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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 2. Que el Dios a quien invocamos está en nosotros, y nosotros en Él
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7. Demuestra con un ejemplo que aun la infancia es propensa al pecado
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. Por qué despreció la literatura griega, y aprendió fácilmente el latín
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 18
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro II
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 4
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. Ataca la doctrina de los maniqueos acerca del mal, de Dios y de la justicia de los patriarcas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Argumenta contra los mismos en cuanto a la razón de las ofensas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 10. Reprende las frivolidades de los maniqueos acerca de los frutos de la tierra
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro IV
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Atormentado por el llanto ante la muerte de su amigo, se procura consuelo a sí mismo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 7. Turbado por la inquietud y el dolor, deja su patria por segunda vez y se va a Cartago
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 14. Acerca de los libros que escribió «sobre lo bello y lo conveniente,» dedicados a Hierio
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 16
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro V
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 9. Atacado por la fiebre, se halla en gran peligro
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11. Helpidio disputó bien contra los maniqueos acerca de la autenticidad del Nuevo Testamento
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VI
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Encamina a la enmienda a su amigo Alipio, poseído de locura por los juegos circenses
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Alipio, inocente, aprehendido como ladrón, es puesto en libertad por la astucia de un arquitecto
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11. Turbado por sus graves errores, medita emprender una vida nueva
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 13. Instado por su madre a tomar esposa, buscó una doncella que le agradaba
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minLibro VII
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que la causa del mal es el libre arbitrio de la voluntad
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6. Refuta las adivinaciones de los astrólogos, deducidas de las constelaciones
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 7. Es duramente ejercitado en cuanto al origen del mal
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. Las cosas divinas se manifiestan más claramente a quien se retira a lo íntimo de su corazón
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14. Desagradándole alguna parte de la creación de Dios, concibe dos sustancias originales
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 19. Todavía no entiende plenamente la sentencia de Juan, de que «la Palabra se hizo carne.»
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro VIII
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 3. Que Dios y los ángeles se gozan más con el retorno de un pecador que con el de muchos justos
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 5. De las causas que nos apartan de Dios
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 7
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. De que la mente manda a la mente, pero no quiere enteramente
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera el espíritu luchó con la carne, para ser libertado de la servidumbre de la vanidad
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minLibro IX
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que, por recomendación de Ambrosio, lee las profecías de Isaías, pero no las entiende
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 8
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 10. Conversación que tuvo con su madre acerca del reino de los cielos
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo lloró a su madre muerta
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 13. Ruega a Dios por sus pecados, y exhorta a sus lectores a recordarla piadosamente
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro X
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que en sus confesiones, para hacer el bien, considera a los demás
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Que Dios no ha de ser hallado ni por las potencias del cuerpo ni por las del alma
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 9
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. La memoria retiene todas las cosas
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 17. Dios no puede ser alcanzado por la fuerza de la memoria, que poseen las bestias y las aves
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 21. Cómo puede ser retenida en la memoria la vida feliz
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 22. La vida feliz es regocijarse en Dios, y por Dios
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 26. Dios responde en todas partes a los que le consultan
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 31
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 32. De los atractivos de los perfumes, que se vencen más fácilmente
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 35. Otra clase de tentación es la curiosidad, que es estimulada por la concupiscencia de los ojos
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 37. Es espoleado con fuerza por el amor de la alabanza
  66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 40. El único lugar seguro de descanso para el alma se halla en Dios
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvación
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Ruega a Dios que por medio de las Santas Escrituras sea conducido a la verdad
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. El cielo y la tierra claman que han sido creados por Dios
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8
  71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 13. Antes de los tiempos creados por Dios, no había tiempos
  72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. El tiempo solo puede percibirse o medirse mientras pasa
  73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21. Cómo puede medirse el tiempo
  74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 24. Que el tiempo no es el movimiento de un cuerpo que medimos por el tiempo
  75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 28. El tiempo en la mente humana, que espera, considera y recuerda
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro XII
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 7. De la nada hizo Dios el cielo y la tierra
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 12. De la tierra informe creó Dios otro cielo y una tierra visible y formada
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 16. No desea tratar con los que niegan la verdad divina
  80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 19. Enumera las cosas en que todos están de acuerdo
  81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 23. Dos clases de desacuerdos en los libros que han de ser explicados
  82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 26. Qué habría pedido a Dios si se le hubiera mandado escribir el libro del Génesis
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 29. Acerca de la opinión de los que lo explican como "Primeramente hizo"
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 2 minCapítulo 32
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro XIII
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 5. Reconoce la Trinidad en los dos primeros versículos del Génesis
  87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que nada surgió sino por el don de Dios
  88. Sesión 88 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que de los hijos de la noche y de las tinieblas se hacen hijos de la luz y del día
  89. Sesión 89 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 16. Que nadie, sino la Luz inmutable, se conoce a sí misma
  90. Sesión 90 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Todos los hombres deben hacerse lumbreras en el firmamento del cielo
  91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 21
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 23. Que tener poder sobre todas las cosas (vers. 26) es juzgar espiritualmente de todas
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. Explica los frutos de la tierra (vers. 29) como obras de misericordia
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 27. Muchos ignoran esto y piden milagros, significados bajo los nombres de «peces» y «ballenas»
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 32. De las obras particulares de Dios, y especialmente del hombre
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 36. El séptimo día, sin tarde ni ocaso, imagen de la vida eterna y del descanso en Dios

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Confesiones

    Hipona, 397–400 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Pilkington (NPNF)71 minPosición: 0% de esta parteParte 13 de 13 · Libro XIIIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CON

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 2. Que el Dios a quien invocamos está en nosotros, y nosotros en Él
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7. Demuestra con un ejemplo que aun la infancia es propensa al pecado
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. Por qué despreció la literatura griega, y aprendió fácilmente el latín
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 18
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro II
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 4
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. Ataca la doctrina de los maniqueos acerca del mal, de Dios y de la justicia de los patriarcas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Argumenta contra los mismos en cuanto a la razón de las ofensas
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 10. Reprende las frivolidades de los maniqueos acerca de los frutos de la tierra
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro IV
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Atormentado por el llanto ante la muerte de su amigo, se procura consuelo a sí mismo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 7. Turbado por la inquietud y el dolor, deja su patria por segunda vez y se va a Cartago
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 14. Acerca de los libros que escribió «sobre lo bello y lo conveniente,» dedicados a Hierio
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 16
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro V
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 9. Atacado por la fiebre, se halla en gran peligro
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11. Helpidio disputó bien contra los maniqueos acerca de la autenticidad del Nuevo Testamento
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VI
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Encamina a la enmienda a su amigo Alipio, poseído de locura por los juegos circenses
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Alipio, inocente, aprehendido como ladrón, es puesto en libertad por la astucia de un arquitecto
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11. Turbado por sus graves errores, medita emprender una vida nueva
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 13. Instado por su madre a tomar esposa, buscó una doncella que le agradaba
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minLibro VII
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que la causa del mal es el libre arbitrio de la voluntad
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6. Refuta las adivinaciones de los astrólogos, deducidas de las constelaciones
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 7. Es duramente ejercitado en cuanto al origen del mal
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. Las cosas divinas se manifiestan más claramente a quien se retira a lo íntimo de su corazón
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14. Desagradándole alguna parte de la creación de Dios, concibe dos sustancias originales
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 19. Todavía no entiende plenamente la sentencia de Juan, de que «la Palabra se hizo carne.»
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro VIII
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 3. Que Dios y los ángeles se gozan más con el retorno de un pecador que con el de muchos justos
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 5. De las causas que nos apartan de Dios
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 7
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. De que la mente manda a la mente, pero no quiere enteramente
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera el espíritu luchó con la carne, para ser libertado de la servidumbre de la vanidad
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minLibro IX
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que, por recomendación de Ambrosio, lee las profecías de Isaías, pero no las entiende
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 8
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 10. Conversación que tuvo con su madre acerca del reino de los cielos
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo lloró a su madre muerta
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 13. Ruega a Dios por sus pecados, y exhorta a sus lectores a recordarla piadosamente
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro X
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que en sus confesiones, para hacer el bien, considera a los demás
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Que Dios no ha de ser hallado ni por las potencias del cuerpo ni por las del alma
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 9
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. La memoria retiene todas las cosas
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 17. Dios no puede ser alcanzado por la fuerza de la memoria, que poseen las bestias y las aves
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 21. Cómo puede ser retenida en la memoria la vida feliz
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 22. La vida feliz es regocijarse en Dios, y por Dios
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 26. Dios responde en todas partes a los que le consultan
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 31
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 32. De los atractivos de los perfumes, que se vencen más fácilmente
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 35. Otra clase de tentación es la curiosidad, que es estimulada por la concupiscencia de los ojos
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 37. Es espoleado con fuerza por el amor de la alabanza
    66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 40. El único lugar seguro de descanso para el alma se halla en Dios
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvación
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Ruega a Dios que por medio de las Santas Escrituras sea conducido a la verdad
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. El cielo y la tierra claman que han sido creados por Dios
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8
    71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 13. Antes de los tiempos creados por Dios, no había tiempos
    72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. El tiempo solo puede percibirse o medirse mientras pasa
    73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21. Cómo puede medirse el tiempo
    74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 24. Que el tiempo no es el movimiento de un cuerpo que medimos por el tiempo
    75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 28. El tiempo en la mente humana, que espera, considera y recuerda
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro XII
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 7. De la nada hizo Dios el cielo y la tierra
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 12. De la tierra informe creó Dios otro cielo y una tierra visible y formada
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 16. No desea tratar con los que niegan la verdad divina
    80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 19. Enumera las cosas en que todos están de acuerdo
    81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 23. Dos clases de desacuerdos en los libros que han de ser explicados
    82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 26. Qué habría pedido a Dios si se le hubiera mandado escribir el libro del Génesis
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 29. Acerca de la opinión de los que lo explican como "Primeramente hizo"
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 2 minCapítulo 32
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro XIII
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 5. Reconoce la Trinidad en los dos primeros versículos del Génesis
    87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que nada surgió sino por el don de Dios
    88. Sesión 88 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que de los hijos de la noche y de las tinieblas se hacen hijos de la luz y del día
    89. Sesión 89 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 16. Que nadie, sino la Luz inmutable, se conoce a sí misma
    90. Sesión 90 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Todos los hombres deben hacerse lumbreras en el firmamento del cielo
    91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 21
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 23. Que tener poder sobre todas las cosas (vers. 26) es juzgar espiritualmente de todas
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. Explica los frutos de la tierra (vers. 29) como obras de misericordia
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 27. Muchos ignoran esto y piden milagros, significados bajo los nombres de «peces» y «ballenas»
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 32. De las obras particulares de Dios, y especialmente del hombre
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 36. El séptimo día, sin tarde ni ocaso, imagen de la vida eterna y del descanso en Dios

    Libro XIII

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · XIII, argumento
    De la bondad de Dios explicada en la creación de las cosas, y de la Trinidad hallada en las primeras palabras del Génesis. La historia acerca del origen del mundo (Génesis 1) se explica alegóricamente, y la aplica a aquellas cosas que Dios obra para el hombre santificado y bienaventurado. Finalmente, pone fin a esta obra, habiendo implorado de Dios el descanso eterno.

