¶ 55
En estos pasajes es probable que nuestros adversarios tomen posiciones. Y yo estaré de acuerdo con ellos en lo que se dice, y yo mismo me aprovecharé de sus posiciones más adelante en nuestra investigación, para que lo que enseñamos quede más firmemente establecido, sin que ningún punto en controversia quede sin el debido examen. «Llamó Dios», dice, «al firmamento Cielo, y a lo seco llamó Tierra, y a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche.» ¿Cómo, entonces, preguntarán, cuando la Escritura admite que sus apelativos les fueron dados por Dios, dices tú que sus nombres son obra de invención humana? ¿Cuál es, pues, nuestra respuesta? Volvemos a nuestra sencilla afirmación, y aseveramos que Aquel que trajo toda la creación al ser de la nada es el Creador de las cosas vistas en existencia substancial, no de palabras insustanciales que no tienen existencia sino en el sonido de la voz y en el balbuceo de la lengua. Mas las cosas son nombradas por la indicación de la voz conforme a la naturaleza y cualidades inherentes a cada una, adaptándose los nombres a las cosas según la lengua vernácula de cada raza.
Pero como la naturaleza de la mayoría de las cosas que se ven en la Creación no es simple, de modo que permita que todo lo que connotan sea comprendido en una sola palabra, como, por ejemplo, en el caso del fuego, el elemento mismo es una cosa en su naturaleza, mientras que la palabra que lo designa es otra (pues el fuego mismo posee las cualidades de brillar, de quemar, de secar y calentar, y de consumir todo combustible que atrapa, mas el nombre no es sino una breve palabra de una sílaba), por esta razón el habla, que distingue las potencias y cualidades vistas en el fuego, da a cada una de ellas un nombre propio, como he dicho antes. Y no se puede decir que sólo se ha dado un nombre al fuego cuando se habla de él como brillante, o consumidor, o cualquier otra cosa que observemos que es. Pues tales palabras denotan cualidades físicamente inherentes a él. Así también, en el caso del cielo y del firmamento, aunque una sola naturaleza es significada por cada una de estas palabras, su diferencia representa una u otra de sus características peculiares, mirando a las cuales aprendemos una cosa por el apelativo «cielo», y otra por «firmamento». Pues cuando el habla quiere definir el límite de la creación sensible, más allá del cual le sucede el vacío transmundano aprehendido sólo por la mente, en contraste con lo intangible e incorpóreo e invisible, el principio y el fin de todas las subsistencias materiales se llama firmamento. Y cuando contemplamos el entorno de las cosas terrestres, llamamos a aquello que abarca toda la naturaleza material, y que forma el límite de todas las cosas visibles, con el nombre de cielo. De la misma manera, con respecto a la tierra y a lo seco, puesto que toda naturaleza pesada y que tiende hacia abajo fue dividida en estos dos elementos, tierra y agua, el apelativo «seco» define hasta cierto punto su opuesto, pues la tierra se llama seca en oposición a lo húmedo, ya que, habiendo arrojado, por mandato divino, el agua que la cubría, apareció en su propio carácter. Mas el nombre «tierra» no continúa expresando la significación de una sola de sus cualidades, sino que, en virtud de su significado, abarca todo lo que la palabra connota, p. ej. dureza, densidad, peso, resistencia, capacidad de sustentar la vida animal y vegetal. Por consiguiente, la palabra «seco» no fue cambiada por el habla al último nombre que se le impuso (pues su nuevo nombre no hizo que dejara de llamarse así), sino que, permaneciendo ambos apelativos, una significación peculiar se adhirió a cada uno, el uno distinguiéndola en naturaleza y propiedad de su opuesto, el otro abarcando todos sus atributos colectivamente. Y así, en la luz y el día, y de nuevo en la noche y las tinieblas, no hallamos una pronunciación de sílabas creada para adecuarse a ellas por el Hacedor de todas las cosas, sino que más bien por estos apelativos notamos la substancia de las cosas que significan. A la entrada de la luz, por la voluntad de Dios, las tinieblas que prevalecían sobre la creación primera se dispersan. Pero la tierra, yaciendo en medio, y sostenida por todos lados por su entorno de elementos diferentes, como dice Job, «Él cuelga la tierra sobre la nada []», era necesario que, cuando la luz viajaba por un lado y la tierra la obstruía por el opuesto con su propia mole, quedara un lado de tinieblas por la oscuración, y así, como el movimiento perpetuo de los cielos no puede sino llevar consigo las tinieblas resultantes de la oscuración, Dios ordenó esta revolución para medida de la duración del tiempo. Y esa medida es el día y la noche. Por esta razón Moisés, conforme a su sabiduría, en su elucidación histórica de estos asuntos, llamó a la sombra resultante de la obstrucción de la tierra una división de la luz respecto de las tinieblas, y a la alternancia constante y medida de luz y tinieblas sobre la faz de la tierra la llamó día y noche. De modo que lo que fue llamado luz no fue nombrado día, sino que, como «hubo luz», y no el mero nombre de luz, así también la medida del tiempo fue creada y el nombre siguió, no creado por Dios en un sonido de palabras, sino porque la naturaleza misma de la cosa asumió esta notación vocal. Y como, si el Legislador hubiera dicho claramente que nada de lo que se ve o se nombra es de generación espontánea o sin forma, sino que tiene su subsistencia de Dios, habríamos concluido por nosotros mismos que Dios hizo el mundo y todas sus partes, y el orden que se ve en ellas, y la facultad de distinguirlas, así también por lo que dice nos conduce a entender y creer que nada de lo que existe carece de principio. Y con esta mira describe los sucesos sucesivos de la Creación en método ordenado, enumerándolos uno tras otro. Pero era imposible representarlos en lenguaje, excepto expresando su significación mediante palabras que la indicaran. Puesto que, pues, está escrito que Dios llamó a la luz día, debe entenderse que Dios hizo el día de la luz, siendo algo diferente, por la fuerza del término. Porque no puedes aplicar la misma definición a «luz» y a «día», sino que la luz es lo que entendemos por lo opuesto a las tinieblas, y el día es la extensión de la medida del intervalo de luz. De la misma manera puedes considerar la noche y las tinieblas por la misma diferencia de descripción, definiendo las tinieblas como la negación de la luz, y llamando noche a la extensión de las tinieblas circundantes. Así, de todos modos queda confirmado nuestro argumento, aunque quizá no desplegado en forma lógica estricta— mostrando que Dios es el Hacedor de las cosas, no de palabras vacías. Pues las cosas tienen sus nombres no por causa de Él, sino por la nuestra. Pues como no podemos tener siempre todas las cosas ante los ojos, tomamos conocimiento de algunas de las cosas que están presentes con nosotros de tiempo en tiempo, y otras las registramos en nuestras memorias. Pero sería imposible mantener la memoria sin confusión si no tuviéramos la notación de las palabras para distinguir unas de otras las cosas almacenadas en nuestras mentes. Mas para Dios todas las cosas están presentes, ni necesita memoria, estando todas las cosas dentro del alcance de su visión penetrante. ¿Qué necesidad, entonces, en su caso, de partes del discurso, cuando su propia sabiduría y poder abraza y mantiene la naturaleza de todas las cosas distinta y sin confusión? Por lo cual todas las cosas que existen substancialmente son de Dios; pero, para nuestra guía, todas las cosas que existen están provistas de nombres que las indican. Y si alguno dice que tales nombres fueron impuestos por el uso arbitrario del género humano, no será culpable de ofensa alguna contra el plan de la divina Providencia. Pues no decimos que la naturaleza de las cosas fue invención humana, sino sólo sus nombres.
