspecto brillante que el aceite? ¿Por qué miráis un melón amarillo como parte de los tesoros de Dios, y no la grasa rancia del tocino o la yema de un huevo? ¿Por qué pensáis que lo blanco en una lechuga proclama a Dios, y no lo blanco en la leche? Esto en cuanto a los colores; respecto a los cuales (por no mencionar nada más) no podéis comparar ningún prado cubierto de flores con las alas y plumas de un solo pavo real, aunque éstas son de carne y de origen carnal.

    Maniqueos, § 40

    40. Además, si este bien se descubre también por el olor, se hacen perfumes de olor excelente a partir de la carne de algunos animales. Y el olor de la comida, cuando se cocina junto con carne de sabor delicado, es mejor que si se cocina sin ella. Una vez más, si pensáis que las cosas que tienen mejor olor que otras son por tanto más limpias, hay una especie de barro que deberíais llevar a vuestras comidas en lugar de agua de la cisterna; pues la tierra seca humedecida con lluvia tiene un olor muy agradable al sentido, y esta clase de barro tiene mejor olor que el agua de lluvia tomada por sí sola. Pero si hemos de tener la autoridad del gusto para probar la presencia en cualquier objeto de una parte de Dios, entonces Él debe habitar más en los dátiles y en la miel que en el cerdo, pero más en el cerdo que en las habas. Concedo que habita más en un higo que en un hígado; pero entonces debéis admitir que está más en el hígado que en la remolacha. Y, según este principio, ¿no debéis confesar que algunas plantas, que ninguno de vosotros puede dudar que son más limpias que la carne, reciben a Dios de esta misma carne, si hemos de pensar en Dios como mezclado con el sabor? Pues tanto las coles saben mejor cuando se cocinan junto con carne; y, si bien no podemos saborear las plantas de las que se alimenta el ganado, cuando éstas se convierten en leche las consideramos mejoradas en color y las encontramos muy agradables al gusto.

    Maniqueos, § 41

    41. ¿O debemos pensar que el bien se encuentra en mayor cantidad donde se hallan juntas las tres buenas cualidades —buen color, olor y sabor—? Entonces no debéis admirar y alabar tanto las flores, ya que no podéis admitir que sean juzgadas ante el tribunal del paladar. Al menos no debéis preferir la verdolaga a la carne, ya que la carne cocida es superior en color, olor y sabor. Un lechón asado (pues vuestras ideas sobre este asunto nos obligan a discutir el bien y el mal con vosotros como si fuerais cocineros y confiteros, en lugar de hombres de lectura o de gusto literario) es de color brillante, de olor agradable y de sabor placentero. He aquí una prueba perfecta de la presencia de la sustancia divina. Sois invitados por este triple testimonio, y llamados a purificar esta sustancia mediante vuestra santidad. Haced el ataque. ¿Por qué os detenéis? ¿Qué objeción tenéis que hacer? Sólo en color, el excremento de un niño supera a las lentejas; sólo en olor, un bocado asado supera a un higo verde y blando; sólo en sabor, un cabrito sacrificado supera a la planta de la que se alimentó en vida: y hemos encontrado una clase de carne en cuyo sabor las tres cosas dan testimonio. ¿Qué más exigís? ¿Qué respuesta daréis? ¿Por qué comer carne os haría impuros, si usar tales monstruosidades en la discusión no lo hace? Y, sobre todo, los rayos del sol, que sin duda estimáis más que todo alimento animal o vegetal, no tienen olor ni sabor, y son notables entre otras sustancias sólo por su color eminentemente brillante; lo cual es una fuerte llamada para vosotros, y una obligación, a pesar de vosotros mismos, de no poner nada por encima de un color brillante entre las pruebas de una mezcla de bien.

    Maniqueos, § 42

    42. Así os veis forzados a esta dificultad: que debéis reconocer que la parte de Dios habita más en la sangre, y en los desechos animales sucios pero de color brillante que se arrojan a las calles, que en las pálidas hojas del olivo. Si respondéis, como de hecho lo hacéis, que las hojas de olivo al quemarse producen una llama, lo cual prueba la presencia de luz, mientras que la carne al quemarse no la produce, ¿qué diréis del aceite, que enciende casi todas las lámparas de Italia? ¿Qué decir del estiércol de vaca (que sin duda es más impuro que la carne), que los campesinos usan cuando está seco como combustible, de modo que el fuego está siempre a mano y la liberación del humo se produce continuamente? Y si el brillo y el lustre prueban una mayor presencia de la parte divina, ¿por qué vosotros mismos no la purificáis, por qué no os la apropiáis, por qué no la liberáis? Pues se encuentra principalmente en las flores, por no hablar de la sangre y de innumerables cosas casi iguales a la sangre en la carne o que proceden de ella, y sin embargo no podéis alimentaros de flores. Y aunque comierais carne, ciertamente no tomaríais con vuestras gachas las escamas de pescado, ni algunos gusanos y moscas, aunque todos éstos brillan con luz propia en la oscuridad.

    Maniqueos, § 43

    43. ¿Qué queda, entonces, sino que dejéis de decir que tenéis en vuestros ojos, nariz y paladar medios suficientes para comprobar la presencia de la parte divina en los objetos materiales? Y, sin estos medios, ¿cómo podéis decir no sólo que hay una mayor parte de Dios en las plantas que en la carne, sino que hay alguna parte en las plantas en absoluto? ¿Os lleva a pensar esto su belleza —no la belleza del color agradable, sino la de la concordancia de las partes? Una razón excelente, en mi opinión. Pues nunca seréis tan atrevidos como para comparar trozos de madera retorcidos con los cuerpos de los animales, que están formados por miembros que se corresponden unos con otros. Pero si elegís el testimonio de los sentidos, como deben hacerlo aquellos que no pueden ver con la mente la plena fuerza de la existencia, ¿cómo probáis que la sustancia del bien escapa de los cuerpos con el paso del tiempo, y por algún tipo de desgaste, sino porque Dios ha salido de ellos, según vuestra opinión, y ha dejado un lugar por otro? Todo esto es absurdo. Pero, en cuanto puedo juzgar, no hay señales ni apariencias que den lugar a esta opinión. Pues muchas cosas arrancadas de los árboles, o sacadas de la tierra, están mejor después de algún intervalo de tiempo antes de que las usemos como alimento, como los puerros y la endibia, la lechuga, las uvas, las manzanas, los higos y algunas peras; y hay muchas otras cosas que adquieren mejor color cuando no se usan inmediatamente después de arrancadas, además de ser más saludables para el cuerpo y tener un sabor más fino al paladar. Pero estas cosas no deberían poseer todas estas cualidades excelentes y agradables si, como decís, se vuelven más desprovistas de bien cuanto más tiempo se conservan después de separadas de su madre tierra. El mismo alimento animal es mejor y más apto para el uso al día siguiente de matar al animal; pero esto no debería ser así si, como sostenéis, poseía más bien inmediatamente después del sacrificio que al día siguiente, cuando más de la sustancia divina había escapado.

