12. Así procede a un magnífico discurso sobre la interpretación de «Mediador», «Semejante», «Ingenerado», y de «engendrado»
y de «La semejanza y sello de la energía del Todopoderoso y de Sus obras».
II, 12
De nuevo, ¿cuál es la múltiple mediación que, con iteración agotadora, asigna a Dios, llamándole «Mediador en las doctrinas, Mediador en la Ley»? No es así como nos enseña la elevada palabra del Apóstol, quien dice que, habiendo anulado la ley de los mandamientos con sus propias doctrinas, él es el mediador entre Dios y los hombres, declarándolo con esta sentencia: «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús»; con lo cual, por la distinción implicada en la palabra «mediador», nos revela todo el designio del misterio de piedad. Ahora bien, el designio es este. La humanidad, habiéndose rebelado una vez por la malicia del enemigo y reducida a esclavitud del pecado, quedó también alienada de la verdadera Vida. Después de esto, el Señor de la criatura llama de nuevo hacia sí a su propia criatura, y se hace Hombre permaneciendo aún Dios, siendo a la vez Dios y Hombre en la totalidad de las dos naturalezas distintas, y así la humanidad quedó unida indisolublemente a Dios, realizando el Hombre que está en Cristo la obra de la mediación, a quien, por las primicias asumidas en favor nuestro, toda la masa está potencialmente unida. Puesto que, entonces, un mediador no es mediador de uno [], y Dios es uno, no dividido entre las Personas en las que se nos ha enseñado a creer (pues la Divinidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es una), el Señor, por tanto, se hace mediador una vez para siempre entre Dios y los hombres, vinculando al hombre con la Deidad por sí mismo. Pero incluso por la idea de mediador se nos enseña la doctrina piadosa contenida en el Credo. Pues el Mediador entre Dios y el hombre entró, por así decirlo, en comunión con la naturaleza humana, no siendo tenido meramente por hombre, sino habiéndose hecho verdaderamente tal: de igual manera, siendo verdaderamente Dios, no ha sido honrado, como Eunomio quiere que consideremos, con el mero título de la Divinidad.
Lo que añade a las afirmaciones precedentes se caracteriza por la misma carencia de sentido, o más bien por la misma malignidad de sentido. Pues, al llamarle «Hijo» a quien poco antes había declarado claramente creado, y al llamarle «Dios unigénito» a quien había contado entre las demás cosas que han llegado a ser por creación, afirma que Él es semejante al que lo engendró solo «por una semejanza especial, en un sentido peculiar». Por consiguiente, debemos primero distinguir las significaciones del término «semejante», en cuántos sentidos se emplea en el uso ordinario, y después proceder a discutir las posiciones de Eunomio. En primer lugar, pues, todas las cosas que engañan nuestros sentidos, no siendo realmente idénticas en naturaleza, sino produciendo ilusión por algunos de los accidentes de los respectivos sujetos, como la forma, el color, el sonido, y las impresiones transmitidas por el gusto, el olfato o el tacto, siendo realmente diferentes en naturaleza, pero supuestas otras de lo que verdaderamente son, estas, la costumbre declara que tienen la relación de «semejanza», como, por ejemplo, cuando el material sin vida es modelado por el arte, ya sea tallado, pintado o esculpido, en una imitación de una criatura viviente, se dice que la imitación es «semejante» al original. Pues en tal caso, la naturaleza del animal es una cosa, y la del material, que engaña la vista por el mero color y forma, es otra. A la misma clase de semejanza pertenece la imagen de la figura original en un espejo, que da apariencias de movimiento, sin ser, sin embargo, idéntica en naturaleza a su original. Del mismo modo, nuestro oído puede experimentar el mismo engaño, cuando, por ejemplo, alguien, imitando con su propia voz el canto del ruiseñor, persuade a nuestro oído de modo que parezcamos estar escuchando al pájaro. El gusto, a su vez, está sujeto a la misma ilusión, cuando el jugo de los higos imita el agradable sabor de la miel: pues hay una cierta semejanza con la dulzura de la miel en el jugo del fruto. Así también, el sentido del olfato puede a veces ser impuesto por la semejanza, cuando el aroma de la hierba de la manzanilla, imitando a la misma fragante manzana, engaña nuestra percepción: y del mismo modo con el tacto también, la semejanza desmiente la verdad en varios modos, puesto que una moneda de plata o de bronce, de igual tamaño y peso semejante a una de oro, puede pasar por la pieza de oro si nuestra vista no discierne la verdad.
