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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 2. Que el Dios a quien invocamos está en nosotros, y nosotros en Él
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7. Demuestra con un ejemplo que aun la infancia es propensa al pecado
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. Por qué despreció la literatura griega, y aprendió fácilmente el latín
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 18
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro II
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 4
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. Ataca la doctrina de los maniqueos acerca del mal, de Dios y de la justicia de los patriarcas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Argumenta contra los mismos en cuanto a la razón de las ofensas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 10. Reprende las frivolidades de los maniqueos acerca de los frutos de la tierra
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro IV
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Atormentado por el llanto ante la muerte de su amigo, se procura consuelo a sí mismo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 7. Turbado por la inquietud y el dolor, deja su patria por segunda vez y se va a Cartago
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 14. Acerca de los libros que escribió «sobre lo bello y lo conveniente,» dedicados a Hierio
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 16
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro V
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 9. Atacado por la fiebre, se halla en gran peligro
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11. Helpidio disputó bien contra los maniqueos acerca de la autenticidad del Nuevo Testamento
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VI
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Encamina a la enmienda a su amigo Alipio, poseído de locura por los juegos circenses
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Alipio, inocente, aprehendido como ladrón, es puesto en libertad por la astucia de un arquitecto
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11. Turbado por sus graves errores, medita emprender una vida nueva
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 13. Instado por su madre a tomar esposa, buscó una doncella que le agradaba
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minLibro VII
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que la causa del mal es el libre arbitrio de la voluntad
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6. Refuta las adivinaciones de los astrólogos, deducidas de las constelaciones
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 7. Es duramente ejercitado en cuanto al origen del mal
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. Las cosas divinas se manifiestan más claramente a quien se retira a lo íntimo de su corazón
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14. Desagradándole alguna parte de la creación de Dios, concibe dos sustancias originales
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 19. Todavía no entiende plenamente la sentencia de Juan, de que «la Palabra se hizo carne.»
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro VIII
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 3. Que Dios y los ángeles se gozan más con el retorno de un pecador que con el de muchos justos
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 5. De las causas que nos apartan de Dios
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 7
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. De que la mente manda a la mente, pero no quiere enteramente
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera el espíritu luchó con la carne, para ser libertado de la servidumbre de la vanidad
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minLibro IX
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que, por recomendación de Ambrosio, lee las profecías de Isaías, pero no las entiende
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 8
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 10. Conversación que tuvo con su madre acerca del reino de los cielos
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo lloró a su madre muerta
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 13. Ruega a Dios por sus pecados, y exhorta a sus lectores a recordarla piadosamente
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro X
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que en sus confesiones, para hacer el bien, considera a los demás
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Que Dios no ha de ser hallado ni por las potencias del cuerpo ni por las del alma
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 9
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. La memoria retiene todas las cosas
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 17. Dios no puede ser alcanzado por la fuerza de la memoria, que poseen las bestias y las aves
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 21. Cómo puede ser retenida en la memoria la vida feliz
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 22. La vida feliz es regocijarse en Dios, y por Dios
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 26. Dios responde en todas partes a los que le consultan
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 31
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 32. De los atractivos de los perfumes, que se vencen más fácilmente
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 35. Otra clase de tentación es la curiosidad, que es estimulada por la concupiscencia de los ojos
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 37. Es espoleado con fuerza por el amor de la alabanza
  66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 40. El único lugar seguro de descanso para el alma se halla en Dios
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvación
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Ruega a Dios que por medio de las Santas Escrituras sea conducido a la verdad
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. El cielo y la tierra claman que han sido creados por Dios
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8
  71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 13. Antes de los tiempos creados por Dios, no había tiempos
  72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. El tiempo solo puede percibirse o medirse mientras pasa
  73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21. Cómo puede medirse el tiempo
  74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 24. Que el tiempo no es el movimiento de un cuerpo que medimos por el tiempo
  75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 28. El tiempo en la mente humana, que espera, considera y recuerda
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro XII
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 7. De la nada hizo Dios el cielo y la tierra
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 12. De la tierra informe creó Dios otro cielo y una tierra visible y formada
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 16. No desea tratar con los que niegan la verdad divina
  80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 19. Enumera las cosas en que todos están de acuerdo
  81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 23. Dos clases de desacuerdos en los libros que han de ser explicados
  82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 26. Qué habría pedido a Dios si se le hubiera mandado escribir el libro del Génesis
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 29. Acerca de la opinión de los que lo explican como "Primeramente hizo"
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 2 minCapítulo 32
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro XIII
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 5. Reconoce la Trinidad en los dos primeros versículos del Génesis
  87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que nada surgió sino por el don de Dios
  88. Sesión 88 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que de los hijos de la noche y de las tinieblas se hacen hijos de la luz y del día
  89. Sesión 89 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 16. Que nadie, sino la Luz inmutable, se conoce a sí misma
  90. Sesión 90 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Todos los hombres deben hacerse lumbreras en el firmamento del cielo
  91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 21
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 23. Que tener poder sobre todas las cosas (vers. 26) es juzgar espiritualmente de todas
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. Explica los frutos de la tierra (vers. 29) como obras de misericordia
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 27. Muchos ignoran esto y piden milagros, significados bajo los nombres de «peces» y «ballenas»
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 32. De las obras particulares de Dios, y especialmente del hombre
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 36. El séptimo día, sin tarde ni ocaso, imagen de la vida eterna y del descanso en Dios

