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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLa deposición de Arrio
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minExposición de la fe
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCarta encíclica
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 min§3. Ultrajes ocurridos en el momento de la llegada de Gregorio
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 min§6. Todas las ilegalidades antedichas se llevaron a cabo en interés del arrianismo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minSobre la sentencia de Dionisio
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minLa apelación arriana a Dionisio se basa en un fragmento aislado de su enseñanza, con descuido del resto
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minEl lenguaje de los Apóstoles necesita similar cautela en pasajes particulares
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minLas expresiones de Dionisio que reclaman los arrianos se refieren a Cristo como Hombre
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minPero también han de considerarse otros escritos de Dionisio. Su historia
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minContraste del lenguaje de Dionisio con el de Arrio
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minDionisio debe ser interpretado con justicia, y se le debe conceder el beneficio de sus propias declaraciones explicativas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minDionisio no sostuvo que haya dos Verbos
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 5 minCómo trató Dionisio con los sabelianos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minA los obispos de Egipto y Libia
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minNo aprovecha recibir parte de la Escritura y rechazar parte
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minEl partido de Acacio realmente arrianos
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minDeberían condenar primero a Arrio, si han de ser escuchados
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minArgumentos de la Escritura contra las declaraciones arrianas
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minLos arrianos, paralelos a los maniqueos
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minSi los arrianos se sintieran en lo cierto, hablarían abiertamente
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minMientras son amigos de Arrio, en vano sus palabras moderadas
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minConclusión
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minApologia ad Constantium
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minNo hay tiempo ni lugar posible para el presunto agravio
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 7 minRefutación del cargo
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minEste cargo descansa en la falsificación
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minMejor orar en un edificio que en el desierto
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minHistoria de su desobediencia
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minLa irrupción de Siriano
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minLa noticia de la intrusión de Jorge
  33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 6 minCarta de Constantio a los etíopes contra Frumencio
  34. Sesión 34 · Parte 4 · ≈ 5 minConducta de los arrianos hacia las vírgenes consagradas
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minApología de la fuga
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minEn alabanza de Osio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minLa acusación muestra la mente de los acusadores
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minEjemplo de Nuestro Señor
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minEl ejemplo del Señor seguido por los Santos
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minContinuación del mismo asunto
  41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 8 minLa persecución proviene del diablo
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minHistoria de los arrianos, Parte I
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minLos arrianos persiguen a Eustaquio y a otros
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minHistoria de los arrianos, Parte II
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minProfanidad de Gregorio y muerte de Balacio
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 7 minActas del Concilio de Sárdica
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minEl cambio de parecer de Constantio
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minRetractación de Ursacio y Valente
  49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minConstantio comienza a perseguir
  50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 2 minEl destierro de los obispos de Occidente difundió el conocimiento de la verdad
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minHistoria de los arrianos, Parte V
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minDiscurso de Liberio a Constancio
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minValiente resistencia de Osio
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minCaída de Osio, debida a cruel persecución
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 min49 y 50. Hipocresía del fingido respeto de Constantio a la memoria de su hermano
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 8 minInterferencia despótica de Constantio
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 7 minPersecución general en Alejandría
  58. Sesión 58 · Parte 7 · ≈ 2 minMaltrato de los pobres
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 7 minHistoria de los arrianos, Parte VIII
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minConstantio, peor que Saúl, Acab y Pilato. Su conducta pasada para con sus propios parientes
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minDestierro de los obispos egipcios
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minLlegada de Jorge a Alejandría, y actuaciones de Constancio en Italia
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minAlianza de los melecianos con los arrianos
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 9 minLa Segunda Protesta
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 10 minHistoria Acephala
  66. Sesión 66 · Parte 8 · ≈ 7 minHistoria Acephala
  67. Sesión 67 · Parte 8 · ≈ 2 minLo que dejan estos escritos

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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

    Estás en la parte 6. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Escritos históricos y apologéticos

    320–358, con una crónica posterior a 385 · Traducción castellana directa de la edición de Philip Schaff (NPNF)48 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 8 · Historia de los arrianos, Parte IPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ATA-12

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLa deposición de Arrio
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minExposición de la fe
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCarta encíclica
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 min§3. Ultrajes ocurridos en el momento de la llegada de Gregorio
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 min§6. Todas las ilegalidades antedichas se llevaron a cabo en interés del arrianismo
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minSobre la sentencia de Dionisio
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minLa apelación arriana a Dionisio se basa en un fragmento aislado de su enseñanza, con descuido del resto
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minEl lenguaje de los Apóstoles necesita similar cautela en pasajes particulares
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minLas expresiones de Dionisio que reclaman los arrianos se refieren a Cristo como Hombre
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minPero también han de considerarse otros escritos de Dionisio. Su historia
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minContraste del lenguaje de Dionisio con el de Arrio
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minDionisio debe ser interpretado con justicia, y se le debe conceder el beneficio de sus propias declaraciones explicativas
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minDionisio no sostuvo que haya dos Verbos
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 5 minCómo trató Dionisio con los sabelianos
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minA los obispos de Egipto y Libia
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minNo aprovecha recibir parte de la Escritura y rechazar parte
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minEl partido de Acacio realmente arrianos
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minDeberían condenar primero a Arrio, si han de ser escuchados
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 minArgumentos de la Escritura contra las declaraciones arrianas
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minLos arrianos, paralelos a los maniqueos
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minSi los arrianos se sintieran en lo cierto, hablarían abiertamente
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 7 minMientras son amigos de Arrio, en vano sus palabras moderadas
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minConclusión
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minApologia ad Constantium
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minNo hay tiempo ni lugar posible para el presunto agravio
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 7 minRefutación del cargo
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 7 minEste cargo descansa en la falsificación
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 7 minMejor orar en un edificio que en el desierto
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minHistoria de su desobediencia
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 7 minLa irrupción de Siriano
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 7 minLa noticia de la intrusión de Jorge
    33. Sesión 33 · Parte 4 · ≈ 6 minCarta de Constantio a los etíopes contra Frumencio
    34. Sesión 34 · Parte 4 · ≈ 5 minConducta de los arrianos hacia las vírgenes consagradas
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minApología de la fuga
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 6 minEn alabanza de Osio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minLa acusación muestra la mente de los acusadores
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minEjemplo de Nuestro Señor
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minEl ejemplo del Señor seguido por los Santos
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 6 minContinuación del mismo asunto
    41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 8 minLa persecución proviene del diablo
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minHistoria de los arrianos, Parte I
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 6 minLos arrianos persiguen a Eustaquio y a otros
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 6 minHistoria de los arrianos, Parte II
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minProfanidad de Gregorio y muerte de Balacio
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 7 minActas del Concilio de Sárdica
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minEl cambio de parecer de Constantio
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 6 minRetractación de Ursacio y Valente
    49. Sesión 49 · Parte 6 · ≈ 6 minConstantio comienza a perseguir
    50. Sesión 50 · Parte 6 · ≈ 2 minEl destierro de los obispos de Occidente difundió el conocimiento de la verdad
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minHistoria de los arrianos, Parte V
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 7 minDiscurso de Liberio a Constancio
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 7 minValiente resistencia de Osio
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 7 minCaída de Osio, debida a cruel persecución
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 min49 y 50. Hipocresía del fingido respeto de Constantio a la memoria de su hermano
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 8 minInterferencia despótica de Constantio
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 7 minPersecución general en Alejandría
    58. Sesión 58 · Parte 7 · ≈ 2 minMaltrato de los pobres
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 7 minHistoria de los arrianos, Parte VIII
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minConstantio, peor que Saúl, Acab y Pilato. Su conducta pasada para con sus propios parientes
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 6 minDestierro de los obispos egipcios
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minLlegada de Jorge a Alejandría, y actuaciones de Constancio en Italia
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 7 minAlianza de los melecianos con los arrianos
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 9 minLa Segunda Protesta
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 10 minHistoria Acephala
    66. Sesión 66 · Parte 8 · ≈ 7 minHistoria Acephala
    67. Sesión 67 · Parte 8 · ≈ 2 minLo que dejan estos escritos

    Historia de los arrianos, Parte I

    Parte I, encabezado

    POR SAN ATANASIO
    Comentario editorial · Un comienzo abrupto
    La obra empieza con «Y no mucho después…», lo que ha hecho pensar que se perdieron los capítulos iniciales; Montfaucon suponía que los copistas los omitieron por repetir lo de la Apología contra los arrianos. Robertson, el editor, lo discute: la Historia está completa y se escribió para continuar el relato de la segunda parte de aquella Apología, que Atanasio reeditó por entonces con un apéndice (§§ 89–90) sobre la caída de Osio y de Liberio. Se fecha en 358: trata la caída de Liberio (Parte V), pero el § 4 todavía llama obispo de Antioquía a Leoncio, muerto en 357. El editor concluye que se empezó hacia el final de la Apología de la fuga y se terminó cuando se supo en Egipto lo de Liberio. El editor la describe como un panfleto anónimo, pensado para circular en secreto.

