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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 2. Que el Dios a quien invocamos está en nosotros, y nosotros en Él
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7. Demuestra con un ejemplo que aun la infancia es propensa al pecado
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. Por qué despreció la literatura griega, y aprendió fácilmente el latín
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 18
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro II
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 4
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. Ataca la doctrina de los maniqueos acerca del mal, de Dios y de la justicia de los patriarcas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Argumenta contra los mismos en cuanto a la razón de las ofensas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 10. Reprende las frivolidades de los maniqueos acerca de los frutos de la tierra
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro IV
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Atormentado por el llanto ante la muerte de su amigo, se procura consuelo a sí mismo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 7. Turbado por la inquietud y el dolor, deja su patria por segunda vez y se va a Cartago
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 14. Acerca de los libros que escribió «sobre lo bello y lo conveniente,» dedicados a Hierio
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 16
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro V
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 9. Atacado por la fiebre, se halla en gran peligro
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11. Helpidio disputó bien contra los maniqueos acerca de la autenticidad del Nuevo Testamento
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VI
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Encamina a la enmienda a su amigo Alipio, poseído de locura por los juegos circenses
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Alipio, inocente, aprehendido como ladrón, es puesto en libertad por la astucia de un arquitecto
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11. Turbado por sus graves errores, medita emprender una vida nueva
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 13. Instado por su madre a tomar esposa, buscó una doncella que le agradaba
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minLibro VII
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que la causa del mal es el libre arbitrio de la voluntad
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6. Refuta las adivinaciones de los astrólogos, deducidas de las constelaciones
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 7. Es duramente ejercitado en cuanto al origen del mal
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. Las cosas divinas se manifiestan más claramente a quien se retira a lo íntimo de su corazón
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14. Desagradándole alguna parte de la creación de Dios, concibe dos sustancias originales
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 19. Todavía no entiende plenamente la sentencia de Juan, de que «la Palabra se hizo carne.»
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro VIII
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 3. Que Dios y los ángeles se gozan más con el retorno de un pecador que con el de muchos justos
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 5. De las causas que nos apartan de Dios
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 7
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. De que la mente manda a la mente, pero no quiere enteramente
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera el espíritu luchó con la carne, para ser libertado de la servidumbre de la vanidad
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minLibro IX
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que, por recomendación de Ambrosio, lee las profecías de Isaías, pero no las entiende
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 8
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 10. Conversación que tuvo con su madre acerca del reino de los cielos
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo lloró a su madre muerta
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 13. Ruega a Dios por sus pecados, y exhorta a sus lectores a recordarla piadosamente
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro X
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que en sus confesiones, para hacer el bien, considera a los demás
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Que Dios no ha de ser hallado ni por las potencias del cuerpo ni por las del alma
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 9
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. La memoria retiene todas las cosas
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 17. Dios no puede ser alcanzado por la fuerza de la memoria, que poseen las bestias y las aves
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 21. Cómo puede ser retenida en la memoria la vida feliz
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 22. La vida feliz es regocijarse en Dios, y por Dios
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 26. Dios responde en todas partes a los que le consultan
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 31
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 32. De los atractivos de los perfumes, que se vencen más fácilmente
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 35. Otra clase de tentación es la curiosidad, que es estimulada por la concupiscencia de los ojos
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 37. Es espoleado con fuerza por el amor de la alabanza
  66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 40. El único lugar seguro de descanso para el alma se halla en Dios
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvación
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Ruega a Dios que por medio de las Santas Escrituras sea conducido a la verdad
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. El cielo y la tierra claman que han sido creados por Dios
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8
  71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 13. Antes de los tiempos creados por Dios, no había tiempos
  72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. El tiempo solo puede percibirse o medirse mientras pasa
  73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21. Cómo puede medirse el tiempo
  74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 24. Que el tiempo no es el movimiento de un cuerpo que medimos por el tiempo
  75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 28. El tiempo en la mente humana, que espera, considera y recuerda
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro XII
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 7. De la nada hizo Dios el cielo y la tierra
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 12. De la tierra informe creó Dios otro cielo y una tierra visible y formada
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 16. No desea tratar con los que niegan la verdad divina
  80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 19. Enumera las cosas en que todos están de acuerdo
  81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 23. Dos clases de desacuerdos en los libros que han de ser explicados
  82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 26. Qué habría pedido a Dios si se le hubiera mandado escribir el libro del Génesis
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 29. Acerca de la opinión de los que lo explican como "Primeramente hizo"
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 2 minCapítulo 32
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro XIII
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 5. Reconoce la Trinidad en los dos primeros versículos del Génesis
  87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que nada surgió sino por el don de Dios
  88. Sesión 88 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que de los hijos de la noche y de las tinieblas se hacen hijos de la luz y del día
  89. Sesión 89 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 16. Que nadie, sino la Luz inmutable, se conoce a sí misma
  90. Sesión 90 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Todos los hombres deben hacerse lumbreras en el firmamento del cielo
  91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 21
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 23. Que tener poder sobre todas las cosas (vers. 26) es juzgar espiritualmente de todas
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. Explica los frutos de la tierra (vers. 29) como obras de misericordia
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 27. Muchos ignoran esto y piden milagros, significados bajo los nombres de «peces» y «ballenas»
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 32. De las obras particulares de Dios, y especialmente del hombre
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 36. El séptimo día, sin tarde ni ocaso, imagen de la vida eterna y del descanso en Dios

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Confesiones

    Hipona, 397–400 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Pilkington (NPNF)46 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 13 · Libro VIIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CON