El hebreo llama al cielo con un nombre, el cananeo con otro, pero ambos lo entienden igualmente, sin ser de ningún modo inducidos a error por la diferencia de los sonidos que transmiten la idea del objeto. Mas el culto de la voluntad, excesivamente cauto y tímido, de esta gente ingeniosa, sobre cuya autoridad afirma que, si se concediera que las palabras fueron dadas a las cosas por los hombres, los hombres serían de mayor autoridad que Dios, queda probado como insustancial incluso por el ejemplo que hallamos registrado de Moisés. Pues ¿quién dio a Moisés su nombre? ¿No fue la hija del Faraón quien lo nombró por lo sucedido []? Porque agua se llama Moisés en la lengua de los egipcios. Así, pues, a consecuencia de la orden del tirano, sus padres habían colocado al niño en un arca y lo habían entregado a la corriente (pues así lo relataban algunos acerca de él), pero por la voluntad de Dios el arca fue flotada por la corriente y llevada a la orilla, y hallada por la princesa, que casualmente tomaba entonces el refrigerio del baño, y como el niño había sido sacado «del agua», se dice que ella le dio su nombre como memorial del suceso— un nombre por el cual Dios mismo no desdeñó dirigirse a su siervo, ni tuvo por indigno permitir que el nombre dado por la mujer extranjera permaneciera como apelativo propio del Profeta.
De manera semejante, antes que él, Jacob, habiendo asido el talón de su hermano, fue llamado suplantador [], por la postura en que vino al nacer. Pues los entendidos en tales materias nos dicen que tal es la interpretación de la palabra «Jacob», traducida al griego. Así también Fares fue nombrado por su nodriza a partir del incidente de su nacimiento [], y sin embargo nadie por ello, como Eunomio, mostró celo alguno de que asumiera una autoridad superior a la de Dios. Además, las madres de los patriarcas les dieron sus nombres, como Rubén, Simeón y Leví, y todos los que vinieron después de ellos. Y nadie se alzó, como nuestro nuevo autor, en patrón de la Divina Providencia, para prohibir a las mujeres usurpar la autoridad divina mediante la imposición de nombres. ¿Y qué diremos de otros detalles del relato sagrado, como las «aguas de la rencilla», y el «lugar del duelo», y el «collado de los prepucios», y el «valle del racimo», y el «campo de sangre», y otros nombres semejantes, de imposición humana, pero que a menudo se registra que fueron pronunciados por la Persona de Dios, de lo cual podemos aprender que los hombres pueden indicar el significado de las cosas mediante palabras sin presunción, y que la naturaleza divina no depende de las palabras para su evidencia ante sí misma?
Pero pasaré por alto sus otras habladurías contra la verdad, pues no poseen fuerza alguna contra nuestras doctrinas, ya que considero superfluo demorarme más en tales absurdos. Pues ¿quién puede estar tan desprovisto de los temas más importantes del pensamiento como para desperdiciar energía en argumentos necios, y contender con hombres que dicen de nosotros que afirmamos que «la previsión del hombre tiene peso y autoridad superiores a la custodia de Dios», y que «atribuimos el descuido que confunde a las mentes más débiles a la providencia de Dios»? Estas son las palabras exactas de nuestro calumniador. Pero yo, por mi parte, pienso que es igual de absurdo prestar atención a observaciones como esa, que ocuparme de sueños de viejas. Pues pensar en asegurar la dignidad del dominio y la soberanía al Ser divino mediante una forma de palabras, y mostrar que el gran poder de Dios depende de esto, y por otra parte descuidarlo y despreciar la providencia que le pertenece, y echarnos en cara que los hombres, habiendo recibido de Dios la facultad de la razón, hagan un uso arbitrario de las palabras para significar las cosas — ¿qué es esto sino una fábula de vieja, o el sueño de un borracho? Pues el verdadero poder, y la autoridad, y el dominio, y la soberanía de Dios no consisten, pensamos, en sílabas. Si así fuera, cualquier inventor de palabras podría reclamar igual honor que Dios. Pero los siglos infinitos, y las bellezas del universo, y los rayos de las lumbreras celestiales, y todas las maravillas de tierra y mar, y las huestes angélicas y las potestades supramundanas, y todo lo demás cuya existencia en el reino de arriba se nos revela bajo diversas figuras por la Sagrada Escritura — estas son las cosas que dan testimonio del poder de Dios sobre todas las cosas. Mientras que atribuir la invención del sonido vocal a quienes están naturalmente dotados de la facultad del habla, esto no implica impiedad alguna hacia Aquel que les dio su voz. Ni tampoco tenemos por gran cosa inventar palabras significativas de las cosas. Pues al ser al que la Sagrada Escritura en la historia de la creación dio el nombre de «hombre []» ([ἄνθρωπος]), palabra de invención humana, ese mismo ser lo llama Job «mortal» ([βροτός]), mientras que de los escritores profanos, unos lo llaman «ser humano» ([φώς]), y otros «hablante articulado» ([μέροψ]) — por no mencionar otras variedades del nombre. ¿Los elevamos, entonces, a igual honor con Dios, porque también inventaron nombres equivalentes al de «hombre», que significan igualmente su sujeto? Pero, como he dicho antes, dejemos esta charla ociosa, y no hagamos caso de su sarta de injurias, en las que nos acusa de mentir contra los oráculos divinos, y de proferir calumnias con desvergüenza incluso contra Dios.
