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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 2. Que el Dios a quien invocamos está en nosotros, y nosotros en Él
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7. Demuestra con un ejemplo que aun la infancia es propensa al pecado
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. Por qué despreció la literatura griega, y aprendió fácilmente el latín
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 18
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro II
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 4
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. Ataca la doctrina de los maniqueos acerca del mal, de Dios y de la justicia de los patriarcas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Argumenta contra los mismos en cuanto a la razón de las ofensas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 10. Reprende las frivolidades de los maniqueos acerca de los frutos de la tierra
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro IV
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Atormentado por el llanto ante la muerte de su amigo, se procura consuelo a sí mismo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 7. Turbado por la inquietud y el dolor, deja su patria por segunda vez y se va a Cartago
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 14. Acerca de los libros que escribió «sobre lo bello y lo conveniente,» dedicados a Hierio
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 16
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro V
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 9. Atacado por la fiebre, se halla en gran peligro
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11. Helpidio disputó bien contra los maniqueos acerca de la autenticidad del Nuevo Testamento
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VI
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Encamina a la enmienda a su amigo Alipio, poseído de locura por los juegos circenses
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Alipio, inocente, aprehendido como ladrón, es puesto en libertad por la astucia de un arquitecto
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11. Turbado por sus graves errores, medita emprender una vida nueva
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 13. Instado por su madre a tomar esposa, buscó una doncella que le agradaba
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minLibro VII
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que la causa del mal es el libre arbitrio de la voluntad
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6. Refuta las adivinaciones de los astrólogos, deducidas de las constelaciones
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 7. Es duramente ejercitado en cuanto al origen del mal
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. Las cosas divinas se manifiestan más claramente a quien se retira a lo íntimo de su corazón
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14. Desagradándole alguna parte de la creación de Dios, concibe dos sustancias originales
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 19. Todavía no entiende plenamente la sentencia de Juan, de que «la Palabra se hizo carne.»
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro VIII
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 3. Que Dios y los ángeles se gozan más con el retorno de un pecador que con el de muchos justos
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 5. De las causas que nos apartan de Dios
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 7
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. De que la mente manda a la mente, pero no quiere enteramente
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera el espíritu luchó con la carne, para ser libertado de la servidumbre de la vanidad
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minLibro IX
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que, por recomendación de Ambrosio, lee las profecías de Isaías, pero no las entiende
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 8
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 10. Conversación que tuvo con su madre acerca del reino de los cielos
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo lloró a su madre muerta
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 13. Ruega a Dios por sus pecados, y exhorta a sus lectores a recordarla piadosamente
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro X
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que en sus confesiones, para hacer el bien, considera a los demás
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Que Dios no ha de ser hallado ni por las potencias del cuerpo ni por las del alma
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 9
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. La memoria retiene todas las cosas
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 17. Dios no puede ser alcanzado por la fuerza de la memoria, que poseen las bestias y las aves
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 21. Cómo puede ser retenida en la memoria la vida feliz
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 22. La vida feliz es regocijarse en Dios, y por Dios
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 26. Dios responde en todas partes a los que le consultan
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 31
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 32. De los atractivos de los perfumes, que se vencen más fácilmente
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 35. Otra clase de tentación es la curiosidad, que es estimulada por la concupiscencia de los ojos
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 37. Es espoleado con fuerza por el amor de la alabanza
  66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 40. El único lugar seguro de descanso para el alma se halla en Dios
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvación
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Ruega a Dios que por medio de las Santas Escrituras sea conducido a la verdad
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. El cielo y la tierra claman que han sido creados por Dios
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8
  71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 13. Antes de los tiempos creados por Dios, no había tiempos
  72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. El tiempo solo puede percibirse o medirse mientras pasa
  73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21. Cómo puede medirse el tiempo
  74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 24. Que el tiempo no es el movimiento de un cuerpo que medimos por el tiempo
  75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 28. El tiempo en la mente humana, que espera, considera y recuerda
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro XII
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 7. De la nada hizo Dios el cielo y la tierra
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 12. De la tierra informe creó Dios otro cielo y una tierra visible y formada
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 16. No desea tratar con los que niegan la verdad divina
  80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 19. Enumera las cosas en que todos están de acuerdo
  81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 23. Dos clases de desacuerdos en los libros que han de ser explicados
  82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 26. Qué habría pedido a Dios si se le hubiera mandado escribir el libro del Génesis
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 29. Acerca de la opinión de los que lo explican como "Primeramente hizo"
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 2 minCapítulo 32
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro XIII
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 5. Reconoce la Trinidad en los dos primeros versículos del Génesis
  87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que nada surgió sino por el don de Dios
  88. Sesión 88 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que de los hijos de la noche y de las tinieblas se hacen hijos de la luz y del día
  89. Sesión 89 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 16. Que nadie, sino la Luz inmutable, se conoce a sí misma
  90. Sesión 90 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Todos los hombres deben hacerse lumbreras en el firmamento del cielo
  91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 21
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 23. Que tener poder sobre todas las cosas (vers. 26) es juzgar espiritualmente de todas
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. Explica los frutos de la tierra (vers. 29) como obras de misericordia
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 27. Muchos ignoran esto y piden milagros, significados bajo los nombres de «peces» y «ballenas»
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 32. De las obras particulares de Dios, y especialmente del hombre
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 36. El séptimo día, sin tarde ni ocaso, imagen de la vida eterna y del descanso en Dios

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Confesiones

    Hipona, 397–400 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Pilkington (NPNF)55 minPosición: 0% de esta parteParte 11 de 13 · Capítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvaciónPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CON

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 2. Que el Dios a quien invocamos está en nosotros, y nosotros en Él
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7. Demuestra con un ejemplo que aun la infancia es propensa al pecado
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. Por qué despreció la literatura griega, y aprendió fácilmente el latín
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 18
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro II
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 4
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. Ataca la doctrina de los maniqueos acerca del mal, de Dios y de la justicia de los patriarcas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Argumenta contra los mismos en cuanto a la razón de las ofensas
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 10. Reprende las frivolidades de los maniqueos acerca de los frutos de la tierra
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro IV
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Atormentado por el llanto ante la muerte de su amigo, se procura consuelo a sí mismo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 7. Turbado por la inquietud y el dolor, deja su patria por segunda vez y se va a Cartago
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 14. Acerca de los libros que escribió «sobre lo bello y lo conveniente,» dedicados a Hierio
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 16
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro V
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 9. Atacado por la fiebre, se halla en gran peligro
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11. Helpidio disputó bien contra los maniqueos acerca de la autenticidad del Nuevo Testamento
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VI
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Encamina a la enmienda a su amigo Alipio, poseído de locura por los juegos circenses
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Alipio, inocente, aprehendido como ladrón, es puesto en libertad por la astucia de un arquitecto
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11. Turbado por sus graves errores, medita emprender una vida nueva
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 13. Instado por su madre a tomar esposa, buscó una doncella que le agradaba
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minLibro VII
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que la causa del mal es el libre arbitrio de la voluntad
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6. Refuta las adivinaciones de los astrólogos, deducidas de las constelaciones
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 7. Es duramente ejercitado en cuanto al origen del mal
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. Las cosas divinas se manifiestan más claramente a quien se retira a lo íntimo de su corazón
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14. Desagradándole alguna parte de la creación de Dios, concibe dos sustancias originales
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 19. Todavía no entiende plenamente la sentencia de Juan, de que «la Palabra se hizo carne.»
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro VIII
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 3. Que Dios y los ángeles se gozan más con el retorno de un pecador que con el de muchos justos
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 5. De las causas que nos apartan de Dios
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 7
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. De que la mente manda a la mente, pero no quiere enteramente
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera el espíritu luchó con la carne, para ser libertado de la servidumbre de la vanidad
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minLibro IX
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que, por recomendación de Ambrosio, lee las profecías de Isaías, pero no las entiende
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 8
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 10. Conversación que tuvo con su madre acerca del reino de los cielos
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo lloró a su madre muerta
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 13. Ruega a Dios por sus pecados, y exhorta a sus lectores a recordarla piadosamente
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro X
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que en sus confesiones, para hacer el bien, considera a los demás
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Que Dios no ha de ser hallado ni por las potencias del cuerpo ni por las del alma
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 9
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. La memoria retiene todas las cosas
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 17. Dios no puede ser alcanzado por la fuerza de la memoria, que poseen las bestias y las aves
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 21. Cómo puede ser retenida en la memoria la vida feliz
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 22. La vida feliz es regocijarse en Dios, y por Dios
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 26. Dios responde en todas partes a los que le consultan
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 31
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 32. De los atractivos de los perfumes, que se vencen más fácilmente
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 35. Otra clase de tentación es la curiosidad, que es estimulada por la concupiscencia de los ojos
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 37. Es espoleado con fuerza por el amor de la alabanza
    66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 40. El único lugar seguro de descanso para el alma se halla en Dios
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvación
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Ruega a Dios que por medio de las Santas Escrituras sea conducido a la verdad
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. El cielo y la tierra claman que han sido creados por Dios
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8
    71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 13. Antes de los tiempos creados por Dios, no había tiempos
    72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. El tiempo solo puede percibirse o medirse mientras pasa
    73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21. Cómo puede medirse el tiempo
    74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 24. Que el tiempo no es el movimiento de un cuerpo que medimos por el tiempo
    75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 28. El tiempo en la mente humana, que espera, considera y recuerda
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro XII
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 7. De la nada hizo Dios el cielo y la tierra
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 12. De la tierra informe creó Dios otro cielo y una tierra visible y formada
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 16. No desea tratar con los que niegan la verdad divina
    80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 19. Enumera las cosas en que todos están de acuerdo
    81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 23. Dos clases de desacuerdos en los libros que han de ser explicados
    82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 26. Qué habría pedido a Dios si se le hubiera mandado escribir el libro del Génesis
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 29. Acerca de la opinión de los que lo explican como "Primeramente hizo"
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 2 minCapítulo 32
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro XIII
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 5. Reconoce la Trinidad en los dos primeros versículos del Génesis
    87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que nada surgió sino por el don de Dios
    88. Sesión 88 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que de los hijos de la noche y de las tinieblas se hacen hijos de la luz y del día
    89. Sesión 89 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 16. Que nadie, sino la Luz inmutable, se conoce a sí misma
    90. Sesión 90 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Todos los hombres deben hacerse lumbreras en el firmamento del cielo
    91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 21
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 23. Que tener poder sobre todas las cosas (vers. 26) es juzgar espiritualmente de todas
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. Explica los frutos de la tierra (vers. 29) como obras de misericordia
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 27. Muchos ignoran esto y piden milagros, significados bajo los nombres de «peces» y «ballenas»
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 32. De las obras particulares de Dios, y especialmente del hombre
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 36. El séptimo día, sin tarde ni ocaso, imagen de la vida eterna y del descanso en Dios

    Capítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvación

    X, 41, 66

    Y así he reflexionado sobre las fatigas de mis pecados, en aquella triple «concupiscencia,» y he invocado tu diestra en mi auxilio. Pues con corazón herido he visto tu resplandor, y rechazado exclamé: «¿Quién podrá alcanzarlo?» «Cortado estoy de delante de tus ojos.» Tú eres la Verdad, que presides todas las cosas; mas yo, por mi codicia, no quise perderte, sino que quise poseer contigo la mentira; como nadie desea de tal modo hablar falsamente que él mismo ignore la verdad. Así, pues, te perdí, porque no te dignas ser gozado con la mentira.

    Capítulo 42. De qué manera buscaron muchos al Mediador

    X, 42, 67

    ¿A quién podía hallar que me reconciliase contigo? ¿Había de suplicar a los ángeles? ¿Con qué oración? ¿Con qué sacramentos? Muchos, esforzándose por volver a ti y no pudiendo por sí mismos, han intentado, según me han dicho, esto, y han caído en el anhelo de visiones curiosas, y fueron tenidos por dignos de ser engañados. Porque, ensoberbecidos, te buscaron con la soberbia de la erudición, adelantándose antes que golpeándose el pecho, y así, por la correspondencia del corazón, atrajeron hacia sí a los príncipes del aire [], conspiradores y compañeros de soberbia, por quienes, mediante el poder de la magia, fueron engañados, buscando un mediador por el cual pudieran ser limpiados; mas ninguno había. Porque era el diablo, que se transfigura en ángel de luz []. Y él seducía mucho a la carne soberbia, en cuanto que no tenía cuerpo carnal. Pues ellos eran mortales y pecadores; mas tú, Señor, con quien ellos arrogantemente buscaban reconciliarse, eres inmortal y sin pecado. Mas un mediador entre Dios y los hombres debe tener algo semejante a Dios y algo semejante al hombre; no sea que, siendo en ambas cosas semejante al hombre, quedara lejos de Dios; o si en ambas semejante a Dios, quedara lejos del hombre, y así no fuera mediador. Aquel mediador falaz, pues, por quien en tus secretos juicios la soberbia mereció ser engañada, tiene una cosa en común con el hombre, a saber, el pecado; otra parece tener con Dios, y, no estando revestido de la mortalidad de la carne, se jacta de ser inmortal. Mas como «la paga del pecado es la muerte» [], esto tiene en común con los hombres: que juntamente con ellos sea condenado a muerte.

    Capítulo 43. Que Jesucristo, a la vez Dios y hombre, es el verdadero y eficacísimo Mediador

    X, 43, 68–70

    Mas el verdadero Mediador, a quien en tu secreta misericordia mostraste a los humildes y enviaste, para que con su ejemplo aprendiesen también la misma humildad — aquel «Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» [], apareció entre los mortales pecadores y el Inmortal Justo — mortal con los hombres, justo con Dios; para que, porque la recompensa de la justicia es vida y paz, unida su justicia con Dios, anulase la muerte de los pecadores justificados, que él quiso tener en común con ellos. De aquí fue mostrado a los santos varones de la antigüedad; a fin de que ellos, por la fe en su Pasión venidera, así como nosotros por la fe en la pasada, pudieran salvarse. Pues como hombre era Mediador; mas como Verbo no estaba en medio, porque es igual a Dios, y Dios con Dios, y juntamente con el Espíritu Santo, un solo Dios.
    ¡Cuánto nos has amado, oh Padre bueno, que no perdonaste a tu único Hijo, sino que lo entregaste por nosotros, impíos! ¡Cuánto nos has amado, por quienes él, que no tuvo por rapiña ser igual a ti, «se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» []! Él solo, «libre entre los muertos», que tenía poder para entregar su vida y poder para volverla a tomar []; por nosotros fue para ti a la vez Vencedor y Víctima, y Vencedor precisamente por ser Víctima; por nosotros fue para ti a la vez Sacerdote y Sacrificio, y Sacerdote precisamente por ser Sacrificio; de esclavos haciéndonos hijos tuyos, habiendo nacido de ti y sirviéndonos. Con razón, pues, mi esperanza está firmemente puesta en él, de que sanarás todas mis enfermedades por aquel que está sentado a tu diestra e intercede por nosotros []; de otro modo desesperaría por completo. Pues numerosas y grandes son mis flaquezas; sí, numerosas y grandes son; mas mayor es tu medicina. Podríamos pensar que tu Verbo estaba apartado de la unión con el hombre y desesperar de nosotros mismos, si no se hubiera «hecho carne y habitado entre nosotros» [].
    Aterrado por mis pecados y por el peso de mi miseria, había resuelto en mi corazón y meditado la fuga al desierto; mas tú me lo prohibiste y me fortaleciste, diciendo: Cristo «murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió por ellos.» [] He aquí, Señor, que arrojo sobre ti mi cuidado, para que viva y «contemple las maravillas de tu ley.» Tú conoces mi impericia y mis flaquezas; enséñame y sáname. Tu único Hijo — aquel «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» — me ha redimido con su sangre. No dejes que los soberbios hablen mal de mí, porque considero mi rescate, y como y bebo, y reparto; y pobre, deseo saciarme de él, juntamente con los que comen y se sacian, y alaban al Señor los que lo buscan.

    Libro XI

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · XI, argumento
    Declarado el designio de sus confesiones, pide a Dios la inteligencia de las Santas Escrituras y comienza a exponer las palabras de Génesis 1:1 acerca de la creación del mundo. Refutadas las cuestiones de los disputadores temerarios — «¿Qué hacía Dios antes de crear el mundo?» —, para vencer mejor a sus adversarios añade una copiosa disquisición acerca del tiempo.

    Capítulo 1. Con la confesión desea despertar hacia Dios su propio amor y el de sus lectores

    XI, 1, 1

    1. Oh Señor, siendo tuya la eternidad, ¿ignoras acaso las cosas que te digo? ¿O ves tú a su tiempo lo que acontece en el tiempo? ¿Por qué, pues, pongo delante de ti tantas relaciones de cosas? No ciertamente para que las conozcas por mí, sino para despertar hacia ti mi propio amor y el de mis lectores, a fin de que todos digamos: «Grande es el Señor y digno en gran manera de ser alabado.» Ya lo he dicho y lo diré: por amor de tu amor hago esto. Pues también oramos, y sin embargo la Verdad dice: «Vuestro Padre sabe lo que habéis menester antes de que se lo pidáis.» [] Por tanto, te manifestamos nuestro amor confesándote nuestras miserias y tus misericordias para con nosotros, a fin de que nos libres del todo, pues has comenzado, para que dejemos de ser miserables en nosotros mismos y seamos bienaventurados en ti; ya que nos has llamado a ser pobres de espíritu, y mansos, y los que lloran, y hambrientos y sedientos de justicia, y misericordiosos, y limpios de corazón, y pacificadores []. He aquí, te he dicho muchas cosas, las que he podido y las que he querido, porque tú quisiste primero que te confesase a ti, el Señor mi Dios, porque eres bueno, ya que tu «misericordia es para siempre.»

