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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre la fe y el Símbolo (con el sermón a los catecúmenos)

    Texto base: versión inglesa de S. D. F. Salmond (tratado) y de otro traductor (sermón), Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3, ed. Philip Schaff (Buffalo, 1887) · diez capítulos con veinticinco secciones, y un sermón de diecisiete secciones

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué se confiesa exactamente cuando se dice «creo en Dios Padre Todopoderoso»? Este libro reúne dos respuestas de Agustín, que recorren el Símbolo cláusula por cláusula. La primera es un discurso que, según él mismo cuenta en las Retractaciones, pronunció como presbítero ante los obispos de toda África reunidos en Hipona y que después puso por escrito a petición de amigos: diez capítulos que van del Padre y del Hijo al Espíritu Santo, la Iglesia, el perdón de los pecados y la resurrección de la carne. La segunda es un sermón sin capítulos, dirigido a los catecúmenos —«hijos míos»— que van a recibir el Credo para devolverlo de memoria.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (354–430). Presbítero cuando pronunció el discurso de 393; el sermón no dice en qué momento lo predicó
    ObrasSobre la fe y el Símbolo (De fide et symbolo), «A Treatise on Faith and the Creed» en el NPNF; y Sermón a los catecúmenos sobre el Credo (De symbolo ad catechumenos), «On the Creed: A Sermon to Catechumens»
    FechaEl discurso, 393, según el aviso de la edición y Wikipedia. El sermón no está fechado en la edición; la lista de Wikipedia lo pone hacia 425, citando a Fitzgerald (1999)
    GéneroExposición del Credo: un discurso ante obispos, escrito después, y un sermón de catequesis
    ExtensiónDiez capítulos y veinticinco secciones numeradas, más un sermón de diecisiete secciones; unas 15 700 palabras en castellano
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, serie I, vol. 3, tal como la recogen CCEL y New Advent
    El recorrido sigue el Credo. En el discurso, el Cap. 1 cuenta el origen y el objeto de la composición; el 2 y el 3, el Padre Todopoderoso y el Hijo como Verbo; el 4, el Hijo ni hecho ni menor que el Padre, y su encarnación; el 5, la pasión, la sepultura y la resurrección; el 6, la ascensión; el 7, la sesión a la diestra; el 8, la venida a juzgar; el 9, el Espíritu Santo y el misterio de la Trinidad, el más largo; el 10, la Iglesia católica, la remisión de los pecados y la resurrección de la carne. El sermón (§ 1–5) habla del Padre y del Hijo; (§ 6–10), del nacimiento de la Virgen, la pasión y la resurrección, con la paciencia de Job en § 10; (§ 11–12), de la ascensión y del juicio; y (§ 13–17), del Espíritu, la Iglesia, el perdón de los pecados y la resurrección de la carne. Es la misma materia que explica Rufino en su Comentario al Credo y que Cirilo de Jerusalén desarrolla en sus catequesis; la fórmula posterior de Nicea y Constantinopla está en el credo niceno-constantinopolitano.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que se imprimió en el volumen 3 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF), On the Holy Trinity; Doctrinal Treatises; Moral Treatises, editado por Philip Schaff, cuyo prefacio está fechado en Nueva York en marzo de 1887. Las fuentes difieren en el pie de imprenta: New Advent da Buffalo, 1887, con la Christian Literature Publishing Co.; CCEL consigna Nueva York, 1890, y la portada que reproduce es la de la reimpresión de T&T Clark (Edimburgo) y Eerdmans. Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    La versión inglesa de Sobre la fe y el Símbolo es de S. D. F. Salmond, profesor de teología sistemática en el Free Church College de Aberdeen: así consta en el encabezado de la obra en CCEL y en New Advent. Para el sermón las fuentes no coinciden. El encabezado del texto en CCEL dice «Translated by the Rev. C. L. Cornish, M.A., of Exeter College, Oxford»; el índice del propio volumen lo atribuye al «Rev. H. Brown, M.A.», y New Advent, a «H. Browne». Esta edición lo declara como discrepancia y no la resuelve. La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) a partir de ese inglés; no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La división del discurso en diez capítulos con títulos y en veinticinco secciones numeradas, y la de las diecisiete secciones del sermón, son del NPNF; no son de Agustín. El subtítulo y el aviso introductorio del discurso son del editor inglés y van como pasajes aparte, con su propia atribución. Los corchetes del texto son de la edición: señalan las cláusulas del Credo y aclaraciones intercaladas. El epub conserva algunas palabras en latín y no trae las notas al pie del NPNF, que daban las referencias de las citas bíblicas; las citas van, por eso, sin referencia en el texto. Tampoco trae la «nota adicional del editor americano», con una lista de las cláusulas del Credo según este libro; esa lista se resume en una nota. Una errata de la edición inglesa —«isne principio» por sine principio en el Cap. 9, § 19— llega tal cual.

    Sobre la fe y el Símbolo

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe y el Símbolo · Subtítulo de la edición
    Discurso pronunciado ante un concilio de todo el episcopado norteafricano reunido en Hipona Regio.

    Aviso introductorio

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre la fe y el Símbolo · Aviso introductorio
    La ocasión y la fecha de la composición de este tratado se indican en una declaración que hace Agustín en el capítulo decimoséptimo del primer libro de sus Retractaciones.
    De aquí aprendemos que, en su forma original, fue un discurso que Agustín, siendo todavía presbítero, fue invitado a pronunciar en público por los obispos reunidos en el Concilio de Hipona Regio, y que posteriormente se publicó como libro a petición de los amigos. La asamblea general de la Iglesia norteafricana, convocada de este modo en lo que hoy es Bona, en el moderno territorio de Argelia, tuvo lugar en el año 393 d. C., y fue por lo demás de cierta importancia histórica, a causa de la decidida protesta que emitió contra la posición que en otros lugares se concedía a los patriarcas en la Iglesia, y contra la admisión de cualquier título más autoritativo o magisterial para el más alto dignatario eclesiástico que el de simplemente «Obispo de la primera Iglesia» (primæ sedis episcopus).
    La obra constituye una exposición de las diversas cláusulas del llamado Credo de los Apóstoles. Las cuestiones relativas a las mutuas relaciones de las tres Personas en la Divinidad se tratan con la mayor amplitud; en relación con lo cual, especialmente en el uso que se hace de las analogías del Ser, del Conocimiento y del Amor, y en las cautelas que se interponen contra ciertas aplicaciones de estas y otras ilustraciones tomadas de las cosas de la experiencia humana, nos encontramos con sentimientos que se repiten también en la Ciudad de Dios, en los libros sobre la Trinidad y en otros de sus escritos doctrinales.
    El pasaje al que se hace referencia en las Retractaciones es el siguiente: Por la misma época, en presencia de los obispos, que me dieron órdenes a tal efecto y que estaban celebrando un concilio plenario de toda el África en Hipona Regio, pronuncié, como presbítero, una disertación sobre el tema de La fe y el Símbolo. Esta disputación, a petición muy insistente de algunos de los que mantenían con nosotros una intimidad y un afecto más que ordinarios, la vertí en forma de libro, en el cual los temas mismos se convierten en objeto del discurso, aunque no según el método que adopta la particular conexión de palabras que se da a los competentes para que la memoricen. En este libro, al tratar la cuestión de la resurrección de la carne, digo: 'El cuerpo resucitará, según la fe cristiana, que es incapaz de engañar. Y si esto parece increíble a alguien, [es porque] mira simplemente lo que la carne es en la actualidad, mientras no considera de qué naturaleza será en el futuro. Pues en aquel tiempo de la transformación angélica ya no será carne y sangre, sino solo cuerpo'; y así sucesivamente, a través de las demás afirmaciones que he hecho allí sobre el tema del cambio de los cuerpos terrestres en cuerpos celestes, como dijo el apóstol, hablando desde el mismo punto de vista: 'La carne y la sangre no heredarán el reino de Dios'. Pero si alguien toma estas declaraciones en un sentido que lo lleve a suponer que el cuerpo terrenal, tal como lo tenemos ahora, se cambia en la resurrección en un cuerpo celestial, de tal manera que ni estos miembros ni la sustancia de la carne subsistirán más, sin duda hay que corregirlo, recordándole el cuerpo del Señor, quien después de su resurrección apareció con los mismos miembros, como Uno que no solo había de ser visto con los ojos, sino también palpado con las manos; y que hizo más segura la posesión de su carne por el discurso que pronunció, diciendo: 'Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo'. De aquí es cierto que el apóstol no negó que la sustancia de la carne existirá en el reino de Dios, sino que bajo el nombre de 'carne y sangre' designó o bien a los hombres que viven según la carne, o bien la corrupción misma de la carne, la cual ciertamente en aquel período no subsistirá más. Pues después de haber dicho: 'La carne y la sangre no heredarán el reino de Dios', lo que añade a continuación —a saber, 'ni la corrupción heredará la incorrupción'— se entiende rectamente como añadido para explicar su afirmación anterior. Y sobre este tema, que es uno en el que es difícil convencer a los incrédulos, cualquiera que lea mi último libro, Sobre la Ciudad de Dios, encontrará que he discurrido con el mayor cuidado del que soy capaz. La obra en cuestión comienza así: 'Puesto que está escrito', etc.
    Comentario editorial · Hipona, 393: un presbítero habla ante los obispos
    El aviso se apoya en las Retractaciones (I, 17), donde Agustín cuenta que, ante los obispos de un concilio de toda África reunido en Hipona Regio, pronunció «como presbítero» una disertación sobre la fe y el Símbolo y que la puso por escrito a petición de amigos. Wikipedia fecha ese sínodo en 393 y lo recuerda por dos acuerdos: la primera lista de libros bíblicos aprobada por un concilio de obispos que corresponde al canon católico actual, y la reafirmación de la continencia para todos los ordenados. Cómo se conoce esa lista, cuyas actas se han perdido, se explica en La formación del canon. El aviso añade, por su cuenta, que la asamblea protestó contra la posición que en otros lugares se daba a los patriarcas y contra todo título más magistral que el de «obispo de la primera sede».

    Capítulo 1. — Del origen y objeto de la composición

    § 1

    1. [Puesto que] es una afirmación, escrita y establecida sobre el fundamento más sólido de la enseñanza apostólica, «que el justo vive de la fe;» y puesto que también esta fe exige de nosotros el deber a la vez del corazón y de la lengua —porque dice un apóstol: «Con el corazón se cree para la justicia, y con la boca se confiesa para la salvación»—, nos corresponde ser atentos tanto a la justicia como a la salvación. Pues, estando destinados a reinar en adelante en justicia eterna, ciertamente no podemos asegurar nuestra salvación del presente mundo malo, a no ser que al mismo tiempo, mientras trabajamos por la salvación de nuestros prójimos, hagamos también con la boca nuestra propia profesión de la fe que llevamos en el corazón. Y debe ser nuestro propósito, mediante una vigilancia piadosa y cuidadosa, precavernos contra la posibilidad de que dicha fe sufra en nosotros algún daño, por cualquier lado, mediante los artificios fraudulentos [o la astucia falaz] de los herejes.
    Tenemos, sin embargo, la fe católica en el Credo, conocida por los fieles y confiada a la memoria, contenida en una forma de expresión tan concisa como las circunstancias del caso han permitido; el propósito de la cual [compilación] era que las personas que son solo principiantes y niños de pecho entre los que han nacido de nuevo en Cristo, y que todavía no han sido fortalecidos por una comprensión y un manejo muy diligentes y espirituales de las divinas Escrituras, fueran provistas de un resumen, expresado en pocas palabras, de aquellas cosas de creencia necesaria que posteriormente habían de serles explicadas con muchas palabras, a medida que progresaran y se elevaran a [la altura de] la doctrina divina, sobre la base segura y firme de la humildad y la caridad. Es debajo de estas pocas palabras, pues, que se hallan así ordenadas en el Credo, donde la mayoría de los herejes han intentado ocultar sus venenos; a quienes la misericordia divina ha resistido, y sigue resistiendo, por medio de hombres espirituales, que han sido tenidos por dignos no solo de aceptar y creer la fe católica tal como se expone en esos términos, sino también de entenderla y aprehenderla plenamente por la iluminación impartida por el Señor. Porque está escrito: «Si no creyereis, no entenderéis.» Pero la exposición de la fe sirve para la protección del Credo; no, sin embargo, con la intención de que esta misma se dé en lugar del Credo, para ser confiada a la memoria y repetida por aquellos que están recibiendo la gracia de Dios, sino para que guarde las cosas que se retienen en el Credo contra los asaltos insidiosos de los herejes, por medio de la autoridad católica y una defensa más atrincherada.