Hemos descrito así, en pocas palabras, en general, los varios casos en que los objetos, porque se los considera diferentes de lo que realmente son, producen engaños en nuestros sentidos. Es posible, por supuesto, mediante una investigación más laboriosa, extender la indagación a todas las cosas que son realmente diferentes en especie unas de otras, pero que, no obstante, se piensa, en virtud de alguna semejanza accidental, que son semejantes las unas a las otras. ¿Puede acaso ser una forma tal de «semejanza» como esta la que él atribuye continuamente al Hijo? No, ciertamente no puede estar tan infatuado como para descubrir una similitud engañosa en Aquel que es la Verdad. De nuevo, en las Escrituras inspiradas, se nos habla de otra clase de semejanza por Aquel que dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza []»; pero no supongo que Eunomio discerniera esta clase de semejanza entre el Padre y el Hijo, de modo que hiciera resultar al Dios unigénito idéntico al hombre. Conocemos también otra clase de semejanza, de la que habla la palabra en el Génesis acerca de Set: «Adán engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen []»; y si esta es la clase de semejanza de la que habla Eunomio, no pensamos que su afirmación deba rechazarse. Pues en este caso la naturaleza de los dos objetos que son semejantes no es diferente, y la impronta y el tipo implican comunidad de naturaleza. Estos, o tales como estos, son nuestros puntos de vista sobre la variedad de significados de «semejante». Veamos, pues, con qué intención Eunomio afirma del Hijo esa «semejanza especial» con el Padre, cuando dice que Él es «semejante al Padre con una semejanza especial, en un sentido peculiar, no como Padre a Padre, pues no son dos Padres». Promete mostrarnos la «semejanza especial» del Hijo con el Padre, y procede mediante su definición a establecer la posición de que no debemos concebirlo como semejante. Pues al decir: «No es semejante como Padre a Padre», da a entender que no es semejante; y de nuevo cuando añade: «ni como Ingenerado a Ingenerado», también con esta frase nos prohíbe concebir una semejanza en el Hijo con el Padre; y finalmente, al añadir «ni como Hijo a Hijo», introduce una tercera concepción, con la que subvierte por completo el significado de «semejante». Así es como da seguimiento a sus propias afirmaciones, y conduce su demostración de la semejanza estableciendo la desemejanza. Y ahora examinemos el discernimiento y la franqueza que muestra en estas distinciones. Después de decir que el Hijo es semejante al Padre, guarda la afirmación añadiendo que no debemos pensar que el Hijo sea semejante al Padre, «como Padre a Padre». Pues ¿qué hombre sobre la tierra es tan necio como para, al enterarse de que el Hijo es semejante al Padre, ser llevado por cualquier curso de razonamiento a pensar en la semejanza de Padre a Padre? «Ni como Hijo a Hijo»: aquí, de nuevo, la agudeza de la distinción es igualmente conspicua. Cuando nos dice que el Hijo es semejante al Padre, añade la definición ulterior de que no debe entenderse que es semejante a Él del mismo modo en que sería semejante a otro Hijo. Estos son los misterios de las terribles doctrinas de Eunomio, por los que sus discípulos se hacen más sabios que el resto del mundo, al aprender que el Hijo, por su semejanza con el Padre, no es semejante a un Hijo, pues el Hijo no es el Padre: ni es semejante «como Ingenerado a Ingenerado», pues el Hijo no es ingenerado. Pero el misterio que hemos recibido, cuando habla del Padre, ciertamente nos ordena entender al Padre del Hijo, y cuando nombra al Hijo, nos enseña a aprehender al Hijo del Padre. Y hasta el momento presente nunca sentimos la necesidad de estos refinamientos filosóficos: que con las palabras Padre e Hijo se sugieran dos Padres o dos Hijos, una pareja, por así decir, de seres ingenerados.
Ahora bien, el propósito de la excesiva preocupación de Eunomio por el Ingenerado ha sido explicado a menudo antes; y aquí se descubrirá brevemente una vez más. Pues como el término Padre no señala ninguna diferencia de naturaleza respecto del Hijo, su impiedad, si hubiera llevado su afirmación a término aquí, no habría tenido apoyo, dado que el sentido natural de los nombres Padre e Hijo excluye la idea de que sean ajenos en esencia. Pero tal como están las cosas, al emplear los términos «engendrado» e «ingenerado», dado que la oposición contradictoria entre ellos no admite término medio, justo como la que hay entre «mortal» e «inmortal», «racional» e «irracional», y todos aquellos términos que se oponen entre sí por la naturaleza mutuamente excluyente de su significado — mediante el uso de estos términos, repito, da curso libre a su profanidad, de modo que contempla como existente en «lo engendrado» con referencia a «lo ingenerado» la misma diferencia que hay entre «mortal» e «inmortal»: y así como la naturaleza de lo mortal es una, y la de lo inmortal otra, y como los atributos especiales de lo racional y de lo irracional son esencialmente incompatibles, justo así quiere hacer resultar que la naturaleza de lo ingenerado es una, y la de lo engendrado otra, a fin de mostrar que, así como la naturaleza irracional ha sido creada en sujeción a la racional, así lo engendrado está, por una necesidad de