    Capítulo 1. Invoca a Dios y se propone adorarle

    XIII, 1, 1

    Te invoco, Dios mío, misericordia mía, que me hiciste y no te olvidaste de mí, aunque yo me olvidé de ti. Te llamo a mi alma, a la cual preparas para recibirte con el deseo que tú le inspiras. No me abandones a mí, que te invoco, tú que me anticipaste antes de que yo te invocara, y con repetidas llamadas me instaste importunamente a que te oyera desde lejos, me convirtiera e invocara a ti que me llamabas. Porque tú, Señor, has borrado todos mis malos merecimientos, para no pagar en mis manos aquello con que caí de ti; y has anticipado todos mis buenos merecimientos, para pagar en tus manos aquello con que me hiciste. Porque antes de que yo existiera, tú eras; y yo no era [algo] a lo que pudieras conceder el ser. Y he aquí que soy, por tu bondad, que anticipó todo esto que me has hecho y de lo cual me has hecho. Porque ni tú tuviste necesidad de mí, ni soy yo un bien tal que pueda servirte de ayuda, Señor y Dios mío; no para servirte como si te fatigaras en el obrar, o como si tu poder fuera menor si le faltara mi ayuda; ni para cultivarte como a la tierra, de modo que quedarías inculto si yo no te cultivara; sino para servirte y adorarte, a fin de obtener de ti el bienestar; pues de ti proviene que yo sea capaz de bienestar.

    Capítulo 2. Todas las criaturas subsisten por la plenitud de la bondad divina

    XIII, 2, 2–3

    Pues de la plenitud de tu bondad subsiste tu criatura, para que un bien que en nada podía aprovecharte, y que, aunque procediera de ti, no era igual a ti, existiera sin embargo, ya que podía ser hecho de ti. ¿Qué merecieron de ti el cielo y la tierra, que hiciste en el principio? Declaren las naturalezas espirituales y corpóreas, que tú hiciste en tu sabiduría, qué merecieron de ti para depender de él; aun las informes e incoadas, cada una en su género, espiritual o corpórea, que se desbordan y se alejan en desemejanza de ti (la espiritual, aunque informe, más excelente que si fuera un cuerpo formado; y la corpórea, aunque informe, más excelente que si fuera absolutamente nada), y así, informes, dependerían de tu Verbo, si por el mismo Verbo no fueran llamadas a tu unidad y dotadas de forma, y por ti, único bien soberano, no fueran todas hechas muy buenas. ¿Cómo han merecido de ti ser siquiera informes, puesto que ni aun esto serían sino por ti?
    ¿Cómo ha merecido de ti la materia corpórea ser siquiera invisible e informe [], puesto que ni aun esto sería si tú no la hubieras hecho; y por tanto, como no era, no podía merecer de ti que fuera hecha? ¿O cómo pudo merecer de ti la criatura espiritual incoada que aun en tinieblas fluyera como el abismo — desemejante de ti —, si no hubiera sido vuelta por el mismo Verbo hacia Aquel por quien fue creada, e iluminada por Él hasta hacerse luz, aunque no igual, pero conforme a aquella Forma que es igual a ti? Pues como para un cuerpo no es lo mismo ser que ser hermoso, porque entonces no podría ser deforme; así, para un espíritu creado no es lo mismo vivir que vivir sabiamente, porque entonces sería inmutablemente sabio. Mas le es bueno adherirse siempre a ti, no sea que, apartándose de ti, pierda la luz que alcanzó al volverse a ti y recaiga en una luz semejante al abismo tenebroso. Pues aun nosotros mismos, que en cuanto al alma somos criatura espiritual, habiéndonos apartado de ti, luz nuestra, fuimos en aquella vida «en otro tiempo tinieblas»; [] y trabajamos en medio de los restos de nuestra oscuridad, hasta que en tu Único seamos tu justicia, como los montes de Dios. Porque hemos sido tus juicios, que son como el gran abismo.

    Capítulo 3. Génesis 1, 3 — De la «luz», entendida como se ve en la criatura espiritual

    XIII, 3, 4

    Mas lo que dijiste en el principio de la creación: «Hágase la luz, y la luz fue hecha» [], no sin razón lo entiendo de la criatura espiritual; porque existía ya entonces una especie de vida a la que tú podías iluminar. Pero así como no había merecido de ti ser una vida tal que pudiera ser iluminada, tampoco, una vez que ya era, mereció de ti ser iluminada. Porque ni su informidad podía agradarte si no se convertía en luz; no por el mero existir, sino contemplando la luz que ilumina y adhiriéndose a ella. De modo que el vivir, y el vivir felizmente, no lo debe a otra cosa que a tu gracia; pues ha sido convertida por un cambio mejor hacia Aquel que no puede mudarse ni a mejor ni a peor; lo cual eres tú solo, porque tú solo eres simplemente, para quien no es una cosa vivir y otra vivir bienaventuradamente, porque tú mismo eres tu propia Bienaventuranza.

    Capítulo 4

    Todas las cosas han sido creadas por la gracia de Dios, y no son de Él como si necesitara de las cosas creadas

    XIII, 4, 5

    ¿Qué podría, pues, faltarle a tu bien, que tú mismo eres, aun cuando estas cosas no hubieran existido jamás, o hubieran permanecido informes? Las cuales hiciste no por indigencia, sino por la plenitud de tu bondad, conteniéndolas y convirtiéndolas a la forma, no como si tu gozo se perfeccionara con ellas. Pues a ti, siendo perfecto, te desagrada su imperfección, y por eso fueron perfeccionadas por ti y te agradaron; mas no como si tú fueras imperfecto y hubieras de perfeccionarte con su perfección. Porque tu buen Espíritu era llevado sobre las aguas [], no sostenido por ellas como si descansara en ellas. Porque a aquellos en quienes se dice que descansa tu buen Espíritu [], Él los hace descansar en sí mismo. Mas tu voluntad incorruptible e inmutable, que en sí misma se basta plenamente, era llevada sobre aquella vida que habías hecho, para la cual no es lo mismo vivir que vivir felizmente, pues fluyendo en su propia oscuridad, también vive; a la cual le queda convertirse hacia Aquel por quien fue hecha, y vivir cada vez más por «la fuente de la vida», y en su luz «ver la luz», y ser perfeccionada, iluminada y hecha feliz.

    Capítulo 5. Reconoce la Trinidad en los dos primeros versículos del Génesis

    XIII, 5, 6

    He aquí, pues, que la Trinidad se me aparece en enigma, la cual eres tú, oh Dios mío, puesto que tú, oh Padre, en el Principio de nuestra sabiduría — que es tu Sabiduría, nacida de ti, igual y coeterna a ti —, esto es, en tu Hijo, creaste el cielo y la tierra. Muchas cosas hemos dicho del cielo de los cielos, de la tierra invisible e informe y del abismo tenebroso, en relación con los vagabundos defectos de su deformidad espiritual, si no se convirtiera hacia Aquel de quien procedía su vida, tal como era, y por su iluminación se hiciera una vida hermosa y el cielo de aquel cielo que después fue puesto entre aguas y aguas. Y bajo el nombre de Dios entendí entonces al Padre, que hizo estas cosas; y bajo el nombre de Principio, al Hijo, en quien las hizo; y creyendo, como creía, que mi Dios era la Trinidad, busqué más en sus santas palabras, y he aquí que tu Espíritu era llevado sobre las aguas. He aquí la Trinidad, Dios mío, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de toda criatura.

    Capítulo 6. Por qué debió mencionarse al Espíritu Santo después de mencionar el cielo y la tierra

    XIII, 6, 7

    Pero ¿cuál fue la causa, oh Luz que dices la verdad? A ti levanto mi corazón; no me enseñe cosas vanas; disipa sus tinieblas y dime, te lo suplico, por la caridad, madre nuestra, dime, te lo ruego, la razón por la cual, después de mencionar el cielo y la tierra invisible e informe y las tinieblas sobre el abismo, tu Escritura menciona al fin a tu Espíritu. ¿Fue acaso porque convenía decir de Él que era «llevado sobre», y esto no podía decirse si antes no se mencionaba aquello «sobre» lo cual ha de entenderse que tu Espíritu era «llevado»? Pues no era «llevado sobre» el Padre ni el Hijo; y no podría decirse rectamente que era «llevado sobre» si fuera «llevado sobre» nada. Por tanto, primero había de hablarse de aquello «sobre» lo cual pudiera ser «llevado»; y luego, de Aquel a quien no convenía mencionar de otro modo sino como habiendo sido «llevado». ¿Por qué, pues, no convenía que se hablara de Él de otro modo, sino como habiendo sido «llevado sobre»?

    Capítulo 7. Que el Espíritu Santo nos lleva a Dios

    XIII, 7, 8

    De aquí, pues, el que pueda siga ahora con su entendimiento a tu apóstol, donde así habla: porque tu amor «se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» []; y donde, «acerca de los dones espirituales», nos enseña y muestra un camino más excelente, el de la caridad; y donde dobla sus rodillas ante ti por nosotros, para que conozcamos el conocimiento sobreeminente del amor de Cristo []. Y por eso desde el principio era Él sobreeminentemente «llevado sobre las aguas». ¿A quién diré esto? ¿Cómo hablar del peso de los deseos concupiscentes, que oprimen hacia el profundo abismo? ¿Y cómo la caridad nos levanta de nuevo, por tu Espíritu que era «llevado sobre las aguas»? ¿A quién lo diré? ¿Cómo decirlo? Porque no hay lugares en que nos sumerjamos y emerjamos. ¿Qué cosa hay más semejante y, a la vez, más desemejante? Son afectos, son amores: la impureza de nuestro espíritu que se desliza hacia abajo con el amor de las preocupaciones, y la santidad del tuyo que nos eleva hacia arriba con el amor del desasimiento; para que levantemos nuestros corazones a ti, donde tu Espíritu es «llevado sobre las aguas», y para que lleguemos a aquel descanso preeminente, cuando nuestra alma haya pasado por las aguas que no tienen sustancia.

    Capítulo 8. Que nada, fuera de Dios, puede dar a la criatura racional un descanso feliz

    XIII, 8, 9

    Cayeron los ángeles, cayó el alma del hombre, y con ello indicaron el abismo de aquel profundo tenebroso, dispuesto para toda criatura espiritual, si tú no hubieras dicho desde el principio: «Hágase la luz», y no hubiera habido luz; y si toda inteligencia obediente de tu ciudad celestial no se hubiera adherido a ti y descansado en tu Espíritu, que inmutablemente es «llevado sobre» todo lo mudable. De otro modo, aun el cielo de los cielos mismo sería un abismo tenebroso, mientras que ahora es luz en el Señor. Pues aun en aquella mísera inquietud de los espíritus que cayeron y, despojados de las vestiduras de tu luz, descubrieron sus propias tinieblas, manifiestas suficientemente cuán noble has hecho a la criatura racional; a la cual nada inferior a ti basta para darle un descanso feliz, y por tanto ni aun ella misma. Porque tú, oh Dios nuestro, iluminarás nuestras tinieblas; de ti provienen nuestras vestiduras de luz, y entonces nuestras tinieblas serán como el mediodía. Date a mí, oh Dios mío, vuélvete a mí; he aquí que te amo, y si es poco, haz que te ame más fuertemente. No puedo medir mi amor, para llegar a conocer cuánto me falta aún, antes de que mi vida corra a tus abrazos y no se aparte hasta que quede escondida en el lugar secreto de tu presencia. Sólo sé esto: que ¡ay de mí si no estoy en ti! — no sólo fuera, sino también dentro de mí mismo —; y toda abundancia que no es mi Dios, es para mí pobreza.

