X, 22, 32
32. Lejos esté, Señor —lejos esté del corazón de tu siervo que a ti se confiesa—; lejos esté de mí el tenerme por feliz, sea cual sea la alegría. Porque hay una alegría que no se concede a los «impíos,» [] sino a los que te adoran agradecidos, cuya alegría eres tú mismo. Y la vida feliz es ésta: regocijarse para ti, en ti y por ti; esto es, y no hay otra. Pero los que piensan que hay otra siguen tras otra alegría, y no la verdadera. Su voluntad, sin embargo, no se aparta de alguna sombra de alegría.
X, 23, 33–34
No es, pues, cierto que todos los hombres deseen ser felices, ya que los que no quieren gozarse en ti, que eres la única vida feliz, no desean verdaderamente la vida feliz. ¿O acaso todos desean esto, pero porque «la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne,» de modo que «no pueden hacer lo que querrían,» [] caen sobre aquello que pueden hacer, y con eso se contentan; porque aquello que no pueden hacer, no lo quieren de tal manera que los haga capaces? Porque yo pregunto a todo hombre si prefiere gozarse en la verdad o en la falsedad. No dudarán más en decir «en la verdad» que en decir «que desean ser felices». Pues la vida feliz es gozo en la verdad. Porque esto es gozo en ti, que eres «la verdad,» [] oh Dios, «luz mía,» «salud de mi rostro, y Dios mío.» Todos desean esta vida feliz; esta vida desean todos, que es la única feliz; el gozo en la verdad desean todos. He tenido experiencia de muchos que querían engañar, pero de ninguno que quisiera ser engañado. ¿Dónde, pues, conocieron esta vida feliz, sino donde conocieron también la verdad? Porque también la aman, ya que no querrían ser engañados. Y cuando aman la vida feliz, que no es otra cosa sino gozo en la verdad, ciertamente aman también la verdad; la cual, sin embargo, no amarían si no hubiera algún conocimiento de ella en la memoria. ¿Por qué, pues, no se gozan en ella? ¿Por qué no son felices? Porque están más enteramente ocupados con otras cosas que más bien los hacen miserables, que con aquello que los haría felices, de lo cual tan poco se acuerdan. Pues todavía hay una pequeña luz en los hombres; caminen—caminen «caminen,» para que las «tinieblas» no los sorprendan. []
34. ¿Por qué, pues, la verdad engendra odio, y aquel varón vuestro, [] que predica la verdad, se convierte en enemigo para ellos, mientras que la vida feliz es amada, la cual no es otra cosa sino gozo en la verdad; sino porque la verdad es amada de tal modo que los que aman otra cosa quieren que aquello que aman sea la verdad, y, dispuestos a ser engañados, no quieren ser convencidos de que lo son? Por eso odian la verdad por causa de aquello que aman en lugar de la verdad. Aman la verdad cuando brilla sobre ellos, y la odian cuando los reprende. Pues, como no quieren ser engañados y desean engañar, la aman cuando se revela, y la odian cuando los revela. Por eso ella les pagará de tal modo que a los que no querían ser descubiertos por ella, los descubrirá contra su voluntad, y no se descubrirá a sí misma ante ellos. Así, así, verdaderamente así, la mente humana, tan ciega y enferma, tan vil e indecorosa, desea permanecer oculta, pero no quiere que nada se le oculte. Pero se le da lo contrario: que ella misma no se oculta a la verdad, sino que la verdad se le oculta a ella. Sin embargo, aun siendo así de miserable, prefiere gozarse en la verdad antes que en la falsedad. Feliz será entonces, cuando, sin que intervenga molestia alguna, se goce en aquella única verdad por la cual todas las demás cosas son verdaderas.
X, 24, 35
35. He aquí cómo me he dilatado en mi memoria buscándote, Señor, y no te he hallado fuera de ella. Ni he hallado cosa alguna acerca de ti, sino lo que he retenido en la memoria desde el tiempo en que te aprendí. Pues desde el tiempo en que te aprendí, jamás te he olvidado. Porque donde hallé la verdad, allí hallé a mi Dios, que es la Verdad misma, la cual desde el tiempo en que la aprendí, no la he olvidado. Y así, desde el tiempo en que te aprendí, permaneces en mi memoria; y allí te hallo siempre que te traigo al recuerdo, y me deleito en ti. Estos son mis santos deleites, que tú me has otorgado en tu misericordia, atendiendo a mi pobreza.
X, 25, 36
36. Pero ¿en qué parte de mi memoria habitas, Señor? ¿Dónde habitas allí? ¿Qué clase de aposento te has formado allí? ¿Qué santuario te has erigido? Has concedido este honor a mi memoria, el de fijar tu morada en ella; pero en qué región de ella habitas, estoy considerando. Pues al traerte a la mente, me remonté más allá de aquellas partes de ella que también poseen las bestias, ya que no te hallé allí entre las imágenes de las cosas corpóreas; y llegué a aquellas partes donde había depositado los afectos de mi ánimo, y tampoco allí te hallé. Y entré en la sede misma de mi mente, la cual tiene en mi memoria, puesto que la mente también se recuerda a sí misma—y tampoco allí estabas tú. Porque así como no eres una imagen corporal, ni el afecto de un ser viviente, como cuando nos alegramos, nos condolimos, deseamos, tememos, recordamos, olvidamos, o cosa semejante; así tampoco eres la mente misma, porque tú eres el Señor Dios de la mente; y todas estas cosas se cambian, pero tú permaneces inmutable sobre todas, y sin embargo te dignas habitar en mi memoria, desde el tiempo en que te aprendí. Pero ¿por qué busco ahora en qué parte de ella habitas, como si verdaderamente hubiera lugares en ella? Ciertamente habitas en ella, puesto que te he recordado desde el tiempo en que te aprendí, y te hallo en ella cuando te traigo a la mente.