Pasemos, pues, a lo que queda. Presenta una vez más algunas de las palabras del Maestro, con este efecto: «Y es precisamente de la misma manera que la Sagrada Escritura nos enseña el empleo de una concepción. Nuestro Señor Jesucristo, al declarar a los hombres la naturaleza de su Divinidad, la explica por ciertas características especiales, llamándose a sí mismo la Puerta, el Pan, el Camino, la Vid, el Pastor, la Luz.» Ahora bien, pienso que es decoroso pasar por alto sus observaciones insolentes sobre estas palabras (pues así es como su formación retórica le ha enseñado a contender con sus oponentes), ni me permitiré ser perturbado por sus ebulliciones de necedad infantil. Examinemos, sin embargo, un argumento punzante e «irresistible» que presenta para nuestra refutación. ¿Cuál de los escritores sagrados, pregunta, da testimonio de que estos nombres fueron atribuidos a nuestro Señor por una concepción? Pero ¿cuál de ellos, respondo yo, lo prohíbe, teniendo por blasfemia considerar tales nombres como resultado de una concepción? Pues si sostiene que el hecho de que no se mencione es prueba de que está prohibido, por un razonamiento igual debe admitir que el hecho de que no se prohíba es un argumento de que está permitido. ¿Es nuestro Señor llamado por estos nombres, o niega Eunomio también esto? Si niega que estos nombres se digan de Cristo, hemos vencido sin batalla. Pues ¿qué victoria más señalada podría haber, que probar que nuestro adversario lucha contra Dios, despojando a las palabras sagradas del Evangelio de su significado? Pero si admite que es verdad que Cristo es nombrado por estos nombres, diga de qué manera pueden aplicarse sin irreverencia al Hijo Unigénito de Dios. ¿Toma «la piedra» como indicativa de Su naturaleza? ¿Entiende Su esencia bajo la figura del Hacha (por no recargar nuestro argumento enumerando el resto)? Ninguno de estos nombres representa la naturaleza del Unigénito, ni Su Divinidad, ni el carácter peculiar de Su esencia. Sin embargo, es llamado por estos nombres, y cada apelativo tiene su propia idoneidad especial. Pues no podemos, sin irreverencia, suponer que algo en las palabras de Dios sea ocioso y sin significado. Diga, pues, si rechaza estos nombres como resultado de una concepción, ¿cómo se aplican a Cristo? Pues nosotros por nuestra parte decimos esto: que así como nuestro Señor proveyó para la vida humana en formas diversas, cada variedad de Su beneficencia se distingue adecuadamente por Sus varios nombres, pasando Su cuidado providencial y Su obrar en favor nuestro al molde de un nombre. Y tal nombre decimos nosotros que se alcanza por una concepción. Pero si esto no es agradable a nuestros oponentes, sea como cada uno de ellos quiera. En su ignorancia, sin embargo, de las figuras de la Escritura, nuestro oponente contradice lo que se dice. Pues si hubiera aprendido los nombres divinos, habría sabido que nuestro Señor es llamado Maldición y Pecado [], y Novilla [], y Cachorro de león [], y Osa privada de sus oseznos [], y Leopardo [] y otros nombres semejantes, según diversos modos de concepción, por la Sagrada Escritura, indicando los escritores sagrados e inspirados por tales nombres, como por dardos bien dirigidos, el punto central de la idea que tenían en vista; aunque estas palabras, cuando se toman en su significación literal y obvia, no parecen exentas de sospecha, sino que cada una de ellas, a menos que permitamos que se predique de Dios por algún proceso de concepción, no escapará a la mancha de una sugerencia blasfema. Pero sería tarea larga presentarlas todas, y dilucidar en cada caso cómo, en la idea general, estas palabras han sido desviadas de sus significados obvios, y cómo es sólo en conexión con la facultad conceptiva que los nombres de Dios pueden reconciliarse con la reverencia que le es debida.
Pero volvamos. Tales nombres se usan de nuestro Señor, y nadie familiarizado con las Escrituras inspiradas puede negar el hecho. ¿Qué entonces? ¿Afirma Eunomio que las palabras son indicativas de Su naturaleza misma? Si es así, asevera que la naturaleza divina es multiforme, y que la variedad que despliega en lo significado por los nombres es muy compleja. Pues los significados de las palabras Pan y León no son los mismos, ni los de Hacha y Agua, sino que a cada uno de ellos podemos asignar una definición propia, de la cual los otros no participan. No significan, por tanto, naturaleza o esencia, y sin embargo nadie presumirá decir que esta nomenclatura es del todo inapropiada y sin significado. Si, entonces, estas palabras se nos dan, pero no como indicativas de esencia, y toda palabra dada en la Escritura es justa y apropiada, ¿de qué otra manera pueden estos apelativos aplicarse adecuadamente al Hijo Unigénito de Dios, sino en conexión con la facultad de concepción? Pues es claro que el Ser divino es nombrado bajo diversos nombres, según la variedad de Sus energías, para que podamos pensarlo en el aspecto así nombrado. ¿Qué daño, entonces, se hace a nuestras ideas reverenciales de Dios mediante esta operación mental, instituida con miras a nuestro pensar sobre las cosas hechas, y que nosotros llamamos concepción, aunque si alguien elige llamarla por otro nombre, no haremos objeción alguna?