    Capítulo 2. Ruega a Dios que por medio de las Santas Escrituras sea conducido a la verdad

    XI, 2, 2–4

    2. ¿Pero cuándo podré yo, con la lengua de mi pluma, expresar todas tus exhortaciones, y todos tus terrores, y consuelos, y guías, con que me has conducido a predicar tu Palabra y a dispensar tu Sacramento a tu pueblo? Y si basto a decir estas cosas por orden, las gotas del tiempo me son preciosas. Largo tiempo he ardido en deseos de meditar en tu ley, y de confesarte en ella mi ciencia y mi ignorancia, el principio de tu iluminación y los restos de mis tinieblas, hasta que la flaqueza sea absorbida por la fortaleza. Y no querría que se me escapasen hacia otra cosa aquellas horas que hallo libres de las necesidades de reparar el cuerpo, y del cuidado de mi espíritu, y del servicio que debemos a los hombres, el cual, aunque no lo debamos, con todo lo pagamos.
    3. ¡Oh Señor, Dios mío!, escucha mi oración, y mire tu misericordia mi anhelo, puesto que no arde solo por mí, sino porque desea aprovechar a la caridad fraterna; y tú ves en mi corazón que así es. Te ofreceré en sacrificio el servicio de mi pensamiento y de mi lengua; y dame tú qué ofrecerte. Porque «soy pobre y necesitado,» tú eres rico para todos los que te invocan, [] que libre de cuidados cuidas de nosotros. Circuncida de toda temeridad y de toda mentira mis labios interiores y exteriores. [] Sean tus Escrituras mis castas delicias. Ni sea yo engañado en ellas, ni engañe por ellas. Señor, oye y compadécete, ¡oh Señor, Dios mío!, luz de los ciegos, y fortaleza de los débiles; y también luz de los que ven, y fortaleza de los fuertes, escucha a mi alma, y óyela clamar «desde los abismos.» Porque si tus oídos no están presentes también en los abismos, ¿adónde iremos? ¿Adónde clamaremos? «Tuyo es el día, y tuya es también la noche.» A tu mandato huyen los momentos. Concédenos de ellos espacio para nuestras meditaciones en las cosas ocultas de tu ley, y no la cierres a los que llamamos. Pues no en vano has querido que se escribieran los oscuros secretos de tantas páginas. Ni es que aquellos bosques no tengan sus ciervos, que se acogen a ellos, y andan, y se pasean, y pacen, se acuestan y rumian. Perfeccióname, Señor, y revélamelos. He aquí, tu voz es mi gozo, tu voz sobrepuja la abundancia de los placeres. Dame lo que amo, porque en verdad amo; y esto tú me lo has dado. No abandones tus propios dones, ni desprecies tu hierba que tiene sed. Déjame confesarte cuanto hallare en tus libros, y oiga yo la voz de alabanza, y beba de ti, y medite las maravillas de tu ley; desde el principio, en que hiciste el cielo y la tierra, hasta el reino eterno de tu santa ciudad, que está contigo.
    4. Señor, ten misericordia de mí y oye mi deseo. Pues pienso que no es de la tierra, ni de oro y plata, ni de piedras preciosas, ni de vestidos suntuosos, ni de honores y poderes, ni de los placeres de la carne, ni de las cosas necesarias para el cuerpo, y esta vida de nuestra peregrinación; todo lo cual se añade a los que buscan tu reino y tu justicia. [] He aquí, ¡oh Señor, Dios mío!, de dónde es mi deseo. Los impíos me han contado deleites, mas no tales como tu ley, oh Señor. He aquí de dónde es mi deseo. He aquí, Padre, mira y ve, y apruébalo; y sea ello agradable en presencia de tu misericordia, para que yo halle gracia delante de ti, para que se me abran los secretos de tu Verbo cuando llamare. Te ruego, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, «el Varón de tu diestra, el Hijo del hombre, a quien hiciste fuerte para ti,» como Mediador tuyo y nuestro, por quien nos buscaste, no buscándote nosotros, sino que nos buscaste para que te buscáramos; — tu Verbo, por quien hiciste todas las cosas, [] y entre ellas también a mí; tu Unigénito, por quien has llamado a la adopción al pueblo creyente, y en él también a mí. Te ruego por aquel que está sentado a tu diestra, y «intercede por nosotros,» [] «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.» [] A él busco en tus libros. De él escribió Moisés; [] esto dice él mismo; esto dice la Verdad.

    Capítulo 3. Comienza desde la creación del mundo— sin entender el texto hebreo

    XI, 3, 5

    5. Hazme oír y entender cómo en el principio hiciste tú el cielo y la tierra. [] Moisés escribió esto; lo escribió y se fue— pasó de aquí, de ti a ti. Y ahora no está delante de mí; porque si lo estuviera, le retendría, y le preguntaría, y le conjuraría por ti a que me abriera estas cosas, y prestaría los oídos de mi cuerpo a los sonidos que brotaran de su boca. Y si hablara en lengua hebrea, en vano heriría mis sentidos, y nada tocaría mi mente; pero si en latín, sabría lo que dijo. Mas ¿de dónde sabría yo si dijo verdad? Y aunque supiera esto, ¿lo sabría por él? En verdad, dentro de mí, dentro en la cámara de mi pensamiento, la Verdad, que no es hebrea, ni griega, ni latina, ni bárbara, sin órganos de voz y lengua, sin sonido de sílabas, diría: «Dice la verdad,» y yo, inmediatamente asegurado de ello, diría confiadamente a aquel varón tuyo: «Dices la verdad.» Como, pues, no puedo preguntarle, te ruego a ti — a ti, oh Verdad, lleno de la cual él habló la verdad — a ti, Dios mío, te ruego: perdona mis pecados; y tú, que diste a aquel tu siervo el decir estas cosas, concédeme también a mí el entenderlas.

    Capítulo 4. El cielo y la tierra claman que han sido creados por Dios

    XI, 4, 6

    6. He aquí, el cielo y la tierra existen; proclaman que fueron hechos, porque cambian y varían. Y todo aquello que no ha sido hecho, y sin embargo tiene ser, no tiene nada en sí que no hubiera antes; esto es lo que es ser cambiado y variado. También proclaman que no se hicieron a sí mismos; «por tanto, somos porque hemos sido hechos; no éramos, pues, antes de ser, de modo que pudiéramos habernos hecho a nosotros mismos.» Y la voz de los que hablan es en sí misma una evidencia. Tú, pues, Señor, hiciste estas cosas; tú que eres hermoso, porque ellas son hermosas; tú que eres bueno, porque ellas son buenas; tú que eres, porque ellas son. Y ni aun así son hermosas, ni buenas, ni son, como tú, su Creador, eres; en comparación contigo, no son hermosas, ni buenas, ni son en absoluto. Estas cosas las sabemos, gracias a ti. Y nuestro conocimiento, comparado con tu conocimiento, es ignorancia.

    Capítulo 5. Dios creó el mundo no de una materia cierta, sino en su propia Palabra

    XI, 5, 7

    7. ¿Pero cómo hiciste tú el cielo y la tierra, y cuál fue el instrumento de tan poderosa obra tuya? Pues no fue como un artífice humano que forma un cuerpo de otro cuerpo, según el capricho de su mente, pudiendo en cierto modo asignar una forma que percibe en sí mismo por su ojo interior. ¿Y de dónde podría él hacer esto, si tú no hubieras hecho aquella mente? Y asigna a lo ya existente, y como que tiene ser, una forma, como barro, o piedra, o madera, o oro, o cosa semejante. ¿Y de dónde serían estas cosas, si tú no las hubieras ordenado? Tú hiciste para el artífice su cuerpo— tú la mente que manda a los miembros— tú la materia de que hace algo, — tú la capacidad con que puede aprehender su arte, y ver dentro lo que puede hacer fuera— tú el sentido de su cuerpo, por el cual, como por un intérprete, puede transmitir de la mente a la materia lo que hace, y referir a su mente lo que se haya hecho, para que ella, consultando a la verdad que preside sobre sí misma, vea si está bien hecho. Todas estas cosas te alaban a ti, Creador de todo. ¿Pero cómo las haces tú? ¿Cómo, oh Dios, hiciste tú el cielo y la tierra? En verdad, ni en el cielo ni en la tierra hiciste el cielo y la tierra; ni en el aire, ni en las aguas, puesto que éstas también pertenecen al cielo y a la tierra; ni en el mundo entero hiciste el mundo entero; porque no había lugar donde pudiera ser hecho antes de ser hecho, para que fuera; ni tenías en tu mano nada con que hacer el cielo y la tierra. Pues ¿de dónde podrías tener lo que no habías hecho, para hacer de ello algo? Porque ¿qué es, sino porque tú eres? Por tanto, hablaste y fueron hechos, y en tu Verbo hiciste estas cosas.

    Capítulo 6. No lo creó, sin embargo, por una palabra sonora y pasajera

    XI, 6, 8

    8. ¿Pero cómo hablaste tú? ¿Acaso de aquella manera en que la voz vino de la nube, diciendo: «Este es mi Hijo amado»? [] Porque aquella voz fue emitida y pasó, comenzó y terminó. Las sílabas sonaron y pasaron, la segunda después de la primera, la tercera después de la segunda, y así en orden, hasta la última después de las demás, y el silencio después de la última. De aquí es claro y manifiesto que la expresó el movimiento de una criatura, movimiento temporal, que obedecía a tu eterna voluntad. Y estas palabras tuyas, formadas en el tiempo, el oído exterior las transmitió a la mente inteligente, cuyo oído interior estaba atento a tu palabra eterna. Mas esta mente comparó estas palabras que sonaban en el tiempo con tu palabra eterna en el silencio, y dijo: «Es diferente, muy diferente. Estas palabras están muy por debajo de mí, y no son, puesto que huyen y pasan; pero la Palabra de mi Señor permanece sobre mí para siempre.» Si, pues, con palabras sonoras y fugaces dijiste que se hicieran el cielo y la tierra, y así hiciste el cielo y la tierra, ya había una criatura corpórea antes del cielo y de la tierra, por cuyos movimientos temporales aquella voz pudiera tomar su curso en el tiempo. Pero nada corpóreo había antes del cielo y de la tierra; o si lo había, ciertamente tú, sin voz transitoria, habías creado aquello de donde harías la voz pasajera, con la cual decir que se hicieran el cielo y la tierra. Pues cualquier cosa que fuera aquella de que se hizo tal voz, si no fuera hecha por ti, no podría existir en absoluto. ¿Por qué palabra tuya se decretó que se hiciera un cuerpo, mediante el cual se hicieran estas palabras?