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Confesiones

    Texto base: versión inglesa de J. G. Pilkington, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 1, ed. Philip Schaff (Buffalo, 1887, según New Advent; Nueva York, 1886, según CCEL), tal como la recoge New Advent · trece libros y 276 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 2. Que el Dios a quien invocamos está en nosotros, y nosotros en Él
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7. Demuestra con un ejemplo que aun la infancia es propensa al pecado
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. Por qué despreció la literatura griega, y aprendió fácilmente el latín
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 18
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro II
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 4
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. Ataca la doctrina de los maniqueos acerca del mal, de Dios y de la justicia de los patriarcas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Argumenta contra los mismos en cuanto a la razón de las ofensas
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 10. Reprende las frivolidades de los maniqueos acerca de los frutos de la tierra
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro IV
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Atormentado por el llanto ante la muerte de su amigo, se procura consuelo a sí mismo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 7. Turbado por la inquietud y el dolor, deja su patria por segunda vez y se va a Cartago
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 14. Acerca de los libros que escribió «sobre lo bello y lo conveniente,» dedicados a Hierio
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 16
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro V
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 9. Atacado por la fiebre, se halla en gran peligro
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11. Helpidio disputó bien contra los maniqueos acerca de la autenticidad del Nuevo Testamento
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VI
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Encamina a la enmienda a su amigo Alipio, poseído de locura por los juegos circenses
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Alipio, inocente, aprehendido como ladrón, es puesto en libertad por la astucia de un arquitecto
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11. Turbado por sus graves errores, medita emprender una vida nueva
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 13. Instado por su madre a tomar esposa, buscó una doncella que le agradaba
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minLibro VII
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que la causa del mal es el libre arbitrio de la voluntad
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6. Refuta las adivinaciones de los astrólogos, deducidas de las constelaciones
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 7. Es duramente ejercitado en cuanto al origen del mal
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. Las cosas divinas se manifiestan más claramente a quien se retira a lo íntimo de su corazón
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14. Desagradándole alguna parte de la creación de Dios, concibe dos sustancias originales
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 19. Todavía no entiende plenamente la sentencia de Juan, de que «la Palabra se hizo carne.»
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro VIII
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 3. Que Dios y los ángeles se gozan más con el retorno de un pecador que con el de muchos justos
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 5. De las causas que nos apartan de Dios
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 7
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. De que la mente manda a la mente, pero no quiere enteramente
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera el espíritu luchó con la carne, para ser libertado de la servidumbre de la vanidad
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minLibro IX
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4
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    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 8
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 10. Conversación que tuvo con su madre acerca del reino de los cielos
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo lloró a su madre muerta
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 13. Ruega a Dios por sus pecados, y exhorta a sus lectores a recordarla piadosamente
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro X
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que en sus confesiones, para hacer el bien, considera a los demás
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Que Dios no ha de ser hallado ni por las potencias del cuerpo ni por las del alma
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 9
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. La memoria retiene todas las cosas
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 17. Dios no puede ser alcanzado por la fuerza de la memoria, que poseen las bestias y las aves
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 21. Cómo puede ser retenida en la memoria la vida feliz
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 22. La vida feliz es regocijarse en Dios, y por Dios
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 26. Dios responde en todas partes a los que le consultan
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 31
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 32. De los atractivos de los perfumes, que se vencen más fácilmente
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 35. Otra clase de tentación es la curiosidad, que es estimulada por la concupiscencia de los ojos
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 37. Es espoleado con fuerza por el amor de la alabanza
    66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 40. El único lugar seguro de descanso para el alma se halla en Dios
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvación
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Ruega a Dios que por medio de las Santas Escrituras sea conducido a la verdad
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. El cielo y la tierra claman que han sido creados por Dios
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8
    71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 13. Antes de los tiempos creados por Dios, no había tiempos
    72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. El tiempo solo puede percibirse o medirse mientras pasa
    73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21. Cómo puede medirse el tiempo
    74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 24. Que el tiempo no es el movimiento de un cuerpo que medimos por el tiempo
    75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 28. El tiempo en la mente humana, que espera, considera y recuerda
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro XII
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 7. De la nada hizo Dios el cielo y la tierra
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 12. De la tierra informe creó Dios otro cielo y una tierra visible y formada
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 16. No desea tratar con los que niegan la verdad divina
    80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 19. Enumera las cosas en que todos están de acuerdo
    81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 23. Dos clases de desacuerdos en los libros que han de ser explicados
    82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 26. Qué habría pedido a Dios si se le hubiera mandado escribir el libro del Génesis
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 29. Acerca de la opinión de los que lo explican como "Primeramente hizo"
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 2 minCapítulo 32
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro XIII
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 5. Reconoce la Trinidad en los dos primeros versículos del Génesis
    87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que nada surgió sino por el don de Dios
    88. Sesión 88 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que de los hijos de la noche y de las tinieblas se hacen hijos de la luz y del día
    89. Sesión 89 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 16. Que nadie, sino la Luz inmutable, se conoce a sí misma
    90. Sesión 90 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Todos los hombres deben hacerse lumbreras en el firmamento del cielo
    91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 21
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 23. Que tener poder sobre todas las cosas (vers. 26) es juzgar espiritualmente de todas
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. Explica los frutos de la tierra (vers. 29) como obras de misericordia
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 27. Muchos ignoran esto y piden milagros, significados bajo los nombres de «peces» y «ballenas»
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 32. De las obras particulares de Dios, y especialmente del hombre
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 36. El séptimo día, sin tarde ni ocaso, imagen de la vida eterna y del descanso en Dios
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «Nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.» Con esa frase empieza la primera página de las Confesiones, y la obra entera es la respuesta de Agustín a esa inquietud, dicha en forma de oración. Esta es la versión castellana, hecha del inglés de J. G. Pilkington —en la edición de los Nicene and Post-Nicene Fathers (1.ª serie, vol. 1), que dirigió Philip Schaff—, de los trece libros: los nueve primeros cuentan el camino de Agustín desde Tagaste hasta el bautismo y la muerte de su madre; el décimo examina la memoria y las tentaciones; los tres últimos comentan el comienzo del Génesis.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (13 de noviembre de 354 – 28 de agosto de 430, según Wikipedia), obispo de Hipona
    TítuloConfesiones (en las Retractaciones, según una nota de Schaff, Confessionum mearum libri tredecim, «los trece libros de mis Confesiones»; en inglés, The Confessions)
    FechaEntre 397 y 400. Wikipedia da 397–400 en la introducción de su artículo sobre la obra y 397–398 en la sección sobre su propósito; Schaff dice «hacia 397», diez años después de la conversión
    GéneroOración y relato a la vez. Pilkington advierte que el libro «no es una autobiografía»: traza la vida hasta la muerte de su madre solo en lo que sirve a su propósito, que Agustín explica en X, 4
    DivisiónSegún las Retractaciones (II, 6), los libros I–X hablan de Agustín y los tres últimos de la Escritura; Wikipedia cuenta como autobiográficos los nueve primeros
    ExtensiónTrece libros, 276 capítulos y 452 párrafos con número de sección en el inglés, unas 112 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 1, versión de Pilkington, tal como la recoge New Advent

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de J. G. Pilkington, impresa en el volumen 1 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), The Confessions and Letters of St. Augustin, with a Sketch of his Life and Work, editada por Philip Schaff. La portada de CCEL la presenta como traducida y anotada por Pilkington, «M.A., vicario de St. Mark, West Hackney», que antes fue secretario clerical del Bishop of London's Fund. New Advent da como edición la de Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1887); CCEL, la de Nueva York (1886). El prefacio de Pilkington está fechado en el vicariato de St. Mark, en West Hackney, en 1876.
    Del propio prefacio salen los criterios de esa versión inglesa: sigue el texto de la edición benedictina; los encabezamientos de los capítulos los toma de la edición de Bruder, «por ser más definidos y completos»; la tradujo entera y luego la cotejó, línea por línea, con la de Watts (1631) y con la de Pusey, que sigue la de Watts; y de unas cuatrocientas notas, unas cuarenta son de Pusey y de Watts. Las citas bíblicas siguen la Versión Autorizada cuando el sentido lo permite. Pilkington añadió un índice textual y otro de materias.
    El inglés del que parte esta edición es el de New Advent, que revisa y moderniza el del NPNF (donde CCEL imprime «Great art Thou, O Lord», New Advent da «Great are You, O Lord»), y no el de CCEL. De él salió el castellano, a través de un epub de solo texto: no trae el prefacio de Pilkington, ni el pasaje de las Retractaciones que lo sigue, ni los prolegómenos de Schaff, ni las notas de Pilkington. Algunas de esas notas pasan, resumidas y con su fuente, a los comentarios de este libro. La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano, y es la traducción de una traducción: conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    Lo que viene de la edición. La división en trece libros es de Agustín; los 276 capítulos, sus sumarios (en el encabezado, o en cursiva debajo cuando es largo), el «Argumento» que abre cada libro y la numeración de las secciones son de la edición inglesa. La traducción castellana perdió 61 de los 452 números de sección que conserva el inglés: los localizadores de este libro siguen la numeración del inglés, y el texto se conserva tal como llega. Las referencias bíblicas entre corchetes se enlazan a la Biblia del lector (BTX4 por defecto, con las demás versiones a elección) cuando son reconocibles; «Salmo 118,108» sigue la numeración de la Septuaginta (en el hebreo es el Salmo 119:108), y «Números xi», «Tobit iv» y «Eclesiástico 3:17 etc.», que el epub da con numeración romana o con un «etc.», quedan como texto. Los versos latinos y los de Terencio y Virgilio van como citas en bloque.

    Libro I

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · I, argumento
    Comienza con la invocación de Dios, y Agustín refiere en detalle el comienzo de su vida, su infancia y niñez, hasta sus quince años; edad en la que reconoce que se inclinaba más a todos los placeres y vicios juveniles que al estudio de las letras.

