la ausencia de alienación de esencia en el caso de lo «engendrado» y lo «ingenerado.»
III, 3
Ahora bien, puesto que se ha hecho manifiesto el conflicto de Eunomio consigo mismo, donde se ha mostrado que se contradice, diciendo a veces: «Debe ser llamado 'Hijo' según la naturaleza, porque es engendrado»; y otras, que porque es creado, ya no se le llama «Hijo», sino «producto», pienso que es justo que el lector cuidadoso y atento, ya que no es posible que, cuando dos afirmaciones están en mutua contradicción, la verdad se halle igualmente en ambas, rechace de las dos la que es impía y blasfema— me refiero a la concerniente a la «criatura» y al «producto», y asienta solo a la que es de tendencia ortodoxa, la cual confiesa que la denominación de «Hijo» se atribuye naturalmente al Dios unigénito: de modo que la palabra de verdad parecería ser recomendada incluso por la voz de sus enemigos.
Reanudo, sin embargo, mi discurso, retomando aquel punto de su argumento que inicialmente habíamos dejado de lado. «No nos negamos», dice, «a llamar al Hijo, puesto que es engendrado, incluso con el nombre de 'producto de la generación', ya que la misma esencia engendrada y la denominación de 'Hijo' hacen apropiada tal relación de palabras.» Entretanto, recuerde el lector que sigue críticamente el argumento que, al hablar de la «esencia engendrada» en el caso del Unigénito, nos permite por consecuencia hablar de la «esencia ingenerada» en el caso del Padre; de modo que ni la ausencia de generación ni la generación pueden ya suponerse que constituyan la esencia, sino que la esencia debe tomarse por separado, y su ser o no ser engendrada debe concebirse aparte mediante los atributos propios contemplados en ella. Consideremos, no obstante, con más cuidado su argumento sobre este punto. Dice que una esencia ha sido engendrada y que el nombre de esta esencia engendrada es «Hijo». Ahora bien, en este punto nuestro argumento convencerá al de nuestros adversarios por dos razones: primero, por un intento de bribonería; segundo, por la flojedad de su intento contra nosotros. Pues hace de bribón cuando habla de «generación de la esencia» para establecer su oposición entre las esencias, una vez que están divididas en cuanto a una diferencia de naturaleza entre lo «engendrado» y lo «ingenerado»; mientras que la flojedad de su intento se muestra por las mismas posiciones que su bribonería trata de establecer. Porque quien dice que la esencia es engendrada, claramente define la generación como algo distinto de la esencia, de modo que la significación de la generación no puede asignarse a la palabra «esencia». Pues no ha representado en este pasaje la cuestión como hace a menudo, diciendo que la generación es la esencia misma, sino que reconoce que la esencia es engendrada, de modo que se produce en sus lectores una noción distinta en el caso de cada palabra: pues una concepción surge en quien oye que fue engendrada, y otra es suscitada por el nombre de «esencia». Nuestro argumento puede hacerse más claro con un ejemplo. El Señor dice en el Evangelio que una mujer, cuando se acerca su parto, está en dolor, pero después se regocija con gozo porque un hombre ha nacido al mundo. Como, pues, en este pasaje derivamos del Evangelio dos concepciones distintas—una, el nacimiento que concebimos como por vía de generación; la otra, la que resulta del nacimiento (pues el nacimiento no es el hombre, sino que el hombre es por el nacimiento)—así también aquí, cuando Eunomio confiesa que la esencia fue engendrada, aprendemos por la última palabra que la esencia proviene de algo, y por la primera concebimos aquel sujeto mismo que tiene su ser real de algo. Si, pues, la significación de esencia es una cosa, y la palabra que expresa la generación nos sugiere otra concepción, sus ingeniosos artificios quedan completamente arruinados, como vasos de barro lanzados uno contra otro y mutuamente hechos añicos. Pues ya no les será posible, si aplican la oposición de lo «engendrado» y lo «ingenerado» a la esencia del Padre y del Hijo, aplicar al mismo tiempo a las cosas mismas el mutuo conflicto entre estos nombres. Pues como Eunomio confiesa que la esencia es engendrada (visto que el ejemplo del Evangelio explica el significado de tal frase, donde, cuando oímos que un hombre es engendrado, no concebimos que el hombre sea lo mismo que su generación, sino que recibimos una concepción separada en cada una de las dos palabras), ciertamente ya no se permitirá a la herejía expresar con tales palabras su doctrina de la diferencia de las esencias. Para que, sin embargo, nuestra exposición de estas cosas quede aclarada lo más posible, discutamos una vez más el punto del modo siguiente. El que formó el universo hizo la naturaleza del hombre con todas las cosas en el principio, y después de ser hecho Adán, estableció entonces para los hombres la ley de generación de unos a partir de otros, diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos [].» Ahora bien, mientras Abel vino a la existencia por vía de generación, ¿qué hombre razonable negaría que, en el sentido real de la generación humana, Adán existió ingeneradamente? Sin embargo, el primer hombre tenía en sí la definición completa de la naturaleza esencial del hombre, y el que fue engendrado de él fue inscrito bajo el mismo nombre esencial. Pero si la esencia que fue engendrada se hiciera algo distinto de la que no fue engendrada, el mismo nombre esencial no se aplicaría a ambas: pues de aquellas cosas cuya esencia es diferente, el nombre esencial tampoco es el mismo. Puesto que, entonces, la naturaleza esencial de Adán y de Abel está marcada por las mismas características, debemos ciertamente estar de acuerdo en que una sola esencia está en ambos, y que el uno y el otro se muestran en la misma naturaleza. Pues Adán y Abel son ambos uno en lo que se refiere a la definición de su naturaleza, pero se distinguen el uno del otro sin confusión por los atributos individuales observados en cada uno de ellos. No podemos, por tanto, decir propiamente que Adán engendró otra esencia además de sí mismo, sino más bien que de sí mismo engendró otro yo, con el cual fue producida la definición entera de la esencia de quien lo engendró. Lo que, pues, aprendemos en el caso de la naturaleza humana mediante la guía inferencial que nos ofrece la definición, esto creo que debemos tomarlo como guía también para la aprehensión pura de las doctrinas divinas. Pues cuando hayamos sacudido de las doctrinas divinas y excelsas todas las nociones carnales y materiales, seremos conducidos con toda seguridad por la concepción restante, una vez purgada de tales ideas, a las cumbres sublimes e inaccesibles. Incluso nuestros adversarios confiesan que Dios, que está sobre todo, es y es llamado Padre del Unigénito, y además dan al Dios unigénito, que es del Padre, el nombre de «engendrado» por razón de ser engendrado. Puesto que, entonces, entre los hombres la palabra «padre» tiene ciertos significados que se le atribuyen, de los cuales la naturaleza pura es ajena, conviene que un hombre deje de lado todas las concepciones materiales que entran por asociación con el significado carnal de la palabra «padre», y forme en el caso del Dios y Padre una concepción que convenga a la naturaleza divina, expresiva solo de la realidad de la relación. Puesto que, por tanto, en la noción de un padre humano se incluye no solo todo lo que la carne sugiere a nuestros pensamientos, sino que también se concibe ciertamente una noción de intervalo con la idea de la paternidad humana, sería bueno, en el caso de la generación divina, rechazar, junto con la impureza corporal, también la noción de intervalo, para que lo que propiamente pertenece a la materia sea completamente purgado, y la generación trascendente sea clara, no solo de la idea de pasión, sino de la de intervalo.
