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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSegunda carta prefatoria
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 min3\. No vemos nada notable en la fuerza lógica del tratado de Eunomio, y por eso emprendemos nuestra Respuesta con justa confianza.
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 min5\. Su peculiar caricatura de los obispos, Eustacio de Armenia y Basilio de Galacia, no está bien lograda.
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 11 min7\. El propio Eunomio prueba que la confesión de fe que hizo no fue recusada.
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 9 min8\. Los hechos muestran que los términos de injuria que ha empleado contra Basilio son más apropiados para él mismo.
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 min10\. Todos sus epítetos insultantes quedan demostrados como falsos por los hechos.
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 min11\. La sofística que emplea para demostrar que nosotros reconocimos que él había sido sometido a juicio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 min12\. Su acusación de cobardía carece de fundamento: pues Basilio mostró el mayor valor ante el Emperador y sus lugartenientes.
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 min13\. Resumen de su enseñanza dogmática. Objeciones a ella en detalle.
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 min15\. Obra mal al hacer que solo el ser del Padre sea propio y supremo
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 8 min16\. Examen del significado de 'sujeción': en cuanto dice que la naturaleza del Espíritu Santo está sujeta a la del Padre y del Hijo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 min18\. No tiene razón para distinguir una pluralidad de seres en la Trinidad. No ofrece demostración de que así sea.
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 min20\. Yerra al suponer, para explicar la existencia del Unigénito, una 'energía' que produjo la Persona de Cristo.
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 14 min21\. La blasfemia de estos herejes es peor que la incredulidad judía.
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 3 min22\. No tiene derecho a afirmar un mayor y un menor en el ser divino. Una exposición sistemática de la enseñanza de la Iglesia.
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 8 min23\. Estas doctrinas de nuestra Fe atestiguadas y confirmadas por pasajes de la Escritura.
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 11 min24\. Su elaborada explicación de grados y diferencias en 'obras' y 'energías' dentro de la Trinidad es absurda.
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 min25\. Quien afirma que el Padre es 'anterior' al Hijo con cualquier pensamiento de un intervalo debe por fuerza admitir que ni siquiera el Padre está
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 11 min26\. No servirá aplicar esta concepción, tal como se ha expuesto arriba, del Padre y del Hijo a la Creación, como insisten en hacer
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 min27\. Imagina falsamente que las mismas energías producen las mismas obras, y que la variación en las obras indica variación en las energías.
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 min28\. Imagina falsamente que podemos tener una serie inalterable de naturalezas armoniosas que existen unas al lado de otras.
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 7 min29\. Piensa vanamente que la duda acerca de las energías ha de resolverse por los seres, y a la inversa.
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 min32\. Su afirmación de que "el modo de la semejanza debe seguir el modo de la generación" es ininteligible.
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 min33\. Declara falsamente que "el modo de la generación ha de conocerse a partir de la dignidad intrínseca del generador".
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 min34\. El pasaje en que ataca el ['Ομοούσιον], y la controversia en respuesta al mismo.
  27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 10 min35\. Prueba de que la enseñanza anomea tiende al maniqueísmo.
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 7 min36\. Una repetición pasajera de la enseñanza de la Iglesia.
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 6 min37\. Defensa de la afirmación de San Basilio, atacada por Eunomio, de que los términos 'Padre' y 'El Ingenerado' pueden tener el mismo significado.
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 12 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
  33. Sesión 33 · Parte 7 · ≈ 11 min39\. Respuesta a la pregunta que siempre formula, «¿Puede ser engendrado el que es?»
  34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 7 min40\. Su infructuoso intento de ser consecuente con sus propias afirmaciones después de que Basilio lo hubo refutado.
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 13 min41\. Lo que sigue no es lo mismo que aquello a lo que sigue.
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 12 minLibro II
  37. Sesión 37 · Parte 8 · ≈ 9 min3\. Gregorio procede a discutir la fuerza relativa del nombre innominable de la Santísima Trinidad y la relación mutua de las Personas
  38. Sesión 38 · Parte 8 · ≈ 8 min5\. Después refuta admirablemente las ininteligibles afirmaciones de Eunomio que sostienen que la esencia del Padre no está separada ni dividida
  39. Sesión 39 · Parte 8 · ≈ 11 min6\. Muestra después la unidad del Hijo con el Padre y la falta de comprensión y de conocimiento en las Escrituras por parte de Eunomio.
  40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 10 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
  41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 7 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
  42. Sesión 42 · Parte 9 · ≈ 6 min8\. Expone además muy oportunamente el sentido del término «Unigénito,» y del término «Primogénito,» empleado cuatro veces por el Apóstol.
  43. Sesión 43 · Parte 9 · ≈ 11 min9\. Gregorio discute de nuevo la generación del Unigénito, y otros diversos modos de generación, materiales e inmateriales
  44. Sesión 44 · Parte 9 · ≈ 9 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
  45. Sesión 45 · Parte 9 · ≈ 8 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
  46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 12 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
  47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 3 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
  48. Sesión 48 · Parte 10 · ≈ 14 min12\. Así procede a un magnífico discurso sobre la interpretación de «Mediador», «Semejante», «Ingenerado», y de «engendrado»
  49. Sesión 49 · Parte 10 · ≈ 11 min13\. Expone el pasaje del Evangelio, «El Padre no juzga a nadie,» y habla además de la asunción del hombre con cuerpo y alma obrada por el Señor
  50. Sesión 50 · Parte 10 · ≈ 11 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
  51. Sesión 51 · Parte 10 · ≈ 5 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
  52. Sesión 52 · Parte 11 · ≈ 10 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
  53. Sesión 53 · Parte 11 · ≈ 9 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
  54. Sesión 54 · Parte 11 · ≈ 12 minLibro III
  55. Sesión 55 · Parte 11 · ≈ 10 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
  56. Sesión 56 · Parte 11 · ≈ 13 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 2 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
  58. Sesión 58 · Parte 12 · ≈ 9 min3\. Muestra luego, a partir del ejemplo de Adán y Abel y de otros ejemplos
  59. Sesión 59 · Parte 12 · ≈ 10 min4\. Así muestra la unidad del Hijo eterno con el Padre
  60. Sesión 60 · Parte 12 · ≈ 9 min5\. Discute la incomprehensibilidad de la esencia divina, y el dicho a la mujer de Samaria, «Vosotros adoráis lo que no sabéis.»
  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 12 min7\. Después termina el libro con una exposición de los nombres divinos y humanos del Unigénito
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 13 minLibro IV
  63. Sesión 63 · Parte 12 · ≈ 3 min1\. El libro cuarto discute la exposición de la naturaleza del «producto de la generación», y de la generación impasible del Unigénito, y el texto
  64. Sesión 64 · Parte 13 · ≈ 8 min2\. Demuestra que Eunomio aplicó al Unigénito términos propios de la existencia de la tierra
  65. Sesión 65 · Parte 13 · ≈ 9 min3\. Después discute de nuevo admirablemente el término [πρωτότοκος] tal como el Apóstol lo emplea cuatro veces.
  66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 9 min4\. Prosigue de nuevo discutiendo la impasibilidad de la engendración del Señor
  67. Sesión 67 · Parte 13 · ≈ 9 min5\. Muestra de nuevo a Eunomio, constreñido por la verdad, en el carácter de abogado de la doctrina ortodoxa
  68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 11 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
  69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 7 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
  70. Sesión 70 · Parte 14 · ≈ 7 min7\. Critica a continuación clara y hábilmente la doctrina de la imposibilidad de comparación con las cosas hechas después del Hijo
  71. Sesión 71 · Parte 14 · ≈ 8 min8\. Prosigue mostrando que no hay «variación» en la esencia del Padre y del Hijo
  72. Sesión 72 · Parte 14 · ≈ 9 min9\. Luego, distinguiendo entre la esencia y la engendración, declara que el lenguaje vacío y frívolo de Eunomio es como un sonajero
  73. Sesión 73 · Parte 15 · ≈ 8 minLibro V
  74. Sesión 74 · Parte 15 · ≈ 9 min2\. Explica después la frase de San Pedro, «A éste Dios le hizo Señor y Cristo.» Y presenta aquí la declaración contraria de Eunomio
  75. Sesión 75 · Parte 15 · ≈ 9 min3\. Una réplica notable y original a estas declaraciones, y una demostración del poder del Crucificado
  76. Sesión 76 · Parte 15 · ≈ 9 min4\. Muestra la falsedad de la calumniosa acusación de Eunomio según la cual el gran Basilio había dicho que «el hombre se había vaciado para hacerse
  77. Sesión 77 · Parte 15 · ≈ 9 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
  78. Sesión 78 · Parte 15 · ≈ 4 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
  79. Sesión 79 · Parte 16 · ≈ 6 minLibro VI
  80. Sesión 80 · Parte 16 · ≈ 9 min2\. Luego vuelve a mencionar la palabra de San Pedro, «hecho», y el pasaje de la Epístola a los Hebreos
  81. Sesión 81 · Parte 16 · ≈ 10 min3\. Luego da una notable explicación de la palabra del Señor a Felipe, «El que me ha visto
  82. Sesión 82 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
  83. Sesión 83 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
  84. Sesión 84 · Parte 17 · ≈ 11 minLibro VII
  85. Sesión 85 · Parte 17 · ≈ 8 min1\. El libro séptimo muestra, a partir de diversas afirmaciones hechas a los Corintios y a los Hebreos, y de las palabras del Señor
  86. Sesión 86 · Parte 17 · ≈ 10 min2\. Luego declara que la estrecha relación entre los nombres y las cosas es inmutable, y luego procede en consecuencia, de la manera más excelente
  87. Sesión 87 · Parte 17 · ≈ 6 min4\. Dice que todas las cosas que están en la creación han sido nombradas por el hombre, si, como es el caso
  88. Sesión 88 · Parte 17 · ≈ 7 min5\. Después de mucho discurso acerca de lo realmente existente, de lo ingenerado y de lo bueno
  89. Sesión 89 · Parte 18 · ≈ 9 minLibro VIII
  90. Sesión 90 · Parte 18 · ≈ 8 min2\. Luego trata sobre el «querer» del Padre en cuanto a la generación del Hijo, y muestra que el objeto de esa buena voluntad es desde la eternidad
  91. Sesión 91 · Parte 18 · ≈ 6 min3\. Luego, pasando por alto lo relativo a la esencia del Hijo, por haber sido ya discutido, trata del sentido implícito en la «generación»
  92. Sesión 92 · Parte 18 · ≈ 7 min4\. Además muestra que las operaciones de Dios se expresan mediante ilustraciones humanas
  93. Sesión 93 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
  94. Sesión 94 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
  95. Sesión 95 · Parte 19 · ≈ 8 minLibro IX
  96. Sesión 96 · Parte 19 · ≈ 8 min2\. Luego muestra ingeniosamente que la engendración del Hijo no es según la frase de Eunomio, «El Padre lo engendró en aquel tiempo en que lo eligió
  97. Sesión 97 · Parte 19 · ≈ 11 min3\. Muestra además que la generación pretemporal del Hijo no está sujeta a las influencias derivadas de la generación ordinaria y carnal
  98. Sesión 98 · Parte 19 · ≈ 13 min4\. Luego, habiendo mostrado que la calumnia de Eunomio contra el gran Basilio, según la cual llamó al Unigénito «Ingenerado,» es falsa
  99. Sesión 99 · Parte 20 · ≈ 9 minLibro X
  100. Sesión 100 · Parte 20 · ≈ 7 min2\. A continuación muestra de manera admirable la Vida eterna, que es Cristo, a los que no le confiesan
  101. Sesión 101 · Parte 20 · ≈ 6 min3\. Muestra después la eternidad de la generación del Hijo y la identidad inseparable de su esencia con Aquel que lo engendró
  102. Sesión 102 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
  103. Sesión 103 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
  104. Sesión 104 · Parte 20 · ≈ 3 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
  105. Sesión 105 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  106. Sesión 106 · Parte 21 · ≈ 8 min2\. Muestra también con ingenio, a partir del pasaje del Evangelio que habla de «Maestro bueno,» de la parábola de la Viña, de Isaías y de Pablo
  107. Sesión 107 · Parte 21 · ≈ 10 min3\. Luego expone la ignorancia de Eunomio y la incoherencia y absurdidad de sus argumentos al hablar del Hijo como «el Ángel del Existente,» y como
  108. Sesión 108 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
  109. Sesión 109 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
  110. Sesión 110 · Parte 21 · ≈ 3 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
  111. Sesión 111 · Parte 22 · ≈ 10 minLibro XII
  112. Sesión 112 · Parte 22 · ≈ 8 min2\. Luego, refiriéndose a la blasfemia de Eunomio, que había sido refutada por el gran Basilio
  113. Sesión 113 · Parte 22 · ≈ 8 min3\. Continúa luego interpretando de modo notable el lenguaje del Evangelio, «En el principio era el Verbo», y «Vida» y «Luz»
  114. Sesión 114 · Parte 22 · ≈ 9 min4\. De nuevo acusa a Eunomio de haber tomado su término [ἀ γεννησία] de los escritos jeroglíficos y de la mitología e idolatría egipcias
  115. Sesión 115 · Parte 22 · ≈ 9 minRespuesta al segundo libro de Eunomio
  116. Sesión 116 · Parte 23 · ≈ 12 minPrimera parte (¶ 1–15)
  117. Sesión 117 · Parte 23 · ≈ 11 minPrimera parte (¶ 1–15)
  118. Sesión 118 · Parte 23 · ≈ 14 minPrimera parte (¶ 1–15)
  119. Sesión 119 · Parte 23 · ≈ 9 minPrimera parte (¶ 1–15)
  120. Sesión 120 · Parte 24 · ≈ 11 minSegunda parte (¶ 16–35)
  121. Sesión 121 · Parte 24 · ≈ 10 minSegunda parte (¶ 16–35)
  122. Sesión 122 · Parte 24 · ≈ 12 minSegunda parte (¶ 16–35)
  123. Sesión 123 · Parte 24 · ≈ 8 minSegunda parte (¶ 16–35)
  124. Sesión 124 · Parte 25 · ≈ 11 minTercera parte (¶ 36–54)
  125. Sesión 125 · Parte 25 · ≈ 9 minTercera parte (¶ 36–54)
  126. Sesión 126 · Parte 25 · ≈ 13 minTercera parte (¶ 36–54)
  127. Sesión 127 · Parte 25 · ≈ 12 minTercera parte (¶ 36–54)
  128. Sesión 128 · Parte 26 · ≈ 12 minCuarta parte (¶ 55–71)
  129. Sesión 129 · Parte 26 · ≈ 9 minCuarta parte (¶ 55–71)
  130. Sesión 130 · Parte 26 · ≈ 10 minCuarta parte (¶ 55–71)
  131. Sesión 131 · Parte 26 · ≈ 11 minCuarta parte (¶ 55–71)
  132. Sesión 132 · Parte 27 · ≈ 12 minQuinta parte (¶ 72–87)
  133. Sesión 133 · Parte 27 · ≈ 10 minQuinta parte (¶ 72–87)
  134. Sesión 134 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
  135. Sesión 135 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
  136. Sesión 136 · Parte 27 · ≈ 4 minQuinta parte (¶ 72–87)
  137. Sesión 137 · Parte 28 · ≈ 12 minSexta parte (¶ 88–102)
  138. Sesión 138 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
  139. Sesión 139 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
  140. Sesión 140 · Parte 28 · ≈ 10 minSexta parte (¶ 88–102)
  141. Sesión 141 · Parte 28 · ≈ 6 minSexta parte (¶ 88–102)
  142. Sesión 142 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
  143. Sesión 143 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
  144. Sesión 144 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
  145. Sesión 145 · Parte 29 · ≈ 11 minSéptima parte (¶ 103–119)
  146. Sesión 146 · Parte 29 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — GREGORIO DE NISA