    Maniqueos, § 44

    44. ¿Quién no sabe que el vino se vuelve más puro y mejor con la edad? Y no es, como pensáis, más tentador para la destrucción de los sentidos, sino más útil para vigorizar el cuerpo —sólo que haya moderación, la cual debe controlar todo. Los sentidos son destruidos más pronto por el vino nuevo. Cuando el mosto ha estado sólo un corto tiempo en la cuba, y ha comenzado a fermentar, hace que los que se asoman a mirarlo caigan de cabeza, afectando su cerebro, de modo que sin ayuda perecerían. Y en cuanto a la salud, ¿quién no sabe que los cuerpos se hinchan y se distienden perjudicialmente con el vino nuevo? ¿Tiene estas malas propiedades porque hay más bien en él? ¿No se encuentran en el vino añejo porque se ha ido una buena cantidad de la sustancia divina? ¡Cosa absurda de decir, especialmente para vosotros, que probáis la presencia divina por el efecto agradable producido en vuestros ojos, nariz y paladar! ¡Y qué contradicción es hacer del vino el veneno de los príncipes de las tinieblas, y sin embargo comer uvas! ¿Tiene más veneno cuando está en la copa que cuando está en el racimo? O si el mal permanece sin mezcla después de que el bien se ha ido, y eso por el proceso del tiempo, ¿cómo es que las mismas uvas, cuando se cuelgan por un tiempo, se vuelven más suaves, más dulces y más saludables? ¿O cómo el vino mismo, como ya se mencionó, se vuelve más puro y más brillante cuando la luz se ha ido, y más saludable por la pérdida de la sustancia beneficiosa?

    Maniqueos, § 45

    45. ¿Qué diremos de la madera y las hojas, que con el tiempo se vuelven secas, pero que por eso no pueden ser peores en vuestra estimación? Pues mientras pierden lo que produce humo, retienen aquello de lo que surge una llama brillante; y, a juzgar por la claridad, que tanto estimáis, hay más bien en lo seco que en lo verde. Por tanto, debéis o bien negar que haya más de Dios en la luz pura que en la humeante, lo cual echaría por tierra todas vuestras pruebas; o bien debéis admitir que es posible que, cuando se arrancan las plantas, o se cortan las ramas, y se guardan por un tiempo, escape de ellas más de la naturaleza del mal que de la naturaleza del bien. Y, en virtud de esto, sostendremos que más mal puede desprenderse de los frutos arrancados; y así más bien puede quedar en el alimento animal. Esto en cuanto al tema del tiempo.

    Maniqueos, § 46

    46. En cuanto al movimiento, al zarandeo y al frotamiento, si éstos dan a la naturaleza divina la oportunidad de escapar de estas sustancias, muchas cosas del mismo tipo están en contra vuestra, las cuales mejoran con el movimiento. En algunos granos el jugo se asemeja al vino, y es excelente cuando se agita. De hecho, y no debe pasarse por alto, esta clase de bebida produce embriaguez rápidamente; y sin embargo nunca llamasteis al jugo de grano el veneno de los príncipes de las tinieblas. Hay una preparación de agua, espesada con un poco de harina, que mejora al ser sacudida, y, cosa extraña, es de color más claro cuando la luz se ha ido. El pastelero remueve la miel durante mucho tiempo para darle este color claro y para hacer su dulzura más suave y menos nociva: debéis explicar cómo puede provenir esto de la pérdida del bien. De nuevo, si preferís comprobar la presencia de Dios por los efectos agradables en el oído, y no por la vista, el olor o el gusto, las arpas obtienen sus cuerdas y las flautas sus huesos de los animales; y éstos se vuelven musicales al secarse, frotarse y retorcerse. Así los placeres de la música, que sostenéis que provienen del reino divino, se obtienen de los desechos de animales muertos, y eso, además, cuando son secados por el tiempo, disminuidos por el frotamiento y estirados por la torsión. Tal tratamiento áspero, según vosotros, expulsa la sustancia divina de los objetos vivos; incluso cocinarlos, decís, hace esto. ¿Por qué, entonces, los cardos hervidos no son nocivos? ¿Es porque Dios, o parte de Dios, los abandona cuando se cocinan?

    Maniqueos, § 47

    47. ¿Para qué mencionar todos los detalles, cuando es difícil enumerarlos? Tampoco es necesario; pues todo el mundo sabe cuántas cosas son más dulces y más saludables cuando se cocinan. Esto no debería ser así si, como suponéis, las cosas pierden el bien al ser así agitadas. No supongo que encontréis ninguna prueba por vuestros sentidos corporales de que la carne es impura y contamina las almas de quienes la comen, porque los frutos, cuando son arrancados y zarandeados de varias maneras, se convierten en carne; especialmente porque sostenéis que el vinagre, en su vejez y fermentación, es más limpio que el vino, y el aguamiel que bebéis no es otra cosa que vino cocido, que debería ser más impuro que el vino, si las cosas materiales pierden los miembros divinos al ser agitadas y cocinadas. Pero si no es así, no tenéis razón para pensar que los frutos, cuando son arrancados, guardados, manipulados, cocinados y digeridos, son abandonados por el bien, y por tanto suministran la materia más impura para la formación de los cuerpos.

    Maniqueos, § 48

    48. Pero si no es por su color y apariencia, y por su olor y sabor, que pensáis que el bien está en estas cosas, ¿qué más podéis aducir? ¿Lo probáis por la fuerza y el vigor que esas cosas parecen perder cuando son separadas de la tierra y puestas en uso? Si ésta es vuestra razón (aunque su error se ve de inmediato, por el hecho de que la fuerza de algunas cosas aumenta después de su separación de la tierra, como en el caso ya mencionado del vino, que se vuelve más fuerte con la edad)—si la fuerza, entonces, es vuestra razón, se seguiría que la parte de Dios no se encuentra en ningún alimento más abundantemente que en la carne. Pues los atletas, que especialmente requieren vigor y energía, no tienen la costumbre de alimentarse de col y fruta sin alimento animal.

    Maniqueos, § 49

    49. ¿Es vuestra razón para pensar que los cuerpos de los árboles son mejores que nuestros cuerpos, el que la carne se nutre de los árboles y no los árboles de la carne? Olvidáis el hecho obvio de que las plantas, cuando se abonan con estiércol, se vuelven más ricas y más fértiles y las cosechas más pesadas, aunque pensáis que vuestra acusación más grave contra la carne es que es la morada del estiércol. Éste, pues, da alimento a cosas que consideráis limpias, aunque es, según vosotros, la parte más impura de lo que consideráis impuro. Pero si os desagrada la carne porque procede de la relación sexual, deberíais estar contentos con la carne de los gusanos, que se crían en tal número y de tal tamaño en los frutos, en la madera y en la tierra misma, sin ninguna relación sexual. Pero hay cierta insinceridad en esto. Pues si os desagradara la carne porque se forma de la cohabitación del padre y de la madre, no diríais que aquellos príncipes de las tinieblas nacieron de los frutos de sus propios árboles; pues sin duda pensáis peor de estos príncipes que de la carne, que os negáis a comer.