    Capítulo 7. Por su Verbo coeterno habla, y todas las cosas son hechas

    XI, 7, 9

    9. Nos llamas, pues, a entender la Palabra, Dios contigo, Dios, [] la cual es dicha eternamente, y por ella son dichas todas las cosas eternamente. Pues lo que se decía no se acababa, y se decía otra hasta que todas fueran dichas; sino todas a la vez y para siempre. De otro modo tendríamos tiempo y cambio, y no verdadera eternidad, ni verdadera inmortalidad. Esto lo sé, oh Dios mío, y doy gracias. Lo sé, te lo confieso, oh Señor, y todo el que no es ingrato a la verdad cierta, lo sabe y te bendice conmigo. Sabemos, oh Señor, sabemos; pues en la medida en que algo no es lo que era, y es lo que no era, en esa medida muere y resucita. Nada, por tanto, de tu Palabra cede su lugar y vuelve a tomarlo, porque es verdaderamente inmortal y eterna. Y, por tanto, al Verbo coeterno contigo, tú dices a la vez y para siempre todo lo que dices; y todo lo que dices que sea hecho, es hecho; ni haces de otro modo que hablando; sin embargo, no todas las cosas que haces hablando son hechas a la vez y eternas.

    Capítulo 8

    Aquel Verbo mismo es el Principio de todas las cosas, en el cual somos instruidos en cuanto a la verdad evangélica

    XI, 8, 10

    10. ¿Por qué es esto, te ruego, oh Señor, Dios mío? Lo veo, sin embargo; pero cómo expresarlo, no lo sé, a no ser que todo lo que comienza a ser y deja de ser, entonces comienza y cesa cuando en tu eterna Razón se conoce que debe comenzar o cesar, donde nada comienza ni cesa. Lo mismo es tu Verbo, que es también «el Principio,» porque también nos habla. Así, en el Evangelio habla por medio de la carne; y esto sonó exteriormente en los oídos de los hombres, para que fuera creído y buscado interiormente, y para que fuera hallado en la Verdad eterna, donde el buen y único Maestro enseña a todos sus discípulos. Allí, oh Señor, oigo tu voz, la voz de uno que me habla, puesto que nos habla a nosotros aquel que nos enseña. Pero el que no nos enseña, aunque hable, no nos habla. Además, ¿quién nos enseña, sino la Verdad inmutable? Pues aun cuando somos amonestados por medio de una criatura mudable, somos conducidos a la Verdad inmutable. Allí aprendemos verdaderamente, estando en pie y oyéndole, y nos gozamos grandemente «con la voz del Esposo,» [] que nos restituye a aquello de donde somos. Y, por tanto, el Principio, porque si no permaneciera, no habría, cuando nos extraviáramos, adónde volver. Pero cuando volvemos del error, es conociendo que volvemos. Mas para que conozcamos, Él nos enseña, porque Él es el Principio y nos habla.

    Capítulo 9. La Sabiduría y el Principio

    XI, 9, 11

    11. En este Principio, oh Dios, hiciste tú el cielo y la tierra— en tu Verbo, en tu Hijo, en tu Poder, en tu Sabiduría, en tu Verdad, hablando maravillosamente y haciendo maravillosamente. ¿Quién lo comprenderá? ¿Quién lo referirá? ¿Qué es eso que resplandece a través de mí, y hiere mi corazón sin herirlo, y yo a la vez me estremezco y ardo? Me estremezco en cuanto soy desemejante a ello; y ardo en cuanto soy semejante. Es la Sabiduría misma la que resplandece a través de mí, disipando mi oscuridad, que de nuevo me abruma, desfalleciendo yo por ello, en las tinieblas y la multitud de mi castigo. Porque mi fuerza se ha debilitado en la necesidad, de modo que no puedo soportar mis bienes, hasta que tú, oh Señor, que has sido propicio a todas mis iniquidades, sanes también todas mis enfermedades; porque tú redimirás mi vida de la corrupción, y me coronarás con tu bondad y misericordia, y saciarás mi deseo con bienes, porque mi juventud se renovará como la del águila. Porque en esperanza somos salvos; y por la paciencia aguardamos tus promesas. [] El que pueda, oiga cómo discurres dentro. Yo clamaré con confianza desde tu oráculo: ¡Cuán maravillosas son tus obras, oh Señor! En Sabiduría las hiciste todas. Y esta Sabiduría es el Principio, y en ese Principio hiciste el cielo y la tierra.

    Capítulo 10. La temeridad de los que preguntan qué hacía Dios antes de crear el cielo y la tierra

    XI, 10, 12

    12. Mirad, ¿no están llenos de su antigua manera los que nos dicen: «¿Qué hacía Dios antes de hacer el cielo y la tierra? Porque si,» dicen, «estaba desocupado, y no hacía nada, ¿por qué no cesa también para siempre, y desde ahora, de obrar, como en tiempos pasados lo hizo? Porque si ha surgido en Dios un movimiento nuevo, y una voluntad nueva, para formar una criatura que nunca antes había formado, ¿cómo puede ser verdadera eternidad aquella en que surge una voluntad que antes no era? Pues la voluntad de Dios no es criatura, sino anterior a la criatura; porque nada podría ser creado si la voluntad del Creador no fuera anterior a ello. La voluntad de Dios, por tanto, pertenece a su misma Sustancia. Pero si algo hubiera surgido en la Sustancia de Dios que antes no fuera, aquella Sustancia no se llamaría verdaderamente eterna. Mas si era voluntad eterna de Dios que la criatura existiera, ¿por qué la criatura no es también desde la eternidad?»

    Capítulo 11

    Los que esto preguntan no han conocido aún la eternidad de Dios, que está exenta de la relación del tiempo

    XI, 11, 13

    13. Los que dicen estas cosas no te entienden aún, oh Sabiduría de Dios, oh luz de las almas; no entienden aún cómo se hacen las cosas que son hechas por ti y en ti. Se esfuerzan incluso por comprender las cosas eternas; pero su corazón revolotea aún entre los movimientos pasados y futuros de las cosas, y todavía vacila. ¿Quién lo detendrá y lo fijará, para que repose un poco, y poco a poco alcance la gloria de aquella eternidad siempre estable, y la compare con los tiempos que nunca se detienen, y vea que es incomparable; y que un tiempo largo no puede hacerse largo sino por los muchos movimientos que pasan, los cuales no pueden prolongarse en el mismo instante; mas en lo Eterno nada pasa, sino que todo es presente; y ningún tiempo es todo presente; y vea que todo tiempo pasado es empujado por el futuro, y que todo futuro sigue del pasado, y que todo, tanto lo pasado como lo futuro, es creado y procede de aquello que siempre es presente? ¿Quién detendrá el corazón del hombre, para que se esté quieto, y vea cómo la eternidad inmóvil, que no es ni futura ni pasada, profiere los tiempos futuros y pasados? ¿Podrá mi mano lograr esto, o la mano de mi boca con la persuasión llevar a cabo cosa tan grande?

    Capítulo 12. Qué hacía Dios antes de la creación del mundo

    XI, 12, 14

    14. He aquí que respondo al que pregunta: "¿Qué hacía Dios antes de hacer el cielo y la tierra?" No respondo lo que se dice que respondió cierto hombre, burlándose para eludir la fuerza de la pregunta: "Preparaba el infierno —dijo— para los que escudriñan los misterios". Una cosa es entender y otra burlarse; no respondo así. Pues de mejor gana respondería: "No sé lo que no sé", antes que hacer objeto de risa al que pregunta cosas profundas y ganar alabanza como quien responde cosas falsas. Mas digo que tú, Dios nuestro, eres el Creador de toda criatura; y si por el término "cielo y tierra" se entiende toda criatura, digo con osadía: "Que antes de hacer Dios el cielo y la tierra, no hizo nada. Porque si hizo algo, ¿qué hizo sino la criatura?" ¡Y ojalá supiera yo todo lo que deseo saber para mi provecho, como sé que ninguna criatura fue hecha antes de que criatura alguna fuese hecha!