    Capítulo 9. Por qué el Espíritu Santo sólo fue «llevado sobre» las aguas

    XIII, 9, 10

    ¿Acaso no era llevado sobre las aguas ni el Padre ni el Hijo? Si entendemos esto en el espacio, como un cuerpo, tampoco lo era el Espíritu Santo; mas si se trata de la incomutable preeminencia de la Divinidad sobre todo lo mudable, entonces el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran llevados «sobre las aguas». ¿Por qué, pues, se dice esto solamente de tu Espíritu? ¿Por qué se dice de Él solo? ¿Como si hubiera estado en un lugar quien no está en lugar, de quien únicamente está escrito que es tu don? En tu don descansamos; allí te gozamos. Nuestro descanso es nuestro lugar. El amor nos eleva hasta allí, y tu buen Espíritu levanta nuestra bajeza desde las puertas de la muerte. En tu buena voluntad está nuestra paz. El cuerpo, por su propio peso, gravita hacia su propio lugar. El peso no tiende sólo hacia abajo, sino hacia su lugar. El fuego tiende hacia arriba; la piedra, hacia abajo. Son impulsados por sus propios pesos; buscan sus propios lugares. El aceite derramado debajo del agua sube sobre el agua; el agua derramada sobre el aceite se hunde debajo del aceite. Son impulsados por sus propios pesos; buscan sus propios lugares. Fuera de orden, están inquietos; restablecido el orden, descansan. Mi peso es mi amor; por él soy llevado dondequiera que soy llevado. Por tu don somos inflamados y llevados hacia arriba; nos encendemos interiormente y avanzamos. Subimos tus sendas que están en nuestro corazón, y cantamos un cántico gradual; ardemos interiormente con tu fuego, con tu buen fuego, y vamos, porque vamos hacia arriba, a la paz de Jerusalén; porque me alegré cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor.» Allí nos ha colocado tu buena voluntad, para que no deseemos otra cosa que morar allí para siempre.

    Capítulo 10. Que nada surgió sino por el don de Dios

    XIII, 10, 11

    Dichosa criatura, la cual, aunque en sí misma era distinta de ti, no conoció otro estado sino que, apenas hecha, sin intervalo alguno de tiempo, por tu don, que es llevado sobre todo lo mudable, fue elevada por aquella vocación con que dijiste: «Hágase la luz, y la luz fue hecha.» En cambio en nosotros hay diferencia de tiempos, porque fuimos tinieblas y somos hechos luz []; mas de aquélla sólo se dice lo que habría sido si no hubiera sido iluminada. Y esto se dice como si hubiera estado antes errante y tenebrosa, para que así apareciera la causa por la cual fue hecha de otro modo; es decir, que, vuelta a la luz indefectible, se hizo luz. Entienda esto quien pueda; y quien no, pídalo a ti. ¿Por qué me ha de molestar a mí, como si yo pudiera iluminar a «todo hombre que viene a este mundo»?

    Capítulo 11. Que los símbolos de la Trinidad en el hombre — Ser, conocer y querer — jamás se examinan a fondo

    XIII, 11, 12

    12. ¿Quién de nosotros comprende a la Trinidad omnipotente? Y con todo, ¿quién hay que no hable de Ella, si es que Ella es? Rara es aquella alma que, mientras habla de Ella, sabe lo que dice. Y contienden y porfían; mas nadie, sin la paz, ve aquella visión. Quisiera yo que los hombres considerasen estas tres cosas que hay en sí mismos. Estas tres son muy distintas de la Trinidad; pero hablo de cosas en que puedan ejercitarse y probarse, y sentir cuán distintas sean. Mas las tres cosas de que hablo son: Ser, conocer y querer. Porque yo soy, y conozco, y quiero; soy conociendo y queriendo; y conozco que soy y que quiero; y quiero ser y conocer. En estas tres, por tanto, vea quien pueda cuán inseparable es una vida—aun una sola vida, una sola mente y una sola esencia; finalmente, cuán inseparable es la distinción, y sin embargo distinción. Ciertamente el hombre la tiene delante de sí; mire en su interior, y vea, y dígame. Mas cuando descubra y pueda decir algo de estas cosas, no piense entonces que ha descubierto aquello que está sobre estas cosas Inmutable, que Es inmutablemente, y Conoce inmutablemente, y Quiere inmutablemente. Y si por causa de estas tres hay también, donde ellas están, una Trinidad; o si estas tres están en Cada una, de modo que las tres pertenezcan a Cada una; o si ambas cosas a la vez, maravillosamente, simplemente, y sin embargo diversamente, en Sí misma límite de Sí misma, y con todo ilimitada; por la cual Es, y es conocida de Sí misma, y se basta a Sí misma, inmutablemente la Mismísima, por la abundante magnitud de su Unidad—¿quién puede concebirlo prontamente? ¿Quién expresarlo de algún modo? ¿Quién pronunciar temerariamente algo sobre ello?
    Comentario editorial · Ser, conocer y querer
    La tríada de XIII, 11, 12 es una de las imágenes de la Trinidad que Agustín busca en el alma. Pilkington reúne otras en una nota: existencia, conocimiento y amor (La ciudad de Dios XI, 26–27); mente, conocimiento y amor (Sobre la Trinidad IX, 4, 17–18); memoria, entendimiento y voluntad (X, 19); memoria, pensamiento y voluntad (XI, 16); y ser, vida y conocimiento (Sobre el libre albedrío II, 7). Agustín advierte aquí mismo que quien halle algo en esas tres cosas no piense «que ha descubierto aquello que está sobre estas cosas Inmutable». El desarrollo de esa búsqueda es el tratado Sobre la Trinidad.

    Capítulo 12. Explicación alegórica del Génesis, cap. I, acerca del origen de la Iglesia y de su culto

    XIII, 12, 13

    13. Prosigue en tu confesión, di al Señor tu Dios, oh fe mía: Santo, Santo, Santo, oh Señor Dios mío, en tu nombre hemos sido bautizados, Padre, Hijo y Espíritu Santo; en tu nombre bautizamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, [] porque también entre nosotros hizo Dios en su Cristo el cielo y la tierra, a saber, el pueblo espiritual y el carnal de su Iglesia. Sí, y nuestra tierra, antes de recibir la «forma de la doctrina» [], era invisible y sin forma, y estábamos cubiertos con las tinieblas de la ignorancia. Porque tú corriges al hombre por la iniquidad, y «tus juicios son un abismo profundo». Mas porque tu Espíritu era «llevado sobre las aguas» [], tu misericordia no desamparó nuestra miseria, y tú dijiste: «Hágase la luz»; «Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca» []. Arrepentíos, hágase la luz. Y porque nuestra alma se turbó dentro de nosotros, nos acordamos de ti, oh Señor, desde la tierra del Jordán, y de aquel monte igual a ti, aunque pequeño por causa nuestra; y habiéndonos desagradado nuestras tinieblas, nos volvimos a ti, «y hubo luz». Y he aquí, en otro tiempo fuimos tinieblas, mas ahora luz en el Señor. []

    Capítulo 13. Que la renovación del hombre no se completa en este mundo

    XIII, 13, 14

    14. Mas todavía «por fe y no por vista» []; porque «por esperanza somos salvos; mas la esperanza que se ve no es esperanza». [] Como aún el abismo llama al abismo, mas en «la voz de tus cataratas». Y todavía aquel que dice: «No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales» [], aun él, todavía, no piensa haberlo ya alcanzado, y olvida lo que queda atrás, y se extiende a lo que está delante, [] y gime agobiado; y su alma tiene sed del Dios vivo, como el ciervo de las fuentes de las aguas, y dice: «¿Cuándo vendré?» «deseando ser revestido de la casa que es del cielo;» [] y llama a este abismo inferior, diciendo: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por la renovación de vuestra mente.» [] Y: «No seáis niños en el entendimiento, sino sed niños en la malicia,» para que «en el entendimiento seáis perfectos;» y «¡Oh gálatas insensatos!, ¿quién os fascinó?» [] Mas ahora no en su propia voz, sino en la tuya, que enviaste tu Espíritu desde lo alto; [] por medio de aquel que «subió a lo alto,» [] y abrió las compuertas de sus dones, [] para que la fuerza de sus corrientes alegrase la ciudad de Dios. Porque por él suspira «el amigo del Esposo» [], teniendo ya las primicias del Espíritu depositadas en él, gimiendo aún dentro de sí, esperando la adopción, a saber, la redención de su cuerpo; [] por él suspira, porque es miembro de la Esposa; por él tiene celos, porque es amigo del Esposo; [] por él tiene celos, no por sí mismo; porque en la voz de tus «cataratas,» no en su propia voz, llama a aquel otro abismo, por quien, celoso, teme que, así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así sean corrompidas sus mentes, apartándose de la sencillez que hay en nuestro Esposo, tu Hijo único. ¡Qué luz de hermosura será aquella cuando «le veamos tal cual es,» y pasen aquellas lágrimas que «han sido mi pan de día y de noche, mientras me dicen de continuo: ¿Dónde está tu Dios?»

    Capítulo 14. Que de los hijos de la noche y de las tinieblas se hacen hijos de la luz y del día

    XIII, 14, 15

    15. Y así digo yo también, oh Dios mío: ¿dónde estás tú? He aquí dónde estás. En ti respiro un poco, cuando derramo mi alma sobre mí en voz de gozo y de alabanza, el sonido del que celebra fiesta. Y sin embargo está «abatida», porque recae y se hace abismo, o más bien siente que todavía es abismo. A ella le habla mi fe, que tú has encendido para alumbrar mis pies en la noche: «¿Por qué estás abatida, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios;» su «palabra es lámpara a mis pies.» Espera y resiste hasta la noche —la madre de los malvados— hasta que pase la ira del Señor, [] de la cual también nosotros fuimos en otro tiempo hijos, siendo tinieblas, cuyos restos llevamos en nuestro cuerpo, muerto a causa del pecado, [] «hasta que apunte el día y huyan las sombras.» [] «Espera en el Señor.» Por la mañana estaré en tu presencia y te contemplaré; para siempre te confesaré. Por la mañana estaré en tu presencia y veré «la salud de mi rostro», Dios mío, que también vivificará nuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en nosotros, [] porque en su misericordia fue llevado sobre nuestro interior abismo tenebroso y fluctuante. Por lo cual hemos recibido en esta peregrinación una «prenda» [] de que ya seamos luz, mientras todavía «somos salvos por esperanza», [] y somos hijos de la luz e hijos del día —no hijos de la noche ni de las tinieblas, lo cual sin embargo fuimos. Entre quiénes y nosotros, en este estado todavía incierto del conocimiento humano, sólo tú divides, que pruebas nuestros corazones y llamas a la luz día, y a las tinieblas noche. [] Porque ¿quién nos discierne sino tú? Y ¿qué tenemos que no hayamos recibido de ti? [] De la misma masa, vasos para honra, de los cuales otros son hechos para deshonra. []

