Avanza a la pubertad, y precisamente a los comienzos del año décimo sexto de su edad, en el cual, abandonados los estudios, se entregó a los placeres lujuriosos y, con sus compañeros, cometió hurtos.
II, 1, 1
1. Traeré ahora a la memoria mis pasadas inmundicias y las corrupciones carnales de mi alma, no porque las ame, sino para amarte a ti, oh Dios mío. Por amor de tu amor lo hago, recordando, en la misma amargura de mi recuerdo, mis caminos más viciosos, para que te hagas dulce para mí—tú, dulzura sin engaño; tú, dulzura feliz y segura—, y recogiéndome de aquella mi disipación, en la que era despedazado, mientras, apartado de ti, el Uno, me perdía entre muchas vanidades. Porque yo, en mi juventud, anhelaba antes saciarme de cosas mundanas, y osé de nuevo enloquecer con varios y sombríos amores; mi hermosura se consumía, y me hice corrupto ante tus ojos, agradándome a mí mismo y deseoso de agradar a los ojos de los hombres.
Herido de grandísimo dolor, recuerda las pasiones disolutas a las que, en su año décimo sexto, solía entregarse
II, 2, 2–4
2. Pero ¿en qué me deleitaba sino en amar y ser amado? Mas no lo guardaba con moderación, de mente a mente, el luminoso camino de la amistad, sino que de la oscura concupiscencia de la carne y de la efervescencia de la juventud salían exhalaciones que oscurecían y nublaban mi corazón, de modo que no podía discernir el afecto puro del deseo impuro. Ambos hervían confusamente dentro de mí, y arrastraban a mi inestable juventud a los lugares ásperos de los deseos deshonestos, y me sumergían en un abismo de infamia. Tu ira me había cubierto con su sombra, y yo no lo sabía. Me había quedado sordo por el estrépito de las cadenas de mi mortalidad, castigo de la soberbia de mi alma; y me alejaba más de ti, y tú me «soportabas» []; y yo era zarandeado, y me consumía, y me derramaba, y me desbordaba en mis fornicaciones, y tú callabas, oh alegría mía tardía. Tú entonces callabas, y yo me alejaba todavía más de ti, hacia más y más estériles sembrados de dolores, con soberbio abatimiento e inquieto cansancio.
3. ¡Oh, si alguien hubiera regulado mi desorden, y hubiera vuelto en provecho mío las bellezas fugitivas de las cosas que me rodeaban, y hubiera puesto un límite a su dulzura, para que las mareas de mi juventud se hubieran gastado en la ribera conyugal, si es que no podían aquietarse y satisfacerse dentro del objeto de una familia, como tu ley lo ordena, Señor—tú que así formas la descendencia de nuestra muerte, pudiendo también con mano tierna despuntar las espinas que estaban excluidas de tu paraíso! Porque tu omnipotencia no está lejos de nosotros aun cuando nosotros estamos lejos de ti; de lo contrario, en verdad, yo debería haber atendido con más vigilancia a la voz desde las nubes: «Pero los tales tendrán aflicción de la carne; mas yo os dejo;» [] y, «Bueno es para el hombre no tocar mujer;» [] y, «El no casado se cuida de las cosas que son del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado se cuida de las cosas que son del mundo, de cómo agradar a su mujer.» [] Debería, por tanto, haber escuchado más atentamente estas palabras, y, separado «por causa del reino de los cielos,» [] habría esperado con mayor felicidad tus abrazos.
4. Mas yo, pobre necio, hervía como el mar, y, abandonándote, seguía el curso violento de mi propio torrente, y traspasaba todos tus límites; ni escapaba a tus azotes. [] Porque ¿qué mortal puede hacerlo? Pero tú siempre estabas junto a mí, misericordiosamente airado, y salpicabas con las más amargas aflicciones todos mis placeres ilícitos, para que yo buscara placeres libres de aflicción. Mas dónde podría hallarlos, sino en ti, Señor, no podía encontrarlos—sino en ti, que enseñas con el dolor, [] y hieres para sanarnos, y nos matas para que no muramos apartados de ti. ¿Dónde estaba yo, y cuán lejos estaba desterrado de las delicias de tu casa, en aquel año décimo sexto de la edad de mi carne, cuando la locura de la lujuria—a la que la desvergüenza humana concede plena libertad, aunque está prohibida por tus leyes— tenía dominio completo sobre mí, y yo me entregaba enteramente a ella? Los que me rodeaban, entretanto, no se cuidaban de salvarme de la ruina por el matrimonio, siendo su único cuidado que yo aprendiera a pronunciar un discurso poderoso y llegara a ser un orador persuasivo.
Sobre su padre, vecino libre de Tagaste, que costeó los estudios de su hijo; y sobre las amonestaciones de su madre en favor de la castidad
II, 3, 5–8
5. En aquel año estuvieron interrumpidos mis estudios, mientras, después de mi regreso de Madaura —ciudad vecina, adonde había comenzado a ir para aprender gramática y retórica—, se me buscaban los gastos para una más larga permanencia en Cartago; y eso más por el empeño que por los medios de mi padre, que no era sino un pobre vecino libre de Tagaste. ¿A quién cuento esto? No a ti, mi Dios, sino delante de ti a los de mi linaje, a aquella pequeña parte del género humano que acaso dé con estos mis escritos. ¿Y con qué fin? Que yo y todos los que lo lean pensemos de qué profundidades hemos de clamar a ti. Pues ¿qué hay más cercano a tus oídos que el corazón que se confiesa y la vida que cree? ¿Quién, en efecto, no ensalzaba y alababa a mi padre, porque, aun excediendo sus posibilidades, proveía a su hijo de todo lo necesario para un viaje tan lejano, por causa de sus estudios? Muchos ciudadanos mucho más ricos no hacían otro tanto con sus hijos. Mas ese mismo padre no se preocupaba de cómo creciera yo para ti, ni de cuán casto fuese, con tal de que yo fuera diestro en el hablar —por yermo que estuviera para tu labranza, oh Dios, único, verdadero y buen Señor de mi corazón, que es tu campo.
6. Pero mientras, en aquel año décimo sexto de mi edad, vivía con mis padres, gozando de unas vacaciones —ociosidad que me imponía la escasez de recursos de mi familia—, crecieron sobre mi cabeza con lozanía las espinas de la concupiscencia, y no había mano que las arrancase. Más aún: cuando mi padre, viéndome en los baños, advirtió que ya me hacía hombre y que me agitaba una inquieta mocedad, como si ya de ello anticipara nietos, se lo contó gozoso a mi madre; alegrándose en aquella embriaguez con que el mundo se olvida tantas veces de ti, su Creador, y se enamora de tu criatura en lugar de amarte a ti, apartándose del vino invisible de su propia perversidad y postrándose ante las cosas más infames. Pero en el pecho de mi madre, tú habías ya comenzado tu templo y las primicias de tu santa morada, mientras que mi padre era todavía sólo catecúmeno, y ello desde hacía poco. Ella, pues, se sobresaltó con piadoso temor y temblor; y, aunque yo todavía no había sido bautizado, temió aquellos torcidos caminos por donde andan los que te vuelven la espalda y no el rostro.
