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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSegunda carta prefatoria
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 min3\. No vemos nada notable en la fuerza lógica del tratado de Eunomio, y por eso emprendemos nuestra Respuesta con justa confianza.
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 min5\. Su peculiar caricatura de los obispos, Eustacio de Armenia y Basilio de Galacia, no está bien lograda.
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 11 min7\. El propio Eunomio prueba que la confesión de fe que hizo no fue recusada.
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 9 min8\. Los hechos muestran que los términos de injuria que ha empleado contra Basilio son más apropiados para él mismo.
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 min10\. Todos sus epítetos insultantes quedan demostrados como falsos por los hechos.
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 min11\. La sofística que emplea para demostrar que nosotros reconocimos que él había sido sometido a juicio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 min12\. Su acusación de cobardía carece de fundamento: pues Basilio mostró el mayor valor ante el Emperador y sus lugartenientes.
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 min13\. Resumen de su enseñanza dogmática. Objeciones a ella en detalle.
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 min15\. Obra mal al hacer que solo el ser del Padre sea propio y supremo
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 8 min16\. Examen del significado de 'sujeción': en cuanto dice que la naturaleza del Espíritu Santo está sujeta a la del Padre y del Hijo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 min18\. No tiene razón para distinguir una pluralidad de seres en la Trinidad. No ofrece demostración de que así sea.
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 min20\. Yerra al suponer, para explicar la existencia del Unigénito, una 'energía' que produjo la Persona de Cristo.
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 14 min21\. La blasfemia de estos herejes es peor que la incredulidad judía.
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 3 min22\. No tiene derecho a afirmar un mayor y un menor en el ser divino. Una exposición sistemática de la enseñanza de la Iglesia.
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 8 min23\. Estas doctrinas de nuestra Fe atestiguadas y confirmadas por pasajes de la Escritura.
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 11 min24\. Su elaborada explicación de grados y diferencias en 'obras' y 'energías' dentro de la Trinidad es absurda.
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 min25\. Quien afirma que el Padre es 'anterior' al Hijo con cualquier pensamiento de un intervalo debe por fuerza admitir que ni siquiera el Padre está
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 11 min26\. No servirá aplicar esta concepción, tal como se ha expuesto arriba, del Padre y del Hijo a la Creación, como insisten en hacer
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 min27\. Imagina falsamente que las mismas energías producen las mismas obras, y que la variación en las obras indica variación en las energías.
  22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 min28\. Imagina falsamente que podemos tener una serie inalterable de naturalezas armoniosas que existen unas al lado de otras.
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 7 min29\. Piensa vanamente que la duda acerca de las energías ha de resolverse por los seres, y a la inversa.
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 min32\. Su afirmación de que "el modo de la semejanza debe seguir el modo de la generación" es ininteligible.
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 min33\. Declara falsamente que "el modo de la generación ha de conocerse a partir de la dignidad intrínseca del generador".
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 min34\. El pasaje en que ataca el ['Ομοούσιον], y la controversia en respuesta al mismo.
  27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 10 min35\. Prueba de que la enseñanza anomea tiende al maniqueísmo.
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 7 min36\. Una repetición pasajera de la enseñanza de la Iglesia.
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 6 min37\. Defensa de la afirmación de San Basilio, atacada por Eunomio, de que los términos 'Padre' y 'El Ingenerado' pueden tener el mismo significado.
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 12 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
  33. Sesión 33 · Parte 7 · ≈ 11 min39\. Respuesta a la pregunta que siempre formula, «¿Puede ser engendrado el que es?»
  34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 7 min40\. Su infructuoso intento de ser consecuente con sus propias afirmaciones después de que Basilio lo hubo refutado.
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 13 min41\. Lo que sigue no es lo mismo que aquello a lo que sigue.
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 12 minLibro II
  37. Sesión 37 · Parte 8 · ≈ 9 min3\. Gregorio procede a discutir la fuerza relativa del nombre innominable de la Santísima Trinidad y la relación mutua de las Personas
  38. Sesión 38 · Parte 8 · ≈ 8 min5\. Después refuta admirablemente las ininteligibles afirmaciones de Eunomio que sostienen que la esencia del Padre no está separada ni dividida
  39. Sesión 39 · Parte 8 · ≈ 11 min6\. Muestra después la unidad del Hijo con el Padre y la falta de comprensión y de conocimiento en las Escrituras por parte de Eunomio.
  40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 10 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
  41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 7 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
  42. Sesión 42 · Parte 9 · ≈ 6 min8\. Expone además muy oportunamente el sentido del término «Unigénito,» y del término «Primogénito,» empleado cuatro veces por el Apóstol.
  43. Sesión 43 · Parte 9 · ≈ 11 min9\. Gregorio discute de nuevo la generación del Unigénito, y otros diversos modos de generación, materiales e inmateriales
  44. Sesión 44 · Parte 9 · ≈ 9 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
  45. Sesión 45 · Parte 9 · ≈ 8 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
  46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 12 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
  47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 3 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
  48. Sesión 48 · Parte 10 · ≈ 14 min12\. Así procede a un magnífico discurso sobre la interpretación de «Mediador», «Semejante», «Ingenerado», y de «engendrado»
  49. Sesión 49 · Parte 10 · ≈ 11 min13\. Expone el pasaje del Evangelio, «El Padre no juzga a nadie,» y habla además de la asunción del hombre con cuerpo y alma obrada por el Señor
  50. Sesión 50 · Parte 10 · ≈ 11 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
  51. Sesión 51 · Parte 10 · ≈ 5 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
  52. Sesión 52 · Parte 11 · ≈ 10 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
  53. Sesión 53 · Parte 11 · ≈ 9 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
  54. Sesión 54 · Parte 11 · ≈ 12 minLibro III
  55. Sesión 55 · Parte 11 · ≈ 10 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
  56. Sesión 56 · Parte 11 · ≈ 13 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 2 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
  58. Sesión 58 · Parte 12 · ≈ 9 min3\. Muestra luego, a partir del ejemplo de Adán y Abel y de otros ejemplos
  59. Sesión 59 · Parte 12 · ≈ 10 min4\. Así muestra la unidad del Hijo eterno con el Padre
  60. Sesión 60 · Parte 12 · ≈ 9 min5\. Discute la incomprehensibilidad de la esencia divina, y el dicho a la mujer de Samaria, «Vosotros adoráis lo que no sabéis.»
  61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 12 min7\. Después termina el libro con una exposición de los nombres divinos y humanos del Unigénito
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 13 minLibro IV
  63. Sesión 63 · Parte 12 · ≈ 3 min1\. El libro cuarto discute la exposición de la naturaleza del «producto de la generación», y de la generación impasible del Unigénito, y el texto
  64. Sesión 64 · Parte 13 · ≈ 8 min2\. Demuestra que Eunomio aplicó al Unigénito términos propios de la existencia de la tierra
  65. Sesión 65 · Parte 13 · ≈ 9 min3\. Después discute de nuevo admirablemente el término [πρωτότοκος] tal como el Apóstol lo emplea cuatro veces.
  66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 9 min4\. Prosigue de nuevo discutiendo la impasibilidad de la engendración del Señor
  67. Sesión 67 · Parte 13 · ≈ 9 min5\. Muestra de nuevo a Eunomio, constreñido por la verdad, en el carácter de abogado de la doctrina ortodoxa
  68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 11 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
  69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 7 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
  70. Sesión 70 · Parte 14 · ≈ 7 min7\. Critica a continuación clara y hábilmente la doctrina de la imposibilidad de comparación con las cosas hechas después del Hijo
  71. Sesión 71 · Parte 14 · ≈ 8 min8\. Prosigue mostrando que no hay «variación» en la esencia del Padre y del Hijo
  72. Sesión 72 · Parte 14 · ≈ 9 min9\. Luego, distinguiendo entre la esencia y la engendración, declara que el lenguaje vacío y frívolo de Eunomio es como un sonajero
  73. Sesión 73 · Parte 15 · ≈ 8 minLibro V
  74. Sesión 74 · Parte 15 · ≈ 9 min2\. Explica después la frase de San Pedro, «A éste Dios le hizo Señor y Cristo.» Y presenta aquí la declaración contraria de Eunomio
  75. Sesión 75 · Parte 15 · ≈ 9 min3\. Una réplica notable y original a estas declaraciones, y una demostración del poder del Crucificado
  76. Sesión 76 · Parte 15 · ≈ 9 min4\. Muestra la falsedad de la calumniosa acusación de Eunomio según la cual el gran Basilio había dicho que «el hombre se había vaciado para hacerse
  77. Sesión 77 · Parte 15 · ≈ 9 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
  78. Sesión 78 · Parte 15 · ≈ 4 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
  79. Sesión 79 · Parte 16 · ≈ 6 minLibro VI
  80. Sesión 80 · Parte 16 · ≈ 9 min2\. Luego vuelve a mencionar la palabra de San Pedro, «hecho», y el pasaje de la Epístola a los Hebreos
  81. Sesión 81 · Parte 16 · ≈ 10 min3\. Luego da una notable explicación de la palabra del Señor a Felipe, «El que me ha visto
  82. Sesión 82 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
  83. Sesión 83 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
  84. Sesión 84 · Parte 17 · ≈ 11 minLibro VII
  85. Sesión 85 · Parte 17 · ≈ 8 min1\. El libro séptimo muestra, a partir de diversas afirmaciones hechas a los Corintios y a los Hebreos, y de las palabras del Señor
  86. Sesión 86 · Parte 17 · ≈ 10 min2\. Luego declara que la estrecha relación entre los nombres y las cosas es inmutable, y luego procede en consecuencia, de la manera más excelente
  87. Sesión 87 · Parte 17 · ≈ 6 min4\. Dice que todas las cosas que están en la creación han sido nombradas por el hombre, si, como es el caso
  88. Sesión 88 · Parte 17 · ≈ 7 min5\. Después de mucho discurso acerca de lo realmente existente, de lo ingenerado y de lo bueno
  89. Sesión 89 · Parte 18 · ≈ 9 minLibro VIII
  90. Sesión 90 · Parte 18 · ≈ 8 min2\. Luego trata sobre el «querer» del Padre en cuanto a la generación del Hijo, y muestra que el objeto de esa buena voluntad es desde la eternidad
  91. Sesión 91 · Parte 18 · ≈ 6 min3\. Luego, pasando por alto lo relativo a la esencia del Hijo, por haber sido ya discutido, trata del sentido implícito en la «generación»
  92. Sesión 92 · Parte 18 · ≈ 7 min4\. Además muestra que las operaciones de Dios se expresan mediante ilustraciones humanas
  93. Sesión 93 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
  94. Sesión 94 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
  95. Sesión 95 · Parte 19 · ≈ 8 minLibro IX
  96. Sesión 96 · Parte 19 · ≈ 8 min2\. Luego muestra ingeniosamente que la engendración del Hijo no es según la frase de Eunomio, «El Padre lo engendró en aquel tiempo en que lo eligió
  97. Sesión 97 · Parte 19 · ≈ 11 min3\. Muestra además que la generación pretemporal del Hijo no está sujeta a las influencias derivadas de la generación ordinaria y carnal
  98. Sesión 98 · Parte 19 · ≈ 13 min4\. Luego, habiendo mostrado que la calumnia de Eunomio contra el gran Basilio, según la cual llamó al Unigénito «Ingenerado,» es falsa
  99. Sesión 99 · Parte 20 · ≈ 9 minLibro X
  100. Sesión 100 · Parte 20 · ≈ 7 min2\. A continuación muestra de manera admirable la Vida eterna, que es Cristo, a los que no le confiesan
  101. Sesión 101 · Parte 20 · ≈ 6 min3\. Muestra después la eternidad de la generación del Hijo y la identidad inseparable de su esencia con Aquel que lo engendró
  102. Sesión 102 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
  103. Sesión 103 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
  104. Sesión 104 · Parte 20 · ≈ 3 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
  105. Sesión 105 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  106. Sesión 106 · Parte 21 · ≈ 8 min2\. Muestra también con ingenio, a partir del pasaje del Evangelio que habla de «Maestro bueno,» de la parábola de la Viña, de Isaías y de Pablo
  107. Sesión 107 · Parte 21 · ≈ 10 min3\. Luego expone la ignorancia de Eunomio y la incoherencia y absurdidad de sus argumentos al hablar del Hijo como «el Ángel del Existente,» y como
  108. Sesión 108 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
  109. Sesión 109 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
  110. Sesión 110 · Parte 21 · ≈ 3 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
  111. Sesión 111 · Parte 22 · ≈ 10 minLibro XII
  112. Sesión 112 · Parte 22 · ≈ 8 min2\. Luego, refiriéndose a la blasfemia de Eunomio, que había sido refutada por el gran Basilio
  113. Sesión 113 · Parte 22 · ≈ 8 min3\. Continúa luego interpretando de modo notable el lenguaje del Evangelio, «En el principio era el Verbo», y «Vida» y «Luz»
  114. Sesión 114 · Parte 22 · ≈ 9 min4\. De nuevo acusa a Eunomio de haber tomado su término [ἀ γεννησία] de los escritos jeroglíficos y de la mitología e idolatría egipcias
  115. Sesión 115 · Parte 22 · ≈ 9 minRespuesta al segundo libro de Eunomio
  116. Sesión 116 · Parte 23 · ≈ 12 minPrimera parte (¶ 1–15)
  117. Sesión 117 · Parte 23 · ≈ 11 minPrimera parte (¶ 1–15)
  118. Sesión 118 · Parte 23 · ≈ 14 minPrimera parte (¶ 1–15)
  119. Sesión 119 · Parte 23 · ≈ 9 minPrimera parte (¶ 1–15)
  120. Sesión 120 · Parte 24 · ≈ 11 minSegunda parte (¶ 16–35)
  121. Sesión 121 · Parte 24 · ≈ 10 minSegunda parte (¶ 16–35)
  122. Sesión 122 · Parte 24 · ≈ 12 minSegunda parte (¶ 16–35)
  123. Sesión 123 · Parte 24 · ≈ 8 minSegunda parte (¶ 16–35)
  124. Sesión 124 · Parte 25 · ≈ 11 minTercera parte (¶ 36–54)
  125. Sesión 125 · Parte 25 · ≈ 9 minTercera parte (¶ 36–54)
  126. Sesión 126 · Parte 25 · ≈ 13 minTercera parte (¶ 36–54)
  127. Sesión 127 · Parte 25 · ≈ 12 minTercera parte (¶ 36–54)
  128. Sesión 128 · Parte 26 · ≈ 12 minCuarta parte (¶ 55–71)
  129. Sesión 129 · Parte 26 · ≈ 9 minCuarta parte (¶ 55–71)
  130. Sesión 130 · Parte 26 · ≈ 10 minCuarta parte (¶ 55–71)
  131. Sesión 131 · Parte 26 · ≈ 11 minCuarta parte (¶ 55–71)
  132. Sesión 132 · Parte 27 · ≈ 12 minQuinta parte (¶ 72–87)
  133. Sesión 133 · Parte 27 · ≈ 10 minQuinta parte (¶ 72–87)
  134. Sesión 134 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
  135. Sesión 135 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
  136. Sesión 136 · Parte 27 · ≈ 4 minQuinta parte (¶ 72–87)
  137. Sesión 137 · Parte 28 · ≈ 12 minSexta parte (¶ 88–102)
  138. Sesión 138 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
  139. Sesión 139 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
  140. Sesión 140 · Parte 28 · ≈ 10 minSexta parte (¶ 88–102)
  141. Sesión 141 · Parte 28 · ≈ 6 minSexta parte (¶ 88–102)
  142. Sesión 142 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
  143. Sesión 143 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
  144. Sesión 144 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
  145. Sesión 145 · Parte 29 · ≈ 11 minSéptima parte (¶ 103–119)
  146. Sesión 146 · Parte 29 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — GREGORIO DE NISA

