1. El libro quinto promete hablar de las palabras contenidas en el dicho del Apóstol Pedro, pero difiere su exposición
Discurre primero sobre la creación, en el sentido de que, aunque nada en ella es digno de adoración, los hombres, extraviados por su inteligencia mal informada y débil, y maravillándose de su belleza, divinizaron las diversas partes del universo. Y aquí expone excelentemente el pasaje de Isaías, «Yo soy Dios, el primero.»
V, 1
Ahora es, quizá, tiempo de indagar lo que se dice acerca de las palabras del Apóstol Pedro, por el propio Eunomio y por nuestro padre acerca de estas últimas. Si un examen detallado extendiera nuestro discurso a una longitud considerable, el lector ecuánime sin duda lo perdonará, y no nos culpará por perder tiempo en palabras, sino que echará la culpa a quien ha dado ocasión para ellas. Permítaseme también hacer algunas breves observaciones preliminares a la indagación propuesta: puede ser que también ellas se hallen no fuera de lugar con el propósito de nuestra discusión.
Que ninguna cosa creada es digna de la adoración del hombre, la palabra divina lo declara tan claramente como ley, que tal verdad puede aprenderse de casi toda la Escritura inspirada. Moisés, las Tablas, la Ley, los Profetas que siguen, los Evangelios, los decretos de los Apóstoles, todos por igual prohíben el acto de reverenciar la creación. Sería tarea larga exponer en orden los pasajes particulares que se refieren a este asunto; pero aunque expongamos sólo unos pocos de entre los muchos ejemplos del testimonio inspirado, nuestro argumento es ciertamente igualmente convincente, puesto que cada una de las palabras divinas, por mínima que sea, tiene igual fuerza para declarar la verdad. Viendo, pues, que nuestra concepción de las existencias está dividida en dos: la creación y la Naturaleza increada, si prevaleciera la actual contención de nuestros adversarios, de modo que dijéramos que el Hijo de Dios es creado, nos veríamos absolutamente obligados, o bien a anular la proclamación del Evangelio y a negarnos a adorar a aquel Dios Verbo que estaba en el principio, sobre la base de que no debemos dirigir adoración a la creación, o bien, si estos prodigios registrados en los Evangelios son demasiado apremiantes para nosotros, por los cuales somos llevados a reverenciar y adorar a Aquel que se manifiesta en ellos, a colocar, en ese caso, lo creado y lo Increado en el mismo nivel de honor; visto que si, según la opinión de nuestros adversarios, incluso el Dios creado es adorado, aunque no tiene en su naturaleza prerrogativa alguna por encima del resto de la creación, y si esta opinión llegara a prevalecer, las doctrinas de la religión se transformarán por completo en una especie de anarquía e independencia democrática. Pues cuando los hombres creen que la naturaleza que adoran no es una sola, sino que tienen sus pensamientos apartados hacia diversas Divinidades, no habrá nadie que detenga la concepción de la Deidad en su avance a través de la creación, sino que el elemento divino, una vez reconocido en la creación, se convertirá en un trampolín hacia la concepción semejante en el caso de aquello que se contemple a continuación, y éste a su vez para el siguiente en orden, y como resultado de este proceso inferencial el error se extenderá a todas las cosas, a medida que el primer engaño se abre camino por casos contiguos incluso hasta el último.
Para mostrar que no hago una afirmación al azar más allá de lo que la probabilidad admite, citaré como testimonio creíble en favor de mi aserción el error que aún prevalece entre los paganos. Viendo que ellos, con su inteligencia tosca y estrecha, estaban dispuestos a mirar con asombro las bellezas de la naturaleza, no empleando las cosas que contemplaban como guía y conductor hacia la belleza de la Naturaleza que las trasciende, hicieron más bien que su inteligencia se detuviera al llegar a los objetos de su aprehensión, y se maravillaron de cada parte de la creación por separado— por esta causa no detuvieron su concepción de la Deidad en ninguna de las cosas que contemplaban, sino que juzgaron divino todo lo que miraban en la creación. Y así, entre los egipcios, a medida que el error desarrollaba más su fuerza respecto de los objetos intelectuales, las incontables formas de los seres espirituales eran tenidas por otras tantas naturalezas de dioses; mientras que entre los babilonios el circuito infalible del firmamento era tenido por un Dios, al que también dieron el nombre de Bel. Así también, la necedad de los paganos, que divinizaba individualmente las siete esferas sucesivas, se postraba ante una, otro ante otra, según alguna forma particular de error. Pues como percibían todos estos círculos moviéndose en relación mutua, habiéndose extraviado respecto de lo más excelso, mantuvieron el mismo error por secuencia lógica, incluso hasta el último de ellos. Y además de éstos, el éter mismo, y la atmósfera difundida debajo de él, la tierra y el mar y la región subterránea, y en la tierra misma todas las cosas que son útiles o necesarias para la vida del hombre—de todas ellas no hubo ninguna que tuvieran por carente de parte o suerte en la naturaleza divina, sino que se postraban ante cada una de ellas, trayéndose a sí mismos, por medio de alguno de los objetos conspicuos en la creación, a la esclavitud de todas las partes sucesivas de la creación, de tal manera que, si el acto de reverenciar la creación hubiese sido desde el principio, incluso para ellos, cosa evidentemente ilícita, no se habrían extraviado en este engaño del politeísmo. Miremos, pues, no sea que también nosotros compartamos la misma suerte—nosotros que, al ser enseñados por la Escritura a reverenciar la verdadera Divinidad, fuimos entrenados a considerar toda existencia creada como externa a la naturaleza divina, y a adorar y reverenciar sólo aquella Naturaleza increada, cuya característica y señal es que nunca comienza a