I, 39
A Eunomio no le agrada que el significado de Ingenerado se transmita mediante el término Padre, porque quiere establecer que hubo un tiempo en que el Hijo no era. De hecho, es una pregunta constante entre sus discípulos, «¿Cómo puede ser engendrado el que (siempre) es?» Esto proviene, supongo, de no destetarse de la aplicación humana de las palabras cuando tenemos que pensar en Dios. Pero, sin amargura, expongamos de inmediato la falsedad real de esta 'arrière pensée' suya, enunciando primero nuestras conclusiones sobre el asunto.
Estos nombres tienen un significado diferente entre nosotros, Eunomio; cuando llegamos a las energías trascendentes, adquieren otro sentido. Amplio es, ciertamente, el intervalo en todo lo demás que divide lo humano de lo divino; la experiencia no puede señalar aquí abajo nada que en cantidad se asemeje a lo que podemos conjeturar e imaginar allí. Así también, en cuanto al significado de nuestros términos, aunque pueda haber, en lo que respecta a las palabras, cierta semejanza entre el hombre y lo Eterno, sin embargo el abismo entre estos dos mundos es la verdadera medida de la separación de los significados. Por ejemplo, nuestro Señor llama a Dios 'hombre' que era 'amo de casa' en la parábola; pero aunque este título nos sea sumamente familiar, ¿será la persona que pensamos y la persona allí significada de la misma descripción; y será nuestra 'casa' la misma que aquella casa grande en la que, como dice el Apóstol, hay vasos de oro y de plata [], y los de los otros materiales que se enumeran? ¿O no estarán más bien aquellos más allá de nuestra aprehensión inmediata y para ser contemplados en una inmortalidad bienaventurada, mientras que los nuestros son de barro y han de disolverse en tierra? Así, en casi todos los demás términos, hay una semejanza de nombres entre las cosas humanas y las divinas, que revela sin embargo, bajo esta misma identidad, una amplia diferencia de significados. Encontramos por igual en ambos mundos la mención de miembros corporales y sentidos; como con nosotros, así con la vida de Dios, que todos admiten está por encima del sentido, se consignan en orden dedos y brazo y mano, ojo y párpados, oído, corazón, pies y sandalias, caballos, caballería y carros; y otras metáforas innumerables se toman de la vida humana para ilustrar simbólicamente las cosas divinas. Así pues, como cada uno de estos nombres tiene sonido humano, pero no significado humano, también el de Padre, al aplicarse por igual a la vida divina y a la humana, oculta una distinción entre los significados pronunciados exactamente proporcional a la diferencia existente entre los sujetos de este título. Pensamos de una manera la generación del hombre; de otra conjeturamos la generación divina. Un hombre nace en un tiempo determinado; y un lugar particular debe ser el receptáculo de su vida; sin él no está en la naturaleza que tenga substancia concreta alguna: de donde también es inevitable que secciones de tiempo se encuentren envolviendo su vida; hay un Antes, un Con y un Después de él. Es es verdad decir de cualquiera de los nacidos en este mundo que hubo un tiempo en que no era, que ahora es, y de nuevo habrá tiempo en que cesará de existir; pero en el mundo Eterno estas ideas de tiempo no entran; para un pensador sobrio no tienen nada afín a ese mundo. Quien considera lo que la vida divina realmente es irá más allá del 'alguna vez', del 'antes' y del 'después', y de toda marca de esta extensión en el tiempo; tendrá pensamientos elevados sobre un asunto tan elevado; ni juzgará que el Absoluto está atado por aquellas leyes que observa estar en vigor en la generación humana.
La pasión precede a la existencia concreta del hombre; se ponen ciertos fundamentos materiales para la formación del ser vivo; debajo de todo está la Naturaleza, por voluntad de Dios, con su poder de obrar maravillas, poniendo todo bajo contribución para la debida proporción de nutrición de aquello que ha de nacer, tomando de cada elemento terrestre la cantidad necesaria para el caso particular, recibiendo la cooperación de un tiempo medido, y tanto alimento de los padres como sea necesario para la formación del hijo: en una palabra, la Naturaleza, avanzando por todos estos procesos mediante los cuales se edifica una vida humana, trae al nacimiento a lo que no existe; y por eso decimos que, no existiendo una vez, ahora nace; porque, no siendo en un tiempo, en otro comienza a ser. Pero cuando se trata de la generación divina, la mente rechaza este ministerio de la Naturaleza, y esta plenitud de tiempo que contribuye al desarrollo, y todo lo demás que nuestro argumento contemplaba como propio de la generación humana; y quien entra en los temas divinos sin concepciones carnales no caerá de nuevo al nivel de ninguno de esos pensamientos degradantes, sino que busca uno acorde con la majestad de lo que ha de expresarse; no pensará en la pasión en relación con lo que es impasible, ni contará al Creador de toda la Naturaleza como necesitado de la ayuda de la Naturaleza, ni admitirá extensión en el tiempo en la vida Eterna; verá que la generación divina ha de ser limpiada de todas esas ideas, y concederá al título de 'Padre' solo el significado de que el Unigénito no está Él mismo sin fuente, sino que deriva de Aquel la causa de Su ser; aunque, en cuanto al comienzo real de Su subsistencia, no calculará eso, porque no podrá ver signo alguno de la cosa en cuestión. 'Más viejo' y 'más joven' y todas esas nociones se hallan implicar intervalos de tiempo; y así, cuando mentalmente abstraes el tiempo en general, todas esas indicaciones se eliminan junto con él.