    1. Persecución arriana bajo Constantino

    § 1

    Y no mucho después pusieron en ejecución los designios para los cuales habían recurrido a estos artificios; pues apenas formaron sus planes, inmediatamente admitieron a Arrio y a sus secuaces a la comunión. Dejaron de lado las repetidas condenas que se habían pronunciado contra ellos, y de nuevo pretendieron la autoridad imperial en su favor. Y no se avergonzaron de decir en sus cartas: 'ya que Atanasio sufrió, toda envidia ha cesado, y recibamos de ahora en adelante a Arrio y a sus secuaces'; añadiendo, para atemorizar a sus oyentes: 'porque el Emperador lo ha mandado'. Además, no se avergonzaron de añadir: 'pues estos hombres profesan opiniones ortodoxas'; sin temer lo que está escrito: '¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas [];' porque están dispuestos a emprender cualquier cosa en apoyo de su herejía. ¿Acaso no queda con esto claramente probado a todos los hombres, que nosotros sufrimos antes, y que vosotros ahora nos perseguís, no bajo la autoridad de una sentencia eclesiástica, sino por las amenazas del Emperador, y a causa de nuestra piedad hacia Cristo? Así también conspiraron de igual manera contra otros Obispos, fabricando también acusaciones contra ellos; algunos de los cuales murieron en el lugar de su destierro, habiendo alcanzado la gloria de la confesión cristiana; y otros están todavía desterrados de su patria, y luchan cada vez más varonilmente contra su herejía, diciendo: '¿Nada nos separará del amor de Cristo []?'

    2. Los arrianos sacrifican la moralidad y la integridad por su partido

    § 2

    Y de aquí también podéis discernir su carácter, y condenarlo con más confianza. El hombre que es su amigo y su compañero en la impiedad, aunque esté expuesto a diez mil acusaciones por otras enormidades que ha cometido; aunque la evidencia y la prueba contra él sean clarísimas; es aprobado por ellos, y al punto se hace amigo del Emperador, obteniendo una introducción por su impiedad; y haciendo muchísimos pretextos, adquiere confianza ante los magistrados para hacer lo que desee. Pero el que expone su impiedad, y defiende honestamente la causa de Cristo, aunque sea puro en todas las cosas, aunque no sea consciente de delito alguno, aunque no tenga acusador; sin embargo, por los falsos pretextos que han fabricado contra él, es inmediatamente apresado y enviado al destierro bajo una sentencia del Emperador, como si fuera culpable de los crímenes que quieren imputarle, o como si, como Nabot, hubiera insultado al Rey; mientras que el que defiende la causa de su herejía es buscado e inmediatamente enviado a tomar posesión de la Iglesia del otro; y desde entonces confiscaciones e insultos, y toda clase de crueldades se ejercen contra los que no lo reciben. Y lo más extraño de todo: el hombre que el pueblo desea, y conoce ser intachable [], el Emperador lo quita y lo destierra; pero al que no desean ni conocen, lo envía desde un lugar lejano con soldados y cartas suyas. Y desde entonces se les impone una fuerte necesidad: o de odiar a aquel a quien aman, que ha sido su maestro y su padre en la piedad; y de amar a aquel a quien no desean, y de confiar sus hijos a uno de cuya vida, conversación y carácter son ignorantes; o ciertamente de sufrir castigo, si desobedecen al Emperador.

    3. Temeridad de sus procedimientos

    § 3

    De esta manera los impíos proceden ahora, como antes, contra los ortodoxos; dando prueba de su malicia e impiedad entre todos los hombres en todas partes. Pues concediendo que han acusado a Atanasio; sin embargo, ¿qué han hecho los otros Obispos? ¿Con qué motivos pueden acusarlos? ¿Se ha encontrado también en su caso el cadáver de un Arsenio? ¿Hay un presbítero Macario, o se ha roto una copa entre ellos? ¿Hay algún meleciano que haga de hipócrita? No: sino que, así como sus procedimientos contra los otros Obispos muestran que las acusaciones que han presentado contra Atanasio, con toda probabilidad, son falsas; así sus ataques contra Atanasio dejan claro que sus acusaciones contra los otros Obispos son igualmente infundadas. Esta herejía ha salido sobre la tierra como un gran monstruo, que no solo hiere a los inocentes con sus palabras, como con dientes; sino que también ha alquilado el poder externo para ayudarla en sus designios. Y es extraño que, como dije antes, no se presente acusación contra ninguno de ellos; o si alguno es acusado, no se le lleva a juicio; o si se hace una apariencia de investigación, es absuelto contra la evidencia, mientras que se conspira contra la parte acusadora, más bien que avergonzar al culpable. Así todo el partido de ellos está lleno de ociosidad; y sus espías, pues Obispos no son, son los más viles de todos. Y si alguno de ellos desea llegar a ser Obispo, no se le dice: 'un Obispo debe ser intachable [];' sino solo: 'Toma opiniones contrarias a Cristo, y no te preocupes por las costumbres. Esto será suficiente para obtener favor para ti, y amistad con el Emperador.' Tal es el carácter de los que apoyan las doctrinas de Arrio. Y los que son celosos de la verdad, por santos y puros que se muestren, son, sin embargo, como dije antes, hechos culpables, cuando estos hombres quieren, y bajo cualquier pretexto que les parezca bien inventar. La verdad de esto, como antes dije, la podéis deducir claramente de sus procedimientos.

    4. Los arrianos persiguen a Eustaquio y a otros

    § 4

    Hubo un tal Eustacio, Obispo de Antioquía, Confesor, y sano en la Fe. Este hombre, porque era muy celoso de la verdad, y odiaba la herejía arriana, y no recibía a los que adoptaban sus doctrinas, es falsamente acusado ante el Emperador Constantino, y se inventa contra él una acusación, que había insultado a su madre. E inmediatamente es enviado al destierro, y con él un gran número de presbíteros y diáconos. E inmediatamente después del destierro del Obispo, aquellos a quienes él no admitía en el orden clerical a causa de su impiedad, no solo fueron recibidos en la Iglesia por ellos, sino que incluso fueron nombrados en su mayor parte Obispos, para que tuvieran cómplices en su impiedad. Entre estos estaba Leoncio el eunuco, ahora de Antioquía, y su predecesor Esteban, Jorge de Laodicea, y Teodosio que era de Trípolis, Eudoxio de Germanicía, y Eustacio, ahora de Sebaste.

    § 5

    ¿Se detuvieron aquí? No. Pues Eutropio, que era Obispo de Adrianópolis, hombre bueno y excelente en todos los aspectos, porque había a menudo convencido a Eusebio, y había aconsejado a los que venían por allí, que no cumplieran con sus impíos dictados, sufrió el mismo trato que Eustacio, y fue expulsado de su ciudad y de su Iglesia. Basilina fue la más activa en los procedimientos contra él. Y Eufratión de Balanea, Cimacio de Palto, Carterio de Antarado, Asclepas de Gaza, Ciro de Berea en Siria, Diodoro de Asia, Domnio de Sirmio, y Elánico de Trípolis, eran meramente conocidos por odiar la herejía; y a algunos de ellos con un pretexto u otro, a otros sin ninguno, los removieron bajo la autoridad de cartas reales, los expulsaron de sus ciudades, y nombraron a otros que sabían que eran hombres impíos, para ocupar las Iglesias en su lugar.