    Capítulo 2. — De Dios y su eternidad exclusiva

    § 2

    2. Porque ciertas partes han intentado conseguir que se acepte la opinión de que [Dios Padre] no es [Todopoderoso]: no es que hayan tenido la osadía de afirmarlo expresamente, sino que en sus tradiciones se les convence de albergar y dar crédito a semejante noción. Pues cuando afirman que hay una naturaleza que Dios Todopoderoso no creó, pero de la cual al mismo tiempo modeló este mundo, que admiten que fue dispuesto con hermosura, con ello niegan que Dios sea todopoderoso, a tal efecto que no creen que hubiera podido crear el mundo sin emplear, para su construcción, otra naturaleza que había existido antes y que Él mismo no había hecho. Así, en verdad, [razonan] a partir de su familiaridad carnal con la vista de artesanos y constructores de casas, y de artífices de toda clase, que no tienen poder para llevar a buen efecto su propia obra si no reciben ayuda de materiales ya preparados. Y así estas partes entienden de igual manera que el Hacedor del mundo no es todopoderoso, si de este modo no pudo modelar dicho mundo sin la ayuda de otra naturaleza, no hecha por Él mismo, que hubo de usar como sus materiales. O si en verdad conceden que Dios, el Hacedor del mundo, es todopoderoso, se sigue naturalmente que han de reconocer también que hizo de la nada las cosas que hizo. Pues, concedido que es todopoderoso, no puede existir nada de lo que Él no sea Creador. Porque aunque hizo algo de algo, como al hombre del barro, ciertamente no hizo ningún objeto de algo que Él mismo no hubiera hecho; pues la tierra de la que viene el barro la había hecho de la nada. Y aun si hubiera hecho de algún material los mismos cielos y la tierra, es decir, el universo y todas las cosas que hay en él, según está escrito: «Tú que hiciste el mundo de materia invisible», o también «sin forma», como dicen algunos códices; sin embargo, no estamos en modo alguno obligados a creer que este mismo material del que fue hecho el universo, aunque fuera «sin forma», aunque fuera «invisible», cualquiera que fuese el modo de su subsistencia, pudiera haber subsistido por sí mismo, como si fuera coeterno y coevo con Dios. Pero cualquiera que fuese ese modo que poseía para subsistir de alguna manera, cualquiera que fuese, y para ser capaz de recibir las formas de las cosas distintas, esto no lo poseía sino por la mano de Dios Todopoderoso, por cuya bondad existe todo, no solo todo objeto ya formado, sino también todo objeto susceptible de forma. Esta, además, es la diferencia entre lo formado y lo formable: que lo formado ya ha recibido forma, mientras que lo formable es capaz de recibirla. Pero el mismo Ser que imparte forma a los objetos, imparte también la capacidad de ser formado. Porque de Él y en Él está la hermosísima figura de todas las cosas, inmutable; y por eso Él mismo es Uno, que comunica a todo sus posibilidades, no solo que sea bello en acto, sino también que sea capaz de ser bello. Por esta razón creemos con pleno derecho que Dios hizo todas las cosas de la nada. Porque, aunque el mundo haya sido hecho de alguna clase de material, este mismo material fue hecho de la nada; de modo que, conforme al don ordenadísimo de Dios, primero había de entrar la capacidad de recibir formas, y luego todas las cosas que han sido formadas debían ser formadas. Esto, sin embargo, lo hemos dicho para que nadie suponga que las expresiones de las divinas Escrituras se contradicen entre sí, en cuanto está escrito a la vez que Dios hizo todas las cosas de la nada y que el mundo fue hecho de materia sin forma.

    § 3

    3. Así, pues, como creemos en Dios [Padre Todopoderoso], debemos sostener la opinión de que no hay criatura que no haya sido creada por el Todopoderoso. Y puesto que creó todas las cosas por el Verbo, el cual Verbo es designado también la Verdad, la Potencia y la Sabiduría de Dios —como también bajo muchos otros apelativos se presenta a nuestra fe, y asimismo a nuestras aprehensiones mentales, el Señor Jesucristo, a saber, nuestro Libertador y Gobernante, el Hijo de Dios; pues aquel Verbo, por medio del cual fueron fundadas todas las cosas, no pudo haber sido engendrado por otro que por Aquel que fundó todas las cosas por su instrumentalidad—

    Capítulo 3. — Del Hijo de Dios y de su designación peculiar como el Verbo

    § 3 (cont.)

    — Siendo esto así, repito, creemos también en [Jesucristo], el Hijo de Dios [Unigénito] del Padre, es decir, [su Hijo único], nuestro Señor. Este Verbo, sin embargo, no debemos entenderlo meramente en el sentido en que pensamos en nuestras propias palabras, que son emitidas por la voz y la boca, hieren el aire y pasan, y no subsisten más tiempo del que dura su sonido. Pues aquel Verbo permanece inmutable: porque de este mismo Verbo se habló cuando de la Sabiduría se dijo: «Permaneciendo en sí misma, renueva todas las cosas.» Además, la razón de que sea llamado el Verbo del Padre es que el Padre se da a conocer por Él. En consecuencia, así como es nuestra intención, cuando decimos la verdad, que por medio de nuestras palabras nuestro espíritu se dé a conocer al que nos oye, y que cuanto llevamos en secreto en nuestro corazón sea expuesto por medio de signos de esta clase para la comprensión inteligente de otro individuo; así esta Sabiduría que Dios Padre engendró es llamadísima apropiadamente su Verbo, en cuanto que el Padre, ocultísimo, se da a conocer por el mismo a las mentes dignas.

    § 4

    4. Ahora bien, hay una grandísima diferencia entre nuestro espíritu y aquellas nuestras palabras con las que nos esforzamos por exponer dicho espíritu. Nosotros ciertamente no engendramos palabras inteligibles, sino que las formamos; y al formarlas, el cuerpo es la materia subyacente. Entre el espíritu y el cuerpo, sin embargo, hay la mayor diferencia. Pero Dios, cuando engendró al Verbo, engendró lo que Él mismo es. No lo engendró entonces ni de la nada ni de ningún material ya hecho y fundado; sino que engendró de sí mismo lo que Él mismo es. Pues también nosotros tendemos a esto cuando hablamos (como veremos) si consideramos cuidadosamente la inclinación de nuestra voluntad; no cuando mentimos, sino cuando decimos la verdad. Pues ¿a qué otra cosa dirigimos entonces nuestros esfuerzos, sino a hacer entrar nuestro propio espíritu, si es posible en absoluto, en el espíritu del oyente, con miras a que sea aprehendido y discernido cabalmente por él; de modo que, en efecto, permanezcamos en nosotros mismos, sin retroceder de nosotros, y sin embargo al mismo tiempo emitamos un signo de tal naturaleza que por él se realice en otro individuo un conocimiento de nosotros; para que así, en cuanto se nos concede la facultad, otro espíritu pueda, por así decirlo, ser emitido por el espíritu, por el cual pueda revelarse? Esto hacemos, intentándolo tanto con palabras como con el simple sonido de la voz, con el semblante y con los gestos del cuerpo; con tantos artificios, en verdad, deseando patentizar lo que está dentro; en cuanto que no somos capaces de emitir nada de esta naturaleza [en sí completamente]: y así resulta que el espíritu del que habla no puede llegar a ser perfectamente conocido; así también resulta que queda lugar para las falsedades. Dios Padre, por el contrario, que poseía a la vez la voluntad y el poder de declararse con la mayor verdad a los espíritus destinados a obtener conocimiento de Él, con el propósito de declararse así engendró este [Verbo] que es lo que Él mismo es quien lo engendró; el cual [Persona] es llamado igualmente su Potencia y su Sabiduría, en cuanto que por Él ha obrado todas las cosas y las ha dispuesto en orden; de quien se dicen por esta razón estas palabras: «Ella (la Sabiduría) se extiende de un extremo a otro con poder, y dispone todas las cosas con suavidad.»

    Capítulo 4.— Del Hijo de Dios, ni hecho por el Padre ni menor que el Padre, y de su encarnación

    § 5

    5. Por tanto, [el Hijo unigénito de Dios] no fue hecho por el Padre; pues, según la palabra de un evangelista, «todas las cosas fueron hechas por Él:» ni fue engendrado instantáneamente; ya que Dios, que es eternamente sabio, tiene consigo su Sabiduría eterna: ni es desigual al Padre, es decir, en nada menor que Él; pues también un apóstol habla de este modo: «Quien, aunque existía en forma de Dios, no estimó usurpación ser igual a Dios.» Por esta fe católica, por tanto, quedan excluidos, por una parte, los que afirman que el Hijo es la misma [Persona] que el Padre; pues [es claro que] este Verbo no podría estar con Dios, si no estuviera con Dios el Padre; y [es igualmente evidente que] quien es solo no es igual a nadie. Y, por otra parte, quedan igualmente excluidos los que afirman que el Hijo es una criatura, aunque no sea una criatura como las demás criaturas. Pues por grande que digan que es la criatura, si es criatura, ha sido formada y hecha. Porque los términos formar y crear significan una misma cosa; aunque en el uso de la lengua latina a veces se emplea la palabra crear en lugar de lo que sería la palabra estrictamente exacta engendrar. Pero la lengua griega hace una distinción. Pues llamamos creatura (criatura) a lo que ellos llaman [κτίσμα] o [κτίσις]; y cuando queremos hablar sin ambigüedad, no usamos la palabra creare (crear), sino la palabra condere (formar, fundar). Por consiguiente, si el Hijo es una criatura, por grande que sea, ha sido hecho. Pero nosotros creemos en Aquel por quien fueron hechas todas las cosas (omnia), no en Aquel por quien fueron hechas las demás cosas (cetera). Pues aquí tampoco podemos tomar este término todas las cosas en otro sentido que como significando cuantas cosas han sido hechas.

    § 6

    6. Pero así como «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros,» la misma Sabiduría que fue engendrada de Dios se dignó también ser creada entre los hombres. A esto se alude en aquella palabra: «El Señor me creó en el principio de sus caminos.» Porque el principio de sus caminos es la Cabeza de la Iglesia, que es Cristo revestido de naturaleza humana (homine indutus), por quien se dispuso que se nos diera un modelo de vida, es decir, un camino seguro por el cual pudiéramos llegar a Dios. Pues por ningún otro sendero nos era posible volver sino por la humildad, nosotros que caímos por la soberbia, según se dijo a nuestra primera creación: «Gustad, y seréis como dioses.» De esta humildad, pues, es decir, del camino por el cual nos era necesario volver, nuestro Restaurador mismo tuvo a bien darnos ejemplo en su propia persona, «quien no estimó usurpación ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo;» a fin de ser creado Hombre en el principio de sus caminos, el Verbo por quien fueron hechas todas las cosas. Por lo cual, en cuanto es el Unigénito, no tiene hermanos; pero en cuanto es el Primogénito, tuvo a bien dar el nombre de hermanos a todos aquellos que, después de su preeminencia y por medio de ella, nacen de nuevo a la gracia de Dios por la adopción de hijos, según la verdad que nos enseña la doctrina apostólica. Así, pues, el Hijo según naturaleza (naturalis filius) nació de la sustancia misma del Padre, el único así nacido, subsistiendo como aquello que el Padre es, Dios de Dios, Luz de Luz. Nosotros, en cambio, no somos luz por naturaleza, sino que somos iluminados por aquella Luz, para que podamos resplandecer en sabiduría. Pues, como dice alguien: «Aquel era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.» Por tanto, a la fe de las cosas eternas añadimos asimismo la dispensación temporal de nuestro Señor, que Él tuvo a bien soportar por nosotros y administrar en favor de nuestra salvación. Pues en cuanto es el Hijo unigénito de Dios, no puede decirse de Él que era y que será, sino solo que es; porque, por una parte, lo que era, ya no es; y, por otra, lo que será, todavía no es. Él, pues, es inmutable, independiente de la condición de los tiempos y de la variación. Y opino que esta es precisamente la consideración por la cual presentó a la comprensión de su siervo Moisés el tipo de nombre [que entonces adoptó]. Pues cuando este le preguntó en nombre de quién debía decir que era enviado, en caso de que el pueblo al que era enviado lo despreciara, recibió la respuesta cuando Él habló de este modo: «[Yo Soy el que Soy].» Y después añadió esto: «Así dirás a los hijos de Israel: El que es (Qui est) me ha enviado a vosotros.»