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 2. Que el Dios a quien invocamos está en nosotros, y nosotros en Él
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 7. Demuestra con un ejemplo que aun la infancia es propensa al pecado
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 10
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. Por qué despreció la literatura griega, y aprendió fácilmente el latín
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 18
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minLibro II
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 4
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 2
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 4
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 7. Ataca la doctrina de los maniqueos acerca del mal, de Dios y de la justicia de los patriarcas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 8. Argumenta contra los mismos en cuanto a la razón de las ofensas
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 10. Reprende las frivolidades de los maniqueos acerca de los frutos de la tierra
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro IV
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Atormentado por el llanto ante la muerte de su amigo, se procura consuelo a sí mismo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 7. Turbado por la inquietud y el dolor, deja su patria por segunda vez y se va a Cartago
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 11
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 14. Acerca de los libros que escribió «sobre lo bello y lo conveniente,» dedicados a Hierio
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 16
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 8 minLibro V
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 7
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 9. Atacado por la fiebre, se halla en gran peligro
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 11. Helpidio disputó bien contra los maniqueos acerca de la autenticidad del Nuevo Testamento
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro VI
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 3
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 5
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 7. Encamina a la enmienda a su amigo Alipio, poseído de locura por los juegos circenses
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Alipio, inocente, aprehendido como ladrón, es puesto en libertad por la astucia de un arquitecto
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11. Turbado por sus graves errores, medita emprender una vida nueva
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 13. Instado por su madre a tomar esposa, buscó una doncella que le agradaba
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minLibro VII
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que la causa del mal es el libre arbitrio de la voluntad
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6. Refuta las adivinaciones de los astrólogos, deducidas de las constelaciones
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 7. Es duramente ejercitado en cuanto al origen del mal
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. Las cosas divinas se manifiestan más claramente a quien se retira a lo íntimo de su corazón
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14. Desagradándole alguna parte de la creación de Dios, concibe dos sustancias originales
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 19. Todavía no entiende plenamente la sentencia de Juan, de que «la Palabra se hizo carne.»
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLibro VIII
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 3. Que Dios y los ángeles se gozan más con el retorno de un pecador que con el de muchos justos
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 10 minCapítulo 5. De las causas que nos apartan de Dios
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 7
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 9. De que la mente manda a la mente, pero no quiere enteramente
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 11. De qué manera el espíritu luchó con la carne, para ser libertado de la servidumbre de la vanidad
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minLibro IX
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 4
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que, por recomendación de Ambrosio, lee las profecías de Isaías, pero no las entiende
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 8
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 10. Conversación que tuvo con su madre acerca del reino de los cielos
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12. Cómo lloró a su madre muerta
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 13. Ruega a Dios por sus pecados, y exhorta a sus lectores a recordarla piadosamente
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro X
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que en sus confesiones, para hacer el bien, considera a los demás
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Que Dios no ha de ser hallado ni por las potencias del cuerpo ni por las del alma
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 9
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. La memoria retiene todas las cosas
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 17. Dios no puede ser alcanzado por la fuerza de la memoria, que poseen las bestias y las aves
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 21. Cómo puede ser retenida en la memoria la vida feliz
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 22. La vida feliz es regocijarse en Dios, y por Dios
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 26. Dios responde en todas partes a los que le consultan
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 31
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 32. De los atractivos de los perfumes, que se vencen más fácilmente
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 35. Otra clase de tentación es la curiosidad, que es estimulada por la concupiscencia de los ojos
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 37. Es espoleado con fuerza por el amor de la alabanza
    66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 40. El único lugar seguro de descanso para el alma se halla en Dios
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 41. Vencida su triple concupiscencia, llega a la salvación
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Ruega a Dios que por medio de las Santas Escrituras sea conducido a la verdad
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. El cielo y la tierra claman que han sido creados por Dios
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8
    71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 13. Antes de los tiempos creados por Dios, no había tiempos
    72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. El tiempo solo puede percibirse o medirse mientras pasa
    73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21. Cómo puede medirse el tiempo
    74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 24. Que el tiempo no es el movimiento de un cuerpo que medimos por el tiempo
    75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 28. El tiempo en la mente humana, que espera, considera y recuerda
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro XII
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 7. De la nada hizo Dios el cielo y la tierra
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 12. De la tierra informe creó Dios otro cielo y una tierra visible y formada
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 16. No desea tratar con los que niegan la verdad divina
    80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 19. Enumera las cosas en que todos están de acuerdo
    81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 23. Dos clases de desacuerdos en los libros que han de ser explicados
    82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 26. Qué habría pedido a Dios si se le hubiera mandado escribir el libro del Génesis
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 29. Acerca de la opinión de los que lo explican como "Primeramente hizo"
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 2 minCapítulo 32
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro XIII
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 5. Reconoce la Trinidad en los dos primeros versículos del Génesis
    87. Sesión 87 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que nada surgió sino por el don de Dios
    88. Sesión 88 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que de los hijos de la noche y de las tinieblas se hacen hijos de la luz y del día
    89. Sesión 89 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 16. Que nadie, sino la Luz inmutable, se conoce a sí misma
    90. Sesión 90 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Todos los hombres deben hacerse lumbreras en el firmamento del cielo
    91. Sesión 91 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 21
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 23. Que tener poder sobre todas las cosas (vers. 26) es juzgar espiritualmente de todas
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. Explica los frutos de la tierra (vers. 29) como obras de misericordia
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 27. Muchos ignoran esto y piden milagros, significados bajo los nombres de «peces» y «ballenas»
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 32. De las obras particulares de Dios, y especialmente del hombre
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 36. El séptimo día, sin tarde ni ocaso, imagen de la vida eterna y del descanso en Dios

    Libro VII

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · VII, argumento
    Recuerda el comienzo de su juventud, es decir, el año trigésimo primero de su edad, en el cual, distinguiéndose gravísimos errores acerca de la naturaleza de Dios y del origen del mal, y conociéndose más exactamente las Sagradas Escrituras, llega por fin a un claro conocimiento de Dios, aunque todavía no aprehende debidamente a Jesucristo.

    Capítulo 1

    No consideró a Dios ciertamente bajo la forma de un cuerpo humano, sino como una sustancia corpórea difundida por el espacio

    VII, 1, 1–2

    1. Muerta estaba ya aquella malvada y abominable juventud mía, y pasaba a la temprana edad viril; cuanto más crecía en años, tanto más torpe me hacía en vanidad, no pudiendo concebir otra sustancia que la que veía con mis propios ojos. No te pensaba a ti, oh Dios, bajo la forma de un cuerpo humano. Desde que comencé a oír algo de sabiduría, siempre evité esto; y me alegré de haber encontrado lo mismo en la fe de nuestra madre espiritual, tu Iglesia Católica. Pero qué otra cosa imaginar de ti, no lo sabía. Y yo, hombre, y tal hombre, buscaba concebirte a ti, el soberano y único Dios verdadero; y creía en lo más íntimo de mi corazón que tú eras incorruptible, inviolable e inmutable; porque, no sabiendo de dónde ni cómo, veía y sentía con suma claridad que lo que puede corromperse debe ser peor que lo que no puede, y lo que no puede ser violado lo prefería sin vacilar a lo que puede serlo, y juzgaba que lo que no sufre cambio alguno es mejor que lo que es mudable. Con violencia clamaba mi corazón contra todos mis fantasmas, y con este solo golpe me esforzaba por apartar del ojo de mi mente toda aquella turba impura que revoloteaba en torno suyo. Y he aquí que, apenas apartados, en un abrir y cerrar de ojos se apretaban en multitudes en derredor mío, se estrellaban contra mi rostro y lo empañaban; de modo que, aunque no te pensaba bajo la forma de un cuerpo humano, me veía obligado a imaginarte como algo corpóreo en el espacio, o infundido en el mundo, o difundido infinitamente más allá de él —aun aquel incorruptible, inviolable e inmutable que prefería yo a lo corruptible, violable y mudable—; puesto que cuanto concebía, privado de este espacio, me parecía nada, sí, absolutamente nada, ni siquiera un vacío, como si un cuerpo fuera quitado de su lugar y el lugar quedara vacío de todo cuerpo, ya sea terrestre, acuoso, aéreo o celeste, sino que quedara un lugar vacío —una nada espaciosa, por decirlo así.
    2. Yo, pues, siendo de corazón tan grosero, y ni aun a mí mismo claro, juzgaba que era absolutamente nada todo lo que no estuviera extendido por ciertos espacios, ni difundido, ni aglomerado, ni hinchado, o que no recibiera o no pudiera recibir algunas de estas dimensiones. Porque mi corazón discurría entonces por las formas que mis ojos suelen recorrer; y no veía que esta misma observación, con la cual formaba yo aquellas imágenes, no era de este género, y sin embargo no habría podido formarlas si ella misma no fuera algo grande. De igual modo te concebía a ti, Vida de mi vida, como vasto por espacios infinitos, penetrando por todas partes toda la masa del mundo, y más allá de ella, en todos sentidos, por espacios inconmensurables e ilimitados; de suerte que la tierra te tuviera, el cielo te tuviera, todas las cosas te tuvieran, y ellas estuvieran limitadas en ti, pero tú en ninguna parte. Porque así como el cuerpo de este aire que está sobre la tierra no impide que la luz del sol lo atraviese, penetrándolo no por rompimiento ni por corte, sino llenándolo enteramente, así imaginaba yo que el cuerpo, no sólo del cielo, del aire y del mar, sino también de la tierra, te era permeable a ti, y en todas sus partes, tanto las mayores como las menores, penetrable para recibir tu presencia, por una secreta inspiración, gobernando interior y exteriormente todas las cosas que tú has creado. Así conjeturaba yo, porque no podía pensar otra cosa; pues era falso. Porque de este modo una parte mayor de la tierra contendría una porción mayor de ti, y la menor una menor; y todas las cosas estarían tan llenas de ti, que el cuerpo de un elefante contendría más de ti que el de un gorrión, en cuanto aquél es más grande y ocupa más lugar; y así harías tú presentes las porciones de ti mismo a las diversas porciones del mundo, por trozos, grandes a lo grande, pequeños a lo pequeño. Mas tú no eres tal; ni habías tú aún iluminado mis tinieblas.

    Capítulo 2

    La disputa de Nebridio contra los maniqueos, sobre la cuestión «Si Dios es corruptible o incorruptible.»