Pero, como luchador poderoso, no soltará su presa irresistible sobre nosotros, y afirma con todas sus palabras que «estos nombres son obra del pensamiento y la concepción humanos, y que, mediante el ejercicio de esta operación de la mente por algunos, se alcanzan resultados que ningún Apóstol o Evangelista ha enseñado.» Y después de este valiente embate alza esa voz suya santurrona, escupiendo su sucio ultraje contra nosotros con una lengua bien adiestrada en tal lenguaje. «Pues», dice él, «atribuir homónimos, derivados de la analogía, al pensamiento y la concepción humanos es obra de una mente que ha perdido todo sentido judicial, y que estudia las palabras del Señor con entendimiento debilitado y hábito de pensamiento deshonesto.» ¡Piedad de nosotros! ¡Qué argumento tan lógico! ¡Con qué cientificidad procede a su conclusión! ¿Quién después de esto se atreverá a defender la causa de la concepción, cuando tal hedor se derrama de su boca sobre quienes intentan hablar? Supongo, entonces, que nosotros, que sí intentamos hablar, debemos abstenernos de examinar su argumento, por miedo a que revuelva contra nosotros la cloaca de su ultraje. Y en verdad es de mentes débiles dejarse irritar por absurdos infantiles. Permitiremos, por tanto, a nuestro insolente adversario plena libertad para entregarse a su método como quiera. Pero volveremos al argumento del Maestro, para que también de allí podamos reunir refuerzos para la verdad. A Eunomio se le ha recordado la «analogía» y ha percibido «los homónimos que de ella se derivan.» Ahora bien, ¿dónde o de quién aprendió estos términos? No de Moisés, no de los Profetas y Apóstoles, no de los Evangelistas. Es imposible que los haya aprendido de la enseñanza de Escritura alguna. ¿Cómo llegó, entonces, a usarlos? La palabra misma que describe esta o aquella significación de un pensamiento como analogía, ¿no es invención de la facultad pensante de quien la profiere? ¿Cómo es, entonces, que no percibe que está usando las opiniones contra las que lucha como aliadas suyas en la guerra? Pues hace guerra contra nuestro principio de que las palabras se forman por la operación de la concepción, y pretendería establecer, con la ayuda de palabras formadas sobre ese mismo principio, que es ilícito usarlas. «No es», dice él, «la enseñanza de ninguno de los escritores sagrados.» ¿A quién, entonces, de los antiguos atribuyes tú mismo el término «ingenerado», y su predicación de la esencia de Dios? ¿O te es permitido a ti, cuando quieres establecer alguna de tus conclusiones impías, acuñar e inventar términos a tu gusto; pero si algo es dicho por otro en contravención de tu impiedad, privar a tu adversario de licencia semejante? Grande en verdad sería el poder que asumirías si pudieras hacer valer tu pretensión a tal autoridad como esta: que lo que rehúsas a otros te sea permitido a ti solo, y que lo que tú mismo presumes hacer en virtud de ella, se lo impidas a otros. Condenas, como por un edicto, la doctrina de que estos nombres fueron aplicados a Cristo como resultado de una concepción, porque ninguno de los escritores sagrados ha declarado que deban aplicarse así. ¿Cómo, entonces, puedes establecer la ley de que la esencia divina sea denotada por la palabra «ingenerado» — término que no se puede mostrar que ninguno de los escritores sagrados nos haya transmitido? Pues si esta es la prueba del uso correcto de las palabras, que sólo se empleen las que la palabra inspirada de la Escritura autorice, la palabra «ingenerado» debe ser borrada de tus propios escritos, puesto que ninguno de los escritores sagrados ha sancionado la expresión. Pero quizá la aceptas por razón del sentido que reside en ella. Bien, nosotros mismos de la misma manera aceptamos el término «concepción» por razón del sentido que reside en él. Por consiguiente, o excluiremos ambos del uso, o ninguno, y cualquiera que sea la alternativa adoptada, somos igualmente dueños del campo. Pues si el término «ingenerado» se suprime por completo, todo el clamor de nuestros adversarios contra la verdad se suprime con él, y una doctrina digna del Hijo Unigénito de Dios brillará, en tanto que la oposición lógica no puede proporcionar nombre alguno para detraer de la majestad del Señor. Pero si ambos se retienen, en ese caso también la verdad prevalecerá, y nosotros junto con ella, cuando hayamos transferido la palabra «inengendrabilidad» de la substancia a una concepción de la Deidad. Pero mientras no excluya el término «ingenerado» de sus propios escritos, que nuestro fariseo moderno se amoneste a sí mismo a no mirar la mota que está en nuestro ojo, antes de sacar la viga que está en el suyo.