    § 7

    7. De aquí, confío, se ha hecho ya patente a las mentes espirituales que no puede existir naturaleza alguna contraria a Dios. Porque si Él es —y esta es una palabra que solo de Dios puede decirse con propiedad (pues lo que verdaderamente es permanece inmutable; ya que lo que cambia ha sido algo que ahora no es, y será algo que todavía no es)— se sigue que Dios no tiene nada contrario a sí mismo. Pues si se nos preguntara: ¿Qué es contrario a lo blanco?, responderíamos: lo negro; si se preguntara: ¿Qué es contrario a lo caliente?, responderíamos: lo frío; si se preguntara: ¿Qué es contrario a lo veloz?, responderíamos: lo lento; y a todas las preguntas semejantes responderíamos de manera análoga. Pero cuando se pregunta: ¿Qué es contrario a aquello que es? La respuesta correcta que debe darse es: lo que no es.

    § 8

    8. Mas, como en una dispensación temporal, según he dicho, con miras a nuestra salvación y restauración, y obrando en ello la bondad de Dios, nuestra naturaleza mudable ha sido asumida por aquella Sabiduría inmutable de Dios, añadimos la fe en las cosas temporales que se han realizado con efecto saludable en favor nuestro, creyendo en aquel [Hijo de Dios que nació por obra del Espíritu Santo de la Virgen María]. Pues por don de Dios, es decir, por el Espíritu Santo, se nos concedió una humildad tan grande de parte de un Dios tan grande, que Él tuvo a bien asumir la entera naturaleza del hombre (totum hominem) en el seno de la Virgen, habitando el cuerpo material de modo que no sufriera detrimento alguno (integrum), y dejándolo sin detrimento. Esta dispensación temporal es asaltada de muchas maneras con astucia por los herejes. Pero si alguien ha abrazado la fe católica, de modo que crea que la entera naturaleza del hombre fue asumida por el Verbo de Dios, es decir, cuerpo, alma y espíritu, tiene defensa suficiente contra esas partes. Pues ciertamente, puesto que aquella asunción se realizó en favor de nuestra salvación, hay que guardarse de que, así como cree que hay algo perteneciente a nuestra naturaleza que no tiene relación alguna con aquella asunción, ese algo tampoco tenga relación alguna con la salvación. Y visto que, a excepción de la forma de los miembros, que ha sido dada a las variedades de los seres vivos con diferencias adaptadas a sus diversos géneros, el hombre no se distingue en nada del ganado sino en [la posesión de] un espíritu racional (rationali spiritu), que también se llama mente (mens), ¿cómo es sana aquella fe según la cual se sostiene que la Sabiduría de Dios asumió aquella parte de nosotros que tenemos en común con el ganado, mientras no asumió aquello que es iluminado espléndidamente por la luz de la sabiduría y que es el don propio del hombre?

    § 9

    9. Además, también hay que aborrecer a aquellos que niegan que nuestro Señor Jesucristo tuviera en María una madre sobre la tierra; pues aquella dispensación ha honrado a ambos sexos, a la vez al varón y a la mujer, y ha puesto de manifiesto que no solo aquel sexo que Él asumió pertenece al cuidado de Dios, sino también aquel sexo por el cual asumió este otro, en cuanto que llevó [la naturaleza de] varón (virum gerendo), [y] en cuanto que nació de la mujer. Y no hay nada que nos obligue a negar a la madre del Señor por el hecho de que Él pronunciara esta palabra: «Mujer, ¿qué tengo yo contigo? Aún no ha llegado mi hora.» Sino que más bien nos amonesta a entender que, en cuanto a su ser Dios, no tuvo madre; Él se disponía a manifestar la majestad de su persona (cujus majestatis personam) en la conversión del agua en vino. Pero en cuanto a su crucifixión, fue crucificado en cuanto hombre; y aquella era la hora que aún no había llegado en el tiempo en que se pronunció esta palabra: «¿Qué tengo yo contigo? Aún no ha llegado mi hora;» es decir, la hora en que te reconoceré. Pues en aquel momento, cuando fue crucificado como hombre, reconoció a su madre humana (hominem matrem), y la encomendó humanísimamente (humanissime) al cuidado del discípulo más amado. Ni tampoco debemos conmovernos por el hecho de que, cuando se le anunció la presencia de su madre y de sus hermanos, respondió: «¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?» etc. Sino que más bien esto nos enseñe que, cuando los padres estorban nuestro ministerio, en el cual servimos la palabra de Dios a nuestros hermanos, no deben ser reconocidos por nosotros. Pues si, basándose en que Él dijo: «¿Quién es mi madre?» alguien concluyera que Él no tuvo madre en la tierra, entonces, por la misma razón, uno se vería también obligado a negar que los apóstoles tuvieran padres en la tierra; pues Él les dio este precepto: «Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos.»

    § 10

    10. Tampoco el pensamiento del seno de la mujer debe menoscabar esta fe en nosotros, de modo que parezca haber necesidad de rechazar semejante generación de nuestro Señor por la mera razón de que hombres viles la consideran indigna (sordidi sordidam putant). Pues son muy verdaderas estas palabras de un apóstol: que «la necedad de Dios es más sabia que los hombres,» y que «para los puros todas las cosas son puras.» Por tanto, quienes sostienen esta opinión deberían considerar que los rayos de este sol, a los cuales ciertamente no alaban como criatura de Dios, sino que adoran como Dios, se difunden por todo el mundo a través de las inmundicias de las alcantarillas y de toda clase de cosas horribles, y que actúan en ellas según su naturaleza, y sin embargo nunca se envilecen por mancha alguna contraída de allí, aunque la luz visible está por naturaleza en más estrecha relación con las impurezas visibles. ¡Cuánto menos, pues, pudo el Verbo de Dios, que no es corpóreo ni visible, sufrir mancha del cuerpo femenino, en el que asumió la carne humana juntamente con el alma y el espíritu, por cuya entrada la majestad del Verbo habita en una relación menos inmediata con la fragilidad de un cuerpo humano! De aquí es manifiesto que el Verbo de Dios de ningún modo pudo ser manchado por un cuerpo humano, por el cual ni siquiera el alma humana se mancha. Pues no cuando rige el cuerpo y lo vivifica, sino solo cuando codicia los bienes mortales del mismo, se mancha el alma por el cuerpo. Pero si estas personas quisieran evitar las manchas del alma, temerían más bien estas falsedades y profanidades.

    Capítulo 5.— De la Pasión, Sepultura y Resurrección de Cristo

    § 11

    11. Pero poco [comparativamente] fue la humillación (humilitas) de nuestro Señor en favor nuestro al nacer: se añadió también que tuvo a bien morir en favor de los hombres mortales. Pues «se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz:» para que ninguno de nosotros, aun si pudiera no temer la muerte [en general], sintiera horror ante un tipo particular de muerte que los hombres consideran el más vergonzoso. Por eso creemos en Aquel [que bajo Poncio Pilato fue crucificado y sepultado]. Porque era necesario que se añadiera el nombre del juez, para conocimiento de los tiempos. Además, cuando aquella sepultura se hace objeto de fe, entra también el recuerdo del sepulcro nuevo, que estaba destinado a presentar un testimonio de Él en su destino de resucitar a una vida nueva, así como el seno de la Virgen hizo lo mismo en su disposición a nacer. Pues así como en aquel sepulcro no fue sepultado ningún otro muerto, ni antes ni después de Él; así tampoco en aquel seno, ni antes ni después, fue concebido nada mortal.

    § 12

    12. Creemos también que [al tercer día resucitó de entre los muertos], primogénito para los hermanos destinados a venir después de Él, a los cuales ha llamado a la adopción de hijos de Dios, [y] a los cuales tuvo a bien hacer copartícipes y coherederos suyos.

    Capítulo 6.— De la Ascensión de Cristo a los Cielos

    § 13

    13. Creemos que [subió a los cielos], lugar de bienaventuranza que igualmente nos ha prometido, diciendo: «Serán como los ángeles en los cielos,» en aquella ciudad que es madre de todos nosotros, la Jerusalén eterna en los cielos. Pero suele ofender a algunos, ya sean gentiles impíos o herejes, que creamos en la asunción de un cuerpo terreno al cielo. Los gentiles, en su mayor parte, se empeñan diligentemente en acosarnos con los argumentos de los filósofos, a fin de afirmar que no puede haber nada terreno en el cielo. Porque no conocen nuestras Escrituras, ni entienden cómo se ha dicho: «Se siembra cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual.» Pues no se ha expresado así, como si el cuerpo se convirtiera en espíritu y llegara a ser espíritu; puesto que en la actualidad, también nuestro cuerpo, que se llama animal (animale), no se ha convertido en alma ni ha llegado a ser alma (anima). Sino que por cuerpo espiritual se entiende uno que ha sido sometido al espíritu de tal modo que está adaptado a una morada celestial, habiendo sido cambiada y convertida toda fragilidad y toda mancha terrena en pureza y estabilidad celestiales. Este es el cambio del que el apóstol habla asimismo así: «Todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados.» Y que este cambio se hace no para peor, sino para mejor, lo enseña el mismo [apóstol] cuando dice: «Y seremos transformados.» Pero la cuestión de dónde y de qué manera está el cuerpo del Señor en el cielo es una que sería del todo excesivamente curiosa y superflua de proseguir. Solo debemos creer que está en el cielo. Pues no pertenece a nuestra fragilidad investigar las cosas secretas del cielo, pero sí pertenece a nuestra fe tener sentimientos elevados y honorables acerca de la dignidad del cuerpo del Señor.

    Capítulo 7.— De la Sesión de Cristo a la Diestra del Padre

    § 14

    14. Creemos también que [está sentado a la diestra del Padre]. Sin embargo, esto no ha de llevarnos a suponer que Dios Padre está, por así decirlo, circunscrito por una forma humana, de modo que, al pensar en Él, se nos sugiera a la mente un lado derecho o uno izquierdo. Ni tampoco, cuando se dice expresamente que el Padre está sentado, hemos de imaginar que esto se hace con las rodillas dobladas; no sea que caigamos en aquella profanidad, [al tratar de] la cual un apóstol execra a quienes «cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de hombre corruptible.» Pues es ilícito para un cristiano erigir una imagen semejante de Dios en un templo; mucho más nefando es, [por tanto], erigirla en el corazón, en el cual verdaderamente está el templo de Dios, con tal que sea purgado de la concupiscencia terrena y del error. Esta expresión, «a la diestra,» por tanto, debemos entenderla como significando una posición en la suma bienaventuranza, donde están la justicia, la paz y el gozo; así como los cabritos son puestos a la izquierda, es decir, en la miseria, a causa de la injusticia, los trabajos y los tormentos. Y de acuerdo con esto, cuando se dice que Dios «está sentado,» la expresión no indica una postura de los miembros, sino una potestad judicial, que aquella Majestad nunca deja de poseer, pues siempre está dando a cada uno lo que merece (digna dignis tribuendo); aunque en el juicio final el resplandor indudable del Hijo unigénito de Dios, Juez de vivos y muertos, está destinado a ser todavía algo mucho más manifiesto entre los hombres.

    Capítulo 8.— De la venida de Cristo a juzgar

    § 15

    15. Creemos también que en el tiempo más oportuno [ha de venir de allí y ha de juzgar a los vivos y a los muertos]: ya sea que con estos términos se signifique a los justos y a los pecadores, ya sea que aquí se llame vivos a aquellos a quienes, antes de [su] muerte, Él halle entonces sobre la tierra, mientras que con los muertos se signifique a los que resucitarán a su advenimiento. Esta dispensación temporal no solo es, como corresponde a aquella generación que atañe a su ser Dios, sino que también ha sido y será. Pues nuestro Señor estuvo sobre la tierra, y al presente está en el cielo, y [después] estará en su resplandor como Juez de los vivos y de los muertos. Porque aún ha de venir, así como ascendió, según la autoridad contenida en los Hechos de los Apóstoles. Conforme a esta dispensación temporal, por tanto, habla Él en el Apocalipsis, donde está escrito de esta manera: «Esto dice Aquel que es, y que era, y que ha de venir.»