    VII, 2, 3

    3. Me bastaba, oh Señor, oponer a aquellos engañados engañadores y charlatanes mudos (mudos, puesto que tu palabra no sonaba en ellos) lo que hacía mucho tiempo, estando en Cartago, solía proponer Nebridio, ante lo cual todos los que lo oíamos quedábamos turbados: «¿Qué podría haberte hecho aquella supuesta nación de tinieblas, que los maniqueos suelen oponer a ti como una masa contraria, si tú hubieras rehusado luchar contra ella? Porque si se respondiera: 'Te habría hecho algún daño', entonces estarías tú sujeto a violencia y corrupción; pero si se replicara: 'No podría hacerte daño alguno', entonces no se asignaba causa alguna para que tú lucharas contra ella; y luchar de tal modo que una cierta porción y miembro tuyo, o vástago de tu misma sustancia, se mezclara con potestades adversas y naturalezas no creadas por ti, y fuese por ellas corrompido y deteriorado hasta el punto de ser convertido de la felicidad en miseria, y necesitara auxilio con que ser librado y purgado; y que este vástago de tu sustancia era el alma, a la cual, estando esclavizada, contaminada y corrompida, tu palabra, libre, pura e íntegra, podría traer socorro; pero que también la palabra misma era corruptible, porque procedía de una y la misma sustancia. De modo que si ellos afirmaran que tú, seas lo que seas, es decir, tu sustancia por la cual eres, eres incorruptible, entonces todas estas aserciones serían falsas y execrables; pero si corruptible, entonces aquello sería falso y, al primer enunciado, aborrecible.» Con este argumento, pues, bastaba contra aquellos que merecían por completo ser vomitados del estómago hastiado, pues no tenían medio de escape sin horrible sacrilegio, de corazón y de lengua, pensando y diciendo tales cosas de ti.

    Capítulo 3. Que la causa del mal es el libre arbitrio de la voluntad

    VII, 3, 4–5

    4. Mas yo, aún, aunque decía y estaba firmemente persuadido de que tú, Señor nuestro, el Dios verdadero, que hiciste no sólo nuestras almas sino nuestros cuerpos, y no sólo nuestras almas y cuerpos, sino todas las criaturas y todas las cosas, eres incontaminable e inconvertible, y en ninguna parte mudable: con todo, no entendía yo pronta y claramente cuál era la causa del mal. Y sin embargo, cualquiera que fuese, percibía que había de buscarse de tal modo que no me obligara por ello a creer que el Dios inmutable fuera mudable, no sea que yo mismo viniera a ser aquello que estaba buscando. Buscaba, pues, aquella causa libre de cuidado, cierto de la falsedad de lo que afirmaban aquellos a quienes yo huía con todo mi corazón; porque percibía que, buscando el origen del mal, se llenaban de malicia, en cuanto preferían creer que tu sustancia padecía el mal antes que la suya propia lo cometiera.
    5. Y dirigí mi atención a discernir lo que ahora oía: que el libre albedrío era la causa de nuestro obrar mal, y tu justo juicio la de nuestro padecerlo. Pero no podía discernirlo claramente. Así pues, tratando de sacar el ojo de mi mente de aquel abismo, me hundía de nuevo en él, y tratando con frecuencia, con frecuencia era arrojado de nuevo hacia atrás. Pero esto me levantaba hacia tu luz: que sabía tan bien que yo tenía voluntad como que tenía vida; cuando, pues, quería o no quería hacer algo, estaba certísimo de que no era sino yo mismo quien quería y no quería; e inmediatamente advertía que allí estaba la causa de mi pecado. Pero lo que hacía contra mi voluntad veía que más bien lo padecía que lo hacía, y juzgaba que no era culpa mía, sino castigo mío; por lo cual, creyéndote tú justísimo, confesaba yo prontamente que no era castigado injustamente. Pero de nuevo decía: «¿Quién me hizo? ¿No fue mi Dios, que no sólo es bueno, sino la bondad misma? ¿De dónde, pues, me vino el querer hacer el mal y no querer el bien, para que hubiera causa de mi justo castigo? ¿Quién puso esto en mí y plantó en mí la raíz de amargura, viendo que yo fui hecho enteramente por mi dulcísimo Dios? Si el diablo fue el autor, ¿de dónde es ese diablo? Y si también él, por su propia perversa voluntad, de ángel bueno se hizo diablo, ¿de dónde también le vino la mala voluntad con que se hizo diablo, siendo así que el ángel fue hecho enteramente bueno por aquel Creador sumamente bueno?» Con estas reflexiones era yo de nuevo derribado y sofocado; mas no sumergido en aquel infierno de error (donde ningún hombre confiesa a ti), hasta pensar que tú permites el mal, antes que el hombre lo hace.

    Capítulo 4. Que Dios no es corruptible, el cual, si lo fuera, no sería Dios en absoluto

    VII, 4, 6

    6. Porque yo me esforzaba por descubrir lo demás, como habiendo ya hallado que lo incorruptible debe ser mejor que lo corruptible; y a ti, pues, seas lo que seas, te reconocía yo como incorruptible. Porque jamás hubo ni habrá alma capaz de concebir algo mejor que tú, que eres el sumo y óptimo bien. Y puesto que verdadera y ciertamente lo incorruptible ha de preferirse a lo corruptible (así como yo mismo lo prefería ahora), entonces, si tú no fueras incorruptible, yo podría en mi pensamiento haber llegado a algo mejor que mi Dios. Allí, pues, donde veía que lo incorruptible era preferible a lo corruptible, debía yo buscarte a ti, y allí observar «de dónde era el mal mismo,» es decir, de dónde viene la corrupción por la cual tu sustancia de ningún modo puede ser profanada. Porque la corrupción, en verdad, en modo alguno daña a nuestro Dios—ni por voluntad, ni por necesidad, ni por caso imprevisto—, porque él es Dios, y lo que él quiere es bueno, y él mismo es ese bien; pero ser corrompido no es bueno. Ni estás tú obligado a hacer algo contra tu voluntad, ya que tu voluntad no es mayor que tu poder. Pero mayor sería si tú mismo fueras mayor que tú mismo; porque la voluntad y el poder de Dios es Dios mismo. ¿Y qué puede ser imprevisto para ti, que conoces todas las cosas? Ni hay naturaleza alguna que tú no conozcas. ¿Y qué más hemos de decir «por qué esa sustancia que Dios es no debería ser corruptible,» viendo que si lo fuera no podría ser Dios?

    Capítulo 5

    Cuestiones sobre el origen del mal con respecto a Dios, quien, siendo el sumo bien, no puede ser causa del mal

