Sigue luego un período de nueve años desde los diecinueve de su edad, durante el cual, habiendo perdido a un amigo, siguió a los maniqueos, y escribió libros sobre lo bello y lo conveniente, y publicó una obra sobre las artes liberales y las categorías de Aristóteles.
Acerca de aquel tiempo desdichadísimo en que, engañado, engañaba a otros; y acerca de los que se burlan de su confesión
IV, 1, 1
1. Durante este espacio de nueve años, pues, desde los diecinueve hasta los veintiocho años, anduvimos seducidos y seduciendo, engañados y engañando, en medio de diversas concupiscencias: en público, por medio de las ciencias que llaman «liberales»; en secreto, con una falsedad a la que daban el nombre de religión. Aquí soberbios, allí supersticiosos, en todo vanos: aquí, buscando la vanidad de la fama popular, hasta los aplausos del teatro, los certámenes poéticos, las contiendas por coronas de hierba, las locuras de los espectáculos y la intemperancia de los deseos; allí, pretendiendo purgarnos de estas corrupciones llevando alimentos a los que llamaban «elegidos» y «santos», para que en el laboratorio de sus estómagos fabricasen para nosotros ángeles y dioses, por los cuales fuésemos librados. Estas cosas seguía yo con avidez, y las practicaba con mis amigos, engañados por mí y conmigo. Ríanse de mí los soberbios y los que aún no han sido derribados y heridos saludablemente por ti, oh Dios mío; pero yo, no obstante, confesaré ante ti mi propia vergüenza para alabanza tuya. Sopórtame, te lo suplico, y concédeme la gracia de recorrer de nuevo en mi memoria presente los rodeos de mis pasados errores, y de «ofrecerte sacrificio de alabanza». Porque ¿qué soy yo para mí mismo sin ti, sino un guía que me lleva a mi propia ruina? ¿O qué soy, aun en el mejor caso, sino uno que mama tu leche [] y se alimenta de ti, manjar que no perece? [] Mas ¿qué clase de hombre es cualquier hombre, dado que es solo hombre? Ríanse, pues, de nosotros los fuertes y poderosos; pero nosotros, «pobres y menesterosos», confesémonos a ti.
IV, 2, 2–3
2. En aquellos años enseñaba yo el arte de la retórica y, vencido por la codicia, ponía en venta una locuacidad con la que vencer. Sin embargo, prefería —tú lo sabes, Señor— tener discípulos honestos (como suele estimarse); y a estos, sin artificio, les enseñaba artificios, no para usarlos contra la vida del inocente, aunque a veces en favor de la vida del culpable. Y tú, oh Dios, desde lejos me veías tropezar en aquel camino resbaladizo, y en medio de mucho humo despedir algunos destellos de fidelidad, que mostré en aquella dirección mía de quienes amaban la vanidad y buscaban la mentira, siendo yo su compañero. En aquellos años tuve una mujer, no unida a mí por lo que se llama legítimo matrimonio, sino hallada por mi pasión extraviada y falta de entendimiento; pero una sola, guardándole fidelidad. En ella comprobé verdaderamente por propia experiencia qué diferencia hay entre la sujeción del vínculo conyugal, contraído para tener hijos, y el pacto de un amor lujurioso, donde los hijos nacen contra la voluntad de los padres, aunque, una vez nacidos, se hacen amar.
3. Recuerdo también que, cuando decidí competir por un premio teatral, un adivino me preguntó cuánto le daría para que yo ganase; pero yo, detestando y abominando tan torpes misterios, respondí «que, aun si la corona fuera de oro imperecedero, no consentiría que se destruyese una mosca para conseguirla para mí». Porque él había de degollar ciertos animales en sus sacrificios y, con aquellos honores, invitar a los demonios a que me prestaran su ayuda. Pero yo rehusé también esta cosa mala, no por un amor puro hacia ti, oh Dios de mi corazón; porque no sabía amarte, ya que no sabía concebir nada más allá del resplandor corpóreo. ¿Y acaso un alma que suspira por tales ficciones no fornica contra ti, confía en cosas falsas y apacienta el viento? [] Mas yo no quería, en verdad, que se ofreciesen sacrificios a los demonios en favor mío, aunque yo mismo les ofrecía sacrificios con aquella superstición. Porque ¿qué otra cosa es apacentar el viento sino apacentarlos a ellos, es decir, convertirnos, con nuestros extravíos, en su gozo y burla?
Ni aun los hombres más experimentados pudieron persuadirle de la vanidad de la astrología a la que se había entregado
IV, 3, 4–6
4. A aquellos impostores, pues, a quienes llaman matemáticos, los consultaba yo sin vacilar, porque no usaban sacrificios ni invocaban el auxilio de ningún espíritu para sus adivinaciones; arte que la piedad cristiana y verdadera rechaza y condena justamente. Porque bueno es confesarte y decir: «Ten misericordia de mí, sana mi alma, porque he pecado contra ti»; y no abusar de tu bondad como licencia para pecar, sino recordar las palabras del Señor: «He aquí, has sido sanado; no peques más, no sea que te suceda algo peor» []. Todos estos saludables consejos se esfuerzan en destruirlos cuando dicen: «La causa de tu pecado está inevitablemente determinada en el cielo»; y «Esto lo hizo Venus, o Saturno, o Marte»; para que el hombre, por cierto, carne y sangre y soberbia corrupción, quede sin culpa, mientras que el Creador y Ordenador del cielo y de los astros ha de cargar con la culpa. ¿Y quién es este sino tú, Dios nuestro, dulzura y manantial de justicia, que «das a cada uno según sus obras» y no desprecias «un corazón quebrantado y contrito»?