Ahora bien, el que dice que Dios es Padre unirá con el pensamiento de que Dios es, el pensamiento ulterior de que Él es algo: pues lo que tiene su ser desde algún comienzo, ciertamente deriva también de algo el comienzo de su ser, sea lo que sea; pero Aquel en cuyo caso el ser no tuvo comienzo, no tiene su comienzo de nada, aunque contemplemos en Él algún otro atributo además de la simple existencia. Pues bien, Dios es Padre. De ello se sigue que Él es lo que es desde la eternidad: porque no llegó a ser, sino que es Padre: pues en Dios lo que era, es y será. Por otra parte, si una vez no fue algo, entonces ni es ni será esa cosa: pues no se cree que Él sea Padre de un Ser tal que pueda afirmarse piadosamente que Dios existió una vez por Sí mismo sin ese Ser. Porque el Padre es Padre de la Vida, y de la Verdad, y de la Sabiduría, y de la Luz, y de la Santificación, y del Poder, y de todo lo demás de semejante índole que el Unigénito es o es llamado. Así, cuando los adversarios alegan que la Luz «una vez no fue», no sé a cuál se hace mayor injuria, si a la Luz, en cuanto que la Luz no es, o a Aquel que tiene la Luz, en cuanto que no tiene la Luz. Lo mismo con la Vida y la Verdad y el Poder, y todos los demás caracteres en los cuales el Unigénito llena el seno del Padre, siendo todas las cosas en su propia plenitud. Pues el absurdo será igual por ambos lados, y la impiedad contra el Padre igualará a la blasfemia contra el Hijo: pues al decir que el Señor «una vez no fue», no solo afirmarás la inexistencia del Poder, sino que estarás diciendo que el Poder de Dios, que es el Padre del Poder, «no fue». Así, la afirmación hecha por vuestra doctrina de que el Hijo «una vez no fue» no establece otra cosa que una privación de todo bien en el caso del Padre. Mira a qué fin conduce la agudeza de estos sabios, cómo por ellos se cumple la palabra del Señor que dice: «El que me desprecia, desprecia al que me envió»: pues por los mismos argumentos con que desprecian la existencia en cualquier tiempo del Unigénito, también deshonran al Padre, despojando por su doctrina de la gloria del Padre todo buen nombre y toda buena concepción.
la identidad de esencia y la comunidad de naturaleza (donde se halla una investigación natural sobre la producción del vino), y que los términos «Hijo» y «producto» en la denominación del Unigénito incluyen una idea semejante de relación.
III, 4
Lo dicho, por tanto, ha puesto claramente de manifiesto la flojedad que se halla en la bellaquería de nuestro autor, quien, mientras se afana por establecer la oposición de la esencia del Unigénito a la del Padre, mediante el método de llamar a la una «ingenerada» y a la otra «engendrada», queda convicto de jugar al necio con sus argumentos inconsistentes. Pues se mostró por sus propias palabras, primero, que el nombre de «esencia» significa una cosa, y el de «engendración» otra; y después, que no vino a la existencia, con el Hijo, ninguna esencia nueva y diferente además de la esencia del Padre, sino que lo que el Padre es en cuanto a la definición de su naturaleza, eso también es Aquel que es del Padre, al no cambiar la naturaleza en diversidad en la Persona del Hijo, según la verdad del argumento desplegado por nuestra consideración de Adán y Abel. Pues como, en aquel caso, el que no fue engendrado de modo semejante era, no obstante, en lo que concierne a la definición de la esencia, el mismo que el que fue engendrado, y la generación de Abel no produjo ningún cambio en la esencia, así, en el caso de estas puras doctrinas, el Dios unigénito no produjo, por su propia generación, ningún cambio en sí mismo en la esencia de Aquel que es ingenerado (saliendo, como dice el Evangelio, del Padre, y estando en el Padre), sino que es, según el lenguaje simple y llano del credo que profesamos, «Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,» siendo el uno todo lo que el otro es, salvo el ser ese otro. En cuanto, sin embargo, al fin por el cual lleva adelante esta construcción de sistemas, creo que no hay necesidad de que yo exprese por ahora opinión alguna, si es audaz y peligroso, o cosa lícita y libre de peligro, transformar las frases que se emplean para significar la naturaleza divina de unas en otras, y llamar a Aquel que es engendrado con el nombre de «producto de la generación.»
Dejo pasar estas cuestiones, para que mi discurso no se ocupe demasiado en la contienda contra puntos menores y descuide los mayores; pero digo que debemos considerar cuidadosamente la cuestión de si la relación natural introduce el uso de estos términos: pues esto ciertamente afirma Eunomio, que con la afinidad de las denominaciones se afirma también una relación esencial. Pues no diría, supongo, que los meros nombres por sí mismos, aparte del sentido de las cosas significadas, tengan relación o afinidad mutua alguna; sino que todos disciernen la relación o diversidad de las denominaciones por los significados que las palabras expresan. Si, por tanto, confiesa que «el Hijo» tiene una relación natural con «el Padre», dejemos las denominaciones y consideremos la fuerza que se halla en sus significados, si en su afinidad discernimos diversidad de esencia, o aquello que es afín y propio. Decir que hallamos diversidad es pura locura. Pues ¿cómo algo sin parentesco ni comunidad «conserva el orden», conexo y conforme, en los nombres, donde «la esencia engendrada misma», como él dice, «y la denominación de "Hijo" hacen apropiada tal relación de palabras»? Si, por otra parte, dijera que estas denominaciones significan relación, aparecerá necesariamente en el papel de abogado de la comunidad de esencia, y como quien sostiene el hecho de que por la afinidad de los nombres se significa también la conexión de los sujetos: y esto lo hace a menudo en su composición sin darse cuenta. Pues, por los argumentos con los que se esfuerza en destruir la verdad, a menudo es él mismo arrastrado sin querer a una defensa de las mismas doctrinas contra las que contiende. Algo así nos cuenta la historia acerca de Saúl, que una vez, cuando se movía en ira contra los profetas, fue vencido por la gracia, y se halló como uno de los inspirados (queriendo el Espíritu de profecía, supongo, instruir al apóstata por medio de sí mismo), de donde la naturaleza sorprendente del acontecimiento se convirtió en proverbio en su vida posterior, según registra la historia una expresión a modo de asombro: «¿También Saúl entre los profetas []?»
¿En qué punto, pues, asiente Eunomio a la verdad? ¿Cuando dice que el Señor mismo, «siendo el Hijo del Dios vivo, no avergonzándose de su nacimiento de la Virgen, a menudo se llamó a sí mismo, en sus propias palabras, "el Hijo del Hombre"? Pues esta frase también la aducimos nosotros como prueba de la comunidad de esencia, porque el nombre de «Hijo» muestra que la comunidad de naturaleza es igual en ambos casos. Pues como Él es llamado Hijo del Hombre por razón del parentesco de su carne con aquella de quien nació, así también es concebido, ciertamente, como el Hijo de Dios, por razón de la conexión de su esencia con aquello de lo cual tiene su existencia, y este argumento es el arma más grande de la verdad. Pues nada señala tan claramente a Aquel que es el «mediador entre Dios y los hombres []» (como lo llamó el gran Apóstol), como el nombre de «Hijo,» igualmente aplicable a una y otra naturaleza, la divina o la humana. Pues la misma Persona es Hijo de Dios, y fue hecho, en la Encarnación, Hijo del Hombre, para que, por su comunión con cada una, ligara por sí mismo lo que estaba dividido por naturaleza. Ahora bien, si al hacerse Hijo del Hombre estuviera sin participación en la naturaleza humana, sería lógico decir que tampoco comparte la esencia divina, aunque sea Hijo de Dios. Pero si toda la naturaleza compuesta del hombre estaba en Él (pues fue «tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» []), es ciertamente necesario creer que toda propiedad de la esencia trascendente está también en Él, porque la palabra «Hijo» reclama para Él ambas por igual: la humana en el hombre, pero en el Dios la divina.
