Describe el vigésimo noveno año de su edad, en el cual, descubiertas las falacias de los maniqueos, profesó la retórica en Roma y Milán. Habiendo oído a Ambrosio, comienza a volver en sí.
V, 1, 1
1. Acepta el sacrificio de mis confesiones por ministerio de mi lengua, que tú formaste y vivificaste, para que confiese a tu nombre; y sana tú todos mis huesos, y digan: «Señor, ¿quién como tú?» Porque ni el que te confiesa te enseña lo que pasa dentro de él, pues el corazón cerrado no excluye tu mirada, ni la dureza del hombre rechaza tu mano, sino que tú la disuelves cuando quieres, sea por piedad, sea por venganza, «y no hay nadie que pueda esconderse de tu corazón.» Mas alábete mi alma para amarte, y confiese tus misericordias para alabarte. Toda tu creación no cesa ni calla en tus alabanzas—ni el espíritu del hombre, con la voz dirigida a ti, ni las cosas animales ni corporales, con la voz de los que meditan sobre ellas—; para que nuestras almas se levanten de su cansancio hacia ti, apoyándose en las cosas que tú has hecho, y pasen a ti, que las hiciste maravillosamente; y allí hay refrigerio y verdadera fortaleza.
V, 2, 2
2. Apártense y huyan de ti los inquietos y los injustos. Tú los ves y distingues las sombras. Y he aquí que todas las cosas con ellos son hermosas, mas ellos mismos son torpes. ¿Y en qué te han dañado? ¿O en qué han deshonrado tu gobierno, que es justo y perfecto desde el cielo hasta lo más bajo de la tierra? Pues ¿adónde huyeron cuando huyeron de tu presencia? ¿O dónde no los hallas tú? Mas huyeron para no verte a ti viéndolos, y ciegos tropezar contra ti; [] porque tú no abandonas nada de lo que has hecho—para que los injustos tropiecen contra ti y justamente sean heridos, apartándose de tu mansedumbre, tropezando contra tu rectitud y cayendo sobre su propia aspereza. No saben, en verdad, que tú estás en todas partes sin que lugar alguno te contenga, y que tú solo estás cerca aun de los que se alejan de ti. Conviértanse, pues, y búsquente; porque no como ellos abandonaron a su Creador has tú abandonado a tu criatura. Conviértanse y búsquente; y he aquí que tú estás allí en sus corazones, en los corazones de los que te confiesan, se arrojan sobre ti y lloran en tu regazo después de sus caminos obstinados, enjugando tú suavemente sus lágrimas. Y lloran más, y se gozan en llorar, porque tú, oh Señor, no hombre, carne y sangre, sino tú, Señor, que hiciste, rehaces y consuelas. ¿Y dónde estaba yo cuando te buscaba? Y tú estabas delante de mí, mas yo me había apartado aun de mí mismo; ni me hallaba a mí, ¡cuánto menos a ti!
Habiendo oído a Fausto, el más docto obispo de los maniqueos, discierne que Dios, autor de lo animado y de lo inanimado, cuida principalmente de los humildes
V, 3, 3–6
3. Descubra yo ante mi Dios aquel vigésimo noveno año de mi edad. Había llegado en aquel tiempo a Cartago cierto obispo de los maniqueos, llamado Fausto, grande lazo del diablo, y muchos se enredaban en él por el atractivo de su palabra suave; la cual, aunque yo elogiaba, podía sin embargo separarla de la verdad de las cosas que yo ansiaba aprender. Ni estimaba tanto el pequeño plato de la elocuencia como la ciencia que este tan alabado Fausto me ponía delante para alimentarme. La fama, en verdad, me había hablado antes de él como doctísimo en toda ciencia conveniente, y eminentemente versado en las ciencias liberales. Y como yo había leído y retenido en la memoria muchas doctrinas de los filósofos, solía comparar algunas enseñanzas suyas con aquellas largas fábulas de los maniqueos; y lo que decían aquéllos, que sólo podían llegar a estimar este mundo inferior, sin poder de ningún modo hallar a su señor, [] me parecía más probable. Porque tú eres grande, oh Señor, y miras a los humildes, pero a los soberbios los conoces de lejos. Ni te acercas sino al corazón contrito, ni te dejas hallar de los soberbios—ni aun pudieran ellos con hábil destreza contar las estrellas y la arena, medir las regiones de los astros y trazar los cursos de los planetas.
4. Pues con el entendimiento y la capacidad que tú les otorgaste investigan estas cosas; y mucho han hallado, y han predicho muchos años antes—los eclipses de aquellos luminares, el sol y la luna, en qué día, a qué hora y desde cuántos puntos determinados habían de venir. Y no les falló el cálculo; y sucedió tal como lo predijeron. Y escribieron las reglas halladas, que se leen hasta hoy; y a partir de ellas otros predicen en qué año y en qué mes del año, y en qué día del mes, y a qué hora del día, y en qué parte de su luz ha de eclipsarse la luna o el sol, y así sucederá tal como se predice. Y los hombres que ignoran estas cosas se maravillan y se asombran, y los que las saben se exaltan y se engríen; y por impía soberbia, apartándose de ti y abandonando tu luz, predicen con tanta anticipación el eclipse de la luz del sol que ha de ocurrir, mas no ven el suyo propio, que ya está presente. Pues no buscan religiosamente de dónde les viene la capacidad con que investigan estas cosas. Y hallando que tú los has hecho, no se entregan a ti para que preserves lo que has hecho, ni se sacrifican a ti tal como se han hecho a sí mismos; ni matan su propia soberbia, como a las aves del cielo, ni sus propias curiosidades, con las cuales (como los peces del mar) vagan por los senderos desconocidos del abismo, ni sus propios excesos, como a las «bestias del campo,» para que tú, Señor, «fuego consumidor,» [] quemes sus cuidados muertos y los renueves inmortalmente.