su ser, en un estado de subordinación a lo ingenerado. Por esta razón atribuye a lo ingenerado el nombre de «Todopoderoso», y no lo aplica para expresar la operación providente, como el argumento le abría el camino para sugerir, sino que transfiere la aplicación de la palabra a la soberanía arbitraria, de modo de hacer del Hijo una parte del universo súbdito y subordinado, un coesclavo con todo lo demás de Aquel que con arbitraria y absoluta soberanía controla a todos por igual. Y que es con miras a este resultado que emplea estas distinciones argumentativas quedará claramente establecido por el pasaje que tenemos ante nosotros. Pues después de aquellas expresiones sapientes y cuidadosamente consideradas, de que Él no es semejante ni como Padre a Padre, ni como Hijo a Hijo — y sin embargo no hay necesidad de que un padre sea invariablemente semejante a un padre o un hijo semejante a un hijo: pues supongamos que hay un padre entre los etíopes, y otro entre los escitas, y cada uno de estos tiene un hijo, el hijo del etíope negro, pero el escita de piel blanca y con cabello de un tinte dorado, no por eso, porque cada uno sea padre, el escita se vuelve negro a causa del etíope, ni el cuerpo del etíope cambia a blanco a causa del escita — después de decir esto, sin embargo, según su propio antojo, Eunomio añade que «Él es semejante como Hijo a Padre». Pero aunque tal frase indica parentesco en la naturaleza, como la Escritura inspirada atestigua en el caso de Set y Adán, nuestro doctor, con poco respeto por sus lectores inteligentes, introduce su ociosa exposición del título «Hijo», definiéndolo como la imagen y sello de la energía del Todopoderoso. «Pues el Hijo», dice, «es la imagen y sello de la energía del Todopoderoso». Quien tenga oídos para oír, consideré primero, ruego, este punto particular: ¿Qué es «el sello de la energía»? Toda energía se contempla como esfuerzo en el sujeto que la exhibe, y al completarse su esfuerzo, no tiene existencia independiente. Así, por ejemplo, la energía del corredor es el movimiento de sus pies, y cuando el movimiento se ha detenido ya no hay energía alguna. Así también, acerca de toda ocupación puede decirse lo mismo: cuando cesa el esfuerzo de aquel que está ocupado en algo, la energía cesa también, y no tiene existencia independiente, ya sea que una persona esté activamente empeñada en el esfuerzo que emprende, o que cese de ese esfuerzo. ¿Qué nos dice entonces que es la energía en sí misma, la cual no es ni esencia, ni imagen, ni persona? Así habla del Hijo como la similitud de lo impersonal, y aquello que es semejante a lo no existente ciertamente no tiene existencia alguna en sí mismo. A esto es a lo que viene su malabarismo con ociosas opiniones: ¡creencia en la no entidad! Pues aquello que es semejante a la no entidad ciertamente no es. ¡Oh Pablo y Juan y todos vosotros los demás de la banda de Apóstoles y Evangelistas!, ¿quiénes son los que arman sus lenguas venenosas contra vuestras palabras? ¿Quiénes son los que alzan sus croares de ranas contra vuestro trueno celestial? ¿Qué dice, pues, el hijo del trueno? «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.» ¿Y qué dice el que vino después de él, aquel otro que había estado dentro del templo celestial, quien en el Paraíso había sido iniciado en misterios indecibles? «Siendo», dice, «el Resplandor de su gloria, y la Imagen expresa de su persona []». ¿Cuáles, después de que estos han hablado así, son las palabras de nuestro ventrílocuo? «El sello», dice él, «de la energía del Todopoderoso». Lo hace tercero después del Padre, con aquella energía no existente mediando entre ellos, o más bien moldeada a placer por la no existencia. Dios el Verbo, que estaba en el principio, es «el sello de la energía»: el Dios unigénito, que es contemplado en la eternidad del Principio de las cosas existentes, que está en el seno del Padre, que sostiene todas las cosas con la palabra de su poder, el creador de los siglos, de quien y por quien y en quien son todas las cosas, que se sienta sobre el círculo de la tierra, y ha medido el cielo con el palmo, que mide el agua en el hueco de su mano [], que tiene en su mano todas las cosas que son, que habita en lo alto y mira las cosas que son humildes, o más bien las miró para hacer que todo el mundo fuese el estrado de sus pies, impreso por la huella del Verbo — la forma de Dios es «el sello» de una «energía». ¿Es Dios, entonces, una energía, no una Persona? Ciertamente Pablo, al exponer esta misma verdad, dice que Él es «la imagen expresa», no de su energía, sino «de su Persona». ¿Es el Resplandor de su gloria un sello de la energía de Dios? ¡Ay de su impía ignorancia! ¿Qué hay intermedio entre Dios y su propia forma? ¿Y a quién emplea la Persona como mediador con su propia imagen expresa? ¿Y qué puede concebirse que venga entre la gloria y su resplandor? Pero mientras existen tan ponderosos y numerosos testimonios en los que la grandeza del Señor de la creación es proclamada por aquellos a quienes fue confiada la proclamación del Evangelio, ¿qué clase de lenguaje mantiene este precursor de la apostasía final acerca de Él? ¿Qué dice? «Como imagen», dice, «y sello de toda la energía y poder del Todopoderoso». ¿Cómo se atreve a enmendar las palabras del gran Pablo?
