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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5.— La libre elección no pereció con el pecado de Adán. Qué libertad pereció.
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 8 [IV.]— Los pelagianos demuelen el libre albedrío.
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 12.— La cuarta calumnia — Que se dice que los santos del Antiguo Testamento no estaban libres de pecados.
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 14.— Que el apóstol habla en su propia persona y en la de otros que están bajo la gracia, no todavía bajo la ley.
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 17 [X.]— «La ley es espiritual, mas yo soy carnal,» ha de entenderse de Pablo.
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 21.— Ninguna condenación en Cristo Jesús.
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 25 [XII.]— La sexta calumnia—Que Agustín afirma que ni aun Cristo estuvo libre de pecados.
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 30.— Segundo, del matrimonio.
  11. Sesión 11 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 35.— El deseo en el Paraíso o no existía en absoluto, o era obediente al impulso de la voluntad.
  12. Sesión 12 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 38 [XX.]— Se prueba el poder de la gracia de Dios.
  13. Sesión 13 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 41 [XXIII.]— La séptima objeción, sobre el efecto del bautismo.
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minLibro II
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 3.— Hasta qué punto se unen en el error maniqueos y pelagianos; hasta qué punto se separan.
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6 [IV.]— Lo que se hizo en el caso de Celestio y Zósimo.
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 9 [V.]— Responde a las calumnias de los pelagianos.
  18. Sesión 18 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12.— Qué se entiende bajo el nombre de fatalidad.
  19. Sesión 19 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 15.— El Apóstol responde a la cuestión dejándola sin resolver.
  20. Sesión 20 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 17 [VIII.]— Aun el deseo de un bien imperfecto es un don de la gracia; de lo contrario, la gracia se daría según los méritos.
  21. Sesión 21 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 20.— La agencia de Dios es necesaria aun en las obras del hombre.
  22. Sesión 22 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 23.— Nada se manda al hombre que no sea dado por Dios.
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 9 minLibro III
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 5.— El bautismo quita todos los pecados, pero no sana de una vez todas las flaquezas.
  25. Sesión 25 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8.— Todos los justos antes y después de Abraham son hijos de la promesa y de la gracia.
  26. Sesión 26 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 11.— Distinción entre los hijos del Antiguo y del Nuevo Testamento.
  27. Sesión 27 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 14 [V.]— Calumnia acerca de la justicia de los profetas y de los apóstoles.
  28. Sesión 28 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 16 [VI.]— Calumnia acerca del pecado en Cristo.
  29. Sesión 29 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 19.— En qué sentido se dice que es perfecta la justicia del hombre en esta vida.
  30. Sesión 30 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 21.— Que la justicia nunca se perfecciona en esta vida.
  31. Sesión 31 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 23.— No hay verdadera justicia sin la fe de la gracia de Cristo.
  32. Sesión 32 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 26 [X.]— Los pelagianos siguen afanándose por un escondrijo, introduciendo la cuestión innecesaria del origen del alma.
  33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 7 minLibro IV
  34. Sesión 34 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 3 [III.]— Los católicos alaban la naturaleza, el matrimonio, la ley, el libre albedrío y los santos, de tal manera que condenan tanto a los pelagianos como a los maniqueos.
  35. Sesión 35 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 5.— ¿Cuál es la ventaja especial en las opiniones pelagianas?
  36. Sesión 36 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 8.— La muerte pasó a todos por el pecado.
  37. Sesión 37 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 11.— Los pelagianos entienden que la ley misma es gracia de Dios.
  38. Sesión 38 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 15.— Por tales Escrituras se prueba que la gracia es gratuita y eficaz.
  39. Sesión 39 · Parte 4 · ≈ 2 minCapítulo 17 [VII.]— De la alabanza de los santos.
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 18.— La opinión de los santos mismos acerca de sí mismos.
  41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 22.— Más referencias a Cipriano.
  42. Sesión 42 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 25 [IX.]— Testimonios de Cipriano acerca de la gracia de Dios.
  43. Sesión 43 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 27 [X.]— Testimonios de Cipriano acerca de la imperfección de nuestra propia justicia.
  44. Sesión 44 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 29 [XI.]— Los testimonios de Ambrosio contra los pelagianos y, en primer lugar, sobre el pecado original.
  45. Sesión 45 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 31.— Los testimonios de Ambrosio sobre la imperfección de la justicia presente.
  46. Sesión 46 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 32 [XII.]— La herejía de los pelagianos surgió mucho después de Ambrosio.

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Contra dos cartas de los pelagianos

    Versión inglesa de Robert Ernest Wallis (T. & T. Clark, Edimburgo, 1876), reimpresa en St. Augustin: Anti-Pelagian Writings, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5, ed. Philip Schaff (traducción cotejada con el latín y corregida por Benjamin B. Warfield) · 4 libros, 125 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Wallis en el texto de New Advent; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 272 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Siendo Bonifacio obispo de Roma (418–422), llegaron a sus manos dos cartas de los pelagianos que hablaban mal de Agustín, y se las envió. Una, atribuida a Julián de Eclana, iba dirigida a Roma; la otra, escrita en nombre de dieciocho obispos, a Rufo de Tesalónica. Agustín las cita casi frase a frase y las contesta en cuatro libros: refuta las «calumnias» que le atribuyen, examina luego lo que los pelagianos afirman por su cuenta y termina con los testimonios de Cipriano y de Ambrosio, que según él dicen ya lo que los pelagianos niegan.
    En él se ocupa de la gracia y el libre albedrío, de si hay en el matrimonio algo malo, de la concupiscencia del bautizado, de si los santos antiguos estaban sin pecado, de si Romanos 7 habla de Pablo bajo la ley o bajo la gracia, y de la acusación de «fatalidad» y «acepción de personas» que los pelagianos lanzan contra la elección gratuita. El libro II incluye además la defensa del clero romano, acusado de haber cambiado de postura sobre Pelagio y Celestio.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona, obispo de Hipona
    TítuloContra dos cartas de los pelagianos (en latín, Contra duas epistolas Pelagianorum; en inglés, Against Two Letters of the Pelagians)
    Fecha«420 o poco después» (NPNF). El texto no da fecha; la edición la deduce de las circunstancias
    DestinatarioBonifacio, obispo de Roma (del 28 de diciembre de 418 al 4 de septiembre de 422, según Wikipedia)
    GéneroTratado polémico en cuatro libros: el I responde a la carta enviada a Roma, y el II, el III y el IV a la dirigida a Rufo de Tesalónica
    Extensión4 libros y 125 capítulos (42, 23, 26 y 34), unas 52 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés de Robert Ernest Wallis; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Robert Ernest Wallis. El índice del volumen 5 del NPNF marca con asterisco las obras que tradujo Wallis, y esta lleva asterisco. Además, una nota entre corchetes firmada «W.» al final del prefacio de Peter Holmes al volumen II de la edición de Edimburgo cuenta que el volumen III salió en 1876 sin dedicatoria ni prefacio y reunía Sobre la gracia y el libre albedrío, Sobre la corrección y la gracia, Sobre la predestinación de los santos, Sobre el don de la perseverancia y este libro: solo el primero era de Holmes y los demás de Wallis.
    Esa versión se reimprimió en el volumen 5 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, editada por Philip Schaff. El prefacio a la edición americana dice que la traducción de Edimburgo se cotejó cuidadosamente con el latín en todo el volumen y se corrigió en cada página, sin dejar de ser en lo esencial la de Edimburgo; añade que se ampliaron los títulos de los capítulos hasta que casi todos tuvieran el suyo y que las notas largas añadidas por el editor americano van entre corchetes y firmadas «W.». New Advent da la edición como Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1887, y atribuye el volumen a Holmes y Wallis «revisados por Benjamin B. Warfield»; la ficha de CCEL dice Nueva York, 1886.
    El inglés de partida de esta edición es el de New Advent, revisado por Kevin Knight: moderniza formas que CCEL conserva (kills, loves, dwells donde CCEL trae killeth, loveth, dwelleth) e inserta entre corchetes las referencias bíblicas, que CCEL da en notas. Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo una aplicación (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano ni nadie la ha revisado frase a frase.
    La edición inglesa antepone el extracto de las Retractaciones (II, 61) en que Agustín dice que escribió estos cuatro libros a Bonifacio, obispo de la Iglesia romana, porque este, al recibir las dos cartas de los pelagianos y hallar en ellas una mención calumniosa de su nombre, se las había enviado; y da las primeras palabras del libro, que en esta versión castellana son «Ciertamente te había conocido ya por la alabanza de tu renombrada fama». Ese extracto no está en el epub castellano del que se parte y no se reproduce aquí; se resume.
    Lo que viene de la edición. Los cuatro libros, los 125 capítulos y sus títulos son los de la edición inglesa; los títulos son de la edición, no de Agustín. El párrafo que abre cada libro («Agustín responde a una carta enviada por Julián…») es un sumario del NPNF y se marca así. Los numerales romanos entre corchetes que aparecen en algunos títulos («[II.]», «[III.]»…) son de la edición; no se ha comprobado aquí a qué división corresponden. En el libro I, el latín que ofrece Wikisource (copia de augustinus.it, sin editor declarado) tiene 42 secciones numeradas, y los 42 capítulos de esta edición coinciden con ellas. Las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición; una de ellas, «Proverbios viii» (libro II, capítulo 20), no trae versículo y se deja como texto; la propia edición da «Proverbios 8:35» en otros lugares del tratado para las mismas palabras («La voluntad es preparada por el Señor»).
    Cotejo con el inglés. El epub castellano tiene los mismos 129 encabezados y los mismos 134 párrafos que el inglés de partida, y su largo total es el 99,7 % del inglés. Se halló una omisión: en I, 20 faltan unas líneas (se declara con una nota visible en su lugar). No quedan párrafos ni frases sueltas sin traducir. Es, aun así, traducción automática.

    Libro I

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Contra dos cartas de los pelagianos · I, argumento
    Agustín responde a una carta enviada por Julián, según se dice, a Roma; y en primer lugar vindica la doctrina católica de sus calumnias; luego descubre y refuta el sentido herético de los pelagianos oculto en aquella profesión de fe que el autor de la carta oponía a los católicos.

    Capítulo 1.— Introducción: Dirigida a Bonifacio.

    I, 1

    Ciertamente te había conocido ya por la alabanza de tu renombrada fama; y por muchísimos y veraces mensajeros había aprendido cuán lleno estabas de la gracia de Dios, ¡beatísimo y venerable Papa Bonifacio! Pero después que mi hermano Alipio te vio aun en presencia corporal; y, habiendo sido recibido por ti con toda bondad y sinceridad, mantuvo, a instancias del afecto, conversaciones contigo; y viviendo contigo, y, aunque sólo por breve tiempo, unido a ti en fervoroso afecto, derramó en tu mente tanto a sí mismo como a mí; y te trajo de vuelta a mí en su mente:— cuanto más asegurada estaba tu amistad, tanto mayor se hacía en mí la convicción de tu santidad. Pues tú, que no piensas en las cosas altas por muy alto que estés colocado, no desdeñaste ser amigo de los humildes y corresponder al amor que se te concedió. Porque ¿qué otra cosa es la amistad, que de ninguna otra fuente recibe su nombre, y que en ninguna parte es fiel sino en Cristo, en quien sola puede ser eterna y dichosa? De donde, habiendo recibido también una mayor seguridad por medio de aquel hermano, por quien he aprendido a conocerte más familiarmente, me he atrevido a escribir algo a tu beatitud acerca de aquellas cosas que en esta coyuntura reclaman, por un estímulo más reciente, el cuidado episcopal, en cuanto podemos, para vigilancia en favor del rebaño del Señor.
    Comentario editorial · Las dos cartas y quién las trajo
    Según la introducción del NPNF, el amigo de Agustín, Alipio, volvió a África con dos cartas que le había dado el papa Bonifacio: una atribuida a Julián, enviada a Roma, y otra escrita en nombre de dieciocho obispos italianos y dirigida a Rufo, obispo de Tesalónica. El libro I contesta la primera; los libros II a IV, la segunda. Una nota del editor americano añade que Julián parece haber renegado de la carta a Roma. Wikipedia dice que Rufo era el representante de la sede romana en Iliria y conjetura («quizá») que los firmantes buscaban su apoyo porque el patriarca de Constantinopla, Ático, era enemigo de los pelagianos.

    Capítulo 2.— Por qué deben responderse los escritos heréticos.

    I, 2

    Porque los nuevos herejes, enemigos de la gracia de Dios que es dada por Jesucristo nuestro Señor a pequeños y grandes, aunque ya se muestra más abiertamente que es necesario evitarlos con manifiesta desaprobación, todavía no cesan con sus escritos de tentar los corazones de los menos cautos y menos instruidos. Y a éstos ciertamente hay que responderles, no sea que se confirmen a sí mismos o a sus amigos en aquel perverso error; aun si no temiéramos que pudieran engañar a alguno de los católicos con su discurso verosímil. Pero como no dejan de gruñir a las entradas del redil del Señor, y por todas partes abren brechas para despedazar las ovejas redimidas a tan gran precio; y como la atalaya pastoral es común a todos nosotros que ejercemos el oficio del episcopado (aunque tú te alzas en ella desde una altura más eminente), hago lo que puedo en la pequeña parte que me toca del cuidado, según el Señor se digna, con el auxilio de tus oraciones, concederme poder, para oponer a sus pestilentes y astutos escritos escritos sanadores y defensivos, de modo que la locura con que se enfurecen o sea curada ella misma, o se le impida dañar a otros.

    Capítulo 3.— Por qué dirige su libro a Bonifacio.

    I, 3

    Pero estas palabras que estoy respondiendo a sus dos cartas—la una, a saber, la que se dice que Julián envió a Roma, para que por su medio, según creo, pudiera encontrar o hacer tantos aliados como pudiera; y la otra, la que dieciocho llamados obispos, partícipes de su error, se atrevieron a escribir a Tesalónica, no a cualquiera y a todos, sino al obispo de aquel mismo lugar, con miras a tentarlo con su astucia y atraerlo, si pudiera hacerse, a sus opiniones—estas palabras que, como he dicho, estoy escribiendo en respuesta a aquellas dos cartas suyas en lo que toca a aquel argumento, he determinado dirigirlas especialmente a tu santidad, no tanto para tu instrucción como para tu examen y, si acaso algo te desagradara, para tu corrección. Pues mi hermano me dio a entender que tú mismo te dignaste entregarle aquellas cartas, las cuales no pudieron llegar a tus manos sino por la diligentísima vigilancia de mis hermanos, tus hijos. Y agradezco a tu sincerísima bondad para conmigo que no hayas querido que aquellas cartas de los enemigos de la gracia de Dios me fueran ocultadas, viendo que en ellas has encontrado mi nombre expresado calumniosamente y también abiertamente. Pero espero de mi Señor Dios que no sin la recompensa que está en el cielo me desgarran con sus dientes burlones aquellos a quienes me opongo en favor de los pequeñitos, para que no sean dejados a la destrucción en manos del engañoso adulador Pelagio, sino que sean presentados para la liberación al veraz Salvador Cristo.

    Capítulo 4 [II.]— La calumnia de Julián—que los católicos enseñan que el libre albedrío fue quitado por el pecado de Adán.

    I, 4

    Respondamos, pues, ahora a la carta de Julián. «Aquellos maniqueos dicen,» dice él, «con quienes ahora no nos comunicamos—es decir, todos aquellos de quienes diferimos—que por el pecado del primer hombre, esto es, de Adán, pereció el libre albedrío: y que nadie tiene ahora el poder de vivir bien, sino que todos son forzados al pecado por la necesidad de su carne.» Llama maniqueos a los católicos, a la manera de aquel Joviniano que hace pocos años, como nuevo hereje, destruyó la virginidad de la bienaventurada María, y puso el matrimonio de los fieles al mismo nivel que su sagrada virginidad. Y no objetó esto a los católicos por otro motivo sino porque quería que parecieran ser acusadores o condenadores del matrimonio.

    Capítulo 5.— La libre elección no pereció con el pecado de Adán. Qué libertad pereció.

    I, 5

    Pero al defender el libre albedrío se apresuran a confiar más bien en él para obrar la justicia que en el auxilio de Dios, y a gloriarse cada uno en sí mismo, y no en el Señor. [] Pero ¿quién de nosotros dirá que por el pecado del primer hombre pereció el libre albedrío del género humano? Por el pecado pereció ciertamente la libertad, pero era aquella libertad que había en el Paraíso, la de tener una plena justicia con inmortalidad; y por esta causa la naturaleza humana necesita la gracia divina, puesto que el Señor dice: «Si el Hijo os hiciere libres, seréis verdaderamente libres» [] — libres, por supuesto, para vivir bien y justamente. Pues el libre albedrío en el pecador no pereció hasta este punto—que por él pecan todos, especialmente los que pecan con deleite y con amor del pecado; lo que les agrada hacer les da placer. De donde también dice el apóstol: «Cuando erais siervos del pecado, erais libres de la justicia.» [] He aquí, se muestra que de ningún modo podían servir al pecado sino por otra libertad. No están, pues, libres de la justicia sino por la elección de la voluntad; mas no llegan a ser libertados del pecado sino por la gracia del Salvador. Por cuya razón el admirable Maestro distinguió también estas mismas palabras: «Porque cuando erais siervos,» dice, «del pecado, erais libres de la justicia. ¿Qué fruto teníais, pues, en aquellas cosas de las que ahora os avergonzáis? Porque el fin de aquellas cosas es muerte. Mas ahora, libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis vuestro fruto para santificación, y por fin la vida eterna.» [] Los llamó «libres» de la justicia, no «libertados;» pero del pecado no «libres,» para que no se atribuyeran esto a sí mismos, sino que vigilantísimamente prefirió decir «libertados,» refiriendo esto a aquella declaración del Señor: «Si el Hijo os hiciere libres, seréis verdaderamente libres.» Puesto que, entonces, los hijos de los hombres no viven bien a menos que sean hechos hijos de Dios, ¿por qué este escritor quiere dar el poder de vivir bien al libre albedrío, cuando este poder no es dado sino por la gracia de Dios mediante Jesucristo nuestro Señor, como dice el evangelio: «Y a cuantos le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios»? []

    Capítulo 6 [III.]— La gracia no es dada según los méritos.

    I, 6

    Pero no sea que acaso digan que son ayudados para esto—para que «tengan potestad de ser hechos hijos de Dios,» sino que para merecer recibir esta potestad primero le han «recibido» a Él por el libre albedrío sin ningún auxilio de la gracia (porque éste es el propósito de su empeño en destruir la gracia, para poder sostener que es dada según nuestros merecimientos); no sea, pues, que acaso dividan de tal modo aquella declaración evangélica que atribuyan el mérito a aquella parte en que se dice: «Mas a cuantos le recibieron,» y luego digan que en lo que sigue: «les dio potestad de ser hechos hijos de Dios,» la gracia no es dada gratuitamente, sino que es pagada a este mérito; si se les pregunta cuál es el significado de «le recibieron,» ¿dirán otra cosa que «creyeron en Él»? Y para que, por tanto, sepan que esto también pertenece a la gracia, lean lo que dice el apóstol: «Y que en nada seáis aterrados por los adversarios, lo cual ciertamente es para ellos causa de perdición, mas para vosotros de salvación, y esto de Dios; porque a vosotros os es concedido por Cristo no sólo que creáis en Él, sino también que padezcáis por su causa.» [] Ciertamente dijo que ambas cosas fueron dadas. Lean lo que dijo también: «Paz a los hermanos, y amor, con fe de Dios Padre y del Señor Jesucristo.» [] Lean también lo que el Señor mismo dice: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.» [] Donde, para que nadie suponga que se dice otra cosa en las palabras «venir a mí» que «creer en mí,» poco después, cuando hablaba de su cuerpo y de su sangre, y muchos se escandalizaron de su discurso, dice: «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y vida; mas hay algunos de vosotros que no creen.» [] Entonces añadió el Evangelista: «Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que creían, y quién le había de entregar. Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado de mi Padre.» Repitió, a saber, la sentencia en la que había dicho: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.» Y declaró que dijo esto por causa de creyentes e incrédulos, explicando lo que había dicho: «si el Padre que me envió no le trajere,» repitiendo la misma cosa con otras palabras en lo que dijo: «si no le fuere dado de mi Padre.» Porque es traído a Cristo aquel a quien le es dado creer en Cristo. Por tanto, la potestad es dada para que los que creen en Él se hagan hijos de Dios, puesto que esto mismo es dado, que crean en Él. Y a menos que esta potestad sea dada de Dios, por el libre albedrío no puede haber ninguna; porque no será libre para el bien si el Libertador no lo ha hecho libre; mas en el mal tiene libre albedrío aquel en quien un engañador, o secreto o manifiesto, ha injertado el amor de la maldad, o él mismo se lo ha persuadido.

    Capítulo 7.— Concluye que no priva a los malvados del libre albedrío.

    I, 7

    No es, por tanto, verdad, como algunos afirman que decimos, y como aquel corresponsal tuyo se atreve además a escribir, que «todos son forzados al pecado,» como si fueran no dispuestos, «por la necesidad de su carne;» pero si ya tienen edad para usar la elección de su propia mente, son retenidos en el pecado por su propia voluntad, y por su propia voluntad son arrastrados de pecado en pecado. Pues aun el que persuade y engaña no obra en ellos sino para que cometan pecado por su voluntad, ya sea por ignorancia de la verdad o por deleite en la iniquidad, o por ambos males—tanto de la ceguera como de la debilidad. Mas esta voluntad, que es libre en las cosas malas porque se complace en el mal, no es libre en las cosas buenas, por la razón de que no ha sido hecha libre. Ni puede el hombre querer cosa buena alguna a menos que sea ayudado por Aquel que no puede querer el mal—esto es, por la gracia de Dios mediante Jesucristo nuestro Señor. Porque «todo lo que no es de fe, es pecado.» [] Y así, la buena voluntad que se aparta del pecado es fiel, porque el justo vive por la fe. [] Y pertenece a la fe creer en Cristo. Y ningún hombre puede creer en Cristo—esto es, venir a Él—a menos que le sea dado. [] Ningún hombre, por tanto, puede tener una voluntad justa, a menos que, sin méritos precedentes, haya recibido la verdadera, esto es, la gratuita gracia de lo alto.

    Capítulo 8 [IV.]— Los pelagianos demuelen el libre albedrío.

    I, 8

    Estas gentes soberbias y altivas no quieren esto; y sin embargo no mantienen el libre albedrío purificándolo, sino que lo demuelen exagerándolo. Pues se enojan con nosotros que decimos estas cosas, por ninguna otra razón sino que desdeñan gloriarse en el Señor. Sin embargo, Pelagio temió el juicio episcopal de Palestina; y cuando se le objetó que decía que la gracia de Dios es dada según nuestros méritos, negó haberlo dicho, y condenó con anatema a los que decían esto. Y sin embargo, no se halla otra cosa defendida en los libros que después escribió, pensando que había hecho un fraude a los hombres que eran sus jueces, mintiendo u ocultando su sentido, no sé cómo, en palabras ambiguas.

    Capítulo 9 [V.]— Otra calumnia de Julián—que «Se dice que el matrimonio no es instituido por Dios.»

    I, 9

    Pero veamos ahora lo que sigue. «Dicen también,» dice él, «que aquellos matrimonios que ahora se celebran no fueron instituidos por Dios, y esto se lee en el libro de Agustín, contra el cual respondí en cuatro libros. Y las palabras de este Agustín las han tomado nuestros enemigos por hostilidad a la verdad.» A estas palabras calumniosísimas veo que debe darse una breve respuesta, porque las repite después cuando quiere insinuar lo que hombres tales como ellos dirían, como contra mis palabras. En ese punto, con la ayuda de Dios, debo contender con él en la medida en que el asunto parezca exigirlo. Ahora, por tanto, respondo que el matrimonio fue ordenado por Dios tanto entonces, cuando se dijo: «Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne,» [] como ahora, por lo que está escrito: «La mujer es unida al hombre por el Señor.» [] Porque ninguna otra cosa se hace aun ahora sino que el hombre se una a su mujer, y se hagan dos en una sola carne. Porque acerca de aquel mismo matrimonio que ahora se contrae, el Señor fue consultado por los judíos sobre si era lícito por cualquier causa despedir a la mujer. Y al testimonio de la ley en la ocasión mencionada, añadió: «Lo que, pues, Dios ha unido, no lo separe el hombre.» El apóstol Pablo aplicó también este testimonio de la ley cuando amonestó a los maridos que sus mujeres fueran amadas por ellos. [] ¡Lejos, pues, la noción de que en mi libro aquel hombre deba leer algo opuesto a estos divinos testimonios! Pero, o por no entender, o más bien por calumniar, busca torcer lo que lee a otro sentido. Mas yo escribí mi libro, contra el cual menciona que respondió en cuatro libros, después de la condenación de Pelagio y Celestio. Y esto, he pensado, debe decirse, porque aquel hombre afirma que mis palabras habían sido tomadas por sus enemigos en hostilidad a la verdad, no sea que alguno piense que estos nuevos herejes fueron condenados como enemigos de la gracia de Cristo por causa de este libro mío. Pero en aquel libro se encuentra la defensa más bien que la censura del matrimonio.

    Capítulo 10.— La tercera calumnia — La afirmación de que se condena el comercio conyugal.

    I, 10

    «Dicen también,» dice él, «que el impulso sexual y el comercio conyugal fueron inventados por el diablo, y que por eso los que nacen inocentes son culpables, y que es obra del diablo, no de Dios, que nazcan de este comercio diabólico. Y esto, sin ambigüedad alguna, es maniqueísmo.» Antes bien, así como digo que el matrimonio fue instituido por Dios por causa de la ordenación de la procreación de los hijos, así digo que la propagación de los hijos que han de ser engendrados no pudo tener lugar sin el impulso sexual y sin el comercio del marido y de la mujer, aun en el Paraíso, si allí se engendraran hijos. Pero si tal impulso y comercio habrían existido como ahora es el caso con la vergonzosa concupiscencia, si nadie hubiera pecado, he aquí la cuestión sobre la cual argumentaré más adelante, si Dios quiere.

    Capítulo 11 [VI.]— El propósito de los pelagianos al alabar la inocencia del comercio conyugal.

    I, 11

    Pero qué es lo que quieren, qué se proponen, a qué resultado se esfuerzan por llevar el asunto, lo declaran las palabras que añade aquel escritor, cuando afirma que yo digo, «que por eso los que nacen inocentes son culpables, y que es obra del diablo, no de Dios, que nazcan de este comercio diabólico.» Así, pues, puesto que yo ni digo que este comercio del marido y de la mujer sea diabólico, especialmente en el caso de los creyentes, el cual se realiza para engendrar hijos que después han de ser regenerados; ni que hombre alguno sea hecho por el diablo, sino, en cuanto son hombres, por Dios; y sin embargo, que aun de marido y mujer creyentes nacen personas culpables (como si de un olivo se produjera un acebuche), a causa del pecado original, y por esto están bajo el diablo a menos que renazcan en Cristo, porque el diablo es autor de la culpa, no de la naturaleza: ¿qué, por otra parte, se esfuerzan por conseguir quienes dicen que los infantes no heredan pecado original alguno, y por tanto no están bajo el diablo, sino que aquella gracia de Dios en los infantes sea anulada, por la cual Él nos ha arrancado, como dice el apóstol, del poder de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor? [] [VII.] Y ciertamente, cuando niegan que los infantes están en el poder de las tinieblas aun antes del auxilio del Señor libertador, alaban de tal modo en ellos la obra del Creador que destruyen la misericordia del Redentor. Y porque yo confieso esto tanto en los adultos como en los infantes, dice que esto es sin ambigüedad alguna maniqueísmo, aunque es el dogma católico más antiguo por el cual es derribado el nuevo dogma herético de estos hombres.

    Capítulo 12.— La cuarta calumnia — Que se dice que los santos del Antiguo Testamento no estaban libres de pecados.

    I, 12

    «Dicen,» dice él, «que los santos en el Antiguo Testamento no estuvieron sin pecados — es decir, que ni aun por la enmienda estuvieron libres de crímenes, sino que fueron sorprendidos por la muerte en su culpa.» Antes bien, yo digo que, ya antes de la ley, ya en el tiempo del Antiguo Testamento, fueron librados de los pecados: no por su propio poder, porque «Maldito todo aquel que pone su esperanza en el hombre,» [] y sin duda alguna están bajo esta maldición aquellos a quienes también señala el salmo sagrado, «que confían en su propia fuerza;» ni por el antiguo pacto que engendra para servidumbre, [] aunque fue dado divinamente por la gracia de una dispensación segura; ni por aquella misma ley, santa, justa y buena como era, donde está escrito: «No codiciarás,» [] ya que no fue dada como capaz de dar vida, sino que fue añadida por causa de la transgresión, hasta que viniese la descendencia a quien fue hecha la promesa; sino que digo que fueron librados por la sangre del mismo Redentor, que es el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. [] Pero aquellos enemigos de la gracia de Dios, que es dada a pequeños y a grandes por Jesucristo nuestro Señor, dicen que los varones de Dios de antaño fueron de perfecta justicia, para que no se suponga que necesitaron la encarnación, la pasión y la resurrección de Cristo, por cuya fe fueron salvos.

    Capítulo 13 [VIII.]— La quinta calumnia — Que se dice que Pablo y los demás apóstoles estaban contaminados por la concupiscencia.

    I, 13

    Dice él: «Dicen que también el apóstol Pablo, incluso todos los apóstoles, estuvieron siempre contaminados por una concupiscencia inmoderada.» ¿Qué hombre, por profano que sea, se atrevería a decir esto? Pero sin duda este hombre calumnia así porque aquéllos sostienen que lo que dijo el apóstol: «Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer está en mí, pero el hacer lo que es bueno no lo hallo,» [] y otras cosas semejantes, no lo dijo de sí mismo, sino que introdujo la persona de no sé quién, que padecía estas cosas. Por lo cual aquel pasaje de su epístola debe ser considerado e investigado con cuidado, para que el error de ellos no se oculte en alguna oscuridad suya. Aunque, por tanto, el apóstol argumenta aquí ampliamente, y con grande y continuo conflicto mantiene la gracia contra los que se jactaban en la ley, sin embargo, tropezamos con algunas pocas cosas que pertenecen al asunto que tratamos. Sobre cuyo asunto dice: «Porque por la ley ninguna carne será justificada delante de Él; pues por la ley es el conocimiento del pecado. Pero ahora, la justicia de Dios sin la ley se ha manifestado, testificada por la ley y los profetas; la justicia de Dios por la fe de Jesucristo para todos los que creen. Porque no hay diferencia, pues todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.» [] Y otra vez: «¿Dónde está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No; sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley.» [] Y de nuevo: «Porque la promesa de que había de ser heredero del mundo no fue hecha a Abraham o a su descendencia por la ley, sino por la justicia de la fe. Porque si los que son de la ley son herederos, la fe queda anulada y la promesa sin efecto. Pues la ley obra ira; porque donde no hay ley, no hay transgresión.» [Romanos 4:13, etc.] Y en otro lugar: «Además, la ley entró para que la ofensa abundase; pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.» [] Y en otro lugar aún: «Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros, pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.» [] Y otra vez en otro lugar: «¿No sabéis, hermanos (pues hablo a los que conocen la ley), que la ley tiene dominio sobre el hombre mientras vive? Porque la mujer que está sujeta a marido, mientras éste vive, está ligada por la ley a su marido; pero si el marido muere, queda libre de la ley del marido.» [] Y poco después: «Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que pertenezcáis a otro, al que resucitó de entre los muertos, a fin de que demos fruto para Dios. Porque cuando estábamos en la carne, las pasiones de los pecados, que eran por la ley, obraban en nuestros miembros para dar fruto para muerte; pero ahora hemos sido liberados de la ley de muerte en la que estábamos detenidos, para que sirvamos en novedad de espíritu, y no en la vejez de la letra.» Con éstos y semejantes testimonios aquel doctor de los gentiles mostró con evidencia suficiente que la ley no podía quitar el pecado, sino más bien lo aumentaba, y que la gracia lo quita; porque la ley sabía mandar, a cuyo mandato cede la debilidad, mientras que la gracia sabe ayudar, por la cual se infunde el amor. Y para que nadie, a causa de estos testimonios, vituperase la ley y sostuviese que es mala, el apóstol, viendo lo que podía ocurrir a los que la entienden mal, se propuso a sí mismo la misma cuestión. «¿Qué diremos, pues?» dijo. «¿La ley es pecado? ¡De ninguna manera! Pero yo no conocí el pecado sino por la ley.» [] Ya había dicho antes: «Pues por la ley es el conocimiento del pecado.» No es, por tanto, la supresión, sino el conocimiento del pecado.

    Capítulo 14.— Que el apóstol habla en su propia persona y en la de otros que están bajo la gracia, no todavía bajo la ley.

    I, 14

    Y desde este punto comienza ya —y por causa de esto emprendí la consideración de estas cosas— a introducir su propia persona, y a hablar como de sí mismo; en lo cual los pelagianos no quieren que se entienda el apóstol mismo, sino que dicen que transfirió a sí mismo otra persona, es decir, un hombre puesto todavía bajo la ley, no aún libertado por la gracia. Y aquí, ciertamente, deberían conceder al menos que «en la ley nadie es justificado,» como dice el mismo apóstol en otro lugar; sino que la ley aprovecha para el conocimiento del pecado, y para la transgresión de la ley misma, a fin de que, conocido y aumentado el pecado, se busque la gracia por la fe. Pero no temen que se entiendan del apóstol aquellas cosas que también podría decir acerca de su pasado; temen las que siguen. Porque aquí dice: «Yo no conocí la concupiscencia si la ley no dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando ocasión, obró en mí por el mandamiento toda clase de concupiscencia. Porque sin la ley el pecado estaba muerto. Y yo vivía en un tiempo sin la ley; pero cuando vino el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí; y el mandamiento que era para vida, resultó para mí ser muerte. Porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. Así que la ley en verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno. ¿Entonces lo que es bueno se hizo para mí muerte? De ninguna manera. Sino que el pecado, para mostrarse pecado, obró en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecador o el pecado se hiciese sobremanera pecaminoso.» Todas estas cosas, como he dicho, puede parecer que el apóstol las ha recordado de su vida pasada: de modo que por lo que dice: «Pues yo vivía en un tiempo sin la ley,» haya querido que se entienda su primera edad desde la infancia, antes de los años de la razón; pero en lo que añadió: «Mas cuando vino el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí,» querría mostrar que él era capaz de recibir el mandamiento, pero no de cumplirlo, y por tanto transgresor de la ley.

    Capítulo 15 [IX.]— Peca en la voluntad quien sólo es apartado de pecar por el temor.

    I, 15

    Ni nos turbe lo que escribió a los filipenses: «En cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible.» Porque podía ser en los afectos interiores un transgresor de la ley, y cumplir sin embargo las obras externas de la ley, ya por el temor de los hombres, ya por el de Dios mismo; pero por terror del castigo, no por amor y deleite de la justicia. Porque una cosa es hacer el bien con la voluntad de hacer el bien, y otra estar inclinado por la voluntad a hacer el mal, de modo que realmente lo haría si pudiera permitirse sin castigo. Pues así ciertamente peca interiormente en su misma voluntad quien se abstiene del pecado no por la voluntad, sino por el temor. Y sabiendo que él había sido tal en estos sus afectos internos, antes de la gracia de Dios que es por Jesucristo nuestro Señor, el apóstol lo confiesa en otro lugar con toda claridad. Pues escribiendo a los efesios, dice: «Y vosotros, estando muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según el curso de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de la desobediencia; entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los afectos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás; pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo, por cuya gracia somos salvos.» Otra vez dice a Tito: «Porque también nosotros éramos en otro tiempo insensatos, incrédulos, extraviados, sirviendo a diversas concupiscencias y placeres, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros.» Tal era Saulo cuando dice que era, en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. Pues que no había avanzado en la ley y cambiado su carácter hasta ser irreprensible después de esta vida odiosa, lo muestra claramente en lo que sigue, cuando dice que no fue mudado de estos males sino por la gracia del Salvador. Pues añadiendo también esto mismo, aquí lo mismo que a los efesios, dice: «Pero cuando se manifestó la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino según su misericordia nos salvó, por el lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos hechos herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.»

    Capítulo 16.— Cómo murió el pecado y cómo revivió.