5. Mas el camino—tu Palabra, [] por quien tú hiciste estas cosas que ellos cuentan, y a ellos mismos que cuentan, y el sentido por el que perciben lo que cuentan, y el juicio con que cuentan—no lo conocieron; ni que tu sabiduría no tiene número. Mas el Unigénito ha sido hecho para nosotros sabiduría, justicia y santificación, [] y ha sido contado entre nosotros, y pagó tributo a César. [] Este camino, por el cual pudieran descender a él desde sí mismos, no lo conocieron; ni que por él pudieran subir a él. Este camino no lo conocieron, y piensan que están exaltados con las estrellas [] y brillando, y he aquí que cayeron sobre la tierra, [] y «su necio corazón se entenebreció.» [] Dicen muchas cosas verdaderas acerca de la criatura; mas a la Verdad, artífice de la criatura, no la buscan con devoción, y por eso no la hallan. O si la hallan, conociendo que es Dios, no la glorifican como a Dios, ni le dan gracias, [] sino que se envanecieron en sus razonamientos, y dicen que ellos mismos son sabios, [] atribuyéndose lo que es tuyo; y así, con perversísima ceguera, quieren imputarte lo que es suyo, forjando mentiras contra ti, que eres la Verdad, y trocando la gloria del Dios incorruptible por una imagen hecha semejante a hombre corruptible, y a aves, y a cuadrúpedos, y a reptiles, []—trocando tu verdad en mentira, y adorando y sirviendo a la criatura antes que al Creador. []
6. Muchas verdades, sin embargo, acerca de la criatura retuve de estos hombres, y la causa se me aparecía por los cálculos, la sucesión de las estaciones y las manifestaciones visibles de las estrellas; y las comparaba con los dichos de Manes, que en su delirio ha escrito copiosísimamente sobre estos asuntos, mas no descubrí en ellos cuenta alguna de los solsticios, ni de los equinoccios, ni de los eclipses de los luminares, ni cosa semejante de las que yo había aprendido en los libros de la filosofía secular. Pero se me mandaba creer; y, sin embargo, no correspondía a aquellas reglas comprobadas por el cálculo y por mi propia vista, sino que era muy diferente.
Comentario editorial · Fausto de Milevi
Fausto era un obispo maniqueo de Milevi, en Numidia (hoy Argelia); según Wikipedia, Agustín lo conoció en Cartago hacia 383. El texto lo sitúa en el «año veintinueve» de su edad (V, 3, 3). Los demás maniqueos remitían a Agustín a Fausto cuando no sabían responder a sus preguntas (V, 6, 10), y al oírlo halló a un orador agradable, pero ignorante de las artes en que él había creído que sobresalía (V, 7, 12): ahí empieza su desengaño de la secta. Wikipedia añade que Fausto murió antes del año 400, pues el Contra Fausto de Agustín habla de él en pasado.
Para ampliar: Faustus of Mileve (Wikipedia (en)) · Libro V, capítulo 3 (CCEL) (V, 3).