Pablo dice que el Hijo es «el Poder de Dios []»; Eunomio lo llama «el sello de un poder», no el Poder. Y luego, repitiendo su expresión, ¿qué es lo que añade a su afirmación anterior? Lo llama «sello de las obras, palabras y consejos del Padre». ¿A qué obras del Padre es semejante? Dirá, por supuesto, el mundo, y todas las cosas que hay en él. Pero el Evangelio ha testificado que todas estas cosas son obras del Unigénito. ¿A qué obras del Padre, entonces, fue asemejado? ¿De qué obras fue hecho el sello? ¿Qué Escritura lo tituló jamás «sello de las obras del Padre»? Pero si alguien concede a Eunomio el derecho de modelar sus palabras a su propia voluntad, como desea, aunque la Escritura no concuerde con él, que nos diga qué obras del Padre hay de las cuales dice que el Hijo fue hecho el sello, aparte de las que han sido obradas por el Hijo. Todas las cosas visibles e invisibles son obra del Hijo: en las visibles están incluidas el mundo entero y todo lo que hay en él; en las invisibles, la creación supramundana. ¿Qué obras del Padre, entonces, quedan por ser contempladas por sí mismas, más allá de las cosas visibles e invisibles, de las cuales dice que el Hijo fue hecho el «sello»? ¿Acaso, cuando sea acorralado, volverá una vez más al fétido vómito de la herejía, y dirá que el Hijo es una obra del Padre? ¿Cómo entonces llega el Hijo a ser el sello de estas obras cuando Él mismo, como dice Eunomio, es la obra del Padre? ¿O dice que la misma Persona es a la vez una obra y la semejanza de una obra? Concédase esto: supongamos que habla de las otras obras de las que dice que el Padre fue el creador, si es que pretende que entendamos semejanza por el término «sello». Pero ¿qué otras «palabras» del Padre conoce Eunomio, aparte de aquel Verbo que estaba siempre en el Padre, a quien llama «sello» — Aquel que es y es llamado el Verbo en el sentido absoluto, verdadero y primario? ¿Y a qué consejos puede referirse posiblemente, aparte de la Sabiduría de Dios, a la cual la Sabiduría de Dios es hecha semejante, al llegar a ser «sello» de esos consejos? Mira la falta de discernimiento y circunspección, el confuso embrollo de su afirmación, cómo pone el misterio en ridículo, sin entender ni lo que dice ni aquello sobre lo que argumenta. Pues Aquel que tiene al Padre en su totalidad en sí mismo, y está Él mismo en su totalidad en el Padre, como Verbo y Sabiduría y Poder y Verdad, como su imagen expresa y resplandor, Él mismo es todas las cosas en el Padre, y no llega a ser la imagen y sello y semejanza de ciertas otras cosas discernidas en el Padre antes de Él mismo.
Entonces Eunomio le concede el mérito de la destrucción de los hombres por el agua en los días de Noé, de la lluvia de fuego que cayó sobre Sodoma, y de la justa venganza sobre los egipcios, como si estuviera haciendo grandes concesiones a Aquel que tiene en su mano los confines del mundo, en quien, como dice el Apóstol, «todas las cosas subsisten []», como si no fuera consciente de que para Aquel que abarca todas las cosas, y guía y gobierna según su beneplácito todo lo que ya ha sido y todo lo que será, la mención de dos o tres maravillas no significa la adición de gloria, tanto como la supresión del resto significa su privación o pérdida. Pero aunque no se diga palabra de estas, la sola expresión de Pablo basta por sí misma para señalarlas a todas inclusivamente: la sola expresión que dice que Él «está sobre todas las cosas, y por todas las cosas, y en todas».
13. Expone el pasaje del Evangelio, «El Padre no juzga a nadie,» y habla además de la asunción del hombre con cuerpo y alma obrada por el Señor
de la transgresión de Adán, y de la muerte y la resurrección de los muertos.
II, 13
A continuación dice: «Legisla por mandato del Dios eterno.» ¿Quién es el Dios eterno? ¿Y quién es el que le sirve en la promulgación de la Ley? Esto es claro para todos: que por medio de Moisés Dios dio la Ley a quienes la recibieron. Ahora bien, dado que el propio Eunomio reconoce que fue el Dios unigénito quien conversó con Moisés, ¿cómo es que la afirmación que tenemos ante nosotros pone al Señor de todo en el lugar de Moisés, y atribuye el carácter de Dios eterno únicamente al Padre, de modo que, al contrastarlo así con el Eterno, da a entender que el Dios unigénito, el Hacedor de los mundos, no es eterno? Nuestro amigo estudioso, de tan excelente memoria, parece haber olvidado que Pablo emplea todos esos términos acerca de sí mismo, anunciando entre los hombres la proclamación del Evangelio por mandato de Dios. Así, lo que el Apóstol afirma de sí mismo, Eunomio no se avergüenza de atribuirlo al Señor de los profetas y apóstoles, para poner al Maestro al mismo nivel que Pablo, su propio siervo. Pero ¿por qué alargar mi argumento refutando en detalle cada una de estas afirmaciones, cuando el lector demasiado poco suspicaz de los escritos de Eunomio puede pensar que su autor dice lo que la Sagrada Escritura le permite decir, mientras que quien es capaz de desentrañar críticamente cada afirmación las encontrará todas y cada una infectadas de bribonería herética? Pues tanto el hombre de Iglesia como el hereje afirman que «el Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado todo el juicio al Hijo,» pero a esta afirmación atribuyen respectivamente significados distintos. Con las mismas palabras el hombre de Iglesia entiende la autoridad suprema; el otro sostiene la subordinación y la sujeción.