    Capítulo 15. Explicación alegórica del firmamento y de las obras superiores, vers. 6

    XIII, 15, 16–18

    16. ¿O quién sino tú, Dios nuestro, hiciste para nosotros aquel firmamento [] de autoridad sobre nosotros en tu divina Escritura? Como está dicho: Porque el cielo se plegará como un rollo; y ahora está extendido sobre nosotros como una piel. Porque tu divina Escritura es de autoridad más sublime, ya que aquellos mortales por medio de los cuales nos la dispensaste sufrieron la mortalidad. Y tú sabes, oh Señor, tú sabes cómo vestiste con pieles a los hombres cuando por el pecado se hicieron mortales. Por lo cual como una piel has extendido el firmamento de tu Libro; es decir, tus palabras armoniosas, que por el ministerio de mortales has desplegado sobre nosotros. Porque por su misma muerte aquel sólido firmamento de autoridad en tus discursos, expuesto por ellos, se extiende más sublimemente sobre todas las cosas que están debajo de él; lo cual, mientras ellos vivían aquí, no estaba tan eminentemente extendido. Aún no habías desplegado el cielo como una piel; aún no habías divulgado por todas partes la noticia de sus muertes.
    17. Miremos, oh Señor, «los cielos, obra de tus dedos;» limpia de nuestros ojos la niebla con que los has cubierto. Allí está tu testimonio que da sabiduría a los pequeñuelos. Perfecciona, oh Dios mío, tu alabanza en la boca de los niños y de los que maman. No conocemos otros libros tan destructores de la soberbia, tan destructores del enemigo y del defensor, que resiste a tu reconciliación en defensa de sus propios pecados. No conozco, oh Señor, no conozco otras palabras tan «puras» que así me persuadan a la confesión, y hagan mi cerviz sumisa a tu yugo, y me inviten a servirte gratuitamente. Hazme entender estas cosas, buen Padre. Concédeme esto a mí, que estoy colocado debajo de ellas; porque tú has establecido estas cosas para los que están colocados debajo de ellas.
    18. Otras «aguas» hay «sobre» este «firmamento», las creo inmortales y apartadas de la corrupción terrenal. Alaben tu Nombre —aquel pueblo supracelestial, tus ángeles, que no tienen necesidad de mirar hacia este firmamento ni de leer para alcanzar el conocimiento de tu Verbo—, alábente. Porque ellos ven siempre tu rostro, [] y en él leen, sin sílabas en el tiempo, lo que quiere tu voluntad eterna. Leen, eligen, aman. Siempre están leyendo; y lo que leen nunca pasa. Porque, eligiendo y amando, leen la misma inmutabilidad de tu consejo. Su libro no está cerrado, ni el rollo plegado, [] porque tú mismo eres esto para ellos, y lo eres eternamente; porque los has puesto sobre este firmamento, que has hecho firme sobre la flaqueza del pueblo inferior, para que miren hacia arriba y aprendan tu misericordia, anunciando en el tiempo a ti, que hiciste los tiempos. «Porque tu misericordia, oh Señor, está en los cielos, y tu fidelidad llega hasta las nubes.» Las nubes pasan, mas el cielo permanece. Los predicadores de tu Verbo pasan de esta vida a otra; pero tu Escritura se extiende sobre el pueblo, aun hasta el fin del mundo. Sí, el cielo y la tierra pasarán, mas tus palabras no pasarán. [] Porque el rollo será enrollado, [] y la hierba sobre la cual estaba extendido pasará con toda su hermosura; mas tu Verbo permanece para siempre, el cual ahora se nos aparece en la oscura imagen de las nubes y a través del espejo de los cielos, no tal cual es; [] porque también nosotros, aunque seamos los amados de tu Hijo, aún no se ha manifestado lo que seremos. [] Él mira por la celosía [] de nuestra carne, y está hablando con dulzura, y nos ha inflamado, y corremos tras sus olores. [] Mas «cuando él aparezca, entonces seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es.» [] Tal cual es, oh Señor, le veremos, aunque todavía no sea el tiempo.

    Capítulo 16. Que nadie, sino la Luz inmutable, se conoce a sí misma

    XIII, 16, 19

    19. Porque absolutamente, como tú eres, sólo tú lo sabes, que eres inmutablemente, y conoces inmutablemente, y quieres inmutablemente. Y tu Esencia Conoce y Quiere inmutablemente; y tu Conocimiento Es, y Quiere inmutablemente; y tu Voluntad Es, y Conoce inmutablemente. Ni te parece justo que, así como la Luz inmutable se conoce a sí misma, sea conocida por aquello que es iluminado y mudable. Por tanto, mi alma es para ti como «tierra sin agua», porque así como no puede iluminarse a sí misma, tampoco puede saciarse a sí misma. Porque así está en ti la fuente de la vida, como en tu luz veremos la luz.

    Capítulo 17. Explicación alegórica del mar y de la tierra fructífera — versículos 9 y 11

    XIII, 17, 20–21

    20. ¿Quién ha reunido a los amargados en una sola sociedad? Porque todos tienen el mismo fin: la felicidad temporal y terrena, por causa de la cual lo hacen todo, aunque fluctúen con innumerable variedad de cuidados. ¿Quién, oh Señor, sino tú, dijo: «Júntense las aguas en un solo lugar y aparezca la tierra seca», la cual «tiene sed de ti»? Porque el mar también es tuyo, y tú lo hiciste, y tus manos prepararon la tierra seca. Pues no es la amargura de las voluntades de los hombres, sino la reunión de las aguas, lo que se llama mar; porque tú refrenas los malos deseos de las almas de los hombres y fijas sus límites, hasta dónde se les permita avanzar, y que sus olas se quebranten unas contra otras; y así haces tú que sea un mar, por el orden de tu dominio sobre todas las cosas.
    21. Mas a las almas que tienen sed de ti, y que aparecen delante de ti (separadas por otros límites de la sociedad del mar), tú las riegas con una fuente secreta y dulce, para que la tierra produzca su fruto, y, mandándolo tú, oh Señor Dios, nuestra alma brote obras de misericordia según su género —amando a nuestro prójimo en el alivio de sus necesidades corporales, teniendo semilla en sí según su semejanza, cuando desde nuestra flaqueza compadecemos hasta socorrer al necesitado; ayudándoles de manera semejante a como querríamos que se nos trajese ayuda a nosotros si estuviésemos en necesidad semejante; no sólo en las cosas fáciles, como en «hierba que da semilla», sino también en la protección de nuestra asistencia, en nuestra misma fortaleza, como el árbol que da fruto; es decir, una buena acción al librar al que sufre injuria de la mano del poderoso, y al proveerle el abrigo de la protección con la fuerza poderosa de un juicio justo.

    Capítulo 18. De las lumbreras y estrellas del cielo — del día y de la noche, vers. 14

    XIII, 18, 22–23

    22. Así, oh Señor, así, te lo suplico, haz que surja, como tú haces, como tú das gozo y capacidad — «brote de la tierra la verdad, y la justicia mire desde el cielo», y haya «lumbreras en el firmamento». [] Partamos nuestro pan con el hambriento, y traigamos a nuestra casa al pobre sin hogar. [] Vistamos al desnudo, y no despreciemos a los de nuestra propia carne. Los cuales frutos, habiendo brotado de la tierra, he aquí, porque es bueno; [] y haga irrupción nuestra luz temporal; [] y nosotros, desde este fruto inferior de la acción, poseyendo las delicias de la contemplación y del Verbo de vida desde arriba, aparezcamos como lumbreras en el mundo, [] adhiriéndonos al firmamento de tu Escritura. Porque en ella nos lo haces claro, para que distingamos entre las cosas inteligibles y las cosas sensibles, como entre el día y la noche; o entre almas, dadas unas a las cosas intelectuales, otras a las sensibles; de modo que ya no sólo tú, en el secreto de tu juicio, como antes de que fuese hecho el firmamento, divides entre la luz y las tinieblas, sino que también tus hijos espirituales, colocados y ordenados en el mismo firmamento (manifestándose tu gracia por todo el mundo), den luz sobre la tierra, y dividan entre el día y la noche, y sean para señales de los tiempos; porque «las cosas viejas pasaron,» y «he aquí todas las cosas se han hecho nuevas;» [] y «porque nuestra salvación está más cerca que cuando creímos;» [] y «porque la noche está muy avanzada, el día está cerca;» [] y porque tú coronarás tu año con bendición, enviando los obreros de tu bondad a tu mies, [] en cuya siembra otros han trabajado, enviando también a otro campo, cuya siega será en el fin. [] Así concedes las oraciones del que pide, y bendices los años del justo; [] mas tú eres el mismo, y en tus años que no acaban preparas un granero para nuestros años que pasan. Porque por un eterno consejo otorgas en sus propias estaciones bendiciones celestiales a la tierra.
    23. Porque, en verdad, a uno le es dado por el Espíritu palabra de sabiduría, como lumbrera mayor, a causa de los que se deleitan con la luz de la verdad manifiesta, como en el principio del día; mas a otro, palabra de ciencia por el mismo Espíritu, como lumbrera menor; a otro, fe; a otro, don de sanidad; a otro, operación de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, géneros de lenguas. Y todas estas cosas como estrellas. Porque todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu, repartiendo a cada uno según quiere; [] y haciendo que las estrellas aparezcan manifiestamente para provecho común. [] Mas la palabra de ciencia, en la cual están contenidos todos los sacramentos, que varían en sus periodos como la luna, y las demás concepciones de los dones, que se enumeran sucesivamente como estrellas, en cuanto se quedan cortas de aquel esplendor de sabiduría en que se goza el antedicho día, son sólo para el principio de la noche. Porque son necesarias para aquellos a quienes tu prudentísimo siervo no pudo hablar como a espirituales, sino como a carnales [] — aun aquel que habla sabiduría entre los perfectos. [] Mas el hombre natural, como niño en Cristo — y bebedor de leche — hasta que sea fortalecido para el manjar sólido, y su ojo sea capacitado para mirar al Sol, no habite en su propia noche desierta, sino conténtese con la luz de la luna y de las estrellas. Tú razonas estas cosas con nosotros, Dios nuestro omnisapiente, en tu Libro, tu firmamento, para que discernamos todas las cosas en una contemplación admirable, aunque todavía por señales, y en tiempos, y en días, y en años.