    Índice de la obra

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    Contra Eunomio

    Siglo IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Moore y Wilson (Nicene and Post-Nicene Fathers)50 minPosición: 0% de esta parteParte 13 de 29 · 2\. Demuestra que Eunomio aplicó al Unigénito términos propios de la existencia de la tierraPublicado el Actualizado el Ref. ESC-NIS-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSegunda carta prefatoria
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 min3\. No vemos nada notable en la fuerza lógica del tratado de Eunomio, y por eso emprendemos nuestra Respuesta con justa confianza.
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 min5\. Su peculiar caricatura de los obispos, Eustacio de Armenia y Basilio de Galacia, no está bien lograda.
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 11 min7\. El propio Eunomio prueba que la confesión de fe que hizo no fue recusada.
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 9 min8\. Los hechos muestran que los términos de injuria que ha empleado contra Basilio son más apropiados para él mismo.
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 min10\. Todos sus epítetos insultantes quedan demostrados como falsos por los hechos.
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 min11\. La sofística que emplea para demostrar que nosotros reconocimos que él había sido sometido a juicio
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 min12\. Su acusación de cobardía carece de fundamento: pues Basilio mostró el mayor valor ante el Emperador y sus lugartenientes.
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 min13\. Resumen de su enseñanza dogmática. Objeciones a ella en detalle.
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 min15\. Obra mal al hacer que solo el ser del Padre sea propio y supremo
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 8 min16\. Examen del significado de 'sujeción': en cuanto dice que la naturaleza del Espíritu Santo está sujeta a la del Padre y del Hijo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 11 min18\. No tiene razón para distinguir una pluralidad de seres en la Trinidad. No ofrece demostración de que así sea.
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 min20\. Yerra al suponer, para explicar la existencia del Unigénito, una 'energía' que produjo la Persona de Cristo.
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 14 min21\. La blasfemia de estos herejes es peor que la incredulidad judía.
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 3 min22\. No tiene derecho a afirmar un mayor y un menor en el ser divino. Una exposición sistemática de la enseñanza de la Iglesia.
    17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 8 min23\. Estas doctrinas de nuestra Fe atestiguadas y confirmadas por pasajes de la Escritura.
    18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 11 min24\. Su elaborada explicación de grados y diferencias en 'obras' y 'energías' dentro de la Trinidad es absurda.
    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 min25\. Quien afirma que el Padre es 'anterior' al Hijo con cualquier pensamiento de un intervalo debe por fuerza admitir que ni siquiera el Padre está
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 11 min26\. No servirá aplicar esta concepción, tal como se ha expuesto arriba, del Padre y del Hijo a la Creación, como insisten en hacer
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 min27\. Imagina falsamente que las mismas energías producen las mismas obras, y que la variación en las obras indica variación en las energías.
    22. Sesión 22 · Parte 5 · ≈ 11 min28\. Imagina falsamente que podemos tener una serie inalterable de naturalezas armoniosas que existen unas al lado de otras.
    23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 7 min29\. Piensa vanamente que la duda acerca de las energías ha de resolverse por los seres, y a la inversa.
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 min32\. Su afirmación de que "el modo de la semejanza debe seguir el modo de la generación" es ininteligible.
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 7 min33\. Declara falsamente que "el modo de la generación ha de conocerse a partir de la dignidad intrínseca del generador".
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 11 min34\. El pasaje en que ataca el ['Ομοούσιον], y la controversia en respuesta al mismo.
    27. Sesión 27 · Parte 6 · ≈ 10 min35\. Prueba de que la enseñanza anomea tiende al maniqueísmo.
    28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 7 min36\. Una repetición pasajera de la enseñanza de la Iglesia.
    29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 6 min37\. Defensa de la afirmación de San Basilio, atacada por Eunomio, de que los términos 'Padre' y 'El Ingenerado' pueden tener el mismo significado.
    30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 12 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 min38\. Varios modos de refutar sus silogismos capciosos.
    33. Sesión 33 · Parte 7 · ≈ 11 min39\. Respuesta a la pregunta que siempre formula, «¿Puede ser engendrado el que es?»
    34. Sesión 34 · Parte 7 · ≈ 7 min40\. Su infructuoso intento de ser consecuente con sus propias afirmaciones después de que Basilio lo hubo refutado.
    35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 13 min41\. Lo que sigue no es lo mismo que aquello a lo que sigue.
    36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 12 minLibro II
    37. Sesión 37 · Parte 8 · ≈ 9 min3\. Gregorio procede a discutir la fuerza relativa del nombre innominable de la Santísima Trinidad y la relación mutua de las Personas
    38. Sesión 38 · Parte 8 · ≈ 8 min5\. Después refuta admirablemente las ininteligibles afirmaciones de Eunomio que sostienen que la esencia del Padre no está separada ni dividida
    39. Sesión 39 · Parte 8 · ≈ 11 min6\. Muestra después la unidad del Hijo con el Padre y la falta de comprensión y de conocimiento en las Escrituras por parte de Eunomio.
    40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 10 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
    41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 7 min7\. Gregorio demuestra además que el Unigénito, al ser engendrado no solo del Padre, sino también impasiblemente de la Virgen por el Espíritu Santo
    42. Sesión 42 · Parte 9 · ≈ 6 min8\. Expone además muy oportunamente el sentido del término «Unigénito,» y del término «Primogénito,» empleado cuatro veces por el Apóstol.
    43. Sesión 43 · Parte 9 · ≈ 11 min9\. Gregorio discute de nuevo la generación del Unigénito, y otros diversos modos de generación, materiales e inmateriales
    44. Sesión 44 · Parte 9 · ≈ 9 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
    45. Sesión 45 · Parte 9 · ≈ 8 min10\. Explica la frase «El Señor me creó,» y el argumento sobre la originación del Hijo
    46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 12 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
    47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 3 min11\. Tras exponer la excelsa condición del Todopoderoso, la eternidad del Hijo y la frase «se hizo obediente»
    48. Sesión 48 · Parte 10 · ≈ 14 min12\. Así procede a un magnífico discurso sobre la interpretación de «Mediador», «Semejante», «Ingenerado», y de «engendrado»
    49. Sesión 49 · Parte 10 · ≈ 11 min13\. Expone el pasaje del Evangelio, «El Padre no juzga a nadie,» y habla además de la asunción del hombre con cuerpo y alma obrada por el Señor
    50. Sesión 50 · Parte 10 · ≈ 11 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
    51. Sesión 51 · Parte 10 · ≈ 5 min14\. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
    52. Sesión 52 · Parte 11 · ≈ 10 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
    53. Sesión 53 · Parte 11 · ≈ 9 min15\. Por último, expone largamente la necedad de Eunomio, quien a veces habla del Espíritu Santo como creado y como la obra más hermosa del Hijo
    54. Sesión 54 · Parte 11 · ≈ 12 minLibro III
    55. Sesión 55 · Parte 11 · ≈ 10 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
    56. Sesión 56 · Parte 11 · ≈ 13 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
    57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 2 min2\. Luego examina y expone una vez más de manera excelente, apropiada y clara el pasaje «El Señor me creó.»
    58. Sesión 58 · Parte 12 · ≈ 9 min3\. Muestra luego, a partir del ejemplo de Adán y Abel y de otros ejemplos
    59. Sesión 59 · Parte 12 · ≈ 10 min4\. Así muestra la unidad del Hijo eterno con el Padre
    60. Sesión 60 · Parte 12 · ≈ 9 min5\. Discute la incomprehensibilidad de la esencia divina, y el dicho a la mujer de Samaria, «Vosotros adoráis lo que no sabéis.»
    61. Sesión 61 · Parte 12 · ≈ 12 min7\. Después termina el libro con una exposición de los nombres divinos y humanos del Unigénito
    62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 13 minLibro IV
    63. Sesión 63 · Parte 12 · ≈ 3 min1\. El libro cuarto discute la exposición de la naturaleza del «producto de la generación», y de la generación impasible del Unigénito, y el texto
    64. Sesión 64 · Parte 13 · ≈ 8 min2\. Demuestra que Eunomio aplicó al Unigénito términos propios de la existencia de la tierra
    65. Sesión 65 · Parte 13 · ≈ 9 min3\. Después discute de nuevo admirablemente el término [πρωτότοκος] tal como el Apóstol lo emplea cuatro veces.
    66. Sesión 66 · Parte 13 · ≈ 9 min4\. Prosigue de nuevo discutiendo la impasibilidad de la engendración del Señor
    67. Sesión 67 · Parte 13 · ≈ 9 min5\. Muestra de nuevo a Eunomio, constreñido por la verdad, en el carácter de abogado de la doctrina ortodoxa
    68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 11 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
    69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 7 min6\. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»
    70. Sesión 70 · Parte 14 · ≈ 7 min7\. Critica a continuación clara y hábilmente la doctrina de la imposibilidad de comparación con las cosas hechas después del Hijo
    71. Sesión 71 · Parte 14 · ≈ 8 min8\. Prosigue mostrando que no hay «variación» en la esencia del Padre y del Hijo
    72. Sesión 72 · Parte 14 · ≈ 9 min9\. Luego, distinguiendo entre la esencia y la engendración, declara que el lenguaje vacío y frívolo de Eunomio es como un sonajero
    73. Sesión 73 · Parte 15 · ≈ 8 minLibro V
    74. Sesión 74 · Parte 15 · ≈ 9 min2\. Explica después la frase de San Pedro, «A éste Dios le hizo Señor y Cristo.» Y presenta aquí la declaración contraria de Eunomio
    75. Sesión 75 · Parte 15 · ≈ 9 min3\. Una réplica notable y original a estas declaraciones, y una demostración del poder del Crucificado
    76. Sesión 76 · Parte 15 · ≈ 9 min4\. Muestra la falsedad de la calumniosa acusación de Eunomio según la cual el gran Basilio había dicho que «el hombre se había vaciado para hacerse
    77. Sesión 77 · Parte 15 · ≈ 9 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
    78. Sesión 78 · Parte 15 · ≈ 4 min5\. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
    79. Sesión 79 · Parte 16 · ≈ 6 minLibro VI
    80. Sesión 80 · Parte 16 · ≈ 9 min2\. Luego vuelve a mencionar la palabra de San Pedro, «hecho», y el pasaje de la Epístola a los Hebreos
    81. Sesión 81 · Parte 16 · ≈ 10 min3\. Luego da una notable explicación de la palabra del Señor a Felipe, «El que me ha visto
    82. Sesión 82 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
    83. Sesión 83 · Parte 16 · ≈ 9 min4\. Luego, volviendo a las palabras de Pedro, «Dios le hizo Señor y Cristo,» las explica hábilmente con muchos argumentos
    84. Sesión 84 · Parte 17 · ≈ 11 minLibro VII
    85. Sesión 85 · Parte 17 · ≈ 8 min1\. El libro séptimo muestra, a partir de diversas afirmaciones hechas a los Corintios y a los Hebreos, y de las palabras del Señor
    86. Sesión 86 · Parte 17 · ≈ 10 min2\. Luego declara que la estrecha relación entre los nombres y las cosas es inmutable, y luego procede en consecuencia, de la manera más excelente
    87. Sesión 87 · Parte 17 · ≈ 6 min4\. Dice que todas las cosas que están en la creación han sido nombradas por el hombre, si, como es el caso
    88. Sesión 88 · Parte 17 · ≈ 7 min5\. Después de mucho discurso acerca de lo realmente existente, de lo ingenerado y de lo bueno
    89. Sesión 89 · Parte 18 · ≈ 9 minLibro VIII
    90. Sesión 90 · Parte 18 · ≈ 8 min2\. Luego trata sobre el «querer» del Padre en cuanto a la generación del Hijo, y muestra que el objeto de esa buena voluntad es desde la eternidad
    91. Sesión 91 · Parte 18 · ≈ 6 min3\. Luego, pasando por alto lo relativo a la esencia del Hijo, por haber sido ya discutido, trata del sentido implícito en la «generación»
    92. Sesión 92 · Parte 18 · ≈ 7 min4\. Además muestra que las operaciones de Dios se expresan mediante ilustraciones humanas
    93. Sesión 93 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
    94. Sesión 94 · Parte 18 · ≈ 12 min5\. Después de mostrar que la Persona del Unigénito y Hacedor de todas las cosas no tiene principio, como tienen las cosas que fueron hechas por Él
    95. Sesión 95 · Parte 19 · ≈ 8 minLibro IX
    96. Sesión 96 · Parte 19 · ≈ 8 min2\. Luego muestra ingeniosamente que la engendración del Hijo no es según la frase de Eunomio, «El Padre lo engendró en aquel tiempo en que lo eligió
    97. Sesión 97 · Parte 19 · ≈ 11 min3\. Muestra además que la generación pretemporal del Hijo no está sujeta a las influencias derivadas de la generación ordinaria y carnal
    98. Sesión 98 · Parte 19 · ≈ 13 min4\. Luego, habiendo mostrado que la calumnia de Eunomio contra el gran Basilio, según la cual llamó al Unigénito «Ingenerado,» es falsa
    99. Sesión 99 · Parte 20 · ≈ 9 minLibro X
    100. Sesión 100 · Parte 20 · ≈ 7 min2\. A continuación muestra de manera admirable la Vida eterna, que es Cristo, a los que no le confiesan
    101. Sesión 101 · Parte 20 · ≈ 6 min3\. Muestra después la eternidad de la generación del Hijo y la identidad inseparable de su esencia con Aquel que lo engendró
    102. Sesión 102 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
    103. Sesión 103 · Parte 20 · ≈ 10 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
    104. Sesión 104 · Parte 20 · ≈ 3 min4\. Después de esto muestra que el Hijo, que verdaderamente es y está en el seno del Padre, es simple e incompuesto
    105. Sesión 105 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    106. Sesión 106 · Parte 21 · ≈ 8 min2\. Muestra también con ingenio, a partir del pasaje del Evangelio que habla de «Maestro bueno,» de la parábola de la Viña, de Isaías y de Pablo
    107. Sesión 107 · Parte 21 · ≈ 10 min3\. Luego expone la ignorancia de Eunomio y la incoherencia y absurdidad de sus argumentos al hablar del Hijo como «el Ángel del Existente,» y como
    108. Sesión 108 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
    109. Sesión 109 · Parte 21 · ≈ 9 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
    110. Sesión 110 · Parte 21 · ≈ 3 min4\. Después de esto, temiendo extender su réplica en exceso, pasa por alto la mayoría de las afirmaciones de su adversario como ya refutadas
    111. Sesión 111 · Parte 22 · ≈ 10 minLibro XII
    112. Sesión 112 · Parte 22 · ≈ 8 min2\. Luego, refiriéndose a la blasfemia de Eunomio, que había sido refutada por el gran Basilio
    113. Sesión 113 · Parte 22 · ≈ 8 min3\. Continúa luego interpretando de modo notable el lenguaje del Evangelio, «En el principio era el Verbo», y «Vida» y «Luz»
    114. Sesión 114 · Parte 22 · ≈ 9 min4\. De nuevo acusa a Eunomio de haber tomado su término [ἀ γεννησία] de los escritos jeroglíficos y de la mitología e idolatría egipcias
    115. Sesión 115 · Parte 22 · ≈ 9 minRespuesta al segundo libro de Eunomio
    116. Sesión 116 · Parte 23 · ≈ 12 minPrimera parte (¶ 1–15)
    117. Sesión 117 · Parte 23 · ≈ 11 minPrimera parte (¶ 1–15)
    118. Sesión 118 · Parte 23 · ≈ 14 minPrimera parte (¶ 1–15)
    119. Sesión 119 · Parte 23 · ≈ 9 minPrimera parte (¶ 1–15)
    120. Sesión 120 · Parte 24 · ≈ 11 minSegunda parte (¶ 16–35)
    121. Sesión 121 · Parte 24 · ≈ 10 minSegunda parte (¶ 16–35)
    122. Sesión 122 · Parte 24 · ≈ 12 minSegunda parte (¶ 16–35)
    123. Sesión 123 · Parte 24 · ≈ 8 minSegunda parte (¶ 16–35)
    124. Sesión 124 · Parte 25 · ≈ 11 minTercera parte (¶ 36–54)
    125. Sesión 125 · Parte 25 · ≈ 9 minTercera parte (¶ 36–54)
    126. Sesión 126 · Parte 25 · ≈ 13 minTercera parte (¶ 36–54)
    127. Sesión 127 · Parte 25 · ≈ 12 minTercera parte (¶ 36–54)
    128. Sesión 128 · Parte 26 · ≈ 12 minCuarta parte (¶ 55–71)
    129. Sesión 129 · Parte 26 · ≈ 9 minCuarta parte (¶ 55–71)
    130. Sesión 130 · Parte 26 · ≈ 10 minCuarta parte (¶ 55–71)
    131. Sesión 131 · Parte 26 · ≈ 11 minCuarta parte (¶ 55–71)
    132. Sesión 132 · Parte 27 · ≈ 12 minQuinta parte (¶ 72–87)
    133. Sesión 133 · Parte 27 · ≈ 10 minQuinta parte (¶ 72–87)
    134. Sesión 134 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
    135. Sesión 135 · Parte 27 · ≈ 9 minQuinta parte (¶ 72–87)
    136. Sesión 136 · Parte 27 · ≈ 4 minQuinta parte (¶ 72–87)
    137. Sesión 137 · Parte 28 · ≈ 12 minSexta parte (¶ 88–102)
    138. Sesión 138 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
    139. Sesión 139 · Parte 28 · ≈ 11 minSexta parte (¶ 88–102)
    140. Sesión 140 · Parte 28 · ≈ 10 minSexta parte (¶ 88–102)
    141. Sesión 141 · Parte 28 · ≈ 6 minSexta parte (¶ 88–102)
    142. Sesión 142 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
    143. Sesión 143 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
    144. Sesión 144 · Parte 29 · ≈ 9 minSéptima parte (¶ 103–119)
    145. Sesión 145 · Parte 29 · ≈ 11 minSéptima parte (¶ 103–119)
    146. Sesión 146 · Parte 29 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    2. Demuestra que Eunomio aplicó al Unigénito términos propios de la existencia de la tierra

    y muestra así que su intención es probar que el Hijo es un ser mutable y creado.