Pero a lo ya dicho conviene añadir alguna consideración sobre aquella posición que ellos ponen como una especie de fundamento de su impiedad en sus discusiones acerca de la Encarnación, a saber, que no todo el hombre ha sido salvado por Él, sino solo la mitad del hombre, quiero decir, el cuerpo. Su objeto en tan maligna perversión de la verdadera doctrina es mostrar que las expresiones menos elevadas que nuestro Señor pronuncia en su humanidad deben pensarse como provenientes de la Divinidad misma, para así presentar su blasfemia con un caso más fuerte, si es sostenida por el reconocimiento expreso del Señor. Por esta razón Eunomio dice: «El que en los últimos días se hizo hombre no tomó sobre sí al hombre compuesto de alma y cuerpo.» Pero, después de escudriñar toda la Escritura inspirada y sagrada, no encuentro ninguna afirmación como esta: que el Creador de todas las cosas, en el tiempo de su ministerio aquí en la tierra por el hombre, tomó sobre sí solo la carne sin alma. Bajo la presión de la necesidad, pues, atendiendo al objeto contemplado por el plan de salvación, a las doctrinas de los Padres y a las Escrituras inspiradas, me esforzaré en refutar la falsedad impía que se está fabricando con respecto a este asunto. El Señor vino «a buscar y a salvar lo que se había perdido.» Ahora bien, no era el cuerpo solamente, sino todo el hombre, compuesto de alma y cuerpo, lo que se había perdido; en efecto, si hemos de hablar con más exactitud, el alma se perdió antes que el cuerpo. Pues la desobediencia es un pecado, no del cuerpo, sino de la voluntad; y la voluntad propiamente pertenece al alma, de la cual todo el desastre de nuestra naturaleza tuvo su comienzo, como lo atestigua la amenaza de Dios, que no admite falsedad, al declarar que, en el día en que comieran del fruto prohibido, la muerte sin tregua se uniría al acto. Ahora bien, puesto que la condenación del hombre fue doble, la muerte produce correspondientemente en cada parte de nuestra naturaleza la privación de la doble vida que opera en aquel que es así herido mortalmente. Pues la muerte del cuerpo consiste en la extinción de los medios de percepción sensible y en la disolución del cuerpo en sus elementos afines; pero «el alma que peca,» dice, «esa morirá [].» Ahora bien, el pecado no es otra cosa que la alienación de Dios, que es la vida verdadera y única. Por consiguiente, el primer hombre vivió muchos cientos de años después de su desobediencia, y sin embargo Dios no mintió cuando dijo: «En el día que comas de él, ciertamente morirás.» Pues por el hecho de su alienación de la vida verdadera, la sentencia de muerte fue ratificada contra él aquel mismo día; y después de esto, mucho tiempo más tarde, siguió también la muerte corporal de Adán. Por tanto, Aquel que vino con esta causa, para buscar y salvar lo perdido (lo que el pastor en la parábola llama la oveja), halla lo perdido y lleva a casa sobre sus hombros la oveja entera, no solo su piel, para hacer al hombre de Dios completo, unido a la deidad en cuerpo y en alma. Y así, Aquel que fue tentado en todo punto como nosotros, pero sin pecado, no dejó parte alguna de nuestra naturaleza que no tomara sobre sí. Ahora bien, el alma no es pecado, aunque es capaz de admitir en sí el pecado como resultado de ser mal aconsejada; y esta Él la santifica por la unión consigo mismo para este fin: que así la masa sea santa juntamente con las primicias. Por lo cual también el ángel, al informar a José de la destrucción de los enemigos del Señor, dijo: «Muertos están los que buscaban la vida del niño,» (o «el alma»); y el Señor dice a los judíos: «Procuráis matarme a mí, hombre que os ha dicho la verdad.» Ahora bien, por «Hombre» no se entiende el cuerpo de un hombre solamente, sino lo que está compuesto de ambos, alma y cuerpo. Y de nuevo les dice: «¿Os enojáis contra mí porque he hecho a un hombre enteramente sano en día de sábado?» Y lo que quería decir por «enteramente sano,» lo mostró en los otros Evangelios, cuando dijo al hombre que fue bajado en una camilla en medio: «Tus pecados te sean perdonados,» lo cual es una curación del alma, y «Levántate y anda,» lo cual mira al cuerpo; y en el Evangelio de S. Juan, al liberar también al alma de su propia enfermedad después de haber dado salud al cuerpo, donde dice: «Estás sano; no peques más,» tú, es decir, que has sido curado en ambos, quiero decir, en alma y en cuerpo. Pues así también habla S. Pablo: «para hacer en sí mismo de los dos un solo hombre nuevo [].» Y así también predice que en el tiempo de su Pasión desprendería voluntariamente su alma de su cuerpo, diciendo: «Nadie me quita» mi alma «, sino que yo la pongo de mí mismo: tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.» Sí, también el profeta David, según la interpretación del gran Pedro, dijo con previsión de Él: «No dejarás mi alma en el infierno, ni permitirás que tu Santo vea corrupción,» mientras el apóstol Pedro expone así el dicho: que «su alma no fue dejada en el infierno, ni su carne vio corrupción.» Pues su Divinidad, tanto antes de tomar carne como en la carne y después de su Pasión, es inmutablemente la misma, siendo en todo tiempo lo que era por naturaleza, y así continúa para siempre. Pero en el sufrimiento de su naturaleza humana, la Divinidad cumplió la dispensación para nuestro beneficio separando el alma por un tiempo del cuerpo, sin separarse ella misma de ninguno de aquellos elementos a los que una vez por todas se unió, y uniendo de nuevo los elementos que habían sido así separados, para dar a toda la naturaleza humana un comienzo y un ejemplo que debería seguir de la resurrección de los muertos, para que todo lo corruptible se revista de incorrupción y todo lo mortal se revista de inmortalidad, habiendo sido transformadas nuestras primicias a la naturaleza divina por su unión con Dios, como dijo Pedro: «Este mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Cristo;» y podríamos citar muchos pasajes de la Escritura para apoyar tal posición, mostrando cómo el Señor, reconciliando al mundo consigo mismo por la humanidad de Cristo, repartió su obra de benevolencia hacia los hombres entre su alma y su cuerpo, queriendo por medio de su alma y tocándolos por medio de su cuerpo. Pero sería superfluo recargar nuestro argumento entrando en cada detalle.