«Pero Dios», dice él, «dio a las más débiles de las cosas terrestres una parte en los nombres más honorables, aunque sin darles una parte igual de dignidad, y a las más altas impartió los nombres de las más bajas, aunque la inferioridad natural de estas últimas no fue transferida a las primeras junto con sus nombres.» Citamos esto en sus mismas palabras. Si contienen algún sentido profundo y recóndito que se nos ha escapado, que nos informen quienes ven lo que está más allá de nuestro alcance de visión — iniciados como están por él en sus misterios esotéricos e inefables. Pero si no admiten interpretación más allá de lo obvio, apenas sé cuáles de los dos son más dignos de lástima, los que dicen tales cosas o los que las escuchan. A las más débiles de las cosas terrestres, dice, Dios les ha dado nombres en común con las más honorables, aunque sin darles una parte igual de dignidad. Examinemos qué significa esto. Las cosas más débiles, dice, son dignificadas con el mero nombre perteneciente a lo honorable, no correspondiendo su naturaleza a su nombre. ¡Y esto declara que es obra del Dios de verdad: dignificar la naturaleza peor con el apelativo más digno! Por otra parte, dice que Dios aplica los nombres menos honorables a cosas superiores en su naturaleza, no siendo trasladada la naturaleza de estas últimas a las primeras junto con el apelativo. Pero para que el asunto se haga aún más claro, lo absurdo se mostrará mediante ejemplos reales. Si alguien llamara a un hombre estimado por toda virtud, intemperante; o, por otra parte, a un hombre igualmente desacreditado por sus vicios, bueno y moral, ¿pensaría la gente sensata que está en su sano juicio, o que tiene algún respeto por la verdad, invirtiendo, como sería el caso, los significados de las palabras, y dándoles una significación no natural? Yo por mi parte pienso que no. Habla, pues, de cosas relativas a Dios, en total desacuerdo con nuestras ideas comunes y con las santas Escrituras. Pues en asuntos de la vida ordinaria, sólo quienes están perturbados por la bebida o la locura yerran en los nombres, y los usan fuera de su significado propio, llamando, tal vez, a un hombre perro, o viceversa. Pero la Sagrada Escritura está tan lejos de sancionar tal confusión, que podemos oír claramente la voz de la profecía lamentándola. «¡Ay del que», dice Isaías, «llama a la oscuridad luz, y a la luz oscuridad, que llama a lo amargo dulce, y a lo dulce amargo []!» Ahora bien, ¿qué induce a Eunomio a aplicar este absurdo a su Dios? Que quienes están iniciados en sus misterios digan qué juzgan que son esas más débiles de las cosas terrestres, que Dios ha dignificado con los apelativos más honorables. Las más débiles de las cosas existentes son aquellos animales cuya generación tiene lugar de la corrupción de elementos húmedos, como las más honorables son la virtud, y la santidad, y todo lo demás que es agradable a la vista de Dios. ¿Acaso las moscas, entonces, y los jejenes, y las ranas, y cuantos insectos se generan del estiércol, son dignificados con los nombres de santidad y virtud, de modo que sean consagrados con nombres honorables, aunque no participando de tan altas cualidades, como dice Eunomio? Pero jamás hemos oído nada semejante: que estas cosas débiles sean llamadas por títulos altisonantes, o que lo grande y honorable por naturaleza sea degradado por el nombre de alguna de ellas. Noé era un varón justo, dice la Escritura, Abraham fiel, Moisés manso, Daniel sabio, José casto, Job intachable, David perfecto en paciencia. Digan, pues, si todos estos tenían sus nombres por contrarios; o, tomando el caso de quienes son desfavorablemente mencionados, como Nabal el carmelita, y el Faraón egipcio, y Abimelec el extranjero, y todos los que son mencionados por sus vicios, ¿fueron dignificados con nombres honorables por la voz de Dios? ¡De ningún modo! Sino que Dios juzga y distingue a Sus criaturas como son en naturaleza y verdad, no por nombres contrarios a ellas, sino por apelativos tan apropiados que den la idea más clara de su significado.
Esto es lo que nuestro oponente de mente fuerte, que nos acusa de deshonestidad y nos inculpa de irracionales en el juicio — esto es lo que pretende saber de la naturaleza divina. Estas son las opiniones que expone respecto a Dios, como si Él se burlara de Sus criaturas con nombres falsos a su significado, otorgando a las más débiles los apelativos más honorables, y derramando desprecio sobre lo honorable haciéndolo sinónimo de lo vil. Ahora bien, un hombre virtuoso, si es llevado, aun involuntariamente, más allá de los límites de la verdad, queda abrumado de vergüenza. Sin embargo, Eunomio piensa que no es vergüenza para Dios que Él parezca dar un color falso a las cosas mediante sus apelativos. No es tal el testimonio de las Escrituras sobre la naturaleza divina. «Dios es sufrido y abundante en misericordia y verdad,» dice David. Pero ¿cómo puede ser Dios de verdad Quien da nombres falsos a las cosas, y Quien pervierte la verdad en los significados de sus nombres? De nuevo, es llamado por él Señor justo. ¿Es, acaso, cosa justa dignificar con nombres honorables a las cosas sin honor, y, dando el mero nombre, negar el honor que denota? Tal es el testimonio de estos teólogos sobre su Dios de nueva invención. Este es el fin de su jactanciosa agudeza dialéctica: mostrar a Dios mismo deleitándose en el engaño, y no superior a la pasión de la envidia. Pues ciertamente no es mejor que engaño no nombrar las cosas débiles como son en su verdadera naturaleza y valor, sino investirlas con nombres vacíos, derivados de cosas superiores, sin proporcionar su valor a su nombre; y no es mejor que envidia si, teniendo en Su poder otorgar el apelativo más honorable a las cosas que han de nombrarse por alguna superioridad, les negó el honor mismo, considerando la felicidad de los débiles como una pérdida para Sí personalmente. Pero yo recomendaría a todos los sabios que, aun si el Dios de estos gnósticos es mostrado por la fuerza de la lógica como de tal carácter, no piensen así del Dios verdadero, el Unigénito, sino que miren a la verdad de los hechos, dando a cada uno lo debido, y de allí deduzcan Su nombre. «Venid, benditos,» dice nuestro Señor; y de nuevo, «Apartaos, malditos [],» no honrando a quien merece maldición con el nombre de «bendito», ni, por otra parte, despidiendo a quien ha atesorado para sí la bendición, junto con los malvados.