    Maniqueos, § 50

    50. Vuestra idea de que todas las almas de los animales provienen del alimento de sus padres, de cuya prisión pretendéis liberar la sustancia divina que está retenida y atada en vuestras viandas, es bastante inconsistente con vuestra abstinencia de la carne, y hace que sea un deber urgente para vosotros comer alimento animal. Pues si las almas son atadas en el cuerpo por aquellos que comen alimento animal, ¿por qué no aseguráis su liberación adelantándoos a comer el alimento? Respondéis que no es del alimento animal de donde proviene la parte buena que esas personas llevan a la esclavitud, sino de las verduras que toman con su carne. ¿Qué diréis, entonces, de las almas de los leones, que se alimentan sólo de carne? Beben, se responde, y así el alma es absorbida del agua y confinada en la carne. Pero ¿qué decir de las aves sin número? ¿Qué de las águilas, que comen sólo carne y no necesitan beber? Aquí estáis perplejos y no podéis encontrar respuesta. Pues si el alma proviene del alimento, y hay animales que ni beben nada ni tienen otro alimento que la carne, y sin embargo engendran crías, debe haber alguna alma en la carne; y estáis obligados a intentar vuestro plan de purificarla comiendo la carne. ¿O diréis que un cerdo tiene un alma de luz, porque come verduras y bebe agua; y que el águila, porque come sólo carne, tiene un alma de tinieblas, aunque es tan aficionada al sol?

    Maniqueos, § 51

    51. ¡Qué confusión de ideas! ¡Qué asombrosa fatuidad! Todo esto lo habríais evitado si hubierais rechazado las ficciones ociosas y hubierais seguido lo que la verdad sanciona en la abstinencia del alimento, lo cual os habría enseñado que se debe evitar el comer suntuoso, no para escapar de la contaminación, pues no hay nada de ese tipo, sino para someter el apetito sensual. Pues si alguien, por falta de atención a la naturaleza de las cosas y a las propiedades del alma y del cuerpo, admite que el alma es contaminada por el alimento animal, admitiréis que es mucho, mucho más manchada por la sensualidad. ¿Es razonable, entonces, o más bien, no es de lo más irrazonable, expulsar del número de los elegidos a un hombre que, quizás por su salud, toma algún alimento animal sin apetito sensual; mientras que, si un hombre devora ansiosamente trufas con pimienta, sólo podéis reprenderlo por exceso, pero no condenarlo por abusar de vuestro símbolo? Así, uno que ha sido inducido, no por sensualidad, sino por salud, a comer parte de un ave, no puede permanecer entre vuestros elegidos; aunque puede permanecer uno que se ha entregado voluntariamente a un apetito excesivo por dulces y pasteles sin materia animal. Retenéis al hombre sumido en las impurezas de la sensualidad, y despedís al hombre contaminado, como pensáis, por el mero alimento; aunque admitís que la contaminación de la sensualidad es mucho mayor que la de la carne. Mantenéis a uno que se deleita con gozo en verduras muy condimentadas, incapaz de dominarse; mientras que excluís a otro que, para satisfacer el hambre, toma lo que venga, si es apto para el alimento, dispuesto a usar el alimento o a dejarlo. ¡Costumbres admirables! ¡Excelentes costumbres! ¡Notable templanza!

    Maniqueos, § 52

    52. Además, la noción de que es ilícito para cualquiera, salvo los elegidos, tocar como alimento lo que se trae a vuestras comidas para lo que llamáis purificación, conduce a prácticas vergonzosas y a veces criminales. Pues a veces se trae tanto que no puede ser comido fácilmente por unos pocos; y como se considera sacrilegio dar lo que sobra a otros, o, al menos, tirarlo, os veis obligados a comer en exceso, por el deseo de purificar, como lo llamáis, todo lo que se da. Entonces, cuando estáis llenos casi hasta reventar, usáis cruelmente la fuerza para hacer que los niños de vuestra secta coman el resto. Así se acusó a alguien en Roma de haber matado a algunos niños pobres, obligándolos a comer por esta razón supersticiosa. Esto no lo creería, si no supiera cuán pecaminoso consideráis dar este alimento a quienes no son elegidos, o, al menos, tirarlo. Así que la única manera es comerlo; y esto conduce cada día a la glotonería, y a veces puede conducir al asesinato.

    Maniqueos, § 53

    53. Por la misma razón prohibís dar pan a los mendigos. Con el fin de mostrar compasión, o más bien de evitar el reproche, aconsejáis dar dinero. La crueldad de esto iguala a su estupidez. Pues supongamos un lugar donde no se puede comprar comida: el mendigo morirá de hambre, mientras vosotros, en vuestra sabiduría y benevolencia, tenéis más misericordia de un pepino que de un ser humano. Esto es en verdad (pues ¿cómo podría designarse mejor) compasión fingida y crueldad real. Luego observad la estupidez. ¿Y si el mendigo compra pan para sí mismo con el dinero que le dais? ¿No sufrirá la parte divina, como la llamáis, lo mismo en él cuando compra el alimento que habría sufrido si lo hubiera tomado como regalo de vosotros? ¡Así este mendigo pecador sumerge en la corrupción una parte de Dios deseosa de escapar, y es ayudado en este crimen por vuestro dinero! Pero vosotros, en vuestra gran sagacidad, pensáis que basta con no dar a quien está a punto de cometer un asesinato a un hombre para matar, aunque a sabiendas le dais dinero para procurar que alguien sea asesinado. ¿Puede alguna locura ir más allá de esto? El resultado es que, o el hombre muere si no puede conseguir comida con su dinero, o el alimento mismo muere si la consigue. Lo uno es verdadero asesinato; lo otro lo que llamáis asesinato: aunque en ambos casos incurrís en la culpa de un asesinato real. Además, hay la mayor locura y absurdidad en permitir que vuestros seguidores coman alimento animal, mientras les prohibís matar animales. Si este alimento no contamina, tomadlo vosotros mismos. Si contamina, ¿qué puede ser más irrazonable que pensar que es más pecaminoso separar el alma de un cerdo de su cuerpo que contaminar el alma de un hombre con la carne del cerdo?

    Capítulo 17.— Descripción del símbolo de las manos entre los maniqueos

    Maniqueos, § 54

    54. Debemos ahora considerar y discutir el símbolo de las manos. Y, en primer lugar, vuestra abstención de matar animales y de dañar plantas queda mostrada por Cristo como mera superstición; pues, basándose en que no hay comunidad de derechos entre nosotros y las bestias y los árboles, Él envió los demonios a una piara de cerdos, [\n Mateo 8:32\n] y secó con su maldición un árbol en el que no había hallado fruto. [\n Mateo 21:19\n] Los cerdos ciertamente no habían pecado, ni el árbol. No estamos tan locos como para pensar que un árbol es fructífero o estéril por su propia elección. Ni sirve de respuesta decir que nuestro Señor quiso con estas acciones enseñar otras verdades; porque eso todo el mundo lo sabe. Pero ciertamente el Hijo de Dios no cometería un asesinato para ilustrar la verdad, si llamáis asesinato a la destrucción de un árbol o de un animal. Las señales que Cristo obró en el caso de los hombres, con quienes ciertamente tenemos comunidad de derechos, fueron para sanarlos, no para matarlos. Y lo mismo habría sido en el caso de bestias y árboles, si tuviéramos con ellos esa comunidad que imagináis.

