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  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 14 minCapítulo I
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo II
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  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo XXII
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo XXIV
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo XXV
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo XXVII
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo XXIX
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  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo XXXIII
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo XXXV
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 11 minCapítulo XXXVI
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo XXXVIII
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo XL
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 2 minLo que dejó la Catequesis

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    TEXTOS — GREGORIO DE NISA

    Índice de la obra

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    Gregorio de Nisa

    Gran Catequesis

    Texto base: versión inglesa de William Moore y Henry Austin Wilson, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 5 (1892–1893), «The Great Catechism»

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de la edición de Schaff y Wace; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 210 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo se enseña la fe a quien la rechaza? Gregorio de Nisa responde que no con un solo método. El judío cree en un solo Dios y niega que Dios tenga Verbo; el griego admite a Dios, pero lo multiplica; el anomeo, el maniqueo, el seguidor de Marción o de Sabelio erran cada uno de otra manera, y «el método de curación debe adaptarse a la forma de la enfermedad». En un Prólogo y cuarenta capítulos va de lo que el adversario concede a lo que se le ha de probar: que Dios es uno y tiene Verbo y Espíritu; que Dios hecho hombre, nacido y muerto, no es una indignidad; que el bautismo une el alma a Dios y la eucaristía el cuerpo.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de William Moore y Henry Austin Wilson, publicada en el volumen 5 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (Gregory of Nyssa: Dogmatic Treatises, Etc., bajo la dirección de Philip Schaff y Henry Wace), con el título The Great Catechism. La portada del volumen nombra a Moore y a Wilson como traductores del conjunto, y New Advent da su nombre en la ficha de este tratado. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), no la ha revisado ningún traductor humano y se publica tal como salió, con sus límites declarados más abajo.

    Ficha de la obra

    AutorGregorio de Nisa (Wikipedia, en: c. 335 – c. 394; Wikipedia, es: entre 330 y 335 – entre 394 y 400), obispo de Nisa, hermano menor de Basilio de Cesarea y de Macrina
    TítuloLa Gran Catequesis (inglés del NPNF The Great Catechism; los Prolegómenos del NPNF la llaman también Oratio catechetica y «Great Catechetical Oration»; Wikipedia en español la lista como «Gran discurso catequético»)
    GéneroInstrucción para los catequistas, que la agrupa entre las obras apologéticas
    FechaLa tabla del NPNF la coloca en 385, después del Contra Eunomio; es una conjetura, y la obra no da año
    EstructuraSumario del editor, Prólogo y 40 capítulos; los párrafos de la traducción no están numerados
    ExtensiónUnas 29 000 palabras de Gregorio y 2 000 de sumario, más 129 notas del NPNF
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de Schaff y Wace; no del griego
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 5 (1892–1893), tal como lo recoge CCEL con sus notas

    La fuente y su traducción

    El volumen 5 de la segunda serie reúne los tratados dogmáticos, ascéticos, filosóficos, apologéticos, oratorios y las cartas de Gregorio de Nisa, con unos Prolegómenos de los traductores. Los traductores son William Moore, rector de Appleton, y Henry Austin Wilson, fellow y bibliotecario de Magdalen College (Oxford), según la portada reproducida en CCEL. El prefacio de Henry Wace está fechado en King's College, Londres, el 6 de noviembre de 1892; New Advent da como edición la de la Christian Literature Publishing Co., Buffalo, 1893. New Advent reproduce de este tratado solo el sumario del editor; el texto completo, con las notas, está en CCEL, y es de ahí de donde parte esta edición.
    Para el griego, según los Prolegómenos, se siguió el texto de J. G. Krabinger, que contó con cuatro manuscritos del siglo XVI y uno del XIII, «muy mutilado», todos en Múnich. Entre las versiones antiguas del tratado, el NPNF cita las latinas de Pedro Morel (París, 1568) y de Gentiano Herveto (París, 1573) y la alemana de Glauber (Leipzig, 1781); las notas del NPNF discuten a menudo cómo las leyeron. Una nota del propio NPNF avisa de que no está claro por qué se llama «Gran» a esta instrucción, quizá en alusión a algún manual menor, y de que su autenticidad solo la han puesto en duda unos pocos, por opiniones de cuño origenista e incluso eutiquiano que contiene; la confirma Teodoreto, y la reconocen Aubertin y Casaubon. La versión castellana traduce del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    Barra con la extensión del Prólogo y de los cuarenta capítulos de la Gran Catequesis, agrupados en las tres partes del sumario del editor, y línea de tiempo de cómo llegó el tratado hasta esta edición
    El Prólogo y los cuarenta capítulos por número de palabras en esta edición, en las tres partes del sumario del editor, y cómo llegó el tratado hasta nosotros · Elaboración propia para Eusebeia · palabras de esta edición; tres partes según el sumario del NPNF; fechas y ediciones según los Prolegómenos del NPNF
    Lo que viene de la edición. El sumario con que empieza el texto es de los editores del NPNF, no de Gregorio, y por eso va aparte, como voz de otra mano: agrupa los capítulos en tres partes («La Trinidad», «Racionalidad de la Encarnación» y «Los Sacramentos») y avisa de que la división en capítulos, «sea de quien sea», no es una guía correcta del contenido. Las 129 notas del NPNF (numeradas 1934–2062 como en CCEL) son de los traductores y no de Gregorio: se conservan con su número, traducidas, tras el capítulo al que pertenecen, en notas plegadas «Notas de la edición». Traen términos griegos y latinos, variantes de manuscritos y citas en inglés, y sus remisiones de página son al volumen inglés. Los párrafos de la traducción no llevan numeración propia: los localizadores «Cap. XXIV, § 2» cuentan los párrafos de cada capítulo, y los de más de 1 200 palabras se parten por frases solo para la lectura, sin alterar el texto. La edición no trae material de otra obra: tras el título y el sumario viene el Prólogo, y el epub acaba con el capítulo XL.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. El cotejo con el epub inglés da los mismos 113 párrafos y un largo total de 1,03 veces el del inglés; el cotejo automático no marcó párrafos sin traducir ni palabras inglesas sueltas. Con todo, es traducción automática. Entre sus rasgos están calcos del inglés del NPNF («transelementa» para metastoicheiōsas) y voces poco corrientes («perecibilidad», «sentiente», «abstergente»). Los términos técnicos (hypóstasis, ousía, logos) llegan a través de las elecciones del traductor inglés.

    Sumario de la edición

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Sumario del tratado · Sumario
    El Gran Catecismo1934.
    Resumen.
    La Trinidad.
    Prólogo y capítulo 1.—La creencia en Dios se apoya en el arte y la sabiduría desplegados en el orden del mundo; la creencia en la Unidad de Dios, en la perfección que debe pertenecerle en lo tocante al poder, la bondad, la sabiduría, etc. Sin embargo, el cristiano que combate el politeísmo debe cuidarse de que, al contender contra el helenismo, no caiga inconscientemente en el judaísmo. Pues Dios tiene un Logos; de lo contrario estaría privado de razón. Y este Logos no puede ser un mero atributo de Dios. A una concepción más elevada del Logos nos conduce la consideración de que, en la medida en que Dios es mayor que nosotros, todos sus predicados deben ser también más altos que los que nos pertenecen. Nuestro logos es limitado y transitorio; mas la subsistencia del Logos divino debe ser indestructible, y al mismo tiempo viviente, pues lo racional no puede carecer de vida, como una piedra. Debe tener también una vida independiente, no una vida participada; de lo contrario perdería su simplicidad; y, en cuanto viviente, debe poseer asimismo la facultad de la voluntad. Esta voluntad del Logos debe ser igualada por su poder: porque una mezcla de elección e impotencia destruiría, de nuevo, la simplicidad. Su voluntad, por ser divina, debe ser también buena. De esta capacidad y de esta voluntad de obrar se sigue la realización del bien; de ahí la venida a la existencia del mundo sabia y artísticamente ajustado. Pero como, además, la concepción lógica del Verbo es en cierto sentido relativa, se sigue que, juntamente con el Verbo, debe reconocerse como existente Aquel que lo habla, es decir, el Padre del Verbo. Así, el misterio de la fe evita por igual el absurdo del monoteísmo judío y el del politeísmo pagano. Por una parte, decimos que el Verbo tiene vida y actividad; por otra, afirmamos que hallamos en el Λόγος, cuya existencia deriva del Padre, todos los atributos de la naturaleza del Padre.
    Capítulo II.—Por la analogía del aliento humano, que no es sino fuego inhalado y exhalado, es decir, un objeto ajeno a nosotros, se demuestra la comunidad del Espíritu divino con la esencia de Dios y, sin embargo, la independencia de su existencia.
    Capítulo III.—De la doctrina judía, pues, se ha retenido la unidad de la naturaleza divina; del helenismo, la distinción en hipóstasis.
    Capítulo IV.—El judío convicto por las Escrituras.
    Racionalidad de la Encarnación.
    Capítulos V y VI.—Dios creó el mundo por su razón y su sabiduría; pues no puede haber procedido irracionalmente en esa obra; pero su razón y su sabiduría, como se ha mostrado antes, no deben concebirse como una palabra hablada, ni como la mera posesión de conocimiento, sino como una potencia personal y volente. Si el mundo entero fue creado por esta segunda hipóstasis divina, entonces ciertamente también el hombre fue creado así; no por necesidad alguna, sino por un amor sobreabundante, para que existiera un ser que participara de las perfecciones divinas. Si el hombre había de ser receptivo de éstas, era necesario que su naturaleza contuviera un elemento afín a Dios; y, en particular, que fuera inmortal. Así, pues, el hombre fue creado a imagen de Dios. No podía, por tanto, carecer de los dones de la libertad, la independencia, la autodeterminación; y su participación en los dones divinos quedó, en consecuencia, supeditada a su virtud. Debido a esta libertad, pudo decidirse en favor del mal, el cual no puede tener origen en la voluntad divina, sino sólo en nuestro interior, donde surge en forma de desviación del bien y, por ende, de privación de éste. El vicio se opone a la virtud sólo como ausencia de lo mejor. Ahora bien, como todo lo creado está sujeto a cambio, era posible que, en un primer momento, uno de los espíritus creados apartara su mirada del bien y se volviera envidioso, y que de esta envidia surgiera una inclinación a la maldad, la cual, en secuencia natural, preparara el camino a todos los demás males. Él sedujo a los primeros hombres a la necedad de apartarse de la bondad, perturbando la armonía divinamente ordenada entre su naturaleza sensible y su naturaleza intelectual; y contaminó arteramente sus voluntades con el mal.
    Capítulos VII y VIII.—Dios no dejó al hombre sin crear, a pesar de su presciencia del mal que resultaría de la creación del hombre; pues era mejor hacer volver a los pecadores a la gracia original por el camino del arrepentimiento y del sufrimiento físico que no crear al hombre en absoluto. El levantamiento de los caídos era una obra propia del Dador de la vida, que es la sabiduría y el poder de Dios; y con este fin se hizo hombre.
    Capítulo IX.—La Encarnación no fue indigna de Él; pues sólo el mal produce degradación.
    Capítulo X.—La objeción de que lo finito no puede contener lo infinito y de que, por tanto, la naturaleza humana no pudo recibir en sí lo divino, se funda en la falsa suposición de que la Encarnación del Verbo significa que la infinitud de Dios quedó contenida en los límites de la carne, como en un vaso.—Comparación de la llama y la mecha.
    Capítulos XI, XII y XIII.—Por lo demás, el modo en que la naturaleza divina se unió a la humana supera nuestra capacidad de comprensión; aunque no nos está permitido dudar del hecho de esa unión en Jesús, a causa de los milagros que obró. El carácter sobrenatural de esos milagros da testimonio de su origen divino.
    Capítulos XIV, XV, XVI, XVII.—El plan de la Encarnación se expone aún con más detalle, para mostrar que este camino para la salvación del hombre era preferible a un solo fiat de la voluntad de Dios. Cristo tomó sobre sí la debilidad humana; pero fue debilidad física, no moral. En otras palabras, la bondad divina no mudó a su contrario, que es sólo el vicio. En Él, alma y cuerpo se unieron y luego se separaron, según el curso de la naturaleza; pero después de haber purgado así la vida humana, los reunió de nuevo en una escala más general, para todos y para siempre, en la Resurrección.
    Capítulo XVIII.—La cesación del culto a los demonios, los martirios cristianos y la devastación de Jerusalén son aceptados por algunos como pruebas de la Encarnación—
    Capítulos XIX y XX.—Pero no por el griego ni por el judío. Volvamos, pues, a su racionalidad. Ya consideremos la bondad, el poder, la sabiduría o la justicia de Dios, muestra una combinación de todos estos atributos reconocidos que, si falta uno solo, dejan de ser divinos. Es, por tanto, fiel a la perfección divina.
    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Sumario del tratado · Sumario
    Capítulos XXI, XXII y XXIII.—¿Cuál es, pues, la justicia que hay en ello? Debemos recordar que el hombre fue creado necesariamente sujeto al cambio (a mejor o a peor). La belleza moral debía ser la dirección en que se moviera su libre albedrío; pero entonces fue engañado, para su ruina, por una ilusión de esa belleza. Después de habernos vendido así libremente al engañador, Aquel que por su bondad procuraba devolvernos a la libertad no podía, precisamente porque también era justo, recurrir para este fin a medidas de violencia arbitraria. Era necesario, por tanto, que se pagara un rescate que excediera en valor a aquello que había de ser rescatado; y por ello fue necesario que el Hijo de Dios se entregara al poder de la muerte. La justicia de Dios lo impulsó, pues, a elegir un método de intercambio, así como su sabiduría se manifestó al ejecutarlo.
    Capítulos XXIV y XXV.—¿Y qué decir del poder? Éste se manifestó de modo más conspicuo en la Deidad que descendía a la humildad que en todas las maravillas naturales del universo. Fue como si la llama fuera forzada a derramarse hacia abajo. Luego, después de tal nacimiento, Cristo venció a la muerte.
    Capítulo XXVI.—Ciertamente se practicó un engaño contra el Maligno, al ocultar la naturaleza divina dentro de la humana; pero para éste, que es él mismo un engañador, fue sólo una justa recompensa que fuera engañado a su vez: el gran Adversario debe al fin hallar que lo que se ha hecho es justo y saludable, cuando él también experimente el beneficio de la Encarnación. Él, lo mismo que la humanidad, será purgado.
    Capítulos XXVII y XXVIII.—Un enfermo, para ser sanado, debe ser tocado; y la humanidad tenía que ser tocada por Cristo. No estaba en "cielo"; así que sólo mediante la Encarnación podía ser sanada.—Además, no era más incompatible con su divinidad asumir un cuerpo humano que un cuerpo "celestial"; todos los seres creados están en un mismo nivel por debajo de la Deidad. Incluso "honor abundante" se debe a los instrumentos del nacimiento humano.
    Capítulos XXIX, XXX y XXXI.—En cuanto al retraso de la Encarnación, era necesario que la degeneración humana hubiera llegado al punto más bajo antes de que la obra de la salvación pudiera entrar. Sin embargo, que la gracia mediante la fe no haya llegado a todos debe atribuirse a la libertad humana; si Dios derribara nuestra oposición por medios violentos, se destruiría el carácter loable de la conducta humana.
    Capítulo XXXII.—Incluso la muerte en la Cruz fue sublime: pues fue el punto culminante y necesario en aquel designio de Amor en el que a la muerte debía seguir la resurrección bienaventurada para toda la "masa" de la humanidad; y la Cruz misma tiene un sentido místico.
    Los Sacramentos.
    Capítulos XXXIII, XXXIV, XXXV y XXXVI.—La naturaleza salvadora del Bautismo depende de tres cosas: la Oración, el Agua y la Fe. 1. Se muestra cómo la Oración asegura la Presencia divina. Dios es Dios de verdad; y ha prometido venir (como los milagros prueban que ya ha venido) si se le invoca de un modo particular. 2. Se muestra cómo la Deidad da vida a partir del agua. En la generación humana, incluso sin oración, Él da vida a partir de un pequeño comienzo. En una generación más alta, Él transforma la materia, no en alma, sino en espíritu. 3. La libertad humana, manifestada en la fe y el arrepentimiento, es también necesaria para la Regeneración. Ser sumergido tres veces en el agua es nuestra primera mortificación; salir de ella es un anticipo de la facilidad con que los puros se levantarán en una resurrección bienaventurada: todo el proceso es una imitación de Cristo.
    Capítulo XXXVII.—La Eucaristía une el cuerpo, como el Bautismo el alma, a Dios. Nuestros cuerpos, habiendo recibido veneno, necesitan un Antídoto; y sólo comiendo y bebiendo puede entrar. Un solo Cuerpo, receptáculo de la Deidad, es este Antídoto, así recibido. Pero ¿cómo puede entrar entero en cada uno de los fieles? Esto necesita una ilustración. El agua da su propio cuerpo a un odre. Así, el alimento (pan y vino), al convertirse en carne y sangre, da volumen al cuerpo humano: el alimento es el cuerpo. Así como en el caso de los demás hombres, el alimento de nuestro Salvador (pan y vino) era su Cuerpo; pero éstos, alimento y Cuerpo, fueron en Él transformados en el Cuerpo de Dios por el Verbo que moraba en su interior. Así también ahora, repetidamente, el pan y el vino, santificados por el Verbo (la sagrada Bendición), son al mismo tiempo transformados en el Cuerpo de aquel Verbo; y esta Carne se distribuye entre todos los fieles.
    Capítulos XXXVIII y XXXIX.—Es esencial para la Regeneración creer que el Hijo y el Espíritu no son espíritus creados, sino de naturaleza semejante a Dios Padre; pues quien hiciera depender su salvación (en la invocación bautismal) de algo creado confiaría en una naturaleza imperfecta y que ella misma necesita un salvador.
    Capítulo XL.—Sólo aquel se ha convertido verdaderamente en hijo de Dios que da prueba de su regeneración apartando de sí todo vicio.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Sumario
    • 1934. No está exactamente claro por qué esta Instrucción para catequistas se llama la "Grande": acaso en referencia a algún manual menor. Sobre su intención apologética, véase Prolegomena, p. 12. Su autenticidad, que algunos pocos han puesto en cuestión únicamente por opiniones que en ella son origenistas e incluso eutiquianas, está confirmada por Teodoreto, Dial. ii. 3, contr. Eutych. Aubertin y Casaubon reconocen ambos a Gregorio como su autor. La división de los capítulos, sin embargo, quienquiera que la haya hecho, dista mucho de ser una guía correcta de su contenido; pero, agrupándolos, puede hacerse claro el argumento principal.

    Prólogo

    Los ministros que presiden el "misterio de la piedad"1935 tienen necesidad de un sistema en sus instrucciones, para que la Iglesia se llene con el ingreso de los que han de salvarse1936, al hacer que la enseñanza de la palabra de la Fe llegue al oído de los incrédulos. No es que el mismo método de instrucción convenga en el caso de todos los que se acercan a la palabra. La catequesis debe adaptarse a las diversidades de su culto religioso; con la mira, ciertamente, en el único fin y término del sistema, pero sin usar el mismo método de preparación en cada caso individual. El judaizante está preocupado por un conjunto de nociones; el versado en el helenismo, por otras; mientras que el anomeo y el maniqueo, con los seguidores de Marción1937, Valentín y Basilides1938, y los demás en la lista de los que se han desviado hacia la herejía, cada uno de ellos imbuido de sus nociones peculiares, exigen una controversia especial con sus opiniones respectivas. El método de curación debe adaptarse a la forma de la enfermedad. No curaréis por los mismos medios el politeísmo del griego y la incredulidad del judío respecto al Dios Unigénito; ni, en cuanto a los que se han extraviado en la herejía, derribaréis con los mismos argumentos en cada caso sus romances engañosos acerca de los artículos de la Fe. Nadie podría enderezar a Sabelio1939 con la misma instrucción que aprovecharía al anomeo1940. La controversia con el maniqueo es inútil contra el judío1941. Es necesario, por tanto, como he dicho, atender a las opiniones que las personas han adoptado, y disponer el argumento según el error en que cada uno ha caído, aduciendo en cada discusión ciertos principios y proposiciones razonables para que, mediante lo admitido por ambas partes, la verdad pueda salir a la luz concluyentemente. Cuando, pues, se discute con uno de los que favorecen las ideas griegas, sería bueno poner al comienzo del razonamiento la averiguación de esto, es decir, si presupone la existencia de un Dios o concurre con la opinión atea. Si dijera que no hay Dios, entonces, de la consideración de la economía hábil y sabia del Universo, será llevado a reconocer que hay cierto poder dominante manifestado por estos canales. Si, por el contrario, no tuviera duda acerca de la existencia de la Deidad, pero se inclinara a abrigar la presunción de una pluralidad de dioses, adoptaremos contra él un razonamiento como éste: "¿piensa que la Deidad es perfecta o defectuosa?" y si, como es probable, da testimonio de la perfección en la naturaleza divina, le pediremos que conceda una perfección absoluta en todo lo que se observa en esa divinidad, para que la Deidad no sea considerada como una mezcla de contrarios, defecto y perfección. Ya sea respecto del poder, o de la concepción de la bondad, o de la sabiduría y la incorruptibilidad y la existencia eterna, o de cualquier otra noción adecuada a la naturaleza de la Deidad que se halle próxima al objeto de nuestra contemplación, en todo convendrá en que la perfección es la idea que debe tenerse de la naturaleza divina, como inferencia justa de estas premisas. Si esto, pues, se nos concede, no sería difícil reconducir estas nociones dispersas de una pluralidad de dioses al reconocimiento de la unidad de la Deidad. Porque si admite que la perfección ha de atribuirse en todos los aspectos al sujeto que tenemos delante, aunque haya una pluralidad de estas cosas perfectas marcadas con el mismo carácter, se le debe exigir por necesidad lógica, o bien que señale la particularidad en cada una de estas cosas que no presentan variación distintiva, sino que se hallan siempre con las mismas marcas, o bien, si (no puede hacerlo y) la mente no puede captar en ellas nada en cuanto particular, que abandone la idea de toda distinción. Porque si ni en lo que respecta a "más y menos" puede una persona detectar diferencia (puesto que la idea de perfección no lo admite), ni en lo que respecta a "peor" y "mejor" (pues no puede en absoluto formarse noción de Deidad donde no se elimina el término "peor"), ni en lo que respecta a "antiguo" y "moderno" (pues lo que no existe siempre es ajeno a la noción de Deidad), sino que, por el contrario, la idea de Divinidad es una y la misma, sin que por ningún fundamento de razón se descubra peculiaridad en punto alguno, es una necesidad absoluta que la imaginación equivocada de una pluralidad de dioses sea forzada al reconocimiento de la unidad de la Deidad. Porque si la bondad, la justicia, la sabiduría y el poder pueden predicarse igualmente de ella, entonces también la incorruptibilidad y la existencia eterna, y toda idea ortodoxa, serían admitidas de la misma manera. Así, pues, como toda diferencia distintiva en cualquier aspecto ha sido gradualmente eliminada, se sigue necesariamente que con ella ha sido eliminada de su creencia la pluralidad de dioses, llevando la identidad general a la convicción de la Unidad.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Prólogo
    • 1935. 1 Tim. iii. 16.
    • 1936. Hechos ii. 47.
    • 1937. Marción, discípulo de Cerdón, añadió un tercer Principio a los dos que enseñaba su maestro. El primero es un Dios innominado, invisible y bueno, pero no creador; el segundo es un Dios visible y creador, es decir, el Demiurgo; el tercero, intermedio entre el Dios invisible y el visible, es decir, el Diablo. El Demiurgo es el Dios y Juez de los judíos. Marción afirmaba la Resurrección sólo del alma. Rechazaba la Ley y los Profetas por proceder del Demiurgo; sólo Cristo descendió del Padre innominado e invisible para salvar el alma y refutar a este Dios de los judíos. El único Evangelio que reconocía era el de San Lucas, omitiendo el comienzo que detalla la Concepción y la Encarnación de nuestro Señor. También mutiló otras porciones tanto en el medio como al final. Además de este Evangelio truncado de San Lucas, conservó diez de las cartas apostólicas, pero incluso ellas las alteró. Gregorio dice en otro lugar que los seguidores de Eunomio tomaron de Marción su "dualidad de dioses", pero fueron más allá que él al negar la bondad esencial al Unigénito, el "Dios del Evangelio".
    • 1938. De los gnósticos Valentín y Basilides, la relación más veraz y mejor se ofrece en Gnostics, de H. L. Mansel, y en los artículos sobre ellos del Dictionary of Christian Biography. Allí se muestra cómo todas sus visiones de jerarquías celestiales, y las narraciones novelescas relacionadas con ellas, nacieron del intento de resolver el problema insoluble, es decir, cómo aquello que en la filosofía moderna se llamaría lo Infinito ha de pasar a lo finito. Cayeron en el fatalismo de la concepción emanantista de la Deidad, pero aun así el intento fue honesto.
    • 1939. Sabelio. La herejía sabeliana abundaba en el siglo precedente: es decir, que la Personalidad se atribuye a la Deidad sólo por exigencia del lenguaje humano; que, en consecuencia, Él es a veces caracterizado como Padre, cuando se habla de operaciones y obras más apropiadas a la relación paterna; y así de modo semejante del Hijo y del Espíritu Santo; como cuando la Redención es el asunto, o la Santificación. Al hacer del Hijo el Padre, es el polo opuesto al arrianismo.
    • 1940. "Vemos también el surgimiento (es decir, d.C. 350) de una escuela arriana nueva y más desafiante, más seria que la generación anterior, impaciente ante su diplomacia evasiva y menos dúctil a las influencias de la corte. Aecio… vino a reposar en una forma clara y simple de arrianismo. Un cristianismo sin misterio parece haber sido su meta. Los líderes anomeos se apoyaron en la doctrina del propio Arrio e insistieron con énfasis en sus aspectos más ofensivos. Arrio había sentado mucho antes la desemejanza absoluta del Hijo respecto del Padre, pero durante años los arrianizantes la habían suavizado prudentemente. Ahora, sin embargo, 'desemejante' se convirtió en la consigna de Aecio y Eunomio": Arians, de Gwatkin. Sobre el modo en que esta escuela trataba la Trinidad, véase Against Eunomius, p. 50.
    • 1941. Es decir, un argumento contra el dualismo no haría sino confirmar al judío en su estricto monoteísmo. Manes había enseñado también que "las almas que creen que Jesucristo es el Hijo de Dios renuncian al culto del Dios de los judíos, que es el Príncipe de las Tinieblas", y que "el Antiguo Testamento era obra de este Príncipe, a quien los judíos pusieron en el lugar del Dios verdadero".

    Capítulo I

    Cap. I, § 1

    Mas, puesto que nuestro sistema de religión acostumbra observar una distinción de personas en la unidad de la Naturaleza, para impedir que nuestro argumento, en nuestra controversia con los griegos, descienda al nivel del judaísmo, es menester de nuevo una declaración técnica precisa, a fin de corregir todo error sobre este punto.