    Capítulo 13. Antes de los tiempos creados por Dios, no había tiempos

    XI, 13, 15–16

    15. Mas si el pensamiento errante de alguno vagara por las imágenes de los tiempos pasados, y se maravillara de que tú, Dios todopoderoso, creador y sustentador de todo, artífice del cielo y de la tierra, te abstuvieras durante innumerables siglos de tan gran obra antes de hacerla, despierte y considere que se maravilla de cosas falsas. Pues ¿cómo pudieron pasar innumerables siglos que tú no hiciste, siendo tú el Autor y Creador de todos los siglos? ¿O qué tiempos serían esos que no fueron hechos por ti? ¿O cómo habrían de pasar si no hubieran sido? Siendo, pues, tú el Creador de todos los tiempos, si hubo algún tiempo antes de que hicieras el cielo y la tierra, ¿por qué se dice que te abstuviste de obrar? Porque aquel mismo tiempo lo hiciste tú, y no pudieron pasar tiempos antes de que hicieras los tiempos. Mas si antes del cielo y de la tierra no había tiempo alguno, ¿por qué se pregunta qué hacías entonces? Pues no había "entonces" donde no había tiempo.
    16. Ni tú precedes al tiempo con el tiempo; de otro modo no precederías a todos los tiempos. Mas en la excelencia de una eternidad siempre presente, precedes a todos los tiempos pasados y sobrevives a todos los futuros, porque son futuros, y cuando hayan venido serán pasados; mas "tú eres el mismo, y tus años no tendrán fin". Tus años ni van ni vienen; mas los nuestros van y vienen, para que todos vengan. Todos tus años están a la vez, puesto que permanecen; ni los que se van son excluidos por los que vienen, porque no pasan; mas todos los nuestros serán cuando todos dejen de ser. Tus años son un solo día, y tu día no es cada día, sino hoy; porque tu hoy no cede ante el mañana, pues no sigue al ayer. Tu hoy es la eternidad; por eso engendraste al Coeterno, a quien dijiste: "Hoy te he engendrado". Tú has hecho todo tiempo, y antes de todos los tiempos eres, y en ningún tiempo no hubo tiempo.

    Capítulo 14. Ni el tiempo pasado ni el futuro, sino solo el presente, es realmente

    XI, 14, 17

    17. En ningún tiempo, pues, habías dejado de hacer algo, porque habías hecho el tiempo mismo. Y ningún tiempo es coeterno contigo, porque tú permaneces para siempre; mas si estos permanecieran, no serían tiempos. Porque ¿qué es el tiempo? ¿Quién podrá explicarlo fácil y brevemente? ¿Quién podrá comprenderlo con el pensamiento, siquiera para pronunciar una palabra acerca de ello? ¿Y qué cosa mencionamos al hablar más familiar y conocidamente que el tiempo? Y ciertamente lo entendemos cuando hablamos de él; lo entendemos también cuando oímos a otro hablar de él. ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo al que me lo pregunta, no lo sé. Sin embargo digo con confianza que sé que si nada pasara, no habría tiempo pasado; y si nada viniera, no habría tiempo futuro; y si nada fuera, no habría tiempo presente. Aquellos dos tiempos, pues, pasado y futuro, ¿cómo son, cuando el pasado ya no es, y el futuro todavía no es? Mas el presente, si fuera siempre presente y no pasara a tiempo pasado, ya no sería tiempo, sino eternidad. Si, pues, el tiempo presente —si es tiempo— solo llega a existir porque pasa a tiempo pasado, ¿cómo decimos que es, aquello cuya causa de ser es que no sea —a saber, de modo que no podemos decir con verdad que el tiempo es, sino porque tiende a no ser?
    Comentario editorial · «¿Qué es el tiempo?»
    La pregunta de XI, 14, 17 («Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo al que me lo pregunta, no lo sé») abre el análisis del tiempo, que Pilkington, en su prefacio, cuenta entre las especulaciones sobre la memoria, el tiempo y la creación de los libros X y XI. Cita dos valoraciones de estudiosos franceses del siglo XIX: la de Saisset, que dice que Agustín, en su análisis del tiempo y en su intento de conciliar la eternidad de la acción creadora con la dependencia de lo creado, «ha tocado con mano atrevida y delicada uno de los misterios más profundos de la mente humana»; y la de Desjardins, que alaba la profundidad de lo que dice del tiempo. Son juicios de dos intérpretes, no un consenso.

    Capítulo 15. Solo hay un momento de tiempo presente

    XI, 15, 18–20

    18. Y sin embargo decimos que "el tiempo es largo y el tiempo es corto"; y no decimos esto sino del tiempo pasado y futuro. Un tiempo pasado largo, por ejemplo, llamamos a cien años atrás; del mismo modo, un tiempo futuro largo, a cien años venideros. Mas un tiempo pasado corto llamamos, digamos, a diez días atrás; y un tiempo futuro corto, a diez días venideros. ¿Pero en qué sentido es largo o corto lo que no es? Porque lo pasado ya no es, y lo futuro todavía no es. No digamos, pues: "Es largo"; mas digamos de lo pasado: "Ha sido largo", y de lo futuro: "Será largo". ¡Oh Señor mío, luz mía! ¿No se burlará aquí también tu verdad del hombre? Porque aquel tiempo pasado que fue largo, ¿fue largo cuando ya era pasado, o cuando era aún presente? Pues entonces pudo ser largo cuando había aquello que podía ser largo; mas cuando pasó, ya no era; por lo cual no pudo ser largo lo que en absoluto no era. No digamos, pues: "El tiempo pasado ha sido largo"; porque no hallaremos qué pudo haber sido largo, ya que desde que pasó no es; mas digamos "que el tiempo presente fue largo, porque cuando era presente era largo". Pues aún no había pasado, de modo que no fuera, y por tanto había aquello que podía ser largo. Mas después que pasó, también dejó de ser largo, porque dejó de ser.
    19. Veamos, pues, oh alma humana, si el tiempo presente puede ser largo; pues a ti te es dado percibir y medir los períodos de tiempo. ¿Qué me responderás? ¿Cien años, cuando son presentes, son un tiempo largo? Mira primero si cien años pueden ser presentes. Porque si el primero de estos años está en curso, ese es presente; mas los otros noventa y nueve son futuros, y por tanto todavía no son. Pero si el segundo año está en curso, uno ya es pasado, el otro presente, los restantes futuros. Y así, si fijamos como presente cualquier año intermedio de estos cien, los anteriores a él son pasados, los posteriores futuros; por lo cual cien años no pueden ser presentes. Mira al menos si aquel año mismo que está en curso puede ser presente. Porque si su primer mes está en curso, los restantes son futuros; si el segundo, el primero ya ha pasado, y los demás todavía no son. Por tanto, tampoco el año que está en curso es presente como un todo; y si no es presente como un todo, entonces el año no es presente. Pues doce meses hacen el año, del cual cada mes individual que está en curso es presente, pero los restantes son o pasados o futuros. Aunque tampoco aquel mes que está en curso es presente, sino un solo día: si el primero, los restantes han de venir; si el último, los restantes ya han pasado; si alguno de los intermedios, entonces entre pasados y futuros.
    20. He aquí que el tiempo presente, que solo hallamos que pudo llamarse largo, se reduce apenas al espacio de un día. Mas examinemos también ese, pues no hay un día presente como un todo. Porque está compuesto de veinticuatro horas de noche y de día, de las cuales la primera tiene las restantes futuras, la última las tiene pasadas, y cualquiera de las intermedias tiene las anteriores a ella pasadas, las posteriores futuras. Y aun aquella hora pasa en partículas fugitivas. Lo que de ella ha volado es pasado, lo que queda es futuro. Si se concibe alguna porción de tiempo que no pueda ya dividirse ni en las más minúsculas partículas de momentos, solo esta es la que puede llamarse presente; la cual, sin embargo, vuela tan rápidamente del futuro al pasado, que no puede extenderse con demora alguna. Porque si se extiende, se divide en pasado y futuro; mas el presente no tiene espacio. ¿Dónde, pues, está el tiempo que podamos llamar largo? ¿Es acaso futuro? En verdad no decimos: "Es largo", porque todavía no es, de modo que sea largo; sino que decimos: "Será largo". ¿Cuándo, pues, lo será? Porque si aun entonces, puesto que todavía es futuro, no será largo, porque lo que puede ser largo todavía no es; mas será largo cuando, desde el futuro, que todavía no es, haya comenzado ya a ser, y se haya hecho presente, de modo que pueda haber aquello que puede ser largo; entonces el tiempo presente clama con las palabras de arriba que no puede ser largo.

    Capítulo 16. El tiempo solo puede percibirse o medirse mientras pasa

    XI, 16, 21

    21. Y sin embargo, oh Señor, percibimos los intervalos de los tiempos, y los comparamos entre sí, y decimos que unos son más largos, otros más cortos. Medimos incluso cuánto más corto o más largo sea este tiempo que aquel; y respondemos: "Que este es el doble o el triple, mientras que aquel es solo una vez, o solo tanto como aquel". Mas medimos los tiempos cuando pasan, midiéndolos al percibirlos; pero los tiempos pasados, que ya no son, o los futuros, que todavía no son, ¿quién podrá medirlos? A no ser que alguno ose decir que puede medirse lo que no es. Cuando, pues, el tiempo pasa, puede percibirse y medirse; mas cuando ha pasado, no puede, porque no es.

    Capítulo 17. No obstante, hay tiempo pasado y futuro

    XI, 17, 2

    22. Pregunto, Padre, no afirmo. Oh Dios mío, gobiérname y guíame. ¿Quién hay que pueda decirme que no hay tres tiempos (como aprendimos de niños, y como hemos enseñado a los niños): pasado, presente y futuro, sino solo presente, porque aquellos dos no son? ¿O son también; mas cuando del futuro se hace presente, sale de algún lugar secreto, y cuando del presente se hace pasado, se retira a algo secreto? Porque ¿dónde han visto las cosas futuras los que las predijeron, si todavía no son? Pues lo que no es no puede verse. Y los que narran cosas pasadas no podrían narrarlas como verdaderas si no las percibieran en su mente. Las cuales cosas, si no fueran, de ningún modo podrían discernirse. Hay, pues, cosas futuras y pasadas.

