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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 2. Que el Dios a quien invocamos está en nosotros, y nosotros en Él
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7. Demuestra con un ejemplo que aun la infancia es propensa al pecado
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. Por qué despreció la literatura griega, y aprendió fácilmente el latín
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 18
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro II
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 4
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. Ataca la doctrina de los maniqueos acerca del mal, de Dios y de la justicia de los patriarcas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Argumenta contra los mismos en cuanto a la razón de las ofensas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 10. Reprende las frivolidades de los maniqueos acerca de los frutos de la tierra
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro IV
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Atormentado por el llanto ante la muerte de su amigo, se procura consuelo a sí mismo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 7. Turbado por la inquietud y el dolor, deja su patria por segunda vez y se va a Cartago
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 14. Acerca de los libros que escribió «sobre lo bello y lo conveniente,» dedicados a Hierio
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 16
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro V
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 9. Atacado por la fiebre, se halla en gran peligro
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11. Helpidio disputó bien contra los maniqueos acerca de la autenticidad del Nuevo Testamento
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VI
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Encamina a la enmienda a su amigo Alipio, poseído de locura por los juegos circenses
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Alipio, inocente, aprehendido como ladrón, es puesto en libertad por la astucia de un arquitecto
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11. Turbado por sus graves errores, medita emprender una vida nueva
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 13. Instado por su madre a tomar esposa, buscó una doncella que le agradaba
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minLibro VII
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que la causa del mal es el libre arbitrio de la voluntad
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6. Refuta las adivinaciones de los astrólogos, deducidas de las constelaciones
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 7. Es duramente ejercitado en cuanto al origen del mal
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. Las cosas divinas se manifiestan más claramente a quien se retira a lo íntimo de su corazón
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14. Desagradándole alguna parte de la creación de Dios, concibe dos sustancias originales
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 19. Todavía no entiende plenamente la sentencia de Juan, de que «la Palabra se hizo carne.»
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro VIII
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 3. Que Dios y los ángeles se gozan más con el retorno de un pecador que con el de muchos justos
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 5. De las causas que nos apartan de Dios
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 7
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. De que la mente manda a la mente, pero no quiere enteramente
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera el espíritu luchó con la carne, para ser libertado de la servidumbre de la vanidad
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minLibro IX
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que, por recomendación de Ambrosio, lee las profecías de Isaías, pero no las entiende
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 8
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 10. Conversación que tuvo con su madre acerca del reino de los cielos
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo lloró a su madre muerta
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 13. Ruega a Dios por sus pecados, y exhorta a sus lectores a recordarla piadosamente
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro X
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que en sus confesiones, para hacer el bien, considera a los demás
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Que Dios no ha de ser hallado ni por las potencias del cuerpo ni por las del alma
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 9
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. La memoria retiene todas las cosas
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 17. Dios no puede ser alcanzado por la fuerza de la memoria, que poseen las bestias y las aves
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 21. Cómo puede ser retenida en la memoria la vida feliz
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 22. La vida feliz es regocijarse en Dios, y por Dios
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 26. Dios responde en todas partes a los que le consultan
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 31
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 32. De los atractivos de los perfumes, que se vencen más fácilmente
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 35. Otra clase de tentación es la curiosidad, que es estimulada por la concupiscencia de los ojos
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 37. Es espoleado con fuerza por el amor de la alabanza
  66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 40. El único lugar seguro de descanso para el alma se halla en Dios
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvación
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Ruega a Dios que por medio de las Santas Escrituras sea conducido a la verdad
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. El cielo y la tierra claman que han sido creados por Dios
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8
  71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 13. Antes de los tiempos creados por Dios, no había tiempos
  72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. El tiempo solo puede percibirse o medirse mientras pasa
  73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21. Cómo puede medirse el tiempo
  74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 24. Que el tiempo no es el movimiento de un cuerpo que medimos por el tiempo
  75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 28. El tiempo en la mente humana, que espera, considera y recuerda
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro XII
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 7. De la nada hizo Dios el cielo y la tierra
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 12. De la tierra informe creó Dios otro cielo y una tierra visible y formada
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 16. No desea tratar con los que niegan la verdad divina
  80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 19. Enumera las cosas en que todos están de acuerdo
  81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 23. Dos clases de desacuerdos en los libros que han de ser explicados
  82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 26. Qué habría pedido a Dios si se le hubiera mandado escribir el libro del Génesis
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 29. Acerca de la opinión de los que lo explican como "Primeramente hizo"
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 2 minCapítulo 32
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro XIII
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 5. Reconoce la Trinidad en los dos primeros versículos del Génesis
  87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que nada surgió sino por el don de Dios
  88. Sesión 88 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que de los hijos de la noche y de las tinieblas se hacen hijos de la luz y del día
  89. Sesión 89 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 16. Que nadie, sino la Luz inmutable, se conoce a sí misma
  90. Sesión 90 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Todos los hombres deben hacerse lumbreras en el firmamento del cielo
  91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 21
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 23. Que tener poder sobre todas las cosas (vers. 26) es juzgar espiritualmente de todas
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. Explica los frutos de la tierra (vers. 29) como obras de misericordia
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 27. Muchos ignoran esto y piden milagros, significados bajo los nombres de «peces» y «ballenas»
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 32. De las obras particulares de Dios, y especialmente del hombre
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 36. El séptimo día, sin tarde ni ocaso, imagen de la vida eterna y del descanso en Dios

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Confesiones

    Hipona, 397–400 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Pilkington (NPNF)41 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 13 · Libro VIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CON