    Índice de la obra

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    Gregorio de Nisa

    Contra Eunomio

    Texto base: versión inglesa de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers, vol. 5 (1893), «Against Eunomius» (libros I–XII) y «Answer to Eunomius' Second Book», en la traducción de William Moore y Henry Austin Wilson

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de la edición de Schaff y Wace; no del griego, y sin traductor humano

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSegunda carta prefatoria
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 min3\. No vemos nada notable en la fuerza lógica del tratado de Eunomio, y por eso emprendemos nuestra Respuesta con justa confianza.
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 min5\. Su peculiar caricatura de los obispos, Eustacio de Armenia y Basilio de Galacia, no está bien lograda.
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 11 min7\. El propio Eunomio prueba que la confesión de fe que hizo no fue recusada.
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 9 min8\. Los hechos muestran que los términos de injuria que ha empleado contra Basilio son más apropiados para él mismo.
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 min10\. Todos sus epítetos insultantes quedan demostrados como falsos por los hechos.
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 min11\. La sofística que emplea para demostrar que nosotros reconocimos que él había sido sometido a juicio
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 min12\. Su acusación de cobardía carece de fundamento: pues Basilio mostró el mayor valor ante el Emperador y sus lugartenientes.
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 min13\. Resumen de su enseñanza dogmática. Objeciones a ella en detalle.
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 min15\. Obra mal al hacer que solo el ser del Padre sea propio y supremo
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 8 min16\. Examen del significado de 'sujeción': en cuanto dice que la naturaleza del Espíritu Santo está sujeta a la del Padre y del Hijo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 min18\. No tiene razón para distinguir una pluralidad de seres en la Trinidad. No ofrece demostración de que así sea.
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 min20\. Yerra al suponer, para explicar la existencia del Unigénito, una 'energía' que produjo la Persona de Cristo.
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 14 min21\. La blasfemia de estos herejes es peor que la incredulidad judía.
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 3 min22\. No tiene derecho a afirmar un mayor y un menor en el ser divino. Una exposición sistemática de la enseñanza de la Iglesia.
    17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 8 min23\. Estas doctrinas de nuestra Fe atestiguadas y confirmadas por pasajes de la Escritura.
    18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 11 min24\. Su elaborada explicación de grados y diferencias en 'obras' y 'energías' dentro de la Trinidad es absurda.
    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 min25\. Quien afirma que el Padre es 'anterior' al Hijo con cualquier pensamiento de un intervalo debe por fuerza admitir que ni siquiera el Padre está
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 11 min26\. No servirá aplicar esta concepción, tal como se ha expuesto arriba, del Padre y del Hijo a la Creación, como insisten en hacer
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 min27\. Imagina falsamente que las mismas energías producen las mismas obras, y que la variación en las obras indica variación en las energías.
    22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 min28\. Imagina falsamente que podemos tener una serie inalterable de naturalezas armoniosas que existen unas al lado de otras.
    23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 7 min29\. Piensa vanamente que la duda acerca de las energías ha de resolverse por los seres, y a la inversa.
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 min32\. Su afirmación de que "el modo de la semejanza debe seguir el modo de la generación" es ininteligible.
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 min33\. Declara falsamente que "el modo de la generación ha de conocerse a partir de la dignidad intrínseca del generador".
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 min34\. El pasaje en que ataca el ['Ομοούσιον], y la controversia en respuesta al mismo.
    27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 10 min35\. Prueba de que la enseñanza anomea tiende al maniqueísmo.
    28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 7 min36\. Una repetición pasajera de la enseñanza de la Iglesia.
    29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 6 min37\. Defensa de la afirmación de San Basilio, atacada por Eunomio, de que los términos 'Padre' y 'El Ingenerado' pueden tener el mismo significado.
    30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 12 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
    33. Sesión 33 · Parte 7 · ≈ 11 min39\. Respuesta a la pregunta que siempre formula, «¿Puede ser engendrado el que es?»
    34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 7 min40\. Su infructuoso intento de ser consecuente con sus propias afirmaciones después de que Basilio lo hubo refutado.
    35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 13 min41\. Lo que sigue no es lo mismo que aquello a lo que sigue.
    36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 12 minLibro II
    37. Sesión 37 · Parte 8 · ≈ 9 min3\. Gregorio procede a discutir la fuerza relativa del nombre innominable de la Santísima Trinidad y la relación mutua de las Personas
    38. Sesión 38 · Parte 8 · ≈ 8 min5\. Después refuta admirablemente las ininteligibles afirmaciones de Eunomio que sostienen que la esencia del Padre no está separada ni dividida
    39. Sesión 39 · Parte 8 · ≈ 11 min6\. Muestra después la unidad del Hijo con el Padre y la falta de comprensión y de conocimiento en las Escrituras por parte de Eunomio.
    40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 10 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
    41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 7 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
    42. Sesión 42 · Parte 9 · ≈ 6 min8\. Expone además muy oportunamente el sentido del término «Unigénito,» y del término «Primogénito,» empleado cuatro veces por el Apóstol.
    43. Sesión 43 · Parte 9 · ≈ 11 min9\. Gregorio discute de nuevo la generación del Unigénito, y otros diversos modos de generación, materiales e inmateriales
    44. Sesión 44 · Parte 9 · ≈ 9 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
    45. Sesión 45 · Parte 9 · ≈ 8 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
    46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 12 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
    47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 3 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
    48. Sesión 48 · Parte 10 · ≈ 14 min12\. Así procede a un magnífico discurso sobre la interpretación de «Mediador», «Semejante», «Ingenerado», y de «engendrado»
    49. Sesión 49 · Parte 10 · ≈ 11 min13\. Expone el pasaje del Evangelio, «El Padre no juzga a nadie,» y habla además de la asunción del hombre con cuerpo y alma obrada por el Señor
    50. Sesión 50 · Parte 10 · ≈ 11 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
    51. Sesión 51 · Parte 10 · ≈ 5 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
    52. Sesión 52 · Parte 11 · ≈ 10 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
    53. Sesión 53 · Parte 11 · ≈ 9 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
    54. Sesión 54 · Parte 11 · ≈ 12 minLibro III
    55. Sesión 55 · Parte 11 · ≈ 10 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
    56. Sesión 56 · Parte 11 · ≈ 13 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
    57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 2 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
    58. Sesión 58 · Parte 12 · ≈ 9 min3\. Muestra luego, a partir del ejemplo de Adán y Abel y de otros ejemplos
    59. Sesión 59 · Parte 12 · ≈ 10 min4\. Así muestra la unidad del Hijo eterno con el Padre
    60. Sesión 60 · Parte 12 · ≈ 9 min5\. Discute la incomprehensibilidad de la esencia divina, y el dicho a la mujer de Samaria, «Vosotros adoráis lo que no sabéis.»
    61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 12 min7\. Después termina el libro con una exposición de los nombres divinos y humanos del Unigénito
    62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 13 minLibro IV
    63. Sesión 63 · Parte 12 · ≈ 3 min1\. El libro cuarto discute la exposición de la naturaleza del «producto de la generación», y de la generación impasible del Unigénito, y el texto
    64. Sesión 64 · Parte 13 · ≈ 8 min2\. Demuestra que Eunomio aplicó al Unigénito términos propios de la existencia de la tierra
    65. Sesión 65 · Parte 13 · ≈ 9 min3\. Después discute de nuevo admirablemente el término [πρωτότοκος] tal como el Apóstol lo emplea cuatro veces.