ser ni cesa de ser; puesto que el gran Isaías habla así de la naturaleza divina con referencia a estas doctrinas, en su exaltada expresión—quien habla en la persona de la Deidad: «Yo soy el primero, y después de esto soy yo, y ningún Dios hubo antes de mí, y ningún Dios habrá después de mí.» Pues, conociendo más perfectamente que todos los demás el misterio de la religión del Evangelio, este gran profeta, que predijo incluso aquella señal maravillosa acerca de la Virgen, y nos dio la buena nueva del nacimiento del Niño, y nos señaló claramente aquel Nombre del Hijo—él, en una palabra, que por el Espíritu incluye en sí mismo toda la verdad—, a fin de que la característica de la Naturaleza divina, por la cual discernimos lo que realmente es de lo que llegó a ser, se hiciera tan clara como fuera posible a todos, pronuncia este dicho en la persona de Dios: «Yo soy el primero, y después de esto soy yo, y antes de mí ningún Dios ha sido, y después de mí no hay ninguno.» Puesto que, pues, ni es Dios aquello que fue antes de Dios, ni es Dios aquello que es después de Dios, (pues lo que es después de Dios es la creación, y lo que es anterior a Dios es nada, y la Nada no es Dios—o mejor habría que decir que lo anterior a Dios es Dios en su eterna bienaventuranza, definido en contraposición a la Nada)—puesto que, digo, esta expresión inspirada fue pronunciada por la boca del profeta, aprendemos por su medio la doctrina de que la Naturaleza divina es una, continua consigo misma e indiscerptible, que no admite en sí prioridad y posterioridad, aunque sea declarada en Trinidad, y sin que ninguna de las cosas que contemplamos en ella sea más antigua o más reciente que otra. Puesto que, pues, el dicho es dicho de Dios, sea que concedas que las palabras son palabras del Padre o del Hijo, la doctrina ortodoxa queda igualmente sostenida por cualquiera de los dos. Pues si es el Padre el que habla así, Él da testimonio al Hijo de que no es «después» de sí mismo: porque si el Hijo es Dios, y todo lo que es «después» del Padre no es Dios, es claro que el dicho da testimonio de la verdad de que el Hijo está en el Padre, y no después del Padre. Si, por otra parte, se concediera que esta expresión es del Hijo, la frase «Nadie ha sido antes de mí» será una clara indicación de que Aquel a quien contemplamos «en el Principio» es aprehendido juntamente con la eternidad del Principio. Si, pues, algo es «después» de Dios, esto se descubre, por los pasajes citados, que es una criatura, y no Dios: pues Él dice: «Lo que es después de mí no es Dios.»
2. Explica después la frase de San Pedro, «A éste Dios le hizo Señor y Cristo.» Y presenta aquí la declaración contraria de Eunomio
que hizo por causa de tal frase contra San Basilio, y sus solapados insultos y ultrajes.
V, 2
Ahora que se nos ha presentado esta visión preliminar de las existencias, puede ser oportuno examinar el pasaje que tenemos delante. Dice, pues, Pedro a los judíos: «A este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo [],» mientras que por nuestra parte decimos que no es piadoso referir la palabra «hizo» a la Naturaleza Divina del Unigénito, sino que debe referirse a aquella «forma de siervo [],» que vino a la existencia por la Encarnación, en el tiempo debido de su aparición en la carne; y, por otra parte, los que fuerzan la frase en sentido contrario dicen que en la palabra «hizo» el Apóstol indica la engendración pretemporal del Hijo. Expondremos, pues, el pasaje en medio, y tras un examen detallado de ambas suposiciones, dejaremos el juicio de la verdad a nuestro lector. De la opinión de nuestros adversarios, el propio Eunomio puede ser abogado suficiente, pues contiende con gallardía sobre la cuestión, de modo que al recorrer su argumento palabra por palabra seguiremos por completo el razonamiento de los que luchan contra nosotros; y nosotros mismos actuaremos como campeones de la doctrina de nuestro lado lo mejor que podamos, siguiendo en cuanto nos sea posible la línea del argumento previamente expuesta por el gran Basilio. Pero tú, que con tu lectura actúas como juez en la causa, «ejecuta juicio verdadero,» como dice uno de los profetas [], no otorgando la victoria a las preconcepciones contenciosas, sino a la verdad tal como se manifiesta por el examen. Y ahora que se presente el acusador de nuestras doctrinas y lea su acusación, como en un tribunal de justicia.
Además, por añadidura a lo que hemos mencionado, por su negativa a tomar la palabra "hecho" como referida a la esencia del Hijo, y con ello por avergonzarse de la Cruz, atribuye a los Apóstoles lo que nadie, ni siquiera de los que se han esforzado por hablar mal de ellos a causa de su rudeza, les imputa; y al mismo tiempo introduce claramente, mediante sus doctrinas y argumentos, dos Cristos y dos Señores; pues dice que no fue el Verbo que era en el principio a quien Dios hizo Señor y Cristo, sino Aquel que "se vació a sí mismo para tomar la forma de siervo", y "fue crucificado por debilidad []". En todo caso, el gran Basilio escribe expresamente lo siguiente: — "Ni tampoco es intención del Apóstol presentarnos aquella existencia del Unigénito que era antes de los siglos (que es ahora el objeto de nuestro argumento), pues habla claramente, no de la esencia misma de Dios el Verbo, que era en el principio con Dios, sino de Aquel que se vació a sí mismo para tomar la forma de siervo, y se hizo conforme al cuerpo de nuestra humillación [], y fue crucificado por debilidad." Y de nuevo: "Esto lo sabe cualquiera que aunque sea en pequeño grado aplique su mente al significado de las palabras del Apóstol, que no nos expone el modo de la existencia Divina, sino que introduce los términos que pertenecen a la Encarnación; pues dice, A éste Dios le hizo Señor y Cristo, a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, poniendo evidentemente énfasis con la palabra demostrativa en aquello que en Él era humano y era visto por todos."