5. Había en aquellos días un varón sabio, muy hábil en la medicina y muy renombrado en ella, que con su propia mano proconsular había puesto la corona agónica sobre mi cabeza enferma; aunque no como médico, porque esta enfermedad solo tú la sanas, tú que resistes a los soberbios y das gracia a los humildes. ¿Pero acaso me faltaste aun por medio de aquel anciano, o dejaste de sanar mi alma? Pues cuando me hice más familiar con él y me adherí asidua y fijamente a su conversación (porque, aunque expresada en lenguaje sencillo, estaba llena de vivacidad, vida y seriedad), cuando percibió por mis palabras que yo era dado a los libros de los trazadores de horóscopos, me aconsejó, con bondad y como un padre, que los arrojase y no gastara vanamente en tales vanidades el cuidado y el trabajo necesarios para cosas útiles; diciendo que él, en sus años primeros, había estudiado aquel arte con intención de ganarse la vida siguiéndolo como profesión, y que, puesto que había entendido a Hipócrates, pronto habría entendido aquello; y sin embargo lo había dejado y seguido la medicina, por no otra razón sino porque descubrió que era del todo falso, y él, siendo hombre de carácter, no se ganaría la vida engañando a la gente. «Pero tú» —dice— «que tienes la retórica para sustentarte, de modo que sigues esto por libre voluntad y no por necesidad, tanto más debes darme crédito en esto, pues yo me esforcé por alcanzarlo tan perfectamente como quien deseaba ganarse la vida solo con ello.» Cuando le pedí que me explicara cómo se predecían tantas cosas verdaderas por medio de aquel arte, me respondió (como pudo) «que la fuerza del azar, difundida por todo el orden de la naturaleza, producía esto. Porque si cuando alguien abre al azar las hojas de algún poeta, que cantó y se propuso algo muy distinto, sale a menudo un verso maravillosamente apropiado al asunto presente, no hay que asombrarse» —continuó— «de que del alma del hombre, por un instinto superior, sin saber lo que pasa dentro de sí, se dé una respuesta por azar y no por arte, que coincida con los asuntos y acciones del que pregunta.»
6. Y así, en verdad, ya por él ya por medio de él, cuidabas de mí. Y delineabas en mi memoria lo que después yo podría buscar por mí mismo. Mas en aquel tiempo ni él ni mi queridísimo Nebridio, joven buenísimo y prudentísimo, que se burlaba de toda aquella casta de adivinación, pudieron persuadirme a abandonarla, influyéndome todavía más la autoridad de los autores; y aún no había dado yo con ninguna prueba cierta —tal como la buscaba— por la que sin duda apareciese que lo que con verdad había sido predicho por aquellos consultores era por accidente o azar, y no por el arte de los que escrutan los astros.
IV, 4, 7–9
7. En aquellos años, cuando empecé a enseñar retórica en mi ciudad natal, había adquirido un amigo muy querido, por la comunidad de nuestros estudios, de mi misma edad y, como yo, que apenas despuntaba en la flor de la juventud. Había crecido conmigo desde la niñez, y habíamos sido juntos condiscípulos y compañeros de juegos. Pero él no era entonces mi amigo, ni lo fue después, según lo es la verdadera amistad; porque no es verdadera sino entre aquellos que tú unes entre sí, adheridos a ti por aquel amor que es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado []. Con todo, era demasiado dulce, madurada por el fervor de estudios semejantes. Porque yo lo había apartado de la fe verdadera (de la cual él, como joven, no se había hecho dueño sana y cabalmente) hacia aquellas fábulas supersticiosas y perniciosas que mi madre lloraba en mí. Conmigo andaba ahora errada la mente de este hombre, y mi alma no podía existir sin él. Mas he aquí que tú estabas cerca de tus fugitivos, tú, a la vez Dios de las venganzas y Fuente de misericordias, que nos vuelves a ti por medios admirables. Apartaste a aquel hombre de esta vida cuando apenas había cumplido un año entero de mi amistad, dulce para mí sobre toda la dulzura de aquella mi vida.
8. «¿Quién puede proclamar toda tu alabanza?» ¿Qué hiciste entonces, oh Dios mío, y cuán inescrutables son las profundidades de tus juicios? Porque cuando, gravemente enfermo de fiebre, yació largo tiempo sin sentido en un sudor de muerte, y todos desesperaban de su restablecimiento, fue bautizado sin saberlo; yo, entretanto, cuidándome poco, presumiendo que su alma retendría más bien lo que había recibido de mí que lo que se hacía en su cuerpo sin sentido. Muy distinto fue, sin embargo, porque revivió y se restableció. Enseguida, apenas pude hablar con él (lo cual pude tan pronto como él estuvo en condiciones, porque nunca lo dejaba, y dependíamos demasiado el uno del otro), intenté bromear con él, como si él también hubiera de bromear conmigo acerca de aquel bautismo que había recibido cuando la mente y los sentidos estaban ausentes, pero que ahora sabía que había recibido. Mas él se estremeció ante mí como si yo fuera su enemigo; y con una libertad notable e inesperada me amonestó que, si deseaba continuar siendo su amigo, desistiese de hablarle de tal manera. Yo, confundido y turbado, oculté todas mis emociones hasta que él sanara y su salud se hiciera bastante fuerte para permitirme tratar con él como yo deseaba. Pero fue arrebatado a mi frenesí, para que contigo fuese guardado para mi consuelo. Pocos días después, durante mi ausencia, le volvió la fiebre y murió.