    66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 9 min4\. Prosigue de nuevo discutiendo la impasibilidad de la engendración del Señor
    67. Sesión 67 · Parte 13 · ≈ 9 min5\. Muestra de nuevo a Eunomio, constreñido por la verdad, en el carácter de abogado de la doctrina ortodoxa
    68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 11 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
    69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 7 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
    70. Sesión 70 · Parte 14 · ≈ 7 min7\. Critica a continuación clara y hábilmente la doctrina de la imposibilidad de comparación con las cosas hechas después del Hijo
    71. Sesión 71 · Parte 14 · ≈ 8 min8\. Prosigue mostrando que no hay «variación» en la esencia del Padre y del Hijo
    72. Sesión 72 · Parte 14 · ≈ 9 min9\. Luego, distinguiendo entre la esencia y la engendración, declara que el lenguaje vacío y frívolo de Eunomio es como un sonajero
    73. Sesión 73 · Parte 15 · ≈ 8 minLibro V
    74. Sesión 74 · Parte 15 · ≈ 9 min2\. Explica después la frase de San Pedro, «A éste Dios le hizo Señor y Cristo.» Y presenta aquí la declaración contraria de Eunomio
    75. Sesión 75 · Parte 15 · ≈ 9 min3\. Una réplica notable y original a estas declaraciones, y una demostración del poder del Crucificado
    76. Sesión 76 · Parte 15 · ≈ 9 min4\. Muestra la falsedad de la calumniosa acusación de Eunomio según la cual el gran Basilio había dicho que «el hombre se había vaciado para hacerse
    77. Sesión 77 · Parte 15 · ≈ 9 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
    78. Sesión 78 · Parte 15 · ≈ 4 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
    79. Sesión 79 · Parte 16 · ≈ 6 minLibro VI
    80. Sesión 80 · Parte 16 · ≈ 9 min2\. Luego vuelve a mencionar la palabra de San Pedro, «hecho», y el pasaje de la Epístola a los Hebreos
    81. Sesión 81 · Parte 16 · ≈ 10 min3\. Luego da una notable explicación de la palabra del Señor a Felipe, «El que me ha visto
    82. Sesión 82 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
    83. Sesión 83 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
    84. Sesión 84 · Parte 17 · ≈ 11 minLibro VII
    85. Sesión 85 · Parte 17 · ≈ 8 min1\. El libro séptimo muestra, a partir de diversas afirmaciones hechas a los Corintios y a los Hebreos, y de las palabras del Señor
    86. Sesión 86 · Parte 17 · ≈ 10 min2\. Luego declara que la estrecha relación entre los nombres y las cosas es inmutable, y luego procede en consecuencia, de la manera más excelente
    87. Sesión 87 · Parte 17 · ≈ 6 min4\. Dice que todas las cosas que están en la creación han sido nombradas por el hombre, si, como es el caso
    88. Sesión 88 · Parte 17 · ≈ 7 min5\. Después de mucho discurso acerca de lo realmente existente, de lo ingenerado y de lo bueno
    89. Sesión 89 · Parte 18 · ≈ 9 minLibro VIII
    90. Sesión 90 · Parte 18 · ≈ 8 min2\. Luego trata sobre el «querer» del Padre en cuanto a la generación del Hijo, y muestra que el objeto de esa buena voluntad es desde la eternidad
    91. Sesión 91 · Parte 18 · ≈ 6 min3\. Luego, pasando por alto lo relativo a la esencia del Hijo, por haber sido ya discutido, trata del sentido implícito en la «generación»
    92. Sesión 92 · Parte 18 · ≈ 7 min4\. Además muestra que las operaciones de Dios se expresan mediante ilustraciones humanas
    93. Sesión 93 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
    94. Sesión 94 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
    95. Sesión 95 · Parte 19 · ≈ 8 minLibro IX
    96. Sesión 96 · Parte 19 · ≈ 8 min2\. Luego muestra ingeniosamente que la engendración del Hijo no es según la frase de Eunomio, «El Padre lo engendró en aquel tiempo en que lo eligió
    97. Sesión 97 · Parte 19 · ≈ 11 min3\. Muestra además que la generación pretemporal del Hijo no está sujeta a las influencias derivadas de la generación ordinaria y carnal
    98. Sesión 98 · Parte 19 · ≈ 13 min4\. Luego, habiendo mostrado que la calumnia de Eunomio contra el gran Basilio, según la cual llamó al Unigénito «Ingenerado,» es falsa
    99. Sesión 99 · Parte 20 · ≈ 9 minLibro X
    100. Sesión 100 · Parte 20 · ≈ 7 min2\. A continuación muestra de manera admirable la Vida eterna, que es Cristo, a los que no le confiesan
    101. Sesión 101 · Parte 20 · ≈ 6 min3\. Muestra después la eternidad de la generación del Hijo y la identidad inseparable de su esencia con Aquel que lo engendró
    102. Sesión 102 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
    103. Sesión 103 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
    104. Sesión 104 · Parte 20 · ≈ 3 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
    105. Sesión 105 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    106. Sesión 106 · Parte 21 · ≈ 8 min2\. Muestra también con ingenio, a partir del pasaje del Evangelio que habla de «Maestro bueno,» de la parábola de la Viña, de Isaías y de Pablo
    107. Sesión 107 · Parte 21 · ≈ 10 min3\. Luego expone la ignorancia de Eunomio y la incoherencia y absurdidad de sus argumentos al hablar del Hijo como «el Ángel del Existente,» y como
    108. Sesión 108 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
    109. Sesión 109 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
    110. Sesión 110 · Parte 21 · ≈ 3 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
    111. Sesión 111 · Parte 22 · ≈ 10 minLibro XII
    112. Sesión 112 · Parte 22 · ≈ 8 min2\. Luego, refiriéndose a la blasfemia de Eunomio, que había sido refutada por el gran Basilio
    113. Sesión 113 · Parte 22 · ≈ 8 min3\. Continúa luego interpretando de modo notable el lenguaje del Evangelio, «En el principio era el Verbo», y «Vida» y «Luz»
    114. Sesión 114 · Parte 22 · ≈ 9 min4\. De nuevo acusa a Eunomio de haber tomado su término [ἀ γεννησία] de los escritos jeroglíficos y de la mitología e idolatría egipcias
    115. Sesión 115 · Parte 22 · ≈ 9 minRespuesta al segundo libro de Eunomio
    116. Sesión 116 · Parte 23 · ≈ 12 minPrimera parte (¶ 1–15)
    117. Sesión 117 · Parte 23 · ≈ 11 minPrimera parte (¶ 1–15)
    118. Sesión 118 · Parte 23 · ≈ 14 minPrimera parte (¶ 1–15)
    119. Sesión 119 · Parte 23 · ≈ 9 minPrimera parte (¶ 1–15)
    120. Sesión 120 · Parte 24 · ≈ 11 minSegunda parte (¶ 16–35)
    121. Sesión 121 · Parte 24 · ≈ 10 minSegunda parte (¶ 16–35)
    122. Sesión 122 · Parte 24 · ≈ 12 minSegunda parte (¶ 16–35)
    123. Sesión 123 · Parte 24 · ≈ 8 minSegunda parte (¶ 16–35)
    124. Sesión 124 · Parte 25 · ≈ 11 minTercera parte (¶ 36–54)
    125. Sesión 125 · Parte 25 · ≈ 9 minTercera parte (¶ 36–54)
    126. Sesión 126 · Parte 25 · ≈ 13 minTercera parte (¶ 36–54)
    127. Sesión 127 · Parte 25 · ≈ 12 minTercera parte (¶ 36–54)
    128. Sesión 128 · Parte 26 · ≈ 12 minCuarta parte (¶ 55–71)
    129. Sesión 129 · Parte 26 · ≈ 9 minCuarta parte (¶ 55–71)
    130. Sesión 130 · Parte 26 · ≈ 10 minCuarta parte (¶ 55–71)
    131. Sesión 131 · Parte 26 · ≈ 11 minCuarta parte (¶ 55–71)
    132. Sesión 132 · Parte 27 · ≈ 12 minQuinta parte (¶ 72–87)
    133. Sesión 133 · Parte 27 · ≈ 10 minQuinta parte (¶ 72–87)
    134. Sesión 134 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
    135. Sesión 135 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
    136. Sesión 136 · Parte 27 · ≈ 4 minQuinta parte (¶ 72–87)
    137. Sesión 137 · Parte 28 · ≈ 12 minSexta parte (¶ 88–102)
    138. Sesión 138 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
    139. Sesión 139 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
    140. Sesión 140 · Parte 28 · ≈ 10 minSexta parte (¶ 88–102)
    141. Sesión 141 · Parte 28 · ≈ 6 minSexta parte (¶ 88–102)
    142. Sesión 142 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
    143. Sesión 143 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
    144. Sesión 144 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
    145. Sesión 145 · Parte 29 · ≈ 11 minSéptima parte (¶ 103–119)
    146. Sesión 146 · Parte 29 · ≈ 2 minLo que dejó la obra
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Eunomio, obispo arriano, sostenía que la esencia de Dios se nombra con una sola palabra, «ingenerado», y que el Hijo, por ser engendrado, es de otra esencia. Basilio de Cesarea le había respondido; Eunomio replicó, atacando también a Basilio, y Gregorio de Nisa, hermano de este, tomó la pluma a instancias de su hermano Pedro. El Contra Eunomio es el resultado: doce libros, más una réplica a su segundo libro, para mostrar que «ingenerado» no nombra la esencia de Dios, que los nombres divinos nacen de la concepción de la mente y que la naturaleza de Dios es incomprensible. Es, según los editores del NPNF, el más largo de los tratados de Gregorio que reúne su volumen.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa publicada en 1893 en el volumen 5 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (Gregory of Nyssa: Dogmatic Treatises, Etc., dirigido por Philip Schaff y Henry Wace). La portada del volumen nombra a William Moore y a Henry Austin Wilson como traductores del conjunto; New Advent añade a H. C. Ogle para esta obra, aunque en el texto de CCEL Ogle solo aparece como traductor de las Cartas, y ninguna de las dos páginas reparte los libros entre ellos. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano; se publica tal como salió, con sus límites declarados más abajo.