    Maniqueos, § 55

    55. Me parece oportuno referirme aquí a la autoridad de la Escritura, porque no podemos entrar aquí en una discusión profunda sobre el alma de los animales o el tipo de vida en los árboles. Pero como vosotros os reserváis el derecho de llamar corruptas a las Escrituras, por si las encontráis demasiado contrarias a vosotros —aunque nunca habéis afirmado que los pasajes sobre el árbol y la piara de cerdos sean espurios—, sin embargo, no sea que algún día queráis decir esto también de ellos, cuando veáis cuánto están contra vosotros, me atendré a mi plan y os pediré, a vosotros que sois tan generosos en vuestras promesas de evidencia y verdad, que me digáis primero qué daño se hace a un árbol, no digo arrancando una hoja o una manzana —por lo cual, sin embargo, uno de vosotros sería condenado al instante por haber abusado del símbolo, si lo hiciera intencionadamente y no por accidente—, sino si lo arrancáis de raíz. Pues el alma en los árboles, que según vosotros es un alma racional, se ve, en vuestra teoría, liberada de su esclavitud cuando se corta el árbol —una esclavitud, además, en la que sufría gran miseria y no obtenía provecho alguno. Pues es bien sabido que vosotros, con palabras de vuestro fundador, amenazáis con un castigo grande, aunque no el mayor, el cambio de hombre a árbol; y no es probable que el alma en un árbol pueda crecer en sabiduría como lo hace en un hombre. Hay la mejor razón para no matar a un hombre, no sea que matéis a alguien cuya sabiduría o virtud pudiera ser de provecho para muchos, o a alguien que hubiera podido alcanzar la sabiduría, ya por el consejo de otro sin él mismo, ya por iluminación divina en su propia mente. Y cuanta más sabiduría tiene el alma al dejar el cuerpo, tanto más provechosa es su partida, como sabemos tanto por razonamiento bien fundado como por creencia extensamente difundida. Así, cortar un árbol es liberar al alma de un cuerpo en el que no progresa en sabiduría. Vosotros —quiero decir, los santos— deberíais ocuparos principalmente en cortar árboles y en conducir a las almas así emancipadas hacia cosas mejores mediante oraciones y salmos. ¿O puede hacerse esto solo con las almas que lleváis a vuestro vientre, en lugar de ayudarlas con vuestro entendimiento?

    Maniqueos, § 56

    56. Y no podéis escapar a la admisión de que las almas en los árboles no progresan en sabiduría mientras están allí, cuando se os pregunta por qué no se envió ningún apóstol a enseñar a los árboles tanto como a los hombres, o por qué el apóstol enviado a los hombres no predicó también la verdad a los árboles. Vuestra respuesta debe ser que las almas, mientras están en tales cuerpos, no pueden entender los preceptos divinos. Pero esta respuesta os mete en grandes dificultades; pues declaráis que estas almas pueden oír vuestras voces y entender lo que decís, y ver cuerpos y sus movimientos, e incluso discernir pensamientos. Si esto es verdad, ¿por qué no pudieron aprender nada del apóstol de la luz? ¿Por qué no pudieron aprender incluso mucho mejor que nosotros, ya que pueden ver dentro de la mente? Vuestro maestro, quien, como decís, tiene dificultad para enseñaros por medio del habla, podría haber enseñado a estas almas por el pensamiento; pues ellas podrían ver sus ideas en su mente antes de que las expresara. Pero si esto no es verdad, considerad en qué errores habéis caído.

    Maniqueos, § 57

    57. En cuanto a que vosotros no arrancáis frutos ni desarraigáis verduras vosotros mismos, mientras conseguís que vuestros seguidores los arranquen y desarraiguen y os los traigan, para que podáis conferir beneficios no solo a quienes traen el alimento, sino al alimento que se trae, ¿qué persona reflexiva puede soportar oír esto? Pues, en primer lugar, no importa si cometéis vosotros mismos un crimen, o deseáis que otro lo cometa por vosotros. ¡Negáis que deseáis esto! ¿Cómo, pues, puede darse alivio a la parte divina contenida en lechugas y puerros, a menos que alguien los arranque y los traiga a los santos para ser purificados? Y además, si estuvierais pasando por un campo donde el derecho de amistad os permitiera arrancar cualquier cosa que quisierais, ¿qué haríais si vierais a un cuervo a punto de comer un higo? ¿No parece, según vuestras ideas, que el higo mismo os habla y os suplica lastimosamente que lo arranquéis vosotros mismos y le deis sepultura en un vientre santo, donde pueda ser purificado y restaurado, antes que dejar que el cuervo lo trague y lo haga parte de su cuerpo maldito, y luego lo entregue a esclavitud y tortura en otras formas? Si esto es verdad, ¡qué crueles sois! Si no, ¡qué necios! ¿Qué puede ser más contrario a vuestras opiniones que romper el símbolo? ¿Qué puede ser más cruel con el miembro de Dios que retenerlo?

    Maniqueos, § 58

    58. Esto supone la verdad de vuestras ideas falsas y vanas. Pero se puede demostrar que sois culpables de una crueldad clara y positiva que fluye del mismo error. Pues si alguien estuviera tendido en el camino, su cuerpo consumido por la enfermedad, cansado de viajar y medio muerto por sus sufrimientos, y solo capaz de pronunciar algunas palabras entrecortadas, y si comer una pera le hiciera bien como astringente, y os suplicara que lo ayudarais al pasar, y os implorara que trajerais el fruto de un árbol vecino, sin prohibición divina ni humana que os impidiera hacerlo, mientras el hombre ciertamente morirá por su falta, vosotros, un hombre cristiano y un santo, más bien pasaréis de largo y abandonaréis a un hombre así sufriente y suplicante, no sea que el árbol lamente la pérdida de su fruto y vosotros seáis condenados al castigo amenazado por Maniqueo por romper el símbolo. ¡Extrañas costumbres, y extraña inofensividad!