9. Con esta pena mi corazón se oscureció por completo, y todo lo que miraba era muerte. Mi patria se me hizo un tormento, y la casa de mi padre una extraña infelicidad; y todo lo que yo había compartido con él, al faltarme él, se convertía en espantoso tormento. Mis ojos lo buscaban por todas partes, pero no se me concedía; y odiaba todos los lugares porque él no estaba en ellos; ni podían ya decirme: «He aquí, viene», como hacían cuando él vivía y estaba ausente. Me convertí en un gran enigma para mí mismo, y preguntaba a mi alma por qué estaba triste y por qué me conturbaba tan enormemente; pero ella no sabía qué responderme. Y si yo decía: «Espera en Dios», justamente no me obedecía; porque aquel amigo queridísimo que ella había perdido era, siendo hombre, más verdadero y mejor que aquel fantasma en el cual se le mandaba esperar. Nada sino las lágrimas me era dulce, y ellas sucedieron a mi amigo en lo más querido de mis afectos.
IV, 5, 10
10. Y ahora, oh Señor, estas cosas han pasado, y el tiempo ha sanado mi herida. Permíteme aprender de ti, que eres la Verdad, y aplicar el oído de mi corazón a tu boca, para que me digas por qué el llanto ha de ser tan dulce para los desdichados. ¿Acaso tú, aunque presente en todas partes, has arrojado lejos de ti nuestra miseria? Y tú permaneces en ti mismo, mas nosotros somos conturbados con diversas pruebas; y sin embargo, si no llorásemos en tus oídos, no nos quedaría esperanza alguna. ¿De dónde, pues, procede que tan dulce fruto se recoja de la amargura de la vida, de los gemidos, de las lágrimas, de los suspiros y de los lamentos? ¿Es la esperanza de que tú nos oyes lo que lo endulza? Esto es verdad en la oración, porque en ella hay deseo de acercarse a ti. ¿Pero lo es también en el duelo por una cosa perdida y en la tristeza que entonces me abrumaba? Porque yo no tenía esperanza de que él volviera a la vida, ni buscaba esto con mis lágrimas; sino que lloraba y me dolía solamente, porque era desdichado y había perdido mi alegría. ¿O es el llanto una cosa amarga, y por el disgusto de las cosas que antes gozábamos, y aun entonces, cuando nos hastían, nos causa placer?
IV, 6, 11
11. Pero ¿por qué digo estas cosas? Porque no es tiempo de preguntar, sino más bien de confesarte. Desdichado era yo, y desdichada es toda alma atada por la amistad de cosas perecederas: es desgarrada cuando las pierde, y entonces siente la miseria que ya tenía antes de perderlas. Así era yo en aquel tiempo; lloraba amarguísimamente y hallaba descanso en la amargura. Así era yo desdichado, y aquella vida de miseria la estimaba más cara que mi amigo. Pues aunque de buena gana la habría cambiado, con todo me era más penoso perderla que perderlo a él; y aun no sabía si estaba dispuesto a perderla incluso por él, como se nos transmite (si no es invención) de Pílades y Orestes, que de buena gana habrían muerto el uno por el otro, o ambos juntos, pues para ellos era peor que la muerte no vivir juntos. Pero había brotado en mí también una especie de sentimiento contrario a esto, porque me era sumamente fastidioso vivir y terrible morir; supongo que cuanto más lo amaba, tanto más odiaba y temía, como enemigo cruelísimo, a aquella muerte que me lo había robado; y me imaginaba que aniquilaría de repente a todos los hombres, ya que tenía poder sobre él. Así, lo recuerdo, era yo. ¡He aquí mi corazón, oh Dios mío! He aquí, mira dentro de mí, porque lo recuerdo bien, ¡oh Esperanza mía!, que me limpias de la impureza de tales afectos, dirigiendo mis ojos hacia ti y sacando mis pies de la red. Porque me asombraba de que otros mortales viviesen, ya que aquel a quien yo amaba, como si nunca hubiera de morir, estaba muerto; y me asombraba aún más de que yo, que era para él un segundo yo, pudiese vivir estando él muerto. Bien dijo alguien de su amigo: «Tú, mitad de mi alma»; pues yo sentía que mi alma y la suya eran una sola alma en dos cuerpos; y, por consiguiente, mi vida me era un horror, porque no quería vivir en la mitad. Y por eso, tal vez, temía morir, para que no muriese del todo aquel a quien yo había amado tanto.