    Capítulo 1. Proclama la grandeza de Dios, a quien desea buscar e invocar, despertado por Él

    I, 1, 1

    1. Grande eres tú, Señor, y digno en gran manera de ser alabado; grande es tu poder, y de tu sabiduría no hay fin. Y el hombre, parte de tu creación, desea alabarte: el hombre que lleva consigo su mortalidad, testigo de su pecado, y testigo de que tú «resistes al soberbio,» y, con todo, este hombre, parte de tu creación, desea alabarte. Tú nos incitas a que nos deleite alabarte, porque tú nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Enséñame, Señor, a saber y entender cuál de estas cosas debe ser primero: invocarte o alabarte; y asimismo conocerte o invocarte. Pero ¿quién hay que te invoque sin conocerte? Porque el que no te conoce puede invocarte como si fueras otro del que eres. ¿O acaso te invocamos para conocerte? «Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿O cómo creerán sin predicador?» [] Y los que buscan al Señor lo alabarán. Porque los que buscan lo hallarán, [] y los que lo hallan lo alabarán. Permíteme buscarte, Señor, invocándote, e invocarte creyendo en ti; porque tú nos has sido predicado. Oh Señor, mi fe te invoca—esa fe que tú me has infundido, que tú me has soplado por la encarnación de tu Hijo, por el ministerio de tu predicador.
    Comentario editorial · «Inquieto» y «descanse»
    La frase más citada del libro juega con el latín: cor nostrum inquietum est donec requiescat in te. Una nota de Schaff en el texto de CCEL (firmada «P. S.») advierte que Watts, seguido por Pusey y por Shedd, la tradujo «hasta que repose» y perdió el juego entre inquietum y requiescat; para él es «la frase más fina de todo el libro» y uno de los mejores argumentos para presentar el cristianismo como la religión que lleva a ese descanso en Dios. El libro termina con el mismo vocabulario: la «paz del descanso» que no tiene tarde (XIII, 35, 50). Que el final responda al comienzo es lectura del editor.

    Capítulo 2. Que el Dios a quien invocamos está en nosotros, y nosotros en Él

    I, 2, 2

    2. ¿Y cómo invocaré a mi Dios— mi Dios y mi Señor? Porque cuando lo invoco le pido que venga a mí. ¿Y qué lugar hay en mí a donde pueda venir mi Dios— a donde pueda venir Dios, el que hizo el cielo y la tierra? ¿Hay algo en mí, Señor Dios mío, que pueda contenerte? ¿Acaso el mismo cielo y la tierra, que tú has hecho y en los cuales me has hecho, te contienen? ¿O, como nada puede existir sin ti, todo cuanto existe te contiene? ¿Por qué, pues, te pido que vengas a mí, si yo verdaderamente existo y no podría existir si tú no estuvieses en mí? Porque todavía no estoy en el infierno, aunque tú estás aun allí; pues «si desciendo al infierno, allí estás.» No podría, pues, existir, ni existir en absoluto, oh Dios mío, si tú no estuvieses en mí. ¿O no debería decir más bien que no podría existir si yo no estuviese en ti, de quien son todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien son todas las cosas? [] Así es, Señor; así es. ¿A dónde te llamo, puesto que estás en mí, o de dónde puedes venir a mí? Pues ¿a dónde fuera del cielo y de la tierra puedo ir para que desde allí venga a mí mi Dios, que ha dicho: Yo lleno el cielo y la tierra? []

    Capítulo 3. En todas partes llena Dios enteramente todas las cosas, pero ni el cielo ni la tierra lo contienen

    I, 3, 3

    3. Ya que, pues, llenas el cielo y la tierra, ¿te contienen ellos? ¿O, como no te contienen, los llenas tú y, sin embargo, queda algo de ti? ¿Y a dónde derramas lo que de ti queda cuando el cielo y la tierra están llenos? ¿O acaso no necesitas ser contenido por nadie, tú que contienes todas las cosas, puesto que aquellas cosas que llenas las llenas conteniéndolas? Porque los vasos que llenas no te sostienen; aun si se rompieran, no serías derramado. Y cuando eres derramado sobre nosotros, [] no eres abatido, sino que nosotros somos levantados; ni eres disipado, sino que nosotros somos reunidos. Pero, al llenar todas las cosas, ¿las llenas con todo tu ser, o, como ni siquiera todas las cosas pueden contenerte del todo, contienen una parte, y todas a la vez contienen la misma parte? ¿O tiene cada una su propia parte— la mayor más, la menor menos? ¿Es, pues, una parte de ti mayor y otra menor? ¿O eres todo tú en todas partes mientras nada te contiene del todo?

    Capítulo 4. La majestad de Dios es suprema, y sus virtudes inexplicables

    I, 4, 4

    4. ¿Qué eres, pues, oh Dios mío— qué eres, pregunto, sino el Señor Dios? Porque ¿quién es Señor sino el Señor? ¿O quién es Dios sino nuestro Dios? Altísimo, excelentísimo, potentísimo, omnipotentísimo; piadosísimo y justísimo; ocultísimo y cercanísimo; hermosísimo y fortísimo; estable, y de nadie contenido; inmutable, y mudando todas las cosas; jamás nuevo, jamás viejo; haciendo nuevas todas las cosas, y trayendo la vejez sobre los soberbios, sin que ellos lo sepan; siempre obrando, siempre quieto; recogiendo, y de nada necesitado; sosteniendo, penetrando y protegiendo; creando, alimentando y desarrollando; buscando, y aun poseyendo todas las cosas. Amas, y no te abrasas; eres celoso, y libre de cuidado; te arrepientes, y no tienes dolor; te aíras, y estás sereno; cambias tus obras, dejando inmutables tus designios; recobras lo que hallas, sin haberlo perdido jamás; nunca padeces necesidad, y te gozas en la ganancia; jamás eres codicioso, aunque exiges usura. [] Para que debas, se te da más que suficiente; y, sin embargo, ¿quién tiene algo que no sea tuyo? Pagas deudas sin deber nada; y cuando perdonas deudas, nada pierdes. Mas, oh Dios mío, vida mía, alegría santa mía, ¿qué es esto que he dicho? ¿Y qué dice hombre alguno cuando habla de ti? Mas ¡ay de los que callan, pues aun los que más hablan son como mudos!

    Capítulo 5. Busca el descanso en Dios, y el perdón de sus pecados

    I, 5, 5–6

    5. ¡Oh! ¿Cómo hallaré descanso en ti? ¿Quién te enviará a mi corazón para embriagarlo, a fin de que olvide mis males y te abrace a ti, mi único bien? ¿Qué eres tú para mí? Ten compasión de mí, para que yo hable. ¿Qué soy yo para ti, que exiges mi amor, y si no te lo doy te aíras y me amenazas con grandes dolores? ¿Es acaso leve dolor no amarte? ¡Ay! ¡Ay! Dime, por tu compasión, Señor Dios mío, qué eres tú para mí. «Di a mi alma: Yo soy tu salvación.» Habla de modo que yo oiga. He aquí, Señor, que los oídos de mi corazón están ante ti; ábrelos, y «di a mi alma: Yo soy tu salvación.» Cuando oiga, correré y te asiré. No escondas de mí tu rostro. Déjame morir, para que no muera, con tal que vea tu rostro.
    6. Estrecha es la morada de mi alma; ensánchala para que puedas entrar. Está en ruinas; restáurala. Hay en ella algo que debe ofender tus ojos; lo confieso y lo sé, pero ¿quién la limpiará? ¿O a quién clamaré sino a ti? Límpiame de mis pecados ocultos, oh Señor, y guarda a tu siervo de los ajenos. Creo, y por eso hablo; Señor, tú lo sabes. ¿No te he confesado mis transgresiones, oh Dios mío, y tú has quitado la iniquidad de mi corazón? No contiendo contigo en juicio, [] tú que eres la Verdad; y no quisiera engañarme a mí mismo, para que mi iniquidad no mienta contra sí misma. No contiendo, pues, contigo en juicio, porque «si tú, Señor, mirases las iniquidades, ¿quién, oh Señor, podrá sostenerse?»