    I, 16

    Y lo que dice en aquel pasaje de la Epístola a los romanos: «El pecado, para mostrarse pecado, obró en mí la muerte por medio de lo que es bueno,» [] concuerda con los pasajes anteriores donde dijo: «Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque no conocí la concupiscencia si la ley no dijera: No codiciarás.» [] Y antes: «Por la ley es el conocimiento del pecado,» pues dijo también aquí: «para mostrarse pecado;» para que no entendamos lo que había dicho: «Porque sin la ley el pecado estaba muerto,» sino en el sentido de que, como si no existiera, «está oculto, no aparece, es del todo ignorado, como sepultado en no sé qué tinieblas de ignorancia.» Y en lo que dice: «Y yo vivía en un tiempo sin la ley,» ¿qué dice sino: me parecía a mí mismo que vivía? Y respecto de lo que añadió: «Pero cuando vino el mandamiento, el pecado revivió,» ¿qué otra cosa es sino que el pecado resplandeció, se hizo manifiesto? Y no dice que vivió, sino que revivió. Porque había vivido antes en el Paraíso, donde apareció suficientemente, admitido contra el mandato dado; pero cuando es heredado por los hijos que vienen al mundo, yace oculto, como muerto, hasta que su mal, resistiendo a la justicia, es sentido por su prohibición, cuando una cosa es mandada y aprobada, otra deleita y domina: entonces, en algún modo, el pecado revive en el conocimiento del hombre que nace, aunque ya había vivido algún tiempo en el conocimiento del hombre como fue hecho al principio.

    Capítulo 17 [X.]— «La ley es espiritual, mas yo soy carnal,» ha de entenderse de Pablo.

    I, 17

    Pero no está tan claro cómo lo que sigue puede entenderse respecto de Pablo. «Porque sabemos,» dice, «que la ley es espiritual, mas yo soy carnal.» [] No dice: «yo era,» sino: «yo soy.» ¿Era, pues, carnal el apóstol cuando escribía esto? ¿O lo dice respecto de su cuerpo? Porque estaba aún en el cuerpo de esta muerte, no hecho todavía lo que dice en otro lugar: «Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual.» Porque entonces, en la totalidad de sí mismo, es decir, de ambas partes de que consta, será varón espiritual, cuando también el cuerpo sea espiritual. Pues no es absurdo que en aquella vida hasta la carne sea espiritual, si en esta vida, en los que aún piensan en lo terreno, aun el espíritu mismo puede ser carnal. Así, pues, dijo: «mas yo soy carnal,» porque el apóstol no tenía todavía un cuerpo espiritual, como pudiera decir: «mas yo soy mortal,» lo cual ciertamente no podría entenderse que lo dijo sino respecto de su cuerpo, que aún no había sido revestido de inmortalidad. Además, respecto de lo que añadió: «vendido al pecado,» [] para que nadie piense que todavía no había sido redimido por la sangre de Cristo, esto también puede entenderse en relación con aquello que dice: «Y nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, también nosotros gemimos dentro de nosotros mismos, aguardando la adopción, es decir, la redención de nuestro cuerpo.» [] Porque si en este sentido dice que fue vendido al pecado, en cuanto su cuerpo aún no ha sido redimido de la corrupción; o que fue vendido una vez en la primera transgresión del mandamiento, para tener un cuerpo corruptible que arrastra el alma hacia abajo; [] ¿qué impide que aquí se entienda que el apóstol dice de sí mismo lo que dice de tal manera que pueda entenderse también de sí mismo, aun cuando en su persona quiera que se reciba no a sí mismo solo, sino a todos los que se han conocido a sí mismos luchando, sin consentir, entre el deleite espiritual y el afecto de la carne?

    Capítulo 18.— Cómo dijo el Apóstol que hacía el mal que no quería.

    I, 18

    ¿O acaso tememos lo que sigue, «Pues lo que hago no lo entiendo; porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago,» [], no sea que por estas palabras alguien sospeche que el apóstol consiente en las malas obras de la concupiscencia de la carne? Pero debemos considerar lo que añade: «Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena.» Pues dice que más bien consiente con la ley que con la concupiscencia de la carne. Pues a esto llama con el nombre de pecado. Por tanto, dijo que obraba y se afanaba no con el deseo de consentir y cumplir, sino por el impulso de la misma concupiscencia. De ahí, entonces, dice: «Apruebo que la ley es buena.» Consiento porque no quiero lo que ella no quiere. Después dice: «De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí.» [] ¿Qué quiere decir con «ahora, entonces,» sino, ahora por fin, bajo la gracia que ha liberado el deleite de mi voluntad del consentimiento de la concupiscencia? Pues, «no soy yo quien hace aquello,» no puede entenderse mejor que diciendo que no consiente en presentar sus miembros como instrumentos de iniquidad al pecado. Porque si codicia, consiente y obra, ¿cómo se puede decir que no hace él mismo aquello, aunque se duela de hacerlo y gima profundamente por ser vencido?

    Capítulo 19.— Qué es cumplir el bien.

    I, 19

    ¿Y no muestra ahora con toda claridad lo que sigue de dónde hablaba? «Porque yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien»? [] Pues si no hubiera explicado lo que decía añadiendo «esto es, en mi carne,» podría, tal vez, entenderse de otro modo cuando dijo, «en mí.» Y por eso repite e insiste lo mismo de otra forma: «Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.» [] Porque esto es cumplir el bien: que el hombre ni siquiera codicie. Pues el bien es incompleto cuando se codicia, aunque el hombre no consienta en el mal de la concupiscencia. «Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.» [] Esto lo repitió con insistencia, y como para despertar a los más perezosos del sueño: «Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley,» dijo, «que el mal está en mí.» [] La ley, pues, es para el que quiere hacer el bien, pero el mal está presente por la concupiscencia, aunque no consiente en ella el que dice: «Ya no soy yo quien hace aquello.»

    Capítulo 20.— En mí, esto es, en mi carne.

    I, 20

    Y declara ambas cosas más claramente en lo que sigue: «Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.» [] Pero al decir, «me lleva cautivo,» puede sentir la emoción sin consentir en ella. Por lo cual, a causa de aquellas tres cosas, dos, a saber, de las que ya hemos argumentado, al decir, «Mas yo soy carnal,» y «vendido al pecado,» y esta tercera, «que me lleva cautivo a la ley del pecado, que está en mis miembros,» el apóstol parece describir a un hombre que todavía vive bajo la ley, y aún no está bajo la gracia. Pero así como he expuesto las dos primeras expresiones con respecto a la carne todavía corruptible, así también esta última puede entenderse como si hubiera dicho, «llevando me cautivo,» es decir, «mi carne,» «a la ley del pecado, que está en mis miembros.»
    Comentario editorial · Una frase que falta en la traducción castellana
    En este capítulo, la traducción castellana salta de «llevándome cautivo» a «es decir, mi carne»: omite unas líneas del inglés de partida. Según ese inglés, Agustín dice allí que Pablo se siente llevado cautivo en la carne y no en la mente, en la emoción y no en el consentimiento, porque la carne no es una naturaleza ajena sino la nuestra, y que del mismo modo en que Pablo explicó su «en mí, es decir, en mi carne» (Romanos 7:18) debe aprenderse el sentido de este pasaje. Este es un resumen del editor, no una traducción. El texto traducido no se ha tocado.

    Capítulo 21.— Ninguna condenación en Cristo Jesús.

    I, 21

    Luego añade la razón por la que dijo todas estas cosas: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!» Y de ahí concluye: «Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.» [] A saber, con la carne, a la ley del pecado, codiciando; pero con la mente, a la ley de Dios, no consintiendo en aquella concupiscencia. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.» [] Pues no es condenado quien no consiente en el mal de la concupiscencia de la carne. «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte,» para que, a saber, la concupiscencia de la carne no se apropie de vuestro consentimiento. Y lo que sigue demuestra cada vez más el mismo sentido. Pero hay que usar de moderación.

    Capítulo 22.— Por qué el pasaje citado debe entenderse de un hombre establecido bajo la gracia.

    I, 22

    Y en otro tiempo también a mí me había parecido que el apóstol describía en este argumento suyo a un hombre bajo la ley. Pero después me vi obligado a abandonar esa idea por aquellas palabras donde dice, «De manera que ya no soy yo quien hace aquello.» Pues a esto pertenece lo que dice después también: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.» Y porque no veo cómo un hombre bajo la ley podría decir, «me deleito en la ley de Dios según el hombre interior;» ya que este mismo deleite en el bien, por el cual, además, no consiente en el mal, no por temor a la pena, sino por amor a la justicia (pues esto significa «deleitarse» ), sólo puede atribuirse a la gracia.
    Comentario editorial · Romanos 7: un cambio de lectura
    Aquí Agustín reconoce que también a él le había parecido que Pablo describía en Romanos 7 a un hombre bajo la ley, y que se vio obligado a dejar esa lectura: «ya no soy yo quien hace aquello» y el deleite en la ley de Dios solo pueden atribuirse, dice, a la gracia. En el capítulo 24 concluye que Pablo habla de sí mismo y de otros ya bajo la gracia. Warfield dice que corrige así su exégesis anterior; una nota del NPNF remite a su Exposición de algunas proposiciones de la Epístola a los Romanos (44–45), a su Comentario a los Gálatas (5, 17) y a su carta a Simpliciano (I, 7 y 9). El título del capítulo en el latín de Wikisource dice que Agustín «confiesa haber cambiado de parecer».

    Capítulo 23 [XI.]— Qué es ser librado del cuerpo de esta muerte.

    I, 23

    Pues cuando dice también, «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» [] ¿quién puede negar que cuando el apóstol decía esto estaba todavía en el cuerpo de esta muerte? Y ciertamente los malvados no son librados de esto, a quienes los mismos cuerpos son devueltos para tormento eterno. Por tanto, ser librado del cuerpo de esta muerte es ser sanado de toda la debilidad de la concupiscencia carnal, y recibir el cuerpo, no para pena, sino para gloria. Con este pasaje también están suficientemente en armonía estas palabras: «Y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.» Pues ciertamente gemimos con aquel gemido con el cual decimos, «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» Aquello también donde dice, «Pues lo que hago, no lo entiendo;» ¿qué otra cosa es sino: «No quiero, no apruebo, no consiento, no hago»? De lo contrario es contrario a lo que dijo arriba, «por la ley es el conocimiento del pecado,» y, «yo no conocí el pecado sino por la ley,» y, «el pecado, para mostrarse pecado, por medio de lo bueno obró en mí la muerte.» Porque ¿cómo conoció el pecado, del cual era ignorante, por la ley? ¿Cómo aparece el pecado que no es conocido? Por tanto, se dice, «no lo entiendo,» por «no lo hago,» porque yo mismo lo cometo sin ningún consentimiento mío; de la misma manera en que el Señor dirá a los malvados, «Nunca os conocí,» [] aunque, sin duda alguna, nada puede ocultarse de Él; y como se dice, «Al que no conoció pecado,» [] lo cual significa que no hizo pecado, pues no había conocido lo que condenaba.

    Capítulo 24.— Concluye que el Apóstol habló en su propia persona, y en la de aquellos que están bajo la gracia.

    I, 24

    Considerando cuidadosamente estas cosas, y otras del mismo tipo en el contexto de aquella Escritura, se entiende con razón que el apóstol no significó, ciertamente, a sí mismo solo en su propia persona, sino también a otros establecidos bajo la gracia, y con él no establecidos todavía en aquella paz perfecta en la cual la muerte será sorbida en victoria. [] Y acerca de esto dice después: «Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.» [] Por tanto, después que nuestros cuerpos mortales hayan sido vivificados, no sólo no habrá consentimiento para pecar, sino que ni siquiera permanecerá la concupiscencia misma de la carne, a la cual no se consiente. Y no tener esta resistencia al espíritu en la carne mortal, fue posible sólo para aquel hombre que no vino por la carne a los hombres. Y que los apóstoles, porque eran hombres, y llevaban en la mortalidad de esta vida un cuerpo que se corrompe y agrava el alma, [] estaban, por tanto, «siempre manchados con excesiva concupiscencia,» como aquel hombre afirma injuriosamente, lejos esté de mí decirlo. Pero digo que aunque estaban libres del consentimiento a las concupiscencias depravadas, sin embargo gemían por la concupiscencia de la carne, la cual refrenaban con tal humildad y piedad, que deseaban más bien no tenerla que dominarla.

    Capítulo 25 [XII.]— La sexta calumnia—Que Agustín afirma que ni aun Cristo estuvo libre de pecados.

    I, 25

    De igual manera en cuanto a lo que añadió, que yo digo, "que ni aun Cristo estuvo libre de pecados, sino que, por necesidad de la carne, dijo falsedades y fue manchado con otras faltas", él debería ver de quién oyó estas cosas, o en qué cartas las leyó; pues, en verdad, tal vez no las entendió, y las convirtió por el engaño de la malicia en sentidos calumniosos.

    Capítulo 26 [XIII.]— La séptima calumnia—Que Agustín afirma que en el bautismo no se perdonan todos los pecados.

    I, 26

    «Dicen también,» dice él, «que el bautismo no da remisión completa de los pecados, ni quita los crímenes, sino que los afeita, de modo que las raíces de todos los pecados quedan retenidas en la carne mala.» ¿Quién sino un incrédulo puede afirmar esto contra los pelagianos? Digo, por tanto, que el bautismo da remisión de todos los pecados, y quita la culpa, y no los afeita; y «que las raíces de todos los pecados» no «quedan retenidas en la carne mala, como si fueran cabellos afeitados de la cabeza, de donde los pecados puedan crecer para ser cortados de nuevo.» Pues fui yo quien descubrió también aquella semejanza, para que ellos la usaran con fines de calumnia, como si yo pensara y dijera esto.

    Capítulo 27.— En qué sentido se llama pecado a la concupiscencia en los regenerados.

    I, 27

    Pero acerca de aquella concupiscencia de la carne de la cual hablan, creo que se engañan, o que engañan; pues con ella incluso el que es bautizado debe luchar con mente piadosa, por mucho que avance con cuidado y sea guiado por el Espíritu de Dios. Pero aunque se llama pecado, ciertamente se llama así no porque sea pecado, sino porque es hecho por el pecado, como se dice que un escrito es de la «mano» de alguien porque la mano lo escribió. Pero son pecados las cosas que se hacen, dicen, piensan ilícitamente, según la concupiscencia de la carne, o la ignorancia— cosas que, una vez hechas, mantienen culpables a sus autores si no son perdonadas. Y esta misma concupiscencia de la carne es quitada en el bautismo de tal manera que, aunque es heredada por todos los que nacen, en ningún respecto daña a los que nacen de nuevo. Y sin embargo, de éstos, si engendran hijos carnalmente, se deriva de nuevo; y de nuevo será dañosa para los que nacen, a menos que por la misma forma les sea remitida como nacidos de nuevo, y permanece en ellos sin impedir de ningún modo la vida futura, porque su culpa, derivada por generación, ha sido quitada por la regeneración; y así ya no es más pecado, sino que se llama así, ya sea porque llegó a ser lo que es por el pecado, o porque es excitada por el deleite de pecar, aunque por la conquista del deleite de la justicia no se le da consentimiento. Y no es a causa de esto, cuya culpa ya ha sido quitada en el lavacro de la regeneración, que los bautizados dicen en su oración, «Perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores;» [] sino a causa de los pecados que se cometen, ya sea en los consentimientos a ella, cuando lo recto es vencido por lo que agrada, o cuando por ignorancia se acepta lo malo como si fuera bueno. Y se cometen, ya sea obrando, o hablando, o— y esto es lo más fácil y lo más rápido— pensando. De todas estas cosas, ¿qué creyente se jactará jamás de tener puro su corazón? ¿O quién se jactará de estar limpio de pecado? [] Ciertamente lo que sigue en la oración se dice a causa de la concupiscencia: «No nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.» «Porque cada uno,» como está escrito, «es tentado cuando es atraído y seducido por su propia concupiscencia; luego, cuando la concupiscencia ha concebido, da a luz el pecado.» []

    Capítulo 28 [XIV.]— Muchos sin crimen, ninguno sin pecado.

    I, 28

    Todos estos productos de la concupiscencia, y la antigua culpa de la concupiscencia misma, son quitados por el lavamiento del bautismo. Y todo lo que aquella concupiscencia ahora produce, si no son aquellos productos que se llaman no sólo pecados, sino incluso crímenes, son purificados por aquel método de oración diaria cuando decimos, «Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos,» y por la sinceridad de la limosna. Pues nadie es tan necio como para decir que aquel precepto del Señor no se refiere a los bautizados: «Perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará.» [] Pero ninguno podría ser ordenado legítimamente ministro en la Iglesia si el apóstol hubiera dicho, «Si alguno es sin pecado,» donde dice, «Si alguno es sin crimen;» [] o si hubiera dicho, «Que no tenga pecado,» donde dice, «Que no tenga crimen.» [] Porque muchos creyentes bautizados están sin crimen, pero yo diría que nadie en esta vida está sin pecado— por mucho que los pelagianos se inflen, y revienten de locura contra mí porque digo esto: no porque quede algo de pecado que no sea remitido en el bautismo; sino porque por nosotros, que permanecemos en la debilidad de esta vida, no dejan de cometerse diariamente tales pecados, como son diariamente remitidos a los que oran con fe y obran con misericordia. Esta es la solidez de la fe católica, que el Espíritu Santo siembra en todas partes— no la vanidad y presunción de espíritu de la perversidad herética.

    Capítulo 29 [XV.]— Julián opone la fe de sus amigos a las opiniones de los creyentes católicos. En primer lugar, sobre el libre albedrío.

    I, 29

    Ahora, pues, veamos por lo demás, de qué manera— después de pensar que podía objetarme calumniosamente lo que yo creo, y fingir lo que no creo— él mismo profesa su propia fe o la de los pelagianos. «En oposición a estas cosas,» dice, «discutimos diariamente, y no queremos ceder nuestro consentimiento a los transgresores, porque decimos que el libre albedrío está en todos por naturaleza, y no pudo perecer por el pecado de Adán; cuya afirmación es confirmada por la autoridad de todas las Escrituras.» Si en algún grado es necesario decir esto, no deberías decirlo contra la gracia de Dios— no deberías dar tu consentimiento a los transgresores, sino corregir tu opinión. Pero sobre esto, cuanto pude, y en la medida en que pareció ser suficiente, he argumentado arriba.

    Capítulo 30.— Segundo, del matrimonio.

    I, 30

    «Decimos» —dice él— «que ese matrimonio que ahora se celebra en toda la tierra fue instituido por Dios, y que los casados no son culpables, sino que los fornicarios y adúlteros han de ser condenados.» Esta es doctrina verdadera y católica; pero lo que queréis deducir de esto, a saber, que del ayuntamiento de varón y hembra los que nacen no contraen pecado alguno que haya de ser borrado por el lavacro de la regeneración, esto es falso y herético.

    Capítulo 31.— Tercero, del comercio conyugal.

    I, 31

    «Decimos» —dice él— «que el impulso sexual —esto es, la virilidad misma, sin la cual no puede haber comercio— está ordenado por Dios.» A esto respondo que el impulso sexual, y, para usar su palabra, la virilidad, sin la cual no puede haber comercio, fue de tal modo dispuesto por Dios que no había en él nada de qué avergonzarse. Porque no era conveniente que su criatura se ruborizara de la obra de su Creador; sino que por justo castigo la desobediencia de los miembros fue la retribución a la desobediencia del primer hombre, por cuya desobediencia se avergonzaron cuando cubrieron con hojas de higuera aquellas partes vergonzosas que antes no lo eran.

    Capítulo 32 [XVI.]— Los ceñidores que Adán y Eva llevaron.

    I, 32

    Porque después de su pecado no usaron túnicas para cubrir todo su cuerpo, sino ceñidores, [] que algunos de nuestros traductores menos cuidadosos han traducido como «coberturas». Y esto ciertamente es verdad; pero «cobertura» es un nombre general, por el cual puede entenderse toda clase de vestido y velo. Y debe evitarse la ambigüedad, de modo que, así como los griegos los llamaron [περιζώματα], con los cuales se cubren únicamente las partes vergonzosas del cuerpo, también el latín debería o bien usar la palabra griega misma, porque ya la costumbre ha venido a usarla en lugar de la latina, o bien, como hacen algunos, usar la palabra ceñidores, o, como otros los han llamado mejor, ceñidores de luchadores. Porque este nombre se toma de aquella antigua costumbre romana por la cual los jóvenes cubrían sus partes vergonzosas cuando se ejercitaban desnudos en el campo; de donde aun hoy se les llama campestrati, puesto que cubren aquellos miembros con el ceñidor. Aunque si aquellos miembros por los cuales se cometió el pecado debían ser cubiertos después del pecado, los hombres no deberían ciertamente haberse vestido con túnicas, sino cubierto la mano y la boca, porque pecaron tomando y comiendo. ¿Qué significa, pues, el que, tomado el alimento prohibido y cometida la transgresión del precepto, se dirigiera la mirada hacia aquellos miembros? ¿Qué novedad desconocida se siente allí, y se obliga a sí misma a ser notada? Y esto es significado por la apertura de los ojos. Pues sus ojos no estaban cerrados, ni cuando Adán dio nombre a los ganados y a las aves, ni cuando Eva vio que los árboles eran hermosos y buenos; sino que fueron abiertos —esto es, atentos— para considerar; como está escrito de Agar, la sierva de Sara, que abrió sus ojos y vio un pozo, [] aunque ciertamente no los había tenido cerrados antes. Así, pues, como se avergonzaron tan de repente de su desnudez, que diariamente solían mirar y no se confundían, que ya no podían soportar desnudos aquellos miembros, sino que al punto se cuidaron de cubrirlos, ¿acaso no percibieron —él en lo manifiesto, ella en el impulso oculto— que aquellos miembros eran desobedientes a la elección de su voluntad, los cuales ciertamente deberían haber gobernado como a los demás por su mandato voluntario? Y esto lo padecieron merecidamente, porque ellos mismos tampoco fueron obedientes a su Señor. Por tanto se avergonzaron de no haber mostrado de tal modo servicio a su Creador, que merecieran perder el dominio sobre aquellos miembros por los cuales habían de ser procreados los hijos.

    Capítulo 33.— La vergüenza de la desnudez.

    I, 33

    Esta especie de vergüenza, esta necesidad de ruborizarse, ciertamente nace con todo hombre, y en cierta medida es impuesta por las mismas leyes de la naturaleza; de modo que, en este asunto, aun las personas casadas virtuosas se avergüenzan. Ni puede nadie llegar a tal extremo de maldad y deshonor que, porque sabe que Dios es el autor de la naturaleza y el instituidor del matrimonio, tenga comercio incluso con su esposa a la vista de alguien, o no se ruborice de esos impulsos y no busque el secreto, donde pueda evitar la vista no solo de extraños, sino incluso de todos sus propios parientes. Por tanto, permítase a la naturaleza humana reconocer el mal que le acontece por su propia culpa, no sea que se vea obligada o bien a no ruborizarse de sus propios impulsos, lo cual es sumamente desvergonzado, o bien a ruborizarse de la obra de su Creador, lo cual es sumamente ingrato. De este mal, sin embargo, el matrimonio virtuoso hace buen uso en razón del bien de engendrar hijos. Pero consentir en la concupiscencia por causa del solo placer carnal es pecado, aunque pueda concederse a los casados con permiso.

    Capítulo 34 [XVII.]— Si pudo haber apetito sensual en el Paraíso antes de la caída.

    I, 34

    Pero, mientras vosotros, pelagianos, defendéis la honestidad y la fecundidad del matrimonio, determinad, si nadie hubiera pecado, qué querríais pensar que era la vida de aquellas personas en el Paraíso, y elegid una de estas cuatro cosas. Porque, sin duda, o bien tendrían comercio cuantas veces quisieran; o refrenarían la concupiscencia cuando el comercio no fuera necesario; o la concupiscencia surgiría al mandato de la voluntad, precisamente en el momento en que la casta prudencia hubiera previsto que el comercio era necesario; o, no existiendo concupiscencia alguna, así como cada miembro servía para su propia función, también los órganos de la generación obedecerían sin dificultad alguna, para su propia función, a las órdenes de quienes quisieran. De estas cuatro suposiciones, elegid la que os plazca; pero creo que rechazaréis las dos primeras, en las cuales la concupiscencia es o bien obedecida o bien resistida. Pues la primera no estaría de acuerdo con tan gran virtud, y la segunda no en armonía con tan gran felicidad. Porque lejos esté de nosotros la idea de que la gloria de tanta bienaventuranza o bien fuera esclavizada del modo más ruin por seguir siempre una concupiscencia precedente, o bien, resistiéndola, no gozara de una paz abundantísima. Lejos, digo, el pensamiento de que aquella alma o bien se complaciera consintiendo en satisfacer la concupiscencia de la carne, que no surge oportunamente para la procreación, sino con excitación desordenada, o de que aquella quietud tuviera necesidad de refrenarla negándose.

    Capítulo 35.— El deseo en el Paraíso o no existía en absoluto, o era obediente al impulso de la voluntad.

    I, 35

    Pero cualquiera de las dos otras alternativas que elijáis, no hay necesidad de contender con vosotros con disputa alguna. Pues aun si rehusarais elegir la cuarta, en la cual hay la suma tranquilidad de todos los miembros obedientes sin concupiscencia alguna, puesto que ya la urgencia de vuestros argumentos os ha hecho hostiles a ella, sin duda os agradará aquella que he puesto en tercer lugar: que aquella concupiscencia carnal, cuyo impulso alcanza el placer final que tanto os deleita, nunca surgiera en el Paraíso sino al mandato de la voluntad cuando fuera necesaria para la procreación. Si os agrada disponer esto en el Paraíso, y si, por medio de tal concupiscencia de la carne, que ni se anticipara, ni impidiera, ni excediera el mandato de la voluntad, os parece que habrían podido engendrarse hijos, no tengo objeción. Pues, por lo que a mí respecta en este asunto, me basta que tal concupiscencia de la carne no existe ahora entre los hombres, tal como concedéis que pudo haber existido en aquel lugar de felicidad. Porque lo que ahora es, ciertamente lo confiesa el sentir de todos los hombres, aunque con pudor; porque solicita con inquietud excesiva e importuna a los castos, aun cuando no quieren y la refrenan con moderación, y con frecuencia se retira de los que quieren y se impone a los que no quieren; de modo que, por su desobediencia, testifica que no es otra cosa que el castigo de aquella primera desobediencia. De donde, razonablemente, tanto entonces los primeros hombres, cuando cubrieron su desnudez, como ahora todo el que se considera hombre, toda persona no menos modesta que inmodesta se confunde con ello —sea lejos de nosotros decir que por obra de Dios, sino— por la pena del primer y antiguo pecado. Vosotros, empero, no por razón religiosa, sino por contención apasionada —no en favor del pudor humano, sino por vuestra propia locura, para que ni siquiera la concupiscencia de la carne misma se crea corrompida, y para que no se piense que de ella se deriva el pecado original—, os esforzáis con vuestro argumento por hacerla volver absolutamente, tal como ahora es, al Paraíso; y por sostener que pudo haber allí aquella concupiscencia que o bien siempre sería seguida de un consentimiento deshonroso, o bien a veces sería refrenada por una negativa lastimosa. A mí, sin embargo, no me importa mucho lo que os plazca pensar de ella. Con todo, todo hombre que nazca por su medio, si no renaciere, sin duda es condenado; y debe estar bajo el dominio del diablo, si no es librado de allí por Cristo.

    Capítulo 36 [XVIII.]— Cuarta objeción de Julián: que el hombre es obra de Dios y no es forzado por su poder al mal o al bien.

    I, 36

    «Sostenemos» —dice él— «que los hombres son obra de Dios, y que nadie es forzado contra su voluntad por su poder ni al mal ni al bien, sino que el hombre hace el bien o el mal por su propia voluntad; pero que en la obra buena es siempre ayudado por la gracia de Dios, mientras que en el mal es incitado por las sugestiones del diablo.» A esto respondo que los hombres, en cuanto hombres, son obra de Dios; pero en cuanto pecadores, están bajo el diablo, a no ser que sean arrancados de allí por Aquel que se hizo Mediador entre Dios y los hombres, por ninguna otra razón sino porque no pudo ser pecador de entre los hombres. Y que nadie es forzado por el poder de Dios contra su voluntad ni al mal ni al bien, sino que, cuando Dios abandona a un hombre, este va merecidamente al mal, y cuando Dios ayuda, sin mérito es convertido al bien. Porque un hombre no es bueno si no quiere, sino que por la gracia de Dios es ayudado aun hasta el punto de querer; porque no en vano está escrito: «Pues es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer por su beneplácito» [], y: «La voluntad es preparada por Dios» [].

    Capítulo 37 [XIX.]— El comienzo de una buena voluntad es don de la gracia.

    I, 37

    Pero vosotros pensáis que el hombre es de tal modo ayudado por la gracia de Dios en la obra buena, que creéis que la gracia no hace nada al excitar su voluntad a esa misma obra buena; pues vuestras propias palabras lo declaran suficientemente. Porque ¿por qué no habéis dicho que el hombre es incitado por la gracia de Dios a la obra buena, como habéis dicho que es incitado al mal por las sugestiones del diablo, sino que habéis dicho que en la obra buena es siempre ayudado por la gracia de Dios? —como si por su propia voluntad, y sin gracia alguna de Dios, emprendiera una obra buena, y luego fuera divinamente ayudado en la obra misma, a saber, por razón de los méritos de su buena voluntad; de modo que la gracia es pagada como debida —no dada como no debida— y así la gracia ya no es gracia. [] Pero esto es lo que, en el juicio palestinense, Pelagio con corazón engañoso condenó: a saber, que la gracia de Dios es dada según nuestros méritos. Decidme, os lo ruego, ¿qué bien quiso Pablo, cuando aún era Saulo, y no más bien grandes males, cuando, respirando amenazas y muerte, iba, en horrible oscuridad de mente y locura, a asolar a los cristianos? [] ¿Por qué méritos de una buena voluntad lo convirtió Dios por una admirable y repentina llamada de aquellos males a los bienes? ¿Qué diré, cuando él mismo clama: «No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino según su misericordia nos salvó»? [] ¿Qué es aquello que ya he mencionado como dicho por el Señor: «Nadie puede venir a mí» —lo cual se entiende como «creer en mí»—, si no le fuere dado por mi Padre? [] ¿Acaso se da esto al que ya quiere creer, por razón de los méritos de una buena voluntad? ¿O más bien es la voluntad misma, como en el caso de Saulo, movida de lo alto, para que crea, aun cuando está tan apartado de la fe que incluso persigue a los creyentes? Pues ¿cómo nos ha mandado el Señor orar por los que nos persiguen? ¿Acaso oramos de tal modo que se les recompense la gracia de Dios por razón de su buena voluntad, y no más bien que la mala voluntad misma se cambie en buena? Así como creemos que en aquel tiempo los santos a quienes él perseguía no oraron en vano por Saulo, para que su voluntad se convirtiera a la fe que destruía. Y ciertamente que aquella conversión se obró desde lo alto apareció incluso por un milagro manifiesto. Pero ¡cuántos enemigos de Cristo son hoy día atraídos de repente a Cristo por la gracia secreta de Dios! Y si yo no hubiera puesto esta palabra del Evangelio, ¡cuántas cosas habría dicho aquel hombre a este respecto acerca de mí, puesto que aun ahora se agita, no contra mí, sino contra Aquel que clama: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trae»! [] Pues no dice: «sino que lo lleve», para que así podamos entender de alguna manera que su voluntad precede. Pues ¿quién es «traído», si ya estaba queriendo? Y sin embargo nadie viene si no quiere. Por tanto, es traído de modos admirables a querer, por Aquel que sabe obrar dentro de los corazones mismos de los hombres. No para que los hombres que no quieren crean, lo cual no puede ser, sino para que de no querer sean hechos querientes.

    Capítulo 38 [XX.]— Se prueba el poder de la gracia de Dios.

    I, 38

    Que esto es verdad no lo conjeturamos por humana sospecha, sino que lo discernimos por la autoridad manifiesta de las divinas Escrituras. Se lee en los libros de las Crónicas: «También en Judá, la mano de Dios fue hecha para darles un solo corazón, a fin de cumplir el mandamiento del rey y de los príncipes conforme a la palabra del Señor» []. También por el profeta Ezequiel dice el Señor: «Les daré otro corazón, y pondré en ellos un espíritu nuevo; y quitaré de su carne el corazón de piedra, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis mandamientos y guarden mis juicios y los cumplan» []. ¿Y qué es aquello que la reina Ester pide en su oración cuando dice: «Pon en mi boca palabra elocuente, y esclarece mis palabras ante el león, y vuelve su corazón al odio contra el que pelea contra nosotros»? [] ¿Cómo dice ella tales cosas en su oración a Dios, si Dios no obra su voluntad en los corazones de los hombres? Pero tal vez la mujer era necia al orar así. Veamos, pues, si el deseo de la suplicante fue enviado por delante en vano, y si el resultado no siguió como de quien escucha. He aquí que ella entra ante el rey. No es preciso decir mucho. Y porque no se acercó a él según su propio orden, bajo la presión de su gran necesidad, «él la miró», como está escrito, «como un toro en el ímpetu de su indignación. Y la reina temió, y su color se alteró por el desfallecimiento, y se inclinó sobre la cabeza de su doncella que iba delante de ella. Y Dios lo cambió, y convirtió su indignación en mansedumbre». Ahora bien, ¿qué necesidad hay de referir lo que sigue, donde la divina Escritura atestigua que Dios cumplió lo que ella había pedido, obrando en el corazón del rey nada más que la voluntad con que él lo mandó, y se hizo tal como la reina le había pedido? Y ya Dios la había escuchado para que se hiciera, él que cambió el corazón del rey por un poder secretísimo y eficaz antes de oír la súplica de la mujer que le rogaba, y lo modeló de la indignación a la mansedumbre —es decir, de la voluntad de dañar a la voluntad de favorecer— según aquella palabra del Apóstol: «Dios obra en vosotros también el querer». ¿Acaso los hombres de Dios que escribieron estas cosas —más aún, el Espíritu de Dios mismo, bajo cuya guía tales cosas fueron escritas por ellos— atacaron el libre albedrío del hombre? ¡Lejos tal idea! Antes bien, ha encomendado el juicio justísimo y el auxilio misericordiosísimo del Todopoderoso en todos los casos. Pues al hombre le basta saber que no hay injusticia en Dios. Pero cómo distribuye él esos beneficios, haciendo a unos justamente vasos de ira, a otros por gracia vasos de misericordia —¿quién conoció la mente del Señor, o quién fue su consejero? Si, pues, alcanzamos el honor de la gracia, no seamos ingratos atribuyéndonos a nosotros mismos lo que hemos recibido. «Pues ¿qué tenemos que no hayamos recibido?» [].

    Capítulo 39 [XXI.]— Quinta objeción de Julián, acerca de los santos del Antiguo Testamento.

    I, 39

    «Decimos», dice él, «que los santos del Antiguo Testamento, perfeccionada aquí su justicia, pasaron a la vida eterna; es decir, que por el amor de la virtud se apartaron de todos los pecados; porque a aquellos de quienes leemos que cometieron algún pecado, sabemos, no obstante, que se enmendaron.» De cualquier virtud que declaréis que estuvieron dotados los antiguos justos, nada los salvó sino la fe en el Mediador que derramó su sangre para la remisión de sus pecados. Porque su propia palabra es, «Creí, y por eso hablé.» De donde el apóstol Pablo también dice, «Y teniendo nosotros el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, y por eso hablé; también nosotros creemos, y por eso hablamos.» [] ¿Qué es «el mismo Espíritu,» sino aquel Espíritu que tuvieron también estos justos que dijeron tales cosas? El apóstol Pedro también dice, «¿Por qué queréis imponer un yugo sobre los gentiles, que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido llevar? Pero por la gracia del Señor Jesucristo creemos que seremos salvos, lo mismo que ellos.» [] Vosotros, que sois enemigos de esta gracia, no queréis esto: que se crea que los antiguos fueron salvados por la misma gracia de Jesucristo; sino que distribuís los tiempos según Pelagio, en cuyos libros se lee esto, y decís que antes de la ley los hombres se salvaron por la naturaleza, luego por la ley, y por último por Cristo, como si a los hombres de los dos tiempos anteriores, es decir, antes de la ley y bajo la ley, no les hubiera sido necesaria la sangre de Cristo; anulando lo que está dicho: «Porque hay un solo Dios y un solo Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús.» []

    Capítulo 40 [XXII.]— La sexta objeción, acerca de la necesidad de la gracia para todos y del bautismo de los infantes.

    I, 40

    Ellos dicen, «Confesamos que la gracia de Cristo es necesaria a todos, tanto a los adultos como a los infantes; y anatematizamos a los que dicen que un niño nacido de dos bautizados no debe ser bautizado.» Yo sé en qué sentido decís tales cosas —no según el apóstol Pablo, sino según el hereje Pelagio—: a saber, que el bautismo es necesario a los infantes, no para la remisión de los pecados, sino únicamente para el reino de los cielos; pues les dais, fuera del reino de los cielos, un lugar de salvación y de vida eterna, aunque no hayan sido bautizados. Y no hacéis caso de lo que está escrito: «El que creyere y fuere bautizado será salvo; mas el que no creyere será condenado.» [] Por cuya razón, en la Iglesia del Salvador, los infantes creen por medio de otras personas, así como han heredado de otras personas los pecados que se les remiten en el bautismo. Tampoco pensáis esto: que no pueden tener vida los que han estado sin el cuerpo y la sangre de Cristo, aunque Él mismo dijo: «Si no comiereis mi carne y bebiereis mi sangre, no tendréis vida en vosotros.» [] O si os veis forzados por las palabras del evangelio a confesar que los infantes que salen del cuerpo no pueden tener ni vida ni salvación a menos que hayan sido bautizados, preguntad por qué los no bautizados son compelidos a sufrir el juicio de la segunda muerte, por el juicio de Aquel que a nadie condena inmerecidamente, y hallaréis lo que no queréis: ¡el pecado original!