    VII, 5, 7

    7. Y buscaba «¿de dónde es el mal?» Y buscaba de modo malo; y no veía el mal en mi misma búsqueda. Y ponía en orden ante la vista de mi espíritu toda la creación, y cuanto en ella podemos discernir, como la tierra, el mar, el aire, las estrellas, los árboles, los seres vivientes; y aun cuanto en ella no vemos, como el firmamento del cielo, todos los ángeles también, y todos los habitantes espirituales de él. Pero a estos mismos seres, como si fueran cuerpos, los disponía mi fantasía en tales y tales lugares, y hacía yo una masa enorme de todas tus criaturas, distinguida según las clases de los cuerpos —siendo algunos de ellos cuerpos reales, otros lo que yo mismo había fingido para los espíritus. Y a esta masa la hacía yo enorme—no como era, lo cual yo no podía saber, sino tan grande como me parecía bien, aunque por todas partes finita. Mas a ti, oh Señor, te imaginaba por todas partes rodeándola y penetrándola, aunque infinito por todos lados; como si hubiera un mar por todas partes, y por todos lados a través de la inmensidad nada sino un mar infinito; y que contenía dentro de sí una esponja, enorme, aunque finita, de modo que la esponja en todas sus partes estaría llena del mar inconmensurable. Así concebía yo que tu creación era finita, y llena de ti, el Infinito. Y decía: He aquí a Dios, y he aquí lo que Dios ha creado; y Dios es bueno, sí, poderosísima e incomparablemente mejor que todas estas cosas; pero sin embargo, el que es bueno las ha creado buenas, y he aquí cómo las rodea y las llena. ¿Dónde está, pues, el mal, y de dónde, y cómo se deslizó hasta aquí? ¿Cuál es su raíz, y cuál su semilla? ¿O no tiene ser alguno? ¿Por qué, entonces, tememos y rehuimos lo que no tiene ser? O si lo tememos sin necesidad, entonces ciertamente ese temor es malo, por el cual el corazón es punzado y atormentado innecesariamente—y tanto mayor mal, cuanto que nada hay que temer, y sin embargo tememos. Por tanto, o aquello es malo lo que tememos, o el acto de temer es en sí mismo malo. ¿De dónde, pues, es, viendo que Dios, que es bueno, ha hecho todas estas cosas buenas? Él, en verdad, el mayor y sumo Bien, ha creado estos bienes menores; pero tanto el Creador como lo creado, todos son buenos. ¿De dónde es el mal? ¿O había alguna materia mala de la cual él hizo y formó y ordenó, pero dejó algo en ella que no convirtió en bien? Mas ¿por qué fue esto? ¿Era acaso impotente para cambiar toda la masa, de modo que ningún mal quedara en ella, viendo que es omnipotente? Finalmente, ¿por qué quiso hacer algo de ella, y no más bien por la misma omnipotencia hacer que no existiera en absoluto? ¿O podía acaso existir contra su voluntad? O si era desde la eternidad, ¿por qué permitió que así fuera durante espacios infinitos de tiempos pasados, y se agradó tanto después en hacer algo de ella? O si quería ahora de repente hacer algo, ¿más bien debía el Omnipotente haber logrado esto: que esa materia mala no existiera en absoluto, y que él solo fuera el todo, el verdadero, el sumo e infinito Bien? O si no era bueno que el que era bueno no fuera también artífice y creador de lo que era bueno, entonces, quitada y reducida a la nada aquella materia que era mala, podría formar materia buena, de la cual crease todas las cosas. Porque no sería omnipotente si no pudiera crear algo bueno sin ser ayudado por aquella materia que no había sido creada por él mismo. Tales cosas revolvía yo en mi miserable pecho, abrumado de roedoras preocupaciones, temiendo morir antes de descubrir la verdad; sin embargo, la fe de tu Cristo, nuestro Señor y Salvador, tal como se profesa en la Iglesia Católica, estaba fijada firmemente en mi corazón, informe, en verdad, todavía en muchos puntos, y apartada de las reglas doctrinales, mas mi mente no la abandonaba del todo, sino que cada día bebía más y más de ella.

    Capítulo 6. Refuta las adivinaciones de los astrólogos, deducidas de las constelaciones

    VII, 6, 8–10

    8. También ya había yo repudiado las mentirosas adivinaciones y las impías absurdidades de los astrólogos. Que tus misericordias, desde lo profundo de mi alma, te confiesen también esto, oh Dios mío. Porque tú, tú enteramente—pues ¿quién otro es el que nos llama de la muerte de todos los errores, sino aquella Vida que no sabe morir, y la Sabiduría que, sin necesitar luz, ilumina las mentes que la necesitan, por la cual se gobierna el universo, hasta las hojas que revolotean de los árboles?—tú proveíste también para mi obstinación, con la cual luchaba yo con Vindiciano, anciano agudo, y con Nebridio, joven de notable talento; declarando el primero vehementemente, y diciendo el segundo con frecuencia, aunque con cierta medida de duda, «Que no existía arte alguno por el cual se previeran las cosas futuras, sino que las conjeturas de los hombres tenían muchas veces la ayuda de la suerte, y que de muchas cosas que predecían, algunas ocurrían sin saberlo los predictores, quienes acertaban por su mucho hablar.» Tú, por tanto, me proveíste de un amigo, que no era consultor negligente de los astrólogos, y sin embargo no estaba completamente versado en aquellas artes, sino, como dije, curioso consultor de ellas; y sabiendo algo, que decía haber oído de su padre, lo cual, cuánto tendería a derribar la estimación de aquel arte, él no lo sabía. Este hombre, pues, de nombre Firminio, habiendo recibido una educación liberal, y estando bien versado en retórica, me consultó, como a uno muy querido para él, qué pensaba yo sobre algunos negocios suyos, en los cuales sus esperanzas mundanas habían subido, considerados con respecto a sus así llamadas constelaciones; y yo, que ya empezaba a inclinarme en este particular hacia la opinión de Nebridio, no rehusé ciertamente especular sobre el asunto, y decirle lo que me venía a la mente irresoluta, mas añadí que ya estaba casi persuadido de que estas cosas no eran sino vacías y ridículas necedades. Ante esto me dijo que su padre había sido muy curioso en tales libros, y que tenía un amigo tan interesado en ellos como él mismo, quienes, con estudio y consulta combinados, atizaban la llama de su afición a estos juguetes, hasta tal punto que observaban el momento en que los mismos animales mudos que criaban en sus casas parían, y luego observaban la posición de los cielos con respecto a ellos, para recoger nuevas pruebas de este así llamado arte. Dijo, además, que su padre le había contado que, en el tiempo en que su madre estaba a punto de darle a luz (a Firminio), una sierva de aquel amigo de su padre estaba también encinta, lo cual no podía ocultarse a su amo, quien cuidaba con la más diligente exactitud de saber del parto de sus mismos perros. Y así sucedió que (el uno para su esposa, y el otro para su sierva, con la más cuidadosa observación, calculando los días y las horas, y las divisiones menores de las horas) ambos dieron a luz en el mismo momento, de modo que ambos se vieron obligados a conceder las mismísimas constelaciones, hasta el punto más mínimo, el uno para su hijo, el otro para su joven esclavo. Pues tan pronto como las mujeres comenzaron a estar de parto, cada uno dio aviso al otro de lo que había acontecido en sus respectivas casas, y tenían mensajeros listos para despachar el uno al otro tan pronto como tuvieran información del nacimiento real, de lo cual habían provisto fácilmente, cada uno en su propia provincia, para dar inteligencia instantánea. Así, pues, dijo, los mensajeros de las respectivas partes se encontraron uno a otro en tan iguales distancias de una y otra casa, que ninguno de ellos pudo discernir diferencia alguna ni en la posición de las estrellas ni en otros puntos más mínimos. Y sin embargo, Firminio, nacido en alto estado en la casa de sus padres, corrió su curso por los prósperos caminos de este mundo, fue acrecentado en riquezas y elevado a honores; mientras que aquel esclavo—sin relajarse el yugo de su condición—continuó sirviendo a sus amos, según me informó Firminio, que lo conocía.
    9. Al oír y creer estas cosas, referidas por persona tan fidedigna, toda aquella resistencia mía se deshizo; y primero intenté apartar al mismo Firminio de aquella curiosidad, diciéndole que, al inspeccionar sus constelaciones, yo debería, si había de predecir con verdad, haber visto en ellas padres eminentes entre sus vecinos, una familia noble en su propia ciudad, buen nacimiento, educación esmerada y aprendizaje liberal. Mas si aquel siervo me hubiera consultado sobre las mismas constelaciones, puesto que también eran suyas, yo debería de nuevo decirle, igualmente con verdad, ver en ellas la bajeza de su origen, el abatimiento de su condición, y todo lo demás enteramente alejado de y en desacuerdo con lo primero. De donde, pues, mirando las mismas constelaciones, yo, si hablara verdad, hablaría cosas diversas, o si hablara lo mismo, hablaría falsamente; de ahí ciertamente se había de colegir que lo que, consideradas las constelaciones, se predecía con verdad, no era por arte, sino por casualidad; y lo que con falsedad, no era por impericia del arte, sino por error del azar.
    10. Abriéndose así el camino, rumiaba yo dentro de mí tales cosas, que ninguno de aquellos necios (que seguían tales ocupaciones, y a quienes anhelaba atacar y refutar con burla) pudiera objetarme que Firminio me había informado falsamente, o su padre a él: volví mis pensamientos a los que nacen gemelos, los cuales generalmente salen del vientre tan cerca uno de otro, que la pequeña distancia de tiempo entre ellos—por mucha fuerza que sostengan que tiene en la naturaleza de las cosas—no puede ser notada por la observación humana, ni expresada en aquellas figuras que el astrólogo ha de examinar para pronunciar la verdad. Ni pueden ser verdaderas; pues, mirando las mismas figuras, habría tenido que predecir lo mismo de Esaú y Jacob, mas no les sucedió lo mismo. Debe, por tanto, hablar falsamente; o si verdaderamente, entonces, mirando las mismas figuras, no debe hablar las mismas cosas. No por arte, pues, sino por casualidad, hablaría con verdad. Porque tú, oh Señor, justísimo Gobernador del universo, sin saberlo los que consultan y los consultados, obras por una inspiración oculta para que el consultante oiga lo que, según los merecimientos ocultos de las almas, debe oír, desde la profundidad de tu justo juicio, a quien no diga el hombre, «¿Qué es esto?» o «¿Por qué aquello?» No lo diga, pues es hombre.