    Cap. I, § 2

    Pues ni siquiera quienes son ajenos a nuestra doctrina consideran que la Deidad esté sin Logos1942. Ahora bien, esta concesión suya permitirá desarrollar suficientemente nuestro argumento. Pues quien admite que Dios no está sin Logos, convendrá en que un ser que no está sin Logos (o palabra) ciertamente posee el Logos. Ahora bien, debe observarse que la palabra hablada del hombre se expresa con el mismo término. Si, pues, dijera que entiende lo que es el Logos de Dios según la analogía de las cosas que hay en nosotros, será conducido así a una idea más elevada, siéndole absolutamente necesario creer que la expresión, como todo lo demás, corresponde a la naturaleza. Aunque, es decir, se observe cierta suerte de fuerza, de vida y de sabiduría en el sujeto humano, nadie, por la semejanza de los términos, supondría que la vida, el poder o la sabiduría sean en el caso de Dios de tal índole, sino que las significaciones de todos esos términos se rebajan para ajustarse a la medida de nuestra naturaleza. Pues, dado que nuestra naturaleza es corruptible y débil, por eso nuestra vida es breve, nuestra fuerza insustancial, nuestra palabra inestable1943. Pero en aquella naturaleza trascendente, por la grandeza del sujeto contemplado, todo lo que se dice de ella se eleva con ella. Por tanto, aunque se haga mención del Verbo de Dios, no se pensará que tiene su realización en la emisión de lo que se habla, para desvanecerse luego, como nuestro lenguaje, en la nada. Al contrario, así como nuestra naturaleza, sujeta como está a perecer, está dotada de una palabra que igualmente perece, así la naturaleza imperecedera y sempiterna tiene una palabra eterna y sustancial. Si, pues, la lógica exige admitir esta subsistencia eterna del Verbo de Dios, es absolutamente necesario admitir también que la subsistencia1944 de ese Verbo consiste en un estado viviente; pues es una impiedad suponer que el Verbo tiene una subsistencia sin alma a la manera de las piedras. Mas si subsiste, siendo como es algo dotado de intelecto y sin cuerpo, entonces ciertamente vive; mientras que, si estuviera separado de la vida, entonces con igual certeza no subsiste; pero esta idea de que el Verbo de Dios no subsiste ha quedado demostrada como blasfemia. Por consiguiente, se ha mostrado asimismo que el Verbo debe considerarse en condición viviente. Y como se cree razonablemente que la naturaleza del Logos es simple y no exhibe en sí duplicidad ni composición, nadie contemplaría la existencia del Logos viviente como dependiente de una mera participación en la vida, pues tal suposición, que equivale a decir que una cosa está dentro de otra, no excluiría la idea de composición; mas, habiéndose admitido la simplicidad, nos vemos obligados a pensar que el Logos tiene una vida independiente, y no una mera participación de la vida. Si, pues, el Logos, por ser vida, vive1945, ciertamente posee la facultad de querer, pues ninguna criatura viviente carece de tal facultad. Además, que tal voluntad tiene también capacidad de obrar debe ser la conclusión de una mente piadosa. Pues si no se admite esta potencia, se demuestra que existe lo contrario. Mas no: la impotencia está del todo alejada de nuestra concepción de la Deidad. Nada incongruente ha de observarse en relación con la naturaleza divina; antes bien, es absolutamente necesario admitir que el poder de aquel Verbo es tan grande como su propósito, no sea que se halle mezcla, o concurrencia, de contradicciones en una existencia que es incompleja, como sería el caso si en el mismo propósito detectáramos a la vez impotencia y poder, esto es, si hubiera poder para hacer una cosa, pero no poder para hacer otra. También debemos suponer que esta voluntad, en su poder de hacer todas las cosas, no tendrá inclinación alguna hacia el mal (pues el impulso hacia el mal es ajeno a la naturaleza divina), sino que cuanto es bueno, eso también lo quiere, y, queriéndolo, es capaz de realizarlo, y, siendo capaz, no dejará de realizarlo1946; sino que llevará todos sus propósitos de bien a cumplimiento efectivo. Ahora bien, el mundo es bueno, y todo su contenido se ve sabia y hábilmente ordenado. Todas ellas, por tanto, son obras del Verbo, de uno que, mientras vive y subsiste, en cuanto es el Verbo de Dios, tiene también voluntad, en cuanto vive; de uno, además, que tiene poder para efectuar lo que quiere, y que quiere lo absolutamente bueno y sabio y todo lo demás que connota superioridad. Así pues, dado que se admite que el mundo es algo bueno, y por lo dicho se ha mostrado que el mundo es obra del Verbo, que a la vez quiere y es capaz de efectuar el bien, este Verbo es otro que Aquel de quien es el Verbo. Pues esto también, en cierta medida, es un término de "relación", en cuanto que el Padre del Verbo debe necesariamente pensarse con el Verbo, pues no sería palabra si no fuera palabra de alguien. Si, pues, la mente de los oyentes, a partir del significado relativo del término, distingue entre el Verbo y Aquel de quien procede, hallaríamos que el misterio evangélico, en su controversia con las concepciones griegas, no correría peligro de coincidir con quienes prefieren las creencias de los judíos. Pero escapará igualmente al absurdo de uno y otro partido, reconociendo a la vez que el Verbo viviente de Dios es un ser eficaz y creador, que es lo que el judío rehúsa recibir, y también que el Verbo mismo y Aquel de quien es no difieren en su naturaleza. Como en nuestro propio caso decimos que la palabra procede de la mente, y no es enteramente lo mismo que la mente, ni tampoco del todo otra que ella (pues, por ser de ella, es algo distinto, y no ella; sin embargo, al poner de manifiesto la mente, ya no puede considerarse como algo distinto de ella; y así es, en su esencia, una con la mente, mientras que como sujeto es diferente), de manera semejante también el Verbo de Dios, por su subsistencia propia, es distinto de Aquel de quien tiene su subsistencia; y, no obstante, al exhibir en sí mismo aquellas cualidades que se reconocen en Dios, es de la misma naturaleza que Aquel que es reconocible por las mismas notas distintivas. Pues ya se adopte la bondad1947, el poder, la sabiduría, la existencia eterna, la incapacidad de vicio, de muerte y de corrupción, o una perfección entera, o cualquier otra cosa semejante, para caracterizar la concepción que uno tiene del Padre, por medio de las mismas notas hallará al Verbo que subsiste de Él.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. I
    • 1942. la Deidad…sin Logos. En otro tratado (De Fide, p. 40) Gregorio funda el argumento de la eternidad del Λόγος en Juan i, 1, donde no se dice "después del principio", sino "en el principio". Por tanto, el principio nunca estuvo sin el Λόγος.
    • 1943. inestable: ἀπαγὴς (la lectura ἅρπαγις es manifiestamente errónea). Así después se llama al habla humana ἐπίκηρος. Cf. Atanasio (Contr. Arian. 3): "Puesto que el hombre vino de lo no existente, por eso su ‘palabra’ también tiene pausa y no dura. Del hombre obtenemos, día tras día, muchas palabras diferentes, porque las primeras no permanecen, sino que son olvidadas."
    • 1944. ὑπόστασιν. Acerca de esta palabra tan repetida surge la cuestión de si debemos a los cristianos o a los platónicos el primer uso hábil de ella para expresar lo que no es ni sustancia ni cualidad. Abraham Tucker (Light of Nature, ii. p. 191) aventura la siguiente observación respecto de la Tríada platónica, es decir, Bondad, Inteligencia, Actividad, a saber: que cualidad no serviría como nombre general de estos principios, porque las ideas y las esencias abstractas existían en la Inteligencia, &c., y las cualidades no pueden existir unas en otras, p. ej. lo amarillo no puede ser blando; ni podría sustancia ser el término, pues entonces habrían de ser partes componentes del Existente, lo que habría destruido la unidad de la Divinidad: "por tanto, él (Platón) las llamó Hipóstasis o Subsistencias, lo cual es algo entre la sustancia y la cualidad, que inexiste en la una y sirve de receptáculo para la inexistencia de la otra dentro de ella". Pero añade: "No recomiendo esta explicación a nadie"; ni tampoco declara la autoridad para este uso platónico, tan lúcidamente explicado, de la palabra. En efecto, si la palabra se hubiera aplicado alguna vez a los principios de la tríada platónica para expresar en cada uno de ellos "la subsistencia distinta en una οὐσία común", habría falseado la concepción misma del primero, es decir, la Bondad, que era nunca relativa. De modo que esta misma palabra parece subrayar, hasta cierto punto, el antagonismo entre el cristianismo y el platonismo. Sócrates (E. H. iii. 7) da testimonio de la ausencia de la palabra en la filosofía griega antigua: "nos parece que los filósofos griegos nos han dado varias definiciones de οὐσία, pero no han prestado la menor atención a ὑπόστασις.…no se halla en ninguno de los antiguos sino ocasionalmente en un sentido bastante distinto del que se le atribuye en la actualidad (es decir, siglo quinto). Así, Sófocles, en su tragedia titulada Phœnix, la usa para significar ‘traición’; en Menandro implica ‘salsas’ (i. e. sedimento). Pero aunque los antiguos escritores filosóficos apenas repararon en la palabra, los más modernos la han usado frecuentemente en lugar de οὐσία." Pero fue, hasta donde puede rastrearse, el genio infalible de Orígenes el que primero arrojó en torno al Λόγος aquella atmósfera de un término nuevo, es decir, ὑπόστασις, así como ὁμοούσιος, αὐτόθεος, lo cual hizo posible después presentar la Segunda Persona al mundo de habla griega como miembro de una Trinidad igual e indivisible. Fue él quien primero seleccionó tales palabras y vio de lo que eran capaces; aunque no insistió en aquel significado más pleno que se les dio cuando todo peligro de sabelianismo dentro de la Iglesia hubo desaparecido, y el error pasó bajo la apariencia del arrianismo al extremo opuesto.
    • 1945. vive. Esta doctrina dista mucho de la de Filón, es decir, de la filosofía alejandrina. La primera afirmación de San Juan representa el Λόγος como teniendo un movimiento hacia atrás, hacia la Deidad, así como un movimiento hacia adelante, desde Ella; como retenido allí, y sin embargo enviado desde allí por una fuerza que él llama Amor, de suerte que el movimiento primero hacia el mundo no proviene del Λόγος, sino del Padre mismo. El Λόγος aquí es el Verbo, y no la Razón; Él es el efecto vivo de una causa viva, no una teoría o hipótesis situada a la puerta de un misterio insoluble. El Λόγος habla porque el Padre habla, no porque el Supremo no pueda ni quiera hablar; y sus relaciones son a menudo lo inverso de las que mantienen en Filón; pues el Padre se convierte a veces en el mediador entre el Λόγος y el mundo, atrayendo a los hombres hacia Él y sometiendo porciones de la Creación ante Su camino. La psicología parece derramar una luz directamente en la cámara del consejo del Eterno; mientras que la metafísica se había apartado de ella, con el dedo en los labios. Puede que Filón haya usado, como piensa Tholuck, aquellos mismos textos del Antiguo Testamento que apoyan la doctrina cristiana del Verbo, y en cuya traducción los LXX le suministraron la palabra griega. Pero, cualquiera que sea su origen, su teología acabó alineándose con aquellas visiones panteístas del universo que dominaron a todas las mentes pensantes no cristianizadas durante más de tres siglos después de él. La mayoría de los críticos recientes favorece ciertamente la suposición de que el Λόγος de Filón es un ser numéricamente distinto del Supremo; pero cuando se rastrea atentamente la relación del Supremo en cada uno, comienza a aparecer el antagonismo real entre el sistema cristiano y el suyo. El Supremo de Filón no está, ni puede estar jamás, relacionado con el mundo. El Λόγος es una necesidad lógica como mediador entre ambos; un ser espiritual ciertamente, pero sólo la cabeza de una larga serie de tales seres, que al fin logran llenar el paso entre lo finito y lo infinito. En este sistema no hay misión de amor ni de libre albedrío; tales seres no son sino hitos que marcan la distancia entre el hombre y el Gran Desconocido. Es significativo que Vacherot, el principal historiador de la escuela filosófica alejandrina, dude de que Juan el Evangelista oyera siquiera hablar del filósofo judío de Alejandría. Con los miembros de la Tríada neoplatónica ocurre más o menos lo mismo que con el Λόγος de Filón. El Dios de Plotino y de Proclo no es un Dios en tres hipóstasis: es simplemente uno, siendo la Inteligencia y el Alma sus emanaciones necesarias; están en Dios, pero no son Dios: el Alma no es sino una hipóstasis de una hipóstasis. El Uno no es una hipóstasis, sino que está por encima de ella. Esta "Trinidad" depende de la distinción y sucesión de los movimientos necesarios de la Deidad; consiste en tres principios de las cosas distintos y separados. La Trinidad es realmente propia del cristianismo. Tres Hipóstasis inseparables forman por igual parte de la naturaleza divina, de suerte que quitar una sería destruir el todo. El Verbo y el Espíritu son Divinos, no intermediarios dispuestos en una jerarquía en la ruta del mundo hacia Dios. Como Plotino reprochaba a los gnósticos, la mística cristiana desprecia el mundo y, suprimiendo a los intermediarios que en otras doctrinas sirven para elevar gradualmente el alma a Dios, la transporta de un solo impulso, por así decirlo, a la naturaleza divina. El cristiano va directamente a Dios por la Fe. La Imaginación, la Razón y la Contemplación de los neoplatónicos, es decir, los tres movimientos del alma que corresponden a su "trinidad" inferior de Naturaleza, Alma e Inteligencia, ya no son necesarias. Hay una antipatía profunda entre los dos sistemas; ¿cómo, pues, podría decirse que el uno influyó en el otro? Es posible que el neoplatonismo tiñera al cristianismo mientras éste buscaba aún un lenguaje para expresar su yo interior; pero nunca influyó en el carácter intrínsecamente moral de los Credos cristianos. La filosofía alejandrina es toda metafísica, y su escollo fue el panteísmo; todo, incluso la materia, procede de Dios necesaria y eternamente. La Iglesia nunca vaciló: vio el abismo que se abre en ese camino; y mediante severos decretos ha cerrado la vía al panteísmo.
    • 1946. no dejará de realizarlo; μὴ ἀνενεργητον εἶναι. Esta es una expresión favorita de Gregorio y del platónico Sinesio.
    • 1947. bondad. "Dios es amor"; pero ¿cómo es este amor superior o igual al Poder? "La Bondad infinita, según nuestra aprehensión, exige agotar la omnipotencia: que dé capacidades de gozo y confiera bendiciones hasta que no queden más por conferir; pero nuestra idea de omnipotencia exige que sea inagotable; que nada limite su operación, de modo que no haga más de lo que ha hecho. Por tanto, es mucho más fácil concebir una criatura imperfecta completamente buena que un Ser perfecto que lo sea.…Puesto que, pues, hallamos nuestro entendimiento incapaz de comprender la bondad infinita unida al poder infinito, no debemos sorprendernos de hallar nuestros pensamientos perplejos acerca de ellos…podemos presumir que la oscuridad proviene de algo erróneo en nuestras ideas, no de incongruencias en los sujetos mismos." Abraham Tucker, L. of N., i. 355.

    Capítulo II

    Cap. II

    Así pues, así como por la más alta ascensión mística1948 desde las cosas que nos conciernen hasta aquella naturaleza trascendente adquirimos conocimiento del Verbo, por el mismo método seremos conducidos a una concepción del Espíritu, observando en nuestra propia naturaleza ciertas sombras y semejanzas de su inefable poder. Ahora bien, en nosotros el espíritu (o aliento) es la aspiración del aire, una materia distinta de nosotros mismos, inhalada y exhalada para el sustento necesario del cuerpo. Éste, en el momento de proferir la palabra, se convierte en una expresión que manifiesta en sí misma el sentido de la palabra. Y en el caso de la naturaleza divina se ha juzgado punto de nuestra religión que hay un Espíritu de Dios, así como se ha admitido que hay un Verbo de Dios, por la incoherencia de que el Verbo de Dios sea deficiente en comparación con nuestra palabra, si, mientras esta palabra nuestra es contemplada en conexión con el espíritu, aquel otro Verbo hubiera de creerse completamente desconectado del espíritu. No es ciertamente un pensamiento propio que entretenerse acerca de la Deidad, que a la manera de nuestro aliento algo extraño de fuera fluya hacia Dios, y en Él se convierta en el Espíritu; sino que cuando pensamos en el Verbo de Dios no consideramos que el Verbo sea algo insustancial, ni resultado de instrucción, ni una emisión de la voz, ni algo que después de proferido pasa, ni lo que está sujeto a cualquier otra condición como las que se observan en nuestra palabra, sino que es esencialmente subsistente por sí mismo, con una facultad de voluntad siempre operante, todopoderosa. Semejante doctrina hemos recibido también respecto al Espíritu de Dios; lo consideramos como aquello que acompaña al Verbo y manifiesta su energía, y no como un mero efluvio del aliento; pues por tal concepción la grandeza del poder divino quedaría reducida y humillada, es decir, si se supusiera que el Espíritu que hay en él se asemeja al nuestro. Pero lo concebimos como un poder esencial, considerado como centrado en sí mismo en su propia persona, y sin embargo igualmente incapaz de ser separado de Dios en Quien está, o del Verbo de Dios a quien acompaña, así como de desvanecerse en la nada; sino como siendo, a semejanza del Verbo de Dios, existente como persona1949, capaz de querer, automovido, eficiente, que siempre elige el bien, y que para todo propósito tiene su poder concurrente con su voluntad.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. II
    • 1948. por la más alta ascensión mística, ἀναγωγικῶς. La lectura común era ἀναλογικῶς, la cual han traducido Herveto y Morell. Pero Krabinger, a partir de todos sus códices salvo uno, ha restituido con razón ἀναγωγικῶς. No es "analogía", sino más bien "inducción", lo que aquí se quiere decir; i.e. el argumentar de lo conocido a lo desconocido, de los hechos de la naturaleza humana ( τὰ καθ᾽ ἡμᾶς ) a los de la Divinidad, o de la historia a los acontecimientos espirituales. ᾽Αναγωγή es el instrumento principal en la interpretación que Orígenes hace de la Biblia; es más importante que la alegoría. Sólo ella da el sentido "celestial", en oposición al sentido moral y práctico, aunque todavía místico (cf. Guericke, Hist. Schol. Catech. ii. p. 60). Hablando de la torre de Babel, dice que hay un "enigma" en el relato. "Una exposición competente tendrá ocasión más oportuna para tratar de esto, cuando haya necesidad directa de explicar el pasaje en su sentido místico más alto" (c. Cels. iv. p. 173). Gregorio imita a su maestro al tratar así constantemente el Antiguo Testamento, i.e. haciendo inducciones acerca de las verdades espirituales más altas a partir de la "historia". Así trataría Basilio las profecías (en Isai. v. p. 948). Crisóstomo, sobre los Cánticos de las "Subidas" en los Salmos, dice que se llaman así porque hablan de la subida desde Babilonia, según la historia; pero, según su alta mística, porque nos elevan al camino de la excelencia. Aquí Gregorio usa los hechos de la naturaleza humana no a modo de mera analogía ni de alegoría: argumenta directamente desde ellos, como una realidad, hacia otra realidad casi de la misma clase, por así decirlo, como la primera, siendo el hombre "a imagen de Dios"; y así ἀναγωγή aquí se acerca más a la inducción que a cualquier otra cosa.
    • 1949. καθ᾽ ὑπόστασιν. Ueberweg (Hist. of Philosophy, vol. i. 329) observa: "Que la misma argumentación, que en último análisis reposa sólo en el doble sentido de ὑπόστασις (a saber: (a) subsistencia real; (b) subsistencia individualmente independiente, no atributiva), pudiera usarse con referencia a cada uno de los atributos divinos, y así para la completa restauración del politeísmo, Gregorio lo deja sin notar". Sin embargo, Gregorio sin duda era bien consciente de esto, pues dice, justo más abajo, que incluso un estudio severo del misterio sólo puede resultar en una cantidad moderada de aprehensión de él.

    Capítulo III

    Cap. III

    Y así, quien estudia severamente las profundidades del misterio, recibe secretamente en su espíritu, ciertamente, una moderada aprehensión de la doctrina de la naturaleza de Dios, pero es incapaz de explicar claramente con palabras la profundidad inefable de este misterio. Como, por ejemplo, cómo la misma cosa es capaz de ser numerada y sin embargo rechaza la numeración, cómo es observada con distinciones y sin embargo es aprehendida como una mónada, cómo es separada en cuanto a la personalidad y sin embargo no está dividida en cuanto al sujeto1950. Pues, en cuanto a la personalidad, el Espíritu es una cosa y el Verbo otra, y aun aquello de lo cual provienen el Verbo y el Espíritu es otra. Pero cuando has alcanzado la concepción de cuál es la distinción en éstos, la unidad, a su vez, de la naturaleza no admite división, de modo que la supremacía de la única Causa Primera no se escinde ni se corta en Divinidades diferentes, ni la afirmación armoniza con el dogma judío, sino que la verdad pasa por el medio entre estas dos concepciones, destruyendo cada herejía y, sin embargo, aceptando de cada una lo que le es útil. El dogma judío es destruido por la aceptación del Verbo y por la fe en el Espíritu; mientras que el error politeísta de la escuela griega se desvanece por la unidad de la Naturaleza, que suprime esta imaginación de pluralidad. Y aun, por otra parte, de la concepción judía, quede en pie la unidad de la Naturaleza; y de la helenística, sólo la distinción en cuanto a las personas; aplicándose así, según se requiera, el remedio contra una visión profana a uno y otro lado. Pues es como si el número de la tríada fuera un remedio para aquellos que yerran en cuanto al Uno, y la afirmación de la unidad para aquellos cuyas creencias están dispersas entre un número de divinidades.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. III
    • 1950. está separada en cuanto a la personalidad, pero no está dividida en cuanto al sujeto. Las palabras son respectivamente ὑπόστασις y ὑποκείμενον. La última palabra es en Gregorio, cuya claridad en las distinciones filosóficas hace muy observable su uso de las palabras, siempre equivalente a οὐσία, y οὐσία generalmente a φύσις. La siguiente nota de Casaubon (Epist. ad Eustath.) es valiosa: En la Santísima Trinidad no hay ni "confusión", ni "composición", ni "coalescencia"; ni la "contracción" sabeliana, como tampoco la "división" arriana, ni por otra parte "extrañamiento" o "diferencia". Hay "distinción" o "distribución" sin división. Esta palabra "distribución" es usada por Tertuliano y otros para expresar el efecto de las "personas" ( ἰδιότητες, ὑποστάσεις, πρόσωπα ) sobre la Divinidad, la cual forma la definición de la sustancia ( ὁ τῆς οὐσίας λόγος ).

    Capítulo IV

    Cap. IV

    Pero si fuera el judío quien contradice estos argumentos, nuestra discusión con él ya no presentará igual dificultad1951, puesto que la verdad se hará manifiesta a partir de aquellas doctrinas en las que ha sido educado. Pues que hay un Verbo de Dios, y un Espíritu de Dios, potencias esencialmente subsistentes, ambas creadoras de cuanto ha llegado a ser y comprehensivas de las cosas que existen, se muestra con la luz más clara a partir de las Escrituras divinamente inspiradas. Basta si traemos a la memoria un testimonio y dejamos el descubrimiento de más a quienes estén inclinados a tomarse el trabajo. "Por el Verbo del Señor", se dice, "fueron establecidos los cielos, y todo el poder de ellos por el aliento de su boca1952". ¿Qué palabra y qué aliento? Pues el Verbo no es mero discurso, ni aquel aliento mera respiración. ¿No sería rebajada la Deidad al nivel de la semejanza de nuestra naturaleza humana, si se sostuviera como doctrina que el Hacedor del universo usó tal palabra y tal aliento como éste? ¿Qué poder surgido del habla o de la respiración podría haber de tal índole que bastara para el establecimiento de los cielos y de los poderes que hay en ellos? Pues si el Verbo de Dios es semejante a nuestro habla, y su Aliento es semejante a nuestro aliento, entonces de estas cosas semejantes ha de venir ciertamente una semejanza de poder; y el Verbo de Dios tiene exactamente tanta fuerza como nuestra palabra, y no más. Pero las palabras que provienen de nosotros y el aliento que acompaña su emisión son ineficaces e insustanciales. Así, los que rebajaran la Deidad a una similitud con la palabra como entre nosotros hacen también que el Verbo y el espíritu divinos sean totalmente ineficaces e insustanciales. Pero si, como dice David, "Por el Verbo del Señor fueron establecidos los cielos, y sus poderes tuvieron su hechura por su aliento", entonces se ha confirmado el misterio de la verdad, que nos instruye para hablar de un verbo como en ser esencial, y de un aliento como en personalidad.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. IV
    • 1951. i.e. como con el griego.
    • 1952. Sal. xxxiii. 4, versión de la Septuaginta.

    Capítulo V

    Cap. V

    Que hay, pues, un Verbo de Dios y un Aliento de Dios, el griego, con sus "ideas innatas"1953, y el judío, con sus Escrituras, tal vez no lo negarán. Pero la dispensación en cuanto al Verbo de Dios, por la cual Él se hizo hombre, ambas partes quizá la rechazarían igualmente, por ser increíble e indigna de decirse de Dios. Partiendo, pues, de otro punto, traeremos a estos contradictores a la fe en este hecho. Creen que todas las cosas llegaron a ser por pensamiento y destreza de parte de Aquel que dispuso el sistema del universo; o si no, sostienen opiniones que no se conforman a este parecer. Pero si no concedieran que la razón y la sabiduría guiaron la hechura del mundo, instalarían la sinrazón y la impericia en el trono del universo. Y si esto es un absurdo y una impiedad, es abundantemente claro que deben admitir que el pensamiento y la destreza gobiernan el mundo. Ahora bien, en lo que se ha dicho previamente, se ha mostrado que el Verbo de Dios no es esta emisión efectiva del habla, ni la posesión de alguna ciencia o arte, sino un poder que existe esencial y sustancialmente, que quiere todo bien y que posee fuerza para ejecutar toda su voluntad; y, de un mundo que es bueno, este poder apetitivo y creador del bien es la causa. Si, entonces, la subsistencia del mundo entero se ha hecho depender del poder del Verbo, como lo ha mostrado el hilo del argumento, una necesidad absoluta nos impide entretener el pensamiento de que haya otra causa de la organización de las diversas partes del mundo que el Verbo mismo, por quien todas las cosas en él pasaron al ser. Si alguien quiere llamarlo Verbo, o Destreza, o Poder, o Dios, o cualquier otra cosa elevada y apreciada, no disputaremos con él. Pues cualquier palabra o nombre que se invente como descriptivo del sujeto, una sola cosa se pretende con las expresiones, a saber, el poder eterno de Dios que es creador de las cosas que son, el descubridor de las cosas que no son, la causa sustentadora de las cosas que son traídas al ser, la causa previsora de las cosas que aún han de ser. Éste, pues, ya sea Dios, o Verbo, o Destreza, o Poder, se ha mostrado por inferencia como el Hacedor de la naturaleza del hombre, no urgido a formarlo por necesidad alguna, sino que en la sobreabundancia del amor opera la producción de tal criatura. Pues era necesario que ni su luz quedara sin ser vista, ni su gloria sin testigo, ni su bondad sin ser disfrutada, ni que cualquier otra cualidad observada en la naturaleza divina yaciera ociosa en caso alguno, sin nadie que la compartiera o la disfrutara. Si, por tanto, el hombre viene al nacimiento en estas condiciones, a saber, para ser partícipe de los bienes en Dios, necesariamente está formado de tal índole que esté adaptado a la participación de tal bien. Pues como el ojo, en virtud del rayo brillante que por naturaleza está envuelto en él, está en comunión con la luz, y por su capacidad innata atrae hacia sí aquello que le es afín, así era necesario que una cierta afinidad con lo Divino estuviera mezclada con la naturaleza del hombre, a fin de que por medio de esta correspondencia pudiera tender a aquello que le era nativo. Así sucede incluso con la naturaleza de las criaturas irracionales, cuya suerte está echada en el agua o en el aire; cada una de ellas tiene una organización adaptada a su género de vida, de modo que por una peculiar formación del cuerpo, para una de ellas el aire, para la otra el agua, es su elemento propio y congenial. Así, pues, era necesario que el hombre, nacido para el disfrute del bien divino, tuviera en su naturaleza algo afín a aquello en lo que ha de participar. Para este fin ha sido provisto de vida, de pensamiento, de destreza y de todas las excelencias que atribuimos a Dios, para que por cada una de ellas pudiera tener su deseo puesto en aquello que no le es extraño. Puesto que, entonces, una de las excelencias conectadas con la naturaleza divina es también la existencia eterna, era del todo necesario que el equipo de nuestra naturaleza no careciera del don ulterior de este atributo, sino que tuviera en sí lo inmortal, para que por su facultad inherente pudiera tanto reconocer lo que está por encima de ella, como estar poseída de un deseo de la vida divina y eterna1954. En verdad esto se ha mostrado en la expresión comprehensiva de una sola frase, en la descripción de la cosmogonía, donde se dice que el hombre fue hecho "a imagen de Dios"1955. Pues en esta semejanza, implicada en la palabra imagen, hay un compendio de todas las cosas que caracterizan a la Deidad; y todo lo demás que Moisés relata, en un estilo más a modo de historia, de estos asuntos, poniendo doctrinas ante nosotros en forma de relato, está conectado con la misma instrucción. Pues aquel Paraíso suyo, con sus frutos peculiares, cuyo comer no proporcionaba a quienes los probaban satisfacción del apetito, sino conocimiento y eternidad de vida, está en entero acuerdo con lo que se ha considerado previamente respecto al hombre, en la visión de que nuestra naturaleza en sus comienzos era buena, y en medio del bien. Pero, tal vez, lo que se ha dicho será contradicho por alguien que mira sólo a la condición presente de las cosas, y piensa convencer de falsedad nuestra afirmación, en cuanto que el hombre ya no se ve en aquellas circunstancias primigenias, sino en otras casi enteramente opuestas. "¿Dónde está la semejanza divina en el alma? ¿Dónde la libertad del cuerpo respecto del sufrimiento? ¿Dónde la eternidad de la vida? El hombre es de breve existencia, sujeto a pasiones, expuesto a la decadencia, y dispuesto tanto en cuerpo como en mente para toda forma de sufrimiento." Con estas y semejantes aserciones, y dirigiendo el ataque contra la naturaleza humana, el oponente pensará que derriba la explicación que se ha ofrecido respecto al hombre. Pero para asegurar que nuestro argumento no tenga que ser desviado de su curso en ninguna etapa futura, discutiremos brevemente estos puntos. Que la vida del hombre esté actualmente sujeta a condiciones anormales no es prueba de que el hombre no fuera creado en medio del bien. Pues, puesto que el hombre es obra de Dios, Quien por su bondad trajo esta criatura al ser, nadie podría razonablemente sospechar que aquel, de cuya constitución la bondad es causa, fuera creado por su Hacedor en medio del mal. Pero hay otra razón de que nuestras circunstancias presentes sean lo que son, y de que estemos desprovistos del entorno primitivo. Y, aun así, el punto de partida de nuestra respuesta a este argumento contra nosotros no está más allá ni fuera del asentimiento de nuestros oponentes.
    Pues Aquel que hizo al hombre para la participación de su propio bien peculiar, e incorporó en él los instintos para todo lo excelente, a fin de que su deseo fuera llevado adelante por un movimiento correspondiente en cada caso hacia lo semejante, jamás lo habría privado de aquel más excelente y precioso de todos los bienes; me refiero al don implicado en ser su propio dueño y en tener libre albedrío. Pues si la necesidad fuera de algún modo dueña de la vida del hombre, la "imagen" habría sido falseada en esa parte particular, al quedar extrañada a causa de esta desemejanza con su arquetipo. ¿Cómo puede aquella naturaleza que está bajo yugo y esclavitud de cualquier género de necesidad ser llamada imagen de un Ser Dueño? ¿No era, pues, lo más recto que aquello que en todo detalle está hecho semejante a lo Divino poseyera en su naturaleza un principio autónomo e independiente, tal como para permitir que la participación del bien fuera la recompensa de su virtud? ¿De dónde, entonces, viene, preguntarás, que aquel que había sido distinguido en todo con las más excelentes dotes cambiara estos bienes por lo peor? La razón de esto también es clara. Ningún crecimiento del mal tuvo su comienzo en la voluntad divina. El vicio habría sido irreprochable si estuviera inscrito con el nombre de Dios como su hacedor y padre. Pero el mal es, de algún modo u otro, engendrado1956 desde dentro, brotando en la voluntad en aquel momento en que hay una retirada del alma de lo bello1957. Pues así como la vista es una actividad de la naturaleza, y la ceguera una privación de aquella operación natural, tal es el género de oposición entre la virtud y el vicio. De hecho, no es posible formar otra noción del origen del vicio que como la ausencia de la virtud. Pues así como cuando la luz ha sido removida sobreviene la oscuridad, pero mientras está presente no hay oscuridad, así, mientras el bien está presente en la naturaleza, el vicio es una cosa que no tiene existencia inherente; mientras que la partida del estado mejor se convierte en el origen de su opuesto. Puesto que, entonces, ésta es la peculiaridad de la posesión del libre albedrío, que elige como le place aquello que le agrada, hallarás que no es Dios Quien es el autor de los males presentes, visto que Él ha ordenado tu naturaleza de modo que sea su propia dueña y libre; sino más bien la temeridad que elige lo peor con preferencia a lo mejor.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. V
    • 1953. ideas innatas ( κοινῶν ἐννοιῶν ). Hay un Tratado de Gregorio que introduce el cristianismo a los griegos "a partir de las ideas innatas". Este título ha sido, erróneamente, atribuido por algunos a una mano posterior.
    • 1954. Cf. el discurso de Catón en Cato de Addison:— Así debe ser; Platón, ¡tú razonas bien!— Si no, ¿de dónde esta esperanza grata, este afectuoso deseo, este anhelo de inmortalidad? * * * * * Es la divinidad que se agita dentro de nosotros; es el cielo mismo el que señala un más allá, y sugiere la eternidad al hombre.
    • 1955. Gén. i. 27.
    • 1956. Santiago i. 15: ἡ ἐπιθυμία τίκτει … ἁμαρτίαν
    • 1957. τὸ καλὸν. La palabra griega para la perfección moral, según una visión de su derivación ( καίειν ), se refiere a "brillo"; según otra (cf. κεκαδμενος ), a "acabamiento" o perfección.