«¡Esto, pues, es lo que tiene que decir el hombre que sustituye—pues no podemos hablar de ello como 'aplicación', no sea que alguien acuse de semejante locura a hombres santos y elegidos para la predicación de la piedad, reprochando a su doctrina una caída en tal extravagancia—, que sustituye su propia mente por la intención de los Apóstoles! ¡De qué confusión no están llenos los que refieren sus propias necedades a la memoria de los santos! ¡De qué absurdos no abundan los que imaginan que el hombre 'se vació a sí mismo' para hacerse hombre, y que sostienen que Aquel que por obediencia 'se humilló a sí mismo' para tomar la forma de siervo fue hecho conforme a los hombres incluso antes de tomar aquella forma sobre sí! ¿Quién, dime, hombre temerario, cuando tiene la forma de siervo, toma la forma de siervo? ¿Y cómo puede alguien 'vaciarse a sí mismo' para llegar a ser aquello que ya es? No hallarás artificio para responder a esto, por atrevido que seas en decir o pensar cosas inartificiables. ¿No eres en verdad el más miserable de todos los hombres, tú que supones que un hombre ha padecido la muerte por todos los hombres, y atribuyes tu propia redención a él? Pues si no es del Verbo que era en el principio y era Dios de quien habla el bienaventurado Pedro, sino de aquel que fue 'visto', y que 'se vació a sí mismo', como dice Basilio, y si el hombre que fue visto 'se vació a sí mismo' para tomar 'la forma de siervo', y Aquel que 'se vació a sí mismo' para tomar 'la forma de siervo' se vació a sí mismo para venir a ser como hombre, entonces el hombre que fue visto se vació a sí mismo para venir a ser como hombre. La naturaleza misma de las cosas repugna a esto; y es expresamente contradicho por aquel escritor que celebra esta dispensación en su discurso acerca de la Naturaleza Divina, cuando dice no que el hombre que fue visto, sino que el Verbo que era en el principio y era Dios tomó sobre sí carne, lo cual equivale en otras palabras a tomar 'la forma de siervo'. Si, pues, sostienes que estas cosas han de creerse, aparta de tu error, y cesa de creer que el hombre 'se vació a sí mismo' para hacerse hombre. Y si no eres capaz de persuadir a los que no quieren ser persuadidos, destruye su incredulidad con otra sentencia, una segunda decisión contra ellos. Recuerda al que dice: 'El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se vació a sí mismo, tomando la forma de siervo.' No hay ninguno entre los hombres que se apropie esta frase a sí mismo. Ninguno de los santos que jamás vivió fue el Dios unigénito y se hizo hombre: — pues eso es lo que significa 'tomar la forma de siervo', 'siendo en forma de Dios'. Si, pues, el bienaventurado Pedro habla de Aquel que 'se vació a sí mismo' para 'tomar la forma de siervo', y si Aquel que era 'en forma de Dios' se 'vació a sí mismo' para 'tomar la forma de siervo', y si Aquel que en el principio era Dios, siendo el Verbo y el Dios unigénito, es Aquel que era 'en forma de Dios', entonces el bienaventurado Pedro nos habla de Aquel que era en el principio y era Dios, y nos expone que fue Él quien se hizo Señor y Cristo. Esta, pues, es la contienda que Basilio libra contra sí mismo, y claramente parece no haber 'aplicado su propia mente a la intención de los Apóstoles' ni ser capaz de preservar la secuencia de sus propios argumentos; pues, según ellos, debe, si es consciente de su carácter irreconciliable, admitir que el Verbo que era en el principio y era Dios se hizo Señor; o si intenta encajar declaraciones mutuamente conflictivas, y contenciosamente se aferra a ellas, añadirá otras aún más hostiles, y sostendrá que hay dos Cristos y dos Señores. Pues si el Verbo que era en el principio y era Dios es uno, y Aquel que 'se vació a sí mismo' y 'tomó la forma de siervo' es otro, y si Dios el Verbo, por quien son todas las cosas, es Señor, y este Jesús, que fue crucificado después de que todas las cosas vinieran a la existencia, es también Señor, hay, según su opinión, dos Señores y Cristos. Nuestro autor, pues, no puede por ningún argumento librarse de esta manifiesta blasfemia. Pero si alguien dijera en su apoyo que el Verbo que era en el principio es ciertamente el mismo que se hizo Señor, pero que se hizo Señor y Cristo en cuanto a su presencia en la carne, seguramente se verá obligado a decir que el Hijo no era Señor antes de su presencia en la carne. En todo caso, aunque Basilio y sus infieles seguidores proclamen falsamente dos Señores y dos Cristos, para nosotros hay un solo Señor y Cristo, por quien todas las cosas fueron hechas, que no se hace Señor por vía de promoción, sino que existe antes de toda creación y antes de todos los siglos, el Señor Jesús, por quien son todas las cosas, mientras todos los santos con una sola voz armoniosa nos enseñan esta verdad y la proclaman como la más excelente de las doctrinas. Aquí el bienaventurado Juan nos enseña que Dios el Verbo, por quien todas las cosas fueron hechas, se ha encarnado, diciendo: 'Y el Verbo se hizo carne'; aquí el admirable Pablo, exhortando a la humildad a los que lo escuchan, habla de Cristo Jesús, que era en forma de Dios, y se vació a sí mismo para tomar la forma de siervo, y fue humillado hasta la muerte, incluso la muerte de Cruz []; y de nuevo en otro pasaje llama al Crucificado 'el Señor de la Gloria': 'pues si lo hubieran conocido', dice, 'no habrían crucificado al Señor de la Gloria []'. En efecto, habla mucho más abiertamente que esto de la naturaleza esencial misma con el nombre de 'Señor', donde dice: 'Ahora bien, el Señor es el Espíritu []'. Si, pues, el Verbo que era en el principio, en cuanto es Espíritu, es Señor, y el Señor de la gloria, y si Dios le hizo Señor y Cristo, fue el Espíritu mismo y Dios el Verbo a quien Dios así hizo, y no otro Señor con el que Basilio sueña.»
3. Una réplica notable y original a estas declaraciones, y una demostración del poder del Crucificado
y del hecho de que esta sujeción era de la Naturaleza Humana, no de aquella que el Unigénito tiene del Padre. También una explicación de la figura de la Cruz, y de la denominación «Cristo,» y un relato de los buenos dones otorgados a la Naturaleza Humana por la Divinidad que estaba mezclada con ella.