Puesto que, entonces, el que es con el Padre, en alguna categoría inconcebible, antes de los siglos no admite un 'alguna vez', Él existe ciertamente por generación, pero sin embargo nunca comienza a existir. Su vida no está ni en el tiempo ni en el lugar. Pero cuando quitamos estas y todas las ideas semejantes al contemplar la subsistencia del Hijo, solo hay una cosa que podemos siquiera pensar como anterior a Él— es decir, el Padre. Pero el Unigénito, como Él mismo nos ha dicho, está en el Padre, y así, por Su naturaleza, no está abierto a la suposición de que jamás no existió. Si en verdad el Padre alguna vez no fue, la eternidad del Hijo debe cancelarse retroactivamente a consecuencia de esta nada del Padre: pero si el Padre es siempre, ¿cómo puede el Hijo ser alguna vez no existente, cuando no puede ser pensado en absoluto por Sí mismo aparte del Padre, sino que está siempre implícito silenciosamente en el nombre Padre. Este nombre, de hecho, transmite a las dos Personas por igual; la idea del Hijo es inevitablemente sugerida por esa palabra. ¿Cuándo fue, entonces, que el Hijo no era? ¿En qué categoría detectaremos Su no existencia? ¿En el lugar? No hay ninguno. ¿En el tiempo? Nuestro Señor era antes de todos los tiempos; y si es así, ¿cuándo no era? Y si estaba en el Padre, ¿en qué lugar no estaba? Dínoslo tú, que tan practicado estás en ver cosas fuera de la vista. ¿Qué clase de intervalo han dado forma tus cogitaciones? ¿Qué vacío en el Hijo, sea de substancia o de concepción, has podido pensar, que muestre la vida del Padre, al extenderse en paralelo, como sobrepasando a la del Unigénito? Pues bien, incluso de los hombres no podemos decir absolutamente que alguno no era y luego nació. Leví, muchas generaciones antes de su propio nacimiento en la carne, fue diezmado por Melquisedec; así dice el Apóstol, «Leví también, que recibe diezmos, pagó diezmos (en Abraham),» añadiendo la prueba, «pues aún estaba en los lomos de su padre, cuando» Abraham salió al encuentro del sacerdote del Altísimo. Si, entonces, un hombre en cierto sentido no es, y luego nace, habiendo existido de antemano en virtud del parentesco de substancia en su progenitor, según el testimonio de un Apóstol, ¿cómo, en cuanto a la vida Divina, se atreven a pronunciar el pensamiento de que Él no era y luego fue engendrado? Porque Él 'está en el Padre', como nuestro Señor nos ha dicho; «Yo estoy en el Padre, y el Padre en Mí [],» estando cada uno, por supuesto, en el otro en dos sentidos diferentes; el Hijo estando en el Padre como la belleza de la imagen se halla en la forma de la que ha sido delineada; y el Padre en el Hijo, como aquella belleza original se halla en la imagen de sí misma. Ahora bien, en todas las imágenes hechas a mano el intervalo de tiempo es un punto de separación entre el modelo y aquello a lo que presta su forma; pero allí el uno no puede ser separado del otro, ni la «imagen expresa» de la «Persona,» para usar las palabras del Apóstol [Hebreos i], ni el «resplandor» de la «gloria» de Dios, ni la representación de la bondad; sino que, una vez que el pensamiento ha captado una de estas, ha admitido también la Verdad asociada. «Siendo,» dice (no devenir), «el resplandor de Su gloria;» de modo que claramente podamos librarnos para siempre de la blasfemia que acecha en cualquiera de esas dos concepciones; a saber, que el Unigénito pueda ser pensado como Ingenerado (pues dice «el resplandor de Su gloria,» el resplandor viniendo de la gloria, y no, a la inversa, la gloria del resplandor); o que Él alguna vez comenzó a ser. Pues la palabra «siendo» es un testigo que nos interpreta la continuidad y eternidad del Hijo y Su superioridad sobre todas las marcas del tiempo.
¿Qué ocasión, pues, tuvieron nuestros adversarios para proponer, en perjuicio de nuestra Fe, aquella pregunta trivial, que ellos consideran incontestable y, por tanto, una prueba de su propia doctrina, y que están formulando continuamente, a saber, 'si Uno que es puede ser engendrado'? Podemos responderles con audacia de inmediato, que Aquel que está en el Ingenerado fue engendrado de Él, y deriva Su fuente de Él. "Yo vivo por el Padre []": pero es imposible nombrar el 'cuándo' de Su comienzo. Cuando no hay materia intermedia, ni idea, ni intervalo de tiempo, que separe el ser del Hijo del Padre, tampoco puede pensarse símbolo alguno por el cual el Unigénito pueda ser desvinculado de la vida del Padre, y mostrado como procediendo de alguna fuente propia Suya. Si, entonces, no hay otro principio que guíe la vida del Hijo, si no hay nada que una mente piadosa pueda contemplar antes (pero no dividido de) la subsistencia del Hijo, sino solo el Padre; y si el Padre es sin principio o generación, como incluso nuestros adversarios admiten, ¿cómo puede Aquel que solo puede ser contemplado dentro del Padre, que es sin principio, admitir Él mismo un comienzo?
¿Qué daño, además, sufre nuestra Fe por admitir esas expresiones de nuestros oponentes que ellos aducen contra nosotros como absurdas, cuando preguntan 'si el que es puede ser engendrado'? No afirmamos que esto pueda ser así en el sentido en que Nicodemo formuló su pregunta ofensiva [], en la que él pensaba imposible que uno que estaba en existencia pudiera llegar a un segundo nacimiento: sino que afirmamos que, teniendo Su existencia unida a una Existencia que es siempre y es sin principio, y acompañando a todo investigador en las antigüedades del tiempo, y anticipándose a la curiosidad del pensamiento al avanzar hacia el mundo más allá, e íntimamente mezclado como está con todas nuestras concepciones del Padre, Él no tiene comienzo de Su existencia, como tampoco es Ingenerado: sino que Él fue a la vez engendrado y era, mostrando en cuanto a la causación la generación a partir del Padre, pero en virtud de Su vida eterna rechazando todo momento de no existencia.