Si, pues, las denominaciones, como dice Eunomio, indican relación, y la existencia de la relación se observa en las cosas, no en el mero sonido de las palabras (y por cosas entiendo las cosas concebidas en sí mismas, si no es demasiado audaz hablar así del Hijo y del Padre), ¿quién negaría que el mismísimo campeón de la blasfemia ha sido arrastrado por su propia acción a la defensa de la ortodoxia, derribando por sus propios medios sus propios argumentos, y proclamando la comunidad de esencia en el caso de las doctrinas divinas? Pues el argumento que sin querer arroja en la balanza del lado de la verdad no habla falsamente en cuanto a este punto: que Él no habría sido llamado Hijo si la concepción natural de los nombres no verificara tal llamamiento. Pues como un banco no es llamado hijo del artesano, y ningún hombre cuerdo diría que el constructor engendró la casa, y no decimos que la viña es el «producto» del viñador, sino que llamamos obra a lo que un hombre hace, e hijo de un hombre al que es engendrado por él, (para, supongo, que el significado propio se adhiera por medio de los nombres a los respectivos sujetos), así también, cuando se nos enseña que el Unigénito es Hijo de Dios, no entendemos por esta denominación una criatura de Dios, sino lo que la palabra «Hijo» en su significación realmente muestra. Y aunque el vino sea nombrado por la Escritura como «producto» de la vid, ni aun así sufrirá nuestro argumento respecto a la doctrina ortodoxa por esta identidad de nombre. Pues no llamamos al vino «producto» de la encina, ni a la bellota «producto» de la vid, sino que usamos la palabra solo si hay alguna comunidad natural entre el «producto» y aquello de lo que proviene. Pues la humedad en la vid, que se extrae de la raíz a través del tallo por la médula, es, en su poder natural, agua: pero, al pasar en secuencia ordenada por los caminos de la naturaleza, y fluir de lo más bajo a lo más alto, cambia a la cualidad de vino, un cambio al que contribuyen en algún grado los rayos del sol, que con su calor extraen la humedad de la profundidad hacia los brotes, y por un proceso propio y adecuado de maduración hacen de la humedad vino: de modo que, en lo que concierne a su naturaleza, no hay diferencia entre la humedad que existe en la vid y el vino que se produce de ella. Pues la una forma de humedad proviene de la otra, y nadie podría decir que la causa del vino sea otra cosa que la humedad que naturalmente existe en los brotes. Pero, en lo que concierne a la humedad, las diferencias de cualidad no producen alteración, sino que se hallan cuando alguna peculiaridad discierne la humedad que está en forma de vino de la que está en los brotes, estando una de las dos formas acompañada de astringencia, o dulzura, o acidez, de modo que en substancia las dos son lo mismo, pero se distinguen por diferencias cualitativas. Como, por tanto, cuando oímos de la Escritura que el Dios unigénito es Hijo del hombre, aprendemos por el parentesco expresado en el nombre su afinidad con el hombre verdadero, así también, si el Hijo es llamado, en la frase de los adversarios, un «producto,» no aprendemos menos, incluso por este nombre, su parentesco en esencia con Aquel que lo ha «producido», por el hecho de que el vino, que es llamado «producto» de la vid, se ha hallado que no es ajeno, en lo que concierne a la idea de humedad, al poder natural que reside en la vid. En efecto, si uno examinara juiciosamente las cosas dichas por nuestros adversarios, tienden a nuestra doctrina, y su sentido clama contra sus propias fabricaciones, mientras se esfuerzan en todos los puntos por establecer su «diferencia de esencia.» Sin embargo, no es en absoluto fácil conjeturar de dónde fueron llevados a tales concepciones. Pues si la denominación de «Hijo» no significa meramente «ser de algo,» sino que por su significación nos presenta especialmente, como el propio Eunomio dice, relación en cuanto a naturaleza, y el vino no es llamado «producto» de una encina, y aquellos «productos» o «generación de víboras,» de los que el Evangelio habla en algún lugar, son serpientes y no ovejas, es claro que, en el caso del Unigénito también, la denominación de «Hijo» o de «producto» no transmitiría el significado de relación con algo de otra clase: sino que incluso si, según la frase de nuestros adversarios, Él es llamado «producto de la generación,» y el nombre de «Hijo,» como ellos confiesan, tiene referencia a la naturaleza, el Hijo es ciertamente de la esencia de Aquel que lo ha engendrado o «producido», no de la de algún otro entre las cosas que contemplamos como externas a esa naturaleza. Y si Él es verdaderamente de Él, no es ajeno a todo lo que pertenece a Aquel de quien es, como también en los otros casos se mostró que todo lo que tiene su existencia de algo por vía de generación es claramente de la misma clase que aquello de donde provino.
5. Discute la incomprehensibilidad de la esencia divina, y el dicho a la mujer de Samaria, «Vosotros adoráis lo que no sabéis.»
III, 5
Ahora bien, si alguien pidiera alguna interpretación, y descripción, y explicación de la esencia divina, no vamos a negar que en este género de sabiduría somos indoctos, reconociendo solo esto: que no es posible que aquello que por naturaleza es infinito sea comprendido en concepción alguna expresada por palabras. El hecho de que la grandeza divina no tiene límite es proclamado por la profecía, que declara expresamente que de su esplendor, su gloria, su santidad, «no hay fin:» y si lo que le rodea no tiene límite, mucho más Él mismo en su esencia, sea cual fuere, no es comprendido por limitación alguna en modo alguno. Si, pues, la interpretación por medio de palabras y nombres implica por su significado alguna suerte de comprehensión del sujeto, y si, por otra parte, lo que es ilimitado no puede ser comprendido, nadie podría razonablemente acusarnos de ignorancia, si no somos audaces respecto de lo que nadie debería emprender. Pues ¿con qué nombre puedo describir lo incomprehensible? ¿Con qué discurso puedo declarar lo indecible? En consecuencia, puesto que la Deidad es demasiado excelente y excelsa para ser expresada en palabras, hemos aprendido a honrar en silencio lo que trasciende el habla y el pensamiento: y si aquel que «piensa de sí más de lo que debe pensar [],» pisotea este cuidadoso discurso nuestro, burlándose de nuestra ignorancia de las cosas incomprehensibles, y reconoce una diferencia de desemejanza en aquello que no tiene figura, ni límite, ni tamaño, ni cantidad (me refiero al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo), y aduce para reprochar nuestra ignorancia aquella frase que continuamente alegan los discípulos del engaño, "Vosotros adoráis lo que no sabéis", si no conocéis la esencia de aquello que adoráis,» seguiremos el consejo del profeta, y no temeremos el reproche de los necios, ni seremos llevados por sus injurias a hablar osadamente de cosas indecibles, haciendo a aquel orador inexperto Pablo nuestro maestro en los misterios que trascienden el conocimiento, quien está tan lejos de pensar que la naturaleza divina está al alcance de la percepción humana, que llama incluso a los juicios de Dios «inescrutables,» y a sus caminos «insondables [],» y afirma que las cosas prometidas a los que le aman, por sus buenas obras hechas en esta vida, están por encima de la comprehensión, de modo que no es posible verlas con el ojo, ni recibirlas por el oído, ni contenerlas en el corazón. Aprendiendo esto, por tanto, de Pablo, declaramos osadamente que no solo los juicios de Dios son demasiado altos para los que intentan escudriñarlos, sino que los caminos también que conducen al conocimiento de Él son hasta ahora no hollados e intransitables. Pues esto es lo que entendemos que el Apóstol quiere significar, cuando llama a los caminos que conducen a lo incomprehensible «insondables,» mostrando por la frase que ese conocimiento es inalcanzable por los cálculos humanos, y que nadie jamás puso su entendimiento en tal senda de razonamiento, ni mostró rastro o señal alguna de un acercamiento, por vía de percepción, a las cosas incomprehensibles.