    Capítulo 6. Describe su infancia, y alaba la protección y la providencia eterna de Dios

    I, 6, 7–10

    7. Tolera todavía que hable ante tu misericordia— a mí, «polvo y ceniza.» [] Permíteme hablar, porque he aquí que me dirijo a tu misericordia, y no a un hombre burlador. Aunque quizá también tú te burles de mí; mas cuando te vuelvas a mí tendrás compasión de mí. [] Porque ¿qué quiero decir, Señor Dios mío, sino que no sé de dónde he venido aquí a esta— ¿la llamaré vida moribunda o muerte viviente? Sin embargo, según he oído de mis padres, de cuya sustancia tú me formaste—porque yo mismo no puedo recordarlo—, tus misericordiosos consuelos me sustentaron. Así, los consuelos de la leche de una mujer me alimentaron; pues ni mi madre ni mis nodrizas henchían sus propios pechos, sino que tú por medio de ellas me dabas el alimento de la infancia, según tu ordenación y aquella largueza tuya que subyace a todas las cosas. Porque tú hiciste que yo no desease más de lo que dabas, y que quienes me alimentaban quisieran darme lo que tú les dabas. Ellas, por un afecto instintivo, se afanaban por darme lo que tú habías suministrado abundantemente. Era, en verdad, bueno para ellas que mi bien viniera de ellas, aunque, ciertamente, no era de ellas, sino por ellas; porque de ti, oh Dios, son todos los bienes, y de mi Dios es toda mi salvación. [] Esto es lo que he descubierto después, según tú te me has declarado por las bendiciones, tanto dentro de mí como fuera de mí, que me has otorgado. Porque en aquel tiempo yo sabía mamar, quedar satisfecho cuando estaba cómodo y llorar cuando sentía dolor— nada más.
    8. Después comencé a reír— al principio en sueños, luego despierto. Esto he oído decir de mí, y lo creo (aunque no puedo recordarlo), porque lo vemos en otros niños. Y poco a poco fui dándome cuenta de dónde estaba, y quise manifestar mis deseos a quienes pudieran satisfacerlos, pero no podía; porque mis deseos estaban dentro de mí, mientras ellos estaban fuera, y no podían por ninguna facultad suya entrar en mi alma. Así que agitaba mis miembros y mi voz, haciendo las pocas y débiles señales que podía, semejantes, aunque ciertamente no muy semejantes, a lo que deseaba; y cuando no era satisfecho— ya por no ser entendido, ya porque me habría sido dañoso—, me indignaba de que mis mayores no me estuvieran sujetos y de que aquellos sobre quienes no tenía derecho alguno no me sirvieran, y me vengaba de ellos con lágrimas. Que los niños son así he podido aprenderlo observándolos; y ellos, sin saberlo, me han mostrado mejor que fui tal, de lo que lo sabían mis nodrizas.
    9. Y he aquí que mi infancia murió hace mucho tiempo, y yo vivo. Pero tú, Señor, que vives siempre, y en quien nada muere (puesto que antes de que el mundo existiera, y aun antes de todo lo que puede llamarse «antes,» tú existes, y eres el Dios y Señor de todas tus criaturas; y en ti permanecen fijas las causas de todas las cosas inestables, los principios inmutables de todas las cosas mudables, y las razones eternas de todas las cosas irracionales y temporales), dime, a tu suplicante, oh Dios; dime, oh Misericordioso, a tu miserable siervo— dime si mi infancia sucedió a otra edad mía que ya en aquel tiempo había perecido. ¿Fue acaso la que pasé en el vientre de mi madre? Porque de aquello algo se me ha dado a conocer, y yo mismo he visto mujeres encintas. ¿Y qué, oh Dios, alegría mía, precedió a aquella vida? ¿Estaba yo, en verdad, en algún lugar, o era alguien? Pues nadie puede decirme estas cosas, ni padre ni madre, ni la experiencia de otros, ni mi propia memoria. ¿Te ríes de mí por preguntar tales cosas, y me mandas alabarte y confesarte por lo que sé?
    10. Te doy gracias, Señor del cielo y de la tierra, y te alabo por aquel mi primer ser y mi infancia, de los cuales no tengo memoria; porque tú has concedido al hombre que por otros llegue a conclusiones acerca de sí mismo y que crea muchas cosas respecto de sí por la autoridad de débiles mujeres. Ya entonces tenía yo vida y ser; y al cerrarse mi infancia buscaba ya signos por los cuales mis sentimientos pudieran darse a conocer a otros. ¿De dónde podía proceder semejante criatura sino de ti, Señor? ¿O habrá hombre alguno tan hábil que se haga a sí mismo? ¿O existe alguna otra vena por la cual corran a nosotros el ser y la vida sino ésta: que «tú, Señor, nos has hecho,» en quien el ser y la vida son una sola cosa, porque tú mismo eres ser y vida en grado sumo? Tú eres el Altísimo, «tú no cambias,» [] ni en ti este día presente llega a su fin, aunque en ti acaba, puesto que en ti son todas estas cosas; porque no tendrían modo de pasar si tú no las sostuvieras. Y puesto que «tus años no tendrán fin,» tus años son un día siempre presente. ¡Y cuántos días nuestros y de nuestros padres han pasado por este tu día, y de él recibieron su medida y forma de ser, y otros por venir la recibirán y pasarán igualmente! «Mas tú eres el mismo;» y todas las cosas de mañana y de los días venideros, y todas las de ayer y de los días pasados, tú las harás hoy, tú las has hecho hoy. ¿Qué me importa si alguno no lo entiende? Que él aun así se goce y diga: «¿Qué es esto?» Que se goce aun así, y prefiera descubrirte no descubriéndote, a no descubrirte descubriendo.

    Capítulo 7. Demuestra con un ejemplo que aun la infancia es propensa al pecado

    I, 7, 11–12

    11. ¡Escucha, oh Dios! ¡Ay de los pecados de los hombres! El hombre dice esto, y tú tienes compasión de él; porque tú lo creaste, pero no creaste el pecado que hay en él. ¿Quién trae a mi memoria el pecado de mi infancia? Porque ante ti nadie está libre de pecado, ni siquiera el niño que ha vivido un solo día sobre la tierra. ¿Quién trae esto a mi memoria? ¿No lo hace cada pequeño, en quien contemplo aquello que de mí mismo no recuerdo? ¿En qué, pues, pequé? ¿Acaso en que lloraba por el pecho? Si ahora llorara así— no ciertamente por el pecho, sino por el alimento conveniente a mi edad—, sería con toda justicia burlado y reprendido. Lo que entonces hacía merecía reprensión; pero como no podía entender a quienes me reprendían, ni la costumbre ni la razón consentían que se me reprendiese. Porque al crecer arrancamos y desechamos de nosotros tales hábitos. No he visto a nadie sabio que, al «podar» [] algo, arroje lo bueno. ¿O acaso era bueno, aun por un tiempo, esforzarse por conseguir con el llanto aquello que, si se le diera, le dañaría— indignarse amargamente de que quienes eran libres y mayores que él, y aquellos a quienes debía el ser, además de muchos otros más sabios que él, que no cedían al asentimiento de su antojo, no le estuvieran sujetos—, y procurar hacer daño, forcejeando cuanto podía, porque no se obedecían aquellas órdenes que sólo podían obedecerse en perjuicio suyo? Luego en la debilidad de los miembros del niño, y no en su voluntad, está su inocencia. Yo mismo he visto y conocido a un niño celoso, que todavía no sabía hablar: se ponía pálido y lanzaba miradas amargas a su hermano de leche. ¿Quién hay que lo ignore? Las madres y las nodrizas nos dicen que aplacan estas cosas con no sé qué remedios; ¿y podrá esto pasar por inocencia: que, fluyendo fresca y abundante la fuente de la leche, no se permita participar de ella al que lo necesita, siendo así que necesita ese alimento para sustentar la vida? Sin embargo, miramos estas cosas con indulgencia, no porque no sean faltas, ni porque las faltas sean pequeñas, sino porque desaparecerán al avanzar la edad. Pues aunque ahora puedas consentir estas cosas, no podrías soportarlas con ecuanimidad si se hallaran en una persona mayor.
    12. Tú, por tanto, Señor Dios mío, que diste vida al niño y un cuerpo que, como vemos, dotaste de sentidos, compusiste de miembros, embelleciste de forma y, para su bien y seguridad generales, has provisto de todas las energías vitales— tú me mandas alabarte por estas cosas, «darte gracias, Señor, y cantar alabanzas a tu nombre, oh Altísimo;» porque eres un Dios omnipotente y bueno, aunque no hubieras hecho sino estas cosas, que ningún otro puede hacer sino tú, que solo hiciste todas las cosas, oh tú, el más hermoso, que hiciste hermosas todas las cosas y las ordenaste todas según tu ley. Este período, pues, de mi vida, Señor, del cual no tengo recuerdo, que creo por palabra de otros y que conjeturo por otros niños, me pesa— aunque la conjetura sea verdadera— contarlo en esta vida mía que llevo en este mundo; tanto más cuanto que, en la oscuridad de mi olvido, se asemeja al que pasé en el vientre de mi madre. Mas si «fui formado en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre,» ¿dónde, te ruego, oh Dios mío, dónde, Señor, o cuándo fui yo, tu siervo, inocente? Pero he aquí que paso por alto aquel tiempo, porque ¿qué tengo yo que ver con aquello cuyos recuerdos no puedo evocar?