V, 3
Bien, tal es su acusación. Pero creo necesario, en primer lugar, recorrer brevemente, a modo de resumen, los puntos que alega, y luego proceder a corregir mediante mi argumento lo que ha dicho, para que los que juzgan la verdad hallen fácil recordar la acusación contra nosotros, a la que hemos de responder, y para que podamos despachar cada uno de los cargos en orden regular. Dice que nos avergonzamos de la Cruz de Cristo, y calumniamos a los santos, y decimos que un hombre «se vació a sí mismo» para hacerse hombre, y suponemos que el Señor tenía la «forma de siervo» antes de su presencia por la Encarnación, y atribuimos nuestra redención a un hombre, y hablamos en nuestra doctrina de dos Cristos y dos Señores, o, si no hacemos esto, entonces negamos que el Unigénito fuera Señor y Cristo antes de la Pasión. Para que evitemos esta blasfemia, quiere que confesemos que la esencia del Hijo ha sido hecha, sobre la base de que el Apóstol Pedro por su propia voz establece tal doctrina. Esta es la sustancia de la acusación; pues todo lo que se ha tomado el trabajo de decir en vituperio de nosotros mismos, lo pasaré por alto en silencio, por no venir en absoluto al caso. Puede ser que este golpe retórico de frases elaboradas según alguna teoría artificial sea el hábito ordinario de los que juegan al rétor, un invento para abultar el volumen de su acusación. Que nuestro sofista, pues, use su arte para mostrar su insolencia, y jacte de su fuerza en reproches contra nosotros, haciendo alarde de sus golpes en los intervalos de la contienda; que nos llame necios, nos llame los más temerarios de todos los hombres, los más miserables de todos los hombres, llenos de confusión y absurdidad, y se burle de nosotros a su gusto de la manera que quiera, y lo soportaremos; pues para un hombre razonable la deshonra no está en oír al que lo injuria, sino en replicar a lo que dice. Incluso puede haber algo bueno en su gasto de aliento contra nosotros; pues puede ser que mientras ocupa su lengua insultante en denunciarnos, al menos haga alguna tregua en su contienda contra Dios. Así que sacie su insolencia como quiera: nadie le responderá. Pues si un hombre tiene aliento fétido y repugnante, a causa de un trastorno corporal, o de alguna enfermedad pestilente y maligna, no incitaría a ninguna persona sana a emular su desgracia, de modo que uno eligiera, adquiriendo él mismo la enfermedad, pagar en la misma especie de mal el desagrado del mal olor del hombre. A tales hombres nuestra naturaleza común nos manda compadecerlos, no imitarlos. Y así pasemos por alto todo lo de esta clase que, mediante burla, indignación, provocación y ultraje, ha mezclado asiduamente con su argumento, y examinemos solo sus argumentos en cuanto conciernen a los puntos doctrinales en disputa. Comenzaremos de nuevo, pues, desde el principio, y afrontaremos cada uno de sus cargos por turno.
El comienzo de su acusación fue que nos avergonzamos de la Cruz de Aquel que por nosotros padeció la Pasión. ¡Seguramente no pretende acusarnos también de que predicamos la doctrina de la desemejanza de esencia! Pues, más bien, es a los que se desvían hacia esta opinión a quienes pertenece el reproche de andar haciendo de la Cruz algo vergonzoso. Pues si por ambas partes por igual se tiene la dispensación de la Pasión como parte de la fe, mientras nosotros consideramos necesario honrar, así como es honrado el Padre, al Dios que fue manifestado por la Cruz, y ellos hallan la Pasión un obstáculo para glorificar al Dios unigénito igualmente con el Padre que lo engendró, entonces los cargos de nuestro sofista recaen sobre él mismo, y en las palabras con las que imagina acusarnos, está publicando su propia impiedad doctrinal. Pues es claro que la razón por la que pone al Padre sobre el Hijo, y lo exalta con honor supremo, es esta—que en Él no se ve la vergüenza de la Cruz: y la razón por la que asevera que la naturaleza del Hijo varía en el sentido de inferioridad es esta—que el reproche de la Cruz se refiere solo a Él, y no toca al Padre. Y que nadie piense que al decir esto solo sigo la corriente general de su composición, pues al recorrer toda la blasfemia de su discurso, que allí está laboriosamente reunida, hallé, en un pasaje posterior al que tenemos delante, esta misma blasfemia claramente expresada en lenguaje no disimulado; y me propongo exponer, en el curso ordenado de mi propio argumento, lo que han escrito, que dice así:— «Si,» dice, «puede mostrar que el Dios que está sobre todas las cosas, que es la Luz inaccesible, se encarnó, o pudo encarnarse, estuvo bajo autoridad, obedeció mandatos, estuvo bajo las leyes de los hombres, soportó la Cruz, entonces que diga que la Luz es igual a la Luz.» ¿Quién es, pues, el que se avergüenza de la Cruz? ¿El que, incluso después de la Pasión, adora al Hijo igualmente con el Padre, o el que incluso antes de la Pasión lo insulta, no solo clasificándolo con la creación, sino sosteniendo que es de naturaleza pasible, sobre la base de que no podría haber llegado a experimentar sus sufrimientos si no hubiera tenido una naturaleza capaz de tales sufrimientos? Nosotros, por nuestra parte, afirmamos que incluso el cuerpo en el que padeció su Pasión, por estar mezclado con la Naturaleza Divina, fue hecho por aquella mezcla aquello que la Naturaleza que asume es. Tan lejos estamos de abrigar idea baja alguna acerca del Dios unigénito, que si algo perteneciente a nuestra naturaleza humilde fue asumido en su dispensación de amor por el hombre, creemos que incluso esto fue transformado a lo Divino e incorruptible; pero Eunomio hace del sufrimiento de la Cruz un signo de divergencia de esencia, en el sentido de inferioridad, considerando, no sé cómo, el acto sobreeminente de poder, por el cual fue capaz de realizar esto, como evidencia de debilidad; sin percibir el hecho de que, mientras nada que se mueve según su propia naturaleza es mirado como asombrosamente maravilloso, todas las cosas que sobrepasan las limitaciones de su propia naturaleza se convierten especialmente en objetos de admiración, y a ellas todo oído se vuelve, toda mente está atenta, maravillada ante el prodigio. Y de ahí que todos los que predican la palabra señalen el carácter maravilloso del misterio en este aspecto—que «Dios fue manifestado en carne,» que «el Verbo se hizo carne,» que «la Luz resplandeció en las tinieblas,» «la Vida gustó la muerte,» y todas las declaraciones de este tipo que los heraldos de la fe suelen hacer, con las cuales se acrecienta el carácter maravilloso de Aquel que manifestó la sobreabundancia de su poder por medios externos a su propia naturaleza. Pero aunque ellos tengan a bien hacer de esto un motivo para su insolencia, aunque hacen de la dispensación de la Cruz una razón para separar al Hijo de la igualdad de gloria con el Padre, nosotros creemos, como aquellos «que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra» nos transmitieron por las Santas Escrituras, que el Dios que era en el principio, «después», como dice