    Capítulo 7. Es duramente ejercitado en cuanto al origen del mal

    VII, 7, 11

    11. Y ahora, oh Auxiliador mío, me habías tú liberado de aquellas cadenas; y preguntaba yo, «¿De dónde es el mal?» y no hallaba resultado. Mas tú no permitiste que fuera yo arrastrado lejos de la fe por fluctuación alguna de pensamiento, por la cual creía yo que tú existías, y que tu sustancia era inmutable, y que cuidabas de los hombres y los juzgarías; y que en Cristo, tu Hijo, Señor nuestro, y en las Santas Escrituras, que la autoridad de tu Iglesia Católica me imponía, habías planeado el camino de la salvación del hombre para aquella vida que ha de venir después de esta muerte. Estando estas cosas seguras e inmóvilmente asentadas en mi mente, preguntaba yo con avidez, «¿De dónde es el mal?» ¡Qué tormentos soportaba entonces mi corazón en sus dolores de parto! ¡Qué suspiros, oh Dios mío! Aun allí estaban abiertos tus oídos, y yo no lo sabía; y cuando en el silencio buscaba con ahínco, aquellas silenciosas contriciones de mi alma eran fuertes clamores ante tu misericordia. Ningún hombre sabe, sino sólo tú, lo que soporté. Pues ¿qué fue aquello que de allí se derramaba por mi lengua en los oídos de mis amigos más familiares? ¿Acaso todo el tumulto de mi alma, para el cual ni el tiempo ni la palabra eran suficientes, llegó a ellos? Sin embargo, todo entró en tus oídos, todo lo que yo bramaba desde los gemidos de mi corazón; y mi deseo estaba delante de ti, y la luz de mis ojos no estaba conmigo; porque aquello estaba dentro, y yo fuera. Ni estaba aquello en lugar alguno, sino que mi atención se dirigía a cosas contenidas en lugar; mas allí no hallaba yo lugar de reposo, ni me recibían de tal modo que pudiera yo decir, «Basta, está bien;» ni me dejaban volver atrás, donde me iría bastante bien. Pues a estas cosas era yo superior, pero inferior a ti; y tú eres mi verdadero gozo cuando estoy sujeto a ti, y tú habías sujetado a mí lo que creaste debajo de mí. Y ésta era la verdadera temperatura y región media de mi seguridad, permanecer en tu imagen, y sirviéndote a ti tener dominio sobre el cuerpo. Mas cuando me levanté con soberbia contra ti, y «corrí contra el Señor, aun contra su cuello, con las gruesas protuberancias» de mi escudo, [] aun estas cosas inferiores fueron puestas sobre mí, y me oprimían, y en ninguna parte había alivio ni espacio para respirar. Se encontraban con mi vista por todos lados en multitudes y tropas, y en mi pensamiento las imágenes de los cuerpos se entrometían mientras yo volvía a ti, como si me dijeran, «¿Adónde vas, indigno y vil?» Y estas cosas habían brotado de mi herida; porque tú humillas al soberbio como a un herido, y por mi propia hinchazón estaba yo separado de ti; sí, mi rostro demasiado hinchado cerró mis ojos.

    Capítulo 8. Con la asistencia de Dios llega gradualmente a la verdad

    VII, 8, 12

    12. «Mas tú, oh Señor, permaneces para siempre,» aunque no para siempre estás airado con nosotros, porque te compadeces de nuestro polvo y ceniza; y fue agradable ante tus ojos reformar mi deformidad, y con aguijones internos me turbabas, para que yo estuviera descontento hasta que tú te hicieras seguro a mi vista interior. Y por la mano secreta de tu remedio fue disminuida mi hinchazón, y la vista desordenada y oscurecida de mi mente, por las agudas unciones de saludables dolores, fue de día en día sanada.

    Capítulo 9

    Compara la doctrina de los platónicos acerca del Logos con la doctrina mucho más excelente del cristianismo

    VII, 9, 13–15

    13. Y tú, queriendo primero mostrarme cómo «resistes a los soberbios, y das gracia a los humildes», y por cuán gran arte de misericordia habías señalado a los hombres el camino de la humildad, en que tu «Verbo se hizo carne» y habitó entre los hombres—tú me procuraste, por medio de uno inflado con el más monstruoso orgullo, ciertos libros de los platónicos, traducidos del griego al latín. Y en ellos leí, no ciertamente con las mismas palabras, pero con el mismo sentido, apoyado con muchas y varias razones, que, «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Él era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.» Lo que fue hecho por él es «la vida; y la vida era la luz de los hombres. Y la luz resplandece en las tinieblas; y las tinieblas no la comprendieron.» [] Y que el alma del hombre, aunque «da testimonio de la luz,» sin embargo ella misma «no es aquella luz; sino que el Verbo de Dios, siendo Dios, es aquella luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo.» [] Y que «Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por él, y el mundo no le conoció.» Mas que «a los suyos vino, y los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre.» Esto no lo leí allí.
    14. De la misma manera, leí allí que Dios el Verbo nació no de carne, ni de sangre, ni de voluntad de varón, ni de voluntad de carne, sino de Dios. Mas que «el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros,» no lo leí allí. Porque descubrí en aquellos libros que se decía de muchas y variadas maneras, que el Hijo estaba en la forma del Padre, y «no tuvo por usurpación ser igual a Dios,» pues por naturaleza era la misma sustancia. Mas que se despojó a sí mismo, «tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó a lo sumo» de entre los muertos, «y le dio un nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre;» [] aquellos libros no lo tienen. Porque que antes de todos los tiempos, y sobre todos los tiempos, tu Hijo unigénito permanece inmutablemente coeterno contigo; y que de «su plenitud» reciben las almas, [] para que sean bienaventuradas; y que por participación de la sabiduría que permanece en ellas son renovadas, para que sean sabias, eso está allí. Mas que «a su tiempo Cristo murió por los impíos,» [] y que tú no escatimaste a tu propio Hijo, sino que lo entregaste por todos nosotros, [] no está allí. «Porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños;» [] para que los «que trabajan y están cargados» puedan «venir» a él y él los haga descansar, porque es «manso y humilde de corazón.» «A los mansos guiará en juicio; y a los mansos enseñará su camino;» mirando nuestra humildad y nuestra angustia, y perdonando todos nuestros pecados. Mas los que están hinchados con la elación de un saber pretendidamente más sublime, no le oyen decir, «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.» [] «Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios.» []
    15. Y por eso también leí allí, que habían cambiado la gloria de tu naturaleza incorruptible en ídolos y varias formas,— «en una imagen hecha semejante a hombre corruptible, y a aves, y a cuadrúpedos, y a reptiles,» a saber, en aquel alimento egipcio por el cual Esaú perdió su primogenitura; [] porque tu pueblo primogénito adoró la cabeza de un animal cuadrúpedo en lugar de ti, volviendo el corazón hacia Egipto, y postrando tu imagen—su propia alma—ante la imagen «de un buey que come hierba.» Estas cosas hallé allí; mas no me alimenté de ellas. Porque te plugo, oh Señor, quitar de Jacob el oprobio de la disminución, para que el mayor sirviera al menor; [] y has llamado a los gentiles a tu heredad. Y yo había venido a ti de entre los gentiles, y me afanaba tras aquel oro que quisiste que tu pueblo tomara de Egipto, viendo que dondequiera que estuviera, era tuyo. Y a los atenienses dijiste tú por tu apóstol, que en ti «vivimos, nos movemos y somos;» como también algunos de sus propios poetas han dicho. [] Y ciertamente estos libros vinieron de allí. Mas no puse mi mente en los ídolos de Egipto, a quienes sirvieron con tu oro, [] «que cambiaron la verdad de Dios en mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura antes que al Creador.» []
    Comentario editorial · «Ciertos libros de los platónicos»
    Agustín no dice cuáles eran. Pilkington, en una nota de VIII, 2, entiende por «platónicos» a los neoplatónicos, por los que Agustín creía poder conocer mejor a Platón (cita La ciudad de Dios VIII, 5); y en una nota de este libro recoge la conjetura de Watts, del siglo XVII, de que el libro con el comienzo del Evangelio de Juan fuera de Amelio, discípulo de Plotino. En VIII, 2, 3 el propio Agustín dice que los había traducido al latín Victorino. Lo que cuenta haber hallado y no hallado lo dice aquí mismo: el Verbo y la luz verdadera (§ 13), pero no que «el Verbo se hizo carne» ni el abajamiento de Filipenses 2 (§ 14).