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 2. Que el Dios a quien invocamos está en nosotros, y nosotros en Él
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7. Demuestra con un ejemplo que aun la infancia es propensa al pecado
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. Por qué despreció la literatura griega, y aprendió fácilmente el latín
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 18
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro II
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 4
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. Ataca la doctrina de los maniqueos acerca del mal, de Dios y de la justicia de los patriarcas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Argumenta contra los mismos en cuanto a la razón de las ofensas
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 10. Reprende las frivolidades de los maniqueos acerca de los frutos de la tierra
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro IV
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Atormentado por el llanto ante la muerte de su amigo, se procura consuelo a sí mismo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 7. Turbado por la inquietud y el dolor, deja su patria por segunda vez y se va a Cartago
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 14. Acerca de los libros que escribió «sobre lo bello y lo conveniente,» dedicados a Hierio
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 16
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro V
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 9. Atacado por la fiebre, se halla en gran peligro
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11. Helpidio disputó bien contra los maniqueos acerca de la autenticidad del Nuevo Testamento
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VI
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Encamina a la enmienda a su amigo Alipio, poseído de locura por los juegos circenses
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Alipio, inocente, aprehendido como ladrón, es puesto en libertad por la astucia de un arquitecto
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11. Turbado por sus graves errores, medita emprender una vida nueva
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 13. Instado por su madre a tomar esposa, buscó una doncella que le agradaba
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minLibro VII
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que la causa del mal es el libre arbitrio de la voluntad
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6. Refuta las adivinaciones de los astrólogos, deducidas de las constelaciones
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 7. Es duramente ejercitado en cuanto al origen del mal
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. Las cosas divinas se manifiestan más claramente a quien se retira a lo íntimo de su corazón
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14. Desagradándole alguna parte de la creación de Dios, concibe dos sustancias originales
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 19. Todavía no entiende plenamente la sentencia de Juan, de que «la Palabra se hizo carne.»
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro VIII
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 3. Que Dios y los ángeles se gozan más con el retorno de un pecador que con el de muchos justos
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 5. De las causas que nos apartan de Dios
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 7
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. De que la mente manda a la mente, pero no quiere enteramente
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera el espíritu luchó con la carne, para ser libertado de la servidumbre de la vanidad
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minLibro IX
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que, por recomendación de Ambrosio, lee las profecías de Isaías, pero no las entiende
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 8
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 10. Conversación que tuvo con su madre acerca del reino de los cielos
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo lloró a su madre muerta
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 13. Ruega a Dios por sus pecados, y exhorta a sus lectores a recordarla piadosamente
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro X
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que en sus confesiones, para hacer el bien, considera a los demás
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Que Dios no ha de ser hallado ni por las potencias del cuerpo ni por las del alma
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 9
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. La memoria retiene todas las cosas
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 17. Dios no puede ser alcanzado por la fuerza de la memoria, que poseen las bestias y las aves
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 21. Cómo puede ser retenida en la memoria la vida feliz
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 22. La vida feliz es regocijarse en Dios, y por Dios
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 26. Dios responde en todas partes a los que le consultan
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 31
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 32. De los atractivos de los perfumes, que se vencen más fácilmente
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 35. Otra clase de tentación es la curiosidad, que es estimulada por la concupiscencia de los ojos
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 37. Es espoleado con fuerza por el amor de la alabanza
    66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 40. El único lugar seguro de descanso para el alma se halla en Dios
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvación
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Ruega a Dios que por medio de las Santas Escrituras sea conducido a la verdad
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. El cielo y la tierra claman que han sido creados por Dios
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8
    71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 13. Antes de los tiempos creados por Dios, no había tiempos
    72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. El tiempo solo puede percibirse o medirse mientras pasa
    73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21. Cómo puede medirse el tiempo
    74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 24. Que el tiempo no es el movimiento de un cuerpo que medimos por el tiempo
    75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 28. El tiempo en la mente humana, que espera, considera y recuerda
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro XII
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 7. De la nada hizo Dios el cielo y la tierra
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 12. De la tierra informe creó Dios otro cielo y una tierra visible y formada
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 16. No desea tratar con los que niegan la verdad divina
    80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 19. Enumera las cosas en que todos están de acuerdo
    81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 23. Dos clases de desacuerdos en los libros que han de ser explicados
    82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 26. Qué habría pedido a Dios si se le hubiera mandado escribir el libro del Génesis
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 29. Acerca de la opinión de los que lo explican como "Primeramente hizo"
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 2 minCapítulo 32
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro XIII
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 5. Reconoce la Trinidad en los dos primeros versículos del Génesis
    87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que nada surgió sino por el don de Dios
    88. Sesión 88 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que de los hijos de la noche y de las tinieblas se hacen hijos de la luz y del día
    89. Sesión 89 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 16. Que nadie, sino la Luz inmutable, se conoce a sí misma
    90. Sesión 90 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Todos los hombres deben hacerse lumbreras en el firmamento del cielo
    91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 21
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 23. Que tener poder sobre todas las cosas (vers. 26) es juzgar espiritualmente de todas
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. Explica los frutos de la tierra (vers. 29) como obras de misericordia
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 27. Muchos ignoran esto y piden milagros, significados bajo los nombres de «peces» y «ballenas»
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 32. De las obras particulares de Dios, y especialmente del hombre
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 36. El séptimo día, sin tarde ni ocaso, imagen de la vida eterna y del descanso en Dios

    Libro VI

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · VI, argumento
    Llegando a su trigésimo año, bajo la admonición de los discursos de Ambrosio, descubrió cada vez más la verdad de la doctrina católica, y delibera sobre la mejor regulación de su vida.

    Capítulo 1

    Su madre, habiéndole seguido a Milán, declara que no morirá antes de que su hijo haya abrazado la fe católica

    VI, 1, 1

    1. ¡Oh Tú, esperanza mía desde mi juventud!, ¿dónde estabas para mí, y adónde te habías ido? Pues en verdad, ¿no me habías creado tú, y hecho diferencia entre mí y las bestias del campo y las aves del cielo? Me habías hecho más sabio que ellas, y sin embargo vagaba yo por lugares oscuros y resbaladizos, y te buscaba fuera de mí mismo, y no hallaba al Dios de mi corazón; y había entrado en las profundidades del mar, y desconfiaba y desesperaba de hallar la verdad. Para entonces mi madre, fortalecida por su piedad, había venido a mí, siguiéndome por mar y tierra, sintiéndose segura en ti en todos los peligros. Pues en los peligros del mar consolaba a los mismos marineros (a quienes los pasajeros inexpertos, al asustarse, solían más bien acudir en busca de consuelo), asegurándoles una llegada feliz, porque tú se la habías asegurado en una visión. Me halló en grave peligro, por la desesperación de hallar jamás la verdad. Pero cuando le hube revelado que ya no era maniqueo, aunque todavía no católico cristiano, no saltó de gozo como ante cosa inesperada; aunque ya quedaba tranquila en cuanto a aquella parte de mi miseria por la cual me había llorado como a muerto, pero que sería resucitado a ti, llevándome en el féretro de sus pensamientos, para que tú dijeses al hijo de la viuda, «Joven, a ti te digo, levántate,» y él reviviera, y comenzara a hablar, y tú lo entregaras a su madre. [] Su corazón, pues, no se agitó con exultación violenta, cuando supo que ya se había cumplido en tan gran parte lo que diariamente, con lágrimas, te pedía que se hiciera— que aunque yo aún no había alcanzado la verdad, estaba rescatado de la falsedad. Antes bien, por estar plenamente confiada en que tú, que habías prometido el todo, darías lo restante, muy serenamente, y con pecho lleno de confianza, me respondió, «Creía en Cristo que, antes de partir de esta vida, me vería católico creyente.» Y esto me dijo a mí; mas a ti, oh Fuente de misericordias, derramaba oraciones y lágrimas más frecuentes, para que apresuraras tu auxilio e iluminaras mis tinieblas; y acudía con mayor asiduidad a la iglesia, y pendía de las palabras de Ambrosio, orando por la fuente de agua que salta hasta la vida eterna. [] Pues amaba a aquel varón como a un ángel de Dios, porque sabía que por él había yo sido traído, por lo pronto, a aquel estado de agitación perpleja en que ahora me hallaba, por el cual estaba plenamente persuadida de que yo pasaría de la enfermedad a la salud, tras un exceso, por así decirlo, de un acceso más agudo, que los médicos llaman «crisis.»