X, 26, 37
37. ¿Dónde, pues, te hallé, para poder aprenderte? Pues no estabas en mi memoria antes de que te aprendiera. ¿Dónde, pues, te hallé, para poder aprenderte, sino en ti por encima de mí? No hay lugar alguno; vamos hacia atrás y hacia adelante, [] y no hay lugar. En todas partes, oh Verdad, diriges a todos los que te consultan, y a todos respondes al instante, aunque te consulten sobre cosas diversas. Claramente respondes, aunque no todos oyen con claridad. Todos te consultan sobre lo que quieren, aunque no siempre oyen lo que quieren. Tu mejor siervo es aquel que no mira tanto a oír de ti lo que él mismo quiere, como a querer lo que oye de ti.
X, 27, 38
38. ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva! ¡Tarde te amé! He aquí que tú estabas dentro, y yo fuera, y allí te buscaba; yo, deforme, me precipitaba sin cuidado entre las cosas hermosas que tú hiciste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuvieran en ti, no serían. Llamaste, y clamaste, y forzaste mi sordera. Brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera. Exhalaste perfumes, y aspiré, y suspiro por ti. Gusté, y tengo hambre y sed. Me tocaste, y me abrasé en tu paz.
X, 28, 39
39. Cuando me adhiera a ti con todo mi ser, entonces no tendré dolor ni trabajo en nada; y mi vida será vida verdadera, estando toda llena de ti. Pero ahora, puesto que aquel a quien tú llenas es aquel a quien tú levantas, yo soy una carga para mí mismo, por no estar lleno de ti. Gozos de tristeza contienden con tristezas de gozo; y de qué lado esté la victoria, no lo sé. ¡Ay de mí! Señor, ten piedad de mí. Mis malas tristezas contienden con mis buenos gozos; y de qué lado esté la victoria, no lo sé. ¡Ay de mí! Señor, ten piedad de mí. ¡Ay de mí! He aquí que no oculto mis heridas; tú eres el Médico, yo el enfermo; tú misericordioso, yo miserable. ¿No es la vida del hombre sobre la tierra una tentación? ¿Quién hay que desee vejaciones y dificultades? Tú mandas que se soporten, no que se amen. Pues nadie ama lo que soporta, aunque pueda amar el soportar. Pues aunque se goce en soportar, preferiría que no hubiera nada que soportar. En la adversidad deseo la prosperidad; en la prosperidad temo la adversidad. ¿Qué lugar medio, pues, hay entre estas cosas, donde la vida humana no sea tentación? ¡Ay de la prosperidad de este mundo, una y otra vez, por el miedo a la desgracia y por la corrupción del gozo! ¡Ay de las adversidades de este mundo, una y otra vez, y por tercera vez, por el deseo de la prosperidad; y porque la adversidad misma es cosa dura, y hace naufragar la paciencia! ¿No es la vida del hombre sobre la tierra una tentación, y eso sin intermisión?
X, 29, 40
40. Y toda mi esperanza está sólo en tu misericordia sobremanera grande. Da lo que mandas, y manda lo que quieras. Tú nos impones continencia; «sin embargo, cuando percibí», dice uno, «que no podía obtenerla de otro modo, sino que Dios me la diera;... también era punto de sabiduría conocer de quién era el don.» [] Porque por la continencia somos atados y reducidos a uno, de donde estábamos derramados en muchos. Pues te ama muy poco aquel que ama algo contigo, lo cual no ama por ti, oh amor, que siempre ardes y nunca te apagas! ¡Oh caridad, Dios mío, enciéndeme! Tú mandas la continencia; da lo que mandas, y manda lo que quieras.
Comentario editorial · «Da lo que mandas»
La oración de X, 29, 40 («Da lo que mandas, y manda lo que quieras») la repite Agustín en la misma obra (por ejemplo, en X, 31, 43–46) y parte del contexto es la continencia: «Tú nos impones continencia». En una nota que reproduce el texto de CCEL (firmada «P. S.»), Schaff cita Sobre el don de la perseverancia 20 (53): Agustín dice allí que publicó las Confesiones antes de que existiera la herejía pelagiana, que en ellas había dicho muchas veces esas palabras, y que Pelagio, en Roma, no las soportó cuando un hermano obispo las citó delante de él. Es el testimonio de Agustín sobre cómo se leyó su frase; la polémica de fondo, sobre la gracia y la voluntad, no se decide aquí.
Para ampliar: Libro X, capítulo 29 (CCEL) (X, 29) · Sobre la continencia.
X, 30, 41–42
41. Verdaderamente mandas que sea continente de la «concupiscencia de la carne, y de la concupiscencia de los ojos, y de la soberbia de la vida.» Me has mandado abstenerme del concubinato; y en cuanto al matrimonio mismo, has aconsejado algo mejor que lo que has permitido. Y porque tú lo diste, se hizo; y eso antes de que yo llegara a ser dispensador de tu sacramento. Pero aún existen en mi memoria—de la cual he hablado mucho—las imágenes de tales cosas, que mis costumbres habían fijado allí; y estas se precipitan en mis pensamientos, aunque sin fuerza, cuando estoy despierto; pero en el sueño lo hacen no sólo de modo que dan placer, sino incluso hasta obtener consentimiento, y lo que muy de cerca se asemeja a la realidad. Sí, hasta tal punto prevalece la ilusión de la imagen, tanto en mi alma como en mi carne, que las falsedades me persuaden, cuando duermo, a aquello que las verdaderas no pueden cuando estoy despierto. ¿No soy yo mismo en aquel tiempo, Señor Dios mío? ¡Y hay tanta diferencia entre mí y yo, en aquel instante en que paso de la vigilia al sueño, o vuelvo del sueño a la vigilia! ¿Dónde está, pues, la razón que despierta resiste a tales sugestiones? Y si las cosas mismas se le imponen, permanezco inmóvil. ¿Se encierra con los ojos? ¿O se duerme con los sentidos corporales? Pero ¿de dónde, pues, proviene que aun en el sueño a menudo resistamos, y, teniendo propósito en la mente, y continuando en él con gran castidad, no demos asentimiento a tales halagos? Y hay tanta diferencia que, cuando sucede lo contrario, al despertar volvemos a la paz de la conciencia; y por esta misma diversidad descubrimos que no fuimos nosotros quienes lo hicimos, aunque todavía sentimos pena de que en cierto modo se haya hecho en nosotros.