    Capítulo 10. Las cosas divinas se manifiestan más claramente a quien se retira a lo íntimo de su corazón

    VII, 10, 16

    16. Y amonestado por ello a volver a mí mismo, entré en mi interior, guiándome tú; y pude hacerlo, porque tú te habías hecho mi auxiliador. Y entré, y con el ojo de mi alma (tal como era) vi sobre ese mismo ojo de mi alma, sobre mi mente, la Luz inmutable. No esta luz común, que toda carne puede mirar, ni, por así decirlo, una mayor del mismo género, como si el resplandor de ésta brillara mucho más, y con su grandeza llenara todas las cosas. No era como ésta aquella luz, sino diferente, sí, muy diferente de todas éstas. Ni estaba sobre mi mente como el aceite sobre el agua, ni como el cielo sobre la tierra; sino que estaba sobre ella, porque ella me hizo, y yo debajo de ella, porque fui hecho por ella. Quien conoce la Verdad, conoce aquella Luz; y quien la conoce, conoce la eternidad. El amor la conoce. ¡Oh Verdad eterna, y amor verdadero, y Eternidad amada! Tú eres mi Dios; a ti suspiro de noche y de día. Cuando por primera vez te conocí, tú me levantaste, para que viera que había aquello que yo podía ver, y que sin embargo no era yo quien veía. Y tú rechazaste la flaqueza de mi vista, derramando sobre mí con gran fuerza tus rayos de luz, y temblé de amor y de temor; y me hallé lejos de ti, en la región de la desemejanza, como si oyera esta voz tuya desde lo alto: «Yo soy el alimento de los fuertes; crece, y te alimentarás de mí; y no me convertirás en ti, como el alimento de tu carne, sino que tú te convertirás en mí.» Y aprendí que tú corriges al hombre por la iniquidad, y haces consumirse mi alma como la araña. Y dije: «¿Es, pues, la Verdad nada, porque no está difundida por el espacio, ni es finita ni infinita?» Y tú me gritaste desde lejos: «Sí, en verdad, "Yo Soy el que Soy".» Y oí esto, como se oyen las cosas en el corazón, y no hubo lugar a duda; y más fácilmente dudaría yo de que vivo, que de que la Verdad no es, la cual se «ve claramente, siendo entendida por las cosas que han sido hechas.» []

    Capítulo 11. Que las criaturas son mudables, y sólo Dios inmutable

    VII, 11, 17

    17. Y miré las otras cosas que están debajo de ti, y percibí que ni del todo son, ni del todo no son. Son, en verdad, porque son de ti; pero no son, porque no son lo que tú eres. Porque aquello verdaderamente es, lo que permanece inmutablemente. Bueno es, pues, para mí adherirme a Dios, porque si no permanezco en él, tampoco permaneceré en mí mismo; mas él, permaneciendo en sí mismo, renueva todas las cosas. [] Y tú eres el Señor mi Dios, puesto que no necesitas de mi bien.

    Capítulo 12. Todas las cosas que el buen Dios ha creado son muy buenas

    VII, 12, 18

    18. Y se me hizo claro que son buenas aquellas cosas que sin embargo se corrompen; las cuales ni serían sumamente buenas, ni, si no fueran buenas, podrían corromperse; porque si fueran sumamente buenas, serían incorruptibles, y si en absoluto no fueran buenas, nada habría en ellas que pudiera corromperse. Pues la corrupción daña, y si no pudiera disminuir la bondad, no podría dañar. O, pues, la corrupción no daña, lo cual no puede ser; o, lo que es certísimo, todo lo que se corrompe es privado de bien. Pero si fueran privadas de todo bien, dejarían de ser. Pues si son, y no pueden corromperse en absoluto, se hacen mejores, porque permanecerán incorruptiblemente. ¿Y qué más monstruoso que afirmar que aquellas cosas que han perdido toda su bondad se hacen mejores? Por tanto, si fueran privadas de todo bien, ya no serían. Mientras son, pues, son buenas; por tanto, todo lo que es, es bueno. Aquel mal, pues, que yo buscaba de dónde era, no es sustancia alguna; porque si fuera sustancia, sería bueno. Pues o sería una sustancia incorruptible, y por tanto un bien sumo, o una sustancia corruptible, la cual, si no fuera buena, no podría corromperse. Percibí, por tanto, y se me hizo claro, que tú hiciste buenas todas las cosas, y no hay sustancia alguna que no haya sido hecha por ti; y porque no son iguales todas las que tú has hecho, por eso todas las cosas son; porque individualmente son buenas, y todas juntas muy buenas, porque nuestro Dios hizo muy buenas todas las cosas.

    Capítulo 13. Conviene alabar al Creador por las cosas buenas que han sido hechas en el cielo y en la tierra

    VII, 13, 19

    19. Y para ti no hay absolutamente nada malo, y no sólo para ti, sino para toda tu creación; porque nada hay fuera que pueda irrumpir y estropear el orden que tú le has señalado. Pero en las partes de ella, algunas cosas, porque no armonizan con otras, son consideradas malas; y sin embargo esas mismas cosas armonizan con otras, y son buenas, y en sí mismas son buenas. Y todas estas cosas que no armonizan entre sí armonizan con la parte inferior que llamamos tierra, que tiene su propio cielo nubloso y ventoso concordante con ella. Lejos esté de mí, pues, decir: «Estas cosas no deberían ser.» Porque si no viera nada más que éstas, ciertamente desearía otras mejores; pero aun así, si sólo por éstas fuera, debería alabarte; porque que tú eres digno de alabanza lo muestran la «tierra, los dragones, y todos los abismos; el fuego, y el granizo; la nieve, y los vapores; los vientos tempestuosos que cumplen tu palabra; los montes, y todos los collados; los árboles frutales, y todos los cedros; las bestias, y todo ganado; los reptiles, y las aves que vuelan; los reyes de la tierra, y todos los pueblos; los príncipes, y todos los jueces de la tierra; los jóvenes y las doncellas; los ancianos y los niños,» alaben tu nombre. Pero cuando, «desde los cielos,» éstos te alaban, te alaban, Dios nuestro, «en las alturas,» todos tus «ángeles,» todas tus «potestades,» «el sol y la luna,» todas las estrellas y la luz, «los cielos de los cielos,» y las «aguas que están sobre los cielos,» alaben tu nombre. Ya no deseaba yo cosas mejores, porque pensaba en todas; y con mejor juicio reflexionaba que las cosas de arriba eran mejores que las de abajo, pero que todas juntas eran mejores que las de arriba solas.