Pero ¿cuál es la intención de nuestro autor, y cuál el objeto de este argumento suyo? Pues nadie debe imaginar que, por falta de algo que decir, para parecer extender su discurso al máximo, se ha entregado a toda esta charla insensata. Su misma insensatez no carece de significado, y huele a herejía. Pues decir que los nombres más honorables se aplican a las cosas más débiles, aunque no teniendo por naturaleza una porción igual de dignidad, prepara secretamente el camino, por así decir, para la blasfemia que sigue, para poder enseñar a sus discípulos esto: que aunque el Unigénito es llamado Dios, y Sabiduría, y Poder, y Luz, y la Verdad, y el Juez, y el Rey, y Dios sobre todo, y el gran Dios, y el Príncipe de paz, y el Padre del siglo venidero, y así sucesivamente, Su honor se limita al nombre.
De hecho, no participa de esa dignidad que indica el significado de aquellos nombres; y mientras el sabio Daniel, al corregir el error de idolatría de los babilonios, para que no adoraran la imagen de bronce ni al dragón, sino que reverenciaran el nombre de Dios, que los hombres en su necedad les habían atribuido, mostró claramente con lo que hizo que el nombre alto y excelso de Dios no tenía semejanza con el reptil, ni con la imagen de bronce fundido — este enemigo de Dios se afana en su enseñanza por probar exactamente lo contrario de esto respecto al Hijo Unigénito de Dios, exclamando en el estilo que afecta: «No consideréis los nombres de los que nuestro Señor es partícipe, de modo que infiráis Su naturaleza inefable y sublime. Pues muchas de las cosas más débiles están igualmente investidas con nombres de honor, excelso en verdad en su sonido, aunque su naturaleza no se transforma de modo que alcance la grandeza de sus apelativos.» Por consiguiente, dice que las cosas inferiores reciben su honor de Dios sólo en lo que respecta a sus nombres, sin que igualdad de dignidad acompañe a sus apelativos. Cuando, por tanto, hayamos aprendido todos los nombres del Hijo que son de significación excelsa, debemos tener presente que el honor que implican se le atribuye sólo en lo que respecta a las palabras, pero que, según el sistema de nomenclatura que ellos adoptan, Él no participa de la dignidad implicada por las palabras.
Pero al demorarme en tales necedades temo estar complaciendo secretamente a nuestros adversarios. Pues al oponer la verdad a sus vanas y vacías palabras, me parece a mí mismo estar agotando la paciencia de mi auditorio antes de llegar al peso de la batalla. Estos puntos, entonces, los dejaré a mis oyentes más doctos para que los despachen, y proseguiré con mi tarea. Ni atenderé ahora una cosa que ha dicho, que, sin embargo, está estrechamente ligada a nuestra investigación; a saber, que estas cosas han sido dispuestas de tal modo que el pensamiento y la concepción humanos no pueden reclamar autoridad alguna sobre los nombres. Pero ¿quién hay que sostenga que lo que no se ve en su propia subsistencia tiene autoridad sobre algo? Pues sólo las criaturas que se gobiernan por su propia voluntad deliberada son capaces de actuar con autoridad. Pero el pensamiento y la concepción son una operación de la mente, que depende de la elección deliberada de quienes hablan, sin tener subsistencia independiente, sino subsistiendo sólo en la fuerza de las cosas dichas. Pero esto, dice, pertenece a Dios, el Creador de todas las cosas, quien, mediante limitaciones y reglas de relación, energía y proporción, aplica apelativos adecuados a cada una de las cosas nombradas. Pero esto o es puro desatino, o contradice sus afirmaciones anteriores. Pues si ahora profesa que Dios fija nombres adecuados a sus sujetos, ¿por qué argumenta, como hemos visto, que Dios otorga nombres excelsos a cosas sin honor, sin permitirles una parte en la dignidad que sus nombres indican, y de nuevo, que Él degrada cosas de naturaleza excelsa mediante nombres sin honor, no siendo afectada su naturaleza por la mezquindad de sus apelativos? Pero quizá somos injustos con él al someter su insensata acumulación de frases a acusaciones como estas. Pues son del todo ajenas a todo sentido (no digo sólo a un sentido en conformidad con la reverencia), y se hallará que están completamente desprovistas de razón por todos los que entienden cómo formarse un juicio exacto en tales materias. Puesto que, entonces, como el pez llamado pulmón marino, lo que vemos parece tener bulto y volumen, que resulta ser, sin embargo, sólo materia viscosa repugnante a la vista, y aún más repugnante al tacto, pasaré por alto sus observaciones en silencio, considerando que esa es la mejor respuesta a sus vanas efusiones. Pues sería mejor que no indagáramos qué ley gobierna la «energía», y la «proporción», y la «relación», y quién es el que prescribe leyes a Dios respecto a reglas y modos de proporción y relación, que, ocupándonos en tales asuntos, nausear a nuestros oyentes, y divagar de los asuntos de investigación más importantes.