Que el conocimiento de las cosas terrenas y celestes no da la felicidad, sino sólo el conocimiento de Dios
V, 4, 7
7. ¿Acaso, oh Señor Dios de la verdad, todo el que sabe estas cosas te agrada por ello? Pues desdichado es el hombre que sabe todas esas cosas y no te conoce a ti; mas dichoso el que te conoce a ti, aunque aquéllas no las sepa. Y el que te conoce a ti y a ellas no es más dichoso por ellas, sino que es dichoso sólo por ti, si conociéndote te glorifica como a Dios, y da gracias, y no se envanece en sus pensamientos. [] Pues así como es más dichoso el que sabe poseer un árbol y por su uso te da gracias, aunque no sepa cuántos codos de alto tiene ni cuánto se extiende, que aquel que lo mide y cuenta todas sus ramas, y ni lo posee ni conoce ni ama a su Creador; así el hombre justo, de quien es todo el mundo de las riquezas, y que, como quien nada tiene, posee todas las cosas [] por estar unido a ti, a quien todas las cosas sirven, aunque no conozca siquiera los círculos de la Osa Mayor, es necio dudar que sea en verdad mejor que aquel que puede medir los cielos, contar las estrellas y pesar los elementos, pero se olvida de ti, «que ordenaste todas las cosas en número, peso y medida.» []
De Manes, que enseñaba con pertinacia doctrinas falsas y se arrogaba con soberbia el Espíritu Santo
V, 5, 8–9
8. Mas ¿quién fue el que mandó a Manes escribir también de estas cosas, cuya destreza no era necesaria a la piedad? Porque tú has dicho al hombre que atienda a la piedad y a la sabiduría, de las cuales podría estar ignorante aunque tuviera pleno conocimiento de estas otras cosas; mas, no conociendo él estas cosas, se atrevió sin embargo con grandísima desvergüenza a enseñarlas, y es claro que no tenía trato alguno con la piedad. Pues aun teniendo conocimiento de estas materias mundanas, es necedad hacer de ellas profesión; mas la confesión a ti es piedad. Con esta intención, pues, habló mucho de estas materias este descarriado: para que, convicto por los que en verdad las habían aprendido, se hiciera patente el entendimiento que realmente tenía en aquellas cosas más difíciles. Porque no quería ser tenido en poco, sino que andaba tratando de persuadir a los hombres «de que el Espíritu Santo, Consolador y Enriquecedor de tus fieles, residía en él personalmente con plena autoridad.» Cuando, por tanto, se descubrió que su enseñanza acerca del cielo y de las estrellas, y de los movimientos del sol y de la luna, era falsa, aunque estas cosas no pertenecen a la doctrina de la religión, su sacrílega arrogancia quedaría suficientemente evidente, visto que no sólo afirmaba cosas de las que nada sabía, sino que también las pervertía, y con tan egregia vanidad de soberbia que buscaba atribuírselas a sí mismo como a un ser divino.
9. Pues cuando oigo a un hermano cristiano ignorante de estas cosas, o que yerra en ellas, puedo tolerar con paciencia que aquel hombre mantenga sus opiniones; ni puedo creer que ninguna ignorancia sobre la situación o naturaleza de esta creación material pueda dañarle, con tal que no crea nada indigno de ti, oh Señor, Creador de todo. Mas si él piensa que ello pertenece a la forma de la doctrina de la piedad, y presume afirmar con gran obstinación aquello que ignora, ahí está el daño. Y, sin embargo, aun una flaqueza como ésta en el alba de la fe es soportada por nuestra Madre Caridad, hasta que el hombre nuevo crezca «a varón perfecto,» y no sea «llevado por doquiera de todo viento de doctrina.» [] Pero en aquel que así presumió ser a la vez maestro, autor, cabeza y guía de todos los que podía inducir a creer esto, de modo que todos los que lo seguían creían que no seguían a un simple hombre, sino a tu Espíritu Santo, ¿quién no juzgaría que tan grande locura, una vez convicta de falsa doctrina, debía ser aborrecida y del todo rechazada? Mas yo aún no había averiguado con claridad si los cambios de los días y de las noches más largos y más cortos, y el día y la noche mismos, con los eclipses de los luminares mayores, y cuanto de semejante había leído en otros libros, podía explicarse de modo consecuente con sus palabras. Y aun si me hubiera hallado capaz de hacerlo, todavía me habría quedado la duda de si era así o no, aunque, apoyado en su reputada santidad, pudiera descansar mi fe en su autoridad.
V, 6, 10–11
10. Y durante casi los nueve años enteros en que, con ánimo inestable, había sido su seguidor, había estado esperando con demasiado anhelo la llegada de este mismo Fausto. Pues los demás miembros de la secta con quienes por casualidad tropezaba, cuando no podían responder a las cuestiones que yo proponía, me mandaban siempre esperar su venida, en la cual, conversando con él, aquellas dificultades y otras mayores, si yo las tuviera, se desvanecerían muy fácil y cumplidamente. Cuando al fin vino, hallé que era hombre de palabra agradable, que decía las mismas cosas que ellos, aunque con más fluidez y en mejor lenguaje. Mas ¿de qué me aprovechaba la elegancia de mi copero, si no me ofrecía la bebida más preciosa por la que yo tenía sed? Mis oídos estaban ya saciados de cosas semejantes; y no me parecían más concluyentes por estar mejor expresadas; ni verdaderas por ser oratorias; ni necesariamente sabio el espíritu porque el rostro fuera hermoso y el lenguaje elocuente. Pero los que me lo ensalzaban no eran jueces competentes; y por eso, como poseía suavidad en el hablar, les parecía prudente y sabio. Otra clase de personas, sin embargo, según yo advertía, sospechaba aun de la verdad misma, si se enunciaba con lenguaje pulido y fluido. Mas a mí, oh Dios mío, tú me habías instruido ya por medios maravillosos y misteriosos, y por eso creo que tú me instruiste, porque es verdad; ni hay de la verdad otro maestro — dondequiera y cuandoquiera que resplandezca sobre nosotros — sino tú. De ti, pues, había aprendido ya que, porque una cosa se exprese con elocuencia, no por necesidad debe parecer verdadera; ni, porque se pronuncie con labios balbucientes, ha de ser falsa; ni, a la inversa, forzosamente verdadera porque se exponga sin habilidad; ni consiguientemente falsa porque el lenguaje sea elegante; sino que la sabiduría y la necedad son como alimento saludable o malsano, y las palabras cortesanas o sencillas como vasos de ciudad rústicos o urbanos— y ambas clases de alimento pueden servirse en cualquiera de las dos clases de plato.