IV, 7, 12
12. ¡Oh locura, que no sabes amar a los hombres como deben ser amados! ¡Oh hombre necio que yo era entonces, soportando con tanta impaciencia la suerte del hombre! Así me agitaba, suspiraba, lloraba, me atormentaba, y no tomaba descanso ni consejo. Porque llevaba conmigo un alma desgarrada y manchada, impaciente de que yo la llevase, y no hallaba dónde hacerla reposar. No en los bosques amenos, no en los juegos ni en los cantos, no en los lugares perfumados, ni en los banquetes espléndidos, ni en los placeres del lecho y del tálamo, ni, finalmente, en los libros y en los cantos hallaba reposo. Todas las cosas parecían terribles, aun la luz misma; y todo lo que no era lo que él era resultaba repulsivo y odioso, excepto los gemidos y las lágrimas, pues solo en ellos hallaba yo un poco de reposo. Mas cuando mi alma se apartaba de ellos, me abrumaba una pesada carga de miseria. Hacia ti, oh Señor, debía ser levantada, para que tú la aligerases y apartases. Esto lo sabía yo, pero ni quería ni podía; tanto más cuanto que, en mis pensamientos acerca de ti, no eras para mí cosa alguna sólida ni sustancial. Porque no eras tú mismo, sino un fantasma vacío, y mi error era mi dios. Si intentaba descargar allí mi peso, para que hallara reposo, se hundía en el vacío y volvía a caer sobre mí; y yo quedaba para mí mismo como un lugar desdichado, donde no podía permanecer ni del cual podía apartarme. Porque ¿adónde podría huir mi corazón de mi corazón? ¿Adónde huir de mí mismo? ¿Adónde no seguirme? Y sin embargo huí de mi patria; porque así mis ojos lo buscarían menos donde no estaban acostumbrados a verlo. Y así dejé la ciudad de Tagaste y vine a Cartago.
IV, 8, 13
13. Los tiempos no pierden tiempo, ni ruedan ociosos por nuestros sentidos. Obras extrañas obran en el ánimo. He aquí que venían y se iban de día en día, y viniendo e yéndose diseminaban en mi mente otras ideas y otros recuerdos, y poco a poco me remendaban con la antigua clase de deleites, a los que cedía aquel dolor mío. Pero sucedían luego, no ciertamente otros dolores, sino las causas de otros dolores. Pues ¿de dónde había penetrado tan fácilmente hasta lo vivo aquel primer dolor, sino porque había derramado mi alma sobre el polvo, amando a un mortal como si nunca hubiera de morir? Mas lo que principalmente me reanimaba y recreaba era el consuelo de otros amigos, con quienes amaba lo que en lugar de ti amaba. Y esto era una fábula monstruosa y mentira prolongada, cuyo contacto adúltero contaminaba nuestra alma, que con comezón yacía en nuestros oídos. Mas aquella fábula no moría para mí cada vez que moría alguno de mis amigos. Había otras cosas en ellos que prendían más mi ánimo: conversar y bromear con ellos; entregarnos a un intercambio de bondades; leer juntos libros agradables; juntos chancear, y juntos ser serios; discrepar a veces sin mal humor, como un hombre lo haría consigo mismo; y aun por la infrecuencia de estas diferencias dar sabor a nuestros más frecuentes consentimientos; unas veces enseñando, otras aprendiendo; anhelando con impaciencia a los ausentes, y acogiendo con alegría a los que llegan. Estas y semejantes expresiones, emanando de los corazones de quienes amaban y eran amados en correspondencia, por el semblante, la lengua, los ojos y mil movimientos agradables, eran como combustible para fundir nuestras almas juntas, y de muchas hacer una sola.
Que el amor de un ser humano, por constante que sea en amar y corresponder al amor, perece; mientras que quien ama a Dios nunca pierde un amigo
IV, 9, 14
14. Esto es lo que se ama en los amigos; y se ama de tal modo que la conciencia del hombre se acusa a sí misma si no ama a aquel por quien es amado, o si no corresponde al que le ama, no esperando de él sino muestras de su amor. De ahí aquel duelo si alguno muere, y las tinieblas de la tristeza, aquel empaparse el corazón en lágrimas, tornándose en amargura toda dulzura, y con la pérdida de la vida del que muere, la muerte del que vive. Bienaventurado el que te ama a ti, y a su amigo en ti, y a su enemigo por ti. Porque sólo aquel no pierde a ninguno de sus amados, a quien todos son amados en Aquel que no puede perderse. ¿Y quién es éste sino nuestro Dios, el Dios que creó el cielo y la tierra, [] y los llena, [] pues llenándolos los creó? Nadie te pierde sino el que te deja. Y el que te deja, ¿a dónde va, o a dónde huye, sino de ti bien dispuesto a ti airado? Pues ¿dónde no halla tu ley en su propio castigo? «Y tu ley es la verdad,» y la verdad eres tú. []
Capítulo 10. Que todas las cosas existen para perecer, y que no estamos seguros si Dios no vela por nosotros
IV, 10, 15
15. «Vuélvenos, oh Señor Dios de los ejércitos, haz resplandecer tu rostro; y seremos salvos.» Pues dondequiera que el alma del hombre se vuelva, si no es hacia ti, queda fijada en dolores, aun cuando se fije en cosas hermosas fuera de ti y fuera de sí misma. Y sin embargo, no serían si no fueran de ti. Nacen y se ponen; y naciendo, comienzan como a ser; y crecen, para llegar a ser perfectas; y cuando perfectas, envejecen y perecen; y no todas envejecen, mas todas perecen. Por tanto, cuando nacen y tienden a ser, cuanto más rápidamente crecen para ser, tanto más se apresuran a no ser. Éste es su modo. Esto les has dado, porque son partes de las cosas, que no existen todas al mismo tiempo, sino que apartándose y sucediéndose forman juntas el universo, del cual son partes. Y aun así se realiza nuestro discurso por signos que emiten un sonido; mas tampoco éste se perfecciona si una palabra no pasa cuando ha sonado su parte, para que otra la suceda. Alábete mi alma por todas estas cosas, oh Dios, Creador de todo; mas no se fije mi alma a estas cosas por la liga del amor, a través de los sentidos del cuerpo. Porque van a donde debían ir, para ya no ser; y la desgarran con deseos pestilentes, porque anhela ser, y sin embargo ama descansar en lo que ama. Mas en estas cosas no se halla lugar; no permanecen— huyen; ¿y quién es el que puede seguirlas con los sentidos de la carne? ¿O quién puede asirlas, aun cuando estén cerca? Porque tardo es el sentido de la carne, porque es el sentido de la carne, y su límite es él mismo. Basta para aquello para lo que fue hecho, mas no basta para detener las cosas que corren su curso desde su punto de partida señalado hasta el fin señalado. Porque en tu Verbo, por el cual fueron creadas, oyen el fiat, «de aquí y hasta aquí.»