7. ¡Ay de mí! ¿Y me atrevo a decir que tú callabas, oh Dios mío, mientras yo me alejaba más y más de ti? ¿Es verdad que callabas entonces para mí? ¿Y de quién eran sino tuyas las palabras que por medio de mi madre, tu fiel sierva, derramabas en mis oídos, ninguna de las cuales penetró en mi corazón para hacerlas? Porque ella deseaba, y recuerdo que en privado me advertía con gran solicitud, «que no cometiese fornicación; y, sobre todo, que jamás mancillase a la mujer de otro.» Aquellos consejos me parecían blandos de mujer, y me daba vergüenza obedecerlos. Pero eran tuyos, y yo no lo sabía, y pensaba que tú callabas y que era ella quien hablaba, cuando por ella tú no callabas para mí, y en su persona eras despreciado por mí, su hijo, «el hijo de tu sierva, tu siervo.» Mas esto no lo sabía yo, y me precipitaba de cabeza con tanta ceguera que, entre mis iguales, me avergonzaba de ser menos desvergonzado cuando les oía jactarse de sus torpes hazañas y gloriarse tanto más cuanto mayor era su bajeza; y yo me complacía en hacerlas, no sólo por el placer mismo, sino por la alabanza. ¿Qué hay digno de vituperio sino el vicio? Mas yo me hacía peor de lo que era para no ser vituperado; y cuando en algo no había pecado como los disolutos, afirmaba haber hecho lo que no había hecho, para no parecer abyecto por más inocente, o de menos valer por más casto.
8. Mira con qué compañeros andaba yo por las calles de Babilonia, revolcándome en su inmundicia como si fuese cinamomo y ungüentos preciosos. Y para que me adhiriese con más tenacidad a su mismo centro, mi invisible enemigo me pisoteaba y me seducía, siendo yo fácil de seducir. Ni la madre de mi carne —aunque ella misma ya había huido «de en medio de Babilonia» [] —avanzando, no obstante, lentamente por sus arrabales—, al aconsejarme la castidad, tuvo presente lo que su marido le había contado de mí para reprimir dentro de los límites del amor conyugal (si no podía extirparse de raíz) aquello que sabía era pernicioso en el presente y peligroso en el futuro. Mas no atendió a esto, porque temía que una esposa viniese a ser estorbo y traba para mis esperanzas. No las esperanzas del siglo futuro, que mi madre tenía puestas en ti, sino las esperanzas del saber, que ambos padres ansiaban demasiado que yo adquiriese —él, porque apenas pensaba en ti, o sólo vanos pensamientos tenía acerca de mí—; ella, porque juzgaba que las carreras ordinarias de las letras no sólo no serían impedimento, sino más bien ayuda para llegar a ti. Pues así lo conjeturo, recordando lo mejor que puedo el modo de ser de mis padres. Entretanto, se aflojaban para mí las riendas más allá del límite de una debida severidad, para que yo jugase, y aun me disolviese, en cuanto se me antojase. Y en todo había una niebla que ocultaba a mi vista el resplandor de tu verdad, oh Dios mío; y mi iniquidad se manifestaba como salida de la misma «grosura.»
Comete un robo con sus compañeros, no impelido por la pobreza, sino por cierto hastío del bien obrar
II, 4, 9
9. El robo es castigado por tu ley, oh Señor, y por la ley escrita en el corazón de los hombres, que la misma iniquidad no puede borrar. Pues ¿qué ladrón consiente que le roben? Ni el ladrón rico tolera al que a robar le empuja la necesidad. Yo, sin embargo, quise cometer un robo y lo cometí, sin que me compeliesen el hambre ni la pobreza, sino por hastío del bien obrar y por una lozanía de la iniquidad. Porque robé aquello de lo que ya tenía abundancia, y mucho mejor. Ni deseaba gozar lo que robaba, sino el robo mismo y el pecado. Había un peral cerca de nuestra viña, cargado de fruta, que no tentaba ni por su color ni por su sabor. A sacudirlo y despojarlo fuimos unos cuantos mozos disolutos, ya muy entrada la noche (habiendo prolongado, según nuestra vergonzosa costumbre, los juegos por las calles hasta entonces), y nos llevamos grandes cargas, no para comerlas nosotros, sino para arrojarlas a los cerdos, después de haber probado algunas; y nos agradaba hacerlo tanto más cuanto que no era lícito. He aquí mi corazón, oh Dios mío; he aquí mi corazón, del que te compadeciste estando en el abismo. Escucha: que mi corazón te diga ahora qué era lo que allí buscaba, para ser yo gratuitamente disoluto, no teniendo otro incentivo para el mal que el mal mismo. Era torpe, y lo amé. Amé perecer. Amé mi propio error —no aquello por lo que erraba, sino el error mismo—. Alma vil, que caía de tu firmamento a la total destrucción —no buscando cosa alguna por medio de la vergüenza, sino la vergüenza misma.
Sobre los motivos del pecado, que no están en el amor del mal, sino en el deseo de obtener lo ajeno
II, 5, 10–11
10. Hay un atractivo en todos los cuerpos hermosos, y en el oro, y en la plata, y en todas las cosas; y en el contacto corporal es poderosa la simpatía, y cada uno de los demás sentidos tiene su propia adaptación al cuerpo. El honor mundano tiene también su gloria, y el poder de mandar y vencer, de donde procede asimismo el deseo de venganza. Y, con todo, para adquirir todas estas cosas no nos es lícito apartarnos de ti, oh Señor, ni desviarnos de tu ley. La vida que aquí vivimos tiene también su peculiar atractivo, por cierta medida de hermosura propia y por su armonía con todas las cosas de este mundo. Las amistades de los hombres también se hacen entrañables por un dulce vínculo, en la unión de muchas almas. Por causa de todas estas cosas, y otras semejantes, se comete el pecado; mientras, por una desordenada preferencia de estos bienes inferiores, se descuidan los mejores y más altos —aun tú, Señor Dios nuestro, tu verdad y tu ley—. Pues estas cosas menores tienen sus deleites, mas no como mi Dios, que ha creado todas las cosas; porque en Él se deleita el justo, y Él es la dulzura de los rectos de corazón.
11. Cuando, pues, preguntamos por qué se cometió un crimen, no lo creemos si no aparece que pudo haber el deseo de obtener alguno de esos que hemos llamado bienes menores, o bien el temor de perderlos. Porque ciertamente son hermosos y bellos, aunque en comparación con los bienes superiores y celestiales sean abyectos y despreciables. Un hombre ha matado a otro: ¿cuál fue su móvil? Deseó a su mujer o su hacienda; o robó para mantenerse; o temió perder alguna cosa semejante por causa de aquél; o, injuriado, ardía en deseos de venganza. ¿Cometería un homicidio sin motivo, deleitándose simplemente en el acto de matar? ¿Quién lo creería? Pues aun de aquel hombre salvaje y brutal, de quien se dice que era gratuitamente malvado y cruel, se da un motivo. «Para que, por el ocio,» dice, «no se entorpeciesen la mano o el corazón.» ¿Y para qué? Pues para que, apoderándose una vez de la ciudad mediante aquella práctica de maldad, pudiera alcanzar honores, imperio y riquezas, y verse libre del temor de las leyes y de las estrecheces por las necesidades de su familia, y de la conciencia de sus propias maldades. Parece, pues, que ni el propio Catilina amaba sus villanías, sino otra cosa, que le daba el motivo para cometerlas.