42. ¿Acaso tu mano, oh Dios omnipotente, no es capaz de sanar todas las enfermedades de mi alma, y con tu gracia más abundante apagar incluso los movimientos lascivos de mi sueño? Aumentarás en mí, Señor, tus dones más y más, para que mi alma te siga, desprendida de la liga de la concupiscencia; para que no esté en rebelión contra sí misma, y aun en sueños no sólo no cometa, mediante imágenes sensuales, aquellas deformidades de la corrupción, hasta la contaminación de la carne, sino que ni siquiera consienta en ellas. Pues no es gran cosa para el Omnipotente, que es «poderoso para hacer... mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos,» [] lograr que ninguna influencia—ni siquiera tan leve como la que un signo pudiera reprimir—ofrezca gratificación al afecto casto aun de uno que duerme; y eso no sólo en esta vida, sino en mi edad actual. Pero lo que todavía soy en esta especie de mi mal, lo he confesado a mi buen Señor; regocijándome con temblor en aquello que me has dado, y lamentándome por aquello en lo que aún soy imperfecto; confiando en que perfeccionarás tus misericordias en mí, hasta la plenitud de la paz, que lo de dentro y lo de fuera tendrán contigo, cuando la muerte sea sorbida en victoria. []
A punto de hablar de las tentaciones de la concupiscencia de la carne, se queja primero de la gula de comer y beber
X, 31, 43–46
43. Hay otro mal del día, que yo desearía que le fuese «suficiente». [] Pues comiendo y bebiendo reparamos las diarias decadencias del cuerpo, hasta que tú destruyas tanto el alimento como el estómago, cuando destruyas mi necesidad con una saciedad asombrosa, y vistas este cuerpo corruptible de incorrupción eterna. [] Pero ahora la necesidad me es dulce, y contra esta dulzura lucho, no sea que quede esclavizado; y sostengo una guerra diaria con ayunos, a menudo «reduciendo mi cuerpo a servidumbre,» [] y mis dolores son expulsados por el placer. Pues el hambre y la sed son en cierto modo dolores; consumen y destruyen como una fiebre, a menos que la medicina del alimento nos alivie. La cual, puesto que está a mano mediante el consuelo que recibimos de tus dones, con los cuales la tierra, el agua y el aire sirven a nuestra debilidad, nuestra calamidad se llama placer.
44. Esto me has enseñado: que debo acostumbrarme a tomar el alimento como medicina. Pero durante el tiempo en que paso de la inquietud de la necesidad a la calma de la saciedad, en el mismo paso me acecha aquel lazo de la concupiscencia. Pues el paso mismo es placer, y no hay otro modo de pasar adonde la necesidad nos obliga a pasar. Y mientras que la salud es la razón de comer y beber, se une como sierva un deleite peligroso, que la mayoría de las veces trata de precederla, para que yo haga por causa de ella lo que digo que hago, o deseo hacer, por causa de la salud. Ni tienen ambas el mismo límite; pues lo que es suficiente para la salud es poco para el placer. Y a menudo es dudoso si es el cuidado necesario del cuerpo el que todavía pide alimento, o si una trampa sensual del deseo ofrece su ministerio. En esta incertidumbre se regocija mi alma infeliz, y en ella prepara una excusa como defensa, contenta de que no aparezca lo que puede ser suficiente para la moderación de la salud, para que así, bajo pretexto de salud, oculte el negocio del placer. Estas tentaciones me esfuerzo diariamente por resistir, e invoco tu diestra en mi ayuda, y refiero mis excitaciones a ti, porque aún no tengo resolución en este asunto.
45. Oigo la voz de mi Dios que manda: no se carguen vuestros corazones con «glotonería y embriaguez.» [] «La embriaguez» está lejos de mí; tú tendrás misericordia, para que no se acerque a mí. Pero «la glotonería» a veces se desliza sobre tu siervo; tú tendrás misericordia, para que se aleje de mí. Pues nadie puede ser continente, si tú no lo das. [] Muchas cosas que pedimos nos das; y todo bien que recibimos antes de pedirlo, lo recibimos de ti, y para que después conozcamos esto, lo recibimos de ti. Yo nunca fui borracho, pero he conocido borrachos que por ti se hicieron sobrios. Obra tuya, pues, fue que los que nunca lo fueron no lo fueran, como de ti fue que los que lo habían sido antes no permanecieran así siempre; y de ti también fue que ambos conocieran de quién era. Oí otra voz tuya: «No vayas tras tus concupiscencias, y apártate de tus apetitos.» [] Y por tu favor he oído también esta sentencia, en la que mucho me he deleitado: «Ni si comemos, somos más; ni si no comemos, somos menos;» [] lo cual quiere decir que ni lo uno me hará abundar, ni lo otro ser miserable. Oí también otra voz: «Pues he aprendido a contentarme con lo que tengo; sé vivir humillado, y sé tener abundancia... Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.» [] ¡He aquí! Un soldado del campamento celestial—no polvo como nosotros. Pero recuerda, Señor, «que somos polvo,» y que del polvo creaste al hombre; [] y él «estaba perdido, y ha sido hallado.» [] No pudo hacer esto por su propio poder, ya que aquel a quien yo tanto amaba, diciendo estas cosas por el soplo de tu inspiración, era de ese mismo polvo. «Puedo», dice, «todas las cosas en Aquel que me fortalece.» [] Fortaléceme, para que pueda. Da lo que mandas, y manda lo que quieras. Él confiesa haber recibido, y cuando se gloría, se gloría en el Señor. [] Oí a otro que suplicaba para recibir—«Quita de mí», dice, «la codicia del vientre;» [] por lo cual se ve, oh Dios santo mío, que tú das cuando se hace lo que mandas que se haga.