Que las porciones del mundo no han de ser amadas; sino que Dios, su Autor, es inmutable, y su Verbo eterno
IV, 11, 16–17
16. No seas necia, alma mía, y no ensordezcas el oído de tu corazón con el tumulto de tu necedad. Oye también. La Palabra misma te invita a volver; y allí está el lugar del descanso imperturbable, donde el amor no es abandonado si él mismo no abandona. He aquí que estas cosas pasan, para que otras las sucedan, y así este universo inferior quede completo en todas sus partes. ¿Pero acaso yo me aparto a algún lugar, dice la Palabra de Dios? Fija allí tu morada. Confía allí cuanto de allí tienes, alma mía; al menos ahora estás cansada de engaños. Confía a la verdad cuanto de la verdad tienes, y nada perderás; y tu decadencia florecerá de nuevo, y todas tus enfermedades serán sanadas, y tus partes perecederas serán reformadas y renovadas, y atraídas hacia ti; y no te derribarán a donde ellas descienden, sino que permanecerán contigo, y continuarán para siempre ante Dios, que permanece y continúa para siempre. []
17. ¿Por qué, pues, ser perversa y seguir a tu carne? Más bien que ella se convierta y te siga. Todo lo que por ella sientes, es sólo en parte; y el todo, del cual éstas son porciones, lo ignoras, y sin embargo te deleitan. Mas si el sentido de tu carne hubiera sido capaz de comprender el todo, y no hubiera estado él mismo también, para tu castigo, justamente limitado a una porción del todo, querrías que cuanto existe en el tiempo presente pasara, para que así el todo te agradara más. Pues lo que hablamos, también por el mismo sentido de la carne lo oyes, y sin embargo no querrías que las sílabas permanecieran, sino que volaran, para que otras vengan, y el todo sea oído. Así es siempre, cuando una cosa sola se compone de muchas, todas las cuales no existen juntas: todas juntas deleitarían más de lo que deleitan si pudieran percibirse todas a la vez. Pero muy superior a éstas es Aquel que hizo todas las cosas; y Él es nuestro Dios, y no pasa, porque no hay nada que le suceda. Si los cuerpos te agradan, alaba a Dios por ellos, y vuelve tu amor hacia su Creador, no sea que en las cosas que te agradan le desagrades.
El amor no es condenado, sino que ha de preferirse el amor en Dios, en quien hay descanso por Jesucristo
IV, 12, 18–19
18. Si las almas te agradan, sean amadas en Dios; porque también ellas son mudables, mas en Él están firmemente establecidas, de otro modo pasarían, y se desvanecerían. En Él, pues, sean amadas; y arrastra hacia Él contigo a cuantas almas puedas y diles, «Amémosle a Él, amémosle a Él; Él creó estas cosas, y no está lejos. Pues no las creó y luego se apartó; sino que son de Él, y en Él están. He aquí, allí está dondequiera que se conoce la verdad. Está dentro del mismo corazón, mas con todo el corazón se ha extraviado de Él. Volved a vuestro corazón, oh transgresores, [] y adheríos firmemente a Aquel que os hizo. Estad con Él, y estaréis firmes. Descansad en Él, y estaréis en descanso. ¿A dónde vais por sendas escabrosas? ¿A dónde vais? El bien que amáis es de Él; y en cuanto mira a Él es bueno y agradable, y justamente será amargado, porque cuanto de Él viene es amado injustamente si se le abandona por ello. ¿Por qué, pues, vagaréis más y más por estos caminos difíciles y trabajosos? No hay descanso donde lo buscáis. Buscad lo que buscáis; mas no está allí donde buscáis. Buscáis una vida bienaventurada en la tierra de la muerte; no está allí. Pues ¿podría haber una vida bienaventurada donde la vida misma no es?»