    Ficha de la obra

    AutorGregorio de Nisa (Wikipedia: c. 335 – c. 394; la tabla del NPNF pone su nacimiento en 331), obispo de Nisa, hermano menor de Basilio de Cesarea
    TítuloContra Eunomio (inglés del NPNF Against Eunomius; latín Contra Eunomium) y Respuesta al segundo libro de Eunomio
    DestinatarioPedro, su hermano, obispo de Sebasteia, que le sugirió escribirlo (primera carta prefatoria)
    FechaLa tabla de fechas del NPNF (Heyns y Rupp) pone los libros I–XII en 382–383 y la Respuesta en 384; Wikipedia sitúa hacia 380 los libros I y II. Las fechas son conjeturas de los editores
    GéneroTratado polémico y teológico, escrito en refutación punto por punto de Eunomio
    EstructuraDos cartas prefatorias (la segunda, de Pedro), doce libros divididos en capítulos con sumario, la Introducción de los editores del NPNF y la Respuesta sin capítulos
    ExtensiónUnas 241 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de Schaff y Wace; no del griego
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 5 (1893), tal como lo recoge CCEL

    La fuente y su traducción

    El volumen 5 de la segunda serie reúne los tratados dogmáticos, ascéticos, filosóficos, apologéticos, oratorios y las cartas de Gregorio de Nisa, con unos Prolegómenos de los traductores. Según New Advent, la edición es de la Christian Literature Publishing Co., Buffalo, 1893; el prefacio de Wace que publica CCEL lleva la fecha del 6 de noviembre de 1892. El prefacio del volumen llama a este tratado «el más largo» de los que reúne y lo cuenta en trece libros; esta edición los presenta como doce libros del Contra Eunomio y, aparte, la Respuesta al segundo libro de Eunomio, que es como los separa la tabla de contenidos de CCEL.
    Esta edición traduce la versión inglesa, no el griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.

    Eunomio y el debate

    Según Wikipedia, Eunomio de Cícico (m. hacia 393) fue el jefe de los arrianos extremos, llamados anomeos o eunomianos. Estudió en Alejandría con Aecio y fue ordenado diácono por Eudoxio de Antioquía, que lo recomendó para la sede de Cícico en 360; en menos de un año fue depuesto. Desterrado en 367 a Mauritania, se le llamó de vuelta antes de llegar; en 383 Teodosio lo desterró a Halmyris y murió hacia 393 en su patria. El concilio de Constantinopla de 381 condenó formalmente su herejía.
    Su primera Apología (de 360 o 361, unas 6 000 palabras) se conserva por la refutación de Basilio, hacia 364; su segunda Apología, anterior a 379, se conserva solo en las citas que de ella hace Gregorio en esta obra. Los Prolegómenos del NPNF dicen que Eunomio no solo se proclamó mártir de la causa anomea, sino que como tal fue aceptado y que tuvo grandes congregaciones hasta el final; que la enseñanza anomea llegó a la fórmula de que la agennēsía era la esencia del Padre, y que el mérito de Gregorio es mostrar que este lógico yerra una y otra vez, que toda cosa menos que la eterna generación conduce a absurdos y que sus distinciones son mero resultado del análisis mental. La última palabra de la ortodoxia nicena, dicen, es que Dios es realmente incomprensible y que aquí nunca podemos conocer su nombre.

    Cómo leer el tratado

    Cada libro se divide en capítulos con un sumario; los sumarios y su numeración vienen de la edición inglesa y no son de Gregorio. Gregorio cita a Eunomio con frecuencia y lo refuta frase a frase, por lo que a menudo el texto va en «comillas»: es Eunomio, no Gregorio. La Respuesta no trae capítulos en la edición, y se ha dividido en siete partes por su extensión; el lector la reconoce porque sus localizadores van como «¶ n» (el número del párrafo).
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura

    Libro I

    Primera carta prefatoria

    Carta prefatoria 1

    Gregorio a su hermano Pedro, obispo de Sebasteia.
    Habiendo conseguido con dificultad un pequeño respiro, he podido reponerme del cansancio del cuerpo a mi regreso de Armenia, y reunir los pliegos de mi réplica a Eunomio, sugerida por tu sabio consejo; de modo que mi obra queda ya ordenada en un tratado completo, que puede leerse entre dos cubiertas. Sin embargo, no he escrito contra ambos panfletos suyos; ni siquiera se me concedió el tiempo para ello; pues la persona que me prestó el volumen herético, con muy poca cortesía, lo reclamó de nuevo y no me dejó tiempo ni para copiarlo ni para estudiarlo. En el breve espacio de diecisiete días era imposible estar preparado para responder a sus dos ataques.
    Como de algún modo se había hecho notorio que nos habíamos esforzado en responder a este manifiesto blasfemo, muchas personas con cierto celo por la Verdad me han importunado al respecto; pero he juzgado correcto anteponer tu sabiduría a todos ellos, para que me aconsejes si debo entregar esta obra al público o tomar otro camino. La razón de mi vacilación es esta. Cuando nuestro santo Basilio se durmió, y yo recibí el legado de la controversia de Eunomio, cuando mi corazón ardía dentro de mí por el duelo y, además de esta profunda tristeza por la pérdida común de la iglesia, Eunomio no se había limitado a los diversos temas que podrían pasar por una defensa de sus opiniones, sino que había gastado la mayor parte de su energía en injuriar, con escritura laboriosa, a nuestro padre en Dios. Esto me exasperó, y hubo pasajes donde la llama de mi sentida indignación estalló contra este escritor. El público nos ha perdonado muchas otras cosas, porque hemos sido capaces de mostrar paciencia al enfrentar ataques ilegítimos y, en lo posible, hemos practicado esa moderación de sentimientos que el santo nos enseñó; pero tenía miedo de que, por lo que ahora hemos escrito contra este adversario, el lector se formara la idea de que éramos polemistas muy inexpertos, que perdíamos los estribos al punto ante los insultos insolentes. Quizás, sin embargo, esta sospecha sobre nosotros se desvanecerá al recordar que esta muestra de ira no es por nosotros mismos, sino por las injurias lanzadas contra nuestro padre en Dios; y que es un caso en el que la mansedumbre sería más imperdonable que la ira.
    Si, pues, la primera parte de mi tratado parece de algún modo ajena a la controversia, la explicación siguiente será, creo, aceptada por un lector capaz de juzgar con equidad. No era justo dejar sin defensa la reputación de nuestro noble santo, destrozada como estaba por las blasfemias del adversario, como tampoco convenía que esta batalla en su favor se extendiera difusamente a lo largo de todo el hilo de la discusión; además, si alguien reflexiona, estas páginas forman realmente parte de la controversia. El tratado de nuestro adversario tiene dos brazos separados, a saber, injuriarnos y contradecir la sana doctrina; por tanto, el nuestro debe mostrar también un doble frente. Pero para mayor claridad, y a fin de que el hilo del debate sobre las cuestiones de la Fe no quede cortado por paréntesis que consisten en respuestas a sus agravios personales, hemos separado nuestra obra en dos partes, y en la primera nos hemos dedicado a refutar esos cargos; y luego nos hemos enfrentado como mejor pudimos con lo que habían aducido contra la Fe. Nuestro tratado contiene, además de una refutación de sus opiniones heréticas, una exposición dogmática de nuestra propia enseñanza; pues sería una falta de espíritu sumamente vergonzosa, cuando nuestros enemigos no ocultan su blasfemia, no atrevernos a exponer con audacia la Verdad.
    Comentario editorial · Pedro, obispo de Sebasteia
    El destinatario es Pedro, el menor de los diez hijos de su familia y hermano de Basilio de Cesarea y de Gregorio; según Wikipedia vivió hacia 340–391, fue elevado a la sede de Sebaste, en la Armenia Menor, hacia 380, asistió al concilio de Constantinopla de 381 y fue quien urgió a Gregorio a escribir esta obra, que defiende el libro de Basilio contra Eunomio. La carta misma lo dice: la réplica fue «sugerida por tu sabio consejo». Gregorio explica también que no contesta los dos escritos de Eunomio, porque quien le prestó el volumen herético lo reclamó a los diecisiete días, sin tiempo para copiarlo ni estudiarlo.