Sin embargo, antes de pasar a lo que sigue, mencionaré además el único texto: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Así como nosotros, por medio del alma y del cuerpo, llegamos a ser templo de Aquel que «habita en nosotros y anda en nosotros [],» así también el Señor llama a la combinación de ellos «templo,» cuya «destrucción» significa la disolución del alma respecto del cuerpo. Y si alegan el pasaje del Evangelio, «El Verbo se hizo carne,» para hacer ver que la carne fue asumida en la Divinidad sin el alma, sobre la base de que el alma no es mencionada expresamente junto con la carne, aprendan que es costumbre de la Sagrada Escritura dar a entender el todo por la parte. Pues el que dijo: «A ti vendrá toda carne,» no significa que la carne será presentada ante el Juez aparte de las almas; y cuando leemos en la historia sagrada que Jacob bajó a Egipto con setenta y cinco almas, entendemos que la carne también es designada juntamente con las almas. Así, pues, el Verbo, cuando se hizo carne, tomó con la carne toda la naturaleza humana; y de ahí fue posible que el hambre y la sed, el temor y el espanto, el deseo y el sueño, las lágrimas y la angustia de espíritu, y todas esas cosas, estuvieran en Él. Pues la Divinidad, en su naturaleza propia, no admite tales afecciones, ni la carne por sí sola se ve envuelta en ellas, si el alma no es afectada coordinadamente con el cuerpo.
14. Prosigue discutiendo las opiniones sostenidas por Eunomio y por la Iglesia tocantes al Espíritu Santo
y muestra que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres Dioses, sino un solo Dios. Discute también los distintos sentidos de «Sujeción,» y en ello muestra que la sujeción de todas las cosas al Hijo es la misma que la sujeción del Hijo al Padre.
II, 14
Hasta aquí lo que respecta a su profanidad contra el Hijo. Veamos ahora lo que dice acerca del Espíritu Santo. «Después de Él, creemos,» dice, «en el Consolador, el Espíritu de verdad.» Creo que resultará claro a todos los que se topen con este pasaje qué objeto tiene a la vista al pervertir así la declaración de la fe que nos fue entregada por el Señor, en sus afirmaciones acerca del Hijo y del Padre. Aunque este absurdo ya ha sido expuesto, intentaré, no obstante, en pocas palabras, poner de manifiesto el propósito de su bribonería. Como en el caso anterior evitó usar el nombre «Padre,» para no incluir así al Hijo en la eternidad del Padre, y evitó emplear el título de Hijo, para no sugerir con él su afinidad natural con el Padre; así también aquí se abstiene de decir «Espíritu Santo,» para no reconocer con este nombre la majestad de su gloria y su completa unión con el Padre y el Hijo. Pues dado que las denominaciones de «Espíritu» y de «Santo» son aplicadas por las Escrituras igualmente al Padre y al Hijo (porque «Dios es Espíritu,» y «el ungido Señor es el Espíritu ante nuestro rostro,» y «el Señor nuestro Dios es Santo,» y hay «un solo Santo, un solo Señor Jesucristo») para que, por el uso de estos términos, no se engendre en las mentes de sus lectores alguna concepción ortodoxa del Espíritu Santo, tal como naturalmente surgiría en ellos al compartir Él su gloriosa denominación con el Padre y el Hijo, por esta razón, engañando los oídos de los necios, cambia las palabras de la fe tal como fueron expuestas por Dios en la entrega de este misterio, abriendo un camino, por así decir, mediante esta secuencia, para la entrada de su impiedad contra el Espíritu Santo. Pues si hubiera dicho: «Creemos en el Espíritu Santo,» y «Dios es Espíritu,» cualquiera instruido en las cosas divinas habría interpuesto la observación de que, si hemos de creer en el Espíritu Santo, mientras Dios es llamado Espíritu, Él ciertamente no es distinto en naturaleza de aquello que recibe los mismos títulos en sentido propio. Pues de todas aquellas cosas que son indicadas no irrealmente, ni metafóricamente, sino propia y absolutamente, con los mismos nombres, nos vemos necesariamente compelidos a reconocer que la naturaleza también, que es significada por esta identidad de nombres, es una y la misma. Por esta razón, suprimiendo el nombre establecido por el Señor en la fórmula de la fe, dice: «Creemos en el Consolador.» Pero a mí se me ha enseñado que este mismo nombre es aplicado también por la Escritura inspirada al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo por igual. Pues el Hijo da el nombre de «Consolador» igualmente a sí mismo y al Espíritu Santo; y el Padre, donde se dice que obra consuelo, ciertamente reclama como suyo el nombre de «Consolador.» Pues ciertamente el que hace la obra de un Consolador no desdeña el nombre que corresponde a la obra: porque David dice al Padre: «Tú, Señor, me has ayudado y me has consolado,» y el gran Apóstol aplica al Padre el mismo lenguaje cuando dice: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos consuela en toda tribulación nuestra []»; y Juan, en una de sus epístolas católicas, da expresamente al Hijo el nombre de Consolador. Más aún, el propio Señor, al decir que otro Consolador nos sería enviado, hablando del Espíritu, afirmó claramente este título de sí mismo en primer lugar. Pero como hay dos sentidos de la palabra [παρακαλεῖν] —uno rogar, con palabras y gestos de respeto, para inducir a aquel a quien nos dirigimos para algo, a sentir con nosotros respecto de aquello que solicitamos— el otro consolar, poner cuidado remediador en las afecciones del cuerpo y del alma—, la Sagrada Escritura afirma que la concepción del Paráclito, en cualquiera de los dos sentidos, pertenece a la naturaleza divina. Pues en un momento Pablo nos presenta con la palabra [παρακαλεῖν] el poder sanador de Dios, como cuando dice: «Dios, que