Pero este pensador, en su extrema sutileza, contradice esta afirmación; separa el ser del Unigénito de la naturaleza del Padre, sobre la base de que uno es Engendrado y el otro Ingenerado; y aunque hay tal número de nombres que con reverencia pueden aplicarse a la Deidad, y todos ellos adecuados a ambas Personas por igual, no presta atención a ninguno de ellos, porque estos otros indican aquello en lo que Ambos participan; se aferra al nombre Ingenerado, y a ese solo; e incluso de este no adoptará el significado usual y aprobado; revoluciona la concepción del mismo, y cancela sus asociaciones comunes. Sea cual sea la razón de esto, pues sin alguna muy fuerte no arrancaría el lenguaje de su significado aceptado, ni innovaría cambiando la significación de las palabras. Él sabe perfectamente que, si su significado se limitara al acostumbrado, no tendría poder para subvertir la sana doctrina; pero que, si tales términos se pervierten de su aceptación común y corriente, podrá estropear la doctrina junto con la palabra. Por ejemplo (para llegar a las palabras reales de las que abusa), si, según el pensamiento común de nuestra Fe, hubiera admitido que Dios debía ser llamado Ingenerado solo porque nunca fue engendrado, todo el edificio de su herejía se habría derrumbado, con la retirada de su sofisma sobre este Ingenerado. Es decir, si hubiera sido persuadido, siguiendo la analogía de casi todos los nombres de Dios en uso en la Iglesia, a pensar en el Dios sobre todo como Ingenerado, del mismo modo que es invisible, e impasible, e inmaterial; y si hubiera estado de acuerdo en que en cada uno de estos términos se significaba solo aquello que de ningún modo pertenece a Dios— cuerpo, por ejemplo, y pasión y color, y derivación de una causa— entonces, si su visión del caso hubiera sido así, el principio de la Desemejanza de su partido perdería su significado; pues en todo lo demás (excepto la Ingeneración) que se concibe acerca del Dios de todos, incluso estos adversarios admiten la semejanza existente entre el Unigénito y el Padre. Pero para impedir esto, pone el término Ingenerado delante de todos estos nombres que indican la naturaleza trascendente de Dios; y hace de este un punto de ventaja desde el cual barrer contra nuestra Fe; transfiere la contrariedad entre las expresiones reales 'Engendrado' e 'Ingenerado' a las Personas mismas a quienes estas palabras se aplican; y con ello, mediante esta diferencia entre las palabras, argumenta por un sofisma una diferencia entre los Seres; no estando de acuerdo con nosotros en que Engendrado ha de usarse solo porque el Hijo fue engendrado, e Ingenerado porque el Padre existe sin haber sido engendrado; sino afirmando que piensa que el primero ha adquirido existencia por haber sido engendrado; aunque qué clase de filosofía lo lleva a tal punto de vista no puedo comprender. Si uno atendiera a los meros significados de esas palabras por sí mismas, abstrayendo en el pensamiento a aquellas Personas por las que los nombres son tomados, descubriría la falta de fundamento de estas afirmaciones suyas. Considera, entonces, no que, a consecuencia de ser el Padre una concepción anterior al Hijo (como la Fe enseña verdaderamente), el orden de los nombres mismos deba disponerse de modo que corresponda con el valor y el orden de aquello que les subyace; sino considéralos solos por sí mismos, para ver cuál de ellos (la palabra, repito, no la Realidad que representa) ha de ser colocado antes que el otro como concepción de nuestra mente; cuál de los dos transmite la afirmación de una idea, cuál la negación de la misma; por ejemplo (para ser claro, creo que pares de palabras semejantes darán mi significado), Conocimiento, Ignorancia— Pasión, Impasibilidad— y contrastes semejantes, ¿cuáles de ellos poseen prioridad de concepción sobre los otros? ¿Los que ponen la negación, o los que ponen la afirmación de dicha cualidad? Yo entiendo que los segundos lo hacen. Conocimiento, ira, pasión, se conciben primero; y luego viene la negación de estas ideas. Y que nadie, en su exceso de devoción, culpe este argumento, como si pusiera al Hijo antes que al Padre. No estamos sosteniendo que el Hijo haya de ser colocado en concepción antes que el Padre, visto que el argumento solo discrimina los significados de 'Engendrado' e 'Ingenerado'. Así pues, la Generación significa la afirmación de alguna realidad o alguna idea; mientras que la Ingeneración significa su negación; de modo que hay toda razón para que la Generación deba ser pensada primero. ¿Por qué, entonces, insisten ellos en fijar en el Padre el segundo, en orden de concepción, de estos dos nombres; por qué siguen pensando que una negación puede definir y puede abarcar toda la substancia del término en cuestión, y se exasperan contra quienes señalan la falta de fundamento de sus argumentos?