Aprendiendo estas cosas, pues, de las sublimes palabras del Apóstol, argumentamos, por el pasaje citado, de esta manera:— Si sus juicios no pueden ser escudriñados, y sus caminos no son rastreados, y la promesa de sus bienes trasciende toda representación que nuestras conjeturas puedan trazar, cuánto más su Divinidad actual es más alta y excelsa, en cuanto a ser indecible e inaccesible, que aquellos atributos que se conciben como acompañándola, de los cuales el divinamente instruido Pablo declara que no hay conocimiento:— y por este medio confirmamos en nosotros la doctrina de la que se burlan, confesándonos inferiores a ellos en el conocimiento de aquellas cosas que están más allá del alcance del conocimiento, y declaramos que realmente adoramos lo que conocemos. Ahora bien, conocemos la alteza de la gloria de Aquel a quien adoramos, por el hecho mismo de que no somos capaces por el razonamiento de comprender en nuestros pensamientos el carácter incomparable de su grandeza; y aquel dicho de nuestro Señor a la mujer samaritana, que es aducido contra nosotros por nuestros enemigos, podría más propiamente dirigirse a ellos. Pues las palabras, «Vosotros adoráis lo que no sabéis,» el Señor las habla a la mujer samaritana, prejuiciada como estaba por ideas corpóreas en sus opiniones acerca de Dios: y a ella la frase bien se aplica, porque los samaritanos, pensando que adoran a Dios, y al mismo tiempo suponiendo que la Deidad está asentada corporalmente en un lugar, lo adoran solo de nombre, adorando otra cosa, y no a Dios. Pues nada es divino que se conciba como circunscrito, sino que pertenece a la Divinidad estar en todos los lugares, y penetrar todas las cosas, y no ser limitado por nada: de modo que los que luchan contra Cristo hallan que la frase que aducen contra nosotros se torna en acusación de ellos mismos. Pues, como los samaritanos, suponiendo que la Deidad estaba rodeada por alguna circunscripción de lugar, fueron reprendidos por las palabras que oyeron, "Vosotros adoráis lo que no sabéis, y vuestro servicio es inútil para vosotros, pues un Dios que se considera asentado en algún lugar no es Dios",» — así bien podría uno decir a los nuevos samaritanos, «Al suponer que la Deidad es limitada por la ausencia de generación, como por algún límite local, "adoráis lo que no sabéis", prestando servicio a Él en verdad como Dios, pero no sabiendo que la infinitud de Dios excede toda la significación y comprehensión que los nombres pueden suministrar.»
6. A continuación expone la denominación de «Hijo», y de «producto de la generación», y muchísimas variedades de «hijos»
de Dios, de hombres, de carneros, de perdición, de luz y de día.
III, 6
Pero nuestro discurso se ha apartado demasiado del tema que tenemos ante nosotros, al seguir las cuestiones que surgen de vez en cuando por vía de inferencia. Reanudemos, pues, una vez más su secuencia, pues imagino que la frase examinada ha quedado suficientemente demostrada, por lo que hemos dicho, como contradictoria no solo con la verdad, sino también consigo misma. Porque si, según su opinión, la relación natural con el Padre queda establecida por la denominación de «el Hijo», y así con la de «producto de la generación» respecto de Aquel que lo ha engendrado (como la sabiduría de estos hombres modela falsamente los términos que significan la naturaleza divina en una disposición verbal, según cierta frivolidad gramatical), nadie podría dudar ya de que la mutua relación de los nombres establecida por la naturaleza es una prueba de su parentesco, o más bien de su identidad de esencia. Pero que nuestro discurso no se limite a girar en torno a las palabras de nuestros adversarios, para que la doctrina ortodoxa no parezca alcanzar la victoria solo por la debilidad de quienes luchan contra ella, sino que aparezca provista de abundante fuerza en sí misma. Fortalezcamos, pues, el argumento adverso tanto como nos sea posible, con una defensa más enérgica, para que la superioridad de nuestra fuerza sea reconocida con plena confianza, al someter también a la prueba infalible de la verdad los argumentos que nuestros adversarios han omitido. Quien contienda en favor de nuestros adversarios dirá tal vez que el nombre de «Hijo», o de «producto de la generación», no establece en modo alguno el hecho del parentesco natural. Pues en la Escritura se usa el término «hijo de ira», y «hijo de perdición []», y «producto de víbora;» y en tales nombres ciertamente no se manifiesta comunidad alguna de naturaleza. Pues Judas, que es llamado «el hijo de perdición», no es en su substancia el mismo que la perdición, según lo que entendemos por la palabra. Pues la significación del «hombre» en Judas es una cosa, y la de «perdición» es otra. Y el argumento puede establecerse igualmente a partir de un caso contrario. Pues quienes son llamados en cierto sentido «hijos de luz», y «hijos del día []», no son lo mismo que la luz y el día en cuanto a la definición de su naturaleza, y las piedras son hechas hijos de Abraham cuando reclaman su parentesco con él por la fe y las obras; y quienes son «guiados por el Espíritu de Dios», como dice el Apóstol, son llamados «hijos de Dios []», sin ser lo mismo que Dios en cuanto a la naturaleza; y se podrían recoger muchos ejemplos semejantes de la Escritura inspirada, por medio de los cuales el engaño, como una imagen adornada con los testimonios de la Escritura, se disfraza con la semejanza de la verdad.
Pues bien, ¿qué decimos a esto? La divina Escritura sabe usar la palabra «Hijo» en ambos sentidos, de modo que en algunos casos tal denominación se deriva de la naturaleza, y en otros es adventicia y artificial. Pues cuando habla de «hijos de los hombres», o de «hijos de carneros», señala la relación esencial de lo engendrado con aquello de lo cual tiene su ser; pero cuando habla de «hijos de poder», o de «hijos de Dios», nos presenta aquel parentesco que resulta de la elección. Y, además, también en sentido opuesto, las mismas personas son llamadas «hijos de Elí», y «hijos de Belial», adaptándose fácilmente la denominación de «hijos» a una u otra idea. Pues cuando son llamados «hijos de Elí», se declara que tienen relación natural con él, pero al ser llamados «hijos de Belial», son reprobados por la maldad de su elección, por no emular ya a su padre en la vida, sino por entregar su propio propósito al pecado. En el caso, pues, de esta naturaleza inferior nuestra, y de las cosas que nos conciernen, como la naturaleza humana está igualmente inclinada a uno y otro lado (quiero decir, al vicio y a la virtud), está en nuestro poder llegar a ser hijos de la noche o del día, mientras nuestra naturaleza permanece, en lo que atañe a su parte principal, dentro de sus límites propios. Pues ni el que por el pecado se hace hijo de ira queda alienado de su generación humana, ni el que por elección se entrega al bien rechaza su origen humano por el refinamiento de sus costumbres, sino que, mientras la naturaleza en cada caso permanece la misma, las diferencias de su propósito asumen los nombres de su parentesco, según lleguen a ser hijos de Dios por la virtud, o de lo contrario por el vicio.