Por qué se deleitó en aquel robo, cuando todas las cosas que bajo apariencia de bien invitan al vicio son verdaderas y perfectas sólo en Dios
II, 6, 12–14
12. ¿Qué era, pues, aquello de que, miserable de mí, tanto me enamoré en ti, robo mío, hazaña de tinieblas, en aquel año décimo sexto de mi edad? Hermoso no eras, pues eras robo. ¿Pero eres algo, para que yo pueda pleitear contigo? Las peras que robamos eran hermosas a la vista, porque eran criatura tuya, tú, el más hermoso de todos, Creador de todo, Dios bueno —Dios, sumo bien y mi verdadero bien—. Aquellas peras ciertamente eran agradables a la vista; pero no era por ellas por lo que mi alma miserable codiciaba, pues yo tenía abundancia de otras mejores; sino que las arranqué simplemente por robar. Porque, una vez arrancadas, las arrojé, consistiendo mi única satisfacción en mi propio pecado, del que me complacía gozar. Y si alguna de aquellas peras entró en mi boca, el que la endulzaba era mi pecado al comerla. Y ahora, oh Señor Dios mío, pregunto qué había en aquel robo mío que tanto deleite me causara; y he aquí que no tiene hermosura alguna —no, me refiero, como la que existe en la justicia y en la sabiduría; ni como la que hay en la mente, la memoria, los sentidos y la vida animal del hombre; ni como aquella que es la gloria y hermosura de los astros en sus cursos, o de la tierra, o del mar, llenos de vida incipiente que al nacer reemplaza lo que decae; ni siquiera aquella falsa y sombría hermosura que pertenece a los vicios engañosos.
13. Así la soberbia imita la grandeza, cuando tú solo eres Dios, excelso sobre todas las cosas. ¿Y qué busca la ambición sino honores y gloria, cuando tú solo eres digno de honra sobre todo y glorioso para siempre? La crueldad de los poderosos quiere ser temida; pero ¿quién ha de ser temido sino sólo Dios, de cuyo poder qué puede ser arrebatado o sustraído —cuándo, o dónde, o adónde, o por quién—? Las caricias de los lascivos querrían ser tenidas por amor; y, sin embargo, nada más seductor que tu caridad, ni se ama nada más saludablemente que a ella, tu verdad, brillante y hermosa sobre todas las cosas. La curiosidad afecta deseo de saber, cuando eres tú quien sumamente lo sabe todo. Aun la ignorancia y la necedad mismas se ocultan bajo los nombres de sencillez e inocencia, porque nada puede hallarse más sencillo que tú; ¿y qué hay más inocente, pues son las propias obras del pecador las que le dañan? Y la pereza parece anhelar el descanso; pero ¿qué descanso seguro hay fuera del Señor? El lujo querría llamarse plenitud y abundancia; mas tú eres la plenitud y la inagotable abundancia de los gozos imperecederos. La prodigalidad presenta una sombra de liberalidad; pero tú eres el dador más generoso de todo bien. La codicia desea poseer mucho; y tú eres el Poseedor de todas las cosas. La envidia contiende por la excelencia; pero ¿qué tan excelente como tú? La ira busca venganza; ¿quién venga más justamente que tú? El temor se sobresalta ante sucesos insólitos y repentinos que amenazan a las cosas amadas, y vela por su seguridad; pero ¿qué puede acontecerte a ti de insólito o repentino? ¿O quién te puede privar de lo que amas? ¿O dónde hay seguridad inquebrantable sino en ti? La tristeza languidece por las cosas perdidas en que el deseo se había deleitado, precisamente porque no quiere que se le quite nada, como nada se te puede quitar a ti.
14. Así comete fornicación el alma cuando se aparta de ti y busca fuera de ti lo que no puede hallar puro e incontaminado hasta que vuelva a ti. Así te imitan perversamente todos los que se apartan lejos de ti y se alzan contra ti. Pero aun imitándote así, reconocen que tú eres el Creador de toda naturaleza, y que no hay lugar adonde puedan retirarse del todo de ti. ¿Qué era, pues, lo que yo amaba en aquel robo? ¿Y en qué imitaba, aun corrupta y perversamente, a mi Señor? ¿Deseé acaso, siquiera por artificio, obrar contra tu ley, porque por la fuerza no podía, de modo que, siendo cautivo, imitase una libertad imperfecta haciendo con impunidad lo que no me era lícito, en oscura semejanza de tu omnipotencia? ¡He aquí a este siervo tuyo, que huye de su Señor y sigue una sombra! ¡Oh podredumbre! ¡Oh monstruosidad de vida y profundidad de muerte! ¿Pudo agradarme lo ilícito sólo porque era ilícito?
Da gracias a Dios por la remisión de sus pecados, y recuerda a todos que el sumo Dios pudo habernos preservado de pecados mayores
II, 7, 15
15. «¿Qué pagaré al Señor,» para que, al recordar mi memoria estas cosas, no se horrorice mi alma ante ellas? Te amaré, oh Señor, y te daré gracias, y confesaré tu nombre [], porque has apartado de mí mis obras tan malvadas y nefastas. A tu gracia lo atribuyo, y a tu misericordia, el que hayas derretido mi pecado como hielo. A tu gracia también atribuyo todo el mal que no he cometido; pues ¿qué no habría cometido, amando como amaba el pecado por el pecado mismo? Sí, todo lo confieso perdonado: tanto lo que cometí por mi propia perversidad como lo que, con tu guía, dejé de cometer. ¿Dónde está el que, considerando su propia flaqueza, se atreve a atribuir su castidad e inocencia a su propia fuerza, hasta amarte menos, como si hubiera tenido menos necesidad de tu misericordia, con la que perdonas las transgresiones de los que se vuelven a ti? Porque quien, llamado por ti, obedeció tu voz y evitó las cosas que lee que yo recuerdo y confieso de mí mismo, no me desprecie a mí, que, estando enfermo, fui curado por aquel mismo Médico [] por cuyo auxilio él no estuvo enfermo, o más bien estuvo menos enfermo. Y por esto que te ame otro tanto, y aun más, puesto que por quien ve que yo fui restaurado de tan gran debilidad de pecado, por Ése se ve a sí mismo preservado de semejante debilidad.
II, 8, 16
16. «¿Qué fruto tenía entonces,» [] desdichado de mí, en aquellas cosas que, al recordarlas, me causan vergüenza— sobre todo en aquel hurto, que amé sólo por el hurto mismo? Y como el hurto en sí era nada, tanto más desdichado era yo que lo amaba. Sin embargo, solo no lo habría hecho— recuerdo lo que era mi corazón— solo no habría podido hacerlo. Amé, pues, en él la compañía de mis cómplices, con quienes lo hice. No amé, por tanto, el hurto solo— sí, más bien, fue eso solo lo que amé, pues la compañía era nada. ¿Cuál es el hecho? ¿Quién puede enseñármelo, sino Aquel que ilumina mi corazón y escudriña sus rincones oscuros? ¿Qué es lo que ha venido a mi mente para inquirir, discutir y reflexionar? Porque si entonces hubiera amado las peras que robé, y hubiera deseado disfrutarlas, podría haberlo hecho solo, si me hubiera contentado con la mera comisión del hurto por la cual mi placer quedaba asegurado; ni habría necesitado provocar aquel cosquilleo de mis pasiones, con el aliento de cómplices. Mas como mi gozo no estaba en aquellas peras, estaba en el crimen mismo, que la compañía de mis compañeros de pecado producía.