11. Aquel afán, pues, con que tanto tiempo había esperado a este hombre, quedó en verdad deleitado con su acción y sentimiento al disputar, y con las palabras fluidas y apropiadas con que vestía sus ideas. Quedé por tanto lleno de gozo, y me uní a otros (y aun los excedí) en ensalzarlo y alabarlo. Me era, sin embargo, motivo de fastidio que no se me permitiera en aquellas reuniones de sus oyentes presentar y comunicar alguna de las cuestiones que me afligían en familiar intercambio de argumentos con él. Cuando pude hablar, y comencé, junto con mis amigos, a llamar su atención en los momentos en que no era inconveniente que entrara en discusión conmigo, y hube propuesto tales cuestiones como las que me turbaban, descubrí que él en primer lugar nada sabía de las artes liberales salvo la gramática, y aun ésta de un modo ordinario. Habiendo, empero, leído algunas de las Oraciones de Tulio, muy pocos libros de Séneca y algunos poetas, y los pocos volúmenes de su propia secta que estaban escritos coherentemente en latín, y estando día a día ejercitado en el hablar, adquirió cierta elocuencia, la cual resultaba tanto más deleitable y atrayente cuanto que estaba gobernada por un tacto pronto y una especie de gracia nativa. ¿No es así como lo recuerdo, oh Señor Dios mío, tú, juez de mi conciencia? Mi corazón y mi memoria están puestos delante de ti, que en aquel tiempo me dirigiste por el inescrutable misterio de tu Providencia, y pusiste delante de mi rostro aquellos viles errores míos, para que yo los viera y los aborreciese.
Viendo claramente las falacias de los maniqueos, se aparta de ellos, singularmente ayudado por Dios
V, 7, 12–13
12. Pues cuando se me hizo patente que era ignorante de aquellas artes en que yo había creído que sobresalía, comencé a desesperar de que pudiera aclarar y explicar todas las perplejidades que me acosaban; aunque, aun siendo ignorante de ellas, podría haber mantenido la verdad de la piedad, de no haber sido maniqueo. Porque sus libros están llenos de largas fábulas acerca del cielo y de las estrellas, del sol y de la luna, y yo había dejado de pensar que él pudiera decidir satisfactoriamente lo que ardientemente deseaba — si, comparando estas cosas con los cómputos que yo había leído en otra parte, eran preferibles las explicaciones contenidas en las obras de Maniqueo, o al menos igualmente sólidas. Mas cuando propuse que estos asuntos se deliberaran y razonaran, él, con gran modestia, no se atrevió a soportar la carga. Porque era consciente de que no tenía conocimiento de estas cosas, y no se avergonzó de confesarlo. Pues no era de aquellas personas locuaces, de las cuales muchas me habían importunado, que prometían enseñarme estas cosas y nada decían; sino que este hombre poseía un corazón que, si bien no era recto para contigo, no era del todo falso para consigo mismo. Porque no ignoraba del todo su propia ignorancia, ni se dejaba enredar sin consideración en una controversia de la que no pudiera retirarse ni salir con honor. Y por eso me agradó aun más, pues más hermosa es la modestia de un ingenio cándido que la adquisición del conocimiento que yo deseaba — y tal le hallé en todas las cuestiones más abstrusas y sutiles.
13. Habiendo recibido así un freno mi celo por los escritos de Maniqueo, y desesperando aún más de los demás maestros de aquella secta — visto que en diversas cosas que me atormentaban, él, tan famoso entre ellos, había resultado así —, comencé a ocuparme con él en el estudio de aquella literatura que él también cultivaba con gusto, y que yo, como profesor de retórica, estaba entonces enseñando a los jóvenes estudiantes de Cartago, leyendo con él ora lo que él deseaba oír, ora lo que yo juzgaba acomodado a su inclinación. Mas todos mis esfuerzos, por los cuales había determinado progresar en aquella secta mediante el trato con aquel hombre, llegaron por completo a su fin: no porque me separara del todo de ellos, sino que, como quien no podía hallar cosa mejor, resolví contentarme entre tanto con lo que de cualquier modo había hallado, a no ser que, por casualidad, se presentara algo más deseable. Así aquel Fausto, que había atrapado a tantos para su muerte — sin quererlo ni saberlo —, comenzó ahora a aflojar el lazo en que yo había sido apresado. Porque tus manos, oh Dios mío, en el designio oculto de tu Providencia, no desampararon mi alma; y de la sangre del corazón de mi madre, por las lágrimas que derramaba día y noche, se ofreció un sacrificio a ti por mí; y de modos maravillosos obraste conmigo. [] Tú fuiste, oh Dios mío, quien lo hizo, porque por el Señor son ordenados los pasos del hombre, y él dispone su camino. ¿O cómo podemos alcanzar la salvación sino de tu mano, que rehace lo que ha hecho?