consuela a los abatidos, nos consoló con la venida de Tito []»; y en otro momento usa esta palabra en su otro significado, cuando dice, escribiendo a los corintios: «Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios [].» Ahora bien, puesto que estas cosas son así, de cualquier modo que entiendas el título «Paráclito,» cuando se usa del Espíritu, no podrás, en ninguna de sus significaciones, desprenderlo de su comunidad en él con el Padre y el Hijo. En consecuencia, él no ha podido, aunque lo deseara, menoscabar la gloria del Espíritu atribuyéndole el mismo atributo que la Sagrada Escritura refiere también al Padre y al Hijo. Pero al llamarlo «Espíritu de verdad,» el deseo de Eunomio, supongo, era sugerir con esta frase la sujeción, ya que Cristo es la Verdad, y lo llamó Espíritu de la verdad, como si dijera que Él es una posesión y un bien mueble de la Verdad, sin darse cuenta de que Dios es llamado Dios de justicia; y ciertamente no entendemos por ello que Dios sea una posesión de la justicia. Por lo cual, también cuando oímos hablar del «Espíritu de verdad,» adquirimos con esa frase una concepción que conviene a la Deidad, siendo guiados a la interpretación más elevada por las palabras que la siguen. Pues cuando el Señor dijo «el Espíritu de verdad,» añadió inmediatamente «que procede del Padre,» hecho que la voz del Señor jamás afirmó de ninguna cosa concebible en la creación, ni de nada visible ni invisible, ni de tronos, principados, potestades o dominios, ni de ningún otro nombre que se nombre ya sea en este mundo o en el venidero. Es claro, pues, que aquello de cuya participación está excluida toda la creación es algo especial y peculiar del ser increado. Pero este hombre nos manda creer en «el Guía de la piedad.» Que un hombre crea entonces en Pablo, y Bernabé, y Tito, y Silvano, y Timoteo, y todos aquellos por quienes hemos sido conducidos al camino de la fe. Pues si hemos de creer en «aquello que nos guía a la piedad,» junto con el Padre y el Hijo, todos los profetas y legisladores y patriarcas, heraldos, evangelistas, apóstoles, pastores y maestros, tienen igual honor que el Espíritu Santo, puesto que han sido «guías a la piedad» para los que vinieron después de ellos. «Que vino a ser,» continúa, «por el único Dios mediante el Unigénito.» En estas palabras reúne en una sola cabeza toda su blasfemia. Una vez más llama al Padre «único Dios,» que emplea al Unigénito como instrumento para la producción del Espíritu. ¿Qué sombra de tal noción encontró en la Escritura para aventurar esta afirmación? ¿Por deducción de qué premisas llevó su profanidad a semejante conclusión? ¿Cuál de los evangelistas lo dice? ¿Qué apóstol? ¿Qué profeta? No; por el contrario, toda escritura divinamente inspirada, escrita por el soplo del Espíritu, atestigua la divinidad del Espíritu.
Por ejemplo (porque es mejor probar mi posición por los testimonios reales), los que reciben poder para llegar a ser hijos de Dios dan testimonio de la divinidad del Espíritu. ¿Quién no conoce aquella palabra del Señor que nos dice que los que nacen del Espíritu son hijos de Dios? Pues así atribuye expresamente el nacimiento de los hijos de Dios al Espíritu, diciendo que, así como lo nacido de la carne es carne, así lo nacido del Espíritu es espíritu. Pero todos los que nacen del Espíritu son llamados hijos de Dios. Así también, cuando el Señor, al soplar sobre sus discípulos, les impartió el Espíritu Santo, Juan dice: «De su plenitud hemos recibido todos.» Y que «en Él habita toda la plenitud de la Deidad [],» lo atestigua el gran Pablo; es más, por medio del profeta Isaías se atestigua, en cuanto a la manifestación de la aparición divina que se le concedió, cuando vio al que estaba sentado «sobre un trono alto y sublime [];» la tradición más antigua, es cierto, dice que fue el Padre quien se le apareció, pero el evangelista Juan refiere la profecía a nuestro Señor, diciendo, a propósito de aquellos judíos que no creían las palabras pronunciadas por el profeta acerca del Señor: «Esto dijo Isaías cuando vio su gloria y habló de Él.» Pero el gran Pablo atribuye el mismo pasaje al Espíritu Santo en su discurso a los judíos en Roma, cuando dice: «Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías acerca de vosotros, diciendo: Oiréis y no entenderéis,» mostrando, en mi opinión, por la propia Sagrada Escritura, que toda visión especialmente divina, toda teofanía, toda palabra pronunciada en la Persona de Dios, debe entenderse referida al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Por eso, cuando David dice: «provocaron a Dios en el desierto y lo entristecieron en el yermo,» el apóstol refiere al Espíritu Santo el desprecio hecho por los israelitas a Dios, en estos términos: «Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto; cuando vuestros padres me tentaron [],» y continúa refiriendo todo lo que la profecía refiere a Dios, a la Persona del Espíritu Santo. Los que no dejan de repetir contra nosotros la frase «tres dioses,» porque sostenemos estas opiniones, tal vez no han aprendido aún a contar. Pues si el Padre y el Hijo no se dividen en dualidad, (porque son, según las palabras del Señor, Uno y no Dos) y si el Espíritu Santo es también uno, ¿cómo puede uno añadido a uno dividirse en el número de tres dioses? ¿No es más bien evidente que nadie puede acusarnos de creer en el número de tres dioses, sin que él mismo mantenga primero en su propia doctrina un par de dioses? Pues es al añadirse a dos como el uno completa la tríada de dioses. Pero ¿qué lugar hay para la acusación de triteísmo contra aquellos por quienes se adora a un solo Dios, el Dios expresado por el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo?