46. Me has enseñado, buen Padre, que «para los puros todas las cosas son puras;» [] pero «es malo para aquel hombre que come con escándalo;» [] «y que toda criatura tuya es buena, y nada debe rechazarse, si se recibe con acción de gracias;» [] y que «la comida no nos encomienda a Dios;» [] y que nadie debe «juzgarnos en comida o en bebida;» [] y que el que come, no desprecie al que no come; y el que no come, no juzgue al que come. [] Estas cosas he aprendido, gracias y alabanza sean a ti, oh Dios mío y Maestro, que llamas a mis oídos e iluminas mi corazón; líbrame de toda tentación. No es la inmundicia de la comida la que temo, sino la inmundicia de la concupiscencia. Sé que se concedió permiso a Noé para comer toda clase de carne que fuera buena para alimento; [] que Elías fue alimentado con carne; [] que Juan, dotado de una abstinencia admirable, no fue contaminado por los seres vivientes (esto es, las langostas []) de que se alimentaba. Sé también que Esaú fue engañado por el anhelo de lentejas, [] y que David se echó la culpa a sí mismo por desear agua, [] y que nuestro Rey fue tentado no con carne, sino con pan. [] Y el pueblo en el desierto, por tanto, también mereció reproche, no porque desearan carne, sino porque, en su deseo de comida, murmuraron contra el Señor. [Números xi]
47. Puesto, pues, en medio de estas tentaciones, lucho diariamente contra el anhelo de comida y bebida. Pues no es de tal naturaleza que sea capaz de resolver cortarlo de una vez para siempre, y no tocarlo después, como pude hacer con el concubinato. La brida de la garganta, por tanto, debe mantenerse en el medio entre la flojedad y la tirantez. ¿Y quién, Señor, es aquel que no es arrastrado en algún grado más allá de los límites de la necesidad? Quienquiera que sea, es grande; magnifique tu nombre. Pero yo no soy tal, «porque soy hombre pecador.» [] Sin embargo, también yo magnifico tu nombre; y Aquel que ha «vencido al mundo» [] intercede ante ti por mis pecados, [] contándome entre los «miembros débiles» de su cuerpo, [] porque tus ojos vieron lo que de él era imperfecto; y en tu libro todos serán escritos.
X, 32, 48
48. Con los atractivos de los olores no me siento muy turbado. Cuando están ausentes no los busco; cuando están presentes no los rechazo; y estoy dispuesto a estar siempre sin ellos. Así al menos me parezco a mí mismo; tal vez me engaño. Porque también aquella es una lamentable oscuridad en la que me está oculta mi capacidad, de modo que mi mente, inquiriendo dentro de sí sobre sus propias fuerzas, no se atreve fácilmente a darse crédito; porque lo que ya está en ella, en su mayor parte, está oculto, a menos que la experiencia lo revele. Y ningún hombre debe sentirse seguro en esta vida, toda la cual es llamada tentación, de que quien pudo ser hecho de peor mejor, no pueda también de mejor ser hecho peor. Nuestra única esperanza, nuestra única confianza, nuestra única promesa cierta, es tu misericordia.
Venció los deleites del oído, aunque en la Iglesia se deleitaba con frecuencia en el canto, no en las cosas cantadas
X, 33, 49–50
49. Los deleites del oído me habían seducido y vencido con más fuerza, pero tú me desataste y me liberaste. Ahora, en aquellas melodías a las que tus palabras dan alma, cuando son cantadas con voz dulce y ejercitada, en cierto modo descanso; pero no de tal manera que a ellas me apegue, sino de modo que pueda soltarme cuando quiero. Mas con las palabras que son su vida, para obtener entrada en mí, procuran un lugar de algún honor en mi corazón; y apenas puedo asignarles uno digno. A veces me parece que les concedo más respeto del que conviene, pues percibo que nuestras mentes se elevan más devota y fervorosamente en llama de piedad por las mismas santas palabras cuando así se cantan, que cuando no se cantan; y que todos los afectos de nuestro espíritu, por su propia diversidad, tienen sus modos apropiados en la voz y el canto, con los cuales, por no sé qué secreta afinidad, son estimulados. Pero el deleite de mi carne, al cual la mente nunca debe entregarse para ser enervada, me engaña a menudo, pues el sentido no atiende a la razón de manera que la siga con paciencia; sino que, habiendo obtenido entrada solamente por causa de ella, se esfuerza por correr delante de ella y ser su guía. Así en estas cosas peco sin saberlo, pero después lo conozco.