V, 8, 14–15
14. Obraste, pues, conmigo para que me persuadiera a ir a Roma, y a enseñar allí más bien lo que entonces enseñaba en Cartago. Y cómo fui persuadido a hacer esto no dejaré de confesártelo; porque también en esto han de ponderarse y confesarse los designios profundísimos de tu sabiduría y tu misericordia siempre presente para con nosotros. No fue mi deseo ir a Roma porque los amigos que me persuadían a ello me garantizaran mayores ventajas y dignidades — aunque aun en aquel tiempo me movían estas consideraciones —, sino que mi móvil principal y casi único fue que se me había informado de que los jóvenes estudiaban allí más tranquilamente, y eran contenidos por el freno de una disciplina más rígida, de modo que no entraban caprichosa e impúdicamente en la escuela de un maestro que no era el suyo, a cuya presencia les estaba prohibido entrar sin su consentimiento. En Cartago, por el contrario, había entre los escolares una vergonzosa e intemperante licencia. Irrumpían groseramente, y con gesticulaciones casi furiosas interrumpían el sistema que cualquiera hubiera instituido para el bien de sus discípulos. Cometen muchas tropelías con una flema asombrosa, que serían castigadas por la ley si no las amparara la costumbre; mostrando esa costumbre que son tanto más ruines cuanto que hacen ahora, como conforme a la ley, lo que por tu ley inmutable nunca será lícito. Y se figuran que lo hacen con impunidad, cuando la misma ceguera con que lo hacen es su castigo, y padecen cosas mucho peores que las que hacen. Las costumbres, pues, que como estudiante no quise adoptar, me vi obligado como maestro a soportarlas de otros; y por eso me alegré en demasía de ir a donde todos los que sabían algo del asunto me aseguraban que no se hacían tales cosas. Mas tú, «mi refugio y mi porción en la tierra de los vivientes,» mientras en Cartago me aguijoneabas, para que por ello me apartara de allí y cambiara mi morada mundana por la salvación de mi alma; mientras en Roma me ofrecías atractivos con que atraerme allí, por medio de hombres encantados con esta vida mortal — los unos haciendo locuras, y los otros asegurando cosas vanas; y, para enderezar mis pasos, empleaste secretamente su perversidad y la mía. Porque tanto los que turbaban mi tranquilidad estaban ciegos por una locura vergonzosa, como los que me atraían a otra parte sabían a tierra. Y yo, que aborrecía aquí la verdadera miseria, buscaba allí una felicidad fingida.
15. Mas la causa de mi ida de allí y de mi venida aquí, tú, oh Dios, la conocías, y no la revelaste ni a mí ni a mi madre, que lamentaba amargamente mi viaje y me acompañó hasta el mar. Pero yo la engañé cuando ella con violencia me retenía, ya para retenerme, ya para acompañarme, y fingí que tenía un amigo a quien no podía dejar hasta que tuviera viento favorable para hacerse a la vela. Y mentí a mi madre — ¡y a una madre tal! —, y me escapé. También esto me has perdonado por tu misericordia, salvándome, repleto así de abominables impurezas, de las aguas del mar, para el agua de tu gracia, con la cual, una vez purificado, habrían de secarse las fuentes de los ojos de mi madre, de las que día a día regaba por mí la tierra bajo su rostro. Y, sin embargo, rehusando volverse sin mí, con dificultad la persuadí a que permaneciera aquella noche en un lugar muy cercano a nuestra nave, donde había un oratorio en memoria del bienaventurado Cipriano. Aquella noche partí secretamente, pero ella no se quedó atrás en oraciones y llanto. ¿Y qué era, oh Señor, lo que ella, con tanta abundancia de lágrimas, te pedía, sino que no permitieras que yo me embarcara? Mas tú, aconsejando misteriosamente y oyendo el verdadero propósito de su deseo, no concediste lo que entonces pedía, para hacerme lo que ella siempre pedía. Sopló el viento e hinchó nuestras velas, y retiró la orilla de nuestra vista; y ella, enloquecida de dolor, estuvo allí al día siguiente, llenando tus oídos de quejas y gemidos, que tú desatendiste; mientras, por medio de mis anhelos, me apresurabas hacia la cesación de todo anhelo, y la parte grosera de su amor hacia mí fue azotada y purgada por el justo azote del dolor. Pero, como todas las madres — aunque aun más que otras —, amaba tenerme consigo, y no sabía qué gozo le preparabas tú con mi ausencia. Ignorando esto, lloraba y gemía, y en su agonía se veía la herencia de Eva — buscando con dolor lo que con dolor había dado a luz. Y aun así, después de acusar mi perfidia y crueldad, volvió a proseguir sus intercesiones por mí ante ti, regresó a su acostumbrado lugar, y yo a Roma.