Baruc, «fue visto sobre la tierra y conversó con los hombres [],» y, haciéndose rescate por nuestra muerte, desató por su propia resurrección las ataduras de la muerte, y por sí mismo hizo de la resurrección un camino para toda carne, y estando en el mismo trono y en la misma gloria con su propio Padre, dará en el día del juicio sentencia sobre los juzgados, según el mérito de las vidas que hayan llevado. Estas son las cosas que creemos acerca del que fue crucificado, y por esta causa no cesamos de ensalzarlo sobremanera, según la medida de nuestras fuerzas, que Aquel que por razón de su grandeza indecible e inaccesible no es comprensible por nadie, salvo por sí mismo y el Padre y el Espíritu Santo, Él, digo, fue capaz incluso de descender a la comunidad con nuestra debilidad. Pero ellos aducen esta prueba de la enajenación en naturaleza del Hijo respecto del Padre, que el Señor fue manifestado por la carne y por la Cruz, argumentando sobre la base de que la naturaleza del Padre permaneció pura en impasibilidad, y no podía admitir de manera alguna una comunidad que tendiera a la pasión, mientras que el Hijo, por razón de la divergencia de su naturaleza por vía de humillación, no era incapaz de ser llevado a experimentar la carne y la muerte, visto que el cambio de condición no era grande, sino uno que tenía lugar en cierto sentido desde un estado semejante a otro estado afín y homogéneo, porque la naturaleza del hombre es creada, y la naturaleza del Unigénito es creada también. ¿Quién es, pues, con justicia acusado de avergonzarse de la Cruz? ¿El que habla vilmente de ella, o el que contiende por su aspecto más exaltado? No sé si nuestro acusador, que así rebaja al Dios que fue dado a conocer sobre la Cruz, ha oído el elevado discurso de Pablo, en qué términos y con qué extensión diserta con sus labios exaltados acerca de aquella Cruz. Pues él, que pudo darse a conocer mediante milagros tantos y tan grandes, dice: «Dios me libre de gloriarme en otra cosa que en la Cruz de Cristo.» Y a los Corintios dice que la palabra de la Cruz es «poder de Dios para los que están en estado de salvación.»
A los Efesios, además, describe mediante la figura de la Cruz el poder que controla y mantiene unido el universo, cuando expresa el deseo de que sean exaltados para conocer la gloria sobreeminente de este poder, llamándolo altura, y profundidad, y anchura, y longitud, hablando de las varias proyecciones que contemplamos en la figura de la Cruz por sus nombres propios, de modo que llama a la parte superior «altura,» y a lo que está abajo, en el lado opuesto de la unión, «profundidad,» mientras que con el nombre «longitud y anchura» indica el travesaño que se proyecta a uno y otro lado, para que por esto se manifestara este gran misterio, que tanto las cosas en los cielos, como las cosas bajo la tierra, y todos los confines más remotos de las cosas que son, son regidas y sostenidas por Aquel que dio ejemplo de este poder indecible y poderoso en la figura de la Cruz. Pero creo que no hay necesidad de contender más con tales objeciones, pues juzgo superfluo afanarse en urgir argumentos contra la calumnia cuando incluso pocas palabras bastan para mostrar la verdad. Pasemos, pues, a otro cargo.
Dice que por nosotros los santos son calumniados. Bien, si lo ha oído él mismo, que nos diga las palabras de nuestra difamación: si piensa que lo hemos dicho a otros, que muestre la verdad de su cargo con testigos: si lo demuestra a partir de lo que hemos escrito, que lea las palabras, y soportaremos la culpa. Pero no puede presentar nada de esa clase: nuestros escritos están abiertos al examen de cualquiera que lo desee. Si no se le dijo a él mismo, y no lo ha oído de otros, y no tiene prueba que ofrecer de nuestros escritos, creo que el que ha de responder sobre este punto bien puede guardar silencio: el silencio es ciertamente la respuesta adecuada a una acusación infundada.
Dice, pues, el Apóstol Pedro: «A este Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo [].» Nosotros, aprendiendo esto de él, decimos que todo el contexto del pasaje tiende en un solo sentido—la Cruz misma, el nombre humano, el giro indicativo de la frase. Pues la palabra de la Escritura dice que en relación con una sola persona se obraron dos cosas—por los judíos, la Pasión, y por Dios, el honor; no como si una persona hubiera padecido y otra hubiera sido honrada con la exaltación: y lo explica aún más claramente con sus palabras en lo que sigue, «exaltado por la diestra de Dios.» ¿Quién fue, pues, «exaltado»? ¿El que era humilde, o el que era el Altísimo? ¿Y qué otra cosa es lo humilde, sino la Humanidad? ¿Qué otra cosa es lo Altísimo, sino la Divinidad? Ciertamente, Dios no necesita ser exaltado, visto que Él es lo Altísimo. Síguese, pues, que el significado del Apóstol es que la Humanidad fue exaltada: y su exaltación se efectuó por llegar a ser Señor y Cristo. Y esto tuvo lugar después de la Pasión. No es, por tanto, la existencia pretemporal del Señor la que el Apóstol indica con la palabra «hizo,» sino aquella mudanza de lo humilde a lo excelso que se efectuó «por la diestra de Dios.» Aun por esta frase se declara el misterio de la piedad; pues el que dice «exaltado por la diestra de Dios» revela manifiestamente la dispensación indecible de este misterio, que la Diestra de Dios, que hizo todas las cosas que existen, (que es el Señor, por quien todas las cosas fueron hechas, y sin quien nada de lo que es subsiste,) Ella misma elevó a su propia altura al Hombre unido con Ella, haciéndole también ser lo que Ella es por naturaleza. Ahora bien, Ella es Señor y Rey: Cristo es el nombre del Rey: estas cosas Ella le hizo también a Él. Pues así como fue altamente exaltado por estar en el Altísimo, así también llegó a ser todo lo demás—Inmortal en el Inmortal, Luz en la Luz, Incorruptible en el Incorruptible, Invisible en el Invisible, Cristo en el Cristo, Señor en el Señor. Pues aun en las combinaciones físicas, cuando una de las partes combinadas excede a la otra en gran grado, lo inferior suele mudarse completamente a lo que es más potente. Y esto nos es enseñado claramente por la voz del Apóstol Pedro en su discurso místico, que la naturaleza humilde de Aquel que fue crucificado por debilidad, (y debilidad, como hemos oído del Señor, señala la carne,) aquella naturaleza humilde, digo, por virtud de su combinación con el elemento infinito e ilimitado del bien, no permaneció ya en sus propias medidas y propiedades, sino que fue por la Diestra de Dios elevada juntamente consigo misma, y se hizo Señor en lugar de siervo, Cristo un Rey en lugar de súbdito, Altísimo en lugar de humilde, Dios en lugar de hombre. ¿Qué asidero, pues, contra los santos halló en el material de nuestros escritos el que pretende dar advertencia contra nosotros en defensa de los Apóstoles? Pasemos por alto este cargo también en silencio; pues creo cosa mezquina e indigna alzarse contra cargos que son falsos e infundados. Pasemos a la parte más apremiante de su acusación.