50. Otras veces, evitando con gran empeño este mismo engaño, yerro por excesiva severidad; y a veces tanto, que deseo que toda melodía de los cantos agradables a los que suele acompañarse el Salterio de David sea desterrada tanto de mis oídos como de los de la Iglesia misma; y aquel modo me parecía más seguro que recordaba habérseme referido a menudo de Atanasio, obispo de Alejandría, quien obligaba al lector del salmo a pronunciarlo con tan leve inflexión de voz, que más parecía hablar que cantar. Sin embargo, cuando recuerdo las lágrimas que derramé con los cantos de tu Iglesia al comienzo de mi fe recobrada, y cómo aun ahora me conmueve no el canto, sino lo que se canta, cuando se canta con voz clara y hábilmente modulada, reconozco entonces la gran utilidad de esta costumbre. Así vacilo entre el peligroso deleite y la probada solidez; inclinándome más bien (aunque no pronuncio opinión irrevocable sobre el asunto) a aprobar el uso del canto en la iglesia, para que por los deleites del oído las mentes más débiles sean estimuladas al afecto devoto. Pero cuando me sucede conmoverme más por el canto que por lo que se canta, confieso que peco criminalmente, y entonces preferiría no haber oído el canto. ¡Mira en qué estado me hallo! Llorad conmigo y llorad por mí, vosotros que gobernáis así vuestros sentimientos internos que de ello se siguen buenos resultados. En cuanto a vosotros que no obráis así, estas cosas no os conciernen. Mas tú, oh Señor Dios mío, escucha, mira y ve, y ten misericordia de mí, y sáname —tú, ante cuya vista me he convertido en un enigma para mí mismo; y «esta es mi enfermedad.»
De los peligrosísimos halagos de los ojos; a causa de la hermosura de la forma, Dios, el Creador, ha de ser alabado
X, 34, 51–53
51. Quedan los deleites de estos ojos de mi carne, sobre los cuales hacer mis confesiones en oídos de los oídos de tu templo, esos oídos fraternales y devotos; y concluir así las tentaciones de «la concupiscencia de la carne» [] que todavía me asaltan, gimiendo y deseando ser revestido de mi morada del cielo. [] Los ojos se deleitan en formas bellas y variadas, y en colores brillantes y agradables. No permitas que estas cosas tomen posesión de mi alma; que Dios más bien la posea, él que hizo estas cosas «muy buenas» [] en verdad; pero él es mi bien, no estas. Y estas me mueven mientras estoy despierto, durante el día; ni se me concede descanso de ellas, como lo hay de las voces de la melodía, a veces, en el silencio, de todas ellas. Porque aquella reina de los colores, la luz, inundando todo lo que miramos, dondequiera que yo esté durante el día, deslizándose ante mí en formas múltiples, me acaricia cuando estoy ocupado en otras cosas y no la advierto. Y con tanta fuerza se insinúa, que si de pronto es retirada se la busca con anhelo, y si está largamente ausente entristece el ánimo.
52. Oh Luz, que vio Tobías, [Tobit iv] cuando, teniendo los ojos cerrados, enseñaba a su hijo el camino de la vida; él mismo iba delante con los pies de la caridad, sin extraviarse jamás. O aquella que vio Isaac, cuando sus «ojos de la carne se oscurecieron, de modo que no podía ver» [] a causa de la vejez; le fue permitido, no conociendo, bendecir a sus hijos, sino que al bendecirlos los conoció. O aquella que vio Jacob, cuando él también, ciego por la avanzada edad, con el corazón iluminado, en las personas de sus propios hijos, proyectó luz sobre las razas del pueblo futuro, presignificadas en ellos; y puso sus manos, místicamente cruzadas, sobre sus nietos por José, no como su padre, mirando hacia afuera, los corrigió, sino como él mismo los distinguió. [] Esta es la luz, la única, y todos los que la ven y la aman son uno. Pero aquella luz corpórea de la que hablaba sazona la vida del mundo para sus amantes ciegos, con una dulzura tentadora y fatal. Mas los que saben alabarte por ella, «oh Dios, gran Arquitecto del mundo,» la recogen en tu himno, y no son recogidos por ella en su sueño. Tal deseo yo ser. Resisto las seducciones de los ojos, para que mis pies, con los que avanzo por tu camino, no se enreden; y levanto mis ojos invisibles a ti, para que te dignes «sacar mis pies de la red.» Tú los sacas continuamente, porque están enredados. Tú nunca cesas de sacarlos, pero yo, constantemente quedo preso en las redes tendidas a mi alrededor; porque tú «que guardas a Israel no dormitarás ni dormirás.»
53. ¡Cuántas cosas innumerables, hechas por diversas artes y manufacturas, tanto en nuestros vestidos, calzados, vasos y toda clase de obras, como también en pinturas y variadas imágenes, y estas excediendo con mucho el uso necesario y moderado y la santa significación, han añadido los hombres para el cautiverio de los ojos; siguiendo exteriormente lo que hacen, abandonando interiormente a aquel por quien fueron hechos, y destruyendo incluso aquello que ellos mismos fueron hechos! Mas yo, oh Dios mío y mi alegría, de aquí también te canto un himno y ofrezco un sacrificio de alabanza a mi Santificador, porque aquellos hermosos modelos, que por medio de las almas de los hombres son transmitidos a sus manos artísticas, emanan de aquella Hermosura que está sobre nuestras almas, por la cual mi alma suspira día y noche. Pero en cuanto a los hacedores y seguidores de aquellas bellezas exteriores, de allí derivan el modo de aprobarlas, pero no de usarlas. Y aunque no lo ven, él está allí, para que no se extravíen, sino que guarden su fuerza para ti, y no la disipen en lánguidas delicias. Y yo, aunque digo y percibo esto, estorbo mi camino con tales bellezas, mas tú me rescatas, oh Señor, tú me rescatas; «porque tu misericordia está delante de mis ojos.» Porque soy tomado miserablemente, y tú me rescatas misericordiosamente; a veces sin percibirlo, por haber tropezado con ellas vacilante; otras veces con dolor, porque estaba fuertemente atado por ellas.