    Capítulo VI

    Cap. VI

    Pero quizá busquéis conocer la causa de este error de juicio; pues hacia este punto tiende el curso de nuestra discusión. De nuevo, entonces, estaremos justificados en esperar hallar un punto de partida que arroje luz también sobre esta investigación. Un argumento como el siguiente lo hemos recibido por tradición de los Padres; y este argumento no es una mera narración mítica, sino uno que naturalmente invita a nuestra credulidad. De todas las cosas existentes hay una doble manera de aprehensión, dividiéndose su consideración entre lo que pertenece al intelecto y lo que pertenece a los sentidos; y aparte de éstas no hay nada que se detecte en la naturaleza de las cosas existentes, que se extienda más allá de esta división. Ahora bien, estos dos mundos han sido separados entre sí por un amplio intervalo, de modo que lo sensible no está incluido en las cualidades que marcan lo intelectual, ni éste último en las cualidades que distinguen lo sensible, sino que cada uno recibe su carácter formal de cualidades opuestas a las del otro. El mundo del pensamiento es incorpóreo, impalpable y sin figura; pero lo sensible está, por su mismo nombre, limitado por las percepciones que llegan a través de los órganos de los sentidos. Pero así como en el mundo sensible mismo, aunque hay una considerable oposición mutua de sus diversos elementos, sin embargo una cierta armonía mantenida en esos opuestos ha sido ideada por la sabiduría que gobierna el Universo, y así se produce una concordia de toda la creación consigo misma, y la contrariedad natural no rompe la cadena de acuerdo; de la misma manera, gracias a la sabiduría divina, hay una mezcla e interpenetración de lo sensible con el departamento intelectual, a fin de que todas las cosas participen igualmente de lo bello, y ninguna de las cosas existentes quede sin su parte en aquel mundo superior. Por esta razón la localidad correspondiente del mundo intelectual es una esencia sutil y móvil, que, conforme a su habitación supramundana, tiene en su naturaleza peculiar gran afinidad con la parte intelectual. Ahora, por una disposición de la Mente suprema hay una intermezcla de lo intelectual con el mundo sensible, para que nada en la creación sea desechado como inútil, como dice el Apóstol1958, o quede sin su porción de la comunión divina. Por esta causa, la mezcla de lo intelectual y lo sensible en el hombre es efectuada por el Ser divino, como nos instruye la descripción de la cosmogonía. Nos dice que Dios, tomando polvo de la tierra, formó al hombre, y por una inspiración de sí mismo plantó vida en la obra de su mano, para que así lo terreno pudiera ser elevado a lo divino, y así una cierta gracia de igual valor pudiera impregnar toda la creación, mezclándose la naturaleza inferior con lo supramundano. Puesto que, entonces, la naturaleza intelectual tenía una existencia previa, y a cada una de las potencias angélicas se asignó una cierta operación, para la organización del todo, por la autoridad que preside todas las cosas, fue ordenada una cierta potencia para mantener unida y gobernar la región terrena1959, constituida para este propósito por el poder que administra el Universo. Sobre aquella fue modelada aquella cosa moldeada de tierra, una "imagen" copiada de la Potencia superior. Ahora bien, este ser viviente era el hombre. En él, por una influencia inefable, se mezcló la belleza divina de la naturaleza intelectual. Aquel a quien se ha consignado la administración de la tierra lo toma a mal y piensa que no se puede soportar, si de aquella naturaleza que le ha sido sometida, se exhibe algún ser que lleve semejanza con su dignidad trascendente. Pero la cuestión de cómo aquel que había sido creado para ningún propósito malo por Aquel que formó el sistema del Universo en bondad cayó, no obstante, en esta pasión de envidia, no es parte de mi presente asunto discutir minuciosamente; aunque no sería difícil, y no llevaría mucho, ofrecer un relato a aquellos que son dóciles a la persuasión. Pues la diferencia distintiva entre virtud y vicio no debe contemplarse como entre dos fenómenos realmente subsistentes; sino que así como hay una oposición lógica entre lo que es y lo que no es, y no es posible decir que, en cuanto a subsistencia, lo que no es se distingue de lo que es, sino que decimos que la no-entidad sólo se opone lógicamente a la entidad, de la misma manera también la palabra vicio se opone a la palabra virtud, no como siendo una existencia en sí, sino sólo volviéndose pensable por la ausencia de lo mejor. Como decimos que la ceguera se opone lógicamente a la vista, no que la ceguera tenga de por sí una existencia natural, siendo sólo una privación de una facultad precedente, así también decimos que el vicio ha de considerarse como la privación de la bondad, al igual que una sombra que sobreviene al paso del rayo solar. Puesto que, entonces, la naturaleza increada es incapaz de admitir tal movimiento como el implicado en volverse, cambiar o alterarse, mientras que todo lo que subsiste mediante la creación tiene conexión con el cambio, en cuanto la subsistencia misma de la creación tuvo su origen en el cambio, pasando lo que no era por el poder divino a lo que es; y puesto que la mencionada potencia también fue creada, y podía elegir por un movimiento espontáneo lo que quisiera, cuando hubo cerrado sus ojos al bien y al no envidioso, como quien bajo el sol deja caer sus párpados sobre sus ojos y ve sólo oscuridad, de esta manera aquel ser también, por su misma falta de voluntad para percibir el bien, llegó a conocer lo contrario a la bondad. Ahora bien, esto es la Envidia. Bien, es innegable que el comienzo de cualquier asunto es la causa de todo lo demás que por consecuencia se sigue de él, como, por ejemplo, tras la salud se siguen un buen hábito del cuerpo, actividad y una vida placentera, pero tras la enfermedad, debilidad, falta de energía y vida pasada en aversión a todo; y así, en todos los demás casos, las cosas se siguen por consecuencia de sus propios comienzos. Así como, entonces, la libertad de la agitación de las pasiones es el comienzo y fundamento de una vida conforme a la virtud, así la inclinación al vicio generada por aquella Envidia es el camino constituido hacia todos estos males que desde entonces se han desplegado.
    Pues cuando una vez aquel que por su apostasía de la bondad había engendrado en sí esta Envidia, hubo recibido esta inclinación al mal1960, como una roca desgajada de la cresta de una montaña, que es impulsada de cabeza por su propio peso, de la misma manera él, arrastrado lejos de su propensión natural original a la bondad y gravitando con todo su peso en la dirección del vicio, fue deliberadamente forzado y arrastrado como por una especie de gravitación al límite extremo de la iniquidad; y en cuanto a aquella potencia intelectual que había recibido de su Creador para cooperar con las mejores dotes, ésta la convirtió en su instrumento auxiliar en el descubrimiento de ardides para los fines del vicio, mientras con su hábil astucia engaña y circunda al hombre, persuadiéndolo a convertirse en su propio asesino con sus propias manos. Pues viendo que el hombre por la concesión de la bendición divina había sido elevado a una eminente preeminencia (pues fue nombrado rey sobre la tierra y todo lo que hay en ella; era hermoso en su forma, siendo creado imagen de la belleza arquetípica; estaba sin pasión en su naturaleza, pues era una imitación de lo impasible; estaba lleno de franqueza, deleitándose en una manifestación cara a cara de la Deidad personal), todo esto era para el adversario el combustible de su pasión de envidia. Sin embargo, no podía por ningún ejercicio de fuerza o pujanza lograr su propósito, pues la fuerza de la bendición de Dios dominaba su propia fuerza. Su plan, por lo tanto, es retirar al hombre de esta fuerza capacitadora, para que así pueda ser fácilmente capturado por él y quedar expuesto a su traición. Como en una lámpara, cuando la llama ha prendido la mecha y una persona es incapaz de soplarla para apagarla, mezcla agua con el aceite y con este artificio amortiguará la llama, de la misma manera el enemigo, mezclando astutamente la maldad en la voluntad del hombre, ha producido una especie de extinción y torpeza en la bendición, al faltar la cual entra necesariamente lo que se opone. Pues a la vida se opone la muerte, a la fuerza la debilidad, a la bendición la maldición, a la franqueza la vergüenza, y a todo lo bueno cuanto pueda concebirse como opuesto. Así es como la humanidad está en su presente condición mala, puesto que aquel comienzo introdujo las ocasiones para tal final.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. VI
    • 1958. 1 Tim. iv. 4; "rejected" (R.V.), mejor que "refused" (A.V.).
    • 1959. Esto no hace del Diablo el Demiurgo, sino sólo el "ángel de la Tierra". Y así como las regiones celestiales y la atmósfera de la tierra fueron asignadas a "potestades angélicas", así la Tierra misma y sus naciones fueron asignadas a ángeles subordinados. Orígenes ya había desarrollado, o más bien cristianizado, esta doctrina. Hablando de la confusión de lenguas, dice: "Y así cada (nación) había de ser entregada a la custodia de ángeles más o menos severos, y de este carácter o de aquel, según cada una se hubiera movido a mayor o menor distancia del Oriente, y hubiera preparado más o menos ladrillos en lugar de piedra, y más o menos betún en lugar de argamasa; y hubiera edificado más o menos. Esto para que fueran castigados por su osadía. Estos ángeles que ya habían creado para cada nación su lengua peculiar, habían de conducir a sus encomendados a diversas partes según sus méritos: a uno, por ejemplo, a un clima ardiente, a otro a uno que castigaría a sus moradores con su helada:…aquellos que retuvieron el habla original por no haberse movido del Oriente son los únicos que llegaron a ser 'la porción del Señor'.…Ellos, también, son los únicos que han de considerarse como habiendo estado bajo un gobernante que no los tomó a su cargo para castigarlos como a los demás" (c. Cels. v. 30–1).
    • 1960. "Afirmamos que no es fácil, o quizá posible, incluso para un filósofo conocer el origen del mal sin que le sea dado a conocer por una inspiración de Dios, de dónde viene y cómo desaparecerá. La ignorancia de Dios está ella misma en la lista de males; la ignorancia de su modo de sanar y de servirle rectamente es ella misma el mayor mal: afirmamos que nadie en absoluto puede posiblemente conocer el origen del mal, quien no vea que el estándar de piedad reconocido por el promedio de las leyes establecidas es él mismo un mal. Nadie, tampoco, puede conocerlo quien no haya captado la verdad sobre el Ser que se llama Diablo; qué era al principio, y cómo llegó a ser tal como es."—Orígenes (c. Cels. iv. 65).

    Capítulo VII

    Cap. VII

    Con todo, que nadie pregunte: "¿Cómo fue que, si Dios preveía la desgracia que sobrevendría al hombre por falta de pensamiento, vino a crearlo, puesto que, quizá, era más ventajoso para él no haber nacido que estar en medio de tales males?" Esto es lo que proponen quienes han sido arrastrados por la falsa enseñanza de los maniqueos para el establecimiento de su error, como capaces así de mostrar que el Creador de la naturaleza humana es malo. Pues si Dios no ignora nada de lo que es, y sin embargo el hombre está en medio del mal, el argumento a favor de la bondad de Dios no podría sostenerse; es decir, si Él trajo a la vida al hombre que habría de estar en este mal. Pues si la fuerza operativa que está conforme con el bien es enteramente la de una naturaleza que es buena, entonces esta vida dolorosa y perecedera, dicen, nunca puede referirse a la hechura del bien, sino que es necesario suponer para tal vida como ésta otro autor, del cual nuestra naturaleza deriva su tendencia a la miseria. Ahora bien, todas estas afirmaciones y semejantes les parecen a quienes están completamente imbuidos del fraude herético, como con alguna mancha profundamente arraigada, tener una cierta fuerza por su plausibilidad superficial. Pero quienes tienen una visión más profunda de la verdad perciben claramente que lo que dicen es insostenible, y admite una pronta demostración de su falacia. En mi opinión, también, es bueno presentar al Apóstol como abogando ante nosotros sobre estos puntos para su condenación. En su discurso a los Corintios distingue entre las disposiciones carnales y espirituales de las almas; mostrando, creo, por lo que dice que es erróneo juzgar de lo moralmente excelente o, por otro lado, de lo malo, por el estándar de los sentidos; sino que, retirando la mente de los fenómenos corporales, debemos decidir por sí misma y desde sí misma la verdadera naturaleza de la excelencia moral y de su opuesto. "El hombre espiritual", dice, "juzga todas las cosas1961". Esto, creo, debe haber sido la razón de la invención de estas doctrinas engañosas por parte de quienes las proponen, a saber, que cuando definen el bien tienen miras sólo a la dulzura del disfrute del cuerpo, y así, porque por su naturaleza compuesta y su constante tendencia a la disolución aquel cuerpo está inevitablemente sujeto a sufrimientos y enfermedades, y porque a tales condiciones de sufrimiento se sigue una especie de sensación de dolor, decretan que la formación del hombre es obra de una deidad mala. Pues si sus pensamientos hubieran tomado una visión más elevada, y, retirando sus mentes de esta disposición a considerar las gratificaciones de los sentidos, hubieran mirado la naturaleza de las cosas existentes desapasionadamente, habrían entendido que no hay otro mal que la maldad. Ahora bien, toda maldad tiene su forma y carácter en la privación del bien; no existe por sí misma, y no puede contemplarse como una subsistencia. Pues ningún mal de ningún tipo yace fuera e independiente de la voluntad; sino que es la no-existencia del bien lo que así se denomina. Ahora bien, lo que no es no tiene existencia sustancial, y el Hacedor de lo que no tiene existencia sustancial no es el Hacedor de las cosas que tienen existencia sustancial. Por lo tanto, el Dios de las cosas que son es externo a la causación de las cosas que son malas, puesto que Él no es el Hacedor de las cosas que no existen. Aquel que formó la vista no hizo la ceguera. Aquel que manifestó la virtud no manifestó la privación de ella. Aquel que ha propuesto como premio en el combate del libre albedrío la recompensa de todo bien a quienes viven virtuosamente, nunca, para complacerse a sí mismo, sometió a la humanidad al yugo de una fuerte compulsión, como si quisiera arrastrarla, no queriendo, como su herramienta inanimada, hacia lo recto. Pero si, cuando la luz brilla muy intensamente en un cielo despejado, un hombre por su propia voluntad cierra sus párpados para sombrear su vista, el sol está libre de culpa por parte de aquel que no ve.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. VII
    • 1961. 1 Cor. ii. 15.
    Comentario editorial · El mal como privación del bien
    En los capítulos V a VII Gregorio explica el origen del mal sin hacer a Dios su autor. El vicio no es algo que exista por sí mismo, sino la ausencia de la virtud, como la ceguera lo es de la vista y la oscuridad de la luz (V; VI); «el Dios de las cosas que son» no es el hacedor de lo que no es (VII). El mal nace así de la voluntad libre que se aparta del bien. Los Prolegómenos del NPNF ven aquí una idea que Gregorio comparte con Orígenes: si el mal es una stérēsis (privación), «debe pasar», y remiten a Sobre el alma y la resurrección. La comparación es del editor inglés; en estos capítulos Gregorio no nombra a Orígenes.

    Capítulo VIII

    Cap. VIII, § 1

    No obstante, quien considera solamente la disolución del cuerpo se turba grandemente, y considera una dureza que esta vida nuestra sea disuelta por la muerte; es, dice, el extremo del mal que nuestro ser sea extinguido por esta condición de mortalidad. Que observe, pues, a través de este sombrío panorama el exceso de la benevolencia divina. Puede por esto, quizá, ser más inducido a admirar la gracia del cuidado de Dios por los asuntos del hombre. Vivir es deseable para quienes participan de la vida, a causa del disfrute de las cosas a su gusto; pues si alguien vive en dolor corporal, el no ser es considerado por tal persona mucho más deseable que existir en dolor. Inquiramos, pues, si Aquel que nos da nuestro equipo para vivir tiene algún otro objeto a la vista que cómo podamos pasar nuestra vida bajo las circunstancias más hermosas. Ahora bien, puesto que por un movimiento de nuestra propia voluntad contrajimos una comunión con el mal, y, debido a alguna gratificación sensual, mezclamos este mal con nuestra naturaleza como algún ingrediente deletéreo que estropea el sabor de la miel, y así, cayendo lejos de aquella bienaventuranza que está implicada en el pensamiento de la impasibilidad, nos hemos transformado viciosamente—por esta razón, el Hombre, como una vasija de barro, se resuelve de nuevo en el polvo de la tierra, para asegurar que pueda desprenderse del suelo que ahora ha contraído, y que pueda, mediante la resurrección, ser reformado de nuevo según el modelo original; al menos si en esta vida que ahora es ha preservado lo que pertenece a aquella imagen. Una doctrina como ésta es puesta ante nosotros por Moisés bajo el disfraz de una manera histórica1962. Y sin embargo este disfraz de historia contiene una enseñanza que es clarísima. Pues después de, como nos dice, los primeros de la humanidad fueron puestos en contacto con lo prohibido, y así fueron despojados de aquella condición bendita primordial, el Señor vistió a estas, sus primeras criaturas formadas, con túnicas de pieles. En mi opinión no estamos obligados a tomar estas pieles en su sentido literal. Pues, ¿para qué clase de animales desollados y muertos sirvió esta vestimenta ideada para estas humanidades? Pero puesto que toda piel, después de separada del animal, está muerta, ciertamente soy de opinión que Aquel que es el sanador de nuestra pecaminosidad, por su previsión invistió al hombre posteriormente con esa capacidad de morir que había sido el atributo especial de la creación bruta. No que fuera a durar para siempre; pues una túnica es algo externo que se nos pone, que se presta al cuerpo por un tiempo, pero no es indígena a su naturaleza. Esta propensión a la muerte, entonces, tomada de la creación bruta, fue, provisionalmente, hecha para envolver la naturaleza creada para la inmortalidad. La envolvió externamente, pero no internamente. Aferró la parte sentiente del hombre; pero no se apoderó de la imagen divina. Esta parte sentiente, sin embargo, no desaparece, sino que se disuelve. La desaparición es el pasar a la no-existencia, pero la disolución es la dispersión de nuevo en aquellos elementos constitutivos del mundo de los que estaba compuesta. Pero lo que está contenido en ellos no perece, aunque escapa al conocimiento de nuestros sentidos.

    Cap. VIII, § 2

    Ahora bien, la causa de esta disolución es evidente por la ilustración que de ella hemos dado. Pues puesto que los sentidos tienen una estrecha conexión con lo grosero y terreno, mientras que el intelecto es en su naturaleza de un carácter más noble y más exaltado que los movimientos implicados en la sensación, se sigue que, así como, a través de la estimación hecha por los sentidos, hay un juicio erróneo en cuanto a lo moralmente bueno, y este error ha obrado el efecto de sustanciar una condición contraria, aquella parte de nosotros que así ha sido hecha inútil se disuelve por su recepción de este contrario. Ahora bien, el alcance de nuestra ilustración es como sigue. Supusimos que alguna vasija ha sido compuesta de arcilla, y luego, por alguna travesura u otra, llenada con plomo fundido, el cual se endurece y permanece en un estado no líquido; luego que el dueño de la vasija la recupera, y, como posee el arte del alfarero, machaca en pedazos la vasija que contenía el plomo, y luego remodela la vasija según su patrón anterior para su propio uso especial, vaciada ahora del material que se había mezclado con ella: por un proceso semejante, el hacedor de nuestra vasija, ahora que la maldad se ha entremezclado con nuestra parte sentiente, quiero decir la conectada con el cuerpo, disolverá el material que ha recibido el mal, y, remodelándolo de nuevo por la Resurrección sin ninguna mezcla de la materia contraria, recombinará los elementos en la vasija en su belleza original. Ahora bien, puesto que tanto el alma como el cuerpo tienen un vínculo común de compañerismo en su participación de las afecciones pecaminosas, hay también una analogía entre la muerte del alma y la del cuerpo. Pues así como, respecto de la carne, pronunciamos que la separación de la vida sentiente es muerte, así, respecto del alma, llamamos muerte a la partida de la vida real. Mientras, entonces, como hemos dicho antes, la participación en el mal observable tanto en el alma como en el cuerpo es de un mismo y único carácter, pues es a través de ambos que el principio del mal avanza hacia la operación actual, la muerte de disolución que provino de aquella vestidura de pieles muertas no afecta al alma. Pues ¿cómo puede lo que es simple estar sujeto a disolución? Pero puesto que hay una necesidad de que las impurezas que el pecado ha engendrado también en el alma sean removidas de allí por algún proceso remedial, la medicina que la virtud suministra ha sido, en la vida que ahora es, aplicada a la curación de tales mutilaciones como éstas. Si, sin embargo, el alma permanece sin sanar1963, el remedio se dispensa en la vida que sigue a ésta. Ahora bien, en las dolencias del cuerpo hay diversas diferencias, algunas que admiten un tratamiento más fácil, otras que requieren uno más difícil. En estas últimas se adopta el uso del cuchillo, o cauterios, o tragos de medicinas amargas para remover la enfermedad que ha atacado el cuerpo. Para la curación de las enfermedades del alma, el juicio futuro anuncia algo del mismo género, y esto, para la clase irreflexiva, se presenta como la amenaza de una corrección terrible1964, a fin de que por temor de esta dolorosa retribución puedan adquirir la sabiduría de huir de la maldad: mientras que por aquellos de más inteligencia se cree que es un proceso remedial ordenado por Dios para traer de vuelta al hombre, su criatura peculiar, a la gracia de su condición primigenia. Quienes usan el cuchillo o el cauterio para remover ciertas excrecencias antinaturales en el cuerpo, tales como lobanillos o verrugas, no traen a la persona a la que sirven un método de curación que sea indoloro, aunque ciertamente aplican el cuchillo sin ninguna intención de dañar al paciente. De manera semejante, cualesquiera excrecencias materiales que se estén endureciendo en nuestras almas, que han sido sensualizadas por la comunión con las afecciones del cuerpo, son, en el día del juicio1965, como cortadas y raspadas por la sabiduría y el poder inefables de Aquel que, como dice el Evangelio, "sana a los que están enfermos1966". Pues, como dice de nuevo, "los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos1967". Puesto que, entonces, se ha injertado en el alma una fuerte tendencia natural al mal, debe sufrir, así como la extirpación de una verruga1968 da un dolor agudo a la piel del cuerpo; pues todo lo contrario a la naturaleza que ha sido injertado en la naturaleza se adhiere al sujeto en una cierta unión de sentimiento, y de ahí se produce una mezcla anormal de lo nuestro con una cualidad ajena, de modo que los sentimientos, cuando llega la separación de este crecimiento anormal, son heridos y lacerados. Así, cuando el alma languidece y se consume bajo la corrección de sus pecados, como en algún lugar nos dice la profecía1969, se siguen necesariamente, de su profunda e íntima conexión con el mal, ciertos dolores indecibles e inexpresables, cuya descripción es tan difícil de ofrecer como la de la naturaleza de aquellas cosas buenas que son los objetos de nuestra esperanza. Pues ni lo uno ni lo otro es capaz de ser expresado en palabras, ni de ser traído al alcance del entendimiento. Si, pues, alguno mira al fin último de la Sabiduría de Aquel que dirige la economía del universo, sería muy irrazonable y estrecho de mente al llamar al Hacedor del hombre el Autor del mal; o al decir que Él ignora el futuro, o que, si lo conoce y lo ha hecho, no está exento del impulso hacia lo malo. Él sabía lo que iba a ser, sin embargo no impidió la tendencia hacia lo que de hecho sucedió. Que la humanidad, en verdad, se desviaría del bien, no podía ser desconocido para Aquel que abarca todas las cosas por su poder de previsión, y cuyos ojos contemplan los eventos venideros igualmente con los pasados. Así como, entonces, tenía a la vista la perversión, así ideó el retorno del hombre al bien. En consecuencia, ¿cuál era la mejor manera?—¿no haber traído nuestra naturaleza a la existencia en absoluto, puesto que preveía que el ser a punto de ser creado caería lejos de lo moralmente hermoso; o traerlo de vuelta por el arrepentimiento, y restaurar su naturaleza enferma a su belleza original? Pero, a causa de los dolores y sufrimientos del cuerpo que son los accidentes necesarios de su naturaleza inestable, llamar a Dios por esa razón el Hacedor del mal, o pensar que Él no es en absoluto el Creador del hombre, con la esperanza de impedir así la suposición de que Él es el Autor de lo que nos da dolor, todo esto es un ejemplo de esa extrema estrechez de mente que es la marca de quienes juzgan el bien moral y el mal moral por la mera sensación. Tales personas no entienden que sólo es intrínsecamente bueno aquello que la sensación no alcanza, y que el único mal es el alejamiento del bien.
    Pero hacer de los dolores y placeres el criterio de lo moralmente bueno y lo contrario, es una característica de la naturaleza irracional de criaturas en las que, por su falta de mente y entendimiento, la aprehensión de la bondad real no tiene lugar. Que el hombre es obra de Dios, creado moralmente noble y para el destino más noble, es evidente no sólo por lo que se ha dicho, sino por un vasto número de otras pruebas; las cuales, porque son tantas, omitiremos aquí. Pero cuando llamamos a Dios el Hacedor del hombre no olvidamos cuán cuidadosamente, al comienzo1970, definimos nuestra posición contra los griegos. Allí se mostró que el Verbo de Dios es un ser sustancial y personificado, Él mismo tanto Dios como el Verbo; Quien ha abrazado en Sí todo poder creador, o más bien Quien es el poder mismo con un impulso hacia todo bien; Quien realiza efectivamente lo que quiere al tener un poder concurrente con su voluntad; Cuya voluntad y obra es la vida de todas las cosas que existen; por Quien, también, el hombre fue traído al ser y adornado con las más altas excelencias según la manera de la Deidad. Pero puesto que sólo es inmutable en su naturaleza lo que no deriva su origen mediante la creación, mientras que todo lo que por el ser increado es traído a la existencia de lo que no existía, desde el primer momento en que comienza a ser, está pasando siempre por el cambio, y si actúa según su naturaleza el cambio es siempre hacia lo mejor, pero si es desviado del camino recto, entonces le sucede un movimiento hacia lo contrario; puesto que, digo, el hombre fue así condicionado, y en él el elemento cambiante de su naturaleza se había deslizado hacia el exacto contrario, de modo que esta desviación del bien introdujo en su séquito toda forma de mal para corresponder al bien (como, por ejemplo, en la defección de la vida se introdujo el antagonismo de la muerte; en la privación de la luz sobrevino la oscuridad; en la ausencia de la virtud el vicio surgió en su lugar, y contra toda forma de bien podría contarse un número igual de males opuestos), ¿por quién, pregunto, había de ser el hombre, caído por su temeridad en este y semejante estado malo (pues no le era posible retener siquiera su prudencia cuando se había alejado de la prudencia, ni tomar ningún consejo sabio cuando se había separado de la sabiduría), ¿por quién había de ser el hombre llamado de vuelta a la gracia de su estado original? ¿A quién pertenecía la restauración del caído, la recuperación del perdido, el llevar de la mano de vuelta al errante? ¿A quién otro sino enteramente a Aquel que es el Señor de su naturaleza? Pues sólo a Aquel que al principio había dado la vida le era posible, o conveniente, recuperarla cuando se perdió. Esto es lo que se nos enseña y aprendemos de la Revelación de la verdad: que Dios en el principio hizo al hombre y lo salvó cuando había caído.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. VIII
    • 1962. ἱστορικώτερον καὶ δι᾽ αἰνιγμάτων
    • 1963. "Aquí", dice Semler, "nuestro Autor se revela como un discípulo de Orígenes y de otros doctores que habían bebido los pensamientos paganos de Platón y deseaban fundar su sistema sobre una futura (puramente) mejora moral". Ciertamente, aquí se deja demasiado poco espacio para la aplicación a alma y cuerpo en esta vida de la expiación de Cristo.
    • 1964. σκυθρωπῶν ἐπανόρθωσις, lit. "una corrección consistente en (procesos) terribles" (genitivo subjetivo). El siguiente pasaje lo ilustrará: "Ahora bien, esto requiere una investigación más profunda, antes de que pueda decidirse si algunos poderes malignos han tenido asignados…ciertos deberes, como los verdugos del Estado, que ocupan un cargo melancólico ( τεταγμένοι ἐπὶ τῶν σκυθρωπῶν…πραγμάτων ) pero necesario en la Constitución." Orígenes, c. Cels. vii. 70.
    • 1965. en el día del juicio. La lección κτίσεως, que Herveto ha seguido, debe ser errónea aquí.
    • 1966. S. Mt. ix. 12
    • 1967. S. Mc. ii. 17
    • 1968. de una verruga; μυρμηκίας. Gregorio usa el mismo símil en su tratado Sobre el alma (iii. p. 204). El siguiente "escolio" en griego se encuentra en el margen de dos mss. de aquel tratado, y en el de un ms. de este tratado: "Hay una afección de la piel que se llama verruga. Una pequeña excrecencia carnosa sobresale de la piel, que parece parte de ella, y un crecimiento natural sobre ella: pero esto no es realmente así; y por lo tanto requiere remoción para su cura. Esta ilustración empleada por Gregorio es sobremanera apropiada para la materia en cuestión."
    • 1969. Sal. xxxix. (xxxviii.) 11: "Cuando con reprensiones corriges al hombre por la iniquidad, haces consumir su belleza" (A.V).
    • 1970. i.e. Capítulo 1., en todo.