40. Su infructuoso intento de ser consecuente con sus propias afirmaciones después de que Basilio lo hubo refutado.
I, 40
Fíjate, en efecto, cuán amargo se muestra contra quien descubrió la podredumbre y debilidad de su obra de maldad; cómo se venga cuanto puede, y ello solo mediante injurias y vilipendios: en estas cosas, sin embargo, posee una habilidad abundante. Quienes quieren dar elegancia de estilo a un discurso acostumbran rellenar los pasajes que carecen de ritmo con ciertas partículas conjuntivas, por medio de las cuales introducen mayor eufonía y conexión en el ensamblaje de sus frases; así adorna Eunomio su obra con epítetos injuriosos en la mayoría de sus pasajes, como si quisiera hacer ostentación de su desbordante poder de invectiva. De nuevo somos 'necios', de nuevo 'fallamos en el razonamiento correcto' y 'nos entrometemos en la controversia sin la preparación que su importancia exige', y 'no alcanzamos el sentido del orador'. Tales, y aun más que estas, son las frases que este orador decoroso aplica a nuestro Maestro. Pero quizá, después de todo, hay buena razón para su enojo; y este panfletista está justamente indignado. Pues ¿por qué habría de haberlo picado Basilio exponiendo así la debilidad de esta enseñanza suya? ¿Por qué habría de descubrir ante la vista de los hermanos más sencillos la blasfemia velada bajo sus plausibles sofismas? ¿Por qué no habría dejado que el silencio cubriera la insania de esta opinión? ¿Por qué poner en la picota al desdichado, cuando debería haberse compadecido de él y mantenido el velo sobre la indecencia de su argumento? ¡De hecho descubre y hace un espectáculo de quien de algún modo ha llegado a ser admirado entre sus discípulos privados por su inteligencia y agudeza! Eunomio había dicho en algún lugar de sus obras que el atributo de ser ingenerado «sigue» a la divinidad. Nuestro Maestro observó sobre esta frase suya que lo que «sigue» debe contarse entre las cosas externas, mientras que el Ser real no es una de ellas, sino que indica la existencia misma de algo, en cuanto que existe. Entonces este adversario suave pero inconquistable se enfurece, y derrama una copiosa corriente de invectivas, porque nuestro Maestro, al oír aquella frase, comprendió también su sentido. Pero ¿qué hizo mal, si insistió firmemente solo en el significado de tus propios escritos? Si de verdad hubiera tomado ilógicamente lo dicho, todo lo que tú dices sería verdad, y deberíamos ignorar lo que él hizo; pero viendo que te sonrojas ante su reproche, ¿por qué no borras la palabra de tu panfleto, en lugar de injuriar al que te reprocha? 'Sí, pero él no entendió el curso del argumento.' Bien, ¿en qué obramos mal si, siendo humanos, adivinamos el sentido de tus palabras reales, sin comprender lo que estaba sepultado en tu corazón? A Dios corresponde ver lo inescrutable, inspeccionar los caracteres de aquello que no tenemos medio de comprender, y conocer la desemejanza en el mundo invisible. Nosotros solo podemos juzgar por lo que oímos.
I, 41
Él dice primero, «el atributo de ser ingenerado sigue a la Divinidad.» Por ello entendimos que quería decir que esta no-engendración es una de las cosas externas a Dios. Luego dice, «O más bien esta no-engendración es su ser actual.» No alcanzamos a comprender el 'sequitur' de esto; notamos, en efecto, algo muy extraño e incongruente en ello. Si la no-engendración sigue a Dios, y sin embargo constituye también su ser, se atribuirán dos seres a un mismo sujeto en esta opinión; de modo que Dios será de la misma manera que era antes y como siempre se ha creído que es, pero además tendrá otro ser acompañante, al que llaman no-engendración, del todo distinto de Aquel a quien 'sigue', como dice nuestro Maestro. Pues bien, si él nos manda pensar así, debe perdonar nuestra pobreza de ideas, por no ser capaces de seguir especulaciones tan sutiles.
Pero si rechaza esta opinión y no admite un doble ser en la Divinidad, uno representado por la divinidad y el otro por la no-engendración, que nuestro amigo, que no es ni 'temerario' ni 'maligno', se persuada a sí mismo a no ser tan parcial a la invectiva mientras se libran estos combates por la verdad, sino a explicarnos a nosotros, tan ayunos de cultura, cómo lo que sigue no es una cosa y lo que conduce otra, sino cómo ambas se funden en una; pues, a pesar de lo que dice en defensa de su afirmación, el absurdo de ella permanece; y el añadido de ese puñado de palabras no corrige, como él asegura, la contradicción que hay en ello. Todavía no he podido ver que en ellas se descubra explicación alguna. Pero daremos lo que ha escrito palabra por palabra. «Decimos: 'o más bien la no-engendración es su ser actual', sin querer contraer en el ser aquello que hemos probado que lo sigue, sino aplicando 'sigue' al título, y es al ser.» Por consiguiente, cuando estas cosas se toman juntas, todo el argumento resultante sería que el título de Ingenerado sigue, porque ser Ingenerado es su ser actual. Pero ¿qué expositor de esta exposición conseguiremos? Dice «sin querer contraer en el ser aquello que hemos probado que lo sigue.» Quizá alguno de los adivinadores de enigmas podría decirnos que por 'contraer en' entiende 'atar juntos'. Pero ¿quién puede ver algo inteligible o coherente en el resto? Los resultados del 'seguir' pertenecen, nos dice, no al ser, sino al título. Pero, doctísimo señor, ¿qué es el título? ¿Está en discordia con el ser, o más bien no coincide con él en el pensamiento? Si el título es inapropiado para el ser, ¿cómo puede entonces el ser ser representado por el título? Pero si, como él mismo lo formula, el ser queda aptamente definido por el título de Ingenerado, ¿cómo puede haber separación alguna entre ellos después de eso? Haces que el nombre del ser siga una cosa y que el ser mismo siga otra. ¿Y cuál es entonces la 'construcción de toda la opinión'? «El título de Ingenerado sigue a Dios, puesto que Él mismo es Ingenerado.» Dice que 'sigue' a Dios, que es algo distinto de lo Ingenerado, este mismo título. Entonces, ¿cómo puede colocar la definición de la Divinidad dentro de la no-engendración? De nuevo dice que este título 'sigue' a Dios como existiendo sin una generación anterior. ¿Quién nos resolverá el misterio de tales enigmas? 'Ingenerado' precediendo y luego siguiendo; ¡primero un título aptamente unido al ser, y luego siguiendo como un extraño! ¿Cuál es, además, la causa de este excesivo alboroto por este nombre? Le concede todo el contenido de la divinidad; como si no faltara nada en nuestra adoración si Dios es llamado así, y como si todo el sistema de nuestra fe estuviera en peligro si no lo es. Ahora bien, si una breve declaración sobre esto no ha de considerarse superflua e irrelevante, explicaremos el asunto de esta manera.