V, 9, 16–17
16. Y he aquí que fui recibido por el azote de una enfermedad corporal, y descendía al infierno cargado con todos los pecados que había cometido contra ti, contra mí y contra otros, muchos y graves, además de aquel vínculo del pecado original por el cual todos morimos en Adán. [] Porque ninguna de estas cosas me habías perdonado tú en Cristo, ni él había «abolido» por su cruz «la enemistad» que yo, por mis pecados, había incurrido contigo. Pues ¿cómo podía él, por la crucifixión de un fantasma, que yo suponía que era? Tan verdadera era, pues, la muerte de mi alma, como falsa me parecía la de su carne; y tan verdadera la muerte de su carne, como falsa era la vida de mi alma, que no lo creía. Creciendo la fiebre, estaba ya yo expirando y pereciendo. Porque si me hubiera ido entonces de aquí, ¿adónde habría ido sino a los tormentos ígneos propios de mis malas acciones, conforme a la verdad de tu ordenanza? Ella ignoraba esto, y, sin embargo, ausente, oraba por mí. Mas tú, presente en todo lugar, la escuchabas donde ella estaba, y tuviste piedad de mí donde yo estaba, para que recobrara la salud del cuerpo, aunque todavía frenético en mi sacrílego corazón. Pues todo aquel peligro no me hizo desear ser bautizado; y yo era mejor cuando, de niño, lo supliqué a la piedad de mi madre, como ya he referido y confesado. Pero yo había crecido para mi propia deshonra, y de todos los propósitos de tu medicina me burlaba locamente, tú, que no permitirías que yo, aun siendo tal, muriera una muerte doble. Si el corazón de mi madre hubiera sido herido con esta herida, nunca habría podido curarse. Porque no puedo expresar suficientemente el amor que me tenía, ni cómo ahora sufría por mí en espíritu con una angustia mucho más aguda que cuando me dio a luz en la carne.
17. No puedo, por tanto, concebir cómo habría podido ser sanada si una muerte mía tal hubiera traspasado las entrañas de su amor. ¿Dónde habrían estado entonces sus tan fervientes, frecuentes e ininterrumpidas oraciones a ti solo? Mas ¿podías tú, Dios misericordiosísimo, despreciar el «corazón contrito y humilde» de aquella viuda casta y prudente, tan constante en las limosnas, tan benigna y atenta con tus santos, que no dejaba pasar un día sin oblación en tu altar, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, acudiendo a tu iglesia sin intermisión — no para vanas habladurías, ni para «fábulas de viejas» [], sino para escucharte en tus sermones, y tú a ella en sus oraciones? ¿Podías tú — tú por cuyo don ella era tal — despreciar y desatender sin socorrer las lágrimas de una tal, con las cuales te suplicaba no por oro ni plata, ni por ningún bien mudable o fugaz, sino por la salvación del alma de su hijo? En modo alguno, Señor. Ciertamente estabas cerca, y oías y hacías de aquel modo en que habías predeterminado que se hiciera. Lejos de ti que la engañaras en aquellas visiones y en las respuestas que de ti había recibido — de las cuales algunas he referido, y otras no —, las cuales guardaba [] en su pecho fiel, y, pidiendo siempre, te las presentaba como tu autógrafo. Pues tú, «porque tu misericordia dura para siempre», te dignas condescender con aquellos cuyas deudas has perdonado, hasta hacerte igualmente deudor por tus promesas.
Habiendo dejado a los maniqueos, retiene sus depravadas opiniones acerca del pecado y del origen del Salvador
V, 10, 18–20
18. Me restableciste, pues, de aquella enfermedad, y sanaste entretanto en el cuerpo al hijo de tu sierva, para que viviera para ti, a fin de dotarle de una salud más alta y más duradera. Y aun entonces en Roma me junté con aquellos engañadores y engañados «santos»; no sólo con sus «oyentes» — del número de los cuales era aquel en cuya casa yo había caído enfermo y me había recobrado —, sino también con aquellos a quienes ellos designan «los Elegidos». Porque todavía me parecía «que no éramos nosotros los que pecábamos, sino que no sé qué otra naturaleza pecaba en nosotros». Y lisonjeaba a mi soberbia verme libre de culpa y, después de haber cometido alguna falta, no reconocer que yo había hecho algo — «para que tú sanaras mi alma, porque había pecado contra ti» —; sino que amaba excusarla y acusar a otra cosa (no sé cuál) que estaba conmigo, pero que no era yo. Mas ciertamente era yo todo entero, y mi impiedad me había dividido contra mí mismo; y aquel pecado era tanto más incurable cuanto que no me tenía por pecador. ¡Y era una iniquidad execrable, oh Dios omnipotente, que yo prefiriera que tú fueras vencido en mí para mi destrucción, antes que yo ser salvado por ti! Aún no, por tanto, habías puesto tú guarda ante mi boca, ni puerta a mis labios, para que mi corazón no se inclinara a palabras malvadas, para excusar pecados, con los hombres que obran iniquidad — y, por eso, estaba yo todavía unido con sus «Elegidos».