    6. El caso de Marcelo

    § 6

    De Marcelo, el Obispo de Galacia, tal vez sea superfluo que yo hable; pues todos los hombres han oído cómo Eusebio y sus compañeros, que habían sido primero acusados por él de impiedad, presentaron una contra-acusación contra él, y causaron que el anciano fuera desterrado. Subió a Roma, y allí hizo su defensa, y siendo requerido por ellos, ofreció una declaración escrita de su fe, de la cual el Concilio de Sárdica aprobó. Pero Eusebio y sus compañeros no hicieron defensa alguna, ni, cuando fueron convictos de impiedad por sus escritos, se avergonzaron, sino que más bien asumieron mayor osadía contra todos. Pues tenían una introducción al Emperador de parte de las mujeres, y eran temibles para todos los hombres.

    7. Martirio de Pablo de Constantinopla

    § 7

    Y supongo que nadie ignora el caso de Pablo, Obispo de Constantinopla; pues cuanto más ilustre es una ciudad, tanto más no se oculta lo que en ella sucede. También se fabricó una acusación contra él. Pues Macedonio su acusador, que ahora ha llegado a ser Obispo en su lugar (yo mismo estuve presente en la acusación), después tuvo comunión con él, y fue presbítero bajo el mismo Pablo. Y sin embargo, cuando Eusebio con mal ojo quiso apoderarse del Obispado de aquella ciudad (había sido trasladado de la misma manera de Bérito a Nicomedía), la acusación fue reavivada contra Pablo; y no abandonaron su complot, sino que persistieron en la calumnia. Y fue desterrado primero al Ponto por Constantino, y una segunda vez por Constancio fue enviado atado con cadenas de hierro a Singara en Mesopotamia, y de allí trasladado a Emesa, y una cuarta vez fue desterrado a Cucuso en Capadocia, cerca de los desiertos del Monte Tauro; donde, como han declarado los que estaban con él, murió por estrangulamiento a manos de ellos. Y sin embargo, estos hombres que nunca dicen la verdad, aunque culpables de esto, no se avergonzaron después de su muerte de inventar otra historia, representando que había muerto de enfermedad; aunque todos los que viven en aquel lugar conocen las circunstancias. E incluso Filagrio, que era entonces gobernador adjunto de aquellas partes, y representaba todos sus procedimientos de la manera que ellos deseaban, quedó sin embargo asombrado de esto; y apenado tal vez de que otro, y no él mismo, hubiera hecho la mala acción, informó a Serapio el Obispo, así como a muchos otros de nuestros amigos, que Pablo fue encerrado por ellos en un lugar muy estrecho y oscuro, y dejado perecer de hambre; y cuando después de seis días entraron y lo encontraron todavía vivo, inmediatamente se abalanzaron sobre el hombre, y lo estrangularon. Este fue el fin de su vida; y dijeron que Felipe, que era prefecto, fue su agente en la perpetración de este asesinato. La Justicia Divina, sin embargo, no pasó por alto esto; pues no pasó un año, cuando Felipe fue privado de su cargo con gran deshonra, de modo que, reducido a una condición privada, se convirtió en la burla de aquellos de quienes menos deseaba ser testigo de su caída. Pues en extrema angustia mental, gimiendo y temblando como Caín, y esperando cada día que alguien lo destruyera, lejos de su patria y de sus amigos, murió, como uno aturdido por sus desgracias, de una manera que menos deseaba. Además, estos hombres no perdonan ni siquiera después de la muerte a aquellos contra quienes han inventado acusaciones mientras vivían. Tan ansiosos están de mostrarse temibles para todos, que destierran a los vivos, y no muestran misericordia con los muertos; sino que solos en todo el mundo manifiestan su odio hacia los difuntos, y conspiran contra sus amigos, verdaderamente inhumanos como son, y odiadores de lo que es bueno, salvajes de temperamento más allá de meros enemigos, en defensa de su impiedad, que ansiosamente traman la ruina de mí y de todos los demás, sin consideración a la verdad, sino con falsas acusaciones.

    8. Restauración de los católicos

    § 8

    Percibiendo que este era el caso, los tres hermanos, Constantino, Constancio y Constante, hicieron que todos, después de la muerte de su padre, regresaran a su propia patria y a su Iglesia; y mientras escribían cartas acerca de los demás a sus respectivas Iglesias, acerca de Atanasio escribieron lo siguiente; lo cual muestra igualmente la violencia de todos los procedimientos, y prueba la disposición asesina de Eusebio y sus compañeros.
    Texto de la fuenteConstantino II · Carta al pueblo de la Iglesia católica de Alejandría · § 8, carta de Constantino
    Copia de la carta del César Constantino al pueblo de la Iglesia Católica en la ciudad de los alejandrinos.
    Supongo que no ha escapado al conocimiento de vuestras piadosas mentes, etc.
    Comentario editorial · La carta de Constantino II
    Es la carta con que, tras la muerte de su padre, Constantino II devuelve a Atanasio a Alejandría. Dice que lo envió a la Galia «por un tiempo» para librarlo de sus enemigos y que Constantino I pensaba restituirlo. Según los Prolegómenos del NPNF, está fechada en Tréveris el 17 de junio de 337 y su autor firma todavía como César: fue proclamado Augusto el 9 de septiembre de 337, dato que el editor usa para fijar el año del regreso. La traducción da solo el comienzo y abrevia el resto con «etc.».

    § 8 (cont.)

    Esta es su carta; ¿y qué testigo más creíble de su conspiración podría haber que él, que conociendo estas circunstancias ha escrito así de ellos?

    Historia de los arrianos, Parte II

    Parte II, encabezado

    POR SAN ATANASIO

    9. Primera persecución arriana bajo Constancio

    § 9

    Eusebio y sus compañeros, sin embargo, viendo la decadencia de su herejía, escribieron a Roma, así como a los Emperadores Constantino y Constante, para acusar a Atanasio: pero cuando las personas enviadas por Atanasio refutaron las declaraciones que habían escrito, fueron avergonzados por los Emperadores; y Julio, Obispo de Roma, escribió para decir que se debía celebrar un Concilio, dondequiera que deseáramos, a fin de que pudieran exhibir las acusaciones que tenían que hacer, y también defenderse libremente acerca de aquellas cosas de las que ellos también eran acusados. Los presbíteros que fueron enviados por ellos, cuando se vieron haciendo una exposición, pidieron que se hiciera esto. Por lo cual estos hombres, cuya conducta es sospechosa en todo lo que hacen, cuando ven que no es probable que salgan ganando en un juicio eclesiástico, se acogen a Constancio solo, y desde entonces se lamentan, como ante el patrón de su herejía. 'Perdona,' dicen, 'la herejía; ves que todos los hombres se han apartado de nosotros; y muy pocos de nosotros quedamos ahora. Comienza a perseguir, porque estamos siendo abandonados incluso de esos pocos, y quedamos desamparados. Aquellas personas a quienes forzamos a pasarse a nuestro lado, cuando estos hombres fueron desterrados, ahora, por su regreso, las han persuadido de nuevo a tomar parte contra nosotros. Escribe, pues, cartas contra todos ellos, y envía a Filagrio por segunda vez como Prefecto de Egipto, pues él es capaz de llevar a cabo una persecución favorablemente para nosotros, como ya ha demostrado en la prueba, y tanto más, cuanto que es un apóstata. Envía también a Gregorio como Obispo a Alejandría, pues él también es capaz de fortalecer nuestra herejía.'

    10. Violenta intrusión de Gregorio

    § 10

    En consecuencia, Constancio escribe inmediatamente cartas, y comienza una persecución contra todos, y envía a Filagrio como Prefecto con un tal Arsacio, eunuco; envía también a Gregorio con una fuerza militar. Y siguieron las mismas consecuencias que antes. Pues reuniendo una multitud de vaqueros y pastores, y otros jóvenes disolutos pertenecientes a la ciudad, armados con espadas y palos, atacaron en grupo la Iglesia que se llama la Iglesia de Quirino; y a algunos mataron, a otros pisotearon, a otros golpearon con azotes y encarcelaron o desterraron. Arrastraron también a muchas mujeres, y las arrastraron abiertamente al tribunal, y las insultaron, arrastrándolas por los cabellos. A algunos los proscribieron; a otros les quitaron su pan sin otra razón, sino para inducirlos a unirse a los arrianos, y recibir a Gregorio, que había sido enviado por el Emperador.