    Capítulo 41 [XXIII.]— La séptima objeción, sobre el efecto del bautismo.

    I, 41

    «Condenamos», dice él, «a los que afirman que el bautismo no quita todos los pecados, porque sabemos que por estos misterios se confiere una limpieza plena.» También nosotros decimos esto; pero vosotros no decís que los infantes son librados, por esos mismos misterios, de las ataduras de su primer nacimiento y de su odiosa descendencia. Por lo cual os conviene, como a los demás herejes, ser separados de la Iglesia de Cristo, que mantiene esto desde antiguo.

    Capítulo 42 [XXIV.]— Refuta la conclusión de la carta de Julián.

    I, 42

    Pero ahora, el modo como concluye la carta diciendo: «Por tanto, nadie os seduzca, ni nieguen los malvados que piensan estas cosas. Pero si dicen la verdad, o bien se les dé audiencia, o bien aquellos mismos obispos que ahora disienten de mí condenen lo que antes he dicho que ellos sostienen con los maniqueos, así como nosotros condenamos las cosas que ellos declaran de nosotros, y se hará un acuerdo pleno; mas si no quieren, sabed que son maniqueos y apartaos de su compañía;» — esto más bien ha de despreciarse que reprenderse. Porque ¿quién de nosotros vacila en pronunciar anatema contra los maniqueos, que dicen que del Dios bueno ni proceden los hombres, ni fue ordenado el matrimonio, ni fue dada la ley que fue administrada al pueblo hebreo por Moisés? Pero también contra los pelagianos, no sin razón, pronunciamos anatema, porque son tan enemigos de la gracia de Dios, que viene por Jesucristo nuestro Señor, que dicen que no se da gratuitamente, sino según nuestros méritos, y así la gracia ya no es gracia; [] y ponen tanto en el libre albedrío, por el cual el hombre se hunde en el abismo, que dicen que usándolo bien merece el hombre la gracia —aunque nadie puede usarlo bien sino por la gracia, que no se paga conforme a deuda, sino que se da gratuitamente por la misericordia de Dios. Y tanto porfían que los infantes ya son salvos, que se atreven a negar que han de ser salvados por el Salvador. Y sosteniendo y divulgando estos dogmas execrables, todavía exigen, por encima de todo y constantemente, una audiencia, cuando, ya condenados, deberían arrepentirse.

    Libro II

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Contra dos cartas de los pelagianos · II, argumento
    Se propone examinar la segunda carta de los pelagianos, llena, como la primera, de calumnias contra los católicos; carta que fue enviada por ellos a Tesalónica en nombre de dieciocho obispos; y, ante todo, muestra, comparando los escritos heréticos entre sí, que los católicos de ningún modo caen en los errores de los maniqueos al detestar los dogmas de los pelagianos. Rechaza la calumnia de prevaricación contraída por el clero romano en la condenación posterior de Pelagio y Celestio por Zósimo, mostrando que los dogmas pelagianos nunca fueron aprobados en Roma, aunque durante algún tiempo, por la clemencia de Zósimo, se trató a Celestio con misericordia, con miras a llevarlo a la corrección de sus errores. Muestra que, bajo el nombre de gracia, los católicos ni afirman una doctrina de la fatalidad ni atribuyen a Dios acepción de personas; aunque verdaderamente dicen que la gracia de Dios no se da según méritos humanos, y que el primer deseo del bien es inspirado por Dios; de modo que el hombre no comienza en modo alguno el cambio del mal al bien, si la no comprada y gratuita misericordia de Dios no efectúa en él ese comienzo.

    Capítulo 1.— Introducción; los pelagianos acusan a los católicos de maniqueos.

    II, 1

    Permítaseme ya considerar una segunda carta, no de Julián únicamente, sino común a él y a varios obispos, que enviaron a Tesalónica; y respóndale yo, con la ayuda de Dios, lo mejor que pueda. Y para que esta obra mía no se haga más larga de lo que exige la necesidad misma del asunto, ¿qué falta hace refutar las cosas que no contienen el veneno insidioso de su doctrina, sino que parecen solamente interceder por la aquiescencia de los obispos orientales en favor suyo, o, en pro de la fe católica, contra la profanidad, como dicen, de los maniqueos; sin otra mira que, presentándoseles una herejía horrible, de la que se profesan adversarios, esconderse ellos como enemigos de la gracia en medio de la alabanza de la naturaleza? Porque ¿quién ha suscitado jamás contra ellos cuestión alguna sobre estas materias? ¿O a qué católico desagrada que condenen a aquellos que el apóstol predijo como que se apartarían de la fe, teniendo cauterizada la conciencia, prohibiendo casarse, absteniéndose de alimentos que consideran impuros, y no creyendo que todas las cosas fueron creadas por Dios? ¿Quién los obligó jamás a negar que toda criatura de Dios es buena y que no hay sustancia que el Dios supremo no haya hecho, excepto Dios mismo, que no fue hecho por nadie? No son cosas como éstas, que es claro que son verdades católicas, las que se reprenden y condenan en ellos; porque no sólo la fe católica aborrece la impiedad maniquea como extremadamente necia y perniciosa, sino también todos los herejes que no son maniqueos. De donde incluso estos pelagianos hacen bien en pronunciar anatema contra los maniqueos y en hablar contra sus errores. Pero hacen dos cosas malas, por las cuales ellos mismos también han de ser anatematizados: una, que acusan a los católicos bajo el nombre de maniqueos; la otra, que ellos mismos introducen también la herejía de un nuevo error. Pues no están sanos en la fe porque no padezcan la enfermedad de los maniqueos. La clase de peste no es siempre una y la misma; como en los cuerpos, así también en las mentes. Así, pues, el médico del cuerpo no habría declarado libre de peligro de muerte a un hombre a quien hubiera declarado libre de hidropesía, si lo hubiera visto enfermo de otra enfermedad mortal; así tampoco se reconoce la verdad en su caso porque no sean maniqueos, si deliran en otra especie de perversidad. Por lo cual una cosa es la que anatematizamos con ellos, y otra la que anatematizamos en ellos. Porque aborrecemos con ellos lo que con razón les ofende también a ellos; así como, no obstante, aborrecemos en ellos aquello por lo que con razón ellos mismos son ofensivos.

    Capítulo 2 [II.]— Las herejías de los maniqueos y de los pelagianos se oponen mutuamente, y ambas son igualmente reprobadas por la Iglesia católica.

    II, 2

    Los maniqueos dicen que el Dios bueno no es el Creador de todas las naturalezas; los pelagianos, que Dios no es el Purificador, el Salvador, el Libertador de todas las edades entre los hombres. La Iglesia católica condena a ambos; sosteniendo contra los maniqueos la creación de Dios, para que no se niegue que ninguna naturaleza ha sido formada por Él, y sosteniendo contra los pelagianos que en todas las edades la naturaleza humana debe buscarse como arruinada. Los maniqueos reprenden la concupiscencia de la carne, no como si fuera un vicio accidental, sino como si fuera una naturaleza mala desde la eternidad; los pelagianos la aprueban como si no fuera vicio alguno, sino incluso un bien natural. La fe católica condena a ambos, diciendo a los maniqueos: «No es naturaleza, sino vicio;» y diciendo a los pelagianos: «No es del Padre, sino del mundo;» para que unos y otros la permitan como una enfermedad mala que ha de ser curada: aquéllos dejando de creerla, por así decirlo, incurable; éstos dejando de proclamarla laudable. Los maniqueos niegan que en el hombre bueno el comienzo del mal viniese del libre albedrío; los pelagianos dicen que aun el hombre malo tiene libre albedrío suficiente para cumplir el buen mandamiento. La Iglesia católica condena a ambos, diciendo a los primeros: «Dios hizo al hombre recto,» [] y diciendo a los segundos: «Si el Hijo os hiciere libres, seréis verdaderamente libres.» [] Los maniqueos dicen que el alma, como partícula de Dios, tiene pecado por la mezcla de una naturaleza mala; los pelagianos dicen que el alma es recta, no ciertamente partícula, sino criatura de Dios, y que no tiene pecado alguno ni siquiera en esta vida corruptible. La Iglesia católica condena a ambos, diciendo a los maniqueos: «O haced bueno el árbol y bueno su fruto, o haced malo el árbol y malo su fruto,» [] lo cual no se le diría al hombre, que no puede hacer su propia naturaleza, a no ser porque el pecado no es naturaleza, sino vicio; y diciendo a los pelagianos: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» [] En estas enfermedades, opuestas como están la una a la otra, los maniqueos y los pelagianos contienden, con voluntad desemejante pero con vanidad semejante, separados por opiniones diferentes, pero unidos por una mente perversa.

    Capítulo 3.— Hasta qué punto se unen en el error maniqueos y pelagianos; hasta qué punto se separan.

    II, 3

    Todavía, en verdad, se oponen igualmente a la gracia de Cristo, igualmente anulan su bautismo, igualmente deshonran su carne; pero, además, hacen estas cosas de maneras diferentes y por razones diferentes. Porque los maniqueos afirman que la ayuda divina se da a los méritos de una buena naturaleza, pero los pelagianos, a los méritos de una buena voluntad. Los primeros dicen: Dios debe esto a los trabajos de sus miembros; los segundos dicen: Dios debe esto a las virtudes de sus siervos. En ambos casos, pues, la recompensa no se imputa según la gracia, sino según la deuda. Los maniqueos sostienen, con corazón profano, que el lavamiento de la regeneración —es decir, el agua misma— es superfluo y de ningún provecho. Pero los pelagianos afirman que lo que se dice en el santo bautismo para quitar los pecados no aprovecha a los infantes, pues no tienen pecado; y así, en el bautismo de los infantes, en lo que atañe a la remisión de los pecados, los maniqueos destruyen el elemento visible, pero los pelagianos destruyen aun el sacramento invisible. Los maniqueos deshonran la carne de Cristo blasfemando del nacimiento de la Virgen; pero los pelagianos haciendo la carne de los que han de ser redimidos igual a la carne del Redentor. Pues Cristo nació, no ciertamente en carne pecadora, sino en semejanza de carne de pecado, mientras que la carne de los demás hombres nace pecadora. Los maniqueos, pues, que abominan absolutamente toda carne, quitan a la carne de Cristo la verdad manifiesta; pero los pelagianos, que sostienen que ninguna carne nace pecadora, quitan a la carne de Cristo su dignidad especial y propia.

    Capítulo 4.— Los dos errores contrarios.

    II, 4

    Dejen, pues, los pelagianos de objetar a los católicos lo que no son, y apresúrense más bien a enmendar lo que ellos mismos son; y no quieran ser considerados dignos de aprobación porque se oponen al odioso error de los maniqueos, sino reconozcan que ellos mismos son odiosos con razón porque no apartan su propio error. Pues dos errores pueden oponerse el uno al otro, aunque ambos han de ser reprobados porque ambos se oponen igualmente a la verdad. Porque si los pelagianos han de ser amados porque odian a los maniqueos, también los maniqueos deberían ser amados porque odian a los pelagianos. Pero sea lejos de nuestra madre católica el escoger a algunos para amarlos en razón de que odian a otros, cuando con la advertencia y la ayuda del Señor debe evitar a ambos y debe desear sanar a ambos.

    Capítulo 5 [III.]— Calumnia de los pelagianos contra el clero de la Iglesia romana.

    II, 5

    Además, acusan al clero romano, escribiendo: «Que, movidos por el miedo a un mandato, no se han avergonzado de ser reos del crimen de prevaricación; de modo que, contra su anterior juicio, en el cual por sus actuaciones habían asentido al dogma católico, pronunciaron después que la naturaleza de los hombres es mala.» No; más bien los pelagianos habían concebido, con falsa esperanza, que el nuevo y execrable dogma de Pelagio o de Celestio podría hacerse aceptable a las inteligencias católicas de algunos romanos, cuando aquellos espíritus astutos —aunque pervertidos por un malvado error, no despreciables, pues parecían más bien merecedores de una corrección considerada que de una fácil condenación— fueron tratados con algo más de lenidad de la que exigía la disciplina más estricta de la Iglesia. Pues mientras tantos y tan importantes documentos eclesiásticos iban y venían entre la Sede Apostólica y los obispos africanos —y, además, cuando las actuaciones en esta materia en aquella sede se completaron, estando presente Celestio y respondiendo—, ¿qué carta, qué decreto se encuentra del papa Zósimo, de venerable memoria, en el que haya prescrito que debe creerse que el hombre nace sin mancha alguna de pecado original? Absolutamente nunca dijo esto, nunca lo escribió. Pero como Celestio había escrito esto en su libelo, entre aquellas materias, solamente, sobre las cuales confesó que todavía dudaba y deseaba ser instruido, se aprobó el deseo de enmienda en un hombre de tan agudo ingenio, quien, si pudiera ser corregido, ciertamente sería de provecho para muchos, y no la falsedad de la doctrina. Y por eso su libelo fue llamado católico, porque esto también es propio de una disposición católica: que si por casualidad en algunas materias uno piensa de modo distinto de lo que la verdad exige, no las defina con la mayor exactitud, sino que, si son descubiertas y demostradas, las rechace. Pues no era a los herejes, sino a los católicos, a quienes hablaba el apóstol cuando dijo: «Así que, todos cuantos somos perfectos, sintamos esto; y si en algo sentís otra cosa, Dios os lo revelará también.» [] Esto se pensó que había sucedido en él cuando respondió que consentía a las cartas del papa Inocencio, de bendita memoria, en las cuales se quitaba toda duda sobre esta materia. Y para que esto se hiciera más pleno y manifiesto en él, se difirió el asunto hasta que llegaran cartas de África, provincia en la cual su astucia se había hecho en cierto modo más evidentemente conocida. Y después llegaron estas cartas a Roma, conteniendo esto: que no era suficiente para hombres de entendimiento más tardo y ansioso que él confesara su consentimiento general a las cartas del obispo Inocencio, sino que debía anatematizar abiertamente las afirmaciones perniciosas que había hecho en su libelo; no sea que, si no lo hacía, muchas personas de mejor inteligencia creyeran más bien que en su libelo aquellos venenos de la fe habían sido aprobados por la sede católica, porque esa sede había afirmado que aquel libelo era católico, a que habían sido enmendados en virtud de su respuesta de que consentía a las cartas del papa Inocencio. Entonces, pues, cuando se exigió su presencia, para que por respuestas ciertas y claras apareciera claramente y no quedara dudosa para nadie o la astucia del hombre o su corrección, él se retiró y rehusó el examen. Y la dilación que ya se había hecho para provecho de otros no habría tenido lugar, si no pudiera ser de provecho para la pertinacia y la locura de quienes eran en exceso perversos. Pero si —lo que esté lejos de ser el caso— se hubiera juzgado así en la Iglesia romana acerca de Celestio o de Pelagio, que aquellos dogmas suyos, que en sí mismos y con ellos mismos el papa Inocencio había condenado, fueran declarados dignos de aprobación y sostenimiento, la marca de prevaricación habría más bien de imprimirse en el clero romano por esto. Pero ahora, cuando las primeras cartas del beatísimo papa Inocencio, en respuesta a las de los obispos africanos, habrían condenado igualmente este error que estos hombres se esfuerzan en recomendarnos; y su sucesor, el santo papa Zósimo, nunca habría dicho, nunca habría escrito, que ha de sostenerse este dogma que estos hombres piensan acerca de los infantes; es más, habría obligado a Celestio, mediante una sentencia repetida, cuando él intentaba justificarse, a consentir a las cartas ya mencionadas de la Sede Apostólica — ciertamente, todo lo que entretanto se hizo más lenitivamente acerca de Celestio, con tal de que se mantuviera la estabilidad de la antiquísima y robusta fe, fue la misericordiosísima persuasión de la corrección, no la perniciosísima aprobación de la maldad; y que después, por el mismo sacerdocio, Celestio y Pelagio fueron condenados con autoridad repetida, fue la prueba de una severidad, por un poco de tiempo interrumpida, que al fin debía ejecutarse por necesidad, no una negación de una verdad antes conocida ni un nuevo reconocimiento de la verdad.

    Capítulo 6 [IV.]— Lo que se hizo en el caso de Celestio y Zósimo.

    II, 6

    Pero ¿qué necesidad hay de que nos detengamos más en hablar de este asunto, cuando existen aquí y allá actas y escritos redactados, donde todas aquellas cosas, tal como se tramitaron, pueden aprenderse o recordarse? Porque ¿quién no ve en qué grado quedó Celestio atado por las interrogaciones de tu santo predecesor y por las respuestas de Celestio, con las cuales declaró que consentía en las cartas del papa Inocencio, y sujeto con una cadena muy saludable, de modo que no se atreviera en adelante a sostener que el pecado original de los pequeñitos no es quitado en el bautismo? Porque estas son las palabras del venerable obispo Inocencio acerca de este asunto al Concilio de Cartago: «Porque una vez» —dijo— «tuvo libre albedrío; pero, usando inconsideradamente de su ventaja, y cayendo en las profundidades de la apostasía, fue abrumado, y no halló medio por el cual pudiera levantarse de allí; y, engañado para siempre por su libertad, habría quedado postrado bajo la opresión de esta ruina, si la venida de Cristo no lo hubiera librado después por su gracia y, por la purificación de una nueva regeneración, no hubiera purgado todo pecado pasado con el lavado de su bautismo.» ¿Qué podía haber más claro o más manifiesto que aquel juicio de la Sede Apostólica? A esto declaró Celestio que asentía, cuando tu santo predecesor le dijo: «¿Condenas tú todas aquellas cosas que se difunden bajo tu nombre?» y él mismo respondió: «Las condeno conforme al juicio de tu predecesor Inocencio, de bendita memoria.» Pero entre otras cosas que se habían dicho bajo su nombre, el diácono Paulino había objetado a Celestio que decía «que el pecado de Adán fue perjudicial solamente para él mismo, y no para el género humano, y que los pequeñitos recién nacidos estaban en la misma condición en que estaba Adán antes de su pecado.» Por tanto, si condenara con corazón y lengua veraces las opiniones objetadas por Paulino, conforme al juicio del bienaventurado papa Inocencio, ¿qué le quedaría después de donde pudiera sostener que no había pecado en los pequeñitos resultante de la pasada transgresión del primer hombre, que debía ser purgado en el santo bautismo por la purificación de la nueva regeneración? Pero mostró que había respondido engañosamente por el resultado final, cuando se sustrajo al examen, para no verse obligado, conforme a los rescriptos africanos, a mencionar absolutamente y anatematizar las mismísimas palabras que sobre esta cuestión había escrito en su tratado.
    Comentario editorial · Zósimo y Celestio
    El capítulo defiende al clero romano de la acusación de haber cambiado de postura. Según Wikipedia, Celestio, condenado en Cartago en 411, apeló a Zósimo (obispo de Roma desde el 18 de marzo de 417 hasta su muerte el 26 de diciembre de 418); Zósimo se dejó convencer por Celestio y juzgó apresurada la actuación de los obispos africanos. Tras la carta del concilio africano del 1 de mayo de 418 y las medidas de Honorio, Zósimo publicó la Tractoria, que condenó el pelagianismo. Warfield llama vacilante a esa política y dice que Agustín la defiende con menos éxito que lo demás. La fecha de la Tractoria es 418 en el artículo de Wikipedia sobre Zósimo y 417 en el de Julián de Eclana.
    Eje cronológico de 416 a 422: arriba, Zósimo obispo de Roma (417), el concilio africano del 1 de mayo de 418 y después la Tractoria, y el reconocimiento de Bonifacio por Honorio el 3 de abril de 419; debajo, las obras de Agustín: Gracia de Cristo (418), Matrimonio y concupiscencia (419–420) y este tratado (420 o poco después)
    Los hechos de Roma que menciona el libro II y, abajo, las obras antipelagianas de Agustín de esos años. Las barras de un año marcan «a comienzos de 419 y 420» y «420 o poco después», que es lo que da el NPNF. · Elaboración propia para Eusebeia · fechas del NPNF, vol. 5 (índice de los tratados) y de Wikipedia («Pope Zosimus», «Pope Boniface I»)

    Capítulo 7.— Sugiere un dilema a Celestio.

    II, 7

    ¿Qué fue lo que el mismo papa respondió a los obispos de Numidia acerca de esta misma causa, porque había recibido cartas de ambos concilios, tanto del Concilio de Cartago como del Concilio de Milevi? ¿No habla clarísimamente acerca de los pequeñitos? Porque estas son sus palabras: «Porque eso que vuestra Fraternidad afirma que predican, que los pequeñitos pueden ser dotados con los premios de la vida eterna aun sin la gracia del bautismo, es en extremo necio; porque si no comieren la carne del Hijo del hombre y no bebieren su sangre, no tendrán vida en sí mismos. [] Y los que sostienen que esto les pertenece sin la regeneración, me parece que quieren destruir el bautismo mismo, puesto que proclaman que ellos tienen aquello que creemos no se les confiere sin el bautismo.» ¿Qué dice a esto el hombre ingrato, cuando la Sede Apostólica ya lo había perdonado en virtud de su declaración, como si hubiera sido corregido por su indulgentísima benignidad? ¿Qué dice a esto? ¿Estarán los pequeñitos, después del fin de su vida, aun si mientras viven no son bautizados en Cristo, en la vida eterna, o no lo estarán? Si dijera: «Lo estarán,» ¿cómo entonces respondió que había condenado lo que se había dicho bajo su nombre «conforme al juicio de Inocencio, de bendita memoria»? He aquí que el papa Inocencio, de bendita memoria, dice que los pequeñitos no tienen vida sin el bautismo de Cristo y sin participar del cuerpo y de la sangre de Cristo. Si dijera: «No lo estarán,» ¿cómo entonces, si no reciben la vida eterna, no son ciertamente por consecuencia condenados a la muerte eterna, si no traen ningún pecado original?

    Capítulo 8.— La fe católica acerca de los pequeñitos.

    II, 8

    ¿Qué dicen a estas cosas quienes se atreven además a escribir sus perniciosas impiedades y a enviarlas a los obispos orientales? Se tiene por cierto que Celestio dio su consentimiento a las cartas del venerable Inocencio; se leen las cartas mismas del mencionado prelado, y escribe que los pequeñitos que no son bautizados no pueden tener vida. ¿Y quién negará que, como consecuencia, tienen muerte, si no tienen vida? ¿De dónde, pues, viene a los pequeñitos una pena tan miserable como esa, si no hay culpa original? ¿Cómo, pues, acusan de prevaricación al clero romano aquellos desertores de la fe y enemigos de la gracia bajo el obispo Zósimo, como si en la condenación posterior de Celestio y Pelagio hubieran tenido otro parecer distinto del que tuvieron en la anterior bajo Inocencio? Porque, ciertamente, puesto que por las cartas del venerable Inocencio acerca de la permanencia de los pequeñitos en la muerte eterna si no eran bautizados en Cristo resplandeció la antigüedad de la fe católica, sin duda sería más bien prevaricador respecto de la Iglesia romana quien se apartara de aquel juicio; y como, con la bendición de Dios, esto no sucedió, sino que aquel juicio mismo fue mantenido constantemente en la repetida condenación de Celestio y Pelagio, entiendan que ellos mismos están en la situación en que acusan a otros de estar, y en adelante sean curados de su prevaricación contra la fe. Porque la fe católica no dice que la naturaleza del hombre sea mala en cuanto fue hecho hombre al principio por el Creador; ni es ahora malo suyo lo que Dios crea en esa naturaleza cuando hace hombres de hombres, sino lo que él trae de aquel pecado del primer hombre.

    Capítulo 9 [V.]— Responde a las calumnias de los pelagianos.

    II, 9

    Y ahora debemos examinar aquellas cosas que nos objetaron en sus cartas y mencionaron brevemente. A ellas esta es mi respuesta. No decimos que por el pecado de Adán pereciera el libre albedrío de la naturaleza de los hombres; sino que sirve para pecar en los hombres sometidos al diablo, mientras que no sirve para vivir bien y piadosamente, a no ser que la voluntad misma del hombre sea hecha libre por la gracia de Dios y sea ayudada para todo buen movimiento de acción, de palabra, de pensamiento. Decimos que nadie sino el Señor Dios es el hacedor de los que nacen, y que el matrimonio no fue instituido por el diablo, sino por Dios mismo; sin embargo, que todos nacen bajo el pecado por causa de la culpa de la propagación y que, por tanto, todos están bajo el diablo hasta que renacen en Cristo. Ni sostenemos la fatalidad bajo el nombre de gracia porque decimos que la gracia de Dios no es precedida por mérito alguno del hombre. Si, no obstante, a alguno le agrada llamar a la voluntad del Dios omnipotente con el nombre de fatalidad, nosotros, en verdad, rehuimos las novedades profanas de palabras, no tenemos empeño en contender sobre palabras.

    Capítulo 10.— Por qué los pelagianos acusan falsamente a los católicos de sostener la fatalidad bajo el nombre de gracia.

    II, 10

    Pero, considerando con algo más de atención por qué razón les pareció bien objetarnos esto, que afirmamos la fatalidad bajo el nombre de gracia, examiné ante todo las palabras suyas que siguen. Pues así han pensado que debía objetársenos: «Bajo el nombre» —dicen— «de gracia, afirman de tal modo la fatalidad que dicen que, a menos que Dios inspire al hombre renuente y resistente el deseo del bien, y aun ese bien imperfecto, no podría ni apartarse del mal ni alcanzar el bien.» Luego, un poco después, donde mencionan lo que ellos sostienen, atendí a lo que dijeron sobre este asunto. «Confesamos» —dicen— «que el bautismo es necesario para todas las edades, y que la gracia, además, ayuda al buen propósito de cada uno; pero que no infunde el amor de la virtud en quien se resiste, porque no hay acepción de personas en Dios.» Por estas palabras suyas, comprendí que por esa razón piensan, o quieren que se piense, que afirmamos la fatalidad bajo el nombre de gracia, porque decimos que la gracia de Dios no se da en atención a nuestros méritos, sino según su propia voluntad misericordiosísima, en aquello que dijo: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.» A lo cual, por vía de consecuencia, se añade: «Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.» [] Aquí cualquiera podría ser igualmente necio en pensar o decir que el apóstol es un asertor de la fatalidad. Pero aquí estos se ponen suficientemente al descubierto; porque cuando nos calumnian diciendo que sostenemos la fatalidad bajo el nombre de gracia, porque decimos que la gracia de Dios no se da a causa de nuestros méritos, sin duda confiesan que ellos mismos dicen que se da a causa de nuestros méritos; así su ceguera no pudo ocultar ni disimular que creen y piensan de este modo, aunque, cuando se le objetó esta opinión, Pelagio, en el juicio episcopal de Palestina, la condenó con astuto temor. Porque se le objetó, en efecto, por las palabras de su propio discípulo Celestio, que él también solía decir que la gracia de Dios se da a causa de nuestros méritos. Y él, con aversión, o con fingida aversión a esto, no tardó, al menos con los labios, en anatematizarlo; pero, como lo indican sus escritos posteriores y lo manifiesta la afirmación de sus seguidores, lo guardaba en su corazón engañoso, hasta que después su audacia pudiera sacar a la luz en cartas lo que la astucia de un negador había ocultado entonces por miedo. Y aun los obispos pelagianos no temen, y al menos no se avergüenzan, de enviar sus cartas a los obispos católicos orientales, en las cuales nos acusan de ser asertores de la fatalidad porque no decimos que aun la gracia sea dada según nuestros méritos; aunque Pelagio, temiendo a los obispos orientales, no se atrevió a decir esto, y por ello se vio obligado a condenarlo.

    Capítulo 11 [VI.]— La acusación de la fatalidad es devuelta contra los adversarios.

    II, 11

    ¿Pero es verdad, oh hijos de la soberbia, enemigos de la gracia de Dios, nuevos herejes pelagianos, que todo aquel que dice que todos los buenos merecimientos del hombre son precedidos por la gracia de Dios, y que la gracia de Dios no se da a los méritos, para que no deje de ser gracia si no se da gratuitamente y no se paga como debida a quienes la merecen, os parece que afirma la fatalidad? ¿No decís vosotros mismos también, sea cual fuere vuestra intención, que el bautismo es necesario para todas las edades? ¿No habéis escrito en esa misma carta vuestra la opinión sobre el bautismo y la opinión sobre la gracia una al lado de otra? ¿Por qué el bautismo, que se da a los pequeñitos, no os amonestó con esa misma yuxtaposición lo que debíais pensar acerca de la gracia? Porque estas son vuestras palabras: «Confesamos que el bautismo es necesario para todas las edades, y que la gracia, además, ayuda al buen propósito de cada uno; pero que no infunde el amor de la virtud en quien se resiste, porque no hay acepción de personas en Dios.» En todas estas palabras vuestras, por el momento nada digo de lo que habéis dicho acerca de la gracia. Pero dad una razón acerca del bautismo: por qué decís que es necesario para todas las edades; decid por qué es necesario para los pequeñitos. Ciertamente, porque les confiere algún bien; y ese algo no es ni pequeño ni mediano, sino de gran importancia. Pues aunque negáis que contraigan el pecado original que se remite en el bautismo, no negáis que en aquel lavacro de la regeneración son adoptados, de hijos de los hombres, como hijos de Dios; es más, incluso predicáis esto. Decidnos, pues, cómo los pequeñitos, sean quienes sean, que son bautizados en Cristo y han salido del cuerpo, recibieron un don tan excelso como este, y con qué méritos precedentes. Si dijerais que han merecido esto por la piedad de sus padres, se os responderá: ¿Por qué este beneficio es a veces negado a los hijos de personas piadosas y dado a los hijos de los impíos? Porque a veces la prole nacida de personas religiosas, en edad tierna, y así recién salida del seno, es arrebatada por la muerte antes de poder ser lavada en el lavacro de la regeneración; y el pequeñito nacido de enemigos de Cristo es bautizado en Cristo por la misericordia de los cristianos: la madre bautizada llora a su propio pequeñito no bautizado, y la virgen casta recoge para que sea bautizada una prole ajena, expuesta por una madre impúdica. Aquí, ciertamente, faltan los méritos de los padres y, aun por vuestra propia confesión, faltan también los méritos de los propios pequeñitos. Porque sabemos que no creéis esto del alma humana: que haya vivido en alguna parte antes de habitar este cuerpo terreno y haya hecho algo bueno o malo por lo cual mereciera tal diferencia en la carne. ¿Qué causa, pues, ha conseguido el bautismo para este pequeñito y lo ha negado a aquel? ¿Tienen fatalidad porque no tienen mérito? ¿O hay en estas cosas acepción de personas en Dios? Porque habéis dicho ambas cosas —primero la fatalidad, después la acepción de personas— para que, refutadas ambas, quede el mérito que queréis introducir contra la gracia. Responded, pues, acerca de los méritos de los pequeñitos: por qué unos salen de sus cuerpos bautizados y otros no bautizados, y por los méritos de sus padres ni alcanzan ni dejan de alcanzar un don tan excelente que se convierten en hijos de Dios de hijos de los hombres, sin merecimiento alguno de sus padres, sin merecimientos propios. Calláis, en verdad, y os encontráis más bien en la misma posición que nos objetáis a nosotros. Porque si cuando no hay mérito decís que, por consiguiente, hay fatalidad, y por esto queréis que se entienda el mérito del hombre en la gracia de Dios, para no veros obligados a confesar la fatalidad; mirad que más bien afirmáis una fatalidad en el bautismo de los pequeñitos, puesto que confesáis que en ellos no hay mérito. Pero si, en el caso de los pequeñitos que han de ser bautizados, negáis que preceda mérito alguno y, sin embargo, no concedéis que haya fatalidad, ¿por qué clamáis —cuando decimos que la gracia de Dios se da gratuitamente, para que no deje de ser gracia, y no se paga como debida a méritos precedentes— que somos asertores de la fatalidad? — no percibiendo que en la justificación del impío, así como no hay méritos porque es gracia de Dios, de igual modo no es fatalidad porque es gracia de Dios, y de igual modo no es acepción de personas porque es gracia de Dios.

    Capítulo 12.— Qué se entiende bajo el nombre de fatalidad.

    II, 12

    Porque los que afirman la fatalidad sostienen que no sólo las acciones y los acontecimientos, sino también nuestras mismas voluntades dependen de la posición de los astros en el momento en que uno es concebido o nace; posiciones que ellos llaman «constelaciones.» Pero la gracia de Dios está por encima no sólo de todos los astros y de todos los cielos, sino también de todos los ángeles. En una palabra, los asertores de la fatalidad atribuyen a la fatalidad tanto las buenas y malas obras de los hombres como sus fortunas; pero Dios en las fortunas adversas de los hombres da a sus méritos la retribución debida, mientras que los bienes los otorga por gracia inmerecida con voluntad misericordiosa; haciendo lo uno y lo otro no según una conjunción temporal de astros, sino según el eterno y alto designio de su severidad y bondad. Vemos, pues, que ninguna de las dos cosas pertenece a la fatalidad. Aquí, si respondéis que esta misma benevolencia de Dios, por la cual no sigue méritos, sino que otorga beneficios inmerecidos con largueza gratuita, debería más bien llamarse «fatalidad,» cuando el apóstol llama a esto «gracia,» diciendo: «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe,» [] — ¿no consideráis, no percibís que no somos nosotros quienes afirmamos la fatalidad bajo el nombre de gracia, sino que sois más bien vosotros quienes llamáis a la gracia divina con el nombre de fatalidad?

    Capítulo 13 [VII.]— Rechaza la calumnia acerca de la acepción de personas.

    II, 13

    Y, además, rectamente llamamos «acepción de personas» cuando el que juzga, desatendiendo el mérito de la causa sobre la cual juzga, favorece a uno contra otro porque halla en su persona algo digno de honor o de piedad. Pero si alguien tiene dos deudores y escoge perdonar la deuda a uno y exigirla al otro, da a quien quiere y no defrauda a nadie; ni esto ha de llamarse «acepción de personas,» puesto que no hay injusticia. La acepción de personas puede parecer de otro modo a los de poco entendimiento, cuando el amo de la viña dio a los obreros que habían trabajado en ella una hora tanto como a los que habían soportado la carga y el calor del día, igualándolos en el jornal a pesar de la diferencia que hubo en su trabajo. Pero ¿qué respondió a los que murmuraban contra el amo de la casa acerca de esto, como si fuera acepción de personas? «Amigo,» dijo, «no te hago agravio. ¿No conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; pero quiero dar a este último como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero? ¿Es malo tu ojo porque yo soy bueno?» He aquí, en verdad, toda la justicia: «Yo quiero esto. A ti,» dice, «te he pagado; a él he concedido; ni te he quitado nada a ti para dárselo a él; ni he disminuido ni negado lo que te debía.» «¿No me es lícito hacer lo que quiero? ¿Es malo tu ojo porque yo soy bueno?» Así, pues, como aquí no hay acepción de personas, porque uno es honrado gratuitamente de modo que a otro no se le defrauda lo debido: así también, cuando según el propósito de Dios uno es llamado y otro no es llamado, se otorga un beneficio gratuito al que es llamado, y el llamamiento mismo es el principio de ese beneficio; se paga un mal al que no es llamado, porque todos son culpables, por cuanto por un hombre entró el pecado en el mundo. Y en aquella parábola de los obreros, ciertamente, donde recibieron un denario tanto los que trabajaron una hora como los que trabajaron doce veces más tiempo—aunque estos últimos, según razonamientos humanos, por vanos que sean, hubieran debido recibir doce denarios en proporción a su trabajo—, fueron igualados en el beneficio, no librados unos y condenados otros; porque incluso los que trabajaron más tenían del mismo amo de la casa tanto el haber sido llamados para venir como el haber sido alimentados para no padecer necesidad. Pero donde se dice: «Por tanto, de quien quiere tiene misericordia, y a quien quiere endurece,» [] quien «hace un vaso para honra y otro para deshonra» [] se da ciertamente sin méritos y gratuitamente, porque el que no la recibe es de la misma masa; pero el mal se paga merecidamente y por deuda, ya que en la masa de perdición no se paga injustamente el mal al malvado. Y para aquel a quien se le paga es un mal, porque es su castigo; mientras que para Aquel por quien se le paga es un bien, porque es su derecho hacerlo. Ni hay acepción de personas en el caso de dos deudores igualmente culpables, si a uno se le perdona y al otro se le reclama lo que ambos deben por igual.

    Capítulo 14.— Ilustra su argumento con un ejemplo.