19. Mas ahora, sin esperanza de aprovechar en aquella falsa doctrina, aun aquellas cosas con las que había decidido contentarme, con tal de que no hallara nada mejor, las tenía ya con más flojedad y negligencia. Pues me sentía medio inclinado a creer que aquellos filósofos a quienes llaman «Académicos» eran más sagaces que los demás, en cuanto que sostenían que debíamos dudar de todo, y decretaban que el hombre no tenía poder para comprender verdad alguna; porque así, no entendiendo aún su sentido, yo también estaba plenamente persuadido de que pensaban tal como comúnmente se les atribuye. Y no dejé de reprimir con franqueza en mi huésped aquella seguridad que observé que tenía en aquellas ficciones de que están llenas las obras de Maniqueo. No obstante, estaba en términos de amistad más íntima con ellos que con otros que no eran de esta herejía. Ni la defendía yo con mi antiguo ardor; mas mi familiaridad con aquella secta (muchos de ellos ocultos en Roma) me hacía más tardo en buscar otro camino — particularmente estando desesperado de hallar la verdad, de la cual en tu Iglesia, oh Señor del cielo y de la tierra, Creador de todas las cosas visibles e invisibles, me habían apartado — y me parecía muy inconveniente creer que tú tuvieras la forma de carne humana y que estuvieses limitado por los lineamentos corporales de nuestros miembros. Y porque, cuando deseaba meditar en mi Dios, no sabía pensar sino en una masa de cuerpos (pues lo que no era tal no me parecía que existiera), ésta era la causa mayor y casi única de mi inevitable error.
20. Por eso creí también que el mal era una sustancia semejante, y que tenía su propia masa inmunda y deforme — ora densa, que ellos denominaban tierra, ora tenue y sutil, como es el cuerpo del aire, que ellos imaginan como algún espíritu maligno que se arrastra por aquella tierra. Y porque una piedad — tal como era — me obligaba a creer que el Dios bueno nunca creó naturaleza mala alguna, concebí dos masas, opuestas la una a la otra, ambas infinitas, pero la mala más contraída y la buena más extensa. Y de este pernicioso comienzo se siguieron sobre mí las demás profanidades. Pues cuando mi mente intentaba volver a la fe católica, era rechazado, porque lo que yo había tenido por fe católica no lo era. Y me parecía más devoto mirarte a ti, Dios mío — a quien hago confesión de tus misericordias — como infinito, al menos, por las demás partes, aunque por aquel lado donde la masa del mal se te oponía me veía obligado a confesarte finito, que concebirte por todas partes limitado por la forma de un cuerpo humano. Y mejor me parecía creer que ningún mal había sido creado por ti — el cual en mi ignorancia me parecía no sólo alguna sustancia, sino una corporal, porque no concebía la mente sino como un cuerpo sutil, difundido en espacios locales — que creer que de ti pudiera emanar algo de tal índole como yo consideraba que era la naturaleza del mal. Y a nuestro mismo Salvador, también, tu Unigénito, le creía extendido, por decirlo así, para nuestra salvación, fuera de la masa de tu fulgentísima substancia, de modo que nada creía de él sino lo que podía imaginar en mi vanidad. Tal naturaleza, pues, pensaba que no podía nacer de la Virgen María sin mezclarse con la carne; y cómo aquello que yo así me figuraba podía mezclarse sin contaminarse, no lo veía. Temía, por tanto, creer que él hubiera nacido en la carne, no fuera que me viera obligado a creer que él se contaminaba por la carne. Ahora tus espirituales me sonreirán blanda y amorosamente si leyeran estas mis confesiones; mas tal era yo.
Capítulo 11. Helpidio disputó bien contra los maniqueos acerca de la autenticidad del Nuevo Testamento
V, 11, 21
21. Además, todo lo que ellos habían censurado en tus Escrituras me parecía imposible de defender; y sin embargo, a veces deseaba conferir sobre estos diversos puntos con alguien bien versado en aquellos libros, y probar qué pensaba de ellos. Pues por este tiempo las palabras de cierto Helpidio, que hablaba y disputaba cara a cara contra los dichos maniqueos, habían comenzado a moverme ya en Cartago, en cuanto que aducía cosas de las Escrituras que no podían resistirse fácilmente, y a las cuales la respuesta de ellos me parecía débil. Y esta respuesta no la daban públicamente, sino sólo a nosotros en privado— cuando decían que los escritos del Nuevo Testamento habían sido corrompidos por no sé quiénes, deseosos de injertar la ley judía en la fe cristiana; mas ellos no presentaban copia alguna incorrupta. Pero yo, pensando en cosas corpóreas, muy enredado y en cierta medida sofocado, estaba oprimido por aquellas moles; jadeando bajo ellas por el aliento de tu Verdad, no podía respirarla pura y sin mancha.
V, 12, 22
22. Entonces comencé a practicar asiduamente aquello para lo cual había venido a Roma— la enseñanza de la retórica; y primero a reunir en mi casa a algunos por quienes, y mediante los cuales, había comenzado a ser conocido; cuando, he aquí, supe que en Roma se cometían otras ofensas que no había tenido que soportar en África. Pues aquellas subversiones de jóvenes abandonados no se practicaban aquí, según se me había informado; sin embargo, de repente, decían, para evadir el pago de los honorarios de su maestro, muchos de los jóvenes conspiran juntos y se pasan a otro— quebrantadores de la fe, que, por amor del dinero, tienen en poco la justicia. A éstos también mi corazón «odiaba,» aunque no con «odio perfecto;» pues, quizá, los odiaba más porque había de sufrir por ellos, que por los actos ilícitos que cometían. Tales son, en verdad, personas viles, y son infieles a ti, amando estas transitorias burlas de las cosas temporales, y la ganancia vil, que ensucia la mano que la coge; y abrazando el mundo fugaz, y despreciándote a ti, que permaneces, e invitas a volver, y perdonas al alma humana prostituida cuando vuelve a ti. Y ahora odio a tales hombres torcidos y perversos, aunque los amo si han de ser corregidos para preferir la doctrina que obtienen al dinero, y a la doctrina a ti, oh Dios, verdad y plenitud de bien cierto y de paz castísima. Pero entonces era más fuerte en mí el deseo, por mi propio bien, de no sufrir mal de ellos, que el deseo de que ellos se hicieran buenos por el tuyo.