    Maniqueos, § 59

    59. Ahora, en cuanto a matar animales, y las razones de vuestra opinión, mucho de lo dicho se aplicará también a esto. Pues ¿qué daño se hará al alma de un lobo matando al lobo, ya que el lobo, mientras viva, será un lobo, y no escuchará a ningún predicador, ni abandonará en lo más mínimo derramar la sangre de las ovejas; y, al matarlo, el alma racional, según pensáis, quedará libre de su encierro en el cuerpo? Pero vosotros hacéis ilícita esta matanza incluso para vuestros seguidores; pues la consideráis peor que la de los árboles. Y en esto no hay mucho que reprochar a vuestros sentidos —es decir, a vuestros sentidos corporales. Pues vemos y oímos por sus gritos que los animales mueren con dolor, aunque el hombre no hace caso de esto en una bestia, con la que, por no tener alma racional, no tenemos comunidad de derechos. Pero en cuanto a vuestros sentidos en la observación de los árboles, debéis estar enteramente ciegos. Pues por no mencionar que no hay movimientos en la madera que expresen dolor, ¿qué hay más claro que un árbol nunca está mejor que cuando está verde y floreciente, alegre de flores y rico en fruto? Y esto proviene generalmente y principalmente de la poda. Pero si sintiera el hierro, como suponéis, debería morir de heridas tan numerosas, tan severas, en lugar de brotar en los lugares y revivir con tan manifiesto deleite.

    Maniqueos, § 60

    60. Pero ¿por qué pensáis que es mayor crimen destruir animales que plantas, aunque sostenéis que las plantas tienen un alma más pura que los animales? Hay una compensación, se nos dice, cuando parte de lo que se toma de los campos se da a los elegidos y a los santos para ser purificados. Esto ya ha sido refutado; y creo que se ha probado suficientemente que no hay razón para decir que se encuentra más de la parte buena en las verduras que en la carne. Pero si alguien se mantuviera vendiendo carne de carnicería y gastara todo el beneficio de su negocio en comprar alimento para vuestros elegidos, y trajera mayores provisiones para esos santos que cualquier campesino o labrador, ¿no alegaría esta compensación como justificación para matar animales? Pero hay, se nos dice, alguna otra razón misteriosa; pues un hombre astuto siempre puede encontrar algún recurso en los secretos de la naturaleza cuando se dirige a gente sin instrucción. La historia, pues, es que los príncipes celestiales que fueron tomados de la raza de las tinieblas y atados, y tienen un lugar asignado en esta región por el Creador del mundo, tienen animales en la tierra especialmente pertenecientes a ellos, teniendo cada uno los que provienen de su propia estirpe y clase; y consideran culpables a los matadores de esos animales, y no les permiten dejar la tierra, sino que los hostigan cuanto pueden con dolores y tormentos. ¿Qué hombre sencillo no se asustará por esto y, no viendo nada en la oscuridad que envuelve estas cosas, no pensará que el hecho es como se describe? Pero yo mantendré mi propósito, con la ayuda de Dios, de refutar la falsedad misteriosa con la verdad más llana.

    Maniqueos, § 61

    61. Decidme, pues, si los animales en la tierra y en el agua provienen en sucesión regular por generación ordinaria de esta raza de príncipes, dado que el origen de la vida animal se remonta a los nacimientos abortivos en esa raza —decidme, digo, si las abejas y las ranas, y muchas otras criaturas que no proceden de unión sexual, pueden ser matadas con impunidad. Se nos dice que no pueden. Así que no es a causa de su relación con ciertos príncipes por lo que prohibís a vuestros seguidores matar animales. O si establecéis una relación general con todos los cuerpos, los príncipes estarían igualmente interesados en los árboles, a los que no exigís que vuestros seguidores respeten. Volvéis a la débil respuesta de que los daños hechos en el caso de las plantas son expiados por los frutos que vuestros seguidores traen a vuestra iglesia. Pues esto implica que quienes matan animales, y venden su carne en el mercado, si son vuestros seguidores, y si os traen verduras compradas con sus ganancias, pueden no pensar nada de la matanza diaria, y quedan limpios de cualquier pecado que pueda haber en ella por vuestras comidas.

    Maniqueos, § 62

    62. Pero si decís que, para expiar la matanza, la cosa debe ser dada como alimento, como en el caso de frutos y verduras —lo cual no puede hacerse, porque los elegidos no comen carne, y por tanto vuestros seguidores no deben matar animales—, ¿qué respuesta daréis en el caso de espinos y malas hierbas, que los labradores destruyen al desbrozar sus campos, mientras no pueden traeros ningún alimento de ellas? ¿Cómo puede haber perdón para tal destrucción, que no da alimento a los santos? Quizá también vosotros quitáis cualquier pecado cometido, en beneficio de los frutos y verduras, comiendo algunos de estos. ¿Qué, pues, si los campos son saqueados por langostas, ratones o ratas, como vemos que sucede a menudo? ¿Puede vuestro seguidor campesino matarlos con impunidad, porque peca por el bien de sus cosechas? Aquí os quedáis perplejos; pues o bien permitís a vuestros seguidores matar animales, lo cual vuestro fundador prohibió, o bien les prohibís ser cultivadores, lo cual él hizo lícito. En verdad, a veces llegáis a decir que un usurero es más inofensivo que un cultivador —sentís tanto más por los melones que por los hombres. Antes que dañar los melones, querríais que un hombre se arruinara como deudor. ¿Es esta una justicia deseable y digna de alabanza, o más bien un error atroz y condenable? ¿Es esta una compasión encomiable, o más bien una barbarie detestable?

    Maniqueos, § 63

    63. ¿Qué decir, además, de que vosotros no os abstenéis de matar piojos, chinches y pulgas? Pensáis que es excusa suficiente para esto decir que estas son la suciedad de nuestros cuerpos. Pero esto es claramente falso en cuanto a pulgas y chinches; pues todo el mundo sabe que estos animales no proceden de nuestros cuerpos. Además, si aborrecéis el acto sexual tanto como fingís, deberíais considerar tanto más limpios a los animales que proceden de nuestros cuerpos sin ninguna otra generación; pues aunque producen descendencia propia, no son producidos por generación ordinaria a partir de nosotros. Además, si debemos considerar como lo más inmundo la producción de cuerpos vivos, aún peor debe ser la producción de cuerpos muertos. Debe haber, por tanto, menos daño en matar una rata, una serpiente o un escorpión, que constantemente decís que provienen de nuestros cuerpos muertos. Pero pasando por alto lo que es menos claro y cierto, es opinión común respecto a las abejas que provienen de los cadáveres de los bueyes; así que no hay daño en matarlas. O si esto también se duda, todo el mundo admite que los escarabajos, al menos, se crían en la bola de barro que hacen y entierran. Deberíais, por tanto, considerar a estos animales, y a otros que sería tedioso especificar, más inmundos que vuestros piojos; y sin embargo pensáis que es pecado matarlos, aunque sería necio no matar los piojos. Quizá tenéis en poco a los piojos porque son pequeños. Pero si un animal ha de ser valorado por su tamaño, debéis preferir un camello a un hombre.