19. Mas nuestra misma Vida descendió aquí, y llevó nuestra muerte, y la mató, por la abundancia de su propia vida; y tronando nos llamó en alta voz a volver de aquí a Él, a aquel lugar secreto de donde vino a nosotros— primero al seno de la Virgen, donde la criatura humana se desposó con Él—nuestra carne mortal, para que no fuera mortal para siempre—y de allí «como esposo que sale de su cámara, regocijándose como un hombre fuerte para correr una carrera.» Porque no se detuvo, sino que corrió clamando con palabras, obras, muerte, vida, descenso, ascensión, clamando en alta voz a nosotros para que volviéramos a Él. Y se apartó de nuestra vista, para que volviéramos a nuestro corazón, y allí lo halláramos. Porque se apartó, y he aquí que está aquí. No quiso estar mucho con nosotros, mas no nos dejó; pues se apartó allí, de donde nunca se apartó, porque «el mundo fue hecho por Él.» [] Y en este mundo estaba, y a este mundo vino a salvar a los pecadores, [] a los cuales mi alma confiesa, para que Él la sane, pues ha pecado contra Él. ¡Oh hijos de los hombres, cuánto tiempo tan tardos de corazón! [] Aun ahora, después de que la Vida ha descendido a vosotros, ¿no ascenderéis y viviréis? Mas ¿a dónde ascendéis, cuando estáis en lo alto, y ponéis vuestra boca contra los cielos? Descended para ascender, y ascended a Dios. Porque habéis caído por «ascender contra Él.» Decidles esto, para que lloren en el valle de lágrimas, y así arrastradlos con vosotros a Dios, porque es por su Espíritu que así les habláis, si habláis ardiendo con el fuego del amor.
IV, 13, 20
20. Estas cosas no las conocía yo en aquel tiempo, y amaba estas bellezas inferiores, y me hundía hasta lo más profundo; y decía a mis amigos, «¿Amamos algo que no sea lo bello? ¿Qué es, pues, lo bello? ¿Y qué es la hermosura? ¿Qué es lo que nos atrae y nos une a las cosas que amamos; pues si no hubiera en ellas una gracia y hermosura, de ningún modo podrían atraernos hacia ellas?» Y notaba y percibía que en los cuerpos mismos había una belleza por formar una especie de todo, y otra por la mutua conveniencia, como una parte del cuerpo con su todo, o un zapato con un pie, y así sucesivamente. Y esta consideración brotó en mi mente de los recovecos de mi corazón, y escribí libros (dos o tres, creo) «sobre lo bello y lo conveniente.» Tú lo sabes, oh Señor, pues se me ha olvidado; porque no los tengo, sino que se han extraviado de mí, no sé cómo.
Capítulo 14. Acerca de los libros que escribió «sobre lo bello y lo conveniente,» dedicados a Hierio
IV, 14, 21–23
21. Mas ¿qué fue lo que me impulsó, oh Señor Dios mío, a dedicar estos libros a Hierio, orador de Roma, a quien no conocía de vista, sino que amaba al hombre por la fama de su saber, por la cual era renombrado, y por algunas palabras suyas que había oído, y que me habían agradado? Pero tanto más me agradaba cuanto que agradaba a otros, que lo ensalzaban grandemente, asombrados de que un nativo de Siria, instruido primero en la elocuencia griega, llegara después a ser un admirable orador latino, y tan versado en los estudios concernientes a la sabiduría. Así es un hombre alabado y amado estando ausente. ¿Entra este amor en el corazón del que oye por la boca del que alaba? No es así. Antes bien, por medio de uno que ama, otro es inflamado. Porque por esto es amado el que es alabado, cuando se cree que el que lo alaba lo alaba con corazón no fingido; esto es, cuando el que lo ama lo alaba.
22. Así, pues, amaba yo a los hombres según el juicio de los hombres, no según el tuyo, oh Dios mío, en el cual ningún hombre es engañado. Mas con todo, ¿por qué no como al célebre auriga, como al cazador conocido por doquier por una popularidad vulgar— sino muy de otro modo, y seriamente, y tal como yo mismo desearía ser alabado? Porque no querría que me alabaran y amaran como a los actores—aunque yo mismo los alababa y amaba—sino que preferiría ser desconocido antes que tan conocido, y aun ser odiado antes que tan amado. ¿Dónde están ahora estas influencias de tan varios y diversos géneros de amores distribuidos en una sola alma? ¿Qué es lo que amo en otro, lo cual, si no lo odiara, no lo detestaría y apartaría de mí mismo, siendo todos igualmente hombres? Porque no se sigue que, porque un buen caballo sea amado por quien no querría, aunque pudiera, ser aquel caballo, lo mismo deba por tanto afirmarse de un actor, que participa de nuestra naturaleza. ¿Acaso amo en un hombre aquello que yo, que soy hombre, odio ser? El hombre mismo es un gran abismo, cuyos cabellos mismos tú cuentas, oh Señor, y no caen a tierra sin ti. [] Y sin embargo, los cabellos de su cabeza se cuentan más fácilmente que sus afectos y los movimientos de su corazón.
23. Mas aquel orador era de la clase que yo amaba tanto como deseaba yo mismo ser tal; y erré por una soberbia inflada, y fui «llevado por doquier de todo viento,» [] mas con todo era pilotado por ti, aunque muy secretamente. ¿Y de dónde sé yo, y de dónde confieso confiadamente a ti que lo amaba más por el amor de los que lo alababan, que por las mismas cosas por las que lo alababan? Porque si hubiera sido ensalzado, y estos mismos hombres lo hubieran desalabado, y con desalabanza y desprecio hubieran dicho las mismas cosas de él, nunca me habría inflamado y provocado tanto a amarlo. Y sin embargo, las cosas no habrían sido diferentes, ni él mismo diferente, sino sólo los afectos de los narradores. Mira dónde yace el alma impotente que todavía no es sostenida por la solidez de la verdad. Así como los soplos de las lenguas soplan desde los pechos de los conjeturadores, así es ella zarandeada de aquí para allá, empujada adelante y atrás, y la luz se le oscurece y la verdad no se percibe. Y he aquí que está ante nosotros. Y para mí era gran cosa que mi estilo y mis estudios fueran conocidos por aquel hombre; lo cual si él aprobaba, yo era más estimulado, pero si desaprobaba, este vano corazón mío, vacío de tu solidez, se habría ofendido. Y sin embargo, aquello «bello y conveniente,» sobre lo cual le escribía, lo consideraba con placer, y lo contemplaba, y lo admiraba, aunque nadie se uniera a mí en hacerlo.