I, 42
La eternidad de la vida de Dios, para esbozarla en mero bosquejo, es de esta manera. Él debe ser siempre aprehendido como existente; no admite un tiempo en que no era, ni un tiempo en que no será. Quienes trazan una figura circular en la geometría plana desde un centro hasta la distancia de la línea de la circunferencia nos dicen que no hay un comienzo definido en su figura; y que la línea no es interrumpida por un fin determinado, como tampoco por un comienzo visible: dicen que, al formar un todo único en sí misma con radios iguales por todos lados, evita dar toda indicación de comienzo o de fin. Cuando, pues, comparamos el Ser infinito con tal figura, aunque esté circunscrita, que nadie critique esta comparación; porque no es en la circunferencia, sino en la semejanza que la figura guarda con la Vida que por todas partes escapa a la aprehensión, donde fijamos la atención cuando afirmamos que tal es nuestra intuición de lo Eterno. Desde el instante presente, como desde un centro y un «punto,» extendemos el pensamiento en todas direcciones, hacia la inmensidad de aquella Vida. Encontramos que somos arrastrados sin interrupción y con uniformidad, y que seguimos siempre una circunferencia donde nada hay que asir; encontramos que la vida divina retorna sobre sí misma en una continuidad ininterrumpida, donde no pueden reconocerse ni fin ni partes. De la eternidad de Dios decimos aquello que hemos oído de la profecía; a saber, que Dios es rey «desde antiguo,» y reina por los siglos, y para siempre, y más allá. Por lo tanto, lo definimos como anterior a todo comienzo y excediendo todo fin. Entreteniendo, pues, esta idea del Todopoderoso, como una que es adecuada, la expresamos mediante dos títulos; es decir, 'Ingenerado' y 'Sin fin' representan esta infinitud, continuidad y sempiternidad de la Divinidad. Si adoptáramos solo uno de ellos para nuestra idea, y si se dejara caer el restante, nuestro significado quedaría estropeado por esta omisión; pues es imposible con cualquiera de ellos aisladamente expresar la noción que reside en cada uno de los dos; pero cuando se habla de 'sin fin', solo se ha indicado la ausencia respecto de un fin, y no se sigue que se haya dado indicio alguno acerca de un comienzo; mientras que, cuando se habla de 'Ingénito', se ha expresado el hecho de estar más allá de un comienzo, pero el caso respecto de un fin ha quedado del todo dudoso.
Viendo, pues, que estos dos títulos ayudan igualmente a expresar la eternidad de la vida divina, ya es hora de preguntar por qué nuestros amigos cortan en dos el significado completo de esta eternidad, y declaran que uno de los significados, que es la negación del comienzo, constituye el ser de Dios (en vez de formar meramente parte de la definición de la eternidad), mientras consideran el otro, que es la negación del fin, entre las cosas externas a ese ser. Es difícil ver la razón de asignar así la negación del comienzo al ámbito del ser, mientras destierran la negación del fin fuera de ese ámbito. Las dos son nuestras concepciones de la misma cosa; y, por tanto, o ambas deberían admitirse en la definición del ser, o, si una ha de juzgarse inadmisible, la otra debería rechazarse también. Si, sin embargo, están decididos a dividir así el pensamiento de la eternidad, y a hacer que una caiga dentro del ámbito de ese ser, y a contar la otra entre las no-realidades de la Divinidad (pues los pensamientos que adoptan sobre este asunto son rastreros, y, como aves que han mudado sus plumas, son incapaces de elevarse a las sublimidades de la teología), yo les aconsejaría invertir su enseñanza, y contar lo sin fin como ser, dejando de lado más bien lo sin origen, y conceder la palma a lo futuro y que excita esperanza, más bien que a lo pasado y rancio. Viendo, digo (y hablo así a causa de su estrechez de espíritu, y rebajo la discusión al nivel de la concepción de un niño), que el período pasado de su vida no es nada para quien lo ha vivido, y todo su interés se centra en el futuro y en aquello que se puede esperar, lo que no tiene fin tendrá más valor que lo que no tiene comienzo. Que nuestros pensamientos, pues, sobre la naturaleza divina sean dignos y elevados; o de lo contrario, si van a juzgarla según criterios humanos, que el futuro sea más estimado por ellos que el pasado, y que confinen el ser de la Divinidad a aquel, puesto que el transcurso del tiempo arrastra consigo toda existencia en el pasado, mientras que la existencia esperada adquiere substancia de nuestra esperanza.