    11. Los orientales declinan el concilio de Roma

    § 11

    Atanasio, sin embargo, antes de que sucedieran estas cosas, al primer informe de sus procedimientos, navegó a Roma, conociendo la furia de los herejes, y con el propósito de que se celebrara el Concilio como se había determinado. Y Julio escribió cartas a ellos, y envió a los presbíteros Elpidio y Filoxeno, fijando un día, para que o vinieran, o se consideraran como personas del todo sospechosas. Pero tan pronto como Eusebio y sus compañeros oyeron que el juicio sería eclesiástico, en el que no estaría presente ningún conde, ni soldados estacionados ante las puertas, y que los procedimientos no serían regulados por orden real (pues siempre han dependido de estas cosas para apoyarse contra los Obispos, y sin ellas no tienen osadía ni siquiera para hablar); se alarmaron tanto que detuvieron a los presbíteros hasta después del tiempo señalado, y fingieron una excusa indecorosa, que no podían venir ahora a causa de la guerra que había comenzado por los persas. Pero esta no era la verdadera causa de su retraso, sino los temores de sus propias conciencias. Pues ¿qué tienen que ver los Obispos con la guerra? O si no podían a causa de los persas venir a Roma, aunque está a distancia y al otro lado del mar, ¿por qué como leones [] andaban por las partes del Oriente y las que están cerca de los persas, buscando quién se les oponía, para poder acusarlo falsamente y desterrarlo?

    § 12

    En cualquier caso, cuando hubieron despedido a los presbíteros con esta excusa improbable, se dijeron unos a otros: 'Ya que no podemos obtener ventaja en un juicio eclesiástico, exhibamos nuestra audacia habitual.' En consecuencia, escriben a Filagrio, y hacen que después de un tiempo salga con Gregorio hacia Egipto. Por lo cual los Obispos son severamente azotados y echados en cadenas. A Sarapamón, por ejemplo, Obispo y Confesor, lo empujan al destierro; a Potamón, Obispo y Confesor, que había perdido un ojo en la persecución, lo golpearon con azotes en el cuello tan cruelmente, que parecía estar muerto antes de que terminaran. En tal condición fue echado a un lado, y apenas después de algunas horas, siendo cuidadosamente atendido y abanicado, revivió, concediéndole Dios su vida; pero poco tiempo después murió de los sufrimientos causados por los azotes, y alcanzó en Cristo la gloria de un segundo martirio. Y además de estos, ¡cuántos monjes fueron azotados, mientras Gregorio se sentaba con Balacio el 'Duque'! ¡cuántos Obispos fueron heridos! ¡cuántas vírgenes fueron golpeadas!

    13. Crueldades de Gregorio en Alejandría

    § 13

    Después de esto, el miserable Gregorio instó a todos a que tuvieran comunión con él. Pero si les exigías la comunión, no eran dignos de azotes; y si los azotabas como a malvados, ¿por qué se la pedías como a santos? Mas él no tenía otro fin a la vista sino cumplir los designios de quienes lo habían enviado y establecer la herejía. Por lo cual, en su necedad, se convirtió en asesino y verdugo, injurioso, astuto y profano; en una palabra, enemigo de Cristo. Persiguió tan cruelmente a la tía del Obispo que, aun cuando ella murió, no permitió que fuera sepultada. Y tal habría sido su suerte: habría quedado sin sepultura si quienes asistían al cadáver no la hubieran sacado como a una de sus parientes. Así, aun en tales cosas manifestó su índole profana. Y además, cuando las viudas y otros mendigos habían recibido limosnas, mandó apoderarse de lo que se les había dado y quebrar las vasijas en que llevaban su aceite y su vino, para mostrar no solo impiedad mediante el robo, sino para deshonrar en sus obras al Señor; de quien muy pronto oirá aquellas palabras: 'En cuanto deshonrasteis a éstos, a Mí me deshonrasteis.'

    14. Profanidad de Gregorio y muerte de Balacio

    § 14

    Y muchas otras cosas hizo que exceden el poder del lenguaje para describir, y que cualquiera que las oyera tendría por increíbles. Y la razón por la que obraba así era que no había recibido su ordenación según la regla eclesiástica, ni había sido llamado a ser Obispo por la tradición; sino que había sido enviado desde la corte con poder y pompa militares, como uno a quien se confía un gobierno secular. Por lo cual se jactaba más de ser amigo de gobernadores que de Obispos y Monjes. Por eso, cada vez que nuestro Padre Antonio le escribía desde las montañas, como la piedad es abominación para el pecador, así aborrecía las cartas del santo varón. Pero cada vez que el Emperador, o un General, u otro magistrado, le enviaba una carta, se regocijaba tanto como aquellos de los Proverbios de quienes el Verbo ha dicho indignado: '¡Ay de los que abandonan la senda de la rectitud, que se alegran de hacer el mal y se deleitan en las perversidades de los impíos!' Y así honraba con presentes a los portadores de estas cartas; pero una vez, cuando Antonio le escribió, hizo que el Duque Balacio escupiera sobre la carta y la arrojara lejos de sí. Pero la Justicia divina no pasó esto por alto; pues no mucho tiempo después, cuando el Duque iba a caballo camino de la primera etapa, el caballo volvió la cabeza y, mordiéndole en el muslo, lo derribó; y al cabo de tres días murió.

    Historia de los arrianos, Parte III

    Parte III, encabezado

    POR SAN ATANASIO

    15. Restauración de los católicos en el Concilio de Sárdica

    § 15

    Mientras procedían de igual modo con todos, en Roma se reunieron unos cincuenta Obispos y denunciaron a Eusebio y a los suyos como personas sospechosas, temerosas de comparecer, y asimismo condenaron por indigno de crédito el escrito que habían enviado; pero a nosotros nos recibieron y abrazaron gustosos nuestra comunión. Mientras tenían lugar estas cosas, llegó a oídos del Emperador Constancio un informe del Concilio celebrado en Roma y de los procedimientos contra las Iglesias de Alejandría y por todo el Oriente. Escribe a su hermano Constantio, y al punto determinan ambos que se convoque un Concilio y se pongan las cosas en arreglo, de modo que quienes habían sido agraviados queden libres de más sufrimientos, y los agresores no puedan perpetrar por más tiempo tales ultrajes. En consecuencia, se reúnen en la ciudad de Sárdica, tanto de Oriente como de Occidente, en número de ciento setenta Obispos, más o menos; los que vinieron de Occidente eran solo Obispos, teniendo a Osio por padre, pero los de Oriente trajeron consigo maestros de juventud y abogados, al conde Musoniano y a Hesiquio el castrense; por causa de quienes vinieron con gran prontitud, pensando que todo sería de nuevo manejado por su autoridad. Pues así, por medio de estas personas, siempre se habían mostrado formidables para cualquiera a quien deseaban intimidar, y habían llevado adelante sus designios contra quienes elegían. Pero cuando llegaron y vieron que la causa había de tratarse como meramente eclesiástica, sin la intervención del conde ni de soldados; cuando vieron a los acusadores que venían de cada iglesia y ciudad, y las pruebas que se presentaban contra ellos; cuando vieron a los venerables Obispos Arrio y Asterio, que habían subido en su compañía, apartarse de ellos y ponerse de nuestro lado, dando cuenta de su astucia y de cuán sospechosa era su conducta, y de que temían las consecuencias de un juicio, no sea que fueran convictos por nosotros de ser falsos delatores, y se descubriera por aquellos a quienes ellos presentaban como acusadores que ellos mismos habían sugerido todo lo que habían de decir y eran los artífices de la trama. Percibiendo que esto era así, aunque habían venido con gran celo, pensando que nosotros temeríamos encontrarnos con ellos, sin embargo, cuando vieron nuestra prontitud, se encerraron en el Palacio (pues allí tenían su morada) y comenzaron a conferenciar entre sí de la siguiente manera: 'Vinimos aquí para un resultado, y vemos otro; llegamos en compañía de condes, y el juicio sigue adelante sin ellos. Ciertamente estamos condenados. Todos vosotros conocéis las órdenes que se han dado. Atanasio y los suyos tienen los informes de las actas de la Mareótide, por los cuales él queda limpio y nosotros cubiertos de vergüenza. ¿Por qué, pues, nos demoramos? ¿Por qué somos tan lentos? Inventemos alguna excusa y vámonos, o seremos condenados si permanecemos. Es mejor sufrir la vergüenza de huir que la deshonra de ser convictos como falsos acusadores. Si huimos, hallaremos algún medio de defender nuestra herejía; y aun si nos condenan por nuestra huida, todavía tenemos al Emperador como patrón, que no permitirá que el pueblo nos expulse de las Iglesias.'