    IV, 2

    Y esto lo muestra muy claramente mediante su impugnación de nuestros argumentos, donde dice que «la esencia del Hijo vino a la existencia desde el Padre, no emanada por modo de extensión, no separada de su unión con el que lo engendró por flujo o división, no perfeccionada por modo de crecimiento, no transformada por modo de cambio, sino obteniendo la existencia por la mera voluntad del Engendrador.» ¿Acaso algún hombre cuyos sentidos mentales no estén embotados queda ignorante, por estas palabras, de que con ellas el Hijo es representado por Eunomio como parte de la creación? ¿Qué nos impide decir todo esto palabra por palabra, tal como está, acerca de cada una de las cosas que contemplamos en la creación? Apliquemos, si se quiere, la definición a cualquiera de las cosas que aparecen en la creación, y si no admite la misma secuencia, nos condenaremos a nosotros mismos por haber examinado la definición con ligereza y no con el cuidado que conviene a la verdad. Cambiemos, pues, el nombre del Hijo, y leamos así la definición palabra por palabra. Decimos que la esencia de la tierra vino a la existencia desde el Padre, no separada por modo de extensión o división de su unión con el que la engendró, ni perfeccionada por modo de crecimiento, ni emanada por modo de cambio, sino obteniendo la existencia por la mera voluntad del que la engendró. ¿Hay algo en lo que hemos dicho que no se aplique a la existencia de la tierra? Creo que nadie diría que sí: pues Dios no sacó la tierra extendiéndose, ni trajo su esencia a la existencia fluyendo o separándose de su unión consigo mismo, ni la trajo por medio de un crecimiento gradual desde lo pequeño hasta la plenitud de la magnitud, ni fue modelado en forma de tierra sufriendo mutación o alteración, sino que su voluntad le bastó para la existencia de todas las cosas que fueron hechas: «Habló y fueron engendradas,» de modo que incluso el nombre de «generación» no deja de convenir a la existencia de la tierra. Ahora bien, si estas cosas pueden decirse con verdad de las partes del universo, ¿qué duda queda aún acerca de la doctrina de nuestros adversarios, a saber, que, en cuanto a las palabras, lo llaman «Hijo», pero lo representan como una de las cosas que vinieron a la existencia por creación, antepuesto a las demás solo por la precedencia del orden? Así como podrías decir acerca del oficio de un herrero que de él proceden todas las cosas que se forjan en hierro, pero que el instrumento de las tenazas y el martillo, con el cual se modela el hierro para su uso, existió antes de la hechura de las demás; sin embargo, aunque esto tiene precedencia sobre lo demás, no por ello hay diferencia alguna en cuanto a la materia entre el instrumento que modela y el hierro que es modelado por el instrumento (pues tanto lo uno como lo otro son hierro), sino que una forma es anterior a la otra. Tal es la teología de la herejía tocante al Hijo: imaginar que no hay diferencia entre el Señor mismo y las cosas que por Él fueron hechas, salvo la diferencia en cuanto al orden.
    ¿Quién que en algún sentido se cuente entre los cristianos admite que la definición de la esencia de las partes del mundo y la del que hizo el mundo sea la misma? Por mi parte, me estremezco ante la blasfemia, sabiendo que, cuando la definición de las cosas es la misma, tampoco su naturaleza es diferente. Pues, así como la definición de la esencia de Pedro, de Juan y de los demás hombres es común y su naturaleza es una, del mismo modo, si el Señor fuese en cuanto a la naturaleza como las partes del mundo, tendrían que reconocer que también Él está sujeto a aquellas cosas, cualesquiera que sean, que perciben en ellas. Ahora bien, el mundo no dura para siempre: así, según ellos, el Señor también pasará con el cielo y la tierra, si, como dicen, es de la misma clase que el mundo. Si, por el contrario, se confiesa que es eterno, forzosamente hemos de suponer que el mundo tampoco está sin alguna participación en la naturaleza divina, si, como dicen, corresponde al Unigénito en lo relativo a la creación. Ves a dónde tiende el argumento por este hermoso procedimiento de inferencia, como una piedra desprendida del crestón de una montaña que se precipita cuesta abajo por su propio peso. Pues, o bien los elementos del mundo han de ser divinos, según la necia creencia de los griegos, o bien el Hijo no ha de ser adorado. Considerémoslo así. Decimos que la creación, tanto la que es percibida por la mente como la que es por naturaleza perceptible por los sentidos, vino a la existencia de la nada: esto declaran ellos también del Señor. Decimos que todas las cosas que han sido hechas subsisten por la voluntad de Dios: esto nos dicen también del Unigénito. Creemos que ni la creación angélica ni la mundana es de la esencia del que la hizo: y ellos lo hacen también a Él ajeno a la esencia del Padre. Confesamos que todas las cosas sirven a Aquel que las hizo: esta opinión la sostienen también del Unigénito. Por tanto, por necesidad, todo lo demás que conciban de la creación, todos estos atributos los aplicarán también al Unigénito; y todo lo que crean de Él, esto lo concebirán también de la creación: de suerte que, si confiesan al Señor como Dios, también divinizarán al resto de la creación. Por otra parte, si definen que estas cosas están sin participación en la naturaleza divina, no rechazarán la misma concepción tocante también al Unigénito. Además, ningún hombre cuerdo afirma la divinidad de la creación. Entonces tampoco— no pronuncio el resto, para no prestar mi lengua a la blasfemia del enemigo. Que digan aquellos cuya boca está bien entrenada en la blasfemia qué consecuencia se sigue. Pero su doctrina es evidente aunque callen. Pues una de dos cosas ha de suceder por necesidad: o depondrán al Dios unigénito, de modo que para ellos Él ya no será ni se llamará así; o, si afirman de Él la divinidad, igualmente la afirmarán de toda la creación; o (pues esto aún les queda) esquivarán la impiedad que aparece por ambos lados, se refugiarán en la doctrina ortodoxa y ciertamente convendrán con nosotros en que Él no es creado, para confesarlo verdadero Dios.
    ¿Qué necesidad hay de tomar tiempo para enumerar todas las demás blasfemias que subyacen a su doctrina, partiendo de este comienzo? Pues por lo que hemos citado, quien considere la inferencia que ha de extraerse comprenderá que el padre de la mentira, el hacedor de la muerte, el inventor de la maldad, habiendo sido creado en una naturaleza intelectual e incorpórea, no fue impedido por esa naturaleza de llegar a ser lo que es por vía de cambio. Pues la mutabilidad de la esencia, movida en uno u otro sentido a voluntad, implica una capacidad de la naturaleza que sigue el impulso de la determinación, de modo que llega a ser aquello a lo que su determinación la conduce. En consecuencia, definirán al Señor como capaz incluso de disposiciones contrarias, arrastrándolo, por así decirlo, a un rango igual al de los ángeles mediante la concepción de la creación. Pero que escuchen la gran voz de Pablo. ¿Por qué dice que solo Él ha sido llamado Hijo? Porque Él no es de la naturaleza de los ángeles, sino de aquella que es más excelente. «Pues, ¿a cuál de los ángeles dijo jamás: "Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy"? Y cuando de nuevo introduce al primogénito en el mundo, dice: "Adórenlo todos los ángeles de Dios". Y de los ángeles dice: "El que hace a sus ángeles espíritus, y a sus ministros llama de fuego"; pero del Hijo dice: "Tu trono, oh Dios, es por los siglos de los siglos; cetro de rectitud es el cetro de tu reino",» y todo lo demás que la profecía recita junto con estas palabras al declarar su divinidad. Y añade también de otro salmo las palabras apropiadas, «Tú, Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos,» y lo demás, hasta «Pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán,» con lo cual describe la inmutabilidad y eternidad de su naturaleza. Si, pues, la divinidad del Unigénito está tan por encima de la naturaleza angélica como un amo es superior a sus esclavos, ¿cómo hacen común, o bien con la creación sensible a Aquel que es Señor de la creación, o bien con la naturaleza de los ángeles a Aquel que es adorado por ellos, detallando, en cuanto al modo de su existencia, afirmaciones que propiamente se aplicarán a las cosas individuales que contemplamos en la creación, tal como ya mostramos que el relato dado por la herejía tocante al Señor se aplica estrecha y apropiadamente a la hechura de la tierra?