    Capítulo 2. Ella, por prohibición de Ambrosio, se abstiene de honrar la memoria de los mártires

    VI, 2, 2

    2. Cuando, pues, mi madre hubo en cierta ocasión— como era su costumbre en África— traído a los oratorios edificados en memoria de los santos ciertas tortas, y pan, y vino, y fue prohibida por el portero, tan pronto como supo que era el obispo quien lo había prohibido, accedió tan piadosa y obedientemente, que yo mismo me maravillé de cuán prontamente pudo resolverse a acusar su propia costumbre, antes que poner en duda su prohibición. Pues la afición al vino no se había apoderado de su espíritu, ni el amor del vino la estimulaba al odio de la verdad, como a muchísimos, hombres y mujeres, a quienes un canto de sobriedad les produce náuseas, como a hombres bien ebrios un trago de agua. Mas ella, cuando había traído su cesta con los manjares festivos, de los cuales gustaba ella misma primero y daba lo restante, jamás se permitía más de una copita de vino, aguado según su propio paladar templado, la cual, por cortesía, probaba. Y si había muchos oratorios de santos difuntos que debían honrarse del mismo modo, llevaba consigo la misma copa a todas partes; y ésta, no sólo muy aguada, sino también muy tibia de tanto llevarla, la distribuía a pequeños sorbos a los de alrededor; pues buscaba su devoción, no el placer. Tan pronto, pues, como supo que esta costumbre era prohibida por aquel famoso predicador y piadosísimo prelado, aun a los que la practicaban con moderación, para que no se diera ocasión de exceso a los que eran bebedores, y porque estas, por así decir, fiestas en honor de los muertos se asemejaban mucho a la superstición de los gentiles, se abstuvo de ella con la mayor voluntad. Y en lugar de una cesta llena de frutos de la tierra, había aprendido a llevar a los oratorios de los mártires un corazón lleno de peticiones más purificadas, y a dar a los pobres todo lo que podía; para que así se celebrara rectamente la comunión del cuerpo del Señor allí donde, según el ejemplo de su pasión, los mártires habían sido sacrificados y coronados. Pero con todo me parece, oh Señor Dios mío, y así lo piensa mi corazón en tu presencia, que mi madre quizá no habría cedido tan fácilmente al abandono de esta costumbre si la hubiera prohibido otro a quien no amara como a Ambrosio, a quien, por mi salvación, amaba tiernamente; y él la amaba de veras, por su conversación religiosísima, con la cual, en buenas obras tan «fervorosa en espíritu,» [] frecuentaba la iglesia; de modo que a menudo, al verme, prorrumpía en alabanzas de ella, felicitándome por tener tal madre— poco sabiendo qué hijo tenía ella en mí, que dudaba de todas estas cosas, y no imaginaba que pudiera hallarse el camino de la vida.

    Capítulo 3

    Ocupado Ambrosio con negocios y estudio, Agustín rara vez podía consultarle acerca de las Santas Escrituras

    VI, 3, 3–4

    3. Ni ya gemía yo en mis oraciones pidiendo que me ayudaras; sino que mi mente estaba toda atenta al conocimiento, y ansiosa de disputar. Y al mismo Ambrosio lo tenía yo por hombre feliz, según el mundo cuenta la felicidad, en cuanto que tan grandes personajes lo tenían en honor; sólo su celibato me parecía cosa penosa. Mas qué esperanza abrigaba, qué luchas tenía contra las tentaciones que asediaban sus mismas excelencias, qué consuelo en las adversidades, y qué sabrosos gozos poseía tu pan para la boca oculta de su corazón cuando lo rumiaba, ni podía yo conjeturarlo, ni lo había experimentado. Ni él conocía mis apuros, ni la fosa de mi peligro. Pues no podía pedirle lo que deseaba como deseaba, por estar yo impedido de oírle y hablarle por muchedumbres de gente atareada, a cuyas flaquezas se dedicaba. Cuando no estaba ocupado con ellas (lo que era poco tiempo), o bien reparaba su cuerpo con el sustento necesario, o su mente con la lectura. Y mientras leía, sus ojos recorrían las páginas, y su corazón escudriñaba el sentido, mas su voz y su lengua callaban. Muchas veces, cuando habíamos llegado (pues a nadie se le prohibía entrar, ni era su costumbre que se le anunciara la llegada de los que venían), le vimos así leyendo para sí, y nunca de otro modo; y, habiendo estado largo rato sentados en silencio (pues ¿quién se atrevería a interrumpir a uno tan absorto?), nos íbamos de grado, infiriendo que en el poco tiempo que reservaba para reparar su mente, libre del clamor de los negocios ajenos, no quería ser distraído. Y acaso temía que, si el autor que estudiaba expresaba algo vagamente, algún oyente dudoso y atento le pidiera que se lo explicara, o que discutiera alguna de las cuestiones más abstrusas, de modo que, ocupado así su tiempo, no pudiera volver tantos volúmenes como deseaba; aunque la conservación de su voz, que se debilitaba muy fácilmente, pudiera ser la razón más verdadera de su leer para sí. Mas cualquiera que fuese su motivo para obrar así, sin duda en tal varón era bueno.
    4. Mas en verdad ninguna oportunidad podía hallar de averiguar lo que deseaba de aquel tan santo oráculo tuyo, su pecho, a menos que la cosa pudiera tratarse brevemente. Pero aquellas oleadas en mí requerían hallarle con pleno ocio, para poder derramárselas, mas nunca lograban hallarle así; y le oía, ciertamente, cada día del Señor, «repartiendo rectamente la palabra de verdad» [] entre el pueblo; y tanto más me convencía de que todos aquellos nudos de astutas calumnias, que aquellos engañadores nuestros habían anudado contra los libros divinos, podían desatarse. Mas tan pronto como entendí, con todo, que el hombre hecho «a imagen de Aquel que lo creó» no era entendido así por tus hijos espirituales (a los cuales de la madre católica habías engendrado de nuevo por la gracia), como si creyeran e imaginaran que tú estás limitado por forma humana— aunque cuál fuese la naturaleza de una sustancia espiritual no tenía yo la más leve ni más tenue sospecha—, con todo, regocijándome, me avergoncé de que durante tantos años hubiera yo ladrado, no contra la fe católica, sino contra las fábulas de imaginaciones carnales. Pues había sido a la vez impío y temerario en esto: que lo que debía aprender preguntando, lo había yo condenado pronunciándome. Porque tú, oh altísimo y cercanísimo, secretísimo, y sin embargo presentísimo, que no tienes miembros unos mayores otros menores, sino que eres todo en todas partes, y en ningún lugar en el espacio, ni eres de tal forma corpórea, y sin embargo has creado al hombre a tu imagen, y, he aquí, de pies a cabeza está confinado por el espacio.

    Capítulo 4. Reconoce la falsedad de sus propias opiniones y guarda en la memoria la sentencia de Ambrosio