    16. Secesión de los orientales en Sárdica

    § 16

    Así, pues, razonaban consigo mismos, y Osio y todos los demás Obispos les manifestaron repetidamente la prontitud de Atanasio y los suyos, diciendo: 'Están prontos con su defensa y se comprometen a probar que sois falsos acusadores.' Dijeron también: 'Si teméis el juicio, ¿por qué vinisteis a reuniros con nosotros? O no debíais haber venido, o, ahora que habéis venido, no debíais huir.' Al oír esto, aún más alarmados, recurrieron a una excusa aún más indecorosa que la que habían fingido en Antioquía, a saber, que se dieron a la fuga porque el Emperador les había escrito la noticia de su victoria sobre los persas. Y esta excusa no se avergonzaron de enviarla por medio de Eustaquio, presbítero de la Iglesia de Sárdica. Pero ni aun así su huida tuvo éxito según sus deseos; porque inmediatamente el santo Concilio, del cual el gran Osio era presidente, les escribió claramente, diciendo: 'O compareced y responded a los cargos que se presentan contra vosotros, por las falsas acusaciones que habéis hecho contra otros, o sabed que el Concilio os condenará como culpables y declarará a Atanasio y los suyos libres y limpios de toda culpa.' Ante lo cual se sintieron más bien impulsados a la huida por los remordimientos de la conciencia que a cumplir las propuestas de la carta; pues cuando vieron a los que habían sido agraviados por ellos, ni siquiera volvieron el rostro para escuchar sus palabras, sino que huyeron con mayor prisa.

    17. Actas del Concilio de Sárdica

    § 17

    En estas circunstancias vergonzosas e indecorosas tuvo lugar su huida. Y el santo Concilio, que se había reunido de más de treinta y cinco provincias, percibiendo la malicia de los arrianos, admitió a Atanasio y a los suyos para responder a los cargos que los otros habían presentado contra ellos y para declarar los sufrimientos que habían padecido. Y cuando así se hubieron defendido, como dijimos antes, los aprobaron y admiraron tanto su conducta que abrazaron gustosos su comunión, y escribieron cartas a todas partes, a la diócesis de cada uno, y especialmente a Alejandría y Egipto, y a las Libias, declarando a Atanasio y a sus amigos inocentes y libres de toda culpa, y a sus oponentes calumniadores, malhechores y todo menos cristianos. En consecuencia, los despidieron en paz; pero depusieron a Esteban y Menofanto, a Acacio y a Jorge de Laodicea, a Ursacio y Valente, a Teodoro y Narciso. Pues contra Gregorio, que había sido enviado a Alejandría por el Emperador, publicaron una proclama en el sentido de que nunca había sido hecho Obispo y de que no debía ser llamado cristiano. Declararon, por tanto, nulas las ordenaciones que pretendía haber conferido, y mandaron que ni siquiera se las nombrara en la Iglesia, a causa de su carácter novedoso e ilegal. Así, Atanasio y sus amigos fueron despedidos en paz (las cartas referentes a ellos se insertan al final por razón de su extensión), y el Concilio se disolvió.
    Comentario editorial · Sárdica, 343
    Según Wikipedia, el sínodo se reunió en 343 en Sárdica (hoy Sofía), convocado por los emperadores Constante y Constancio II, con unos 90 obispos de Occidente y unos 80 de Oriente, y con Atanasio, Marcelo y Asclepas como obispos orientales depuestos. Los orientales no sesionaron con los occidentales, que no quisieron seguir sin Atanasio y Marcelo: los occidentales declararon inocentes a los depuestos y los orientales excomulgaron a los occidentales. Es la versión que Wikipedia toma de historiadores modernos; Atanasio, en los §§ 15–17, cuenta la separación de los orientales como una huida vergonzosa.

    18. Persecución arriana después de Sárdica

    § 18

    Pero los depuestos, que debían haberse quedado quietos, junto con los que se habían separado tras tan vergonzosa huida, fueron culpables de tal conducta que sus actuaciones anteriores parecen insignificantes en comparación con éstas. Pues cuando el pueblo de Adrianópolis no quiso tener comunión con ellos, por considerarlos hombres que habían huido del Concilio y habían resultado culpables, llevaron sus quejas al Emperador Constantio y consiguieron que diez laicos, pertenecientes a la fábrica de armas de allí, fueran decapitados, ayudando Filagrio, que estaba allí de nuevo como conde, a sus designios también en este asunto. Los sepulcros de estas personas, que hemos visto al pasar, están delante de la ciudad. Luego, como si hubieran tenido pleno éxito, porque habían huido para no ser convictos de falsa acusación, prevalecieron ante el Emperador para que se mandara cuanto deseaban que se hiciera. Así hicieron desterrar de Alejandría a Armenia a dos presbíteros y tres diáconos. En cuanto a Arrio y Asterio, el uno Obispo de Petra en Palestina, el otro Obispo en Arabia, que se habían apartado de su partido, no solo los desterraron a la Libia superior, sino que también hicieron que fueran tratados con ultraje.

    19. Medidas tiránicas contra los alejandrinos

    § 19

    Y en cuanto a Lucio, Obispo de Adrianópolis, cuando vieron que usaba gran valentía de palabra contra ellos y ponía al descubierto su impiedad, de nuevo, como habían hecho antes, hicieron que fuera atado con cadenas de hierro en el cuello y las manos, y así lo arrojaron al destierro, donde murió, como ellos saben. Y a Diodoro, un Obispo, lo remueven; pero contra Olimpio de Eno y Teódulo de Trajanópolis, ambos Obispos de Tracia, varones buenos y ortodoxos, cuando percibieron su odio a la herejía, presentaron falsas acusaciones. Esto lo habían hecho primero Eusebio y los suyos, y el Emperador Constantio escribió cartas sobre el asunto; y después éstos reavivaron la acusación. El tenor de la carta era que no solo debían ser expulsados de sus ciudades e iglesias, sino que debían sufrir también pena capital dondequiera que se los descubriera. Por sorprendente que pueda ser esta conducta, solo está de acuerdo con sus principios; pues, como instruidos por Eusebio y los suyos en tales procedimientos y como herederos de su impiedad y malos principios, deseaban mostrarse formidables en Alejandría, como sus padres habían hecho en Tracia. Hicieron que se escribiera una orden para que se vigilaran los puertos y las puertas de las ciudades, no sea que, valiéndose del permiso concedido por el Concilio, los desterrados volvieran a sus iglesias. Hicieron también enviar órdenes a los magistrados de Alejandría respecto de Atanasio y de ciertos presbíteros nombrados en ellas, de modo que si el Obispo, o cualquiera de los otros, fuera hallado acercándose a la ciudad o a sus confines, el magistrado tuviera poder para decapitar a los que así se descubrieran. Así, esta nueva herejía judaica no solo niega al Señor, sino que también ha aprendido a cometer homicidio.