    Capítulo 9.— Del Espíritu Santo y del misterio de la Trinidad

    § 16

    16. Habiendo sido, pues, así sistemáticamente dispuesta y encomendada a la fe la divina generación de nuestro Señor y su dispensación humana, se añade a nuestra confesión, con miras a la consumación de la fe que tenemos acerca de Dios, [la doctrina del] Espíritu Santo, que no es de naturaleza inferior al Padre y al Hijo, sino, por así decir, consustancial y coeterno: porque esta Trinidad es un solo Dios, no de modo que el Padre sea el mismo [Persona] que el Hijo y el Espíritu Santo, sino de modo que el Padre es el Padre, y el Hijo es el Hijo, y el Espíritu Santo es el Espíritu Santo; y esta Trinidad es un solo Dios, según está escrito: «Oye, Israel, el Señor tu Dios es un solo Dios.» Al mismo tiempo, si se nos interroga acerca de cada uno por separado, y si se nos pregunta: «¿Es Dios el Padre?» responderemos: «Es Dios.» Si se pregunta si el Hijo es Dios, responderemos en el mismo sentido. Ni tampoco, si esta clase de averiguación se nos dirige con respecto al Espíritu Santo, debemos afirmar en respuesta que Él es otra cosa que Dios; guardándonos, sin embargo, con empeño de aceptar esto meramente en el sentido en que se aplica a los hombres cuando se dice: «Dioses sois.» Porque de todos aquellos que han sido hechos y formados por el Padre, por medio del Hijo, por el don del Espíritu Santo, ninguno es dios según naturaleza. Pues es esta misma Trinidad la que se significa cuando un apóstol dice: «Porque de Él, y en Él, y por Él, son todas las cosas.» Por consiguiente, aunque cuando se nos interroga acerca de cada una [de estas Personas] por separado respondamos que aquella en particular sobre la cual se pregunta, sea el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo, es Dios, nadie, no obstante, debe suponer que nosotros adoramos a tres Dioses.

    § 17

    17. Y no es extraño que estas cosas se digan con referencia a una Naturaleza inefable, cuando aun en los objetos que discernimos con los ojos corporales y juzgamos por el sentido corporal se cumple algo semejante. Pues tómese el caso de una interrogación a propósito de una fuente, y considérese cómo entonces no podemos afirmar que la dicha fuente sea el río; y cómo, cuando se nos pregunta por el río, tampoco podemos llamarlo fuente; y, a su vez, cómo somos igualmente incapaces de designar el trago, que procede de la fuente o del río, como río o como fuente. Sin embargo, en el caso de esta trinidad usamos el nombre agua [para el todo]; y cuando se plantea la pregunta respecto de cada una de estas cosas por separado, respondemos en cada caso particular que la cosa es agua. Pues si pregunto si hay agua en la fuente, se responde que es agua; y si preguntamos si hay agua en el río, no se devuelve una respuesta diferente; y en el caso del dicho trago, ninguna otra respuesta puede darse en absoluto: y, con todo, no hablamos de estas cosas como de tres aguas, sino como de un agua sola. Al mismo tiempo, desde luego, ha de cuidarse de que nadie conciba la sustancia inefable de aquella Majestad tal como podría pensar en esta fuente, o río, o trago visible y material. Porque en el caso de estos últimos, aquella agua que al presente está en la fuente sale al río y no permanece en sí misma; y cuando pasa del río o de la fuente al trago, no continúa de modo permanente allí de donde se toma. Por tanto, aquí es posible que la misma agua esté a la vista en un momento bajo la apelación de fuente, y en otro bajo la de río, y en un tercero bajo la de trago. Pero en el caso de aquella Trinidad hemos afirmado que es imposible que el Padre sea alguna vez el Hijo, y alguna vez el Espíritu Santo: así como, en un árbol, la raíz no es otra cosa que la raíz, y el tronco (robur) no es otra cosa que el tronco, y no podemos llamar a las ramas otra cosa que ramas; porque lo que se llama raíz no puede llamarse tronco ni ramas; y la madera que pertenece a la raíz no puede por especie alguna de traslación estar ahora en la raíz, y de nuevo en el tronco, y todavía después en las ramas, sino solamente en la raíz; puesto que esta regla de designación se mantiene firme, de modo que la raíz es madera, y el tronco es madera, y las ramas son madera, y sin embargo no son tres maderas las que así se dicen, sino una sola. O, si estos objetos tienen alguna especie de desemejanza, de modo que por su diferencia de fuerza pueda hablarse de ellos, sin absurdo alguno, como de tres maderas, al menos todos admiten la fuerza del ejemplo anterior — a saber, que si de una fuente se llenan tres copas, ciertamente podrán llamarse tres copas, pero no puede hablarse de ellas como de tres aguas, sino solo como de una, toda junta. Y sin embargo, al mismo tiempo, cuando se pregunta por las varias copas, una por una, podemos responder que en cada una de ellas por sí misma hay agua; aunque en este caso no tiene lugar tal traslación como la de la cual hablábamos que ocurre de la fuente al río. Pero estos ejemplos en cosas materiales (corporalia exempla) han sido aducidos no en virtud de su semejanza con aquella Naturaleza divina, sino en referencia a la unidad que subsiste aun en las cosas visibles, para que se entienda que es del todo posible que tres objetos de alguna especie, no solo por separado, sino también todos juntos, obtengan un único nombre; y para que de este modo nadie se maraville ni juzgue absurdo que llamemos Dios al Padre, Dios al Hijo, Dios al Espíritu Santo, y que sin embargo digamos que no hay tres Dioses en aquella Trinidad, sino un solo Dios y una sola sustancia.
    Comentario editorial · Fuente, río y bebida: una imagen con su advertencia
    Para decir «Dios» de cada Persona sin hablar de tres dioses, Agustín recurre en § 17 a la fuente, el río y la bebida: de cada uno se responde «agua» y no «tres aguas». Pero advierte enseguida que la imagen cojea, porque el agua que está en la fuente pasa al río y deja de estar en ella, mientras que en la Trinidad el Padre no puede ser a veces el Hijo y a veces el Espíritu Santo. Tertuliano usaba ya, contra Práxeas, la raíz y el vástago, la fuente y el río, el sol y el rayo (Contra Práxeas, Cap. 8). El aviso de la edición añade que el empleo de analogías del ser, el conocimiento y el amor, con sus cautelas, reaparece en La ciudad de Dios y en los libros Sobre la Trinidad.

    § 18

    18. Y, ciertamente, sobre este asunto del Padre y del Hijo, varones eruditos y espirituales han conducido discusiones en muchos libros, en las cuales, hasta donde los hombres podían hacerlo entre hombres, se esforzaron por introducir una explicación inteligible de cómo el Padre no era uno personalmente con el Hijo, y sin embargo los dos eran uno sustancialmente; y de qué era el Padre individualmente (proprie), y qué el Hijo: a saber, que el primero era el Engendrador, el segundo el Engendrado; el primero no del Hijo, el segundo del Padre: el primero el Principio del segundo, de donde también es llamado Cabeza de Cristo, aunque Cristo asimismo es el Principio, pero no del Padre; el segundo, además, la Imagen del primero, aunque en ningún respecto desemejante, y aunque absoluta e indiferentemente igual (omnino et indifferenter æqualis). Estas cuestiones son tratadas con mayor amplitud por quienes, en límites menos estrechos que los nuestros actuales, buscan exponer la profesión de la fe cristiana en su totalidad. Por consiguiente, en cuanto es el Hijo, del Padre recibió el que Él es, mientras que el otro [el Padre] no recibió esto del Hijo; y en cuanto Él, por indecible misericordia, en una dispensación temporal tomó sobre sí la [naturaleza del] hombre (hominem) — a saber, la criatura mudable que por ello habría de ser mudada a algo mejor —, se descubren en las Escrituras muchas afirmaciones acerca de Él, expresadas de tal modo que han dado ocasión al error en los impíos entendimientos de los herejes, en quienes el deseo de enseñar antecede al de entender, de suerte que han supuesto que Él no es ni igual al Padre ni de la misma sustancia. Tales afirmaciones [son] como las siguientes: «Porque el Padre es mayor que yo;» y, «La cabeza de la mujer es el varón, la Cabeza del varón es Cristo, y la Cabeza de Cristo es Dios;» y, «Entonces también Él mismo se sujetará a Aquel que puso todas las cosas bajo Él;» y, «Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios,» juntamente con algunas otras de tenor semejante. Ahora bien, todas estas tuvieron un lugar concedido, [ciertamente] no con el objeto de significar una desigualdad de naturaleza y de sustancia; porque tomarlas así sería falsear otra clase de afirmaciones, tales como: «Yo y el Padre una sola cosa somos» (unum); y, «El que me ha visto a mí, ha visto también a mi Padre;» y, «El Verbo era Dios,» pues no fue hecho, en cuanto que «todas las cosas fueron hechas por Él;» y, «no estimó usurpación ser igual a Dios:» junto con todos los demás pasajes de orden semejante. Pero estas afirmaciones tuvieron un lugar concedido, en parte con miras a aquella administración de su asunción de la naturaleza humana (administrationem suscepti hominis), conforme a la cual se dice que «se despojó a sí mismo:» no que aquella Sabiduría quedara mudada, ya que es absolutamente inmutable; sino que fue su voluntad darse a conocer de modo tan humilde a los hombres. En parte, pues, repito, es con miras a esta administración que se escribieron así aquellas cosas que los herejes convierten en fundamento de sus falsas acusaciones; y en parte fue con miras a la consideración de que el Hijo debe al Padre aquello que Él es, — debiendo por ello ciertamente también esto en particular al Padre, a saber, que es igual al mismo Padre, o que es su Consorte (eidem Patri æqualis aut par est), mientras que el Padre no debe a nadie todo lo que Él es.

    § 19

    19. Con respecto al [Espíritu Santo], sin embargo, no ha habido hasta ahora, por parte de doctos y distinguidos investigadores de las Escrituras, una discusión del asunto suficientemente plena o cuidadosa como para hacernos posible obtener una concepción inteligente de lo que también constituye su individualidad especial (proprium): en virtud de la cual individualidad especial resulta que no podemos llamarlo ni el Hijo ni el Padre, sino solo el Espíritu Santo; salvo que lo predican como el Don de Dios, para que creamos que Dios no da un don inferior a sí mismo. Al mismo tiempo se atienen a esta posición, a saber, predicar al Espíritu Santo no como engendrado, como el Hijo, del Padre; porque Cristo es el único [así engendrado]: ni como [engendrado] del Hijo, como un Nieto del Padre sumo: mientras que no afirman que Él deba aquello que es a nadie, sino [admiten que lo debe] al Padre, de quien son todas las cosas; para que no establezcamos dos Principios sin principio (ne duo constituamus principia isne principio), lo cual sería una afirmación a la vez falsísima y absurdísima, y propia no de la fe católica, sino del error de ciertos herejes. Algunos, sin embargo, han llegado al punto de creer que la comunión del Padre y del Hijo, y (por así decir) su Deidad (deitatem), a la que los griegos designan [θεότης], es el Espíritu Santo; de modo que, en cuanto el Padre es Dios y el Hijo Dios, la Deidad misma, en la que están unidos el uno con el otro — a saber, el primero engendrando al Hijo, y el segundo adhiriéndose al Padre —, quedaría [así] constituida igual a Aquel por quien Él es engendrado. Esta Deidad, pues, que quieren que se entienda asimismo como el amor y la caridad que subsisten entre estas dos [Personas], la una hacia la otra, afirman que ha recibido el nombre de Espíritu Santo. Y esta opinión suya la apoyan con muchas pruebas tomadas de las Escrituras; entre las cuales podríamos citar ya el pasaje que dice: «Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado,» ya muchos otros textos probatorios de tenor semejante: mientras que fundan también su posición en el hecho expreso de que es por el Espíritu Santo por quien somos reconciliados con Dios; de donde también, cuando Él es llamado el Don de Dios, quieren que se ofrezca indicación suficiente de que el amor de Dios y el Espíritu Santo son idénticos. Pues no somos reconciliados con Él sino por aquel amor en virtud del cual somos también llamados hijos: como ya no estamos más «bajo temor, como esclavos,» porque «el amor, cuando es hecho perfecto, echa fuera el temor;» y [como] «hemos recibido el espíritu de libertad, en el cual clamamos: Abba, Padre.» Y en cuanto que, reconciliados y llamados de nuevo a la amistad por el amor, podremos llegar a conocer todos los secretos de Dios, por esta razón se dice del Espíritu Santo que «Él os conducirá a toda verdad.» Por la misma razón también, aquella confianza en predicar la verdad, de la cual los apóstoles fueron llenos en su advenimiento, se atribuye con razón al amor; porque la falta de confianza se asigna también al temor, que la perfección del amor excluye. Así, asimismo, el mismo es llamado el Don de Dios, porque nadie goza de aquello que conoce, si no lo ama también. Gozar de la Sabiduría de Dios, sin embargo, no implica otra cosa que adherirse a la misma en amor (ei dilectione cohærere). Ni permanece nadie en aquello que aprehende, sino por amor; y, por consiguiente, el Espíritu Santo es llamado Espíritu de santidad (Spiritus Sanctus), en cuanto que todas las cosas que son sancionadas (sanciuntur) son sancionadas con miras a su permanencia, y no hay duda de que el término santidad (sanctitatem) se deriva de sanción (a sanciendo). Sobre todo, sin embargo, aquel testimonio es empleado por los defensores de esta opinión, donde está escrito así: «Lo que nace de la carne, carne es, y lo que nace del Espíritu, espíritu es;» «porque Dios es Espíritu.» Pues aquí habla de nuestra regeneración, que no es, según Adán, de la carne, sino, según Cristo, del Espíritu Santo. Por lo cual, si en este pasaje se hace mención del Espíritu Santo, cuando se dice: «Porque Dios es Espíritu,» sostienen que debemos notar que no se dice: «porque el Espíritu es Dios,» sino: «porque Dios es Espíritu;» de modo que la mismísima Deidad del Padre y del Hijo es en este pasaje llamada Dios, y esa es el Espíritu Santo. A esto se añade otro testimonio que el apóstol Juan ofrece, cuando dice: «Porque Dios es amor.» Pues aquí, del mismo modo, lo que dice no es: «El amor es Dios,» sino: «Dios es amor;» de modo que la mismísima Deidad es tenida por amor. Y con respecto a la circunstancia de que, en aquella enumeración de objetos mutuamente conectados que se da cuando se dice: «Todas las cosas son vuestras, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios,» como también: «La cabeza de la mujer es el varón, la Cabeza del varón es Cristo, y la Cabeza de Cristo es Dios,» no hay mención del Espíritu Santo; esto afirman que no es sino una aplicación del principio de que, en general, la conexión misma no suele ser enumerada entre las cosas que están conectadas entre sí. De donde, también, quienes leen con más atención parecen reconocer la Trinidad expresa asimismo en aquel pasaje en que se dice: «Porque de Él, y por Él, y en Él, son todas las cosas.» «De Él,» como si significara: de Aquel que a nadie debe el que Él es: «por Él,» como si la idea fuera: por medio de un Mediador; «en Él,» como si fuera: en Aquel que contiene, esto es, une enlazando.
    Comentario editorial · Lo que Agustín dice que falta por investigar del Espíritu
    En § 19 admite que los estudiosos de las Escrituras no han tratado todavía el asunto del Espíritu Santo con la plenitud ni el cuidado suficientes para entender lo que lo distingue en propiedad. Recoge lo que sí se sostiene: que es el Don de Dios; que no es engendrado como el Hijo ni «nieto» del Padre por medio del Hijo, y que debe su ser al Padre, para no establecer dos Principios sin principio. Y registra la opinión de algunos que lo identifican con la comunión del Padre y del Hijo, su deidad o el amor entre ambos, apoyada en . Una nota de la edición inglesa dice que los «herejes» de esa frase son los maniqueos. El § 20 sigue con quienes se oponen a esa opinión.