    Capítulo 18. Los tiempos pasados y futuros no pueden pensarse sino como presentes

    XI, 18, 23–24

    23. Permíteme, oh Señor, indagar más; oh Esperanza mía, que mi propósito no sea confundido. Porque si hay tiempos pasados y futuros, deseo saber dónde están. Mas si todavía no lo consigo, sé al menos que, dondequiera que estén, no están allí como futuros o pasados, sino como presentes. Porque si también allí fueran futuros, todavía no están allí; si aun allí fueran pasados, ya no están allí. Dondequiera, pues, que estén, sean lo que sean, solo están como presentes. Aunque las cosas pasadas se narran como verdaderas, se sacan de la memoria —no las cosas mismas, que han pasado, sino las palabras concebidas a partir de las imágenes de las cosas, que formaron en la mente como huellas a su paso por los sentidos. Mi niñez, ciertamente, que ya no es, está en el tiempo pasado, que ya no es; mas cuando evoco su imagen y hablo de ella, la contemplo en el presente, porque está aún en mi memoria. Si habrá una causa semejante para predecir las cosas futuras —que de las cosas que todavía no son se perciban las imágenes como ya existentes—, confieso, Dios mío, que no lo sé. Esto ciertamente lo sé: que generalmente pensamos de antemano en nuestras acciones futuras, y que esta premeditación es presente; mas la acción sobre la que premeditamos todavía no es, porque es futura; la cual, cuando la hayamos emprendido, y hayamos comenzado a hacer aquello que premeditábamos, entonces será aquella acción, porque entonces ya no es futura, sino presente.
    24. De cualquier manera, pues, que sea esta secreta preconcepción de las cosas futuras, nada puede verse sino lo que es. Mas lo que ahora es no es futuro, sino presente. Cuando, pues, se dice que se ven las cosas futuras, no son ellas mismas las que se ven, que todavía no son (esto es, que son futuras); sino que quizá se ven sus causas o sus signos, que ya son. Por tanto, para los que ya los contemplan, no son futuros, sino presentes, a partir de los cuales se predicen las cosas futuras concebidas en la mente. Las cuales concepciones, a su vez, ahora son, y los que predicen aquellas cosas contemplan estas concepciones presentes ante ellos. Sírvanme de ejemplo tan multitudinaria variedad de cosas. Contemplo el alba; predigo que el sol está a punto de salir. Lo que contemplo es presente; lo que predigo es futuro —no que el sol sea futuro, que ya es; sino su salida, que todavía no es. Mas aun su salida no podría predecirla si no tuviera una imagen de ella en mi mente, como ahora la tengo mientras hablo. Pero aquel alba que veo en el cielo no es la salida del sol, aunque pueda precederla, ni aquella imaginación en mi mente; las cuales dos cosas se ven como presentes, para que aquella otra, que es futura, pueda predecirse. Las cosas futuras, pues, todavía no son; y si todavía no son, no son. Y si no son, no pueden verse en absoluto; mas pueden predecirse a partir de las cosas presentes que ahora son, y que se ven.

    Capítulo 19. Ignoramos de qué manera enseña Dios las cosas futuras

    XI, 19, 25

    25. Tú, pues, Gobernador de tus criaturas, ¿cuál es el método por el que enseñas a las almas las cosas que son futuras? Porque tú has enseñado a tus profetas. ¿Cuál es aquel modo por el que tú, para quien nada es futuro, enseñas las cosas futuras; o más bien, de las cosas futuras enseñas las presentes? Porque lo que no es, de cierto no puede enseñarse. Demasiado lejos está este modo de mi vista; es demasiado poderoso para mí, no puedo alcanzarlo; mas por ti podré, cuando tú me lo hayas concedido, dulce luz de mis ojos ocultos.

    Capítulo 20. De qué manera puede designarse propiamente el tiempo

    XI, 20, 26

    26. Mas lo que ahora es manifiesto y claro es que ni hay cosas futuras ni pasadas. Ni se dice propiamente: "Hay tres tiempos: pasado, presente y futuro"; mas acaso se diría propiamente: "Hay tres tiempos: un presente de las cosas pasadas, un presente de las cosas presentes y un presente de las cosas futuras". Porque estos tres existen de algún modo en el alma, y no los veo de otra manera: presente de cosas pasadas, la memoria; presente de cosas presentes, la visión; presente de cosas futuras, la expectación. Si se nos permite hablar así, veo tres tiempos, y concedo que son tres. También puede decirse: "Hay tres tiempos: pasado, presente y futuro", como el uso falsamente lo tiene. Mira, no me inquieto, ni contradigo, ni reprendo; con tal que se entienda lo que se dice: que ni lo futuro, ni lo que es pasado, ahora es. Porque son pocas las cosas que hablamos con propiedad; muchas, impropiamente; pero se entiende lo que queremos decir.

    Capítulo 21. Cómo puede medirse el tiempo

    XI, 21, 27

    27. Acabo de decir, pues, que medimos los tiempos al pasar, para poder decir que este tiempo es el doble que aquel, o que este es solo tanto como aquel, y así de cualesquiera otras de las partes del tiempo que podamos determinar midiendo. Por lo cual, como dije, medimos los tiempos al pasar. Y si alguno me preguntara: "¿De dónde lo sabes?", puedo responder: "Lo sé, porque medimos; y no podemos medir cosas que no son; y las cosas pasadas y futuras no son". Mas ¿cómo medimos el tiempo presente, puesto que no tiene espacio? Se mide mientras pasa; mas cuando haya pasado, no se mide; porque no habrá nada que pueda medirse. Pero ¿de dónde, de qué manera y a dónde pasa mientras se mide? ¿De dónde, sino del futuro? ¿Por qué vía, sino a través del presente? ¿A dónde, sino al pasado? De aquello, pues, que todavía no es, a través de aquello que no tiene espacio, a aquello que ya no es. Mas ¿qué medimos, sino el tiempo en algún espacio? Pues no decimos simple, y doble, y triple, e igual, o de cualquier otra manera en que hablamos del tiempo, sino con respecto a los espacios de los tiempos. ¿En qué espacio, pues, medimos el tiempo que pasa? ¿Acaso en el futuro, de donde pasa? Pero lo que todavía no es, no lo medimos. ¿O en el presente, por el que pasa? Pero no medimos lo que no tiene espacio. ¿O en el pasado, a donde pasa? Pero lo que ya no es, no lo medimos.

    Capítulo 22. Ruega a Dios que le explique este enigma tan enmarañado

    XI, 22, 28

    28. Mi alma anhela conocer este enigma tan enmarañado. No cierres, Señor Dios mío, Padre bueno — por Cristo te lo suplico — no cierres estas cosas, comunes y ocultas, a mi deseo, para que se vea impedido de penetrarlas; antes haz que amanezcan por tu misericordia iluminadora, Señor. ¿A quién preguntaré sobre estas cosas? ¿Y a quién confesaré mi ignorancia con más provecho que a ti, a quien no son molestos estos mis estudios tan ardientemente encendidos hacia tus Escrituras? Dame lo que amo; porque amo, y esto me lo has dado tú. Da, Padre, que sabes dar buenas dádivas a tus hijos. [] Da, ya que he emprendido conocer, y la fatiga está delante de mí hasta que tú lo abras. Por Cristo te lo suplico, en su nombre, Santo de los Santos, que nadie me interrumpa. Porque creí, y por eso hablo. Esta es mi esperanza; para esto vivo, para contemplar las delicias del Señor. He aquí que has envejecido mis días, y pasan, y de qué manera no lo sé. Y hablamos de tiempo y tiempo, tiempos y tiempos— «¿Cuánto tiempo ha desde que dijo esto?» «¿Cuánto tiempo ha desde que hizo esto?» y, «¿Cuánto tiempo ha desde que vi aquello?» y, «Esta sílaba tiene doble tiempo que aquella sílaba breve.» Estas palabras decimos, y estas oímos; y nos entienden, y entendemos. Son manifestísimas y usualísimas, y las mismas cosas se ocultan de nuevo en demasía, y su descubrimiento es nuevo.