Retomemos, sin embargo, la afirmación de Eunomio en su totalidad. «Habiendo venido a ser del único Dios mediante el Unigénito, este Espíritu también—» ¿Qué prueba hay de la afirmación de que «este Espíritu también» es una de las cosas que fueron hechas por el Unigénito? Dirán, por supuesto, que «todas las cosas fueron hechas por Él,» y que en el término «todas las cosas» «este Espíritu también» está incluido. Nuestra respuesta a ellos será esta: Todas las cosas fueron hechas por Él, las que fueron hechas. Ahora bien, las cosas que fueron hechas, como nos dice Pablo, eran cosas visibles e invisibles, tronos, autoridades, dominios, principados, potestades, y entre los incluidos bajo el capítulo de tronos y potestades son contados por Pablo los querubines y serafines: hasta ahí se extiende el término «todas las cosas». Pero del Espíritu Santo, por estar por encima de la naturaleza de las cosas que han venido a ser, Pablo no dijo palabra en su enumeración de las cosas existentes, no indicándonos con sus palabras ni su subordinación ni su venida a ser; sino que, así como el profeta llama al Espíritu Santo «bueno,» y «recto,» y «guía» (indicando con la palabra «guía» el poder de dirigir), así también el apóstol atribuye autoridad independiente a la dignidad del Espíritu, cuando afirma que Él obra todas las cosas en todos como quiere. [] De nuevo, el Señor manifiesta el poder y la operación independientes del Espíritu en su discurso con Nicodemo, cuando dice: «El Espíritu sopla donde quiere.» ¿Cómo es, entonces, que Eunomio llega tan lejos como para definir que Él también es una de las cosas que vinieron a ser por el Hijo, condenado a sujeción eterna? Pues lo describe como «hecho sujeto de una vez para siempre,» esclavizando al Espíritu que guía y gobierna en no sé qué forma de sujeción. Pues esta expresión de «sujeción» tiene muchas significaciones en la Sagrada Escritura, y se entiende y usa con muchas variedades de sentido. Pues el salmista dice que incluso la naturaleza irracional está puesta en sujeción, y pone bajo el mismo término a los vencidos en la guerra, mientras el apóstol manda a los siervos que estén sujetos a sus propios amos [], y que los que están puestos al frente del sacerdocio tengan a sus hijos en sujeción [], porque su conducta desordenada acarrea descrédito a sus padres, como en el caso de los hijos de Elí el sacerdote. De nuevo, habla de la sujeción de todos los hombres a Dios, cuando todos nosotros, estando unidos unos a otros por la fe, llegamos a ser un solo cuerpo del Señor que está en todos, como la sujeción del Hijo al Padre, cuando la adoración tributada al Hijo por todas las cosas de común acuerdo, por las cosas del cielo, las de la tierra y las de debajo de la tierra, redunda en gloria del Padre; como dice Pablo en otra parte: «Ante Él se doblará toda rodilla, de las cosas del cielo, de las de la tierra y de las de debajo de la tierra, y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.» Pues cuando esto tenga lugar, la poderosa sabiduría de Pablo afirma que el Hijo, que está en todos, está sujeto al Padre en virtud de la sujeción de aquellos en quienes Él está. Qué clase de «sujeción de una vez para siempre» afirma Eunomio del Espíritu Santo, es imposible aprenderlo de la frase que ha lanzado; ya sea que se refiera a la sujeción de las criaturas irracionales, o de los cautivos, o de los siervos, o de los hijos que son mantenidos en orden, o de los que son salvados por la sujeción. Pues la sujeción de los hombres a Dios es salvación para los que así son hechos sujetos, según la voz del profeta, que dice que su alma está sujeta a Dios, pues de Él viene la salvación por la sujeción, de modo que la sujeción es el medio de evitar la perdición. Así como, por tanto, la ayuda del arte de sanar es buscada ansiosamente por los enfermos, así la sujeción lo es por los que necesitan salvación. Pero ¿de qué vida necesita el Espíritu Santo, que vivifica todas las cosas, para que mediante la sujeción obtenga salvación para sí mismo? Puesto que no es en virtud de ninguna palabra divina que él afirma tal atributo del Espíritu, ni tampoco es como consecuencia de argumentos probables que ha lanzado esta blasfemia contra el Espíritu Santo, debe ser claro en todo caso para los hombres sensatos que él desahoga su impiedad contra Él sin justificación alguna, no apoyado como está por ninguna autoridad de la Escritura ni por ninguna consecuencia lógica.