    Capítulo 19. Todos los hombres deben hacerse lumbreras en el firmamento del cielo

    XIII, 19, 24–25

    24. Mas primero, «Lavaos, limpiaos;» apartad la iniquidad de vuestras almas y de delante de mis ojos, para que aparezca la tierra seca. «Aprended a hacer el bien; juzgad al huérfano; defended a la viuda,» para que la tierra produzca hierba verde para alimento, y el árbol que da fruto; y venid, y razonemos juntos, dice el Señor, [] para que haya lumbreras en el firmamento del cielo, y alumbren sobre la tierra. [] Aquel rico preguntó al Maestro bueno qué haría para alcanzar la vida eterna. [] Dígale el Maestro bueno, a quien él tenía por hombre y nada más (pero Él es «bueno» porque es Dios) — dígale que, si quiere «entrar en la vida», debe «guardar los mandamientos;» destierre de sí la amargura de la malicia y de la maldad; [] no mate, ni cometa adulterio, ni hurte, ni dé falso testimonio; para que aparezca la tierra seca, y brote la honra del padre y de la madre, y el amor del prójimo. [] Todo esto, dice, lo he guardado. ¿De dónde, pues, tantas espinas, si la tierra es fructífera? Anda, arranca la espesura leñosa de la avaricia; vende lo que tienes, y llénate de fruto dando a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y sigue al Señor «si quieres ser perfecto,» unido a aquellos entre quienes Él habla sabiduría, que sabe qué distribuir al día y a la noche, para que tú también lo sepas, para que también para ti haya lumbreras en el firmamento del cielo; lo cual no será si tu corazón no está allí; [] lo cual tampoco será si tu tesoro no está allí, como has oído del buen Maestro. Mas la tierra estéril se entristeció, [] y las espinas ahogaron la palabra. []
    25. Mas vosotros, «linaje escogido, [] vosotros los débiles del mundo,» que habéis dejado todas las cosas para «seguir al Señor,» id en pos de Él, y «confundid lo que es poderoso;» [] id en pos de Él, hermosos pies, [] y resplandeced en el firmamento, [] para que los cielos declaren su gloria, dividiendo entre la luz de los perfectos, aunque no como la de los ángeles, y las tinieblas de los pequeños, aunque no despreciados. Resplandeced sobre toda la tierra, y el día, alumbrado por el sol, anuncie al día la palabra de sabiduría; y la noche, brillando por la luna, anuncie a la noche la palabra de ciencia. La luna y las estrellas alumbran para la noche, mas la noche no las oscurece, pues ellas la iluminan en su grado. Porque he aquí a Dios (como si dijera) «Hágase lumbreras en el firmamento del cielo.» Vino de repente del cielo un sonido, como de viento recio que soplaba, y aparecieron lenguas repartidas como de fuego, y se asentó sobre cada uno de ellos. [] Y fueron hechas lumbreras en el firmamento del cielo, teniendo la palabra de vida. [] Corred de acá para allá por todas partes, santos fuegos, hermosos fuegos; porque sois la luz del mundo, ni sois puestos debajo del almud. [] Aquel a quien os adherís es exaltado, y os ha exaltado. Corred de acá para allá, y sed conocidos de todas las naciones.

    Capítulo 20. Acerca de los reptiles y de las aves (vers. 20) — se considera el sacramento del Bautismo

    XIII, 20, 26–28

    26. Conciba también el mar y produzca tus obras, y las aguas produzcan los seres que se mueven y tienen vida. [] Porque vosotros, que «sacáis lo precioso de lo vil,» [] habéis sido hechos boca de Dios, por la cual dice: «Produzcan las aguas,» no el ser viviente que la tierra produce, sino el ser que se mueve y tiene vida, y las aves que vuelan sobre la tierra. Pues tus sacramentos, oh Dios, por el ministerio de tus santos, han abierto camino en medio de las olas de las tentaciones del mundo, para instruir a los gentiles en tu Nombre, en tu Bautismo. Y entre estas cosas se han obrado muchas y grandes maravillas, como grandes cetáceos; y las voces de tus mensajeros que vuelan sobre la tierra, cerca del firmamento de tu Libro; siendo puestos sobre ellos como autoridad, bajo la cual habían de volar adondequiera que fuesen. Porque «no hay habla ni lenguaje donde no se oiga su voz;» pues su sonido «ha salido por toda la tierra, y sus palabras hasta el fin del mundo,» porque tú, oh Señor, has multiplicado estas cosas con tu bendición. []
    27. ¿Miento acaso, o mezclo y confundo y no distingo entre el conocimiento claro de estas cosas que están en el firmamento del cielo, y las obras corpóreas en el mar ondulante y debajo del firmamento del cielo? Porque de aquellas cosas cuyo conocimiento es sólido y definido, sin aumento por generación, como lumbreras de sabiduría y de ciencia, las operaciones materiales de estas mismas cosas son muchas y variadas; y una cosa, al crecer de otra, se multiplica por tu bendición, oh Dios, que has aliviado el hastío de los sentidos mortales; de modo que en el conocimiento de nuestra mente, una misma cosa pueda, por los movimientos del cuerpo, exponerse y expresarse de muchas maneras. Estos sacramentos los han producido las aguas; mas en tu Verbo. Las necesidades del pueblo apartado de la eternidad de tu verdad los han producido, mas en tu Evangelio; porque las mismas aguas los han arrojado, y la amarga debilidad de ellas fue la causa de que estas cosas fuesen enviadas en tu Verbo.
    28. Todas las cosas son hermosas las que tú has hecho; mas he aquí, tú eres inefablemente más hermoso que todas las cosas que has hecho; del cual, si Adán no hubiera caído, jamás habría brotado de Adán la salobridad del mar—el género humano tan profundamente curioso, y tan turbulentamente hinchado, y tan inquietamente movedizo; y así no habría necesidad de que tus dispensadores obrasen en muchas aguas, de manera corpórea y sensible, hechos y dichos misteriosos. Porque así se presentan ahora a mi mente estos reptiles y aves, mediante los cuales los hombres, instruidos, iniciados y sometidos por los sacramentos corpóreos, no aprovecharían más, a menos que su alma tuviese una vida espiritual más alta, y a menos que, después de la palabra de admisión, mirase hacia la perfección.

    Capítulo 21

    Acerca del alma viviente, de las aves y de los peces (vers. 24) — se considera el sacramento de la Eucaristía

    XIII, 21, 29–31

    29. Y en tu Verbo, no el abismo del mar, sino la tierra separada de la amargura de las aguas, produce no el ser que se arrastra y vuela y tiene vida, [] sino el alma viviente misma. [] Porque ya no tiene necesidad del bautismo, como lo tienen los gentiles, y como la tuvo ella misma cuando estaba cubierta por las aguas—pues no hay otra entrada en el reino de los cielos, [] ya que tú has establecido que esta sea la entrada—ni busca grandes obras de milagros con que causar la fe; porque no es tal que, si no viere señales y prodigios, no crea, [] cuando ya la tierra fiel está separada de las aguas del mar, hechas amargas por la infidelidad; y «las lenguas son por señal, no para los que creen, sino para los que no creen.» [] Ni entonces la tierra, que tú has fundado sobre las aguas, necesita de aquella especie voladora que a tu palabra produjeron las aguas. Envía tu palabra a ella por tus mensajeros. Pues nosotros relatamos sus obras, mas eres tú quien obra en ellos, para que en ella obren un alma viviente. La tierra la produce, porque la tierra es la causa de que ellos obren estas cosas en el alma; como el mar ha sido la causa de que ellos obrasen sobre los seres que se mueven y tienen vida, y sobre las aves que vuelan bajo el firmamento del cielo, de las cuales la tierra ya no tiene necesidad; aunque se alimenta del pez que fue sacado del abismo, sobre aquella mesa que tú has preparado en presencia de los que creen. Pues por esto fue levantado del abismo, para que alimentase la tierra seca; y el ave, aunque nacida en el mar, se multiplica sin embargo sobre la tierra. Porque en las primeras predicaciones de los Evangelistas, la infidelidad de los hombres fue la causa principal; mas también los fieles son exhortados, y son abundantemente bendecidos por ellos día a día. Pero el alma viviente toma su origen de la tierra, porque no es provechoso, sino para los que ya están entre los fieles, refrenarse del amor de este mundo, para que así su alma viva para ti, la cual estaba muerta viviendo en placeres, [] — en placeres portadores de muerte, oh Señor, porque tú eres el deleite vital del corazón puro.
    30. Ahora, pues, trabajen tus ministros sobre la tierra—no como en las aguas de la infidelidad, anunciando y hablando por milagros, sacramentos y palabras místicas; en las cuales la ignorancia, madre de la admiración, puede estar atenta a ellos, por temor de aquellas señales ocultas. Porque tal es la entrada a la fe para los hijos de Adán olvidados de ti, mientras se esconden de tu rostro, [] y se convierten en un abismo tenebroso. Mas trabajen tus ministros como en la tierra seca, separada de los remolinos del grande abismo; y sean ejemplo para los fieles, viviendo delante de ellos, y estimulándolos a la imitación. Porque así oyen los hombres, no con intención de oír solamente, sino de obrar también. Buscad al Señor, y vivirá vuestra alma, para que la tierra produzca el alma viviente. «No os conforméis a este mundo.» [] Refrenaos de él; el alma vive evitando aquello por lo cual muere al apetecerlo. Refrenaos de la desenfrenada fiereza de la soberbia, de la indolente voluptuosidad del lujo, y del falso nombre de la ciencia; para que las fieras sean amansadas, los ganados domados, y las serpientes inofensivas. Porque estos son los movimientos del alma en alegoría; es decir, la altivez de la soberbia, el deleite de la lujuria, y el veneno de la curiosidad son los movimientos del alma muerta; porque el alma no muere de modo que pierda todo movimiento, ya que muere al abandonar la fuente de la vida, y así es recibida por este mundo transitorio, y se conforma a él.
    31. Mas tu Verbo, oh Dios, es la fuente de la vida eterna, y no pasa; por tanto, este apartamiento es refrenado por tu palabra cuando se nos dice: «No os conforméis a este mundo,» [] para que la tierra produzca un alma viviente en la fuente de la vida—un alma refrenada en tu Verbo, por tus Evangelistas, imitando a los seguidores de tu Cristo. [] Porque esto es según su género; porque el hombre es estimulado a la emulación por su amigo. «Sed,» dice, «como yo soy, pues yo soy como vosotros.» [] Así, en el alma viviente habrá buenas bestias, en la mansedumbre de la acción. Pues tú has mandado, diciendo: Prosigue tus negocios con mansedumbre, y serás amado de todos los hombres; [Eclesiástico 3:17 etc.] y buenos ganados, que ni si comen abundarán demasiado, ni si no comen padecerán necesidad; [] y buenas serpientes, no destructoras para hacer daño, sino «prudentes» [] para guardarse; y que exploran de esta naturaleza temporal sólo lo suficiente para que la eternidad pueda ser «claramente vista, entendida por las cosas que han sido hechas.» [] Pues estos animales están sujetos a la razón, cuando, refrenados de un avance mortal, viven y son buenos.