Ahora bien, expongo estas sugerencias ridículamente infantiles como de niños que se sientan en la plaza y juegan []; pues cuando uno mira la rastrera terrenidad de su enseñanza herética es imposible no caer en una especie de infantilidad lúdica. Sería correcto, sin embargo, añadir esto a lo que hemos dicho, a saber, que, como la idea de eternidad se completa solo mediante ambos (como ya hemos argumentado), por la negación de un comienzo y también por la de un fin, si confinan el ser de Dios a uno de ellos, su definición de este ser quedará manifiestamente imperfecta y cercenada a la mitad; es pensado solo por la ausencia de comienzo, y no contiene en sí mismo, como elemento esencial, la ausencia de fin. Pero si combinan ambas negaciones, y así completan su definición del ser de Dios, obsérvese, de nuevo, el absurdo que aparece al punto en esta opinión; se hallará, después de todos sus esfuerzos, en desacuerdo no solo con el Unigénito, sino consigo misma. El caso es claro y no requiere mucha detención. La idea de un comienzo y la idea de un fin se oponen una a otra; los significados de cada una difieren tanto como las otras oposiciones diamétricas, donde no hay proposición intermedia debajo. Si a alguien se le pide definir 'comienzo', no dará una definición idéntica a la de fin; sino que llevará su definición al extremo opuesto. Por tanto, también los dos contrarios de estas se separarán entre sí por la misma distancia de oposición; y lo que carece de comienzo, al ser contrario a lo que debe verse con un comienzo, será algo muy distinto de lo que no tiene fin, o sea, de la negación del fin. Si, pues, importan ambos atributos en el ser de Dios, me refiero a las negaciones del fin y del comienzo, exhibirán esta Divinidad suya como una combinación de dos cosas contradictorias y discordantes, porque las ideas contrarias al comienzo y al fin reproducen por su parte también la contradicción existente entre el comienzo y el fin. Los contrarios de cosas contradictorias son ellos mismos contradictorios entre sí. En efecto, es siempre un axioma verdadero que dos cosas naturalmente opuestas a dos cosas mutuamente opuestas se oponen ellas mismas entre sí; como podemos ver por ejemplo. El agua se opone al fuego; por tanto, también las fuerzas destructoras de estas se oponen entre sí; si la humedad es apta para extinguir el fuego, y la sequedad es apta para destruir el agua, la oposición del fuego al agua se continúa en aquellas cualidades mismas que les son contrarias; de modo que la sequedad se opone claramente a la humedad. Así, cuando hay que colocar el comienzo y el fin (diametralmente) opuestos entre sí, los términos contrarios a estos también se contradicen en su significado, me refiero a las negaciones del fin y del comienzo. Pues bien, si determinan que solo una de estas negaciones es indicativa del ser (para repetir mi afirmación anterior), darán testimonio solo de la mitad de la existencia de Dios, confinándola a la ausencia de comienzo y rehusando extenderla a la ausencia de fin; en cambio, si importan ambas en su definición, de hecho la exhibirán así como una combinación de contradicciones de la manera que se ha dicho; pues estas dos negaciones del comienzo y del fin, en virtud de la contradicción existente entre comienzo y fin, la dividirán en dos. Así que su Divinidad se hallará ser una especie de compuesto remendado, un conglomerado de contradicciones.
Pero no hay, ni habrá, en la Iglesia de Dios una enseñanza tal como esa, que pueda hacer que lo Uno, que es simple e incomposite, sea no solo multiforme y remendado, sino también combinación de opuestos. La simplicidad de la Fe verdadera asume que Dios es aquello que Él es, a saber, incapaz de ser aprehendido por término alguno, o idea alguna, o cualquier otro artificio de nuestra aprehensión, permaneciendo fuera del alcance no solo de la inteligencia humana, sino de la angélica y de toda inteligencia supramundana, impensable, inefable, por encima de toda expresión en palabras, teniendo un solo nombre que puede representar su naturaleza propia, el único nombre de ser 'sobre todo nombre'; lo cual se concede también al Unigénito, porque «todo lo que el Padre tiene es del Hijo.» La teoría ortodoxa permite que estas palabras, quiero decir «Ingenerado,» «Sin fin,» sean indicativas de la eternidad de Dios, pero no de su ser; de modo que «Ingenerado» significa que ninguna fuente o causa está más allá de Él, y «Sin fin» significa que su reino no será llevado a detenerse en fin alguno. «Tú eres el mismo,» dice el profeta, «y tus años no faltarán,» mostrando con «eres» que Él subsiste sin causa alguna, y con las palabras siguientes, que la bienaventuranza de su vida es incesante e interminable.
Pero, quizá, alguno incluso entre personas muy religiosas se detendrá ante estas investigaciones nuestras sobre la eternidad de Dios, y dirá que será difícil, por lo que hemos dicho, que la fe en el Unigénito escape ilesa. De dos doctrinas inaceptables, dirá, nuestro relato debe inevitablemente entrar en contacto con una. O bien sacaremos la conclusión de que el Hijo es Ingenerado, lo cual es absurdo; o bien le negaremos del todo la eternidad, negación que esa fraternidad de blasfemos hace su especialidad. Pues si la eternidad se caracteriza por no tener comienzo ni fin, es inevitable o que seamos impíos y neguemos al Hijo la eternidad, o que nos veamos llevados en nuestros pensamientos secretos acerca de Él a la idea de la no-engendración. Entonces, ¿qué responderemos? Que si, al concebir al Padre antes que al Hijo por el solo título de causalidad, insertáramos alguna marca de tiempo antes de la subsistencia del Unigénito, la creencia que tenemos en la eternidad del Hijo podría con razón decirse que está en peligro. Pero, tal como están las cosas, la naturaleza eterna, igualmente en el caso de la vida del Padre y del Hijo, y, asimismo, en lo que creemos acerca del Espíritu Santo, no admite el pensamiento de que alguna vez dejará de ser; pues donde no hay tiempo, el «cuándo» queda aniquilado con él. Y si el Hijo, apareciendo siempre con el pensamiento del Padre, se halla siempre en la categoría de la existencia, ¿qué peligro hay en confesar la eternidad del Unigénito, que «no tiene comienzo de días, ni fin de vida [].» Pues así como Él es Luz de Luz, Vida de Vida, Bien de Bien, y Sabio, Justo, Fuerte, y todo lo demás de la misma manera, así ciertamente es Él Eterno de Eterno.