    VI, 4, 5–6

    Como, pues, yo no sabía cómo subsistía esta imagen tuya, debí haber llamado y propuesto la duda de cómo había de creerse, y no haberme opuesto injuriosamente a ella, como si se creyera. La ansiedad, por tanto, acerca de qué retener como cierto, roía mi alma tanto más agudamente cuanto más vergüenza sentía de que, habiendo estado tanto tiempo engañado y burlado por la promesa de certezas, había, con pueril error y petulancia, charlado de tantas incertidumbres como si fueran certezas. Pues que eran falsedades se me hizo evidente después. Sin embargo, yo estaba cierto de que ellas eran inciertas, y de que antes las había tenido por ciertas cuando con ciega contenciosidad acusaba a tu Iglesia Católica; la cual, aunque todavía no había descubierto yo que enseñara la verdad, ciertamente no enseñaba aquello de que tan vehemente la acusaba. De esta manera fui confundido y convertido, y me gocé, oh Dios mío, de que la única Iglesia, cuerpo de tu único Hijo (en la cual el nombre de Cristo había sido puesto sobre mí cuando niño), no estimara estas niñerías pueriles, ni sostuviera en su sana doctrina artículo alguno que te encerrara a ti, Creador de todas las cosas, en un espacio— por grande y ancho que fuera, limitado, sin embargo, por todas partes por las estrecheces de una forma humana.
    Me gocé también de que las antiguas Escrituras de la ley y los profetas me fueran puestas delante para examinarlas, no ya con aquella mirada con que antes me parecían absurdísimas, cuando censuraba a tus santos por pensar así, siendo así que en verdad no pensaban así; y con deleite oía a Ambrosio, en sus sermones al pueblo, recomendar muchas veces con gran diligencia este texto como regla— «La letra mata, mas el Espíritu vivifica;» y, apartando el velo místico, abría espiritualmente aquello que, aceptado según la «letra,» parecía enseñar doctrinas perversas— sin enseñar en esto nada que me ofendiese, aunque enseñaba cosas que yo aún no sabía si eran verdaderas. Pues en todo este tiempo refrenaba mi corazón de asentir a cosa alguna, temiendo precipitarme de cabeza; mas permaneciendo en suspenso, era peormente muerto. Pues mi deseo era estar tan seguro de las cosas que no veía como lo estaba de que siete y tres son diez. Pues no estaba tan loco como para creer que esto no pudiera comprenderse; mas deseaba tener otras cosas tan claras como esto, ya fuesen las cosas corpóreas, que no estaban presentes a mis sentidos, o las espirituales, de las cuales no sabía concebir sino corporalmente. Y creyendo podría haberme curado, para que, así purificada la vista de mi alma, pudiera de algún modo dirigirse hacia tu verdad, que permanece siempre y en nada falta. Mas así como sucede que quien ha probado un mal médico teme confiarse a uno bueno, así sucedía con la salud de mi alma, la cual no podía sanar sino creyendo, y, por temor a creer falsedades, rehusaba curarse; resistiendo a tus manos, que nos has preparado los medicamentos de la fe y los has aplicado a las enfermedades del mundo entero, y les has concedido tan gran autoridad.

    Capítulo 5

    La fe es el fundamento de la vida humana; el hombre no puede descubrir por sí la verdad que la Sagrada Escritura ha revelado

    VI, 5, 7–8

    Guiado, empero, por esto a preferir la doctrina católica, sentí que era con más moderación y honestidad que mandaba creer cosas no demostradas (ya fuera que pudieran demostrarse, pero no a todos, o que no pudieran demostrarse en absoluto), que el método de los maniqueos, donde nuestra credulidad era burlada con audaz promesa de conocimiento, y luego tantas cosas fabulosísimas y absurdas se imponían a la creencia porque no eran capaces de demostración. Después de esto, oh Señor, tú, poco a poco, con suavísima y misericordiosísima mano, atrayendo y sosegando mi corazón, me persuadiste, haciéndome considerar cuánta multitud de cosas que yo nunca había visto, ni estuve presente cuando se realizaron, como tantas cosas de la historia profana, y tantas relaciones de lugares y ciudades que no había visto; tantas de amigos, tantas de médicos, tantas de unos y de otros, las cuales, si no las creyéramos, nada haríamos en esta vida; por último, con cuán inalterable certeza creía yo de qué padres había nacido, lo cual me habría sido imposible saber de otro modo que de oídas— considerando todo esto, me persuadiste de que no habían de ser culpados los que creían tus libros (que con tanta autoridad has establecido entre casi todas las naciones), sino los que no los creían; y que no se debía escuchar a los que me dijeran: «¿Cómo sabes que esas Escrituras fueron comunicadas al género humano por el Espíritu del único y verdaderísimo Dios?» Pues esto mismo era lo que ante todo debía creerse, ya que ninguna disputa de blasfemas cuestiones, de las cuales había leído tantas entre los filósofos que se contradicen, pudo arrancarme jamás la creencia de que tú eres— fueras lo que fueras, aunque yo no sabía qué —, ni de que el gobierno de los asuntos humanos te pertenece a ti.
    Esto creía yo, a veces con más firmeza que otras, pero siempre creí tanto que tú eras como que tenías cuidado de nosotros, aunque ignoraba así qué se debía pensar de tu sustancia, como qué camino conducía, o conducía de vuelta, a ti. Viendo, pues, que éramos demasiado débiles para hallar la verdad por la sola razón, y que por eso necesitábamos la autoridad de las santas Escrituras, había ya empezado a creer que de ningún modo habrías dado tan excelente autoridad a aquellas Escrituras por todas las tierras, si no hubiera sido tu voluntad que por ellas se creyese en ti y por ellas se te buscase. Pues ahora, las cosas que antes me parecían incongruentes en la Escritura y solían ofenderme, habiendo oído exponer razonablemente varias de ellas, las referí a la profundidad de los misterios, y su autoridad me parecía tanto más venerable y digna de religiosa fe, cuanto que, estando visible para que todos la lean, reservaba la majestad de su secreto en su profundo sentido, abajándose a todos en la gran claridad de su lenguaje y en la humildad de su estilo, aunque ejercitando la aplicación de los que no son ligeros de corazón; para recibir a todos en su seno común, y por angostos pasajes hacer pasar a algunos pocos hacia ti, aun muchos más que si no se mantuviera en tan alta autoridad, ni atrajera a las multitudes a su seno por su santa humildad. Esto meditaba yo, y tú estabas conmigo; suspiraba, y tú me oías; vacilaba, y tú me guiabas; andaba por el camino ancho [] del mundo, y tú no me desamparabas.

    Capítulo 6. Sobre la fuente y causa de la verdadera alegría— aducido el ejemplo del mendigo alegre

    VI, 6, 9–10

    Anhelaba honores, ganancias, matrimonio; y tú te burlabas de mí. En estos deseos sufrí amarguísimos trabajos, siendo tú tanto más benigno cuanto menos permitías que cosa alguna que no fueras tú me resultase dulce. Mira mi corazón, oh Señor, que quieres que recuerde todo esto y te lo confiese. Ahora adhiérase a ti mi alma, a la que has librado de aquella tenaz liga de la muerte. ¡Cuán desdichada era! Y tú irritabas el dolor de su herida, para que, dejando todo lo demás, se convirtiese a ti— que estás sobre todas las cosas, y sin quien todas serían nada—, se convirtiese y fuese sanada. ¡Cuán desdichado era yo en aquel tiempo, y cómo tú me tratabas, para hacerme sentir mi desdicha el día en que me preparaba a recitar un panegírico del emperador, en el cual había de decir muchas mentiras, y las mentiras habían de ser aplaudidas por quienes sabían que mentía; y mi corazón palpitaba con estos cuidados, y hervía con la fiebre de pensamientos devoradores! Pues, mientras caminaba por una de las calles de Milán, observé a un mendigo pobre— entonces, imagino, con el vientre lleno—, bromeando y alegre; y suspiré, y hablé a los amigos que me rodeaban de las muchas tristezas que resultaban de nuestra locura, porque con todos nuestros esfuerzos— como aquellos en que yo entonces trabajaba, arrastrando bajo la espuela de los deseos la carga de mi propia infelicidad, y aumentándola al arrastrarla—, no apuntábamos sino a alcanzar aquella misma alegría que aquel mendigo había alcanzado antes que nosotros, ¡y que, acaso, nunca alcanzaría! Pues lo que él había conseguido con unas pocas monedas mendigadas, yo lo maquinaba por muchas y miserables y tortuosas vueltas: la alegría de una felicidad temporal. Pues él en verdad no poseía la verdadera alegría, pero yo, con estas mis ambiciones, buscaba una aún más falsa. Y en verdad él estaba alegre, yo angustiado; él libre de cuidado, yo lleno de alarmas. Pero si alguien me preguntara si preferiría estar alegre o temeroso, respondería: Alegre. Y si se me preguntara si preferiría ser como él era, o como yo mismo era entonces, elegiría ser yo mismo, aunque cargado de cuidados y alarmas, pero por perversidad; ¿pues era así en verdad? Porque no debía preferirme a él por el hecho de ser más instruido que él, ya que en ello no hallaba deleite, sino que buscaba más bien agradar a los hombres; y no para instruir, sino sólo para agradar. Por lo cual también tú quebrantaste mis huesos con la vara de tu corrección. []
    Lejos, pues, de mi alma los que le dicen: «Hay diferencia en el origen de la alegría del hombre. Aquel mendigo se gozaba en la embriaguez; tú anhelabas gozarte en la gloria.» ¿Qué gloria, oh Señor? La que no está en ti. Pues así como la suya no era verdadera alegría, tampoco era verdadera gloria la mía; y ésta subvertía más mi alma. Él digeriría su embriaguez aquella misma noche, pero yo había dormido muchas noches con la mía, y me había levantado de nuevo con ella, y había de dormir y levantarme otra vez y otra vez con ella, no sé cuántas veces. Hay, ciertamente, «diferencia en el origen de la alegría del hombre.» Sé que es así, y que la alegría de una esperanza fiel es incomparablemente superior a tal vanidad. Sí, y en aquel tiempo él me superaba, pues él era verdaderamente el más feliz; no sólo porque él estaba completamente bañado en alegría, y yo desgarrado por los cuidados, sino porque él, dando buenos deseos, había conseguido vino, y yo, mintiendo, perseguía la soberbia. Mucho de este tenor decía yo entonces a mis queridos amigos, y a menudo notaba en ellos cómo me iba; y hallaba que me iba mal, y me afligía, y duplicaba ese mismo mal. Y si alguna prosperidad me sonreía, me hastiaba tomarla, pues casi antes de poder asirla volaba.