    Capítulo 14. Desagradándole alguna parte de la creación de Dios, concibe dos sustancias originales

    VII, 14, 20

    20. No hay integridad en aquellos a quienes desagrada algo de tu creación; como tampoco la había en mí, cuando me desagradaban muchas cosas que tú hiciste. Y, porque mi alma no se atrevía a desagradarse de mi Dios, no quería admitir que fuera tuyo aquello que le desagradaba. De ahí había pasado a la opinión de las dos sustancias, y no hallaba descanso, sino que hablaba neciamente. Y, volviendo de allí, se había fabricado un dios, a través de medidas infinitas de todo el espacio; y lo imaginaba ser tú, y lo colocaba en su corazón, y de nuevo se había hecho templo de su propio ídolo, que era para ti una abominación. Pero después que tú fomentaste la cabeza de mí, inconsciente de ello, y cerraste mis ojos para que no «miraran la vanidad,» cesé un poco de mí mismo, y mi locura se adormeció; y desperté en ti, y vi que tú eres infinito, aunque de otro modo; y esta visión no procedía de la carne.

    Capítulo 15. Todo lo que es, debe su ser a Dios

    VII, 15, 21

    21. Y miré hacia atrás, a las otras cosas, y percibí que a ti te debían su ser, y que todas estaban limitadas en ti; pero de otro modo, no como estando en un lugar, sino porque tú sostienes todas las cosas en tu mano en verdad: y todas las cosas son verdaderas en cuanto tienen ser; ni hay falsedad alguna, a menos que se piense que es lo que no es. Y vi que todas las cosas armonizaban, no sólo con sus lugares, sino también con sus tiempos. Y que tú, que eres el único eterno, no comenzaste a obrar después de innumerables espacios de tiempos; porque todos los espacios de tiempos, tanto los que han pasado como los que han de pasar, ni van ni vienen, sino por ti, que obras y permaneces.

    Capítulo 16. El mal no procede de una sustancia, sino de la perversión de la voluntad

    VII, 16, 22

    22. Y discerní y hallé que no era maravilla que el pan que es desagradable a un paladar enfermo sea agradable a uno sano; y que la luz, que es dolorosa para los ojos dañados, sea deleitosa para los sanos. Y tu justicia desagrada a los impíos; mucho más la víbora y el gusanillo, que tú has creado buenos, encajando con las partes inferiores de tu creación; con las cuales también encajan los impíos mismos, tanto más cuanto más desemejantes son de ti, pero con las criaturas superiores, en la medida en que se hacen semejantes a ti. E inquirí qué era la iniquidad, y averigüé que no era una sustancia, sino una perversión de la voluntad, torcida apartándose de ti, oh Dios, Suprema Sustancia, hacia estas cosas inferiores, y arrojando sus entrañas, e hinchándose exteriormente.

    Capítulo 17. Por encima de su mente mudable, descubre al Autor inmutable de la Verdad

    VII, 17, 23

    23. Y me maravillé de que ahora te amaba a ti, y no a un fantasma en lugar de ti. Y sin embargo no merecía gozar de mi Dios, sino que era arrebatado hacia ti por tu hermosura, y al punto apartado de ti por mi propio peso, hundiéndome con dolor en estas cosas inferiores. Este peso era la costumbre carnal. Sin embargo, había en mí memoria de ti; y de ningún modo dudaba que había uno a quien pudiera adherirme, sino que yo todavía no era uno que pudiera adherirse a ti; porque el cuerpo que se corrompe oprime al alma, y la morada terrenal abate la mente que piensa en muchas cosas. [] Y certísimo estaba yo de que tus «cosas invisibles desde la creación del mundo se ven claramente, siendo entendidas por las cosas que han sido hechas, aun tu eterno poder y divinidad.» [] Pues, indagando de dónde era que yo admiraba la hermosura de los cuerpos, ya celestes, ya terrestres, y qué me sostenía al juzgar correctamente sobre las cosas mudables, y al decir: «Esto debe ser así, esto no,» —indagando, pues, de dónde juzgaba yo así, viendo que así juzgaba, había hallado la eternidad inmutable y verdadera de la Verdad, por encima de mi mente mudable. Y así, por grados, pasé de los cuerpos al alma, que se sirve de los sentidos del cuerpo para percibir; y de allí a su facultad interior, a la cual los sentidos corporales representan las cosas exteriores, y hasta la cual llegan las capacidades de las bestias; y de allí, de nuevo, pasé a la facultad razonadora, a la cual se refiere todo lo que se recibe de los sentidos del cuerpo para ser juzgado, la cual también, hallándose a sí misma variable en mí, se levantó a su propia inteligencia, y apartó de la costumbre mis pensamientos, retirándose de las multitudes de fantasmas contradictorios; para que así pudiera hallar aquella luz con que estaba rociada, cuando, sin duda alguna, exclamaba: «que lo inmutable debía ser preferido a lo mudable;» de donde también conocía lo inmutable, lo cual, si de algún modo no lo hubiera conocido, no habría tenido fundamento seguro para preferirlo a lo mudable. Y así, con el destello de una mirada temblorosa, llegó a aquello que es. Y entonces vi tus cosas invisibles entendidas por las cosas que han sido hechas. [] Pero no pude fijar en ello la mirada; y rechazada mi flaqueza, fui arrojado de nuevo a mis hábitos acostumbrados, llevando conmigo nada más que una memoria amorosa de ello, y un apetito de lo que, por así decirlo, había olido el aroma, pero todavía no era capaz de comer.

    Capítulo 18. Jesucristo, el Mediador, es el único Camino de salvación

    VII, 18, 24

    24. Y busqué un modo de adquirir fuerza suficiente para gozar de ti; pero no lo hallé hasta que abracé a aquel «Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús,» [] «que es sobre todas las cosas, Dios bendito por siempre,» [] que me llamaba y decía: «Yo soy el camino, la verdad y la vida,» [] y mezclaba aquel alimento que yo no era capaz de recibir con nuestra carne. Pues «la Palabra se hizo carne,» [] para que tu sabiduría, por la cual creaste todas las cosas, proveyera leche para nuestra infancia. Porque yo no alcanzaba a mi Señor Jesús—yo, aunque humillado, no alcanzaba al Humilde; ni sabía qué lección nos enseñaría aquella flaqueza suya. Pues tu Palabra, la Verdad eterna, preeminente sobre las partes superiores de tu creación, levanta hacia sí a los que le están sujetos; pero en este mundo inferior se edificó una humilde morada de nuestro barro, con la cual pretendía abatir de sí mismos a los que quisieran sujetarse y traerlos a sí, aplacando su hinchazón y fomentando su amor; a fin de que no siguieran adelante en la confianza de sí mismos, sino que más bien se hicieran débiles, viendo ante sus pies a la Divinidad débil por haber tomado nuestras «túnicas de pieles;» y cansados, se arrojaran sobre Ella, y Ella, levantándose, los levantara.

    Capítulo 19. Todavía no entiende plenamente la sentencia de Juan, de que «la Palabra se hizo carne.»