Pero un amante de las disputas contenciosas se apodera del argumento, sobre la base de que tal secuencia lo haría Ingenerado de Ingenerado. Que enfríe, sin embargo, su corazón combativo e insista en las expresiones apropiadas; pues al confesar su '¿venida del Padre?', ha desterrado toda idea de no-engendración respecto del Unigénito; y no habrá entonces peligro alguno en proclamarlo Eterno y, sin embargo, no Ingenerado. Por una parte, porque la existencia del Hijo no está marcada por intervalos de tiempo, y la infinitud de su vida fluye hacia atrás antes de los siglos y hacia adelante más allá de ellos en una marea que todo lo penetra, se le dirige propiamente con el título de Eterno; por otra parte, a su vez, porque el pensamiento de Él como Hijo, de hecho y de título, nos da el pensamiento del Padre como inalienablemente unido a él, queda así a salvo de que se le impute una existencia ingenerada, mientras Él está siempre con un Padre que siempre es, como lo expresaron aquellas inspiradas palabras de nuestro Maestro, «ligado por vía de generación a la no-engendración de su Padre.» Nuestra explicación del Espíritu Santo será la misma también; la diferencia está solo en el lugar asignado en orden. Pues así como el Hijo está ligado al Padre, y, aunque derivando de Él la existencia, no es substancialmente después de Él, así también el Espíritu Santo está en contacto con el Unigénito, quien es concebido como anterior a la subsistencia del Espíritu solo en la luz teórica de una causa. Las extensiones en el tiempo no hallan admisión en la Vida eterna; de modo que, cuando hemos removido el pensamiento de causa, la Santísima Trinidad de ningún modo exhibe discordia consigo misma; y a Ella se debe la gloria.
1. El libro segundo declara la Encarnación de Dios el Verbo, y la fe entregada por el Señor a sus discípulos
y afirma que los herejes que se esfuerzan por derribar esta fe e inventan otros nombres añadidos son de su padre el diablo.
II, 1
La fe cristiana, que conforme al mandato de nuestro Señor ha sido predicada a todas las naciones por sus discípulos, no es de los hombres, ni por los hombres, sino por nuestro Señor Jesucristo mismo, quien siendo el Verbo, la Vida, la Luz, la Verdad, y Dios, y Sabiduría, y todo lo demás que Él es por naturaleza, por esta causa sobre todo fue hecho a semejanza del hombre, y compartió nuestra naturaleza, haciéndose semejante a nosotros en todo, pero sin pecado. Él fue semejante a nosotros en todo, en cuanto tomó sobre sí la humanidad en su totalidad con alma y cuerpo, para que nuestra salvación se realizara por medio de ambos: — Él, digo, apareció en la tierra y «conversó con los hombres []» para que los hombres ya no tuvieran opiniones según sus propias ideas acerca del Autoexistente, formulando como doctrina los indicios que les llegan de vagas conjeturas, sino para que nos convenciéramos de que Dios verdaderamente se ha manifestado en la carne, y creyéramos que ese es el único verdadero «misterio de la piedad []» que nos fue entregado por el mismo Verbo y Dios, quien por sí mismo habló a sus Apóstoles, y para que recibiéramos la enseñanza sobre la naturaleza trascendente de la Deidad que se nos da, por así decirlo, «a través de un espejo oscuramente []» de las Escrituras más antiguas, — de la Ley, de los Profetas y de los Libros Sapienciales, como una prueba de la verdad plenamente revelada a nosotros, aceptando con reverencia el significado de las cosas que han sido dichas, para concordar en la fe establecida por el Señor de toda la Escritura, fe que guardamos tal como la recibimos, palabra por palabra, en pureza, sin falsificación, juzgando incluso una leve divergencia de las palabras que nos fueron entregadas como una blasfemia e impiedad extremas. Creemos, entonces, tal como el Señor expuso la fe a sus discípulos, cuando dijo: «Id, enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo []». Esta es la palabra del misterio por la cual, mediante el nuevo nacimiento de lo alto, nuestra naturaleza es transformada de lo corruptible a lo incorruptible, siendo renovada desde «el hombre viejo» «conforme a la imagen de Aquel que creó» en el principio la semejanza a la Divinidad. En la fe, pues, que fue entregada por Dios a los Apóstoles no admitimos ni sustracción, ni alteración, ni adición, sabiendo con certeza que quien presume de pervertir la palabra divina mediante sofismas deshonestos, el mismo «es de su padre el diablo» quien abandona las palabras de verdad y «habla de lo suyo propio» haciéndose padre de mentira. [] Porque todo lo que se dice de modo distinto a la exacta concordancia con la verdad es ciertamente falso y no verdadero.
2. Gregorio hace luego una explicación extensa acerca del Padre eterno, del Hijo y del Espíritu Santo.
II, 2
Dado, pues, que esta doctrina es expuesta por la Verdad misma, se sigue que cualquier cosa que los inventores de herejías pestilentes ideen además para subvertir este pronunciamiento divino —como, por ejemplo, llamar al Padre «Hacedor» y «Creador» del Hijo en lugar de «Padre», y al Hijo un «resultado», una «criatura», un «producto», en lugar de «Hijo», y al Espíritu Santo «criatura de una criatura», y «producto de un producto», en lugar de su título propio «Espíritu», y todo lo que los que luchan contra Dios se complacen en decir de Él— todas esas quimeras las llamamos negación y violación de la Divinidad que se nos revela en esta doctrina. Porque de una vez para siempre hemos aprendido del Señor, por Quien viene la transformación de nuestra naturaleza de la mortalidad a la inmortalidad —de Él, digo, hemos aprendido a qué debemos mirar con los ojos de nuestro entendimiento— esto es, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Decimos que es algo terrible y destructor del alma interpretar mal estos pronunciamientos divinos e inventar en su lugar afirmaciones para subvertirlos —afirmaciones que pretenden corregir a Dios el Verbo, Quien dispuso que mantengamos estas declaraciones como parte de nuestra fe. Pues cada uno de estos títulos, entendido en su sentido natural, se convierte para los cristianos en una regla de verdad y una ley de piedad. Porque aunque hay muchos otros nombres con los que la Deidad es indicada en los Libros Históricos, en los Profetas y en