    Capítulo 7. Encamina a la enmienda a su amigo Alipio, poseído de locura por los juegos circenses

    VI, 7, 11–12

    Estas cosas deplorábamos juntos los que vivíamos como amigos, pero principal y más familiarmente las discutía yo con Alipio y Nebridio; de los cuales, Alipio había nacido en mi misma ciudad, siendo sus padres de alto rango allí, pero él más joven que yo. Pues había estudiado conmigo, primero, cuando yo enseñaba en nuestra propia ciudad, y después en Cartago, y me estimaba en gran manera, porque yo le parecía bueno y docto; y yo lo estimaba por su innato amor a la virtud, que, en uno de no mucha edad, era suficientemente eminente. Mas el torbellino de las costumbres cartaginesas (entre las cuales estos frívolos espectáculos se siguen con ardor) lo había arrastrado a la locura de los juegos circenses. Pero mientras él era miserablemente sacudido en ellos, yo era allí profesor de retórica y tenía una escuela pública. Todavía no prestaba oído a mis enseñanzas, a causa de un cierto disgusto que había surgido entre su padre y yo. Yo había descubierto entonces cuán funestamente se apasionaba por el circo, y me dolía profundamente que pareciera probable— si es que no lo había hecho ya— que echara a perder tan gran promesa. Pero no tenía yo medio de aconsejarle, ni de reclamarlo con una especie de freno, ya fuera por la bondad de un amigo o por la autoridad de un maestro. Pues imaginaba que sus sentimientos hacia mí eran los mismos que los de su padre; pero no era así. Despreciando, pues, en aquel asunto la voluntad de su padre, comenzó a saludarme, y, entrando en mi aula, a escuchar un poco y marcharse.
    Mas se me olvidó tratar con él para que no malograse tan gran ingenio por un ciego y obstinado deseo de vanos pasatiempos. Pero tú, oh Señor, que gobiernas el timón de todo lo que has creado, no lo habías olvidado a él, que un día había de estar entre tus hijos, presidente de tu sacramento; y para que su enmienda pudiera atribuirse claramente a ti, lo realizaste por medio de mí, sin yo saberlo. Pues un día, estando yo sentado en mi lugar acostumbrado, con mis discípulos delante, entró él, me saludó, se sentó y fijó su atención en el asunto que yo trataba entonces. Sucedió que tenía entre manos un pasaje; y mientras lo explicaba, se me ocurrió una comparación tomada de los juegos circenses, como adecuada para hacer más agradable y más claro lo que quería transmitir, sazonada con una burla mordaz contra aquellos a quienes aquella locura tenía esclavizados. Tú sabes, oh Dios nuestro, que yo no pensaba en aquel momento en curar a Alipio de aquella peste. Mas él lo tomó para sí y pensó que yo no lo habría dicho sino por causa suya. Y lo que cualquier otro habría convertido en motivo de ofensa contra mí, aquel digno joven lo tomó como razón para ofenderse de sí mismo y para amarme más fervientemente. Pues tú lo dijiste hace mucho tiempo, y está escrito en tu libro: «Reprende al sabio, y te amará.» [] Mas yo no lo había reprendido; sino tú, que te sirves de todos, consciente o inconscientemente, en aquel orden que tú mismo conoces (y ese orden es recto), sacaste de mi corazón y de mi lengua carbones encendidos, con los que pudieras encender y curar aquella mente esperanzada que languidecía. Calle en tus alabanzas quien no medita en tus misericordias, que desde lo más íntimo de mí te confiesan. Pues él, con aquel discurso, salió de aquella tan profunda sima, en la que se había hundido voluntariamente y estaba ciego por sus miserables pasatiempos; y despertó su mente con resuelta moderación; con lo cual toda la inmundicia de los pasatiempos circenses voló lejos de él, y no se acercó más a ellos. Después de esto, convenció a su padre, renuente, para que le permitiera ser mi discípulo. Aquél cedió y consintió. Y Alipio, comenzando de nuevo a oírme, se vio envuelto en la misma superstición que yo, amando en los maniqueos aquella ostentación de continencia que él creía verdadera y no fingida. Era, empero, una continencia insensata y seductora, que atrapaba a almas preciosas, aún no capaces de alcanzar la altura de la virtud, y fácilmente engañadas con el barniz de lo que no era sino una virtud aparente y fingida.

    Capítulo 8

    El mismo, hallándose en Roma y siendo llevado por otros al anfiteatro, se deleita con los juegos de gladiadores