    20. Conspiración contra los legados católicos en Antioquía

    § 20

    Pero ni aun después de esto descansaron; sino que, así como el padre de su herejía anda alrededor como león rugiente buscando a quién devorar, así éstos, obteniendo el uso de las postas públicas, andaban por todas partes, y siempre que hallaban a alguno que les echaba en cara su huida y que aborrecía la herejía arriana, lo azotaban, lo echaban en cadenas y hacían que fuera desterrado de su patria; y se hicieron tan formidables que indujeron a muchos a disimular y a muchos a huir a los desiertos, antes que tener trato alguno con ellos de buen grado. Tales fueron las enormidades que su locura los impulsó a cometer después de su huida. Además perpetraron otro acto escandaloso, que en verdad está de acuerdo con el carácter de su herejía, pero que nunca antes habíamos oído ni es probable que pronto vuelva a ocurrir, ni aun entre los más disolutos de los gentiles, mucho menos entre los cristianos. El santo Concilio había enviado como legados a los Obispos Vicente de Capua (ésta es la metrópoli de Campania) y Eufrates de Agripina (ésta es la metrópoli de la Galia superior), para que obtuvieran el consentimiento del Emperador a la decisión del Concilio, a fin de que los Obispos volvieran a sus Iglesias, por cuanto él era el autor de su expulsión. El religiosísimo Constancio había escrito también a su hermano y apoyado la causa de los Obispos. Pero estos hombres admirables, que son capaces de cualquier acto de audacia, cuando vieron a los dos legados en Antioquía, deliberaron entre sí y tramaron una conspiración, que Esteban se encargó de ejecutar por sí mismo, como instrumento adecuado para tales fines. En consecuencia, alquilan a una ramera común, precisamente en el tiempo de la santísima Pascua, y desnudándola la introducen de noche en la habitación del Obispo Eufrates. La ramera, que pensaba que era un joven quien había enviado a invitarla, al principio los acompañó de buena gana; pero cuando la empujaron adentro y vio al hombre dormido e inconsciente de lo que sucedía, y cuando al poco distinguió sus rasgos y contempló el rostro de un anciano y el atavío de un Obispo, inmediatamente gritó en alta voz y declaró que se usaba violencia contra ella. Le pidieron que callara y que presentara una falsa acusación contra el Obispo; y así, cuando fue de día, el asunto se divulgó, y toda la ciudad acudió corriendo; y los que vinieron del Palacio estaban en gran conmoción, asombrándose del rumor que se había difundido y exigiendo que no se pasara por alto en silencio. Se hizo, por tanto, una investigación, y su amo dio información sobre los que habían venido a buscar a la ramera, y éstos delataron a Esteban; pues eran sus clérigos. Esteban, por tanto, es depuesto, y Leoncio el eunuco nombrado en su lugar, solo para que la herejía arriana no carezca de un sostenedor.

    21. El cambio de parecer de Constantio

    § 21

    Y ahora el Emperador Constantio, sintiendo algunos remordimientos, volvió en sí; y concluyendo, por su conducta con Eufrates, que sus ataques contra los demás eran de la misma especie, ordena que los presbíteros y diáconos que habían sido desterrados de Alejandría a Armenia sean inmediatamente puestos en libertad. Escribe también públicamente a Alejandría, ordenando que el clero y los laicos amigos de Atanasio no sufran más persecución. Y cuando Gregorio murió unos diez meses después, envía a buscar a Atanasio con toda señal de honra, escribiéndole no menos de tres veces una carta muy amistosa en la que lo exhortaba a cobrar ánimo y venir. Envía también un presbítero y un diácono, para que sea aún más animado a regresar; pues pensaba que, por el temor de lo que antes había ocurrido, yo no deseaba volver. Además escribe a su hermano Constancio, para que también él me exhortara a regresar. Y afirmaba que había estado esperando a Atanasio un año entero, y que no permitiría que se hiciera cambio alguno, ni que se realizara ninguna ordenación, puesto que estaba reservando las Iglesias para Atanasio, su Obispo.

    22. Atanasio visita a Constantio

    § 22

    Cuando, pues, escribió de este modo, y lo animó por medio de muchos (pues hizo que Polemio, Daciano, Bardión, Talaso, Tauro y Florencio, sus condes, en quienes Atanasio podía confiar mejor, le escribieran también): Atanasio, encomendando todo el asunto a Dios, que había movido la conciencia de Constantio a hacer esto, vino con sus amigos a él; y le concedió una audiencia favorable, y lo despidió para que fuera a su patria y a sus Iglesias, escribiendo al mismo tiempo a los magistrados de cada lugar que, puesto que antes había ordenado que los caminos fueran vigilados, ahora le concedieran libre paso. Entonces, cuando el Obispo se quejó de los sufrimientos que había padecido y de las cartas que el Emperador había escrito contra él, y le suplicó que las falsas acusaciones contra él no fueran reavivadas por sus enemigos después de su partida, diciendo: 'Si os place, convocad a estas personas; pues por lo que a nosotros respecta, tienen libertad de presentarse, y expondremos su conducta'; no quiso hacer esto, sino que ordenó que todo lo que antes se había escrito calumniosamente contra él fuera destruido y borrado, afirmando que nunca más escucharía tales acusaciones, y que su propósito era fijo e inalterable. Esto no lo dijo simplemente, sino que selló sus palabras con juramentos, poniendo a Dios por testigo de ellas. Y animándolo así con muchas otras palabras, y deseando que tuviera buen ánimo, envía las siguientes cartas a los Obispos y Magistrados.
    Texto de la fuenteConstancio II · Carta a los obispos y al clero de la Iglesia católica · § 23, carta a los obispos y al clero
    23. Constantio Augusto, el Grande, el Conquistador, a los Obispos y al Clero de la Iglesia Católica.
    El reverendísimo Atanasio no ha sido abandonado por la gracia de Dios, etc.
    Texto de la fuenteConstancio II · Carta al pueblo de Alejandría · § 23, carta al pueblo de Alejandría
    Otra carta.
    De Constantio al pueblo de Alejandría.
    Deseando, como lo deseamos, vuestro bienestar en todos los sentidos, etc.
    Texto de la fuenteConstancio II · Carta a Nestorio, prefecto de Egipto · § 23, carta a Nestorio
    Otra carta.
    Constantio Augusto, el Conquistador, a Nestorio, Prefecto de Egipto.
    Es bien sabido que anteriormente dimos una orden, y que se hallan ciertos documentos perjudiciales para la estimación del reverendísimo Obispo Atanasio; y que éstos existen entre las Órdenes de vuestra señoría. Ahora deseamos que vuestra Sobriedad, de la cual tenemos buena prueba, transmita a nuestra Corte, en cumplimiento de esta nuestra orden, todas las cartas referentes a la mencionada persona, que se encuentren en vuestro libro de Órdenes.

    § 24

    24. La siguiente es la carta que escribió después de la muerte del bienaventurado Constancio. Fue escrita en latín, y aquí se traduce al griego.
    Texto de la fuenteConstancio II · Carta a Atanasio · § 24, carta a Atanasio
    Constantio Augusto, el Conquistador, a Atanasio.
    No es desconocido a vuestra Prudencia que fue mi constante oración que la prosperidad asistiera a mi difunto hermano Constancio en todas sus empresas; y vuestra sabiduría puede, por tanto, imaginar cuán grandemente me afligí cuando supe que había sido arrebatado por manos sacrílegas. Ahora bien, dado que hay ciertas personas que en este tiempo verdaderamente luctuoso procuran alarmaros, he tenido por conveniente dirigir esta carta a vuestra Constancia, para exhortaros a que, como corresponde a un Obispo, enseñéis al pueblo las cosas que atañen a la religión divina, y a que, como acostumbráis, empleéis vuestro tiempo en oraciones junto con ellos, y no deis crédito a vanos rumores, sean cuales fueren. Porque nuestra firme determinación es que continuéis, conforme a nuestro deseo, desempeñando el oficio de Obispo en vuestro propio lugar. Que la Divina Providencia os conserve, amadísimo padre, muchos años.

    25. Regreso de Atanasio de su segundo destierro

    § 25

    En estas circunstancias, cuando al fin se despidieron y comenzaron su viaje, los que eran amigos se alegraron de ver a un amigo; pero del otro partido, algunos quedaron confundidos al verlo; otros, no teniendo confianza para presentarse, se escondieron; y otros se arrepintieron de lo que habían escrito contra el Obispo. Así, todos los Obispos de Palestina, salvo dos o tres, y ésos hombres de carácter sospechoso, recibieron tan de buena gana a Atanasio y abrazaron la comunión con él, que escribieron para excusarse, alegando que en lo que antes habían escrito no habían obrado según su propia voluntad, sino por compulsión. De los Obispos de Egipto y de las provincias de Libia, y de los laicos tanto de esas regiones como de Alejandría, es superfluo que yo hable. Todos corrieron juntos y quedaron poseídos de un gozo indecible, porque no sólo habían recibido con vida a sus amigos contra toda esperanza, sino que además habían sido librados de los herejes que eran como tiranos y como perros rabiosos para con ellos. Por consiguiente, grande fue su alegría, animándose unos a otros en la virtud las gentes en las congregaciones. ¡Cuántas mujeres solteras, que antes estaban dispuestas a contraer matrimonio, permanecieron ahora vírgenes para Cristo! ¡Cuántos jóvenes, viendo los ejemplos de otros, abrazaron la vida monástica! ¡Cuántos padres persuadieron a sus hijos, y cuántos fueron instados por sus hijos, a no ser impedidos de la ascesis cristiana! ¡Cuántas esposas persuadieron a sus maridos, y cuántas fueron persuadidas por sus maridos, a entregarse a la oración [], como ha dicho el Apóstol! ¡Cuántas viudas y cuántos huérfanos, que antes estaban hambrientos y desnudos, ahora, por el gran celo del pueblo, ya no tenían hambre y salían vestidos! En una palabra, tan grande era su emulación en la virtud, que habrías pensado que cada familia y cada casa era una Iglesia, por la bondad de sus moradores y las oraciones que se ofrecían a Dios. Y en las Iglesias había una paz profunda y admirable, mientras los Obispos escribían de todas partes y recibían de Atanasio las acostumbradas cartas de paz.