V, 13, 23
23. Cuando, pues, los de Milán habían enviado a Roma al prefecto de la ciudad, para que les proveyera de un maestro de retórica para su ciudad, y lo despachara a expensas públicas, intercedí por medio de aquellas mismas personas, ebrias de vanidades maniqueas, de las cuales iba a apartarme al partir— sin que ninguno de nosotros, empero, lo supiera— para que Símaco, entonces prefecto, habiéndome probado proponiéndome un tema, me enviara. Y vine a Milán, a Ambrosio el obispo, conocido en todo el mundo como entre los mejores de los hombres, devoto siervo tuyo; cuyo elocuente discurso dispensaba entonces con energía a tu pueblo la flor de tu trigo, la «alegría» de tu «aceite,» y la sobria embriaguez de tu «vino.» A él fui conducido sin saberlo por ti, para que por él fuera conducido a ti sabiéndolo. Aquel varón de Dios me recibió como un padre, y miró con benevolencia y bondad episcopal mi cambio de morada. Y comencé a amarle, no al principio, ciertamente, como maestro de la verdad— de la cual desesperaba del todo en tu Iglesia—, sino como hombre amable conmigo. Y le escuchaba con atención predicando al pueblo, no con el motivo que debía, sino, por así decirlo, tratando de descubrir si su elocuencia correspondía a su fama, o fluía más copiosa o más escasa de lo que se afirmaba; y pendía de sus palabras con intensidad, mas de la materia era como espectador descuidado y desdeñoso; y me deleitaba con la suavidad de su palabra, más erudita, aunque menos alegre y halagüeña en el modo, que la de Fausto. De la materia, empero, no había comparación; pues éste andaba errante entre engaños maniqueos, mientras aquél enseñaba la salvación muy sanamente. Pero «lejos está la salvación de los impíos,» como yo entonces me hallaba ante él; y sin embargo me iba acercando gradualmente y sin saberlo.
Habiendo oído al obispo, percibe la fuerza de la fe católica, mas duda, al modo de los académicos modernos
V, 14, 24–25
24. Pues aunque no me tomaba trabajo en aprender lo que decía, sino sólo en oír cómo hablaba (pues sólo aquel cuidado vacío me quedaba, desesperando de una vía accesible al hombre para llegar a ti), sin embargo, junto con las palabras que yo apreciaba, entraban también en mi mente las cosas por las cuales no me preocupaba; pues no podía separarlas. Y mientras abría mi corazón para admitir «con cuánta destreza hablaba,» entraba también con ello, aunque gradualmente, «¡y con cuánta verdad hablaba!» Pues primero, estas cosas también habían comenzado a parecerme defendibles; y la fe católica, de la cual había imaginado que nada podía decirse contra los ataques de los maniqueos, concebía yo ahora que podía sostenerse sin presunción; especialmente después de haber oído explicados uno o dos pasajes del Antiguo Testamento, y a menudo alegóricamente— los cuales, cuando los aceptaba literalmente, quedaba yo «muerto» espiritualmente. Explicados, pues, muchos lugares de aquellos libros, culpaba yo ya mi desesperación por haber creído que ninguna respuesta podía darse a los que odiaban y se burlaban de la Ley y los Profetas. Mas no veía yo entonces que por aquella razón debía abrazarse la vía católica, porque tenía sus defensores doctos, que podían al fin, y no irracionalmente, responder a las objeciones; ni que lo que yo sostenía debiera por ello condenarse porque ambas partes fuesen igualmente defendibles. Pues aquella vía no me parecía vencida; ni tampoco me parecía vencedora.
25. Aquí he de enderezar mi mente con empeño a ver si de algún modo podía yo probar que los maniqueos eran reos de falsedad. Si hubiera podido concebir una sustancia espiritual, todas sus fortalezas habrían sido derribadas y arrojadas del todo de mi mente; mas no podía. Pero, con todo, en cuanto al cuerpo de este mundo, y a toda la naturaleza, que los sentidos de la carne pueden alcanzar, yo, considerando y comparando cada vez más las cosas, juzgaba que la mayor parte de los filósofos sostenían opiniones mucho más probables. Así, pues, al modo de los Académicos (según se cree), dudando de todo y fluctuando entre todo, decidí que los maniqueos debían ser abandonados; juzgando que, aun en aquel período de duda, no podía permanecer en una secta a la cual prefería yo algunos de los filósofos; a los cuales filósofos, empero, por carecer del nombre salvador de Cristo, me negaba del todo a confiar la cura de mi alma desfalleciente. Resolví, por tanto, ser catecúmeno en la Iglesia Católica, que mis padres me habían encomendado, hasta que se me manifestara algo seguro adonde pudiera dirigir mi rumbo.