    II, 14

    Mas para que lo que digo se aclare con la presentación de un ejemplo, supongamos ciertos mellizos, nacidos de una ramera y expuestos para que otros los recogieran. Uno de ellos murió sin bautismo; el otro es bautizado. ¿Qué podemos decir que hubo en este caso de «fatalidad» o de «fortuna,» que aquí no son absolutamente nada? ¿Qué «acepción de personas,» cuando en Dios no la hay, aun si pudiera haber algo semejante en estos casos, dado que ciertamente nada tenían por lo cual uno pudiera ser preferido al otro, ni méritos propios—ya sean buenos, por los cuales uno mereciera ser bautizado, o malos, por los cuales el otro mereciera morir sin bautismo? ¿Acaso había méritos en sus padres, cuando el padre era fornicario y la madre ramera? Pero de cualquier clase que fueran esos méritos, ciertamente no había ninguno distinto en aquellos que murieron en condiciones tan diferentes, sino que todos eran comunes a ambos. Pues si ni la fatalidad, puesto que ninguna estrella los hizo diferir; ni la fortuna, puesto que ningún accidente fortuito produce estas cosas; ni la diversidad de personas ni de méritos han hecho esto; ¿qué queda, en lo que se refiere al niño bautizado, sino la gracia de Dios, que se da gratuitamente a los vasos hechos para honra; pero, en lo que se refiere al niño no bautizado, la ira de Dios, que se paga a los vasos hechos para deshonra en atención a los merecimientos de la masa misma? Pero en aquel que es bautizado os obligamos a confesar la gracia de Dios y os convencemos de que no precedió mérito propio alguno; pero en cuanto a aquel que murió sin bautismo, por qué le faltó ese sacramento que aun vosotros confesáis ser necesario para todas las edades, y qué pudo haberse castigado en él de ese modo, a vosotros os toca verlo, que no queréis que exista pecado original alguno.

    Capítulo 15.— El Apóstol responde a la cuestión dejándola sin resolver.

    II, 15

    Puesto que en el caso de aquellos dos mellizos tenemos sin duda un solo y mismo caso, la dificultad de la cuestión de por qué el uno murió de una manera y el otro de otra, la resuelve el apóstol como sin resolverla; pues, cuando había propuesto algo de la misma clase acerca de dos mellizos, visto que se dijo (no por obras, puesto que aún no habían hecho nada ni bueno ni malo, sino por Aquel que llama), «El mayor servirá al menor» [] y, «A Jacob amé, y a Esaú aborrecí;» [] y había prolongado el horror de esta cosa profunda hasta el punto de decir, «Por tanto, de quien quiere tiene misericordia, y a quien quiere endurece:» [] percibió al punto cuál era la dificultad, y se opuso a sí mismo las palabras de un contradictor que debía reprimir con autoridad. Pues dice: Me dirás, pues: «¿Por qué, pues, aún inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad?» Y al que dice esto respondió: «Oh hombre, ¿quién eres tú para que repliques contra Dios? ¿Dirá acaso el objeto formado al que lo formó: Por qué me hiciste así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?» [] Luego, continuando, abrió este grande y oculto secreto en cuanto juzgó conveniente que fuera revelado a los hombres, diciendo: «Pero si Dios, queriendo mostrar su ira y manifestar su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, para dar a conocer las riquezas de su gloria sobre los vasos de misericordia que preparó para gloria.» [] Esto no es sólo la ayuda, sino además la prueba de la gracia de Dios—la ayuda, a saber, en los vasos de misericordia, pero la prueba en los vasos de ira; pues en éstos muestra su ira y da a conocer su poder, porque su bondad es tan poderosa que incluso usa bien del mal; y en aquéllos da a conocer las riquezas de su gloria sobre los vasos de misericordia, porque lo que la justicia de un castigador exige de los vasos de ira, la gracia del Libertador lo perdona a los vasos de misericordia. Ni aparecería la bondad que se concede gratuitamente a algunos, si a otros igualmente culpables y de la misma masa no mostrara Dios lo que realmente se debía a ambos, y los condenara con justo juicio. «Porque ¿quién te hace diferir?» [] dice el mismo apóstol a un hombre que, por así decirlo, se jacta de sí mismo y de sus propios bienes. «Porque ¿quién te hace diferir» de los vasos de ira; por supuesto, de la masa de perdición que ha enviado a todos por uno a la condenación? «¿Quién te hace diferir?» Y como si hubiera respondido: «Mi fe me hace diferir—mi propósito, mi mérito» —, dice: «Porque ¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» —esto es, como si aquello por lo cual eres hecho diferir fuera tuyo. Por tanto, te hace diferir Aquel que otorga aquello de donde eres hecho diferir, quitando la pena debida y concediendo la gracia no debida. Hace diferir Aquel que, cuando las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, dijo: «Sea la luz; y fue la luz, y separó» —esto es, hizo diferir— «entre la luz y las tinieblas.» [] Pues cuando sólo había tinieblas, no encontró lo que debía hacer diferir; sino que, al hacer la luz, hizo diferir; de modo que pueda decirse al malvado justificado: «Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor.» [] Y así, el que se gloría, no debe gloriarse en sí mismo, sino en el Señor. Hace diferir Aquel que—de los que aún no han nacido y que aún no han hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios, según la elección, permaneciera no por obras, sino por Aquel que llama—dijo: El mayor servirá al menor, y recomendando después ese mismo propósito por boca del profeta, dijo: «A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.» [] Porque dijo «la elección», y en esto Dios no encuentra hecho por otro lo que haya de elegir, sino que Él mismo hace lo que ha de encontrar; así como está escrito del remanente de Israel: «Ha quedado un remanente por la elección de la gracia; pero si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia.» [] Por lo cual sois ciertamente necios quienes, cuando la Verdad declara: «No por obras, sino por Aquel que llama, fue dicho», decís que Jacob fue amado por causa de las obras futuras que Dios previó que haría, y así contradecís al apóstol cuando dice: «No por obras;» como si no hubiera podido decir: «No por obras presentes, sino por obras futuras.» Pero dice: «No por obras», para encomendar la gracia; «pero si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia.» Pues la gracia, no debida, sino gratuita, precede, para que por ella se hagan buenas obras; pero si las buenas obras precedieran, la gracia se pagaría, por así decirlo, a las obras, y así la gracia ya no sería gracia.

    Capítulo 16.— Se refuta a los pelagianos con el caso de los mellizos que mueren, uno después de la gracia del bautismo y el otro sin ella.

    II, 16

    Pero para que se os quite todo escondrijo de vuestras tinieblas, os he propuesto el caso de unos mellizos que no fueron ayudados por los méritos de sus padres, y ambos murieron en el comienzo mismo de la infancia, uno bautizado, el otro sin bautismo; no sea que digáis que Dios previó sus obras futuras, como decís de Jacob y Esaú, en contra del apóstol. Pues ¿cómo previó que serían aquellas cosas que, en esos niños que habían de morir en la infancia, más bien previó que no serían, ya que su presciencia no puede ser engañada? ¿O de qué aprovecha a los que son arrebatados de esta vida, para que la malicia no cambie su entendimiento ni el engaño seduzca su alma, si aun el pecado que no se ha hecho, dicho o pensado, se castiga así como si se hubiera cometido? Porque, si es del todo absurdo, necio y sin sentido que unos hombres hayan de ser condenados por aquellos pecados cuya culpa no pudieron ni heredar de sus padres, como decís, ni incurrir por sí mismos, sea cometiéndolos o aun pensándolos, se os vuelve aquel hermano mellizo no bautizado del bautizado, y os pregunta silenciosamente por qué razón fue hecho diferir de su hermano en cuanto a la felicidad—por qué fue castigado con aquella infelicidad, de modo que, mientras su hermano fue adoptado como hijo de Dios, él no recibiera aquel sacramento que, como confesáis, es necesario para toda edad, si, así como no hay fortuna ni fatalidad ni acepción de personas en Dios, tampoco hay don de gracia sin méritos, ni pecado original. A este niño mudo sometéis absolutamente vuestra lengua y vuestra voz; a este testigo que nada dice—¡no tenéis absolutamente nada que decir!

    Capítulo 17 [VIII.]— Aun el deseo de un bien imperfecto es un don de la gracia; de lo contrario, la gracia se daría según los méritos.

    II, 17

    Veamos ahora, en cuanto podamos, la naturaleza de esa cosa que quieren que preceda en el hombre, para que éste sea considerado digno del auxilio de la gracia, y al mérito de la cual en él la gracia no se le da como no debida, sino que se le paga como debida; y así la gracia ya no es gracia. Veamos, sin embargo, qué es esto. «Bajo el nombre,» dicen, «de gracia, afirman de tal modo la fatalidad que dicen que, a menos que Dios hubiera inspirado el deseo del bien, y éste, imperfecto, en el hombre que no quiere y resiste, éste no podría ni apartarse del mal ni asirse al bien.» Ya he mostrado qué cosas vanas dicen acerca de la fatalidad y la gracia. Ahora la cuestión que debo considerar es ésta: si Dios inspira el deseo del bien en el hombre que no quiere y resiste, para que ya no sea renuente, ya no resista, sino que consienta al bien y quiera el bien. Porque aquellos quieren que el deseo del bien en el hombre comience del hombre mismo; que el mérito de este comienzo, además, sea acompañado por la gracia de la consumación—si es que al menos conceden siquiera esto. Pues Pelagio dice que lo que es bueno se cumple «más fácilmente» si la gracia ayuda. Con cuya adición—esto es, al añadir «más fácilmente»—ciertamente significa que es de opinión que, aun si faltara el auxilio de la gracia, el bien podría realizarse, aunque con mayor dificultad, por el libre albedrío. Pero dejadme prescribir a mis actuales adversarios lo que deben pensar en esta materia, sin hablar del autor mismo de esta herejía. Permitámosles, con su libre albedrío, ser libres aun del mismo Pelagio, y atendamos más bien a las palabras que han escrito en esta carta a la que respondo.

    Capítulo 18.— El deseo del bien es don de Dios.

    II, 18

    Porque han pensado que se nos debía objetar que decimos «que Dios inspira en el hombre que no quiere y resiste el deseo,» no de un bien muy grande, sino «incluso de un bien imperfecto.» Posiblemente, pues, ellos mismos dejan abierto, en algún sentido al menos, un lugar a la gracia, pensando que el hombre puede tener el deseo del bien sin la gracia, pero sólo del bien imperfecto; mientras que del perfecto, no podría fácilmente tener el deseo aun con la gracia, pero sin ella no podría tenerlo en absoluto. En verdad, aun de este modo, dicen que la gracia de Dios se da según nuestros méritos, lo cual Pelagio, en la reunión eclesiástica de Oriente, condenó por temor a ser condenado. Pues si sin la gracia de Dios el deseo del bien comienza de nosotros mismos, el mérito mismo habrá comenzado—al cual, como si fuera deuda, viene el auxilio de la gracia; y así la gracia de Dios no se otorgará gratuitamente, sino que se dará según nuestro mérito. Mas para dar una respuesta al futuro Pelagio, el Señor no dice: «Sin mí difícilmente podéis hacer algo», sino que dice: «Sin mí nada podéis hacer.» [] Y, para dar también respuesta a estos futuros herejes, en ese mismo dicho evangélico no dice: «Sin mí podéis perfeccionar nada», sino «hacer» nada. Pues si hubiera dicho «perfeccionar», podrían decir que la ayuda de Dios es necesaria no para comenzar el bien, que es de nosotros, sino para perfeccionarlo. Pero oigan también al apóstol. Pues cuando el Señor dice: «Sin mí nada podéis hacer», en esta sola palabra comprende tanto el comienzo como el fin. El apóstol, en verdad, como si fuera un expositor del dicho del Señor, distinguió ambos con mucha claridad cuando dice: «Porque el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús.» [] Pero en las Santas Escrituras, en los escritos del mismo apóstol, encontramos más acerca de aquello de que hablamos. Pues ahora hablamos del deseo del bien, y si quieren que éste comience de nosotros y sea perfeccionado por Dios, vean qué pueden responder al apóstol cuando dice: «No que seamos suficientes para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia proviene de Dios.» [] «Pensar algo», dice—ciertamente quiere decir, «pensar algo bueno;» ¿pero es menos pensar que desear? Porque pensamos todo lo que deseamos, pero no deseamos todo lo que pensamos; porque a veces también pensamos lo que no deseamos. Puesto que, entonces, es cosa menor pensar que desear—pues un hombre puede pensar un bien que aún no desea, y avanzando puede después desear lo que antes pensaba sin deseo—¿cómo no somos suficientes de nosotros mismos para aquello que es menor, esto es, para pensar algo bueno, sino que nuestra suficiencia proviene de Dios; mientras que para aquello que es mayor—esto es, para el deseo de algún bien—sin la ayuda divina somos suficientes por el libre albedrío? Pues lo que el apóstol dice aquí no es: «No que seamos suficientes de nosotros mismos para pensar lo que es perfecto;» sino que dice: «pensar algo», a lo cual «nada» es lo contrario. Y éste es el sentido de lo que dice el Señor: «Sin mí nada podéis hacer.»

    Capítulo 19 [IX.]— Interpreta las Escrituras de las que los pelagianos hacen mal uso.

    II, 19

    Pero ciertamente, en cuanto a lo que está escrito: «La preparación del corazón es cosa del hombre, y la respuesta de la lengua proviene del Señor,» [] se engañan por un entendimiento imperfecto, de modo que piensan que preparar el corazón—es decir, comenzar el bien—pertenece al hombre sin el auxilio de la gracia de Dios. ¡Sea lejos de los hijos de la promesa entenderlo así! Como si, cuando oyeron al Señor decir: «Sin mí nada podéis hacer,» [] lo convencieran diciendo: «He aquí que sin ti podemos preparar el corazón;» o cuando oyeron del apóstol Pablo: «No que seamos suficientes para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia proviene de Dios,» [] como si también lo convencieran a él, diciendo: «He aquí que somos suficientes por nosotros mismos para preparar nuestro corazón, y así también para pensar algún bien; pues ¿quién puede sin buen pensamiento preparar su corazón para el bien?» ¡Sea lejos de cualquiera entender así el pasaje, excepto los soberbios defensores del libre albedrío y desertores de la fe católica! Por tanto, puesto que está escrito: «Es cosa del hombre preparar el corazón, y la respuesta de la lengua proviene del Señor,» es que el hombre prepara su corazón, no, sin embargo, sin el auxilio de Dios, quien toca el corazón de modo que el hombre prepara el corazón. Pero en la respuesta de la lengua—es decir, en aquello que la lengua divina responde al corazón preparado—el hombre no tiene parte; sino que todo proviene del Señor Dios.

    Capítulo 20.— La agencia de Dios es necesaria aun en las obras del hombre.

    II, 20

    Pues como está dicho: «Es cosa del hombre preparar el corazón, y la respuesta de la lengua proviene del Señor;» así también está dicho: «Abre tu boca, y yo la llenaré.» Porque aunque, salvo por su asistencia sin la cual nada podemos hacer, no podemos abrir nuestra boca, sin embargo la abrimos por su auxilio y por nuestra propia acción, mientras el Señor la llena sin nuestra acción. Porque ¿qué es preparar el corazón y abrir la boca, sino preparar la voluntad? Y sin embargo en las mismas Escrituras se lee: «La voluntad es preparada por el Señor,» [Proverbios viii] y: «Tú abrirás mis labios, y mi boca anunciará tu alabanza.» Así Dios nos amonesta a preparar nuestra voluntad en lo que leemos: Es cosa del hombre preparar su corazón; y no obstante, para que el hombre pueda hacer esto, Dios le ayuda, porque la voluntad es preparada por el Señor. Y: Abre tu boca. Esto lo dice a modo de mandato, de tal modo que nadie puede hacerlo a menos que sea hecho por su auxilio, a quien se dice: «Tú abrirás mis labios.» ¿Acaso alguno de estos hombres es tan necio como para contender que la boca es una cosa y los labios otra; y decir con maravillosa trivialidad que el hombre abre su propia boca y Dios abre los labios del hombre? Y sin embargo Dios los aparta incluso de ese absurdo donde dice a Moisés su siervo: «Yo abriré tu boca, y te instruiré lo que debas hablar.» [] En aquella cláusula, por tanto, donde dice: «Abre tu boca y yo la llenaré,» parece, por así decirlo, que una cosa pertenece al hombre y la otra a Dios. Pero en ésta, donde se dice: «Yo abriré tu boca y te instruiré,» ambas pertenecen a Dios. ¿Por qué es esto, sino porque en uno de estos casos Él coopera con el hombre como agente, y en el otro lo hace solo?

    Capítulo 21.— El hombre no hace bien alguno que Dios no le haga hacer.

    II, 21

    Por lo cual Dios hace muchas cosas buenas en el hombre que el hombre no hace; pero el hombre no hace ninguna que Dios no le haga hacer. En consecuencia, no habría deseo de bien en el hombre procedente del Señor si no fuera un bien; pero si es un bien, no lo tenemos sino de Aquel que es sumamente e incomunicablemente bueno. Pues ¿qué es el deseo del bien sino amor, del cual habla sin ambigüedad el apóstol Juan, y dice: «El amor es de Dios»? [] Ni su comienzo es de nosotros, ni su perfección de Dios; sino que si el amor es de Dios, todo él lo tenemos de Dios. ¡Aparte Dios por todos los medios esta necedad de hacernos primeros en sus dones, y Él último—porque «Su misericordia me precederá.» Y es Él a quien se canta fiel y verazmente: «Porque lo has precedido con bendiciones de dulzura.» ¿Y qué se entiende aquí más propiamente sino ese mismo deseo del bien del que hablamos? Pues el bien comienza a ser deseado cuando ha comenzado a hacerse dulce. Pero cuando el bien se hace por temor del castigo, no por amor a la justicia, el bien no está aún bien hecho. Ni se hace en el corazón lo que parece hacerse en el acto cuando el hombre preferiría no hacerlo si pudiera evadirlo con impunidad. Por tanto, la «bendición de dulzura» es la gracia de Dios, por la cual se produce en nosotros que lo que Él nos prescribe nos deleite, y lo deseemos—es decir, lo amemos; y si Dios no nos precede en esto, no sólo no se perfecciona, sino que ni siquiera comienza por nosotros. Porque, si sin Él nada podemos hacer en acto, no podemos ni comenzar ni perfeccionar—porque para comenzar se dice: «Su misericordia me precederá;» para terminar, se dice: «Su misericordia me seguirá.»

    Capítulo 22 [X.]— Según el propósito de quién son llamados los elegidos.

    II, 22

    ¿Por qué, pues, sucede que, en lo que sigue, donde mencionan lo que ellos mismos piensan, dicen confesar: «Que la gracia también ayuda al buen propósito de cada uno, pero que no infunde el deseo de la virtud en un corazón renuente»? Porque lo dicen como si el hombre por sí mismo, sin la ayuda de Dios, tuviera un buen propósito y un deseo de virtud; y este mérito precedente fuera digno de ser ayudado por la gracia subsiguiente de Dios. Pues piensan, quizá, que el apóstol dijo así: «Porque sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, a los que son llamados conforme al propósito,» [] de modo que quieren que se entienda el propósito del hombre, al cual propósito, como buen mérito, pudiera seguir la misericordia de Dios que llama; ignorando que se dice: «Los que son llamados conforme al propósito,» para que se entienda el propósito de Dios, no el del hombre, por el cual a los que antes conoció y predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, los eligió antes de la fundación del mundo. Pues no todos los llamados son llamados conforme al propósito, ya que «muchos son llamados, pocos escogidos.» [] Éstos, por tanto, son llamados conforme al propósito, los que fueron elegidos antes de la fundación del mundo. De este propósito de Dios, se dijo también aquello que ya he mencionado acerca de los mellizos Esaú y Jacob: «Para que conforme a la elección permaneciera el propósito de Dios, no por las obras sino por el que llama; se le dijo: el mayor servirá al menor.» [] Este propósito de Dios se menciona también en aquel lugar donde, escribiendo a Timoteo, dice: «Trabaja con el evangelio según el poder de Dios, que nos salva y llama con llamamiento santo; no conforme a nuestras obras, sino según su propósito y gracia, que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos eternos, pero ahora ha sido manifestada por la venida de nuestro Salvador Jesucristo.» [] Éste, pues, es el propósito de Dios, del cual se dice: «Todas las cosas les ayudan a bien a los que son llamados conforme al propósito.» Pero la gracia subsiguiente ciertamente ayuda al buen propósito del hombre; mas el propósito mismo no existiría si la gracia no precediera. También el deseo del hombre, que se llama bueno, aunque al comenzar a existir es ayudado por la gracia, no comienza sin la gracia, sino que es inspirado por Aquel de quien dice el apóstol: «Pero gracias a Dios, que ha puesto en el corazón de Tito el mismo deseo por vosotros.» [] Si Dios da deseo para que cada uno lo tenga por otros, ¿quién otro lo dará para que el hombre lo tenga por sí mismo?

    Capítulo 23.— Nada se manda al hombre que no sea dado por Dios.

    II, 23

    Siendo esto así, veo que nada es mandado al hombre por el Señor en las Sagradas Escrituras, para probar su libre albedrío, que no se halle o que comience por su bondad, o que se pida para demostrar el auxilio de la gracia; ni el hombre comienza en absoluto a ser cambiado por el comienzo de la fe de mal a bien, a menos que la misericordia no comprada y gratuita de Dios obre esto en él. De lo cual uno, recordando su pensamiento, como leemos en los Salmos, dice: «¿Se olvidará Dios de ser clemente? ¿O retendrá sus misericordias en su ira? Y dije: Ahora he comenzado; este cambio es de la diestra del Altísimo.» Cuando, pues, había dicho: «Ahora he comenzado,» no dice: «Este cambio es de mi voluntad,» sino «de la diestra del Altísimo.» Así, por tanto, piénsese en la gracia de Dios, para que desde el comienzo de su buen cambio, hasta el fin de su consumación, el que se gloría se gloríe en el Señor; porque, así como nadie puede perfeccionar el bien sin el Señor, así nadie puede comenzarlo sin el Señor. Mas sea éste el fin de este libro, para que la atención del lector se reanime y fortalezca para lo que sigue.

    Libro III

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Contra dos cartas de los pelagianos · III, argumento
    Agustín pasa a refutar otras cosas que los pelagianos objetan calumniosamente en la misma carta enviada a Tesalónica; y expone, en oposición a su herejía, lo que los verdaderamente católicos dicen acerca de la utilidad de la ley; qué enseñan del efecto y virtud del bautismo; qué de la discrepancia entre los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo; qué acerca de la justicia y perfección de los profetas y apóstoles; qué de la denominación de pecado en Cristo, cuando se dice que en semejanza de carne de pecado condenó el pecado en la carne, o que fue hecho pecado; y finalmente, qué profesan acerca del cumplimiento de los mandamientos en la vida futura.

    Capítulo 1 [I.]— Planteamiento.

    III, 1

    Todavía siguen cosas que nos objetan calumniosamente; aún no comienzan a exponer aquellas cosas que ellos mismos piensan. Mas para que la prolijidad de estos escritos no sea una ofensa, he dividido las materias que objetan en dos Libros,— de los cuales, completado el primero, que es el Libro Segundo de toda esta obra, aquí comienzo el otro, y lo uno como Tercero al Primero y al Segundo.

    Capítulo 2 [II.]— La tergiversación de los pelagianos acerca del uso de la antigua ley.

    III, 2

    Declaran «que decimos que la ley del Antiguo Testamento fue dada no con el fin de que justificara a los obedientes, sino más bien para que se convirtiera en causa de mayor pecado.» Ciertamente, no entienden lo que decimos acerca de la ley; porque decimos lo que dice el apóstol, a quien ellos no entienden. Pues ¿quién puede decir que no son justificados los que obedecen a la ley, cuando, a menos que fueran justificados, no podrían ser obedientes? Mas decimos que por la ley se efectúa que se oiga lo que Dios quiere que se haga, pero que por la gracia se efectúa que la ley sea obedecida. «Pues no los oidores de la ley,» dice el apóstol, «son justos ante Dios, sino que los hacedores de la ley serán justificados.» [] Por tanto, la ley hace oidores de la justicia, la gracia hace hacedores. «Pues lo que era imposible a la ley,» dice el mismo apóstol, «en cuanto era débil por la carne, Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado condenó el pecado en la carne: para que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.» [] Esto es lo que decimos—rueguen que algún día lo entiendan, y no disputen de modo que nunca lo entiendan. Pues es imposible que la ley sea cumplida por la carne, es decir, por la presunción carnal, en la cual los soberbios, que ignoran la justicia de Dios—esto es, la que proviene de Dios al hombre para que sea justo—y deseosos de establecer su propia justicia—como si por su propia voluntad, sin ayuda de lo alto, pudiera cumplirse la ley—no están sujetos a la justicia de Dios. [] Por tanto, la justicia de la ley se cumple en los que no andan conforme a la carne—es decir, conforme al hombre, ignorante de la justicia de Dios y deseoso de establecer la suya propia—sino que andan conforme al Espíritu. Mas ¿quién anda conforme al Espíritu, sino cualquiera que es guiado por el Espíritu de Dios? «Pues todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son los hijos de Dios.» [] Por tanto «la letra mata, mas el Espíritu vivifica.» [] Y la letra no es mala porque mata; sino que convence a los impíos de transgresión. «Pues la ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno. ¿Acaso lo que es bueno,» dice, «se hizo muerte para mí? De ningún modo; sino que el pecado, para mostrarse pecado, obró la muerte en mí por lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento llegara a ser sobremanera pecador o pecado.» [] Esto es lo que significa «la letra mata.» «Porque el aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley;» [] porque por la prohibición aumenta los deseos del pecado, y de ahí mata al hombre a menos que la gracia, viniendo en su ayuda, lo vivifique.

    Capítulo 3.— Confirmación escritural de la doctrina católica.

    III, 3

    Esto es lo que decimos; esto es aquello de lo que nos objetan que decimos «que la ley fue dada de modo que fuera causa de mayor pecado.» No oyen al apóstol decir: «Porque la ley produce ira; pues donde no hay ley, no hay transgresión;» [] y: «La ley fue añadida por causa de las transgresiones, hasta que viniera la descendencia a quien se hizo la promesa;» [] y: «Si se hubiera dado una ley que pudiera dar vida, la justicia sería ciertamente por la ley; mas la Escritura encerró todo bajo pecado, para que la promesa por la fe de Jesucristo fuera dada a los que creen.» De aquí que el Antiguo Testamento, desde el monte Sinaí, donde fue dada la ley, engendra para servidumbre, la cual es Agar. «Mas nosotros,» dice, «no somos hijos de la esclava, sino de la libre.» Por tanto, no son hijos de la libre los que han aceptado la ley de la letra, por la cual se puede mostrar que son no sólo pecadores, sino además transgresores; sino los que han recibido el Espíritu de gracia, por el cual la ley misma, santa, justa y buena, puede cumplirse. Esto es lo que decimos: atiendan y no contiendan; busquen la iluminación y no levanten falsas acusaciones.

    Capítulo 4 [III.]— Tergiversación acerca del efecto del bautismo.

    III, 4

    «Afirman,» dicen, «que además el bautismo no hace nuevos a los hombres— es decir, no da remisión completa de los pecados; sino que sostienen que son hechos en parte hijos de Dios y en parte permanecen hijos del mundo, es decir, del diablo.» Engañan; tienden trampas; tergiversan; nosotros no decimos esto. Pues decimos que todos los hombres que son hijos del diablo son también hijos del mundo; pero no que todos los hijos del mundo sean también hijos del diablo. Lejos de nosotros decir que los santos padres Abraham, Isaac y Jacob, y otros de este tipo, fueran hijos del diablo cuando engendraban en el matrimonio, y aquellos creyentes que hasta ahora y todavía en adelante continúan engendrando. Y sin embargo no podemos contradecir al Señor cuando dice: «Los hijos de este mundo se casan y se dan en casamiento.» [] Algunos, por tanto, son hijos de este mundo, y sin embargo no son hijos del diablo. Porque aunque el diablo es el autor y fuente de todos los pecados, no todo pecado hace hijos del diablo; pues los hijos de Dios también pecan, ya que si dicen que no tienen pecado, se engañan a sí mismos, y la verdad no está en ellos. [] Mas pecan en virtud de aquella condición por la que aún son hijos de este mundo; pero por aquella gracia por la que son hijos de Dios ciertamente no pecan, porque todo aquel que es nacido de Dios no peca. [] Pero la incredulidad hace hijos del diablo; y la incredulidad se llama especialmente pecado, como si fuera el único, cuando no se expresa cuál es la naturaleza del pecado. Como cuando se habla de "el apóstol", si no se expresa qué apóstol, no se entiende otro sino Pablo; porque es más conocido por sus muchas epístolas, y trabajó más que todos ellos. Por lo cual, en lo que dijo el Señor del Espíritu Santo: «Él convencerá al mundo de pecado,» [] quiso que se entendiera la incredulidad; pues dijo esto cuando explicaba: «De pecado, porque no creyeron en mí,» [] y cuando dice: «Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado.» [] Pues no quiso decir que antes no tuvieran pecado, sino que deseó indicar aquella misma falta de fe por la que no le creyeron aun estando Él presente y hablándoles; ya que pertenecían a aquel de quien dice el apóstol: «Según el príncipe de la potestad del aire, que ahora obra en los hijos de la incredulidad.» [] Por tanto, aquellos en quienes no hay fe son hijos del diablo, porque no tienen en el hombre interior ninguna razón por la que se les perdone cuanto se cometa ya por la flaqueza humana, ya por ignorancia, ya por cualquiera mala voluntad. Mas aquéllos son hijos de Dios que ciertamente, si dicen «que no tienen pecado, se engañan a sí mismos, y la verdad no está en ellos, sino que inmediatamente» (como continúa) «cuando confiesan sus pecados» (lo cual los hijos del diablo no hacen, o no hacen según la fe que es peculiar a los hijos de Dios), «Él es fiel y justo para perdonarles sus pecados, y limpiarlos de toda injusticia.» [] Y para que lo que decimos se entienda más plenamente, óigase a Jesús mismo, quien ciertamente hablaba a los hijos de Dios cuando dijo: «Y si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?» [] Pues si éstos no fueran hijos de Dios, no les diría: «Vuestro Padre que está en los cielos.» Y sin embargo dice que son malos, y que saben dar buenas dádivas a sus hijos. ¿Acaso son, pues, malos en cuanto que son hijos de Dios? ¡Lejos el pensamiento! Sino que son malos porque aún son hijos de este mundo, aunque ahora hechos hijos de Dios por la prenda del Espíritu Santo.

    Capítulo 5.— El bautismo quita todos los pecados, pero no sana de una vez todas las flaquezas.

    III, 5

    El bautismo, pues, lava ciertamente todos los pecados—absolutamente todos los pecados, ya sean de obras, de palabras o de pensamientos, ya originales, ya añadidos, ya los que se cometen por ignorancia, ya los que se consienten con conocimiento; pero no quita la debilidad a la que el hombre regenerado resiste cuando pelea la buena batalla, pero a la que consiente cuando, como hombre, es sorprendido en alguna falta; por causa de la primera, gozándose con acción de gracias y, por causa de la segunda, gimiendo en la expresión de oraciones. Por causa de la primera, diciendo: «¿Qué pagaré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?» Por causa de la segunda, diciendo: «Perdónanos nuestras deudas.» [] Por causa de la primera, diciendo: «Te amaré, oh Señor, fortaleza mía.» Por causa de la segunda, diciendo: «Ten misericordia de mí, oh Señor, porque soy débil.» Por causa de la primera, diciendo: «Mis ojos están siempre hacia el Señor; porque Él sacará mis pies de la red.» Por causa de la segunda, diciendo: «Mi ojo está turbado por la ira.» Y son innumerables los pasajes de que están llenas las divinas Escrituras, los cuales alternativamente, ya en exultación por los beneficios de Dios, ya en lamentación por nuestros propios males, son pronunciados por los hijos de Dios por la fe, mientras son todavía hijos de este mundo en cuanto a la flaqueza de esta vida; a los cuales, sin embargo, Dios distingue de los hijos del diablo, no sólo por el lavacro de la regeneración, sino además por la justicia de aquella fe que obra por amor, porque el justo vive por la fe. Pero esta debilidad contra la cual luchamos, con alternativas de caída y de progreso, hasta la muerte del cuerpo, y que importa mucho en cuanto a lo que puede vencer en nosotros, será consumida por otra regeneración, de la cual dice el Señor: «En la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos» [], etc. Ciertamente en este pasaje llama sin duda a la última resurrección la regeneración, a la cual el apóstol Pablo llama también la adopción y la redención, donde dice: «Pero también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos dentro de nosotros, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.» [] ¿No hemos sido regenerados, adoptados y redimidos por el santo lavamiento? Y sin embargo queda una regeneración, una adopción, una redención, que debemos ahora esperar con paciencia como cosa que ha de venir al fin, para que entonces ya no seamos en modo alguno hijos de este mundo. Quien, pues, quita al bautismo aquello que sólo recibimos por su medio, corrompe la fe; pero quien le atribuye ya ahora aquello que recibiremos por su medio ciertamente, pero más tarde, corta la esperanza. Porque si alguien me preguntare si hemos sido salvos por el bautismo, no podré negarlo, puesto que el apóstol dice: «Él nos salvó por el lavamiento de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo.» [] Pero si preguntare si por el mismo lavamiento nos ha salvado ya absolutamente en todo sentido, responderé: No es así. Porque el mismo apóstol dice también: «Porque en esperanza somos salvos; pero la esperanza que se ve no es esperanza: porque lo que alguno ve, ¿por qué esperarlo aún? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.» [] Por tanto, la salvación del hombre se efectúa en el bautismo, porque todo pecado que ha heredado de sus padres le es perdonado, o también todo lo que él mismo ha pecado por su propia cuenta antes del bautismo; pero su salvación será después tal que no pueda pecar en absoluto.

    Capítulo 6 [IV.]— La calumnia acerca del Antiguo Testamento y de los justos antiguos.

    III, 6

    Ahora, si estas cosas son así, con ellas se refutan las que después nos objetan. Porque ¿qué católico diría lo que nos achacan que decimos: que el Espíritu Santo no fue auxiliador de la virtud en el antiguo testamento, a no ser que entendamos el antiguo testamento en el modo en que el apóstol habló de él como que engendra desde el monte Sinaí para servidumbre? Pero porque en él estaba prefigurado el nuevo testamento, los varones de Dios que entonces lo entendían según la ordenación de los tiempos eran ciertamente administradores y portadores del antiguo testamento, pero se muestran herederos del nuevo. ¿Negaremos que pertenece al nuevo testamento el que dice: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí»? ¿O el que dice: «Ha puesto mis pies sobre peña, y ha enderezado mis pasos; y ha puesto en mi boca un cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios»? ¿O aquel padre de los fieles anterior al antiguo testamento que es desde el monte Sinaí, del cual dice el apóstol: «Hermanos, hablo como hombre: aun el testamento de un hombre, una vez confirmado, nadie lo anula ni le añade. A Abraham y a su simiente fueron hechas las promesas. No dice: Y a las simientes, como de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, que es Cristo. Y esto digo —dijo—: que el testamento confirmado por Dios, la ley que fue hecha cuatrocientos treinta años después, no lo debilita, de modo que haga la promesa sin efecto. Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios se la dio a Abraham por la promesa.»

    Capítulo 7.— El Nuevo Testamento es más antiguo que el Antiguo; pero fue revelado después.

    III, 7

    Aquí, ciertamente, si preguntamos si este testamento, que —dice—, siendo confirmado por Dios, no fue debilitado por la ley hecha cuatrocientos treinta años después, ha de entenderse como el nuevo o como el antiguo, ¿quién puede dudar en responder: el nuevo, pero oculto en las sombras proféticas hasta que llegase el tiempo en que había de ser revelado en Cristo? Porque si dijéramos el antiguo, ¿qué será aquello que engendra desde el monte Sinaí para servidumbre? Porque allí fue hecha la ley cuatrocientos treinta años después, ley por la cual afirma que este testamento de la promesa de Abraham no pudo ser debilitado; y quiere que esto que fue hecho por Abraham pertenezca más bien a nosotros, a quienes quiere que seamos hijos de la libre, no de la esclava, herederos por la promesa, no por la ley, cuando dice: «Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios se la dio a Abraham por la promesa.» [] De modo que, habiendo sido hecha la ley cuatrocientos treinta años después, se introdujo para que la transgresión abundase; [] pues por el pecado, la soberbia del hombre, presumiendo de su propia justicia, es convencida de transgresión, y donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia [] por la fe del hombre ya humilde que desfallece en la ley y se refugia en la misericordia de Dios. Por tanto, cuando había dicho: «Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios se la dio a Abraham por la promesa» [], como si se le dijera: ¿Por qué, pues, fue hecha la ley después?, añadió y dijo: «¿Qué, pues, es la ley?» [] A cuya pregunta respondió inmediatamente: «Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a la cual fue hecha la promesa.» [] Esto dice de nuevo, así: «Porque si los que son de la ley son herederos, la fe queda anulada, y la promesa queda sin efecto: porque la ley produce ira; pues donde no hay ley, no hay transgresión.» [] Lo que dice en el primer testimonio: «Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios se la dio a Abraham por la promesa», esto dice en el segundo: «Porque si los que son de la ley son herederos, la fe queda anulada, y la promesa queda sin efecto»; mostrando suficientemente que a nuestra fe (que ciertamente es del nuevo testamento) pertenece lo que Dios dio a Abraham por la promesa. Y lo que dice en el primer testimonio: «¿Qué, pues, es la ley?», y respondió: «Fue añadida a causa de la transgresión», esto añadió inmediatamente en el segundo testimonio: «Porque la ley produce ira; pues donde no hay ley, no hay transgresión.»