    Maniqueos, § 64

    64. Aquí podemos usar la gradación que a menudo nos perplejaba cuando éramos vuestros seguidores. Pues si una pulga puede ser matada a causa de su pequeño tamaño, también puede serlo la mosca que se cría en las habas. Y si esta, también una de tamaño un poco mayor, pues su tamaño al nacer es incluso menor. Luego, de nuevo, una abeja puede ser matada, pues su cría no es mayor que una mosca. Así hasta la cría de una langosta, y a una langosta; y luego a la cría de un ratón, y a un ratón. Y, para abreviar, está claro que podemos llegar por fin a un elefante; de modo que quien piensa que no es pecado matar una pulga, por su pequeño tamaño, debe admitir que no sería pecado en él matar a esta enorme criatura. Pero creo que ya se ha dicho bastante de estas absurdidades.

    Capítulo 18.— Del símbolo del pecho, y de los misterios vergonzosos de los maniqueos

    Maniqueos, § 65

    65. Por último, está el símbolo del pecho, en el que consiste vuestra muy cuestionable castidad. Pues aunque no prohibís el acto sexual, vosotros, como dijo hace tiempo el apóstol, prohibís el matrimonio en sentido propio, aunque esta es la única buena excusa para tal acto. Sin duda exclamaréis contra esto, y nos lo echaréis en cara, que vosotros estimáis y aprobáis en gran manera la castidad perfecta, pero no prohibís el matrimonio, porque vuestros seguidores —es decir, los del segundo grado entre vosotros— pueden tener esposas. Después de que hayáis dicho esto con gran ruido y ardor, preguntaré tranquilamente: ¿No sois vosotros los que sostenéis que engendrar hijos, por lo cual las almas quedan encerradas en la carne, es un pecado mayor que la cohabitación? ¿No sois vosotros los que solíais aconsejarnos observar en lo posible el tiempo en que una mujer, después de su purificación, es más probable que conciba, y absteneros de la cohabitación en ese tiempo, no sea que el alma quede enredada en la carne? Esto prueba que aprobáis tener esposa, no para la procreación de hijos, sino para la gratificación de la pasión. En el matrimonio, como declara la ley del matrimonio, el hombre y la mujer se unen para la procreación de hijos. Por tanto, quien hace de la procreación de hijos un pecado mayor que la cópula, prohíbe el matrimonio, y hace de la mujer no una esposa, sino una amante, que por algunos regalos que se le presentan se une al hombre para gratificar su pasión. Donde hay esposa debe haber matrimonio. Pero no hay matrimonio donde la maternidad no está a la vista; por tanto, tampoco hay esposa. De este modo prohibís el matrimonio. Ni podéis defenderos con éxito de esta acusación, traída hace tiempo contra vosotros proféticamente por el Espíritu Santo.

    Maniqueos, § 66

    66. Además, cuando estáis tan deseosos de impedir que el alma quede encerrada en la carne por el acto conyugal, y tan empeñados en afirmar que el alma es liberada de la semilla por el alimento de los santos, ¿no sancionáis, infelices, la sospecha que se tiene de vosotros? Pues ¿por qué habría de ser verdad respecto al grano, las habas, las lentejas y otras semillas, que cuando las coméis queréis liberar el alma, y no ser verdad respecto a las semillas de los animales? Pues lo que decís de la carne de un animal muerto, que es impura porque no hay alma en ella, no puede decirse de la semilla del animal; pues sostenéis que mantiene encerrada el alma que aparecerá en la descendencia, y confesáis que el alma del propio Maniqueo está así encerrada. Y como vuestros seguidores no pueden traeros estas semillas para purificación, ¿quién no sospechará que hacéis esta purificación en secreto entre vosotros, y la ocultáis a vuestros seguidores, no sea que os abandonen? Si no hacéis estas cosas, como es de esperar que no las hacéis, aun así veis cuán abierta a sospecha está vuestra superstición, y cuán imposible es culpar a los hombres por pensar lo que vuestra propia profesión sugiere, cuando mantenéis que liberáis almas de cuerpos y de sentidos comiendo y bebiendo. No quiero decir más sobre esto: vosotros mismos veis cuánto espacio hay aquí para la denuncia. Pero como el asunto es más para reprimir que para invitar al comentario, y como a lo largo de mi discurso mi propósito aparece de no exagerar nada, y de atenerme a hechos y argumentos desnudos, pasaremos a otros asuntos.

    Capítulo 19.— Crímenes de los maniqueos

    Maniqueos, § 67

    67. Vemos, pues, ahora, la naturaleza de vuestros tres símbolos. Estas son vuestras costumbres. Este es el fin de vuestros insignes preceptos, en los cuales no hay nada seguro, nada firme, nada consecuente, nada irreprochable, sino todo dudoso, o más bien indudable y enteramente falso, todo contradictorio, abominable, absurdo. En una palabra, se descubren en vuestras costumbres prácticas malas tan numerosas y tan graves, que quien quisiera denunciarlas todas, si fuera capaz de extenderse, necesitaría al menos un tratado separado para cada una. Si vosotros las observarais y obrarais conforme a vuestra profesión, ninguna niñería, ni locura, ni absurdidad iría más allá de las vuestras; y cuando alabáis y enseñáis estas cosas sin hacerlas, mostráis astucia, engaño y malevolencia iguales a cuanto puede describirse o imaginarse.

    Maniqueos, § 68

    68. Durante nueve años enteros en que os seguí con gran empeño y asiduidad, no pude oír de ninguno de vuestros elegidos que no fuera hallado transgrediendo estos preceptos, o al menos que no fuera sospechoso de hacerlo. Muchos fueron sorprendidos con vino y alimento de origen animal, muchos en los baños; pero esto sólo lo oímos por rumores. A algunos se les probó haber seducido a esposas ajenas, de modo que en este caso no pude dudar de la verdad de la acusación. Pero supongamos que también esto fue un rumor más que un hecho. Yo mismo vi, y no sólo yo, sino otros que han escapado de aquella superstición o que, espero, escaparán todavía—vimos, digo, en una plaza de Cartago, en un camino muy frecuentado, no a uno, sino a más de tres de los elegidos caminando detrás de nosotros y dirigiéndose a unas mujeres con sonidos y gestos tan indecentes que superaban la osadía y la insolencia de todos los rufianes ordinarios. Y estaba claro que esto era bastante habitual, y que se comportaban de ese modo unos con otros, pues ninguno se dejaba intimidar por la presencia de un compañero, mostrando que la mayoría de ellos, si no todos, estaban afectados por esta tendencia malvada. Pues no procedían todos de una misma casa, sino que vivían en lugares muy diferentes, y por pura casualidad salieron juntos del lugar donde se habían reunido. Fue una gran conmoción para nosotros, y presentamos una queja al respecto. Pero ¿quién pensó en infligir un castigo—no digo mediante la separación de la iglesia, sino siquiera con una severa reprensión proporcionada a la atrocidad de la ofensa?
    Comentario editorial · Nueve años como oyente
    Agustín dice aquí que durante «nueve años enteros» frecuentó a los maniqueos con asiduidad. Según Wikipedia nunca fue elegido, sino «oyente», el grado más bajo, y sus datos sobre los años no coinciden: «diez años» en un lugar de la página de Agustín, «unos nueve» en otro, «nueve o diez» en la de los maniqueos. Que fuera oyente importa para leer lo que sigue: lo que cuenta de los elegidos es lo que vio en Cartago o supo de oídas —él mismo distingue lo uno de lo otro—, no lo que ocurría dentro de sus ritos. Newman lo hace notar a propósito de la acusación de rito con semen que Agustín menciona en otra obra: su confesada ignorancia de lo que hacían los elegidos la debilita.