    § 20

    20. Aquellos partidos se oponen a esta opinión que piensan que la dicha comunión, que llamamos ya sea Deidad, ya Amor, ya Caridad, no es una sustancia. Exigen, además, que el Espíritu Santo les sea presentado según sustancia; y no juzgan que de otro modo hubiera sido posible que la expresión «Dios es Amor» se hubiera usado, a menos que el amor fuese una sustancia. En esto, ciertamente, están influidos por el uso habitual de las cosas de naturaleza corporal. Porque si dos cuerpos están unidos entre sí de tal modo que se coloquen en yustaposición el uno con el otro, la unión misma no es un cuerpo: en cuanto que, cuando estos cuerpos que estaban unidos se separan, ciertamente no se encuentra [ya más] tal unión; mientras que, al mismo tiempo, no se entiende que haya partido, por así decirlo, y emigrado, como sucede con aquellos cuerpos mismos. Pero hombres como estos deberían purificar su corazón, en cuanto puedan, a fin de tener poder para ver que en la sustancia de Dios no hay nada de tal naturaleza que implique que en ella una cosa sea la sustancia, y otra cosa — y no sustancia — aquello que es accidente de la sustancia (aliud quod accidat subsantiœ); mientras que todo lo que puede ser captado en ella es sustancia. Estas cosas, sin embargo, pueden decirse y creerse fácilmente; pero verse, de modo que revelen cómo son en sí mismas, absolutamente no pueden, salvo por el corazón puro. Por esta razón, sea verdadera la opinión en cuestión, o sea otra cosa el caso, la fe debe mantenerse inconmovible, de modo que llamemos al Padre Dios, al Hijo Dios, al Espíritu Santo Dios, y sin embargo no afirmemos tres Dioses, sino que tengamos a la dicha Trinidad por un solo Dios; y, de nuevo, no afirmemos que estas [Personas] son de naturaleza diferente, sino tengámoslas por de la misma sustancia; y además la sostengamos, no como si el Padre fuese alguna vez el Hijo, y alguna vez el Espíritu Santo, sino de tal modo que el Padre sea siempre el Padre, y el Hijo siempre el Hijo, y el Espíritu Santo siempre el Espíritu Santo. Ni debemos hacer afirmación alguna sobre el asunto de las cosas no vistas temerariamente, como si tuviéramos conocimiento, sino [solo modestamente] como creyendo. Porque estas cosas no pueden verse sino por el corazón hecho puro; y [aun] aquel que en esta vida las ve «en parte,» como se ha dicho, y «en enigma,» no puede conseguir que la persona a quien habla las vea también, si está impedida por impurezas de corazón. «Bienaventurados,» sin embargo, «los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.» Esta es la fe sobre el asunto de Dios nuestro Hacedor y Renovador.

    § 21

    21. Pero en cuanto que el amor se nos impone, no solo hacia Dios, cuando se dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente;» sino también hacia el prójimo, porque «amarás,» dice Él, «a tu prójimo como a ti mismo;» y en cuanto que, además, la fe en cuestión es menos fructífera, si no abarca una congregación y sociedad de hombres, en la cual pueda obrar la caridad fraterna—

    Capítulo 10.— De la Iglesia católica, la remisión de los pecados y la resurrección de la carne

    § 21 (cont.)

    — Puesto que, repito, así es el caso, creemos también en [la Santa Iglesia], [queriendo decir con ello] ciertamente la [católica]. Pues tanto los herejes como los cismáticos llaman iglesias a sus congregaciones. Pero los herejes, al sostener falsas opiniones acerca de Dios, hacen injuria a la fe misma; mientras que los cismáticos, por otra parte, en perversas separaciones rompen la caridad fraterna, aunque crean precisamente lo que nosotros creemos. Por lo cual ni los herejes pertenecen a la Iglesia católica, que ama a Dios; ni los cismáticos forman parte de la misma, en cuanto que ésta ama al prójimo y, por consiguiente, perdona de buena gana los pecados del prójimo, porque ruega que el perdón le sea extendido a ella misma por Aquel que nos ha reconciliado consigo, suprimiendo todas las cosas pasadas y llamándonos a una vida nueva. Y hasta que alcancemos la perfección de esta vida nueva, no podemos estar sin pecados. Sin embargo, importa de qué clase sean esos pecados.

    § 22

    22. Y no sólo debemos tratar de la diferencia entre los pecados, sino que debemos creer con toda firmeza que aquellas cosas en las que pecamos de ninguna manera nos son perdonadas, si nos mostramos severamente inflexibles en el asunto de perdonar los pecados de los demás. Así, pues, creemos también en [la remisión de los pecados].

    § 23

    23. Y puesto que hay tres cosas de que consta el hombre —a saber, espíritu, alma y cuerpo—, las cuales a su vez se dicen dos, porque frecuentemente el alma es nombrada juntamente con el espíritu; pues una cierta porción racional del mismo, de la que carecen las bestias, se llama espíritu: la parte principal en nosotros es el espíritu; luego, la vida por la cual estamos unidos con el cuerpo se llama alma; finalmente, el cuerpo mismo, como es visible, es la última parte en nosotros. Esta «creación entera» (creatura), sin embargo, «gime y sufre dolores de parto hasta ahora». No obstante, Él le ha dado las primicias del Espíritu, en cuanto que ha creído a Dios y es ahora de buena voluntad. Este espíritu se llama también mente, acerca de la cual un apóstol habla así: «Con la mente sirvo a la ley de Dios». El cual apóstol igualmente se expresa así en otro pasaje: «Pues Dios me es testigo, a quien sirvo en mi espíritu». Además, el alma, cuando aún codicia los bienes carnales, es llamada carne. Pues una cierta parte de ella resiste al Espíritu, no en virtud de la naturaleza, sino en virtud de la costumbre de los pecados; de donde se dice, «Con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado». Y esta costumbre se ha convertido en naturaleza, según la generación mortal, por el pecado del primer hombre. Por consiguiente, también está escrito de esta manera, «Y éramos por naturaleza hijos de ira», esto es, de venganza, por la cual ha sucedido que servimos a la ley del pecado. Pero la naturaleza del alma es perfecta cuando está sometida a su propio espíritu, y cuando sigue a ese espíritu como el mismo sigue a Dios. Por tanto, «el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios». Mas el alma no es subyugada al espíritu para la buena acción tan rápidamente como lo es el espíritu a Dios para la fe verdadera y la buena voluntad; sino que a veces su impulso, por el cual se mueve hacia abajo hacia las cosas carnales y temporales, es refrenado más tardíamente. Pero en cuanto que esta misma alma también es purificada, y recibe la estabilidad de su propia naturaleza, bajo el dominio del espíritu, que es su cabeza, la cual cabeza de dicha alma tiene a su vez su propia cabeza en Cristo, no debemos desesperar de la restauración también del cuerpo a su propia naturaleza. Pero esto ciertamente no se efectuará tan rápidamente como es el caso con el alma; así como el alma tampoco es restaurada tan rápidamente como el espíritu. Sin embargo, tendrá lugar en la estación apropiada, en la trompeta final, cuando «los muertos resucitarán incorruptos, y nosotros seremos transformados». Y por consiguiente creemos también en [la resurrección de la carne], a saber, no meramente que aquella alma, que en la actualidad por razón de las afecciones carnales se llama carne, sea restaurada; sino que así sucederá igualmente con esta carne visible, que es la carne según la naturaleza, cuyo nombre ha sido recibido por el alma, no en virtud de la naturaleza, sino con referencia a las afecciones carnales: esta carne visible, pues, digo, que es la carne propiamente llamada, debe sin duda creerse destinada a resucitar. Pues el apóstol Pablo parece señalar esto, como con el dedo, cuando dice, «Es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción». Porque cuando dice esto, como que dirige el dedo hacia ello. Ahora bien, lo que es visible es lo que admite ser señalado con el dedo; ya que el alma también podría haber sido llamada corruptible, pues ella misma es corrompida por vicios de costumbres. Y cuando se lee, «y esto mortal [debe] vestirse de inmortalidad», es significada la misma carne visible, en cuanto que a ella una y otra vez el dedo es así como señalado. Pues el alma también puede así de igual manera ser llamada mortal, así como es designada corruptible en referencia a vicios de costumbres. Porque ciertamente es «muerte del alma apostatar de Dios»; el cual es su primer pecado en el Paraíso, como está contenido en las sagradas escrituras.

    § 24

    24. Por tanto, el cuerpo resucitará, según la fe cristiana, que es incapaz de engañar. Y si esto parece increíble a alguno, [es porque] mira simplemente a lo que la carne es en la actualidad, mientras deja de considerar de qué naturaleza será en el futuro. Pues en aquel tiempo del cambio angélico ya no será carne y sangre, sino sólo cuerpo. Porque cuando el apóstol habla de la carne, dice: «Una es la carne de los ganados, otra la de las aves, otra la de los peces, otra la de los reptiles: hay también cuerpos celestes y cuerpos terrestres.» Ahora bien, lo que ha dicho aquí no es «carne celeste», sino «cuerpos celestes y cuerpos terrestres». Pues toda carne es también cuerpo; pero no todo cuerpo es también carne. En primer lugar, [por ejemplo, esto vale] en el caso de aquellos cuerpos terrestres, en cuanto que la madera es cuerpo, pero no carne. En el caso del hombre, a su vez, o en el de los ganados, tenemos a la vez cuerpo y carne. En el caso de los cuerpos celestes, por otra parte, no hay carne, sino sólo aquellos cuerpos simples y lucientes que el apóstol designa espirituales, mientras algunos los llaman etéreos. Y por consiguiente, cuando dice, «La carne y la sangre no heredarán el reino de Dios», eso no contradice la resurrección de la carne; sino que la sentencia predice cuál será la naturaleza de aquello que en el futuro, lo que actualmente es carne y sangre. Y si alguno se niega a creer que la carne es capaz de ser cambiada en la clase de naturaleza así indicada, debe ser conducido, paso a paso, a esta fe. Pues si le preguntas si la tierra es capaz de ser cambiada en agua, la proximidad de la cosa hará que no le parezca increíble. De nuevo, si preguntas si el agua es capaz de ser cambiada en aire, responde que esto tampoco es absurdo, pues los elementos están cerca uno de otro. Y si, sobre el tema del aire, se pregunta si éste puede ser cambiado en un cuerpo etéreo, es decir, celeste, el simple hecho de la proximidad le convence al punto de la posibilidad de la cosa. Pero si, entonces, concede que a través de tales gradaciones es muy posible que la tierra sea cambiada en un cuerpo etéreo, ¿por qué se niega a creer, cuando entra además la voluntad de Dios, por la cual un cuerpo humano tuvo poder de caminar sobre las aguas, que el mismo cambio es capaz de efectuarse con la mayor rapidez, precisamente conforme a la palabra, «en un abrir y cerrar de ojos», y sin tales gradaciones, así como, según costumbre común, el humo se cambia en llama con maravillosa rapidez? Pues nuestra carne ciertamente es de tierra. Pero los filósofos, sobre la base de cuyos argumentos se ofrece por la mayor parte oposición a la resurrección de la carne, en cuanto que en ellos afirman que ningún cuerpo terreno puede existir en el cielo, conceden sin embargo que cualquier clase de cuerpo puede ser convertida y cambiada en toda [otra] clase de cuerpo. Y cuando esta resurrección del cuerpo haya tenido lugar, siendo liberados entonces de la condición del tiempo, disfrutaremos plenamente de [la vida eterna] en inefable amor y firmeza, sin corrupción. Porque «entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido sorbida en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh muerte, tu contienda?»