    Capítulo 8.— Todos los justos antes y después de Abraham son hijos de la promesa y de la gracia.

    III, 8

    Por tanto, ya sea Abraham, ya los justos anteriores o posteriores a él, incluso hasta el mismo Moisés, por quien fue dado el testamento que engendra desde el monte Sinaí para servidumbre, ya los demás profetas después de él y los santos varones de Dios hasta Juan el Bautista, todos son hijos de la promesa y de la gracia según Isaac, hijo de la libre —no de la ley, sino de la promesa—, herederos de Dios y coherederos con Cristo. Lejos de nosotros negar que el justo Noé y los justos de los primeros tiempos, y cuantos desde aquel tiempo hasta el tiempo de Abraham pudieron ser justos, ya manifiesta, ya ocultamente, pertenecen a la Jerusalén de arriba, la cual es nuestra madre, aunque se hallen ser anteriores en tiempo a Sara, que llevaba la profecía y la figura de la misma madre libre. Cuánto más evidentemente, pues, después de Abraham, a quien fue declarada aquella promesa, de que sería llamado padre de muchas naciones, deben ser estimados hijos de la promesa todos los que agradaron a Dios. Porque desde Abraham, y los justos que le siguieron, no se encuentra más verdadera la generación, sino más clara la profecía.

    Capítulo 9.— Quiénes son los hijos del antiguo pacto.

    III, 9

    Pero pertenecen al antiguo testamento, que engendra desde el monte Sinaí para servidumbre, el cual es Agar, aquellos que, habiendo recibido una ley santa, justa y buena, piensan que la letra puede bastarles para la vida; y no buscan la divina misericordia, para llegar a ser hacedores de la ley, sino que, ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer su propia justicia, no están sujetos a la justicia de Dios. De esta clase era aquella multitud que murmuró contra Dios en el desierto e hizo un ídolo; y aquella multitud que aun en la misma tierra de promisión fornicó tras dioses extraños. Pero esta multitud, aun en el antiguo testamento mismo, fue fuertemente reprendida. Además, aquellos, quienesquiera que fuesen en aquel tiempo, que seguían solamente aquellas promesas terrenas que Dios promete allí, y que ignoraban aquello que esas promesas significan bajo el nuevo testamento, y que guardaban los mandamientos de Dios con el deseo de ganar y con el temor de perder tales promesas, ciertamente no los observaban, sino que sólo les parecía a sí mismos que los observaban. Porque no había en ellos fe que obrase por amor, sino cupidez terrenal y temor carnal. Pero quien así cumple los mandamientos, sin duda los cumple de mala gana, y entonces no los hace en su corazón; pues preferiría no hacerlos en absoluto, si en cuanto a aquellas cosas que desea y teme se le permitiera descuidarlos impunemente. Y así, en la misma voluntad dentro de él, es culpable; y aquí es donde mira Dios, que da el mandamiento. Tales eran los hijos de la Jerusalén terrenal, de los cuales dice el apóstol: «Porque ella está en servidumbre con sus hijos», [] y pertenece al antiguo testamento «que engendra para servidumbre desde el monte Sinaí, el cual es Agar.» De esa misma clase fueron los que crucificaron al Señor y continuaron en la misma incredulidad. De allí quedan todavía sus hijos en la gran multitud de los judíos, aunque ahora el nuevo testamento, como estaba profetizado, se ha hecho claro y confirmado por la sangre de Cristo; y el evangelio se da a conocer desde el río donde Él fue bautizado y comenzó sus enseñanzas, hasta los confines de la tierra. Y estos judíos, según las profecías que leen, están dispersos por todas partes sobre toda la tierra, para que aun de sus escritos no falte un testimonio a la verdad cristiana.

    Capítulo 10.— La ley antigua también fue dada por Dios.

    III, 10

    Y por esta razón hizo Dios el antiguo testamento: porque plugo a Dios velar las promesas celestiales en promesas terrenas, como establecidas en recompensa, hasta la plenitud del tiempo; y dar a un pueblo que anhelaba bienes terrenos, y por ello tenía un corazón duro, una ley que, aunque espiritual, estaba sin embargo escrita en tablas de piedra. Porque, con excepción de los sacramentos de los libros antiguos, que sólo fueron ordenados por causa de su significación (aunque también en ellos, puesto que han de entenderse espiritualmente, la ley es llamada con razón espiritual), las demás cosas ciertamente que pertenecen a la piedad y a la buena vida no deben ser referidas por interpretación alguna a alguna significación, sino que han de hacerse absolutamente como se dicen. Ciertamente nadie dudará que aquella ley de Dios fue necesaria no sólo para aquel pueblo en aquel tiempo, sino que también ahora es necesaria para nosotros para la recta ordenación de nuestra vida. Porque si Cristo nos quitó aquel yugo pesadísimo de muchas observancias, de modo que no somos circuncidados según la carne, no inmolamos víctimas de ganado, no reposamos ni siquiera de las obras necesarias en el sábado, reteniendo el séptimo en la revolución de los días, y otras cosas de este género; sino que las guardamos como entendidas espiritualmente, y, quitadas las sombras simbólicas, velamos a la luz de aquellas cosas que son significadas por ellas; ¿diremos, por tanto, que cuando está escrito que quien hallare una propiedad ajena de cualquier clase que se haya perdido, debe devolverla a aquel que la perdió, [] no nos concierne? ¿Y muchas otras cosas semejantes con las cuales los hombres aprenden a vivir piadosa y rectamente? ¿Y especialmente el decálogo mismo, que está contenido en aquellas dos tablas de piedra, aparte de la observancia carnal del sábado, que significa la santificación y el descanso espirituales? Porque ¿quién puede decir que los cristianos no deben ser observantes para servir a un solo Dios con religiosa obediencia, no adorar un ídolo, no tomar el nombre del Señor en vano, honrar a los padres, no cometer adulterios, homicidios, hurtos, falso testimonio, no codiciar la mujer ajena, ni cosa alguna que pertenezca a otro? ¿Quién es tan impío como para decir que él no guarda aquellos preceptos de la ley porque es cristiano, y está establecido no bajo la ley, sino bajo la gracia?

    Capítulo 11.— Distinción entre los hijos del Antiguo y del Nuevo Testamento.

    III, 11

    Pero hay claramente esta gran diferencia: que los que están establecidos bajo la ley, a quienes mata la letra, hacen estas cosas o por el deseo de ganar o por el temor de perder la felicidad terrena; y que así no las hacen verdaderamente, puesto que el deseo carnal, por el cual el pecado más bien se trueca o se aumenta, no es sanado por un deseo de otra clase. Éstos pertenecen al antiguo testamento, que engendra para servidumbre; porque el temor y el deseo carnales los hacen siervos; la fe, la esperanza y el amor del evangelio no los hacen hijos. Pero los que están puestos bajo la gracia, a quienes vivifica el Espíritu, hacen estas cosas por la fe que obra por amor, en la esperanza de bienes no carnales, sino espirituales; no terrenos, sino celestiales; no temporales, sino eternos; creyendo especialmente en el Mediador, por quien no dudan que se les ministra un Espíritu de gracia, para que hagan bien estas cosas y para que sean perdonados cuando pecan. Éstos pertenecen al nuevo testamento, son hijos de la promesa y son regenerados por Dios Padre y una madre libre. De esta clase fueron todos los justos antiguos, y el mismo Moisés, ministro del antiguo testamento, heredero del nuevo—por causa de la fe por la cual vivimos, de una misma fe vivieron ellos, creyendo como futura la encarnación, la pasión y la resurrección de Cristo, que nosotros creemos como ya realizada—hasta el mismo Juan el Bautista, como cierto límite de la antigua dispensación, quien, significando que el Mediador mismo había de venir, no con alguna sombra de lo futuro ni con alegórica insinuación, ni con anuncio profético, sino mostrándolo con su dedo, dijo: «He aquí el Cordero de Dios; he aquí Aquel que quita el pecado del mundo.» [] Como si dijera: Aquel a quien muchos justos desearon ver, en quien, como que había de venir, creyeron desde el principio mismo del género humano, de quien fueron dichas las promesas a Abraham, de quien escribió Moisés, de quien son testigos la ley y los profetas: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Desde este Juan en adelante, todas aquellas cosas acerca de Cristo comenzaron a hacerse pasadas o presentes, las cuales por todos los justos del tiempo anterior eran creídas, esperadas, deseadas como futuras. Por tanto, la fe es la misma tanto en aquellos que, aunque todavía no en el nombre, eran de hecho cristianos antes, como en aquellos que no sólo lo son sino que también son llamados así; y en ambos está la misma gracia por el Espíritu Santo. De donde dice el apóstol: «Teniendo nosotros el mismo Espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé; nosotros también creemos, y por eso hablamos.» []

    Capítulo 12.— Una cosa es propiamente el Antiguo Testamento, otra el Antiguo Instrumento.

    III, 12

    Por tanto, según una costumbre de lenguaje ya prevaleciente, de una manera la ley y todos los profetas que profetizaron hasta Juan se llaman el «Antiguo Testamento;» aunque esto se llama más propiamente el «Antiguo Instrumento» más bien que el «Antiguo Testamento;» pero este nombre se usa de otra manera por la autoridad, ya expresa, ya implícitamente. Pues el apóstol es expreso cuando dice: «Hasta este día, mientras se lee a Moisés, permanece el mismo velo en la lectura del antiguo testamento; porque no es revelado, porque es hecho sin efecto en Cristo.» [] Pues así ciertamente el antiguo testamento se refería al ministerio de Moisés. Además, dice: «Para que sirvamos en novedad del Espíritu, y no en vejez de la letra,» [] significando ese mismo testamento bajo el nombre de la letra. En otro lugar también: «El cual también nos ha hecho ministros capaces del nuevo testamento; no de la letra, sino del Espíritu: porque la letra mata, mas el Espíritu vivifica.» [] Y aquí, al mencionar lo nuevo, ciertamente quiso que lo anterior se entendiera como lo viejo. Pero mucho más evidentemente, aunque no dijo ni viejo ni nuevo, distinguió los dos testamentos y los dos hijos de Abraham, el uno de la esclava, el otro de la libre, como he mencionado arriba. Pues ¿qué puede haber más expreso que lo que dice: «Decidme, vosotros que deseáis estar bajo la ley, ¿no habéis oído la ley? Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos, uno de la esclava, otro de la libre. Mas el de la esclava nació según la carne; pero el de la libre, por la promesa. Lo cual es dicho por alegoría; pues éstos son los dos testamentos; el uno del monte Sinaí, que engendra para servidumbre, el cual es Agar. Porque Sinaí es un monte en Arabia, que corresponde a la Jerusalén actual, porque está en servidumbre con sus hijos. Mas la Jerusalén de arriba es libre, la cual es nuestra madre.» ¿Qué hay más claro, qué más cierto, qué más alejado de toda oscuridad y ambigüedad para los hijos de la promesa? Y poco después: «Ahora pues, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa.» [] También poco después: «Mas nosotros, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre,» [] con la libertad con que Cristo nos ha hecho libres. Elijamos, pues, si llamar a los justos de la antigüedad hijos de la esclava o de la libre. Sea lejos de nosotros decir: de la esclava; por tanto, si de la libre, pertenecen al nuevo testamento en el Espíritu Santo, al cual, como vivificante, el apóstol opone a la letra que mata. Pues ¿por qué motivo no pertenecen a la gracia del nuevo testamento, de cuyas palabras y ejemplos nosotros convencemos y refutamos a tan frenéticos e ingratos enemigos de esa misma gracia como éstos?

    Capítulo 13.— Por qué se llama antiguo uno de los testamentos y nuevo el otro.

    III, 13

    Pero alguien dirá: «¿De qué manera se llama antiguo lo que fue dado por Moisés cuatrocientos treinta años después, y nuevo lo que fue dado tantos años antes a Abraham?» Quien se perturbe en este asunto, no litigiosamente sino seriamente, entienda primero que cuando por su tiempo anterior uno es llamado «antiguo,» y por su tiempo posterior el otro «nuevo,» es la revelación de ellos la que se considera en sus nombres, no su institución. Porque el antiguo testamento fue revelado por medio de Moisés, por quien fue dada la ley santa, justa y buena, por la cual había de producirse no la supresión sino el conocimiento del pecado; por la cual fuesen convencidos los soberbios que deseaban establecer su propia justicia, como si no tuviesen necesidad del auxilio divino, y hechos culpables de la letra, huyesen al Espíritu de la gracia, para ser justificados no por su propia justicia, sino por la de Dios; es decir, por la justicia que les fue dada de Dios. Pues como dice el mismo apóstol: «Por la ley es el conocimiento del pecado. Mas ahora la justicia de Dios sin la ley se ha manifestado, testimoniada por la ley y por los profetas.» [] Porque la ley, por el hecho mismo de que en ella ningún hombre es justificado, da testimonio de la justicia de Dios. Pues que en la ley ningún hombre es justificado delante de Dios es manifiesto, porque «el justo vive por la fe.» [] Así, pues, aunque la ley no justifica al impío cuando es convencido de transgresión, lo envía al Dios que justifica, y así da testimonio de la justicia de Dios. Además, los profetas dan testimonio de la justicia de Dios al anunciar de antemano a Cristo, «el cual nos ha sido hecho sabiduría de Dios, y justicia, y santificación, y redención: para que, como está escrito, el que se gloría, gloríese en el Señor.» [] Mas aquella ley estuvo escondida desde el principio, cuando la naturaleza misma convencía a los impíos, que hacían a otros lo que no habrían querido que se hiciera a ellos mismos. Pero la revelación del nuevo testamento en Cristo se hizo cuando Él fue manifestado en la carne, en la cual apareció la justicia de Dios; es decir, la justicia que viene a los hombres de Dios. Pues por eso dice: «Mas ahora la justicia de Dios sin la ley se ha manifestado.» [] Ésta es la razón por la cual el primero se llama antiguo testamento, porque fue revelado en el tiempo anterior; y el segundo nuevo, porque fue revelado en el tiempo posterior. En una palabra, es porque el antiguo testamento pertenece al hombre viejo, por el cual es necesario que el hombre haga un comienzo; y el nuevo al hombre nuevo, por el cual el hombre debe pasar de su estado viejo. Así, en el primero hay promesas terrenales; en el segundo, promesas celestiales; porque esto pertenecía a la misericordia de Dios: que nadie pensara que aun la felicidad terrenal de cualquier género pudiera ser conferida a alguien sino por el Señor, que es el Creador de todas las cosas. Pero si Dios es adorado por causa de esa felicidad terrenal, el culto es de esclavo, propio de los hijos de la esclava; mas si por causa de Dios mismo, para que en la vida eterna Dios sea todo en todos, es un servicio libre propio de los hijos de la libre, que es nuestra madre eterna en los cielos; la cual primero pareció, por así decirlo, estéril, cuando no tenía hijos manifiestos; pero ahora vemos lo que de ella fue profetizado: «Regocíjate, oh estéril, que no das a luz; prorrumpe y clama, tú que no estás de parto; porque más son los hijos de la desolada que de la que tiene marido,» [] es decir, más que de aquella Jerusalén, que en cierto modo está casada en el vínculo de la ley, y está en servidumbre con sus hijos. Pues en el tiempo del antiguo testamento decimos que el Espíritu Santo, en aquellos que aun entonces eran hijos de la promesa según Isaac, no era solamente un auxiliador, lo cual estos hombres piensan que basta para su opinión, sino también un dador de virtud; y esto lo niegan, atribuyéndolo más bien a su libre albedrío, en contradicción con aquellos padres que supieron clamar a Dios con piadosa sinceridad: «Te amaré, oh Señor, fortaleza mía.»

    Capítulo 14 [V.]— Calumnia acerca de la justicia de los profetas y de los apóstoles.

    III, 14

    Dicen, además: «que no definimos a todos los apóstoles o profetas como enteramente santos, sino que decimos que eran menos malos en comparación con los que eran peores; y que ésta es la justicia a la cual Dios da su testimonio, de modo que, como el profeta dice que Sodoma fue justificada en comparación con los judíos, así también decimos que los santos ejercieron alguna bondad en comparación con los hombres criminales.» Sea lejos de nosotros decir semejantes cosas; pero o no pueden entender, o no quieren advertir, o, por calumniar, fingen no saber lo que decimos. Oigan, pues, ellos mismos, o más bien aquellos a quienes, como a personas inexpertas e indoctas, se esfuerzan por engañar. Nuestra fe, es decir, la fe católica, distingue a los justos de los injustos no por la ley de las obras, sino por la de la fe, porque el justo vive por la fe. Por cuya distinción resulta que el hombre que lleva su vida sin homicidio, sin hurto, sin falso testimonio, sin codiciar los bienes ajenos, dando la debida honra a sus padres, casto hasta la continencia de toda relación carnal cualquiera, aun la conyugal, liberalísimo en limosnas, pacientísimo ante las injurias; que no sólo no priva a otro de sus bienes, sino que ni siquiera vuelve a pedir lo que le ha sido quitado; o que incluso ha vendido todos sus propios bienes y los ha repartido a los pobres, y no posee nada que sea suyo como propio; con semejante carácter, por laudable que parezca ser, si no tiene una fe verdadera y católica en Dios, debe sin embargo partir de esta vida para condenación. Pero otro, que tiene buenas obras de una recta fe que obra por el amor, mantiene su continencia en la honestidad del matrimonio, aunque no, como el primero, se abstiene bien del todo, sino que paga y devuelve la deuda de la unión carnal, y tiene relación no sólo por causa de la prole, sino también por causa del placer, aunque sólo con su mujer, lo cual el apóstol permite a los casados como perdonable; no recibe las injurias con tanta paciencia, sino que se levanta en ira con deseo de venganza, aunque, para poder decir: «Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores,» perdona cuando se le pide; posee bienes propios, dando de ellos ciertamente algunas limosnas, pero no tan liberalmente como el primero; no quita lo que pertenece a otro, pero, aunque no por juicio civil sino eclesiástico, contiende sin embargo por lo suyo: ciertamente este hombre, que parece tan inferior en costumbres al primero, por la recta fe que tiene en Dios, por la cual vive, y según la cual en todas sus malas acciones se acusa a sí mismo, y en todas sus buenas obras alaba a Dios, dándose a sí mismo la vergüenza y a Dios la gloria, y recibiendo de Él tanto el perdón de los pecados como el amor de las buenas acciones, será librado en esta vida, y partirá para ser recibido en la compañía de los que reinarán con Cristo. ¿Por qué, pues, sino por causa de la fe? La cual, aunque sin obras no salva a nadie (pues no es una fe réproba, ya que obra por el amor), sin embargo por ella hasta los pecados son perdonados, porque el justo vive por la fe; mas sin ella, aun aquellas cosas que parecen buenas obras se vuelven pecados: «Porque todo lo que no es de fe es pecado.» [] Y se sigue, por causa de esta gran diferencia, que aunque sin ninguna posibilidad de duda la integridad perseverante de la virginidad es preferible a la castidad conyugal, sin embargo una mujer aun casada dos veces, si es católica, es preferida a una virgen profesa que es hereje; y no es preferida de tal manera porque ésta sea mejor en el reino de Dios, sino porque la otra no está allí en absoluto. Ahora bien, el primero, en efecto, a quien hemos descrito como de mejores costumbres, si tiene una fe verdadera, supera al segundo, aunque ambos estarán en el cielo; mas si le falta la fe, es superado por él de tal modo que él mismo no está allí en absoluto.

    Capítulo 15.— La perfección de los apóstoles y de los profetas.

    III, 15

    Pues habiendo, entonces, todos los justos, tanto los más antiguos como los apóstoles, vivido de una recta fe que está en Cristo Jesús nuestro Señor; y tenido con su fe costumbres tan santas, que aunque no fuesen de tan perfecta virtud en esta vida como la que habrá después de esta vida, sin embargo cuanto de pecado pudiera entrar por la flaqueza humana fuese continuamente borrado por la piedad de su misma fe: resulta de esto que, en comparación con los impíos a quienes Dios condenará, debe decirse que éstos eran «justos,» ya que por su piadosa fe estaban tan lejos de aquellos impíos, en lo opuesto, que el apóstol exclama: «¿Qué parte tiene el que cree con el infiel?» [] Pero es claro que los pelagianos, estos herejes modernos, se tienen a sí mismos por religiosos amantes y alabadores de los santos, puesto que no se atreven a decir que éstos fueron de virtud imperfecta; aunque lo confiesa aquel vaso de elección, el cual, considerando en qué estado se hallaba aún, y que el cuerpo que se corrompe arrastra el alma, dice: «No que ya lo haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; hermanos, yo no considero haberlo aprehendido.» [] Y sin embargo poco después, el que se había negado a sí mismo ser perfecto dice: «Así que, todos los que somos perfectos, tengamos este mismo sentir,» [] a fin de mostrar que, según la medida de esta vida, hay una cierta perfección, y que a esa perfección también ha de atribuirse esto: el que uno sepa que aún no es perfecto. Pues ¿qué hay más perfecto, o qué fue más excelente, que los santos sacerdotes del pueblo antiguo? Y sin embargo Dios les prescribió ofrecer sacrificio ante todo por sus propios pecados. ¿Y qué hay más santo entre el pueblo nuevo que los apóstoles? Y sin embargo el Señor les prescribió decir en su oración: «Perdona nuestras deudas.» Pues para todos los piadosos que yacen bajo esta carga de carne corruptible, y gimen en la flaqueza de esta su vida, hay una sola esperanza: «Tenemos un abogado para con el Padre, Jesucristo el justo; y Él es la propiciación por nuestros pecados.» []

    Capítulo 16 [VI.]— Calumnia acerca del pecado en Cristo.

    III, 16

    No tienen un abogado justo los que (aun si ésa fuera la única diferencia) se distinguen absoluta y ampliamente de los justos. Sea lejos de nosotros decir, como ellos mismos afirman calumniosamente, que este justo Abogado «habló falsamente por la necesidad de la carne;» sino que decimos que Él, en semejanza de carne de pecado, en cuanto al pecado, condenó el pecado. Y ellos, no entendiendo quizá esto, y cegados por el deseo de calumniar, e ignorantes de las muchas maneras en que el nombre de pecado suele usarse en las Santas Escrituras, declaran que nosotros afirmamos pecado en Cristo. Por tanto afirmamos que Cristo no tuvo pecado alguno, ni en el alma ni en el cuerpo; y que, tomando sobre sí la carne en semejanza de carne de pecado, en cuanto al pecado condenó el pecado. Y esta afirmación, hecha por el apóstol algo oscuramente, se explica de dos maneras: o bien que las semejanzas de las cosas suelen llamarse con los nombres de aquellas cosas a las que son semejantes, de modo que pueda entenderse que el apóstol quiso llamar a esta semejanza de carne de pecado con el nombre de «pecado;» o bien que los sacrificios por los pecados eran llamados bajo la ley «pecados,» todas las cuales cosas eran figuras de la carne de Cristo, que es el verdadero y único sacrificio por los pecados, no sólo por los que son todos lavados en el bautismo, sino también por los que después se introducen por la flaqueza de esta vida, por causa de los cuales la Iglesia universal clama diariamente en oración a Dios: «Perdona nuestras deudas,» y nos son perdonados por medio de aquel singular sacrificio por los pecados, al cual el apóstol, hablando según la ley, no dudó en llamar «pecado.» De donde, además, es aquel pasaje suyo mucho más claro, que no es incierto por ninguna doble ambigüedad: «Os rogamos en nombre de Cristo que os reconciliéis con Dios. Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuésemos hechos justicia de Dios en Él.» [] Pues el pasaje que he mencionado arriba: «En cuanto al pecado, condenó el pecado,» puesto que no se dijo: «En cuanto a su pecado,» puede ser entendido por cualquiera como si dijera que condenó el pecado en cuanto al pecado de los judíos; porque en cuanto al pecado de los que lo crucificaron, sucedió que derramó su sangre para la remisión de los pecados. Pero este pasaje, donde se dice que Dios hizo al mismo Cristo «pecado,» al que no conoció pecado, no me parece que pueda entenderse más convenientemente sino que Cristo fue hecho sacrificio por los pecados, y por eso fue llamado «pecado.»

    Capítulo 17 [VII.]— Su calumnia acerca del cumplimiento de los preceptos en la vida venidera.

    III, 17

    Pero ¿quién puede soportar que nos objeten, «que decimos que después de la resurrección ha de ser tal nuestro progreso, que allí pueden los hombres comenzar a cumplir los mandamientos de Dios, que aquí no cumplirían;» puesto que decimos que allí no habrá pecado alguno, ni lucha con deseo alguno de pecado; como si ellos mismos se atrevieran a negar esto? También aquella sabiduría y el conocimiento de Dios se perfeccionan entonces en nosotros, y que en el Señor hay tal gozo que es una plena y verdadera seguridad, ¿quién lo negará, a no ser que esté tan apartado de la verdad que por eso mismo no pueda alcanzarla? Mas estas cosas no estarán en preceptos, sino en recompensa de aquellos preceptos que aquí debieron ser observados; el descuido de los cuales, ciertamente, no conduce allí a la recompensa. Pero aquí la gracia de Dios da el deseo de guardar sus mandamientos; y si algo en estos mandamientos se observa menos perfectamente, lo perdona en atención a lo que decimos en la oración, tanto «Hágase tu voluntad,» como «Perdona nuestras deudas.» Aquí, pues, se prescribe que no pequemos; allí, la recompensa es que no podamos pecar. Aquí, el precepto es que no obedezcamos a los deseos del pecado; allí, la recompensa es que no tengamos deseos de pecado. Aquí, el precepto es, «Entended, necios del pueblo; y vosotros, insensatos, sed sabios alguna vez;» allí, la recompensa es la plena sabiduría y el perfecto conocimiento. «Porque ahora vemos por espejo, en enigma,» dice el apóstol, «pero entonces cara a cara: ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como soy conocido.» [] Aquí, el precepto es, «Alegraos en el Señor, auxilio nuestro,» y, «Alegraos, justos, en el Señor;» allí, la recompensa es gozar con un gozo perfecto e inefable. Finalmente, en el precepto está escrito, «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia;» pero en la recompensa, «porque ellos serán saciados.» [] ¿De dónde, pregunto, serán saciados, sino de aquello de que tienen hambre y sed? ¿Quién, pues, está tan aborrecido, no sólo de la percepción divina, sino también de la humana, como para decir que en el hombre puede haber tanta justicia mientras tiene hambre y sed de ella, como la habrá cuando sea saciado de ella? Mas cuando tenemos hambre y sed de justicia, si la fe de Cristo vela en nosotros, ¿qué se ha de creer sino que tenemos hambre y sed de Cristo? «Porque Él nos ha sido hecho por Dios sabiduría, y justicia, y santificación, y redención; para que, como está escrito, el que se gloría, gloríese en el Señor.» [] Y porque solamente creemos en Él sin verle, por eso tenemos hambre y sed de justicia. Pues mientras estamos en el cuerpo, peregrinamos lejos del Señor; porque caminamos por fe, no por vista. Mas cuando le veamos, y alcancemos ciertamente la vista, nos gozaremos con gozo inefable; y entonces seremos saciados de justicia, pues ahora le decimos con piadoso anhelo, «Seré saciado cuando se manifestare tu gloria.»

    Capítulo 18.— La perfección de la justicia y la plena seguridad no se dieron ni siquiera en Pablo en esta vida.

    III, 18

    Pero ¡cuán impudente, por no decir cuán insana, es la soberbia que, no siendo aún igual a los ángeles de Dios, piensa que ya puede tener una justicia igual a la de los ángeles de Dios; y no considera a tan grande y santo varón, que ciertamente tenía hambre y sed de aquella misma perfección de justicia, cuando no quería ensoberbecerse por la grandeza de sus revelaciones; y, sin embargo, para que no se ensoberbeciera, no fue dejado a su propia elección y voluntad, sino que recibió «el aguijón en la carne, un mensajero de Satanás, que lo abofetee; por lo cual rogó al Señor tres veces que se apartara de él, y el Señor le dijo: Mi gracia te basta, porque la fuerza se perfecciona en la debilidad.» [] ¿Qué fuerza, sino aquella a la que corresponde no ensoberbecerse? ¿Y quién duda que esto corresponde a la justicia? Los ángeles de Dios, pues, están dotados de esta perfección de justicia, ya que siempre contemplan el rostro del Padre, y así de toda la Trinidad, porque ven por el Hijo, en el Espíritu Santo. Pero nada hay más sublime que aquella revelación, y, sin embargo, ninguno de los ángeles en aquella contemplación gozosa necesita un mensajero de Satanás que lo abofetee, para que tan gran magnitud de revelación no lo ensoberbezca. Ciertamente el apóstol Pablo aún no tenía aquella perfección de virtud, ni era igual a los ángeles de Dios; pero había en él la debilidad de ensoberbecerse, que también debía ser reprimida por el ángel de Satanás, para que no se ensoberbeciera por la magnitud de sus revelaciones. Aunque, pues, la primera soberbia derribó a Satanás, aquel sumo Médico, que bien sabía usar incluso de las cosas malas, aplicó del ángel de Satanás, contra el mal de la elación, un medicamento saludable, aunque doloroso, así como solía hacerse un antídoto incluso de serpientes contra los venenos de las serpientes. ¿Qué significa, pues, «Mi gracia te basta,» sino que no sucumbas cediendo al golpe del mensajero de Satanás? ¿Y qué es «La fuerza se perfecciona en la debilidad,» sino que en aquel lugar de debilidad hasta ahora, haya la perfección de la virtud, de modo que en la presencia misma de la enfermedad, la elación sea reprimida? La cual enfermedad ciertamente será sanada por la inmortalidad futura. Pues ¿cómo ha de llamarse perfecta aquella salud donde todavía es necesaria la medicina, aun del golpe de un ángel de Satanás?

    Capítulo 19.— En qué sentido se dice que es perfecta la justicia del hombre en esta vida.

    III, 19

    De esto resulta que la virtud que ahora hay en el hombre justo se llama perfecta hasta este punto: que a su perfección pertenecen tanto el verdadero conocimiento como la humilde confesión de la imperfección misma. Pues, en lo que respecta a esta enfermedad, aquella pequeña justicia del hombre es perfecta según su medida, cuando entiende incluso lo que le falta. Y por eso el apóstol se llama a sí mismo perfecto e imperfecto: imperfecto, a saber, en el pensamiento de cuánto le falta para la justicia de cuya plenitud todavía tiene hambre y sed; pero perfecto en que no se avergüenza de confesar su propia imperfección, y avanza en el bien para alcanzarla. Así como podemos decir que es perfecto el caminante cuyo avance está bien adelantado, aunque su intención no se cumple si no se efectúa realmente su llegada. Por tanto, cuando había dicho, «Según la justicia que es en la ley, soy irreprensible,» inmediatamente añadió, «Lo que para mí era ganancia, lo he estimado pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, para ganar a Cristo y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia, que es de la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe.» [Filipenses 3:6, etc.] He aquí que el apóstol no dice, ciertamente, falsamente, que «según la justicia que es de la ley era irreprensible;» y, sin embargo, aquellas cosas que eran para él ganancia, las desecha por amor de Cristo, y las estima pérdidas, daños, estiércol. Y no sólo estas cosas, sino todas las demás que mencionó antes; no por causa de un conocimiento cualquiera, sino, como él mismo dice, «la eminencia del conocimiento de Cristo Jesús, nuestro Señor,» que, sin duda, tenía aún en fe, pero no todavía en vista. Pues entonces será eminente el conocimiento de Cristo, cuando Él sea de tal modo revelado que lo que se cree sea visto. De donde, en otro lugar, dice así, «Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces también vosotros seréis manifestados con Él en gloria.» [Colosenses 3:3, etc.] De aquí también el Señor mismo dice, «El que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.» [] De aquí dice el evangelista Juan, «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifestare, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es.» [] Entonces será eminente el conocimiento de Cristo. Pues ahora está, por así decirlo, escondido en la fe; pero aún no aparece eminente en la vista.

    Capítulo 20.— Por qué Pablo estima en poco la justicia que es de la ley.

    III, 20

    Por tanto, el bienaventurado Pablo desecha aquellas pasadas ganancias de su justicia, como «pérdidas» y «estiércol,» para «ganar a Cristo y ser hallado en Él, no teniendo su propia justicia, que es de la ley.» ¿Por qué su propia, si es de la ley? Porque aquella ley es ley de Dios. ¿Quién ha negado esto, sino Marción y Maniqueo, y plagas semejantes? Pues, siendo aquella la ley de Dios, dice que es «su propia» justicia «que es de la ley;» y esta justicia propia suya no la quiere tener, sino que la desecha como «estiércol.» ¿Por qué, sino porque es esto lo que arriba he demostrado, que están bajo la ley los que, ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se sujetan a la justicia de Dios? [] Porque piensan que, por la fuerza de su propia voluntad, cumplirán los mandamientos de la ley; y envueltos en su soberbia, no se convierten a la gracia que ayuda. Así la letra los mata [], ya sea abiertamente, como culpables ante sí mismos, por no hacer lo que la ley manda; o por creer que lo hacen, aunque no lo hacen con amor espiritual, que es de Dios. Así permanecen o claramente malvados o engañosamente justos: manifiestamente separados en abierta injusticia, o neciamente ensalzados en falaz justicia. Y por este medio — admirable ciertamente, pero sin embargo verdadero — la justicia de la ley no se cumple por la justicia que es en la ley, o por la ley, sino por aquella que es en el Espíritu de gracia. Porque la justicia de la ley se cumple en aquellos, como está escrito, que no andan según la carne, sino según el Espíritu. Pero, según la justicia que es en la ley, el apóstol dice que era irreprensible en la carne, no en el Espíritu; y dice que la justicia que es de la ley era suya, no de Dios. Ha de entenderse, pues, que la justicia de la ley no se cumple según la justicia que es en la ley o de la ley, es decir, según la justicia del hombre, sino según la justicia que es en el Espíritu de gracia, por tanto según la justicia de Dios, es decir, la que el hombre tiene de Dios. Lo cual puede expresarse así más clara y brevemente: Que la justicia de la ley no se cumple cuando la ley manda, y el hombre como por sus propias fuerzas obedece; sino cuando el Espíritu ayuda, y el libre albedrío del hombre, mas libertado por la gracia de Dios, lo cumple. Por tanto, la justicia de la ley es mandar lo que agrada a Dios, prohibir lo que le desagrada; pero la justicia en la ley es obedecer a la letra, y no buscar fuera de ella auxilio alguno de Dios para vivir santamente. Pues cuando había dicho, «No teniendo mi propia justicia, que es de la ley, sino la que es por la fe de Cristo,» añadió, «la cual es de Dios.» Aquella, pues, es la misma justicia de Dios, ignorando la cual los soberbios procuran establecer la suya propia; porque no se llama justicia de Dios porque por ella sea justo Dios, sino porque el hombre la tiene de Dios.

    Capítulo 21.— Que la justicia nunca se perfecciona en esta vida.

    III, 21

    Ahora bien, según esta justicia de Dios, es decir, la que tenemos de Dios, la fe obra por el amor. Pero obra para que, de alguna manera, el hombre pueda alcanzar a Aquel en quien ahora, no viéndolo, cree; y cuando le vea, entonces lo que estaba en la fe por espejo, en enigma, esté al fin en visión cara a cara; y entonces se perfeccionará incluso el amor mismo. Porque con excesiva necedad se dice que Dios es amado tanto antes de ser visto, como lo será cuando sea visto. Además, si en esta vida, como ninguna persona religiosa duda, cuanto más amamos a Dios, tanto más justos somos ciertamente, ¿quién puede dudar que la piadosa y verdadera justicia se perfeccionará entonces, cuando el amor de Dios sea perfecto? Entonces, pues, se cumplirá la ley; de modo que nada absolutamente le falte, de la cual ley, según el apóstol, el cumplimiento es el amor. Y así, cuando había dicho, «No teniendo mi propia justicia, que es de la ley, sino la que es por la fe de Jesucristo, la justicia que es de Dios por la fe,» añadió luego, «para conocerle a Él, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos.» [] Todas estas cosas no estaban aún plenas y perfectas en el apóstol; sino que, como puesto en el camino, corría hacia su plenitud y perfección. Pues ¿cómo había ya conocido perfectamente a Cristo, quien dice en otro lugar, «Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como soy conocido»? [] ¿Y cómo había ya conocido perfectamente el poder de su resurrección, a quien le quedaba conocerlo aún más plenamente por experiencia en el tiempo de la resurrección de la carne? ¿Y cómo había conocido ya perfectamente la comunión de sus padecimientos, si todavía no había experimentado por él la pasión de la muerte? Finalmente, añade y dice, «Si en alguna manera llegase a la resurrección de los muertos.» [] Y luego dice, «No que ya lo haya alcanzado, ni que ya sea perfecto.» ¿Qué confiesa, pues, que aún no ha alcanzado, y en qué no está aún perfeccionado, sino aquella justicia que es de Dios, la cual deseaba, no queriendo tener su propia justicia, que es de la ley? Porque de esto hablaba, y tal era la razón de decir estas cosas contra los enemigos de la gracia de Dios, para el otorgamiento de la cual Cristo fue crucificado; y de cuya raza son también éstos.