    Capítulo IX

    Cap. IX

    Hasta aquí, tal vez, quien ha seguido el curso de nuestro argumento estará de acuerdo con él, en cuanto no le parece que se haya dicho algo ajeno a la debida concepción de la Deidad. Pero hacia lo que sigue y constituye la parte más fuerte de esta Revelación de la verdad, no estará igualmente dispuesto; me refiero al nacimiento humano, al crecimiento de la infancia a la madurez, al comer y beber, al cansancio y al sueño, al dolor y a las lágrimas, a la falsa acusación y al tribunal, a la cruz de la muerte y a la sepultura. Todas estas cosas, incluidas como están en esta revelación, hasta cierto punto embotan la fe de los más estrechos de mente, y así rechazan la secuela misma a causa de estos antecedentes. No admitirán que en la Resurrección de entre los muertos haya nada coherente con la Deidad, a causa de las circunstancias indecorosas de la Muerte. Pues bien, estimo necesario ante todo apartar por un momento nuestros pensamientos de la grosería del elemento carnal y fijarlos en lo que es moralmente bello en sí mismo, y en lo que no lo es, y en las marcas distintivas por las que cada uno de ellos ha de ser aprehendido. Nadie, creo, que haya reflexionado pondrá en duda la afirmación de que, en toda la naturaleza de las cosas, una sola cosa es vergonzosa, y ésa es la debilidad viciosa; mientras que lo que no tiene conexión alguna con el vicio es ajeno a toda vergüenza; y lo que no tiene en sí mezcla alguna de vergüenza ciertamente se halla del lado de lo bello; y lo que es verdaderamente bello no tiene en sí mezcla alguna de su contrario. Ahora bien, todo lo que ha de considerarse que cae dentro de la esfera de lo bello se convierte en el carácter de Dios. O bien, pues, que muestren que hubo vicio en su nacimiento, en su crianza, en su crecimiento, en su progreso hacia la perfección de su naturaleza, en su experiencia de la muerte y en su retorno de la muerte; o, si admiten que las circunstancias antes dichas de su vida permanecen fuera de la esfera del vicio, se verán forzados a admitir que no hay nada de vergonzoso en esto que es ajeno al vicio. Puesto que, entonces, lo que así queda apartado de toda cualidad vergonzosa y viciosa se muestra abundantemente como moralmente bello, ¿cómo no compadecer la necedad de los hombres que opinan que lo moralmente bello no es conveniente en el caso de Dios?

    Capítulo X

    Cap. X

    " Pero la naturaleza del hombre," se dice, "es estrecha y limitada, mientras que la Deidad es infinita. ¿Cómo podría lo infinito quedar incluido en el átomo1971?" Pero ¿quién dice que la infinitud de la Deidad queda comprendida en la envoltura de la carne como si estuviera en un vaso? Ni siquiera en el caso de nuestra propia vida está la naturaleza intelectual encerrada dentro del límite de la carne. Al contrario, mientras que la masa del cuerpo está limitada a las proporciones que le son propias, el alma, por los movimientos de su facultad pensante, puede coincidir1972 a voluntad con el conjunto de la creación. Asciende a los cielos y pone el pie dentro del abismo. Recorre la anchura del mundo y, en la inquietud de su curiosidad, penetra en las regiones que están bajo la tierra; y a menudo se ocupa en escudriñar las maravillas del cielo, y no siente peso alguno del apéndice1973 del cuerpo. Si, pues, el alma del hombre, aunque por la necesidad de su naturaleza está infundida a través del cuerpo, se presenta sin embargo en todas partes a voluntad, ¿qué necesidad hay de decir que la Deidad está estorbada por un ambiente de naturaleza carnal, y por qué no podemos, mediante ejemplos que somos capaces de entender, alcanzar alguna idea razonable del plan de salvación de Dios? Hay una analogía, por ejemplo, en la llama de una lámpara, que se ve abrazar la materia con que se la alimenta1974. La razón distingue entre la llama sobre la materia y la materia que enciende la llama, aunque de hecho no es posible separar la una de la otra de modo que se muestre la llama separada de la materia, sino que ambas unidas forman una sola cosa. Pero que nadie, lo suplico, asocie también con esta ilustración la idea de la perecibilidad de la llama; acepte sólo lo que es pertinente en la imagen; lo que es irrelevante e incongruente, rechácelo. ¿Qué hay, pues, que impida pensar (así como vemos la llama que se adhiere a la materia1975, y sin embargo no está encerrada en ella) en una especie de unión o aproximación de la naturaleza divina con la humanidad, y sin embargo, en esta misma aproximación, guardar la noción propia de la Deidad, creyendo como creemos que, aunque la Divinidad esté en el hombre, está más allá de toda circunscripción?
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. X
    • 1971. τῷ ἀτόμῳ: aquí, el cuerpo individual del hombre: "individuo corpusculo," traduce Zinus. Teodoreto, en su segundo Diálogo ("Unconfused"), cita este mismo pasaje sobre la "infinitud de la Deidad" y un "vaso", para probar las dos naturalezas de Cristo.
    • 1972. ἐφαπλοῦται
    • 1973. ἐφολκί& 251·.
    • 1974. Hay en esta ilustración de la unión de las Dos Naturalezas un toque de eutiquianismo; como también en la respuesta de Gregorio (c. Eunom. iii. 265; v. 589) a la acusación de Eunomio de Dos Personas contra el partido niceno, a saber, que "la carne con todas sus marcas y propiedades peculiares es asumida y transformada en la naturaleza divina"; de donde surgió aquella ἀντιμεθίστασις τῶν ὀνομάτων, es decir, el intercambio recíproco de las propiedades humanas y divinas, que después ocasionó la controversia monofisita. Pero Orígenes había usado un lenguaje todavía más incauto: "en cuanto a su cuerpo mortal y a su alma humana, creemos que, debido a algo más que la comunión con Él, a una unión y mezcla reales, ha adquirido las más altas cualidades y participa de su Divinidad, y así se ha transformado en Dios" (c. Cels. iii. 41).
    • 1975. adherirse a la materia. La palabra ( ἅπτεσθαι ) podría significar "adherirse a," o "depender de," o "encenderse de" (se ha usado en este último sentido justo antes). Krabinger elige el segundo, "quæ a subjecto dependet."

    Capítulo XI

    Cap. XI

    Si vosotros, sin embargo, preguntáis de qué manera la Deidad se mezcla con la humanidad, tendréis ocasión para una indagación preliminar acerca de cuál es la coalescencia del alma con la carne. Pero suponiendo que ignoráis el modo en que el alma está unida al cuerpo, no supongáis que esa otra cuestión esté obligada a caer dentro de vuestra comprensión; más bien, como en este caso de la unión del alma y el cuerpo, mientras tenemos razón para creer que el alma es algo distinto del cuerpo, porque la carne, aislada del alma, se vuelve muerta e inactiva, no tenemos, sin embargo, un conocimiento exacto del método de la unión, así en aquella otra indagación de la unión de la Deidad con la humanidad, mientras somos plenamente conscientes de que hay una distinción en cuanto al grado de majestad entre la naturaleza divina y la mortal perecedera, no somos capaces de detectar cómo los elementos divino y humano se mezclan entre sí. Los milagros registrados no nos permiten abrigar una duda1976 de que Dios nació en la naturaleza del hombre. Pero cómo—esto, por ser un asunto inabordable por los procesos del razonamiento, rehusamos investigarlo. Pues aunque creemos, como de hecho creemos, que toda la creación corpórea e intelectual deriva su subsistencia del Ser incorpóreo e increado, sin embargo el de dónde o el cómo, éstos no los convertimos en materia de examen junto con nuestra fe en la cosa misma. Mientras aceptamos el hecho, dejamos de lado la manera de la composición del Universo, como un asunto que no debe ser manejado con curiosidad, sino que es del todo inefable e inexplicable.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XI
    • 1976. διὰ τῶν ἱστορουμένων θαυμάτων οὐκ ἀμφιβάλλομεν

    Capítulo XII

    Cap. XII

    Si una persona exige pruebas de que Dios se nos ha manifestado en la carne, que mire las actividades divinas. Pues de la existencia misma de la Deidad no se puede descubrir otra demostración que la que suministra el testimonio de esas actividades. Cuando, a saber, hacemos un amplio estudio del universo y consideramos las dispensaciones en todo el mundo y las benevolencias divinas que obran en nuestra vida, captamos la concepción de un poder que está por encima de todo, que es creador de todas las cosas que llegan a ser y conservador de ellas tal como existen. Por el mismo principio, en cuanto a la manifestación de Dios en la carne, hemos establecido una prueba satisfactoria de esa aparición de la Deidad en aquellas maravillas de sus operaciones; pues en toda su obra, tal como está registrada de hecho, reconocemos las características de la naturaleza divina. Es propio de Dios dar vida a los hombres, sostener por su providencia todas las cosas que existen. Es propio de Dios conceder comida y bebida a quienes en la carne han recibido de Él el don de la vida, socorrer al necesitado, hacer volver a sí misma, por medio de una salud renovada, la naturaleza que ha sido pervertida por la enfermedad. Es propio de Dios gobernar con igual dominio el conjunto de la creación; tierra, mar, aire y las regiones por encima del aire. Es suyo tener un poder que es suficiente para todas las cosas y, sobre todo, ser más fuerte que la muerte y la corrupción. Ahora bien, si en alguno de estos particulares o en otros semejantes el registro de Él hubiera sido deficiente, quienes están fuera de la fe habrían objetado con razón1977 a la revelación evangélica. Pero si toda noción concebible de Dios ha de rastrearse en lo que está registrado de Él, ¿qué hay que impida nuestra fe?
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XII
    • 1977. παρεγράφοντο

    Capítulo XIII

    Cap. XIII

    Pero, se dice, nacer y morir son condiciones propias de la naturaleza carnal. Lo admito. Pero lo que precedió a ese Nacimiento y lo que siguió a esa Muerte escapa a la marca de nuestra común humanidad. Si miramos a uno y otro término de nuestra vida humana, entendemos ambos: de qué tomamos nuestro comienzo y en qué terminamos. El hombre comenzó su existencia en una debilidad y en una debilidad la completa. Pero en el caso de la Encarnación, ni el nacimiento comenzó con debilidad, ni la muerte terminó en debilidad; pues ni el placer sensual precedió al nacimiento, ni la corrupción siguió a la muerte. ¿No creéis esta maravilla? Con gusto acojo vuestra incredulidad. Así admitís enteramente que esos hechos maravillosos son sobrenaturales, precisamente en la medida en que pensáis que lo relatado está por encima de la creencia. Que este mismo hecho, pues, de que la proclamación del misterio no se haya hecho en términos naturales, sea para vosotros una prueba de la manifestación de la Deidad. Pues si lo que se relata de Cristo estuviera dentro de los límites de la naturaleza, ¿dónde estaría la Divinidad? Pero si el relato sobrepasa la naturaleza, entonces los hechos mismos que no creéis son una demostración de que Aquel que así fue proclamado era Dios. Un hombre es engendrado por la conjunción de dos personas y, después de la muerte, queda en la corrupción. Si el Evangelio no hubiera comprendido más que esto, ciertamente no lo habríais tenido a él por Dios, a aquel cuyo testimonio fue transmitido en términos peculiares sólo de nuestra naturaleza. Pero cuando se os dice que Él nació y, sin embargo, transcendió nuestra común humanidad tanto en la manera de su nacimiento como por su incapacidad de cambio hacia la corrupción, sería bueno que, a consecuencia de esto, dirigierais vuestra incredulidad al otro punto, de modo que os neguéis a suponer que Él es uno de aquellos que manifiestamente han existido como meros hombres; pues se sigue por necesidad que una persona que no cree que tal o cual ser es mero hombre debe ser conducida a la creencia de que Él es Dios. Pues bien, quien ha registrado que Él nació ha relatado también que nació de una Virgen. Si, por tanto, según la evidencia expuesta, el hecho de su nacimiento queda establecido como materia de fe, es del todo increíble, según la misma evidencia, que no haya nacido de la manera expuesta. Pues el autor que menciona su nacimiento añade también que fue de una Virgen; y al registrar su muerte da además testimonio de su resurrección de entre los muertos. Si, por tanto, de lo que se os dice, concedéis que Él nació y murió, por los mismos motivos debéis admitir que tanto su nacimiento como su muerte fueron independientes de las condiciones de la debilidad humana, —de hecho, estuvieron por encima de la naturaleza. La conclusión, por tanto, es que Aquel que de este modo ha sido mostrado como nacido en circunstancias sobrenaturales ciertamente no estaba Él mismo limitado por la naturaleza.

    Capítulo XIV

    Cap. XIV

    " Entonces por qué," se pregunta, "¿descendió la Deidad a tal humillación? Nuestra fe se estremece al pensar que Dios, esa realidad incomprensible, inconcebible e inefable, que transciende toda gloria de grandeza, se envuelva en la cobertura vil de la humanidad, de modo que sus sublimes operaciones también queden rebajadas por esta mezcla con la tierra rastrera."

    Capítulo XV

    Cap. XV

    Aun ante esta objeción no carecemos de respuesta coherente con nuestra idea de Dios. Preguntáis la razón por la que Dios nació entre los hombres. Si quitáis de la vida los beneficios que nos vienen de Dios, no podríais decirme qué medios tenéis para llegar a algún conocimiento de la Deidad. En el trato amable para con nosotros reconocemos al bienhechor; es decir, de la observación de lo que nos sucede, conjeturamos la disposición de la persona que lo obra. Si, pues, el amor al hombre es una característica especial de la naturaleza divina, he aquí la razón que buscáis, he aquí la causa de la presencia de Dios entre los hombres. Nuestra naturaleza enferma necesitaba un médico. El hombre en su caída necesitaba a alguien que lo enderezara. El que había perdido el don de la vida carecía de un dador de vida, y el que se había apartado de su comunión con el bien quería a uno que lo llevara de vuelta al bien. El que estaba encerrado en tinieblas anhelaba la presencia de la luz. El cautivo buscaba un rescatador; el prisionero encadenado, a alguien que tomara su partido; y un libertador, el que estaba retenido en la esclavitud. ¿Eran, pues, éstas necesidades triviales o indignas para importunar a la Deidad a que descendiera y examinara la naturaleza del hombre, cuando la humanidad se hallaba tan miserable y digna de lástima? "Pero," se replica, "el hombre pudo haber sido beneficiado, y sin embargo Dios pudo haber continuado en un estado impasible. ¿No era posible para Aquel que en su sabiduría formó el universo y por el simple impulso de su voluntad trajo a la subsistencia lo que no era, si así le hubiera placido, por medio de algún mandato divino directo, retirar al hombre del alcance del poder adversario y devolverlo a su estado primitivo? Mientras que Él espera largos períodos de tiempo para llegar, se somete a la condición de un cuerpo humano, entra en el escenario de la vida naciendo y, después de pasar sucesivamente por cada edad de la vida y gustar luego la muerte, al fin, sólo por la resurrección de su propio cuerpo, logra su objeto, —como si no le fuera facultativo cumplir su propósito sin dejar la altura de su gloria divina y salvar al hombre por un solo mandato1978, dejando de lado esos largos períodos de tiempo." Necesario es, por tanto, que en respuesta a objeciones como éstas expongamos la réplica de la verdad, para que no se ofrezca obstáculo alguno a la fe de aquellas personas que examinarán minuciosamente la razonabilidad de la revelación evangélica. En primer lugar, pues, como se ha discutido parcialmente antes1979, consideremos qué es aquello que, por la regla de los contrarios, se opone a la virtud. Como las tinieblas son lo opuesto a la luz, y la muerte a la vida, así el vicio, y ninguna otra cosa además, es claramente lo opuesto a la virtud. Pues así como en los muchos objetos de la creación no hay nada que se distinga por su oposición a la luz o a la vida, sino sólo las ideas peculiares que son sus opuestos exactos, como las tinieblas y la muerte —no la piedra, ni la madera, ni el agua, ni el hombre, ni ninguna otra cosa del mundo—, así, en el caso de la virtud, no puede decirse que ninguna cosa creada pueda ser concebida como contraria a ella, sino sólo la idea del vicio. Si, pues, nuestra Fe predicara que la Deidad había sido engendrada en circunstancias viciosas, se habría dado al objetor la oportunidad de denigrar nuestra creencia, como la de personas que proponían opiniones incongruentes y absurdas respecto de la naturaleza divina. Porque, en efecto, sería blasfemo afirmar que la Deidad, que es la sabiduría misma, la bondad, la incorruptibilidad y toda otra cosa exaltada en el pensamiento o en la palabra, hubiera sufrido un cambio hacia lo contrario. Si, pues, Dios es virtud real y esencial, y ninguna mera existencia1980 de ningún tipo se opone lógicamente a la virtud, sino que sólo el vicio se opone; y si el nacimiento divino no fue hacia el vicio, sino hacia la existencia humana; y si sólo la debilidad viciosa es indecorosa y vergonzosa —y con tal debilidad ni nació Dios ni estaba en su naturaleza nacer—, ¿por qué se escandalizan por la confesión de que Dios entró en contacto con la naturaleza humana, cuando en relación con la virtud no se observa contrariedad alguna en la organización del hombre? Pues ni la Razón, ni el Entendimiento1981, ni la Receptividad para la ciencia, ni ninguna otra cualidad semejante propia de la esencia del hombre, se opone al principio de la virtud.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XV
    • 1978. Orígenes, respondiendo a las mismas objeciones, dice: "No sé qué tipo de alteración de la humanidad es la que Celso desea cuando duda de si no habría sido posible mejorar al hombre mediante una manifestación del poder divino, sin que se enviara a nadie en el curso de la naturaleza ( φύσει ) con ese propósito. ¿Quiere que esto ocurra entre los hombres por una aparición repentina de Dios que destruya el mal en sus corazones de un golpe y haga brotar allí la virtud? Bien cabría indagar si sería conveniente o posible que tal cosa sucediera. Pero supondremos que así es. ¿Entonces qué? ¿Cómo será (en ese caso) loable nuestro asentimiento a la verdad? Vosotros mismos profesáis reconocer una Providencia especial: por tanto, debéis habernos dicho a nosotros, tanto como nosotros a vosotros, por qué Dios, conociendo los asuntos de los hombres, no los corrige y, con un solo golpe de su poder, se libra de toda la familia del mal. Pero nosotros afirmamos confiadamente que Él envía mensajeros para este mismo propósito: pues sus palabras que apelan a las emociones más nobles de los hombres están entre ellos. Pero, habiendo ya grandes diferencias entre los diversos ministros del Verbo, la reforma de Jesús los superó a todos en grandeza; pues Él no quiso sanar a los hombres de un solo rinconcito del mundo, sino que vino a salvarlos a todos"; c. Cels. iv. 3, 4.
    • 1979. Cap. v.
    • 1980. φύσις.
    • 1981. τὸ διανοητικὸν

    Capítulo XVI

    Cap. XVI

    "Pero —se dice— este cambio de nuestro cuerpo por el nacimiento es una debilidad, y quien nace en tal condición nace en debilidad. Ahora bien, la Deidad está libre de debilidad. Por tanto —dicen— es una idea extraña respecto de Dios declarar que quien es esencialmente libre de debilidad entra así en comunión con la debilidad." Ahora bien, en respuesta a esto adoptemos el mismo argumento de antes, a saber, que la palabra "debilidad" se usa en parte en sentido propio y en parte en sentido adaptado. Pues todo lo que afecta a la voluntad y la pervierte de la virtud al vicio es real y verdaderamente una debilidad; pero todo lo que en la naturaleza se ve que procede por una cadena propia de etapas sucesivas debería llamarse más propiamente una obra que una debilidad. Como, por ejemplo, el nacimiento, el crecimiento, la continuidad de la sustancia subyacente mediante la entrada y salida de los alimentos, el encuentro de los elementos componentes del cuerpo y, por otra parte, la disolución de sus partes componentes y su retorno a los elementos afines. ¿Con cuál "debilidad", pues, afirma nuestro Misterio que la Deidad entró en contacto? ¿Con la que propiamente se llama debilidad, que es el vicio, o con la que resulta de los movimientos naturales? Pues bien, si nuestra Fe afirmara que la Deidad nació en circunstancias prohibidas, entonces sería nuestro deber evitar una afirmación que diese esta descripción profana y malsana del Ser Divino. Pero si afirma que Dios se apoderó de esta naturaleza nuestra, cuya producción en un primer momento y cuya subsistencia después tuvieron su origen en Él, ¿de qué manera esta nuestra predicación deja de tener la reverencia que le corresponde? Entre nuestras nociones de Dios no hay disposición alguna que tienda a la debilidad que acompañe a nuestra fe en Él. No decimos que un médico está en debilidad cuando se ocupa de curar a quien así está1982. Pues aunque toca la enfermedad, él mismo no es afectado por ella. Si el nacimiento no se considera en sí mismo una debilidad, nadie puede llamar debilidad a la vida. Pero el sentimiento de placer sensual precede ciertamente al nacimiento humano, y en cuanto al impulso hacia el vicio en todos los hombres vivientes, éste es una enfermedad de nuestra naturaleza. Mas el misterio evangélico afirma que Aquel que tomó nuestra naturaleza fue puro de ambos sentimientos. Si, pues, su nacimiento no tuvo conexión con el placer sensual, y su vida ninguna con el vicio, ¿qué "debilidad" queda que el misterio de nuestra religión afirme que Dios compartió? Pero si alguien llamara debilidad a la separación del cuerpo y del alma1983, con mucha más justicia podría llamar tal al encuentro de estos dos elementos. Pues si la separación de las cosas que han estado unidas es una debilidad, entonces también la unión de las cosas separadas es una debilidad. Porque hay un sentimiento de movimiento tanto en la unión de lo separado como en la separación de lo que ha sido soldado en uno. El mismo término, pues, con que se llama al movimiento final, es propio aplicarlo al que lo inició. Si el primer movimiento, que llamamos nacimiento, no es una debilidad, se sigue que tampoco el segundo, que llamamos muerte, y por el cual se efectúa la separación de la unión del alma y el cuerpo, es una debilidad. Nuestra posición es que Dios nació sujeto a ambos movimientos de nuestra naturaleza: primero, aquel por el cual el alma se apresura a unirse al cuerpo, y luego aquel por el cual el cuerpo se separa del alma; y que cuando la humanidad concreta fue formada por la mezcla de estos dos, quiero decir, el elemento sensible y el inteligente, mediante aquella conjunción inefable e inexpresable, se siguió en la Encarnación este resultado: que después de haberse unido una vez el alma y el cuerpo, la unión permaneció para siempre. Pues cuando nuestra naturaleza, siguiendo su propio curso, había avanzado incluso en Él hasta la separación del alma y del cuerpo, Él volvió a unir los elementos desunidos, cimentándolos, por así decirlo, con el cemento de su divino poder, y recombinando lo que había sido separado en una unión que jamás se romperá. Y esto es la Resurrección, a saber, el retorno, después de haberse disuelto, de aquellos elementos que antes habían estado ligados, a una unión indisoluble mediante una incorporación mutua; para que así la gracia primera que revestía a la humanidad pudiera ser recuperada, y nosotros restituidos a la vida eterna, cuando el vicio que se ha mezclado con nuestra raza se haya evaporado mediante nuestra disolución, como sucede a cualquier líquido cuando el vaso que lo contenía se rompe, y se derrama y desaparece, al no haber nada que lo contenga. Pues así como el principio de la muerte tuvo su origen en una sola persona y pasó en sucesión por todo el género humano, de igual manera el principio de la vida de la Resurrección se extiende de una persona a toda la humanidad. Porque Aquel que reunió con su propio cuerpo el alma que había asumido Él mismo, en virtud de aquel poder que se había mezclado con ambos elementos componentes en su primera formación, entonces, a una escala más general, por así decirlo1984, unió lo intelectual a lo sensible, avanzando libremente el nuevo principio hasta los extremos por consecuencia natural. Pues cuando, en aquella humanidad concreta que había tomado para Sí, el alma, después de la disolución, volvió al cuerpo, entonces esta unión de las distintas porciones pasa, como por un nuevo principio, con igual fuerza a todo el género humano. Éste es, pues, el misterio del plan de Dios respecto de su muerte y su resurrección de entre los muertos; a saber, en lugar de impedir la disolución de su cuerpo por la muerte y los resultados necesarios de la naturaleza, traer a ambos de nuevo el uno al otro en la resurrección; para que Él pudiera llegar a ser en Sí mismo el punto de encuentro tanto de la vida como de la muerte, habiendo restablecido en Sí mismo aquella naturaleza que la muerte había dividido, y siendo Él mismo el principio originante de la unión de aquellas porciones separadas.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XVI
    • 1982. Así Orígenes (c. Cels. iv. 15) ilustra la κένωσις y συγκατάβασις de Cristo: "Ni fue este cambio uno desde las alturas de la excelencia a las profundidades de la bajeza ( τὸ πονηρότατον ), pues ¿cómo pueden la bondad y el amor ser bajeza? Si lo fueran, ya sería hora de declarar que el cirujano que inspecciona o toca casos graves y desagradables para curarlos sufre tal cambio de bueno a malo."
    • 1983. No hay una sola palabra en inglés que represente el sentido pleno de πάθος. "Sufferance" a veces se le acerca más, pero no aquí, donde Gregorio intenta expresar aquello que de ninguna manera se adhería al Salvador, es decir, la debilidad moral, por oposición a la enfermedad física.
    • 1984. a una escala más general, por así decirlo. El griego aquí es algo oscuro; la mejor lectura es la de Krabinger; γενικωτέρῳ τινι λόγῳ τὴν νοερὰν οὐσίαν τῇ αἰσθητῇ συγκατέμιξεν. La traducción de Hervetus es manifiestamente errónea: "Is generosiorem quandam intelligentem essentiam commiscuit sensili principio."—El alma y el cuerpo han sido reunidos por la Resurrección, a una escala más amplia y en una extensión mayor ( λόγῳ ), que en el caso anterior de una sola Persona (en la Encarnación), avanzando el nuevo principio de vida hasta los extremos de la humanidad por consecuencia natural: γενικωτέρῳ se referirá así, por comparación, a "la primera formación de estos elementos componentes". O bien contrasta la cantidad de vida con la de muerte; y ha de explicarse por Rom. v. 15: "Mas no como el delito, así también el don gratuito. Pues si por el delito de uno muchos murieron, mucho más la gracia de Dios, y el don por la gracia, que es por un solo hombre, Jesucristo, abundó para muchos." La traducción de Krabinger, "generaliori quâdam ratione," parece, por tanto, correcta. El modo de la unión del alma y el cuerpo se describe en el Tratado de Gregorio sobre el Alma como κρείττων λόγος, y en su De la creación del hombre como ἄφραστος λόγος, pero en ninguno hay comparación alguna sino con otros modos menos perfectos de unión; es decir, la referencia es a la cualidad, no a la cantidad, como aquí.
    Comentario editorial · Nacer no es una vergüenza
    Los incrédulos que Gregorio imagina objetan que el nacimiento y la muerte son debilidades indignas de Dios (XIII; XVI). Su respuesta, adelantada en el capítulo IX («sólo el mal produce degradación»), es que lo único vergonzoso es el vicio. Los Prolegómenos del NPNF señalan que esto parece contradecir lo que Gregorio dice en Sobre la virginidad y en Sobre la hechura del hombre, donde la generación es consecuencia de la caída, y lo explican por el punto de vista: en la Catequesis habla como apologista y adopta un axioma moral admitido por todos; en los otros tratados, como teólogo cristiano. Es la lectura de los editores ingleses; qué se infiera de ella para la doctrina de Gregorio lo discuten sus estudiosos.

    Capítulo XVII

    Cap. XVII

    Pero se dirá que la objeción que se nos ha presentado aún no ha sido resuelta, y que lo que los incrédulos han alegado ha quedado más bien reforzado por todo cuanto hemos dicho. Pues si, como ha mostrado nuestro argumento, hay en Él tal poder que en Él residen tanto la destrucción de la muerte como la introducción de la vida, ¿por qué no realiza su propósito por el mero ejercicio de su voluntad, en lugar de obrar nuestra salvación de un modo tan indirecto, naciendo y siendo criado como hombre, e incluso, mientras salvaba al hombre, gustando la muerte, cuando le era posible haber salvado al hombre sin someterse a tales condiciones? Ahora bien, a esto, para todas las personas sinceras, bastaría responder que los enfermos no dictan a sus médicos las medidas para su curación, ni censuran a quienes les hacen bien en cuanto al método de su curación; por qué, por ejemplo, el médico palpó la parte enferma e ideó este o aquel remedio particular para la remoción del mal, cuando ellos esperaban otro; sino que el paciente mira al fin y al objetivo de la obra buena, y recibe el beneficio con gratitud. Viendo, sin embargo, como dice el Profeta1985, que la abundante bondad de Dios mantiene oculta su utilidad, y no se ve con completa claridad en esta vida presente —de otro modo, si los ojos pudieran contemplar todo lo que se espera, toda objeción de los incrédulos quedaría removida—, sino que, tal como es, aguarda los siglos venideros, cuando lo que en la actualidad se ve sólo por el ojo de la fe ha de ser revelado, es necesario por consiguiente que, en la medida en que podamos, intentemos por la ayuda de argumentos, los mejores a nuestro alcance, descubrir también para estas dificultades una solución en armonía con lo que ha precedido.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XVII
    • 1985. el Profeta, es decir, David; Sal. xxxi. 19: ὡς πολὺ τὸ πλῆθος τῆς χρηστότητός σου, κ.τ.λ. Hervetus traduce aquí a Gregorio "divitiæ benignitatis", como si hubiera encontrado πλοῦτος en el texto, lo cual no aparece. Jerónimo traduce dos veces la χρηστότης de la LXX por "bonitas"; Aquila y Símaco tienen τί πολὺ τὸ ἀγαθόν σου. Éste es el sentido posterior de χρηστότης, que originariamente significaba "utilidad" y luego "rectitud" (Salmo xiii. 2, 4; xxxvi. 3; cxix. 66), más bien que "bondad".