4. Muestra la falsedad de la calumniosa acusación de Eunomio según la cual el gran Basilio había dicho que «el hombre se había vaciado para hacerse
hombre», y demuestra que el «vaciamiento» del Unigénito tuvo lugar con miras a la restauración a la vida del Hombre que había padecido.
V, 4
Afirma que decimos que el hombre se ha vaciado a sí mismo para hacerse hombre, y que Aquel que por la obediencia se humilló a sí mismo hasta la forma de siervo compartió la forma de los hombres aun antes de tomar esa forma. No se ha hecho cambio alguno en la redacción; simplemente hemos trasladado las mismísimas palabras de su discurso al nuestro. Ahora bien, si hay algo de este género en nuestros escritos (pues a los escritos de mi maestro los llamo nuestros), que nadie culpe a nuestro orador de calumnia. Pido toda consideración para la verdad: y nosotros mismos daremos testimonio. Pero si no hay nada de todo esto en nuestros escritos, mientras que su lenguaje no sólo nos echa la culpa, sino que se indigna y se enfurece como si el asunto estuviera claramente probado, llamándonos llenos de absurdo, de necedad, de confusión, de inconsecuencia, y demás, no alcanzo a ver cuál sea el camino recto que tomar. Así como los hombres perplejos ante las cóleras infundadas de los locos no pueden decidir plan alguno que seguir, así yo mismo no hallo recurso para hacer frente a esta perplejidad. Nuestro maestro dice (pues citaré de nuevo su argumento literalmente), «Él no nos está exponiendo el modo de la existencia divina, sino los términos que corresponden a la Encarnación.» Nuestro acusador parte de este punto y dice que sostenemos que el hombre se ha vaciado a sí mismo para hacerse hombre. ¿Qué comunidad hay entre una afirmación y la otra? Si decimos que el Apóstol no nos ha expuesto el modo de la existencia divina, sino que con su expresión señala la dispensación de la Pasión, se nos acusa sobre esta base de hablar del «vaciamiento» del hombre para hacerse hombre, y de decir que la «forma de siervo» tuvo existencia pretemporal, y que el Hombre que nació de María existió antes de la venida en la carne. Pues bien, creo superfluo gastar tiempo en discutir lo que está admitido, puesto que la verdad misma nos libra de la acusación. En un caso, ciertamente, en el que uno haya dado a los calumniadores algún asidero contra sí, es propio resistir a los acusadores: pero donde no hay peligro de ser sospechoso de una acusación absurda, la acusación se convierte en prueba, no de la falsa acusación hecha contra el calumniado, sino de la locura del acusador. Mas, así como al tratar la acusación de avergonzarse de la Cruz, mostramos mediante nuestro examen que la acusación recaía sobre el acusador, así mostraremos cómo también esta acusación vuelve sobre quienes la formulan, pues son ellos, y no nosotros, quienes establecen la doctrina del cambio del Hijo de lo semejante a lo semejante en la dispensación de la Pasión. Examinaremos brevemente, poniéndolas una al lado de la otra, las afirmaciones de cada parte. Decimos que el Dios unigénito, habiendo dado el ser a todas las cosas por su propia operación, tiene por sí mismo pleno poder sobre todas las cosas, y que la naturaleza del hombre es también una de las cosas que fueron hechas por Él; y que cuando ésta decayó hacia el mal y vino a hallarse en la destrucción de la muerte, Él, por su propia operación, la atrajo de nuevo hacia la vida inmortal, por medio del Hombre en quien habitó, tomando para sí la humanidad en plenitud, y que mezcló su poder vivificante con nuestra naturaleza mortal y perecedera, y cambió, mediante la combinación consigo mismo, nuestra muerte en gracia y poder vivientes. Y esto declaramos que es el misterio del Señor según la carne: que Aquel que es inmutable vino a estar en lo que es mutable, a fin de que, alterándolo para mejor y cambiándolo de lo peor, aboliera el mal que está mezclado con nuestra condición mudable, destruyendo el mal en sí mismo. Porque «nuestro Dios es fuego consumidor [],» por quien toda la materia de maldad es eliminada. Ésta es nuestra afirmación. ¿Qué dice nuestro acusador? No dice que Aquel que era inmutable e increado se mezclara con lo que vino a la existencia por creación y que, por tanto, había sufrido un cambio en dirección al mal; antes bien dice que Él, siendo Él mismo creado, vino a lo que le era afín y homogéneo, no viniendo de una naturaleza trascendente para revestirse de la naturaleza inferior a causa de su amor al hombre, sino haciéndose precisamente aquello que era.