    Capítulo 8

    Que de niño aprendió a hablar, no por ningún método fijo, sino por los actos y las palabras de sus padres

    I, 8, 13

    13. ¿No es cierto, entonces, que, saliendo del estado de la infancia, llegué a la niñez, o más bien que ella vino a mí, y sucedió a la infancia? Y no es que mi infancia se marchara (pues ¿adónde se fue?); y, sin embargo, ya no permanecía, porque ya no era un niño que no podía hablar, sino un muchacho charlatán. Recuerdo esto, y después observé cómo aprendí a hablar por primera vez, porque mis mayores no me enseñaron las palabras con ningún método fijo, como después me enseñaron las letras; sino que yo mismo, cuando no era capaz de decir todo lo que quería ni a quien deseaba, por medio de los lloriqueos y las expresiones entrecortadas y varios movimientos de mis miembros, con los que solía expresar mis deseos, repetía los sonidos en mi memoria con la mente, oh Dios mío, que tú me diste. Cuando ellos llamaban a algo por su nombre, y movían el cuerpo hacia ello mientras hablaban, yo veía y entendía que la cosa que querían señalar era llamada con el nombre que entonces pronunciaban; y que era eso lo que querían decir se hacía patente por el movimiento del cuerpo, es decir, por el lenguaje natural de todas las naciones expresado en el semblante, la mirada, el movimiento de los otros miembros, y por el sonido de la voz que indica los afectos del alma, según busca, posee, rechaza o huye. Así fue que, oyendo con frecuencia las palabras en frases convenientemente dispuestas, gradualmente comprendí de qué cosas eran signos; y habiendo formado mi boca para la pronunciación de estos signos, expresaba con ellos mi voluntad. Así cambié con los que me rodeaban los signos con que expresamos nuestros deseos, y me adentré más en la borrascosa compañía de la vida humana, dependiendo entretanto de la autoridad de los padres y de la seña de los mayores.

    Capítulo 9

    Del odio al estudio, del amor al juego y del miedo a ser azotados que se advierte en los niños; y de la necedad de nuestros mayores y maestros

    I, 9, 14–15

    14. ¡Oh Dios mío! ¡Qué miserias y qué burlas experimenté entonces, cuando se me proponía la obediencia a mis maestros como propia de mi niñez, para que medrara en este mundo y me distinguiera en la ciencia de la palabra, que debía granjearme honra entre los hombres y riquezas engañosas! Después de esto, me pusieron en la escuela para que aprendiera, cosa de la cual yo (siendo como era un inútil) no sabía qué utilidad había; y, con todo, si tardaba en aprender, ¡me azotaban! Porque esto era tenido por digno de alabanza entre nuestros antepasados; y muchos antes que nosotros, habiendo pasado por el mismo camino, nos habían preparado de antemano estas sendas trabajosas por las que éramos obligados a pasar, multiplicando el trabajo y la aflicción sobre los hijos de Adán. Mas hallamos, Señor, hombres que te rogaban a ti, y de ellos aprendimos a concebirte, según nuestra capacidad, como un Ser grande, capaz (aunque no visible a nuestros sentidos) de oírnos y ayudarnos. Pues siendo niño comencé a orarte, mi «auxilio» y mi «refugio,» y al invocarte rompí las ataduras de mi lengua, y te rogué, aunque pequeño, con no pequeño fervor, que no me azotaran en la escuela. Y cuando no me oíste, no por ello entregándome a la necedad, mis mayores, y aun mis propios padres, que no me querían mal, se reían de mis azotes, que entonces era mi grande y grave mal.
    15. ¿Hay alguien, Señor, de espíritu tan elevado, unido a ti con tan fuerte afecto— pues aun cierta rudeza puede llegar a tanto—, hay, digo, alguien que, por unirse devotamente a ti, esté dotado de tan grande valor que pueda estimar en poco aquellos potros y garfios, y variados tormentos de la misma especie, contra los cuales, en todo el mundo, los hombres te suplican con gran temor, burlándose de quienes más amargamente los temen, así como nuestros padres se burlaban de los tormentos con que nuestros maestros nos castigaban cuando éramos niños? Pues no temíamos menos nuestros dolores, ni te rogábamos menos a ti que nos libraras de ellos; y, sin embargo, pecábamos, escribiendo, leyendo o reflexionando sobre nuestras lecciones menos de lo que se nos exigía. Porque no nos faltaba, Señor, memoria ni capacidad, de las cuales, por tu voluntad, poseíamos lo suficiente para nuestra edad— sino que sólo nos deleitábamos en el juego; y por esto éramos castigados por quienes hacían las mismas cosas. Pero la ociosidad de nuestros mayores la llaman negocios, mientras que los niños que hacen otro tanto son castigados por esos mismos mayores, y, con todo, ni los niños ni los hombres hallan piedad alguna. Porque ¿habrá alguien de buen sentido que apruebe que yo fuera azotado porque, siendo niño, jugaba a la pelota, y con ello me impedía aprender pronto aquellas lecciones por medio de las cuales, ya hombre, habría de jugar más indecorosamente? ¿Y acaso hizo otra cosa el que me azotaba, quien, cuando era vencido en cualquier pequeña controversia con un co-maestro, era más atormentado por la ira y la envidia que yo cuando era vencido por un compañero de juego en un partido de pelota?

    Capítulo 10

    Por el amor al juego de la pelota y a los espectáculos, descuida los estudios y los mandatos de sus padres

    I, 10, 16

    16. Y, con todo, erré, oh Señor Dios, Creador y Ordenador de todas las cosas de la Naturaleza— pero del pecado sólo Ordenador—, erré, oh Señor Dios mío, al obrar contra los deseos de mis padres y de aquellos maestros; pues este saber que ellos (no importa por qué motivo) querían que yo adquiriera, habría podido aprovecharlo después para bien. Porque no los desobedecí por haber elegido un camino mejor, sino por afición al juego, amando la honra de la victoria en los certámenes, y que me hicieran cosquillas en los oídos las fábulas mentirosas, para que picaran con más furor— la misma curiosidad resplandeciendo cada vez más en mis ojos por los espectáculos y juegos de mis mayores. Sin embargo, quienes dan estos entretenimientos son tenidos en tan alta estima, que casi todos desean lo mismo para sus hijos, a quienes aún están dispuestos a que se les azote, si es que estos mismos juegos los apartan de los estudios por los cuales desean que lleguen a ser quienes los den. Mira estas cosas, oh Señor, con compasión, y líbranos a los que ahora te invocamos; libra también a los que no te invocan, para que te invoquen, y tú los libres.