    Capítulo XVIII

    Cap. XVIII

    Y sin embargo, quizá sea excesivo que quienes creen que Dios peregrinó aquí en vida objeten al modo de su manifestación1986, por carecer de sabiduría o de notoria razonabilidad. Pues para quienes no son vehementemente contrarios a la verdad no existe prueba pequeña de que la Deidad peregrinó aquí; me refiero a la que se exhibe ahora en esta vida presente, antes de que comience la vida futura: el testimonio que dan los hechos actuales. Porque ¿quién hay que no sepa que todas las partes del mundo estaban cubiertas de un engaño demoníaco que dominaba la vida del hombre mediante la locura de la idolatría; cómo ésta era la regla acostumbrada entre todas las naciones, adorar a los demonios bajo la forma de ídolos, con el sacrificio de animales vivos y las ofrendas contaminadas sobre sus altares? Pero desde el tiempo en que, como dice el Apóstol, "la gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres se manifestó1987", y habitó entre nosotros en su naturaleza humana, todas estas cosas pasaron como humo a la nada; cesó la locura de sus oráculos y profecías, las pompas anuales y las contaminaciones de sus sangrientas hecatombes llegaron a su fin, mientras que entre la mayoría de las naciones los altares desaparecieron por completo, junto con pórticos, recintos y santuarios, y todo el ritual además que era seguido por el sacerdote servidor de aquellos demonios, para engaño tanto de ellos mismos como de todos cuantos se cruzaban en su camino. De modo que en muchos de estos lugares no queda memoria alguna de que estas cosas hayan existido jamás. Pero, en cambio, por todo el mundo han surgido en el nombre de Jesús templos y altares y un Sacerdocio santo e incruento1988, y una filosofía sublime, que enseña, más con obras y ejemplo que con palabras, el desprecio de esta vida corporal y el menosprecio de la muerte, un menosprecio que han manifestado claramente aquellos a quienes los tiranos intentaron forzar a apostatar de la fe, sin hacer cuenta de las crueldades infligidas a sus cuerpos ni de su sentencia de muerte: y sin embargo, claramente, no era probable que se hubieran sometido a semejante trato a menos que hubieran tenido una prueba clara e indiscutible de aquella divina peregrinación entre los hombres. Y el hecho siguiente es, además, señal suficiente, frente a los judíos, de la presencia entre ellos1989 de Aquel en quien no creen: hasta el tiempo de la manifestación de Cristo, los palacios reales de Jerusalén estaban en todo su esplendor; allí estaba su célebre Templo; allí estaba la ronda acostumbrada de sus sacrificios durante todo el año; todas las cosas que la Ley había expresado en símbolos para quienes sabían leer sus secretos estuvieron hasta aquel punto de tiempo intactas en su observancia, conforme a aquella forma de culto que había sido establecida desde el principio. Pero cuando al fin vieron a Aquel a quien esperaban, y de quien antes les habían hablado sus Profetas y la Ley, y cuando tuvieron en mayor estima que la fe en Aquel que así se había manifestado aquello que en adelante no vino a ser sino una superstición degradada, porque lo tomaron en un sentido equivocado1990, y se aferraron a las meras frases de la Ley en obediencia a los dictados de la costumbre más que de la inteligencia, y cuando hubieron rechazado así la gracia que había aparecido, —entonces, aun1991 aquellos santos monumentos de su religión quedaron en pie, como están, sólo en la historia; pues no puede reconocerse ni rastro de su Templo, y su espléndida ciudad ha quedado en ruinas, de modo que a los judíos no les queda nada de las antiguas instituciones; mientras que por mandato de quienes gobiernan sobre ellos el propio suelo de Jerusalén que tanto veneraban les está prohibido.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XVIII
    • 1986. manifestación, παρουσίαν. Casaubon en sus notas a la Epístola a Eustacia de Gregorio da una lista de los diversos términos aplicados por los Padres griegos a la Encarnación, a saber (además de παρουσία ),— ἡ τοῦ Χριστοῦ ἐπιφάνεια; ἡ δεσποτικὴ ἐπιδημία; ἡ διὰ σαρκὸς ὁμιλία; ἡ τοῦ λόγου ἐνσάρκωσις; ἡ ἐνανθρώπησις; ἡ ἔλευσις; ἡ κένωσις; ἡ συγκατάβασις; ἡ οἰκονομία (ninguna más frecuente que ésta); y otras.
    • 1987. Tit. ii. 11. Ésta es la traducción preferible; no como en la Versión Autorizada, "se manifestó a todos los hombres".
    • 1988. Sacerdocio incruento, ἀναίμακτον ἱερωσύνην, es decir, "sacerdotium", no "sacrificium". Esto, y no θυσίαν, está apoyado por los códices. La Eucaristía es llamada a menudo por los Padres "el sacrificio incruento" (p. ej. Crisóst., en el Sal. xcv., citando a Malaquías), y el Sacerdocio que lo ofrece puede llamarse también "incruento". Cf. Greg. Nac. en Poem. xi. 1— ῏Ω θυσίας πέμποντες ἀναιμάκτους ἱερῆες. Si bien estos términos afirman la naturaleza sacrificial de la Eucaristía, ¿no podrían al mismo tiempo suministrar un argumento contra la visión romana de la Transubstanciación, que enseña que se recibe la sangre real de Cristo y hace de ella todavía un sacrificio sangriento?
    • 1989. de la presencia entre ellos, &c. Cf. un pasaje notable de Orígenes: "Una de las pruebas convincentes de que Jesús era algo divino y santo es ésta: que los judíos, después de lo que le hicieron, han sufrido tantas y tan terribles aflicciones durante tanto tiempo. Y nos atreveremos a decir que jamás serán restaurados de nuevo. Han cometido el más impío de los crímenes. Conspiraron contra el Salvador de la humanidad en aquella ciudad donde las ceremonias que continuamente realizaban para Dios encerraban grandes misterios. Era justo que aquella ciudad donde Jesús padeció fuera destruida por completo, y que la nación judía fuera expulsada, y que la llamada de Dios a la bienaventuranza se hiciera a otros, quiero decir, a los cristianos, a quienes han pasado las doctrinas de una religión de pureza inmaculada, y quienes han recibido leyes nuevas aptas para cualquier forma de gobierno que exista" (c. Celsum, iv. 22). Los judíos, dice, incluso "sufrirán más que otros en el juicio que anticipan, además de lo que ya han sufrido", ii. 8. Pero dice, v. 43: "Ojalá no hubieran cometido el error de haber quebrantado su propia ley; matando primero a sus profetas, y por último tomando a Jesús a escondidas; pues entonces todavía tendríamos entre nosotros el modelo de aquella ciudad celestial que Platón intentó bosquejar, aunque no puedo decir que sus facultades estuvieran a la altura de las de Moisés y sus sucesores".
    • 1990. lo tomaron (es decir, la religión, que para el futuro, &c.) en un sentido equivocado: κακῶς ἐκλαβόντες (Hasius, ad Leon. Diacon., muestra cómo λαμβάνειν y μεταλαμβάνειν tienen también este significado "interpretar", "accipere"). Ésta es una lectura mejor que ἐκβαλόντες, y está apoyada por dos mss.
    • 1991. entonces aun. La apódosis comienza aquí, y ὥστε debe sobreentenderse después de ὑπολέλειπται, para regir μεῖναι, "quedaron en pie, &c.… de modo que no queda".

    Capítulo XIX

    Cap. XIX

    No obstante, puesto que ni quienes adoptan la visión griega, ni aun los dirigentes de las opiniones judías, están dispuestos a hacer de tales cosas las pruebas de aquella manifestación divina, conviene, en lo que toca a estas objeciones a nuestra afirmación, tratar más particularmente la razón en virtud de la cual la naturaleza divina se une con la nuestra, salvando, como lo hace, a la humanidad por sí misma, y no realizando su designio propuesto por medio de un mero mandato. ¿Con qué, pues, debemos comenzar, para conducir nuestro pensamiento por una secuencia lógica hasta la conclusión propuesta? ¿Qué sino esto, a saber, con un detalle sucinto de las nociones que religiosamente pueden tenerse de Dios1992?
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XIX
    • 1992. Los Padres griegos y los teólogos ingleses en su mayor parte se limitan a mostrar esta conveniencia moral y consonancia con la naturaleza de Dios en la Encarnación, y no intentan probar su necesidad absoluta. Cf. Atanasio, De Incarn. Verb. c. 6; Hooker, Eccles. Pol. V. li. 3; Analogy de Butler, pt. ii. c. 5.

    Capítulo XX

    Cap. XX

    Es, pues, universalmente reconocido que debemos creer que la Deidad no sólo es todopoderosa, sino justa, buena y sabia, y todo lo demás que sugiere excelencia. De ello se sigue, por tanto, en la presente dispensación de las cosas, que no sucede que alguna en particular1993 de estas propiedades divinas se manifieste libremente en la creación, mientras hay otra que no está presente allí; pues, hablando de una vez por todas, ninguno de esos términos excelsos, cuando se lo separa de los demás, es por sí solo una virtud, ni el bien es realmente bueno a menos que esté aliado con lo que es justo, sabio y poderoso (pues lo que es injusto, o insensato, o impotente, no es bueno; ni el poder, cuando se lo separa del principio de la justicia y de la sabiduría, ha de considerarse a la luz de la virtud; semejante especie de poder es brutal y tiránica; y así, en cuanto a los demás, si lo que es sabio se lleva más allá de los límites de lo que es justo, o si lo que es justo no se contempla junto con la fuerza y la bondad, casos de esa clase se llamarían más propiamente vicio; pues ¿cómo puede lo que carece de perfección contarse entre las cosas que son buenas?). Si, pues, conviene que todas las excelencias se combinen en las ideas que tenemos de Dios, veamos si esta Dispensación respecto del hombre falla en alguna de aquellas concepciones que debiéramos tener de Él. El objeto de nuestra indagación en el caso de Dios es ante todo las indicaciones de su bondad. ¿Y qué testimonio de su bondad podría haber más palpable que éste, a saber, que Él recobre para sí la lealtad de quien se había rebelado al bando contrario, en lugar de permitir que la bondad inmutable de su naturaleza fuera afectada por la volubilidad de la voluntad humana? Pues, como dice David, no habría venido a salvarnos si la "bondad" no hubiera creado en Él tal propósito1994; y sin embargo su bondad no habría hecho avanzar su propósito si la sabiduría no hubiera dado eficacia a su amor por el hombre. Pues, como en el caso de personas que están enfermas, hay probablemente muchos que desean que un hombre no se hallara en tan mal estado, pero sólo aquéllos en quienes hay alguna habilidad técnica que actúa en favor de los enfermos llevan su buena voluntad en su favor a un resultado práctico, así es absolutamente necesario que la sabiduría se una a la bondad. ¿De qué manera, entonces, se contempla la sabiduría en combinación con la bondad? En los acontecimientos reales, es decir, los que han tenido lugar; porque no se puede observar un buen propósito en abstracto; un propósito no puede revelarse en modo alguno si no lo ilumina la luz de algunos acontecimientos. Pues bien, las cosas realizadas, que progresaron en ordenada serie y secuencia, revelan la sabiduría y la destreza de la economía divina. Y puesto que, como se ha dicho antes, la sabiduría, cuando se combina con la justicia, se convierte entonces absolutamente en una virtud, pero, si se separa de ella, no puede por sí sola ser buena, convendría además, en esta discusión de la Dispensación respecto del hombre, considerar atentamente a la luz una de otra estas dos cualidades; me refiero a su sabiduría y a su justicia.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XX
    • 1993. τὸ μέν τι (por τοι ). Hay la misma variante de lectura en c. i. y xxi., donde Krabinger ha conservado el τι: cita acertadamente a Sinesio, de Prov. ii. 2; ῾Ο μέν τις ἀποθνήσκει πληγεὶς, ὁ δὲ κ.τ.λ. (y remite a su nota allí).
    • 1994. Sal. cvi. (cv.) 4, 5; cxix. (cxviii.) 65, 66, 68. En el primer pasaje la LXX tiene τοῦ ἰδεῖν ἐν τῇ χρηστότητι τῶν ἐκλεκτῶν σου (hebr. "la felicidad de tus elegidos"): evidentemente refiriéndose a la εὐδοκία de Dios en ellos; Él, bueno en sí mismo ( χρηστὸς, v. 1), los salvará "para aprobar su bondad". El segundo pasaje menciona cuatro veces esta χρηστότης (bonitas).

    Capítulo XXI

    Cap. XXI

    ¿Qué, pues, es la justicia? Recordamos claramente lo que en el curso de nuestro argumento dijimos al comienzo de este tratado; a saber, que el hombre fue formado a imitación de la naturaleza divina, conservando su semejanza con la Deidad tanto en otras excelencias como en la posesión del libre albedrío, aunque siendo necesariamente de naturaleza sujeta al cambio. Pues no era posible que un ser que derivó su origen de una alteración estuviera totalmente libre de esta condición. Porque el paso del estado de no existencia al de existencia es una especie de alteración; cuando el ser, es decir, por el ejercicio del poder divino ocupa el lugar del no ser. En el siguiente aspecto especial, también, se observa necesariamente alteración en el hombre, a saber, porque el hombre era una imitación de la naturaleza divina, y a menos que se hubiera ocasionado alguna diferencia distintiva, el sujeto que imita sería enteramente lo mismo que aquello a lo que se asemeja; pero en este caso, ha de observarse, hay una diferencia entre aquello que fue "hecho a imagen" y su modelo; a saber, que lo uno no está sujeto al cambio, mientras que lo otro sí (pues, como se ha descrito, ha llegado a existir mediante una alteración), y estando así sujeto a la alteración no continúa siempre en su estado actual. Porque la alteración es una especie de movimiento que avanza siempre desde el estado presente a otro; y hay dos formas de este movimiento: una que se dirige siempre hacia lo que es bueno, y en ésta el avance no tiene freno, porque no se puede alcanzar ninguna meta del curso que ha de recorrerse1995, mientras que la otra se dirige en dirección contraria, y de ésta es ésta la esencia, que no tiene subsistencia; pues, como se ha dicho antes, el estado contrario a la bondad comunica alguna noción de oposición semejante, como cuando decimos, por ejemplo, que lo que es se opone lógicamente a lo que no es, y que la existencia se opone así a la no existencia. Puesto que, entonces, a causa de este impulso y movimiento de alteración cambiante no es posible que la naturaleza del sujeto de este cambio permanezca centrada en sí misma e inmóvil, sino que siempre hay algo hacia lo cual la voluntad tiende, atrayéndola naturalmente al movimiento el apetito de la belleza moral, esta belleza es en un caso realmente tal en su naturaleza, y en otro no lo es, floreciendo sólo con una apariencia ilusoria de belleza; y el criterio de estas dos clases es la mente que mora dentro de nosotros. En estas circunstancias es un riesgo si acertamos a elegir la belleza real, o si nos desviamos de su elección por algún engaño que surge de la apariencia, y así nos desviamos hacia lo contrario; como sucedió, según nos cuenta la fábula pagana, al perro que miró de reojo el reflejo en el agua de lo que llevaba en la boca, pero soltó el alimento real, y, abriendo bien la boca para tragar la imagen de él, siguió hambriento. Puesto que, entonces, la mente ha sido decepcionada en su anhelo del bien real, y desviada hacia lo que no es tal, persuadida, por el engaño del gran abogado e inventor del vicio, de que era belleza lo que era justamente lo contrario (pues este engaño nunca habría tenido éxito si no se hubiera extendido el encanto de la belleza sobre el anzuelo del vicio como un cebo), —el hombre, digo, por una parte, que se había esclavizado por la indulgencia al enemigo de su vida, hallándose por su propia voluntad en esta condición desdichada—, os pido que investiguéis, por otra parte, las cualidades que convienen y acompañan a nuestra concepción de la Deidad, tales como la bondad, la sabiduría, el poder, la inmortalidad, y todo lo demás que lleva el sello de la superioridad. Como bueno, entonces, la Deidad siente piedad por el hombre caído; como sabio, no ignora los medios para su recuperación; aunque una decisión justa debe también formar parte de esa sabiduría; pues nadie atribuiría la justicia genuina a la ausencia de sabiduría.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXI
    • 1995. del curso que ha de recorrerse: τοῦ διεξοδευομένου. Glauber observa que la traducción latina aquí, "ejus qui transit", no tiene sentido, y con razón toma la palabra como pasiva. Krabinger traduce también "ejus quod evolvitur". Aquí hay de nuevo un platonismo inconsciente: αὐτὸ τὸ καλόν es eterno.

    Capítulo XXII

    Cap. XXII

    ¿Qué, pues, en estas circunstancias es la justicia? Es el no ejercer ningún dominio arbitrario sobre aquel que nos tiene en su poder1996, ni, al arrancarnos por un ejercicio violento de la fuerza de su dominio, dejar así algún pretexto para una queja justa a aquel que esclavizó al hombre mediante el placer sensual. Pues como quienes han trocado su libertad por dinero son esclavos de quienes los han comprado (porque se han constituido en vendedores de sí mismos, y no es lícito ni a ellos mismos ni a ningún otro en su nombre invocar la libertad, ni siquiera aunque quienes se han reducido a este triste estado sean de noble cuna; y, si alguien por consideración a la persona que así se ha vendido usara violencia contra aquel que lo ha comprado, claramente estaría obrando in justamente al rescatar así arbitrariamente a uno que ha sido legalmente comprado como esclavo, mientras que, si desea pagar un precio para sacar a tal persona de allí, no hay ley que lo impida), bajo el mismo principio, ahora que habíamos trocado voluntariamente nuestra libertad, era preciso que no se ideara un método arbitrario de recuperación, sino el que es conforme a la justicia1997 por Aquel que en su bondad había emprendido nuestro rescate. Ahora bien, este método es en cierta medida éste: entregar al amo del esclavo cualquier rescate que él consienta en aceptar por la persona que está en su posesión.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXII
    • 1996. Compárese un pasaje de Dionisio Areopagita (De eccles. hierarch. c. iii. p. 297). "El amor ilimitado de la Bondad Suprema no rehusó una providencia personal para nosotros, sino que, participando perfectamente en todo lo que nos pertenece, y unido a nuestra bajeza, junto con una posesión no diluida e intacta de sus propias cualidades, nos ha otorgado para siempre una comunión de parentesco consigo mismo, y nos ha exhibido como partícipes de sus glorias: deshaciendo el poder adverso de la turba rebelde, como dice la Tradición secreta, "no por la fuerza, como si dominara, sino, según el oráculo secretamente entregado a nosotros, por derecho y justicia" (citado por Krabinger). A las palabras "no por la fuerza", S. Máximo ha añadido la nota: "Esto es lo que Gregorio de Nisa dice en la Catequética". Véase la nota siguiente.
    • 1997. uno conforme a la justicia. Esta visión de la Redención, como un llegar a un acuerdo con Satanás y hacerlo parte o defensor en el caso, es bastante notable. El Prólogo al Libro de Job proporciona una base para ella, donde Satanás entra en tratos con Dios. Parece ser la visión miltoniana: como también que la Envidia fue el primer pecado de Satanás.

    Capítulo XXIII

    Cap. XXIII

    ¿Qué, pues, era probable que el amo del esclavo eligiera recibir en su lugar? Es posible, por vía de inferencia, hacer una conjetura en cuanto a sus deseos en el asunto, si, es decir, las indicaciones manifiestas de lo que buscamos caen en nuestras manos. Aquel, pues, que, como antes dijimos al comienzo de este tratado, cerró los ojos al bien por su envidia del hombre en su condición feliz; aquel que generó en sí mismo la nube oscura de la maldad; aquel que padeció la enfermedad del amor al mando, causa primaria y fundamental de la propensión al mal y madre, por así decirlo, de toda la maldad que sigue—, ¿qué aceptaría a cambio de la cosa que poseía, sino algo, ciertamente, superior y mejor, a modo de rescate, para que así, al recibir una ganancia en el intercambio, pudiera fomentar más su propia pasión especial de orgullo? Ahora bien, indudablemente en ninguno de los que habían vivido en la historia desde el comienzo del mundo había él tenido conciencia de circunstancia alguna como la que observó que rodeaba a Aquel que entonces se manifestó, es decir, concepción sin unión carnal, nacimiento sin impureza, maternidad con virginidad, voces de lo invisible que testificaban desde lo alto un valor trascendente, la curación de enfermedades naturales, sin el uso de medios y de carácter extraordinario, que procedía de Él por la mera expresión de una palabra y el ejercicio de su voluntad, la restauración de los muertos a la vida, la absolución de los condenados1998, el temor con que inspiraba a los demonios, su poder sobre las tempestades, su caminar a través del mar, no separándose las aguas a uno y otro lado, y, como en el caso del poder milagroso de Moisés, dejando al descubierto sus profundidades para los que pasaban, sino presentando la superficie del agua suelo firme para sus pies, y sosteniendo sus pasos una resistencia firme y dura; luego, su desprecio por el alimento mientras le plugo abstenerse, sus abundantes banquetes en el desierto con que muchos miles fueron plenamente alimentados (aunque ni los cielos derramaran maná sobre ellos, ni su necesidad fuera suplida por la tierra produciendo trigo para ellos de su modo natural, sino que aquella instancia de munificencia1999 salió de los inefables almacenes de su poder divino), el pan listo en las manos de los que lo distribuían, como si realmente lo estuvieran segando, y multiplicándose más cuanto más se saciaban los que comían; y luego, el banquete de los peces; no que el mar supliera su necesidad, sino Aquel que había abastecido el mar con sus peces. Pero ¿cómo es posible narrar en sucesión cada uno de los milagros evangélicos? El Enemigo, por tanto, contemplando en Él tal poder, vio también en Él una oportunidad de avance, en el intercambio, sobre el valor de lo que poseía. Por esta razón lo elige como rescate2000 por los que estaban encerrados en la prisión de la muerte. Pero no estaba en su poder mirar el aspecto despejado de Dios; debía ver en Él alguna porción de aquella naturaleza carnal que a través del pecado había tenido tanto tiempo en cautiverio. Por eso fue que la Deidad se revistió de la carne, a fin, es decir, de asegurar que él, al mirar algo afín y semejante a sí mismo, no tuviera temor de acercarse a aquel poder supereminente; y pudiera, sin embargo, al percibir ese poder, que se mostraba, aunque gradualmente, con más y más esplendor en los milagros, juzgar lo que veía un objeto de deseo más que de temor. Así, veis cómo la bondad estaba unida a la justicia, y cómo la sabiduría no estaba divorciada de ellas. Pues haber ideado que el poder divino pudiera ser contenido en la envoltura de un cuerpo, a fin de que la Dispensación en favor nuestro no fuera frustrada por temor alguno inspirado por la Deidad que aparecía realmente, ofrece una demostración de todas estas cualidades a la vez—bondad, sabiduría, justicia. El hecho de que Él eligiera salvar al hombre es testimonio de su bondad; el haber hecho de la redención del cautivo un asunto de intercambio exhibe su justicia, mientras que la invención por la cual permitió al Enemigo aprehender aquello de lo que antes era incapaz es manifestación de sabiduría suprema.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXIII
    • 1998. la absolución de los condenados. Estas palabras, ausentes en todos los demás, Krabinger las ha restaurado del Codex B. Morell traduce "damnatorum absolutio". El griego es τὴν τῶν καταδίκων ἀνά& 207·ῥυσιν. "Hæc Origenem sapiunt, qui damnatorum pœnis finem statuit": Krabinger. Pero aquí en todo caso no es necesario acusar a Gregorio de esto, puesto que claramente está hablando sólo del perdón de los pecados por Cristo durante su ministerio terrenal.
    • 1999. φιλοτιμία
    • 2000. lo elige como rescate. Esta enseñanza peculiar de Gregorio de Nisa, de que fue al Diablo, no a Dios Padre, a quien se pagó el rescate, es decir, la sangre de Cristo, es compartida por Orígenes, Ambrosio y Agustín. Este último dice: "Sanguine Christi diabolus non ditatus est, sed ligatus", es decir, atado por pacto. Por otra parte, Gregorio Nacianceno (tom. I. Orat. 42) y Juan Damasceno (De Fid. Orthod. iii. c. 27) dan el rescate al Padre.

    Capítulo XXIV

    Cap. XXIV

    Mas posiblemente alguien que haya prestado atención al curso de las observaciones precedentes pregunte: "¿en qué se ha de rastrear el poder de la Deidad, en qué la imperecedera naturaleza de ese poder divino, en los procesos que has descrito?" Para aclarar también esto, examinemos la continuación del misterio evangélico, donde ese Poder unido al Amor se exhibe de modo más especial. En primer lugar, pues, que la omnipotencia de la naturaleza divina haya tenido fuerza para descender a la humillación de la humanidad proporciona una prueba más clara de esa omnipotencia que incluso la grandeza y el carácter sobrenatural de los milagros. Pues que algo eminentemente grande sea obrado por el poder divino es, en cierto modo, conforme a la naturaleza divina y consecuencia de ella; y no es asombroso oír que todo el mundo creado, y todo lo que se entiende que está más allá del alcance de las cosas visibles, subsiste por el poder de Dios, dándole su voluntad la existencia según su beneplácito. Pero este su descenso a la humildad del hombre es una especie de ejercicio sobreabundante de poder, que no halla freno ni siquiera en direcciones que contravienen la naturaleza. Es propiedad peculiar de la esencia del fuego tender hacia arriba; nadie, por tanto, considera maravilloso en el caso de la llama ver esa operación natural. Pero si se viera la llama precipitarse hacia abajo, como los cuerpos pesados, tal hecho sería considerado un milagro; a saber, cómo el fuego sigue siendo fuego, y sin embargo, por este cambio de dirección en su movimiento, sale de su naturaleza al ser arrastrado hacia abajo. De modo semejante, no es la vastedad de los cielos, ni el brillo resplandeciente de sus constelaciones, ni el orden del universo, ni la administración ininterrumpida sobre toda la existencia, lo que tan manifiestamente despliega el poder trascendente de la Deidad, como esta condescendencia a la debilidad de nuestra naturaleza; el modo, de hecho, en que la sublimidad, existiendo en lo bajo, se ve efectivamente en lo bajo, y sin embargo no desciende de su altura, y en que la Deidad, entrelazada como está con la naturaleza del hombre, se convierte en esto, y sin embargo sigue siendo aquello. Pues, como se ha dicho antes, no estaba en la naturaleza del poder adversario entrar en contacto con la presencia no diluida de Dios, y soportar Su manifestación sin nube; por tanto, para asegurar que el rescate en nuestro favor pudiera ser fácilmente aceptado por aquel que lo requería, la Deidad se ocultó bajo el velo de nuestra naturaleza, para que así, como con pez voraz2001, el anzuelo de la Deidad fuera engullido junto con el cebo de la carne, y así, introduciéndose la vida en la casa de la muerte, y brillando la luz en las tinieblas, lo que es diametralmente opuesto a la luz y a la vida pudiera desvanecerse; pues no está en la naturaleza de las tinieblas permanecer cuando la luz está presente, ni de la muerte existir cuando la vida está activa. Tomemos, pues, a modo de resumen, la serie de los argumentos en favor del misterio evangélico, y completemos así nuestra respuesta a quienes cuestionan esta Dispensación de Dios, y mostrémosles sobre qué fundamento la Deidad, por una intervención personal, obra la salvación del hombre. Es ciertamente de lo más necesario que en todo punto las concepciones que albergamos de la Deidad sean tales como convienen al asunto, y no que, mientras se retiene una idea digna de Su sublimidad, otra igualmente perteneciente a esa estimación de la Deidad sea desechada; al contrario, toda noción excelsa, todo pensamiento devoto, debe con toda certeza entrar en nuestra creencia en Dios, y cada uno debe hacerse dependiente del otro en una secuencia necesaria. Pues bien; se ha señalado que Su bondad, sabiduría, justicia, poder, incapacidad de corrupción, todos ellos están en evidencia en la doctrina de la Dispensación en la que estamos. Su bondad se divisa en Su elección de salvar al hombre perdido; Su sabiduría y justicia se han desplegado en el método de nuestra salvación; Su poder, en que, aunque nacido en la semejanza y figura de un hombre, en el nivel humilde de nuestra naturaleza, y de acuerdo con esa semejanza suscitando la expectativa de que podía ser vencido por la muerte, él, después de tal nacimiento, produjo sin embargo los efectos propios y naturales a Él. Ahora bien, es efecto peculiar de la luz hacer que las tinieblas desaparezcan, y de la vida destruir la muerte. Puesto que, pues, hemos sido extraviados del camino recto, y apartados de aquella vida que era nuestra en el principio, y sometidos al dominio de la muerte, ¿qué hay de improbable en la lección que nos enseña el misterio evangélico, si es ésta: que la purificación alcanza a los manchados por el pecado, y la vida a los muertos, y la guía a los errantes, para que la mancha sea limpiada, el error corregido, y lo que estaba muerto sea restaurado a la vida?
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXIV
    • 2001. como con pez voraz. El mismo símil se encuentra en Juan Damasceno (De Fid. iii. 27), hablando de la Muerte. "Por tanto la Muerte avanzará y, engullendo el cebo del Cuerpo, será transfixionada por el anzuelo de la Divinidad: al gustar ese Cuerpo sin pecado y vivificante, queda deshecha y vomita a todos los que jamás ha engullido: pues como las tinieblas se desvanecen al dejar entrar la luz, así la corrupción es expulsada por la embestida de la vida, y mientras se da vida a todo lo demás, sólo hay corrupción para el Corruptor."
    Comentario editorial · El rescate y el anzuelo
    Desde el capítulo XXI Gregorio sostiene que el hombre se vendió libremente al Maligno y que, por justicia y no por violencia (así lo resume el sumario del editor), había que pagar por él un rescate de más valor. En el XXIII el Maligno aceptaría a cambio algo superior; en el XXIV la Deidad se oculta «bajo el velo de nuestra naturaleza» para que el «anzuelo» sea tragado con el «cebo de la carne». Los Prolegómenos del NPNF dicen que Gregorio desarrolla aquí la redención como rescate «del Diablo», exigido por la «estricta justicia», sin reducirla a un mero combate. Según Wikipedia (en), Orígenes, Gregorio de Nisa y Agustín enseñaron opiniones acordes con la teoría clásica del rescate, mientras que Gregorio Nacianceno negó con energía que se pagara al Diablo; y Cirilo de Jerusalén sitúa el rescate en el Padre.