Capítulo 35. Otra clase de tentación es la curiosidad, que es estimulada por la concupiscencia de los ojos
X, 35, 54–57
54. Además de esto hay otra forma de tentación, más compleja en su peligro. Porque además de aquella concupiscencia de la carne que consiste en la gratificación de todos los sentidos y placeres, en la cual perecen sus esclavos que «están lejos de ti,» pertenece al alma, por los mismos sentidos del cuerpo, un cierto vano y curioso anhelo, encubierto bajo el nombre de conocimiento y erudición, no de tener placer en la carne, sino de hacer experimentos por medio de la carne. Este anhelo, puesto que se origina en un apetito de conocimiento, y siendo la vista la principal entre los sentidos en la adquisición del conocimiento, es llamado en el lenguaje divino, «la concupiscencia de los ojos.» [] Porque el ver pertenece propiamente a los ojos; pero aplicamos esta palabra también a los otros sentidos, cuando los ejercitamos en la búsqueda del conocimiento. Pues no decimos: Escucha cómo brilla, huele cómo reluce, saborea cómo resplandece, o siente cómo fulgura, ya que todas estas cosas se dicen vistas. Y sin embargo no decimos solamente: Mira cómo resplandece, lo cual los ojos solos pueden percibir; sino también: Mira cómo suena, mira cómo huele, mira cómo sabe, mira cuán duro es. Y así la experiencia general de los sentidos, como se dijo antes, es llamada «la concupiscencia de los ojos,» porque la función de ver, en la que los ojos tienen la preeminencia, los otros sentidos la toman por vía de semejanza, siempre que buscan algún conocimiento.
55. Pero por esto se discierne más claramente cuándo el placer y cuándo la curiosidad son perseguidos por los sentidos; porque el placer sigue tras objetos que son bellos, melodiosos, fragantes, sabrosos, suaves; mas la curiosidad, por afán de experimentar, busca lo contrario de estos—no con miras a sufrir incomodidad, sino por la pasión de experimentarlos y conocerlos. Porque ¿qué placer hay en ver, en un cadáver lacerado, aquello que te hace estremecer? Y sin embargo, si yace cerca, acudimos allí, para entristecernos y palidecer. Aun en el sueño temen verlo. ¡Como si despiertos alguien les obligara a ir a verlo, o algún relato de su belleza les hubiera atraído! Así también sucede con los otros sentidos, que sería tedioso perseguir. De esta enfermedad de la curiosidad proceden todas aquellas extrañas exhibiciones presentadas en el teatro. De aquí procedemos a investigar los poderes secretos de la naturaleza (lo cual está fuera de nuestro fin), cuyo conocimiento no aprovecha, y en lo que los hombres no desean nada sino conocer. De aquí también, con ese mismo fin de conocimiento pervertido consultamos las artes mágicas. De aquí, además, aun en la religión misma, es Dios tentado, cuando se le piden con avidez señales y maravillas—no deseadas para ningún fin de salvación, sino solo para hacer prueba.
56. En este tan vasto desierto, lleno de trampas y peligros, he aquí, muchos de ellos he cortado y expulsado de mi corazón, como tú, oh Dios de mi salvación, me has capacitado para hacerlo. Y sin embargo, ¿cuándo me atrevo a decir, ya que tantas cosas de este género zumban alrededor de nuestra vida diaria—cuándo me atrevo a decir que ninguna cosa de estas me hace atento para verla, o crea en mí vana solicitud? Es verdad que los teatros ya no me arrastran, ni me interesa conocer los cursos de las estrellas, ni mi alma ha consultado jamás a los espíritus de los difuntos; todos los juramentos sacrílegos los aborrezco. Oh Señor Dios mío, a quien debo todo humilde y sincero servicio, ¡con qué sutileza de sugestión me induce el enemigo a pedirte alguna señal! Mas por nuestro Rey, y por nuestra pura y casta patria Jerusalén, te suplico que, así como todo consentimiento a tales pensamientos está lejos de mí, así esté siempre más y más lejos. Pero cuando te suplico por la salvación de alguno, el fin que persigo es muy otro, y tú, que haces lo que quieres, me das y me darás de buena gana «seguirte». []
57. Sin embargo, ¿en cuántas cosas muy menudas y despreciables es tentada diariamente nuestra curiosidad, y quién puede contar cuántas veces sucumbimos? ¡Cuántas veces, cuando las gentes narran cuentos ociosos, comenzamos tolerándolos, para no ofender a los débiles, y luego gradualmente los escuchamos de buena gana! Ya no voy al circo a ver un perro persiguiendo una liebre; pero si por casualidad paso junto a tal cacería en los campos, posiblemente me distrae incluso de algún pensamiento serio, y me arrastra tras ella—no que desvíe el cuerpo de mi cabalgadura, sino la inclinación de mi mente. Y a menos que tú, demostrándome mi debilidad, me adviertas prontamente, sea a través de la vista misma, por alguna reflexión para elevarme a ti, o a despreciarla del todo y pasarla por alto, yo, vano, quedo absorto en ella. ¿Cómo es que, sentado en casa, un lagarto cazando moscas, o una araña enredándolas al precipitarse en sus redes, me detiene a menudo? ¿No es el sentimiento de curiosidad el mismo porque estas son criaturas tan pequeñas? De ellas procedo a alabarte, maravilloso Creador y Ordenador de todas las cosas; pero no es esto lo que primero atrae mi atención. Una cosa es levantarse pronto, y otra no caer, y de tales cosas está llena mi vida; y mi única esperanza está en tu grandísima misericordia. Porque cuando este corazón nuestro es hecho receptáculo de tales cosas, y lleva multitudes de esta abundante vanidad, entonces nuestras oraciones son a menudo interrumpidas y perturbadas por ello; y mientras en tu presencia dirigimos la voz de nuestro corazón a tus oídos, este tan gran asunto es cortado por el influjo de no sé qué pensamientos ociosos.