    Capítulo 23. Que el tiempo es una cierta extensión

    XI, 23, 29–30

    29. He oído de un hombre docto que los movimientos del sol, de la luna y de las estrellas constituían el tiempo, y no lo acepté. Pues ¿por qué no habrían de ser más bien tiempo los movimientos de todos los cuerpos? ¿Qué, si cesaran las lumbreras del cielo y girase una rueda de alfarero, no habría tiempo con el cual pudiéramos medir aquellas revoluciones y decir, o que giraba con pausas iguales, o que, si se movía unas veces más despacio, otras más deprisa, unas revoluciones eran más largas y otras menos? ¿O, mientras decíamos esto, no estaríamos hablando también en el tiempo? ¿O habría en nuestras palabras unas sílabas largas y otras breves, sino porque aquellas sonaron en un tiempo más largo y estas en uno más breve? Dios conceda a los hombres ver en una cosa pequeña ideas comunes a las cosas grandes y pequeñas. Las estrellas y lumbreras del cielo son «para señales y para estaciones, y para días y años.» [] Sin duda lo son; pero ni yo diría que el circuito de aquella rueda de madera era un día, ni él diría que por eso no había tiempo.
    30. Deseo conocer la fuerza y la naturaleza del tiempo, con el cual medimos los movimientos de los cuerpos y decimos (por ejemplo) que este movimiento es el doble de largo que aquel. Porque, pregunto, puesto que «día» no significa solamente la permanencia del sol sobre la tierra, según la cual una cosa es el día y otra la noche, sino también todo su circuito de oriente a oriente — según lo cual decimos, «Han pasado tantos días» (quedando incluidas las noches cuando decimos «tantos días,» sin contar aparte sus espacios) —, puesto que, digo, el día se termina por el movimiento del sol y por su circuito de oriente a oriente, pregunto si el movimiento mismo es el día, o el espacio en que aquel movimiento se realiza, o ambas cosas. Pues si lo primero fuese el día, habría día aunque el sol realizase aquel curso en un espacio de tiempo tan pequeño como una hora. Si lo segundo, no habría día si de una salida del sol a otra hubiese un espacio tan corto como una hora, sino que el sol debería dar veinticuatro vueltas para completar un día. Si ambas cosas, ni aquello podría llamarse día si el sol recorriese toda su órbita en el espacio de una hora, ni esto, si, estando quieto el sol, pasase tanto tiempo cuanto el sol acostumbra emplear en todo su curso de mañana a mañana. No preguntaré, pues, ahora qué es lo que se llama día, sino qué es el tiempo, con el cual, midiendo el circuito del sol, diríamos que se realizó en la mitad del espacio de tiempo acostumbrado, si se hubiera completado en un espacio tan pequeño como doce horas; y comparando ambos tiempos, llamaríamos a aquel tiempo simple y a este doble, aunque el sol corriese su curso de oriente a oriente unas veces en aquel tiempo simple y otras en aquel doble. Que nadie, pues, me diga que los movimientos de los cuerpos celestes son el tiempo, porque, cuando a la oración de uno se detuvo el sol para que lograse su batalla victoriosa, el sol se detuvo, pero el tiempo prosiguió. Pues en aquel espacio de tiempo que fue suficiente se libró y terminó aquella batalla. [] Veo, pues, que el tiempo es una cierta extensión. Pero ¿la veo, o me parece verla? Tú, oh Luz y Verdad, me lo mostrarás.

    Capítulo 24. Que el tiempo no es el movimiento de un cuerpo que medimos por el tiempo

    XI, 24, 31

    31. ¿Me mandas que asienta si alguno dijese que el tiempo es «el movimiento de un cuerpo?» No me lo mandas. Porque oigo que ningún cuerpo se mueve sino en el tiempo. Esto lo dices tú; pero que el movimiento mismo de un cuerpo sea el tiempo, no lo oigo; tú no lo dices. Pues cuando un cuerpo se mueve, yo mido por el tiempo cuánto puede estar moviéndose, desde el tiempo en que comenzó a moverse hasta que cesó. Y si no vi desde dónde comenzó, y continúa moviéndose, de modo que no veo cuándo cesa, no puedo medir, a no ser, acaso, desde el tiempo en que comencé hasta que dejo de verlo. Pero si miro largo tiempo, sólo declaro que el tiempo es largo, pero no cuánto puede serlo, porque cuando decimos «cuánto tiempo,» hablamos por comparación, como «Esto es tan largo como aquello,» o «Esto es el doble de largo que aquello,» o cualquier otra cosa semejante. Pero si pudiéramos anotar las distancias de los lugares de donde y a donde va el cuerpo que se mueve, o de sus partes, si se mueve como en una rueda, podemos decir en cuánto tiempo se realizó el movimiento del cuerpo o de su parte, de este lugar a aquel. Pues siendo una cosa el movimiento de un cuerpo y otra aquello con que medimos cuánto dura, ¿quién no ve cuál de estas cosas debe llamarse más bien tiempo? Porque, aunque un cuerpo unas veces se mueva y otras esté quieto, no medimos sólo su movimiento, sino también su quietud, por el tiempo; y decimos: «Estuvo quieto tanto como se movió;» o «Estuvo quieto dos o tres veces más tiempo que se movió;» y cualquier otro espacio que nuestra medición haya determinado o imaginado, más o menos, como solemos decir. Luego el tiempo no es el movimiento de un cuerpo.

    Capítulo 25. Invoca a Dios para que ilumine su mente

    XI, 25, 32

    32. Y te confieso, Señor, que todavía ignoro qué es el tiempo; y de nuevo te confieso, Señor, que sé que digo estas cosas en el tiempo, y que ya he hablado largo tiempo del tiempo, y que ese mismo «largo» no es largo sino por la permanencia del tiempo. ¿Cómo, pues, sé esto, cuando no sé qué es el tiempo? ¿O acaso es que no sé de qué modo expresar lo que sé? ¡Ay de mí, que al menos no conozco la medida de mi propia ignorancia! He aquí, Dios mío, delante de ti no miento. Como hablo, así está mi corazón. Tú encenderás mi lámpara; tú, Señor Dios mío, iluminarás mis tinieblas.

    Capítulo 26. Medimos los acontecimientos más largos por los más breves en el tiempo

    XI, 26, 33

    33. ¿No derrama ante ti mi alma en confesión verdadera que yo mido los tiempos? Pero ¿así mido, Dios mío, y no sé lo que mido? Mido el movimiento de un cuerpo por el tiempo; ¿y no mido el tiempo mismo? Pero, en verdad, ¿podría medir el movimiento de un cuerpo, cuánto dura y cuánto tarda en venir de este lugar a aquel, si no midiese el tiempo en que se mueve? ¿Cómo, pues, mido este mismo tiempo? ¿O medimos por un tiempo más breve uno más largo, como por el espacio de un codo el espacio de una viga? Pues así, ciertamente, parece que medimos por el espacio de una sílaba breve el espacio de una sílaba larga, y decimos que esta es el doble. Así medimos los espacios de las estrofas por los espacios de los versos, y los espacios de los versos por los espacios de los pies, y los espacios de los pies por los espacios de las sílabas, y los espacios de las sílabas largas por los de las breves; no midiendo por páginas (pues de ese modo medimos espacios, no tiempos), sino cuando al pronunciar las palabras pasan, y decimos, «Es una estrofa larga porque consta de tantos versos; versos largos, porque constan de tantos pies; pies largos, porque se prolongan por tantas sílabas; una sílaba larga, porque es el doble de una breve.» Pero ni así se obtiene una medida cierta del tiempo; puesto que es posible que un verso más breve, si se pronuncia más lentamente, ocupe más tiempo que uno más largo, si se pronuncia más deprisa. Así en una estrofa, así en un pie, así en una sílaba. De donde me pareció que el tiempo no es otra cosa que una prolongación; pero ¿de qué?, no lo sé. Y es admirable para mí si no es de la mente misma. Pues ¿qué mido, te suplico, Dios mío, aun cuando digo ya indefinidamente, «Este tiempo es más largo que aquel;» ya definidamente, «¿Es esto el doble de aquello?» Que mido el tiempo, lo sé. Pero no mido el futuro, porque todavía no es; ni mido el presente, porque no se extiende por ningún espacio; ni mido el pasado, porque ya no es. ¿Qué mido, pues? ¿Acaso los tiempos que pasan, no los pasados? Pues así lo había dicho.