Pero temo que todo cuanto hallemos en el discurso de Eunomio resultará ser meros tumores y pulmones marinos, de modo que lo dicho habrá de cerrar forzosamente nuestro argumento, pues sus escritos no suministrarán materia con la que trabajar. Pues así como el humo o la niebla hace pesado y espeso el aire en que reside, e incapacita al ojo para el desempeño de su función natural, sin llegar a formar un cuerpo tan denso que quien quiera pueda asirlo y retenerlo en las palmas y ofrecer resistencia a su golpe, así, si se dijera lo mismo de su pomposo escrito, la comparación no sería falsa. Mucha necedad se elabora en su discurso hinchado y viscoso, y a quien no está dotado de demasiado discernimiento, como la niebla a quien la mira de lejos, parece tener alguna substancia y forma; pero si te acercas y escudriñas lo dicho, las teorías se te escapan de las manos como humo y se desvanecen en nada, sin tener solidez ni resistencia alguna que oponer al golpe de tu argumento. Difícil es, por tanto, saber qué hacer. Pues a quienes gustan de quejarse cualquiera de las dos alternativas les parecerá objetable: ya sea que, saltando por encima de su vacía verborrea como sobre un barranco, dirijamos el curso de nuestro argumento al terreno llano y abierto, contra aquellos puntos que parecen tener alguna fuerza contra la verdad, o formemos nuestra absurda batalla a lo largo de toda la línea de sus vacuidades. Pues en este último caso, para quienes no aman el trabajo duro, nuestra labor, que se extiende a lo largo de varios miles de líneas sin propósito útil, resultará fatigosa e improductiva. Pero si atacamos sólo aquellos puntos que parecen tener alguna fuerza contra la verdad, daremos ocasión a nuestros adversarios de acusarnos de pasar por alto argumentos suyos que somos incapaces de refutar. Puesto que, entonces, se nos abren dos caminos: o tomar todos sus argumentos uno tras otro, o recorrer sólo los más importantes —el uno tedioso para nuestros oyentes, el otro expuesto a la sospecha de nuestros atacantes—, pienso que lo mejor es adoptar un camino intermedio, y así, en lo posible, evitar la censura por ambos lados. ¿Cuál es, pues, nuestro método? Después de limpiar, en la medida de lo posible, sus vanas producciones de la escoria que han acumulado, recorreremos sumariamente los puntos principales de su argumento de tal manera que ni nos hundamos innecesariamente en las profundidades de sus necedades, ni dejemos ninguna de sus afirmaciones sin examinar. Ahora bien, todo su tratado es un ambicioso intento de mostrar que Dios habla a la manera de los hombres, y que el Creador de todas las cosas les da nombres adecuados, indicativos de las cosas mismas. Y, por tanto, oponiéndose a quien sostenía que tales nombres son dados por aquella naturaleza racional que hemos recibido de Dios, lo acusa de error y de abandono de su proposición fundamental; y, tras formularle esta acusación, emplea los siguientes argumentos en apoyo de su posición.
Basilio, dice, afirma que después de haber obtenido nuestra primera idea de una cosa, la investigación más minuciosa y precisa de la cosa considerada se llama concepción. Y Eunomio refuta esto, según piensa, con el siguiente argumento: que donde no se hallan esta primera y esta segunda noción, i.e. una más minuciosa y precisa que la otra, no tiene lugar la operación que llamamos pensamiento y concepción. Aquí, sin embargo, será convicto de deshonestidad por todos los que tengan oídos para oír. Pues no fue de todo pensamiento y concepción de lo que nuestro maestro (Basilio) estableció esta definición, sino que, tras hacer una subdivisión especial de los objetos del pensamiento y de la concepción (para no recargar la cuestión con demasiadas palabras), y habiendo dejado clara esta parte, dejó a los hombres sensatos deducir por sí mismos el todo a partir de la parte. Y así como, si alguien dijera que obtenemos nuestra definición de animal considerando un número de animales de diferentes especies, no podría ser convicto de faltar a la verdad al poner al hombre como ejemplo pertinente, ni habría necesidad de corregirlo como desviándose del hecho, a no ser que diera de un animal alado, o cuadrúpedo, o acuático la misma definición que del hombre, así, cuando los puntos de vista desde los cuales podemos considerar esta concepción son tantos y tan variados, no es refutación de la afirmación de Basilio decir que se llama impropiamente así en un caso porque hay otra especie. En consecuencia, aun si se considera otra especie, de ningún modo se sigue que la anteriormente dada se llame erróneamente así. Ahora bien, si, dice él, se pudiera mostrar que alguno de los Apóstoles o Profetas usó estos nombres de Cristo, la falsedad tendría algo en qué apoyarse. ¡A qué estudio tan industrioso de la palabra de Dios por parte de nuestro adversario no dan testimonio estas palabras! ¡Ninguno de los Profetas o Apóstoles ha hablado de nuestro Señor como Pan, ni como Piedra, ni como Fuente, ni como Hacha, ni como Luz, ni como Pastor! ¿Qué dice, pues, David, y de quién? «El Señor me pastorea.» «Tú que pastoreas a Israel, escucha.» ¿Qué diferencia hay entre que se hable de Él como pastoreando o como Pastor? Y de nuevo, «Contigo está el Pozo de la vida.» ¿Niega que nuestro Señor sea llamado «Pozo»? Y de nuevo, «La Piedra que desecharon los constructores [].» Y Juan también—donde, representando el poder de nuestro Señor para desarraigar el mal bajo el nombre de hacha, dice, «Y ahora también el Hacha está puesta a la raíz de los árboles []»— ¿no es un testigo de peso y creíble de la verdad de nuestras palabras?
Y Moisés, que ve a Dios en la luz, y Juan, que lo llama la Luz verdadera, y del mismo modo Pablo, cuando nuestro Señor se le apareció por primera vez y una Luz resplandeció en torno suyo, y después cuando oyó las palabras de la Luz que decía, «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. [],»— ¿no es un testigo competente? Y en cuanto al nombre «Pan,» que lea el Evangelio y vea cómo el pan dado por Moisés, y suministrado a Israel desde el cielo, fue tomado por nuestro Señor como tipo de Sí mismo: «Porque Moisés no os dio aquel Pan, sino que mi Padre os da el verdadero Pan (refiriéndose a Sí mismo), que desciende del cielo y da vida al mundo.» Pero este genuino oyente de la ley dice que ninguno de los Profetas o Apóstoles ha aplicado estos nombres a Cristo. ¿Qué diremos, entonces, de lo que sigue? «Aunque nuestro Señor mismo los adopte, sin embargo, puesto que en los nombres del Salvador no hay primero ni segundo, ninguno más minucioso o preciso que otro, pues Él los conoce todos a la vez con igual precisión, no es posible acomodar su (de Basilio) explicación de la operación de la concepción a ninguno de Sus nombres.»