    Capítulo XXV

    Cap. XXV

    Que la Deidad haya de nacer en nuestra naturaleza no debe razonablemente presentar extrañeza alguna a las mentes de quienes no adoptan una visión demasiado estrecha de las cosas. Pues ¿quién, al contemplar el universo, es tan simple como para no creer que hay Deidad en todo, penetrándolo, abrazándolo y asentada en él? Pues todas las cosas dependen del Que Es2002, y no puede haber nada que no tenga su ser en el Que Es. Si, por tanto, todas las cosas están en Él, y Él en todas las cosas, ¿por qué se escandalizan ante el plan de la Revelación cuando enseña que Dios nació entre los hombres, ese mismo Dios de quien estamos convencidos que incluso ahora no está fuera del género humano? Pues aunque esta última forma de la presencia de Dios entre nosotros no sea la misma que aquella presencia anterior, con todo, Su existencia entre nosotros se evidencia igualmente tanto entonces como ahora; sólo que ahora Aquel que mantiene cohesionada la Naturaleza en la existencia se transfunde en nosotros; mientras que en aquel otro tiempo se transfundió a través de nuestra naturaleza, para que nuestra naturaleza pudiera por esta transfusión de lo Divino volverse ella misma divina, rescatada como fue de la muerte, y puesta fuera del alcance del capricho del antagonista. Pues Su retorno de la muerte se convierte para nuestra raza mortal en el comienzo de nuestro retorno a la vida inmortal.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXV
    • 2002. Éxodo iii. 14.

    Capítulo XXVI

    Cap. XXVI

    Con todo, en su examen de la cantidad de justicia y sabiduría que se descubre en esta Dispensación, una persona es, quizá, inducida a albergar el pensamiento de que fue por medio de una cierta cantidad de engaño que Dios llevó a cabo este plan en nuestro favor. Pues que no por pura Deidad sola, sino por Deidad velada en naturaleza humana, Dios, sin el conocimiento de Su enemigo, penetrara en las líneas de aquel que tenía al hombre en su poder, es en cierta medida un fraude y una sorpresa; dado que es el modo peculiar de quienes quieren engañar el desviar en otra dirección las expectativas de sus víctimas pretendidas, y luego efectuar algo bastante diferente de lo que estas últimas esperaban. Pero quien tiene respeto por la verdad convendrá en que las cualidades esenciales de justicia y sabiduría son ante todo éstas; a saber: de la justicia, dar a cada uno según lo debido; de la sabiduría, no pervertir la justicia, y sin embargo al mismo tiempo no disociar el designio benévolo del amor a la humanidad del veredicto de la justicia, sino combinar hábilmente ambos requisitos, en lo que respecta a la justicia2003 devolviendo la debida recompensa, y en lo que respecta a la bondad, sin desviarse del designio de ese amor al hombre. Veamos, pues, si estas dos cualidades no se observan en lo que tuvo lugar. La retribución, adecuada a la deuda, por la cual el engañador fue a su vez engañado, exhibe la justicia del trato, mientras que el objeto perseguido es un testimonio de la bondad de Aquel que lo efectuó. Es, en efecto, propiedad de la justicia el asignar a cada uno aquellos resultados particulares de los que ya ha hundido los fundamentos y las causas, como la tierra devuelve sus cosechas según las clases de semillas arrojadas en ella; mientras que es propiedad de la sabiduría, en su manera misma de dar retornos equivalentes, no apartarse del curso más bondadoso. Dos personas pueden ambas mezclar veneno con alimento, una con el designio de quitar la vida, la otra con el designio de salvar esa vida; la una usándolo como veneno, la otra sólo como antídoto contra el veneno; y de ninguna manera la forma de la cura adoptada estropea el fin y propósito del beneficio pretendido; pues aunque la mezcla de veneno con el alimento pueda ser efectuada por ambas personas por igual, con todo, mirando a su intención nos indignamos con la una y aprobamos a la otra; así en esta instancia, por la regla razonable de la justicia, aquel que practicó el engaño recibe a cambio ese mismo tratamiento, cuyas semillas había sembrado él mismo por su propio libre albedrío. Aquel que primero engañó al hombre por el cebo del placer sensual es él mismo engañado por la presentación de la forma humana. Pero en cuanto al fin y propósito de lo que tuvo lugar, se implica un cambio en la dirección de lo más noble; pues mientras que él, el enemigo, efectuó su engaño para la ruina de nuestra naturaleza, el Que es a la vez el justo, y bueno, y sabio, usó Su artificio, en el cual había engaño, para la salvación del que había perecido, y así no sólo confirió beneficio al perdido, sino también a aquel que había obrado nuestra ruina. Pues de esta aproximación de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, de la corrupción a la incorrupción, se efectúa una obliteración de lo peor, y un desvanecerse de ello en la nada, mientras que se confiere beneficio a aquel que es liberado de esos males. Pues es como cuando algún material sin valor ha sido mezclado con oro, y los refinadores de oro2004 queman la parte extraña y de desecho en el fuego consumidor, y así restauran la sustancia más preciosa a su lustre natural: (no es que la separación se efectúe sin dificultad, pues toma tiempo para que el fuego por su fuerza de fundición cause la desaparición de la materia más vil; pero con todo, este derretirse de la cosa misma que estaba incrustada en ello en detrimento de su belleza es una especie de curación del oro.) De la misma manera cuando la muerte, y la corrupción, y las tinieblas, y todo otro brote del mal habían crecido en la naturaleza del autor del mal, la aproximación del poder divino, actuando como fuego2005, y haciendo que esa acumulación antinatural desaparezca, así por la purgación2006 del mal se convierte en una bendición para esa naturaleza, aunque la separación sea agonizante. Por tanto, incluso el adversario mismo probablemente no disputará que lo que tuvo lugar fue a la vez justo y salutífero, es decir, si ha llegado a una percepción del beneficio. Pues ahora es como con aquellos que para su cura son sometidos al bisturí y al cauterio; se enojan con los médicos, y se estremecen con el dolor de la incisión; pero si la recuperación de la salud es el resultado de este tratamiento, y el dolor del cauterio pasa, se sentirán agradecidos con quienes han obrado esta cura en ellos. De igual modo, cuando, después de largos períodos de tiempo, el mal de nuestra naturaleza, que ahora está mezclado con ella y ha crecido con su crecimiento, haya sido expulsado, y cuando haya habido una restauración de quienes ahora yacen en el pecado a su estado primigenio, una armonía de acción de gracias surgirá de toda la creación2007, tanto de aquellos que en el proceso de la purgación han sufrido castigo, como de aquellos que no necesitaron purgación alguna. Estos y beneficios semejantes otorga el gran misterio de la encarnación divina. Pues en aquellos puntos en que Él se mezcló con la humanidad, pasando como pasó por todos los accidentes propios de la naturaleza humana, tales como el nacimiento, la crianza, el crecimiento, y avanzando incluso hasta gustar la muerte, cumplió todos los resultados antes mencionados, liberando tanto al hombre del mal, como curando incluso al introductor del mal mismo. Pues el castigo, por doloroso que sea, de la enfermedad moral es una curación de su debilidad.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXVI
    • 2003. τῇ μὲν δικαιοσύνῃ. El dativo no está regido por ἀντιδιδόντα sino que corresponde a τῇ δὲ ἀγαθότητι (un dativo de referencia), que no tiene tal verbo tras él. Por tanto, Krabinger apenas traduce correctamente "justitiæ quod datur, pro meritis tribuendo".
    • 2004. οἱ θεραπευταὶ τοῦ χρυσίου En el margen de uno de los Codd. de Krabinger está escrito aquí en latín: "Esto debe leerse con cautela: parece saber a la opinión de Orígenes", es decir, la curación de Satanás.
    • 2005. Mal. iii. 2, 3.
    • 2006. τῇ καθάρσει. Esta es la lectura de tres de los Codd. de Krabinger y la de Hervetus y Zinus; "purgatione", "purgationis": el contexto también de todo el capítulo parece requerirla. Pero el Cod. de Morell tenía τῇ ἀφθαρσί& 139·, y Ducæus aprobó retenerla. Para esta κάθαρσις véase especialmente Orígenes, c. Cels. vi. 44.
    • 2007. "De muy distinto modo fue con los grandes pensadores de la Iglesia primitiva.…Se daban cuenta de que la redención era un medio para un fin, y ese fin la reconsagración de todo el universo a Dios. Y así la plenitud misma de su comprensión de la Expiación les llevó a insistir sobre la significación cósmica de la Encarnación, su propósito de "reunir todas las cosas en una". Pues era una época en la que los problemas del universo eran sentidos con agudeza."—Lux Mundi, p. 134.
    Comentario editorial · ¿Una restauración de todos?
    El capítulo XXVI dice que el engaño que sufrió el Maligno fue «justo y saludable» y compara la acción divina, «como fuego», con el refinador que quema la escoria del oro: la purgación es «una bendición» incluso para «la naturaleza del autor del mal», y al final una «restauración» de quienes yacen en el pecado hará surgir una acción de gracias de toda la creación. El NPNF anota que en el margen de un códice de Krabinger se lee, en latín, que el pasaje «parece saber a la opinión de Orígenes», es decir, a la curación de Satanás. Su alcance se discute: según Wikipedia (en), a Gregorio se le entiende como defensor de una apocatástasis que salva a todos, aunque Maspero sostiene que habló solo de resurrección universal; y en la Gran Catequesis la salvación parece reservada a los bautizados, con otros salvados tras purificarse por el fuego.

    Capítulo XXVII

    Cap. XXVII

    Es, pues, completamente consecuente con esto, que Aquel que así se derramaba a Sí mismo en nuestra naturaleza deba aceptar esta conmixtión en todos sus accidentes. Pues como quienes lavan ropas no pasan por alto parte de la suciedad y limpian el resto, sino que limpian todo el paño de todas sus manchas, de un extremo al otro, para que el manto, siendo uniformemente abrillantado por el lavado, sea en todo igual a su propio patrón de limpieza, de modo semejante, puesto que la vida del hombre fue manchada por el pecado, en su comienzo, fin, y todos sus estados intermedios, se necesitaba una fuerza abstergente que penetrara el todo, y no que remendara alguna parte limpiándola, mientras dejaba otra desatendida. Por esta razón es que, viendo que nuestra vida ha quedado encerrada entre límites a uno y otro lado, uno, quiero decir, en su comienzo, y el otro en su término, en cada límite ha de hallarse la fuerza capaz de corregir nuestra naturaleza, adhiriéndose al comienzo, y extendiéndose hasta el fin, y tocando todo entre esos dos puntos2008. Puesto que, pues, hay para todos los hombres sólo una vía de entrada a esta vida nuestra, ¿de dónde había de trasladarse a nuestra vida Aquel que hacía Su entrada entre nosotros? Desde el cielo, dirá quizá alguno, que rechaza con desprecio, como vil y degradada, esta especie de nacimiento, es decir, el humano. Pero no había humanidad en el cielo: y en esa existencia supramundana ninguna enfermedad del mal había sido naturalizada; mas Aquel que se derramó en el hombre adoptó esta conmixtión con miras al beneficio de él. ¿Dónde, pues, donde el mal no existía y la vida humana no se vivía, cómo es que alguien busca allí el escenario de este envolvimiento de Dios en el hombre, o, más bien, no del hombre, sino de alguna semejanza fantasmal del hombre? ¿En qué podría haber consistido la recuperación de nuestra naturaleza si, mientras esta criatura terrenal estaba enferma y necesitaba esta recuperación, algo distinto, entre los seres celestiales, hubiera experimentado la morada divina? Es imposible que el enfermo sea curado, a menos que su miembro doliente reciba la curación. Si, por tanto, mientras esta parte enferma estaba en la tierra, la omnipotencia no la hubiera tocado, sino que hubiera mirado sólo su propia dignidad, esta su preocupación por asuntos con los que nada teníamos en común no habría sido de beneficio alguno para el hombre. Y en cuanto a lo indigno en el caso de la Deidad no podemos hacer distinción alguna; es decir, si es lícito siquiera concebir algo por debajo de la dignidad de la Deidad aparte del mal. Al contrario, para quien forma una visión tan estrecha de la grandeza de la Deidad como para hacerla consistir en la incapacidad de admitir comunión con las peculiaridades de nuestra naturaleza, la degradación no se aminora en absoluto por el hecho de que la Deidad se conforme a la figura de un cuerpo celestial antes que de uno terrenal. Pues todo ser creado dista, por un grado igual de inferioridad, de aquello que es lo Altísimo, Quien es inaccesible por razón de la sublimidad de Su Ser: el universo entero está en valor a la misma distancia por debajo de Él. Pues lo que es absolutamente inaccesible no permite acceso a alguna cosa mientras es inaccesible para otra, sino que trasciende todas las existencias por una sublimidad igual. Ni, por tanto, está la tierra más alejada de esta dignidad, ni los cielos más cercanos a ella, ni las cosas que tienen su existencia dentro de cada uno de estos mundos elementales difieren en absoluto entre sí en este respecto, en que a algunos se les permita estar en contacto con el Ser inaccesible, mientras a otros se les prohíba la aproximación. De otro modo tendríamos que suponer que el poder que gobierna el Universo no lo impregna igualmente todo, sino que en algunas partes es en exceso, en otras es deficiente. Consecuentemente, por esta diferencia de menos o más en cantidad o calidad, la Deidad aparecerá a la luz de algo compuesto y en desacuerdo consigo misma; si, es decir, pudiéramos suponerla, como contemplada en su esencia, lejos de nosotros, mientras que es vecina cercana de alguna otra criatura, y desde esa proximidad fácilmente aprehendida. Pero sobre este asunto de la dignidad excelsa la verdadera razón no mira ni hacia abajo ni hacia arriba a modo de comparación; pues todas las cosas se hunden a un nivel por debajo del poder que preside el Universo: de modo que si pensara alguien que alguna naturaleza terrenal es indigna de esta conexión íntima con la Deidad, tampoco puede hallarse ninguna otra que tenga tal dignidad. Pero si todas las cosas quedan igualmente cortas de esta dignidad, una cosa hay que no está por debajo de la dignidad de Dios, y es: hacer el bien al que lo necesitaba. Si confesamos, pues, que donde estaba la enfermedad, allí el poder curativo asistió, ¿qué hay en esta creencia que sea ajeno a la concepción propia de la Deidad?
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXVII
    • 2008. "Para que el sacrificio pudiera ser representativo, Él tomó sobre Sí toda nuestra naturaleza humana y se hizo carne, condicionada como estaba esa naturaleza carnal en todo por el pecado. No fue sólo en Su muerte que lo contemplamos como el portador del pecado: sino que a lo largo de Su vida estuvo como condicionado por la pecaminosidad de aquellos con quienes Su naturaleza humana lo puso en relaciones cercanas y múltiples."—Lux Mundi, p. 217 (Agustín, de Musicâ, vi. 4, citado en nota, "Hominem sine peccato, non sine peccatoris conditione, suscepit").

    Capítulo XXVIII

    Cap. XXVIII

    Pero ellos se burlan de nuestra condición natural y nos machacan los oídos con la manera de nuestro nacimiento, suponiendo con esto hacer ridículo el misterio, como si fuera indigno de Dios que, mediante semejante entrada en el mundo, se uniera Él a la comunión de la vida humana. Pero ya tocamos este punto antes, cuando dijimos que lo único esencialmente degradado es el mal moral o cuanto tiene afinidad con semejante mal; mientras que el proceso ordenado de la Naturaleza, dispuesto como ha sido por la voluntad y la ley divinas, está fuera del alcance de toda tergiversación en razón de maldad: de otro modo esta acusación alcanzaría al Autor de la Naturaleza, si algo relacionado con la Naturaleza hubiera de ser censurado como degradado e indecoroso. Si, pues, la Deidad está separada solamente del mal, y si en el mal no hay naturaleza, y si el misterio declara que Dios nació en el hombre pero no en el mal; y si, para el hombre, no hay sino un solo modo de entrada en la vida, a saber, aquel por el cual el embrión pasa a la etapa de la vida, ¿qué otro modo de entrada en la vida prescribirían ellos para Dios? Me refiero a esas personas que, aunque juzgan recto y propio que la naturaleza debilitada por el mal sea visitada por el poder divino, se ofenden sin embargo por este método especial de la visitación, no recordando que toda la organización del cuerpo tiene igual valor en su conjunto, y que nada en ella, de todos los elementos que contribuyen a la continuación de la vida animal, es susceptible de la acusación de ser despreciable o malvado. Pues toda la disposición de los órganos y miembros corporales ha sido construida con un solo fin a la vista, y este es la continuación en la vida de la humanidad; y mientras los demás órganos del cuerpo conservan la vitalidad actual y presente de los hombres, estando cada uno asignado a una operación diferente, y por medio de ellos se ejercen las facultades del sentido y de la acción, los órganos generativos, por el contrario, implican una previsión del futuro, introduciendo como lo hacen, por sí mismos, su transmisión compensadora para nuestra raza. Mirando, por tanto, a su utilidad, ¿a cuáles de aquellas partes que se tienen por más honorables son inferiores estas2009? Antes bien, ¿a cuáles no han de ser consideradas en toda razón más dignas de honor? Pues no por el ojo, ni el oído, ni la lengua, ni ningún otro sentido, se lleva a cabo la continuación de nuestra raza. Estos, como se ha señalado, pertenecen al disfrute del presente. Pero mediante aquellos otros órganos queda asegurada la inmortalidad de la humanidad, de modo que la muerte, aunque siempre opera contra nosotros, se vuelve así en cierta medida impotente e ineficaz, ya que la Naturaleza, para frustrarla, está por así decirlo lanzándose siempre a la brecha a través de los que van viniendo sucesivamente al ser. ¿Qué indecoro, pues, se contiene en nuestra revelación de Dios mezclado con la vida de la humanidad mediante esos mismos medios por los cuales la Naturaleza lleva adelante el combate contra la muerte?
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXVIII
    • 2009. Cf. 1 Cor. xii. 14–24.

    Capítulo XXIX

    Cap. XXIX

    Pero cambian de terreno y se esfuerzan por vilipendiar nuestra fe de otra manera. Preguntan: si lo que tuvo lugar no fue para deshonra de Dios ni indigno de Él, ¿por qué retrasó tanto el beneficio? ¿Por qué, puesto que el mal existía desde el principio, no cortó su progreso ulterior?—A esto tenemos una respuesta concisa; a saber, que esta demora en conferir el beneficio se debió a la sabiduría y a una consideración providente de aquello que habría de ser ganancia para nuestra naturaleza. En las enfermedades, por ejemplo, del cuerpo, cuando algún humor corrompido se extiende invisible bajo los poros, antes de que toda la secreción malsana haya sido detectada en la piel, los que tratan las enfermedades según las reglas del arte no usan medicinas que endurezcan la carne, sino que esperan hasta que todo lo que acecha dentro sale a la superficie, y entonces, con la enfermedad desenmascarada, aplican sus remedios. Una vez, pues, que la enfermedad del mal se hubo fijado en la naturaleza del género humano, Él, el Sanador universal, esperó el tiempo en que ninguna forma de maldad quedara aún oculta en esa naturaleza. Por esta razón no produjo su curación para la enfermedad del hombre inmediatamente después del odio y asesinato de Caín contra su hermano; pues la maldad de los que fueron destruidos en los días de Noé no había estallado aún en llama, ni se había manifestado aquella terrible enfermedad de la iniquidad sodomita, ni la guerra de los egipcios contra Dios2010, ni la soberbia de Asiria, ni la sangrienta persecución de los santos de Dios por parte de los judíos, ni el cruel asesinato de los niños por Herodes, ni cuanto más está registrado, o, si no fue registrado, se hizo en las generaciones siguientes, brotando la raíz del mal de diversas maneras en los propósitos obstinados del hombre. Cuando, pues, la maldad hubo alcanzado su colmo, y no hubo forma de maldad que los hombres no se hubieran atrevido a cometer, a fin de que el remedio curativo penetrara todo el sistema enfermo, Él, en consecuencia, ministra a la enfermedad; no en su comienzo, sino cuando se había desarrollado por completo.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXIX
    • 2010. θεομαχία, palabra aplicada a menudo por los Padres griegos a la conducta de los egipcios, en referencia, por supuesto, al Faraón.

    Capítulo XXX

    Cap. XXX

    Si, sin embargo, alguien piensa refutar nuestro argumento sobre esta base: que aun después de la aplicación del proceso curativo la vida del hombre sigue en discordia a causa de sus errores, conduzcámoslo a la verdad mediante un ejemplo tomado de cosas familiares. Tómese, por ejemplo, el caso de una serpiente; si recibe un golpe mortal en la cabeza, la parte trasera del anillo no queda al instante muerta junto con ella; sino que, mientras la cabeza está muerta, la parte de la cola sigue animada con su propio espíritu particular, y no es privada de su movimiento vital: de manera semejante podemos ver al Pecado recibir su golpe mortal y, sin embargo, en sus restos, todavía vejar la vida del hombre. Pero entonces dejan de hallar faltas en el relato de la Revelación sobre estos puntos, y formulan otra acusación contra él; a saber, que la Fe no alcanza a todo el género humano. "Pero ¿por qué", preguntan, "no obtienen todos los hombres la gracia, sino que, mientras algunos se adhieren al Verbo, la porción que permanece incrédula no es pequeña; ya sea porque Dios no quiso otorgar su beneficio sin regateo a todos, o porque era del todo incapaz de hacerlo?" Ahora bien, ninguna de estas alternativas puede resistir la crítica. Pues es indigno de Dios, ya sea que no quiera lo bueno, o que sea incapaz de hacerlo. "Si, por tanto, la Fe es algo bueno, ¿por qué", preguntan, "no viene su gracia sobre todos los hombres?" Ahora bien2011, si en nuestra exposición del misterio evangélico hubiéramos planteado el asunto de modo que fuera la voluntad divina que la Fe se concediera entre los hombres de tal manera que algunos fueran llamados, mientras los demás no tuvieran parte en la llamada, se daría ocasión para presentar tal acusación contra esta Revelación. Pero si la llamada vino con igual significado a todos y no hace distinción en cuanto a mérito, edad o características nacionales diferentes (pues fue por esta razón que, en el primer comienzo mismo de la proclamación del Evangelio, quienes ministraban el Verbo fueron, por inspiración divina, capacitados de una vez para hablar en la lengua de cualquier nación, a saber, para que nadie quedara privado de una participación en las bendiciones de la instrucción evangélica), ¿con qué razonabilidad pueden todavía imputar a Dios que el Verbo no haya influido en todo el género humano? Pues Aquel que sostiene la soberanía del universo, por el exceso de esta consideración hacia el hombre, permitió que algo estuviera bajo nuestro propio control, de lo cual cada uno de nosotros es dueño por sí solo. Ahora bien, esto es la voluntad, una cosa que no puede ser esclavizada y de poder autodeterminante, puesto que está asentada en la libertad del pensamiento y de la mente. Por tanto, tal acusación podría con más justicia transferirse a quienes no se han adherido a la Fe, en lugar de recaer sobre Aquel que los ha llamado a creer. Pues aun cuando Pedro al comienzo predicó el Evangelio en una asamblea numerosa de los judíos, y tres mil recibieron de una vez la Fe, aunque los que no creyeron fueron más en número que los creyentes, no atribuyeron culpa al Apóstol por motivo de su incredulidad. En verdad, no era razonable, cuando la gracia del Evangelio había sido públicamente expuesta, que quien se había ausentado de ella por su propia voluntad cargara la culpa de su exclusión sobre otro antes que sobre sí mismo.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXX
    • 2011. El pasaje siguiente es anticalvinista. Gregorio aquí, como continuamente en otros lugares, afirma la libertad de la voluntad; y es fuertemente apoyado por Justino Mártir, i. 43: "Si ha sido fijado por el destino que un hombre sea bueno y otro malo, el uno no es digno de alabanza, el otro no es culpable. Y además, si el género humano no tiene poder por una libre elección para huir del mal y elegir el bien, no es responsable de resultado alguno, por chocante que sea."

    Capítulo XXXI

    Cap. XXXI

    Sin embargo, incluso en su respuesta a esto, o a algo semejante, no carecen de una réplica contenciosa. Pues afirman que Dios, si así lo hubiera querido, habría podido arrastrar por la fuerza a quienes no estaban inclinados a ceder, a aceptar el mensaje evangélico. Pero ¿dónde habría estado entonces su libre albedrío? ¿Dónde su mérito virtuoso? ¿Dónde su galardón de alabanza de parte de sus directores morales? Pertenece solo a las criaturas inanimadas o irracionales ser conducidas por la voluntad de otro a su propósito; mientras que la naturaleza razonadora e inteligente, si deja de lado su libertad de acción, pierde al mismo tiempo el don gracioso del intelecto. Pues ¿sobre qué ha de emplear facultad alguna de pensamiento, si su poder de elegir algo según su inclinación reside en la voluntad de otro? Pero entonces, si la voluntad permanece sin capacidad de acción, la virtud desaparece necesariamente, pues queda encadenada por la quietud forzada de la voluntad. Entonces, si la virtud no existe, la vida pierde su valor, la razón se mueve conforme al fatalismo, la alabanza de los guardianes morales2012 desaparece, el pecado puede ser consentido sin riesgo, y la diferencia entre los cursos de la vida queda borrada. Pues ¿quién, de aquí en adelante, podría con alguna razón condenar el libertinaje, o alabar la sobriedad? Puesto que2013 cada uno tendría esta pronta respuesta: que nada de todo lo que nos inclinamos está en nuestro propio poder, sino que por alguna influencia superior y rectora las voluntades de los hombres son conducidas al propósito de aquel que tiene dominio sobre ellas. La conclusión, entonces, es que no es la bondad de Dios la responsable del hecho de que la Fe no sea engendrada en todos los hombres, sino más bien la disposición de aquellos por quienes es recibida la predicación del Verbo.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXXI
    • 2012. τῶν κατορθούντων
    • 2013. Esta es una respuesta a los modernos "Determinantes éticos".