X, 36, 58–59
58. ¿Habremos, pues, de contar también esto entre las cosas que han de ser ligeramente estimadas, o nos restaurará algo a la esperanza, sino tu completa misericordia, ya que has comenzado a cambiarnos? Y tú sabes hasta qué punto ya me has cambiado, tú que primero me sanas de la concupiscencia de vindicarme a mí mismo, para que así puedas perdonar todas mis restantes «iniquidades,» y sanar todas mis «enfermedades,» y redimir mi vida de la corrupción, y coronarme con «misericordia y tiernas compasiones,» y saciar mi deseo con «bienes;» que reprimiste mi soberbia con tu temor, y sometes mi cuello a tu «yugo.» Y ahora lo llevo, y es «ligero» [] para mí, porque así lo has prometido, y lo has hecho, y así en verdad era, aunque yo no lo sabía, cuando temía tomarlo. Mas, oh Señor—tú que solo reinas sin soberbia, porque eres el único verdadero Señor, que no tienes señor—, ¿me ha dejado esta tercera clase de tentación, o puede dejarme durante esta vida?
59. El deseo de ser temido y amado de los hombres, sin otra mira que experimentar un gozo en ello que no es gozo, es una vida miserable y una vana ostentación. De aquí especialmente surge que no te amemos, ni te temamos devotamente. Y por eso tú resistes a los soberbios, y das gracia a los humildes; [] y tú truenas sobre los ambiciosos designios del mundo, y «los fundamentos de las colinas» tiemblan. Porque ahora ciertos oficios de la sociedad humana hacen necesario ser amado y temido de los hombres, el adversario de nuestra verdadera bienaventuranza nos acosa, esparciendo por doquier sus trampas de «bien hecho, bien hecho;» para que, al adquirirlas con avidez, seamos atrapados sin darnos cuenta, y desunamos nuestro gozo de tu verdad, y lo fijemos en los engaños de los hombres; y nos complazcamos en ser amados y temidos, no por ti, sino en tu lugar, con lo cual, hechos semejantes a él, pueda tenerlos como suyos, no en armonía de amor, sino en compañía de castigo; él que aspiró a exaltar su trono en el norte, [] para que oscuros y fríos le sirvieran, imitándote de modos perversos y torcidos. Mas nosotros, oh Señor, he aquí, somos tu «pequeña grey;» [] poséenos tú, extiende tus alas sobre nosotros, y refugiémonos bajo ellas. Sé tú nuestra gloria; seamos amados por ti, y tu palabra sea temida en nosotros. Los que desean ser alabados de los hombres cuando tú repruebas, no serán defendidos por los hombres cuando juzgues; ni serán librados cuando condenes. Mas cuando no es alabado el pecador en los deseos de su alma, ni bendecido el que hace injusticia, sino que un hombre es alabado por algún don que tú le has otorgado, y él se goza más en la alabanza para sí, que en poseer el don por el cual es alabado, tal es alabado mientras tú repruebas. Y en verdad mejor es el que alabó que el que fue alabado. Porque el don de Dios en el hombre agradó al uno, mientras que el otro se complació más en el don del hombre que en el de Dios.
X, 37, 60–62
Por estas tentaciones, oh Señor, somos probados cada día; sí, sin cesar somos probados. Nuestro «horno» cotidiano es la lengua humana. Y también en esto nos mandas ser continentes. Da lo que mandas y manda lo que quieras. Acerca de este asunto conoces los gemidos de mi corazón y los ríos de mis ojos []. Pues no soy capaz de averiguar cuán limpio estoy de esta peste, y tengo gran temor de mis «faltas secretas,» que ven tus ojos, aunque no los míos. Pues en los demás géneros de tentaciones tengo algún poder de examinarme; mas en este, apenas ninguno. Pues, tanto en lo que toca a los placeres de la carne como a la curiosidad ociosa, veo hasta dónde he podido refrenar mi ánimo cuando carezco de ellas, ya voluntariamente, ya porque no están a mano; porque entonces me pregunto cuánto más o menos molesto me es no tenerlas. Las riquezas, a la verdad, que se buscan para que sirvan a alguna de estas tres «concupiscencias,» o a dos, o a todas ellas, si el ánimo no puede ver con claridad si, cuando las tiene, las desprecia, pueden ser dejadas a un lado, para que así se pruebe a sí mismo. Mas si queremos probar nuestro poder de prescindir de la alabanza, ¿hemos de vivir mal, y tan criminal e inmoderadamente, que todos cuantos nos conocen nos detesten? ¿Qué mayor locura que esta puede decirse o concebirse? Mas si la alabanza suele y debe ser compañera de la buena vida y de las buenas obras, tan poco debemos renunciar a su compañía como a la misma buena vida. Mas, a menos que algo esté ausente, no sé si estaré contento o turbado al verme sin ello.