    § 25

    25. Ésta es la fe que en pocas palabras se da en el Credo a los novicios cristianos, para que la mantengan. Y estas pocas palabras son conocidas por los fieles, a fin de que creyendo sean sometidos a Dios; que estando sometidos, vivan rectamente; que viviendo rectamente, purifiquen el corazón; que con el corazón purificado, entiendan aquello que creen.
    Comentario editorial · El Credo que Agustín recorre, y lo que el epub no trae
    Una «nota adicional del editor americano» del NPNF, que el epub omite, menciona otra edición inglesa del tratado, la de Heurtley (Oxford, 1886), y dice que de este libro puede reunirse el texto del Credo corriente en África hacia fines del siglo IV: Padre Todopoderoso; Jesucristo, su Hijo unigénito, Señor nuestro; nacido del Espíritu Santo y de la virgen María; crucificado y sepultado bajo Poncio Pilato; resucitado al tercer día; subido al cielo; sentado a la diestra del Padre; de allí vendrá a juzgar a vivos y muertos; el Espíritu Santo; la santa Iglesia; el perdón de los pecados; la resurrección del cuerpo; la vida eterna. No figura el descenso a los infiernos. Según Wikipedia, el texto que hoy se llama Credo de los Apóstoles se formó probablemente en el sur de la Galia hacia mediados del siglo V.

    Sermón a los catecúmenos sobre el Credo

    Sermón, § 1

    1. Recibid, hijos míos, la Regla de Fe, que se llama el Símbolo (o Credo). Y cuando la hayáis recibido, escribidla en vuestro corazón y decidla a diario a vosotros mismos; antes de dormir, antes de salir, armaos con vuestro Credo. Ningún hombre escribe el Credo de modo que pueda ser leído: sino que para su recitación, no sea que el olvido borre lo que el cuidado ha entregado, dejad que vuestra memoria sea vuestro rollo de registro: lo que estáis a punto de oír, eso habéis de creer; y lo que habréis creído, eso estáis a punto de devolver con vuestra lengua. Porque el Apóstol dice: «Con el corazón se cree para la justicia, y con la boca se confiesa para la salvación». Pues éste es el Credo que habéis de ensayar y repetir en respuesta. Estas palabras que habéis oído están en las Divinas Escrituras esparcidas acá y allá: pero de allí reunidas y reducidas a una, para que la memoria de las personas torpes no sea agobiada; para que toda persona pueda decir, pueda sostener, lo que cree. ¿Acaso ahora sólo habéis oído que Dios es Todopoderoso? Pero comenzáis a tenerlo por padre, cuando habéis nacido por la Iglesia como Madre.
    Comentario editorial · El Símbolo no se escribe: se retiene de memoria
    El sermón pide a los catecúmenos que escriban el Credo en el corazón y lo repitan cada día, antes de dormir y antes de salir; dice que nadie lo escribe «para que pueda leerse» y que la memoria sea su registro, para que el olvido no borre lo que el cuidado entregó (§ 1). La edición inglesa anota dos palabras latinas: symbolum y, para «registro», codex. Wikipedia sitúa hacia mediados del siglo III el uso eclesiástico de symbolum como «credo», en la correspondencia de Cipriano y Firmiliano. Rufino explica el nombre de «Símbolo» en el § 2 de su Comentario. Los «competentes», a quienes se entregaba el texto para aprenderlo, están en el léxico.

    Sermón, § 2

    2. De esto, pues, habéis ahora recibido, habéis meditado, y habiendo meditado lo habéis retenido, que debéis decir: «Creo en Dios Padre Todopoderoso». Dios es Todopoderoso y, sin embargo, aunque Todopoderoso, no puede morir, no puede ser engañado, no puede mentir; y, como dice el Apóstol, «no puede negarse a sí mismo». ¡Cuántas cosas no puede hacer y, no obstante, es Todopoderoso! Sí, por eso es Todopoderoso, porque no puede hacer estas cosas. Pues si pudiera morir, no sería Todopoderoso; si le fuera posible mentir, ser engañado, obrar injustamente, no sería Todopoderoso: porque si esto estuviera en Él, no sería digno de ser Todopoderoso. A nuestro Padre Todopoderoso le es del todo imposible pecar. Él hace todo lo que quiere: eso es Omnipotencia. Hace todo lo que rectamente quiere, todo lo que justamente quiere: pero lo que es malo hacer, no lo quiere. No hay quien resista al Todopoderoso, de modo que no haga lo que quiere. Fue Él quien hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay, lo invisible y lo visible. Invisibles como los que están en el cielo, tronos, dominios, principados, potestades, arcángeles, ángeles: todos, si viviéremos rectamente, conciudadanos nuestros. Hizo en el cielo las cosas visibles; el sol, la luna, las estrellas. Con sus animales terrestres adornó la tierra, llenó el aire con seres que vuelan, la tierra con los que andan y se arrastran, el mar con los que nadan: todos los llenó con sus propias criaturas. Hizo también al hombre a su propia imagen y semejanza, en la mente: pues en ésta está la imagen de Dios. Ésta es la razón por la cual la mente no puede ser comprendida ni siquiera por sí misma, porque en ella está la imagen de Dios. Para este fin fuimos hechos, para que sobre las demás criaturas ejerciéramos dominio: pero por el pecado en el primer hombre caímos, y todos hemos venido a una herencia de muerte. Fuimos abatidos, nos hicimos mortales, fuimos llenos de temores, de errores: esto por el merecido del pecado: con cuyo merecido y culpa nace todo hombre. Ésta es la razón por la cual, como habéis visto hoy, como sabéis, aun los niños pequeños sufren la exsuflación y el exorcismo; para alejar de ellos el poder del diablo su enemigo, que engañó al hombre para poseer al género humano. No es, pues, la criatura de Dios la que en los infantes sufre el exorcismo o la exsuflación: sino aquel bajo quien están todos los que nacen con pecado; pues él es el primero de los pecadores. Y por esta causa, a causa de uno que cayó y trajo a todos a la muerte, fue enviado Uno sin pecado, que trajera a la vida, librándolos del pecado, a todos los que creen en Él.

    Sermón, § 3

    3. Por esta razón creemos también en su Hijo, es decir, en el Hijo único de Dios Padre Todopoderoso, «su Hijo único, nuestro Señor». Cuando oís hablar del Hijo único de Dios, reconocedle como Dios. Pues no podría ser que el Hijo único de Dios no fuera Dios. Lo que Él es, eso mismo engendró, aunque no es la Persona a quien engendró. Si es verdaderamente Hijo, es lo que el Padre es; si no es lo que el Padre es, no es verdaderamente Hijo. Observad las criaturas mortales y terrenales: lo que cada una es, eso engendra. El hombre no engendra un buey, la oveja no engendra perro, ni el perro oveja. Cualquiera que sea el que engendra, eso que él es, engendra. Mantened, pues, con valentía, firmeza y fe, que el Engendrado de Dios Padre es lo que Él mismo es, Todopoderoso. Estas criaturas mortales engendran por corrupción. ¿Engendra Dios así? El que es engendrado mortal genera lo que él mismo es; el Inmortal genera lo que Él es: lo corruptible engendra corruptible, lo Incorruptible engendra Incorruptible: lo corruptible engendra corruptiblemente, lo Incorruptible, incorruptiblemente: sí, engendra de tal modo lo que Él mismo es, que Uno engendra Uno, y por tanto Único. Sabéis que cuando os pronuncié el Credo, así dije, y así estáis obligados a creer; que «creemos en Dios Padre Todopoderoso, y en Jesucristo su Hijo único». También aquí, cuando creéis que Él es el Único, creedle Todopoderoso: pues no ha de pensarse que Dios Padre hace lo que quiere, y Dios Hijo no hace lo que quiere. Una es la Voluntad del Padre y del Hijo, porque una es la Naturaleza. Pues es imposible que la voluntad del Hijo esté en algo separada de la voluntad del Padre. Dios y Dios; ambos un solo Dios: Todopoderoso y Todopoderoso; ambos un solo Todopoderoso.

    Sermón, § 4

    4. No introducimos dos Dioses como hacen algunos, que dicen: «Dios Padre y Dios Hijo, pero mayor Dios Padre y menor Dios Hijo». ¿Qué son ambos? ¿Dos Dioses? Os avergonzáis de decirlo, avergonzaos de creerlo. Señor Dios Padre, decís, y Señor Dios Hijo: y el Hijo mismo dice: «Ninguno puede servir a dos señores». ¿En su familia estaremos de tal modo que, como en una casa grande donde está el padre de familia y tiene un hijo, digamos: el señor mayor, el señor menor? Apartaos de tal pensamiento. Si os hacéis en vuestro corazón algo semejante, levantáis ídolos en la «única alma». Repeledlo por completo. Primero creed, después entended. Ahora bien, a quien Dios da que, una vez creído, pronto entienda; eso es don de Dios, no flaqueza humana. Sin embargo, si aún no entendéis, creed: Un solo Dios Padre, Dios Cristo el Hijo de Dios. Ambos ¿qué son? Un solo Dios. ¿Y cómo se dice que ambos son un solo Dios? ¿Cómo? ¿Os maravilláis? En los Hechos de los Apóstoles, «había», dice, «en los creyentes, una sola alma y un solo corazón». Había muchas almas, la fe las había hecho una. Tantas miles de almas había allí; se amaban unos a otros, y muchos son uno: amaban a Dios en el fuego de la caridad, y de ser muchos han llegado a la unidad de la belleza. Si todas aquellas muchas almas la caridad del amor hizo una sola alma, ¿qué debe ser la caridad del amor en Dios, donde no hay diversidad, sino entera igualdad? Si en la tierra y entre los hombres pudo haber caridad tan grande como para hacer de tantas almas una sola alma, donde el Padre del Hijo, el Hijo del Padre, ha sido siempre inseparable, ¿podrían ambos ser otra cosa que un solo Dios? Sólo que aquellas almas podrían llamarse tanto muchas almas como una sola alma; pero Dios, en quien hay inefable y altísima conjunción, puede llamarse un solo Dios, no dos Dioses.

    Sermón, § 5

    5. El Padre hace lo que quiere, y lo que quiere hace el Hijo. No imaginéis un Padre Todopoderoso y un Hijo no Todopoderoso: es error, borradlo dentro de vosotros, que no se adhiera en vuestra memoria, que no se beba en vuestra fe, y si acaso alguno de vosotros lo hubiere bebido, vomítelo. Todopoderoso es el Padre, Todopoderoso el Hijo. Si el Todopoderoso no engendró a Todopoderoso, no engendró a verdadero Hijo. Pues ¿qué decimos, hermanos, si el Padre siendo mayor engendró un Hijo menor que Él? ¿Qué he dicho, engendró? El hombre engendra, siendo mayor, un hijo menor: es verdad: pero eso es porque el uno envejece, el otro crece, y al crecer alcanza la forma de su padre. El Hijo de Dios, si no crece porque tampoco Dios puede envejecer, fue engendrado perfecto. Y siendo engendrado perfecto, si no crece, y no permaneció menor, es igual. Para que sepáis que Todopoderoso fue engendrado de Todopoderoso, oíd a Aquel que es la Verdad. Lo que la Verdad dice de sí misma, es verdad. ¿Qué dice la Verdad? ¿Qué dice el Hijo, que es la Verdad? «Todo lo que hace el Padre, esto también lo hace el Hijo de igual manera». El Hijo es Todopoderoso, haciendo todas las cosas que quiere hacer. Pues si el Padre hace algunas cosas que el Hijo no hace, el Hijo dijo falsamente: «Todo lo que hace el Padre, esto también lo hace el Hijo de igual manera». Pero como el Hijo habló con verdad, creedlo: «Todo lo que hace el Padre, esto también lo hace el Hijo de igual manera», y habéis creído en el Hijo que es Todopoderoso. Esta palabra, aunque no la dijisteis en el Credo, esto es lo que expresasteis cuando creísteis en el Hijo único, Él mismo Dios. ¿Tiene el Padre algo que el Hijo no tenga? Esto lo dicen los herejes arrianos blasfemos, no yo. ¿Y qué digo yo? Si el Padre tiene algo que el Hijo no tiene, el Hijo miente al decir: «Todas las cosas que el Padre tiene son mías». Muchos e innumerables son los testimonios por los cuales se prueba que el Hijo es Verdadero Hijo de Dios Padre, y que el Padre Dios tiene a su Hijo verdaderamente engendrado, Dios, y Padre e Hijo es un solo Dios.