    Segunda carta prefatoria

    Texto de la fuentePedro de Sebasteia · Carta a Gregorio de Nisa (prefacio del Contra Eunomio) · Carta prefatoria 2
    A su piadosísimo hermano Gregorio. Pedro saluda en el Señor.
    Habiendo encontrado los escritos de vuestra santidad y habiendo percibido en su tratado contra esta herejía su celo tanto por la verdad como por nuestro santo padre en Dios, juzgo que esta obra no se debió simplemente a vuestra propia capacidad, sino que fue de quien procuró que la Verdad hablase, incluso en la publicación de sus propias opiniones. Al Espíritu Santo de la verdad atribuiría yo esta defensa de la verdad; así como al padre de la mentira, y no a Eunomio, debe atribuirse esta animosidad contra la fe sana. En efecto, aquel asesino desde el principio que habla en Eunomio ha afilado cuidadosamente la espada contra sí mismo; pues si no hubiera sido tan audaz contra la verdad, nadie os habría impulsado a emprender la causa de nuestra religión. Mas para que quede expuesta la podredumbre y la endeblez de sus doctrinas, Aquel que «prende a los sabios en su propia astucia» les ha permitido ser obstinados contra la verdad, y haberse afanado vanamente en este vano discurso.
    Pero puesto que quien ha comenzado una buena obra la terminará, no desfallezcáis en fomentar el poder del Espíritu, ni dejéis a medio ganar la victoria sobre los que ultrajan la gloria de Cristo; sino imitad a vuestro verdadero padre, quien, como el celoso Finees, atravesó con un solo golpe de su Respuesta a maestro y discípulo. Hundid con vuestro brazo intelectual la espada del Espíritu a través de ambos panfletos heréticos, no sea que, rota en la cabeza, la serpiente espante a los simples con el rabo todavía temblando. Cuando los primeros argumentos han sido respondidos, si los últimos quedaran sin tratar, muchos sospecharán que aún conservan alguna fuerza contra la verdad.
    El sentimiento mostrado en vuestro tratado será grato, como la sal, al paladar del alma. Así como el pan no puede comerse, según Job, sin sal, así el discurso que no está sazonado con los sentimientos más íntimos de la palabra de Dios jamás despertará, ni moverá, el deseo.
    Tened ánimo, pues, con el pensamiento de que sois un hermoso ejemplo para los tiempos venideros de cómo deben actuar los hijos de buen corazón hacia sus virtuosos padres.

    1. Prefacio.— Es inútil intentar beneficiar a quienes no aceptan ayuda.

    I, 1

    Parece que el deseo de beneficiar a todos, y de prodigar indiscriminadamente al primero que llega los propios dones, no era del todo loable, ni siquiera libre de reproche a los ojos de muchos; dado que el desperdicio gratuito de muchas drogas preparadas sobre los incurablemente enfermos no produce ningún resultado digno de consideración, ni en cuanto a ganancia para el que las recibe, ni en cuanto a reputación para el que pretende ser benefactor. Antes bien, tal intento se convierte en muchos casos en ocasión de un cambio a peor. El paciente desesperadamente enfermo y ya moribundo no recibe sino un fin más rápido de las medicinas más activas; el temperamento fiero e irrazonable solo empeora por la bondad de las perlas prodigadas, como nos dice el Evangelio. Pienso, por tanto, que es lo mejor, conforme al mandato divino, separar lo valioso de lo inútil cuando ha de repartirse cualquiera de las dos cosas, y evitar el dolor que un dador generoso debe recibir de quien 'pisotea su perla' y lo insulta por su total falta de sensibilidad ante su belleza.
    Este pensamiento se me sugiere cuando pienso en uno que comunicó libremente a otros las bellezas de su propia alma, me refiero a aquel varón de Dios, aquella boca de piedad, Basilio; uno que, de la abundancia de sus tesoros espirituales, derramó su gracia de sabiduría en almas malvadas a las que nunca había probado, y en una de ellas, Eunomio, que era perfectamente insensible a todos los esfuerzos hechos por su bien. La condición de este pobre hombre parecía ciertamente lastimosa, por la extrema debilidad de su alma en materia de Fe, a todos los verdaderos miembros de la Iglesia; pues ¿quién es tan falto de sentimiento que no se compadezca, al menos, de un alma que perece? Pero Basilio solo, por el ardor constante de su amor, se sintió movido a emprender su cura, y en ello intentar lo imposible; solo él tomó tan a pecho la condición desesperada de aquel hombre, que compuso, como antídoto de venenos mortales, su refutación de esta herejía, que apuntaba a salvar a su autor y restituirlo a la Iglesia.
    Él, por el contrario, como uno fuera de sí por la furia, resiste a su médico; pelea y forcejea; considera enemigo acerbo a quien solo empleó su fuerza para sacarlo del abismo de la incredulidad; y no se entrega a esta necia ira solo ante oyentes ocasionales, de vez en cuando; ha levantado contra sí mismo un monumento literario para dejar constancia de esta negrura de su bilis; y cuando, tras largos años, obtuvo la cantidad de ocio requerida, estuvo pariendo su obra durante todo ese intervalo con dolores más potentes que los de las bestias más grandes y voluminosas; sus amenazas de lo que venía eran temibles, mientras aún moldeaba en secreto su concepción; pero cuando al fin, y con gran dificultad, lo sacó a la luz, resultó ser un pobre aborto, nacido del todo antes de tiempo. Sin embargo, quienes comparten su ruina lo cuidan y lo miman; mientras que nosotros, buscando la bendición en el profeta ( «Bienaventurado el que tomará a tus hijos y los estrellará contra las piedras» ) solo estamos ansiosos, ahora que ha caído en nuestras manos, de tomar este manifiesto gimoteante y estrellarlo contra la peña, como si fuera uno de los hijos de Babilonia; y la peña debe ser Cristo; en otras palabras, la enunciación de la verdad. ¡Ojalá venga sobre nosotros aquel poder que fortalece la debilidad, por las oraciones de quien hizo perfecta su propia fuerza en la debilidad corporal!

    2. Hemos sido justamente provocados a componer esta Respuesta, aguijoneados por las acusaciones de Eunomio contra nuestro hermano.

    I, 2

    Si en verdad aquella alma divina y santa estuviera aún en la carne contemplando los asuntos humanos, si aquellos tonos elevados se oyeran todavía con toda su peculiar gracia y toda su irresistible elocuencia, ¿quién podría llegar a tal punto de audacia como para intentar decir una sola palabra sobre este asunto? Aquella voz divina de trompeta ahogaría cualquier palabra que se pudiera pronunciar. Mas todo él ha volado ya de regreso a Dios; al principio, en el ligero fantasma sombrío de su cuerpo, aún reposaba sobre la tierra; pero ahora ha desechado del todo incluso esa forma insustancial, y la ha legado a este mundo. Mientras tanto, los zánganos zumban en torno a los panales del Verbo y saquean la miel; que nadie me acuse, pues, de mera audacia por alzarme yo a hablar en lugar de aquellos labios silenciosos. No he aceptado esta laboriosa tarea por tener conciencia en mí de poderes de argumentación superiores a los de otros que podrían nombrarse; yo, si acaso, tengo medios de saber que hay miles en la Iglesia fuertes en el don de la destreza filosófica. Sin embargo, afirmo que, tanto por la ley escrita como por la natural, me pertenece más especialmente esta herencia del difunto, y por eso yo mismo, con preferencia a otros, me apropio del legado de la controversia. Puedo ser contado entre los más pequeños de los alistados en la Iglesia de Dios, pero aun así no soy demasiado débil para erigirme en campeón suyo contra uno que ha roto con esa Iglesia. El miembro más diminuto de un cuerpo vigoroso, en virtud de la unidad de su vida con el todo, se hallaría más fuerte que uno que hubiera sido cortado y estuviera muriendo, por grande que fuera este último y pequeño aquel.

    3. No vemos nada notable en la fuerza lógica del tratado de Eunomio, y por eso emprendemos nuestra Respuesta con justa confianza.