Pero ¿cómo Eunomio, al menos en el caso de las doctrinas divinas— él, que «conserva el orden natural» (pues usaré las mismísimas palabras de nuestro autor), «y se atiene a las cosas que nos son conocidas desde el principio, y no rehúsa llamar al que es engendrado con el nombre de 'producto de la generación', puesto que la propia esencia engendrada» (como dice) «y la denominación de 'Hijo' hace apropiada tal relación de palabras»—, ¿cómo aleja al Engendrado del parentesco esencial con Aquel que lo engendró? Pues en el caso de aquellos que son llamados «hijos» o «productos» por vía de reproche, o también donde alguna alabanza acompaña a tales nombres, no podemos decir que alguien sea llamado «hijo de ira» siendo al mismo tiempo realmente engendrado por la ira; ni tampoco tuvo nadie al día por madre, en sentido corpóreo, para que fuera llamado hijo suyo; sino que es la diferencia de su voluntad la que da ocasión a nombres de tal parentesco. Aquí, sin embargo, dice Eunomio: «no rehusamos llamar al Hijo, puesto que es engendrado, con el nombre de 'producto de la generación', ya que la esencia engendrada», nos dice, «y la denominación de 'Hijo' hace apropiada tal relación de palabras». Si, pues, confiesa que tal relación de palabras se hace apropiada por el hecho de que el Hijo es realmente un «producto de la generación», ¿cómo es oportuno asignar semejante razón de los nombres, tanto a los que se usan inexactamente por vía de metáfora como a aquellos donde la relación natural, según nos dice Eunomio, hace apropiado tal uso de los nombres? Semejante explicación ciertamente solo es verdadera en el caso de aquellos cuya naturaleza es una tierra fronteriza entre la virtud y el vicio, donde uno a menudo comparte por turno clases opuestas de nombres, llegando a ser hijo, ora de la luz, ora de las tinieblas, por razón de su afinidad con el bien o con su contrario. Pero donde los contrarios no tienen lugar, ya no se podría decir que la palabra «Hijo» se aplica metafóricamente, de manera semejante a como en el caso de aquellos que por elección se apropian el título. Pues no se podría llegar a esta opinión: que, así como un hombre que abandona las obras de las tinieblas se hace, por su vida decente, hijo de la luz, así también el Dios unigénito recibió el nombre más honorable como resultado de un cambio desde el estado inferior. Pues uno que es hombre se hace hijo de Dios al unirse a Cristo por generación espiritual; pero Aquel que por sí mismo hace al hombre hijo de Dios no necesita otro Hijo que le otorgue la adopción de hijo, sino que tiene también el nombre de aquello que es por naturaleza. El hombre se cambia a sí mismo, trocando el hombre viejo por el nuevo; pero ¿a qué habrá de ser cambiado Dios, para recibir lo que no tiene? El hombre se despoja de sí mismo y se reviste de la naturaleza divina; pero ¿qué se despoja, o de qué se reviste, Aquel que es siempre el mismo? El hombre se hace hijo de Dios, recibiendo lo que no tiene y dejando de lado lo que tiene; pero Aquel que nunca ha estado en el estado del vicio no tiene nada que recibir ni nada que abandonar. Además, el hombre puede, por una parte, ser llamado con verdad hijo de alguien, cuando se habla con referencia a su naturaleza; y, por otra, puede ser llamado así inexactamente, cuando la elección de su vida le impone el nombre. Pero Dios, siendo el único Bien, en una naturaleza única e incompuesta, mira siempre del mismo modo, y nunca es cambiado por el impulso de la elección, sino que siempre quiere lo que es, y es, ciertamente, lo que quiere; de modo que es en ambos respectos propia y verdaderamente llamado Hijo de Dios, puesto que su naturaleza contiene el bien, y su elección tampoco se aparta jamás de lo más excelente, de modo que esta palabra se emplea, sin inexactitud, como su nombre. Así, no hay lugar para que estos argumentos (que, en la persona de nuestros adversarios, hemos estado oponiendo a nosotros mismos) sean presentados por nuestros adversarios como una objeción a la afinidad en cuanto a la naturaleza.
y una discusión de los términos «engendrado» y «no engendrado».
III, 7
Pero, como —no sé cómo ni por qué— odian y aborrecen la verdad, le dan ciertamente el nombre de «Hijo», mas, para evitar el testimonio que esta palabra daría a la comunidad de esencia, separan la palabra del sentido incluido en el nombre, y conceden al Unigénito el nombre de «Hijo» como cosa vacía, otorgándole solo el mero sonido de la palabra. Que lo que digo es verdad, y que no apunto falsamente al blanco de los adversarios, puede aprenderse claramente de los ataques reales que dirigen contra la verdad. Tales son los argumentos que aducen para establecer su blasfemia: que las divinas Escrituras nos enseñan muchos nombres del Unigénito —piedra, hacha, roca, fundamento, pan, vid, puerta, camino, pastor, fuente, árbol, resurrección, maestro, luz y muchos otros semejantes—. Pero no podemos usar piadosamente ninguno de estos nombres del Señor entendiéndolo según su sentido inmediato. Pues ciertamente sería cosa del todo absurda pensar que lo que es incorpóreo e inmaterial, simple y sin figura, haya de ser modelado según los sentidos aparentes de estos nombres, cualesquiera que sean, de modo que al oír "hacha" pensemos en una figura particular de hierro, o al oír "luz", en la luz del cielo, o "vid", en aquello que crece por la plantación de sarmientos, o en cualquiera de los otros nombres, según lo que su uso ordinario nos sugiere pensar; sino que transferimos el sentido de estos nombres a lo que mejor conviene a la naturaleza divina, y formamos alguna otra concepción, y si lo designamos así, no es como siendo alguna de estas cosas, según la definición de su naturaleza, sino como siendo llamado estas cosas mientras es concebido por medio de los nombres empleados como algo distinto de las cosas mismas. Pero si tales nombres son en verdad predicados con verdad del Dios unigénito, sin incluir la declaración de su naturaleza, dicen que, como consecuencia, tampoco deberíamos admitir la significación de «Hijo», tal como se entiende según el uso prevaleciente, como expresiva de la naturaleza, sino que deberíamos hallar también algún sentido de esta palabra, diferente del que es ordinario y obvio. Estos, y otros semejantes, son sus argumentos filosóficos para establecer que el Hijo no es lo que es y se llama. Nuestro argumento se apresuraba hacia una meta distinta, a saber, mostrar que el nuevo discurso de Eunomio es falso e inconsistente, y que no argumenta ni con la verdad ni consigo mismo. Sin embargo, puesto que los argumentos que empleamos para atacar su doctrina son traídos a la discusión como una especie de apoyo para su blasfemia, tal vez sea bueno primero discutir brevemente este punto, y luego proceder al examen ordenado de sus escritos.