    Capítulo 22.— Naturaleza de la justicia y perfección humanas.

    III, 22

    Pues desde el lugar en que emprendió decir estas cosas, comenzó así, «Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de la mutilación. Porque nosotros somos la circuncisión, los que servimos a Dios en espíritu,» — o, como algunos códices tienen, «los que servimos a Dios Espíritu,» o «al Espíritu de Dios,» — «y nos gloriamos en Cristo Jesús, y no tenemos confianza en la carne.» [] Aquí es manifiesto que habla contra los judíos, quienes, observando la ley carnalmente, y procurando establecer su propia justicia, eran muertos por la letra, y no vivificados por el Espíritu, y se gloriaban en sí mismos, mientras que los apóstoles y todos los hijos de la promesa se gloriaban en Cristo. Luego añadió, «Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más.» [] Y enumerando todas las cosas que tienen gloria según la carne, terminó en aquel punto donde dice, «Según la justicia que es en la ley, irreprensible.» Y cuando hubo dicho que consideraba todas estas cosas como pérdida total y desventaja y estiércol para ganar a Cristo, añadió el pasaje que estoy tratando, «y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia, sino la que es por la fe de Cristo, la cual es de Dios.» Confesó que aún no había alcanzado la perfección de esta justicia, la cual no será sino en aquel excelente conocimiento de Cristo, por causa del cual dijo que todas las cosas le eran pérdida; y confesó, por tanto, que aún no era perfecto. «Pero sigo adelante,» dijo, «por si logro asir aquello para lo cual fui asido por Cristo Jesús.» [] «Lograr asir aquello para lo cual fui asido» es casi lo mismo que, «conoceré como soy conocido.» «Hermanos,» dice, «yo no pienso haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo según el propósito hacia el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.» [] El orden de las palabras es, «Pero una cosa hago.» De esta única cosa se entiende bien que también el Señor amonestó a Marta, donde dice, «Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria.» [] El apóstol, queriendo asir esto como puesto en el camino, dijo que proseguía hacia el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Pues ¿quién puede tardar, cuando quiere asir aquello que declara que sigue, para tener entonces una justicia igual a la justicia de los santos ángeles, a ninguno de los cuales, ciertamente, lo abofetea mensajero alguno de Satanás, no sea que se ensoberbezca con la grandeza de sus revelaciones? Luego, amonestando a los que pudieran creerse ya perfectos con la plenitud de aquella justicia, dice, «Así que, todos los que somos perfectos, sintamos esto mismo.» [] Como si dijera: Si, según la capacidad del hombre mortal para la pequeña medida de esta vida, somos perfectos, entendamos que también pertenece a esa perfección el que percibamos que aún no estamos perfeccionados en aquella justicia angélica que tendremos en la manifestación de Cristo. «Y si en algo» dijo, «sentís otra cosa, esto también os lo revelará Dios.» [] ¿Cómo, sino a los que caminan y avanzan en el camino de la fe, hasta que se acabe aquel extravío y lleguen a la visión real? De donde, continuando, añadió, «Pero en aquello a que hemos llegado, andemos conforme a lo mismo.» [] Luego concluye que se debe guardar de aquellos de quienes trataba este pasaje en su comienzo. «Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros. Porque muchos andan, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, cuyo fin es la destrucción,» [] y lo demás. Estos son los mismos de quienes, al comienzo, había dicho, «Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros,» y lo que sigue. Por tanto, todos son enemigos de la cruz de Cristo, que, procurando establecer su propia justicia, que es de la ley — es decir, donde sólo la letra manda, y el Espíritu no cumple — no se sujetan a la ley de Dios. Pues si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe. «Si por la ley es la justicia, entonces Cristo murió en vano: entonces queda abolido el escándalo de la cruz.» Y así son enemigos de la cruz de Cristo los que dicen que la justicia es por la ley, a la que corresponde mandar, no ayudar. Pero la gracia de Dios por Jesucristo el Señor en el Espíritu Santo ayuda a nuestra debilidad.

    Capítulo 23.— No hay verdadera justicia sin la fe de la gracia de Cristo.

    III, 23

    Por tanto, quien vive según la justicia que está en la ley, sin la fe de la gracia de Cristo, como el apóstol declara que él vivía irreprensible, debe ser tenido por no tener verdadera justicia; no porque la ley no sea verdadera y santa, sino porque querer obedecer la letra que manda, sin el Espíritu de Dios que vivifica, como si del poder del libre albedrío se tratara, no es verdadera justicia. Pero la justicia según la cual el justo vive por la fe, puesto que el hombre la tiene de Dios por el Espíritu de gracia, es verdadera justicia. Y aunque no sin razón se dice que ésta es perfecta en algunos justos, según la capacidad de esta vida, sin embargo es poco en comparación con aquella gran justicia que recibe la igualdad de los ángeles. Y quien aún no poseía ésta, por una parte, en cuanto a aquello que ya había en él, decía que era perfecto; y en cuanto a aquello que todavía le faltaba, decía que era imperfecto. Mas manifiestamente aquel grado inferior de justicia constituye mérito, y aquel grado superior se convierte en recompensa. De donde, quien no se esfuerza por alcanzar el primero, no llega al segundo. Por tanto, negar que después de la resurrección del hombre habrá plenitud de justicia, y pensar que la justicia en el cuerpo de aquella vida será tal como puede serla en el cuerpo de esta muerte, es singular necedad. Pero es muy cierto que los hombres no comienzan allí a cumplir aquellos mandamientos de Dios que aquí no han querido obedecer. Porque allí habrá plenitud de la justicia perfectísima, mas no de hombres que se esfuerzan por alcanzar lo mandado y hacen progresos graduales hacia esa plenitud; sino que, en un abrir y cerrar de ojos, así como será la misma resurrección de los muertos, porque aquella grandeza de la justicia perfecta será dada como recompensa a los que aquí han obedecido los mandamientos, y no les será mandada como cosa que deba cumplirse. Mas yo diría de tal modo que han cumplido los mandamientos, que recordemos que a estos mismos mandamientos pertenece la oración en la cual los santos hijos de la promesa diariamente dicen con verdad, «Hágase tu voluntad,» [] y «Perdona nuestras deudas.» []

    Capítulo 24 [VIII.]— Hay tres cabezas principales en la herejía pelagiana.

    III, 24

    Cuando, pues, los pelagianos son apremiados con estos y semejantes testimonios y palabras de verdad, para no negar el pecado original; para no decir que la gracia de Dios por la cual somos justificados no se da gratuitamente, sino según nuestros méritos; ni decir que en el hombre mortal, por santo y bien obrante que sea, hay tan gran justicia que, aun después del lavacro de la regeneración, hasta terminar esta su vida, no le sea necesario el perdón de los pecados— por tanto, cuando son apremiados a no hacer estas tres afirmaciones, y con ellas apartar de la gracia del Salvador a los hombres que les creen, y persuadir a los ensoberbecidos a precipitarse de cabeza al juicio del diablo: introducen las nubes de otras cuestiones en las que su impiedad — ante los hombres más simples, ya sea que sean más tardos o menos instruidos en las sagradas Escrituras — pueda ocultarse. Estas son las cuestiones nebulosas de la alabanza de la criatura, de la alabanza del matrimonio, de la alabanza de la ley, de la alabanza del libre albedrío, de la alabanza de los santos; como si alguno de los nuestros tuviera costumbre de menospreciar esas cosas, y no más bien de anunciarlo todo con las debidas alabanzas para honra del Creador y Salvador. Pero ni siquiera la criatura desea ser alabada de tal modo que no quiera ser sanada. Y cuanto más ha de ser alabado el matrimonio, tanto menos ha de atribuírsele la vergonzosa concupiscencia de la carne, que no es del Padre, sino del mundo; y que ciertamente el matrimonio halló, no hizo, en los hombres; porque, además, se da en muchísimos sin matrimonio, y si nadie hubiera pecado, el mismo matrimonio podría existir sin ella. Y la ley, santa y justa y buena, no es la gracia misma, ni por ella se hace rectamente nada sin la gracia; porque la ley no fue dada para que dé vida, sino que fue añadida por causa de las transgresiones, para que encerrara a todas las personas convictas bajo pecado, y para que la promesa por la fe de Jesucristo fuese dada a los que creen. [] Y el libre albedrío cautivado no aprovecha sino para el pecado; mas para la justicia, a menos que sea divinamente liberado y ayudado, no aprovecha. Y así, también, todos los santos, ya desde aquel antiguo Abel hasta Juan el Bautista, ya desde los mismos apóstoles hasta este tiempo, y de aquí en adelante hasta el fin del mundo, han de ser alabados en el Señor, no en sí mismos. Porque la voz, aun de aquellos primeros, es, «En el Señor será alabada mi alma.» Y la voz de los últimos es, «Por la gracia de Dios soy lo que soy.» [] Y a todos pertenece, «El que se gloría, gloríese en el Señor.» Y es confesión común de todos, «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» []

    Capítulo 25 [IX.]— Muestra que la opinión de los católicos es el medio entre la de los maniqueos y los pelagianos, y refuta a ambos.

    III, 25

    Mas puesto que, en estas cinco particularidades que he expuesto, en las cuales buscan escondrijos y con las cuales tejen calumnias, son abandonados y convictos por las divinas Escrituras, han pensado atemorizar a quienes podían con el odioso nombre de maniqueos, para que, en oposición a sus perversísimas enseñanzas, sus oídos no se conformaran a la verdad; porque sin duda los maniqueos condenan blasfemamente las tres primeras de aquellas cinco doctrinas, diciendo que ni la criatura humana, ni el matrimonio, ni la ley fueron ordenados por el sumo y verdadero Dios. Pero no reciben lo que la verdad dice, que el pecado tuvo su origen en el libre albedrío, y que todo mal, ya de ángel ya de hombre, proviene de él; porque prefieren creer, en su apartamiento de Dios, que la naturaleza del mal fue siempre mala y coeterna con Dios. Además, atacan a los santos patriarcas y profetas con cuantas execraciones pueden. Esta es la manera en que los herejes modernos piensan que, objetando el nombre de maniqueos, evaden la fuerza de la verdad. Pero no la evaden; porque ésta los sigue y derriba a la vez a maniqueos y pelagianos. Pues en que al nacer un hombre hay algo bueno, en cuanto es hombre, condena al maniqueo y alaba al Creador; pero en cuanto deriva el pecado original, condena al pelagiano y considera necesario un Salvador. Porque aun por decirse que aquella naturaleza es sanable, rechaza ambas doctrinas; porque no tendría, por una parte, necesidad de medicina si estuviera sana, lo cual se opone al pelagiano; ni podría ser sanada en absoluto si el mal en ella fuera eterno e inmutable, lo cual se opone al maniqueo. Además, en que al matrimonio, que alabamos como ordenado por Dios, no decimos que haya de atribuírsele la concupiscencia de la carne, esto es contrario a los pelagianos, que hacen de esta concupiscencia misma un objeto de alabanza, y contrario a los maniqueos, que la atribuyen a una naturaleza extraña y mala, cuando realmente es un mal accidental a nuestra naturaleza, no para ser separado de Dios por disyunción, sino para ser sanado por la misericordia de Dios. Además, en que decimos que la ley, santa y justa y buena, fue dada no para la justificación de los impíos, sino para la convicción de los soberbios, por causa de las transgresiones— esto, por una parte, se opone a los maniqueos, en que según el apóstol la ley es alabada; y por otra se opone a los pelagianos, en que, de acuerdo con el apóstol, nadie es justificado por la ley; y por tanto, para dar vida a aquellos a quienes la letra ha matado, es decir, a quienes la ley, mandando el bien, hace culpables por las transgresiones, el Espíritu de gracia gratuitamente trae ayuda. También en que decimos que la voluntad es libre para el mal, pero para hacer el bien ha de ser hecha libre por la gracia de Dios, esto se opone a los pelagianos; mas en que decimos que se originó de lo que antes no era malo, esto se opone a los maniqueos. Asimismo, que honramos a los santos patriarcas y profetas con las alabanzas debidas a ellos en Dios, es en oposición a los maniqueos; mas que decimos que aun para ellos, por justos y agradables a Dios que hubieran sido, era necesaria la propiciación del Señor, esto es en oposición a los pelagianos. La fe católica, por tanto, los halla a ambos, como también a otros herejes, en oposición a ella, y convence a ambos por la autoridad de los divinos testimonios y por la luz de la verdad.

    Capítulo 26 [X.]— Los pelagianos siguen afanándose por un escondrijo, introduciendo la cuestión innecesaria del origen del alma.

    III, 26

    Los pelagianos, ciertamente, añaden a las nubes que envuelven sus escondrijos la cuestión innecesaria acerca del origen del alma, con el propósito de erigir un escondrijo perturbando las cosas manifiestas con la oscuridad de otras materias. Pues dicen «que nosotros defendemos la propagación continua de las almas con la propagación continua del pecado.» Y dónde y cuándo han leído esto, ya sea en los discursos o en los escritos de quienes sostienen la fe católica contra ellos, no lo sé; porque, aunque hallo algo escrito por católicos sobre el asunto, aún no se había emprendido la defensa de la verdad contra aquellos hombres, ni había ansiedad alguna por responderles. Mas esto digo, que según las santas Escrituras el pecado original es tan manifiesto, y que éste es quitado en los infantes por el lavacro de la regeneración está confirmado por tal antigüedad y autoridad de la fe católica, notorio por tan claro testimonio concurrente de la Iglesia, que lo que se argumenta por la investigación o afirmación de cualquiera acerca del origen del alma, si es contrario a esto, no puede ser verdadero. Por lo cual, quienquiera que edifique, ya acerca del alma o de otra materia oscura, un edificio con el cual destruya esto, que es verdadero, sólidamente fundado y bien conocido, sea hijo o enemigo de la Iglesia, debe ser corregido o evitado. Mas sea éste el fin de este Libro, para que lo que sigue tenga otro comienzo.

    Libro IV

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Contra dos cartas de los pelagianos · IV, argumento
    Después de haber refutado en los libros anteriores las calumnias lanzadas contra los católicos, Agustín pasa aquí a descubrir las insidias que se ocultan en la parte restante de la segunda epístola de los pelagianos, en las cinco cabezas de su doctrina— a saber, en la alabanza de la criatura, la alabanza del matrimonio, la alabanza de la ley, la alabanza del libre albedrío y la alabanza de los santos; en relación con las cuales cabezas los pelagianos se jactan malignamente de estar en desacuerdo no más con los maniqueos que con los católicos. De ahí que estos cinco puntos puedan llevarnos a esto: que ellos presentan su triple error— a saber, las dos primeras, la negación del pecado original; las dos siguientes, la afirmación de que la gracia se da según los méritos; la quinta, su declaración de que los santos no habían pecado en esta vida. Agustín muestra que ambas herejías, la de los maniqueos y la de los pelagianos, son opuestas e igualmente odiosas a la fe católica, por la cual profesamos, primero, que la naturaleza creada por un Dios bueno era buena, pero que, sin embargo, está necesitada de un Salvador a causa del pecado original, que pasó a todos los hombres por la transgresión del primer hombre: luego, en segundo lugar, que el matrimonio es bueno, verdaderamente instituido por Dios, pero que es mala aquella concupiscencia que se asoció al matrimonio por el pecado: también, en tercer lugar, que la ley de Dios es buena, pero de tal modo que sólo manifiesta el pecado, no lo quita: que, en cuarto lugar, el libre albedrío es ciertamente inherente a la naturaleza del hombre, pero que ahora, sin embargo, está tan esclavizado que no aprovecha para hacer justicia, a menos que haya sido hecho libre por la gracia: pero que, en quinto lugar, los santos, ya del Antiguo ya del Nuevo Testamento, estuvieron ciertamente dotados de una justicia que era verdadera pero no perfecta, ni tan plena que estuvieran libres de todo pecado. En conclusión, aduce los testimonios de Cipriano y Ambrosio en favor de la fe católica, unos acerca del pecado original, otros acerca del auxilio de la gracia, y los últimos acerca de la imperfección de la justicia presente.

    Capítulo 1 [I.]— Los subterfugios de los pelagianos son cinco.

    IV, 1

    Después de los asuntos que he considerado, y a los que he respondido, repiten las mismas cosas que las contenidas en la carta que he refutado, pero de manera diferente. Pues antes las presentaban como objetándonos cosas que pensamos como falsamente; pero después, como explicando lo que ellos mismos piensan, han presentado las mismas cosas desde el lado opuesto, añadiendo dos puntos ciertos que no habían mencionado— es decir, «que dicen que el bautismo es necesario para todas las edades,» y «que por Adán la muerte pasó a nosotros, no los pecados,» cuyas cosas también deben ser consideradas en su propio lugar. De ahí que, porque en el Libro anterior que acabo de terminar dije que alegaban impedimentos de cinco asuntos en los que se ocultan sus dogmas hostiles a la gracia de Dios y a la fe católica— a saber, la alabanza de la criatura, la alabanza del matrimonio, la alabanza de la ley, la alabanza del libre albedrío, la alabanza de los santos— pienso que es más conveniente hacer una distinción general de todo lo que sostienen, lo contrario de lo cual nos objetan, y mostrar cuáles de esas cosas pertenecen a alguna de esas cinco, para que así mi respuesta sea por esa misma distinción más clara y más breve.

    Capítulo 2 [II.]— La alabanza de la criatura.

    IV, 2

    Logran la alabanza de la criatura, en cuanto pertenece al género humano del que ahora se trata, en estas declaraciones: «Que Dios es el Hacedor de todos los que nacen, y que los hijos de los hombres son obra de Dios; y que todo pecado no desciende de la naturaleza, sino de la voluntad.» Con esta alabanza de la criatura conexionan, «que dicen que el bautismo es necesario para toda edad, de modo que,» a saber, «la criatura misma pueda ser adoptada entre los hijos de Dios; no porque derive algo de sus padres que deba ser purificado en el lavacro de la regeneración.» A esta alabanza añaden también, «que dicen que Cristo el Señor no fue rociado con mancha alguna de pecado en cuanto pertenece a su infancia;» porque afirman que su carne fue purísima de todo contagio de pecado, no por su propia excelencia y gracia singular, sino por su comunión con la naturaleza que es compartida por todos los infantes. También pertenece a esto que introduzcan la cuestión «del origen del alma,» esforzándose así por igualar todas las almas de los infantes al alma de Cristo, sosteniendo que ellas igualmente no están rociadas con mancha alguna de pecado. Por esta razón, también dicen, «que nada de mal pasó de Adán al resto de la humanidad excepto la muerte, la cual,» dicen, «no es siempre un mal, puesto que para los mártires, por ejemplo, es por causa de las recompensas; y no es la disolución de los cuerpos, que en todo género de hombres serán resucitados, lo que puede hacer que la muerte sea llamada buena o mala, sino la diversidad de méritos que surge de la libertad humana.» Estas cosas escriben en esta carta acerca de la alabanza de la criatura.
    Alaban el matrimonio verdaderamente según las Escrituras, «porque el Señor dice en el evangelio: El que hizo a los hombres desde el principio, los hizo varón y hembra, y dijo: Creced y multiplicaos, y henchid la tierra.» Aunque esto no está escrito en aquel pasaje del evangelio, está escrito en la ley. Añaden, además, «Lo que, pues, Dios ha unido, no lo separe el hombre.» [] Y estas reconocemos que son palabras del evangelio.
    En la alabanza de la ley dicen, «que la ley antigua era, según el apóstol, santa y justa y buena; que a quienes guardan sus mandamientos, y viven rectamente por la fe, como los profetas y patriarcas, y todos los santos, se les podía conferir la vida eterna.»
    En la alabanza del libre albedrío dicen, «que el libre albedrío no ha perecido, puesto que el Señor dice por los profetas: 'Si queréis y oyereis, comeréis los bienes de la tierra; si no queréis y no oyereis, la espada os devorará.' [] Y así, también, la gracia ayuda al buen propósito de cada cual, pero no infunde el deseo de la virtud en el corazón renuente, porque no hay acepción de personas en Dios.»
    En la alabanza de los santos se ocultan, diciendo «que el bautismo renueva perfectamente a los hombres, por cuanto el apóstol es testigo que testifica que, por el lavamiento de agua, la Iglesia es hecha de entre los gentiles santa y sin mancha; [] que el Espíritu Santo asistía también a las almas piadosas en los tiempos antiguos, así como el profeta dice a Dios: 'Tu buen Espíritu me guiará por senda recta'; que todos los profetas, además, y apóstoles o santos, tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento, a quienes Dios da testimonio, fueron justos, no en comparación con los malvados, sino según la regla de la virtud; y que en el tiempo futuro hay recompensa tanto de las buenas obras como de las malas. Pero que nadie puede entonces cumplir el mandamiento que aquí haya despreciado, porque el apóstol dijo: 'Hemos de ser manifestados ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba las cosas pertenecientes al cuerpo, según lo que haya hecho, sea bueno o malo.'» []
    En todos estos puntos, cuanto dicen de la alabanza de la criatura y del matrimonio, intentan llevarnos a esto: que no hay pecado original; cuanto de la alabanza de la ley y del libre albedrío, a esto: que la gracia no ayuda sin mérito, y que así la gracia ya no es gracia; cuanto de la alabanza de los santos, a esto: que la vida mortal en los santos parece no tener pecado, y que no les es necesario orar a Dios por el perdón de sus deudas.

    Capítulo 3 [III.]— Los católicos alaban la naturaleza, el matrimonio, la ley, el libre albedrío y los santos, de tal manera que condenan tanto a los pelagianos como a los maniqueos.

    IV, 3

    Que todo aquel que, con mente católica, se horroriza ante estas doctrinas impías y condenables, en esta división tripartita, evite los escondrijos y las trampas de este error quíntuple, y sea tan cuidadoso entre uno y otro que de tal manera se aparte de los maniqueos que no se incline a los pelagianos; y de nuevo, que se separe de los pelagianos de modo que no se asocie con los maniqueos; o, si ya ha sido apresado en una u otra servidumbre, que no se arranque de las manos de unos para precipitarse en las de los otros. Porque parecen ser contrarios entre sí; puesto que los maniqueos se manifiestan vituperando estos cinco puntos, y los pelagianos se ocultan alabándolos. Por lo cual condena y evita a ambos, quienquiera que sea, aquel que según la regla de la fe católica glorifica de tal manera al Creador en los hombres, que nacen de la buena criatura de carne y alma (lo cual no admite el maniqueo), que sin embargo confiesa que a causa de la corrupción que ha pasado a ellos por el pecado del primer hombre, aun los infantes necesitan un Salvador (lo cual no admite el pelagiano). Aquel que distingue de tal manera el mal de la concupiscencia vergonzosa de la bendición del matrimonio, que ni, como los maniqueos, reprocha la fuente de nuestro nacimiento, ni, como los pelagianos, alaba la fuente de nuestro desorden. Aquel que sostiene de tal manera que la ley fue dada santa, justa y buena por medio de Moisés por un Dios santo, justo y bueno (lo cual Manes, en oposición al apóstol, niega), que afirma que ella muestra el pecado y sin embargo no lo quita, y manda la justicia que sin embargo no da (lo cual, de nuevo, en oposición al apóstol, niega Pelagio). Aquel que afirma de tal manera el libre albedrío que dice que el mal tanto del ángel como del hombre comenzó, no de no sé qué naturaleza siempre mala, que no es naturaleza, sino de la voluntad misma, lo cual destruye la herejía maniquea, y sin embargo que aun así la voluntad cautiva no puede respirar hacia una libertad saludable sino por la gracia de Dios, lo cual destruye la herejía pelagiana. Aquel que alaba de tal manera en Dios a los santos varones de Dios, no sólo después de Cristo manifestado en la carne y posteriormente, sino incluso a los de los tiempos anteriores, a quienes los maniqueos se atreven a blasfemar, que sin embargo cree sus propias confesiones acerca de sí mismos, más que las mentiras de los pelagianos. Porque la palabra de los santos es, «Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» []

    Capítulo 4 [IV.]— Pelagianos y maniqueos sobre la alabanza de la criatura.

    IV, 4

    Siendo así estas cosas, ¿qué ventaja es para los nuevos herejes, enemigos de la cruz de Cristo y opositores de la gracia divina, que parezcan sanos del error de los maniqueos, si mueren por otra pestilencia propia? ¿Qué ventaja es para ellos, que en la alabanza de la criatura digan «que el Dios bueno es el hacedor de los que nacen, por quien todas las cosas fueron hechas, y que los hijos de los hombres son su obra,» a quienes los maniqueos dicen que son obra del príncipe de las tinieblas; cuando entre ambos, o entre ellos, la creación de Dios, que está en los infantes, perece? Porque ambos se niegan a que sea librada por la carne y la sangre de Cristo,— el uno, porque destruyen esa misma carne y sangre, como si Él no las hubiera tomado en absoluto en el hombre o del hombre; y el otro, porque afirman que no hay mal en los infantes del cual deban ser librados por el sacramento de esta carne y sangre. Entre ellos yace la criatura humana en los infantes, con buen origen, con propagación corrompida, confesando por sus bienes a un Creador excelentísimo, buscando por sus males a un Redentor misericordiosísimo, teniendo a los maniqueos como detractores de sus beneficios, teniendo a los pelagianos como negadores de sus males, y a ambos como perseguidores. Y aunque en la infancia no hay poder de hablar, sin embargo con su mirada silenciosa y su debilidad oculta se dirige a la vanidad impía de ambos, diciendo a uno, «Cree que soy creado por Aquel que crea las cosas buenas;» y diciendo al otro, «Permite que sea sanado por Aquel que me creó.» Los maniqueos dicen, «No hay nada de este infante sino el alma buena para ser librada; lo demás,» que no pertenece al Dios bueno, sino al príncipe de las tinieblas, «ha de ser rechazado.» Los pelagianos dicen, «Ciertamente no hay nada de este infante para ser librado, porque hemos mostrado que todo está sano.» Ambos mienten; pero ahora el acusador de la carne solamente es más soportable que el alabador, que es convicto de crueldad contra el todo. Pero ni el maniqueo ayuda al alma humana blasfemando a Dios, Autor de todo el hombre; ni el pelagiano permite que la gracia divina venga en ayuda de la infancia humana negando el pecado original. Por lo tanto, es por la fe católica que Dios tiene misericordia, viendo que condenando ambas doctrinas perniciosas viene en ayuda del infante para la salvación. Dice a los maniqueos, «Oye al apóstol que clama: '¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo en vosotros?' [] y cree que el Dios bueno es el Creador de los cuerpos, porque el templo del Espíritu Santo no puede ser obra del príncipe de las tinieblas.» Dice a los pelagianos, «El infante que miráis 'fue concebido en iniquidad, y en pecado lo alimentó su madre en el vientre.' ¿Por qué, como si lo defendierais como libre de toda desgracia, no permitís que sea librado por la misericordia? Nadie es puro de la inmundicia, ni siquiera el infante cuya vida es de un día sobre la tierra. Permitid que las miserables criaturas reciban la remisión de los pecados, por medio de Aquel que solo, ni como pequeño ni como grande, pudo tener pecado alguno.»

    Capítulo 5.— ¿Cuál es la ventaja especial en las opiniones pelagianas?

    IV, 5

    ¿Qué ventaja, pues, es para ellos que digan «que todo pecado no desciende de la naturaleza, sino de la voluntad,» y resistan por la verdad de este juicio a los maniqueos, que dicen que la naturaleza mala es la causa del pecado; cuando, por no querer admitir el pecado original aunque él mismo también desciende de la voluntad del primer hombre, hacen que los infantes partan en culpa del cuerpo? ¿Qué ventaja es para ellos «que confiesen que el bautismo es necesario para todas las edades,» mientras los maniqueos dicen que es superfluo para toda edad, mientras ellos dicen que en los infantes es falso en cuanto pertenece al perdón de los pecados? ¿Qué ventaja es para ellos que sostengan «la carne de Cristo» (que los maniqueos sostienen que fue o ninguna carne en absoluto, o una carne fingida) que haya sido no sólo la carne verdadera, sino también «que el alma misma no fue manchada por ninguna mancha de pecado,» cuando otros infantes son por ellos puestos al mismo nivel que Su infancia, con pureza no desigual, de modo que aquella carne no parece conservar su propia santidad en comparación con éstos, y éstos no obtienen salvación de aquélla?

    Capítulo 6.— No sólo la muerte, sino también el pecado ha pasado a nosotros por medio de Adán.

    IV, 6

    En ese punto, ciertamente, en el que dicen «que la muerte pasó a nosotros por Adán, no los pecados,» no tienen a los maniqueos como adversarios: puesto que ellos también niegan que el pecado original del primer hombre, al principio de cuerpo y espíritu puros y rectos, y después depravado por el libre albedrío, pasó y pasa como pecado a todos con la muerte; sino que dicen que la carne fue mala desde el principio, y fue creada por un espíritu maligno y junto con un espíritu maligno; pero que un alma buena— a saber, una porción de Dios— por los méritos de su mancha por la comida y la bebida, en la que estaba antes atada, vino al hombre, y así por medio de la cópula fue atada en la cadena de la carne. Y así los maniqueos están de acuerdo con los pelagianos en que no fue la culpa del primer hombre la que pasó a la raza humana— ni por la carne, que dicen que nunca fue buena; ni por el alma, que afirman que viene a la carne del hombre con los méritos de sus propias manchas con las que fue contaminada antes de la carne. Pero ¿cómo dicen los pelagianos «que sólo la muerte pasó sobre nosotros por medio de Adán»? Porque si morimos porque él murió, pero él murió porque pecó, dicen que el castigo pasó sin la culpa, y que los infantes inocentes son castigados con una pena injusta al derivar la muerte sin los merecimientos de la muerte. Esto, la fe católica lo ha sabido del único y solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se dignó sufrir la muerte— es decir, la pena del pecado— sin pecado, por nosotros. Así como Él solo se hizo Hijo del hombre, para que nosotros pudiéramos llegar a ser por Él hijos de Dios, así Él solo, en nuestro favor, asumió el castigo sin malos merecimientos, para que nosotros por Él obtuviéramos la gracia sin buenos merecimientos. Porque así como a nosotros nada bueno se nos debía, así a Él nada malo se le debía. Por lo tanto, encomendando su amor a aquellos a quienes iba a dar la vida inmerecida, quiso sufrir por ellos una muerte inmerecida. Esta prerrogativa especial del Mediador los pelagianos se esfuerzan por anular, de modo que esto ya no sea especial en el Señor, si Adán sufrió de tal manera una muerte debida a él por causa de su culpa, que los infantes, no sacando de él culpa alguna, sufrieran muerte inmerecida. Porque aunque mucho bien se confiere a los buenos por medio de la muerte, de donde algunos han argumentado aptamente incluso «sobre el beneficio de la muerte;» sin embargo, de esto ¿qué se puede declarar sino la misericordia de Dios, ya que el castigo del pecado se convierte en usos benéficos?

    Capítulo 7.— ¿Qué significa «en quien todos pecaron»?

    IV, 7

    Pero hablan así aquellos que quieren torcer a los hombres de las palabras del apóstol hacia su propio pensamiento. Porque donde el apóstol dice, «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres,» [] quieren que se entienda allí no que «el pecado» pasó, sino «la muerte.» ¿Cuál es, pues, el significado de lo que sigue, «en quien todos pecaron»? Porque o el apóstol dice que en aquel «un hombre» todos pecaron, del cual había dicho, «Por un hombre entró el pecado en el mundo,» o en aquel «pecado,» o ciertamente en la «muerte.» Porque no debe perturbarnos que no dijera «en la cual» [usando la forma femenina del pronombre], sino «en el cual» [usando la masculina] todos pecaron; ya que «muerte» en la lengua griega es de género masculino. Elijan, pues, lo que quieran,— porque o en aquel «hombre» todos pecaron, y así se dice porque cuando él pecó todos estaban en él; o en aquel «pecado» todos pecaron, porque aquello fue el acto de todos en general que todos los que nacieron habrían de derivar; o queda que digan que en aquella «muerte» todos pecaron. Pero de qué manera esto pueda entenderse, no lo veo claramente. Porque todos mueren en el pecado; no pecan en la muerte; porque cuando el pecado precede, la muerte sigue— no cuando la muerte precede, el pecado sigue. Porque el pecado es el aguijón de la muerte— es decir, el aguijón por cuyo golpe ocurre la muerte, no el aguijón con el que la muerte golpea. Así como el veneno, si se bebe, se llama copa de muerte, porque por esa copa se causa la muerte, no porque la copa sea causada por la muerte, o sea dada por la muerte. Pero si «pecado» no puede entenderse por aquellas palabras del apóstol como aquello en lo que «todos pecaron,» porque en griego, del que se traduce la Epístola, «pecado» se expresa en género femenino, queda que se entienda que todos los hombres pecaron en aquel primer «hombre,» porque todos los hombres estaban en él cuando pecó; y de él se deriva el pecado por nacimiento, y no se remite sino naciendo de nuevo. Porque así también el santo Hilario entendió lo que está escrito, «en quien todos pecaron;» pues dice, «en quien,» es decir, en Adán, «todos pecaron.» Luego añade, «Es manifiesto que todos pecaron en Adán, como en la masa; porque él mismo fue corrompido por el pecado, y todos los que engendró nacieron bajo pecado.» Cuando escribió esto, Hilario, sin ninguna ambigüedad, indicó cómo debemos entender las palabras, «en quien todos pecaron.»
    Comentario editorial · «En quien todos pecaron»
    Agustín discute cómo leer Romanos 5:12 y concluye que todos pecaron en aquel primer hombre, apoyándose en «el santo Hilario». Según una nota del NPNF, es el comentarista que se imprimió entre las obras de Ambrosio como «Hilario el diácono»; Wikipedia explica que Agustín cita bajo el nombre de «Hilario» el comentario a Romanos 5:12 del autor hoy llamado Ambrosiaster. La Vulgata trae in quo omnes peccaverunt, «en quien todos pecaron». Wikipedia añade que Ambrosiaster fue el primero en introducir esa lectura, y la llama una mala traducción del griego sobre la que Agustín desarrolló su doctrina: es juicio de Wikipedia, no de este libro, y la exégesis sigue discutida.

    Capítulo 8.— La muerte pasó a todos por el pecado.

    IV, 8

    Pero ¿por qué dice el mismo apóstol que somos reconciliados con Dios por Cristo, sino por aquello en lo que nos habíamos hecho enemigos? ¿Y qué es esto sino el pecado? De donde también el profeta dice, «Vuestros pecados os separan de vuestro Dios.» [] A causa de esta separación, pues, fue enviado el Mediador, para que quitara el pecado del mundo, por el que estábamos separados como enemigos, y para que, reconciliados, fuéramos hechos de enemigos hijos. De esto, ciertamente, hablaba el apóstol; de ahí que interpusiera lo que dice, «que el pecado entró por un hombre.» Pues éstas son sus palabras anteriores. Dice, «Mas Dios encarece su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Mucho más, pues, justificados ahora en su sangre, seremos salvos de la ira por él. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados, seremos salvos en su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.» Luego añade, «Por tanto, como por un hombre entró el pecado en este mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres, porque en quien todos pecaron.» ¿Por qué evaden los pelagianos este asunto? Si la reconciliación por Cristo es necesaria a todos los hombres, sobre todos los hombres ha pasado el pecado por el que nos hemos hecho enemigos, para que tuviéramos necesidad de reconciliación. Esta reconciliación está en el lavacro de la regeneración y en la carne y sangre de Cristo, sin la cual ni siquiera los infantes pueden tener vida en sí mismos. Porque así como hubo un hombre para la muerte a causa del pecado, así hay un hombre para la vida a causa de la justicia; porque «como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados;» [] y «como por el pecado de uno vino la condenación a todos los hombres, así también por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.» [] ¿Quién hay que haya vuelto oído sordo a estas palabras con tanta dureza de impiedad perversa, que, habiéndolas oído, sostenga que la muerte pasó a nosotros por Adán sin pecado, a no ser que sean opositores de la gracia de Dios y enemigos de la cruz de Cristo?— cuyo fin es la destrucción si continúan en esta obstinación. Pero baste haber dicho esto por causa de aquella sutileza serpentina suya, con la que quieren corromper las mentes simples, y apartarlas de la simplicidad de la fe, como por la alabanza de la criatura.

    Capítulo 9 [V.]— De la alabanza del matrimonio.