    Capítulo XXXII

    Cap. XXXII

    ¿Qué otra objeción alegan nuestros adversarios? Esta: que (por tomar la opinión preferible2014) era del todo innecesario que aquel Ser trascendente se sometiera a la experiencia de la muerte, sino que, independientemente de esto, mediante la sobreabundancia de su poder, habría podido realizar con facilidad su propósito; aun así, si por alguna razón inefable u otra era absolutamente necesario que así fuera, al menos no debería haber sido sometido a la afrenta de un género de muerte tan ignominioso. ¿Qué muerte, preguntan, podría ser más ignominiosa que la de la crucifixión? ¿Qué respuesta podemos dar a esto? Que la muerte es hecha necesaria por el nacimiento, y que Aquel que había determinado de una vez por todas compartir la naturaleza del hombre debe pasar por todas las condiciones peculiares de esa naturaleza. Viendo, pues, que la vida del hombre está determinada entre dos fronteras, si Él, después de haber pasado la una, no hubiera tocado la otra que sigue, su designio propuesto habría quedado solo a medio cumplir, por no haber tocado esa segunda condición de nuestra naturaleza. Quizá, sin embargo, quien entiende exactamente el misterio estaría más bien justificado en decir que, en lugar de que la muerte ocurriera a consecuencia del nacimiento, el nacimiento, por el contrario, fue aceptado por Él en razón de la muerte; pues Aquel que vive para siempre no descendió a las condiciones de un nacimiento corporal por necesidad alguna de vivir, sino para llamarnos de la muerte a la vida. Puesto que, entonces, era necesario un levantamiento de la muerte para toda nuestra naturaleza, Él extiende una mano, por así decirlo, al hombre postrado, e inclinándose hacia nuestro cadáver llegó tan dentro del alcance de la muerte como para tocar la condición de muerto, y luego en su propio cuerpo otorgar a nuestra naturaleza el principio de la resurrección, levantando como lo hizo por su poder junto consigo al hombre entero. Pues puesto que de ninguna otra fuente sino de la masa concreta de nuestra naturaleza2015 había venido aquella carne, que era el receptáculo de la Divinidad y en la resurrección fue levantada junto con esa Divinidad, por tanto, del mismo modo que, en el caso de este cuerpo nuestro, la operación de uno de los órganos de los sentidos es sentida al instante por todo el sistema, como uno con ese miembro, así también el principio de resurrección de este Miembro, como si todo el género humano fuera un único ser viviente, pasa a través de toda la raza, siendo impartido del Miembro al todo en virtud de la continuidad y unidad de la naturaleza. ¿Qué hay, entonces, más allá de los límites de la probabilidad en lo que esta Revelación nos enseña; a saber, que Aquel que está de pie se inclina hacia el que ha caído, para levantarlo de su condición postrada? Y en cuanto a la Cruz, si posee algún otro significado más profundo, quienes son expertos en mística pueden explicarlo; pero, sea como fuere, la enseñanza tradicional que ha llegado hasta nosotros es como sigue. Puesto que todas las cosas en el Evangelio, tanto hechos como palabras, tienen un significado sublime y celestial, y no hay nada en él que no sea tal, es decir, que no exhiba una completa mezcla de lo humano con lo Divino, donde la expresión ejercida y los hechos realizados son humanos pero el sentido secreto representa lo Divino, se seguiría que en este particular, como en lo demás, no debemos considerar solo el elemento uno y pasar por alto el otro; sino que en el hecho de esta muerte debemos contemplar el rasgo humano, mientras que en el modo de ella hemos de buscar con afán lo Divino2016. Pues como es propiedad de la Divinidad penetrar todas las cosas y extenderse a lo largo y ancho de la sustancia de la existencia en toda parte—pues nada continuaría siendo si no permaneciera dentro de lo existente; y aquello que es este existente propia y primariamente es el Ser Divino, cuya existencia en el mundo nos fuerza a creer la continuación de todas las cosas que son—, esto es lo que aprendemos de la figura de la Cruz; está dividida en cuatro partes, de modo que hay proyecciones, cuatro en número, desde el punto central donde el todo converge sobre sí mismo; porque Aquel que en la hora de su muerte preordenada fue extendido sobre ella es Aquel que une todas las cosas en sí mismo, y por sí mismo lleva a un acuerdo armonioso las naturalezas diversas de las existencias actuales. Pues en estas existencias hay la idea ya de algo arriba, ya de algo abajo, o bien el pensamiento pasa a los confines laterales. Si, por tanto, tomas en consideración el sistema de las cosas por encima de los cielos, o de las cosas por debajo de la tierra, o de las cosas en los límites del universo a uno y otro lado, en todas partes la presencia de la Deidad se anticipa a tu pensamiento como el único poder observable que en toda parte de las cosas existentes mantiene en estado de ser todas esas cosas. Ahora bien, si debemos llamar a esta Existencia Deidad, o Mente, o Poder, o Sabiduría, o cualquier otro término elevado que pudiera expresar mejor a Aquel que está por encima de todo, nuestro argumento no riñe con la apelación, el nombre o la forma de frase empleados. Puesto que, entonces, toda la creación mira a Él, y está en torno suyo y alrededor de Él, y por Él es coherente consigo misma, estando las cosas de arriba unidas por Él a las de abajo y las laterales a sí mismas, fue recto que no solo por el oído seamos conducidos a la plena comprensión de la Deidad, sino que también la vista sea nuestra maestra en estos sublimes temas del pensamiento; y de la vista parte el gran Pablo cuando inicia2017 al pueblo de Éfeso en los misterios, y los imbuye mediante sus instrucciones con el poder de conocer qué es esa "profundidad y altura y anchura y longitud". De hecho designa cada proyección de la Cruz con su apelación propia. La parte superior la llama altura, la inferior profundidad, y las extensiones laterales anchura y longitud; y en otro pasaje2018 hace su pensamiento todavía más claro a los filipenses, a quienes dice: "que al nombre de Jesús se doble toda rodilla, de las cosas en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra". En ese pasaje incluye en una sola apelación el centro y los brazos proyectados2019, llamando "cosas en la tierra" a todo lo que está en medio entre las cosas en el cielo y las cosas debajo de la tierra. Tal es la lección que aprendemos en lo que respecta al misterio de la Cruz. Y los acontecimientos subsiguientes que la narración contiene siguen de manera tan apropiada que, como aun los incrédulos deben admitir, no hay nada en ellos adverso a las concepciones propias de la Deidad.
    Que Él no permaneció en la muerte, que las heridas que su cuerpo había recibido del hierro de los clavos y de la lanza no ofrecieron impedimento a su resurrección, que después de su resurrección se mostró como quiso a sus discípulos, que cuando deseaba estar presente con ellos estaba en medio de ellos sin ser visto, como no necesitando entrada por puertas abiertas, y que fortaleció a los discípulos por la inspiración del Espíritu Santo, y que prometió estar entre ellos, y que ningún muro de separación interviniera entre ellos y Él, y que a la vista ascendió al Cielo mientras que a la mente estaba en todas partes; todo esto, y cuantos hechos semejantes comprende la historia de Él, no necesitan ayuda de argumentos para mostrar que son signos de deidad y de un poder sublime y supereminente. Por lo que respecta a ellos, por tanto, no considero necesario entrar en detalle alguno, en cuanto que su descripción misma muestra el carácter sobrenatural. Pero puesto que la dispensación del lavamiento (ya prefiramos llamarlo bautismo, o iluminación, o regeneración; pues no hacemos del nombre materia de controversia) es parte de nuestras doctrinas reveladas, bien puede ser que entremos en una breve discusión de esto también.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXXII
    • 2014. μάλιστα μεν.
    • 2015. Cf. Rom. ix. 21: φύραμα se usa para el cuerpo humano a menudo en los Padres griegos, es decir, Atanasio, Crisóstomo, Juan Damasceno: por todos los cuales Cristo es llamado ἀπαρχὴ τοῦ ἡμετέρου φυράματος. Cf. Gén. ii. 7; Job x. 9: Epicteto llama también al cuerpo humano πηλοω κομψῶς πεφυραμένον.
    • 2016. ἐν μὲν τῷ θανάτῳ καθορᾷν τὸ ἀνθρώπινον, ἐν δὲ τῷ τρόπῳ πολυπραγμονεῖν τὸ θειότερον. Esta es la lectura de Krabinger (en lugar de ἐν τῳ ἀθανάτῳ…ἐν δὲ τῷ ἀνθρώπῳ ) según la autoridad de la cita de Teodoreto y de dos Codd. para la primera, y de todos sus Codd. para la segunda. Herveto parece también haber leído lo mismo: "in morte quidem quod est humanum intueri, in modo autem perscrutari quod est divinius." Glauber, sin embargo, traduce el texto común: "Man muss bei dem Unsterblichen zwar das Menschliche betrachten, aber bei dem Menschen auch das Göttliche hervorsuchen", no obstante que insinúa su preferencia por otra lectura, σκοπῷ para esto último; cf. justo antes, "pero el sentido secreto representa lo Divino", que entonces sería paralelo a esta última frase.
    • 2017. Ef. iii. 18.
    • 2018. Filip. ii. 10.
    • 2019. κεραίαν. Los Padres gustaban de trazar similitudes con la forma de la Cruz, en la naturaleza y en el arte: en las vergas de una nave, como aquí, y en el vuelo de las aves con las alas extendidas. Esta es la lectura de los Codd. Morell., Reg., y de tres de los de Krabinger; pero γαῖαν en el margen del de J. Vulcobius (Abad de Belpré) ha pasado al texto de ambas ediciones de París, aunque la segunda lo marca con asterisco. Herveto ("et fastigium") parece haber leído καὶ ἄκραν.

    Capítulo XXXIII

    Cap. XXXIII

    Pues cuando han oído de nosotros algo de este tenor —que cuando lo mortal pasa a la vida se sigue necesariamente que, así como aquel primer nacimiento conduce sólo a la existencia de la mortalidad, debe descubrirse otro nacimiento, un nacimiento que ni comienza ni termina con la corrupción, sino uno que conduce a la persona engendrada a una existencia inmortal, a fin de que, así como lo engendrado de un nacimiento mortal tiene necesariamente una subsistencia mortal, así de un nacimiento que no admite corrupción lo que nace sea superior a la corrupción de la muerte; cuando, digo, han oído esto y cosas semejantes de nosotros, y además son instruidos sobre el proceso —a saber, que es la oración y la invocación de la gracia celestial, y el agua, y la fe, por los cuales se cumple el misterio de la regeneración—, todavía permanecen incrédulos y sólo tienen ojos para lo exterior y visible, como si aquello que se opera corporalmente2020 no concurriera con el cumplimiento de la promesa de Dios. ¿Cómo, preguntan, puede la oración y la invocación del poder divino sobre el agua ser el fundamento de la vida en quienes han sido así iniciados? Para responderles, a menos que sean de disposición muy obstinada, basta una sola consideración para llevarlos a asentir a nuestra doctrina. Pues preguntémosles nosotros a nuestro turno sobre aquel proceso de la generación carnal que cualquiera puede observar. ¿Cómo aquello que se deposita para los comienzos de la formación de un ser viviente llega a ser un Hombre? En ese caso, ciertamente, no hay método alguno que pueda descubrirnos, mediante razonamiento posible, siquiera la verdad probable. Pues ¿qué correlación hay entre la definición de hombre y la cualidad observable en aquello? El hombre, una vez constituido, es un ser racional e intelectual, capaz de pensamiento y conocimiento; pero aquello sólo se observa en su cualidad de humedad, y la mente no capta en ello nada más allá de lo que ve el sentido de la vista. La respuesta, pues, que podríamos esperar recibir de aquellos a quienes preguntáramos cómo es creíble que un hombre se componga de aquel elemento húmedo, es la misma respuesta que damos cuando se nos pregunta sobre la regeneración que se efectúa por medio del agua. Ahora bien, en aquel otro caso, cualquiera así interrogado tiene esta respuesta a mano: que aquel elemento llega a ser hombre por un poder divino, sin el cual el elemento es inmóvil e inoperante. Si, por tanto, en aquel caso la materia subordinada no hace al hombre, sino que el poder divino transforma aquella cosa visible en la naturaleza del hombre, sería del todo injusto que ellos, cuando en un caso testifican tal poder en Dios, en este otro supongan que la Deidad es demasiado débil para cumplir su voluntad. ¿Qué hay común, preguntan, entre el agua y la vida? ¿Qué hay común, les preguntamos nosotros a nuestro turno, entre la humedad y la imagen de Dios? En aquel caso no hay paradoja alguna si, queriéndolo Dios, lo húmedo se transforma en la criatura más excelente2021. Igualmente, pues, en este caso afirmamos que nada hay de extraño cuando la presencia de una influencia divina transforma lo que nace con naturaleza corruptible en un estado de incorrupción.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXXIII
    • 2020. σωματικῶς: con referencia general tanto al recipiente, a las palabras (la "forma"), como al agua (la "materia", en sentido aristotélico). Cf. las cuestiones en Private Baptism of Infants: y las Bampton Lectures de Hampden, p. 336 n.
    • 2021. τιμιώτατον ( τιμὴ = "precio") ζῶον. Así Platón, Leyes, p. 766: "El hombre, al recibir recta educación y una organización feliz, suele llegar a ser la criatura más divina y cultivada."

    Capítulo XXXIV

    Cap. XXXIV

    Pero piden prueba de esta presencia de la Deidad cuando es invocada para la santificación del proceso bautismal2022. Que la persona que requiere esta evidencia recuerde el resultado de nuestras investigaciones anteriores. El razonamiento por el cual establecimos que el poder que se nos manifestó a través de la carne era realmente un poder divino, es la defensa de lo que ahora decimos. Pues cuando se ha mostrado que el Que se manifestó en la carne, y luego exhibió su naturaleza mediante los milagros que obró, era Dios, se muestra también al mismo tiempo que Él está presente en aquel proceso, cuantas veces es invocado. Pues, así como de todo lo que existe hay alguna peculiaridad que indica su naturaleza, así la verdad es la peculiaridad distintiva de la naturaleza divina. Bien, pues, Él ha prometido que siempre estará presente con aquellos que lo invocan, que está en medio de los que creen, que permanece entre ellos colectivamente y tiene comunión especial con cada uno. Ya no necesitamos, pues, ninguna otra prueba de la presencia de la Deidad en las cosas que se realizan en el Bautismo, creyendo como creemos que Él es Dios en razón de los milagros que obró, y sabiendo como sabemos que es peculiaridad de la Divinidad estar libre de todo contacto con la falsedad, y sosteniendo confiadamente como sostenemos que lo prometido estaba implicado en la veracidad de su anuncio. La invocación por la oración, pues, que precede a esta Divina Dispensación constituye abundante prueba de que lo que se efectúa es hecho por Dios. Pues si en el caso de aquel otro modo de formación del hombre los impulsos de los padres, aunque no invoquen a la Deidad, sin embargo por el poder de Dios, como antes hemos dicho, modelan el embrión, y si este poder es retirado su afán es ineficaz e inútil, cuánto más se cumplirá el objeto en aquel modo espiritual de generación, donde Dios ha prometido que estará presente en el proceso y, como hemos creído, ha puesto poder de sí mismo en la obra, y, además, nuestra propia voluntad está inclinada hacia aquel objeto; suponiendo, es decir, que el auxilio que viene por la oración haya sido al mismo tiempo debidamente invocado. Pues así como quienes oran a Dios para que el sol brille sobre ellos en nada embotan la prontitud de aquello que realmente va a suceder, sin embargo nadie dirá que el celo de quienes así oran es inútil por el hecho de que oran a Dios por lo que ha de ocurrir, del mismo modo quienes, descansando en la veracidad de su promesa, están firmemente persuadidos de que su gracia está ciertamente presente en aquellos que son regenerados en esta Dispensación mística, o bien ellos mismos producen2023 una adición real a aquella gracia, o al menos no hacen que la gracia existente se malogre. Pues que la gracia está allí es materia de fe, en razón de Aquel que ha prometido darla siendo Divino; mientras que el testimonio de su Divinidad viene por los Milagros2024. Así, pues, que la Deidad está presente en todo el proceso bautismal2025 no admite cuestión alguna.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXXIV
    • 2022. τῶν γινομένων
    • 2023. ποιοῦνται (voz media), es decir, por sus oraciones.
    • 2024. ἡ δε τῆς θεότητος μαρτυρία διὰ τῶν θαυμάτων ἐστίν: una sentencia digna de nota.
    • 2025. τῶν γινομένων (cf. arriba) sobrentendido.

    Capítulo XXXV

    Cap. XXXV

    Pero el descenso al agua, y la triple inmersión de la persona en ella, implican otro misterio. Pues puesto que el método de nuestra salvación se hizo efectivo no tanto por sus preceptos en el modo de la enseñanza2026 cuanto por las obras de Aquel que ha realizado una comunión efectiva con el hombre, y ha efectuado la vida como un hecho vivo, de modo que por medio de la carne que ha asumido, y al mismo tiempo deificado2027, todo lo afín y relacionado pueda ser salvado junto con ella, era necesario que se ideara algún medio por el cual hubiera, en el proceso bautismal, una suerte de afinidad y semejanza entre el que sigue y Aquel que guía el camino. Necesario es, por tanto, ver qué rasgos han de observarse en el Autor de nuestra vida, a fin de que la imitación por parte de aquellos que siguen sea regulada, como dice el Apóstol, según el modelo del Capitán de nuestra salvación2028. Pues, así como son aquellos que realmente son adiestrados en movimientos medidos y ordenados de armas por diestros maestros de instrucción, quienes son promovidos a la destreza en el manejo de sus armas por lo que ven con sus ojos, mientras que aquel que no practica lo que se le muestra permanece desprovisto de tal destreza, del mismo modo es imperativo para todos aquellos que tienen un deseo igualmente ferviente por el Bien como Él lo tiene, ser seguidores por el camino de una imitación exacta de Aquel que guía el camino a la salvación, y llevar a la acción lo que Él les ha mostrado. Es, de hecho, imposible que las personas alcancen la misma meta a menos que viajen por los mismos caminos. Pues así como personas que no saben cómo recorrer los giros de los laberintos, cuando por casualidad se encuentran con alguien que tiene experiencia de ellos, llegan al final de aquellos varios giros engañosos en las cámaras siguiéndolo detrás, lo cual no podrían hacer si no siguieran a su guía paso a paso, así también, os ruego que observéis, el laberinto de esta nuestra vida no puede ser recorrido por las facultades de la naturaleza humana a menos que un hombre persiga aquel mismo camino que siguió Aquel que, aunque una vez en él, sin embargo superó las dificultades que lo cercaban. Aplico esta figura del laberinto a aquella prisión de muerte, que está sin salida2029 y rodea a la raza desdichada de la humanidad. ¿Qué, pues, hemos contemplado en el caso del Capitán de nuestra salvación? Un estado de muerte de tres días y luego vida de nuevo. Ahora bien, ha de planearse alguna suerte de semejanza en nosotros con tales cosas. ¿Cuál, pues, es el plan por el cual en nosotros también se completa una semejanza con aquello que tuvo lugar en Él? Todo lo que es afectado por la muerte tiene su lugar propio y natural, y ése es la tierra en la cual es depositado y oculto. Ahora bien, la tierra y el agua tienen mucha afinidad mutua. Solos entre los elementos tienen peso y gravitan hacia abajo; mutuamente permanecen el uno en el otro; se contienen mutuamente. Viendo, pues, que la muerte del Autor de nuestra vida lo sujetó a sepultura en tierra y estuvo en acuerdo con nuestra naturaleza común, la imitación que representamos de aquella muerte se expresa en el elemento vecino. Y así como Él, aquel Hombre de lo alto2030, habiendo tomado sobre sí la condición de muerto, después de ser depositado en la tierra, volvió a la vida al tercer día, así todo aquel que está unido a Él en virtud de su forma corporal, mirando hacia el mismo resultado exitoso, quiero decir este llegar a la vida teniendo, en lugar de tierra, agua derramada sobre él2031, y sometiéndose así a aquel elemento, ha representado para él en los tres movimientos la gracia de la resurrección diferida tres días. Algo semejante se ha dicho en lo que precede, a saber, que por la providencia divina la muerte ha sido introducida como una dispensación en la naturaleza del hombre, de modo que, habiendo fluido el pecado en la disolución de la unión de alma y cuerpo, el hombre, mediante la resurrección, pudiera ser rehecho, sano, impasible, sin mancha, y apartado de todo contacto con el mal. En el caso, sin embargo, del Autor de nuestra Salvación esta dispensación de muerte alcanzó su cumplimiento, habiendo realizado enteramente su propósito especial. Pues en su muerte, no sólo fueron separadas las cosas que una vez fueron una, sino que también las cosas que habían estado desunidas fueron reunidas de nuevo; de modo que en esta disolución de las cosas que habían crecido juntas por naturaleza, quiero decir, el alma y el cuerpo, nuestra naturaleza pudiera ser purificada, y este retorno a la unión de estos elementos separados pudiera asegurar la libertad de la contaminación de cualquier mezcla extraña. Pero en cuanto a aquellos que siguen a este Guía, su naturaleza no admite una imitación exacta y total, sino que recibe ahora tanto cuanto es capaz de recibir, mientras reserva el resto para el tiempo venidero. ¿En qué, pues, consiste esta imitación? Consiste en efectuar la supresión de aquella mezcla de pecado, en la figura de mortificación que es dada por el agua, no ciertamente una desaparición completa, sino una suerte de ruptura en la continuidad del mal, concurriendo dos cosas a esta remoción del pecado —la penitencia del transgresor y su imitación de la muerte. Por estas dos cosas el hombre es en cierta medida liberado de su tendencia congénita al mal; por su penitencia avanza a un odio y aversión del pecado, y por su muerte obra la supresión del mal. Pero si le hubiera sido posible en su imitación experimentar una muerte completa, el resultado no sería imitación sino identidad; y el mal de nuestra naturaleza desaparecería tan enteramente que, como dice el Apóstol, "moriría al pecado una vez para siempre2032." Pero puesto que, como se ha dicho, sólo imitamos el Poder trascendente en la medida en que la pobreza de nuestra naturaleza es capaz, teniendo el agua derramada tres veces sobre nosotros y ascendiendo de nuevo desde el agua, representamos aquella sepultura y resurrección salvadoras que tuvieron lugar al tercer día, con este pensamiento en nuestra mente, que así como tenemos poder sobre el agua tanto para estar en ella como para salir de ella, así también Él, que tiene el universo a su soberana disposición, se sumergió en la muerte, como nosotros en el agua, para volver2033 a su propia bienaventuranza. Si, por tanto, uno mira a lo que está en razón, y juzga los resultados según el poder inherente a cada parte, no descubrirá desproporción alguna en estos resultados, obrando cada uno en proporción a la medida de su poder natural los efectos que están a su alcance. Pues, así como está en el poder del hombre, si así se dispone, tocar el agua y sin embargo estar a salvo, con facilidad infinitamente mayor puede la muerte ser manejada por el Poder Divino de modo que esté en ella y sin embargo no sea cambiado por ella perjudicialmente.
    Observad, pues, que es necesario para nosotros ensayar de antemano en el agua la gracia de la resurrección, con la intención de que podamos entender que, en lo que toca a la facilidad, es lo mismo para nosotros ser bautizados con agua y resucitar de la muerte. Pero así como en las cosas que conciernen a nuestra vida aquí, hay algunas que preceden a otras, siendo aquellas sin las cuales el resultado no podría lograrse, aunque si el comienzo se compara con el fin, el comienzo así contrastado parecerá de ninguna importancia (pues ¿qué igualdad, por ejemplo, hay entre el hombre y aquello que se deposita como fundamento para la constitución de su ser animal? Y sin embargo, si aquello nunca hubiera existido, tampoco existiría esto que vemos), de manera semejante aquello que ocurre en la gran resurrección, esencialmente más vasto aunque sea, tiene sus comienzos y sus causas aquí; no es, de hecho, posible que aquello tenga lugar, a menos que esto haya precedido; quiero decir, que sin el lavacro de la regeneración es imposible que el hombre esté en la resurrección; pero al decir esto no considero el mero remodelar y rehacer de nuestro cuerpo compuesto; pues hacia esto es absolutamente necesario que la naturaleza humana avance, siendo obligada a ello por sus propias leyes según la dispensación de Aquel que así lo ha ordenado, ya haya recibido la gracia del lavacro, ya permanezca sin aquella iniciación: sino que estoy pensando en la restauración a una condición bienaventurada y divina, separada de toda vergüenza y dolor. Pues no todo lo que en la resurrección recibe un retorno a la existencia volverá a la misma clase de vida. Hay un amplio intervalo entre aquellos que han sido purificados, y aquellos que todavía necesitan purificación. Para aquellos en cuya vida aquí la purificación por el lavacro ha precedido, hay una restauración a un estado afín. Ahora bien, para los puros, la impasibilidad es ese estado afín, y que en esta impasibilidad consiste la bienaventuranza, no admite disputa. Pero en cuanto a aquellos cuyas debilidades se han vuelto inveteradas2034, y a quienes ninguna purgación de su impureza ha sido aplicada, ninguna agua mística, ninguna invocación del poder divino, ninguna enmienda por la penitencia, es absolutamente necesario que vengan a estar en algo propio de su caso —así como el horno es lo propio para el oro mezclado con escoria—, a fin de que, el vicio que se ha mezclado en ellos siendo derretido después de largas edades sucesivas, su naturaleza pueda ser restaurada pura de nuevo a Dios. Puesto que, pues, hay una virtud purificadora en el fuego y en el agua, aquellos que por el agua mística han lavado la impureza de su pecado no tienen necesidad ulterior de la otra forma de purificación, mientras que aquellos que no han sido admitidos a aquella forma de purgación deben necesariamente ser purificados por el fuego.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXXV
    • 2026. ἐκ τῆς κατὰ διδαχὴν ὑφηγήσεως. Esto es lo que Krabinger encuentra en tres códices, y Morell y Hervetus han traducido al latín. Pero las ediciones tienen διαδοχὴν ῾Υφήγησις no se refiere a ninguna enseñanza "precedente" ("præeunte", Hervetus); sino a la "instrucción" de cualquier clase, ya sea "en el modo de enseñanza", o de ejemplo, como abajo.
    • 2027. la carne que ha asumido, y al mismo tiempo deificado. "Un término querido para los Padres del siglo IV, el de deificarnos" (Denis, Philosophie d’Origène, p. 458). Esta θεοποίησις u θέωσις es más que una metáfora ya desde el principio; "los fieles son llamados verdaderamente θεοί, no por naturaleza ciertamente, sino τῇ ὁμοιώσει, dice Atanasio"; Casaubon, In Epist. ad Eustath. "Nos convertimos en ‘dioses’ al captar el poder y la sustancia divinos"; Clemente, Stromata, iv. Que los platónicos habían usado así la palabra de τὸ πρὸς μείζονα δόξαν ἀνυψωθὲν es claro. Sinesio en uno de sus Himnos dice a su alma:— "Pronto, mezclada con el Padre Dançarás como un ‘dios’ con Dios." Como en otro lugar (in Dione, p. 50) dice: "no basta con no ser malo; cada uno debe ser incluso un ‘dios’." Cf. también Gregorio Taumaturgo, Panegyr Origenis, §142. Cuando llegamos a los Padres del siglo IV y posteriores, estas palabras se usan más especialmente de la obra del Espíritu Santo sobre el hombre. Cf. Cirilo de Alejandría: "Si poder ‘deificar’ es cosa mayor de la que una criatura puede hacer, y si el Espíritu ‘deifica’, ¿cómo puede ser creado o ser otra cosa que Dios, viendo que ‘deifica’?" "Si el Espíritu no es Dios", dice Gregorio Nacianceno, "que él sea primero deificado, y luego que me deifique a mí, su igual"; donde se implican dos cosas: 1. que la obra reconocida del Espíritu Santo es ‘deificar’, 2. que esta "deificación" no es Divinidad. Es "la divinización comparativa" de Dionisio Areopagita por la cual somos "partícipes de la naturaleza divina" (2 Pe. i, 4). Sobre la palabra aplicada a la naturaleza humana de nuestro Salvador mismo, Huet (Origeniana, ii. 3, c. 17), al discutir la afirmación de Orígenes en su Comentario a San Mateo (Tract 27), de que "Cristo después de su resurrección ‘deificó’ la naturaleza humana que había tomado", observa: "Si tomamos esta palabra de modo que Orígenes quiera decir que el Verbo fue cambiado en la naturaleza humana, y que la carne misma fue cambiada en Dios y hecha de la misma sustancia que el Verbo, será claramente culpable de aquel error deadly que Apolinar introdujo en la Iglesia (es decir, que el alma del Salvador no es ‘racional’, ni su carne humana); o más bien de la herejía perpetrada por algunas sectas de los eutiquianos, que afirmaban que la naturaleza humana fue cambiada en la Divina después de la Resurrección. Pero si lo tomamos en el sentido de que la naturaleza humana de Cristo, después de ser despojada de la debilidad después de la muerte, asumió una cierta cualidad Divina, no le haremos injusticia alguna." Luego cita una línea de los Yámbicos de Gregorio:— "Lo que ‘deifica’ y lo ‘deificado’ son un solo Dios:" y esto se dice incluso de la Encarnación de Cristo; ¿cuánto más, pues, puede decirse de su estado de Resurrección, como en este pasaje de la Gran Catequesis? Huet añade una de las respuestas de Orígenes a Celso: "Su cuerpo mortal y el alma humana en Él, en virtud de su unión o más bien de su unión y mezcla con aquella (deidad), asumieron, afirmamos, cualidades del mayor género.… ¿Qué incredibilidad hay en que la cualidad de mortalidad en el cuerpo de Jesús cambiara, cuando Dios así lo planeó y quiso, en una etérea y Divina" (es decir, la materia, como receptáculo de estas cualidades, permaneciendo la misma)? Es en este sentido que Crisóstomo puede decir que "Cristo vino a nosotros, y tomó sobre sí nuestra naturaleza y la deificó"; y Agustín, "vuestra humanidad recibió el nombre de aquella deidad" (contr. Arian.).
    • 2028. Heb. ii, 10; xii, 2.
    • 2029. ἀδιέξοδον…φρουράν. La excelente lectura de Krabinger. Cf. Platón, Fedón p. 62 B, "Nosotros los hombres estamos en una suerte de prisión."
    • 2030. S. Juan iii, 31: 1 Cor. xv, 47 ( ἄνωθεν = ἐξ οὐρανοῦ ).
    • 2031. ἐπιχεόμενος. Esto puede ser presionado para implicar que la inmersión no era absolutamente necesaria. Así abajo τὸ ὕδωρ τρὶς ἐπιχεαμενοι
    • 2032. ἐφάπαξ. Así Rom. vi, 10, "Él murió al pecado una vez" (A.V.); es decir, una vez para siempre.
    • 2033. ἀναλύειν. Cf. Filip. i, 23 ( ἀναλῦσαι ).
    • 2034. οἷς δὲ προσεπωρώθη τὰ πάθη.