    Capítulo 11

    Atacado por la enfermedad, turbada su madre, pide con insistencia el bautismo, que al recobrar la salud se difiere— no creyendo todavía su padre en Cristo

    I, 11, 17–18

    17. Aun de niño había oído hablar de la vida eterna prometida a nosotros por la humildad del Señor nuestro Dios, condescendiendo a nuestra soberbia, y fui signado con la señal de la cruz, y fui sazonado con su sal ya desde el vientre de mi madre, que confiaba grandemente en ti. Tú viste, Señor, cómo en cierta ocasión, siendo aún niño, asaltado de repente por dolores de vientre, y estando a punto de morir— tú viste, oh Dios mío, pues aun entonces eras mi guardador, con qué emoción del alma y con qué fe solicité de la piedad de mi madre, y de tu Iglesia, madre de todos nosotros, el bautismo de tu Cristo, mi Señor y mi Dios. Ante lo cual, turbada en gran manera la madre de mi carne— pues ella, con un corazón puro en tu fe, sufría dolores de parto [] más amorosamente por mi salvación eterna—, habría, si no me hubiera recobrado pronto, provisto sin demora a mi iniciación y lavado con tus sacramentos vivificantes, confesándote a ti, Señor Jesús, para la remisión de los pecados. Así se difirió mi purificación, como si fuera necesario que, si vivía, me contaminara más; porque, en efecto, la culpa contraída por el pecado sería, después del bautismo, mayor y más peligrosa. Así creí entonces con mi madre y con toda la casa, excepto mi padre; mas él no pudo contra la influencia de la piedad de mi madre en mí hasta el punto de impedirme creer en Cristo, pues él todavía no había creído en él. Porque ella deseaba que tú, oh Dios mío, fueras mi Padre más bien que él; y en esto tú la ayudaste a vencer a su marido, al cual, aunque era la mejor de los dos, ella obedecía, porque en esto obedecía a ti, que así lo mandas.
    18. Te lo suplico, Dios mío: quisiera saber, si es tu voluntad, ¿a qué fin se difirió entonces mi bautismo? ¿Fue acaso para mi bien el que se me aflojaran, por así decirlo, las riendas para pecar? ¿O no se aflojaron? Si no, ¿de dónde viene que todavía se nos repita en los oídos por todas partes, «Déjale, que haga lo que quiera, que aún no está bautizado»? Pero en cuanto a la salud corporal, nadie exclama: «¡Dejadle que sea herido más gravemente, pues aún no está curado!» ¡Cuánto mejor habría sido, pues, que yo fuera curado al punto; y entonces, por la diligencia mía y de mis amigos, la salud restablecida de mi alma se habría guardado segura en tu custodia, tú que la diste! Mejor, en verdad. Pero ¡cuán numerosas y grandes olas de tentación parecían cernerse sobre mí después de mi niñez! Mi madre las preveía; y prefería que la arcilla informe fuera expuesta a ellas antes que la imagen misma.

    Capítulo 12. Obligado, se aplicó al estudio; pero reconoce plenamente que esto fue obra de Dios

    I, 12, 19

    19. Mas en esta mi niñez (que era mucho menos temida para mí que la juventud) no tuve amor al estudio, y odiaba ser forzado a él; y, no obstante, fui forzado a ello; y esto se hizo bien para conmigo, pero yo no obré bien, pues no habría aprendido si no me hubieran obligado. Porque nadie hace bien contra su voluntad, aun cuando lo que hace sea bueno. Tampoco obraron bien quienes me forzaban, pero el bien que se me hizo vino de ti, Dios mío. Porque ellos no consideraban de qué manera habría de emplear yo lo que me obligaban a aprender, sino para satisfacer los deseos desordenados de una rica mendiguez y de una gloria vergonzosa. Mas tú, por quien hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados [], usaste para mi bien el error de todos los que me instaban a aprender; y de mi propio error, al no querer aprender, te serviste para castigo mío— del cual yo, siendo tan pequeño muchacho y tan gran pecador, no era indigno. Así, por medio de quienes no obraban bien, obraste tú bien para mí; y por mi propio pecado me castigaste justamente. Pues está ordenado por ti que todo afecto desordenado traiga consigo su propio castigo.

    Capítulo 13

    Se deleitó en los estudios latinos y en las vacías fábulas de los poetas, pero aborreció los rudimentos de las letras y la lengua griega

    I, 13, 20–22

    20. Pero cuál fue la causa de mi aversión a la literatura griega, que estudié desde niño, ni siquiera ahora puedo comprenderlo. Pues la latina la amaba con exceso— no la que enseñan nuestros primeros maestros, sino la que enseñan los gramáticos; porque aquellas lecciones primarias de leer, escribir y contar, no las consideraba menos carga y castigo que el griego. ¿De dónde procedía esto, sino del pecado y de la vanidad de esta vida? Porque yo era «sino carne, un viento que pasa y no vuelve.» Porque aquellas primeras lecciones eran mejores, ciertamente, porque más ciertas; viendo que por medio de ellas adquirí, y todavía conservo, la facultad de leer lo que hallo escrito, y de escribir yo mismo lo que quiero; mientras que en las otras me obligaban a aprender las andanzas de un tal Eneas, olvidado de las mías, y a llorar por Dido muerta, porque se mató a sí misma por amor; cuando al mismo tiempo yo soportaba con ojos secos mi propio yo miserable, muriendo lejos de ti, en medio de aquellas cosas, oh Dios, vida mía.
    21. Pues ¿qué hay más miserable que el miserable que no se compadece de sí mismo, derramando lágrimas por la muerte de Dido, por amor de Eneas, y no derramando lágrimas por su propia muerte, por no amarte a ti, oh Dios, luz de mi corazón, pan de la boca interior de mi alma, y virtud que desposas mi mente con mis más íntimos pensamientos? Yo no te amaba, y cometía fornicación contra ti; y los que me rodeaban, pecando así, gritaban: «¡Bien hecho! ¡Bien hecho!» Porque la amistad de este mundo es fornicación contra ti []; y «¡Bien hecho! ¡Bien hecho!» se grita hasta que uno siente vergüenza de no ser tal hombre. Y por esto no derramaba lágrimas, aunque lloraba por Dido, que buscó la muerte al filo de la espada, mientras yo mismo buscaba las más bajas de tus criaturas— habiéndote abandonado—, tierra que tiende a la tierra; y si se me prohibía leer estas cosas, ¡cuánto me afligía el que no se me permitiera leer lo que me afligía! Esta especie de locura es tenida por un saber más honroso y más fructuoso que aquel por el cual aprendí a leer y a escribir.
    22. Mas ahora, oh Dios mío, clama a mi alma; y diga tu Verdad en mí: «No es así; no es así; mucho mejor fue aquella primera enseñanza.» Pues he aquí que yo preferiría olvidar las andanzas de Eneas, y todas las cosas tales, antes que el modo de escribir y leer. Es verdad que sobre la entrada de la escuela de gramática cuelga un velo; pero esto no es tanto signo de la majestad del misterio, como cubierta del error. No clamen contra mí aquellos a quienes ya no temo, mientras te confieso a ti, Dios mío, lo que mi alma desea, y me aquieto en reprender mis malos caminos, para amar tus buenos caminos. Ni griten contra mí los que compran o venden el saber gramatical. Porque si les pregunto si es verdad, como dice el poeta, que Eneas vino una vez a Cartago, los indoctos responderán que no lo saben, los doctos negarán que sea verdad. Mas si pregunto con qué letras se escribe el nombre de Eneas, todos los que han aprendido esto responderán con verdad, según el pacto convencional que los hombres han establecido acerca de estos signos. Otra vez, si yo preguntara cuál, si se olvidara, causaría mayor inconveniente en nuestra vida, leer y escribir, o estas ficciones poéticas, ¿quién no ve lo que respondería todo aquel que no se hubiera olvidado por completo de sí mismo? Erré, pues, cuando de niño preferí aquellos estudios vanos a los más provechosos, o, más bien, amé lo uno y odié lo otro. «Uno y uno son dos, dos y dos son cuatro,» esto era entonces, en verdad, un canto odioso para mí; mientras que el caballo de madera lleno de hombres armados, y el incendio de Troya, y la «imagen espectral» de Creusa eran un espectáculo agradabilísimo de vanidad.