    Capítulo 27. Los tiempos se miden según van pasando

    XI, 27, 34–36

    34. Persevera, alma mía, y presta viva atención. Dios es nuestro auxilio; él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos. Advierte dónde alborea la verdad. He aquí, supón que la voz de un cuerpo comienza a sonar, y suena, y sigue sonando; y he aquí que cesa: ya es silencio, y aquella voz ya pasó y ya no es voz. Antes de sonar era futura, y no podía medirse, porque todavía no era; y ahora no puede, porque ya no es. Entonces, pues, mientras sonaba, podía, porque había entonces algo que podía medirse. Pero aun entonces no estaba quieta, pues iba y pasaba. ¿Acaso podía por eso medirse más? Pues, al pasar, se extendía por algún espacio de tiempo, en el cual pudiera medirse, ya que el presente no tiene espacio. Si, pues, entonces podía medirse, he aquí: supón que otra voz ha comenzado a sonar, y aún suena con tenor continuo sin interrupción alguna; podemos medirla mientras suena; pues cuando haya cesado de sonar, ya será pasada, y no habrá lo que pueda medirse. Midámosla, pues, y digamos cuánto es. Pero aún suena, y no puede medirse sino desde aquel instante en que comenzó a sonar hasta el fin en que cesó. Pues el intervalo mismo lo medimos de algún principio a algún fin. Por lo cual, una voz que aún no ha terminado no puede medirse, de modo que se diga cuán larga o cuán breve es; ni puede decirse que es igual a otra, o simple o doble respecto de ella, o cosa semejante. Pero cuando ha terminado, ya no es. ¿De qué manera, pues, puede medirse? Y sin embargo medimos los tiempos; mas no los que todavía no son, ni los que ya no son, ni los que se prolongan por alguna dilación, ni los que no tienen límites. No medimos, pues, ni los tiempos futuros, ni los pasados, ni los presentes, ni los que pasan; y, sin embargo, medimos los tiempos.
    35. Deus Creator omnium; este verso de ocho sílabas alterna entre sílabas breves y largas. Las cuatro breves, pues, la primera, tercera, quinta y séptima, son simples respecto de las cuatro largas, la segunda, cuarta, sexta y octava. Cada una de estas tiene un tiempo doble respecto de cada una de aquellas. Las pronuncio, doy cuenta de ellas, y así es, como lo percibe el sentido común. Por el sentido común, pues, mido una larga por una breve, y hallo que tiene el doble. Pero cuando una suena después de otra, si la primera es breve y la segunda larga, ¿cómo retendré la breve, y cómo, midiendo, la aplicaré a la larga, para hallar que esta tiene el doble, cuando ciertamente la larga no comienza a sonar a no ser que la breve deje de sonar? A aquella misma larga no la mido como presente, pues no la mido sino cuando ha terminado. Pero su terminación es su pasar. ¿Qué es, pues, lo que puedo medir? ¿Dónde está la sílaba breve con que mido? ¿Dónde la larga que mido? Ambas han sonado, han volado, han pasado, y ya no son; y sin embargo mido, y respondo confiadamente (hasta donde se puede fiar a un sentido ejercitado), que en cuanto al espacio de tiempo esta sílaba es simple, aquella doble. Y no podría hacer esto si no fuera porque han pasado y han terminado. Luego no mido ellas mismas, que ya no son, sino algo en mi memoria, que permanece fijo.
    36. En ti, alma mía, mido los tiempos. No me abrumes con tu clamor. Es decir, no te abrumes a ti misma con la muchedumbre de tus impresiones. En ti, digo, mido los tiempos; la impresión que las cosas, al pasar, hacen en ti, y que, cuando han pasado, permanece, esa mido como tiempo presente, no las cosas que han pasado para que se haga la impresión. Esto mido cuando mido los tiempos. Luego, o éstos son los tiempos, o yo no mido los tiempos. ¿Qué sucede cuando medimos el silencio y decimos que este silencio ha durado tanto como dura aquella voz? ¿No extendemos nuestro pensamiento a la medida de una voz, como si sonase, para poder declarar algo acerca de los intervalos del silencio en un espacio dado de tiempo? Pues cuando la voz y la lengua están quietas, repasamos en el pensamiento poemas y versos, y cualquier discurso, o dimensiones de movimientos; y declaramos acerca de los espacios de tiempos cuánto sea esto respecto de aquello, no de otro modo que si, pronunciándolos, los dijéramos. Si alguno quisiera proferir un sonido prolongado y hubiese determinado de antemano cuánto debía durar, ese hombre ha recorrido en silencio ciertamente un espacio de tiempo, y, entregándolo a la memoria, comienza a proferir aquel discurso, que suena hasta que se extiende al fin propuesto; verdaderamente ha sonado y sonará. Pues lo que de él ya está acabado ciertamente ha sonado, pero lo que resta sonará; y así pasa adelante, hasta que la intención presente traslade el futuro al pasado; el pasado aumentando por la disminución del futuro, hasta que, consumido el futuro, todo sea pasado.

    Capítulo 28. El tiempo en la mente humana, que espera, considera y recuerda

    XI, 28, 37–38

    37. Pero ¿cómo se disminuye o se consume aquel futuro que todavía no es? ¿O cómo aumenta el pasado, que ya no es, a no ser que en la mente que realiza esto se hagan tres cosas? Pues ella espera, considera y recuerda, para que aquello que espera, mediante aquello que considera, pase a aquello que recuerda. ¿Quién, pues, niega que las cosas futuras todavía no son? Pero, sin embargo, ya está en la mente la expectación de las cosas futuras. ¿Y quién niega que las cosas pasadas ya no son ahora? Pero, sin embargo, todavía está en la mente la memoria de las cosas pasadas. ¿Y quién niega que el tiempo presente carece de espacio, porque pasa en un momento? Pero, sin embargo, nuestra consideración permanece, mediante la cual aquello que puede ser presente proceda a hacerse ausente. El tiempo futuro, que no es, no es por tanto largo; pero un «largo futuro» es «una larga expectación del futuro.» Ni es largo el tiempo pasado, que ya no es; mas un pasado largo es «una larga memoria del pasado.»
    38. Voy a repetir un salmo que conozco. Antes de comenzar, mi atención se extiende a todo él; pero cuando he comenzado, cuanto de él va haciéndose pasado al decirlo se extiende en mi memoria; y la vida de esta acción mía se divide entre mi memoria, por lo que ya he repetido, y mi expectación, por lo que estoy a punto de repetir; sin embargo, mi consideración está presente conmigo, mediante la cual aquello que era futuro puede trasladarse de modo que se haga pasado. Cuanto más se hace y se repite esto, tanto más (acortándose la expectación) se ensancha la memoria, hasta que se agote toda la expectación, cuando aquella acción entera, terminada, haya pasado a la memoria. Y lo que sucede en el salmo entero sucede también en cada parte individual de él, y en cada sílaba individual: esto se cumple en la acción más larga, de la cual acaso aquel salmo es una porción; lo mismo se cumple en la vida entera del hombre, de la cual todas las acciones del hombre son partes; lo mismo se cumple en toda la edad de los hijos de los hombres, de la cual todas las vidas de los hombres son partes.

    Capítulo 29

    Que la vida humana es una distracción, pero que por la misericordia de Dios estaba atento al premio de su celestial vocación

    XI, 29, 39

    Mas «porque tu misericordia es mejor que la vida,» he aquí, mi vida no es sino una distracción, y tu diestra me sustentó en mi Señor, el Hijo del hombre, el Mediador entre ti, el Uno, y nosotros los muchos—en muchas distracciones en medio de muchas cosas—para que por él alcance aquello en que fui alcanzado, y sea recogido de mis días antiguos, siguiendo al Uno, olvidando lo que queda atrás; y no distraído, sino atraído, no a lo que será y pasará, sino a lo que está delante []; no distraídamente, sino con ahínco, prosigo hacia el premio de mi celestial vocación, donde oiga la voz de tu alabanza y contemple tus delicias, que ni vienen ni pasan. Mas ahora mis años se consumen en gemidos. Y tú, oh Señor, eres mi consuelo, mi Padre eterno. Mas yo he sido dividido entre los tiempos, cuyo orden no conozco; y mis pensamientos, aun las entrañas más íntimas de mi alma, son desgarrados por variedades tumultuosas, hasta que fluya junto a ti, purgado y fundido en el fuego de tu amor.

    Capítulo 30. De nuevo refuta la vana pregunta, «¿Qué hacía Dios antes de crear el mundo?»

    XI, 30, 40

    40. Y yo seré inmóvil y fijo en ti, en mi molde, tu verdad; ni soportaré las preguntas de los hombres, que por una enfermedad penal tienen sed de más de lo que pueden contener, y dicen: «¿Qué hizo Dios antes de hacer el cielo y la tierra?» O: «¿Cómo le vino a la mente hacer algo, cuando nunca antes había hecho nada?» Concédeles, Señor, que piensen bien lo que dicen, y que vean que donde no hay tiempo no pueden decir «nunca.» Pues lo que se dice que «nunca hizo», ¿qué otra cosa es sino decir que en ningún tiempo lo hizo? Vean, pues, que no pudo haber tiempo sin una criatura, y cesen de hablar esa vanidad. Extiéndanse también a lo que está delante [], y entiendan que tú, eterno Creador de todos los tiempos, eres antes de todos los tiempos, y que ningún tiempo es coeterno contigo, ni criatura alguna, aun si hay alguna criatura más allá de todos los tiempos.

    Capítulo 31. De qué modo el conocimiento de Dios difiere del del hombre

    XI, 31, 41

    41. ¡Oh Señor, Dios mío!, ¿cuál es aquel lugar secreto de tu misterio, y cuán lejos de allí me han arrojado las consecuencias de mis transgresiones? Sana mis ojos para que goce de tu luz. Ciertamente, si hubiera una mente tan colmada de ciencia y de presciencia, a la cual todas las cosas pasadas y futuras le fueran tan conocidas como a mí me es bien conocido un salmo, tal mente sería sumamente admirable y asombrosa; porque todo lo que así ha pasado, y todo lo que ha de venir en las edades futuras, no está más oculto para Él que lo que a mí se me ocultaba al cantar aquel salmo: qué y cuánto de él se había cantado desde el principio, y qué y cuánto quedaba hasta el fin. Mas lejos esté de ti, Creador del universo, Creador de las almas y de los cuerpos — lejos esté de ti conocer todas las cosas futuras y pasadas. Mucho, mucho más maravillosamente y mucho más misteriosamente las conoces tú. Porque no es como los afectos del que canta cosas conocidas u oye un canto conocido — por la expectación de las palabras futuras y el recuerdo de las pasadas — varían y se dividen sus sentidos, que algo así te acontezca a ti, inmutablemente eterno, esto es, Creador verdaderamente eterno de las mentes. Así como, pues, tú en el Principio conociste el cielo y la tierra sin cambio alguno de tu conocimiento, así en el Principio hiciste el cielo y la tierra sin distracción alguna de tu acción. Quien entiende, confiéselo a ti; y quien no entiende, confiéselo a ti. ¡Oh, cuán excelso eres, y sin embargo los humildes de corazón son tu morada!; porque tú levantas a los abatidos, y aquellos cuya exaltación eres tú no caen.
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