    3. Después discute de nuevo admirablemente el término [πρωτότοκος] tal como el Apóstol lo emplea cuatro veces.

    IV, 3

    Pero, para que los lectores de nuestra obra no encuentren ninguna ambigüedad que quede de tal índole como para ofrecer apoyo a las doctrinas heréticas, acaso valga la pena añadir a los pasajes por nosotros examinados también este punto de la Sagrada Escritura. Quizá planteen una cuestión a partir de los mismos escritos apostólicos que citamos: «¿Cómo podría llamarse "primogénito de la creación" si no fuera lo que es la creación? Pues todo primogénito no lo es de otra especie, sino de la suya propia: así Rubén, que tiene precedencia en cuanto al nacimiento respecto de los que se cuentan después de él, fue el primogénito, un hombre primogénito de hombres; y muchos otros son llamados primogénitos de los hermanos que con ellos se cuentan.» Dicen, pues, «Afirmamos que Aquel que es "primogénito de la creación" es de esa misma esencia que consideramos propia de toda la creación. Ahora bien, si toda la creación fuese de una misma esencia con el Padre de todos, no negaremos que el primogénito de la creación sea también esto: pero si el Dios de todos difiere en esencia de la creación, por necesidad habremos de decir que tampoco el primogénito de la creación tiene comunidad de esencia con Dios.» La estructura de esta objeción, creo, no es en absoluto menos imponente en la forma en que la presentamos nosotros que en aquella en que probablemente sería esgrimida contra nosotros por nuestros adversarios. Pero lo que conviene saber en cuanto a este punto será expuesto ahora con claridad, en la medida de nuestras fuerzas, en nuestro discurso.
    Cuatro veces emplea el Apóstol en todos sus escritos el nombre de «primogénito» o de «primogénito»; pero ha hecho mención del nombre en sentidos diferentes y no de la misma manera. Pues unas veces habla de «el primogénito de toda la creación,» y otras de «el primogénito entre muchos hermanos [],» luego de «el primogénito de entre los muertos [];» y en la Epístola a los Hebreos el nombre de «primogénito» es absoluto, al ser mencionado por sí mismo: pues habla así: «Cuando de nuevo introduce al primogénito en el mundo, dice: "Adórenlo todos los ángeles".» Siendo, pues, así de distintos estos pasajes, convendrá interpretar cada uno de ellos por separado: cómo es el «primogénito de la creación,» cómo «entre muchos hermanos,» cómo «de entre los muertos,» y cómo, dicho de Él mismo aparte de cada uno de estos, cuando de nuevo es traído al mundo, es adorado por todos sus ángeles. Comencemos, pues, si se quiere, nuestro examen de los pasajes que tenemos delante por el último mencionado.
    «Cuando de nuevo introduce,» dice, «al primogénito en el mundo.» La adición de «de nuevo» muestra, por la fuerza de esta palabra, que este acontecimiento no ocurre por primera vez: pues usamos esta palabra para la repetición de cosas que han sucedido una vez. Significa, por tanto, con la frase, la temible aparición del Juez al final de los siglos, cuando ya no es visto en la forma de siervo, sino sentado en gloria sobre el trono de su reino, y adorado por todos los ángeles que están en torno a Él. Por tanto, Aquel que una vez entró en el mundo, haciéndose primogénito «de entre los muertos,» y «de sus hermanos,» y «de toda la creación,» no desecha, cuando viene de nuevo al mundo como el que juzga al mundo con justicia, como dice la profecía, el nombre de primogénito que una vez recibió por nosotros; sino que, así como ante el nombre de Jesús, que es sobre todo nombre, toda rodilla se dobla, así también la compañía de todos los ángeles adora a Aquel que viene en el nombre del Primogénito, regocijándose por la restauración de los hombres, con la cual, haciéndose primogénito entre nosotros, nos restauró de nuevo a la gracia que tuvimos en el principio. Pues, como hay gozo entre los ángeles por los que son rescatados del pecado (porque hasta ahora esa creación gime y sufre dolores de parto a causa de la vanidad que nos afecta [], juzgando que nuestra perdición es pérdida suya propia), cuando tenga lugar aquella manifestación de los hijos de Dios que ellos esperan y aguardan, y cuando la oveja sea traída a salvo a las cien de arriba (y ciertamente nosotros —es decir, la humanidad— somos aquella oveja que el Buen Pastor salvó haciéndose primogénito), entonces, en su intensa acción de gracias por nosotros, ofrecerán de modo especial su adoración a Dios, quien, por ser primogénito, restauró al que se había extraviado de la casa de su Padre.
    Ahora que hemos llegado a la comprensión de estas palabras, nadie podría ya vacilar acerca de los demás pasajes: por qué razón Él es el primogénito, ya sea «de los muertos,» o «de la creación,» o «entre muchos hermanos.» Pues todos estos pasajes se refieren al mismo punto, aunque cada uno de ellos expone alguna concepción especial. Él es el primogénito de entre los muertos, Aquel que primero por sí mismo desató los dolores de la muerte [], para hacer de ese nacimiento de la resurrección un camino para todos los hombres. De nuevo, Él viene a ser «el primogénito entre muchos hermanos,» Aquel que nace antes que nosotros por el nuevo nacimiento de la regeneración en el agua, en cuyo alumbramiento sirvió de partera el aleteo de la Paloma, por lo cual hace hermanos suyos a quienes comparten con Él semejante nacimiento, y se convierte en primogénito de los que después de Él nacen del agua y del Espíritu; y, para decirlo brevemente, como hay en nosotros tres nacimientos por los cuales la naturaleza humana es vivificada — uno del cuerpo, otro en el sacramento de la regeneración, otro por aquella resurrección de los muertos que esperamos —, Él es primogénito en los tres: de la doble regeneración que se obra por dos cosas (por el bautismo y por la resurrección), siendo Él mismo el jefe en cada una de ellas; mientras que en la carne es primogénito, por haber sido el primero y el único en idear en su propio caso aquel nacimiento desconocido para la naturaleza, que nadie entre las muchas generaciones de los hombres había originado. Si, pues, estos pasajes han sido rectamente entendidos, tampoco nos será desconocida la significación de la «creación» de la cual Él es primogénito. Pues reconocemos una doble creación de nuestra naturaleza: la primera, aquella por la cual fuimos hechos; la segunda, aquella por la cual fuimos hechos de nuevo. Pero no habría habido necesidad de la segunda creación si no hubiéramos tornado inútil la primera con nuestra desobediencia. Por consiguiente, cuando la primera creación envejeció y desapareció, fue necesario que hubiera una nueva creación en Cristo — como dice el Apóstol, quien afirma que ya no deberíamos ver en la segunda creación huella alguna de aquello que ha envejecido, diciendo: «Habiéndoos despojado del hombre viejo con sus obras y sus concupiscencias, revestíos del hombre nuevo, que es creado según Dios,» y «Si alguno está en Cristo,» dice, «es una nueva criatura: las cosas viejas pasaron; he aquí todas han sido hechas nuevas:» —, pues el hacedor de la naturaleza humana al principio y después es uno y el mismo. Entonces tomó polvo de la tierra y formó al hombre; de nuevo, tomó polvo de la Virgen, y no meramente formó al hombre, sino que formó al hombre en torno a sí mismo; entonces creó; después, fue creado; entonces, el Verbo se hizo carne; después, el Verbo se hizo carne, para cambiar nuestra carne en espíritu, al hacerse partícipe con nosotros de la carne y de la sangre. De esta nueva creación, pues, en Cristo, que Él mismo inició, fue llamado primogénito, siendo las primicias de todos, tanto de los engendrados para la vida como de los vivificados por la resurrección de los muertos, «para que Él sea Señor tanto de los muertos como de los vivos [],» y pueda santificar toda la masa por medio de sus primicias en sí mismo. Ahora bien, que el carácter de «primogénito» no se aplica al Hijo en cuanto a su existencia anterior al tiempo, lo testifica el apelativo de «Unigénito». Pues quien es verdaderamente unigénito no tiene hermanos, porque ¿cómo podría alguien ser unigénito si es contado entre hermanos? Pero así como Él es llamado Dios y hombre, Hijo de Dios e Hijo del hombre — pues tiene la forma de Dios y la forma de siervo, siendo unas cosas según su naturaleza suprema, haciéndose otras en su dispensación de amor al hombre —, así también, siendo el Dios Unigénito, viene a ser el primogénito de toda la creación; el Unigénito, el que está en el seno del Padre, mas, entre los que son salvados por la nueva creación, llega a ser y es llamado primogénito de la creación. Pero si, como quiere la herejía, Él es llamado primogénito porque fue hecho antes que el resto de la creación, el nombre no concuerda con lo que ellos sostienen acerca del Dios Unigénito. Pues ellos no dicen esto — que el Hijo y el universo procedieran del Padre de manera semejante —, sino que dicen que el Dios Unigénito fue hecho por el Padre, y que todo lo demás fue hecho por el Unigénito. Por tanto, en el mismo terreno sobre el cual, mientras sostienen que el Hijo fue creado, llaman a Dios Padre del Ser creado, en ese mismo terreno, mientras dicen que todas las cosas fueron hechas por el Dios Unigénito, le dan el nombre no de «primogénito» de las cosas que fueron hechas por Él, sino más propiamente de su «Padre,» puesto que la misma relación existente en ambos casos hacia las cosas creadas da lugar lógicamente a la misma apelación. Pues si Dios, que está sobre todas las cosas, no es propiamente llamado «Primogénito,» sino Padre del Ser que Él mismo creó, también el Dios Unigénito será ciertamente llamado, por el mismo razonamiento, «padre,» y no propiamente «primogénito» de sus propias criaturas, de modo que la apelación de «primogénito» resultará del todo impropia y superflua, sin cabida en la concepción herética.

    4. Prosigue de nuevo discutiendo la impasibilidad de la engendración del Señor

    y la necedad de Eunomio, que dice que la esencia engendrada implica la denominación de Hijo, y de nuevo, olvidando esto, niega la relación del Hijo con el Padre: y aquí habla de Circe y del veneno de la mandrágora.