    VI, 8, 13

    Él, no abandonando aquel camino mundano que sus padres le habían hechizado a seguir, se me había adelantado a Roma para estudiar derecho, y allí fue arrebatado de manera extraordinaria por una increíble avidez de los espectáculos de gladiadores. Pues, estando él enteramente opuesto a tales espectáculos y detestándolos, un día lo encontraron por casualidad varios de sus conocidos y condiscípulos que volvían de comer, y con amistosa violencia lo arrastraron, mientras él protestaba con vehemencia y se resistía, al anfiteatro, en un día de aquellos crueles y mortales espectáculos, protestando así: «Aunque arrastréis mi cuerpo a aquel lugar y me pongáis allí, ¿podréis forzarme a entregar mi mente y prestar mis ojos a estos espectáculos? Así estaré ausente estando presente, y venceré a vosotros y a ellos.» Ellos, oyendo esto, lo arrastraban no obstante, deseosos, acaso, de ver si podía hacer lo que decía. Cuando llegaron allí, y tomaron asiento como pudieron, todo el lugar se excitó con los inhumanos juegos. Mas él, cerrando las puertas de sus ojos, prohibió a su mente vagar tras tales maldades; ¡y ojalá hubiera cerrado también sus oídos! Pues, al caer uno en la lucha, un poderoso clamor de todo el auditorio lo agitó fuertemente, y él, vencido por la curiosidad y preparado, por decirlo así, a despreciarlo y elevarse por encima de ello, fuera lo que fuese, abrió los ojos y fue herido con una herida más profunda en su alma que el otro, a quien deseaba ver, en su cuerpo; y cayó más miserablemente que aquel con cuya caída se levantó aquel poderoso clamor, que entró por sus oídos y abrió sus ojos, para abrir paso al golpe y derribo de su alma, que hasta entonces había sido audaz más bien que valiente; y tanto más débil cuanto que presumía de sí misma, cuando debía haber dependido de ti. Pues, tan pronto como vio aquella sangre, bebió con ella una especie de fiereza; ni se apartó, sino que fijó la mirada, bebiendo locura inconscientemente, y se deleitó en el combate culpable, y se embriagó con el sangriento pasatiempo. Y ya no era el mismo que había entrado, sino uno de la muchedumbre a la que había venido, y verdadero compañero de quienes lo habían llevado allí. ¿Qué necesidad hay de decir más? Miró, gritó, se excitó, y llevó consigo la locura que lo estimularía a volver, no sólo con los que primero lo sedujeron, sino también antes que ellos, y aun a arrastrar a otros. Y de todo esto lo arrancaste tú con mano poderosísima y misericordiosísima, y le enseñaste a no poner la confianza en sí mismo, sino en ti— pero no sino mucho después.

    Capítulo 9. Alipio, inocente, aprehendido como ladrón, es puesto en libertad por la astucia de un arquitecto

    VI, 9, 14–15

    14. Pero todo esto se guardaba en su memoria para una medicina futura. Como lo fue también aquello: que cuando aún estudiaba conmigo en Cartago, y meditaba al mediodía en la plaza sobre lo que había de recitar (como suelen ejercitarse los escolares), permitiste que los agentes de la plaza lo prendieran como ladrón. Por ninguna otra razón, a mi entender, permitiste tú, oh Dios nuestro, aquello, sino para que aquel que en lo futuro había de resultar tan grande comenzase ya a aprender que, al juzgar las causas, no debe un hombre con temeraria credulidad ser condenado sin más por otro hombre. Pues mientras paseaba solo ante el tribunal con sus tablillas y su punzón, he aquí que un joven, uno de los escolares, el verdadero ladrón, trayendo escondida un hacha, entró sin que Alipio lo viera hasta las barras de plomo que protegen las tiendas de los plateros, y comenzó a cortar el plomo. Pero, oído el ruido del hacha, los plateros de abajo comenzaron a alborotarse y enviaron gente a prender a quienquiera que hallasen. Mas el ladrón, oyendo sus voces, huyó, dejando el hacha por miedo a ser cogido con ella. Alipio, que no lo había visto entrar, lo vio al salir y advirtió con qué rapidez huía. Y, curioso por saber las razones, entró en el lugar, donde, hallando el hacha, se quedó asombrado y pensativo; he aquí que los enviados lo sorprendieron solo, con el hacha en la mano, cuyo ruido los había sobresaltado y traído allí. Le echan mano y lo arrastran, y, reuniendo en torno suyo a los mercaderes de la plaza, se jactan de haber apresado a un ladrón notorio; y en esto era llevado para comparecer ante el juez.
    15. Pero hasta aquí había de ser instruido. Pues al punto, oh Señor, acudiste en socorro de su inocencia, de la cual eras tú el único testigo. Pues, mientras era llevado a la cárcel o al suplicio, les salió al encuentro cierto arquitecto que tenía el cargo principal de los edificios públicos. Se alegraron especialmente de tropezar con él, de quien solían ser sospechados de robar los bienes que desaparecían de la plaza, como si al fin hubieran de convencerle de quiénes cometían aquellos hurtos. Él, sin embargo, había visto varias veces a Alipio en casa de cierto senador a quien solía visitar para presentarle sus respetos; y, reconociéndole al momento, le tomó de la mano y, apartándole, le preguntó la causa de tan gran desdicha; oyó todo el asunto, y mandó a toda la turba allí presente (que estaba muy alborotada y llena de amenazas) que fuera con él. Y llegaron a casa del joven que había cometido el hecho. Allí, ante la puerta, había un muchacho tan pequeño que no supo abstenerse de revelarlo todo por miedo de perjudicar a su amo. Pues había seguido a su amo hasta la plaza. En cuanto Alipio lo reconoció, lo indicó al arquitecto; y éste, mostrando el hacha al muchacho, le preguntó de quién era. «A nosotros,» dijo al punto; y, al ser interrogado más, lo reveló todo. Así, transferido el delito a aquella casa y avergonzada la turba que había comenzado a triunfar sobre Alipio, éste, futuro dispensador de tu palabra y examinador de numerosas causas en tu Iglesia, se marchó más experimentado e instruido.

    Capítulo 10. La admirable integridad de Alipio en el juicio. La duradera amistad de Nebridio con Agustín

    VI, 10, 16–17

    16. A éste, pues, había encontrado en Roma, y se apegó a mí con fortísimo vínculo, y me acompañó a Milán, tanto para no apartarse de mí como para ejercitar algo del derecho que había estudiado, más por contentar a sus padres que a sí mismo. Allí había ejercido tres veces como asesor con una incorruptibilidad admirada por los demás, admirándose él más bien de quienes podían anteponer el oro a la integridad. Su carácter fue probado también no sólo con el cebo de la codicia, sino con el aguijón del temor. En Roma fue asesor del conde del Tesoro de Italia. Había a la sazón un senador poderosísimo, a cuyos favores muchos estaban obligados y a quien también muchos temían. Quería, con su acostumbrado poder, que se le concediera una cosa prohibida por las leyes. A esto se opuso Alipio; se le prometió un soborno, y lo despreció con todo su corazón; se emplearon amenazas, y las pisoteó—, asombrándose todos de un ánimo tan raro, que ni codiciaba la amistad ni temía la enemistad de un hombre a la vez tan poderoso y tan famoso por sus innumerables medios de hacer bien o mal. Incluso el juez de quien Alipio era consejero, aunque tampoco quería que se hiciera, no se negó abiertamente, sino que echó el asunto sobre Alipio, alegando que era él quien no le permitía hacerlo; pues, en verdad, si el juez lo hubiera hecho, Alipio habría fallado de otro modo. Por esta sola cosa, en el camino del saber, estuvo a punto de ser extraviado: que le copiaran libros a precios pretorianos. Mas, consultando a la justicia, mudó de parecer para bien, estimando más provechosa la equidad que le estorbaba que el poder que se le permitía. Estas son cosas pequeñas, pero «El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel.» [] Ni puede, por cierto, ser vano lo que sale de la boca de tu Verdad. «Si, pues, no habéis sido fieles en las riquezas injustas, ¿quién os confiará las verdaderas? Y si no habéis sido fieles en lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro?» [] Él, siendo tal, estaba entonces apegado a mí y vacilaba, como yo, en la determinación de qué género de vida debía elegirse.
    17. También Nebridio, que había dejado su patria cerca de Cartago, y la misma Cartago, donde solía vivir, dejando atrás su hermosa hacienda paterna, su casa y su madre, que no pensaba seguirle, había venido a Milán por ninguna otra razón que para vivir conmigo en ardentísima búsqueda de la verdad y de la sabiduría. Semejante a mí, suspiraba; semejante a mí, vacilaba; ardiente buscador de la vida verdadera y agudísimo examinador de las cuestiones más recónditas. Así éramos tres bocas mendigas, que nos suspirábamos mutuamente nuestras carencias, y esperábamos en ti que nos dieras nuestro alimento a su tiempo. Y en toda la amargura que por tu misericordia seguía a nuestros afanes mundanos, al contemplar el fin y por qué nos sobrevenía aquel sufrimiento, nos envolvían las tinieblas; y nos apartábamos gimiendo y exclamando, «¿Hasta cuándo serán estas cosas?» Y esto lo decíamos a menudo; y, diciéndolo, no las abandonábamos, porque aún no habíamos descubierto nada cierto a lo que, una vez abandonadas, pudiéramos acogernos.