    I, 3

    Que nadie piense que, al decir esto, exagero y hago alarde vano de hacer algo que está más allá de mis fuerzas. No me dejaré llevar por ambición pueril a descender a su nivel vulgar en una contienda de meros argumentos y frases. Donde la victoria es cosa inútil y sin provecho, la cedemos gustosos a quienes desean ganar; además, basta con mirar la larga práctica de este hombre en la controversia, para concluir que es todo un practicante de palabras, y, añádase, el hecho de que ha empleado no pequeña porción de su vida en la composición de este tratado, y la suprema alegría de sus íntimos por estas labores, para concluir que se ha tomado particular molestia con esta obra. No era improbable que uno que la había trabajado durante tantas olimpiadas produjera algo mejor que la obra de los garabateadores improvisados. Incluso la vulgar profusión de las figuras que usa al confeccionar su obra es una indicación más de este cuidado laborioso al escribir. Ha reunido una gran masa de términos recién clasificados, para los cuales ha puesto a contribución ciertos otros libros, y amontona este inmenso conglomerado de palabras sobre un núcleo muy delgado de pensamiento; y así ha elaborado esta producción primorosa, en cuya admiración se pierden sus discípulos en el error—sin duda, porque su insensibilidad en los puntos vitales les priva de la facultad de sentir la distinción entre la belleza y su contrario:— pero que es ridícula, y de ningún valor en absoluto a juicio de aquellos cuya visión del corazón no está empañada por mancha alguna de incredulidad. ¿Cómo diablos puede contribuir a la prueba (como él espera) de lo que dice y al establecimiento de la verdad de sus especulaciones, adoptar estos absurdos artificios en sus formas de hablar, esta disposición novedosa y peculiar, esta presunción quisquillosa y esta quisquillosidad presuntuosa, que trabaja sin entusiasmo por ningún modelo previo? Pues sería en verdad difícil descubrir a quién, entre todos los celebrados por su elocuencia, ha tenido en mente al llevarse a sí mismo a este extremo; porque es como aquellos que producen efectos en el escenario, adaptando su argumento a la tonada de sus frases rítmicas, como ellos su canto a sus castañuelas, mediante cláusulas paralelas de igual longitud, de sonido semejante y terminación semejante. Tales, entre otras muchas faltas, son los temblores sin nervio y los trucos meretricios de su Introducción; y uno podría imaginárselo sacándolos todos, no con una acción carente de pasión, sino con pataleos y agudos chasquidos de dedos, declamando al compás así marcado, y luego observando que no había necesidad de otros argumentos ni de una segunda representación después de aquella.

    4. Eunomio despliega mucha necedad y bellas palabras, pero muy poca seriedad sobre los puntos vitales.

    I, 4

    En estas y otras bufonadas semejantes le concedo la ventaja; y a pleno contento de su corazón puede deleitarse en su victoria allí. Renuncio con sumo gusto a semejante competición, que solo puede atraer a quienes buscan renombre; si es que algún renombre proviene de entregarse a tales métodos de argumentación, considerando que Pablo [], aquel genuino ministro de la Palabra, cuyo único ornamento era la verdad, desdeñó rebajar su estilo a semejantes lindezas, y nos instruye también, en una noble y apropiada exhortación, a fijar nuestra atención en la verdad sola. En efecto, ¿qué necesidad hay de que quien es hermoso en la belleza de la verdad arrastre los adornos de un decorador para producir una falsa belleza artificial? Quizá para quienes no poseen la verdad puede ser una ventaja barnizar sus falsedades con un estilo atractivo, y frotar en la veta de su argumento un pulimento curioso. Cuando su error se enseña en lenguaje rebuscado y se engalana con todas las afectaciones del estilo, tienen oportunidad de ser plausibles y aceptados por sus oyentes. Pero aquellos cuyo único objetivo es la verdad simple, no adulterada por ningún oropel que desoriente, hallan la luz de una belleza natural que se desprende de sus palabras.
    Pero ahora que estoy a punto de comenzar el examen de todo lo que ha aducido, siento la misma dificultad que un agricultor cuando el aire está en calma; no sé cómo separar su trigo de su paja; el desperdicio, de hecho, y la paja en este montón de palabras es tan enorme, que hace pensar que el residuo de hechos y pensamientos reales en todo lo que ha dicho es casi nulo. Sería peor para la rapidez y muy molesto, e incluso ajeno a nuestro propósito, examinar en detalle todas sus observaciones; no disponemos de medios para asegurar tanto ocio como para dedicarlo desenfrenadamente a tales frivolidades; es deber, creo, de un trabajador prudente no gastar sus fuerzas en bagatelas, sino en aquello que claramente recompensará su esfuerzo.
    En cuanto a todas las cosas, pues, de su Introducción, cómo se constituye en campeón de la verdad, y achaca a sus oponentes la acusación de incredulidad, y declara que un odio permanente e indeleble contra ellos se ha hundido en su alma, cómo se pavonea en sus 'nuevos descubrimientos', aunque no nos dice cuáles son, sino que solo dice que se puso en marcha un examen de los puntos debatibles en ellos, un cierto juicio 'legal' que impuso a quienes se atrevían a actuar ilegalmente la necesidad de callar, o, para citar sus propias palabras en ese estilo lidio de canto que tiene, «los audaces transgresores de la ley —en tribunales abiertos— fueron obligados a callar;» (a esto llama él una «proscripción» de la conspiración contra él, sea lo que fuere lo que signifique ese término)—todo este tedioso asunto lo paso por alto como del todo insignificante. Por otra parte, toda su argumentación especial en favor de sus conceptos heréticos bien puede exigir nuestra atención atenta. Nuestro propio intérprete de los principios de la divinidad siguió este curso en su Tratado; pues aunque tenía abundante capacidad para ampliar su argumento, tomó la línea de tratar solo los puntos vitales, que seleccionó de entre todas las blasfemias de aquel libro herético, y así estrechó el alcance del asunto.
    Si, no obstante, alguien desea que nuestra respuesta corresponda exactamente al despliegue de sus argumentos, que nos diga la utilidad de semejante proceso. ¿Qué ganancia tendrían mis lectores si yo resolviera el complicado enigma de su título, que nos propone desde el comienzo, a la manera de la esfinge de la escena trágica; a saber, esta 'Nueva Apología de la Apología', y todo el disparate que escribe sobre ello; y si relatara la larga historia de lo que soñó? Creo que el lector está suficientemente fatigado con la mezquina vanidad acerca de esta novedad en su título ya preservada en el propio texto de Eunomio, y con la falta de gusto allí desplegada en la narración de sus propias hazañas, todos sus trabajos y sus pruebas, mientras vagaba por toda tierra y todo mar, y fue 'heraldo' por el mundo entero. Si todo eso hubiera de escribirse de nuevo—y con adiciones además, puesto que las refutaciones de estas falsedades naturalmente habrían de ampliar su exposición—¿quién se hallaría de tan férrea dureza que no se sintiera asqueado ante semejante desperdicio de trabajo? Supongamos que yo escribiera, tomando palabra por palabra, una explicación de esa loca historia suya; supongamos que explicara, por ejemplo, quién era aquel armenio en las orillas del Euxino, que lo había molestado al principio por tener el mismo nombre que él, cómo eran sus vidas, cuáles sus ocupaciones, cómo tuvo una disputa con aquel armenio a causa de la gran semejanza de sus caracteres, y luego de qué manera se reconciliaron aquellos dos, para unirse en común simpatía con aquel seductor y gloriosísimo Aecio, su maestro (pues tan pomposos son sus elogios); y después de eso, cuál fue la trama urdida contra él mismo, por la cual lo llevaron a juicio bajo la acusación de ser sobremanera popular: supongamos, digo, que yo explicara todo eso, ¿no aparecería yo, como aquellos que contraen oftalmía por el contacto frecuente con quienes ya la padecen, como si yo mismo hubiera contraído esta enfermedad de la circunstancialidad quisquillosa? Estaría siguiendo paso a paso cada detalle de su historia perorante; averiguando quiénes eran los «esclavos liberados a la libertad», qué era «la conspiración de los iniciados» y «la convocatoria de esclavos asalariados,» qué tienen que ver con el argumento 'Moncio y Galo, y Domiciano', y 'falsos testigos', y 'un Emperador encolerizado', y 'ciertos enviados al destierro'. ¿Qué podría ser más inútil que tales cuentos para el propósito de quien no deseaba meramente escribir una narración, sino refutar el argumento de aquel que había escrito contra su herejía? Lo que sigue en la historia es aún más inútil; no creo que el propio autor pudiera releerlo sin bostezar, aunque un fuerte afecto natural por su progenie posee a todo padre. Pretende desplegar allí sus hazañas y sus sufrimientos; el estilo se encumbra a lo sublime, y la leyenda se hincha hasta los tonos de la tragedia.