    Capítulo XXXVI

    Cap. XXXVI

    Pues el sentido común, así como la enseñanza de la Escritura, muestra que es imposible que quien no se ha purificado por completo de todas las manchas provenientes del mal sea admitido entre la compañía celestial. Esto es algo que, aunque pequeño en sí mismo, es el comienzo y fundamento de grandes bienes. Lo llamo pequeño por la facilidad del medio de enmienda. Pues ¿qué dificultad hay en este asunto? A saber, creer que Dios está en todas partes, y que, estando en todas las cosas, está también presente con aquellos que lo invocan para recibir su poder vivificante, y que, así presente, hace aquello que propiamente le corresponde hacer. Ahora bien, la obra propiamente perteneciente a la energía divina es la salvación de quienes la necesitan; y esta salvación resulta eficaz2035 por medio de la purificación en el agua; y el que ha sido así purificado participará en la Pureza; y la verdadera Pureza es la Deidad. Veis, pues, cuán pequeña es en su comienzo, y cuán fácilmente se realiza; quiero decir, la fe y el agua; la primera residiendo en la voluntad, la segunda siendo la compañera de crianza de la vida del hombre. Pero en cuanto al bien que brota de estas dos cosas, ¡oh! ¡cuán grande y cuán maravilloso es, que implique parentesco con la Deidad misma!
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXXVI
    • 2035. S. Juan iii. 5

    Capítulo XXXVII

    Cap. XXXVII

    Pero puesto que el ser humano es una criatura doble, compuesta de alma y cuerpo, es necesario que los salvados se aferren2036 al Autor de la nueva vida por medio de sus dos partes componentes. En consecuencia, el alma, al fundirse en Él mediante la fe, deriva de ello los medios y la ocasión de la salvación; pues el acto de unión con la vida implica una comunión con la vida. Pero el cuerpo entra en comunión y mezcla con el Autor de nuestra salvación de otra manera. Pues así como quienes, por algún acto de traición, han ingerido veneno, calman su influjo mortal mediante alguna otra droga (pues es necesario que el antídoto entre en las entrañas humanas por la misma vía que el veneno mortal, a fin de asegurar, a través de ellas, que el efecto del remedio se distribuya por todo el sistema), de igual modo nosotros, que hemos probado el disolvente de nuestra naturaleza2037, necesitamos necesariamente algo que pueda combinar lo que así ha sido disuelto, de modo que tal antídoto, al entrar en nosotros, pueda, por su propia influencia contraria, deshacer el daño introducido en el cuerpo por el veneno. ¿Cuál, pues, ha de ser este remedio? Nada más que aquel mismo Cuerpo que se ha mostrado superior a la muerte y ha sido las Primicias de nuestra vida. Pues, de la manera que, como dice el Apóstol2038, un poco de levadura asimila a sí toda la masa, así también aquel cuerpo al que Dios ha dado la inmortalidad, cuando está en nosotros, traslada y transmuta el todo en sí mismo. Pues así como por la mezcla de un líquido venenoso con uno saludable toda la bebida queda privada de su efecto mortal, así también el Cuerpo inmortal, al estar dentro de aquello que lo recibe, cambia el todo a su propia naturaleza. Sin embargo, de ninguna otra manera puede algo entrar en el cuerpo sino siendo transfundido a través de las entrañas por el comer y el beber. Incumbe, por tanto, al cuerpo admitir este poder vivificante por la única vía que su constitución hace posible. Y puesto que sólo aquel Cuerpo que fue receptáculo de la Deidad recibió esta gracia de inmortalidad, y puesto que se ha mostrado que de ninguna otra manera era posible que nuestro cuerpo se hiciera inmortal, sino participando de la incorrupción por su comunión con aquel Cuerpo inmortal, será necesario considerar cómo fue posible que aquel único Cuerpo, repartido para siempre entre tantas miríadas de fieles en todo el mundo, entre entero en cada individuo por medio de esa porción, y sin embargo permanezca entero en sí mismo. Para que, por tanto, nuestra fe, con los ojos fijos en la probabilidad lógica, no albergue duda alguna sobre el asunto que tenemos ante nosotros, conviene hacer una breve digresión en nuestro argumento, para considerar la fisiología del cuerpo. ¿Quién hay que no sepa que nuestra estructura corporal, tomada en sí misma, no posee vida en su propia subsistencia, sino que es por el influjo de una fuerza o poder de fuera por lo que se mantiene unida y continúa existiendo, y por un movimiento incesante por lo que atrae hacia sí lo que necesita y rechaza lo superfluo? Cuando un odre de cuero está lleno de algún líquido, y luego el contenido se escapa por el fondo, no conservaría el contorno de su bulto lleno a menos que entrara por arriba algo más para llenar el vacío; y así, una persona, al ver la circunferencia de este odre hinchada a su tamaño completo, sabría que esa circunferencia no pertenecía realmente al objeto que ve, sino que lo que se estaba vertiendo dentro, al estar en él, daba forma y redondez al bulto. De la misma manera, el mero armazón de nuestro cuerpo no posee nada propio, cognoscible por nosotros, que lo mantenga unido, sino que permanece existiendo gracias a una fuerza que se introduce en él. Ahora bien, este poder o fuerza es, y se llama, alimento. Pero no es el mismo en todos los cuerpos que requieren alimento, sino que a cada uno le ha sido asignado un alimento adaptado a su condición por Aquel que gobierna la Naturaleza. Algunos animales se alimentan de raíces que desentierran. De otros, la hierba es el alimento; de otros, distintas clases de carne; pero para el hombre, sobre todo, el pan; y, para continuar y preservar la humedad de su cuerpo, la bebida, no simplemente agua, sino agua frecuentemente endulzada con vino, para unir fuerzas con nuestro calor interno. Por tanto, quien piensa en estas cosas piensa implícitamente2039 en la masa particular de nuestro cuerpo. Pues aquellas cosas, al estar dentro de mí, se convirtieron en mi sangre y mi carne, y el nutrimento correspondiente, por su poder de adaptación, se cambió a la forma de mi cuerpo. Con estas distinciones debemos volver a la consideración de la cuestión que tenemos ante nosotros. La cuestión era: ¿cómo puede aquel único Cuerpo de Cristo vivificar a toda la humanidad, es decir, a todos aquellos en quienes hay Fe, y sin embargo, aunque repartido entre todos, no ser disminuido en sí mismo? Quizá, pues, no estamos ahora lejos de la explicación probable. Si la subsistencia de todo cuerpo depende del alimento, y éste es el comer y el beber, y en el caso de nuestro comer hay pan y en el de nuestro beber agua endulzada con vino, y si, como se explicó al principio, la Palabra de Dios, que es a la vez Dios y la Palabra, se unió a la naturaleza del hombre, y cuando vino en un cuerpo como el nuestro no innovó la constitución física del hombre hasta hacerla distinta de lo que era, sino que aseguró la continuidad de su propio cuerpo por los medios acostumbrados y apropiados, y controló su subsistencia mediante la comida y la bebida, la primera de las cuales era pan,—así, pues, como en nuestro caso, como ya se ha dicho repetidas veces, si alguien ve pan, de cierta manera mira un cuerpo humano, pues por estar el pan dentro de él, el pan se convierte en él, así también, en aquel otro caso, el cuerpo en el que Dios entró, al participar del alimento del pan, era, en cierta medida, lo mismo que él; aquel alimento, como hemos dicho, se cambiaba a sí mismo en la naturaleza del cuerpo. Pues aquello que es propio de toda carne se reconoce también en el caso de aquella carne, a saber, que aquel Cuerpo también se mantenía con pan; cuyo Cuerpo, además, por la inhabitación de Dios la Palabra, fue transmutado a la dignidad de la Divinidad. Rectamente, pues, creemos que ahora también el pan que es consagrado por la Palabra de Dios se cambia en el Cuerpo de Dios la Palabra. Pues aquel Cuerpo fue una vez, implícitamente, pan, pero ha sido consagrado por la inhabitación de la Palabra que habitó en la carne. Por tanto, por la misma causa que aquella por la cual el pan que fue transformado en aquel Cuerpo fue cambiado a una potencia divina, un resultado semejante tiene lugar ahora.
    Pues así como en aquel caso también la gracia de la Palabra solía santificar el Cuerpo, cuya sustancia procedía del pan y en cierto modo era pan, así también en este caso el pan, como dice el Apóstol2040, "es santificado por la Palabra de Dios y la oración"; no es que avance por el proceso de comer2041 hasta la etapa de pasar al cuerpo de la Palabra, sino que al instante se cambia en el cuerpo por medio de la Palabra, como la Palabra misma dijo: "Éste es mi Cuerpo." Viendo, además, que toda carne se nutre de lo húmedo (pues sin esta combinación nuestra parte terrena no continuaría viviendo), así como sostenemos con alimento firme y sólido la parte sólida de nuestro cuerpo, de igual manera suplimos la parte húmeda con el elemento afín; y éste, cuando está dentro de nosotros, por su facultad de ser transmitido, se cambia en sangre, y especialmente si por medio del vino recibe la facultad de ser transmutado en calor. Puesto que, pues, aquella carne portadora de Dios participó también, para su sustancia y sostén, de este alimento particular, y puesto que el Dios que se manifestó se infundió a sí mismo en la humanidad perecedera con este propósito, a saber, que por esta comunión con la Deidad la humanidad pudiera al mismo tiempo ser deificada, para este fin es que, por dispensación de su gracia, se disemina a sí mismo en todo creyente por medio de aquella carne, cuya sustancia proviene del pan y del vino, mezclándose con los cuerpos de los creyentes, para asegurar que, por esta unión con lo inmortal, también el hombre sea partícipe de la incorrupción. Él da estos dones en virtud de la bendición por la cual transelementa2042 la cualidad natural de estas cosas visibles a aquella cosa inmortal.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXXVII
    • 2036. ἐφάπτεσθαι. Krabinger prefiere esto a ἐφέπεσθαι (Edición de París), por ser más adecuado a lo que sigue.
    • 2037. Gregorio parece referirse aquí a la ingestión de la manzana por Eva, que introdujo un veneno moral y físico en nuestra naturaleza. Los pensamientos del general Gordon ("en Palestina") tomaron la misma dirección que todo este pasaje; que Frontón Ducæus (según cita Krabinger) llegaría a considerar incluso como prueba de la transubstanciación.
    • 2038. 1 Cor. v. 6.
    • 2039. δυνάμει.
    • 2040. 1 Tim. iv. 5.
    • 2041. por el proceso de comer, διὰ βρώσεως. Hay muy poca autoridad para καὶ πόσεως que sigue en algunos codd. Si el texto de Krabinger es aquí correcto, Gregorio enseña claramente una transmutación de los elementos muy semejante a la posterior transubstanciación: también enseña claramente que las palabras de la consagración efectúan el cambio. No parece haber razón para dudar de que el texto sea correcto. Las tres interpretaciones latinas, "a verbo transmutatus," "statim a verbo transmutatus," "per verbum mutatus," de Herveto, Morell y Zinus, todas apuntan a que hallaron πρὸς τὸ σῶμα διὰ τοῦ λόγου μεταποιούμενος en el texto: y ésta es la lectura del Cod. Reg. (la otra lectura es πρὸς τὸ σῶμα τοῦ λόγου ). Un pasaje de Justino Mártir, Apol. ii. p. 77, también apoya el texto de Krabinger. Justino dice: "así se nos enseña que aquel alimento que ha sido bendecido por la pronunciación de la palabra que procedió de Él, el cual alimento, al cambiarse, nutre nuestra sangre y carne, es la carne y la sangre de aquel Jesús Encarnado." En cuanto a la naturaleza del cambio ( πρὸς τὸ σῶμα μεταποιούμενος ), debe compararse otro pasaje de Gregorio (In Baptism. Christi, 370 A): "El pan, además, fue por un tiempo pan común, pero cuando la palabra mística lo haya consagrado ( ἱερουργήσῃ ), es llamado, y además es, el cuerpo de Cristo." Dice también al final de este capítulo: "Él da estos dones en virtud de la bendición por la cual transelementa ( μεταστοιχειώσας ) la cualidad natural ( φύσιν ) de estas cosas visibles a aquella cosa inmortal." Harnack no intenta debilitar la fuerza de estos y otros pasajes, sino que sólo señala que la idea de este cambio no corresponde exactamente (¿cómo podría?) con la "transubstanciación" escolástico-filosófica medieval. La creencia de Gregorio es que, así como la Palabra, cuando Cristo estuvo aquí en la carne, hizo santo su cuerpo que asimilaba pan, el cual aún en cierto modo permanecía pan, así ahora el pan es santificado por la Palabra de Dios y por la oración. "La idea," dice Neander, "de la repetición de la consagración del Λόγος se había apoderado de su mente." La construcción es προϊ& 241·ν (ὥστε) γενέσθαι εἰς τὸ σῶμα τοῦ λόγου, "eo progrediens, ut verbi corpus evadat."
    • 2042. μεταστοιχειώσας. Suicer se esfuerza, sin éxito, en mostrar que la palabra no es equivalente a transelementare o μετουσιοῦν, sino sólo a substantiam convertere, es decir, a cambiar por una adición de gracia a otro modo o uso. En los pasajes de Epifanio que Suicer aduce para "figura", "modo", como significado de στοιχεῖον mismo, esa palabra significa un signo del zodíaco (como en el De Animâ et Resurr. de nuestro Gregorio, significa la luna), sólo porque los cuerpos celestes son los elementos o primeros principios, por así decirlo, del alfabeto celestial. El otro significado de μεταστοιχειοῦν que da, es decir, desenseñar, con vistas a oscurecer aquí el sentido literal, es del todo inaplicable. Gregorio define con más claridad que Crisóstomo ( μεταρρυθμίζεσθαι ), Teofilacto ( μεταποιεῖσθαι ) y Juan Damasceno ( μεταβάλλεσθαι ) el cambio que tiene lugar: pero todos van más allá del (Dial. ii) de Teodoreto, "no cambiando la naturaleza, sino añadiendo gracia a la naturaleza", lo que Suicer se esfuerza en leer en esta palabra de Gregorio. Ha de notarse, también, que en Filón la palabra se usa de Jerjes cambiando en su marcha un elemento en otro, es decir, tierra en agua, no el mero uso de lo uno en el uso de lo otro.
    Comentario editorial · El pan cambiado en el Cuerpo
    Gregorio pregunta cómo un solo Cuerpo de Cristo puede vivificar a todos los creyentes sin disminuir. Su respuesta, según el sumario del editor: el alimento de Cristo (pan y vino) fue cambiado en el Cuerpo de Dios por el Verbo que moraba en él, y ahora el pan y el vino santificados por la bendición se cambian en el Cuerpo del Verbo. El capítulo cierra con el verbo metastoicheiōsas, que esta traducción vierte «transelementa». El NPNF anota que Gregorio enseña aquí «una transmutación de los elementos muy semejante a la posterior transubstanciación», y añade que, según Harnack, el cambio no corresponde exactamente a la transubstanciación escolástica; Suicer, en cambio, quiso leerlo como cambio de modo o de uso (notas 2041–2042). Son lecturas de los editores y de sus fuentes; el texto dice «cambio».

    Capítulo XXXVIII

    Cap. XXXVIII

    No falta ahora, creo, en estas observaciones ninguna respuesta a las investigaciones sobre el misterio evangélico, salvo la relativa a la Fe2043; la cual damos brevemente en el presente tratado. Para quienes requieran una exposición más elaborada, ya la hemos publicado en otras obras nuestras, en las que hemos explicado el tema con toda la seriedad y precisión que nos ha sido posible. En aquellos tratados hemos luchado2044 de manera polémica contra nuestros adversarios, y también hemos consultado privadamente con nosotros mismos en cuanto a las cuestiones que se nos han objetado. Pero en la presente discusión hemos considerado apropiado decir sólo tanto sobre el tema de la fe como está implicado en el lenguaje del Evangelio, a saber, que quien es engendrado por la regeneración espiritual pueda saber quién es el que lo engendra, y qué clase de criatura llega a ser. Pues sólo esta forma de generación tiene en sí el poder de llegar a ser lo que elige ser.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXXVIII
    • 2043. Fe. Cf. Catecismo de la Iglesia: "Fe por la cual creen firmemente las promesas de Dios hechas a ellos en aquel Sacramento (del Bautismo)."
    • 2044. συνεπλάκημεν, es decir, contra Eunomio, en defensa de la igualdad de la Trinidad en el símbolo bautismal. Por mucho que Gregorio en aquel tratado se oponga a Eunomio por poner la esencia del cristianismo en la mera γνῶσις y δογμάτων ἀκρίβεια, frente a la incomprensibilidad de Dios y el conocimiento sólo por el corazón, había pasado toda su vida mostrando la suprema importancia de la exactitud en las fórmulas sobre las que descansaba la Fe. Esto ayuda a dar una fecha para la Gran Catequesis.

    Capítulo XXXIX

    Cap. XXXIX

    Pues, mientras todas las demás cosas que nacen están sujetas al impulso de quienes las engendran, el nacimiento espiritual depende del poder de aquel que está naciendo. Viendo, pues, que aquí reside el peligro, a saber, que no pierda lo que es para su provecho, estando así abierta a cada uno una libre elección, sería bueno, creo, que quien se siente movido a engendrarse a sí mismo determine mediante un razonamiento previo qué clase de padre le conviene y de qué elemento es mejor que consista su naturaleza. Porque, como hemos dicho, está en el poder de un hijo así elegir a sus padres. Puesto que, entonces, hay una doble división de los seres, en creado e increado, y puesto que el mundo increado posee en sí mismo inmutabilidad e inmovilidad, mientras que lo creado está sujeto al cambio y a la alteración, ¿de cuál preferirá ser descendencia quien ha de elegir con cálculo y deliberación lo que es para su beneficio: de aquello que se encuentra siempre en un estado de cambio, o de aquello que posee una naturaleza inmutable, firme, y siempre coherente e invariable en la bondad? Ahora bien, se nos han entregado en el Evangelio tres Personas y nombres mediante las cuales tiene lugar la generación o nacimiento de los creyentes, y el que es engendrado por esta Trinidad es igualmente engendrado del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—pues así habla el Evangelio del Espíritu, que "lo que nace del Espíritu, espíritu es2045," y es "en Cristo2046" que Pablo engendra, y el Padre es el "Padre de todos;" aquí, pues, ruego, que la mente del oyente sea sobria en su elección, no sea que se haga descendencia de alguna naturaleza inconstante, cuando está en su poder hacer de la naturaleza firme e inalterable el fundamento de su vida. Pues según la disposición del corazón de quien se acerca a la Dispensación, aquello que es engendrado en él manifestará su poder; de modo que quien confiesa que la Santísima Trinidad es increada entra en la vida firme e inalterable; mientras que otro, que por una concepción errónea ve sólo una naturaleza creada en la Trinidad y luego es bautizado en esa, ha nacido de nuevo a la vida cambiante y alterable. Pues lo que nace es necesariamente de una misma naturaleza con aquello que engendra. ¿Cuál, entonces, ofrece mayor ventaja: entrar en la vida inmutable, o ser de nuevo sacudido por las olas de esta vida de incertidumbre y cambio? Pues bien, puesto que es evidente para cualquiera de menor entendimiento que lo estable es mucho más valioso que lo inestable, lo perfecto que lo deficiente, lo que no necesita que lo que necesita, y lo que no tiene ya nada que avanzar, sino que permanece siempre en la perfección de todo bien, que lo que asciende mediante un trabajo progresivo, incumbe a cada uno, al menos a todo el que tenga sensatez, hacer una elección absoluta entre una u otra de estas dos condiciones: o creer que la Santísima Trinidad pertenece al mundo increado y así, mediante el nacimiento espiritual, hacer de Ella el fundamento de su propia vida, o, si piensa que el Hijo o el Espíritu Santo son externos al ser del primero, verdadero y bueno, Dios, quiero decir, del Padre, no incluir a estas Personas en la creencia que asume en el momento de su nuevo nacimiento, no sea que inconscientemente se entregue a esa naturaleza imperfecta2047 que ella misma necesita de alguien que la haga buena, y en cierto modo se haga retroceder de nuevo a algo de la misma naturaleza que la suya al retirar así su fe2048 de ese mundo superior. Pues quien se ha ligado a cualquier cosa creada olvida que, en lo que respecta a la Deidad, ya no tiene esperanza de salvación. Pues toda la creación, al proceder igualmente toda ella de la no existencia al ser, tiene una íntima conexión consigo misma; y como en la organización corporal todos los miembros tienen una coherencia natural y mutua, aunque algunos tengan dirección hacia abajo y otros hacia arriba, así el mundo de las cosas creadas, considerado como creación, está en unidad consigo mismo, y las diferencias en nosotros, en cuanto a abundancia o deficiencia, de ningún modo lo separan de esta coherencia natural consigo mismo. Pues en las cosas que implican igualmente la idea de una no existencia previa, aunque haya diferencia entre ellas en otros aspectos, en lo que respecta a este punto no descubrimos variación alguna de naturaleza. Si, pues, el hombre, que es él mismo un ser creado, piensa que el Espíritu y el Dios Unigénito2049 son igualmente creados, la esperanza que abriga de un cambio a un estado mejor será vana; pues sólo retorna a sí mismo2050. Lo que sucede entonces está a la par con las conjeturas de Nicodemo; él, instruido por nuestro Señor acerca de la necesidad de nacer de lo alto, porque todavía no podía comprender el sentido del misterio, tuvo sus pensamientos arrastrados de vuelta al seno de su madre2051. De modo que si un hombre no se conduce hacia la naturaleza increada, sino hacia aquella que es de su misma naturaleza y está igualmente en servidumbre con él, es del nacimiento que es de abajo, y no del que es de arriba. Pero el Evangelio nos dice que el nacimiento de los salvados es de lo alto.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XXXIX
    • 2045. S. Juan iii. 6
    • 2046. 1 Cor. iv. 15.
    • 2047. naturaleza imperfecta: es decir, de una criatura ( κτιστός ); por ejemplo, de un Cristo meramente humano, que a su vez necesita, y por tanto no puede dar, la perfección.
    • 2048. retirar su fe: es decir, como haría si la pusiera en seres que él sabía que no eran de ese mundo superior, increado.
    • 2049. y el Dios Unigénito. Un códice lee aquí υἱ& 231·ν (no θεόν ), como está en S. Juan i. 18, aunque incluso allí "muchas autoridades muy antiguas" (R.V.) leen θεὸν. El latín de Herveto implica un οὐκ aquí; "et unigenitum Deum non esse existimant;" y Glauber lo retendría, haciendo κτιστὸν = θεὸν οὐκ εἶναι. Pero Krabinger no encontró ningún οὐκ en ninguno de sus códices.
    • 2050. πρὸς ἑαυτὸν ἀναλύων, como se ha explicado antes, es decir εἰς τὸ ὁμογενὲς ἑαυτὸν εἰσαγάγῃ.
    • 2051. S. Juan iii. 4

    Capítulo XL

    Cap. XL, § 1

    Pero, por lo que ya se ha dicho, la instrucción de esta Catequesis no me parece todavía completa. Pues debemos, en mi opinión, tomar en consideración la continuación de este asunto; la cual pasan por alto muchos de los que se acercan a la gracia del bautismo2052, descarriados, y engañándose a sí mismos, y en verdad sólo aparentemente, no realmente, regenerados. Porque ese cambio en nuestra vida que tiene lugar mediante la regeneración no será cambio, si continuamos en el estado en que estábamos. No veo cómo es posible considerar que uno que está todavía en la misma condición, y en quien no ha habido cambio alguno en los rasgos distintivos de su naturaleza, sea otro que el que era, siendo palpable para todos que es por una renovación y cambio de nuestra naturaleza por lo que se recibe el nacimiento salvador. Y sin embargo la naturaleza humana no admite por sí misma cambio alguno en el bautismo; ni la razón, ni el entendimiento, ni la facultad científica, ni ninguna otra característica peculiar del hombre es objeto de cambio. En verdad el cambio sería para peor si alguna de estas propiedades de nuestra naturaleza fuera cambiada2053 por otra cosa. Si, pues, el nacimiento de lo alto es una refundición definida del hombre, y sin embargo estas propiedades no admiten cambio, es asunto a investigar qué es aquello en él, mediante cuyo cambio se perfecciona la gracia de la regeneración. Es evidente que cuando esos rasgos malvados que marcan nuestra naturaleza han sido borrados tiene lugar un cambio a un estado mejor. Si, pues, al ser "lavados," como dice el Profeta2054, en ese baño místico nos volvemos "limpios" en nuestras voluntades y "apartamos el mal" de nuestras almas, nos volvemos así hombres mejores, y somos cambiados a un estado mejor. Pero si, cuando el baño ha sido aplicado al cuerpo, el alma no se ha limpiado a sí misma de las manchas de sus pasiones y afectos, sino que la vida después de la iniciación se mantiene al nivel de la vida no iniciada, entonces, aunque sea cosa atrevida de decir, lo diré y no me encogeré; en estos casos el agua es sólo agua, pues el don del Espíritu Santo de ninguna manera aparece en quien ha nacido así bautismalmente; es decir, siempre que no sólo la deformidad de la ira2055, o la pasión de la avaricia, o el pensamiento desenfrenado e indecoroso, con el orgullo, la envidia y la arrogancia, desfiguran la imagen divina, sino que también las ganancias de la injusticia permanecen con él, y la mujer que ha conseguido mediante adulterio todavía incluso después de eso sirve a sus placeres. Si estos y semejantes vicios, después como antes, rodean la vida del bautizado, no puedo ver en qué aspectos ha sido cambiado; pues lo observo el mismo hombre que era antes. El hombre a quien ha tratado injustamente, el hombre a quien ha acusado falsamente, el hombre a quien ha privado por la fuerza de su propiedad, éstos, en lo que a ellos respecta, no ven cambio alguno en él aunque haya sido lavado en el lavacro del bautismo. No oyen el grito de Zaqueo de él también: "Si he tomado algo de alguien por acusación falsa, restituyo el cuádruplo2056." Lo que decían de él antes de su bautismo, lo mismo declaran ahora más plenamente; lo llaman con los mismos nombres, persona codiciosa, uno que es ávido de lo ajeno, uno que vive en el lujo a costa de las calamidades de los hombres. Que tal persona, por tanto, que permanece en la misma condición moral de antes, y luego balbucea consigo misma sobre el cambio beneficioso que ha recibido del bautismo, escuche lo que dice Pablo: "Si alguno piensa ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo2057." Porque lo que no has llegado a ser, eso no eres. "A cuantos lo recibieron," así habla el Evangelio de los que han nacido de nuevo, "les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios2058." Ahora bien, el hijo nacido de alguien es enteramente de naturaleza semejante a su progenitor. Si, pues, has recibido a Dios, si has llegado a ser hijo de Dios, manifiesta en tu disposición al Dios que está en ti, manifiesta en ti mismo a Aquel que te engendró. Por las mismas señales con que reconocemos a Dios, debe mostrarse esta relación con Dios del hijo así nacido. "Él abre su mano y colma a todo viviente con su beneplácito." "Él pasa por alto las transgresiones." "Él se arrepiente del mal." "El Señor es bueno para con todos, y no trae sobre nosotros su ira cada día." "Dios es un Señor justo, y no hay injusticia en Él2059;" y todos los demás dichos de semejante clase que están esparcidos para nuestra instrucción a lo largo de la Escritura;—si vives en medio de tales cosas como éstas, eres verdaderamente hijo de Dios; pero si continúas con las marcas características del vicio en ti, en vano balbuceas contigo mismo acerca de tu nacimiento de lo alto. La profecía hablará contra ti y dirá: "Eres un 'hijo de hombre,' no un hijo del Altísimo. Tú 'amas la vanidad, y buscas la mentira.' ¿No sabes de qué manera el hombre es 'hecho admirable2060'? De ninguna otra manera que llegando a ser santo."

    Cap. XL, § 2

    Será necesario añadir a lo dicho también esta declaración restante; a saber, que las cosas buenas que se presentan en los Evangelios a quienes han llevado una vida piadosa no son tales que puedan describirse con precisión. Pues ¿cómo es eso posible con cosas que "ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre2061"? En verdad, la vida de tormento del pecador no presenta equivalente alguno a nada de lo que aquí causa dolor al sentido. Incluso si alguno de los castigos en ese otro mundo se nombra con términos bien conocidos aquí, la distinción no es pequeña. Cuando oyes la palabra fuego, has sido enseñado a pensar en un fuego distinto del fuego que vemos, debido a que algo se añade a ese fuego que en éste no hay; pues ese fuego nunca se apaga, mientras que la experiencia ha descubierto muchas maneras de apagar éste; y hay una gran diferencia entre un fuego que puede extinguirse y uno que no admite extinción. Ese fuego, por tanto, es algo distinto de éste. Si, además, una persona oye la palabra "gusano," que sus pensamientos, por la semejanza del término, no se dejen llevar a la criatura de aquí que se arrastra sobre el suelo; pues la adición de que "no muere" sugiere el pensamiento de otro reptil distinto del conocido aquí. Puesto que, pues, estas cosas se nos proponen como expectativas en la vida que sigue a ésta, siendo la consecuencia natural según el justo juicio de Dios, en la vida de cada uno, de su disposición particular, corresponde a los sabios no considerar lo presente, sino lo que sigue después, y poner los cimientos para esa bienaventuranza inefable durante esta vida corta y fugaz, y mediante una buena elección apartarse a sí mismos de toda experiencia del mal, ahora en su vida aquí, después en su recompensa eterna2062.
    Comentario editorial · Notas de la edición · Cap. XL
    • 2052. No es necesario considerar este pasaje sobre la Regeneración como una interpolación, con Aubertin, De Sacram. Eucharist. lib. ii. p. 487, porque Gregorio ya ha tratado del Bautismo en los caps. xxxv.–xxxvi.; y luego de la Eucaristía: su visión de la relación entre los dos Sacramentos, que la Eucaristía une el cuerpo, como el Bautismo el alma, a Dios, explica muy bien este retorno a los preliminares de esta doble unión.
    • 2053. ὑπαμειφθείη. Una palabra casi peculiar de este Gregorio.
    • 2054. Is. i. 16.
    • 2055. τὸ κατὰ τὸν θυμὸν αἶσχος. Muy erróneamente los traductores latinos, "animi turpitudo," es decir, bajeza de la mente, que se menciona justo después.
    • 2056. S. Lucas xix. 8
    • 2057. Gal. vi. 3.
    • 2058. S. Juan i. 12
    • 2059. Estas citas proceden de la LXX de Salmos cxlv. 16; ciii. 12 (Is. xliii. 25); Joel ii. 13; Salmos vii. 11 (hebr. "Dios está airado cada día"); xcii. 15.
    • 2060. Salmos iv. 2, 3. En el último versículo la LXX tiene ἐθαυμάστωσε; que sigue la Vulgata, es decir, "Él ha hecho admirable a su Santo" (el hebreo implica "ha separado maravillosamente"). Que θαυμαστοῦται (tres de los códices de Krabinger, y el de Morell) es la lectura aquí (omitida en las edd.), queda claro por toda la cita de la LXX de este Salmo.
    • 2061. Is. lxiv. 4; 1 Cor. ii. 9.
    • 2062. La sección que comienza aquí, que presenta un códice (el de Vulcobio), usado por Herveto, es "evidentemente la adición de algún copista torpe." P. Morell la considera parte de un prefacio a un tratado contra Severo, jefe de los herejes llamados Acéfalos. Pero Severo fue condenado bajo Justiniano, a.d. 536; y los propios Acéfalos no fueron un partido reconocido hasta después del Concilio de Éfeso (aquellos que no querían seguir ni a San Cirilo ni a Juan Damasceno, en un sentido del término, es decir, "sin cabeza"), o después del Concilio de Calcedonia (aquellos que rechazaron el Henoticon del emperador Zenón, dirigido a los ortodoxos y a los monofisitas, en el otro sentido). Es citado por Krabinger, ninguno de cuyos códices lo reconoce.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó la Catequesis

    Los Prolegómenos del NPNF la tratan como obra de apologética: Gregorio no busca construir un cristianismo deductivo, sino persuadir con razones a judíos y griegos, y por eso, dicen, apenas recurre a las pruebas de profecía y de tipo y se mueve sin descanso en la metafísica; el juicio es de los editores ingleses. Una nota del mismo volumen recuerda que la autenticidad de la obra fue confirmada por Teodoreto (Diálogo II, 3), y otra advierte que la ilustración de la unión de las dos naturalezas en el capítulo V tiene «un toque de eutiquianismo», aunque Orígenes había usado un lenguaje todavía más incauto. En la transmisión, el NPNF cita la versión latina de Zino (Venecia, 1575), traductor de la Panoplia de Eutimio, que contiene la Gran Catequesis.
    En la discusión doctrinal pesan sobre todo tres pasajes, comentados en las notas: el rescate pagado al Maligno y el anzuelo bajo el cebo (XXIII–XXVI), la «restauración» final (XXVI) y el cambio del pan y del vino en el Cuerpo (XXXVII). Qué enseña Gregorio en ellos y cuánto lo sostienen sus otras obras lo discuten sus lectores; Wikipedia (en) recuerda, de la obra de Gregorio en conjunto, que recibió poca atención erudita en Occidente hasta mediados del siglo XX.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: Sobre la hechura del hombre y Sobre el alma y la resurrección, donde Gregorio trata de la creación y del fin del hombre; los Tratados trinitarios y el Contra Eunomio, con su doctrina de Dios; la Catequesis de Cirilo de Jerusalén y Sobre la catequesis de los principiantes de Agustín, otras dos maneras de enseñar la fe; y Sobre la encarnación del Verbo de Atanasio, otra exposición de por qué el Verbo se hizo hombre.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase. El sumario, los numerales y los sumarios de capítulo, las notas y la numeración de los párrafos son los de la edición inglesa o de esta edición, no de Gregorio. Los títulos «Sumario de la edición» y «Lo que dejó la Catequesis» son de esta edición. No se ha cotejado con el griego.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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