    Sermón, § 6

    6. Pero este Hijo único de Dios, del Padre Todopoderoso, veamos qué hizo por nosotros, qué sufrió por nosotros. «Nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María». Él, Dios tan grande, igual al Padre, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María, nacido humildemente, para que con ello sanara a los soberbios. El hombre se exaltó y cayó; Dios se humilló y lo levantó. La humildad de Cristo, ¿qué es? Dios ha tendido una mano al hombre postrado. Caímos, Él descendió: yacíamos abatidos, Él se inclinó. Asgámonos y levantémonos, para no caer en el castigo. Así pues, su inclinarse a nosotros es esto, «Nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María». Su mismo Nacimiento también como hombre es humilde y es excelso. ¿De dónde humilde? Que como hombre nació de hombres. ¿De dónde excelso? Que nació de una virgen. Una virgen concibió, una virgen dio a luz, y después del parto fue virgen todavía.

    Sermón, § 7

    7. ¿Qué sigue? «Padeció bajo Poncio Pilato». Estaba en el oficio de gobernador y era el juez, este mismo Poncio Pilato, en el tiempo en que Cristo padeció. En el nombre del juez hay una marca de los tiempos, cuando padeció bajo Poncio Pilato: cuando padeció, «fue crucificado, muerto y sepultado». ¿Quién? ¿Qué? ¿Por quiénes? ¿Quién? El Hijo único de Dios, nuestro Señor. ¿Qué? Crucificado, muerto y sepultado. ¿Por quiénes? Por los impíos y pecadores. ¡Gran condescendencia, gran gracia! «¿Qué pagaré al Señor por todo lo que me ha dado?»

    Sermón, § 8

    8. Él fue engendrado antes de todos los tiempos, antes de todos los mundos. «Engendrado antes». ¿Antes de qué, Aquel en quien no hay antes? No imaginéis en lo más mínimo ningún tiempo antes de aquella Natividad de Cristo por la cual fue engendrado del Padre; de aquella Natividad estoy hablando, por la que es Hijo de Dios Todopoderoso, su Hijo único, nuestro Señor; de ésa estoy hablando primero. No imaginéis en esta Natividad un comienzo de tiempo; no imaginéis ningún espacio de eternidad en el que el Padre fuera y el Hijo no fuera. Desde cuando el Padre fue, desde entonces el Hijo. Y ¿qué es ese «desde» donde no hay comienzo? Por tanto, siempre Padre sin comienzo, siempre Hijo sin comienzo. ¿Y cómo, diréis, fue engendrado, si no tiene comienzo? De eterno, coeterno. En ningún tiempo fue el Padre y no fue el Hijo, y sin embargo el Hijo del Padre fue engendrado. ¿De dónde se ha de sacar alguna semejanza? Estamos entre cosas de la tierra, estamos en la criatura visible. Que la tierra me dé una semejanza: no da ninguna. Que el elemento de las aguas me dé alguna semejanza: no tiene de dónde darla. Que algún animal me dé una semejanza: tampoco éste puede hacerlo. Un animal ciertamente engendra, tanto el que engendra como el que es engendrado: pero primero es el padre, y luego nace el hijo. Encontremos lo coevo e imaginémoslo coeterno. Si pudiéremos encontrar un padre coevo con su hijo, y un hijo coevo con su padre, creamos a Dios Padre coevo con su Hijo, y a Dios Hijo coeterno con su Padre. En la tierra podemos encontrar algo coevo, no podemos encontrar nada coeterno. Extendamos lo coevo e imaginémoslo coeterno. Alguien, acaso, os pondrá en aprieto diciendo: «¿Cuándo es posible encontrar un padre coevo con su hijo, o un hijo coevo con su padre? Para que el padre engendre, precede en edad; para que el hijo sea engendrado, viene después en edad: pero este padre coevo con el hijo, o hijo con el padre, ¿cómo puede ser?» Imaginaos el fuego como padre, su resplandor como hijo; ved, hemos encontrado los coevos. Desde el instante en que el fuego comienza a ser, en ese instante engendra el resplandor: ni el fuego antes del resplandor, ni el resplandor después del fuego. Y si preguntamos, ¿quién engendra a quién? ¿El fuego al resplandor, o el resplandor al fuego? Al punto concebís por el sentido natural, por el ingenio innato de vuestras mentes, todos gritáis: El fuego al resplandor, no el resplandor al fuego. He aquí que tenéis un padre que comienza; he aquí un hijo al mismo tiempo, ni yendo antes ni viniendo después. He aquí, pues, un padre que comienza, he aquí un hijo que al mismo tiempo comienza. Si os he mostrado un padre que comienza, y un hijo que al mismo tiempo comienza, creed al Padre que no comienza, y con Él al Hijo que tampoco comienza; el uno eterno, el otro coeterno. Si progresáis en vuestro aprendizaje, entendéis: esforzaos en progresar. El nacer lo tenéis; pero también el crecer debéis tenerlo; porque ningún hombre comienza siendo perfecto. En cuanto al Hijo de Dios, ciertamente, pudo nacer perfecto, porque fue engendrado sin tiempo, coeterno con el Padre, mucho antes de todas las cosas, no en edad, sino en eternidad. Él, pues, fue engendrado coeterno, de la cual generación dijo el Profeta: «¿Quién contará su generación?» engendrado del Padre sin tiempo, nació de la Virgen en la plenitud de los tiempos. Esta natividad tenía tiempos que la precedían. En la oportunidad del tiempo, cuando Él quiso, cuando Él supo, entonces nació: pues no nació sin su voluntad. Ninguno de nosotros nace porque quiere, y ninguno de nosotros muere cuando quiere: Él, cuando quiso, nació; cuando quiso, murió: como quiso, nació de una Virgen: como quiso, murió; en la cruz. Todo lo que quiso, lo hizo: porque era de tal manera Hombre que, invisible, era Dios; Dios asumiendo, Hombre asumido; un solo Cristo, Dios y Hombre.

    Sermón, § 9

    9. ¿De su cruz de qué hablaré, qué diré? Este extremo género de muerte eligió Él, para que ningún género de muerte pudiera atemorizar a sus Mártires. La doctrina la mostró en su vida como Hombre, el ejemplo de paciencia lo demostró en su Cruz. Ahí tenéis la obra: que fue crucificado; ejemplo de la obra, la Cruz; recompensa de la obra, la Resurrección. Él nos mostró en la Cruz lo que debemos soportar, Él mostró en la Resurrección lo que tenemos que esperar. Como un consumado maestro en las lides de la arena, dijo: Haced, y soportad; haced la obra y recibid el premio; esforzaos en la lid y seréis coronados. ¿Cuál es la obra? Obediencia. ¿Cuál el premio? Resurrección sin muerte. ¿Por qué añadí, «sin muerte»? Porque Lázaro resucitó, y murió: Cristo resucitó, «ya no muere más, la muerte ya no tendrá dominio sobre Él».

    Sermón, § 10

    10. Dice la Escritura: «Habéis oído hablar de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor.» Cuando leemos las grandes pruebas que soportó Job, hace estremecerse, hace encogerse, hace temblar. ¿Y qué recibió? El doble de lo que había perdido. No quiera, pues, el hombre, con miras a recompensas temporales, estar dispuesto a tener paciencia, y decirse a sí mismo: «Déjame sufrir pérdidas; Dios me devolverá el doble de hijos; Job recibió el doble de todo, y engendró tantos hijos como había sepultado.» ¿Acaso no es éste el doble? Sí, precisamente el doble, porque los hijos anteriores todavía vivían. Que nadie diga: «Déjame soportar males, y Dios me pagará como pagó a Job:» que eso ya no sería paciencia, sino avaricia. Pues si no fue paciencia lo que tuvo aquel santo, ni un soportar valeroso de todo lo que le sobrevino, el testimonio que el Señor le dio, ¿de dónde lo habría tenido? «¿Has observado,» dice el Señor, «a mi siervo Job? Porque no hay otro como él sobre la tierra, hombre sin falta, verdadero adorador de Dios.» ¡Qué testimonio, hermanos míos, mereció del Señor este hombre santo! Y sin embargo, una mala mujer trató de engañarlo con sus persuasiones, representando ella también a aquella serpiente, que, como en el Paraíso engañó al hombre que Dios hizo primero, así también aquí, sugiriendo la blasfemia, pensó poder engañar a un hombre que agradaba a Dios. ¡Cuántas cosas sufrió, hermanos míos! ¿Quién puede tener tanto que sufrir en su hacienda, en su casa, en sus hijos, en su carne, incluso en su misma mujer, que fue dejada para ser su tentadora? Pues también a ésta, que fue dejada, el diablo la habría quitado hace mucho, de no haberla conservado para que fuera su auxiliadora: porque por Eva había dominado al primer hombre, por eso había guardado una Eva. ¡Cuántas cosas, pues, sufrió! Perdió todo lo que tenía; su casa se derrumbó; ¡ojalá fuera todo! Aplastó también a sus hijos. Y para que veas que la paciencia tenía en él un gran lugar, oye lo que respondió: «El Señor dio, el Señor quitó; como agradó al Señor, así se ha hecho; bendito sea el nombre del Señor.» Ha quitado lo que dio, ¿acaso se perdió quien lo dio? Ha quitado lo que dio. Como si dijera: Me lo ha quitado todo; que me lo quite todo; despídeme desnudo, y déjame quedarme con Él. ¿Qué me faltará si tengo a Dios? ¿O de qué me sirve todo lo demás, si no tengo a Dios? Luego le vino a la carne: fue herido con una llaga de la cabeza a los pies; era una sola llaga supurante, una masa de gusanos reptantes; y se mostró inconmovible en su Dios, permaneció firme. La mujer quiso —auxiliadora del diablo, que no consuelo del esposo— inducirlo a blasfemar contra Dios. «¿Hasta cuándo,» dijo ella, «sufrirás» esto y aquello; «di alguna palabra contra el Señor, y muere.» Así, pues, porque había sido humillado, había de ser exaltado. Y esto lo hizo el Señor, para mostrarlo a los hombres; en cuanto a su siervo, le guardaba cosas mayores en el cielo. Así, pues, a Job, que fue humillado, lo exaltó; al diablo, que se había engreído, lo humilló: porque «Él abate a uno y ensalza a otro.» Pero que nadie, amados hermanos míos, cuando sufra tales tribulaciones, busque aquí una recompensa: por ejemplo, si sufre algunas pérdidas, no diga acaso: «El Señor dio, el Señor quitó; como agradó al Señor, así se ha hecho: bendito sea el nombre del Señor;» sólo con la intención de recibir el doble otra vez. Que la paciencia alabe a Dios, no la avaricia. Si lo que has perdido buscas recibirlo doblado, y por eso alabas a Dios, es por codicia que alabas, no por amor. No imagines que éste es el ejemplo de aquel santo; te engañas. Cuando Job soportaba todo, no esperaba recibir el doble otra vez. Tanto en su primera confesión, cuando soportó sus pérdidas y llevó a la tumba los cadáveres de sus hijos, como en la segunda, cuando ya sufría tormentos de llagas en su carne, puedes observar lo que digo. De su primera confesión las palabras dicen así: «El Señor dio, y el Señor quitó: como agradó al Señor, así se ha hecho: bendito sea el nombre del Señor.» Podría haber dicho, «El Señor dio, y el Señor quitó; el que quitó puede dar una vez más; puede devolver más de lo que quitó.» No dijo esto, sino, «Como agradó al Señor,» dijo, «así se ha hecho:» porque le agrada a Él, agrádeme a mí: que lo que agradó al buen Señor no desagrade a su siervo sumiso; lo que agradó al Médico, no desagrade al enfermo. Oye su otra confesión: «Has hablado,» dijo a su mujer, «como una de las mujeres insensatas. Si hemos recibido bienes de la mano del Señor, ¿por qué no soportaremos los males?» No añadió lo que, si lo hubiera dicho, habría sido verdad: «El Señor es capaz tanto de devolver mi carne a su estado anterior, como de multiplicar lo que nos ha quitado:» no fuera a parecer que había soportado con la esperanza de esto. No fue esto lo que dijo, ni lo que esperaba. Pero, para que fuéramos instruidos, hizo el Señor aquello por él, sin que él lo esperara, con lo cual se nos enseñara que Dios estaba con él: porque si no le hubiera restituido también aquellas cosas, ciertamente había corona, pero oculta, y no podríamos verla. Y por eso, ¿qué dice la divina Escritura al exhortar a la paciencia y a la esperanza de las cosas futuras, no a la recompensa de las cosas presentes? «Habéis oído hablar de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor.» ¿Por qué se dice, «la paciencia de Job,» y no, habéis visto el fin del propio Job? Abrirías la boca por el «doble;» dirías, «Gracias sean dadas a Dios; déjame soportar: recibiré el doble otra vez, como Job.» «Paciencia de Job, fin del Señor.» Conocemos la paciencia de Job, y conocemos el fin del Señor. ¿Qué fin del Señor? «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Son palabras del Señor pendiente de la cruz. En cierto modo lo dejó por la felicidad presente, no lo dejó para la inmortalidad eterna. En esto está «el fin del Señor.» Los judíos lo prenden, los judíos lo insultan, los judíos lo atan, lo coronan de espinas, lo deshonran con salivazos, lo azotan, lo abruman con ultrajes, lo cuelgan del madero, lo traspasan con una lanza, por último lo sepultan. Fue como abandonado: pero ¿por quiénes? Por aquellos que lo insultaban. Por tanto, tendrás paciencia hasta este fin, para que resucites y no mueras, es decir, nunca mueras, como Cristo. Pues así leemos: «Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere.»