    26. Retractación de Ursacio y Valente

    § 26

    Además, Ursacio y Valente, como si sufrieran el azote de la conciencia, mudaron de parecer y escribieron al propio Obispo una carta amistosa y pacífica, aunque no habían recibido comunicación alguna de él. Y subiendo a Roma se arrepintieron, y confesaron que todos sus procedimientos y afirmaciones contra él se fundaban en falsedad y mera calumnia. Y no sólo hicieron esto voluntariamente, sino que también anatematizaron la herejía arriana, y presentaron una declaración escrita de su arrepentimiento, dirigiendo al Obispo Julio la siguiente carta en latín, que ha sido traducida al griego. La copia nos fue enviada en latín por Pablo, Obispo de Tréveris.
    Texto de la fuenteUrsacio y Valente · Carta al papa Julio · § 26, carta a Julio
    Traducción del latín.
    Ursacio y Valente a mi Señor el santísimo Papa Julio.
    Por cuanto es bien sabido que nosotros, etc.
    Texto de la fuenteUrsacio y Valente · Carta a Atanasio · § 26, carta a Atanasio
    Traducción del latín.
    Los Obispos Ursacio y Valente a mi Señor y Hermano, el Obispo Atanasio.
    Teniendo ocasión de enviar, etc.

    § 26 (cont.)

    Después de escribir estas cosas, suscribieron también las cartas de paz que les presentaron Pedro e Ireneo, presbíteros de Atanasio, y Amón, un laico, que pasaban por allí, aunque Atanasio no les había enviado comunicación alguna ni siquiera por medio de estas personas.

    27. Triunfo de Atanasio

    § 27

    Ahora bien, ¿quién no quedó lleno de admiración al contemplar estas cosas y la gran paz que prevalecía en las Iglesias? ¿Quién no se regocijó al ver la concordia de tantos Obispos? ¿Quién no glorificó al Señor, contemplando el gozo del pueblo en sus asambleas? ¡Cuántos enemigos se arrepintieron! ¡Cuántos se excusaron de haberlo acusado falsamente antes! ¡Cuántos que antes lo odiaban, ahora le mostraban afecto! ¡Cuántos de los que habían escrito contra él se retractaron de sus afirmaciones! Muchos también que se habían unido a los arrianos, no por elección sino por necesidad, venían de noche y se excusaban. Anatematizaban la herejía y le suplicaban que los perdonara, porque, aunque por las maquinaciones y calumnias de aquellos hombres aparecían corporalmente de su lado, sin embargo en sus corazones mantenían comunión con Atanasio y estaban siempre con él. Creedme, esto es verdad.

    Historia de los arrianos, Parte IV

    Parte IV, encabezado

    POR SAN ATANASIO

    28. Segunda persecución arriana bajo Constantio

    § 28

    Pero los herederos de las opiniones e impiedad de Eusebio y sus secuaces, el eunuco Leoncio, que no debía permanecer en comunión ni siquiera como laico, porque se mutiló a sí mismo para poder en adelante dormir libremente con una tal Eustolia, que es esposa en lo que a él respecta, pero es llamada virgen; y Jorge y Acacio, y Teodoro, y Narciso, que fueron depuestos por el Concilio; cuando oyeron y vieron estas cosas, quedaron grandemente avergonzados. Y cuando percibieron la unanimidad y paz que existía entre Atanasio y los Obispos (eran más de cuatrocientos, de la gran Roma y de toda Italia, de Calabria, Apulia, Campania, Brucia, Sicilia, Cerdeña, Córcega y toda África; y los de Galia, Britania e Hispania, con el gran Confesor Osio; y también los de Panonia, Nórico, Siscia, Dalmacia, Dardania, Dacia, Mesia, Macedonia, Tesalia y toda Acaya, y de Creta, Chipre y Licia, con la mayoría de los de Palestina, Isauria, Egipto, la Tebaida, toda Libia y Pentápolis); cuando digo que percibieron estas cosas, fueron poseídos de envidia y temor; de envidia, por la comunión de tantos juntos; y de temor, no fuera que aquellos que habían sido atrapados por ellos fueran ganados por la unanimidad de tan gran número, y en adelante su herejía fuera expuesta triunfalmente y proscrita en todas partes.

    29. Recaída de Ursacio y Valente

    § 29

    Ante todo persuaden a Ursacio, Valente y sus secuaces a cambiar de partido una vez más, y como perros a volver a su propio vómito, y como cerdos a revolcarse de nuevo en el antiguo cieno de su impiedad; y dan esta excusa para su retractación: que lo hicieron por temor al religiosísimo Constancio. Y sin embargo, aun cuando hubiera habido motivo de temor, si tenían confianza en lo que habían hecho, no debían haberse convertido en traidores a sus amigos. Pero cuando no había motivo de temor, y aun así fueron culpables de una mentira, ¿no merecen acaso condenación total? Pues no había ningún soldado presente, no se había enviado ningún palatino ni notario, como ahora los envían, ni estaba allí el Emperador, ni habían sido invitados por nadie, cuando escribieron su retractación. Sino que subieron voluntariamente a Roma, y por su propio acuerdo se retractaron y lo escribieron en la Iglesia, donde no había temor alguno de fuera, donde el único temor es el temor de Dios, y donde cada uno tiene libertad de conciencia. Y sin embargo, aunque por segunda vez se han hecho arrianos, y han ideado esta excusa impropia para su conducta, todavía no tienen vergüenza.

    30. Constantio cambia de bando de nuevo

    § 30

    Enseguida fueron en cuerpo al Emperador Constantio, y le suplicaron, diciendo: 'Cuando os hicimos nuestra primera petición, no se nos creyó; pues os dijimos, cuando enviasteis a buscar a Atanasio, que al invitarle a presentarse, estáis expulsando nuestra herejía. Porque él se ha opuesto a ella desde el principio, y no cesa de anatematizarla. Ya ha escrito cartas contra nosotros a todas partes del mundo, y la mayoría de los hombres han abrazado la comunión con él; e incluso de los que parecían estar de nuestro lado, algunos han sido ganados por él, y otros probablemente lo serán. Y nos quedamos solos, de modo que el temor es que el carácter de nuestra herejía se haga conocido, y en adelante tanto nosotros como vos ganemos el nombre de herejes. Y si esto llega a suceder, habéis de cuidar de que no seamos clasificados con los maniqueos. Por tanto, comenzad de nuevo a perseguir, y apoyad la herejía, porque os tiene por su rey.' Tal fue el lenguaje de su iniquidad. Y el Emperador, cuando en su paso por el país, en su marcha apresurada contra Magnencio, vio la comunión de los Obispos con Atanasio, como uno encendido en fuego, cambió de pronto de parecer, y ya no recordó sus juramentos, sino que se olvidó por igual de lo que había escrito y descuidó el deber que debía a su hermano. Pues en sus cartas a él, así como en su entrevista con Atanasio, había hecho juramentos de que no obraría de otro modo que como el pueblo quisiera y como fuera agradable a los Obispos. Pero su celo por la impiedad le hizo olvidar al instante todas estas cosas. Y sin embargo, no debe uno asombrarse de que después de tantas cartas y tantos juramentos Constantio hubiera cambiado de parecer, cuando recordamos que el Faraón de antaño, el tirano de Egipto, después de prometer con frecuencia y de obtener por ello la remisión de sus castigos, asimismo cambiaba, hasta que al fin pereció junto con sus asociados.