    Maniqueos, § 69

    69. Toda la excusa dada para la impunidad de aquellos hombres era que, en aquel tiempo, cuando sus reuniones estaban prohibidas por la ley, se temía que las personas que sufrieran castigo pudieran tomar represalias dando información. ¿Qué decir, pues, de su afirmación de que siempre tendrán persecución en este mundo, por la cual suponen que serán tenidos en mayor estima? Pues ésta es la aplicación que hacen de las palabras acerca del mundo que los odia. [] Y sostienen que la verdad debe buscarse entre ellos, porque, en la promesa del Espíritu Santo, el Paráclito, se dice que el mundo no puede recibirlo. [] Éste no es el lugar para discutir esta cuestión. Pero claramente, si habéis de ser siempre perseguidos, aun hasta el fin del mundo, no habrá fin para esta laxitud, ni para la propagación sin freno de toda esta inmoralidad, por vuestro temor de ofender a hombres de este carácter.

    Maniqueos, § 70

    70. Esta respuesta se nos dio también cuando informamos a las más altas autoridades que una mujer se nos había quejado de que en una reunión, donde estaba junto con otras mujeres, sin dudar de la santidad de estas gentes, entraron algunos de los elegidos, y cuando uno de ellos hubo apagado la lámpara, uno, al que ella no pudo distinguir, intentó abrazarla, y la habría forzado a pecar, si no hubiera escapado gritando. ¡Cuán común debemos concluir que era la práctica que condujo a la fechoría en esta ocasión! Y esto se hizo en la noche en que vosotros celebráis la fiesta de las vigilias. En verdad, aparte del temor a que se diera información, nadie podía llevar al ofensor ante el obispo, pues se había guardado muy bien de ser reconocido. Como si todos los que entraron con él no estuvieran implicados en el crimen; pues en su alegría indecente todos deseaban que se apagara la lámpara.

    Maniqueos, § 71

    71. Entonces, ¡qué amplias puertas se abrieron a las sospechas, cuando los vimos llenos de envidia, llenos de codicia, llenos de avidez por manjares costosos, constantemente en discordia, fácilmente excitados por naderías! Concluimos que no eran capaces de abstenerse de las cosas de las que profesaban abstenerse, si encontraban oportunidad en secreto o en la oscuridad. Había dos de carácter suficientemente bueno, de mentes activas y jefes en sus debates, con quienes teníamos un trato más particular e íntimo que con el resto. Uno de ellos estaba muy asociado con nosotros, porque también se dedicaba a los estudios liberales; se dice que ahora es un anciano allí. Estos dos estaban muy celosos el uno del otro, y uno acusaba al otro —no abiertamente, sino en la conversación, cuando tenía oportunidad, y en susurros— de haber hecho un asalto criminal a la esposa de uno de los seguidores. Él, a su vez, al justificarse ante nosotros, presentó la misma acusación contra otro de los elegidos, que vivía con este seguidor como su amigo más confiable. Habiendo entrado de repente, había sorprendido a este hombre con la mujer, y su enemigo y rival había aconsejado a la mujer y a su amante que levantaran ese falso rumor sobre él, para que no se le creyera si daba alguna información. Nos sentimos muy afligidos, y lo tomamos muy a pecho, que aunque había duda sobre el asalto a la mujer, el sentimiento de celos en aquellos dos hombres, mejores que los cuales no encontramos ninguno en el lugar, se mostró tan agudo, e inevitablemente levantó una sospecha de otras cosas.

    Maniqueos, § 72

    72. Otra cosa era que muy a menudo veíamos en los teatros a hombres pertenecientes a los elegidos, hombres de edad y, se suponía, de carácter, junto con un anciano de cabellos canos. Pasamos por alto a los jóvenes, a quienes solíamos encontrar disputando acerca de las gentes relacionadas con el escenario y las carreras; de lo cual podemos concluir con seguridad cómo serían capaces de abstenerse en secreto, cuando no podían dominar la pasión por la cual quedaban expuestos ante los ojos de sus seguidores, acarreándoles deshonra y huida. En el caso del santo, cuyas discusiones escuchábamos en la calle de los vendedores de higos, ¿se habría descubierto su crimen atroz si hubiera podido hacer de la virgen consagrada su esposa sin dejarla embarazada? El vientre hinchado delató la iniquidad secreta e impensada. Cuando su hermano, un joven, lo supo por su madre, sintió vivamente la injuria, pero se abstuvo, por respeto a la religión, de una acusación pública. Consiguió que expulsaran al hombre de aquella iglesia, pues tal conducta no siempre puede tolerarse; y para que el crimen no quedara del todo impune, arregló con algunos de sus amigos que golpearan y patearan bien al hombre. Cuando fue así atacado, gritó que lo perdonaran, por respeto a la autoridad de la opinión de Maniqueo, de que Adán, el primer héroe, había pecado, y era un santo mayor después de su pecado.

    Maniqueos, § 73

    73. Ésta es, en efecto, vuestra noción sobre Adán y Eva. Es una historia larga; pero sólo tocaré lo que concierne al asunto presente. Decís que Adán fue producido por sus padres, los abortivos príncipes de las tinieblas; que tenía en su alma la mayor parte de la luz, y muy poco de la raza contraria. Así, mientras vivió una vida santa, a causa del predominio del bien, la parte contraria en él fue excitada, de modo que fue arrastrado al comercio conyugal. Así cayó y pecó, pero después vivió en mayor santidad. Ahora bien, mi queja no es tanto acerca de este hombre malvado, que, bajo el atavío de un elegido y hombre santo, trajo tal vergüenza y oprobio sobre una familia de extraños por su chocante inmoralidad. No os acuso de esto. Atribúyase al carácter abandonado del hombre, y no a vuestras costumbres. Culpo al hombre por la atrocidad, y no a vosotros. Aun así, hay en todos vosotros esto que, por lo que veo, no puede admitirse ni tolerarse: que, mientras sostenéis que el alma es parte de Dios, mantenéis que la mezcla de un poco de mal prevaleció sobre la fuerza y cantidad superiores del bien. Quien crea esto, cuando es incitado por la pasión, ¿no encontrará aquí una excusa, en lugar de frenar y controlar su pasión?