Porque, en cuanto al carácter general de la denominación, el nombre de «criatura» es uno, en la medida en que se predica de todas las cosas que han llegado a ser de la nada, mientras que las divisiones en secciones de las cosas que contemplamos como incluidas en el término «criatura» se separan unas de otras por la variación de sus propiedades: de modo que, si Él es creado y el hombre es creado, Él fue «vaciado», por usar la expresión de Eunomio, para hacerse a sí mismo, y cambió de lugar, no de lo trascendente a lo humilde, sino de lo semejante en género a lo que (salvo en lo que concierne al carácter especial del cuerpo y de lo incorpóreo) es semejante en dignidad. ¿A quién darán ahora el voto justo los que han de juzgar nuestra causa, o quién les parecerá que está bajo el peso de estas acusaciones? ¿El que dice que lo creado fue salvado por el Dios increado, o el que refiere la causa de nuestra salvación a la criatura? Ciertamente, el juicio de los hombres piadosos no es dudoso. Porque todo el que conoce claramente la diferencia que existe entre lo creado y lo increado (términos cuya divergencia está marcada por el dominio y la esclavitud, pues el Dios increado, como dice el profeta, «gobierna con su poder para siempre,» mientras que todas las cosas de la creación le sirven, según la voz del mismo profeta, que dice «todas las cosas te sirven,»), éste, digo, que considera cuidadosamente estas materias, no puede ciertamente dejar de reconocer a la persona que hace al Unigénito cambiar de servidumbre a servidumbre. Pues si, según Pablo, toda la creación «está en servidumbre [],» y si, según Eunomio, la naturaleza esencial del Unigénito es creada, nuestros adversarios sostienen, ciertamente, con sus doctrinas, no que el amo se haya mezclado con el siervo, sino que un siervo vino a estar entre siervos. En cuanto a que nosotros digamos que el Señor estaba en forma de siervo antes de su presencia en la carne, eso es justamente como acusarnos de decir que las estrellas son negras y el sol nebuloso, y el cielo bajo, y el agua seca, y demás:— un hombre que no sostiene una acusación sobre la base de lo que ha oído, sino que inventa lo que le parece bien a su entero capricho, no necesita ser parco en formular contra nosotros acusaciones como éstas. Para nosotros es exactamente lo mismo ser llamados a rendir cuentas por un conjunto de acusaciones que por el otro, en lo que respecta al hecho de que no tienen fundamento en nada de lo que hemos dicho. ¿Cómo podría quien dice claramente que el verdadero Hijo estaba en la gloria del Padre insultar la gloria eterna del Unigénito concibiendo que ella haya estado «en forma de siervo»? Cuando nuestro autor tiene a bien hablar mal de nosotros y, al mismo tiempo, cuida de presentar su caso con alguna apariencia de verdad, quizá no sea superfluo ni inútil rebatir sus acusaciones infundadas.
5. Después muestra que no hay dos Cristos ni dos Señores, sino un solo Cristo y un solo Señor, y que la naturaleza divina
tras mezclarse con la humana, preservó las propiedades de cada naturaleza sin confusión, y declara que las operaciones son, en razón de la unión, predicadas de las dos naturalezas en común, en el sentido de que el Señor tomó sobre sí los sufrimientos del siervo, y la humanidad es glorificada con Él en el honor que es del Señor, y que por el poder de la Naturaleza divina aquello es hecho de nuevo, conformemente con esa misma Naturaleza divina.
V, 5
También su siguiente acusación tiene su propio absurdo de la misma especie. Pues nos reprocha decir que hay «dos Cristos» y «dos Señores», sin poder justificar su acusación con nuestras palabras, sino empleando la falsedad a su discreción para acomodarla a su capricho. Puesto que, entonces, considera que está en su poder decir lo que le plazca, ¿por qué profiere su falsedad con tanto cuidado por el detalle y sostiene que hablamos sólo de dos Cristos? Que diga, si quiere, que predicamos diez Cristos, o diez veces diez, o que extienda el número a mil, para manejar su calumnia con más vigor. Pues la blasfemia está igualmente implicada en la doctrina de dos Cristos que en la de más, y el carácter de las dos acusaciones está también igualmente desprovisto de prueba. Cuando muestre, pues, que hablamos de dos Cristos, que obtenga sentencia contra nosotros, tanto como si hubiera dado prueba de diez mil. Pero dice que nos convence con nuestras propias afirmaciones. Pues bien, examinemos una vez más aquellas palabras de nuestro maestro mediante las cuales piensa levantar sus acusaciones contra nosotros. Dice «él» (es decir, aquel que dice «A éste Dios le hizo Señor y Cristo, a este Jesús a quien vosotros crucificasteis») «no nos está exponiendo el modo de la existencia divina, sino los términos que pertenecen a la Encarnación... poniendo el acento, mediante la palabra demostrativa, en aquello que en Él era humano y fue visto por todos.» Esto es lo que escribió. Pero ¿de dónde ha logrado Eunomio, con estas palabras, traer a escena sus «dos Cristos»? ¿Acaso decir que la palabra demostrativa pone el acento en lo que es visible aporta la prueba de sostener «dos Cristos»? ¿Deberíamos (para evitar ser acusados de hablar de «dos Altísimos») negar el hecho de que por Él el Señor fue exaltado en sumo grado después de su Pasión? Puesto que Dios el Verbo, que era en el principio, era el Altísimo, y fue también exaltado en sumo grado después de su Pasión cuando resucitó de entre los muertos, como dice el Apóstol. Debemos por necesidad elegir uno de dos caminos: o decir que Él fue exaltado en sumo grado después de la Pasión (lo cual es exactamente lo mismo que decir que fue hecho Señor y Cristo) y ser acusados por Eunomio, o, si evitamos la acusación, negar la confesión de la exaltación excelsa de Aquel que padeció.