    IV, 4

    Debemos, sin embargo, volver a quienes conectan la pasión con la divina engendración, y por esta razón niegan que el Señor sea verdaderamente engendrado, a fin de evitar la concepción de pasión. Decir que la pasión está absolutamente ligada a la engendración, y que, por ello, para que la naturaleza divina permanezca en pureza fuera del alcance de la pasión, debemos considerar que el Hijo es ajeno a la idea de engendración, puede quizá parecer razonable a los ojos de los que son fácilmente engañados; pero los instruidos en los divinos misterios tienen una respuesta pronta, basada en hechos admitidos. Pues ¿quién ignora que es la engendración la que nos conduce de vuelta a la vida verdadera y bienaventurada, no siendo la misma que aquella que se produce «de sangre y de la voluntad de la carne», en la cual hay flujo y cambio, y crecimiento gradual hacia la perfección, y todo lo demás que observamos en nuestra engendración terrena: sino que la otra clase se cree que es de Dios, y celestial, y, como dice el Evangelio, «de arriba», la cual excluye las pasiones de la carne y de la sangre? Presumo que ambos admiten la existencia de esta engendración, y no encuentran pasión alguna en ella. Por tanto, no toda engendración está naturalmente conectada con la pasión, sino que la engendración material está sujeta a pasión, la inmaterial pura de pasión. ¿Qué le obliga entonces a atribuir a la incorruptible engendración del Hijo lo que propiamente pertenece a la carne, y, al ridiculizar la forma inferior de engendración con su indecorosa fisiología, a excluir al Hijo de la afinidad con el Padre? Pues si, incluso en nuestro propio caso, es la engendración la que es comienzo de una u otra vida —aquella engendración que es mediante la carne de una vida de pasión, la que es espiritual de una vida de pureza, (y nadie que en algún sentido se cuente entre los cristianos contradiría esta afirmación)—, ¿cómo es lícito admitir la idea de pasión al pensar en la engendración en lo que concierne a la Naturaleza incorruptible? Examinemos además este punto además de los que hemos mencionado. Si no creen en el carácter impasible de la divina engendración a causa de la pasión que afecta a la carne, que tampoco, por las mismas señales (quiero decir, las que se encuentran en nosotros), se nieguen a creer que Dios obra como Hacedor sin pasión. Pues si juzgan de la Divinidad por comparación con nuestras propias condiciones, no deben confesar que Dios engendra o crea; pues ninguna de estas operaciones es ejercida por nosotros sin pasión. Por tanto, o separen de la naturaleza divina tanto la creación como la engendración, para guardar la impasibilidad de Dios por ambos lados, y, para que el Padre se mantenga a salvo fuera del alcance de la pasión, sin fatigarse por la creación ni ser contaminado por la engendración, rechacen del todo de su doctrina la creencia en el Unigénito, o, si están de acuerdo en que una actividad es ejercida por el poder divino sin pasión, no disputen sobre la otra: pues si Él crea sin trabajo ni materia, ciertamente también engendra sin trabajo ni flujo.
    Y aquí, una vez más, tengo en este argumento el apoyo de Eunomio. Expresaré su necedad concisa y brevemente, resumiendo todo su sentido. Que los hombres no hacen los materiales para nosotros, sino que solo con su arte añaden forma a la materia: esto es la sustancia de lo que dice en medio de una gran cantidad de lenguaje insensato. Si, entonces, entendiendo que la concepción y la formación están incluidas en la engendración inferior, prohíbe por este motivo la noción pura de engendración, por consecuencia, con el mismo razonamiento, puesto que la creación terrena se ocupa de la forma, pero no puede proporcionar materia junto con la forma, que nos prohíba también, por este motivo, suponer que el Padre es Creador. Si, por otra parte, se niega a concebir la creación en el caso de Dios según la medida del poder humano, que cese también de calumniar la divina engendración con imperfecciones humanas. Pero, para que su exactitud y circunspección en el argumento queden más claramente establecidas, volveré de nuevo a un pequeño punto de sus afirmaciones. Afirma que «las cosas que son respectivamente activas y pasivas comparten la naturaleza unas de otras», y menciona, después de la engendración corporal, «la obra del artesano tal como se muestra en los materiales». Ahora, que el oyente agudo observe cómo aquí falla en su propósito propio y anda errante entre cuantas afirmaciones se le ocurre inventar. Ve en las cosas que llegan a ser por vía de la carne lo «activo y lo pasivo concebidos, con la misma esencia, impartiendo uno la esencia, recibiéndola el otro». Así sabe discernir la verdad con exactitud en cuanto a la naturaleza de las cosas existentes, de modo que separa al que imparte y al que recibe de la esencia, y dice que cada uno de estos es distinto en sí mismo aparte de la esencia. Pues el que recibe o imparte es ciertamente otro además de aquello que es dado o recibido, de modo que primero debemos concebir a alguien por sí mismo, considerado en su propia existencia separada, y luego hablar de él como dando lo que tiene, o recibiendo lo que no tiene. Y cuando ha balbuceado este argumento de manera tan ridícula, nuestro sabio amigo no percibe que con el paso siguiente se derriba a sí mismo una vez más. Pues el que por su arte forma a su voluntad el material ante él, ciertamente en esta operación actúa; y el material, al recibir su forma de la mano del que ejerce el arte, resulta pasivamente afectado: pues no es permaneciendo inafectado e insensible como el material recibe su forma. Si, entonces, aun en el caso de las cosas fabricadas por el arte, nada puede llegar a ser sin que la pasividad y la acción concurran a producirlo, ¿cómo puede nuestro autor pensar que aquí permanece fiel a sus propias palabras? Viendo que, al declarar que la comunidad de esencia está implicada en la relación de acción y pasión, parece no solo atestiguar en cierto sentido la comunidad de esencia en Aquel que es engendrado con Aquel que lo engendró, sino también hacer a toda la creación de una misma esencia con su Hacedor, si, como él dice, lo activo y lo pasivo han de definirse como mutuamente afines en cuanto a la naturaleza. Así, por los mismos argumentos con que establece lo que desea, derriba el objeto principal de su esfuerzo y hace la gloria del Hijo consubstancial más segura con su propia contención. Pues si el hecho de originarse de algo muestra que la esencia del generador está en lo engendrado, y si la fabricación artificial (que se realiza por medio de acción y pasión) reduce tanto a lo que hace como a lo que es producido a comunidad de esencia, según su relato, nuestro autor en muchos lugares de sus propios escritos mantiene que el Señor ha sido engendrado. Así, por los mismos argumentos con que busca probar que el Señor es ajeno a la esencia del Padre, afirma para Él conexión íntima. Pues si, según su relato, no se observa separación en la esencia ni en la engendración ni en la fabricación, entonces, sea lo que sea lo que permite que el Señor sea, ya «creado» o «producto de la generación», afirma, por ambos nombres igualmente, la afinidad de esencia, viendo que hace de la comunidad de naturaleza en lo activo y lo pasivo, en el generador y lo engendrado, parte de su sistema.
    Volvámonos, sin embargo, al siguiente punto del argumento. Ruego a mis lectores que no se impacienten por la minuciosidad del examen, que extiende nuestro argumento a una longitud mayor de la que desearíamos. Pues no son asuntos ordinarios aquellos en que estamos en peligro, de modo que nuestra pérdida sería leve si pasáramos apresuradamente por alto algún punto que requiriese atención más cuidadosa, sino que es la suma misma de nuestra esperanza lo que está en juego. Pues la alternativa ante nosotros es si debemos ser cristianos, no extraviados por los engaños destructores de la herejía, o si debemos ser completamente arrastrados hacia las concepciones de los judíos o de los paganos. A fin, pues, de que no suframos ninguna de estas cosas prohibidas, de que ni concordemos con la doctrina de los judíos por negación del Hijo verdaderamente engendrado, ni nos veamos envueltos en la ruina de los idólatras por la adoración de la criatura, dediquemos por fuerza algún tiempo a la discusión de estos asuntos y expongamos las palabras mismas de Eunomio, que son así:—
    «Ahora, estando estas cosas así divididas, uno podría decir razonablemente que la esencia propriísima y primera, y aquella que sola existe por la operación del Padre, admite para sí las denominaciones de 'producto de la generación', 'producto de la hechura' y 'producto de la creación':» y un poco más adelante dice, «Pero el Hijo solo, existiendo por la operación del Padre, posee su naturaleza y su relación con Aquel que lo engendró, sin comunidad.» Tales son sus palabras. Pero nosotros, como hombres que contemplan a sus enemigos empeñados en una lucha facciosa entre sí, consideremos primero la contención de nuestros adversarios contra sí mismos, y así procedamos a exponer, por otra parte, la verdadera doctrina de la piedad. «El Hijo solo,» dice, «existiendo por la operación del Padre, posee su naturaleza y su relación con Aquel que lo engendró, sin comunidad.» Pero en sus afirmaciones anteriores, dice que «no rehúsa llamarlo, es decir, al engendrado, 'producto de la generación', ya que la esencia engendrada misma, y la denominación de Hijo, hacen apropiada tal relación de palabras.»
    Siendo así evidente la contradicción existente en estos pasajes, me inclino a admirar por su agudeza a quienes alaban esta doctrina. Pues sería difícil decir a cuál de sus afirmaciones podrían volverse sin encontrarse en desacuerdo con las restantes. Su afirmación anterior representaba que la esencia engendrada y la denominación de «Hijo» hacían apropiada tal relación de palabras. Su sistema presente dice lo contrario: que «el Hijo posee su relación con Aquel que lo engendró sin comunidad.» Si creen la primera afirmación, ciertamente no aceptarán la segunda; si se inclinan a la última, se encontrarán opuestos a la concepción anterior. ¿Quién detendrá el combate? ¿Quién mediará en esta guerra civil? ¿Quién pondrá de acuerdo esta discordia, cuando el alma misma está dividida contra sí por las afirmaciones opuestas, y arrastrada en direcciones diferentes hacia doctrinas contrarias? Quizá veamos aquí aquel dicho oscuro de la profecía que David pronuncia acerca de los judíos: «Se dividieron, pero no se compungieron de corazón.» Pues he aquí que, ni siquiera cuando se dividen entre doctrinas contrarias, tienen sentido de su discordancia, sino que son llevados de las orejas como tinajas de vino, paseados a voluntad del que los mueve. Le plugo decir que la esencia engendrada estaba estrechamente ligada a la denominación de «Hijo»: al punto, como hombres dormidos, asintieron con la cabeza a sus observaciones. Cambió de nuevo su afirmación a la contraria, y niega la relación del Hijo con Aquel que lo engendró: de nuevo sus bienamados amigos se adhieren también a esto, desplazándose en la dirección que él elija, como las sombras de los cuerpos cambian de forma por mimetismo espontáneo con el movimiento de la figura que avanza, e incluso si se contradice, aceptando también eso. Esta es otra forma del brebaje que Homero nos cuenta, que no cambia los cuerpos de quienes beben su veneno en formas de bestias, sino que actúa sobre sus almas para producir en ellas un cambio a un estado vacío de razón. Pues de aquellos hombres, el relato dice que su mente estaba sana, mientras su forma era mudada a la de las bestias; pero aquí, mientras sus cuerpos permanecen en su estado natural, sus almas se transforman a la condición de bestias. Y como allí el relato maravilloso del poeta dice que quienes bebieron la droga fueron cambiados a las formas de varias bestias, al placer de la que engañaba su naturaleza, lo mismo sucede ahora también por esta copa de Circe. Pues quienes beben el engaño de la hechicería proveniente del mismo escrito son cambiados a diferentes formas de doctrina, transformados ora en una, ora en otra. Y entre tanto, estas mismas personas ridículas, según la edición revisada de la fábula, siguen estando muy complacidas con quien los conduce a tal absurdo, y se inclinan a recoger las palabras que él esparce por doquier, como si fueran fruto del cornejo o bellotas, corriendo con avidez como cerdos hacia las doctrinas derramadas por el suelo, no siendo naturalmente capaces de fijar la vista en las que son excelsas y celestiales. Por esta razón no ven la tendencia de su argumento hacia posiciones contrarias, sino que arrebatan sin examen lo que les sale al paso: y así como dicen que los cuerpos de los hombres estupefactos con mandrágora quedan sumidos en una especie de sopor e incapacidad de moverse, así los sentidos de las almas de estos hombres quedan afectados, entorpecidos en cuanto a la aprehensión del engaño. Ciertamente es cosa terrible quedar sumido en la inconsciencia por oculto engaño, como resultado de algún argumento falaz: pero donde es involuntario, la desgracia es excusable; mas ser llevado a hacer prueba del mal como resultado de una especie de premeditación y deseo celoso, no por ignorancia de lo que sobrevendrá, sobrepasa todo extremo de miseria. Con razón podemos quejarnos, al oír que hasta los peces codiciosos evitan el acero cuando se les acerca sin cebo, y solo tragan el anzuelo cuando la esperanza del alimento los atrae al cebo: pero donde el mal es manifiesto, pasarse por propia voluntad a esta destrucción es cosa más miserable que la necedad de los peces: pues estos son llevados por su codicia a una destrucción que les está oculta, pero los otros tragan con la boca abierta el anzuelo de la impiedad en su desnudez, satisfechos con la destrucción bajo el influjo de alguna pasión irracional. Pues ¿qué podría ser más claro que esta contradicción— que decir que la misma Persona fue engendrada y es cosa creada, y que algo está estrechamente ligado al nombre de «Hijo», y, de nuevo, es ajeno al sentido de «Hijo»? Pero basta de estas cosas.

    5. Muestra de nuevo a Eunomio, constreñido por la verdad, en el carácter de abogado de la doctrina ortodoxa

    confesando como propriísima y primera no solo la esencia del Padre, sino también la esencia del Unigénito.