    VII, 19, 25

    25. Pero yo pensaba de otro modo, pensando sólo en mi Señor Cristo como en un hombre de excelente sabiduría, al que ningún hombre podía igualarse; especialmente porque, habiendo nacido maravillosamente de una virgen, parecía, por el cuidado divino para con nosotros, haber alcanzado tan gran autoridad de magisterio—para ejemplo de despreciar las cosas temporales para la obtención de la inmortalidad. Pero qué misterio había en, «la Palabra se hizo carne,» ni siquiera podía imaginarlo. Sólo había aprendido, por lo que se nos transmite por escrito de Él, que comió, bebió, durmió, caminó, se alegró en espíritu, se entristeció y disertó; que no sólo la carne se adhirió a tu Palabra, sino con el alma y el cuerpo humanos. Todos lo saben así los que conocen la inmutabilidad de tu Palabra, la cual yo conocía ahora lo mejor que podía, y no tenía duda alguna al respecto. Pues mover los miembros del cuerpo a voluntad, ahora sí, ahora no; ser movido por alguna afección, ahora sí, ahora no; enunciar por signos sentencias sabias, ahora sí, ahora callar, son propiedades de un alma y una mente sujetas a mudanza. Y si estas cosas estuvieran escritas falsamente de Él, todo lo demás correría el riesgo de la imputación, ni quedaría en aquellos libros fe alguna de salvación para el género humano. Puesto que, pues, estaban escritas verazmente, reconocí que en Cristo había un hombre perfecto—no sólo el cuerpo de un hombre, ni con el cuerpo un alma sensitiva sin la racional, sino un hombre verdadero; al cual, no sólo por ser una forma de verdad, sino por cierta gran excelencia de la naturaleza humana y una participación más perfecta de la sabiduría, decidí que debía ser preferido a los demás. Pero Alipio imaginaba que los católicos creían que Dios estaba de tal modo revestido de carne, que, además de Dios y la carne, no había alma en Cristo, y no pensaba que se le atribuyera una mente humana. Y, porque estaba plenamente persuadido de que las acciones que de Él se registran no podían realizarse sino por una criatura vital y racional, se movía más lentamente hacia la fe cristiana. Pero, aprendiendo después que éste era el error de los herejes apolinaristas, se alegró en la fe católica, y fue conformado a ella. Pero algo más tarde fue, lo confieso, cuando aprendí cómo en la sentencia, «la Palabra se hizo carne,» la verdad católica puede distinguirse de la falsedad de Fotino. Porque la desaprobación de los herejes hace que los dogmas de tu Iglesia y la sana doctrina resalten con audacia. Porque es necesario que haya herejías, para que los aprobados sean manifiestos entre los débiles. []

    Capítulo 20. Se alegra de haber pasado de Platón a las Sagradas Escrituras, y no al revés

    VII, 20, 26

    26. Pero habiendo leído entonces aquellos libros de los platónicos, y amonestado por ellos a buscar la verdad incorpórea, vi tus cosas invisibles, entendidas por medio de las cosas que han sido hechas; [] y, aunque rechazado, percibí lo que era aquello que, por las tinieblas de mi espíritu, no se me permitía contemplar, — seguro de que tú eras, y eras infinito, y, sin embargo, no difundido en un espacio finito ni infinito; y que tú verdaderamente eres, el que eres siempre el mismo, sin variar ni en parte ni en movimiento; y que todas las demás cosas provienen de ti, por esta sola razón certísima: que son. De estas cosas ciertamente estaba yo asegurado, aunque demasiado débil para gozar de ti. Parloteaba como quien es muy docto; pero si no hubiera buscado tu camino en Cristo nuestro Salvador, habría resultado no docto, sino pronto a perecer. Pues ahora, lleno de mi castigo, había comenzado a desear parecer sabio; mas no me dolía, sino que me hinchaba con el conocimiento. [] Porque, ¿dónde estaba aquella caridad que edifica sobre el «fundamento» de la humildad, «que es Jesucristo»? [] ¿O cuándo me lo enseñarían estos libros? Por esto, creo yo, fue tu voluntad que yo cayera sobre ellos antes de estudiar tus Escrituras, para que se imprimiera en mi memoria cómo fui afectado por ellos; y para que después, cuando fuera sometido por tus libros, y cuando mis heridas fueran tocadas por tus dedos sanadores, pudiera discernir y distinguir cuánta diferencia hay entre la presunción y la confesión, — entre los que vieron a dónde habían de ir, pero no vieron el camino, y el camino que conduce no sólo a contemplar, sino a habitar la bienaventurada patria. Porque si yo hubiera sido formado primero en tus Sagradas Escrituras, y tú, en el uso familiar de ellas, te hubieras vuelto dulce para mí, y después hubiera caído sobre aquellos volúmenes, acaso me habrían apartado del fundamento sólido de la piedad; o, si hubiera permanecido firme en aquella disposición saludable que de ellas había bebido, habría pensado que ella podía alcanzarse con el solo estudio de aquellos libros.

    Capítulo 21. Lo que halló en los libros sagrados que no se encuentra en Platón

    VII, 21, 27

    27. Con grandísima avidez, pues, me apoderé de aquel venerable escrito de tu Espíritu, pero más especialmente del apóstol Pablo; y desaparecieron aquellas dificultades en las que en un tiempo me parecía que se contradecía a sí mismo, y que el texto de su discurso no concordaba con los testimonios de la Ley y los Profetas. Y el rostro de aquel puro lenguaje se me mostró uno y el mismo; y aprendí a «alegrarme con temblor.» Así comencé, y hallé que toda verdad que allí había leído era declarada aquí con la recomendación de tu gracia; que el que ve no se gloríe como si no hubiera recibido no sólo aquello que ve, sino también el poder ver (pues ¿qué tiene que no haya recibido?); y que no sólo sea amonestado a verte, tú que eres siempre el mismo, sino también sea sanado, para retenerte; y que el que de lejos no puede ver, pueda, con todo, caminar por el camino por el cual llegue a ti, te contemple y te posea. Pues aunque el hombre «se deleite en la ley de Dios según el hombre interior», [] ¿qué hará con aquella otra ley en sus miembros que guerrea contra la ley de su espíritu y lo lleva cautivo a la ley del pecado, que está en sus miembros? Porque tú eres justo, oh Señor, pero nosotros hemos pecado y cometido iniquidad, y hemos obrado impíamente, y tu mano se ha hecho pesada sobre nosotros, y justamente hemos sido entregados a aquel antiguo pecador, el gobernador de la muerte; pues él indujo nuestra voluntad a ser semejante a la suya, con lo cual él no permaneció en tu verdad. ¿Qué hará el «hombre miserable»? «¿Quién lo librará del cuerpo de esta muerte,» sino tu gracia solamente, «por Jesucristo 'Cristo nuestro Señor,'» [] a quien tú engendraste coeterno, y creaste en el principio de tus caminos, en quien el príncipe de este mundo no halló nada digno de muerte; [] y, sin embargo, lo mató, ¿y el escrito que nos era contrario quedó borrado? [] Estas cosas no las contienen aquellos escritos. Aquellas páginas no contienen la expresión de esta piedad: las lágrimas de la confesión, tu sacrificio, un espíritu turbado, «un corazón quebrantado y contrito», la salvación del pueblo, la ciudad desposada, [] las arras del Espíritu Santo, [] el cáliz de nuestra redención. Nadie canta allí: ¿No estará sujeta a Dios mi alma? Pues de él viene mi salvación, porque él es mi Dios y mi salvación, mi defensor, ya no seré más conmovido. Nadie oye allí que él llama: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados.» Se desdeñan de aprender de él, porque es manso y humilde de corazón; [] pues «escondiste estas cosas de los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños.» [] Porque una cosa es ver desde la cima boscosa del monte la tierra de la paz, [] y no hallar el camino hacia ella — intentar en vano caminos infranqueables, combatido y asaltado por fugitivos y desertores, bajo su caudillo el «león» [] y el «dragón;» [] — y otra cosa es guardar el camino que conduce allá, custodiado por la hueste del general celestial, donde no roban los que han desertado del ejército celestial, al cual evitan como a un tormento. Estas cosas se hundieron de un modo admirable en mis entrañas, cuando leí a aquel «más pequeño de tus apóstoles,» y medité sobre tus obras, y temí sobremanera.
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