    Capítulo 22. Explica la imagen divina (vers. 26) de la renovación de la mente

    XIII, 22, 32

    32. Porque he aquí, oh Señor Dios nuestro, Creador nuestro, cuando nuestros afectos han sido refrenados del amor del mundo, por el cual moríamos viviendo mal, y comenzamos a ser «alma viviente» viviendo bien; y tu palabra que hablaste por tu apóstol se cumple en nosotros, «No os conforméis a este mundo;» sigue luego aquello que añadiste en seguida, diciendo: «Mas transformaos por la renovación de vuestra mente,» [] — no ya según vuestro género, como siguiendo a vuestro prójimo que os precedió, ni como viviendo según el ejemplo de un hombre mejor (porque no dijiste: «Hágase el hombre según su género,» sino: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza» ), [] para que probemos cuál sea tu voluntad. Pues con este fin dijo aquel dispensador tuyo—engendrando hijos por el evangelio, [] — para no tenerlos siempre «niños,» a quienes alimentaría con leche y cuidaría como nodriza; [] «transformaos,» dice, «por la renovación de vuestra mente, para que probéis cuál sea la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios.» [] Por tanto, no dices: «Hágase el hombre,» sino: «Hagamos al hombre.» Ni dices: «según su género,» sino: según «nuestra imagen» y «semejanza.» Porque, renovado en su mente, y contemplando y aprehendiendo tu verdad, el hombre no necesita de un hombre como director [] para imitar a su género; sino que por tu dirección prueba cuál sea la buena, agradable y perfecta voluntad tuya. Y tú le enseñas, hecho ya capaz, a percibir la Trinidad de la Unidad, y la Unidad de la Trinidad. Y por esto, diciéndose en plural: «Hagamos al hombre,» se añade sin embargo en singular: «y Dios hizo al hombre;» y diciéndose en plural: «según nuestra semejanza,» se añade en singular: «según la imagen de Dios.» [] Así es renovado el hombre en el conocimiento de Dios, según la imagen de aquel que lo creó; [] y hecho espiritual, juzga todas las cosas—todas las cosas que han de ser juzgadas,— «aunque él de nadie es juzgado.» []

    Capítulo 23. Que tener poder sobre todas las cosas (vers. 26) es juzgar espiritualmente de todas

    XIII, 23, 33–34

    33. Mas el que juzga todas las cosas responde a su dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo, y sobre todos los ganados y las fieras, y sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra. Porque esto lo hace por el discernimiento de su mente, con el cual percibe las cosas «del Espíritu de Dios;» [] mientras que, de otra manera, el hombre, puesto en honor, no tuvo entendimiento, y es comparado a las bestias brutas, y se ha hecho semejante a ellas. Por tanto, en tu Iglesia, oh Dios nuestro, según tu gracia que le has concedido, ya que somos hechura tuya, creados en buenas obras, [] no sólo hay quienes están espiritualmente al frente, sino también quienes están espiritualmente sujetos a los que están sobre ellos; porque de este modo hiciste al hombre, varón y hembra, [] en tu gracia espiritual, donde, según el sexo del cuerpo, no hay varón ni hembra, porque ni judío ni griego, ni siervo ni libre. [] Por tanto, las personas espirituales, ya sean las que están al frente, ya las que obedecen, juzgan espiritualmente; no de aquel conocimiento espiritual que resplandece en el firmamento, porque no deben juzgar acerca de una autoridad tan sublime, ni les corresponde juzgar de tu Libro mismo, aunque haya algo en él que no sea claro; porque sometemos nuestro entendimiento a él, y tenemos por cierto que aun aquello que está cerrado a nuestra vista está recta y verdaderamente dicho. Pues así el hombre, aunque ya espiritual y renovado en el conocimiento de Dios según la imagen de aquel que lo creó, debe ser todavía «hacedor de la ley, no juez.» [] Ni juzga de aquella distinción de hombres espirituales y carnales, que son conocidos a tus ojos, oh Dios nuestro, y que aún no se han manifestado a nosotros por las obras, para que por sus frutos los conozcamos; [] mas tú, oh Señor, ya los conoces, y los has dividido y llamado en secreto, antes de que se hiciera el firmamento. Ni juzga aquel hombre, aunque espiritual, al pueblo inquieto de este mundo; porque ¿qué tiene que ver con juzgar a los que están fuera, [] no sabiendo cuáles de ellos podrán venir después a la dulzura de tu gracia, y cuáles perseveran en la perpetua amargura de la impiedad?
    34. El hombre, pues, a quien tú has hecho según tu propia imagen, no recibió dominio sobre las lumbreras del cielo, ni sobre el cielo oculto mismo, ni sobre el día y la noche, que tú llamaste antes de la fundación del cielo, ni sobre la reunión de las aguas, que es el mar; mas recibió dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo, y sobre todos los ganados, y sobre toda la tierra, y sobre todos los reptiles que se arrastran sobre la tierra. Porque juzga y aprueba lo que halla recto, y desaprueba lo que halla defectuoso, ya sea en la celebración de aquellos sacramentos con que son iniciados aquellos a quienes tu misericordia busca en muchas aguas; o en aquello en que se exhibe el Pez mismo, del cual, sacado del abismo, se alimenta la tierra devota; o en los signos y expresiones de las palabras, sujetos a la autoridad de tu Libro—signos que brotan y suenan de la boca, como volando bajo el firmamento, interpretando, exponiendo, discurriendo, disputando, bendiciendo, invocándote, para que el pueblo responda: Amén. La pronunciación vocal de todas estas palabras es causada por el abismo de este mundo, y por la ceguera de la carne, por la cual los pensamientos no pueden verse, de modo que es necesario hablar en voz alta a los oídos; así, aunque las aves voladoras se multipliquen sobre la tierra, toman sin embargo su origen de las aguas. El hombre espiritual juzga también aprobando lo que es recto y reprobando lo que halla defectuoso en las obras y costumbres de los fieles, en sus limosnas, como en «la tierra que produce fruto;» y juzga del «alma viviente,» hecha viviente por los afectos suavizados, en la castidad, en los ayunos, en los pensamientos piadosos; y de aquellas cosas que se perciben por los sentidos del cuerpo. Porque ahora se dice que él debe juzgar acerca de aquellas cosas en las que también tiene poder de corrección.

    Capítulo 24

    Por qué Dios bendijo a los hombres, a los peces, a las aves, y no a las hierbas y a los demás animales (vers. 28)

    XIII, 24, 35–37

    Mas ¿qué es esto, y qué clase de misterio es? He aquí, tú bendices a los hombres, Señor, para que «fructifiquen y se multipliquen, y llenen la tierra;» [] ¿no nos haces con esto una señal para que entendamos algo? ¿Por qué no bendijiste también la luz, a la que llamaste día, ni el firmamento del cielo, ni las lumbreras, ni las estrellas, ni la tierra, ni el mar? Podría decir, oh Dios nuestro, que tú, que nos creaste a tu imagen — podría decir que quisiste otorgar este don de bendición especialmente al hombre, si no hubieras bendecido asimismo a los peces y a las ballenas, para que fructificasen y se multiplicasen, y llenasen las aguas del mar, y para que las aves se multiplicasen sobre la tierra. Igualmente podría decir que esta bendición pertenecía propiamente a aquellas criaturas que se propagan según su especie, si la hubiera hallado en los arbustos, en los árboles frutales y en las bestias de la tierra. Mas ahora no se dice ni a las hierbas, ni a los árboles, ni a las bestias, ni a las serpientes: «Fructificad y multiplicaos;» ya que todas estas cosas también, como los peces, las aves y los hombres, por propagación aumentan y conservan su especie.
    ¿Qué diré, pues, oh Verdad, Luz mía — «que se dijo ociosa y vanamente?» No, oh Padre de piedad; lejos esté de un ministro de tu palabra decir esto. Mas si no entiendo lo que quieres significar con aquella frase, que los mejores que yo — es decir, los más inteligentes que yo — la usen mejor, en la medida en que tú, oh Dios mío, diste a cada uno entender. Pero que mi confesión sea también agradable ante tus ojos, en la cual te confieso que creo, Señor, que no hablaste así en vano; ni callaré lo que esta lección me sugiere. Pues es verdad, y no veo qué me impide entender así los dichos figurados de tus libros. Porque sé que una cosa puede ser significada de muchas maneras por la expresión corpórea, la cual es entendida de un solo modo por la mente; y que aquello puede ser entendido de muchas maneras en la mente, lo cual es significado de un solo modo por la expresión corpórea. He aquí el solo amor de Dios y del prójimo, por cuán múltiples sacramentos e innumerables lenguas, y en cada lengua por cuán innumerables modos de hablar, es expresado corporalmente. Así los renuevos de las aguas crecen y se multiplican. Observa de nuevo, quienquiera que seas tú que lees: he aquí lo que la Escritura entrega, y la voz pronuncia de un solo modo: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra;» ¿no es entendido de muchas maneras, no por engaño de error, sino por diversos géneros de sentidos verdaderos? Así las generaciones de los hombres «fructifican» y se «multiplican.»
    Si, por tanto, consideramos las naturalezas de las cosas no alegóricamente, sino propiamente, entonces la frase «fructificad y multiplicaos,» corresponde a todas las cosas que son engendradas de semilla. Mas si tratamos aquellas palabras como tomadas en sentido figurado (lo cual más bien supongo que intentó la Escritura, la cual no ciertamente de modo superfluo atribuye esta bendición a la prole de los animales marinos y del hombre solamente), entonces hallamos que la «multitud» pertenece también a las criaturas tanto espirituales como corpóreas, como en el cielo y en la tierra; y a las almas tanto justas como injustas, como en la luz y en las tinieblas; y a los santos autores, por quienes la ley nos ha sido suministrada, como en el firmamento que está firmemente puesto entre aguas y aguas; y a la sociedad de pueblos aún dotada de amargura, como en el mar; y al deseo de las almas santas, como en la tierra seca; y a las obras de misericordia pertenecientes a esta vida presente, como en las hierbas que dan semilla y en los árboles frutales; y a los dones espirituales que resplandecen para edificación, como en las lumbreras del cielo; y a los afectos formados para la templanza, como en el alma viviente. En todos estos casos hallamos multitudes, abundancia y aumento; pero aquello que de tal modo «fructifique y se multiplique,» a saber, que una misma cosa se exprese de muchas maneras y una misma expresión se entienda de muchas maneras, no lo descubrimos sino en los signos expresados corporalmente y en las cosas concebidas mentalmente. Entendemos los signos pronunciados corporalmente como las generaciones de las aguas, necesariamente ocasionadas por la profundidad carnal; pero las cosas concebidas mentalmente las entendemos como generaciones humanas, a causa de la fecundidad de la razón. Y por eso creemos que a cada una de estas clases se le ha dicho por ti, oh Señor: «Fructificad y multiplicaos.» Pues en esta bendición reconozco que nos ha sido concedida por ti la potestad y facultad de expresar de muchas maneras lo que entendemos de una sola, y de entender de muchas maneras lo que leemos oscuramente expuesto de una sola. Así se llenan las aguas del mar, que no son movidas sino por diversas significaciones; así también con la prole humana se llena asimismo la tierra, cuya sequedad aparece en su deseo, y la razón la gobierna.

    Capítulo 25. Explica los frutos de la tierra (vers. 29) como obras de misericordia

    XIII, 25, 38

    Quiero decir también, Señor Dios mío, lo que la siguiente Escritura me recuerda; sí, lo diré sin temor. Porque hablaré la verdad, inspirándome tú lo que quieres que diga de estas palabras. Pues por ninguna otra inspiración que la tuya creo que puedo hablar la verdad, ya que tú eres la Verdad, y todo hombre es mentiroso. Y por tanto el que «habla mentira, de lo suyo habla;» [] por tanto, para que yo hable la verdad, hablaré de lo tuyo. He aquí, nos has dado por alimento «toda hierba que lleva semilla,» que está sobre la faz de toda la tierra, «y todo árbol en el cual hay fruto de árbol que da semilla.» [] Y no solo a nosotros, sino a todas las aves del cielo, y a las bestias de la tierra, y a todos los reptiles; mas a los peces y a los grandes cetáceos no les has dado estas cosas. Ahora decíamos que por estos frutos de la tierra eran significadas y figuradas en alegoría las obras de misericordia, las cuales se proveen para las necesidades de esta vida de la tierra fecunda. Tal tierra era el piadoso Onesíforo, a cuya casa diste misericordia, porque con frecuencia recreó a tu Pablo y no se avergonzó de su cadena. [] Esto hicieron también los hermanos, y tal fruto llevaron, los cuales desde Macedonia suplieron lo que le faltaba. [] Mas ¿cómo se duele por ciertos árboles, que no le dieron el fruto que se le debía, cuando dice: «En mi primera defensa nadie estuvo conmigo, antes todos me desampararon: ruego a Dios que no les sea imputado.» [] Pues estos frutos se deben a los que ministran la doctrina espiritual, mediante su comprensión de los divinos misterios; y se les deben como hombres. Se les deben también, como al alma viviente, que se da a sí misma como ejemplo en toda continencia; y se les deben asimismo como a las aves, por sus bendiciones que se multiplican sobre la tierra, pues su sonido salió por todas las tierras.