    Capítulo 14. Por qué despreció la literatura griega, y aprendió fácilmente el latín

    I, 14, 23

    23. Mas ¿por qué, entonces, aborrecía yo el aprendizaje del griego, que estaba lleno de relatos semejantes? Porque también Homero era diestro en inventar historias parecidas, y es dulcísimamente vano; sin embargo, me era desagradable de niño. Creo que Virgilio, ciertamente, les resultaría lo mismo a los niños griegos, si se les obligara a aprenderlo, como me resultaba a mí Homero. La dificultad, en verdad, la dificultad de aprender una lengua extranjera mezclaba, por así decirlo, hiel con toda la dulzura de aquellas fabulosas historias griegas. Pues no entendía ni una sola palabra de ella, y para hacerme entender, me acosaban vehementemente con crueles amenazas y castigos. Hubo también un tiempo en que (de niño) no sabía latín; pero esto lo adquirí sin ningún temor ni tormento, con sólo atender, entre los halagos de mis nodrizas, las bromas de quienes me sonreían, y las travesuras de quienes jugaban conmigo. Aprendí todo esto, ciertamente, sin que me urgiera presión alguna de castigo, porque mi propio corazón me instaba a sacar a luz sus propias concepciones, lo cual no podía hacer sino aprendiendo palabras, no de quienes me enseñaban, sino de quienes hablaban conmigo; a cuyos oídos, además, llevaba yo todo lo que discernía. De esto se sigue con bastante claridad que una libre curiosidad tiene más influencia en que aprendamos estas cosas que una necesidad llena de temor. Mas esta última refrena los desbordamientos de aquella libertad, mediante tus leyes, oh Dios— tus leyes, desde la palmeta del maestro de escuela hasta las pruebas del mártir, son eficaces para mezclarnos una amargura saludable, llamándonos de vuelta a ti desde los deleites perniciosos que nos apartan de ti.

    Capítulo 15. Ruega a Dios que todo lo útil que aprendió de niño se dedique a él

    I, 15, 24

    24. Oye mi oración, Señor; no desmaye mi alma bajo tu disciplina, ni desmaye yo al confesarte tus misericordias, con las cuales me has salvado de todos mis caminos más perniciosos, para que te hicieras dulce para mí sobre todas las seducciones que solía seguir; y para que te ame enteramente, y asga tu mano con todo mi corazón, y me libres de toda tentación hasta el fin. Porque he aquí, Señor, rey mío y Dios mío, para tu servicio sea cuanto útil aprendí de niño: para tu servicio lo que hablo, escribo y cuento. Porque cuando aprendía cosas vanas, me concediste tu disciplina; y el pecado de deleitarme en aquellas vanidades, me lo has perdonado. Aprendí, ciertamente, en ellas muchas palabras útiles; pero estas pueden aprenderse en cosas no vanas, y ese es el camino seguro por el que deben andar los jóvenes.

    Capítulo 16

    Desaprueba el modo de educar a la juventud, y señala por qué los poetas atribuyen maldades a los dioses

    I, 16, 25–26

    25. Pero ¡ay de ti, torrente de la costumbre humana! ¿Quién detendrá tu curso? ¿Hasta cuándo tardarás en secarte? ¿Hasta cuándo arrastrarás a los hijos de Eva a aquel océano inmenso y formidable, que aun los que van embarcados en la cruz (lignum) apenas pueden atravesar? ¿No leo en ti a Júpiter tonante y adúltero? Y ciertamente no podía ser ambas cosas; pero fue para que, sirviendo el trueno ficticio de velo, tuviese pretexto para imitar el adulterio real. Mas ¿cuál de nuestros maestros togados puede prestar oído templado al hombre de su escuela que clama y dice: «Estas son ficciones de Homero; traslada las cosas humanas a los dioses. Yo hubiera querido que trasladara las cosas divinas a nosotros.» Pero habría dicho más verdad si hubiera dicho: «Estas son, ciertamente, ficciones suyas, pero atribuyó atributos divinos a hombres pecadores, para que los crímenes no se tuvieran por crímenes, y para que cualquiera que los cometiera pareciera imitar a los dioses celestiales y no a hombres abandonados.»
    26. Y sin embargo, tú, torrente del infierno, a ti son arrojados los hijos de los hombres, con premios por aprender estas cosas; y mucho se celebra cuando esto se hace en el foro a la vista de leyes que conceden un salario además de los premios. Y bates contra tus rocas y bramas, diciendo: «De aquí se aprenden las palabras; de aquí se ha de alcanzar la elocuencia, tan necesaria para persuadir a la gente de tu manera de pensar y para exponer tus opiniones.» Así, en verdad, nunca habríamos entendido estas palabras, «lluvia de oro,» «seno,» «intriga,» «altísimos cielos,» y otras palabras escritas en el mismo lugar, si Terencio no hubiera presentado en escena a un joven desalmado, poniendo a Júpiter como ejemplo de su lujuria:—
    Viendo un cuadro, donde estaba pintada la historia,
    De Júpiter descendiendo en lluvia de oro
    Al seno de Dánae... para intrigar con una mujer.
    Y ved cómo se excita a la lujuria, como por autoridad celestial, cuando dice:—
    El gran Júpiter,
    que sacude los más altos cielos con su trueno,
    ¿Y yo, pobre mortal, no haré lo mismo?
    Lo hice, y con todo mi corazón lo hice.
    No se aprenden las palabras ni un ápice más fácilmente por esta vileza, sino que por su medio se perpetra la vileza con más confianza. No culpo a las palabras, que son como vasos escogidos y preciosos, sino al vino del error que en ellas nos escanciaban maestros ebrios; y si no lo bebíamos, éramos azotados, sin libertad de apelar a ningún juez sobrio. Y sin embargo, oh Dios mío—en cuya presencia ahora puedo recordar esto con seguridad—, yo, desdichado, aprendía estas cosas de buena gana y con deleite, y por ello era llamado niño de buenas esperanzas.