II, 9, 17
17. ¿Por qué sentimientos, pues, estaba yo animado? Pues en verdad era demasiado vergonzoso; y ¡ay de mí que lo tenía! Pero aun así, ¿qué era? «¿Quién puede entender sus errores?» Reíamos, porque nuestros corazones se cosquilleaban con el pensamiento de engañar a aquellos que poco imaginaban lo que hacíamos, y que lo habrían desaprobado vehementemente. Mas, de nuevo, ¿por qué me regocijaba yo tanto en esto, que no lo hacía solo? ¿Es que nadie ríe fácilmente a solas? Nadie lo hace de buena gana; pero a veces, cuando los hombres están solos, sin nadie cerca, les sobreviene un ataque de risa cuando algo muy gracioso se presenta a sus sentidos o a su mente. Sin embargo, solo no lo habría hecho— solo no habría podido hacerlo en absoluto. He aquí, Dios mío, el vivo recuerdo de mi alma está desnudo ante Ti— solo no había cometido aquel hurto, en el cual lo que robé no me agradaba, sino más bien el acto de robar; ni me habría gustado tanto hacerlo solo, ni lo habría hecho. ¡Oh amistad demasiado enemiga! ¡Tú, misterioso seductor del alma, tú, avidez de hacer daño por diversión y lascivia, tú, ansia de la pérdida ajena, sin deseo de mi propio provecho o venganza; pero cuando dicen, «Vamos, hagámoslo,» nos avergonzamos de no ser desvergonzados.
II, 10, 18
18. ¿Quién puede desenredar aquella nudosidad retorcida y enmarañada? Es inmunda. Odio reflexionar sobre ella. Odio mirarla. Pero a Ti anhelo, oh justicia e inocencia, hermosa y agraciada a todos los ojos virtuosos, y de una satisfacción que nunca hastía. Contigo hay perfecto descanso, y vida inmutable. El que entra en Ti entra en el gozo de su Señor, [] y no tendrá temor, y obrará excelentemente en el más Excelente. Me alejé de Ti, oh Dios mío, y anduve errante demasiado lejos de Ti, mi apoyo, en mi juventud, y me convertí para mí mismo en una tierra infructuosa.
De los años decimoséptimo, decimoctavo y decimonoveno de su edad, pasados en Cartago, cuando, habiendo completado sus estudios, es atrapado en las redes de una pasión licenciosa y cae en los errores de los maniqueos.
Engañado por un amor insensato, él, aunque sucio y deshonroso, desea ser tenido por elegante y urbano
III, 1, 1
1. A Cartago llegué, donde un caldero de amores impíos borboteaba a mi alrededor. No amaba todavía, pero amaba amar; y con un querer oculto, me aborrecía a mí mismo por no querer. Buscaba algo que amar, enamorado del amar, y odiando la seguridad, y un camino no sembrado de trampas. Pues dentro de mí tenía carestía de aquel alimento interior, Tú mismo, Dios mío, aunque aquella carestía no me causaba hambre; sino que permanecía sin todo deseo de alimento incorruptible, no porque ya estuviera lleno de él, sino que cuanto más vacío estaba, más lo aborrecía. Por esta razón mi alma estaba lejos de estar sana, y, llena de úlceras, se arrojaba miserablemente fuera, anhelando ser excitada por el contacto con objetos sensibles. Y sin embargo, si éstos no tuvieran alma, ciertamente no inspirarían amor. Amar y ser amado me era dulce, y tanto más cuando lograba disfrutar de la persona amada. Mancillé, por tanto, la fuente de la amistad con la inmundicia de la concupiscencia, y empañé su lustre con el infierno de la lascivia; y no obstante, sucio y deshonroso como era, ansiaba, por un exceso de vanidad, ser tenido por elegante y urbano. Caí precipitadamente, pues, en el amor en el cual anhelaba ser atrapado. ¡Dios mío, misericordia mía, con cuánta amargura rociaste para mí aquella dulzura, por tu infinita bondad! Porque fui amado, y llegué secretamente al vínculo del disfrute; y fui alegremente atado con lazos molestos, para ser azotado con las varas ardientes de los celos, las sospechas, los temores, las iras y las contiendas.
En los espectáculos públicos es movido por una compasión vacía. Es atacado por una enfermedad espiritual molesta
III, 2, 2–4
2. También las representaciones teatrales me arrastraban, llenas de representaciones de mis miserias y de combustible para mi fuego. ¿Por qué al hombre le gusta entristecerse cuando contempla escenas dolorosas y trágicas, que sin embargo él mismo no sufriría de ningún modo? Y sin embargo desea, como espectador, experimentar de ellas un sentimiento de dolor, y en este mismo dolor consiste su placer. ¿Qué es esto sino una locura miserable? Porque un hombre es más afectado por estas acciones cuanto menos libre está de tales afecciones. De cualquier modo, cuando él sufre en su propia persona, se acostumbra a llamarlo «miseria», pero cuando compadece a otros, entonces se llama «misericordia». Pero ¿qué clase de misericordia es la que surge de pasiones ficticias y escénicas? No se espera que el oyente alivie, sino que simplemente se le invita a dolerse; y cuanto más se duele, más aplaude al actor de estas ficciones. Y si las desgracias de los personajes (ya sean de tiempos antiguos o meramente imaginarios) se representan de tal modo que no toquen los sentimientos del espectador, éste se va disgustado y censurador; pero si sus sentimientos son tocados, se queda atento y derrama lágrimas de alegría.
3. ¿Se aman, pues, también los dolores? ¿Acaso no desean todos los hombres regocijarse? ¿O, así como el hombre desea ser miserable, se alegra sin embargo de ser misericordioso, lo cual, como no puede existir sin pasión, por esta sola causa se aman las pasiones? Esto también proviene de aquella vena de la amistad. Pero ¿a dónde va? ¿Hacia dónde fluye? ¿Por qué corre hacia aquel torrente de pez, que hace hervir esas enormes mareas de lujurias repugnantes en las cuales se cambia y transforma, siendo arrojado y corrompido por su propia voluntad de su claridad celestial? ¿Se repudiará, entonces, la misericordia? De ningún modo. Amemos, por tanto, los dolores a veces. Pero guárdate de la impureza, oh alma mía, bajo la protección de mi Dios, el Dios de nuestros padres, que ha de ser alabado y exaltado sobre todo para siempre, guárdate de la impureza. Porque no he cesado ahora de tener compasión; pero entonces en los teatros simpatizaba con los amantes cuando pecaminosamente se gozaban uno al otro, aunque esto se hiciera ficticiamente en la obra. Y cuando se perdían uno al otro, me dolía con ellos, como compadeciéndolos, y sin embargo tenía deleite en ambas cosas. Pero hoy en día siento mucha más piedad por el que se deleita en su maldad, que por el que es tenido por soportar penalidades al no conseguir algún placer pernicioso, y la pérdida de alguna felicidad miserable. Ésta, ciertamente, es la misericordia más verdadera, pero el dolor no tiene deleite en ella. Porque aunque el que se conduele con el desdichado sea aprobado por su oficio de caridad, sin embargo el que tuviera verdadera compasión preferiría que no hubiera nada por qué dolerse. Pues si la buena voluntad fuera mal intencionada (lo cual no puede ser), entonces podría el que verdadera y sinceramente se compadece desear que hubiera algunos desdichados, para poder compadecerlos. Algún dolor puede, pues, ser justificado, ninguno amado. Porque así Tú, oh Señor Dios, que amas las almas mucho más puramente que nosotros, y eres más incorruptiblemente compasivo, aunque no eres herido por ningún dolor. «¿Y quién es suficiente para estas cosas?» []
4. Pero yo, desdichado, entonces amaba dolerme, y buscaba de qué dolerme, como cuando en la miseria de otro, aunque fingida y falseada, aquella representación del actor me agradaba más y me atraía con más fuerza, la que me movía a lágrimas. ¿Qué maravilla era que una oveja infeliz, descarriada de tu rebaño e impaciente de tu cuidado, se infectara con una enfermedad inmunda? Y de aquí vino mi amor por los dolores— no tales que me sondearan demasiado profundamente, pues no amaba sufrir tales cosas como amaba contemplar, sino tales que, al oír sus ficciones, afectaran ligeramente la superficie; sobre las cuales, como con uñas envenenadas, seguían ardor, hinchazón, putrefacción y horrible corrupción. ¡Tal era mi vida! Pero ¿era vida, oh Dios mío?