    Capítulo 26

    En la confesión de los beneficios, no se computa según el «don», sino según el «fruto» — es decir, la buena y recta voluntad del que da

    XIII, 26, 39–41

    Pero los que se deleitan en ellos son alimentados por esos frutos; ni se deleitan en ellos «aquellos cuyo dios es su vientre.» [] Pues ni en los que los dan son las cosas dadas el fruto, sino en el espíritu con que las dan. Por tanto, el que sirve a Dios y no a su propio vientre, [] veo claramente por qué puede gozarse; lo veo, y me gozo con él sobremanera. Pues ha recibido de los filipenses las cosas que le habían enviado por medio de Epafrodito; [] y, sin embargo, veo por qué se gozó. Porque de aquello en que se goza, de eso se alimenta; pues, hablando con verdad, «me gocé», dice, «en el Señor mucho, de que ya al fin vuestro cuidado de mí ha florecido de nuevo; en lo cual también erais solícitos,» pero se os había hecho tedioso. Estos filipenses, pues, por la prolongada molestia, se habían debilitado y como secado, en cuanto a producir este fruto de una buena obra; y él se goza por ellos, porque florecieron de nuevo, no por sí mismo, porque atendieron a sus necesidades. Por tanto, añade: «no lo digo en razón de indigencia, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo, en cualquier estado en que me halle. Sé vivir humillado, y sé vivir en abundancia; en todo y por todo estoy instruido, tanto para estar saciado como para tener hambre, tanto para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.»
    ¿De qué, pues, te gozas en todas las cosas, oh gran Pablo? ¿De qué te gozas? ¿De qué te alimentas, oh hombre, renovado en el conocimiento de Dios, según la imagen de Aquel que te creó, alma viviente de tan gran continencia, y lengua semejante a las aves, que habla misterios — pues a tales criaturas se debe este alimento —, qué es lo que te alimenta? El gozo. Oigamos lo que sigue. «Sin embargo,» dice, «habéis hecho bien en comunicar con mi tribulación.» [] De esto se goza, de esto se alimenta; porque han obrado bien, no porque se alivió su estrechez; él, que te dice: «Me has ensanchado cuando estaba en angustia;» porque sabía tanto «tener abundancia como padecer necesidad,» en ti, que lo fortaleces. Pues, dice, «vosotros, filipenses, sabéis también que al principio del evangelio, cuando partí de Macedonia, ninguna iglesia comunicó conmigo en razón de dar y recibir, sino vosotros solos. Pues aun a Tesalónica me enviasteis una y otra vez para mi necesidad.» [] Por estas buenas obras se goza ahora de que hayan vuelto; y se alegra de que hayan florecido de nuevo, como cuando un campo fecundo recobra su verdor.
    ¿Acaso por sus propias necesidades dijo: Me enviasteis para mi necesidad? ¿Se goza por eso? Ciertamente no por eso. Mas ¿de dónde sabemos esto? Porque él mismo continúa: «No porque desee un don, sino porque deseo fruto.» De ti, oh Dios mío, he aprendido a distinguir entre el «don» y el «fruto». El don es la cosa misma que da el que otorga estas cosas necesarias, como dinero, alimento, bebida, vestido, abrigo, ayuda; mas el fruto es la buena y recta voluntad del que da. Pues el buen Maestro no dice solamente: «El que recibe a un profeta,» sino que añade: «en nombre de profeta.» Ni dice solamente: «El que recibe a un justo,» sino que añade: «en nombre de justo.» Así, ciertamente, aquel recibirá recompensa de profeta, y este, de justo. Ni dice solamente: «Cualquiera que diere de beber a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría,» sino que añade: «en nombre de discípulo;» y así concluye: «De cierto os digo que no perderá su recompensa.» [] El don es recibir a un profeta, recibir a un justo, dar un vaso de agua fría a un discípulo; mas el fruto es hacer esto en nombre de profeta, en nombre de justo, en nombre de discípulo. Con fruto fue alimentado Elías por la viuda, que sabía que alimentaba a un hombre de Dios, y por esto lo alimentaba; mas por el cuervo fue alimentado con un don. Y no fue alimentado el hombre interior de Elías, sino solo el exterior, el cual también podría haber perecido por falta de tal alimento.

    Capítulo 27. Muchos ignoran esto y piden milagros, significados bajo los nombres de «peces» y «ballenas»

    XIII, 27, 42

    Por tanto, hablaré delante de ti, Señor, lo que es verdad, cuando los hombres ignorantes e infieles (para cuya iniciación y ganancia son necesarios los sacramentos de iniciación y las grandes obras de milagros, las cuales creemos que son significadas bajo el nombre de «peces» y «ballenas») emprenden que tus siervos sean corporalmente recreados, o de otro modo socorridos para esta vida presente, aunque ignoren por qué y para qué fin ha de hacerse esto; ni los primeros alimentan a los segundos, ni los segundos a los primeros; pues ni los unos hacen estas cosas con santa y recta intención, ni los otros se gozan en los dones de quienes no ven todavía el fruto. Porque de aquello se alimenta la mente en que se complace. Y, por tanto, los peces y las ballenas no se alimentan de tal alimento, que la tierra no produce sino después de haber sido separada y dividida de la amargura de las aguas del mar.

    Capítulo 28

    Pasa al último versículo, «Todas las cosas son muy buenas,» — es decir, la obra toda en conjunto buena

    XIII, 28, 43

    Y viste, oh Dios, todas las cosas que habías hecho, y he aquí eran muy buenas. [] Así también nosotros vemos lo mismo, y he aquí todas son muy buenas. En cada una de las especies particulares de tus obras, cuando dijiste: «Háganse,» y fueron hechas, viste que era bueno. Siete veces he contado que está escrito que viste que era «bueno;» lo que habías hecho; y esta es la octava, que viste todas las cosas que habías hecho, y he aquí no solo son buenas, sino también «muy buenas,» por ser consideradas ahora en conjunto. Pues individualmente solo eran buenas, mas todas juntas eran a la vez buenas y muy buenas. También todos los cuerpos hermosos expresan esto; pues un cuerpo que consta de miembros, todos los cuales son hermosos, es con mucho más hermoso que los miembros singulares por separado, por cuya unión bien ordenada se completa el todo, aunque también esos miembros sean cada uno de por sí hermosos.

    Capítulo 29

    Aunque se dice ocho veces que «Dios vio que era bueno,» el tiempo no tiene relación con Dios ni con su Verbo

    XIII, 29, 44

    Y miré atentamente para hallar si siete u ocho veces viste que tus obras eran buenas, cuando te agradaban; mas en tu ver no hallé tiempos, por los cuales pudiera entender que viste tantas veces lo que hiciste. Y dije: «¡Oh Señor! ¿No es verdadera esta tu Escritura, ya que tú eres verdadero, y, siendo la Verdad, la has expuesto? ¿Por qué, pues, me dices que en tu ver no hay tiempos, mientras esta tu Escritura me dice que lo que hiciste cada día, viste que era bueno; y cuando los conté, hallé cuántas veces?» A estas cosas me respondes, porque tú eres mi Dios, y con fuerte voz dices a tu siervo en su oído interior, rompiendo mi sordera, y clamando: «Oh hombre, lo que dice mi Escritura, yo lo digo; y sin embargo ella habla en el tiempo; mas el tiempo no tiene relación con mi Verbo, porque mi Verbo existe en eternidad igual conmigo. Así, las cosas que ves por mi Espíritu, yo las veo, como las cosas que hablas por mi Espíritu, yo las hablo. Y así, cuando ves esas cosas en el tiempo, no las veo yo en el tiempo; como cuando las hablas en el tiempo, no las hablo yo en el tiempo.»

    Capítulo 30. Refuta las opiniones de los maniqueos y de los gnósticos acerca del origen del mundo

    XIII, 30, 45

    Y oí, Señor Dios mío, y bebí una gota de dulzura de tu verdad, y entendí que hay ciertos hombres a quienes desagradan tus obras, los cuales dicen que muchas de ellas las hiciste obligado por la necesidad; — tales como la fábrica de los cielos y los cursos de las estrellas, y que no las hiciste de lo que era tuyo, sino que fueron creadas en otra parte y de otras fuentes; para que tú las reunieses, compactases y entretejieses, cuando de tus enemigos vencidos levantaste los muros del universo, a fin de que, atados por esta fábrica, no pudiesen rebelarse segunda vez contra ti. Mas, en cuanto a otras cosas, dicen que ni las hiciste ni las compactaste — tales como toda carne y todas las criaturas muy diminutas, y todo cuanto se agarra a la tierra por sus raíces; sino que una mente hostil hacia ti y otra naturaleza no creada por ti, y en todo contraria a ti, engendró y formó estas cosas en estos lugares inferiores del mundo. Insensatos son los que hablan así, puesto que no ven tus obras mediante tu Espíritu, ni te reconocen en ellas.

    Capítulo 31. No vemos «que era bueno» sino por el Espíritu de Dios que está en nosotros

    XIII, 31, 46

    46. Mas en aquellos que por tu Espíritu ven estas cosas, tú eres quien ve en ellos. Así, cuando ellos ven que estas cosas son buenas, tú eres quien ve que son buenas; y todo aquello que por tu causa nos agrada, tú eres quien se complace en ello; y las cosas que por tu Espíritu nos agradan a nosotros, a ti te agradan en nosotros. «Porque ¿quién de los hombres conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco las cosas de Dios las conoce nadie, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros» —dice— «no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos las cosas que Dios nos ha dado gratuitamente» []. Y me veo movido a decir: «En verdad, "las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios"; ¿cómo, pues, conocemos también nosotros "las cosas que Dios nos ha dado"?» Y se me responde: «Porque las cosas que conocemos por su Espíritu, esas mismas "nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios". Pues así como con razón se dice a los que hablaban por el Espíritu de Dios: "No sois vosotros quienes habláis" [], así también con razón se dice a los que conocen por el Espíritu de Dios: "No sois vosotros quienes conocéis". Y no menos con razón se dice a los que ven por el Espíritu de Dios: "No sois vosotros quienes veis"; de modo que todo aquello que ven por el Espíritu de Dios que es bueno, no son ellos, sino Dios quien "ve que es bueno".» Una cosa es, pues, que el hombre tenga por malo lo que es bueno, como hacen los arriba nombrados; otra, que el hombre vea que es bueno lo que es bueno (como tus criaturas agradan a muchos porque son buenas, aunque tú no les agradas a ellos en ellas, porque quieren gozarlas más que gozarte a ti); y otra, que cuando el hombre ve que una cosa es buena, Dios vea en él que es buena — para que en verdad sea amado en aquello que hizo, él, que no puede ser amado sino por el Espíritu Santo que nos ha dado. «Porque la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» []; por quien vemos que todo lo que en cualquier grado es, es bueno. Porque procede de aquel que no Es en algún grado, sino que Es el que Es.