    IV, 9

    Pero además, en cuanto a la alabanza del matrimonio, ¿qué ventaja es para ellos que, en oposición a los maniqueos, que asignan el matrimonio no al Dios verdadero y bueno, sino al príncipe de las tinieblas, estos hombres resistan las palabras de la verdadera piedad, y digan, «Que el Señor dice en el evangelio: El que desde el principio los hizo varón y hembra, y dijo: Creced y multiplicaos y llenad la tierra. Por tanto, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre»? [Mateo 19:4, etc.] ¿Qué les aprovecha esto, por medio de la verdad seducir a la falsedad? Porque dicen esto para que se piense que los infantes nacen libres de toda culpa, y así no haya necesidad de que sean reconciliados con Dios por Cristo, ya que no tienen pecado original, a causa del cual la reconciliación es necesaria a todos por medio de uno que vino al mundo sin pecado, así como las enemistades de todos fueron causadas por medio de uno por quien el pecado entró en el mundo. Y esto es creído por los católicos por causa de la salvación de la naturaleza de los hombres, sin detrimento de la alabanza del matrimonio; porque la alabanza del matrimonio es una unión recta de los sexos, no una defensa perversa de los vicios. Y así, cuando, por su alabanza del matrimonio, estas personas quieren atraer a los hombres de los maniqueos a sí mismos, desean meramente cambiar su enfermedad, no curarla.

    Capítulo 10.— De la alabanza de la ley.

    IV, 10

    Una vez más, en la alabanza de la ley, ¿qué ventaja les supone que, en oposición a los maniqueos, digan la verdad cuando quieren apartar a los hombres de aquella opinión a esta que sostienen falsamente contra los católicos? Pues dicen, «Confesamos que aun la ley antigua, según el apóstol, es santa, justa y buena, y que ésta podía conferir vida eterna a los que guardaban sus mandamientos, y vivían justamente por la fe, como los profetas y patriarcas, y todos los santos.» Con cuyas palabras, expresadas muy astutamente, alaban la ley en oposición a la gracia; porque ciertamente aquella ley, aunque justa, santa y buena, no podía conferir vida eterna a todos aquellos hombres de Dios, sino la fe que es en Cristo. Pues esta fe obra por el amor, no según la letra que mata, sino según el Espíritu que vivifica, a la cual gracia de Dios la ley, como ayo, conduce apartando de la transgresión, para que se confiera al hombre aquello que ella misma no podía conferir. Pues a aquellas palabras suyas en que dicen «que la ley podía conferir vida eterna a los profetas y patriarcas, y a todos los santos que guardaron sus mandamientos,» responde el apóstol: «Si por la ley fuese la justicia, entonces en vano murió Cristo.» [] «Si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa.» [] «Si los que son de la ley son herederos, vana es la fe, y anulada la promesa.» [] «Pero que por la ley ninguno se justifica ante Dios, es evidente: porque el justo por la fe vive.» [] «Pero la ley no es de fe; sino que dice: El hombre que hiciere estas cosas vivirá por ellas.» [] Cuyo testimonio, citado por el apóstol de la ley, se entiende de la vida temporal, en cuanto al temor de perderla, por el cual los hombres solían hacer las obras de la ley, no de la fe; porque los transgresores de la ley recibían orden de la misma ley de ser ejecutados por el pueblo. O, si ha de entenderse más elevadamente, que «El que hiciere estas cosas vivirá por ellas» fue escrito en referencia a la vida eterna; la virtud de la ley se expresa de modo que la debilidad del hombre en sí mismo, no pudiendo hacer lo que la ley manda, busque ayuda de la gracia de Dios, más bien de la fe, puesto que por su misericordia aun la fe misma se otorga. Porque la fe se tiene así, conforme Dios ha repartido a cada uno la medida de la fe. [] Pues si los hombres no la tienen de sí mismos, sino que reciben el Espíritu de poder, de amor y de continencia, por lo cual aquel mismo doctor de los gentiles dice: «Porque no hemos recibido el espíritu de temor, sino de poder, de amor y de continencia,» [] — también ciertamente se recibe el Espíritu de fe, del cual dice: «Teniendo el mismo Espíritu de fe.» [] Verdaderamente, pues, dice la ley: «El que hiciere estas cosas vivirá por ellas.» Pero para hacer estas cosas, y vivir por ellas, no es necesaria la ley que lo ordena, sino la fe que lo obtiene. La cual fe, sin embargo, para que merezca recibir estas cosas, es dada gratuitamente.

    Capítulo 11.— Los pelagianos entienden que la ley misma es gracia de Dios.

    IV, 11

    Pero esos enemigos de la gracia nunca se esfuerzan en tender lazos más secretos para oponerse con más vehemencia a esa misma gracia que cuando alaban la ley, la cual, sin duda, es digna de ser alabada. Porque, por sus diversos modos de hablar, y por la variedad de palabras en todos sus argumentos, quieren que la ley sea entendida como «gracia» — es decir, que tengamos del Señor Dios la ayuda del conocimiento, por la cual podamos conocer lo que hay que hacer — no la inspiración del amor, para que, una vez conocido, lo hagamos con un amor santo, que es propiamente gracia. Porque el conocimiento de la ley sin amor hincha, no edifica, según el mismo apóstol, que dice muy claramente: «El conocimiento hincha, pero el amor edifica.» [] Dicho que es semejante a aquel en que se dice: «La letra mata, el espíritu vivifica.» [] Porque «El conocimiento hincha» corresponde a «La letra mata», y «El amor edifica» a «El espíritu vivifica»; porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» [] Por tanto, el conocimiento de la ley hace al transgresor soberbio; pero, por el don de la caridad, se deleita en ser hacedor de la ley. No anulamos, pues, la ley por la fe, sino que confirmamos la ley, [] la cual, aterrando, conduce a la fe. Así ciertamente la ley produce ira, para que la misericordia de Dios otorgue gracia al pecador, atemorizado y vuelto al cumplimiento de la justicia de la ley por Jesucristo nuestro Señor, que es aquella sabiduría de Dios de la cual está escrito: «Lleva en su lengua ley y misericordia,» [] — ley con la que aterra, misericordia con la que ayuda — ley por su siervo, misericordia por sí mismo — la ley, como en el báculo que Eliseo envió para resucitar al hijo de la viuda, y no logró resucitarlo, «Porque si se hubiera dado una ley que pudiera vivificar, la justicia sería verdaderamente por la ley,» [] sino la misericordia, como en el propio Eliseo, quien, llevando la figura de Cristo, al dar vida a los muertos fue unido en la significación del gran sacramento, como del Nuevo Testamento.

    Capítulo 12 [VI.]— De la alabanza del libre albedrío.

    IV, 12

    Además, que, en oposición a los maniqueos, alaben el libre albedrío, sirviéndose del testimonio profético: «Si queréis y me oyereis, comeréis lo bueno de la tierra; mas si no queréis y no me oyereis, la espada os consumirá;» [] ¿qué ventaja les supone esto, cuando, en efecto, no es tanto contra los maniqueos que defienden, como contra los católicos que ensalzan, el libre albedrío? Pues quieren que lo dicho: «Si queréis y me oyereis» se entienda de modo que en la voluntad precedente misma esté el mérito de la gracia que sigue; y así la gracia ya no sería gracia, puesto que no es gratuita cuando se paga como deuda. Pero si entendieran lo que está escrito: «Si queréis» de modo que confesaran que Él prepara incluso esa buena voluntad misma de quien está escrito: «La voluntad es preparada por el Señor,» [] usarían este testimonio como católicos, y no sólo vencerían la antigua herejía de los maniqueos, sino que no fundarían la nueva de los pelagianos.

    Capítulo 13.— Los propósitos de Dios son efectos de la gracia.

    IV, 13

    ¿Qué les aprovecha que, en la alabanza de ese mismo libre albedrío, «digan que la gracia asiste al buen propósito de cada uno»? Esto sería recibido sin escrúpulo como dicho en espíritu católico, si no atribuyeran mérito al buen propósito, al cual mérito se paga ahora un salario como deuda, no según la gracia, sino que entendieran y confesaran que aun ese mismo buen propósito, al que asiste la gracia que sigue, no podría haber estado en el hombre si la gracia no lo hubiera precedido. Pues ¿cómo hay un buen propósito en un hombre sin la misericordia de Dios primero, ya que esa misma buena voluntad es la que es preparada por el Señor? [] Pero cuando dijeron esto, «que la gracia también asiste al buen propósito de cada uno», y luego añadieron: «pero no infunde el amor de la virtud en un corazón que resiste», podría entenderse adecuadamente, si no lo dijeran aquellos cuyo sentido es conocido. Pues, para el corazón que resiste, primero se procura por la gracia misma de Dios el oír la llamada divina, y luego en ese corazón, que ya no resiste, se enciende el deseo de la virtud. Sin embargo, en todas las cosas que alguien hace según Dios, Su misericordia le precede. Y esto no lo quieren, porque eligen ser no católicos, sino pelagianos. Pues mucho deleita a una impiedad soberbia que aun aquello que un hombre se ve obligado a confesar que es dado por el Señor parezca no ser otorgado a él mismo, sino pagado; de modo que, a saber, los hijos de perdición, no de la promesa, sean considerados como que ellos mismos se hicieron buenos, y que Dios pagó a los que ya son buenos, habiendo sido hechos tales por sí mismos, la recompensa debida por esa obra suya.

    Capítulo 14.— Los testimonios de la Escritura en favor de la gracia.

    IV, 14

    Pues esa misma soberbia ha tapado de tal modo los oídos de su corazón que no oyen: «Porque ¿qué tienes que no hayas recibido?» [] No oyen: «Sin mí nada podéis hacer;» [] no oyen: «El amor es de Dios;» [] no oyen: «Dios ha repartido a cada uno una medida de fe;» [] no oyen: «El Espíritu sopla donde quiere,» [] y, «Los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios;» [] no oyen: «Nadie puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre mío;» [] no oyen lo que escribe Esdras: «Bendito sea el Señor Dios de nuestros padres, que puso tal cosa en el corazón del rey, para honrar la casa del Señor que está en Jerusalén;» [] no oyen lo que dice el Señor por Jeremías: «Y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí; y los visitaré para hacerlos buenos;» [] y especialmente aquella palabra por el profeta Ezequiel, donde Dios muestra plenamente que no es inducido por buenos merecimientos de los hombres a hacerlos buenos, es decir, obedientes a sus mandatos, sino que más bien les paga bien por mal, haciendo esto por causa de sí mismo, y no por ellos. Pues dice: «Así dice el Señor Dios: No lo hago por vosotros, oh casa de Israel, sino por causa de mi santo nombre, el cual profanasteis vosotros entre las naciones adonde habéis llegado. Y santificaré mi grande nombre, profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas; y sabrán las naciones que yo soy el Señor, dice Adonai el Señor, cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos. Y yo os tomaré de entre las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro propio país. Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.» Y después de pocas palabras, por el mismo profeta dice: «No por vosotros hago esto, dice el Señor Dios; sabedlo bien; avergonzaos y confundíos de vuestros caminos, oh casa de Israel. Así dice el Señor Dios: En el día en que os limpie de todas vuestras iniquidades, y haga que sean habitadas las ciudades, y que los lugares desiertos sean edificados, y que la tierra asolada sea cultivada, la cual estaba desolada a los ojos de todos los que pasaban. Y dirán: Esta tierra que estaba desolada ha venido a ser como huerto de Edén; y las ciudades desiertas y desoladas y destruidas están amuralladas y habitadas. Y las naciones que queden en vuestros alrededores sabrán que yo el Señor reedifiqué lo derruido, planté lo desolado; yo el Señor he hablado, y lo haré. Así dice el Señor: Aún he de ser solicitado por la casa de Israel, para hacer esto por ellos; los multiplicaré como rebaños de hombres, como ovejas santas, como las ovejas de Jerusalén en sus fiestas; así estarán llenas de hombres como ovejas las ciudades desoladas; y sabrán que yo soy el Señor.»

    Capítulo 15.— Por tales Escrituras se prueba que la gracia es gratuita y eficaz.

    IV, 15

    ¿Qué le quedaba a la piel de carroña de qué hincharse, y podría desdeñar, cuando se gloría, gloriarse en el Señor? [] ¿Qué le quedaba, cuando todo lo que hubiere dicho que ha hecho de tal manera que, tras aquel mérito precedente del hombre originado del hombre, Dios hiciera después aquello de lo cual el hombre es digno—se le responderá, se clamará contra ello, se le contradecirá, «Yo lo hago; pero por causa de mi santo nombre; no por vosotros lo hago, dice el Señor Dios»? [] Nada derriba tanto a los pelagianos cuando dicen que la gracia de Dios se da en atención a nuestros méritos. Lo cual, ciertamente, el mismo Pelagio condenó, y si no corrigiéndolo, al menos por temor a los jueces orientales. Nada derriba tanto la presunción de los hombres que dicen: «Nosotros lo hacemos, para merecer aquellas cosas con las que Dios lo haga.» No es Pelagio quien te responde, sino el Señor mismo: «Yo lo hago y no por vosotros, sino por causa de mi santo nombre.» [] Pues ¿qué bien podéis hacer de un corazón que no es bueno? Pero para que tengáis un buen corazón, Él dice: «Os daré un corazón nuevo, y pondré un Espíritu nuevo dentro de vosotros.» ¿Podéis decir: Nosotros andaremos primero en su justicia, y observaremos sus juicios, y haremos de modo que seamos dignos, tales como para que Él nos dé su gracia? Pero ¿qué bien haríais vosotros, hombres malos, y cómo haríais esas cosas buenas, a menos que vosotros mismos seáis buenos? ¿Y quién hace que los hombres sean buenos sino Aquel que dijo: «Y los visitaré para hacerlos buenos»? ¿Y quién dijo: «Pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mi justicia, y que observéis mis juicios, y los pongáis por obra»? ¿Todavía no estáis despiertos? ¿Aún no oís: «Haré que andéis, haré que observéis,» y por último, «haré que hagáis»? ¡Qué! ¿Todavía os hincháis? Nosotros, en verdad, andamos; es cierto; observamos; hacemos; pero Él nos hace andar, observar, hacer. Esta es la gracia de Dios que nos hace buenos; esta es su misericordia que nos previene. ¿Qué merecen los lugares desiertos, desolados y excavados, que, sin embargo, serán edificados, cultivados y fortificados? ¿Son estas cosas por los méritos de su desolación, su asolamiento, su desarraigo? Lejos de ello. Pues tales cosas son malos merecimientos, mientras que aquellos dones son buenos. Por tanto, se dan bienes por males— gratuitos, por tanto; no por deuda, y por tanto gracia. «Yo,» dice el Señor: «Yo, el Señor.» ¿No te refrena tal palabra, oh soberbia humana, cuando dices: Yo hago tales cosas como para merecer del Señor ser edificado y plantado? ¿No oyes: «No lo hago por causa de vosotros; yo el Señor he edificado las ciudades destruidas, y he plantado las tierras desoladas; yo el Señor he hablado, y lo he hecho, no por vosotros, sino por causa de mi santo nombre»? ¿Quién multiplica los hombres como ovejas, como ovejas santas, como las ovejas de Jerusalén? ¿Quién hace que aquellas ciudades desoladas se llenen de hombres como ovejas, sino Aquel que prosigue y dice: «Y sabrán que yo soy el Señor»? Pero ¿con qué hombres como ovejas llena las ciudades como prometió? ¿Con los que halla, o con los que hace? Interroguemos el Salmo; he aquí, responde; oigamos: «Venid, adoremos y postrémonos delante de Él; y lloremos ante el Señor que nos hizo; porque Él es nuestro Dios, y nosotros el pueblo de su prado, y las ovejas de su mano.» Él, por tanto, hace las ovejas, con las cuales llenará las ciudades desoladas. ¿Qué tiene de extraño, cuando, en verdad, a aquella única oveja, es decir, la Iglesia cuyos miembros son todas las ovejas humanas, se le dice: «Porque yo soy el Señor que te hago»? ¿Qué me pretendes del libre albedrío, que no será libre para hacer justicia, a menos que seas oveja? Aquel, pues, que hace a los hombres sus ovejas, libera las voluntades de los hombres para la obediencia de la piedad.

    Capítulo 16.— Por qué Dios hace de algunos ovejas y de otros no.

    IV, 16

    Pero ¿por qué Dios hace a estos hombres ovejas y a aquellos no, si en Él no hay acepción de personas? Esta es la misma pregunta que el bienaventurado apóstol responde así a aquellos que la proponen con más curiosidad que propiedad: «Oh hombre, ¿quién eres tú para que repliques contra Dios? ¿Dirá la cosa formada al que la formó: Por qué me has hecho así?» [] Esta es la misma pregunta que pertenece a aquella profundidad, a la que deseando asomarse el mismo apóstol se sintió en cierta medida aterrorizado, y exclamó: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le sea recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos de los siglos.» No se atrevan, pues, a escudriñar esa cuestión inescrutable quienes defienden el mérito antes de la gracia, y por tanto incluso contra la gracia, y quieren dar primero a Dios, para que se les devuelva —primero, por supuesto, dar algo del libre albedrío, para que la gracia les sea dada de nuevo como recompensa—; y entiendan sabiamente o crean fielmente que incluso lo que piensan que han dado primero, lo han recibido de Aquel de quien son todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien son todas las cosas. Pero por qué este hombre recibe y aquel no recibe, cuando ninguno de los dos merece recibir, y cualquiera de ellos que recibe, recibe sin merecerlo— midan sus propias fuerzas, y no escudriñen cosas demasiado fuertes para ellos. Básteles saber que no hay injusticia en Dios. Pues cuando el apóstol no pudo encontrar méritos por los cuales Jacob tuviera precedencia sobre su hermano gemelo ante Dios, dijo: «¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? ¡De ninguna manera! Porque a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.» Agradézcanos, pues, su misericordia gratuita, aunque esta cuestión profunda quede aún sin resolver; la cual, sin embargo, está resuelta en la medida en que el mismo apóstol la resuelve, diciendo: «Pero ¿y si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para dar a conocer las riquezas de su gloria sobre los vasos de misericordia, que él preparó de antemano para gloria?» [] Ciertamente la ira no se paga a menos que sea debida, para que no haya injusticia en Dios; pero la misericordia, aun cuando se otorga, y no es debida, no es injusticia en Dios. Y de aquí, entiendan los vasos de misericordia cuán gratuitamente se les concede la misericordia, porque a los vasos de ira, con quienes tienen causa común y medida de perdición, se les paga la ira, justa y debida. Esto es ahora suficiente en oposición a aquellos que, por la libertad de la voluntad, desean destruir la liberalidad de la gracia.

    Capítulo 17 [VII.]— De la alabanza de los santos.

    IV, 17

    En aquello, en efecto, en la alabanza de los santos, no nos impulsarán con el celo de aquel publicano [] a tener hambre y sed de justicia, sino con la vanidad de los fariseos, como para rebosar de suficiencia y plenitud; ¿de qué les aprovecha que— en oposición a los maniqueos, que eliminan el bautismo— digan «que los hombres son perfectamente renovados por el bautismo,» y apliquen para esto el testimonio del apóstol— «quien testifica que, por el lavamiento del agua, la Iglesia es hecha santa y sin mancha de entre los gentiles,» [] — cuando, con un sentido soberbio y perverso, presentan sus argumentos en oposición a las oraciones de la Iglesia misma? Pues dicen esto para que se crea que la Iglesia, después del santo bautismo— en el cual se realiza el perdón de todos los pecados— no tiene ya ningún pecado; cuando, en oposición a ellos, desde la salida del sol hasta su ocaso, en todos sus miembros clama a Dios: «Perdona nuestras deudas.» [] Pero si se les interroga acerca de sí mismos en este asunto, no encuentran qué responder. Porque si dijeran que no tienen pecado, Juan les responde que se engañan a sí mismos, y la verdad no está en ellos. [] Pero si confiesan sus pecados, ya que desean ser miembros del cuerpo de Cristo, ¿cómo será ese cuerpo, es decir, la Iglesia, perfectamente, como ellos piensan, sin mancha ni arruga, incluso en este tiempo, si sus miembros sin falsedad confiesan tener pecados? Por lo cual en el bautismo todos los pecados son perdonados, y, por ese mismo lavamiento del agua en la palabra, la Iglesia es presentada en Cristo sin mancha ni arruga; [] y a menos que fuera bautizada, diría inútilmente: «Perdona nuestras deudas,» hasta que sea llevada a la gloria, cuando no haya en ella absolutamente ninguna mancha ni arruga.

    Capítulo 18.— La opinión de los santos mismos acerca de sí mismos.

    IV, 18

    Ha de confesarse que «el Espíritu Santo, incluso en los tiempos antiguos,» no sólo «ayudó a las buenas disposiciones,» lo cual ellos admiten, sino que incluso las hizo buenas, lo cual no quieren admitir. «Que todos, también, los profetas y apóstoles o santos, tanto evangélicos como antiguos, a quienes Dios da su testimonio, fueron justos, no en comparación con los malvados, sino según la regla de la virtud,» no es dudoso. Y esto se opone a los maniqueos, que blasfeman contra los patriarcas y profetas; pero lo que se opone a los pelagianos es que todos estos, cuando se les interrogara acerca de sí mismos mientras vivían en el cuerpo, con una voz unánime responderían: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» [] «Pero en el tiempo futuro,» no se ha de negar «que habrá recompensa tanto de las buenas obras como de las malas, y que a nadie se le mandará allí cumplir los mandamientos que aquí despreció,» sino que una suficiencia de justicia perfecta donde no puede haber pecado, una justicia que aquí es hambreada y sedienta por los santos, aquí es esperada en precepto, allí es recibida como recompensa, por la súplica de limosnas y oraciones; de modo que lo que aquí haya faltado en el cumplimiento de los mandamientos quede sin castigo por el perdón de los pecados.

    Capítulo 19.— La astucia de los pelagianos.

    IV, 19

    Y si estas cosas son así, dejen los pelagianos de fingir, con sus alabanzas insidiosísimas de estas cinco cosas— es decir, la alabanza de la criatura, la alabanza del matrimonio, la alabanza de la ley, la alabanza del libre albedrío, la alabanza de los santos— que desean arrancar a los hombres, como de las pequeñas trampas de los maniqueos, para enredarlos en sus propias redes— es decir, para que nieguen el pecado original; para que envidien a los pequeñitos la ayuda de Cristo médico; para que digan que la gracia de Dios se da según nuestros méritos, y así que la gracia ya no es gracia; y para que digan que los santos en esta vida no tuvieron pecado, y así hagan vana la oración que Él dio a los santos que no tenían pecado, y por la cual todo pecado es perdonado a los santos que le oran. A estas tres doctrinas malvadas, ellos, por su engañosa alabanza de estas cinco cosas buenas, seducen a los hombres descuidados e ignorantes. Sobre todas las cuales cosas, creo que he censurado suficientemente su vanidad cruel, malvada y soberbia.

    Capítulo 20 [VIII.]— Los testimonios de los antiguos contra los pelagianos.

    IV, 20

    Pero ya que dicen «que sus enemigos han tomado nuestras palabras por odio a la verdad,» y se quejan de que «en casi todo el Occidente se adopta un dogma no menos necio que impío, y de simples obispos sentados en sus sedes sin congregación sinodal se arranca una suscripción para confirmar este dogma,» — aunque la Iglesia de Cristo, tanto occidental como oriental, se estremeció ante las novedades profanas de sus palabras— creo que pertenece a mi cuidado no sólo valerme de las sagradas Escrituras canónicas como testigos contra ellos, lo cual ya he hecho suficientemente, sino, además, presentar algunas pruebas de los escritos de los santos varones que antes de nosotros han tratado esas Escrituras con la más amplia reputación y gran gloria. No es que yo ponga la autoridad de cualquier controversialista al nivel de los libros canónicos, como si no hubiera nada que sea mejor o más verdaderamente pensado por un católico que por otro que también es católico; sino que aquellos que piensan que estos hombres dicen algo como se solía decir, antes de su vana charla sobre estos temas, por los maestros católicos siguiendo los oráculos divinos, sean amonestados, y sepan que la verdadera y antiguamente establecida fe católica es defendida por nosotros contra la presunción y maldad recedentes de los herejes pelagianos.

    Capítulo 21.— Pelagio, a imitación de Cipriano, escribió un libro de testimonios.

    IV, 21

    Incluso aquel heresiarca de estos hombres, el mismo Pelagio, menciona con el honor que ciertamente se le debe, al beatísimo Cipriano, gloriosísimo incluso con la corona del martirio, no sólo en las Iglesias africana y occidental, sino también en las orientales, bien conocido por la fama y por la difusión amplia de sus escritos— cuando, al escribir un libro de testimonios, afirma que lo imita, diciendo que «hacía con Romano lo que Cipriano había hecho con Quirino.» Veamos, pues, qué pensó Cipriano acerca del pecado original, que entró por un hombre en el mundo. En la epístola sobre «las obras y las limosnas» dice así: «Cuando el Señor en su venida hubo curado estas heridas que Adán había introducido, y sanado los viejos venenos de la serpiente, dio una ley al hombre sano, y le ordenó no pecar más, no sea que le suceda algo peor si pecase. Habíamos sido limitados y encerrados en un espacio estrecho por el mandamiento de la inocencia; ni la enfermedad y debilidad de la fragilidad humana tendrían recurso alguno a menos que la misericordia divina, viniendo una vez más en auxilio, abriera algún camino para asegurar la salvación señalando obras de justicia y misericordia, para que por la limosna lavemos cualquier suciedad que contraigamos posteriormente.» Con este testimonio este testigo refuta dos falsedades de ellos— la una, en la que dicen que el género humano no extrae de Adán ningún pecado que necesite cura y sanación por Cristo; la otra, en la que dicen que los santos no tienen pecado después del bautismo. De nuevo, en la misma epístola dice: «Ponga cada uno ante sus ojos al diablo con sus siervos— es decir, con el pueblo de perdición y muerte— como brotando en medio y provocando al pueblo de Cristo— estando Él mismo presente y juzgando—, con la prueba de la comparación en estas palabras: 'Yo, en favor de aquellos que ves conmigo, ni recibí bofetadas, ni soporté azotes, ni sufrí la cruz, ni derramé mi sangre, ni redimí a mi familia al precio de mi sufrimiento y mi sangre; pero tampoco les prometo un reino celestial, ni los llamo de vuelta al Paraíso, habiéndoles restaurado de nuevo la inmortalidad.'» Respondan los pelagianos y digan cuándo pudimos estar en la inmortalidad del Paraíso, y cómo pudimos ser expulsados de allí para ser llamados de nuevo por la gracia de Cristo. Y, aunque no puedan encontrar qué responder en este caso a favor de su propia perversidad, observen de qué manera entendió Cipriano lo que dice el apóstol: «En quien todos han pecado.» Y no se atrevan los herejes pelagianos, liberados de los viejos herejes maniqueos, a sugerir calumnia alguna contra un católico, no sea que sean convictos de hacer una injuria tan malvada incluso al antiguo mártir Cipriano.
    Comentario editorial · Cipriano, testigo africano
    Agustín dice que Pelagio, al escribir un libro de testimonios, afirma que hace con Romano lo que Cipriano hizo con Quirino: y por eso Agustín lo cita como autoridad que no pueden rechazar. Cita Sobre las obras y la limosna (IV, 21), la carta a Fido, escrita con sesenta y seis colegas, sobre si bautizar a los niños antes del octavo día (IV, 23; New Advent la numera 58 y la titula «To Fidus, on the Baptism of Infants») y su explicación del padrenuestro (IV, 25–27). En Eusebeia están los Tratados de Cipriano, que incluyen Sobre las obras y la limosna y los Testimonios a Quirino, y Sobre la oración del Señor.

    Capítulo 22.— Más referencias a Cipriano.

    IV, 22

    Pues dice también esto en la epístola cuyo título está inscrito «Sobre la mortalidad:» «El reino de Dios, amados hermanos, comienza a estar cerca; la recompensa de la vida, y el gozo de la salvación eterna y la alegría perpetua, y la posesión anteriormente perdida del Paraíso, vienen ahora con la desaparición del mundo.» Esto de nuevo, en la misma epístola, dice: «Saludemos el día que asigna a cada uno de nosotros a su propia morada, que nos arrebata de aquí y nos libra de las trampas del mundo, y nos restaura al Paraíso y al reino.» Además, dice en la epístola sobre la paciencia: «Que se pondere el juicio de Dios, el cual, incluso en el principio del mundo y del género humano, recibió Adán, olvidado del mandamiento y transgresor de la ley que se le había dado. Entonces sabremos cuán pacientes en esta vida debemos ser, los que nacemos en tal estado que aquí trabajamos con aflicciones y contiendas. Porque, dice Él, 'has escuchado la voz de tu mujer, y has comido del árbol del cual sólo te había ordenado que no comieras, maldita será la tierra en todas tus obras: con dolor y con gemido comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste tomado: pues tierra eres, y a la tierra irás.' Todos estamos atados y ligados con la cadena de esta sentencia hasta que, destruida la muerte, partamos de este mundo.» Y, además, en la misma epístola dice: «Pues, ya que en aquella primera transgresión del mandamiento la fuerza del cuerpo partió con la inmortalidad, y la debilidad vino con la muerte, y la fuerza no puede recibirse a menos que también se haya recibido la inmortalidad, conviene que en esta fragilidad y debilidad corporal luchemos y peleemos siempre; y esta lucha y combate no puede sostenerse sino por la fuerza de la paciencia.»

    Capítulo 23.— Más referencias a Cipriano.

    IV, 23

    Y en la epístola que escribió con sesenta y seis de sus coobispos al obispo Fido, cuando fue consultado por él respecto de la ley de la circuncisión, si un infante podía ser bautizado antes del octavo día, este asunto se trata de tal manera como si por una providencia divina la Iglesia católica ya hubiera de refutar a los herejes pelagianos que aparecerían tanto tiempo después. Pues el que había consultado no tenía duda sobre si los niños al nacer heredaban el pecado original, el cual podían lavar renaciendo. Porque lejos esté de la fe cristiana haber dudado jamás sobre este asunto. Pero tenía duda de si el lavamiento de la regeneración, por el cual no ponía en cuestión que se quitaba el pecado original, debía darse antes del octavo día. A cuya consulta el beatísimo Cipriano respondió así: «Pero en cuanto al caso de los infantes, que dices que no deben ser bautizados dentro del segundo o tercer día después de su nacimiento, y que debe observarse la ley de la antigua circuncisión, de modo que piensas que uno que ha nacido no debe ser bautizado y santificado dentro del octavo día, todos pensamos de manera muy diferente en nuestro concilio. Pues con el proceder que pensabas que debía seguirse nadie estuvo de acuerdo, sino que todos juzgamos más bien que la gracia de un Dios misericordioso no debía negarse a ningún nacido de hombres; porque, como dice el Señor en su evangelio, 'el Hijo del hombre no ha venido a destruir las vidas de los hombres, sino a salvarlas.' [] En cuanto podemos, debemos esforzarnos para que, si es posible, no se pierda ninguna alma.» Y un poco después dice: «Ni debe ninguno de nosotros estremecerse ante lo que Dios se ha dignado hacer. Pues aunque el infante está todavía fresco desde su nacimiento, no es tal que alguien deba estremecerse al besarlo al dar la gracia y al hacer la paz, ya que en el beso de un infante cada uno de nosotros debe, por su misma religión, considerar las manos todavía recientes de Dios mismas, que en cierto modo besamos en el hombre recién formado y recién nacido, cuando abrazamos aquello que Dios ha hecho.» Un poco después, también, dice: «Pero si algo pudiera impedir a los hombres obtener la gracia, sus pecados más graves podrían más bien impedir a los que son maduros y crecidos y mayores. Pero de nuevo, si incluso a los mayores pecadores, y a los que antes han pecado mucho contra Dios, cuando han creído posteriormente, se les concede la remisión de los pecados, y nadie es impedido del bautismo y de la gracia; ¿cuánto más debemos abstenernos de impedir a un infante, que, habiendo nacido recientemente, no ha pecado, excepto que, naciendo según la carne según Adán, ha contraído el contagio de la antigua muerte en su primer nacimiento; que se acerca más fácilmente por esta misma razón a la recepción del perdón de los pecados, en que a él se le remiten no sus propios pecados, sino los pecados de otro!»

    Capítulo 24.— El dilema propuesto a los pelagianos.

    IV, 24

    ¿Qué se dirá a cosas como éstas por aquellos que no sólo abandonan, sino que también persiguen la gracia de Dios? ¿Qué dirán a cosas como éstas? ¿Con qué fundamento se nos restituye la «posesión del Paraíso»? ¿Cómo somos restituidos al Paraíso si nunca hemos estado allí? ¿O cómo hemos estado allí, sino porque estuvimos allí en Adán? ¿Y cómo pertenecemos a aquel «juicio» que fue pronunciado contra el transgresor, si no heredamos el daño del transgresor? Finalmente, piensa que los pequeñitos han de ser bautizados, aun antes del octavo día; para que «por el contagio de la antigua muerte, contraído en el primer nacimiento,» no perezcan las almas de los pequeñitos. ¿Cómo perecen si los que nacen aun de hombres creyentes no son retenidos por el diablo hasta que nacen de nuevo en Cristo, y son arrancados del poder de las tinieblas, y trasladados a su reino? ¿Y quién dice que las almas de los que nacen perecerán a menos que nazcan de nuevo? Ninguno otro sino aquel que así alaba al Creador y a la criatura, al artífice y a la obra, como para refrenar y corregir el horror del sentimiento humano con el que los hombres se niegan a besar a los pequeñitos recién salidos del seno materno, interponiendo la veneración del Creador mismo, diciendo que en el beso de los pequeñitos de esa edad habían de considerarse las recientes manos de Dios. ¿Acaso él, al confesar el pecado original, condenó o la naturaleza o el matrimonio? ¿Acaso, porque aplicó al pequeñito nacido culpable de Adán la limpieza de la regeneración, negó por ello a Dios como Creador de los que nacían? Porque, en su temor de que las almas de cualquier edad perecieran, decidió con su consejo de colegas que aun antes del octavo día habían de ser librados por el sacramento del bautismo, ¿acaso por ello acusó al matrimonio, cuando, en verdad, en el caso de un pequeñito—nacido o del matrimonio o del adulterio, pero porque nació hombre—declaró que las recientes manos de Dios eran dignas aun del beso de paz? Si, pues, el santo obispo y gloriosísimo mártir Cipriano pudo pensar que el pecado original en los pequeñitos debe ser sanado por la medicina de Cristo, sin negar la alabanza de la criatura, sin negar la alabanza del matrimonio, ¿por qué una peste novedosa, aunque no se atreve a llamar maniqueo a un tal como él, piensa que la falta de otra persona ha de ser objetada contra los católicos que sostienen estas cosas, para ocultar la suya propia? Así, el más alabado comentador de las declaraciones divinas, antes de que el más leve contagio de la plaga maniquea hubiera tocado nuestras tierras, sin reproche alguno de la obra divina y del matrimonio, confiesa el pecado original—no diciendo que Cristo fue manchado con mancha alguna de pecado, ni tampoco comparando con Él la carne de pecado en otros que nacieron, a quienes por medio de la semejanza de la carne de pecado pudiera Él proporcionar el auxilio de la limpieza; ni es disuadido por la oscura cuestión del origen de las almas, de confesar que aquellos que son hechos libres por la gracia de Cristo vuelven al Paraíso. ¿Dice acaso que la condición de muerte pasó a los hombres desde Adán sin el contagio del pecado? Pues no es por evitar la muerte del cuerpo, sino por el pecado que entró por un hombre en el mundo, [] que dice que ha de ofrecerse ayuda por el bautismo a los pequeñitos, por frescos que sean del seno materno.

    Capítulo 25 [IX.]— Testimonios de Cipriano acerca de la gracia de Dios.