    5. Su peculiar caricatura de los obispos, Eustacio de Armenia y Basilio de Galacia, no está bien lograda.

    I, 5

    Pero, para no demorarnos más en estos absurdos en el preciso acto de declinar mencionarlos, y para no ensuciar este libro forzando mi asunto a través de todas sus reminiscencias escritas, como quien empuja su caballo por un lodazal y acaba cubierto de su inmundicia, creo que lo mejor es saltar por encima de la masa de su basura con un salto tan alto y tan rápido como mis pensamientos sean capaces, visto que un pronto retirarse de lo repugnante es ventaja considerable; y apresurémonos hacia el final de su relato, no sea que la amargura de sus propias palabras se filtre en mi libro. Que Eunomio tenga el monopolio del mal gusto en palabras como estas, habladas de los sacerdotes de Dios, «avaros escuderos, y bedeles, y satélites, hurgando por todas partes, y no permitiendo que el fugitivo siguiera ocultándose,» y todas las demás cosas que no se avergüenza de escribir de sacerdotes de cabellos canos. Así como en las escuelas de aprendizaje secular, para ejercitar a los muchachos en prontitud de palabra e ingenio, proponen temas de declamación, en los que la persona que es el asunto de ellos es anónima, así Eunomio arremete de una vez contra los hechos sugeridos, y suelta la lengua de la invectiva, y sin decir una sola palabra en cuanto a villanías reales, simplemente elabora contra ellos todas las frases trilladas de desprecio, y todo término imaginable de improperio: en lo cual, además, se juntan ideas incongruentes, como 'soldado diletante', 'santo maldito', 'pálido por el ayuno, y asesino por el odio', y muchas otras scurrilidades semejantes; y como un juerguista en las procesiones seculares grita sus procacidades, cuando quiere llevar su insolencia al más alto grado, sin máscara alguna, así Eunomio, sin intentar siquiera velar su malignidad, grita con garganta de bronce el lenguaje del carro. Luego revela la causa por la que está tan encolerizado: 'estos sacerdotes tomaron toda precaución para que muchos no' se pervirtiesen al error de estos herejes; por consiguiente se enoja porque no pudieron quedarse a su comodidad en los lugares que les gustaban, sino que se les asignó una residencia por orden del entonces gobernador de Frigia, para que la mayoría quedase a salvo de tales vecinos malvados; su indignación por esto estalla en estas palabras: 'la excesiva severidad de nuestras pruebas', 'nuestros penosos sufrimientos', 'nuestra noble tolerancia de ellos', 'el destierro de nuestra patria a Frigia'. Exactamente: este Oltiseriano bien podría enorgullecerse de lo ocurrido, pues puso fin a todo su orgullo familiar, y arrojó tal baldón sobre su raza que aquel renombrado Prisco, su abuelo, de quien obtiene esas brillantes y notabilísimas herencias, «el molino, y el cuero, y las provisiones de los esclavos,» y el resto de su herencia en Canaán, jamás habría escogido esta suerte que ahora tanto lo enfurece. Era de esperar que ultrajara a quienes fueron agentes de este destierro. Entiendo muy bien su sentimiento. En verdad los autores de estas desgracias, si tales existen o han existido, merecen las censuras de estos hombres, en cuanto que el renombre de sus vidas anteriores queda por ello oscurecido, y se ven privados de la oportunidad de mencionar y exaltar sus antecedentes más impresionantes; las grandes distinciones con que cada uno empezó en la vida; las profesiones heredadas de sus padres; las mayores o menores muestras de distinción de que cada uno era consciente, incluso antes de que se hicieran tan conocidas y valoradas que hasta los emperadores las contaban entre sus amistades, como ahora se jacta en su libro, y que todos los gobiernos superiores se agitaron por causa de ellos y el mundo se llenó de sus hazañas.

    6. Una noticia de Aecio, maestro de Eunomio en la herejía, y del propio Eunomio, describiendo el origen y las ocupaciones de cada uno.

    I, 6

    Verdaderamente esto causó gran daño a nuestro escritor de declamaciones, o más bien a su patrón y guía en la vida, Aecio; cuyo entusiasmo, según me parece, no apuntaba tanto a la propagación del error como a asegurarse una subsistencia para la vida. No digo esto por mera conjetura mía, sino que lo he oído de labios de quienes lo conocían bien. He escuchado a Atanasio, el antiguo obispo de los gálatas, cuando hablaba de la vida de Aecio; Atanasio era un hombre que estimaba la verdad por encima de todas las cosas; y exhibió también la carta de Jorge de Laodicea, de modo que muchos pudiesen atestiguar la verdad de sus palabras. Nos contó que originalmente Aecio no intentó enseñar sus doctrinas monstruosas, sino que solo después de un intervalo de tiempo presentó estas novedades como un ardid para ganarse el sustento; que habiendo escapado de la servidumbre de la viña a la que pertenecía —cómo, no quiero decirlo, no sea que se me crea que entro en su historia con mal espíritu—, se hizo primero calderero, y tenía este oficio mugriento de artesano completamente a su alcance, sentado bajo una tienda de pelo de cabra, con un pequeño martillo y un diminuto yunque, y así ganaba un sustento precario y laborioso. ¿Qué ingreso, en efecto, de alguna consideración podía obtener uno que remienda los puntos endebles en los cobres, y suelda los agujeros, y martillea hojas de estaño hasta romperlas, y sujeta con plomo las patas de las ollas? Se nos dijo que cierto incidente que le sucedió en este oficio hizo necesario el siguiente cambio en su vida. Había recibido de una mujer perteneciente a un regimiento un adorno de oro, un collar o un brazalete, que se había roto por un golpe, y que él debía reparar: pero engañó a la pobre criatura, apropiándose de su joya de oro, y dándole en su lugar una de cobre, del mismo tamaño y también de la misma apariencia, gracias a un baño de oro que había aplicado a su superficie; ella se dejó engañar por un tiempo, pues él era lo bastante hábil en el arte del calderero, como en otras artes, para despistar a sus clientes con los trucos del oficio; pero al fin ella descubrió la bellaquería, pues el baño se desprendió del cobre; y, como algunos soldados de su familia y nación se indignaron, ella procesó al ladrón de su adorno. Después de este intento, naturalmente sufrió el castigo de un ladrón tramposo; y entonces dejó el oficio, jurando que no había sido su intención deliberada, sino que el negocio lo había tentado a cometer aquel robo. Después de esto se hizo ayudante de cierto médico, de entre los charlatanes, para no quedar del todo privado de sustento; y en esta condición hacía sus incursiones en las casas más oscuras y entre los más abyectos de los hombres. La riqueza llegó gradualmente de sus maquinaciones contra un tal Armenio, quien, siendo extranjero, era fácil de engañar, y, habiendo sido inducido a tomarlo como médico, le había adelantado frecuentes sumas de dinero; y empezó a pensar que servir bajo otros era indigno de él, y quiso que se lo llamara médico a sí mismo. De ahí en adelante, por tanto, asistía a congresos médicos, y codeándose con los controversistas pendencieros de allí se convirtió en uno de los charlatanes vocingleros, y, justo cuando la balanza se inclinaba, añadiendo siempre su propio peso al argumento, llegó a ser no poco solicitado por quienes querían comprar una voz de bronce para sus contiendas partidistas.
    Pero aunque su pan se volvía con ello bien untado de mantequilla, pensó que no debía permanecer en semejante profesión; así que poco a poco abandonó la medicina, después de la calderería. Arrio, el enemigo de Dios, había sembrado ya aquellas cizañas malvadas que dieron como fruto a los anomeos, y las escuelas de medicina resonaban entonces con las disputas sobre aquella cuestión. En consecuencia, Aecio estudió la controversia, y, habiendo dispuesto una sarta de silogismos a partir de lo que recordaba de Aristóteles, se hizo notorio por ir incluso más allá de Arrio, el padre de la herejía, en el carácter novedoso de sus especulaciones; o más bien percibió las consecuencias de todo lo que Arrio había adelantado, y así obtuvo esta reputación de descubridor perspicaz de verdades no obvias; revelando, como lo hizo, que lo Creado, incluso de cosas no existentes, era desemejante al Creador que lo sacó de la nada.
    Con semejantes proposiciones halagaba oídos que picaban por estas novedades; y el etíope Teófilo llega a conocerlas. Aecio ya había estado relacionado con este hombre por algún asunto de Galo; y ahora, con su ayuda, se infiltra en el palacio. Después de que Galo hubo perpetrado la tragedia respecto a Domiciano el procurador y Moncio, todos los demás partícipes en ella naturalmente compartieron su ruina; sin embargo, este hombre escapa, siendo absuelto de ser castigado junto con ellos. Después de esto, cuando el gran Atanasio había sido expulsado por orden imperial de la Iglesia de Alejandría, y Jorge el Tarbastenita desgarraba su rebaño, se produce otro cambio, y Aecio es un alejandrino, recibiendo su plena parte entre aquellos que engordaban a la mesa del capadocio; pues no había omitido practicar sus adulaciones con Jorge. Jorge era, de hecho, de Canaán mismo, y por eso sentía afecto hacia un compatriota: en verdad, había estado durante tanto tiempo poseído por sus opiniones pervertidas que realmente lo adoraba, y estaba dispuesto a convertirse en una bendición caída del cielo para Aecio, cuando este quería.
    Todo esto no pasó desapercibido a su sincero admirador, nuestro Eunomio. Este último percibió que su padre natural —hombre excelente, salvo por tener un hijo semejante— llevaba una vida ciertamente muy honesta y respetable, pero de pobreza laboriosa y llena de incontables fatigas. (Era uno de esos labradores siempre inclinados sobre el arado, y que gastan un mundo de trabajos en su pequeña granja; y en invierno, cuando estaba libre de la labor agrícola, solía tallar con esmero las letras del alfabeto para que los muchachos formasen sílabas con ellas, ganándose el pan con el dinero que vendía por su venta.) Viendo todo esto en la vida de su padre, dijo adiós al arado y a la azada y a todos los instrumentos paternos, con la intención de no afanarse jamás de aquella manera; luego se puso a aprender la habilidad de Prúnico en la escritura taquigráfica, y habiéndose perfeccionado en ella entró primero, creo, en casa de uno de su propia familia, recibiendo su sustento por sus servicios de escribiente; después, mientras instruía a los hijos de su huésped, asciende a la ambición de hacerse orador. Paso por alto el intervalo siguiente, tanto en lo que respecta a su vida en su país natal como a las cosas y las compañías en que fue descubierto en Constantinopla.
    Ocupado como estaba después de esto 'en el manto y la bolsa', vio que todo ello era de poca utilidad, y que nada de lo que podía amasar con semejante trabajo era adecuado a las exigencias de su ambición. En consecuencia, abandonó todas las demás prácticas y se consagró únicamente a la admiración de Aecio; no, quizá, sin algún cálculo de que esta absorbente búsqueda que escogía pudiese favorecer sus propios ardides para vivir. De hecho, desde el momento en que pidió una parte de una sabiduría tan profunda, no trabajó más, ni hiló; pues ciertamente es hábil en lo que emprende, y sabe ganarse a la porción más emotiva del género humano. Viendo que la naturaleza humana, por regla general, cae presa fácil del placer, y que su inclinación natural en dirección a esta debilidad es muy fuerte, descendiendo de las alturas más severas de la conducta al nivel suave de la comodidad, se vuelve, con miras a hacer el mayor número posible de prosélitos para sus perniciosas opiniones, muy agradable ciertamente con aquellos a quienes inicia; se deshace por completo de la empinada cuesta de la virtud, porque no es un persuasivo para aceptar sus secretos. Pero si alguno tiene tiempo para inquirir qué es esta enseñanza secreta de ellos, y qué profieren sin reserva alguna los que han sido engañados hasta aceptar esta maldición funesta, y qué se les enseña en el ritual misterioso de la iniciación por el reverendo hierofante, la manera de los bautismos, y las 'ayudas de la naturaleza', y todo lo demás, que pregunte a quienes no sienten escrúpulo en dejar que las indecencias pasen por sus labios; nosotros guardaremos silencio. Pues ni siquiera siendo los acusadores seríamos inocentes al mencionar tales cosas, y se nos ha enseñado a reverenciar la pureza tanto en la palabra como en la obra, y a no mancillar nuestras páginas con historias equívocas, aunque haya verdad en lo que decimos.
    Pero mencionamos lo que entonces oímos (a saber, que, así como la mala habilidad de Aristóteles proveyó a Aecio de su impiedad, así la simpleza de sus engañados aseguró una vida gorda tanto al discípulo bien entrenado como al maestro) con el propósito de hacer algunas preguntas. Después de todo, ¿cuál fue el gran daño que le hizo Basilio en el Euxino, o Eustacio en Armenia, a ambos de los cuales se remonta aquella larga digresión de su relato? ¿Cómo estropearon la meta de su vida? ¿No alimentaron más bien la fama recién adquirida de él y de su compañero? ¿De dónde vino su amplia notoriedad, si no fue por la instrumentalidad de estos hombres, suponiendo, es decir, que su acusador diga la verdad? Pues el hecho de que hombres, ellos mismos ilustres, como reconoce nuestro escritor, se dignaran luchar con quienes aún no habían encontrado medios de ser conocidos, dio naturalmente el impulso inicial a los pensamientos ambiciosos de quienes habían de ser enfrentados contra estos héroes reputados; y así se echó un velo sobre sus humildes antecedentes. Ellos, de hecho, debieron su notoriedad posterior a esto—cosa detestable ciertamente para una mente reflexiva que jamás querría fundar la fama sobre una mala acción, pero la cumbre de la dicha para caracteres como estos. Cuentan de uno en la provincia de Asia, entre los más oscuros y los más viles, que ansiaba hacerse un nombre en Éfeso; alguna hazaña grande y brillante, estando del todo fuera de sus poderes, ni siquiera se le pasó por la mente; y sin embargo, dando con aquello que más profundamente perjudicaría a los efesios, dejó una huella más profunda que los héroes de las acciones más grandiosas; pues había entre sus edificios públicos uno notable por su peculiar magnificencia y coste; y quemó esta vasta estructura hasta los cimientos, mostrando, cuando los hombres llegaron a inquirir tras la perpetración de esta villanía por sus causas mentales, que apreciaba con pasión la notoriedad, y que había ideado que la grandeza del desastre asegurase que el nombre de su autor fuese recordado con él. El motivo secreto de estos dos hombres es la misma sed de publicidad; la única diferencia es que la cantidad de daño es mayor en su caso. Ellos dañan, no la arquitectura sin vida, sino el edificio viviente de la Iglesia, introduciendo, en lugar de fuego, la lenta gangrena de su enseñanza. Pero diferiré la cuestión doctrinal hasta que llegue el momento apropiado.
    Comentario editorial · Aecio, el maestro de Eunomio
    El sumario de este capítulo presenta a Aecio como el maestro de Eunomio en la herejía. Según Wikipedia, Aecio de Antioquía (activo hacia 350) era natural de Celesiria, fue orfebre y médico ambulante, y fundó el anomeísmo. Fue ordenado diácono hacia 350 y en 356 fue a Alejandría con Eunomio; Juliano lo llamó del destierro, y murió en Constantinopla en 367. Basilio de Cesarea lo llamó instrumento del «enemigo de la verdad». Lo que Gregorio cuenta de su origen y oficios en este capítulo es su relato polémico, no un dato neutral: conviene contrastarlo con fuentes como esta.