    Capítulo 32. De las obras particulares de Dios, y especialmente del hombre

    XIII, 32, 47

    47. Gracias a ti, Señor. Contemplamos el cielo y la tierra, ya la parte corpórea, superior e inferior, ya la criatura espiritual y corpórea; y en el ornato de estas partes, de que consta la mole universal del mundo o la creación universal, vemos hecha la luz y dividida de las tinieblas. Vemos el firmamento del cielo, ya sea el cuerpo primero del mundo, entre las aguas espirituales superiores y las corpóreas inferiores, o —pues también esto se llama cielo— esta extensión de aire, por la cual vagan las aves del cielo, entre las aguas que en vapores se levantan sobre ellas, y que en las noches serenas descienden en rocío, y las que, pesadas, corren por la tierra. Contemplamos las aguas congregadas por las llanuras del mar; y la tierra seca, ya vacía, ya formada, de modo que sea visible y compacta, y la materia de las hierbas y de los árboles. Contemplamos las lumbreras que brillan desde lo alto —el sol para servir al día, la luna y las estrellas para alegrar la noche—; y que por todas ellas se marquen y señalen los tiempos. Contemplamos por todas partes un elemento húmedo, fecundo en peces, bestias y aves; porque la densidad del aire, que sostiene el vuelo de las aves, se acrecienta por la exhalación de las aguas. Contemplamos la faz de la tierra poblada de criaturas terrestres, y al hombre, creado a tu imagen y semejanza, en esa misma imagen y semejanza tuya (esto es, la potencia de la razón y del entendimiento), por la cual fue puesto sobre todas las criaturas irracionales. Y así como en su alma hay una potencia que rige dirigiendo, y otra hecha súbdita para que obedezca, así también para el hombre fue hecha corporalmente la mujer, la cual, en la mente de su entendimiento racional, tendría igualmente una naturaleza semejante; mas en el sexo de su cuerpo, de igual modo estaría sujeta al sexo de su marido, como el apetito de obrar se sujeta a la razón de la mente, para concebir la destreza de obrar rectamente. Estas cosas contemplamos, y son buenas cada una, y todas muy buenas.

    Capítulo 33. El mundo fue creado por Dios de la nada

    XIII, 33, 48

    48. Alábente tus obras, para que te amemos; y amémonos para que tus obras te alaben, las cuales tienen principio y fin en el tiempo: nacimiento y ocaso, crecimiento y decadencia, forma y privación. Tienen, pues, sus sucesiones de mañana y tarde, parte ocultas, parte manifiestas; porque fueron hechas de la nada por ti, no de ti ni de materia alguna que no fuese tuya o creada antes, sino de materia concreada (esto es, materia creada al mismo tiempo por ti), porque sin intervalo alguno de tiempo diste forma a su informidad. Pues una cosa es la materia del cielo y de la tierra, y otra la forma del cielo y de la tierra: hiciste la materia casi de la nada; mas la forma del mundo la formaste de la materia informe; ambas, empero, al mismo tiempo, de modo que la forma siguiese a la materia sin intervalo de tardanza.

    Capítulo 34

    Repite brevemente la interpretación alegórica del Génesis (Cap. I), y confiesa que la vemos por el Espíritu divino

    XIII, 34, 49

    49. Hemos examinado también lo que quisiste que fuese prefigurado, ya por la creación, ya por la descripción de las cosas en tal orden. Y hemos visto que las cosas son buenas cada una, y todas muy buenas [], en tu Verbo, en tu Unigénito, el cielo y la tierra, la Cabeza y el cuerpo de la Iglesia, en tu predestinación antes de todos los tiempos, sin mañana ni tarde. Mas cuando comenzaste a ejecutar en el tiempo las cosas predestinadas, para manifestar las cosas ocultas y ordenar nuestros desórdenes (pues nuestros pecados estaban sobre nosotros, y nos habíamos hundido en tinieblas profundas lejos de ti, y tu buen Espíritu era llevado sobre nosotros para ayudarnos en el tiempo oportuno), tú justificaste a los impíos [] y los separaste de los malvados; y afirmaste la autoridad de tu Libro entre los de arriba, que te serían dóciles, y los de abajo, que les estarían sujetos; y congregaste la sociedad de los incrédulos en una sola conjuración, para que apareciese el celo de los fieles y diesen fruto de obras de misericordia ante ti, distribuyendo a los pobres las riquezas terrenales para ganar las celestiales. Y después de esto encendiste ciertas lumbreras en el firmamento: tus santos, que tienen la palabra de vida y resplandecen con autoridad eminente por los dones espirituales; y luego, para instrucción de los gentiles incrédulos, produjiste de la materia corpórea los sacramentos y los milagros visibles, y los sonidos de las palabras según el firmamento de tu Libro, por los cuales los fieles serían bendecidos. Después formaste el alma viviente de los fieles, mediante los afectos ordenados por el vigor de la continencia; y por último, la mente sujeta a ti solo, y que no necesita imitar autoridad humana alguna, la renovaste según tu imagen y semejanza; y sujetaste su acción racional a la excelencia del entendimiento, como la mujer al varón; y a todos tus ministros, necesarios para la perfección de los fieles en esta vida, quisiste que para sus usos temporales fuesen dados por los mismos fieles los bienes fecundos para el tiempo futuro. Contemplamos todas estas cosas, y son muy buenas, porque tú las ves en nosotros — tú, que nos has dado tu Espíritu, por el cual pudiésemos verlas, y en ellas amarte.

    Capítulo 35. Ruega a Dios por la paz del descanso que no tiene tarde

    XIII, 35, 50

    50. Oh Señor Dios, danos tu paz, pues nos lo has dado todo: la paz del descanso, la paz del sabat, que no tiene tarde. Porque todo este hermosísimo orden de cosas, «muy bueno» (terminadas todas sus carreras), ha de pasar; porque en ellas hubo mañana y tarde.

    Capítulo 36. El séptimo día, sin tarde ni ocaso, imagen de la vida eterna y del descanso en Dios

    XIII, 36, 51

    51. Mas el séptimo día no tiene tarde ni ocaso alguno, porque tú lo santificaste para perpetua duración; de modo que lo que tú hiciste después de tus obras, que eran muy buenas, descansando el séptimo día, aunque en descanso ininterrumpido las hiciste, la voz de tu Libro nos lo diga de antemano: que también nosotros, después de nuestras obras —por eso mismo muy buenas, porque tú nos las has dado—, reposaremos en ti en el sabat de la vida eterna.

    Capítulo 37. Del descanso en Dios, que siempre obra y siempre descansa

    XIII, 37, 52

    52. Porque aun entonces descansarás tú en nosotros, como ahora obras en nosotros; y así será aquel tu descanso por nosotros, como estas son tus obras por nosotros. Mas tú, Señor, siempre obras y siempre descansas. Ni ves en el tiempo, ni te mueves en el tiempo, ni descansas en el tiempo; y, sin embargo, haces las escenas del tiempo, y los tiempos mismos, y el descanso que del tiempo resulta.

    Capítulo 38

    De la diferencia entre el conocimiento de Dios y el de los hombres, y del reposo que solo ha de buscarse en Dios

    XIII, 38, 53

    53. Nosotros, pues, vemos las cosas que hiciste, porque son; mas ellas son porque tú las ves. Y vemos por fuera que son, y por dentro que son buenas; mas tú las viste allí, cuando fueron hechas, donde las viste para que fuesen hechas. Y nosotros en otro tiempo fuimos movidos a obrar bien, después que nuestro corazón concibió de tu Espíritu; mas en el tiempo anterior, abandonándote, fuimos movidos a obrar mal; pero tú, el Uno, el Dios bueno, jamás has cesado de obrar el bien. Y también nosotros tenemos algunas obras buenas, de tu don, mas no eternas; después de ellas esperamos descansar en tu gran santificación. Mas tú, el Bien, que no necesitas de bien alguno, siempre estás en descanso, porque tú mismo eres tu descanso. ¿Y qué hombre enseñará al hombre a entender esto? ¿O qué ángel, a un ángel? ¿O qué ángel, a un hombre? Pídasete a ti, búsquese en ti, llámese a ti; así, así se recibirá, así se hallará, así se abrirá []. Amén.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el libro

    Agustín leyó su libro de dos maneras, y las dos están en el texto de CCEL. En las Retractaciones (II, 6) dice que los trece libros alaban al Dios justo y bueno, hablen de sus males o de sus bienes, que impulsan a acercarse a él y que han agradado a muchos hermanos, y señala dos pasajes que le parecen flojos (en IV, 6, la frase de que quizá temía morir para que no muriera del todo su amigo, que le suena a «declamación ligera»; en el libro XIII, capítulo 32 según esa misma obra, lo del firmamento hecho entre las aguas espirituales de arriba y las corporales de abajo, dicho «sin la debida consideración»). Cuando el conde Darío le pide un ejemplar, en la carta 231 (429, según Schaff) le contesta que se mire en el libro para no alabarlo más de lo que merece, y que ruegue por él «para que no desfallezca, sino sea perfeccionado». Y en Sobre el don de la perseverancia (20, 53) recuerda que los publicó antes de que hubiera herejía pelagiana, y que ya decía en ellos «Da lo que mandas» (X, 29, 40).
    Schaff los llama, en los prolegómenos, el libro más edificante de toda la literatura patrística, el más leído ya en vida de Agustín y el más editado después; los editores benedictinos los pusieron, con las Retractaciones, a la cabeza de sus obras. Reconoce un límite de estilo (periodos enredados y paronomasias rebuscadas) y alaba la «honradez y humildad» de quien contó pecados que, dice, no destruían su respetabilidad en la mejor sociedad pagana de su tiempo. Pilkington, por su parte, responde a la acusación de lord Byron —que Agustín «hace envidiar sus transgresiones»— con que no hay en el libro complacencia en el pecado, y con que Agustín trata aquel episodio «con su delicadeza y reserva características». Shedd, según Schaff, lo llama el mejor comentario escrito sobre Romanos 7 y 8.
    Límites. La fecha depende de a quién se lea: hacia 397 (Schaff), 397–398 o 397–400 (dos pasajes de Wikipedia). Las fechas de la vida de Agustín difieren entre Schaff y Wikipedia en varios puntos (Roma, Milán, la conversión, el presbiterado): se dan las dos en la cronología. Las identificaciones, las fechas y las explicaciones de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué, y la lectura del editor se marca como tal. La traducción castellana es automática y nadie la ha revisado frase a frase: conserva erratas aisladas («ámente a ti», en XII, 30, 41) y calcos del inglés («fragrante», X, 6, 8–10), y en IX, 11, 28 vierte «the fifty-sixth year of her age» como «a los cincuenta y seis años de su edad»: nada de esto se corrige aquí.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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