Ni siquiera en la iglesia reprime sus deseos. En la escuela de retórica aborrece las hazañas de los Eversores
III, 3, 5–6
5. Y tu fiel misericordia se cernía sobre mí desde lejos. ¡En qué iniquidades indecorosas me desgastaba, siguiendo una curiosidad sacrílega, para que, habiéndote abandonado, me arrastrara al abismo traicionero y a la obediencia engañosa de los demonios, a quienes inmolaba mis malas obras, y en todo lo cual me azotabas! Me atreví, aun cuando se celebraban tus solemnes ritos dentro de los muros de tu iglesia, a desear y a planear un negocio suficiente para procurarme los frutos de la muerte; por lo cual me castigaste con graves penas, pero nada en comparación con mi culpa, oh Tú, mi mayor misericordia, mi Dios, mi refugio de aquellos terribles daños, entre los cuales vagaba con cuello presuntuoso, alejándome más de Ti, amando mis propios caminos y no los tuyos— amando una libertad vagabunda.
6. Aquellos estudios, también, que se consideraban honorables, estaban dirigidos hacia los tribunales de justicia; para sobresalir en los cuales, cuanto más astuto era, más sería alabado. Tal es la ceguera de los hombres, que incluso se glorían en su ceguera. Y ahora yo era el primero en la escuela de retórica, de lo cual me regocijaba con orgullo, y me volvía inflado de arrogancia, aunque más sosegado, oh Señor, como sabes, y completamente alejado de las subversiones de aquellos «subversores» (pues este nombre estúpido y diabólico era tenido por la marca misma de la gallardía) entre los cuales vivía, con una vergüenza desvergonzada de no ser como ellos. Y con ellos estaba, y a veces me deleitaba con la amistad de aquellos cuyos actos siempre aborrecía, es decir, su «subversión», con la cual atacaban insolentemente el recato de los extraños, a los que perturbaban con burlas inoportunas, gratificando así su alegría maliciosa. Nada puede asemejarse más a las acciones de los demonios que éstas. ¿Con qué nombre, por tanto, podrían ser llamados con más verdad que «subversores»?— siendo ellos mismos subvertidos primero, y totalmente pervertidos— siendo secretamente burlados y seducidos por los espíritus engañadores, en aquello mismo en que ellos se deleitan en burlarse y engañar a otros.
En el decimonoveno año de su edad (habiendo muerto su padre dos años antes) es conducido por el «Hortensio» de Cicerón a la «Filosofía,» a Dios, y a un mejor modo de pensar
III, 4, 7–8
7. Entre tales personas, en aquel período inestable de mi vida, estudiaba libros de elocuencia, en los cuales deseaba ser eminente por un propósito condenable e inflado, aun un deleite en la vanidad humana. En el curso ordinario del estudio, di con cierto libro de Cicerón, cuyo lenguaje, aunque no su corazón, casi todos admiran. Este libro suyo contiene una exhortación a la filosofía, y se llama Hortensio. Este libro, en verdad, cambió mis afectos, y volvió mis oraciones hacia Ti, oh Señor, y me hizo tener otras esperanzas y deseos. De repente, toda esperanza vana se volvió sin valor para mí; y con un increíble ardor de corazón, anhelaba una inmortalidad de sabiduría, y comencé a levantarme [] para volver a Ti. No, entonces, para mejorar mi lenguaje— lo cual parecía estar comprando con los medios de mi madre, en mi decimonoveno año, habiendo muerto mi padre dos años antes— no para mejorar mi lenguaje recurrí a aquel libro; ni me persuadió por su estilo, sino por su contenido.
8. ¡Cuán ardiente era yo entonces, Dios mío, cuán ardiente para volar de las cosas terrenas hacia Ti! Y no sabía cómo tratarías conmigo. Pues contigo está la sabiduría. En griego el amor a la sabiduría se llama «filosofía», con la cual aquel libro me inflamó. Hay algunos que seducen a través de la filosofía, bajo un nombre grande, seductor y honorable coloreando y adornando sus propios errores. Y casi todos los que en aquel tiempo y en los anteriores fueron tales, son censurados y señalados en aquel libro. Allí también se descubre aquella admonición saludabilísima de tu Espíritu, por tu siervo bueno y piadoso: «Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los elementos del mundo, y no según Cristo: porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.» [] Y como en aquel tiempo (como Tú, oh Luz de mi corazón, sabes) las palabras del apóstol me eran desconocidas, me deleitaba con aquella exhortación, sólo en cuanto por ella era estimulado, y encendido, e inflamado para amar, buscar, obtener, retener y abrazar, no esta o aquella secta, sino la sabiduría misma, fuera cual fuese; y esto solo me frenaba en mi ardor, que el nombre de Cristo no estaba en ella. Porque este nombre, según tu misericordia, oh Señor, este nombre de mi Salvador, tu Hijo, lo había bebido piadosamente mi tierno corazón, profundamente atesorado incluso con la leche de mi madre; y cualquier cosa que estuviera sin ese nombre, aunque fuera muy erudita, pulida y veraz, no se apoderaba del todo de mí.
Comentario editorial · El «Hortensio» de Cicerón
El libro que, según el texto, «cambió mis afectos» a los diecinueve años (III, 4, 7; VIII, 7, 17) es un diálogo de Cicerón escrito en el 45 a. C. como exhortación a la filosofía (un protréptico). Se perdió hacia el siglo VI. Hoy se conocen algo más de cien fragmentos, y dieciséis de ellos los conserva Agustín, de modo que él es una de las vías por las que se conoce la obra (Wikipedia). Agustín cuenta que lo leyó estudiando retórica en Cartago, y que el libro, en sus palabras, «volvió mis oraciones hacia Ti»; pocas páginas después, en III, 6, cae entre los maniqueos.
Rechaza las Sagradas Escrituras por demasiado simples, y como no comparables con la dignidad de Tulio
III, 5, 9
9. Resolví, por tanto, dirigir mi mente a las Santas Escrituras, para ver qué eran. Y he aquí, percibo algo no comprendido por los soberbios, no revelado a los niños, sino humilde cuando te acercas, sublime cuando avanzas, y velado en misterios; y yo no era del número de los que podían entrar en ello, ni doblar mi cuello para seguir sus pasos. Porque no sentía cuando me volvía hacia aquellas Escrituras como siento ahora que hablo, sino que me parecían indignas de ser comparadas con la dignidad de Tulio; pues mi orgullo inflado rehuía su estilo, ni la agudeza de mi ingenio podía penetrar su sentido interior. Y sin embargo, verdaderamente, eran tales que se desarrollarían en los pequeños; pero yo desdeñaba ser pequeño, y, hinchado de orgullo, me consideraba a mí mismo como grande.