    7. El propio Eunomio prueba que la confesión de fe que hizo no fue recusada.

    I, 7

    Veamos por un momento ahora qué tipo de verdad trata este hombre, que en su Introducción se queja de que a causa de decir la verdad es odiado por los incrédulos; bien podemos hacer que el modo en que maneja la verdad fuera de la doctrina nos enseñe una prueba para aplicar a su doctrina misma. «El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel, y el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto.» Ahora bien, cuando comienza a escribir esta «apología de la apología» (ese es el nuevo y sorprendente título, así como el asunto, de su libro) dice que debemos buscar la causa de este anuncio tan sorprendente en ningún otro lugar sino en aquel que respondió aquel primer tratado suyo. Aquel libro se titulaba Apología; pero habiendo sido dado a entender por nuestro maestro teólogo que una apología solo puede venir de aquellos que han sido acusados de algo, y que si un hombre escribe meramente por su propia inclinación su producción es algo distinto de una apología, no niega—sería demasiado manifiestamente absurdo— que una apología requiere una acusación precedente; pero declara que su 'apología' lo ha absuelto de acusaciones muy graves en el juicio que se ha instruido contra él. Cuán falso es esto, es manifiesto por sus propias palabras. Se quejó de que «muchos sufrimientos graves le fueron infligidos por quienes lo habían condenado»; podemos leer eso en su libro.
    Pero ¿cómo pudo haber sufrido así, si su 'apología' lo absolvió de esos cargos? Si adoptó con éxito una apología para escapar de ellos, esa queja patética suya es una pretensión hipócrita; si por el contrario realmente sufrió como dice, entonces, claramente, sufrió porque no se absolvió a sí mismo mediante una apología; pues toda apología, para ser tal, tiene que asegurar este fin, a saber, impedir que el poder de votación sea engañado por declaraciones falsas. Seguramente no intentará ahora decir que en el momento del juicio presentó su apología, pero que no pudiendo ganarse al jurado perdió el caso ante la acusación. Pues no dijo nada en el momento del juicio 'sobre presentar su apología'; ni era probable que lo hiciera, dado que afirma claramente en su libro que se negó a tener nada que ver con aquellos dicastas maldispuestos y hostiles. «Confesamos,» dice, «que fuimos condenados en rebeldía: había un panel amañado de personas malintencionadas donde debería haberse sentado un jurado.» Es muy afectado aquí, y tiene su atención desviada por su argumento, creo, o habría notado que ha añadido un buen solecismo a su frase. Afecta ser imponentemente ático con su frase 'panel amañado'; pero los cultos en la lengua usan estas palabras, como saben los familiarizados con el vocabulario forense, de modo bastante distinto a nuestro nuevo aticista.
    Un poco más adelante añade esto; «Si piensa que, porque no quise tener nada que ver con un jurado que era realmente mi acusador, puede con ello descartar mi apología, debe estar ciego a su propia simpleza.» ¿Cuándo, entonces, y ante quién hizo nuestro cáustico amigo su apología? Había recusado al jurado porque eran 'enemigos', y no pronunció una palabra acerca de juicio alguno, como él mismo insiste. Ved cómo este esforzado campeón de la verdad, poco a poco, pasa al lado de la falsedad, y, mientras honra la verdad de palabra, la combate de obra. Pero es divertido ver cuán débil es incluso al secundar su propia mentira. ¿Cómo puede un mismo hombre haberse 'absuelto por una apología en el juicio instruido contra él' y luego haberse 'prudentemente callado porque el tribunal estaba en manos del enemigo'? Es más, el propio lenguaje que usa en el prefacio de su Apología muestra claramente que no se abrió tribunal alguno contra él. Pues no dirige su prefacio a ningún jurado definido, sino a ciertas personas no especificadas que vivían entonces, o que después habían de venir al mundo; y concedo que ante tal auditorio hacía falta una apología muy vigorosa, no ciertamente a la manera de la que de hecho ha escrito, que requiere otra todavía para apuntalarla, sino una ampliamente inteligible, capaz de probar este punto especial, a saber, que no estaba en posesión de su razón habitual cuando escribió esto, en lo que toca la campana de asamblea para hombres que nunca vinieron, tal vez nunca existieron, y pronuncia una apología ante un tribunal imaginario, y suplica a un jurado imperceptible que no deje que los números decidan entre la verdad y la falsedad, ni que asigne la victoria a la mera cantidad. Verdaderamente es decoroso que haga una apología de esa clase a jurados que están aún en los lomos de sus padres, y que les explique cómo llegó a pensar que era correcto adoptar opiniones que contradicen la creencia universal, y a poner más fe en sus propias fantasías erróneas que en quienes en todo el mundo glorifican el nombre de Cristo.
    Que escriba, por favor, otra apología además de esta segunda; pues esta no es una corrección de los errores cometidos acerca de él, sino más bien una prueba de la verdad de esos cargos. Todo el mundo sabe que una apología apropiada apunta a refutar una acusación; así, un hombre que es acusado de robo o de homicidio o de cualquier otro crimen o niega el hecho por completo, o transfiere la culpa a otra parte, o bien, si ninguna de estas dos cosas es posible, apela a la caridad o a la compasión de quienes han de votar sobre su sentencia. Pero en su libro ni niega el cargo, ni lo desplaza a otro, ni recurre a una apelación a la misericordia, ni promete enmienda para el futuro; sino que establece el cargo contra él mediante una demostración inusualmente laboriosa. Este cargo, como él mismo confiesa, equivalía realmente a una acusación de profanidad, y no dejaba su naturaleza sin definir, sino que proclamaba el tipo particular; mientras que su apología prueba que esta especie de profanidad es un deber positivo, y en lugar de eliminar el cargo lo refuerza. Ahora bien, si los principios de nuestra Fe hubieran quedado en alguna oscuridad, podría haber sido menos arriesgado intentar novedades; pero la enseñanza de nuestro maestro teólogo está ahora firmemente fijada en las almas de los fieles; y por eso es una cuestión si el hombre que grita contradicciones de aquello sobre lo cual todos por igual se han decidido está defendiéndose contra los cargos hechos, o no está más bien atrayendo sobre sí la ira de sus oyentes, y haciendo a sus acusadores aún más amargos. Me inclino a pensar esto último. De modo que si hay, como nos dice nuestro escritor, tanto oyentes de su apología como acusadores de sus atentados contra la Fe, que nos diga cómo esos acusadores pueden posiblemente comprometer ahora el asunto, o qué tipo de veredicto debe dar aquel jurado, ahora que su ofensa ya ha sido probada por su propia 'apología'.
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