¿Qué podemos decir, entonces, a cosas tan impertinentes? Que mientras, como ellos dicen, son muchos los nombres que la Escritura aplica al Unigénito, nosotros afirmamos que ninguno de los otros nombres está estrechamente vinculado a la referencia a Aquel que lo engendró. Pues no empleamos el nombre «Piedra», ni «Resurrección», ni «Pastor», ni «Luz», ni ninguno de los demás, como empleamos el nombre «Hijo del Padre», con referencia al Dios de todas las cosas. Es posible hacer una división doble de la significación de los nombres divinos, como por una regla científica: pues a una clase pertenece la indicación de su gloria excelsa e inefable; la otra clase indica la variedad de la dispensación providencial; de suerte que, según suponemos, si aquello que recibió sus beneficios no existiera, tampoco se aplicarían con respecto a ello aquellas palabras que indican su liberalidad. Todas las demás, en cambio, que expresan los atributos de Dios, se aplican adecuada y propiamente al Dios unigénito, aparte de los objetos de la dispensación. Mas, para exponer claramente esta doctrina, examinaremos los nombres mismos. El Señor no habría sido llamado vid, de no ser por la plantación de los que están arraigados en Él; ni pastor, si no se hubieran perdido las ovejas de la casa de Israel; ni médico, sino por causa de los que estaban enfermos; ni habría recibido para sí el resto de estos nombres, si no hubiera hecho apropiados los títulos, de manera ventajosa con respecto a aquellos que fueron beneficiados por Él, por alguna acción de su providencia. ¿Qué necesidad hay de mencionar casos individuales, y de alargar nuestro argumento sobre puntos admitidos? Por otra parte, Él es ciertamente llamado «Hijo», y «Diestra», y «Unigénito», y «Verbo», y «Sabiduría», y «Poder», y todos los demás nombres relativos semejantes, como siendo nombrado juntamente con el Padre en una cierta conjunción relativa. Pues Él es llamado el «Poder de Dios», y la «Diestra de Dios», y la «Sabiduría de Dios», y el «Hijo y Unigénito del Padre», y el «Verbo con Dios», y así de los demás. De este modo, se sigue de lo que hemos dicho, que en cada uno de los nombres hemos de contemplar algún sentido adecuado y apropiado al sujeto, para no perder la recta comprensión de ellos y extraviarnos de la doctrina de la piedad. Así como, pues, transferimos cada uno de los otros términos a aquel sentido en que pueden aplicarse a Dios, y rechazamos en su caso el sentido inmediato, para no entender luz material, o camino hollado, o el pan que produce la agricultura, o la palabra que se expresa mediante el habla, sino, en lugar de estos, todos aquellos pensamientos que nos presentan la magnitud del poder del Verbo de Dios, así también, si uno rechazara el sentido ordinario y natural de la palabra «Hijo», por el cual aprendemos que Él es de la misma esencia que Aquel que lo engendró, transferirá por supuesto el nombre a alguna interpretación más divina. Pues dado que el cambio al sentido más glorioso que se ha hecho en cada uno de los otros términos los ha adaptado para exponer el poder divino, ciertamente se sigue que la significación de este nombre también debe ser transferida a lo más excelso. Pero ¿qué sentido más divino podríamos hallar en la denominación de «Hijo», si rechazáramos, según la opinión de nuestros adversarios, la relación natural con Aquel que lo engendró? Supongo que nadie es tan atrevido en la impiedad como para pensar que, al hablar de la naturaleza divina, lo humilde y bajo sea más apropiado que lo excelso y grande. Si, por tanto, pueden descubrir algún sentido de carácter más exaltado que este, de modo que ser de la naturaleza del Padre parezca cosa indigna de concebir del Unigénito, dígannos si conocen, en su sabiduría secreta, algo más exaltado que la naturaleza del Padre, para que, al elevar a este nivel al Dios unigénito, lo eleven también por encima de su relación con el Padre. Pero si la majestad de la naturaleza divina trasciende toda altura y supera todo poder que suscita nuestra admiración, ¿qué idea queda que pueda llevar el sentido del nombre «Hijo» a algo todavía mayor? Puesto que, por tanto, se reconoce que toda frase significativa empleada acerca del Unigénito, aun si el nombre se deriva del uso ordinario de nuestra vida inferior, se le aplica propiamente con una diferencia de sentido en dirección a una majestad mayor, y si se muestra que no podemos hallar ninguna concepción más noble del título «Hijo» que aquella que nos presenta la realidad de su relación con Aquel que lo engendró, creo que no necesitamos gastar más tiempo en este tema, pues nuestro argumento ha mostrado suficientemente que no es propio interpretar el título de «Hijo» de la misma manera que los otros nombres.
Pero debemos traer de nuevo nuestra investigación al libro. No conviene a las mismas personas «no rehusar» (pues usaré sus propias palabras) «llamar al que es engendrado 'producto de la generación', puesto que tanto la esencia engendrada misma como la denominación de Hijo hacen apropiada tal relación de palabras», y de nuevo cambiar los nombres que naturalmente le pertenecen en interpretaciones metafóricas; de suerte que una de dos cosas les ha acontecido: o su primer ataque ha fracasado, y en vano recurren al «orden natural» para establecer la necesidad de llamar al que es engendrado «producto de la generación»; o, si este argumento se mantiene, hallarán su segundo argumento reducido a nada por lo que ya han establecido. Pues la persona que es llamada «producto de la generación» porque es engendrada, no puede, por esa misma razón, ser llamada en modo alguno «producto de la hechura», ni «producto de la creación». Pues el sentido de los diversos términos difiere muchísimo, y quien usa sus frases con deliberación debe emplear las palabras con la debida consideración al sujeto, para que no, intercambiando indebidamente el sentido de nuestras frases, caigamos en confusión alguna de ideas. De ahí que llamemos obra del artífice a aquello que es elaborado por un oficio, y llamemos hijo de aquel hombre a quien es engendrado por un hombre; y ninguna persona cuerda llamaría a la obra hijo, ni al hijo obra; pues ese es el lenguaje de quien confunde y oscurece el verdadero sentido por un uso erróneo de los nombres. Se sigue que debemos afirmar con verdad del Unigénito una de estas dos cosas: si es Hijo, que no ha de ser llamado «producto de la creación», y si es creado, que es ajeno a la denominación de «Hijo», así como el cielo, el mar y la tierra, y todas las cosas individuales, siendo cosas creadas, no asumen el nombre de «Hijo». Pero dado que Eunomio da testimonio de que el Dios unigénito es engendrado (y el testimonio de los enemigos tiene un valor adicional para establecer la verdad), ciertamente testifica también, al decir que es engendrado, el hecho de que no es creado. Pero basta sobre estos puntos: pues aunque muchos argumentos se agolpan en nosotros, nos contentaremos, para que su número no lleve a la desproporción, con los que ya hemos aducido sobre el tema que nos ocupa.
1. El libro cuarto discute la exposición de la naturaleza del «producto de la generación», y de la generación impasible del Unigénito, y el texto
«En el principio era el Verbo», y el nacimiento de la Virgen.
IV, 1
Tal vez sea ya tiempo de examinar en nuestro discurso aquella exposición de la naturaleza del «producto de la generación» que es el objeto de su ridículo filosofar. Dice, pues (repetiré palabra por palabra su argumento, tan bellamente compuesto, contra la verdad):— «¿Quién hay tan indiferente y tan desatento a la naturaleza de las cosas que no sepa que, de todos los cuerpos que hay sobre la tierra, en su engendrar y ser engendrados, en su actividad y pasividad, los que engendran, examinados, se comprueba que comunican su propia esencia, y los que son engendrados reciben naturalmente la misma, en cuanto que la causa material y el suministro que afluye de fuera son comunes a ambos; y los seres engendrados son engendrados por pasión, y los que engendran tienen naturalmente una acción que no es pura, por estar su naturaleza vinculada a pasiones de toda clase?» Ved con qué estilo apropiado discute en su especulación la generación anterior al tiempo del Verbo de Dios que existía en el principio. Quien examina de cerca la naturaleza de las cosas, los cuerpos sobre la tierra, las causas materiales y la pasión de los que engendran y de los engendrados, y todo lo demás—cosas ante las que cualquier hombre sensato se sonrojaría, aun si se dijeran de nosotros mismos, si fuera nuestra naturaleza, sujeta como está a la pasión, la que así queda expuesta al escarnio por sus palabras. Y, sin embargo, tal es la brillante indagación de nuestro autor sobre la naturaleza con respecto al Dios unigénito. Dejemos, no obstante, las quejas (pues ¿de qué servirán los lamentos para derribar la malicia de nuestro enemigo?) y demos a conocer en general, lo mejor que podamos, el sentido de lo citado: sobre qué clase de «producto» se propuso la especulación—ese que existe según la carne, o el que ha de contemplarse en el Dios unigénito.