He inundado mi discurso con mucha de su necedad, pero confío en que mis oyentes me perdonarán por no dejar inadvertidas ni siquiera las más patentes de sus vacuidades; no porque nos complazcamos en la indecencia de nuestro autor (¿pues qué ventaja podemos obtener de la refutación de la necedad de nuestros adversarios?), sino para que la verdad sea promovida por la confirmación venga de donde venga. «Puesto que,» dice él, «nuestro Señor se aplica a Sí mismo estas apelaciones, sin considerar a ninguna de ellas primera, ni segunda, ni más minuciosa y precisa que las demás, no puedes decir que estos nombres sean el resultado de la concepción.» ¡Pero si ha olvidado su propio objeto! ¿De dónde saca el conocimiento de las palabras contra las que declara la guerra? Nuestro maestro y guía había mencionado un ejemplo familiar a todos, para ilustrar la doctrina de la concepción, y tras explicar su sentido con ilustraciones inferiores, eleva la consideración de la cuestión a cosas más altas. Había dicho que la palabra «grano,» considerada en sí misma, es una sola cosa en cuanto a la substancia, pero que, en cuanto a las diversas propiedades que vemos en él, varía sus apelaciones, pues se lo llama semilla, fruto, alimento y cosas semejantes. De modo semejante, dice, nuestro Señor es, respecto de Sí mismo, lo que es esencialmente, pero cuando se lo nombra según las diferencias de Sus operaciones, no tiene una sola apelación en todos los casos, sino que toma un nombre diferente según cada noción producida en nosotros por la operación. ¿Cómo, entonces, lo que dice refuta nuestra teoría de que es posible que muchas apelaciones se atribuyan con propiedad, según la diversidad de Sus operaciones y su relación con sus efectos, al Hijo de Dios, aunque uno en cuanto a la fuerza subyacente, así como el grano, aunque uno, tiene varios nombres que se le asignan según el punto de vista desde el cual lo consideramos? ¿Cómo, entonces, puede ser derribado lo dicho por nosotros al decir que Cristo usó todos estos nombres de Sí mismo? Pues la cuestión no era quién los atribuía, sino el significado de los nombres, si denotan la esencia o si se derivan de Sus operaciones por el proceso de la concepción. Pero nuestro astuto y enérgico adversario, derribando nuestra teoría de la concepción, que declara que es posible hallar muchas apelaciones para uno y el mismo sujeto según las significaciones de sus operaciones, nos ataca vigorosamente, afirmando que tales nombres no fueron dados a nuestro Señor por otro. Pero ¿qué tiene esto que ver con el caso en cuestión? Puesto que estos nombres son usados por nuestro Señor, ¿no admitirá que son nombres, o apelaciones, o palabras que expresan ideas? Pues si no quiere admitir que son nombres, entonces, al suprimir las apelaciones, suprime al mismo tiempo la concepción. Pero si no niega que estas palabras son nombres, ¿qué daño puede hacer a nuestra doctrina de la concepción mostrando que tales títulos fueron dados a nuestro Señor, no por otro, sino por Él mismo? Pues lo que se dijo fue esto: que, como en el caso del grano, nuestro Señor, aunque substancialmente Uno, lleva epítetos adecuados a Sus operaciones. Y como se admite que el grano tiene sus nombres en virtud de nuestra concepción de sus asociaciones, se mostró que estos términos significativos de nuestro Señor no son de Su esencia, sino que se forman por el método de la concepción en nuestras mentes respecto de Él. Pero nuestro antagonista evita cuidadosamente atacar estas posiciones, y sostiene que nuestro Señor recibió estos nombres de Sí mismo, del mismo modo que, si alguien buscara la verdadera interpretación del nombre «Isaac,» ya signifique risa, como dicen algunos, o algo distinto, uno del modo de pensar de Eunomio respondería confiadamente que el nombre le fue dado de niño por su madre: pero eso, se podría decir, no era la cuestión, i.e. por quién fue dado el nombre, sino qué significa traducido a nuestra lengua. Y siendo éste el punto de la indagación, si las varias apelaciones de nuestro Señor eran el resultado de la concepción, en lugar de ser indicativas de Su esencia, el que así pretende demostrar que no se derivan de tal modo porque son usadas por nuestro Señor mismo— ¿cómo puede contarse entre los hombres sensatos, guerreando como guerrea contra la verdad, y equipándose para la guerra con alianzas tales que sirven para mostrar la fuerza superior de su enemigo?
Luego, yendo más lejos, como si su objeto se hubiera alcanzado ya hasta aquí, formula contra nosotros otros cargos, más difíciles, en su opinión, de tratar que los anteriores, y con muchos gemidos preliminares e intentos de predisponer a sus oyentes contra nosotros y de abrirles el apetito para su discurso, acusándonos además de tratar de establecer doctrinas que saben a blasfemia y de atribuir a nuestra propia concepción nombres asignados por Dios (aunque en ninguna parte menciona a qué asignación se refiere, ni cuándo ni dónde tuvo lugar), y, además, de arrojarlo todo a la confusión e identificar la esencia del Unigénito con su operación, sin argumentar el asunto ni mostrar cómo probamos la identidad de la esencia y la operación, remata con la misma lista de cargos, como sigue: «Y ahora, pasando más allá de esto, él (Basilio) mancilla incluso al Altísimo con las más viles blasfemias, usando al mismo tiempo un lenguaje roto e ilustraciones fuera de lugar.» Ahora bien, antes de la indagación, quisiera que se me dijera de qué está «roto» nuestro lenguaje, y de qué blanco está «fuera»; no es que quiera saberlo, salvo para mostrar la confusión y oscuridad de su discurso, que él machaca en los oídos de las viejas de entre los nuestros, pavoneándose de sus frases pulidas, que recita ante los admiradores de tales cosas, ignorando, al parecer, que a juicio de los hombres cultos este discurso suyo servirá sólo como memorial de su propia infamia.