    31. Constantio comienza a perseguir

    § 31

    Obligó, pues, al pueblo en cada ciudad a cambiar de partido; y al llegar a Arlés y Milán, procedió a obrar enteramente según los designios y sugestiones de los herejes; o más bien ellos mismos obraron, y recibiendo autoridad de él, atacaron furiosamente a todos. Cartas y órdenes fueron enviadas inmediatamente de aquí al Prefecto, para que en adelante el grano fuera quitado a Atanasio y dado a los que favorecían las doctrinas arrianas, y para que cualquiera que quisiera pudiera insultar libremente a los que estaban en comunión con él; y se amenazó a los magistrados si no entraban en comunión con los arrianos. Estas cosas fueron sólo el preludio de lo que después ocurrió bajo la dirección del Duque Siriano. Se enviaron también órdenes a las partes más lejanas, y se despacharon notarios a cada ciudad, y palatinos, con amenazas a los Obispos y Magistrados, ordenando a los Magistrados que apremiaran a los Obispos, e informando a los Obispos que o bien debían suscribir contra Atanasio y mantener comunión con los arrianos, o sufrir ellos mismos la pena de destierro, mientras que el pueblo que participaba con ellos debía entender que cadenas, insultos, azotes y pérdida de sus bienes serían su porción. Estas órdenes no fueron descuidadas, pues los comisionados llevaban en su compañía al clero de Ursacio y Valente, para inspirarles celo y para informar al Emperador si los Magistrados descuidaban su deber. A las otras herejías, como hermanas menores de la suya propia, les permitieron blasfemar al Señor, y sólo conspiraron contra los cristianos, no tolerando oír lenguaje ortodoxo acerca de Cristo. ¡Cuántos Obispos en consecuencia, según las palabras de la Escritura, fueron llevados ante gobernantes y reyes [], y recibieron esta sentencia de los magistrados: 'Suscribid, o retiraos de vuestras iglesias, pues el Emperador ha ordenado que seáis depuestos'! ¡Cuántos en cada ciudad fueron maltratados, para que no los acusaran de ser amigos de los Obispos! Además se enviaron cartas a las autoridades de la ciudad, y se les amenazó con una multa, si no obligaban a los Obispos de sus respectivas ciudades a suscribir. En suma, todo lugar y toda ciudad estaban llenos de temor y confusión, mientras los Obispos eran arrastrados a juicio, y los magistrados presenciaban las lamentaciones y gemidos del pueblo.

    32. Persecución de Constancio

    § 32

    Tales fueron los procedimientos de los comisionados palatinos; por otra parte, aquellas personas admirables, confiadas en el patrocinio que habían obtenido, despliegan gran celo y hacen que algunos de los obispos sean convocados ante el Emperador, mientras persiguen a otros por cartas, inventando acusaciones contra ellos; con la intención de que los unos quedaran atemorizados por la presencia de Constancio, y los otros, por temor de los comisionados y de las amenazas que se les hacían en estas pretendidas acusaciones, fueran inducidos a renunciar a sus opiniones ortodoxas y piadosas. De esta manera fue como el Emperador forzó a tan gran multitud de obispos, en parte con amenazas y en parte con promesas, a declarar: 'Ya no tendremos comunión con Atanasio.' Porque los que venían a una entrevista no eran admitidos a su presencia, ni se les permitía ningún descanso, ni siquiera salir de sus moradas, hasta que o bien habían suscrito contra él, o bien rehusado y por ello incurrido en destierro. Y esto lo hizo porque veía que la herejía era odiosa a todos los hombres. Por esta razón especialmente obligó a tantos a añadir sus nombres al escaso número de los arrianos, siendo su ardiente deseo reunir una multitud de nombres, tanto por envidia del obispo como para hacer ostentación en favor de la impiedad arriana, de la cual él es patrono; suponiendo que podrá alterar la verdad tan fácilmente como puede influir en las mentes de los hombres. No sabe, ni jamás ha leído, cómo los saduceos y los herodianos, tomando consigo a los fariseos, no pudieron oscurecer la verdad; antes bien, esta resplandece con ello más brillantemente cada día, mientras ellos claman: 'No tenemos más rey que César', y obteniendo a su favor el juicio de Pilato, quedan no obstante desamparados, y esperan en total vergüenza, aguardando en breve quedar despojados, como la perdiz, cuando vean a su patrono cerca de la muerte.

    33. La persecución proviene del Diablo

    § 33

    Ahora bien, si era del todo indecoroso en cualquiera de los obispos cambiar de opinión meramente por temor de estas cosas, mucho más lo era, y no propio de hombres que confían en lo que creen, forzar y obligar a los que no quieren. De esta manera es como el Diablo, cuando no tiene la verdad de su parte, ataca y derriba con hachas y martillos las puertas de los que le admiten. Pero nuestro Salvador es tan manso que enseña así: 'Si alguno quiere venir en pos de Mí', y 'Quien quiera ser Mi discípulo [];' y viniendo a cada uno no los fuerza, sino que llama a la puerta y dice: 'Ábreme, hermana mía, esposa mía [];' y si le abren, entra; pero si tardan y no quieren, se aparta de ellos. Porque la verdad no se predica con espadas ni con dardos, ni por medio de soldados; sino con persuasión y consejo. Pero ¿qué persuasión hay donde prevalece el temor del Emperador? ¿O qué consejo, cuando el que les resiste recibe al fin destierro y muerte? Aun David, aunque era rey y tenía a su enemigo en su poder, no impidió a los soldados con un ejercicio de autoridad cuando quisieron matar a su enemigo, sino que, como dice la Escritura, David persuadió a sus hombres con argumentos, y no les permitió levantarse y dar muerte a Saúl []. Pero él, careciendo de argumentos de razón, fuerza a todos los hombres con su poder, para que se muestre a todos que su sabiduría no es según Dios, sino meramente humana, y que los que favorecen las doctrinas arrianas no tienen en verdad más rey que César; pues por medio de él es como estos enemigos de Cristo llevan a cabo cuanto desean hacer. Pero mientras pensaban que realizaban sus designios contra muchos por medio de él, no sabían que hacían a muchos confesores, entre los cuales están los que últimamente han hecho tan gloriosa confesión, varones religiosos y excelentes obispos: Paulino, obispo de Tréveris, la metrópoli de las Galias; Lucífero, obispo de la metrópoli de Cerdeña; Eusebio de Vercelli en Italia, y Dionisio de Milán, que es la metrópoli de Italia. A estos el Emperador los convocó ante sí, y les mandó suscribir contra Atanasio y tener comunión con los herejes; y cuando ellos quedaron asombrados ante este proceder novedoso, y dijeron que no existía ningún canon eclesiástico a este efecto, él dijo inmediatamente: 'Todo lo que yo quiero, téngase por canon; los «Obispos» de Siria déjenme hablar así. O bien obedeced, o id al destierro.'

    34. El destierro de los obispos de Occidente difundió el conocimiento de la verdad

    § 34

    Cuando los obispos oyeron esto, quedaron completamente asombrados, y extendiendo sus manos a Dios, usaron de gran osadía de palabra contra él, enseñándole que el reino no era suyo, sino de Dios, que se lo había dado, a Quien también le exhortaban a temer, no fuera que Él se lo arrebatara de repente. Y le amenazaron con el día del juicio, y le advirtieron contra la infracción del orden eclesiástico, contra mezclar la soberanía romana con la constitución de la Iglesia, y contra introducir la herejía arriana en la Iglesia de Dios. Pero él no quiso escucharlos, ni les permitió hablar más, sino que los amenazó tanto más, desenvainó su espada contra ellos, y dio órdenes de que algunos fueran llevados a ejecución; aunque después, como Faraón, se arrepintió. Los santos varones, por tanto, sacudiéndose el polvo, y mirando a Dios, ni temieron las amenazas del Emperador, ni traicionaron su causa ante su espada desenvainada; sino que recibieron su destierro como un servicio propio de su ministerio. Y mientras pasaban, predicaban el Evangelio en todo lugar y ciudad, aunque estaban encadenados, proclamando la fe ortodoxa, anatematizando la herejía arriana y estigmatizando la retractación de Ursacio y Valente. Pero esto era contrario a la intención de sus enemigos; pues cuanto mayor era la distancia de su lugar de destierro, tanto más aumentaba el odio contra ellos, mientras que las peregrinaciones de estos hombres no eran sino el pregón de su impiedad. Porque ¿quién, al verlos pasar, no los admiraba grandemente como Confesores, y no renunciaba y abominaba de los otros, llamándolos no solo hombres impíos, sino verdugos y asesinos, y todo menos cristianos?
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