    Sermón, § 11

    11. «Subió al cielo:» cree. «Está sentado a la diestra del Padre:» cree. Por sentarse, entiende habitar: como [en latín] decimos de una persona, «En aquel país habitó (sedit) tres años.» La Escritura tiene también la expresión de que fulano habitó (sedisse) en una ciudad por tal tiempo. No significa que se sentó y nunca se levantó. Por esta razón las moradas de los hombres se llaman asientos (sedes). Donde las gentes están asentadas (en este sentido), ¿están siempre sentadas? ¿No hay levantarse, ni andar, ni acostarse? Y sin embargo se llaman asientos (sedes). De esta manera, pues, cree en una inhabitación de Cristo a la diestra de Dios Padre: Él está allí. Y no diga tu corazón: ¿Qué hace Él? No quieras buscar lo que no es lícito hallar: Él está allí; te basta. Él es bienaventurado, y de la bienaventuranza que es llamada la diestra del Padre, el nombre mismo es diestra del Padre. Pues si lo tomamos carnalmente, entonces, porque Él se sienta a la diestra del Padre, el Padre estará a su izquierda. ¿Es conforme a la piedad ponerlos así juntos, al Hijo a la derecha y al Padre a la izquierda? Allí todo es diestra, porque no hay miseria alguna allí.

    Sermón, § 12

    12. «De allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.» Los vivos, los que estarán vivos y permanecerán; los muertos, los que se habrán ido antes. También puede entenderse así: Los vivos, los justos; los muertos, los injustos. Pues Él juzga a ambos, dando a cada uno lo suyo. A los justos les dirá en el juicio: «Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino preparado para vosotros desde el principio del mundo.» Para esto preparaos, para estas cosas esperad, para esto vivid, y vivid de tal modo, para esto creed, para esto sed bautizados, para que se os diga: «Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.» A los de la izquierda, ¿qué? «Id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.» Así serán juzgados por Cristo los vivos y los muertos. Hemos hablado del primer nacimiento de Cristo, que es sin tiempo; hablado del otro en la plenitud de los tiempos, del nacimiento de Cristo de la Virgen; hablado de la pasión de Cristo; hablado de la venida de Cristo al juicio. Todo está dicho, lo que había que decir de Cristo, el Hijo único de Dios, Señor nuestro. Pero todavía no está completa la Trinidad.

    Sermón, § 13

    13. Sigue en el Credo, «Y en el Espíritu Santo.» Esta Trinidad, un solo Dios, una sola naturaleza, una sola sustancia, un solo poder; suma igualdad, sin división, sin diversidad, perpetua ternura de amor. ¿Queréis saber que el Espíritu Santo es Dios? Sed bautizados, y seréis su templo. Dice el Apóstol: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios?» Un templo es para Dios: así también a Salomón, rey y profeta, se le mandó edificar un templo para Dios. Si hubiera edificado un templo para el sol o la luna o alguna estrella o algún ángel, ¿no lo condenaría Dios? Porque edificó un templo para Dios, mostró que adoraba a Dios. ¿Y de qué lo edificó? De madera y piedra, porque Dios se dignó hacerse por medio de su siervo una casa en la tierra, donde pudiera ser invocado, donde pudiera ser tenido en memoria. De ella dice el bienaventurado Esteban: «Salomón le edificó una casa; mas el Altísimo no habita en templos hechos por mano.» Si, pues, nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, ¿qué clase de Dios es el que edificó un templo para el Espíritu Santo? Pero fue Dios. Pues si nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, el mismo que edificó nuestros cuerpos fue quien edificó este templo para el Espíritu Santo. Escucha al Apóstol decir: «Dios ha templado el cuerpo, dando mayor honor al que carecía de él;» cuando hablaba de los diferentes miembros para que no hubiera cismas en el cuerpo. Dios creó nuestro cuerpo. La hierba, Dios la creó; nuestro cuerpo, ¿quién lo creó? ¿Cómo probamos que la hierba es criatura de Dios? El que viste, el mismo crea. Lee el Evangelio: «Pues si a la hierba del campo,» dice, «que hoy es y mañana es echada al horno, Dios la viste así.» Luego el que crea es el que viste. Y el Apóstol: «Necio, lo que siembras no cobra vida si no muere; y lo que siembras, no siembras el cuerpo que ha de nacer, sino un grano desnudo, acaso de trigo o de algún otro grano; pero Dios le da un cuerpo como quiere, y a cada una de las semillas su propio cuerpo.» Si, pues, es Dios quien edifica nuestros cuerpos, Dios quien edifica nuestros miembros, y nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, no dudes que el Espíritu Santo es Dios. Y no añadas, por así decirlo, un tercer Dios; porque Padre y Hijo y Espíritu Santo es un solo Dios. Así creed.

    Sermón, § 14

    14. Sigue, después de la alabanza de la Trinidad, «La Santa Iglesia.» Se señala a Dios, y su templo. «Porque el templo de Dios es santo,» dice el Apóstol, «el cual (templo) sois vosotros.» Ésta misma es la Santa Iglesia, la única Iglesia, la verdadera Iglesia, la Iglesia católica, que lucha contra todas las herejías: luchar, puede; ser vencida, no puede. En cuanto a las herejías, todas salieron de ella, como sarmientos inútiles podados de la vid: pero ella misma permanece en su raíz, en su Vid, en su caridad. «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.»

    Sermón, § 15

    15. «El perdón de los pecados.» Tienes [este artículo del] Credo perfectamente en ti cuando recibes el Bautismo. Que nadie diga: «He cometido tal o cual pecado: acaso no se me perdona.» ¿Qué has hecho? ¿Cuán grande pecado has cometido? Nombra cualquier cosa atroz que hayas cometido, grave, horrible, que te estremezcas incluso al pensarlo: has hecho lo que quieras: ¿has matado a Cristo? No hay acción peor que ésa, porque tampoco hay nada mejor que Cristo. ¡Qué cosa tan espantosa es matar a Cristo! Sin embargo, los judíos lo mataron, y muchos después creyeron en Él y bebieron su sangre: les es perdonado el pecado que cometieron. Cuando hayas sido bautizado, mantén firme una buena vida en los mandamientos de Dios, para que guardes tu Bautismo hasta el fin. No te digo que vivirás aquí sin pecado; pero son veniales, sin los cuales no hay vida en esta tierra. Para todos los pecados fue provisto el Bautismo; para los pecados leves, sin los cuales no podemos vivir, fue provista la oración. ¿Qué dice la Oración? «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» Una vez para siempre tenemos el lavado en el Bautismo; cada día tenemos el lavado en la oración. Solamente no cometas aquellas cosas por las cuales debas ser separado del cuerpo de Cristo: ¡lejos estén de vosotros! Pues aquellos a quienes habéis visto haciendo penitencia, han cometido cosas atroces, ya adulterios o algunos crímenes enormes: por éstos hacen penitencia. Porque si sus pecados hubieran sido leves, para borrarlos bastaría la oración cotidiana.

    Sermón, § 16

    16. De tres maneras, pues, se perdonan los pecados en la Iglesia: por el Bautismo, por la oración, por la mayor humildad de la penitencia; sin embargo, Dios no perdona los pecados sino a los bautizados. Los mismos pecados que perdona primero, no los perdona sino a los bautizados. ¿Cuándo? Cuando son bautizados. Los pecados que después son perdonados por la oración, por la penitencia, a quienes se los perdona, es a los bautizados a quienes se los perdona. Pues ¿cómo pueden decir «Padre nuestro,» quienes todavía no han nacido como hijos? Los catecúmenos, mientras lo son, tienen sobre sí todos sus pecados. Si los catecúmenos, ¿cuánto más los paganos? ¿Cuánto más los herejes? Pero a los herejes no les cambiamos su bautismo. ¿Por qué? Porque tienen el bautismo de la misma manera que un desertor tiene la marca del soldado: así también éstos tienen el Bautismo; lo tienen, pero para ser condenados por él, no coronados. Y sin embargo, si el mismo desertor, enmendado, comienza a cumplir su deber de soldado, ¿se atreve alguien a cambiarle la marca?

    Sermón, § 17

    17. Creemos también «la resurrección de la carne,» que precedió en Cristo: para que también el cuerpo tenga esperanza de lo que precedió en su Cabeza. La Cabeza de la Iglesia, Cristo: la Iglesia, el cuerpo de Cristo. Nuestra Cabeza ha resucitado, ha subido al cielo: donde está la Cabeza, allí también los miembros. ¿De qué manera la resurrección de la carne? Para que nadie acaso piense que es como la resurrección de Lázaro, y para que sepáis que no es así, se añade, «Para la vida eterna.» ¡Dios os regenere! ¡Dios os preserve y os guarde! ¡Dios os lleve con bien a Sí mismo, que es la Vida Eterna. Amén.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el Símbolo

    Los dos textos explican el mismo Credo a públicos distintos. El discurso habla a obispos y discute: dedica a la Trinidad el capítulo más largo (Cap. 9), con las analogías y sus cautelas (§ 17), la reserva sobre lo poco investigado acerca del Espíritu (§ 19) y las posturas de los «partidos» que se oponen (§ 20). El sermón enseña: repite «cree» ante cada cláusula (§ 11), pide memoria (§ 1) y reduce la doctrina a lo que el catecúmeno debe poder decir al recibir el bautismo. Quien quiera ver cómo otros hicieron lo mismo puede leer a Rufino, que comenta el credo de su Iglesia cláusula por cláusula, o a Cirilo de Jerusalén.
    El Credo que Agustín recorre no es el texto que hoy se llama de los Apóstoles: según Wikipedia, este se formó probablemente en el sur de la Galia hacia mediados del siglo V, y la lista que resume la nota al § 25 no lo incluye entero. Tampoco es todavía la fórmula de Nicea y Constantinopla, para la que véase el credo niceno-constantinopolitano. Sobre otro escrito de Agustín que toca el Credo, véase el Enquiridión.
    Límites. El discurso se fecha en 393 por el aviso de la edición, que se apoya en las Retractaciones; el sermón no tiene fecha en la edición, y la de Wikipedia (hacia 425) es una cifra aproximada. La autoría de la versión inglesa del sermón es discutida entre las fuentes (véase «La fuente y su traducción»). La traducción es automática. Cotejada con el inglés de partida, conserva los trece encabezados y los cincuenta párrafos, tiene casi el mismo largo (0,998) y no deja palabras inglesas sueltas; los únicos defectos señalados son la errata heredada «isne principio» y la ausencia de las notas del NPNF. Ninguna persona la ha revisado frase a frase.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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