34. Persevera, alma mía, y presta viva atención. Dios es nuestro auxilio; él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos. Advierte dónde alborea la verdad. He aquí, supón que la voz de un cuerpo comienza a sonar, y suena, y sigue sonando; y he aquí que cesa: ya es silencio, y aquella voz ya pasó y ya no es voz. Antes de sonar era futura, y no podía medirse, porque todavía no era; y ahora no puede, porque ya no es. Entonces, pues, mientras sonaba, podía, porque había entonces algo que podía medirse. Pero aun entonces no estaba quieta, pues iba y pasaba. ¿Acaso podía por eso medirse más? Pues, al pasar, se extendía por algún espacio de tiempo, en el cual pudiera medirse, ya que el presente no tiene espacio. Si, pues, entonces podía medirse, he aquí: supón que otra voz ha comenzado a sonar, y aún suena con tenor continuo sin interrupción alguna; podemos medirla mientras suena; pues cuando haya cesado de sonar, ya será pasada, y no habrá lo que pueda medirse. Midámosla, pues, y digamos cuánto es. Pero aún suena, y no puede medirse sino desde aquel instante en que comenzó a sonar hasta el fin en que cesó. Pues el intervalo mismo lo medimos de algún principio a algún fin. Por lo cual, una voz que aún no ha terminado no puede medirse, de modo que se diga cuán larga o cuán breve es; ni puede decirse que es igual a otra, o simple o doble respecto de ella, o cosa semejante. Pero cuando ha terminado, ya no es. ¿De qué manera, pues, puede medirse? Y sin embargo medimos los tiempos; mas no los que todavía no son, ni los que ya no son, ni los que se prolongan por alguna dilación, ni los que no tienen límites. No medimos, pues, ni los tiempos futuros, ni los pasados, ni los presentes, ni los que pasan; y, sin embargo, medimos los tiempos.
35. Deus Creator omnium; este verso de ocho sílabas alterna entre sílabas breves y largas. Las cuatro breves, pues, la primera, tercera, quinta y séptima, son simples respecto de las cuatro largas, la segunda, cuarta, sexta y octava. Cada una de estas tiene un tiempo doble respecto de cada una de aquellas. Las pronuncio, doy cuenta de ellas, y así es, como lo percibe el sentido común. Por el sentido común, pues, mido una larga por una breve, y hallo que tiene el doble. Pero cuando una suena después de otra, si la primera es breve y la segunda larga, ¿cómo retendré la breve, y cómo, midiendo, la aplicaré a la larga, para hallar que esta tiene el doble, cuando ciertamente la larga no comienza a sonar a no ser que la breve deje de sonar? A aquella misma larga no la mido como presente, pues no la mido sino cuando ha terminado. Pero su terminación es su pasar. ¿Qué es, pues, lo que puedo medir? ¿Dónde está la sílaba breve con que mido? ¿Dónde la larga que mido? Ambas han sonado, han volado, han pasado, y ya no son; y sin embargo mido, y respondo confiadamente (hasta donde se puede fiar a un sentido ejercitado), que en cuanto al espacio de tiempo esta sílaba es simple, aquella doble. Y no podría hacer esto si no fuera porque han pasado y han terminado. Luego no mido ellas mismas, que ya no son, sino algo en mi memoria, que permanece fijo.
36. En ti, alma mía, mido los tiempos. No me abrumes con tu clamor. Es decir, no te abrumes a ti misma con la muchedumbre de tus impresiones. En ti, digo, mido los tiempos; la impresión que las cosas, al pasar, hacen en ti, y que, cuando han pasado, permanece, esa mido como tiempo presente, no las cosas que han pasado para que se haga la impresión. Esto mido cuando mido los tiempos. Luego, o éstos son los tiempos, o yo no mido los tiempos. ¿Qué sucede cuando medimos el silencio y decimos que este silencio ha durado tanto como dura aquella voz? ¿No extendemos nuestro pensamiento a la medida de una voz, como si sonase, para poder declarar algo acerca de los intervalos del silencio en un espacio dado de tiempo? Pues cuando la voz y la lengua están quietas, repasamos en el pensamiento poemas y versos, y cualquier discurso, o dimensiones de movimientos; y declaramos acerca de los espacios de tiempos cuánto sea esto respecto de aquello, no de otro modo que si, pronunciándolos, los dijéramos. Si alguno quisiera proferir un sonido prolongado y hubiese determinado de antemano cuánto debía durar, ese hombre ha recorrido en silencio ciertamente un espacio de tiempo, y, entregándolo a la memoria, comienza a proferir aquel discurso, que suena hasta que se extiende al fin propuesto; verdaderamente ha sonado y sonará. Pues lo que de él ya está acabado ciertamente ha sonado, pero lo que resta sonará; y así pasa adelante, hasta que la intención presente traslade el futuro al pasado; el pasado aumentando por la disminución del futuro, hasta que, consumido el futuro, todo sea pasado.