    Capítulo 11. Turbado por sus graves errores, medita emprender una vida nueva

    VI, 11, 18–20

    18. Y yo, dándole vueltas y repasando estas cosas, me maravillaba sobre todo del largo tiempo transcurrido desde mi año decimonono, en que comencé a inflamarme en el deseo de la sabiduría, resuelto, cuando la hallase, a abandonar todas las vanas esperanzas y las locuras engañosas de los vanos deseos. Y he aquí que me acercaba ya a mi año trigésimo, atascado en el mismo cieno, ávido del goce de las cosas presentes, que huyen y me destruyen, mientras digo, «Mañana lo descubriré; he aquí que aparecerá con claridad, y lo asiré; he aquí que Fausto vendrá y lo explicará todo. ¡Oh vosotros, grandes varones, académicos! ¡Es, pues, verdad que nada cierto puede alcanzarse para ordenar la vida! No; busquemos con más diligencia, y no desesperemos. He aquí que las cosas de los libros eclesiásticos, que antes nos parecían absurdas, no lo parecen ya, y pueden interpretarse de otro modo y con rectitud. Pondré mis pies en aquel escalón donde, de niño, me colocaron mis padres, hasta que se descubra la clara verdad. Pero ¿dónde y cuándo se ha de buscar? Ambrosio no tiene ocio; nosotros no tenemos ocio para leer. ¿Dónde hallar los libros? ¿De dónde o cuándo procurárnoslos? ¿A quién pedirlos prestados? Fíjense tiempos determinados, y resérvense ciertas horas para la salud del alma. Gran esperanza ha surgido en nosotros: la fe católica no enseña lo que concebíamos y de lo cual la acusábamos vanamente. Sus doctos tienen por abominable creer que Dios esté limitado por la forma de un cuerpo humano. ¿Y dudamos en 'llamar', para que lo demás nos sea 'abierto'? [] Las mañanas las ocupan nuestros discípulos; ¿cómo empleamos el resto del día? ¿Por qué no emprendemos esto? Pero ¿cuándo, entonces, presentar nuestros respetos a nuestros grandes amigos, de cuyos favores necesitamos? ¿Cuándo preparar lo que nuestros discípulos nos compran? ¿Cuándo recrearnos, soltando el ánimo de la presión de los cuidados?»
    19. «Perezca todo, y desechemos estas vanidades vacías, y entreguémonos únicamente a la búsqueda de la verdad. La vida es miserable, la muerte incierta. Si nos sorprende de repente, ¿en qué estado saldremos de aquí, y dónde aprenderemos lo que aquí hemos descuidado? ¿O no habremos de sufrir más bien el castigo de esta negligencia? ¿Y si la muerte misma cortara y pusiera fin a todo cuidado y sentimiento? También esto, pues, ha de ser inquirido. Pero no quiera Dios que sea así. No es sin razón, no es cosa vana, que la tan eminente altura de la autoridad de la fe cristiana se haya difundido por todo el mundo. Nunca se harían por nosotros tales y tan grandes cosas si, con la muerte del cuerpo, se destruyera la vida del alma. ¿Por qué, pues, tardamos en abandonar las esperanzas de este mundo y entregarnos del todo a buscar a Dios y la vida bienaventurada? Pero aguarda: aun esas cosas son deleitables, y tienen alguna y no poca dulzura. No debemos abandonarlas a la ligera, porque sería vergonzoso volver a ellas de nuevo. He aquí que ya es gran cosa obtener algún cargo de honor. ¿Y qué más podríamos desear? Tenemos multitud de amigos influyentes, aunque nada más; y, si nos apresuramos, puede ofrecérsenos una presidencia; y una esposa con algún dinero, para que no aumente nuestros gastos; y éste será el colmo del deseo. Muchos varones, grandes y dignos de imitación, se han aplicado al estudio de la sabiduría en el estado matrimonial.»
    20. Mientras yo hablaba de estas cosas, y estos vientos mudaban de rumbo y agitaban mi corazón de un lado a otro, el tiempo pasaba; mas yo era tardo en volverme al Señor, y de día en día difería vivir en ti, y no difería morir a diario en mí mismo. Enamorado de la vida feliz, la temía, sin embargo, en su propia morada, y, huyendo de ella, la buscaba. Imaginaba que sería demasiado desdichado si me veía privado de los abrazos de una mujer; y no pensaba en tu misericordiosa medicina para sanar aquella flaqueza, por no haberla probado. En cuanto a la continencia, la imaginaba sometida al control de nuestras propias fuerzas (aunque no la hallaba en mí), siendo tan necio que no sabía lo que está escrito: que nadie puede ser continente si tú no lo das; y que tú me lo darías si, con gemido de corazón, llamara a tus oídos y, con fe firme, echara sobre ti mi cuidado.

    Capítulo 12. Discusión con Alipio acerca de una vida de celibato

    VI, 12, 21–22

    21. En verdad, era Alipio quien me impedía casarme, alegando que de ningún modo podríamos vivir juntos, con aquel ocio tan libre de distracciones en el amor de la sabiduría, como lo habíamos deseado tanto tiempo. Pues él era tan casto en esta materia que causaba admiración; y tanto más cuanto que en su primera juventud había entrado en aquel camino, pero no se había adherido a él; antes bien, sintiendo pesar y hastío, había vivido desde entonces hasta el presente con gran continencia. Pero yo le oponía los ejemplos de quienes, casados, habían amado la sabiduría, alcanzado el favor de Dios y caminado fiel y amorosamente con sus amigos. De la grandeza de su espíritu distaba yo mucho; y, esclavizado por la enfermedad de la carne y su dulzura mortal, arrastraba mi cadena, temiendo ser soltado; y, como si ella me oprimiera la herida, rechazaba sus amables reconvenciones, como la mano de quien quisiera desencadenarme. Además, la serpiente hablaba a Alipio mismo por medio de mí, tejiendo y poniendo en su camino, con mi lengua, lazos agradables en que pudieran enredarse sus pies honrados y libres.
    22. Pues como él se asombrara de que yo, por quien no tenía poca estima, estuviera tan pegado a la liga de aquel placer que afirmaba, cuantas veces lo tratábamos, que me sería imposible llevar vida célibe, y alegaba en mi defensa, al ver que él se asombraba, que había una enorme diferencia entre la vida que él había probado a hurtadillas y a ráfagas (de la cual ya no conservaba sino un recuerdo débil, y que, por tanto, podía fácilmente despreciar sin pesadumbre) y mi trato continuado con ella; al cual, si se le añadía el honroso nombre de matrimonio, no se asombraría ya de que yo no pudiera despreciar aquel género de vida—, entonces comenzó él también a desear casarse, no como vencido por el apetito de tal placer, sino por curiosidad. Pues, como decía, deseaba saber qué podía ser aquello sin lo cual mi vida, que tanto le agradaba, me parecía no vida sino castigo. Porque su mente, libre de aquella cadena, estaba atónita ante mi esclavitud; y por aquel asombro iba pasando al deseo de probarla, y del deseo a la prueba misma, y de allí, acaso, a caer en aquella servidumbre que tanto le asombraba, ya que estaba dispuesto a entrar en «un pacto con la muerte;» [] y el que ama el peligro caerá en él. [] Pues, por más que sea el honor conyugal en el oficio de ordenar bien la vida casada y sustentar a los hijos, poco nos movía. Pero lo que mayormente me afligía a mí, ya esclavo de ello, era el hábito de satisfacer una insaciable concupiscencia; a él, que estaba a punto de ser esclavizado, lo arrastraba un asombro admirativo. En este estado estábamos, hasta que tú, oh Altísimo, no desamparando nuestra bajeza, compadecido de nuestra miseria, viniste en nuestro socorro por modos maravillosos y secretos.