    IV, 5

    Sin embargo, podría ser útil examinar el sentido de la declaración de Eunomio que se nos presenta en secuencia ordenada, volviendo al comienzo de su afirmación. Pues los puntos que ahora hemos examinado fueron un incitamento obvio para que comenzáramos nuestra réplica por el último pasaje, a causa del carácter evidente de la contradicción implicada en sus palabras.
    Esto, pues, es lo que Eunomio dice al principio:—
    «Ahora, estando estas cosas así divididas, uno podría decir razonablemente que la esencia propriísima y primera, y aquella que sola existe por la operación del Padre, admite para sí las denominaciones de 'producto de la generación', 'producto de la hechura' y 'producto de la creación'.» Primero, pues, pediría a los que atienden a este discurso que tengan presente que en su primera composición dice que la esencia del Padre también es «propriísima», introduciendo su afirmación con estas palabras: «Toda la exposición de nuestra enseñanza se completa con la esencia suprema y propriísima.» Y aquí llama a la esencia del Unigénito «propriísima y primera». Así, reuniendo las frases de Eunomio de cada uno de sus libros, lo llamaremos a él mismo como testigo de la comunidad de esencia, quien en otro lugar hace una declaración en este sentido: que «de las cosas que tienen las mismas denominaciones, tampoco la naturaleza es diferente» en modo alguno. Pues nuestro contradictorio amigo no indicaría cosas que difieren en naturaleza por identidad de denominación, sino que seguramente es por esto, porque la definición de esencia en el Padre y en el Hijo es una, por lo que dice que la una es «propriísima», y que la otra también es «propriísima». Y el uso general de los hombres da testimonio de nuestro argumento, el cual no aplica el término «propriísima» donde el nombre no concuerda verdaderamente con la naturaleza. Por ejemplo, llamamos a una semejanza, de manera inexacta, «hombre», pero lo que propiamente designamos con este nombre es el animal que se nos presenta en la naturaleza. Y de modo semejante, el lenguaje de la Escritura reconoce la denominación de «dios» para un ídolo, y para un demonio, y para el vientre: pero también aquí el nombre no tiene su sentido propio; y de la misma manera en todos los demás casos. Se dice que un hombre ha comido alimento en la fantasía de un sueño, pero no podemos llamar a esa fantasía alimento, en el sentido propio del término. Así, pues, en el caso de dos hombres que existen naturalmente, propiamente llamamos a ambos por igual con el nombre de hombre, mientras que si alguien incluyera un retrato inanimado en su enumeración junto con un hombre real, uno podría quizá hablar del que existe realmente y de la semejanza, como «dos hombres», pero ya no atribuiría a ambos el significado propio de la palabra; así, en la suposición de que la naturaleza del Unigénito fuera concebida como algo distinto de la esencia del Padre, nuestro autor no habría llamado a cada una de las esencias «propriísima». Pues ¿cómo podría alguien significar cosas que difieren en naturaleza por identidad de nombres? Ciertamente la verdad parece quedar de manifiesto aun por quienes luchan contra ella, ya que la falsedad es incapaz, incluso cuando se expresa en palabras del enemigo, de prevalecer del todo sobre la verdad. De ahí que la doctrina de la ortodoxia sea proclamada por boca de sus oponentes, sin que ellos sepan lo que dicen, como la Pasión salvadora del Señor por nosotros había sido predicha en el caso de Caifás, que no sabía lo que decía. Si, por tanto, la verdadera propiedad de esencia es común a ambos (me refiero al Padre y al Hijo), ¿qué lugar queda para decir que sus esencias son mutuamente divergentes? ¿O cómo se contempla en ellos una diferencia por superioridad de poder, de grandeza o de honor, viendo que la esencia «propriísima» no admite disminución? Pues aquello que es de manera imperfecta lo que es, no es esa cosa «propriísimamente», ya sea naturaleza, o poder, o rango, o cualquier otro objeto individual de contemplación, de modo que la superioridad de la esencia del Padre, como quiere la herejía, prueba la imperfección de la esencia del Hijo. Si, pues, es imperfecta, no es propia; pero si es «propriísima», ciertamente es también perfecta. Pues no es posible llamar perfecto a lo deficiente. Pero tampoco es posible, cuando, al compararlas, lo perfecto se pone junto a lo perfecto, percibir diferencia alguna por exceso o defecto: pues la perfección es una en ambos casos, como en una regla, que no muestra hueco por defecto ni saliente por exceso. Así, por estos pasajes se ve suficientemente la abogacía de Eunomio en favor de nuestra doctrina— mejor diría, no su empeño en favor nuestro, sino su conflicto consigo mismo. Pues vuelve contra sí aquellos artificios con que establece nuestras doctrinas mediante sus propios argumentos. Sigamos, sin embargo, una vez más sus escritos palabra por palabra, para que quede claro a todos que su argumento no tiene poder para el mal excepto el deseo de hacer daño.

    6. Expone luego el argumento sobre el «Engendrado», y el «producto de la hechura», y «producto de la creación»

    y muestra la naturaleza impía del lenguaje de Eunomio y Teognosto sobre el carácter «inmediato» y «sin división» de la esencia, y su «relación con su creador y hacedor».