Engañado por su propia culpa, cae en los errores de los maniqueos, que se gloriaban en el verdadero conocimiento de Dios y en un examen minucioso de las cosas
III, 6, 10–11
10. Caí, por tanto, entre hombres que deliraban orgullosamente, muy carnales y locuaces, en cuyas bocas estaban los lazos del diablo— estando la liga compuesta de una mezcla de las sílabas de tu nombre, y de nuestro Señor Jesucristo, y del Paráclito, el Espíritu Santo, el Consolador. Estos nombres no salían de sus bocas, sino en cuanto al sonido solamente y al ruido de la lengua, porque el corazón estaba vacío de verdad. Aun así gritaban «Verdad, Verdad», y hablaban mucho de ella ante mí, «pero no estaba en ellos»; [] sino que hablaban falsamente no sólo de Ti— que, en verdad, eres la Verdad— sino también de estos elementos de este mundo, tus criaturas. Y yo, en verdad, debería haber pasado por alto a los filósofos, incluso cuando hablaban verdad acerca de ellos, por amor a Ti, mi Padre, sumamente bueno, hermosura de todas las cosas hermosas. ¡Oh Verdad, Verdad! ¡Cuán íntimamente, aun entonces, jadeaba la médula de mi alma por Ti, cuando ellos frecuentemente, y de múltiples maneras, y en numerosos y enormes libros, hacían sonar tu nombre ante mí, aunque era sólo una voz! Y éstos eran los platos en los cuales a mí, hambriento de Ti, ellos, en lugar de Ti, servían el sol y la luna, tus hermosas obras— pero aun así tus obras, no Tú mismo, ni siquiera tus primeras obras. Porque antes de estas obras corpóreas están las tuyas espirituales, celestiales y brillantes aunque sean. Pero yo no tenía hambre ni sed ni siquiera de aquellas primeras obras tuyas, sino de Ti mismo, la Verdad, «en quien no hay mudanza, ni sombra de variación»; [] sin embargo, ellos todavía me servían en aquellos platos fantasías resplandecientes, que era mejor amar a este mismo sol (que, al menos, es verdadero para nuestra vista), que aquellas ilusiones que engañan a la mente a través del ojo. Y sin embargo, porque yo suponía que eran Tú, me alimentaba de ellas; no con avidez, pues no sabías a mi boca como eres, porque no eras estas ficciones vacías; ni me nutría con ellas, sino más bien me agotaba. El alimento en nuestros sueños se parece a nuestro alimento despierto; sin embargo, los durmientes no se nutren con él, porque están dormidos. Pero aquellas cosas no eran en modo alguno semejantes a Ti, como ahora me has hablado, en que aquellas eran fantasías corpóreas, cuerpos falsos, que estos cuerpos verdaderos, ya sean celestiales o terrestres, que percibimos con nuestra vista carnal, son mucho más ciertos. Estas cosas las perciben las mismas bestias y aves tan bien como nosotros, y son más ciertas que cuando las imaginamos. Y de nuevo, las imaginamos con más certeza, que por ellas concebimos otros cuerpos mayores e infinitos que no tienen existencia. Con tales cáscaras vacías era yo entonces alimentado, y no era alimentado. Pero Tú, mi Amor, en cuya búsqueda desfallezco para ser fuerte, no eres ni aquellos cuerpos que vemos, aunque estén en el cielo, ni eres aquellos que no vemos allí; porque Tú los has creado, ni los cuentas entre tus mayores obras. ¡Cuán lejos, entonces, estás de aquellas fantasías mías, fantasías de cuerpos que no existen en absoluto, que las imágenes de aquellos cuerpos que existen son más ciertas, y aún más ciertos los cuerpos mismos, que sin embargo Tú no eres; ni siquiera el alma, que es la vida de los cuerpos. Mejor, entonces, y más cierta es la vida de los cuerpos que los cuerpos mismos. Pero Tú eres la vida de las almas, la vida de las vidas, teniendo vida en Ti mismo; y no cambias, oh Vida de mi alma.
11. ¿Dónde, entonces, estabas Tú para mí, y cuán lejos de mí? Lejos, en verdad, vagaba yo de Ti, estando incluso excluido de las mismas cáscaras de los cerdos, a quienes con cáscaras alimentaba. ¡Pues cuánto mejores son las fábulas de los gramáticos y poetas que estas trampas! Porque los versos, y los poemas, y Medea volando, son más provechosos en verdad que los cinco elementos de estos hombres, pintados de diversos modos, para responder a las cinco cuevas de las tinieblas, ninguna de las cuales existe, y que matan al creyente. Porque los versos y poemas los puedo convertir en verdadero alimento, pero la «Medea volando», aunque la cantaba, no la sostenía; aunque la oía cantar, no la creía; pero aquellas cosas sí las creía. ¡Ay, ay, por qué pasos fui arrastrado «a las profundidades del infierno!» []— trabajando y atormentándome por falta de la Verdad, cuando te buscaba a Ti, Dios mío— a Ti lo confieso, que tuviste misericordia de mí cuando aún no lo confesaba,— te buscaba no según el entendimiento de la mente, en el cual deseabas que yo sobresaliera sobre las bestias, sino según el sentido de la carne. Tú eras más interior a mí que mi parte más íntima; y más alto que lo más alto mío. Di con aquella mujer audaz, que «es simple, y no sabe nada», [] el enigma de Salomón, sentada «a la puerta de la casa sobre un asiento», y diciendo: «Las aguas hurtadas son dulces, y el pan comido en secreto es agradable.» Esta mujer me sedujo, porque encontró mi alma fuera de sus umbrales, morando en el ojo de mi carne, y pensando en tal alimento como a través de él había devorado.
Comentario editorial · Los maniqueos y sus «oyentes»
Los maniqueos seguían a Mani (216–274), profeta iranio del imperio sasánida, y enseñaban un dualismo: un mundo espiritual de luz y un mundo material de tinieblas (Wikipedia). Se dividían en «elegidos» y «oyentes». Pilkington anota, con remisión a una carta de Agustín (la 236), que los oyentes no estaban obligados a abstenerse del matrimonio ni de la carne, como sí los elegidos; y que Agustín no pasó del grado de oyente, según él mismo cuenta. Wikipedia habla de «nueve o diez años» de adhesión a la secta; el texto dice «casi los nueve años enteros» (V, 6, 10). Sobre su doctrina, véase Maniqueísmo.
Capítulo 7. Ataca la doctrina de los maniqueos acerca del mal, de Dios y de la justicia de los patriarcas
III, 7, 12–14
12. Pues yo ignoraba lo que realmente es, y era, por así decirlo, violentamente movido a dar mi apoyo a necios engañadores, cuando me preguntaban, «¿De dónde, pues, el mal?», y «¿Está Dios limitado por una forma corporal, y tiene cabellos y uñas?», y «¿Se han de estimar justos aquellos que tuvieron muchas mujeres a la vez, y mataron hombres, y sacrificaron seres vivientes?» []. Por estas cosas yo, en mi ignorancia, me turbaba mucho y, retirándome de la verdad, me parecía ir hacia ella; porque todavía no sabía que el mal no es sino una privación del bien, hasta que al fin deja enteramente de ser; ¿y cómo podría ver esto aquel cuya vista no alcanzaba más allá de los cuerpos, y cuyo entendimiento no alcanzaba más allá de un fantasma? Y no sabía que Dios fuese Espíritu [], no uno que tiene partes extendidas en longitud y anchura, ni cuyo ser fuese masa; porque toda masa es menor en una parte que en el todo, y, si fuese infinita, habría de ser menor en la parte limitada por un cierto espacio que en su infinitud; y no puede estar toda en todas partes, como el Espíritu, como Dios está. Y qué fuese aquello en nosotros por lo cual somos semejantes a Dios, y con razón se dice en la Escritura que fuimos hechos «a la imagen de Dios», yo lo ignoraba por completo.