    IV, 25

    Pero ahora aparece claramente de qué manera Cipriano proclama la gracia de Dios contra tales como éstos, cuando argumenta acerca de la Oración del Señor. Pues dice: «Decimos: 'Santificado sea tu nombre', no para desear a Dios que sea santificado por nuestras oraciones, sino para suplicarle que su nombre sea santificado en nosotros. Pero ¿por quién es Dios santificado, puesto que Él mismo santifica? Mas, porque dice: 'Sed santos, porque también yo soy santo', pedimos y suplicamos esto, que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en aquello que hemos comenzado a ser.» Y en otro lugar en la misma epístola dice: «Añadimos también, y decimos: 'Hágase tu voluntad en el cielo y en la tierra', no para que Dios haga lo que Él quiere, sino para que nosotros podamos hacer lo que Dios quiere. Pues ¿quién resiste a Dios para que no haga lo que Él quiere? Mas, puesto que somos impedidos por el diablo de obedecer a Dios con nuestro pensamiento y obra en todas las cosas, oramos y pedimos que la voluntad de Dios sea hecha en nosotros. Y para que sea hecha en nosotros, tenemos necesidad de la voluntad de Dios, es decir, de su ayuda y protección; puesto que nadie es fuerte en su propia fuerza, sino que está seguro por la indulgencia y misericordia de Dios.» En otro lugar también: «Además, pedimos que la voluntad de Dios sea hecha tanto en el cielo como en la tierra, cada una de cuyas cosas pertenece al cumplimiento de nuestra seguridad y salvación. Pues puesto que poseemos el cuerpo de la tierra, y el espíritu del cielo, nosotros mismos somos tierra y cielo; y en ambos, es decir, tanto en el cuerpo como en el espíritu, oramos que la voluntad de Dios sea hecha. Porque entre la carne y el espíritu hay una lucha, y hay una contienda diaria mientras disienten el uno del otro; de modo que no podemos hacer las mismas cosas que querríamos, en cuanto el espíritu busca las cosas celestiales y divinas, mientras la carne codicia las cosas terrenales y temporales. Y, por tanto, pedimos que, por la ayuda y asistencia de Dios, se haga acuerdo entre estas dos naturalezas; de modo que mientras la voluntad de Dios es hecha tanto en el espíritu como en la carne, el alma que es renacida por Él sea preservada. Y esto lo declara abierta y manifiestamente el apóstol Pablo por sus palabras. 'La carne', dice, 'codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; pues éstos son contrarios el uno al otro, de modo que no podéis hacer las cosas que querríais.'» Y poco después dice: «Y puede así entenderse, amadísimos hermanos, que puesto que el Señor manda y nos enseña aun a amar a nuestros enemigos, y a orar aun por aquellos que nos persiguen, debamos pedir aun por aquellos que son todavía tierra, y no han comenzado aún a ser celestiales, que aun respecto de éstos se haga la voluntad de Dios, lo cual Cristo cumplió al preservar y renovar la humanidad.» Y otra vez, en otro lugar dice: «Pero pedimos que este pan nos sea dado cada día, para que nosotros, que estamos en Cristo, y recibimos diariamente la Eucaristía como alimento de salvación, no seamos, por la interposición de algún pecado más grave—al ser impedidos, como los que se abstienen y no comunican, de participar del pan celestial—separados del cuerpo de Cristo.» Y poco después, en el mismo tratado dice: «Pero cuando pedimos que no entremos en tentación, se nos recuerda nuestra enfermedad y debilidad, mientras así pedimos que nadie se jacte insolentemente; que ninguno se atribuya con orgullo y arrogancia cosa alguna; que ninguno tome para sí la gloria o de la confesión o del sufrimiento como propia, cuando el Señor mismo enseñando humildad dijo: 'Velad y orad, para que no entréis en tentación: el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil'; de modo que mientras una confesión humilde y sumisa viene primero, y todo es atribuido a Dios, cuanto se busca suplicantemente, con temor y reverencia de Dios, sea concedido por su propia bondad amorosa.» Además, en su tratado dirigido a Quirino, respecto de cuya obra Pelagio desea aparecer como su imitador, dice en el Libro Tercero «que debemos gloriarnos en nada, puesto que nada es nuestro.» Y añadiendo los testimonios divinos a esta proposición, agregó entre otros aquella palabra apostólica con la que especialmente las bocas de tales como éstos deben ser cerradas: «Porque ¿qué tienes, que no hayas recibido? Pero si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» También en la epístola acerca de la Paciencia dice: «Pues tenemos esta virtud en común con Dios. De Él comienza la paciencia; de Él su gloria y su dignidad toman su origen. El origen y la grandeza de la paciencia proceden de Dios como su Autor.»

    Capítulo 26.— Nuevas apelaciones a la enseñanza de Cipriano.

    IV, 26

    ¿Acaso aquel santo y tan memorable instructor de las Iglesias en la palabra de verdad niega que haya libre albedrío en los hombres, porque atribuye a Dios todo vuestro vivir justo? ¿Reprocha acaso la ley de Dios, porque da a entender que el hombre no es justificado por ella, viendo que declara que lo que aquella ley manda debe ser obtenido del Señor Dios por oraciones? ¿Afirma acaso la fatalidad bajo el nombre de gracia, al decir que debemos gloriarnos en nada, puesto que nada es nuestro? ¿Acaso cree, como éstos, que el Espíritu Santo es de tal modo ayudador de la virtud, como si aquella misma virtud a la que asiste brotara de nosotros mismos, cuando, afirmando que nada es nuestro, menciona a este respecto que el apóstol dijo, «Porque ¿qué tienes que no hayas recibido?» y dice que la más excelente virtud, es decir, la paciencia, no comienza de nosotros, y después recibe ayuda por el Espíritu de Dios, sino que de Él mismo toma su fuente, de Él toma su origen? Finalmente, confiesa que ni el buen propósito, ni el deseo de virtud, ni las buenas disposiciones, comienzan a estar en los hombres sin la gracia de Dios, cuando dice que «debemos gloriarnos en nada, puesto que nada es nuestro.» ¿Qué hay tan establecido en el libre albedrío como lo que la ley dice, que no debemos adorar un ídolo, no debemos cometer adulterio, no debemos cometer homicidio? Más aún, estos crímenes, y otros semejantes, son de tal índole que, si alguno los cometiera, es apartado de la comunión del cuerpo de Cristo. Y sin embargo, si el bienaventurado Cipriano pensara que nuestra propia voluntad era suficiente para no cometer estos crímenes, no entendería de tal manera lo que decimos en la Oración del Señor, «Danos hoy nuestro pan de cada día,» como para afirmar que pedimos «que no seamos por la interposición de algún pecado grave—al ser impedidos como los que se abstienen, y no comunican, de participar del pan celestial—separados del cuerpo de Cristo.» Respondan estos nuevos herejes con certeza qué buen mérito precede, en hombres que son enemigos del nombre de Cristo. Pues no sólo no tienen buen mérito alguno, sino que tienen, además, el peor mérito. Y sin embargo, Cipriano aun así entiende lo que decimos en la oración, «Hágase tu voluntad en el cielo y en la tierra:» que oramos también por aquellas mismas personas que a este respecto son llamadas tierra. Oramos, por tanto, no sólo por los renuentes, sino también por los que objetan y resisten. ¿Qué pedimos, pues, sino que de renuentes sean hechos dispuestos; de objetantes, consintientes; de resistentes, amantes? ¿Y por quién, sino por Aquel de quien está escrito, «La voluntad es preparada por Dios»? [] Aprendan, pues, a ser católicos aquellos que desdeñan, si no hacen mal alguno y si hacen algún bien, gloriarse, no en sí mismos, sino en el Señor.

    Capítulo 27 [X.]— Testimonios de Cipriano acerca de la imperfección de nuestra propia justicia.

    IV, 27

    Veamos, pues, aquel tercer punto, que en estos hombres no es menos chocante para todo miembro de Cristo y para todo su cuerpo—que sostienen que hay en esta vida, o que ha habido, hombres justos que no tienen absolutamente ningún pecado. En cuya presunción contradicen manifiestísimamente la Oración del Señor, en la que, con corazón veraz y con palabras diarias, todos los miembros de Cristo claman, «Perdona nuestras deudas.» Veamos, pues, qué pensó de esto Cipriano, gloriosísimo en el Señor—qué no sólo dijo para instrucción de las Iglesias, no, por cierto, de los maniqueos, sino de los católicos, sino que también encomendó a cartas y a la memoria. En la epístola sobre «Obras y Limosnas,» dice: «Reconozcamos, pues, amados hermanos, el saludable don de la divina misericordia, y nosotros, que no podemos estar sin alguna herida de conciencia, sanemos nuestras heridas con los remedios espirituales para la limpieza y purga de nuestros pecados. Ni nadie se halague tanto con la noción de un corazón puro e inmaculado, como para que, confiando en su propia inocencia, piense que no es necesario aplicar la medicina a sus heridas; puesto que está escrito: '¿Quién se gloriará de tener un corazón limpio, o quién se gloriará de ser puro de pecados?' [] Y otra vez, en su epístola, Juan lo establece y dice: 'Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.' [] Pero si nadie puede estar sin pecado, y quienquiera que dijera que está sin falta es o soberbio o necio, ¡cuán necesaria, cuán bondadosa es la misericordia divina, que, sabiendo que aún se hallan algunas heridas en aquellos que han sido sanados, ha dado aun después de su sanación remedios saludables para la curación y sanación de sus heridas de nuevo!» Otra vez, en el mismo tratado dice: «Y puesto que no puede dejar de haber diariamente pecados cometidos en la presencia de Dios, no faltaron diariamente sacrificios con los que los pecados pudieran ser limpiados.» También, en el tratado sobre la Mortalidad, dice: «Nuestra guerra es con la avaricia, con la inmodestia, con la ira, con la ambición; nuestra probada y trabajosa lucha con los vicios carnales, con los atractivos del mundo. La mente del hombre asediada, y por todas partes rodeada por los embates del diablo, apenas enfrenta los repetidos ataques, apenas los resiste. Si la avaricia es derribada, se levanta la lujuria. Si la lujuria es vencida, ocupa su lugar la ambición. Si la ambición es desdeñada, exaspera la ira, hincha la soberbia, seduce la borrachera; la envidia quebranta la concordia; los celos cortan la amistad; te ves constreñido a maldecir, lo cual la ley divina prohíbe; te ves compelido a jurar, lo cual no es lícito. Tantos padecimientos sufre el alma diariamente, con tantos riesgos se cansa el corazón; y sin embargo se deleita en permanecer aquí mucho tiempo entre las armas del diablo, aunque más bien debería ser nuestro anhelo y deseo apresurarnos a Cristo por la ayuda de una muerte más rápida.» Otra vez, en el mismo tratado dice: «El bienaventurado apóstol Pablo en su epístola lo establece, diciendo: 'Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia'; [] contando como la mayor ganancia no estar ya retenido por las trampas de este mundo, no estar ya sujeto a los pecados y vicios de la carne.» Además, sobre la Oración del Señor, explicando qué es lo que pedimos cuando decimos, «Santificado sea tu nombre,» dice, entre otras cosas: «Porque tenemos necesidad de santificación diaria, para que nosotros, que diariamente caemos, lavemos nuestros pecados por una santificación continua.» Otra vez, en el mismo tratado, cuando quiere explicar nuestro decir, «Perdona nuestras deudas,» dice: «Y cuán necesariamente, cuán provida y saludablemente, somos amonestados de que somos pecadores, puesto que nos vemos compelidos a suplicar por nuestros pecados; y mientras se pide perdón de Dios, el alma recuerda su propia conciencia de culpa. No sea que alguien se halague a sí mismo como inocente, y exaltándose a sí mismo perezca más profundamente, es instruido y enseñado que peca diariamente, en cuanto se le manda suplicar diariamente por sus pecados. Así, además, Juan también en su epístola nos advierte, y dice: 'Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados.'» Rectamente, también, propuso en su carta a Quirino su propio y muy absoluto juicio sobre este asunto, al que añadió los testimonios divinos, «Que nadie está sin suciedad y sin pecado.» Allí también puso aquellos testimonios por los que se confirma el pecado original, los cuales estos hombres se esfuerzan en torcer hacia no sé qué sentidos nuevos y malvados, ya sea lo que el santo Job dice, «Nadie es puro de suciedad, ni uno solo, aun si su vida fuera de un día sobre la tierra,» [] o lo que se lee en el Salmo, «He aquí, en iniquidad fui concebido; y en pecados me nutrió mi madre en el seno.» A cuyos testimonios, a causa de aquellos también que ya son santos en edad madura, puesto que aun ellos no están sin suciedad y pecado, añadió también aquella palabra del bienaventuradísimo Juan, que a menudo menciona en muchos otros lugares además, «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos;» [] y otros pasajes del mismo sentimiento, los cuales son afirmados por todos los católicos, para oponerse a aquellos «que se engañan a sí mismos, y la verdad no está en ellos.»

    Capítulo 28.— La ortodoxia de Cipriano, indudable.

    IV, 28

    Digan los pelagianos, si se atreven, que este varón de Dios fue pervertido por el error de los maniqueos, al alabar de tal modo a los santos que, no obstante, confiesa que nadie en esta vida alcanzó tal perfección de justicia que no tuviera pecado alguno, confirmando su juicio con la clara verdad y la autoridad divina de los testimonios canónicos. ¿Acaso niega que en el bautismo se perdonan todos los pecados, porque confiesa que quedan flaqueza y debilidad, de donde dice que pecamos después del bautismo y aun hasta el fin de esta vida, teniendo un combate incesante con los vicios de la carne? ¿O no recordó lo que dijo el apóstol acerca de la Iglesia sin mancha, al prescribir que nadie debe lisonjearse tanto respecto de un corazón puro e inmaculado que confíe en su propia inocencia y piense que no ha de aplicarse medicina alguna a sus heridas? Creo que estos nuevos herejes pueden conceder a este varón católico que sabía «que el Espíritu Santo, aun en los tiempos antiguos, ayudaba a las buenas disposiciones;» es más, incluso lo que ellos mismos no admitirán, que no podían tener buenas disposiciones sino por el Espíritu Santo. Creo que Cipriano sabía que todos los profetas y apóstoles o santos de cualquier clase que en cualquier tiempo agradaron al Señor fueron justos— «no en comparación con los impíos,» como falsamente afirman que decimos nosotros, «sino por la regla de la virtud,» como se jactan ellos de decir; aunque Cipriano dice, no obstante, que nadie puede estar sin pecado, y que quien afirmare que es irreprensible es o soberbio o necio. Ni es con referencia a otra cosa que entiende la Escritura, «¿Quién se gloriará de tener un corazón puro? ¿O quién se gloriará de estar puro de pecados?» [] Creo que Cipriano no habría necesitado que éstos le enseñaran lo que muy bien sabía, «que en el tiempo venidero habrá recompensa para las buenas obras y castigo para las malas, pero que nadie podrá cumplir entonces los mandamientos que aquí pudo haber despreciado;» y, sin embargo, no entiende ni afirma que el apóstol Pablo, que ciertamente no fue despreciador de los divinos mandamientos, dijera «Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» [] por otra causa, sino porque consideró que la mayor ganancia después de esta vida era no estar ya detenido en enredos mundanos, no estar ya sujeto a los pecados y vicios de la carne. Por tanto, el bienaventuradísimo Cipriano sintió, y vio en la verdad de las divinas Escrituras, que aun la vida misma de los apóstoles, por buena, santa y justa que fuera, padecía algunas ataduras de enredos mundanos, estaba sujeta a algunos pecados y vicios de la carne; y que deseaban la muerte para verse libres de aquellos males y para alcanzar aquella justicia perfecta que no sufriría tales cosas, y que ya no habría de lograrse por vía de mero mandamiento, sino de recibirse por vía de recompensa. Pues ni siquiera cuando haya llegado aquello por lo que oramos al decir «Venga tu reino» habrá en aquel reino de Dios falta de justicia; ya que el apóstol dice: «El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.» [] Ciertamente estas tres cosas se mandan entre otros preceptos divinos. Aquí se nos prescribe la justicia cuando se dice: «Haced justicia;» [] se prescribe la paz cuando se dice: «Tened paz entre vosotros;» [] se prescribe el gozo cuando se dice: «Alegraos en el Señor siempre.» [] Niéguen, pues, los pelagianos que estas cosas habrán de estar en el reino de Dios, donde viviremos sin fin; o enloquezcan, si les parece bien, hasta sostener que la justicia, la paz y el gozo serán allí tales como aquí lo son para los justos. Pero si ambas cosas serán, y sin embargo no serán las mismas, ciertamente aquí, respecto del mandamiento de ellas, ha de cuidarse el obrar; allí ha de esperarse la perfección por vía de recompensa; cuando, no retenidos por ningún enredo terreno y no sujetos a pecados ni vicios de la carne, a causa de lo cual el apóstol, como Cipriano recibió este testimonio, dijo que el morir le sería ganancia, podremos amar perfectamente a Dios, cuya contemplación será cara a cara; podremos también amar perfectamente al prójimo, puesto que, manifestados los pensamientos del corazón, ninguna sospecha de mal alguno podrá perturbar a nadie respecto de nadie.

    Capítulo 29 [XI.]— Los testimonios de Ambrosio contra los pelagianos y, en primer lugar, sobre el pecado original.

    IV, 29

    Pero ahora, al gloriosísimo mártir Cipriano, permítaseme añadir, para confutar más ampliamente a éstos, al bienaventuradísimo Ambrosio; porque incluso Pelagio lo alabó tanto que llegó a decir que en sus escritos nada podía hallarse digno de reprensión ni siquiera por sus enemigos. Puesto que, pues, los pelagianos dicen que no hay pecado original con el cual nazcan los niños, y echan en cara a los católicos la culpa de la herejía maniquea, los cuales les resisten en defensa de la fe antiquísima de la Iglesia, responda sobre este asunto este varón católico de Dios, Ambrosio, alabado aun por el mismo Pelagio en la verdad de la fe. Al exponer al profeta Isaías, dice: «Cristo, por tanto, fue sin mancha, porque no quedó manchado ni siquiera en la condición misma habitual del nacimiento.» Y en otro lugar de la misma obra, hablando del apóstol Pedro, dice: «Se ofreció él mismo, lo que antes pensaba que era pecado, pidiendo para sí que no sólo los pies, sino también la cabeza le fueran lavados, porque había entendido directamente que por el lavatorio de los pies se abolía, para quienes cayeron en el primer hombre, la inmundicia de la culpable sucesión.» También en la misma obra dice: «Quedó, pues, establecido que de un hombre y una mujer, es decir, por aquella mezcla de cuerpos, nadie podía considerarse libre de pecado; pero Aquel que es libre de pecado está libre también de este modo de concepción.» Asimismo, escribiendo contra los novacianos, dice: «Todos nosotros los hombres nacemos bajo el pecado. Y nuestro origen mismo está en la corrupción, como lo tienes leído en las palabras de David: 'Pues he aquí, en iniquidades fui concebido, y en pecados me dio a luz mi madre.'» También en la apología del profeta David, dice: «Antes de nacer estamos manchados por el contagio, y antes del uso de la luz recibimos el daño de aquel origen. Somos concebidos en iniquidad.» Asimismo, hablando del Señor, dice: «Ciertamente era conveniente que Aquel que no había de tener el pecado de una caída corporal no sintiera ningún contagio natural de la generación. Con razón, por tanto, David deploraba llorando en sí mismo estas impurezas de la naturaleza, y el hecho de que la mancha hubiera comenzado en el hombre antes de su vida.» De nuevo, en el Arca de Noé, dice: «Por tanto, por un solo Señor Jesús se anuncia a las naciones la salvación venidera; pues Él solo podía ser justo, aunque toda generación se extraviara, y no por otra razón sino porque, nacido de una virgen, no estaba en modo alguno atado por la ordenanza de una generación culpable. 'He aquí,' dice, 'en iniquidades fui concebido, y en pecados me dio a luz mi madre'; así habla quien era tenido por justo sobre todos los demás. ¿A quién, pues, he de llamar ahora justo sino a Aquel que está libre de aquellas cadenas, a quien no aprisionan las ataduras de nuestra naturaleza común?» He aquí que este varón santo, sumamente aprobado, aun por el testimonio de Pelagio, en la fe católica, condenó con tales pruebas a los pelagianos que niegan el pecado original; y, sin embargo, no niega con los maniqueos que Dios sea el Creador de los que nacen, ni condena el matrimonio, que Dios ordenó y bendijo.

    Capítulo 30.— Los testimonios de Ambrosio acerca de la gracia de Dios.

    IV, 30

    Los pelagianos dicen que el mérito empieza por el hombre mediante el libre albedrío, al cual Dios retribuye el auxilio subsiguiente de la gracia. Refútelos también aquí el venerable Ambrosio cuando dice, en su exposición del profeta Isaías, «que la solicitud humana, sin la ayuda divina, es impotente para curar, y necesita un auxiliador divino.» También, en el tratado titulado «Sobre la huida del mundo», dice: «Frecuente es nuestro discurso acerca de la huida de este mundo; y quisiera que nuestra disposición fuera tan cauta y diligente como fácil es nuestro discurso. Pero, lo que es peor, el atractivo de las concupiscencias terrenas se insinúa con frecuencia, y el fluir de las vanidades se apodera del alma, de modo que aquello mismo que deseas evitar lo piensas y lo revuelves en tu mente; y de esto es difícil precaverse para el hombre, pero deshacerse de ello es imposible. Finalmente, que aquello es más bien cosa de desearse que de lograrse lo atestigua el profeta cuando dice: 'Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia.' Porque nuestro corazón y nuestros pensamientos no están en nuestro poder, pues de repente se precipitan y confunden la mente y el alma y las arrastran hacia direcciones distintas de aquellas que les habías propuesto: nos recuerdan las cosas del tiempo, sugieren cosas mundanas, imponen pensamientos voluptuosos, entretejen pensamientos seductores, y, en el mismo momento en que nos proponemos elevar nuestra mente, se nos meten pensamientos vanos, y las más de las veces somos derribados a las cosas de la tierra; y ¿quién es tan feliz que siempre ascienda en su corazón? ¿Y cómo puede hacerse esto sin la ayuda divina? De ningún modo absolutamente. Finalmente, la antigua Escritura dice lo mismo: 'Bienaventurado el varón cuyo auxilio está en ti, oh Señor; en su corazón hay subidas.'» ¿Qué puede decirse más abierta y suficientemente? Pero para que los pelagianos no respondan acaso que, en aquel preciso punto en que se pide la ayuda divina, precede el mérito del hombre, diciendo que aquello mismo es mérito, que con su oración desea que la gracia divina venga en su ayuda, atiendan a lo que dice el mismo varón santo en su exposición de Isaías. Dice: «Y orar a Dios es una gracia espiritual; porque nadie dice que Jesús es el Señor, sino en el Espíritu Santo.» [] De donde también, exponiendo el Evangelio según Lucas, dice: «Ciertamente ves que en todas partes el poder del Señor coopera con los deseos humanos, de modo que nadie puede edificar sin el Señor, nadie puede emprender cosa alguna sin el Señor.» Puesto que un varón como Ambrosio dice esto, y recomienda la gracia de Dios con piadosa gratitud, como conviene a un hijo de la promesa, ¿destruye por eso el libre albedrío? ¿O quiere que se entienda por gracia lo que los pelagianos, en sus diversos discursos, pretenden que no aparezca sino como ley— de suerte que, por ejemplo, se crea que Dios nos ayuda no a hacer lo que podamos conocer, sino a conocer lo que podamos hacer? Si piensan que semejante varón de Dios es de tal sentir, oigan lo que ha dicho acerca de la ley misma. En el libro «Sobre la huida del mundo» dice: «La ley podía cerrar la boca de todos los hombres; no podía convertir su mente.» En otro lugar también, en el mismo tratado, dice: «La ley condena el hecho; no quita su maldad.» Vean que este varón fiel y católico está de acuerdo con el apóstol, que dice: «Ahora bien, sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede culpable delante de Dios. Por cuanto por la ley ninguna carne se justificará ante sus ojos.» [] Pues de aquella sentencia apostólica tomó Ambrosio y escribió estas cosas.

    Capítulo 31.— Los testimonios de Ambrosio sobre la imperfección de la justicia presente.

    IV, 31

    Pero ahora, puesto que los pelagianos dicen que hay o ha habido en esta vida hombres justos que vivieron sin pecado alguno, hasta tal punto que la vida futura que se ha de esperar como recompensa no puede ser más adelantada ni más perfecta, responda también aquí Ambrosio y refútelos. Pues, al exponer al profeta Isaías, a propósito de lo que está escrito: «Hijos crié y los engrandecí, y ellos me despreciaron.» [], emprendió una discusión acerca de las generaciones que son de Dios, y en aquel argumento citó el testimonio de Juan cuando dice: «Todo aquel que ha nacido de Dios no peca.» [] Y, tratando esta misma cuestión dificilísima, dice: «Puesto que en este mundo no hay nadie libre de pecado; pues el mismo Juan dice: 'Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso.' [] Pero si 'los que han nacido de Dios no pecan', y si estas palabras se refieren a aquellos de ellos que están en el mundo, es necesario que los consideremos como aquel pueblo innumerable que ha obtenido la gracia de Dios por la regeneración del lavacro. Mas, sin embargo, cuando el profeta dice: 'Todas las cosas esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo. Les das, y ellos recogen; abres tu mano, y todas las cosas se llenan de bondad. Pero cuando apartas tu rostro, se turban; les quitas el aliento, y desfallecen, y se vuelven a su polvo. Envías tu Espíritu, y son creados; y renuevas la faz de la tierra'— tales cosas no pueden parecer dichas de cualquier tiempo sino de aquel tiempo futuro, en el cual habrá un cielo nuevo y una tierra nueva. Por tanto, serán turbados para que tomen su comienzo. 'Y cuando abres tu mano, todas las cosas se llenarán de bondad', lo cual no es fácilmente propio de este siglo. Porque acerca de este siglo, ¿qué dice la Escritura? 'No hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno.' Si, por tanto, hay generaciones distintas— y aquí la entrada misma en esta vida recibe los pecados hasta tal punto que aun el que engendró debe ser despreciado; mientras que otra generación no recibe pecados— consideremos si acaso no puede haber para nosotros una regeneración después del curso de esta vida— de la cual regeneración se dice: 'En la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria.' [] Porque así como se llama regeneración del lavamiento aquella por la cual somos renovados de la inmundicia de los pecados lavados, así parece llamarse regeneración aquella por la cual somos purificados de toda mancha de la materialidad corporal, y somos regenerados en el sentido puro del alma para la vida eterna; de suerte que toda cualidad de la regeneración sea más pura que la de aquel lavamiento, y que ninguna sospecha de pecados pueda caer ni sobre las obras del hombre, ni siquiera sobre sus propios pensamientos.» Además, en otro lugar de la misma obra dice: «Vemos que es imposible que persona alguna creada en cuerpo pueda ser absolutamente sin mancha, pues incluso Pablo dice que es imperfecto. Porque así lo tiene: 'No que ya lo haya alcanzado, ni que ya sea perfecto.' [] y sin embargo poco después dice: 'Así que, todos los que somos perfectos.' [] A no ser, acaso, que haya una perfección en este mundo y otra después de consumarse éste, de la cual dice a los corintios: 'Cuando venga lo perfecto.' [] y en otro lugar: 'Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo.' [] Así, pues, como el apóstol dice que muchos son puestos en este mundo, los cuales son perfectos juntamente con él, pero que, si atiendes a la verdadera perfección, no podrían ser perfectos, puesto que dice: 'Ahora vemos por espejo, en enigma; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como fui conocido.' [] así también allí hay quienes son 'sin mancha' en este mundo, y habrá quienes sean 'sin mancha' en el reino de Dios, aunque ciertamente, si lo consideras con exactitud, nadie puede ser sin mancha, porque nadie es sin pecado.» También en la misma obra dice: «Vemos que, mientras vivimos en esta vida, debemos purificarnos y buscar a Dios; y comenzar por la purificación de nuestra alma, y como establecer los fundamentos de la virtud, para que merezcamos alcanzar la perfección de nuestra purgación después de esta vida.» Y de nuevo, en la misma obra dice: «Pero, cargado y gimiendo, ¿quién no dice: '¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?' [] Así con el mismo maestro damos todas las variedades de interpretación. Porque si es desdichado quien se reconoce envuelto en los males del cuerpo, ciertamente todo hombre es desdichado; pues no llamaría dichoso a aquel que, confundido con alguna oscuridad de su mente, no conoce su propia condición. Esto, además, no ha llegado a entenderse sin razón; porque si un hombre que se conoce a sí mismo es desdichado, ciertamente todos son miserables, porque cada uno o reconoce su debilidad por sabiduría, o por necedad la ignora.» Además, en el tratado «Sobre el beneficio de la muerte», dice: «Obre la muerte en nosotros, para que obre también la vida, una vida buena después de la muerte— es decir, una vida buena después de la victoria, una vida buena después de terminada la contienda; de modo que ya no sepa la ley de la carne resistir a la ley de la mente, que ya no tengamos contienda alguna con el cuerpo de la muerte.» De nuevo, en el mismo tratado dice: «Por tanto, porque los justos tienen esta recompensa, que ven el rostro de Dios, y aquella luz que alumbra a todo hombre, revistámonos en adelante del deseo de esta clase de recompensa, para que nuestra alma se acerque a Dios, nuestra oración se acerque a Él, nuestro deseo se adhiera a Él, para que no seamos separados de Él. Y colocados aquí como estamos, unámonos con Dios meditando, leyendo, buscando. Conozcámosle como podamos. Porque aquí le conocemos en parte; pues aquí todas las cosas son imperfectas, allí todas son perfectas; aquí somos niños, allí seremos varones fuertes. 'Vemos', dice, 'ahora por espejo en enigma, mas entonces cara a cara.' Entonces, revelado su rostro, se nos permitirá mirar la gloria de Dios, la cual ahora nuestras almas, envueltas en las heces compactas de este cuerpo y ensombrecidas por algunas manchas e inmundicias de esta carne, no pueden ver claramente. 'Porque ¿quién', dice, 'verá mi rostro y vivirá?' Y con razón. Pues si nuestros ojos no pueden soportar los rayos del sol— y si alguno fija la mirada demasiado tiempo en la región del sol, se dice que queda cegado— si una criatura no puede mirar a una criatura sin engaño y ofensa, ¿cómo podrá, sin su propio peligro, mirar el rostro resplandeciente del Creador eterno, cubierto como está con la vestidura de este cuerpo? Porque ¿quién es justo ante los ojos de Dios, cuando ni siquiera el infante de un día puede estar puro de pecado, y nadie puede gloriarse de su integridad y pureza de corazón?»

    Capítulo 32 [XII.]— La herejía de los pelagianos surgió mucho después de Ambrosio.

    IV, 32

    Sería demasiado largo si pretendiera mencionar todo lo que el santo Ambrosio dijo y escribió contra esta herejía de los pelagianos, que había de surgir tanto tiempo después; no ciertamente con vistas a responderles, sino con vistas a declarar la fe católica y a edificar en ella a los hombres. Además, ni podría ni debería mencionar todas aquellas cosas que Cipriano, gloriosísimo en el Señor, escribió en sus cartas, con las cuales se muestra cómo esto que sostenemos es la fe verdadera y verdaderamente cristiana y católica, tal como fue entregada antiguamente por las Santas Escrituras, y así retenida y guardada por nuestros padres incluso hasta este tiempo, en el cual estos herejes han intentado destruirla, y como en adelante por la buena voluntad de Dios será retenida y guardada. Pues que estas cosas y otras de este género fueron así entregadas a Cipriano, y por Cipriano, lo atestiguan los testimonios aducidos de sus cartas; y que así fueron mantenidas hasta nuestros tiempos lo muestran estas cosas que Ambrosio escribió acerca de estos asuntos antes de que estos herejes hubieran comenzado a bramar, y los oídos católicos se hubieran estremecido ante sus novedades profanas que están por todas partes; y que así, además, serán mantenidas en adelante, fue declarado con suficiente vigor en parte por la condenación de tales opiniones como estas, en parte por su corrección. Pues cualquier cosa que se atrevan a murmurar contra la sana fe de Cipriano y Ambrosio, no creo que estallen en tal locura como para atreverse a llamar maniqueos a aquellos señalados y memorables varones de Dios.

    Capítulo 33.— Oposición de los dogmas maniqueo y católico.

    IV, 33

    ¿Qué es, pues, lo que en su rabiosa ceguera de mente andan ahora difundiendo, «que casi en todo el Occidente se ha aceptado un dogma no menos necio que impío;» cuando por la misericordia de Dios y por su misericordioso gobierno de su Iglesia, la fe católica ha estado tan vigilante que el dogma, «no menos necio que malvado,» ya de los maniqueos, ya también de estos herejes, no fuera aceptado? Tan santos y doctos varones católicos, tales como los atestigua el informe de toda la Iglesia, alaban con debida y conveniente proclamación tanto la creación de Dios, como el matrimonio ordenado por Él, y la ley dada por Él por medio del santo Moisés, y el libre albedrío implantado en la naturaleza del hombre, y a los santos patriarcas y profetas; todas las cuales cinco cosas los maniqueos condenan, en parte negándolas, y en parte también abominándolas. De donde aparece que estos doctores católicos estaban muy lejos de las nociones de los maniqueos, y sin embargo afirman el pecado original; afirman la gracia de Dios por encima del libre albedrío, como antecedente a todo mérito, de modo que verdaderamente otorga una gratuita asistencia divina; afirman que los santos vivieron rectamente en esta carne, de tal modo que les era necesaria la ayuda de la oración, por la cual les fueran perdonados sus pecados diarios; y que una justicia perfeccionada que no pudiera tener pecado sería en otra vida la recompensa de aquellos que vivieran rectamente aquí.

    Capítulo 34.— La convocación de un sínodo no siempre es necesaria para la condenación de las herejías.

    IV, 34

    ¿Qué es, pues, lo que dicen, que «se arrancó la suscripción a obispos simples sentados en sus lugares sin ninguna congregación sinodal»? ¿Acaso se arrancó la suscripción contra tales herejes como estos a los bienaventurados y excelentísimos varones en la fe, Cipriano y Ambrosio, antes de que tales herejes como estos existieran?— puesto que derriban sus impíos dogmas con tal claridad que apenas podemos encontrar algo más manifiesto que decir contra ellos. ¿O acaso hubo necesidad de la congregación de un sínodo para condenar esta abierta peste, como si ninguna herejía pudiera en tiempo alguno ser condenada sino por una congregación sinodal?— cuando, por el contrario, muy pocas herejías pueden encontrarse para cuya condenación haya surgido tal necesidad; y han sido muchas e incomparablemente más las que merecieron ser acusadas y condenadas en el lugar donde surgieron, y de allí pudieron ser conocidas y evitadas en el resto de las tierras. Pero la soberbia de tales como estos, que tanto se levanta contra Dios como para no querer gloriarse en Él sino más bien en el libre albedrío, se comprende que aspira también a esta gloria: que se congregue un sínodo de Oriente y Occidente por causa de ellos. En efecto, se esfuerzan, en verdad, por perturbar al mundo católico, porque, estando el Señor contra ellos, no pueden pervertirlo; cuando más bien deberían haber sido pisoteados dondequiera que aquellos lobos hubieran aparecido, por la vigilancia y la diligencia pastoral, después de un juicio competente y suficiente hecho acerca de ellos; ya con vistas a ser sanados y cambiados, ya con vistas a ser evitados por la seguridad y sanidad de los demás, con la ayuda del Pastor de las ovejas, que busca también la oveja perdida entre los pequeñitos, que hace a las ovejas santas y justas gratuitamente; que providencialmente les instruye, aunque santificadas y justificadas, sin embargo en su fragilidad y debilidad, a orar por una remisión diaria de sus pecados diarios, sin la cual nadie vive en este mundo, aunque viva bien; y misericordiosamente escucha sus oraciones.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el libro

    La introducción de Warfield en el NPNF resume el orden de la obra. El libro I responde a la carta enviada a Roma: tras una introducción dirigida a Bonifacio (I, 1–3), contesta siete acusaciones que esa carta hace contra los católicos y después examina la profesión de fe que la carta les opone (I, 29–41):
    Acusación atribuida a los católicosCapítulos
    Que destruyen el libre albedríoI, 4–8
    Que dicen que el matrimonio actual no es obra de DiosI, 9
    Que hacen del deseo y del comercio conyugal una trampa del diablo (maniqueísmo)I, 10–11
    Que los santos del Antiguo Testamento murieron en pecadoI, 12
    Que Pablo y los demás apóstoles estuvieron manchados de concupiscencia toda su vidaI, 13–24
    Que Cristo no estuvo libre de pecadoI, 25
    Que el bautismo no da remisión completa de los pecadosI, 26–28
    Los libros II, III y IV contestan la carta a Rufo. El II rechaza el reproche de maniqueísmo, defiende al clero romano en el caso de Celestio y Zósimo (II, 5–8) y responde a las acusaciones de «fatalidad» y de «acepción de personas» (II, 9–16); el resto del libro (II, 17–23) trata del mérito anterior a la gracia. El III sigue con las calumnias contra los católicos: la ley antigua, el bautismo, los justos del Antiguo Testamento, Cristo y la perfección en esta vida. El IV contesta lo que los pelagianos afirman por su cuenta, las cinco «alabanzas» que anuncia al comienzo (IV, 1), y cierra con los testimonios de Cipriano (IV, 20–28) y de Ambrosio (IV, 29–32), con una última pregunta sobre si hace falta un sínodo para condenar una herejía (IV, 34).
    Julián volvió a la discusión. Una nota del editor americano (firmada «W.») en Sobre el matrimonio y la concupiscencia recuerda que, aparte de este libro, Agustín escribió contra Julián otras dos obras largas, las dos Contra Juliano, la última conocida como la Obra inacabada, porque Agustín murió sin terminarla.
    Límites. La fecha («420 o poco después») es la del NPNF; no la da el texto. De las dos cartas pelagianas, este libro solo da lo que Agustín decide citar. La traducción castellana es automática: ninguna persona la ha revisado frase a frase, y el cotejo con el inglés halló una omisión (I, 20) que se declara en su sitio. La traducción no se ha tocado.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; Sobre el Espíritu y la letra (412) y Sobre la naturaleza y la gracia (415), las dos primeras respuestas a Pelagio en el mismo volumen del NPNF; el manual de la fe, la esperanza y la caridad, el Enquiridión; Sobre la corrección y la gracia, de 426 o 427; el Diálogo contra los pelagianos de Jerónimo; y, de los autores que Agustín cita aquí, Sobre la oración del Señor y los Tratados de Cipriano. Y el maniqueísmo, el error que los pelagianos atribuyen a los católicos.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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