la Ley, nuestro Maestro Cristo pasa por alto todos esos y nos confía estos títulos como más capaces de llevarnos a la fe acerca del Autoexistente, declarando que nos basta aferrarnos al título «Padre, Hijo y Espíritu Santo» para alcanzar la aprehensión de Aquel que es absolutamente Existente, que es uno y sin embargo no uno. En cuanto a la esencia es uno, por lo cual el Señor ordenó que miráramos a un solo Nombre: pero en cuanto a los atributos indicativos de las Personas, nuestra creencia en Él se distingue en creencia en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; Él está dividido sin separación, y unido sin confusión. Porque cuando oímos el título «Padre» aprehendemos que el significado es este, que el nombre no se entiende con referencia a sí mismo solamente, sino que también por su significación especial indica la relación con el Hijo. Pues el término «Padre» no tendría significado alguno por sí mismo, si «Hijo» no fuera connotado por la pronunciación de la palabra «Padre». Cuando, pues, aprendimos el nombre «Padre» fuimos enseñados al mismo tiempo, por el mismo título, a creer también en el Hijo. Ahora bien, puesto que la Deidad por su misma naturaleza es permanente e inmutablemente la misma en todo lo que pertenece a su esencia, ni en ningún tiempo dejó de ser algo que ahora es, ni en ningún tiempo futuro será algo que ahora no es, y puesto que Aquel que es el mismo Padre fue llamado Padre por el Verbo, y puesto que en el Padre está implícito el Hijo —siendo estas cosas así, creemos por necesidad que Aquel que no admite cambio ni alteración en su naturaleza fue siempre enteramente lo que ahora es, o, si hay algo que no fue, eso ciertamente no es ahora. Puesto que, entonces, es llamado Padre por el mismo Verbo, ciertamente siempre fue Padre, y es y será así como fue. Porque ciertamente no es lícito, al hablar de la Esencia divina e íntegra, negar que lo excelente le perteneció siempre. Porque si no fue siempre lo que ahora es, ciertamente cambió o de lo mejor a lo peor o de lo peor a lo mejor, y de estas afirmaciones la impiedad es igual en ambos sentidos, cualquiera que sea la afirmación que se haga sobre la naturaleza divina. Pero de hecho la Deidad es incapaz de cambio y alteración. Así, pues, todo lo que es excelente y bueno se contempla siempre en la fuente de la excelencia. Pero «el Dios Unigénito, que está en el seno del Padre» es excelente, y más allá de toda excelencia: — notad bien, dice Él, «Quien está en el seno del Padre», no «Quien llegó a estar» allí.
Bien, pues, ha quedado demostrado con estas pruebas que el Hijo debe contemplarse desde toda la eternidad en el Padre, en Quien Él es, siendo Vida y Luz y Verdad, y todo nombre y concepción noble — decir que el Padre existió alguna vez por Sí mismo aparte de estos atributos es un acto de suma impiedad e infatuación. Porque si el Hijo, como dice la Escritura, es el Poder de Dios, y Sabiduría, y Verdad, y Luz, y Santificación, y Paz, y Vida, y semejantes, entonces antes de que el Hijo existiera, según la opinión de los herejes, estas cosas tampoco tenían existencia alguna. Y si estas cosas no tenían existencia, ciertamente deben concebir el seno del Padre como desprovisto de tales excelencias. Para que, pues, el Padre no sea concebido como destituido de las excelencias que le son propias, y para que la doctrina no se desborde en esta extravagancia, la fe recta acerca del Hijo está necesariamente incluida en la palabra de nuestro Señor junto con la contemplación de la eternidad del Padre. Y por esta razón Él pasa por alto todos esos nombres que se emplean para indicar la excelencia sobreeminente de la naturaleza divina, y nos entrega como parte de nuestra profesión de fe el título de «Padre» como más adecuado para indicar la verdad, siendo un título que, como se ha dicho, por su sentido relativo connota consigo al Hijo, mientras el Hijo, que está en el Padre, siempre es lo que esencialmente es, como ya se ha dicho, porque la Deidad por su misma naturaleza no admite aumento. Pues Ella no percibe ningún otro bien fuera de Sí misma, por participación en el cual pudiera adquirir algún acrecentamiento, sino que es siempre inmutable, ni desechando lo que tiene, ni adquiriendo lo que no tiene: porque ninguna de sus propiedades es tal que pueda ser desechada. Y si hay algo en absoluto bendito, inmaculado, verdadero y bueno, asociado con Él y en Él, vemos por necesidad que el buen y santo Espíritu debe pertenecerle, no por modo de acrecentamiento. Ese Espíritu es indiscutiblemente un Espíritu principesco, un Espíritu vivificante, la fuerza controladora y santificadora de toda la creación, el Espíritu que «obra todo en todos» como Él quiere. [] Así no concebimos brecha alguna entre el Cristo ungido y su unción, entre el Rey y su soberanía, entre la Sabiduría y el Espíritu de Sabiduría, entre la Verdad y el Espíritu de Verdad, entre el Poder y el Espíritu de Poder, sino que así como se contempla desde toda la eternidad en el Padre al Hijo, que es Sabiduría y Verdad, y Consejo, y Potencia, y Conocimiento, y Entendimiento, así también se contempla en Él al Espíritu Santo, que es el Espíritu de Sabiduría, y de Verdad, y de Consejo, y de Entendimiento, y todo lo demás que el Hijo es y es llamado. Por lo cual decimos que a los santos discípulos el misterio de la piedad les fue confiado en una forma que expresa a la vez unión y distinción — que debíamos creer en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Porque la diferenciación de las subsistencias hace clara y libre de confusión la distinción de las Personas, mientras que el único Nombre que se destaca en primer plano de la declaración de la fe nos expone claramente la unidad de esencia de las Personas que la fe declara — quiero decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Porque por estas apelaciones se nos enseña no una diferencia de naturaleza, sino solo los atributos especiales que marcan las subsistencias, de modo que sepamos que ni el Padre es el Hijo, ni el Hijo es el Padre, ni el Espíritu Santo es el Padre o el Hijo, y reconozcamos a cada uno por la marca distintiva de su Subsistencia Personal, en perfección ilimitada, contemplado a la vez por Sí mismo y no dividido de aquello con lo que está conectado.