Ahora bien, en este punto parece oportuno presentar una vez más la afirmación de nuestro acusador en apoyo de nuestra propia defensa. Repetiremos, por tanto, palabra por palabra la afirmación establecida por él, que apoya nuestro argumento del siguiente modo:— «El bienaventurado Juan,» dice, «nos enseña que Dios el Verbo, por quien todas las cosas fueron hechas, se ha hecho encarnado, diciendo: 'Y el Verbo se hizo carne.'» ¿Entiende lo que escribe cuando añade esto a su propio argumento? Apenas puedo yo mismo pensar que un mismo hombre pueda a la vez ser consciente del significado de estas palabras y combatir nuestra afirmación. Pues si alguien examina con cuidado las palabras, hallará que no hay conflicto mutuo entre lo que decimos nosotros y lo que dice él. Pues nosotros consideramos por separado la dispensación en la carne y contemplamos el poder divino en sí mismo; y él, de modo semejante a nosotros, dice que el Verbo que era en el principio se ha manifestado en la carne; sin embargo, nadie le ha acusado jamás, ni él se acusa a sí mismo, de predicar «dos Verbos», Aquel que era en el principio y Aquel que se hizo carne; pues sabe, ciertamente, que el Verbo es idéntico al Verbo, Aquel que apareció en la carne con Aquel que estaba con Dios. Pero la carne no era idéntica a la Divinidad, hasta que también ésta fue transformada a la Divinidad, de modo que, por necesidad, un conjunto de atributos conviene a Dios el Verbo, y un conjunto distinto de atributos conviene a la «forma de siervo». Si, entonces, en vista de tal confesión, él no se reprocha la dualidad de Verbos, ¿por qué se nos acusa falsamente de dividir el objeto de nuestra fe en «dos Cristos»?— nosotros, que decimos que Aquel que fue exaltado en sumo grado después de su Pasión fue hecho Señor y Cristo por su unión con Aquel que es verdaderamente Señor y Cristo, sabiendo por lo que hemos aprendido que la Naturaleza divina es siempre una y la misma, y con el mismo modo de existencia, mientras que la carne, en sí misma, es aquello que la razón y los sentidos aprehenden de ella, pero, cuando se mezcla con lo Divino, ya no permanece en sus propios límites y propiedades, sino que es elevada a aquello que es abrumador y trascendente. Nuestra contemplación, sin embargo, de las propiedades respectivas de la carne y de la Divinidad permanece libre de confusión, mientras cada una de ellas sea contemplada por sí misma, como, por ejemplo, «el Verbo era antes de los siglos, pero la carne vino a la existencia en los últimos tiempos»: pero no se podría invertir esta afirmación y decir que ésta última es pretemporal, o que el Verbo ha venido a la existencia en los últimos tiempos. La carne es de naturaleza pasible, el Verbo de naturaleza operativa: y ni la carne es capaz de hacer las cosas que son, ni el poder poseído por la Divinidad es capaz de padecer. El Verbo estaba en el principio con Dios, el hombre estaba sujeto a la prueba de la muerte; y ni la naturaleza humana era desde la eternidad, ni la naturaleza divina mortal: y todos los demás atributos se contemplan del mismo modo. No es la naturaleza humana la que resucita a Lázaro, ni es el poder que no puede padecer el que llora por él cuando yace en la tumba: la lágrima procede del Hombre, la vida de la Vida verdadera. No es la naturaleza humana la que alimenta a los millares, ni es el poder omnipotente el que se apresura hacia la higuera. ¿Quién es el que se cansa en el camino, y quién el que con su palabra hizo subsistir todo el mundo? ¿Qué es el resplandor de la gloria, y qué aquello que fue traspasado por los clavos? ¿Qué forma es la que es abofeteada en la Pasión, y qué forma es la que es glorificada desde la eternidad? Hasta aquí es claro (aun si no se sigue el argumento en detalle) que los golpes pertenecen al siervo en quien estaba el Señor, los honores al Señor a quien el siervo envolvió, de modo que, por razón del contacto y de la unión de las Naturalezas, los atributos propios de cada una pertenecen a ambas, así como el Señor recibe los azotes del siervo, mientras el siervo es glorificado con el honor del Señor; pues por esto se dice que la Cruz es la Cruz del Señor de la gloria [], y por esto toda lengua confiesa que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre [].
Pero si hemos de discutir los demás puntos del mismo modo, consideremos qué es lo que muere y qué es lo que destruye la muerte; qué es lo que se renueva y qué es lo que se vacía a sí mismo. La Divinidad «se vacía» a sí misma para poder entrar en la capacidad de la naturaleza humana, y la naturaleza humana se renueva haciéndose divina mediante su conmixtión con lo Divino. Pues así como el aire no es retenido en el agua cuando es arrastrado hacia abajo por algún cuerpo pesado y dejado en la profundidad del agua, sino que asciende rápidamente hacia su elemento afín, mientras el agua es a menudo elevada juntamente con el aire en su impulso ascendente, siendo moldeada por el círculo del aire en una forma convexa con una superficie ligera y semejante a una membrana, así, cuando la verdadera Vida que subyacía a la carne se apresuró, después de la Pasión, hacia sí misma, la carne también fue elevada con ella, siendo forzada hacia arriba desde la corrupción a la incorruptibilidad por la inmortalidad divina. Y así como el fuego que yace en la madera oculto bajo la superficie pasa a menudo inadvertido a los sentidos de quienes lo ven, o incluso lo tocan, pero se manifiesta cuando se inflama, así también, en su muerte (la cual realizó por su voluntad Aquel que separó su alma de su Cuerpo, que dijo a su propio Padre «En tus manos encomiendo mi Espíritu [],» que, como Él dice, «tenía poder para entregarla y poder para tomarla de nuevo»), Aquel que, porque es el Señor de la gloria, despreció lo que es vergüenza entre los hombres, habiendo ocultado, por así decirlo, la llama de su vida en su naturaleza corporal, por la dispensación de su muerte, la encendió e inflamó una vez más por el poder de su propia Divinidad, criando hacia la vida lo que había sido llevado a la muerte, habiendo infundido con la infinitud de su poder divino aquella humilde primicia de nuestra naturaleza, la hizo también ser aquello que Él mismo era— haciendo que la forma servil sea Señor, y que el Hombre nacido de María sea Cristo, y que Aquel que fue crucificado por la debilidad sea Vida y poder, y haciendo que todo lo que piadosamente se concibe que está en Dios el Verbo esté también en aquello que el Verbo asumió, de modo que estos atributos ya no parezcan estar en una u otra Naturaleza por vía de división, sino que la Naturaleza perecedera, siendo, por su conmixtión con lo Divino, hecha nueva en conformidad con la Naturaleza que la abruma, participe del poder de la Divinidad, como si se dijera que la mezcla hace que una gota de vinagre mezclada en la profundidad se vuelva mar, por razón de que la calidad natural de este líquido no continúa en la infinitud de aquello que lo abruma. Ésta es nuestra doctrina, que no predica, como Eunomio le imputa, una pluralidad de Cristos, sino la unión del Hombre con la Divinidad, y que llama con el nombre de «hacer» a la transmutación de lo Mortal a lo Inmortal, del Siervo al Señor, del Pecado a la Justicia, de la Maldición a la Bendición, del Hombre a Cristo. ¿Qué les queda por decir a nuestros calumniadores para mostrar que predicamos «dos Cristos» en nuestra doctrina, si rehusamos decir que Aquel que era en el principio, desde el Padre, increadamente Señor, y Cristo, y el Verbo, y Dios, fue «hecho», y declaramos que el bienaventurado Pedro señalaba breve e incidentalmente el misterio de la Encarnación, según el significado ahora explicado, a saber, que la Naturaleza que fue crucificada por la debilidad ha venido a ser ella misma también, como hemos dicho, por el poder abrumador de Aquel que habita en Ella, aquello que el Habitante mismo es de hecho y de nombre, incluso Cristo y Señor?