    IV, 6

    Escuchemos, pues, lo que dice. «Podría razonablemente decirse que la esencia propriísima y primera, y la única que existe por la operación del Padre, admite para sí las denominaciones de 'producto de la generación', 'producto de la hechura' y 'producto de la creación'.» ¿Quién no sabe que lo que separa a la Iglesia de la herejía es este término, 'producto de la creación', aplicado al Hijo? Así pues, reconocida universalmente la diferencia doctrinal, ¿cuál sería el curso razonable que debería seguir un hombre que se esfuerza por mostrar que sus opiniones son más verdaderas que las nuestras? Evidentemente, establecer su propia afirmación, mostrando, con las pruebas que pudiera, que debemos considerar que el Señor es creado. O, omitiendo esto, ¿debería más bien imponer a sus lectores la ley de hablar de las cuestiones controvertidas como si fueran hechos reconocidos? Por mi parte, creo que debería tomar el primer camino, y quizá todos los que poseen algo de inteligencia exigen esto de sus adversarios: que, para empezar, establezcan sobre alguna base incontrovertible el primer principio de su argumento, y así procedan a impulsar su teoría mediante inferencias. Ahora bien, nuestro escritor deja de lado la tarea de establecer la opinión de que debemos pensar que Él es creado, y pasa a los pasos siguientes, ajustando el proceso inferencial de su argumento a esta suposición no probada, hallándose justamente en la condición de aquellos hombres cuyas mentes están sumidas en deseos necios, con sus pensamientos vagando por un reino, o por algún otro objeto de búsqueda. No piensan cómo podría darse alguna de las cosas en las que ponen su corazón, sino que ordenan y disponen su buena fortuna a su placer, como si ya fuera suya, extraviándose con una especie de placer entre cosas inexistentes. Así también nuestro ingenioso autor, de algún modo, adormece su renombrada dialéctica, y antes de dar una demostración del punto en litigio, cuenta, como a niños, el relato de esta engañosa e inconsecuente necedad de su propia doctrina, exponiéndola como un cuento narrado en una reunión de bebedores. Pues dice que la esencia que «existe por la operación del Padre» admite la denominación de «producto de la generación», de «producto de la hechura» y de «producto de la creación». ¿Qué razonamiento nos mostró que el Hijo existe por alguna operación constructiva, y que la naturaleza del Padre permanece inoperante respecto de la existencia personal del Hijo? Éste era precisamente el punto en litigio de la controversia: si la esencia del Padre engendró al Hijo, o si lo hizo como una de las cosas externas que acompañan a su naturaleza. Ahora bien, viendo que la Iglesia, según la enseñanza divina, cree que el Unigénito es verdaderamente Dios, y aborrece la superstición del politeísmo, y por esta causa no admite la diferencia de esencias, para que las Divinidades no caigan, por la divergencia de esencia, bajo la concepción de número (pues esto no es otra cosa que introducir el politeísmo en nuestra vida)— viendo, digo, que la Iglesia enseña esto en lenguaje claro, que el Unigénito es esencialmente Dios, muy Dios de la esencia del muy Dios, ¿cómo debería quien se opone a sus decisiones derribar la opinión preconcebida? ¿No debería hacerlo estableciendo la afirmación contraria, demostrando el punto disputado a partir de algún principio reconocido? Creo que ningún hombre sensato esperaría otra cosa que esto. Pero nuestro autor parte de los puntos disputados, y toma, como si fuera admitida, materia que está en controversia como principio para el argumento subsiguiente. Si primero se hubiera mostrado que el Hijo tuvo su existencia por alguna operación, ¿qué disputa tendríamos con lo que sigue, es decir, que dijera que la esencia que existe por una operación admite para sí el nombre de «producto de la hechura»? Pero que los defensores del error nos digan cómo la consecuencia tiene fuerza alguna, mientras el antecedente permanezca sin establecer. Pues suponiendo que uno concediera por hipótesis que el hombre es alado, no habrá cuestión de concesión sobre lo que viene a continuación: pues el que se vuelve alado volará de algún modo u otro, y se elevará por encima de la tierra, remontándose por el aire con sus alas. Pero hemos de ver cómo aquel cuya naturaleza no es aérea podría volverse alado, y si esta condición no existe, es vano discutir el punto siguiente. Que nuestro autor, pues, muestre esto para empezar: que es en vano que la Iglesia haya creído que el Hijo Unigénito existe verdaderamente, no adoptado por un Padre llamado falsamente así, sino existiendo según la naturaleza, por generación de Aquel que es, no alienado de la esencia de Aquel que lo engendró. Pero mientras su proposición primaria permanezca sin probar, es ocioso detenerse en las secundarias. Y que nadie me interrumpa, diciendo que lo que confesamos debería también confirmarse mediante razonamiento constructivo: pues basta para probar nuestra afirmación que la tradición ha llegado hasta nosotros desde nuestros padres, transmitida, como una herencia, por sucesión desde los apóstoles y los santos que vinieron después de ellos. Ellos, en cambio, que cambian sus doctrinas hacia esta novedad, necesitarían el apoyo de abundantes argumentos, si hubieran de atraer a sus puntos de vista, no a hombres ligeros como el polvo e inestables, sino a hombres de peso y firmeza: pero mientras su afirmación se avanza sin ser establecida y sin ser probada, ¿quién es tan necio y tan bruto como para considerar que la enseñanza de los evangelistas y apóstoles, y de aquellos que sucesivamente han brillado como luces en las iglesias, tiene menos fuerza que este disparate sin demostración?
    Contemplemos además el ejemplo más notable de la agudeza de nuestro autor: cómo, por la abundancia de su destreza dialéctica, arrastra ingeniosamente a la opinión contraria a los más simples. Añade, como complemento del título de «producto de la hechura» y del de «producto de la creación», la frase adicional «producto de la generación», diciendo que la esencia del Hijo «admite estos nombres para sí misma»; y piensa que, mientras arenga como si estuviera en alguna reunión de bebedores, su bribonería al tratar la doctrina no será detectada por nadie. Pues al unir «producto de la generación» con «producto de la hechura» y «producto de la creación», cree que hace desaparecer subrepticiamente la diferencia de significado entre los nombres, juntando lo que nada tiene en común. Estos son sus hábiles trucos de dialéctica; pero nosotros, meros legos en el argumento, no negamos que, en lo que respecta a la voz y a la lengua, somos lo que su discurso expone acerca de nosotros; pero también permitimos que nuestros oídos, como dice el profeta, están preparados para la audición inteligente. En consecuencia, no nos dejamos mover, por la conjunción de nombres que nada tienen en común, a confundir las cosas que significan; sino que, aunque el gran Apóstol nombre juntos madera, heno, hojarasca, oro, plata y piedras preciosas [], contamos sumariamente el número de cosas que menciona, y sin embargo no dejamos de reconocer por separado la naturaleza de cada una de las sustancias nombradas. Así también aquí, cuando «producto de la generación» y «producto de la hechura» son nombrados juntos, pasamos de los sonidos al sentido, y no vemos el mismo significado en cada uno de los nombres; pues «producto de la creación» significa una cosa, y «producto de la generación» otra: de modo que, aunque intente mezclar lo que no se mezclará, el oyente inteligente escuchará con discernimiento, y señalará que es imposible que una naturaleza «admita para sí» la denominación de «producto de la generación» y la de «producto de la creación». Pues, si una de éstas fuera verdadera, la otra sería necesariamente falsa, de modo que, si la cosa fuera un producto de la creación, no sería un producto de la generación, y a la inversa, si fuera llamada producto de la generación, quedaría alienada del título de «producto de la creación». ¡Sin embargo, Eunomio nos dice que la esencia del Hijo «admite para sí las denominaciones de 'producto de la generación', 'producto de la hechura' y 'producto de la creación'»!
    ¿Acaso, mediante lo que aún queda, asegura algo más esta afirmación suya sin cabeza y sin raíz, en la cual, en su etapa más temprana, nada se puso que tuviera fuerza respecto del punto que intenta establecer? ¿O el resto también se aferra a la misma necedad, sin derivar su fuerza de ningún apoyo argumental, sino exponiendo su exposición de blasfemia con detalles vagos como el relato de sueños? Dice (y esto lo añade a lo que ya he citado)— «Teniendo su generación sin mediación, y preservando indivisible su relación con su Generador, Hacedor y Creador.» Bien, si dejáramos de lado la ausencia de mediación y de división, y miráramos el significado de las palabras tal como está por sí mismo, hallaremos que en todas partes su absurda enseñanza es arrojada a los oídos de aquellos a quienes engaña, sin corroboración de un solo argumento. «Su Generador, Hacedor y Creador», dice. Estos nombres, aunque parecen ser tres, incluyen el sentido de sólo dos conceptos, puesto que dos de las palabras son equivalentes en significado. Pues hacer es lo mismo que crear, pero la generación es otra cosa distinta de las mencionadas. Ahora bien, viendo que el resultado de la significación de las palabras es dividir la aprehensión ordinaria de los hombres en ideas diferentes, ¿qué argumento nos demuestra que hacer es lo mismo que generar, a fin de que podamos acomodar la única esencia a esta diferencia de términos? Pues mientras la significación ordinaria de las palabras se mantenga, y no se encuentre ningún argumento que transfiera el sentido de los