    Capítulo 13. Instado por su madre a tomar esposa, buscó una doncella que le agradaba

    VI, 13, 23

    23. Se hicieron activas diligencias para procurarme esposa. Pretendí, me prometí, poniendo mi madre el mayor empeño en el asunto, para que, una vez casado, me purificara el bautismo saludable; por lo cual se alegraba de que yo me dispusiera cada día, notando que sus deseos y tus promesas se cumplían en mi fe. En aquel tiempo, en verdad, tanto a petición mía como por deseo suyo, con fuertes clamores de corazón te rogábamos diariamente que por una visión le manifestaras algo acerca de mi futuro matrimonio; pero no quisiste. Vio, ciertamente, algunas cosas vanas y fantásticas, como las que conjura el empeño de un espíritu humano inclinado a ello; y me las contaba, no con su habitual confianza cuando tú le habías mostrado algo, sino menospreciándolas. Pues podía, declaraba, por un cierto sentimiento que no sabía expresar con palabras, discernir la diferencia entre tus revelaciones y los sueños de su propio espíritu. Sin embargo, se apresuraba el asunto, y se pidió a una doncella a la que faltaban dos años para la edad núbil; y, como agradaba, se la esperó.

    Capítulo 14. Se frustra prontamente el designio de establecer una casa común con sus amigos

    VI, 14, 24

    24. Y muchos de nosotros, amigos, consultando y aborreciendo las turbulentas vejaciones de la vida humana, habíamos considerado y ya casi determinado vivir en reposo y apartados del bullicio de los hombres. Y esto se había de obtener de esta manera: habíamos de aportar cuanto cada uno pudiere, y formar una casa común, de modo que, por la sinceridad de nuestra amistad, nada perteneciera más a uno que a otro; sino que todo, procediendo de todos, perteneciera como un todo a cada uno, y todo a todos. Parecíonos que esta sociedad podría constar de diez personas, algunas de las cuales eran muy ricas, especialmente Romaniano, nuestro conciudadano, amigo íntimo mío desde su niñez, a quien graves asuntos de negocios habían traído entonces a la Corte; quien era entre todos nosotros el más empeñado en este proyecto, y cuya voz tenía gran peso al recomendarlo, porque su hacienda era mucho más amplia que la de los demás. Habíamos dispuesto, además, que se eligieran anualmente dos administradores para proveer todas las cosas necesarias, mientras los demás quedaban tranquilos. Pero cuando empezamos a reflexionar si las esposas que algunos ya teníamos, y otros esperaban tener, permitirían esto, todo aquel plan, que tan bien se estaba trazando, se nos deshizo entre las manos, y fue completamente arruinado y desechado. De allí volvimos a los suspiros y gemidos, y nuestros pasos a seguir los caminos anchos y trillados [] del mundo; porque muchos pensamientos había en nuestro corazón, mas tu consejo permanece para siempre. Con el cual consejo te burlaste tú del nuestro, y preparaste el tuyo, proponiéndote darnos el alimento a su tiempo, y abrir tu mano, y llenar nuestras almas de bendición.

    Capítulo 15. Despide a una concubina y elige a otra

    VI, 15, 25

    25. Entretanto se multiplicaban mis pecados, y mi concubina, arrancada de mi lado como impedimento para mi matrimonio, mi corazón, que a ella estaba adherido, fue destrozado, herido y sangrante. Y ella se volvió a África, haciendo voto a ti de no conocer jamás a otro hombre, dejando conmigo a mi hijo natural habido de ella. Pero yo, infeliz, que no podía imitar a una mujer, impaciente por la dilación, pues hasta dos años después no había de obtener a la que buscaba —no siendo tanto amante del matrimonio como esclavo de la lujuria—, procuré otra (no esposa, ciertamente), para que así, por la atadura de una costumbre duradera, la enfermedad de mi alma se fomentara y se mantuviera en su vigor, o aun aumentara, hasta llegar al reino del matrimonio. Ni se había curado aún aquella herida mía causada por la separación de mi antigua concubina, sino que tras la inflamación y el dolor más agudo se gangrenó, y el dolor se adormeció, pero más desesperado.

    Capítulo 16

    El temor de la muerte y del juicio, creyendo en la inmortalidad del alma, lo apartó de su maldad, a él que antes había creído en las opiniones de Epicuro

    VI, 16, 26

    26. A ti sea la alabanza, a ti la gloria, oh Fuente de las misericordias. Yo me hacía más miserable, y tú más cercano. Tu diestra estaba siempre dispuesta a sacarme del cieno y a limpiarme, pero yo lo ignoraba. Nada me apartaba de un abismo aún más profundo de placeres carnales, sino el temor de la muerte y de tu juicio futuro, que, en medio de todas mis fluctuaciones de opinión, jamás abandonó mi pecho. Y disputando con mis amigos Alipio y Nebridio, sobre la naturaleza del bien y del mal, sostenía yo que Epicuro, a mi juicio, había ganado la palma, si no hubiera creído que después de la muerte quedaba una vida para el alma, y lugares de recompensa, lo cual Epicuro no creía. Y preguntaba: «Supuesto que seamos inmortales y vivamos en el goce de un perpetuo placer corporal, sin temor alguno de perderlo, ¿por qué, entonces, no habríamos de ser felices, o por qué habríamos de buscar otra cosa?» — no sabiendo que esta misma cosa era parte de mi gran miseria: que, estando así hundido y cegado, no podía discernir aquella luz de honor y de hermosura que ha de abrazarse por sí misma, la cual no puede ser vista por el ojo de la carne, siendo visible sólo al hombre interior. Ni consideraba yo, infeliz, de qué vena manaba el que aun estas cosas, aborrecibles como eran, las discutiera yo con placer con mis amigos. Ni podía yo, aun conforme a mis entonces nociones de felicidad, hacerme feliz sin amigos, por grande que fuese la abundancia de placeres carnales. Y a estos amigos ciertamente los amaba por ellos mismos, y sabía que era amado por ellos a mi vez por mí mismo. ¡Oh caminos torcidos! ¡Ay del alma audaz que esperó que, si abandonaba a ti, hallaría algo mejor! Se volvió y revolvió, sobre espaldas, costados y vientre, y todo era duro, y tú solo el descanso. Y he aquí que tú estás cerca, y nos libras de nuestras miserables andanzas, y nos estableces en tu camino, y nos consuelas, y dices: «Corre; yo te llevaré, sí, yo te guiaré, y también allí te llevaré.»
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