13. Ni tenía conocimiento de aquella verdadera justicia interior, que no juzga según la costumbre, sino por la ley perfectísima de Dios omnipotente, por la cual las costumbres de los lugares y de los tiempos se adaptaban a aquellos lugares y tiempos— siendo ella misma mientras tanto la misma siempre y en todas partes, no una cosa en un lugar y otra en otro; según la cual Abraham, e Isaac, y Jacob, y Moisés, y David, y todos aquellos alabados por la boca de Dios fueron justos [], mas fueron juzgados injustos por hombres necios, que juzgaban según el juicio humano [], y medían por la mezquina regla de sus propias costumbres las costumbres de todo el género humano. Como si en una armería, uno que no supiese qué cosa va adaptada a cada miembro se pusiese grebas en la cabeza, o se calzase con un yelmo, y luego se quejase de que no le vienen bien. O como si, en un día en que por la tarde se prohíbe el negocio, uno se irritase porque no se le permita vender lo que por la mañana le era lícito. O cuando en alguna casa ve a un siervo tomar algo en la mano que al despensero no le es permitido tocar, o algo que se hace detrás del establo y que estaría prohibido en el comedor, y se indignase de que, en una misma casa y una misma familia, no se distribuya a todos en todas partes lo mismo. Tales son los que no pueden soportar oír que algo haya sido lícito a los justos en tiempos antiguos y que no lo sea ahora; o que Dios, por ciertas razones temporales, mandase a aquéllos una cosa y a éstos otra, obedeciendo ambos la misma justicia; aunque ven, en un solo hombre, un solo día y una sola casa, que cosas diferentes convienen a miembros diferentes, y que una cosa antes lícita es después de un tiempo ilícita— aquello permitido o mandado en un rincón, lo cual, hecho en otro, es justamente prohibido y castigado. ¿Es, pues, la justicia varia y mudable? No; sino que los tiempos sobre los cuales ella preside no son todos iguales, porque son tiempos. Mas los hombres, cuyos días sobre la tierra son pocos [], porque por su propia percepción no pueden armonizar las causas de las edades pasadas y de otras naciones, de las cuales no tienen experiencia, con éstas de las que tienen experiencia, aunque en un mismo cuerpo, día o familia puedan ver fácilmente lo que conviene a cada miembro, tiempo, parte y persona— a lo uno ponen objeción, a lo otro se someten.
14. Estas cosas yo entonces no las conocía ni observaba. Me salían al paso por todas partes, y no las veía. Yo componía poemas, en los cuales no me era permitido colocar cada pie en cualquier parte, sino en un metro de un modo y en otro de otro, ni aun en un mismo verso el mismo pie en todos los lugares. Y, sin embargo, el arte mismo con que yo componía no tenía principios diferentes para estos casos diferentes, sino que los comprendía todos en uno. Aun así no veía cómo aquella justicia, a la que los hombres buenos y santos se sometieron, comprendía mucho más excelente y sublimemente en uno todas aquellas cosas que Dios mandó, y en ninguna parte variaba, aunque en tiempos varios no prescribiese todas las cosas a la vez, sino que distribuía y mandaba lo propio de cada uno. Y yo, ciego, culpaba a aquellos piadosos padres, no sólo por servirse de las cosas presentes como Dios les mandaba e inspiraba, sino también por prefigurar las cosas venideras según Dios se las revelaba.
III, 8, 15–16
15. ¿Puede acaso, en algún tiempo o lugar, ser cosa injusta que el hombre ame a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, y a su prójimo como a sí mismo? Por tanto, aquellas ofensas que son contrarias a la naturaleza deben ser en todas partes y en todo tiempo detestadas y castigadas; tales fueron las de los sodomitas, de las cuales, si todas las naciones las cometieran, todas serían tenidas por culpables del mismo crimen por la ley divina, que no ha hecho así a los hombres para que de ese modo abusasen unos de otros. Pues aun aquella comunión que debe haber entre Dios y nosotros es violada, cuando la misma naturaleza de la cual Él es autor es manchada por la perversidad de la concupiscencia. Mas aquellas ofensas que son contrarias a las costumbres de los hombres deben evitarse según las costumbres que prevalecen en cada lugar; de modo que un pacto hecho, y confirmado por la costumbre o la ley de cualquier ciudad o nación, no sea violado por el antojo ilegítimo de nadie, sea ciudadano o extranjero. Pues toda parte que no es congruente con su todo es indecorosa. Pero cuando Dios manda hacer algo contrario a las costumbres o pactos de cualquier nación, aunque nunca antes lo hubieran hecho, ha de hacerse; y si se hubiese interrumpido, ha de restaurarse, y si nunca se hubiera establecido, ha de establecerse. Pues si es lícito a un rey, en el Estado sobre el cual reina, mandar aquello que ni él mismo ni nadie antes de él había mandado, y obedecerle no puede tenerse por contrario al interés público— antes sería contrario si no se le obedeciese (pues la obediencia a los príncipes es un pacto general de la sociedad humana)—, ¿cuánto más, pues, debemos obedecer sin vacilar a Dios, Gobernador de todas sus criaturas! Pues así como entre las autoridades de la sociedad humana la mayor es obedecida antes que la menor, así Dios sobre todas.
16. Así también en los actos de violencia, donde hay deseo de dañar, sea por contumelia o por injuria; y ambos, o por razón de venganza, como un enemigo contra otro; o para obtener alguna ventaja sobre otro, como el salteador al caminante; o para evitar algún mal, como aquel que teme a otro; o por envidia, como el desdichado al dichoso; o como aquel que es próspero en algo a quien teme que llegue a ser su igual, o cuya igualdad le apena; o por el mero placer en los dolores ajenos, como los espectadores de gladiadores, o los burladores y escarnecedores de otros. Éstas son las principales iniquidades que brotan de la concupiscencia de la carne, de los ojos y del poder, ya sea una sola, o dos juntas, o todas a la vez. Y así viven los hombres en oposición a los tres y los siete, aquel salterio «de diez cuerdas», tus diez mandamientos, oh Dios altísimo y dulcísimo. Pero ¿qué ofensas torpes puede haber contra ti, que no puedes ser mancillado? ¿O qué actos de violencia contra ti, que no puedes ser dañado? Mas tú vengas aquello que los hombres perpetran contra sí mismos, puesto que también cuando pecan contra ti, obran impíamente contra sus propias almas; y la iniquidad se desmiente a sí misma, ya sea corrompiendo o pervirtiendo su naturaleza, la cual tú hiciste y ordenaste, ya sea por un uso inmoderado de las cosas permitidas, o «ardiendo» en cosas prohibidas para aquel uso que es contra la naturaleza []; o cuando, convictos, se enfurecen con el corazón y con la voz contra ti, dando coces contra el aguijón []; o cuando, rompiendo el vallado de la sociedad humana, se gozan audazmente en combinaciones o divisiones privadas, según les ha placido u ofendido. Y estas cosas se hacen siempre que tú eres abandonado, oh Fuente de la Vida, que eres el único y verdadero Creador y Gobernador del universo, y por una soberbia voluntaria se escoge y se ama algo falso de ahí. Así, pues, por una humilde piedad volvemos a ti; y tú nos purgas de nuestras malas costumbres, y eres misericordioso con los pecados de los que te confiesan, y «oyes el gemido del prisionero», y nos sueltas de aquellas cadenas que nosotros mismos nos hemos forjado, si no levantamos contra ti los cuernos de una falsa libertad— perdiéndolo todo por codiciar más, amando más nuestro propio bien privado que a ti, el bien de todos.