Siendo doble la especulación—acerca de aquella vida divina, simple e inmaterial, y acerca de aquella existencia material y sujeta a pasión—, y usándose la palabra «generación» para ambas, es forzoso que hagamos nuestra distinción precisa y clara, no sea que la ambigüedad del término «generación» pervierta de algún modo la verdad. Puesto que, entonces, la entrada en el ser por medio de la carne es material y se realiza por pasión, mientras que lo incorpóreo, impalpable, sin forma y libre de toda mezcla material, es ajeno a toda condición que admita pasión, conviene considerar sobre qué clase de generación estamos indagando: aquella que es pura y divina, o la que está sujeta a pasión y a contaminación. Ahora bien, nadie, supongo, negaría que, con respecto al Dios unigénito, es la existencia anterior al tiempo la que se propone a la consideración del discurso de Eunomio. ¿Por qué, entonces, se detiene en esta exposición de la naturaleza corpórea, mancillando nuestra naturaleza con la repugnante presentación de su argumento y exponiendo abiertamente las pasiones que rodean la generación humana, mientras abandona el tema que se le había propuesto? Pues no era acerca de esta generación animal, que se cumple por medio de la carne, sobre lo que teníamos necesidad de aprender. ¿Quién es tan necio que, mirándose a sí mismo y considerando en sí la naturaleza humana, busque otro intérprete de su propia naturaleza y necesite que se le digan todas las pasiones inevitables que se incluyen en el pensamiento de la generación corporal—que quien engendra es afectado de un modo, y lo engendrado de otro—, de manera que el hombre aprenda de esta instrucción que él mismo engendra por medio de la pasión, y que la pasión fue el comienzo de su propia generación? Pues lo mismo da que estas cosas se callen o se digan, y que uno publique largamente estos secretos o guarde ocultos en silencio cosas que deberían quedar sin decir, no ignoramos el hecho de que nuestra naturaleza progresa por vía de pasión. Pero lo que buscamos es que se dé una explicación clara de la existencia excelsa e inefable del Unigénito, por la cual se cree que Él es del Padre.
Ahora bien, mientras ésta es la cuestión que se le propone, nuestro nuevo teólogo enriquece su discurso con «flujo», y «pasión», y «causa material», y cierta «acción» que «no es pura» de contaminación, y todas las demás frases de este género. No sé bajo qué influjo se halla quien, en la superioridad de su sabiduría, dice que nada incomprensible queda fuera de su propio conocimiento, y promete explicar la inefable generación del Hijo, deja la cuestión que tiene delante y se hunde como una anguila en el lodo resbaladizo de sus argumentos, a la manera de aquel Nicodemo que vino de noche, quien, cuando nuestro Señor le enseñaba el nacimiento de lo alto, se precipitó de pensamiento en la cavidad del vientre, y suscitó la duda de cómo podría uno entrar por segunda vez en el vientre materno, con las palabras: «¿Cómo pueden ser estas cosas?» pensando que demostraría la imposibilidad del nacimiento espiritual por el hecho de que un anciano no podía nacer de nuevo dentro de las entrañas de su madre. Pero el Señor corrige su idea errónea, diciendo que las propiedades de la carne y del espíritu son distintas. Corríjase también Eunomio, si quiere, por medio de una reflexión semejante. Pues quien pondera la verdad debe, imagino, contemplar su objeto conforme a sus propias propiedades, no calumniar lo inmaterial con una acusación contra las cosas materiales. Porque si un hombre, o un toro, o cualquier otro de los seres que son engendrados por la carne, no está libre de pasión al engendrar o al ser engendrado, ¿qué tiene esto que ver con aquella Naturaleza que está sin pasión y sin corrupción? El hecho de que nosotros seamos mortales no es objeción contra la inmortalidad del Unigénito, ni la propensión de los hombres al vicio hace dudosa la inmutabilidad que se halla en la Naturaleza divina, ni se transfiere a Dios ningún otro de nuestros atributos propios; sino que la naturaleza peculiar de la vida humana y de la divina está separada, y sin terreno común, y sus propiedades distintivas permanecen enteramente aparte, de modo que las de ésta no se aprehenden en aquélla, ni, a la inversa, las de aquélla en ésta.
¿Cómo sucede, por tanto, que Eunomio, cuando la generación divina es el tema del discurso, abandona su tema y trata largamente de las cosas de la tierra, cuando sobre esta materia no tenemos disputa alguna con él? Sin duda es clara la intención de nuestro artífice: que mediante la insinuación calumniosa de la pasión suscite una objeción contra la generación del Señor. Y aquí paso por alto la naturaleza blasfema de su opinión, y admiro al hombre por su agudeza—cuán atento está a su propio celoso empeño, pues, habiendo establecido en sus afirmaciones anteriores la teoría de que el Hijo debe ser, y debe ser llamado, un «producto de la generación», ahora sostiene la idea de que no debemos aceptar respecto de Él la concepción de la generación. Porque, si toda generación, como este autor imagina, lleva aparejada la condición de la pasión, nos veríamos por ello absolutamente obligados a admitir que lo que es ajeno a la pasión es ajeno también a la generación: pues si estas cosas, la pasión y la generación, se consideran unidas, Aquel que no tiene parte en la una no tendría participación alguna en la otra. ¿Cómo, pues, lo llama «producto» en razón de su generación, Aquel de quien intenta mostrar con los argumentos que ahora usa que no fue engendrado? ¿Y por qué causa combate a nuestro maestro, que nos aconseja en materia de doctrina divina no presumir en la invención de nombres, sino confesar que Él es engendrado sin transformar esta concepción en la fórmula de un nombre, de modo que llamemos al que es engendrado «producto de la generación», ya que este término se aplica propiamente en la Escritura a cosas inanimadas, o a las que se mencionan «como figura de maldad»? Cuando hablamos de la conveniencia de evitar el uso del término «producto», él prepara para la acción esa retórica invencible suya, y toma además para apoyarse su fría fraseología gramatical, y mediante su hábil mal uso de los nombres, o la equivocación, o como quiera que se llamen propiamente sus procedimientos—por estos medios, digo, lleva sus silogismos a su conclusión, «no rehusando llamar al que es engendrado con el nombre de "producto de la generación".» Luego, tan pronto como admitimos el término y procedemos a examinar la concepción implicada en el nombre, sobre la teoría de que con ello se reivindica la comunidad de esencia, retira de nuevo sus propias palabras y sostiene la idea de que el «producto de la generación» no es engendrado, suscitando una objeción con su repugnante explicación de la generación corporal contra la generación pura, divina e impasible del Hijo, sobre la base de que no es posible que las dos cosas, la verdadera relación con el Padre y la exención de pasión de su naturaleza, se hallen coincidiendo en Dios, sino que, si no hubiera pasión, no habría generación, y que, si se reconociera la verdadera relación, con ello, al admitir la generación, se admitiría ciertamente también la pasión.