    Capítulo 20.— Conducta vergonzosa descubierta en Roma

    Maniqueos, § 74

    74. ¿Qué más diré de vuestras costumbres? He mencionado lo que yo mismo encontré cuando estaba en la ciudad cuando se hicieron las cosas. Repasar todo lo que ocurrió en Roma en mi ausencia llevaría mucho tiempo. Sin embargo, daré una breve cuenta de ello; pues el asunto se hizo tan notorio, que aun los ausentes no podían permanecer en la ignorancia del mismo. Y cuando después estuve en Roma, comprobé la verdad de todo lo que había oído, aunque la historia me fue contada por un testigo ocular a quien conocía tan bien y estimaba tan altamente, que no podía sentir ninguna duda al respecto. Uno de vuestros seguidores, pues, bastante igual a los elegidos en su celebrada abstinencia, porque era a la vez liberalmente educado y tenía la costumbre de defender vuestra secta con gran celo, se tomó muy a mal que se le echara en cara la vil conducta de los elegidos, que vivían en toda clase de lugares, e iban de aquí para allá en busca de alojamiento de la peor descripción. Por tanto, deseaba, si era posible, reunir en su propia casa a todos los que estuvieran dispuestos a vivir según los preceptos, y mantenerlos a su propia costa; pues estaba por encima del promedio en descuido al gastar dinero, además de estar por encima del promedio en la cantidad que tenía que gastar. Se quejaba de que sus esfuerzos eran impedidos por la negligencia de los obispos, cuya asistencia necesitaba para tener éxito. Por fin se encontró a uno de vuestros obispos—un hombre, según sé, muy rudo y sin pulir, pero de algún modo, por su misma hosquedad, tanto más inclinado a la estricta observancia de la moral. El seguidor se apodera con avidez de este hombre como la persona que había deseado durante mucho tiempo y al fin había encontrado, y le relata todo su plan. Él aprueba y asiente, y acepta ser el primero en fijar su morada en la casa. Hecho esto, todos los elegidos que podían estar en Roma se reunieron allí. Se les presentó la regla de vida de la epístola de Maniqueo. Muchos la consideraron intolerable, y se fueron; no pocos sintieron vergüenza, y se quedaron. Comenzaron a vivir como habían acordado, y como esta alta autoridad ordenaba. El seguidor todo el tiempo estaba imponiendo celosamente todo a todos, aunque nunca, en ningún caso, lo que él mismo no emprendía. Mientras tanto, surgían constantemente disputas entre los elegidos. Se acusaban unos a otros de crímenes, todo lo cual lamentaba oír, y lograba hacer que, sin intención, se expusieran unos a otros en sus altercados. Las revelaciones eran viles más allá de toda descripción. Así apareció el verdadero carácter de aquellos que se diferenciaban del resto en estar dispuestos a doblegarse al yugo de los preceptos. ¿Qué hay que sospechar, o más bien, concluir, de los demás? Para terminar, se reunieron en una ocasión y se quejaron de que no podían guardar los reglamentos. Entonces vino la rebelión. El seguidor expuso su caso de la manera más concisa: que o bien todo debía guardarse, o bien el hombre que había dado tal sanción a tales preceptos, que nadie podía cumplir, debía ser tenido por un gran necio. Pero, como era inevitable, el clamor salvaje de la muchedumbre prevaleció sobre la opinión de un solo hombre. El propio obispo cedió al fin, y huyó con gran deshonra; y se decía que había conseguido provisiones a escondidas, contra la regla, las cuales eran a menudo descubiertas. Tenía una provisión de dinero de su bolsa privada, que mantenía cuidadosamente oculta.

    Maniqueos, § 75

    75. Si decís que estas cosas son falsas, contradecís lo que es demasiado claro y público. Pero podéis decirlo si queréis. Pues, como las cosas son ciertas, y fácilmente conocidas por quienes desean conocerlas, quienes niegan que sean verdaderas muestran cuál es su costumbre de decir la verdad. Pero tenéis otras respuestas con las que no encuentro falta. Pues decís, o bien que algunos sí guardan vuestros preceptos, y que no se les debe mezclar con los culpables al condenar a los demás; o bien que toda investigación sobre el carácter de los miembros de vuestra secta es errónea, pues la cuestión es el carácter de la profesión. Aun si os concediera ambas cosas (aunque no podéis ni señalar a esos fieles observadores de los preceptos, ni limpiar vuestra herejía de todas esas frivolidades e iniquidades), todavía debo insistir en saber por qué amontonáis reproches sobre los cristianos de nombre católico al ver la vida inmoral de algunos, mientras que vosotros o tenéis la desvergüenza de repeler la investigación sobre vuestros miembros, o la aún mayor desvergüenza de no repelerla, deseando que se entienda que en vuestra escasa membresía hay algunos individuos desconocidos que guardan los preceptos que profesan, pero que entre las multitudes de la Iglesia Católica no hay ninguno.
    Comentario editorial · Cómo leer las acusaciones
    Los capítulos 19 y 20 cuentan escándalos que Agustín dice haber presenciado o conocido por un testigo de confianza. Newman advierte que conviene leerlos con cautela: en la disputa con el maniqueo Fortunato (392) este quiso llevar la discusión a la conducta de los maniqueos y Agustín se negó a probar los cargos, y concluye que hay que ser cuidadoso con lo que dice este libro; añade que muchos maniqueos practicaban de verdad la ascesis, tanto que «maniqueo» se hizo apodo para quien no apreciaba la buena mesa (Jerónimo lo usa contra las mujeres pálidas y tristes). El propio § 75 no apoya el argumento en las anécdotas: aun concediendo que algunos guarden los preceptos, Agustín pide saber por qué se reprocha a los católicos lo que se calla de los propios.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron los dos libros

    Agustín volvió sobre ellos al repasar su obra, en las Retractaciones (I, 7): allí precisa que los escribió en Roma, después de su bautismo, y corrige varios puntos, que el NPNF imprime al pie de cada pasaje. Entre ellos, la lectura de un manuscrito en una cita bíblica, de la que dice que su memoria de la Escritura era entonces defectuosa por no estar todavía familiarizado con ella; el texto latino de Sabiduría 8:7 (ver la nota del § 25); la palabra «plena» aplicada al amor de Dios; y una frase sobre la perfección que los pelagianos podrían aprovechar.
    El volumen del NPNF que contiene estos dos libros sigue con cinco escritos más contra los maniqueos: Sobre las dos almas (391), las Actas de la disputa contra Fortunato (392), Contra la carta de Mani llamada «del fundamento» (397), la Réplica a Fausto (400) y Sobre la naturaleza del bien (404); la colección de Agustín reúne las que ya están en el sitio. Otros textos del sitio sobre los maniqueos son Alejandro de Licópolis y las Actas de la disputa con Manes; el artículo sobre el maniqueísmo cuenta qué creían, y las Confesiones son el relato que hace Agustín de sus años entre ellos. Sobre la vida de los monjes que describe el primer libro, véase Monacato y Padres del desierto.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; los defectos conocidos están en «La fuente y su traducción». No se ha cotejado con el latín. Las notas del NPNF y de Newman no están en el epub de partida; las que aquí se citan se leyeron en CCEL. Las fechas que no constan en las fuentes no se dan. Lo que Agustín cuenta de las costumbres de los maniqueos es testimonio de una parte contraria: el propio Newman aconseja leerlo con cautela.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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