Capítulo 9. Que el juicio de Dios y el de los hombres acerca de los actos humanos de violencia es diferente
III, 9, 17
17. Mas en medio de estas ofensas de infamia y de violencia, y de tantas iniquidades, están los pecados de hombres que, en conjunto, van progresando; los cuales, por quienes juzgan rectamente y según la regla de la perfección, son censurados, mas con todo alabados, con la esperanza de que den fruto, como en la hoja verde del grano que crece. Y hay algunos que se asemejan a ofensas de infamia o de violencia, y sin embargo no son pecados, porque ni te ofenden a ti, Señor Dios nuestro, ni a la costumbre social: cuando, por ejemplo, se proveen cosas convenientes para los tiempos para el uso de la vida, y no estamos seguros de si sea por ansia de tener; o cuando los actos son castigados por la autoridad constituida por causa de corrección, y no estamos seguros de si sea por ansia de dañar. Muchas obras, pues, que a los ojos de los hombres son reprobadas, son aprobadas por tu testimonio; y muchas que son alabadas por los hombres, siendo tú testigo, son condenadas; porque con frecuencia la apariencia de la obra, y la mente del que la hace, y la oculta exigencia del momento, varían cada una por su lado. Mas cuando tú inesperadamente mandas algo insólito y no pensado— aun si antes lo habías prohibido, y por el momento aún mantienes oculta la razón de tu mandato, y aun sea contrario a la ordenanza de alguna sociedad de hombres—, ¿quién duda que ha de hacerse, por cuanto aquella sociedad es justa que te sirve? Mas ¡bienaventurados los que conocen tus mandatos! Pues todas las cosas fueron hechas por ellos que te servían, o para mostrar algo necesario en aquel tiempo, o para prefigurar las cosas venideras.
III, 10, 18
18. Ignorando yo estas cosas, me burlaba de aquellos santos siervos y profetas tuyos. ¿Y qué gané burlándome de ellos sino ser burlado por ti, siendo insensiblemente y poco a poco llevado a aquellas necedades, hasta creer que una higuera lloraba cuando era arrancada, y que el árbol madre derramaba lágrimas de leche? Aun así, si algún «santo» hubiese comido aquel higo, arrancado no por maldad suya sino por la de otro, y lo hubiese mezclado con sus entrañas, exhalaría de él ángeles; ¡es más, en sus oraciones ciertamente gemiría y suspiraría partículas de Dios, las cuales partículas del altísimo y verdadero Dios habrían permanecido atadas en aquel higo si no hubiesen sido liberadas por los dientes y el vientre de algún «santo elegido»! Y yo, miserable, creía que más misericordia había de mostrarse a los frutos de la tierra que a los hombres, para quienes fueron creados; pues si un hombre hambriento— que no fuese maniqueo— pidiese alguno, aquel bocado que se le diera parecería, por así decirlo, condenado a la pena capital.
Capítulo 11. Se refiere a las lágrimas, y al memorable sueño acerca de su hijo, concedido por Dios a su madre
III, 11, 19–20
19. Y tú enviaste tu mano desde lo alto y sacaste mi alma de aquella profunda oscuridad, cuando mi madre, tu fiel, lloraba por mí ante ti más de lo que las madres suelen llorar la muerte corporal de sus hijos. Pues ella veía que yo estaba muerto por aquella fe y espíritu que de ti tenía, y tú la oíste, oh Señor. Tú la oíste y no despreciaste sus lágrimas, cuando, derramándose, regaban la tierra bajo sus ojos en todo lugar donde oraba; sí, tú la oíste. Pues ¿de dónde aquel sueño con que tú la consolaste, de modo que me permitió vivir con ella, y tener mis comidas en la misma mesa de la casa, lo cual había comenzado a evitar, odiando y detestando las blasfemias de mi error? Pues ella se vio a sí misma de pie sobre cierta regla de madera, y a un joven resplandeciente que avanzaba hacia ella, alegre y sonriéndole, mientras ella estaba afligida y abrumada de tristeza. Mas él, habiéndole preguntado la causa de su tristeza y de su llanto cotidiano (queriendo él enseñar, como es su costumbre, y no ser enseñado), y respondiendo ella que lamentaba mi perdición, le mandó descansar tranquila, y le dijo que mirase y viese «que donde ella estaba, allí estaba yo también». Y cuando miró, me vio de pie junto a ella sobre la misma regla. ¿De dónde esto, sino de que tus oídos estaban inclinados hacia su corazón? ¡Oh tú, Bueno omnipotente, que cuidas de cada uno de nosotros como si cuidases de él solo, y de todos como si fuesen uno solo!
20. ¿De dónde también esto: que cuando ella me hubo narrado esta visión, y yo intenté darle esta interpretación: «que ella más bien no debía desesperar de ser algún día lo que yo era», ella inmediatamente, sin vacilar, respondió: «No; porque no me fue dicho que 'donde él está, allí estarás tú', sino 'donde tú estás, allí estará él'»? Te confieso, oh Señor, que, hasta donde mi memoria alcanza (y de esto he hablado muchas veces), tu respuesta por medio de mi vigilante madre— que ella no se turbó por la especiosidad de mi falsa interpretación, y vio en un instante lo que había de verse, y lo que yo mismo en verdad no había percibido antes de que ella hablase— me movió entonces más que el sueño mismo, por el cual la felicidad de aquella piadosa mujer, que había de realizarse tanto tiempo después, fue, para alivio de su presente ansiedad, tanto tiempo antes predicha. Pues pasaron casi nueve años en los cuales me revolqué en el cieno de aquel profundo abismo y en las tinieblas de la falsedad, esforzándome a menudo por levantarme, pero siendo tanto más pesadamente derribado. Mas aquella casta, piadosa y sobria viuda (tal como tú amas), ahora más animada por la esperanza, aunque no menos celosa en su llanto y su lamento, no desistió, a todas las horas de sus súplicas, de llorar mi caso ante ti. Y sus oraciones entraron en tu presencia, y sin embargo tú aún permitías que yo estuviera envuelto y vuelto a envolver en aquella oscuridad.
Capítulo 12. La excelente respuesta del obispo cuando su madre le consultó acerca de la conversión de su hijo
III, 12, 21
21. Y entretanto tú le concediste otra respuesta, la cual recuerdo; pues mucho paso por alto, apresurándome hacia aquellas cosas que más fuertemente me impulsan a confesarte, y mucho no recuerdo. Le concediste entonces otra respuesta, por un sacerdote tuyo, cierto obispo, criado en tu Iglesia y muy versado en tus libros. Él, cuando esta mujer le hubo suplicado que se dignase tener alguna conversación conmigo, refutar mis errores, desenseñarme las cosas malas y enseñarme las buenas (pues esto solía hacer cuando hallaba personas aptas para recibirlo), lo rehusó, muy prudentemente, como después vine a comprender. Pues respondió que yo era todavía indócil, estando inflado con la novedad de aquella herejía, y que ya había confundido a varias personas sin experiencia con cuestiones enojosas, como ella le había informado. «Mas déjalo solo por un tiempo», dice, «sólo ruega a Dios por él; él mismo, leyendo, descubrirá qué es aquel error y cuán grande es su impiedad.» Le reveló al mismo tiempo cómo él mismo, cuando pequeño, había sido entregado a los maniqueos por su madre descarriada, y no sólo había leído sino incluso copiado casi todos sus libros, y había llegado a ver (sin argumento ni prueba de nadie) cuánto debía huirse de aquella secta, y la había huido. Lo cual cuando hubo dicho, y ella no se contentase, sino que reiterase más encarecidamente sus súplicas, derramando copiosas lágrimas, para que él me viese y conversase conmigo, él, un poco molestado por su importunidad, exclamó: «Vete, y Dios te bendiga, pues no es posible que el hijo de estas lágrimas perezca.» Cuya respuesta (como ella a menudo mencionaba en sus conversaciones conmigo) aceptó como si fuese una voz del cielo.