No habla así el sublime Juan, no habla así aquella voz tonante que proclama el misterio de la Teología, que a la vez nombra Hijo de Dios al Señor y purga su proclamación de toda idea de pasión. Pues ved cómo desde el comienzo mismo de su Evangelio prepara nuestros oídos, cuánta previsión muestra el maestro para que ninguno de sus oyentes caiga en pensamientos bajos acerca del tema, deslizándose por ignorancia hacia concepciones incongruentes. Porque, a fin de llevar el oído no ejercitado lo más lejos posible de la pasión, no habla en sus palabras iniciales de «Hijo», ni de «Padre», ni de «generación», para que nadie, al oír en primer lugar la palabra «Padre», se precipite hacia la significación obvia del término, ni, al conocer la proclamación de un «Hijo», entienda ese nombre en el sentido ordinario, ni tropiece, como en una «piedra de tropiezo [],» con la palabra «generación»; sino que, en lugar de «el Padre», habla de «el Principio»; en lugar de «fue engendrado», dice «era»; y en lugar de «el Hijo», dice «el Verbo»; y declara: «En el principio era el Verbo.» ¿Qué pasión, pues, se halla en estas palabras, «principio», y «era», y «Verbo»? ¿Es «el principio» pasión? ¿Implica pasión el «era»? ¿Existe «el Verbo» por medio de la pasión? ¿O habremos de decir que, así como no se halla pasión en los términos usados, tampoco se expresa afinidad en la proclamación? Sin embargo, ¿cómo podrían mostrarse con más fuerza por otras palabras que por éstas la comunidad de esencia del Verbo, la verdadera relación y la coeternidad con el Principio? Pues no dice: «Del Principio fue engendrado el Verbo», para no separar al Verbo del Principio por ninguna concepción de extensión temporal, sino que proclama juntamente con el Principio a Aquel que estaba en el Principio, haciendo la palabra «era» común al Principio y al Verbo, para que el Verbo no quede retrasado después del Principio, sino que, entrando juntamente con la fe en cuanto al Principio, se anticipe por su proclamación a nuestro oído, antes de que éste admita al Principio mismo en aislamiento. Luego declara: «Y el Verbo era con Dios.» Una vez más teme el Evangelista por nuestro estado no ejercitado; una vez más recela de nuestra condición infantil e indocta: todavía no confía a nuestros oídos el apelativo de «Padre», no sea que alguno de los más carnales, al enterarse de «el Padre», sea llevado por su entendimiento a imaginar también, por consecuencia, una madre. Tampoco nombra todavía en su proclamación al Hijo; pues aún sospecha de nuestra tendencia acostumbrada hacia la naturaleza inferior, y teme que alguno, al oír hablar del Hijo, humanice la divinidad con una idea de pasión. Por esta razón, reanudando su proclamación, lo llama de nuevo «el Verbo», haciendo de ello la explicación de su naturaleza para ti en tu incredulidad. Porque, así como tu palabra procede de tu mente, sin requerir la intervención de la pasión, así también aquí, al oír hablar del Verbo, concebirás lo que procede de algo, y no concebirás pasión. De ahí que, reanudando una vez más su proclamación, diga: «Y el Verbo era con Dios.» ¡Oh, cómo hace el Verbo conmensurable con Dios! Mejor aún, ¡cómo extiende lo infinito en comparación con lo infinito! «El Verbo era con Dios»: la totalidad del ser del Verbo, ciertamente, con la totalidad del ser de Dios. Por tanto, tan grande como es Dios, tan grande es, claramente, también el Verbo que está con Él; de modo que, si Dios es limitado, entonces también el Verbo, por cierto, estará sujeto a limitación. Pero si la infinitud de Dios excede todo límite, tampoco el Verbo que se contempla con Él queda comprendido por límites y medidas. Pues nadie negaría que el Verbo se contempla juntamente con la entera divinidad del Padre, de suerte que se haga aparecer una parte de la divinidad en el Verbo, y otra privada del Verbo. Una vez más habla la voz espiritual de Juan; una vez más el Evangelista, en su proclamación, cuida con ternura del oído de los que están en la niñez: todavía no hemos crecido tanto con la audición de sus primeras palabras como para oír hablar del «Hijo» y permanecer firmes sin ser movidos de nuestro asiento por la influencia del sentido acostumbrado. Por eso nuestro heraldo, clamando una vez más en alta voz, proclama aún en su tercera expresión «el Verbo», y no «el Hijo», diciendo: «Y el Verbo era Dios.» Primero declaró en dónde estaba, luego con quién estaba, y ahora dice qué es, completando, con su tercera repetición, el objeto de su proclamación. Pues dice: «No es un Verbo de los que se entienden fácilmente lo que os declaro, sino Dios bajo la designación del Verbo.» Porque este Verbo, que estaba en el Principio y estaba con Dios, no era ninguna otra cosa fuera de Dios, sino que era también Él mismo Dios. E inmediatamente el heraldo, alcanzando la plena altura de su discurso sublime, declara que este Dios a quien su proclamación presenta es Aquel por quien todas las cosas fueron hechas, y es vida, y la luz de los hombres, y la luz verdadera que resplandece en las tinieblas, y sin embargo no es oscurecida por las tinieblas, morando entre los suyos, y sin embargo no recibida por los suyos; y hecho carne, y plantando su tabernáculo, por medio de la carne, en la naturaleza del hombre. Y cuando ha recorrido primero este número y variedad de afirmaciones, entonces nombra al Padre y al Unigénito, cuando ya no puede existir peligro de que lo que ha sido purificado por tantas precauciones se hunda, a causa del sentido de la palabra «Padre», hasta un significado manchado de contaminación, pues, «vimos su gloria», dice, «la gloria como del Unigénito del Padre.»
Repite, pues, Eunomio, repite al Evangelista esta ingeniosa objeción tuya: «¿Cómo das en tu discurso el nombre de "Padre", cómo el de Unigénito, viendo que toda generación corporal se realiza por pasión?» Sin duda la verdad responde en su favor que una cosa es el misterio de la teología y otra la fisiología de los cuerpos inestables. Amplio es el intervalo que los separa a uno de otro. ¿Por qué unes en tu argumento lo que no puede mezclarse? ¿Cómo mancillas la pureza de la generación divina con tu discurso inmundo? ¿Cómo construyes sistemas para lo incorpóreo a partir de las pasiones que afectan al cuerpo? Deja de sacar tu explicación de la naturaleza de las cosas de arriba a partir de las de abajo. Proclamo al Señor como Hijo de Dios, porque el evangelio venido del cielo, dado mediante la nube resplandeciente, así lo proclamó; pues «Éste», dice, «es mi Hijo amado [].» Sin embargo, aunque fui enseñado a que Él es el Hijo, no fui arrastrado por el nombre al significado terrenal de «Hijo», sino que sé que Él es del Padre y no sé que sea de la pasión. Y añadiré además a lo dicho que conozco incluso una generación corporal pura de pasión, de modo que también en este punto queda probada como falsa la fisiología de Eunomio sobre la generación corporal, si es que, por cierto, puede hallarse un nacimiento corporal que no admita pasión. Dime: ¿se hizo carne el Verbo, o no? No dirías, supongo, que no. Así se hizo, entonces, y no hay nadie que lo niegue. ¿Cómo fue, pues, que «Dios fue manifestado en la carne»? «Por nacimiento», dirás por supuesto. Pero ¿de qué clase de nacimiento hablas? Sin duda está claro que hablas del nacimiento de la virginidad, y de que «lo que fue concebido en ella era del Espíritu Santo», y de que «se cumplieron los días en que debía dar a luz, y dio a luz [],» y no por ello fue menos preservada su pureza en su alumbramiento. Crees, pues, que aquel nacimiento que tuvo lugar de una mujer fue puro de pasión, si es que lo crees, pero rehúsas admitir la generación divina e incorruptible del Padre, para evitar la idea de pasión en la generación. Pero bien sé que no es la pasión lo que procura evitar en su doctrina, pues ésa no la discierne en absoluto en la naturaleza divina e incorruptible; sino que, a fin de que el Hacedor de toda la creación sea tenido por parte de la creación, levanta estos argumentos para negar al Dios unigénito, y usa su fingida cautela acerca de la pasión para ayudarse en su tarea.