    Capítulo 17. Continúa sobre el infeliz método de educar a la juventud en las materias literarias

    I, 17, 27

    27. Sopórtame, Dios mío, mientras hablo un poco de los talentos que me has concedido y en qué locuras los malgasté. Porque se me daba una lección bastante inquietante para mi alma, con esperanza de alabanza y miedo de la afrenta o de los azotes, al recitar las palabras de Juno, cuando se enfurecía y se dolía de no poder
    cerrar el Lacio
    a todos los accesos del rey dárdano,
    que yo había oído que Juno jamás pronunció. Sin embargo, éramos obligados a extraviarnos tras las huellas de estas ficciones poéticas, y a convertir en prosa lo que el poeta había dicho en verso. Y era más aplaudido aquel en quien, según la reputación de las personas representadas, las pasiones de ira y tristeza se reproducían con más viveza y se vestían con el lenguaje más adecuado. Pero ¿qué me importa a mí, oh Vida mía verdadera, Dios mío, que mi declamación fuera aplaudida por encima de la de muchos de mis contemporáneos y condiscípulos? He aquí, ¿no es todo esto humo y viento? ¿No había, además, otra cosa en la que pudiera ejercitar mi ingenio y mi lengua? Tu alabanza, Señor, tus alabanzas habrían podido sostener los zarcillos de mi corazón por tus Escrituras; así no habría sido arrastrado por estas vanas bagatelas, presa vergonzosa de las aves del cielo. Porque hay más de una manera en que los hombres sacrifican a los ángeles caídos.
    Comentario editorial · Terencio y Virgilio en la escuela
    En I, 16 Agustín reprocha que los maestros enseñaran palabras como «lluvia de oro» con la escena de Júpiter y Dánae, y con los versos en que un joven se anima a imitar al dios. Pilkington los identifica: son de Terencio, El eunuco, acto III, escena 6 (en la versión de Colman); añade que hasta hace poco la obra se recitaba todavía en una escuela pública inglesa y remite a La ciudad de Dios II, 7–8, donde Agustín vuelve sobre el asunto. Los versos de I, 17, 27 sobre Juno («cerrar el Lacio a todos los accesos del rey dárdano») son, según otra nota de Pilkington, de la Eneida I, 36–75 (en la versión de Kennedy): el ejercicio consistía en pasar a prosa lo que el poeta había dicho en verso.

    Capítulo 18

    Los hombres desean observar las reglas del saber, pero descuidan las reglas eternas de la salvación perpetua

    I, 18, 28–31

    28. Pero ¿qué tiene de extraño que yo fuera así arrastrado hacia la vanidad, y me alejara de ti, oh Dios mío, cuando se me proponían hombres a imitar que, si al relatar algunas acciones suyas—no malas en sí mismas—cometían un barbarismo o solecismo, al ser censurados por ello quedaban confundidos; pero cuando pronunciaban un discurso pleno y adornado, con palabras escogidas, acerca de su propia licencia, y eran aplaudidos por ello, se gloriaban? Tú ves esto, Señor, y callas, «tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad,» como eres. ¿Callarás para siempre? Y aun ahora sacas de este vasto abismo al alma que te busca y tiene sed de tus deleites, cuyo «corazón te dijo,» Busqué tu rostro, «tu rostro, Señor, buscaré.» Porque lejos estaba yo de tu rostro, por mis [] afectos entenebrecidos. Porque no es con nuestros pies, ni por cambio de lugar, como nos apartamos de ti o volvemos a ti. ¿O acaso aquel hijo menor buscó caballos, o carros, o naves, o huyó con alas visibles, o viajó por el movimiento de sus miembros, para derrochar pródigamente en un país lejano todo lo que le diste al partir? ¡Padre bondadoso cuando se lo diste, y más bondadoso aún cuando volvió indigente! [] De modo que en el desenfreno, es decir, en los afectos entenebrecidos, está la distancia de tu rostro.
    29. He aquí, oh Señor Dios, y mira con paciencia, como sueles, cuán diligentemente observan los hijos de los hombres las reglas convencionales de las letras y sílabas, recibidas de quienes hablaron antes que ellos, y sin embargo descuidan las reglas eternas de la salvación perpetua recibidas de ti, hasta el punto de que el que practica o enseña las reglas hereditarias de la pronunciación, si, contra el uso gramatical, dijera, sin aspirar la primera letra, un ser umano, ofenderá más a los hombres que si, contra tus mandamientos, él, un ser humano, odiara a un ser humano. Como si, en verdad, algún hombre sintiera que un enemigo podría serle más destructivo que el odio con que se excita contra él, o que pudiera destruir más completamente a aquel a quien persigue de lo que destruye su propia alma con su enemistad. Y a la verdad, no hay ciencia de letras más innata que la escritura de la conciencia—que está haciendo a otro lo que él mismo no sufriría. ¡Cuán misterioso eres tú, que en silencio «habitas en lo alto,» [] tú, Dios, el único grande, que por una ley infatigable repartes el castigo de la ceguera a los deseos ilícitos! Cuando un hombre que busca la reputación de la elocuencia se presenta ante un juez humano mientras una multitud apiñada lo rodea, y arremete contra su enemigo con el odio más feroz, pone la más vigilante atención en que su lengua no resbale en un error gramatical, pero no pone atención en que, por la furia de su espíritu, no aparte a un hombre de sus semejantes.
    30. Estas eran las costumbres en medio de las cuales yo, muchacho infeliz, fui arrojado, y en aquella arena temía más cometer un barbarismo que, habiéndolo cometido, envidiar a quienes no lo habían cometido. Estas cosas te declaro y confieso, Dios mío, por las cuales era aplaudido por aquellos a quienes entonces creía que era todo mi deber agradar, porque no percibía el abismo de infamia en que era arrojado lejos de tus ojos. Pues en tus ojos, ¿qué cosa más infame que yo era ya, desagradando aun a los semejantes a mí, engañando con innumerables mentiras a preceptores, maestros y padres, por amor al juego, por deseo de ver espectáculos frívolos y por una inquietud ansiosa de imitarlos? Cometía hurtos en la despensa y en la mesa de mis padres, o esclavizado por la glotonería, o para tener algo que dar a los muchachos que me vendían su juego, los cuales, aunque lo vendían, lo apreciaban tanto como yo. En este juego, asimismo, buscaba a menudo victorias deshonestas, siendo yo mismo vencido por el vano deseo de preeminencia. ¿Y qué cosa podía yo soportar tan poco, o, si la descubría, censuraba tan violentamente, como las mismas cosas que hacía a otros, y, cuando descubierto era censurado, prefería más bien reñir que ceder? ¿Es esta la inocencia de la niñez? No, Señor, no, Señor; imploro tu misericordia, oh Dios mío. Porque estos mismos pecados, al crecer en edad, se transfieren de los ayos y maestros, de las nueces, las pelotas y los gorriones, a los magistrados y reyes, al oro, las tierras y los esclavos, así como a la vara suceden castigos más severos. Fue, pues, la pequeñez de la niñez lo que tú, oh Rey nuestro, aprobaste como emblema de humildad cuando dijiste: «De los tales es el reino de los cielos.»
    31. Mas, sin embargo, oh Señor, a ti, excelentísimo y buenísimo, Arquitecto y Gobernador del universo, se te habrían debido gracias, Dios nuestro, aun si hubieras querido que yo no sobreviviera a mi niñez. Porque existía aun entonces; vivía, sentía y estaba solícito por mi propio bienestar—una huella de aquella unidad misteriosísima de la cual tenía yo el ser; velaba con mi sentido interior por la integridad de mis sentidos, y en estas ocupaciones insignificantes, y también en mis pensamientos sobre cosas insignificantes, aprendía a deleitarme en la verdad. Era reacio a ser engañado, tenía memoria vigorosa, estaba provisto de la facultad de hablar, me enternecía la amistad, huía del dolor, de la bajeza y de la ignorancia. En un ser tal, ¿qué no era admirable y digno de alabanza? Pero todas estas cosas son dones de mi Dios; no me las di a mí mismo; y son buenas, y todas ellas me constituyen. Bueno, pues, es el que me hizo, y él es mi Dios; y ante él me gozaré sobremanera por todo buen don que, de niño, tuve. Porque en esto estaba mi pecado: en que no en él, sino en sus criaturas—en mí mismo y en las demás—buscaba yo los placeres, los honores y las verdades, cayendo por ello en tristezas, trabajos y errores. Gracias te sean dadas a ti, mi gozo, mi orgullo, mi confianza, mi Dios—gracias te sean dadas por tus dones; pero consérvamelos. Porque así me conservarás tú; y las cosas que me has dado se desarrollarán y perfeccionarán, y yo mismo estaré contigo, pues de ti procede mi ser.
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