Capítulo 15. Al escribir, cegado por imágenes corpóreas, no reconoció la naturaleza espiritual de Dios
IV, 15, 24–27
24. Mas todavía no percibía yo el gozne sobre el cual giraba esta materia impotente en tu sabiduría, oh Omnipotente, «que solo haces grandes maravillas;» y mi mente vagaba entre formas corpóreas, y definía y distinguía como «bello» aquello que lo es en sí mismo, y «conveniente» aquello que es hermoso en cuanto corresponde a alguna otra cosa; y esto lo apoyaba con ejemplos corpóreos. Y volví mi atención a la naturaleza del alma, pero las falsas opiniones que abrigaba sobre las cosas espirituales me impedían ver la verdad. Sin embargo, la fuerza misma de la verdad se imponía a mi mirada, y apartaba mi alma palpitante de la sustancia incorpórea, hacia lineamientos, y colores, y magnitudes voluminosas. Y no pudiendo percibir éstas en el alma, pensaba que no podía percibir mi alma. Y mientras que en la virtud amaba la paz, y en la maldad odiaba la discordia, en la primera distinguía la unidad, pero en la segunda una especie de división. Y en aquella unidad concebía que consistían el alma racional y la naturaleza de la verdad y del sumo bien. Mas en esta división imaginaba yo, desdichado, que había no sé qué sustancia de vida irracional, y la naturaleza del sumo mal, que no sería sólo sustancia, sino también vida real, y sin embargo no emanada de ti, oh Dios mío, de quien son todas las cosas. Y con todo, a la primera la llamaba Mónada, como si hubiera sido un alma sin sexo, y a la otra Díada— ira en las obras de violencia, en las obras de pasión, concupiscencia—sin saber de qué hablaba. Pues no había conocido ni aprendido que ni el mal era una sustancia, ni nuestra alma aquel sumo e inmutable bien.
25. Pues así como sucede en las obras de violencia, si aquella emoción del alma de donde viene el estímulo está depravada, y se porta insolente y amotinadamente; y en los actos de pasión, si aquel afecto del alma con que se beben los placeres carnales está desenfrenado— así también los errores y las falsas opiniones contaminan la vida, si el alma racional misma está depravada, como lo estaba en aquel tiempo en mí, el cual ignoraba que debía ser iluminada por otra luz para ser partícipe de la verdad, puesto que ella misma no es aquella naturaleza de la verdad. Porque tú encenderás mi candela; el Señor mi Dios iluminará mis tinieblas; y «de su plenitud todos hemos recibido,» [] pues «aquella era la Luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo;» [] porque en ti no hay «mudanza, ni sombra de variación.» []
26. Mas yo me apresuraba hacia ti, y era rechazado por ti para que gustara de la muerte, porque tú «resistes a los soberbios.» Pero ¿qué cosa más soberbia que el que yo, con maravillosa locura, me afirmara ser por naturaleza aquello que tú eres? Porque siendo yo mudable—tanto me era claro, pues mi mismo anhelo de llegar a ser sabio nacía del deseo de llegar de peor a ser mejor—, con todo, prefería pensarte mudable a ti, antes que no ser yo aquello que tú eres. Por tanto era yo rechazado por ti, y tú resistías mi mutable dureza de cerviz; y yo imaginaba formas corpóreas, y, siendo carne, acusaba a la carne, y, siendo «un viento que pasa,» no volvía a ti, sino que iba vagando y vagando hacia aquellas cosas que no tienen ser, ni en ti, ni en mí, ni en el cuerpo. Ni eran ellas creadas para mí por tu verdad, sino concebidas por mi vana imaginación a partir de las cosas corpóreas. Y solía preguntar a tus pequeños fieles, mis conciudadanos— de quienes inconscientemente estaba desterrado—solía preguntar con ligereza y neciamente, «¿Por qué, pues, yerra el alma que Dios creó?» Mas no permitía que nadie me preguntara, «¿Por qué, pues, yerra Dios?» Y sostenía que tu sustancia inmutable erraba por coacción, antes que admitir que mi sustancia mudable se había extraviado por libre voluntad, y erraba como castigo.
27. Tenía yo unos veintiséis o veintisiete años cuando escribí aquellos volúmenes— meditando sobre ficciones corpóreas, que clamaban en los oídos de mi corazón. Éstas las dirigía, oh dulce Verdad, hacia tu interior melodía, ponderando lo «bello y conveniente,» y anhelando detenerme y escucharte, y regocijarme grandemente a la voz del Esposo, [] y no podía; porque por las voces de mis propios errores era yo arrojado fuera, y por el peso de mi propia soberbia me hundía en el abismo más bajo. Porque no me «hiciste oír gozo y alegría;» ni se regocijaron los huesos que todavía no estaban humillados.