¿Qué, pues, te confieso, oh Señor, en este género de tentación? ¿Qué, sino que me deleito con la alabanza, aunque más con la verdad misma que con la alabanza? Porque si se me diese a elegir entre, estando loco o errado en todo, ser alabado por todos los hombres, o, estando firme y seguro en la verdad, ser vituperado por todos, ya veo cuál elegiría. Sin embargo, no querría que la aprobación de otro añadiese gozo a mi alegría por cualquier bien que tenga. Mas confieso que la aumenta, y más aún, que el vituperio la disminuye. Y cuando me inquieto por esta miseria mía, se me presenta una excusa cuyo valor tú, Dios mío, conoces, pues me hace incierto. Pues no siendo solo la continencia la que nos has mandado, esto es, de qué cosas hemos de apartar el amor, sino también la justicia, es decir, sobre qué hemos de derramarlo, y habiendo querido que no solo te amemos a ti, sino también al prójimo, — a menudo, cuando me agrada una alabanza inteligente, me parece agradarme por el provecho o docilidad de mi prójimo, y también entristecerme por su mal cuando le oigo vituperar lo que no entiende o lo que es bueno. Pues a veces me entristece mi propia alabanza, ya cuando se alaba en mí aquello que me desagrada de mí mismo, ya cuando bienes menores y triviales son estimados más de lo que debieran. Mas, de nuevo, ¿cómo sé si me afecto así porque no quiero que el que me alaba disienta de mí acerca de mí mismo — no movido por consideración hacia él, sino porque las mismas cosas buenas que me agradan en mí me agradan más cuando también agradan a otro? Pues, en cierto modo, no soy alabado cuando no es alabado mi propio juicio sobre mí; ya que o se alaban las cosas que me desagradan, o se alaban más las que menos me agradan. ¿Soy, pues, incierto de mí mismo en esta materia?
He aquí, oh Verdad, que en ti veo que no debo conmoverme por mis propias alabanzas por causa mía, sino por el bien de mi prójimo. Y si es así, en verdad no lo sé. Pues acerca de esto sé menos de mí mismo que tú. Ruégote ahora, Dios mío, que me reveles también a mí mismo, para que confiese a mis hermanos, que han de orar por mí, lo que hallo débil en mí. Déjame una vez más examinarme con más diligencia. Si en mi propia alabanza me conmuevo por consideración a mi prójimo, ¿por qué me conmuevo menos si otro hombre es vituperado injustamente que si lo soy yo? ¿Por qué me irrita más aquel reproche que se lanza contra mí que el que con igual injusticia se lanza contra otro en mi presencia? ¿Ignoro también esto? ¿O es que todavía me engaño a mí mismo [] y no hago la «verdad» [] ante ti en mi corazón y con mi lengua? Aleja de mí, Señor, tal locura, no sea mi boca para mí el aceite de los pecadores, para ungir mi cabeza.
X, 38, 63
«Pobre y menesteroso soy,» pero mejor soy mientras en secretos gemidos me desagrado a mí mismo y busco tu misericordia, hasta que lo que me falta sea renovado y hecho perfecto, incluso hasta aquella paz que el ojo del soberbio ignora. Mas la palabra que sale de la boca y las acciones conocidas de los hombres tienen una tentación peligrosísima del amor de la alabanza, la cual, para establecer cierta excelencia propia, recoge sufragios solicitados. Tienta aun cuando interiormente me reprendo por ello, precisamente porque es reprendido; y a menudo el hombre se gloría más vanamente del mismo desprecio de la vanagloria; por lo cual ya no es desprecio de la vanagloria aquello de que se gloría, pues no la desprecia de verdad cuando interiormente se gloría.
X, 39, 64
Dentro también, dentro, hay otro mal nacido del mismo género de tentación: por el cual se vacían los que se complacen en sí mismos, aunque no agraden o desagraden o pretendan agradar a otros. Mas complaciéndose en sí mismos, mucho te desagradan a ti, no solo deleitándose en cosas no buenas como si fueran buenas, sino en tus cosas buenas como si fueran suyas; o aun como si fueran tuyas, pero como por méritos propios; o aun como si por tu gracia, mas no con alegría fraterna, sino envidiando a los demás esa gracia. En todos estos y semejantes peligros y trabajos percibes tú el temblor de mi corazón, y yo siento más bien que mis heridas son curadas por ti que no que no son infligidas por mí.
X, 40, 65
¿Adónde no me has acompañado, oh Verdad, enseñándome qué evitar y qué desear, cuando te sometía lo que podía percibir de las cosas sublunares y pedía tu consejo? Con mis sentidos exteriores, como pude, contemplé el mundo y advertí la vida que mi cuerpo recibe de mí, y estos sentidos míos. De allí penetré interiormente en los repliegues de mi memoria — sus múltiples estancias, maravillosamente llenas de innumerable riqueza; y consideré y temí, y no pude discernir ninguna de estas cosas sin ti, y ninguna de ellas hallé que fueses tú. Ni fui yo mismo el descubridor de estas cosas — yo, que las recorrí todas y me esforcé por distinguir y valorar cada cosa según su dignidad, aceptando unas por el informe de mis sentidos, preguntando acerca de otras que sentía mezcladas conmigo mismo, distinguiendo y numerando a los mismos informadores, y en el vasto almacén de mi memoria investigando unas cosas, depositando otras, sacando otras. Tampoco era yo mismo cuando hacía esto (es decir, aquella facultad mía con que lo hacía), ni eras tú, porque tú eres aquella luz indeficiente a la que consultaba acerca de todas ellas, si eran lo que eran y cuál era su valor; y te oía enseñarme y mandarme. Y esto hago con frecuencia; esto es para mí una delicia, y, en cuanto puedo aliviarme de los deberes necesarios, a este placer acudo. Y en todas estas cosas que repaso al consultarte, no hallo lugar seguro para mi alma sino en ti, en quien mis dispersos miembros pueden ser recogidos, y nada de mí se aparte de ti. Y a veces me introduces, interiormente, a un afecto rarísimo, a una inexplicable dulzura, que si se perfeccionase en mí, no sé a qué punto no llegaría aquella vida. Mas por estos mis miserables pesos [] recaigo en estas cosas, y soy absorbido por mis viejas costumbres, y soy retenido, y me duelo mucho, aunque mucho soy retenido. Hasta tal punto nos oprime la carga de la costumbre. De este modo puedo ser, mas no quiero; de aquel, quiero, mas no puedo — miserable por ambos caminos.