términos a un significado opuesto, no es posible que una sola naturaleza se divida entre la concepción de «producto de la hechura» y la de «producto de la generación». Puesto que cada uno de estos términos, usado por sí mismo, tiene un significado propio, debemos también suponer que la conjunción relativa en la que se hallan es apropiada y afín a los términos. Pues todos los demás términos relativos tienen su conexión, no con lo extraño y heterogéneo, sino que, incluso si se suprime el término correlativo, oímos espontáneamente, junto con la palabra primaria, aquello que está vinculado con ella, como en el caso de «hacedor», «esclavo», «amigo», «hijo», y así sucesivamente. Pues todos los nombres que se consideran relativos a otro, nos presentan, al mencionarlos, cada uno su relación propia y estrechamente conectada con aquello que declaran, mientras evitan toda mezcla de lo heterogéneo. Pues ni el nombre de «hacedor» se vincula con la palabra «hijo», ni el término «esclavo» se refiere al término «hacedor», ni «amigo» nos presenta un «esclavo», ni «hijo» un «amo», sino que reconocemos clara y distintamente la conexión de cada uno de éstos con su correlativo, concibiendo por la palabra «amigo» otro amigo; por «esclavo», un amo; por «hacedor», una obra; por «hijo», un padre. Del mismo modo, pues, «producto de la generación» tiene su propio sentido relativo; con el «producto de la generación», ciertamente, está vinculado el generador, y con el «producto de la creación» el creador; y debemos ciertamente, si no estamos dispuestos mediante una sustitución de nombres a introducir una confusión de cosas, preservar para cada uno de los términos relativos aquello que connota propiamente.
    Ahora bien, viendo que la tendencia del significado de estas palabras es manifiesta, ¿cómo es que quien avanza su doctrina con ayuda de un sistema lógico no percibió en estos nombres su sentido relativo propio? Pero piensa que está vinculando el «producto de la generación» al «hacedor», y el «producto de la hechura» al «generador», al decir que la esencia del Hijo «admite para sí las denominaciones de 'producto de la generación', 'producto de la hechura' y 'producto de la creación'», y «preserva indivisible su relación con su Generador, Hacedor y Creador». Pues es contrario a la naturaleza que una sola cosa se divida en relaciones diferentes. Pero el Hijo está propiamente relacionado con el Padre, y lo que es engendrado con quien lo engendró, mientras que el «producto de la hechura» tiene su relación con su «hacedor»; salvo que se considere que algún uso inexacto, propio de una manera indistinta del habla común, prevalece sobre la significación estricta.
    ¿Mediante qué razonamiento, pues, y mediante qué argumentos, según esa lógica invencible suya, recupera la opinión de la multitud de hombres, y sigue a su placer esta línea de pensamiento, de que, así como el Dios que está sobre todo es concebido y llamado tanto «Creador» como «Padre», el Hijo tiene una estrecha conexión con ambos títulos, siendo llamado igualmente «producto de la creación» y «producto de la generación»? Pues así como la precisión acostumbrada del habla distingue entre nombres de este tipo, y aplica el nombre de «generación» en el caso de las cosas generadas de la esencia misma, y entiende el de «creación» de aquellas cosas que son externas a la naturaleza de su hacedor, y como por esta razón las doctrinas divinas, al transmitir el conocimiento de Dios, nos han entregado los nombres de «Padre» y «Hijo», no los de «Creador» y «obra», para que no surja error alguno que tienda a la blasfemia (como podría ocurrir si una denominación de esta última clase empujara al Hijo a la posición de un extraño y un forastero), y para que las doctrinas impías que separan al Unigénito de la afinidad esencial con el Padre no encuentren entrada— viendo todo esto, digo, el que declara que la denominación de «producto de la hechura» es propia del Hijo, dirá con seguridad por consecuencia que el nombre de «Hijo» es propiamente aplicable a lo que es producto de la hechura; de modo que, si el Hijo es un «producto de la hechura», el cielo es llamado «Hijo», y las cosas individuales que han sido hechas son, según nuestro autor, propiamente nombradas con la denominación de «Hijo». Pues si Él tiene este nombre, no porque comparte la naturaleza con quien lo engendró, sino que es llamado Hijo por esta razón, que es creado, el mismo argumento permitirá que un cordero, un perro, una rana y todas las cosas que existen por la voluntad de su hacedor, sean nombrados con el título de «Hijo». Si, por el contrario, cada una de estas cosas no es Hijo y no es llamada Dios, por ser externa a la naturaleza del Hijo, se sigue, ciertamente, que Aquel que es verdaderamente Hijo es Hijo, y es confesado como Dios por ser de la misma naturaleza de Aquel que lo engendró. Pero Eunomio aborrece la idea de la generación, y la excluye de la doctrina divina, calumniando el término mediante sus especulaciones carnales. Bien, nuestro discurso, en lo que precede, mostró suficientemente sobre este punto que, como dice el salmista, «tienen miedo donde no hay miedo». Pues si se mostró en el caso de los hombres que no toda generación existe por vía de pasión, sino que la que es material es por pasión, mientras que la espiritual es pura e incorruptible (pues lo que es engendrado del Espíritu es espíritu y no carne, y en el espíritu no vemos condición alguna sujeta a pasión), puesto que nuestro autor consideró necesario estimar el poder divino mediante ejemplos entre nosotros, persuádase a concebir a partir del otro modo de generación el carácter impasible de la generación divina. Además, al mezclar estos tres nombres, de los cuales dos son equivalentes, piensa que sus lectores, por la comunidad de sentido en las dos frases, saltarán a la conclusión de que el tercero es equivalente también. Pues dado que la denominación de «producto de la hechura» y «producto de la creación» indican que la cosa hecha es externa a la naturaleza del hacedor, acopla con éstas la frase «producto de la generación», para que ésta también sea interpretada junto con las mencionadas arriba. Pero un argumento de este tipo se llama fraude y falsedad e imposición, no una demostración reflexiva y hábil. Pues sólo se llama demostración a lo que muestra lo desconocido a partir de lo reconocido; pero razonar fraudulenta y falazmente, ocultar tu propio reproche y confundir mediante engaños superficiales el entendimiento de los hombres, como dice el Apóstol, «de mentes corrompidas []», esto ningún hombre cuerdo lo llamaría una demostración hábil.
    Prosigamos, sin embargo, con lo que sigue en orden. Dice que la generación de la esencia es «sin mediación», y que «preserva indivisible su relación con su Generador, Hacedor y Creador». Bien, si hubiera hablado del carácter inmediato e indivisible de la esencia, y hubiera detenido ahí su discurso, no se habría desviado de la visión ortodoxa, puesto que también nosotros confesamos la estrecha conexión y relación del Hijo con el Padre, de modo que nada se inserta entre ellos que resulte intervenir en la conexión del Hijo con el Padre, ninguna concepción de intervalo, ni siquiera ese minuto e indivisible que, cuando el tiempo se divide en pasado, presente y futuro, se concibe indivisiblemente por sí mismo como el presente, ya que no puede considerarse como parte ni del pasado ni del futuro, por ser completamente sin dimensiones e incapaz de división, e inobservable, a cualquier lado que se añadiera. Aquello, pues, que es perfectamente inmediato, admitimos que no admite tal intervención; pues lo que está separado por algún intervalo dejaría de ser inmediato. Si, por tanto, nuestro autor, al decir que la generación del Hijo es «sin mediación», excluyera todas estas ideas, entonces establecería la doctrina ortodoxa de la conjunción de Aquel que es con el Padre. Sin embargo, cuando, como en un arrebato de arrepentimiento, procedió en seguida a añadir a lo dicho que la esencia «preserva su relación con su Generador, Hacedor y Creador», contaminó su primera afirmación con la segunda, vomitando su blasfema expresión sobre la doctrina pura. Pues es claro que allí también su «sin mediación» no tiene intención ortodoxa, sino que, como uno podría decir que el martillo es mediato entre el herrero y el clavo, pero su propia hechura es «sin mediación», porque, cuando las herramientas aún no habían sido descubiertas por el oficio, el martillo salió primero de las manos del artesano mediante algún proceso inventivo, no por medio de ninguna otra herramienta, y así por él se hicieron las demás; así la frase «sin mediación» indica que ésta es también la concepción de nuestro autor respecto del Unigénito. Y aquí Eunomio no está solo en su error en cuanto a la enormidad de su doctrina, sino que puedes hallar un paralelo también en las obras de Teognosto, quien dice que Dios, queriendo hacer este universo, primero trajo al Hijo a la existencia como una especie de norma de la creación; sin percibir que en su afirmación está implicado este absurdo: que lo que existe, no por sí mismo, sino por causa de otra cosa, es ciertamente de menor valor que aquello por causa de lo cual existe: como proveemos un instrumento de labranza por causa de la vida, y sin embargo el arado ciertamente no se considera tan valioso como la vida. Así, si el Señor también existe por causa del mundo, y no todas las cosas por causa de Él, el conjunto de las cosas por causa de las cuales dicen que Él existe sería más valioso que el Señor. Y esto es lo que están estableciendo aquí mediante su argumento, donde insisten en que el Hijo tiene su relación con su Creador y Hacedor «sin mediación».
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