Entendió con gran facilidad las artes liberales y las categorías de Aristóteles, pero sin verdadero fruto
IV, 16, 28–31
¿Y de qué me aprovechó que, cuando apenas contaba veinte años, cayera en mis manos un libro de Aristóteles, titulado Los diez predicamentos—de cuyo solo nombre pendía yo como de algo grande y divino, cuando mi maestro de retórica de Cartago y otros tenidos por doctos lo mencionaban con las mejillas hinchadas de orgullo—, lo leyera yo solo y lo entendiera? ¿Y que, al conferir con otros, que decían que con ayuda de maestros habilísimos—que no sólo lo explicaban de palabra, sino que trazaban muchas cosas en el polvo—apenas lo habían entendido, no pudieran decirme de él más de lo que yo había alcanzado leyéndolo por mí mismo y a solas? Y el libro me parecía hablar con bastante claridad de las sustancias, como es el hombre, y de sus cualidades—como la figura de un hombre, de qué clase es; y su estatura, cuántos pies de alto; y su parentesco, de quién es hermano; o dónde está situado, o cuándo nació; o si está en pie o sentado, o calzado o armado, o hace o padece alguna cosa; y todas las innumerables cosas que pudieran clasificarse bajo estas nueve categorías—de las cuales he dado algunos ejemplos—o bajo aquella categoría principal de la sustancia.
29. ¿De qué me aprovechó todo esto, viendo que más bien me estorbaba, cuando, imaginando que cuanto existía estaba comprendido en aquellas diez categorías, intentaba entender, oh Dios mío, tu admirable e inmutable unidad como si también tú estuvieras sujeto a tu propia grandeza o hermosura, de modo que ellas existieran en ti como en su sujeto, como en los cuerpos, siendo así que tú mismo eres tu grandeza y tu hermosura? Pero un cuerpo no es grande ni hermoso por ser cuerpo, pues aunque fuera menos grande o menos hermoso, no por eso dejaría de ser cuerpo. Mas lo que yo había concebido de ti era falsedad, no verdad; ficciones de mi miseria, no los sustentos de tu bienaventuranza. Porque tú lo habías mandado, y así se hizo en mí: que la tierra me produjera abrojos y espinas, [] y que con trabajo ganara mi pan. []
30. ¿Y de qué me aprovechó que yo, vil esclavo de afectos viles, leyera sin ayuda y entendiera todos los libros que pude obtener de las llamadas artes liberales? Y me deleitaba en ellos, pero no sabía de dónde provenía lo que en ellos había de verdadero y cierto. Pues tenía la espalda vuelta a la luz y el rostro hacia las cosas iluminadas; por lo cual mi rostro, con el que discernía las cosas iluminadas, no estaba él mismo iluminado. Cuanto se había escrito de retórica, de lógica, de geometría, de música o de aritmética, lo entendía yo sin gran dificultad y sin enseñanza de hombre alguno, como tú sabes, oh Señor Dios mío, porque tanto la prontitud en comprender como la agudeza en penetrar son dones tuyos. Pero no por ello te ofrecí sacrificio. Así, pues, no me sirvió de provecho, sino más bien de perdición, ya que me afanaba por poner en mi propio poder tan buena parte de mi sustancia; [] y no guardé para ti mi fortaleza, sino que me alejé de ti a una tierra lejana, para malgastarla en ramerías. [] Pues ¿de qué me aprovecharon las buenas dotes, si no las empleaba en usos buenos? Porque no advertí cuán difícilmente se adquieren aquellas artes, aun por los estudiosos y bien dotados de ingenio, hasta que intenté explicárselas a algunos; y el más aprovechado en ellas era el que seguía mis explicaciones no con demasiada lentitud.
31. ¿Pero de qué me aprovechaba esto, suponiendo que tú, oh Señor Dios, la Verdad, fueras un cuerpo luminoso y extenso, y yo una parte de ese cuerpo? ¡Perversidad demasiado grande! Pero así era yo. Ni me avergüenzo, oh Dios mío, de confesarte tus misericordias para conmigo y de invocarte: yo, que entonces no me avergoncé de declarar ante los hombres mis blasfemias y de ladrar contra ti. ¿De qué me aprovechó entonces mi agudo ingenio en aquellas ciencias y en tantos volúmenes enredados, desenredados por mí sin ayuda de maestro humano, viendo que erraba tan odiosamente y con tan sacrílega bajeza en la doctrina de la piedad? ¿O qué impedimento fue para tus pequeñuelos el tener un ingenio mucho más tardo, si no se apartaban lejos de ti, para que en el nido de tu Iglesia se emplumaran seguros y alimentaran las alas de la caridad con el alimento de una fe sana? Oh Señor Dios nuestro, bajo la sombra de tus alas esperemos; defiéndenos y llévanos. Tú nos llevarás tanto cuando seamos pequeños, y aun hasta las canas nos llevarás; [] porque nuestra firmeza, cuando eres tú, entonces es firmeza; mas cuando es nuestra, entonces es flaqueza. Nuestro bien vive siempre contigo; del cual, cuando nos apartamos, nos pervertimos. Volvamos ahora, oh Señor, para que no seamos derribados, porque junto a ti vive nuestro bien sin eclipse alguno, bien que eres tú mismo. Y no hemos de temer no hallar lugar adonde volver por habernos apartado de él; pues cuando estuvimos ausentes, nuestra morada—tu Eternidad—no cayó.